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Gracias Por La Compañía Lorrie Moore

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Una mirada ingeniosa y penetrante en los absurdos privados y

públicos de la vida americana.


En las ocho historias que componen Gracias por la compañía, Lorrie
Moore explora el paso del tiempo y convoca sus inevitables penas e
hilarantes decepciones para revelar una singular y exquisita
sabiduría.
Un hombre recién divorciado intenta mantenerse a flote mientras
Estados Unidos se prepara para invadir Iraq; el fantasma de una
amiga recién fallecida visita a una profesora en una reunión de
pesadilla, dos músicos que no han conseguido hacer carrera
muestran los mecanismos del arrepentimiento. La ironía dramática y
el amor imperfecto se abren paso en cada uno de estos relatos
escritos con el característico estilo de Lorrie Moore, siempre tierno,
nunca sentimental y a menudo extremadamente divertido.
Lorrie Moore

Gracias por la compañía


ePub r1.0
Castroponce 18.10.17
Título original: Bark
Lorrie Moore, 2014
Traducción: Daniel Rodríguez Gascón
Diseño de cubierta: Editorial

Editor digital: Castroponce


ePub base r1.2
Para Deborah R y Deborah T
Seguiré aquí… dejando que mi corteza crezca
en torno a la alambrada como una sonrisa.

CAROLINE SQUIRE,
«An Apple Tree Spouts Philosophy in an Office Car Park»

En el sueño de la ruptura
nos peleábamos por quedarnos
con el perro.
Ventisca. Dime tú
qué significa ese nombre. Era un cruce
entre algo grande y suave
y un perro salchicha. ¿Esto tiene que referirse
a los genitales masculinos y femeninos?… ¿Y si
yo fuera el perro, como en
mi yo infantil, inconsolable por ser
totalmente preverbal? […] Ventisca,
sé un perro valiente, esto es
todo material; te despertarás
en un mundo distinto,
volverás a comer, crecerás y serás poeta.
La vida es muy rara, termine como termine,
siempre llena de sueños.

LOUISE GLÜCK ,
«Vita Nova»

No seas huraño. Todo lo que cae al suelo es mío.

AMY GERSTLER,
«Interview with a Dog»
MUDA

Ira llevaba seis meses divorciado y aún no podía quitarse el anillo de


bodas. El dedo se le había hinchado a su alrededor como una masa: una
combinación de deseo frustrado, remordimiento sin límites y ambición
mal dirigida, decía a sus amigos. «Tendrán que amputarme el dedo.» El
anillo (supuestamente de oro, aunque ahora todo lo que había recibido de
Marilyn estaba en duda, quién sabía) encinchaba la camisa de grasa de su
dedo, que había crecido a su alrededor como una parra jodidamente feliz.
«A lo mejor tendría que cortarme la mano entera. Y mandársela», le dijo
por teléfono a su amigo Mike, con quien trabajaba en la Sociedad
Histórica del Estado. «Entenderá la referencia.» Ira quemó
ceremoniosamente el esmoquin de color gris paloma que había llevado el
día de su boda: lo colgó de un palo alto en el jardín trasero, como si fuera
un espantapájaros, y le prendió fuego con un mechero Bic. «Se quemó
muy deprisa», le dijo a modo de disculpa al jefe de bomberos, después de
que el arbusto se incendiara también y antes de que lo llevaran a pasar la
noche en la comisaría local. «Muy deprisa. A lo mejor, no sé, había
residuos del líquido de la limpieza».
—Ya te quitarás el anillo cuando estés preparado —dijo Mike. El
trabajo de Mike, que consistía en aprobar proyectos de conservación
histórica, le dejaba tiempo para hacer muchos cursos de padres permisivos
y leer todos los libros sobre padres permisivos—. Te voy a explicar qué
debes hacer con la depresión. No te digo que te olvides de ti mismo a base
de hacer obras de caridad. No te voy a decir que adquieras un poco de
perspectiva viendo el informativo nacional cada noche ni observando a
quienes están peor que tú, gente que, digamos, va a volar en pedazos por
culpa de una bomba. Voy a decir una cosa: deja de beber, deja de fumar.
Elimina el café, el azúcar, los productos lácteos. Hazlo tres días, y luego
empieza otra vez. Bum. Te lo garantizo, serás muy feliz.
—Me temo —dijo Ira en voz baja— que lo único que me haría feliz
ahora es cortar los cables de los frenos del coche de Marilyn.
—Primavera —dijo impotente Mike, aunque sólo era el final del
invierno—. Es lo que te deja más colgado.
—Deberías escribir canciones. Pero no demasiado a menudo. —Ira se
miró las manos. Una vez se había quitado el anillo para darse un baño
caliente, pero la visión de su dedo expuesto, desnudo como el de un niño,
lo aterrorizó y volvió a colocarse el anillo.
Al otro lado del teléfono Ira oía que Mike suspiraba y buscaba. Puertas
de armario que se cerraban ruidosamente. El frigorífico que se abría y que
«aspiraba» al cerrarse. Ira sabía que Mike y Kate habían tenido problemas
—como solía decirse—, pero su matrimonio aguantaba. «Me divorciaría
—le había confesado Mike una vez a Ira—, pero Kate me mataría».
—Oye —dijo Mike entonces—, ¿por qué no vienes a nuestra casa el
domingo para una cena de Cuaresma? Vamos a tener invitados y ¿quién
sabe?
—¿Quién sabe? —preguntó Ira.
—Sí. ¿Quién sabe?
—¿Qué es una cena de Cuaresma?
—Nos lo hemos inventado. No queríamos hacer un Mardi Gras.
Demasiado irrespetuoso, con la situación internacional.
—Entonces, hacéis Cuaresma. No tengo claro lo de la Cuaresma. Es
decir, sé lo que significa la Cuaresma para los que profesamos el
judaísmo. Pero normalmente no conmemoramos esas transacciones con
comida. Normalmente sólo hay un montón de suspiros.
—Es como una cena del Príncipe de la Paz antes de Semana Santa —
dijo Mike lentamente.
No había predadores naturales en aquella comunidad pequeña,
distraída y tolerante, y por tanto abundaban las criaturas y las creaciones
extrañas.
—¿El Príncipe de la Paz? ¿No el de Mineápolis?
—Se supone que hay que dejar cosas en Cuaresma. El año pasado
abandonamos nuestra fe y nuestra razón, este año vamos a abandonar
nuestra voz democrática, nuestra esperanza. —Ira ya conocía a la mayoría
de los amigos goyishe de Mike. El propio Mike era discreto, tolerante,
extremadamente modesto. Se describía como «católico étnico», y en una
ocasión se quejó abatido de no haber sido lo bastante guapo como para que
un sacerdote abusara de él. «Se limitaban a darme la mano muy deprisa»,
dijo. Los amigos de Mike, sin embargo, solían ser protestantes tensos e
intelectualmente serios que conducían coches nuevos de tonos metálicos y
de quienes se podía esperar que en cinco minutos de conversación
superficial emplearan al menos dos veces la expresión «estrictamente en
el marco de».
—Kate va a invitar a una amiga divorciada —dijo Mike—. No intento
buscarte pareja. Odio eso. Sólo te digo que vengas. Come algo. Es el
principio de Semana Santa y, bueno: nos vendría bien que hubiera un
judío. —Mike soltó una risotada sincera.
—Sí. Recrearé todo el asunto para vosotros —dijo Ira. Miró su anular
hinchado otra vez—. Sí, señor. Iré y os enseñaré cómo se hace.

La nueva casa de Ira, aunque estaba en lo que el agente inmobiliario había


descrito como «un barrio encantador, peatonal», limitado por calles que
llevaban los nombres de presidentes y con calles denominadas por moscas
de pesca (calles Tricópteros, Hedrickson, Oreja de Liebre), estaba llena de
desagües lentos, hornillos que goteaban, tuberías atascadas y un polvo
excelente para garabatear palabrotas: «Marilyn se la come a los
marineros». Había puesto cinta adhesiva en el interior de las ventanas por
donde entraba más corriente, como indicaba el Departamento de
Seguridad; el aire frío inflaba el plástico hacia dentro como las velas de un
barco. En los días de viento era impresionante. «Parece que toda la casa
vaya a echarse a volar», dijo Mike, mirando a su alrededor.
—La verdad es que no —dijo Ira—. Pero está girando. Es muy
interesante.
El jardín ya tenía barro por las lluvias de marzo y en los lechos de
flores verdeaban diminutos brotes de estramonio y grama. En junio, las
armas químicas del terrorismo dirigido contra la zona centro demostrarían
su efectividad para eliminar las malas hierbas del jardín. «¡Éste es el tipo
de guerra que me gusta!», le dijo Ira a un vecino en voz alta. La casa de
Mike y Kate, por otro lado, con sus líneas perfectas y su acogedora
meticulosidad, que apestaba, suponía, a deducciones fiscales por
conservación histórica, le parecía un sueño imposible, algo recortado de
un artículo de revista sobre recuerdos infantiles convocados en el lecho de
muerte. Algo que veía la Pequeña Cerillera al otro lado de la ventana.
Fuera, los aleros eran cuadrados perfectos. El azafrán parecía campanas y
las violetas siberianas parecían caramelos esparcidos por el césped.
Dentro, el olor a comida caliente casi lo hizo llorar y pasó rápido junto a
Kate con el abrigo todavía puesto para abrazar a Mike y besarlo en las dos
mejillas. «¡Hay que besar a todos los hombres guapos!», exclamó Ira.
Después de quitarse el abrigo y de vagar hasta el comedor, brindó con
el champán que había traído. Había ocho invitados, a la mayoría de los
cuales conocía hasta cierto punto, pero en realidad era suficiente. Era
suficiente para todos. Aun así, levantaron los vasos con él. «¡Por la
Cuaresma! —gritó Ira—. ¡Por el fin de los tiempos!» Y, temeroso de que
aquello fuera demasiado lúgubre, añadió: «¡Y por la futura Resurrección!
¡Ojalá esta vez sea un poco más cerca de casa! ¡Jesucristo!». Pronto volvió
a la cocina y, como le parecía que era lo que se requería de él, chilló al ver
el cerdo. Luego empezó a ir de acá para allá de nuevo, disculpándose por
la Crucifixión: «En realidad no queríamos hacerlo —murmuró—, en
realidad no, lo de matar. Nos dejamos llevar un poco. Ya sabéis que la
primavera puede ser un poco descontrolada, pero, creedme, todos lo
sentimos mucho mucho». La amiga divorciada de Kate se llamaba Zora y
era pediatra. Aunque nadie más lo hacía, ella aullaba de risa y, cuando su
cara no estallaba en una carcajada ni su mandíbula se abría y cerraba como
unas tijeras (en un movimiento que Ira reconoció como histeria
posdivorcio: «¿Cuánto tiempo llevas divorciada?», le preguntó más tarde.
«Once años», contestó ella), Ira veía que era muy hermosa: pelo negro y
corto; ojos de un tono avellana rojizo y claro, como té de naranja pekoe;
una nariz aquilina y fuerte, probablemente roncaba; pestañas gruesas que
sobresalían forjadas y negras como las puntas de un tridente de chimenea.
Su cuerpo era a un tiempo rechoncho y delgado, con una piel arrugada y no
arrugada, lo típico cuando estás a punto de doblar la esquina de los
cincuenta. La vejez y la juventud —cantó en silencio—, la juventud y la
vejez, cantan sus canciones a la vez. Ira estaba trabajando en un modesto
volumen de ripios, con el título provisional de Las mujeres son de Venus;
los hombres son del Pene. Eso o Padre de familia: el musical.
Como todas las personas que conocía, sólo podía distinguir la vacuidad
del encanto de la gente si éste se dirigía a alguien que no era él. Cuando
iba dirigido a él, la persona parecía absolutamente agradable. Y así la risa
de Zora, en conjunción con su belleza, lo sentenció un poco, hizo que se
sintiera más agradecido de lo que resultaba razonable.

Inmediatamente, le mandó una postal donde unos recién casados


arrastraban latas de carne vacías atadas al parachoques del coche.
Escribió: «Querida Zora: Me encantó conocerte en casa de Mike». Y luego
apuntó su número de teléfono. Fue sencillo. En el cortejo tenía una historia
de errores, que comenzó a los dieciséis años con su primera novia, a quien
compró en la tienda local la cosa más guay que había visto en su vida: una
mano de madera hermosamente tallada y con el dedo corazón levantado.
Él mismo la había codiciado trémulamente durante un año. ¿Cómo podía
no gustarle a ella? El desprecio que su novia mostró por ese regalo, y
luego por él, lo dejó perplejo y se sintió traicionado. Con Marilyn adoptó
otra estrategia y se hizo el difícil, lo que convirtió su relación en un eterno
Día de Sadie Hawkins[1], y por tanto el subsiguiente matrimonio con Sadie
fue algo inevitablemente condenado al fracaso, una humillante e
interminable cita que se pagaba a escote.
Pero le parecía que esto, la postal de las latas y la nota, contenía la
mezcla adecuada de ligereza y resolución. Sospechaba que era importante
acertar con la combinación elusiva —el término medio geométrico entre
acosador y Rip van Winkle— en el mundo de las citas de la mediana edad,
aunque ¿qué sabía él de ese mundo? Había pasado tanto tiempo que todo
parecía una especie de civilización lejana, ¡un planeta de los mimos!:
pecios humanos encanecidos con abrasados paisajes interiores que
imitaban a los jóvenes y retomaban el asunto donde lo habían dejado
décadas atrás, si recordaban qué demonios era. Ira había sido un hombre
casado durante quince años, un padre durante ocho (pobre Bekka, ahora
rudamente transportada entre casas de una manera veloz, ritual, que
recordaba un intercambio de rehenes), y luego castigado por un pequeño y
ocioso coqueteo de nada, nada, nada con una compañera de trabajo,
castigado con el romance real de su mujer y sus falsos viajes de negocios
(convenciones de Montessori que nunca existieron) y finalmente una
demanda de divorcio enviada desde un hotel. Cuando observaba cómo
otros las atravesaban, admiraba las crisis de la mediana edad, el
atrevimiento, la desvergüenza y la osadía existencial que había en ellas,
pero después de ver a su esposa, una respetable profesora de guardería,
producir y protagonizar una hecha y derecha, le parecía que quienes
sufrían esas crisis no sólo eran indulgentes consigo mismos sino
avariciosos y dementes, y les deseaba a todos extrañas muertes no
naturales con diversos aparatos que se encuentran fácilmente en los
garajes.
Recibió una postal de Zora como respuesta. Era de la habitación de
Van Gogh en Arlés. Bajo la esfera del sello del correo local su caligrafía
era grande pero cuidadosa, con alguna floritura en las ces y las es. Decía:
«Me encantó conocerte en casa de Mike». ¿No era exactamente eso,
palabra por palabra, lo que había escrito él? No había un también, ni un
énfasis en te, sólo las mismas palabras exactas devueltas a él como en un
lunático pimpón postal. O era estúpida o estaba loca o él estaba siendo ya
demasiado duro con ella. No ser duro con la gente —«Les ladras», decía
Marilyn— era algo en lo que intentaba trabajar. Imaginar el hermoso
rostro de Zora ayudó a sus tenues afectos. Había escrito su número de
teléfono y había firmado con una Z de espadachín: como en la película del
Zorro. Eso era mono, supuso. Intuyó. Tenía que echarse un rato.
El fin de semana le tocaba cuidar a Bekka. Estaba en el salón, viendo
Cartoon Network. Le gustaban el «Correcaminos» y «La Liga de la
Justicia». A veces Ira observaba su rostro fascinado, los dibujos animados
que destellaban en la cremosa pantalla de su piel, sus ojos calmados y
abiertos, brillantes por las formas reflejadas presas como hologramas en
canicas. Se sentía fuera de lugar como padre, pero en general intentaba
hacerlo lo mejor posible: afecto, prudencia, fiabilidad y no pedir pizza
todas las noches, aunque en esa ocasión había vuelto a ceder. La semana
anterior Bekka le había dicho: «Cuando mamá y tú estabais casados
siempre había puré de patata para cenar. Ahora estáis divorciados y
siempre hay espaguetis».
—¿Qué te gusta más? —preguntó.
—¡Ninguno de los dos! —gritó, resumiendo su desagrado por todo—.
Los odio.
Esa noche había pedido media pizza de queso y media con guindillas y
jalapeños. Los dos se sentaron juntos delante de «La Liga de la Justicia»,
con bandejas, y comieron trozos de sus raciones respectivas. Héroes de
pecho amplio y cintura estrecha vestidos con colores brillantes combatían
a sus enemigos con recta confianza y, por supuesto, pistolas láser. Al final
Bekka se volvió hacia él: «Mamá dice que si su novio Daniel viene a vivir
a casa puedo tener un perro. Un perro y un conejito».
—¿Y un conejito? —dijo Ira.
Cuando la familia aún estaba unida, intacta, la Bekka de cuatro años,
recién llegada a los números y al paso del tiempo, exclamaba
triunfalmente a sus amigos: «¡Mamá y papá dicen que puedo tener un
perro! ¡Cuando cumpla dieciocho años!». No habían hablado de conejos.
Pero quizá se debía a la proximidad de la Semana Santa. Sabía que a
Bekka le encantaban los animales. Una vez, en una ensoñación a la hora
del baño, había nombrado a sus cinco personas favoritas, cuatro de las
cuales eran perros. La quinta era su bicicleta azul.
—Un perro y un conejito —repitió Bekka, e Ira tuvo que reprimir
imágenes del perro con la cabeza ensangrentada del conejo en la boca.
—Entonces, ¿qué te parece? —preguntó cautelosamente, porque quería
saber su opinión sobre la cuestión de Daniel.
Bekka se encogió de hombros y masticó.
—Lo que tú digas —dijo, su nueva expresión para «De nada», «Hola»,
«Adiós» y «Sólo tengo ocho años»—. No quiero que todas sus cosas estén
en casa. Su coche no deja salir al nuestro en el camino de entrada.
—Vaya —dijo Ira, su nueva palabra para «Debo permanecer tan
neutral como sea posible» y «Tu madre es una puta».
—No quiero tener un padrastro —dijo Bekka.
—A lo mejor podría vivir en los astros —dijo Ira, y Bekka sonrió con
suficiencia, con la boca llena de mozzarella.
—Además —dijo Bekka—, Larry me cae mejor. Es más fuerte.
—¿Quién es Larry? —dijo Ira, en vez de «vaya».
—Es otro tío —respondió Bekka. A veces se refería a su madre como
«tía». «Es una tía, claro», decía Ira.
—Vaya —dijo Ira—. Vaya, vaya.

Llamó a Zora cuatro días después, para no parecer desalentadoramente


impaciente. Recurrió a su interpretación más segura. «Hola, ¿Zora? Soy
Ira», dijo, y luego esperó —quizá de manera narcisista, pero ¿qué más
podía decir?— su respuesta.
—¿Ira?
—Sí. Ira Milkins.
—Lo siento —dijo—. No sé quién eres.
Ira agarró con fuerza el teléfono y se miró, y de pronto no encontró
nada. Como si hubiera desaparecido de cuello para abajo.
—Nos conocimos el domingo pasado en casa de Mike y Kate. —Su
voz temblaba. Si alguna vez conseguía salir con ella, tendría que tomarse
una de esas drogas que usan los violadores y quedarse inconsciente en su
sofá.
—¿Ira? Ohhhhhhhhh. Ira. Sí. El judío.
—Sí, el judío. Ése era yo. —¿Debería colgar? No le parecía que
pudiera seguir. Pero debía seguir. Ahí tenías a un hombre de teatro.
—Fue una cena agradable —dijo ella.
—Sí.
—Normalmente me salto la Cuaresma.
—Yo también —dijo Ira—. Es más fácil. ¿Quién quiere ese lío?
—Pero a veces se me olvida la tranquilidad y confraternización que
puede dar una comida con amigos, sobre todo en un momento como éste.
Ira tuvo que pensar en su forma de decir confraternización. Sonaba
new age y amish al mismo tiempo.
—Pero Mike y Kate dirigen ese tipo de hogar. Todo es calor y bondad.
Ira pensó en eso. ¿Qué otro tipo de hogar se podía dirigir, si te
molestabas en hacerlo? Duro, frío y mezquino: así había sido el suyo con
Marilyn, al final. Era como esos monos del experimento y sus madres de
alambre. ¿Qué sabían los bebés mono? La madre de alambre era lo único
que tenían, y debían aferrarse a ella, como le había pasado a él, aunque
sólo fuera un perchero. Mamá. Era mucho más fácil tatuarte la palabra en
la mano. Estabas acostumbrado al dolor. Estabas marcado. De niño, para
un proyecto de clase de ciencias, había intentado reproducir el
experimento de Konrad Lorenz con patitos. Pero se había hecho un lío con
las luces de incubación y había cocido los patos dentro del huevo: el
sótano apestaba tanto que su madre le gritó durante días. Era una lección
científica de algún tipo —los límites emocionales de la madre trabajadora
Homo sapiens judía—, pero era ciencia blanda, menos impresionante.
—¿Qué tipo de hogar diriges tú? —preguntó.
—¿Hogar? Ah, quiero conseguir uno de ésos. En este momento, de
hecho, te hablo desde una tienda de campaña militar.
Ah, era graciosa. Quizá pudieran reír y reír hasta el atardecer.
—Me encantan las tiendas de campaña militares —dijo. ¿Qué era
exactamente una tienda de campaña militar? Se le había olvidado.
—Vivo con un hijo adolescente, así que no tengo ni idea del hogar que
llevo. En cuanto tienes un adolescente, todo cambia.
Hubo un silencio. No podía imaginarse a Bekka como adolescente. O,
más bien, podía, en cierto modo, porque a menudo actuaba como si lo
fuera, llena de ira hacia los incompetentes camareros que la vida había
contratado para que le trajeran su comanda.
—Bueno, ¿te gustaría quedar para tomar una copa? —preguntó Zora
por fin, como si lo hubiera preguntado muchas veces, con un tono que
mezclaba el cansancio y la alegría, el pseudoprofesionalismo de alguien en
la posición tediosamente familiar y oficial de estar sin pareja y saliendo
con gente.
—Sí —dijo Ira—. Ésa es exactamente la razón por la que he llamado.
—No puedes imaginar la monotonía cotidiana de la pediatría —dijo
Zora, que no había probado el vino—. Infección de oído, infección de
oído, infección de oído. Guau. Aquí hay algo excitante: diabetes juvenil.
Día tras día tienes que mirar a los padres a los ojos y repetir la misma
frase excitante: «Hay muchos virus por ahí». Pensé en hacer oncología
pediátrica, porque cuando pregunté a otros médicos por qué se habían
metido en algo que parecía tan deprimente, decían: «Porque los niños no
se deprimen». Me parecía interesante. Y esperanzador. Pero cuando
pregunté a médicos de esa especialidad por qué se jubilaban pronto, decían
que estaban hartos de ver morir a niños. ¡Los niños no se deprimen, sólo se
mueren! Ésas eran mis opciones cuando estudié Medicina. Antes de
licenciarme elegí muchas asignaturas de arte e hice escultura, que todavía
practico un poco, ¡para que los jugos creativos sigan fluyendo! Pero lo que
de verdad me gustaría hacer ahora es escribir libros infantiles. Miro
algunos de los libros que hay en la sala de espera y me entran ganas de
tirarlos al acuario. Pienso: «Yo podría hacerlo mejor». Empecé uno sobre
un erizo.
—¿Qué es un erizo exactamente? —Ira miraba el vaso lleno de Zora y
el suyo vacío—. Los confundo con las marmotas y las tuzas.
—Son… Bueno, lo que importa es que todos llevan ropitas de lunares,
chalecos y sombreros y cosas —dijo irritada.
—Supongo —dijo él, algo asustado. ¿Qué le pasaba? No le gustaban
los momentos tensos en restaurantes. Hacían que su mente vagara
estratégicamente hacia ideas como «¿Por qué esto se llama servilleta en
vez de pañoleta?» o «Seguro que a Dios le encanta la mantequilla».
Intentó concentrarse en los aspectos visuales, en lo que llevaba Zora, una
blusa de seda de color calabaza que dudó en elogiar por temor a que ella lo
tomara por gay. Marilyn amenazó con cancelar su boda porque él había
elogiado con entusiasmo el tejido de su vestido y luego seleccionó de
forma demasiado prolongada y perfeccionista su esmoquin, sin encontrar
el tono correcto de «tórtola», un color sobre el que había leído en una
revista de bodas. «¿Eres homosexual? —preguntó—. Tienes que decírmelo
ahora. No voy a cometer el mismo error que mi hermana».
Quizá la irritabilidad de Zora sólo fuese frustración creativa. Ira
comprendía. Aunque trabajaba en la Oficina de Recursos Humanos de la
Sociedad Histórica, le gustaba ayudar en las exposiciones de la sociedad,
haciendo carteles y dioramas, y una vez incluso una marioneta para un
pequeño espectáculo que la asociación había dedicado al primer
gobernador. ¡Era una suerte tener un trabajo que significaba algo!
Comprendía esas ambiciones artísticas pequeñas, diáfanas, que asaltaban a
la gente y podían parecer colapsos nerviosos.
—¿Qué pasa en el cuento del erizo? —preguntó Ira, y luego se puso a
terminar la comida, una berenjena con parmesano que ahora querría no
haber pedido. Deseaba el pedazo de bistec de Zora. Quizá tenía anemia. O
quizá sólo era un deseo del sabor a sangre y metal en la boca. Zora, lo
sabía, estaba comprometida con la carne. Mientras que los coches de todo
el mundo se dedicaban a oponerse a la posibilidad de la guerra o a apoyar
a las tropas convocadas, en su Honda, Zora tenía una pegatina que decía:
LA CARNE ROJA NO ES MALA PARA TI. LA CARNE CUBIERTA DE PELUSA, VERDOSA Y
AZUL ES MALA PARA TI.
—¿El cuento del erizo? —empezó Zora—. El erizo se va a dar un
paseo, porque está triste…, está basado en un cuento que le contaba a mi
hijo. El erizo sale a dar un paseo y llega a una extraña casa amarilla donde
hay un cartel que dice: BIENVENIDO, ERIZO: ÉSTA PODRÍA SER TU NUEVA CASA,
y, como estaba triste, la idea de un nuevo hogar le atrae. Entra y dentro hay
una familia de cocodrilos. Bueno, te ahorraré el resto, pero puedes pillar la
idea general.
—No veo claro lo de la familia de cocodrilos.
Se quedó callada un momento, masticando el hermoso rubí de su
bistec.
—Todas las familias son una familia de cocodrilos.
—Cocodrilos. Bueno… Sin duda es una forma de verlo. —Ira se miró
el reloj.
—Sí. Volviendo al libro. Me da una salida. Quiero decir: mi trabajo no
está tan mal. Algunos de los niños son monos. Pero otros son
insoportables, por supuesto, otros están trastornados, otros sólo son unos
consentidos y se portan mal. Es difícil saber qué hacer. No nos dejan
pegarles.
—¿No puedes pegarles? —Ahora veía que ella había progresado un
poco con su vino.
—Soy de Kentucky —dijo ella.
—Ah. —Él bebió del vaso de agua, para ganar tiempo.
Ella masticó reflexivamente. El merlot empezaba a bosquejar una línea
irregular, costrosa, en la piel muerta sobre su labio superior.
—Es como Irlanda pero con más caballos y pistolas.
—No habrá muchos judíos. —No tenía idea de por qué decía la mitad
de las cosas que decía. Quizá en esa ocasión se debía a que en otro tiempo
había sido un historiador dedicado a investigar el pasado de las
comunidades, escarbando en los archivos en busca de genealogías y las
iconografías de varios grupos étnicos, sin darse cuenta de que
generalmente otros historiadores consideraban esa actividad una forma
sentimental de historia, que no iluminaba nada; y aunque no iluminar nada
no le parecía una mala idea, cuando pudo se decidió por el trabajo en
recursos humanos.
—No demasiados —dijo ella—. Conocí a una familia armenia cuando
vivía allí. Por lo menos creo que eran armenios.
Cuando llegó la cuenta, ella la ignoró, como si fuera una mosca que
había aterrizado y pronto volvería a marcharse. Así que eso era el
feminismo. Ira sacó su tarjeta de crédito de empleado estatal y la camarera
llegó y se la llevó. Existían, le habían dicho, cuatro frases de siete palabras
que por lo general señalaban el final de una relación. Una era «Creo que
deberíamos ver a otras personas». (Que siempre significaba otra frase de
siete palabras: «Ya me estoy acostando con otra persona».) La segunda
frase de siete palabras era, supuestamente: «A lo mejor puedes dejar la
propina». La tercera era: «¿Ya has vuelto a olvidarte la cartera?». La
cuarta, la más letal de las frases letales, era: «¡Ay, yo también he olvidado
la cartera!».
No imaginaba que volverían a verse. Pero cuando la dejó en su casa y
la acompañó hacia la puerta, Zora cogió de pronto su cara con las dos
manos, y su boca se convirtió en una criatura húmeda que exploraba la de
Ira. Le abrió la chaqueta, empujó su cuerpo hacia dentro, contra el de él, y
la seda de color calabaza de su blusa se deslizó sobre la camisa de Ira. Sus
labios se alejaron con una aspiración. «Te llamaré», dijo, sonriendo. Sus
ojos parecían enloquecidos por algo, como si hubiera tomado ginebra,
aunque sólo había bebido vino.
—Vale —murmuró él, bajando los peldaños, en la oscuridad, mientras
el motor del coche seguía encendido y sus luces brillaban en la calle.

Estaba en el salón de Zora la semana siguiente. Era beis y blanco con


tonos de arándano. En las paredes colgaban fotos de su hijo en marcos
negros. Bruno, de todas las edades, también ahora. Había fotos de Bruno
prono en el suelo. Había fotos de Bruno y Zora juntos, él se escondía en
los pliegues de su falda y ella bajaba su pelo largo hacia su rostro,
cubriéndolo completamente. Ahí estaba otra vez, inclinado entre sus
rodillas, desnudo como un chelo. Había fotos de él en el baño, aunque en
algunas estaba claramente al principio de la pubertad. En la esquina había
unas doce esculturas de madera de chicos desnudos que había tallado ella
misma. «Una de las aficiones de las que te hablé», le dijo. Eran cosas
asombrosas. Había hecho agujeros en sus penes con un taladro y una broca
para que pudiera pasar el agua por si alguna vez quería venderlas como
fuentes de jardín. «Son niños con alas. El hermoso adolescente que se aleja
volando. Viene de la mitología. Se me ha olvidado cómo los llaman. Me
encantan sus culitos.» Él asintió, estudiando las nalgas prietas, esculpidas,
los falos con caño y aspecto de champiñón, las largas espaldas y
extremidades. Sí: ése era el tipo de mujer que se había perdido por estar
casado durante todos esos años. ¿En qué pensaba para estar casado tanto
tiempo?
Se sentó y le pidió vino.
—¿Sabes?, soy un poco cobarde en las cuestiones románticas —dijo a
manera de disculpa—. No tengo la confianza que tenía. No creo que pueda
quitarme la ropa delante de otra persona. Ni siquiera en el gimnasio, para
ser sincero. Me cambio en los cubículos de los retretes. Después del
divorcio y todo.
—Ah, sí, el divorcio hace eso —dijo, tranquilizadora. Le sirvió vino—.
Es como un truco. Es como alguien que pone una alfombra sobre una
trampilla y te dice: «Ven aquí». Y vas. Y pumba. —Sacó una pipa de
hachís, la encendió y se la pasó.
—Nunca había visto fumar a una pediatra.
—¿En serio? —dijo ella, con algo de dificultad, todavía sin recobrar la
respiración.

Los pezones de sus pechos eran largos, cilíndricos y rígidos, y parecía


como si dos pequeños desatascadores de fregaderas hubieran pasado por el
cuarto y se hubieran quedado atrapados allí por la succión. Su boca se
abrió hambrienta para besarlos.
—A lo mejor te quieres quitar los zapatos —susurró ella.
—Oh, no —dijo él.
Había sexo en el que te mirabas a los ojos y te decían cosas hermosas,
y luego lo que Ira llamaba sexo yuju: donde la otra persona parecía
raptada, como si no estuviera del todo allí y su placer fuera misterioso y
loco y sólo accidentalmente relacionado contigo. «Yuju…» era lo que
decía su abuela antes de entrar en una casa donde conocía a alguien, pero
no lo bastante como para saber si de verdad estaba en ella.
—¿Dónde estás? —dijo Ira en la oscuridad.
Decidió que en un caso como aquél podía sentir una distancia casta y
santificadora. No era él quien estaba teniendo relaciones sexuales. El
condón tenía relaciones y él sólo intentaba detenerlo. Las velas de Zora en
la mesilla de noche se habían calentado y formaban charcos claros en sus
latas. Parpadeaban humeantes. Intentaba no pensar en que antes de que las
hubiera encendido y hubiera retirado la cubierta de la cama se había dado
cuenta de que las velas ya se habían fundido hasta el tamaño de botones,
con las mechas ennegrecidas en una brasa. No era bueno pensar en el uso
previo de las velas del dormitorio de una mujer que te acababa de bajar la
bragueta. Además, estaba demasiado agradecido por la existencia de esas
velas, y especialmente con esos pequeños niños prodigio del salón. Quizá
el pelo blanquecino de su pecho no pareciera tan blanco. Para eso estaban
hechas las velas: para la versión triste, sexualmente tímida, baja de forma,
de mediana edad de sí mismo. ¿Cómo no había entendido eso en su
matrimonio? Zora parecía no tener edad, como una ninfa con su pelo
corto, aunque cuando le quitó las gafas a Ira se convirtió en una niebla de
formas tenues y cambiantes, y podría haber sido Dick Cheney, Lon
Chaney, Lee Marvin o La Masa Devoradora, sólo que ella olía bien y, salvo
por la ocasional zona áspera, tenía la piel satinada de una niña.
Zora dejó escapar un suspiro largo y cansado.
—¿Adónde has ido? —preguntó de nuevo, ansiosamente.
—Estaba aquí, tonto —dijo ella, y le pellizcó la cadera. Levantó y bajó
una de sus largas piernas fuera de la cubierta—. ¿Has llegado?
—¿Perdona?
—¿Has llegado?
—¿Llegado? —Alguien le había hecho una vez la misma pregunta,
cuando se había detenido en la pista de aterrizaje para atarse un zapato
después de desembarcar de un avión.
—¿Has tenido un orgasmo? Con algunos hombres no siempre está
claro.
—Sí, gracias. Quiero decir, ha sido, para mí, muy claro.
—Todavía llevas el anillo de casado —dijo ella.
—Está atascado. No sé por qué.
—Déjame verlo —dijo ella, y le tiró del dedo, pero la piel suelta en
torno a su nudillo se amontonó y lo atascó, haciéndole daño en la mano.
—Ay —dijo él al fin.
—A lo mejor luego, con jabón —dijo ella. Se tendió y volvió a
balancear las piernas en el aire.
—¿Te gusta bailar? —preguntó.
—A veces —dijo ella.
—Seguro que eres una bailarina maravillosa —dijo Ira.
—No —dijo—. Pero siempre se me ocurren cosas que hacer.
—Es una buena cualidad.
—¿Tú crees? —preguntó ella, y se acercó a él y empezó a hacerle
cosquillas.
—Creo que no tengo cosquillas —dijo él.
—Oh. —Se detuvo.
—O sea, probablemente un poco —añadió—, pero no muchas.
—Me gustaría que conocieras a mi hijo —dijo Zora.
—¿Está aquí?
—Está debajo de la cama. ¿Bruny? —Ay, las graciosas eran graciosas.
—¿Cómo se llama?
—Bruno. Yo lo llamo Bruny. Esta semana está con su padre.
Las extensas familias del divorcio. Ira intentó no sentirse celoso. Era
muy posible que no fuera lo bastante maduro como para salir con una
mujer divorciada.
—Háblame de su padre.
—¿Su padre? Su padre también es pediatra, pero le gusta mucho el
baile tradicional inglés. Donde al final conoció a otra. Qué mala potra.
Ira apuntaría eso en su cuaderno: «Otra, qué mala potra».
—Creo que nadie debería bailar otra cosa que un baile convencional —
dijo Ira—. No es normal. En mi opinión.
—Bueno, se fue hace mucho. Dijo que había cometido un terrible error
al casarse. Dijo que la intimidad estaba fuera de su alcance. Sé que eso es
verdad con respecto a algunas personas, pero nunca había oído que nadie
lo dijera en voz alta sobre sí mismo.
—¡Lo sé! —dijo Ira—. ¡Ni Hitler dijo eso! Es decir, no quiero
comparar a tu ex con Hitler como líder. Sólo como hombre.
Zora le acarició el brazo.
—¿Estás listo para conocer a Bruno? Mi novio anterior le caía fatal.
Por eso rompimos.
—¿De verdad? —Eso silenció a Ira un momento—. Si yo dejara a mi
hija decidir esos asuntos, estaría saliendo con un beagle.
—Yo creo que los niños son lo primero. —Ahora su voz tenía un filo
acerado.
—Oh, sí, sí, yo también —dijo rápidamente. De pronto se sintió
paralizado y frío.
Ella metió la mano en el cajón de la mesilla, sacó un frasco y mordió
una pastilla.
—Anda, toma media —dijo—. Si no, no vamos a dormir nada. A veces
ronco. Probablemente tú también.
—Qué bonito —dijo Ira afectuosamente—. Tomar estas pastillas
juntos.

Se tambaleaba durante sus días, cansado e inseguro. En la oficina


extraviaba archivos. A veces derribaba cosas por accidente: un vaso de
agua o el manual de derechos laborales. Las noticias de la guerra
inminente también se cobraban un peaje. Por la noche, en la cama, los
momentos antes de dormir eran una especie de encuentro poderoso con la
muerte. ¿Qué le había pasado al mundo? Marzo todavía no parecía
primavera, sobre todo con el plástico pegado con cinta adhesiva en las
ventanas. Cuando intentaba mirar el exterior, los árboles parecían pegados
en la suciedad cerosa de un cielo todavía invernal. Le habría gustado que
ese mes tuviera un nombre menos bélico. ¿Por qué Marte? ¿Y un dios más
veloz, como Mercurio? Eso podría funcionar.
Se llevó dos gatos de la protectora de animales para que Bekka
también pudiera jugar con mascotas vivas en su casa. Fue a la tienda con
Bekka y compraron arena y comida para gatos.
—¡Provisiones! —exclamó Ira.
—Si la guerra llega hasta aquí, podemos comer la comida para gatos
—sugirió Bekka.
—Comida para gatos, de eso nada. Podemos comernos a los gatos —
dijo Ira.
—Eso es asqueroso, papá.
Ira se encogió de hombros.
—¡Mira, ésa es una de las cosas de ti que no le gustaban a mamá! —
añadió.
—¿De verdad? ¿Te lo ha dicho?
—Más o menos.
—A mamá le gusto. Lo que pasa es que está muy ocupada.
—Lo que tú digas.
Volvió a los gatos.
—¿Cómo deberíamos llamarlos? —La comida siempre debe tener un
nombre.
—No sé —Bekka estudió los gatos.
Ira detestaba los valiosos nombres literarios que la gente daba a las
mascotas: personajes de ópera y Proust. Cuando conoció a Marilyn, tenía
un gato llamado Portia, pero Ira insistió en llamarlo Colmillo.
—Creo que deberíamos llamarlos Bola de Nieve y Copo de Nieve —
dijo Bekka, que miraba con ojos vidriosos los dos dorados gatos de rayas.
—No parecen una bola de nieve o un copo de nieve —dijo Ira,
intentando que no se notara su decepción. A veces Bekka le parecía
totalmente banal. Tenía episodios de un convencionalismo inexplicable y
vacuo—. ¿Qué te parece Explorador? —Siempre había querido llamar a
un gato Explorador—. ¿Qué tal Explorador? —En la protectora de
animales alguien encargado de las chapas identificativas los había llamado
«Jake» y «Falso Jake», pero las comillas en torno a los nombres eran una
invitación para cambiarlos.
—Bola de Fuego y Copo de Fuego —intentó Bekka.
Ira la miró, esperaba, suplicante y persuasivamente.
—¿En serio? Bola de Fuego y Copo de Fuego no parecen nombres de
gatos tuyos.
La cara de Bekka se contrajo llorosa.
—¡Tú no me conoces! ¡Sólo vivo contigo parte del tiempo! ¡El resto
del tiempo vivo con mamá, y ella tampoco me conoce! ¡La única persona
que me conozco soy yo!
—Vale, vale —dijo Ira. Los ojos lo miraban con recelo. En tiempos de
guerra no discutas con una bola de fuego o un copo de fuego. Nunca
discutas con la comida—. Bola de Fuego y Copo de Fuego. —¿Qué eran?
Dos personas de mediana edad en una cita.
—¿Por qué no vienes a cenar? —Zora lo llamó por teléfono una tarde
—. Voy a hacer espaguetis a la primavera, el plato favorito de Bruny;
pásate y lo conoces. A no ser que tengas a Bekka esta noche.
—No, no la tengo —dijo Ira con tristeza—. ¿Qué son los espaguetis a
la primavera?
—Es lo mismo que los espaguetis normales, sólo que se sirven tibios.
A temperatura ambiente. Con un poco de albahaca fresca.
—¿Qué llevo?
—Igual puedes traer un poco de aperitivo y un postre —dijo ella—. Y
a lo mejor una ensalada, algo de pan si tienes una panadería cerca y una
botella de vino. También una silla extra, si tienes una. Necesitaremos una
silla extra.
—Vale —dijo él.
Iba un poco cargado cuando llegó ante la puerta. Ella salió, él pensó
que para ayudarle, pero lo rodeó con los brazos y lo besó. «Tengo que
besarte aquí en la puerta. A Bruny no le gusta ver esas cosas.» Besó a Ira
de una forma dulce, gomosa, en la boca. Luego volvió a entrar, sonriendo,
aguantando la puerta para que pasara él. Oh, las hermosas sonrisas de los
locos. Pronto, estaba seguro, habría un estudio que mostraría que los
enfermos mentales eran en realidad más atractivos que otra gente. ¡Las
citas lo demostraban! El papel de aluminio sobre su ensalada se deslizaba
y los brownies que había hecho para el postre seguían calientes y
probablemente estaban calentando y marchitando la lechuga por debajo de
la ensaladera. Intentó una zancada familiar y de propietario por el salón,
aunque no se sentía ninguna de las dos cosas, luego lo dejó todo en la mesa
de la cocina.
—Gracias —dijo Zora, y le puso la mano al final de la espalda. Se
sentía profundamente atraído hacia ella. No había nada que pudiera hacer
al respecto.
—Huele bien —dijo él—. Hueles bien. —Una mezcla de ajo, cítricos y
talco revestidos de nuez moscada—. Tengo que ir al coche a buscar el
aperitivo y la silla —dijo, y se fue rápidamente. Cuando volvió, le entregó
el aperitivo: un plato de olivas sobre un lecho de hierbas (no sabía nada de
comida; en el trabajo alguien le había dicho que nunca se equivocaría con
las olivas: «Fíjate: “L-e-c-h-o”. ¿Lo pillas?»), y luego puso la silla junto a
la pequeña mesa para dos de Zora (nunca había visto una mesa de comedor
hecha para menos de cuatro personas), Zora lo miró intensamente y
susurró: «¿Estás listo para conocer a Bruny?».
Listo. No sabía exactamente qué significaba eso. Parecía que ella lo
había invertido todo, que debería preguntarle a Bruno, o Bruny o Brune si
estaba listo para conocerlo a él.
—Listo —dijo.
Una flauta titubeante sonaba al otro lado tras una puerta cerrada al
final del pasillo. «¿Bruny?», llamó Zora. La música se detuvo. De pronto
respondió una voz que ladraba, que aullaba: «¿Qué?».
—Ven a conocer a Ira, por favor.
Hubo un silencio. Hubo la nada. Nadie se movió durante mucho rato.
Ira sonrió educadamente. «Oh, déjalo tocar», dijo.
—Ahora vuelvo —dijo Zora, y recorrió el pasillo hasta la puerta de
Bruno, llamó y entró, cerrándola tras ella.
Ira se quedó allí un rato, luego cogió el sacacorchos, abrió la botella de
vino y empezó a beber. Al cabo de varios minutos Zora regresó a la cocina,
suspirando. «Bruny está de mal humor.» De pronto se cerró una puerta y
unos pasos ruidosos, fatigados, trajeron a Bruno, el chico mismo, a la
cocina. Estaba descalzo y llevaba una camiseta y un pantalón de deporte,
el vello ya le oscurecía las piernas. Sus cejas formaban una viril uve negra
sobre el puente de su nariz. No era alto, pero ya era musculoso, con
hombros anchos y extremidades gruesas, y cruzó los brazos sobre el pecho
y se apoyó en la pared con cansada beligerancia.
—Bruny, éste es Ira —dijo Zora.
Ira dejó su copa de vino y alargó la mano. Bruno descruzó los brazos
pero no le dio la mano. En cambio, sacó la barbilla y frunció el ceño. Ira
volvió a coger la copa.
—Me alegro de conocerte. Tu madre me ha contado un montón de
cosas estupendas sobre ti. —Intentó recordar una.
Bruno miró el cuenco con el aperitivo.
—¿Qué es ese pringue en las olivas? —En realidad no era una
pregunta, así que nadie la respondió. Bruno se volvió hacia su madre—.
¿Puedo volver a mi cuarto?
—Sí, cariño —dijo Zora. Miró a Ira—. Está ensayando para el
concurso de instrumentos de viento de madera del sábado que viene. Se lo
toma muy en serio.
Cuando Bruno se marchó hacia su habitación, Ira se acercó a besar a
Zora, pero ella se alejó un poco. «Bruno podría oírnos», susurró.
—Vamos a un restaurante. Tú y yo. Mi ensalada no es buena.
—No podemos dejar a Bruno solo. Tiene dieciséis años.
«Yo trabajaba en una fábrica de acero cuando tenía dieciséis años»,
decidió no decir Ira. En vez de eso dijo:
—¿No tiene amigos?
—Ahora va con varios grupos sociales —dijo Zora, a la defensiva—.
Le cuesta encontrar a otros chicos que sean tan serios intelectualmente
como él.
—Le alquilaremos una peli —dijo Ira—. Perdona, una película. Una
película extranjera, ya que es tan serio. Un documental. ¡Le alquilaremos
un documental extranjero!
—No tenemos vídeo.
—¿No tenéis vídeo? —En ese momento Ira encontró los cubiertos y
ayudó a poner la mesa. Cuando se sentaron para comer y se echaron más
vino en las copas, Bruno salió de pronto y se les unió, sin decir nada. Los
espaguetis a la primavera estaban metidos en una gran fuente de cristal
con queso rallado. «Justo como te gustan, Brune», dijo Zora.
—Entonces, Bruno, ¿qué curso haces?
Bruno lanzó una mirada desdeñosa.
—Décimo —dijo.
—Entonces, aún te falta para la universidad —dijo Ira, pensando en
voz alta por accidente.
—Supongo —dijo Bruno; luego se dedicó a los espaguetis a la
primavera.
—Entonces, ¿qué asignaturas has elegido, además de música? —
preguntó Ira, después de un largo momento incómodo.
—No hago música —dijo con la boca llena—. Estoy en la Banda del
Estado de Instrumentos de Viento-Madera.
—¡La Banda del Estado! ¡Qué interesante! ¿Tienes clase de, por
ejemplo, historia de Estados Unidos?
—Están estudiando otra vez la selva amazónica —dijo Zora—. Llevan
con eso desde preescolar.
Ira bebió con melancólico entusiasmo su vino —había pasado una
parte de su vida demasiado grande vagando en el desierto de su propia
baba, oh, los ataques que había lanzado a la hora de comer contra su propia
y frágil conciencia— y se le derramó un poco en la camisa.
—Vaya, hombre, mira.
Frotó la mancha de vino con la servilleta y miró a Bruno, con una
sonrisa zalamera.
—Algún día te podría pasar a ti —dijo Ira, parpadeando en la dirección
de Bruno.
—Eso nunca me pasaría a mí —murmuró Bruno.
Ira siguió limpiándose la camisa. Empezó a pensar en su libro.
«Aunque sea el amado de tu madre, no soy rival, enemigo ni cobarde.» Le
encantaban las rimas. «¡Azar! ¡Vulgar! ¡Pulgar!» Eran armoniosas y
alegres frente a la mierda total.
Bruno empezó a dar suaves patadas a su madre por debajo de la mesa.
Zora comenzó a devolverle los golpes lúdicamente, y pronto estaban
peleándose: su enérgico juego de pies les hacía deslizarse de las sillas un
poco, mientras Ira fingía no darse cuenta y cortaba la ensalada con el
borde del tenedor, demasiado asustado como para levantar mucho la vista.
Al cabo de unos minutos —cuando el juego de pies se había detenido e Ira
había exclamado: «¡Una cena estupenda, Zora!»— todos se pusieron en
pie y limpiaron la mesa, llevaron los platos a la cocina y los dejaron en
una pila desordenada en el fregadero. Ira empezó a echar agua tibia con
poco entusiasmo sobre ellos, y Zora y Bruno, a cierta distancia detrás de
él, comenzaron a empujarse, embistiendo suavemente contra sus
respectivos costados. Ira miró por encima del hombro y vio que Zora daba
un paso atrás y asumía la posición inicial de un luchador, y Bruno saltaba
hacia ella, la cargaba sobre el hombro y la llevaba hacia el salón donde, Ira
lo vio, la tiró, entre risas, sobre el sofá.
¿Debía unirse Ira? ¿Debía marcharse?
—Todavía te puedo ganar, Brune, cuando estamos en la cama —dijo
Zora.
—Sí, es verdad —dijo Bruno.
Quizá era hora de marcharse. La próxima vez Ira traería un vídeo para
Bruno y se llevaría a Zora a comer fuera.
—Bueno, ¡qué tarde se ha hecho! Encantado de conocerte, Bruno —
dijo, estrechando la mano grande y floja del chico. Zora estaba sin aliento.
Acompañó a Ira hasta el coche, lo ayudó a llevar su silla y la ensaladera—.
Ha sido una cena maravillosa —dijo Ira—. Y tú eres una mujer
maravillosa. Y tu hijo parece muy inteligente y los dos sois adorables
cuando estáis juntos.
Zora resplandeció, aparentemente muda de felicidad. Si Ira hubiera
sabido decir esas imaginativas fruslerías durante su matrimonio, seguro
que Marilyn nunca lo habría dejado.
Le dio a Zora un beso rápido en la mejilla —el calor de su lucha había
acentuado su hermoso olor a nuez moscada— y después volvió a besarla
en el cuello, cerca del oído. Sólo en el coche de regreso a casa pensó en
todos los vínculos eróticos profundamente erróneos que se creaban en
tiempos de guerra, en los locos romances que la especie cocinaba
rápidamente para escapar a la muerte. Encendió la radio: las noticias de
Oriente Próximo eran tan surrealistas y desoladas que cuando oyó las
toneladas de bombas que estaba previsto arrojar sobre Bagdad sintió que
su mandíbula se caía de sorpresa. Aparcó el coche, encendió la luz del
interior y miró en el espejo retrovisor el aspecto que tenía su cara en ese
momento concreto. Había notado que su cara hacía eso en otra ocasión —
cuando recibió los papeles del divorcio de Marilyn: ahí sí que tenías
conmoción y pavor; hasta decapitación—, pero en realidad nunca se había
visto. Entonces. Ahora lo sabía. No era bueno: estupefacto, pálido y no
muy inteligente. No era lo mismo que el autoconocimiento, pero la vida no
era tan larga ni tan edificante, y a veces había que arreglárselas con esos
arbitrarios fragmentos de información.
Arrancó de nuevo, lentamente; fuera había empezado a llover, y en una
intersección brillantemente iluminada entre dos gasolineras, un Quik Trip
y un KFC, media docena de jóvenes metidos en impermeables amarillos
con capucha sostenían carteles que decían: «Pita por la paz». Ira tocó el
claxon, primero golpeando con la mano, luego apoyando todo el brazo
encima. Otros coches empezaron a hacer lo mismo y pronto nadie iba a
ningún sitio, ¡una congregación de tórtolas!, que pitaban como gansos en
un coro salvaje de futilidad, mientras los limpiaparabrisas despejaban sus
espacios con forma de abanico en el cristal salpicado de la noche. El
semáforo cambió de color dos veces antes de que algún coche fuera a
algún sitio. Con toda su estupidez, solipsismo y pintoresco dolor cívico,
fue algo parecido a un momento hermoso.

Pese a sus dificultades para leer y a los nombres carentes de ingenio que
daba a los gatos, Ira sabía que Bekka era extremadamente inteligente. Lo
sabía por el tiempo que pasaba tirada por la casa, aburrida y suspirando,
diciendo: «Papá, ¿cuándo se terminará la niñez?». ¡Eso era un signo de
genialidad! Como otras cosas. Su completa insensibilidad a la voz
masculina adulta, por ejemplo. Su escrutinio de toda la comida. Con
interés y dudas, estudiaba los carteles contra la guerra que se esparcían por
el vecindario. LA GUERRA NO ES EL CAMINO DE LA PAZ, leyó lentamente en
voz alta. Luego añadió: «Bueno, bah».
LA GUERRA NO ES LA RESPUESTA, leyó en otro. «Pues eso no tiene sentido
—le dijo a Ira—. La guerra es la respuesta —dijo—. Es la respuesta a la
pregunta: ¿qué va a hacer George Bush de un momento a otro?».
Cuando Bekka se quedaba en casa de Ira, se levantaba por la mañana y
le contaba sus sueños. «Esta noche he soñado que caminaba con dos
amigos y nos encontrábamos con un lobo. Pero yo hacía un trato con el
lobo. Le decía: “No me comas. Estos dos tienen más carne”. Y el lobo
decía: “Vale”, y nos dábamos la mano y me escapaba».
O: «Esta noche he tenido un sueño muy raro donde era un hada
pequeña y mala».
Estaba en contacto con su torbellino interior y con su capacidad de
supervivencia. ¿Podía eso ser algo menos que brillantez emocional?
Una mañana dijo: «He tenido un sueño que daba mucho miedo. Había
un tornado con una cara dentro. Y yo me casaba con él. —Ira sonrió—. Te
puede parecer muy divertido, papá, pero daba mucho miedo».
Una vez miró a escondidas su diario del colegio y encontró este
poema.

El tiempo en movimiento.
El tiempo quieto.
¿Cuál es la diferencia?
El tiempo quieto es la diferencia.

Ira no tenía ni idea de lo que significaba, pero sabía que era genial. Le
había puesto de segundo nombre Clío, como la musa de la historia, de
modo que estaba claro que sabría muy bien que el tiempo quieto era la
diferencia, fuera lo que fuera lo que significara eso. A él mismo le parecía
observar la historia desde el más oscuro de los lugares remotos, una tierra
de cerveza y golf, con un horizonte de un apacible color gris pescado, el
cielo de un plata suicidio y las ventanas con plástico pegado con cinta
adhesiva: tenía la impresión de ver la vida desde un contenedor de
plástico, como una comida sobrante asomada a la grasienta niebla del
mundo. «El tiempo en movimiento. El tiempo quieto».

El bombardeo de verdad empezó el primer día de primavera. «Ya está —


dijo Ira al contestador automático de Mike—. Ha empezado».
Zora lo llamó y le preguntó si le apetecía ir al cine.
—Claro —dijo Ira—. Me encantaría.
—Bueno, estábamos pensando en la película de Arnold
Schwarzenegger, pero a Bruno también le gustaría ver la de Mel Gibson.
—«Estábamos.» Ahora salía con una persona que hacía décimo curso. No
había hecho algo así ni cuando él mismo hacía décimo. Bueno, ahora vería
lo que se había perdido.
Lo recogieron a las seis cuarenta y, como Bruno no hizo ningún
ademán de cederle el asiento del copiloto, Ira se sentó en la parte trasera
del Honda de Zora, sus largas piernas unidas en diagonal como una señora
que montara al estilo amazona. Zora conducía con cuidado, en vez de
como una arpía enloquecida, que era lo que por alguna razón él había
esperado. El resultado fue que llegaron demasiado tarde para la película de
Mel Gibson y tuvieron que conformarse con la de Arnold Schwarzenegger.
Ira le dio dinero al taquillero y dijo: «Tres, por favor», y los tres entraron
sin pronunciar palabra, con sus billetes informatizados en la mano.
—Entonces, ¿te gusta Arnold Schwarzenegger? —le dijo Ira a Bruno
cuando avanzaban por uno de los pasillos con alfombra roja.
—La verdad es que no —murmuró Bruno.
Bruno se sentó entre Zora e Ira, y los tres se pasaron un pequeño
contenedor de palomitas. Ira se levantó dos veces para rellenarlo en el
vestíbulo, una especie de alivio para él con respecto a Arnold, cuya forma
de decir las frases era menos tosca de lo que había sido, pero no lo
bastante menos tosca. Después, en el camino hacia el aparcamiento, Bruno
y Zora recrearon las escenas violentas de la película, chocando los
hombros y la espalda con fuerza y alegría. Cuando llegaron al coche, Ira
fue relegado de nuevo al asiento trasero.
—¿Vamos a cenar? —propuso a la parte delantera.
Tanto Zora como Bruno estaban en silencio.
—¿Vamos? —Intentó de nuevo, alegremente.
—¿Te apetece, Bruno? —preguntó Zora—. ¿Tienes hambre?
—No sé —dijo Bruno, mirando melancólicamente por la ventanilla.
—¿Te ha gustado la peli? —preguntó Ira.
Bruno se encogió de hombros.
—No sé.
Fueron a un grill y pidieron costillas y pollo.
—Pago yo —dijo Ira, aunque Zora no se había ofrecido. Les ahorraría
la incomodidad.
—Ah, vale —dijo ella.
Luego, Zora dejó a Ira en la acera, donde Ira se quedó un momento,
despidiéndose con la mano, delante de su casa. Bruno movió el dorso de la
mano hacia él, sin mirar. Zora saludó vigorosamente, sacó la mano por la
ventanilla abierta por encima del coche. Los observó alejarse al final de la
manzana y desaparecer doblando la esquina. Entró y se preparó una copa
de zumo de arándanos y ron. Puso el informativo de la tele y vio el
bombardeo. Bombardeo nocturno, de manera que en realidad no se veía.
Unas mañanas después era la primera de un nuevo mes, el mes de su
cumpleaños. La ilusión que producía que el tiempo volara, lo sabía,
consistía en convencer a la gente de que la vida incluía más de lo que de
verdad podía incluir. En realidad, el tiempo que volaba podía hacer que la
vida humana pareciera una victoria sobre el propio tiempo. El tiempo
volaba tan deprisa que en algunos sentidos no llegaba a producir un
impacto. Las vidas de la gente caían entre sus poderes punzantes como
insectos entre gotas de lluvia. «¡Engañamos al poder del tiempo con
nuestra propia brevedad!», le dijo a Bekka en voz alta, confiando en que lo
entendería, pero ella siguió acariciando a los gatos. La casa ya había
empezado a llenarse del olor a miel acre de la meada de gatos, aunque ni a
él ni a Bekka parecía importarles. ¡Primavera! Un mes más y sería mayo,
el mes que menos le gustaba. ¿Por qué no había un mes que se llamara
sayo? ¿O rayo? Bueno, quizá rayo no. Zora lo telefoneó pronto, con un
tono duro. «No sé. Creo que es mejor que rompamos», dijo.
—¿Tú crees?
—Sí. Me parece que no vamos a ninguna parte. Las cosas no avanzan
de ninguna manera que yo pueda entender. Y creo que no debemos
hacernos perder el tiempo el uno al otro.
—¿En serio?
—A lo mejor para alguien está muy bien, pero una cena, una película y
luego sexo no es la idea que yo tengo de una relación.
—A lo mejor, si eliminamos la película.
—Somos adultos…
—Cierto. Quiero decir: ¿lo somos?
—… ¿Y qué sentido tiene, si hay obstáculos claros, o no hay una idea
visible de hacia dónde vamos, de continuación? Resulta difícil mantener la
fe. Hace muy poco que salimos, lo sé, pero ya no puedo imaginarnos como
pareja.
—Lamento oírte decir eso. —Se había sentado en la cocina. Notaba
que intentaba no llorar.
—Vamos a pasar página —dijo ella con suave firmeza.
—¿De verdad? ¿Eso es lo que te parece, sinceramente? ¡Me siento
fatal!
—¡Inocente! —gritó ella por el teléfono.
El corazón le saltó a la garganta, luego se hundió hasta su colon, a
continuación retrocedió hasta las cercanías de la superficie de su caja
torácica, donde lo agarraba su mano derecha. ¿Había un desfibrilador
cerca que pudiera ponerse en el pecho?
—¿Perdona? —preguntó débilmente.
—¡Inocente! —dijo ella otra vez, riendo—. ¡Es el 1 de abril!
—Supongo —dijo él, buscando aire—, supongo que éste es el tipo de
broma que mejora cuanto más piensas en ella.

Era la primera vez que se relacionaba con enfermos mentales, pero ahora
estaba más convencido que nunca de que debían existir leyes
internacionales que evitaran que fuesen demasiado atractivos.
—¿Qué te parece Zora? —preguntó Mike cuando tomaban una
cerveza, después del trabajo, después de rumiar sobre la declaración de la
renta de Dick Cheney que acababa de publicar el periódico. ¿Por qué no
había una revolución? ¿Todo el mundo estaba demasiado distraído por el
tenis, el sexo y los bulbos de iris? En primavera al marxismo le faltaba
arrancada. Ira había contratado a alguien para que pintara su casa, así que
ahora tenía dos carteles en el jardín delantero: LA GUERRA NO ES LA
RESPUESTA, en azul, y al otro lado, en amarillo y negro: PINTURA JENKINS ES
LA RESPUESTA.
—Oh, Zora es genial. —Ira se detuvo—. Genial. Genial. De hecho,
¿conoces a alguna otra soltera?
—¿En serio?
—Bueno, es que quizá no esté del todo bien de la cabeza.
Ira pensó en el momento, durante la cena, en que le había dicho:
«Cuando más me gusta tu boca es cuando haces esa mueca rara en mitad
del sexo», y luego contorsionó la cara de una manera tan repulsiva que Ira
pensó que le había dado una embolia. Después, por la noche, le dijo: «Mira
esto», y cogió su paraguas plegable, puso el mango en la entrepierna de
sus pantalones, luego apretó el botón, que lo lanzó como un cohete,
desplegado, como una erección de dibujos animados. Ira no sabía quién o
qué era, aunque quería dejarle espacio, darle sitio, concederle el beneficio
de la duda: todos esos clichés paradójicos de la supuesta generosidad, la
mayoría de los cuales había negado a su esposa. Intentó no pensar que la
única felicidad a la que podía haber estado destinado ya se había
producido, había sido con Bekka y Marilyn, cuando los tres estaban juntos.
Una excursión, un paseo en bicicleta: intentó no pensar que su insensato
sueño de una familia apenas había enseñado su buena cara el tiempo
suficiente como para sostenerlo durante una comida. Torturarse con la idea
de la felicidad familiar sin tener una familia de verdad, decidió, sería una
circunstancia bastante nueva en la historia social. Probablemente la gente
no era así cien años antes. Imaginó una exhibición pública. Imaginó las
marionetas.
—La cordura es conjetural —dijo Mike. Su frente se frunció
reflexivamente—. Zora es muy atractiva, ¿no te parece?
Ira pensó en su piel hermosa, resbaladiza, en el pelo oscuro, dulce, el
cuerpo flexible de sílfide, la risa loca, histérica. Una vez, aunque sólo
brevemente, había insistido en que Man Ray y Ray Charles eran hermanos.
—Es atractiva —dijo Ira—. Pero lo dices como si fuera algo bueno.
—En este momento —dijo Mike—, me parece que cualquier cosa que
no sea matar a la gente es algo bueno.
—Quizá se trata de eso —dijo Ira.
—Oh, ya veo. Ahora entramos en la parte inmadura y fácil de la
primavera.
—Está pirada, como dicen los críos.
Mike parecía confuso.
—¿Eso es como chiflada?
—Es como chiflada, pero no como los chiflados de Waco. Al menos no
creo. Al menos no por ahora. Me gustaría dejar de verla, pero parece que
no puedo. Especialmente con todo lo que está ocurriendo en el mundo. No
puedo vivir sin algo de intimidad, compañía, como quieras llamarlo, para
afrontar esta locura global.
—No deberías usar a la gente como escudos humanos. —Mike se
detuvo—. O, no sé, igual sí.
—No puedo dejar escapar la esperanza, la ilusión de que salga algo de
esta historia, lo siento. El divorcio es un trauma, créeme, lo sé. ¡Su dolor
es un secreto nacional! Pero eso no es todo. No puedo renunciar al amor.
No puedo vivir sin amor en mi vida. Dame la mano —dijo Ira. Sus ojos
empezaban a llenarse de lágrimas.
Una vez, de niño, se perdió, y cuando su madre lo encontró, a cuatro
manzanas de casa, le preguntó si se había asustado. «La verdad es que no
—dijo, sorbiéndose la nariz orgulloso—. Pero los ojos se me han llenado
de lágrimas de repente».
—¿Perdona? —preguntó Mike.
—No puedo creer que te haya pedido que me des la mano —dijo Ira,
pero Mike ya se la había cogido.

El hachís era bueno. Las pastillas para dormir eran buenas. Caminaba
lentamente por los pasillos del trabajo en lo que era una combinación de
energía serena y una siesta. Cuando se acercaba su cumpleaños fue al
médico para su chequeo trianual y, tras mencionar una lista breve de
síntomas nebulosos, recibió desdeñosos diagnósticos de «vértigo
benigno», «pseudogota» y quizá «aura de migraña», nombres, no cabía
ninguna duda, de bandas de rock. «Tienes el pulso de un crío, y también la
mente de un crío», le dijo el médico, un viejo amigo del golf.
La salud, decidió Ira, era teórica. El Domingo de Ramos —todas esas
festividades goyim preimpresas en el calendario— era su cumpleaños, y
cuando Zora llamó soltó esa información. «¿En serio —dijo—. ¡Qué viejo!
¿Te sientes infrafollado? Iré a tu casa el sábado y te leeré la mano. Ya
sabes a lo que me refiero.» ¿No era mona? Maldita sea, era mona. Llegó
con Bruno, con un pastel de chocolate detrás. «Feliz cumpleaños», dijo.
«Bruno me ayudó a hacer el glaseado», dijo.
—¿De verdad? —le dijo Ira a Bruno, palmeándole en la espalda en un
abrazo fraternal que el chico intentó evitar y rechazar.
Pidieron comida china y hablaron del instituto, de cursos de colocación
avanzada, de orientadores y de James Galway (irlandés con gracia o
desgraciado peñazo, ¿quién podía decidirlo?). Zora trajo el pastel. No
había velas, así que Ira encendió una cerilla, la clavó en el glaseado y la
apagó. Su deseo fue una petición vaga y general de buena salud para
Bekka. Sólo ella. No había puesto a nadie más en el maldito deseo. Ni el
pueblo iraquí ni los soldados ni Mike, que le había dado la mano, ni Zora.
Esa intensidad localizada era mala para el planeta.
—¿Nos sentamos encima de Bruno? —Zora se rio y apoyó su dulce
trasero en Bruno, que ahora estaba repanchingado en el sofá de Ira,
descansando—. ¡Venga! —llamó a Ira—. Vamos a sentarnos encima de
Bruno. —Se sentó en la cadera del chico, mientras Bruno protestaba con
risas y gruñidos.
En ese momento Ira avanzaba hacia el armario de las bebidas. Creía
que había algo de bourbon dentro. No necesitaría hielo.
—¿Te apetece un poco de bourbon? —preguntó a Zora, que ahora
estaba luchando con Bruno y levantó la mirada hacia Ira y no dijo nada.
Bruno también lo miró sin decir nada.
Ira siguió echando. Zora se incorporó y caminó hasta él. En ese
momento estaba bebiendo bourbon y comiendo pastel. Tenía un páncreas
como una roca.
—Probablemente deberíamos irnos —dijo Zora—. Mañana hay clase.
—Ah, vale —dijo Ira, tragando—. Quiero decir, me gustaría que no
tuvierais que iros.
—Clase. ¿Y qué voy a hacer? Me voy a llevar el resto del pastel a casa
para la comida de Bruny de mañana. Es su favorito.
Ira se llenó de rabia y tristeza. El pastel era el único regalo que le
había hecho Zora. Cerró los ojos y llevó su cara hacia la de ella.
—Ahora no —susurró ella—. Le sienta mal.
—Ah, vale —dijo Ira, tragando—. Os acompaño al coche. —Y allí le
dio un abrazo rápido. Ella rodeó el coche y se sentó en el asiento del
conductor. Él volvió a la acera y dio un golpecito en la ventana del asiento
del copiloto para despedirse de Bruno. Pero el chico no se dio la vuelta.
Levantó la mano y le mostró el dorso a Ira.
—¡Adiós! Gracias por celebrar mi cumpleaños conmigo —dijo Ira.
Donde el afecto se caía de culo, la educación podía dar un paso al frente.
Pero luego el calor y la tristeza volvían a llenar su rostro. Las luces del
Honda de Zora se encendieron, después el motor, luego todo el vehículo
voló calle abajo.

En el colegio arrullador y aturullado de Bekka, donde Marilyn había


insistido en enviarla años antes, los alumnos y los profesores evitaban
tercamente hablar de la guerra. En la clase de Bekka hacían calceta con los
dedos mientras hablaban de hipotéticas inversiones en el mercado de
valores. A la clase le iba especialmente bien con acciones preferentes en
Kraft, GE y GM; observar cómo sus inversiones se movían un poco cada
mañana en el índice Dow Jones también ayudaba a sus pequeñas bufandas.
Era una cosa del hemisferio derecho e izquierdo del cerebro. Por eso, Ira
desembolsaba más de nueve mil dólares al año. No es que le importara
mucho. Siempre y cuando Bekka estuviera en un lugar a salvo de la guerra
—las alertas iban de naranja a rojo y luego naranja; sin información, sólo
cinta adhesiva y colores chillones, desquiciantes—, convertirla en una
corredora de bolsa aficionada al punto le parecía bien. «¡Explota el
sistema, tío!», decía él en la universidad. Sin embargo, ya no podía ver la
tele. La empaquetó, junto con el vídeo, y se los llevó a Zora. «Aquí está —
dijo—. Esto es para Bruno».
—Eres muy amable —dijo ella, y lo besó cerca de la oreja y luego en
la oreja. Era posible que estuviese locamente enamorado.
—La tele está rota —dijo Ira cuando Bekka fue el fin de semana y
preguntó por ella—. Está en la tienda.
—Lo que tú digas —dijo Bekka, estirando el hilo de la bufanda por el
suelo para que los gatos pudieran jugar.

La siguiente vez que recogió a Zora para salir, ella le dijo:


—Entra. Bruno está viendo una película en tu vídeo.
—¿Le gusta? ¿Le saludo?
Zora se encogió de hombros.
—Si quieres…
Entró en la casa, pero la tele no estaba en el salón. Estaba en el
dormitorio de Zora, donde, tumbado semidesnudo sobre la cama de Zora,
como él mismo había estado unas noches atrás, se encontraba Bruno.
Estaba viendo La flauta mágica de Bergman.
—Hola, Bruno —dijo. El chico no respondió, paralizado, quizá sin
oírle.
Zora entró y puso un vaso de agua fría contra la parte de atrás del
muslo de Bruno.
—¡Ay! —gritó Bruno.
—Aquí está tu agua —dijo Zora, subiendo los dedos por una de las
piernas de su hijo.
Bruno cogió el vaso y lo dejó en el suelo. Los cantos en la misma
pantalla de televisión que hacía muy poco había transmitido a Ira el fiero
bombardeo de Bagdad parecían atléticos y absurdos, quizá una especie de
broma. Pero Bruno permanecía cautivado. «Bueno, disfruta del
espectáculo», dijo Ira, que no esperaba que le diera las gracias por el
televisor, aunque en aquel momento saber que eso no iba a suceder hizo
que se sintiera un poco alicaído.
Al volver, Ira se fijó en las esculturas de la esquina del salón. Zora
había añadido dos nuevas. Eran más abstractas, y estaban hechas de viejas
flautas y otros instrumentos de viento, pero eran reconociblemente chicos,
priápicos con flautines. «Una flauta habría sido demasiado grande»,
explicó Zora, poco después de que Ira dijera: «Así que… ¡has estado
trabajando!».
En el restaurante, el aparato de música tenía a Nancy Wilson, For All
We Know. Las paredes, como el amor, eran trampantojos: paredes pintadas
como ventanas con vistas, aunque sólo un tonto no vería que eran paredes.
El menú, como el amor, estaba lleno de cosas delicadas y horripilantes:
mejillas, lenguas, timos. La vela, como el amor, parpadeaba: en las tapas
de latón del azucarero y del salero y del pimentero. Intentó captar la
mirada de Zora, que parecía recorrer la estancia. «Es tan agradable estar
aquí contigo», dijo. Ella se volvió y le brindó una sonrisa, lo reparó con
ella. Era una mujer amable y encantadora. Algo en su interior volvía
obstinadamente a eso. Ahí había dos adultos en un mundo loco, que tenían
la suerte de haberse encontrado aunque sólo fuera temporalmente. Pero
ahora las lágrimas surcaban la cara de Zora. Su boca, que las recogía en las
comisuras de los labios, retrocedía hasta convertirse en un pellizco.
—Oh, no, ¿qué pasa? —Fue a cogerle la mano, pero Zora la apartó
para ocultar los ojos tras ella.
—Echo de menos a Bruny —dijo.
Él notó que su corazón se enfriaba, a su pesar. Oh, vaya. El día
siguiente era el Domingo de Pascua. Todos se levantarían de entre los
muertos.
—¿Crees que no está bien?
—Es… No sé. Probablemente me pasa por dejar los antidepresivos.
—¿Has tomado antidepresivos? —preguntó compasivamente.
—Sí, tomaba.
—¿Los tomabas el día que nos conocimos? —Quizá se había metido
en una historia a lo Flores para Algernon.
—Sí. Los empecé a tomar hace dos años, cuando tuve mi llamado
«colapso nervioso». —Y ahí puso dos dedos en el aire, para dibujar unas
comillas, pero todos sus dedos se extendieron involuntariamente y sus
manos arañaron el aire.
Ira no sabía qué decir.
—¿Quieres que te lleve a casa?
—No, no, no. Oh, igual sí. Lo siento. Sólo es que me parece que paso
muy poco tiempo con él. Está creciendo muy deprisa. Me gustaría
retroceder en el tiempo. —Se sonó la nariz.
—Sé lo que quieres decir.
—Una vez oí a unos amigos hablar de un viaje por el Pacífico. Una
mañana se fueron de Australia y llegaron a California la tarde del día
anterior. Y pensé que me gustaría hacer eso: cruzar la línea del cambio de
fecha internacional una y otra vez y llegar hasta cuando Bruno era un niño
pequeño.
—Sí —dijo Ira—. Me gustaría volver al momento en que firmé mi
acuerdo de divorcio. Me gustaría hacer algunos cambios.
—Tendrías que llevar un bolígrafo —dijo ella, extrañamente.
La estudió para memorizar su cara.
—Nunca viajaría en el tiempo sin un bolígrafo —dijo él.
Ella hizo una pausa.
—Pareces preocupado —le dijo—. No deberías hacer eso con la frente.
Te envejece. —Luego empezó a sollozar.
Buscó su abrigo, la llevó a casa y la acompañó hasta la puerta. Por
encima de la casa, la moneda martilleada de la luna desprendía su brillo
nebuloso.
—Es un momento difícil en el mundo —dijo Ira—. Es difícil para
todos. Entra y ponte una buena copa. La gente no bebe como bebía antes.
Eso es lo que ha empezado esta guerra de Irak: es una guerra de abstemios.
La gente tiene que darse a la bebida y bajarse del burro y… —La besó en
la frente—. Mañana te llamo —dijo, aunque no iba a hacerlo.
Ella le apretó el brazo y dijo: «Que duermas bien».
Cuando volvía hacia el camino de entrada pudo ver a través de la
ventana principal de su dormitorio: el televisor disparaba su fuego de
colores y Bruno estaba tendido en un estupor sin camiseta. Ira vio que
Zora entraba, se sentaba, se acurrucaba junto a Bruno, lo rodeaba con el
brazo y apoyaba la cabeza en su hombro.
Ira se alejó bruscamente, por la calle. ¿Era su problema? ¿Era
demasiado chapado a la antigua? Siempre había pensado que era un
hombre moderno. ¡Por ejemplo, sabía detenerse y preguntar una dirección!
¡Y lo hacía mucho! Por supuesto, después, a veces miraba al tipo y decía:
«¿Quién demonios te ha contado esa chorrada?».
Tenía sus limitaciones.

No había ido a un solo séder esa Semana Santa, de lo que se alegraba.


Parecía un mal momento para asistir a una ceremonia que diera gracias
por la matanza de jóvenes en Oriente Próximo. Lo había hecho el año
anterior. En cambio fue al bar más cercano, un tugurio húmedo y ruidoso
llamado Sparky’s, donde solía ir después de que Marilyn lo dejara. Cuando
estaba casado nunca bebía, pero tras el divorcio iba hasta por la mañana a
tomar cerveza, tostadas y beicon frito. Todas sus miserias triviales y sus
nimias alegrías lo llevaban a Sparky’s. La media docena de veces que se
había encontrado con Marilyn en una tienda —¡esta ciudad es un pueblo!
— se había sentido como un perro que viera a su dueño. Ahí estaba la
persona que mejor conocía en la vida, estrujando un aguacate y fingiendo
que no lo veía. «¡Oh, estoy aquí, oh, estoy aquí!» Pero en Sparky’s, lo
sabía, estaba a salvo de esos encuentros inesperados, y después de cada
encuentro inesperado había ido allí. Podía sentarse solo y gemirle a
Sparky. Algunas personas consultaban a Marco Aurelio en busca de
filosofía sobre el dolor existencial. Ira consultaba a Sparky. El propio
Sparky no tenía mucho que decir sobre el dolor existencial.
Principalmente se inclinaba sobre la barra, secando un vaso empañado con
un trapo raído, y decía: «¡Elige la vida!», luego soltaba una carcajada.
—Bourbon solo —dijo Ira, y cogió el taburete más cercano al televior
para que las noticias de la guerra estuvieran lo más lejos posible. O eso
esperaba. Dejó que el elixir brusco y mantequilloso del bourbon caldeara
su boca, luego tragó su calor limpio y dulce. Lo hizo una y otra vez, pidió
una bebida tras otra, hasta ponerse como una cuba. En ese momento
levantó la vista y vio que había otras personas en el bar, cada una sobre un
taburete de vinilo y cromo, haciendo lo mismo—. Felices Pascuas —les
dijo Ira, levantando el vaso con la mano izquierda, el que todavía tenía
atascado el anillo de boda—. ¡Los muertos se levantarán! ¡Los muertos se
han levantado! ¡Se mitigarán los daños! El Mesías ha vuelto entre
nosotros, apretando la carne: vaya siesta, ¿eh? ¡Ojalá se levanten todos los
muertos! En realidad, no ha muerto nadie. Bueno, Dios dejó de prestar
atención un segundo para ver unas reposiciones de Yo quiero a Lucy, pero
ya ha vuelto. No se ha perdido nada. Todo está en su sitio. ¡Él protege a
Israel, no se relaja ni se duerme!
—Que alguien le dé una bofetada a ese tipo —dijo al fondo un hombre
con una camiseta azul.
EL ENEBRO

La noche en que Robin Ross estaba agonizando en el hospital, yo esperaba


a que me recogiera un hombre —un hombre con el que ella había salido,
meses antes de que él empezara a salir conmigo— y él llegaba tarde y yo
me preguntaba si era prudente ir juntos a verla. Quizá debería ir sola. Su
compañero de trabajo, ZJ, había llamado esa mañana y había dicho: «Las
cosas van mal. Cuando se vaya del hospital, no volverá a casa».
—Iré a verla esta noche —dije. Yo pensaba que era una persona de
palabra y que al decir algo haría que ocurriera. Quizá fuera una cosa
menos parecida a la integridad y más cercana a la magia.
—Es una buena idea —dijo ZJ. Dirigía el Departamento de Teatro y
había decidido tomar el mando, como un marido, puesto que Robin le
había pedido que lo hiciera; su tristeza sobre su destino ya había
disminuido. En los ochenta había perdido un novio por culpa del sida, y
ahora todas las decisiones legales y médicas de los últimos meses, decía,
le resultaban tediosamente familiares.
Pero luego me vi esperando, y pronto era las siete treinta y luego las
ocho e imaginé que Robin estaría cansada y dormida en la cama metálica
del hospital y tendría más energía por la mañana. Cuando el hombre al que
esperaba llegó, le dije: «¿Sabes?, es muy tarde. Quizá debería visitar a
Robin por la mañana, cuando tenga más energía y esté más despierta. El
tumor le presiona el cráneo, pobre, y la deja grogui».
—Lo que te parezca mejor —contestó el hombre. Cuando le dije lo que
había dicho ZJ, que cuando Robin se fuera del hospital no iba a volver a
casa, el hombre parecía perplejo—. ¿Adónde va a ir? —No había salido
con Robin mucho tiempo, sólo unas semanas, y nunca la había entendido.
«Su garaje era una pocilga —me había dicho una vez—. ¡No podía creer la
de mierda que había ahí dentro!» Y yo asentí amablemente, sintiendo que
lo había conquistado: mi garaje no estaba muy bien, pero qué importaba.
Había triunfado sobre otros gracias a un encanto incognoscible. Ahora me
daba cuenta de que mucha gente desconcertaba a ese tipo, y que sería la
siguiente en resultar incomprensible y falta de atractivo. Así era como
parecía funcionar el mundo de las citas para las mujeres de mediana edad
en aquella ciudad universitaria: un hombre disponible o así hacía la ronda
de todas en un año. «Puedo compartir. Compartir se me da bien», decía
Robin, riendo.
—Bueno, a mí no —dije—. No se me da nada bien.
—Es tarde —dije otra vez al hombre, y preparé dos gin rickeys y
encendí unas velas.
Todas las mujeres que conocía allí bebían. Todos los días. Al rechazar
las vidas de nuestras madres, nos descubríamos buscando voltios perdidos
de amor materno en los lugares donde nunca se podían encontrar: ginebra,
hombres, universidad, nuestras propias madres y nosotras mismas. Era la
única de mis amigas —todas profesoras universitarias trasplantadas, todas
soldados del arte destinadas en una base lejana (o eso imaginábamos)— a
la que todavía no le había sucedido algo terrible.
A la mañana siguiente me vestí de colores alegres. Naranja y dorado.
No había nada útil que llevarle a Robin, pero hice un ramo de crisantemos,
lo metí en una taza de plástico y lo envolví con papel de cocina. Me dirigía
hacia la puerta principal cuando sonó el teléfono.
—Salgo ahora para ver a Robin —dije.
—No te molestes.
—Oh, no —dije. La vista me abandonó un segundo.
—Ha muerto esta noche. A las dos de la mañana más o menos.
Me hundí en una silla, se me cayó la taza de plástico de los
crisantemos y se rompieron dos tallos.
—Dios mío —dije.
—Lo sé —dijo él.
—Iba a ir a verla anoche pero se hizo tarde y pensé que sería mejor ir
por la mañana, cuando estuviera más descansada. —Intenté no gimotear.
—No te preocupes por eso —dijo.
—Me siento fatal —lloré, como si eso fuera lo importante.
—No estaba bien. Es una bendición.
El paso del diagnóstico al declive había sido vertiginoso, lo sabía.
Estaba dando clases, luego la nueva quimio no iba bien y se quedaba en el
exterior de la sala de urgencias, en el cemento, por miedo a los gérmenes
de otras personas. Después la metieron en el hospital de verdad, que estaba
lleno de los gérmenes de otras personas. Había pasado allí casi una semana
y yo no había ido a verla.
—Es increíble.
—Lo sé.
—¿Cómo estás tú? —pregunté.
—No puedo ni ir allí.
—Por favor, llámame si hay algo que pueda hacer —dije, vacía—.
Avísame de cuándo es el funeral.
—Claro —dijo.
Subí las escaleras y con toda mi ropa alegre volví a meterme en la
cama. Todavía olía un poco al hombre. Me tapé la cabeza con la sábana y
me quedé allí, cada músculo de mi cuerpo estaba tenso. No podía
moverme.
Pero debí de quedarme dormida, y un buen rato, porque cuando oí el
timbre y aparté la sábana de mi rostro, ya estaba oscuro, aunque el sol se
ponía a las cuatro, así que mirando por la ventana era difícil calcular qué
hora era. Encendí las luces conforme avanzaba —dormitorio, pasillo,
escaleras— hacia el timbre que sonaba. Encendí la luz del porche y abrí la
puerta.
Ahí estaban Isabel y Pat.
—Tenemos la ginebra y tenemos el rickey —dijeron, levantando sus
bolsas—. Venga. Vamos a ver a Robin.
—Pensaba que Robin había muerto —dije.
Pat hizo un gesto.
—Sí, bueno —dijo.
—El hospital era horrible —dijo Isabel. No llevaba su brazo protésico.
Salvo en piezas coreografiadas por otras personas, casi nunca lo llevaba—.
Pero está en casa y nos está esperando.
—¿Cómo es posible?
—Ya conoces a las mujeres y sus casas —dijo Pat—. Les cuesta
separarse. —Pat había tenido dos años antes un accidente cardiovascular
masivo, que había borrado su vivaz personalidad y su memoria a corto
plazo, pero de vez en cuando su cerebro herido, en recuperación, buscaba
desesperadamente, aterrizaba en un interruptor y lo golpeaba, y ella
despertaba a un hermoso desenfreno maníaco, similar a la antigua Pat,
diciendo: «Tengo la sensación de llevar años dormida», y se quedaba así
durante días, insomne y balbuciente, recordando y pintando sus cuadros,
hasta que volvía a hundirse en la pasividad y el silencio. Estaba de baja
por invalidez y una estudiante que vivía con ella a tiempo completo la
cuidaba.
—Quizá bebemos demasiada ginebra —dije.
Durante un momento sólo hubo silencio.
—¿Te refieres al accidente? —dijo Isabel con un tono acusador. Un
accidente de coche le había cortado el brazo. Un cirujano y su equipo de
residentes se lo habían vuelto a coser, pero el brazo sangraba
continuamente por los injertos de piel y era doloroso —en el primer baile
ante el público, un solo ejecutado con muchos giros y balanceos desde una
cuerda había arrojado manchas de sangre al suelo del escenario—, y al
cabo de un año, y de un breve e ineficaz consumo de codeína, había vuelto
al mismo cirujano y le había pedido que se lo quitara: todo el brazo, se
había terminado, lo había intentado.
—No, no —dije—. No me refiero a nada.
—Entonces venga, ¡vamos, vamos! —dijo Pat. Parecía que le había
dado al interruptor.
—Robin está esperando.
—¿Qué llevo?
—¿Llevar? —Pat e Isabel se echaron a reír—. Estás de broma, ¿no? —
dijo Pat.
—Está de broma —dijo Isabel. Palpó la manga de mi jersey naranja,
que todavía llevaba puesto—. Eh. Este color te queda bien. ¿Dónde lo
compraste?
—Se me ha olvidado.
—Sí, ¡a mí también! —dijo Pat, y ella e Isabel se entregaron a otro
arrebato de hilaridad.
Me puse los zapatos, cogí una chaqueta y me fui con ellas.

Isabel condujo, con un solo brazo, hasta la casa de Robin. Cuando


llegamos la casa estaba totalmente oscura, pero las luces de la calle
mostraban una vez más la hechicera extrañeza del lugar. Como escribía
obras de teatro basadas en cuentos de hadas, Robin había plantado en el
jardín, un tanto caprichosamente, los árboles y arbustos más nombrados en
los cuentos: manzana, enebro, avellano y rosales. Desgraciadamente,
nuestra latitud no era la mejor para cultivar a estos últimos. Aun
apuntalados y atados, tenían dificultades, larguiruchos y abruptos; en esa
época del año, cuando estaban sin hojas y encorvados, no se podía decir
con seguridad que estuvieran vivos. La primavera lo diría.
¿Por qué prestaría atención un hombre a su garaje, cuando la podía
juzgar por esa locura de jardín? Olvídalo: ningún jurado condenaría eso.
Aunque ¿por qué prestaría atención un hombre a cualquier cosa que no
fuera ella?
Aparcamos en la entrada, donde todavía estaba el coche de Robin; sin
duda el garaje seguía cerrado: incluso en la oscuridad se veían las cajas
amontonadas contra la única ventana del garaje que daba a la calle.
—La llave está debajo de la alfombrilla —dijo Isabel, aunque yo no lo
sabía y me pregunté cómo ella sí. Pat encontró la llave, abrió la puerta y
entramos—. No encendáis las luces —añadió Isabel.
—Lo sé —susurró Pat, aunque yo no lo sabía.
—¿Por qué no podemos encender las luces? —pregunté, también con
un susurro. La puerta se cerró detrás de nosotras y nos quedamos en la
casa silenciosa, totalmente oscura.
—La policía —dijo Pat.
—No, la policía no —dijo Isabel.
—Entonces, ¿qué?
—Da igual. Espera un momento y tus ojos se acostumbrarán. —Nos
quedamos ahí escuchando nuestra respiración. No nos movimos, para no
tropezar con nada.
Y luego en el lado opuesto de la habitación parpadeó una pequeña luz
desde algún lugar al extremo del pasillo; no podíamos ver el final del
corredor, pero de allí salió Robin, que tenía el mismo aspecto de siempre,
aunque llevaba una bufanda de algodón blanco enroscada y cosida
alrededor del cuello. Contra el blanco, sus dientes tenían un brillo ocre
fluorescente, pero por lo demás parecía majestuosa y apreciativa, y nos
sonrió a todas, yo incluida, aunque a mí de forma más dubitativa, me
pareció. Luego se llevó los dedos a los labios y negó con la cabeza, así que
no hablamos. Caminó hacia nosotras.
—Has venido —fueron sus primeras palabras en voz baja, dirigidas a
mí—. Te eché un poco de menos en el hospital. —Su sonrisa se había
vuelto claramente tensa y crítica.
—Lo siento mucho —dije.
—Está bien, ya te contarán —dijo, señalando a Is y a Pat—. Era un
poco locura.
—Era una locura total —dijo Pat.
—¿El resultado? —susurró Robin—. Nada de abrazos. Todo es un poco
precario, entre el post mórtem y los tubos entrando y saliendo toda la
semana. Esta bufanda es lo único que me sujeta la cabeza.
Aunque estaba pálida, su postura era perfecta, su pelo de color rojo
oscuro había regresado, sus brazos largos y delgados estaban cruzados
sobre su pecho. Iba vestida como siempre: con vaqueros negros y un jersey
azul. Básicamente tenía la frialdad señorial que sólo entonces descubrí que
siempre había asociado con los muertos. Sacamos sillas y nos sentamos.
—¿Hacemos unos gin rickeys? —preguntó Isabel, moviéndose hacia
las bolsas del alcohol y el zumo de lima.
—Queríamos venir y regalarte algo cada una —dijo Pat.
—¿De verdad? —dije. Yo no había llevado nada. Les había preguntado
qué debía traer y se habían echado a reír.
Robin me miró.
—Siempre un poco al margen, ¿eh? —Sonrió con rigidez.
Pat buscaba en su bolso de mano de cáñamo. «Es un cuadrito que he
hecho para ti», dijo entregando cautelosamente un pequeño óleo sin
enmarcar. No podía ver qué salía en el cuadro. Robin lo observó mucho
rato y luego levantó la mirada hacia Pat y dijo: «Muchas gracias». Dejó un
momento el cuadro en su regazo y vi que no era más que un lienzo en
blanco.
Miré anhelante la bolsa de papel con la ginebra.
—¡Y yo tengo un baile nuevo para ti! —le susurró Isabel, excitada, a
Robin.
—¿En serio? —dije.
Robin se volvió hacia mí otra vez.
—Siempre la última en enterarte, ¿eh? —dijo, y luego se contorsionó,
como si le doliera hablar. Apretó el cuadro de Pat contra su vientre.
Isabel se puso en pie y apartó la silla. «Esta pieza está dedicada a
Robin Ross», anunció. Y luego, al cabo de un momento de tranquilidad,
empezó a moverse, recitando versos mientras lo hacía: «No amontones en
la tierra / las rosas que tanto amaba; / ¿por qué aturdirla con rosas / que no
puede ver ni oler?». Había más, y, mientras recitaba, volaba y se
balanceaba sobre una pierna, levantó su único brazo y pensé: «¿Qué poema
es éste?». Parecía de mala educación hablar de la muerte a los muertos, y
miré la cara de Robin, para ver cómo se lo tomaba, pero permaneció
impasible. Al final, dejó el cuadro otra vez en su regazo y aplaudió. Yo
estaba a punto de aplaudir cuando unas luces de coche que llegaban de la
carretera de entrada trazaron repentinamente un arco por la habitación.
—¡Es la poli! ¡Agachaos! —dijo Isabel, y todas nos tiramos al suelo.
—Están vigilando la casa —susurró Robin, tendida boca arriba en la
alfombra. Apretaba el cuadro de Pat contra su pecho—. Supongo que ha
habido una llamada de un vecino o algo. Quedaos quietas un momento y se
irán. —El coche patrulla estuvo en el camino de entrada un minuto, quizá
para apuntar el número de matrícula del coche de Isabel, y luego se fue.
—Ya está. Podemos levantarnos —dijo Robin.
—Buf. Ha estado cerca —dijo Pat.
Regresamos a nuestras sillas y luego hubo un largo silencio, como en
una boda cuáquera, que llegué a entender que se dirigía a mí.
—Bueno, supongo que es mi turno —dije—. Ha sido un mes horrible.
Primero las elecciones y ahora esto. Tú. —Señalé a Robin y ella asintió
levemente, luego agarró la bufanda y volvió a atar el nudo—. Y no tengo
mi violín o mi piano aquí —dije. Isabel y Pat me miraban sin esperanza—.
Así que… Supongo que me limitaré a cantar. —Me levanté y me aclaré la
garganta. Sabía que si cantabas The Star-Spangled Banner de forma muy
lenta y triste, no sólo cambiaba el tono del himno sino la puntuación, y se
convertía en una protesta y una pregunta. Lo canté despacio, no sin darle
un poco de acento. «Oh, di, ¿esa bandera tachonada de estrellas sigue
ondeando sobre la tierra de los libres y el hogar de los valientes?» Luego
me senté. Las tres aplaudieron. Isabel se golpeaba el muslo con una mano.
—Muy bonito —me dijo Robin—. Nunca cantas lo suficiente —
añadió, con ambigüedad. Me dirigió una sonrisa trabajosa y breve—.
Ahora tengo que irme —dijo, y se puso en pie, dejó el cuadro de Pat detrás
en la silla y caminó hacia el pasillo iluminado, a continuación oímos cómo
se apagaba el interruptor. La casa entera volvió a sumergirse en la
oscuridad.

—Bueno, me alegro de que lo hayamos hecho —dije cuando


volvíamos a casa.
Estaba sentada sola en el asiento trasero, tomando a hurtadillas parte
de la ginebra (¿para qué molestarse con el rickey?) y mirando por la
ventanilla. Miré hacia delante y me di cuenta de que conducía Pat. Pat no
había conducido en años. Una camioneta con una pegatina que decía
HILLARY NO, NI DE COÑA nos adelantó rugiendo, y miramos su mensaje
como si estuviéramos ante una esvástica. ¿En qué mundo vivíamos?
—Paleto —farfulló Isabel al conductor.
—Es una trampa, ¿no? —dije.
—¿Qué? —dijo Pat.
—¡Este lugar! —exclamó Isabel—. ¡Nuestro trabajo! ¡Nuestras casas!
¡La universidad!
—¡Todo es una trampa! —dije yo.
Pero en realidad no lo creíamos. En algún lugar en nuestro interior
éramos huérfanas felices: nuestras vidas funcionaban, hacíamos lo que
queríamos, a veces hacíamos lo que amábamos. «Ha estado bien ver a
Robin —continué desde el asiento trasero—. Ha estado muy bien».
—Es verdad —dijo Isabel.
Pat no dijo nada. Estaba saliendo de su fase maníaca y la conducción
requería todo su esfuerzo.
—En general ha sido una buena noche —dije.
—Una buena noche —repitió Isabel asintiendo.

—Buenas noches —dijo Robin la última vez que la había visto sana, de
pie en el umbral de su casa. Me invitó y pasamos un rato juntas, comiendo
su revuelto veraniego, cosas solitarias y cálidas entre las dos, cuando me
preguntó sobre el hombre al que estaba viendo, el que había salido con ella
brevemente.
—Bueno, no sé —dije, un poco triste. En ese momento seguía sentada
en la mesa y me descubrí frotando las vetas de la madera con un dedo—.
Parece que también está viendo a otra persona… Daphne Kern… ¿La
conoces? Es una de esas esteticistas barra marchantes de arte. —Todos los
restaurantes, cafeterías y peluquerías de la ciudad parecían haberse puesto
de repente a colgar, mostrar y vender arte. Eso hacía digno, o artístico, el
negocio de servir. ¿Me creía yo mejor, más interesante, con mi piano, mi
violín y mis canciones?
—Conozco a Daphne. Me dio clases de yoga, cuando se dedicaba a eso.
—¿De verdad? —No pude controlarme—. ¿Y que la hace tan
atractiva? —Mi voz no conseguía alejarse de un gimoteo—. ¿Es
simpática?
—Es guapa, es simpática, es intuitiva —dijo Robin, señalando con
naturalidad las cualidades—. La verdad es que tiene talento como
profesora de yoga. Es muy física. Incluso cuando habla usa mucho el
cuerpo. ¿Quieres que te sea sincera? Probablemente, lo que pasa es que es
muy buena en la cama.
Con eso mi corazón enfermó y se hundió por mi lado izquierdo hasta
mi zapato. Mi apetito, también, se encogió hasta alcanzar el tamaño de un
pequeño guijarro y se quedó en pétrea reserva en el lugar en el que había
estado mi corazón y al que mi corazón volvería en algún momento, pero
no a tiempo para el postre.
—He hecho un pastel de merengue de limón —dijo Robin, que se
levantó y se llevó los platos. Siempre estaba haciendo pasteles. Habría
escrito más obras de teatro si hubiera hecho menos pasteles—. Más
merengue que limón, me temo.
—Oh, gracias, estoy llena —dije, mirando la comida de mi plato.
—Lo siento —dijo Robin, con un dejo de preocupación en su voz—.
¿No debería haber dicho eso de Daphne?
—Oh, no —dije—. Está bien. No pasa nada. —Pero de pronto pensé
que era hora de irme y, después de una única taza de té, me puse de pie, y
sólo retiré algunos de los platos con ella. Busqué mi bolso y me fui hacia
la puerta.
Se quedó en el umbral, sosteniendo el intacto pastel de merengue.
—Esa falda, por cierto, es estupenda —dijo en la noche de junio—. El
naranja te queda bien. Naranja y dorado.
—Gracias —dije.
Luego, sin avisar, levantó de pronto el pastel y lo aplastó contra su
cara. Cuando retiró la bandeja, el merengue colgaba de su piel como nieve
bajo la brisa. La espuma le cubría las pestañas y las cejas, y con su pelo
rojo pareció un momento una reina Isabel demente.
—Pero ¿qué coño…? —dije, negando con la cabeza. Necesitaba
amigos nuevos; iría a más congresos y conocería a más gente.
—Siempre he querido hacer esto —dijo Robin. La máscara de
merengue en su rostro era más bien inquietante, para nada de payaso, y la
boca que hablaba a través de la espuma blanca parecía una criatura
distinta, una marioneta o un pez—. Siempre he querido hacerlo, y ahora lo
he hecho.
—Eh —dije—. No hay negocio como el negocio del espectáculo. —
Buscaba las llaves del coche en mi bolso.
Mientras su pelo largo volaba sobre su cabeza y trozos de merengue
caían en el porche, hizo una reverencia profunda y dramática.
—Todo —añadió, desde detrás de su máscara—, todo, todo, bueno,
casi todo —tragó un pequeño pedazo de pastel que había caído de la
comisura de su labio—, es atractivo.
—¡Bravo! —dije, sonriendo. Había encontrado mis llaves—. Me voy.
—Por supuesto —dijo, haciendo un gesto con una mano sin pastel—.
Adelante.

Para Nietzchka Keene (1952-2004)


PÉRDIDAS DE PAPEL

Aunque Kit y Rafe se habían conocido en el movimiento pacifista,


manifestándose, organizando, haciendo carteles contra la energía nuclear,
ahora querían matarse. También se habían vuelto un poco partidarios de la
energía nuclear. Casados durante dos decenios de valiosísima vida, parecía
que en ese momento ella y Rafe sólo eran compañeros de furia y
desagrado, y que su viejo amor lujurioso había mutado en ira. Era su
vergüenza y su fin que el odio, como el amor, no pudiera vivir del aire. Y
así, en aquella empresa, su nuevo exitoso proyecto en común, eran
cómplices y sinérgicos. Eran nutrientes, homeopáticos y facilitadores.
Engendraban y criaban su odio juntos, cardiovascular, espiritual,
orgánicamente. En tándem, como un sistema, como un conjunto de baile
de malos sentimientos, habían colocado su odio en el centro del escenario
y habían puesto una luz para destacarlo. «¡Haz lo que sabes, cariño!
¿Quién es el mejor? ¿Quién es el hombre?».
—¿Partidaria de las armas nucleares? ¿Tú? ¿De verdad? —le
preguntaban a Kit sus amigas, a quienes se seguía quejando de forma
indiscreta.
—Bueno, no —contestaba Kit suspirando—. Pero en cierto modo.
—Creo que necesitas hablar con alguien.
Eso hería los sentimientos de Kit, porque pensaba que estaba hablando
con ellas.
—Estoy preocupada por los niños —dijo Kit.
Rafe había cambiado. Su sonrisa era sólo un bostezo despreocupado,
¿o es que su sonrisa era así de despreocupada? ¿Cómo era la letra de la
canción? No lo sabía. Pero, estaba claro, había cambiado. En Beersboro las
cosas se decían con neutralidad, así. Se decía: «El tío ha cambiado». Rafe
había empezado a hacer maquetas de cohetes en el sótano. Se había vuelto
un poco distinto. Era un personaje. Los descarados podrían insinuar: «Se
ha metido en cosas raras». Los cohetes eran piezas altas, plásticas, fálicas,
a las que Rafe pegaba cuidadosamente calcomanías militares
autentificadoras. ¿Qué había sido del apuesto hippy con el que se había
casado? Estaba quisquilloso y lejano, vacío y furioso. Una inexpresividad
había penetrado en sus ojos verdeazulados. Permanecían abiertos y
brillantes pero sin función, como joyas de bisutería. Se preguntaba si era
un colapso nervioso, el artículo genuino. Pero duró meses, y ella empezó a
sospechar, en cambio, un tumor cerebral. De vez en cuando él maullaba y
mugía ante su muda alienación y la pantomima de odio se desplomaba
momentáneamente. «Eh, guapa», llamaba desde las escaleras, después de
no haberla mirado en dos meses. Era como estar atrapada en la nieve con
el tío loco de alguien: ¿el matrimonio debía ser así? No estaba segura.
Pocas veces lo veía cuando se levantaba por la mañana e iba a la
oficina. Y, cuando volvía del trabajo, desaparecía por la escalera del
sótano. Cada noche, en el ansioso crepúsculo conyugal que ahora era su
única vida juntos, después de que los niños se fueran a la cama, la casa
estaba llena de humo. Cuando le llamaba la atención sobre eso nunca
respondía. Parecía haberse convertido en una especie de extraterrestre. Por
supuesto, más tarde entendería que todo esto significaba que tenía una
relación con otra mujer, pero en la época, para proteger su vanidad y su
cordura, sólo admitía dos hipótesis: tumor cerebral o extraterrestre.
—Todos los maridos son extraterrestres —dijo su amiga Jan.
—Que Dios me ayude, no tenía ni idea —dijo Kit. Empezó a extender
mantequilla de cacahuete en una galleta salada y se la comió rápidamente.
—De hecho —dijo Jan—, mi hermana y yo los llamamos OVNIS.
Eran las iniciales de algo. Kit detestaba preguntar.
—Organismos Viriles Ingratos —dijo Jan.
Kit pensó un momento.
—¿Y la ene? —preguntó—. Has dicho «OVNIS».
Hubo un breve silencio.
—Notablemente Ingratos —añadió Jan rápidamente—. Sé que no tiene
mucho sentido.
—Está muy desconectado. Ha perdido el juicio.
—No en el planeta en el que vive. En su planeta es un auténtico
Salomón. «Traedme al maldito bebé».
—¿Crees que se puede rehabilitar y perdonar a la gente?
—¡Claro! Mira a Ollie North.
—Bueno, perdió las elecciones para el senado. No fue lo bastante
rehabilitado y perdonado.
—Pero se llevó algunos votos —insistió Jan.
—Sí, ¿y ahora qué hace?
—Ahora ha vuelto para promocionar una línea de pijamas ignífugos.
¡Es una forma de ganarse la vida! —Jan se detuvo—. ¿Luchas?
—¿Por qué?
—Por que los cohetes vuelvan a su casa.
Kit suspiró.
—Sí, esa artesanía militar tóxica que envenena el espacio en que
vivimos. ¿Lucho contra eso? No lucho, sólo, bueno, vale: hago algunas
preguntas de cuando en cuando. Pregunto: «¿Qué demonios estás
haciendo?». Pregunto: «¿Estás intentando asfixiar a toda tu familia?».
Pregunto: «¿Me has oído?». Luego pregunto: «¿Me has oído?». Después
pregunto: «¿Estás sordo?». También pregunto: «¿Qué crees que es un
matrimonio? Tengo curiosidad por saberlo» y también: «¿Ésta es tu idea
de un lugar bien ventilado?». Un interrogatorio sencillo, en realidad. No
creo en las peleas. Creo en dar una oportunidad a la paz. También creo en
las hemorragias internas. —Hizo una pausa para poner el teléfono en una
posición más cómoda contra su cara—. También me interesan —dijo Kit
— esas balas de plástico que se disuelven y no pueden detectar los
forenses. ¿Has oído hablar de eso?
—No.
—Bueno, a lo mejor estoy equivocada al respecto. Probablemente
estoy equivocada. Ahí es donde tiene que entrar el Misterioso Accidente
Automovilístico.
En el cromado del frigorífico vio el reflejo de su rostro, en parte una
Shelley Winters morena, en parte una patata, las arrugas y accidentes
dibujados con trazo fino bajo los ojos un interludio musical entre la
hinchazón. En todas las películas de Shelley Winters que había visto,
Shelley Winters era la que moría. La mantequilla de cacahuete estaba
pegada alta y seca en las encías de Kit. En la encimera, una gran sandía
vieja había empezado a hundirse y separarse por la mitad, a lo largo de la
curva de las semillas, como la sonrisa de un tiburón, y arrancó un trozo,
frotó su punta fresca contra el interior de la boca. Había pasado un año
desde la última vez que Rafe la había besado. En cierto modo le importaba
y en cierto modo no. Una mujer tiene que elegir su infelicidad particular
con cuidado. Era la única felicidad de la vida: elegir la mejor infelicidad.
Un movimiento imprudente, Dios santo, y podías echarlo todo a perder.
La citación la pilló por sorpresa. Llegó en el correo, dirigida a ella, y
ahí estaba, pegada a los papeles del divorcio. Había sido debidamente
notificada. La zorra había recibido los papeles. Como una persona, un
matrimonio era irreconocible en la muerte, aunque lo enterrasen con un
traje excelente. Sobre los papeles había una carta de Rafe que sugería el
aniversario de su boda en primavera como fecha final del divorcio. «¿Por
qué no completar la simetría?», escribió, lo que ni siquiera iba con él,
aunque su eficacia sin corazón era adecuada para eso, su nueva vida como
extraterrestre, y encajaba de forma general con los principios de la cultura
extraterrestre. Los papeles designaban a Kit y a Rafe por sus nombres
legales, Katherine y Raphael, como si quienes se divorciaran fuesen sus
versiones más formales —¡sus partidas de nacimiento se iban a divorciar!
— en vez de ellos. Rafe seguía viviendo en casa y no le había dicho aún
que había comprado una nueva. «Cariño —dijo ella, temblando—, hoy ha
llegado en el correo una carta muy interesante».
La ira tenía sus propósitos medicinales, pero no estaba preparada para
sostenerla y, cuando desaparecía, la soledad la tragaba, y el dolor ardía en
el centro con una ira furiosa. Entró en dos funerales de ancianos que
apenas conocía y lloró en el banco trasero de la iglesia como una amante
secreta de los fallecidos. Se sentía atontada y enferma y no quería volver a
ver a Rafe —o, mejor, Raphael—, pero les había prometido a los niños
esas vacaciones caribeñas, qué podían hacer. Al final todas las clases de
teatro del instituto habían servido para eso: actuar. Había hecho de reina en
Cuento de invierno y de una niña cambiada en la cuna en ¡Ámame ahora!,
escrita por uno de los profesores de inglés más inquietantes de su instituto.
En las dos obras había aprendido que el tiempo era esencialmente una cosa
cómica: sólo los límites que se le ponían lo conducían a la tragedia, o al
menos a la desgracia. Romeo y Julieta, Tristán e Isolda: ¡si hubieran
tenido más tiempo! El matrimonio dejó de ser cómico cuando se detuvo
repentinamente: el momento en el que se convirtió en divorcio, que el
tiempo nunca perturbaba, y cuya diversión era por tanto interminable.
Aun así, Rafe hizo acopio de treinta segundos de elocución para
convencerla de que no fuese con ellos a esas vacaciones.
—No creo que debas ir —anunció.
—Voy a ir —dijo ella.
—Les daremos falsas esperanzas a los niños.
—La esperanza nunca es falsa. O siempre es falsa. Lo que sea. Sólo es
esperanza —dijo—. No hay nada malo en ello.
—Creo que no debes ir. —El divorcio, lo veía, sería como el
matrimonio: un abuso de poder, como en quién sería el perro y quién sería
el dueño del perro.
¿A qué barbie querría darle su billete? (Sólo lo descubriría más tarde.
«Como feminista no debes culpar a la otra mujer», le dijo una vecina.
«Como feminista te pido que no me hables», contestó Kit).
Y meses después, en el juzgado, donde descubriría que el condado era
dueño de su matrimonio y que el condado lo iba a recuperar como una
franquicia de pollo frito que ella hubiera llevado a la ruina, prohibiéndole
que adquiriese otra franquicia durante los seis meses siguientes, con el
añadido de que quizá le conviniera mantenerse alejada de la cocina de
gallináceas durante mucho más tiempo, cuando por fin tuviera que
declarar ante el entogado y robótico juez y un estenógrafo que guiñaba el
ojo cuyos guiños parecían diseñados para evitar el llanto de las esposas,
habría de pronunciar el matrimonio «irremediablemente roto». ¿Qué poeta
de segunda fila se había apoderado de las leyes del divorcio? Encontraría
las palabras pegadas en su garganta, falsas en su convicción. ¿Acaso no se
podía arreglar todo? ¿Esta época de productos desechables no era también
tiempo de fantásticos adhesivos? ¿Por qué «irremediablemente roto»,
como el ala de un pájaro cantor? ¿Por qué no: «le parece que esta persona
con la que estaba casada, y que se encuentra sentada a su lado en esta sala,
es un completo imbécil»? Eso sería suficiente, y sería más preciso. El
término «irremediablemente roto» te enviaba a una eternidad de
preguntas. Mientras que el otro no.

Sin embargo, no habían firmado los papeles. Y además quedaba el asunto


de su anillo de boda, que estaba tachonado con pequeñas esmeraldas falsas
y que le gustaba mucho y esperaba seguir llevando porque no parecía el
típico anillo de casada. Él se había quitado su anillo —que parecía el
típico anillo de casado— un año antes porque decía que le «molestaba».
Entonces había pensado que quería decir que le rozaba. A menudo se
quitaba la ropa espontáneamente: cuando se conocieron era una especie de
nudista. Estaba bien salir con un nudista: ganabas tiempo. Pero no estaba
bien intentar seguir casada con uno. Pronto iría a castas citas geriátricas
con otra gente cuya ropa, como la suya, permanecería pegada al cuerpo.
«¿Y si no me puedo quitar el anillo?», preguntó Kit en el avión hacia
La Caribe. Había ganado algo de peso en sus veinte años de matrimonio
pero en realidad no tanto. ¡Cuando se casó era prácticamente una niña!
«Mándame la factura cuando te lo corten», respondió. ¡Oh, la chispa de
sus ojos había desaparecido!
—¿De qué vas? —dijo ella.
Por supuesto, culpaba a los padres de Rafe, que de algún modo y hacía
mucho, accidentalmente o a propósito, lo habían criado como a un
extraterrestre, con valores de extraterrestre, ideas de extraterrestre y el
carácter hueco y cambiante, la deliberada inocencia y los secretos
sociópatas de un extraterrestre.
—¿De qué vas tú? —Gruñó él.
Ésa era su costumbre, su costumbre de extraterrestre, limitarse a
repetir lo que le acababa de decir. Tenía que ver, sin duda, con su sistema
nervioso central, un procesador de información construido con silicona
que encontraba sin cesar nuevas combinaciones lingüísticas, las cuales
luego debía absorber y archivar. La repetición le proporcionaba tiempo y
contribuía al proceso de almacenaje.
Más que las niñas, que eran simplemente pequeñas, le preocupaba
Sam, el sensible alumno de cuarto, que ahora estaba sentado al otro lado
del pasillo del avión, mirando melancólicamente las nubes por la
ventanilla. Pronto, gracias a las maquinaciones de las leyes
extremadamente progresistas del divorcio —¡un niño necesita a su padre!
—, ya no podría verlo cada día; se convertiría en un chico que ya no veía a
su madre cada día, y se escabulliría y flotaría lejos y fuera como un papel
que se lleva el viento. Con el tiempo se endurecería: la miraría por encima
de las gafas, a la manera de un maître que sospecha la llegada de chusma.
Pero en aquel viaje, su último viaje como una familia de verdad, evitó
soltar prenda bastante bien. Todos dormían en la misma habitación, en
camas separadas, y vieron a otras familias que gritaban y reñían, de modo
que, en comparación, la suya —una familia a punto de romperse para
siempre— no tenía tan mala pinta. Kit no se dejó engañar por la brisa
marina del Ecuador, y por tanto no se coció en exceso bajo el sol colonial;
comunicó a los administradores del centro turístico su indignación moral
ante los guardias armados que evitaban que los niños del lugar se colaran
por la valla hacia esa playa blanca, blanquísima; y se frotaba una especie
de resina en la frente para congelarla y suavizar las arrugas: para aparecer
más joven ante su marido en fuga, aunque no la había mirado ni una sola
vez. Tampoco es que tuviera muy buen aspecto: su maleta se había perdido
y tenía que llevar ropa comprada en la tienda de regalos, con las palabras
LA CARIBE engalanando todas y cada una de las prendas.
En la playa la gente leía libros sobre los genocidios de Ruanda y
Yugoslavia. Eso debía de añadir seriedad a un viaje que carecía de ella. No
había que fijarse en los oscuros chicos de la isla que estaban al otro lado
de los guardias y del alambre de espino, tirando piedras. Cuando un
crucero fondeaba temporalmente en la bahía y luego se marchaba, se unía
a otros turistas de la playa para gritar: «No dejéis que la puerta os dé en el
culo», como si ellos fueran distintos y no turistas que intentaban
consolarse con jerarquías turísticas, para mantener a los chicos que tiraban
piedras lejos de sus pensamientos.
Había formas de hacer que las cosas desaparecieran temporalmente. Se
podía desaparecer en el movimiento y la repetición. A Sam solamente le
gustaba el trampolín; nada más. Había excursiones a lomos de delfines,
pero Sam percibía su crueldad.
—Tienen un idioma propio —dijo—. No deberíamos montarlos.
—Parecen felices —dijo Kit.
Sam la miró con una seriedad que venía de unos caramelos más allá.
—Parecen felices para que no los maten.
—¿Tú crees?
—Si los delfines tuvieran buen sabor —dijo—, ni siquiera sabríamos
que tienen un idioma. —Que la inteligencia de una cosa debilite el apetito
que sientes por ella.
La apetecibilidad oscurecía la mente de lo apetecible así como del
apetente. La apetecibilidad acababa en decapitación. Que solamente
pudieras entender algo si no lo deseabas. ¿Cómo sabía él ya esas cosas?
Normalmente las chicas se daban cuenta antes. Pero no las suyas. Sus
hijas, Beth y Dale, eran duras más allá de la comprensión de Kit: prácticas,
autocomplacientes, independientes gemelas de cinco años, un sistema en
sí mismas. Tenían su propio mundo secreto de palabras de Montessori en
clave, joyería de plástico y arrebatos de hilaridad que sobre todo producía
la palabra monja repetida seis veces a toda prisa. Vestían unas chispeantes
alas de hada dondequiera que fuesen, incluso por encima de las cazadoras,
y llevaban varitas. «Ahora soy un hermano mayor», había dicho
repetidamente y con inseguro orgullo a todo el mundo Sam el día en que
habían nacido las niñas, y después no había dicho otra palabra sobre el
asunto. A veces, en silencio, Kit llamaba por accidente a Beth y Dale
Death y Bail[2], cuando enterraban sus Barbies en arena y luego las
sacaban otra vez con alegría. Cualquier persona que estuviera cerca,
tendida en una toalla, leyendo sobre holocaustos, se volvía y sonreía. En
esa estupenda y lejana residencia en el mar, las contradicciones de la vida
eran grotescas e imposibles de inventar. Fue a la oficina central y pidió un
masaje con piedras calientes.
—¿Prefiere un hombre o una mujer? —preguntó la recepcionista.
—¿Perdón? —preguntó Kit, atorada. Después de tantos años de
matrimonio, ¿cuál quería? ¿Qué sabía de los hombres… o de las mujeres?
«Los hombres no existen —decía su amiga Jan, hasta hacía poco—. Todos
los hombres son diferentes. Lo único que tienen en común es, bueno, la
capacidad de producir una violencia aterradora».
—Un hombre o una mujer… ¿para el masaje? —preguntó Kit, en
busca de tiempo. Pensó en el lento apareamiento de los caracoles, todo un
día, porque al ser hermafroditas todo debía de resultar muy confuso: para
cuando decidían quién iba a ser la chica y quién iba a ser el chico llegaba
alguien con un poco de pasta de ajo y se los llevaba—. Oh, da igual —dijo,
y entonces supo que le tocaría un hombre. Que intentó no mirar pero que
podía oler con todos sus aromas humeantes —tabaco, incienso, cannabis
—, exhalando y arremolinándose a su alrededor. Era un enjuto viejo
fumeta estadounidense muy cascado, su nombre dickensiano era Daniel
Handler y no hablaba. Puso piedras calientes en su espalda y las dejó en
una línea que subía por su columna vertebral: ¿pensaba que su piel
embadurnada era demasiado íntima y valiosa como para que la tocaran
personas como él? ¿Estás loca? La alegría salvaje que latía en su rostro
flotaba sobre el suelo, a través de la parte agujereada de la camilla
destinada a la cabeza, y con su tacto sus ojos se llenaron de lágrimas
agridulces, que le bajaron por la nariz, que, se dio cuenta en ese momento,
Dios había posicionado perfectamente como una pequeña tubería para el
llanto. Creció una mancha en la moqueta de la triste cabaña de los masajes
que estaba debajo de ella. Él dejó las piedras calientes sobre su cuerpo
hasta que se enfriaron. A medida que cada una se enfriaba, Kit ya ni
siquiera podía sentir si estaba sobre su espalda, y más tarde su traslado era
el descubrimiento de que había estado allí todo ese rato: qué extraño era
olvidarlo y sentirla sólo entonces, al final; aunque no era igual que la rana
en la olla cuya agua se calienta lentamente y hierve, le pareció que tenía
sentido, como solía ocurrir con las metáforas termales. Luego él retiró
todas las piedras y apretó los bordes duros con fuerza en su espalda, entre
los huesos, de una manera que parecía cruel —quizá una ira amarga por su
propia vida— pero que, probablemente, carecía por completo de mala
intención. «Ha estado muy bien», dijo al final cuando vio que retiraba
todas las piedras. Las había calentado en una olla de cocción lenta llena de
agua, lo vio entonces, y desenchufó el aparato con aire fatigado.
—¿Dónde has conseguido esas piedras? —preguntó. Eran suaves y de
un gris oscuro: negras cuando estaban húmedas.
—Son piedras de río —dijo—. Las colecciono desde hace años en
Colorado. —Las metió en una caja metálica de aparejos de pesca.
—¿Vives en Colorado?
—Antes sí —dijo, y eso fue todo.
Kit se vistió. «Algún día tú, como yo, habrás hecho suficiente trabajo
de laboratorio —había dicho Jan—. Pronto tú, como yo, en tu próxima
vida, como yo, los querrás viejos y ricos, en su lecho de muerte, de verdad,
y sin recuperaciones repentinas en cuidados paliativos».
—Eres una mujer de acero y hielo —había dicho Kit.
—En absoluto —había dicho Jan—. Sólo soy una voz al teléfono,
tomando un poco de té.

En la última noche de las vacaciones, la maleta de Kit llegó como una


broma. Ni siquiera la abrió. Colocaron el cartelito para el pomo de la
puerta que decía DESPERTADNOS PARA VER LAS TORTUGAS MARINAS. El cartel
del pomo de la puerta tenía una petición preimpresa de una llamada a las
3 h, para ir a la playa y ver cómo salían del cascarón las pequeñas tortugas
marinas y cómo corrían hacia el océano, bajo la protección de la noche, a
fin de evitar a los predadores. Pero, aunque Sam había puesto el cartel
cuidadosamente y antes de la hora límite de medianoche, no los despertó
nadie. Y cuando se levantaron y fueron hacia la playa ya eran las diez de la
mañana. Extrañamente, las tortugas marinas seguían allí. Habían salido
del cascarón durante la noche y el personal del hotel las había metido en
una jaula de mimbre para enseñárselas a los turistas que habían sido
demasiado vagos o sordos para levantarse por la noche. «¡Eh, venid a
ver!», dijo el hombre con acento español que normalmente alquilaba el
equipo de buceo. Sam, Beth, Dale y Kit corrieron. (Rafe se quedó atrás
para tomar un café y leer el periódico.) Los bebés reptantes empezaban a
calentarse al sol tibio; la dorada vitela veneciana de sus piececitos unidos
ya se teñía de un marrón deshidratado. «Voy a tener que soltarlos —dijo el
hombre—. Sois los últimos en ver a estos pequeños bebés[3].» Llevó las
tortugas al borde del agua y las soltó, horas demasiado tarde, para que
fueran al mar. Y un rabihorcado descendió y, una tras otra, las arrancó de
las olas plateadas y se las comió para desayunar.
Kit se hundió en una silla grande junto a Rafe. Se estaba poniendo
moreno, lo veía, para la lujuria de otra persona.
—Creo que necesito una copa —dijo.
Los niños nadaban.
—No esperes que te invite a una copa —dijo.
¿Acaso se lo había pedido? ¿Le dedicaba el insulto más horrible que se
le ocurriera? ¿Se ponía de pie, se daba la vuelta y le daba un bofetón
delante de varios transeúntes? ¿Quién te ha dicho eso?

Se alegró de marcharse de La Caribe. Allí había empezado a odiar el


mundo. En los aeropuertos y los aviones hacia casa, ni siquiera intentó
actuar con naturalidad: la naturalidad era un crimen. Habló a sus hijos con
calma, siguiendo un guion, con diálogo y acotaciones de completa
neutralidad. Al llegar a casa, en Beersboro, sacó los condones y las velas,
su pequeña bolsa de amor, sin usar, y tiró todo a la basura. ¿En qué había
estado pensando? Luego, cuando aprendió a contar esta historia de otro
modo, como una historia, construyó una escena sexual climática de
venganza sentimental, que contendría el centro inviolable de su amor, la
dulce seguridad animal de una noche tras otra, el tierno corazón del
matrimonio que seguía latiendo. Pero de momento sería como sus
indestructibles hijas, e incluso su hijo, quien conforme envejecía con
estoicismo y seguía adelante con indiferencia apenas recordaría —¿o más
bien imaginaría?— que ella y Rafe hubieran estado juntos alguna vez.
ENEMIGOS

Bake McKurty no era un extraño a las mezclas parasitarias del arte y el


comercio, la literatura y los ricos. «¡Fondos de inversión y haikus!», había
exclamado a su mujer, Suzy, y, sin embargo, esas mezclas nunca parecían
perder su capacidad repentina y poderosa de horrorizar. Los chanchullos
que se hacían por dinero se encontraban con los chanchullos que se hacían
por la virtud, y todo el mundo se lavaba las manos con respecto a los
demás. Era algo bastante común, aunque ¿había suficiente jabón para
limpiar la grasa? «Para eso está el limón», decía Suzy, señalando el detalle
del martini que no debía estar bebiendo. Aun así, de vez en cuando, al
levantar la vista entre el cóctel de cangrejo y el sorbete rociado de polvo
de polen de hinojo que purificaba el paladar, se sintió conmocionado por
todo el asunto.
—Es una simbiosis —dijo Suzy cuando se vestían para marcharse—.
Piensa en ello como el camarón que acicala y ayuda al pez de roca. O ese
pájaro que quita los bichos de la piel del rinoceronte.
—Entonces nosotros somos el pez lazarillo —dijo él.
—¡Sí!
—Somos los picabueyes.
—Bueno, no iba a decir eso —dijo ella.
—Muchas cosas de este mundo tienen que ver con bichos —dijo Bake.
—Comida —dijo ella—. Muchas cosas tienen que ver con acicalarse y
comer. ¿Vas a ponerte eso?
—¿Qué tiene de malo?
—Quítate el… ¿Qué te has puesto…?
—Son unos tirantes.
—Son rojos.
—Vale, vale. Pero ya sabes, yo nunca te lo haría.
—Soy el pez que ve —dijo. Se alisó el pelo, que hacía poco se había
convertido en un extraño pompón de plata y maíz.
—¿Y yo soy el chico ciego?
—Bueno, tampoco iba a decir eso.
—Te queda bien. Sea lo que sea que llevas. ¿Ves? ¡Yo te digo cosas
agradables!
—Es un pareo. —Se lo subió un poco.
Él se quitó los tirantes.
—Bueno, mira. Igual los necesitas.

Se alojaban en un Bed and Breakfast de Georgetown para ahorrar un poco


de dinero, un chalé cuya pareja de propietarios dejaba galletas calientes
ante la puerta de todo el mundo por la noche para compensar por su
ruidoso hijo, que a las 6 h estaba ladrando órdenes y ordenando a su madre
que cogiera una cosa u otra. Al cabo de un día de turismo —todos esos
museos pagados de antemano con sus impuestos; como si fueran unos
filántropos que iban a investigar qué aspecto tenía su propio dinero—,
Suzy y Bake ya estaban cansados. Pararon un taxi y recitaron la dirección
del acto al taxista, que asintió ominosamente: «Ah, sí».
No había que preocuparse por el buen gusto, en esa gala incluso el
habitual revestimiento de decoro había sido lanzado a los vientos del
negocio: el acto destinado a recaudar fondos para la Lunar Lines Literary
Journal —3LJ, como la conocían sus lectores y colaboradores; «la
revista», como la llamaba su equipo, como si no existiera ninguna otra—
se celebraba en un banco. O al menos en un antiguo banco, una entidad que
se había hundido hacía poco y que ahora vendía orecchiette con tinta de
calamar bajo sus techos abovedados, martinis y vino garnacha en las
antiguas cajas. La madera y el mármol se habían conservado y
abrillantado, se habían apartado las barreras de cristal. A la luz de la tarde
el lugar era dorado. ¡Era divino! ¿Qué más daba que se hubieran
abandonado las sutiles fronteras entre oportunidad y transacción? ¿Qué
más daba que éste fuera un mausoleo de avaricia donde ahora todos
bailaban? Él y Suzy habían sido invitados. Siempre se podía usar la voz
pasiva para oscurecer la culpa.
La invitación, sin embargo, a ese acto de recaudación de fondos en
D. C. se le antojaba a Bake un poco de chiripa, ya que Un hombre en una
moneda, un hombre a caballo, la biografía poco vendida que Bake había
escrito sobre George Washington (en un año en el que todo el mundo
estaba obsesionado con Lincoln, ni siquiera el eficientemente fusionado
Día de los Presidentes había ayudado a las ventas de su libro), no parecía
situarlo en ninguna de las categorías de invitados. Pero Lunar Lines, que
tenía la redacción en Washington, había publicado un fragmento, a modo
de homenaje a la ciudad. Y así Bake recibió dos invitaciones para cenar.
Tendría que mezclarse y seducir a los otros invitados: los ricos, los
patrocinadores de la revista, que pagaban quinientos dólares por cubierto.
¿Podía conseguirlo? ¿Podía ser el bufón de la corte, el payaso local, el
escritor de cuota en la mesa? «Por supuesto», mintió.
¿Por qué había ido? Aunque llevaba el nombre del hombre a quien
había dedicado años de afectuosa reflexión e investigación, nunca le había
gustado esa ciudad. Una ostentosa localidad fabril construida sobre un
pantano: un enorme y pomposo departamento de vehículos a motor,
plagado de burocracia y dirigido por gladiadores. Corruptos de alto nivel,
con la cabeza llena de eslóganes estúpidos y recuerdos falsificados. «¡Sí!
¿Cómo estás? Hacía tiempo.» Ni siquiera: «Hacía mucho tiempo» porque,
¿quién sabe?, a lo mejor no. Era preferible decir, neutralmente, «Hacía
tiempo», y nadie podía discutir.
Se aferró a Suzy. «Al menos el vino es bueno», dijo. En realidad no se
estaban mezclando, sino que era algo más parecido a oscilación rígida, una
deriva y un balanceo. La acústica hacía que fuera imposible hablar con
normalidad y se descubrieron gritándose inanidades y luego quedando en
silencio. El ruido era ensordecedor como un mar, y la estruendosa calidez
de los demás parecía ahogar toda posibilidad de felicidad para ellos.
—Pronto tendremos que buscar nuestra mesa —gritó él, mirando la
amplia sala llena de cien círculos vestidos de blanco que parpadeaban a la
luz de las velas. En el centro de las mesas había pequeños jarrones con
ramitos de brezo que se podían incendiar fácilmente. También había
pequeños tarjeteros cromados que declaraban los números de las mesas—.
¿Qué número somos?
Suzy sacó la tarjeta de lo que había llamado jocosamente «mi querido
bolsito», después volvió a meterla dentro.
—Setenta y nueve —dijo—. Espero que esté cerca del servicio.
—Espero que esté cerca de la salida.
—¡Vamos a buscarla ahora!
—¡Vamos a gritar «fuego»!
—¡Vamos a fingir un ataque al corazón!
—¿Tienes maría?
—Vinimos en avión. ¿Te acuerdas? No se me ocurriría llevar
marihuana en un avión.
—Estamos perdiendo nuestro sentido de la aventura. En todo.
—¡Esto es una aventura!
—Ya ves, eso es lo que quiero decir.
Después de que sonara una pequeña campana todo el mundo iba a
sentarse, no sólo los que ya estaban en sillas de ruedas. Bake dejó que
Suzy fuera delante mientras se abrían paso, con las bebidas en la mano,
entre las docenas de mesas que había entre ellos y el número 79. Fueron
los primeros en llegar, y cuando miró las tarjetas y vio que alguien había
colocado a Suzy lejos de él, cambió rápidamente la disposición de los
sitios y la puso a su lado, a su izquierda. «No he venido tan lejos para no
sentarme a tu lado», dijo, y ella sonrió lánguidamente, apretándole la
mano. Ese tipo de gestos era necesario, porque no habían tenido relaciones
sexuales en seis meses. «Tengo sesenta años y tomo antidepresivos —dijo
Bake la ocasión en que Suzy (¿por qué sólo una vez?) se quejó—. Tengo
suerte de que no se me haya caído el pene».
Permanecieron sentados en sus sillas, esperando a que se llenara su
mesa: pronto apareció una joven pareja de inversores de Wall Street que
todavía no se habían quedado sin trabajo. Luego una escultora y su hijo.
Después un asistente editorial de 3LJ. Finalmente, para ocupar el asiento a
su derecha, una asiática joven y brusca con sonoros tacones. Alargó la
mano para saludarlo. Tenía las uñas largas y pintadas de blanco. Quizá
fueran falsas: Suzy lo sabría, aunque ahora Suzy hablaba con la escultora
que estaba a su lado.
—Soy Linda Santo —dijo la mujer de su derecha, sonriendo. Su pelo
era negro, brillante y lo bastante largo como para que, con un movimiento
de la cabeza, pudiera balancearlo por detrás del hombro, y lo bastante
corto como para que cayera rápidamente hacia delante otra vez. Llevaba
un vestido de satén azul marino y una sarta de perlas. Colocó en el
respaldo de la silla el chal rojo que le envolvía los hombros. Sintió una
leve excitación. Siempre le habían atraído las mujeres asiáticas, aunque
sabía que no debía comentárselo a Suzy, ni en realidad a nadie.
—Soy Baker McKurty —dijo él, estrechando su mano.
—¿Baker? —repitió ella.
—Normalmente me llaman Bake. —Le guiñó el ojo por accidente.
Había que ser muy estable para guiñar un ojo a una persona y no
espantarla.
—¿Bake? —Parecía un poco horrorizada, si es que era posible
horrorizarse sólo un poco.
Estaba un tanto asustada, y él empujó la silla hacia fuera para mostrar
que era inofensivo. En cuanto todos estuvieron sentados llegaron los
aperitivos. Tomates rellenos de aguacates y aguacates rellenos de tomates.
Era un chiste, con un aire navideño, aunque faltaba mucho, mucho, para la
Navidad.
—Entonces, ¿dónde están los escritores? —preguntó Linda Santo
mientras miraba por encima de sus dos hombros. El pelo brillante voló—.
Me dijeron que habría escritores.
—¿No eres escritora?
—No, soy una malvada lobista —dijo, con una sonrisa leve—. ¿Eres
escritor?
—En cierto modo, supongo —dijo.
—¿De verdad? —Se iluminó—. ¿Qué podrías haber escrito?
—¿Qué podría haber escrito? ¿O qué he escrito en realidad?
—Cualquiera de las dos.
Se aclaró la garganta.
—He escrito varias biografías. Boy George. King George. Y ahora
George Washington. Ésa es la más reciente. Realmente un hombre
fascinante, con una habilidad tremenda para los asuntos inmobiliarios. Y
molesto por que no lo hubieran ascendido cuando sirvió en el Ejército
británico. ¡Las cosas por las que empieza una guerra! Y no soy como otros
de sus biógrafos. No descarto que fuera gay.
—Eres biógrafo de Georges —dijo, asintiendo y sin conmoverse.
Estaba claro que esperaba a Don DeLillo.
Eso lo irritó. Se hundió en una ira demente.
—En realidad, he ganado el Premio Nobel.
—¿De verdad?
—¡Sí! Pero, bueno, lo gané en un año en que los medios no estaban
prestando mucha atención. Así que más o menos se perdió con ese jaleo.
Gané… justo después del 11S. A la sombra del 11S. De hecho gané justo
cuando el ataque a la segunda torre.
Ella frunció el ceño.
—¿El Premio Nobel de Literatura?
—Oh, ¿de literatura? No, no, no: no el de literatura. —Ahora su pene
estaba blando como un melocotón que se encogía en sus pantalones.
Suzy se inclinó hacia la izquierda y habló sobre el plato de Bake, hacia
Linda. «¿Te está molestando? Si te molesta, avísame. Soy Suzy.» Sacó la
mano del regazo y las dos mujeres se la estrecharon sobre el aguacate de
Bake. Vio que las uñas de Linda eran falsas. O, si no eran falsas, algo.
Parecían garras.
—Ésta es Linda —dijo Bake—. Es una malvada lobista.
—¿De veras? —dijo Suzy, bonachona, pero la escultora no tardó en
tocarle el brazo y tuvo que volverse para que le presentara al hijo.
—¿Es duro ser lobista?
—Es interesante —dijo ella—. Es un trabajo duro pero interesante.
—Ésos son los mejores.
—¿De dónde eres?
—De Chicago.
—Ah, ¿de verdad? —dijo, como si él hubiera mencionado su estrecha
conexión con Al Capone. Cualquier persona a quien le mencionara
Chicago sacaba el tema de Capone. O Capone o los Cubs.
—Entonces, ¿conoces al candidato demócrata a la presidencia?
—¿Brocko? ¡Me encanta! Ahora es lo más. También es escritor. Me
pregunto si está aquí. —Ahora Baker, como si la imitara, se volvió y miró
por encima de sus hombros.
—Probablemente estará con sus amigos terroristas —dijo Linda.
—¿Tiene amigos terroristas? —El propio Bake tenía un amigo
terrorista. A la gente del Medio Oeste le encantaban sus amigos
terroristas, por lo general estupendos y aburridos ciudadanos que todavía
se alimentaban del mito construido por los pecados de una juventud
remota. Nunca habían matado a nadie, al menos a propósito. Envejecían y
engordaban con normalidad. Se habían reinsertado. Habían cumplido sus
condenas. Y, bueno, si no, a causa del indignante privilegio de clase que
les permitía seguir adelante como si nada hubiera ocurrido, bueno,
criaban a sus hijos y obtenían posgrados y compensaban a la sociedad de
otras maneras. Suponía. En realidad no sabía mucho de Chicago. En
realidad era de Michigan, pero cuando iba a algún sitio siempre salía del
aeropuerto O’Hare.
—Sí. El que intentó volar varios edificios federales en esta ciudad.
—¿Cuando Brocko era un crío? ¿El de los sesenta? Pero si a Brocko ni
siquiera le gustan los sesenta. Le parecen tan… de los sesenta. Los sesenta
le quitaron a su madre en una loca aventura.
—Los sesenta lo crearon, amigo mío.
Bake la miró más de cerca. Ahora veía que no era asiática.
Sencillamente se había hecho alguna especie de cirugía plástica: la piel
estaba estirada y se recogía de forma extraña en torno a los ojos. Una
operación chapucera en los ojos. Un mal estiramiento facial. Un peeling
químico. Lo que fuera. Suzy lo sabría.
—Bueno, era un crío.
—Eso dice.
—¿Hay alguna polémica sobre su edad?
—¿Dónde está su partida de nacimiento?
—No tengo ni idea —dijo Bake—. No tengo ni idea de dónde está la
mía.
—Te voy a decir mi verdadero problema: los que fundaron este país y
los que lo mantienen unido son personas que trabajaron muy duro para
llegar donde están.
Bake se encogió de hombros y meneó la cabeza. No era el momento
oportuno para hablar de oportunidades. Sería desafortunado hablar de
fortuna. ¿Podía hablar de gente que tenía cosas que no merecía, en una sala
llena de gente de esa clase? Ella continuó: «Y si no entiendes eso, amigo
mío, entonces no podemos continuar esta conversación».
La forma súbita en que toda la posibilidad de comunicación estaba en
juego lo asombró.
—Veo que has investigado la fundación de este país. —Buscaría un
terreno común.
—He visto John Adams en la HBO. Todos los episodios.
—¿No era asombroso el tipo que hacía de George Washington? Me
distraía mucho que Jefferson se pareciera tanto a Martin Amis. Me
pregunto si Martin estará por aquí. —Volvió a mirar por encima de los
hombros. Necesitaba que Martin Amis se acercase y lo ayudara.
Linda lo miró con fiereza.
—Era una gran miniserie y un gran recordatorio de los principios
fundamentales de nuestro país.
—¿Sabías que George Washington tenía miedo de que lo enterrasen
vivo?
—No lo sabía.
—El tipo prácticamente no tenía miedo de nada, salvo a eso. ¿Sabías
que liberó a sus esclavos?
—Hmmm.
Ella estaba comiendo; él no. Eso no actuaría en su favor. Sin embargo,
siguió:
—Hablando de gente que ha trabajado duro en este país. Y sí, para no
discutir tu tesis demasiado, no todos esos esclavos salieron adelante.
—Tu colega Barama, amigo mío, ni siquiera estaría compitiendo si no
fuera negro.
Ahora todo el apetito lo abandonó por completo. La comida en su
plato, dondequiera que estuviera, manchas de gris topo, grumos naranjas,
se volvió abstracta como un cuadro. Su presión sanguínea subió; notaba el
pulso en la sien.
—¿Sabes?, ¡nunca lo había pensado, pero tienes razón! ¡Ser negro es la
forma más rápida y fácil de llegar a la Casa Blanca!
Ella no dijo nada, así que añadió:
—A menos, claro, que vayas en taxi, y entonces, bueno, puedes
retrasarte un poco.
Masticando, Linda lo miró, con un destello en los ojos. Tragó.
—Bueno, supuestamente ya hemos tenido un presidente negro.
—Ah, ¿sí?
—¡Sí! ¡Lo dijo un escritor que ha ganado el Premio Nobel!
—Eh. Te diré una cosa de primera mano: no creas todo lo que te diga
un premio Nobel. No creo que un presidente negro llegue a ser presidente
cuando su amante que canta en un club nocturno da ruedas de prensa
durante la campaña. Eso sería… eso sería un presidente blanco. Por favor,
pásame la sal.
El salero apareció a su lado. Echó un poco de sal en torno a su plato y
lo miró.
Linda ofreció una sonrisa severa y forzada, mientras intentaba cortar
algo con su cuchillo. ¿Era carne? ¿Era pollo? Era un consuelo pensar que,
por una vez, los ricos habían tenido que pagar un ojo de la cara por el pollo
mientras que el suyo era gratis. Pero no era suficiente consuelo.
—Si crees que yo, como mujer, no sé un par de cosas sobre la
discriminación, estás lamentablemente equivocado.
—Eh, tampoco es tan fácil ser un hombre —dijo Blake—. Tienes que
gastar un montón de pasta en porno y, créeme, es dinero que nunca
recuperas.
Luego se retiró, se volvió hacia su izquierda, en dirección a Suzy, y se
inclinó hacia ella.
—Ayúdame —le susurró al oído.
—¿Estás seduciendo a los patrocinadores?
—Me da miedo que salga volando algún objeto.
—Tienes que seducir a los patrocinadores.
—Lo sé, lo sé. Lo estaba intentando. Pero es una de los que llaman
Barama a Brocko todo el rato. —Ya había violado la mayoría de las reglas
de conversación para las cenas de Suzy: nada de política, nada de religión,
nada de consejos bursátiles. «Y, a menos que veas asomar la cabeza, nunca
le mires la barriga a una mujer y le preguntes si está embarazada.» Había
aprendido todo eso a base de errores.
Pero, en un año como aquél, no había forma de mantenerse apartado de
ciertos temas.
—Vuelve —dijo Suzy. La escultora estaba dándole golpecitos otra vez
en el brazo.
Lo intentó una vez más con Linda Santo la malvada lobista.
—Así es como yo lo veo, y creo que sabrás valorarlo. Sería estupendo
tener por fin en la Casa Blanca un presidente cuyo apellido acabe en vocal.
—¿Nunca hemos tenido un presidente cuyo apellido termine en vocal?
—Bueno, no cuento a Coolidge.
—¿De qué parte de Chicago eres?
—De las afueras.
—¿Dónde en las afueras?
—Michigan.
—¿Michigan no está muy lejos de Chicago?
—¡Sí! —Notaba el aire frío en la piel entre los calcetines y los
pantalones. Cuando miró sus manos parecían haberse congelado en forma
de garra.
—La gente habla de la dulzura sólida del corazón del país, pero tengo
que decir una cosa: Chicago parece una ciudad que está demasiado
orgullosa de su actividad criminal. —Sonrió con seriedad.
—No creo que eso sea cierto. —¿O lo era? Intentaba darle una
oportunidad. ¿Y si tenía razón?—. A lo mejor tenemos una vena
incumplida de anhelo mítico. O quizá no vivimos con tanto miedo como la
gente de otros lugares —dijo. Ahora sólo estaba especulando.
—Espera, amigo mío, hay algunas personas diabólicas observando la
Torre Sears mientras hablamos.
Ahora él se quedó en silencio.
—Y si estás allí cuando suceda, y espero que no estés, pero si estás, si
estás, si estás comiendo en lo alto o en una reunión más abajo o haciendo
lo que sea que hagas, cambiarás. Porque yo he estado allí. Sé cómo es que
te ataquen los terroristas. Estaba en el Pentágono cuando estrellaron ese
avión y te diré una cosa: me quemé viva pero no morí. Me quemé viva.
Ardí por dentro. Por eso sé más que nunca qué importa en este país, amigo
mío.
Ahora vio que las uñas eran en realidad de plástico, que en realidad la
mano era una garra de plástico, que la cara que le había parecido
intrigantemente exótica había sido marcada por el fuego y sólo
parcialmente reparada. Veía cómo estaba revestida de una valiente e
intensa fealdad. El pelo era hermoso, pero ahora suponía que
probablemente era una peluca. La piedad fluía por su interior: nunca se
había sentido más apenado por nadie. ¿Cómo podía haber sufrido tanto una
persona? ¿Cómo podía alguien haber estado tan cerca de la muerte, de
forma tan injusta, tan dolorosa y heroica, y cómo era posible que aun así él
quisiera estrangularla?
—¿Eras una lobista del Pentágono? —Fue todo lo que consiguió decir.

—¿Algún faux pas? —preguntó Suzy en el taxi de regreso al Bed and


Breakfast, donde unas galletas calientes los esperarían junto a la puerta, y
unas tiras para evitar los ronquidos sobre la mesilla de noche.
—Muchos faux —dijo Bake. Lo pronunció foux—. Beaucoup verboten
foux. Pronunciar mi nombre era como ponerme de pie y mear en una copa
de vino.
—¿Qué? Vamos, por favor.
—Me temo que he hablado de política. No he podido controlarme.
—Brocko va a ganar. A sus hijas les gustará la ciudad. Todo irá bien.
Quédate tranquilo —dijo ella mientras el taxi aceleraba hacia Georgetown,
y las aceras aparecían anaranjadas y enrojecidas por las primeras hojas
caídas.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
Le daba miedo decir más.
No sabía cuánto tiempo les quedaría a Suzy y a él, y un final de
veloces citas geriátricas —todo el mundo sordo y con aspecto idéntico:
«¿Qué? No te oigo. ¿Qué? ¿Otra vez tú? ¿No acabamos de vernos?»—, que
transcurría por completo entre bancarrota y guerra, podría ser el auténtico
círculo del infierno destinado para ellos.
—No me dejes nunca —le dijo él.
—¿Por qué razón en el mundo haría eso?
Hizo una pausa.
—Es una petición no sólo para el mundo, sino para después de eso.
—De acuerdo —dijo ella, y apretó su muslo carnoso. Al menos en el
pasado a él le gustaba pensar que era carnoso.
—Me temo que pronto descubrirás alguna forma totalmente obvia de
percibirme como mucho menos que adecuado.
—Eres adecuado —dijo ella.
—Soy bastante adecuado.
Mantuvo la mano sobre su pierna, y sobre la de Suzy él puso la suya, la
que llevaba el anillo que le había dado en su boda, idéntico al de ella.
Envió todo su amor al extremo de las yemas de los dedos, y mientras su
mano apretaba la de Suzy observó la firme y deliberada actividad
hidráulica de sus nudillos y articulaciones. Pero ella ya había apartado la
cabeza y miraba por la ventanilla, tranquilamente, el resto del camino,
mostrándole únicamente su hermoso cabello, que era dorado y brillante a
la luz de las farolas que pasaban, como si fuera algo que no estaba en
absoluto unido a ella.
ALAS

Si descubriera que no podía manejarlo, todavía quedaría tiempo


suficiente.

HENRY JAMES ,
Las alas de la paloma

Los rugidos de sus estómagos se entrelazaban y eran imposibles de


atribuir.
«¿Has sido tú o he sido yo?», preguntaba ella en la cama, y Dench
respondía: «No estoy seguro». Se quedaban allí por las mañanas y sus
piernas se movían en ángulos hacia el otro, de forma no muy distinta a los
olmos que veía por la ventana, con ramas altas que acariciaba la brisa de
finales de marzo, conversando de árbol a árbol del tiempo emocionante.
Soñaba con que comía platos llenos de carne y sus dientes rechinaban en la
noche —sin duda una señal de la primavera—, de forma que el interior de
sus mejillas terminaba ensangrentado y mascado, una glándula salival se
había hinchado hasta alcanzar el tamaño de una uva pasa.
¿No debían estar de pie y danzando? El sol de la mañana atravesaba el
techo en una franja blanca de pintura. Ella y Dench eran demasiado
jóvenes y demasiado viejos para esa vida íntima, de mañanas tardías y
confinamiento en la cama, pero sus huidizas carreras —el grupo, los dos
CD, los boletines informativos (transformados en correos electrónicos y
luego convertidos en basura electrónica abandonada) sobre cómo
simplificar tu vida («¡arruínate!»), conducir, ir de gira, racanear, buscar en
parques cebolletas y dientes de león, recargar tarjetas de crédito, hacer
fotos de ropa y venderla en eBay («¡Despierta! —le decía ella en medio de
la noche, incorporada en la cama—, ¡despierta y escucha mis ideas!»)—
los habían llevado hasta allí, a un subarrendamiento de seis meses donde
se admitían mascotas. Todavía en la treintena, pero por poco, habían
comprado algo de tiempo. ¿Qué más daba que sus inversiones en esos días
fueran en peniques, corchos de vino y hojas de sellos autoadhesivos con la
palabra Libertad? Subirían de valor, a diferencia de todo lo demás. Debajo
de su cama había una caja de zapatos con el menguante dinero de su
último bolo, donde sólo les habían dado una cuarta parte de la entrada.
Siempre podía volver a cortarse la melena, casi asiática, como había hecho
dos años antes, y venderla por mil dólares.
Ahora, como hacía a menudo cuando reflexionaba sobre las decisiones
equivocadas, a veces pensaba en el momento en que había puesto por
primera vez los ojos en Dench, aquel viernes remoto en que se le había
acercado en una prueba de sonido vespertina en una localidad u otra, sus
ondulantes trenzas no exentas de productos, una muestra de organización y
premeditación que decoraba algo más caótico. Aunque era invierno
llevaba gafas de sol de espejo y una delgada cazadora de cuero con el
cuello vuelto hacia arriba: gilipollas al ciento cincuenta por cien. Quizá
fuera su estrategia para mejorar la opinión que la gente tenía de él
inmediatamente, para tomar un impulso hacia arriba y hacerlo navegar, y,
cuando desaparecían las gafas y la cazadora y empezaba a tocar una
canción que él no había escrito, estaba en su salsa. Se lanzó sobre una
rodilla y acometió velozmente un martilleante solo de bajo. En la batería
apretaba el palo contra el platillo y trazaba un círculo, lo que producía una
alta nota celestial, como un dedo que girase por el borde de un vaso de
vino. Golpeaba la pandereta contra su cabeza y contra la caja, hacia
delante y hacia atrás. Cuando se acercó al piano, ella lo detuvo. «El piano
no —dijo en voz baja—. El piano es mío».
—Vale —dijo—. Sólo quiero enseñarte todo lo que puedo hacer. —Y
cogió una guitarra acústica.
¿Sería imposible no amarlo? ¿No intervendría la prudencia?
Más tarde, ante el resto de la banda, cuyo escepticismo hacia Dench
tenía un dejo de educada consternación, dijo: «No entiendo por qué la
frase “como una orquesta que está afinando” se considera una crítica. Me
encanta una orquesta cuando está afinando. Especialmente entonces».
Desde el primer momento, sin embargo, no entendía cómo se podía
haber ganado la vida Dench. Sabía dos canciones de Ryan Adams y tocaba
la guitarra bastante bien. Pero nunca lo había hecho de forma profesional.
Tampoco había hecho profesionalmente ninguna otra cosa que ella pudiera
discernir. Al principio argumentaba que estaba esperando a que le entrase
dinero, y ella no estaba segura, cuando él sonreía, de que fuera una broma.
«¿De quién? ¿De tu madre?», y él se limitaba a sonreír. Lo que le hacía
pensar: «Sí, claro, de su madre».
Pero no. Su madre había muerto cuando él era adolescente. Su padre
había desaparecido años antes y a partir de entonces Dench vivió muchos
traslados con sus hermanas: de Ohio a Indiana y California y vuelta.
Primero con su madre, luego con una tía. Al parecer, en su vida había
muchas entradas y salidas de la universidad y muchos años que no se
explicaban. Había habido una experiencia truncada con el Peace Corps. En
Suazilandia. «Estaba esperando en la parada de autobús, leyendo un libro,
y las mujeres fingían que lo querían para leerlo pero en realidad sólo
querían unas páginas para usarlas como papel higiénico. O los tíos que
trabajaban conmigo. Metían las manos en los váteres, en cuanto los
bajábamos de los camiones: querían tener las palmas de las manos azules
y perfumadas. Tenía que irme de allí, no entendía el compromiso que
había asumido y entonces mi tío consiguió que un congresista moviera
algunos hilos.» ¿Cómo pagaba Dench sus facturas?
«Es un gran truco de magia», decía. Le gustaba colocarse antes de
cenar y nunca parecía faltarle un porro en la cartera o en un cajón. Se
comía el pollo —las alas y los muslos, las pechugas y las patas— hasta
dejar los huesos púrpura.
Y así, aunque no podía distinguir un aguacate de un lino (tenía de los
dos), y aunque nunca había encontrado luces para el crecimiento de las
plantas, o una licencia enmarcada del estado de Michigan para producir
marihuana medicinal, KC empezó a temer que se ganara la vida vendiendo
maría. Parecía que ése era el asunto sobre el que meditaba y que no
contaba. Cuanto más lo veía, más profunda era la sospecha. Luego, cuando
algo prendió fuego entre ellos y el amor se afianzó en el interior de KC,
cuando se despertó a su lado con nudos húmedos que nunca había tenido
en la parte trasera de su cabellera, en una habitación llena de las velas de
la noche anterior y de olor a hierba, su piel junto a la suya como un sedoso
calicó de frescura y calor, y conforme los dos necesitaban comer más y un
poco más juntos, empezó a parecerle bien que vendiera drogas. Si lo hacía.
¿Qué demonios? Al menos estaba eso. Al menos hacía algo. Sus sonrisas
soñolientas y el destello ocasional de un billete de euros o de cien dólares
en su bolsillo parecía confirmarlo, pero luego su intermitente carencia
absoluta de dinero perpetuaba el misterio, como ocurría con sus cheques,
que decían D. ENCHER, y ella empezó a temer que después de todo no
vendiera drogas. Cuando le preguntó directamente, él se limitó a contestar:
«¡Qué graciosa eres!». Y después de pagar demasiadas de sus copas y
comidas, puesto que había dicho que andaba tieso aquella semana y luego
la semana posterior, empezó a desear, un poco tímidamente, que vendiese
drogas. Empezó a esperar que así fuera. En una ocasión llegó a rezar por
que lo hiciera. Y pronto estaba a punto de mendigar. «Sólo un poquito de
skunk. Un poquito de hierbabuena quitapenas. Un poquito de corteza de
cereza, un poquito de maruja de la bruja, un poquito de maría para
empezar el día».
En vez de eso se unió a su grupo.
Se llamaba Villa y al final no había salido bien; pagaban las giras con
préstamos para pequeñas empresas; público al que no le gustaban las
canciones de KC (eran demasiado de cantautora, con rimas, ¡calorías y
galerías!, de las que estaba tontamente orgullosa [¡finados y casados!]),
entre las que había una tonada de la que no quería separarse, porque había
estado bien posicionada para ser un éxito indie, una canción sobre un
cocinero de Nueva Jersey llamado Jim Barber de quien había estado
enamorada.

Soy tu hinojo sin cortar,


soy tu queso sin cortar,
sólo quiero saber cuándo
podré tu filo notar.

No era consciente de lo espantosa que era. Sus letras no eran astutas,


modernas, ni misteriosas o duras, sino las esperanzas recatadas y sencillas
de un ratón. Había pasado una década ladrando al árbol equivocado…
¡como un ratón! El público abucheaba: los chicos con sus gafas de
montura roja, las chicas con sus ladeados vestidos breves. Eran
especialmente despreciadas sus versiones hip-hop de Billy Joel y Neil
Young (una vez le pidieron que se fuera a cantar al río y ella pensó que se
referían a la canción Down by the River. Contaba esa triste broma una y
otra vez). En las giras del grupo se levantaba llorando en el borde de una
cama u otra, sin saber dónde estaba ni lo que debía hacer aquel día y una o
dos veces ignorando incluso con quién estaba, ya que todos sus esfuerzos
parecían independientes de ella, un traje en el que meterse. Las lágrimas,
le habían contado, estaban diseñadas para eliminar toxinas, y corrían por
su cara, enfangaban su cuello y se reunían en los recesos de sus clavículas;
debía tener cuidado de no tenderse boca arriba y dejarlas entrar en sus
oídos, ya que eso podía hacer que las toxinas entrasen de nuevo y todo
volviera a empezar. Por supuesto, el rumor de las toxinas resultó no ser
cierto. Las lágrimas eran bastante puras. Y así su razón de ser, le pareció
más tarde, cuando pensaba en ello, era identificar al débil, de modo que el
mundo pudiera asegurar su futuro fuerte golpeando a los débiles hasta la
muerte.
—¿Somos espantosos? —le preguntó Dench.
—Es porque no tenemos un nombre como Carroza Fúnebre para Bebés
o Cara de Perro.
—¿Por qué no nos llamamos así?
—Porque tenemos criterio.
—¿Eso es todo? —preguntó ella.
—¡Sí! Y no sólo Body and Soul como bis, aunque eso lo hacemos bien.
Quiero decir que mantenemos cierta integridad.
—¿Integridad? ¿En serio? —Después de demasiados aperitivos
robados en minibares, las latas de Pringles cuidadosamente vaciadas y la
tapa de aluminio sellada otra vez, el envase recolocado como nuevo en lo
alto de la bandeja de madera, las toallas del hotel empaquetadas junto al
equipo en la camioneta de alquiler cuyo parachoques trasero llevaba una
gran pegatina del rostro de Donald Rumsfeld, bajo el que se leía ¿LA JETA
DE ESTE CARACULO HACE QUE MI COCHE PAREZCA GRANDE?, después de todo
eso se descubría pensando continuamente: «¡Ojalá Dench vendiera
drogas!». En días calurosos de verano buscaba un supermercado de lujo y
no sólo comía las muestras gratis de sus diminutas copas blancas, sino que
se quedaba ante la sección de frutas y verduras, esperaba a que aparecieran
los humidificadores y ponía los brazos bajo el agua, aliviada. Se duchaba
con las lechugas.
Ella y Dench no habían desarrollado su talento lo suficiente ni éste les
había preocupado de manera apropiada, o eso les dijo un representante.
Dench se ofendió. «Te olvidas de la perplejidad, del perfil de los
premios. Muchas veces buscan a gente como nosotros. ¡Podemos ganar
algo!», exclamó, con Pringles en los dientes.
La gardenia de la garganta de KC, la flor que era la voz con que
cantaba —habría que ralentizar meticulosamente el descolorido proceso
de marchitamiento a lo largo de los años— ya había iniciado su rápida
degeneración en sencillo azafrán primero, y luego en una hierba
esmirriada. Había recibido algo perfecto —¡juventud!— y había hecho
cosas imperfectas con ello. La luna brillaba entera y luego parcial en el
cielo, viviendo su vida sin ella. A veces sólo buscaba toscamente una
melodía, como alguien que da patadas a una lata a lo largo de un camino.
No había cercado la voz con la que hablaba, no la había domesticado y
atendido para que la voz de cantar pudiera volar. La voz con la que hablaba
y la voz con la que cantaba eran la misma, una montaña rusa de varios
registros, el timbre de Myrna Loy-Billie Burke de la abuela eduardiana
que la había criado, una mujer que había estudiado en un conservatorio
pero nunca había tenido una carrera como cantante y prácticamente
cantaba todas las frases que pronunciaba: «¿Katherine? Es hora de cenar»
recorría toda la escala. Sólo sus últimas palabras —«cásate bien»— fueron
monótonas, el zumbido de la desazón, una advertencia práctica: salvaban
la vida pero ofrecían un atisbo de un búnker pequeño y oscuro en una
guerra todavía no declarada. «Cásate bien» fueron palabras pronunciadas
después de rogar a KC que obtuviera un certificado de docencia. «Dar
clase hace que gente interesante se vuelva aburrida, eso está claro —dijo
—. Pero también hace que la gente aburrida se vuelva interesante. Así que
hay un lado bueno. Siempre hay un lado bueno si lo buscas».
La pobre madre de Dench no pudo dejarle a él —ni a sus hermanas—
un centavo, aunque siempre había hecho lo que ella decía, incluso el año
en que vivieron en moteles y él llevaba un camisón idéntico a sus
hermanas para que fuera más fácil confundirlos con un solo hijo, a fin de
evitar un coste extra por la habitación si entraba la limpiadora. Su joven
madre había muerto con tubos de respiración unidos a su cartera —dijo él
—, chupándolo todo. Dench hacía un gran sonido cómico de aspiración
cuando contaba esa parte. La desaparición de su padre, que había ocurrido
mucho antes, la había devastado y perseguido: una noche que habían
salido a cenar su padre anunció que tenía que ver a un hombre por algo
relacionado con un caballo; se excusó, fue al servicio de caballeros y saltó
por la ventana para no volver nunca. Dench también hacía un sonido de
aspiración para esa parte de la historia.
—No puedo decidir si es cobardía o una extraña forma de coraje —dijo
Dench.
—No es ninguna de las dos —contestó KC—. No tiene nada que ver
con ninguna de esas dos cosas.
Los hijos sin madre siempre se encontraban. Lo había oído una vez.
Tenían la tristeza que no era tristeza pero que otros interpretaban como tal.
Tenían la tristeza que gustaba de compañía y que era compañía. Sólo a
veces sentían los hechos de sus vidas sin madres. Tenían sintonías
incubadas en una tradición espiritual. No se acariciaban los dorados
rincones de la memoria. El mundo era su orfanato.
Pero cuando empezaron a vivir juntos, Dench dudó.
—¿Qué pasa con mis pertenencias? —preguntó.
—No es que tengas un perro que no va a llevarse bien con el mío —
dijo ella.
—Tengo plantas.
—Pero las plantas no son un perro.
—Oh, ya veo: ¡eres una de esas personas que piensa que los animales
son mejores, más importantes que las plantas!
Lo estudió, miró sus ojos grandes por la protesta, las drogas o la
locura. Había demasiadas cosas para elegir.
—¿Lo dices en serio? —preguntó.
—No lo sé —dijo, y se dio la vuelta para desempaquetar sus cosas.
Ahora ella se levantaba y sacaba al perro para su paseo diario. Llevaba
un viejo vestido de verano como camisón, pero por la mañana podía hacer
de vestido, si te echabas una chaqueta por encima y te ponías zapatos. De
esa forma arriesgada, lo sabía, podía instalarse la locura.

La vivienda subarrendada en la que vivían ella y Dench era agradable, un


chollo, una casa de campo de tejado plano, hecha de piedra y secoya, con
un aparcamiento techado, en un barrio que no se encontraba lejos del
hospital y por tanto estaba lleno de cirujanos, radiólogos y sus familias. El
hospital estaba en construcción y las grúas cortaban el cielo. Excavadoras
y retroexcavadoras de amplias mandíbulas operaban bajo las luces por la
noche. Una vez, mientras paseaba al perro, había observado cómo la
cabeza dentuda de una excavadora era liberada y caía al suelo: el cuello
acéfalo se inclinó y empezó a moverla, como si intentase descubrir si
seguía viva. Por supuesto, había un operario, pero después de eso era
difícil pensar en una criatura de ese tipo como en una máquina. Cuando se
derribaba un muro y sus callados secretos se dispersaban, las líneas entre
las cosas parecían disponibles para quien las quisiera.
La persona dueña de la casa no tenía relación con el hospital. Era un
empresario llamado Ian que había ganado un dineral en los noventa con
algún tipo de software para empresas y que durante largas temporadas
vivía fuera del estado —en Ibiza, Zijuatanejo y Portland— para evitar el
frío. La casa estaba amueblada salvo, extrañamente, por una cama, que
compraron. El primer día encontraron comida en el frigorífico que no
tenía moho sino polvo. «No sé —dijo Dench—. Mira los armarios. Éste
debe de ser el que usaba Ian. Con perchas tan fuertes, igual no necesitamos
una cama. Podemos colgarnos por la noche, como murciélagos».
Con Dench sabía, tácitamente, que ella era la que tenía que llevarlos
hasta el lugar al que estuvieran yendo. Debía ser la señora GPS que,
cuando parabas a echar gasolina, te decía: «Vuelve a la autopista». Intentó
ser esa voz con Dench: testaruda, imperturbable, atenta al mapa y sin decir
lo que la señora del GPS de verdad quería decir, que no era
«Recalculando», sino «¿En qué demonios estás pensando?».
—Puede que se vea mal desde el espacio exterior, que es desde donde
lo ve el GPS —decía Dench, cuando proponía alternativas de cualquier
tipo, grande o pequeño—, pero en tierra hay cierta lógica. Confía en mí
esta vez. Para ti, todas las demás.
No había aceras en esa parte arbolada de la ciudad. La savia de los
árboles desnudos apenas empezaba a moverse después de lo que parecía un
invierno infernal. Los sumideros junto a la carretera que pronto
calentarían y acogerían mala hierba y guisantes sólo eran barro salpicado
de gravilla, y el perro de KC, Cat, olisqueaba al avanzar, notaba cómo se
fundía el invierno, cómo el suelo desprendía su olor fértil a lombrices
despiertas. Por encima el cielo de perla sucia de marzo colgaba bajo como
el ala de un sombrero. Las casas estaban junto a los marjales y los
sicomoros, y de vez en cuando, mientras caminaba por las carreteras,
pasaba un coche y ella tiraba de la correa de Cat para mantenerlo cerca.
Las calles, todas con nombres de universidades del este —Dartmouth
Drive, Wellesley Way, Sweet Briar Road: ¿dónde estaba su alma máter,
SUNY New Paltz Street?— brillaban con los colores planos y lustrosos de
tortugas de caja que habían llegado a primavera cruzando demasiado
despacio y ahora estaban pegadas al macadán, delgadas y relucientes como
anuncios de revista.
CUIDADOS PALIATIVOS: NUNCA ES DEMASIADO PRONTO PARA LLAMAR, decía
un cartel junto a una cafetería en lo que constituía el centro comercial de
la localidad. Junto a ella una señal de tráfico decía: ATENCIÓN: FIN DE LA
VÍA. El surrealismo no podía inventarse. Era la auténtica electricidad de lo
real. La mayor parte del tramo lo ocupaba una librería cerrada, cuyas
cristaleras estaban opacas por el polvo. Faltaba la D del cartel, así que
ahora decía: BORERS, los que aburren. En bancarrota, sinceridad: pronto la
cadena estaría enviando todo el almacén a las letrinas de Suazilandia.
Cat era un buen perro, medio corgi y medio labrador, y si KC llevaba
las gafas de sol en la cafetería podía pasar por un perro lazarillo, y ella por
una ciega, y así no tenía que atarlo a la señal de aparcamiento de delante.
En la cafetería sonaba Tom Waits, y estaba elegantemente equipada
con protectores punteados para los vasos —para evitar las quemaduras—,
crema de verdad, palitos de canela, azucareros. KC se puso a la cola. «Me
encanta esta canción»: el hombre que estaba delante de ella se volvió para
decírselo. Llevaba a un niño pequeño en brazos y era uno de esos nuevos
padres modernos tan viejos que parecía haber secuestrado a su propio hijo.
Ya no sabía qué pensar sobre Tom Waits: su voz se había vuelto tan
industrial…
—No sé. Creo que no hace falta llevar lentes de seguridad y un casco
para escuchar música —dijo ella. La canción no estaba mal y no tenía unas
opiniones tan contundentes, sólo estaba apenada por sus propios temas
irrisorios, pero el hombre cambió de cara y se alejó mientras el niño la
miraba tristemente por encima del hombro de su padre.
Pidió un Venti Latte, y mientras esperaba leyó el pliegue más alto del
periódico más alto en la pila que había debajo de los CD envueltos en
plástico junto a la caja registradora. Cuando terminó, giró discretamente el
papel y leyó el pliegue de abajo. Se había acostumbrado a esa forma
cotidiana y fragmentada de leer las noticias de la primera página —no
tenían conexión de internet— e incluso suspiraba por ella divertida.
¡Utiliza tu ingenio! Eso aconsejaba su viejo boletín informativo. Aquel
modo de llevar a Dench su café matinal (ella bebía su mitad mientras
regresaba, quemándose la lengua un poco) y de pasear al perro era menos
ingenioso que sencillamente necesario. A veces echaba de menos las
grasientas cucharas del pasado, que todavía podían encontrarse cuando el
grupo iba de gira y cuando una sola camarera llevaba la caja registradora,
la barra, todas las mesas, y te llamaba «cariño» —hasta que preguntabas si
tenían leche de soja y en ese momento desaparecían todos los términos
afectuosos.
Regresó por Princeton Place, una calle que normalmente no pisaba
pero que discurría paralela a la suya. Tomar caminos distintos fortalecía la
mente, decía el periódico. En esta calle había una enorme casa de ladrillo
blanco que había visto y le había impresionado no sólo por su elegancia y
su tamaño, sino también por el mágico mar azul de scilla que se extendía
por el terreno pendiente y boscoso. Una vez vio dos ciervos allí, con largos
rabos que ondulaban como colas de caballo y meneaban como colas de
perro. Y una vez había visto a uno de esos ciervos de cerca, al borde de la
calzada, en la Dartmouth. Un coche había chocado con él con tanta fuerza
que lo había decapitado, y su cuello yacía abierto como un montón de
cables cortados.
Cat olisqueó entre las zanjas y un poco por las entradas de las casas,
cuyas grietas estaban a menudo llenas de trébol.
Miró las alas de la casa de ladrillo blanco, que estaba totalmente
protegida o no se calentaba en absoluto, porque todavía había nieve sin
fundir en los tejados. De pronto apareció un anciano junto al buzón.
«Hola», dijo. La asustó, y su intento de gregarismo contradecía su rostro,
que tenía una expresión devastada, como la de un Jesús de pelo escaso y
blanco en la cruz, con los ojos muy abiertos y preocupado; su boca
rodeada de finas arrugas era el monedero ajustable de los ancianos y
rubios.
—Voy a coger el periódico —dijo—. Bonito perro.
—Eh, Catsy, ven para acá. —Intentó tirar de la correa pero el muelle
automático se había roto y la correa no se enrollaba.
La cara del hombre se iluminó. Había empezado a sacar el periódico de
su envoltorio de plástico pero se detuvo. «¿Cómo se llama el perro?
¿Cathy?» No hacía un gesto de desaprobación cuando no oía lo que decías,
como acostumbraban hacer los sordos. Pero tenía el reconocible y ceroso
olor a meado de los viejos. Era de un sudor que ya no podía ser líquido y
se acumulaba como aire escamoso sobre la piel.
—Cat. Es en parte nombre familiar y en parte, bueno, una broma. —
No iba a entrar en todas las Katherines de la familia o en el altar de imanes
de frigorífico dedicado a Los Gatos al Poder, o al perverso sentido del
humor general que había hecho que ese perro, como todas las mascotas,
fuera un lienzo sobre el que uno escribía su amor retorcido y su ingenio
dudoso.
—Lo entiendo —dijo sonriendo con entusiasmo—. ¿Y cómo te
llamas?
—KC —dijo. Sería suficiente.
—¿Casey?
—Sí —dijo ella. Una vida podía rimar con una vida: podía ser algo
atropellado y cercano que se confundía con la cosa misma.
—Vivimos en la manzana de al lado. De alquiler.
—¡De alquiler! Bueno, eso lo explica.
No se atrevió a preguntar qué explicaba. Aun así, sus ojos tenían un
brillo húmedo —o un destello divertido— y no mostraban una expresión
de desaprobación. Cat empezó a ladrar a un conejo pero luego se volvió y
empezó a ladrar al hombre, que dio un paso atrás teatralmente, levantó el
periódico por encima de la cabeza y fingió estar asustado, como si actuara
para un niño pequeño.
—¡No me quites el crucigrama!
—Sus ladridos son peores que sus mordiscos —dijo KC—. Ven aquí,
Cat.
—No sé por qué la gente dice eso. Ningún ladrido es peor que un
mordisco. Un mordisco siempre es peor.
—Bueno, no deberían hacer tan bonitos a los conejos o no nos
importaría que los perros se los comieran. ¿Por qué son tan bonitos los
conejos? ¿Cuál es el objetivo que tiene la naturaleza en eso?
Él sonrió.
—¡Así que eres una filósofa!
—No, la verdad es que no —murmuró ella como si pensara que podía
serlo.
—Creo que es probable que los conejos nos parezcan bonitos sólo por
accidente. Sobre todo son bonitos entre sí. ¿El propósito? La nueva plaga
urbana se vuelve apetitosa: más guiso de conejo para todo el mundo.
—Ya veo. Así que usted es una especie de señor McGregor[4].
¡Siempre me dio miedo el señor McGregor! —Sonrió.
—No hay nada que temer. Pero parece que últimamente hay una
especie de plaga apocalíptica de conejos. ¡Gazapos bíblicos! ¿Te gustaría
entrar y acabarte el café dentro?
No sabía cómo interpretar esa invitación. ¿Era inquietante o amable?
¿Quién podía distinguir? Muy poca gente había sido amable con ellos
desde que se habían mudado, dos meses antes. Los dientes manchados de
té del hombre configuraban una sonrisa sepia: una radiografía dental del
siglo XIX.
—Gracias, pero tengo que irme, de verdad. —Esta vez la correa
funcionó y Cat fue corriendo hacia ella, aburrido y listo para continuar.
—Bueno, encantado de conocerte —dijo el viejo, y se volvió y regresó
hacia su casa, con su pórtico, su porche y las dos chimeneas de piedra, con
alas que se extendían hacia el este y el oeste y otra más pequeña que daba
al sur, con una larga galería para dormir los meses cálidos, que apenas
conseguía ver. En Princeton Place las cosas parecían más grandes en
Wellesley Way. ¡Odiaba el dinero! aunque sabía que era como la sangre y
lo necesitabas. Aun así, también se parecía a la sangre en que no soportaba
verlo. A todo ese barrio privilegiado le vendría bien una pequeña
guillotina o unas multitudes hambrientas con horcas.
—Encantada de conocerle —dijo, aunque no le había dicho cómo se
llamaba.

—Aquí está tu café —le dijo a Dench, que seguía en la cama.


—Qué bueno. Agua tibia.
—Oye, no te quejes. La próxima vez puedes ir tú y me traes la mitad.
—No me quejo —dijo, estirándose soñoliento—. Pero es como si esta
vez te hubiera costado más.
Se llevó bruscamente un cepillo al cráneo y empezó a cepillar. Si
esperaba más tiempo con el pelo podía ganar mil doscientos. Lo echó
hacia atrás y se arqueó desde la cintura. Sólo en el espejo podía ver su
tatuaje que ponía «Decatur», escrito una noche en Linotype Gotharda en
un lado del cuello, cuando tocaban en Decatur y ella quería un recuerdo
para no volver a tocar allí nunca. «Es una extraña forma de recordarlo»,
dijo Dench, y KC dijo: «¿Cuál sería mejor?».
—¿Había mucha cola en la cafetería? —preguntó Dench, chasqueando
los labios.
—No, me he parado y he hablado con un tipo. Cat se mete en todas las
entradas por las que haya pasado alguna vez una ardilla o un conejo.
—¿Un tipo?
—Un viejo.
—Eh, esta agua tibia está bien. Tiene algo nuevo. ¿Te has puesto cacao
de labios de sabor a cereza o algo así?
—¿Te has fijado en que hay mucha gente con dinero por aquí?
—Tendríamos que conocerlos. Necesitamos productores.
—Ve a conocerlos. —Ella buscaría «guillotinas» en internet la
siguiente vez que fuera a la biblioteca.
—Tú eres más guapa. Por supuesto, en estos asuntos el tiempo es
esencial.
Quería a Dench. Se sentía indefensa frente a todo su proyecto
emocional. Pero eso no le impedía odiarlos a él y a todo lo que había a su
alrededor, una categoría donde estaban incluidos ella misma, el sonido de
su propia voz y el sonido de la de él, que era todavía peor. Los retratos del
infierno nunca cesaban y a veces estaban decorados con marcos estridentes
y bañados en oro, a manera de consuelo. Esperanza romántica: ¿de dónde
la sacaban las mujeres? Sin duda, no de los hombres, que eran caveant
emptores ambulantes. No, las mujeres la recibían de otras mujeres, porque
al final las mujeres preferían librarse unas de otras a tener que soportarse
cada día. Así que se animaban a establecer relaciones. «¡Te quiere! ¡Se le
nota en los ojos!», mentían.

—¡Casey! —gritó el anciano la mañana siguiente. Estaba en el jardín


de su casa, dando martillazos a algo que parecía un comedero de pájaros
en un poste.
—¡Ey! —dijo ella.
—¿Sabes cómo me llamo?
—¿Perdón?
—Es una vieja broma familiar. —Seguía gritando—. En realidad me
llamo Milton Theale.
—Milton. —Repitió el nombre, lo que supuestamente era un hábito al
que recurría la gente con buena memoria—. Ya no llaman Milton a los
niños.
—¡Qué pena y gracias a Dios! Mi padre se llamaba Hi, diminutivo de
Hiram, y ahora que soy viejo veo que tengo la cabeza llena de sus bromas
y sus historias en vez de muchas de las mías, que al parecer he olvidado.
—Oh —dijo ella—. Bueno, mientras no llegues a creer que eres tu
padre, supongo que está bien.
—Pues quizá eso sea lo siguiente.
—Probablemente siempre es lo siguiente. Para todos.
Él entornó los ojos para estudiarla, pareció admirar de nuevo algo de
ella, pero KC no sabía qué. Sin duda algo que era un espejismo total.
—Me alegro de volver a verte —dijo—. Y a ti también —le dijo al
perro—. Aunque eres muy raro. Es como si lo hubieran montado unos
veterinarios nazis: la cabeza de un perro pastor, el cuerpo de un perro
salchicha, un…
—Sí, lo sé. A veces me recuerda al perro de La invasión de los
ultracuerpos.
—¿Cómo?
—El remake.
—¿El remake de qué?
—¡Frankenstein! —gritó. Su sordera le produciría un ataque al
corazón. Quizá ése era el plan que tenía la naturaleza para que los ancianos
se mataran entre sí de forma eficiente e irritante.
Notaba que el calor abandonaba el café y penetraba en su mano. «¡Es
como un perro hecho en el laboratorio de Frankenstein!» A veces
detestaba al perro. Su indiferencia a los deseos de los demás, su
conversación resuelta y verbalmente discapacitada sobre sus propios
deseos: en un humano eso indicaría un grave trastorno de personalidad.
—Oh, no está tan mal —dijo Milt—. ¿Y no nos gustaría tener su
energía? En pastillas.
—Eso sería fantástico.
—Pero tú eres joven; no necesitas algo así.
—Necesito algo. —¿Estaba gimoteando? Nunca había hecho una
confesión como ésa a un desconocido.
—Mejor ven y toma una magdalena de arándanos conmigo. —De
nuevo, la línea entre vecindad y coqueteo no le resultaba clara. Sabía que
en esa comunidad tenías que adoptar una actitud extravertida, pero había
oído hablar de padres de familia que se alejaban de los juegos de sus hijos
para tener encuentros sexuales en aparcamientos remotos. Así que las
pautas eran confusas y franqueables—. Y mientras puedes ayudarme con
el crucigrama.
—Oh, no puedo. Tengo que irme a casa. Tengo que hacer un montón de
cosas otra vez.
—Bueno, no son menos diez. Son y diez.
—Otra vez —repitió KC.
Quizá su sordera había agotado a todos los demás vecinos y explicaba
su amabilidad hacia ella. Por otro lado, nadie caminaba por allí. O corrían,
con los oídos llenos de música, o conducían sus coches a velocidad
asesina. Un anciano no podía haber causado por su cuenta todo eso. ¿O sí?
—¿Qué?
—Tengo que irme a casa.
—Oh, vale —dijo, y se despidió.
—Quizá mañana —dijo por ser amable.
Él asintió y retomó su tarea.
Ella se detuvo y se dio la vuelta.
—¿Estás haciendo un comedero de pájaros?
—¡No, es un rincón de lectura! Pondré libros dentro y la gente podrá
cogerlos. Como una pequeña biblioteca. Ahora que la librería está cerrada.
Estoy ajustando el pestillo.
—Qué bonito. —Era pino barnizado con un diseño que recordaba al
chalé alpino de una muñeca.

—¿Poniendo cachondo al viejo? Buena idea.


—¿De qué vas?
—Sólo digo… —dijo Dench en un susurro—. Probablemente estará
forrado. Y la va a palmar pronto. Y…
—Para. —Era el estafador que había en Dench, algo violento en el
nombre de la libertad, como su padre, que había huido por la ventana del
servicio de caballeros—. Ni una palabra más.
—Eh… ¡No hablo de matarlo! Sólo digo que podías pasar un poco de
tiempo con él, hacerlo feliz y luego el resultado sería que, bueno… que
todos seríamos un poco más felices… ¿Qué tiene de malo?
—Te has pasado al lado oscuro de verdad. —Podía ser un
sinvergüenza. Quizá esa sinvergonzonería mantuviera a raya el
resentimiento. No había la menor posibilidad de que Dench estuviera
nunca resentido. El resentimiento llegaba cuando uno había hecho algo
bueno y prolongado y no recibía recompensa. Dench nunca operaría así.
Ella, por otro lado, había nacido con una especie de prerresentimiento:
buscaba la acción buena y no reconocida que explicaría sus sentimientos, y
no la encontraba. Y entonces la podía asaltar una especie de amargura, que
tenía que apaciguar y reducir con helados y biografías de Billie Holiday.
—¿No eres tú la que escribiste: «Usa carne de verdad»? —Ahora
empezó a cantar—. «Puedes comer un zapato / como si fuese un venado /
Mas por especias que pongas / es mejor un buen asado». Tú escribiste eso.
—Era una canción de amor a un cocinero. Antes de conocerte.
—Es buena. Tiene existencialismo y consejos. —Los ojos de él
evitaron los suyos.
—Me quieres chulear. ¿Eso es lo que llamas «talento para la vida»? —
Una vez había presumido de poseer tal cosa.
—Es una perspectiva laboral.
—Más vale que tengas cuidado, Dench. Me tomo en serio tus
sugerencias.
Él se paró y la miró, con severidad en un ojo y amabilidad en el otro.
—Pues mi primer consejo es que no hagas caso a mis consejos. Y
tengo más.
—Hay un olor en la casa. A levadura y azufre. ¿Lo hueles? —Miró a
Dench con preocupación, pero él no parecía tener ninguna.
—¡El Zeitgeist!
—Algo se está pudriendo en las paredes.
—¿Carne o zapato?
—Algo que se murió en invierno y que ahora que es primavera se
pudre en las tablas o algún hueco o en alguna de las paredes de esta
habitación.
—A lo mejor es por las alergias. Pero creo que lo he olido por este
lado de la casa, en días de más calor, cuando buscaba mejor cobertura del
móvil. Un olor como a queso y col; a cabra, con un poco de putrefacción y
amoníaco.
Ella alargó la mano para beber un sorbo del café de Dench.
—Probablemente tiene hijos adultos que lo heredarán todo.
—Probablemente —dijo Dench, que se apartó y luego volvió a mirarla
para estudiar su rostro.
—¿Qué? —preguntó ella.
—Nada —dijo él.

La sensualidad de Dench, su cocina frugal y animosa (aunque no era Jim


Barber), su mirada melancólica, su capacidad de reírse de sí mismo: todo
eso la había conquistado. Pero era como entrar en una casa preciosa y ver
que todas las habitaciones estaban vacías. En esos primeros años lo veía
guiñando el ojo a otras personas, como en una especie de pacto. Seguía sin
dinero. Ella pagaba. A veces la miraba con un desprecio desconcertante.
Había, en resumen, poco amor romántico. Ninguna conversación sobre
sentimientos de ternura. Sólo el vínculo. Sólo el poder de su voz cuando
sonaba y sonaba en su órbita sobre los perros de su infancia, sus travesuras
y sus furias contra su destino. Era atractivo. Era divertido. Pero
emocionalmente no estaba bien. La intimidad no era su fuerte. «Tréboles y
picas —decía—. Ni diamantes ni corazones. Con las cartas rojas… Me
pongo al rojo vivo. Me sacan del juego todo el tiempo».
—Calla y bébete la cerveza.
¿Dónde estaban las drogas?
A veces veía que a él le parecía que podía abusar de sus inseguridades
y que aun así ella lo cuidaría y se preocuparía por él. ¿No estaban las
noticias siempre llenas de hermosas y jóvenes estrellas de cine desechadas
por otra estrella de cine más joven y hermosa? ¿Qué esperanza había para
las mujeres corrientes? Él requería una mecenas pero por error había
hecho una audición para ella. Si poseía menos heridas psíquicas de las que
él esperaba en una mujer de su edad, o al menos diferentes, intentaría crear
algunas. Pero era menos vulnerable de lo que él podría pensar. No había
tenido un padre que debía ver a un hombre por un asunto relacionado con
un caballo. De hecho, había tenido un padre al que mató un coche con el
nombre de un caballo. Junto a su madre. ¡Un Mustang! ¿No era raro?
Bueno, ella era un bebé y no había tenido que afrontarlo.
Su abuela casi nunca había mencionado a su madre. O a su padre.
Cruzaban una calle para ir a casa, de la mano, lo que los había ralentizado
de forma fatal.
¿Dónde estaban las drogas?
La paciencia era un producto químico. Derivado de un mineral.
Derivado de una estrella. Le parecía que ella tenía algo de ésta. Pero no
siempre era fructífera, o fructífera del fruto adecuado. Una vez encontró
una carta en el abrigo de Dench: era un borrador, con la caligrafía y las
tachaduras características de Dench, y empezaba: «Siempre me ha
resultado difícil decirlo, pero tu amor ha significado mucho para mí». No
leyó hasta el final sino que la metió en el bolsillo del abrigo, porque no
quería estropearle las cosas a él ni arruinar la emocionante sorpresa que la
aguardaba a ella. Le dejaría finalizar su composición y escoger el
momento de la entrega. Pero la carta nunca llegó ni apareció de ninguna
manera. Esperó meses. Cuando finalmente preguntó por ella, de forma
general, él la miró con desdén y dijo: «No tengo ni idea de lo que estás
hablando».

Dentro de la casa del anciano amplias puertas conducían a habitaciones en


penumbra, pasillos a escaleras que llevaban a otros pasillos. Áreas enteras
de la casa estaban cerradas con colchas de color marfil colgadas con
anillos de cañas de pescar, para ahorrar en calefacción, conjeturó
rápidamente. Había montones de materiales de lectura: un no desagradable
desorden de revistas, algunas abiertas y abandonadas, y pilas de libros,
nuevos y usados. Encima de uno había un lazo de amor seco que parecía
—como ellos decían con jovial insensibilidad de todos sus agonizantes
lazos de amor— Bob Marley haciendo quimioterapia. Reconoció el pánico
al menor instante de aburrimiento que contenían todas esas pilas, así como
un optimismo irracional con respecto al tiempo. En una habitación alejada
vio un piano, un viejo Mason & Hamlin de cola, su superficie de ébano
mate por el polvo, y se preguntó si estaría afinado. Tenía la tapa bajada y
había montones de periódicos encima.
—No te preocupes por el desorden, sígueme a través de él. Las
magdalenas están en la cocina —dijo. Siguió su paso oscilante y su cráneo
tenía las manchas grandes y marrones de una jirafa: si no fueran signos de
la muerte acechante habrían sido atractivas y extravagantes, y
probablemente la gente joven las querría (¡hazme una mancha de la edad!)
como tatuajes. Versiones más pequeñas salpicaban sus manos—. Siempre
espero que este desorden tenga encanto y no sea una señal de senilidad. Yo
mismo no estoy seguro.
—Es como una librería o una tienda de segunda mano. Ese tipo de
desorden siempre tiene encanto.
—¿De verdad?
—Quizá podrías recorrer todo y poner pequeñas tarjetas con precios.
—Un calor de vergüenza subió a su rostro.
—¡Ja! Bueno, eso es en parte la idea del rincón de lectura. Dar uso a
algo de esto. Pero tienes libertad de añadir lo tuyo. Todas las
contribuciones son bienvenidas. —Las magdalenas eran compradas y las
había recalentado en el microondas. En realidad no las había hecho él—.
Compro poco. Nunca sabes cuánto tiempo te queda. Ni siquiera compro
plátanos verdes. Eso es invertir con optimismo temerario en el futuro.
—Muy gracioso.
—¿Lo es? —Él buscaba en su rostro.
—Bueno, quiero decir…, sí, lo es.
—¿Te apetece café, o prefieres seguir con el tuyo? —Señaló con la
cabeza hacia la taza de papel que todavía llevaba en la mano, con su tapa
de plástico blanco y su verrugosa camisa marrón hecha de bolsas de papel
reciclado. Ella miró la encimera y vio que se refería a café instantáneo, un
frasco de Nescafé cerca de la estufa. El hombre encendió el fogón y el gas
llameó en las espinas azules del aciano que había junto al hervidor.
—Oh, así está bien —dijo KC. ¿Qué importaba que Dench se quedara
sin café aquel día? Preferiría esa misión de amistad vecinal.
Se sentó a la mesa de Milt y él colocó la magdalena en un plato delante
de ella. Luego se sentó a su lado.
—Háblame de ti —le dijo, luego sonrió tenuemente—. ¿Qué te trae a
este barrio?
—¿Tanto llamo la atención?
—Me temo que sí. Y no sólo por los tatuajes.
Sólo tenía tres. Se los explicaría más tarde, que era para lo que servían:
cada uno era una historia. Estaba «Decatur» en su cuello. Había otro de
«Moline» a lo largo de su clavícula, una promesa de no volver allí nunca.
El de «Swanee» a lo largo de su bíceps izquierdo era porque le gustaba la
progresión de acordes de esa canción, un grito de nostalgia que el grupo
había deconstruido y electrificado hasta transformarlo en desdén. A veces
era el bis. Cuando había uno. También era un voto de no volver allí nunca.
Generalmente se le olvidaban esos lugares hasta que se miraba en el
espejo después de bañarse.
—Mi carrera musical no funcionó y ahora estoy aquí en un
subarrendamiento. He vuelto a la ciudad porque es donde venía a visitar a
mi abuela en una residencia de ancianos, cuando era joven. Me gustaba el
lago. Y ella estaba en un sitio que tenía vistas al lago, y cuando iba a verla
íbamos a una sala enorme con grandes ventanas, y ella iba a toda prisa con
su silla de ruedas. Era la más rápida con la silla de la residencia.
Él le sonrió.
—Sé exactamente qué sitio dices. Tiene un ala para enfermos mentales
que se llama Planta de la Memoria. Aunque nadie que esté allí se acuerda
de nada.
KC se metió la magdalena en la boca y aplastó su húmedo papel
almenado en un semicírculo.
—¿Qué tipo de música tocas? ¿Es ruidosa y enfadada? —preguntó con
una amplia sonrisa.
—A veces —dijo ella, masticando—. Pero a veces era amable y
meditativa. —Pretérito imperfecto. Su grupo estaba muerto y ni siquiera
había hecho falta un accidente aéreo porque sólo habían ido en avión una
vez—. Un día vendré y tocaré algo para ti.
Se le iluminó la cara.
—Mandaré afinar el piano —dijo.

El olor había vuelto, se fundía con los últimos restos del invierno, en sus
paredes. Era el tipo de vecindario donde apenas se olía una cebolla rancia
en un cubo de basura. Pero ahora esa extraña podredumbre carnosa, con
sus matices de roquefort.
—¿Qué crees que es? —preguntó KC a Dench a través de la puerta del
baño. El cambio de estaciones había traído nuevos virus y se estaba
sometiendo a un ahogamiento simulado con rinocornio.
—¿Qué?
—El olor —dijo.
—Ahora mismo no huelo nada… Con la congestión que tengo en la
nariz…
Miró hacia el baño y lo vio apoyado, de lado, con la olla de plástico,
mientras el agua le corría por los labios y la mejilla.
—¿Estás revelando secretos que afectan a la seguridad nacional?
—¡Ni de coña! —exclamó—. Los netis nunca sabrán nada por mí.

—Puedes coger un libro o dejarlo. Hay un pasador simple, no una


cerradura. —Las superficies de color miel del armario, inclinadas como un
comedero de pájaros, podrían atraer pájaros si no se llenaban pronto de
libros y el pestillo no se cerraba.
—Vamos a ver qué tiene. —Ella se acercó a él. Su olor ceroso no le
molestaba.
—Oh, no mucho. —Un viejo ejemplar de La familia Robinson y otro
de La broma infinita—. Voy a por los jóvenes —dijo. Había puesto un
cartel que decía: COGE O DEJA EN EL RINCÓN DE LECTURA: ECHA UN OJO. Como
una bicicleta comunitaria, podías llevarte uno y no devolverlo nunca. El
propio Dench tenía una bicicleta comunitaria de varias comunidades atrás.
—Ahora que la librería está cerrada, y con el hospital tan cerca, pensé
que la gente podría necesitar algo que leer.
Además de la elegancia de la madera, había algo antiguo y dulce en
todo eso: ella no tenía ninguna intención de sacar el tema de las descargas
electrónicas.
—Probablemente existe una palabra alemana para describir la
sensación de afecto que uno siente hacia su casa cuanto más la arregla para
revenderla.
—Hausengeltenschmerz —dijo KC.
Pero él no se rio. Estaba pensando.
—Mi mujer lo habría sabido.
Su mujer era médica. Se lo dijo a KC mientras ella comía otra
magdalena en la cocina. Para su mujer era el segundo matrimonio y había
algo de crepúsculo para los dos: él se había instalado en sus hábitos de
soltero y no se había casado hasta los sesenta.
(«¡Hábitos de soltero! —Diría luego Dench—. ¿Ves qué está
haciendo?»)
—Era una mujer brillante y de mundo, una oncóloga dedicada a la
medicina de familia y a las políticas de salud pública —dijo Milt.
Hubo un largo silencio mientras KC lo observaba recordar, con la cara
contorsionándose un poco mientras su mente filtraba los archivos.
—Nunca me llevé muy bien con sus hijas. Pero ella, bueno, fue el
amor de mi vida, aunque llegara tarde y se marchase pronto. Murió hace
dos años. Cuando sucedió fue una bendición. Supongo. Supongo que es lo
que debería decir.
—Lo siento.
—Gracias. Pero era una compañía estupenda. Mi cerebro es un trozo
de barro en comparación con el suyo. —Miró fijamente a KC—. Es duro
estar en este rincón del bosque.
Ella cogió una miga húmeda que se le había quedado en la parte
delantera de la chaqueta. «Pero ¿tienes amigos por aquí?», le dijo, y luego
se llevó la miga rápidamente a la boca.
—Bueno, cuando hablo de «rincón del bosque» me refiero a la vejez.
—Creo que lo sabía —dijo ella—. ¿Tienes amigos de tu edad?
—¡No hay humanos vivos a mi edad! —Sonrió mostrándole sus
dientes de color sepia.
—Venga. —Su magdalena estaba terminada y ahora buscaba otras.
—Igual soy más viejo de lo que parezco. No sé qué edad parezco tener.
Picaría el anzuelo.
—Treinta y cinco —dijo, sonriendo sólo un poco.
—¡Ja! Bueno, lo triste de hacerte demasiado viejo es que nadie va a tu
funeral.
Siempre decía treinta y cinco, incluso a los niños. A nadie le importaba
tener treinta y cinco años, especialmente a los alumnos de la guardería y a
los ancianos. A nadie. Ella misma daría un par de dedos del pie por tener
treinta y cinco años otra vez. Daría tres dedos del pie.
La miró con afecto.
—Estudié teatro y he conseguido que mi voz no tenga esa cosa
temblorosa de los viejos.
—Tendrás que enseñarme.
—Tienes una voz preciosa. Presto atención a las voces. A pesar de mi
sordera y mi pitido. Que es un sustituto agradable para los grillos, por
cierto, si los echas de menos en invierno. A veces tengo tantos silbidos en
los oídos que podría volar por la habitación si no fuera por esos zapatos
ortopédicos. ¿Eras la cantante de tu grupo?
—¿Cómo lo sabes? —Dio un golpe con la mano en la mesa como si
fuera un milagro.
—Tienes una forma de arrastrar y tocar los sonidos de las palabras en
vez de las propias palabras. Voy a limpiar este piano y ponerte a cantar.
—Oh, no creo. Desafino mucho. Probablemente, más que el piano.
Como he dicho, ahora mismo mi carrera está un poco estancada:
necesitamos algo de suerte, ¿sabes? Sin suerte todo es sólo un experimento
mental.
—¿«Necesitamos»?
—Mi pareja musical. —Tragó y masticó aunque tenía la boca vacía.
Era pareja. Era musical. ¿Qué le pasaba? ¿Mantendría a Dench en secreto
con respecto a Milt?
Es lo que querría Dench. «¿Qué quieres que te traiga?», le había
preguntado esa mañana a Dench, y él le había lanzado una mirada torva
desde la cama.
—Tienes muchos camisones diferentes —había contestado Dench.
—Todos son vestidos que llevaba para actuar. —Mientras se vestía
para el paseo él dijo: «No te olvides del café esta vez. La última vez te
olvidaste».
—Es bueno tener un socio en el trabajo —dijo Milt—. Pero no lo es
todo.
—Es una especie de genio —mintió. ¿Sentía la necesidad de comparar
a Dench con la mujer muerta de Milt?
—Así que has conocido a algunos genios. —Sonrió—. Te estás
divirtiendo. Una vida con genios: muy bien.
Vivía con tantas burlas que una más no le molestó en absoluto. Miró
profundamente sus ojos y encontró el azul salpicado de barro en el
interior, el cristalino reducido por las cataratas. Vería los bordes
recortados a la luz.

—¿Crees que nuestro casero, Ian, se daría cuenta si le faltasen algunos


libros?
—Nadie echa de menos unos libros. Es la pura verdad. Mira la señal
que hay al final de la carretera.
La Borders cerrada con la de que faltaba: quizá Dench la había robado
para él y la había guardado debajo de la cama; ella no se atrevió a mirar.
—El viejo Milt tiene un pequeño rincón de lectura. He pensado en
colaborar.
—Ya veo.
—Sólo llevaría unos pocos. No puedo donar los míos porque todos
tienen subrayados vergonzosos. Con tinta. —Más signos de exclamación
que corrían por toda la página como una valla de Christo. Quizá fuera
genético. Una vez había encontrado en la estantería de su abuela el
ejemplar aterradoramente marcado de La casa de la alegría de su madre.
La palabra guau aparecía en una página tras otra.
—Ven. Ponte encima de mí. —La cara de Dench era un cruce entre el
anhelo y pedir el almuerzo.
—Te chafaré. He engordado dos kilos comiendo magdalenas con Milt.
—Él la cogió de la mano, pero ella la apartó suavemente—. Dame un poco
de tiempo. Voy a dejar los dulces y a cortarme unos cuantos dedos de los
pies.
Se había puesto un collar de perlas de aguadulce tan pequeñas que eran
como granos de arroz arborio que decoraban las letras de «Decatur». Se
peinó una pequeña telaraña en la coronilla de su pelo para darle volumen.
Se puso un poco de perfume: ¡el higo era la nueva vainilla! Cuando salió
por la puerta, Dench dijo: «¡Gánatelos con tu belleza, pero cógelos con la
guardia baja con tu alma!». Luego llegó la pausa preñada, los instrumentos
que se quedaban en silencio a la vez, hasta que añadió en un tono gélido:
«No te molestes en traerme el café. Lo digo de verdad: no te molestes».
Después de eso sólo oyó sus propios pasos.

—Te he traído un par de libros —le dijo a Milton—. Para tu rincón de


lectura.
—Vaya, gracias. No se han llevado ninguno pero todavía hay sitio. —
Miró los títulos que había llevado: Colapso: Por qué unas sociedades
perduran y otras desaparecen y Lady Macbeth en la edad dorada—.
Excelente.
Una vez más, entraron y comieron magdalenas. Olvida el café: esa vez
ella ni siquiera había llevado el perro.
Comenzó a ser una actividad habitual y llevaba a Milt más libros de su
casero. Él había empezado a parecer tan feliz por verla, sus ojos se
iluminaban tanto (el azul, había leído, era el auténtico color del sol) que
veía el aspecto que debía de tener de joven. Probablemente era el soltero
detrás del que iban todas las mujeres mayores. Y probablemente cuando se
casó hubo unos cuantos corazones rotos. Parecía un caballero, pero uno
que estaba acostumbrado a las atenciones de las mujeres, aunque el olor a
orina de los ancianos hubiera reptado sobre él. «Aquí estamos: dos bobos
solitarios», le dijo a KC una vez. Parecía algo que hubiera dicho antes. Sin
embargo, descubrió que se abría a él, que le hablaba de su vida y que él era
comprensivo, asentía, sus ojos pelados y brillantes tenían un fulgor
especial, y sólo una o dos veces tuvo que inclinarse hacia delante de forma
desconcertante para murmurar: «¿Puedes repetir?». Ya no mencionaba a
Dench. Y la parte de ella que podía considerar eso y saber por qué se veía
eclipsada por la parte que no lo sabía, que como ella sabía de antemano era
la única fuente de perdón de sí misma. Paradójicamente, la ignorancia
preparaba el futuro autoconocimiento. La vida nunca era perfecta.
Cuando se quedó dos veces hasta la tarde para prepararle a Milt algo
de comer y en otra ocasión se pasó para prepararle una cena sencilla,
Dench se encaró con ella.
—Una vez más debo preguntar: ¿qué estás haciendo?
—Es un hombre viejo y frágil que está peleado con sus hijastras. Le
viene bien que alguien le ayude con las comidas.
—¿Lo estás engordando para la matanza? —Cada uno miraba el
abismo del otro, o eso era lo que probablemente pensaban.
—¿De qué demonios estás hablando? ¡Está solo!
—¿Taso lo qué?
—Taso lo que quieras, por el amor de Dios. ¿Qué te pasa?
—No entiendo qué pretendes.
—No pretendo nada. Al que no entiendo es a ti: ¡pensaba que hacía lo
que querías!
Él inclinó la cabeza interrogativamente, como hacía cuando fingía ser
una persona distinta. Para quién haces lo de inclinar la cabeza, ella no lo
dijo.
—No sé qué quieres —dijo él—. Y no sé qué estás haciendo.
—Sabes exactamente lo que estoy haciendo.
—¿Eso crees? Vaya… ¿Siempre somos un misterio para nosotros
mismos y para los demás?
—¿Una decepción es lo mismo que un misterio?
—Pocas veces una decepción es un misterio.
—Empiezo a perder la confianza en ti, Dench. —Perder la confianza
era más violento que perder el amor. Perder el amor era una muerte lenta,
pero perder la confianza era un golpe rápido, un suelo que se abría de
pronto y te tragaba.
Ahora Dench levantó su rostro beatíficamente, como si quisiera coger
algo de luz que nadie más pudiera ver. Cerró los ojos y empezó a frotarse
el cabello con las manos. Era lo que menos le gustaba de las cosas que
hacía en el terreno de las cabezas inclinadas.
—Siento interrumpir tu automasaje —dijo ella, y se volvió para irse y
luego se volvió para decir—. Y no me sueltes lo de que alguien tiene que
hacerlo.
—Alguien no tiene que hacerlo. Pero alguien tendría. —El sarcasmo
acallado de su casa era una especie de criatura: quizá la que había en las
paredes.
—Sí, bueno, tú eres un experto en «tendría».
Le rompía el corazón haber llegado a eso: si uno pudiera conocer el
futuro, todos los atisbos imprevistos del ser amado, quizá tuviera
problemas para encontrar el coraje necesario para seguir adelante.
Probablemente, ésa era la razón por la que nueve décimas partes del
cerebro humano se habían vuelto inútiles: para hacerte estúpidamente
intrépido. Uno sólo trabajaba con el cerebro animal, el cerebro Pringle. El
cerebro del mago-dios, el que podía ver el futuro y mover objetos sin
tocarlos, estaba dormido. Jodido cabrón.

Los libros que llevó en esa ocasión fueron El instinto de muerte y The Fin
de Millennial Lear. Ella y Milt fueron al rincón de lectura y dejaron los
volúmenes dentro.
—Ahora tienes que entrar y tocar el piano para mí. Por fin lo he
afinado. —Milt sonrió—. Puedes incluso cantar, si lo deseas.
Volvía a ver lo grande que era la casa, porque si entraban por una
puerta distinta no tenía ni idea de dónde estaba. Había dos puertas laterales
y una trasera, además de las dos delanteras. ¡Dos puertas delanteras! La
vida ya era lo bastante dura: tener que tomar esa decisión cada día podía
agotar a una persona.
Se sentó ante el piano, con su sonido de campana y sus teclas de marfil
de verdad, astilladas y granulosas. En broma tocó Canción de la hilandera,
pero él no rio, sólo sonrió, como si fuera Scarlatti. Luego tocó y cantó su
canción de amor al cocinero, después atacó Body and Soul, y más tarde su
versión deconstruida de Down by the River, en la casa misma, sin
peticiones de que se largara y se fuera al río de verdad. Y después pensó
que probablemente ya era suficiente y echó los brazos hacia atrás, cerró la
boca y en imitación de Dench cerró los ojos, levantó la cara hacia el techo
y se alisó el pelo hacia atrás, preparándolo para el peluquero. Luego movió
los brazos en el aire y abrió mucho los ojos.
Milt parecía más feliz que nunca.
—¡Maravilloso!
Ya nadie decía «maravilloso».
—Eres muy amable —dijo ella.
—¡Tengo una idea! ¿Puedes llevarme al centro? Tengo una cita en
media hora y me gustaría que vinieras conmigo. Además, no me dejan
conducir.
—Vale —dijo ella. Por supuesto, ya había imaginado que no tardaría
en llevarlo al médico.
En cambio, lo llevó en su viejo y apenas usado Audi, que encontró en
el garaje con una funda para protegerlo del polvo, hasta el bufete de su
abogado. «Ésta es mi encantadora nueva amiga Casey», dijo,
presentándola al entrar en el lustroso despacho del abogado, y el abogado
la miró escéptico pero le dio la mano.
—Rick, me gustaría cambiar el testamento —dijo Milt.
—Sí, lo sé. Querías…
—No, quiero cambiarlo aún más de lo que te dije. Sé que te dije que le
íbamos a legar la casa al Hospital Infantil, que era el deseo de Rachel, pero
se las arreglan muy bien sin nosotros, su maquinaria está ahí rasgando
cosas en esa nueva ala. Así que en cambio me gustaría dárselo todo,
absolutamente todo, a Casey. Y hacerla también albacea.
El silencio cayó sobre la habitación mientras la cara resplandeciente de
Milt iba y venía entre KC, que se sentía palidecer, y Rick, que estaba
pálido.
—Milt, me parece que no es una buena idea —dijo KC, cogiéndole del
brazo. Era la primera vez que ella lo tocaba y eso pareció darle más
energía.
—¡Tonterías! —dijo—. Quiero que estés libre de cualquier carga: así
podrás seguir siendo el ángel que eres ahora.
—No creo que yo sea el ángel.
—Lo eres, lo eres. Y quiero que tú y tu música voléis sin ataduras.
Rick dirigió a KC una mirada recelosa mientras lentamente se ponía al
otro lado de un escritorio caoba del tamaño de la plataforma de una
camioneta. Se sentó en una silla de cuero con unos cojinetes y un
mecanismo reclinatorio que mostró al empezarse a balancear de inmediato
contra él y girar levemente, con los brazos cruzados detrás del cuello.
Luego se lanzó sobre un secante de cuero y cogió la carpeta que tenía
delante. «Bueno, puedo pedirle a Marianne que lo cambie todo ahora.»
Luego Rick estudió a KC otra vez, y con una voz que había tomado
prestada de su juventud o de su hijo, añadió: «Tus tatuajes molan».

No habló de eso con Dench. No sabía cómo. Pensó en ser irónica —eh,
¡Villa ha vuelto!, y en una villa de verdad—, pero no había una forma
adecuada. Además, toda la situación podía cambiar por menos de nada, y
ella esperaba a medias que ocurriera eso. Como casi todo, únicamente
existía de forma hipotética —sólo Dios sabía cuántas veces había
cambiado su testamento Milt—, así que no intentaría pensar en ello en
absoluto. Excepto de este modo. Milt no tenía a nadie. Y ahora no tenía a
nadie salvo a ella. Que era como no tener a nadie.
Dench apareció ante la puerta del baño mientras ella se cortaba trozos
de pelo con las tijeras de cortarse las uñas.
—Pensaba que te ibas a cortar el pelo —dijo—. Pensaba que ibas a
venderlo.
—Sólo el flequillo —dijo ella, dejó las tijeras y pasó a su lado.

Empezó a ir a las citas de los médicos de Milt, aunque se sentaba en la


sala de espera.
—Tengo reservas en el ala de paliativos donde estaba tu abuela y aquí
—dijo cuando pasaban ante el Cementerio del Ocaso Celestial.
—¿Tienes un buen árbol?
—¿Qué?
—¿Tienes un buen sitio debajo de un árbol fuerte? —dijo en voz alta.
—¡Sí! —exclamó—. Estoy al lado de mi mujer. —Se detuvo, reflexivo
—. Claro que ella tiene en su lápida: «Por fin sola». Yo mandaré poner en
la mía: «No tan deprisa».
KC se rio, sabía que era lo que él quería.
—Es bueno tener un sitio.
En el médico, a veces la enfermera, y a veces un auxiliar, lo
acompañaban hasta donde estaba ella y le daban instrucciones con prisa y
preocupación. «Hay un medicamento nuevo —decían—, pero si responde
mal le daremos lo de antes.» Milt se encogía de hombros como si
estuviera rodeado por una panda de parientes locos.
Una vez, una enfermera se inclinó y susurró: «Tememos que se haya
extendido al cerebro. Si tiene problemas el fin de semana, llame al
hospital o incluso a paliativos. Preste especial atención a su equilibrio».

KC llevó otro de los libros de Ian a Milt, y un día, al no ver al viejo en el


exterior, ató preocupada a Cat al poste del rincón de lectura, fue hasta la
puerta principal y llamó.
—¿Hola? ¿Buenos días? ¿Milt?
Salió una mujer de mediana edad con andares autoritarios. Sus tacones
golpearon las tablas del suelo y se detuvieron. Llevaba pantalones negros y
una camisa blanca metida por dentro. Tenía el pelo corto: denso y gris. Era
el tipo de pelo por el que, años atrás, cuando era oscuro, los fabricantes de
pelucas habrían pagado un buen dinero. La mujer se quedó allí mirando
mucho rato y luego dijo:
—Sé lo que estás tramando.
—¿De qué hablas?
—Uno de sus conciertos en si menor. ¿Qué edad tienes?
—Treinta y ocho.
—Me pregunto si lo sabe. Pareces más joven.
—Pues no lo soy.
—De ahí tus necesidades.
—No sé de qué hablas.
—¿No? ¿No lo sabes?
—No. —La negación, cuando uno era acusado, era una fuerza vital, y
derrotaba cualquier deseo de confesión. Quizá ésa fuera la fuerza animal
del cerebro psicópata. O la psicopatía del cerebro animal. Una admisión de
culpa te arrebataba la fuerza: facilitaba que los otros te retorcieran los
brazos por detrás y te pusieran las esposas. Era de Dench, quizá, de quien
lo había aprendido.
—¿Nos sentamos? —La mujer de pelo de peltre señaló uno de los
sofás.
—No creo que sea necesario.
—No lo crees.
—No, además, he sacado a pasear a mi perro y está atado ahí fuera.
Sólo había venido a ver si Milt estaba bien.
—Bueno, mi hermana lo ha llevado a la cita con el médico, así que hoy
no te va a necesitar.

En la cama KC yacía junto a Dench, mirando el cielo y fumando un


cigarrillo, aunque no debían fumar dentro. Cat estaba en la colcha al pie de
la cama, en su sueño fingido de ojos abiertos. Todos eran feriantes al final
del Día del Trabajo. Ella miró su teclado Hammond, que ahora tenía ropa
sucia por encima, en desorden.
—¿Qué enfermedad crees que tiene Milt? —preguntó Dench.
—Algo silencioso pero desgraciado.
—¿Quelque chose precoz?
—No tan precoz. No creo que lo pueda seguir visitando. No puedo
hacerlo.
Dench le apretó el muslo y luego lo acarició.
—Claro que puedes —dijo.
Ella apagó su cigarrillo en una taza de café, luego se volvió, pasó la
mano por el nervudo bíceps de Dench y por su vientre prieto y musculoso,
y se sintió llamada de regreso a sus brazos, que en realidad nunca había
dejado del todo, y ahora la familiaridad de sus brazos era su única alegría.
Podías perder a alguien un poco, pero seguía recorriendo la Tierra. El final
del amor era una gran película de zombis.
—¿Te das cuenta de que si fumas lo suficiente terminas reduciendo tu
riesgo de cáncer de útero? —dijo.
—Ése sí que es malo —dijo Dench—. El asesino silencioso. Sobre
todo para los hombres.
—¿Qué has hecho hoy?
—He trabajado en algunas canciones sobre mis antepasados oprimidos
por la esclavitud. Estoy culpando al hombre blanco por mis problemas.
Pensó en su padre.
—Bueno, en tu caso, sin duda es un hombre blanco.
—Lo es para la mayoría de la gente. Por eso necesitamos más
canciones.
—¡La vida! Vaya cosa, ¿no?
—No habría votado por ella. No le habría dado ninguna estrella. Es
como comprar un libro donde los pasajes más sexis ya están subrayados.
No estaba segura de lo que quería decir. Pero lo besó en el hombro de
todas formas.
—¿No sería precioso salir volando de aquí y vivir muy lejos, juntos, en
una nube?
—¡Ser pájaros y ver a Diooos!
Ya no intentaba determinar su nivel de jocosidad. Sospechaba que era
pura costumbre y que su verdadera intención era desconocida incluso para
sí mismo.
—¡Sí! ¡Podríamos ser pájaros en una pequeña pajarera que tuviera
libros y podríamos leerlos! —exclamó ella.
Dench volvió rápidamente la cabeza hacia la almohada para mirarla.
—Quizá ya tenemos eso —dijo—. Pero, cariño, no estamos viendo a
Dios.
—Porque Dios se ha largado a un cibercafé, está tan cansado de estas
escapadas bíblicas que ahora sólo quiere sentarse y buscarse en Google
todo el día. —Ahora apartó la mano de Dench, porque él no había ofrecido
reciprocidad a la suya—. Si no está totalmente sordo a nuestros gritos,
seguro que está sordo de un oído.
—Seguro. No sólo el hardware del oído interno sino los pelos y la
gelatina del interior: todo destruido.
—Eres un chico raro.
—¿Ves? Estamos apartando el esmalte y acercándonos a la pintura.

Dejó pasar unos días y después retomó sus visitas a Milt cuando iba a por
el café. Como ya era verano traía a Dench café con hielo, pero los cubitos
se fundían invariablemente y se lo bebía entero ella sola. Milt seguía
calentando sus magdalenas pero a menudo necesitaba llevarlo a citas de
médicos así como a otros lugares, y ella lo acompañaba a hacer sus
recados y observaba cómo saludaba a todos los dependientes, el de la
droguería, la chica de la tintorería, a todos los cuales parecía conocer. «Me
alegro mucho de que se hayan ido las hijas de mi mujer —dijo una vez,
cuando iban hacia su casa—. Temo la casa con ellas dentro. ¡Preferiría
volver a la cueva de mi propia soledad!».
—Sé cómo te sientes.
—No tienes ni idea —dijo, y se inclinó para besarla en la mejilla antes
de salir del coche—. No pueden ser más frías. Hasta el hielo de Marte se
funde en primavera.
Una vez llevó al anciano a nadar. Fueron a una playa del lago que se
encontraba al norte, en un parque nacional, un día entre semana, cuando no
había nadie. «¡No mires!», chilló cuando se quitó la camiseta y correteó
torpemente hacia el agua, donde parecía más seguro que en la tierra. No
estaba en mala forma, sólo cubierto de manchas de la edad, y su estómago
estaba un poco redondeado y sus pechos tenían aproximadamente el
tamaño de los de ella.
—¿Cómo está el agua? —Lo llamó. Una línea de plata al borde del
agua brilló al sol. El cielo era del azul beligerante y profundo de un
jacinto.
—¡Espera lo inesperado! —respondió.
Notaba que había sido un buen nadador. Sus brazos se movían con
seguridad, osados, precisos. Por supuesto, cuando esperabas lo inesperado,
ya no era inesperado y por tanto en realidad ya no seguías las
instrucciones. Admiraba su aguante. Conforme se acercaba, vio que la
línea plateada a lo largo de la orilla era donde morían tempranamente las
pinchaguas: arrastradas a la orilla, sin respiración y todavía volteando
contra tus pies mientras caminaban. Las muertas yacían en una línea
brillante en la playa, y si uno de los peces parecidos al eperlano moría
cerca de las olas atrapaba la luz como el envoltorio de un chicle. Otra
pútrida sorpresa de la Tierra. Fingiría ser un espectáculo de un acuario,
flotando entre sus subordinados entrenados y cubiertos de escamas; si lo
imaginaba de cualquier otro modo era demasiado repugnante. Se movió un
poco, dejó que las olas aceitunadas del lago subieran sobre ella y la
cubrieran.
Hicieron un pícnic en la orilla: ella había llevado sándwiches de queso
y agua con gas y complicados melocotones: había que morder con fuerza
la densa piel velluda para sacar el zumo. Se sentaron juntos en sus
distintas toallas, sobre una manta, todo lleno de arena, los pies de KC
cubiertos como si fuera azúcar moreno.
—Qué pena lo de los peces muertos —dijo Milt—. La semana que
viene ya no estarán por aquí, pero aun así. ¡Igual yo tampoco! —Sonrió.
¿Debía decir: «No hables así»? ¿Debería, en traje de baño y con todos
los tatuajes al aire, fingir remilgos burgueses en torno a las conversaciones
sobre la muerte? «Por favor, no digas eso», dijo, mientras el zumo del
melocotón le caía por la barbilla.
—Vale —dijo él obedientemente—. Sólo digo: hasta la naturaleza
tiene sus cosas malas. —Sacó una botella que ella no sabía que llevaba y
le echó un poco en un vaso de papel—. Ten, toma un poco de ginebra.
Entra limpia y fuerte: ¡como la filosofía alemana! —Sonrió y miró el lago
—. En una época fui filósofo. Pero no era muy bueno.
—¿De verdad? —La ginebra le picó en los labios.
—Un mundo terrible. Un cielo precioso. Ésa parecía siempre la clave.
—Se detuvo—. También me gusta el bourbon. Las partes concretas de tu
cerebro que activa. También es bueno para la filosofía.
Ella pensó en eso.
—Es cierto. El bourbon afecta a un lugar muy diferente que, digamos,
el vino.
—Sin duda.
—Y, en realidad, el vino tinto afecta a un lugar muy distinto al que
afecta el vino blanco. —Dio un sorbo a la ginebra—. No es que haya hecho
un estudio intensivo.
—No, claro que no. —Sonrió y se enjuagó las encías con ginebra.
De vuelta en su casa parecía haberse resfriado y ella le pasó una manta
alrededor y él le cogió de la mano.
—Tengo que irme —dijo.
Una tristeza se había apoderado de él. Miró a KC, luego apartó la
mirada.
—Poco antes de que mi mujer se muriera se sentó en la cama y
empezó a gritar los nombres de todos los niños enfermos a su cargo que
habían muerto. Le di un brandy y empezó a recitar los nombres de todos
los niños que no había conseguido salvar. «Charlie Pepper», gritaba,
«Lauren Cox, Barrett Bannon, Caitlin Page, Raymond Jackson y Tom
DeFugio y la pequeña Deanna Lamb». Eso duró una hora.
—Tengo que irme. ¿Estás bien? —Él había apartado la mano y miraba
el vacío—. Éste es mi número de teléfono —dijo, escribiendo en un
pequeño trozo de papel—. Llámame si necesitas algo.
Como no respondió se fue de todas formas, ignorando cualquier
angustia, cerrando la puerta por dentro.

Quizá todo el mundo tenía su manera de prepararse para morir. La vida se


encargaba de que estuvieras listo. La vida te ponía triste. Y luego la sangre
empezaba a llegar de donde antes no llegaba. La gente recordaba la muerte
de los demás, se preparaba para encontrarlos en el más allá. KC imaginaba
que morir sería algo lleno de lástima: como pasar las páginas de un
catálogo de liquidación, viendo las drásticas bajadas del valor de cosas por
las que pagaste el precio completo y que no te habían resultado tan útiles,
cuando todo estaba hecho y dicho. Aunque nunca estaba todo dicho y
hecho. Ésa era la otra parte de la muerte.
—He tenido al perro todo el día —se quejó Dench— y no ha sido una
fiesta. No ha sido un día en la playa.
—Bueno, yo he tenido a Milt. No es un regalo de Navidad.
—No sé qué pensar sobre todo el tiempo que pasas con él.
—Según tú, nunca sabes qué pensar.
—Sólo me parece que si las cosas van a pasar no deberían tardar tanto.
Por cierto, he descubierto de dónde venía ese olor.
—¿De verdad?
El olor, aunque el tiempo cálido parecía secar las cosas, seguía en las
paredes. Se oía el ocasional corretear de ardillas en el desván. Era
sorprendente que Cat no se levantara y empezase a ladrar.
—La podredumbre de una mala conciencia.
—Lo dudo.
—Bueno, deja que te enseñe. —Abrió la trampilla de la cámara que
constituía el desván. Bajó la escalera plegable y la movió para que pudiera
subir—. Coge la linterna y muévela y verás.
Esperaba encontrar un par de ardillas voladoras, muertas en un abrazo.
Pero cuando metió la cabeza en la cámara y movió la linterna, al principio
sólo vio polvo y cajas. Luego sus ojos lo encontraron: un montón de carne
peluda con los rabos entrelazados de ratas. Eran una sola criatura, como
una corona, y las moscas zumbaban alrededor de ellas y los excrementos
unían sus cuerpos dispuestos de forma radial. Sólo una de ellas conservaba
una cabeza que se movía y abría la boca sin hacer ruido.
—Es un rey de las ratas —dijo Dench—. Nacieron así, con las colas
unidas, y no pudieron escapar.
Ella bajó de la escalera y la subió.
—Es lo más asqueroso que he visto nunca.
—Se supone que dan mala suerte.
—Cierra la trampilla.
—Una sorpresa para Ian. Llamé al sitio de las plagas pero cobran mil
dólares. Les pregunté: «¿Dónde las llevan, a Europa?». Igual tenemos que
quemar la casa. Está totalmente maldita.
—De veras.
—Podíamos probar con la negación plausible: «¿Qué lata de
queroseno?». O: «Hay mucha gente que se va a comprar mientras tiene
algo en el fuego».
Estudió la cara de Dench como si —una vez más— no tuviera ni idea
de quién era. Ahora, tras encontrar el rey de las ratas, parecía la estrella de
una película de terror. Intentaba ser gracioso todo el tiempo y a ella ya no
le gustaba: era como si estuviera haciendo una prueba para algo. Quizá
pronto empezaría a contar los chistes de Milt: «No paro de pensar en el
más allá. Voy a una sala vacía y me pregunto: ¿dónde está la masa ya?».
Sólo le gustaban los chistes de Jesucristo que contaba Dench, porque en
ellos Jesucristo parecía un poco gilipollas, lo que a su juicio era una
posibilidad sólida en la vida real, y por tanto los chistes parecían
verdaderos y ella no tenía que reírse. «No vuelvas a enseñarme algo así»,
le dijo.
Cat subió y empezó a frotarse contra la pierna de Dench.
—Chssst —dijo Dench, mientras KC se daba la vuelta para marcharse
—. Le han cortado los huevos y aun así quiere marcha.

El verano calentó todas las casas, y la mayoría de ellas no tenían aire


acondicionado, incluyendo las de Ian y Milt. Una tarde llevó a Milt a un
café cercano y tuvieron que cenar fuera, en una temblona mesa metálica
junto al aparcamiento, porque el aire del interior era demasiado cortante y
frío. «Creo que me habría gustado ese frío cuando tenía dieciséis años —
dijo—. Ahora me parece que el calor es bueno para los huesos viejos».
Comieron despacio y, aunque la comida se le quedaba pegada a los
dientes, KC no le avisó. ¿Qué sentido tendría? ¡En algún momento, Dios
santo, deja que un anciano tenga comida en los dientes! Comían sopa de
calabacín con maíz caramelizado por encima: terrorífica para las muelas.
—¿Sabes? —dijo Milt, masticando y mirando alrededor—. A la gente
la despiden de la barbería, cierra un restaurante, ésta es una ciudad lenta y
aun así las cosas cambian demasiado deprisa para mí. Es como esos
televisores de gran pantalla: ahora los tienen todos los bares. No puedo ver
el fútbol: es como si corrieran directamente hacia mí.
KC sonrió pero no dijo nada. En cierto momento dijo en voz alta de sus
natillas: «El sabor de plátano no sabe a plátano de verdad sino al sabor del
plátano cuando eructas».
Ella miró la mesa de al lado.
—Creo que sé lo que quieres decir.
—Por supuesto, los viejos son los más idiotas. Por eso no quiero irme
a vivir a un edificio lleno de ellos. Escúchalos hablar: escúchame hablar.
Es: tengo una idea estúpida desde hace cuarenta años y la sigo pensando,
así que voy a decirla una y otra vez. —Luego volvió a elogiar a su mujer,
su generosidad y su compromiso social, y a continuación dirigió su
atención a KC—. Tú te pareces a ella, en cierto modo —dijo. Tras ellos el
sol se ocultaba en los tonos rayados de una naba.
—No me lo creo —dijo. En cambio, su cabeza estaba llena de
preguntas sobre lo que debían pensar los vecinos.
—Vuestras caras se parecen un poco. ¡Sobre todo cuando sonríes! —Le
sonrió al decir eso y ella le devolvió una mueca pálida, con los labios
formando una línea tensa.
Cuando volvía hacia la casa los grillos habían iniciado su bello serrar.
«¡Pitido!», exclamó Milt.
Pero esa vez KC no se rio, y así él hizo lo que hacía a menudo cuando
estaba irritado: caminó con su oído más sordo hacia ella para amargarse
tranquilamente. Ella vio que zigzagueaba y supo que tenía problemas de
equilibrio. En un momento empezó a ladearse y ella lo cogió rápidamente.
«Un viejo como yo debería llevar casco todo el tiempo —dijo—.
Levantarme por la mañana y ponérmelo».
Luego se volvió y la miró en el crepúsculo.
—A veces, en casa, pienso que el zumbido en mis oídos es el teléfono
y lo cojo, con la esperanza de que seas tú.
Lo ayudó a entrar en casa: subió las escaleras con más dificultad de la
habitual. Ella encendió las luces. Pero él volvió a apagarlas y, tomándola
de la mano, se sentó en una silla. «Ven y siéntate en mis rodillas», dijo,
tirando con firmeza. Ella cayó torpemente sobre sus muslos delgados y,
cuando intentó encontrar un punto de apoyo para ponerse en pie de nuevo,
él la rodeó y la abrazó y empezó a olisquear su cuello, la u y la erre de
Decatur. Tenía los ojos cerrados, y le ofrecía la cara, con los labios
fruncidos pero moviéndose un poco para encontrar los de ella.
Al principio KC permitió que la besara, dejó que sus brazos se
encontraran —tenía que ser complaciente, tenía que trabajar contra sí
misma y encontrar una manera— y luego la lengua áspera e incisiva salió
y entró rápidamente y ella saltó, se alejó, se puso en pie, encendió la luz y
se dio la vuelta para enfrentarse a él. «¡Ya basta! ¡Ahora te has vuelto loco
de verdad!».
—¿Qué? —preguntó él. Sus ojos apenas estaban abiertos y sólo
entonces su lengua detuvo su movimiento animal. Ella se apartó el pelo de
la cara. La habitación parecía dar vueltas. La vida te preparaba para morir.
Una vez había atrapado un ratón en una trampa: había oído el chasquido y
cuando lo miró parecía únicamente una bolsa de té, una cosa marrón y con
forma de seta y rabo, luego empezó a girar y volverse y tuvo que recogerlo
con un guante y meterlo en el congelador, con la trampa y todo, para que
muriese allí.
Era hora. «¡Estás completamente loco! —dijo en voz alta—. ¡Y a estas
alturas lo único que puedo hacer es llamar a paliativos!» Palabras que
habían estado en las alas corrieron ahora hacia la caja negra aplastada de
su garganta.
Ahora el rostro de él tenía el mismo aspecto devastado que la primera
vez que lo había visto, sólo que en esta ocasión había algo machacado en
torno a los ojos, la boca era un tajo, su cuerpo estaba desplomado en un
exilio. Empezó a llorar en silencio. Y después habló.
—Lo he buscado en… cómo lo llamas. Spacebook. Sus intereses y sus
objetivos.
—¿De qué hablas?
—Buena suerte —dijo—. Buena suerte a ti y a tu hombre joven. Os
deseo lo mejor a los dos.

—Está hecho.
Se hundió contra la puerta. Había esperado durante toda la noche a que
llegara la gente de paliativos y se llevaran a Milt a la mañana siguiente,
luego firmó algunos impresos y prometió visitarle y ayudarle con el
crucigrama, y después cogió las llaves de la casa, la cerró y caminó
rápidamente hacia la suya.
Dench estaba guardando su teléfono móvil. La observó preocupado y
ella devolvió su mirada con un brillo duro en los ojos. Luego él dio un
paso hacia delante, quizá para consolarla, pero ella lo apartó. «KC», dijo
él. Y cuando ladeó la cabeza como si estuviera desconcertado e intentó,
indulgente, dar un paso hacia ella, KC cerró el puño y le golpeó con fuerza
en la cara.

Su vida en la casa de ladrillo blanco era de anfitriona, y derramó en ella


toda la leche de amabilidad humana que poseía. Había cinco habitaciones
y una suite para las familias de los chicos del hospital cuya nueva ala
pediátrica estaba completa. Había pintado las paredes de las habitaciones
de color albaricoque o marrón, conservó las molduras de color blanco
aunque pintó los techos de azul celeste. En verano abrió el porche para
dormir. Cada mañana se levantaba pronto y hacía el desayuno, un pastel de
jamón y huevos, que servía en una fuente grande en el salón y, aunque no
hacía ninguna otra comida, se aseguraba de que hubiera galletas en el
salón principal y juegos para los hermanos (que también jugaban con el
perro). A veces probaba con la música por la tarde, sentada al piano
mientras la gente intentaba sonreírle. Llevaba cuellos altos, mangas largas
y collares de escoria azul para ocultar sus tatuajes. Dejaba revistas para
que la gente las leyera, pero no periódicos, que tenían demasiadas noticias.
Conservó el rincón de lectura y lo llenó de novelas de misterio. Miraba a
las familias salir por la mañana, caminando hacia el hospital para ver a sus
hijos enfermos. Nunca veía a los niños enfermos —salvo por la noche,
cuando eran fantasmas con camisones blancos apostados en los rellanos de
la escalera, y recitaban sus nombres y saludaban— al recorrer la casa:
pensaba en ellos como en «sus niños» y luego no pensaba en ellos en
absoluto, como cuando se levantaba insomne, pero oía hablar de sus vidas.
«Me perdí lo bueno —decían las madres— y ahora ya no queda nada
bueno.» Y les daba más revistas para hojear en la sala de espera de cirugía,
por si se cansaban de mirar un floreciente acuario de pececillos brillantes.

Las lágrimas espesaron su piel del modo en que la salmuera tejía y


endurecía el borde de un queso. Seguía llevando el pelo largo pero tenía
mechones blancos, y se lo recogía en un pasador. Había veces en las que
miraba por las ventanas delanteras, se despedía de los padres que partían
hacia sus visitas diligentes y desoladoras, y pensaba en Dench y recordaba
el día en que hizo la estridente prueba para el grupo y cerró con un poco de
guitarra suave que acompañó con su fuerte pero inexpresivo barítono,
donde la voz llevaba la canción como la corriente de un río mueve un
barco. Había olvidado qué canción era. Pero recordaba que se había
preguntado si sería bueno quererlo, y luego había ido melancólica a la
ventana para mirar la calle mientras cantaba y vio que una mujer muy
joven lo esperaba en su coche destartalado. Era invierno, había algunas
estrellas en el cielo de la tarde, y la chica llevaba una gorra de lana que se
ataba en la barbilla y le hacía parecer Dante y también un pájaro recién
nacido. La propia KC se había vestido de barbie puta. ¿Por qué había
apartado ese recuerdo de su mente? Aquella joven lo había llevado hasta
allí. ¿Habría sido rechazada? ¿Legada? ¿Olvidada? ¿Habría recibido un
nuevo propósito de Dios, cuyo persistente humor disparatado era tan
arbitrario como un mosquito? Ella esperaba a que él volviera con algo que
les resultara útil.
REFERENCIAL

Manía. Por tercera vez en tres años hablaron de forma frenética acerca de
lo que podría ser un buen regalo para su hijo perturbado. Había muy pocas
cosas que realmente pudieran llevar: casi todo se podía transformar en un
arma, y por tanto había que dejar la mayoría de las cosas en la recepción y,
después, previa petición, las traía un auxiliar alto y rubio, que miraba
antes los objetos para calcular sus posibilidades lacerantes. Pete había
llevado un cesto de mermeladas, pero estaban en frascos de cristal y por
tanto no permitidas. «Se me había olvidado», dijo él. Estaban organizadas
por colores, de la mermelada más brillante al camemoro y al higo, como si
contuvieran los análisis de orina de una persona cada vez más enferma, y
ella pensó: «Mejor que los confisquen». Encontrarían otra cosa que llevar.
Para cuando su hijo cumplió doce años y había comenzado sus
murmuraciones aturdidas y embelesadas, y había dejado de lavarse los
dientes, Pete llevaba cuatro años en sus vidas, y ahora habían pasado otros
cuatro años. El amor que sentían por Pete era largo y sinuoso, no exento de
giros ocultos, pero sí de verdaderas paradas. Lo veían como una especie de
padrastro. Quizá los tres habían envejecido juntos, aunque sobre todo se
notaba en ella, con los vestidos negros que llevaba porque la hacían más
delgada y el pelo encanecido sin teñir, a menudo recogido con mechones
sueltos que parecían musgo español. Una vez que su hijo había sido
desnudado, vestido con ropa de hospital e internado en el centro, ella
también se quitó los collares, los pendientes, los fulares —todos sus
aparatos prostéticos, le dijo a Pete, intentando ser divertida— y los puso
en una carpeta de acordeón que se cerraba con cerrojo y que guardó debajo
de su cama. No podía llevarlos cuando iba a verlo, así que no los llevaría
nunca: una especie de solidaridad con su hijo, una especie de nueva
viudedad añadida a la viudedad que ya poseía. A diferencia de otras
mujeres de su edad (que se esforzaban demasiado, con lencería llamativa y
joyas estridentes), ahora le parecía que ese afán era excesivo, e iba por el
mundo como una amish, o quizá, todavía peor, cuando la luz despiadada
de la primavera golpeaba su rostro, como un amish. ¡Si llegaba a vieja,
que fuera una ciudadana completa del viejo mundo! «Para mí siempre
estás preciosa», había dejado de decir Pete.

Pete se había quedado sin trabajo con la nueva crisis económica. En un


momento dado había estado a punto de vivir con ella, pero los profundos
problemas de su hijo le habían hecho dar un paso atrás: pensaba que la
quería pero no podía encontrar el amplio espacio que necesitaba para sí
mismo en su vida o en su casa (y no culpaba a su hijo, ¿o sí?). Miraba con
cierta codicia visible y agrias observaciones la habitación donde su hijo,
cuando estaba en casa, vivía con mantas grandes, botes vacíos de helado,
una Xbox y DVD.
Ya no sabía adónde iba Pete, a veces durante semanas seguidas.
Pensaba que era un acto de atención y cariño no preguntar, intentar que no
le preocupara. Una vez se sentía tan hambrienta de contacto que fue al
salón Trenza sin Estrés que había al lado de casa sólo para que le lavaran
el pelo. Las pocas veces que había volado a Búfalo para ver a su hermano
y a su familia, había escogido el cacheo y el detector en vez de pasar por el
escáner en el control de seguridad el aeropuerto.
«¿Dónde está Pete?», gritaba su hijo cuando ella iba sola a visitarlo, el
rostro escarlata por el acné, hinchado y ancho por los efectos de
medicamentos cambiados una y otra vez, y ella decía que Pete estaba
ocupado aquel día, pero pronto, muy pronto, quizá la semana siguiente. Un
vértigo maternal la asaltaba, la habitación daba vueltas y las cicatrices de
los cortes en los brazos de su hijo parecían a veces deletrear el nombre de
Pete en líneas delgadas, la pérdida de padres se dibujaba toscamente en un
álgebra de piel. En el desbarajuste de la habitación, las líneas unidas y
blancas parecían toscos garabatos en torno a una hoguera, como cuando
los jóvenes tallaban con trazos rígidos las palabras AMOR y FOLLAR en
mesas de merendero y árboles en los parques, con la o convertida en un
cuadrado. La mutilación era un idioma. Y al revés. Los cortes hacían que
su chico recibiera más cariño de las chicas, que también se habían cortado
y pocas veces veían a un chico, y así se hizo popular en las sesiones de
grupo, algo que no parecía importarle y que quizá ni notaba. Cuando nadie
miraba se cortaba las plantas de los pies. También fingía leer los pies de
las chicas como palmas, anunciando la llegada de desconocidos y el
progreso hacia el romance —«¡piemances!» los llamaba— y los
inconvenientes, y a veces veía las palabras que ellas habían cortado y
señalado como su propio destino.
Ahora ella y Pete iban a ver a su hijo sin las mermeladas, pero con un
libro de bordes barbados sobre Daniel Boone, lo que estaba permitido,
aunque su hijo creyera que contenía mensajes para él, aunque creyera que,
si bien era una historia de una persona de hacía mucho tiempo, también
era la historia de su propia tristeza y heroísmo frente a todo tipo de
desierto, derrota y abducción donde su vida se podía extender sobre el
libro, una noble armadura para la revelación de relatos sobre él. Habría
claves en las palabras de las páginas con números que sumaban su edad:
97, 88, 466. Había otras veladas alusiones a su existencia. Siempre las
había.
Se sentaron juntos a la mesa de las visitas y su hijo apartó el libro e
intentó sonreírles. Todavía quedaba dulzura en sus ojos, la dulzura con la
que había nacido, aunque la furia pudiera brotar de ella de forma
indiscriminada. Alguien había cortado su pelo rubio oscuro, o al menos lo
había intentado. Quizá alguien del personal no quería que tuviera las
tijeras cerca durante un periodo prolongado de tiempo y había cortado
rápidamente, luego se alejaba de un salto, volvía a acercarse, agarraba y
cortaba, después volvía a saltar. Por lo menos es lo que parecía. Era un
pelo ondulado y había que cortarlo cuidadosamente. Ahora ya no bajaba en
cascada sino que estaba cerca de la cabeza, y crecía en ángulos que no
parecían importar a nadie, salvo a una madre.
—¿Dónde has estado? —le preguntó su hijo a Pete, mientras le dirigía
una mirada dura.
—Buena pregunta —dijo Pete, como si elogiar la cosa fuese a hacer
que desapareciera. ¿Cómo se podía estar bien de la cabeza en un mundo
como aquél?
—¿Nos echas de menos? —preguntó el chico.
Pete no contestó.
—¿Piensas en mí cuando observas los negros capilares de los árboles
por la noche?
—Supongo que sí. —Pete lo miró fijamente, como si no quisiera
cambiar de posición en su asiento—. Siempre espero que estés bien y que
te traten bien aquí.
—¿Piensas en mi madre cuando miras las nubes y todo lo que
contienen?
Pete volvió a quedarse en silencio.
Su hijo continuó, estudiando a Pete.
—¿Has visto alguna vez cómo los gorriones matan a las crías de otros
pájaros? ¿A las crías de los chochines, por ejemplo? Los he mirado por las
ventanas. ¿Sabías que los gorriones pueden meterse en el nido del chochín
y sacar a las crías de los nidos y estrellarlas contra el suelo con una fuerza
que te habría parecido imposible para un gorrión? ¿Incluso para un gorrión
asesino?
—La naturaleza puede ser cruel —dijo Pete.
—¡La naturaleza puede ser una película de terror! Pero el asesinato no
es lo que uno espera de un gorrión. En el mundo puede encontrarse de
todo, pero normalmente tienes que buscarlo. ¡Tienes que buscarlo! ¡Por
ejemplo, tienes que buscarnos a nosotros! Estamos un poco escondidos
pero un poco no. Se nos puede encontrar. Si buscas en los lugares
evidentes, se nos puede encontrar. No hemos desaparecido, aunque quieras,
estamos aquí para…
—Ya basta —cortó a su hijo, que se volvió hacia ella con una
expresión distinta.
—Se supone que esta tarde habrá pastel porque hay un cumpleaños —
dijo él.
—¡Eso estaría muy bien! —dijo ella, sonriendo.
—Sin velas, claro. O tenedores. Tendremos que coger el glaseado y
ponérnoslo en los ojos para taparlos. ¿Has pensado alguna vez en ese
momento de las velas en que el tiempo se detiene, aunque esos momentos
se lleven el humo? Es como el fuego del amor que arde. ¿Alguna vez te
has preguntado por qué tanta gente tiene cosas que no merece pero lo
absurdas que son todas esas cosas, para empezar? ¿Crees que un deseo se
puede hacer real si nunca nunca nunca jamás se lo cuentas a nadie?

En el camino de vuelta a casa, ella y Pete no cruzaron palabra, y cada vez


que miraba sus manos envejecidas, aferradas artríticamente al volante, los
pulgares familiares abajo con su aire levemente simiesco, entendía de
nuevo el lugar desesperado en el que estaban los dos, aunque las
desesperaciones estaban separadas, no unidas, y sus ojos sentían luego la
presión aguda de las lágrimas. La última vez que su hijo había intentado
hacerlo, el método fue, en las palabras del médico, morbosamente
ingenioso. Podía haber tenido éxito pero otra paciente, una chica del
grupo, lo había detenido en el último momento. Había habido que limpiar
sangre. En una época su hijo sólo quería un dolor que lo distrajera, pero
pronto quiso hacer un agujero en sí mismo y huir a través de él. La vida
estaba llena de espías y un espionaje preocupante. Sin embargo, a veces
los espías también huían y alguien podía tener que ir tras ellos a fin de,
paradójicamente, escapar por completo, sobre los campos ondulados de un
sueño viviente, hacia las madrugadoras montañas del significado que
amanece.
Había una tormenta por delante y los relámpagos produjeron su rápido
y resuelto zigzag entre las nubes. Ella no necesitaba una ilustración tan
fuerte de que los horizontes podían estallar, llenarse de mensajes, códigos
rotos, pero ahí estaba. Una nieve de primavera empezó a caer mientras los
relámpagos continuaban, y Pete activó el limpiaparabrisas para que los dos
pudieran mirar por los semicírculos limpios la carretera que se oscurecía
ante ellos. Ella sabía que el mundo no se había creado sólo para hablar con
ella y, sin embargo, como con su hijo, a veces las cosas lo hacían. Los
árboles frutales habían florecido pronto, por ejemplo, y los huertos ante
los que pasaban eran rosas, pero el calor temprano excluía a las abejas y
por tanto habría pocos frutos. La mayor parte de las flores que colgaban
caerían en esa misma tormenta.
Cuando llegaron a la casa y entraron, Pete se miró en el espejo del
pasillo. Quizá necesitaba comprobar que era un ser vivo y no el fantasma
que parecía.
—¿Te apetece una copa? —preguntó ella, esperando que se quedara—.
Tengo un buen vodka. ¡Te puedo hacer un ruso blanco riquísimo!
—Sólo vodka —dijo de mala gana—. Solo.
Abrió el congelador y encontró el vodka, y cuando volvió a cerrarlo se
quedó esperando un momento, mirando las fotos que había pegado con
imanes a la nevera. De bebé, su hijo parecía más feliz que la mayoría de
los bebés. A los seis años seguía sonriendo y sobreactuando, movía los
brazos y las piernas como si explotaran, enseñaba sus dientes
perfectamente separados, el pelo que se rizaba en mechones dorados. A los
diez, su expresión ya era vagamente melancólica y temerosa, aunque había
luz en sus ojos, con sus encantadores primos junto a él. Había un
adolescente rechoncho, que rodeaba a Pete con un brazo. Y en la esquina
estaba otra vez el bebé, en brazos de su padre digno y apuesto, a quien su
hijo no recordaba porque había muerto hacía mucho. Había que aceptar
todo eso. La vida no era una alegría encima de otra. Sólo era la esperanza
de menos dolor, la esperanza jugada como una carta sobre otra esperanza,
un deseo de amabilidad y misericordia que surgieran como reyes y reinas
en un inesperado cambio de juego. Podías sujetar las cartas tú mismo o no:
caían del mismo modo de todas formas. La ternura no entraba salvo de
manera defectuosa y por azar.
—¿No quieres hielo?
—No —dijo Pete—. No, gracias.
Puso dos vasos de vodka en la mesa de la cocina y se sentaron.
—Quizá esto te ayude a dormir —dijo ella.
—No sé si hay algo que pueda hacerlo —dijo, y bebió un trago. El
insomnio lo atormentaba.
—Mañana lo traeré a casa —dijo—. Necesita su hogar, su casa, su
habitación. No es un peligro para nadie.
Pete bebió un poco más, sorbiendo ruidosamente. Ella veía que no
quería saber nada, pero le parecía que no tenía otra elección que continuar.
—A lo mejor puedes ayudar. Te admira.
—¿Ayudar ahora? —preguntó Pete con un destello de ira. Hubo un
ruido de cristal sobre la mesa.
—Podríamos pasar parte de la noche cerca de él —dijo ella.
El teléfono sonó. El Radio Shack prácticamente sólo traía malas
noticias, y su sonido, especialmente por la noche, la asustaba. Reprimió un
escalofrío pero aun así sus hombros se alzaron y se encorvaron. Se puso en
pie.
—¿Diga? —dijo, contestó la tercera vez que sonó, el corazón le latía
con fuerza. Pero la persona que había al otro lado colgó. Volvió a sentarse
—. Supongo que se han equivocado —dijo, y añadió—: Igual te apetece
más vodka.
—Sólo un poco. Luego tengo que irme.
Le echó un poco más. Le había dicho lo que quería decir y no quería
tener que convencerlo. Esperaría a que él diera un paso adelante con las
palabras adecuadas. A diferencia de algunas de sus amigas más
mezquinas, que no paraban de advertirla, creía que había una parte
profundamente buena en él y siempre la esperaba con paciencia. ¿Qué otra
cosa podía hacer?
El teléfono volvió a sonar.
—Probablemente es telemarketing —dijo él.
—Los odio —dijo ella—. ¿Hola? —dijo en voz más alta hacia el
receptor.
Esa vez, cuando el que llamaba colgó, miró el número en el teléfono,
en el rectángulo iluminado donde se veía el identificador de llamada.
Se sentó y se echó más vodka.
—Alguien está llamando desde tu apartamento —dijo.
Él se bebió el resto de su vodka. «Será mejor que me vaya», dijo, y se
levantó y fue hacia la puerta. Ella lo siguió. En la puerta lo miró agarrar el
pomo y girar con firmeza. Abrió la puerta, tapando el espejo.
—Buenas noches —dijo. Su expresión ya se había ido a un lugar
lejano.
Ella lo abrazó para besarlo, pero él volvió la cabeza abruptamente y la
boca terminó besando la oreja. Recordó que había hecho ese movimiento
evasivo ocho años antes, al principio, cuando se conocieron y él estaba en
situación de solapamiento romántico.
—Gracias por acompañarme —dijo.
—De nada —contestó él, luego bajó deprisa las escaleras hasta su
coche, que estaba aparcado enfrente. Ella no intentó seguirlo. Cerró la
puerta y echó el pestillo, mientras el teléfono volvía a sonar. Apagó todas
las luces, incluidas las del porche.
Fue a la cocina. No había podido leer el identificador de llamada sin
las gafas de leer, y se había inventado que era el número de Pete, aunque él
lo había hecho verdad de todas formas; lo que era la magia negra de las
mentiras, las buenas intuiciones y los faroles hábiles. «¿Diga?», respondió,
contestando en el quinto pitido. El rectángulo de plástico donde debía
aparecer el número estaba oculto como por un telón de gasa, una página de
papel cebolla sobre la cebolla. O más bien, sobre la imagen de una cebolla.
Una pintura encima de otra.
—Buenas noches —dijo en voz alta. ¿Qué saldría? Una pata de mono.
Una señora. Un tigre.
Pero no había absolutamente nada.

tras VN
SUJETO A REGISTRO

Tom llegó con su maleta. Su pegatina de John Kerry no decía siquiera


«Presidente», y parecía que John Kerry fuera el dueño o el diseñador de la
maleta. «Tengo que irme», dijo Tom al sentarse, raspando la silla sobre el
pavimento y colocando la maleta bajo la mesa.
—¿Antes de comer? —preguntó ella.
—No. —Se miró el reloj.
—Entonces pide. Pide rápido si hace falta. O toma mi ensalada, si
quieres. —Señaló la húmeda lechuga romana de su plato.
Él miró el menú, luego lo soltó. «Ahora no puedo ni leer. ¿Hay cuscús?
Pídeme el cuscús de cordero. Vuelvo enseguida. —Cogió el móvil—. Voy
al baño.» Su cara tenía un gesto de preocupación bajo la piel curtida por el
sol: su cuerpo era larguirucho y su zancada amplia pero brusca cuando
entró. La maleta se quedó bajo la mesa, como una bomba.
Convocó al garçon con un gesto que era como el movimiento de la
mano rápidamente retirada por temor a que el profesor te llamara. No
tenía oído para los idiomas: en eso se parecía a su madre, que en su luna
de miel en Francia, al ver «L’École des Garçons», había señalado: «¡No
me extraña que los restaurantes sean tan buenos! ¡Todos los camareros van
a la escuela de camareros!».
—Pour mon ami, s’il vous plaît —dijo—, le couscous d’agneau. —
¿Estaba bien? ¿Había que pronunciar las dos eses, o sólo una, o ninguna,
como en cucú, quizá como se llama a un niño pequeño en el parque?
Cuando el cordero era una comida, ¿era una palabra distinta, como pez y
pescado? Quizá había pedido una criatura que vivía y respiraba, y se la
presentaban gimoteando entre caldo y lana. El camarero asintió y no dijo:
«¿Algo más para usted, señora?», sino que se dio la vuelta rápidamente y
se fue. Las mesas exteriores eran al parecer todas suyas ese fin de semana.
Era abril y el tiempo había cambiado hacia algo opresivamente agradable,
con una brisa urbana de ajo, diésel y jacinto. Donde vivía habitualmente
no había el mismo aire de aceite y cebolla repleto de posibilidades cuando
caminabas por la calle. Invernales praderas purificaban el aire. Y la
primavera era una cosa breve y delicada que rápidamente dominaban los
tornados.
—Mira —dijo Tom, al volver, intentado aligerar el tono—. Creo que
igual te has dejado tu cuaderno en el lavabo.
Le entregó un pequeño cuaderno abierto, claramente de Tom, en el que
había escrito la letra de Fever, de Peggy Lee. Signos de exclamación y
florituras decoraban todas las líneas. También había un pequeño juego de
tres en raya. La parte inferior de una página decía: «Los peces pican
menos / cuando del este sopla el viento» y: «¿Qué es el destino, si tienes
que preguntar?». También: «Me encanta tu pelo tal como es, qué narices».
Que eso le pareciera desternillante le hizo pensar: «Siempre ha sido el
hombre adecuado para mí».
—Tengo que volver a Estados Unidos —dijo él. Puso los codos sobre
la mesa y la cabeza en las manos. La poca gente que conocía que trabajaba
de vez en cuando en el negocio de la intriga internacional, pensaba, tenía
mucha energía, pero también pagaba un precio; ahora Tom parecía cansado
y derrotado—. Ya sabes, todo el mundo de la inteligencia: no somos James
Bond. Somos pobres y pútridos tramposos atrapados, que decidimos cosas
en casa en nuestros portátiles y jugamos en un campo demasiado grande
para nosotros.
—¿No hacía un discurso parecido Richard Burton en El espía que
surgió del frío?
—Ése era el discurso.
—¿Y la parte del portátil?
—Hay que permitir un poco de improvisación. ¿Has pedido?
—Oui, monsieur.
—Merci. —Sonrió. Sabía que le gustaba que dijera cualquier cosa en
francés. Su especialidad eran los idiomas, incluyendo el urdu y el árabe,
aunque luego su mente se volvió hacia una pantalla azul vacía. «Y sólo
cuatro horas de árabe», había añadido. «Y quizá sólo cinco de inglés: cinco
horas es mucho rato para hablar.» Décadas antes había conducido coches
para ganarse la vida, desde Holanda a Teherán, como traficante de droga
(aunque no lo había dicho, ella lo había conjeturado). Luego fue reclutado
por funcionarios estadounidenses para dar clase a los hijos de los guardias
del sah.
—¿Qué les enseñabas? —preguntó ella.
—Teoría crítica —dijo, y su cara se iluminó con el deseo de divertir—.
Películas y marxismo. Por supuesto, no auténtico marxismo, nada tan
práctico. Nada del tipo: así es como matas a la gente y la tiras a una zanja.
No, enseñábamos un marxismo muy abstracto. Muy de torre de marfil.
—Ja, ja —dijo ella.
—Les daba clases de inglés —dijo él—, y también a algunos de sus
padres.
—¿Te parecía que el sah era tan malo? —había preguntado, y había
recibido una larga y extraña conferencia sobre Chiang Kai-shek y la
clasificación dudosa y simple de varias figuras históricas. Creía que en las
fotografías de los rehenes de la embajada, el tipo apuesto, alto y rubio con
los ojos vendados ante la puerta de la embajada era Tom. En la época ella
era adolescente y sólo décadas después había tropezado con la foto en
internet; el parecido la dejó sin respiración.
Pero él había dicho que no, había salido un mes antes. Los secretos
cerrados y luego abiertos de su trabajo la fascinaban y la paralizaban,
como la rana que se aclimata letalmente al agua caliente.
Pagaba todo en efectivo.
—Ahora todo el mundo parece malo —había dicho—. No sólo el sah.
Levantó la redoma de Côtes du Rhône, alzó las cejas con optimismo e
irguió la cabeza. Su pelo tenía el color que adoptaban los rubios rojizos en
la mediana edad: bilioso y bronce, como si le hubieran echado agua
oxigenada y luego lo hubieran pintado con rayas blancas como un gato
anaranjado.
—No quiero vino —dijo ella—. Lleva al queso.
Esperaba haber perdido peso a tiempo para aquel viaje pero ay.
—No debes decir una palabra si te cuento esto. —Se detuvo, la estudió,
calculando.
—Por supuesto que no. —¿No parecía de fiar? ¿Por qué no parecía una
persona íntegra, como ella creía ser? Quizá le faltaba elegancia: la gente
confundía las dos cosas.
Tom se echó un poco de vino y bebió.
—En Londres hay informes que hablan de incidentes de tortura que
afectan a tropas estadounidenses en una prisión de Bagdad. Alguien ha
hecho fotografías. Es un desastre y tengo que volver. —Dio otro trago.
—¿Las tropas están bien? ¿Qué quieres decir?
—Las tropas son críos. No saben qué están haciendo. Son ovejas. —El
camarero trajo el cuscús y Tom probó el cordero—. Va a estallar. Los
periódicos británicos están listos para sacarlo. Será un escándalo tan
grande como My Lai.
—¿My Lai? Bueno, no exageres —contestó, aunque ¿quién era ella
para decir algo tan leve?
La mano de él temblaba; bebió vino. «Lo digo en serio. Créeme: el
nombre de esa cárcel será famoso en todas partes.» Y luego dijo el
nombre, pero a ella le pareció absurdo, y quizá lo fuera, aunque su
espantoso oído para los idiomas hacía que todas las palabras que no
pertenecían al idioma inglés sonaran muy, bueno, misébiles, como sacadas
de «Jabberwocky»: «Superrugían las memes cerduras».
Apuñaló el aire con su tenedor.
—Es la misma unidad a la que pertenecía yo cuando estaba en el
ejército, hace treinta años. Y seguían órdenes de la inteligencia militar: el
oxímoron más célebre. Lamento el tiempo que pasé en Teherán y El Cairo;
lamento haber tenido la habilidad de asesorar.
—Necesitabas el dinero.
—Lo siento, ¡pero no hay más huecos disponibles para conferencias!
—dijo, extendiendo la boca en una sonrisa que era como una estrella que
emite una luz falsa y lejana desde un tiempo remoto—. ¡Todos los huecos
son para los participantes que ya han hecho la prueba! —Nunca volvería a
verlo sonreír como entonces. En realidad, probablemente no lo estaba
viendo ahora. Miró un momento a través de ella y bajó la voz—. Les dije:
hagáis lo que hagáis, no tiréis coranes por el váter. Hagáis lo que hagáis,
no los hagáis estar desnudos delante de una mujer. Hagáis lo que hagáis,
no les obliguéis a participar en ningún juego sexual. No hagáis
pantomimas con felaciones, una idea que probablemente es un buen
consejo para todo el mundo. No cojáis un rotulador Sharpie y escribáis
«Hijos de Akbar» en su frente, ni les pongáis ropa interior femenina en la
cabeza. Hagáis lo que hagáis, no intentéis recrear vuestro recuerdo de ver a
Pilobolus[5] en el centro cívico a los ocho años. Los desmoralizará y los
degradará.
Pensó que veía qué le estaba diciendo. «No hagas» era la versión en
clave de «haz». A veces los médicos empleaban esa estrategia con los
enfermos terminales que querían morir: «Hagas lo que hagas, no te tomes
todo lo que te he recetado de golpe con un vaso de agua».
—¿De dónde han sacado esas ideas entonces? ¿De internet? —¿Acaso
él creía que esas prohibiciones no estaban articuladas de ese modo para
cubrirse? Cuando huías de una sala de ambigüedad moral, era bueno tener
una silla agradable y mullida esperándote en la siguiente. Pero después te
convertías en tu versión fantasma, inquieto en una casa que no sabías que
estaba encantada hasta este punto, y encantada por ti.
—¡Internet! —dijo Tom, resoplando—. Internet sólo refleja lo que ya
está en la mente humana. Quizá un poco menos. La crueldad llega de
forma natural. Le llega naturalmente a todo el mundo. Pero si uno está
confuso, y hace calor, se desorienta todavía más. El deseo de romper algo
para dominarlo. ¿De dónde viene esa idea? ¿Qué pasó con la simple
inteligencia? En cambio, tenemos interrogatorios con presos desnudos y
bolsas de arena metidas en pimienta.
—Pero tú… eres IM.
—¿MI?
Cambió de posición en la silla. No se acordaba de si había pedido pan
con la ensalada. «Todo el planeta se basa en estar en el lugar adecuado en
el momento adecuado», dijo, también perdida.
—¡No! ¡No! —gritó él, viendo cómo sus ojos se estrechaban hasta
quedarse hechos una ranura—. Tenían que reducir la intensidad del
conflicto, no convertirlo en Guantánamo.
—Sólo eres un asesor. No eres responsable —dijo ella, insegura.
Un amigo íntimo de la infancia de Tom, lo sabía, iba en el avión de
Mohamed Atta. Sentado en primera clase, con los terroristas. «Dios mío,
qué horror», había dicho ella cuando se lo contó en una cafetería en
Estados Unidos.
«Sí —respondió él, abatido—, uno no cuenta con que pasen cosas así.
Salvo en clase turista».
Ahora, de nuevo, tampoco sabía cómo consolarle.
—Hablas como si fueras la misma Muerte.
—Quizá lo sea, pequeña. Vamos a dar un paseo y a ver si vuelves. —
Empezó a frotarse las sienes—. Lo siento. No sé qué me pasa, pero tengo
una buena idea para curarme —añadió, sonriendo un poco, como si le
diera miedo ponerla nerviosa. Convirtió la mano en una pistola y la puso
sobre la sien, imitó un gatillo con el pulgar.
—A lo mejor eso sólo te hiere —dijo.
—¿Y esto? —dijo, y apuntó con el dedo en la boca. Veía el amarillo
cremoso de sus dientes, sus molares con ojos de mercurio.
—Es una manera extrema de librarse del dolor de cabeza, y aun así
quizá no funcione.
—Ya lo tengo —dijo, y con las dos manos puso cada dedo del gatillo a
un lado de la cabeza—. ¿Eso servirá?
Risa en la noche de media tarde. Los lirios del jarrón sobre la mesa de
plexiglás ya habían pasado a mejor vida.
—Los veterinarios lo tienen claro —dijo ella—. Es mucho más
humanitario que la medicina humana. Especialmente al final. Tienen la
inyección correcta. Nada de malos sueños con la morfina.
—Por eso estoy preparando mi traje de perrito —respondió él.
—Jo, jo.
—Si tienes impulsos suicidas —dijo él lentamente—, y en realidad no
te matas, coges fama de «contradictorio».
Tenía dolores de cabeza que podían debilitarlo, pero siempre se
escondía en su apartamento cuando los sufría, así que ella nunca había
podido ver lo incapacitantes que eran. Dos años más tarde, cuando le
implantaron un chip en la cabeza —una cura para la migraña,
experimental, de última generación, pero ¿quién podía evitar pensar en El
mensajero del miedo?—, iba a visitarlo, le llevaba el almuerzo, le oía
bromear sobre su cabeza afeitada y el marcapasos que le habían
implantado en el pecho. Alguien estaba haciendo experimentos con él,
pero no decía exactamente quién. Era susceptible a líderes con encanto y
actividades grupales pese a sus observaciones sobre las ovejas. También
era simultáneamente estoico al respecto. Todavía más tarde, cuando le
quitaron el chip, chapuceramente, y los temblores que lo habían asaltado
en el café se apoderaron de él por completo, dejándolo frágil, inestable,
apoyado en un bastón, rellenando impresos de jubilación —«al parecer yo
estaba en el grupo de control y el grupo de control no experimenta el
experimento»—, iba a verlo a una de las cabañas de veteranos en la
residencia junto al lago al norte del estado. Pero la mujer de la recepción
siempre decía: «Hoy no quiere ver a nadie». Guardias de uniforme
registraban su coche en la puerta de seguridad y una vez, al volver,
encontró uno de los teléfonos móviles de los guardias en su coche. Cuando
se lo permitían, recorría el terreno y buscaba su cabaña: tenía una propia,
como oficial de alto rango, de modo que probablemente su sueldo también
era bueno. Aun así no había respuesta, aunque había contestado por correo
electrónico que sí, le gustaría verla. No respondió las cuatro veces que fue
a verlo ni las nueve veces que llamó a la puerta en cada ocasión.
—Por cierto —añadió ahora—, encárgate de que no tenga uno de esos
funerales ostentosamente verdes, donde ponen el cuerpo sin preservar a la
vista, encima de un enorme montón de hielo en el jardín abrasadoramente
soleado de alguien. Quiero una iglesia. ¿Algo más? Habré elegido mi
música.
—Vale.
—Conecta mi iPod a unos altavoces delante de la capilla.
—¿En posición de Genius? —«Un elogio, sin reservas», pensó. Eran
muy escasos en la vida y menos aún creídos.
Reconoció con un gesto de asentimiento, respetando su esfuerzo.
—Oh —dijo—. Shuffle estará bien.
Su propio iPod le produciría vergüenza. Forbidden Broadway, Sting,
Francés para dummies.
Miró las mesas con bordes de metal de la cafetería y las sillas
enceradas de mimbre. Volvió a mirar a Tom. Se encontraba en un estado de
dolor y preocupación en el que nunca lo había visto. En la ciudad que
habían compartido, a lo largo de los años, primero cuando él estaba
casado, después cuando ella estaba casada, se habían buscado en
habitaciones, se habían acechado el uno al otro en fiestas, durante años,
tensos y electrizados: cada uno buscaba al otro a hurtadillas y luego se
quedaba cerca, con las copas de vino en la mano, cautivado por su charla
intrascendente y acometida con entusiasmo. Ella estudiaba el aire
superficialmente soñoliento que asumía su rostro, sobre su figura todavía
corpulenta, con los párpados bajos y la boca ondulada: detrás de todo eso
emanaba una concentración de láser sobre ella. Cuanto más real era un
secreto hermoso, menos hablabas de él. Pero, a medida que el secreto
desaparecía, en cuanto amenazaba con irse por su propia voluntad, el
secreto se volvía frenético e indiscreto, como una forma de aferrarse a esa
vida que se desvanecía.
Ahora habían tenido suerte y ninguno de los dos estaba ya casado,
aunque era improbable que cualquier cosa que sucediera por fin, y que
entrañase tal miserable conmoción, fuera realmente afortunada. Habían
concertado su encuentro en la lejana Francia, y ninguno de los dos conocía
su significado, porque su significado no se había establecido en voz alta.
«¿Esto es una cita, o contratistas independientes implicados en una
conspiración semiorganizada?», había preguntado él la noche anterior, y
luego les cayó encima una lluvia de primavera, que dio un aspecto
brillante al hormigón y les mojó las gafas —se las quitaron—, y ella lo
besó.
Ahora, un coche con chófer se detuvo en la acera.
—¡Dios! —dijo él—. El coche ha venido muy deprisa.
—Sigue comiendo. Eso es lo primero. Come lo que puedas. El coche
puede esperar.
Veía que no tenía hambre pero lo alimentó a la fuerza, empujando la
comida como si fuera un trabajo. Pequeños mordiscos del cordero.
—En realidad las personas son ovejas —dijo, masticando—. Estúpidas
como ovejas. En las ovejas, por lo menos una de ellas es siempre lista, y
las demás apagan sus cerebros y la siguen. «¿Dónde va Maurie?», se
preguntan. «¡Donde vaya Maurie vamos nosotras!» El rebaño es el
organismo.
—Como en el ejército —dijo ella.
Tragó con cierta dificultad y al principio no dijo nada.
—Sí. A veces. Civiles y militares nunca han funcionado como una
unidad. —Sacó una hoja de laurel del cuscús—. Las hojas de laurel son
una mierda —dijo, y la dejó en el plato—. ¿Qué harás el resto del tiempo
que pases por aquí? —preguntó él, mientras reunía lo que quedaba de
comida con su tenedor, montándola en pequeñas pilas, con riachuelos y
valles.
—Algo encontraré —dijo—. Pero no será lo mismo sin ti.
Dejó el tenedor en la mesa y la cogió de la mano, lo que le puso un
nudo en el pecho.
—Recuérdalo: nunca bebas sola —dijo.
—No lo hago —dijo ella—. Normalmente bebo con MacNeil-Lehrer.
—Suponía que la llamaría cuando llegase a D. C.
Él retiró la mano, jugó con su cartera, tiró dinero encima de la mesa y
cogió su maleta.
Se levantaron juntos y caminaron hasta el coche. El conductor, con una
gorra azul, salió y le abrió la puerta. Tom dejó la maleta en el maletero y
se volvió hacia ella, a punto de decir algo, luego cambió de idea y entró en
el vehículo. Cuando la puerta se cerró, bajó la ventanilla.
—No sé cómo decirlo —dijo—, pero, bueno, piensa en mí.
—¿Cómo podría no hacerlo? —dijo ella.
—Eso es algo que no pregunto, ma chère. —Ella bajó la cabeza y él
puso los labios en su mejilla un instante muy largo.
—Ojalá que nuestros caminos se crucen pronto —dijo ella, dando un
paso atrás. Y luego, como si fuera sorda, hizo un pequeño gesto de una
cruz con los dedos índices de cada mano, pero salió como una señal para
mantener a distancia a un hombre lobo. Inepta incluso en el lenguaje de
signos. Un desliz freudiano de los mudos. Cuando el coche empezó a
alejarse, gritó: «¡Buen vuelo!». La cabeza de él giró y se volvió hacia ella
una vez más.
—Eh, tengo todos mis líquidos en la bolsa que no pasa el control —
dijo, no sin una insinuación.
Ella se llevó rápidamente la mano a la boca para tirar un beso, pero el
coche giró a la derecha deprisa por la Rue du Bac. Un beso tirado en todos
los sentidos. Pero podía verlo levantando la mano izquierda rápidamente
ante la ventana, como un golpe de karate que era también un saludo,
mientras el coche se fundía y desaparecía en el tráfico que se abría como
un abanico.

Años antes, en una fiesta de Navidad de un amigo común, mientras sus dos
esposos fumaban en el gélido porche, se había descubierto a su lado, en la
cocina, sacudiendo las botellas de vino abiertas para ver cuál podría no
estar vacía. El día anterior, junto a una foto de premiados perros de
jengibre expuestos en el centro comercial, él le había enviado un correo
electrónico: «Me tomé tres Adderall y te he hecho esto». En la habitación
contigua Bob Dylan cantaba Gotta Serve Somebody.
—¿Qué es lo que más lamentas de tu vida? —le preguntó, cerca de
ella. Había unas doce botellas vacías, y los dos las pusieron
metódicamente todas al revés, y las sacaron a la luz, a veces mirando
desde abajo—. Aquí no quedan más que soldados muertos —murmuró—.
Me gustaría ser optimista y decir que están medio llenas y no medio
vacías, pero están totalmente vacías.
—A menos que tengas una vida de gran importancia —dijo—, los
remordimientos son estúpidos, billetes arrugados de un circo que ya se ha
marchado de la ciudad.
Su cara se iluminó con diversión y bebida.
—Entonces, ¿qué le pasa a la ciudad? —preguntó.
Ella lo pensó.
—Oh, hay muchos cambios de clima —respondió, lentamente—.
Nieva. Truena. Sale el sol. La gente va a la iglesia y se sienta y a veces ve
a payasos fugitivos que ocupan el banco de atrás, con los guantes todavía
puestos.
—¿Payasos fugitivos? —pregunta.
—Fugitivos —dijo—. Más o menos.
—¿Surgidos del frío? —preguntó él.
—Venid a sentaros juntos.
Él asintió con satisfacción.
—¿El pasado es para los perdedores, nena?
—Algo así. —No sabía si estaba de acuerdo, pero entendía la fuerza de
esa idea.
La postura de Tom se hizo más desenvuelta. Se acercó a ella, contra el
borde de la bancada de la cocina.
—¿Alguna vez te parece que nadie sabe de qué estás hablando, que
todo el mundo se limita a fingir, salvo yo?
Ella lo estudió cuidadosamente.
—Sí —dijo—. Sí.
—Ah —contestó él, reforzando su postura. Le cogió la mano: la
electricidad corrió por ella y desapareció cuando la soltó—. A todos nos
gustan los finales felices.
GRACIAS POR LA COMPAÑÍA

El día siguiente a la muerte de Michael Jackson, yo estaba construyéndole


mi propio monumento conmemorativo. Puse sus vídeos en YouTube y me
senté en la cocina por la noche, con la luz del iPod en el centro de la mesa
como única fuente de iluminación. Escuché Man in the Mirror y Ben, mi
preferida, aunque trate de una rata asesina. Intenté no pensar en que
trataba de una rata, porque también era el nombre de un antiguo novio, que
me había mandado un correo electrónico desde Estambul al enterarse de la
muerte de Jackson. Al parecer, en Turquía no había nadie con quien hablar
de eso. «Cuando he oído la noticia de la muerte de MJackson he pensado
en ti —había escrito el exnovio— y en el baile precioso y ágil que hacías
cuando sonaba una de sus canciones movidas».
Intenté pensar de forma positiva. «Bueno, al menos no se ha muerto
Whitney Houston», le dije a alguien por teléfono. Cada minuto que pasaba
en la vida contenía muy poca información, hasta que de pronto contenía
demasiada.
—Mamá, ¿qué estás haciendo? —preguntó mi hija de quince años,
Nickie—. Pareces una señora loca sentada en la cocina así.
—Estoy escuchando música.
—Pero ¿así?
—No quería molestarte.
—Pues no puedes imaginar lo que me estás molestando —dijo ella.
Últimamente Nickie había anunciado su deseo de tener su propio
reality show para que el mundo pudiera ver lo que tenía que aguantar.
Me quité los auriculares.
—¿Qué vas a llevar mañana?
—Cualquier cosa. O sea: ¿importa?
—Eh, no. La verdad es que no.
Nickie salió de la habitación. Por supuesto, no importaba qué llevaban
los jóvenes. Ya tenían un aspecto asombroso, sin saberlo realmente, lo que
también formaba parte de su belleza. Yo sería la acompañante de Nickie en
la boda de Maria, su antigua canguro, y Nickie iba a ser la mía. La persona
que debía tener cuidado con lo que llevaba era yo.

Era una boda en el campo, a una hora de coche, y llegamos a tiempo, pero
por algún motivo parecíamos las últimas. Los invitados se arremolinaban
semirresueltamente. Maria, una atractiva e inquieta brasileña, se casaba
con un granjero local, por segunda vez: un segundo granjero en una
segunda granja. El otro granjero con quien se había casado, Ian, también
estaba presente. Lo habían contratado para tocar música y, mientras los
invitados pululaban con sus vasos de plástico llenos de vino, Ian se sentó y
tocó una versión lenta y melancólica de I Want You Back. Sólo que no
parecía querer recuperarla. Sonreía y asentía a todo el mundo y parecía
feliz con esa despedida. Era el encargado del entretenimiento. Llevaba una
camiseta con un letrero que decía GRACIAS POR LA COMPAÑÍA. Eso parecía
notablemente optimista y útil y un poco hermoso. Me pregunté cómo se
hacía. Yo misma no había hecho nunca nada parecido ni de lejos. «El
matrimonio es una larga conversación», escribió Robert Louis Stevenson.
Por supuesto, murió cuando tenía cuarenta y cuatro años y por tanto no
tenía ni idea de lo larga que podía ser la conversación.
—No puedo creer que te hayas puesto eso —me susurró Nickie, que
llevaba un vestido malva con agujeritos.
—Lo sé. Seguramente ha sido un error. —Yo llevaba un vestido
sintético ceñido con estampado de leopardo: admiraba el camuflaje.
Imaginaba que las manchas de un leopardo existían porque el hábitat del
leopardo estaba lleno de serpientes, y era necesario mezclarse. Los
leopardos tenían miedo de las serpientes y de los chimpancés, que a su vez
temían a los leopardos: un empate de predadores y presas, puesto que
había una confusión con respecto a cuál era cuál: esto también era un tema
en las tierras salvajes de mi armario. Quizá había visto demasiados
documentales de naturaleza.
—A lo mejor puedes ponerle un poco de limonada a Ian —le dije a
Nickie. Yo ya había agarrado una copa de vino de una bandeja negra de
plástico que pasaba.
—Sí, a lo mejor —dijo, y trazó un círculo hasta llegar al otro lado del
jardín. Observé su espalda alta y morena y su paso confiado. Era una
giganta preciosa. Me maravillaba tener una hija así. También me aterraba:
era como temer por la vida.
—Está bien que tú y Maria os llevéis bien —le dije a Ian. El padre de
Ian, que tenía uno de esos embarazosos enamoramientos de suegro por la
mujer que abandona a su hijo, no se lo estaba tomando tan bien. Se le veía
con ojos nublosos, caminando por el borde de la propiedad con un poco de
ginebra helada, vigilando a Maria, esperando a que saliera de casa,
esperando una oportunidad en la que ella estuviera lejos de los demás para
correr y abrazarla.
—Sí. —Ian sonrió. Ian suspiró. Y durante un momento pasajero todo
pareció absolutamente hecho mierda.
Y luego todo volvió a arreglarse. Parecía espiritualmente importante ir
a bodas: compensar los velatorios y los funerales. La gente no debía estar
en el planeta sólo para llorar pérdidas. Yo había visto a una madre de
familia convertirse en un rododendro con una placa, junto al aparcamiento
del campo de fútbol, como si la hubiera matado ver tantos partidos. Había
visto a un escritor joven y brillante que se transformó en un premio de
escritura, como si tanto escribir hubiera acabado con él. Y había visto a un
abogado de oficio convertirse en un fondo de asistencia legal, como si
pagaras por la justicia con la vida. Había visto que una docena de personas
se transformaban en trozos de roca, con los nombres inscritos de forma tan
estremecedora sobre la superficie que parecía que se hubieran convertido
en piedra, después de recibir una vida nueva como la luna la recibe, a
través de algunos trucos de iluminación y una fuente con aspecto de cara.
Había pasado cien tarjetas de Rolodex a sus caras en blanco. Por tanto, qué
más daba que una canguro volviera a ser una novia. Que se casara una y
otra vez. Tanto amor urgente y vivo retumbaba bajo tierra y moría allí, sin
haberse llegado a expresar nunca, de modo que se podía permitir que una
intempestiva atracción errante se saliera con la suya. Había muy poco
tiempo.
Alguien muy pijo, alto y con tacones manchados de barro sobre el
césped estaba de pie ante Ian, con un micrófono en la mano, mientras
cantaba Waters of March e Ian acompañaba. Mi mente imitó la canción sin
rumbo: un palo. Una piedra. Un pedazo de pastel de vaca. El ojo de una
madre que llora.
—Hay un brasillón de brasileños —dijo Nickie, que llegó con dos
limonadas.
—¿Qué esperabas? —Cogí una de las limonadas para dársela a Ian y la
rodeé con el brazo.
—No sé. Sólo conocía a su hermana. La vi una vez. Lo bueno es que al
menos soy la única que lleva un solo color.
Miramos el largo jardín de la granja. La hermana y la madre de Maria
estaban junto a los rosales, les hacían las fotos sin la novia.
—Maria y su hermana se parecen a su madre. —Había visto a su
madre una vez, y asentí en su dirección al otro lado del jardín. No sabía si
podía verme.
Nadie asintió y sonrió con un poco de suficiencia.
—Su padre murió en un accidente de tráfico. Así que sí, no se parecen
a él.
Le apreté el brazo.
—Nickie. Chssst.
Se quedó callada un rato.
—¿Piensas en papá alguna vez?
—¿Qué papá?
—Vamos.
—¿Quieres decir, pap-iiiiii?
El fin de semana en que su padre se marchó —en que dejó la casa, la
ciudad, el país, todo, con tan poco equipaje que yo pensé que regresaría—
había dicho: «Puedes criar a Nickie sola. Lo harás bien».
Y yo respondí: «¿Has tomado crack o qué?». Y él contestó, mientras
seguía plegando una chaqueta de sarga azul: «Sí, un poco».
—Papito. Como en malito —dijo Nickie.
A veces les aseguraba a sus amigos que su padre había muerto, y
cuando le preguntaban cómo, miraba con aire dolido a lo lejos y decía:
«Una partida muy seria del juego del ahorcado». Las madres y sus hijos
únicos del divorcio eran una dinámica familiar torcida, si es que eran
familias. Acaso fueran más como esas cutres películas de colegas, y el
diálogo que tenían no se podía reconocer como filial o parental. Era
extraterrestre. Con una hilera de paseadores de perros que se encontraban
en el parque. Contenía más cháchara fraternal de la necesaria. Con todo, lo
prefería a ser una solterona solitaria, un destino al que en otra época me
había considerado condenada genéticamente, aunque había trabajado duro,
muy duro, para desafiarlo y evitarlo, cuando quizá estuviera ahí delante de
mí a pesar de todo. Si estabas solo al nacer y solo al morir, absolutamente
solo al morir, ¿por qué «aprender a estar solo» en medio? Si lo habías
olvidado, volvería a ti rápidamente. Estar solo era como ir en bicicleta. A
punta de pistola. Con la pistola en tu propia mano. Estar solo era el aire en
tus llantas, el viento en el pelo. No hacía falta buscarlo con los brazos
abiertos. Con los brazos abiertos, te caías de la bicicleta: estaba bebiendo
el vino demasiado deprisa.
Maria salió de la casa con su hermoso vestido de novia que le dejaba
los hombros desnudos y que era tan blanco como era posible.
—El vestido es fantástico —dijo Nickie maliciosamente.
Nickie era una observadora aguda y una participante entusiasta en el
departamento de disfraces, y cuando era pequeña había habido muchos
juegos de boda, falsos ramos de novia hechos a partir de viejas esponjas
con agarradera de plástico que se lanzaban al aire y a menudo a la canasta
del garaje, donde se quedaban. También le gustaba Halloween. Hacía truco
o trato para UNICEF ataviada con ropa de francotirador o de terrorista
suicida, con chaleco incluido. Una vez, a los ocho años, se vistió de dríade,
una ninfa de los árboles, y cuando en las puertas le preguntaban qué era,
decía: «Una pinza de los árboles». Se mostraba altiva en el truco o trato,
alerta al fallido juego de adivinanzas de los adultos —«¿Qué eres?, ¿un
vampiro?»—, así que cuando los vecinos parecían confusos, ella fruncía el
ceño y decía con un reproche: «¿Nunca has estudiado mitología griega?».
Nickie sabía dar miedo. A veces le había interesado más contestar en
nuestra puerta que llamar a otras, y miraba por el hueco con un sombrero
de bruja y una ruidosa risotada. «Creo que es hora de volver con los
clientes», me anunció un Halloween a los cinco años, cogiéndome de la
mano y llevándome de regreso a nuestra casa. Carecía de miedo: siempre
había elegido la mesa de los alérgicos al cacahuete en el colegio porque un
chico que le gustaba se sentaba allí: la versión de cafetería de La montaña
mágica. Como todos los sueños, la niñez de Nickie se afilaba
artificialmente en viñetas perdidas cuando intentaba convocarla, luego
desaparecía por completo. Ahora, alta, de largas extremidades e
inescrutable, se parecía más que nunca a un francotirador. Me notaba
paralizada a su lado y el amor que sentía por ella se dirigía menos a esa
irritable Nickie que a la antigua irritable Nickie, que seguía en algún sitio
en su interior, aunque era una cuestión de fe pensar eso. Sin duda, para eso
se había inventado la fe: para criar a los adolescentes sin morir. Aunque
por supuesto también era la razón por la que se había inventado la muerte:
para escapar a los adolescentes por completo. Cuando, en los últimos
meses, Nickie me había «plantado cara» en varias habitaciones de la casa,
gritándome de forma insultante, empezaba a desnudarme en silencio, me
quitaba lentamente la camisa por encima de la cabeza para verla y sólo eso
la mandaba asqueada a su cuarto. La desnudez era lo único que la callaba,
pero al menos había algo capaz de hacerlo.
—No me puedo creer que Maria vaya de blanco —dijo Nickie.
Me encogí de hombros.
—¿De qué color debería ir?
—¡Gris! —dijo Nickie inmediatamente—. ¡Para reconocer que tiene
un cerebro! ¡Un poco de materia gris!
—Hace poco vi una cosa de la PBS donde decían que solamente la
corteza del cerebro —y es verdad que parece corteza— es blanca. Por lo
visto, la otra mitad del cerebro tiene mucha materia blanca. Para la
conectividad.
Nickie resopló, como hacía a menudo cuando yo pronunciaba las letras
PBS.
—Entonces debería ir de gris, para reconocer que tiene medio cerebro.
Asentí.
—Entiendo lo que dices —dije.
Los invitados comían canapés en platos de papel y se hacían fotos con
la novia. No tanto con el nuevo novio de Maria, un chico llamado Hank,
que no era el diminutivo de Henry sino de Johannes, y que no llevaba
gafas de sol como todo el mundo sino que entornaba los ojos hacia Maria,
con orgullo e incredulidad. Hank también era músico, aunque sobre todo
reparaba banjos y guitarras, les cambiaba las cuerdas y los barnizaba, y así
era como él, Maria e Ian se habían conocido.
El aire se llenó del olor a viejas joyas de oro y plata de la lluvia
cercana. Fui hacia Ian, que buscaba la siguiente canción, rasgueando
ociosamente e intentando no ver cómo su padre miraba a Maria.
—¿Qué tienes? ¿I’ll Be There? —pregunté a Ian. Siempre me había
caído bien. Eligió a Maria como un personaje, la conoció en un semestre
que pasó en el extranjero y volvió casado con ella, para asombro de su
padre. Ian amaba a Maria y siempre le fue leal, no importaba en qué
historia se hubiera metido, pero Maria era una chica narrativa y su historia
debía ser cautivadora o perdía interés en el personaje principal, que a
veces era ella y a veces no. Estaba destinada a casarse, casarse y casarse.
Ian sonrió y empezó a cantar I Will Always Love You, y sonaba
extrañamente similar a Bob Dylan, pero sin el desdén.
Me mecí. Me quedé. No me metí en su camino.
—Eres un santo —dije cuando terminó. Era un chico encantador, y
cuando Nickie era pequeña venía a menudo a casa y jugaba al fútbol en el
jardín con ella y con Maria.
—Oh, no, sólo soy un rey del maíz depuesto. Ella compró la granja.
Quiero decir, se la vendí, y luego la puso patas arriba y compró ésta. —
Señaló el campo infinito más allá de la carpa, donde el maíz era enano y se
levantaba sobre el barro, porque en junio no hacía suficiente calor como
para que se evaporasen los charcos. Los tomates y la marihuana no
tendrían un buen año—. Anoche soñé que estaba en West Side Story y
había olvidado toda la letra hasta «Me gusta estar en América». No hace
falta ser un genio para entenderlo.
—No —dije—. Supongo que no.
—Joder, ¿qué hace mi padre? —dijo Ian, mirando hacia abajo y a lo
lejos.
El padre de Ian seguía recorriendo el perímetro, un poco borracho, sin
apartar los ojos de la novia.
—La vieja generación —dije, negando con la cabeza, como si no me
incluyera—. No pueden aceptar ningún cambio. Ya han acumulado
demasiada nostalgia. No pueden aceptar nada más.
—Ay —dijo Ian, levantando la mirada y dirigiéndola hacia allí—.
Ojalá mi padre lo superara.
Tragué más vino mientras sostenía la limonada de Ian. En el manzano
había tres ardillas. Un trío de ardillas parecía algo siniestro, como una
plaga.
—¿Qué otras canciones tienes? —pregunté.
Nickie estaba hablando con Johannes Hank.
—Tengo que dejar alguna para la ceremonia.
—¿Va a haber una ceremonia de verdad?
—Más o menos. Igual no de verdad de verdad. Tienen cosas que se
quieren recitar el uno al otro.
—Ah, sí, eso —dije.
—Van a caminar juntos bajo este dosel hacia la casa, dirán lo que sea y
luego darán de comer a la gente. —Todo el mundo había llevado comida y
se extendió en una larga mesa entre la casa y el establo. Yo había
comprado dos pollos para asar, los había cocinado accidentalmente con el
horno en modo de «Limpieza» mientras escuchaba a Michael Jackson en
mi iPod. Pero los pollos tenían buena pinta, pensaba: la carne se había
despegado un poco del hueso, pero por lo demás estaban estupendos,
aunque no tan bien como al principio, cuando habían empezado, eran
amish, congelados y valían una fortuna. Cuando los compré el día anterior
en Whole Foods y abrí la boca al ver el total de mi cuenta, la cajera dijo:
«Sí. Hay gente que sabe comprar aquí y gente que no».
«Treinta y tres treinta y tres. A lo mejor da buena suerte».
«Sí. Toda la buena suerte que pueden dar dos pájaros muertos»,
respondió la cajera.
—¿Hay un sacerdote o algo? ¿La boda será legal? —pregunté a Ian.
Ian sonrió y se encogió de hombros.
—Dirán «Sí, quiero» después de que el otro diga «Sí, quiero». Doble
indemnización.
Dejé su limonada sobre una mesa cercana y le di una suave palmada en
la espalda. Los dos miramos hacia el otro lado del jardín y vimos a Hank,
con una corbata hecha de pequeñas cuentas amarillas unidas que acababan
formado una mazorca de maíz. Era ingenioso y cutre, como tantas cosas
que creaba la gente.
—Eso son muchos «quiero».
—Sí. Pero no voy directo a los chistes.
—¿Los chistes?
—El del novio, el de la novia. No voy a contar ninguno.
—¿Por qué ibas a contar chistes? Ni que fueras el padrino.
Ian bajó la mirada y torció un poco la boca.
—Dios mío. ¿Eres el padrino? —pregunté. Entorné los ojos para
mirarlo. De niña había practicado el parpadeo inverso de los pájaros.
—No preguntes —dijo.
—Eh, mira —le pasé el brazo por el hombro—. George Harrison lo
hizo. Y nadie lo pensó dos veces. Bueno, nadie lo pensó más de dos veces.
Nickie se me acercó rápidamente desde el otro lado del césped.
—Mamá. Tus pollos son asquerosos. Es como si los hubiera
atropellado un camión.
Los protagonistas habían empezado a ponerse en fila, salvo Ian, que
debía tocar. Iban a acabar la ceremonia deprisa, antes de que las nubes de
tormenta del oeste llegaran y estropearan las cosas. Las damas de honor
fueron las primeras, una breve trayectoria desde la pérgola hacia los
rosales, donde se dirían los «quiero». Ian tocó Here Comes the Bride. Las
damas de honor llevaban ropa de colores pastel: una del color de
melocotón claro de la aspirina infantil; otra del verde de la espuma de mar
del clonazepam en dosis pequeñas; otra del narciso pálido de la siguiente
dosis más baja de clonazepam. Qué buena idea tener la imagen de las
Grandes Compañías Farmacéuticas en tu boda. ¿Cómo no se me había
ocurrido? ¿Cómo no se me había ocurrido hasta entonces?
«Te tomo, querida Maria…» Pronunciaban esas promesas exactamente
como Ian había dicho que harían. Hank dijo: «Sí, quiero», y Maria dijo:
«Sí, quiero». Luego al revés. Al menos Maria se había quitado sus gafas de
sol. «Jóvenes», intenté no decir con un suspiro. El tiempo pasó despacio,
luego se quedó quieto, a continuación se volvió indetectable, así que
¿quién sabía cuánto estaba durando todo eso?
Un sonido que parecía un trueno mecanizado llegaba desde la
autopista. Extrañamente, no era una tormenta. Un grupo de motoristas
apareció estruendosamente en la carretera y, en vez de pasar rugiendo a
nuestro lado, aminoró la marcha, giró hacia la derecha en la entrada, una
docena, todos con Harleys. Yo no sabía de motos, pero sabía que cada
motero que había entre Platteville y Manitowoc poseía una Harley. Era un
dato regional. Apagaron los motores. Ninguno de los motoristas llevaba
casco —llevaban pañuelos— salvo el líder, que tenía un casco de fútbol
americano con unas orejas de perrito de felpa, cortadas al juguete relleno
de un niño y luego pegadas a los lados. Sacó una pistola y disparó tres
veces al aire.
Algunos invitados gritaron. Yo no podía emitir ningún sonido.
El motero del arma y las orejas de perro empezó a gritar. «Tengo
licencia de armas de fuego y eso que he disparado eran salvas y esto es
defensa propia porque nuestro grupo tiene una servidumbre de paso que se
extiende hasta aquí. ¿Algo más? De niños sufrimos abusos y de adultos
hemos comido un montón de Twinkies. ¿Algo más? En realidad somos
gente pacífica. Sólo sabemos que la vida puede tener cambios de canal
muy sorprendentes. Que hay un recurso retórico con el río y con el mar
igual que con la tele. Y ésa es la razón por la que la vida pasa
groseramente a tu lado, hay que dejarle espacio. Lo entendemos. Una
ocasión como ésta significa No Más Desvíos en la Carretera. Todos tus
errores están detrás de ti, y eso significa que ya no es posible cometer uno.
Ya lo habéis hecho. Necesito hablar primero con la novia.» Miró
alrededor, pero no se movió nadie. Se aclaró un poco la garganta. «Los
errores que una persona ya ha cometido pueden dar un paso al frente y
anunciarse y luego congelarse en una escultura encantadora y pequeña que
ya no te hace daño. Como un cementerio. Y como un cementerio es el tipo
de libertad que es lo opuesto a ser libre.» Miró desconcertado a Maria al
otro lado de la propiedad. «Es la parpadeante zona cuántica de la espada y
la nada, entre tener y no tener.» Cambió de posición incómodo, como si el
sintagma «parpadeante zona cuántica» le hubiera costado mucho. «Como
he dicho, ahora tengo que hablar con la novia. ¿Eres tú?».
Maria le gritó en portugués. Sus damas de honor la imitaron.
—¿Qué dicen? —murmuré a Nickie.
—Se me ha olvidado todo el portugués —dijo—. De toda mi infancia
sólo recuerdo a Maria diciendo «bien hecho» a todo lo que hacía, así que
ahora me parece portugués.
—Sí —murmuré—. A mí también.
—¡Bien hecho! —le gritó beligerante Nickie al motero—. ¡Bien hecho
lo de portarte como un gilipollas e interrumpir una boda!
—Nickie, deja esto a los adultos —susurré.
Pero los invitados se quedaron quietos, paralizados, salvo Ian, quien,
aparentemente muy lejos en el horizonte, se levantó despacio y dejó la
guitarra en el suelo. Luego cogió su silla blanca plegable con las dos
manos y la levantó por encima de la cabeza.
—¿Eres Caitlin? —El motero con orejas de perro siguió dirigiéndose a
Maria, y ella continuó jurando, moviendo sus ramitos de menta y spiraea
hacia él. «Ir embora, babaca!» Le hizo una peineta y, cuando Hank intentó
tranquilizarla, se la hizo a Hank. «Foda-se!».
El motorista miró a su alrededor con una expresión que sugería que
pensaba que quizá se había equivocado de boda campestre. Sacó el
teléfono, se quitó el casco, llamó a alguien con el sistema de marcación
rápida y luego se volvió para hablar. «¡Eh! Joe, creo que no me diste la
dirección correcta… sí… no, no lo entiendes. Esto no es la casa de
Caitlin… ¿Qué? ¡No, escucha! Lo que te digo es: ¡mala dirección! Esto no
es. Aquí gente no hablar inglés…» Colgó con fuerza. Se volvió a poner el
casco. Pero Ian trotaba lentamente hacia él con la silla sobre la cabeza,
mientras lanzaba el poderoso grito de cualquiera que intente ser el héroe
en la boda de su exmujer.
—Lo siento, chicos —dijo el motorista. Dirigió a Ian, que se acercaba,
una mirada impertérrita. Movió hacia él una de sus orejas de perro y corrió
a subirse a la moto. «¡Dirección equivocada, todo el mundo!» Luego toda
esa banda demasiado colocada como para resultar amenazadora encendió
los motores y se alejó en un bramido, levantando polvo en la gravilla del
camino de entrada. Fue un alivio ver que se iban. Ian siguió corriendo por
la carretera tras ellos, aullando, con la silla en la mano, aunque las motos
desaparecieron de nuestra vista rápidamente.
—¿Seguimos a Ian? —preguntó Nickie. Cerca, alguien llamaba a la
policía.
—Deja que se desahogue —dije.
—Sí —dijo ella, y fue directamente hacia Maria.
—¡Bien hecho! —Oí que Nickie le decía a Maria—. ¡Bien hecho lo de
casarte! —Y luego Nickie abrió los brazos hacia su antigua cuidadora y,
encorvada y palpitante, empezó a llorar sobre su hombro. Yo no soportaba
verlo. Había un gran zigzag negro en mi corazón. Oía que Maria decía:
«Gracias por venir, Nickie. Tú y tu madre sois mis heroínas».
Ian no había vuelto y nadie había ido a buscarlo. Un disc-jockey
contratado empezó a poner algo de música que salía por los altavoces.
Cada día había algo nuevo que llorar y algo viejo que celebrar: la
civilización lo había aprendido hacía mucho y nos lo seguía recordando.
¿Era eso lo que decía el motero? Fui hacia la mesa del bufé.
—Cuando tienes hambre, no hay nada mejor que la comida —le dije a
un completo desconocido.
Corté un trozo pequeño de jamón, me llevé un huevo relleno a la boca
y resistí la tentación de ponerlo delante de mis dientes y sonreír de forma
amenazadora, como hacíamos de niños. Mastiqué y tragué y cogí otro.
Pronto, sin duda, parecería una gran serpiente vertical que se había tragado
una rata. La rata Ben. Las serpientes sólo se comerían un solomillo si
estaba disfrazado tras la cabeza de un pequeño roedor. Ahí había alguna
lección y algo más de vino la revelaría.
—¡Oh, mira todos esos tristes pollos! —dije ambiguamente y con la
boca llena.
Había rumores de que la tarta de bodas todavía no estaba terminada y
tardaría un rato. Algunas personas empezaban a bailar, antes de que las
nubes oscuras estallaran y lo estropearan todo. Junto a la mesa de la
comida había una más pequeña que mostraba una variedad de repelentes
de insectos, aerosoles y cremas, como si fuera la esquina cosmética de un
baño de chicas pijo, con la única diferencia de que había una discreta
constelación de mosquitos. Los invitados se acercaban un poco demasiado
a la comida, y los olores del limoncillo y la lluvia inminente se mezclaban
en el aire.
El motero tenía razón: había que descongelar los pies, dar pasos a
ciegas hacia atrás, arriesgarse a perder el equilibrio, arriesgarse a una
caída infinita, para dar espacio a la vida. ¿Qué había dicho? ¿Quién sabía?
La gente movía sus cuerpos al ritmo de Shake Your Body de Michael
Jackson. Yo quería que esa canción sonara en mi funeral. También
Takin’ It to the Streets de los Doobie Brothers. Y también Have Yourself a
Merry Little Christmas, sólo por tomarle el pelo a la gente.
Dejé en el suelo mi plato de papel y mi copa de plástico. Miré al padre
de Ian, que de nuevo estaba melancólico y solo. «¡Ven a bailar con alguien
de tu edad!», le dije, y como no respondió «Eso no va a ocurrir», me
acerqué a él desde el otro lado del césped.
Al aproximarme me di cuenta de que, desde la época en que a veces
venía por casa para recoger a Maria y llevarla a casa en el deportivo
plateado que había comprado hacía poco, le habían hecho algo en los ojos,
un estiramiento para quitar la hinchazón: prefería parecer asustado y loco
a aparentar los cincuenta y seis años que tenía. Lo cogí con las dos manos
y lo arrastré. «Guau», dijo con algo parecido a una sonrisa, y soltó una
mano para levantarla sobre su cabeza y hacerla revolotear en un paródico
torbellino de jazz. En el lenguaje de signos significaba aplauso.
Necesitaba mi aliento para bailar, así que intenté no reír. Detuve mi
rostro en una sonrisa amplia y, ah, por segunda vez el sol vino para
iluminar el lateral del establo rojo y giratorio.
AGRADECIMIENTOS

Por su generosa lectura y sus útiles aportaciones, doy las gracias a Julian
Barnes, Charles Baxter, Mona Simpson, Lorin Stein, Melanie Jackson y
Victoria Wilson.
Nacida en Glens Falls (Nueva York) en 1957, es autora de tres libros de
relatos, Autoayuda (1985), Como la vida misma (1990) y Pájaros de
América (1998), y de dos novelas, Anagramas (1986) y El hospital de
ranas (1994).
Pájaros de América fue elegido Libro del Año de 1998 por The New York
Times, seleccionado entre los mejores del año por Los Angeles Times y
Publishers Weekly, finalista del National Book Critics Circle Award, y
permaneció varias semanas en la lista de libros más vendidos; autores de
la talla de Julian Barnes lo eligieron como uno de los mejores libros del
año, y la revista Entertainment Weekly lo ha seleccionado como uno de los
50 mejores libros de los últimos 25 años. Lorrie Moore ha sido
galardonada con el Irish Times International Prize for Literature, el
O. Henry Award, el PEN/Malamud Award y el Rea Award for the Short
Story, y la Lannan Foundation le ha concedido una beca. Es miembro de la
American Academy of Arts and Letters. Actualmente es profesora en la
Universidad de Wisconsin, Madison.
NOTAS
[1] El Día de Sadie Hawkins es un acontecimiento folclórico
estadounidense, originado por la tira cómica Li’l Abner de Al Capp. El
padre de una joven poco atractiva de la localidad está preocupado por que
no encuentre marido. Organiza una carrera a fin de reunir a todos los
solteros de la zona. Para disgusto de los solteros, las solteras del pueblo
deciden institucionalizarlo. El episodio de la tira cómica inspiró una fiesta
celebrada en varios lugares de Estados Unidos el sábado posterior al 9 de
noviembre donde las chicas pedían salir a los chicos. (N. del t.) <<
[2] Death y Bail: Muerte y Fianza. (N. del t.) <<
[3] En castellano en el original. (N. del t.) <<
[4]El señor McGregor es un personaje de ficción creado por la autora e
ilustradora Beatrix Potter. (N. del t.) <<
[5]Pilobolus es un conjunto de baile contemporáneo estadounidense. (N.
del t.) <<

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