TEXTOS Tema 3
Texto 1 – 2013 La Arcadia de Sannazaro (pág. 104, los textos están al revés)
En la cumbre del Partenio, no humilde monte de la pastoril Arcadia, yace un delicioso llano, de no muy dilatada
extensión, ya que la situación del lugar no lo consiente, pero tan colmado de menuda y verdísima hierba, que si las
lascivas ovejas con sus ávidos mordiscos allí no pastaran, se podría en cualquier tiempo encontrar verdor. Donde, si
no me engaño, hay de doce a quince árboles de una belleza tan extraña y desmedida, que cualquiera que los viese,
juzgaría que la maestra natura se hubiese esmerado allí en formarlos, con sumo deleite. Estos árboles, algo
distanciados unos de otros, y no dispuestos en orden artificioso, ennoblecen sobremanera con su raleza la natural
belleza del lugar. Allí, sin nudo alguno, se puede ver el derechísimo abeto, nacido para resistir los peligros del mar; y
la robusta encina, de ramas más abiertas; y el alto fresno y el delicioso plátano allí se despliegan con sus sombras,
ocupando una buena parte del bello y abundante prado. Y allí, con una fronda más limitada, se encuentra el árbol de
cuyas hojas Hércules solía coronarse, árbol en cuyo tronco fueron transformadas las míseras hijas de Climene
[chopo]; y en uno de los lados el nudoso castaño se discierne, y el frondoso boj, y con puntiagudas hojas el excelso
pino cargado de durísimos frutos; en el otro, la umbría haya, el incorrptible tilo, y el frágil tamarisco, junto con la
oriental palma, dulce y estimado premio para los vencedores. Pero entre todos, en el centro, junto a una clara
fuente, se levanta hacia el cielo el enhiesto ciprés, veraz imitador de las altas metas, en el que, no ya Cipariso [bello
joven amado por Apolo], sino el mismo Apolo, si fuese lícito decirlo, no habría desdeñado transfigurarse.
[…]
Los altos y espaciosos árboles, creados por la natura en los hórridos montes, suelen, a menudo, agradar más a quien
los mira que las cultivadas plantas, expurgadas por doctas manos en los adornados jardines; y suelen complacer
mucho más en los solitarios bosques los selváticos pájaros, sobre las verdes ramas cantando, a quien los escucha,
que en las hacinadas ciudades, los amaestrados, dentro de las graciosas y ornadas jaulas. Por lo que igualmente, y así
lo creo, sucede que las silvestres canciones escritas en las rugosas cortezas de las hayas deleitan a quien las lee no
menos que los cultos versos escritos en los lisos papeles de los dorados libros, y las enceradas cañas de los pastores
ofrecen tal vez un sonido más agradable en los floridos valles, que los tersos y apreciados bojes de los músicos en las
ostentosas estancias. ¿Y quién duda, que a las humanas mentes no sea más agradable una fontana, que libremente
mane de la viva piedra, rodeada de verde hierba que todas las otras artísticamente hechas con blanquísimos
mármoles, resplandecientes por el mucho oro? En verdad, creo que nadie. Por lo que, confiando en todo lo dicho,
bien podré entre estas solitarias riberas, narrar las rústicas Églogas, brotadas de natural vena, a los árboles que
escuchan, y a aquellos pocos pastores que aquí se encuentren; así, expresándolas desnudas de ornato, tal como las
oí cantar a los pastores de Arcadia, bajo las placenteras sombras, junto al murmullo de líquidas fuentes. […]
No puedo ver aquí otra cosa, que antes no se convierta en razón para acordarme de ella con más fervor y diligencia;
y parece que las cóncavas grutas y las fuentes, los valles y los montes, con todas las selvas la llamen, y que los altos
arbustos digan siempre su nombre. Encontrándome a veces entre éstos y mirando los frondosos olmos cercados por
las pampanosas vides, me viene amargamente al ánimo con insoportable angustia cuánto sea mi estado distinto de
aquel de los insensibles árboles, los cuales, amados por las queridas vides, permanecen siempre con éstas,
gentilmente abrazados; mientras que yo me consumo en un continuo dolor y en un continuo llanto […] me asalta
una tristeza incurable a la mente, junto con una grandísima compasión de mí mismo brotada desde las íntimas
entrañas.
Además de la cita literal (Arcadia), hay una alabanza constante de lo natural (en oposición a lo cultivado o al
artificio). Se habla de los pastores, de sus humildes cañas para hacer música, del murmullo de las fuentes
naturales y del espacio ameno donde están esos pastores. Pero además, la narración está contada en
primera persona y parece que el narrador lo que va a hacer es contar “rústicas Églogas” (tal como las oyó
cantar a los pastores originarios de la Arcadia), aunque solo las escuchen los árboles.
Se trata de La Arcadia, de Sannazaro.
Texto 2- 2013 El sueño de Polífilo (pág. 115, 120, 120)
Descansando sobre el costado derecho, tenía el brazo de este lado doblado y apoyaba ociosamente en él la cabeza,
con la mano bajo la mejilla; el otro brazo, libre y sin tarea, pendía en el costado izquierdo y la mano abierta
descansaba en la carnosa pierna. Por los pezones de sus pechos (como si fueran pequeños caños) brotaban sendos
hilos de agua fresquísima del derecho e hirviente del izquierdo. Los dos caían en un vaso de pórfido que constaba
dedos recipientes unidos en una sola pieza, colocado a seis pies de la ninfa delante de la fuente sobre un pavimento
de piedra […]
El artífice realizó tan perfectamente esta notabilísima estatua, que verdaderamente dudo que fuera semejante la
Venus esculpida por Praxíteles: que para adquirirla (como quiere la fama) Nicomedes, rey de los Gnidios, empeñó
todo el haber de su pueblo; y tan hermosa la hizo que los hombres, excitados por ella a una sacrílega concupiscencia,
profanaron su imagen con las manos.
[…]
En medio del último escalón del peristilo hallé una fuente que descansaba en un círculo algo cóncavo, de cuyo centro
surgía un balaustre invertido de dos pies de altura. Sobre él había una taza cuya boca tenía cuatro pies de diámetro.
En su mitad reposaban las colas de las tres hidras de oro, que luego se unían estrechamente en un bellísimo nudo.
[De las cabezas de las hidras] vomitaban en la taza agua perfumada. Sostenían éstas un vaso de cristal oval de dos
pies de alturas sobre cuya parte superior había ocho pequeños caños de oro de los que brotaban finísimos hilos de
agua, que salían por los intercolumnios de los troncos de boj, rociando todo el prado. La obra de piedra era toda de
finísimo jaspe rojizo y amarillo, sembrado de infinitas manchas de diversos colores, y con elegantes y exquisitos
relieves en los lugares oportunos.
[…]
Me desperté, ay de mí, amorosos lectores, muy afligido de que me hubiera abandonado el abrazo de aquella imagen
feliz y deliciosa presencia y venerable majestad, habiendo pasado de una dulzura maravillosa a una amargura
intensa cuando se alejaban de mi mirada aquel sueño gratísimo y aquella sombra divina, cuando se disipó aquella
misteriosa aparición por la que había sido conducido y elevado a pensamientos tan altos y sublimes y secretos. […]
Yo, saliendo del dulce sueño, me desperté de repente suspirando y diciendo: Adiós, pues, Polia.
Sin duda, por las obras escultóricas, por los materiales en que están realizadas las fuentes, caños, etc., por
las citas cultas y por el último párrafo, donde se hace referencia al sueño (como estructura de la obra), en
primera persona, y a la definitiva separación de Polia, no puede tratarse más que de El sueño de Polífilo.
Texto 3- 2013 El sueño de Polífilo (pág. 119)
Las calles estaban cubiertas de pérgolas y en cada cruce había una cúpula sobre cuatro columnas jónicas […] A un
lado y otro de estos caminos o calles había aceras en forma de caja, de mármoles finísimos, con molduras excelentes
[…] En las cajas, bajo el pedestal de las columnas, crecían rosales cuya altura no excedía de un paso, que formaban
un seto delicioso entre columna y columna. […] Todos los rosales estaban perpetuamente verdes y floridos y
exhalaban un grato aroma. […] cada prado tenía cuatro puertas en el centro de la columnata en las que se
interrumpían las cajas, y estas puertas se correspondían en todos los prados al mismo nivel. […] En cada uno de los
primeros se alzaba la notabilísima fábrica de una fuente, situada bajo una cobertura de boj de hábil factura. […] En
medio de cada uno había tres escalones circulares. […] En medio del último escalón del peristilo hallé una fuente que
descansaba en un círculo algo cóncavo, de cuyo centro surgía un balaustre invertido de dos pies de altura. Sobre él
había una taza cuya boca tenía cuatro pies de diámetro. En su mitad reposaban las colas de las tres hidras de oro,
que luego se unían estrechamente en un bellísimo nudo. [De las cabezas de las hidras] vomitaban en la taza agua
perfumada. Sostenían éstas un vaso de cristal oval de dos pies de alturas sobre cuya parte superior había ocho
pequeños caños de oro de los que brotaban finísimos hilos de agua, que salían por los intercolumnios de los troncos
de boj, rociando todo el prado. La obra de piedra era toda de finísimo jaspe rojizo y amarillo, sembrado de infinitas
manchas de diversos colores, y con elegantes y exquisitos relieves en los lugares oportunos.
Se trata de un texto donde se alterna el arte y la riqueza con los elementos naturales. Si fuera un texto sólo
literario no habría tantos datos de la altura, dimensiones, etc., por lo que hay que pensar en una descripción
de un artista o que quiere ser fiel a lo que contempla. Además no sólo las sensaciones de la vista interesan,
también las del olfato. No hay duda de que estamos ante un texto que se refiere a jardines (con mucha
riqueza) y realizado por alguien que conoce muy bien la escultura y arquitectura. De nuevo, estamos ante El
sueño de Polífilo. En esta ocasión parece más una realización escenográfica que una realidad.
Textos repetidos exactamente igual en 2014