Cristo Dios
Su nacimiento
Jesucristo Salvador. Salvación significa, de hecho, liberación del mal, especialmente del
pecado. Sólo Dios puede librar al hombre del pecado y de todo el mal presente en la
existencia humana. Dios, al revelarse a Sí mismo como Creador del mundo y su
providente Ordenador, se revela al mismo tiempo como Salvador: como Quien libera del
mal, especialmente del pecado cometido por la libre voluntad de la criatura.
Tal como recuerda el Concilio Vaticano II, los cristianos creen que el mundo está “creado
y conservado por el amor del Creador, esclavizado bajo la servidumbre del pecado, pero
liberado por Cristo, crucificado y resucitado" (cf. Gaudium et spes 2).
Este mismo Jesús, que vivió treinta años en Nazaret, en Galilea, es el Hijo Eterno de
Dios, "concebido por obra del Espíritu Santo y nacido de María Virgen". Lo proclaman los
Símbolos de la Fe, el Símbolo de los Apóstoles y el niceno-constantinopolitano; lo han
enseñado los Padres de la Iglesia y los Concilios, según los cuales, Jesucristo, Hijo eterno
de Dios, es ´ex substantia matris in saeculo natus´ (de la sustancia de su madre, nacido
en el mundo) (Cfr. Símbolo Quicumque).
La Iglesia, pues, profesa y proclama que Jesucristo fue, concebido y nació de una hija de
Adán, descendiente de Abrahán y de David, la Virgen María. El Evangelio según Lucas
precisa que María concibió al Hijo de Dios por obra del Espíritu Santo, "sin conocer varón"
(Cfr. Lc 1, 34 y Mt 1, 18. 24-25).
Especialmente conocido es el texto de Lucas, porque se lee frecuentemente en la liturgia
eucarística, y se utiliza en la oración del Angelus (Lc. 1, 26-38).
Ya reconocido como Salvador, anunciado por los ángeles del Señor y al saberse fue
engendrado “Por obra del Espíritu Santo (y) se hizo Hombre” (Credo Apostólico), también
se sabe fue adorado por los Magos (Mt. 2, 1-12); predica, obedece y atiende los
mandatos del Padre desde temprana edad (Lc. 2, 41-50).
Testimonios sobre su persona
Aunque en los Evangelios sinópticos Jesús jamás se define como Hijo de Dios, sin
embargo, de diferentes maneras, afirma y hace comprender que es el Hijo de Dios y no
en sentido analógico o metafórico, sino natural.
La verdad sobre Cristo como Hijo de Dios es el punto de convergencia de todo el Nuevo
Testamento. Los Evangelios, y sobre todo el Evangelio de Juan, y los escritos de los
Apóstoles, de modo especial las Cartas de San Pablo, nos ofrecen testimonios explícitos.
Ejemplo de ello es la Filiación divina de Jesús que se confirmó con una voz desde el cielo
durante el bautismo en el Jordán (cf. Mc 1, 11) y en el monte de la Transfiguración (cf. Mc
9, 7). En ambos casos, los Evangelistas nos hablan de la proclamación que hizo el Padre
acerca de Jesús "(su) Hijo predilecto" (cf. Mt 3, 17; Lc 3, 22).
Los Apóstoles tuvieron una confirmación análoga dada por los espíritus malignos que
arremetían contra Jesús: "¿Qué hay entre Ti y nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a
perdernos? Te conozco: tú eres el Santo de Dios" (Mc 1, 24). "¿Qué hay entre Ti y mí,
Jesús, Hijo del Altísimo?"(Mc 5, 7).
Si luego escuchamos el testimonio de los hombres, merece especial atención la confesión
de Simón Pedro, junto a Cesárea de Filipo: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo" (Mt
16, 16). Notemos que esta confesión ha sido confirmada de forma insólitamente solemne
por Jesús: "Bienaventurado tú, Simón Bar Jona, porque no es la carne ni la sangre quien
esto te ha revelado, sino mi Padre, que está en los cielos" (Mt 16, 17). No se trata de un
hecho aislado. En el mismo Evangelio de Mateo leemos que, al ver a Jesús caminar sobre
las aguas del lago de Genesaret, calmar al viento y salvar a Pedro, los Apóstoles se
postraron ante el maestro, diciendo: "Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios" (Mt 14, 33).
Además conocemos dos afirmaciones impresionantes: el centurión romano, que vigila la
agonía de Jesús y escucha las palabras con las cuales Él se dirige al Padre, en el
momento de la muerte, a pesar de ser pagano, da un último testimonio sorprendente en
favor de la identidad divina de Cristo: "Verdaderamente este hombre era hijo de Dios" (Mc
15, 39) y aquel quien fue destinado morir junto a Jesús en la Cruz, el cual le reconoce
como hijo de Dios “Jesús, acuérdate de mí cuando entres en tu reino” (Lc. 23, 39-43).
En virtud de la conciencia que Jesús tuvo de ser Hijo de Dios en el sentido real natural de
la palabra, Él "llamaba a Dios su Padre..." (Jn 5, 18). Con la misma convicción no dudó en
decir a sus adversarios y acusadores: "En verdad en verdad os digo: antes que Abraham
naciese, era yo" (Jn 8, 58).
Dirá San Juan al concluir su Evangelio: "Estas (señales realizadas por Jesús) fueron
escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, Hijo de Dios, y para que, creyendo,
tengáis vida en su nombre" (Jn 20, 31).
Significado salvífico de los milagros
San Agustín nos ofrece la clave interpretativa de los milagros de Cristo como señales de
su poder salvífico. "El haberse hecho hombre por nosotros ha contribuido más a nuestra
salvación que los milagros que ha realizado en medio de nosotros; el haber curado las
enfermedades del alma es más importante que el haber curado las enfermedades del
cuerpo destinado a morir" (San Agustín, In Io. Ev. Tr., 17, 1).
Es lo que se revela en modo particular en la curación del paralítico de Cafarnaum. Las
personas que lo llevaban, no logrando entrar por la puerta en la casa donde Jesús estaba
enseñando, bajaron al enfermo a través de un agujero abierto en el techo, de manera que
el pobrecillo vino a encontrase a los pies del Maestro.
"Viendo Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: ¡Hijo, tus pecados te son perdonados!´.
Estas palabras suscitan en algunos de los presentes la sospecha de blasfemia:
´Blasfemia. ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?". Casi en respuesta a los
que habían pensado así, Jesús se dirige a los presentes con estas palabras: "¿Qué es
más fácil, decir al paralítico: tus pecados te son perdonados, o decirle: levántate, toma tu
camilla y vete? Pues para que veáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para
perdonar los pecados, se dirige al paralítico, yo te digo: levántate, toma tu camilla y vete a
tu casa. Él se levantó y, tomando luego la camilla, salió a la vista de todo" (Cfr. Mc 2,
1)12; análogamente, Mt 9, 1-8; Lc 5, 18-26: "Se marchó a casa glorificando a Dios" 5, 25)
Jesús mismo explica en este caso que el milagro de la curación del paralítico es signo del
poder salvífico por el cual Él perdona los pecados. Jesús realiza esta señal para
manifestar que ha venido como salvador del mundo, que tiene como misión principal librar
al hombre del mal espiritual, el mal que separa al hombre de Dios e impide la salvación en
Dios, como es precisamente el pecado y que por ende Él también es Dios (Uno y Trino).
Entre las "señales" que indican particularmente el camino hacia la victoria sobre la
muerte, están sobre todo las resurrecciones: "los muertos resucitan" (Mt 11, 5), responde,
en efecto, Jesús a la pregunta acerca de su mesianidad que le hacen los mensajeros de
Juan el Bautista (Cfr. Mt 11, 3). Y entre los varios "muertos", resucitados por Jesús,
merece especial atención Lázaro de Betania, porque su resurrección es como un
"preludio" de la cruz y de la resurrección de Cristo, en el que se cumple la victoria
definitiva sobre el pecado y la muerte.
Véase también los numerosos milagros y prodigios que Jesús realizo:
Hace su primer milagro (Jn. 2, 1-11), Multiplicación de panes y peces (Jn. 6, 5-13),
Domina la naturaleza (Mt. 15 23-27), Pesca milagrosa (Lc. 5 1-11), camina sobre las
aguas (Mc. 6, 45-51), Transfiguración (Mc. 9, 2-10).
La resurrección confirma de un modo nuevo que Jesús es verdadero hombre: si el Verbo
para nacer en el tiempo "se hizo carne", cuando, resucito volvió a tomar el propio cuerpo
de hombre. Sólo un verdadero hombre ha podido sufrir y morir en la cruz, sólo un
verdadero hombre ha podido resucitar. Resucitar quiere decir volver a la vida en el
cuerpo.
La afirmación “YO SOY”
Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. Esta es la realidad expresada
coherentemente en la verdad de la unidad inseparable de la persona de Cristo.
Entre las afirmaciones de Cristo, resulta especialmente significativa la expresión: “YO
SOY”. El contexto en el que viene pronunciada indica que Jesús recuerda aquí la
respuesta dada por Dios mismo a Moisés, cuando le dirige la pregunta sobre su Nombre:
“Yo soy el que soy... Así responderás a los hijos de Israel: Yo soy me manda a vosotros”
(Ex 3, 14). Ahora bien, Cristo se sirve de la misma expresión “Yo soy” en contextos muy
significativos. Aquel del que se ha hablado, concerniente a Abrahán: “Antes que Abrahán
naciese, ERA YO”; pero no sólo ése. Así, por ejemplo: “Si no creyereis que YO SOY,
moriréis en vuestros pecados” (Jn 8, 24), y también: “Cuando levantéis en alto al Hijo del
hombre, entonces conoceréis que YO SOY” (Jn 8, 28), y asimismo: “Desde ahora os lo
digo, antes de que suceda, para que, cuando suceda, creáis que YO SOY” (Jn 13, 19).
Sin embargo, a pesar de la discreción con que Jesús actuaba aplicando ese principio
pedagógico de que se ha hablado, la verdad de su filiación divina se iba haciendo cada
vez más patente, debido a lo que Él decía y especialmente a lo que hacía. Pero si para
unos esto constituía objeto de fe, para otros era causa de contradicción y de acusación.
Esto se manifestó de forma definitiva durante el proceso ante el Sanedrín. Narra el
Evangelio de Marcos: “El Pontífice le preguntó y dijo: ¿Eres tú el Mesías, el Hijo del
Bendito? Jesús dijo: Yo soy, y veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y
venir sobre las nubes del cielo” (Mc 14, 61-62). En el Evangelio de Lucas la pregunta se
formula así: “Luego, ¿eres tú el Hijo de Dios? Díjoles: vosotros lo decís, yo soy” (Lc 22,
70).
Análoga fue la reacción a estas otras palabras de Jesús: “Antes que Abrahán naciese, era
yo” (Jn 8, 58). También aquí Jesús se halló ante una pregunta y una acusación idéntica:
“¿Quién pretendes ser?” (Jn 8, 53), y la respuesta a tal pregunta tuvo como consecuencia
la amenaza de lapidación (cf. Jn 8, 59).
Está, pues, claro, que si bien Jesús hablaba de sí mismo sobre todo como del “Hijo del
hombre”, sin embargo todo el conjunto de lo que hacía y enseñaba daba testimonio de
que Él era el Hijo de Dios en el sentido literal de la palabra: es decir, que era una sola
cosa con el Padre, y por tanto: también Él era Dios, como el Padre.
Este “Yo soy” se halla también en otros lugares de los Evangelios sinópticos (por ejemplo
Mt 28, 20; Lc 24, 39); pero en las afirmaciones que hemos citado el uso del Nombre de
Dios, propio del Libro del Éxodo, aparece particularmente límpido y firme. Cristo habla de
su “elevación” pascual mediante la cruz y la sucesiva resurrección: “Entonces conoceréis
que YO SOY”. Lo que quiere decir: entonces se manifestará claramente que yo soy aquel
al que compete el Nombre de Dios. Por ello, con dicha expresión Jesús indica que es el
verdadero Dios. Y aun antes de su pasión Él ruega al Padre así: “Todo lo mío es tuyo, y lo
tuyo mío” (Jn 17, 10), que es otra manera de afirmar: “Yo y el Padre somos una sola cosa”
(Jn 10, 30).
El contexto en el que aparecen tales afirmaciones, sobre todo en el Evangelio de Juan,
nos permite pensar que al recurrir a dicha expresión Jesús hace referencia al Nombre con
el que el Dios de la Antigua Alianza se califica a Sí mismo ante Moisés, en el momento de
confiarle la misión a la que está llamado: “Yo soy el que soy... responderás a los hijos de
Israel: YO SOY me manda a vosotros”(Ex 3, 14). De este modo Jesús habla de Sí, por
ejemplo, en el marco de la discusión sobre Abrahám: “Antes que Abrahám naciese, YO
SOY” (Jn 8, 58). Ya esta expresión nos permite comprender que “el Hijo del Hombre”da
testimonio de su divina preexistencia.
Bibliografía
Juan Pablo II. (s.f.). Cristologia, catequesis de su santidad . Vaticano: Vaticano .