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Ciudadanía y Democracia Paritaria Femenina

El documento analiza la situación de la participación política de las mujeres, destacando que, a pesar de los avances en igualdad jurídica, persisten obstáculos significativos que limitan su influencia en la democracia. Se enfatiza la necesidad de una ciudadanía activa y la construcción de una política inclusiva que contemple las demandas de género, así como la importancia de transformar la cultura política y social para fomentar la participación femenina. Finalmente, se proponen estrategias afirmativas y cambios estructurales para mejorar la representación de las mujeres en la política y asegurar que sus intereses sean integrados en la agenda pública.
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Ciudadanía y Democracia Paritaria Femenina

El documento analiza la situación de la participación política de las mujeres, destacando que, a pesar de los avances en igualdad jurídica, persisten obstáculos significativos que limitan su influencia en la democracia. Se enfatiza la necesidad de una ciudadanía activa y la construcción de una política inclusiva que contemple las demandas de género, así como la importancia de transformar la cultura política y social para fomentar la participación femenina. Finalmente, se proponen estrategias afirmativas y cambios estructurales para mejorar la representación de las mujeres en la política y asegurar que sus intereses sean integrados en la agenda pública.
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Conclusión: de la ciudadanía

sustraida a la democracia paritaria

En primer lugar, "Una vez obtenida la igualdad jurídica, aún


quedaba por hacer lo más difícil: cambiar las prácticas, ejercer
realmente los poderes y las libertades concebidas al precio de tantas
luchas" (Sineau 1993:139). En segundo lugar: "La cantidad y el
estado de los lugares políticos que ocupan hoy en día las mujeres
incitan, pues, al pesimismo en cuanto a la influencia que pueden
ejercer en democracia. La única manera que tienen las mujeres de
hacerse oír, de influir en las opciones, de no ser una minoría en
calidad de rehén, estriba en entrar con fuerza en la escena política."
(Sineau 1993:149).
Varias son las actitudes que parecen estar cambiando en nuestros
días, es más, en la actualidad se está en una etapa de proposición, más
allá de la visibilización de las mujeres, que en un primer momento
fue necesaria, y de las interpretaciones en torno a su problemática
específica, que por supuesto ayudan a enfocar el problema y sus
soluciones. De constatar la ausencia de mujeres en la política, de
remarcar sus necesidades e intereses, se ha pasado a buscar explica-
ciones y romper algunos mitos, para ubicar estrategias concretas,
factibles y posibles. El filósofo italiano D'Arcais (1994) razona sobre
la "ciudadanía substraída" y la apatía y rabia que esta situación causa

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entre la población en general. Judith Astelarra (1996) chilena afinca-
da en Barcelona escribe en torno a "democracia incompleta". Gloria
Ardaya (1994) desde Bolivia nos recuerda que la ciudadanía feme-
nina es imperfecta y su identidad fragmentada. Pero por otra parte,
las feministas europeas hablan de la "democracia paritaria" y las
italianas de "cambiar los tiempos", una propuesta teórica y práctica
para adaptar la vida laboral, recreativa y ciudadana a los ritmos y
horarios femeninos. Queda pues todavía un granito de esperanza,
mientras a estas alturas del siglo xx el feminismo sigue siendo un test
para la democracia (Amorós 1990).
Y es que una mujer líder o encumbrada en un puesto político
importante no sólo se ve afectada por las expectativas y estereotipos
de sus contemporáneos y contemporáneas, sino que a su vez ella
los afecta. Llegar a un cargo destacado ya es un cambio sustancial
con respecto al pasado. Ese triunfo muestra por sí sólo la posibilidad
del cambio y la superación o mutación de los prejuicios (Genovese
y Thompson 1997).
La construcción de la ciudadanía es clave, la identidad como
ciudadanas más allá de los tópicos y típicos derechos electorales, e
incluyendo las demandas de género, es fundamental. Pasar de
delegar en el sistema político masculino a involucrarse en la política
desde su identidad como mujeres. Participar como mujeres, repre-
sentar a las mujeres y gestionar para las mujeres sin dejar de pensar
en la sociedad en su conjunto y en alianza con otros sectores
discriminados (Mouffe 1993,1999; Molyneux 1997); pues se ha de
recordar como hemos ido viendo en este trabajo que en ocasiones
la clase social, el grupo étnico o la ideología partidaria son obstá-
culos mayores que el sexo, o cómo desde los poderes familiares
más tradicionales se impulsa a las mujeres a los cargos políticos.
Las mujeres no pueden ser única y exclusivamente representantes
de las mujeres en los puestos de poder político, sino que respondan
a una serie de intereses públicos y a una propuesta política concreta,
en la cual se contemple una perspectiva de género y desde donde
se reclamen demandas concretas (Phillips 1991). No olvidar la
lucha por la reivindicación de la ciudadanía a la vez que se reclama
el reconocimiento de las especificidades de las mujeres, como
construcción de una identidad (Jelín 1987).

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Todo ello conducirá al aumento del interés y participación de
las mujeres en la política, lo cual es una asignatura pendiente,
constituye un reto para el sistema político y significa una apuesta
para las propias mujeres. Hay que superar la desconfianza mutua y
hacer propuestas alternativas imaginativas, voluntariosas e intere-
sadas. Alianzas y acuerdos deben redefinirse desde la autonomía y
por la concertación, y el discurso de las organizaciones de las
mujeres ha de relegitimarse desde la identidad, todo ello para
insertarse en los procesos de reformas y modernización estatales
(Ardaya 1994). Caminar hacia un equilibrio, entre los principios y
valoraciones éticas y los intereses estratégicos y prácticos (Tarrés
1993). Para reformar el Estado es preciso utilizar sus mismos
aparatos hasta donde sea posible, ocupar puestos públicos por un
lado, y de otro, aplicar políticas sociales y públicas desde las
instituciones, en pos de la igualdad entre los sexos y el reconoci-
miento legal de los derechos de las mujeres (Threlfall 1990).
Estamos en una época de desencanto quizás, pero y también, donde
se han roto muchos mitos y borrado algunos fantasmas que no nos
permiten dilucidar con claridad los futuros posibles. La realidad y
el porvenir no parecen tan románticos pero se ven sus contornos
más nítidos y viables, cuando el arte de negociar aparece en primer
plano.
Hay pues que estar presentes y participar para intentar cambiar
las cosas, a pesar de las innumerables y hondas dificultades exis-
tentes. Por su parte, las instituciones -partidos políticos, poderes
del estado, etc.- han de ser coherentes con su supuesto talante
democrático, potenciar y posibilitar la participación. Y para que
todo esto ocurra, no es suficiente el cambio político-institucional y
la positiva recepción de las mujeres, es preciso todo un gran cambio
cultural, que más allá de la participación política abra nuevos
horizontes de igualdad, a través del pacto y la negociación (Amorós
1990).
En general se considera que las mujeres parecen menos intere-
sadas en el quehacer político que la población masculina, pero
también la política descuida el interesar a las mujeres, desde su
misma concepcualización temática y formulación práctica. Es una
labor titánica y bidireccional la de concertar los intereses de las

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mujeres y los de la política. Las tendencias autoritarias de un
sistema político y una cultura política -como la mexicana- poco
participativa, no son los mejores aliados del tradicional abismo que
se abre entre la política formal y las mujeres (Fernadez Poncela
1997a). Es por ello que los esfuerzos deben ser considerables si se
quiere construir un sistema democrático, participativo y que con-
temple la identidad, preocupaciones, intereses y necesidades de la
población femenina.
La exclusión y la autoexclusión conducen a un callejón sin
salida, a una reproducción del orden social. La aceptación de la
situación desde una posición realista sobre las reglas del juego
existentes, es el primer paso hacia el cambio justo y necesario, hacia
el mundo en donde mujeres y hombres vivan una paz digna y sin
discriminación posible ni imaginable. En todo caso queda claro que
la política no ha sido algo fácil para las mujeres y que los problemas
de su incorporación no han estado contemplados por ésta. Hay que
plantearse en serio todavéa qué es y cómo hacer política desde, por
y para las mujeres, a partir de la propia experiencia y carencias más
allá de su número e inserción; esto es en parte el ejercicio que hemos
intentado realizar aquí. El siguiente paso es construir un concepto
de política no-sexista que incluya el mundo de lo experiencial
cotidiano y privado, en el cual se sientan reconocidos hombres y
mujeres (Kirkwood 1990). Mirar más allá de la política institucio-
nal, las prácticas sociales de los sujetos, actoras y actores colectivos
y la esfera de la subjetividad de la política (Lechner 1988).
Y es que desde una perspectiva racionalista se considera que la
presencia de las mujeres en la esfera política es una condición para
el funcionamiento pleno de la democracia, es más, se trata de un
índice de profundización de la misma, y además puede contribuir
a elevar la calidad del liderazgo. Por otro lado, desde las teorías de
la representación, es necesario la introducción de mujeres a puestos
institucionales para defender los intereses del colectivo femenino;
por supuesto, una representación con contenido. La democracia
representativa tendrá que acoger no sólo la presencia de sus miem-
bros en áreas de decisión, sino y también, la consideración de sus
intereses en procesos de decisión (Elizondo 1997a; Lovenduski
1997).

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Con este trabajo también se ha pretendido un acercamiento a
las mujeres de la élite política mexicana en nuestros días. Para ello
se ha pasado revista a algunas de sus características objetivas, a
través de datos sociodemográficos colectivos, y se ha indagado en
torno a su historia personal y política particular, por medio de
testimonios subjetivos y concretos. Entretejiendo estadísticas y
entrevistas, voces y cifras, se ha intentado dar un panorama de estas
mujeres, cuántas son, quiénes son, dónde están, qué hacen, cuál ha
sido su historia familiar y su contacto con la política, y cuál es la
problemática específica que enfrentan por el hecho de ser personas
de sexo femenino que se dedican a los asuntos públicos. Lo mismo
en paralelo, comparación y complemento a la vez, se ha hecho con
los hombres.
Como colofón de esta aproximación, podemos decir que las
mujeres en la élite política en la actualidad, en primer lugar se
autoperciben como una excepción al no haber sentido la discrimi-
nación social hacia las mujeres, que sí consideran que existe, hasta
su inserción en el espacio político. Y concretamente, fue su acceso
a cargos en el seno de su formación política actual o en afiliaciones
anteriores, cuando sintieron en carne propia, y por vez primera, la
discriminación. En esto, prácticamente la totalidad de las políticas
entrevistadas coinciden. también comparten, más allá de sus ideo-
logías generales, militancias concretas y prácticas políticas diferen-
tes, tanto su concepción y definición de la política, como las
problemáticas de su dedicación, con sus matices. Como veíamos,
la actitud de servicio domina en la priístas, el hacer algo por la gente
en las perredistas y el bien común en las panistas. La construcción
del país y el cambio hacia una sociedad más equitativa es un
discurso que aparece en casi todas las opciones políticas, quizás
más subrayados los tintes sociales y económicos en las mujeres del
partido del sol azteca y tirando más a lo político, institucional y
moral en las mujeres del blanquiazul.
En cuanto a los problemas de su profesión, con relación a su
vida de pareja, como madres, esto es la familia y en el ámbito
personal, varias experimentan o lo han hecho, cierto desarreglo, en
especial las que tienen o han tenido, pareja e hijos pequeños.
Mientras las mujeres sin cónyuge, con un compañero comprensivo,

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o con hijos ya mayores, se sienten más libres, en cuanto al tiempo,
la capacidad de decisión y las culpas. En este tema, las panistas son
las que parecen haber contado con más apoyo y potenciación por
parte de su pareja, y haber compartido más allá de las relaciones
afectivas, su militancia política en plano de equidad.
El inicio de la vida política de estas mujeres, es quizás lo que
más las diferencia en función de su adscripción política concreta.
El movimiento estudiantil fue la catapulta principal para las perre-
(listas, facilitado por cierto ambiente familiar de sensibilidad hacia
la problemática social y política del país. El apostolado religioso y
tina familia de tradición panista encaminó los primeros pasos de las
mujeres de Acción Nacional, en su lanzamiento y trayectoria hacia
la política formal. La influencia familiar a veces, el contexto
estudiantil o social en general, fueron las palancas que marcaron el
inicio político de las mujeres del Revolucionario Institucional.
Así pues, las mujeres políticas de este estudio, comparten varias
cosas, quizás más de lo que las diferencia, como hemos ido viendo a
lo largo de estas páginas, sin menospreciar la distancia existente por
cuestiones terico-ideológicas y de opción política partidista en la
práctica, como se refleja también en sus testimonios. En otros planos,
las diferencias puede ser que las tengan con el resto de la población
femenina del país, pero entre ellas las semejanzas en cuanto a
consideración de la política y su función, discriminación como
mujeres, y problemática familiar y personal, predominan. Estas
mujeres están abriendo espacios, cuantitativos -número- y cuali-
tativos -lugares que ocupan-, están todas en este sentido en la
misma lucha, y más allá de su ideología y eficacia política, están
cambiando la voz y los cuerpos de los políticos, esperemos que
también los estilos y contenidos de la política misma.
Concluimos que la participación política de las mujeres, en
puestos altos del sistema político mexicano, es reducida numérica-
mente y débil cualitativamente, tanto en el poder, como en su
ejercicio. Ha habido avances y retrocesos, pero la nota que predo-
mina es de una asincrona o desencuentro entre la participación
política institucional y otros niveles de la sociedad -educación,
trabajo y participación informal-, en donde sí ha habido transfor-
maciones respecto de la introducción y presencia de las mujeres, o

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se han producido cambios en la misma sociedad que influye direc-
tamente en la vida de la población femenina -fecundidad.
Hay, por supuesto, explicaciones interpretativas en torno a las
dificultades, obstáculos y limitaciones de la participación política de
las mujeres. Desde la configuración del sistema político institucional,
pasando por la cultura política del país, hasta llegar a los problemas
económicos y culturales de la sociedad en su conjunto, los psicoló-
gicos de las propias mujeres, y su propia racionalidad política.
Como y también, hay propuestas de estrategias afirmativas
para la superación de esta baja presencia y representación. Desde
las cuotas al interior de los partidos políticos y en cargos de
elección popular -con mujeres feministas o que defiendan los
derechos de las mujeres-, hasta la presencia de las preocupacio-
nes de la población femenina en las políticas, pasando por los
cambios jurídicos, educativos y en los medios de comunicación.
Y sobre todo, lo más difcil y quizá también lo más importante que
es la transformación de las mentalidades, el cambio del modelo
cultural dominante y hegemónico que perpeta la discriminación
y subordinación.
En el ámbito de la práctica política, la actuación concreta pasa
como decíamos, por el establecimiento de "acciones afirmati-
vas", para fomentar la presencia política de las mujeres, tanto en
su participación electoral como en el acceso a cargos altos con
poder de decisión; pero y sobre todo, más que el incremento
numérico de éstas lo importante como veíamos, es que los temas,
los intereses y las necesidades de las mujeres, sean asumidos por
la sociedad en su conjunto e incluidos en la agenda política del
país. Porque como ya se ha visto, ser mujer no garantiza tener
conciencia de género y las mujeres pueden reproducir el modelo
cultural dominante. Pero más importante todavía si cabe, y para
que todo esto sea posible, se hace necesario redefinir el concepto
mismo de política, reformular sus temáticas y rediseñar su estilo,
dando cabida a los temas, formas y estilos femeninos, y llevando
la política allí donde las mujeres realmente participan.
La Convención para la Eliminación de todas las Formas de
Discriminación contra la Mujer de 1979, ya recomendaba la
adopción de medidas especiales, aunque de carácter transitorio,

219
encaminadas a acelerar la igualdad entre hombres y mujeres.
Entre éstas, los cambios jurídicos, la educación popular, la toma
de conciencia -cultura popular, medios de comunicación de
masas, la educación formal e informal-, movilización política
--organizaciones de mujeres, participacin en partidos, sindicatos,
cooperativas y organizaciones no gubernamentales-, y la apli-
cación de cuotas, son algunas de las posibles vas para encaminar
el cambio (ONU 1979).
Creemos que el "siglo xxi será el siglo de las mujeres. Ya nadie
detiene el movimiento que ha constituido la mayor revolución del
siglo que ahora acaba..."(Camps 1999:9). "En poca de crisis gene-
ralizada -crisis familiar, crisis económica, pero también crisis de
la gestión pública-, las mujeres resultan ser portadoras de aspira-
ciones difusas de cambio. Más cercanas a las realidades cotidianas
y humanas, tanto por su historia como por su vida, constituirán una
posibilidad frente al poder burocrático del político profesional de
sexo masculino. Las mujeres políticas, apenas entran en escena,
procuran a menudo establecer la diferencia: no sólo eliminar ciertas
formas obsoletas del quehacer político, sino también modificar en
profundidad las prioridades y los programas. Serán las mujeres el
porvenir de la política?." (Sineau 1993:151-2).
Vivimos en un momento histórico donde se da una crisis de
transición, y es precisamente en estas etapas cuando las mujeres
han participado más activamente en la política (Fernandez Poncela
1994). Sin embargo, la crisis de valores y conceptos nos ha traído
cierto conservadurismo y actitudes de intolerancia, nada más con-
trario a los supuestos intereses de género y al feminismo. Además,
la actual coyuntura aparentemente muestra una apertura de espacios
políticos, a la vez reduce su contenido producto de la problemática
económica por la cual atraviesa el país. En todo caso, queda claro
cómo las relaciones entre mujeres y política han transitado por
importantes cambios en el continente latinoamericano y hoy en día
es la escena electoral uno de los ejes fundamentales de la arena
política para las mujeres. Hay limitaciones grandes, como y tam-
bién hay que reconocer la democratización de algunas instancias
ha traído novedosas oportunidades para realizar y obtener reivindi-
caciones legales e institucionales (Craske 1999).

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En concreto y para el caso mexicano ha de tenerse muy presente
las tendencias generacionales en la distancia de género -el peso
de las mujeres en el padrón electoral y de los jóvenes también-,1
los cambios pueden estar a la vuelta de la esquina, protagonizados
por los y las jóvenes, o por éstas últimas (Fernandez Poncela
1999c). En el contexto internacional se ha demostrado las impor-
tantes diferencias entre las mujeres jóvenes y las mayores en cuanto
a sus preferencias electorales y partidistas se refiere, así como a
comportamientos políticos y sensibilización de género. Las prime-
ras son más de izquierdas en mayor medida que los hombres de su
generación, y las segundas más conservadoras que las primeras en
el ámbito de simpatías políticas y preferencias de voto. Y es que la
distancia de género se invierte según el grupo de edad (Norris
1997b), todo ello al calor del aumento educativo de la población
femenina y la inserción laboral de la misma. Sin embargo, y a
diferencia de lo que ocurre en otras latitudes, aquí hay un gran tramo
de población joven en la pirámide demográfica del país, por lo
traducido esto en cuanto a actitudes, valores y conductas políticas,
así como preferencias electorales es muy importante, significativo
e incluso determinante como veremos en los próximos años (Fer-
nandez Poncela 1999a, 1999c), y reflejaremos en futuras investiga-
ciones sobre el tema.
El sistema político mexicano tiene todavía un reto -entre otros
muchos- en cuanto al acceso y participación femenina, especial-
mente en la coyuntura actual de reforma del Estado y posible transi-
ción hacia la construcción de estructuras más democráticas. Las
mujeres, por su parte tienen una apuesta sobre su incursión en el
ámbito de la política institucional del país, introducir los intereses y
demandas de género en la agenda política nacional y asumir los
problemas sociales como propios de las mujeres. Se hace necesario
pensar estrategias y buscar soluciones. Las mujeres han de introdu-
cirse en la política dialogar, negociar, participar, aprender a manejar
conflictos y establecer acuerdos, a trabajar en el marco de la institu-
cionalidad. Quedarse fuera equivale a renunciar a la lucha desde una

1 Estos últimos representan casi el 40% en el padrón electoral del 2000. Sobre jóvenes
y política se puede consultar otra obra específica (Fernandez Poncela 1999c).

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postura de estéril purismo estético. Integrarse puede significar correr
el peligro de ser absorbida y coptada, por los principios y formas que
se critican. Es preciso buscar un término medio, participando, pero
sin perder la capacidad de crítica, es quizás lapostura más razonable.2
]Porque a estas alturas hay que explicarse la falta de poder o la escasa
participación también desde las propias mujeres, no reducirlo todo al
enjuiciamiento de culpabilidad de la política o del Estado en singular
y con mayúsculas.
No se trata de que las mujeres participen en la economía, la
política, la cultura, en la sociedad en su conjunto, ahí han estado
siempre, construyendo historia y cotidianeidad, sino en las decisio-
nes y en el poder, en el diseño del futuro, en donde sí han estado
ausentes. Se hace necesario buscar el equilibrio entre las "demandas
reformistas" y los "ideales utópicos", entre la utopía -entendida
como "aquello indito pero posible"- y la política -como "el arte
de lo posible" o también de "elegir entre futuros posibles"-,
porque señores y señoras: "ahí está el detalle".3

2 Las feministas italianas hablan de "extrañamiento" en su relación con el poder, estar


adentro y afuera a la vez, participar pero sin ser integradas en el sistema, o en lo negativo
del mismo.
3 Frase extríada del título de una película del popular cómico Mario Moreno Cantinflas.

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