SANTO ROSARIO
Meditado con los Santos Francisco y Jacinta Marto
Hola a todos sean bienvenidos a este Santo Rosario de Mater Fátima, meditado con los
Santos Pastorinhos Francisco y Jacinta Marto. Nos reunimos, bajo una sola voz, un mismo
espíritu en honor a la Santísima Trinidad, por medio de la intercesión de Nuestra Madre
Celestial, y de todos los Angeles, Arcangeles y todos los Santos. Nos unimos a toda la
Iglesia Militante, Purgante y Triunfante, y ofrecemos este momento de oración en honor a
la Divina Voluntad de Dios Padre, en Su Divino Querer.
Rezaremos por nuestras intenciones, así como por las intenciones mensuales del Papa
Francisco. Oremos por las intenciones de Mater Fátima, las cuales son:
Por la paz,
Por las familias,
Por la defensa de la vida,
Por la santidad de los sacerdotes
Invitamos a que en este minuto de silencio coloquemos nuestras intenciones a los pies de la
Virgen de Fátima comenzando en este momento.
La Vida de los Santos Francisco y Jacinta Marto
«Creciendo en sabiduría, estatura y gracia delante de Dios y de los hombres»
(Lc 2,52)
Nacidos en Aljustrel, pequeño lugar de la Parroquia de Fátima, al inicio del siglo XX, los
hermanos Francisco y Jacinta y su prima Lucía crecen en un ambiente familiar modesto, en
una tierra salvaje, tranquila y aislada. No sabían leer ni escribir, y poco sabían de geografía,
de historia y del pensamiento del mundo que se encontraba más allá de su sierra.
Recibieron una educación cristiana muy simple, como era de esperar en el ambiente
serrano en el que vivían. La madre de Lucía introdujo a su hija y a sus sobrinos en la
catequesis, y es la propia Lucía quien, un poco mayor que los primos, les contará las
historias bíblicas y enseñará las oraciones que aprendiera con su madre. Con todo, a pesar
de la simplicidad de su iniciación cristiana, los padres no dejaron de ofrecerles un ejemplo
de vida de fe comprometida: la participación dominical en la Eucaristía, la oración en
familia, la verdad y el respeto por todos, la caridad para con los pobres y los necesitados.
A los siete años Lucía comenzó a pastorear el rebaño de la familia. Algún tiempo después,
son los primos los que piden para acompañarla, guardando también el rebaño de sus
padres. Los tres pasaban gran parte de su tiempo en la sierra con las ovejas, distraídos en la
alegría de su infancia.
Lucía era una niña despierta para el amor de Dios. Aún con seis años, al recibir por primera
vez el Cuerpo de Cristo, no duda en hacer su prez: «Señor, hazme santa, guarda mi corazón
siempre puro, para ti solo» (M 72). El deseo íntimo de ser totalmente envuelta por el abrazo
de Dios será el trazo continuo del camino que recorrerá.
Francisco, por la mirada contemplativa con la que alimentaba el silencio interior, tocaba la
naturaleza como quien toca la creación y se deja bañar por la belleza del Creador. La paz
que de ahí bebía la transmitía a sus compañeros, para los cuales era señal de concordia,
incluso en la ofensa y en la desavenecia. Se dejaba encantar con el nacer y la puesta del sol,
que era su “Candil” preferido, el “candil de Nuestro Señor” (M 173).
Jacinta prefería el «candil de Nuestra Señora», la luna, que no hacía que doliera la vista. La
pequeña acompañaba de cerca a su prima Lucía, por quien tenía un gran cariño. Apreciaba
las flores que la sierra le ofrecía, cogiendo en ellas toda la alegría de la primavera. Le
gustaba escuchar el eco de su voz en el fondo de los valles, que le devolvían cada Avemaría
que ella los invitaba a rezar. Abrazaba a los corderos, los llamaba por el nombre y caminaba
en el medio de ellos con uno en el colo «para hacer como Nuestro Señor» (M 44).
Vivían con intensidad, como solo los niños sabían hacer.
Rezaban también. Los padres les habían recomendado que rezasen el rosario después de la
merienda, lo que ellos no dejaban de hacer, como un hecho muy propio, recorriendo las
cuentas del misterio con la simple evocación de las avemarias, para finalizar con un
profundo y grave padrenuestro (M 43-44). La oración simple de quien invoca un nombre. De
esta persistencia de invocar el nombre de Dios, incluso con la presa infantil de quien quiere
saltar, germinará un don de una vida acogida y ofrecida en sacrificio.
Las vidas de Francisco y de Jacinta fueron breves y simples. Apenas vivieron del Amor y
para el Amor que se les revelara en la luz ofrecida por las manos de la Señora tan linda. Y
eso fue todo. Al final del año 1918, Francisco y Jacinta son contagiados por una epidemia de
bronco-neumonía. La Señora le había asegurado que irían para el Cielo en breve y, por eso,
los niños comprenden que su hora se aproximaba.
Francisco morirá el 4 de abril de 1919 en su casa, en Aljustrel, y Jacinta el 20 de febrero de
1920, sola, en un hospital en Lisboa. El niño tenía diez años. La hermana tenía nueve. El
sufrimiento de ambos, durante los meses de la enfermedad, fue asumido como un don de
ellos por los pecadores, por la Iglesia, por la historia sufrida de los hombres y mujeres, a
quien amaron hasta el extremo. Cuando, cierto día, la Señora volvió a aparecer a Jacinta
para anunciarle que, después de sufrir mucho, moriría sola, en un hospital en Lisboa, y que
la propia Señora la vendría a buscar para el Cielo, Jacinta exclama, llena de inocencia y de
madurez: «Oh Jesús, ahora puedes convertir a muchos pecadores, porque este sacrificio es
muy grande» (M 62).
¿Quién sospecharía que las vidas tan breves y simples fuesen capaces de tanto amor?
Empezamos con la señal de la Santa Cruz:
Por la señal de la Santa Cruz + de nuestros enemigos + líbranos Señor + Dios Nuestro.
En el + nombre del Padre, y + del Hijo, y del + Espíritu Santo. Amén.
Profesemos nuestra fe
Credo de los Apóstoles / Profesión de Fe
Creo en Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su
único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de
Santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y
sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los
cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a
juzgar a vivos y muertos.
Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia Católica, la comunión de los santos, el perdón de
los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén.
Rezaremos la Oración del Perdón, oración enseñada por el Ángel de la Paz quien se
apareció a los tres pastorcitos en Fátima antes de la primera aparición de Nuestra Señora.
Oración del Perdón
Dios mío, yo creo, adoro, espero y os amo. Os pido perdón por los que no creen, no
adoran, no esperan y no os aman. * (Repetir 3 veces) Amén.
* Dado por el Ángel de la Paz durante la primera aparición del Ángel a los tres pastorcitos de Fátima en la primavera de
1916.
Oración del Ángel
Oh Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, os adoro profundamente y os ofrezco
el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en
todos los sagrarios del mundo, en reparación de los ultrajes con los que El mismo es
ofendido. Por los méritos infinitos del Sagrado Corazón de Jesús y del Inmaculado Corazón
de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. *
*Dado por el Ángel de la Paz durante la tercera aparición del Ángel en octubre de 1916. El Ángel se apareció a los tres
pastorcitos sosteniendo un cáliz en sus manos, con una Hostia encima de la cual caían gotas de Sangre de Nuestro Señor
en el cáliz.
Respondiendo al llamado que Nuestra Señora nos hizo en Fátima, rezaremos el Santo
Rosario.
Hoy rezaremos los Misterios GOZOSOS
Invitamos a aquellas personas que quieran rezar una de las decenas de este Rosario activar
en este momento sus micrófonos para poder asignarle un misterio.
Les pedimos a todos colocar sus micrófonos en apagado para que tengamos un mejor
sonido y queden únicamente las personas que están orando al aire.
Primer misterio: La Encarnación del Hijo de Dios
Evangelio: «Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea,
llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de
David; el nombre de la virgen era María» (Lc 1,26-27).
Meditación: «Felices los puros de corazón porque verán a Dios» (Mt 5, 8)
Cuando en una tarde primaveral de 1916, después de su simple oración, los pequeños
pastores avistaron, sobre los árboles, «una luz más blanca que la nieve, con la forma de un
joven, transparente, más brillante que un cristal atravesado por los rayos del Sol» (M 169),
nada les haría suponer que aquella luz con forma humana fuese el Mensajero de la Paz de
Dios que los iría introduciendo en su escuela de espiritualidad y de oración. Era de tal
forma inesperado, que los pequeños pastores se sientieron arrebatados en la contemplación
de aquella luz inmensa, inmeros en una atmósfera intensa en la que la fuerza de la
presencia de Dios los «absorbía y aniquilaba casi por completo» (M 171).
Por tres veces los visistará, en la primavera y verano de 1916, el Ángel de la Paz. Sus
palabras, que se grababan en el espíritu de los niños «como una luz que (los) hacía
comprender quién era Dios, cómo (los) amaba y quería ser amado» (M 170), hablan del
corazón de Dios, un corazón atento a la voz de los humildes, sobre los cuales tiene
«designios de misericordia». Cuando enseña a los niños a rezar, el Ángel invita, antes de
nada, a la adoración de ese corazón de Dios, de donde brotará la fe, la esperanza y la
caridad: «Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo». La invitación del Ángel a la postración
revela, a los ojos simples de los niños, que la adoración a Dios nace de esa actitud humilde
de saberse acogido por el amor primero del Creador. De la adoración ha de brotar la entrega
confiante de la fe, la esperanza de quien se sabe acompañado, y al amor como respuesta al
amor inaugural de Dios, que fructifica en la compasión y en el cuidado de los otros.
La última manifestación del Ángel renueva la invitación a la adoración y se desarrola con
una invitación a dar gracias, a hacer Eucaristía, y a convertirse en don ofrecido por los
otros. El Ángel invita a los niños a adorar profundamente a la Santísima Trinidad,
uniéndose al sacrificio de Cristo en la reconciliación de todos en Dios (M 170-171). Después,
les ofrece el Cuerpo y la Sangre de Cristo, ese Don primero, a la luz del cual ellos serán
invitados a ofrecerse en sacrificio por todos los «hombres ingratos», por todos aquellos que
no saben vivir como quien da gracias.
A partir de entonces, los pastorcitos han de vivir inmersos en esta adoración de Dios, con
un deseo discreto pero convicto de transformar sus vidas en don ofrecido al Creador por los
otros. Esta es su devoción.
Segundo misterio: La Visitación de Nuestra Señora a Santa Isabel.
Evangelio: «En aquellos días María se puso en camino y fue aprisa a la región montañosa, a
una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto
Isabel oyó el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de
Espíritu Santo; y exclamando a voz en grito, dijo: "Bendita tú entre las mujeres y bendito el
fruto de tu seno"» (Lc 1, 39-42)
Meditación: «Apacienta mis ovejas» (Jn 21,17)
Y he aquí que surge la invitación inesperada: «¿Queréis ofreceros a Dios?» Es con esta
osadía cuando una Señora más brillante que el sol irrumpe, el 13 de mayo de 1917, en la vida
de los tres niños en Cova de Iria. Durante seis meses, cada día 13, la Virgen María vendrá a
renovar esta invitación, por la cual los tres pastores se harán testigos humildes del corazón
de Dios, en la complejidad de un mundo sufrido.
¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que Él quiere enviaros, en
acto de reparación por los pecados con que Él es ofendido y de súplica por la conversión de
los pecadores?
El fiat espontáneo de los pastores, que «la Señora acogió[…] como la primicia de su
Mensaje», es confirmado por la Virgen con una luz inmensa que penetró en lo íntimo de los
niños, haciéndolos ver a si mismos «en esa luz que era Dios» (M 174). esta luz, con la que
serán bañados también en junio, preparándolos para acoger el Secreto que en julio les es
revelado: en una sucesión de imagenes desveladas por la Señora, los pastorcitos compreden
que el corazón de Dios no es indiferente a la historia humana; que el pecado es indiferencia
para con el corazón de Dios; que el corazón de Dios es misericordioso, aún y siempre en
busca del hombre enredado en sus dramas; y que los que acogen la luz del corazón de Dios
son invitados a asociarse, por la oración y por el sacrificio, a su cuidado por la humanidad.
Después en la primera inmersión en esa luz, Lucía, Francisco y Jacinta, aun saboreando los
ecos de la profundidad que experimentaron, acuerdan no contar nada de lo sucedido. Pero
Jacinta es tomada por la belleza de la Señora y su alegría es tal que no consigue contenerla
para si sola. Ella es la primera anunciadora de esa alegría divina recién descubierta que la
Señora comunicaba. Y como los discípulos de Emaús (Lc 24,32) que, delante del misterio
pascual, sentían un ardor en el pecho, confiesa a los amigos: «Yo tenía aquí dentro una cosa
que no me dejaba estar callada» (M 45).
Tercer misterio: El Nacimiento del Hijo de Dios.
Evangelio: «Sucedió que por aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que
se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento tuvo lugar siendo Cirino
gobernador de Siria. Iban todos a empadronarse, cada uno a su ciudad. Subió también José
desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén,
por ser él de la casa y familia de David, para empadronarse con María, su esposa, que estaba
encinta. Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los días del
alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un
pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento» (Lc 2,1-7).
Meditación: La noticia de las manifestaciones de la Señora del Rosario hará su recorrido
deprisa. Y si el número de los que vienen, peregrinos, a Cova de Iria no dejará de aumentar,
los pequeños tendrán mucho que sufrir a las manos de aquellos que dudaban o se les
oponían. Después del primer encuentro, como quien confirma el fiat de los niños, la Señora
les había asegurado que tendrán mucho que sufrir.
De la misma manera que los profetas (Jr 1, 19), la vocación de los niños acoge el sufrimiento
como parte integrante de su misión. Serán, por muchos, acusados de fraude o de codicia.
Las propias familias de los niños, exceptuando tal vez al padre de Francisco y de Jacinta,
temen que ellos estén propagando una mentira y temen por su vida. En casa, y en todos los
lados, son sometidos a visitas e interrogatorios incesantes y extenuantes.
Pero la provocación mayor vendrá el 13 de agosto. En la mañana de ese día, son
sorprendidos por la visita del Administrador del Municipio de Ourém, conocido formador y
libre-pensador. Después de interrogarlos en casa de ellos y en la casa parroquial, queriendo
a toda costa que les revelen el secreto que ellos insiten en no desvelar, el administrador se
propone ardiosamente conducirlos a Cova de Iria, llevándolos, entonces, hacia su casa de
Ourém. Allí continúa presionando a los pequeños para que le revelen el secreto, llegando a
colocarlos por algún tiempo en una celda con otros presos y a amenazarlos de freirlos en
aceite.
La respuesta inocente de Francisco irradia paz y alegría: «¡Si nos matan, como dicen, de
aquí a poco estamos en el Cielo! ¡Qué bueno! No me importa nada» (M 146).
Devueltos a los padres el día 15 de agosto, volverán a encontrarse con la Señora de blanco el
día 19, en los Valinhos, y en septiembre y octubre, en Cova de Iria. Una gran multitud se
reúne en este último encuentro -sedientos de Dios o simples curiosos- y son testimonio de
una señal, como la Señora prometiera. Pero, para los pequeños, Lucía, Francisco y Jacinta,
el último encuentro se vuelve en una permanente evocación de que son llamados a hacer de
sus vidas una bendición (Gn 12,2).
Cuarto misterio: La Presentación del Niño Jesús en el Templo.
Evangelio: «Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, se le dio el nombre de
Jesús, como lo había llamado el ángel antes de ser concebido en el seno. Cuando se
cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a
Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón
primogénito será consagrado al Señor y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos
pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor» (Lc 2, 21-24).
Meditación: «Os daré pastores según mi corazón» (Jr 3,15)
La vida de los pequeños pastores no dejó de ser marcada por el ritmo del corazón de Dios.
El fiat dado a la Señora más brillante que el sol fue siendo permanentemente renovado por
el deseo inocente de Lucía, Francisco y Jacinta de actualizar, en sus vidas, el
enamoramiento de Dios. La presencia de Dios se vuelve, para los niños, terreno sagrado y,
como Moisés, descalzo delante de la zarza ardiente (Ex 3,2-12), su intimidad es convertida
en una postración en la presencia de aquella luz interior, que es Dios, que arde sin quemar.
Sus vidas se vuelven en una ofrenda constante de todo lo que son y hacen -por
insignificante que sea- por amor a Dios y a los pecadores.
Las vidas de Francisco, de Jacinta y de Lucía asumen esa vocación inseparablemente
contemplativa, compasiva y anunciadora. Pero cada una de los niños asumirá con mayor
relevo la especificidad de su llamamiento
Francisco, movido por su mirada interior sensible a la luz del Espíritu, siente la invitación a
la adoración y a la contemplación. Se refugiaba detrás de una roca o encima del monte para
rezar solito. Otras veces, quedaba largas horas en la iglesia parroquial, en la intimidad del
silencio, para hacer compañía a Jesús escondido. Allí quedaba rezando y pensado en Dios,
absorto en la contemplación del miestrio insondable de aquel que viene al encuentro del
hombre. Francisco, y apenas él, con la mirada de su corazón, encuentra la tristeza de Dios
cara a los sufrimientos del mundo, sufre con ella y desea consolarlo (M 145). El pequeño
pastor que no oyera al Ángel ni a la Señora, apenas los vió, es el más contemplativo de los
tres pastores. Como que sobresale, en la vida de este niño, que la contemplación brota de la
escucha atenta del silencio que habla de Dios, del silencio en el que Dios habla. La actitud
contemplativa de Francisco es la de dejarse habitar por la indecible presencia de Dios-
«¡Yo sentía que Dios estaba en mi, pero no sabía cómo era!» (M 140) –
La pequeña Jacinta traduce la alegría, la pureza y la generosidad de la fe, acogida como
ofrenda del corazón de Dios y transformada en la insignificancia de su vida simple de niña
en don agradable al corazón de Dios (Rm 12.1) en favor de la humanidad. La fuerza con la
que la luz divina irrumpe en su vida de niña la arrebata definitivamente con una nueva
dinámica que le hace desear ardientemente participar de su alegría. La pureza de su
corazón alegre ha de aspirar a que todos puedan saborear, agradecidos y puros, la presencia
y la alegría del corazón de Dios. Esa ansia de compartir el amor ardiente que sentía por los
corazones de Jesús y de María hacía crecer su cuidado por los pecadores. Todos los
pequeños detalles de su día de pastoreo, todos los incómodos de los cuestionarios sin fin a
que era sometida, todas las contrariedades de su enfermedad eran motivo de ofrenda a Dios
por la conversión de los pecadores.
Otras veces, compartía con los pobres su merienda, ofreciendo su ayuno en sacrificio, como
señal del don de su vida toda por amor de Dios y de la humanidad.
Este rezar y sufrir por amor «era su ideal, era en lo que hablaba» (M 61). Esta era su alegría,
la de vivir sumida en el amor de Cristo sufridor. La vocación de Jacinta es la compasión.
Quinto misterio: El Encuentro del Niño Jesús en el Templo entre los Doctores de la Ley.
Evangelio: «Sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua. Cuando tuvo
doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el
niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres... Y sucedió que al cabo de tres
días, le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y
preguntándoles; todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus
respuestas» (Lc 2, 41-47)
Meditación: «Dispersó a los soberbios y enalteció a los humildes» (Lc 1,51-52)
La vida de Lucía, de Francisco y de Jacinta, pequeños pastores de Fátima, es una historia de
gracia y misericordia. En estos niños vemos actuar la misma fuerza paradójica que sella
toda la historia de la salvación: la desproporción infinita entre la historia de los soberbios y
de los poderosos, con sus esquemas, estrategias y conflictos, y la historia de los humildes
que, en la verdad de su existencia, son invitados por Dios a ser fermento de transformación
de la humanidad. Como videntes de la misericordia de Dios, los pastorcitos enseñarán el
mensaje que acogieron a través de sus vidas sencillas. Son constituídos testimonios de la
presencia del amor de Dios, de ese Dios que es Amor (1 Jn 4,8), exponiendo al mundo su
rostro misericordioso que convertirá sus vidas en un reflejo de aquella Luz, que era el
propio Dios, en la cual, a la sombra de una encina, la Señora los hizo ver a sí mismos (M
174).
Los pastorcitos vivieron intensamente la pasión de Dios por la humanidad. Y, así, fueron
constituídos como profetas del amor de Dios y ofrecidos por Él al mundo como
niños-pastores según su corazón (Jr 3,15)
En ésta última parte de este Santo Rosario oramos por las intenciones del Santo Padre, el
Papa Francisco, por las santas vocaciones sacerdotales y religiosas y por todos los
pecadores, especialmente los no creyentes.
Dios te Salve María (Repetir 3 veces)
Gloria al Padre
Saludamos a Nuestra Madre orando una Salve Reina
Salve Reina
Dios te Salve, Reina y Madre de Misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra, Dios te
salve. A ti llamamos los desterrados hijos de Eva; a ti suspiramos, gimiendo y llorando, en
este valle de lágrimas. Ea, pues, Señora abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos
misericordiosos, y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu
vientre. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulceVirgen María!
V. Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios.
R. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas y gracias de nuestro Señor Jesucristo.
Amén.
Oremos. Oh Dios, cuyo Unigénito Hijo por su vida, muerte y resurrección nos ha comprado
la recompensa de la vida eterna; concédenos, te suplicamos, que, meditando estos misterios
del Santísimo Rosario de la Bendita Virgen María, podamos imitar lo que contienen y
obtener lo que prometen, por el mismo Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.
Nuestra Señora del Rosario de Fátima, ruega por nosotros
Letanía de los Santos Francisco y Jacinta
Señor, ten piedad de nosotros. Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, ten piedad de nosotros. Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros. Señor, ten piedad de nosotros.
Nuestra Señora del Rosario de Fátima, ruega por nosotros.
Nuestra Señora de los Dolores, ruega por nosotros.
Nuestra Señora del Carmen, ruega por nosotros.
Virgen de los Pastorcitos, ruega por nosotros.
San Francisco Marto, ruega por nosotros.
Santa Jacinta Marto, ruega por nosotros.
Niños llamados por Jesucristo, rogad por nosotros.
Niños llamados a contemplar a Dios en el Cielo, rogad por nosotros.
Pequeños a quienes el Padre revela los misterios del Reino, rogad por nosotros.
Pequeños privilegiados del Padre, rogad por nosotros.
Alabanza perfecta de las maravillas de Dios, rogad por nosotros.
Imágenes del abandono filial, como niños al cuello de la madre, rogad por nosotros.
Víctimas de reparación en beneficio del Cuerpo de Cristo, rogad por nosotros
Confidentes del Ángel de la Paz, rogad por nosotros.
Custodios, como el Ángel de la Patria, rogad por nosotros.
Adoradores con el Ángel de la Eucaristía, rogad por nosotros.
Videntes de la Mujer revestida con el Sol, rogad por nosotros.
Videntes de la Luz que es Dios, rogad por nosotros.
Hijos predilectos de la Virgen Madre, rogad por nosotros.
Oídos atentos a la solicitud materna de la Virgen María, rogad por nosotros.
Abogados del Mensaje de la Señora más brillante que el Sol, rogad por nosotros.
Heraldos de la palabra de la Madre de Dios, rogad por nosotros.
Profetas del triunfo del Corazón Inmaculado de María, rogad por nosotros.
Cumplidores de los designios del Altísimo, rogad por nosotros.
Fieles depositarios del Mensaje, rogad por nosotros.
Emisarios de la Señora del Rosario, rogad por nosotros.
Misioneros de los pedidos de María, rogad por nosotros.
Portadores de las llamadas del Cielo, rogad por nosotros.
Cuidadores del Vicario de Cristo, rogad por nosotros.
Confesores de la vida heroica en la verdad, rogad por nosotros.
Consoladores de Jesucristo, rogad por nosotros.
Ejemplos de la caridad cristiana, rogad por nosotros.
Siervos de los enfermos y de los pobres, rogad por nosotros.
Reparadores de las ofensas de los pecadores, rogad por nosotros.
Amigos de los hombres al lado del trono de la Virgen María, rogad por nosotros.
Lirios de inocencia exhalando santidad, rogad por nosotros.
Perlas brillantes resplandeciendo beatitud, rogad por nosotros.
Serafines de amor a los pies del Señor, rogad por nosotros.
Oblaciones a Dios para soportar los sufrimientos en acto de reparación, rogad por
nosotros.
Ejemplo admirable en el compartir con los pobres, rogad por nosotros.
Ejemplo incansable en el sacrificio por la conversión de los pecadores, rogad por
nosotros.
Ejemplo de fortaleza en los tiempos de la adversidad, rogad por nosotros.
Enamorados de Dios en Jesús, rogad por nosotros.
Pastorcitos que nos guiáis al Cordero, rogad por nosotros.
Discípulos de la escuela de María, rogad por nosotros.
Interpeladores de la humanidad, rogad por nosotros.
Frutos del árbol de la santidad, rogad por nosotros.
Don para la Iglesia Universal, rogad por nosotros.
Señal divina para el Pueblo de Dios, rogad por nosotros.
Testigos de la gracia divina, rogad por nosotros.
Estímulo a la vivencia del bautismo, rogad por nosotros.
Experiencia de la presencia amorosa de Dios, rogad por nosotros.
Elocuentes en la intimidad de Dios, rogad por nosotros.
Intercesores, al lado de Dios, por los pecadores, rogad por nosotros.
Constructores de la Civilización del Amor y de la Paz, rogad por nosotros.
Lámparas que iluminan la humanidad, rogad por nosotros.
Luces amigas que iluminan las multitudes, rogad por nosotros.
Luceros que resplandecen en el camino de la humanidad, rogad por nosotros.
Llamas ardientes en las horas sombrías e inquietas, rogad por nosotros.
Candiles que Dios encendió, rogad por nosotros.
Cristo, óyenos. Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos. Cristo, escúchanos.
Oración conclusiva
Dios de infinita bondad,
que amáis la inocencia y enaltecéis a los humildes,
concédenos, por la intercesión de la Inmaculada Madre de vuestro Hijo,
que, a imitación de los bienaventurados Francisco y Jacinta,
os sirvamos en la simplicidad de corazón
para poder entrar en el reino de los Cielos.
Por Nuestro Señor Jesucristo, vuestro Hijo,
que es Dios con vosotros en la unidad del Espíritu Santo.
Amen.
Santa Jacinta y San Francisco Marto, rueguen por nosotros
En la sexta aparición de Fátima san josé estuvo presente con la sagrada familia, con jesús en
sus brazos y bendijo al mundo, por eso recemos a San José por protección.
El Acordaos de San José
Acordaos, oh castísimo esposo de la Virgen María y amable protector mío San José, que
jamás se ha oído decir que ninguno haya invocado vuestra protección e implorado vuestro
auxilio sin haber sido consolado. Lleno, pues, de confianza en vuestro poder, ya que
ejercisteis con Jesús el cargo de Padre, vengo a vuestra presencia y me encomiendo a Vos
con todo fervor. No desechéis mis súplicas, antes bien acogedlas propicio y dignaos acceder
a ellas piadosamente. Amén.
En la tercera aparición de Fátima, nuestra señora les pidió a los pastorcitos que se
consagren al Inmaculado Corazón de Maria. Por eso, consagremonos a nuestra Madre
Celestial.
Acto de Consagración a Nuestra Madre Celestial
¡Oh Señora mía, oh Madre mía!, yo me ofrezco del todo a Vos, y en prueba de mi filial afecto
Os consagro en este día, mis ojos, mis oídos, mi lengua, y mi corazón, en una palabra, todo
mi ser. Ya que soy todo(a) vuestro(a), oh madre de bondad, guardadme y defendedme como
cosa y posesión vuestra. Amén.
El Señor nos bendiga, nos libre de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
En el nombre del Padre + y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Hemos concluido con el rezo del Santo Rosario meditando con los Santos Pastoricitos
Francisco y Jacinta Marto. En Miercoles nos reuniremos a la misma hora para rezar el
Rosario de San Jose. Damos gracias a Dios por este tiempo de oración. ¡Dios les bendiga!