Lenguaje Poetico
Lenguaje Poetico
Lo que Góngora nos está diciendo en este complejo cuarteto es que un dedo
de una dama está prisionero en un anillo de oro que, a su vez, aprisiona a un
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diamante en él incrustado; la dificultad expresiva de una idea, en principio, tan
sencilla, viene dada por el abuso de un hipérbaton violentísimo, por la perífrasis
y por las múltiples metáforas.
Los autores emplean, pues, artificios extrañadores que, en el caso de la
poesía, empiezan en el propio verso, que impone al lenguaje violencias como
la isometría, la rima, la acentuación en lugares fijos, las pausas versales o estró-
ficas, etcétera. Sin embargo, ello no presupone, necesariamente, una dificultad
comprensiva de los contenidos de que es portador cada poema. Veamos otro
ejemplo:
Son los mecanismos con los que actúa el escritor sobre la lengua estándar
transformándola en lenguaje literario o artístico. En esa transformación artís-
tica de la lengua el escritor actúa sobre los diferentes niveles de la misma; las
alteraciones de la norma no responden a una arbitrariedad del autor, sino a una
consciente labor de transformación y recreación del lenguaje, que el escritor
suele hacer en función del tema que trata, de las características de la voz o
voces que hablan en el poema o de los elementos que conforman ese mundo, de
ficción o no, que está expresando. Pese a ello, el «nivel semántico» de la lengua
es el que concentra las mayores diferencias entre el lenguaje literario o figurado
(«figuras») y el estándar.
Los instrumentos de que dispone el poeta son inherentes a la propia lengua.
Las figuras literarias no son algo inventado por los escritores, sino que son meca-
nismos expresivos con los que ellos trabajan, pero que también puede usarlos
cualquier hablante en cualquier momento: la comunicación estándar nos ofrece
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continuos ejemplos de ese uso, sobre todo en el amplio abanico de metáforas
lexicalizadas con las que elogiamos determinadas cualidades de las personas («es
una hormiguita», «es un cielo»); o con las que criticamos negativamente deter-
minadas costumbres o actitudes («es un burro», «es un loro»); del mismo modo
usamos metonimias, sinécdoques, hipérboles, paradojas o juegos de palabras.
En Teoría de la Literatura, ya desde Aristóteles, existe un inventario de estas
figuras que constituyen el procedimiento más idóneo para la articulación artís-
tica de la lengua literaria. Fueron los tratadistas grecolatinos quienes analizaron
y organizaron ese repertorio de figuras, que con el Renacimiento y el Barroco
adquirió nueva vida; en el siglo XIX, los románticos lo despreciaron, sin duda
porque se querían enfrentar radicalmente con la estética anterior, la neoclásica.
La crítica literaria contemporánea, tanto la Estilística (Bally, Amado Alonso),
como el formalismo (Jacobson, Todorov) o la Nouvelle Critique francesa (Bar-
thes), han vuelto a valorar esas figuras, tanto en el plano de la comunicación
lingüística como en el plano de la creación artística; sin duda, porque pensaron
que, aunque los mismos mecanismos aparezcan en la lengua estándar, los escri-
tores los usan con voluntad de estilo.
El conocimiento de la Estilística, con su amplio repertorio de figuras literarias,
debe aplicarse a la interpretación global del texto poético; sin ese conocimiento,
la comprensión del poema siempre será parcial e incompleta. La enseñanza de la
Literatura debe incluir la enseñanza del funcionamiento de los textos literarios,
también los poéticos, teniendo en cuenta que ningún contenido que desee comu-
nicar el autor es, en sí mismo, literario; lo que lo hace literario es el lenguaje,
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la forma. Los materiales de la Literatura varían a lo largo del tiempo, pero hay
una serie de artificios constantes que deben ser tenidos en cuenta a la hora de
analizar textos literarios.
1 El repertorio aquí incluido recoge sólo las figuras que son de uso más frecuente en la
Historia de la poesía española.
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JUEGOS DE PALABRAS: los principales juegos de palabras son estos:
Antanaclasis: es la repetición de una misma palabra con dos sentidos o sig-
nificados distintos:
Calambur: se produce cuando dos palabras que van seguidas, o las sílabas
finales e iniciales de ambas, provocan la lectura de una palabra nueva, de signi-
ficado distinto:
Oro parece,
plata no es,
el que no lo adivine
bien bobo es. (Adivinanza popular)
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janzas en su parentesco etimológico: Reparte y parte; o bien por semejanzas
casuales: «Invierno-Infierno». La paronomasia e veces es cacofónica.
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Para la libertad sangro, lucho, pervivo (...) (Miguel Hernández)
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RETICENCIA: es una interrupción de la frase iniciada que, al entrecortarse,
revela agitación anímica o deja percibir, a modo de insinuación, lo que no llega
a decir:
Busqué los atajos
angostos, los pasos
altos y difíciles... (Pedro Salinas)
que», etcétera) En toda comparación hay dos términos: uno real y otro imagi-
nado (al que llamamos imagen) que se compara con el primero. La comparación
es un recurso expresivo frecuente en la lengua estándar («la juventud es como
la primavera de la vida»), que adquiere matices estéticos cuando se usa en el
lenguaje literario:
O:
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Érase un hombre a una nariz pegado. (Quevedo)
O:
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Era la alegre víspera del día
que la que sin igual nació en la tierra
de la cárcel mortal y humana guerra
para la patria celestial salía.
TROPOS: son las figuras por las que una palabra cambia de significado.
Todos los tropos podemos reducirlos a tres tipos:
1) METONIMIA: es la designación de un objeto (del tipo que sea) con el
nombre de otro, basándose ese cambio en relaciones de distintos tipo, siendo las
más usuales las de causalidad o procedencia. Hay varios tipos de metonimia;
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e) La designación de una obra por medio del nombre de su autor: «En el
Museo del Prado hay varios Goyas», en lugar de decir «cuadros o pinturas
de Goya».
f) La designación de un objeto por la materia de que está hecho: dice fray Luis
de León «Menea fulminando el hierro insano» para referirse a la espada.
2) SINÉCDOQUE: para muchos teóricos la sinécdoque es un tipo especial de
metonimia; en sus dos formas más comunes, es: por un lado, la designación del
todo por medio de una parte de ese mismo todo, como cuando Lorca dice:
Y, por otro, la designación de una parte de un todo por medio del nombre
del todo; decimos que «los mortales somos envidiosos» para referirnos a los
hombres, cuando mortales son también el resto de los seres vivos.
3) METÁFORA: es la figura por excelencia del lenguaje literario. Como
en la comparación, la metáfora es portadora de dos elementos: uno real y otro
imaginado (aunque el primero puede estar ausente en el caso de la «metáfora
pura»); pero, a diferencia de la comparación, la metáfora es una identificación
del término real (al que siempre llamaremos A) y el término imaginado (al que
llamaremos B). Son varias las formas en que puede usarse la metáfora; las más
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f) Metáfora sustantiva (AB): en este caso, «B» es un sustantivo:
Homicida ruego (Góngora).
g) Metáfora verbal (AB): «B» es un verbo:
Los arados peinan las tierras (Góngora).
h) Metáfora adverbial (AB): «B» es un adverbio:
El Duero corre, terso y mudo, mansamente. (Antonio Machado)
i) Metáfora oracional (AB): «B» es una oración:
La piedra inerte ni conoce la sombra ni la evita. (García Lorca)
j) Metáfora pura (B en lugar de A): es la que se produce cuando el término
real («A») está ausente y sólo aparece «B». Es la metáfora por excelencia,
ya que es la que provoca mayores efectos poéticos; una metáfora pura
puede resultar muy trivial: «Al tirar piedras al río surgían perlas» («per-
las» es el término «B» que sustituye al «A» –gotas–); pero con los mismos
términos, se pueden construir metáforas muy bellas; de este modo, dice
Juan Ramón Jiménez:
entre ambos planos. La alegoría (al igual que la parábola, que es una forma de
alegoría con enseñanza moral) es un recurso literario por el que se intenta hacer
comprensibles conceptos abstractos; el ejemplo más prototípico es el de los
Autos Sacramentales de Calderón de la Barca, en donde diversas ideas filosóficas
y teológicas, así como otros conceptos abstractos se encarnan en personajes (la
gracia, la ley, la belleza, el mundo, la ira, etcétera.) En el siguiente ejemplo de
Berceo podemos percibir los dos planos de la alegoría: el real (los elementos en
negrita: prado, romero, fuentes, árboles, sombra), y el imaginado (los elementos
subrayados: Virgen, evangelios, evangelistas, milagros, Gloriosa):
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Los árboles que facen sombra dulz e donosa,
Son los Santos miraclos que faz la Gloriosa,
Ca son mucho mas dulzes que azúcar sabrosa,
La que dan al enfermo en la cuita raviosa.
nez dice «se oye la luz», o «el azul sonoro». Se emplea sobre todo en el plano
metafórico, dando origen a las llamadas «metáforas sinestésicas»:
Por último, uno de los rasgos expresivos más eficaces en el lenguaje literario
es el uso de la adjetivación con finalidad artística. El adjetivo calificativo sirve
unas veces para limitar la extensión del sentido: al decir «los caminantes viejos
se fatigan en las cuestas empinadas», excluimos a los caminantes de menos
edad e igualmente las cuestas más suaves; pero este uso «especificativo» del
adjetivo no constituye recurso artístico en sí mismo. Lo mismo sucede cuando
el adjetivo es predicado nominal: «La sala era espaciosa». El adjetivo que, gra-
maticalmente, resulte innecesario es el que aporta mayores valores artísticos.
Por otro lado, cuando el adjetivo calificativo va unido directamente al sus-
tantivo, con finalidad caracterizadora o resaltando la cualidad que encierra, atri-
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buyéndola casi en exclusiva al nombre, se produce el epíteto: «El Campeador»
para referirse a Mío Cid. Otro ejemplo prototípico es que se produce cuando el
adjetivo destaca una cualidad que, en sí mismo, contiene al sustantivo: «los soli-
tarios campos están cubiertos de blanca nieve»; el epíteto tiene, esencialmente,
una función expresiva.
2 Borges, Jorge Luis, Obra poética, 1923-1977. Madrid / Buenos Aires: Alianza editorial /
Emecé Editores, 1990, pp. 267-269. Este poema en concreto pertenece al libro El otro, el mismo
(1964).
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Por la razón, que no cesará de soñar
Con un plano del laberinto,
Por el rostro de Elena y la perseverancia de Ulises,
Por el amor, que nos deja ver a los otros
Como los ve la divinidad,
Por el firme diamante y el agua suelta,
Por el álgebra, palacio de precisos cristales,
Por las místicas monedas de Ángel Silesio,
Por Schopenhauer,
Que acaso descifró el universo [...]
El poema sigue enumerando realidades por las que el poeta da las gracias
durante unos 80 versos. En el cierre de este tipo de poemas podemos encontrar
o una fórmula que resuma todo el contenido del poema, o bien, como Borges
elige, un cierre brusco con uno más de los elementos, que de esta manera
adquiere un singular significado simplemente por ocupar la última posición,
por tener el privilegio de cerrar la serie:
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y caer como lágrimas del día...
¡ésas... no volverán!
Volverán del amor en tus oídos
las palabras ardientes a sonar;
tu corazón de su profundo sueño
tal vez despertará.
Pero mudo y absorto y de rodillas
como se adora a Dios ante su altar,
como yo te he querido...; desengáñate,
¡así... no te querrán!3
Sus seis estrofas se organizan de dos en dos: cada par comienza por «volve-
rán» y se cierra con una forma futura negativa que en los dos primeros casos es
«no volverán» y en el último: «no te querrán». A su vez, cada par de estrofas se
articula por una contraposición marcada por el inicio de cada estrofa par con la
adversativa: «pero». Todo el poema, pues, es un sostenido juego de repeticiones,
anáforas, paralelismos y contrastes internos con ligeras variaciones al final.
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que saben, porque no beben
el vino de las tabernas.
Mala gente que camina
y va apestando la tierra…
Y en todas partes he visto
gentes que danzan o juegan,
cuando pueden, y laboran
sus cuatro palmos de tierra.
Nunca, si llegan a un sitio,
preguntan a dónde llegan.
Cuando caminan, cabalgan
a lomos de mula vieja,
y no conocen la prisa
ni aun en los días de fiesta.
Donde hay vino, beben vino;
donde no hay vino, agua fresca.
Son buenas gentes que viven,
laboran, pasan y sueñan,
y en un día como tantos,
descansan bajo la tierra. 4
Las dos partes en que se divide por contraste el poema están marcadas por
la repetición anafórica de la fórmula «en todas partes he visto». Es de destacar
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que lo que en realidad es una contraposición que debería articularse por una
adversativa, como en el poema de Bécquer, el poeta prefiere articularla con la
conjunción copulativa: «Y en todas partes he visto», lo que refuerza el sentido de
que se trata de realidades que no se dan de forma aislada sino simultáneamente
a pesar de ser tan dispares.
c) Técnicas de correlación
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A B C
A’ B’ C’
A’’ B’’ C’’
A A’ A’’
B B’ B’’
C C’ C’’
Este poema se basa en una continua distribución alterna de las series parale-
las. Los elementos que se correlacionan son: «monte-fiera-fresca cueva-sombra»,
«aire-ave-árbol verde-ramo» y «río-pece-arroyo frío-hondura». El poeta ofrece
así una visión más dinámica de la naturaleza a la vez que alude a la confusión
de sus sentidos, alterados por lo doloroso de su sentimiento.
6 Góngora, Luis de, Sonetos completos, ed. Biruté Ciplijauskaité. Madrid: Castalia, 1985,
p. 131.
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d) Técnica de diseminación-recolección
Vemos que el poeta recoge al final todos los elementos que había ido enume-
rando a lo largo del poema con la intención de negarlos, lo que da una sensación
de «rebobinado» que pretende destruir no solo el orden del tiempo sino también
el orden cósmico si no acompaña a la visión de la amada.
Es una forma de organización que podemos encontrar también en poetas
modernos. El poema de Vicente Aleixandre «Se querían» acaba con una enume-
ración de elementos la mayoría de los cuales han ido apareciendo a lo largo del
texto en relación al amor de los protagonistas. Aquí el final recolector inscribe
definitivamente el amor de estos seres en un entorno cósmico:
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e) Estructura en anillo
Tras la montaña
nacía la luna roja;
la suave brisa del río
daba frescura a la sombra;
un sapo triste cantaba
en su flauta melodiosa;
sobre la colina había
una estrella melancólica...
f) Estructura argumentativa
9 Jiménez, Juan Ramón, Obras selectas. II. Barcelona: RBA, 2006, p. 63.
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Sin embargo, hay poemas que en lugar de organizarse por las relaciones
externas de la forma, establecen su coherencia en el nivel semántico. Este tipo de
organización es menos perceptible a simple vista pero ofrece una trabazón más
fuerte del material que las estructuras basadas en recursos formales.
Muchos poemas se organizan de manera argumentativa, pues tratan de per-
suadir a alguien de algo. Ocurre a menudo en los sonetos, que establecen entre
cuartetos y tercetos una relación de premisas y conclusiones. El ejemplo que
traemos a colación, de Gutierre de Cetina, se ordena según una serie de razones
que enlaza el poeta para hacer que la amada le preste atención:
10 Cetina, Gutierre de, Sonetos y madrigales completos. Madrid: Cátedra, 1990, p. 131.
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de la amada, cosa que ella no debería consentir. El hecho de que el poeta, con
una sinécdoque reduzca toda la personalidad de la amada a sólo sus ojos sirve
para reforzar su argumentación.
g) Estructura metafórica
«Margarita»
In memoriam...
¿Recuerdas que querías ser una Margarita
Gautier? Fijo en mi mente tu extraño rostro está,
cuando cenamos juntos, en la primera cita,
en una noche alegre que nunca volverá.
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11 Darío, Rubén, Obras completas I. Poesía. Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2007, pp.
181-182.
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Todo el poema se basa en una metáfora entre la protagonista y la flor cuyo
nombre lleva, de manera que como desenlace lógico, la mujer es deshojada por
la muerte.
El siguiente poema de Góngora se basa en la comparación entre la situa-
ción actual del poeta como capellán de la corte que pasa hambre y el reo que
está «en capilla» a punto de ser ejecutado. La doble posibilidad significativa
de «estar en capilla», como condenado o como capellán permite reunir las dos
situaciones en una. A eso es a lo que los barrocos llamaban «concepto».
La súplica que hace Góngora tiene desde luego más fuerza si pensamos que
su situación es tan apurada como la del condenado a muerte, pero a la vez al
jugar con la doble acepción el poeta pretende que tampoco tomemos demasiado
en serio su enunciación, que esbocemos una sonrisa ante la hipérbole y no nos
sintamos tan presionados ni carguemos nuestra conciencia. En este esquema de
conjunto el poeta introduce otros equívocos puntuales, como el del «hierro» que
remite tanto al «instrumento de tortura o muerte» y al «yerro» que ha cometido
aceptando las prebendas cortesanas.
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h) Mezcla de procedimientos
«Ocaso»
13 Antología de la poesía española del siglo XX. I. 1900-1939, ed. José Paulino Ayuso.
Madrid: Castalia, 1996, p. 80.
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cuartetos. Los tercetos se caracterizan sobre todo por la cohesión formal debida
a la anáfora «para mi» y la repetición de «el mar». Los cuartetos se organizan,
en cambio, en torno a un procedimiento semántico. Como vemos, están conec-
tados por la conjunción «pero», que establece una contraposición entre las dos
acciones, a la vez que organiza el poema temporalmente: al principio, después.
El momento del ocaso es visto en dos tiempos: cuando el día parece resistirse
a morir y cuando por fin cede. A la vez estos dos cuartetos se basan en una
comparación constante entre la naturaleza y seres animados. El día agonizante
se presenta, con una sostenida metáfora, como un animal herido que se resiste a
morir y hundirse en el mar. Esto pone un contraste entre nuestro conocimiento
de las leyes naturales y su inexorabilidad y la sensación que le produce al poeta
el tiempo que se resiste a pasar.
¿Cómo se conecta esta parte basada en una comparación y una sucesión
temporal con la parte de los tercetos estructurada de manera repetitiva? Se
aprecia un contraste entre la sensación de fuerza del día que se resiste a morir
y la insistencia del poeta en dejarse ir hacia el mar de la nada, en su entrega sin
resistencia.
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