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ISBN: 978-956-7545-13-1
Producción:
contacto@[Link]
222126384 - (09) 2251534
N° de ejemplares: 300
Abril 2021
ÍNDICE
Prólogo
Dra. Eva Trujillo Chi Vacuan ........................................................................................... 19
Presentación
Dra. Daniela Gómez Aguirre, Ps. Carolina López Cárcamo,
Dra. Ximena Raimann Tampier, Ps. Claudia Cruzat-Mandich ............................................ 21
Generalidades
Clasificación y Clínica
5
Grupos Especiales
Aspectos médicos
Capítulo 16. Respuesta fisiológica normal con niños y adolescentes con trastornos
de la conducta alimentaria.
Dra. Francisca Corona Humphreys .................................................................................. 167
Comorbilidad
6
Capítulo 23. Trastorno obsesivo compulsivo y trastornos de la conducta alimentaria.
Dra. Marcela Altayó Fuentes .......................................................................................... 218
Intervenciones en TCA
Capítulo 35. Tratamiento Basado en la Familia para adolescentes con anorexia nerviosa.
Ps. Macarena Cruz Quiroga ............................................................................................ 316
7
Capítulo 36. Terapia Conductual Dialéctica: orígenes y principios.
Ps. María Ignacia Burr Guarachi, Ps. Yael Lehmann Sas ................................................... 327
Obesidad infantojuvenil
8
Capítulo 49. Complicaciones médicas de la obesidad en niños y adolescentes.
Dra. Paulina Balboa Cardemil ......................................................................................... 451
Obesidad en el adulto
9
PARTE III: PREVENCIÓN
10
EDITORAS Y AUTORAS
Claudia Cruzat-Mandich
Psicóloga.
Magíster en Psicología Clínica; Magíster en Psicoterapia; Doctora Investigación en Psicoterapia,
Pontificia Universidad Católica de Chile.
Profesora Titular; Investigadora del Centro de Estudios de la Conducta Alimentaria (CECA) y
Vicedecana de la Escuela de Psicología de la Universidad Adolfo Ibáñez, Chile.
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AUTORES INVITADOS
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AUTORES INVITADOS
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TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA
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AUTORES INVITADOS
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TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA
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AUTORES INVITADOS
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PRÓLOGO
Los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) son enfermedades viejas para la historia,
pero nuevas para la ciencia. Las primeras descripciones de gente experimentando síntomas
consistentes con lo que ahora llamamos TCA, se remontan a la época Helenística y los
tiempos Medievales. La anorexia fue aceptada como un trastorno psicológico hacia fines
de 1800 e incursionó por primera vez en el Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos
Mentales (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, DSM) en 1952, en su
primera edición, categorizada como Reacción Psicofisiológica Gastrointestinal. No fue sino
hasta la tercera edición del DSM, en 1980, que los TCA debutaron como categoría diagnós-
tica. A partir de ahí, y sobre todo en las últimas dos décadas, hemos visto un crecimiento
muy importante en la investigación científica en nuestro campo.
La gran complejidad que tiene el tratamiento de los TCA obliga a los clínicos a ampliar
sus conocimientos y mantenerse informados del estado del arte de estos trastornos. La bre-
cha entre la investigación y la práctica clínica, bien conocida en nuestro campo, representa
un obstáculo para incrementar y mejorar el conocimiento de los TCA.
Por esta razón, es para mí un gran placer y un honor poder escribir este prólogo a tan
maravilloso proyecto de queridas amigas y colegas, resultado de la colaboración entre
diversos profesionales de los TCA. Sus diferentes especialidades enriquecen el contenido y
recogen la realidad y experiencia chilena en el tema, para así llevarlo hasta la comunidad
sanitaria, dotándolos de las herramientas necesarias que les permitan la detección tem-
prana de este tipo de trastornos, iniciar tratamientos basados en la evidencia y/o derivar a
especialista oportunamente. Sumado a esto, en la segunda parte de este libro, los autores
se hicieron a la tarea de abordar la obesidad, también desde distintos puntos de vista y en
una perspectiva multidisciplinar.
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TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA
Finalmente, quisiera felicitar a las editoras y autoras principales, así como al resto de los
autores, y agradecerles por su enorme interés y entrega en la realización de este libro que
será una gran contribución para mejorar la salud y la vida de los pacientes.
Dra. Eva María Trujillo Chi Vacuán, FAED, CEDS, Fiaedp, FAAP
Director y Cofundador Comenzar de Nuevo, A.C.
Expresidente Academy for Eating Disorders
Profesor Clínico Escuela de Medicina Tec Salud
Master Trainer Body Image Program
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PRESENTACIÓN
Este libro surge como una necesidad de poder sistematizar información relevante y
actualizada de una serie de profesionales, en su mayoría chilenos, que en distintos con-
textos se aproximan a las problemáticas alimentarias. Es una forma efectiva de compartir
conocimiento y experiencias en torno a los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) y la
obesidad, con el objetivo de reflexionar en estrategias de prevención y detección temprana,
favorecer en la eficacia y efectividad de los tratamientos y así mejorar el pronóstico y la
calidad de vida de lo(a)s pacientes.
Cabe señalar que en varios capítulos los(las) autores(as) se refieren a las pacientes
haciendo referencia a población femenina, debido a que los TCA se presentan con mayor
frecuencia en mujeres, sin embargo, es importante tener presente que estas patologías
también se manifiestan en hombres y han ido en aumento en la población masculina.
Para finalizar este libro, se incluye un capítulo de prevención, que se divide en tres
partes: (a) prevención en TCA, (b) prevención de la Obesidad y (c) prevención integrada.
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TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA
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PARTE I: TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA
Generalidades
Clasificación y Clínica
Grupos Especiales
Aspectos médicos
Comorbilidad
Intervenciones en TCA
PARTE I: GENERALIDADES Capítulo 1
Introducción
La anorexia nerviosa (del griego, an = sin, orexis = apetito, deseo), fue el primer trastor-
no alimentario incluido en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales,
DSM-I (1952), como una reacción psicofisiológica neurótica; posteriormente, el DSM-II
(1968) la colocó dentro de trastornos de alimentación que incluían pica y rumiación.
25
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: GENERALIDADES
Antes del año 1600, la anorexia nerviosa se describe principalmente en conexión con
la vida religiosa, la “anorexia santa”. Desde 1600 y hasta nuestros días, se ha convertido
más en un concepto médico y psicopatológico, dependiendo de y reflejando las variadas
orientaciones de la moda médica, ya sean somáticas, psiquiátricas y/o socioculturales7.
Lucas8 describe cinco etapas en su investigación: descriptiva (1868-1914), pituitaria (1914-
1940), del redescubrimiento de la enfermedad (1930-1961), psicoanalítica (1940-1967) y
moderna (1961 hasta el presente).
A lo largo de la historia, cierta forma de conducta anoréxica se ha asociado a creen-
cias religiosas; en las culturas egipcia y griega, existen referencias que el ayuno ritual sólo
duraba breves periodos, a diferencia de aquellos más prolongados observados en la ano-
rexia nerviosa actual. La espiritualidad en la cultura occidental, motivaba el ascetismo en
varias religiones que aún hoy practican el ayuno para mostrar su devoción mística2,9,10. Los
cultos gnósticos en los comienzos del cristianismo, representaron un paradigma de asce-
tismo como reacción contra el hedonismo y materialismo de esa época11. Los pitagóricos
practicaron una forma de abstinencia, con ayunos prolongados que podían conducir a la
muerte2. Durante la Edad Media y el Renacimiento temprano aparece nuevamente el ayu-
no motivado espiritualmente en numerosas mujeres que adquirieron el status de santas12,
que vivieron en Italia, desde el año 1200 d. de C. en adelante y padecieron “anorexia
santa”. En el cristianismo occidental, se pensaba que las mujeres que ayunaban eran más
cercanas a la espiritualidad y muy valoradas, como Catalina de Siena (1347-1380) (Figura
1), considerada una santa13 quien ejerció el control sobre su cuerpo mediante el ayuno.
Este modelo continuó hasta el siglo XVI, cuando la iglesia católica lo asoció a la brujería y
en consecuencia a la condena a morir en la hoguera14. Durante la Reforma, predominó la
creencia de la posesión demoníaca en vez de la condición de santidad, siendo estas mujeres
descalificadas como fraudulentas2. Fue el médico genovés Simone Porta el primero que
en 1500 comenzó a estudiar y describir el cuadro clínico de la anorexia nerviosa. Richard
Morton (1689), médico inglés, informó dos casos, una muchacha de 18 años y un joven de
16 años, en su libro Phtisiologia: A Treatise on Consumption15, que se estaban literalmente
consumiendo16; en ambos descartó cualquier tipo de enfermedad física como la causa expli-
cativa de la pérdida de peso. Otros casos de emaciación fueron relatados por otros clínicos,
como Baglivi a principios del siglo XVIII; Whytt (1764), médico escocés, asoció inanición y
bradicardia, describiendo en su texto titulado “Observaciones sobre la naturaleza, causas y
curación de los trastornos comúnmente llamados nerviosos, hipocondríacos o histéricos”17,
la “atrofia nerviosa” de un paciente de 14 años, en el cual observó energía baja, estilo ta-
citurno, pérdida de apetito y malas digestiones. Marcé (1860), psiquiatra francés comenta
que las jóvenes púberes, con un desarrollo físico precoz, sufren la convicción delirante de
que no pueden o no deben comer, rechazando los alimentos. Gull (1868)18, médico inglés,
la denominó “apepsia histérica” y más tarde la designó como perversión del Yo, propor-
cionando los primeros relatos del trastorno tal como se reconoce y define en la actualidad
y, sorprendentemente, similares a las manifestaciones de las jóvenes ayunadoras, consumo
nervioso y anorexia santa de períodos anteriores. Lasègue (1873)19, terminaría acuñando la
expresión “anorexia histérica”. Tanto Gull como Lasègue consignaron los síntomas funda-
mentales del rechazo a la comida: pérdida extrema del peso, amenorrea, estreñimiento y
ejercicio físico intenso. Gull enfatizó la importancia de realizar un diagnóstico diferencial y
de buscar explicaciones causales alternativas a los síntomas; Lasègue destacó que las medi-
cinas y los estimulantes del apetito eran ineficaces para la recuperación, indicando además,
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HISTORIA DE LOS TRASTORNOS DE LA CONDUTA ALIMENTARIA Rosa Behar Astudillo
la importancia de introducir cambios en las relaciones que las pacientes establecían con sus
familiares y cercanos. Sus descripciones y sugerencias de tratamiento significaron acciones
que aún en nuestros días siguen vigentes.
A lo largo de los siglos XVIII y XIX, surgen en Europa y Estados Unidos las así llamadas
“doncellas milagrosas” (Figura 2), predominantemente de entre 14 y 20 años de edad,
que practicaban el ayuno, considerándoselas “milagrosas” en los medios académicos y
populares por su gran capacidad de no comer nada y, sin embargo, permanecer comple-
tamente sanas, incluida la mantención de un peso saludable2,20,21. No obstante, algunas
de ellas, como Lina Finch (1886), Kate Smulsey (1885) y Lenora Eaton (1881), al parecer
murieron de inanición antes de los 22 años como resultado de su negativa a comer. Según
Brumberg20, las adolescentes europeas y estadounidenses durante la era victoriana conocían
bien el ayuno religioso de las santas medievales, y la biografía de Santa Catalina de Siena se
incluyó en libros inspiradores. Sin embargo, el creciente campo de la psiquiatría consideraba
que estas jóvenes sufrían de condiciones “nerviosas”. En el siglo XIX, pese a que comenzó
a idealizarse la “apariencia tuberculosa”, considerándose glamoroso el aspecto enfermi-
zo22,23, la anorexia nerviosa finalmente fue reconocida como un trastorno médico24. A fines
del siglo XIX, los médicos estadounidenses comenzaron a diferenciar a la anorexia nerviosa
como un síndrome distinto de la categoría de la histeria25, y los alemanes la distinguieron
de los trastornos neurasténicos26.
A mediados del siglo XX, convirtiéndose la anorexia nerviosa en el centro de análisis
investigativo, se produce una transformación conceptual y metodológica, incluyendo diver-
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TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: GENERALIDADES
sas teorías y escuelas, que oscilaron desde la perspectiva biológica hasta la psicodinámica.
Simmonds (1914), atribuye la caquexia hipofisaria a la falta de apetito, adelgazamiento,
apatía y amenorrea, secundaria a una lesión del lóbulo anterior de la glándula pituitaria
y no a factores emocionales. El descubrimiento de la enfermedad endocrina disminuyó el
foco de atención sobre el estudio de la anorexia nerviosa debido a que los síntomas eran
semejantes. Luego, en la década de 1930 se pudo definir la diferencia entre ambos cuadros
clínicos27. Janet (1920) distinguió la anorexia primaria de la secundaria. Para él se trataba de
alteraciones psicológicas profundas, resistentes a los tratamientos. Las hipótesis etiopatogé-
nicas psicológicas respecto a la anorexia nerviosa prevalecieron en la primera mitad del siglo
XX, comenzando con las teorías psicodinámicas centradas en conflictos inconscientes sobre
la sexualidad y deseos de impregnación oral, conjuntamente con la rebelión adolescente y
regresión a la etapa oral del desarrollo psicosexual28,29. También los psicoanalistas, en los
años 40, relacionaron la anorexia nerviosa con mecanismos psicodinámicos motivados por
las fantasías orales inconscientes, y desde la aversión sexual. A medida que la década de los
70 avanzaba, los casos de anorexia nerviosa continuaban aumentando, pero la distribución
social desde la década siguiente progresivamente se volvió menos sesgada; ya no se identi-
ficó más como el trastorno de la “niña blanca rica”, comenzando a distribuirse en estratos
socioeconómicos más bajos16. Con el advenimiento de la teoría de las relaciones objetales,
Bruch (1973)30 y Selvini-Palazzoli (1963)31 fueron las pioneras en dar cuenta de la falta de
un sentido de autonomía y diferenciación de las anoréxicas con su madre y su búsqueda
de control como resultado de su incapacidad para dominar la separación e individuación
adolescente; paralelamente recomendaron una psicoterapia más transaccional enfocada en
la diferencia del sí mismo con los otros. Algunos teóricos también valoraron el tema de los
conflictos sobre la separación y la individuación desde la perspectiva familiar31,32.
A partir de la teoría psicodinámica, Bruch30 postuló que tanto la anorexia nerviosa y la
bulimia nerviosa compartían aspectos psicopatológicos comunes, tales como la distorsión de
la percepción de la imagen corporal, la incapacidad de reconocer las necesidades nutricio-
nales y una sensación de ineficacia personal casi paralizante que invadía todo pensamiento
y acción33. Su texto más conocido, The golden cage: The enigma of anorexia nervosa
(1978)34, lo basó en sus casos, en una divulgación dirigida al público lego, reconociéndose
como una de las primeras ediciones que creó una mayor sensibilización respecto a la ano-
rexia nerviosa, más allá del mundo científico médico. Con la muerte de Karen Carpenter en
1983, famosa cantante de rock estadounidense, por complicaciones somáticas de su patolo-
gía alimentaria, la conciencia pública sobre la anorexia nerviosa aumentó ostensiblemente.
En Chile, relevantes han sido los aportes efectuados por psiquiatras como Roa (1978)35,
que concibió la anorexia nerviosa como una paranoia constructiva de belleza, con una va-
loración deliroide de la esbeltez corporal; y Peña y Lillo (1983)36, que en su texto “Anorexia
nerviosa o la manía de adelgazar”, la homologa a un síndrome bifásico afectivo maníaco-
depresivo con disposición psicobiológica.
28
HISTORIA DE LOS TRASTORNOS DE LA CONDUTA ALIMENTARIA Rosa Behar Astudillo
Figura 3. Banquete
en la antigua Roma.
29
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: GENERALIDADES
En el siglo XVIII, James (1743), describe la true boulimus, caracterizada por una gran
preocupación por la comida, con ingestión de considerables cantidades de alimentos en
breves periodos de tiempo, seguidos de desmayos, con una variante, caninus appetitus, con
vómitos posteriores a la ingesta. En el siglo XIX, el concepto de bulimia fue mencionado
en la Enciclopedia Británica y en el Diccionario Médico y Quirúrgico, publicado en Francia
(1830), para luego caer en el olvido41,42.
En la década de 1930, la bulimia nerviosa se informó como un síntoma de privación
emocional y adaptación social deficiente, especialmente entre los inmigrantes, debido a
que tenían habilidades sociales insuficientes y se les privaba emocionalmente16. En 1940
este cuadro se consideró un síndrome y en 1980 la Sociedad Americana de Psiquiatría la
incluyó en el manual de psiquiatría como una enfermedad diferente a la anorexia nerviosa.
Psicodinámicamente, el enfoque en el significado simbólico de las conductas bulímicas se
ha orientado a la búsqueda de satisfacción oral, rechazo de la impregnación oral o expul-
sión de la imagen materna internalizada43. Las referencias sobre la bulimia nerviosa fueron
muy escasas hasta los años 70 y principalmente éstas corresponden al siglo XX; pese a que
indudablemente su incidencia aumentó a fines de la década de 1970 y durante la de 1980,
constatándose clínicamente que a menudo se podía encontrar en las etapas avanzadas
de la anorexia nerviosa16. En 1972, el psiquiatra chileno Otto Dörr44 describió el síndrome
de hiperfagia y vómito secundario, adjudicándose la paternidad de la entidad nosológica
que después sería conocida como bulimia nerviosa. En 1979, Russell publicó la primera
descripción clínica definitoria del desorden, como una instancia diagnóstica separada,
basada en 30 pacientes con peso normal que, además de un intenso temor a engordar,
presentaban atracones y vómitos, denominándola “bulimia nerviosa, una variante ominosa
de la anorexia nerviosa”37,45, denotando que tanto la anorexia nerviosa como la bulimia
nerviosa eran trastornos del desarrollo y compartían un temor característico a la gordura e
imagen corporal33, aunque la bulimia era diferente porque tendía a desarrollarse más tarde
que la anorexia y las pacientes eran más propensas
a no perder tanto peso (Figura 4). Incluso, observó
que las bulímicas tendían a ser más extrovertidas,
impulsivas y promiscuas, advirtiendo los peligros
que conllevaba, incluida la pérdida de electrolitos
y debido a la exposición repetida al ácido gástrico
por la emesis, la erosión del esmalte dental, caries,
úlceras y/o rupturas estomacales o del esófago,
estreñimiento, arritmias y una mayor tendencia al
comportamiento suicida16.
Aparecen algunos casos clásicos de bulimia
nerviosa a principios del siglo pasado. La famosa
paciente de Ludwig Binswanger, Ellen West, ex-
hibió algunos rasgos bulímicos, como atracones,
purgas y abuso de laxantes para mantenerse del-
gada. Hubo otro caso, la paciente Nadia de Pierre
Janet (1903), que presentó una forma bulímica
de anorexia. Habermas46 publicó la descripción
de Irma, otra paciente de Binswanger, en 1909,
como “el primer informe conocido sobre un caso
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HISTORIA DE LOS TRASTORNOS DE LA CONDUTA ALIMENTARIA Rosa Behar Astudillo
de bulimia nerviosa con peso corporal normal”. En la década de 1970, la bulimia surgiría
en proporciones epidémicas, no sólo en Estados Unidos, sino también en Inglaterra, Fran-
cia y Alemania. Los años ochenta fueron marcados por la polémica sobre la definición y el
diagnóstico de la bulimia nerviosa, con la discusión centrada en si el fenómeno psicopa-
tológico nuclear correspondía al atracón o a la purga, controversia aclarada en el Manual
Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, DSM-III (1987). Entre los años 60 y
70 aparecen diversas formas de aproximación terapéutica (dinámica, cognitivo-conductual,
sistémica), que se complementan mutuamente. Algunos autores destacan la necesidad de
cambiar la excesiva protección de los padres hacia la hija/o, de buscar refuerzos alternativos
a la comida, el fomento de la expresión emocional y/o una interacción asertiva.
Los investigadores psicodinámicos trataron la purga compulsiva como parte del comple-
jo de síntomas existente en la anorexia nerviosa, con un enfoque en el significado simbólico
de las conductas presentes, tales como búsqueda de la satisfacción de la oralidad, el recha-
zo a la impregnación oral o la expulsión de la imagen materna internalizada43.
Stunkard, Grace y Wolff (1955)47 introdujeron el término síndrome del comer nocturno
en la literatura médica para nombrar un subtipo de obesidad en una serie de 25 pacientes
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TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: GENERALIDADES
Comentarios finales
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HISTORIA DE LOS TRASTORNOS DE LA CONDUTA ALIMENTARIA Rosa Behar Astudillo
nosológica desde los años 60, siendo catalogados como trastornos modernos asociados
a un sobrevalorado culto al cuerpo y a una idealización de la delgadez, en un entorno
sociocultural postmoderno, pese a que históricamente podrían haber ocurrido desde hace
ya varios siglos.
Bemporad2 destaca que ciertos factores socioculturales parecen promover o inhibir la
frecuencia y el tipo de patología alimentaria en el transcurso de los tiempos, agregando
que la emaciación voluntaria no es un síndrome desarrollado recientemente y que ha sido
informado a través de la historia, en un entorno influido socioculturalmente (ej. las tenden-
cias variables de la moda, el tallaje busto/cintura en modelos femeninas, la interacción de
factores biológicos y socioeconómicos, la prevalencia de conductas de dieta, las presiones
crecientes por competir y funcionar óptimamente, y mayores tasas de depresión y rasgos
perfeccionistas), que a su vez, generan riesgo para el desencadenamiento de un trastorno
alimentario.
A modo ilustrativo, temporalmente, la historia ha demostrado que existía un síndrome
relacionado con la autoestima anterior a la era moderna, el cual, de manera homóloga a
la anorexia nerviosa, ha sido observado preponderantemente en mujeres adolescentes y
adultas jóvenes, cuyo desenlace podría implicar una recuperación completa o un deceso.
A diferencia de la anorexia nerviosa actual, la inanición de la antigüedad no se atribuyó al
temor a engordar; aunque las analogías entre los aspectos históricos y contemporáneos
parecen superar esta diferencia, especialmente porque hoy el diagnóstico de una anorexia
nerviosa requiere el temor a ganar peso o a engordar, influencias indebidas del peso o la
forma en la autoevaluación, o percepción errónea del peso o figura corporal; mientras que
en aquellas épocas, el síndrome anoréctico identificado como lo concebimos en nuestros
días, sería factible de reconocerlo como tal con la presencia de un consumo deliberada-
mente menor de alimentos que los requeridos, con comportamientos que sistemáticamente
impedían el aumento de peso y con indiferencia a las consecuencias médicas subsecuentes
a la pérdida ponderal severa; por ende, los casos históricos podrían cumplir con los criterios
del DSM-56 para anorexia nerviosa.
Lacey11 menciona que habitualmente los médicos pesquisan signos y síntomas equiva-
lentes a través de las distintas épocas, pero sus interpretaciones y comprensión se confi-
guran con las creencias de las diferentes sociedades y culturas. Por ejemplo, en la época
contemporánea, se ha considerado a las flappers52 (Figura 7), término que representaba
a mujeres jóvenes modernas y liberales de la década de 1920, como preconizadoras de
un estilo delgado de imagen corporal, que al mismo tiempo determina el comienzo del
cuestionamiento de los roles sexuales establecidos socioculturalmente53. Por otra parte,
entre los años 60 y 70, la aparición de la modelo británica Twiggy (Figura 8), que personi-
ficó fundamentalmente juventud y asexualidad, se constituyó en la partida de una nueva
concepción psicosocial de la corporalidad femenina que impera hasta nuestros días, que
resalta la delgadez femenina preadolescente y la devaluación de la gordura y la vejez, con
todas las implicancias y controversias que este fenómeno histórico-sociocultural conlleva
en la salud mental de la mujer.
Weinberg, Cordás y Albornoz54, señalan que en la ocurrencia de trastornos alimentarios
en culturas y siglos anteriores son relevantes los factores patogenéticos y patoplásticos en
psiquiatría, destacando asimismo los rasgos transculturales y transhistóricos de éstos. Para
ejemplificar, la presentación similar de la enfermedad anoréctica a lo largo de los años
(rechazo alimentario, emaciación, hiperactividad, amenorrea, búsqueda de un ideal), nos
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TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: GENERALIDADES
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36
PARTE I: GENERALIDADES Capítulo 2
Claudia Cruzat-Mandich
Marcela Gallegos Morales
Susana Saravia González
Introducción
Los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) –anorexia nerviosa (AN), bulimia ner-
viosa (BN) y trastorno por atracón (TA)– son enfermedades que han aumentado exponen-
cialmente en los últimos años.
Son típicamente caracterizados por altos niveles de sufrimiento, deterioro funcional
y comorbilidad con otros trastornos mentales. Presentan un mayor riesgo de evolución
crónica y resultados adversos en comparación con otros trastornos mentales1. A pesar de
la disponibilidad de estudios en población general, los patrones de prevalencia e incidencia
de los TCA siguen siendo escasos en los estudios disponibles dentro de Latinoamérica y
Chile.
Prevalencia
37
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: GENERALIDADES
Incidencia
La incidencia de TCA aumentó en las últimas décadas del siglo pasado. En un estudio
epidemiológico realizado entre 1970 y 1989, Pangsberg & Wang21 encontraron que las
tasas de incidencia fueron estables durante la mayor parte del período estudiado, no obs-
38
EPIDEMIOLOGÍA EN TCA Claudia Cruzat-Mandich, Marcela Gallegos Morales y Susana Saravia González
Mortalidad
Todos los TCA tienen un riesgo elevado de mortalidad y las tasas de mortalidad a me-
nudo se utilizan como uno de los indicadores de la gravedad de la enfermedad29.
La anorexia nerviosa tiene la tasa de mortalidad más alta entre todos los trastornos ali-
mentarios29. En un metaanálisis reciente de 36 estudios publicados, el promedio ponderado
para la AN fue de 5,1 muertes por 1.000 años-persona, lo que se traduce en 5,1% por
década o 0,51% por año. Una de cada cinco personas con anorexia nerviosa que murió se
suicidó. Mientras que, el resto de las pacientes con AN, muere principalmente por causas
naturales relacionadas con su trastorno alimentario30.
Más del 20% de los pacientes con AN continúa teniendo un trastorno alimentario en
el seguimiento a largo plazo, y hay una alta tasa de comorbilidad psiquiátrica. El diagnós-
tico de anorexia nerviosa, cronicidad, edad más tardía de inicio, no vivir en una relación
y un tipo irregular de alta del tratamiento hospitalario fueron los principales predictores
de un tiempo más corto hasta la muerte. No obstante, el pronóstico es más favorable
en pacientes con inicio de la enfermedad durante la adolescencia en comparación con
la adultez31.
Por su parte, la BN tiene un pronóstico más favorable que la anorexia nerviosa, con una
tasa de mortalidad más baja y menores tasas de morbilidad a largo plazo24. En un metaaná-
lisis reciente, de 12 estudios que describen las tasas de mortalidad de pacientes con bulimia
nerviosa, se encontró una tasa de mortalidad ponderada de 1,74 por 1.000 años-persona,
lo que significa que por año 0,17% de las pacientes con BN mueren30. Crow y sus colegas
39
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: GENERALIDADES
Conclusiones
Los TCA son patologías que van en aumento y en poblaciones que hasta hace algunos
años parecían no estar en riesgo (mujeres cada vez más jóvenes o mayores, y hombres),
por tanto, se hace necesario realizar estudios epidemiológicos que permitan visibilizar
esta problemática para así generar estrategias preventivas y mejorar el pronóstico en los
tratamientos.
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41
Capítulo 3 PARTE I: GENERALIDADES
Introducción
En la literatura de TCA, son pocos los estudios experimentales que permitan elucidar
factores de riesgo causales, y la baja incidencia de estos trastornos4 limita el poder de
estudios longitudinales para identificar potenciales factores de riesgo. Esto ha hecho que
los estudios longitudinales tradicionalmente hayan adquirido una mirada transdiagnóstica,
42
FACTORES PREDISPONENTES Y PRECIPITANTES EN LOS TCA Marcela Marín Dapelo y Janet Treasure
centrándose en identificar factores de riesgo que predicen el inicio de cualquier TCA. Sin
embargo, en años recientes esta mirada ha recibido críticas, pues ha surgido evidencia de
que los factores de riesgo más comúnmente identificados en estudios longitudinales no se
aplicarían a todos los TCA, y particularmente no predecirían el inicio de anorexia nerviosa
(AN)5,6. En este contexto, en el presente capítulo se describirán, en primer lugar, los princi-
pales factores de riesgo modificables estudiados por la literatura, cuya evidencia proviene
fundamentalmente de estudios longitudinales. Posteriormente, se revisarán brevemente los
resultados de la literatura emergente, que especifican patrones de interacción de factores
de riesgo para bulimia nerviosa (BN) y trastorno por atracón (TA). Finalmente, se describirán
posibles factores de riesgo de AN, cuya evidencia proviene fundamentalmente de estudios
casos-control.
Desarrollo
Los factores de riesgo modificables de TCA más investigados por la literatura pueden
verse en la Tabla 2. De estos factores, existe evidencia que indica que la internalización
del ideal de delgadez, la presión percibida por ser delgado/a, la insatisfacción corporal, el
afecto negativo y un elevado índice de masa corporal (IMC) comienzan a presentarse años
antes del inicio del TCA7, lo que sugiere que constituirían factores predisponentes. Por otra
parte, el inicio de dietas suele presentarse más cerca del inicio del TCA, lo que apuntaría a
un factor precipitante.
Factores predisponentes
- Internalización del ideal de delgadez
Los primeros modelos de riesgo de TCA enfatizaron el rol de la cultura occidental en el
desarrollo de estos trastornos. De acuerdo a estas teorías, el ideal de belleza femenino en
occidente (caracterizado por un cuerpo delgado y esbelto) junto a la visión del cuerpo feme-
nino como objeto, enfatizarían la idea de que las mujeres son evaluadas primariamente por
su apariencia física, otorgándole a ésta un papel central en la autovalía y la consecución del
éxito femenino8. Teóricamente, la internalización de este ideal de belleza y de la exagerada
importancia de la apariencia física para las mujeres promovería sentimientos de insatisfac-
ción con el propio cuerpo, afecto negativo y realización de dietas1. En los últimos 20 años,
diversas investigaciones han evaluado el rol de la internalización del ideal de delgadez en el
desarrollo de TCA, demostrando que es un factor que consistentemente predice el inicio de
estos trastornos5. Además, al ser uno de los factores que aparece más tempranamente en el
desarrollo7,9, ha sido objeto de intervenciones preventivas que apuntan a criticar activamen-
te el ideal de delgadez, de modo de reducir su internalización10,11 así como el inicio de un
futuro TCA11, aportando mayor evidencia en favor de su rol como factor de riesgo causal.
43
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: GENERALIDADES
- Insatisfacción corporal
Se denomina insatisfacción corporal a la evaluación subjetiva negativa del propio cuer-
po13. Esta suele evaluarse considerando la discrepancia entre el cuerpo ideal y la percep-
ción del propio cuerpo14. Enfoques socioculturales de TCA consideran que en sociedades
occidentales la insatisfacción corporal es el resultado de presiones culturales por alcanzar
un cuerpo ideal inasequible para la mayoría de las mujeres8. En este contexto, una reciente
revisión sistemática de factores de riesgo socioculturales de TCA concluyó que la insatis-
facción corporal incrementa el riesgo de padecer TCA, tanto en mujeres como hombres6.
Asimismo, un estudio sobre las trayectorias de distintos factores de riesgo de TCA a lo largo
del desarrollo mostró que una elevada insatisfacción corporal a los 13, 14, 15 y 16 años
predice el inicio de un TCA en los 4 años posteriores a cada evaluación, incrementando la
probabilidad de desarrollar un TCA en un 68%7. Estos resultados son coherentes con los
de una reciente revisión de 8 estudios longitudinales de factores de riesgo de TCA, donde
la insatisfacción corporal surgió como uno de los más consistentes en predecir el inicio de
estos trastornos5.
- Afecto negativo
Según el modelo de regulación afectiva de TCA, las dietas, episodios de atracones y pur-
gas constituyen un esfuerzo por regular las emociones negativas provocadas por la discre-
pancia entre el cuerpo ideal y el percibido15. En este contexto, se ha propuesto que el afecto
negativo podría constituir un factor de riesgo de TCA. En apoyo de esta idea, un estudio
longitudinal de 3 años encontró que la historia de depresión (un factor ligado al afecto
negativo) es uno de los factores con mayor potencia para predecir el inicio de TCA16. En
general, existe evidencia de que el afecto negativo constituye un factor de riesgo de TCA5;
sin embargo, el momento en el que emerge este factor aún es poco claro. Teóricamente,
la introyección del ideal de delgadez y presión por ser delgado/a provocarían insatisfacción
con el propio cuerpo lo que, a su vez, contribuiría a un aumento del afecto negativo y a la
44
FACTORES PREDISPONENTES Y PRECIPITANTES EN LOS TCA Marcela Marín Dapelo y Janet Treasure
realización de dietas para perder peso y acercarse a ese ideal de belleza15. En este sentido,
se ha propuesto que el afecto negativo sería más próximo al inicio del TCA1, pudiendo cons-
tituir un factor precipitante. Hasta la fecha, dos estudios se han enfocado en la trayectoria
de factores de riesgo de TCA, con resultados discordantes. En uno de ellos7, los mayores
índices de afecto negativo se encontraron a los 13 años de edad y este fue decreciendo a lo
largo del tiempo hasta los 21 años, indicando que la afectividad negativa a temprana edad
predice el inicio de TCA, por lo que constituiría un factor predisponente. En cambio, otro
estudio longitudinal encontró que la mayoría de los participantes que desarrollaron un TCA
presentó niveles elevados de afecto negativo justo antes del inicio del mismo9, apoyando
la idea de que sería un factor precipitante. Cabe destacar que la metodología utilizada en
ambos estudios fue diferente, lo que podría explicar los resultados discrepantes.
Factores precipitantes
- Dietas
Teóricamente, las dietas precipitarían el inicio de TCA porque la deprivación calórica
provocada por la dieta restrictiva propiciaría la aparición de atracones. Además, la dieta
implica que el individuo deja de confiar en señales fisiológicas de hambre y saciedad, para
pasar a controlar la ingesta de modo cognitivo, dejándolo vulnerable al descontrol1. Los
primeros estudios de riesgo en TCA identificaron a las dietas como uno de los factores más
importantes en la predicción de estas patologías19. Distintos estudios posteriores muestran
de modo consistente que las dietas serían un factor de riesgo de TCA5. Además, hay evi-
dencia de que estas no se presentan tempranamente, sino que van en aumento a medida
que avanza la adolescencia7, avalando su rol como factor precipitante de TCA.
45
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: GENERALIDADES
su niñez, en comparación con los participantes sin patología alimentaria22. Recientes es-
tudios longitudinales han aportado evidencia preliminar de que el pobre funcionamiento
psicosocial, y particularmente la soledad y falta de amigos del mismo grupo etario, sería un
predictor del inicio de TCA23,24. Otros factores de riesgo que se ha propuesto estudiar son
déficits en apoyo familiar5 y aculturación6.
- Anorexia nerviosa
Pocos estudios longitudinales se han enfocado en AN, pero estos sugieren que tanto
los individuos que son delgados constitucionalmente, como aquellos que utilizan dietas
restrictivas para mantener un bajo IMC estarían en mayor riesgo de desarrollar AN5,17. En
efecto, el patrón más común para desarrollar AN involucra dieta restrictiva y/o pérdida de
peso19. En la mayor parte de los individuos, se aprecia una estrategia deliberada para perder
peso o adoptar una dieta “saludable”, pero ocasionalmente una enfermedad médica puede
ser el precipitante del trastorno. Además, la reducción calórica puede ocurrir en el contexto
de eventos vitales estresantes.
La Tabla 3 muestra posibles factores de riesgo de AN.
46
FACTORES PREDISPONENTES Y PRECIPITANTES EN LOS TCA Marcela Marín Dapelo y Janet Treasure
Conclusiones
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49
Capítulo 4 PARTE I: GENERALIDADES
Introducción
Los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) tienen una etiología compleja. Las teo-
rías han variado desde lo psicodinámico a lo sociocultural, abarcando factores ambientales
y genéticos, alcanzando actualmente un consenso tentativo, un modelo biopsicosocial.
Dentro de las contribuciones para entender la etiología de los TCA, están las teorías gené-
ticas de estos trastornos.
Generalmente, al considerar que los rasgos son hereditarios, pensamos en los patrones
de herencia mendelianos, la transmisión de rasgos de padres a hijos en un solo lugar (es
decir, un gen es responsable de un rasgo). Sin embargo, los rasgos hereditarios también
tienen un patrón genético de herencia poligénica o aditiva, en el que varios genes son res-
ponsables del desarrollo de un rasgo. Es el efecto combinado o aditivo de estos genes que
convergen en el rasgo observado (o fenotipo). La mayoría de los TCA siguen este patrón, lo
que dificulta la identificación de genes específicos, ya que cada gen puede contribuir sólo
con una pequeña proporción de la variación del fenotipo observado.
Los estudios de genes candidatos hasta ahora no han conducido a evidencia inequívoca
de los mecanismos biológicos subyacentes. Las estimaciones de heredabilidad derivadas
de estudios de gemelos y familiares son altas, por lo que se pueden asumir influencias
genéticas sustanciales en la etiología de los TCA. Como los sistemas de neurotransmisores
monoaminérgicos están involucrados en los TCA, los estudios de genes candidatos se han
centrado en genes relacionados. Además, los genes relevantes para la regulación del peso
corporal han sido considerados como posibles candidatos.
Actualmente, se está realizando un estudio de asociación de genoma completo para
AN, que se espera conduzca a la identificación de los primeros marcadores significativos
del genoma completo.
En este capítulo presentaremos las contribuciones de los genes y el ambiente a los TCA,
de la epigenética y posible heredabilidad de los síntomas. Ya que la investigación genética
difiere entre los tres trastornos alimentarios principales, para cada uno de ellos presenta-
remos la evidencia conocida.
Anorexia nerviosa
La naturaleza familiar de la anorexia nerviosa (AN) está bien establecida. Los familiares
de primer grado de los individuos con AN son 11 veces más propensos a tener AN de por
vida que los familiares de controles sanos1. Los estudios en gemelos corroboran la familia-
ridad en la AN. Las estimaciones de heredabilidad para AN varían entre 28% y 74%, y la
varianza restante se atribuye en gran medida a factores ambientales únicos2,3.
50
ROL DE LA GENÉTICA EN LOS TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA Daniela Gómez Aguirre
Genes dopaminérgicos
El sistema dopaminérgico modula la alimentación, los procesos de pensamiento, la acti-
vidad motora y los comportamientos de búsqueda de drogas, motivados por la recompensa,
por lo que se ha considerado, podría ser un candidato para participar en los TCA. Se ha
planteado la hipótesis de que el aumento de dopamina (DA) se asocia con varios síntomas
de AN, entre los que se incluyen pérdida de peso, hiperactividad, amenorrea, distorsión de
la imagen corporal y comportamiento obsesivo compulsivo7.
La pregunta es, si sería posible que haya diferentes genes involucrados en el riesgo de
desarrollar el tipo restrictivo o purgativo de AN. Se han implicado dos polimorfismos DRD2
y dos DRD4 en el tipo purgativo de AN, mientras que el polimorfismo Val158Met del gen
catecol-O-metiltransferasa (COMT) se ha asociado con el tipo restrictivo de AN. Se sugiere
que la desregulación de la DA, específicamente relacionada con el gen COMT, no es un
factor de vulnerabilidad específico para AN y puede desempeñar un papel sinérgico en el
riesgo, con el sistema serotoninérgico.
Genes serotoninérgicos
Además de su participación en el estado de ánimo, el apetito y la regulación del peso
corporal, el sistema serotoninérgico (5-HT) ha sido frecuentemente estudiado en AN. Está
bien establecido que la actividad 5-HT se altera en la fase aguda de la enfermedad y en
aquellos que recuperan peso a largo plazo. Aunque no todos los estudios han mostrado una
asociación significativa con esta región, Kipman et al.8 observó una correlación significativa
entre la edad de inicio y el alelo A, de modo que los pacientes con el alelo A tenían una
edad significativamente mayor de aparición de la AN.
El gen del receptor 5-HT1D también se ha asociado significativamente con AN, especí-
ficamente con el tipo restrictivo9,10. Por lo tanto, este gen puede ser un candidato prome-
tedor para el desarrollo de vulnerabilidad para AN. Los genes adicionales del transportador
5-HT, que incluyen 5-HT2C, 5-HT1B, 5-HT1D y 5-HT3B, han mostrado asociaciones signi-
ficativas con AN; sin embargo, se necesitan repeticiones para confirmar su importancia.
A pesar de la inconsistencia de los resultados, la 5-HT juega un papel importante en la
AN, como el estado de ánimo, la ansiedad, el apetito y el peso, por lo tanto, es probable
que tenga alguna participación en este trastorno. Sin embargo, es poco probable que esta
participación sea única, ya que 5-HT se ha implicado en la fisiopatología de una gran varie-
dad de trastornos psiquiátricos, lo que sugiere que puede no ser un factor de vulnerabilidad
específico para AN.
Genes opioidérgicos
Los receptores opioides están involucrados en la ingesta de alimentos, la sensibilidad
de recompensa y el dolor, y se cree que desempeñan un papel en la vulnerabilidad para
51
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: GENERALIDADES
Bulimia nerviosa
Genes dopaminérgicos
El sistema dopaminérgico ha sido de interés en la fisiopatología de BN; sin embargo, hay
52
ROL DE LA GENÉTICA EN LOS TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA Daniela Gómez Aguirre
pocas investigaciones que examinan la asociación entre polimorfismos genéticos del sistema
DA y BN, aunque las anomalías observadas dentro del sistema DA se han hecho mediante
neuroimagen23. Se desconoce si estos cambios son un biomarcador de la enfermedad o
una consecuencia de la enfermedad. Actualmente, se carece de investigación en genética
molecular que sugiera que los polimorfismos genéticos en el sistema DA contribuyan al
diagnóstico de BN.
Genes serotoninérgicos
Se han observado anormalidades en la captación periférica de 5-HT en individuos con
BN gravemente enfermos y recuperados, lo que sugiere que estas alteraciones pueden
ser características del diagnóstico, en lugar del resultado de patrones anormales de ali-
mentación. Al igual que con AN, la mayoría de las investigaciones acerca de genética del
sistema 5-HT en BN se han centrado en el gen transportador 5-HTTLPR y el gen del receptor
5-HT2A. En contraste con los hallazgos en AN, los metaanálisis de manera uniforme sugie-
ren que no existe una asociación significativa entre los polimorfismos 5-HTTLPR y BN. Los
resultados con respecto a una asociación entre BN y otros genes 5-HT, han sido mixtos y
en gran medida no concluyentes.
El TA recibe cada vez más atención científica, sin embargo, debido a que este trastorno
se ha operacionalizado más recientemente que AN y BN, existe menos investigación sobre
la genética del TA. La investigación familiar, gemelar y molecular sugiere en gran medida
que los factores genéticos influyen en el riesgo.
Se ha realizado un pequeño número de estudios familiares para TA, en ellos se han in-
formado tasas significativamente mayores de TA en familiares de primer grado de individuos
53
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: GENERALIDADES
con TA. Esto ha sido corroborado por estudios en gemelos, los estudios de gemelos han
estimado la heredabilidad del diagnóstico de TA26,27. Los resultados muestran agregación
familiar, con un 39% a 45% de responsabilidad debido a efectos genéticos aditivos y un
41% a 51% atribuible a factores ambientales únicos.
Los estudios de asociación de genes candidatos de atracones han examinado los siste-
mas de neurotransmisores o las variantes genéticas implicadas en el apetito y la obesidad,
incluidos los sistemas 5-HT y DA. Varias investigaciones han examinado los polimorfismos
genéticos del sistema DA en TA, con un enfoque particular en el gen DRD2. Se ha obser-
vado que los genotipos homocigotos de alelo largo y los heterocigotos de alelo largo del
gen 5-HTTLPR eran significativamente más frecuentes en individuos con TA. Los resultados
deben considerarse preliminares, ya que los estudios son limitados por un tamaño de
muestra relativamente pequeño.
La investigación sugieren que los adultos obesos con TA difieren biológicamente de los
adultos obesos sin TA y que el TA puede caracterizarse por hipersensibilidad a la recom-
pensa.
Epigenética
54
ROL DE LA GENÉTICA EN LOS TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA Daniela Gómez Aguirre
Conclusiones
Con los avances científicos actuales, nuestra comprensión de los mecanismos genéticos
subyacentes a los TCA están evolucionando. Los estudios familiares y de gemelos revelan
que los factores genéticos juegan un papel importante, aunque claramente no actúan solos.
Las investigaciones genéticas moleculares han proporcionado pocas conclusiones definitivas,
pero han implicado varios sistemas.
Actualmente, la investigación sobre la genética de los TCA se ve obstaculizada por
tamaños de muestra pequeños y definiciones inconsistentes de diagnósticos, síntomas y
rasgos.
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56
PARTE I: GENERALIDADES Capítulo 5
Juana Poulisis
Valeria Teresa Pedrón
Introducción
El circuito cerebral del refuerzo incluye el área tegmental ventral (VTA) cuyas neuronas
dopaminérgicas proyectan al núcleo accumbens (NAc), que forma parte del estriado ven-
tral. Cuando el VTA es activado por estímulos ambientales reforzantes se libera dopamina
en el NAc1 y genera la motivación necesaria para consumir la recompensa2. Otras regiones
límbicas reciben proyecciones del VTA, como el hipotálamo, la amígdala, el hipocampo y
el giro cingulado3.
El sistema de recompensa también integra estímulos emocionales y básicos como
el hambre, la saciedad, el deseo, el placer y el miedo, con procesos cognitivo de orden
57
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: GENERALIDADES
Los individuos con AN valoran a la comida como menos placentera que los sujetos
controles, en especial cuando se trata de alimentos altos en calorías5. Algunos autores han
propuesto la hipótesis de que los individuos con AN no perciben a la comida como tan
reforzante y que esta experiencia tiene como consecuencia una disminución en la ingesta6.
De hecho, la AN ha sido conceptualizada como una “adicción a la inanición” ya que la
reducción en la ingesta es percibida como reforzante en un primer momento, y luego se
mantiene a través de condicionamientos a situaciones reforzantes7. De forma similar, los
pacientes con TpA y los pacientes con bulimia nerviosa (BN) suelen reportar una urgencia
por ingerir alimentos, acompañada de la sensación de pérdida de control y una sensación
de alivio transitoria luego del atracón. Esto podría deberse a que la gran cantidad de ali-
mento ingerida durante el atracón tiene un efecto ansiolítico breve.
Búsqueda de alimento
La decisión de ingerir o dejar de ingerir alimentos está condicionada por los estímulos
visuales y la integración de los mismos con la memoria y con claves motivacionales. La
percepción visual de los alimentos suele activar respuestas anticipatorias asociadas con el
sistema de recompensa, y este proceso determina la conducta de ingesta del individuo8.
Se ha propuesto que la vulnerabilidad para los trastornos alimentarios podría estar relacio-
nada a un procesamiento inapropiado de la percepción visual de la comida. Estudios de
resonancia magnética funcional (fMRI) muestran que, en individuos sanos, las imágenes
de alimentos comparadas con imágenes de otros estímulos activan estructuras occipitales
como el giro occipital fusiforme y medio, áreas parietales como el giro postcentral, regiones
como la CCA, la CPF medial, la CPF lateral y la COF, las estructuras límbicas y paralímbicas
como la ínsula, la amígdala y el estriado9.
El efecto reforzante de la comida está asociada a sus propiedades hedónicas y a su con-
tenido calórico, por lo tanto, la activación de áreas del circuito de recompensa, parece ser
mayor cuando se presentan alimentos altamente palatables o de alto contenido calórico10.
Uher y cols.11, compararon las respuestas neurales a imágenes de alimentos en un gru-
po de participantes sanos y un grupo de mujeres con AN y BN. En general, los pacientes
con AN reportan una mayor activación de la CPF medial y una inhibición de la CPF lateral.
Además, mostraron inhibiciones en la COF y la ínsula frente a las imágenes de alimentos12,
lo que sugiere que podrían ser menos propensos a responder sobre el aspecto hedónico
de la comida. Otros autores proponen que los pacientes con AN procesan los estímulos
reforzantes habituales (alimentos de alto contenido calórico) como aversivos13.
58
NEUROBIOLOGÍA DE LOS TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA Juana Poulisis y Valeria Teresa Pedrón
Figura 1. Modelo de la asociación entre el cerebro y la conducta. Las conductas alimentarias desadaptativas
consisten en la evitación de la comida y las prácticas dietarias rígidas en la AN y la BN, el descontrol del BED
y las conductas compensatorias en BN y en el subtipo purgativo de la AN. Estas conductas desadaptativas
se asocian con varios rasgos psicológicos como puntajes altos en ansiedad y obsesión. Estos rasgos, a su
vez, se asocian con procesos neurocognitivos específicos que son emergentes conductuales asociados a
circuitos neurales. El proceso de aprendizaje del miedo se asocia a circuitos límbicos asociados a conductas
de ansiedad y evitación. El procesamiento y aprendizaje de refuerzos se asocia a circuitos ventrales frontoes-
triatales y se asocia con el procesamiento hedónico como con el desarrollo de conductas aprendidas (quizá
incluyendo las conductas dietarias). Los procesos de control y el aprendizaje de hábitos se asocian a circuitos
frontoestriatales dorsales y se relacionan con la desinhibición y las obsesiones, que también se relacionan
con las conductas observadas en los trastornos alimentarios (adaptado de referencia 18).
59
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: GENERALIDADES
Las bases neurobiológicas del TpA y la BN son diferentes a las de la AN. Específicamente,
TpA y BN se conceptualizan como desórdenes alimentarios de tipo impulsivo/compulsivos
que presentan alteraciones en la sensibilidad a la recompensa y sesgos atencionales hacia
la comida19. Las alteraciones que se observan en el circuito corticoestriatal de los individuos
con TpA y BN son similares a los reportados en estudios realizados en individuos con abuso
de sustancias, donde se observan cambios en la función de la CPF, la corteza insular, la
COF y el estriado19. En el TpA, los individuos pasan de una ingesta basada en la recompensa
mediada por la vía ventroestriatal (núcleo accumbens), a un consumo compulsivo mediado
por la vía dorsoestriatal19. En esta patología, la urgencia por el atracón está mediada por
una hiperactividad de la COF y la CCA y, además, por alteraciones del control inhibitorio
de los circuitos laterales prefrontales20. Es decir, que se pasa de una alimentación mediada
por el placer a un consumo compulsivo.
Dado que los atracones se caracterizan por el consumo excesivo de alimentos palatables,
su etiología ha sido asociada a alteraciones en el procesamiento de la recompensa21. Los
resultados de estudios de imagen de fMRI apoyan que habría un aumento de la activación
cerebral en respuesta a la visualización de imágenes de alimentos sabrosos en individuos
con BN y TpA. Los pacientes con TCA han demostrado un aumento de la activación en la
CPF ventromedial y en la COF medial22, la ínsula23, la CCA24, la corteza cingulada posterior22
y el giro frontal medial25. Muchas de estas regiones han sido implicadas en el procesamiento
de información emocional y motivacional, incluida la valoración de la recompensa26, lo que
sugiere un aumento de la sensibilidad al valor hedónico del alimento en las personas que
experimentan episodios de atracones.
Por el contrario, varios estudios de neuroimagen han reportado una menor activación
frente al efecto reforzante que genera el consumo del alimento en los individuos con tras-
tornos alimentarios de tipo compulsivo como el TpA y la BN. Estudios previos, reportaron
que las mujeres con BN presentaban una disminución en la activación de la ínsula, el giro
precentral, el giro frontal medial, el tálamo, la COF lateral y la amígdala27,28. Estas áreas
están asociadas con el aprendizaje y la atención basados en la recompensa, las sensaciones
gustativas y/o el procesamiento del gusto29. En conjunto, una reducción en la activación
en respuesta a los alimentos puede subyacer a la necesidad de consumir en exceso para
experimentar la recompensa esperada27.
Los individuos que presentan una ingesta compulsiva exhiben otros comportamientos
impulsivos o asociados a la búsqueda de placer30 y una mayor sensibilidad a la recompensa
(según registros de autoinforme) en comparación con los controles31. Estudios comporta-
mentales sugieren que habría un aumento general en la valoración hedónica de los estí-
mulos en los individuos con TpA32 y una mayor sensibilidad a las ganancias monetarias en
individuos con BN33. Estos resultados apoyan la idea de que habría una mayor activación del
circuito del refuerzo en respuesta a recompensas diferentes en estas poblaciones.
Alteraciones en la propiocepción
Los individuos con AN han mostrado una respuesta cerebral alterada a sensaciones
fisiológicas como el gusto34, las señales de hambre35, entre otros. Esta falla sugiere que la
interocepción contribuye a la fisiopatología de la AN36. Además, la conciencia interoceptiva
apoya el funcionamiento afectivo y cuando se encuentra alterado, contribuye a la distorsión
de la imagen corporal37.
60
NEUROBIOLOGÍA DE LOS TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA Juana Poulisis y Valeria Teresa Pedrón
La ínsula es la estación central encargada de evaluar las claves interoceptivas. Esta área
tiene un rol esencial en la anticipación y el procesamiento de las sensaciones, con el objetivo
de dirigir la conducta36. La ínsula anterior codifica la predicción del error interoceptivo al
indicar un desajuste entre la sensación corporal anticipada y la real. A su vez, esto es capaz
de desencadenar una respuesta de ansiedad y conductas de aproximación o evitación38. La
ínsula proyecta al estriado ventral (que incluye al NAc, el putamen rostroventral y el cauda-
do ventromedial)4, que tiene la función de identificar los estímulos reforzantes y emocional-
mente significativos39 con el fin de mediar conductas dirigidas a metas40. El estriado ventral
proyecta nuevamente a la ínsula anterior41, permitiendo la integración de la anticipación con
la activación. En particular, los aspectos más ventrales de la ínsula medial/anterior procesan
la información emocional-social y la sensoriomotora9, aportando un mecanismo para la
integración de los estímulos interoceptivos con las respuestas emocionales40 dando como
resultado una acción o una decisión42.
Estudios de imágenes sugieren que tanto las personas con AN como las que se encuen-
tran en remisión muestran una mayor activación de la ínsula anterior en la anticipación,
pero muestran una respuesta disminuida en esta área cuando sienten dolor43 o cuando
perciben un sabor dulce34 comparados con controles de peso normal.
Estudios de fMRI demostraron que la corteza dorsal frontolateral tiene una participación
activa en el cambio de estrategias. Además, se ha demostrado que el daño en el lóbulo
61
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: GENERALIDADES
62
NEUROBIOLOGÍA DE LOS TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA Juana Poulisis y Valeria Teresa Pedrón
63
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: GENERALIDADES
las bases neurales que subyacen a la conducta alimentaria. El campo de investigación queda
abierto a nuevos estudios, especialmente con respecto a las bases neurobiológicas del TpA.
En conclusión, podemos decir que los déficits neurocognitivos se producen en todos los
TCA. Apuntar a estos déficits tiene un enorme potencial en mejorar los tratamientos exis-
tentes y podría reducir la frecuencia de recidivas. Además, es necesario más investigación
para entender su utilidad y para maximizar el impacto que pueden tener en los pacientes.
Referencias
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NEUROBIOLOGÍA DE LOS TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA Juana Poulisis y Valeria Teresa Pedrón
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66
PARTE I: GENERALIDADES Capítulo 6
Introducción
Comer es una de las actividades cotidianas más recurrentes en una familia. Comer, des-
de el comienzo de la vida, es un verbo asociado a otro verbo: amar. La madre, que es sostén
refugio y protección, también es satisfacción, dulzura y tranquilidad, una vez que ha dado
su alimento. Separar las acciones de comer y amar será tarea del desarrollo y los trastornos
de la conducta alimentaria (TCA), muestran cómo este proceso puede resultar fallido.
Comer es un acto donde confluyen el cuerpo, la psiquis y las relaciones. El cuerpo: a
través de los sistemas de hambre y saciedad satisfechos o frustrados; el modelaje cultural
que realizan los padres en la mesa familiar a través de la enseñanza de los “modales” que
requieren del control del cuerpo. La psiquis: a través de las asignaciones de significado a
las comidas y las sustancias que la componen (proteínas, grasas y carbohidratos); la carga
valórica entregada a la ingesta y el control calórico; la elaboración conjunta de un ideal
corporal familiar. Las relaciones: a través de la construcción de campos intersubjetivos in-
teraccionales durante las horas de comida.
Comer en familia es un rito que actualiza las relaciones y dinámicas familiares y propicia
el avance del desarrollo de sus miembros. Comer es un acto social que implica aprender y
reconocer las claves de la cultura; el uso de herramientas para tal propósito; las formas de
masticar, deglutir y gestionar la digestión. La mesa familiar propone un espacio/tiempo que
se caracteriza por una relación cara a cara que activa la empatía y los procesos de teoría
de la mente. Como en ninguna otra dimensión, la dinámica del comer en familia activa
las tareas de mentalización de los padres. Por lo mismo, los trastornos del comer cruzan la
alimentación y las formas de cuidado parental.
Una familia puede demorar dos o tres generaciones en condensar los suficientes ele-
mentos como para generar un trastorno de alimentación. Los factores que facilitan su apari-
ción son tanto genéticos, epigenéticos1, como otros propios de las dinámicas intersubjetivas.
El aprendizaje adaptativo a contextos relacionales adversos parece tener memoria en las
clausuras de tramos de ADN: la epigenética indica que el modo en que somos cuidados
podría abrir o cerrar información contenida en el ADN. Información que permitiría modular
el estrés, por ejemplo. Así de importante es la familia, que deja trazas de la historia rela-
cional vivida en el funcionamiento de la matriz proteica. No solo la información biológica,
sino que el tipo de familia y también los modos de producir significado ante los eventos,
son factores que suman en una configuración anoréctica2.
La exploración familiar de creencias, mitología, estructura y afectos dará el pronóstico
67
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: GENERALIDADES
El sistema nervioso es un órgano extendido por todo el cuerpo, abierto como ningún
otro órgano a la percepción del medio. Medio que lo va ajustando, sintonizando con los
tonos fisiológicos de sus cercanos, en primer lugar, y de su contexto social, luego. La forma
en la cual se produce el maternaje tiene profundas repercusiones, incluso en la epigenética
que será traspasada a la siguiente generación4.
La teoría del apego ha facilitado el estudio de los patrones que regulan la angustia a
través del uso del espacio. El cerca-lejos de los cuidadores permite, en una danza previsible
y tranquila, establecer los tonos justos para un sistema nervioso autónomo y eficiente,
que no se sobreexcite con la adversidad ni hiporresponda defendiéndose de los estímulos,
perdiendo así su eficiencia. Los apegos inseguros facilitan la aparición de los TCA5 y la des-
regulación emocional produce una suma de afectos negativos que la paciente siente como
una angustia incómoda o una incomodidad angustiante.
La angustia es una constante en los TCA6. A veces focalizada en el plato de comida,
otras en síntomas como insomnio, ansiedad de separación, fobia social, dismorfofobia,
disautonomías. Altos niveles de angustia son capaces de desencadenar cuadros o síntomas
psicóticos7. La angustia crónica fatiga el sistema de alarma y aparece la depresión8.
¿Cómo participa la familia en la regulación/mantención de las angustias? Esta es una ta-
rea importante para los cuidadores. Cuidar de la angustia permite un buen desarrollo de los
potenciales de ese sistema nervioso. La díada madre-hija está dentro de otra relación que
es la conyugal/parental. Ese triángulo primordial es esencial para comprender la eficiencia
regulatoria del sistema. Y hay otros triángulos donde la hija juega un rol a definir como es la
68
EL ROL DE LA FAMILIA EN LOS TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA Patricia Cordella Masini
69
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: GENERALIDADES
son inconscientes son capaces de generar síntomas somáticos en las esferas básicas de
la alimentación, el sueño o la piel. También son proyectadas sobre el terapeuta quien las
recibe en forma de emociones o imágenes. La experiencia vivida con la familia en sesión
(resonancias o contratransferencia) irá conformando un mapa de ansiedades y defensas
que le servirá para ayudar a la autonomía (capacidad de autorregulación emocional en el
campo vincular) de sus miembros. Este proceso de elaboración y comprensión suelta la
sintomatología que ha quedado presa en un bloqueo del desarrollo.
El desarrollo mental entendido como el emergente de la interacción y la intersubjetivi-
dad permite comprender de qué forma los TCA encajan, se acoplan, corresponden a qué
en esa familia.
La intensidad de la ansiedad y sus defensas se representan con metáforas de estas diná-
micas como una forma de nominar, comprender e intervenir. La ansiedad se mueve en un
continuo de contacto entre la separación y la fusión. Se oscila entre ser individuo autónomo
o permanecer en la simbiosis dependiente.
Las ansiedades de separación/fusiones más intensas son las de derrumbe, desintegra-
ción, fraccionamiento, disolución, difuminación. La defensa a esta ansiedad es aislarse,
incluso de sí mismo, y focalizarse en el cuerpo. Replegarse al cuerpo de un modo autista
que desconecte la intensa percepción relacional del abandono. Se niega de esa forma la
ansiedad de separación. Durante el desarrollo, el self, se ata especialmente en la piel que
recibe el holding y el handling y construye la superficie que separa el yo-tú. Si esta frontera
se ve amenazada por la intrusión relacional, la niña se defenderá repitiendo acciones que la
conectan con esta frontera. Las sanas: girar, danzar, sentir el agua, el aire sobre la superficie
de la piel. Las enfermas: cortarse, armar barreras de no contacto que eviten la intrusión. Las
que luego será difícil levantar para una experiencia sexual satisfactoria.
Si la piel no puede constituirse como la frontera, el cuerpo irá más adentro y las barreras
de contención serán la sensación de vacío o el hambre o la saciedad. También el cansancio
muscular o el vómito. Repetir actos corporales que la anclen a sí misma le sostendrán la
integridad psíquica. Por esta razón las experiencias traumáticas intrusivas tempranas, la
más grave, el abuso sexual, pueden ser revividas en momentos de intimidad sexual cuando
otro intenta el acceso al cuerpo y se levantan las barreras autistas. En terapia, el sostén y la
contención respetuosos serán esenciales para abrir algunas de estas fronteras.
Otra forma de lidiar con las ansiedades de separación/fusión es dominar al otro para
controlar la distancia emocional, utilizando configuraciones narcisistas. Figuras de dominio
y sumisión defenderían con rabia las sensaciones de encierro que produce la dependencia
humillando o dañando al otro cuando ha intentado entrar a zonas clausuradas para la rela-
ción. También se activarían cuando el otro pone distancia en un momento que se desea la
cercanía. Un anhelo de fusión con un objeto que se separó muy temprano cuando la integra-
ción no estaba completa. Por eso la frustración es intensa y la rabia destructiva. La paciente
con TCA puede sentir que la dieta es un ataque a su autonomía, lo mismo que el control
del vómito. Atacará con fuerza al ET quienes, si entiende las fallas primarias de contención,
podrán aliarse con la desprotegida que arremete frustrada. En ocasiones la paciente encuen-
tra aliados en la familia contra el ET y la terapia se pone en riesgo si estos son los propios
padres. Esta dinámica es probable que ocurra cuando hay un conflicto conyugal no resuelto
donde la hija ocupará un lugar en el triángulo primordial protegiendo al miembro que le
parezca más frágil. El pronóstico se hace reservado, cuando los padres quedan atrapados
en estas alianzas y no logran armar un equipo de asistencia y apoyo en conjunto con el ET.
70
EL ROL DE LA FAMILIA EN LOS TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA Patricia Cordella Masini
La revisión sistemática ha concluido que la terapia familiar (TF) para adolescentes con
anorexia nerviosa tiene altas tasas de recuperación a los 6 y 12 meses en comparación con
terapia individual13.
Lo mismo parece ocurrir con las pacientes con bulimia14. Se han desarrollado y aplicado
71
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: GENERALIDADES
manuales15 que facilitan al ET los pasos a seguir en el tratamiento para incluir la familia y
propiciar su desarrollo.
El tratamiento propone las siguientes fases que pueden dividirse en cuatro para ordenar
los objetivos y tareas:
Fase uno: a. Evaluación del cuadro b. Alianza terapéutica con todos los miembros de
la familia desde un marco psiquiátrico, médico y sistémico familiar. c. Psicoeducación y ex-
ternalización del cuadro. d. Presentación de la pauta alimentaria como una receta a seguir.
Las sesiones deben ser semanales y el objetivo es restaurar peso bajo demandas de rechazo
o descontrol de alimentación de la paciente.
Fase dos: El terapeuta ayuda a los padres a manejar las situaciones de alimentación. El
manual sugiere que sea el terapeuta quien, al inicio de la sesión, pese al paciente. Se explo-
ra detalladamente lo que ocurre a la hora de comida. Se aumenta el sentido de manejo que
los padres tienen a la hora de comer. Se sugiere darle ejemplos de lo que han hecho otras
familias para superar las dificultades. Las sesiones son semanales; se mantiene una buena
alianza con la paciente, a través de discutir asuntos adolescentes más allá que el propio
TCA. Buscar el contacto emocional y la vivencia de este en la familia, ayuda en esta etapa.
Fase tres: Se trabajan la dependencia y la independencia de los padres al ET y de los
hijos a los padres. Se abren los temores, las expectativas de futuro.
Fase cuatro: Se educa sobre recaídas y los signos tempranos y de alarma en TCA. Se
revisa el curso de la terapia, el aprendizaje de los funcionamientos de la familia, estrategias
que harán la diferencia en el futuro.
72
EL ROL DE LA FAMILIA EN LOS TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA Patricia Cordella Masini
60 familias, se lograron con TFS mejores resultados a largo plazo y las pacientes podían
retomar así su desarrollo normal21.
En bulimia, el estudio randomizado más reciente22 compara Terapia Cognitivo-Con-
ductual (TCC) con Terapia Basada en la Familia (TBF) y psicoterapia de apoyo. En 130 ado-
lescentes con TBF, las tasas de abstinencia de purga fueron más altas que con TCC (39%
versus 20% al final del tratamiento y 44% versus 25% a los 6 meses de seguimiento).
También se ha estudiado la diferencia entre ser tratado por especialistas versus terapeu-
tas generalistas23. La atención especializada tiene 2 a 3 veces más identificación de la pato-
logía y 2 veces y media menos ingresos hospitalarios hasta un año luego de la remisión. Que
la familia se sienta en manos de expertos genera una mejor alianza y mayor confianza24,
todo lo cual aporta al tratamiento y acorta el mismo. La toma de decisión del terapeuta que
está apoyado en un grupo de supervisión que elabora en conjunto las mejores alternativas
para cada paciente, mejora considerablemente el tratamiento25.
Entre los predictores más importantes de la mejoría está la sensación parental de tener
control sobre el TCA26. Esto facilita otro predictor que es la ganancia de peso precoz y
predice la participación en el tratamiento. Aliarse con los padres parece esencial26 para el
aumento de peso inicial y con el adolescente por el cambio cognitivo en relación al TCA.
La alianza requiere de capacidades terapéuticas como la empatía, la semiotización, modelo
teórico coherente desde donde ordenar y pensar la información.
Crear una alianza terapéutica requiere crear confianza. Escuchar con respeto las fórmu-
las adaptativas de los padres y el adolescente, y reconocer el dolor que contiene la defensa,
son la base para un vínculo de trabajo conjunto.
El ET, a su vez, debe estar cómodo y saberse mover en su modelo teórico y las técnicas
que este le provee para intervenir en la familia. El terapeuta familiar tiene formación sisté-
mica. Esto implica que su forma de pensar se mueve en círculos más que en líneas. Piensa
en como un elemento (acción, pensamiento, deseo, emoción) entra en contacto con otro
elemento cambiándolo en su contacto. Causas y efectos pierden la relación subalterna y
conforman dinámicas variables adaptativas. Por esto mismo la psiquis en formación del
adolescente es un acuerdo intersubjetivo posible de cambiar. Cuanto antes estos patrones
sean removidos, menos probabilidad de internalizarse como un funcionamiento estructural
estable. La psicopatología se puede entender también como la incapacidad o la rebeldía
al acoplamiento ofrecido por los padres. Por lo mismo, entre más dimensiones incluya el
cambio más eficiente se hace. No existe un dentro/fuera sino el acoplarse para adaptarse,
el ser - en-con-para otro.
Para intervenir las dinámicas familiares se han desarrollado modelos que van de lo
experiencial a lo estratégico pasando por lo estructural, transgeneracional y narrativo-
constructivista. A pesar de que representan escuelas diferentes, el tratamiento de un TCA
requiere encontrar la técnica adecuada para esa familia desde diferentes enfoques.
Para la terapia familiar en TCA, se han ido sumando intervenciones específicas creadas
por los clásicos. Entre ellos están:
73
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: GENERALIDADES
Ya Selvini Palazzoli nota que un importante factor predictivo para la curación de esta en-
fermedad es la disponibilidad de toda la familia para someterse a discusión y a involucrarse
en un trabajo de entendimiento de las pautas que sostienen el síntoma y otras alteraciones
patológicas del sistema familiar. Se propone hacer evolucionar a la paciente desde la po-
sición insostenible que ocupa y la hace sentir impotencia, confusión y sufrimiento (mani-
festado a través del síntoma) hacia una apertura al entendimiento. Se trata de ayudarla a
identificar sus necesidades, a ser consciente de su historia personal. De sostenerla para que
exprese, en la interacción con las figuras significativas de su vida, las propias solicitudes y
críticas con un renovado sentimiento del propio derecho y valor. Es a través de este camino
que saldrán a relucir los sentimientos indiferenciados que se disponen a ser reparados.
El objetivo terapéutico primordial es descentralizar la atención de la paciente y sus
familiares respecto del síntoma. Se combate el profundo sentimiento de desvalorización
partiendo de una alianza empática con la paciente, ayudando a la vez a sus padres y her-
manos a que empaticen con ella desde un contexto que sostiene la colaboración reparadora
de la familia.
74
EL ROL DE LA FAMILIA EN LOS TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA Patricia Cordella Masini
Circular”, el cual permite cotejar realidades subjetivas. Este tipo de interrogatorio propone
diferencias y nuevos enlaces a través de una serie de preguntas útiles del tipo: ¿Es cuando
Ud. hace eso que ella hace esto otro? ¿Cuándo comenzó el descuido de sí misma en favor
de otros? ¿Qué ocurrirá si todo sigue igual? ¿Qué impide a los padres darse cuenta de
que María ha bajado tanto de peso? ¿Se le ocurren de qué maneras la conducta de María
podría haber tenido un efecto benéfico sobre la familia? Así, a través de preguntas se van
modificando las definiciones previas del problema sin amenazar ni levantar defensas.
75
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: GENERALIDADES
Condiciones de filiación
a. Explicitación de valores familiares
b. Construcción de imagen corporal con la lógica familiar
c. Construcción de autoestima con lógica familiar
d. Ajustes de valores familiares transgeneracionales a las condiciones sociales
actuales
Ambiental social Condiciones de habilitación social
a. Educación y entrenamiento en habilidades necesarias para la sobrevivencia
b. Incorporación de valores sociales predominantes
Condiciones de autonomía
a. Búsqueda de nuevas formas de acoplamiento estructural
b. Incorporación de nuevos valores y formas de resolver problemas
c. Expansión más allá de la familia
76
EL ROL DE LA FAMILIA EN LOS TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA Patricia Cordella Masini
der controlar por sí mismo sus angustias. Sin embargo, la oralidad no está exenta de rabia.
La rabia aparece ante las frustraciones que provoca la madre que busca desprenderse por
momentos de la hija. Este sentimiento de rabia es bueno para la autonomía. Es una fuerza
centrífuga del regazo materno que empuja hacia el estadio anal promoviendo la autono-
mía. La ansiedad de separación gatilla angustia. La familia entonces, regulará las distancias
emocionales de sus miembros a través de mecanismos de aglutinamiento o desligamiento,
según Olson31, presentándose desde temprano como patrones de apego seguro o inseguro.
Con estas hipótesis en mente, se explora durante la terapia familiar el nivel de funciona-
miento familiar y se ofrecen resignificaciones destinadas a impulsar el pasaje hacia mejores
niveles adaptativos, incorporando mayor complejidad al funcionamiento familiar. Así, se van
desalojando los patrones patológicos al ir cambiando los modos de estar-con.
El cambio de los patrones intersubjetivos, modos de estar en equilibrio, liberarían las
lógicas basales del TCA. La anorexia restrictiva utiliza el control de la ingesta para calzar
con una imagen ideal del cuerpo y es probable que otros miembros de la familia utilicen
mecanismos similares para lograr otros ideales. Estos mecanismos cognitivos de control,
caen en el estilo cognitivo del perfeccionismo el cual está íntimamente relacionado con el
anclaje de los TCA. Desarmar el ideal, a través de buscar otros sentidos, es parte de la tarea
terapéutica.
Como para construir sentido es necesario ir armando/desarmando significados y des-
plazar los centros que lo anudan, una pregunta esencial se nos va dibujando en terapia
familiar: ¿cómo se pasa del nivel temático (el que presenta la familia en su lenguajear) al
del acto y al del sentir? Es decir ¿cómo se cambian los ejes organizadores del psiquismo?
En la clínica familiar apostamos diciendo que el cambio se produce por cualquiera de los
accesos a los patrones sensorio-cognitivo-motores, y por eso trabajamos con narraciones,
mitos y cuerpos.
El síntoma es la puerta de acceso a la dinámica familiar. Allí se anudan las fuerzas que
configuran la nosología. Partir y volver al síntoma mantiene la terapia viva. Múltiples re-
significaciones permitirán mentalizar este significante mudo liberando su poder patógeno.
Cada tipo de familia propone un modo de organizar la vida afectiva (subjetiva), interac-
cional (intersubjetiva) y mítica a través de reglas que mantienen y construyen su operar. Nos
es de utilidad tomarse de un modelo para comprender la función relacional del síntoma al
interior de la familia.
Siguiendo el modelo circunflejo de Olson (1983)31 y describiendo sus dos dimensiones,
la cohesión entre sus miembros (aglutinada/desligada) y la adaptabilidad (rígida, flexible),
notamos que el TCA se muestra con las siguientes características particulares32:
• En familia aglutinada y rígida: el síntoma tendría como objetivo protestar ante la in-
trusión manteniendo la rigidez como estrategia para regular la angustia que produce
incorporar alimentos o expulsándolos. Al inicio del tratamiento, es necesario aliarse a los
mecanismos defensivos ante la angustia de separación, rigidizando las indicaciones nu-
tricionales e incrementando un cuidado asociado al comer. Mantener un control sobre
su dieta, pesar, seguir los detalles de la ingesta, acompañarlos en el proceso, son pasos
que facilitan la adhesión al tratamiento. En terapia se trabajarán los límites emocionales
que marcan las diferencias identitarias.
77
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: GENERALIDADES
78
EL ROL DE LA FAMILIA EN LOS TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA Patricia Cordella Masini
El propio TCA es una unidad de sentido condensada. Son múltiples los significados que
se encuentran atados a este significante y el terapeuta familiar facilitará abrirlos al significa-
do, de modo que vaya haciendo una mutación semiótica y con esto mostrando soluciones
alternativas a los TCA.
Pasamos de una unidad de sentido familiar a una unidad terapéutica cuando tomamos
fragmentos de sentido distribuido en el relato familiar y lo sometemos a cambio. Para hacer
esto necesitamos:
a) Explorar con preguntas, dibujos, bromas o hipótesis.
b) Describir las observaciones de la interacción y de las sensaciones intersubjetivas que el
terapeuta captura en esas interacciones.
c) Atender a los silencios, gestos, movimientos, prosodia y distribución espacial de la fa-
milia. Todo es parte del sentido y como tal, va conformando el proceso de construcción
de otros sentidos.
79
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: GENERALIDADES
Las asociaciones entre los niveles son las que tejen las redefiniciones que permitirán,
primero, reconocer y desarmar el nudo y luego organizar el sistema funcionalmente. Estas
conexiones que haremos con la familia amplían lo visto, entendido y experienciado por la
familia en relación con el acontecimiento que están narrando en sesión.
Iremos más allá de lo vivido y relatado a través de una operación realizada usando el
lenguaje afectado que recoge el estado afectivo de la familia. La autora se refiere a la doble
faz de las palabras que no sólo transportan un concepto sino un afecto ligado al mismo
haciéndolo esencial para el acto comunicativo. Esto suele dejar a los padres sorprendidos, y
de paso motivados, pues generalmente caen en cuenta que hay realidades, manifiestas en
sesión, que estaban ocultas en las paredes del hogar. Estos descubrimientos (o estas inven-
tivas con sentido, como podríamos llamarlas también) tienen la capacidad de aumentar la
adhesividad familiar a la terapia. De pronto, los padres van descubriendo que ellos también
están en terapia y que esto los beneficia en su hacer-estar doméstico y les facilita la toma
de decisiones en el proceso de reingeniería del cuidado.
El campo de novedad tendrá tanto puntos de constricción (pivotes de acuerdo) como
de difusión (límites ambiguos que permitan el cambio, la transformación) y puntos de ex-
pansión (por donde la imagen pueda ser exagerada, ampliada hasta el absurdo).
Intervenir, es entrar en el juego familiar buscando soluciones de salida conjuntas. In-
tervenir, es hacer un acto de significación conjunta. El juego se ha ajustado al tema de la
alimentación y es necesario abrirlo. Para esto se toman los tres grandes temas propuestos
y se enlazan de un modo que haga sentido en el sistema terapéutico.
La operación es deconstruir para construir el modelo que tiene el sistema terapéutico y
que explica la configuración del TCA2. Se ajusta y sintoniza, entonces, el campo narrativo
emocional y lingüístico que la familia propone, para hacerlo llegar hacia otro campo que
desplaza la configuración anterior, ofreciendo otra que la contiene. Nada se pierde, sólo se
transforma, como dice Lavoisier.
Para esta operación será necesario registrar tanto los verbos como los sustantivos y ad-
jetivos que la familia utiliza para tomarlos como objetos de significación desplazables. De
este modo, por ejemplo, el verbo “rechazar” empieza a tomar sentido no sólo en relación
con los alimentos, sino en relación a la madre o al padre o a ciertos aspectos de la paciente
u otro miembro de la unidad edípica (Figura 2).
Un ejemplo de esto sería un fragmento de sesión en una familia que lleva tres meses en
terapia. Están presentes padre, madre y la hija, una adolescente de 22 años muy locuaz,
que cuenta fácilmente todo cuanto ocurre en la familia. Se trata de una estudiante de te-
rapia ocupacional de tercer año que ha logrado regularse. Ya no se corta. No ha intentado
suicidarse otra vez. Tiene pareja y vomita menos, dos o tres veces al mes (Tabla 2).
Como vemos el terapeuta al tomar la frase inicial de la paciente: “Mi mamá ya no me
lleva dulces, como le pedí”, gira el sentido de la frase y en vez de quedarse en el nivel
conductual (“La mamá no lleva dulces”), se desplaza al relacional: tú le pediste algo, la
mamá escuchó y actuó en consecuencia a tu pedido. Es decir, es como si dijera: “La mamá
ha cambiado: ahora escucha tus necesidades, se abrió a la relación y salió de sí misma. Por
otro lado, tú misma en vez de esperar que ocurrieran mágicamente cosas, pudiste verbalizar
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EL ROL DE LA FAMILIA EN LOS TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA Patricia Cordella Masini
tu necesidad y pedir ayuda. Ambas han hecho un cambio al ir hacia la relación y salir del
ensimismamiento, que es una defensa a la angustia de esta familia“. El terapeuta hará este
proceso de pensamiento, pero solo verbaliza “Ah… te está escuchando en lo que quieres”.
Como el terapeuta propone el nivel relacional, la díada se va hacia ese nivel y comentan
un desajuste de la relación relacionado con la comida “si come, la sigo al baño… me ha
pedido que la controle” con esta frase la madre parece preguntar “¿cuánto hay de control
y cuánto de cuidado? ¿Cuál es la mejor intensidad de mi intervención en el síntoma? Liga
allí síntoma a relación, asunto que el terapeuta ya había sugerido con la pregunta anterior.
Entonces, el terapeuta toma el nivel relacional: “Y ¿qué tan cerca la quiere?”. Como en
esta díada partimos de la hipótesis que están madre e hija muy juntas ya que el padre no
ha podido ingresar a realizar su función de tercero, por problemas conyugales, la palabra
utilizada es “cerca”, se descarta la palabra “lejos” por ser más amenazante. Entonces la
madre va hacia el nivel psíquico de la paciente: “me confunde”, es decir “no conozco bien
su ser subjetivo”. El terapeuta entonces apuesta a la hostilidad diádica: “Y ¿hay riesgo que
ella la vomite?”. Con esto utiliza el síntoma nuevamente para amarrar la relación con la
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TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: GENERALIDADES
psiquis en una sola condensación. “¿Será Ud. rechazada con tanta violencia de su interior
como lo son los alimentos que ella ha querido primero incorporar y después expulsa?”. Es
decir: ¿será que ella también está confundida si la quiere adentro o afuera?
De este modo vamos construyendo las unidades de sentido en los TCA haciendo evi-
dente en el verbal lo que se ha hecho síntoma en lo corporal.
El modelo de las unidades terapéuticas se propone como un eficiente colaborador. Es
capaz de facilitar los conceptos puentes entre la realidad concreta y la metafórica. Además,
guía en la construcción de una nueva narrativa familiar. Esta surge desde este proceso de
significación asistido por el terapeuta, pero realizado por todo el sistema terapéutico a tra-
vés de una semiosis distribuida34. Esta distribución se encuentra en el relato conjunto que se
va construyendo en las sesiones de terapia donde el terapeuta no es un simple observador
participante, es parte de la cuadrilla que cambia el territorio.
Conclusiones
La familia opera como modelador psíquico de los hijos a través de las intensidades
emocionales que permite o restringe durante el desarrollo cerebral. La vulnerabilidad o sen-
sibilidad del sistema quedan establecidas tempranamente en la interacción bio-relacional.
Medir el apego es una forma de objetivar este funcionamiento. Apegos inseguros facilitan
y mantienen un TCA. Reorganizar el cuidado desde el sistema parental, centrando este
cambio con el tema de la alimentación, ha tenido buenos resultados en comparación con
otras formas de intervenir en estos trastornos. El ET funciona mejor si quienes lo realizan
son expertos, se apoyan y ocupan formas flexibles de intervención que se ajusten a cada
familia, aún si se basan en manuales.
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83
Capítulo 7 PARTE I: GENERALIDADES
Imagen corporal
Introducción
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IMAGEN CORPORAL María Isabel Gaete Celis
El concepto de imagen corporal (IC) tiene su origen en el trabajo del neurólogo y psi-
coanalista Paul Schilder4, quien la define como: “La imagen de nuestro cuerpo que nos
formamos en la mente y según la cual nuestro cuerpo se nos aparece o se nos representa”
(4, p. 11). Sin embargo, Schilder aclara en su texto más adelante que la IC es más que las
sensaciones perceptuales dado que “…siempre hay una personalidad que experiencia dicha
percepción” (4, p. 15) destacando, además, lo que llamó ‘estructura libidinal’ de la imagen
corporal como aquellas acciones y emociones inseparables de nuestra imagen, lo que co-
rrespondería en parte al concepto de SC/InsC en cuanto afecto (positivo/negativo) puesto
en el cuerpo. Sin embargo, dicha definición perduró más por su carácter representacional
que por su aspecto afectivo, reflejando un sesgo representacional que subestima la multi-
dimensionalidad que participa de la experiencia siempre dinámica de nuestra corporalidad
donde la llamada ‘imagen’ en cuanto representación visual de nuestro cuerpo constituye
una mínima parte.
Posteriormente, Slade5 define la IC como una representación mental de la figura cor-
poral influida por la biografía, aspectos socioculturales y biológicos que pueden cambiar
en el tiempo. Agregando un carácter dinámico y cambiante a la definición del concepto.
Fischer y Cleveland6, y luego Krueger7, desde el enfoque psicoanalítico, desarrollan el
concepto de IC con énfasis en la subjetividad y su anclaje en etapas tempranas del desarro-
llo, destacando el rol de las experiencias corporales tempranas con las figuras de apego en
la posterior formación de un sentido de sí mismo y de la propia imagen corporal.
Bruch8, desde una mirada psicodinámica y fenomenológica aplicada a los TCA, llama
la atención respecto de la vaguedad e imprecisión en el uso del concepto de IC en la eva-
luación de pacientes en psiquiatría. Destaca que la IC se extiende al sentido de agencia y
propiedad del sí mismo corporal junto con la agudeza en la interpretación de los estímulos
interoceptivos o señales corporales internas como el hambre y la saciedad.
A partir de los años 90, toman fuerza los modelos cognitivo-conductuales en la com-
prensión del fenómeno de la IC aportando una perspectiva multidimensional, si bien de
todos modos aún con acento representacional.
Al respecto, Thompson9 propone tres componentes de la IC: perceptual, subjetivo
(cognitivo-afectivo) y conductual. Es decir, la imagen del cuerpo incluiría cierto grado de
precisión perceptual respecto de tamaño, volumen o forma; como también actitudes,
afectos, cogniciones y valoraciones acerca de ello que a su vez se expresarían en conductas
(conductas de chequeo corporal, conductas de evitación, aislamiento, dietas, ejercicios,
etc.). Rosen10 por su parte, describe las manifestaciones clínicas del trastorno de la IC como
distorsiones a nivel del pensamiento (sobrevaloraciones, obsesiones y delirios) y a nivel
comportamental (evitación y aislamiento).
Más recientemente, Smolak11 distingue cinco aspectos que conformarían la IC:
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TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: GENERALIDADES
Modelos explicativos
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IMAGEN CORPORAL María Isabel Gaete Celis
Cuerpo. También incluye la internalización de los ideales de belleza que llevarían a tratar
el cuerpo como objeto a perfeccionar, manipular, controlar, moldear, etc., para ajustarse
al cuerpo ideal.
Posteriormente, Rodgers, Paxton y McLean25 desarrollan el Modelo Biopsicosocial que
incluye variables biológico-genéticas y constitucionales respecto de la corporalidad, en es-
pecial un volumen corporal por encima de las expectativas sociales de ideales de delgadez.
La corporalidad disonante para los cánones de belleza socioculturales derivarían en mayor
autocrítica e insatisfacción corporal. También incluyen variables psicológicas incidiendo en
la IC como: perfeccionismo, afecto negativo y baja autoestima.
En cuanto a estrategias de intervención, uno de los modelos más reconocidos es el
desarrollado por Fairburn26, que aborda la sobrevaloración del peso, la figura y la comida,
las conductas de chequeo corporal, las conductas de evitación, los sentimientos de gordura
y los esquemas cognitivos que sustentan la sintomatología alimentaria. Consiste en una
serie de procedimientos lógicamente estructurados, actuando principalmente a niveles de
esquemas cognitivos y patrones de conducta. Pese a reconocer el aspecto afectivo de los
sentimientos de gordura, éstos son tratados como errores de ‘etiquetamiento’ emocional,
lo que circunscribe la experiencia emocional a alguna forma de esquema cognitivo.
Todos estos modelos incluyen factores ampliamente estudiados en el campo de los TCA
y convergen principalmente en la internalización de los ideales de belleza, el perfeccionismo,
la baja autoestima y el afecto negativo que impactan la satisfacción con el propio cuerpo.
Sin embargo, varios de estos factores forman también parte de las vulnerabilidades propias
del proceso adolescente normal: la experiencia de cambios corporales que impactan la
autoimagen y seguridad personal, frágil autoestima e identidad en proceso de formación.
A su vez, los cambios hormonales y neuronales en cascada dificultan una adecuada auto-
rregulación emocional, lo que deriva en sentimientos depresivos, ansiedad, impulsividad,
retraimiento, etc. La superposición entre vulnerabilidades adolescentes normativas y po-
tencial sintomatología alimentaria plantea un desafío importante para los profesionales de
salud que reciban en primera instancia al adolescente. Por ejemplo, la InsC es de un alto
nivel de prevalencia en población adolescente no clínica, como también lo es en grupos
de mujeres por sobre hombres (si bien la frecuencia de InsC en población masculina va en
aumento). Sin embargo, no necesariamente una InsC elevada será signo irrefutable de pato-
logía alimentaria. Es necesario evaluar el impacto en la calidad de vida, el nivel de limitación
que implica respecto de la vida social y cotidiana, cuánto redunda en conductas concretas
tendientes al chequeo corporal, el énfasis obsesivo en la apariencia, figura y peso corporal.
Por su parte, Farrell, Shafran y Lee13 destacan que las diferentes formas de definir la
IC incluyen diferentes componentes comúnmente señalados como cognitivos, afectivos,
conductuales y perceptuales y, a su vez, que el trastorno de la IC puede definirse entonces
como una disfunción en cualquiera de esos componentes.
Si tomamos en conjunto lo revisado hasta aquí podemos observar que el punto de
mayor convergencia teórico-empírica y clínica, de relevancia para la comprensión de la
sintomatología alimentaria, es la noción de satisfacción corporal (SC)27: ya sea vista como
aspecto libidinal, afectivo, evaluativo o como aspecto actitudinal hacia el propio cuerpo, o
como parte de la experiencia subjetiva del cuerpo.
Desde la comprensión que se pretende entregar en este capítulo, la InsC estaría a la
base de la llamada distorsión de la IC. Más aún, podría considerarse que justamente es la
afectividad la que se encuentra profundamente alterada y encarnada lo que redundaría en
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TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: GENERALIDADES
fallas o distorsiones perceptuales y cognitivas que son más bien la punta de un iceberg cuya
raíz se encontraría en el procesamiento y regulación emocional.
En este sentido, parece entonces relevante la pregunta acerca de la distinción entre
procesos normativos de la adolescencia donde el trastorno de la imagen tiene un amplio
impacto y aquellos procesos francamente indicadores de psicopatología alimentaria en que
el trastorno de la IC juega un rol clínicamente significativo ¿Por qué muchos adolescentes/
jóvenes vulnerables (expuestos a los ideales de belleza, a la presión de los pares y los me-
dios, etc.) no desarrollan la sintomatología y qué hace que otros sí?
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IMAGEN CORPORAL María Isabel Gaete Celis
Por otra parte, las pacientes con síntomas restrictivos y/o purgativos expresan su des-
conexión y bloqueo de la resonancia corporal emocional por medio de la focalización en
su cuerpo como objeto de control donde la preocupación obsesiva por la figura y el peso
permite desatender a situaciones generadoras de angustia o emociones negativas: ‘Toda
mi angustia y frustración es no poder lograr el cuerpo ideal, todo lo demás en mi vida está
bien, si logro no comer o logro botar lo que como todo está bien’. Lo que redunda también
en un maltrato corporal (negación de necesidades básicas y control corporal por medio de
mecanismos purgativos agresivos) que aparece como un poderoso alivio emocional: sentir
el esqueleto y los músculos tonificados representa una fuente de certeza y seguridad37. De
esta forma, se reemplaza la relación con el mundo por una relación rígida de tiranía del Yo
sobre el cuerpo, es lo que llamo ‘defensa encarnada’18 (Figura 1).
Entonces, el trastorno de la IC correspondería a un mecanismo de control emocional/
afectivo que suprime la resonancia corporal emocional, sustituyéndola por la focalización
en el cuerpo como territorio de control directo de respuesta inmediata. Es decir, agredo mi
cuerpo/”cuido” la relación con el otro, controlo mi cuerpo/controlo emociones intolerables
e incómodas y renuncio a mi experiencia corporal emocional subjetiva.
Romper con el problema de la imagen, se refiere a romper con la hegemonía tanto cul-
tural como científica de la imagen que ha sobrevalorado las funciones sensoriales visuales
y representacionales en la relación del sujeto con el mundo. De acuerdo a los hallazgos
recientes de las ciencias cognitivas, la visión es un sentido multimodal en que se activan las
redes neuronales motoras, auditivas, somatosensoriales y emocionales (neuronas canóni-
cas)38-40. Es decir, sus hallazgos muestran que no existe algo como una imagen estática o
fotográfica de lo que percibimos, siempre estarían involucradas las neuronas motoras: la
imagen siempre involucra movimiento y sería siempre intersubjetiva e intercorpórea. Un
buen ejemplo de este funcionamiento sensorial cerebral multimodal es la evocación de
imágenes y colores del ratoncito de la película Ratatouille al probar los alimentos: degusta-
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TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: GENERALIDADES
mos con la vista, el movimiento, el tacto, el olfato, etc.; tanto como vemos con el oído, el
movimiento, el tacto, el gusto, etc.
Las llamadas ‘neuronas canónicas’ de la corteza parietal y premotora controlan el to-
mar y manipular objetos y también se activan con la mera observación: Los objetos se nos
representan intencionalmente3,41. Nuestro cerebro ‘lee’ los objetos que percibimos como
potenciales objetivos de manipulación en una disposición enactiva hacia lo percibido. Por lo
tanto, la IC siempre involucra movimiento: es decir, que la imagen que tengo de mi propio
cuerpo está basada en registros intencionales propioceptivos y perceptuales de un cuerpo
siempre en movimiento.
Así mismo, la imagen corporal es siempre intersubjetiva: Me veo en la medida que veo
otros como Yo, y en la medida en que soy vista por otros como Yo, como también en la
medida que soy tocado por otros y que puedo tocarlos, en que soy movido por otros o
muevo a otros (i.e. al bailar, o al ser mecido por la madre que tararea una melodía, etc.).
Es así que la imagen corporal se va configurando en relación a determinados afectos e
ideas que se van asociando a las experiencias corporales e intercorpóreas. De acuerdo a la
fenomenología corporal la IC no es un producto ideacional inerte de cogniciones, sino que
juega un rol activo en dar forma a nuestra percepción del mundo3: nuestros pensamientos
y actitudes hacia el cuerpo, aun cuando no conscientes, tendrán efecto en cómo percibimos
nuestro cuerpo, el de los demás y su interrelación.
En nuestras pacientes, que han perdido al sujeto de su experiencia corporal y han que-
dado fijas en una relación Yo/cuerpo objeto, la consecuencia es una imagen corporal rígida,
estática, hiperreflexiva e idealizada, ‘como si’ fuera una imagen fotográfica e intentando
así controlar o suprimir todo dinamismo y vitalidad de un cuerpo que respira, siente, se
mueve y cambia día a día. Una imagen corporal desprovista de toda intencionalidad ya sea
emocional o motivacional que redunda a su vez en una pérdida de intencionalidad en su
relación con el mundo: es decir, un severo empobrecimiento de su vida social, un bloqueo
de la espontaneidad tanto en la expresión emocional corporal como en su movilidad que
a simple vista puede observarse a niveles casi estereotipados de postura y movimiento cor-
poral. Lo anterior, en el caso de las pacientes con síntomas restrictivos se manifiesta en su
rechazo a la actividad física, aún siquiera como forma de purga, basando su control corporal
exclusivamente en la restricción. Por su parte, en las pacientes bulímicas o con descontrol
alimentario la conducta social también se observa limitada, la expresión emocional despla-
zada a síntomas de vomitar emociones, tragarlas o ambas. Así mismo, manifiestan muy
disminuidas las funciones de propiedad y agencia corporal41,42, lo que a su vez se expresa
en poca o nula propiedad y agencia sobre sus acciones/decisiones en el mundo: ya sean la
toma de decisiones alimentarias o la toma de decisiones en sus vidas en general (Imagen 1).
El trabajo realizado por la paciente expresa de acuerdo a su propia descripción las
muchas ideas y proyectos en su cabeza como un aspecto muy activo de sí misma y, en
contraste, la gran dificultad y limitación de ejecutar en la realidad todo lo que está en su ca-
beza: siente sus pies en un barro pantanoso que no le permiten avanzar. El cuerpo en azul
un color que, si bien le gusta, aparece asociado con poca energía y vitalidad. En el centro
del pecho un círculo rojo expresando sus afectos más intensos y profundos, demarcados
en negro como forma de protección: no salen fácilmente previniendo de no sufrir. Sin la
disponibilidad de sus emociones y afectos se hace aún más difícil la toma de decisiones al
privarse de lo que Damasio43 llama ‘los marcadores somáticos’ como señales emocionales
corporales que orientan nuestras decisiones y reacciones en la relación con el mundo. En-
90
IMAGEN CORPORAL María Isabel Gaete Celis
tonces para esta paciente, vivir en el mundo de las ideas con gran predominio de la fantasía
y tragar sus sentimientos y emociones a través de la comida se presenta como una solución
a la angustia de enfrentar el mundo real y la realidad de sus sentimientos en el cuerpo.
Lo anterior, requiere algunas precisiones conceptuales útiles al momento de comprender
el rol de la IC en la fenomenología corporal de nuestras pacientes. Tanto en el campo de las
ciencias cognitivas, neurociencias, como en
el campo de la fenomenología, se distingue
entre la IC, el esquema corporal (EC) y la con-
ciencia corporal (CC) como aspectos que en
su conjunto comprenden lo que podríamos
llamar experiencia corporal o embodiment
según su expresión en inglés3,40,44-47 (Figura 2).
El EC se define como un sistema de proce-
sos sensorio-motrices que regulan la postura
y el movimiento que operan sin necesidad
de conciencia reflexiva o control perceptual3,
correspondiendo a la conciencia propiocep-
tiva que no opera poniendo al cuerpo como
objeto de percepción, al contrario, permite
que el cuerpo esté despejado experiencial-
mente o transparente al medio. Corresponde
a lo que se ha llamado también conciencia
performativa o procedural: El cuerpo que soy.
Se diferencia de la IC en que ésta en cambio
es reflexiva, pone al cuerpo como objeto de
percepción dejando al mundo exterior fuera
del foco atencional: El cuerpo que tengo.
La CC corresponde a la direccionalidad
del foco atencional y su carácter implícito/
CONCIENCIA
CORPORAL
Percepción
Propiocepción
ESQUEMA Interocepción
IMAGEN
CORPORAL CORPORAL
‘ORIENTADO AL ‘ORIENTADO
MEDIO’ HACIA SÍ’
PRERREFLEXIVO REFLEXIVO
EMBODIMENT
91
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: GENERALIDADES
92
IMAGEN CORPORAL María Isabel Gaete Celis
Conclusiones
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TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: GENERALIDADES
significativas, en el lenguaje de los cuentos de hadas: ella y su príncipe azul ‘vivieron felices
para siempre’.
Entonces, volviendo a la pregunta acerca de qué hace a algunas adolescentes más
vulnerables a desarrollar la patología que otras, debemos considerar los modelos biopsico-
sociales expuestos anteriormente, donde la presión social de los ideales de belleza juega
un rol indudable. Sin embargo, esto no es todo el asunto: dicha presión cae en terreno
fértil cuando existe un Yo internalizado exigente y maltratador que alimenta la angustia e
inseguridad de ‘ser en el mundo’. El terror a fallar se concretiza en el terror a engordar, lo
que las esclaviza a una imagen corporal ideal, una belleza fría y calculadora que parece la
mejor solución a la imposibilidad de ser ‘imperfectamente’ espontáneas y auténticas.
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95
PARTE I: CLASIFICACIÓN Y CLÍNICA Capítulo 8
Introducción
97
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: CLASIFICACIÓN Y CLÍNICA
Éste no puede ser explicado por la falta de alimentos o normas culturales, no puede
estar motivado por preocupaciones respecto al peso o figura corporal y, si es comórbido
con otras patologías médicas o psiquiátricas, la magnitud del problema alimentario debe
ser tan grave como para requerir atención clínica independiente7.
Representa una categoría heterogénea de individuos con patrones alimentarios res-
trictivos, y captura una amplia gama de dificultades alimentarias que no calzaban en las
categorías previamente definidas.
Etiología
Prevalencia y riesgos
98
TCA DE INICIO EN LA INFANCIA Francisca Corona Humphreys y Claudia Muñoz Masini
Evaluación clínica
99
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: CLASIFICACIÓN Y CLÍNICA
selectividad determina deterioro nutricional y/o deficiencias específicas, calificará para ARFID
y la necesidad de tratamiento, lo que puede ocurrir recién durante el período de estirón
puberal, cuando aumentan los requerimientos nutricionales28.
Desde este constructo, la neofobia, el comedor selectivo o picky y el ARFID, podrían
entenderse como un continuo, con un origen común, estando la neofobia en un extremo
y el ARFID en el otro4. El comer implica procesamiento sensorial múltiple, visual, táctil, gus-
tativo y olfatorio, y la investigación apunta a una dificultad en el procesamiento sensorial
en la neofobia, el ARFID y el comedor selectivo4.
La selectividad puede ser consecuencia de condiciones médicas asociadas con daño neu-
rológico por anoxia, cromosomopatías, enfermedades mitocondriales y otras. Esta puede
relacionarse con respuestas de hiper o hiposensibilidad a las propiedades sensoriales de los
alimentos y/o a retraso del desarrollo de habilidades motoras orales6.
Será la estabilidad en el tiempo y la poca variedad de alimentos consumidos, con
consecuencias nutricionales o emocionales, lo que module el desarrollo de un trastorno
alimentario, ya que los neofóbicos responden a la exposición repetida de alimentos.
Se ha propuesto que la mejor práctica para abordar estos trastornos de alimentación es
un equipo multidisciplinario, en el que el rol de cada disciplina varíe según la sintomatología
presente, y que incorpore a los padres31.
La evaluación debe ser acuciosa para identificar selectividad y/o rechazo alimentario,
cuyas causas pueden ser diversas, como dolor al comer, alteraciones estructurales, gas-
trointestinales, cardiorrespiratorias, neurológicas y metabólicas, con presentaciones sutiles.
Se debe evaluar la cantidad y variedad de la alimentación, si el cuadro es de corta o larga
evolución y la persistencia del problema, signos de deficiencia nutricional, interferencia con
el funcionamiento diario32, presencia de señales de dificultades sensoriales, alteraciones de
la masticación y deglución, sintomatología psiquiátrica comórbida.
Los pacientes pueden atribuir su problema a las características sensoriales de los alimen-
tos (intolerancia a olores, gustos o texturas específicas), a la aversión por las consecuencias
de comer (ej. dolor abdominal, atoro, vómito, reacción alérgica) y/o a falta de interés en
la comida (ej. poco apetito, poco interés o no disfrutar de las comidas). Algunos pueden
incluso expresar deseo de comer mejor y de subir de peso, pero no son capaces de lograr-
lo. En los niños pequeños, la motivación a no comer tendrá que realizarse a través de la
observación clínica y la manipulación ambiental.
Los pacientes con selectividad marcada limitan los alimentos ingeridos a menos de 10 a
15, generalmente por alteraciones del procesamiento sensorial (gusto, textura, olor, tem-
peratura y/o apariencia), y presentan conductas de evitación frente a ellos. Se estima que
70 a 90% de los niños con trastornos del espectro autista están en esta categoría, lo que es
atribuido a conductas restrictivas, a rituales y a alteraciones del procesamiento sensorial33.
En nuestra experiencia con un grupo reducido de niños y adolescentes que presentan signos
de problemas de procesamiento sensorial y califican para diagnóstico ARFID, hemos incor-
porado evaluaciones específicas estandarizadas que nos están permitiendo recabar datos.
Observaciones preliminares, a través de screening de resultados muestran frecuencias de
hiperreactividad vestibular, táctil, visual, olfatoria y gustativa; pero también bajo registro
propioceptivo y táctil.
La mayoría reporta problemas de larga data, a veces desde el nacimiento o niñez tem-
prana, en las transiciones de lactancia materna a mamadera, introducción de alimentación
complementaria o inicio de alimentación autónoma6,28.
100
TCA DE INICIO EN LA INFANCIA Francisca Corona Humphreys y Claudia Muñoz Masini
Compromiso ponderal
La determinación respecto de qué constituye una baja de peso significativa, falta de
ganancia ponderal o crecimiento escaso, es clínica, y se debe evaluar cuánto, en cuánto
tiempo y otros factores que pueden explicar el deterioro.
Un porcentaje pequeño puede desarrollar una relación aversiva, similar a una fobia
específica después de un evento único traumático, principalmente atorarse (o haber visto
a otro atorarse), tener náuseas, vomitar, después de una reacción alérgica; otros reportan
globus (sensación que algo queda en la faringe) o de tener dolor después de comer (fa-
ríngeo, esofágico, abdominal). La disminución de la ingesta y de peso puede ser gradual o
abrupta. El paciente puede evitar alimentos específicos o grupos enteros de alimentos (ej.
carnes, porque son difíciles de masticar). Puede haber otras quejas somáticas como cefalea,
opresión de la garganta, dolor abdominal, náuseas, enlentecimiento para comer, micro-
bocados, masticación prolongada, guardar comida en la boca o problemas de deglución
funcionales28. Si el inicio de la sintomatología es agudo, se debe considerar el diagnóstico
diferencial con PANDAS, sigla para “pediatric autoimmune neuropsychiatric disorders as-
sociated with streptococcal infection”, un síndrome neuropsiquiátrico de comienzo agudo
en que hay negativa a comer por temor a contaminación de los alimentos, entre otros
síntomas obsesivo compulsivos.
Otros pacientes reportan poco apetito o poco interés en comer o atribuyen la mala
ingesta a molestias somáticas generalizadas secundarias a ansiedad u otros trastornos
emocionales; es frecuente que tengan estudios previos descartando patología orgánica
que explique la sintomatología28.
Deficiencia de micronutrientes
La mayoría de los niños de países desarrollados tiene deficiencias de zinc, hierro, vita-
mina D y calcio36; en los comedores picky y en los ARFID se ha encontrado bajos niveles de
vitamina E, C, folato y fibra32,34,35. Estos datos obligan a ser prudentes en la ponderación
de este criterio, y considerarlo según la severidad y amplitud de las deficiencias de micro-
nutrientes4.
Dependencia de suplementos
Cumplen criterio para ARFID aquellos que reciben al menos 50% de sus calorías en su-
plementos36. Los que tienen antecedente de haber sido sometidos a procedimientos orales
dolorosos, alimentación por tubo o haberse saltado las etapas de adquisición de hitos del
desarrollo alimentario, no tienen experiencia y/o pueden sentirse amenazados cuando les
introducen alimentos a la boca6, lo que puede ser un obstáculo más para su rehabilitación.
101
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: CLASIFICACIÓN Y CLÍNICA
trastornos del espectro autista pueden experimentar altos montos de ansiedad frente a
ciertos alimentos y tener reacciones emocionales intensas.
Los adolescentes y adultos pueden reportar ansiedad social o depresión, imposibilidad
de comer en restoranes, colegio o casas de amigos, peleas en las horas de comidas o no
sentirse normales28.
La presentación de los trastornos alimentarios suele incluir dificultades en múltiples do-
minios, variando cada uno en severidad. El modelo neurobiológico tridimensional propone
que las tres categorías descritas en el DSM-5 tendrían base en la alteración de la percepción
sensorial, de la homeostasis del apetito y de los sistemas de sensibilidad al miedo, los cua-
les no sólo darían cuenta de las formas de presentación de los ARFID, que pueden darse
en distintas combinaciones y grados, sino que también de los factores de riesgo y de los
mecanismos mantenedores del trastorno41.
Tratamiento
Como ARFID es una categoría diagnóstica reciente y amplia que incluye cuadros muy
heterogéneos y, como muchos pacientes tienen historias médicas y psicológicas complejas,
aún no existen tratamientos validados empíricamente y tampoco es posible hacer recomen-
daciones generalizadas.
Los objetivos primarios son la estabilización médica y psiquiátrica. Luego, dependiendo
de la presentación, los objetivos deben ser realistas y alcanzables y no necesariamente la
eliminación del diagnóstico: disminuir el riesgo nutricional, físico y emocional, mientras se
ayuda al paciente a manejar la ansiedad y a expandir su alimentación, a organizar rutinas y
hábitos, y minimizar el impacto psicosocial o la dependencia de suplementos nutricionales
orales. El éxito será más probable si la evolución es aguda, a lo que puede contribuir el
hecho de haber comido bien previamente. Si el problema es de larga data, con selectividad
alimentaria histórica, el tratamiento deberá ser intensivo y prolongado, porque no hubo un
patrón de alimentación normal. Los pacientes con patologías orgánicas y los con trastornos
del espectro autista suelen ser difíciles de tratar3.
Los tratamientos reportados en estudios de casos, con frecuencia incluyen manejo de la
ansiedad, desensibilización sistemática y un plan de nutrición estructurado con exposición
gradual y técnicas de relajación3.
El ARFID suele aparecer a edades tempranas, por lo que, al igual que en otros trastornos
de conducta alimentaria, la inclusión de la familia en el tratamiento para alcanzar el mayor
éxito parece ser lo indicado. La Terapia Basada en la Familia (FBT) modificada para ARFID
empodera a los padres a tomar el control de la alimentación con la meta de incrementar la
ingestión y normalizar el patrón alimentario, ofrece psicoeducación en trastornos alimen-
tarios y de la ingestión de alimentos, y entrenamiento para apoyar la autoeficacia de los
padres en modelar la conducta alimentaria, siendo más directiva para establecer un patrón
de alimentación normal, que muchas veces nunca ha existido. También incluye psicoedu-
cación en ansiedad y su tratamiento, y enseñanza de técnicas para manejarla28.
Para expandir la variedad de alimentos ingeridos en la dieta en los comedores selectivos,
existen aproximaciones prácticas42,43, aunque con resultados clínicos marginales e incluso
contraproducentes, siendo la motivación del paciente muy determinante de los resultados28.
Si la presentación clínica es predominantemente fobia alimentaria, se recomienda tra-
102
TCA DE INICIO EN LA INFANCIA Francisca Corona Humphreys y Claudia Muñoz Masini
Conclusiones
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105
Capítulo 9 PARTE I: CLASIFICACIÓN Y CLÍNICA
Introducción
Clasificación
Las dos principales clasificaciones internacionales de los TCA son la 5ª versión del Ma-
nual Diagnóstico y Estadístico de Enfermedades Mentales (DSM-5)4 y la Undécima Edición
de la Clasificación Estadística Internacional de Enfermedades (CIE-11)5. En el DSM-54 se
introdujeron cambios en los criterios diagnósticos que aportaron significativamente a que
éstos representen mejor las características clínicas de los TCA en la adolescencia, mejorando
su clasificación diagnóstica.
Estas modificaciones incluyeron la eliminación del criterio de amenorrea para AN, la
consideración de la edad, sexo, trayectoria de desarrollo y salud física en la evaluación del
bajo peso, la reducción de la frecuencia de conductas de atracones y purgas para el diag-
nóstico de BN y TA (de dos episodios a uno por semana), y la descripción de equivalentes
conductuales para algunos criterios difíciles de evaluar en niños y adolescentes. Además,
esta nueva clasificación reunió todos los trastornos relacionados con la conducta alimen-
taria a lo largo del ciclo vital en una sola gran categoría: “trastornos alimentarios y de la
ingestión de alimentos”.
Dentro de esta categoría, los TCA más relevantes para la población adolescente son la
anorexia nerviosa, bulimia nerviosa, trastorno por atracón y otros trastornos alimentarios
y de la ingestión de alimentos especificados. La Tabla 1 describe los criterios diagnósticos
según DSM-5 para estos trastornos.
106
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA EN ADOLESCENTES Carolina López Cárcamo y Verónica Gaete Pinto
107
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: CLASIFICACIÓN Y CLÍNICA
Estos comprenden:
1. AN atípica: se cumplen todos los criterios para la AN, excepto que el peso del individuo, a pesar de
la pérdida de peso significativa, está dentro o por encima del intervalo normal.
2. BN (de frecuencia baja y/o duración limitada): se cumplen todos los criterios para la BN excepto
que los atracones y los comportamientos compensatorios inapropiados se producen, de promedio,
menos de una vez a la semana y /o durante menos de tres meses.
3. TA (de frecuencia baja y/o duración limitada): se cumplen todos los criterios para el TA, excepto
que los atracones y los comportamientos compensatorios inapropiados se producen, de promedio,
menos de una vez a la semana y /o durante menos de tres meses.
4. Trastorno purgativo: comportamiento de purgas recurrentes para influir en el peso o la constitu-
ción (por ej., vómito autoprovocado; uso incorrecto de laxantes, diuréticos y otros medicamentos) en
ausencia de atracones.
5. Síndrome de ingestión nocturna de alimentos: episodios recurrentes de ingestión de alimentos
por la noche manifestados por ingestión de alimentos al despertarse del sueño o por un consumo
excesivo de alimentos después de cenar.
• Existe conciencia y recuerdo de la ingestión.
• No se explica mejor por influencias externas, como cambios en el ciclo sueño-vigilia del individuo
o por normas sociales locales.
• Causa malestar significativo y/o problemas del funcionamiento.
• No se explica mejor por el TA u otro trastorno mental, incluido el consumo de sustancias, y no se
puede atribuir a otro trastorno médico o a un efecto de la medicación.
Epidemiología
Los TCA aparecen en su mayoría durante la adolescencia y han ido en aumento, espe-
cialmente en países de menor desarrollo1,5. Este aumento ha incluido la mayor frecuencia
de presentación en adolescentes de edades cada vez menores, de diversos estados nutri-
cionales (por ejemplo, en jóvenes con obesidad) y en varones9-11.
La prevalencia internacional de TCA en adolescentes reportada antes del DSM-5 oscilaba
entre 0,5% y 1% para AN y 1%-2% y 4% para BN12, llegando hasta 14% en el caso de
los TCA no especificados12. Con los cambios introducidos al DSM-5 aumentaron los casos
diagnosticados con AN y BN, y disminuyeron los TCA no especificados7.
En Chile, los estudios de prevalencia son escasos. Vicente y colaboradores13, encontra-
ron una prevalencia de 0,3% en el último año entre jóvenes de ambos sexos de 12 a 18
años, en una muestra nacional representativa. Por otro lado, Granillo y colaboradores14,
hallaron una prevalencia de vida de AN y BN de 3,8%, en una muestra de la comunidad de
adolescentes de sexo femenino (edad x = 14 años), de nivel socioeconómico medio a bajo,
en Santiago. Es probable que los instrumentos utilizados hayan influido en la importante
108
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA EN ADOLESCENTES Carolina López Cárcamo y Verónica Gaete Pinto
Entre las complicaciones médicas de los TCA que pueden conducir a la muerte, se
destacan las cardiovasculares (ver capítulo 20 para mayor profundización). Estas son espe-
cialmente frecuentes entre los adolescentes con AN y, aunque la mayoría pueden ser leves
y reversibles, otras constituyen la causa de hasta un tercio de las muertes asociadas a esta
enfermedad24. Las más comunes son las estructurales (por ejemplo, derrame pericárdico,
atrofia miocárdica, prolapso de la válvula mitral y fibrosis miocárdica), las alteraciones de la
repolarización y de la conducción (tales como la prolongación y aumento de la dispersión
del intervalo QT), los cambios hemodinámicos (por ejemplo, bradicardia sinusal, hipoten-
sión, cambios ortostáticos y disfunción autonómica) y las alteraciones vasculares periféri-
cas24,25. Estas complicaciones se hacen más significativas en la medida que existe mayor
compromiso nutricional24.
La salud mental de los pacientes con TCA también suele comprometerse durante el
curso de la enfermedad, presentándose diversos problemas psicosociales y comorbilidad
psiquiátrica. Entre ellos se cuentan un aislamiento social y progresivo, un autoconcepto y
autoestima pobres y, principalmente, dificultades importantes para el logro de las tareas
109
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: CLASIFICACIÓN Y CLÍNICA
110
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA EN ADOLESCENTES Carolina López Cárcamo y Verónica Gaete Pinto
Finalmente, las relaciones familiares del adolescente con TCA, especialmente entre éste
y sus padres, sufren severamente el impacto de la enfermedad28. Los padres muchas veces
se sienten con pocas habilidades e información para ayudar en forma adecuada a sus hijos,
generándose diversos tipos de interacción que inadvertidamente contribuyen al manteni-
miento de la enfermedad, a la vez que se transforman en una fuente de estrés prolongado
que deja a los padres vulnerables a presentar ellos mismos problemas de salud mental28,29.
Presentación clínica
El cuadro clínico del TCA en adolescentes es similar al observable en otros grupos eta-
rios, aunque se pueden presentar algunas particularidades de acuerdo a la edad y género
de los adolescentes. A continuación, se describirán algunas características que se pueden
observar en jóvenes con TCA.
Un componente común en la presentación de los TCA es la escasa conciencia de
enfermedad y de motivación para la recuperación, debido a la minimización o negación
del problema existente29. Esto implica que la petición de ayuda suele ser motivada por un
tercero (familiar, otro médico que deriva, etc.) y que la consulta a un especialista se realiza
bajo cierto grado de coerción.
En términos sintomáticos, es central en casi todos los TCA la presencia de ideas so-
brevaloradas sobre el peso y la figura, la restricción alimentaria y/o los atracones30. Estos
son elementos que, en su conjunto, dominan la conducta y vida anímica del adolescente.
Resulta necesario destacar que la presentación clínica de cada caso dependerá no sólo del
tipo de TCA, sino también de los rasgos de personalidad premórbidos, las complicaciones
médicas y comorbilidad psiquiátrica asociada, y el impacto de todo lo anterior en el am-
biente del joven (cuidadores y otros).
Las conductas restrictivas son el síntoma más común entre los adolescentes y consisten
principalmente en la reducción de las porciones de comida ingerida, los ayunos (> 8 horas
sin comer), la evitación de cierto tipo de alimentos (por ejemplo, altos en carbohidratos
y grasas), y la presencia de reglas y/o rituales relacionados con la alimentación (por ejem-
plo, no mezclar grupos de alimentos en un mismo plato, no comer frente a otros, comer
siempre a cierta hora, comprar solo alimentos sin sellos, etc.). Los adolescentes tienden a
disimular estas conductas refiriendo falta de apetito, malestar abdominal, desagrado por
ciertos alimentos (que antes se disfrutaban), evitando las comidas habituales en el hogar
y en situaciones sociales mediante excusas las que se facilitan por los horarios académicos
y la mayor autonomía en la alimentación respecto de los padres (por ej., “ya comí”) o la
adopción de dietas que excluyen alimentos (por ej., vegetarianismo). Estas conductas se
traducen en una ingesta insuficiente para permitir continuar con el desarrollo y crecimiento
normal del adolescente.
El ejercicio excesivo, intenso, de alta frecuencia o de naturaleza compulsiva, es el segun-
do síntoma más frecuente entre adolescentes con TCA y puede constituir otra conducta
compensatoria. Este se asocia muchas veces a consecuencias físicas y sociales negativas (por
ej. hacer ejercicio aún estando lesionado o dejar de socializar con amigos para pasar largas
horas en el gimnasio), interfiriendo con su recuperación. También es frecuente el ejercicio
en secreto (por ej., en su habitación y de noche) para evitar comentarios o restricciones de
parte de su familia y/o equipo tratante.
111
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: CLASIFICACIÓN Y CLÍNICA
Menos comunes, pero igualmente relevantes por las graves consecuencias para la salud,
son las conductas purgativas, las que son también utilizadas con el fin de controlar el peso
tras la ingesta normal o excesiva (atracón) de alimentos. Las más comunes en la adolescen-
cia son el vómito, seguido del uso de laxantes, siendo el uso de diuréticos o medicamen-
tos, poco comunes entre los adolescentes chilenos. En general, estas conductas tienden
a esconderse ya sea por culpa, vergüenza o para evitar ser obligados a suspenderlas, por
lo que pueden pasar inadvertidas incluso por años. Es importante sospecharlas cuando el
adolescente frecuenta el baño durante y después de las comidas, se encuentran laxantes
entre sus pertenencias o desaparecen algunos que se pueden tener en el hogar. Muchas
veces son las amistades cercanas de los adolescentes los primeros en alertar sobre la exis-
tencia de estas conductas.
Otras conductas destinadas al control del peso que pueden observarse en estos jóvenes
son la restricción de líquidos (especialmente en los casos tempranos) o su consumo aumen-
tado, masticar chicle sin azúcar frecuentemente para evitar comer, abuso de endulzantes y
uso de diversas sustancias con el fin de suprimir el apetito, tales como cafeína, té y tabaco
(fumar). En algunos casos puede observarse el uso de drogas ilegales además de suplemen-
tos nutricionales comercializados como inhibidores del apetito o generadores de pérdida
de peso8,31,32. En varones que son activos en el gimnasio se puede encontrar abuso de otros
suplementos, como por ej., barras y polvos de proteínas y creatina33.
Finalmente, la presencia de atracones muchas veces no es evidente ya que suelen
ser escondidos por el adolescente avergonzado, por no poder controlar su conducta.
Es por ello que éstos deben sospecharse en los casos en que existe aumento progresivo
de peso a pesar de que el joven come poco o lo normal frente a otros en las comidas
diarias.
Entre los síntomas psicológicos asociados al TCA, en la adolescencia llama la atención
el aumento marcado de la irritabilidad y ansiedad, especialmente a las horas de comida, y
la tendencia al aislamiento social.
Los síntomas médicos, en general, derivados de la restricción alimentaria, los atracones y
conductas compensatorias, así como las alteraciones al examen físico de estos adolescentes,
se describen en la Tabla 3.
En términos de estado nutricional, en general, la AN se asocia a bajo peso o desnutri-
ción, con excepción de la AN atípica, la BN a peso normal o sobrepeso, y el TA a sobrepeso
u obesidad32,34.
En cuanto a la edad de aparición, si bien los TCA pueden tener su debut en cualquier
momento de la adolescencia, generalmente la AN se inicia en la adolescencia temprana
y media (12-15 años), mientras que la BN aparecería más tardíamente (a los 16 años en
promedio)35-37. El TA, el TCA más común entre varones38, presenta dos picos de aparición
descritos en la literatura, uno alrededor de los 14 años36 y otro entre los 18 y 20 años39.
Además, existe evidencia de que estas enfermedades se estarían iniciando cada vez más
tempranamente12,40.
La presentación clínica de los TCA en estos adolescentes tempranos suele ser la más di-
fícil de reconocer y tiene más probabilidades de ser subestimada. Esto se relaciona con que
tienden a reportar menos el temor a ganar peso y a la gordura y, a negar más la severidad
de la enfermedad en relación a los adolescentes mayores.
Además, presentan más síntomas somáticos inespecíficos y es menos probable que
usen métodos purgativos o que se produzca una rápida pérdida de peso.
112
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA EN ADOLESCENTES Carolina López Cárcamo y Verónica Gaete Pinto
201611.
En cuanto a las diferencias por sexo, la gran mayoría de los TCA se presentan en muje-
res41, aunque se estima que hay una falta de detección en varones41,42. Se ha podido obser-
var que los varones adolescentes con TCA tienen mayor preferencia por ganar musculatura
en lugar del deseo por adelgazar (con excepción de los varones con AN) y suelen ser más
frecuentemente diagnosticados como otros trastornos alimentarios y de la ingestión de
alimentos especificados en relación a las mujeres43.
Finalmente, es necesario señalar que con cierta frecuencia estos pacientes transitan
desde un tipo de TCA a otro a lo largo del tiempo (“migración diagnóstica”). Lo más común
es la migración desde una AN restrictiva hacia una AN de tipo con atracones/purgas o una
BN. La evolución desde una BN hacia una AN es mucho menos frecuente44.
Tratamiento
113
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: CLASIFICACIÓN Y CLÍNICA
medad y la escasa motivación para el cambio, lo que se traduce, muchas veces, en que las
primeras consultas involucren un cierto grado de coerción por parte de la familia, colegio
u otros profesionales43.
Existe consenso en que el tratamiento de los TCA en este grupo etario debe ser inte-
gral –dado el alcance biopsicosocial de estas patologías–, y realizado de preferencia, por
un equipo multidisciplinario especializado tanto en TCA como en adolescencia, debido
a la complejidad de estas enfermedades y a las particularidades de la etapa del desarro-
llo45,46. En forma idónea, tendría que contar con un pediatra especialista en adolescencia
y profesionales del área de salud mental (psiquiatra y psicólogo) y de la nutrición (pediatra
especialista en nutrición o nutricionista), más enfermeras y otros profesionales en los casos
que requieran hospitalización45,46. Todos ellos deberían poseer especialización o un alto
grado de capacitación en el tema.
En términos de la modalidad de tratamiento, las guías internacionales para TCA, reco-
miendan el tratamiento ambulatorio como la de preferencia para adolescentes. La hospi-
talización, total o diurna de la paciente, se considera cuando su salud física o mental está
severamente comprometida o cuando el tratamiento ambulatorio ha fracasado38,46.
En líneas generales, el tratamiento de estos adolescentes comprende manejo nutri-
cional, psicológico, uso de psicofármacos para el TCA cuando está indicado y abordaje
de las complicaciones médicas y comorbilidades psiquiátricas38,48. Otro elemento esencial
en el tratamiento de los TCA en adolescentes es la inclusión parental. Los padres deben
formar parte activa y central del tratamiento desde su inicio, independiente de la edad del
adolescente29,38,48.
La psicoterapia es la intervención primaria en el tratamiento de los TCA. De acuerdo a la
evidencia disponible, la terapia conductual familiar (conocida como Family Based Therapy-
FBT) es el tratamiento más recomendado para adolescentes con AN38. Tiene por objetivo
reestablecer una relación con la alimentación saludable que permita retomar las tareas
del desarrollo interrumpidas por la aparición de la enfermedad delegando inicialmente en
los padres, la responsabilidad de realimentar a los hijos para transitar hacia una creciente
autonomía en esta y otras tareas del desarrollo. La terapia de formato individual, tal como
la Terapia Cognitivo-Conductual y su versión “mejorada” (Cognitive Behavioral Therapy-
Enhanced) y la Terapia Focalizada en la Adolescencia (AFT), también está indicada en los
casos en que el formato familiar no resulta de preferencia o no está disponible, alcanzando
resultados comparables a la de base familiar a largo plazo38,49,50. Para BN se recomiendan,
en primer lugar, las terapias cognitivo-conductuales, en formato autoayuda guiada o tradi-
cional y, en segundo lugar, la FBT para BN. La mayoría de estas terapias están respaldas por
evidencia científica, aunque predominantemente en la población adulta38,49,51. Existen pocos
estudios sobre la eficacia de tratamientos psicológicos para el TA en este grupo etario,
resultando hasta ahora más efectivas las intervenciones cognitivo-conductuales (sugeridas
como primera línea) y las terapias interpersonal y conductual-dialéctica38,52.
El manejo nutricional es parte fundamental del tratamiento, especialmente en el co-
mienzo de éste, ya que la rehabilitación nutricional resulta clave para la recuperación de
la salud física, psicológica y social del paciente38. Está dirigido a la corrección de las altera-
ciones nutricionales y la conducta alimentaria, abordando también los comportamientos
destinados al control no saludable del peso53.
En cuanto al rol de los psicofármacos, existe escasa evidencia para su uso en adoles-
centes, por lo que se recomiendan principalmente como coadyuvantes para el tratamiento
114
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA EN ADOLESCENTES Carolina López Cárcamo y Verónica Gaete Pinto
Conclusiones
Los TCA son enfermedades muy serias que se inician habitualmente en la adolescencia y
a edades cada vez más tempranas. Se asocian a significativa morbilidad, mortalidad y com-
promiso de la calidad de vida de los adolescentes. Su pronóstico mejora significativamente
si son pesquisados y tratados en forma precoz. El tratamiento de estos adolescentes debe
ser integral y realizado, de preferencia, por un equipo multidisciplinario y especializado. La
inclusión activa de los padres de los adolescentes en el tratamiento es fundamental para el
buen pronóstico de la enfermedad.
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TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: CLASIFICACIÓN Y CLÍNICA
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TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA EN ADOLESCENTES Carolina López Cárcamo y Verónica Gaete Pinto
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118
PARTE I: CLASIFICACIÓN Y CLÍNICA Capítulo 10
Introducción
Dentro de los trastornos alimentarios que se presentan en la edad adulta, existen ciertos
aspectos específicos a considerar para su evaluación y abordaje terapéutico:
119
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: CLASIFICACIÓN Y CLÍNICA
el contexto clínico, con una prevalencia del 50% al 70% en todos los casos de TCA7. Lo
anterior, evidenciaba una importante limitación de los sistemas de clasificación diagnósti-
ca. No obstante, con la inclusión del TA en el sistema de clasificación DSM-5, disminuyen
considerablemente los casos de TANE, y el TA se instala como el trastorno alimentario más
frecuente en la edad adulta4.
La estimación de anorexia nerviosa en la edad adulta es de un 0,4%7 y un 0,2% de
mujeres adultas mostraron sintomatología bulímica5. El porcentaje del TA entre mujeres y
hombres adultos es de un 3%, respectivamente9. Este cuadro es el más frecuente entre las
mujeres de 45 años o más, y su prevalencia alcanza un 0,61%, cuyos casos corresponden
a una manifestación crónica de los síntomas o una recaída del cuadro de inicio más tem-
prano5,8.
Migración diagnóstica
No es infrecuente observar cuadros clínicos que durante la adolescencia se presentaron
como una AN restrictiva, y en la edad adulta evolucionan a casos de BN, AN purgativa o
TA y viceversa. Lo anterior, tiene relación con la “migración diagnóstica” presente en los
TCA, donde, en lugar de tratarse de la recuperación de un trastorno al desarrollo de otro,
se trata de la evolución de un mismo trastorno alimentario. La evidencia señala que sólo un
tercio de los diagnósticos de TCA se mantiene en su diagnóstico original y que, hasta un
25% de las pacientes con BN, presentan criterios previos de AN restrictiva10. Mientras que,
la presencia de anorexia restrictiva durante la adolescencia, la subsiguiente prevalencia del
subtipo purgativo también aumenta en la adultez11.
120
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA DEL ADULTO Daniela Gómez Aguirre y Susana Saravia González
Curso de la enfermedad
Dentro de las características distintivas de un TCA en las pacientes adultas son los niveles
elevados de mortalidad y riesgo de mortalidad, en general. La mortalidad para la AN es de
un 6,51%, un 2,97% en la BN y un 1,77% en el TA13. La AN es la que presenta niveles de
mortalidad más altos durante los primeros años de iniciado el cuadro clínico, pero dichos
niveles disminuyen posteriormente. Mientras que, en la BN, el riesgo de mortalidad tien-
de a aumentar dos años después del primer ingreso a un centro de atención clínico. Las
pacientes que presentan mayor riesgo de mortalidad son aquellas que han requerido de
atención hospitalaria, lo que aumenta en la población adulta. Las causas están asociadas a
complicaciones médicas graves o suicidio, cuya última causa es mayor en BN13.
Adicionalmente, los TCA en la adultez siguen generalmente un curso crónico, lo que
se relaciona, en parte, con la escasa adherencia al tratamiento, donde entre un 20% y un
50% de las pacientes abandona prematuramente el tratamiento, con elevada incidencia
de recaída, la que incluso en pacientes que exitosamente han recuperado su peso, alcanza
hasta un 41% después de un año postalta14.
Anorexia nerviosa
Uno de los aspectos relevantes a considerar dentro del curso de la AN en la población
adulta, es la recuperación, que suele ser un proceso largo, y una proporción sustancial de
las pacientes no logra una recuperación completa. La recuperación clínica, según estudios,
es de 5 años15. La tasa no difiere entre las pacientes con AN con y sin amenorrea, siendo
66,8% y 69,1%, respectivamente. A los 6 años de seguimiento, la tasa de recuperación
para AN, según los criterios del DSM-5 y el DSM-IV, es de 52%16. No obstante, de aquel
porcentaje, 32,4% mejora, pero aún experimenta algunos síntomas, y un 19,7% sigue
enfermo17.
Bulimia nerviosa
En general, la BN tiene una edad de inicio más tardía que la AN, apareciendo en la
adolescencia tardía y adultez joven18.
La tasa de recuperación es alrededor del 50%, tanto para el DSM-5 como para el
DSM-IV, después de 6 años de seguimiento19. En este caso, los pacientes se consideran
recuperados cuando dejan de cumplir los criterios de cualquier trastorno alimentario en el
seguimiento.
121
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: CLASIFICACIÓN Y CLÍNICA
Evaluación clínica
La importancia del impacto agudo y crónico de los TCA en adultos, tanto desde lo
médico como lo psicológico, requiere que los mecanismos de evaluación utilizados sean
concordantes con la gravedad de estos trastornos. Además, la resistencia y escasa concien-
cia de enfermedad presente en los pacientes con el tratamiento, aumenta la dificultad en
el abordaje de estos trastornos ya complejos.
De esta forma, la clínica específica de los TCA y las diversas y graves complicaciones
médicas que pueden sufrir estos pacientes, a lo largo de su evolución, hace necesaria la
colaboración de un médico clínico. Además del médico de atención primaria, resulta funda-
mental la participación de diversos profesionales de la salud, cada uno en su especialidad,
para tratar los amplios aspectos médicos del trastorno. El médico a cargo de la salud física
del paciente es el encargado de decidir las interconsultas a los especialistas que considere
necesario. No obstante, la evaluación por especialistas debe realizarse en conjunto con la
rehabilitación nutricional y las intervenciones psicoterapéuticas.
Como bien se menciona, en adultos con TCA de larga evolución es frecuente la presen-
cia de complicaciones médicas graves o crónicas, por lo que es esencial el seguimiento con
evaluación física continuada para prevenir riesgos médicos graves. El seguimiento por parte
del médico en pacientes con un TCA debe ser de forma regular. La frecuencia dependerá
de las complicaciones médicas asociadas y la cronicidad y gravedad del trastorno. En pacien-
tes estables, los controles con el médico pueden realizarse cada tres meses y deben incluir
anamnesis, exploración física y análisis sanguíneos generales, en función de los síntomas
que presente. Los controles deben ser más frecuentes, si el médico observa complicaciones
médicas o se presentan en el paciente indicadores de deterioro.
Se deberán comparar, además, los registros previos y actuales del paciente de los valo-
res de peso, talla e índice de masa corporal IMC. El IMC normal en el adulto se encuentra
entre 18 y 23 kg/m2 23.
La evaluación de personalidad es importante en la evaluación de pacientes con un tras-
torno alimentario, así como también la presencia de un trastorno comórbido. Esto debido
a que los trastornos de personalidad parecen mediar el resultado general del TCA24. Se ha
observado que la combinación de trastornos alimentarios y de personalidad pueden requerir
tratamientos terapéuticos extensos y más elaborados25.
122
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA DEL ADULTO Daniela Gómez Aguirre y Susana Saravia González
Tratamiento
Todo tratamiento eficaz para los TCA, además de contar con la colaboración activa del
paciente durante el tratamiento, lo que se debe alcanzar de forma gradual, debe adoptar
una estrategia terapéutica que trate a la enfermedad de manera multimodal e integral.
Independientemente de los diversos especialistas que abordan de manera individualizada el
trastorno en la paciente, la atención proporcionada en el tratamiento de los TCA del adulto,
debe incluir al médico psiquiatra, nutricionista y psicólogo, tríada que constituye una base
terapéutica esencial mínima.
El abordaje terapéutico de pacientes adultas con un TCA presenta algunas características
diferenciales respecto a los abordajes tradicionales utilizados en pacientes adolescentes.
Excepto en un grupo minoritario de pacientes en las que el TCA ha surgido de forma tardía,
habitualmente, quien acude para tratamiento en la edad adulta, ya tiene una historia previa
de fracasos terapéuticos en el que los tratamientos tradicionales no han sido suficientes
para lograr la remisión completa del cuadro. Su carácter crónico y escasa adherencia a las
indicaciones médicas, a menudo son la fuente del fracaso terapéutico y el empeoramiento
del pronóstico. Debido a lo anterior, es que suele no resultar apropiado repetir abordajes
terapéuticos que se han mostrado ineficaces previamente con la paciente. Y el trabajo inicial
con estas pacientes debe contemplar el adherirlas a la posibilidad de cambio.
Adicionalmente, en las pacientes adultas, quienes generalmente presentan un cuadro
de larga evolución, el trastorno ya tiene un inmenso valor en la mente de la paciente, por
lo que la gran mayoría carece de motivación para recuperarse y se resisten a los intentos
de ayuda. Especialmente, las pacientes con AN, trastorno que se ha considerado como uno
de los más complejos de tratar, debido principalmente a la gran resistencia a participar en
el proceso terapéutico, el temor a aumentar el peso corporal y la negación de la gravedad
de la enfermedad. Es por esto que, una proporción de las pacientes busca únicamente un
alivio temporal de las consecuencias físicas y psicológicas de la enfermedad, o tratar eventos
adversos. Lo anterior, termina por configurar un curso prolongado de la enfermedad, con
tratamientos inconclusos y deserciones recurrentes, altas tasas de recaídas, hospitalizaciones
consecutivas y, como consecuencia, la tendencia a la cronicidad. La duración e intensidad
del trabajo terapéutico resulta fundamental en estos casos.
El trabajo motivacional es fundamental en pacientes adultas con un TCA. Este supone
observar hacia atrás con la paciente y entender lógica, pero sobre todo emocionalmente,
cuándo, cómo, por qué y, principalmente, para qué empezó su enfermedad. Esto último
suele ser más importante en pacientes de larga evolución.
Dentro de los objetivos terapéuticos, en pacientes adultos de larga evolución, está el que
las pacientes vuelvan a asumir el control de sus vidas sin necesitar los síntomas alimentarios
y desarrollar habilidades de forma paralela a la presencia de la enfermedad.
El modelo cognitivo-conductual para trastornos de la conducta alimentaria (CBT) ha sido
el de mayor relevancia en el tratamiento de los TCA de adultos. Este modelo está orienta-
do a normalizar la alimentación, el peso y las conductas de control de peso y, les enseña
123
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: CLASIFICACIÓN Y CLÍNICA
Conclusiones
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125
PARTE I: GRUPOS ESPECIALES Capítulo 11
Emilio J. Compte
Introducción
Influencias socioculturales
Con el objetivo de evaluar en qué medida fue cambiando la presión social sobre el cuer-
po de los varones, se replicaron investigaciones previamente desarrolladas en mujeres, con
127
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: GRUPOS ESPECIALES
Tabla 1. Propuesta para los criterios diagnósticos de la dismorfia muscular (Pope et al. 1997)
1. La persona tiene una preocupación con la idea de que su cuerpo no es lo suficientemente libre de
grasa y musculoso.
2. La preocupación provoca malestar clínicamente significativo o deterioro social, laboral o de otras
áreas importantes de la actividad del individuo, como lo demuestra al menos dos de los siguientes
cuatro criterios:
A. El individuo con frecuencia renuncia a importantes actividades sociales, laborales o recreativas
debido a una necesidad compulsiva de mantener su entrenamiento y calendario de la dieta.
B. El individuo evita situaciones en las que su cuerpo puede ser expuesto a otros o afronta dichas
situaciones con elevado estrés o intensa ansiedad.
C. La preocupación en relación al inadecuado tamaño del cuerpo o musculatura provoca estrés
clínicamente significativo o deterioro social, laboral o de otras áreas importantes de la actividad
de individuo.
D. El individuo continúa practicando actividad física, la dieta o el consumo de sustancias para aumen-
tar el desarrollo muscular a pesar de las consecuencias físicas y psicológicas adversas.
3. El principal foco de la preocupación y las conductas es ser demasiado pequeño o inadecuadamente
musculoso, distinguiéndose del miedo a engordar como en la anorexia nerviosa, o en otros aspectos
de la apariencia, como en otras formas del trastorno dismórfico corporal.
128
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA EN VARONES Emilio J. Compte
Evaluación
129
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: GRUPOS ESPECIALES
Tylka et al. (2005)3 Male Body Attitudes Scale 24 3: Preocupación por la grasa
corporal / Preocupación por la
Musculatura / Preocupación por
la altura
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130
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA EN VARONES Emilio J. Compte
Caso Clínico1
David era varón de 14 años, que se presentó para el tratamiento de AN después de un período de pérdida
de peso sostenido durante aproximadamente 4 meses. Durante la evaluación, reportó un claro deseo de
perder peso y un miedo persistente a aumentar de peso, prácticas dietéticas rígidas y restrictivas, ejercicio
excesivo y el uso intermitente de laxantes. Además, su percentil de peso había pasado del percentil 57
para el peso corporal normalizado según la edad y la talla, a la edad de 13 años, al percentil 19 a los 14
años, momento en el que fue hospitalizado debido a bradicardia aguda y anomalías en los electrolitos
sanguíneos.
Después del alta hospitalaria, David se sometió a tratamiento ambulatorio para la AN, con una mar-
cada ansiedad por el aumento de peso y el consumo de cualquier alimento por fuera de su esquema
alimentario. Luego de 6 meses, fue capaz de consumir gradualmente alimentos que había previamente
restringido, dejó de realizar ejercicio orientado a la pérdida de peso y aumentó su peso corporal. Además,
pudo comer espontáneamente (sin supervisión paterna), incluso reportando un deseo de aumentar de
peso y sin mostrar indicios de conductas o actitudes orientadas a perder peso, ya que su peso aumentaba
constantemente durante el tratamiento. En consecuencia, y en el contexto de la estabilidad médica, fue
dado de alta del tratamiento con un peso corporal en el percentil 55, consistente con su trayectoria de
peso premórbida.
En un seguimiento rutinario a los 6 meses, David presentó un peso corporal en el percentil 78 e informó
una angustia significativa alrededor de su cuerpo, aunque ahora se centró en la musculatura y en un im-
pulso para ganar peso. Se describía a sí mismo como “demasiado pequeño” y reportó una rígida adhesión
a una dieta de alto valor proteico calculado meticulosamente, junto con un régimen intenso de ejercicios
para el desarrollo muscular. Al hablar de su impulso por la musculatura y el aumento de peso, David notó
que esto comenzó una vez que sus padres le dijeron que “tenía que ganar peso” durante el proceso de
recuperación de peso del tratamiento ambulatorio. Durante este tiempo, David comentó sentir que, si era
absolutamente necesario aumentar de peso, entonces debería ser todo músculo y no grasa.
Retrospectivamente, David informó que a medida que sus intentos por perder peso se vieron reducidos
durante el proceso de realimentación del tratamiento, su obsesión por la delgadez fue reemplazada por
un impulso por la musculatura igualmente intenso, que sintió que era reforzado por sus padres, quienes
estaban aliviados, porque estaba ganando peso. Sin embargo, durante esa transición, su angustia subje-
tiva en torno a la apariencia de su cuerpo se mantuvo intacta. Los padres de David dieron testimonio del
desarrollo de su deseo por incrementar su musculatura y aumentar de peso, señalando que esto surgió
durante el proceso de realimentación del tratamiento de AN, aunque ellos y el terapeuta de David lo
conceptualizaron como un comportamiento orientado hacia la recuperación y no lo consideraron una
preocupación. Durante la entrevista de seguimiento, David describió subjetivamente la intensidad de su
impulso para la musculatura como 100/100 y su impulso para la delgadez como 0/100. En consecuencia,
fue referido a un tratamiento especializado para la alimentación desordenada orientada a la musculatura.
Referencia
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De igual manera, los cambios incluidos en los criterios diagnósticos en la última versión
del DSM16, en particular la eliminación del criterio de amenorrea para AN, la flexibilización
en las frecuencias de atracones y purgas en el diagnóstico de BN, el reconocimiento del
trastorno por atracón (TA) como un diagnóstico específico, y la incorporación del trastor-
no por evitación/restricción de la ingesta de alimentos (TERIA), parecen contribuir a una
epidemiología más equivalente entre ambos sexos2. De más está aclarar que la presencia
de amenorrea como criterio diagnóstico de la AN impedía la identificación de varones bajo
esa condición; sin embargo, cabe destacar que la flexibilidad en frecuencia de métodos de
131
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: GRUPOS ESPECIALES
Perspectiva transdiagnóstica
La frecuente migración diagnóstica dentro de las formas tradicionales de TCA (AN, BN,
TA), llevó a Fairburn y colaboradores23 a desarrollar el modelo transdiagnóstico de los TCA,
el cual postula que, a pesar de las diferentes manifestaciones, todas las formas de TCA
comparten una psicopatología nuclear asociada a la sobrevaloración del peso, la figura y
su control23. Sumado a ello, el modelo propone que en todas las formas de TCA, cuatro
constructos clave y externos a la psicopatología alimentaria nuclear contribuyen al mante-
nimiento del cuadro clínico, siendo estos constructos el perfeccionismo, la baja autoestima,
las dificultades interpersonales y la intolerancia emocional23.
Si bien el modelo fue originalmente pensado y desarrollado en población femenina,
también podría aplicarse a la problemática masculina en torno a la imagen corporal y el
comportamiento alimentario alterado. En este sentido, se han descrito antecedentes de
TCA en casos de DM desde sus primeras descripciones5,6, los que recuerdan a la migración
diagnóstica frecuentemente observada en las formas tradicionales de TCA. En este sentido,
han sido descritos casos clínicos de transición entre una alimentación alterada orientada al
descenso de peso, hacia una alimentación alterada al desarrollo de musculatura (ver Caso
Clínico). En este contexto, Murray y colaboradores (2012), evaluaron en qué medida los
constructos asociados al mantenimiento de los TCA, según el modelo transdiagnóstico, se
encontraban asociados a la DM en una muestra de universitarios varones. El estudio identi-
ficó que tanto las dificultades en la regulación de la emoción, el perfeccionismo y una baja
autoestima presentaban valor predictivo para la DM24. Según los autores, el modelo trans-
diagnóstico de los TCA puede aplicarse potencialmente para mejorar nuestra comprensión
del mantenimiento de la DM y los TCA en varones, que a su vez puede tener importantes
ramificaciones para el tratamiento de este trastorno. Los constructos implicados en el man-
tenimiento de los TCA están basados en la investigación científica y la utilidad clínica de
su abordaje se encuentra bien establecida25. Por lo tanto, que la evidencia sugiera que los
mismos constructos están implicados en el mantenimiento de la DM permitirá el desarrollo
de intervenciones desde una base teórica y empírica más amplia, sobre todo en ausencia de
tratamientos empíricamente validados para el tratamiento del comportamiento alimentario
alterado en varones, en todas sus formas.
Conclusiones
A pesar del creciente interés científico por las formas masculinas de insatisfacción
corporal y el comportamiento alimentario alterado en varones, el conocimiento sobre los
132
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA EN VARONES Emilio J. Compte
Si tenemos en cuenta que los TCA se encuentran entre los trastornos psiquiátricos más
perniciosos, con altas tasas de mortalidad, comorbilidades médicas multisistémicas y un
curso de enfermedad a menudo crónico y recurrente2, una correcta evaluación diagnóstica
de esta problemática en población masculina contribuirá a una temprana intervención
impactando positivamente en su pronóstico y tratamiento3. Esto cobra vital importancia
cuando se consideran bajas tasas de búsqueda de tratamiento por parte de personas con
síntomas de TCA26.
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134
PARTE I: GRUPOS ESPECIALES Capítulo 12
Emilio J. Compte
Introducción
Los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) son desórdenes caracterizados por una
excesiva preocupación por la comida, el peso y la apariencia física, y desarrollo de compor-
tamientos desadaptativos del control del peso y la figura1,2. El continuo de la alimentación
alterada al TCA se inicia en el desarrollo de dietas saludables, luego supone el desarrollo
de formas más extremas de restricción y ayuno (restricción crónica), para luego expresarse
mediante la presencia de conductas que aumentan el riesgo clínico (purgas, estrategias de
deshidratación pasivas y activas, consumo de anfetaminas, ejercicio físico excesivo, etc.)3. En
este sentido, los deportistas han sido considerados una población de riesgo para el desarro-
llo de un TCA, como consecuencia de la presión sobre el peso corporal y el desempeño que
supone la práctica deportiva, principalmente en aquellos atletas que compiten en disciplinas
en las cuales existen categorías por peso o éste supone una ventaja competitiva3. En este
sentido, la epidemiología de los TCA muestra mayores tasas de prevalencia en deportistas
que en no deportistas4. En consecuencia, dada la gravedad que puede implicar un TCA y la
frecuencia en la que esta condición se observa en deportistas, es importante analizar las ca-
racterísticas específicas en esta población, como también los factores de riesgo asociados al
desarrollo de TCA en deportistas, y las estrategias de intervención y prevención disponibles.
Prevalencia
En los últimos años se han llevado a cabo un considerable número de estudios epide-
miológicos que contribuyen a la comprensión de los TCA en deportistas3. Estos estudios,
cabe la aclaración, se han desarrollado utilizando diferentes metodologías (por ejemplo,
estudios en dos etapas con cribado y entrevista clínica, estudios en una sola etapa mediante
instrumentos de autoinforme utilizando puntos de corte, etc.) y/o diferentes estrategias de
evaluación (por ejemplo, diferentes instrumentos, identificación de TCA versus identifica-
ción de síntomas de TCA, etc.), que dificultan su comparación. A pesar de ello, diferentes
estudios ubican a la prevalencia de TCA en deportistas mujeres entre un 0% y un 32,8%,
y en deportistas varones entre un 0% y un 10,4%3. Asimismo, al ser evaluada la presencia
síntomas de TCA, éstos han sido observados en mujeres deportistas entre un 18,2% y un
44,9%, a la vez que en deportistas varones estos síntomas fueron identificados entre un
10,4% y un 19,2%3. En relación a la prevalencia de vida, un estudio desarrollado en una
muestra de más de 2.000 atletas entre 12 y 35 años, se identificó una tasa del 11,2% para
deportistas mujeres y del 5,5% para varones5. En el mencionado estudio, la mayor propor-
ción de participantes mujeres con TCA representaban deportes de resistencia y estéticos,
135
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: GRUPOS ESPECIALES
mientras que en el caso de los varones fueron observados más casos de TCA en deportes
con categorías de peso como la lucha y el boxeo5. Asimismo, se identificó a los TCA como
uno de los trastornos psicológicos más prevalentes entre deportistas, incluso en mayor
proporción que los trastornos del estado del ánimo3,5.
*La dismorfia muscular es considerada una forma de TCA que afecta principalmente a hombres, y se la ha
relacionado con la presión social el ideal corporal musculoso. Su principal característica es una persistente y
acusada preocupación por incrementar el tamaño físico y el desarrollo muscular, que conduce al desarrollo
de conductas de protección de la apariencia, a un estricto y disfuncional patrón en el comportamiento ali-
mentario y el ejercicio físico. Es considerada desde sus orígenes como el análogo masculino de la anorexia
nerviosa23.
136
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA EN DEPORTISTAS Emilio J. Compte
137
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: GRUPOS ESPECIALES
el equipo; las necesidades individuales están subordinadas a las necesidades del equipo.
Similarmente, individuos con anorexia nerviosa raramente toman decisiones en función de
sus propias necesidades; en su lugar suelen considerar lo que ellos creen que los demás
quieren de ellos mismos. Sumado a esto, diferentes estudios han descrito en deportistas
actitudes positivas hacia la tolerancia al dolor, al punto de considerar al sufrimiento como
un requisito del deporte. Así, la realización de sacrificios, la aceptación de riesgos físicos y
el dolor han sido actitudes descritas por deportistas de ambos géneros en diferentes disci-
plinas13,14. Similarmente, se ha observado en individuos con anorexia nerviosa la capacidad
de sostener el ejercicio físico a pesar del deterioro asociado a la enfermedad, la presencia
de lesiones o el persistente ánimo negativo e irritabilidad, a consecuencia de la restricción
alimentaria13.
En población general (no deportistas), se han observado diferencias en cuanto a las
presiones y expectativas sociales en cuanto al ideal corporal según el género15-18. En este
sentido, Pope y colaboradores19 han sugerido que la anorexia nerviosa y la dismorfia mus-
cular representan para cada uno de los sexos el síndrome clínico que refleja la búsqueda
patológica de tales ideales corporales: delgado en mujeres y musculoso en varones. De tal
manera, diferentes estudios han sugerido considerar la influencia que puede generar la re-
lación entre género y exigencias específicas sobre el físico en el desarrollo de TCA en depor-
tistas3,8. Por ejemplo, se ha sugerido considerar el riesgo de desarrollar dismorfia muscular
en varones que realizan actividades deportivas orientadas a incrementar el tamaño físico,
lo cual puede ser evidente a partir de la presencia del consumo de suplementos proteicos
o de esteroides anabolizantes en casos más extremos, y un patrón disfuncional en torno a
la alimentación y el ejercicio físico3,16.
138
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA EN DEPORTISTAS Emilio J. Compte
Figura 1. Enfoque centrado en el paciente. La atención multidisciplinaria de pacientes deportistas con tras-
tornos alimentarios debe incluir médicos, profesionales de la salud mental y nutricionistas. La comunicación
regular entre los miembros del equipo interdisciplinario facilita el intercambio de información clínicamente
relevante
Conclusiones
139
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: GRUPOS ESPECIALES
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141
Capítulo 13 PARTE I: GRUPOS ESPECIALES
Introducción
Por muchos años la literatura ha descrito una relación entre los trastornos de la conduc-
ta alimentaria (TCA), la insatisfacción asociada a la imagen corporal y la orientación sexual
y/o identidad de género.
Este capítulo tiene como objetivo presentar un estado actualizado de la cuestión con-
siderando los últimos estudios internacionales hechos en población LGBT y la prevalencia
de los TCA en esta población.
El término LGBT fue adoptado por la mayoría de las comunidades de minoría sexual y
de identidad de género en los años noventa. Este término se aplica a las lesbianas (mujer
homosexual), a los gays (hombre homosexual), a los bisexuales (hombres y mujeres) y a las
personas transgéneros. La mayoría de los estudios epidemiológicos que han investigado la
prevalencia de los TCA en las minorías sexuales han aplicado esta terminología para definir
la población estudiada1.
El término lesbiana, gay y bisexual se usa para definir a personas (hombres y mujeres)
que sienten atracción sexual hacia miembros del mismo sexo (homosexual). Cuando se
refiere a una mujer homosexual se utiliza el término lesbiana; cuando se refiere a un hom-
bre homosexual se utiliza el término gay, o hacia ambos, bisexual. Esto corresponde a la
orientación sexual del individuo, es decir, a la capacidad de una persona (independiente del
sexo biológico y de la identidad de género) de sentir atracción sexual, emocional y afectiva
hacia otra persona (de otro género, del mismo género o de ambos). Otras tipologías de
orientación sexual han ido surgiendo como forma de identificación de algunos individuos:
pansexualidad, asexualidad, polisexualidad. Ahora bien, los estudios científicos no incluyen
este tipo de orientaciones sexuales. Actualmente la orientación sexual se considera como
un espectro, es decir, como no binaria.
La identidad de género refiere a la percepción subjetiva del individuo en cuanto a
la identificación que hace de sí mismo con un género (hombre, mujer, otro); esta iden-
tificación subjetiva puede corresponder o no con el sexo biológico y es independiente
de la orientación sexual. A la identidad de género se le ha llamado “sexo psíquico”. El
término transgénero describe, a su vez, a un grupo diverso de personas quienes no se
identifican y/o no se presentan de acuerdo al género asignado al nacer (sexo biológico).
Las identidades transgéneros corresponden a hombres o mujeres transgéneros quienes
feminizan o masculinizan –respectivamente– sus cuerpos a través de la expresión de
142
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA EN POBLACIÓN LGBT Macarena Zuleta Zahr
género. Cabe mencionar que se entiende por expresión de género a la manera en que
el individuo expresa su género a través de la vestimenta, comportamientos, intereses y
afinidades, a través de tratamientos hormonales y/o de cirugía de reasignación sexual.
Las identidades transgéneros también reagrupan a individuos que no se identifican y/o
no se presentan con la expresión de género dicotómica hombre/mujer (ej. genderqueer,
pangénero, bigénero). El término Q –proveniente de la palabra “Queer”, que significa en
inglés aquello que es diferente a la norma, a lo establecido– se adopta posteriormente
para incluir a este grupo de personas1.
La complejidad de la experiencia humana hace que el individuo sea la combinación de
todos estos elementos: sexo biológico, orientación sexual, identidad de género y expresión
de género. Estos elementos son independientes entre sí y combinados conforman la identi-
dad del individuo. Para ser más exactos en la comprensión de la experiencia de la diversidad
sexual humana, hay que considerar que la orientación sexual se define desde la identidad
de género, es decir que con respecto a una mujer transgénero (sexo biológico asignado al
nacer masculino) la orientación sexual homosexual, heterosexual o bisexual se define desde
su propia identificación como mujer (identidad de género); es decir, que como mujer trans-
género puede sentirse atraída física y emocionalmente hacia los hombres (heterosexual),
hacia las mujeres (homosexual) o hacia ambos (bisexual). Lo mismo ocurre con un hombre
transgénero (sexo biológico asignado al nacer femenino), quien se identifica como mujer
(identidad de género) y que puede sentirse atraído física y emocionalmente hacia las mu-
jeres (heterosexual), hacia los hombres (homosexual) o hacia ambos.
Esta complejidad implica tener en cuenta que las personas gays, lesbianas, bisexuales
y transgéneros constituyen un grupo bastante heterogéneo y que la generalización de los
resultados de estudios de un grupo (ejemplo, personas gay) a toda la población LGBT no es
válida1. No es válida, además, ya que dentro de una categoría de población diversa pueden
existir diversos subgrupos que se han construido socialmente, basándose en aspectos como
la feminidad, la masculinidad y la imagen corporal. Un ejemplo, es el grupo de los “Osos”
dentro de la cultura gay, compuesto por hombres homosexuales de corpulencia robusta,
con mucho pelo y de aspecto masculino.
Se adiciona a lo mencionado anteriormente que estas categorías pueden superponer-
se entre sí (se puede ser gay y trans, lesbiana y trans, heterosexual y trans, entre otras) y
las investigaciones no toman en cuenta estos niveles de independencia de la experiencia
humana, sólo incluyen como objeto de estudio a un nivel: por ejemplo, los estudios sobre
población trans no toman en cuenta las diferentes orientaciones sexuales de la población de
estudio. Estudiar el fenómeno es, por lo tanto, bastante complejo y para la lectura de este
capítulo hay que tener en cuenta esta limitación metodológica con respecto a los criterios
de inclusión y de definición de la población estudiada.
Otra limitación metodológica a tomar en cuenta antes de proceder con este capítulo,
refiere a que la mayoría de las investigaciones relacionadas con los TCA en población
LGBT no utilizan los diagnósticos establecidos de los TCA propiamente tal (anorexia
nerviosa, bulimia nerviosa, trastorno por atracón); si no que incluyen diferentes desór-
denes de la conducta alimentaria como indicadores de comportamientos alimentarios
patológicos (ejemplo, restricción alimentaria, vómitos, uso de laxantes o pastillas para
bajar de peso, etc.). La prevalencia de estos desórdenes de la conducta alimentaria se
utiliza luego para hacer una proyección sobre la prevalencia de los TCA en la población
de estudio (LGBT).
143
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: GRUPOS ESPECIALES
144
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA EN POBLACIÓN LGBT Macarena Zuleta Zahr
a continuación, variados estudios han reportado una asociación entre orientación sexual
diversa (especialmente entre los hombres homosexuales y personas transgéneros) y un
aumento del riesgo asociado a la presencia de desórdenes alimentarios y preocupaciones
corporales.
Los datos actuales sobre los TCA en jóvenes de la población general muestran que
existe un aumento del riesgo del desarrollo futuro de patologías psiquiátricas graves
–comorbilidades– como desórdenes ansiosos, depresión, abuso de sustancias y conductas
de autodaño (incluidas el suicidio).
Los TCA forman parte del grupo de patología mental con más alta prevalencia de
mortalidad (se cuentan causas físicas asociadas al TCA y el suicidio)3,4. Estos datos son
considerados de particular importancia para la población LGBT debido a la alta vulnerabi-
lidad psicológica y su impacto en el aumento del riesgo de desarrollo de comorbilidades
psiquiátricas, incluidas en ellas los TCA. Un aspecto a tomar en cuenta es que la depresión
ha sido identificada como una comorbilidad frecuente de los TCA; la depresión es igual-
mente de alta prevalencia en la población LGBT. Esta interacción de los TCA y la depresión
(que ha sido identificado a su vez como un factor predictor y de mantención de los TCA,
en particular de la bulimia nerviosa) haría suponer un aumento del riesgo de desarrollo de
un TCA en la población LGBT1.
Por otro lado, la mayoría de los TCA emergen durante el período de la adolescencia.
Este período del desarrollo también constituye un momento crítico para el desarrollo de la
orientación sexual, por lo que no sería sorprendente que los TCA afectaran en particular a
la juventud más vulnerable, es decir, la población LGBT3.
145
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: GRUPOS ESPECIALES
Los estudios han demostrado que los hombres con orientación sexual diversa (hombres
gay y bisexuales) son más propensos que los hombres heterosexuales a ser diagnostica-
dos con algún TCA, presentan más insatisfacción corporal y/o son más propensos a una
alimentación restrictiva, tienen más preocupaciones corporales (peso y forma) y son más
propensos a desarrollar alteraciones del comportamiento relacionadas al peso (ej. uso de
esteroides, anabólicos)3,8.
Varias hipótesis sobre la mayor prevalencia de TCA en hombres gay y bisexuales han
sido expuestas. Algunos estudios han mostrado que los hombres gays dan todavía más én-
fasis a la apariencia física a la hora de elegir una pareja que los hombres heterosexuales; si-
guiendo esta hipótesis, se ha encontrado que los hombres gays son más propensos a hacer
dieta (restricción alimentaria) y que tienen un ideal corporal más delgado que los hombres
heterosexuales (aunque los estudios no son unánimes al respecto en este último punto)4.
Por lo tanto, los hombres gay tendrían más riesgo de desarrollar un TCA, dado que
presentarían más frecuentemente un comportamiento alimentario restrictivo; la restricción
alimentaria ha sido el factor gatillante sistemáticamente encontrado en la aparición de los
TCA (en particular la anorexia nerviosa). Además, basados en ciertos estudios, algunos
autores plantean la hipótesis que los hombres gays podrían tener mayor discrepancia entre
la imagen corporal ideal y la imagen corporal percibida, lo que a su vez puede incrementar
la restricción alimentaria y la insatisfacción corporal; ambos factores de riesgo para el de-
sarrollo de un trastorno alimentario4.
Ahora bien, la relación entre la orientación sexual y la patología alimentaria podría
atribuirse simplemente –o además– al elevado nivel de riesgo de desarrollo de patologías
psiquiátricas en la población no-heterosexual. Un factor de riesgo potencial y que ha sido
repetidamente encontrado en las minorías sexuales, así como en los TCA, es la alta preva-
lencia de depresión4,8.
Se podría afirmar entonces, que la orientación sexual en los hombres predice de manera
significativa la insatisfacción corporal y el riesgo de desarrollo de un TCA. Adicionalmente,
aspectos como la homofobia internalizada, la homonegatividad (actitudes y percepciones
negativas que un hombre gay puede tener hacia la homosexualidad en general y hacia su
propia orientación sexual) y una sexualidad egodistónica pueden contribuir al autodesprecio
y al autodaño. Los TCA pueden ser una manifestación de aquella vulnerabilidad emocional
y psicológica, en donde los síntomas depresivos pueden ser factores de riesgo para el de-
sarrollo del TCA y/o una comorbilidad10.
146
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA EN POBLACIÓN LGBT Macarena Zuleta Zahr
lo tanto, de restringir la ingesta alimentaria. Una hipótesis avanzada por los autores es que
en la comunidad lesbiana y bisexual habría una mayor aceptación de la imagen corporal
más robusta, por lo que las mujeres lesbianas y bisexuales se sentirían más satisfechas de
su imagen corporal, siendo aquello un factor protector para el desarrollo de un TCA3,4,10.
Sin embargo, existen otros estudios que han encontrado la orientación sexual femenina
homosexual como un factor de riesgo para la presencia de los TCA, al igual que la orienta-
ción homosexual en los hombres1,3,15. Estudios realizados en los Estados Unidos en pobla-
ción juvenil, arrojan que adolescentes que se identifican como lesbianas, gays y bisexuales
muestran una mayor prevalencia de atracones y de uso de purgas. Datos obtenidos del
“Youth Risk Behavioral System Survey” -también en los Estados Unidos de los años 2005 y
2007- confirmarían que los jóvenes gays, lesbianas y bisexuales son significativamente más
propensos a tener comportamientos purgativos y a usar pastillas para adelgazar3.
Con respecto a la orientación sexual femenina diversa y la prevalencia de los TCA es,
por lo tanto, bastante difícil sustraer conclusiones. Se necesitan estudios más precisos no
sólo en los criterios de inclusión de una determinada población (mujeres lesbianas o mujeres
bisexuales), sino que también en los criterios diagnósticos de los TCA.
147
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: GRUPOS ESPECIALES
autoevaluación corporal más negativa, así como dificultades para conformarse una imagen
corporal satisfactoria y congruente. La angustia corporal estaría sobre todo ligada a las
partes del cuerpo que son susceptibles de recordar al sexo biológico no deseado. Muchas
investigaciones sobre satisfacción corporal y población trans se han focalizado en partes
del cuerpo con características sexuales susceptibles de ser modificadas gracias a tratamien-
tos hormonales y/o cirugías de reasignación sexual. Los estudios muestran que este tipo
de tratamientos son capaces de disminuir la insatisfacción corporal y aliviar el sufrimiento
provocado por ésta1,3,10,16. Este aumento en la satisfacción corporal postratamiento estaría
ligado a una mayor congruencia entre las partes del cuerpo con características sexuales y
la identidad de género deseada.
Con respecto a la población transgénero y la relación con los TCA se ha especulado que
para los hombres transgéneros (sexo biológico femenino) la lucha por la delgadez –con con-
siguiente restricción alimentaria– sería una manera de buscar una imagen corporal que co-
rresponda a los ideales culturales femeninos asociados a la belleza y la atracción sexual. Por
otro lado, para las mujeres transgéneros (sexo biológico masculino) la lucha por la delgadez
sería una forma de reducir el peso corporal con el objetivo de suprimir las características
sexuales y rechazar la feminidad10,16. Más investigación focalizada y específica se necesita
para probar estas hipótesis ya que los pocos estudios efectuados no son concluyentes.
En suma, hasta la fecha lo que se puede concluir es que existe una relación entre pobla-
ción transgénero e insatisfacción corporal y los estudios han mostrado que los tratamientos
(hormonales y quirúrgicos) reducen la insatisfacción corporal en esta población. Sin embar-
go, no se puede determinar una relación entre esta insatisfacción corporal en las personas
transgéneros y una mayor prevalencia de desórdenes en la conducta alimentaria ni, por
lo tanto, proyectar una mayor prevalencia de TCA. Como refieren Jones y colaboradores
“quizás en la población trans la insatisfacción corporal no se manifiesta en un trastorno de
la conducta alimentaria ya que las personas trans están disconformes con partes del cuer-
po que no pueden ser modificadas a través de la restricción alimentaria (manos, caderas,
hombros, etc.)”16.
Conclusiones
A pesar de la extensa literatura que sugiere una relación entre la población LGBT y la
vulnerabilidad para el desarrollo de los TCA, hemos visto que sustraer generalidades se hace
bastante difícil y sería, además, inadecuado. Esta dificultad está relacionada a la alta com-
plejidad de la población de estudio (LGBT es un grupo bastante heterogéneo), así como a la
dificultad asociada a la obtención de una muestra de la población específica (por ejemplo,
persona transgénero gay) en la cual se pueda identificar el conjunto de criterios necesa-
rios para el diagnóstico de un TCA. La mayoría de los estudios (salvo estudios suficientes
hechos en población gay) hacen, por lo tanto, proyecciones sobre el riesgo de prevalencia
de un TCA basados en comportamientos alimentarios considerados patológicos (lo que los
estudios llaman desórdenes alimentarios).
Con respecto a la prevalencia de los desórdenes alimentarios en población LGBT se
puede concluir:
• Existe una relación entre el riesgo de desarrollo de TCA y los hombres gays. Los estudios
son contundentes en mostrar que este grupo de la diversidad sexual tiene más riesgos
de sentir insatisfacción corporal, son más propensos a padecer de TCA y reportan más
148
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA EN POBLACIÓN LGBT Macarena Zuleta Zahr
prácticas de control ponderal poco saludables. Los estudios en esta población específica
son más numerosos y metodológicamente exactos por lo que se puede concluir que
existe una mayor prevalencia de TCA entre los hombres gay.
• Existe una relación entre el grupo de personas transgénero (a pesar de su heterogenei-
dad) y la insatisfacción corporal. Sin embargo, la insatisfacción corporal, a pesar de ser
un factor de riesgo en población general para el desarrollo de un TCA, pareciera no
serlo en esta población.
• Por otro lado, las investigaciones parecieran indicar que los niveles de insatisfacción cor-
poral y de la presencia de TCA son más altos entre las personas que se relacionan sexual
y afectivamente con hombres (mujeres heterosexuales, hombres homosexuales, incluso
algunos estudios muestran a hombres transgéneros que se relacionan con hombres). La
pregunta de investigación a explorar con más detalle sería más bien: ¿ser el objeto del
deseo sexual masculino constituye un factor de riesgo para la emergencia de un TCA?
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149
Capítulo 14 PARTE I: GRUPOS ESPECIALES
La edad reproductiva es donde hay una mayor prevalencia de TCA. A pesar de esto,
poco se ha estudiado el periodo perinatal. Cifras internacionales reportan que se presenta
en un 3%-5,3% ante parto y en un 7,2%-12,8% en el postparto1,2.
El embarazo modifica tanto la presencia como el curso de un TCA, en mujeres que
tienen historia de haberlo padecido o que lo tienen activo al momento de quedar em-
barazadas3. Esto se debe a que puede ser un periodo de mayor estrés y ansiedad para
algunas mujeres, asociado al aumento de peso y el cambio en la figura corporal, los cua-
les pueden llevar a una recaída o al empeoramiento del TCA. A la inversa, el TCA puede
mejorar debido a las preocupaciones de la mujer sobre los efectos adversos en su bebé
por nacer4. Por esto, las mujeres con antecedentes de TCA deben ser monitoreadas con
mayor frecuencia durante el embarazo y el postparto; también necesitan mayor apoyo
durante la lactancia materna.
Los TCA no sólo afectan a las mujeres durante el embarazo y la lactancia, sino que son
una causa de problemas en la fertilidad. La mayoría de las mujeres con BN (incluso aquellas
con un índice de masa corporal normal) tienen irregularidades menstruales y el 5% de estas
mujeres reportan amenorrea secundaria. Por lo tanto, las mujeres con TCA pueden con-
sultar a su médico por infertilidad. Sin embargo, un estudio de seguimiento de 11,5 años,
en 173 mujeres con BN, encontró que el 75% quedó embarazada, lo que indica que los
problemas de fertilidad no son más comunes en estas mujeres5. Las mujeres con AN activa
tienen más dificultades para concebir. La menstruación y el retorno a la fertilidad normal
pueden retrasarse hasta en un 30% en las mujeres con AN que recuperan el peso normal6.
Las mujeres con períodos irregulares o en amenorrea con un TCA, a menudo asumen que
no pueden concebir, al igual que sus tratantes. Esto puede llevar a un uso inadecuado de
la anticoncepción y al riesgo de embarazos no planeados.
La evidencia sugiere un curso variable para mujeres que quedan embarazadas con un
TCA, que ya está en remisión versus
aquellas que están con un TCA activo. El TCA puede
continuar sin cambios durante el embarazo7. Dos estudios prospectivos encontraron que los
síntomas pueden mejorar en mujeres con BN, mientras que las que tenían AN tenían más
probabilidades de recaer después del parto4. Otro estudio prospectivo de casos y controles
informó que el embarazo podía llevar a una recaída en mujeres con antecedentes de TCA,
probablemente en los primeros seis meses posteriores al parto.
Un reciente estudio de cohorte prospectivo, basado en una comunidad de 12.254 mu-
jeres, con antecedente de TCA, TCA activo, obesidad y sin trastorno alimentario, informó
que las mujeres con TCA generalmente mejoraron durante el embarazo. Sin embargo, estas
mujeres reportaron mayor preocupación y ansiedad continuas por su peso, hicieron dieta
con más frecuencia, usaron más laxantes y tuvieron episodios de vómitos autoinducidos en
comparación con los otros grupos de mujeres embarazadas8.
150
TCA EN EMBARAZO Y LACTANCIA Paola Barriguete Chávez Peón y Daniela Gómez Aguirre
Se ha observado que las mujeres con TCA tienen un mayor riesgo de depresión pos-
natal. Un estudio retrospectivo de casos y controles de 94 mujeres con TCA encontró que
un tercio de ellas desarrolló depresión posnatal, en comparación con el 3%-12% de la
población general19. Un gran estudio retrospectivo de cuestionarios de mujeres, con uno o
más embarazos, encontró que las que presentaban TCA fueron más propensas a reportar
depresión durante el embarazo y el postparto20.
Las mujeres con un TCA tienen más probabilidades de tener un trastorno afectivo
subyacente (hasta un 40%) y esto, junto con el estrés adicional del embarazo (cambio de
151
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: GRUPOS ESPECIALES
imagen corporal, aumento de peso, pérdida de control), se cree que hace que estas mujeres
sean más vulnerables a la depresión posnatal20. Varios estudios han encontrado que las
mujeres con TCA tienen un mayor riesgo de recaída del trastorno después del nacimiento,
especialmente aquellas con antecedentes de AN o una alta frecuencia de atracones en la
concepción21,22.
Las mujeres con TCA parecen dejar de amamantar antes que la población general. Un
estudio con cuestionario retrospectivo que examinó a 454 mujeres, entre tres y siete meses
después del parto, encontró que el 11,5% autoinformó un trastorno alimentario y estas
mujeres tenían significativamente menos probabilidades de estar amamantando a los tres
meses después del parto7. En los casos en los cuales la lactancia tiende a prolongarse, no
existen datos sobre la lactancia como medida purgativa con el fin de regular el peso una
vez nacido el infante.
Existe evidencia de que los TCA en la madre se traducen también en barreras y difi-
cultades en la práctica de la lactancia materna y alimentación infantil, ya que es percibida
como una tarea estresante y angustiante20; existe una incapacidad a responder de forma
asertiva al comportamiento y necesidades emocionales del bebé. Las prácticas alimen-
tarias de las madres con TCA suelen caracterizarse por tener altos niveles de control
materno, así como preocupación en torno al peso del hijo23. Los datos arrojan que se
puede observar una asociación entre tener un TCA materno y el patrón alimentario al in-
troducir las comidas sólidas en los hijos, ya que son mujeres que no cuentan con comidas
realizadas en casa, aunado a la compra excesiva de productos comerciales para alimentar
a sus bebés, principalmente observado en TA y BN. A su vez se basan en un patrón de
alimentación poco balanceado, debido a la baja disponibilidad de alimentos en casa y a
que se basan en dietas caracterizadas por la eliminación de ciertos grupos de alimentos,
principalmente en BN y AN24,25.
El conocimiento de la dieta infantil, así como de patrones alimentarios, es esencial
para el desarrollo de estrategias para promover una alimentación saludable en niños26. Las
prácticas alimentarias, así como la actitud de las mismas, moldean el ambiente temprano
infantil y también la posibilidad de una transmisión de las alteraciones en las conductas
alimentarias27.
Conclusiones
152
TCA EN EMBARAZO Y LACTANCIA Paola Barriguete Chávez Peón y Daniela Gómez Aguirre
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154
PARTE I: GRUPOS ESPECIALES Capítulo 15
Introducción
155
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: GRUPOS ESPECIALES
Existen algunos factores exclusivos de las mujeres mayores en comparación con sus
pares más jóvenes que buscan tratamiento para un TCA. Debido a su larga duración y la
rigidez del hábito, los pensamientos y síntomas del TCA pueden volverse egosintónicos,
156
TCA EN MUJERES DE MEDIANA EDAD Y ADULTO MAYOR Daniela Gómez Aguirre
157
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: GRUPOS ESPECIALES
Diagnóstico
Anorexia nerviosa
Se define como una disminución del apetito que conduce a una pérdida significativa
de peso corporal. AN puede presentarse en mujeres de mediana edad y mujeres mayores,
aunque esto se cree que es raro. Estos casos pueden representar una enfermedad de inicio
tardío o, más probablemente, una continuación de un trastorno de por vida.
La reducción frecuente de la ingesta energética asociada a la edad se ha denominado
anorexia del envejecimiento. El fenómeno afecta al 18% de las personas mayores de 65
años; su prevalencia puede ser mayor en mujeres que en hombres15.
La AN se asocia con un alto riesgo de morbilidad y mortalidad y, por lo tanto, es un
tema de creciente reconocimiento e investigación. La investigación ha buscado dilucidar
los factores de riesgo, identificar la fisiopatología y desarrollar tratamientos más específicos
y eficientes.
158
TCA EN MUJERES DE MEDIANA EDAD Y ADULTO MAYOR Daniela Gómez Aguirre
Pronóstico: Sólo cerca de la mitad de los pacientes se recupera por completo, el resto
toma un curso crónico y experimenta recaídas repetidas. Los factores pronósticos para el
resultado deficiente incluyen: mayor gravedad de la enfermedad, índice de masa corporal
extremadamente bajo, comorbilidad psiquiátrica adicional, años de evolución y peor fun-
cionamiento social. Las tasas de recuperación en mujeres de mediana edad y mayores con
AN, son desconocidas, debido a la rareza del trastorno en este grupo de pacientes.
En un estudio hecho en siete mujeres con AN, mayores de 50 años, derivadas a un gran
servicio de trastornos alimentarios en una década, se encontró que sólo una paciente se
recuperó por completo; mientras que, aproximadamente la mitad que había restablecido
su peso al rango normal, continuó exhibiendo una psicopatología de TCA significativa.
Las comorbilidades psiquiátricas son frecuentes en AN. Las más comunes son: depresión,
trastorno obsesivo compulsivo, agorafobia, fobia social y trastornos de pánico. El porcentaje
de pacientes adultos con un diagnóstico de depresión mayor como comorbilidad puede
llegar al 56,4%. Se ha informado que el 46% de las mujeres mayores de 50 años con TCA
(principalmente AN) sufren depresión en el momento de la derivación a un servicio de ur-
gencias, y todos los sujetos describieron episodios recurrentes de depresión en el pasado17.
A pesar del curso grave y crónico de la enfermedad, los pacientes afectados parecen ser
capaces de llevar una vida normal.
159
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: GRUPOS ESPECIALES
y el 46% tenía 30 años o más (el 25% era mayor de 40 años). Los pacientes mayores de 30
años no se diferenciaban de los más jóvenes en cuanto al grado de insuficiencia ponderal
profunda y la prevalencia de complicaciones médicas. Su progresión a través de la estabi-
lización médica funcionó tan bien como en pacientes más jóvenes (logro de IMC de 14).
En la revisión de Lewis-Smith et al.21 se buscaba identificar intervenciones para mujeres
en la mediana edad que tenían como objetivo mejorar la imagen corporal y la alimentación
desordenada. Se encontraron tres intervenciones efectivas: dos se basaron en la Terapia
Cognitivo-Conductual (TCC) y un estudio piloto utilizó la terapia de aceptación y com-
promiso. El estudio de McLean et al.22, una intervención basada en la TCC para la imagen
corporal y un comer desadaptativo, mostró claras mejoras en las mujeres de mediana edad.
El efecto de AN sobre la densidad ósea puede ser severo y debilitante. Se han aplicado
terapias de restauración del peso corporal, reemplazo de estrógenos, factor del crecimiento
insulínico recombinante humano, bifosfonatos y teriparatida en individuos con AN. Una
revisión sistemática y un metaanálisis, que analizaron la eficacia clínica de las preparaciones
de estrógenos sobre la densidad mineral ósea y las fracturas óseas, concluyeron que dicho
tratamiento es de beneficio incierto23. En adultos con antecedentes de AN, se recomienda
realizar densitometría cada dos años para controlar la densidad mineral ósea y evaluar la
respuesta al tratamiento para la osteoporosis.
160
TCA EN MUJERES DE MEDIANA EDAD Y ADULTO MAYOR Daniela Gómez Aguirre
GLP-1, leptina). Existe evidencia creciente que algunas de las señales de retroalimentación
(es decir, colecistoquinina, opioide) están alteradas en individuos seniles. Otros factores
fisiológicos subyacentes a la disminución de la ingesta de alimentos incluyen un ligero
aumento en los umbrales al gusto y olor, y una disminución en el vaciamiento gástrico.
Algunos estudios26,27 han analizado el tratamiento de AA con acetato de megestrol, drona-
binol o inhibidores de la colecistoquinina. Sin embargo, ningún tratamiento ha demostrado
ser efectivo.
Bulimia nerviosa
La prevalencia de vida de BN se estima entre 1,7% y 2,9%. En el grupo de edad más
afectado, 16-29 años, la incidencia de BN varía de 300 a 438 por 100.000 personas/año. De
acuerdo con Mangweth-Matzek et al.7, 10 de 715 (0,2%) mujeres de 40-60 años mostraron
BN como se define en el DSM-IV. Preti et al.28 estimaron el riesgo de vida de BN en mujeres
de 45 años y más como 0,21%. La escasa literatura sobre el tema sugiere que la mayoría
de los casos de inicio tardío son en realidad secuelas de los TCA de inicio temprano: sólo
un tercio son casos nuevos en mujeres mayores (más de 40 años).
Como se señaló anteriormente, los TCA en ancianos no se han estudiado ampliamen-
te. Se debate, si su frecuencia sigue siendo la misma o disminuye, pero la pregunta más
importante es por qué las mujeres mayores padecen esta enfermedad. Es posible que el
mundo occidental no acepte el cuerpo no ideal de una mujer madura. El gran valor que
se concede a la esbeltez y la juventud a menudo genera la disatisfacción entre las mujeres
mayores respecto de cómo cambian sus cuerpos. También puede estar relacionado con una
pérdida de control y poder. El vómito autoinducido puede dar a las mujeres la sensación
de recuperar el control y atraer la atención de los familiares que normalmente ignoran a
los ancianos. Los estudios29 han demostrado que la importancia de la imagen corporal y
la insatisfacción no difieren en los diferentes grupos de edad, pero que lo que sí produce
un impacto es la autoestima: una alta autoestima puede ser un mecanismo de protección
para desarrollar un TCA.
Una lista de causas de TCA en pacientes mayores de 50 años fue publicada por Lapid30.
Se identificaron los siguientes eventos precipitantes: cirugía de cadera, viudez, pérdida de
un ser querido, mudanza de miembros de la familia, crisis doméstica, problemas de salud
del esposo, un nuevo matrimonio del exesposo, jubilación, matrimonio de la hija, prisionero
durante la Segunda Guerra Mundial, eventos estresantes de la vida, colecistectomía, cirugía
gástrica, inmigración, insatisfacción matrimonial, estrés de la crianza de los hijos, neumonía,
traslado residencial y cirugía facial. Los más comunes fueron la viudez y el duelo. La mayoría
de los factores en esta larga lista no son médicos, sino de naturaleza social.
Tratamiento: Las estrategias de tratamiento para los TCA no suelen diferir según los
grupos de edad. El tratamiento psicológico está indicado para pacientes con trastornos
crónicos y recurrentes. Fairburn31 desarrolló una forma manualizada de Terapia Cognitivo-
Conductual (CBT). Una serie de estudios muestran el rol de los antidepresivos, ansiolíticos
y antipsicóticos para los pacientes con BN, si se administran por un período breve. El trata-
miento combinado (psicoterapia, medicamentos y participación de miembros de la familia)
es más beneficioso.
El 20% de los pacientes de edad avanzada, informados en 46 estudios de caso, murie-
ron por sus complicaciones del TCA (p. ej., caquexia, neumonía o insuficiencia cardíaca).
161
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: GRUPOS ESPECIALES
Una vez que se sospecha el diagnóstico, los médicos deben investigar lo más rápido posible
y comenzar el tratamiento de inmediato. Aproximadamente el 42% de los pacientes se
beneficiaron del tratamiento15.
Una comorbilidad reconocida de aparición tardía en TCA crónicos son los trastornos
del ánimo, como el trastorno depresivo mayor (TDM), la ansiedad y los trastornos por
consumo de sustancias (TUS). Se ha sugerido que los TCA a largo plazo están asociados
con un aumento de los trastornos del ánimo y los TUS. Aquellos que se habían recuperado
completamente de un TCA, a los 22 años de seguimiento tenían el doble de probabilidades
de no ser diagnosticados con un trastorno del ánimo en el último año, y cinco veces más
probabilidades de no ser diagnosticados con TUS en el último año34.
Las complicaciones médicas resultantes de un TCA crónico también afectan la dispo-
sición y la motivación para el tratamiento. Las relaciones con los miembros de la familia y
los tratantes de confianza pueden ser más importantes para las mujeres mayores cuando
buscan tratamiento y cumplen con las recomendaciones. Esta experiencia puede diferir de
las mujeres más jóvenes y con enfermedades más agudas.
162
TCA EN MUJERES DE MEDIANA EDAD Y ADULTO MAYOR Daniela Gómez Aguirre
Al igual que con los TCA en pacientes jóvenes, todos los órganos vitales del cuerpo se
ven afectados en mujeres adultas. Las alteraciones incluyen desequilibrios electrolíticos que
pueden conducir a arritmias y disfunción cardíaca; irregularidades neuroendocrinas, por
reservas de grasa agotadas que conducen a un deterioro intensivo del estrógeno, desre-
gulación menstrual y aumento de los síntomas menopáusicos; disminución de la densidad
mineral ósea que aumenta el riesgo de osteopenia y osteoporosis; y la desregulación me-
tabólica resultante del ciclo de desnutrición crónica restrictiva35,36.
Uno de los riesgos exclusivos de los adultos mayores es el deterioro cognitivo más rá-
pido, debido a la dieta y al rápido descenso de peso. El deterioro cognitivo puede agravar
aún más a un individuo con AN, porque ya puede estar experimentando problemas con el
procesamiento de información visual, cognitiva y afectiva debido a una disfunción insular37.
Los resultados de la investigación sugieren que una tasa creciente de pérdida de peso,
desde la mediana edad hasta el final de la vida, es un marcador de deterioro cognitivo leve
y puede ayudar a identificar a las personas con mayor riesgo38. La dieta es un factor de
riesgo para pacientes de edad avanzada39, ya que la tasa de mortalidad aumenta con un
peso menor a medida que las personas envejecen40. Para los adultos mayores, un IMC más
alto está asociado con una mayor longevidad41.
Conclusiones
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165
PARTE I: ASPECTOS MÉDICOS Capítulo 16
Introducción
Conocemos gran parte de los cambios producidos por la desnutrición por el Proyec-
to Minnesota, que evaluó las consecuencias de la hambruna de la guerra a nivel físico,
emocional, cognitivo y social1. El aporte de este trabajo a la comprensión de los cambios
observados en la AN no ha sido suficientemente reconocido y divulgado. En él, treinta y
seis hombres objetores de conciencia en la segunda guerra mundial, física y mentalmente
sanos, se sometieron voluntariamente a una dieta restrictiva de aproximadamente el 50%
de sus requerimientos durante seis meses.
El impacto fue profundo; el foco principal de atención empezó a ser la comida, soñaban
con ella, fantaseaban sobre alimentos a los que no tenían acceso, usaban mucho tiempo
hablando sobre alimentos y recetas. Algunos reportaron placer en ver a otros comer u
oliendo comida; algunos llegaron a comprar o robar comida para sublimar sus antojos y se
agitaban, si la hora de comer se atrasaba. Extendían la experiencia de comer lo más que
podían (la comida era insípida), y con acceso libre a café y chicle, muchos llegaban a tomar
2,5 litros de café y mascar 40 chicles diarios; si tenían oportunidad tenían atracones de
miles de calorías.
En relación a síntomas anímicos, reportaron una inmediata disminución en la energía fí-
sica y motivación personal, con apatía intensa, perdieron a sus parejas y el interés sexual, no
se entretenían en las fiestas, iban al cine solos, perdieron la capacidad de reírse a carcajadas.
Tenían períodos paroxísticos de irritabilidad irracional y se observó un aumento significativo
de pensamientos ansiosos y obsesivos. A pesar de la marcada desnutrición, muchos de ellos
no se veían a sí mismos enflaquecidos, y veían a los demás gordos en comparación. Algunos
manifestaban plenitud, malestar abdominal y meteorismo.
Después de seis meses, y pérdida de aproximadamente el 25% de peso corporal, los
que llegaron a esta fase fueron observados durante la realimentación. La recuperación física
fue lenta, requiriendo sobre 4.000 calorías diarias; el estado mental inicialmente empeoró:
la irritabilidad se transformó en agresión y los cambios de humor se hicieron más intensos,
para estabilizarse luego de tres meses. Un grupo que se realimentó sin protocolo controlado
tenía sobreingestas extremas, que persistieron hasta ocho meses después.
167
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: ASPECTOS MÉDICOS
168
RESPUESTA FISIOLÓGICA NORMAL EN NIÑOS Y ADOLESCENTES CON TCA Francisca Corona Humphreys
En los que han iniciado los cambios puberales, la progresión de la maduración sexual
puede enlentecerse o detenerse, sin llegar a completarse mientras dure la desnutrición.
Manifestaciones óseas
Manifestaciones reproductivas
169
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: ASPECTOS MÉDICOS
la leptina puede ser un mediador final, independiente de la grasa corporal. Se puede hipo-
tetizar que la deprivación estrogénica que resulta de la actividad ovárica detenida explica la
pérdida de muchos efectos neurobiológicos de los esteroides y juega algún rol patogénico3.
La ocurrencia de amenorrea parece tener relación con la rapidez de baja de peso inicial,
menor índice de masa corporal (IMC) en la primera consulta y formas preponderantemente
restrictivas, sugiriendo compromiso de mecanismos neuroendocrinos relacionados con la
alteración homeostática, independiente del balance energético5.
El hipogonadismo central persiste en 30% de las AN después de la recuperación nutri-
cional, lo que podría explicarse por la restauración incompleta de leptina y grelina.
En los pocos estudios en pacientes hombres, se ha visto que los niveles de leptina tie-
nen correlación positiva con los de testosterona, y que la AN produce pérdida de interés y
potencia sexual2.
Manifestaciones tiroideas
Manifestaciones digestivas
Las pacientes con AN tiene menor motilidad gástrica y vaciamiento gástrico lento9, que
se manifiesta como sensación de plenitud gástrica temprana, malestar abdominal alto y,
a veces, náuseas y dolor10, síntomas más acentuados en las enfermedades prolongadas y
desnutriciones más severas. También es frecuente la constipación y las pacientes estudiadas
por este síntoma tienen el tránsito intestinal enlentecido9.
Múltiples estudios han encontrado transaminasas 2 a 4 veces más altas10 y alteraciones
de coagulación, siendo el riesgo de daño hepático mayor en los pacientes que requieren
hospitalización, los de menor edad, los con menor porcentaje de grasa corporal y los de
sexo masculino9. El mecanismo de daño hepático no está claro y mejora en la fase de re-
cuperación nutricional9.
Manifestaciones cardiovasculares
170
RESPUESTA FISIOLÓGICA NORMAL EN NIÑOS Y ADOLESCENTES CON TCA Francisca Corona Humphreys
Otras manifestaciones
Es habitual que las pacientes con AN tengan baja temperatura corporal, que puede ser
consecuencia de la reducción del nivel de hormonas tiroideas, reducción del nivel de hor-
monas gonadales, alteración del sistema circulatorio y pérdida de grasa significativa, con
caída consecuente de leptina.
Las manifestaciones en la piel incluyen xerosis, lanugo, en espalda y bordes laterales de
la cara, pelo delgado, acné y carotenoderma10.
171
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: ASPECTOS MÉDICOS
Conclusiones
Aún falta mucho para tener una comprensión acabada de los fenómenos psicosociales
secundarios a la restricción alimentaria de la anorexia. Del estudio observacional de Keys
destaca que la restricción alimentaria conduce a un mayor interés en la comida que, si es
prolongada, impacta el ánimo y puede aumentar los síntomas obsesivos y ansiosos, y que
puede desencadenar sobreingestas, fenómenos que observamos en nuestra práctica clínica.
Respecto de los cambios metabólicos, la comprensión es aún pobre y faltan estudios en
animales que reproduzcan las condiciones de la AN y estudios clínicos, especialmente el
interjuego entre las hormonas reguladoras del apetito y los circuitos cerebrales de motiva-
ción a comer.
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172
PARTE I: ASPECTOS MÉDICOS Capítulo 17
Introducción
La baja ingesta alimentaria, algunas veces asociada a un aumento del gasto, que resulta
en un balance energético negativo, presente en los TCA, en particular en la AN, produce
una frenación del eje reproductivo. Esta frenación sería un mecanismo adaptativo que busca
optimizar la energía para conservar las funciones vitales.
Analizaremos la fisiología del eje hipotálamo-hipófisis-ovario (HHO) para que se presen-
te regularmente la menstruación y así se pueda entender mejor el mecanismo de frenación
de éste. El ciclo menstrual normal resulta de la integración de señales estimuladoras e
inhibitorias hipotalámicas que producen una pulsatilidad de GnRH capaz de estimular la
liberación de FSH hipofisiaria. La FSH promueve el desarrollo y maduración de los folícu-
los ováricos, necesaria para la producción de estrógenos que estimula la secreción de LH
hipofisiaria, la cual es fundamental para producir la ovulación y posterior formación del
cuerpo lúteo que produce la progesterona. La acción coordinada de las señales centrales
sobre el ovario, produce un crecimiento y descamación sincrónica del endometrio, en
ausencia de embarazo.
La frenación hipotalámica que se produce en la AN genera una disrupción de la pulsati-
lidad hipotalámica de GNRH lo cual conduce a una desaparición de los ciclos menstruales.
Si esta frenación ocurre durante la pubertad puede manifestarse como una amenorrea pri-
maria, es decir, la adolescente no presenta caracteres sexuales secundarios después de los
13 años o no presenta menarquia después de los 15 años. Si la frenación ocurre en etapa
postmenárquica, se produce una amenorrea secundaria que es el cese de la menstruación
por un período mayor a tres meses en una mujer con ciclos menstruales ya establecidos.
Uno de los mecanismos involucrados en la frenación hipotalámica sería la baja de los
173
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: ASPECTOS MÉDICOS
1) Peso
Se han planteado distintos criterios para buscar el peso objetivo a alcanzar con el trata-
miento. Se puede usar el percentil de peso al cual cesaron las menstruaciones6 o alcanzar el
90% del peso promedio estimado para la talla y edad según tablas NCHS. Un estudio que
usó este último criterio mostró que a los 6 meses de recuperado el 90% del peso promedio,
un 86% de las adolescentes recuperaban menstruaciones7. También se ha planteado usar
el IMC como criterio. Un estudio en adolescentes mostró que el 50% de las adolescentes
recuperaba sus menstruaciones a los 6 meses, con un IMC entre percentil 14 y 39, y el 75%
de las adolescentes lo hacía con un IMC sobre el percentil 408.
Hay un grupo de mujeres que a pesar de recuperar el peso persisten en amenorrea.
Esto puede ser por la persistencia de conductas selectivas o restrictivas en la comida, o una
preocupación excesiva por la forma corporal y el peso.
Entre los factores de mal pronóstico para la recuperación de la amenorrea están la mani-
festación del TCA en la etapa premenarquia y un mayor IMC previo al debut del trastorno.
Estas mujeres pueden requerir un peso más alto para recuperar los ciclos menstruales, ya
que es más frecuente que al alcanzar un IMC entre percentil 15 y 25 no recuperen sus
ciclos menstruales regulares9.
Por lo tanto, no es posible utilizar un valor de corte de peso universal para todas las
pacientes y éste se debe ajustar en forma individual e ir reevaluando según la evolución de
cada paciente.
174
COMPLICACIONES GINECOLÓGICAS Y OBSTÉTRICAS EN TCA Carolina Schulin-Zeuthen P. y Paulina Merino O.
2) Marcadores bioquímicos
En relación a los marcadores bioquímicos que se podrían usar para predecir la recupera-
ción de la función del eje HHO, se han evaluado, si los niveles de FSH, inhibina B, hormona
antimülleriana y leptina predicen el retorno de los ciclos. Se han descrito mayores niveles
de estradiol, inhibina B y leptina en quienes recuperan menstruaciones al recuperar peso,
en comparación a pacientes que han recuperado peso, pero que persisten en amenorrea.
Ya que la casuística es pequeña, no permite tener valores de corte para predecir la recu-
peración, ya que se sobreponen los valores de pacientes que persisten en amenorrea con
los que no10. La presencia de niveles elevados de cortisol también podría ser un marcador
de amenorrea persistente11.
175
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: ASPECTOS MÉDICOS
176
COMPLICACIONES GINECOLÓGICAS Y OBSTÉTRICAS EN TCA Carolina Schulin-Zeuthen P. y Paulina Merino O.
beneficio de usar tratamiento hormonal, puesto que restablecer los niveles hormonales
podría ayudar a tener menos fluctuaciones en el apetito23. En estas pacientes también es
importante buscar en forma activa signos clínicos de hiperandrogenismo, como hirsutismo
y acné, que podrían afectar negativamente su autoestima. O hiperandrogensimo bioquí-
mico, pues se sabe que niveles elevados de testosterona en mujeres se han asociado a un
menor control de los impulsos, mayor irritabilidad y más síntomas depresivos, los cuales
acompañan frecuentemente a la bulimia15. Por este motivo, hipotéticamente, podría ser
conveniente bajar los niveles de andrógenos circulantes, si están elevados, para mejorar los
aspectos psicológicos presentes en estas pacientes.
En pacientes con TCA se han visto frecuentes alteraciones de la función sexual, con
puntajes más bajos en cuestionarios de función sexual, en comparación a mujeres sin TCA.
En AN se ha descrito disminución en la libido más frecuentemente que en otros TCA24,25.
Se piensa que la disfunción sexual es secundaria a los cambios hormonales, cambios en
las relaciones interpersonales y a la comorbilidad psiquiátrica presente frecuentemente en
estas mujeres. En ellas se ha visto mejoría en la función sexual cuando recuperan su peso26
y luego de Terapia Cognitivo-Conductual, excepto en aquéllas que tienen el antecedente de
abuso sexual27. Las pacientes obesas con trastorno por atracón tienen más problemas en la
esfera sexual que las pacientes obesas sin TCA, en particular en los subgrupos de mujeres
que comen por cambios de ánimo, en aquéllas que son más impulsivas y en las que están
más preocupadas por su aspecto corporal28.
La fertilidad en mujeres con TCA podría estar afectada debido a las alteraciones mens-
truales y problemas sexuales descritos. Sin embargo, la literatura publica datos divergentes
respecto a si el antecedente de un TCA afecta o no la fertilidad a largo plazo29.
Algunos estudios han descrito que pacientes con AN y bulimia concomitante presentan
mayores índices de consulta a un médico especialista en fertilidad y reciben tratamiento por
este motivo30-32. Otros estudios no muestran cambios negativos en la fertilidad de mujeres
con TCA seguidas a largo plazo33,34.
Hay algunos reportes de mayor frecuencia de abortos espontáneos en mujeres con TCA,
en particular en AN y trastorno por atracón29-35.
Es importante destacar una mayor frecuencia de embarazos no planificados en mujeres
con AN y bulimia, duplicando en algunos estudios a mujeres sin TCA30,31,34. Probablemente
este grupo de pacientes piensa erróneamente que por la irregularidad menstrual no ovu-
lan, por lo tanto, es más difícil que logren un embarazo y secundariamente tienen menos
adherencia a anticoncepción. También debemos considerar que, en particular en la bulimia,
puede haber características de personalidad más impulsivas que llevan a exponerse a un
embarazo sin protección anticonceptiva.
Debemos preocuparnos de ofrecer una anticoncepción segura y eficaz a toda paciente
con TCA que tenga actividad sexual o esté en riesgo de tenerla. No debemos olvidar que la
177
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: ASPECTOS MÉDICOS
Conclusiones
Es importante que los médicos que atienden adolescentes y mujeres en la salud prima-
ria estén sensibilizados para reconocer síntomas de un TCA en pacientes con alteraciones
menstruales, siendo una oportunidad para un diagnóstico precoz.
Faltan aún estudios del efecto de la suplementación con estrógenos en mujeres con
TCA, en particular en otros órganos efectores además del hueso.
No hay que olvidar la mayor frecuencia de embarazos no planificados en mujeres con
TCA, y los mayores riesgos perinatales, en particular en las pacientes en fase aguda, por
lo que se debe priorizar la anticoncepción en quienes puedan estar expuestas a actividad
sexual no protegida y, por ende, a embarazo.
Los embarazos en mujeres con TCA deben ser controlados por un equipo de alto riesgo
obstétrico que trabaje en conjunto con el equipo tratante de la paciente.
178
COMPLICACIONES GINECOLÓGICAS Y OBSTÉTRICAS EN TCA Carolina Schulin-Zeuthen P. y Paulina Merino O.
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180
PARTE I: ASPECTOS MÉDICOS Capítulo 18
Introducción
Hipogonadismo hipogonadotropo
Tabla 1.
Eje comprometido Marcador hormonal
Eje gonadal GnRH ↓, LH ↓, FSH ↓, Estradiol ↓
Eje tiroideo TSH N o ↓, T4 y T4 libre N o ↓, T3 ↓, T3 reversa ↑
Eje suprarrenal CRH ↑, ACTH ↑, Cortisol ↑
Eje somatotrófico GH ↑, IGF-1 ↓
Hueso DMO ↓
Adipokinas Leptina ↓ Adiponectina ↑↓
Péptidos intestinales Ghrelina ↑ PYY ↑ GLP-1 ↓ GIP ↓ Amilina ↓
GnRH: hormona liberadora de gonadotropinas; LH: hormona luteinizante; FSH: hormona foliculoesti-
mulante; TSH: tirotropina; T4: tiroxina; T3: triyodotironina; CRH: hormona liberadora de corticotropina;
ACTH: corticotropina; GH: hormona de crecimiento; IGF-1: factor de crecimiento insulino-símil tipo 1;
DMO: densidad mineral ósea; PYY: péptido YY; GLP-1: péptido semejante a glucagón tipo 1; GIP: polipé-
dido insulinotrópico dependiente de glucosa.
181
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: ASPECTOS MÉDICOS
Hipercortisolismo
El hipercortisolismo ocurre en hasta el 80% de las pacientes con AN, pero rara vez
excede dos veces el límite normal5. Existe un aumento de la hormona liberadora de corti-
cotropina (CRH), que a su vez estimula la hormona corticotropina (ACTH), estimulando la
producción suprarrenal de cortisol. Dentro de las causas están el estrés por la deprivación
crónica nutricional, el aumento como mecanismo compensatorio para mantener la eu-
glicemia, el aumento de la ghrelina que estimula CRH y la disminución del clearance de
cortisol. El método más utilizado para medir esta alteración es el cortisol libre urinario, en
recolección de orina de 24 horas. Ni el cortisol matinal ni el ritmo de cortisol (AM y PM) son
fidedignos para detectar esta alteración.
Las consecuencias del hipercortisolismo son la disminución de masa ósea (inversamente
proporcional a los niveles de cortisol), la inhibición del eje HHG y el efecto deletéreo en la
masa muscular, además de encontrarse positivamente asociado con síntomas de ansiedad
y depresión. Estas mayores concentraciones de cortisol se relacionan también con un incre-
mento de la masa grasa troncal en la fase de recuperación de peso.
No existe actualmente tratamiento farmacológico recomendado para manejar el hiper-
cortisolismo.
Se caracteriza por bajas concentraciones del factor de crecimiento IGF1, a pesar de altas
concentraciones de hormona de crecimiento (GH)6,7. Se presenta como consecuencia de la
deprivación nutricional y energética crónica, surgiendo como mecanismo adaptativo. La GH
estimula la gluconeogénesis y lipólisis, permitiendo mantener niveles normales de glicemia.
Por otra parte, las bajas concentraciones de IGF1, hormona anabólica, también favorecen
un ahorro de energía, disminuyendo el gasto en crecimiento longitudinal8. El aumento de
GH es causado tanto por el aumento de la secreción, como de la frecuencia y amplitud
182
COMPLICACIONES ENDOCRINAS EN TCA Verónica Mericq Guilá y Vivian Gallardo Tampier
de los pulsos. Los factores que contribuyen a esto son el aumento del péptido ghrelina,
potente secretagogo de GH, las bajas concentraciones de insulina, dadas por una baja in-
gesta que ejercen una regulación negativa en la expresión hepática del receptor de GH9, y
el aumento de FGF21, que inhibe la vía de transcripción de GH postreceptor10. Los niveles
de GH están inversamente relacionados con marcadores del estado nutricional, incluyendo
el índice de masa corporal (IMC), la masa grasa y los niveles de leptina11.
Esta resistencia a GH, y bajas concentraciones circulantes de IGF1, produce una dismi-
nución del crecimiento longitudinal en mujeres y varones que desarrollan AN durante la
pubertad, y su recuperación rara vez es completa12-14. La resistencia a GH es parcialmente
revertida con la recuperación del peso15, normalizando la secreción de GH y los niveles
de IGF1. La administración de dosis suprafisiológicas de GH recombinante no mejora los
niveles de IGF1 e incluso puede ser deletérea, disminuyendo aún más la masa grasa por
estimulación de la lipólisis16.
Las adipokinas son hormonas producidas por el tejido adiposo que modulan el gasto
energético, la homeostasis de la glucosa y la regulación del apetito, por lo tanto, se encuen-
tran alteradas en los trastornos alimentarios.
La leptina es un factor anorexígeno cuyos niveles están directamente relacionados con
la masa grasa del organismo y que se encuentra, por lo tanto, disminuida en pacientes con
AN, surgiendo además como mecanismo adaptativo apropiado para reducir el potencial
estímulo anorexigénico. La leptina ha sido ampliamente estudiada como factor permisivo
para la integridad del eje HHG, estimulando indirectamente la secreción de GnRH y con-
tribuyendo, por lo tanto, a la amenorrea hipotalámica en casos de baja concentración. La
leptina señaliza a través de las neuronas Agouti, que expresan receptores de leptina17, y
durante condiciones de deficiencia energética estas inhiben la neurona que expresa Kiss1
que, finalmente, es la que permite la pulsatilidad de la neurona de GNRH18. Además, la
leptina estimula el anabolismo óseo, encontrándose asociación entre bajos niveles de leptina
y disminución de la densidad mineral ósea y marcadores de formación ósea19.
La adiponectina es un péptido anorexigénico que potencia el gasto energético y la
oxidación de ácidos grasos, y se correlaciona negativamente con el IMC y la masa grasa,
sugiriendo que puede contribuir en la fisiopatología que acompaña a la AN. Se ha encon-
trado baja, normal o alta en distintos reportes en pacientes con TCA, dependiendo de las
183
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: ASPECTOS MÉDICOS
Osteopenia
184
COMPLICACIONES ENDOCRINAS EN TCA Verónica Mericq Guilá y Vivian Gallardo Tampier
apropiado de la baja masa ósea es el tratamiento del trastorno alimentario en sí, con la
ganancia de peso y la recuperación del período menstrual (logrando incrementar la masa
ósea en un 2% a 3% anual). Se debe, además, asegurar una buena ingesta diaria de calcio
(1.000 a 1.200 mg) y vitamina D (600-800 UI) y un tratamiento psicológico apropiado, que
disminuye los niveles de cortisol.
La actividad física con carga mecánica ayuda a aumentar la masa ósea, pero la reco-
mendación debe considerar el impacto negativo que esta actividad pueda tener en la re-
cuperación del peso. El efecto de la actividad física y la falta de estrógenos, por separado,
se ha evaluado comparando mujeres con AN y atletas de alto rendimiento de peso normal,
pero oligomenorreicas. Las mujeres con AN tienen menor densidad ósea en hueso cortical
y trabecular, comparadas con las atletas oligomenorreicas y controles. Sin embargo, ambos
grupos muestran similares tasas de fracturas, aunque de diferente tipo. Las atletas muestran
mayores fracturas por estrés, sugiriendo que deberían tener incluso una mejor DMO para
poder hacer deporte23.
Se podría considerar la terapia con estrógenos transdérmicos en mujeres con ameno-
rrea persistente de 6 a 12 meses, después de un periodo razonable de terapia psicológica,
nutricional y/o cambios de actividad física24,25. La terapia con estradiol transdérmico es
preferible a la terapia oral, ya que no suprime los niveles de IGF1, factor importante para
el incremento de la masa ósea. Cabe destacar que la terapia con estrógenos transdérmicos
podría no ser efectiva en la salud ósea, si los déficits nutricionales y/o energéticos continúan.
En el caso de los varones hipogonádicos con osteoporosis, es razonable la sustitución
con testosterona, pero no existen estudios que demuestren la utilidad de esta terapia.
Conclusiones
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186
PARTE I: ASPECTOS MÉDICOS Capítulo 19
Introducción
Compromiso cardiológico
I. Cambios hemodinámicos
La bradicardia sinusal es el trastorno del ritmo más frecuente en niños y adultos con
TCA. Se observa hasta en el 95% de los pacientes con AN6 (Figura 2) y se acompaña fre-
cuentemente de cambios de pulsos ortostáticos. Esto se produce como una adaptación
fisiológica a la inanición, si bien otros factores como la disminución de las hormonas tiroi-
deas, pérdida de electrolitos, uso de medicamentos, glicógeno disminuido en las células
miocárdicas, atrofia celular e hiperactividad vagal, como un intento de conservar energía
al disminuir el trabajo cardiaco por reducción del débito, son también causales. A menor
índice de masa corporal (IMC) mayor es la bradicardia y se recupera con la restauración del
187
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: ASPECTOS MÉDICOS
peso. Cumple un rol de sospecha diagnóstica, ya que es un marcador inicial. Sin embar-
go, con frecuencia no es reconocido en pacientes jóvenes, especialmente atletas, quienes
habitualmente presentan bradicardia por su condición de deportistas. Constituye además
indicación de hospitalización, cuando la frecuencia cardíaca (FC) es menor de 50 latidos
por minuto (LPM) durante el día y menor de 40 LPM en la noche7-10.
La presencia de taquicardia es infrecuente y representa un mayor daño del sistema
autónomo; debe descartarse sobreinfección, reacción adversa a medicamentos u otra
complicación médica agregada, y considerarla como un signo de alarma, ya que constituye
un predictor de arritmia y muerte súbita secundaria al exceso de actividad simpática, sobre
todo en pacientes con IMC menor de 1410-13.
La hipotensión ortostática y los cambios vasculares periféricos son también frecuentes
en estos pacientes. Presentan valores de presión arterial (PA) sistólica < 90 mmHg y dias-
tólica < 50 mmHg, con ausencia de cambios circadianos. Tienen alto riesgo de síncope
por disfunción autonómica y compromiso de la vasoconstricción, además de una falta de
188
COMPLICACIONES CARDIOLÓGICAS DE LOS TCA Patricia Álvarez Zenteno
la regulación de la volemia por una disminución del retorno venoso secundario a atrofia
muscular de las extremidades. La presencia de síncope, sobre todo asociado a traumatismo
y convulsión, como también presión sistólica y diastólica bajas (PA < 80/50 mmHg), son
indicaciones de hospitalización.
La mejoría de los síntomas disautonómicos se observa alrededor de las tres semanas
de tratamiento nutricional, cuando los niños llegan a alrededor del 80% del peso ideal. Su
normalización se utiliza como un índice objetivo de recuperación del cuadro11-13.
189
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: ASPECTOS MÉDICOS
Figura 3. Ecocardiograma
bidimensional. Mujer de 14
años con AN con IMC de de
13,8. Presencia de derrame
pericárdico pequeño anterior.
gravedad y aparece, por lo general, con pérdida de peso mayor al 25%. Es autolimitado,
resolviéndose dentro de los tres meses de la realimentación y raramente se complica con
taponamiento cardíaco23,24.
Las complicaciones del ritmo cardíaco más frecuentes son: prolongación del intervalo
QTc, aumento de la dispersión del QT, retardo de la conducción eléctrica y bloqueos atrio-
ventriculares de primer y segundo grado, extrasistolía supraventricular y ventricular, y la más
grave de todas, la taquicardia ventricular por torsión de las puntas.
El intervalo QTc es una medición de repolarización miocárdica, y su prolongación está
asociada con taquicardia ventricular, específicamente con torsión de la punta. La atrofia
cardíaca provoca cambios histológicos en el músculo cardíaco y en las fibras colágenas que
comprometen directamente la repolarización del corazón. Se ha descrito prolongación del
intervalo QTc en AN y BN, siendo más frecuente en adolescentes con AN (25%), y se consi-
dera un valor significativo cuando el intervalo QTc es mayor de 440 ms25,26. La prolongación
del QTc precede a la aparición de arritmias y muerte súbita, por ello la importancia de su
diagnóstico y tratamiento. Debe ser estrictamente monitorizado, al momento del diagnósti-
co de la enfermedad, durante la evolución y cada vez que se requiera utilizar fármacos que
prolonguen el intervalo QTc. Su presencia obliga a buscar alteraciones electrolíticas (potasio
y/o magnesio), evaluar medicamentos que se estén utilizando, como antipsicóticos y emé-
ticos, y otras causas secundarias de prolongación del intervalo QTc. Frente a un intervalo
QTc mayor de 470 ms se debe controlar con electrocardiograma diario y, si es mayor de
500 ms, la indicación es hospitalización. Algunos estudios discuten el rol causal de la AN en
la prolongación del QT, atribuyendo su presencia a hipokalemia y/o a una actividad vagal
aumentada, más que una alteración propia de la enfermedad27.
La dispersión del intervalo QT y su variabilidad calculada en el registro de electrocardio-
grama de doce derivadas, como la diferencia entre el valor máximo del intervalo QTc y el
190
COMPLICACIONES CARDIOLÓGICAS DE LOS TCA Patricia Álvarez Zenteno
Complicaciones de la realimentación
Pacientes con severo compromiso secundario deben ser hospitalizados para su trata-
miento, sin embargo, en el 6% de éstos se ha visto como complicación el síndrome de
realimentación, tanto con el uso de alimentación enteral como parenteral29. Esto constituye
una de las complicaciones más graves de los TCA, con elevada morbimortalidad, afectando
principalmente los sistemas cardiovascular, neurológico y hematológico.
Desde el punto de vista cardiovascular, y como producto de desequilibrios del sodio,
potasio, retención de agua, carencia de vitaminas, magnesio y de fósforo (electrolito más
comprometido en este síndrome), ocurrirá taquicardia sinusal, insuficiencia cardíaca, prolon-
gación del intervalo QTc, aparición de arritmias (principalmente secundarias a hipokalemia)
y muerte súbita.
Además, la incorporación de hidratos de carbono a la dieta lleva a una rápida dismi-
nución de la excreción de sodio y agua, lo que provoca sobrecarga de volumen, edema
pulmonar, insuficiencia cardiaca y arritmias.
La corrección inmediata de las alteraciones ya descritas, junto a una realimentación lenta
y controlada, disminuirá el riesgo de aparición de este síndrome30,31.
Conclusiones
191
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: ASPECTOS MÉDICOS
Agradecimiento: A la Dra. Patricia Ríos A., quien participó en la realización del dibujo
del corazón de la Figura 1.
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Capítulo 20 PARTE I: ASPECTOS MÉDICOS
Introducción
194
COMPLICACIONES HIDROELECTROLÍTICAS DE LOS TRASTORNOS ALIMENTARIOS María Luisa Aguirre Calvo
195
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: ASPECTOS MÉDICOS
Las complicaciones HE ponen en riesgo la vida de pacientes con TCA, por lo que requie-
ren ser sospechadas, diagnosticadas y tratadas oportunamente.
Según estudios de seguimiento longitudinal de pacientes con TCA, los efectos de la
desnutrición y las purgas son responsables del 50% de las muertes en pacientes con AN.
El suicidio es responsable del otro 50%6,11.
Esta revisión tiene por objetivo describir las complicaciones HE en TCA, su mecanismo
fisiopatológico, cuándo sospecharlas y diagnosticarlas, y su tratamiento.
196
COMPLICACIONES HIDROELECTROLÍTICAS DE LOS TRASTORNOS ALIMENTARIOS María Luisa Aguirre Calvo
nutrición parenteral el que, posteriormente, estaba severamente bajo (0,7 mg/dL), al inicio
de su descompensación.
Las características descritas en estos casos publicados fueron comunes: al comenzar la
realimentación presentaron hipofosfemia, muerte súbita, insuficiencia cardíaca, edema y
síntomas neurológicos.
La explicación fisiopatológica es que durante la restricción alimentaria o el semiayuno,
el organismo genera respuestas adaptativas que le permiten mantener un adecuado fun-
cionamiento por un tiempo: disminuye la secreción de insulina y aumenta la de glucagón y
cortisol, lo que a través de glucogenólisis, gluconeogénesis y catabolismo proteico mantiene
niveles normales de glucosa, proteínas y electrolitos circulantes.
Durante el período de restricción alimentaria, por lo tanto, existe una depleción corporal
de potasio, fósforo, magnesio, tiamina y calcio, oculta por los mecanismos de adaptación
al ayuno.
Durante la realimentación con carbohidratos, aumenta la secreción de insulina, dismi-
nuye glucagón y cortisol, lo que aumenta la captación de glucosa por la célula. El fósforo,
magnesio y potasio ingresan a la célula para participar en la glucogénesis (ciclo de Krebs), lo
que aumenta el consumo de tiamina intracelular. La insulina también aumenta la captación
de agua y sodio a nivel renal. Se reinicia la síntesis proteica y de glucagón.
Como consecuencia, la realimentación se manifiesta con hipocalemia, hipofosfemia,
hipomagnesemia, déficit de tiamina y retención hídrica1,3,8,19,26,27.
Algunos pacientes presentan al inicio de la realimentación, disminución en los niveles
de fósforo, lo que se asocia a: periodos de ayuno prolongado alternados con períodos de
alimentación en atracón con alto contenido de carbohidratos; períodos de ayuno alternados
con consumo elevado de alcohol; uso de suero glucosado para hidratación; cetoacidosis
diabética.
La hipocalemia puede estar presente desde antes de la realimentación en pacientes que
se presentan con hiperémesis.
La hipoalbuminemia puede estar presente en pacientes hipercatabólicos, con infección
o cirugía1.
Para prevenir el SRA, es importante detectar pacientes en riesgo, hospitalizar e iniciar
realimentación con mediciones diarias de electrolitos, fósforo y magnesio, así como hidrata-
ción cuidadosa, considerando el alto riesgo de insuficiencia cardíaca por sobrecarga hídrica.
Pacientes con alto riesgo de síndrome de realimentación (AED)5:
• Peso menor a 70% del ideal para edad y talla en adolescentes.
• IMC < 15 en pacientes adultas.
• Descenso ponderal agudo (mayor a 10%-15% en 3 a 6 meses).
• Desnutrición crónica, o nula o baja ingesta los últimos 5-10 días.
• Antecedente de síndrome de realimentación previo.
• Ingesta excesiva de alcohol* alternado con ayuno o baja ingesta.
• Postcirugía bariátrica con excesivo descenso ponderal.
• Conductas purgativas excesivas, laxantes o diuréticos o mal uso de insulina.
• Deshidratación, hipocalemia, hiponatremia, hipofosfemia, acidosis o alcalosis metabó-
lica, hipoglicemia antes de iniciar realimentación.
* Pacientes con ingesta excesiva de alcohol tienen mayor riesgo de desarrollar encefalo-
patía de Wernicke por deficiencia de tiamina, por lo que antes de iniciar realimentación,
deben recibir suplemento de tiamina y ácido fólico.
197
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: ASPECTOS MÉDICOS
198
COMPLICACIONES HIDROELECTROLÍTICAS DE LOS TRASTORNOS ALIMENTARIOS María Luisa Aguirre Calvo
199
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: ASPECTOS MÉDICOS
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202
PARTE I: COMORBILIDAD Capítulo 21
Introducción
Varios estudios han demostrado la comorbilidad entre los TCA y los TP. Las frecuencias
reportadas de TP varían entre 27% y 77%3,5-9. Estas diferencias pueden deberse a que los
estudios incorporan diversas poblaciones de pacientes (como, por ejemplo, pacientes ambu-
latorios o pacientes hospitalizados) y a la variación en la definición y evaluación del TP. Una
revisión encontró que, en promedio, el 49% de los pacientes ambulatorios y el 75% de los
pacientes hospitalizados, tenían al menos un TP10. A pesar de los resultados dispares, los TP
son frecuentes entre las muestras clínicas de pacientes con TCA1 y son más comunes entre
pacientes con TCA que en otros diagnósticos del Eje I2. Además, la expresión de los rasgos
de personalidad se ve afectada por el bajo peso y la desnutrición, lo que puede disminuir
la validez de las evaluaciones de personalidad10,11.
Las variaciones entre los estudios también tienen su origen en si los TP se miden ca-
tegóricamente o dimensionalmente. Los diagnósticos de TP requieren que los rasgos de
personalidad sean patrones estables de larga duración y que no se consideren mejor como
manifestaciones o consecuencias de un trastorno del Eje I12.
La coexistencia diagnóstica entre los TCA y los TP son importantes para la formulación
del tratamiento y el manejo clínico13, así como para la comprensión teórica de los TCA.
Los TP, como ya se ha mencionado, presentan una alta comorbilidad tanto para AN
como para BN. Para ambos TCA, los TP del grupo C parecen ser los más frecuentes, se-
guidos por los grupos B y A, en orden descendente14. Los estudios empíricos sugieren que
ciertos estilos de personalidad son más comunes entre los TCA: evitativa, obsesiva y límite14.
203
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: COMORBILIDAD
204
LA PERSONALIDAD EN LOS TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA Daniela Gómez Aguirre
Perfeccionismo
Se considera que el perfeccionismo puede ser patológico cuando la persona es-
tablece altos estándares de desempeño, los que son excesivos y rígidos pero que, sin
embargo, son perseguidos con insistencia y tenacidad34. Varios estudios han demostra-
do que el perfeccionismo puede preceder, mantener o ser el efecto de la AN12. Se ha
observado que el perfeccionismo no es solo un estado asociado a la fase aguda de la
enfermedad, sugiriéndose que sus manifestaciones pueden incluso mantenerse durante
la recuperación35.
Los hallazgos indican que un mayor perfeccionismo se asocia a síntomas más graves
del TCA, no por sí solo, sino debido a la relación directa que tiene el perfeccionismo
con la depresión36. Por otro lado, existe controversia con respecto a la ansiedad y su
rol como mediador significativo en la relación entre el perfeccionismo y los síntomas
del TCA37.
Al comparar los diferentes diagnósticos de TCA (AN, BN, EDNOS), no se observó dife-
rencias entre los grupos diagnóstico en los efectos mediadores, principales y de interacción
con el perfeccionismo38. También se ha observado que la presencia de perfeccionismo
patológico o desadaptativo, sería un mediador entre los patrones de apego inseguro y la
sintomatología del TCA38.
Impulsividad
Los hallazgos en la literatura muestran que los pacientes con ANR son menos impulsivos
que los pacientes con ANP y BN. En general, las pacientes con AN que tienen atracones y
purgas, parecen tener más en común con los pacientes con BN que con los pacientes con
ANR, como se sugiere en otros estudios27. Por lo tanto, parece ser que el hallazgo diferen-
ciador entre ANR y BN, sería la presencia del rasgo impulsivo18.
Si consideráramos a la impulsividad no como un rasgo aislado, sino en el contexto de
una estructura de personalidad, algunos autores consideran que su asociación con los TCA
podría venir determinada por la existencia de rasgos límites de la personalidad más extensos
que sólo la impulsividad39,40.
Se ha sugerido que la presencia de rasgos impulsivos aumenta el riesgo de un mal re-
sultado al tratamiento y un peor pronóstico a largo plazo, en pacientes con BN41.
El estilo cognitivo
El estilo cognitivo caracterizado por un bajo rendimiento en las tareas de cambio de
set, uno de los componentes del funcionamiento ejecutivo, ha sido considerado como un
endofenotipo en los TCA42.
Además, revisiones sistemáticas apoyan la presencia de un estilo cognitivo rígido y
centrado en los detalles en los TCA42-44. Los pacientes muestran una baja tolerancia a los
cambios, lo que se mantiene después de la recuperación del trastorno. Esta característica se
encuentra incluso en familiares de primer grado sanos de pacientes con TCA, lo que podría
apoyar la hipótesis de este estilo cognitivo como un endofenotipo de los TCA45.
También, se ha observado que los estilos cognitivos representados por los diferentes
grupos de TCA podrían ser diferentes en su representación. Las respuestas lentas y preci-
sas propias del grupo AN, se asocian con un estilo reflexivo, en cambio las respuestas más
rápidas que muestra el grupo BN o purgativo, están asociadas con un estilo cognitivo más
impulsivo46.
205
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: COMORBILIDAD
Autoestima
Existe gran interés e investigación en la hipótesis que asocia la autoestima a los TCA, así
como a las cogniciones negativas relacionadas con la apariencia55.
Bruch fue una de las primeras investigadoras en sugerir que los déficits de autoestima
pueden jugar un papel importante en la etiología de los TCA56. La literatura señala que las
pacientes con AN y BN presentan niveles más bajos de autoestima que la población general,
sin evidenciar diferencias entre ambos tipos de pacientes57,58. Además, estos niveles más
bajos de autoestima ya están presentes en las personas con alta tendencia a desarrollar
un TCA59.
Varios estudios transversales indican que la autoestima es significativamente menor
en niñas y mujeres que manifiestan actitudes y comportamientos alimentarios anormales,
que en aquellas que no tienen problemas de alimentación60-62. Sin embargo, no es posible
determinar a partir de estos estudios, si la baja autoestima en realidad precede a los TCA
o si es una consecuencia de estos comportamientos.
206
LA PERSONALIDAD EN LOS TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA Daniela Gómez Aguirre
puede controlar sus impulsos y emociones. Los dos extremos, un excesivo control o una
ausencia de control, serían patológicos. La resiliencia del yo hace referencia a la flexibilidad
del yo para adaptarse al ambiente y modular el control de los impulsos según las exigencias
del entorno65.
Los estudios en TCA han demostrado que el grupo de alto funcionamiento se ha asocia-
do en general a ausencia de psicopatología comórbida65. La gran mayoría de los pacientes
clasificados como emocionalmente rígidos/sobrecontrolados (78,3%) correspondían a pa-
cientes con síntomas sólo restrictivos. En contraste, el 100% de los pacientes clasificados
como emocionalmente desregulados/subcontrolados pertenecían a pacientes con síntomas
purgativos67.
Un estudio realizado con una muestra de pacientes con síntomas bulímicos, observó
que los pacientes clasificados como desregulados tuvieron un peor funcionamiento, mayor
comorbilidad y peores resultados al tratamiento, seguidos por los pacientes en los grupos
sobrecontrolado y de alto funcionamiento. La definición de los tres subtipos condujeron
a diferentes intervenciones terapéuticas, lo cual es de suma utilidad para adaptarse a las
necesidades del paciente. Estas intervenciones coincidieron con la gravedad del TCA y
aparición de comorbilidad en el Eje I67.
Esta categorización ha demostrado una validez más allá del diagnóstico del Eje I al pre-
decir los síntomas del TCA, el funcionamiento adaptativo y las variables etiológicas como
el abuso sexual68, y se ha establecido como una forma de simplificar la compresión de los
rasgos de personalidad en las pacientes con TCA68.
Por su parte, Wonderlich y colaboradores69, debido al creciente interés por identificar
subtipos de BN, basados en patrones sintomatológicos, intentó determinar en base a la
comorbilidad psiquiátrica y la personalidad, posibles subtipos en estos pacientes, utilizando
el análisis de perfiles latentes. Este estudio, realizado en 5 centros investigadores, identificó
tres grupos diferentes entre las pacientes con BN: un grupo afectivo-perfeccionista (29,2%
de la muestra), un grupo impulsivo (20,2%) y un grupo con baja psicopatología comórbida
(50,6%)69. El grupo afectivo-perfeccionista se distinguía por altos niveles de desregulación
afectiva, obsesionalidad, compulsividad y perfeccionismo, características que a menudo se
observan en sujetos con ANR16,18. El grupo impulsivo a su vez se caracterizó, principalmente,
por comportamientos impulsivos, autodestructivos y abuso de drogas y alcohol69. El grupo
con baja comorbilidad mostró los niveles más bajos de psicopatología alimentaria en el
EDEQ-4. Este grupo se distinguía principalmente por bajos niveles en todos los indicadores
de psicopatología comórbida, patología de la personalidad y psicopatología alimentaria69.
Conclusiones
207
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: COMORBILIDAD
A su vez, existe una gran variación entre los resultados de distintas investigaciones. Estas
disparidades entre estudios pueden estar causadas por las diferencias, tanto en la selección
de las muestras, como en los métodos de evaluación utilizados en las investigaciones.
Sabemos que existe la asociación entre peor pronóstico y los TP del clúster B y, prin-
cipalmente, el TLP54, así como también está claro que, tanto los rasgos de personalidad,
como presentar un TP, pueden influir en el curso de un TCA, así como afectar la evolución
y tratamiento.
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TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: COMORBILIDAD
210
PARTE I: COMORBILIDAD Capítulo 22
Introducción
211
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: COMORBILIDAD
Sin embargo, a pesar de lo anterior, los profesionales que nos dedicamos a diagnosti-
car y tratar estas patologías, concordaremos en que la asociación, fuera de constituir una
excepción situada en el porcentaje descrito (que por cierto cuenta con todas las limitantes
de la metodología utilizada para estudiar comorbilidad), es aún mayor, si analizamos en
propiedad la dimensionalidad y curso de ambos trastornos.
A continuación, presentaré algunas de las asociaciones frecuentemente observadas,
utilizando ejemplos clínicos.
Asociaciones posibles
Caso clínico 1
María es una paciente de 37 años, que en su historial cuenta con 8 hospitalizaciones,
seis de ellas a consecuencia de intentos de suicidio. Ha sido diagnosticada con un trastorno
depresivo recurrente. Las otras dos hospitalizaciones fueron tras alcanzar un IMC de 14,
estableciéndose entonces, como prioritario, el objetivo de la realimentación. En las hospi-
talizaciones psiquiátricas por suicidalidad, su IMC nunca superó 17 kg/m2. Presenta una
disfunción familiar grave, con una red de apoyo escasa y desesperanzada.
En el curso del tratamiento, llama poderosamente la atención la resistencia a mejorar
anímicamente, a pesar de dosis altas de antidepresivos potentes (ejemplo, venlafaxina 225
mg al día). Este hecho contrasta con el efecto de dosis menores del mismo antidepresivo al
alcanzar la paciente un IMC de 18,5.
212
TRASTORNOS DEL ÁNIMO Y TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA Emilio Muñoz Griffith
condición comórbida, pero a diferencia de este diagnóstico ansioso, una observación más
acuciosa nos mostrará que el temor principal es respecto a ser evaluado específicamente
en cuanto a la apariencia física.
Caso clínico 2
María José tiene 26 años y fue criada en un ambiente invalidante. En su familia se valoró
de sobremanera la apariencia física. En ese sentido, ella sintió que estar delgada era un
estándar mínimo, como para “ser alguien”. Con el tiempo, desarrolló un TCA leve, con
tendencia a la restricción, pero sin conductas impulsivas significativas, salvo mínimos atraco-
nes subjetivos. Consulta motivada, tras iniciar su vida independiente, ya que no había con-
seguido una vida social y afectiva satisfactoria, y su tendencia a quedarse en casa la había
llevado, según sus propias palabras, “a no encontrarle sentido a vivir”. A pesar de que su
TCA estaba empeorando, el foco del tratamiento fue en base a psicoterapia de exposición,
sin descuidar, ni el manejo de su conducta alimentaria, ni el tratamiento antidepresivo que
la ayudara a sortear el desánimo presente y la angustia frente a la exposición. Su evolución
ha sido muy positiva tras algo más de un año de tratamiento.
213
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: COMORBILIDAD
Caso clínico 4
Cristina tiene 50 años y tiene como antecedente una anorexia purgativa, que no re-
cibió tratamiento específico. En conjunto con ello, o como parte de ello, desarrolló una
personalidad con características obsesivas y una rigidez notable. Tras un quiebre amoroso,
desarrolló una depresión mayor, con ideación suicida intensa. La restricción alimentaria
se profundizó, llegando a bajar su IMC desde 20 a 17. Simultáneamente a la restricción,
empeoró una tendencia al atracón por hidratos de carbono en las tardes, y una alteración
adicional, compatible con un síndrome de comer nocturno.
En acuerdo con la paciente se instaló un tratamiento en base a mirtazapina/venlafaxi-
na, informando a la paciente, que los efectos del mismo, harían que tuviera más hambre,
pero realizando un compromiso de que no pretenderíamos que su IMC subiera más de 20
(presente antes de la aparición del episodio depresivo). Se indicó también un tratamiento
psicoterapéutico que pretendía instalar un mejor manejo emocional y flexibilizar sus cog-
niciones y conductas rigidizadas.
La evolución posterior tuvo dos etapas. La primera, en que la paciente recupera sólo
parcialmente su ánimo, pero el peso llegó a un IMC de 22. La paciente perdió motivación
con el tratamiento y estuvo a poco de suspenderlo. En base a la construcción de una alianza
terapéutica sólida, logramos en coordinación psicoterapeuta/psiquiatra, y con la colabora-
ción de la paciente, mantener el tratamiento, modificando el mismo y logrando, a mediano
plazo, un IMC estable y una recuperación anímica satisfactoria.
214
TRASTORNOS DEL ÁNIMO Y TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA Emilio Muñoz Griffith
Caso clínico 5
Luisa tiene 19 años y ha sido diagnosticada con un trastorno afectivo bipolar. En un
reciente episodio con características mixtas, recibió tratamiento con 200 mg de quetia-
pina. A consecuencia de este tratamiento, Luisa subió 12 kilos en 4 meses. Su autoes-
tima se vio severamente afectada, y a pesar de haber logrado bastante estabilidad, a
consecuencia de su autoimagen ha preferido recluirse en casa y el ánimo se encuentra
severamente alterado. Un lento traslape entre quetiapina y un antipsicótico de acción
neutra en lo metabólico (aripiprazol), permitió mantener la estabilidad y lograr estabilizar
el alza ponderal.
Caso clínico 6
Soledad llega a tratamiento por bulimia grave. Tiene 26 años y ha tenido múltiples
tratamientos psiquiátricos desde los 17 años. Desde los 17 a los 23 años presentó con-
ductas autolesivas (cortes en antebrazos e intoxicaciones con psicofármacos). Su diag-
215
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: COMORBILIDAD
216
TRASTORNOS DEL ÁNIMO Y TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA Emilio Muñoz Griffith
Conclusiones
La asociación entre trastornos del ánimo y TCA es una asociación frecuente y compleja.
Más allá de la clásica manera de considerar la comorbilidad, un análisis particular de caso
debe dar cuenta del subtipo de asociación presente en cada etapa de los cursos de cada
una de las enfermedades presentes. Sólo de esta manera se pueden ajustar los tratamientos
a los fenómenos presentes, optimizando la respuesta y minimizando los efectos indeseados
de los tratamientos. Es en este manejo de la comorbilidad, en que se hace particularmente
necesaria la presencia del psiquiatra en el equipo multidisciplinario a cargo del manejo de
cuadros tan complejos, como los que vemos en la práctica diaria.
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217
Capítulo 23 PARTE I: COMORBILIDAD
Introducción
Comorbilidad
218
TRASTORNO OBSESIVO COMPULSIVO Y TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA Marcela Altayó Fuentes
Diagnóstico
Neurobiología
219
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: COMORBILIDAD
220
TRASTORNO OBSESIVO COMPULSIVO Y TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA Marcela Altayó Fuentes
Tratamiento
221
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: COMORBILIDAD
Conclusiones
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223
Capítulo 24 PARTE I: COMORBILIDAD
Introducción
224
COMORBILIDAD ENTRE TCA Y TRASTORNOS DE ANSIEDAD Katharinne Salinas Santibáñez
El trastorno de ansiedad social (AS), es una de las condiciones comórbidas más fre-
cuentes en los TCA. Existe mayor tasa de prevalencia de AS en pacientes con TCA que
en grupos controles, siendo similar la prevalencia tanto para pacientes con bulimia como
con anorexia9. Se reportan tasas de comorbilidad a lo largo de la vida del 34% al 55%
en pacientes con AN10,11. En una serie de pacientes con AN y BN se encontró tasas que
van entre 23%-59% y 17%-59%, respectivamente12. Wittchen et al., muestran tasas
más altas de TCA en individuos con AS (15%) en comparación con aquellos que no la
presentan (2,6%). En cuanto a la diferencia entre los subtipos de TCA, no se han visto
diferencias en la prevalencia de AS13,14. Sin embargo, Hinrichsen et al., encontraron que
individuos con AN purgativa tienen significativamente tasas más altas de AS que AN
restrictiva y que BN15. En otro estudio, Schwalberg et al. buscaron diferencias entre BN
y trastorno de atracones, encontrando que los grupos no difieren en puntaje para AS3.
A partir de estos reportes, observamos que la prevalencia de AS es más elevada que en
la población general en todos los subgrupos de TCA y que sería el trastorno ansioso
comórbido más frecuente en TCA, aún más, algunos investigadores han especulado un
probable rol etiológico de la AS en los TCA.
A pesar de que la relación entre AS y TCA tiene bastante evidencia, los mecanismos que
subyacen esta relación aún no están lo suficientemente esclarecidos. Se ha estudiado una
relación con rasgos como la sensibilidad al rechazo basado en la apariencia, la tendencia a
la expectación ansiosa, los que serían mecanismos explicativos importantes de esta relación;
además, se ha demostrado que la sensibilidad al rechazo basado en la apariencia mantiene
sintomatología de AS y predice trastornos alimentarios y que esta sensibilidad al rechazo
basado en la apariencia media la relación entre AS y la sobreevaluación de la imagen, la
restricción, los atracones y el ejercicio compulsivo, pero no los vómitos. Leigh et al., en un
estudio longitudinal encontró, además, relación entre la ansiedad por la apariencia social
y el trastorno de atracones16.
Estos hallazgos muestran que la sensibilidad al rechazo basado en la apariencia
puede ser un mecanismo explicativo por lo que pacientes con AS reportan frecuentes
síntomas de TCA7. La AS, se ha visto asociada con enfermedad más severa y con psicopa-
tología del TCA, como autoconciencia, síntomas depresivos, preocupaciones por el peso,
forma y el comer y severidad de los atracones. Además, tiene una correlación positiva
significativa con todas las subescalas del Eating Disorder Inventory (EDI): conducción
hacia la delgadez, bulimia, insatisfacción corporal, falta de efectividad, perfeccionismo,
desconfianza interpersonal, conciencia interoceptiva y temores de madurez, así como
con las creencias centrales acerca del abandono y con la inhibición emocional. Sin em-
bargo, no se ha visto una relación significativa con el IMC17. Estudios en pacientes con
TCA han visto la relación entre el desarrollo de AS y experiencias familiares, encontrando
que los padres de los pacientes con AS son emocionalmente inhibidos y son incapaces
de relacionarse emocionalmente con sus hijos, lo que se ha visto que causaría una
tendencia al desarrollo de AS en niños15,16. Ranta et al., en un estudio longitudinal con
adolescentes con TCA, vieron que el diagnóstico de AS a los 15 años predice BN a los
17 años y, además, está relacionada a la no búsqueda de tratamiento en el período de
seguimiento en pacientes con BN10.
La mejoría en AS en AN no está relacionada a una modalidad de tratamiento es-
225
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: COMORBILIDAD
Trastorno de pánico
226
COMORBILIDAD ENTRE TCA Y TRASTORNOS DE ANSIEDAD Katharinne Salinas Santibáñez
Agorafobia
Fobia específica
227
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: COMORBILIDAD
Conclusión
228
COMORBILIDAD ENTRE TCA Y TRASTORNOS DE ANSIEDAD Katharinne Salinas Santibáñez
Sin duda, faltan estudios que nos entreguen una evidencia más robusta respecto de la
relación entre trastornos ansiosos y TCA, sobre todo hallazgos más consistentes en relación
al tratamiento de estos pacientes, de manera de poder entender mejor esta comorbilidad
y poseer mejores herramientas para su abordaje.
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230
PARTE I: COMORBILIDAD Capítulo 25
Introducción
*Criterios de sobrepeso o preobesidad: Adultos IMC ≥ 25 y < 30 kg/m2. Niños (> 5 años) y adolescentes
según patrón OMS: IMC para la edad ≥ +1DE y < +2DE. Niños menores de 5 años patrón OMS: P/T ≥ +1DE
y < +2DE4.
**Criterios de obesidad: Adultos IMC ≥ 30 kg/m2. Niños (> 5 años) y adolescentes según patrón OMS: IMC
para la edad ≥ +2DE. Niños menores de 5 años patrón OMS: P/T ≥ +2DE4.
231
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: COMORBILIDAD
El trastorno por atracón (TA) es, sin duda, el trastorno alimentario más relevante para
los profesionales de la salud mental que trabajen en temas ligados al sobrepeso y la obesi-
dad10. A pesar que en el DSM-IV-TR se sugirieron criterios para estudiar el TA, no fue hasta
la publicación del DSM-5 que el TA se incluyó como una entidad nosológica independiente
dentro de los TCA8,11-13. El TA se caracteriza por la presencia de episodios de atracones de
comida, sin una conducta compensatoria8-10,13. La prevalencia de vida del TA en población
general ha sido estimada en 1,4% (0,7%-4%)10,11,13,14. Sin embargo, en pacientes con so-
brepeso u obesidad la tasa de prevalencia de TA varía de 1%-30%10,13-15. En candidatos a
cirugía bariátrica la tasa de prevalencia de TA es de 2%-49%10. La edad de inicio es en la
adolescencia tardía o en el inicio de la adultez10,11,13,16, y el inicio temprano del TA se asocia
con peor evolución10. Al igual que otros TCA, el TA afecta más a mujeres que a hombres,
pero la diferencia es menor a la observada en anorexia nerviosa (AN) y bulimia nerviosa
(BN), con una relación de 2-6 mujeres por cada hombre10,11,14. El TA suele tener un inicio
más tardío que la AN y la BN en la adolescencia tardía o adultez temprana, incluso con
casos de inicio posterior. Las tasas de remisión son mayores para los pacientes con TA que
para AN y BN11, sin embargo, un porcentaje importante persiste en el tiempo o evoluciona
con un curso fluctuante de remisiones y exacerbaciones.
Los episodios de atracones se caracterizan por una alta ingesta de alimentos (aproxi-
madamente 2.000-3.000 kcal) en un corto periodo de tiempo (habitualmente menos de 2
horas) y con una sensación de pérdida de control sobre la ingesta8,13. Al no presentar una
conducta compensatoria, este tipo de ingesta se asocia muy frecuentemente con sobrepeso
y obesidad12,13. Sin embargo, puede presentarse en pacientes normopeso, los cuales suelen
ser más jóvenes, tener más conductas de control del peso, dietas con menos calorías y
buscar menos tratamiento que los pacientes que presentan TA y obesidad10. Es altamente
probable, que no sean subgrupos distintos de pacientes con TA, más bien sería la evolución
de un TA, que inicia en un paciente normopeso que despliega cierto control para evitar la
ganancia de peso. Sin embargo, estos escasos mecanismos de control se pierden con el
correr de los años evolucionando con un aumento progresivo del IMC10,14.
Para hablar de un TA, los episodios de atracones deben ocurrir al menos 1 vez a la
semana, por un periodo de 3 meses y la severidad del TA se basa en la frecuencia de los
episodios de atracones (Tabla 1)8. Se ha descrito que los atracones son más frecuentes en
contextos de alta demanda emocional, siendo precedidos por ánimo bajo, baja en la alerta,
sensación de pérdida de control alimentario y craving por dulces12,13.
La preocupación excesiva por el peso y la figura corporal no son criterios diagnósticos
de TA, sin embargo, están presentes en el 60% de los pacientes con TA, lo cual es mayor
que en los pacientes con obesidad sin TA, pero menor que en AN y BN10. La presencia de
preocupación excesiva por el peso y la figura corporal en TA se asocia a un peor funciona-
miento social y calidad de vida10.
El diagnóstico del TA es clínico y los criterios propuestos por el DSM-5 sistematizan lo
descrito en párrafos anteriores y agregan un especificador de severidad, ligado a la cantidad
de atracones semanales (Tabla 1)8. Además, se han desarrollado instrumentos autoaplicados
para realizar tamizaje del TA y uno de los más utilizados es el Binge Eating Scale (BES)10,16.
Esta escala de 16 ítems, creada en la década de los ochenta, está centrada en los episodios
de pérdida de control de la ingesta y no en los criterios diagnósticos actuales. A pesar de
232
SOBREPESO Y OBESIDAD EN PACIENTES CON TCA Arturo Zumaeta Valenzuela
Criterio D: Los atracones ocurren, en promedio, al menos 1 vez a la semana por 3 meses.
En remisión total: Luego de cumplir todos los criterios, no se cumple con ninguno por un periodo
sostenido.
Especificar severidad actual:
Leve: 1-3 atracones por semana
Moderado: 4-7 atracones por semana
Severo: 8-13 atracones por semana
Extremo: 14 o más atracones por semana
ello, ha sido utilizada en screening de poblaciones clínicas y no clínicas, para evaluar tanto
intensidad como evolución, teniendo además validación en distintos idiomas, incluyendo
el español10,12. Recientemente se ha desarrollado el 7-Item Binge-Eating Disorder Screener
(BEDS-7), el cual corresponde a una escala de tamizaje breve y que incluye los criterios
DSM-5, sin embargo, no ha sido validada al español10.
Los factores asociados al TA son antecedentes familiares o personales de obesidad,
exposición a comentarios negativos sobre el peso, la figura corporal o la alimentación,
baja autoestima, historia de depresión parental, así como mayor impulsividad personal11,13.
Los estudios genéticos han mostrado una alta heredabilidad de la obesidad (86%) y una
menor heredabilidad del TA (41%-49%), con una modesta sobreposición de los genes
implicados11. Una mutación descrita tanto en TA y en obesidad es la que afecta al gen
del receptor de melanocortina 4 (MC4R), el cual parece ser relevante en la regulación de
la alimentación y en el metabolismo11. La realización de dietas restrictivas ha sido descrita
como factor desencadenante en AN y BN. También ha sido descrita en TA, sin embargo,
parece ser menos relevante, pudiendo 1 de cada 3 pacientes con TA iniciar directamente
con atracones11.
233
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: COMORBILIDAD
234
SOBREPESO Y OBESIDAD EN PACIENTES CON TCA Arturo Zumaeta Valenzuela
Lo central del síndrome de comedor nocturno (SCN) es el retraso del ciclo circadiano
alimentario10,12,18. Actualmente, no aparece como un trastorno independiente en el DSM-
5, quedando englobado como “otro trastorno especificado alimentario o de la ingestión
de alimentos”8,10,12. Fue descrito inicialmente por Stunkard en 195510-13,18 y se caracteriza
por una alta ingesta alimentaria posterior a la cena y/o despertares nocturnos para comer,
estando consciente y recordando la ingesta, con consumo aproximado de 200-400 kcal9,18.
Más del 25% de las calorías diarias se ingieren posterior a la cena12,18. Pueden, además,
presentar bajo apetito y escasa ingesta matutina, alto deseo de comer posterior a la cena,
insomnio, creencia que necesitan comer para dormir o baja anímica hacia las noches12,18.
Suele iniciarse en la adultez temprana y es frecuente que se mantenga durante la vida con
periodos de remisión y reaparición sintomáticas, usualmente frente a estresores12. Parece
afectar a hombres y mujeres por igual, en la edad adulta, en especial con sobrepeso u obe-
sidad10. Sin embargo, también puede presentarse en pacientes con valores de IMC menores
y no está clara la relevancia del SCN como factor causal de la obesidad; a pesar de ello, la
asociación estadística es innegable y el 52% de los pacientes obesos con SCN refieren haber
presentado el trastorno antes de la obesidad10. Al igual que lo descrito en TA, los pacientes
con SCN normopeso suelen ser más jóvenes, que los que presentan SCN y obesidad10.
La prevalencia de vida del SCN ha sido estimada en un 1,5% (1%-5,7%)10,12. Sin em-
bargo, en pacientes con sobrepeso u obesidad la tasa de prevalencia del SCN varía entre
6%-16%, con tasas de hasta 25% en obesidades mórbidas12. En candidatos a cirugía
bariátrica la tasa de prevalencia del SCN es de 2%-42%10-12.
El SCN debe diferenciarse del trastorno del sueño relacionado con ingesta nocturna
(Nocturnal Sleep-Related Eating Disorder), que corresponde a un trastorno del sueño, que
se caracteriza por ingesta nocturna de alimentos, pero sin conciencia del evento9,10,12,18,
conceptualmente más cercano al sonambulismo.
Al igual que en el TA, los pacientes con obesidad y SCN presentan mayor riesgo de epi-
sodios depresivos, con una prevalencia de vida del 50%10. La presencia de comorbilidades
psiquiátricas se asocia con síntomas alimentarios más intensos y menor funcionalidad ge-
neral10. La comorbilidad de TA y SCN va de 7%-25%, y de la BN con el SCN es de 9%10,18.
Además, 2 de cada 3 pacientes con SCN refieren insomnio previo o actual, con un prome-
dio de 3,6 despertares por noche y en la mitad de ellos realizan ingesta de alimentos10,11.
El diagnóstico del SCN es clínico (criterios propuestos en Tabla 2) y es recomendable que
sea realizado por un profesional con formación y experiencia en trastornos alimentarios12,
principalmente por la complejidad en el descarte de otras patologías que pudieran explicar
la mayor ingesta nocturna. El Night Eating Questionnaire (NEQ) es un cuestionario que ha
sido utilizado como screening y para medir la severidad del SCN10,12. Otro cuestionario, el
Night Eating Diagnostic Questionnaire (NEDQ) ha sido utilizado para distinguir pacientes
con SCN, de los que no presentan el diagnóstico10,12. Para el seguimiento, puede ser útil
el uso del Night Eating Symptom Scale (NESS), el cual explora los síntomas presentes en 1
semana10,12.
Con respecto al tratamiento del SCN, aún falta evidencia para evaluar la real efectividad
y ventaja de cada intervención12. El objetivo debe ser regular el ciclo sueño-vigilia, incluyen-
do el patrón circadiano de alimentación, manejar las comorbilidades médicas (sobrepeso y
obesidad) y psiquiátricas (en especial los síntomas depresivos). La dieta debe buscar redis-
235
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA PARTE I: COMORBILIDAD
tribuir los horarios de las comidas, para que no se generen ayunos de más de 3 horas y si
hay