El cuento de nunca acabar, Carmen Martín Gaite
Prólogo de José María Guelbenzu
Carmen Martín Gaite tomó notas durante ocho años para su Cuento de nunca
acabar: «Llamarlo libro es un error», dice: «ha sido y sigue siendo un proyecto
inconcluso. Lo único que sé es que ha vivido conmigo a lo largo de todo este
tiempo […], ya fuera en trance de exaltación amorosa, ya en compenetración
amistosa y pacífica, ya en conflicto o en tramos de aridez, durante los cuales lo
llevaba a cuestas como a un intruso voraz y agobiante que ya formaba, sin
embargo, parte de mi ser y del que nunca me iba a poder separar.». ¿Qué fue lo
que le hizo dejarlo? Su explicación no es la de un teórico sino la de un novelista: lo
dejó porque era un amor imposible, lo cual sabía casi desde el principio, pero,
claro, no supo o no pudo resistir el deslumbramiento amoroso.
De 1. Justificación del título
Siempre me ha apasionado oír hablar a la gente, se tratase o no de palabras
dirigidas a mí. Pero oír hablar a una persona es también verla hablar, descubrir las
huellas del cuento en el rostro que lo emite. […] las transformaciones que
acarreaba lo dicho en la expresión del hablante eran como un segundo texto sin
cuyo complemento se desvanecía y oscurecía el primero, hasta el punto de que a
veces, si no había asistido como testigo presencial a la gestación de una perorata
o recado que otro me transmitía solía preguntar casi indefectiblemente: «¿Con qué
cara te lo dijo?», como si ese dato de la expresión afectara no solo al
acontecimiento verbal mismo, sino a mis capacidades para descifrarlo y
entenderlo correctamente.
Pero la expresión oral que se plasmaba en el decir y en el contar, además de ser
un acontecimiento en el sentido de hecho que acontecía —y para mí uno de los
más apasionantes— era también, como comprendí muy pronto, sustancia
primordial que alimentaba los cuentos y conversaciones mismos, ya que en el
seno de ellos se venían a reflejar continuamente, como en una perspectiva
intrincada de espejos, otros cuentos y conversaciones anteriormente acaecidos y
que el narrador rescataba.
[…]
Quien se pone a dar cuenta de un relato a cuyo nacimiento asistió, se siente
tentado simultáneamente a dar noticias de esa gestación y proceso introduciendo
su propio personaje de narrador, en el cual le resultará difícil no complacerse. Si
este elemento de complacencia se desorbita —y se desorbita muchas veces—
puede llegar a erigirse en protagonista de la historia escuchada quien pudo o
debió quedarse en mero soporte de ella.
[…]
De hecho, toda narración no tiranizada por límites a su propia naturaleza viene a
ser asunto de este jaez [un cuento de nunca acabar: ‘dícese del asunto cuya
solución se retarda indefinidamente’]. Muchas veces me he parado a pensar
precisamente —y es lo que querría contar en este libro— en las dificultades que
se le presentan a todo narrador meticuloso para burlar esos límites y plazos que el
mundo esgrime de continuo, esas barreras que desvían el curso de su cuento y
entorpecen la «solución» de que habla el diccionario, ya de por sí discutible y
lejana desembocadura. Para poner un ejemplo personal […] cada vez que quiero
contar alguna historia que sospecho que se puede ramificar por derroteros
insospechados, aviso a la persona que se dispone a escucharme, aun en el caso
de leer en sus ojos una expectativa que denote interés: «Mira, si te lo cuento bien,
vamos a entretenernos mucho», que es justamente como reconocer que puede
convertirse cualquier cuento bien contado en el cuento de nunca acabar. Porque,
conociendo mi exigencia de que nadie se meta a contar ni a escuchar sin ganas,
he llegado a tener claras dos cosas: una, que no cabe contar nada sin arriesgarse
a explorar las rutas imprevistas que el propio cuento vaya presentando. Y otra,
que uno de los primeros síntomas del efecto narcótico destilado por el contar se
manifiesta en una pérdida gradual del sentido del tiempo. Es como la instalación
en un círculo que va alejando insensiblemente de las orillas del paisaje real e
incapacita para atender a itinerarios prefijados, si se está paseando; a las
ceremonias de la mesa, si se está comiendo, o a los requerimientos del reloj, si
hay una cita pendiente. Yo sé que una vez dentro del círculo no me voy a acordar
ya de formular un aviso que corresponde a las afueras del preámbulo: «Mira que si
te embarcas en este viaje, sabe Dios adónde nos conducirá» […]
2. Las torres de marfil quebradas
[…] Una afinidad encuentro, sin embargo, entre la situación del individuo que
desea con impaciencia dormirse y la del que —acuciado por tantas cosas
confusas e inexpresables— se consume por soltarlas de golpe garabateando en
un papel. En ambos casos estorba la impaciencia como obstáculo irreconciliable
con el objetivo a alcanzar, y en eso reside el parecido entre las dos situaciones. Es
decir, se requiere una previa plataforma de sosiego, sin partir de la cual no
conseguiremos, ni en un caso ni en el otro, nada más que dejarnos engañar por
nuestro propio desordenado deseo.
[…] [Hablando del sosiego necesario para escribir] se trata de un sosiego de
naturaleza no inmanente, que nace para ser trascendido. Difícil e inestable
sosiego, amenazado por todos los flancos. Es como un pararse a contrapelo en
medio de lo que bulle y arrastra, un pararse contra viento y marea, como si nos
hubiesen nacido raíces milenarias en los pies, que se saben, al mismo tiempo, tan
desarraigados e inermes a la cosquilla y al vaivén del mundo que les gira bajo las
plantas vertiginosamente sin cesar. Es pararse con los ojos abiertos y los oídos
abiertos y las narices oliendo y los dedos tocando y el paladar sensible a la
náusea, y resistir quietos, a pesar de todo; no cerrando ninguna ventana por
donde llegue el trepidar de las noticias, de las máquinas, de los cambios, de las
diversiones, de los accidentes, de los enojos, de la guerra, de la sinrazón, y un
más lejano, leve, casi imperceptible, allá al fondo, tamborileo de muerte
acercándose. Y aún sin dejar de oír todo esto, ni de verlo llegar y crecer ni de
sentirlo en la garganta como un malestar aglomerado que nos sugiere únicamente
tendernos de bruces contra la tierra y llorar o dormir o vomitar, pararse en paz y
tenerse en pie como si nada pasara, como si estuviésemos en un recinto
acolchado y silencioso, en una isla desierta o mirando un paisaje risueño y
apacible desde las almenas de nuestra torre de marfil, a salvo de la muerte, la
mudanza y la prisa. […]
«La última cosa que se encuentra al hacer una obra —dejó escrito Pascal, que
sabía mucho de estos atolladeros del alma— es saber cuál hay que meter en
primer término»1. Últimamente he recordado esta frase tantas veces como me he
visto —igual que ahora— en el trance de ponerme a escribir, o sea, de inventar un
criterio de ordenación, una disciplina apta para roturar ese magma de
pensamientos entrelazados unos con otros, de cuya proliferación y enredo no
quiero renegar tampoco mediante fórmulas adecuadas a acallar la conciencia de
su confusión. Porque de ese intrincamiento donde reside la dificultad de
transformar la vida en palabra emana también la autenticidad del posible relato.
¡Cuántas veces, rumiando con fascinación y complicidad la frase de Pascal, me he
quedado paralizada ante el folio en blanco! No acertaba a encontrar el primer hilo
de aquella madeja que clamaba por ser desenredada y, a sabiendas de que
aplazaba de nuevo el cometido, me limitaba a tomar, a lo sumo, para paliar la
angustia del acoso, notitas provisionales que me suelo encontrar después por
todas partes, en bolsillos de abrigos y chaquetas, por los cajones, en las
márgenes de los libros, fragmentos deliberadamente olvidados que aluden a lo
duro que es empezar, ponerse.
[…]
Ponerse a contar es como ponerse a coser. «Para las labores —decía mi madre—
hay que tener paciencia, si te sudan las manos, te las lavas; si se arruga el pañito,
lo estiras. Y siempre paciencia». Coser es ir una puntada detrás de otra, sean
vainicas o recuerdos. Se trata de una postura correcta del cuerpo frente al
desplegarse de la memoria, una actitud de buena voluntad, empezar poniéndose a
bien con uno mismo, con el propio cuerpo. Se precisa una postura alerta y
diligente, vertebrada. «Niño, ponte bien» —se le decía al escolar indolente y
perezoso, cuando se tiraba por la alfombra a hacer sus deberes. Y nuestro cuerpo
es el peor enemigo del orden, el escolar más perezoso que se conoce.
1
En francés en El cuento… (la traducción es mía)
Todo es, en definitiva, cuestión de ordenación, de una cierta disciplina sobre las
intuiciones, de un resignarse a que se tengan que convertir en otra cosa, a trueque
de salvarse de alguna manera. Es como entrar en un cuarto donde todo está patas
arriba y ponerse a seleccionar y a ordenar. Los objetos crían caos, se aglomeran.
Empezar a doblar historias y a meterlas en estantes. Pero no arrebujadas en un
estante cualquiera. El orden ha de ser inteligente y no nuevo vivero de inercia.
[…]
Balbuceo del ser al no ser. El texto tiene que ser mero trasunto de esa elaboración
escondida. Sacar algo del caos es, claro, traicionar ese caos. La sangre hecha
cuento. La oscuridad hecha luz. La vida hecha palabra. La palabra es de distinta
etiología, es un tratamiento mucho más lento y apagado que el de llorar o
emborracharse o bañarse en el mar. Es como esas inyecciones escalonadas […]
que hacen efecto poco a poco. Pero es el único instrumento que tenemos. […]
[Habla de sus primeros escritos, cuando era joven y no sentía todo este tránsito
difícil del caos a la palabra], me salía «natural»; la belleza de las palabras dichas y
dispuestas de una determinada manera me embriagaba enseguida. Y al tiempo
que me producía seguridad y satisfacción mirarme en lo escrito como en un espejo
segregado de mi propia persona, esta satisfacción me impedía ir más allá, me
limitaba. Hasta el punto de que, aunque a veces hubiera empezado a escribir con
la inquietud de perseguir un determinado pensamiento, renunciaba gustosa a tal
persecución prendida en la fragancia que exhalaban los laberintos de jardinería
que iba construyendo. Me tumbaba en aquel jardín pintado que rodeaba mis torres
de marfil y donde me sentía a salvo de los rumores del mundo.
No sé cuándo empezaría a operarse la metamorfosis que me hizo dificultosa la
subida a aquel reducto y me enseñó a ver las grietas en las paredes de la torre,
convirtiéndola en un caserón inhóspito, cuando me pareció que oía por la noche
pasos de fantasmas. Estas mudanzas no son nunca repentinas, sino alevosas.
Lo que sé es que ya no puedo reposar en nada de lo que escribo. Todo son
retazos cuestionables, esbozos, moradas provisionales que no hacen más que
acentuar mis incertidumbres y mi inercia. Aquel umbral de franco e insensible
acceso entre la vida y la palabra quedó borrado por la maleza.
3. Entra el verano
Lo más importante para el hombre es el sentido de la orientación. Necesita a cada
momento mirar dónde está, dónde pisa, conocer el inmediato terreno que lo limita
para luego poder mirar alrededor, más lejos, sin perder el equilibrio. Y necesitaría
también dar noticias de esos límites, hacer inventario, no solo de las ideas que,
con su abejeo estimulante, le incitan a contar algo, sino del lugar y el momento en
que surge el estímulo. Antes de recoger los frutos de él, a modo de expediente
previo. Es como cuando en el texto de una obra de teatro se hace referencia a la
decoración en las acotaciones que encabezan cada acto.
Muchas veces, cuando alguien intenta ponerse a escribir y no puede, está
tropezando con un obstáculo, al parecer indefinible, pero que acaba localizándose
siempre ahí: en la imposibilidad de partir hacia lo alto sin parar mientes en los
detalles del lugar concreto que le rodea y condiciona. No es otro el tropezadero
que aborta muchos escritos dejados para luego: negarse a dar cuenta del suelo
que se pisa, desatender los puntos cardinales.
Me parece muy sintomático, por ejemplo, el hecho de que, en trances de acidia y
empantanamiento, lo que menos pereza dé sea ponerse a escribir una carta a un
amigo, al primero que se nos pase por la cabeza. Porque, claro, en una carta no
se tiene por desdoro empezar describiendo la habitación de la fonda desde la cual
elaboramos el mensaje ni si se oye el pitido de un tren a través de la ventana, ni si
el empapelado de la pared es de florecitas amarillas con una greda malva de
remate. Circunstancias que, al ser consignadas en primer lugar, desplegarán su
poder de convocatoria y hasta podrán llegar a marcar el texto de la carta misma,
con lo cual acabarán contándose cosas que ni por lo más remoto se habían
formulado en el propósito inicial y que surgen entrelazándose tan estrechamente
con la descripción situacional que luego, en el texto resultante, será difícil separar
lo que el remitente piensa y añora y ha venido a hacer en esta ciudad de lo que
está viendo y oyendo. Ni, por otra parte, el amigo que reciba la carta se
preocupará de separar tales elementos. Se limitará a recibir una impresión de
conjunto placentera, acorde por esencia con la cabal transmisión narrativa.
[habla de una especie de insight donde se reúne la infancia de uno con palabras
de otro y uno se dice «tengo que escribir todo esto tal como lo veo ahora, en el
mismo orden», porque se percibe esa totalidad tan intensa. La compara con una
mariposa que se posa en el brazo de uno y uno no quiere moverse para que no
levante vuelo, pero indefectiblemente se va…]
La inercia también tiene sus sofismas, y mientras me dure la vida, no cuento para
combatirlos con más ayuda que la palabra. Es lenta, torpe y endeble como una
oruga que reptase en zigzag sobre la corteza de un árbol infinito, tratando de
abarcar toda su superficie. Pero no tengo otro instrumento.
4. La sazón y la desazón
El incentivo de los amores, como el de los cuentos, radica en su capacidad de
sorpresa. Ni al que se pone a querer ni al que se ponga a contar les va a servir de
nada prefigurar el trance amoroso o narrativo. Mientras no se vean metidos de hoz
y coz en él, no están en condiciones de saber cómo les va a ir.
Si fuera posible sumar las horas que han consumido los enamorados de todos los
tiempos ensayando a solas palabras y actitudes para alcanzar la perfección del
encuentro inminente que anhelaban y temían («le diré tal o cual», «le miraré de
esta manera o de la otra», «no perderé el aplomo», etc.), tendríamos que concluir
que ese ingente caudal de tiempo solamente puede no considerarse baldío con
relación a la literatura amorosa que haya podido propiciar, ya que, como es
sabido, los mejores poemas de amor se han escrito desde la soledad y la
ausencia. Pero ningún enamorado sincero, al comparar luego lo que pensaba
hacer y decir con el resultado de lo que hizo y dijo, podría dejar de reconocer el
fracaso de aquellos proyectos acariciados de antemano, hechos añicos contra la
situación real cuando se llegó a configurar. […]
Justamente la desazón amorosa es siempre una consecuencia de no haber sabido
aprovechar la sazón. La gran sabiduría del amante consiste en reconocer y
apresar esta sazón cuando irrumpe rasgando el velo de lo soñado, en acertar a
distinguirla de posibles espejismos. Así viven los buenos amantes, en continua
alerta, acechando la configuración de la sazón oportuna, pero renunciando a
provocarla, como erradamente les aconseja su deseo, atentos siempre a decir:
«ahora», a saltar al estribo de los trenes en marcha. En el caso de los sujetos
dogmáticos y testarudos, su impaciente afán por cumplir a ultranza un programa
previsto, les lleva a forzar la sazón con remates de aparente brillantez, donde la
ciega identificación de lo proyectado con lo conseguido puede semejar un triunfo.
Pero son remates de ignorante, que a la postre adolecerán de su atropella y de la
desatención a los datos que la situación les obligaba a considerar, triunfos
pasajeros de torpes consecuencias. Traiciones a la sazón que se pagarán en
desazón.
[…]
Pues con la narración pasa lo mismo que […] con los amores. Mientras el narrador
no se haya embarcado todavía en el viaje narrativo, mal podrá predecir desde la
orilla las vicisitudes del itinerario y tiene que arriesgarse a salir del escondite de lo
prefigurado, por miedo que le dé.
No hay camino —ya lo dijo Machado—; se hace camino al andar. Da miedo
emprender ruta precisamente por eso, porque cada paso adelante significa
internarse en lo desconocido, enfrentarse con lo imprevisible. Pero no hay más
opción que afrontar esos riesgos, los cuales, por otra parte, desazonan más
cuando no se han corrido aún.
Se da, en efecto, la paradoja de que ese miedo a perdernos, en nombre del cual
demoramos una aventura incierta, retuerza el baluarte de un reino estancado
donde florecen como hongos las incertidumbres y en el que malvivimos varados y
sin brújula, al amparo de vagas ensoñaciones. Los escollos que, desde esa
ciénaga, imaginamos corresponden al reino de los fantasmas y solo en la
inactividad encuentran idóneo caldo de cultivo. Una vez emprendida la trama de la
narración, los perfiles de los escollos que realmente aparecen crían una urgencia
de respuesta a sus señales, y ellos mismos, con su figura, nos van indicando
cómo sortearlos, sugiriéndonos, sobre la marcha, el momento de virar, de avanzar,
pararse o retroceder, de improvisar, en fin. Y esas improvisaciones que «vienen a
cuento» dentro de la labor misma de estar contando una cosa, al pairo de la
necesidad, son las que nos iluminan y hacen entender los asuntos de los que
estamos tratando. Creíamos tenerlos sabidos de memoria, que no valía la pena
ponerse a contarlos. Pero claro que valía. Desatender las coartadas de la inercia
siempre vale la pena.
5. Mis cuadernos de todo
[…]
Los miro aquí, desplegados encima de la mesa como una baraja infantil: el de las
florecitas, el del arquero, el portugués, el cuaderno de todo número cuatro, el del
otoño en Simancas, el cuaderno dragón.
6. La vela de foque