La cara desnuda
(Extracto de. Inteligencia Intuitiva, de
Malcom Gladwell)
Lo que Ekman quiere decir es que la cara es
una fuente de información acerca de las
emociones de una riqueza enorme. En
realidad lo que afirma es aún más atrevido,
además de esencial para comprender el
funcionamiento de la lectura del
pensamiento: que la información que hay
en nuestra cara no es sólo una señal de lo
que pasa en el interior de nuestra mente;
en cierto sentido, es lo que pasa en el
interior de nuestra mente. Los comienzos
de esta percepción se produjeron cuando
Ekman y Friesen se sentaron por vez
primera uno frente a otro para trabajar con
las expresiones de ira y aflicción. «Pasaron
semanas hasta que uno de nosotros
admitió por fin que se sentía muy mal
después de una sesión en la que nos
habíamos pasado todo el día poniendo
esas caras», comenta Friesen. «Entonces el
otro se dio cuenta de que también él se
había sentido mal, así que empezamos a
prestar atención a esos estados». V
olvieron a ello y comenzaron a examinar lo
que les pasaba a sus cuerpos durante esos
movimientos faciales concretos. «Hicimos,
pongamos por caso, la unidad de acción
número uno, es decir, levantar la parte
interior de las cejas, y la número seis, que
es levantar las mejillas, y la número quince,
bajar la comisura de los labios», dijo
Ekman. «Lo que descubrimos es que esa
expresión por sí misma basta para crear
cambios en el sistema nervioso autónomo.
Cuando ocurrió por vez primera, nos
quedamos pasmados. No lo esperábamos
en absoluto. Y nos pasó a los dos. Nos
sentíamos fatal. Lo que estábamos
generando era tristeza, angustia. Y si se
bajan las cejas, que es la número cuatro; se
sube la parte superior del párpado, la
cinco; se encogen los párpados, la siete, y
se aprietan los labios, la veinticuatro, lo que
se genera es ira. El ritmo cardíaco subía
diez o doce pulsaciones. Las manos se
calentaban. Mientras se hace, no se puede
desconectar uno del sistema. Es muy, muy
desagradable». Ekman, Friesen y otro
colega, Robert Levenson (que también fue
colaborador de John Gottman durante
muchos años: el mundo de la psicología es
un pañuelo), decidieron tratar de
documentar este efecto. Reunieron a un
grupo de voluntarios y los conectaron a
unos monitores que medían la frecuencia
cardiaca y la temperatura corporal (las
señales fisiológicas de tales emociones son
la ira, la tristeza y el miedo). A la mitad de
los voluntarios se indicó que intentara
recordar y revivir una experiencia
especialmente estresante. A la otra mitad
sólo se le enseñó a componer en sus caras
las expresiones que corresponden a
emociones de estrés, como la ira, la tristeza
y el miedo. Pues bien, en el segundo
grupo, el de las personas que estaban
actuando, se observaron las mismas
respuestas psicológicas, las mismas
frecuencia cardiaca y temperatura corporal
altas que en el primer grupo. Unos pocos
años después, un equipo de psicólogos
alemanes realizó un estudio similar. Mostró
unos dibujos animados a un grupo de
personas, algunas de las cuales tenían que
sujetar un bolígrafo en los labios (una
acción que impide la contracción de
cualquiera de los dos músculos principales
de la sonrisa, el risorio y el cigomático
mayor), mientras que otras tenían que
apretar un bolígrafo entre los dientes (lo
que causaba el efecto opuesto y les
obligaba a sonreír). A los integrantes de
este último grupo los dibujos les
parecieron mucho más divertidos. Tal vez
estos resultados sean difíciles de creer, ya
que damos por sentado que primero
sentimos una emoción y después
expresamos, o no, esa emoción en la cara.
Pensamos que la cara es un residuo de la
emoción. En todo caso, lo que reveló el
estudio es que el proceso funciona
también en la dirección opuesta. La
emoción puede empezar igualmente en la
cara.