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Un Caso Intrincado de Violencia: Colombia: Neira, Enrique

Este documento resume la compleja situación de violencia en Colombia. Menciona que existen múltiples formas de violencia que se entrelazan, incluyendo varios grupos guerrilleros como las FARC, ELN y EPL que datan de la década de 1960, así como grupos paramilitares y carteles de narcotráfico. Explica brevemente la evolución de estos grupos guerrilleros y sus diferentes ideologías y tácticas a través del tiempo. También señala que la violencia en Colombia se debe a una "triple tenaza"
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  • identidad,
  • sociedad,
  • cambio social,
  • reformas,
  • economía,
  • narrativas,
  • movimiento popular,
  • historia,
  • paramilitares,
  • tregua
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Un Caso Intrincado de Violencia: Colombia: Neira, Enrique

Este documento resume la compleja situación de violencia en Colombia. Menciona que existen múltiples formas de violencia que se entrelazan, incluyendo varios grupos guerrilleros como las FARC, ELN y EPL que datan de la década de 1960, así como grupos paramilitares y carteles de narcotráfico. Explica brevemente la evolución de estos grupos guerrilleros y sus diferentes ideologías y tácticas a través del tiempo. También señala que la violencia en Colombia se debe a una "triple tenaza"
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  • paramilitares,
  • tregua

NUEVA SOCIEDAD NRO.105 ENERO- FEBRERO 1990, PP.

141-152

Un caso intrincado de violencia:


Colombia
Neira, Enrique

Enrique Neira: Cientista social colombiano. Doctor en Teología. Profesor visitante


en el Programa de Estudios Políticos de posgrado de la Universidad Javeriana de
Bogotá. Docente e investigador en la Universidad de Los Andes, Mérida, Venezue-
la. Autor de varios libros.

El caso de la violencia en Colombia no es único, pero muestra


tal persistencia e intensidad que merece la atención más que
otros. Existe una multiplicidad de formas de violencia en
Colombia, que se recubren y se retroalimentan mutuamente,
siendo muy diversos los actores de ellas. Entre los principales
están los varios grupos guerrilleros, que datan de la década
de los 60, los recientes grupos exterminadores (mal llamados
de «autodefensa» o «paramilitares») y los grandes carteles del
narcotráfico, cuyo poder económico se enlaza con los
anteriores y son hoy los mayores generadores de violencia en
Colombia. En la etapa anterior, el movimiento guerrillero
basculó entre un paradigma de guerrilla «militar» y uno de
guerrilla «societal». La nueva generación guerrillera está
operando (con la excepción del recalcitrante ELN, dedicado al
terrorismo contra centros de economía nacional) una
«subversión de la subversión», repudiando tres errores
anteriores: el «foquismo armado», el «terrorismo» y la
«guerra popular prolongada». Encabezado por el M-19, el
movimiento guerrillero parece converger actualmente hacia
un proceso esperanzador de tregua armada, nuevo diálogo e
incorporación a la vida democrática, que responde a la
apertura prudente del sistema político colombiano, tal como
la está expresando la administración Barco en sus dos
últimos años y su convocatoria a un plebiscito nacional, que
agilice las grandes reformas económicas, sociales y políticas
que necesita el país.
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Difícilmente se puede aceptar que Colombia sea un país por naturaleza o por tem-
peramento violento. Colombia no tiene el privilegio de la violencia, ni mucho me-
nos. Todos los países del mundo - aún los actualmente catalogados como del Pri-
mer Mundo o desarrollados - han pasado en diferentes épocas de su historia por
períodos altamente violentos. Se han visto envueltos en guerras de liberación, o en
conflictos sociales, racistas y religiosos, o en confrontaciones bélicas internaciona-
les. Celebramos en 1989 los 200 años de la Revolución Francesa que ha inspirado
nuestras democracias modernas con sus principios de «libertad, igualdad, fraterni-
dad», pero sus glorias luminosas no logran exorcizar la violenta y tenebrosa época
de Terror que instauró y los crímenes que se cometieron. Cientos de miles de ino-
centes siguen muriendo - por doquier - a nombre de la libertad y la igualdad. Tan-
to dentro de [Link]. como fuera, el círculo vicioso de violencia abierta/riqueza ilí-
cita viene ampliándose por doquier 1. Y ello sin contar la «violencia de las carrete-
ras» que sólo en 1988 costó 68.000 vidas en [Link]. Es decir, casi cinco veces más
que las muertes registradas en Colombia, en el año pico de 1986, con 14.288 dece-
sos violentos, sumando todo tipo de violencia2. De todos modos, ello no excusa la
«violencia patológica», que - en frase de Arturo Uslar Pietri - se da en Colombia. Es
un caso grave y preocupante, muy analizado hoy, hasta el punto de que un perio-
dista ha podido escribir que «la violentología se ha convertido en una especializa-
ción académica típicamente colombiana».

Es enmarañada la selva de nombres e identidades de los grupos principales, que


con sus acciones - supuestamente revolucionarias o contrarrevolucionarias -, han
colaborado en ensangrentar el mapa colombiano en los últimos 25 años. Un libro
reciente del periodista Enrique Santos Calderón3 - continuación de su anterior La
guerra por la paz - señala, acertadamente, que la dimensión real de la actual vio-
lencia colombiana no se entiende sin la implacable combinación de violencia y po-
derío económico del narcotráfico. Los luctuosos sucesos de 1989 le dan la razón.
«En la Colombia de fines del 80 hay desde narcointelectuales posmarxistas hasta
narcocuras preconciliares. Hay narcoguerrilla y narco-MAS (Muerte A Secuestra-
dores)». El Estado colombiano está sometido a una triple tenaza y a un fuego cru-
zado que proviene de la guerrilla, de los paramilitares y del narcotráfico4.

1
Tokatlian, Juan Gabriel: «Las drogas y las relaciones [Link].-América Latina», Nueva Sociedad,
Caracas, N° 102, julio-agosto 1989, p. 77.
2
Losada Lora, Rodrigo y Vélez Bustillo, Eduardo: Muertes violentas en Colombia, 1979-1986. Infor-
me de investigación, Instituto Ser de Investigación, Bogotá, abril 1988 (mimeo, 68 pp.).
3
Santos Calderón, Enrique: Fuego Cruzado. Guerrilla, narcotráfico y paramilitares en la Colombia
de los 80, CEREC, Bogotá, 1989.
4
Coincidente con este esquema es el Informe del Ministerio de la Defensa de Colombia presentado
al Congreso Nacional el 20 de julio 1989, en el que además se añade como amenaza grave la delin-
cuencia común.
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Grupos guerrilleros

Los analistas de la problemática colombiana subrayan que no se puede hablar de la


«guerrilla» en abstracto, sino de las «guerrillas» en plural, dada la extrema hetero-
geneidad de los grupos alzados en armas5. De un movimiento a otro han diferido
notablemente: la composición social, la base ideológica, los proyectos estratégicos,
la táctica militar, los conflictos que sirvieron de detonadores para su emergencia.

Las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia Ejército del Pueblo) es


una de las guerrillas más antiguas y mejor organizadas del subcontinente. General-
mente se la ubica como el brazo armado del Partido Comunista colombiano ligado
a Moscú y La Habana. Aunque su aparición como movimiento de «defensa popu-
lar» data de finales de 1947, su constitución guerrillera se efectuó en las montañas
de Marquetalia en 1964. Según cifras dadas entonces por el ministro de la Defensa,
el 5 de enero de 1984, de los 16.655 efectivos guerrilleros por esa fecha en Colom-
bia, el 76% de ellos (12.620 miembros) pertenecían a las FARC, dispersos en 25
frentes. Hoy la estadística puede ser aproximadamente la misma, bajo el mando
unificado del legendario guerrillero Pedro Antonio Marín o Manuel Marulanda
Vélez6 (alias «Tiro Fijo») y su lugarteniente, el ideólogo marxista Jacobo Arenas 7.

El ELN (Ejército de Liberación Nacional), fue fundado el 4 de julio de 1964 como


una alianza obrero-campesina, con base en sectores rurales. Acogió en sus filas lí-
deres universitarios e intelectuales (entre ellos el famoso cura Camilo Torres Res-
trepo), algunos de los cuales fueron ajusticiados por la misma guerrilla (Víctor Me-
dina Morón, Julio César Cortés, Ricardo Lara Parada, Jaime Arenas...)8 . Con altiba-
jos y fraccionamientos (tales como el Grupo de Replanteamiento), el ELN a través
de 25 años de acción puramente militar, no ha podido pasar del simple estadio de
la supervivencia. Prácticamente liquidado en 1973 por el Ejército colombiano en la
famosa operación de Anorí, no figura siquiera entre los grupos que firmaron acuer-

5
Gómez Buendía, Hernando: Procesos de reconciliación nacional en América Latina Colombia: un
punto de vista liberal, Instituto de Estudios Liberales, Bogotá, 1985 (mimeo). Comparte este punto
de vista la Comisión de Estudios sobre la Violencia: Colombia: violencia y democracia, Universidad
Nacional, Bogotá, 1987, p. 47.
6
Sobre el mito popular de la invensibilidad y presencia ubicua de Marulanda existe el cuento de Ar-
turo Alape: Las muertes de «Tiro Fijo», Ediciones Abejón Mono, Bogotá, 1972.
7
Arenas, Jacobo: Cese al fuego. Una historia política de las FARC, Oveja Negra, Bogotá, 1985. Resul-
ta útil el libro de Carlos Arango: FARC. 20 años de Marquetalia a la Uribe, Edic. Aurora, Bogotá,
1985.
8
Arenas, Jaime: La guerrilla por dentro. Análisis del ELN por dentro, Edic. Tercer Mundo, Bogotá,
6ª Edic, 1978. Véase Germán Castro Caycedo: «Entrevista con Jaime Arenas» en su libro Del ELN al
M-19: once años de lucha guerrillera, Carlos Valencia Editores, Bogotá, 1980. pp. 9-52.
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dos de paz durante el gobierno de Betancur (1982-86)9. Pero se oxigena y resucita


gracias a los 50 millones de dólares que logra obtener extorsionando durante dos
años a la compañía alemana Manessmann, constructora del gigantesco oleoducto
colombiano de 800 kms, que va desde Caño Limón (en la frontera con Venezuela)
hasta el puerto de Coveñas (en el Atlántico). Bajo el mando del ex-cura español
Manuel Pérez (alias «Poliarco»), entre 1986 y 1989 ha logrado recuperar algún pro-
tagonismo, gracias a acciones de dudosa justificación, como son los sabotajes a la
economía nacional y, más en concreto, los repetitivos atentados al oleoducto de
Ecopetrol (la empresa colombiana de petróleos)10.

El EPL (Ejército Popular de Liberación) se constituye en mayo de 1965, a raíz de la


ruptura chino-soviética, y se convierte en el brazo armado del PCML (Partido Co-
munista Marxista-Leninista), que asume la tesis china de la «guerra popular pro-
longada». Tras prolongados descalabros, la organización se reconstruye a raíz del
XI Congreso del Partido, celebrado en abril de 1980, en el cual se rompió con el ma-
oísmo y sus secuelas. El fracaso de la temeraria acción de toma de la población de
Tenjo (al norte de la Sabana de Bogotá), en febrero de 1989, por su comando uni-
versitario, ha dejado al grupo debilitado militarmente y sin protagonismo político,
aunque hace parte de la Coordinadora Nacional Guerrillera. Hoy busca acogerse al
plan de paz.

El M-19 (Movimiento 19 de Abril), de bajo número de efectivos comparado con las


FARC, se presenta en escena el 19 de abril de 1974. Nucleado alrededor de unos di-
rigentes jóvenes, audaces y heterodoxos dentro de su común marxismo-leninismo -
de entre los cuales se destacó por nueve años su jefe, Jaime Bateman - el M-19 se ha
caracterizado por las acciones llamativas de corte terrorista y por el uso que ha he-
cho de los medios de comunicación11, buscando un protagonismo impactante en la
opinión pública. Se ha especializado en acciones llamativas y en golpes de audacia
espectaculares, como el robo de la espada de Bolívar; el secuestro y asesinato del
dirigente sindicalista José Raquel Mercado; el robo de armas del Cantón Norte del
Ejército en Bogotá; la toma de la Embajada de la República Dominicana, el desem-

9
Santos Calderón, Enrique: «El ELN: Un rezago del pasado», diario El Tiempo de Bogotá, 1° de di-
ciembre de 1983; reproducido en el libro La guerra por la paz, CEREC, Bogotá, 1985, pp. 257-262.
10
Revista Semana, Bogotá, N° 304, 17 marzo de 1988 (dossier); N° 363, 24 abril 1989, p. 38; N° 373, 3
de julio 1989, p. 38.
11
Castro Caycedo, Germán: Del ELN al M-19, pp. 53-130 (entrevista personal con J. Bateman); Patri-
cia Lara: Siembra vientos y recogerás tempestades, Fontanara, Barcelona, 1982 (entrevistas con J. Ba-
teman, Fayad y Marino Ospina); Gabriel García Márquez: «Bateman: un misterio sin final», en Se-
mana N° 70, 12 agosto 1983, pp. 22-31; Enrique Santos Calderón: «Las muertes de Jaime Bateman» y
«El M-19 sin Bateman» artículos de El Tiempo, reproducidos en el libro La guerra por la paz, pp. 93-
99; Plinio Apuleyo Mendoza: «¿Qué pasa con el M-19?, Revista Ciencia Política, Tierra Firme n° 1,
Bogotá, 1985, pp. 92-100.
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barco de guerrilleros por el Pacífico y el lamentable hecho del Palacio de Justicia en


198512. Desde 1988, el M-19 ha suspendido sus actividades militares o terroristas y
ha entrado en franco diálogo con el gobierno de Barco, para acogerse a la legalidad
como fuerza política13.

Otros grupos pequeños acaban de configurar el mapa guerrillero en Colombia. Tie-


nen escasos efectivos, exigua experiencia revolucionaria y mínima influencia den-
tro de los sectores populares. Son ellos ADO (Auto Defensa Obrera); «Ricardo
Franco», grupo extremista de disidentes de las FARC; «Quintín Lame», que agrupa
a indígenas de sectores rurales del Cauca; y dos grupos de conformación más re-
ciente, con nuevos enfoques, MIR-Patria Libre (Movimiento de Izquierda Revolu-
cionario Patria Libre), y el PRT (Partido Revolucionario de los Trabajadores).

Grupos de exterminio («paramilitares»)

En 1987, el entonces ministro colombiano de Gobierno (Interior), César Gaviria


Trujillo, admitió ante el Congreso de la República la existencia de 128 grupos irre-
gulares, que por fuera del Estado y en varias regiones del país, intentaban hacer
justicia por sus propios medios. Ya para esa época el Departamento Administrati-
vo de Seguridad (DAS) - bajo la dirección del gral. Miguel Maza Márquez - soste-
nía que dichos grupos - mal llamados de «autodefensa» por unos y «paramilitares»
por otros -, estaban organizados y financiados por los grandes carteles de la droga,
en combinación con esmeralderos y algunos ricos terratenientes. La mayoría de
esos grupos han operado en el Magdalena Medio, en Santander y Antioquía. Son
ellos: Los Falco; Los Tesos; Los Justicieros; Aguila Negra; Antimás; Alfa 83; El Em-
brión; Los Grillos; Los Tiznados; Muerte a Revolucionarios (MAR); Prolimpieza del
Valle del Magdalena; Rambo; Menudo; Muerte a Secuestradores (MAS); Los Na-
chos; Los Priscos; Los Cucaracheros; La Nata y otros. Recientemente (a partir de fe-
brero de 1987), ha surgido un nuevo tenebroso movimiento nacionalista, que ya ha
mostrado ser capaz de mucha violencia, autodenominado JEGA, en referencia al lí-
der liberal (!) asesinado en el 48, Jorge Eliécer Gaitán14.

12
Behar, Olga: Noches de humo. Cómo se planeó y ejecutó la toma del Palacio de Justicia, Planeta,
Bogotá, 1988; Germán Hernández: La justicia en llamas, Carlos Valencia Editores, Bogotá, 1986. Un
resumen periodístico puede leerse en revista Semana: «La batalla del palacio de Justicia; 28 horas de
terror», N° 367, 22 mayo 1989, pp. 60-71. Ramón Jimeno: Noche de lobos, Siglo XXI, Bogotá, 1989.
13
Pizarro Leongómez, Carlos: «El M-19 está hoy listo, maduro, sereno para ir a todos los diálogos, a
todos los encuentros, a todos los pactos que tengan por sentido la paz y por objetivo la justicia y el
cambio en Colombia (...) La guerra que nosotros hacemos es una guerra contra la guerra, dispuestos
a todo dentro de la democracia, pero no dentro de la democracia rococó de oropel o de formas que
hemos vivido hasta hoy, sino la democracia de la nación colombiana» (Guerra a la guerra, Tiempo
Presente, Bogotá, 1988, pp. 99 y 100).
14
Revista Semana, Bogotá, N° 377, 31 de julio 1989, pp. 32-33.
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Y en 1989 ha hecho su aparición - con ínfulas de convertirse en partido político de


extrema derecha, polo opuesto a la Unión Patriótica - el Movimiento de Restaura-
ción Nacional («MORENA»). Lo lideriza Iván Roberto Duque, secretario general de
la Asociación de Ganaderos y Campesinos del Magdalena Medio (ACDEGAM),
controvertida organización, que nació en 1983 para enfrentar a la guerrilla comu-
nista de las FARC. Ha venido actuando violentamente en defensa de los grandes
intereses de ganaderos y narcotraficantes, y en este momento son inequívocas sus
vinculaciones con el narcoterrorismo15. Las investigaciones culminadas con éxito
junto con el desmantelamiento realizado por el gobierno de Barco de muchas de
estas bandas de «sicarios»16, así como el allanamiento efectuado en abril de 1989 de
tres fincas («La Sesenta», «La Reforma» e «Iberia») en Puerto López (Meta), de la
finca «Cero-Uno» en Puerto Boyacá, de la hacienda «Galaxias» en Pacho (Cundina-
marca) y «Villa Juliana» en Envigado (Antioquía) - lugares que servían como es-
cuelas de adiestramiento de sicarios, caletas de armas, cárceles de tortura y fosas
comunes -. Esto ha venido a confirmar la sospechas del DAS y a clarificar mucho el
panorama político. Las varias masacres o genocidios que conmovieron la opinión
pública nacional e internacional en meses anteriores (La Mejor Esquina y Saiza, en
Córdoba; Currulao, en Urabá; Segovia, en Antioquía; Puerto Nuevo, en Santander)
han sido obra de estos profesionales del crimen, pagados a sueldo por los grandes
carteles de la droga, y no acciones represivas del gobierno ni resultado de una acti-
vidad de extrema derecha de las FFAA. Lo mismo ocurre con una serie de magnici-
dios selectivos que venían desconcertando al país desde 1984 y que se han intensi-
ficado metódicamente desde 1988 (Rodrigo Lara Bonilla, ministro de Justicia; Gui-
llermo Cano, director del diario «El Espectador»; Jaime Pardo Leal; jefe del partido
de Izquierda Unión Patriótica (UP); Carlos M. Hoyos, Procurador General de la
Nación; José Antequera, dirigente de la UP; Antonio Roldán Betancur, gobernador
de Antioquía; Luis Carlos Galán, precandidato presidencial17.

15
El Nacional, Caracas, 25 de agosto de 1989 y revista Semana, Bogotá, N° 380, 21 de agosto 1989,
pp. 22-31.
16
El gobierno colombiano, con base en sus atribuciones durante estado de sitio, expidió el 19 de abril
de 1989 tres decretos (Nos, 815-816-817) para hacer frente a las bandas de sicarios y otros grupos de
civiles armados, que se hacían pasar como de «autodefensa» o «paramilitares». Y el 18 de agosto de
1989, dictó siete medidas drásticas para enfrentar y desvertebrar de raíz la tupida red del narcote-
rrorismo en Colombia.
17
Buena y variada documentación puede verse recogida en el N° 367 de la revista Semana (22 de
mayo de 1989): «El primer artículo sobre Pablo Escobar», «El asesinato de Rodrigo Lara», «La muer-
te de Jaime Pardo Leal», «Las masacres o la contrarrevolución de Urabá», «La subversión de dere-
cha o dossier paramilitar» (pp. 84-89).
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Los grandes carteles de la droga

En una forma u otra, tras varias de las más abominables formas de violencia que se
han presentado en Colombia en los últimos años, está la mano negra de la mafia
con sus tres carteles: Medellín, Cali, Muzo (rica región esmeraldífera en el Departa-
mento de Boyacá). Son conocidos sus cabecillas: Pablo Escobar Gaviria, Jorge Luis
Ochoa Vásquez, Gonzalo Rodríguez Gacha, alias «El Mexicano», del cartel de Me-
dellín; Gilberto Rodríguez Orejuela, del cartel de Cali; Víctor Carranza, socio del
asesinado esmeraldero Gilberto Molina, del cartel de Muzo18. La «conexión
cubana» del cartel de Medellín - puesta recientemente a luz con la condena del ca-
pitán Jorge Martínez Valdés, jefe del Departamento «MC» del Ministerio del Inte-
rior de Cuba, de los hermanos La Guardia y del gral. Arnaldo Ochoa - ha venido a
evidenciar el poder económico y la capacidad de corrupción que, sin distingos ide-
ológicos o políticos, tienen también fuera de Colombia estos carteles internaciona-
les, en función de sus intereses multibillonarios.

Formas múltiples de violencia

En Colombia existe, pues, una multiplicidad de formas de violencia, que se recu-


bren y se retroalimentan mutuamente, siendo muy diversos los actores que partici-
pan en ellas19. Existe la delincuencia común, especialmente de las grandes ciuda-
des; existe la violencia revolucionaria de varios grupos guerrilleros; existe la vio-
lencia inducida a través de sicarios por los narcotraficantes, unas veces de signo re-
volucionario y otras veces de signo contrarrevolucionario; existe la guerra de exter-
minio entre los grandes carteles (Medellín, Cali, Muzo); existe la violencia de ban-
das armadas fuera de la ley (mal llamadas paramilitares), que se hacen justicia por
sus propias manos, aduciendo autodefensa en regiones agrícolas y ganaderas con-
tra la extorsión de los guerrilleros; y existe la acción armada de los organismos de
seguridad y defensa del Estado colombiano. Por si fuera poco, para aumentar el
ambiente de «confusión nacional», aparece el narcotráfico produciendo víctimas
políticas (como han sido los casos de los asesinatos de Pardo Leal y Luis Carlos Ga-
lán, ordenados y pagados por el cartel de Medellín); actúa la delincuencia común
utilizando para sus secuestros y extorsiones el nombre de grupos guerrilleros; y
acaba de configurar el confuso cuadro la «narcoguerrilla», es decir, la otrora guerri-
lla de ideología comunista hoy convertida en mafiosa. No sólo parte de la guerrilla
18
Resulta ilustrativo el libro de los periodistas ingleses Paul Eddy - sara Walden y del colombiano
Hugo Sabogal: Las guerras de la cocaína, ya en edición española.
19
Ello explica el título del artículo de Luis Alberto Restrepo M.: «Resuenan los tambores de muchas
guerras», en Nueva Sociedad, Caracas, N° 96, julio-agosto 1988, pp. 13-22. véase Comisión de Estu-
dios sobre la Violencia: Colombia: violencia y democracia, Universidad Nacional, Bogotá, 1987, pp.
19-27.
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colombiana ha estado conviviendo con y defendiendo a los productores de cocaína


- como quedó comprobado el 10 de marzo de 1984, cuando fue desmantelado el gi-
gantesco complejo destinado al procesamiento de coca en los llanos del Yari (Ca-
quetá), zona de tradicional asentamiento y control de las FARC. Sino que las mis-
mas FARC han montado ya sus propios laboratorios y organizado su exportación
de drogas como cuarto gran cartel en el negocio, tal como fue denunciado por la re-
vista Semana de Bogotá, con todo y portada, en el N° 354 del 20 de febrero de 1989.

La evolución de la conflictividad colombiana permite afirmar que el fenómeno de


la actual violencia en Colombia no es político (búsqueda del control del poder polí-
tico por las armas) sino solamente en un 10 a 15%. El resto es de delincuencia co-
mún y sobre todo del sicariato pagado por los carteles de la cocaína. Asimismo,
debe subrayarse que en Colombia no existe - como se ha dado el caso en otros paí-
ses, donde se ha justificado el alzamiento de frentes unidos populares contra regí-
menes dictatoriales o de fuerza - una violencia producida desde el Estado. La vio-
lencia se ha venido dando dentro de regímenes de derecho, democráticos y que
han sido resultado de elecciones populares (Lleras Camargo, 1958; Valencia, 1962;
Lleras Restrepo, 1966; Pastrana, 1970; López Michelsen, 1974; Turbay Ayala, 1978;
Betancur, 1982; Barco, 1986). La violencia en Colombia es desinstitucionalizada y
ajena a los organismos de control del Estado, aunque haya habido casos individua-
les en la policía y en las FFAA de miembros envueltos en actividades delictivas, ca-
sos que han sido repudiados y castigados por las mismas instituciones militares.
Por falta de conocimiento y lejanía de la realidad colombiana, el último informe
emanado desde Londres por Amnistía Internacional achaca al gobierno colombia-
no - por acción o por omisión - el origen de la violencia en Colombia. Más bien pu-
diera hablarse de inhibición de la acción represiva del Estado colombiano contra
los «narcos» y los guerrilleros, por excesivo apego a la legalidad y respeto por el
Estado de derecho, como puede comprobarse en varios casos. Por ejemplo, cuando
tuvo en sus manos por una simple infracción de tránsito, en el Valle, a uno de los
capos de la droga, Jorge Luis Ochoa, y luego fue dejado libre.

Más que una supuesta guerra interna política en Colombia, se debe hablar de una
guerra sucia, en la que se mezclan criminalmente varios tipos de grupos irregula-
res no patrocinados por el Estado y en donde corren abundantes los dineros calien-
tes del narcotráfico, unas veces para pagar a las guerrillas la seguridad que reciben
para sus cultivos, y otras veces financiando grupos de sicarios y actividades de tipo
contrarrevolucionario, que se concretan en asesinatos selectivos y genocidios
monstruosos. El actual recrudecimiento de la violencia en Colombia y el acentua-
miento de la llamada «curva de conflicto» evidencia, así, una crisis no tanto política
NUEVA SOCIEDAD NRO.105 ENERO- FEBRERO 1990, PP. 141-152

cuanto social20. Solamente se la podría llamar «política» en cuanto toda la violencia


- según algunas teorías - derivaría de una cierta debilidad estructural del Estado
colombiano y de una disfuncionalidad de sus instituciones democráticas, en espe-
cial del sistema judicial, que se ha visto desbordado e intimidado por el terrorismo
y los dineros del narcotráfico.

La subversión de la subversión

El sociólogo Eduardo Pizarro Leongómez - hermano del actual máximo dirigente


del M-19 - subraya acertadamente las dos diferentes estrategias que las organiza-
ciones guerrilleras principales se trazaron tras el fracasado proceso de paz (1982-
1985) de Belisario Betancur21. El M-19, con falta de realismo político y exceso de
ideologización, adoptó inicialmente la vía de la «militarización de la política». De-
claró rota la tregua pactada con la Comisión gubernamental de Paz y se dedicó a
impulsar la unidad táctica de las fuerzas insurgentes en torno a la llamada Coordi-
nadora Nacional Guerrillera junto con el ELN, EPL, «Quintín Lame», «Ricardo
Franco»...). Las FARC, con un mayor sentido pragmático y aprovechamiento de las
oportunidades abiertas por los acuerdos de paz, y sin abandonar sus pretensiones
de lucha armada, opto por favorecer una cierta «politización de la guerra». Bien ha
sintetizado Vladimir Zabala, citado por Pizarro, estas dos modalidades de acción
revolucionaria22 .

M-19

1. Crecimiento urbano
2. Acción militar (pasar de lo urbano a lo agrario)
3. Afectar la población. aunque no se controle territorio
4. Llevar la población a acción militar, sin que importe lo electoral
5. Meter al país en la guerrilla
6. «La política, continuación de la guerra por otros medios»

20
El gral. (r) Fernando Reyes Landazábal («Factores de violencia versus causas de subversión» revis-
ta Ciencia Política, Bogotá, N° 15, 2° trimestre 1989, pp. 133-137) sugiere distinguir para el caso co-
lombiano entre violencia y subversión. La violencia (en sus varias formas delincuenciales) es gene-
rada sobre todo por factores sociales como ignorancia, injusticia, miseria. La subversión, en cambio,
es generada siempre por factores políticos.
21
Pizarro, Eduardo: «La guerrilla colombiana», en Controversia, N° 141, 1987, pp. 134-138.
22
Zabala, Vladimir: La toma del Palacio de Justicia, San Cristóbal, 1986, mimeo.
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FARC-EP

1. Crecimiento en el campo
2. Acción política (pasar de lo agrario a lo urbano)
3. Controlar territorio para afectar la población
4. Hacer participar a la población en un frente popular de izquierda
5. Meter la lucha revolucionaria en el país
6. «La guerra, continuación de la política por otros medios».

Los errores y aciertos de dichos dos tipos de acción guerrillera son tenidos en cuen-
ta ahora, al analizar la etapa contemporánea 23. El M-19, al querer hacer «política»
pero subrayando su carácter «militar», vivió dramáticamente en su ambivalencia la
ruptura de los dos niveles: quiso hacer política sin un instrumento adecuado para
garantizar su eficacia y continuidad, como sí lo era el partido Unión Patriótica (UP)
para las FARC. Y el M-19 terminó la anterior etapa siendo un paradigma fracasado
de guerrilla militar. Las FARC, en cambio - ausentes como estuvieron del escenario
político durante sus primeros 20 años de existencia -, al acogerse aparentemente a
los acuerdos de paz de Betancur, alcanzaron un protagonismo real gracias a su
alianza estratégica con el PCC (Partido Comunista Colombiano) a través de la UP y
su búsqueda de presencia regional con formas de mayor inserción en la sociedad.
Y terminó así siendo el prototipo de una guerrilla «societal».

En Colombia se habla hoy de una «subversión de la subversión» que está llevándo-


se a cabo por una segunda generación guerrillera, a partir del anterior proceso falli-
do de reconciliación. Esta nueva corriente guerrillera está liderizada por el M-19 y
grupos más recientes, como MIR Patria Libre, el PRT y el grupo indigenista «Quin-
tín Lame». Los rasgos que la caracterizan son:24

1. Mayor inserción que las guerrillas anteriores, buscando consolidar su presencia


en núcleos de población como sindicatos, barrios, «veredas».
2. Mayor paciencia dentro de una perspectiva de guerra prolongada y de confor-
mación de frentes populares (al estilo del Frente Sandinista y del Frente Farabundo
Martí), rechazando las tácticas tradicionales de la guerrillas de los años 60, funda-
das en la tesis del foco guerrillero.
3. Intento de crear redes de relaciones «diplomáticas» en el contexto internacional.

23
Seguimos a Eduardo Pizarro L.: «La guerrilla en Colombia», Controversia N° 141, pp. 134-138.
24
Pizarro L., Eduardo: «La guerrilla en Colombia», pp. 12 y ss.; Comisión de Estudios: Colombia:
violencia y democracia, p. 49.
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4. Búsqueda de apoyo en organizaciones internacionales, como el Consejo Mundial


de Iglesias, organismos sindicalistas, etc., para obtener su ayuda en diferentes pla-
nos, como el financiero, propagandístico, político, logístico.
5. Una visión crítica de los polos de poder comunista (Moscú, Pekín, La Habana),
tendiendo a ser más «latinoamericanistas», ligando el proceso revolucionario local
al conflicto centroamericano y caribeño.
6. Una ruptura con el marxismo hirsuto y ortodoxo y con el clásico «internaciona-
lismo comunista» que los utilizaba como simples peones de un ajedrez global, bus-
cando ahora ser actores de una historia nacional en una «segunda independencia»
al estilo de Bolívar, asumiendo como patrimonio de la revolución los símbolos pa-
trios y las tradiciones culturales.

Esta «guerrilla de segunda generación» hace un reconocimiento realista y pragmá-


tico de los graves errores cometidos por la guerrilla anterior, por lo menos tal como
actuó en Colombia, a saber:

- Rechazo al «foquismo armado», como fue el de las Fuerzas Armadas de Libera-


ción (FAL) y otras experiencias similares.

- Rechazo al «terrorismo» en el que ha derivado - con desespero y poco realismo -


el Ejército de Liberación Nacional (ELN), con sus obsesivos ataques dinamiteros a
centros clave de la producción nacional. A juicio de la nueva guerrilla, el ELN a
través de 25 años de acción militar no ha podido pasar del simple estadio de la su-
pervivencia. Su error central ha radicado en asumir tres presupuestos de muy difí-
cil comprobación en la actual Colombia, a saber: 1° que existe una situación prerre-
volucionaria inminente en la sociedad colombiana; 2° que es posible, con armas de
grupos irregulares, bloquear totalmente las posibilidades del desarrollo capitalista
nacional; 3° que hay una grave crisis política gestándose en la matriz del sistema
democrático colombiano.

- Rechazo a la «guerra popular prolongada», de inspiración maoísta, como la inten-


tada desde 1963 por el Partido Comunista Marxista-Leninista (PCML) y su brazo
armado, el Ejército Popular de Liberación (EPL); estrategia revisada por ambos, al
llegar al borde de su extinción en 1980.

Actualmente el movimiento guerrillero en Colombia (a excepción del desorbitado


ELN) bascula de formas de «acción militar» hacia formas de «acción política y de
masas». Y ello en acertada sincronía con el movimiento de prudente apertura del
sistema político colombiano, tal como viene operándose en los dos últimos años
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del régimen del presidente Barco. El sistema ha acogido varias de las propuestas
de cambio, levantadas como bandera por algunos de los grupos rebeldes, y tras
una reforma constitucional, se ha abierto la vía del referéndum popular para intro-
ducir legalmente los ajustes audaces de tipo económico, social y político que re-
quiere el país.

El manejo de la paz por Barco

Dentro de este «mare magnum» de tantas formas entrecruzadas de violencia en


Colombia, la administración del presidente Virgilio Barco navegó los dos primeros
años (agosto 86-agosto 88) sin concretar posiciones. Su política general fue de «pul-
so firme» y «mano tendida». Queriendo indicar con ello que la paz en Colombia te-
nía que ser el resultado de un juego dialéctico entre la disuasión y la persuasión;
entre la capacidad disuasiva de los instrumentos de seguridad, de defensa y de jus-
ticia del Estado colombiano, y la capacidad persuasiva de los ingredientes políti-
cos. Respecto de la política anterior de Belisario Betancur, Barco dio prioridad al
desmonte de las llamadas causas «objetivas» de la violencia, lanzando un ambicio-
so plan de rehabilitación de zonas apartadas y deprimidas, de miles de millones de
pesos. Pero según observadores políticos, aunque dicha estrategia es sana, no es
propiamente una estrategia política de paz. Porque es una estrategia de desarrollo
a largo plazo, y «el país no espera». Además, el problema de la guerrilla no es de
construcción de puentes y carreteras, sino de poder. Hubo en la política de Barco
también dos innovaciones. Una fue la de suprimir los intermediarios para estable-
cer una relación directa del gobierno con la guerrilla. Creó para ello un cargo de
alto rango de Asesor Presidencial, que ha sido ocupado sucesivamente por dos fi-
guras jóvenes de gran habilidad negociadora. La otra fue la de evitar candideces y
no dar un paso adelante en otorgar crédito a los grupos rebeldes sin exigir de ellos
contraprestaciones verificables. El país, sin embargo, se vio agitado e incendiado
por paros cívicos25, marchas campesinas, asaltos, emboscadas, masacres, secues-
tros, asesinatos. La opinión pública nacional e internacional tenía la impresión de
que el gobierno había perdido el control del orden público y el manejo firme de la
violencia. Se comenzó a decir que «Barco ni hacía la paz ni hacía la guerra».

Bajo el apremio de las circunstancias y tras una muy cuidadosa consulta de fuerzas
vivas del país y especialistas - que tuvo muy en cuenta los aciertos y las ingenuida-
des del anterior proceso de paz de Betancur -, la administración Barco lanzó una
nueva estrategia de paz el 1° de septiembre de 1988. Estrategia coherente y realista
25
Durante el cuatrienio de la presidencia de Betancur, se llevaron a cabo 94 paros, o sea, uno cada 15
días en promedio. La tendencia aumentó en los dos primeros años de Barco. Véase Giraldo, Javier:
«La reivindicación urbana», Controversia, Bogotá, Nos. 138-139, 1987, p. 79.
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en tres etapas verificables, en la que se ha mantenido firme, a pesar de las críticas


inicialmente elevadas por fuerzas políticas opositoras y algunos grupos rebeldes.
Los primeros resultados parecen irse concretando en el actual proceso de diálogo y
regreso a la legalidad del antiguo belicoso M-19 - actualmente bajo la conducción
de Carlos Pizarro Leongómez - y las etapas previas de una tregua armada que vie-
nen cumpliendo las FARC y otros grupos, a excepción del ELN.

En resumen26, el plan ha previsto tres etapas con mecanismos muy concretos de ve-
rificación, a saber:

1ª etapa: DISTENSIÓN

1. Demostración de voluntad de paz.


2. Suspensión de las acciones violentas y terroristas.
3. Diálogo directo gobierno-guerrillas.

2a etapa: TRANSICIÓN

4. Audiencias sobre reajuste constitucional.


5. Indulto.
6. Diálogos regionales.

3a etapa: INCORPORACIÓN A LA VIDA DEMOCRÁTICA

7. Levantamiento del estado de sitio, vigente desde 1984.


8. Estímulos a los grupos incorporados a la legalidad.
9. Legislación y medidas complementarias.

NOTA: No se suspende la lucha, por parte del Estado colombiano, contra el terro-
rismo y contra quienes persistan en la subversión.

Una cierta esperanza de paz parecía afirmarse al final de un tan largo y contradic-
torio proceso cíclico que ha recorrido Colombia durante 40 años (violencia - rehabi-
litación - normalización - y de nuevo violencia), y se extendía el convencimiento en
Colombia de que las inmensas mayorías del país no quieren la violencia, cuando se
produjo el asesinato de Luis Carlos Galán, la represión general del gobierno contra
los narcotraficantes y la brutal respuesta de éstos; la extradición de los barones de
la droga a los [Link]... y la ascensión en la escalada de bombas y crímenes, como

26
El Tiempo, Bogotá, 2 de septiembre de 1988.
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contrarréplica... y así. En un segundo plano quedó transitoriamente el problema de


los movimientos guerrilleros, lo que no resta valor a la interpretación de Herrando
Gómez Buendía, director del Instituto de Estudios Liberales, quien afirmó categóri-
camente en un estudio profundo que «más que cualquier otra cosa, la actual vio-
lencia política en Colombia... es un monumento a la impotencia de la izquierda de-
mocrática, a su incapacidad de expresar, de dar coherencia y ofrecer salida al des-
contento acumulado de los estratos medios y bajos de ciudades y campos» 27. Y un
grupo de jesuitas estudiosos y comprometidos con la búsqueda de la justicia en
Colombia, concluye28: «Por estas (once) razones, consideramos la opción guerrillera
como un camino que no parece tener posibilidad de éxito, ni a corto ni a largo pla-
zo».

Colombia tiene conciencia de que su modelo de Estado y su estructura social están


implacablemente sometidos a desafíos y presiones que muy contados sistemas so-
portan dentro del hemisferio occidental, y por ello su dirigencia política, social y
económica está propiciando reformas constitucionales y estructurales que aceleren
el cambio y la modernización del país.

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Este artículo es copia fiel del publicado en la revista Nueva Sociedad Nº 105 Enero-
Febrero de 1990, ISSN: 0251-3552, <[Link]>.

Common questions

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Enrique Neira highlights that the persistent and intense violence in Colombia is driven by a multiplicity of interacting and mutually reinforcing forms of violence, involving various actors. Key factors include guerrilla groups dating back to the 1960s, extermination squads falsely labeled as 'paramilitaries', and powerful drug trafficking cartels. The economic power of these cartels is intertwined with guerrilla activities and is now a major generator of violence .

Amnesty International criticizes the Colombian government for either acting or omitting actions that contribute to the violence. It particularly points out the state's failure to repress criminal activities due to an excessive adherence to legality and respect for the rule of law, as demonstrated by instances like releasing a drug lord due to a legal technicality, reflecting the state's structural weakness and dysfunctional institutions .

Neira argues that Colombia’s violence is not unique by comparing it to historical periods of extreme violence in developed nations, including liberation wars, social, racial, and religious conflicts, and international wars. He references the violent past of countries currently seen as peaceful and developed to illustrate that Colombia's violent period fits within a broader context of historical global conflicts .

Drug money significantly influences the dynamics of violence in Colombia by funding various groups. It pays guerrillas for security in their cultivation areas and finances other criminal groups and counter-revolutionary activities, which manifest in selective murders and genocide . This creates a complex web of criminal interactions, increasing the intensity and persistence of violence.

After the failed peace process (1982-1985), the M-19 focused on a 'militarization of politics', breaking off a truce and seeking unity among insurgent groups without a substantive political framework, ultimately becoming a failed paradigm of military guerrilla . In contrast, the FARC pursued a pragmatic 'politicization of war', leveraging opportunities from peace accords to extend their political presence, notably through alliances with the Communist Party and the creation of the Unión Patriótica, thus evolving into a 'societal' guerrilla .

The economic influence of drug cartels severely destabilizes Colombian society and governance. It funds violence, undermines legal institutions through corruption, and impedes the justice system, which becomes overwhelmed and intimidated. This economic power ensures the persistence of violence, contributing to a political crisis by challenging the state's authority and ability to enforce the law .

Colombian leadership proposes constitutional and structural reforms to modernize the country and address persistent challenges. This includes accelerating the pace of change to respond effectively to the daunting internal and external pressures confronting Colombia's political, social, and economic frameworks, with the aim to alleviate the structural weaknesses identified as causes of violence and instability .

The Colombian government's strict adherence to legality hampers its capacity to combat narcotrafficking and guerrillas, as it often results in a weakened response to criminal activities. This legalistic approach sometimes allows perpetrators to evade justice, exemplified by incidents where key figures in drug trafficking are released due to legal loopholes, highlighting a structural and institutional inadequacy in addressing such challenges .

Second-generation guerrilla groups in Colombia are enhancing their strategies through international relationships by creating diplomatic networks to gain support and legitimacy on a global scale. This shift away from traditional guerrilla tactics aims to consolidate their domestic position and enhance their geopolitical influence, aligning with the broader goals of forming popular fronts and prolonging their societal impact .

The 'subversion of subversion' refers to a shift in the guerrilla strategy in Colombia, characterized by a new wave of guerrilla movements like the M-19 and others, seeking deeper social integration. These groups aim for longer-term struggle, forming popular fronts and establishing diplomatic networks, rejecting older tactics of focalized guerrilla actions for more embedded societal presence .

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