Efectos de la implosión de la monarquía católica
La construcción de Estados y naciones en América Latina es el hito de la implosión de la monarquía
católica a principios de siglo XIX y el vacío de poder que apareció como consecuencia del mismo, sobre
todo en América. Como señala Pérez el vacío de poder lleva, en un primer momento, a preguntarse
quién lo asume en ausencia del rey, es el tiempo de las Juntas y de los pueblos; en un segundo
momento, sobre el origen del poder mismo, es el tiempo de las constituciones y las naciones. Estos
debates no se llevaron a cabo de manera pacífica, sino que se saldaron en el campo de batalla y con
armamentos rudimentarios e improvisados. La década que siguió al derrumbamiento de la monarquía
católica sirvió de escenario para una compleja guerra civil de fuertes connotaciones ideológicas, tanto en
la península como en América.
A pesar de que esta condición de incertidumbre y prolífico debate político se hizo patente en toda la
América hispana, sus resultados en el plano institucional no fueron los mismos en todo el territorio. Si
bien, en términos generales, una primera consecuencia inmediata tras el colapso de la monarquía fue la
aparición de las ciudades, provincia como escenarios y como actores en la disputa por el poder, el lugar
que éstas ocuparon en las disputas ideológicas nunca estuvo claramente definido, ya que las Juntas de
gobierno que aparecieron en las ciudades-provincia defendieron agendas políticas claramente
heterogéneas y cambiantes.
El istmo de Panamá no fue la excepción en este escenario. Durante el periodo colonial las ciudades-
provincia de Colón y Panamá fueron los ejes de un circuito de centros urbanos menores que conectaron
durante varios siglos los océanos Atlántico y Pacífico, lo que permitió la configuración de una ruta
transatlántica cuya primera utilidad, más que el paso hacia el continente asiático fue facilitar la conexión
del Virreinato del Perú con el resto de la monarquía. La importancia geoestratégica del istmo lo ubicó en
el centro de los objetivos de franceses, británicos y holandeses que, en el marco de la competencia
global de los siglos XVII y XVIII, auspiciaron la toma de istmo por parte de escuadrones de
bucaneros, como en 1671, cuando el célebre Henry Morgan atravesó el istmo y a su paso destruyó por
completo la ciudad de Panamá que tuvo que ser reconstruida en otro lugar. Una década después, varios
cientos de piratas repitieron la ruta de Morgan y saquearon varias embarcaciones en el Pacífico y
atacaron puertos pequeños desde Nueva España hasta el sur de Chile.
Esta incursión de piratas en el Pacífico obstaculizó los intercambios entre los puertos de El Callao y
Panamá, lo que se tradujo en un problema diplomático entre los gobiernos de España e Inglaterra.
Con las reformas borbónicas, la monarquía se reorganizó administrativamente para dar respuesta a los
desafíos geopolíticos que imponían las potencias competidoras. Por ello, se creó el Virreinato del Nuevo
Reino de Granada en 1739 al que quedó adscrito el Reino de Tierra Firme. Las ciudades-provincia de
Panamá y Colón pasaron a depender de las decisiones de Santafé, la capital del nuevo Virreinato, lo que
significó un problema inicial de gobernabilidad, dado el inconveniente de comunicar a estas ciudades. A
pesar de esta relación jerárquica, esta dificultad de gobierno por parte de Santafé se tradujo en un
aumento de la autonomía de las ciudades-provincia del istmo. De hecho, aunque la consecuencia más
evidente de la implosión de la monarquía católica fue la guerra civil, estos efectos nunca llegaron a
sentirse en las mismas proporciones en el istmo.
Tras la expulsión de los ejércitos de Napoleón en la península, por parte de los británicos y el inicio de
la Restauración, el istmo se convirtió en el centro estratégico de las operaciones militares emprendidas
por la corona para desmantelar las juntas de gobierno que aparecieron en las ciudades-provincias del
desaparecido Virreinato del Nuevo Reino de Granada. Paradójicamente, la situación de desgobierno del
istmo y su relativa autonomía frente al resto del Virreinato fue la principal ventaja estratégica que
aprovechó la monarquía en su intento por retomar el poder en América. De hecho, don Benito
Pérez, nombrado Virrey de la Nueva Granada en 1812, trasladó la sede de la Real Audiencia de Santafé
a la ciudad de Panamá y desde allí inició campañas militares en apoyo a las ciudades-
provincias, abiertamente realistas de Quito en el Pacífico y Santa Marta en el Caribe. Entre 1813 y
1818, la sede de la Real Audiencia se trasladó a Santa Marta y ante la inminencia del fracaso definitivo
de las campañas militares retornó a Panamá desde donde el Mariscal de Campo, don Juan de la Cruz
Murgeón, dirigió las últimas campañas hacia Quito. Tras la muerte en combate del Mariscal
Murgeón, en las provincias ístmicas de Azuero, Chiriquí, Panamá y Veragua se hizo patente un vacío de
poder que, en noviembre de 1821, derivó en la instauración de un gobierno liderado por el coronel José
Fábrega, un oficial nacido en el istmo que se mantuvo leal, incluso durante el tiempo en que este estuvo
en prisión, hasta que su superior desapareció y una serie de pequeños levantamientos exigieron la
conformación de un nuevo gobierno.
Los primeros intentos de construir un Estado istmeño
Sin embargo, el problema de comunicación e intercambios entre el istmo y Santafé, que había sido
crónico durante la vigencia del Virreinato, se mantuvo incluso durante el experimento bolivariano, por
lo que los conflictos políticos, por la toma del poder en el istmo, se agravaron mientras que el gobierno
colombiano se mostró incapaz de intervenir. Esta situación no sólo se presentó en Panamá. En este
contexto, Panamá no fue la excepción. En un intento por evitar que en el istmo sucediera lo que ya había
sucedido en Venezuela y Ecuador, el gobierno de la debilitada Colombia, decidió intervenir para evitar
la secesión de la región y envió al coronel Tomás Herrera al mando de un pequeño grupo de veteranos
que, sin mayores contratiempos, el 29 de agosto de 1831, depuso al separatista Juan Eligio Alzuru, y
restableció el control del istmo, por lo menos formalmente .
Aunque Herrera fue enviado con la misión de imponer el orden en el istmo, la debilidad política de esta
acción quedó en evidencia años más tarde cuando, en medio de los acontecimientos de la Guerra de los
Supremos, el mismo Herrera lideró la proclamación del Estado Libre del Istmo en noviembre de
1840, en lo que se conoce como la primera independencia de Panamá, la cual duró poco más de un año y
obtuvo el reconocimiento del Gobierno de Costa Rica e intentó obtener el de Estados Unidos pero según
sostiene Ignacio Méndez, el delegado del gobierno de Panamá se quedó sin tiempo, dado que antes de
lograr algún éxito en su gestión el Estado Libre del Istmo se reintegró a la Nueva Granada .
Al igual que en 1830 y 1831 y a pesar de que la independencia de 1840 se dio en el marco de la Guerra
de los Supremos, las élites istmeñas lograron, con relativa facilidad, declarar la independencia de
Panamá sin que esto representara tener que ir a la guerra. La victoria del gobierno de la Nueva Granada
sobre los Supremos de la Guerra y la amenaza de invasión de las tropas granadinas desde
Cartagena, según Méndez, fueron motivos suficientes para que, de manera voluntaria, el mismo Tomás
Herrera negociara el reintegro de Panamá al marco de la Nueva Granada a cambio de un poco de
autonomía y amnistía para los rebeldes. Lo que llama la atención de este suceso es que, si bien la Guerra
de los Supremos generó una profunda debilidad de la Nueva Granada, a pesar de la victoria, Panamá no
logró acumular el poder suficiente como para materializar su separación.
Primeras implicaciones internacionales
Aunque los Estados Unidos estaban muy lejos de ser una potencia del tamaño y relevancia de la Gran
Bretaña del siglo XIX, para el gobierno de la Nueva Granada resultó más apropiado iniciar
acercamientos diplomáticos con Norteamérica que arrojaron como resultado el Tratado Mallarino-
Bidlack de 1846, en el que Nueva Granada otorgaba beneficios especiales y tránsito libre a los Estados
Unidos a través del istmo y, a cambio, dicho Estado garantizaría la soberanía neogranadina sobre el
istmo. Adicional a esto, por mandato del tratado, Estados Unidos asumió la responsabilidad de
garantizar la seguridad del libre tránsito interoceánico, lo que en otras palabras significaba una
autorización para la presencia de Fuerza Pública estadounidense en el istmo. De esta manera, la Nueva
Granada cerró la puerta a las pretensiones británicas y francesas sobre el istmo y estableció una alianza
basada en la interdependencia con los Estados Unidos. De esta manera la Nueva Granda logró que los
Estados Unidos fuera el garante de su soberanía en el istmo, pero también envió un claro mensaje de
debilidad internacional porque reconoció su incapacidad para ejercer la soberanía de manera directa y
por sus propios medios.
Por otra parte, el acuerdo entre la Nueva Granada y Estados Unidos cerró la puerta a la posibilidad de
que el sistema internacional llegara a reconocer un gobierno panameño en caso de que se repitieran los
eventos de 1840. El tratado Mallarino-Bidlack hizo que la competencia geopolítica entre Estados Unidos
y Gran Bretaña por el control de Centroamérica se hiciera más intensa. Los británicos habían creado un
protectorado en la costa de La mosquita y el tratado firmado por Estados Unidos y la Nueva Granada se
constituyó en una amenaza a su posicionamiento en la región. Para la construcción del ferrocarril se creó
la firma privada Panamá Railroad Company que contó con numerosos inversionistas, sobre todo de
Nueva York.
De hecho, para 1854 la mayor parte de los exiguos cuerpos de ejército de la Nueva Granda estaban
destinados a las disputas por el poder en Bogotá.
El Estado soberano de Panamá
La inestabilidad política e institucional seguía siendo un comportamiento constante en la Nueva Granada
que se debatía entre la autonomía de las provincias, entre ellas Panamá, y la posibilidad de construir un
Estado unitario. Un nuevo cambio político en la Nueva Granada dio como resultado la adopción de una
concepción fragmentada de soberanía que permitió la aparición de ocho Estados soberanos, cada uno
con su propia Constitución. En 1855, Panamá redactó su propia Constitución y se proclamó como
Estado parte integrante de la República de la Nueva Granada y agrupó las ciudades-provincias de
Azuero, Chiriquí, Panamá y Veragua, y asignó como responsabilidad del gobernador, en tanto jefe del
ejecutivo del Estado recién constituido, el mantenimiento del orden público. Tanto Bogotá como
Panamá tenían la facultad y la obligación de garantizar la seguridad, pero ninguno tenía la capacidad
real.
En abril de 1856, un año después de la inauguración del ferrocarril, una pequeña rencilla entre un
estadounidense y un panameño desencadenó en disturbios que duraron varios días, paralizaron las
operaciones del ferrocarril y afectaron directamente a las ciudades de Colón y Panamá hasta que
arrojó, por lo menos, 20 muertos entre estadounidenses y granadinos. La República granadina no sólo
dejó en evidencia su incapacidad para garantizar la seguridad en el ferrocarril, sino que, además, se vio
obligada a indemnizar a ciudadanos de diferentes nacionalidades que se vieron afectados de manera
directa por el incidente. Tres años después del incidente del melón de Panamá, la Nueva Granada se vio
envuelta en una nueva guerra civil que duró unos cuatro años y profundizó la ambigüedad en la
concepción de la soberanía y el ejercicio de la autoridad. Aunque la historiografía tradicional recurre al
incidente del melón de Panamá para responsabilizar a Estados Unidos de una actitud imperialista en
América Latina, suele omitir el papel que ocuparon tanto la inestabilidad política de la Nueva
Granada, su incapacidad para controlar el territorio y desarrollar infraestructura propia, y sumado a ello
su prácticamente inexistente aparato coercitivo.
Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos mostraron de manera reiterativa el deseo de ir un paso más allá
del ferrocarril y construir un canal interoceánico que permitiera aumentar las ventajas del tránsito a
través del istmo que logró ser finalizado por Estados Unidos sesenta años más tarde.
El Canal de Panamá y la definición de la soberanía
La idea de construir un canal interoceánico adquirió mayor relevancia durante la segunda mitad del siglo
XIX, no sólo por el éxito del ferrocarril de Panamá sino porque en 1859 se iniciaron las obras para la
construcción de un Canal en la península de Sinaí que conectaba el Mar Mediterráneo con el Mar Rojo y
abrió una ruta marítima continua con destino al litoral oriental africano, al subcontinente indio y al resto
de Asia. Con la inauguración del Canal de Suez en un Egipto recién separado del imperio otomano, la
posibilidad de construir uno similar en América se hizo más atractiva. Un grupo de empresarios
franceses dio los primeros pasos y determinó que la ruta más viable para la construcción del Canal era
precisamente por Panamá, ya que, siguiendo las indicaciones del cerebro de la construcción del Canal de
Suez, Ferdinand de Lesseps, la ruta opcional que se planteaba por Nicaragua no permitía la construcción
de un canal a nivel del mar. El mismo Lesseps asumió el liderazgo de la construcción del segundo canal
artificial en el mundo y con los ojos puestos en el istmo de Panamá inició las obras en 1881.
Estados Unidos vio con desconfianza que una compañía francesa emprendiera la obra y el
ferrocarril, fundamental para el transporte de personal y materiales destinados al Canal, fue el primer
punto de disputa. Al año siguiente, Lesseps tuvo que promover la compra del ferrocarril por parte de la
compañía constructora del Canal, aunque mantuvo la administración del mismo en manos de
estadounidenses para disminuir la tensión diplomática. Un año después, en 1885, un pequeño grupo
armado asaltó una embarcación propiedad del Canal y la llevó hasta la ciudad de Cartagena, donde la
utilizaron para participar en el sitio a la ciudad. La debilidad financiera de la obra se agravó en la medida
en que descubrieron que los ajustes en los diseños, para conseguir un canal sin exclusas, requerían de
mayores recursos que no lograron ser recaudados hasta que en 1888, siete años después de haber
iniciado las obras, la compañía del Canal quebró y detuvo sus operaciones en el istmo.
El efecto de la Regeneración y la Guerra de los mil días
En el istmo, la nueva guerra permitió la movilización del programa separatista que se confundió en la
compleja maraña de intereses que se tejió en el desarrollo de las confrontaciones y que llevaron a que
Panamá fuera uno de los principales teatros de operaciones de la guerra. En 1901, Estados Unidos y
Gran Bretaña firmaron el tratado Hay-Pauncefote, en el que se renegociaron los acuerdos del tratado
Clayton Bulwer de 1850, se eliminó la prohibición para la construcción de guarniciones militares
estadounidenses para la protección de la zona del futuro canal y en la práctica Gran Bretaña renunció a
la competencia geopolítica interoceánica y Estados Unidos contó con vía libre para terminar el trabajo
que los franceses dejaron a medias una década atrás. Con la posibilidad de desplegar de manera
permanente una base de poder real en Panamá perdió sentido el esquema de reconocimiento de la
soberanía de la Colombia sobre Panamá. Aunque la guerra llegó a su final por el agotamiento de las
partes en contienda, el Gobierno de Colombia obtuvo una victoria política reflejada en el mantenimiento
de la unidad territorial que hizo valer incluso un año más tarde cuando ejecutó a Victoriano Lorenzo uno
de los líderes guerrilleros panameños, quien amenazaba con desconocer los acuerdos de paz
que, además, medio siglo después, fue reconocido como héroe nacional en Panamá.
La victoria política del Gobierno colombiano también quedó plasmada en el mismo acuerdo de
Wisconsin del que fue garante el Gobierno de los Estados Unidos. Aparte de garantizar, solo de manera
formal, instrumentos que permitieran el monopolio de la coerción en manos del Estado colombiano, las
discusiones sobre el Canal quedaron circunscritas una vez más al ámbito de jurisdicción del Congreso de
la República sin que Panamá tuviera la posibilidad de intervenir por fuera de dicha institución. El grupo
pluripartidista, con base en la ciudad de Panamá, que planeó los levantamientos y la conformación de la
Junta de Gobierno había tenido en cuenta también que el éxito de dicha empresa dependía del visto
bueno de los Estados Unidos que durante más de medio siglo había servido como principal respaldo al
mantenimiento de la soberanía formal de Colombia en el istmo. Algunos elementos permitieron que por
primera vez Estados Unidos pensara seriamente en apoyar la aparición de un Estado completamente
independiente en el istmo.
Esta posición desconoce la dimensión internacional del proceso de formación de Estados, determinante
para la definición de la legitimidad y la soberanía. Otros, como Bushnell, señalan que la Guerra de los
mil días contribuyó indirectamente a la pérdida de Panamá con el argumento de que fue el caos desatado
por la guerra el que facilitó el éxito de los separatistas, lo cual pasa por alto que éstos fueron derrotados
militarmente por el Gobierno colombiano y que, por el contrario, uno de los resultados de la Guerra de
los mil días, que luego se pudo corroborar durante más de un siglo, fue la derrota definitiva de los
proyectos autonomistas dispersos en todo el territorio y el establecimiento de un modelo de Estado
unitario con base en la Constitución de 1886. Los separatistas panameños se vieron beneficiados
fundamentalmente por los efectos del aumento de poder de los Estados Unidos y el desplazamiento
paulatino de Inglaterra como centro del Sistema Internacional, lo cual se constituyó en un elemento de
diferenciación con respecto a los variopintos proyectos separatistas del siglo XIX, que obtuvieron
ventajas de la debilidad del Estado neogranadino pero no así en el sistema internacional que reconoció
en la Nueva Granada la soberanía sobre el istmo. La diferencia entre los dos eventos radicó en que la
posición de Estados Unidos cambió sustancialmente en el lapso de veinte años, y como en el siglo
XIX, los estadounidenses desembarcaron, pero esta vez contaban con mayor presencia de la Armada en
las dos costas y sus relaciones con Bogotá no pasaban por su mejor momento.
El precio que pagaron los separatistas a Estados Unidos por el servicio de disuasión frente a Colombia
fue la entrega de la zona del Canal a perpetuidad. El 4 de mayo de 1904 el teniente Mark Brooke izó la
bandera de los Estados Unidos en la zona del Canal y casi diez años después fue inaugurado
oficialmente el Canal de Panamá.
La soberanía del Estado de Panamá
Al poco tiempo de la aparición del Estado en istmo de Panamá el servicio de disuasión que adquirió de
los Estados Unidos demostró tener un efecto limitado. Colombia había discutido con Costa Rica durante
todo el siglo XIX la delimitación de la zona de frontera en un conflicto tan complejo que llevó a que
Costa Rica fuera uno de los promotores de la independencia de Panamá, incluso desde 1840. A partir de
1904, Panamá asumió el problema de la frontera con Costa Rica sobre la herencia de las posiciones
neogranadinas del siglo XIX, por lo que el diferendo se mantuvo latente y en 1914, por solicitud de las
partes, Estados Unidos arbitró la disputa y delimitó la frontera a través del fallo White. Panamá y Costa
Rica acataron con ambigüedad el resultado del fallo, la tensión se mantuvo en la frontera y entre febrero
y marzo de 1921 se enfrentaron en la Guerra del Coto. En suma, los combatientes panameños y
costarricenses no sumaron más de 200 hombres armados con machetes y pocas armas de fuego en el
teatro de operaciones del Pacífico en el que terminaron imponiéndose los panameños. En el teatro del
Caribe, Costa Rica llegó a emplear cerca de 1000 hombres ante lo que los cuerpos policiales de Panamá
no tuvieron una opción diferente a la de retroceder. La guerra terminó cuando Estados Unidos hizo
presencia en la zona mediante el acorazado Pennsylvania y exigió a las partes cumplir con el fallo de
1914 y poner fin a las hostilidades. Ese mismo año Colombia y Estados Unidos firmaron el tratado
Urrutia-Thompson mediante el cual el Gobierno norteamericano reconoció una indemnización al
Gobierno colombiano por la separación de Panamá y Colombia se vio obligado a reconocer la
independencia del istmo y a arreglar el diferendo fronterizo con la tutela de Estados Unidos, hecho que
se consumó diez años más tarde con la firma del tratado Victoria-Vélez.
Panamá apareció como un Estado débil, cuya legitimidad estuvo ligada, desde un principio, con el
reconocimiento internacional de los Estados Unidos y con el servicio de disuasión contratado a partir de
la negociación sobre el Canal de Panamá. De hecho, el único cuerpo de Ejército con el que contaba era
el Batallón Colombia que había apoyado la sublevación de 1903 pero que fue desmantelado durante los
primeros años de separación porque el gobierno civil temió que los oficiales pudieran efectuar un golpe
de Estado. Por otra parte, Estados Unidos exigió que Panamá limitara sus armas de fuego de largo
alcance, por lo que las pocas que había en el istmo se encontraban de manera ilegal en manos de
particulares. La delimitación de sus fronteras terrestres fue definida casi que, de manera directa por los
Estados Unidos, lo que, durante la primera mitad del siglo XX, sirvió como catalizador de un
sentimiento antiestadounidense en un amplio sector la sociedad que se manifestó, sobre todo, durante los
años 50, cuando mediante protestas lograron visibilizar internacionalmente la cuestión sobre la
soberanía de la zona del Canal que se sintetizó en el reclamo de la presencia de la bandera de Panamá.
El aumento de la presencia militar de Estados Unidos en la zona del Canal durante la Segunda Guerra
Mundial fue el principal detonante de las manifestaciones nacionalistas de las décadas de los sesenta y
setenta.
En 1962, el acuerdo Chiari-Kennedy, estableció la creación de una comisión que resolvería la disputa y
ésta estableció la obligación de izar la bandera de Panamá junto a la de Estados Unidos en las
instalaciones civiles de la zona del Canal. La idea de izar las dos banderas al tiempo no resolvió el
conflicto, sino que, al parecer, lo agravó. Durante la primera semana de enero de 1964 un grupo de
manifestantes, en su mayoría estudiantes, exigió que fuera izada la bandera panameña en algunos sitios
civiles donde sólo aparecía la bandera estadounidense. Las manifestaciones se transformaron en
enfrentamientos violentos, que la Guardia Nacional panameña rehusó controlar, especialmente en la
frontera entre la Ciudad de Panamá y la zona del Canal y contra establecimientos comerciales propiedad
de estadounidenses en la ciudad. Las autoridades estadounidenses de la zona del Canal tomaron la
decisión de movilizar tropas de Infantería del comando sur para contener las protestas y la protesta
estudiantil al cabo de unos días se transformó en un enfrentamiento de fuego cruzado en el que murieron
unas veinte personas y varios cientos resultaron heridas.
Los sucesos de lo que luego se conoció como “el día de los mártires” se constituyeron en un serio revés
para Estados Unidos en el contexto internacional: el Gobierno de Panamá rompió relaciones con Estados
Unidos, mientras que Gran Bretaña y Francia, en plena descolonización de África, condenaron la actitud
de Estados Unidos, y el presidente de Egipto, Gamal Abdel Nasser, que nacionalizó el Canal de Suez, en
1956, invitó al Gobierno panameño a nacionalizar el del istmo. En plena guerra fría, Estados Unidos se
vio obligado a iniciar un diálogo con Panamá que permitiera solucionar el conflicto y recuperar parte del
capital político perdido en el ámbito internacional, lo que se concretó en la declaración Johnson-Robles
que abrió el espacio para la renegociación del Tratado Hay- Banau Varilla de 1903.
La compleja negociación tardó más de diez años hasta que en 1977 se firmó el tratado Torrijos-Carter.
De nuevo los cambios en el sistema internacional fueron el mecanismo elegido por Panamá para
redefinir su soberanía. El principio wilsoniano de la libre autodeterminación de los pueblos, promovido
por Estados Unidos desde el final de la Primera Guerra Mundial y sobre el cual se construyó el sistema
internacional durante la segunda mitad del siglo XX fue la principal herramienta que le permitió a
Panamá superar el esquema de la garantía a su soberanía con la tutela de un Estado más poderoso para
pasar a un modelo en el que nacionalismo e internacionalización le permitieron aprovechar los errores
militares de Estados Unidos. En virtud de lo dispuesto por el tratado Torrijos-Carter, Panamá asumió la
propiedad y administración del Canal desde el año 2000, pero dicho proceso estuvo acompañado por una
disminución sustancial de la presencia militar permanente de Estados Unidos en el istmo que
garantizaba la defensa del Canal.
Nuevamente un cambio en el sistema internacional le permitió a Panamá renegociar los criterios de
reconocimiento de su legitimidad sin contar con mecanismos propios de definición de poder. Esta vez, el
principio de la libre autodeterminación de los pueblos, consignado en la Carta de las Naciones Unidas,
llevó a Panamá a obviar la ruta del fortalecimiento institucional y la acumulación de poder, una
estrategia que en pleno siglo XXI, el Estado de Panamá aún utiliza para garantizar que nunca tendrá
Fuerzas Militares.