Death
Death
“Obsesiones al Margen”.
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STAFF
TRADUCCION CORRECCIÓN
ZD CORIN ROSS
LECTURA FINAL
SHURA
DISEÑO
ZD
HASGARD
CORIN ROSS
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INDICE
Capítulo 1 Capítulo 2
Capítulo 3 Capítulo 4
Capítulo 5 Capítulo 6
Capítulo 7 Capítulo 8
Capítulo 9 Capítulo 10
Capítulo 11 Capítulo 12
Capítulo 13 Capítulo 14
Capítulo 15 Capítulo 16
Capítulo 17 Capítulo 18
Capítulo 19 Capítulo 20
Capítulo 21 Capítulo 22
Capítulo 23 Capítulo 24
Capítulo 25 Capítulo 26
Capítulo 27 Capítulo 28
-4-
Capítulo 29 Capítulo 30
Capítulo 31 Capítulo 32
Capítulo 33 Capítulo 34
Capítulo 35 Capítulo 36
Capítulo 37 Capítulo 38
Capítulo 39 Capítulo 40
Capítulo 41 Capítulo 42
Capítulo 43 Capítulo 44
Capítulo 45 Capítulo 46
Capítulo 47 Capítulo 48
Capítulo 49 Capítulo 50
Capítulo 51 Capítulo 52
Capítulo 53 Capítulo 54
Capítulo 55 Capítulo 56
Capítulo 57 Capítulo 58
Capítulo 59 Capítulo 60
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Capítulo 61 Capítulo 62
Capítulo 63 Capítulo 64
Capítulo 65 Capítulo 66
Capítulo 67 Capítulo 68
Capítulo 69 Capítulo 70
Capítulo 71 Capítulo 72
Capítulo 73 Capítulo 74
Capítulo 75 Capítulo 76
Capítulo 77 Capítulo 78
Capítulo 79 Capítulo 80
Epílogo
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Nota del autor
Esta es una obra de ficción. Las referencias a personas,
acontecimientos, establecimientos, organizaciones o lugares reales
sólo pretenden dar autenticidad y se utilizan de forma ficticia.
Todos los demás personajes, así como todos los incidentes y
diálogos, son fruto de la imaginación del autor y no deben
interpretarse como reales.
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MUERTE
Libro 4.
Laura Thalassa
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Para Dan
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Cuando el Cordero rompió el cuarto sello, oí la voz del cuarto ser
vivo que decía: "¡Ven!" Miré, y he aquí, un caballo de ceniza; y el
que lo montaba tenía el nombre de Muerte, y el Hades lo seguía.
-Revelación 6:7-8 NASB
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PARTE I
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Capítulo 1
Temple, Georgia
Julio, año 26 de los Jinetes
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La mula de Old Bailey corre por la carretera junto al mercado,
con su carro de caballos todavía enganchado. Y el corcel del sheriff
arroja a su dueño del lomo antes de alejarse al galope, con la silla
de montar y todo. Otras criaturas se precipitan por el mercado al
aire libre, derribando mesas y cestas, dispersando a la gente y los
productos a su paso. Puedo ver el blanco de sus ojos aterrorizados.
Ellos y su miedo se mueven como una nube de tormenta por todo
el lugar.
Finalmente, la estampida disminuye, dejando tras de sí un
silencio que me pone los pelos de punta.
¿Qué fue eso?
Miro alrededor. Todos los demás también parecen
confundidos.
—¿Qué diablos? —dice alguien.
—Nunca había visto a los animales actuar de esta manera en
toda mi vida —dice otra persona.
Pero luego el pensamiento se ve interrumpido por una risa, y
alguien más se une y, de repente, es como si la tensión se filtrara
fuera del espacio.
La gente ayuda a levantar cajas y sillas, los productos se
reorganizan y las conversaciones se reanudan. Un grupo de
hombres y mujeres se separan para recuperar los animales perdidos
y un anciano ayuda al sheriff a levantarse.
Todo el mundo parece ignorar el extraño comportamiento
como un mal sueño.
Me vuelvo hacia Tim, el dueño del puesto, y luego mis ojos
se posan en las manzanas. Intento concentrarme, aunque no me he
librado de ese desconcertante silencio que parece resonar en mis
oídos. Mi atención se centra en las manzanas. Leo el precio, luego
lo vuelvo a leer.
—¿Un dólar cincuenta por manzana? —pregunto,
asombrada. Eso debe ser un error.
—Si no te gusta el precio, no las compres —contesta Tim.
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Entonces no es un error.
—Ni siquiera he dicho que el precio sea demasiado alto —
respondo, aunque lo es—. El hecho de que lo hayas asumido
significa que sabes que no es razonable.
—Es lo que hay.
Bien podría robarme el bolso ya que estamos. Menuda
manera de robar al cliente en toda su cara.
—Pero solo son manzanas —digo lentamente. Esto tiene que
ser una broma.
—Si no te gusta, cómprale a otro.
Maldito sea este hombre. Sabe que nadie más tiene manzanas
en esta época del año. Y mi sobrina Briana fue muy específica en
cuanto a que quería un pastel de manzanas para su cumpleaños.
—Un dólar —regateo. Sigue siendo un precio ridículamente
irracional, pero es mejor que un dólar cincuenta por manzana.
¡Dios mío!
—No —afirma rotundamente. Su mirada se aparta de mí,
hacia otra mujer que está mirando una caja de maíz cercana.
—Un dólar veinticinco —lo intento de nuevo, incluso cuando
trato de averiguar si otros vendedores tendrían manzanas en stock.
Martha podría ...
Tim me mira molesto.
—No voy a discutir esto más.
—Esto es ridículo, ¿en serio quieres un dólar cincuenta por
una manzana? ¡Es una manzana! —digo.
—Están fuera de temporada —responde bruscamente.
Me rio a carcajadas.
—Pagaré —esto es increíblemente estúpido— Once
dólares por ocho de ellas. —Será mejor que sean las mejores
malditas manzanas que he probado en mi vida; más vale que me
hagan ver a Dios.
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Tim cruza los brazos sobre su pecho, lanzándome una mirada
fulminante, a pesar de que solo le estoy pidiendo que me quite un
miserable dólar.
—Puedes pagar el precio completo o puedes irte por dónde
has venido… —Justo en la mitad de su oración, sus ojos se vuelven
blancos.
—¿Tim? —digo. Incluso mientras hablo, comienza a caer—
¡Tim!
Me abalanzo sobre él, pero no soy lo suficientemente rápida.
El suave sonido de su cuerpo al golpear la hierba se pierde en el
ruido colectivo de muchos objetos grandes golpeando el suelo a la
vez.
Me sobresalto ante la conmoción y se me erizan los pelos de
la nuca. Y es entonces cuando me doy cuenta de que el inquietante
silencio sigue ahí, el que comenzó cuando los animales huyeron
por primera vez. Sólo que ahora es más pronunciado que nunca.
Miro a mi alrededor, confundida. En todas direcciones, la
gente yace inmóvil. La mayoría de ellos están desparramados sobre
la hierba, pero hay otros que yacen desplomados sobre las mesas.
Nadie se mueve.
Pasa un segundo, luego dos, luego tres.
Soy consciente de mi propia respiración entrecortada y de los
acelerados latidos de mi corazón. Mi cerebro está tratando de
comprender lo que estoy viendo.
El caso es que sé lo que es. Parece imposible y mi corazón no
quiere creerlo, pero algo así ha sucedido antes. Me ha pasado antes.
Pese a todo, me arrodillo junto a la mujer que había estado
analizando el maíz de Tim. Ahora sus ojos ciegos están mirando
hacia las nubes. Pongo una mano en su cuello, esperando su pulso.
Nada.
Una especie de sensación enfermiza me retuerce las entrañas.
Me pongo de pie y vuelvo a mirar los puestos del mercado,
observando las docenas de cuerpos inmóviles. Nadie se mueve.
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Oigo el suave sonido del viento que agita las marquesinas de lona,
el susurro de los árboles con la brisa, e incluso el lejano resoplido
de algún recipiente goteando su contenido. Pero no hay charlas
ociosas, ni risas, ni gritos, ni insectos ruidosos ni cantos de pájaros.
El silencio es total.
Por capricho, compruebo el pulso de Tim. Nada. Luego
compruebo a otra persona y a otra, mi respiración se atasca en mi
garganta.
Nada.
Nada.
Nada.
Todos están muertos, todos menos yo.
Un pequeño quejido se escapa de mis labios y puedo sentir
mi cuerpo temblando, pero mi mente está extrañamente en blanco.
¿Así es como se siente el shock?
Salgo a trompicones del mercado agrícola en dirección a la
autopista 78. No puedo reprimir mi creciente horror mientras me
abro paso entre los muertos.
¿Hasta dónde llega la devastación?
Estoy pasando la última fila de puestos, la carretera está justo
delante de mí, cuando el ruido de cascos interrumpe mis
pensamientos. Creo que lo estoy imaginando, pero entonces se hace
más fuerte.
Me vuelvo hacia el sonido. Al principio no veo nada, el toldo
de la caseta a mi derecha me bloquea la vista. Doy unos pasos más
hacia la carretera y, de repente, lo veo. Iluminado por el sol de la
mañana, hay un jinete vestido con una armadura plateada, con un
par de alas negras en la espalda, parece un dios oscuro.
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Esas alas malvadas son todo lo que puedo mirar por un
momento. Son tan imposibles de comprender como el mar de
cadáveres detrás de mí.
Hay cuatro criaturas vivas conocidas que tienen el poder de
acabar con la vida en un instante. Y solo uno de ellos tiene alas.
El último ángel de Dios.
Muerte.
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Capítulo 2
Temple, Georgia
Julio, año 26 de los Jinetes
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demasiado tarde para esconderme, pero sea cual sea la razón,
camino a la carretera hacia el jinete.
Muerte frunce el ceño y detiene a su caballo. Yo también me
detengo, los dos seguimos mirándonos fijamente. Después de un
momento, se baja de su caballo y avanza a grandes zancadas,
acortando la distancia entre nosotros. Sus botas hacen un sonido
siniestro y resonante sobre el asfalto roto, mi corazón late con
fuerza y debería correr. ¿Por qué no estoy corriendo?
La muerte se detiene frente a mí.
Me observa…de arriba a abajo, sus ojos se mueven de mi cara
a mi camiseta vintage y jeans recortados, a mis piernas y zapatillas
de deporte de segunda mano, luego todo el camino de regreso a mi
rostro. La apreciación no es lujuriosa. Tengo la impresión de que
no se fija en mi cuerpo en absoluto, su mirada está un poco
desenfocada.
—No te reconozco. —Sus alas se agitan y se acomodan.
Frunce el ceño arrugando sus cejas —. ¿Quién eres tú?
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Capítulo 3
Temple, Georgia
Julio, año 26 de los Jinetes
Muerte
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Lazarus
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carbonizado en la sartén. No sé por qué me tomo la molestia de
quitar esa sartén del fuego. Todos aquí ya están muertos.
Me tambaleo por el pasillo hasta mi habitación. Robin está
adentro, tendida en la cama en la que solía dormir antes de mudarse.
Briana, mi sobrina, está apoyada contra ella, el libro de imágenes
que deben haber estado leyendo… debajo de su pequeño cuerpo.
Sus ojos miran sin ver y me ahogo con mi horror. Se suponía que
hoy celebraríamos el cumpleaños de Briana, no ... no esto.
Owen, Juniper y sus familias aún no han llegado, por lo que
la única persona que aún no he visto es ...
—¡Mamá! —grito.
Sin respuesta.
No, no, no, por favor no... Ella no puede estar muerta.
—¡Mamá!
Siento que se me va a salir el corazón del pecho. Corro de
habitación en habitación como una loca, buscándola. Ella estaba
aquí cuando me fui esta mañana, ya preparándose para la fiesta de
cumpleaños, pero ahora no la veo. Es mejor desaparecida que
muerta, intento decirme a mí misma. Pero entonces miro por la
ventana del salón hacia el patio trasero. Primero veo la larga mesa
de madera ya preparada con platos, utensilios y algunos adornos de
cumpleaños. Más allá veo el gran roble al que solía trepar cuando
era niña.
Por un momento soy capaz de engañarme a mí misma, pensar
que ella era una excepción, como yo, antes de que mis ojos se posen
en las camas elevadas del jardín.
No. Mis piernas se doblan.
—Mamá. —Mi voz no suena como la mía. Es demasiado
ronca, demasiado agonizante.
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Está tumbada junto a las camas elevadas, con algunas hierbas
recogidas esparcidas a su lado. Me pongo en pie a la fuerza y me
tambaleo hacía la puerta trasera. No sé cómo la abro, no puedo ver
con claridad, mis lágrimas lo oscurecen todo.
No quiero creer que esté muerta. Esta mujer me salvó y me
acogió. Me mostró cómo son la gracia, la valentía, la compasión y
el amor. Citó mi frase de escritora de segundo grado, mi madre es
mi heroína. Y de alguna manera, su increíble vida se ha ido.
No sé cómo me las arreglo para llegar hasta ella. Nada se
siente bien. Caigo al lado de mi madre. Tan cerca de ella, que puedo
ver que sus ojos también están abiertos, mirando ciegamente al
cielo como si este tuviera las respuestas.
Un grito ahogado se me escapa mientras arrastro su cuerpo a
mis brazos. Su piel se siente mal: cálida donde el sol ha estado
brillando, pero más fresca donde descansa contra la hierba.
Presiono mis dedos contra su cuello. No puedo soportar no hacerlo.
Nada. Sin latidos de pulso, nada que cuestione lo que es tan
evidente. Cierro los ojos y apoyo la cabeza sobre ella. Las lágrimas
ahora se deslizan libremente por mi rostro. Mi familia entera no
puede haberse ido. No pueden.
Estoy llorando y rota y no puedo procesar nada de esto. Hace
muchos años, cuando Jill Gaumond, mi madre, cabalgó hacia
Atlanta en contra de las súplicas de todos, buscando a su marido,
así debió sentirse. Debe haber sido increíble, ver una ciudad de
muertos y su amado entre ellos, llevado por la plaga de Peste. Pero
al menos entonces, el resto de su familia había estado en Temple,
Georgia, a salvo de la fiebre mesiánica. Ahora, ese no es el caso.
No queda nadie aquí además de mí.
Cuanto más tiempo sostengo a mi madre, más fría se pone su
piel. Todavía sigo llorando y lo sé.
Lo sé.
Lo sé.
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Lo sé.
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Capítulo 4
Temple, Georgia
Julio, año 26 de los Jinetes
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estoy, deseando que la Muerte me hubiera llevado junto con mi
familia, en lugar de obligarme a soportar este dolor aplastante sola.
De todos los futuros que imaginé, este nunca fue uno de ellos.
Aunque debería haberlo sido. Este es el mundo en el que vivimos,
uno en el que ya nada funciona y la gente se aferra a la religión
como una especie de talismán que mantendrá a raya a los
monstruos cuando es obvio que no lo hará.
Dejo el cuerpo de mi madre y me alejo de ella. Entonces me
doy cuenta: estoy rodeada de muertos. No solo en esta casa, sino
en toda esta ciudad. Juro que puedo sentirlo en el aire: la muerte
presionando por todos lados.
El suelo bajo mis pies comienza a temblar. Miro hacia la tierra
con el ceño fruncido. A lo lejos escucho el profundo gemido de…
algo grande. Le siguen varios ruidos de astillas, y luego...
¡Pum!
El suelo tiembla un poco más violentamente cuando algo lo
golpea con fuerza. Todavía estoy tratando de orientarme cuando
esos mismos sonidos comienzan de nuevo, solo que ahora,
provienen de las paredes de mi casa.
Mi mirada se mueve hacia el edificio frente a mí, el miedo se
apodera de mi estómago. Empiezo a retroceder, incluso cuando el
suelo sigue temblando.
Muévete, Lazarus.
Llego un poco más allá del roble cerca de la parte trasera del
patio, cuando la casa de mi infancia deja escapar un chillido largo
y estridente. Me doy la vuelta justo cuando empieza a caer. El lado
izquierdo va primero, pero cuando comienza a derrumbarse, el lado
derecho le sigue.
¡BOOM!
Salgo despedida al suelo por el repentino y cercano impacto.
Una columna de polvo y escombros me cubre, cierro los ojos,
incluso mientras respiro el aire acre. Unos últimos trozos de
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material de construcción se estrellan, y luego se hace el silencio
una vez más.
Me pongo de pie, alejando el polvo que queda en el aire
mientras me dirijo hacia mi casa. Solo que mi casa ya no está en
pie. Ella, y todos los muertos que vivían allí, ahora no son más que
un montón de escombros. Toda la ciudad de Temple está en ruinas.
Veo cuerpos y ruinas. Nada más.
Los puntos de referencia, la cafetería a la que iba, la tienda de
comestibles en la que compraba, mi antigua escuela secundaria,
todo ha desaparecido.
Se han ido, se han ido, se han ido.
Al ver toda la destrucción, y todas las personas que reconozco
tiradas en las calles, empiezo a llorar. Lloro hasta que mi voz se
vuelve ronca por los sollozos. Entonces simplemente me quedo
mirando el mar de cuerpos. Me doy cuenta de que no puedo
quedarme aquí. Ya no hay refugio, ya no hay gente. Miro desolada
a mi alrededor.
¿Adónde debo ir?
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Capítulo 5
Eastaboga, Alabama
Julio, año 26 de los Jinetes
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Capítulo 6
Líbano, Tennessee
Octubre, año 26 de los Jinetes
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Estaba de camino a casa desde la casa de un paciente después
de estar despierta durante más de veinte horas, ayudando con un
parto particularmente largo y problemático. La matrona con la que
estaba aprendiendo me había enviado a casa para descansar un
poco. Me estaba quedando dormida de pie cuando decidí
detenerme un poco al lado de la carretera y descansar un minuto.
Me desperté con el cuello cortado. Los bandoleros me robaron
todas mis cosas mientras me desangraba. Cuando volví en mí,
estaba ensangrentada y sola.
Los relámpagos me sacan de mis pensamientos. Ni un minuto
después, un enjambre de animales se precipita por la tranquila
carretera. Los miro con incredulidad.
Ya viene.
Dios mío, viene de verdad.
Me he equivocado tantas veces con la ubicación del jinete en
los últimos meses que casi creí que no volvería a cruzarme con él.
Pero por fin ha valido la pena.
Brevemente mi mano alcanza un arco que recogí hace un mes.
No soy una buena tiradora y estaba destinado más a asustar a los
perros y a cazar. (Todavía no he tenido éxito en eso). Pero tal vez
podría usarlo para detener a la Muerte.
Hago una mueca. Nunca he herido deliberadamente a nadie
antes, y aunque podría tener motivos para hacerlo ahora, no estoy
segura de estar lista para hacerlo. Quiero decir, soy la chica que
intencionadamente cose margaritas en mi ropa, me gusta salvar
cachorritos en mi tiempo libre, y durante los últimos años he estado
estudiando para ser matrona. Además, se ha comprobado que,
cuando estoy borracha, soy una osita abrazadora.
Una figura solitaria entra en foco. Parece una mancha oscura
contra el horizonte tormentoso. Puedo distinguir esas alas terribles.
Desde el cielo, la lluvia comienza a caer. Primero una gota,
luego dos, luego varias, hasta que parece que el firmamento se ha
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abierto de par en par. El viento sopla y me estremezco de frío.
Cuanto más se acerca el jinete, más tirito. ¿De verdad esperabas
detenerlo, Lazarus? No va a atender a razones. Sabes que no lo
hará.
No se da cuenta de mí, no hasta que me levanto de donde
estoy sentada y salgo al medio de la calle.
El jinete detiene su caballo y, aunque es una ciudad diferente
y un día diferente, con un clima diferente, parece que estoy
reviviendo nuestro primer encuentro una vez más.
—Tú —respira, su voz llena el mundo entero que nos rodea.
Me recuerda.
No debería sorprenderme, probablemente no haya muchos
humanos a los que no pueda matar, pero aún así. Se acuerda de mí.
La lluvia cae cada vez más rápido, y el viento me agita el pelo
mientras miro con resentimiento al jinete. La muerte salta de su
corcel, su mirada fija en mí. En la penumbra, su rostro se ve
especialmente trágico. Trágico y encantador, como si estuviera
atormentado por las cosas que ha hecho. Eso, por supuesto, sería
darle demasiado crédito. No creo que le importen en absoluto las
muertes de las que es responsable.
Un rayo atraviesa el cielo. Por un instante, la fuerte luz
cambia los rasgos del jinete. Donde hace un segundo había un
rostro, ahora veo una calavera superpuesta a los rasgos del jinete,
y donde antes había una armadura y alas, ahora veo un esqueleto.
Tan rápido como llega el relámpago, se ha ido de nuevo, y la
Muerte es simplemente un hombre una vez más.
Oh Dios, realmente es la muerte. Si necesitaba más
pruebas… Me las acaban de dar.
Mis rodillas se debilitan y joder, estoy a punto de perder los
nervios. La Muerte se me acerca y se me corta el aliento. Es un ser
que nunca estuvo destinado a ser contemplado tan de cerca. Es
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terriblemente hermoso. El jinete observa mi cabello mojado y mi
cuerpo empapado por la lluvia.
—Todas las criaturas huyen de mí, excepto tú.
No parece sorprendido ni alarmado. Este ser es un completo
misterio. Levanto la barbilla.
—¿Se supone que debo tener miedo de ti?
Porque lo estoy. Estoy completamente aterrorizada. También
soy demasiado imprudente para que me importe. Él sonríe un poco
y debo ser valiente porque no me orino al ver esa sonrisa, como lo
hubiera hecho cualquier persona cuerda.
—Me quitaste a todos. —Mi voz se quiebra cuando las
palabras se escapan. No había planeado abrir con esto, pero una vez
que empiezo a hablar, parece que no puedo parar—. Mi madre, mis
hermanos, mis hermanas, mis sobrinas y sobrinos, mis vecinos, mis
amigos. Se han ido todos.
La dolorosa soledad que he llevado conmigo me invade. El
dolor ya es bastante terrible por sí solo, pero ahora también tengo
que lidiar con esta soledad que nunca pedí. La muerte me mira
mientras la lluvia nos cae a los dos.
—Eso es lo que hago, Kismet —dice con voz suave—. Yo
mato.
Mi dolor me clava las garras, tratando de salir. Mi vida entera
murió el día que la Muerte llegó a mi pueblo, y le importa una
mierda. Claro que no le importa, Lazarus, dice una vocecita dentro
de mí. No estaría destruyendo el mundo si lo hiciera.
El jinete me lanza otra mirada superficial. Algo antiguo y
extraño en el fondo de sus ojos.
—¿Cuál es tú nombre? —me pregunta.
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Dudo. No debería dar mi nombre a un hombre en quien no
confío. Pero, ¿qué es lo peor que puede pasar? Ambos sabemos que
no puede matarme.
—Lazarus —admito finalmente.
—Lazarus —repite, saboreando el nombre en su lengua.
Sonríe, aunque de nuevo, solo logra hacer que parezca que está a
punto de comerme—. Un homónimo apropiado.
La Muerte comienza a rodearme, las puntas de sus alas se
arrastran contra el suelo. El borde exterior de una de esas alas roza
mi brazo y el contacto hace que se me ponga la piel de gallina.
—¿Quién eres? —pregunta.
—Ya me has hecho esa pregunta antes —contesto, mirándolo
con cautela mientras se detiene de nuevo frente a mí.
Un rayo cae en la distancia, y nuevamente veo un esqueleto
superpuesto sobre él. Me estremezco ante la macabra vista.
—Sólo mi voluntad debería matarte —dice, ignorando mi
reacción—. No lo hace. No sucede. Mi toque debería arrancar tu
alma de tus huesos. No puede. Solo queda una opción. Sus ojos
antiguos parecen… tristes. El jinete se mueve a una velocidad
inquietante. Me agarra por ambos lados de la cabeza y con un
rápido…
¡Crack!
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Puedo sentir la oscura mirada del jinete sobre mí. Finalmente,
se pone de pie y luego retrocede.
—Déjalo, Lazarus. —Me sobresalto al escuchar mi nombre—
Soy lo que soy y ninguna dulce súplica lo cambiará.
Se da la vuelta y me enseña las alas mientras se retira hacia
su caballo. Lo miro con furia.
—¿La poderosa Muerte huye de mí? —Grito, burlándome
abiertamente de él. Sus pisadas se detienen—. Adelante entonces,
vete. Simplemente te perseguiré de nuevo. —prometo— Y cuando
te encuentre, te detendré.
Se ríe, volviéndose una vez más.
—Soy una de las pocas cosas que no se pueden detener,
Lazarus. Sin embargo, espero verte intentarlo.
Creo que ese es el final de la conversación, pero en cambio se
acerca a mí una vez más. Hace una pausa, luego se arrodilla de
nuevo a mi lado. Mis cejas se fruncen juntas y retrocedo un poco.
—¿Qué estás haciendo?
Sus ojos brillan en la oscuridad.
—Conseguir una ventaja.
Y luego, por segunda vez ese día, el cabrón se acerca y me
rompe el cuello.
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Muerte
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Dejando caer mi mano, miro a Lazarus una vez más, sintiendo
que mi pulso generalmente estable se acelera. La luna es lo
suficientemente brillante para que pueda distinguir sus rasgos. Mis
ojos se detienen en sus pestañas, que besan la parte superior de sus
mejillas ahora que sus ojos están cerrados. Mi mirada se mueve a
sus labios. Siento la urgencia más peculiar de sacarla de la muerte,
todo para que pueda dejarme inclinarme y presionar mi propia boca
contra la suya, solo para ver cómo se alinean las dos.
Me estremezco de solo pensarlo. He visto miles de millones
de personas con todo tipo de variaciones físicas. Ninguna de ellas
me ha conmovido. Pero ella… me conmueve. Esta mujer cuya alma
no puedo tomar y cuya vida no puedo conocer. Esta mujer cuyo
rostro debería difuminarse junto con todas las demás caras que he
visto. En cambio, permanece en el ojo de mi mente,
atormentándome como una especie de espectro.
Lazarus.
Cuántas veces ese nombre maldito ha cruzado por mi mente
en las horas desde que lo pronunció por primera vez. Esta humana
no viene con una palabra angelical, pero no la necesita; le dieron
una palabra humana que es igual de apropiada.
Ella puede soportar la muerte, lo que significa ...
Ella es creación. Vida.
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Lazarus
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Capítulo 7
Lexington, Kentucky
Octubre, año 26 de los Jinetes
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Otra cosa que he aprendido, solo a través de suposiciones, es
que el jinete nunca duerme y nunca se detiene, lo que hace que sea
mucho más difícil ir un paso por delante de él. Entonces, cuando
finalmente me encuentro con una ciudad que se encuentra en el
camino de la Muerte, una llena de gente viva que respira, es como
un sueño cruel, y tengo que revisar mi mapa nuevamente.
La ciudad de Lexington bulle como si no pasara nada. Y no
solo es próspera, es una ciudad enorme, una que Muerte no dejaría
en pie.
¿Me equivoqué en algo? ¿Ha cambiado el jinete su patrón?
Tengo este impulso lleno de pánico en mi interior, de
ponerme en medio de la carretera y gritar la verdad a todo pulmón.
¡La muerte viene a por todos vosotros!
En cambio, me dirijo a la comisaría, aunque me cuesta unos
cuantos intentos y tengo que pedir indicaciones para encontrar el
camino. Apoyo mi desgastada bicicleta contra el costado de la
estación de policía y me muerdo el labio inferior mientras observo
el edificio.
¿Debería haber ido a una estación de bomberos? ¿Al
Ayuntamiento?
En realidad, no sé cuál sería el mejor lugar para compartir
noticias sobre los movimientos de La Muerte. Respiro hondo, me
quito las armas a regañadientes y las dejo con mi bicicleta. Espero
sinceramente que nadie sea lo suficientemente atrevido como para
robarlas justo fuera de una comisaría de policía. Entonces, entro a
grandes zancadas.
Hay algunas personas esperando en asientos cercanos, y el
oficial de la recepción me mira aburrido, como si prefiriera estar
haciendo otras cosas en otros lugares. Me dirijo hacia él, haciendo
crujir mis nudillos dedo a dedo como si eso pudiera disipar mis
nervios.
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—¿Qué puedo hacer por usted hoy, señorita? —el hombre
arrastra las palabras.
Respiro profundamente. No hay ninguna forma de endulzar
esto.
—Uno de los cuatro jinetes se acerca a esta ciudad.
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El jefe de policía lanza a George una mirada fulminante y
aprieta la mandíbula, pero no dice nada más.
—Ha habido informes de testigos presenciales de muertes
masivas en las últimas semanas —dice distraídamente el jefe de
bomberos—. No es impensable, especialmente considerando el
hecho de que sabemos que los jinetes están aquí, en la tierra. —El
jefe de bomberos vuelve su atención hacia mí, con las manos
entrelazadas sobre la mesa—. ¿Por qué no nos dices lo que sabes?
—pide con gentileza. Este hombre tiene ojos amables y no me mira
como si fuera una chiflada.
Mi mirada se desliza sobre los otros tres hombres en la
habitación. Nunca había hecho esto antes, nunca intenté advertir a
un pueblo entero de la llegada de la Muerte. Estoy más que inquieta
que esta gente no me crea.
—La Muerte viene en esta dirección —digo vacilante—. Aún
no sé si cabalgará por esta ciudad, pero probablemente lo hará.
Creo ... creo que se siente atraído por las grandes ciudades. –Es otra
de mis pensadas suposiciones, pero parece certera.
—¿Qué prueba tienes de que viene hacía aquí? —pregunta el
jefe de bomberos.
Prueba. La palabra hace que mi corazón se hunda. Tengo
muy pocas pruebas además de lo que he visto y experimentado de
primera mano.
Cojo mi bolso gastado por la intemperie y lo dejo sobre la
mesa de conferencias. Lo abro y sale una daga en su funda.
Dejándola a un lado, agarro mis mapas. Tengo uno de Tennessee,
uno de Kentucky y luego uno más grande de todo Estados Unidos.
Todos ellos están meticulosamente marcados.
Ignoro la forma en que mis manos tiemblan mientras los abro
uno por uno, colocándolos sobre la mesa.
¿Pensaste que podrías entrar en esta ciudad y advertirles,
Lazarus? Esta gente nunca te creerá, morirán sin creerte.
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Todas mis preocupaciones surgen, y hay una especie de ironía
enfermiza en ello porque no tengo nada de qué preocuparme
personalmente. Después de todo, no moriré; son las personas que
me rodean las que lo harán. Empujo los mapas hacia mi audiencia.
—Las X son donde ya ha estado la Muerte. Esas ciudades se
han ido. Si miras el mapa de todo el país, verás que esto se extiende
hasta Georgia, de ahí soy. —Estoy balbuceando, pero parece que
no puedo parar—. Hubo un par de meses en los que perdí la pista
del jinete. No sé dónde estuvo durante ese tiempo.
—¿Esta es tu evidencia? —pregunta interrumpiéndome
George—. ¿Unas cuántas marcas en un mapa? —Hace un sonido
de disgusto y luego se levanta de la silla—. Todos ustedes son unos
malditos tontos si van a perder el tiempo escuchando esto. — Me
lanza una última mirada desagradable, niega con la cabeza y sale
de la sala de conferencias cerrando tras él y haciendo resonar la
puerta.
Hay algunos tensos momentos de silencio.
—Tiene razón —interviene el alcalde, pasando una mano por
su cabello plateado—. ¿Por qué deberíamos creerte? Me parece una
excelente manera de asustar a la gente para que salga de sus hogares
el tiempo suficiente para que puedas robarles.
Levanto las cejas.
—¿Crees que voy a ... —me corto, incluso cuando mi fastidio
aumenta? Me encuentro con los ojos de cada hombre—. He
andado por las ciudades que la Muerte ha visitado. He visto los
cuerpos y olido la podredumbre. Vayan a cualquiera de esas
ciudades marcadas y compruébenlo por si mismos, pero por el
amor de cualquiera le importe una mierda, avisa a tu pueblo.
La sala se queda en silencio.
—Habrá más avistamientos de muertos, especialmente a
medida que la Muerte se acerque —afirmo, más suave— pero su
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tiempo se está acabando. Esta es la primera ciudad viva que me
cruzo en dos semanas.
El ambiente de la sala se ha vuelto sombrío. Los veo
observándome de nuevo, reevaluando las suposiciones iniciales
que hicieron de mí. Llevo una sencilla camiseta blanca, jeans y un
par de botas de cuero desgastadas, las prendas un poco gastadas por
los viajes. Tampoco son mías. Estoy segura de que entré con un
aspecto joven e ingenuo. Espero que vean la mirada angustiada en
mis ojos y espero que escuchen la verdad en mis palabras. Si lo
hacen, esto podría funcionar.
—Ningún jinete ha cabalgado por este país en dos décadas,
—dice finalmente el alcalde—. ¿Por qué aparecería uno ahora?
Intento encontrar mi paciencia. Nunca tuve la intención de ser
diplomática.
—No sé por qué —contesto—. En realidad, no tengo ninguna
de las respuestas. Todo lo que sé es que conocí a un hombre con
alas negras que se hacía llamar Muerte, y ha estado cabalgando de
pueblo en pueblo, matando a todos a su paso.
Una vez más, un ominoso silencio cae sobre la habitación.
—Por lo que puedo decir, este jinete no duerme, y tampoco
su corcel —digo—. Hay una cosa y sólo una cosa que lo impulsa:
la necesidad de aniquilarnos. Lo único que puedo intentar hacer es
advertir a ciudades como la suya. Si evacuas la ciudad, podrías
sobrevivir a la ira de la Muerte.
El jefe de policía se aclara la garganta.
—Hay un problema con tu historia —dice—. Si la muerte está
matando a todos con los que se cruza, entonces, ¿cómo sigues viva?
Ésta es la pregunta que he estado temiendo. Por supuesto que
querrían saber esto. No se me ha ocurrido una mentira lo
suficientemente convincente, así que voy con la verdad.
—No puedo morir.
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La habitación vuelve a quedarse en silencio; sólo que ahora,
siento el escepticismo colectivo y la desconfianza. Finalmente, el
alcalde se ríe sin humor.
—George tenía razón. Esto es un maldito desperdicio de
nuestro ...
—Puedo probarlo. —No quiero, pero puedo—. Solo necesito
un cuchillo y un poco más de su tiempo.
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Capítulo 8
Lexington, Kentucky
Octubre, año 26 de los Jinetes
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—Entiendo —digo suavemente, desenvainando mi navaja.
Esta no es la peor situación que pude imaginar. Supuse que
esta reunión podría desmoronarse y nunca llegaríamos tan lejos.
Pero vivimos en tiempos de pesadillas milagrosas. Desafiar a la
muerte no es tan loco como lo hubiera sido hace treinta años.
Mostrando mi antebrazo izquierdo, llevo mi cuchillo a la piel
expuesta. Dudo, inspirando profundamente. En realidad, nunca
había hecho esto antes, y mi estómago se revuelve ante la
perspectiva. Antes de que pueda arrepentirme, arrastro la hoja
contra mi antebrazo. Mi carne se separa inquietantemente fácil. El
dolor llega una fracción de segundo después, e incluso después de
todo lo que he soportado, sigue siendo un shock sentir ese agudo
pinchazo.
Respiro profundamente mientras mi sangre gotea de la herida
y dejo caer mi cuchillo sobre la mesa. Frente a mí, el jefe de
bomberos está de pie, sacando un pañuelo de su bolsillo.
—Para detener la sangre —explica—. Está limpio.
Dándole una mirada agradecida, se lo quito, limpiando la
sangre. Un momento después, rodeo la mesa y me dirijo hacia los
hombres con el brazo extendido.
—Pensé que querrías ver la herida de cerca —digo—. Solo
para que todos sepan que no es un truco.
Limpio la sangre, incluso cuando más mana en su lugar. A mi
alrededor, los tres hombres miran atentamente, el jefe de bomberos
incluso llega a tomarme el antebrazo y moverlo de un lado a otro.
—¿Cuánto tiempo tardará en sanar? —pregunta, soltando mi
brazo.
Niego con la cabeza.
—Una hora, tal vez dos.
—¿Dos horas? —El alcalde levanta una mano como diciendo,
¿qué sentido tenía esto?
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Y estoy de acuerdo: dos horas es demasiado tiempo para
esperar.
—Si eso es un problema —le digo— entonces llévenme a una
celda, enciérreme durante dos horas y comience a hacer planes de
evacuación. Si miento, puede mantenerme ahí —le reto—. Pero no
lo hago —agrego, con acero en mi voz—, así que es mejor que
empiece a prepararse.
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Esas fueron las mismas palabras que la Muerte me preguntó,
y ante el recordatorio, un escalofrío recorre mi espalda.
—¿Me crees ahora? —digo.
La sala de interrogatorios está en silencio.
—Porque si lo hace —digo en voz baja, tomando su silencio
por un sí—, entonces hay mucho que debemos hacer para
prepararnos, y no queda mucho tiempo para hacerlo.
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Capítulo 9
Lexington, Kentucky
Octubre, año 26 del Jinete
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Los que están más abajo en la autopista no tienen tanta suerte.
Veo a un hombre de pie, parado en medio de la calle, sacudiéndose
el polvo como si su vida no estuviera amenazada en este mismo
momento.
—Muévete —murmura la oficial Ormond en voz baja,
notando al mismo hombre.
Aprieto los labios, haciendo una mueca. No sé cuánto tiempo
le quedan al resto de estas personas. Oigo el eco de los cascos del
caballo contra el asfalto. Se me eriza la piel y entonces ... Ahí está.
La Gran Muerte alada.
Por un momento, no puedo respirar.
Odio, es una palabra tan suave para lo que siento por el jinete.
Y, sin embargo, verlo me duele por dentro. Es hermoso y terrible y
más que un poco mítico mientras cabalga por la carretera. A su
alrededor, la gente cae muerta. Algunos gritan, algunos incluso
pueden darse la vuelta y correr hacia nosotros y esos no mueren.
Al menos todavía no.
Durante un segundo, me quedo atónita ante el espectáculo.
En Georgia, la Muerte mató a todos mucho antes de llegar a ellos.
Y aunque estoy agradecida de que estos viajeros que huyen y los
oficiales apostados no hayan muerto, todavía me sorprende que el
alcance del poder del jinete haya cambiado.
A mi lado, el arco aceitado de Kelly cruje al tensar la cuerda
y es, ese sonido sutil, lo que me saca de mis propias cavilaciones.
Apunto mi flecha y me obligo a despejar mi mente mientras espero
el aviso.
Los segundos pasan como minutos. Luego, en la distancia,
alguien silba, y esa es toda la señal que necesito.
Por favor, no falles.
Lanzo mi flecha junto a la de la oficial Ormond y media
docena más. Los proyectiles cortan el viento.
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El jinete solo tiene tiempo para protegerse con un brazo y las
alas, antes de que las flechas lo atraviesen. Muchas rebotan en su
armadura, pero varias más le perforan las alas y al menos una le
atraviesa la garganta. Puedo escuchar el sonido ahogado que hace
cuando su caballo se encabrita.
Bajo el ataque, las alas de Muerte parecen arrugarse y el
cuerpo del jinete se desliza fuera de su caballo, golpeando el suelo
con un ruido sordo. Incluso mientras cae, coloco otra flecha en mi
arco y la suelto, al igual que los otros oficiales. Una y otra vez las
soltamos.
—Disparad hasta que caiga —dije anoche en la habitación
llena de hombres y mujeres uniformados—. Y luego continuad
disparándole. Disparad hasta que os quedéis sin flechas.
Eso es lo que hacemos. Vaciamos nuestros carcajes y
lanzamos las flechas al jinete hasta que su caballo se aleja y la
Muerte se parece más a un puercoespín que a cualquier otra cosa.
Mientras tanto, los últimos viajeros vivos huyen para salvar sus
vidas, sus gritos se vuelven cada vez más distantes a medida que se
alejan más de nosotros.
Finalmente, nuestra descarga de proyectiles disminuye, el
silencioso silbido de las flechas se desliza en el silencio.
—Mierda —Kelly respira junto a mí. Luego se desploma
contra la pared, dejando caer su arco—. Lo hicimos.
—Lo hicimos —digo en voz baja, todavía mirando la forma
inmóvil de la Muerte. Todo tipo de emociones conflictivas se
remueven dentro de mí.
Derribamos a un ángel.
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Me arrodillo al lado del jinete y me trago mi propio grito
ahogado cuando veo el daño que le hemos infligido, daño en el que
insistí. Tengo que luchar contra las ganas de vomitar. Nunca había
hecho algo así antes, y la vista me llena de un profundo
remordimiento.
Te mató dos veces, y probablemente no dudaría en hacerlo
por tercera vez si te pusieras en su camino.
El pensamiento disminuye el malestar que siento, pero solo
ligeramente. Coloco una mano sobre la armadura plateada del
jinete, mis ojos detenidos por un momento en una procesión de
dolorosas hendiduras en el revestimiento de metal. Inclinándome
hacia su cabeza devastada, susurro:
—¿Muerte?
Nada. No se mueve en absoluto.
Tengo está loca necesidad de quitar las flechas una por una y
limpiar su cuerpo, pero no tengo la oportunidad. Detrás de mí
escucho las pisadas de otros que vienen a inspeccionar al jinete.
Una extraña oleada de protección brota dentro de mí. Mi mano se
aparta de su armadura plateada.
—Que nadie lo toque —digo con voz ronca, poniéndome de
pie y luego girándome para enfrentar a la multitud entrante. Me
siento como una leona defendiendo su muerte.
— ¿Quién lo dice? —grita una voz familiar.
Mis ojos se centran en el hombre que habla. ¡Que me
cuelguen! Es el mismo funcionario que salió ayer de la reunión, el
que pensó que estaba loca. ¿Cómo se llamaba …?
George.
No me había dado cuenta de que ese mismo hombre había
sido destinado aquí. Mis ojos se dirigen a la placa de sheriff
prendida sobre su pecho. Tampoco me di cuenta de que estaba
involucrado en la aplicación de la ley.
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—Lo digo yo. —Me encuentro con su gélida mirada—. Hasta
ahora, soy la única persona que la Muerte no ha podido matar. —
Algo de lo que la mayoría de la gente aquí es consciente; todos
fueron informados sobre mí anoche.
—Eso es ridículo —dice George, acercándose a mí de todos
modos. Y luego pasa a mi lado, y no hay nada que pueda hacer para
detenerlo—. Ni siquiera sabemos si está muerto.
El resto de los oficiales y una creciente multitud de
espectadores forman un semicírculo a nuestro alrededor, mirando
con curiosidad al ser alado, su cuerpo sembrado de flechas.
—¿De verdad tienes alguna duda? —digo, luchando contra el
impulso de arrastrar lejos al insufrible George. Sería inútil; el
hombre es mucho más grande que yo.
Haciendo caso omiso de mis palabras, George se acerca al
jinete, presumiblemente para comprobar su pulso. En el momento
en que sus dedos rozan la carne del jinete, su cuerpo se pone rígido
y luego se desploma de golpe, medio encima y medio fuera del
cuerpo de Muerte. Se me corta el aliento.
—¿George? —llama otro oficial, y después de un momento
me doy cuenta de que no es solo un oficial, es Jeb, el jefe de policía.
—George —dice el jefe Holton de nuevo, ahora más severo.
Se encoge de hombros, se quita el arco y el carcaj y da un
paso adelante.
—Espera —le digo, dándole una mirada significativa—. Deja
que lo haga yo.
Jeb hace una pausa. Su mandíbula se abre, pero después de
un momento, asiente con la cabeza.
Me arrodillo al lado de George y coloco mis dedos en el
interior de su muñeca. No hay pulso. Lentamente mis ojos se
elevan, encontrándose con los de Jeb. Niego con la cabeza, luego
coloco el brazo de George suavemente en el suelo, incluso mientras
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escucho un grito ahogado en la multitud. Aparentemente, el jinete
puede matar incluso cuando él mismo está muerto.
Miro hacia atrás, a la Muerte.
—Esta es la parte que acordamos, Jeb —le digo en voz baja
al jefe de policía.
Sólo había pedido algunas cosas ayer, cuando empecé a
coordinar esta encerrona con los oficiales de Lexington, pero en lo
que más me había empeñado era llevarme el cuerpo de la Muerte.
El jefe Holton se pasa una mano por la boca y luego se vuelve hacia
el resto de la multitud. Después de un momento, se aclara la
garganta.
—Enhorabuena —les dice—. Juntos hemos detenido a la
Muerte en persona. Hoy estamos todos vivos porque le hemos
hecho caer. Pero hay mucho que aún no sabemos sobre este jinete.
Así que, en términos de supervivencia, necesito que todos regresen
a sus puestos. Si son parte de los equipos de evacuación, por favor,
comprueben con su supervisor para más instrucciones. Si no, les
sugiero que vuelvan a casa, cojan los pocos objetos que puedan y
evacuen la ciudad.
—¿Qué? —dice un policía, sorprendido por la noticia.
Varios otros también protestan.
—¿Qué pasa con el Diputado Ferguson? —Alguien más se
queja, y creo que se refiere a George, que todavía está desplomado
sobre Muerte.
—Yo me ocuparé de George. Ahora pónganse en marcha.
Los oficiales no se van de inmediato. Sea lo que sea lo que
esperaban que ocurriera, no es esto. Jeb los mira fijamente.
—¿Queréis que os espose a todos? —amenaza—. Moveos.
Eso parece animar a la multitud. Los curiosos y los policías
se dispersan. Lleva otro minuto, pero finalmente, el Jefe Holton y
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yo estamos solos. El jefe de policía de Lexington mira a Muerte y
luego niega con la cabeza.
—No sé si te había creído completamente hasta ahora. —
Suelta un suspiro—. ¿Necesitas ayuda? —pregunta.
—Aunque la necesitara —digo— no creo que pudieras darla.
No, sin terminar como George.
Los ojos del jefe Holton se mueven hacia el hombre en
cuestión y de repente parece una década más viejo y muy, muy
cansado.
—Podría haber sido peor —digo.
El jefe de policía asiente.
—¿Crees que se mantendrá alejado? —pregunta.
Niego con la cabeza. No si es como yo.
—A menos que pueda ser detenido para siempre —digo—.
Tengo la sensación de que volverá. Pero espero poder llevarlo lo
suficientemente lejos de Lexington para que usted y el resto de la
ciudad tengan tiempo para evacuar por completo.
El jefe de policía asiente con la cabeza, todavía con aspecto
cansado. Mira los edificios que ocupamos recientemente.
—Debes irte —insisto—. Yo me encargo de esto.
Aunque no sé cómo lo voy a hacer, pero él no necesita
saberlo.
—¿Y no vas a morir? —pregunta, escudriñando al jinete.
A modo de respuesta, me arrodillo junto a Muerte y coloco
mi mano contra lo que puedo de su mejilla.
—No puede matarme —insisto. Al menos, no mientras él
mismo esté muerto.
El jefe Holton deja escapar un suspiro negando con la cabeza.
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—La escuela dominical nunca me preparó para esta mierda.
—Después de un momento, señala con la barbilla a George—.
Alguien va a tener que recoger a mi amigo allí —dice. Se vuelve
hacia el camino por donde vinimos, entrecerrando los ojos para ver
a la gente en la distancia—. Y habrá más personas usando esta
carretera para evacuar. Puedo darte una hora para que te vayas, pero
no mucho más.
Con suerte, una hora es todo lo que necesito. Jeb se da vuelta
para irse, luego hace una pausa.
—Gracias por venir aquí —dice—. Fue algo asombrosamente
decente por tu parte.
Le doy una pequeña sonrisa y miro mientras se gira y se va,
esta vez para siempre. Y me quedo sola con Muerte.
Por un momento, todo lo que hago es mirar al jinete. Está
gravemente mutilado y me sorprende descubrir que eso me
molesta: las heridas, su dolor, todo eso. No es un hombre de quien
compadecerse. Y, sin embargo, no puedo dejar de repetir la forma
en que se cayó de su caballo mientras seguíamos disparándole.
Me pongo de pie, luego me alejo del jinete, preocupada de
que, si aparto la mirada, aunque sea por un momento, simplemente
podría desaparecer. Al final, tengo que dar la vuelta para poder
recuperar mis cosas. Entre ellas, mi bicicleta y un carro prestado
que Jeb me dejó engancharle.
No voy a ausentarme más de cinco minutos, pero me
aterroriza que cuando vuelva con él, me encuentre con otro cadáver
desplomado contra su cuerpo, o peor aún, que se haya ido por
completo.
Respiro aliviada cuando vuelvo y miro a Muerte, está
exactamente como lo dejé. Monto en mi bicicleta y engancho el
carrito a su lado. Saltando de la bici, me muevo a la parte trasera
del carrito, donde ya he guardado mi bolso y mis armas. Bajo la
rampa y luego giro hacia el jinete. Ahora lo imposible: levantarlo.
En teoría, no debería ser difícil, pero el hombre pesa tanto como
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una maldita ballena, en el momento en que pongo mis brazos
debajo de sus hombros, estoy segura de que sus alas intentan
asfixiarme deliberadamente, y sigo teniendo plumas en mi boca y
media docena de puntas de flecha ensangrentadas ahora se clavan
en mi piel.
—¿Por qué tienes que ser un gigante tan imbécil? —Le
pregunto mientras lo arrastro centímetro a centímetro
dolorosamente por la rampa poco profunda del carrito.
Apenas lo he metido completamente cuando mis piernas
ceden y colapso, su cuerpo cae sobre mí. Me quedo allí por un
momento, maldiciendo a Dios por no poder morir. Al menos
entonces nunca me habría encontrado en esta maldita embarazosa
situación.
Al fin, me libero, mi mano rozando, ese cabello oscuro y
ondulado, y el cuello ensangrentado de Muerte en el proceso. Mi
corazón late desbocado mientras miro al hombre caído, y trato de
decirme a mí misma que es solo miedo y no ... bueno, no es nada
más, así que es inútil tratar de ponerle un nombre.
Empujo las botas de Muerte en el estrecho carro y cierro la
parte trasera. Una vez hecho esto, saco mi cinturón y mi cuchillo
enfundado de mi bolso y me los pongo. Por si acaso las cosas salen
mal. Me subo a la bicicleta, pongo los pies en los pedales y salgo
de Lexington con un jinete muerto a mis espaldas.
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Capítulo 10
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kilómetros para descansar. Estoy más que agotada.
Aún así, sigo adelante hasta que estoy literalmente demasiado
exhausta para seguir pedaleando. Solo entonces, inclino mi
bicicleta hacia el arcén de la carretera y la dejo rodar hasta
detenerse. Detrás de mí, sigue el caballo de la Muerte.
Balanceo mi pierna sobre mi asiento y me deslizo, pateando
el soporte de la bicicleta. Todo lo que quiero hacer es colapsar en
el suelo y dormir hasta que mi cansancio desaparezca.
Tengo que montar un campamento. La idea casi me destruye.
No estoy del todo segura de tener la capacidad de hacer una cama
adecuada, y mucho menos de montar un campamento. Aún así, me
acerco al carro para coger al menos una manta de mi bolso. Sin
embargo, una vez que llego al carrito, dudo. Estoy bastante segura
de que casi todas las flechas han sido expulsadas del cuerpo de
Muerte, lo que significa que se está curando… y muy, muy
rápidamente.
Miro fijamente el cuerpo alado del jinete. Una de mis manos
se mueve hacia el cuchillo a mi lado, y espero a que salte y me
sorprenda. Cuando pasa un minuto y no pasa nada, me obligo a
tomar varias respiraciones largas y constantes.
Asumo que él no puede morir, entonces... ¿Qué pasa si se
despierta mientras yo duermo? Me rompió el cuello cuando me
consideraba una molestia. ¿Qué hará ahora que le he hecho daño
de verdad? Tengo que estar preparada.
Miro alrededor. Árboles gruesos bordean la carretera; podría
dormir escondida en algún lugar entre ellos... Tal vez él no iría a
buscarme, o si lo hiciera, tal vez me despertaría a tiempo, y tal vez
a la luz del día, esta línea de árboles en realidad no me esconderá
en absoluto. La idea de que el jinete me descubra y venga a por mí
me aterroriza más allá de lo creíble.
Simplemente podría huir. Mis piernas casi ceden ante el
pensamiento. No me quedan fuerzas. Las gasté todas para llegar lo
más lejos posible. No sé qué opciones me deja eso. Mi mirada
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vuelve al jinete. Las pocas veces que me he despertado de la
muerte, me ha costado un momento orientarme. Quizás sea lo
mismo para él.
Si fuera capaz de despertarme justo cuando empiece a
despertarse el jinete, podría todavía tener la ventaja. Pero eso
significaría... eso significaría entrar allí con él.
No absolutamente no.
Entonces, huyo.
Antes de que pueda pensarlo dos veces, me estoy arrastrando
hasta el carro para coger mis cosas. Simplemente cogeré mi bolso,
mi arco y carcaj y me iré.
El carro se balancea un poco cuando me subo a el y tengo que
reprimir un gemido. Mis extremidades aún tiemblan de cansancio,
y eso hace que andar a tientas por el carro en la oscuridad sea
mucho más difícil.
¿Dónde están mis cosas? ¿Dónde están? ¿Dónde están? Mis
manos siguen cerrándose alrededor de flechas y nada más. Levanto
una de las alas de Muerte e inmediatamente la dejo caer.
¡Está caliente! Miro con horror al jinete.
—¿Muerte? —susurro. Ninguna respuesta—. No creo que
estés muerto —añado.
Nada. Quizás todavía lo está. Tal vez así es como se siente un
cuerpo de no-muerto antes de despertar. Solo hay una forma de
saberlo. Necesito comprobar su pulso. Ojalá no me rompa el cuello
en el momento en que lo haga.
Me arrodillo junto a él, luchando contra la fatiga mientras
tanteo alrededor de su armadura hasta encontrar su mano. Llevo
dos dedos a su muñeca, pero no hay pulso. Aun así, si aún no está
vivo, probablemente lo estará pronto. Un amargo alivio me recorre,
aunque lo último que debería sentirme es aliviada. El hecho de que
- 65 -
no se pueda matar a la Muerte hace que detenerlo sea mucho más
complicado.
Dejando su mano en el suelo del carro, continúo buscando mi
bolso, parpadeando varias veces mientras siento que mis ojos se
caen por el sueño. Mis dedos rozan más flechas sueltas.
Finalmente, mi mano se cierra sobre mí mochila.
¡La encontré!
Tiro de ella, solo para descubrir que está inmovilizada debajo
de los hombros y las alas de Muerte. Vaya mierda, ya puedo darla
por perdida.
Me recuesto contra la pared del carro, mis piernas rozando al
jinete. Estoy más que exhausta, todo lo que quiero hacer es dormir,
y mi gran plan de huir acaba de irse al infierno. Mis ojos comienzan
a cerrarse. Oh Dios aquí no. Necesito salir del auto... Mi cuerpo
no tiene intención de hacerlo.
Por lo menos, necesito degollar al jinete o hacer algo drástico
para mantenerlo muerto por más tiempo. Casi siento arcadas ante
la perspectiva. Una matanza es suficiente por un día. Me froto los
ojos. Al menos debería atarle las manos. De acuerdo, puedo hacer
eso. Aunque parece imposible, y me duele la cabeza simplemente
tratando de averiguar qué necesito usar como cuerdas, puedo
hacerlo.
Solo necesito un momento para descansar… No he podido
descansar, y estoy muy, muy cansada… pero luego lo haré… Solo
necesito un poco…
Me despierto de golpe al sentir que mi cuerpo se inclina hacia
adelante. Me levantó, pero luego decido acostarme en el carro.
Buscaré las cuerdas en un minuto. Voy a cerrar los ojos solo un
momentito, ahora lo hago…
En algún lugar de mi mente, soy consciente de que esta es una
grandiosa mala idea, pero se está calentito aquí, junto al jinete, y
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estoy demasiado agotada para entrar en pánico, demasiado cansada
para preocuparme mucho.
Voy a descansar aquí un minuto… luego me levantaré…
Esta vez, cierro los ojos del todo.
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Capítulo 11
Bardstown, Kentucky
Octubre, año 26 de los Jinetes
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Sólo hazlo. Ya te lo ha hecho antes.
Pero no tengo el corazón para hacerlo. No ahora mismo,
cuando está tan indefenso. Se siente... mal. Alejo mi mano de mi
cuchillo, por ahora. Solo entonces me doy cuenta del humo que
flota rodeándonos perezosamente. Cómo no me di cuenta antes es
un misterio; me he estado ahogando con los vapores fragantes
desde que me desperté.
Me incorporo y busco el origen del humo. Después de un
momento, veo la extraña antorcha de la que procede. Descansa en
la esquina del carro, y por su carcasa decorativa de plata, sé
exactamente a quién pertenece.
¡Coge tus cosas y vete!
En silencio, cojo mi arco y mi carcaj de donde descansan a
mis pies. No me extraña que no los encontrara anoche. Había
estado buscando en el área equivocada todo el tiempo. Sin apartar
los ojos del jinete, los agarro en silencio y los bajo a la tierra fuera
de la carreta. Luego examino el vagón en busca de ese maldito
bolso mío. Por fin lo veo, encajado entre el hombro y el ala del
jinete.
Oh vamos.
Trago saliva, con la mirada fija en la mochila.
Solo déjala.
Pero maldita sea, contiene los últimos objetos que poseía
antes de que mi vida fuera destruida, y realmente, realmente no
quiero separarme de ellos. Mi mirada vuelve al jinete. Quién está
vivo y quién podría despertar en cualquier momento.
Puedo hacer esto. Soy valiente y no voy a permitir que este
imbécil me cueste la última de mis posesiones personales. Ya se ha
llevado bastante.
Con esa charla de ánimo, desenvaino mi daga y me muevo
lentamente hasta que me arrodillo a cada lado del jinete, atrapando
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sus piernas entre las mías. Llevo el cuchillo hasta su cuello y
alcanzo mi bolso. Se necesita un tirón contundente, pero finalmente
consigo sacar la mochila.
Debajo de mí, el jinete se mueve, sus cejas negras se juntan
antes de suavizarse. Creo que me estoy quedando sin tiempo.
Podría salir corriendo ahora, pero, hay otra opción, una que es
demasiado tentadora para mi lado vengativo.
Así que, después de arrojar mi bolsa a la hierba junto al carro,
me quedo allí, con el cuchillo presionado contra su cuello, y espero
a que se despierte. No puedo evitar mirarlo. Su rostro está intacto,
como si no hubiera sido atravesado por varias flechas hace solo un
día. Más extraño aún, no hay una mancha de sangre en él.
Eso es diferente.
Cada vez que muero, por breve que sea, siempre he dejado
algún rastro. Ropa rasgada, piel ensangrentada, algo. Pero mirando
al jinete, es como si ayer simplemente no hubiera sucedido en
absoluto. Frunzo el ceño mientras lo estudio. Nunca había visto a
nadie tan ... tan grotescamente guapo, guapo y letal. Debería haber
un nombre para ese tipo de belleza, del tipo que literalmente mata.
Mientras mantengo la vigilia, vuelve a moverse. Solo que esta vez,
sus ojos revolotean, luego se abren de golpe. Lo primero que ve es
a mí.
—Hola de nuevo, Muerte —digo—. ¿Me extrañaste?
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Capítulo 12
Bardstown, Kentucky
Octubre, año 26 de los Jinetes
Comienza a incorporarse.
—Ah ah —digo, presionando el cuchillo un poco más firme
contra él—. Yo no haría eso si fuera tú.
Observa la hoja. Cuando vuelve a mirarme, sus ojos brillan
con malicia.
—¿Pretendes hacerme daño?
Me inclino más cerca.
—Ya lo he hecho.
Le toma un momento recordarlo, pero finalmente los ojos de
Muerte se entrecierran sobre mí.
—Las flechas —murmura—. Fuiste tú.
Realmente no fui yo. Estoy bastante segura de que mis propios
tiros se desviaron. Pero todavía me atribuiré el mérito del ataque.
—Juré que te detendría.
No veo el movimiento de la mano del jinete hasta que me
rodea el cuello. Había olvidado lo rápido que es. No aprieta y no
me molesto en intentar apartar sus dedos de mí. Esta es la maldita
retribución que temía, pero me sorprende lo poco asustada que
estoy ante ella.
—Suéltame o te cortaré el cuello —digo suavemente.
Él suelta una carcajada baja, llena de amenaza. Sin embargo,
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retira su mano de mi cuello. Me doy cuenta, un segundo demasiado
tarde, que lo hace sólo para poder rodear mi cintura con un brazo y
voltearnos, obligándome a caer al suelo del carro. Con el
movimiento, mi cuchillo le corta la garganta.
Muerte maldice, arrebatando la hoja de mi mano y
arrojándola lejos. Luego, una vez más, me inmoviliza por el cuello.
Ahora él es el que se cierne sobre mí, la sangre de su herida gotea
sobre mis labios y barbilla. En el momento en que pruebo su sabor
a hierro, empiezo a luchar de nuevo.
—Mujer tonta —sisea—. Deberías haberme degollado antes
de despertar.
Lo sé.
Espera a que deje de forcejear, mirándome fijamente con
unos ojos que parecen brillar.
—Matarme no detendrá nada. No puedes salvar a tu gente —
dice, con su peso aplastándome.
—No para siempre —estoy de acuerdo—, pero voy a hacerte
trabajar por cada una de esas muertes.
Prácticamente gruñe su descontento, sus plumas se erizan en
su espalda.
—Déjalo ya —dice—. No estoy interesado en luchar contigo.
Levanto la barbilla.
—Entonces detén la matanza.
Sus fosas nasales se dilatan, y tal vez sea mi imaginación,
pero el jinete parece realmente enfadado.
—¿Crees que quiero estar aquí? ¿Qué me gusta cabalgar por
las ciudades y hacer esto?
—Si no te gusta hacerlo, entonces esa es una razón más para
dejar de hacerlo.
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Frunce el ceño, luciendo feroz.
—La gente se va cuando es su momento, Kismet, y no me
corresponde hacer excepciones.
Ya he tenido suficiente de esto. Lo golpeo.
—No. Es. Nuestro. Momento. —Cada palabra está marcada
por un golpe de mi puño o un empujón de mi bota.
Mi ataque es desordenado y el jinete esquiva cada golpe, pero
eso no me impide seguir golpeándolo. Juro por su santurrón dios
que voy a arrancarle esos estúpidos ojos. Se aleja, consiguiendo
mantenerse justo fuera de mi alcance.
—¿Piensas hacerme daño otra vez, mortal? Te olvidas de
quién soy.
La Muerte no se molesta en apretarme el cuello y sin
embargo... Mi espalda se arquea y mis ojos se agrandan cuando el
dolor me atraviesa.
¿Qué estás haciendo? Intento decir, pero la sensación me
quita el aliento. Se siente como... como si me estuviera
marchitando. Como si me estuvieran chupando la vida de mi carne.
Miro fijamente a los ojos de Muerte mientras me quita la vida.
Eso debe ser lo que está haciendo. Siento que los años se me
desprenden de los huesos y me devoran de dentro hacia afuera.
Intento gritar, pero me sale un llanto estrangulado.
Cuanto más tiempo me mira el jinete, más cambia su
expresión, frunciendo las cejas confuso. Esa sombría fachada suya
lo delata y su pecho sube y baja cada vez más rápido. Ahora me
aferro a la mano envuelta alrededor de mi cuello y trato de soltarla.
Estoy totalmente indefensa, demasiado débil para quitarme el
agarre de la Muerte. Me ahogo con mi propio aliento. La próxima
vez que atrape a este monstruo, definitivamente lo apuñalaré antes
de que se despierte.
- 73 -
De repente, la Muerte lanza un grito de frustración. Entonces
me suelta, alejándose tanto como puede.
—¿Por qué hiciste esto? —exige, mirando hacia el cielo—.
No quiero sentirme así.
Me quedo allí tumbada, tratando de tomar aire. Él se balancea
saltando fuera del carro, rodeándolo para llegar a su caballo,
preparándose para huir de mí una vez más. Cuando pasa a mi lado,
hace una pausa, sus ojos se dirigen a los míos. Me observa, parece
perturbado por lo que ve.
—Lo siento —dice, entrecortando las palabras.
—No lo sientas —jadeo—. La próxima vez que nos veamos,
planeo destriparte vivo.
Y esta vez no dejaré que mi maldita conciencia se interponga
en mi camino.
- 74 -
Capítulo 13
Cincinnati, Ohio
Noviembre, año 26 de los Jinetes
- 75 -
estado ahí de pie observándome? La mirada de Muerte se dirige a
mi arco.
—Tu arma no te protegerá, Kismet.
—¿Qué estás haciendo aquí? —exijo. Estoy respirando más
rápido de lo que debería, la sorpresa me pone de los nervios.
—Me has estado siguiendo —afirma.
Mi corazón late como un loco. Podría dispararle ahora.
Probablemente fallaría, pero nunca se sabe. El jinete avanza,
arrastrando las puntas de sus alas por el suelo.
—Mantén la distancia —le advierto.
—¿De verdad crees que tu arco me asusta? —pregunta.
—Voy a disparar.
—Ah, entonces eres tú quien tiene miedo. —Inclina la
cabeza—. ¿No te gustó mi toque?
Creo que deliberadamente está tratando de asustarme y
maldito sea, pero está funcionando. Incluso ahora recuerdo cómo,
bajo su mano, sentía como si mi vida se filtrara por mis poros.
—¿Por qué me estabas esperando? —exijo.
—¿Por qué me persigues? —responde.
Frunzo el ceño ante eso.
—Ya sabes por qué. Debes ser detenido.
—¿Debo? —responde, acercándose cada vez más—. Quizás
es a ti a quien hay que detener.
Necesito dispararle. No sé por qué todavía no he lanzado mi
flecha.
- 76 -
—¿Es por eso que estás aquí? —pregunto, mi mirada se
desplaza a nuestro alrededor antes de volver a él—. ¿Porque
querías detenerme?
—Quería hablar contigo —dice.
Un escalofrío me recorre cuando me doy cuenta de que soy la
única persona con la que realmente puede hablar. No conozco los
matices de su poder, pero dondequiera que va mata. Quizás soy la
única persona con la que ha hablado alguna vez.
—No puedes hacer que cambie de opinión respecto a ir a por
ti —le digo.
—¿Quién dijo algo sobre cambiar de opinión? —Su mirada
recorre mi cuerpo y regresa a mi cara, evaluándome. Solo que, sus
ojos se demoran demasiado en mi boca, y cuando finalmente se
levantan para encontrarse con mi mirada, hay tantas emociones en
esos ojos. Siento que, si miro demasiado tiempo, me caeré en ellos
y me ahogaré.
—Tú y yo estamos destinados a soportarnos mutuamente —
dice el jinete en voz baja mientras se acerca a mí; ahora no está a
más de tres metros de distancia.
—No te acerques más —le digo—. Lo digo en serio.
De mala gana, Muerte se detiene. Lo miro de la misma
manera que él me miró. Odio que todo lo relacionado con él me
parezca hermoso, desde ese rostro antiguo y trágico hasta esas alas
extrañas, su enorme figura y su intrincada armadura plateada. Todo
me llama. La comisura de su boca se levanta cuando me ve
escudriñarlo.
—¿Cuál es tu nombre? —pregunto, manteniendo mi flecha
apuntando a su pecho—. ¿O solo te llamas Muerte?
—Oh, tengo muchos nombres. —Su mirada regresa a mis
labios y un músculo de su mandíbula se flexiona.
—¿Y cuáles son?
- 77 -
—Anubis. Yama. Xoltol. Vanth. Caronte. Mors. Mara.
Azrael, y muchos, muchos otros. —Sus ojos se mueven
rápidamente hacia los míos—. Pero para ti, Thanatos.
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Capítulo 14
Cincinnati, Ohio
Noviembre, año 26 de los Jinetes
- 79 -
—¿De verdad crees que estás haciendo alguna diferencia? —
dice, acercándose hasta que su pecho roza el mío—. ¿Siguiéndome,
disparándome?
Está claramente cabreado, lo que significa que al menos estoy
haciendo algo bien.
—La gente está escapando de ti, sobreviviendo a ti —digo—
así que sí, creo que estoy marcando la diferencia.
Su expresión cambia, parece casi divertido.
—Esa era una sola ciudad, una ciudad que aniquilé solo unas
horas después de irme de tu lado ese día. Y he erradicado más de
una docena de otras ciudades desde entonces. Tus esfuerzos son
sinceros —reconoce— pero en vano.
Antes de que pueda responder, Thanatos me sorprende
tomando mi mandíbula, sus ojos recorriendo mi rostro.
—Toda la creación recae en mí, Kismet. Reyes y mendigos, bebés
y guerreros. Ballenas y moscas, secuoyas y dientes de león. Todo
termina. Y cuando lo haga, estaré allí para reclamarlo. No me
detendrás hoy, ni mañana, no me detendrás nunca. Pero, a pesar de
todo el sentido común, creo que disfruto viéndote intentarlo.
Entonces suelta mi mandíbula. Me tambaleo hacia atrás
cuando él se aleja de mí.
—La próxima vez que nos veamos, Lazarus, no seré tan
amable contigo —advierte, con las alas extendidas—. Pero ven por
mí de todos modos. Disfrutaré de nuestra reunión.
Salta hacia el cielo, sus enormes aleteos esparcen aún más mis
flechas por la calle. Con una última mirada de despedida, se aleja
volando de mí.
- 80 -
Capítulo 15
Ames, Iowa
Diciembre, año 26 de los Jinetes
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despreocupadamente por la I-35, la carretera que pasa por debajo
de este paso elevado.
Antes de que tenga la oportunidad de verme, cruzo al otro
lado del paso, casi tropezando con trozos de asfalto roto mientras
lo hago. He mejorado en el tiro con arco, pero mis dedos están
demasiado entumecidos para disparar con éxito al jinete en su
corcel. Así que hoy, voy a hacer algo un poco diferente.
Me subo al muro bajo del paso elevado y, colocando una
mano en el frío hormigón, me agacho allí, con la mirada fija en la
autopista de abajo. Una parte del paso elevado a mi izquierda se ha
derrumbado, creando una especie de cuello de botella justo debajo
de mí, uno por donde el jinete tendrá que pasar. Estoy pensando en
aprovecharlo.
Mi aliento se empaña mientras lo espero. Tarda un par de
minutos, pero al final oigo el constante repiqueteo de los cascos de
su corcel a medida que se acerca más y más. Sigilosamente, retiro
mi cuchillo mientras miro la carretera debajo de mí. Ahora esos
cascos resuenan y me tenso cuando cruza por debajo del paso. Los
segundos parecen alargarse mientras espero.
Al fin, veo la cabeza moteada de su caballo a seis metros por
debajo de mí, luego veo las ondas negras del cabello de Muerte y
su armadura plateada mientras mira hacia adelante, sin darse cuenta
de mi presencia.
Salto.
Por un momento, mientras estoy en el aire, me doy cuenta de
lo absolutamente estúpida y propensa al fracaso que es esta idea.
Pero para entonces ya es demasiado tarde.
En lugar de aterrizar en la silla, como me había imaginado
con tanta elegancia, choco contra el jinete. Gruñe cuando lo derribo
del caballo, los dos caemos a la carretera. Todo el asunto es
doloroso y más que un poco embarazoso, pero antes de que Muerte
pueda reaccionar, lo apuñalo en el cuello.
- 82 -
—Lazarus —dice con voz ronca, alcanzando su garganta. La
sangre se desliza entre sus dedos y un pequeño sonido se escapa de
mis labios.
He peleado con este hombre antes. Lo lastimé y lo maté antes.
Pero esto es... íntimo de una manera grotesca. Disparar a alguien
desde la distancia es mucho más impersonal que esto. Retiró la
daga, la suelto como si me quemara, mis náuseas aumentan. Sin
embargo, es demasiado tarde para arrepentirse. Hay sangre por
todas partes y la herida que he infligido es demasiado profunda.
Los párpados de Thanatos se cierran y, segundos después, su
cuerpo se debilita. Es dolorosamente silencioso.
No hay nada que alivie las secuelas de este violento momento.
Me duelen el hombro y el pecho por la caída, y todavía tengo
náuseas por mi propia violencia, pero me obligo a levantarme.
Moviéndome como una anciana chirriante, vuelvo al paso
elevado para agarrar mis cosas. Cuando regreso al lado del jinete,
finalmente noto el olor. Incienso y mirra. Miro hacia arriba y veo
al caballo de la Muerte a seis metros de distancia, la antorcha del
jinete sobresaliendo de una de las alforjas. Un humo brumoso y
perfumado flota en el aire y un escalofrío me recorre.
Conozco lo suficiente al jinete para saber que la muerte no lo
detendrá por mucho tiempo. La única forma real de retener al jinete
es quedarse y matarlo de nuevo antes de que se despierte. Me he
enfrentado a este problema antes. Todavía no puedo soportar la
idea, especialmente después de lo que acabo de hacer.
Podrías mantenerlo cautivo.
El pensamiento hace que mi respiración se detenga.
Podría mantenerlo cautivo.
Sería como intentar frenar un huracán. No puedes detener una
fuerza de la naturaleza. Eso no reprime mi creciente entusiasmo.
Quiero decir, ¿quién sabe? Quizás pueda controlarlo.
En realidad, solo hay una forma de averiguarlo.
- 83 -
Muerte despierta en el suelo de un granero abandonado. El
lugar huele a moho y animales mojados. Ah, y a humo perfumado:
el caballo de la Muerte decidió unirse a nosotros aquí. Y para ser
justos, con el incienso, cubre bastante bien los otros dos olores.
Me siento con las piernas cruzadas frente a Thanatos, mi
cuerpo todavía me duele por todo el esfuerzo que tomó traer a este
hombre demasiado grande y alado aquí.
Mientras lo miro, sus párpados se agitan, luego parpadea. Es
una magia extraña, ver a Thanatos regresar de entre los muertos.
Más extraño aún ver su sangre desaparecer de mi ropa y su
armadura, que descarté cerca del paso elevado, reaparecer en su
cuerpo. Inmediatamente, su mirada se concentra en mí.
—Lazarus. —Por un momento, sonríe, como si no pudiera
evitarlo. La vista es tan impactante que mi corazón se acelera al
verla—. ¿A qué debo este placer poco común?
El jinete intenta mover los brazos de donde está acostado de
costado, pero lo até con un trozo de cuerda que normalmente uso
como cinturón. No es el material más grueso, pero lo compensé
atándolo bien. Se mira las manos y los tobillos atados, y su sonrisa
se desvanece.
—Me derribaste —recuerda. Trato de no estremecerme ante
el recuerdo de mi salto sin gracia. Su mirada se eleva hacia la mía—
. Y luego me apuñalaste. —La acusación ata sus palabras—. Y
ahora ... —Su atención vuelve a sus ataduras.
—Eres mi prisionero —le digo mientras se incorpora
torpemente a la posición de sentado. Sus alas se elevan en su
espalda mientras lo hace y frunce el ceño.
—¿Soy tu …? —Entonces sonríe—. Prisionero. —pronuncia
la palabra con gusto y tal vez con una pizca de humor, y tal vez
debería apuñalarlo de nuevo. Solo, ya sabes, para recordarle la
dinámica de poder aquí.
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Mueve la cabeza hacia atrás para colocarse un mechón de
pelo detrás de la oreja, y yo me sobresalto un poco por la repentina
acción, mi adrenalina aumenta. Thanatos se da cuenta y vuelve a
sonreír. Chasquea la lengua.
—Esto nunca funcionará, Kismet. ¿Cómo se supone que me
vas a controlar si cada uno de mis movimientos te asusta?
Le miro con los ojos entrecerrados.
—Así es como va a ser —digo lentamente—. Vamos a
quedarnos aquí, juntos, y si haces algún movimiento para escapar
—toco el arco que descansa a mi lado—, te dispararé.
—Supongo que estoy atrapado —dice.
No parece preocupado. O derrotado. No suena como alguien
que se haya metido en una situación desafortunada en absoluto. En
todo caso, parece divertido.
Bastardo.
—¿Qué vas a hacer conmigo? —pregunta, su mirada
recorriendo mi cuerpo.
Algo en la forma en que me evalúa hace que la sangre me
suba a las mejillas y al corazón.
—Te mantendré aquí, donde no puedas destruir más
ciudades.
Los ojos de Muerte brillan, pero no dice nada al respecto. He
atrapado a una criatura más arriba en la cadena alimenticia que yo.
Realmente soy una tonta por intentar esto.
—Entonces, ¿vamos a vivir aquí? —pregunta, mirando a
nuestro alrededor—. ¿Juntos?
Lo hace sonar como si los dos fuéramos a vivir juntos, como
una pareja.
Mi plan se está desmoronando.
- 85 -
Le frunzo el ceño.
—Esta situación no funciona así.
—Entonces, ¿cómo funciona?
—Si te mueves, ataco.
Me lanza una mirada maliciosa y luego se inclina hacia la
izquierda.
—Me estoy moviendo —se burla.
—No seas infantil —le digo.
—No sabría ser infantil —responde— nunca he sido un niño.
Le vuelvo a entrecerrar los ojos. Se inclina hacia la derecha.
—Me sigo moviendo. —canturrea.
Oh, por el amor de Dios.
Rápida como un rayo, saco mi arco, coloco una flecha y
disparo. Sisea cuando golpeo un ala, la flecha queda atrapada en
sus plumas.
—Esto no es una broma para mí —digo—. Seguiré
disparándote si no me escuchas.
—¿Lo harás? —La muerte presiona, un músculo de su
mandíbula se contrae con el dolor—. Porque tengo la sensación de
que tu violencia solo llega hasta cierto punto.
No tengo nada que decir al respecto. Es tan dolorosamente
cercano a la verdad, y no tengo idea de cómo me he vuelto tan
transparente. Cuando todo lo que hago es sentarme y mirarlo,
finalmente dice:
—¿Vas a quitarme la flecha? ¿O tienes miedo de que me
mueva?
Lo miro.
- 86 -
—Tal vez quiero verte sufrir.
—No lo disfrutas —afirma, su rostro se pone serio—. Al
igual que yo no lo hago.
—¿No disfrutas de toda la violencia? —pregunto, levantando
las cejas. Me parece difícil de creer.
—Veo por qué te han puesto en mi camino —dice la Muerte
en voz baja, ignorando mis palabras—. Nos parecemos en algo
fundamental.
¿Ahora cree que nos parecemos? Esta conversación se vuelve
más salvaje a cada segundo.
—El deber es el deber —dice la Muerte. Se acomoda un
poco—. Pero, para responder a tu pregunta anterior, no, no lo
disfruto.
- 88 -
—Mejor no te duermas, kismet. —La voz de la muerte
proviene de la oscuridad—. Entonces es cuando atacaré.
—Será mejor que no te muevas, jinete. Entonces es cuando
dispararé.
Escucho su risa baja, casi sexual. Mi estómago se aprieta con
el sonido. Después de un momento, pregunto:
—¿Qué significa esa palabra? ¿Kismet?
Me ha llamado así varias veces antes. Hay una pausa larga.
—Supuse que lo sabrías —dice finalmente—. Después de
todo, es una palabra humana. —Y agrega—: Significa destino.
¿Destino?
—¿Por qué me llamarías así? —pregunto, con auténtica
curiosidad.
—No lo sabes. —La muerte lo dice como una declaración y,
sin embargo, juro que hay una nota de sorpresa en su voz.
—¿Saber qué?
Pero él no responde y no tengo la energía para presionarlo
para que lo haga.
Por un tiempo, su advertencia de permanecer despierto es
suficiente para mantenerme alerta. Pero las horas pasan y no hay
nada que hacer más que mirar hacia la oscuridad. No pretendo
quedarme dormida. Para ser honesta, hubiera jurado que no me
había quedado dormida, pero de repente me despiertan unos dedos
fríos que me apartan el pelo de la oreja. Por un momento, he
olvidado la situación, y ese toque es tan suave que me inclino hacia
él. Un momento después, los labios reemplazan a esos dedos.
—Estaba tan intrigado con la idea de ser tu prisionero, Laz,
que casi me quedo —susurra Muerte contra mi oído—. Pero tengo
trabajo que hacer.
- 89 -
Me endurezco al escuchar su voz, el pánico inunda mis venas.
Se ha liberado.
—Quizás la próxima vez —agrega— puedas ser mi
prisionera.
—Thanat ... — Justo cuando me vuelvo hacia él, con la mano
buscando mi arma, las manos de la Muerte encuentran cada lado de
mi cara. Tuerce mi cuello violentamente y...
Lo rompe.
- 90 -
Muerte
He tomado innumerables vidas a lo largo de los siglos. Los
jóvenes, los viejos, los fuertes y los débiles. Pensé que lo había
visto todo.
No fue así.
Nunca me había encontrado con una criatura dispuesta a
morir una y otra vez por su propia especie. Ni siquiera mis
hermanos fueron capaces de esto. Todos los jinetes hemos muerto
más de una vez, pero nunca por algo más tangible que nuestra tarea.
Ver a Lazarus enfrentarse a probabilidades tan insuperables es
inquietante.
Inquietante y seductor.
Estoy ansioso por volver a verla.
- 91 -
Capítulo 16
Lazarus
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Clang. Las hojas de acero chocan. La Muerte apoya su peso
en nuestras armas, obligándome a arrodillarme.
—No es ingrato —jadeo.
Dejo caer mi mano libre al suelo. Hay guijarros y fragmentos
de vidrio y otros escombros espolvoreando el camino. Mi mano se
cierra alrededor de un puñado de ellos.
—A veces te supero, y eso es muy, muy gratificante
Le arrojo los escombros a la cara, lo que hace que se tambalee hacia
atrás, su espada se desliza de la mía con un zumbido. Dejando caer
mi propio cuchillo, me lanzo hacia él, agarrando al jinete por uno
de sus tobillos.
Tropieza y cae.
Antes de que tenga la oportunidad de levantarse, me arrastro hacia
el jinete y luego, vacilando sólo un momento, me tiro encima de él,
pasando una pierna sobre su torso. Respiro con dificultad, mi pecho
sube y baja con el esfuerzo. Por un momento, Thanatos parece
desconcertado. Espera mis ataques; lo que no espera es
encontrarme sentada a horcajadas sobre él, sin armas.
Bueno, casi sin armas.
—¿Qué estás haciendo? —pregunta.
Me inclino hacia adelante, agarrando una de sus muñecas. La
mirada de Muerte se desplaza involuntariamente a mi escote, que
está más a la vista que de costumbre, gracias a un corte bien
colocado de su cuchillo.
Thanatos mira... y mira, y sería jodidamente grosero excepto
que este jinete claramente nunca se ha enfrentado cara a cara con
las tetas.
—¿Qué estás haciendo? —repite, pero su voz se ha vuelto
áspera.
Los senos son, aparentemente, su perdición.
- 93 -
Le agarro la otra mano, llevándole las dos por encima de la
cabeza. Me inclino hacia delante mientras lo hago, hasta que Mis
Chicas se acercan a Thanatos.
¿Había planeado distraer a Muerte con mis tetas hoy?
No.
¿Lo acepto?
Sí.
—Te estoy sometiendo. —Mientras hablo, desengancho la
cuerda que tengo en la cintura. No planeé esto, pero... como dije,
las cosas han cambiado entre nosotros.
—¿Me estás sometiendo? —Muerte murmura
distraídamente. Todavía está mirando mi escote.
Mientras él está ocupado descubriendo las hormonas,
empiezo a atarle las muñecas por encima de su cabeza. Después de
nuestro último encuentro, descubrí que las ataduras no lo retendrán
para siempre, pero es mejor que nada. Además, esta cuerda es
mucho más gruesa que el cinturón que usé la última vez. Los ojos
de Thanatos finalmente se alejan de mi escote y se dirigen a mi
cara. La mirada de Muerte se agudiza.
—Te deseo.
Las palabras se desprenden de él. Un silencio absoluto sigue
su estela. No sé quién está más sorprendido, él o yo. La admisión
es tan inesperada y tan grotescamente inapropiada, dado que los
dos somos enemigos mortales… o inmortales, pero da igual.
Espero a que la Muerte se retracte de las palabras, o al menos las
matice. No lo hace.
Vuelvo a mi trabajo, lista para fingir que los últimos veinte
segundos no han ocurrido, pero mis manos han comenzado a
temblar y parece que no puedo asegurar el nudo alrededor de sus
muñecas tan fuerte como quisiera.
—Mírame —demanda Thanatos en voz baja.
Niego con la cabeza.
- 94 -
—Lazarus, mírame.
—No recibo órdenes de un jinete —digo respirando
profundamente.
Deja escapar una risa baja, una que eriza los vellos de mis
brazos.
—No quieres mirarme porque tú también lo sientes, y sabes
que lo vería en tus ojos.
—Estás alucinando —le digo.
Por el rabillo del ojo, lo veo sonreír, y mi estómago da un
extraño vuelco al verlo.
Termina lo que empezaste, me ordeno, volviendo a
concentrarme en el nudo. Sin embargo, todavía me tiemblan las
manos.
—Seguimos luchando contra esta atracción entre nosotros —
dice Muerte.
—No hay atracción entre nosotros —digo rotundamente—.
Tú eres mi enemigo.
—Oh, Sí que hay atracción entre nosotros.
Lo miro furiosa.
—No la hay.
Thanatos me mira profundamente a los ojos. Después de un
momento, una lenta sonrisa se extiende por su rostro.
—Ahí está. Tú también me deseas.
—¿Cómo puedes saber siquiera cómo es el deseo? —lo
acuso.
—Hay muchas almas que me desean, al final —dice.
Gente que anhela la muerte, quiere decir. Arrugo la frente.
—Bueno, yo no soy una de ellas.
Su sonrisa solo crece, haciendo que mi estómago se agite de
la manera más exasperante.
- 95 -
—No lo soy —digo a la defensiva—. Eres hermoso. Eso es
todo.
Querido Dios, ¿acabo de decir eso en voz alta? La expresión
del jinete se vuelve más intensa, sus ojos parecen arder.
—Crees que soy hermoso.
La Muerte ya no necesita matarme, creo que mi propia
vergüenza hará muy bien el trabajo.
¿Por qué dije eso?
Su mirada todavía está acalorada, su expresión todavía
desafiándome.
—¿No estás cansada de todo esto? —Señala con la cabeza las
ruinas de Kansas City—. ¿No estás cansada de la lucha, de la pelea,
el dolor?
Dios, sí que lo estoy. Por cada ciudad que salvo, hay al menos
otras cinco que no puedo.
—Por supuesto que estoy cansada.
Cansada hasta los huesos. Eso no cambia nada. La mirada de
la Muerte se suaviza y dice en voz baja:
—Entonces ven conmigo.
Por un momento, la oferta suena insoportablemente buena,
como caer en la cama después de un largo día. Miro los ojos de
Thanatos, que están llenos de tantos secretos. Tantos, tantos
secretos.
—Ven conmigo —dice de nuevo.
Puedo hacerlo. No más lucha. No más agotamiento.
Simplemente... me rendiría. Quizás no pueda morir y mi cuerpo
nunca pueda conocer la paz verdadera y definitiva, pero eso en este
momento pasa a un segundo plano.
—Seguiríamos peleando —discuto conmigo misma en voz
alta.
— ¿Y si decidimos dejar de hacernos daño el uno al otro?
- 96 -
—contraataca, y él es el diablo en mi oído—. Detesto verte sufrir,
y sé que no es diferente para ti.
Mi corazón late desbocado. Está diciendo todas las cosas
correctas, y estoy siendo atraída por esas dulces promesas. Por eso
me aparto de él y me obligo a retroceder.
—No me vas a llevar a ninguna parte —le suelto.
Suponiendo, por supuesto, que le ate los pies y las alas
también. Tengo más cuerda en mi bolso, pero mi bolso está al otro
lado de la calle y llegar a él significa darle la espalda al jinete. Se
queda tirado en el suelo y se ríe, con un sonido que se va
construyendo sobre sí mismo.
—¿De verdad crees que tienes el control? —cuestiona—.
¿Que, a pesar de tus anteriores esfuerzos fallidos, puedes
simplemente atarme y marcharte?
De repente, levanta las muñecas atadas y luego las separa, la
cuerda se desgarra como un papel. Retrocedo a trompicones, con
los ojos abiertos de par en par. No sospeché que eso pudiera
suceder. Con gracia felina, el jinete se pone en pie. Se endereza y
sus alas negras se pliegan a la espalda. Camina hacia mí.
—Creo que ya hemos descubierto que soy un mal prisionero
—dice con cuidado—. Me escabullo de mis ataduras con
demasiada facilidad. —Thanatos se detiene a varios metros de mí.
Extiende su mano. —Que no haya más dolor entre nosotros. No
más enfrentamientos. Ven conmigo, Lazarus.
Todavía estoy conmocionada por su demostración de fuerza,
y que he estado sentada en su pecho durante minutos, y en todo ese
tiempo, podría haber roto la cuerda y agarrarme.
Pero no lo hizo. Y ahora... su oferta y su expresión sincera se
deslizan bajo mi piel. No más dolor. No más soledad mordaz. No
más intrigas y destrozarme tratando de detener a este hombre.
Es abrumadoramente seductor.
- 97 -
Doy un paso hacia él. Los ojos de Muerte se iluminan con una
emoción intensa. Alcanzo su mano extendida, cediendo a este
momento de debilidad. Mi mano se cierne sobre su palma abierta.
Sólo entonces dudo.
Mi mirada se dirige rápidamente a Thanatos. Thanatos, que
podría dejar de pelear conmigo, pero que nunca, nunca detendrá las
matanzas. Thanatos, que quiere que lo deje todo mientras él no
renuncia a nada.
—No. —Incluso mientras lo digo, suelto su mano y me alejo
de él.
Mi corazón todavía está acelerado. Las mareas están
cambiando entre nosotros. Ya no me siento como la cazadora y él
como el perseguido, y tengo el miedo más loco de que si la Muerte
se acerca lo suficiente a mí de nuevo, intentará raptarme.
—No te vayas, Lazarus —suplica.
Vuelvo a dudar. No sé por qué lo hago. Yo solo ... no esperaba
que este monstruo tuviera una oferta tan peculiar para mí, ni
esperaba ser seducida por él. Y no tengo ni idea de qué decirle
ahora. Así que me conformo con negar con la cabeza mientras
pongo distancia entre nosotros. La mirada de Thanatos se estrecha.
—Recuerda mis palabras, Kismet: esta es la última vez que te
doy a elegir.
Y luego, tan despreocupado como es él, llama a su corcel,
monta a la bestia y se va.
- 98 -
Capítulo 17
Austin, Texas
Diciembre, año 26 de los Jinetes
- 99 -
Puedo sentir el agotamiento de mis huesos.
—El jefe de bomberos.
Estoy cansada. Tan, tan cansada. Cansada de explicarle esto
a la gente que no quiere creerlo. Cansada de esperar, preparado el
arco, a que la Muerte cabalgue por ese camino. Cansada de los días
largos y las noches cortas. Cansada del miedo omnipresente que
llevo conmigo. Cansada de herir a la Muerte. Luchar contra él.
Quizás debería rendirme. Todo es inevitable. Alejo ese
pensamiento tan seductor.
—El jefe de bomberos —repite, mirándome como si estuviera
mintiendo.
No sé si es mi género, mi autoridad o qué, pero algo en mí
molesta a este hombre.
—¿Y dónde está él? Samuel se habría esforzado por estar
aquí él mismo si hubiera sentido que era importante.
—No sé por qué el jefe de bomberos no está aquí —digo,
exasperada.
El jefe de policía vuelve a sentarse en su asiento, su mirada
va por encima de mi hombro hacia la puerta, como si estuviera
tratando de encontrar la manera más rápida de terminar esta
reunión.
—¿Cómo sabes siquiera que el jinete viene por aquí? —
pregunta Davenport, escrutándome de nuevo, su expresión
astuta—. ¿De verdad se supone que debo creer a una chica que
acaba de entrar en mi ciudad contando historias donde todos
mueren, excepto ella por supuesto, que realmente tiene las
respuestas que nadie más tiene? —Me lanza una mirada dura—.
Francotiradores —murmura, sacudiendo la cabeza.
Aquí es donde asume que tengo algún tipo de plan elaborado
para sacar a todos de sus casas para poder robarles a ciegas. Estoy
tan agotada. No le he contado al jefe de policía la parte de que no
me pueden matar. No creo que tenga las fuerzas suficientes hoy
para explicar esa verdad. Entonces, en cambio, señalo el mapa
frente a él.
- 100 -
—Esta es mi prueba. Mire las ciudades que ha atacado. Tiene
un patrón. Y si sigue ese patrón, verá que atraviesa Austin. Usted
mismo dijo que estuvo cerca de Oklahoma City. Sabe que hay...
—No se atreva a decirme lo que sé—dice el jefe de policía
con la voz de acero.
Aprieto la mandíbula, forzándome a permanecer en silencio
sobre las presunciones que este hombre ha hecho sobre mí.
—A la muerte le gustan las grandes ciudades —digo en
cambio—. Estará aquí pronto.
—Basado en un montón de garabatos que hiciste en un mapa.
—El jefe Davenport me devuelve el papel—. Suficiente de esta
tontería. Sal de mí...
—Hay otra razón —me apresuro a decir.
Hace una mueca de impaciencia, pero espera.
—La muerte viene aquí porque yo estoy aquí —digo con
gravedad—. Él me persigue.
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—Bueno, entonces —dice Davenport, recostándose en su
asiento—. Si es a ti a quien busca, entonces es a ti a quien va a
atrapar. —Su mirada se dirige al otro hombre—. Oficial Jones.
No ha hecho más que pronunciar su nombre cuando el policía
me agarra.
—¿Qué vas a…? —discuto con el agente mientras me agarra
de las muñecas. Golpeo mi bota contra su empeine.
—Mierda —maldice mientras su agarre se afloja.
No puedo creer que esto esté sucediendo. Nada de esto. Me
las arreglo para salir de la habitación. Dios, ¿realmente estoy
huyendo de las autoridades ahora? Dos policías más charlan al
final del pasillo. En el momento en que me ven salir sin aliento de
la habitación, se ponen rígidos y su atención se centra en mí. Me
lanzo en la dirección opuesta. Tengo mucha experiencia matando
deidades, pero en esto no tengo ninguna.
La puerta detrás de mí se abre de golpe y el agente Jones sale
disparado. No he llegado ni a tres metros cuando se acerca a mí. El
policía me da un fuerte empujón por detrás. Me tropiezo y luego
caigo al suelo de linóleo. Se me echa encima en un instante,
agarrando mis muñecas y esposándome mientras los otros dos
oficiales se acercan.
—¡Esto es ridículo! —resoplo—. ¿Qué estás haciendo?
Empiezo a patalear… contra ellos. No puedo creer que esto
esté sucediendo. Oigo las fuertes pisadas del jefe Davenport. Viene
hacia donde me están esposando.
—Señores, ésta no debe ser registrada en la cárcel del
condado.
Los oficiales dudan. Independientemente del protocolo que
tengan para los delincuentes, está claro que el jefe de policía quiere
que se desvíen de él.
—Esta pequeña señorita parece creer que un jinete viene
hacia aquí. —La boca de Davenport se tuerce, como si estuviera
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reprimiendo una sonrisa—. Por suerte para nosotros, el hombre
aparentemente la está buscando.
Los ojos de los oficiales se mueven sobre mí, aunque no
puedo adivinar lo que pasa por sus cabezas.
—Por favor —le suplico al jefe de policía—. Sea como sea
que piense que esto se va a desarrollar, se equivoca.
—Escuché tu historia —espeta Davenport—, ahora es el
momento de que te calles y me escuches, jovencita: tal vez estés
mintiendo y quieras joder a mi ciudad o tal vez estés diciendo la
verdad y el jinete realmente está de camino aquí. Realmente no
importa porque al final del día, te ataremos como a un cerdo y
dejaremos que el jinete, si es que realmente viene, te alcance
primero.
¿Ese es su plan?
¿Quién tuvo el poco sentido común de poner a este hombre
en un papel de liderazgo?
—Suéltame. —Me muevo contra mis esposas. Estos
gilipollas—. Él los matará a todos.
—Me parece que podría no hacerlo, no si es a ti a quien
quiere. Creo que podrías servir de distracción. Y si no viene —
continúa Davenport—, entonces te escoltaremos a la cárcel del
condado para pasar la noche, y así puedes pensar en tus elecciones
de vida.
Dejo escapar un suspiro.
—¡Esto no funciona así! Puede que la muerte no esté aquí
hoy, o incluso mañana, puede que no venga en absoluto. Pero si lo
hace, todos morirán.
El jefe de policía me mira con los ojos entrecerrados.
Agachándose frente a mí, dice en voz baja.
—Creo que estás de mierda hasta el cuello, jovencita, y
disfrutaré viéndote pudrirte en la cárcel por tener la audacia de
- 103 -
aprovecharte de nuestros ciudadanos. —Volviéndose hacia el
oficial Jones, le da una palmada en el hombro—. Ponla en la parte
trasera de uno de los carros de la cárcel y llévala al borde de la
Interestatal 35 —le dice, mirándome.
Esa es la carretera que le advertí que vigilara de cerca.
—Cuando llegues, átala y déjala en medio del camino.
Miro al jefe de policía con creciente horror.
—Estás loco.
Los ojos del jefe Davenport se endurecen.
—También podrías amordazarla —añade—. Ya está dando
suficientes problemas.
- 105 -
—¡Santa Mierda! —exclama otro oficial.
El resto de sus palabras se pierden con el ruido de la
estampida. El grupo corre hacia un restaurante de comida rápida
abandonado, la pintura se ha desgastado con el tiempo y el logo no
es más que un contorno. Tienen que atravesar la horda de animales
para llegar allí, pero finalmente logran esconderse detrás del
edificio abandonado. Debería sentir una triste satisfacción por su
situación, pero en cambio mi estómago se revuelve porque sé lo
que se avecina.
Muerte.
A medida que la estampida disminuye, siento ese silencio
letal.
Oh Dios.
Lucho contra mis ataduras de nuevo, aunque es inútil.
Recuerdo la promesa del jinete de que vendría a por mí y me
estremezco.
Cierro los ojos, tratando de averiguar cómo voy a salir de este
lío. Podría quedarme aquí, encorvada contra este poste de espaldas
a la carretera. Apuesto a que, si la Muerte no me viera la cara,
pasaría junto a mí y me ignoraría por completo.
Pero entonces Austin perecería, y si todos se han ido, yo
estaré atrapada para siempre atada a este poste. Esa posibilidad de
pesadilla revuelve mi estómago. Si no puedo esconderme del
jinete... entonces tendré que volver a ese camino y ofrecerme a la
Muerte como una especie de enfermo sacrificio.
Tal y como pretendía el jefe Davenport.
Hago una mueca, incluso mientras vuelvo a arrastrar los pies
hasta el medio de la carretera, mis cadenas tintineando. Acabo de
llegar allí cuando, desde el silencio, oigo las voces de los oficiales.
Mi columna se pone rígida. ¿Están regresando? ¿Cómo no
les convenció la estampida de animales salvajes de que viene el
jinete? Los miro por encima del hombro.
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—¡Corran! —Intento gritar. La mordaza amortigua mi
advertencia.
—¿Qué le pasa? —dice uno de los oficiales.
¿No es descaradamente obvio? Grito de nuevo frustrada.
—¡Corran! ¡Corran! ¡Corran!
Se quedan allí de pie, parecen confundidos y un poco
asustados. El jefe Davenport me está escudriñando con el ceño
fruncido, como si tal vez, por primera vez, esté considerando que
ésta no fue una buena idea. Finalmente, uno de los oficiales dice:
—Tal vez, tal vez deberíamos irnos.
Clop — clop — clop.
Demasiado tarde. Demasiado tarde, demasiado tarde.
Miro hacia adelante, el miedo se acumula en mi estómago. A
lo lejos, veo al jinete con las alas dobladas a la espalda.
—Por Dios —dice uno de los oficiales.
La muerte ya está mirando mi cuerpo, pero en el momento en
que lo miro de frente, detiene su caballo en seco, sus ojos recorren
mi mordaza, la cuerda en mi cuello, y las esposas en mis muñecas
y tobillos. Sus ojos se mueven hacia mi cara. Allí, se demoran y …
se demoran, su expresión parece volverse más intensa, más
decidida con cada segundo que pasa. Chasquea la lengua y su
caballo comienza a trotar, la atención puesta en mí.
Clip-clop, clip-clop.
Parece que no puedo contener mi ansiedad cuando Thanatos
rápidamente acorta la última distancia que nos separa. Puedo sentir
mi cuerpo temblar, y no es solo por el frío. No sé qué esperar de
este encuentro.
La Muerte detiene su caballo frente a mí. Durante varios
segundos, los dos no hacemos más que mirarnos el uno al otro.
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—Que me condenen —dice Davenport en la distancia, su voz
se apaga— ella estaba diciendo la verdad.
Apenas ha dicho las palabras cuando escucho varios golpes
sordos. He escuchado ese sonido tantas veces. Cuerpos golpeando
el suelo. El jefe de policía y esos oficiales fueron unos bastardos
por hacerme esto, pero todavía me duele que ellos, y
probablemente el resto de la ciudad, se hayan ido.
—Por fin —dice Thanatos, disfrutando de esta situación.
Incluso sabiendo que necesito que el jinete me desate, sigo
alejándome de él mientras él avanza, los grilletes de mis tobillos
chocan entre sí.
—¿A dónde esperas ir, kismet? —dice, caminando detrás de
mí— Parece que hay un límite de cuerda.
Eso no me impide seguir alejándome de él.
—¿Tus queridos amigos humanos se volvieron en tu contra?
—me pregunta.
Coge la cuerda atada a mi cuello y se la enrolla acercándose
a mí. Una vez que estoy a su alcance, la Muerte busca mi mordaza.
Con sus propias manos, rasga la tela.
—¿O esto estaba destinado a ser una emboscada? —pregunta,
echando una mirada a nuestro alrededor.
Respiro entrecortadamente.
—Si intentas llevarme, —amenazo— haré que te arrepientas.
La comisura de su boca se curva hacia arriba.
—¿Lo harás ahora?
Mientras habla, se agacha. Tomando una de las esposas de
hierro en sus manos, la abre, liberando una de mis muñecas. Luego
toma el otro brazalete y también lo rompe antes de tirar las esposas
rotas a un lado. La vista de su asombrosa fuerza me hace respirar
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presa del pánico. Sigo olvidando que los dos no somos iguales, no
cuando se trata de puro poder. Una vez que Thanatos me ha quitado
las esposas, alcanza los grilletes a mis pies.
—¿Qué estás haciendo? —pregunto.
Me mira y, La Muerte arrodillada ante mí no debería parecer
tan atractiva.
—Te estoy liberando. —Como para dejar claro su punto,
rasga una de las esposas.
—¿Por qué?
—¿Preferirías que te deje aquí? —pregunta, agarrando el
último brazalete restante. Tira de el y, con un crujido, el metal se
rompe en pedazos.
El jinete se levanta entonces, imponente sobre mí una vez
más.
—Entonces, ¿me vas a dejar ir? —pregunto con cuidado.
Me da una mirada sensual que siento profundamente en mi
interior.
—Seguramente no has olvidado mi voto de despedida.
Entonces Thanatos planea llevarme. No sé exactamente qué
implica eso, pero imagino que significa que ya no podré advertir a
las ciudades de su aproximación. Y aunque puedo estar cansada de
todo esto, no estoy lista para renunciar.
—Siento que se hayan vuelto contra ti —dice con seriedad.
Respiro profundamente.
—Es posible que se hayan vuelto contra mí, pero no me
hicieron daño.
A diferencia de ti.
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No quiero que ninguno de nosotros olvide quién es el
verdadero villano en esta situación.
La mirada del jinete se encuentra con la mía y lo entiende.
Puedo decir que lo entiende. Pero no ofrece disculpas ni excusas.
La mano de la Muerte se mueve hacia la cuerda en mi cuello. Sus
nudillos rozan la parte inferior de mi mandíbula mientras la agarra,
y creo que se está dando cuenta de que este es el momento. El
momento en que me lleva. Puedo ver el triunfo ya en sus ojos.
Rompe la cuerda y soy libre.
Rápida como un rayo, le meto el talón de la palma de la mano
en la nariz, como me enseñó a hacer una oficial hace una docena
de pueblos. La cabeza de la Muerte se echa hacia atrás y utilizo la
momentánea distracción para dar media vuelta y correr. Corro
hacia los oficiales recién muertos que yacen a cuarenta metros de
distancia, justo al costado de la carretera. Seguro que alguno de
ellos tiene un arma con la que puedo defenderme.
Thwump-thwump-thwump.
Las alas de Thanatos resuenan detrás de mí mientras se eleva
en el aire.
No mires atrás. Tengo muchas ganas de hacerlo, pero sé que
el jinete se está acercando a mí, y cualquier paso en falso podría
significar la diferencia entre ser capturada o escapar.
Un poco más adelante reconozco al oficial Jones tirado en la
hierba muerta. Tiene un par de dagas atadas a su cintura, si tan solo
pudiera alcanzarlo.
Empujo mis piernas tan fuerte como puedo, incluso cuando
el batir de las alas de Muerte se hace más fuerte a medida que se
acerca. Solo quedan veinte metros. Quince. Diez. Thanatos está tan
cerca que cada aleteo de sus alas me hace volar el pelo.
Un metro y medio.
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Siento el roce de las yemas de sus dedos cuando me alcanza.
Me deslizo los últimos centímetros como si estuviera llegando a la
meta. El oficial Jones está a mi lado, sus armas enfundadas al
alcance de la mano. Me las arreglo para sacar dos dagas de aspecto
perverso cuando los brazos de Thanatos me rodean. Me tira hacia
atrás contra su pecho.
—Cómo he esperado este momento —susurra la Muerte en
mi oído.
Un instante después, salta desde el suelo conmigo encerrada
en sus brazos.
Dios mío.
No doy más que patadas al aire mientras nos levantamos de
la carretera.
—Thanatos, bájame —exijo, el pánico entrelazando mi voz.
—Es demasiado tarde para eso, kismet.
No es demasiado tarde para nada.
Me giro lo mejor que puedo en los brazos de la Muerte,
blandiendo mis recién adquiridas dagas. Inmediatamente toma el
cuchillo en mi mano derecha y lo saca de mi agarre, tirándolo a un
lado. A lo lejos lo oigo traquetear debajo de nosotros, pero no tengo
tiempo de mirar porque el jinete ya está alcanzando mi segunda
daga. Está en mi mano menos dominante, lo que hace que golpearlo
sea más difícil. Pero también está fuera de su alcance. Intenta
cambiar el brazo que me sujeta.
—Suéltame —Le doy una patada mientras nos elevamos más
y más alto.
Sé sin mirar debajo de mí que veré cuerpos. Muchos, muchos
cuerpos. Incluso mientras peleamos, puedo escuchar el grito y el
gemido de los edificios que se derrumban. Uno tras otro tras otro.
Toda la resplandeciente ciudad de Austin se está desmoronando.
- 111 -
—No lo haré —jura Thanatos—. Es mejor que dejes de
luchar.
—¡No puedes simplemente secuestrarme sin más!
—Dice la mujer que me llevó Cautivo la primera vez.
Ahora debemos estar a más de treinta metros del suelo y
todavía nos estamos elevando. Thanatos todavía está luchando por
mi cuchillo.
—Basta, Lazarus —dice—. Esto es demasiado alto para
pelear.
No tengo la intención de luchar contra el jinete a esta altura,
pero tampoco tengo la intención de darle mi arma. Si la pierdo,
estaré totalmente a su merced.
Ese es un destino en el que no quiero pensar.
Muevo mi brazo hacia atrás para evadir el suyo. Es solo
después de que la daga se ha hundido en la carne blanda y escucho
el gruñido de dolor de Muerte que me doy cuenta de mi error. En
mi pánico, lo he apuñalado.
Sin embargo, no me doy cuenta de la gravedad del golpe hasta
que el jinete afloja su agarre. Tan rápido como una inhalación,
empiezo a caer.
—No —jadea, tratando de recuperarme.
Pero sus manos se mueven por mis brazos y me deslizo a
través de ellos. Y entonces caigo de verdad. El viento empuja un
grito de sorpresa por mi garganta.
¿Por qué no pude simplemente dejar caer la hoja? Tuve que
luchar hasta el final, ¿no? Y ahora sí que estoy jodida.
Por encima de mí, el jinete brama, y cuando mi cuerpo se
retuerce en el aire, finalmente lo veo. Muerte se lanza hacia mí con
una mirada decidida en sus ojos. Extiende un brazo, aunque está
varios metros por encima de mí.
- 112 -
—¡Lazarus! —Es difícil escucharlo por encima del viento—
¡Toma mi mano!
Por una vez, lo tomo en serio. Me está alcanzando y yo me
esfuerzo por tomar su mano. La distancia se acorta entre nosotros
y mis dedos rozan los suyos ensangrentados. Tan cerca. Los ojos
de Muerte se mueven hacia algo debajo de mí, y los veo abrirse.
Querido Dios. No quiero morir. Así no. Fui una tonta con la
daga. No estaba pensando. No quiero que termine así.
—¡Lazarus!
Me esfuerzo por agarrar su mano.
—Thanatos.
No quiero morir. No quiero...
Mi cabeza choca contra algo y todo se oscurece.
- 113 -
Capítulo 18
Austin, Texas
Diciembre, año 26 de los Jinetes
- 115 -
Lo mejor que puedo esperar en este momento es que la
próxima vez que vengan los carroñeros, de alguna manera logren
liberarme. El pensamiento me deja sin aliento. Lloro un par de
veces más, pero mi cabeza palpita y mi cuerpo no puede reunir
suficiente humedad para las lágrimas.
Maldita muerte.
Lo maldigo una y otra vez. Así que, cuando lo escucho
llamarme por mi nombre, creo que debo haberlo conjurado solo
con mi ira.
Lazarus ... Lazarus ... Lazarus ...
No es realmente él, me digo a mí misma. La deshidratación,
el hambre y el dolor me han hecho delirar.
—¡Lazarus! —Grita un hombre.
Se me corta el aliento. ¿Thanatos? ¿Podría ser él? La
esperanza que llena mi pecho es dolorosa y casi tengo miedo de
ceder a ella. Pero luego, mientras miro fijamente, con los ojos
nublados, hacia el agujero en el techo, vislumbro unas alas negras
y una armadura reluciente por encima de mi cabeza.
Definitivamente es él. Ningún pájaro podría tener ese
aspecto. Me doy cuenta que me está buscando.
Ayuda. Intento formar la palabra, pero mi voz es ronca y
débil. Me aclaro la garganta.
—Muerte —grito.
Es apenas más que un susurro. Reúno toda mi energía y aspiro
profundamente.
—¡Muerte! —grito otra vez.
Mi voz todavía es dolorosamente débil, pero él ya ha pasado,
las paredes de este edificio parcialmente derrumbado lo ocultan de
mi vista.La desesperación y la esperanza me hacen reunir fuerzas.
- 116 -
Respiro profundamente.
—¡Muerte! ¡Muerte! ¡Ayuda! ¡Por favor! ¡Thanatos! — estoy
gritando tan fuerte como puedo, mis súplicas solo son
interrumpidas por mis gritos mientras el esfuerzo empuja mi
herida.
No puedo verlo, pero escucho el golpe de esas alas
atronadoras, y creo ... creo que se está acercando.
—¡Lazarus! —llama desde algún lugar en lo alto.
—¡Muerte! —grito de nuevo.
Y luego lo veo una vez más encima de mí. Sus alas se estiran
ampliamente detrás de él mientras se posa sobre una viga expuesta.
Mira hacia el edificio derrumbado, su cabello oscuro ondeando
como una bandera al viento.
—¿Lazarus? —dice, sus ojos escudriñando la oscuridad.
—Thanatos. —me sale entre un sollozo y un suspiro.
Sé el instante en que me ve. Su cuerpo se pone rígido. De
repente, sus alas se cierran de golpe detrás de él. Se baja de su
percha y cae del techo, como una piedra. Justo antes de aterrizar,
sus alas se abren ampliamente, desacelerando su caída, de modo
que parece flotar los últimos metros de su descenso.
Los guijarros se deslizan cuando aterriza en un montón de
escombros, y una vez más sus alas se cierran detrás de él. Avanza
a grandes zancadas sobre los escombros, su coraza plateada reluce
en la penumbra. Sus pasos se detienen y veo que sus ojos se dirigen
a mí. Observa mi cara, luego mi ropa hecha jirones y los pocos
lugares donde mi carne todavía se está curando. Finalmente, sus
ojos se posan en el poste que sobresale a través de mi abdomen.
—Lazarus. —La muerte se apresura a recorrer el resto del
camino hacia mí. Se arrodilla a mi lado, repasando mis heridas de
nuevo. —Mierda.
- 117 -
—No sabía que los ángeles maldijeran —digo, con los labios
partiéndose mientras habló.
Sus ojos siguen recorriéndome, como si tratara de procesar lo
que me ha pasado.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —pregunta.
Pero lo sabe. Debe saberlo. El poste que sobresale a través de
mí es evidencia suficiente.
—Desde que me dejaste caer. —Ahora que ya no tengo que
gritar, mi voz sale como un susurro.
—¿Desde que yo …? —Sus ojos buscan los míos y veo que
el horror se infiltra en su expresión. Él maldice de nuevo.
—¿Has estado aquí todo el tiempo? —indaga.
Cierro los ojos y asiento con la cabeza. Él emite un sonido de
agonía. Abro mis ojos. Su mano me acaricia un lado de la cara y su
pulgar se desliza por mi pómulo.
—Asumí que esto te complacería más —susurro.
La mirada de Thanatos es torturada cuando se encuentra con
la mía.
—No me enorgullezco de ser cruel. —Sus ojos se desvían
hacia donde el poste oxidado sobresale de mí—. Te he estado
buscando. Yo… —Hace una pausa, su mirada regresa a la mía—.
Estaba consumido por la preocupación. La vista de ti deslizándote
de mis brazos no me ha abandonado en todos estos días.
—Basta —le digo.
No quiero escuchar esto. Pensé que sí, pensé que nada dolía
más que la posibilidad de que Muerte me dejara aquí pudriéndome
por toda la eternidad, pero estaba equivocada. Tenemos un acuerdo
tácito entre nosotros, uno en el que nos despreciamos. No estoy
lista para que eso cambie.
- 118 -
Su mirada vuelve a la gruesa barra de acero que sobresale de
mí. Tiene un buen metro sobresaliendo hacia el cielo. Muerte se
levanta y merodea a mi alrededor, estudiando el poste. Finalmente,
se arrodilla a mi lado y agarra la cosa con ambas manos.
—Prepárate, Lazarus —dice.
Y entonces lo retuerce. El metal gime al doblarse bajo su
poder, y el movimiento hace que el metal empuje mi herida.
Aprieto los dientes, conteniendo un grito de dolor. Con un chirrido
final, la barra de metal se rompe. Muerte arroja a un lado el trozo.
El poste suena cuando aterriza en la distancia, el sonido resuena a
nuestro alrededor.
Por un instante, me maravillo de la fuerza antinatural del
jinete. Pensar que he estado luchando contra eso una y otra vez.
Muerte me mira con el ceño fruncido.
—¿Qué pasa? —pregunto con voz ronca.
—Voy a tener que levantarte, Laz —dice, acortando mi
nombre como si fuéramos amigos.
Mi interior parece licuarse de miedo. Pensé que era valiente
cuando se trataba del dolor, pero después de los últimos días, no lo
soy. Pero necesito liberarme. Apretando los párpados con fuerza,
asiento con la cabeza.
—Hazlo —le digo, abriendo los ojos.
Muerte se acerca, sus brazos se deslizan debajo de mi espalda.
Incluso ese ligero movimiento hace que se me escape un grito.
Dios, esto va a doler.
Thanatos hace una pausa.
—¿Estás bien? —dice, comprobando mi estado.
Respiro pesadamente por la nariz.
—Solo dame un momento.
- 119 -
El jinete lo hace. Sus brazos todavía están debajo de mí, pero
no se mueve. Vuelvo la mirada hacia las imágenes grabadas en su
peto, tratando de calmar mis nervios. Hay serpientes y lápidas,
huevos y criaturas con colmillos, espirales y procesiones
funerarias; cada imagen se derrama sobre la siguiente. Miro
fijamente el tramo de metal que cubre el corazón de Thanatos. En
él, una mujer está envuelta íntimamente en el abrazo de un
esqueleto. Justo cuando estoy a punto de extender la mano y
tocarlo, la Muerte me levanta.
Grito, el sonido impulsado por completo con el desgarro
agonizante de mi herida. Y luego el poste se ha ido y soy libre.
Muerte se sienta pesadamente en el suelo, apretándome con
fuerza contra él. Giro la cabeza hacia un lado mientras siento
arcadas en seco una y otra vez, la agonía es nauseabunda. Y luego
lloro, sollozo, porque la acción no hace nada para aliviar el
insoportable dolor. Puede que sea libre, pero mi cuerpo se siente
arruinado.
Todo duele tan malditamente.
—Te tengo, Lazarus, mi Lazarus —murmura Thanatos.
En este momento, sus palabras son extrañamente
reconfortantes. Giro la cabeza hacia su pecho y lloro contra su
armadura. Me abraza a través de las lágrimas.
—Me duele —sollozo.
Es casi ridículo admitir esto ante mi enemigo, el que me ha
herido una y otra vez. Aún más ridículo que sea él quien me
sostiene en este momento. Pero a él no parece importarle, y tal vez
eso sea lo más extraño de todo.
La mano de Muerte se acerca a mi mejilla, su palma cálida
contra mí. Eso parece alejar este lamentable estado de ánimo mío.
Intento apartarme.
—Quédate quieta —me ordena, y por alguna razón, yo le
hago caso.
- 120 -
Su rostro es solemne mientras me mira. Toma una respiración
profunda, todavía mirándome. Antes de que pueda inquietarme
bajo su escrutinio, mi piel comienza a sentir un hormigueo. La
sensación hace que mi cuerpo se sienta inquieto, ansioso, como si
tuviera que levantarme y moverme. La herida abierta en mi
abdomen se siente caliente y ... pica.
—¿Qué estás haciendo? —Jadeo.
—Curándote.
¿Curándome?
—¿Puedes hacer eso? —digo, todavía medio distraída por la
gran cantidad de sensaciones que me atraviesan.
Pensé que sólo sabía matar. Aunque su rostro es tan solemne
como siempre, sus ojos parecen sonreír cuando me mira.
—Puedo hacer muchas cosas, Lazarus.
¿Por qué se le daría a la Muerte el poder de curar? Y sobre
ese tema...
—¿Por qué me estás curando?
No responde, solo aprieta la mandíbula y se concentra en mi
estómago. Mi mirada vuelve a esa extraña pareja en su armadura.
Ahora extiendo la mano y trazo un dedo sobre lo que puedo ver del
esqueleto. La mirada de Thanatos se posa en mi dedo.
—Muerte y vida, atrapadas en un abrazo eterno —explica.
—Parecen amantes —susurro.
—Son amantes. —Sus ojos encuentran los míos, y juro que
pueden ver directamente mi alma.
Trago con delicadeza, dejando caer mi mano. Su propia mano
todavía acaricia mi mejilla, y ahora realmente puedo sentir como
se recompone mi carne.
- 121 -
—¿Qué vas a hacer conmigo? —pregunto—. ¿Una vez que
me cures?
Su mandíbula se aprieta un poco.
—Te he respetado, Lazarus —dice, mirándome fijamente—.
Desde la primera vez que viniste a buscarme, te he respetado.
Entiendo que hay que anteponer el deber a todo lo demás. —Su
expresión cambia, el calor arde en sus ojos—. Pero las cosas han
cambiado.
—¿De qué estás hablando? —pregunto, incluso mientras la
cálida sensación de hormigueo presiona contra la parte inferior de
mi piel, sanando mis muchas heridas.
Sus dedos se arrastran hacia abajo desde mi mejilla, uno de
ellos recorre mis labios.
—Creo que lo sabes.
Quiero perderme en ti, parecen decir sus ojos. Respiro
profundamente.
—No voy a ir contigo —le digo.
—Oh, pero lo harás.
Lo miro por un momento más, y luego, de repente, me
arrastro fuera de sus brazos y lejos de su toque curativo. Y a pesar
de sus palabras, el jinete me deja ir.
Tengo que reprimir una maldición por lo mucho que todavía
me duele todo. Me pongo de pie tambaleándome. Frente a mí, los
ojos de Muerte arden.
—Todavía estás herida —dice en voz baja—. Herida, débil y
deseando mi contacto.
—No —respiro, las palabras apenas audibles.
Lentamente, Thanatos se pone de pie, su mirada fija en mí.
Nunca me ha mirado con tanta intensidad. No cuando me lastimó,
- 122 -
no cuando me mató, ni cuando yo le hice lo mismo. No, esta
ferocidad parece estar impulsada por una emoción diferente, más
profunda, que la ira.
—Vuelve a mí, Kismet. Déjame curar esas heridas y calmar
ese dolor.
La forma gutural en la que dice dolor... y ya no pienso en mis
heridas. Niego con la cabeza y retrocedo.
Las alas de Muerte se abren de par en par. Da un paso
siniestro hacia mí, con esa mirada todavía en sus ojos. Eso es todo
lo que necesito para girar sobre mis talones y huir. He huido del
jinete antes. Hoy no es diferente.
Solo, que lo es.
Me tropiezo con los escombros, resoplando por el dolor, pero
finalmente salgo del edificio parcialmente derrumbado.
Sujetándome el estómago, me vuelvo a la estructura de varios pisos
justo cuando Thanatos se sube a una ventana abierta muy por
encima de mí, los pocos fragmentos de vidrio que quedan en el
panel crujen bajo sus botas. Un momento después, se aleja, sus alas
ondeando detrás de él.
Aterriza en el suelo suavemente, su mirada fija en la mía. Me
tambaleo hacia atrás mientras él avanza. Mi corazón está acelerado
porque esa mirada en sus ojos todavía está ahí.
—Thanatos, ¿qué estás haciendo? —pregunto.
No hace ni cinco minutos, estaba siendo dolorosamente
amable. Ahora parece poseído.
—Basta de juegos, Lazarus —dice, acercándose a mí, su
expresión desconcertante.
¿Juegos? Nada de esto es un juego para mí. He muerto
numerosas veces solo en la última semana. Retrocedo, tratando de
mantener cierta distancia entre nosotros.
- 123 -
—Aléjate de mí —le digo.
—¿Qué me aleje? —La boca de la muerte se curva hacia
arriba—. ¿Pero pensé que me querías? Todos esos meses que
pasaste rastreándome. —Abre los brazos de par en par—. Aquí
estoy.
Lo miro por un largo momento, sintiéndome completamente
desequilibrada. No es así como va el guion entre nosotros. Los ojos
de Thanatos se entrecierran y sus brazos bajan hacia los costados.
—Cometiste un error, Lazarus —dice, dando otro paso
adelante—. Asumiste todo este tiempo que eras tú quien me
perseguía. ¿Alguna vez ha considerado la posibilidad de que yo
hubiera puesto mis ojos en ti? ¿Que todo este tiempo podría haber
estado atrayéndote, descubriendo y aprendiendo de tu mente? —
Sigo alejándome de él, con el corazón palpitando como un loco—.
¿Por qué crees que viajo como lo hago? —dice—. Es más fácil
atravesar tu tierra directamente en línea recta, que a través de ella
zigzagueando.
Mi corazón late enloquecido. Siempre me lo había
preguntado, pero ahora que me está dando una respuesta, descubro
que no me gusta.
—Pero tú siempre has viajado así, incluso desde el principio.
—protesto.
—Tengo... impulsos beligerantes, Kismet —dice. Otro paso
adelante.
Estoy negando con la cabeza. Lo que sugiere es ridículo.
—La primera vez que nos conocimos, huiste de mí —insisto.
Sé que lo hizo.
—Hui del deseo persistente que tengo por ti —dice. Otro paso
adelante. Parece un hombre poseído—. Adelante —insta—
pregunta cuál es ese deseo.
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Mantengo la boca cerrada, mi corazón martillando contra mi
pecho. Ha puesto patas arriba todas las suposiciones que tenía sobre
él. Cuando no respondo, Muerte continúa.
—He querido llevarte desde el momento en que te vi —
dice—. Fue el primer impulso humano que rivalizó con mi
necesidad de matar.
Retrocedo justo cuando él está merodeando lentamente hacia
mí.
—He disfrutado demasiado de nuestros encuentros por mi
propio bien —agrega—, pero estoy a punto de terminar de jugar.
Necesito salir de aquí ahora.
Me pongo de pie y empiezo a correr, una mano presionada
contra mi estómago luchando contra el tirón del dolor que siento
allí.
—¿Piensas huir de mí, Lazarus? —grita—. ¿Tú, una mujer
mortal, y yo, la muerte encarnada?
—¡Sí! —grito.
Quiero decir, me lo ha pedido.
Detrás de mí, Thanatos se ríe. El sonido envía un escalofrío
por mi columna vertebral.
—Todo el mundo intenta superarme —grita—. Todo el
mundo. Pero nadie puede superarme. Ni siquiera tú.
Ya no estoy trotando, ahora estoy corriendo, mi ritmo se
acelera con cada paso.
—Así que corre, mi Kismet, incluso te daré una ventaja. Pero
no te equivoques: te atraparé. Te estas quedando sin tiempo.
- 125 -
Capítulo 19
- 126 -
y sin profundidad ... la forma en que me miraba se sentía como otra
caricia. Todo en él parecía prometer ...
El aullido de pánico de los perros y el chillido de los pájaros
mensajeros de la oficina de correos al otro lado de la calle
interrumpen mis pensamientos. Bajo mi café justo cuando los
caballos en la calle se desbocan, arrancando a correr por la calle,
algunos con carros todavía atados a ellos. Es entonces cuando la
verdadera ola de animales recorre el lugar. Afuera, la gente grita
ante la estampida de criaturas que corren por las calles de la ciudad.
—Mierda. —Saco los pies de la silla. Eso es todo lo que tengo
tiempo a hacer.
Sucede igual que la primera vez que pasó la Muerte. En un
instante, todos se desploman. Las caras golpean los platos, los
camareros caen donde están, los platos que llevan se rompen contra
el suelo. Escucho el traqueteo de los cubiertos al caer y el estrépito
retardado de algunos vasos finales. Luego…
Silencio.
Silencio pesado y sobrenatural.
Dejo mi taza, ignorando el hecho de que mi mano ha
comenzado a temblar. Me pongo de pie, el roce de mi silla es
ensordecedor en medio de todo este silencio.
¿Cómo? ¿Cómo se dio cuenta de dónde estaba tan rápido?
¿Cómo llegó aquí tan rápido?
Yo misma llegué hace solo media hora.
Asumiste todo este tiempo que eras tú quien me perseguía.
¿Alguna vez ha considerado la posibilidad de que podía haber
puesto mis ojos en ti?
Me estoy moviendo antes de que pueda siquiera entender
completamente lo que se supone que debo hacer. Empujo las
puertas traseras del restaurante y entro en el área de la cocina. Ya
ha estallado un pequeño fuego, el olor a humo llena la habitación.
Trato de no mirar el cuerpo que está desplomado sobre los fogones,
sus ropas ya están en llamas.
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En lugar de eso, agarro los cuchillos que veo y recojo todos
los que puedo sostener. Vuelvo a entrar en el comedor del
restaurante.
—¡Lazarus!
La voz de la Muerte resuena en la distancia, transportada por
el viento. Los vellos de mis brazos se ponen de punta. Realmente
me está cazando. Agarro una cartera de cuero marrón que veo
colgando de una silla cercana. Tirando el contenido del bolso, meto
los cuchillos dentro y luego me lo cuelgo del hombro.
—¡Sal, kismet! — me llama Thanatos—. ¡Sé que estás en esta
ciudad!
Rápidamente, salgo del restaurante. Mis ojos escanean la
calle, buscando al jinete.
—¡Lazarus!
La voz de la muerte parece ser llevada por el viento. No tengo
ni idea de en qué dirección viene.
Todavía lo estoy buscando cuando un movimiento en la
distancia me llama la atención. A lo lejos, veo un rascacielos, algo
que no ha tenido uso para nadie en bastante tiempo. Solo mientras
lo miro, piso tras piso se arruga como un acordeón, el edificio se
derrumba sobre sí mismo. No puedo hacer nada más que mirar.
Golpea el suelo con un gemido resonante. A su paso, se levanta una
columna de cenizas y escombros.
—Sal, kismet. No deseo enterrarte viva.
Mi estómago da un vuelco.
Este diablo.
—¡Aquí estoy, Thanatos! —grito, negándome a esconderme
como un ratón.
Mi voz resuena a mi alrededor, pero no tengo ni idea de si la
Muerte puede oírla. Es imposible saber dónde está exactamente.
Por el rabillo del ojo, juro que veo movimiento, pero cuando giro,
no hay nada más que algunos cuerpos y un tramo de carretera
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abierto. A lo lejos, otro edificio comienza a derrumbarse, atrayendo
mi atención hacia el horizonte de San Antonio.
—Lazarus.
La voz de la Muerte resuena, deslizándose sobre mi piel como
el roce de las yemas de los dedos. No tengo que esperar mucho
antes de escuchar el atronador golpe de las alas de la Muerte.
Aterriza frente a mí, con su armadura plateada reluciente y sus alas
abiertas. Detrás de él, otro edificio se derrumba.
—Kismet. —dice el cariñoso apelativo como si estuviera
saboreando chocolate en su lengua—. Tu tiempo se ha acabado.
Deja las armas. —pide.
—No —digo.
—No quiero ser tu enemigo.
—Mientras mates a todos, seremos enemigos —respondo.
Muerte se me acerca a grandes zancadas y, por una vez, no
busco inmediatamente mis armas. Antes de nuestro último
encuentro, no quería herir a este hombre. Ahora que me ha salvado
y me ha curado… soy especialmente reacia a usar los cuchillos que
tengo en mi bolso. Sé que es ridículo, pero ahí está. El jinete se
detiene frente a mí.
—Coge tus cuchillos entonces, Kismet—se atreve a decirme.
Debe saber que estoy en desacuerdo conmigo misma.
Cuando no lo hago, se acerca. Tomando mi mano, la guía
hacia la daga enfundada a mi lado. Cerrando mis dedos sobre ella,
saca el arma. Todo el tiempo hay un brillo atrevido y desafiante en
sus ojos.
—Si vamos a ser enemigos, entonces hazme daño. —Solo
cuando lleva la hoja a un lado de su garganta empiezo a
resistirme—. Hazlo —ordena—. Mi arteria está justo ahí, debajo
de la piel. Todo lo que hace falta es un golpe. Me desangraría en
minutos y te compraría un día.
—Basta —le susurro. La muerte suelta su agarre en mi mano,
y mi daga se desliza entre mis dedos, golpeando el suelo—. No sé
- 129 -
qué hacer —admito, las palabras se me escapan—. No quiero
hacerte daño, pero parece que no puedo detenerte de otra manera.
La mano de la muerte sube hasta mi mejilla. Sus dedos la
acarician, y como soy tonta, dejo que me toque. Se siente mucho
mejor de lo que recordaba.
—Antes de curarte, —dice en voz baja— asumí que usar mi
poder para curar estaba mal. Ahora puedo ver que era yo quien
estaba equivocado. —Su mirada se posa en mi boca—. Me
encuentro anhelando otra razón para abrazarte fuerte.
Esta última confesión parece escabullirse con el resto. Mi
respiración se entrecorta cuando sus ojos vuelven a los míos. Todos
esos pensamientos prohibidos sobre él, que he tenido a lo largo de
los meses, pensamientos que se arrastraban durante mis largas
noches solitarias en la carretera, resurgen. Hasta hace poco, asumí
que eran unilaterales. Ahora sabiendo que no lo son, que la Muerte
quiere esto más que yo ...
Un dolor completamente inoportuno late profundamente
dentro de mi ser. La atención de Thanatos se mueve hacia mi bolso
robado. Lo abre, mirando todos los cuchillos.
—Supongo que estos son para mí.
Lo dice tan natural, sin miedo. Debería disipar la extraña
tensión sexual entre nosotros. Pero no lo hace.
—No voy a dejar que me lleves —le digo con vehemencia.
—No te voy a dar una opción —responde Thanatos, alzando
la mirada hacia la mía.
Y, sin embargo, no me ha llevado. Sigue sin llevarme, como
si estuviera esperando a que cayera en sus brazos. Si ese es el caso,
entonces puede esperar hasta la próxima era. Muerte ahueca mi
mandíbula entonces, y sus fosas nasales se ensanchan.
—Dime que no sientes esta ... esta necesidad que te consume.
Mi estómago da un vuelco ante la intensidad de sus ojos.
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—No la siento —digo, solo que mi voz sale entrecortada y
mal.
Thanatos entrecierra la mirada. Lentamente, sonríe.
—Contaré hasta mil —dice—. Eso es lo más generoso que
voy a ser. Puedes hacer lo que quieras en esos mil segundos. No
me defenderé, no iré a por ti, pero una vez que se acabe el tiempo,
ya no jugaremos tu juego. Jugaremos el mío.
Nunca jugamos ningún tipo de juego. Nunca. Me da un
vuelco el estómago.
—No voy a…
—Uno ... dos ... tres ... —comienza, con una mirada salvaje
en su rostro.
Lo miro sin aliento, luego a nuestro alrededor antes de saltar
a la acción. Deslizo mi bolso de mi hombro, dejándolo caer al
suelo. Arrodillándome a su lado, saco un cuchillo y empiezo a
cortar la correa del bolso. Una vez que suelto la correa, miro al
jinete. Levanta las cejas.
—Sesenta y siete ... sesenta y ocho ...
—Date la vuelta —le ordeno, medio esperando que ignore
mis demandas. Sin embargo, para mi sorpresa, se vuelve,
exponiéndome sus enormes alas. Mi respiración se entrecorta al ver
todas esas plumas negras como el carbón. Me acerco a su espalda,
mi piel se estremece cuando esas mismas plumas rozan mi piel.
Juro que escucho la fuerte inhalación de Thanatos, y tal vez no soy
la única afectada por el contacto.
Agarro uno de sus antebrazos, tirando de él detrás de su
espalda, luego el otro, presionando sus muñecas juntas. Ato sus
manos con la correa de cuero de la cartera, asegurándome de hacer
los nudos más apretados. Su cuerpo se balancea.
—Me gusta esto, Kismet —dice— Esto me hace tener
pensamientos muy extraños, muy ... humanos sobre ti.
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Mi núcleo se aprieta ante sus palabras. Solo cuando termino
mi trabajo recuerdo su fuerza absurda. Romperá las ataduras en
segundos. Maldita sea. Libero sus muñecas atadas.
—¿Por qué no te concentras en contar? No querrás darme más
tiempo —digo, alejándome.
Muerte se ríe oscuramente, el sonido hace que se me erice el
pelo de la nuca.
—No vas a ir a ninguna parte —promete.
Mi estómago se hunde ante la certeza en su voz.
—Date la vuelta —ordeno.
Una vez más, no espero que me haga caso, pero lo hace. El
jinete me mira de frente una vez más, sus ojos llenos de oscura
expectación. Sonríe.
—¿Qué hay de mis alas? —pregunta—. ¿Quieres atarlas
también? Me gusta estar atado para ti.
Saco una de las cuchillas de mi bolso y la uso para cortar la
parte inferior de mi camisa. Esto, también, podrá arrancarlo en
segundos, pero si está dispuesto a jugar mi juego durante los
próximos diez minutos, lo someterá al menos por un tiempo.
Agarrando la tela, me acerco a él.
—Arrodíllate.
Thanatos me mira fijamente durante mucho tiempo, esa
misma mirada en sus ojos. Sin apartarla de mí, se inclina sobre una
rodilla y luego sobre las dos. Le acerco la tela a los ojos y se los
vendo con ella.
—Matarme sería más fácil —dice.
Podría ser. Tengo que mantener mi expresión neutra. La
horrible verdad es que he llegado a preocuparme por el dolor de
este jinete. Suficiente para detener mi mano. Así que, en cambio,
ato el nudo más fuerte detrás de su cabeza, ignorando los hermosos
rasgos de Muerte y la textura suave y sedosa de su cabello. Sin
- 132 -
embargo, no puedo evitar las extrañas sensaciones que evoca su
olor.
Él sujetándome fuerte contra su pecho, sus dedos acariciando
mi rostro ...
—Ven conmigo —dice Muerte en voz baja, como si él
también tuviera pensamientos similares. Su voz es suave, una
súplica; es tan impropio de él.
—Desata estas ataduras y ven a mí por tu propia voluntad.
—Dijiste que no me volverías a preguntar eso —le recuerdo.
—Me equivoqué —dice—. Ven conmigo, Lazarus. Déjame
saber cómo es abrazarte en lugar de luchar contra ti.
¿Abrazarme? ¿Qué tienen exactamente en mente una vez que
me capture?
No importa, Lazarus, ese destino no es para ti. Me inclino
cerca de su oído.
—No.
Una lenta y malévola sonrisa se extiende por el rostro de
Muerte, e incluso con los ojos vendados, lo encuentro escalofriante.
—Entonces será mejor que corras, Kismet.
Corro.
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Ahora me detengo, mi pecho se agita, mi aliento sale entre
jadeos. Podría ir con él. Pero entonces no podría advertir a las
ciudades. Tendría que idear una nueva estrategia. Mientras tanto,
los ojos oscuros y penetrantes de la Muerte seguían destellando esa
mirada de lucha y luego fóllame.
¿Cuánto tiempo podría resistirme a él? ¿Una semana? ¿Dos?
Probablemente estoy siendo generosa. Su belleza ya me distrae,
pero ¿estar a solas con él durante mucho tiempo? ¿Cuándo ha
dejado claro que quiere al menos abrazarme? Me rendiría.
Probablemente ni siquiera tomaría ese tiempo. No cuando sé que
ya ha cedido a esta terrible atracción entre nosotros.
Empiezo a moverme de nuevo. No, huir de él sigue siendo mi
mejor opción. Apenas avanzo una manzana más cuando la tierra
comienza a temblar. Me detengo otra vez, mirando los edificios que
se elevan a mi alrededor. Hay un estacionamiento que se ha
convertido en establos para caballos junto a un edificio de
apartamentos muy alto con ventanas rotas y tendederos que cruzan
la calle. Al otro lado del camino hay otra estructura de varios pisos
que está decorada con arte callejero de colores brillantes. De alguna
manera, todo se ve a la vez sombrío y extrañamente animado. Y
estoy bastante segura de que todo está a punto de caer literalmente
sobre mí. Mi miedo aumenta ante la idea de ser enterrada viva.
No tenía por qué preocuparme.
Los edificios no se derrumban. Es mucho, mucho peor.
Porque a mi alrededor los muertos se levantan.
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Capítulo 20
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La muerte camina hacia mí, balanceando sus alas detrás de él.
Los pocos retornados que se encuentran entre nosotros se separan
para que él pase.
—¿Cómo haces esto? —pregunto.
—Siempre he podido hacer esto, Kismet —dice—. Sólo que
hasta ahora simplemente elegí no hacerlo.
¿Podría haber estado haciendo esto todo el tiempo? Mi mente
corre sobre todos esos casos en los que luché contra él. ¿En cuántas
ciudades nos hemos encontrado los dos, mientras estábamos
rodeados de cadáveres? Muchas. Muchísimas.
Ni una sola vez había resucitado a los muertos. La Muerte ha
estado jugando conmigo todo este tiempo. La realidad me roba el
aliento. Por primera vez en mucho tiempo, le temo de verdad.
—¿Por qué? —exijo, retrocediendo— ¿Por qué haces esto
ahora?
—Porque fuiste diseñada para ser mía. Y es hora de que te
reclame.
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Capítulo 21
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prolongado silencio, me obligo a hacer la pregunta que me ha
estado atormentando últimamente.
—¿Qué sientes por mí?
Sus labios bajan a mi oído.
—Muchas, muchas cosas, Lazarus.
Definitivamente quiere follarme. Mi respiración se entrecorta
ante la idea de estar debajo de la Muerte, con su cuerpo clavándose
en el mío. Aunque aparentemente, tampoco estoy completamente
en contra de la idea.
Jesús.
Dejamos San Antonio con los sonidos apagados de los
edificios estrellándose detrás de nosotros. Entonces, incluso esos
sonidos se convierten en silencio, y me veo obligada a afrontar
verdaderamente mi situación. Miro la mano que me sujeta
rápidamente. En uno de sus dedos lleva un anillo de plata, una
moneda antigua con la cara de Medusa pegada en él. Me las arreglo
para no tocar la extraña pieza de joyería. Voy a estar mirando esa
mano y ese anillo en esta silla durante mucho tiempo si la Muerte
se sale con la suya.
Se acabó el rastreo. No más peleas. Mucho tiempo intimo y
personal con el jinete. La idea de eso es suficiente para hacer un
último, y valiente, intento de escapar. Me lanzo violentamente a un
lado. El agarre de la Muerte sobre mí se desliza, y por un segundo,
me escurro fuera de su corcel. No tengo ningún plan, ni armas, pero
por Dios, voy a ser la cautiva menos cooperativa que haya existido.
El ala de Thanatos se extiende, golpeando contra mí, frenando
mi caída el tiempo suficiente para que el jinete me agarre de la
camisa y me arrastre de regreso a su caballo, su pesado brazo
envolviéndose alrededor de mi cintura una vez más. Se ríe en voz
baja, el sonido me pone la piel de gallina.
—Un buen intento, pero inútil, Kismet —suelta. Lleva sus
labios a mi oído, su tono se vuelve amenazador—. Lucha contra mí
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de nuevo, y cambiaré a mi corcel por los cielos, y entonces no
tendrás más remedio que cooperar.
Los recuerdos de la última vez que Thanatos me llevó por el
aire destellan ante mis ojos. Me abrazó y luego me dejó caer.
Quiero decir, lo apuñalé, así que no es como si lo hubiera hecho
intencionalmente, pero aun así ... Me estremezco al recordar mi
caída y la colisión, y luego los agonizantes días que siguieron. Me
escaparé de ti, juro en silencio. Pero por ahora ... es mejor que la
Muerte piense que me he rendido.
Me obligo a relajarme contra él. En respuesta, el brazo que
me rodea me agarra con más fuerza. Solo con su tacto, el jinete
parece rezumar victoria.
El muy bastardo.
Incluso cuando San Antonio es un recuerdo lejano, su caballo
no se detiene y el aire frío atraviesa mi ropa. Un escalofrío me
recorre, luego otro y otro. La fría armadura de Muerte no ayuda.
—Si este temblor es otro plan tuyo para intentar escapar,
entonces confía en mí, Kismet, cuando digo que estoy listo para
surcar los cielos.
—No es ningún plan —digo irritada—. Esto es exactamente
lo que sucede cuando los humanos tienen frío.
Detrás de mí, Muerte guarda silencio por un momento. De
repente, detiene su corcel, su brazo se desliza de mi cintura. Miro
por encima de mi hombro para verlo desabrocharse las correas de
su armadura. Se quita una hombrera, la arroja al suelo y luego un
brazalete.
—¿Qué estás haciendo? —pregunto mientras se quita otra
pieza de su armadura plateada.
—Tienes frío —dice, desabrochando las correas de su coraza.
Arranca la cosa y el metal golpea la carretera con un ruido
metálico—. Tengo la intención de mantenerte caliente.
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Frunzo el ceño, incluso cuando una emoción incómoda se
agita en mi vientre. Muerte se quita hasta la última pieza de su
armadura, luego me empuja hacia su pecho. Un calor glorioso se
desprende del hombre en oleadas.
—¿Mejor? —susurra contra mi oído.
Mucho mejor.
—¿Sabes sobre el calor corporal pero no sobre los
escalofríos? —contesto en lugar de agradecerle. No puedo
encontrar en mí estar agradecida con mi secuestrador sobrenatural.
—Puede que no conozca los matices del cuerpo humano, pero
sé que la carne viva es cálida y el metal puede ser frío.
Sin una palabra más, chasquea la lengua y su caballo
comienza a moverse de nuevo. El viento helado silba a través de
mi ropa una vez más, pero presionada contra Muerte, estoy
calentita.
—Así que puedes resucitar a los muertos —digo, mientras
pasamos por varios huertos y canales de riego cavados alrededor
de las hileras de árboles—. ¿Por qué te dieron ese poder?
—Tengo todos los poderes de mis hermanos y más —dice.
Sus palabras me congelan hasta la médula.
—¿Quieres decirme que hay otro jinete que también puede
resucitar a los muertos? —pregunto, aterrorizada por la
perspectiva.
—Podía —me corrige la Muerte.
—¿Podía? —repito, tratando de reconstruir lo que no está
diciendo.
—¿Entonces este otro jinete está muerto?
—Al contrario, Lazarus, Guerra está muy vivo.
- 141 -
Thanatos dice esto con un poco de desdén. Guerra. Guerra
podría resucitar a los muertos. Yo ... ni siquiera puedo imaginar
cómo debe haber sido eso.
¿Pero ya no tiene estos poderes? Ardo de curiosidad;
Claramente hay mucho más sobre Thanatos y los otros jinetes. Y
por una vez, estoy en condiciones de aprenderlo todo, ahora que
estoy atrapada en la silla con él.
—¿Qué más puedes hacer? —investigo.
—Ya lo verás con el tiempo. —promete la muerte, y envuelto
en esa promesa hay otra que permanece tácita entre nosotros:
Estarás conmigo, siempre.
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Capítulo 22
Pleasanton, Texas
Enero, año 27 de los Jinetes
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en la base, y blanco en su mayoría en todas partes. El techo se
hunde, las ventanas han sido recortadas y retiradas, probablemente
para instalarlas en alguna casa más nueva, hay coches oxidados y
electrodomésticos viejos en el camino de entrada, y una valla baja
de madera podrida rodea la casa. Lo que alguna vez existió del
patio ha sido invadido por la naturaleza. El lugar es un desastre.
—¿Qué estamos haciendo aquí? —pregunto.
—Esta es una vivienda humana, ¿no? —responde Thanatos—
. Estamos aquí para habitarla.
Eso ... eso me hace reflexionar. Es imposible que hable en
serio. Lo miro por encima del hombro. El rostro de la muerte está
tan bellamente estoico como siempre. Mierda, creo que habla en
serio.
Recorremos todo el camino hasta la entrada, dando vueltas
alrededor de un lavavajillas oxidado. Thanatos se baja de su corcel.
Un segundo después, me baja a mí.
Realmente estamos haciendo esto. Viviendo en una casa
abandonada. Juntos. Al menos hasta que averigüe cómo escapar de
él. Las manos de Thanatos todavía están en mi cintura. O tiene
miedo de dejarme ir y perseguirme ... o se siente cómodo con la
idea de tocarme. Su boca se curva en una sonrisa despiadada.
—Puedo ver los inteligentes pensamientos en tus ojos,
Lazarus, pero no te vas a escapar. Me aseguraré de eso.
Apenas lo dice, la tierra que nos rodea parece gemir. Se abre
y las plantas comienzan a crecer alrededor del perímetro de la
propiedad. Aspiro un grito ahogado, las veo crecer, los brotes se
convierten en tallos que se convierten en ramas. Cientos de hojas
se despliegan por segundo.
—¿Cómo haces esto? —pregunto, mi mirada asimilándolo
todo. Este follaje de zarzas crece y crece hasta que una especie de
seto improvisado nos rodea a nosotros y a la casa, bloqueándonos.
—Matar no es lo único en lo que soy bueno —dice.
- 144 -
Finalmente, el crecimiento de las plantas se ralentiza y luego
se detiene por completo. Todo está tranquilo y… en silencio una
vez más. Me alejo de Muerte, sus manos se deslizan de mi cintura
y me acerco a la espesura. Mis ojos recorren la cosa. Debería sentir
miedo, este es solo un poder más que el jinete tiene al alcance de la
mano, uno que ahora está dispuesto a usar contra mí. Pero no tengo
miedo. En cambio, me embarga una sensación de asombro.
Extiendo la mano y toco una de las ramas espinosas.
—¿Es esto ... el poder de Hambre? —pregunto. Ese es el
único jinete en el que puedo pensar que podría ocuparse de las
plantas.
—Es mi poder —corrige Muerte detrás de mí—, pero sí, lo
comparto con él.
—¿No es el trabajo de Hambre hacer que la comida escasee?
—cuestiono, mis dedos trazando una hoja—. Su trabajo es matar
las cosechas. —Me aparto de la espesura—. Pero estas plantas, tú
las hiciste crecer.
—Hambre puede hacer que las cosas crezcan y perezcan, al
igual que yo.
¿Por qué se les daría a estos jinetes algo más que poderes
destructivos? No tiene sentido. Solo están aquí para destruir
nuestro mundo. Vuelvo a mirar atrás, al muro viviente que ha
creado Muerte. Es impenetrable, eso está claro.
—Intenta correr, Laz, —me incita— Te reto.
Me pica la piel por la forma familiar en que acorta mi nombre.
Miro por encima del hombro a Muerte y sostengo su mirada.
Correré cuando menos te lo esperes.
—Gracias, pero no soy una mujer de apuestas —le digo en su
lugar, dirigiéndome hacia él.
—Al contrario, eso parece ser completamente lo que eres. —
contraataca Thanatos—. Apuestas a que me encontrarás en las
- 145 -
ciudades a las que viajas, apuestas a que me matarás y salvarás a
tus preciosos compatriotas...
—Solo hice lo que hice porque la otra opción era garantizar
la aniquilación —digo, deteniéndome cerca de la montura del
jinete. Le doy a la criatura una caricia en el cuello.
—Kismet, toda vida, es aniquilación garantizada.
Levanto la barbilla.
—Si todo es aniquilación garantizada, entonces como me
explicas mí...
Los rasgos de Muerte parecen agudizarse y ese calor vuelve
a aparecer en sus ojos. No responde, aunque me estoy volviendo
buena leyendo su expresión. Eres mía, parece decir. Aprieto mis
muslos juntos ante el deseo desnudo en su rostro. Deseo del que no
estoy segura de que Thanatos sea consciente. Mi mirada se dirige
a la estructura detrás de él.
—¿Me vas a mostrar esta casa o no? —pregunto, sintiéndome
más incómoda a cada segundo.
Después de un momento, Thanatos se hace a un lado,
señalando la estructura en ruinas.
—¿Por qué no entras? La casa es tuya, después de todo.
—No es mía —digo.
—Bien, es nuestra —corrige Muerte.
Eso es aún peor.
Aprieto mis labios y me dirijo a la puerta principal. El pomo
está oxidado y cuelga parcialmente de la puerta. Lo agarro de todos
modos. Las bisagras chirrían cuando abro la puerta, y el olor a
humedad, a animales mojados y moho sale flotando. Las tablas del
suelo laminado del interior tienen burbujas y están curvadas en los
bordes, la capa superior se ha desprendido en muchos lugares.
Cortinas de encaje sucias cuelgan de algunas de las ventanas. Hay
- 146 -
un sillón reclinable antiguo y manchado que vino del mundo
anterior; sus costuras se han reventado en algunos puntos, dejando
al descubierto el relleno manchado de suciedad.
El suelo gime y cruje cuando entro en la cocina y hojeo los
armarios. Nada más que polvo y telarañas y un viejo libro de
cocina, con la encuadernación hinchada y las páginas enrolladas.
Muerte me sigue como una sombra, y puedo sentir su oscura
mirada sobre mí, absorbiendo cada una de mis reacciones. No sé
qué es lo que espera de mí.
Salgo de la cocina, asomo la cabeza en un baño que ha sido
actualizado después del fin del mundo, el váter reemplazado por
algo más parecido a un cubo elegante con un asiento de inodoro en
la parte superior y el lavabo sustituido por un fregadero extraíble.
Ahora me doy cuenta que hay manchas de agua a lo largo de
las paredes, donde una vez esta casa debió haberse inundado.
Quizás por eso la abandonaron. Me dirijo a los dormitorios,
esperando ver más muebles. Aparte de un aparador de aglomerado
deformado que se ha derrumbado en su mayor parte, los tres
dormitorios están vacíos.
—¿Por qué elegiste este lugar? —Le pregunto después de
haber terminado de ver el dormitorio principal.
Una casa sin comida, sin camas, sin comodidades de ningún
tipo, no es un destino en el que valga la pena detenerse. Bien
podríamos haber acampado a un lado de la carretera. Apenas
estamos mejor aquí, e incluso eso… es cuestionable.
—¿Importa? —responde Thanatos—. Es un hogar, satisfará
tus necesidades.
¿Satisfacer mis necesidades? Me giro para mirar al jinete.
Está de pie en la puerta, su atención fija en mí. Le doy una mirada
burlona.
—¿Has vivido alguna vez en algún lugar? —le pregunto.
- 147 -
—He vivido en todos los lugares donde está la vida, Kismet
—responde con suavidad.
—Quiero decir —explico lentamente—, ¿alguna vez te has
alojado en una casa? ¿Te cocinaste una comida? ¿Dormiste en una
cama?
Me mira fijamente con una expresión ilegible. Sin embargo,
puedo leer la cara del hijo de puta.
—No lo has hecho.
Claro que no. No sé por qué me doy cuenta ahora. Por este
mismo motivo perseguirlo ha sido tan difícil. La muerte nunca se
detenía, nunca dormía. Cabalgaba, cabalgaba, mataba, cabalgaba y
seguía matando y así siempre, sus viajes solo fueron interrumpidos
por mí. Miro a nuestro alrededor de nuevo.
—Así que ahora que has capturado a tu humana, ¿quieres
mantenerme en una bonita ... casa? —Bien podría haber dicho jaula
o pocilga. Un recinto destinado a un animal, no para un igual—.
¿Es así? —presiono.
—¿Preferirías que te cortara la garganta? ¿Te rompiera el
cuello? ¿Luchar contra ti hasta que el recuerdo de todas las cosas
se haya desvanecido y solo quede el dolor? —Con cada pregunta,
Thanatos da un paso adelante, las puntas de sus alas hacen un ruido
suave mientras se arrastran por el suelo podrido—. Porque puedo
hacer eso. No quiero, pero puedo, si eso es lo que deseas.
Le frunzo el ceño.
—Lo que deseo es que dejes la Tierra y no regreses nunca.
La muerte se ríe, sus ojos brillando.
—Kismet, eso nunca sucederá. Incluso una vez que los
humanos sean desterrados de la tierra, aún permaneceré. Mientras
haya vida, siempre permaneceré.
- 148 -
—Pero por ahora, —continúa, extendiendo la mano y tocando
ligeramente mi mejilla, su pulgar rozando mi labio inferior—.
Quiero descubrir qué hay en ti además de la violencia y la
estrategia.
Una parte de mí está hipnotizada por esta entidad cuya mirada
he captado. Tengo la extraña sensación de que quiere mucho más
que muerte y destrucción; simplemente no tiene idea de lo que
puede ser o cómo lograrlo, aparte de, ya sabes, capturar a mujeres
poco dispuestas. Me aclaro la garganta, no me gusta el giro
personal que ha tomado este momento.
—Entonces —levanto mis cejas, mirando a mi alrededor—,
nunca has vivido en una casa antes, pero no solo esperas comenzar
a hacerlo ahora, sino que también tienes la intención de
mantenerme cautiva mientras lo haces.
—No planeo mantenerte cautiva.
Mis ojos se abren. Eso es nuevo para mí.
—¿Así que planeas soltarme en algún momento?
—Nunca —jura.
—Entonces, ¿qué? —pregunto—. ¿Crees que llegaré a
disfrutar del cautiverio?
—Los humanos pueden acostumbrarse a todo tipo de cosas
—alega Muerte con suavidad—. Estoy seguro de que te
acostumbrarás a esto.
¡Qué poca vergüenza! Me doy la vuelta.
—¿Dónde están las camas? —pregunto, mirando la
habitación vacía—. ¿Dónde está la comida? —Hago un gesto a mi
alrededor—. ¿Dónde está la mesa, las sillas, las tazas y la vajilla?
¿Dónde están los libros para leer y la leña cortada para calentar
nuestra casa en las frías noches de invierno? ¿Dónde están las
mantas? ¿El colchón suave y las sábanas limpias? —Thanatos
- 149 -
mantiene su rostro cuidadosamente controlado—. Eres un tonto si
crees que me voy a contentar con una casa vacía y podrida.
Da un paso adelante, su enorme figura se cierne sobre mí, con
su hermoso rostro amenazante en la luz en sombras.
—Lo disfrutarás o no, pero este es tu destino, Kismet.
Ignoro sus palabras, porque ahora mismo soy una cazadora
que ha captado el olor de mi presa. He tocado un nervio. Se, que lo
he hecho. Le dirijo una sonrisa burlona.
—¿Esperabas impresionarme? —Me río de él de la misma
manera que mi hermana Robin se reía de mí cuando quería que me
sintiera pequeña. Aprendí hace mucho tiempo cómo envolver un
insulto en un sonido—. Esto no es impresionante. Me has herido,
me has matado y ahora me has secuestrado y encerrado en una
prisión sin comodidades. Es patético.
Frente a mí, la mandíbula de Thanatos se aprieta y se afloja.
Ya está. Encontré mi objetivo. De repente, sus alas se abren,
envolviéndonos y obligándome a acercarme más a él.
—No me importa qué carajo pienses, —dice, con los ojos
brillantes—. Insúltame todo lo que quieras. Eso no cambiará nada.
Miro sus ojos turbulentos. La Siempre Firme Muerte no es
tan firme después de todo. No cuando se trata de mí. Una sonrisa
maliciosa se extiende por mis labios.
—Eso ya lo veremos.
- 150 -
De vez en cuando, la bestia gris moteada se acerca a mí y me olfatea
el hombro y luego me da un hocicazo en la mano, como si buscara
golosinas. De hecho, es bastante entrañable. Acaricio el cuello de
la criatura.
—Si alguna vez cambio de opinión sobre esta situación, —le
digo en voz baja—, tú serás la razón.
Escucho el chirrido de la puerta trasera al abrirse, luego el
crujido de botas contra la tierra.
—Ese seto no se va a separar —me informa Thanatos detrás
de mí.
—No estoy intentando escapar —digo—. Sería inútil. —
Apenas logro evitar poner los ojos en blanco—. Estoy viendo la
puesta de sol —añado, sin molestarme en volverme hacia él.
Se acerca a mi lado, la madera cruje y se dobla bajo su peso.
Como si sintiera la tensión, el caballo de Muerte se aleja de
nosotros. Miro a Thanatos, estirando el cuello hacia atrás para ver
su rostro. Me mira con curiosidad.
—¿Por qué la estás viendo? Es un fenómeno que ocurre todos
los días.
—¿Y? ¿Nunca saboreas nada? —Me mira fijamente, sin
responder. Después de un momento, suspiro y acaricio el suelo a
mi lado—. Adelante, —le animo—. Únete a mí.
Muerte sigue mirándome fijamente y Dios mío, ¿me ha
crecido un tercer ojo?
Justo cuando creo que se va a dar la vuelta, se agacha. Nunca
me había dado cuenta hasta ahora que sus alas son realmente
incómodas. Tiene que desplegarlas detrás de él e inclinarse un poco
hacia adelante para acomodarlas. Siento el roce de sus plumas
contra mi costado y una parte de mí tiene la tentación de extender
la mano y tocarlas. En lugar de eso, me paso la mano por el pelo.
—No quiero hablar —digo.
- 151 -
—Tomo nota —contesta, con sus ojos puestos en el cielo
sobre nosotros.
Así que nos quedamos así, sentados, mientras el sol se desliza
por debajo del horizonte, las sombras se alargan y el frío mordisco
en el aire se vuelve algo más que un poco incómodo. Todo el
tiempo, cumple su palabra y no habla. En realidad, es ...
extrañamente pacífico. Una vez que lo último de la luz da paso a la
oscuridad, me pongo de pie y me quito el polvo de la parte de atrás
de los pantalones. Tengo hambre y sed, y parece que mi futuro está
conteniendo la respiración. Miro a Thanatos.
—No tienes ni idea de qué hacer conmigo, ¿verdad? —digo.
Creo que sé lo que quiere Muerte, y claramente en algún nivel
él también lo sabe, pero no ha actuado según sus impulsos más
básicos, y yo tampoco soy lo suficientemente tonta como para
ceder a ellos. No querría perder mi corazón o mi cabeza por este
hombre porque eso no lo detendrá. Sé que no lo hará. Me mira.
—Estoy dispuesto a resolverlo sobre la marcha.
Le frunzo el ceño, aunque dudo que pueda verlo en la
oscuridad. Brevemente, miro la casa detrás de nosotros. Dejando
escapar un suspiro, me doy la vuelta y bajo las destartaladas
escaleras que conducen al patio trasero.
—¿Qué haces, Lazarus? —pregunta detrás de mí.
Por primera vez desde que llegamos, su voz suena relajada,
segura. Sabe que no voy a ir a ninguna parte. Toco el suelo con la
punta del pie.
—Buscando un lugar para dormir.
—Lo último que he oído es que los humanos duermen dentro
de las casas.
—Esa estructura —digo, girando para señalar la casa—, no
es apta para ser ocupada.
- 152 -
Las paredes probablemente estén llenas de alimañas. Huele
como si así fuera. Lo veo ponerse de pie.
—Hace demasiado frío para quedarse aquí fuera.
—La casa no estará más caliente —digo. No con las ventanas
rotas—. Eso te lo aseguro.
Busco un trozo de terreno abierto para tumbarme. Hay mucha
basura aquí atrás y más maleza, y una parte de mí se pregunta si
quizás la casa es la mejor opción. Pero no, el edificio abandonado
parece más una jaula que un hogar. Encuentro un trozo de tierra
despejado y me siento, deseando tener una manta o una chaqueta.
Vuelvo a temblar.
Esta noche va a ser una mierda.
Detrás de mí, las tablas de madera podrida crujen cuando
Thanatos se levanta y luego desciende por las escaleras, paso a
paso. Escucho el susurro de las plantas mientras el jinete se mueve
por el patio trasero, dirigiéndose hacia mí. Se detiene a mi espalda.
—¿Qué? —pregunto, sin darme la vuelta.
No puedo verlo, pero puedo sentir su profunda curiosidad.
Tengo la impresión de que le gustaría abrirme como una caja y
mirar lo que hay dentro. Después de un momento, Thanatos se baja
al suelo junto a mí. Una de sus alas me roza y casi me derriba.
Ahora sí lo miro.
—¿Qué estás haciendo? —pregunto, ofendida. Una cosa es
sentarse conmigo y ver la puesta de sol, y otra cosa es verme
dormir.
—Me quedaré aquí contigo. —Lo dice como si fuera algo
obvio.
Antes de que pueda responder a eso, y tengo cosas que decir,
mi estómago gruñe. Ruidosamente. Incluso en la oscuridad, juro
que veo al jinete levantar las cejas.
- 153 -
—¿Qué fue eso? —pregunta.
—Mi estómago… no creas que puedes simplemente cambiar
de tema.
—¿Por qué en todos los cielos tu estómago haría ese sonido
temeroso de Dios?
Claro. Casi olvido que no sabe nada sobre humanos.
—Eso es lo que hacen los estómagos cuando tienes hambre
—le explico—. Hacen ruidos.
La muerte se calla y sé que está recordando una vez más lo
mal equipado que está para tener un humano cautivo. ¿Es
demasiado esperar que se rinda y decida dejarme ir? Probablemente
lo sea. Suspiro. Oh, bueno. Me acuesto de lado.
—No puedes dormir a mi lado —le digo.
—No estaba planeando dormir.
Mi respiración se acelera por un momento, y pienso en la
forma en que Muerte me ha estado mirando últimamente, y mi
cuerpo cobra vida, mi pulso palpita entre mis piernas. Pero luego
recuerdo que el jinete no duerme. Y, de todos modos, es mi
secuestrador y mi enemigo, y las relaciones sexuales con él están
prohibidas.
—Bueno —me aclaro la garganta—, tampoco puedes no
dormir a mi lado —le digo.
—Si esperas hacer una gran escapada, Laz ...
—No acortes mi nombre —pido, haciendo una mueca. Él
sigue haciéndolo.
—… Entonces estás delirando. No te perderé de vista. No esta
noche, ni nunca.
- 154 -
Capítulo 23
Pleasanton, Texas
Enero, año 27 de los Jinetes
- 155 -
—¿Por qué suena así tu voz? ¿Y qué es ese chasquido que
sigue viniendo de ti?
—P-porque tengo f-frío —digo—. N-normalmente d-duermo
dentro...
—Dentro era una opción —interrumpe.
—... e-en una ca-cama con mantas para man-t-tenerme
caliente.
Thanatos guarda silencio. Seguramente él es consciente de
esto. Lo escucho acercarse a mí. Cuando creo que está al alcance
de la mano, se arrodilla a mi lado.
—¿Q-qué estás ...?
Antes de que pueda terminar el pensamiento, el jinete coloca
su cuerpo junto al mío. Me atrae contra él. Su armadura no ha
reaparecido todavía, y casi gimo por el calor que emana de su
cuerpo.
—Estás temblando otra vez —dice, alarmado.
—P-porque tengo f-frío —le recuerdo.
No puedo ver su ceño fruncido en la oscuridad, pero lo siento
de todos modos. Una de sus alas me rodea, cubriéndome. Y ahora
las fantasías sobre mantas de lana han quedado olvidadas a favor
de esto.
—¿Mejor? —pregunta en voz baja, su voz es como una
caricia.
Esto es mucho más íntimo de lo que esperaba. Y me gusta.
Me gusta mucho. Puedo sentir el delicioso calor de Thanatos contra
mi espalda y el calor de su ala aislándome de todo a mi alrededor .
Si fuera un gato, ronronearía. Me derrito en el abrazo del jinete,
todas mis declaraciones anteriores sobre que debería mantener las
distancias olvidadas ya.
—Mmm —murmuro.
- 156 -
Durante algún tiempo, los dos simplemente nos quedamos allí
así, el jinete sosteniéndome más cerca de lo necesario y yo
secretamente disfrutando de lo lindo, del momento. Finalmente, mi
cuerpo deja de temblar y mis dientes dejan de castañetear. Me
aprieta más, y podría estar malinterpretando esto, pero creo que
está contento de que ya no esté temblando y tartamudeando por el
frío.
—No hace falta que hagas esto —digo en voz baja.
Pasan varios segundos antes de que responda.
—Podría contarte la cantidad de personas que he reclamado
en noches como esta —dice—. Podría decirte que solo me
retrasarías si estuvieras muerta o débil. Pero la verdad es que esto
es instinto, Kismet. No entiendo por qué, pero quiero estar cerca de
ti, quiero abrazarte cuando dices que tienes frío.
Mi corazón late con fuerza.
Él es tu enemigo.
Él es tu enemigo.
Es solemne e indiferente, te ha herido y ahora te ha
secuestrado.
No cedas a sus bonitas palabras.
—¿Realmente planeas quedarte aquí, en el frío, con tu ala
sobre mí toda la noche solo para mantenerme caliente? —Le
pregunto.
—No me opongo a entrar donde probablemente haga más
calor, pero sí, yo ... creo que sí.
Mi corazón late locamente en mi pecho. Antes pensaba que
esto era íntimo, cuando era puramente físico. Ahora me doy cuenta
de que estaba usando la palabra mal. Porque esto es íntimo.
—No sé qué pensar de ti —digo en voz baja.
- 157 -
—Duérmete, Lazarus. Puedes analizarlo por la mañana.
Y lo hago. De alguna manera, me quedo dormida en los
brazos de la Muerte como si fuera la cosa más fácil del mundo.
- 158 -
—¿De verdad quieres espacio? —pregunta suavemente
acercándose a mi espalda.
—Sí —contesto, girándome para mirarlo.
—Que así sea.
La Muerte agarra una de mis muñecas.
—¡Oye!
Antes de que pueda alejarme de su agarre, me hace girar y me
agarra la otra. Tira de ambas detrás de mí.
—¿Qué estás haciendo? —Le doy un tirón mientras hablo.
Thanatos silba por encima del hombro y escucho el distante
ruido de los cascos del caballo. Aun sosteniendo mis muñecas,
Thanatos me lleva hacia la puerta principal, abriéndola de par en
par. Afuera, su caballo trota hasta el frente de la casa, sacudiendo
su oscura melena. Sin ninguna indicación, la bestia entra en el
edificio y se acerca al lado de Muerte. Vuelvo a dar un tirón contra
el agarre de Thanatos, pero es inútil. Es inquebrantable.
—Entonces, ¿volvemos a ser enemigos? —digo.
Me atrae hacia sí mismo.
—Tú eres la que insiste en que nunca hemos dejado de serlo.
Gruño mientras trato de liberar mis muñecas. Es inútil.
—Bueno, los amigos definitivamente no se restringen el uno
al otro.
La muerte mete la mano en una de las alforjas de su caballo
y saca ...
—¿Una soga? ¿Me vas a atar ahora? —Le pregunto,
indignada.
- 159 -
Mientras hablo, su caballo sale pesadamente de la casa. La
muerte me tira de las muñecas y me veo obligada a apoyarme en su
esculpido pecho.
—Tú me has atado varias veces —dice, sus labios rozando mi
oreja. Se me pone la piel de gallina—. Es lógico que te devuelva el
favor.
—¿Cómo diablos resuelve esto el problema de que estás
demasiado cerca?
—Es simple, kismet —dice—. Te vas a quedar aquí, atada,
donde podrás disfrutar de algo de espacio mientras yo me voy. —
Tiro de él de nuevo. No me gusta este plan. Ni un poco—. Y cuando
regrese, —continúa sin problemas—, tal vez estés lista para mi
compañía una vez más.
Juro que percibo una nota de dolor en la voz de Muerte, pero
eso es ridículo, ¿verdad? Verdad. El jinete me ata las muñecas a la
espalda y luego me arrastra hasta el repugnante sillón reclinable
lleno de manchas, donde ata el otro extremo de la cuerda a la base
de metal oxidado de la silla.
Esto. Es. Una. Mierda.
—Vaya —dice, mirándome de arriba abajo mientras lo
miro—, este sentimiento me recuerda tanto a todas esas veces que
me mantuviste como rehén. Desafortunadamente para ti, Laz, no
tienes la fuerza para liberarte.
—No me llames así—grito.
—¿Prefieres Kismet?
Los ojos de la muerte se posan en mis labios. Han estado
haciendo eso mucho desde que me raptó. A pesar de que estoy
escupiendo cabreada y él podría sentirse herido, sigo pensando que
el jinete quiere besarme.
—Parece que no has tenido ningún problema con ese nombre.
- 160 -
Lo miro.
—En el momento en que me quite estas cuerdas, te vas a
arrepentir.
—Tal vez sí. Tal vez no. —Toca mi mejilla y luego se pone
de pie—. De cualquier manera, volveré pronto. Estoy ... ansioso
por volver a tu lado.
La muerte se vuelve y camina hacia la puerta, sus pesadas
botas tintinean mientras se aleja de mí. Me sacudo contra mis
ataduras.
—Thanatos, no puedes hablar en serio. —Me ignora—. ¿A
dónde vas? —exijo.
Se vuelve y la luz del sol de la mañana entra a raudales por
las ventanas detrás de él, iluminándolo con una corona de luz. Es
molesto lo hermoso… lo celestial que se ve. Sin embargo, la
mirada que me lanza me hiela la sangre.
—Tengo trabajo que hacer, Lazarus. ¿Confío en que seas
consciente de eso?
Me quedo quieta mientras su plan se pone en marcha: tiene la
intención de viajar conmigo y luego mantenerme enjaulada
mientras él está destruyendo el mundo. Siento que mi rostro
palidece.
—Muerte —respiro—. Por favor —ruego—. No lo hagas.
Esto es a lo que me ha reducido: a mendigar. Mendicidad
inútil e impotente.
—Ya haces suficiente daño en los caminos entre las ciudades.
—Te veré pronto, Kismet —dice.
Con eso, se va, la puerta cruje al cerrarse detrás de él.
Mierda, mierda, mierda. Necesito largarme de aquí, ahora.
- 161 -
Capítulo 24
Pleasanton, Texas
Enero, año 27 de los Jinetes
Que se joda ese hijo de puta. Por centésima vez tiro de mis
ataduras. Es inútil. Mis muñecas están sujetadas con demasiada
fuerza a mi espalda para que pueda deshacer el nudo en la base del
sillón. No es que no lo haya intentado. También intento arrastrar el
mueble por la puerta. Eso sólo da lugar a que se vuelque y me
aplaste y luego me entra el pánico, los recuerdos de estar atrapada
revoloteando por mi mente.
Así que ahora, a pesar de que me las he arreglado para salir
de debajo del sillón reclinable, he decidido dejar de luchar. Al
menos hasta que vuelva Muerte. Entonces, felizmente saltaré sobre
él. Tengo mucha hambre y estoy bastante segura de que renunciaría
a los orgasmos para siempre —de acuerdo, tal vez durante un
mes— por un buen vaso de agua fría. Al menos no necesito ir al
baño. Esa es una ventaja de no comer ni beber durante períodos
prolongados.
Me golpeo la nuca contra el mohoso sillón reclinable,
aburrida y frustrada. A lo lejos, escucho un galope. Me tenso,
incluso cuando mi corazón comienza a acelerarse.
Ya ha vuelto.
Mierda, fue rápido. Le llevó qué, ¿una hora? ¿Dos? Y en ese
tiempo una ciudad fue aniquilada. Mi justa ira arde como veneno
en mis venas. En el momento en que me quite estas ataduras,
estrangularé al jinete con mis propias manos, bastardo.
Agudizo el oído para escuchar cómo se acerca Muerte. El
ruido de los cascos se detiene a unos pasos de distancia, y ahora
escucho como la espesura que Thanatos hizo crecer alrededor de la
- 162 -
propiedad cruje. Los cascos comienzan a sonar una vez más,
galopando todo el camino hasta el porche delantero.
Afuera, puedo oír a Muerte desmontar, su armadura
tintineando.
Estoy ansioso por volver a tu lado.
Mi estómago se aprieta.
—Toc, toc, hijo de puta, —llama una voz profunda
acercándose a la puerta. Una voz que definitivamente no pertenece
a Thanatos.
Mi respiración se queda atrapada en mi garganta.
Bueno, mierda.
¡BOOM!
Me estremezco cuando las bisagras chirrían y la madera se
astilla, la puerta se hunde hacia adentro. El hombre la patea de
nuevo y los últimos restos se destruyen. Golpea el suelo con un
ruido sordo. Entonces ahí, de pie en la puerta está la cosa de mis
pesadillas.
Otro jinete.
- 163 -
Capítulo 25
Pleasanton, Texas
Enero, año 27 de los Jinetes
- 165 -
miedo a él se desvanece cuanto más charlamos. Da un par de pasos
lentos hacia mí, escudriñando mi situación.
—¿Y ahora estás atada aquí, indefensa y por capricho de mi
hermano? —dice—. Definitivamente eres su mujer.
Aprieto los dientes.
—No soy.
—Lo eres —insiste, y ahora sé que la desestabilidad es cosa
de familia—. Mmm. —El jinete me estudia—. Tu presencia
cambia las cosas.
Hay un brillo calculador en sus ojos. Levanto la barbilla y lo
miro.
—Si estas planeando matarme, te vas a llevar una decepción.
No es tan fácil deshacerse de mí.
—¿Matarte? —pregunta, incrédulo, claramente
sorprendido—. Mujer, nosotros queremos darte rienda suelta.
- 166 -
—Bueno, no todos —admite el jinete cuando las primeras
gotas de lluvia comienzan a golpear el techo—. Todavía echamos
de menos a nuestro querido Muerte. Pero estoy seguro de que, si
estás aquí, volverá pronto. Es imposible que te atara como un
regalo solo para abandonarte.
Frunzo el ceño, observando los penetrantes ojos verdes y los
rasgos cortantes del jinete.
—¿Qué jinete eres? —pregunto.
—El menos agradable, excepto la Muerte, por supuesto.
Sigo mirándolo, esperando una respuesta real. Él suspira.
—Humanos —murmura en voz baja—. Hambre. Yo soy
Hambre, también respondo al Segador.
—¿Ninguno de vosotros, jinetes, podéis tener nombres
bonitos y normales?
¿Cómo Frank o Louis? No creo que le tuviera miedo a un
Louis.
Hambre vuelve a sonreír.
—Ya puedo decir que tú y Peste os llevareis muy bien.
Le miro con los ojos entrecerrados.
—¿Que se supone que significa eso?
—Oh, ya lo verás.
Lo miro por un latido o dos más, mientras Hambre me evalúa.
—¿Bien? —Finalmente digo.
—¿Bien qué?
—Si estás planeando liberarme, podrías empezar por
quitarme las ataduras —le digo, tirando de mi cuerda.
- 167 -
Hambre me frunce el ceño, pero echa mano de la espada atada
a su costado. El ruido de la lluvia es cada vez más fuerte. Incluso
sobre el sonido de la tormenta que se avecina, todavía me las
arreglo para oír el distante golpe sordo de los cascos.
Reflexivamente, me tenso.
—Puedes relajarte —dice Hambre—ese no es tu novio.
—La muerte no es mi novio —espeto mientras la lluvia
comienza a gotear a través de los muchos agujeros en el techo. El
Segador me muestra esa maldita sonrisa.
—Claro que sí, tesoro.
Afino mis ojos hacia él. En este momento, no me importaría
que Thanatos golpeara a este hermano suyo.
—¿Cómo sabes que no es la Muerte el que está llegando a
esta casa en este momento? —pregunto con curiosidad mientras
Hambre comienza a cortar mis amarres.
—Puedo sentirlo —dice.
Mis ataduras se caen y suspiro cuando mis brazos se liberan.
Froto mis muñecas.
—Así que por eso irrumpiste aquí, seguro de que la Muerte
estaba dentro. Porque lo sentiste —digo sin impresionarme—. El
jinete que no está aquí.
—Puedo sentirlo cuando está en tierra —corrige el Segador,
un poco demasiado a la defensiva—. Estuvo aquí toda la noche
anterior y esta mañana temprano ... —Se interrumpe—. No le voy
a explicar esto, a una humana degenerada.
Lo fulmino con la mirada. Todo mi miedo ha sido
reemplazado por fastidio. Profundo, profundo, fastidio. El pesado
golpe de los cascos se hace más fuerte, distrayéndome por un
momento.
—Esos serán mis otros dos hermanos —dice Hambre.
- 168 -
—¿También los sentiste? —Le pregunto, mirándolo como si
fuera un imbécil. Me fulmina con la mirada.
—Justo cuando me estaban empezando a gustar los humanos,
tengo que conocerte a ti.
—El sentimiento es jodidamente mutuo.
Afuera, los cascos se detienen. Puedo escuchar una profunda
voz masculina murmurar algo, y otro hombre se ríe a carcajadas.
Me pongo de pie justo cuando dos hombres enormes atraviesan las
puertas, chorreando agua. Más jinetes. Mi pulso se acelera de
nuevo y mis instintos me piden que corra.
No están aquí para hacerte daño, no están aquí para hacerte
daño, me canto en silencio a mí misma. Al menos, no creo que me
lo hagan.
Hambre aún no ha revelado por qué exactamente están aquí.
Uno de los nuevos jinetes lleva un arco y un carcaj al hombro, y el
otro tiene una enorme espada atada a la espalda. Sus ojos se
detienen brevemente en mí y en Hambre antes de escanear la
habitación, buscando claramente a Muerte. Finalmente, su atención
vuelve a nosotros.
—¿Es esto una broma, Hambre? —Exige el mayor de los dos
hombres, su cabello rubio con vetas de plata pálida. A diferencia
del Segador, no lleva armadura, ni tampoco el hombre que está a
su lado.
—Buen trabajo localizando a Thanatos —dice el de cabello
oscuro, y casi me río.
Claramente, no soy la única persona que se siente cómoda
burlándose del Segador. Hambre pasa frente a mí.
—Encontré algo mejor que nuestro hermano, encontré a su
compañera.
- 169 -
Capítulo 26
Pleasanton, Texas
Enero, año 27 de los Jinetes
- 170 -
—¿Thanatos te ató? —pregunta, su mirada moviéndose a mis
muñecas, que todavía están rojas y en carne viva. No sé si está
preocupado o simplemente tiene curiosidad. Levanto un hombro.
—Nos hemos hecho cosas peores.
Las ruedas de su mente parecen estar girando, pero en lugar
de responder a eso, dice:
—Soy Víctor, aunque puedes llamarme Peste.
Peste. Casi me quedo sin respiración. Pero, por supuesto, uno
de ellos sería Peste. Mis ojos lo miran de nuevo mientras tantas
emociones turbulentas me atraviesan. Este es el jinete que mató a
mis padres biológicos. El jinete que debería haber acabado con mi
vida también. Y ahora está de pie, frente a mí. No es en absoluto lo
que esperaba. Mi garganta se cierra.
—Estás...
—¿Viejo? —termina por mí, sus ojos brillan afablemente—.
Me hicieron mortal hace mucho tiempo. Y ahora, envejezco.
Tengo que respirar por la nariz para controlar todo lo que
siento. Nunca pensé que me enfrentaría a este… este monstruo, y
definitivamente no bajo estas extrañas circunstancias. Me pica la
mano por alcanzar una daga que no está allí, y estoy tan cerca de
llorar en este momento, que es lo último que quiero hacer, pero
Peste es tan condenadamente civilizado y tiene ojos amables y
líneas de risa, pero mató a mis padres. Él también es mi enemigo.
Antes de que pueda responder, Guerra se acerca, sus ojos me
escudriñan.
—Así que eres la esposa de la Muerte.
Al diablo con esto.
Salgo de la casa en ese momento. Paso a grandes zancadas
junto a los caballos inactivos, por el camino de entrada cubierto de
maleza con sus trastos oxidados. La lluvia me empapa rápidamente,
pero no me importa. Ya no estoy atada, no necesito quedarme
dentro de esa casa decadente con esos hombres horribles, y ...
- 171 -
Mis ojos se fijan en una abertura en el seto que rodea la
propiedad. Puedo escapar. Estaba tan distraída por mi situación
que perdí de vista mi objetivo más importante: escapar.
Acelero el paso, temerosa de que la maleza antinatural se
cierre en cualquier momento.
—¡Espera!
Oigo fuertes pisadas detrás de mí. Mis pasos vacilan. Si me
voy ahora, me escabulliré de las garras de la Muerte. Si me quedo,
entonces podría descubrir por qué estos jinetes siguen a Muerte.
Miro la espesura que rodea la casa. La lluvia gotea de cientos de
hojas, haciendo que las plantas brillen en todas partes menos en esa
que se rompe en el follaje. Esa apertura se está burlando de mí.
—Sé que somos un poco intensos —me grita Peste—. Mis
hermanos y yo no estamos tratando de molestarte. Estamos aquí
para detener a Muerte, de una vez por todas.
Mi respiración se corta. Giro, enfrentándome a Peste. Por un
momento, me olvido de toda la mala sangre que tengo con este
jinete.
—¿Estás aquí para detener a la Muerte? —pregunto,
incrédula. Quiero decir, son los Cuatro Jinetes. Todos ellos están
aquí para destruir nuestro mundo. Busco su mirada.
—¿Por qué tu, cualquiera de ustedes ... —Hago un gesto
vago hacia la casa donde están los otros dos hombres—, quieren
eso?
Peste suspira.
—Es una larga historia. Una que Hambre, Guerra y yo
estamos dispuestos a contarte, si quieres escuchar.
Busco su rostro mientras la lluvia cae de mi pelo y mis
pestañas. Suena sincero, y si lo es, entonces… tal vez Thanatos
puede ser detenido, permanentemente. Ignoro la forma en que el
terror se enrosca dentro de mí ante ese pensamiento. Es necesario
detener a la Muerte. Esto es más grande que yo y mis sentimientos.
- 172 -
Entonces recuerdo con quién estoy hablando exactamente. Este es
el jinete que acabó con mi primera ciudad natal.
—¿Por qué crees que querría ayudarte? —le pregunto—.
Mataste a mis padres.
Mi voz se rompe sobre esa vieja herida. He sido testigo de
muertes más recientes y más dolorosas a manos de Thanatos, pero,
oh, ¡Cómo le he hecho pagar por ellas! Este jinete, por otro lado,
me robó la vida que podría haber tenido, ¿y ahora quiere mi ayuda?
Gracias a él, nunca conoceré a los padres que me trajeron al mundo,
nunca podré abrazarlos o memorizar sus caras o aprender quiénes
eran y de dónde vengo. Y aunque esa vida significaría borrar a la
persona con la que crecí, una vida llena de amor y risas, sigue
siendo un futuro que me fue robado de todos modos. Peste parece
desconcertado. Sus ojos escudriñan mi rostro de nuevo.
—Lo siento —dice, y hay un remordimiento genuino allí.
Ojalá no pudiera sentirlo. Aprieto la mandíbula y miro hacia otro
lado, repentinamente abrumada por esta confrontación—. Yo era
un hombre diferente entonces —continúa—. Probablemente no era
tan diferente de cómo es Muerte ahora. Nosotros, los jinetes,
podemos cambiar nuestras costumbres. Todos lo hemos hecho,
excepto Muerte. Y desafortunadamente para ti y el resto de la
humanidad, él es el único jinete que tiene la última palabra sobre si
todos vosotros viven o mueren. Es por eso que los tres, incluido esa
odiosa bestia que conoces como Hambre ...
—¡Escuché eso, idiota! —El Segador grita desde el interior
de la casa.
—… Estamos aquí, buscando a Muerte —continúa Peste
suavemente—. Queremos detenerlo, vamos a detenerlo. Pero
realmente nos vendría muy, muy bien tu ayuda. Y lo siento mucho.
No puedo traer de vuelta a tus padres, pero quizás juntos podamos
salvar a muchas otras familias de la misma suerte.
Necesito sentarme. Mis piernas ya no parece que quieran
soportar mi peso.
—¿Realmente están tratando de detener a Thanatos? —digo
suavemente. No puedo creerlo.
- 173 -
—Realmente lo estamos —responde. Sus palabras, y su
disculpa, flotan pesadas en el aire entre nosotros. No quiero
perdonarlo, y no quiero trabajar con él, pero este último año me ha
obligado a lidiar con todo tipo de circunstancias horribles e
imposibles. Demonios, acabo de pasar la noche en los brazos de la
mismísima Muerte, el hombre responsable no solo de la muerte de
mi familia, sino de la desaparición de todos. Peste me lanza una
larga mirada.
—Por favor, vuelve adentro… —Hace una pausa, dejando un
espacio para que diga mi nombre.
Evalúo al jinete, no estoy del todo segura de que ensuciarme
las manos en cualquier lío que estén tramando sea una gran idea.
Mejor que seguir siendo la cautiva involuntaria de Muerte.
—Lazarus —digo finalmente—. Mi nombre es Lazarus.
Peste sonríe.
—Lazarus —repite—. Es un placer conocerte oficialmente.
—Asiente con la cabeza hacia la casa—. Tan pronto como estés
lista para salir de la lluvia, mis hermanos y yo tenemos mucho que
contarte, y no creo que tengamos mucho tiempo.
- 174 -
Capítulo 27
Pleasanton, Texas
Enero, año 27 de los Jinetes
- 175 -
—¿Dónde están esas familias suyas? —pregunto—. ¿Por las
que estáis luchando? —Es bastante obvio que no están aquí.
—Lejos, muy lejos —dice Guerra, con lo ojos afilados. Cierra
su mano en un puño, y noto con fascinación que en cada nudillo
hay marcas rojas y brillantes—. Y seguirá siendo así hasta que nos
enfrentemos a Muerte.
Sus palabras atraen mi atención de nuevo a su rostro.
—Enfrentarse a él. —Suena siniestro y definitivo—. ¿Qué
planean hacerle a Thanatos? —pregunto. Sale como un susurro.
—Lo que sea necesario —dice Guerra sombríamente.
Hambre se separa del grupo y se dirige hacia la puerta abierta.
—¿Y quieren mi ayuda? —cuestiono despacio. Peste asiente.
Apenas puedo pronunciar las siguientes palabras—. ¿Qué quieren
que…?
—Guerra, Peste… —Interrumpe Hambre.
—Víctor —corrige Peste.
—No me importa tu jodido nombre. Muerte se acerca.
—Oh, ¿así que ahora sabes dónde está? —digo.
Hambre me lanza una mirada oscura por encima del hombro.
Se vuelve hacia sus hermanos.
—Ustedes dos tienen que irse.
Peste —Víctor— y Guerra están callados, pero ninguno de
los dos hace un movimiento para irse. Hambre exhala
ruidosamente.
—¿Tengo que ser yo el sentimental? Ustedes dos tienen que
irse, ahora. Son mortales —les recuerda el Segador—. Esta es una
pelea que van a perder, y hoy no es el día en que hacemos nuestro
movimiento.
Mis ojos saltan de un hombre a otro, incluso cuando un
escalofrío recorre mi espalda. No sé por quién estoy más
preocupada: por la Muerte o por estos tres. A regañadientes, Guerra
- 176 -
y Peste se dirigen afuera, donde esperan sus caballos. La lluvia está
empezando a caer con más fuerza y, por una vez, estoy
legítimamente agradecida de estar en esta casa podrida.
—Iré por ustedes, —les grita Hambre— después de tener una
pequeña charla con nuestro hermano.
Me da escalofríos la amenaza en las palabras del Segador.
—¿Entonces te enfrentarás a él solo? —pregunto.
Hambre se vuelve hacia mí de mala gana.
—¿Te gustaría unirte a mí? —pregunta, levantando las cejas
con escepticismo.
—He luchado con ese hombre más veces de las que puedo
contar. Estoy feliz de no participar en esta. —Después de un
momento, agrego—: ¿Puedes matar a Thanatos, para siempre?
Una pequeña sonrisa malvada se extiende por el rostro de
Hambre.
—¿Eso te asusta, tesoro?
—Te juro que, si me vuelves a llamar así, me quitaré la bota
y te daré una paliza con ella.
El Segador cruza los brazos y se apoya contra una pared
cercana.
—Pruébalo —dice, levantando la barbilla—. Te reto.
Sus ojos prometen venganza. Hambre es diferente de su
hermano, Muerte. Thanatos puede ser violento, pero no hay ira en
él. Parece sombríamente resignado a su deber, lo que hace que él y
su tarea sean aún más frustrantes, pero… al menos no lo disfruta.
A diferencia de este pervertido. Apuesto a que a Hambre le encanta
matar. Parece como si fuera así. Antes de que ninguno de los dos
pueda decir algo más, oigo el familiar y temido batir de alas. La
emoción brilla en los ojos de Hambre.
—¿Es tu novio al que oigo? —dice, inclinando la cabeza.
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Abro la boca para escupir una réplica mordaz cuando el
Segador de repente cruza la habitación en tres largas zancadas y me
agarra del brazo.
—¡Oye! —Jalo de su agarre. Con la otra mano, coge su
guadaña. Luego, dándome un rápido tirón, me arrastra contra su
pecho—. ¿Qué estás haciendo? —exijo.
Afuera, la lluvia cae a raudales, golpea la casa y el suelo a
través de las ventanas y la puerta abierta.
—Esto se llama venganza, tesoro. —dice suavemente en mi
oído—. No lo entenderías.
Abro la boca para responder cuando la guadaña letal del
Segador llega hasta mi cuello.
—No me movería si fuera tú —advierte en voz baja—. No
planeo hacerte daño, pero si haces algo estúpido, como os gusta
tanto a los humanos hacer, bueno, al menos será una muerte rápida.
—Bastardo, pensé que querías mi ayuda —le digo.
Hambre no sabe que no pueden matarme, lo que hace que esta
situación sea aún más retorcida.
—Oh, estoy completamente convencido de que esos instintos
de auto conservación tuyos entrarán en acción y serás una mujercita
obediente.
—Vete a la mierda —siseo.
—Paso de la oferta, pero me considero halagado.
Gruño en respuesta, pero la presión de esa hoja me impide
luchar. La lluvia se ha convertido en granizo y, a lo lejos, veo un
relámpago. Los batidos de las alas de Muerte se hacen más fuertes,
y luego a través de la puerta veo su forma malévola aterrizar en el
suelo. Sus alas se pliegan y su mirada se posa en la puerta abierta.
Por un instante juro que veo, ¿sorpresa? ¿Pánico? Sea lo que sea,
desaparece tan pronto como llega. Deja caer algo de su mano y
avanza hacia la entrada. Thanatos hace una pausa cuando llega a la
puerta.
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¡THA-BOOM!
Los truenos resuenan y los relámpagos iluminan el cielo. Por
un segundo, los rasgos de Muerte destellan, un esqueleto alado
parpadea sobre su rostro y cuerpo, luego la ilusión desaparece.
Inmediatamente, los ojos de Muerte encuentran los míos. Solo
permanecen un segundo antes de caer sobre la guadaña
ensangrentada en mi cuello y, finalmente, al hombre que la
empuña.
—Hambre.
Hay una nota aterradora en la voz de Thanatos, una que
incluso en nuestros peores momentos, nunca le había oído usar
antes. Y la mirada que le lanza la Muerte es francamente letal.
Detrás de mí, puedo sentir al Segador prácticamente estallando de
vértigo. Realmente es un desviado.
El agarre de Hambre en la parte superior de mi brazo se
aprieta.
—¿No te resulta familiar esta situación? —le dice a la
Muerte—. Sólo que la última vez nuestros roles estaban invertidos.
Ah, joder.
Sea lo que sea que esté pasando, no se trata solo de cosas del
fin del mundo, es de venganza. Y estoy atrapada en medio de eso.
Thanatos se acerca.
—No sabía que tenías deseos de morir, hermano.
En un tono más amenazador, Hambre dice:
—Acércate un poco más y la degollaré.
Para mi sorpresa, Muerte se detiene. ¿Por qué no se acerca
más? Sabe que no puedo morir de verdad. El Segador apoya su
boca en mi oído.
—Mira eso, tesoro —dice—. Mi hermano parece tener
corazón, después de todo. —A Muerte, le dice—: Doloroso, ¿no?
Por fin, tú, Muerte todopoderoso, sabes lo que es ser vulnerable. —
- 179 -
Su voz se regodea abiertamente. Thanatos no parece vulnerable.
Solo lleno de ira.
—¿No crees que soy consciente de que nuestros hermanos
están a un kilómetro de aquí? —pregunta Thanatos, su voz
escalofriantemente tranquila—. ¿Que ustedes tres han estado
trotando por el mundo? ¿Crees que ignoro tus planes? Deja ir a
Lazarus, y los perdonaré a todos, por ahora.
Hambre suspira, y por un segundo creo que está haciendo un
espectáculo de esto solo para poder arrastrar la guadaña por mi
cuello y hacer que todo sea demasiado dramático. Pero luego quita
la hoja por completo y me empuja hacia adelante. Tropiezo justo
cuando Thanatos se adelanta y me atrapa. El jinete me quita el pelo
de la cara.
—¿Estás bien? —me pregunta en voz baja, ignorando a su
hermano por completo.
Miro sus profundos ojos, ojos que me miran con
preocupación, como si él no hubiera terminado deliberada y
violentamente con mi vida varias veces. Asiento, más agitada de lo
que creía. Ahora que no estoy a punto de morir, me relajo en sus
brazos. Muerte también parece hacerlo, y tengo muchos
sentimientos contradictorios al respecto. Su mirada se mueve hacia
Hambre, y puedo ver una oscura promesa en su expresión.
—Te vas a arrepentir de esto —afirma Thanatos, su voz ligera
como una pluma, pero llena de amenaza.
—¿Ahora sí? —dice el Segador, levantando las cejas.
Todavía parece estar disfrutando. Thanatos me suelta, avanzando
para enfrentar a su hermano.
—La última vez que te vi, cobarde, estabas huyendo de mí —
dice Muerte, comenzando a rodear a Hambre—. Dime, ¿cómo está
Ana?
¿Ana? Mis ojos se abren de par en par al atar cabos. Esta Ana
debe ser la mujer a la que ama el Segador, por la que quiere
renunciar a la humanidad. Hambre también comienza a moverse,
los dos hombres se rodean el uno al otro.
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—¿Cuándo fue la última vez que hablaste con ella? —le
presiona Thanatos. Ahora Hambre no se está regodeando. Él
tampoco sonríe. Su labio superior se encrespa.
—Si te atreves…
—¿Si me atrevo? —dice Muerte imperiosamente, con los
ojos encendidos—. Tú eres el que se ha atrevido demasiado. Se
suponía que ibas a ayudarme. En cambio, sacaste a nuestros
hermanos de sus aburridas vidas mortales y obligaste a sus cuerpos
envejecidos a enfrentarse a mí.
—Aw —Hambre finge hacer pucheros— ¿Todavía crees que
el mundo es justo?
Muerte sonríe. Verlo me da escalofríos.
—No, finalmente lo veo por lo que es. Eres tú quien parece
aferrarse todavía a esta idea de justicia, ¿o has olvidado mi alcance,
hermano? Tu querida Ana nunca está a salvo.
Ante esas palabras, el Segador se lanza, balanceando su
guadaña más rápido de lo que mis ojos pueden seguir. ¿Quién
decidió que luchar dentro de este espacio reducido era una buena
idea? Oh, claro, ese psicópata de Hambre, que aparentemente toma
muchas, muchas horribles decisiones.
Muerte da un paso atrás, esquivando la hoja con una facilidad
fuera de lo normal. Rápido como un rayo, Thanatos se lanza hacia
adelante, agarrando la empuñadura de la espada envainada del
Segador. Retira la hoja, y luego los dos están blandiendo sus armas.
La guadaña y la espada se bloquean, metal contra metal, resuenan
al unísono. Los observo con atención mientras me abro paso
alrededor de ellos y me dirijo a la puerta.
—Atar a tu chica fue un buen detalle, Thanatos —dice
Hambre, apoyando su peso en su guadaña—. Pero espero que no
pienses que eres especial. Esa no es la única excentricidad que
todos hemos hecho. —Hambre le sonríe con picardía a su hermano
mientras los rodeo, moviéndome lo suficientemente lenta como
para no llamar la atención sobre mí—. Y debo decir que la
hipocresía te queda muy bien.
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Con un zing, sus hojas se separan.
—No me di cuenta de que querías que volviera a herirte —
dice Thanatos. Hambre hace girar su guadaña y parece que tiene la
ventaja cuando, de la nada, Thanatos se lanza hacia adelante. Ni
siquiera lo veo blandir su espada, sucede tan rápido. De un solo
golpe, la Muerte corta el brazo de Hambre. Reprimo mi grito
cuando la extremidad cortada del jinete cae al suelo.
Jesús.
Hambre brama, y luego está sobre su hermano en un instante.
Choque de espadas y salpicaduras de sangre. La tierra debajo de
nosotros se agita violentamente, tirándome al suelo. Afuera, veo el
cielo destellar mientras la lluvia continúa cayendo de los cielos.
Las tablas del suelo debajo de mí gimen siniestramente. Segundos
después, comienzan a astillarse y las plantas mutantes se elevan del
suelo, creciendo por segundos. Igual de rápido, mueren, pero
vienen más y la tierra está temblando, y juro que escucho el lejano
retumbar de un trueno. Mis ojos vuelven a Muerte. Sus pómulos
parecen tan afilados como cuchillas, sus alas tensas detrás de él.
Parece prodigioso y se mueve con una velocidad sobrenatural. He
peleado contra este hombre muchas veces y nunca me pareció así.
Solo ahora veo la verdad. No iba en serio conmigo.
—Pegas como un marica, hermano —dice el Segador. Su
rostro, sin embargo, está distorsionado por el dolor.
—Aún no puedes controlar tus emociones o el clima, ¿verdad,
Hambre?
Se provocan mutuamente mientras se cortan en pedazos. Creo
que se han olvidado casi por completo de mí. Ahora es tu
oportunidad, Lazarus.
Por un segundo, dudo.
Los tres jinetes querían mi ayuda, y Dios sabe que se sentiría
bien hacer que Thanatos pagara por secuestrarme. Pero Hambre
estuvo tan cerca de matarme. Todo para que pudiera actuar en
alguna venganza personal. El hijo de puta puede pelear esta batalla
por su cuenta.
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Me arrastro por la habitación mientras la casa sigue gimiendo
y crujiendo, y estoy segura de que en cualquier momento Muerte
va a notar mi presencia. Pero la lucha no se detiene. Me arrastro
por la puerta abierta y me pongo de pie en silencio. Afuera, el
viento aúlla mientras azota mi cabello y la lluvia golpea mi piel. En
el poco tiempo que han estado peleando estos dos jinetes, han
crecido enredaderas alrededor de gran parte de la casa. El edificio
se está fragmentando a medida que aún más plantas salen del suelo
y atraviesan el marco de la casa.
Me apresuro por el patio delantero, bordeando la basura
oxidada mientras un rayo atraviesa el cielo. Un recuerdo de los
rasgos esqueléticos de la Muerte destella detrás de mis ojos. Tengo
que escapar. Casi me tropiezo con un montón de suministros
dispersos. Fruta, pan, botellas de agua, mantas y más, todo
empapado por la tormenta. No estaba aquí cuando salí de la casa
una hora antes. Muerte no me había dejado para aniquilar una
ciudad. Se había ido a traerme provisiones. Quiero decir,
probablemente mató a la ciudad de donde los sacó, pero eso es algo
natural en él. Mi corazón martillea en mi pecho mientras lo miro
todo. Detrás de mí, escucho el bramido de Hambre y el chirrido de
la casa mientras las vigas se rompen en serio. La voz aterciopelada
de Muerte se oye hasta afuera, y sea lo que sea que esté diciendo,
no es inglés. El sonido me eriza el vello de los brazos. Mi mirada
se desplaza hacia la abertura en la maleza.
Corre chica corre. Y eso es exactamente lo que hago. Huyo
por mi vida.
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Capítulo 28
Pleasanton, Texas
Enero, año 27 de los Jinetes
- 184 -
Me paralizo ante ese sonido lejano. ¿Qué es eso? Es
imposible distinguirlo por encima del viento y la lluvia…joder, tal
vez sea el viento y la lluvia. Empiezo a caminar de nuevo, tratando
de decidir en qué casa entrar...
waaaah... ahahah... waaaaah...
Hago una pausa de nuevo. Ese no es el viento. ¿Es un animal?
Quizás alguna criatura quedó atrapada y ahora está pidiendo ayuda
a gritos. Pero hay algo en ese sonido, algo que me hace rechinar los
dientes. Una sensación de malestar se acumula en mi estómago. Me
encuentro dirigiéndome hacia el ruido, atraída a pesar de mis
propias necesidades urgentes. …
Wahwahwah… ¡WHAAAAAA!
Oh Dios mío.
Me olvido del jinete, de la comida, el agua y la lluvia que me
golpea. Es un bebé. Alguien más ha sobrevivido a la Muerte.
- 185 -
Capítulo 29
Pleasanton, Texas
Enero, año 27 de los Jinetes
- 186 -
tiempo lleva atrapado en esa cuna? El pensamiento es demasiado
espantoso para reflexionar.
Asalto la casa en busca de leche. Tengo que tragarme un
sollozo al pasar junto al cuerpo sobre el que salté hace un minuto.
El largo cabello castaño rojizo de la mujer se despliega a su
alrededor como un halo; esa debe ser la madre del niño. He pasado
por innumerables cuerpos durante los últimos seis meses y me he
acostumbrado a verlos. Pero ahora mi propia historia se superpone
a este momento, y tengo que inhalar por la nariz para evitar que se
me escapen algunos sollozos descuidados.
Cuando entro a la cocina, me dirijo directamente a la nevera.
En el interior hay varios biberones de leche precargados. Gracias a
Dios. Agarrando uno de ellos, lo llevo a los labios del niño. El bebé
bebe con avidez, engullendo la leche. Y ahora, empiezo a llorar.
Este niño nunca crecerá en esta casa y nunca conocerá a la mujer
que yace en ella. Pero vivirá. Eso lo juro.
- 188 -
comienza a llorar de nuevo. Mierda. Los bebés son las criaturas
menos sutiles del mundo. Metiendo la mano en la mochila, agarro
una de las botellas, desenrosco una de las tetinas de goma y se la
meto en la boca a Ben. Probablemente debería haber buscado
algunos chupetes.
—Sé que has tenido unas horas difíciles, pequeño —le digo—
, pero necesito que seas valiente durante algunas más.
Todavía no estamos fuera de peligro.
- 189 -
enmarañado contra un lado de su cara. Y se está moviendo hacia
mí muy, muy rápido. Eso no es una persona viva.
Joder, joder, joder, joder.
Hago girar la bicicleta, el movimiento despierta a Ben y
empiezo a pedalear, cambiando de marcha apresuradamente para
maximizar mi velocidad. Detrás de mí puedo escuchar las pisadas
retumbantes que me siguen.
Dios mío, la Muerte resucitó a sus muertos.
Y me están buscando. Sé que lo hacen. Pedaleo tan rápido
como puedo, mis piernas me arden. Las pisadas detrás de mí se
vuelven cada vez más distantes, pero no me atrevo a mirar atrás.
¿La criatura me ha visto bien? ¿Vendrán más? ¿La Muerte en
persona estará aquí pronto? Cada posibilidad es más aterradora que
la anterior, y el terror puro me hace pedalear tan fuerte como puedo
durante horas, hasta que mi ropa está empapada de sudor y mi
respiración completamente agitada y Ben ha estado llorando
durante más tiempo del que debería haberle dejado.
A partir de ese momento, existo en un estado de pánico. Cada
figura en la distancia es un potencial retornado que busca a la
Muerte. Cada edificio de pie potencialmente alberga más de ellos.
Me gusta viajar de noche, lo cual es más aterrador de lo que puedo
describir. Ninguna historia de fantasmas me preparó
adecuadamente para la realidad de encontrarme con muertos
vivientes en carreteras oscuras y solitarias. Y me encuentro con
algunos de ellos. Están inquietantemente silenciosos mientras
merodean por los caminos. Solo una vez sale uno de un campo
cercano, el sonido en la hierba salvaje es mi única advertencia.
Afortunadamente, mi bicicleta es más rápida que incluso el cadáver
más veloz, y la noche oculta mi identidad.
Cada vez que me alejo, me asaltan las incertidumbres: ¿Sabe
la Muerte dónde estoy? ¿Realmente he escapado de él? No parece
probable. El único lado positivo de los muertos que ahora caminan
es que han abandonado las casas en las que murieron. Nunca me
quedo mucho tiempo, ni duermo mucho. Y mi compañero de viaje
- 190 -
es sorprendentemente bueno en todo este calvario. Más de una vez,
me quedo mirándolo con curiosidad.
¿Cómo sobreviviste? ¿De verdad eres como yo? Sería muy,
muy útil si lo fuera. Entonces no tendría que huir del jinete. Pero
no hay forma de saberlo realmente. No, a menos que suceda algo
catastrófico. Y personalmente, el mundo ya ha soportado
suficientes catástrofes. No estoy interesada en manifestar otra solo
para probar una teoría. Así que tengo miedo y entro en pánico y
viajo, viajo, viajo.
En algún momento, las ciudades llenas de muertos dan paso
a ciudades llenas de vida. Incluso entonces sigo pedaleando,
buscando un lugar que esté lo suficientemente lejos de la Muerte
como para no oír los susurros del jinete. Todavía no puedo
quitarme el zarcillo de inquietud que siento, como si de alguna
manera la pesadilla no hubiera terminado. Pero alejo ese
pensamiento de mi mente; los días ya son bastante duros sin
preocuparme por el futuro.
Se necesita una pequeña eternidad llena de bebés que lloran
y pequeñas crisis (mías, no de Ben) pero, finalmente, llegamos a
Alexandria, Louisiana, una ciudad que simplemente se siente
segura. Así que ahí nos quedamos. He reunido suficiente dinero en
el camino para alquilar una casa pequeña y establecernos. Solo
entonces puedo dar un suspiro de alivio. Miro al bebé en mi cadera.
—Lo hicimos, Ben —le digo en voz baja—. Escapamos de la
Muerte.
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Capítulo 30
Alejandría, Luisiana
Abril, año 27 de los Jinetes
- 192 -
Agarro el arnés para bebés que compré el mes pasado y obligo
a mis manos temblorosas a ponérmelo antes de asegurar a un
inquieto Ben en él. Todo esto sucede en un aturdimiento
alimentado por el pánico. Cojo el bolso para emergencias. He
guardado uno para esta misma ocasión. Lo agarro del gancho del
que cuelga, poniéndolo en mi espalda, salgo corriendo al aire frío
de la tarde. Cojo mi bicicleta y me subo a ella.
Por favor, que tenga tiempo. Por favor, que todo esté en mi
cabeza.
Voy alternando cánticos, esperando lo mejor, pero temiendo
lo peor. No sé qué camino tomar; sin embargo, al final de la
carretera oigo a un perro aullar. Me dirijo hacia el ruido, el pánico
se apodera de mis pulmones. Cinco casas más abajo, escucho al
perro golpeando contra una puerta de madera podrida, todavía
aullando. Pedaleo todo el camino hasta la puerta, agarro el pestillo,
luego me detengo para prepararme. Miro a Ben, que se ha quedado
callado mientras mira a nuestro alrededor.
—Tenemos esto bajo control, Ben —le digo, más por mi bien
que por el de él—. Ninguno de los dos se encontrará con la Muerte
esta noche.
Abro la puerta y dejo al perro libre. La criatura huye
inmediatamente calle abajo y yo pedaleo tras ella. Atraviesa patios,
acorta esquinas y pasa a través de arbustos y varias veces estoy
segura de que voy a perderlo de vista. Pero de alguna manera, me
las arreglo para seguir el rastro del perro. Todo es un borrón de
adrenalina e instinto. Pero para cuando sale el sol, Alejandría está
muy atrás y Ben todavía está vivo. Solo entonces me permito
procesar lo que acaba de suceder.
Te está cazando. Quizás la Muerte nunca se detuvo. Y ahora
se está acercando.
Ben y yo encontramos una nueva ciudad, un nuevo lugar para
quedarnos y yo consigo un nuevo trabajo. Nada de esto es tan
cómodo como Alexandria, pero no culpo al nuevo lugar por eso.
Mi sensación de seguridad se ha hecho añicos. Y con razón.
Ni un mes después, el diablo casi me encuentra de nuevo.
- 193 -
Y otra vez.
Y otra vez.
Me muevo a través de Louisiana, luego vuelvo a Texas.
Tengo miedo de vivir cerca de las ciudades con muertos, todavía
tengo pesadillas sobre los retornados de la Muerte persiguiéndonos
a Ben y a mí, pero viajar al este es un callejón sin salida, por así
decirlo. Thanatos ha arrasado con demasiadas franjas del país allí.
Así que, en cambio, me obligo a dirigirme hacia el suroeste. Si
puedo llegar a la costa, tal vez Ben y yo podamos conseguir un
pasaje en un barco que se dirija a tierras lejanas. Y si no podemos,
atravesaremos Texas y nos dirigiremos hacia el oeste, donde la
tierra aún no ha sido tocada por la Muerte.
Hace un año, un plan como este, lleno de incertidumbre y
lucha, habría sido petrificante para una chica de campo como yo,
que pasó las dos primeras décadas de su vida viviendo una vida
cómoda y predecible. Pero la amarga verdad es que ya no soy esa
chica, la que solía coser margaritas en sus jeans y regatear el precio
de los productos. La muerte me ha cambiado de muchas maneras
fundamentales. Quizás el aspecto más impactante de todo esto es
que no me gustaría volver a ser la chica que era. No para todo el
mundo. Soy más resistente, más aventurera y curtida en la batalla.
Irónicamente, la Muerte me ha hecho cobrar vida.
- 194 -
Capítulo 31
Orange, Texas
Julio, año 27 de los Jinetes
- 195 -
Siento mis propias lágrimas calientes deslizarse de mis ojos.
Tengo tanto miedo que me tiemblan los brazos. Necesito encontrar
un doctor. Quizás tengan algo para darle a mi hijo. Pero eso
suponiendo que sepan qué está causando la fiebre de Ben. Y que
tengan medicamentos para ello. Y que Ben se las arregle para
tomarlos.
Estoy casi hiperventilando con las probabilidades. Pero tengo
que intentarlo. Me muevo por la casa, agarrando lo que puedo
mientras Ben se agita en mis brazos. No sé qué hacer. No quiere
estar en mis brazos, pero cuando lo dejo, se siente claramente
infeliz. Justo cuando me preparo para abrochar a Ben en mi
bicicleta, un fuerte puño golpea mi puerta. Agarro lo último de mis
cosas, las tiro en la canasta de la bicicleta y me dirijo a la puerta,
Ben llorando todo el tiempo. La abro y palidezco al ver al visitante
que está en mi puerta. Peste. Por un momento, no encuentro las
palabras.
—¿Cómo ... qué estás haciendo aquí? —Por fin me las arreglo
para hablar.
Tengo que levantar la voz para que me escuche por encima
de los gritos de Ben. La mirada de Peste se posa en el bebé en mis
brazos.
—Ah. Así que esta es la razón por la que has estado
corriendo.
Me pone una mano en el hombro y me dirige de nuevo al
interior, siguiéndome. Y simplemente me dejo manipular por él. La
verdad del asunto es que ver una cara conocida me debilita las
rodillas. Justo cuando me sentía tan desesperadamente perdida,
Peste me encontró. Aprieto mis labios para contenerme, aunque
todavía puedo sentir mi labio inferior temblar. El jinete me lleva
hacia mi mesa y sillas destrozadas, pero estoy demasiado inquieta
para sentarme. Necesito ponerme en marcha ...
—¿Cómo sabes que he estado corriendo? —pregunto,
mientras mi mirada lo recorre de nuevo.
Siento que mis ojos deben estar engañándome. Peste suelta
mi hombro, mirándome. Siento como si él pudiera ver todo el estrés
- 196 -
que llevo en mi rostro. Cómo me ha desgastado durante estos
últimos meses.
—Guerra, Hambre y yo hemos seguido cazando a Muerte,
quien, como hemos notado, viaja solo, a pesar de que todos somos
conscientes de tu existencia. Combina ese conocimiento con los
movimientos tortuosos de Thanatos y los resucitados andantes y
bueno, obviamente te está buscando.
Mi pulso me martillea los oídos. Sé que Thanatos me ha
estado buscando, pero que Peste lo confirme hace que todo sea
incómodamente real.
—¿Cómo me encontraste? —pregunto mientras Ben sigue
llorando en mis brazos. Peste agarra el respaldo de una de las sillas
de mi cocina.
—No hay mucha gente llamada Lazarus y, a diferencia de la
Muerte, mis hermanos y yo estamos dispuestos a interactuar con
los vivos. Es sorprendente lo lejos que llegan algunas preguntas.
Todavía es más que asombroso, considerando lo nueva que
soy en Orange.
—¿Cómo de lejos está Muerte? —indago. Necesito saber
cuánto tiempo tengo.
—Veinte kilómetros, más o menos —responde Peste.
Cierro los ojos por un momento. Eso está demasiado cerca, lo
que significa que tengo que ir a Port Arthur hoy y comprar los
billetes para salir de aquí. Pero Ben no puede viajar. Así no.
Necesita un médico. Y medicina. Y descansar. Pero si no nos
movemos, puede que todo haya terminado de todos modos. Peste
continúa:
—La última vez que lo comprobamos, Muerte se dirigía en
una dirección diferente, por lo que probablemente tengas un día, tal
vez dos, antes de que venga aquí.
No es suficiente. Sostengo a Ben cerca, a pesar de que sus
gritos aumentan con la acción.
—¿Por qué estás aquí, advirtiéndome sobre esto? —digo.
- 197 -
La mirada de Peste es pesada, y juro que veo cierta
preocupación paternal en él cuando me responde.
—Hambre, Guerra y yo nunca terminamos nuestra discusión
contigo —dice—. Nos gustaría hacerlo. —La mirada del jinete se
posa en Ben, que sigue llorando—. Pero quizás ahora no sea un
buen momento. —Los ojos del jinete permanecen un momento más
en mi hijo—. La infección está haciendo estragos en su cuerpo y se
está extendiendo a cada hora. Necesita antibióticos, Lazarus.
Todo esto es demasiado. Mis hombros se encrespan y
empiezo a llorar, inclinando la cabeza sobre la de Ben.
—Oye, oye —dice Peste. Este hombre que es un oso, nos
atrae a mí y a Ben para darnos un fuerte abrazo. Es un apretón firme
y rápido que termina antes incluso de comenzar. Pero su mano
permanece en mi hombro y lo frota para tranquilizarme—. No pasa
nada. Va a ponerse bien —dice con tanta certeza—. Seca esos ojos.
Es solo la fuerza de voluntad lo que me hace recuperar la
compostura.
—¿Que se supone que debo hacer? —pregunto, mi voz rota.
—Cuida de tu hijo, busca un médico, dale antibióticos. Estará
bien. Cuando estés lista, ven a buscarme a mí y a mis hermanos.
Nos quedamos en una granja abandonada junto a la carretera 3247.
Es azul pizarra y tiene una puerta roja con una gran estrella de
hierro. —Asiento distraídamente con la cabeza.
Peste vacila, luego mira alrededor de mi apartamento. Al
darse cuenta del lápiz y el cuaderno que guardo en la encimera de
la cocina, el jinete toma los dos artículos y comienza a anotar la
dirección. Arranca la hoja de papel y me la entrega.
—Tienes alrededor de un día, más o menos. Lazarus, sé que
has estado corriendo. Y entiendo por qué. Pero queremos que te
detengas.
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Capítulo 32
Orange, Texas
Julio, año 27 de los Jinetes
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Exhalo, con mi cabeza inclinada sobre Ben. Debería ponerse
bien. Me aferro a eso. Después de que el Dr. Conway se va, una
enfermera nos lleva a Ben ya mí a una habitación con una cuna.
Prepara la vía intravenosa y administra el antibiótico. Todo el
tiempo lloro junto a mi hijo. Nunca me sentí más pequeña que
ahora, incapaz de hacer algo para salvar a mi niño. Los roncos
lamentos de Ben me golpean como puños. Son recordatorios
inquietantes del día en que lo encontré por primera vez, cuando
había llorado durante tanto tiempo que agotó su voz.
—Va a estar bien, —me digo—. Va a estar bien.
Intento no pensar en el hecho de que la Muerte se acerca a
esta ciudad, o que los otros jinetes quieren que deje de correr. Cada
vez que lo hago, parece que no puedo recuperar el aliento. En su
lugar, le acaricio el pelo a Ben y le canto canciones de cuna que
vacilan en mis labios, mi tristeza desafina mi voz.
Pasa una hora y nada parece cambiar. Mi hijo sigue llorando
una y otra vez, y aunque sus ojos no se ven tan hundidos y sus
labios parecen menos agrietados, todavía se nota que tiene dolor.
Pasa otra hora y llega una enfermera. Revisa la vía
intravenosa de mi hijo, luego sus signos vitales y se va. Pasan otras
dos horas, y todavía no ha cambiado mucho, excepto que la
respiración de Ben se ha vuelto más rápida y sus gritos se han
reducido con su agotamiento. Miro por la ventana la puesta de sol,
temiendo la llegada de la noche. El tiempo se me escapa entre los
dedos y no puedo hacer nada al respecto. No puedo hacer nada al
respecto.
La enfermera regresa, revisando a mi hijo una vez más.
Quiero preguntarle cuánto tardarán los antibióticos en comenzar a
hacer efecto. O si hay alguna forma de que pueda administrar el
resto de la medicina en casa, o, mejor dicho, en la carretera. Antes
de que pueda, sin embargo, ella sale corriendo. Solo minutos
después, la mujer regresa, con un médico desconocido pisándole
los talones.
—Hola, señorita Gaumond —dice la médica, alargando la
mano para estrechar la mía—. Soy la Dra. Patel. —Sus ojos se
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mueven hacia la cuna—. Y este es ... —Ella mira su historial—
Ben.
La Dra. Patel se acerca a la cuna donde está acostado Ben.
Saca un estetoscopio y escucha el corazón de mi hijo, luego revisa
su cabeza y cuello. La acción hace que Ben comience a llorar de
nuevo. Exhalando un profundo suspiro, se aparta de la cuna para
mirarme.
—¿Qué pasa? —pregunto antes de que pueda pronunciar una
palabra. Juro que debe poder oír mi corazón latiendo con fuerza.
—Deberíamos ver alguna mejora a estas alturas.
Desafortunadamente, ese no es el caso. —Mi corazón parece
detenerse ante esas palabras—. Continuaremos administrándole
penicilina a Ben —continúa la Dra. Patel—, pero hasta ahora no
veo ninguna evidencia de que esté funcionando.
No funciona.
—¿Hay algo más que se pueda hacer? —pregunto.
—Algunos casos de meningitis son bacterianos y otros son
virales —dice ella—. Los antibióticos no tienen ningún efecto
sobre la meningitis viral. Eso podría ser lo que tiene su hijo. Sin
embargo, existe la posibilidad de que se trate de meningitis
bacteriana, y si lo es, en este momento le daríamos a Ben
antibióticos más especializados, si los tuviéramos. —La doctora
suspira, frotándose las cejas con cansancio—. Sin embargo, esos
ya no están disponibles. Enviaremos una solicitud para ver si
alguno de los hospitales y farmacias vecinas tiene alguno a mano,
pero para entonces ...
Se calla, su significado es claro. Para entonces, Ben habrá
vencido a esta cosa o no. Siento como si alguien me hubiera robado
el aliento de los pulmones.
—El otro médico dijo que se pondría bien —susurro. La Dra.
Patel asiente.
—Es muy posible que lo haga. Los niños luchan contra
infecciones tan graves como ésta todo el tiempo. Está recibiendo la
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mejor atención que podemos brindarle. Todo lo que tenemos que
hacer ahora es dejar que su cuerpo haga el resto.
La doctora se vuelve hacia la puerta y quiero tomar su mano,
quiero suplicarle que no se vaya, quiero obligarla a quedarse aquí
hasta que sane a mi hijo.
—¿No hay nada más que podamos hacer? —pregunto,
perdida.
—Ore —dice ella—. Siempre hay esperanza en la oración.
—¿Rezar? —Hago eco.
¿A quién? ¿A Dios? Casi dejo escapar una risa amarga. Dios
no nos va a ayudar. Dios está apoyando al otro bando. El que me
persigue a mí y a todos en esta ciudad. La Dra. Patel se dirige a la
puerta, sin darse cuenta de mis tumultuosos pensamientos.
—Continuaremos controlando a Ben y asegurándonos de que
su cuerpo esté lo más saludable posible para luchar contra esto.
Con eso, ella se va, y yo me quedo sola con Ben y mi
desesperación.
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No me di cuenta de que pudieras amar algo tan
profundamente y tan rápido. No di a luz a este niño y lo conozco
desde hace menos de un año, y, sin embargo, si ... si algo le sucede,
me aplastará más que todas las muertes que ya he soportado. Rezo
—maldita sea esa médica— le rezo al Dios que la gente de mi
ciudad natal amaba y temía, a pesar de que ese Dios mató a mis
padres y luego al resto de mi familia y amigos. Aunque ese Dios
me ha dejado morir tantas veces solo para obligarme a vivir.
Aunque ese Dios está preparado para llevarse a mi hijo.
Estoy tan consumida por mi propio miedo y dolor que no
escucho a los animales en la distancia, ni noto el silencio
antinatural que cae sobre el hospital como un sudario. No escucho
las pisadas siniestras acercándose cada vez más, ni el sonido
resbaladizo de las puntas de las alas rozando el suelo. Solo miro
hacia arriba cuando se abre la puerta, asumiendo que es una
enfermera. En cambio, mis ojos se posan en la Muerte.
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Capítulo 33
Orange, Texas
Julio, año 27 de los Jinetes
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Miro a Ben, con tanto miedo de lo que voy a ver. Está
terriblemente quieto, pero escucho sus débiles inhalaciones.
Thanatos no ha matado a mi hijo. ¿Se ha acercado tanto el jinete a
otra alma viviente además de mí sin quitarle la vida?
—¿Por qué estás aquí? —exijo.
Su mirada sigue fija en Ben.
—Siento a cada criatura viviente —dice—. Me abren el alma
cuando es su hora de irse.
La mirada de Muerte se eleva hacia la mía. Sus antiguos ojos
están tristes, muy, muy tristes.
—No —digo de nuevo, mi voz rota, con mi agarre sobre Ben
cada vez más fuerte. Mi hijo no deja escapar ni un gemido.
—El niño que tienes en tus brazos está muy, muy enfermo,
Lazarus —dice Thanatos con suavidad, dando un paso adelante.
Niego con la cabeza, tratando de desterrar sus palabras.
—Se pondrá bien —digo, tratando de tranquilizarnos a los
dos.
—No —dice Muerte en voz baja, dando otro paso hacia mí—
, no lo hará.
Mi cara se arruga. Oigo la verdad en sus palabras, aunque no
quiera creerla.
—Por favor —digo, las lágrimas se deslizan de mis ojos—.
Es solo un bebé.
No te lo lleves.
Thanatos está callado, su expresión es de agonía. Por mí, me
doy cuenta. Él está agonizando por mí. No estoy segura de que su
compasión sea por el niño. Empiezo a temblar.
—Su alma me llamó —me recuerda Thanatos en voz baja—
Es su hora. Lo sé, y él también.
No no no no no. Pero no puedo escapar de la verdad de las
palabras de Muerte. Si Thanatos puede sentir a Ben, entonces mi
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hijo debe ser mortal después de todo. Si no estuviera ya sentada, la
idea me habría hecho arrodillarme.
—Perdónalo —le ruego—. Sé que puedes.
Si Thanatos puede quitar vidas a voluntad, entonces estoy
segura de que puede pasar por alto una. Muerte niega con la cabeza.
—Haré lo que sea, lo que sea —juro.
Odio lo hueca que suena mi voz, lo desesperada que ya estoy.
Pero nadie más me ha dado nada en lo que creer, y no hay ninguna
razón por la que este jinete deba ser diferente. Muerte me lanza una
mirada larga y curiosa. Algo parpadea en sus ojos y recuerdo que
la última vez que lo vi, estaba decidido a mantenerme cautiva.
Ahora, hay una chispa de esperanza. Lo tomo como una
oportunidad.
—Viviré contigo, lo haré… —le digo—, sólo perdona a Ben.
Por favor, cúralo como tú me has curado a mí.
Thanatos nunca me ha visto así, reducida a mi esencia más
débil y vulnerable. Su mirada se clava en la mía.
—Solo te curé, Lazarus, porque no puedes morir y no puedo
soportar tu sufrimiento.
—Pero ahora estoy sufriendo —digo, las lágrimas caen de
mis ojos. Thanatos en realidad se ve desgarrado—. Por favor —le
suplico—, sé que somos enemigos, pero ... por favor, —le ruego
con voz ronca—, ahórrame esto.
La Muerte guarda silencio durante un largo momento. Siento
esos pesados y antiguos ojos sobre mí, y me pregunto
distraídamente si, a pesar de toda la Muerte que ha presenciado, no
sabe qué hacer con el dolor. Finalmente, dice:
—Te daré lo que le he dado a muchas madres antes que, a ti,
—dice—. Tiempo. Tienes un día
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Capítulo 34
Orange, Texas
Julio, año 27 de los Jinetes
¿Un día?
Mi cuerpo parece ceder en ese momento, me derrumbo en la
silla del hospital y me arrodillo, sosteniendo el cuerpo enfermo de
Ben cerca de mí. Los sollozos salen de mí cuerpo, y soy consciente
de la presencia premonitoria de la Muerte. No se ha ido, aunque no
sé por qué está aquí todavía.
—Te odio —le susurro—. Te odio, te odio, te odio.
La muerte se arrodilla a mi lado, y hace algo para lo que no
estoy preparada: nos rodea con sus brazos a Ben y a mí,
estrechándonos. Por un momento, su abrazo se siente inseguro,
pero luego me inclino hacia él, como si él fuera el sol y yo una flor
bebiendo de su luz. Y me rompo en mil pedazos. Empiezo a llorar
desconsolada, todo dentro de mí se deshace de una vez. He sido
fuerte durante demasiado tiempo, he estado sola durante demasiado
tiempo, y ahora estoy en una situación imposible.
—Pensé que era como yo —lo admito—. Lo encontré vivo
en una de las ciudades que destruiste. Pensé que podría sobrevivir
a la Muerte.
Los solemnes ojos de Thanatos se encuentran con los míos,
su cara lo suficientemente cerca para besarla.
—Nadie es como tú, Lazarus —dice en voz baja.
Y empiezo a llorar de nuevo porque estoy sola, siempre sola,
todos los que amo me abandonan, y no debería estar celosa de
eso—. Dime que estará bien —digo, con el espíritu roto.
—Lazarus, estará bien. Más que bien. No más dolor, no más
sufrimiento. Estará rodeado de amor.
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Niego con la cabeza contra Thanatos porque no creo en ese
tipo de bondad. No cuando todo lo que he visto de lo sobrenatural
es dolor y muerte.
—Y cuando sea tu momento —continúa el jinete—, él estará
allí, esperándote.
Lloro más fuerte porque no debería ser así, los niños no
deberían morir antes que los padres. Y no me importa que
técnicamente no sea su madre biológica, o que las personas que le
dieron la vida ya hayan fallecido. Ni siquiera tiene dos años. Tiene
todo un futuro por delante.
—¿Cómo sé que no me estás mintiendo? —susurro, con la
voz entrecortada por la emoción. Las lágrimas caen de mis ojos
como la lluvia.
—¿Por qué iba a hacerlo? —responde—. Nunca te he
protegido del dolor.
Pero lo dice con tanta delicadeza que casi creo que se
arrepiente de ello. Su agarre sobre mí se aprieta, y los tres nos
quedamos así. Mañana seremos enemigos, pero esta noche él es mi
consuelo.
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Capítulo 35
Orange, Texas
Julio, año 27 de los Jinetes
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dolorosamente claro que mi hijo está más allá de la ayuda de
antibióticos y líquidos.
Es mientras discuto con la enfermera cuando me doy cuenta
de un detalle asombroso que me he perdido hasta este momento:
todos están vivos. El personal del hospital, los pacientes, la gente
que deambula por los pasillos del hospital. La Muerte le dio más a
mi hijo que un día. La idea me roba el aliento. Junto con ella viene
el recuerdo de los brazos de Muerte a mi alrededor, abrazándome
mientras lloraba. Se me forma un nudo en la garganta ante sus
extrañas muestras de bondad. Vuelvo a centrarme en la enfermera.
—Mi hijo se está muriendo —digo, y me cabrea muchísimo
que ella me haga decir esas palabras—. Quiero llevarlo a casa y
dejar que deje este mundo rodeado de las cosas que ama.
No tengo ninguna intención de dejarlo que se vaya de este
mundo.
La enfermera aprieta los labios, pero asiente de mala gana.
—Primero tendrá que aprobarlo el médico —advierte.
Trae a un médico. Firman algunos formularios. Quita la vía
intravenosa de Ben y murmura unos cuantos tópicos forzados.
Aprieto la mandíbula contra todo eso. Después de lo que parece
una eternidad, salgo por la puerta principal del hospital,
parpadeando contra el resplandor del sol de la mañana.
Mi bicicleta está donde la dejé ayer y es un shock verla allí.
Parece que la hubiera dejado hace siglos. Abrocho a Ben en su
asiento, encogiéndome por lo flácido que está su cuerpo y la poca
luz que queda en sus ojos. Le acaricio la mejilla.
—Voy a salvarte, Ben —le juro con una convicción que no
debería sentir.
Me subo a la bicicleta y me dirijo a casa, deteniéndome solo
el tiempo suficiente para agarrar un mapa que compré hace una
semana y la nota que Peste me dejó. Dedico un momento a localizar
el camino del que me habló el jinete, luego trazo la ruta necesaria
para llegar allí. Doblo los papeles, los meto en mi bolsillo y Ben y
yo salimos por la puerta una vez más.
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Pedaleo como una loca, desesperada por llegar a la dirección.
Los empujones hacen que Ben se mueva un poco, e incluso lo
escucho soltar un débil grito. Algo tan peligroso, como el
optimismo circula por mis venas.
Lo voy a salvar. Lo haré.
En cuanto entro en la carretera 3247, empiezo a buscar la casa
que había mencionado Peste; no recuerdo si dijo que era azul o gris,
solo que tenía una puerta roja con una estrella. Entro en pánico
varias veces, segura que me la he pasado, pero finalmente,
encuentro la casa. Es azul, no gris, la pintura se está pelando del
revestimiento de madera, las ventanas están tapiadas. La puerta roja
de entrada está descolorida y la estrella solitaria que se encuentra
en ella se ha oxidado.
Me acerco a ella, luego intento sacar a Ben de su asiento, mis
nervios casi se apoderan de mí. De cara a la puerta, golpeo con el
puño la madera desgastada. Puedo escuchar murmullos en el
interior, pero cuando nadie responde inmediatamente, vuelvo a
golpear la madera. Justo cuando estoy a punto de agarrar la manija,
la puerta se abre. Los ojos de Peste se encuentran con los míos por
una fracción de segundo, luego se posan en Ben.
—Necesito tu ayuda —me apresuro a decir. Antes de que
pueda responder, me abro paso hacia el interior de la casa en ruinas.
Guerra está en la cocina con los puños sobre la encimera laminada,
inclinado sobre lo que parece un mapa.
—¿Se trata de tu hijo? —pregunta Peste detrás de mí.
Guerra mira hacia arriba.
—¡Lazarus! —llama—. No me di cuenta de que estabas
embarazada la última vez que nos vimos.
Cuando sus ojos se posan en mi hijo apático, su humor jovial
desaparece.
—No estaba embarazada —digo—, pero es mi hijo de todos
modos. —Dirijo mi atención a Peste—. Los antibióticos no
ayudaron. Está ... se está muriendo. —Mi voz vacila, y tengo que
detenerme y tomar una respiración para estabilizarme, incluso
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mientras una lágrima se me escapa—. La Muerte tiene la intención
de llevárselo esta noche a menos que ...
—A menos que se cure —termina Peste por mí, la
comprensión inundando sus ojos. Frunce el ceño, con la mirada
compungida—. No puedo ayudarte —dice—. Tampoco Guerra. Es
cierto que hemos conservado algunos de nuestros poderes
anteriores, pero —niega con la cabeza— ya no tengo el poder para
revertir esa enfermedad.
—¿Pero alguna vez lo tuviste? —Presiono, conteniendo la
respiración.
Peste me mira fijamente por un momento, luego asiente con
la cabeza.
—Todos tenemos la capacidad de dañar y curar ...
Ni siquiera ha terminado de hablar cuando me doy la vuelta,
buscando en la casa al único jinete que no es mortal. El que, quizás,
pueda ayudar. Mi mirada se posa en él, apoyado contra la pared,
con una ceja arqueada mientras hace que un árbol joven se levante
de las astilladas tablas del suelo, el árbol se despliega ante mis ojos.
—Hambre —ruego.
—No.
Estoy demasiado desesperada para desanimarme tan
fácilmente. Me acerco al jinete, con Ben en mis brazos, y miro al
despiadado Segador.
—Muerte me va a quitar a mi hijo —digo. Mi cuerpo tiembla
mientras hablo.
—¿Y? —contesta, despreocupado.
—Ayúdame —le suplico—. Salva su vida.
El jinete apoya la cabeza contra la pared.
—Como dije, no.
Guerra murmura detrás de nosotros:
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—Y pensar que trataste de renunciar a tu propósito por la
humanidad.
La atención del Segador se desplaza por encima de mi
hombro y sé que se está preparando para decir algo mordaz. Me
arrodillo frente a Hambre para que nuestros ojos estén al mismo
nivel. Solo hay un pensamiento que llena mi cabeza. Salvar a mi
hijo. Miro profundamente los ojos verdes del jinete hasta que se
apartan de Guerra y se centran en mí de nuevo. Este no es un
hombre que sienta mucha empatía, al menos no por mí ni por mi
hijo. Pero eso no significa que no pueda persuadirlo. Solo necesito
averiguar qué quiere.
—Haré cualquier cosa —juro—. Lo que sea.
Dios me ayude, pero no hay nada que no haría. La mirada del
Segador se estrecha. Después de un momento, sus ojos, de mala
gana, se posan en mi hijo, que se ha vuelto a dormir. El niega con
la cabeza.
—Está demasiado ido.
No.
El horror me invade.
No. No.
Me niego a creerlo.
No lo haré.
—Has derribado ciudades, aplastado a miles en un instante,
—digo con voz fuerte—. Tu poder es casi ilimitado. No me digas
que de repente estás demasiado débil para ayudar a un pequeño
bebé.
La mandíbula de Hambre se aprieta.
—Burlarte de mí no te llevará a ninguna parte, mortal.
—Por favor —digo lentamente—. Muerte, ese insufrible
hermano tuyo, no puede ser el único jinete con la capacidad de
curar.
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El Segador me mira con esos ojos de reptil que tiene y no
puedo decir lo qué está pasando por esa cabeza suya.
—Haré lo que quieras —le juro de nuevo. Ya no tengo
miedo. Solo resolución.
—¿Cualquier cosa? —dice Guerra detrás de mí.
Me vuelvo hacia él justo cuando se acerca.
—Lo que sea.
Guerra me mira fijamente, sus propios oscuros ojos llenos de
maquinaciones.
—Seduce a la Muerte.
Mi mirada se ensancha y mi corazón se tropieza consigo
mismo.
—Guerra —advierte Peste, entrando en la habitación detrás
de nosotros.
La mirada de Guerra permanece fija en la mía.
—Ella dijo cualquier cosa.
Mi mente se dirige al deseo desnudo que he visto en los ojos
de Thanatos.
Ven conmigo, Lazarus. Déjame saber cómo es abrazarte en
lugar de pelear contigo.
Aprieto la mandíbula, atrapada entre el miedo y una especie
de deseo retorcido que he albergado por el jinete durante
demasiado tiempo. No tengo tiempo para discutir.
—Hecho —digo, sintiéndome solo un poco incómoda. Me
preocuparé por las implicaciones de esto más tarde.
La comisura de la boca de Guerra se encrespa ligeramente.
—Yo no he aceptado esto —protesta Hambre.
La mirada de Guerra se posa en el Segador.
—Hazlo, hermano.
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—Esto es ridículo —murmura haciendo una mueca.
Sus ojos me cortan, y puedo ver cuánto le desagrado, o tal vez
sea simplemente lo que represento. Pero cuando su atención se
centra en Ben, su mirada se suaviza. Sin preguntar, Hambre se
acerca y me quita a mi hijo. Sostiene a Ben en sus brazos, y algo
triste y vulnerable se asoma por el fondo de los ojos del jinete
mientras mira a mi hijo. El Segador coloca una mano en el costado
de la cara de Ben. Tomando una respiración profunda, sus párpados
se cierran. Nadie en la habitación se mueve. Puedo sentir a Peste y
a Guerra cerca, pero bien podrían estar en otro continente. Solo
tengo ojos para Hambre y Ben.
No pasa nada.
Los segundos pasan, luego es un minuto. Entonces ese minuto
se desangra en dos, luego en cuatro… más y más pasan, y nadie
habla, nadie se mueve. Y, sin embargo, el aire está cargado de ... lo
llamaría magia, excepto que hace que parezca que lo que está
sucediendo es una especie de truco barato. Esto es vida o muerte.
Esto es nacer de la arcilla y regresar a la tierra, al mundo que gira
y cambia. Me siento como si estuviera rodeada por la esencia de
todo. Cuanto más espero, más insegura me siento de repente.
¿No debería ser más rápido? La Muerte chasquea los dedos
y las ciudades caen. ¿Por qué un acto de creación, si es que se puede
llamar así, es mucho más prolongado? Pero entonces… La
respiración de Ben parece más fuerte y su palidez, más saludable.
Se mueve un poco y no parece débil ni con dolor.
He visto atrocidades, he visto desesperación y un horror
inimaginable. Nunca había visto algo tan milagroso como esto. Me
ahogo en mi propio aliento, en todo mi terror, desesperación y todo
lo demás que me ha golpeado. Y entonces, por fin, sale de mi
cuerpo.
Hambre abre los ojos y mientras mira a Ben, el jinete le sonríe
brevemente. Un sollozo se escapa de mis labios. Los ojos del
Segador se mueven a regañadientes hacia los míos.
—Está curado.
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Capítulo 36
Orange, Texas
Julio, año 27 de los Jinetes
Curado.
Las lágrimas se me escapan de los ojos mientras cojo a Ben
de los brazos de Hambre. Mi hijo comienza a llorar de nuevo y me
estremezco. Antes estaba demasiado débil para llorar. Tan pronto
como se acomoda en mis brazos, su llanto mengua un poco. Lo
beso y lo abrazo hasta que Ben se molesta oficialmente. Está vivo.
Vivo y sano cuando había sido marcado para la Muerte. Apenas
puedo comprenderlo. Guerra viene con una cantimplora y me la
ofrece.
—Para tu hijo —dice, dándome un apretón en el hombro—.
Parece tener sed.
Agradecida, cojo la cantimplora de Guerra y se la llevo a los
labios a Ben. Bebe el agua lo más rápido que puede,
atragantándose, llora un poco, y luego bebe un poco más. Peste me
pasa silenciosamente una rebanada de pan y algunas frambuesas,
que presumiblemente también son para dárselas a Ben. Mis
emociones son un desastre. Estos hombres que vinieron a la Tierra
para destruir a los humanos salvaron a mi hijo y ahora lo están
cuidando.
—Gracias —digo en voz baja, encontrando la mirada de cada
jinete mientras Ben toma el pan con manos temblorosas y comienza
a devorarlo. Mis ojos se posan en Hambre, que mira hacia otro lado,
con la mandíbula apretada.
—Gracias —le digo a él en particular. Extiendo la mano y
toco la suya, pero él la retira.
—No lo hice por ti —dice acalorado, con los ojos brillantes.
—No me importa, sigo estando agradecida.
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Se levanta y, murmura algo entre dientes sobre humanos
insoportables mientras se aleja.
—No le hagas caso—dice Guerra—. Está empezando a
preocuparse por la humanidad a pesar de sí mismo, y eso le cabrea.
Asiento distraídamente, todavía abrazando a Ben mientras el
pequeño devora la comida que le dio Peste. El silencio en la
habitación me rodea, y aunque un millón de cosas deberían
abarrotar mi mente, está extrañamente vacía.
—Tu hijo tendrá que venir con nosotros —dice finalmente
Peste, rompiendo el silencio. Se me hiela la sangre.
—¿Qué? — Debo haberlo escuchado mal. Peste se acerca.
—La única persona además de nosotros a la que Muerte no
matará por completo eres tú. Tu hijo no está incluido en esa lista.
—Puedo mantener a mi hijo a salvo —protesto.
—Solo si sigues huyendo. Pero no vas a correr más —afirma
Peste lentamente, su mirada llena de significado.
Mi propia mirada se mueve hacia Guerra.
Seduce a la muerte.
Parece que no puedo respirar al pensar en eso.
—Esto no era parte del intercambio —acuso.
—Muerte es un hombre de honor y deber —dice Guerra—, y
su deber es la muerte. Si ve a tu hijo, lo liberará de su cuerpo,
porque debe hacerlo.
Empiezo a temblar con cada palabra que dice Guerra porque
puedo escuchar la verdad en ellas.
—Si realmente te preocupas por tu niño —continúa el
jinete—, no te arriesgarás ...
—No lo hagas —le advierto, y hay violencia en mi voz—. No
te atrevas a aprovecharte de mi amor.
Guerra cruza sus enormes brazos.
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—Soy padre, al igual que Peste. Sabemos cuidar a nuestros
pequeños. Cuidaremos del tuyo como si fuera nuestro. Te lo
prometo.
Tengo que seguir tragándome la emoción que surge dentro de
mí. O tal vez sea bilis. Siento que voy a vomitar.
—Pero acabo de recuperarlo —susurro mientras Ben come
felizmente, sin saber que estamos discutiendo su futuro.
—Todos tenemos familias —dice Peste, interviniendo—.
Familias, de las que hemos tenido que separarnos. Créeme cuando
te digo que entendemos tu dolor y tu vacilación.
Guerra interrumpe.
—Nuestras esposas y nuestros hijos se están quedando juntos
en la casa de Peste y Sara en la isla de Vancouver. Está lo
suficientemente lejos de Thanatos como para que no pueda
alcanzarlos tan fácilmente.
—Llevaremos a tu hijo con nuestras familias —dice Peste
suavemente—, y juro por mi vida y honor, tu hijo ...
—Ben —digo—. Su nombre es Ben.
Tengo una daga clavada en el pecho, con el nombre de mi
hijo, sé que ya significa que lo estoy aceptando en algún nivel.
Peste sonríe, y puedo ver las arrugas de expresión alrededor de sus
ojos.
—Ben será cuidado y querido hasta que puedas regresar con
él. Y volverás con él, Lazarus, esto no es para siempre.
Inspiro y exhalo por la nariz. Todo lo que quiero para Ben es
que sobreviva, esa fue la única razón por la que nos dirigimos a la
costa en primer lugar, para subir a un barco y alejarnos lo más
posible de Thanatos. Y ahora estos jinetes están ofreciendo un
escape similar; resulta que es uno que no me incluye a mí.
El Segador vuelve a entrar en la habitación, pasando de largo
mientras se dirige a la cocina.
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—Prometo lo mismo —agrega Guerra, llamando mi atención
de nuevo a los dos jinetes frente a mí—. Tu hijo será protegido y
apreciado por mí y mi familia también. A mis hijas les encantará
tener otro niño con quien jugar, pero no te sorprendas si, cuando
regreses, tu hijo sabe hebreo y árabe.
—Y portugués —grita Hambre desde la cocina, como si
hubiera sido parte de esta conversación todo el tiempo. Su voz
suena algo amarga, como si odiara querer ser incluido en esto.
Miro a Ben, que está jugando con la cantimplora de Guerra.
Un gesto de desaprobación tira de los bordes de mis labios hacia
abajo.
—Así que ustedes tres se llevan a mi hijo, ¿y luego qué? ¿Se
van a Canadá con él?
Peste inclina la cabeza. Todo mientras yo estoy… con
Muerte. Intento no concentrarme en las emociones encontradas que
me invaden.
—¿Cuándo podré regresar con Ben? —pregunto.
—Una vez que hayas cumplido con tu parte del trato —
contesta Guerra, con su voz profunda y solemne. Mi mirada rebota
entre él y Peste.
—¿Cómo ...? —Ni siquiera quiero decir la palabra—. ¿Cómo
ayudará en algo seducir a Muerte?
Guerra me sonríe, con un brillo humorístico en sus ojos.
—¿Qué crees que ha impedido que cada uno de nosotros
destruya tu mundo?
Mi mirada se mueve hacia Hambre, que se está sirviendo una
taza de café que alguien ha preparado, está mirando fijamente la
taza todo el tiempo. Es difícil de creer que alguien le dé a ese idiota
la hora, y mucho menos amor. Inmediatamente, me siento culpable
por tener ese pensamiento, considerando que acaba de salvar a mi
hijo, aunque de mala gana. Mi atención vuelve a Guerra.
—No puedes hablar en serio.
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¿Este es realmente su plan? ¿Están poniendo el destino de sus
familias y del mundo en general en mis manos, o más bien, en otras
partes de mi anatomía?
—Vamos, tesoro —grita Hambre—, no me digas que dudas
de tu capacidad para follarte a un hombre y que entre en razón.
—Hambre —espeta Peste, frunciendo el ceño.
Miro al Segador, pero eso solo parece divertirlo, la esquina
de su boca se curva en una sonrisa.
—Bueno —le dice Hambre a Peste, acercándose
tranquilamente, con su café en la mano—, la otra opción es que los
tres hermanos nos unamos y destruyamos a Muerte, pero viendo lo
decrépitos que os habéis vuelto tú y Guerra, tengo mis dudas con
respecto a ese plan.
Al igual que yo. Después de todo, vi de primera mano la
facilidad con la que Muerte se enfrentó a Hambre, y él es el único
de estos tres que es inmortal. Hambre lleva la taza de café a sus
labios.
—Además, —continúa, bajando su taza— quiero ver a ese
honorable idiota pasar exactamente por lo mismo que el resto de
nosotros.
—¿Entonces tenemos un trato? —me pregunta Peste,
mirándome fijamente.
Trago y miro a Ben una vez más. Odio esto. Odio tanto esto.
Ahora que Ben está vivito y coleando, quiero faltar a mi palabra.
Ben nunca estará realmente a salvo hasta que se detenga a la
Muerte. Y eso no sucederá a menos que yo lo haga. Esa ha sido
siempre mi verdad más profunda. Mi propósito se posa sobre mis
hombros como un manto. Estoy acostumbrada a la idea de detener
a Thanatos. Solo que ahora tendré que usar armas diferentes, más
carnales. El deseo me atraviesa y me desconcierta. Nunca me he
atrevido a ceder ante los sentimientos culpables y prohibidos que
tengo por Muerte, ni siquiera cuando me capturó. Pero ahora se me
pide que lo haga, y me aterra que una vez que eso pase, no haya
vuelta atrás.
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—Bien —digo con la voz ronca—. Estoy de acuerdo. —
Como si alguna vez hubiera tenido opción. Aun así, veo que Peste
se relaja un poco—. Pero, —agrego, volviendo mi atención a
Hambre—, necesito que jures que lo mantendrás a salvo.
Es el jinete en el que menos confío. Los ojos de Hambre me
devuelven la mirada. Después de un momento, se dirigen a mi hijo.
Una vez más, parecen ablandarse a regañadientes al ver al bebe. La
mandíbula del Segador se aprieta. Su atención vuelve a mí, con una
mirada feroz.
—Lo juro.
Y por alguna razón, el juramento de Hambre de proteger a mi
hijo parece el más genuino de todos. Respiro hondo y, mirando de
hombre a hombre, finalmente asiento con la cabeza.
—Bien. Hagámoslo.
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están aullando a lo lejos, y juro que debajo de eso y de la risa de
los niños, persiste un silencio inquietante.
Puede que la Muerte se haya ido de mi lado, pero no me hago
ilusiones de que el jinete esté muy lejos, no cuando me ha
acorralado con tanto éxito. Con un suspiro tembloroso, guardo las
últimas cosas de Ben. Cuando termino, hago una pausa y miro a mi
hijo, que se está colocando un pañal de repuesto de tela en la
cabeza, luego me giro y me río, como si fuera una broma
compartida entre los dos. Es como si nunca hubiera estado enfermo
en absoluto. Ahora, todo lo que quiero hacer es quedarme aquí el
mayor tiempo posible y disfrutar de la compañía de mi hijo. Pero
cada momento que pasa me acerca a mi reunión con la Muerte. Y
esa es una reunión que Ben debe perderse.
—Ben —lo llamo. Se vuelve hacia mí de nuevo y me da esa
misma sonrisa cursi. Me acerco a él y lo cojo en brazos.
Inmediatamente quiere volver al suelo, pero lo sostengo fuerte. No
sé la próxima vez que podré hacer esto.
—Te quiero —le digo.
Aun sosteniéndolo, agarro la mochila que acabo de rellenar,
me la coloco sobre el hombro y me dirijo a mi bicicleta. Dejo mi
bolso en la canasta delantera y ato a mi hijo en su asiento. Luego,
llevándolo a él y a la bici afuera, me acomodo en mi propio asiento
y regreso a la casa de campo desgastada y a los jinetes que me
esperan.
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Agarro la mochila llena de cosas de Ben y se la entregó a los
jinetes. Peste da un paso adelante para cogerla. Guerra se acerca al
bebe, pero Ben retrocede un poco.
—Aléjate hermano —dice Hambre, acercándose, llevando
una de esas flores de color púrpura pálido—, el niño tiene buen
gusto.
El Segador se detiene frente a nosotros y mira la flor en su
mano. Después de un momento, se la tiende a Ben. Ben mira a
Hambre con escepticismo, luego mira la rosa como si fuera una
especie de truco. De mala gana, mi hijo coge la flor. Antes de que
pueda agarrarla, Hambre la aleja un poco.
—Esta no es en realidad tuya —aclara el jinete, porque es un
idiota nato—, pero la mujer a la que pertenece querría que la
tuvieras.
Acerca la flor una vez más, y esta vez, Ben no duda. Extiende
la mano y agarra la rosa, que, me doy cuenta, ha sido
cuidadosamente limpiada de espinas. Una vez que la flor está en
manos de Ben, él hace un rápido y buen trabajo en romper los
pétalos. Hambre hace una mueca.
—Los humanos son tan paganos, incluso en miniatura.
—Estás amargado. Ana no quiere cargar con el tuyo —dice
Guerra, dándole un golpe en la espalda mientras se vuelve hacia su
caballo. El Segador lo mira con ojos llenos de odio, pero no dice
nada. Después de un momento, su atención vuelve a Ben, que ha
arrancado la mayoría de los pétalos de la rosa. Hambre me quita
fácilmente a Ben de los brazos como si fuera la cosa más natural
del mundo.
—Dile adiós a Lazarus —dice el jinete, pero a Ben no le
importa nada en este momento. Su atención todavía está fija en los
tristes restos de la rosa.
Mis brazos se sienten vacíos y todo en mí grita ante la idea de
separarme de él.
—Te amo, Ben —digo, de nuevo, con la voz quebrada. Es la
prueba de confianza más grande del universo.
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Mientras Hambre se va con Ben, oigo que le dice:
—Puedo hacerte más flores, pero si te cagas encima de mí, se
acabó el trato.
—Hambre —le riñe Peste.
—Relájate, abuelo —grita Hambre por encima del hombro—
, Ben esperará hasta que esté en tu caballo antes de hacer algo
gracioso.
Peste se frota las sienes.
—Estará bien —me insiste el jinete, dejando caer la mano.
Asiento, mordiéndome el interior de las mejillas para
mantener la compostura.
—Antes de que te vayas —dice Peste—. Tengo algo para ti.
—Se mete la mano en uno de los bolsillos, saca un trozo de papel
y me lo tiende—. Esta es la dirección en la que se alojan nuestras
familias. Nuestro plan es llevar a Ben allí, donde mi esposa Sara y
los demás se ocuparán de él.
Le quito el papel y miro la dirección. Mi corazón martillea
ante lo desesperadamente lejos que está. Eso es algo bueno, me
recuerdo a mí misma, aunque en este momento, todo lo que pienso
es que está a medio mundo de mí. Luego, el resto de lo que ha dicho
me atrapa.
—¿Se ocuparán de él? —pregunto—. ¿Y tú y los otros
jinetes?
El rostro de Peste es sombrío.
—Volveremos a por ti y por Muerte. —Su rostro se
oscurece—. Con suerte para entonces, Thanatos habrá cambiado de
opinión sobre su tarea, pero si no ...
Si no, Peste y sus hermanos tendrán que detenerlo ellos
mismos. No creo que esa opción termine bien para ninguno de
ellos. Peste mira hacia el horizonte detrás de mí.
—Debes irte. Tenemos que empezar a montar para poner la
mayor distancia posible entre nosotros y Muerte.
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Asiento, retrocediendo. Mis ojos siguen moviéndose hacia
Hambre. Se sube a la silla de montar, Ben delante de él. Mi pequeño
bebe va a montar a caballo. Un pánico helado sube por mi garganta,
y se necesita una cantidad obscena de esfuerzo para obligarlo a
bajar. Ben todavía está distraído del hecho de que ya no está en mis
brazos, y eso es gracias al Segador, que ha hecho crecer una vid en
la pata de su muy paciente caballo. Una flor blanca se despliega
justo delante de Ben, y aunque la vista es increíble para mis ojos,
mi hijo no se inmuta, arranca la flor inmediatamente, luego la
inspecciona con una expresión seria antes de comenzar a arrancar
sus pétalos uno por uno. El pánico se agita dentro de mí y, sin
pensarlo, me acerco a mi hijo. Extendiendo la mano, y se la paso
por la cara.
—Te volveré a ver pronto, Ben —le prometo—. Mantente a
salvo, corazón mío.
Mi hijo me mira y sonríe; extiende su flor mutilada y me la
enseña. Aprieto mis labios y retrocedo varios pasos. Hambre se
vuelve hacia mí, con sus ojos pétreos.
—Lazarus —dice en voz baja—. No olvides tu parte del trato.
Sus palabras están mezcladas con una amenaza.
Chúpalo, fóllalo, haz lo que sea que se te ocurra a ese
hermano mío, pero recuerda que ahora todo depende de ti.
Todo.
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Capítulo 37
Orange, Texas
Julio, año 27 de los Jinetes
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Espero alguna respuesta, un cosquilleo contra mi piel, la
sensación de ser observada, ese maldito silencio, pero no hay nada.
Si el jinete me ha estado observando, parece que se ha tomado un
descanso.
Vuelvo a entrar a mi apartamento decidida a no quedarme
aquí sentada esperándole. Prefiero sacarlo como el veneno de una
herida. Y si he orquestado esto correctamente, incluso podré darles
a sus tres hermanos una ventaja en su viaje. Regresando a la cocina,
cojo el lápiz y el cuaderno y garabateo un mensaje en la hoja de
papel, mi agitación hace que mi escritura sea rígida.
Si me quieres, primero tendrás que atraparme.
—Lazarus
P. D. Te sugiero que empieces a buscar en la I-10 este.
Agarro un cuchillo de cocina, salgo y empalo esa nota contra
la puerta de mi casa. La Muerte y yo vamos a jugar por última vez
al gato y al ratón.
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—¿Importa? —respondo—. No es a él a quien quieres.
Los ojos de Muerte arden al mirarme.
—Lazarus —su voz está desprovista de toda pretensión—,
era su hora.
Trago.
Entonces el jinete sabe que mi hijo aún vive.
—Tus hermanos no sentían lo mismo —digo—. Ellos
hicieron el trato que tú no hiciste.
Thanatos se queda callado por un largo momento.
—¿Qué negociaron? —acaba preguntando. Su voz tiene una
nota de ... algo. No distingo de qué. Me quedo callada. Muerte
aprieta la mandíbula— Por mucho que digan que aman a la
humanidad, no salvarían a un niño que está destinado a morir. ¿Qué
pidieron? —exige.
Lo miro por un largo momento, y luego, muy
deliberadamente, dejo caer mi daga.
—Me rindo —digo—. Iré contigo, donde quieras.
Durante un rato, Thanatos me mira fijamente, y juro que esos
ojos oscuros y profundos lo ven todo. Finalmente, esa mirada se
llena de acalorado triunfo. Muerte da un paso a adelante, luego
otro, y otro, su armadura plateada tintineando con el movimiento.
Se lleva la mano al hombro y, pieza a pieza, se quita la armadura
mientras atraviesa el campo. Su mirada permanece fija en la mía
todo el tiempo. Se deshace de lo último de su coraza justo cuando
se acerca a mí. Le miro, sintiéndome a la vez asustada y desnuda.
Me acaricia la mejilla.
—Te he buscado durante mucho tiempo —dice Muerte, su
voz letalmente suave. Sus ojos brillan—. No tengo la intención de
dejarte ir. —trago. No puedo creer que esté haciendo esto. Su
mirada cae a mis labios, como lo habían hecho muchas veces antes.
Pero ahora se inclina, su boca a un pelo de la mía—. Ahora es tu
última oportunidad de huir, Lazarus.
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No huyo. No retrocedo en absoluto, mi mirada se paraliza en
esos expresivos labios suyos. Sus ojos se mueven rápidamente
hacia los míos y por un breve momento sonríe, luciendo victorioso
y perverso a la vez. Entonces su boca reclama la mía.
El impacto de su beso me hace retroceder, pero el brazo de
Thanatos está allí primero, estabilizándome, luego atrayéndome lo
más cerca posible de él, con sus dedos presionando la parte baja de
mi espalda. Su boca se mueve contra la mía, y aunque he besado a
una docena de hombres y Muerte probablemente no ha besado a
nadie en absoluto, los dos nos sentimos igualados, su fuego choca
contra el mío. En ese momento me doy cuenta de que le estoy
devolviendo el beso.
Estoy cabreada, aterrorizada y perdida, y mis labios están
peleando con los suyos más que cualquier otra cosa. Pero, aun así.
Le estoy besando. Sonríe contra mi boca, como si también estuviera
saboreando esta pequeña victoria. Siento esa sonrisa directamente
en mi corazón. Muerte se inclina sólo un poco, para poder deslizar
su brazo detrás de mis rodillas. Un momento después me levanta,
acunando mi cuerpo contra el suyo. No veo sus alas extendidas,
pero siento sus brazos apretarse a mi alrededor. Y luego Thanatos
cumple con su larga amenaza.
Me lleva con él.
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Parte II
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Capítulo 38
Orange, Texas
Julio, año 27 de los Jinetes
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la atención del jinete hacia Ben en caso de que mi hijo esté bien.
No puedo imaginar que a la Muerte le guste que le roben un alma.
Enfoco mi atención en el mundo debajo de mí, sólo para
distraerme. Es difícil ver mucho con mi cabello revoloteando y el
viento escociéndome en los ojos, pero vislumbro algunos destellos.
En su mayor parte, la tierra es un mosaico de campos con algunas
casas salpicadas como pecas en una cara. De vez en cuando, sin
embargo, veo ciudades o, en algunos casos sombríos, los restos de
ellas. Estos últimos parecen una mancha gris en el paisaje, los
edificios derribados, las carreteras cubiertas de escombros.
Apuesto a que, si miro lo suficiente, también vería cuerpos. No me
molesto. Estos son los lugares que la Muerte ha reclamado.
Y ahora te está reclamando a ti.
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tratando de encontrar el equilibrio por primera vez. Miro al jinete,
sus alas negras lucen como una capa en su espalda. Sin su
armadura, hay algo vulnerable en él. O tal vez es simplemente que
no parece preparado para la batalla. Respiro profundamente,
dándome cuenta de que todo vuelve a mí. Ese año y medio de
luchar contra él, estudiándolo, tratando de descubrir cuáles eran sus
debilidades. Estoy cayendo de nuevo en eso, como si mi tiempo
con Ben fuera simplemente un sueño, y esto, mi realidad.
El suelo bajo mis pies tiembla, interrumpiendo mis
pensamientos. Luego, alrededor del vasto perímetro de la casa,
plantas monstruosas con espinas se elevan, crecen y se retuercen
hasta crear una enorme pared viva.
—Eso se ve dolorosamente familiar —digo.
Muerte es todo frialdad y dureza mientras me mira. ¿Cómo
había pensado que había algo vulnerable en él?
—Ya te he dicho que no voy a dejar que te vayas otra vez.
—No planeo huir.
—Ah, sí, porque tienes un trato que cumplir. —Los dos nos
quedamos mirando durante varios segundos. Tenemos tanto
equipaje entre nosotros. Literalmente, el valor de las ciudades—.
Te escondiste de mí durante medio año —dice.
Mis cejas se juntan ligeramente. Creo que ese hecho
realmente lo cabrea. A pesar de que significaba que podía arrasar
ciudades sin tener que preocuparse por enfrentarme. Y, sin
embargo, ¿qué hizo? Me persiguió como a un animal. Entonces me
doy cuenta…
La Muerte pasó todo ese tiempo buscándome en lugar de
arrasar con nuevas partes de los Estados Unidos. Por primera vez
desde que hice un trato con los hermanos de Muerte, de repente veo
la situación con claridad. He alterado los motivos de Thanatos.
—Dejaste de perseguirme —agrega, la acusación enhebrando
su voz.
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—Tenía que hacerlo —le digo—. Hubieras matado a mi hijo
si no lo hubiera hecho.
—Tu hijo —repite, y puedo escuchar la pregunta en su voz.
Es posible que el jinete no sepa mucho sobre los humanos,
pero creo que sabe lo suficiente como para no confundirse con la
línea de tiempo aquí. La última vez que me vio, no parecía
embarazada, pero ahora tengo un hijo, uno que tiene más de un año.
Ahora que ha surgido el tema de Ben, resurgen mis
preocupaciones.
—¿Mi hijo está ... está ... está ...? ¿Muerto? —Es la pregunta
que se suponía que no debía hacer, pero surge de todos modos. Los
ojos de Thanatos son como témpanos de hielo.
—No. —hace una mueca—. Tu hijo está vivo.
—¿Está vivo?
Mis rodillas quieren ceder. Veo tanto desprecio por sí mismo
en el rostro del jinete. Porque no se llevó el alma de mi hijo, me
doy cuenta. La Muerte podría haberlo hecho— y claramente él cree
que debería haberlo hecho— pero no lo hizo.
Porque esa alma significaba algo para mí.
Dejo escapar un pequeño gruñido y luego estoy acortando la
distancia entre nosotros. Muerte me mira confundido, pero antes de
que pueda hacer más que eso, agarro su cara. Sin pensarlo dos
veces, presiono un beso duro y agradecido en sus labios. Puedo
saborear su sorpresa. Thanatos no tiene tiempo para reaccionar
antes de que me separe.
—Gracias —digo, con la voz ronca.
Todavía mantengo su rostro cautivo, y todavía estamos a solo
unos centímetros de distancia, estoy lo suficientemente cerca como
para ver su creciente deseo. Su mirada lucha con su propia culpa,
pero sus ojos se dirigen rápidamente hacia mis labios, y veo un
poco más de esa culpa.
—Gracias —vuelvo a decir, atrayendo su mirada hacia la mía.
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Su mandíbula se aprieta, pero asiente con la cabeza muy
sutilmente. Dejo caer mis manos y me alejo. Esos muros que he
construido para mantenerlo fuera, bajaron durante unos segundos,
pero incluso ahora puedo sentir que se están construyendo de
nuevo. No necesito volver a poner esas paredes en su lugar, pero
no puedo evitarlo. Durante el último año y medio, se han vuelto
cómodas. Respiro profundamente.
—Entonces —digo, aclarándome la garganta—. ¿Cómo nos
encontraste a mi hijo y a mí en esa habitación de hospital? —
pregunto, tratando de llevar la conversación a algo civilizado.
—Siento a los vivos, pero solo puedo ver a través de los ojos
de los muertos y los moribundos —dice Thanatos—. Cuando tu
hijo comenzó a morir, —me estremezco al escuchar la palabra—,
me invitó a entrar. Miré a través de sus ojos y fue entonces cuando
te vi. Volé lo más rápido que pude y creo que ya conoces el resto
de la historia.
Ahora que sé que mi hijo está a salvo, realmente puedo
respirar tranquila. Todo lo que queda ahora es recorrer este nuevo
sendero en el que me han colocado. Dirijo mi atención a la casa.
Un elaborado camino de entrada bordeado de setos cortados en
formas agradables conduce a la enorme mansión. Las rosas de color
rosa pálido trepan por una parte de la casa y parece haber más
encerradas en un jardín cercano. Entre todo el follaje hay una
estatua oxidada de un niño tocando una flauta, los restos de calcio
a lo largo de su cuerpo sugieren que alguna vez fue una fuente,
aunque no parece que funcione en este momento. Sobre la entrada
hay una cabeza de león y una sala circular con una vidriera
descansa a un lado de la casa. Y luego, por supuesto, están las otras
ventanas, que son tan grandes que parecen no tener fin. Nunca
había estado cerca de una casa tan magnífica.
—¿Quieres que te enseñe el interior? —dice Muerte.
Ahí es cuando me doy cuenta de que mientras yo he estado
estudiando la casa, él me ha estado estudiando a mí, mirándome
con esos ojos que ven demasiado. Mi atención se desplaza a él.
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—¿Nos vamos a quedar aquí? —pregunto, solo para estar
segura.
—¿Te desagrada? —responde Thanatos.
Es el lugar más impresionante que he visto en mi vida.
Estoy atrapada en la red de su mirada. No tengo ni idea de lo
que haría si le dijera que sí, que este lugar me desagrada.
Probablemente me arrastre adentro de todos modos, el bárbaro.
Pero no me desagrada. No hay mucho en esta situación que me
disguste, excepto por el hecho de que me he visto obligada a
separarme de Ben, y no tengo idea de cuándo lo volveré a ver.
Aparte de eso, estoy preocupada por cuánto de mí está de acuerdo
con ser arrastrada por la antigua deidad de la Muerte, que está
matando al mundo, y ahora quiere vivir conmigo.
—¿De verdad vamos a hacer esto otra vez? —Le interrogo,
tratando de deshacerme de la extraña e incómoda sensación que
tengo.
—¿Preferirías que viajara sin cesar, obligándote a no parar
nunca y no descansar nunca? —Me responde—. Porque yo
preferiría eso.
—Entonces, ¿por qué no lo haces? —increpo.
La expresión del jinete se vuelve solemne, y quizás un poco
entusiasta.
—Quiero ver la expresión de tu cara cuando estás feliz. No sé
por qué, pero lo quiero. Te he visto cabreada y odiosa y
decepcionada y triste…tan triste ... Lazarus. Quiero ver qué es lo
que aviva el fuego de esa alma tuya y te ilumina desde dentro.
Tengo que apartar la mirada de él. Hay tanta culpa que he
puesto a sus pies, que es difícil verlo cuando su humanidad se filtra,
y especialmente, cuando esa bondad se dirige hacia mí. Me alejo
del jinete, tratando de poner distancia entre nosotros. Sus bonitas
palabras van a derribar mis muros más rápido de lo que puedo
soportar separarme de ellos. Mientras subo por el camino hacia la
enorme puerta principal, escucho a Muerte detrás de mí y puedo
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sentir esos ojos ancestrales observándome. Pero él parece contento
con solo verme hacer lo mío.
Solo cuando alcanzo el pomo de la puerta me pregunto por
los ocupantes de la casa. Y ahora no me siento tan ansiosa por
meterme dentro. Bajo mi mano, el pomo gira, pero no soy yo quien
lo hace. Se me escapa de las manos cuando la puerta se abre. Al
principio, mi mente no puede procesar lo que estoy viendo. Quiero
decir, miro los relucientes huesos blancos que parecen estar unidos
solo por magia, todos ellos, los doscientos y algo, desafiando las
leyes de la gravedad. Se necesitan varios segundos más para
asimilar que estoy mirando un esqueleto. Un esqueleto en
movimiento.
Un grito se escapa de mi garganta, y antes de que pueda
pensarlo mejor, estoy pateando la cosa, una parte primitiva de mí
quiere ver esos huesos en el suelo, donde deben estar. El esqueleto
cae, no en pedazos, sino como lo haría un humano. Es solo una vez
que toca el suelo que muchos de los huesos se rompen. Muerte hace
un ruido sordo detrás de mí.
—¿Eso era realmente necesario? —pregunta, acercándose a
mi lado.
Me vuelvo hacia él y, por un momento, me quedo como un
pez, boquiabierta, incapaz de encontrar mi voz.
—¿Era necesario que un hombre muerto abriera la puerta? —
consigo decir por fin.
—Era una mujer. —dice Thanatos muy razonablemente.
Un escalofrío recorre todo mi cuerpo cuando me doy cuenta
de que es así. Todo aquello de lo que estaba huyendo ahora tengo
que enfrentarlo. Voy a vivir con un tipo que puede hacer que los
esqueletos cobren vida, entre otras cosas.
No solo vivir con él, Lazarus, sino follar con él también.
Mi corazón se acelera ante el pensamiento, y siento que me
sonrojo, solo de imaginarlo. Sexo con la encarnación de la Muerte
misma. Miro a Thanatos, y es un error. Es hermoso, de una manera
que nunca podré olvidar, pero santa mierda, voy a tener que
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acostarme con este hombre. Debería estar cabreada por eso. Tengo
todas las razones para estar cabreada. Pero no lo estoy, y eso de
alguna manera, es aún más repugnante. Me muevo para entrar y
poner un poco de espacio entre nosotros.
—Ah ah, —dice Thanatos, borrando ese espacio. Su mano
baja a mi cadera y una sacudida me recorre con el contacto.
—¿Qué estás haciendo? —Exijo, mirando hacia abajo entre
nosotros donde está colocada su ofensiva mano.
No es como si no me hubiera tocado antes, pero ahora estoy
pensando en sexo y esas manos se sienten diferentes contra mi
piel… mejor y más inoportunas. La mano en cuestión se mueve
hacia la empuñadura de una de mis dagas.
—Quitándote las garras —responde con calma, sacando la
hoja y tirándola a un lado.
—¿Es esto realmente necesario? —Me opongo.
Tengo que apretar los dientes cuando escucho el roce de ese
esqueleto uniéndose y agarrando el arma. Recoge la hoja y luego
se retira hacia el interior de la casa.
—Viniste a mí de buena gana —me recuerda.
Eso no puedo discutirlo.
—¿Dónde están los dueños? —pregunto, mirando alrededor
a los pisos de mármol pálido y los techos abovedados.
—Muertos recientemente.
Palidezco. Muerte se inclina tan cerca que puedo ver las
extrañas motas plateadas que brillan en sus ojos. Son iris
antinaturales, inhumanos.
—No te sorprendas tanto —dice—. Me has visto acabar con
ciudades enteras. Esto no es nada.
—Pero nunca me has exigido que coma su comida o duerma
en sus camas —le suelto.
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—No, nunca lo he hecho —asiente—. Y, sin embargo, en el
último año y medio has vivido de los muertos, ¿no es así? —dice
suavemente—. Has hurgado en sus bolsillos y les has robado la
comida y sí, has dormido en sus camas.
—Eso es diferente —digo, tratando de defenderme. Pero ha
tocado una fibra sensible. Respiro hondo—. ¿Dónde están sus
cuerpos? —pregunto.
—Ya se han ocupado de ellos.
Arrugo la frente.
—No van a aparecer como ... —Muevo la barbilla hacia
donde vi por última vez ese esqueleto. Ahora no está a la vista. De
alguna manera, eso es aún más desconcertante.
—No —dice solemnemente.
Supongo que al menos debería agradecer que Muerte no haya
decidido levantar a los antiguos propietarios. Creo que esa podría
haber sido una sorpresa desagradable. Thanatos coloca una mano
en mi espalda —ese tacto todavía me está haciendo cosas raras—
y me guía hacia el interior de la casa.
Quiero llorar mientras contemplo los muebles, el terciopelo y
las inmaculadas cortinas blancas. Los suelos más allá de la entrada
son de una rica madera de castaño que se ve del color del azúcar
quemado, y han sido pulidos hasta dejarlos relucientes. Hay papel
pintado a mano que brilla cuando la luz lo capta y una vitrina llena
de vajillas de porcelana. Es otro mundo, uno que parece pertenecer
a una época anterior a los jinetes.
—¿Cómo supiste que ese esqueleto era una mujer? —
pregunto mientras avanzamos por el pasillo.
—¿Mmm? —dice Muerte distraídamente.
—El esqueleto de afuera, el que dije que era un hombre, me
corregiste el género. ¿Cómo sabias que una vez fue una mujer?
Me mira.
—Kismet, hay muchas cosas que sé.
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Y siento la incómoda necesidad de aprenderlas todas.
—Eso no responde a la pregunta —digo.
Thanatos me lanza una de sus prolongadas miradas. Me estoy
acostumbrando a ellas. Quiero decir, nunca voy a estar cien por
cien cómoda con la forma en que el jinete se toma su tiempo
observándome, pero esta es la única parte de nuestra relación que
ha sido consistente: él me mira por mucho más tiempo de lo que es
socialmente normal.
—Tú ves los huesos y nada más —dice finalmente—. Yo veo
la imagen residual del alma que los usó.
Muerte nos lleva a una de las habitaciones, aunque mi
atención todavía está centrada en él.
—Así que puedes ver a través de los ojos de los moribundos,
y de los muertos, y ¿puedes ver a la persona cuyo cadáver
controlas? —digo.
Estas habilidades ... son un aspecto íntimo y desconcertante
de su poder.
—Haces que parezcan dos cosas separadas —dice Muerte—,
pero todo está entrelazado.
—Si lo que dices es cierto, ¿por qué no entiendes mejor a los
humanos? —pregunto.
Quiero decir, la primera vez que me capturó, estaba
completamente perplejo ante la idea de que yo necesitara comida,
agua y una cama. Thanatos me mira desconcertado.
—No sé cómo se supone que debo responder a eso. Supongo
que ver algo no es lo mismo que entenderlo o vivirlo.
Aparto la mirada, solo por un momento, pero mi atención se
engancha en nuestro entorno. Si bien he estado completamente
involucrada en esta conversación, Muerte me ha llevado a ... parece
incorrecto llamar a esto un dormitorio. Es demasiado grande. Casi
incómodo. El candelabro sobre nosotros está tallado en cristal, y el
suelo debajo de nosotros está cubierto con una enorme alfombra
que parece importada de algún lugar lejano. Varios jarrones
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dorados descansan en nichos, las ventanas están enmarcadas por
cortinas pesadas y la cama tiene un edredón a juego. Toda la
habitación está decorada con tonos vino tinto y dorados y es tan
impresionante como impersonal. Realmente nunca había estado en
una casa tan lujosa.
—Esta es tu habitación —dice Muerte. Mira a su alrededor
antes de que su mirada regrese a la mía—. ¿Te gusta? —Me
pregunta.
—¿Importa?
Sí, parecen decir sus ojos. Es impactante pensar que este ser
poderoso y casi omnipotente puede sentirse vulnerable a mi
alrededor.
—Nunca he dormido en una habitación como esta —añado.
Frunce el ceño y siento la necesidad de aclararlo—. Es más bonita
que cualquier casa en la que me haya alojado.
Juro que lo veo relajarse un poco. Me alejo de él y cruzo la
habitación. El hombre a mi espalda me está poniendo nerviosa,
pero también el hermoso dormitorio con sus adornos. Puedo sentir
la suciedad y la mugre en mi piel, y si este dormitorio fuera
sensible, apuesto a que me arrugaría la nariz con asco.
Echo un vistazo al armario, tengo curiosidad por saber qué
encontraré allí. La ropa de mujer llena el espacio, toda ella
cuidadosamente colgada y doblada en los estantes. Las tallas
parecen estar muy dispersas, pero hay tantos conjuntos que parece
ahogar el hecho de que las tallas sean inconsistentes.
—Eso es tuyo —dice Muerte en voz baja.
Espera. ¿Qué?
Me doy la vuelta con los ojos muy abiertos.
—¿Qué quieres decir con que es mío?
Thanatos inclina la cabeza hacia abajo, sus ojos mirándome
de una manera que parece, a la vez tímida e intrigada.
—Son prendas que pensé que podrían gustarte.
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¿Ropa que pensó…?
—¿Quieres decir que no son cosas de la antigua propietaria?
Thanatos sacude suavemente la cabeza.
Si no son cosas de la propietaria ... entonces debe haber
recogido estas cosas de otro lugar y las ha traído aquí. Mis cejas se
juntan mientras estudio al jinete. Muerte tiene una mirada
cautelosa; sin embargo, no parece avergonzado o posesivo, ni nada
más que indique que, de hecho, es extraño llenar un armario de
ropa de mujer preparada para la cautiva que pretendes secuestrar.
Respiro profundamente mientras, de repente, me doy cuenta.
Está tratando de cuidarme, como una especie de buen compañero.
Me burlé de su primer intento, así que ahora ha encontrado la casa
más grande con las cosas más bonitas para compensarlo.
No te atrevas a dejarte conmover por esto, Lazarus. No lo
hagas.
A pesar de los sabios consejos de mi cerebro, me voy
descongelando, solo un poco.
—Te das cuenta de que no es así como los humanos hacemos
las cosas, ¿no? —sondeo.
—No soy humano —dice.
Aparto la mirada de él, mis ojos aterrizan en la cama apoyada
contra la pared adyacente. El edredón rojo vino grita sexo
decadente, y mi corazón se acelera al verlo.
—¿Se supone que tengo que dormir ahí? —pregunto.
—Si quieres —dice Thanatos, y de nuevo, sus palabras
despiertan mi cuerpo.
Y probablemente él esté pensando en cuando elegí dormir
afuera la primera vez que me raptó, pero yo estoy pensando en el
peso de él sobre mí y en la tarea que me han encomendado.
¿Y si …? ¿Y si me acercara a él ahora mismo y lo besara como
lo hice antes? ¿Y si me devolviera el beso? ¿Y si lo llevara a la
cama y lo desnudara y asediara su cuerpo letal?
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Creo que él querría eso. Sé que lo haría, podría odiarme a mí
misma por eso, pero le deseo. Mi pulso está acelerado y entro en
pánico ante la idea de iniciar algo y es una locura que pueda herir
a este hombre una y otra vez, pero me aterre la idea de desnudarme
realmente para él.
Más tarde. Haré mi movimiento más tarde. Soy una cobarde.
—¿Puedo tener… puedo tener un momento? —digo.
—No sé lo que quieres decir —dice Muerte.
—Quiero estar sola —aclaro.
—Si intentas irte ...
Le lanzo una mirada intensa.
—Lo último que pienso hacer, es irme.
Esos extraños y hermosos ojos suyos recorren mi cara, y
cuanto más mira mi expresión, más ardiente se vuelve su propia
mirada. Esta cosa entre nosotros que se ha estado construyendo
durante el último año y medio, ahora está en carne viva, dolorida y
está lista para estallar. Después de unos breves segundos, Thanatos
inclina la cabeza y, sin otra palabra, me deja con mis pensamientos
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Capítulo 39
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—¿Importa? —susurro, temerosa de decirle la verdad, que
esto supera con creces cualquier expectativa que tuviera.
—Ya sabes la respuesta a eso, Lazarus —contesta.
Parece que no puedo apartar la mirada de él. Es fascinante.
Asiente con la cabeza hacia la mesa.
—Adelante —dice finalmente.
Lo hago. Me dirijo al asiento que me ofrece y, después de un
momento de vacilación, saco la silla y me siento. Solo entonces
Muerte se mueve, abriéndose camino silenciosamente hacia el
lugar restante al final de la mesa. Es solo ahora que me doy cuenta
de que el respaldo de su silla ha sido cortado. El jinete saca el
asiento, sus alas se levantan un mínimo para que pueda ubicarse
cómodamente en él.
Hace una semana estaba empezando a pensar en viajar al
extranjero con Ben. Hace dos días estaba segura de que mi hijo
moriría. Hace un día negocié mi vida por la suya. Hoy me ha
llevado el ángel de la Muerte por segunda vez en mi vida. Y ahora
estoy sentada en una mesa con él, a punto de comer, como si esto
fuera normal. Miro por encima la comida. Hay pan y queso, pero
también hay una ensalada mixta y una pasta cremosa y pimientos
rellenos y pollo.
—¿Quien hizo esto? —pregunto. Los ojos de Muerte se
deslizan hacia una puerta cercana. Está cerrada, pero mientras
miro, el pomo gira y sale un esqueleto con una botella de vino
abierta—. Tienes que estar bromeando —digo mientras la cosa se
mueve hacia nosotros—. ¿Una persona muerta hizo esta comida?
Dime que me equivoco.
El jinete me mira con curiosidad.
—No lo haces.
Mi mirada se mueve sobre los platos.
—¿Cómo?
¿Cómo un esqueleto sin sentido hizo todo esto? Mientras
hablo, el esqueleto vierte vino en mi copa. Luego se mueve hacia
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Muerte y llena su vaso antes de dejar la botella sobre la mesa.
Thanatos levanta una mano y le hace un gesto a la criatura.
—Les digo lo que deben hacer y lo hacen. Pero confieso que
no entiendo cómo se preparan los alimentos para humanos, o… —
hace una mueca ante los platos en cuestión—, qué es lo que les
resulta particularmente atractivo.
Mientras habla, el esqueleto se retira silenciosamente,
saliendo por la puerta por la que entró.
—Bueno, normalmente, la comida es atractiva porque, ya
sabes, nos mantiene vivos —digo, con una pequeña sonrisa en mis
labios.
—Dice la mujer que no puede morir —interviene.
Mi atención vuelve a los platos frente a mí. Ojalá no tuviera
apetito. Desearía que lo que Thanatos acaba de admitir hiciera
alguna diferencia, pero la verdad es que no he comido mucho en
los últimos días, y ahora mismo, estoy dispuesta a probar una
comida hecha por cadáveres.
—¿Tendrá un sabor normal? —pregunto.
—Espero que sepa exactamente como la comida hecha por
los vivos —dice Thanatos.
Dejo escapar un suspiro tembloroso.
Bien. Vamos allá.
Primero alcanzo la pasta y coloco un poco en mi plato.
Después de un segundo de vacilación, también agrego un poco al
plato de Muerte.
—¿Qué estás haciendo? —Sus ojos curiosos están fijos en mí.
—Sirviéndote —digo—. Después de todo, eres tú quien me
invitó a tu 'cena de la victoria'.
Sus ojos son duros, pero de alguna manera luce
perversamente complacido, aunque imagino que tiene más que ver
con la idea de esta cena de la victoria que con la comida en sí.
Termino poniendo un poco de todo en nuestros dos platos mientras
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el jinete se reclina en su asiento, mirándome con una expresión
taimada y calculadora. Una vez que termino, me vuelvo a sentar en
mi silla y examino la mesa.
—Así que esto es para lo que el poderoso Thanatos está
usando sus poderes oscuros: conseguir que los retornados cocinen
para él —digo.
Me da una sonrisa oscura.
—¿Preferirías que simplemente dejara que los muertos
saquearan ciudades y mataran a los vivos? —pregunta—. Guerra
se creó una gran reputación haciendo precisamente eso.
Siento que mis ojos se abren con sorpresa. El Guerra que
conozco, y admito que no lo conozco tan bien, parece un hombre
razonable, incluso aunque me haya arrojado debajo de un carro de
caballos al obligarme a aceptar esta situación. Definitivamente no
parece alguien que haría algo tan... espantoso y perverso.
—No lo sabías —declara Muerte, leyendo mi expresión—.
Te aseguro que cada uno de mis hermanos ha matado regiones
enteras del mundo. Y a diferencia de mí, la mayoría de sus acciones
fueron crueles y llenas de sufrimiento.
Examino el rostro de Thanatos, buscando la mentira. En
cambio, encuentro una verdad inquietante. Y envié a Ben con ellos.
—¿Está bien mi hijo?
Las cejas de Muerte se juntan ante el cambio de tema. O tal
vez simplemente está confundido por mi pregunta.
—Está vivo—afirma—. Y sano. No puedo percibir más que
eso.
Mi cuerpo cae pesadamente contra mi silla. Ben no se está
muriendo. Si él está bien o no, es otro asunto completamente
diferente. Alejo mis temores. He conocido a esos hombres y he
aprendido sus motivos. Quizás alguna vez fueron monstruosos,
pero tengo que confiar en que ya no lo son. Tienen en mente los
mejores intereses para la humanidad. Si no lo hicieran, habrían
dejado que mi hijo muriera y que Muerte y yo continuásemos como
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enemigos. A pesar de mis propios ánimos, todavía tengo que tomar
algunas respiraciones para estabilizarme. Thanatos estudia mi
expresión y juro que se da cuenta de cada pequeño tic como si
fueran palabras en una página.
—¿A dónde llevan mis hermanos a tu hijo? —finalmente
pregunta Thanatos.
En respuesta, aprieto los labios. Muerte sigue estudiando mis
rasgos.
—¿Crees que quiero hacerle daño? ¿Que busco causarte
dolor? No busco causar dolor a nadie. Yo soy el final de él, kismet.
Todavía tiene que darse cuenta de que no es necesario cortar
a alguien para hacer que sangre. Arrebátales lo más preciado que
tienen y sufrirán. La muerte se acomoda en su silla.
—Entonces, mis hermanos tienen un plan. No puedo
comprender qué es lo que esperan ganar haciendo que te entregues
a mí.
Las palabras de Guerra resuenan en mi cabeza. Seduce a
Muerte. Me guardo mis pensamientos. Pero luego los segundos se
alargan, y lo único que los marca es un sonido distante de arrastrar
de pies, que deben ser los esqueléticos sirvientes de Muerte. Todo
el tiempo, el jinete me mira fijamente.
—Es de mala educación mirar fijamente — acabo diciendo.
—No me importan tus tontos tabúes humanos —responde. Y
sigue mirando. Y mirando. Quiero mirar a todas partes menos a él,
pero si él no va a seguir la etiqueta social, entonces a la mierda, yo
tampoco. Así que ... decido mirarlo hasta llenarme.
Casi al instante, me doy cuenta de mi error. Es absolutamente
perfecto. Como algo creado a partir de mis más profundos anhelos.
Ese cabello negro me hace señas para que pase mis dedos por él, y
esos ojos tristes y solemnes están suplicando una conexión que solo
yo puedo darles. Y esos labios ... cómo me muero por saborearlos
de nuevo.
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Mientras más lo observo, más parece calentarse mi sangre.
No puedo evitarlo. No estoy hecha para soportar a hombres tan
guapos. Pero no es solo su belleza. Mi atención vuelve a esos ojos
ancestrales, que guardan todo tipo de secretos. Cuanto más miro,
más parezco caer en sus profundidades. Y cuanto más me mira,
más ardiente se vuelve su mirada… Mierda, se me acelera el pulso
y este comedor cavernoso de repente me parece demasiado
pequeño. Me recuesto y suspiro mientras lo miro. Se supone que
debe sonar cien por cien molesto, pero suena jadeante y
melancólico, maldita sea. La mirada de Thanatos recorre mi rostro.
—¿Qué? —exige.
—Me acabo de dar cuenta de que voy a tener que conocerte
—digo. Arquea una ceja mientras me observa—. Y tú vas a tener
que conocerme a mí, —agrego. Los ojos de Muerte se calientan aún
más, aunque su expresión sigue siendo ilegible. Continúo—. Voy
a aprender todas tus pequeñas costumbres.
—No tengo hábitos —interrumpe.
—Oh, si tienes hábitos. Tengo un mapa marcado con ellos —
digo.
Él frunce el ceño. Si no lo supiera mejor, diría que a Thanatos
no le gusta la idea de tener tendencias humanas. Pobre idiota. Tiene
algunas revelaciones desagradables por delante una vez que se dé
cuenta de que todo esto de llevarme cautiva es una experiencia
humana gigante.
—Y —continúo—, vas a aprender sobre todas las pequeñas
cosas molestas que hago. Y nos vamos a volver locos el uno a otro.
Une los dedos.
—¿De verdad crees que te he perseguido durante tanto tiempo
para asustarme por unas pequeñas cosas irritantes? Me volví loco
buscándote. Dudo que me vuelva loco conocerte.
Que ganas tengo de que se arrepienta de esas palabras y, al
mismo tiempo, me dejan sin aliento, desequilibrada.
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—De todos modos, —digo— hemos sido horribles el uno con
el otro... y ahora se supone que debemos vivir juntos. Entonces, —
respiro— creo que deberíamos ventilar todas nuestras quejas.
—¿Quejas? —Levanta las cejas.
—Tú me dices todas las cosas que odias de mí—le digo—, y
yo te diré todas las cosas que odio de ti.
Él frunce el ceño.
—Esto es ridículo, Lazarus. No odio nada de ti. —Levanto
las cejas.
—¿De verdad? —Llámame escéptica, pero no me lo creo.
Muerte me observa de cerca.
—Este es tu juego, Lazarus. Así que juega y termina con esto.
Le miro fijamente.
—Odio tu misma existencia.
Esas palabras han estado ahí, en el fondo de mi garganta,
desde que lo conocí. Los ojos de Thanatos brillan.
—Ni siquiera te das cuenta de lo que estás diciendo. No hay
vida sin muerte —dice con vehemencia—. Entonces, a menos que
prefieras ser una roca, o alguna otra cosa inanimada, creo que mi
existencia te queda muy bien.
Cuando termina de hablar, el silencio se extiende entre
nosotros.
—Te toca a ti —digo. Me mira.
—No te odio.
—Seguro que no.
—A diferencia de ti, Kismet, yo no lo hago —dice, y ahora
parece cansado.
Busco su rostro. Después de un momento digo:
—Aún es tu turno.
Da un largo suspiro.
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—Bien, Lazarus. No me gusta que me hagas daño.
Cojo mi copa de vino y bebo un largo trago. No puedo decir
si sus palabras son inmensamente satisfactorias o dolorosas.
Ambas, supongo. Dejo la copa delante de mí.
—Lo siento —digo.
Muerte no dice nada, aunque puedo sentir su confusión.
—Por hacerte daño —aclaro.
Su mirada busca la mía y respira hondo.
—¿Qué más odias de mí? —pregunta después de un
momento.
—Odio que me hayas quitado a mi familia. Odio que me
hayas quitado a mi hijo...
—Todavía vive —interrumpe Muerte.
Quizás, pero el hecho es que ya no está conmigo.
—Odio que hayas matado a tanta gente, que tuve que verlo
todo. Odio haberme sentido obligada a detenerte. Odio que para
hacerlo haya tenido que robar a cadáveres, convencer a los
escépticos y obligarme a soportar ser herida y asesinada una y otra
vez. Odio que mi vida se haya convertido en una larga lista de
sacrificios.
—¿Qué más? —pregunta.
Levanto mi copa de vino y me acomodo en mi larga lista.
—Odio que seas extrañamente amable, —lo admito—, y odio
que no disfrutes de tu tarea. Te hace parecer tan noble y hace que
odiarte sea mucho más difícil.
Tal vez sea mi imaginación, pero juro que su rostro se ha
suavizado con mi admisión.
—¿Hay algo más? —vuelve a preguntar.
Me llevo la copa a los labios y tomo otro trago del caro vino.
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—Odio que seas hermoso. —Más para mí que para él,
agrego—: Apenas puedo dejar de pensar en eso.
Exhalo, sintiéndome extrañamente aliviada. El calor ha
vuelto a los ojos del jinete.
Seduce a la muerte.
—Odio sentirme atraído por ti —admite.
Ahora bajo mi copa. Cuando ve mi sorpresa, Thanatos dice:
—Seguramente eso no es una sorpresa para ti.
Siempre me va a sorprender que este ... este ... este ángel
monstruoso esté interesado en mí, la chica que nunca superó a su
ciudad natal y nunca dejó una gran huella.
—Estaba mejor antes de conocerte —dice—. Había pocos
pensamientos en mi cabeza en ese entonces además de viajar y
vencer. No dedicaba tiempo a reflexionar sobre el color de tus ojos
o la expresión salvaje que usas cuando estás decidida. Nunca volvía
a reproducir la forma en que se movía tu cuerpo cuando peleabas.
Trago, y sé que tengo esa mirada en mis ojos, la misma que
usan los animales salvajes cuando saben que están atrapados. Me
obligo a apartar la mirada de él, volviendo mi atención a mi plato.
Solo este hombre es capaz de hacerme olvidar que soy una mujer
hambrienta sentada delante de un banquete. Dejando mi vino a un
lado, levanto el tenedor y le doy un mordisco a la pasta. Hay un
momento en el que la salsa y los fideos me dan asco, todo en lo que
puedo pensar es que un cadáver hizo esto, pero luego el sabor me
golpea y está muy bueno. Tomo otro bocado y otro, y muy pronto
no me importa en absoluto quién hizo esto porque estoy famélica.
Puedo sentir los ojos de Muerte sobre mí. Estoy segura de que
parezco una salvaje. Pero estoy más allá de la vergüenza.
Por fin, paro para respirar. A mi lado, Thanatos se ve
ligeramente horrorizado —cosa de la que me enorgullezco— así
como muy curioso.
—¿No vas a comer? —le pregunto.
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—¿Comida de vivos? —dice con su mirada fija en mi boca.
Mis labios se arquean ante sus palabras.
—Esa es una forma extraña de decirlo —digo—. ¿Entonces
comes comida de muertos?
—Soy una deidad de la muerte. No necesito ningún sustento.
Lo miro, desde su cabello oscuro y ondulado hasta sus rasgos
cincelados, las alas negras y la camisa que parecen devorar la luz.
—¿Alguna vez has probado la comida? —pregunto.
—¿Qué sentido tendría?
No lo ha hecho. Nunca ha mordido una manzana madura ni
ha hecho girar pasta con el tenedor, ni ha comido un bocado de pan
con mantequilla derretida. Hace tiempo que sé que Muerte no tiene
necesidades humanas, pero ¿nunca, ni una sola vez, ha probado la
comida? Dejo mi tenedor. Sigue observándome con ardiente
curiosidad cuando me levanto de la silla y me acerco a él.
Ignorando a Thanatos por un momento, cojo una rebanada de
pan. Agarro la botella de aceite de oliva que hay cerca y vierto un
poco en un plato pequeño que parece dispuesto para eso. Sumerjo
el pan en el aceite y luego me vuelvo hacia el jinete. El pan y el
aceite es uno de los alimentos más básicos; parece un buen punto
de partida. Respiro para tranquilizarme. Aquí vamos. Antes de que
pueda hacer nada, me siento en su regazo. Oigo la fuerte inhalación
de Thanatos, pero entonces sus manos caen sobre mis caderas.
—Si intentas apuñalarme ...
—¿Con qué, con el cuchillo de la mantequilla? —bromeo.
Más seria, agrego—: Dejé eso atrás, Thanatos.
Sus dedos presionan mi piel al escuchar su nombre. Sostengo
el pan, una línea de aceite se desliza por su corteza escamosa.
—Quiero que pruebes esto.
Hace una mueca.
—Quizás preferiría una buena puñalada.
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Reprimo una risa. Solo este hombre diría algo tan ridículo.
—Esto es pan y aceite de oliva. Los humanos lo han estado
comiendo durante miles de años. Esta bueno. Y quiero que lo
pruebes.
Su pecho sube y baja.
—¿Por qué? —pregunta—. ¿Por qué te importa en absoluto?
—Desde hace un año y medio, me has obligado a
experimentar cómo es la muerte. Quizás sea hora de que tú
experimentes un poco de vida, para variar. —Duda, parece medio
convencido—. No te matará —le digo.
—Una verdad desafortunada —murmura—. Me siento
cómodo con la muerte. Con esto... no lo estoy.
Trato con todas mis fuerzas de no reírme ante el hecho de que
este hombre, al que he disparado repetidamente, le tiene miedo a
un poco de pan.
—Esta es tu cena de la victoria —le recuerdo—. Y las cenas
son para comer. —Él frunce el ceño—. Y —agrego—, si lo intentas
..., —dudo, mi mirada se posa en sus labios—, te besaré.
Sus ojos estrellados centellean. En un instante, su mano se
cierra sobre la mía y se lleva el pan que sostengo a los labios. Lo
mira por un momento, frunciendo el ceño.
—Todo en mí se rebela contra esto —admite.
—Entonces realmente debes querer ese beso. —digo casi sin
aliento.
Intento restarle importancia, pero por dentro, me siento en
carne viva. Los ojos de Muerte se encuentran con los míos. Sí,
parecen decir. Mientras nuestras miradas están bloqueadas, se lleva
el pan el resto del camino a la boca. Sin apartar la mirada de mí, da
un mordisco. Eso parece romper el hechizo. Su rostro se tuerce en
una mueca, y lo veo ahogarse un poco mientras mastica
torpemente, luego fuerza la mordida.
—¡Está asqueroso! —exclama.
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No puedo evitarlo, empiezo a reír, me río tan fuerte que todo
mi cuerpo tiembla con eso.
—No lo está —digo, tranquilizándome.
Sus ojos han vuelto a mi cara y, a pesar de verse un poco
mareado, me mira como si nunca hubiera visto algo como yo antes.
—Haz eso de nuevo —dice en voz baja.
—¿Hacer qué? —pregunto.
—Reír. —Le doy una sonrisa confundida.
—No puedo hacerlo sin más. Cuéntame un chiste y tal vez lo
haga.
Él mira mis labios un poco más.
—Hmmm ...
En lugar de contar un chiste, toma mi mano y prueba otro
bocado del pan, y procede a tener arcadas de nuevo.
—No puedo... comer esto. —admite—. Es... atroz.
Agarra el vino que le sirvió su esquelético sirviente,
presumiblemente para quitarse el sabor, pero es vino lo que está
bebiendo, no agua, y esto también es un gusto adquirido.
Thanatos casi escupe el líquido, solo se detiene presionando
su puño contra su boca. Detrás de ese puño, su rostro se ve
enfermizo. Su garganta trabaja una y otra vez antes de que se las
arregle para tragarlo todo.
—Diablos, mujer —jadea, su rostro se tuerce por el sabor—
¿Qué es eso?
Pero ahora me estoy riendo de nuevo. Niego con la cabeza,
incapaz de decírselo. Muerte está haciendo todo lo posible por
limpiarse la boca con la mano, incluso mientras me mira con
atención.
—Y tú quieres hacerme creer que la vida es agradable —
murmura.
- 260 -
Con una última mueca, deja caer su mano, sus ojos fijos en
mí, y estoy bastante segura de que solo comió un segundo bocado
de pan para escucharme reír de nuevo. Ese pensamiento me
tranquiliza, incluso cuando un calor no deseado se extiende a través
de mí. Cojo su copa y bebo de ella. Quiero decir, es un buen vino
y no lo va a disfrutar. Se maravilla de mí.
—¿Eso es realmente vino? —pregunta con escepticismo.
Bajo la copa de mis labios.
—Sí, lo es.
Muerte es el cuadro de la desilusión.
—He visto y oído mucho sobre el vino a lo largo de los siglos.
No imaginé que sabría tan ... decepcionante.
—Apuesto a que el pan también fue una decepción.
—No del todo —dice.
Extiende la mano, me quita el vino y lo deja a un lado. Le
lanzo una mirada desconcertada, sin saber a dónde va con esto. En
lugar de responder, su mano va a la parte posterior de mi cabeza.
Thanatos me atrae hacia él y es solo en los segundos antes de que
mis labios toquen los suyos que recuerdo. El beso.
Entonces su boca está ahí, firme contra la mía. Respiro
profundamente porque ... Es exquisito. Sostener su mano era una
cosa, pero quedar atrapada en el abrazo de Muerte, con sus labios
seduciendo a los míos…uff… había olvidado que besarlo era toda
una experiencia. Mi boca se abre un poco y él parece seguir mi
ejemplo, abriendo sus propios labios. Mi lengua presiona contra la
suya y los dedos de Muerte se clavan en mi pelo y me abraza como
si no planeara dejarme ir nunca. Su lengua acaricia la mía y me
besa con todo el salvajismo que parece prometer su reputación.
Me absorbe. Mis manos se levantan, ahuecando su rostro, sus
mejillas, yo solo le prometí un beso, puedo detener esto. Debo
detener esto. Pero no lo hago. Me lanzo de lleno al beso. Puedo
saborear el vino en la lengua de Muerte, y estoy segura de que él
puede saborearlo también en la mía, pero no tiene náuseas; de
- 261 -
hecho, según las apariencias, parece que le gusta bastante la cosa
después de todo.
Su mano, que todavía está en mi cadera, se clava y la aprieta.
Dejo escapar un gemido entrecortado cuando siento su erección
contra mí. ¿Es consciente de las erecciones y la excitación?
Apuesto a que no, no en un sentido real. Apostaría dinero a que
esto es otra cosa de pan y vino, donde Muerte sabe, pero él,
realmente, no lo sabe. Dudo que tenga una idea real de lo que está
haciendo o de por qué las cosas se sienten así. El pensamiento me
hace sonreír contra su boca.
—Eso me gusta —gruñe Thanatos, con voz ronca.
Hago una pausa, separándome un poco.
—¿Qué?
—La sonrisa que me diste mientras tus labios estaban sobre
los míos, y la otra cosa, el sonido que has hecho hace un momento.
El gemido. Querido Dios.
Se supone que todo esto debería estar sucediendo justo así.
Estoy haciendo todo bien, pero de repente ... Me alejo de él, con la
respiración agitada y mi corazón acelerado como un loco. Los ojos
de Muerte están entrecerrados cuando me mira fijamente, y puede
que no tenga ninguna experiencia real con el sexo, pero está claro
que está loco de deseo.
Esa mirada es todo lo que necesito para sentirme una vez más
como un animal acorralado. Me deslizo fuera de su regazo,
balanceándome un poco sobre mis pies mientras me pongo de pie.
No he dormido bien en varias noches y eso me está afectando. El
vino tampoco ayuda. Retrocedo, aunque mi cuerpo grita en
protesta. Thanatos me contempla, el deseo en su expresión se
desvanece hasta que todo lo que queda es un anhelo tan profundo
que casi puedo sentirlo. O tal vez esa sea mi propia alma solitaria
en busca de una conexión, a pesar de que Muerte es la última
persona con la que debería encontrarla.
—No te vayas, Lazarus —suplica.
- 262 -
Pero lo hago. Entonces huyo de él como lo he hecho tantas
veces antes. El problema es que tengo un anhelo dentro de mí que
rivaliza con el del jinete. Y no estoy preparada para afrontarlo,
todavía no. Pero tendré que hacerlo, y pronto.
- 263 -
Capítulo 40
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El retornado se da la vuelta y se dirige a una prensa francesa
que no había notado antes. Me maravillo. ¡Me comprende! El
esqueleto agarra una taza que cuelga en un armario cercano y la
llena con el rico líquido. Detrás de mí, la puerta de la cocina se abre
y siento a Muerte un momento antes de escuchar su profunda voz.
—Veo que, después de todo, te has aficionado a la cocina de
mis sirvientes —dice detrás de mí.
Me doy la vuelta y se me corta la respiración al verle. Esos
ojos oscuros casi me hacen señas para que me acerque. Ahí es
cuando me doy cuenta de que, de cintura para arriba, Thanatos está
desnudo. Sin armadura, sin camisa. Solo cientos de tatuajes
extraños y brillantes que lo bañan en luz plateada. Respiro
profundamente ante la vista.
¿Cómo nunca me había fijado en ellos?
Excepto que... Guerra tenía tatuajes como estos a lo largo de
sus nudillos. Solo que los suyos eran rojos. Estudio las marcas.
Parecen... algún tipo de lenguaje, aunque ninguno que haya visto
antes, y cubren cada centímetro de piel desde la base del cuello de
Muerte hasta sus muñecas. Por lo que parece, las extrañas marcas
continúan por debajo de la cintura de sus pantalones. Intento no
pensar en dónde más podrían estar esos tatuajes.
—¿Dónde está tu camisa? —pregunto casi sin aliento, mi
mirada todavía clavada en su pecho desnudo.
El jinete es realmente un Dios, tiene un físico muy
musculoso.
—En otro lugar —dice Thanatos.
La mirada de Muerte se desplaza por encima de mi hombro y
miro detrás de mí, solo para ver al esqueleto acercándose a mí con
una taza de café humeante en una mano y una de crema en la otra.
Detrás de él, los otros esqueletos todavía están ocupados en el
trabajo. Extiendo la mano por el café. Mis dedos rozan los huesos
del dedo del esqueleto y casi dejo caer la taza. Contrólate. Para
- 265 -
estabilizarme, tomo la crema y le doy al esqueleto una sonrisa
tensa, sintiéndome como si me hubiera vuelto loca.
Mientras tanto, siento a Thanatos, mirándolo todo con una
cantidad perversa de placer, aunque quizás solo estoy asumiendo
que disfruta de mi incomodidad. Vierto un poco de crema en la
bebida, luego devuelvo la crema, orgullosa de que mi mano no
tiemble. He visto y hecho muchas cosas perturbadoras, y me
asusta… Un esqueleto.
Casi le doy un codazo a Thanatos para escapar de los no-
muertos, empujando la puerta y dirigiéndome al comedor. Solo que
en algún momento desde que entré a la cocina, los sirvientes no-
muertos también han entrado en esta habitación. Dos de ellos
comienzan a colocar más bandejas de comida mientras otro limpia
las cortinas que ya se ven impecables. A través de las ventanas noto
que otros dos aparecidos están cuidando los arbustos que rodean la
casa. Los miro a todos con abyecto horror.
—No me digas que hay algo de lo que mi salvaje Lazarus
tiene miedo —dice Muerte, estudiando mi rostro mientras se acerca
a mí.
Mi salvaje Lazarus.
Un escalofrío me recorre y me digo a mí misma que es por la
vista y no por sus palabras.
—Haz que se detengan —pido, sin importarme si son capaces
de ofenderse o no. Esto está mal.
—No me atrevería —responde Thanatos con el mismo fervor.
Giro para enfrentarlo, mi café medio olvidado.
—¿No te acuerdas, Kismet? —pregunta, inclinando la
cabeza—. Me dijiste que no sabía cómo cuidarte. Así que aprendí.
Todo el aire parece escapar de mis pulmones con su admisión.
Ya lo había asumido, pero que lo confirme... Mi mirada recorre los
esqueletos una vez más, y ahora, en lugar de ver el horror de su
- 266 -
existencia, veo a un jinete tratando de demostrar su valía a una
mujer que lo despreció.
—Esperaba que te gustara—continúa—. Quiero que estés
cómoda. Te di una razón para correr la última vez. Esta vez, quiero
darte una razón para quedarte.
Mi garganta se mueve.
—¿Cuánto tiempo llevas preparando este lugar? —Le
pregunto suavemente.
—¿Esta casa en particular? —pregunta él, mirando a nuestro
alrededor—. Un mes. Pero hubo otras casas que encontré y preparé
y otros sirvientes que me ayudaron en el camino. He pasado nuestro
tiempo separados acumulando todas las... cosas que podrías
necesitar: ropa, comida y una vivienda digna de una reina.
Dios mío. Mientras tanto, yo estaba muy resentida con él.
Quiero decir, tenía una buena razón… él estaba haciendo de mi
vida una pesadilla. Pero, aun así.
Apoyo una mano en una silla cerca de mí y me hundo un poco
contra ella. Los ojos del jinete recorren mi cuerpo.
—¿Quieres sentarte? —Thanatos hace un gesto hacia un
diván en la habitación adyacente.
Distraída, me acerco, tomo asiento y pongo mi café en una
mesa lateral cercana. El jinete me sigue. Sólo cuando se sienta a mi
lado me doy cuenta de que este mueble muy bien puede haber sido
uno de los artículos que el jinete llevó a esta casa; la forma le
permite a la Muerte sentarse fácilmente mientras acomoda sus alas.
Quiero preguntarle por esas alas, que son tan grandes que caen en
el suelo detrás de él como la cola de un vestido. También quiero
preguntar acerca de las marcas brillantes, hacia las que mis ojos
siguen bajando. Me doy cuenta de que tengo muchas ganas de
tocarlas y tengo que unir las manos para reprimir el impulso.
Muerte me sorprende mirándole y, avergonzada, me fuerzo a
apartar la vista. Puedo sentir sus ojos inquisitivos sobre mí.
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—¿Cómo saben estos esqueletos qué hacer? —Le pregunto,
asintiendo con la cabeza a uno de ellos que pasa por allí.
Cualquier cosa para distraerme del hecho de que quiero
descifrar a este hombre y de paso, lamer sus tatuajes.
—Ya te lo dije, Kismet, aunque el alma puede haberse ido,
todavía hay una imagen secundaria de la persona que existió.
—¿Qué tiene eso que ver con la limpieza? —cuestiono.
Hasta ayer, nunca me había sentado junto al jinete y había
hablado con él. Es casi tan desestabilizador como ver trabajar a
esos retornados.
—Estás haciendo preguntas que no tienen respuestas
humanas ordenadas y agradables, Lazarus. Los muertos limpian
porque yo les digo que lo hagan.
—Pero ellos saben cómo limpiar y tú no. —Eso es raro,
¿verdad?— ¿Tienen un pensamiento superior?
—Sus espíritus se han ido, Kismet —dice en voz baja—. Lo
que queda no es consciente de sí mismo. Pero sus huesos todavía
recuerdan lo que sus mentes alguna vez supieron.
Me mira mientras proceso eso. Y luego continúa mirándome,
incluso cuando el silencio se extiende entre nosotros.
—Sigue siendo de mala educación mirar fijamente —digo,
bebiendo mi café una vez más.
—Sigue sin importarme —responde Thanatos sin problemas.
Me vuelvo para mirarlo un poco mejor.
—¿En qué piensas cuando me miras fijamente? —Me atrevo
a preguntar.
—Que podría mirarte durante mil años y no aburrirme nunca
—dice sin perder el ritmo—. Estoy acostumbrado a ver la esencia
de una persona, no sus rasgos, y había dado por sentado esto último.
- 268 -
Le doy una pequeña sonrisa, aunque me ha inquietado.
—Y cuando te miro —continúa—. Me gustaría poder sentir
completamente tu alma de la forma en que puedo con otros
humanos. Estoy seguro de que la encontraría extraña y
encantadora. Eres un misterio para mí, y no estoy acostumbrado a
los misterios.
Me siento ahí, sin saber qué decir. Porque no tengo nada
recíproco que decir, excepto, quizás, que debajo de sus poderes,
Thanatos también es extraño y encantador.
—Ven —dice el jinete de repente, levantándose del sofá.
Extiende una mano hacia mí—. No te he enseñado el exterior de la
casa.
Tomo su mano y dejo que me lleve lejos de ese diván.
Atravesamos la habitación y cruzamos una puerta que se abre a un
amplio patio trasero. Muerte está en silencio mientras me guía, sus
tatuajes brillando bajo el sol. Una piscina destella en la distancia, y
esa debería ser la característica más atractiva en este día cálido,
pero mis ojos se fijan en el extravagante jardín ubicado en la
esquina de la casa.
Ahora soy yo quien tira de su mano mientras nos conduzco
hacia él. Me dirijo a través de las hileras de helechos elevados del
jardín, observando a cada uno de ellos. Cuando me fijo en los
árboles frutales que hay en la parte trasera del jardín, me encamino
a ellos. Me detengo frente a un manzano cuyas ramas están
cargadas de frutos. Hay un cubo de metal en la base del árbol, como
si alguien estuviera pensando en cosecharlos pronto.
—¿Esto es lo que querías ver? —dice el jinete detrás de mí,
inspeccionando el árbol como si tuviera algún secreto
indescifrable.
—Tengo hambre —le digo.
—Mis sirvientes han hecho...
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—Sé lo que tus sirvientes han preparado para el desayuno —
le corto, reprimiendo un escalofrío al pensarlo—. Pero quería algo
un poco... —menos siniestro—, más apetecible.
La mirada de Thanatos se estrecha.
—He pasado meses buscando a los sirvientes más
capacitados cuando se trata de preparar comida. Te aseguro,
Kismet, que pueden satisfacer todas tus necesidades.
—Lo sé —digo en voz baja.
Eso no me impide seguir retrocediendo ante la idea de esos
huesos tocando la comida que como. Mi mirada revolotea sobre las
manzanas. Al ver una madura, extiendo la mano y la recojo.
—Sabes, —le digo, mirándolo—, nuestra relación comenzó
con una manzana.
Esta estúpida e inocua pieza de fruta. Estaba allí llevando a
Adán y Eva a la tentación, y ahora aquí estamos, cerrando el
círculo. Desde la primera supuesta caída de la humanidad hasta la
última. Si, por supuesto, hay que creer en la Biblia. Una parte de
mí quiere tirar la fruta lo más lejos que pueda y quemar todo este
huerto hasta los cimientos. En cambio, le quito el polvo a la
manzana en la camisa y le doy un mordisco. Al fin y al cabo, es
solo una manzana. Después de tragar, se la ofrezco a Muerte.
—¿Quieres probarla?
Él hace una mueca.
—No, a menos que tengas otro beso con el que sobornarme.
Bajo la fruta, inclinando un poco la cabeza.
—¿De verdad quieres eso? —le pregunto. Sus ojos se mueven
hacia los míos, brillando con intensidad.
—Quiero más, Kismet. Pero me conformaré con aceptar lo
que me ofreces.
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Mantengo mi mirada fija en él.
—No creo que sepas lo que estás pidiendo, Thanatos.
—Quizás no —dice, su expresión magnética—. Pero sé de las
cosas que hacen los humanos cuando no pueden mantenerse
alejados unos de otros.
No se acerca más a mí, pero parece que no hay distancia entre
nosotros y no hay aire para respirar. No ayuda que todavía no haya
encontrado su camisa, y sus tatuajes brillantes lo hagan lucir
particularmente sobrenatural.
—¿Y eso es lo que quieres? —pregunto de nuevo en voz baja,
mi ritmo cardíaco comienza a acelerarse.
No puedo creer que estemos hablando de esto. O que el
hombre que piensa que el pan apesta este abierto a la intimidad.
—Ya te lo he dicho, Kismet. Quiero más. Tu carne promete
mucho, pero para mí, es solo el comienzo.
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Capítulo 41
- 273 -
En el armario hay varios cajones poco profundos que
contienen algunas joyas al azar, incluido un brazalete de oro y una
delicada cadena para el tobillo, me pongo ambos. No puedo decir
si eran objetos pertenecientes a las personas que vivieran aquí antes
que yo, o si, como la ropa, eran extravagancias que Muerte hizo
que sus sirvientes recogieran. Supongo que en realidad no importa
de ninguna manera. Los muertos ya no los necesitan, pero yo sí.
Al entrar de nuevo al cuarto de baño, encuentro un alijo de
maquillaje en uno de los cajones. Esto es más complicado. El
maquillaje usado no puede hacerme daño más que cualquier otra
cosa, pero sigue siendo algo desagradable. Afortunadamente,
encuentro un par de lápices labiales y un poco de sombra de ojos
dorada que parecen intactos, y me los pongo en su lugar.
El resultado final ... me quita el aliento.
Miro mi reflejo. No me he maquillado en mucho, mucho
tiempo. Gran parte de los últimos dos años ha sido sobre la
supervivencia, —la supervivencia de Ben y la humanidad,— así
que no pensé mucho en la apariencia física. Pero ahora mi piel
brilla donde me coloco la sombra de ojos, y mis labios están
rosados. Incluso agregué un toque de ambos en mis pómulos, y el
efecto general es... Me veo femenina. Bonita y femenina.
Ni siquiera mi cabello húmedo y sin acicalar puede quitarme
eso, aunque hago todo lo posible para que incluso mi cabello esté
lo más presentable posible. Ojalá esto funcione. No puedo creer
que en realidad esté tratando de seducir a nadie, y mucho menos a
la Muerte. Soy mejor arquera que seductora. Con esa charla de
ánimo alentadora, salgo de mi habitación, obligándome a encontrar
al jinete antes de que pueda acobardarme de nuevo.
Thanatos ya está en el comedor, esperándome. Tiene un plato
lleno de comida frente a él y una copa de vino, pero dudo que algo
entre en sus labios. No, a menos que pueda convencerlo de que lo
intente de nuevo. Vale la pena intentarlo. Todo merece una
oportunidad. Comer. Dormir. Seducir. Salvar al mundo. Todo lo
que se necesita, es un poco de convicción.
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Tan pronto como me ve, sus ojos arden con fuego en su
interior. Pero luego su mirada me recorre, desde mi rostro
maquillado, mi vestido ajustado, hasta mis pies descalzos, y el
hambre se apodera de su expresión. Oh Dios, parece que quiere
devorarme. Tal vez fue una mala idea, después de todo.
Me armo de valor y entro en la habitación como si me
dirigiera a la batalla. No soy la única. En algún momento entre la
última vez que lo vi y ahora, Thanatos ha encontrado su camisa y
su armadura. Parece listo para liderar un ejército y vencer a sus
enemigos. ¡Vale, aquí no pasa nada!
Paso por delante de mi asiento y me acerco al suyo. Dejando
su plato a un lado, me subo sobre la mesa y me siento donde debería
estar su comida. Esta noche, yo soy el plato principal. Por supuesto,
esto no es tan drástico como estar sentada en su regazo, como lo
hice anoche, pero entonces no estaba planeando dejarme llevar.
Esta noche lo estoy.
—¿No es sentarse encima de la mesa romper alguna regla
humana de etiqueta? —dice Muerte con una mueca de sus labios.
Parece absolutamente encantado con la idea. En lugar de
responder, tomo su tenedor. Sacando una patata gratinada de su
plato, me la meto en la boca, tratando de no pensar en la entidad
que hizo el plato. Dejo el tenedor en su sitio y, después de un
momento, pongo un pie, luego el otro, en el regazo de Muerte.
Romper las reglas de etiqueta es realmente divertido. Creo
que podría acostumbrarme a esto.
Thanatos mira mis piernas. Muy lentamente, lleva una mano
a una de mis pantorrillas, apoyándola allí. La tela negra de mi
vestido se ha deslizado, dejando al descubierto mi carne desnuda.
—Siempre me maravilla verte resistir mi tacto —murmura,
mirando el lugar donde su pálida mano toca mi piel.
- 275 -
—Oh, tu tacto me hace cosas. —No sé qué me posee para
expresar ese pensamiento, pero las palabras salen antes de que
pueda pensar dos veces en ellas.
La mirada de Muerte se posa en mi rostro, incluso cuando esa
mano tentadora suya se desliza por mi pierna. No tiene idea de lo
que está haciendo. Cojo el tenedor de Thanatos de nuevo y pincho
otra rodaja de patata, tratando de ignorar mi creciente ansiedad.
—¿Cómo está la comida? —pregunta, su mirada penetrante
en mí.
—No he encontrado huesos todavía, así que muy bien.
Solo estoy bromeando a medias. De hecho, estoy más que un
poco aterrorizada de que el pulgar de alguien aparezca en uno de
los platos. La mano de Thanatos continúa subiendo por mi muslo,
cambiando mis pensamientos de un tema perturbador a otro. Debe
saber cuán íntimo es su toque, debe...
De repente, Thanatos quita las manos de mis piernas, pero
solo para poder agarrarme por la cintura y subirme a su regazo.
Suelto un pequeño grito, el tenedor se me resbala de la mano y cae
al suelo. Y entonces vuelvo a estar donde anoche. El rostro de
Muerte está tan cerca que puedo ver esas extrañas motas plateadas
en sus ojos oscuros como la noche y cómo sus pupilas se dilatan
ante mi cercanía. El tacto de su armadura fría e inflexible me
muerde la piel, y puedo oler los aromas ahumados del incienso y la
mirra que se desprenden de él.
Muy lentamente, levanta una mano y la envuelve alrededor
de mi nuca. Me atrae hacia él. Muerte tiene una mirada hambrienta
y depredadora en su rostro. Me va a besar. Solo que ... no lo hace.
Lleva mi oreja a su boca.
—Anoche hablamos de todas las formas en que me odiabas
—dice—. Esta noche es mi turno de elegir el juego.
Me quedo quieta en sus brazos. Se aparta de mí para poder
mirarme a los ojos.
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—No más bailar con las palabras, Lazarus —dice—. Quiero
tus pasiones y tus verdades al descubierto. Te haré preguntas y tú
me hablarás claramente.
—¿Este es tu juego? —pregunto, escéptica. No creo que me
guste lo que tiene en mente.
—Sí —dice con entusiasmo.
Sus manos reposan en mis caderas y uno de sus pulgares
acaricia el suave material allí.
—Dime lo que sientes cuando me miras.
Mi garganta se paraliza. Muy bien, oficialmente odio este
juego. Técnicamente, decir la verdad debería ser fácil. Tengo todas
las respuestas a estas preguntas dentro de mí. Desafortunadamente,
he enterrado mis verdades debajo de tantas mentiras convenientes
que me da miedo desenterrarlas.
—¿Qué siento ahora mismo cuando te miro? ¿O cuando te
conocí por primera vez?
Lo estoy demorando. Sé que lo estoy demorando. Pero Dios,
no quiero admitir nada de esto.
—Todo.
Por supuesto que lo quiere todo. Mis ojos se posan en su
armadura y trazo un dedo sobre el esqueleto y la mujer a la que está
abrazando íntimamente.
—Cuando te vi por primera vez… —Hago una pausa.
Demonios, no quiero hacer esto— Pensé que eras el hombre más
hermoso que había visto en mi vida.
Ya está. Lo hice, y solo un poco de mi alma murió en el
proceso. Los ojos de Thanatos tienen un brillo salvaje.
—¿Eso es… algo bueno? —pregunta con curiosidad.
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Suelto una carcajada porque ¿la belleza es realmente algo
bueno? No sé …
—Me hace desearte incluso cuando no debería —lo admito.
—¿Me deseas? —repite.
Le doy una mirada, intentando con todas mis fuerzas ignorar
esa belleza dominante suya.
—Sabes a lo que me refiero.
—Estás bailando con tus palabras de nuevo —murmura,
apartando un mechón de cabello negro de su rostro—. Me gustaría
la verdad sin adornos, despojada de todas sus suposiciones
humanas.
Dejo escapar un suspiro. Dios, realmente me va a hacer
decirlo.
—Eres tan molestamente guapo que, aunque te he odiado,
siempre he deseado tocarte y besarte ...
Dejo que mis palabras se desvanezcan, petrificada ante la idea
de seguir contándole toda la verdad. Thanatos se inclina hacia
adelante, esperando el resto de la frase.
Maldito sea por ser lo suficientemente perspicaz como para
darse cuenta de que estoy omitiendo algo.
Murmuro un juramento en voz baja y luego me doy la vuelta,
alcanzando la copa de vino del jinete. Bebo un trago largo del
alcohol antes de volver a dejarlo. Estaba lista para la seducción, no
estaba lista para enfrentarme a estas preguntas que llegaban a las
partes más cautelosas de mí.
No tienes que responderlas —susurra una cobarde voz
interior—. Simplemente podrías acelerar las cosas. Un beso o dos
le harían olvidar.
El problema es que, como la mayoría de la gente sabe, la
seducción no es solo física. También es mental. Esto es parte de la
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seducción tanto como saborearlo y burlarse de él. Da la casualidad
de que es la parte para la que estoy menos preparada. Mi mirada
cae a los labios de Thanatos.
—He anhelado quitarte esta armadura, tocar tus alas y pasar
mis labios sobre tu carne desnuda.
Me detengo antes de mencionar nada más. Los ojos del jinete
se han encapotado.
—Entonces hazlo, Kismet.
Retrocedo un poco. ¿Hacerlo?
Thanatos está muy quieto. Esperando. Extendiendo una mano
tentativa, mis dedos tocan una de las alas aterciopeladas que se
elevan sobre sus hombros. Muerte aspira con fuerza, pero se queda
muy quieto. Odio que desde que lo conocí, haya querido hacer esto.
Incluso en mis momentos más oscuros, todavía existía la curiosidad
y el extraño y perverso deseo de sentirlo a él, mi némesis.
Sigo acariciando su ala, paralizada. Las plumas negras son
increíblemente suaves. Lo sabía de la otra vez que las rocé, pero
todavía me sorprende. Miro las plumas negras mientras paso mis
dedos sobre ellas.
—Son ... preciosas —digo.
Mis ojos se encuentran con los suyos. Algo se mueve a través
de su expresión. Tiene razón, he estado bailando alrededor de la
verdad sobre nosotros. Sin apartar la mirada, Thanatos desabrocha
una de sus hombreras y la deja caer al suelo. Luego se quita la otra,
la armadura aterriza con un fuerte ruido metálico. Su coraza es lo
siguiente, luego sus brazaletes. Aunque parece tranquilo, puedo ver
sus dedos trabajando frenéticamente para deshacer los cierres. Mis
manos se mueven hacia su pecho. En el momento en que mis
palmas se hunden contra sus pectorales, siento que se estremece.
Su mirada destella hacia la mía, y veo la necesidad en sus ojos.
Volviéndose hacia sus protectores de los brazos, arranca el resto,
las hebillas se rompen y el cuero se rasga. Lo tira todo a un lado.
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Mis manos acarician su torso hasta los bordes de su camisa.
Thanatos alcanza el material negro, y ya puedo decir que tiene la
intención de arrancarlo con tanto salvajismo como su armadura.
—Espera —le digo, agarrando su camisa con más fuerza—.
Déjame hacer esto. —Mis mejillas se ruborizan mientras hablo.
Muerte hace una pausa, luego suelta la tela, recostándose en
su asiento, aunque sus ojos son un poco cautelosos. Levanto el
material oscuro. Espero que se enganche contra las raíces de sus
alas, pero el material se desliza fácilmente. Noto entonces las
aberturas en la parte de atrás de la camisa que dejan espacio para
sus alas; cortan la camisa hasta el dobladillo inferior. Muerte es tan
alto, incluso sentado, que tengo que elevarme para quitarle la
camisa negra por la cabeza y los brazos. Una vez que lo hago, la
dejo caer entre la creciente pila de artículos desechados.
Miro hacia abajo, a Thanatos, a su pecho desnudo y sus
brillantes tatuajes. Hazlo, me ha dicho. Besa y toca y toma. Me bajo
una vez más en su regazo, sintiendo sus ojos sobre mí. Mi propia
atención se traslada a su pecho. Si el rostro de Muerte es el de un
héroe trágico, su torso es el de un guerrero. Gruesas bandas de
músculos se curvan alrededor de su cuerpo, su tórax se va
reduciendo hacia una cintura estrecha.
Extiendo la mano de nuevo, esta vez para trazar uno de sus
brillantes tatuajes. Mi dedo hormiguea un poco, como si hubiera
magia solo al trazar la forma del símbolo. Thanatos hace un ruido
de dolor por el contacto.
—Más, Lazarus —susurra.
Coloco ambas manos sobre su piel, permitiéndome descubrir
la forma de sus hombros y sus brazos. Me estremezco. Nunca había
estado con alguien que se sintiera así. Parece esculpido en piedra.
Paso una mano por sus músculos abdominales, cada uno
claramente definido. Pronto, tocar no es suficiente para mí. No
mentía cuando dije que quería besar su carne. Me inclino. En el
momento en que mis labios tocan su piel, él gime. Coge la parte de
atrás de mi cabeza y me sujeta suavemente contra su piel. Tan cerca
- 280 -
de él, huele como el incienso que quema con su antorcha, solo que
ahora me pregunto si el olor proviene del humo mismo, o si es una
parte más innata de él.
Mi boca recorre varios de los símbolos brillantes. No puedo
creer que en realidad esté haciendo esto. Presiono otro beso en su
carne, esta vez, lamiendo un poco su piel. Muerte sisea un suspiro.
—No me digas que podríamos haber estado haciendo esto
todo el tiempo que te perseguí —dice.
—Nunca lo sabremos —respiro contra él. Cierra los ojos y
echa la cabeza hacia atrás.
—Pero te tengo ahora —murmura, acariciando mi cabello.
Parece que está tratando de tranquilizarse a sí mismo.
—Tú también puedes tocarme —le digo.
Quiero decir, sé que él ya me ha estado tocando, pero hay un
tocar, y luego está tocar. Le estoy ofreciendo lo último. Abre los
ojos e inclina la cabeza hacia abajo para mirarme.
—¿Dónde? —dice, con la voz rasposa.
Ah, cierto. Le gustan las respuestas más literales. Estudio
esas extrañas pecas plateadas en sus iris.
—En cualquier parte.
Sostiene mi mirada durante varios segundos antes de que sus
ojos se desvíen hacia el resto de mí. Thanatos mueve su mano de
mi cabello y desliza sus dedos sobre mis pómulos y luego hacia mi
mandíbula.
—Cómo he querido escuchar esas palabras salir de tus labios
—admite, su voz ronca por el deseo.
A pesar de sus palabras, se está conteniendo. Prácticamente
puedo sentir su cuerpo temblar con su restricción, e imagino que es
porque los lugares que desea tocar están ocultos. Presiono mi palma
sobre su mano, que todavía ahueca mi rostro. Por un momento me
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inclino hacia el tacto. Cuando siento el frío roce de metal contra mi
carne, aparto su mano para inspeccionar qué es. En su dedo lleva
ese extraño anillo, el que tiene la moneda fijada con el rostro de
Medusa. Lo muevo de un lado a otro.
—¿Cuál es la historia detrás de esto? —pregunto.
A estas alturas he descubierto que todo lo que adorna al jinete
tiene un significado más profundo.
—El obol de Caronte —dice Muerte, distraídamente. Cuando
frunzo el ceño, aclara—: Una moneda de los muertos.
—¿Por qué necesitan monedas los muertos? —pregunto.
—No las necesitan. Es simplemente uno de los regalos que
me han hecho a lo largo de los siglos.
—¿Quién te lo dio? —pregunto, mi voz cuidadosamente
ligera.
No funciona. Thanatos arquea una ceja.
—¿Por qué importa, Lazarus? Hace mucho, mucho tiempo de
eso.
Le miro fijamente.
—Ahora eres tú quien baila con tus palabras.
Muerte me da una sonrisa, una que no llega a sus ojos.
—Aunque puedo recordar la forma de su alma, la persona que
me dio esta moneda no tiene más significado para mí que cualquier
otra persona ... excepto tú. —Su mirada es intensa mientras dice la
última parte—. No he conocido a nadie tan íntimamente como te
conozco a ti —continúa—. Nadie. Me cruzo con algunos
individuos una y otra vez durante sus vidas, pero no puedo conocer
a los vivos. No así.
No como un hombre vivo que respira. Los dos nos miramos.
No sé quién se mueve primero, pero nuestros labios chocan, el
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anillo olvidado hace mucho tiempo. El beso debería sentirse como
una mentira. Debería sentirse mal, forzado, todo menos cómo se
siente. Es como rozar el cielo. Mis labios se mueven hambrientos
sobre los suyos. Sabía que él anhelaba esto, no esperaba que yo
también lo hiciera. Thanatos cae en el beso con toda la intensidad
que esperaba de él. Pero justo cuando siento que su pasión nos va
a consumir a los dos, sus manos suben hacia mis mejillas, acunando
mi cara. Ralentiza sus movimientos y el beso pasa de apasionado a
íntimo.
—Mi Kismet —murmura contra mis labios—, mi Lazarus.
Cierro mis ojos ante esas palabras cariñosas, queriendo omitir
esta parte, la parte en la que se desliza bajo mi piel y se hunde en
mis huesos.
-—¿ Qué puedo hacer para gustarte como tu me gustas a mi?
—dice entre las caricias de sus labios.
Me reiría si no encontrara el pensamiento tan alarmante. Me
aparto e inclino mi cabeza contra la suya.
—No es tan simple.
Nuestro beso podría haber terminado ahí, pero el jinete no ha
acabado conmigo. Me besa suavemente a lo largo de mi mandíbula,
luego mi cuello. Mueve su boca hacia mi hombro, sus labios se
arrastran sobre mi piel. Sus dedos agarran la fina tira de mi vestido,
y la aparta, deslizando su boca sobre mi carne.
¿No estás cansada de pelear?
Sus palabras, ya lejanas, se burlan de mí. Estoy cansada, y no
solo de esta batalla entre la tierra y lo que hay más allá. Estoy
cansada de rechazar esta atracción por él. Estoy cansada de que mi
cabeza se apodere de mi corazón. Estoy cansada de que todo sea
tan malditamente complicado cuando no tiene por qué serlo. Este
es el apocalipsis. Todas las reglas se han ido a la mierda. Así que
me inclino hacia adelante, presionando mis labios contra su oreja.
—Tócame —exijo.
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Solo que ahora, mientras me recuesto, soy yo quien alcanza
los tirantes de mi vestido. No llevo nada debajo, así que cuando me
los bajo, expongo mis pechos. Thanatos toma aire, extasiado, y
luego me acerca a él, levantándome un poco para que mi pecho esté
más cerca de su cara. Entonces me acaricia, pero no con las manos.
Él inclina la cabeza, presionando un beso en la suave carne de uno
de mis pechos. Dibuja sus dientes sobre la piel, y no puedo evitar
que se me ponga la piel de gallina. Paso mis dedos por su cabello
ondulado, disfrutando de los mechones de seda, que son casi tan
suaves como sus alas. Y ahora la mano de Muerte se pasea por mi
otro pecho. Lo aprieta ligeramente, deslizando su pulgar sobre mi
pezón, haciéndome jadear. Thanatos también gime, apoyando su
frente contra mi pecho.
—Dios mío, Kismet, no puedo decir con palabras lo bien que
se siente tocar tu piel.
Inclino su cabeza hacia arriba, mis ojos se encuentran con los
suyos. Aquí es donde caigo. Mis labios se estrellan contra los
suyos. Este no es como nuestros otros besos. Tal vez el cambio se
deba a la carnalidad que he despertado en Thanatos, o tal vez sea
la mía. De cualquier manera, estoy libre de mis inhibiciones. Me
muevo desenfrenadamente contra él, bebiendo los sonidos
guturales que hace. Thanatos agarra mis caderas, manteniendo esa
presión entre nosotros.
—Lazarus.
No sé si dice mi nombre como una advertencia o como una
súplica. No estoy segura de que él lo sepa tampoco. Pero sus manos
me inmovilizan y sus ojos están nublados por el deseo. Me aprieto
contra él de nuevo, más para provocarlo que para cualquier otra
cosa.
—¿Qué... es esta sensación que has provocado en mí? —dice,
alejándose un poco.
Todavía mantiene prisionera mis caderas. Le dirijo una
sonrisa socarrona.
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—Vamos, Thanatos, debes tener alguna idea.
Cierra los ojos y echa la cabeza hacia atrás. Lo veo tragar.
—Dios misericordioso. —Abre los ojos—. Pero esto no es
sexo.
—No —estoy de acuerdo—, no lo es. Me inclino hacia
adelante, mis labios a centímetros de los suyos—. Sabes lo que los
humanos hacen juntos. ¿Todavía quieres eso conmigo?
Hay un momento, un solo momento, en el que me siento
expuesta. Él puede rechazarme ahora, le he dado el poder de...
—Siempre —dice, su rostro brillantemente vivo—. Siempre
querré eso contigo.
Le sonrío de nuevo, aunque esta vez es genuina. Es difícil no
sentirse genuina cuando el jinete lo es sin pedir disculpas. Sus ojos
destellan al ver mi sonrisa y se inclina hacia adelante, capturando
mi boca de nuevo.
—Tus sonrisas me atrapan, Kismet.
Le devuelvo el beso, todavía sonriendo como una idiota
contra su boca. Thanatos comienza a dejarse llevar, pero no, no, no,
no tengo la intención de que nos quedemos aquí. Rompiendo el
beso, comienzo a deslizarme fuera del jinete. Me atrapa y no puedo
evitar la suave carcajada que se escapa de mi garganta.
—Confía en mí, Thanatos, para esto, me querrás fuera de tu
regazo.
—Lo dudo —dice, con los ojos tormentosos.
Mis manos se mueven hacia sus pantalones.
—Estos hay que bajarlos —digo.
Por primera vez, Muerte parece alarmado. Es esa única
mirada la que disipa algo de mi propia tensión por lo que estoy a
punto de hacer.
- 285 -
—No seas tímido —bromeo.
—No soy tímido —dice, un poco ofendido—. Lo que tengo
es tuyo.
Me está haciendo muchas promesas bonitas. No sé si debería
conmoverme o alarmarme. Thanatos se levanta, con una expresión
a la vez curiosa y desafiante mientras se baja los pantalones y lo
que sea que haya debajo de ellos. Su polla se libera, ya dura y
grande. Muy, muy preocupantemente grande. También está
adornada con las mismas marcas que el resto de él. ¡Santa mierda!
Su creador puso marcas en su pene ... y en el resto de él, por lo que
parece.
Más glifos brillantes cubren su abdomen y corren por sus
muslos. Antes de que Muerte pueda comenzar a quitarse las
rodilleras, las botas y los pantalones por completo, coloco una
mano en su hombro y lo vuelvo a sentar en su silla. Me gusta la
idea de que sus pantalones lo mantengan inmovilizado.
—Kismet, por favor dime...
Mis manos caen sobre cada uno de los muslos internos de
Muerte, y sus palabras se cortan, como si le arrebataran la vida. Mi
valentía se desvanece; mi corazón late a mil por hora. No soy una
seductora y siento que mi fachada de confianza se desmorona. Me
arrodillo. Un último aliento antes de cruzar esa línea que me tracé
hace un año. Inhalo. Exhalo. Agarro su polla tensa en mi mano. La
acción hace que Thanatos sisee en un suspiro.
—Siempre puedes decirme que pare —digo, el calor ardiendo
justo debajo de mi piel.
Mi núcleo palpita y mis pezones se han tensado a pesar de
que Muerte es el que está siendo tocado. Estoy excitada y
avergonzada por ello, y de alguna manera eso solo parece
aumentarlo todo. Sostengo la mirada de Muerte. Sus mejillas están
sonrojadas, todavía parece alarmado, pero también frenético por
más. Y no me pide que me detenga. Le doy un bombeo a su eje. Se
agita indefenso contra mí.
- 286 -
—Lazarus —jadea—. ¿Qué estás…?
—Relájate —le digo con dulzura—. Esta es la parte divertida.
Y entonces, me inclino hacia adelante y meto su pene en mi boca.
- 287 -
Capítulo 42
- 288 -
Cojo esa mano y la llevo a mi pelo. Aun puedes tocarme,
quiero decirle. Mis pechos, mi cara, en cualquier lugar. Por ahora,
soy tuya. Los dedos de Muerte se adentran en mis mechones, su
otra mano se dirige a mi cabeza. Me mira completamente
asombrado.
—¿Qué es ... —Se interrumpe cuando otro golpe de mi boca
lo deja sin aliento—. ¿Qué es esto?
Sonrío alrededor de su miembro, y la vista hace que un
escalofrió lo recorra.
—La visión de ti arrodillada, entre mis piernas, Kismet, —
dice con brusquedad—. Es... erótica. —añade esa última palabra
como si la descubriera por primera vez.
No respondo, no cuando he encontrado un ritmo. Acelero mi
paso, y Thanatos ahora empieza a igualarlo. Sus dedos se han
apretado en mi pelo. Sus movimientos se vuelven frenéticos, su
rostro se contrae en lo que parece agonía mientras me mira
fijamente, con sus manos en mi cabello.
—Lazarus, algo es… —jura—. ¡Lazarus! —grita.
Chorros calientes de semen cubren mi boca cuando él
encuentra su liberación. Me lo trago, incluso mientras Thanatos
sigue corriéndose y corriéndose, su cuerpo se sacude con cada
empuje. Puedo escuchar su respiración entrecortada mientras sus
embestidas disminuyen. El hombre suena como si se hubiera
encontrado con su creador. Casi a regañadientes, sus manos sueltan
mi pelo. Mi boca se desliza a lo largo de su eje una vez más, y luego
lo suelto, sentándome en cuclillas, con mis pechos aún expuestos.
Muerte, normalmente tan rígido y sereno, está tumbado en su
asiento, con el pecho subiendo y bajando. Parece completamente
deshecho. Me mira como si fuera un espectro.
Me limpio discretamente la comisura de la boca, lamiendo
una última gota de semen y me pongo de pie. Espero seguir
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pareciendo segura de mi misma porque por dentro estoy
temblando.
Acabo de chupársela a la misma Muerte en persona.
Tengo que morderme el interior de la mejilla para detener la
risa loca que quiere salir a borbotones de mí. Me vuelvo a subir el
vestido y deslizo los brazos por los tirantes. Dándole la espalda a
Thanatos, cojo una barra de pan y la botella de vino abierta. Luego,
lanzándole una última mirada de párpados pesados, me retiro.
Por una vez, no huyo del jinete. Un conquistador no huye de
sus conquistas, hace lo que le place. Y ahora mismo, me apetece el
vino, el pan y una cama donde pueda lidiar con este fuerte latido
entre mis piernas.
—¡Lazarus! —me llama Thanatos, con una pizca de nueva
emoción en su voz.
—Buenas noches —digo por encima del hombro.
Esta noche fue solo la primera prueba real de lo que tengo
para ofrecerle. Planeo hacer esto lento e insoportable. Al final,
tengo la intención de tener al jinete comiendo de la palma de mi
mano: cuerpo, mente y espíritu.
Para la humanidad, nada más servirá.
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Capítulo 43
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Un músculo de su mandíbula salta, y sus ojos vuelven a mi
boca.
—He estado aquí durante horas, repitiendo lo que hicimos, lo
que tú me hiciste —admite—. La vista de ti a la luz de las velas, la
sensación de tu boca a mi alrededor... —Las alas de Muerte se
agitan un poco, como si lo estuviera recordando incluso ahora—.
No sabía que el cuerpo humano pudiera sentir cosas así. —Libera
un aliento entrecortado—. ¿Por qué hiciste eso?
Levanto un hombro.
—Quería probarte.
Ese músculo en la mejilla de Muerte se agita de nuevo.
—Pero luego huiste.
Sus alas se abren y vuelven a asentarse. Decido ser un poco
más sincera.
—Todavía no me siento completamente cómoda ... contigo.
Por un instante, sus rasgos parpadean y juro que el jinete
parece abrumado. Luego desaparecen de nuevo, sus rasgos se
limpian.
—¿Cómo puedo hacer que te sientas cómoda?
—Eso lo tienes que averiguar tú.
No voy a hacer el trabajo por los dos. La seducción ya es
bastante difícil. Da un paso adelante.
—¿Todos los humanos... hacen lo que hiciste? —pregunta, su
mirada de regreso a mi boca.
Puedo sentir un rubor subiendo por mis mejillas.
—No todos.
Quiero decir, debe haber algunos hijos de puta piadosos que
no se atreverían. El resto de nosotros, sin embargo...
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Muerte asiente lentamente, procesando eso.
—¿Y va en ambos sentidos? —indaga. Mis cejas se juntan.
No le entiendo—. Pero debe ser posible —dice, más para sí mismo
que para mí—. ¿Puedo hacerte sentir las mismas sensaciones que
tú me hiciste sentir a mí?
Mis ojos se agrandan. Oh.
—Es un poco diferente —comienzo, notando lo nítidas que
son sus facciones. Se aferra a cada palabra—. No tengo la misma
anatomía, —señalo vagamente mi pelvis—, pero en general, sí.
Los ojos de la Muerte se iluminan como un infierno. Da un
paso adelante, la intención escrita en cada línea solemne de su
cuerpo.
—Así que me probaste y me diste placer, pero no te quedaste
el tiempo suficiente para que yo te lo devolviera. Lo hubiera hecho.
—Otro siniestro paso adelante—. Eso te lo puedo jurar. —Por la
mirada en sus ojos, le creo. Da otro paso—. Debe dolerte como me
dolía a mí, como todavía me duele. Déjame aliviarlo.
¿Aliviarlo? La idea de mis dedos en su fino cabello mientras
esos labios suaves acarician mi centro, el mismo dolor del que él
habla ahora florece dentro de mí.
—¿Qué harías si dijera que sí? —Las palabras salen antes de
que pueda detenerlas.
¿Por qué he dicho eso? Ahora Thanatos se acerca, con los ojos
encendidos.
—Deja que te enseñe.
Casi tropiezo con mis propios pies por retroceder tan rápido.
Extiendo un brazo.
—¡Espera, espera! —digo.
Muy, muy a regañadientes, se detiene. Mi mente se acelera.
No era mi intención que él actuara de esa forma, aunque ahora que
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el pensamiento está en mi cabeza, no puedo quitármelo. Quién sabe
qué hubiera pasado si, en ese momento, dos esqueletos no hubieran
atravesado la habitación, levantando un cofre entre ellos. Estaba
tan concentrada en el jinete que me olvidé de los muertos
moviéndose a nuestro alrededor, pero ahora que miro, veo señales
de ellos por todas partes, apilando platos, cargando cajas, vagando
por los pasillos.
—¿Qué están haciendo? —pregunto. Thanatos no parece
querer responder.
—Las maletas —dice entre dientes.
Mis ojos se mueven sobre ellos de nuevo.
—¿Por qué?
—¿No vamos a terminar nuestra conversación anterior? —
exige.
—No hay nada que terminar —digo.
—Al contrario, se trata de terminar tu placer.
Más calor sube a mis mejillas. Da otro paso adelante, como
para reanudar. Levanto la mano de nuevo.
—Oh, Dios mío, Thanatos, detente. ¡No quiero eso ahora
mismo! —digo esto mientras mi vagina palpita en protesta.
—No estoy de acuerdo —dice con vehemencia, como si él
también pudiera sentirlo—. Creo que descubrirás, que cualquier
experiencia que me falte en esto, la compensaré felizmente con
entusiasmo.
¿Cree que no quiero esto porque no tiene experiencia? Quiero
reír. Ser un amante generoso supera con creces cualquier
inexperiencia. Es su entusiasmo lo que me hace retroceder. Puedo
sentir el poder que le arrebaté anoche ahora deslizándose entre mis
dedos, y no estoy dispuesta a separarme de él.
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—No he desayunado todavía —digo, lanzando la primera
excusa que se me ocurre—. Y tus sirvientes están guardándolo
todo, ¿por qué lo hacen? ¿Qué pasa?
Puede que Muerte no se dé por vencido tan fácilmente, pero
puedo ver que mis palabras lo han detenido, por ahora. Su
mandíbula se aprieta.
—Tú tienes tus instintos... y yo tengo el mío.
—¿Qué significa eso? —pregunto.
—Necesito seguir moviéndome.
La confesión sale tranquila. Moviéndose... y matando. El
pensamiento me hiela la sangre.
—Los jinetes fuimos creados para viajar y destruir, —
continúa—. Podría chasquear los dedos y acabar con la humanidad
en menos de un día… —El miedo se me cuaja en el pecho— pero
no lo haré —continúa—. Ésa no es la tarea que se nos ha
encomendado a ninguno de los jinetes. Los cuatro hermanos
debemos entender a las criaturas que estamos aniquilando. Por eso
visito cada pueblo. Solo una vez que haya llegado a comprender
verdaderamente a los humanos, podré tomar mi decisión final sobre
ellos.
Lo miro horrorizada cuando me doy cuenta de nuevo, que él
tiene el poder de destruirnos o salvarnos a todos. Y de alguna
manera se supone que debo hacerlo cambiar de opinión.
—Pero no sabes nada de nosotros —le digo en voz baja—.
Matas una ciudad incluso antes de atravesarla.
—De todos modos, debo atravesarlas. —Mira las paredes que
nos rodean—. Y ahora, tú también viajarás conmigo, Lazarus.
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frágiles formas cargan los últimos baúles de ropa, cajas de comida
y vino en carros enganchados a caballos esqueléticos. Todos esos
huesos blanqueados por el sol, tanto humanos como equinos, se
mueven como lo hacen los vivos, como si los tendones, los
músculos y la carne los mantuvieran unidos, en lugar de la magia
sola. Algunos de los sirvientes no-muertos incluso parecen tener su
propio modo de andar, un rasgo que debe haber pasado de la vida
a la muerte.
Se mueven con una eficiencia alarmante, sin cansarse nunca
y sin pronunciar una sola palabra; no es que puedan, pero hace que
todo sea mucho más inquietante. Me estremezco cuando Thanatos
viene a por mí, me toma de la mano y me lleva hacia su caballo.
Ninguno de los dos habla mientras me sube a su corcel moteado,
aunque inhaló cuando se une a mí un momento después. La presión
de sus muslos y su pecho se siente íntima y aprisionante a partes
iguales.
Muerte no da órdenes a sus sirvientes, simplemente hace girar
su caballo y luego silba. Al oír el sonido, su corcel empieza a andar
y luego nos lanzamos a la carga por el largo camino de entrada, los
cascos del caballo retumban contra la carretera asfaltada. Delante
de nosotros puedo ver el grueso anillo de follaje monstruoso que
rodea la propiedad. Thanatos no se detiene mientras cabalgamos
hacia él, y me preparo. En el último minuto, las plantas se abren
como un cuchillo a través de la carne y luego estamos al otro lado.
Miro por encima del hombro, tratando de vislumbrar la
procesión esquelética que debe estar siguiéndonos, pero no puedo
ver nada más allá del amplio movimiento del hombro de Muerte y
su ala doblada. Solo una vez que estamos en la carretera abierta
escucho al jinete respirar tranquilo desde donde está sentado detrás
de mí.
—¿A dónde vamos? —pregunto.
—Oeste —es su única respuesta.
Eso sí lo sabía. Muerte pasó los últimos seis meses
persiguiéndonos a Ben ya mí por el este de Texas y un poco de
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Luisiana. Estoy segura que está más que ansioso por dirigirse hacia
una tierra nueva e intacta. El pensamiento me hace poner una
mueca.
—¿Alguna vez has entrado en una ciudad y simplemente no
has matado? —pregunto con curiosidad.
—No hice daño a la ciudad en la que te encontré —responde.
Casi lo había olvidado.
—¿Por qué no lo hiciste?
—Estaba preocupado.
Por mí, quiere decir. Se me pone la piel de gallina. Esa fue
una de las pocas veces que vi de primera mano qué tipo de poder
tenía sobre el jinete. Por supuesto, no me importaba mucho
entonces porque él no iba a salvar a Ben. Pero perdonó esa ciudad,
aunque solo fuera por un día.
—¿Qué pasa si entras y sales de una ciudad y no matas a todos
sus habitantes? —pregunto.
Está en silencio durante un largo y prolongado momento. Me
doy cuenta tardíamente de que es porque Muerte me está mirando.
Levanto la vista solo para ver su expresión escéptica.
—¿Qué? —digo a la defensiva.
—Debo acabar con la vida —responde—. Ese es otro de mis
instintos.
—Tú fuiste quien mencionó que los jinetes deben
experimentar la humanidad antes de tomar la decisión final de
acabar con ella. —digo—. Parece que no vas a poder hacer eso a
menos que dejes que las personas vivan lo suficiente como para
entenderlas.
Todavía me mira fijamente, pero algo parpadea en sus ojos.
¿Está… realmente está considerando mis palabras?
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—No siempre mato de inmediato —dice.
—Es cierto —estoy de acuerdo—. ¿Pero realmente hablas
con humanos? ¿Interactúas con alguien?
—Interactúo contigo —dice.
—Soy una sola persona. No creo que sea un buen ejemplo de
humanidad.
—Estás equivocada —dice—. Eres el mejor ejemplo.
Yo trago. Creo que está tratando de hacerme un cumplido.
—Hay mucho más que yo ahí afuera. —digo. Pero está claro
que Muerte es demasiado inflexible para intentar convencerle de
que se vaya de cualquier pueblo, por pequeño que sea, ileso—.
¿Qué pasa si dejas que una ciudad viva lo suficiente para que
puedas experimentar más de la humanidad? —continúo, mis
palabras cuidadosamente suaves.
Me aterroriza que mi propio entusiasmo sabotee incluso esta
concesión.
—Tengo alas, Laz. No voy a encajar, así como así —dice
Muerte con brusquedad.
—Eso no te detuvo esa noche en el hospital —le replico.
—Entré en tu habitación sin ser visto —dice.
Yo, suspiro.
—Nadie te está pidiendo que encajes —le digo—. Eres un
mensajero de Dios. La gente está al tanto de tu existencia.
Hay una pausa larga.
—Lazarus —dice finalmente—, lo que estás proponiendo es
una locura.
—¿Qué es lo peor que puede pasar? —argumento—.
Ninguno de los dos puede morir.
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—No saldrá nada bueno de esto —dice Muerte, con voz
solemne.
—¿Es un sí?
Suena como un sí.
Me fulmina con la mirada, pero después de un momento
inclina la cabeza. Mi corazón se salta un latido.
Este plan mío podría funcionar.
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Capítulo 44
Rosenberg, Texas
Julio, año 27 de los Jinetes
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—Todo irá bien —le aseguro.
Ahora, ¿qué experiencia humana debo presentarle? ¿Un
restaurante? ¿Una tienda? ¿Un lugar de culto? No lo sé. Una vez
que estamos en las calles de la ciudad, vemos gente aún más
asustada. De manera alarmante, noto a varios que están armados.
Más de uno coloca una mano sobre sus armas enfundadas.
—Kismet —dice Muerte—, si esto es lo que querías que
viera, podría haberte ahorrado algunos problemas. Sé que así es,
como los humanos reaccionan ante mí.
Yo exhalo. Por supuesto que tiene razón. Las personas no son
exactamente conocidas por ser amigables con las cosas que no
entienden, cosas que ya han destruido gran parte de su mundo,
simplemente asumí que una vez que vieran a Muerte y se dieran
cuenta de que no estaba tratando de hacerles daño activamente,
perderían el miedo. Y para ser justos, algunas personas parecen
más curiosas que asustadas, aunque definitivamente son la minoría.
A pesar de la fría respuesta, paso una pierna por encima de la silla.
—¿Qué estás haciendo? —Exige Thanatos, su agarre
apretándose alrededor de mi abdomen.
—Bajarme del caballo, si me dejas.
Mientras hablo, hago palanca en la mano del jinete. No se
mueve.
—No se puede experimentar la humanidad sobre un caballo.
Siento más que veo la mueca de Muerte.
—Es una mala idea, Laz —dice en voz baja. Pero me deja ir
y me bajo del caballo. Segundos después, él también está
desmontando.
—¿Y ahora qué, Kism...?
—¡Parad! —alguien grita detrás de nosotros.
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El sonido hace que me dé la vuelta. Una fila de individuos
sale de detrás de un centro comercial descolorido al final de la calle.
Cada uno de ellos lleva un arco y una flecha en sus manos.
—¡No te muevas o dispararemos!
Esto viene de la misma voz que gritó la primera vez. La
Muerte se mueve frente a mí.
—Haré lo que me plazca —dice, y su voz se transmite por la
calle.
Los transeúntes están inmovilizados en su lugar, temerosos
pero paralizados por la escena que se desarrolla ante ellos. Y es por
eso que mi plan era demasiado bueno para ser verdad. Asumí que
las mejores partes de la humanidad estarían funcionando, pero en
esa suposición estaba la creencia de que mejor significaba
incrédulo y empático, cuando claramente en este momento
significa valiente y protector. Estas personas están dispuestas a
defender la vida de su comunidad, incluso contra una entidad
sobrenatural imposible de detener.
—Vuelve por donde viniste —instruye uno de los hombres,
levantando su arco en señal de advertencia.
Desafortunadamente, dar marcha atrás es lo único que la
Muerte no hará. Se acerca, y con cada paso que da, veo que mi plan
se desliza cada vez más lejos de mi alcance.
—¡Esta es tu última advertencia! —grita el hombre. La fila
de arqueros ahora está al otro lado de la calle, con sus flechas
colocadas y listas. Corro hacia adelante.
—¡No está aquí para hacerles daño! —grito mientras alcanzo
a Muerte.
Bueno, todavía no planea lastimar a nadie. Mis palabras caen
en oídos sordos. Veo que la mano del arquero líder se mueve y
luego suelta la flecha. No sé en qué estoy pensando. Tal vez no lo
hago. Lo único que veo es... esa flecha arqueándose en el aire,
dirigiéndose directamente a Thanatos. Eso es, literalmente la suma
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total de mis pensamientos. Me abalanzo sobre el jinete, chocando
contra él. Se tambalea un paso, sorprendido. Oigo el suave silbido
del proyectil cortando el viento una fracción de segundo antes de
que se estrelle en mi pecho con una fuerza agonizante. Desgarra la
carne mientras la atraviesa.
—¡Lazarus! —El bramido de Muerte suena lejano mientras
me tambaleo, ahogándome con mi propia respiración.
Miro hacia el eje de la flecha que sobresale de mi pecho.
Olvidé ... lo mucho que ... duele esto. Justo cuando mis piernas
comienzan a fallar, el jinete me agarra. Sus alas se elevan y nos
rodean, protegiéndome de más flechas. Vienen más, hundiéndose
en esas alas con sonidos suaves y repugnantes. Las ignora por
completo.
—¿Por qué hiciste eso? —exige, sonando afligido.
Me dejo caer en sus brazos, obligándome a concentrarme en
su cara. Todo se siente mal. Creo que me golpearon en el corazón.
—¿Por qué? —Exige, con esos bonitos ojos suyos llenos de
pánico.
El universo realmente hizo que el rostro de la Muerte fuera
perfecto. Esta es realmente la vista por la que me gustaría morir, su
rostro heroico es el último recuerdo que me llevo a la tumba. Me
acerco a esa cara justo cuando escucho más flechas atravesar el
aire. Una a una se hunden en las alas de Muerte. Aparte del tic en
su mejilla, Thanatos no reacciona. Pero varios segundos después,
creo que escucho el golpe colectivo de los cuerpos de una ciudad
contra el suelo, aunque no estoy segura de sí me lo he imaginado.
Todo se siente tan alejado de mí en este momento. Todo lo
que hay es Thanatos, sus alas y el cielo muy por encima de
nosotros. Puedo percibir que me deslizo hacia ese abismo que he
llegado a reconocer como la muerte. Todo mientras la misma
Muerte quiere que me mantenga con vida. Alcanza la flecha que
sale de mi pecho, sin hacer caso de las que salpican sus alas. Sé lo
que piensa hacer. Prácticamente puedo sentir el desgarro del dolor
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incluso ahora cuando lo imagino arrancándome el proyectil. Pongo
mi mano sobre la suya.
—Sácalo ... después —respiro.
Después de mi muerte. Dolerá menos de esa manera. Eso es
todo lo que realmente puedo pedir. La expresión del jinete se
transforma cuando se da cuenta de lo que quiero decir.
—Entonces, ¿debo verte morir y no hacer nada? —dice.
Suena casi enfadado.
—Pensé ... que esa era ... tu labor —susurro, incluso cuando
siento que lo último de mi vida se desliza ... se apaga ...
La mandíbula de Thanatos se aprieta y afloja, y oh, la terrible
ironía de que, a él de todas las personas, no le guste verme morir.
¿Cuándo sucedió esto? Él me mira impotente.
—Nada puede ser normal con nosotros, ¿verdad? —dice. La
Muerte incapaz de salvar a la chica inmortal. Le doy una pequeña
sonrisa.
—No estoy segura ... de que lo quisiera ... de cualquier ... otra
manera.
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Capítulo 45
Rosenberg, Texas
Julio, año 27 de los Jinetes
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—Por supuesto que te curé, Kismet. —Como si imaginar otra
cosa fuera imposible. Como si los dos últimos años de violencia
entre nosotros nunca hubieran existido.
Me incorporo más erguida, las alas de Muerte aun nos
envuelven protectoras. Por un momento, el jinete me agarra con
más fuerza, pero después, me suelta.
Cuando me enderezo en su regazo, algo afilado me pincha en
el brazo. Dándome la vuelta, observo la punta de flecha
ensangrentada que se encuentra entre las plumas oscuras de
Thanatos. Es una de las casi doce que han perforado las alas del
jinete. Respiro profundamente.
—Todavía estás herido.
—No importa —dice, restándole importancia por completo.
—¡Claro que importa! —digo, mirando a Muerte.
Concentró toda su energía en curarme mientras ignoraba sus
propias heridas. Me pongo de pie para verlas mejor.
—¿Qué estás haciendo? —pregunta el jinete, comenzando a
levantarse también. Pongo una mano en su hombro para
mantenerlo sentado.
—Estoy mirando tus heridas. — sigo con mis dedos el punto
de entrada de una flecha, las plumas circundantes están manchadas
con sangre coagulada—. ¿Quieres que las quite? —pregunto.
Thanatos se queda quieto ante la oferta. Finalmente, me mira
por encima del hombro.
—¿Es una oferta sincera?
Sostengo su mirada. Está tan acostumbrado a mis trucos y al
dolor que inflijo, que puedo decir que esto lo desconcierta. Asiento
lentamente.
—Lo es.
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Thanatos me observa fijamente un poco más, luego mira
hacia adelante, cubriendo sus rodillas con los brazos.
—Entonces sí —dice—. Me gustaría… eso.
Se queda quieto, su rostro se aleja de mí. Continúo estudiando
las flechas que perforan sus alas, palpando un poco a su alrededor
antes de comenzar. Las plumas de Muerte hacen que sus alas
parezcan más gruesas de lo que realmente son, pero la carne en sí
no es más que una fina membrana. Dado que ese es el caso, lo más
fácil sería simplemente tirar de las flechas hasta el final. Agarro la
primera punta de flecha. Algo en mi sujeción hace que las alas de
Muerte se eleven.
—Lo siento —murmuro.
—No tienes qué disculparte —dice, girando un poco la
cabeza hacia mí.
Lentamente, saco la flecha a través del agujero que hizo en su
piel. No reacciona a la sensación, aunque no puedo imaginar que
sea agradable. Pero sigo, dándole al proyectil un tirón final para
forzar el paso por la parte trasera.
—No te estaría sacando flechas si no hubieras aceptado mi
plan.
Está en silencio durante unos largos segundos.
—Tienes un corazón excepcional, Lazarus —dice
finalmente—. No deberías disculparte por ello.
Me quedo mirando la parte posterior de la cabeza de Muerte,
tragando la extraña mezcla de emociones que surgen en mí. Veo lo
mejor en los humanos y él ve lo mejor en mí, y no estoy segura de
sí ambos somos unos tontos por eso.
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acariciar sus plumas con la mano. Más de una vez he oído al jinete
suspirar; no lo ha dicho, pero creo que esos toques le alivian.
—¿Cómo es tener alas? —pregunto mientras levanto una para
llegar a una flecha. Observo fascinada cómo las plumas principales
de Muerte se despliegan.
—No sé cómo responder a eso —dice—. Es todo lo que he
conocido.
Saco la flecha tan rápido como me atrevo, asegurándome de
mantener la mano firme, incluso cuando su carne se engancha en
el emplumado del proyectil. Vuelve el silencio mientras me
concentro en mi trabajo, mis manos resbalan por la sangre del
jinete. Me queda la última herida.
—¿Por qué lo hiciste? —pregunta de la nada Thanatos.
—¿Hacer qué? —pregunto distraídamente.
—Saltaste delante de una flecha destinada a mí.
Ahora hago una pausa. Muerte está mirando al frente, pero
puedo sentir que todo su enfoque está en mí.
—No quiero hablar de eso —digo.
—¿Por qué?
Porque se supone que esto solo es unilateral. Saco esta última
flecha con demasiada fuerza.
—Porque no —digo, arrojando el proyectil a un lado. Un
montón de flechas ensangrentadas ahora ensucian la carretera—.
Ya he terminado.
Thanatos se pone de pie, abriendo y cerrando sus alas como
para probarlas. Se vuelve hacia mí y prácticamente puedo sentir su
oscuro poder presionándome.
—¿Recuerdas nuestro juego de anoche? —dice—. Cuéntame
tus verdades.
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—Ese era tu juego —le digo—, y no vamos a jugar más.
La Muerte se acerca un paso más a mí, con su sangre
goteando de sus alas.
—¿Por qué has cogido una flecha que era para mí? —
pregunta de nuevo—. Sabes que no puedo morir.
—Yo tampoco puedo —le respondo.
—Lazarus. —dice mi nombre como si estuviera llamando a
mi esencia.
Yo suspiro. Estoy demasiado débil para discutir y demasiado
cansada para que me importe. El mundo se acaba. ¿Qué importan
mis sentimientos?
—No lo sé —digo—. De verdad, no lo sé. Vi venir esa flecha
y lo único que sabía era que prefería que me hirieran a mi a verte
sufrir a ti.
Thanatos retrocede un poco, sus ojos escudriñan mi cara,
presumiblemente para buscar la mentira. Cuando no lo encuentra,
parece... parece muy complacido con mis palabras, aunque yo estoy
más que inquieta. Viajar con la Muerte, seducir a la Muerte, no se
suponía que se tratara de mí o de mis complicados sentimientos.
Pero me temo que, a pesar de todo, me importa este hombre
monstruoso.
Mientras cabalgamos por la ciudad de Rosenberg, mis ojos
recorren la carnicería. Algunos cuerpos yacen al aire libre, y en el
cielo, los carroñeros ya están comenzando a dar vueltas. Mi
grandioso plan se ha esfumado como polvo en el viento. De hecho,
no estoy segura de que pudiera haber fracasado más
espectacularmente de lo que lo hizo.
No es hasta que se pone el sol que Muerte detiene a su caballo
de la nada. Se baja del corcel sin ningún tipo de explicación,
saltando al suelo. Cuando comienza a alejarse de mí, siento una
desagradable sensación de abandono.
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—¿Adónde vas? —grito.
Se da la vuelta, aunque sigue andando de espaldas.
—¿Ya me extrañas, Kismet? —dice, con una sonrisa en sus
labios.
Frunzo el ceño ante esa sonrisa, incluso cuando mi estómago
se revuelve de la manera más desagradable. Primero recibí una
flecha por él, ahora esto. Antes de que pueda responder, la
expresión de Muerte se vuelve seria, sus ojos intensos.
—Nada en este mundo podría separarme de ti por mucho
tiempo.
Suena como si fuera un juramento, y creo que se supone que
debe ser tranquilizador. Y mi estómago definitivamente no debe
hacer esa estúpida voltereta de nuevo. Las alas de Thanatos se
abren de par en par, y parece que se está preparando para volar,
pero luego hace una pausa. Su mirada encuentra la mía.
—¿Te gustaría unirte a mí, Laz?
—¿Dónde? —pregunto con escepticismo—. ¿En el cielo?
Inclina la cabeza. No, no me gustaría... Odio claramente volar
y al jinete y ... salto de su caballo antes de que pueda pensármelo.
Cruzo hacia donde él está en medio de la carretera, nada más que
campos extendiéndose a ambos lados de nosotros. Muerte extiende
una mano. Ignorándolo, me acerco a él y le rodeo el cuello con los
brazos. Me digo a mí misma que estoy haciendo todo esto por Ben
y la humanidad, pero luego Muerte me sonríe y ahora las mariposas
en mi estómago se vuelven locas. Los enormes brazos del jinete me
rodean.
—Por favor, no me dejes caer —le digo en voz baja.
Un músculo de su mandíbula, salta.
—Nunca más —jura.
- 310 -
Luego, mientras me mira, otra lenta y deliciosa sonrisa se
extiende por su rostro, incluso cuando algo más suave entra en esos
brillantes ojos suyos.
—Primero me protegiste, y ahora vienes a mí por tu propia
voluntad. —Está notando el mismo patrón horrible que yo: me
estoy ablandando. Thanatos se inclina—. Me aseguraré de que no
te arrepientas.
Con eso, envuelve una de mis piernas alrededor de su cintura,
luego la otra. Mi pelvis está presionada contra la parte inferior de
su abdomen, con mis brazos alrededor de su cuello y mi cara a
escasos centímetros de la suya, esto se siente íntimo. Muy, muy
íntimo. Ese sentimiento solo aumenta cuando los brazos de Muerte
me rodean de nuevo, apretándome contra él.
—Agárrate, Lazarus, —respira, mirándome. Sus alas se abren
ampliamente, luego, con un salto, nos elevamos en el aire. El batir
de las alas del jinete es casi violento y, sin embargo, es como si los
dos estuviéramos en el ojo de la tormenta. Miro a Thanatos
mientras ascendemos. Bebo en ese rostro antiguo mientras el viento
agita su cabello, mis ojos se demoran en sus labios seductores y sus
pómulos afilados. Por una vez, su propia mirada no está fija en mí.
En cambio, recorre la tierra que nos rodea.
—¿Que estás buscando? —pregunto.
—Un hogar digno de una reina —responde, sus ojos aun
explorando el paisaje.
Sigo mirándolo, sintiendo que, aunque estoy volando,
también estoy en caída libre. Me inclino hacia adelante y presiono
un suave beso en la parte inferior de su mandíbula. Sé que soy
inmune a la Muerte y, sin embargo, estoy segura de que no voy a
sobrevivir a esto.
- 311 -
árboles acurrucados juntos y algunos caminos de tierra que a esta
distancia parecen toscamente tallados en el suelo. Es solo cuando
mis ojos siguen ese camino de tierra que me doy cuenta de que
Thanatos sí encontró otra casa, una tan palaciega como la anterior.
El suelo se acerca cada vez más y puedo distinguir una suave loma
que da paso a un estanque fangoso y una pequeña capilla construida
a un lado de la casa. Por último, mis ojos se posan en la casa estilo
hacienda con paredes color terracota y techo de tejas rojas.
Muerte aterriza frente a ella conmigo en sus brazos. Soy
reacia a soltarlo, aunque me digo a mí misma que es solo porque
mis brazos están rígidos por sujetarme tanto tiempo. Dándome una
mirada indulgente, el jinete me suelta. El sol está bajo en el
horizonte y ya se han encendido las farolas colocadas alrededor de
la propiedad. Alguien tuvo que hacerlo, cada uno manualmente, lo
que significa que o las personas que viven aquí todavía están vivas
... o la Muerte acaba de matarlas. Me estremezco al pensarlo.
—¿Frío? —pregunta Thanatos.
Niego con la cabeza, incluso mientras me rodeo con los
brazos. Empiezo a caminar alrededor de la casa, mis ojos se fijan
en los azulejos pintados que bordean cada ventana.
—¿Aquí es donde nos vamos a quedar? —pregunto por
encima del hombro.
—Mmm —murmura Muerte, lo que tomo por un sí. Paso una
mano a lo largo de la pared, y solo me alejo cuando noto los cactus
grandes y espinosos que crecen más adelante.
—No iría allí si fuera tú —me grita Muerte.
¿A la parte de atrás de la casa?
—¿Por qué…? —La palabra muere en mi lengua cuando veo
un movimiento delante.
La gente sale de la casa y se dirige a los árboles que rodean
la propiedad. Nadie habla, nadie interactúa entre sí, todos marchan
- 312 -
robóticamente en la misma dirección. Como los esqueletos de
Muerte. Un escalofrío recorre mi cuerpo.
—Lazarus. —La voz del jinete encierra un mundo de
significado—. Aléjate.
—¿Por qué? —digo, paralizada por la vista que tengo
delante—. Nunca me habías dado el lujo antes.
El suelo se estremece violentamente y apenas consigo
detenerme para no caer. A lo lejos, escucho un profundo gemido
proveniente de la tierra misma. A sesenta metros por delante de mí,
el suelo se abre, como las fauces de un monstruo primigenio. El
grupo de personas que estoy observando parece que se dirigen
directamente a esa grieta en la tierra. La primera persona entra en
él, su cuerpo se desliza fuera de la vista. Aspiro un grito, incluso
cuando otra persona se baja tranquilamente del borde del suelo y
entra en ese agujero, desapareciendo también. Uno por uno, los
antiguos habitantes de esta propiedad hacen eso hasta que todos se
van. La tierra tiembla una vez más y con otro estruendo la grieta se
vuelve a sellar. Me quedo ahí por varios segundos más, solo
mirando.
—No deberías haber mirado —dice Muerte detrás de mí.
Hago un pequeño ruido, mi horror casi palpable.
—Ya estaban muertos —continúa. Como si eso hiciera
alguna diferencia.
Thanatos viene a mi lado, estudiando mi rostro. Todo lo que
ve provoca una chispa de pánico en sus ojos. La tierra tiembla una
vez más, y los cactus espinosos comienzan a elevarse alrededor del
perímetro de la propiedad, sellándome a mí y a Muerte dentro.
—¿Por qué hiciste eso? —Mi voz sale como un susurro
suave.
—Veo tu miedo —dice—. No te dejaré escapar.
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Siento que estamos de vuelta donde empezamos. ¿Cómo
detengo a este hombre? ¿Cómo no me pierdo ni a mí misma ni a
mi integridad en el proceso? No he descubierto nada de eso y no
veo cómo voy a hacerlo. Los otros jinetes estaban equivocados. No
hay forma de superar toda la mala sangre entre nosotros. Inclino mi
cabeza.
—¿Me llevarías también? —le pregunto—. ¿Si me volviera
verdaderamente mortal?
Las alas de Thanatos se abren y vuelven a asentarse.
—Eso no importa. No eres mortal.
—¿Lo harías? —insisto.
Se queda callado, los dos nos miramos de frente. Finalmente,
dice:
—Lazarus, no tendría otra opción. Un roce de mi piel...
—No me importa eso —digo—. ¿Me matarías
intencionalmente si pudieras, incluso ahora?
Me mira fijamente, esos ojos extraños y encantadores suyos
particularmente trágicos.
—Sí, Lazarus, si pudiera, lo haría. Yo debo hacerlo.
No sé por qué eso duele, pero lo hace. Se siente como un
cuchillo en mi pecho. Miro a mi alrededor, a la propiedad, luego a
las estrellas, parpadeando, parpadeando.
—Kismet, no importa...
Mi mirada vuelve a él.
—Sabes que sí importa —le replico.
Este es el mismo hombre que le restregó a Hambre su
mortalidad en la cara porque el Segador tenía motivos equivocados.
Muerte se estremece ante mis palabras. Debe verme retroceder
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emocionalmente porque cierra la distancia entre nosotros,
acercándose hacia mí.
—No me toques —le advierto.
Los ojos de Muerte brillan y sus alas se expanden un poco
detrás de él, en lo que parece una extraña demostración de dominio,
si supiera una mierda sobre pájaros, claro.
—¿O qué, Lazarus? —me reta, su voz inquietantemente
tranquila. Da un paso hacia mi espacio—. Quizás deberíamos darle
la vuelta a tu pregunta: ¿Qué harías, Kismet, si realmente pudieras
matarme para siempre? —exige—. Imagínate si mi muerte pudiera
hacer que toda la humanidad volviera a ser como era, y tú pudieras
reunirte con tu hijo una vez más. ¿Lo harías? ¿Me matarías?
Lo haría en un instante, Dios me ayude. Lo miro, mi
mandíbula se aprieta. Thanatos ve la respuesta escrita en mi cara.
Sé que lo hace.
—Deja de fingir que somos normales —dice—. No lo somos.
No hay nadie como nosotros. No puedo matarte y no puedes
matarme a mí. Lo hemos intentado. No ha funcionado. Intentemos
algo más.
Con eso, cierra el último espacio entre nosotros y me besa
salvajemente.
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Capítulo 46
Hallettsville, Texas
Julio, año 27 de los Jinetes
- 316 -
—¿Qué estás haciendo? —pregunto sin aliento,
levantándome sobre mis antebrazos. Sus ojos brillan.
—Reclamando lo que debería haber tomado hace mucho
tiempo. —Protectores de brazos, fuera, peto, fuera, grebas, fuera.
Se lo quita todo y luego empieza con su ropa—. Siempre puedes
decirme que pare —dice, haciéndose eco de mis anteriores
palabras.
Me saca una sonrisa, incluso cuando mis nervios zumban. Se
quita la camisa y la tira a un lado. Mi aliento se detiene mientras
admiro todos sus brillantes tatuajes. Cubren su piel como manchas
de leopardo. Con su armadura puesta, Muerte parece un ángel de
Dios; sin ella, parece algo más. Más que angelical, más que de otro
mundo. Es difícil creer que pueda pasar por humano la mayor parte
del tiempo; es tan obvio para mí en este momento, que él es algo
completamente diferente.
Su mano se mueve hacia sus botas y se las quita una por una.
Casi creo que se detendrá ahí. No lo hace. Se baja los pantalones,
y lo que sea que haya debajo, y se queda completa y gloriosamente
desnudo. Thanatos regresa a donde yo estoy acostada en la cama,
todavía completamente vestida. Coloca un puño a cada lado de mi
cabeza, sujetándome. Todo lo que puedo ver son kilómetros de
músculos ondulados y tatuajes, y no puedo pensar con claridad.
Mis manos se retuercen en la manta debajo de mí. Siento que todo
entre nosotros se ha dado la vuelta y todo ese poder y control que
reuní anoche se ha desviado. Se inclina más cerca.
—Te he causado mucho dolor, Kismet. Déjame darte placer
ahora.
Mientras nos miramos el uno al otro, sus manos se mueven
hacia el cuello de mi camisa y ... Riiip. Respiro profundamente
cuando rasga la tela, exponiendo mi piel desnuda debajo. Mi
corazón se acelera. El dolor y el placer siempre irán de la mano con
Muerte. Tengo demasiados recuerdos de luchar contra él para que
sea de otra manera. Comienzo a incorporarme, acción que
aprovecha el jinete. Se inclina y me besa con rudeza. A mi pesar,
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me río un poco de lo explotador que es este hombre. Gime contra
mi boca, mordiendo mi labio inferior.
—Si pudiera, devoraría esa risa tuya. No hay nada más dulce.
Mi sonrisa se desvanece. Cada vez que Thanatos dice algo
así, un calor desconcertante florece debajo de mi esternón. Para
distraerme de eso, rompo el beso y me desabrocho el sujetador,
quitándome la ropa interior. Me recuesto contra la cama, aunque
no hay nada relajante en esto. Estoy tensa. La muerte tiene una
mirada salvaje, y sus ojos están paralizados en mis pechos.
Extendiendo la mano, ahueca uno. Thanatos hace un ruido bajo en
su garganta.
—No puedo creer lo suave que eres —respira—. O por qué
lo encuentro tan condenadamente seductor.
Mientras habla, su pulgar barre mi pezón. Siseo en un suspiro,
mi piel está muy sensible. Muerte sonríe y vuelve a pasar su pulgar
por mi pezón. Sin pensarlo, me arqueo ante el toque.
—¿Te gusta? —pregunta.
Antes de que pueda responderle, comienza a dibujar círculos
alrededor de mi pezón, mirándome fijamente. Y maldito sea, pero
no puedo evitar reaccionar ante esos hábiles dedos suyos, mi pecho
sube y baja cada vez más rápido.
—Sé que te gusta —continúa—. Y me fascina esa mirada en
tus ojos.
La voz de Muerte se ha vuelto áspera, y esta es una faceta
completamente desconocida de él. ¿Qué mirada tengo en los ojos?
—Pero —agrega, inclinándose hacia mí una vez más—,
quiero que esos malvados labios tuyos vuelvan a los míos.
Eso es todo lo que tiene que decir para que me levante y valla
a su encuentro una vez más. Mi brazo se envuelve alrededor de su
cuello mientras reanudo el beso. Thanatos cae en él con
entusiasmo. Sus labios separan los míos, y luego su lengua se
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desliza contra la mía, reclamando hasta el último centímetro que
puede. Sus caderas se balancean contra mí, y… Jesús, quiero
hacerle cosas malas, muy, muy malas a este jinete. Levanto una
mano entre nosotros, obligándolo a retroceder. El hombre se ve
medio salvaje mientras me mira, con lujuria en sus ojos.
—¿Qué podría hacerte desear que pare? —pregunta.
—Quítame el resto de la ropa —exijo en voz baja.
Si antes había calor en los ojos de Muerte, ahora se intensifica
cuando su mirada desciende sobre mi mitad inferior. Sin responder,
agarra el pie que lo sujeta hacia atrás y, lanzándome una mirada
pícara, me quita la bota y luego el calcetín de debajo. Mira mi pie.
—Hasta tus dedos de los pies me encantan, Lazarus. Qué
maravilla eres. Qué maravilla es esto.
Esto. Esa última línea hace que mi ritmo cardíaco aumente.
Quiero decirle que él es la maravilla, con sus brillantes tatuajes y
alas y su magia mortal. Pero me temo que, si hablo, si me rindo a
la masa agitada de pensamientos que él suscita en mí, me deslizaré
directamente a mis sentimientos por este hombre y nunca saldré.
Thanatos me quita la otra bota y el calcetín, y luego sus manos
viajan por mis piernas y ese toque sensual me hace entrar en pánico.
¿Cómo hemos pasado de enemigos empeñados en destruirse el uno
al otro, a esto? El pensamiento apenas ha cruzado por mi mente
cuando siento que Muerte me desabrocha los jeans y comienza a
bajarlos. Sus dedos se enganchan en mis bragas, y también me las
baja. Centímetro a centímetro, me quita lo último de mi ropa. Lo
deja todo a un lado, su mirada se deleita en mí.
—Lazarus.
Luciendo como un hombre poseído, merodea sobre la cama.
Sus labios y algunos mechones de su cabello rozan mi piel mientras
se mueve hacia arriba por mi cuerpo. Muerte no se detiene hasta
que los dos estamos cara a cara. Sus ojos buscan los míos.
—Me robas el aliento.
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—Eres tú quien me quita el aliento —digo.
No puedo dejar de admitir eso, al menos. Muerte es la cosa
más hermosa y sobrenatural que he visto en mi vida. Su mirada se
posa en mis labios.
—He querido besarte desde el momento en que me
emboscaste por primera vez y me exigiste que acabara con mis
costumbres —dice—. Me volvió loco, esta necesidad que sentí,
pero no la entendía, una necesidad que todavía no comprendo.
Pensé que mis hermanos eran débiles por sucumbir a eso.
Exhalo lentamente, tratando de procesar todo eso.
—¿Has querido besarme todo este tiempo? —le pregunto.
Sus ojos se llenan de alegría.
—Entre muchas otras cosas.
—¿Qué otras cosas? —insisto con curiosidad.
Desliza un dedo por la pendiente de mi nariz, sobre mis labios
y barbilla.
—Quería robarte desde el primer momento en que te vi. Te
deseaba por completo. Fue una experiencia terrible y agonizante.
Pensé que solo demostraba… lo malvados que eran los humanos,
tener deseos como esos, deseos que ahora me veía obligado a sentir.
Mi corazón late con fuerza al pensar que me deseara incluso
entonces. Apenas puedo imaginarlo, dado cómo se desarrolló todo
entre nosotros.
—Y cuando no moriste… —continúa Thanatos, sus dedos
deslizándose por mi costado, acariciando mi carne desnuda—,
cuando todo mi poder resultó inútil contra ti, sabía que eras mía,
Kismet. Lo sabía con tanta certeza como tú sabes tu propio nombre.
Esto debería ser aterrador, especialmente teniendo en cuenta
el hecho de que incluso después de que se diera cuenta, me hizo
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daño, una y otra vez. Pero no estoy aterrorizada. En absoluto. No
hay nadie como nosotros.
—¿Por qué finalmente cediste a tus ... deseos humanos? —le
pregunto. Ahora su expresión se suaviza y me cuesta respirar.
—Todos esos meses solitarios en el camino, la monotonía de
mi tarea solo era interrumpida por tus insignificantes intentos de
acabar con mi vida...
—No eran insignificantes —digo, olvidando por un momento
que un jinete muy desnudo está presionado contra mí y que estamos
a punto de hacernos cosas sucias el uno al otro. Me muestra una
sonrisa indulgente como si me hiciera la graciosa.
—Pelear contigo se hizo difícil, y luego se volvió agonizante
—admite, su sonrisa se desvanece—. Pero por muy mala que fuera
la pelea, la despedida fue peor. Pasé meses preguntándome quién
eras y qué era lo que encontrabas en esta miserable existencia
humana que te parecía tan valiosa. Y luego, con el tiempo, quise
saber otras cosas, cosas humanas, sobre ti. Cosas que incluso ahora,
me cuesta nombrar porque todo lo relacionado con la vida es muy
diferente a la muerte. Quería, todavía quiero, saber de ti, lo que te
trae alegría, lo que te entristece. Más salvaje aún, quiero ser una de
las cosas que te traen alegría.
Mi garganta se aprieta ante su confesión, y no puedo apartar
la mirada de las oscuras profundidades de sus ojos. Me ha dicho
algunas de estas cosas antes, pero a la luz del crepúsculo, con mi
cuerpo pegado al suyo, me golpea de manera diferente.
—En algún momento entre todos nuestros enfrentamientos,
Lazarus, llegué a preocuparme por ti, y dejarte atrás se volvió
impensable. Así que dejé de luchar contra ese malvado deseo de
llevarte, y cedí. Y aquí estamos —dice.
—Aquí estamos —repito.
El momento se alarga, hasta que finalmente, no puedo
soportarlo más. Moviéndome debajo de él, dejo que una de mis
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piernas se abra. El jinete levanta un poco su cuerpo para mirar hacia
abajo entre nosotros. Veo que sus fosas nasales se dilatan, y
después de un momento, pasa una mano por mi carne, hacia
abajo… abajo, abajo, hasta que llega a mi vagina. Ahora vuelve a
ponerse en cuclillas, con sus alas negras colgando sobre el borde
de la cama mientras estudia mi sexo, sus ojos en llamas. Su mirada
regresa a la mía mientras deliberadamente pasa su dedo por el
borde de mi vagina. Respiro profundamente, mis caderas se
mueven contra él.
—¿Te gusta eso? —pregunta.
Separo mis labios para responder, pero él ya está pasando su
dedo por mis pliegues de nuevo. En el momento en que su dedo
acaricia mi clítoris, mis caderas se mueven impotentes una vez
más. Sus ojos se iluminan y su toque retrocede hasta mi clítoris.
—¿Qué es esto? —pregunta, rozándolo una vez más.
—Dios mío, Thanatos —jadeo.
Su ligero toque me está volviendo loca. Alcanzo su polla, que
ya se ve dolorosamente dura, sus extraños glifos brillan a lo largo
de su eje. El jinete toma mi mano y la vuelve a sujetar contra la
cama.
—No, Lazarus. Déjame aprender.
Mi cuerpo está tenso como la cuerda de un arco y estoy
bastante segura de que soy yo quien parece agonizar. Me
estremezco y asiento de mala gana. Él nunca ha explorado otro
cuerpo. Puedo ser paciente con esto. Solo tengo que calmar mi
propia libido furiosa.
Los dedos de la muerte continúan examinando mi cuerpo.
Viajan por mi clítoris, directo a mi núcleo. Casi por accidente, uno
de ellos se sumerge dentro de mí y dejo escapar un grito ahogado.
Realmente tengo que calmar esa libido. En un instante, los ojos del
jinete se concentran en mí y en mi reacción. Mientras tanto, su dedo
se retira, solo para deslizarse hacia adentro, esta vez un poco más.
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Me retuerzo bajo su contacto y la expresión de Thanatos se
oscurece con deseo.
—Creo que estoy empezando a descubrir cómo funciona esto.
Después de varias caricias más tentadoras de su dedo, se
desliza fuera de mi centro y su mano continúa viajando hacia atrás
hasta que su dedo encuentra algo completamente diferente.
—Por favor, no me hagas decirte lo que hace —digo sin
aliento mientras él recorre mi otra apertura. Los ojos de Muerte
brillan, su expresión de alguna manera intensa y divertida.
—Realmente no me importa lo que haga, solo si te gusta que
te toque aquí.
Mientras habla, presiona un dedo en ella. Me muerdo el labio
porque ese es mi culo. A mi pesar, todavía estoy excitada. Thanatos
observa mi expresión, su mirada buscando la mía.
—Te gusta eso.
Pero luego su mano se retira y vuelve su atención a mi coño.
Sus dedos se deslizan sobre mis piernas, su interés fijo entre mis
muslos. De repente, agarra una de mis piernas y la levanta sobre su
hombro, sus plumas me hacen cosquillas en la almohadilla del pie.
Juro que veo un escalofrío atravesarlo por el contacto, pero no le
presta atención. En cambio, coloca mi otra pierna sobre su otro
hombro. Lo miro, algo confundida por este particular giro de los
acontecimientos.
—¿Qué vas a …?
Antes de que pueda terminar, Muerte se inclina hacia adelante
y me besa el clítoris. Mi cuerpo se sacude ante la sensación, mis
caderas se elevan para encontrar esos labios suyos.
—Thanatos.
Sonríe contra mi carne. Casi muero ante la sensación de esa
sonrisa contra mi piel.
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—Te gusta esto —dice, con una nota de perverso triunfo en
su voz.
—Es …
Pero no me deja terminar. Su boca vuelve a besar mi clítoris,
solo que ahora comienza a hacer algo con su lengua que… ¡mierda!
Mis caderas se contraen contra él, la sensación es tan aguda que es
casi dolorosa. Alcanzo su cabeza, mis dedos se enredan en su
cabello negro. Quiero alejarlo, pero a este hombre no hay quien lo
mueva. Y esa lengua suya... Paso de los gemidos a jadeos muy
rápido. ¿Cómo puede hacer eso? No ha tenido práctica. Muerte
hace una pausa.
—Me equivoqué antes cuando dije que no había nada más
dulce que tus sonrisas —dice—. Esto es más dulce.
No voy a reflexionar sobre el hecho de que el hombre no
quiere comer pan, pero a mí me está devorando. Hago un ruido de
súplica sin sentido porque estoy muy excitada y se detiene. Los
ojos del jinete brillan con orgullo masculino. Y luego su boca está
de vuelta en mi clítoris, su lengua lamiendo una y otra vez.
—Tienes que parar —le suplico—. Por favor…
—Haré lo que quiera, Kismet —murmura contra mi carne—.
Y tú, lo soportarás.
Y luego vuelve a devorarme. Hombre inmundo y mandón. Se
lo echaría en cara si no fuera mi placer lo que está exigiendo. Las
yemas de mis pies se deslizan contra sus alas mientras me retuerzo,
y el jinete hace un sonido de satisfacción como si disfrutara de la
sensación. Se mueve un poco hacia abajo, su lengua se desliza
dentro de mi centro. Grito. Oh, eso es obsceno.
—Muerte. —Sale como un gemido. Me duele.
Me mira desde entre mis muslos y bebe de mi expresión.
Todo lo que ve allí hace que me enseñe una sonrisa lobuna.
Thanatos hace una pausa en su trabajo para apoyar su barbilla en
- 324 -
mi hueso pélvico, luciendo infinitamente complacido consigo
mismo.
—¿Qué pasa si sigo así? —pregunta, con una chispa de
curiosidad en sus ojos—. ¿Te desharás como lo hice yo?
Sí, y probablemente también dentro de los próximos treinta
segundos, si sigue haciendo lo que sea que esté haciendo con la
lengua.
—Se llama un...
Thanatos se agacha y me muerde, haciéndome gritar de
nuevo.
—Sé cómo se llama.
—Por favor —jadeo.
Me mira de nuevo. Hay llamas en sus ojos, pero también
puedo ver su vacilación. Nunca había hecho esto antes. Empiezo a
sentarme. Es como si supiera dónde está mi mente. Subiendo por
mi cuerpo, captura mis manos y las coloca a ambos lados de mi
cabeza, su erección rozando mi muslo.
—Tienes que quedarte aquí —me ordena, su expresión feroz.
—Pero…
—¿Debo hacer caer la lluvia y el relámpago o sacar las raíces
y los muertos de la tierra? ¿O hacer temblar la tierra y caer edificios
para recordarte quién soy? Hace un año que me fijé en ti, pero no
te he tomado del todo, no todavía. Así que recuéstate, Kismet, y
déjame mostrarte lo que significa ser mía.
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Capítulo 47
Hallettsville, Texas
Julio, año 27 de los Jinetes
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esfuerzo de mantenerse absolutamente inmóvil, y estoy segura de
que el jinete aprendería lo que es el verdadero sufrimiento si
aceptara la oferta. Pero no lo hago. Nunca había experimentado
algo como esto. Siento que así debe ser la electricidad: aguda y
deslumbrantemente brillante.
—No te detengas —respiro, temiendo el pensamiento tanto
como debe hacerlo Muerte.
Mi carne ya se está ajustando a su circunferencia. Tan pronto
como lo digo, simplemente se rinde. Con un gemido, avanza,
envainando hasta el último centímetro de su polla dentro de mí. Mis
labios se abren y mis dedos aprietan los suyos hasta el punto del
dolor. Estoy palpitando, o tal vez lo está haciendo él. Es difícil de
decir; hay mucha más sensación ahí abajo de la que nunca antes
había sentido. La mirada de Muerte devora la mía. Hay un borde
afilado en sus rasgos y un músculo en su mejilla sigue apretando y
aflojando. Afuera, la lluvia cae a cántaros y, a lo lejos, retumba un
trueno. Libero mis manos cautivas para poder sostenerlo cerca de
mí.
—Esto es estar vivo. —se ríe suavemente, aunque sus rasgos
rápidamente se vuelven sobrios, especialmente cuando se retira,
solo para empujar hacia mí un segundo después.
Mis caderas se elevan para encontrarse con las suyas. Dejo
escapar un gemido por la intensidad de todo. Muerte lo vuelve a
hacer, un escalofrío lo recorre ante la sensación.
—Cómo he ansiado este momento. —Sus nudillos rozan mi
mejilla—. Y, sin embargo, ninguno de mis más salvajes anhelos
podría haberme preparado para verte debajo de mí, o la presión de
tu piel contra la mía.
Me muevo un poco, la acción le hace soltar un ruido bajo en
la garganta.
—Y la sensación de ti apretada alrededor de mi polla como si
no quisieras que se fuera.
- 327 -
—No quiero —lo admito.
El suelo tiembla ante mi respuesta. Las embestidas de Muerte
comienzan a acelerarse, su respiración se entrecorta a medida que
encuentra su ritmo. Se ha formado una línea entre sus cejas y nunca
he visto a nadie tan sexy como Thanatos en este momento, con toda
su exquisita agonía en exhibición.
—No puedo superar la sensación de ti. —Sus dedos rozan mi
carne—. Y tú sabor —agrega, presionando un rápido beso en mis
labios—. Eres como esperaba que supiera el vino.
Sus alas se flexionan con cada empuje, y no puedo evitar
extender la mano y pasar mis dedos por las plumas negras como la
tinta. Gime, y me penetra más profundamente. Su miembro entra y
sale, una y otra vez, una y otra vez. Abro más mis piernas,
gimiendo. Definitivamente vale la pena el impacto directo que está
recibiendo mi moral.
—Thanatos.
Sus ojos brillan.
—Vuelve a decir mi nombre —exige.
—Thanatos. —Apenas lo consigo. Soy toda sensaciones.
La lluvia golpea contra la casa y los relámpagos del exterior
la iluminan. Por un instante, veo extrañas marcas esqueléticas sobre
la piel y las alas de Thanatos, luego desaparecen. De alguna
manera, la aterradora exhibición solo se suma a su peligroso
atractivo. Me estoy retorciendo contra el jinete, mi cuerpo entero
se mueve con cada empuje palpitante, llevándome sin remedio
hacia un orgasmo. No estoy preparada. Ni mucho menos. Este es
el mejor sexo de mi vida y quiero que dure más de un par de
minutos. Pero Muerte no opina lo mismo. Se ha entregado al placer
por completo, bombeando dentro de mí con total abandono
mientras devora mi expresión. En algún momento, esto pasó de ser
suave y sensual a primitivo. No puedo posponerlo más...
—¡Muerte!
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Mi orgasmo explota a través de mí, mi visión se oscurece en
su estela. El suelo tiembla, sacudiendo la cama, y luego… Thanatos
brama, sus alas se abren de par en par. Sus caderas chocan contra
las mías, su polla se hunde profundamente dentro de mí. La tierra
tiembla y los relámpagos vuelven a iluminar, esa superposición
esquelética. Afuera oigo ruidos extraños y temibles sobre la lluvia.
Los dos bajamos lentamente de nuestros orgasmos. Las alas
del jinete se pliegan hacia arriba y sus embestidas se vuelven
lánguidas. Finalmente, se retira. Pero luego me besa en las mejillas,
en el puente de la nariz, en los párpados, en la frente, y finalmente
en la boca. Siento que mi garganta se aprieta por lo gentil que está
siendo, lo querida que me hace sentir.
—Lazarus, Lazarus, Lazarus —murmura. Afuera la lluvia
está amainando—. Dime que fue la experiencia más asombrosa que
jamás hayas sentido, porque fue lo más asombroso que he sentido
yo.
¿Decirle a este virgen que me acaba de dar el mejor sexo de
mi vida? Si no estuviera tan increíblemente satisfecha, me
molestaría por la audacia que tiene Muerte para no estropear el acto
de la primera vez más jodido e increíble. Mis dedos se deslizan por
su cabello y atrapo su boca con la mía. Y luego asiento contra él.
—Lo fue.
Se aparta, sus ojos oscuros son intensos. Su mirada se mueve
por mi cuerpo, con una expresión confusa de orgullo posesivo. Sus
ojos se detienen en la unión entre mis muslos, y debe estar viendo
la evidencia de su propio orgasmo. Sacude la cabeza con
incredulidad.
—Esto es muy, muy extraño para mí, Lazarus. —Pasa sus
dedos por mis pliegues, untándolos con su semen—. Extraño y
fascinante.
Ahora que mi piel se está enfriando y el acto ha sido
consumado, mi corazón comienza a latir con fuerza, mi estómago
se anuda mientras lo miro. No sé qué hacer. En el pasado, tenía
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muchas razones para alejar a Thanatos. Pero ahora, esas se han
evaporado. Más que eso, tengo un miedo profundamente arraigado
de que, de alguna manera, esto sea lo que rompa el hechizo que se
apoderó de Muerte. Ahora que ha estado dentro de mí, cualquier
fuerza que impulsó su obsesión conmigo… se desvanecerá.
Ayer dejé a Thanatos después de acabar con él. Me preparo
para que él haga lo mismo. En cambio, retira su mano de entre mis
muslos y se estira sobre su costado. Un momento después me atrae
hacia él, su rostro dolorosamente cerca. Mi corazón todavía late
con fuerza, pero esa sensación de malestar se está evaporando,
particularmente una vez que pone una de sus piernas sobre la mía.
Extiendo la mano y toco esa cara perfecta, con sus envidiables
pómulos, y acaricio su pálida piel. Realmente tiene el tipo de rostro
del que están hechos los mitos. Nunca en mi vida había visto a
alguien con este aspecto, y nunca pude imaginar lo que se siente
cuando te miran de la forma en que Muerte me mira ahora, como
si yo fuera lo único que vale la pena tener en este mundo...
Sus ojos me devoran, la luz de las velas los hace parecer agua
a la luz de la luna. No aparto la mirada. Miro y miro fijamente y
dejo que este sentimiento aterrador entre nosotros crezca.
—Lazarus —dice Thanatos en voz baja. Se moja los labios y
los dos nos balanceamos sobre un precipicio. No respondo,
atrapada por sus ojos—. Kismet, dime que eres mía —dice en voz
baja.
He pasado tanto tiempo luchando, que es una sensación
extraña, ceder.
—Soy toda tuya.
Para bien o para mal, lo soy.
- 330 -
Capítulo 48
Hallettsville, Texas
Julio, año 27 de los Jinetes
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no lo fue anoche. No nos fuimos cada uno por su lado. Esto
continuará y se repetirá. Los ojos de Muerte se arrugan en las
comisuras.
—Parece que he dejado mi marca en ti.
Discretamente paso mi lengua por mis labios hinchados y
aliso mi cabello despeinado.
—Pareces complacido con eso.
—Lo estoy. Nunca había dejado mi marca en ningún
mortal… al menos, no así.
Siento que mis mejillas se calientan. Su mano está de vuelta
sobre mí, sus dedos dibujan líneas en mi cuerpo una vez más.
—Pensar que una vez lastimé esta piel. —Un escalofrío muy
real lo recorre—. Inconcebible.
Quiero decir, mi coño recibió una paliza anoche y
probablemente reciba otra hoy, así que no es demasiado
impensable...
—Yo también te he herido—le recuerdo.
—Para protegerte a ti misma y a los tuyos. Siempre fui el
agresor, incluso cuando esperabas para tenderme una emboscada.
Sé que solo lo hiciste para proteger a esas personas, personas que
te eran desconocidas. —Golpea algo crudo y real, y duele—. Yo
también cazaría a mis enemigos si supiera que están empeñados en
destruir todo lo que amo.
Tiene una mirada intensa cuando dice eso. Trago saliva.
—Tienes mucha sensibilidad para un hombre que ni siquiera
es humano.
No sé si mucha gente puede empatizar bien con esto. Muerte
exhala, todavía mirándome.
—He tenido horas a solas para pensar en todo esto.
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—Pero no cambia nada —digo en voz baja, casi
inquisitivamente.
—No cambia nada —coincide.
—Todavía tengo la intención de detenerte —le digo. Por si
acaso se le olvida.
—Lo sé —coincide Muerte, con ojos tristes.
Ahora es mi turno de exhalar, la mañana tranquila y sin
complicaciones se disipa. Pensar en la humanidad me recuerda a
Ben y todo lo que debo hacer para salvarlo para siempre. Tengo
una súplica para Thanatos, una que quiero hacer tanto que duele.
Pero estar en la cama de este hombre no cambia nada, él mismo lo
dijo, y tengo miedo de llamar su atención en esta dirección, en
particular.
—¿Qué pasa, Lazarus? —Me pregunta—. Te ves como si una
nube hubiera cubierto el sol, ¿qué te preocupa?
Miro los ojos extraños y complejos de Muerte y tomo una
decisión.
—Pasé unos seis meses escondiéndome de ti, todo para
mantener vivo a mi hijo —le digo. El rostro de Thanatos se vuelve
solemne—. ¿Puedes prometerme que no lo matarás? —susurro.
—Kismet —dice—, me llevo a todos. Ni siquiera tu hijo está
exento de ese destino, pero no tengo planes de llevármelo pronto.
Casi me ahogo de alivio, incluso cuando una parte de mí
ahora quiere analizar la definición de “pronto” del jinete. Agarro la
mano de Muerte y la aprieto con fuerza en la mía.
—Prométeme que no lo harás.
Se supone que debo estar seduciendo a la Muerte por el bien
de la humanidad, pero siempre he puesto la vida de Ben por encima
del bien común. No voy a volverme magnánima de repente. Se
forma una línea entre las cejas del jinete.
- 333 -
—Haré lo que quieras. —Me acerco más mientras hablo. Los
orificios nasales Muerte se agitan y su mandíbula se aprietan al
contenerse.
—Basta ya, Lazarus. Yo no hago tratos como ese.
Aunque quisiera y definitivamente quiere hacerlo. Pero
todavía se muestra inflexible en esto. Intento no dejar que eso me
preocupe, aunque lo hace. Se suponía que acostarse con él lo
ablandaría. ¿Qué hago si no es así?
Pasaste un año luchando contra este hombre para que
cambiara su forma de ser. Puedes pasar otro año intentando
hacerlo cambiar. Ten un poco de paciencia, Laz.
—Háblame de tu Ben —dice Thanatos—. Esa noche en el
hospital, dijiste que pensabas que él era inmortal, como tú. ¿Por
qué pensaste eso?
Me estremezco y exhalo un suspiro.
—La primera vez que me secuestraste, poco después de que
escapé, llegué a un pueblo cercano… —Caigo de nuevo en el
recuerdo—. La gente estaba muerta, pero los edificios aún estaban
en pie. —Todavía puedo sentir el frío de la lluvia y la desesperación
que me empujaba a seguir avanzando—. Solo tenía la intención de
detenerme el tiempo suficiente para abastecerme de provisiones,
pero luego escuché a un bebé llorando dentro de una de las casas.
—Mis ojos se encuentran con los de Muerte—. Ben sobrevivió a tu
ataque a la ciudad.
El jinete escucha embelesado, aunque ahora sus labios se
fruncen levemente.
—Eso es imposible —murmura, aunque puedo decir que me
cree.
—Tú también pensabas que mi supervivencia era imposible
—le digo. Thanatos inclina la cabeza. Respiro profundamente y
continúo—. Así que me llevé a Ben y huí de ti. —Me paso los
dientes por el labio inferior, perdida en mis pensamientos—. Lo
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verdaderamente extraño —admito—, es que es casi idéntico a
cómo me encontró mi madre hace dos décadas.
Juro que la mirada del jinete se centra en mí.
—¿Cómo es eso? —pregunta.
—Mi madre me encontró en una ciudad por la que había
cabalgado Peste. Había oído mis gritos mientras pasaba, al igual
que yo escuché los de Ben, me salvó y me acogió como a uno de
los suyos.
Muerte parece preocupado por esta información, pero antes
de que ninguno de los dos pueda decir nada más, un movimiento
con el rabillo del ojo me sobresalta. Sin pensarlo, aprieto a Muerte
contra mí. Siento que el jinete me mira mientras me atrae más cerca
de él.
—Son solo mis resucitados —dice mientras los esqueletos en
cuestión se mueven por la habitación, arrastrando un cofre—.
Quería esperar hasta que estuvieras despierta antes de pedirles que
trajeran tus cosas.
Me incorporo, manteniéndome cubierta con una manta,
aunque la única otra persona en esta habitación que tiene ojos es
Muerte, y él ya ha visto hasta la saciedad. Observo cómo entran
más esqueletos y llenan el armario y el baño con ropa y
comodidades. Ahora también veo por primera vez nuestro entorno.
El interior de la casa tiene un aire del suroeste, con azulejos
pintados insertados alrededor de las puertas y ventanas y un suelo
de baldosas rojas cubierto por una gran alfombra de piel de oveja.
Incluso mientras observo, los esqueletos siguen quitando
algunos de los objetos menos permanentes que decoraban el
espacio. Se llevan sombreros, zapatos, ropa, todos esos pequeños
recuerdos personales de los dueños anteriores. Sigo analizando a
los retornados. Todavía me dan escalofríos, pero cuando uno se
acerca y sirve una fuente de pan en rebanadas y quesos, no me
detengo demasiado antes de empezar a comer.
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—Esto fue muy considerado de tu parte —le digo a Muerte.
—Vivo con miedo del día en que vuelva a oír hablar a tu
estómago —dice—. Creo que él me odia más que el resto de ti.
Casi me olvido de esa vez que Thanatos escuchó gruñir mi
estómago.
—No sabía que te había impresionado tanto —le digo.
—Todo lo que haces me impresiona —responde
solemnemente.
Ante eso, me callo. Muerte no tiene mucho espacio para el
remordimiento dentro de él, pero parece que me ha guardado un
poco. Limpio el pan y el queso, sin molestarme en ofrecer nada al
jinete. Ya sé que se negará. Una vez que termino, me limpio las
manos sobre la bandeja.
—¿Puedes hacer que tus esqueletos preparen un baño, uno
con agua caliente? —pregunto con curiosidad.
Es la más rara de las indulgencias en estos tiempos. Las cejas
de Thanatos se juntan, pero su mirada se desliza hacia los
aparecidos más cercanos. De repente, uno de ellos deja de hacer lo
que está haciendo y se dirige al baño contiguo. Lo oigo accionar
una bomba manual y luego el chapoteo del agua.
—¿Alguna vez te has bañado? —Le pregunto al jinete,
animándome un poco. Muerte niega con la cabeza.
—No.
Agarro su mano y tiro de él mientras me deslizo fuera de la
cama.
—Entonces esperemos que la bañera sea lo suficientemente
grande para nosotros dos, y tus alas.
—¿Por qué tendría que serlo? —pregunta.
—Porque vas a unirte a mí.
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El baño es lo suficientemente grande para los dos, lo
descubro cuando llevo al jinete a la habitación. Es una bañera
hundida, el habitáculo es lo suficientemente largo como para
albergar a dos adultos, aunque Muerte tendrá que colocar sus alas
sobre el borde. A pesar de que el agua todavía se está calentando,
la tina está casi llena. Entonces, un esqueleto entra, sosteniendo una
tetera.
Ignoro el deseo ardiente de cubrir mi cuerpo desnudo —ellos
no tienen ojos— aun así, retrocedo a una de las alas de Thanatos.
Se curva a mi alrededor, y cuando miro hacia arriba, veo al jinete
mirándome con una pequeña sonrisa.
—Te he visto enfrentarte al dolor y una muerte segura,
estoicamente, Kismet. Seguramente mis aparecidos no te asustan.
—Por supuesto que no —concuerdo, sin alejarme de su ala.
La sonrisa de Muerte llega a sus ojos.
Después de un momento, toma mi barbilla.
—Siempre puedes esconderte en mis alas, aunque necesitaré
un beso de vez en cuando.
Antes de que pueda responder, el jinete se inclina y me roba
uno de los labios. Se acaba antes de que siquiera haya comenzado,
y me quedo mirando el rostro de Thanatos mientras se aleja.
—Eso fue engañoso —digo, aunque mi forma de decirlo sale
mal. Sueno llena de deseo.
—Estoy desnudo a tu lado —dice muerte en voz baja—, nada
en mí es engañoso en este momento.
Tiene razón. El jinete vuelve su atención a la bañera, donde
más esqueletos vierten agua caliente en la piscina.
—Háblame de las bañeras —dice. Intento no reírme.
—Estoy segura de que las conoces.
- 337 -
Frunce un poco el ceño.
—Sé que los humanos se lavan. Pero eso es todo.
Si. Claro.
—No hay mucho que contar —digo mientras los esqueletos
salen del baño—. Llenas la bañera con agua, te metes y te bañas.
Thanatos vuelve a fruncir el ceño y hace que mi corazón se
acelere un poco. Realmente no entiendo qué separa el vasto
conocimiento del jinete sobre ciertos temas con su ignorancia sobre
otros, pero con esto... parece estar más que un poco perdido.
—Aquí —digo, entrando en la bañera.
Casi suspiro por la maravillosa temperatura. Ha pasado
demasiado tiempo desde que me di un baño caliente. Dándome la
vuelta, extiendo una mano hacia él.
—Adelante, te prometo que te gustará.
Coge mi mano, pero no me deja llevarlo inmediatamente. En
cambio, mete la otra en el agua.
—¿Nos vamos a lavar el uno al otro? —pregunta, con una
nota de curiosidad en su voz.
—Por supuesto —le digo, dejando ir su mano para poder
sumergirme en el baño.
Ahhh. Esto es una delicia. Creo que es mi comodidad lo que
finalmente convence al jinete de entrar, eso o mis tetas, ya que
básicamente lo están saludando. Thanatos entra en el agua,
haciendo todo lo posible por sentarse frente a mí. Mira por encima
del hombro a sus alas, que de hecho cubren el borde de la piscina.
—Claramente no fui diseñado pensando en las bañeras.
Realmente no fue diseñado para la vida humana en general,
no con esas alas. El jinete se acomoda lo mejor que puede.
- 338 -
—¿Ahora qué? —Me pregunta.
—Ahora lo disfrutas. Quiero decir, si esto fuera un baño frío,
cogerías una barra de jabón y te frotarías lo más rápido que
pudieras. Pero en los baños calientes te sumerges y te relajas.
Muerte se sienta allí mirando el agua, con el ceño fruncido
tirando de las comisuras de sus labios, como si no supiera cómo
permanecer ocioso y disfrutar de algo. En un capricho, me acerco
a él, me deslizo sobre su regazo y me siento a horcajadas sobre sus
muslos, su polla atrapada entre nosotros. Debajo de mí, puedo
sentir cómo se engrosa.
Sus manos se deslizan alrededor de mi cintura y veo el deseo
en su mirada, pero no me presiona para ningún tipo de intimidad.
Para ser honesta, el jinete probablemente no tenga idea de cuánto
sexo es demasiado para un mortal. Muerte realmente no tiene
límites. La idea de enfundarme en él hace que se me acelere el
corazón, a pesar de que estoy dolorida.
En lugar de actuar por impulso, deslizo mis manos sobre los
brazos del jinete, tocando sus innumerables tatuajes. Mis ojos
siguen volviendo a ellos, estos glifos brillantes que cubren casi la
totalidad de su cuerpo. Comienzan en la parte baja de su cuello y
gotean por sus brazos y torso, solo disminuyendo cerca de sus
manos y tobillos.
—¿Qué es esto? —pregunto, rozando uno. Mi dedo
hormiguea un poco mientras dibujo el contorno. Muerte me mira
con ojos intensos.
—Es mi idioma natal: angélico.
—Angélico —repito, mirándolos.
Creo que lo adivine desde el primer momento que los vi y, sin
embargo, en realidad no había considerado lo que eso significaba.
Mis dedos se mueven de sus brazos a su pecho.
—¿Qué dicen?
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—Muchas cosas, Kismet, pero, sobre todo, hablan de
creación... y destrucción.
Un escalofrío me recorre. Hay tanta escritura, todo su cuerpo
está pintado con ella. El resplandor de todos hace que el agua del
baño se ilumine.
—¿Puedes leerme algunos? —Me mira fijamente.
—Estas palabras no son para oídos humanos. —Imagínate.
Trazo uno particularmente inusual—. Sin embargo —continúa—,
tú tampoco eres del todo humana, ¿verdad, Lazarus?
Mis ojos se dirigen a los suyos. Él me mira con un anhelo
desnudo. Nos hemos probado y tocado el uno al otro, no debería
haber nada que anhelar. Pero ahí está, en sus ojos. Thanatos
sostiene mi mirada.
—Inwapiv vip jurutav pua, uwa epru juriv petda og ruvawup
keparip pufip hute. Ojatev uetip gurajaturwa, oraponao uetip
hijaurwa. Reparu pue peyudirwit petwonuv, uwa worjurwa eprao
fogirwa. Uje urap haraop pirgip.
Cierro los ojos, mis dedos se clavan en la piel de Muerte
mientras habla. Empiezo a temblar porque siento esas palabras,
aunque no las entiendo, y juro que me están estrangulando de
adentro hacia fuera, aunque también puedo percibir su santidad.
Muerte las traduce.
—Soy el último de mi especie, y traigo conmigo todo tipo de
enfermedades que asolan a la humanidad. Sus campos se
ennegrecerán, sus criaturas huirán. Los mortales temblarán ante
mi nombre y todos caerán a mi toque. Porque yo acabaré con el
mundo.
Cuando abro los ojos, veo al jinete por lo que es: La Muerte.
Y siento esa quietud a nuestro alrededor, a la que me he
acostumbrado tanto desde que estoy con él, y una vez más huelo el
aroma del incienso y la mirra, aunque el agua debería haber
eliminado la mayor parte.
- 340 -
—Ahora, lo entiendes, ¿no es así? —dice en voz baja—. No
soy un hombre.
Yo trago.
—Dime algo más —le digo en voz baja. Sus ojos se mueven
rápidamente hacia los míos.
—¿Quieres saber más? —dice.
—Quiero saber todo sobre ti —lo admito.
Y es la verdad, incluso si es un eco de las propias palabras de
Muerte. Quiero aprender sobre él de la misma manera que él quiere
aprender sobre mí. Los ojos de Thanatos brillan. Creo que en
realidad está conmovido por mi respuesta. Después de un
momento, dice:
—Pregunta y te responderé lo mejor que pueda.
¿Se supone que debo elegir una pregunta? Ni siquiera sé por
dónde empezar. Me conformo con:
—¿Por qué yo? —Me escudriña.
—¿Quieres decir, por qué, de los millones de personas vivas,
eres tú la que está aquí, a mi lado?
Asiento con la cabeza.
—¿No puedes ver por ti misma lo excepcional que eres? —
me pregunta, inclinando la cabeza.
Bajo la mirada y trazo un glifo en uno de sus pectorales,
dejando pequeñas gotas de agua a mi paso.
—Quiero decir, no puedo morir —digo—, y entiendo cómo
eso me hace especial, pero ¿por qué me dieron esa habilidad? No
hay nada particularmente extraordinario en mí.
Soy una tiradora de mierda, fui una estudiante mediocre a
pesar de mis mejores esfuerzos, y aunque era una atleta decente,
- 341 -
nunca sobresalí. En realidad, nunca había destacado por nada,
aparte de la inmortalidad.
Muerte se levanta, con el agua rodeándonos y acaricia mi
mejilla.
—Si pudieras verte a ti misma a través de mis ojos, pensarías
diferente, Kismet. La mujer que trabajó valientemente para
detenerme, que luchó y murió una y otra vez para proteger a los de
su especie… He conocido a innumerables almas y puedo decirte de
primera mano que ninguna de ellas ha demostrado su valía de esa
manera. Pero incluso si no te ves a ti misma como excepcional, yo
lo hago, y el universo también debe hacerlo, o de lo contrario nunca
hubieras terminado en mis garras. —Se agacha y aprieta mi trasero
para enfatizar su punto.
Grito un poco, y para mi sorpresa, Thanatos echa la cabeza
hacia atrás y se ríe. Bebo en su diversión, hipnotizada por verlo.
Estoy tan acostumbrada a la solemnidad de Muerte que, cuando se
ríe, se transforma en otra persona por completo. Me doy cuenta de
lo mucho que quiero conocer esta parte de él, mucho, mucho mejor.
Incluso una vez que Muerte deja de reír, la risa no abandona sus
ojos.
—A cada uno de nosotros, los jinetes, se le dio una mujer. Tú
eres la mía.
—¿Se les dio? —repito, haciendo una mueca.
No estoy de acuerdo con esa afirmación. Se ríe de nuevo de
mi expresión, y ese sonido suena ... Así suena la euforia.
—Tienes más o menos el mismo aspecto que yo cuando me
enteré de esto. Si te hace sentir mejor, a mí también me entregaron
a ti.
¿La encarnación literal de la Muerte me fue dada como
esposo? Eso debería sonar aterrador, pero en este momento,
sentada a horcajadas en su regazo con su rostro absurdamente bello
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a escasos centímetros del mío, no estoy tan decepcionada como
debería. Me aclaro la garganta.
—Eso no me hace sentir mejor —miento.
—Mmm … —murmura pensativo—, entonces tal vez esto lo
haga.
Antes de que pueda responder, me levanta, pero solo por un
momento. Luego baja mis caderas, metiéndose en mi apretada
vaina. Jadeo. No hay forma de que Thanatos se contenga. Mis
dedos se clavan en su piel donde lo aferro.
—¿De verdad vas a usar el sexo para hacer ...?
El jinete me interrumpe con un beso, y sí, de hecho, usa el
sexo para hacerme sentir mejor. Y maldito sea ese bastardo, pero
funciona.
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Capítulo 49
Hallettsville, Texas
Julio, año 27 de los Jinetes
- 345 -
—Sabes que no puedo.
No esperaba que dijera nada diferente.
—Entonces, al menos, detén la matanza hasta que te hayas
movido por la ciudad y hayas visto cómo es la vida —digo,
concentrándome en ponerme la otra bota para no tener que mirarlo.
—Kismet, no voy a volver a hacer eso.
Miro a Muerte justo a tiempo para verlo examinándome el
pecho, justo donde esa flecha me atravesó. Tengo la extraña
sensación de que está recordando cómo me lancé frente a él y cómo
me abrazó mientras moría.
—Querías que viera un atisbo de humanidad —continúa
Muerte—. Lo capté, es el mismo destello que siempre veo. Me
quieren muerto y no les importa hacerte daño para conseguirlo.
Mi garganta se espesa por la emoción. Me está protegiendo.
Dejando el contexto a un lado, se siente bien que te cuiden.
—Thanatos —digo en voz baja—, si todos fueran realmente
así, no estaría luchando por nuestra supervivencia.
Me lanza una mirada penetrante.
—No —acepta a regañadientes—, no lo harías. —Después de
un momento, agrega—: Y tienes razón, no todos los humanos son
así.
Estudia mi rostro por un momento. Tomando una respiración
profunda, asiente.
—Puedo negarte poco. Por favor, no me hagas arrepentirme
de esto.
Me muevo por la casa como un espectro, Muerte está a mi
lado, mis ojos recorren las pocas decoraciones de estilo suroeste
que los esqueletos no quitaron de la casa. Pero en realidad no veo
nada de eso, no cuando mis sentidos están más concentrados en el
roce metálico de la armadura de Muerte y el susurro más silencioso
- 346 -
de sus alas. Su presencia, incluso ahora, hace que mi carne se
estremezca. Era mucho más fácil en el dormitorio, cuando éramos
piel contra piel y simplemente cedíamos a la tensión entre nosotros.
Ahora, sin embargo… Thanatos tenía razón al estar nervioso.
No tengo idea de cómo actuar o sentirme a su alrededor. Cruzamos
la entrada, donde los resucitados ya están entrando y saliendo de la
casa, cargando barriles y cajas en sus brazos huesudos. La puerta
de entrada, previamente destruida, se mantiene abierta, sus bisagras
reparadas de nuevo. Mientras veo lo que hay más allá de la puerta,
respiro.
¿Qué diablos? No puedo entender lo que veo, no hasta que
salgo al exterior, con el jinete a mi espalda. La última vez que vi la
casa, pude apreciar las paredes de color terracota con bastante
claridad. Ahora, están escondidas debajo de gruesas capas de
enredaderas muertas.
—¿Que es todo esto? —pregunto.
—No me digas que no has notado que la luz se ha vuelto más
tenue en los últimos días —dice Thanatos detrás de mí.
No, en realidad no lo hice. Del mismo modo que no me había
fijado en la decoración de la casa. Esto es solo una cosa más que
tendré que clasificar.
Mierda, Lazarus no te das cuenta de nada cuando te estás
follando a un tío bueno.
Pero no voy a decirle eso al jinete. Le doy a Muerte una
mirada con los ojos muy abiertos.
—¿Estabas tratando de mantenerme encerrada aquí?
—¿Crees que eso es lo que he estado haciendo todo este
tiempo? —dice, con alegría en sus ojos. Se acerca—. Kismet, hay
mil maneras en las que podría obligarte a quedarte a mi lado. ¿Por
qué me molestaría siquiera en encerrarte intencionalmente dentro
de esta casa cuando seducirte ha demostrado ser mucho más
exitoso y placentero?
- 347 -
Me endurezco al escuchar esa palabra en particular. Seducir.
Se supone que debo estar seduciéndolo yo, no al revés. Se supone
que solo debe divertirse alegremente y caer tontamente bajo mi
hechizo. ¿Pero pensar que ha estado tratando de seducirme? No me
gusta eso. Ni un poco. Thanatos continúa:
—Me permití desatar mis poderes cuando estaba dentro de ti.
Eso… —señala con la cabeza a las enredaderas muertas—, es
simplemente una prueba de ello.
Vuelvo a mirar hacia el vasto patio delantero una vez más. No
puedo ver mucho, las enredaderas se han enrollado en una pared
improvisada frente a mí, aunque ha sido cortada. Los sirvientes de
la Muerte deben haberla atravesado para poder acceder al exterior.
Doy un paso adelante, mis botas crujen sobre más enredaderas
muertas y hojas que ensucian el suelo. Solo una vez que paso la
gruesa pared de vegetación noto huesos esparcidos por el suelo.
Están en todas partes, algunos de ellos incluso tienen partes
grotescas y carnosas todavía adheridas a ellos. No se están
moviendo, no como los otros aparecidos que puedo ver incluso
ahora en el camino de entrada.
Muchos de estos huesos ni siquiera parecen humanos. Sin
embargo, huelen fatal. Me llevo el dorso de la mano a la boca.
Muerte se acerca a mi lado.
—Como he dicho, me desaté.
Pasa junto a mí, silbando a su caballo, como si eso fuera todo
lo que hay que decir sobre el tema. Lo miro. Literalmente devolvió
la vida a los muertos cuando me folló. Voy a ... necesitar algunos
tratamientos especiales para eso. El corcel de Muerte trota desde la
parte trasera de la casa, y el jinete me mira por encima del hombro,
esperando. Respiro hondo y me dirijo allí. No miro a Thanatos
cuando llego a su lado; en cambio, me subo a la silla.
Aquí, más allá de las enredaderas que rodean la mansión,
docenas de esqueletos están cargando los carros que esperan.
Thanatos se sube a la silla detrás de mí. Ha estado extrañamente en
calma, considerando su anterior ansiedad, pero ahora que está
- 348 -
presionado contra mí, puedo sentir su cuerpo temblar con la
necesidad de moverse. Aun así, hace una pausa.
—Quiero quedarme aquí para siempre y olvidar todo lo
demás que se interpone —admite.
Pero no puede. Sin embargo, dejando a un lado los huesos y
las enredaderas…
—Yo también —digo en voz baja.
Aquí, el mundo no estaba en llamas. Aquí solo éramos
amantes. El brazo de Muerte se acomoda a mi alrededor,
sujetándome con fuerza. Chasquea la lengua y su caballo se pone
en marcha, galopando por el largo camino de entrada. A pesar de
nuestras sentimentales palabras, ninguno de los dos mira hacia
atrás.
Solo hemos recorrido unos ocho kilómetros por la carretera,
cuando me doy cuenta, robándome el aliento. Muerte y yo hemos
estado teniendo sexo.
Sexo.
Eso viene con repercusiones, repercusiones que he ignorado
hasta ahora porque he estado demasiado atrapada en el propio
jinete. Siento como si alguien me hubiera dado una patada en el
pecho.
—¿Quieres tener hijos? —pregunto con cuidado.
Muerte ha estado acariciando ociosamente mi muslo hasta
ahora. Ante mis palabras, sus dedos se detienen.
—¿Por qué lo preguntas, Kismet? —dice.
Eso no es un no. Sin embargo, hay una nota en su voz... una
que no puedo ubicar.
—Estamos teniendo sexo —estoy tratando de controlar el
pánico en mi voz. No va a pasar nada. Todo va a estar bien—. El
sexo desemboca en niños.
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Apenas puedo escuchar mis propias palabras por encima del
latido de mi corazón. Ni siquiera puedo decir qué es lo que me
petrifica especialmente.
—No —dice en voz baja—, no lo hace. No conmigo.
¿No?
Dejo escapar un suspiro tembloroso. Sin hijos. Puedo
descansar tranquila. Entonces recuerdo algo más.
—Pero tus hermanos tienen familias.
—Ah —dice la Muerte, entendiendo—. ¿Crees que, porque
ellos pueden dejar embarazadas a las mujeres, yo también puedo?
Quiero decir ... ¿no puede?
—¿Es posible? —digo.
Thanatos se queda callado por un largo momento antes de
responder.
—Técnicamente, sí. Pero reino sobre la muerte, Kismet. Eso
incluye prevenir la concepción de la vida.
Miro al jinete, abro la boca, luego la cierro de nuevo antes de
poner mi vista al frente una vez más. Muy bien. El hombre está
disparando al aire. Entiendo. Respiro hondo.
—Así que no puedo quedar embarazada —digo.
Solo necesito alguna afirmación.
—No si yo no lo permito —dice.
¿Permitirlo? ¿Así que él puede elegir cuando ser fértil y
cuando no? Hago una mueca porque es mucha más información de
la que estoy lista para procesar.
—Y tú no lo vas a permitir —le digo. Para que quede
absolutamente claro.
- 350 -
—No lo permitiré —asiente.
Exhalo, relajándome contra el jinete una vez más. Bueno, al
menos eso es una cosa menos de la que preocuparse. Después de
un largo momento, Muerte pregunta:
—¿Quieres hijos?
—Ya tengo un hijo —digo.
—¿Pero querrías más? ¿Querrías ... mis hijos?
Durante varios segundos, todo lo que escuchamos es el
repiqueteo constante de los cascos de su caballo.
—¿Lazarus? —insiste.
—No — admito.
A mi espalda, siento que Muerte se queda sobrenaturalmente
quieto.
—¿No? —repite—. ¿Por qué no?
Una vez más, algo entra en su voz, pero no sé qué.
—Porque estás comprometido con el infierno a matar al
mundo, y eso te convierte en la peor opción para un padre —le
digo.
—Comprometido con el cielo —corrige con frialdad.
¿Se ha ofendido? ¿Por qué? Literalmente me acaba de decir
que lo último que quiere son niños. Me aclaro la garganta.
—De todos modos, no importa porque, como dijiste, no va a
suceder.
Un silencio tenso cae sobre nosotros. A pesar de todas sus
orgullosas proclamaciones, tengo la impresión de que el poderoso
Thanatos está realmente herido por mi respuesta.
¡Qué curioso!
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Capítulo 50
Dripping Springs,
Texas Julio, año 27 de los Jinetes
- 352 -
¿Tocado? ¿Así es como él llama a la destrucción que nos
rodea? Me quedo callada.
—No me gusta este silencio tuyo —admite—. Se siente...
acusador. Dime dónde está tu mente.
—Creo que todavía entiendes muy poco de mí —le
recrimino—. De lo contrario, sabrías que no me molesta la idea de
dormir bajo las estrellas.
Detrás de mí, el jinete se detiene.
—Pero cuando te llevé por primera vez, odiabas estar afuera.
Tenías frío...
—Estaba incómoda —estoy de acuerdo—, pero, sobre todo,
estaba tratando de avergonzarte para que me dejaras ir.
El me agarra con fuerza.
—Nunca —jura.
Hago una mueca cuando una emoción eléctrica me recorre.
Odio que me guste esa declaración. Me aclaro la garganta.
—Estoy bien durmiendo en una casa normal, o afuera,
siempre que tenga mantas para mantenerme caliente —digo—. Y
me quedé en silencio hace un momento porque estaba pensando en
todas las ciudades que has... tocado —digo esa palabra
burlonamente.
Es el turno de Thanatos de quedarse callado.
—Te buscaré una ... casa normal para esta noche —dice en
voz baja, sin molestarse en abordar la otra parte de lo que he
dicho—. Pero no planeo convertir esto en un hábito. No puedo
darte lo que más quieres —el fin de la matanza, quiere decir—,
pero puedo ofrecerte al menos esto.
Poco tiempo después, veo un grupo de luces en la distancia.
Una ciudad. Parece que pasa una pequeña eternidad antes de que
alcancemos esas luces. Las lámparas de gas que discurren a ambos
- 353 -
lados de la carretera iluminan los escaparates de las tiendas tan
desgastadas que parece que fueron abandonadas hace veintitantos
años, cuando llegaron los jinetes. Si no fuera por esas farolas que
atraviesan la ciudad, farolas que alguien tenía que encender a
mano, habría asumido que este lugar no era más que los huesos del
mundo que existía antes de que todo se fuera al infierno.
—¿Recuerdas nuestro trato? —Le digo en voz baja a
Thanatos. Aquel en el que no mata a todos de inmediato.
—No lo he olvidado.
Puedo escuchar el ceño fruncido en su voz. Su caballo solo
da unos pasos más cuando el suelo comienza a temblar, y puedo
escuchar el traqueteo de los cristales de las ventanas deformadas de
un edificio cercano y el sonido de un letrero de madera colgando
que golpea la tienda de antigüedades que anuncia. El temblor crece
y crece hasta que las farolas de gas comienzan a caer como fichas
de dominó, sus carcasas de vidrio se rompen al golpear el suelo. A
lo lejos, alguien grita.
—Thanatos —jadeo.
Algunos de los focos caídos aún brillan, y las llamas se
intensifican mientras el fuego sigue el rastro del queroseno
derramado. Proyecta un siniestro resplandor naranja sobre los
edificios, que afortunadamente todavía están en pie.
—Me has prohibido matar —dice—. Esto es todo lo que me
queda.
Le echo un vistazo por encima del hombro. Espero que sepa
que suena ridículo. Muerte se encuentra con mi mirada mientras la
lluvia comienza a caer, pasando de una llovizna a un torrente en
segundos. Elimina el queroseno, apagando efectivamente las
farolas. Y empapándonos completamente a los dos en el proceso.
—¿Estás haciendo tú eso? —pregunto, entrecerrando los ojos
mientras la lluvia cae cada vez más rápida.
—No me apetece mucho que me vea algún humano perdido.
- 354 -
Ah, ahora las farolas rotas tienen sentido. Arrugo la frente.
—Y a mí no me apetece mucho mojarme.
Apenas puedo distinguir la sonrisa que se extiende por el
rostro del jinete.
—Oh, pero no estoy de acuerdo, Kismet. Dadas las
circunstancias adecuadas, creo que disfrutas mucho mojándote. —
Me ruborizo, su significado me ha quedado claro. Muerte me
acerca—. Pero, si te sientes incómoda, podría quitarte la ropa
empapada y besar la humedad de tu piel —respira—. Simplemente
pide y se hará.
Dios mío. De hecho, considero su propuesta. Realmente
considero su propuesta. Así de desesperada estoy.
—¿Por qué no nos encuentras un lugar para pasar la noche?
Entonces podemos discutir... el resto de esa oferta.
—Bien —asiente, sus labios rozan mi oreja—, Nos
encontraré una casa si tú, te concentras en mantenerte mojada.
—Thanatos.
¿Cómo es que ya se ha vuelto más sucio que yo?
Muerte suelta una risa ronca y luego insta a su caballo a seguir
adelante. Es difícil ver algo ahora que las farolas están rotas y
esparcidas por el suelo. Observo algunas casas poco iluminadas, e
incluso hay una o dos con alguien asomado a la ventana,
probablemente preguntándose qué ha pasado con la luz de las
lámparas. Pero la lluvia los mantiene ocultos y, con suerte, la noche
les esconde la identidad de Muerte.
Tiemblo un poco, mi cuerpo está empapado de agua de lluvia.
El jinete me acerca más a él, y sus alas se mueven hacia adelante,
envolviéndose alrededor de los costados del caballo. Parece una
posición incómoda de sostener, pero él las aguanta allí y alejan el
frío. Al final de una calle a nuestra derecha, oigo la voz de alguien.
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—No sé por qué Coco está actuando así, nunca antes lo había
hecho.
Ahí es cuando me doy cuenta de que, sobre la lluvia
torrencial, hay ladridos frenéticos, casi de dolor. Los animales
perciben a la Muerte. Hemos recorrido otros cientos de metros
cuando el jinete dice:
—Me has vencido, Lazarus.
—¿De qué estás hablando?
—No te gustaría quedarte en una casa abandonada, pero no
quieres que mate el pueblo hasta que lo hayamos atravesado, así
que tampoco puedo llevarte una de las casas ocupadas. No sé qué
hacer.
Mi corazón late con fuerza. Tiene razón, aunque no lo había
pensado en esos términos. Por supuesto, siempre existe la opción
de acampar, aunque no voy a sugerirlo mientras llueve.
—Estoy bien quedándome en una casa abandonada.
—Mentirosa.
—Lo estoy. —insisto—. Incluso puedes hacer todas esas
cosas sucias con las que fantaseabas hace un minuto...
—¿De verdad, mi Kismet? —dice, sonando descaradamente
poco convencido—. ¿Te gustaría intimar si estuvieras acostada
sobre un suelo enmohecido, con el hedor de las paredes podridas y
rodeada de alimañas mojadas?
Cuando lo pone así ...
—Eso creí.
—Estoy segura de que no todas las casas abandonadas son tan
terribles.
—¿Crees que estoy dispuesto a correr el riesgo? —se ríe,
incluso mientras dirige a su caballo a un galope completo—.
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Cabalgaré por esta ciudad, luego acabaré con ella, y después
encontraré un lugar para quedarnos.
—Espera —digo, incluso mientras el caballo de Muerte sigue
galopando. Quiero que este hombre vea un poco cómo son los
humanos—. Podemos hacerlo a tu manera, pero por favor, ya que
estamos aquí, podemos parar en una casa por un momento para
poder mostrarte cómo es la vida.
—¿Quieres presentarme a una desventurada familia? —dice,
horrorizado ante la idea.
Como si su trabajo no le hiciera codearse con innumerables
almas todo el maldito tiempo. Supongo que las almas vivas son
muy diferentes a las muertas.
—No —digo—, me refería a que podríamos espiar a alguien.
De acuerdo, eso suena mucho más espeluznante de lo
previsto. Sin embargo, la idea hace que Muerte frene su caballo.
—¿Te gustaría que observara a algunos humanos vivos
durante un lapso de tiempo? —pregunta.
—Sí —respondo.
—¿Cuánto tiempo? —exige.
No sé.
—Sólo un rato.
—¿Y entonces no te enfrentarás a mi cuando acabe con esta
ciudad?
Yo trago.
—Nunca me voy a sentir cómoda con eso —digo—. Pero no,
no lucharé contra ti —acepto.
El jinete toma una profunda respiración.
- 357 -
—De acuerdo —dice—. Bien. Puedo hacer lo que me pides.
—Mira a su alrededor—. ¿A dónde quieres que vaya?
La verdad es que no tengo ni idea de adónde ir. Realmente no
lo había planeado con tanta antelación.
—Busquemos un barrio —digo.
No hay muchos. No en una ciudad tan pequeña. Sin embargo,
al final nos topamos con uno. La mayoría de las casas están a
oscuras, pero hay una más adelante donde puedo ver el parpadeo
de la luz de las velas. A medida que nos acercamos, se oyen voces
y risas intermitentes. Casi suspiro de alivio. Siempre existía la
posibilidad de que eligiera una casa donde la gente de adentro se
odiara entre sí. Eso solo convencería aún más a Thanatos de lo que
ya cree: que los humanos están mejor muertos que vivos.
—Ahí —le digo, señalando la casa en cuestión.
Nos acercamos a ella y desmontamos. Es una casa de campo
de una sola planta, con una chimenea de piedra de roca decorativa
y una valla baja. Incluso en una noche oscura y lluviosa, quedarse
fuera de la casa de alguien es una excelente manera de llamar la
atención. Cogiendo la mano de Muerte, lo llevo hasta la puerta. En
silencio quito el pestillo y nos guío a los dos hacia el patio trasero.
Aquí atrás, puedo ver más luz parpadeando desde el interior. Las
cortinas no están cerradas, y acerco a Thanatos hacia una ventana
apartada que da a la sala de estar de la casa.
En el interior, una familia parece estar pasando el rato antes
de irse a dormir. Un niño y dos niñas están tirados en el suelo,
jugando a un juego de mesa. Un niño mayor está acurrucado en una
silla lateral, leyendo un libro. Sus padres se sientan juntos en el
sofá, cada uno de ellos bebiendo un líquido ámbar en frascos de
cristal. Las piernas de la mujer sobre el regazo de su marido
mientras los dos charlan. El jinete me mira.
—¿Ahora qué?
—Sólo... míralos un rato —digo.
- 358 -
Me analiza con el ceño fruncido y el agua goteando de su
cabello oscuro. Extiende una de sus alas oscuras, protegiéndome
de lo peor de la lluvia, que todavía nos golpea la piel. Miro hacia
el cielo.
—¿Puedes calmar la lluvia?
—¿Debo hacerlo? —dice—. Me gusta mucho la forma en que
tu ropa se amolda a tu piel, Kismet.
—Thanatos.
La comisura de su boca se curva hacia arriba.
—Solo estás cabreada porque tengo puesta la armadura y no
puedes disfrutar de la misma vista.
Una risa ridícula se me escapa, una que tengo que contener
de inmediato. Pero cuando nadie de adentro mira por la ventana, sé
que no se han dado cuenta. Aun así, le doy al jinete un empujón
amistoso. Se balancea un poco, pero usa su ala para empujarme
hacia él. Caigo encima suyo, y me rodea con un brazo,
capturándome en un beso. Cuando sus labios se mueven contra los
míos, la lluvia disminuye y luego se detiene por completo. Muerte
rompe el beso.
—Todavía tengo la intención de hacer que te mojes, más
tarde.
—Basta —susurro, con un rubor subiendo por mis mejillas.
Sonríe, pero vuelve su atención a la familia. Su velada es
bastante mundana y, sin embargo, a mi lado, el jinete se ha quedado
quieto, con su atención fija en la familia. Los padres charlan
tranquilamente mientras los niños en el suelo discuten sobre las
reglas del juego que están jugando. El niño vuelca el tablero del
juego y su hermana llora y corre hacia su madre, quien le da un
abrazo y la consuela. El niño mayor, que ha estado leyendo
tranquilamente en el sofá, ahora aprovecha este momento para
agarrar una almohada y golpear a su hermano menor. El niño se
cae, pero antes de que pueda reaccionar más, su padre coge otra
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almohada y golpea al niño mayor. Muy pronto, el llanto se detiene
y toda la familia tiene una pelea de almohadas improvisada. Siento
que se me cierra la garganta.
Estos podríamos haber sido mi familia y yo, hace diez años si
agregase algunos niños más. No hay grandes proclamaciones de
amor, pero es tan obvio en la forma tonta y familiar en que
interactúan entre sí. La pelea de almohadas termina con la madre
haciendo cosquillas a sus hijos y su marido lanzando a uno de ellos
al aire y atrapándolo, y ahora el resto de los hermanos se
arremolinan en torno a su padre, pidiendo que los lance también.
—Muy bien, hora de dormir —escucho decir a la mamá.
Una de las niñas gime y su hermano agacha la cabeza. Sin
embargo, en diez minutos la sala de estar se ha vaciado, y eso es
todo. La muerte parpadea, como si estuviera despertando de un
trance.
—Es extraño verlos, Lazarus —admite, alejándose de la
ventana—. He asumido que vivir es lo que tú y yo hacemos —dice
Muerte—. Olvidé que es exactamente lo mismo que hacen millones
de seres humanos todos los días.
Millones de humanos. Ya ha mencionado esa cifra antes, y
me aferro a ella. Millones. Todavía hay muchos de nosotros vivos.
Realmente no se ha perdido toda esperanza. Muerte está tranquilo
cuando regresamos a su corcel, que ha estado mordiendo el césped
como si fuera un caballo de verdad. Silenciosamente, los dos
volvemos a montar. Es sólo ahora que siento el resto de nuestro
acuerdo acercándose a mí. Muerte prometió retrasar la matanza de
la ciudad.... hasta que viera su humanidad. Ahora lo ha hecho.
Tal vez espere hasta que hayamos cruzado las fronteras, como
aludió antes. Sinceramente, no importa. La idea de lo que viene a
continuación hace que mi estómago se retuerza de todos modos.
Esta es la parte en la que mueren las buenas personas, llevándose
todo su amor, toda su luz, todo su espíritu. La idea de que esos
niños pequeños no existan mañana es dolorosa, al igual que la idea
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de esa pareja, que bebían alcohol en frascos de cristal y se ponían
las piernas en el regazo del otro.
—Que se vayan todos a dormir primero —digo con voz
ronca.
El silencio se extiende entre el jinete y yo, interrumpido
únicamente por el roce de los cascos de su corcel. Siento la fuerte
ingesta de aire de Muerte y quiero creer que siente cierta vacilación
o arrepentimiento por lo que está a punto de hacer. Quiero creerlo,
pero no lo sé. Finalmente, dice:
—Lo haré, Kismet. Te lo prometo.
- 361 -
mirado desde todos los ángulos posibles, y todavía no puedo
encontrarle sentido.
—Criatura curiosa —murmura Muerte con cariño—. Te diré
todo tipo de secretos —dice—, pero debes renunciar a los humanos
a cambio —dice.
¿A los humanos?
—No tengo secretos.
—Oh, tienes muchos —dice.
Quiero decir, podría darle la receta secreta de la familia para
el mejor pastel de melocotón de Georgia, pero, honestamente, eso
es lo más salvaje que pueden ser mis secretos.
—¿Qué quieres saber? —digo.
—¿Qué se siente al ser un niño? —pregunta.
La pregunta me pilla por sorpresa. Supongo que no debería,
cuando literalmente pasamos una noche viendo a pequeños
humanos correr.
—Siempre me resultará extraño que no sepas estas cosas —
le digo.
—He conocido a muchas almas que han muerto jóvenes —
coincide Muerte—, pero quiero saber cómo son los niños vivos.
—No lo sé ... —comienzo. Quiero decir, esa es una pregunta
tan grande que es difícil formarse algún tipo de respuesta real—.
Son como todas las emociones descuidadas que has tenido —
digo—. Y a veces son molestos.
—¿Molestan?
Casi me río de la nota de indignación en la voz de Muerte. Lo
que sea que haya visto esta noche definitivamente lo ha
entusiasmado con los niños.
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—Sí, pueden ser realmente molestos —digo, pensando en los
hijos de mis hermanos, benditas sean sus almas—. Cuando los
niños están enfadados, pueden ser los mierdecillas más malos con
los que te hayas cruzado. Y con mucho gusto te harán un millón de
preguntas diferentes. Y cuentan unas historias larguísimas, y me
refiero a las más largas.
Sonrío un poco al recordar una de las últimas historias que
me contó mi sobrina Briana sobre su gato Melón. Mi garganta se
ahoga con el recuerdo. Lo que daría por recuperarlo todo.
—Pero —agrego—, la mayor parte de las veces son alegría y
potencial sin filtro. El mundo aún no los ha desgastado y son
cariñosos y felices.
Hay una pausa larga.
—No creo que entienda a los niños mejor que antes de
preguntar —dice Muerte.
Me río un poco.
—No te prometí que sería buena respondiendo tus preguntas.
—Me acomodo contra él—. ¿Ahora me contarás uno de tus
secretos? —digo.
Permanece en silencio durante varios segundos.
—No me gusta quitar vidas —admite en voz baja.
Yo sigo pegada a él.
—¿Qué? —Me giro en mi asiento, tratando de ver mejor a
Thanatos.
—No me gusta quitar vidas —dice de nuevo, con más fuerza,
su mirada casi desafiante mientras me mira.
Eso es... No esperaba eso en absoluto. Muerte ha admitido
antes que no disfruta de la violencia, pero esto no.
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—A diferencia de mis hermanos, nunca lo he disfrutado —
continúa—. Lo hago porque debo hacerlo, pero Lazarus, es una
terrible agonía la mayor parte del tiempo.
¿Lo estoy oyendo bien?
—Pero…
—No estoy diciendo que la muerte esté mal —continúa—, o
que lo que hay más allá no sea mejor. Ni siquiera digo que no crea
en mi tarea. Pero el acto de llevarse a alguien que tiene miedo a la
muerte, o que está feliz con la vida, o que no está listo, y tan pocos
lo están, me agota hasta los huesos. Hago mi trabajo con
resignación, pero nunca he disfrutado de quitar una vida.
Me tambaleo.
—¿Hay alegría en lo que haces? —pregunto después de un
momento.
Vuelve a quedarse callado.
—Sí —admite finalmente—. Después de que los libero.
Cuando un alma ve lo que hay más allá, cuando realmente recuerda
lo que es y lo que ha sido todo este tiempo, ese momento es alegre.
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Capítulo 51
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de la carretera. Silenciosamente, regresa al caballo, balanceándose
de nuevo. Me quedo mirando la armadura, el metal desprende un
brillo apagado incluso en medio de la noche.
—¿Por qué te la has quitado?
El jinete se acomoda a mi alrededor.
—Todavía estoy buscando una casa adecuada, Kismet.
Mientras tanto, puedes dormir segura en mis brazos.
Mi lenta mente tarda un minuto más en darse cuenta de que
se quitó la armadura para mi comodidad.
No sientas eso, no lo sientas, no ...
La calidez se extiendo por mi interior y me conmueve el
gesto, aunque no quiero que eso pase. No es la misma sensación de
ingravidez que he estado teniendo con él, cada vez con más
frecuencia. Este sentimiento tiene profundidad y es mucho más
aterrador que cualquier otra cosa que haya sentido por Thanatos
hasta ahora.
Muerte chasquea la lengua y su corcel vuelve a avanzar. Me
acomodo contra el jinete, todavía desconcertada. Thanatos coloca
un brazo sobre mi hombro y mi pecho, como una especie de
cinturón de seguridad improvisado para jinetes. Apoyo la cabeza
contra ese brazo y me dejo llevar.
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—¿Por qué no empezaste con este secreto humano? —
pregunta, sosteniendo una novela de bolsillo. No puedo leer el
título, pero por la portada parece de misterio o asesinatos—. Son
absolutamente increíbles.
—¿Sabes leer? —pregunto tontamente. No todo el mundo lo
hace en estos días.
—Por supuesto —responde, como si fuera la cosa más natural
del mundo.
Pero aparentemente, aunque sabe leer, nunca lo había hecho
hasta ahora. Mis cejas se juntan, incluso cuando empiezo a sonreír.
—¿Es eso lo que hiciste toda la noche mientras yo dormía?
—Era eso, o ... —Sus ojos se entrecierran.
O hacer la única cosa que hemos estado haciendo sin parar.
Incluso ahora, ante su mirada, todo se reaviva. Muerte deja el libro
sobre una mesa de café de cristal cercana y se pone de pie. Parece
un depredador, un hermoso y letal depredador.
—Cómo quiero llevarte de regreso a esa cama… —dice el
jinete, su forma masiva y amenazante—. Pero debes tener hambre
y quiero que tengas energía para las cosas que planeo hacerte.
El calor enrojece mi cara.
—Thanatos —le susurro.
Más allá de nosotros, puedo escuchar el roce de los huesos y
el ruido de los cubiertos provenientes de lo que debe ser la cocina.
Mi estómago se retuerce. Los sirvientes de Muerte son solo un
recordatorio más de toda la muerte que nos rodea. Hay huesos,
libros y bocetos, y en algún lugar de esta propiedad hay una tumba
con cuerpos frescos amontonados en ella, pero no hay nadie más
vivo, nadie más que Thanatos y yo. El jinete entrecierra los ojos
ante mi boca.
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—Dices mi nombre así cuando me estás reprendiendo. Dime,
Laz, ¿no quieres que mi lengua te lave el coño o mi boca chupe tu
clítoris? ¿Debo dejar de hablar de cómo deseo penetrarte esa
apretada vaina hasta que tus tetas reboten y estés gimiendo mi
nombre? Y ya que estoy en eso, ¿no debería mencionar lo erótico
que se siente tener tus pies presionando contra mis alas mientras
empujo?
No creo que pueda respirar.
—Los humanos no se hablan entre sí de esta manera —
murmuro. Al menos, nunca nadie me ha hablado de esta manera.
—Bien —dice Thanatos, ahuecando mi rostro—. De todos
modos, no disfruto particularmente de las reglas arbitrarias de los
de tu clase, ni de su inclinación por bailar con sus palabras.
Sonríe con un poco de malicia, aunque sus ojos son serios.
—Sobre todo, no quiero que me confundas con un hombre
mortal. Yo, la Muerte, te he elegido. Y tú me has elegido a mí.
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Capítulo 52
- 371 -
Me siento en la silla de montar durante varios segundos antes
de que mi dolor se convierta en ira. ¿Qué sentido tiene todo esto?
No suelo precipitarme, pero ahora mismo paso la pierna por encima
de la silla y salto del caballo que aún se mueve. Thanatos está lo
suficientemente sorprendido por la acción que para cuando intenta
agarrarme, ya me he bajado del caballo y me alejo.
—¿Qué estás haciendo, Lazarus? —me llama.
No me molesto en mirarlo, mi mente y mi corazón están
alborotados, mi sangre se calienta por la ira. Detrás de mí, escucho
a Thanatos desmontar, pero nada más.
—¿De verdad crees que puedes escapar de mí? —desafía y
yo lo ignoro—. No hay nada aquí fuera además de mí.
Sigo ignorándolo. Oigo el susurro de las alas del jinete
mientras se abren, luego el fuerte batir de ellas cuando levantan a
Muerte en el aire. Su sombra se cierne sobre mí. Se gira en el cielo,
de cara a mí, con la luz del sol brillando en su armadura. El jinete
baja al suelo, esas alas oscuras plegándose suavemente detrás de él.
—¿Qué ocurre, Lazarus? ¿Es por lo que dije? —pregunta—.
Se supone que eso no debía...
—¿Qué estamos haciendo, Muerte? —Le interrumpo—.
¿Qué estamos haciendo realmente?
Estoy cansada, lo he estado durante mucho, mucho tiempo.
He fingido que no estoy agotada porque tenía que hacerlo, pero
ahora todo el peso de todo esto, viene estrellándose sobre mis
hombros.
—Tú estás acabando con el mundo y yo ¿qué soy? ¿Un poco
de diversión en el camino? Mis ojos me aguijonean cuando fuerzo
esas palabras.
—Por supuesto que no eres un entretenimiento, Kismet. Me
preocupo por ti por encima de todos los demás.
- 372 -
—La gente se doblega, Thanatos —digo fervientemente—
Cuando se cuidan el uno al otro, se doblegan.
—No soy humano —responde.
Ah, su viejo seguro.
—Bien, no eres humano, y ninguna de las reglas se aplica a ti
—estoy de acuerdo—. Solo deja que me vaya. —Indico el camino
detrás de él—. Déjame separarme de ti de una vez por todas.
Entonces podré encontrar a mi hijo y vivir el breve tiempo
que nos quede, juntos. La mandíbula de Muerte se aprieta. Empiezo
a caminar de nuevo, sin importarme tener que pasar junto a él.
—No —dice, con las alas desplegadas—. No te dejaré ir.
Lanzo mis manos al aire.
—Entonces quieres tu experiencia humana y también tu tarea
celestial —replico—. Y supongo que quieres que me calle y esté
de acuerdo con todo.
Da un paso adelante.
—Esto está más allá de mí.
—Para —le ordeno—. Detén todo esto de No soy un humano,
Esto está más allá de mí, Solo estoy siguiendo órdenes. Te has
burlado de tus hermanos por tomar una decisión...
—La decisión equivocada —me corrige.
—Al menos tomaron una. Mientras tanto, aquí estás,
¿pensando que puedes jugar a las casitas conmigo mientras acabas
con el mundo? Eres un gran hipócrita.
—¿Qué quieres que haga? —exige, su voz como un trueno.
—¡Toma una maldita decisión por una vez en tu vida! —grito
acaloradamente—. Y no lo hagas por mí, ni siquiera por Dios.
Hazlo por ti. Por ti. Eres malvado, cariñoso, gentil, despiadado,
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refinado, ingenuo, sabio y complicado. Ese es el ser humano que
hay en ti. Deja de fingir que no está ahí y reconócelo.
Me mira fijamente durante mucho tiempo, su mandíbula
trabajando. Y esta es la historia de cómo yo, Lazarus Gaumond,
jodí al mundo.
—Soy inflexible porque soy viejo —admite—. Soy
intransigente porque siempre, siempre tuve que ser así. Nadie
escapa a la Muerte. Nadie.
Excepto yo. Aunque, considerando mi situación, uno podría
argumentar que, en realidad no he escapado de la Muerte en
absoluto.
—Pero —continúa Thanatos, pareciendo sopesar sus
palabras—, escucho lo que estás diciendo. No he cuestionado mis
propias suposiciones. No lo había pensado hasta ahora, cuando me
lo pediste. —asiente—. Lo intentaré. Haré esto por ti.
Pasamos un largo rato mirándonos el uno al otro.
—No le prometeré a la humanidad un final feliz —dice, con
sus ojos oscuros tristes—. No puedo darte eso. Pero puedo darte
felicidad. Eso quiero dártelo. Entonces, Lazarus —dice con
cuidado— ¿qué te haría feliz?
Me toma un momento procesar realmente este giro en la
conversación. Él realmente, quiere darme algo. La Muerte
indoblegable está tratando de doblegarse. Recupero la compostura.
—Ben —digo finalmente, encontrando mi voz—. Ben es lo
que me haría feliz.
—Tu hijo —dice Muerte con cuidado—. ¿Te gustaría tenerlo
a tu lado?
—Vivo y a mi lado.
Mi corazón late locamente. ¿Por qué estoy intentando esto?
Es una idea loca, muy loca. Veo que Thanatos traga saliva con
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delicadeza, y ese músculo de su mejilla se flexiona de nuevo.
Mierda, sólo esa reacción ya significa que habla en serio.
—Entonces, una vez que lleguemos a la costa oeste —dice
Muerte con cuidado—, viajaremos hacia el norte a buscar a tu hijo.
No puedo respirar, me ahogo con mi propia esperanza.
—¿Y entonces qué? —Obligo a las palabras a salir.
—Y luego tu hijo estará contigo, con nosotros, vivo y bien,
hasta el final.
Ni siquiera me doy cuenta de que estoy llorando hasta que
siento que la lágrima se desliza por mi mejilla. Frente a mí, los
rasgos duros de Thanatos se suavizan. Con varias zancadas, cierra
la distancia entre nosotros. Extendiendo la mano, enjuga mis
lágrimas.
—¿Es este un buen o un mal llanto? —pregunta, levantando
las cejas.
—Uno bueno —admito en voz baja. Ben no morirá.
Me alejo—. Pensé ... —Las palabras se atascan en mi garganta—,
Pensé que no hacías ninguna excepción sobre matar humanos.
Por mucho que quiera ver a Ben de nuevo, abrazarlo de
nuevo, lo quiero vivo más.
—Me has pedido que me doblegue. Esto es doblegarse,
¿verdad?
No sé qué es, pero tampoco me importa mucho. La idea de
tener a Ben de nuevo en mis brazos me debilita las rodillas. Muerte
también parece sentirlo. Me levanta como si fuera un valiente héroe
y yo una doncella indefensa. Y por un momento, puedo creer en
ese cuento de hadas.
—Ven, Kismet —dice, llevándonos de regreso a su caballo—
Cumplamos mi promesa.
- 375 -
Ahora que tengo otro objetivo además de seducir a Muerte,
estoy más impaciente que nunca por llegar a mi hijo. Así que
cuando, a media tarde, Thanatos dirige a su caballo fuera de la
carretera, estoy nerviosa por volver a montar.
—No necesito ir al baño —digo, asumiendo que esa es la
razón por la que dejamos la autopista.
—No es por eso que nos detuve, Kismet —dice Muerte,
bajándose del caballo. Aterriza con un fuerte golpe. Volviéndose
hacia mí, me ofrece ayuda para bajar de su caballo. Miro sus
manos, pero no hago un movimiento para descender de su montura.
—Entonces, ¿por qué nos hemos detenido? —le pregunto.
Me lanza una mirada divertida, como si fuera obvio.
— Cometí el error anoche de esperar demasiado tiempo para
buscar una casa. No volveré a cometer el mismo error.
Una casa. Sí, claro. A Muerte se le ha metido en la cabeza que
necesito que me mimen con las casas más lujosas, aunque para él
eso signifique elegir lugares que a veces están lejos de las carreteras
por las que transita. Y una vez que estemos allí, nos quedaremos
días. Ya puedo sentir el cuerpo empapado de sudor del jinete
deslizándose contra el mío mientras me penetra, y puedo imaginar
la forma exacta en que sus alas se ciernen sobre nosotros,
aislándonos del mundo exterior.
Mi sangre se calienta en mis venas con solo pensarlo. Lo
deseo tanto, tanto, tanto... Pero hay otro deseo en guerra que me
mantiene firmemente sentada en la silla: Ben. En este momento
tengo esta imperiosa y urgente necesidad de llegar a él lo más
rápido que pueda, incluso si eso significa robar a las ciudades del
camino unos días más de vida.
—¿Lazarus? —Muerte todavía sigue intentándolo, sigue
esperando.
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Miro hacia uno de sus antebrazos cubiertos con la armadura.
Una procesión de dolientes esta grabada en el metal plateado; Sigo
la línea de esos desdichados, el diseño continúa subiendo por su
brazalete y hasta su coraza. Mi mirada se mueve hacia la suya.
—No nos detengamos.
Se forma una línea entre sus cejas y frunce el ceño.
—Pero necesitas descansar.
Y no quiero que pienses que soy un monstruo. Casi puedo
escuchar esas palabras tácitas suyas.
—Cuando caiga la noche —digo—, podemos descansar a un
lado de la carretera.
—No. —Hay hierro en su voz.
Sigo sin dejar la silla.
—No necesito casas lujosas —digo—. Yo solamente te
necesito a ti. —Esa última parte se me escapa.
—Kismet —dice finalmente. La palabra está llena de tanta
esperanza. Sus ojos extraños y encantadores buscan los míos—. He
anhelado oírte decir esas cosas. Y durante mucho tiempo temí que
nunca lo haría.
Su atención se dirige a mis labios y puedo sentir su deseo de
robarme un beso y más. La mirada del jinete vuelve a mis ojos.
—Puedo negarte muy poco. —Aprieta la mandíbula—. Está
bien —dice—, te concederé este deseo, por ahora. Esta noche, solo
seremos tú y yo y el mundo que tenemos ante nosotros.
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Capítulo 53
Harper, Texas
Julio, año 27 de los Jinetes
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—Son imágenes ctónicas.
Lo miro sin comprender.
—Imágenes de muerte —dice.
—No todos parecen muertos. —Esqueletos y tumbas a un
lado—. Hay un huevo aquí —digo.
—Ese es el huevo cósmico, del cual nació todo.
Frunzo el ceño, mirando la imagen.
—¿Todo empezó con un huevo?
—Son símbolos humanos, Kismet, no celestiales —dice,
quitándose la última pieza de armadura y acercándose a mi lado.
Mi atención se aleja del huevo, hacia la imagen estilizada
sobre lo que sería el corazón del jinete, si estuviera usando la
armadura. Trazo esa imagen inquietante del esqueleto y la mujer
abrazados. Vida y muerte, los amantes.
—Están intrínsecamente unidos el uno al otro —dice la
Muerte ahora, notando dónde se ha desviado mi atención.
Mientras reflexiono sobre eso, la procesión de muertos de
Thanatos llega a nuestro campamento. Los esqueletos y sus carros
nos rodean, creando una especie de muro con sus cuerpos y los
vehículos. Ya están sacando cosas de los lechos de las carretas,
sacudiendo mantas, destapando vino, desembalando y encendiendo
linternas. Cuando finalmente terminan de instalarlo todo, me quedo
sin aliento.
He dormido al aire libre antes con poco más que mi mochila
como almohada. Sé cómo es eso. Lo que nunca he experimentado
es ... esto. Han cubierto el suelo con mantas y colocado linternas
alrededor de los bordes, dándole un brillo suave y romántico contra
el cielo crepuscular. Hay una bandeja con comida apta para viajes,
dispuesta ingeniosamente sobre ella, y trato de no pensar en los
- 379 -
dedos esqueléticos que colocan meticulosamente cada artículo.
Creo que esto es un camping.
—No tenías que hacer que prepararan todo esto —digo.
—Sí, Laz —dice Thanatos muy seriamente— Tenía que
hacerlo.
Bajo el resplandor de las linternas, Muerte parece un santo,
su cuerpo y alas espolvoreados por la suave luz ámbar. También
brilla en sus ojos, haciéndolos lucir como fundidos. Por segunda
vez desde que nos detuvimos, me quedo sin aliento con solo verlo.
¿Siempre me ha afectado de esta manera?
Hasta el último centímetro de auto-preservación dentro de mí
quiere decir que sí, pero la verdad es que esto se siente diferente.
Se ha estado sintiendo diferente, como si mis ojos finalmente
estuvieran viendo algo que mi corazón ya sabía.
Como si pudiera escuchar mis pensamientos, Muerte se
acerca a mí.
—En serio, hermosa Lazarus —murmura. Estudia mi rostro
como si quisiera inmortalizarlo en su mente—. Me arrebataste mi
soledad —respira—, y espero que nunca me la devuelvas.
Con eso, me besa. Las alas del jinete me envuelven hasta que
él es todo lo que hay. Oigo cada sonido suave que hacen nuestros
labios, y siento como si mi corazón estuviera en un escaparate. El
beso es largo y prolongado, y cuando finalmente se aparta, puedo
ver su deseo tensarse como la cuerda de un arco.
—Lazarus, ¿qué me está pasando? No puedo saciar esta sed
que tengo por ti.
Mi corazón late más fuerte mientras lo miro.
—Así es para los humanos —digo. Cuando se enamoran.
Estoy demasiado aterrorizada para pronunciar esa última
parte. En cambio, mis manos se mueven hacia la ropa de Thanatos,
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porque la intimidad física es mucho, mucho más fácil que hablar
de amor con mi antiguo enemigo. Tiro de la camisa del jinete hasta
que me ayuda a quitársela por la cabeza. Ese es todo el estímulo
que necesita Muerte. Sus manos encuentran el cuello de mi camisa.
Riiiip.
Jadeo mientras rasga la tela por la mitad, dejando al
descubierto mi sostén. Sus manos se mueven hacia mis jeans, pero
agarro su muñeca antes de que pueda destruirlos también. Unos
buenos jeans son difíciles de conseguir. Bajo la mirada acalorada
de Thanatos, me quito las botas y los calcetines, luego me
desabrocho los pantalones y me los bajo pateándolos a un lado. El
jinete se despoja de sus últimas prendas y se queda desnudo, salvo
por los tatuajes brillantes que cubren su cuerpo desde el cuello
hasta la pantorrilla. Son tantos que dan la ilusión de que sus
entrañas no son más que pura luz blanca.
Thanatos se arrodilla, sus dedos largos y hábiles retiran
suavemente mis bragas antes de regresar por mi sostén. Ese
también lo quita con precisión, dejándolo caer al suelo. Luego me
levanta y me lleva a la cama improvisada. Es justo cuando me está
acostando que noto el ruido de los huesos y recuerdo las docenas y
docenas de esqueletos que nos rodean.
—No puedo hacer esto con tus aparecidos mirando —susurro.
Thanatos suelta una risa ronca.
—Lazarus, no tienen alma ni mente. No pueden comprender
lo que hacemos.
A pesar de las palabras de Muerte, un instante después, los
esqueletos caen en pedazos, sus huesos traquetean cuando golpean
la hierba.
—¿Mejor? —pregunta.
Asiento, luego tiemblo cuando el aire fresco de la noche
acaricia mi piel. Solo tengo frío por un momento. El jinete se tumba
sobre mí, con sus alas rozando nuestras piernas. Justo cuando creo
- 381 -
que las cosas están a punto de calentarse, me da un suave beso en
el hueco de la garganta.
—Entrégate a mí, Lazarus —susurra contra mi piel.
—¿No es eso lo que estamos haciendo? —le respondo, con
mis dedos enroscándose en su sedoso cabello.
Se ríe contra mi carne, donde va dejando más besos por mi
esternón.
—No estoy hablando de sexo.
—Entonces, ¿de qué estás hablando? —pregunto,
sintiéndome repentinamente incómoda.
Lentamente, la mirada de Thanatos se eleva, y cuando se posa
en mí, lo veo en sus ojos.
Quiero tu amor.
No dice las palabras, pero no tiene por qué hacerlo. Niego con
la cabeza y se me cierra la garganta.
—No puedo. —Apenas me salen las palabras.
Me quitó a mi familia. Casi me quita a mi hijo. No me importa
que él sea la Muerte y ese, su trabajo. Ni siquiera me importa que
no disfrute del acto. Aún lo hace y seguirá haciéndolo. Esa es una
frase difícil para mí.
—¿No puedes qué? —cuestiona suavemente.
Va a hacer que lo diga.
—No puedo amarte.
Por un instante, el jinete parece herido. Entonces la expresión
desaparece como si nunca hubiera existido. Veo sus hombros subir
y bajar mientras toma una respiración profunda.
—¿No puedes o no quieres?
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No me atrevo. Thanatos se da cuenta.
—Ah, no lo harás. —El triunfo brilla en sus ojos y sus labios
se curvan en una sonrisa astuta—. Estoy en lo cierto, ¿no?
No me molesto en negarlo.
—¿Por qué sonríes? —exijo en cambio.
—Una cosa sería si no pudieras amarme, que fueras incapaz
de hacerlo —dice—. Pero no me amarás, y esa es una elección.
—Exactamente. —Elijo no amarlo. ¿Por qué todavía se ve tan
complacido?
Responde como si hubiera escuchado mis pensamientos.
—No necesito que tu mente cambie, Kismet, simplemente tu
corazón.
Mi pulso se acelera.
—No sé a qué te refieres.
—Tu mente es fuerte, Laz, pero tu corazón es aún más fuerte.
Todo lo que necesito hacer es convencer a tu corazón de que esto
es real y verdadero, y tu mente lo seguirá.
—Todavía no voy a cambiar de opinión —afirmo
obstinadamente. Ha visto cuánto tiempo puedo aferrarme a una
causa. Ahora su expresión es francamente perversa.
—Tú y yo somos inmortales. Incluso si lleva siglos, incluso
si tú y yo somos las últimas criaturas que existen, te prometo esto:
conseguiré que me ames: mente, cuerpo y corazón.
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Capítulo 54
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es demasiado dura para ganarse la vida. Basándome en la poca
evidencia que he visto, la única ocupación estable en esta parte
proviene de los ganaderos y vaqueros que conducen ganado salvaje
a través de las llanuras, y no viven como reyes.
De las casas por las que pasamos, la mayoría son restos de la
época anterior a los jinetes. Cuando el sol comienza a ponerse, nos
detenemos en una de estas viviendas abandonadas. Es una cosa
aburrida y gastada por la intemperie; el sol ha blanqueado sus
huesos y el pozo de la casa hace tiempo que se secó. El interior está
lleno de tierra fina y un par de lagartijas asustadas.
Me muevo por ella como lo he hecho con cien casas antes.
Me fijo en el papel tapiz despegado, un televisor, algunos libros
infantiles rotos, unas estrellas que brillan en la oscuridad que
alguna vez debieron estar en el techo, pero ahora yacen esparcidas
por el suelo… Hago una pausa y lo asimilo todo. Ha pasado un
cuarto de siglo desde que esta casa se vio afectada por la llegada de
los jinetes. El niño que leyó esos libros o miró fijamente esas
estrellas es ahora un adulto, si es que todavía está vivo. Toda una
generación, mi generación, creció con nuestras vidas trastornadas.
Y es posible que la próxima generación no crezca en absoluto. Oigo
los pasos de Muerte al final del pasillo.
—No quiero quedarme aquí. —Mi voz sale como un
graznido.
Se detiene en la puerta del dormitorio.
—Está bien, Kismet.
Es tan simple como eso. Cinco minutos más tarde estamos de
vuelta en el caballo de Thanatos. Detrás de nosotros, la casa se
derrumba. Parece como un sueño viejo y gastado que finalmente se
desmorona para siempre, algo triste pero largamente esperado.
Obligo a mi mente a dejar de pensar en la familia que una vez vivió
allí. Tengo demasiados fantasmas que ya me persiguen. Realmente
no necesito más.
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Escuché que los humanos pueden habituarse a casi cualquier
situación. No sé si eso es cierto, pero me he adaptado a esta forma
de vida: viajar, luego acampar y luego viajar un poco más. Incluso
me he acostumbrado a la… relación entre Muerte y yo.
—Cuéntame otro secreto —le digo, recostándome en las
mantas que cubren el suelo.
Un plato de comida y vino se encuentran a un lado, y
alrededor de nosotros están los esqueletos y sus carros. Thanatos
se acuesta de lado, solo con los pantalones puestos. Sus tatuajes
iluminan todos los planos esculpidos de su rostro.
—Hmm ... —Ha estado pasando sus dedos por mi cara, pero
ahora su mano se mueve hacia los botones de mi camisa—. No te
diré un secreto —dice —, pero te mostraré uno.
No tengo idea de lo que está hablando. Thanatos me
desabrocha la camisa y la saca por mis brazos. Luego me quita el
sujetador. A continuación, mis pantalones, y después… los suyos.
Se me escapa una carcajada.
—¿Qué estás haciendo? —pregunto.
Ya no hay nada sobre esto, que sea secreto entre nosotros.
Muerte termina de desnudarme, luego me acerca a sus brazos.
Envuelve mis piernas alrededor de su cintura, encerrándonos en
este abrazo íntimo.
—Me has mostrado cómo los humanos tienen relaciones
sexuales —dice, llevándome con él mientras se levanta de la cama.
Sus alas negras se extienden ampliamente detrás de él—. Ahora es
el momento de mostrarte cómo lo hacen los ángeles.
Nada más hablar, salta hacia el aire. Sus alas batiendo a su
espalda, cada poderoso impulso nos eleva más y más alto en el frío
cielo nocturno. Me aferro a Thanatos, con mis brazos envueltos
alrededor de su cuello y mi mejilla pegada a la suya. El cabello
oscuro del jinete me hace cosquillas en la piel. No importa que
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Muerte haya volado conmigo en sus brazos antes, mi miedo sigue
aumentando. La tierra está muy abajo.
—Relájate —respira—, te tengo.
Lo intento, realmente lo intento, pero entonces los cielos
retumban a nuestro alrededor cuando llega una tormenta, y aprieto
mi agarre.
—Lazarus, te tengo —dice, pasando una mano por mi
espalda—. Lo juro.
De mala gana, aflojo mi agarre. Consigo incluso apartar la
cara cuando el cielo parpadea. Por un momento, esa calavera se
superpone sobre los rasgos de Thanatos. Luego desaparece.
—Tu cara... —me quedo sin palabras. Lo he visto varias
veces antes, pero nunca se vuelve menos inquietante.
—La vida y la muerte son amantes, Kismet —susurra,
moviendo mis caderas para alinearnos—. Somos amantes. Siempre
ha sido así. Siempre será así.
Con eso, Thanatos me penetra. Se me escapa un jadeo
mientras lo agarro con más fuerza. No hay nada a lo que aferrarse
más que a la Muerte misma, y es tan aterrador como estimulante.
Su polla me estira, ¿y alguna vez algo se sintió tan bien?
—Quiero oír tus gemidos, Kismet —suspira contra mi oído.
Cuando no respondo de inmediato, sus labios se posan sobre
uno de mis senos. Lo besa con fuerza, sus dientes rozando mi
pezón. Ahora sí que gimo, moviendo mis piernas un poco para
acoplarme mejor a él. Se introduce en mi una y otra vez mientras,
a su espalda, sus alas baten contra el viento. Guía frenéticamente
su polla adentro y afuera, adentro y afuera.
—Thanatos —gimo su nombre.
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—No hay nada mejor que estar enterrado en tu apretado calor
—dice. Besa la parte inferior de mi mandíbula—. Quiero llenarte
de mí y asegurarme de que nunca olvides que estuve aquí.
Acerco sus labios a los míos y le doy un beso, una de mis
manos se enreda en su cabello. El sexo de los ángeles es salvaje.
Una de las manos de Muerte se desliza entre la raja de mi trasero,
hasta que sus dedos tocan ese otro agujero. Rompiendo el beso, me
tenso en sus brazos. La acción hace que la polla de Thanatos se
mueva. Suelta un quejido de dolor.
—Relájate, Kismet. Puedes decirme que pare y lo haré.
Espera a que lo haga. Una parte de mí lo considera, pero otra
parte está demasiado curiosa para detener las cosas ahora. Cuando
no digo nada, uno de los dedos de Muerte presiona contra la entrada
de mi culo hasta que cede. Respiro profundamente, incluso cuando
la presión de alguna manera se enrosca dentro de mí. Cada estocada
suya se vuelve mucho más intensa.
—No puedo creer que esto haya sido idea tuya —digo.
En la oscuridad, puedo ver el brillo de los ojos del jinete
mientras observa mi expresión.
—La próxima vez, puede ser la tuya.
—Eres obsceno —respiro.
En respuesta, introduce más su dedo.
Jesús.
Me siento increíblemente llena así, y tenerlo penetrándome
desde ambos lados está haciendo que la sensación aumente
rápidamente ... y aaaahhh ...
—Thanatos ...
Es demasiado. Con un grito, me rompo y mi orgasmo explota
dentro de mí. Gime cuando me corro, y luego sus caderas bombean
febrilmente contra las mías. Momentos después, lo siento
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engrosarse dentro de mí. Muerte grita mi nombre cuando se corre,
con su polla golpeándome una y otra vez.
Nuestros clímax parecen durar una eternidad, pero
finalmente, siento que retira su dedo para poder abrazarme más
fuerte. Me quedo sin fuerzas en sus brazos, mi cuerpo tembloroso
y agotado. Lentamente, Thanatos nos vuelve a bajar al suelo,
aterrizando al pie de nuestra cama improvisada. Me tiende sobre
las sábanas antes de acurrucarse contra mi costado. El jinete me
mira y se me corta el aliento. Por un instante, un sentimiento
extraño me atraviesa, como si todo lo que creía entender fuera un
espejismo, y que la cortina que separa la vida de la muerte es tan
fina que puedo vislumbrar...
—Lazarus.
Mi mirada se centra en Thanatos. Las marcas de su piel brillan
como estrellas y parecen antiguas; él parece antiguo. Antiguo y de
otro mundo.
—Eres exquisita —dice. Se inclina hacia adelante y besa el
pulso en mi cuello, su cabello oscuro me hace cosquillas en la
piel—. Exquisita y problemática y curiosa y viva.
—Pensé que no te gustaba el hecho de que estaba viva.
Me da una sonrisa suave.
—Incluso los ángeles pueden equivocarse.
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Capítulo 55
Interestatal 10, Arizona
Agosto, año 27 de los Jinetes
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Nunca antes me había sentido así. Como si el mundo se
derrumbara a mi alrededor. Apenas puedo respirar. Otra flecha pasa
silbando y me roza el hombro. Grito, tratando de alcanzar la herida.
Eso me saca de mi angustia. Levántate, Lazarus.
Me obligo a ponerme de pie, con las manos y los antebrazos
resbaladizos por la sangre del jinete. Menos mal que decidí
ponerme una camisa grande y unos calzoncillos. No siempre lo
hago cuando me acuesto con Muerte.
—¡No le hagan daño a la mujer! —grita alguien.
Ahí es cuando realmente, me doy cuenta de los hombres que
se me acercan con las armas desenfundadas y apuntándome. Dejé
de llevar mis cuchillos porqué ¿qué necesidad había cuando ahora
me acuesto con mi enemigo? Él fue la única persona para la que los
guardaba. Solo que ahora, cuando veo esas oscuras figuras
desmantelando nuestro campamento, lo lamento. Puedo
escucharlos revisando nuestras cosas y silbando cuando encuentran
esto o aquello.
—¿La criatura está muerta? —dice una profunda voz
masculina.
—Será mejor que lo esté —responde otro.
—¡Agarren a la mujer! —ordenan.
Cambio mi peso, preparándome mientras observo esas
formas en la oscuridad. Puede que no tenga mis cuchillos, pero no
estoy del todo indefensa. El primer hombre que me alcanza me
agarra del brazo, pero tan pronto como toca mi piel, su mano cae y
un segundo después escucho el ruido sordo de su cuerpo golpeando
el suelo. Miro en su dirección confundida, pero luego otro hombre
se acerca a mí. Ataco, golpeándole con mi puño en su nariz.
—¡Hija de puta! —grita, su mano deslizándose de mí.
Otro intenta agarrarme por detrás y le meto el codo en el
estómago. Gruñe, tropezando. Me giro y me acerco a él. Puedo ver
la empuñadura de una hoja enfundada a su lado, y me lanzo
desesperadamente hacia ella. Mis dedos rozan la empuñadura
durante una fracción de segundo antes de que otro hombre me
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aborde desde un lado. Me estrello con fuerza contra el suelo, mis
dientes chocan mientras mi cabeza se golpea contra la tierra.
Todavía lucho. Es mejor luchar hasta la muerte que soportar
los planes que esta gente tiene guardados para mí. Mi atacante
agarra uno de mis brazos, pero luego se aleja de mí, flácido. No
tengo tiempo para preocuparme por él antes de que otro hombre se
arroje sobre mí y yo me agite de un lado a otro, tratando de
apartarlo de mí.
—Deja de pelear, perra —dice, acercando su rostro al mío.
Golpeo mi frente en su nariz tan fuerte como puedo,
sonriendo cuando escucho un crujido. Emite un sonido que está en
algún lugar entre un aullido y un gemido. No veo su puño moverse,
pero lo siento chocar contra mi cara. Mi cabeza se echa hacia atrás
y el dolor es tan intenso que me quita el aliento que necesito para
gritar. Antes de que pueda procesar ese golpe, su puño se conecta
con mi mejilla una y otra vez. Intento cubrirme la cara, pero es
inútil, ese puño sigue golpeándome.
—¡No la mates! ¡No la mates! —grita alguien.
El hombre no responde ni se detiene. No hasta que alguien
me lo quita de encima. Otro más me pone de pie. Me balanceo
mientras, a mi alrededor, la noche da paso a una oscuridad más
profunda, una en la que felizmente caigo.
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Delante de mí hay un camino de tierra que corta entre las
tiendas. A lo largo del sendero hay casi una docena de otras
mujeres, con las manos atadas a estacas de madera cercanas. Un
par de ellas están llorando, varias otras parecen catatónicas. El resto
tiene la mirada fija, pero todas lucen quemadas por el sol y
miserables.
La gente —en su mayoría hombres, según noto— se está
moviendo por este extraño puesto de avanzada. Llevan espadas,
arcos y carcajes, y tienen un aspecto cruel e intransigente. Miro mi
camisa demasiado grande que ahora está cubierta de suciedad y
salpicaduras de sangre. Mis últimos recuerdos vuelven a mí todos
a la vez. Los merodeadores atacaron nuestro campamento anoche.
Saquearon nuestras pertenencias, y Muerte... Muerte...
Hago un pequeño ruido al recordar que Thanatos recibió un
disparo. Se me cierra la garganta y algo que se parece mucho al
dolor brota de mi interior. Está bien, está bien, está bien, trato de
decirme a mí misma. Probablemente lo dieron por muerto, y es solo
cuestión de tiempo antes de que se despierte.
Pero el sol se está abriendo paso en el cielo y el aire de la
mañana ya está incómodamente caliente y Muerte ya debería estar
despierto, ¿no es así? A menos que lo tengan a él. A menos que lo
hayan estado torturando. Las náuseas me recorren, seguidas por la
ansiedad. Tengo que alejar el terror que siento por Thanatos. Es
una tontería temer por un jinete que no puede morir y que, de
hecho, está matando a miles de personas. Sin embargo, mi ansiedad
aumenta de todos modos, eclipsando mi propia situación
desesperada.
Otro pensamiento inquietante me viene a la cabeza: estas
personas pudieron acercarse a Muerte. Asumí que era fácil para
Thanatos matar, su misma existencia atrae a la gente a la muerte.
Es mantener vivos a los humanos con lo que lucha. Sin embargo,
cuando nos atacaron, él estaba despierto, al menos durante unos
segundos, y nadie había caído muerto. Eso debería haber
ocurrido… así es como siempre solía ocurrir. Era casi como si lo
que alguna vez fue natural para él, ahora tuviera una intención real.
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¿Por qué razón pasaría eso? ¿Y qué estaba haciendo Muerte
cuando atacaron? Porque si no lo supiera mejor, habría dicho que
el jinete se había quedado dormido a mi lado. Tiro de mis correas.
Ninguna de mis preguntas importa mucho en este momento. No
cuando estoy atada y prisionera. Mi cabeza todavía palpita, mi
garganta está reseca, y mi piel está tirante, como si hubiera estado
sentada al sol durante demasiado tiempo, lo que probablemente ha
sido así. Al menos tengo ropa puesta. Quiero decir, realmente
podría haber sido peor. Mis ojos vuelven a las mujeres, que están
atadas y ensangrentadas.
—¿Dónde estamos? —Mi voz sale como un graznido, y tengo
que aclararme la garganta mientras mi mirada se mueve de cara a
cara.
Ninguna de ellas me mira. Pasan dos hombres, uno de ellos
observándonos lascivamente, como si hubiera algo inherentemente
sexual en las mujeres sucias y maltratadas.
Miro al hombre.
—¿Quiénes son esas personas?
—¿Quieres callarte? —susurra una mujer frente a mí. Sus
ojos se lanzan hacia el camino a un hombre que no había visto
antes.
Está sentado en una vieja silla plegable fuera de una tienda
cercana, con los brazos cruzados sobre una generosa tripa mientras
se inclina hacia atrás y charla con otro hombre. En su cadera hay
un látigo de aspecto perverso. Otra fusta está apoyada contra la
tienda detrás de él.
Jesús.
—Cynthia, sé amable —dice alguien más.
—¿Quieres que te vuelvan a azotar? —responde Cynthia con
un siseo—. Porque yo no.
Mi estómago se revuelve. ¿Redadas violentas a medianoche?
¿Bienes saqueados y mujeres retenidas como rehenes? ¿Todo en
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medio de un desierto desolado? He oído hablar de los salteadores
de caminos, pero esto es mucho más complejo y organizado.
—¿Qué planean hacer con nosotras? —digo suavemente.
Una mujer gime ante mi pregunta. Cynthia, que parece muy
cabreada, dice:
—Cállate.
—¡Oye! —el hombre corpulento de la silla ladra. Su asiento
rechina cuando se pone de pie un momento después, su mano se
mueve hacia su látigo.
Tiene un rostro suave, pero hay algo en sus ojos que me hace
pensar que disfruta lastimando a las mujeres. El hombre se acerca
tranquilamente, mirando a Cynthia antes de que su mirada se pose
en mí. Me mira de arriba abajo, luego, sin decir palabra, vuelve por
donde vino. Todas lo vemos irse. Pasa por delante de su silla, baja
por la hilera de tiendas de campaña, hasta que desaparece de la
vista. Una vez que se ha ido, todo el grupo de mujeres parece
relajarse.
—Ya podemos hablar —dice la mujer a mi lado. Tiene el pelo
manchado de suciedad y los ojos verdes intensos.
—Sí, ahora que todas vamos a ser apaleadas —murmura
Cynthia, lanzándome otra mirada.
Una de las mujeres al otro lado del camino pregunta:
—Querías saber qué es este lugar, ¿verdad?
Asiento con cautela. Respira hondo y dice:
—Estos tipos son parte del Sixty-Six.
Cuando mi expresión no cambia, la mujer exhala.
—Son un grupo de forajidos que patrullan las carreteras en
esta parte del país.
—¿Por qué nadie los ha detenido? —cuestiono.
Nadie dice nada, y tengo la impresión de que nadie sabe
realmente por qué se ha permitido que exista un crimen organizado
- 395 -
como este. Es bastante fácil imaginar que este rincón del país, en
su mayoría desierto, es demasiado remoto para vigilarlo bien.
—¿Atacaron todos vuestros campamentos? —pregunto,
moviéndome un poco para aliviar la presión en la parte superior de
mis brazos y hombros.
La pregunta hace que otra mujer gima. El resto del grupo está
callado. Finalmente, Cynthia dice:
—Sí. O, en el caso de Morgan —asiente a la mujer de cabello
castaño sentada a su lado—, fue un soborno que salió mal.
Claramente, hay más en todo esto. Y el hecho de que
conozcan los nombres de las demás...
—¿Cuánto tiempo llevan aquí? —pregunto.
—Él ya vuelve —sisea Cynthia, interrumpiéndome—.
Cállense todas. —Ella me da una mirada significativa.
La miro con los ojos entrecerrados, pero me vuelvo hacia el
hombre del látigo. Junto a él hay otro hombre con sombrero de
vaquero. Los dos no se detienen hasta que están justo delante de
mí. El hombre que lleva el sombrero se agacha frente a mí.
—Buenos días, cariño —dice. Mientras habla, veo un diente
delantero plateado—. Hemos estado esperando a que despertaras.
Lo miro. Quienquiera que sea este hombre, tuvo algo que ver
con la muerte de Thanatos y mi captura.
—¿Por qué no empezamos con lo fácil? Soy Shane —dice.
Solo sigo mirándolo. Las mujeres a mi alrededor guardan un
silencio inquietante, aunque puedo escuchar a una de ellas
emitiendo suaves ruiditos, como si estuviera tratando de dejar de
llorar. Cuando el silencio se prolonga por mucho tiempo, Shane me
lanza una sonrisa fácil, mostrando ese diente plateado.
—No seas grosera —dice— Presentarte.
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Bueno, ahora que sé que los modales significan tanto para él...
Le escupo a la cara. Es rápido, lo reconozco. No veo que su mano
se mueva antes de que su parte posterior se conecte con mi mejilla.
Plafff.
Mi cabeza gira hacia un lado, la piel me palpita. Mi cabeza
que ya latía parece como si fuera a explotar por el dolor y la
presión.
—Aquí no dejamos que nuestros coños intervengan —dice
dándome conversación—. A menos, por supuesto, que sea el tipo
de cosas que nos gustan.
El hombre detrás de él se ríe. Aprieto mi mandíbula mientras
miro a ambos, con la mejilla en llamas.
—Entonces, dime —continúa, entrecerrando los ojos
mientras me evalúa— ¿cómo es que una mujer como tú llega a estar
con un jinete del apocalipsis?
¿Sabe quién es Thanatos?
Shane debe ver algo en mi cara porque dice:
—Yo mismo no lo hubiera creído si no hubiera visto esas alas
con mis propios ojos.
Mi pulso palpita entre mis oídos. ¿Qué han hecho estas
personas con mi jinete?
—Pero eso todavía no responde a mi pregunta —continúa
Shane.
Le doy una sonrisa poco amistosa.
—Puedes morirte con la duda.
Plaff. Mi cabeza gira hacia un lado cuando me pega de nuevo.
Tengo que contener un grito.
—¿Sabes cuántos hombres hicieron falta para atarte? —Lo
miro pasivamente. Se inclina con complicidad—. Cinco. —El
niega con la cabeza—. Desperdicié a cinco buenos hombres para
capturarte.
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Me toma un momento darme cuenta de que quiere decir que
cinco hombres murieron en su intento de secuestrarme. Recuerdo
cómo anoche algunos de mis atacantes se habían caído justo
después de que me agarraran por los antebrazos... antebrazos que
estaban cubiertos de la sangre del jinete. Mis ojos se abren. Incluso
la sangre de la Muerte es letal.
—Entonces —continúa Shane—, responderás a mis
preguntas, comenzando por cómo puedes tocar a esa criatura y
vivir.
Sus ojos me miran de nuevo, y puedo verlo preguntarse,
¿quién eres tú? Ya sé que no me veo particularmente especial.
Levanto un hombro en respuesta a su pregunta.
—No sé cómo, ni por qué. Simplemente puedo.
—¿Está realmente muerto? —Shane presiona.
—¿Quién? —pregunto—. ¿Tus hombres? Sí, realmente están
jodidamente...
Plaff.
Esta bofetada es más ligera que las otras, pero todavía siento
el sabor de la sangre en la boca mientras mis dientes me cortan la
mejilla.
—No te hagas la tonta, niña —dice Shane—. El jinete. ¿Está
muerto?
Le frunzo el ceño.
—Por supuesto que está muerto —respondo con
vehemencia—. Tenía una flecha en la cara.
—Una flecha que luego salió por sí sola —dice, mirándome
con atención.
Intento no reaccionar, aunque me siento alarmada.
—Él puede regenerarse ¿no? —presiona Shane.
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A nuestro alrededor, el hombre corpulento y las mujeres
cautivas se han quedado en silencio, escuchando nuestra
conversación.
—Hasta que me desates, no te diré una maldita...
¡Crack!
Grito cuando el hombre me da un revés con todo su peso, el
golpe me hace girar la cabeza hacia un lado. Tengo que apretar los
dientes mientras aguanto el dolor punzante. La piel alrededor de mi
ojo está comenzando a hincharse, y los latidos en mi cabeza me
están mareando.
—No estás en posición de hacer demandas, cariño —dice
Shane—. Ahora, puedes cooperar, o puedo hacer que cooperes. La
decisión es tuya.
Levanto mis ojos hacia los suyos, dejándolo ver cuán poco
miedo hay en mi cara. Entonces, sin querer, esbozo una sonrisa y
se me escapa una risita. A nuestro alrededor, hay un silencio impío.
—¿De verdad crees que me asustas? —digo—. He visto caer
ciudades enteras y morir a todos los que amo. Me han herido más
veces de las que puedo contar, y me he visto obligada a vivir a pesar
de todo. Conocí al diablo y realmente es un ángel caído. Así que
vete a la mierda, tus amenazas no me asustan...
Shane me golpea en la cara con el puño y me desmayo.
Cuando me despierto de nuevo, me han desatado del poste,
aunque todavía tengo las manos atadas a la espalda. Dos hombres
me agarran por la parte superior de los brazos y me empujan hacia
adelante, arrastrando los pies contra el suelo. Mi cabello suelto
cuelga alrededor de mi cabeza, y puedo ver gotas de sangre
goteando de mi dolorida nariz hacia la tierra. Gimoteo. No es el
peor dolor que he soportado, pero todavía duele como el infierno.
—¡Shane! ¡Shane! —un hombre grita a lo lejos.
Levanto un poco la cabeza solo para ver de qué se trata todo
este revuelo. Un hombre de veintitantos está empujando a la gente
fuera de su camino mientras corre hacia nosotros, sus ojos fijos en
- 399 -
el hombre frente a mí, Shane, presumiblemente. El corredor se
detiene, el sudor le baña la frente mientras trata de recuperar el
aliento.
—Shane —dice, respirando profundamente—, se ha ido.
Me quedo quieta, concentrándome en la conversación.
Delante de mí, Shane se detiene, al igual que los hombres que me
sujetan.
—¿Qué quieres decir con que se ha ido? —pregunta Shane.
Puedo escuchar la violencia acumulada en su voz.
—El jinete —dice el hombre, sin aliento—. Su jaula estaba
vacía.
Entonces la tierra tiembla. Solo un poco. Algunos guijarros
se deslizan y algunas personas cercanas miran a su alrededor.
Shane se acerca al mensajero, con voz baja:
—Entonces, ¿dónde ... carajo ... está ...
De repente, el suelo se estremece. Shane se tensa y el hombre
frente a él tropieza. Hay una pausa momentánea en la que la tierra
parece volver a asentarse, pero luego comienza a temblar
violentamente. Las tiendas se balancean, algunas de ellas incluso
se caen. Más adelante, escucho a la gente gritar y alejarse corriendo
del lugar donde el suelo se está hinchando. El montículo crece más
y más hasta que, de repente, se abre. De él, sale una mano seca.
Ahora los gritos se convierten en alaridos y la gente huye de
la criatura no-muerta que se levanta del suelo. Mientras me
arrodillo, sonrío. Thanatos finalmente está despierto. Y se está
vengando.
- 400 -
Capítulo 56
- 402 -
Avanza a grandes zancadas y el círculo de aparecidos se
aparta para dejarlo pasar. Me toma en sus brazos. Sus manos se
deslizan por mi espalda y por mis correas.
—¿Qué es esto? —Mientras pregunta, las destroza.
Colapso contra él, mi cuerpo se siente deshuesado. Muerte se
aleja lo suficiente como para mirarme a la cara. Sus ojos se detienen
sobre el mío hinchado y mi mejilla. Por un instante, hay odio en su
mirada, y podría ser mi imaginación, pero juro que los gritos a
nuestro alrededor aumentan. Extiende la mano, acariciando
suavemente mi carne herida.
—Lo siento, Lazarus, lo siento mucho.
Bajo su contacto, siento que el calor se extiende por debajo
de mi piel. Mi carne se estremece cuando el dolor en mi rostro
disminuye. Me inclino hacia su mano.
—No hay nada de qué disculparse. —Fuimos emboscados en
medio de la noche. Él fue una víctima tanto como yo.
—Debería haber estado en guardia —insiste—. No debí…
haberme ... —quedado dormido. Parece que no le sale esa última
parte.
Un grito agudo y femenino aleja mi atención del jinete. A
nuestro alrededor, el resto del campamento sigue siendo
masacrado. Las mujeres. Se me corta el aliento. Mierda. Me vuelvo
hacia Thanatos.
—Por favor, detén a tus aparecidos.
Su mandíbula se endurece.
—¿Por qué?
—Por favor, hazlo.
De repente, los muertos caen al suelo. Me estremezco y
exhalo un suspiro.
—Gracias —le digo.
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Me escapo del abrazo de Muerte y me apresuro a bajar por el
camino.
—¡Lazarus!
Thanatos me llama, pero no me detengo y no respondo.
¿Dónde están? ¿Dónde están?
Cada centímetro de este lugar se ve igual, solo carpas y
caminos de tierra y más carpas, y estoy desorientada por todo esto.
Me resbalo en un charco de sangre y casi me caigo antes de
enderezarme y seguir corriendo.
—¡Cynthia! —grito—. ¡Morgan!
El resto del campamento está en silencio. Demasiado
silencioso. Yo corro y corro y corro. Finalmente, encuentro a las
mujeres. Es demasiado tarde. Todavía están atadas a sus puestos,
Cynthia, Morgan y tantas otras, sus cuerpos desplomados, sus ojos
sin vida, abiertos.
De repente, mis rodillas ceden. Dejo escapar un grito de
frustración, con lágrimas en los ojos. Se merecían algo mejor.
Mucho mejor. Escucho el golpe de las alas de Muerte de nuevo,
pero para lo único que tengo ojos en este momento son estas
mujeres. Respiro con dificultad mientras se asienta el último polvo
a mi alrededor, el silencio es casi doloroso. Cuando le pedí a
Muerte que detuviera a sus aparecidos, no solo hizo eso. También
mató a los últimos vivos.
—Lazarus, ¿qué haces aquí? —pregunta, acercándose a mí—
. ¿Estás llorando?
Suena conmocionado por lo que ve, como si pensar en mí
llorando por alguien en este campamento fuera absurdo. ¿Y cómo
sabría la Muerte que estas mujeres no eran las malas? Todavía hay
muchas cosas sobre nosotros, los humanos, que él no comprende.
Las lágrimas caen de mis ojos.
—Estas otras mujeres, fueron víctimas, al igual que nosotros
—digo. Thanatos mira a las mujeres en cuestión.
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—Y eso te importa —dice. No es una pregunta y, sin
embargo, hay confusión. Eran desconocidas hace solo un día.
—No merecían morir.
—Kismet, todos merecen morir, no solo ese hombre
abominable que maté hace solo unos minutos.
Se arrodilla frente a mí y extiende la mano, acariciando la piel
que acaba de curar.
—Vivir es morir —añade—. Ese fue el acuerdo que hiciste
cuando viniste a este mundo. No puedes tener una cosa sin la otra.
—Muerte se alza—. Toda tu vida, todo tu sufrimiento, toda tu
pérdida, todo fue por esto. —Hace un gesto a los muertos que nos
rodean, con las alas extendidas—. Todos ustedes han estado
corriendo hacia mí toda su vida.
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Capítulo 57
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cuando nos lanzan otra ronda de flechas, y luego se desvían
rápidamente de su curso, escucho un ruido ahogado proveniente de
uno de los hombres en el techo. Miro hacia arriba justo a tiempo
para ver a nuestro negociador, el hombre que había huido al
almacén, tambalearse cerca del borde del techo. Se agarra la
garganta, luego se derrumba y desaparece de la vista.
—¡Vince! —grita una mujer cerca de él.
Otro más grita:
—¡Levanta el culo, hombre!
Vince, sin embargo, no se levanta. Dos arqueros abandonan
sus puestos para vigilar al hombre caído, mientras los demás siguen
disparando flechas y Muerte sigue desviándolas de su curso.
Estamos casi en el almacén cuando escucho que la gente que está
encima de mí, comienza a gritar.
—¡Espera, espera, espera!
—¿Qué demonios, Vince?
No puedo decir qué está pasando, no hasta que dos personas
se mueven hasta el borde del techo. Uno de ellos, nuestro ex
negociador, tiene la mano envuelta alrededor del cuello de otro
hombre. Ahora sé lo que le pasó a Vince.
—¡Vince, deja ir a Roy!
Pero Vince ya no es Vince.
Roy araña la mano de Vince donde agarra su garganta, y los
otros están tratando de separarlos, pero entonces, en medio del
caos, otro hombre parece tropezar y ahogarse, luego desaparece de
la vista. Un momento después, él también se levanta. Thanatos
detiene nuestro caballo y observa todo esto con calma desde donde
está sentado detrás de mí.
—Thanatos —digo.
—Ah, me encanta cuando dices mi nombre así —responde.
Esta vez, sin embargo, estoy escandalizada por una razón
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completamente diferente, una que no tiene nada que ver con el
sexo.
—Detén esto —digo.
—Las vidas violentas conducen a muertes violentas, Kismet.
Este es el diezmo que les obligaré a pagar.
Supuse que estar conmigo estaba haciendo que Thanatos se
ablandara hacia los humanos, pero después de la última
demostración de poder de la Muerte y ahora esto, ya no estoy
segura. Creo que tal vez, en cambio, lo he hecho humano de la peor
manera. Cojo su mano y la aprieto con fuerza.
—Por favor.
Mi súplica cae en oídos sordos. Todos tardan otro minuto en
morir, y es terrible, muy, muy terrible. Puedo escuchar sus gritos y
solo puedo imaginar su terror confuso cuando sus antiguos amigos,
los matan. Es una especie de traición sin sentido. Una vez que
muere cada uno de ellos, y ese silencio se extiende, ese silencio
punzante y discordante. Todo lo que puedo oír es mi propia
respiración entrecortada.
—Podrías haberlos matado a todos a la vez —digo. A pesar
de que nos extorsionaron y amenazaron y probablemente nos
hubieran lastimado, todavía estoy desconcertada por el poder cruel
de Muerte.
—Podría haberlo hecho —asiente el jinete.
Chasquea la lengua, y aparentemente eso es todo lo que tiene
que decir al respecto.
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Capítulo 58
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—Eso me tomaría vidas, Lazarus —dice en voz baja—. Creo
que quieres una respuesta más corta que esa.
Es tan literal.
—Háblame de los más famosos: has conocido a todos, ¿no es
así? —digo—. George Washington, Cleopatra y Marco Antonio ,
Genghis Khan... —Podría continuar.
—Por un momento, y nada más —dice.
—¿Cómo es?, ¿Cómo eran?
—Las almas son diferentes cuando se separan de su carne.
Quieres su humanidad, no puedo darte eso mejor que tus propias
historias escritas, aunque te diré esto: George Washington estaba
en paz cuando vine por él, Marco Antonio y Cleopatra lloraron por
las vidas que dejaron atrás, y Genghis Khan estaba tristemente
satisfecho con su final. Y esas personas que encontramos allá atrás
—hace un gesto detrás de nosotros—, lo que la mayoría de ellos
sintieron fue conmoción. Tuvieron problemas para procesar el
hecho de que estaban muertos.
Estoy fascinada con esto: poder escuchar los pensamientos de
las personas que murieron. Mi mente divaga hacia mi propia
familia. Naturalmente, el dolor brota, como siempre. Pero es un
regalo extraño escuchar que sus personalidades continúan, incluso
después de la muerte.
—Entonces —digo—, mis hermanos y hermanas, mi mamá y
mis sobrinas y sobrinos...
—Estuvieron confundidos por un momento porque sus
muertes se produjeron sin previo aviso ni dolor. Después de eso,
hubo paz.
Obligo a reprimir la repentina oleada de emoción.
—¿Cómo es tomar almas? —pregunto, alejando el tema de
mi familia.
Muerte se vuelve realmente silencioso, y durante varios
minutos, todo lo que escucho es el repiqueteo de los cascos del
caballo.
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—Parpadeo y han pasado años —dice finalmente—. El
hombre que tomé hace solo un momento se ha convertido en polvo.
Los caminos del pueblo que acabo de visitar han cambiado. La
rueda del tiempo gira una y otra vez, más rápido de lo que incluso
yo, puedo entender.
—¿Todavía te sientes así, incluso ahora? —pregunto.
Hay otra pausa larga.
—No —reconoce—. Ser humano me ha hecho experimentar
el tiempo de manera muy diferente. —Después de un momento,
agrega—: Solía odiarlo. Cada minuto parecía como una eternidad,
y lo único que acentuaba la monotonía de mi existencia era el
repiqueteo de los cascos de mi caballo. Pensé que me volvería loco.
Pero entonces —dice, su mano encuentra el borde de mi camisa.
Sus dedos rozan mi piel debajo—, las cosas cambiaron una vez que
te encontré. Ahora, estoy absurdamente agradecido cuando el sol
se toma su tiempo para ponerse o salir. He llegado a saborearlo
como lo hago con tu piel, Kismet. Cada minuto que se prolonga es
uno más contigo, y no puedo imaginar que la vida vuelva a ser
como antes.
Mi garganta se cierra. Nadie me ha hablado nunca de esta
manera, como si el mundo girara solo porque yo estoy en él, y eso
me deja sin aliento. Apenas puedo procesar que Muerte se sienta
de ese modo, y que yo reaccione así a él. Esto sería mucho más
fácil si Thanatos no fuera también responsable de todo mi dolor.
Aprieto mis labios, y aunque mis pensamientos se aceleran, no digo
nada en absoluto, y los dos nos quedamos cabalgando en silencio.
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Capítulo 59
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—¿Por qué sigue siendo inmortal? —pregunto. He escuchado
lo suficiente de la historia para saber que quería renunciar a su
propósito y su inmortalidad. Y ha demostrado que quiere detener a
Muerte tanto como lo hacen Guerra y Peste.
—Mi hermano trató de dejar de lado su tarea por sus propias
razones personales —dice Thanatos con gravedad—. No tuvo nada
que ver con la humanidad, la cual todavía quiere aniquilar.
Sin embargo. ¿Lo hace? He sido testigo suficiente de la ira y
el resentimiento de Hambre para creerle a Muerte, pero luego, vi la
forma descuidada en que miraba a mi hijo, y sé que hay más en ese
jinete espinoso. Creo que Muerte también lo sabe.
Arrugo la frente.
—Pero si Hambre creía que renunciar a su mortalidad por un
solo humano valía la pena de todos modos, ¿no debería eso seguir
contando?
Eso dice mucho sobre el poder del amor. ¿Es egoísta entonces
elegir eso en lugar de la destrucción? Muerte no responde, pero no
creo que sea porque esté reconsiderándolo. Cabalgamos el resto del
día en silencio.
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Capítulo 60
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Ben en mis brazos nuevamente, la hermosa y espantosa humanidad
seguirá disminuyendo.
Y hay otro pensamiento igualmente espantoso que no había
considerado hasta ahora. Llevar a Muerte a la puerta de los jinetes
significa exponer a Thanatos a las esposas e hijos de los otros
jinetes. Y luego está el hecho de que los jinetes vuelvan a por mí y
por Muerte. Ese había sido su límite de tiempo. Si nos encuentran
antes de que convenza a Muerte de que abandone su tarea...
Estamos todos jodidos.
Mi pánico aumenta, comienzo a calcular el tiempo que
Muerte y yo podríamos tener hasta que nos encontremos con dichos
jinetes. Solo sirve para asustarme. Nos hemos movido despacio y
nos hemos demorado durante días en nuestras paradas para
descansar. En ese tiempo, los hermanos de Muerte seguramente ya
dejaron a Ben, tal vez eso fue hace mucho tiempo. No sé cuánto
tiempo nos queda antes de que se acerquen a nosotros.
¿Por qué no consideré esto antes?
No habría importado, dice una pequeña voz en mi cabeza. El
tiempo habría pasado de todos modos. Respiro profundamente
varias veces para calmar mi corazón acelerado. Todavía hay tiempo
para cambiar la opinión de Thanatos. Solo tiene que elegirme para
su tarea. Tiene que elegirme.
Mi respiración se acelera. A mi espalda, la mano del jinete se
mueve hacia mi cabello, acariciándolo suavemente.
—Estoy contigo, Lazarus. Es solo un sueño. Pasará —dice,
sin saber que estoy despierta.
Tengo que morderme el labio. Aquí está, consolándome por
un mal sueño en medio de la noche. Y parece que ya lo había hecho
antes: me murmuraba cosas dulces cuando estaba inquieta. Me
alegro de que no pueda verme, este hombre que permanece
despierto a mi lado durante horas solo para estar cerca. Este hombre
con el que he luchado y al que he matado muchas veces y que me
ha hecho daño a cambio. Este hombre que, a pesar de todo, me ha
elegido una y otra vez.
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No hay nadie como nosotros.
Incluso ahora, cuando pienso en él, puedo sentir esa luz
dentro de mí. Acepté montar con el jinete y acepté acostarme con
él. Pero nunca me he dado permiso para amarlo. Tenía tanto miedo
de lo que significaría darle mi corazón si al final decidiera matarnos
a todos. Pero si realmente me rindo a la esperanza de que el mundo
no se acabe, de verdad, no pierdo nada.
Así que mientras estoy tumbada en el desierto, con nuestro
séquito de muertos vivientes a nuestro alrededor, dejo caer el
último muro alrededor de mi corazón.
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Continúa mirándome y, mierda, realmente está esperando un
chiste.
—Um...
Tratando de no pensar en la enorme polla dentro de mí. Me
viene a la mente un viejo chiste que me contó mi hermana Juniper
cuando era niña. No puedo creer que esté haciendo esto.
—¿Qué debe hacer un pájaro enfermo?
Las cejas de Thanatos se juntan.
—No entiendo...
—Conseguir un tweet-miento1
Me mira fijamente y no hay nada en su expresión. Ni siquiera la
más mínima chispa de comprensión. Y todavía tengo una polla
gigante e inmóvil dentro de mí.
—Sabes —le digo, dispuesta a ayudarlo a entender—, porque
los pájaros pian…
—Eso en realidad no puede ser un chiste —dice Muerte con
incredulidad.
—El humor es un desperdicio en ti —respondo, moviéndome
un poco porque su polla todavía está dentro de mí y se supone que
debemos tener sexo sin debatir la calidad de un chiste que me han
pedido durante el coito.
—No necesito ser mundano para saber que fue un chiste
terrible —insiste.
Quiero decir, si me hubiera preguntado en otro momento, tal
vez hubiera tenido mejor material. Levanto los brazos en un gesto
de: qué quieres que te diga.
—No soy comediante.
—Sí, Lazarus, lo has dejado muy claro.
1
¹Lazarus está hablando de la acción de “piar” de los pájaros, está tratando de hacer una broma sobre que
el pájaro necesita ser curado mezclando la palabra “tratamiento” con el sonido que hacen. En inglés
tratamiento es “treatment” que suena muy parecido a “tweemet”.
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Recojo un puñado de tierra y se lo tiro, sin importarme que
gran parte de ella también llueve sobre mí. Thanatos deja escapar
una carcajada estruendosa, que transforma su rostro normalmente
sombrío. Siento que me derrito mientras lo miro. Él nota el cambio
en mí, porque la risa muere en su rostro.
—¿Qué pasa, Kismet?
Niego con la cabeza.
—Me encanta la forma en que te ríes —le digo con fervor.
Sigo derritiéndome ...
Toda la alegría ha dejado los rasgos del jinete, pero en su
lugar hay una intensidad abrasadora. En lugar de responder, Muerte
me besa con fuerza, sus caderas comienzan a clavarse en mí una
vez más. Una y otra vez empuja, su ritmo se acelera y se profundiza
hasta que estoy jadeando contra él.
Entre nosotros dos, Muerte puede haber comenzado como un
novato, pero definitivamente se ha convertido en un maestro.
Ese es el último pensamiento que tengo antes de que un
enorme orgasmo me ciegue. Clavo los dedos en su espalda,
aferrándome a él mientras ola tras ola de placer me atraviesa. Con
un gemido, Muerte encuentra su propia liberación, sus caderas
chocan contra mí una y otra vez. Una vez que ambos terminamos
completamente agotados, me toma en sus brazos.
—Esta es la magia más potente, Kismet —dice, buscando mi
mirada—. Cuando estoy contigo, cuando estoy dentro de ti, me
siento vivo.
Mis fosas nasales se ensanchan, y tengo que presionar mis
labios para evitar decirle algo dulce y dolorosamente sincero.
Thanatos se da cuenta de eso.
—¿Qué pasa, Lazarus?
Niego con la cabeza. Anoche me di permiso para amar al
jinete; eso no significa que esté lista para expresarle esos
sentimientos, no cuando los acabo de aceptar. Entonces, en lugar
- 420 -
de eso, dirijo mi atención a su pecho. Extendiendo la mano, trazo
sus brillantes tatuajes.
—¿Qué dice esta línea? —le pregunto, moviendo mi dedo
sobre una línea de símbolos que se curva por su pecho y abdomen.
Muerte me observa durante un largo momento, claramente
reacio a cambiar de tema. El hombre debe sentir lo cerca que está
de romperme. Su atención se concentra en su pecho.
—Petav paka harav epradiva arawaav uvawa, tutipsiu epraip
ratarfaraip uvawa. Uje vip sia revavip yayev uwa petawiev
vivafawotu. Annu sia tuvittufawitiva orapov
rewuvawa.
Siento escalofríos cuando las palabras se propagan a través
de mí, y puedo sentir el poder recogido en ellas.
—Soy la muerte —traduce— un final para todos los
comienzos, un comienzo para todos los finales. Yo soy el que puede
recoger a los vivos y resucitar a los muertos. El que puede
resucitar almas.
Mis ojos se posan en su estómago, mi dedo se desliza por la
línea del texto. Hay mucho más escrito en su carne.
—¿Alguna vez me vas a decir el resto de lo que significan tus
tatuajes? —pregunto suavemente.
Hay una pausa larga y pesada mientras la mirada de la Muerte
se mueve sobre mi rostro.
—Algún día lo haré —promete.
—¿Por qué esperar? —pregunto. No sé cómo, incluso con
todos mis esfuerzos, todavía hay tantas cosas sobre este hombre
que no sé.
Toma mi mano y se la lleva a los labios.
—Ahora no es el momento.
—¿Cuándo será el momento? —le pregunto, mirando su
boca.
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—La verdad, Laz, no estoy seguro —dice, soltando mi
mano—. Pero lo sabré cuando nos llegue.
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Capítulo 61
- 424 -
—¿Crees que entiendes mis poderes mejor que yo? —dice
Muerte acaloradamente—. ¿Crees que estoy tan cegado por mi
propósito que no puedo ver la verdad por lo que es? —Sus
fosas nasales se dilatan—. Hay una razón por la que la vida
comienza con el nacimiento y no con la resurrección. Esto no es un
milagro. —promete.
No le creo, creo que está cegado por su propósito.
—Por favor —ruego, aunque es inútil.
El hombre que no perdona a una sola ciudad definitivamente
no traerá a nadie de entre los muertos. Siento que mi esperanza se
hace añicos, pero no voy a dejar pasar esto. No lo haré. El jinete
me mira fijamente durante un largo rato.
—Bien —gruñe.
Abro la boca, lista para discutir… ¿Bien? ¿Significa esto que
lo va a hacer?
—¿De verdad? —sale como un susurro ronco.
Muerte parece tan indignado como nunca lo he visto antes.
Indignado, pero resuelto.
—Te mostraré la inutilidad de lo que pides —dice
sombríamente.
Cierro la boca, mi pulso palpita tan rápido que me siento
vagamente enferma. Él lo va a hacer.
—¿A quién te gustaría que trajera de vuelta? —exige, el
mismo brillo de enfado en sus ojos.
Mis labios se abren mientras nos miramos el uno al otro. Hay
tanta gente a la que podría elegir. Mis amigos, mis vecinos, mis
padres biológicos, mis hermanos. Pero al final, elijo a la única
persona que me salvó. Es mi turno de salvarla.
—Jill Gaumond, mi madre.
- 425 -
Capítulo 62
- 426 -
El pecho de mi madre se eleva mientras toma una respiración
profunda, y sus ojos se abren.
—Mamá. —Mi voz se quiebra, y la ayudo a sentarse, lo
último de la suciedad resbalando de su cuerpo mientras lo hago.
Probablemente debería darle un segundo, pero con solo ver
sus ojos parpadear y su cuerpo moverse, viéndola viva, no puedo
evitar hacer lo único que quería hacer desde que la perdí. La abrazo
con fuerza.
—Te quiero —le susurro. Apenas consigo pronunciar las
palabras antes de empezar a llorar—. He estado tan perdida sin ti.
Tan, tan perdida.
Toda mi fuerza se derrumba; sólo soy una niña que necesita
a su madre. Siento la ligera, casi confusa presión de sus dedos
contra mi brazo. Luego, junto a mi oreja, mi madre deja escapar un
gemido. El sonido me pone los pelos de punta. Se convierte en un
quejido.
—¿Qu-qué es esto? —susurra.
Me aparto a tiempo para verla mirándose los brazos y las
manos con ojos asustados. Un sonido agudo sube por su garganta.
—¿Qué está pasando? ¿Por qué estoy aquí? —Ella alcanza su
cabello, luego tira de él, como si estuviera considerando
arrancárselo.
—Mamá —le digo, mirando frenéticamente a Muerte, pero él
está rígido a un lado.
—Mamá —digo de nuevo. Agarro sus manos y las aprieto
con fuerza—. Soy yo, tu hija. —, le digo a Thanatos —: ¿Puedes
traerle una manta?
Sin responder, gira sobre sus talones y se dirige hacia su
caballo. Los ojos asustados y salvajes de mi madre se enfocan en
mí. Ella toma aire.
—Lazarus.
- 427 -
Aprieto mis labios para contener otro sollozo, y luego asiento
con la cabeza, incluso mientras las lágrimas se deslizan por mi
rostro.
—¿Qué está pasando…? —Sus palabras se convierten en otro
gemido y los ojos de mi madre se desenfocan. Ella los cierra,
sacudiendo la cabeza mientras comienza a balancearse hacia
adelante y hacia atrás.
—Mamá, mamá.
Estoy tratando de no entrar en pánico, pero siento que mi
ansiedad aumenta. Ella parece tan angustiada.
—Está bien. Estoy aquí. —Prácticamente me ahogo con las
palabras.
Solo así, me obligo a reunir mis fuerzas una vez más. Detrás
de mí, puedo escuchar las botas de Muerte crujiendo sobre los
arbustos resecos mientras se dirige hacia nosotras. Sin decir
palabra, se acerca a mi lado y me entrega una manta.
—Gracias —murmuro, sacudiéndola y envolviéndola
alrededor de los hombros de mi madre.
Ella no parece darse cuenta. Todavía se está balanceando
hacia adelante y hacia atrás, con la mirada distante y angustiada.
Mientras la observo, se lleva una mano a la cara y comienza a
sollozar. Mi corazón se desploma, sintiéndome indefensa y
aterrorizada. Busco por encima del hombro a Muerte.
—¿Por qué está actuando así? —pregunto, mi voz entrando
en pánico.
—Ya te dije por qué —dice Muerte, con la mandíbula
apretada y los ojos duros—. Tu madre no pertenece aquí. Ella lo
sabe, yo lo sé. Solo tú, Lazarus, no lo entiendes, no puedes aceptar
que los muertos no quieran volver a la vida.
Sus palabras son como una bofetada. Me vuelvo hacia mi
madre y le pongo una mano en la espalda.
—Mamá. Mamá —digo—. Estas, viva.
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—No —gime de nuevo, sacudiendo la cabeza y cerrando los
ojos como si pudiera ocultar la verdad. La miro, horrorizada, algo
enfermo revolviéndose en mi estómago.
—La Muerte te trajo de regreso. Te quitó la vida injustamente
—digo.
Ella comienza a reír, y creo que la he perdido por completo,
pero luego abre los ojos y me miran con agudeza.
—Lazarus Gaumond, mi amada hija, qué vergüenza que
hagas esto.
Por un momento, no reacciono a sus palabras. Simplemente
no puedo. Una vez más soy esa niña perdida y confundida, con el
corazón roto.
—Ahora escúchame —dice sonando como antes.
Me duele el pecho, me duele muchísimo, porque esta es mi
madre. No la criatura que lloraba, que he sostenido antes en mis
brazos, sino a esta mujer vivaz, que no aceptaba tonterías. Y
claramente esta situación ha ido de un lado a otro, pero solo ayer
hubiera dado cualquier cosa por escucharla regañarme. Y ahora lo
entiendo.
—Lo que sea que hayas hecho para traerme aquí, deshazlo.
—Sus ojos se mueven hacia la Muerte—. Deshazlo —le repite.
Ella se queda inmóvil. Se vuelve hacia mí, su cuerpo
temblando como en estado de shock.
—No quiero estar aquí, Laz. Viví, amé y morí —dice con
cuidado—. Y no puedes cambiar las reglas.
Respiro profundamente y mis lágrimas, que en realidad nunca
se han detenido, están saliendo más rápido ahora. Extiende la
mano, sin importarle que la manta se le haya caído de los hombros,
exponiéndola una vez más. Toma mi cara.
—Te quiero, Lazarus. Eres fuerte y valiente y sé que has
soportado mucho más de lo que se te debería pedir. Me haces sentir
orgullosa. Pero ahora mismo bebé, tienes que dejarme ir.
- 429 -
—Mamá —protesto.
—Mi hora ha llegado y se ha ido. Déjame ir, mi dulce niña.
Empiezo a sollozar, todo mi cuerpo tiembla. Mi madre me
jala para abrazarme y puedo sentir su propio cuerpo hacerlo
también.
—Déjame ir —me murmura una y otra vez, acariciando mi
cabello—. Déjame ir.
Y estoy destrozada en sus brazos y esto es todo lo que
obtengo, y sé que es más de lo que cualquier otra persona tendrá
jamás, pero todavía me siento defraudada. De mala gana, comienzo
a asentir.
—Está bien, mamá —le susurro, con mi voz ronca.
Ella me suelta y yo me pongo de pie, retrocediendo. Limpio
mis mejillas y me obligo a dejar de llorar, aunque las lágrimas
continúan brotando de mis ojos. Miro a Muerte. Me está
observando estoicamente. Cierro los ojos derrotada, y asiento.
Siento que su propia mirada se suaviza antes de volverse hacia mi
madre. No dice nada, pero veo el momento en que su poder hace
efecto. Por un instante, hay un destello de alivio en los ojos de mi
madre, y luego sus rasgos se relajan cuando la Muerte la libera.
El cuerpo de mi madre se desintegra ante mis ojos, la piel, los
músculos y los huesos se vuelven tierra una vez más. Se levanta
una ráfaga de viento que se lo lleva hasta que no queda rastro de la
mujer que estuvo aquí hace un momento.
Caigo pesadamente en el suelo. Parece como si fuera una
especie de sueño horrible, pero sé, que sucedió, sé que la Muerte
llamó a mi madre aquí porque se lo pedí, y luego la soltó porque
también se lo pedí. Presiono las palmas de las manos contra mis
ojos, y de repente, horribles, miserables sollozos salen de mis
labios, y lloro violentamente, todo mi cuerpo tiembla por el
esfuerzo.
No pude lamentar la muerte de mi madre, no realmente. Me
lancé a dar caza al jinete y me dejó tan poco tiempo para llorar. La
única vez que lo hice fue durante una hora tranquila en el viajé,
- 430 -
pero, aun así, quedó en segundo lugar con respecto a mi propósito:
encontrar y detener a la Muerte. Ahora me veo obligada a revivir
la muerte de mi madre una y otra vez, y la herida de su muerte es
más cortante que la primera vez.
Thanatos se acerca y se arrodilla a mi lado. Luego me rodea
con sus brazos, abrazándome, como lo hizo la noche en que Ben se
estaba muriendo. Entonces fue reconfortante, pero ahora es como
una burla para mí. Él es el que se lleva a todos mis seres queridos.
No quiero su consuelo, quiero que me deje en paz. Lo empujo para
que se aleje.
—No me toques —le digo.
El jinete frunce el ceño, pero la ira que hervía a fuego lento
bajo su piel ahora se ha ido. Parece que es él, quien lleva mi pesada
carga.
—Veo tu dolor —dice—, y lo escucho, y no me gusta. Me
pone frenético.
Lo ignoro, con mi cabeza inclinada mientras lloro. Después
de un momento, Muerte se pone de pie.
—Traer a los muertos de regreso, verdaderamente de regreso,
es una maldición, Lazarus. Sé que estás de duelo, pero es en vano.
Tu madre está en un lugar mejor.
Hago una pausa para mirarlo.
—¿Mi dolor es en vano? —susurro.
Me ha quitado a mi familia y ahora piensa que lo único que
me queda, mi dolor, ¿debería irse también? Me río de él, pero estoy
tan cabreada.
—Cómo te atreves a decir eso. Ni siquiera sabes lo que es la
pérdida —digo acaloradamente, poniéndome de pie—. Nunca has
amado nada lo suficiente como para preocuparte por perderlo.
—Lazarus —dice con una expresión feroz—, nada se va en
realidad. Se transforma, pero la transmutación no se pierde o
desaparece en absoluto. Eras tú antes de tener un cuerpo, y seguirás
siendo tú cuando ya no lo tengas. Una oruga puede convertirse en
- 431 -
mariposa, y un ser humano puede convertirse en espíritu, pero
sigue siendo la misma esencia. Simplemente se ha transformado…
Lazarus —continúa, escudriñando mi rostro—, si pudieras ver la
vida como yo la veo, sabrías que todo está bien, que todo estará
bien. Que la muerte es el fin del sufrimiento.
—La vida es mucho más que sufrimiento —prácticamente le
grito—. ¿Por qué crees que todos nos aferramos a ella con tanta
desesperación?
Sus ojos brillan.
—Porque no conoces nada mejor.
Niego con la cabeza.
—Estás equivocado —le digo.
¿Pero qué sé yo? Nunca he estado muerta. Mi madre parecía
preferirlo. Quizás tenga razón. Quizás he estado luchando por el
lado equivocado todo este tiempo.
Esa es la posibilidad más escalofriante de todas.
- 432 -
Capítulo 63
- 434 -
las lágrimas de los ojos, pero cuanto más alto subimos, más ocupa
mi visión el océano azul, hasta que es todo lo que puedo ver.
Thanatos acerca sus labios a mi oído.
—Quiero quedarme aquí, Lázaro, sólo por un tiempo.
Supongo que se está refiriendo a estar en el aire, pero luego,
ni diez minutos después, estamos descendiendo de regreso a la
tierra. Debajo de nosotros, veo una franja de playa salpicada de
casas. Nos acercamos más y más a ella, volamos sobre las casas,
sus tejas destellando debajo de nosotros. Muerte nos hace bajar al
patio delantero de una de las casas junto a la playa. Salgo de sus
brazos y contemplo la casa palaciega.
Buganvillas 2 brillantes y florecientes se arrastran por el
costado de la casa. Hay una veleta en la parte superior del techo y
una fuente de piedra en una de las paredes de la casa. Este tipo de
hogares nunca dejarán de sorprenderme, que cualquiera pueda vivir
con un estilo de vida tan grandioso en una época en la que la
mayoría de la gente se está ganando la vida a duras penas, me
sorprende. Mientras lo observo todo, puedo escuchar el grito del
océano, las olas rugiendo al chocar contra la arena. Me doy la
vuelta para enfrentar a Thanatos.
—¿Por qué aterrizamos aquí? —le pregunto.
—Necesitas un descanso adecuado —dice, frunciendo el
ceño un poco mientras sus ojos me miran.
No sé lo que ve. No me siento agotada por viajar. Pero tal vez
esté reaccionando menos a mi estado físico y más a mi estado
emocional. He estado cargando una especie de tristeza desde que
vi a mi madre.
—Estoy bien —insisto.
Thanatos se acerca, con la luz del sol moribundo jugando
sobre sus rasgos.
2
²Bugavinllas : Arbusto trepador de hojas ovales y flores pequeñas y vistosas, de color púrpura, rojo,
anaranjado o blanco ; puede alcanzar hasta 5m. de altura
- 435 -
—Permíteme ser humano contigo durante unos días, ¿o ya
has renunciado a la perspectiva de convencerme de que vale la pena
salvarlos a todos?
Se me corta el aliento y busco la mirada del jinete. Había
renunciado a convencerlo. Tal vez fueron los criminales con los
que nos encontramos, o quizás fue ver a mi madre. O es
simplemente, que, a pesar de mis reflexiones, Muerte no está
cambiando.
—No me mires así —dice, con la voz baja.
—¿Así cómo?
—Como si estuvieras de duelo. Como si yo fuera la razón de
eso.
Distraídamente, me toco la mejilla, sin saber que lo estaba
mirando así. Dejo caer mi mano. No sé qué quiere Thanatos que
haga. He estado sufriendo y él es la razón detrás de esto. Ambos lo
sabemos. Puede que me preocupe por él, puedo incluso... amarlo,
pero no importa. Puedes amar algo y saber que es malo para ti.
—Has luchado contra mí durante meses —dice Muerte
acercándose. Lleva sus nudillos a mis mejillas.
—Estoy cansada de pelear —digo.
—No te estoy pidiendo que luches, solo te estoy pidiendo que
no te rindas conmigo.
—¿No sería más fácil? —respondo. Este podría ser lo más
expuesto que cualquiera de nosotros ha estado el uno con el otro—
No tendrías que lidiar conmigo agonizando por cada ciudad
perdida, y no te haría dudar de ti mismo.
—Si te hace perder esa luz en tus ojos, entonces no, no valdría
la pena. Nunca valdría la pena.
Thanatos parece dividido en dos, sus deseos humanos se
interponen en el camino de su naturaleza básica. Y ahora mismo,
parece que los primeros están ganando. A pesar de todo, siento el
más mínimo soplo de esperanza. Quizás no todo esté perdido.
Asiento un poco.
- 436 -
—Está bien —le digo en voz baja—. Quedémonos aquí,
sólo por un rato.
Muerte sonríe, y el mundo entero podría estar derrumbándose
a nuestro alrededor y no me daría cuenta porque esa sonrisa me
hechiza.
—Sólo por un rato —asiente, luego sella la promesa con un
beso.
- 437 -
Capítulo 64
- 438 -
—Lazarus, acabamos de ver el océano. No necesito volver a
verlo.
Lo miro por encima del hombro.
—Pero ¿has nadado en él? —duda y ya sé su respuesta—. Yo
tampoco —admito—. Pero me gustaría, y.… quiero que te unas a
mí.
Thanatos me lanza una mirada penetrante, una que hace que
mi corazón se acelere. El camino termina y mis pies se hunden en
la arena. Libero la mano del jinete para poder quitarme las botas.
Muerte se cierne sobre mí.
—¿Qué estás haciendo, Laz?
—Preparándome para entrar. —Miro su armadura—. Te
querrás quitar eso. De lo contrario, te hundirás como una piedra.
Casi me estremezco al pensar en Muerte atrapado en el fondo
del océano, despertando solo para ahogarse una y otra vez. Toca su
coraza, ya no parece muy emocionado por ser arrastrado aquí
después de todo.
—¿No sabes nadar? —le pregunto.
—Por supuesto que sé —dice Thanatos, ofendido.
—Entonces, ¿por qué dudas? —pregunto—. Pensé que te
gustaba mojarte —digo, con una insinuación en mi voz.
No se le escapa. Los ojos de Muerte se entornan, y ahora
alcanza las correas de su coraza, desabrochándolas una por una.
Aun mirándolo, me desabrocho los pantalones y me los quito. Si él
no estaba seguro antes de meterse en el agua, ahora lo está.
Me quito la camisa y la arrojo a un lado. Mi sujetador y mis
bragas son los últimos en desaparecer. Thanatos todavía se está
quitando la armadura, pero no espero a que termine. Con una risa
imprudente, corro por la playa, con la arena mojada aplastándose
bajo mis pies. Siseo cuando el agua helada me golpea los tobillos,
pero no dejo de correr, levantando agua salada a medida que
avanzo. Cuando estoy lo suficientemente lejos, me sumerjo en una
ola.
- 439 -
Por un instante, estar completamente sumergida es un shock
para el sistema. El mar está dolorosamente frío. Quizás por eso me
hace sentir tan viva. Subo a la superficie, quitándome el pelo de la
cara.
—Mierda.
El juramento me hace girar hacia la orilla. Muerte tiene una
mueca en la cara mientras camina por el agua salada. A pesar de su
estado de ánimo, es un espectáculo digno de contemplar. Mi mirada
recorre los músculos duros de sus hombros y brazos antes de bajar
por su pecho afilado. Sus tatuajes están a la vista y su reflejo brilla
en la superficie del agua.
—Pensé que el calor y el frío no eran un problema para ti —
le digo.
Ya me castañetean los dientes, pero estoy tan eufórica por el
estruendo de las olas y la arena entre los dedos de los pies que no
me importa.
—Esto molestaría incluso a los muertos —dice Muerte con
vehemencia.
Me río porque está siendo ridículo; probablemente ni siquiera
sienta el frío. Thanatos le frunce el ceño al agua.
—Esto es peor que el vino.
Eso solo me hace reír más. El sonido levanta su mirada hacia
mis labios. Se mueve hacia mí, con el agua deslizándose por su
cintura y sus alas. La forma en que me mira... Yo diría que parece
agonizante si no hubiera esa suavidad en sus ojos. Thanatos me
alcanza y coge mis mejillas. Me observa durante varios segundos.
—Te amo —suelta.
Entonces sus labios descienden sobre los míos. Mis manos
tiemblan donde estoy agarrando sus brazos, y quiero llorar y reír a
la vez. Se separa de mí.
—Te amo —confiesa de nuevo, todavía ahuecando mi rostro,
sus ojos buscando los míos.
- 440 -
Niego con la cabeza, no sé por qué estoy negando con la
cabeza. Esto es todo lo que quiero escuchar.
—Sí, te amo —insiste—. Te he estado esperando desde el
momento en que me formé, mucho antes de que tomaras aliento.
—Toma mi mano y la aprieta sobre su corazón—. Has estado aquí
todo el tiempo, incluso cuando pensé que no lo quería, incluso
cuando creí que el amor era una maldición y una debilidad. Nada
ha vuelto a ser igual desde que nos cruzamos por primera vez,
Lazarus. Nada será lo mismo otra vez. Y te lo juro, que, hasta el
día de mi muerte, te amaré.
Envuelve un brazo alrededor de mi cintura, tirando de mí
contra él y borrando la poca distancia que quedaba entre nosotros.
En lo alto, el cielo se ha vuelto de un azul profundo y han aparecido
las primeras estrellas. Ninguno de los dos habla mientras lo rodeo
con mis piernas, fijando mis tobillos a su espalda. Solo se toma un
momento para alinearnos antes de clavarse en mí. Grito por la
sensación, pero Muerte ya se está retirando y empujando otra vez.
Entrelazo mis brazos alrededor de su cuello mientras él bombea
dentro de mí como si estuviera tratando de llegar lo más profundo
posible.
—Dios —gime—, la forma en que me aprietas, Kismet.
Podría vivir aquí, dentro de ti, para siempre.
Capturo su boca y lo beso mientras una ola se estrella a
nuestro alrededor, y pruebo el agua salada en sus labios. El jinete
aparta la boca para presionar besos a lo largo de mi mejilla. Me
muerde el lóbulo de la oreja mientras se desliza fuera de mí, luego
vuelve a penetrarme. Gimo, la brujería que me hace este jinete, me
deja boquiabierta cada una de las incontables veces. Sus
embestidas son profundas y lánguidas, y sus brillantes tatuajes le
iluminan los ojos, dándoles un brillo extra mientras me mira.
—Eres todo lo que pensé que no podría tener —jadea.
Quiero esconderme de su cruda admisión, pero solo porque
he tenido la costumbre de hacerlo durante mucho tiempo. En
cambio, me apoyo en esa sensación de ingravidez que me llena.
Acaricio el rostro de Muerte.
- 441 -
—Y tú, eres todo lo que pensé que no debería tener —le
respondo.
No podía, no debería, nos hemos desafiado a nosotros mismos
para estar juntos. Los embistes de Thanatos se hacen más
profundos y poderosos. Las olas nos azotan, pero encerrada entre
los brazos del jinete, apenas las noto. Se inclina para besarme, su
lengua acaricia la mía por un breve momento antes de retirarse e
interrumpir el beso, con su mano ahuecada contra mi mejilla y su
rostro a centímetros del mío.
—Cómo me gusta saborearte, Kismet. —Sigue clavándose en
mí, y sus ojos se derriten ante cualquier expresión que pongo—. Y
esa mirada, esa mirada me asegura que te he atrapado tanto como
tú a mí.
El jinete mueve sus manos a mis caderas, meciéndome una y
otra vez hasta que mis piernas se tensan alrededor de su cintura.
Cuando me penetra lo más profundo que puede, se detiene y nos
mantiene en esa posición.
—Thanatos —jadeo.
Él sonríe.
—Esto, sin embargo, es quizás lo que más disfruto, cuando
estoy tan firmemente dentro de ti que no estoy muy seguro de
dónde termino yo y dónde empiezas tú. Me gusta demasiado para
mi propio bien.
Mis manos se enredan en su cabello.
—Creo que también te gusta torturarme.
La muerte vuelve a sonreír.
—Solo un poco.
Con eso, comienza a moverse de nuevo, empujando cada vez
más fuerte hasta que el agua hace espuma a nuestro alrededor. Su
mano se desliza hacia mi clítoris y comienza a acariciarlo, y oh
Dios mío, ya no está jugando limpio. Agarro su muñeca, tratando
de apartar su mano de mi carne.
- 442 -
—Es demasiado —jadeo.
—Lo aceptarás —insiste Muerte.
Continúa jugando con mi clítoris, la yema de su dedo se
desliza sobre él una y otra vez mientras se mueve dentro de mí.
Realmente es demasiado. Gimo, perdida en la sensación. Mi otra
mano se ha apretado en el cabello de Thanatos y él gruñe ante mi
agarre. Agacha la cabeza, sus labios se apoderan de la punta de mi
pecho. Sus dientes rozan mi pezón y me deshago. Grito mientras
me hago añicos, mi orgasmo es casi violento. Sigue y sigue, cada
golpe de las caderas de Muerte estirándolo un poco más. Incluso
una vez que finalmente llega a su fin, el jinete no quita su mano de
mi clítoris. Cojo su muñeca de nuevo y se ríe.
—No lo creo, Kismet. Aún no has terminado.
Lo miro como si le hubieran salido dos cabezas, al menos lo
intento. Es realmente difícil cuando me acaricia tanto por dentro
como por fuera.
—Thanatos.
—Sí —dice, dándome una sonrisa lobuna—, di mi nombre de
nuevo así.
—Es demasiado —insisto.
—Bueno, ambos sabemos que no morirás por eso.
Ja, ja, es tan divertido. No.
Estoy jadeando de nuevo y puedo sentir otro orgasmo
creciendo como si el primero nunca hubiera ocurrido. Ahora suelto
una carcajada.
—No puedo creerlo.
El agua está helada, las olas chocan contra nosotros y nada de
eso me distrae tanto como este jinete sádico que quiere torturarme
con placer. Golpea su polla contra mí, una y otra vez y mi coño
dolorido no deja de palpitar. Thanatos me lanza una mirada
diabólica, luego pellizca mi clítoris. Solo con eso, un segundo
orgasmo me recorre. Mis uñas se clavan en su piel mientras inclino
- 443 -
la cabeza hacia atrás, entregándome al placer. Muerte se inclina y
me da un beso en la garganta mientras salgo del clímax.
Y aunque ha dejado de pellizcarme el clítoris, la mano del
jinete todavía sigue ahí. Estoy a punto de llorar por la sensación,
que era maravillosa hace un segundo, pero ahora es excesiva. Estoy
bastante segura de que Thanatos quiere ver cuántos orgasmos
consecutivos puede arrancarme. Supongo que no se da cuenta de
que yo también puedo tocarlo como un instrumento.
Mi mano se desliza hacia abajo, entre sus piernas, y ahueco
sus bolas. Él gime y sus piernas tiemblan un poco.
—Oh, ¿pensaste que eras el único con las llaves del reino? —
le pregunto, con voz ronca. Mientras hablo, dejo que mis uñas
raspen su piel sensible. Los ojos del jinete se agrandan.
—Lazarus —jadea.
—Sí. Di mi nombre así. —Le devuelvo sus palabras
anteriores—. Mejor aún, suplícame.
Mientras lo digo, sigo jugando con sus pelotas, ignorando
cómo su propio toque me está brutalizando de la manera más
exquisita. Los empujes de Muerte se vuelven erráticos.
—Tú ... eres ... despiadada ... —dice entre dientes. Luego, con
un grito, se corre penetrándome una y otra vez.
Suspiro cuando finalmente su mano deja mi clítoris. Su polla
me acaricia varias veces más antes de que salir. Y luego
simplemente me abraza. Envuelvo mis brazos alrededor de su
cuello con fuerza, con mi cuerpo agotado pegado al suyo.
—Eres un bastardo —le susurro
Lo siento sonreír contra mi mejilla.
—Soy tu bastardo.
Yo trago.
—Sí —afirmo—. Eres mío.
- 444 -
Los dos nos tumbamos en la playa, todavía completamente
desnudos. El aire del océano es frío, pero las alas de Muerte son
cálidas y me las he arreglado para meterme debajo de una. Por
encima de nosotros, puedo ver la Vía Láctea extendiéndose por el
cielo nocturno. Las estrellas brillan como joyas.
—¿Qué sientes cuando miras las estrellas? —pregunto.
Thanatos gira la cabeza y puedo sentir su mirada en mí.
—¿Se supone que debo sentir algo?
Una risa se me escapa ante eso.
—Estoy tratando de ser profunda y lo estás arruinando.
Él todavía me mira, y cuando inclino la cabeza para hacer lo
mismo, puedo ver el deseo en sus ojos, como si anhelara toda mi
esencia.
—¿Sientes en algún lugar lo que yo siento? —pregunta.
Una gota de agua salada se adhiere a un mechón mojado de
su cabello. Me concentro en eso mientras trago.
—Sí —respondo seriamente, mi mirada se encuentra con la
suya. Sus ojos estrellados se profundizan ante mi admisión.
Después de un momento, aparto la mirada para volver a mirar al
cielo.
—Cada vez que miro hacia arriba —digo—. Siento que,
recuerdo quién soy.
—¿Y quién eres? —pregunta en voz baja.
Juro que se está preparando para mi respuesta.
—Eso es lo gracioso —digo—. Ni siquiera me siento como
un quién cuando miro esas estrellas, más bien como un qué. Como
si fuera algo que no tiene preocupaciones ni miedos. Solamente
existo.
Muerte todavía me mira fijamente y puedo sentir el peso de
esa mirada. Finalmente, vuelve su rostro hacia el cielo.
- 445 -
—He vivido durante mucho, mucho tiempo. He visto morir a
gente una y otra vez. He captado muchos destellos de la vida y he
aprendido mucho sobre el mundo aquí. Y, sin embargo, gran parte
de esto es un misterio. Ser lo que soy, la Muerte, hace que
experimentar la vida sea algo muy extraño y confuso. Lo único que
parece hacerme sentir bien es estar contigo, Kismet. Este
sentimiento que tengo cuando estoy contigo es... no hay palabras
humanas para eso. Es incomparable. Todo lo que realmente puedo
decirte es que cuando te tengo cerca de mí… estoy seguro de que
nadie se ha sentido nunca tan feliz como yo. Así que, para
responder a tu pregunta, no me recuerdo a mí mismo cuando miro
el cielo. —Toma mi mano e inclina la cabeza para mirarme una vez
más—. Me recuerdo a mí mismo cuando te miro.
Mi corazón late locamente mientras me pierdo en esos ojos
suyos. No hay nada que pueda decir que coincida con sus palabras,
así que me inclino hacia adelante y beso a mi jinete. Thanatos
envuelve un brazo alrededor de mi cintura y nos hace rodar.
Mientras lo hace, sube una de mis piernas y se desliza dentro de
mí. Y luego los dos nos perdemos el uno en el otro una vez más.
- 446 -
Capítulo 65
- 447 -
—Espera —digo sin aliento.
Los ojos de Muerte se calientan, y aunque hace una pausa,
claramente está esperando a que termine lo que sea que quiera decir
para poder continuar. Y esos ojos me distraen terriblemente.
—Quería enseñarte algo, algo sobre mí.
Me aferro a las palabras, tratando de desviar mi mente del
pensamiento de su piel presionada contra la mía, sus labios
arrastrándose a lo largo de mi carne...
—Quieres mis secretos humanos —le digo—. Y quería
mostrarte este.
Los ojos de Thanatos brillan.
—No es sexo —siento la necesidad de agregar.
—Está bien —asiente de buen humor—. Compartirás este
secreto, me deleitaré con la maravilla de tu existencia y luego te
haré el amor.
Dios mío.
Apoya una cadera contra la encimera cercana, sus alas crujen
mientras cruza los brazos. Él todavía me está mirando como si
pudiera devorarme, y eso dificulta mi concentración en encontrar
la harina, el azúcar y todos los demás ingredientes que voy a
necesitar. Luego, hurgando, me las arreglo para conseguir un tazón
para mezclar y algunas tazas y cucharas de medir. Agarrando una
tabla de cortar de madera, llevo todo a un espacio en la encimera
que los sirvientes de Muerte aún no han utilizado.
—¿Qué estás haciendo? —pregunta Thanatos, asintiendo con
la cabeza a los ingredientes. Es como si nunca hubiera visto a sus
esqueletos trabajando con los mismos elementos.
Echo un vistazo entonces, una pequeña sonrisa curva la
esquina de uno de mis labios. De hecho, estoy emocionada de por
hacer esto.
—Quiero cocinar contigo.
Ahora, en los ojos del jinete aparece cierta inquietud.
- 448 -
—¿Qué vamos a ... cocinar?
Me relajo un poco al escuchar sus palabras. Puede que a
Muerte no le guste la comida, pero está dispuesto a hacer esto
conmigo. Me vuelvo hacia la tabla de cortar y los ingredientes.
—A mi madre le gustaba llamar a esto pan del alma.
Solo pensar en ella evoca el recuerdo de su breve
resurrección. Lo que sea que hayas hecho para traerme aquí,
deshazlo. Trago el dolor y la culpa que siento. Las cejas de Muerte
se juntan.
—Sé lo que son los espíritus y sé lo que es el pan. No sé cómo
se pueden unir a ambos.
—Mi madre solía decirme que hay ciertas comidas que se
preparan con amor. Pones un poco de tu alma junto a los
ingredientes, de ahí el nombre.
—Qué pensamiento tan monstruoso —dice Muerte,
pareciendo ofendido—. Te puedo asegurar, Lazarus, que las almas
que recojo están completamente intactas.
Me río ante su ocurrencia.
—No todo es literal, Thanatos. —Sus ojos arden cuando
escucha su nombre en mis labios—. Supuestamente esta es una
receta familiar que se remonta a cientos de años —continúo,
comenzando a agregar los ingredientes—: A veces, me gusta
imaginar a todas esas mujeres, o al menos, asumo que eran mujeres,
haciendo esta receta. Que, en este momento, estoy vinculada a una
cadena ininterrumpida de personas que se unen por la alegría de
alimentar a sus seres queridos.
—No es así como funciona —insiste.
Me río de nuevo.
—Para ser un ser sobrenatural, no tienes imaginación. —Me
alejo un poco—. Ven, toma —le digo, entregándole un recipiente
con sal—, ayúdame.
- 449 -
Muerte mira la sal como si le fueran crecer ojos y dientes,
pero se aparta de la encimera y la coge de mala gana. Le ayudo a
medir la sal y los últimos ingredientes. Ahora viene la parte
divertida. Agarro sus manos y se las acerco al bol.
—¿Qué estás…?
Empujando hacia abajo, sumerjo sus manos en la mezcla, una
nube de polvo de harina se eleva alrededor de nuestras muñecas.
—Lazarus.
—Oh, Dios mío —le digo—, no actúes como si te hubiera
robado a tu primogénito. Así es como mezclamos la masa de pan.
Muerte hace una mueca, aunque no puedo estar segura de sí
es este método de mezcla o la idea del pan en sí, lo que le
desagrada. Y para ser honesta, podría haber usado una cuchara para
esta parte. Independientemente, me deja ayudarlo a batir y luego
amasar la masa. Los movimientos son desconocidos para el jinete,
pero de alguna manera esas hábiles manos suyas, no son torpes. No
es que eso haga que lo aprecie más.
—Esto parece una tarea frívola —dice, con el borde de una
de sus alas rozando mi espalda.
—Me imagino que, si yo fuera un ángel sin edad e inmortal
que no necesitara comer, también me sentiría frívolo —digo.
Los ojos de Thanatos se dirigen a mi rostro y, tras un
momento, encuentro su mirada. ¿Me ves?, parece decir su
expresión. Miro brevemente nuestras manos.
—Ahora también has puesto un poco de tu alma en la receta.
—Eso es ridículo, Kismet. —Pero ahora suena menos
escéptico y más curioso. Una pequeña sonrisa se le escapa. —¿Así
que ya está hecho? —pregunta.
—Técnicamente lo está, pero…
Todavía tenemos que cocinarlo. No llego a terminar esa
última parte. Muerte me sube a uno de las encimeras, derribando
un cuenco de salsa roja que uno de los esqueletos se esforzó en
- 450 -
hacer. Se rompe contra el suelo, salpicándonos a mí y a él. Ninguno
de los dos le presta atención.
—Bien. Ese fue un secreto divertido —dice, con la mirada
fija en mis labios.
Sus manos se mueven hasta el borde de mi camisa, con los
dedos aún pegajosos por la masa. Me quita la prenda por la cabeza.
Contempla especulativamente a su alrededor.
—Ahora, me parece que una cocina es el último lugar en el
que uno debería ser sorprendido haciendo travesuras.
Me lanza una sonrisa pícara y me lleva al borde de la
encimera. Agarrando mis piernas, las envuelve, una por una,
alrededor de su cintura. Quiero decir, en este infierno post-
apocalíptico del mundo, definitivamente hay peores lugares para
ensuciarse... Tiro de su camisa negra, sacándosela y revelando su
pecho esculpido y las líneas de escritura brillante que fluyen por él.
La sonrisa de Thanatos se desvanece y toma mi rostro, su mirada
se vuelve cada vez más acalorada.
—Fuiste hecha para mí —dice con fervor—. Y yo para ti.
Me besa salvajemente y nos olvidamos del pan del alma.
- 451 -
sonidos que hacen las llamas al quemar sus mechas. Parece que la
propia habitación estuviera observando, esperando.
Muerte mira el pan con el ceño fruncido levemente, como si
temiera lo que está a punto de hacer. Se lo lleva a los labios y, tras
una pausa momentánea, le da un mordisco. Mastica durante un
momento, su rostro está inexpresivo, y mi estómago se desploma
ante la vista. No sé qué esperaba realmente, ni por qué me importa.
Es un jinete. No necesita comer ni disfrutar de la comida. Solo
quería que lo hiciera, supongo. Es tan simple como eso. Thanatos
traga, y sus cejas se juntan mientras estudia la rebanada de pan
nuevamente.
—Me gusta —admite, frunciendo el ceño. Toma otro
bocado—. Comida para el alma —se dice a sí mismo, con una
sonrisa privada en el rostro.
Sus ojos se encuentran con los míos y brillan como si
estuviéramos compartiendo una broma privada. Y tal vez lo
estamos haciendo, pero sea comida para el alma o comida para
humanos, Thanatos se come hasta el último bocado.
- 452 -
Capítulo 66
- 453 -
almohada. Un mechón de su cabello oscuro se ha derramado sobre
su mejilla.
Mi corazón se estremece al verlo. Oh. Con mucha delicadeza
extiendo una mano y coloco su cabello detrás de una oreja. Y me
quedo embobada mirándolo y mirándolo.
Lo he visto inconsciente muchas veces. Esto es diferente. No
hay dolor ni lucha en las facciones del jinete; este es el aspecto
suave de un rostro que conoce la paz. En un impulso, me inclino
hacia adelante, presionando mis labios contra los suyos. A mi lado,
Thanatos se mueve. Lanza una pierna sobre la mía y me acerca.
—Te amo, Kismet —murmura en sueños. Una de sus alas se
extiende, solo un poco, cubriéndome como una manta.
Sonrío para mí misma, el calor se extiende por mi estómago.
—Yo también te amo.
- 454 -
Capítulo 67
Muerte
- 455 -
Ahora... ahora podría vivir con ella aquí para siempre,
haciendo el amor bajo las estrellas, nadando en ese desagradable
océano, solo para escuchar la risa de Lazarus. Mis noches las
pasaría durmiendo a su lado, con su cuerpo arropado contra el
mío... así. Me duele eso. Mi mano se desliza por su suave piel,
descansando sobre la hinchazón de la parte inferior de su estómago.
¿Y sí?
¿Y si las cosas fueran diferentes?
¿Y si dejo de matar?
¿Y si me rindo?
¿Y si verdaderamente viviera como un humano?
¿Y si… creara vida?
Mi polla se endurece ante la sola idea. Estoy tan cerca de
despertarla. Para abrir esos muslos suyos y meterme adentro de
ella. De cumplir con esa cosa verdaderamente prohibida. Ella no
quiere tener hijos contigo. Ella piensa que serías un padre terrible.
Eso me detiene por completo. Podría cambiar. Si lo hiciera, tal vez
lo reconsideraría. Quiero que ella lo reconsidere. Nada de esto tiene
que ser así.
Así es como cayó Hambre.
Ese día, cuando el Segador trató de despojarse de su
inmortalidad y de su propósito, sentí sus intenciones mientras
reposaba en mi sueño. Ellas fueron las que me despertaron. Y ahora
reflejan las mías. Aquí estoy, a punto de renunciar a todo, todo por
el amor de una buena mujer. He pasado tanto tiempo pensando que
era mejor que mis hermanos, pensando que era diferente. Y tal vez,
de alguna manera, lo sea. Pero Dios mío… así es como cayó
Hambre.
Sin embargo, a diferencia del Segador, yo sí creo en la
humanidad. Siempre lo he hecho. Nada de esto fue nunca sobre la
bondad innata de los humanos. Una mirada a sus almas y es
claramente obvio. No, esto siempre se ha tratado de llevar a cabo
la tarea que nos encomendaron a los cuatro jinetes. Incluso
- 456 -
mientras pienso en esto, siento a esos hermanos míos. No le he
mencionado a Lazarus lo cerca que están, pero ahora se encuentran
en las afueras de esta ciudad. Mañana estarán aquí.
Tengo que tomar una decisión.
Mis dedos se aprietan sobre Lazarus. Ante la sensación,
murmura mientras duerme, luego sus ojos se abren y me da una
sonrisa somnolienta. Está a punto de darse la vuelta y volver a
dormirse cuando le acaricio la mejilla.
—En toda mi existencia, nunca me he encontrado con nada
por lo que valga la pena renunciar a mi deber hasta que te conocí
—digo con entusiasmo—. Tú eres mi todo, Kismet.
Ella luce una sonrisa soñolienta.
—No es justo decir cosas tan bonitas cuando estoy demasiado
cansada para procesarlas.
Se inclina hacia adelante y me da un beso, con su cuerpo
rozando el mío. Mi agarre se aprieta sobre ella. En respuesta, ella
se mueve, abriendo las piernas en una invitación. Soy un ángel,
pero ni siquiera yo puedo resistirme a esto. Con una sola mano, le
quito las bragas, luego me abro paso dentro de ella, siseando ante
la intoxicante sensación, de ella alrededor de mi polla.
Casi me deshago en ese mismo momento. En cambio,
bombeo dentro y fuera de ella con un frenesí que ella confunde con
pasión, cada penetración profunda le arranca un gemido tras otro
hasta que, de repente, su coño se aprieta a mi alrededor, sus
gemidos se convierten en un grito y mi nombre está en su lengua.
Al sentir su orgasmo y el sonido de su liberación, no puedo
aguantar más.
Me introduzco ella, con más fuerza de la que debería,
gritando su nombre mientras me corro. Antes de salir de ella, la
atraigo hacia mí. La cara de Lazarus se acurruca en mi pecho y
puedo sentir en este momento la confianza que tiene en mí. Aquí
yace en mis brazos, desnuda, vulnerable, con mi semilla
derramándose de ella como si no hubiera elegido otro destino que
este. Y siento una pérdida, una pérdida que me corta los huesos,
- 457 -
por lo que sé que no puedo tener. Porque sé que no puedo tener
esto, una vida humana, una llena de risas y niños y… Lazarus.
Siempre Lazarus.
Sin quererlo, me aferro con más fuerza a ella. No la dejaré ir.
El mundo entero podría arder hasta convertirse en cenizas, y no me
importaría, pero no entregaré a Lazarus. No a mi Lazarus. Se me
dio una breve experiencia humana, una llena de horror y tragedia,
pero luego, también la más poderosa de todas, la belleza, la
esperanza y el amor. Me lo dieron, y esta noche casi me metí de
lleno en esa existencia, casi tiré todo por la borda.
Eso es lo que hizo Peste.
Es lo que hizo Guerra.
Es lo que ha estado intentando hacer Hambre.
Es lo que no puedo hacer.
He cuestionado mis propios motivos durante demasiado
tiempo. Pero esto debe terminar. Es para lo que nos enviaron aquí,
a los jinetes. Es lo que haré. Y nada, nada —ni siquiera Lazarus—
me detendrá.
- 458 -
PARTE III
- 459 -
Capítulo 68
Lazarus
- 460 -
—¿Crees que algo de esto fue al azar? —me pregunta,
Thanatos de improviso—. ¿Que Dios no ha metido la mano y ha
jugado contigo como con una marioneta?
Mis cejas se juntan. En este momento, el jinete tiene esa
energía siniestra que me pone nerviosa.
—¿De qué estás hablando? —digo.
—¿De verdad pensaste que fue fortuito cuando tu madre te
encontró de niña? —me pregunta, todavía mirando por esas
ventanas—. O cuando encontraste a Ben vivo en una ciudad de
muertos, a pesar del hecho de que es dolorosamente mortal,
¿pensaste que eso también fue al azar?
Sus palabras hacen que los pelos de mi nuca se ericen.
—¿Qué tal que nuestros caminos se cruzaran? ¿Qué hay de
eso? ¿O cuando conociste a los otros jinetes justo a tiempo para que
salvaran a tu hijo y se lo llevaran? —Muerte se vuelve hacia mí
entonces, y sus ojos se ven tan tristes—. ¿De verdad crees que algo
fue al azar? Porque no lo fue. Fue una intercesión. Les sucede a los
humanos todo el tiempo, pero todos están tan cegados por sus
propias percepciones de la realidad que no se dan cuenta. Pierden
de vista las fuerzas mágicas más potentes de sus vidas, incluso
cuando se despliegan ante ustedes.
Mi corazón late tan fuerte que estoy segura de que el jinete
puede oírlo.
—¿Por qué me estás diciendo esto?
Da un paso hacia mí, sus ojos son magnéticos.
—Porque está sucediendo de nuevo, ahora mismo.
Entonces me pongo de pie, la silla raspa hacia atrás; es
demasiado extraño sentarse cuando Thanatos no es él mismo. Algo
debe ir mal. El jinete avanza hacia mí y tengo que luchar para no
dar un paso atrás. Cuando me alcanza, ahueca mis mejillas. Se ve
tan afligido. Sus ojos buscan los míos.
—Todavía no cambiaría nada de esto, excepto quizás el final.
Pero es demasiado tarde para eso.
- 461 -
Antes de que pueda preguntarle qué quiere decir, me besa, la
feroz presión de sus labios me sorprende. Thanatos se separa con
la misma brusquedad.
—Te amo, Kismet —dice, con la mandíbula apretada—. Te
amo con todo lo que soy. Por favor, no lo olvides.
Mis cejas se juntan.
—¿Por qué iba a olvidarlo?
Pero el jinete ya me ha soltado. Se aleja a grandes zancadas
de la habitación y lo veo irse, desconcertada por su
comportamiento, tengo la extraña sensación de que, por primera
vez en mucho tiempo, está huyendo de mí otra vez.
- 462 -
Todavía se ve un poco melancólico, aunque tal vez solo estoy
imaginando esas cosas. Quizás estoy soñando todo esto.
—¿Qué? —pregunto, un poco cohibida.
—¿En qué estabas pensando, hace un momento?
Mi atención vuelve a la casa, con las buganvillas creciendo
en sus paredes y esa veleta encaramada en su techo. Incluso desde
aquí puedo oír el romper del océano en la distancia.
—Voy a extrañar este lugar —admito.
Ahora sé que no me estoy imaginando la tristeza de Thanatos
cuando su mirada recorre nuestro entorno.
—Yo también, Lazarus.
Desganada, me subo al corcel de Thanatos. El jinete se instala
detrás de mí y, sin mirar atrás, nos marchamos. Nos dirigimos hacia
el norte, por una de las muchas carreteras de Los Ángeles. Los
pocos cuerpos que pasamos ya están en descomposición, y el leve
olor a muerte impregna el aire, incluso sobre el incienso que quema
su antorcha. El jinete me abraza más fuerte que de costumbre, como
si fuera a escaparme.
—Thanatos —le digo, colocando mi mano sobre la suya—,
puedes dejar de…
Me detengo cuando noto el temblor en su mano.
—Estás temblando —le digo.
—No es nada.
Algo no va bien. Y si soy honesta conmigo misma, no ha ido
bien desde que me desperté esta mañana.
—¿Qué está pasando? —exijo.
Nada.
—Thanatos —le digo—, desde que te conozco, nunca has
eludido las verdades más duras. ¿Es tan grave? —pregunto.
Silencio ominoso.
- 463 -
Finalmente.
—Te amo, Lazarus. Todo va a salir bien.
Estoy empezando a entrar en pánico. Su agarre visceral solo
se aprieta más. Cojo su mano de nuevo.
—¿Por qué me abrazas con tanta fuerza?
Pero luego me doy cuenta… Cree que voy a huir. Y ahora
tengo que preguntarme qué puede ser tan malo para que crea que
voy a huir de él. Ha resucitado a los muertos, ha matado ciudades
enteras y ha hecho casi todas las cosas aterradoras del libro.
—Sea lo que sea, Muerte, puedes contármelo —le digo,
tratando de sonar razonable cuando internamente el pánico se está
apoderando de mí.
¿Es otro poder terrible? ¿Es… Ben?
—Mi hijo —le digo—. ¿Él está bien?
—Tu hijo está bien —dice Muerte con gravedad.
Por un momento, me tranquilizo. Quizás cualquier estado de
ánimo que se haya abierto paso bajo la piel de Thanatos no sea tan
malo. Continuamos hacia el norte, pasando un edificio deteriorado
tras otro, y las cosas casi vuelven a la normalidad, hasta que nos
detenemos. Varios rascacielos se ciernen sobre nosotros, muchos
de ellos sin ventanas. Entre ellos hay otros edificios de varios pisos
con paredes desgastadas y pintura descascarada; todo está
abarrotado como si no hubiera suficiente espacio para construir,
por lo que tuvieron que crecer hacia arriba. La carretera en sí está
relativamente libre de cuerpos y escombros, aunque hay una
bicicleta volcada y una mujer muerta tirada junto a ella, y más
arriba de la carretera puedo distinguir varios cuerpos más, tirados
en el suelo. Detrás de mí, Muerte salta de su caballo. Lo miro.
—¿Por qué nos detenemos?
—Los siento venir —murmura Thanatos, mirando hacia el
norte. Una ola de inquietud me recorre.
—¿A quiénes? —digo, temiendo la respuesta.
- 464 -
—A mis hermanos —dice Thanatos, echando una mirada
sombría al camino frente a nosotros.
Mierda. Mierda, mierda, mierda.
Pensé que teníamos más tiempo.
—Entonces rodeémoslos —digo. Explicaré mi razonamiento
más tarde. Solo quiero que Thanatos vuelva a montar en su caballo.
—Tienen la intención de detenerme —dice, ignorando mis
palabras—. No dejaré que se interpongan entre mi propósito y yo.
Mi sangre se enfría, incluso cuando mi corazón comienza a
acelerarse.
—¿Tu propósito? —pregunto, con un tono ligero.
Ahora se vuelve hacia mí.
—Es la hora, Kismet.
Mis cejas se juntan, incluso cuando mi pecho sube y baja cada
vez más rápido.
—¿La hora para qué?
Muerte alcanza las hebillas de su coraza y comienza a
deshacerlas una a una.
—¿Qué ... qué estás haciendo? —exijo. No quiero que mi voz
vacile, pero lo hace.
Continúa quitándose la armadura hasta que la última pieza
cae a sus pies. Luego se quita la camisa, sus ojos nunca dejan los
míos.
—Nunca te leí todas mis marcas.
Algo anda mal, muy, muy mal aquí. Salto de la silla de
montar, mis botas golpean el suelo con fuerza. Me giro hacia
Muerte.
—¿Qué estás haciendo? —le pregunto—. No estás actuando
como tú mismo, Thanatos.
Esos ojos desolados se encuentran con los míos.
- 465 -
—Estoy actuando exactamente cómo debería.
Da un paso adelante, su mano se mueve hacia su pecho, su
dedo toca una de sus muchas marcas. Lo lee todo en su idioma
nativo. No entiendo nada de eso, pero el poder de las palabras me
recorre, haciendo que mis rodillas se debiliten. Retrocedo mientras
el jinete avanza. Y empieza a traducir.
“Desde los confines más oscuros del universo se forjó mi
forma. Soy la muerte, el fin de todos los comienzos, el comienzo de
todos los fines. Yo soy el que puede llevarse a los vivos y resucitar
a los muertos. El que puede restituir almas. Tengo en mí todos los
poderes de mis antepasados y lo que enlaza los hilos de la
creación.
Soy el último de mi especie, y traigo conmigo todo tipo de
enfermedades que asolan a la humanidad. Sus campos se
ennegrecerán, sus criaturas huirán. Los mortales temblarán ante
mi nombre y todos caerán a mi toque. Porque acabaré con el
mundo.
Los edificios se romperán, las carreteras serán destrozadas.
El mundo se deshará a sí mismo hasta que todo remanente de la
creación del hombre se convierta en polvo. Los valientes volverán
a la tierra, y los cobardes y crueles también. Y la cebada volverá
a crecer salvajemente, y las bestias de antaño volverán a sus
tierras. Todo será como antes. Porque yo soy el corazón de Dios y
cumpliré su voluntad. Soy el juicio final de la humanidad.”
Me he caído de rodillas y las lágrimas corren por mi cara y no
recuerdo haberlo hecho.
—¿Sabes lo que sucede una vez que he tomado mi decisión
final?
Puedo sentir la mortalidad colectiva del mundo flotando en el
aire entre nosotros.
—¿Por qué haces esto? —susurro.
—¿Lo sabes? —presiona.
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Cierro los ojos y trago saliva. He oído hablar lo suficiente
sobre el fin de los días para saber a qué se refiere. Él mismo habló
de ello hace sólo un momento.
—El Juicio Final —digo en voz baja.
El final de la vida humana tal como la conocemos.
- 467 -
Capítulo 69
Muerte
Miro a Lazarus y quiero decirle que esto nunca fue idea mía.
Me llevo almas, pero nunca he tenido hambre de su muerte. Solo
he llevado a cabo las órdenes que me han dado, desde la primera
muerte hasta esta. Hago excepciones de vez en cuando, las esposas
de mis hermanos son prueba de ello. Pero al final, los cuatro jinetes
debemos terminar nuestra tarea, sin que interfieran nuestros
sentimientos personales.
Aun así, estoy destrozado porque amo a Lazarus y ella me
odiará como lo hacía antes. Porque todo el resto de la humanidad
me odia y yo los amo y no puedo evitar que se aferren a estas vidas
que codician. No sin traicionar a todo el universo sensible.
Y no haré eso.
- 468 -
Lazarus
Fallé.
Seduje a la Muerte, hice que se enamorara de mí, incluso me
enamoré de él. He renunciado a todo, mi causa, mi hijo, mi cuerpo,
mi corazón, y Muerte todavía está listo para matar al mundo. El
pensamiento cierra mi garganta. No puedo respirar con este miedo
paralizante. Parece afligido, así que supongo que hay algo de
consuelo en eso. No es que cambie nada.
—Lo siento mi amor…
—No —digo, con la voz quebrada—. No me llames así.
Su expresión se apaga. Después de un momento, se aleja de
mí. Recoge su ropa del suelo y se la pone una vez más.
Preparándose para la batalla. Porque creo que eso es lo que está a
punto de suceder. A lo lejos, escucho el ruido de los cascos de un
caballo y me saca de mis pensamientos. La carretera gira alrededor
de una colina empinada, así que no veo nada más allá de los cuerpos
ya esparcidos por el camino.
Un minuto después, sin embargo, una figura a caballo da la
vuelta a la curva y aparece a la vista. Poco después de eso, otros
dos individuos lo siguen a pie. Los hermanos de Muerte. Siento que
la última arena de mi reloj se desliza entre mis dedos. La tarea que
me encomendaron, —seducir a la muerte— no funcionó. Todo lo
que hice fue amar a la única cosa que no debería. Ni siquiera pude
sostener a Ben en mis brazos por última vez.
Cuanto más se acercan los tres hombres, más detalles puedo
distinguir. El más obvio es Hambre con su corcel negro como el
carbón y la armadura de bronce, su guadaña alzándose detrás de su
espalda. Tanto Guerra como Peste visten de negro, aunque carecen
de la armadura de su hermano. Peste lleva un arco y un carcaj, y
Guerra tiene una enorme espada en el cinto. Ellos también vinieron
listos para la batalla.
- 469 -
Los jinetes se detienen a unos diez metros de nosotros,
aunque parece que todavía están a un océano de distancia. La
mirada de Guerra cae pesadamente sobre mí, y sé lo que debe estar
pensando.
Ella falló.
—Lazarus, me alegro de volver a verte —grita Peste. Me mira
con los ojos entrecerrados por la preocupación. Se endurecen un
poco cuando se mueven hacia el hombre detrás de mí. Devolviendo
su atención a mí, Peste dice:
—¿Estás bien?
Esa única pregunta, esa simple pero sentida preocupación,
amenaza con aplastarme. No, no estoy bien. Pensé que sí, pero esto
es muy, muy malo y solo soy una mujer y creo que todos estamos
a punto de presenciar el fin del mundo.
Mi propia mirada se mueve de jinete en jinete. Sin siquiera
tener la intención de hacerlo, empiezo a caminar hacia ellos.
Muerte no me detiene, aunque juro que quiere hacerlo. Creo que, a
pesar de cómo está actuando de distante, quiere abrazarme contra
su pecho para asegurarse de que nunca me vaya.
Hambre salta de su corcel mientras los demás lanzan sus
miradas de piedra a Muerte, como si el jinete alado pudiera detonar
en cualquier momento. No dejo de caminar hasta que llego a Peste.
Le gusta que le llamen Víctor, recuerdo. El jinete no duda. En el
momento en que estoy al alcance de la mano, me atrae para un
abrazo que no espero. Su mano acaricia mi espalda de arriba abajo
de una manera casi paternal. Sin querer, me derrumbo en el abrazo,
y él me aferra con más fuerza.
Nada de esto tiene sentido. Mi amante mató a mi familia, el
hombre que me abraza mató a mis padres y los otros dos han
matado a muchos más. Mi hijo se está quedando con gente que
nunca he conocido, y todo eso podría no importar muy, muy
pronto.
—Estás bien—dice el jinete con voz suave—. Todo va a ir
bien. De verdad que lo hará.
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Es una frase tan pequeña e inocua y, sin embargo, me estoy
ahogando de la misma manera que cuando vi a mi madre hace solo
unos días. Asiento con la cabeza, tal vez un poco demasiado rápido,
y me aparto, mostrándole a Peste una sonrisa tensa.
—¿Cómo está Ben? —le pregunto, aunque probablemente
Muerte sepa de eso más que él.
—Está bien cuidado —dice, con los ojos arrugados en las
esquinas—. Mi esposa Sara se ha autodenominado su hada
madrina. —Peste guiña un ojo—. Ella le estaba dando galletas de
azúcar cuando nos fuimos. —Sus ojos me miran de nuevo—.
¿Cómo estás?
Estoy enamorada de Muerte y mi alma está gritando, pero ...
—Bien. —La palabra sale ronca y equivocada. Es tan obvio
que es mentira. Peste frunce el ceño. Sus ojos se mueven
rápidamente hacia Muerte, con la mirada acerada.
—¿Qué le has hecho? —exige Peste.
Thanatos da un paso adelante.
—¿Cómo te atreves a acusarme de nada? —Su voz truena—
. Lazarus es lo único que amo por encima de todo.
—¿Lo es? —dice Hambre, sacando su guadaña de detrás de
su espalda mientras se pavonea hacia adelante. Gira el arma en su
mano—. Porque me parece que no dejarías tu tarea por ella. —El
Segador suena casi regodeándose.
Le frunzo el ceño.
—Me alegro de que estéis aquí, hermanos míos —dice
Muerte, con su voz resonando a través de las colinas—. Vinimos a
la tierra para acabar con la humanidad. Y hoy finalmente lo
haremos, de una vez por todas.
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Capítulo 70
- 473 -
Un sollozo ahogado se me escapa y mis rodillas casi se
doblan. Niego con la cabeza.
—¿Cómo puedes si quiera decirme eso? —digo—. Me lo
prometiste.
Aprieta los labios. Ahora mis piernas sí se doblan. Muerte me
atrapa antes de que caiga al suelo, arrastrándome hacia él. Niego
con la cabeza una y otra vez.
—Por favor —le suplico—. Haré lo que sea. Pero por favor,
no a Ben.
Es solo un bebé. El jinete me abraza.
—Va a estar bien, Laz.
Son casi las mismas palabras que acaba de decir Peste y, sin
embargo, me impactan para mal.
—No hagas esto —le susurro—. Por favor, no lo hagas.
La tierra tiembla violentamente ahora, los edificios que nos
rodean se balancean y gimen. Puedo escuchar cosas en la distancia
que se rompen por la tensión.
—No puedo complacerte a ti y al universo, Kismet —dice
Thanatos—. Pero yo no quiero esto. No quiero hacerlo en absoluto.
Un edificio en la distancia se derrumba. ¡BOOM!
La tierra se sacude ferozmente, y si no fuera por el agarre de
Thanatos sobre mí, me habría caído al suelo. Lanzo una mirada
salvaje a nuestro alrededor. El mundo está a punto de deshacerse
piedra por piedra y Muerte es el responsable. Muerte, que me
abrazó en mis peores momentos. ¿Quién ha agonizado por mi
sufrimiento, incluso cuando éramos enemigos?
—¿Así es como termina todo? —digo—. ¿Así es, como
termino yo?
Muerte ahueca mi rostro.
—La vida y la muerte son amantes, Lazarus. No hay fin para
nosotros, no hay un yo sin ti, y no hay un tú sin mí. Eres la única
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excepción a todo esto. Mi única excepción. Puedo segar el mundo...
pero no puedo, —no quiero— llevarte con el resto. No te dejaré en
absoluto.
No puedo entender lo que Muerte está diciendo, pero lo que
sí entiendo es que no me dejará atrás. Todo lo demás se irá, pero
yo no. La mera posibilidad de ese futuro es aterradora. La expresión
del jinete se vuelve distante, y puedo ver a Thanatos como debe
parecerles a los demás: remoto, despiadado e inflexible. Mi
corazón late enloquecido. Realmente va a hacer esto. Puedo ver que
lo va a hacer. Querido Dios. Thanatos se aleja de mí, y su atención
se centra en sus hermanos.
—Se acabó el tiempo de hablar —dice muerte—. Únanse a
mí o peleen contra mí, pero el Juicio Final ahora está sobre
nosotros.
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Capítulo 71
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Bueno, mierda.
Muerte
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Lazarus
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de viento la hace a un lado. Peste lanza una flecha y luego,
ajustando su puntería, dispara otro tiro a la izquierda del jinete.
Cuando el viento de Muerte empuja la primera flecha a un lado,
impulsa la segunda flecha en su curso. El proyectil pasa rozando a
Thanatos, cortando el borde exterior de su pierna.
Muerte vacila en el cielo, luego se eleva más alto. Mientras
lo miro, las nubes comienzan a acumularse, pareciendo moretones
moteados.
—Se ha movido fuera de mi alcance —dice Peste—. No
podré darle, a menos que... —Peste escudriña el horizonte. A
nuestro alrededor hay edificios. Edificios derruidos.
Los ojos de Peste se posan en uno en particular. Sigo su
mirada. Un rascacielos abandonado que está justo a nuestra
derecha. La estructura parece estar ya a medio camino de la tumba,
la cosa se inclina precariamente.
—Puedo atacarlo desde allí —dice, asintiendo con la cabeza.
—Hermano, está destruyendo los edificios mientras
hablamos —argumenta Guerra.
Como para puntuar el pensamiento, una iglesia cercana se
derrumba, sus agujas desaparecen en la nube de polvo que se eleva.
Pero Peste ya está trotando hacia la estructura tapiada.
—Maldito idiota —murmura Hambre, pero es a Muerte a
quien el Segador lanza su mirada letal—. Déjame intentarlo con
ese bastardo —dice, con la malevolencia entrelazando su voz.
Se levanta un fuerte viento, pero tan pronto como llega,
Muerte parece contrarrestarlo con uno propio.
—Tendrás que hacerlo mejor que eso, hermano —dice
Guerra, moviendo su espada una y otra vez en su palma, claramente
impaciente por hacer algo.
—Calma tus tetas por un jodido momento, ¿quieres? —dice
Hambre.
Mientras habla, una gota de lluvia cae sobre mi cabeza. El
Segador levanta el brazo y lanza un rayo directamente hacia
- 479 -
Muerte. Jadeo ante la visión. Por un instante, veo un esqueleto
alado y no a mi jinete. Los aleteos de Thanatos vacilan, y me tenso,
esperando a que se desplome del cielo. Cae varios metros y luego
se endereza. Sus alas se abren una vez más, y parece… ileso.
—¿Así está mejor? —Guerra se burla.
—¡Eso debería haber funcionado! —dice Hambre.
—Tu poder también es su poder, y él es inmune a sus efectos.
Muerte dirige su atención brevemente a Hambre, con los ojos
desenfocados como si realmente no estuviera viendo a su hermano.
Un instante después, otro rayo atraviesa el cielo y se estrella contra
el Segador.
¡THA-BOOM!
Tragándome un grito, retrocedo a trompicones cuando la luz
cegadora golpea a Hambre y lo lanza a tres metros de distancia.
Queda tendido en el asfalto, inmóvil. Demasiado para ser inmune
a su propio poder...
—Se pondrá bien —me asegura Guerra. Al Segador le grita—
¡Levántate, hermano! Tienes más guerra que dar.
Hambre gime. Un momento después, rueda a un lado y luego
se levanta. Se balancea un poco, con los pies inestables.
Un sonido como el de un trueno ruge a nuestro alrededor. El
Segador frunce el ceño cuando se acerca a Guerra y a mí.
—Esa tormenta no es mía.
—No —dice Guerra sombríamente—, debería ser la mía.
Miro al jinete.
—¿Cómo que la tuya? —pregunto inquieta—. Pensé que te
habían quitado tus poderes.
Mientras hablo, el suelo tiembla violentamente, casi me hace
caer. Hambre me coge del brazo y me mira a los ojos mientras me
endereza. Él hace un único y solemne movimiento de cabeza.
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Imbécil o no, los dos estamos juntos en esto. Guerra mira a Muerte,
que parece tan intocable como siempre.
—¿Te atreves a poner en mi contra a mis antiguos aliados,
hermano? —Guerra brama en el cielo.
Thanatos ni siquiera mira hacia abajo, su expresión es
ausente.
—Será mejor que te prepares con ese cuchillo. Estamos a
punto de tener mucha compañía. —Me dice Guerra.
—¿Mucha compañía? —hago eco, volviéndome a ver nuestro
entorno—, Pero no hay nadie ... Vivo.
Sin embargo, hay una ciudad llena de cadáveres. El temblor
del suelo se vuelve cada vez más intenso. Mientras tiembla, varios
edificios en la distancia se derrumban.
—¡Peste! —grita Hambre— ¡Saca tu culo de ese edificio!
Peste, sin embargo, no está a la vista, y si ha oído al Segador,
no le hace caso. En la carretera, un cadáver cercano se levanta.
Giro, solo para ver más levantarse detrás de nosotros. Cuanto más
miro, más aparecen, en los edificios, en las calles que bordean la
carretera. Los muertos se reaniman, con sus rostros podridos fijos
en nuestro grupo. Por un segundo, todo lo que hacen es mirar
fijamente. Luego, como uno solo, comienzan a correr hacia
nosotros.
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Capítulo 72
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Hambre, dándole una patada a la mujer en el pecho. Su cuerpo
emite un sonido nauseabundo al caer al suelo, y hago una mueca.
Voy a por otro.
—Apunten a piernas y brazos —nos ordena Guerra al resto
de nosotros—. El objetivo es inutilizarlos; no hay que matarlos.
Miro al enorme jinete justo cuando balancea su espada como
un bate de béisbol, cortando una línea de oponentes. Evito mirarlos
mientras se deshacen. Esta es la situación más enfermiza en la que
me he encontrado. Guerra se encuentra con mi mirada. Señala con
la cabeza mi daga.
—Esa puede cortar también los huesos, aunque yo apuntaría
a las articulaciones —dice conversando como si nada, incluso
cuando un resucitado salta sobre su espalda. Él agarra a la criatura
por el cuello y se la arroja a más muertos vivientes que se acercan,
derribando al grupo entero—. Piensa en ello como si estuvieras
trinchando un pavo —continúa Guerra, mientras en mi otro lado,
Hambre balancea su guadaña alrededor de su cuerpo, cortando a
los muertos que lo rodean.
Le lanzo a Guerra una mirada horrorizada, mientras deslizo
mi daga en el hombro de un resucitado cercano.
—Nunca volveré a comer carne.
Guerra me lanza una sonrisa feroz y luego vuelve su atención
a sus atacantes. Apunto a las articulaciones, cortando hombros,
muñecas y codos, la carne podrida se deshace bajo mi daga, su
sangre y otros jugos innombrables me caen encima.
Estas no son personas, estas no son personas, tengo que
recordarme.
Los muertos siguen viniendo, incluso mientras montones de
cuerpos rotos y retorcidos se amontonan a nuestro alrededor. Al
otro lado del camino, veo a Peste en el techo del edificio al que fue
antes. Solo hay unos pocos resucitados en el techo, y mientras miro,
veo que el jinete patea a un no-muerto por el costado de la
estructura, el cuerpo del cadáver gira mientras cae. Pero incluso
mientras observo, más muertos están trepando por las paredes. No
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llegan muy lejos antes de que su agarre ceda y caigan en picado de
nuevo al suelo, pero más, se están moviendo dentro del edificio.
Cerca de mí, Hambre deja caer su guadaña, frunciendo el
ceño mientras sus ojos observan las hordas de muertos que pululan
por la carretera mientras corren hacia nosotros. El segador mueve
sus manos como si estuviera recogiendo magia del aire,
extendiendo sus dedos. Sus brazos están temblando por el esfuerzo.
Desde las profundidades, la tierra se estremece. El asfalto y
el hormigón se resquebrajan mientras enormes y retorcidas plantas
surgen del suelo. Las enredaderas y las ramas arrebatan a los
muertos vivientes a su paso, enredándose alrededor de los
cadáveres como serpientes. Puedo oír el asqueroso sonido de
cientos de huesos rompiéndose. Lo más inquietante es que no hay
gritos de dolor. Los muertos no hacen ningún ruido mientras sus
cuerpos son aplastados. A mi derecha, el edificio en el que está
Peste gime.
—¡Hermano! —grita Hambre con más emoción de la que
pensé que era capaz de tener.
Antes de que pueda decir más, una parte del rascacielos se
derrumba. Los cadáveres caen junto a los escombros, y en la parte
superior de la estructura, veo a Peste lanzarse hacia el borde del
techo mientras el suelo se desploma. Hambre eleva una mano, y
una línea de enredaderas retorcidas brota desde donde nos
encontramos hasta la base del edificio, elevándose y entrelazándose
para formar una especie de puente. En el otro extremo de este
puente improvisado, una monstruosidad gruesa y enredada se
desliza por las paredes del edificio. A mitad de camino hacia la
cima, se ralentiza.
—¡No puedo hacerla más grande! —grita Hambre.
Dudo que Peste pueda oírlo, pero está bastante claro que este
es el límite de la ayuda del Segador. Peste se pone de pie y,
arrojándose el arco sobre el pecho, se mueve directamente sobre el
puente de lianas de Hambre, donde ya se ha unido a la planta que
crece en las paredes del edificio. El rascacielos gime de nuevo, y
luego el resto de la estructura comienza a derrumbarse.
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Me aguanto un grito cuando Peste salta, su cuerpo cae en
picado hacia la tierra. Antes de que pueda tocar el suelo, las plantas
de Hambre se estiran y atrapan al jinete. El follaje cruje mientras
lo deposita en el borde más alejado del puente. A Peste le toma un
momento orientarse, pero una vez que lo hace, se mueve sobre el
puente con sorprendente agilidad. Se baja de él, asintiendo con la
cabeza a Hambre.
—Gracias hermano —dice Peste, levantando el arco de su
pecho.
—Solo hago mi trabajo —dice Hambre—. Ana dice que
debemos cuidar de nuestros ancianos.
En serio, el Segador no sabe cómo manejar la gratitud. Pero
Peste se ríe y le da una palmada en la espalda.
—Espero que tú también tengas la oportunidad de
experimentarlo, hermano.
La expresión de Hambre se vuelve seria.
—Lo haré.
Ahora que los jinetes están a salvo y juntos, nos damos cuenta
de la carnicería que nos rodea. Cientos, si no miles, de cadáveres
se retuercen, ya sea atrapados en las plantas de Hambre o
amontonados. Una mano en descomposición se aferra al tobillo de
Guerra. El jinete le da una patada a la extremidad y la hace volar
fuera de la carretera, la cosa golpea la cara de un resucitado
atrapado. En la distancia, puedo ver más muertos vivientes
escalando la vegetación, y mientras las plantas hacen un trabajo
rápido con estos nuevos cadáveres, no hay forma de que puedan
mantener a raya a la horda por mucho tiempo. El Segador hace una
mueca a los cuerpos.
—Huelen... a mierda.
—Son cadáveres —dice Peste, escarbando entre los muertos.
De debajo de ellos, saca uno de los fajos de flechas que había
dejado a un lado antes—. ¿Esperabas que olieran como tus
preciosas rosas moradas, que te gusta frotarte cuando crees que
nadie te mira?
- 485 -
En respuesta, un arbusto cerca del jinete se abre, liberando un
aparecido casi pulverizado. La criatura se lanza hacia Peste.
—Ups —dice Hambre.
Maldiciendo en voz baja, Peste deja caer sus armas justo
cuando la criatura choca contra él. Agarrándolo con ambas manos,
Peste lanza al no-muerto por encima de su hombro, apuntando el
cuerpo directamente hacia el Segador. El cadáver choca contra
Hambre y casi lo derriba. El Segador comienza a maldecir cuando
Guerra se acerca y balancea su espada, cortando al muerto viviente
por las rodillas.
En el cielo, Thanatos vacila. Mira hacia abajo, al espectáculo
que tiene delante. Si se da cuenta de mí presencia, no hace señal
alguna. En cambio, a nuestro alrededor, las plantas de Hambre se
marchitan. No liberan a los aparecidos atrapados, pero tampoco es
necesario. Cientos más ya están trepando por el muro de plantas.
—Mierda —maldice el Segador.
El suelo tiembla mientras más plantas salen de él. Hambre se
concentra en hacer crecer nuestras defensas, los cuerpos que nos
rodean comienzan a vibrar.
—Peste, Lazarus, Hambre —llama Guerra—, prepárense .
Mi mirada recorre a los muertos justo cuando los montones
de partes de cuerpos lacerados se juntan, se vuelven a unir como si
nunca hubieran sido cortados. He visto esto antes con los sirvientes
de Muerte, cuando parecía como si la magia y nada más unieran
sus formas. Pero nunca lo había visto suceder en cuerpos carnosos.
Las extremidades cortadas no se vuelven a unir físicamente; en
cambio, la magia parece mantenerlas en su lugar. En cuestión de
segundos, legiones de muertos vuelven a estar enteros.
Adolescentes, adultos, niños y ancianos. Todos ellos nos miran con
los ojos podridos.
Luego, como uno solo, atacan.
Le doy una patada a un brazo cortado de un retornado
cercano. Mi bota encuentra resistencia, pero luego, ni un segundo
después, el miembro se desprende. Espero a que se vuelva a unir.
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En su lugar, se mueve a tientas por el suelo. Bueno, eso facilita
considerablemente las cosas. Empiezo a patear las rodillas y los
brazos, pasando mi espada por los brazos y las piernas y cualquier
otra cosa que esté a mi alcance. Aun así, los jinetes se ven
abrumados en gran medida. Hambre sigue haciendo crecer las
plantas y están arrancando algunos de los muertos, pero hay tantos
cadáveres acercándose a nosotros que sus esfuerzos simplemente
frenan el flujo de ellos, no los detienen por completo.
En medio del caos, veo una línea de esqueletos marchando
por la autopista. Debe haber una docena de ellos, y se deslizan entre
las garras de las plantas de Hambre y se abren paso entre los
escombros. A diferencia de los otros muertos, no se apresuran ni se
centran en los jinetes. En cambio, avanzan hacia mí.
—Lazarus —grita Peste mientras atraviesa a un no muerto—
, ¡vienen a por ti!
Corro lejos de los esqueletos, balanceando mi daga prestada
y cortando las extremidades de los retornados que me atacan donde
puedo. Los sirvientes de Muerte se acercan a mí como una unidad,
y el hecho de que me esté moviendo no parece importarles. La
mitad del grupo simplemente pasa junto a mí y los jinetes, mientras
que la otra mitad se abre en abanico frente a nosotros. Solo
entonces realmente se acercan a mí, moviéndose en una formación
cada vez más apretada hasta que me rodean. Una vez que se sitúan
en su lugar, permanecen inquietantemente inmóviles.
Intento pasar por delante de ellos, pero en el momento en que
doy un paso hacia uno de los esqueletos, todo el grupo se desplaza
en la misma dirección, manteniendo un límite de un metro a mi
alrededor lo mejor que pueden. Están frustrantemente fuera de mi
alcance. Lo intento de nuevo, acechando hacia otro esqueleto en el
lado opuesto del círculo, y nuevamente, el mismo resultado. Dejo
escapar un suspiro antes de preguntarme: ¿qué pasaría si ignorara
por completo a los esqueletos y me acercara a uno de los retornados
que pelean fuera del círculo?
Veo que uno de ellos carga contra Peste, y me muevo para
cortarle el paso a la criatura. Los esqueletos se mueven conmigo,
- 487 -
pero una vez que alcanzo a los muertos vivientes que atacan, mis
guardias dejan de avanzar, impidiéndome acercarme más a la
criatura. Apuñalo al cadáver pútrido más allá de los esqueletos. Mi
daga se hunde en la piel moteada de la mujer, pero no hace mucho,
no con un esqueleto en medio de las dos. Así que, sacando mi daga,
cierro el puño alrededor del mango de mi arma y le doy un puñetazo
en el cráneo al esqueleto que tengo delante. Se echa hacia atrás,
chocando contra el cadáver en descomposición y desequilibrando
a ambos retornados.
El cadáver más fresco cae al suelo, y acercándome, le pongo
una bota en el pecho a la no-muerta y le corto los brazos por las
articulaciones, tratando de no sentir náuseas ante el horrible olor de
ella o el hecho de que una vez fue una mujer humana. Le desprendo
las piernas de la misma manera, solo haciendo una pausa para
desviarme y vomitar cuando las imágenes, los sonidos y los olores
me abruman.
No soy un monstruo, me digo a mí misma. Porque muerto o
no, esto parece monstruoso. Mis guardaespaldas esqueléticos ya se
han reunido a mi alrededor, pero no importa porque de repente
puedo volver a luchar. Cada vez hay más retornados, y parece que
se necesita todo para mantenerlos a raya.
—¡Hambre! —grita Guerra, cortando a más muertos
vivientes mientras habla—. ¡Olvídate de los resucitados!
Ante eso, el Segador parece quedarse quieto, con una mirada
de incredulidad en su rostro.
—¿Estás loco? —grita en respuesta.
—Puedo ser mortal, pero sigo siendo un señor de la guerra y
obedecerás mis órdenes. Deja de usar tus poderes contra los
retornados y crea una barrera alrededor de ti y de Peste lo
suficientemente fuerte y firme como para mantener fuera a los no-
muertos.
Tan pronto como Guerra habla, dos círculos separados de
árboles se elevan del suelo. Cada tronco de árbol está tan cerca del
siguiente que ni siquiera los renacidos más pequeños podrían
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atravesarlo. Los círculos de árboles se cierran alrededor de Hambre
y Peste.
—¿Qué hay de ti y Lazarus? —le pregunta el Segador, por
una vez sin discutir con su hermano.
—Lazarus no necesita protección. Muerte no se atrevería a
hacerle daño.
Los ojos del Segador se posan en mí antes de regresar a
Guerra.
—¿Y tú?
—Uno de nosotros todavía tiene que poder moverse
libremente —dice Guerra, incluso mientras corta una fila de
cadáveres entrantes—. Ahora, hermano mío —continúa—, usa
todo lo que esté a tu alcance para sacar a nuestro hermano del cielo.
Mi corazón late descontrolado.
—Peste —grita—, prepara tu arco; una vez que Hambre haga
que Muerte baje lo suficiente, quiero que le dispares. Lazarus —
dice, cortando a algunos muertos vivientes más antes de mirarme—
, una vez que Muerte esté fuera del cielo, si aún no está muerto, tú
serás quien deba matarlo.
Palidezco. Guerra debe ver mi expresión porque agrega:
—Eres la única que puede acercarse lo suficiente.
He matado a Muerte muchas veces, pero fue cuando no quería
al jinete. Ahora lo amo.
—No sé si puedo —susurro con voz ronca.
—Entonces estamos todos condenados.
Los ojos de Guerra son duros. Es la voz de un general, alguien
que sabe que no hay lugar para la compasión en el campo de batalla,
no cuando tu enemigo no mostrará ninguna hacia ti. Pero Thanatos
no es mi enemigo, y lo que está haciendo puede estar equivocado
y mal, pero no sé si es malvado. Para ser honesta, ya no estoy
segura de qué es el mal.
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Hazlo por Ben y todos los demás que aún no han perdido la
vida.
Respiro con fuerza, luego asiento, más que nada para
convencerme a mí misma. Guerra me sostiene la mirada con una
suya astuta, y siento que, subliminalmente, está diciendo: Todos
debemos hacer sacrificios. Este es el tuyo. Pero también me doy
cuenta de lo que está omitiendo. Mientras Hambre y Peste están
trabajando para hacer que Muerte caiga del cielo, y yo me preparo
para matar al jinete invencible, Guerra— un muy mortal Guerra —
se enfrentará solo, a los retornados. No va a sobrevivir a esto. Por
eso me está mirando intensamente. Respiro profundamente.
—Lo haré —digo. Y es en serio, incluso si eso significa
romper mi corazón en el proceso. Guerra asiente lentamente.
—Bien. —Aun mirándome, grita—: Hambre, Peste, Lazarus,
ha sido un honor luchar a vuestro lado. Será un honor, morir junto
a vosotros. Hagamos que valga la pena.
—Agg, no te pongas sentimental ahora —bromea Hambre,
pero la expresión de su boca dice lo contrario y sus ojos agudos
brillan.
—Un honor —responde Peste, asintiendo con la cabeza hacia
Guerra.
No sé nada sobre el honor y todo este glorioso asunto de la
muerte. La vida todavía se extiende frente a mí, vasta, insondable
y aterradora. Pero mientras los muertos vivientes se apresuran
hacia el jinete, tengo que enfrentarme a ella, de todos modos. Doy
tajos y patadas y, a veces, cuando mis guardias se interponen,
destrozo huesos. Mi respiración se vuelve jadeante mientras trato
de estar en todas partes a la vez.
Guerra está haciendo todo lo posible para ayudar a sus
hermanos, arrastrando a los no-muertos de las jaulas improvisadas
de Hambre, así como recogiendo las últimas flechas de Peste y
deslizándolas hacia el jinete. Mientras hace eso, lo sigo, cortando a
las criaturas que están tratando de romper los huesos del señor de
la guerra y desgarrar su carne.
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Sobre nosotros, las nubes se unen y el aire cambia. Una
gruesa gota de lluvia golpea mi cabeza, luego otra y otra. Empieza
a llover sobre nosotros, lavando la suciedad, pero también haciendo
que los retornados sean mucho más… pegajosos. Un relámpago
destella, y levanto mi mirada justo cuando un rayo golpea a
Thanatos. Su espalda se arquea un poco mientras lo recorre la
electricidad, y mi garganta se cierra al verlo. Otro rayo más
atraviesa a Muerte. No se ha recuperado de éste antes de que un
tercero se estrelle contra él. Hambre golpea a Thanatos una y otra
vez. Con cada impacto, el jinete cae varios metros antes de
recuperar la compostura.
¿Me siento mal porque mi verdadero amor está siendo asado
hasta la muerte por relámpagos sobrenaturales? Si.
¿Creo que se lo merece por ser un bastardo y forzar el Día del
Juicio Final? También sí.
—No puedes robar almas ahora, hermano, ¿verdad? —se
burla el Segador.
—¡Eso es, Hambre! —anima Peste, insertando una flecha en
su arco mientras Guerra corta a los retornados trepando por la jaula
de Peste.
Peste apunta su arco, y por un instante, dejo de luchar, solo
para mirar. No puedo decir lo que siento. Mis emociones están
enredadas. Quiero que el plan de Guerra funcione; también temo
que lo haga. Peste lanza su flecha, el proyectil se arquea hacia
Thanatos. Justo cuando se acerca a Muerte, una ráfaga de viento lo
hace pedazos. Por supuesto, me olvidé de esto. Peste maldice,
luego saca otra, apuntando y luego dejándola volar. También se
desvía de su curso en el último momento.
—¡Necesito ayuda con el viento! —grita Peste.
—¡Estoy un poco ocupado asando a este hijo de puta! —
responde Hambre a gritos.
Sigo destrozando los huesos de mis captores y cortando las
extremidades de los no-muertos, pero es un trabajo lento y
desagradable.
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¿Cuántos minutos nos quedan antes de que el poder de
Muerte llegue a Ben y los demás?
Me muevo frenética ahora, presa del pánico al pensar que ya
ha pasado mucho tiempo y, sin embargo, nuestros esfuerzos no nos
han llevado muy lejos. Peste comienza a apuntar no solo a Muerte,
sino también a su alrededor con la esperanza de que algo pueda
pasar cerca del jinete alado y aterrizar donde necesita.
¡BOOM! ¡BOOM! ¡BOOM!
La lluvia ha cesado, pero los relámpagos no. Un rayo tras otro
golpea a Thanatos, el ataque es tan intenso que el manto esquelético
que recubre el rostro y el cuerpo de Muerte parece permanente. Su
espalda está arqueada, sus alas aletean, un poco erráticas. Debajo
del cráneo que cubre su rostro, puedo ver que está haciendo una
mueca. Poder compartido o no, esto le está haciendo algo.
Cerca de mí, Guerra lanza un grito de batalla mientras lucha.
Corta a los muertos de tres en tres. Los cuerpos se amontonan a
nuestro alrededor, pero cada segundo, vienen más.
—¡Me queda una última tanda de flechas! —grita Peste.
Miro a Muerte justo cuando, por fin, pliega las alas y cae. Por
un instante, los relámpagos se detienen cuando golpea la pared de
follaje a unos a 30 metros de nosotros. Mis oídos zumban en el
repentino silencio. Los retornados siguen viniendo y atacando, pero
Thanatos yace desplomado en las ramas, con las alas en una postura
cómica.
Doy un paso vacilante hacia él, con el corazón palpitando
enloquecido. No hay alivio ni victoria en esto. Debería alegrarme,
pero todo lo que siento es pánico por su estado, y pena por la
situación. Me abro paso entre más retornados, con la mirada fija en
mi jinete. Mientras yace allí, las plantas que lo rodean parecen
marchitarse hasta convertirse en polvo, los muertos atrapados en
sus garras se liberan una vez más. Muerte cae en la carretera
sembrada de escombros.
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Guerra brama, alejando mi atención de Muerte. Dos muertos
vivientes están agarrando el brazo que sujeta la espada del señor de
la guerra, y el brazo en sí, está doblado en un ángulo extraño. Roto.
Guerra se cambia la espada de mano y comienza a mover la
hoja como si no hubiera diferencia. Aun así, me da un vuelco el
estómago. Está bastante claro que ya no puede luchar con toda su
fuerza, y los retornados lo están asediando más rápido de lo que
puede matarlos. Me mira y asiente. Joder, aquí es donde entro yo
en juego.
Agarro mi daga con más fuerza, mis náuseas vuelven a
aumentar. Doy un paso tentativo, luego otro, preparándome para lo
que debo hacer. Puedo hacer que el final de Muerte sea rápido. No
será para siempre. Él puso su deber con Dios por encima de mí;
puedo poner mi deber con la humanidad por encima de él. Sin
embargo, cada paso agonizante que doy se siente mal.
A nuestro alrededor, Los Ángeles ya no se parece a sí misma.
Todos los edificios se han derrumbado y montañas de escombros
ocupan su lugar. Los muertos se mueven sobre esos escombros, y
son muchos. Todos se dirigen hacia aquí. Estoy casi a medio
camino de Muerte cuando una de sus alas se agita. Segundos
después, los relámpagos de Hambre están de vuelta.
¡BOOM! ¡BOOM! ¡BOOM!
Se estrellan contra Thanatos, la fuerza que traen es tan
intensa, que pierdo el equilibrio y caigo en un montón de miembros
retorciéndose. El olor, la textura y el movimiento, todo es
demasiado. Me vuelvo hacia un lado y me dan arcadas, aunque no
sale nada. Mi estómago ya ha soltado todo su contenido.
—¡Lazarus! —Brama Guerra—. ¡Ahora!
Miro a Muerte, respirando con dificultad. Está a solo quince
metros de mí, pero parece como si un océano nos separara. Me
obligo a ponerme de pie, incluso cuando mis piernas están
temblando. Los relámpagos continúan golpeando a Thanatos, pero
mientras observo, las alas del jinete se mueven un poco más, y no
puedo estar segura, pero… no creo que sea un movimiento reflejo
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provocado por el relámpago. Entonces, los brazos de Muerte se
mueven debajo de él, y eso definitivamente no es un reflejo.
Me arrastro a través de los cadáveres retorcidos, mis guardias
esqueléticos se mueven conmigo. Muerte mete una pierna debajo
de su cuerpo, luego se empuja hacia arriba mientras los rayos
continúan golpeándolo. Es difícil ver alrededor del manto
esquelético que lo cubre, pero creo que sus ojos oscuros brillan con
furia mientras mira fijamente a Hambre. Extiende la mano y sus
dedos se ven mitad como huesos, mitad como carne.
De repente, el rayo se detiene. Miro hacia atrás, al Segador a
tiempo de verle tropezar con los barrotes vivos de su jaula, con los
ojos y las mejillas hundidas. Peste dispara una flecha, que se
incrusta en una de las alas de Muerte, luego otra que le atraviesa la
garganta. Thanatos alcanza detrás de su cabeza y saca la flecha de
la parte de atrás de su cuello, su herida sana justo delante de mis
ojos.
—¡Muerte! —Le grito, pasando por encima de otro cuerpo.
Pero todavía está concentrado en Peste, que ahora lanza flechas
sobre él. El viento sopla alrededor de Thanatos, derribando los
proyectiles.
Date prisa, me digo, acelerando el paso mientras tropiezo con
restos humanos retorciéndose. Ahora solo hay seis metros entre
Muerte y yo. Seis metros de carnicería. Peste hace un sonido
ahogado y su espalda se arquea. Su arco se resbala de su agarre
cuando cae de rodillas. Su carcaj y las pocas y valiosas flechas caen
al suelo, y mientras miro, el jinete —el mismo que se llevó a mis
padres hace tanto tiempo— ahora se marchita ante mis ojos. El
pánico me recorre.
—Detente. —La palabra sale como un susurro cuando
empiezo a correr hacia Muerte—. ¡Detente! —le digo de nuevo,
más fuerte.
Pero el rugido de Guerra eclipsa mis palabras. Me doy la
vuelta a tiempo para ver que ha caído de rodillas. Apenas puedo
distinguirlo de la montaña de renacidos acercándose a él. Se lleva
la mano a una de las dagas enfundadas en su pecho, su espada no
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está a la vista. Guerra empuja a los cadáveres a un lado el tiempo
suficiente para lanzar un cuchillo fino como una aguja a Muerte.
La hoja hace un silbido mientras gira por el aire. Pero Thanatos lo
golpea con ese viento extraño, con la misma facilidad que hizo con
las flechas de Peste. Guerra lanza otro y otro.
Cuando coge una cuarta hoja, veo un destello de metal justo
en el momento en el que un retornado lo empuja hacia adelante,
hacia el abdomen de Guerra. El jinete brama de nuevo y me doy
cuenta, finalmente, de lo que está sucediendo. El no-muerto le quitó
su espada, y ahora lo están matando con ella. Pero Thanatos
tampoco ha terminado con este hermano suyo. El señor de la guerra
todavía está tratando de alcanzar otra arma cuando sus mejillas se
ahuecan y su piel se hunde. Los tres hermanos se marchitan,
sucumbiendo a cualquier poder oscuro que Muerte ejerce sobre
ellos. Me enfrento a Thanatos una vez más, y ahora estoy corriendo
hacia adelante, saltando sobre cuerpos y asfalto rescrebrajado, mis
guardaespaldas esqueléticos mantienen la formación a mi
alrededor.
—¡Para! —Doy un grito entrecortado y agónico.
Muerte mueve su mano hacia mí, sus ojos desenfocados, y
por un momento inquietante, creo que me va a hacer lo que les ha
hecho a sus hermanos. En cambio, el suelo se agrieta y se levanta
una maraña de follaje, creando una jaula inquietantemente similar
a las que hay alrededor de los otros dos jinetes.
—¡Thanatos! —Grito, tratando de salir de la jaula que se
eleva.
Uno de los esqueletos que me rodean me empuja hacia
adentro mientras termina de formarse, las ramas se entrelazan.
—¿Por qué estás haciendo esto?
Por un momento, los ojos de Muerte se agudizan y parece
agonizar. Luego, su atención vuelve a sus hermanos, y se muestra
frío e implacable una vez más. Mi jaula viviente sigue creciendo y
enroscándose a mi alrededor. Una vez que está completa, los
esqueletos que me han servido durante semanas caen al suelo, nada
más que huesos una vez más. Un momento después, los otros
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muertos vivientes los siguen, sus cuerpos podridos emitiendo
sonidos húmedos cuando golpean el suelo. A su paso, el silencio es
ensordecedor.
A mi alrededor, los otros jinetes agonizan. No hay más rayos,
no más flechas, no más cuchillos. Veo un Peste amable, un Guerra
feroz y un Hambre voluble retorciéndose en el suelo, sus cuerpos
envejeciendo ante mis ojos.
—¡Los estás matando! —grito.
Dos lágrimas se deslizan por mis mejillas. ¿Cuándo empecé
a llorar?
—Realmente no pueden morir, Lazarus —dice Muerte, su
voz carente de emoción—. Ninguno de nosotros puede.
Usando mi daga, miro a uno de los árboles, pero con cada
segundo que pasa, su tronco parece engrosarse. Desisto de cortarlo
y empiezo a treparlo. Me resbalo una y otra vez mientras subo, y
cuando finalmente llego a la cima, las plantas se entrelazan hacia
adentro entre ellas, creando una especie de techo abovedado que es
frustrantemente impenetrable. Mi corazón late frenéticamente. Más
rápido, más rápido. No puede quedar mucho tiempo.
Mi daga se desliza de mis resbaladizas manos y cometo el
error de intentar alcanzarla. Esa reacción instintiva me hace perder
el equilibrio y pierdo mi agarre. Me resbalo, caigo al suelo y un
gemido se me escapa mientras aterrizo con fuerza sobre mi espalda.
Ruedo hacia un lado, mi cuerpo está frágil y magullado. A través
de mi jaula improvisada, ahora que los resucitados se han retirado,
puedo ver el propio recinto de Hambre.
En su interior, el Segador yace acurrucado en posición fetal,
con su cabello color caramelo esparcido a su alrededor. Su piel ha
adquirido un tono grisáceo y se hunde en sus huesos. Una de sus
manos está presionada contra su pecho, y tiene una mueca rígida
en la cara. Se me escapa un pequeño jadeo de mis labios al ver a
ese hombre, una vez temible, llevado al borde de la muerte. Al oír
el sonido, los ojos de Hambre se abren de golpe y encuentran los
míos. El horrible y malhumorado jinete y yo compartimos una larga
mirada. Acaba con esto, parecen decirme sus ojos.
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Hambre extiende una mano hacia las plantas que me
aprisionan, con su tembloroso brazo. Los árboles que me
enjaulaban se separan lo justo para que pueda pasar. Hambre baja
su brazo, dándome un leve asentimiento, uno que le devuelvo.
Agarrando mi daga, me obligo a ponerme de pie y salgo de la jaula.
Muerte comienza a volverse hacia mí cuando Hambre grita:
—¡Maldito imbécil! —Su voz es débil a pesar de que creo
que está tratando de gritar—. ¿Tuviste el mundo entero en tus
brazos y lo desperdiciaste para qué? ¿Para esto? —Lanza una risa
hueca que se torna en tos—. Puedes pudrirte por la eternidad,
Thanatos. Te arrepentirás de este momento hasta el final de tu
existencia de mierda.
Con una lentitud espeluznante, Muerte se vuelve hacia él.
Parece mítico, con su armadura plateada inmaculada y sus alas
oscuras asomando detrás. Hambre me compró este momento.
Silenciosamente, me muevo hacia Thanatos. Ahora mismo, Muerte
solo tiene ojos para Hambre. Thanatos da un paso hacia adelante,
su bota cruje sobre los huesos, sus alas se arrastran por la
podredumbre del suelo.
—¿Querías tu mortalidad, hermano? —le pregunta Muerte—
. Te la has ganado. Una vez que todo esto termine, morirás junto a
tus queridos humanos.
Un sonido ahogado se escapa de los labios de Hambre.
Mientras miro, su armadura de bronce desaparece de su cuerpo. A
su lado, la guadaña que una vez puso contra mi cuello se desvanece
hasta que no queda nada. Entonces, de repente, Hambre se debilita.
Creo que está muerto por un segundo, pero luego escucho sus
jadeos superficiales. Con la mirada de Muerte todavía fija en él,
doy varios pasos más hacia mi jinete, casi conteniendo la
respiración. Por el rabillo del ojo, veo que el Segador se lleva una
mano al pecho y deja escapar una risa débil.
—Bastardo —jadea—. Bastardo.
Me temo que Guerra y Peste ya están muertos. Temo que si
pierdo más tiempo siendo sutil, Hambre también morirá. Paso
sobre los huesos y cadáveres esparcidos, sin molestarme en
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amortiguar mis pasos. El mundo que nos rodea esta silencioso,
dolorosamente silencioso. Con una lentitud atroz, Thanatos vuelve
su atención hacia mí. Es tan hermoso y trágico como la primera vez
que lo vi. Solo ahora, veo que fue creado para este momento.
—No puedo dejar que hagas esto —le digo.
Esos ojos extraños y encantadores suyos, los que parecen
contener el universo entero, me atrapan.
—¿Qué hay que temer, Kismet? —dice suavemente. Su
cabello se ondula con la inmensidad de su poder—. No morirás y
no te dejaré atrás.
—Maldito seas, Thanatos, esto no se trata de mí.
Nunca se ha tratado de mí. Muerte dijo que Dios nos
observaba, incluso que se entrometía. Seguramente en este
momento tengo su atención.
Déjame detener esto. Sea cual sea el papel que se supone que
debo jugar, déjame desempeñarlo. Déjame acabar con esto.
Hay un sonido como el estallido de un trueno y una luz
cegadora que parece provenir de detrás de mis ojos. Tropiezo,
incapaz de oír más allá del zumbido en mis oídos o ver más allá de
la luz que nubla mi visión. Poco a poco, el zumbido de mis oídos
se convierte en el sonido de mi pulso que late con fuerza.
T-tump — t-tump — t-tump.
Parpadeo varias veces, el mundo vuelve a enfocarse.
—Lazarus.
Noto una mano en mi espalda y miro hacia los ojos
sobrenaturales de Muerte. Esas pecas plateadas en sus iris parecen
brillar más que antes, y están llenas de la preocupación que estoy
acostumbrada a ver en el rostro de Thanatos. Un Thanatos solemne
y trágico, que no teme a la muerte, pero odia el sufrimiento.
Thanatos, que es odiado universalmente, incluso por sus propios
hermanos. El que está para siempre encadenado a su terrible tarea.
Siempre incomprendido. Solo, para siempre. Excepto cuando
estamos juntos.
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¿De verdad crees que algo fue aleatorio?
Apretando mi agarre de mi arma, levanto la hoja, mis ojos se
encuentran con los de Thanatos. Estamos solos. Los otros jinetes
han desaparecido. La ciudad está en ruinas y sus habitantes yacen
esparcidos a nuestro alrededor. La mano que sostiene mi daga
tiembla cuando apunto al pecho de Muerte, la punta se cierne sobre
esas imágenes ctónicas martilladas en el metal. Estoy petrificada
cuando mi mirada se eleva hacia la del jinete. Lo que estoy a punto
de hacer va en contra de todo en lo que creo. Por un instante, los
ojos de Muerte parpadean traicionados. Respiro profundamente,
todo mi cuerpo se estremece.
—¿Me harías daño? —dice suavemente.
Trago mientras lo miro. Su boca forma una línea sombría
mientras observa mi expresión. Thanatos cuadra su pecho.
—Hazlo —me reta—. Esta es la única oportunidad que te
daré.
Respiro temblorosamente. Dame fuerzas. Hay dos formas de
detener a la Muerte: matarlo… O matarme a mí.
Le doy la vuelta a la daga y me la clavo en el pecho.
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Capítulo 73
- 500 -
Niego con la cabeza, pero no me escucha. Haciendo una
mueca de dolor, veo que su rostro se vuelve más resuelto. Luego
saca la hoja de mi pecho. Grito, o al menos lo intento. Sale como
un gemido agonizante y, afortunadamente, me desmayo.
—Kismet...
Me muevo, arrastrada a la vigilia por esa voz lamentándose.
Parpadeo y abro los ojos y... Agonía. Una agonía ardiente y
sofocante. Es todo lo que siento, eso y los riachuelos de sangre que
empapan mi pecho cuando salen de mi cuerpo.
—Lo siento, Laz. Todo estará bien pronto —promete
Thanatos—. Ya lo verás.
Coloca una mano sobre la herida y yo siseo en un suspiro.
Incluso ese toque ligero es brutalmente doloroso. Siento el poder
de Muerte rozar mi piel. Espero a que mi carne se caliente y me
pique mientras mi cuerpo se cura. Solamente que…
—¡No funciona!
El pánico se apodera de la voz del jinete. La criatura más
poderosa del mundo no puede curarme. Lo miro con un grito
ahogado. Esa súplica desesperada mía, ese rayo de luz detrás de
mis ojos ... Eso fue intercesión.
Les sucede a los humanos todo el tiempo, pero todos están
tan cegados por sus propias percepciones de la realidad que no se
dan cuenta. Se pierden las fuerzas más potentes de magia en sus
vidas, incluso cuando se despliegan ante ustedes.
Creo... creo que me han hecho verdaderamente mortal. El
terror me atraviesa. Nunca antes había temido a la muerte porque
en realidad nunca me quedé muerta. Pero esta vez, parece que va a
ser definitivo. Oh Dios, pensé que tendría más tiempo. Un tiempo
interminable. Cierro los ojos, exhausta por el dolor. Quiero decir
que estoy en paz, pero mierda, siento que me voy antes del acto de
clausura.
—Thanatos —murmuro.
- 501 -
Busco ciegamente su mano. Sobre todo, no quiero dejarle. Él
es todas las razones por las que quiero vivir.
—Laz...
Laz. Abro los ojos ante la familiaridad de ese nombre. Me
encuentro con la mirada de Thanatos. El miedo llena sus ojos. Él
también está aterrado. Pero solo es la muerte. En su estado más
natural.
—Está bien —respiro, incluso cuando empiezo a temblar.
Me aferra con fuerza.
—No, Lazarus, no voy a dejarte ir —jura.
—La vida y la muerte son amantes. —Le recuerdo—. Nada...
cambia eso. —Aprieto su mano—. Te amo —le confieso por fin.
Su expresión se desmorona.
—No. —Lo dice como una súplica, una lágrima se le escapa
por el rabillo del ojo. Mis ojos comienzan a cerrarse—. Lazarus,
quédate conmigo.
Pero mi terco cuerpo ignora sus órdenes. Besa mis labios, e
incluso en ese acto siento la presión desesperada de su poder,
deseando darme vida. No hace ninguna diferencia. Con ese beso,
mi respiración se detiene, mi corazón se para y finalmente, soy
verdaderamente liberada.
- 502 -
Muerte
- 504 -
Capítulo 74
El más allá
Octubre, año 27 de los Jinetes
Lazarus
- 505 -
y yo aprieto la suya con fuerza. Mientras observo, mi cuerpo debajo
se hace cada vez más pequeño, como si estuviéramos flotando lejos
de él.
—¿A dónde vamos? —pregunto.
Los ojos afligidos de Thanatos arden cuando me miran.
—Founipa. Cielo.
- 506 -
asiente con la cabeza a la gente que me espera—. Ve con tus seres
queridos. Te están esperando.
Aquí es donde debería sentir miedo, pero lo más cercano que
siento es confusión. Así... no se supone que sea la forma en que nos
separemos. Pero mi esencia está siendo llamada hacia mi familia y
es difícil de ignorar.
—Te amo, Thanatos —confieso, asimilándolo—. Por
siempre y para siempre. Nada cambiará eso jamás. Y te estaré
esperando cuando incluso tú, el Ángel de la Muerte, encuentres tu
propio final.
- 507 -
Capítulo 75
El más allá
Octubre, año 27 de los Jinetes
Muerte
- 508 -
El momento en que Lazarus salvó a ese bebé y lo reclamó
como suyo, también fue el momento en que ella realmente dejó de
luchar contra mí. Ella renunció a la humanidad por ese niño, porque
lo amaba. Ahí está el egoísmo humano: elegir a un humano por
encima de millones.
¿Pero es egoísmo? Esa elección hizo a Lazarus vulnerable a
la manipulación de mis hermanos… y a la mía. Todo por un niño
que salvó por casualidad. Quizás a eso se le puede llamar egoísmo,
pero quizás también se podría decir que, lo que tenía era un amor
tan intenso y desinteresado que eclipsaba todo lo demás.
Mis pulmones se paralizan ante el pensamiento. Ese mismo
amor hizo que Lazarus negociara desesperadamente su vida por la
de su hijo. Un sacrificio extraordinario, uno que no acepté, pero
también uno que he oído muchas, muchas veces de los humanos.
Mi vida por la de ellos ... Haría lo que fuese … Y tal vez fue
ese mismo amor lo que hizo que Lazarus girara su espada contra sí
misma en lugar de hundirla en mi propia carne.
Mis hermanos y yo, asumimos que éramos mejores que estos
humanos que teníamos que destruir, pero hemos sido nosotros los
que hemos puesto su compasión contra ellos. He seguido las
órdenes todo este tiempo. Eso es lo que se me da bien. Incluso
Lazarus estaba destinada a mí, por Dios, así que ella también se
asentó cómodamente en mi mundo... hasta que, por supuesto, ya no
lo hizo. Ella me entregó una humanidad brutal, dolorosa y
desordenada. Con toda su espontaneidad y belleza. Ella me
despertó, y no importa cómo termine el día de hoy, no puedo volver
a ser quién y qué fui.
Veo que Lazarus vacila y me devuelve la mirada. Percibo
claramente en sus ojos que no quiere dejarme, a pesar de que la otra
vida y todos sus seres queridos la llaman a casa. Me duele el
corazón con tanta fuerza al verla. Me estremezco ante la idea de
existir sin ella.
¿Qué vas a hacer? Al final es tu decisión.
Esas palabras resuenan en mis oídos. Parece un truco, aunque
no es así como funciona el universo. Las ciudades se han
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derrumbado, las legiones han muerto y yo no he sentido nada. Pero
el sonido de la risa de Lazarus ha conmovido mi corazón, y el roce
de su cuerpo debajo del mío ha despertado mi alma.
¿Cuántos kilómetros solitarios he viajado con el recuerdo de
su voz haciéndome compañía? ¿Cómo sería mi futuro cuando
Lazarus no sea más que un recuerdo una vez más? Ese pensamiento
es como un golpe físico. Ese futuro es insondable.
—Ni siquiera sabes qué es la pérdida, —me dijo no hace
mucho—. Nunca has amado nada lo suficiente como para
preocuparte si lo pierdes.
Ahora lo sé.
No puedo perderla.
Ni siquiera es una posibilidad. Es una certeza. Simplemente,
no puedo. Es la misma maldita elección que Lazarus tomó cuando
descubrió a Ben. Una sola persona puede cambiar tu vida. Como
ser humano, puedes amar lo suficiente como para condenar a la
humanidad. O redimirla.
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Capítulo 76
El más allá
Octubre, año 27 de los Jinetes
Muerte
—Espera —grito.
La familia de Lazarus ya la está acogiendo; ella está
espantosamente cerca de esa luz cegadora del más allá. ¿Había
considerado alguna vez que el cielo era espantoso antes de este
momento? Porque ahora mismo, lo es. Y ella está a un pelo de él.
—Espera —digo de nuevo, más suave esta vez.
Lazarus se vuelve hacia mí. La cruda esperanza que hay en
sus ojos me hiere profundamente. Hace demasiado tiempo que esa
esperanza se había desvanecido. No volverá a pasar, nunca más.
No me importa si tengo que disculparme todos los días por el resto
de nuestras vidas mortales, mientras, tengamos esas vidas.
Me acerco a los espíritus que la rodean, rozándolos para llegar
a Lazarus. Agarro su rostro espectral en mis manos. Cuando la miro
a los ojos, siento una profunda sensación de seguridad, no sólo de
que puedo renunciar a mi tarea, sino de que debo hacerlo. Ni
siquiera las ordenes de Dios pueden ahogar este impulso que siento.
Arrancaría mi inmortalidad, mi celestialidad y destruiría el mundo,
todo por la presión de los labios de esta mujer contra mi piel y su
voz en mi oído.
—Si te diera todo lo que querías, tu hijo, el fin del apocalipsis
y la matanza, ¿volverías a la Tierra? —pregunto.
Sus cejas se juntan en señal de confusión, y verlo me hiere.
He puesto sus expectativas tan bajas que no puede entender esto.
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—Tú… —mi voz me falla, y tengo que empezar de nuevo—
Puedes ir con tus seres queridos y entrar en la otra vida. No habrá
más dolor. —Respiro temblorosamente, la posibilidad me
aterroriza—. O puedes quedarte con Ben en la tierra. No puedo
prometer que no habrá dolor. Vivir es sentir dolor.
No dice nada y no puedo leer su rostro.
—¿Qué hay de ti? —dice finalmente.
Inhalo bruscamente, y es como si hubiera respirado por
primera vez.
—Te quiero a ti, Lazarus. Con cada parte de mí, lo hago. Eso
nunca cambiará. —Mi amor es tan vasto e interminable como el
resto de mí—. Pero te hice daño, y luego te rapté y luego te
decepcioné...
Una de sus manos espectrales presiona mis labios,
silenciándome.
—Yo te he hecho lo mismo —dice—. Estás perdonado. —
Busca en mis rasgos—. Hemos pasado toda nuestra relación
luchando por nuestras causas. ¿Y si empezáramos a luchar el uno
por el otro? —Me quedo quieto ante la implicación. Lazarus
continúa—. Quiero volver a la Tierra y quiero todo lo que has
prometido. Pero también quiero una cosa más... —Sonríe—, a ti.
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Capítulo 77
Lazarus
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Capítulo 78
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rostro. Los ojos de Guerra están cerrados, pero se ve... mejor.
Mucho mejor. Su piel aceitunada tiene el mismo brillo saludable
que recuerdo. Cuando lo toco, lo escucho murmurar:
—Esposa.
Una exhalación irregular se me escapa. Está vivo.
—Siento decepcionarte —digo.
Sus ojos se abren rápidamente. Gime un poco mientras se
levanta.
—¿Él, lo hizo? —pregunta.
Miro por encima del hombro y encuentro la mirada de
Muerte. Está donde lo dejé, y sin sus alas y armadura, el jinete
parece aún más vulnerable.
—Lo hizo —confirmo, dándole a Thanatos otra pequeña
sonrisa. Vuelvo a Guerra—. La humanidad se ha salvado, de una
vez por todas.
—Ese... bastardo —dice Guerra entre dientes—. Sabía que lo
llevaba dentro.
Habla como si no hubiéramos estado total y completamente
jodidos hace treinta minutos. A poca distancia, veo a Hambre justo
cuando se deja caer de espaldas y se ríe del cielo.
—¡Soy mortal! —grita. Sus palabras son interrumpidas por
una tos aguda y cortante—. Joder —jadea—, soy mortal.
—Solo espera a hacerte viejo —grita Peste con voz ronca.
—Estoy deseando que llegue, abuelo —responde Hambre.
Uno a uno, los hombres se levantan. Después de todo, Muerte
no los había matado. O quizás lo hizo, y luego los salvó. O tal vez
no fue él en absoluto. Quizás Dios, el universo, como quieras
llamarlo, se entrometió una vez más. Independientemente, es una
maravilla verlos vivos.
Tan pronto como vuelven a ponerse de pie, me tenso una vez
más, temerosa de las consecuencias que podrían venir. Pero si creí
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que los hermanos de Muerte lo odiarían por lo que les hizo, pensé
mal. Los hombres dejan sus armas antes de aproximarse a
Thanatos. Y luego, cuando se acercan a él, le dan abrazos
contundentes.
—Todo está perdonado —escucho que Hambre le dice en voz
baja.
Muerte abraza un poco más fuerte a su hermano, después de
oír eso.
—Has dado una buena pelea —reconoce Guerra—. Pero al
final, nada es tan tenaz como una mujer humana.
Los dos hombres comparten una mirada divertida. El último
en abrazarlo es Peste.
—Bienvenido a la mortalidad, hermano —dice
simplemente—. Te va a encantar.
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Capítulo 79
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Muerte mató a la gente de forma mucho más agresiva. Los cuerpos
son un recordatorio espinoso e incómodo de lo que hizo Thanatos,
y de lo que el resto de nosotros escapó, por tan poco. Pero luego mi
propia perspectiva se ve alterada. He vislumbrado el más allá.
Muerte tenía razón, no hay nada que temer.
No es hasta algún lugar de Washington que vemos a la
primera persona viva viajando por la carretera. Los ojos del hombre
se ven angustiados, y cuando nos ve, su atención se detiene en los
cuatro hermanos demasiado tiempo. El viajero apenas nos ha
pasado cuando Peste se aclara la garganta.
—A menos que alguno de ustedes esté interesado en más
peleas ...
—Siempre estoy interesado en más peleas —interviene
Guerra.
—Psicópata —murmura Hambre en voz baja.
Guerra se vuelve en su silla de montar hacia Hambre.
—Hermano, lo dices como si tú no fueras uno —la voz de
Guerra retumba, más fuerte que el resto. Los dos se ríen entonces,
como si estuvieran compartiendo la broma más divertida y no una
verdad traumática.
—Permítanme reformular —Peste continúa, ignorando a sus
hermanos—, a menos que todos deseen acortar su mortalidad
ganada con tanto esfuerzo, sugiero que salgamos de la carretera
principal a partir de este momento.
A pesar del entusiasmo de Guerra por la batalla, nos salimos
del camino. Por las noches, después de que apagamos nuestras
fogatas, Muerte y yo nos alejamos de los demás. Esta noche, como
cualquier otra noche desde el casi fin del mundo, Thanatos me
abraza, los dos mirando las estrellas. Bueno, estoy mirando las
estrellas. Thanatos está trazando mis labios y haciendo todo lo
posible por distraerme.
— No puedo creer que haya tardado tanto en ver lo que
debería haber visto todo el tiempo —admite.
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—No te lo reprocho —le digo, sonriendo suavemente contra
su contacto—. Estabas pensando en la muerte y yo estaba pensando
en la vida.
—Sí, pero la vida y la muerte son amantes, Kismet. Siempre
se eligen mutuamente.
Aparto la cara de las estrellas y me encuentro con la mirada
oscura de Muerte.
—Nosotros lo hicimos —estoy de acuerdo, y luego lo beso.
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Estiro el cuello para ver algo, pero los árboles bloquean mi
vista. Pero luego los árboles se abren y el sol de la tarde brilla sobre
la hierba verde que se aleja de una enorme casa de dos pisos. Y
frente a esa casa hay un grupo de personas, la mayoría mujeres.
Están asando algo, y un joven está sentado en los escalones,
afinando su guitarra. En el jardín delantero hay un grupo de niños,
aunque en su mayoría son niñas. Oigo gritar a una de las mujeres.
—¡Lo han conseguido! ¡El poder del coño ha ganado! —oigo
a alguien vociferar.
Una de las mujeres con cabello oscuro y rizado viene
corriendo hacia nuestro grupo, y el gruñón de Hambre básicamente
se lanza de su caballo como si fuera la cosa más dramática que
jamás haya entrado en Norteamérica. Corre lo último de la
distancia entre ellos y balancea a la mujer en sus brazos. Lo estoy
asimilando todo cuando veo a Ben.
Está lanzando una pelota en el césped con una niña que tiene
un extraño parecido con Guerra. Haciendo un pequeño sonido, me
deslizo de los brazos de Muerte y de su caballo, con los ojos fijos
en mi hijo.
—¡Ben! —grito, todo mi cuerpo tiembla de emoción y
felicidad y el mejor tipo de nervios.
Entonces Ben mira hacia arriba y me ve. Por un instante, me
quedo paralizada por un rayo de miedo. ¿Recuerda quién soy? Solo
han pasado cuatro meses, pero para un niño pequeño, eso es una
eternidad. Mis preocupaciones se evaporan en el momento en que
Ben deja caer su pelota y comienza a correr. ¡Corre! ¿Cuándo se
volvió tan bueno corriendo? Pero luego, por supuesto, tropieza y se
cae porque sus pequeñas piernas todavía están inestables y me río
a pesar de que mis mejillas están húmedas. Corro hacia él, cortando
la distancia entre nosotros mientras se levanta y, con la sonrisa más
cegadora, comienza a corretear hacia mí de nuevo. Tan pronto
como está al alcance de mi mano, lo abrazo haciéndolo girar. Y
entonces le beso la sien, y lo oigo decir:
—¡Mamá! ¡Mamá!
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Y sigo llorando lágrimas grandes, gordas y estúpidas, y él me
sostiene como si nunca fuera a soltarme y estoy mil por ciento bien
con eso.
Hubo innumerables ocasiones en las que temí que este día
nunca llegaría, pero llegó. Por fin lo ha hecho. Me siento con mi
hijo en la hierba, le peino el pelo hacia atrás y trato de memorizar
sus rasgos. Una sombra cae sobre mí y mi piel se eriza en
reconocimiento. Thanatos ya no trae esa quietud mortal con él, pero
todavía tiene una presencia sobrenatural. Miro al jinete,
sorprendida de ver una suave sonrisa en su rostro. Pero sus ojos
están llenos de incertidumbre.
¿Debo estar aquí? parece decir su expresión. Extiendo la
mano y le doy un apretón porque este es su sitio. Ben se separa de
mí y mira fijamente al jinete, estirando el cuello para verlo. Inclina
la cabeza hacia un lado, con los ojos un poco recelosos. Muerte se
pone en cuclillas para que Ben y él estén más o menos a la altura
de los ojos. Me asombra que el jinete ya no tenga que inclinarse
hacia delante en esa posición para dejar espacio a sus alas. Mi
corazón late de forma enloquecida. Me entristeció mucho ver
desaparecer esas alas, pero hay tantas cosas casualmente humanas
que Muerte puede hacer ahora. Como agacharse.
—Hola, Ben —dice—. Soy Thanatos.
Ben sigue mirando fijamente a Muerte sin pestañear, y creo
que esa será la suma total de su reacción, pero entonces Ben
extiende su manita hacia el rostro de Muerte. Veo que los ojos del
jinete se abren con sorpresa cuando Ben señala a uno de ellos.
—Ojo —dice Ben muy serio.
Thanatos asiente, igualmente serio. Después de un momento,
él mismo extiende la mano. A un centímetro de la piel de Ben,
vacila, sus dedos se curvan hacia adentro. Recuerdo que, hasta hace
varias semanas, el toque de Muerte mataba. Aunque entonces,
podría controlar ese poder, entiendo su reticencia.
—Está bien —le digo suavemente, dándole permiso.
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El jinete respira hondo y luego pasa los dedos por el costado
de la cara de Ben. Y … Ben mira al jinete durante varios segundos
y luego… sonríe tímidamente. Muerte le devuelve la sonrisa, la
incertidumbre ya no está en sus ojos.
—No puedo esperar para conocerte —le dice con seriedad.
Después de un momento, Muerte envuelve sus brazos
alrededor de Ben y de mí. Es un abrazo inquietantemente similar al
que nos dio hace meses y meses, cuando la vida de Ben estaba en
juego. Solo que ahora todo es diferente.
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Capítulo 80
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Epílogo
Muerte
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Y de alguna manera, sigo vivo, aunque por derecho, la parte
de mí que importa se ha ido. Durante un puñado de años existo sin
ella, y finalmente comprendo, de verdad, las palabras de Lazarus
sobre la pérdida.
Entonces, llega un día en que siento mi propia muerte sobre
mí, y quiero reírme de que, de alguna manera, he completado el
círculo: soy tanto la Muerte como el moribundo. Mis hijos y nietos
se reúnen a mi alrededor, y también los de la carne de mis
hermanos. Ben, que también es un anciano, toma mi mano mientras
exhalo mi último suspiro. Me deslizo entre un pensamiento y el
siguiente.
No hay ningún barquero que me guíe, pero no importa.
Conozco el camino. Lo he memorizado durante eones. Allí, en el
umbral de la otra vida, están mis hermanos, sus esposas: Y Lazarus,
mi dulce Lazarus. Abre los brazos y yo camino hacia ellos. Y una
vez más estoy en casa.
FIN
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