CAOS
CÓSMICO
ROY ROWAN
CAOS CÓSMICO
Ediciones TORAY
Arnaldo de Oms, 51—53 Dr. Julián Álvarez, 151
BARCELONA BUENOS AIRES
©, de Roy Rowan — 1967
Depósito Legal: B. 24.425 — 1967
PRINTED IN SPAIN
IMPRESO EN ESPAÑA
Impreso en Gráficas Tricolor — Eduardo Tubau, 20 — BARCELONA
Ser mecánico—ingeniero de una astronave de carga requería mucha
responsabilidad y celo en el trabajo. Y mas aun, cuando ésta se disponía a
atravesar el Cinturón de Asteroides situado entre Marte y Júpiter.
Aquél siempre seria una barrera a la que se habría de soslayar con sumo
cuidado.
Fess Sohol lo pensó así.
Era joven e inteligente, con su carrera terminada y unas ansias locas de
prosperar.
Miró los instrumentos de control una vez más y se dijo que todo estaba en
orden. Cualquier anomalía en el funcionamiento de la astronave y las luces
rojas de control se encenderían insistentemente.
Satisfecho de sí mismo, Fess salió de la estancia y encendió un cigarrillo
«desnicotinizado» por completo.
Pensó que faltaba muy poco para llegar a Júpiter, donde se daría el viaje por
concluido.
Empezó a caminar lentamente y se dirigió hacia la cabina de mando, donde
podría conversar con el capitán Ed Parker y arreglar los últimos detalles para
el cruce de los asteroides.
Un estrecho y largo pasillo recorría la nave de proa a popa y sobre él iban a
desembocar todas las dependencias de ésta. La sala principal estaba
reservada a la carga útil, unas ciento cincuenta toneladas.
Ed Parker y Gene Coon estaban sentados frente a los mandos.
Ante ellos estaba la pantalla visora de la proa, por la que podían distinguir un
ingente número de pequeños planetoides, surcando el espacio a velocidades
fantásticas.
¡Una barrera muy peligrosa de atravesar!
—Hola, Fess... ¿Cómo va?
—Bien, capitán. Tengo muy poco trabajo por ser mi primer viaje corno
mecánico jefe.
—Mejor, Sohol.
Fess se sobrecogió al ver aquellos proyectiles de roca, posibles restos de
algún enorme planeta que girara entre Marte y Júpiter. Parecían estar ante
ellos y, sin embargo, había una distancia de muchos cientos de miles de
kilómetros.
Y habría muchos más que el ojo humano no llegaba a distinguir desde allí.
Los tres hombres, al igual que el resto de la tripulación, vestían uniformes
azules, de fibras sintéticas y que les hacían irrompibles e indesgastables.
—Gene...
—¿Si, capitán? —replicó el copiloto, sin apartar la mirada de los instrumentos.
—Ponte en comunicación con el Control Espacial y avísales de nuestro
«acercamiento» al Cinturón.
—A la orden, señor.
Luego, mientras Gene Coon se afanaba en buscar la onda de la estación
sideral más cercana, desde donde les proporcionarían datos sobre el curso de
los asteroides mas pequeños y peligrosos, el capitán se levantó de su asiento
giratorio.
Se encaró con Sohol y dijo:
—Tengo ganas de separarme de «eso» que llevamos en la bodega, ingeniero.
—No es nada peligroso, capitán.
—Ya lo sé, pero de todas maneras prefiero transportar víveres o cualquier
otra clase de material científico... El átomo no ha sido nunca de mi agrado.
Gasta malas bromas.
Fess Sohol esbozó una condescendiente sonrisa.
—Está bien asegurado.
—Todo lo que quiera, Fess.
Los silos de la astronave albergaban un gigantesco motor de energía nuclear
destinado a Júpiter, el planeta que los hombres del ano 2111 se habían
atrevido a habitar para la investigación interestelar.
Saturno, Urano, Neptuno y Plutón eran inhóspitos para el ser humano y, por
lo tanto, completamente vacíos.
—¿Cuánto tardaremos en llegar a Júpiter, capitán?
—Un par de días, si encontramos un claro en el Cinturón. Aunque nos guiarán
del Control Espacial.
—Ya...
El mecánico fue a decir algo más, pero la voz del copiloto le interrumpió al
decir:
—Orden cumplida, capitán.
—¿Qué han dicho los científicos?
—Que podemos seguir. Los meteoritos peligrosos se encuentran a dos días de
aquí.
—Bien, acelera entonces.
—Si, señor.
Al poco, los cohetes propulsores despedían más potencia y la astronave
aumentaba su velocidad.
En unas tres horas se hallarían en el centro del Cinturón.
—Regreso al trabajo, capitán —dijo Sohol, disponiéndose a salir de la cabina
de mando.
—Como quiera, Fess; pero vigile bien ese motor.
Fess hizo un saludo con la mano y se alejó. Aquellos astronautas siempre
serian unos supersticiosos. Creían en historias fantásticas y, a veces, decían
haberse encontrado con otros seres, con los que habían conversado en el
espacio.
Nunca habían pruebas de ello.
Fess se introdujo en la estancia. Los aparatos que regulaban el
funcionamiento de la nave marchaban a la perfección, emitiendo sonidos
aprobatorios.
Había una litera y el joven se tumbó sobre ella. Cerró los párpados con claros
deseos de dormir, pero no pudo. Estaba ilusionado con su trabajo y su
carrera.
¡A los veinticinco anos mecánico—ingeniero!
Tenía toda la vida por delante para prosperar. Sohol siempre pensaba en
mejorar.
A los quince minutos estaba profundamente dormido. No era negligencia por
su parte, puesto que llevaba un cronómetro de pulsera que le avisaría de cual
— quier anormalidad, además de los aparatos de alarma.
Su misión estaba bien repartida con las maquinas.
* * *
De pronto, los rosados sueños de Fess Sohol se quebraron en mil pedazos.
¡La luz roja de los instrumentos de control se iluminó vivamente y las ondas
llegaron hasta el cronometro, el cual emitió un agudo y alarmante sonido!
Abrir los ojos y ponerse en pie fueron dos gestos hechos casi al mismo tiempo.
¡Algo ocurría!
—¡Sohol...!
—¡Le escucho, capitán!
Las voces llegaban de un departamento a otro de la astronave por medio de
los amplificadores de sonido.
—¿Ha visto la alarma?
—Si...
—¿Qué ocurre?
—No lo sé todavía.
Hubo silencio en la cabina de mando. Parker debía de estar contrariado por
aquella súbita anomalía.
—Avíseme en cuanto haya comprobado lo sucedido.
—Así lo haré, capitán.
Luego Sohol se dedicó a observar todos los mecanismos que tenia a su
alrededor. El dispositivo de alarma era un aparato conectado con todos los
demás, de manera que había que buscar el lugar exacto de la avería o punto
de peligro en cada uno de los controles.
Los ojos de Fess resbalaron sobre los comprobadores de combustible,
oxigeno, energía, transmisores...
El fuselaje.
Algo había en él que hizo sonar la alarma.
Fess tenía a su disposición un circuito cerrado de televisión con cámaras
interiores y exteriores. Le bastarla ponerlo en funcionamiento y que éstas
enfocasen la parte indicada corno peligrosa.
Empezó a manipular en los mandos. Toda la parte de popa parecía estar en
perfectas condiciones.
Las cámaras estaban situadas en el exterior y, al ser puestas en
funcionamiento, se movían en un ángulo de ciento ochenta grados enfocando
la parte que correspondía a cada una de ellas.
Era uno de los sistemas de seguridad que mayor resultado habían dado a lo
largo de la historia de viajes espaciales.
Fess apagó el tercer foco y encendió el cuarto.
—¡Sohol!
La voz del capitán denotaba intranquilidad.
—Diga, capitán.
—¿Ha encontrado la avería?
—Todavía no, pero sé que está en el fuselaje.
—¿Seguro?
—Espere un momento y se lo confirmaré... ¿Dónde nos hallamos ahora?
—¡En el Cinturón!
Aquello era tanto como decir que alguno de aquellos asteroides, sin
especificar daños, era el causante de la alarma.
Luego, en la séptima cámara, Fess encontró lo que buscaba.
—¡Ya lo tengo!
—¿Qué es?
—Un meteorito, capitán.
—¿Grande?
—Un par de metros de diámetro... Es inofensivo, aunque puede llegar a
causar daños. Está en la parte alta de proa.
El mecánico escuchó unas exclamaciones de enfado. A Parker no debía de
agradarle la idea de llevar una piedra de dos metros de diámetro consigo.
Algunos meteoritos eran radiactivos.
—Y ¿qué sugiere, Fess? —volvió a preguntar Ed, cuando consiguió calmarse.
—Habrá que salir, capitán.
—¿Fuera de la nave?
—Exacto.
—Bien..., usted sabrá lo que ha de hacer. Venga a la cabina y haremos todos
los preparativos.
Parker estaba enfadado con la suerte.
Y tenía sus motivos. Para que Fess pudiese abandonar la astronave, ésta
habría de reducir su velocidad, hallándose en una zona peligrosa corno era el
Cinturón de Asteroides.
Sohol abandonó la estancia y corrió hacia la cabina de mando.
También él estaba preocupado. Salir al espacio no era peligroso en un lugar
seguro. Pero allí podían surgir grandes asteroides y la nave habría de variar
su rumbo para soslayarlos.
Al llegar frente a Parker, vio que habían dos tripulantes más, los cuales
estaban preparando un traje de vario.
—Sohol —dijo el capitán nada mas verlo—, las comunicaciones con el Control
Sideral han quedado interrumpidas. ¿Supone que ese maldito pedrusco sea la
causa?
—Es posible. A juzgar por el sitio en que ha caído, podría ser que hubiera
dañado las baterías.
—¡Condenado Cinturón!
—No sé preocupe, capitán; sabiendo que no es peligroso, podremos continuar
la marcha y hacer las reparaciones fuera de aquí.
—Ojalá...
—¿Han reducido velocidad?
—Si, al mínimo. De todas formas, avísenos por la pantalla si tuviera
problemas.
—De acuerdo.
Después Fess se dedicó a ponerse el pesado traje de vario, consistente en una
sola pieza. Uno de los tripulantes le cerró la cremallera hermética de la
espalda y quedó totalmente aislado de la cabina.
Luego notó que le adosaban un pequeño propulsor individual, similar a los de
salvamento, y un transmisor eléctrico.
Con el propulsor estaría seguro de no separarse de la cosmonave.
Él era el responsable de veintiocho vidas, en aquella primera misión corno
mecánico—ingeniero.
Y todos estaban condenados a morir.
Los dos tripulantes se acercaron a la cámara de descompresión, por la que
habría de salir el ingeniero.
— Les hablaré por el transmisor — dijo Fess, cuya voz salió por uno de los
conductos del traje.
¡Jamás llegarían a hacerlo!
Aquella astronave estaba condenada a la destrucción y nada ni nadie podría
evitarlo.
Parker y Sohol intercambiaron una mirada y este último se dispuso a salir...
Fue en aquel instante cuando ocurrió aquello.
Era lo más fantástico que podían imaginar y también con las más funestas
consecuencias.
Inopinadamente, la compuerta de la cámara de descompresión fue arrancada
de cuajo y el recuadro de acero especial cayó sobre el suelo de la cabina.
¡Parker, Coon y los dos tripulantes sólo tuvieron tiempo de abrir los ojos
desmesuradamente, aterrorizados hasta la médula, porque en aquella
fracción de segundo comprendieron que iban a morir!
Y no se equivocaban.
Aquello no había sucedido nunca.
Todo fue tan alucinantemente rápido que ninguno de ellos tuvo tiempo de
darse perfecta cuenta de lo que ocurría.
Sólo Fess sobrevivió.
Los demás murieron instantáneamente.
Fess Sohol sintió un fuerte golpe en la cabeza. Las sienes le dolieron
horriblemente y una profunda oscuridad nubló sus ojos hasta el extremo de
no poder ver.
Luego vino una prolongada sensación de vacío, corno si cayese en un pozo sin
fin.
Notó que tenía piernas y brazos desplegados en cruz y que giraba sobre si
mismo.
¡El espacio!
El terrible significado de la realidad le golpeó la mente.
Estaba solo, vagando por el espacio corno uno más de aquellos tétricos
asteroides.
Sufrió algo así corno una convulsión interior. Abrió los ojos y la negrura que
éstos observaron obligó a que su corazón se encogiese atemorizado.
¿Y la astronave?
No podía verla.
Miró en derredor y entonces la descubrió muy lejos de él, completamente
inmóvil. No supo definir si era efecto óptico o si realmente el navío espacial se
había detenido.
Se alejaba de ella.
La compuerta había saltado y todo el oxigeno de la astronave salió despedido
hacia el espacio, arrastrándoles con una fuerza descomunal, inimaginable.
Era el único que se había salvado gracias al traje de vacío.
Pero Fess no podía considerarse a salvo ni mucho menos. Estaba en la zona
más peligrosa del cosmos.
Sus pupilas distinguieron a un cuerpo humano, aunque sin llegar a reconocer
su fisonomía. Debía de tratarse de uno de los tripulantes y estaba hinchado,
con las facciones desencajadas...
Y cubiertos de sangre.
Habían reventado. Era demasiado trágico, monstruoso.
¿Cómo podía haber ocurrido aquello, si la compuerta de una astronave
llevaba más de diez sistemas de seguridad y todos ellos tan perfectos que un
fallo escapaba de toda posible lógica?
Fess lo pensó repetidamente y llegó a la conclusión de que era imposible...
¡No concebía aquello!
¿Y él?
Estaba condenado.
Tardó mucho rato en hacerse a la idea de que su suerte ya estaba echada.
Recordó el propulsor individual que llevaba en la espalda, pero sólo le servirla
para retrasar más aun su agonía.
El pequeño transmisor de que era dotado el traje no alcanzaría a las
estaciones del Control Sideral. Darían a la astronave por perdida y con ella las
vidas de todos sus hombres, incluyéndole a él.
Marte estaba demasiado lejos.
La única posibilidad estribaba en alcanzar la atracción de este planeta y
solicitar ayuda antes de que penetrase en su atmosfera y acabase
estrellándose sobre su superficie.
Demasiadas ilusiones...
Sin embargo, aun reconociendo que era una locura, la mente de Fess se
aferró a aquella idea.
El impulso que llevaba iba apartándolo cada vez más.
Debía intentarlo y sus manos fueron hacia el propulsor frenéticamente, casi
con delirio. Encendió el pequeño cohete y pronto notó que subía, si en
realidad se le podía llamar así a cualquier dirección tomada en el espacio.
Se dobló por la cintura, colocándose en posición horizontal, y estiró las
piernas. Los brazos, extendidos hacia delante, enfocaron al planeta Marte.
Para llegar hasta Marte necesitaría una cantidad de tiempo ilimitada, mucho
más de lo que podría resistir el cohete individual. Pero le bastarla salir del
Cinturón y alcanzar la atracción del planeta.
Cuando se agotase la carga sintética del propulsor, empezaría a lanzar las
señales de socorro.
El silencio, aquel silencio tan profundo imponía mucho respeto, demasiado
para que una persona abandonada pudiera soportarlo por mucho tiempo, sin
perder la razón.
Toda persona cuyo trabajo se relacionaba con el cosmos era entrenada para la
falta de gravedad antes de emprender su labor, pero aquello duraba
demasiado tiempo.
Ahora Fess sentía la sensación de subir.
Se perdía la noción del camino a seguir.
El joven trató de mantener su aplomo, no perder la serenidad y seguir a pesar
de que todo estaba perdido.
¡Mientras hubiese vida...!
Marte estaba allí. Lo vela perfectamente, por su lado oscuro, su noche, que
para él seria eterna de no alcanzarlo.
Dos horas después, cambió de posición. Cruzó los brazos y decidió seguir así
hasta que se le acabara el combustible y pereciera.
Habla oído hablar de personas que tuvieron una muerte parecida. Nadie
habla vuelto a verlos. Estarían vagando aun por el espacio, quizá llevados a
otra galaxia, o perdidos por el Cinturón de Asteroides, destrozados por una de
estas piedras.
El instinto le hacia desear impulsarse, como si se hallara en un océano y a lo
lejos distinguiese la salvadora orilla; pero comprendió que seria una
estupidez.
Era mejor no hacer movimientos que entorpeciesen su marcha.
De pronto se le ocurrió mirar hacia la astronave. Así sabría cuál era su
velocidad. Haría un cálculo de sus posibilidades.
Lo que vio le dejó más sorprendido aun. En aquel preciso momento sus ojos
vieron que la astronave estallaba en mil pedazos.
Una viva llamarada se abrió en aquel lugar, aunque los resplandores no
llegaron hasta él, y todo el fuselaje se desgajó separándose por la fuerza de la
explosión.
Observó que no escuchaba el ruido del estallido. En el espacio, al no haber
atmosfera, las ondas sonoras no se propagaban.
Fue una explosión extraña, fría... ¡Y sumamente desconcertante! Ya eran dos
los detalles que no podía explicarse Fess: la ruptura de la compuerta y la
destrucción de la astronave; ambas inexplicables porque la falta de oxigeno
no podía hacer estallar el átomo.
Con la tristeza reflejada en su pensamiento, se dijo para si mismo:
«¿Qué me importa ya si también yo voy a morir corno todos ellos?»
Empero, Fess hubiera preferido morir conociendo las causas que motivaron
aquel accidente. ¿Era en verdad un accidente?
II
—Punto de Observación III llamando a espaciódromo Marte... Punto de
Obser...
—Adelante, Punto de Observación III.
Las ondas radiadas, merced a los impulsos eléctricos, cruzaron el espacio
desde un asteroide de observación hacia el planeta Marte, donde fueron
captadas en el espaciódromo.
—Recibimos una extraña llamada desde hace ya unos minutos.
—¿Extraña dice?
—Si. Tiene todas las apariencias de ser un SOS espacial, pero es casi
incoherente.
—¿Han localizado la posición de la emisora?
—Desde luego... Está situada en la ruta comercial de Marte a Júpiter, a unos
cuatrocientos mil kilómetros de ustedes.
—¿Una astronave averiada?
—No, nuestros instrumentos no han captado la presencia de nave alguna... Y
eso es lo extraño, pues ya la deberíamos haber detectado.
—Espere un momento...
Hubo una pausa. El operador de Marte debía de estar consultando con sus
superiores la información que acababa de transmitir uno de los asteroides de
observación.
Al poco rato, la voz añadió:
—Aquí Marte. ¿Me escucha, Punto III?
—Si, le escucho.
—Ahora mismo investigaremos las causas de esas señales. Les rogamos nos
tengan informados durante todo momento sobre posibles anomalías.
¿Comprendido?
—Si. Corto.
* * *
—Aquí espaciódromo Marte llamando cosmonave policial de la zona 23C...
Aquí...
—Adelante, espaciódromo Marte.
—¿Me oye bien, capitán?
—Perfectamente.
—¿Han captado señales de socorro en su zona?
—Ninguna... ¿Ha sucedido algo?
—Una astronave de carga desaparecida en el Cinturón.
—Lo siento...
—Atención a la nueva orden.
—Le oigo...
—Vayan hasta la zona 24C, en la ruta comercial Marte—Júpiter. Nos han
avisado de una petición de socorro.
—A la orden.
—Nada más. Corto.
* * *
—Cosmonave policial, zona 23C, llamando a espaciódromo Marte.
—Adelante.
—Tomado contacto con demanda auxilio en límite con zona 24C.
—¿Se trata de la astronave desaparecida?
—No, espaciódromo Marte.
—¿Está seguro?
—Por completo.
—Atención a nueva orden: Cerciórense de que los aparatos de radar estén en
perfecto funcionamiento.
—A la orden...
Las emisoras enmudecieron por unos segundos, muy pocos.
¡Ya eran muchos los hombres que estaban intrigados por la desaparición de la
astronave «Betty» y por no poder detectar a navío espacial alguno en el lugar
de donde salía el SOS!
—Comprobado radar y receptores ultrasónicos... ¿Me oyen?
—Si, cosmonave zona 23C.
—Los expertos de la tripulación me comunican que es muy extraño.
Posiblemente debe de tratarse de algún superviviente, pero eso es
prácticamente imposible —aclaró el policía del espacio.
—Si, ya lo hemos pensado nosotros también.
—No puede ser otra cosa.
—Escuche, capitán; mande salir a dos bólidos de rescate, provistos de
receptores ultrasónicos, para que rastreen el limite de ambas zonas. Así
saldremos de dudas.
—En seguida, espaciódromo Marte.
—Avísenos en cuanto sepa algo.
—Desde luego. Corto.
* * *
El silencio y la angustia de la espera duraron más de tres horas, al cabo de las
cuales, las dos emisoras volvieron a ponerse en contacto y la correspondiente
a la astronave policiaca comunicó:
—¡Lo hemos encontrado!
—¿Qué es?
—Un superviviente de la astronave desaparecida.
—¿Uno solo?
A pesar del humanitario interés que había en la pregunta, ésta resultaba
bastante ridícula. Salvarse en aquellas circunstancias era algo que sólo
parecía haber conseguido Sohol.
—En efecto.
—¿Como se encuentra?
—Bastante mal. Estaba a punto de agotar el oxígeno y hemos tenido que darle
un calmante. Deliraba.
—Tráiganlo cuanto antes... Espere. ¿Ha dicho algo del accidente?
—Sólo algunas palabras, pero muy dispares. No para de hablar de la cámara
de descompresión.
—Está bien. No le hagan preguntas y procure llegar a Marte en el menor
tiempo posible.
—A la orden.
—Corto.
* * *
Fueron tres personas las que penetraron en la estancia. Las tres iban vestidas
de blanco, con ropas que se ajustaban mucho a sus cuerpos y que tenían la
blancura de la nieve, impecablemente limpias.
Los seis ojos humanos se detuvieron ante la cara del hombre, el único, que
yacía acostado en uno de los lechos.
La limpieza en aquella habitación del Hospital General de Marte era rotunda.
Todo estaba esterilizado y no había temor de posibles gérmenes nocivos, que
cualquier astronauta podía traer del cosmos.
Los visitantes eran dos hombres y una mujer.
Los primeros eran altos y fornidos. Ella, un poco mas baja, se mantenía
derecha como el tronco de un pino.
—Está bajo los efectos del calmante, colegas —dijo uno, rompiendo el silencio
de la habitación.
—No tardará en recobrar el conocimiento —contestó la mujer. Y añadió —:
Será mejor esperar a que lo haga. Tengo especial interés con este hombre.
Según han declarado los policías que lo rescataron, las palabras que decía
eran muy extrañas... ¿Como dijeron que se llamaba?
El tercero del grupo hundió la mano derecha en una invisible ranura de sus
ropas y sacó una hoja de papel, también blanco.
—Fess Sohol, mecánico—ingeniero.
—¿Algo más?
—Buenos antecedentes; persona sensata, aplicada en los estudios y con un
buen historial en la Compañía donde trabajaba.
—Extraño, ¿no?
—Si, mucho.
—La Compañía ha preguntado ya varias veces por él. Según parece llevaban
una planta de energía nuclear que valía una verdadera fortuna y también
están las vidas de los que perecieron en el accidente —explicó el primero de
los hombres.
Los tres eran médicos, casi podría decirse tres científicos. Paradójicamente,
ella, la mujer, era quien mandaba en el grupo y la que había demostrado un
especial interés en Sohol.
—¿Piensan realmente que fue un accidente?
La pregunta de la mujer los dejó atónitos.
—¡Profesora Bartlet!
—No se asuste, colega. He pensado muy bien en lo sucedido. Son meras
hipótesis, pero se trataba del bautismo profesional de este hombre y todos
hemos pasado por eso...
—¿Quiere decir que fue un descuido?
Sin perder su imperturbabilidad, Myrna Bartlet negó:
—No, ya he dicho que son simples suposiciones.
—¡Eh, está abriendo los ojos! —gritó el tercero de los presentes, señalando a
Fess con una mano.
—Silencio...
Fess Sohol abrió los ojos, fuera ya de los efectos del calmante, y miró las tres
caras con detenimiento, extrañado de encontrarse en un lugar raro.
—Ingeniero Sohol.
Sus pupilas se detuvieron ante el lugar de procedencia de la voz. Sin
contestar, estudió a la mujer que tenia en frente. Era rubia, con el cabello casi
blanquinoso por la moda de la época.
Tenía los ojos azules, brillantes.
Inmediatamente, Fess se dio cuenta de que la mujer usaba lentes de contacto.
Apenas si se le notaba, pero Fess se fijó. Su mente estaba como abotargada.
No pensaba en él mismo, sino en las personas que se hallaban ante él.
Los efectos de la droga habían sido muy fuertes para un hombre cuyo sistema
nervioso ha tenido que soportar la soledad del cosmos y los peligros del
«accidente».
Dejó de mirar a la mujer, llevándose la impresión de que era preciosa,
escultural desde los pies hasta la cabeza.
No dio importancia a los hombres.
—Ingeniero Sohol... — ¿Si?
—¿Cómo se encuentra?
—Perfectamente.
—Nos alegramos mucho de que así sea. Temimos por usted.
—¿Mucho tiempo?
—Treinta y seis horas y algunos minutos.
—Ya...
Fess ladeó la cabeza sobre la parte alta del lecho, ya que éstos no tenían
almohadas.
Se sentía agotado.
—¿Le duele la cabeza?
—No.
La mujer con apariencia de diosa mitológica convertida en estatua de piedra,
añadió:
—¿Se siente con fuerzas para responder a algunas preguntas?
Fess hubiese dicho que no, pero sabía que volverían y deseaba acabar con
aquello cuanto antes. Así se libraría de los malos recuerdos, de la imagen que
guardaban sus retinas del hombre con la cara llena de sangre y hecho
cadáver volante.
—Si.
Myrna Bertlet hizo un gesto corno de sonrisa y sus labios se fruncieron en
una mueca.
—¿Qué ocurrió, Sohol?
—La compuerta...
Las miradas se cruzaron entre los tres científicos.
—¿Qué compuerta?
—La de la cámara de descompresión. Se abrió antes de que yo saliera para
arreglar la avería y nos arrastró a todos fuera de la cabina. Yo era el único
que llevaba puesto el traje espacial y... ¡Perecieron todos!
—¿Está seguro de lo que dice, Sohol?
Fess clavó sus ojos en la mujer.
—¿Por qué he de mentir?
Ella se azoró algo, pero se repuso inmediatamente.
—¿Dice que tenia que reparar una avería?
—Si, en la proa. Nos cayó un meteorito pequeño y las baterías de la radio
dejaron de funcionar.
—Ya comprendo.
Fess noto que ella mentía. Decía aquello mientras estaba pensando en otra
cosa que no deseaba decir.
De momento, y a pesar de la extrañeza que le causó al joven, éste no se
imaginó algo peor... ¡Como verdaderamente habría de suceder a no mucho
tardar!
—Todo sucedió tan rápidamente que apenas nos pudimos dar cuenta de ello...
Fue monstruoso...
—Descanse, Sohol.
—Hay algo más.
—¿El qué? — se apresuró ella a contestar, tornando un nuevo y redoblado
interés en la conversación.
—La astronave estalló.
Los párpados de Myrna Bartlet se entrecerraron. La explosión era anormal. Y
se preguntó cómo Fess no habría sido alcanzado por ella.
—¿Ocurrió inmediatamente?
—No, claro que no. De ser así, yo no estaría aquí. Habían pasado unos
minutos y yo tenia encendido el propulsor individual, con el que conseguí
alejarme lo suficiente.
—Le entiendo, Sohol.
—Gracias, señorita... Sé que todo es muy complicado y extraño, pero ocurrió
tal y corno le digo, créame.
—Le creo. Ahora será mejor que descanse. Hay un agente de su Compañía y
varios policías siderales que desean hacerle las mismas preguntas que
nosotros.
»Luego permanecerá en reposo unos días, que le hacen buena falta para
encontrarse completamente restablecido.
Después de aquellas palabras, la mujer y los dos hombres dieron media vuelta
y se alejaron hacia la puerta, mientras Fess quedaba sumido en un mar de
interrogantes.
¿Para qué diablos querrían interrogarle los policías y el agente de la
Compañía?
¿Una posible duda sobre su inocencia en lo ocurrido?
Él sabia que todo fue un accidente y que por su parte no hubo culpa alguna.
Podría demostrarlo diciéndoles todos los pasos que había dado desde que
subió a la astronave en la Tierra, hasta que ésta estalló en el espacio.
¿Por qué no habrían de creerle?
Confiado en si mismo, se durmió de nuevo. No supo que detrás de la puerta
de su habitación se habían detenido las tres personas que momentos antes le
interrogaron v que ahora cambiaban impresiones sobre su explicación de los
hechos.
—¿Qué le ha parecido, doctora Bartlet? — preguntó uno de los médicos.
—Muy extraña esa narración. ¿Y a ustedes?
—Lo mismo —respondió uno.
El otro meneó la cabeza indolentemente y dijo:
—A mi juicio, está perturbado o miente descaradamente.
—Bien, me parece que los tres coincidimos. Pueden avisar a los policías y al
investigador de que dentro de tres horas hablen con él. Acompáñenles y me
dicen si las respuestas son las mismas.
»Le daremos este lapso de tiempo para que recapacite. Si es un mentiroso
habrá muchas posibilidades de que se equivoque en algún detalle.
—¿No vendrá usted, doctora?
—No, he de analizar las respuestas y tengo otro caso también muy difícil. Les
espero en mi despacho.
—Hasta luego, doctora.
Se separaron en el pasillo.
Myrna Bartlet estaba considerada corno una de las mejores psicoanalistas de
Marte, un témpano de hielo con exteriores de una belleza inigualable.
Sabía pensar con frialdad, sin pasión...
Mal enemigo para Sohol, si éste no lograba convencer a su próxima visita.
Casi treinta vidas y miles de millones de dólares se habían perdido con aquel
«accidente», que todos creían inverosímil.
No estaría de más el buscar a un culpable.
* * *
—No pretenderá que creamos semejantes estupideces, ¿verdad, Sohol? —
preguntó el agente de la Compañía.
Era un sujeto de regular estatura, grueso y con hombros de luchador. Su
rostro parecía avinagrado, áspero.
—¡Desde luego que si!
Fess se había sentado en el lecho.
Incansablemente, repetía siempre lo mismo, aunque el agente se empeñase
hacer le decir lo contrario. Había un algo que le hizo sospechar
inmediatamente.
¡Sólo al ver en la forma en que entraron, mirándole ceñudamente, ya podía
uno imaginarse que le tomaban por el culpable de lo que había sucedido!
Y aquello no era cierto. Él lo sabia, sólo él.
—La compuerta se abrió cuando yo iba a comprobar si el meteorito era
radiactivo...
—Eso ya lo dijo antes —le cortó uno de los policías.
Fess empezaba a perder la paciencia.
—Oigan, ¿acaso piensan que lo hice deliberadamente?
—Nadie ha dicho eso... aun.
—¿Cómo?
—¿No comprende usted que lo que dice es increíble?
—¡Pues se trata de la pura verdad!
—Nos obligará a emplear otros métodos...
—¡Eh..., corno se llame...! ¿Qué quiere decir? ¡Yo estoy en mi sano juicio y
estoy completamente seguro de contar la verdad tal y corno sucedió!
—Era su primer trabajo, ¿no es eso?
—Si, pero no tiene nada que ver. Había hecho muchos otros como agregado,
corno manda el reglamento... ¡Y les repito que se trata de la verdad, créanlo!
—Lo sentimos mucho, Sohol; pero yo, por lo menos, considero que usted
miente.
—¡Váyase al...!
La conversación se agravaba por momentos. Indiscutiblemente que lo dicho
por Fess podía considerarse corno irreal, fantástico... Y para los hombres
encargados de solucionar la investigación no había forma de pensar más
sencilla que la de creerlo culpable.
Una posible negligencia...
El agente ya tenía fraguada su explicación de los hechos: Fess notó una avería
importante, se puso nervioso y se vistió con el traje espacial. Posiblemente no
había tiempo para avisar a los demás tripulantes y él optó por salvarse a si
mismo.
—Confiese que está tratando de engañarnos, Fess — terció uno de los
policías.
—¿Por qué habría de hacerlo si no es cierto?
El agente hizo una irónica mueca.
No había duda de que lo trataba corno si fuera culpable... ¿Y no tendría sus
motivos para hacerlo?
Por un instante, Fess se puso en lugar del otro y se escuchó a si mismo,
relatando lo ocurrido en el Cinturón de Asteroides. Hasta recordó la mirada
de Parker poco antes de que sobreviniese la tragedia.
El resultado le hizo estremecer.
¡Si alguien le explicaba a él que la compuerta de la astronave se había abierto
y que luego el navío estalló en el espacio, Fess lo tornarla por loco!
—¿Insiste en sus propias palabras, Fess?
—Si.
¿Qué otra cosa podía decir? A pesar de que todo le acusase, él era inocente.
—Entonces no nos queda otro remedio que tomar medidas más severas para
llegar a la verdad.
—Hagan lo que quieran... Yo he dicho lo que vi y cómo sucedió. Allá ustedes
con sus infundadas sospechas.
—De acuerdo...
El agente estaba furioso, se le notaba en la expresión del rostro y en la
manera de entrelazar los dedos de las manos.
¡Culpable!
III
—Ese hombre es el verdadero culpable — rugió el agente investigador.
Los policías, Myrna Bartlet y los otros doctores que le escuchaban
permanecieron callados, indecisos. En sus mentes bailaban las palabras de
Fess Sohol.
Si, también para ellos era culpable. Pero no podían asegurarlo por falta de
pruebas.
—Sugiero que tengamos calma — intervino la bella mujer.
—¿Calma?... ¿Y los hombres que murieron por culpa de ese aprendiz de
mecánico—ingeniero?
—Todavía no estamos seguros.
—Y ¿a qué esperan?... ¡Es inconcebible que den crédito a lo que dice! Quizá si
se hubiese buscado una coartada mejor, pero es demasiado infantil...
—Si, eso es lo que pensamos todos, pero...
—¡No hay duda!
—Carecemos de pruebas para acusarlo —dijo el policía de mayor graduación.
—Eso es fácil de arreglar. ¿No tienen ustedes instrumentos necesarios para
averiguar si un hombre miente?
—Si, claro... —afirmó la doctora Bartlet.
—¡Úsenlos!
Myrna miró al policía y dijo:
—No podemos hacerlo sin la debida autorización.
—Y ¿quién ha de darla?
—El comandante Asher...
El investigador dirigió sus ojos hacia el aludido.
—No sé si...
—Mi Compañía quiere hechos, comandante. ¡Ese hombre cobraba un salario
muy elevado por cuidar del buen estado de la astronave y por su culpa se
perdieron vidas y dinero!
El policía dudó. Según la ley no se podía acusar a un hombre sin pruebas,
pero también era cierto que las máquinas dirían si Fess mentía o decía la
verdad.
—De acuerdo.
—Gracias, comandante; ahora sabremos que fue él, sin lugar a titubeos
inútiles. Una de las cárceles subterráneas de la Tierra servirá para hacerle
pagar su culpa.
—Doctora Bartlet — dijo el comandante, eludiendo la verborrea del
investigador—, usted se cuidará de llevar a Sohol hasta Deimos, a la Base
Experimental.
—Si, comandante.
—¡Yo les acompañaré!
—No —repuso el oficial—. La doctora ya sabe muy bien como ha de hacer las
cosas.
El investigador refunfuñó algo, pero no tuvo otro remedio que acatar la orden.
Ahora todo estaba pendiente de lo que la doctora Myrna Bartlet llegara a
saber.
—Saldremos mañana temprano — dijo ésta.
Fess Sohol llevaba muchas horas pensando. Todo el resto del día anterior y
desde la madrugada del presente. Apenas había podido descansar un par de
horas y fue para tener la horrible pesadilla de que él era culpable y la ley lo
mandaba a una prisión.
Despertó bañado en sudor y con bruscos estremecimientos en todo el cuerpo.
¡Miedo!
Pero ¿qué había de temer de él?
Se lo repetía una y mil veces. No tenía por qué tener miedo. Si lo hacia, quizá
le creyesen culpable de verdad. Él sabia que la compuerta se abrió por si sola.
Fess siguió sudando. Cada vez que pensaba en la forma en que salieron
despedidos al espacio se aterraba. ¡Ni él mismo llegaba a comprender que
pudiera haber sucedido así!
Y estaba solo en aquella habitación.
Él era honrado, había cumplido con su trabajo y nadie podía culparle de las
muertes que hubieron en el accidente.
La puerta se abrió, apareciendo Myrna Bartlet en el umbral.
—Buenos días, ingeniero Sohol —saludó afablemente.
—¿Qué quieren ahora? —replicó Fess, con tono áspero.
—¿Se siente mal?... ¿Le falta algo?
—¡Si!
—Usted dirá, Sohol.
—¡Quiero salir de aquí y que dejen de hacerme preguntas!
La mujer se acercó al lecho, sin perder su sonrisa. Los propósitos de ella eran
granjearse su confianza y luego conseguir que le hablara con normalidad
absoluta.
—Dentro de poco, ingeniero.
—Vaya, menos mal...
—Iremos a Deimos.
—¿A1 satélite?
La alarma creció en Fess e, inmediatamente, empezó a preguntarse los
motivos por los que deseaban conducirle hasta el satélite de Marte. ¿Qué
había en Deimos?
Fobos, el segundo y último satélite del planeta, estaba desierto. En Deimos
había una Base Experimental. Había oído hablar de ella y de los inventos que
allí se fabricaban.
Una ciudad científica.
—Si, debemos comprobar que se encuentra perfectamente. No se preocupe,
señor Sohol; estaremos un día tan solo y después podrá salir de Marte y
regresar a la Tierra para continuar su trabajo.
—¿Ha dicho eso el investigador?
—¿Qué otra cosa podía hacer?
—Naturalmente —asintió Fess. Y añadió—: ¿Cuando salimos hacia Deimos?
—Dentro de unos minutos. Vendrá un enfermero con sus ropas y se vestirá...
»Y le repito que no tema.
—Bien, doctora.
Myrna sonrió de nuevo, aguantó la escrutadora mirada de Fess y se volvió,
regresando al pasillo.
Sus pasos fueron firmes, sosegados. Sabia cómo tratar a los pacientes y Sohol
era un caso extraño; le llamaba poderosamente la atención... Porque ella
hubiera dicho que Fess era inocente.
Pero, al pensar así, a su cerebro llegaba un mayor interrogante: ¿qué había
sucedido en la astronave?
Apenas hubo cerrado la puerta a su espalda, hizo una seña al hombre que la
esperaba en el pasillo y éste entró con las ropas sintéticas de Fess en las
manos.
El joven tardó segundos en vestirse.
Deimos.
Fess, algo más tranquilo, salió de la habitación.
—¿Listo, ingeniero?
—Cuando guste, doctora.
Anduvieron a lo largo del pasillo, hasta uno de los ascensores que les llevaría
a la planta. Veía a la mujer caminar a su lado, las formas prominentes de su
anatomía y aquella sonrisa que parecía perenne.
Receló de ella. Fue un gesto instintivo, pero que le llevó à la conclusión de
que no debía confiarse.
En silencio, penetraron en el ascensor y descendieron a la planta. La
atmosfera era menos densa en Marte, por lo que caminaron con mucha
facilidad.
Fess vio el hospital desde fuera. Consistía en una veintena de edificios de
quince plantas cada uno y todos unidos entre si por unos pasillos suspendidos.
En tierra firme, rojiza corno todo lo natural de Marte, avanzaron hasta una
acerada rampa, al final de la cual se podía distinguir la enorme construcción
de un espaciódromo con las proas de las naves apuntando hacia el cielo.
Myrna no hablaba. A menudo, cuando Fess miraba hacia otro lado, ella lo
estudiaba detenidamente, sin perderse un solo detalle de las arrugas que
tenia Sohol en su rostro.
La doctora había llegado a la conclusión de que tras el joven se ocultaba
algo... ¡Un algo que nadie podía sospechar ni predecir porque se amparaba en
la incógnita!
Fess camino también en el mutismo más absoluto. Por el centro de la rampa
pasaban algunos bólidos, que en segundos llegaban al pie de las astronaves o
a la sala de espera del espaciódromo.
Y la doctora quería caminar.
Se dijo que había empezado el juego del gato y el ratón. Le tomaban por un
bicho raro y él no lo era.
Quince minutos después, alcanzaban la base principal del espaciódromo y
Myrna siguió caminando hasta el pie de una nave de pasaje, mucho más
pequeña que la que se destruyó en el Cinturón.
Habla un estrecha pasarela que conducía a la entrada del navío espacial y, al
principio de ésta, un cosmonauta con galones de segundo oficial revisaba los
papeles de los pasajeros a Deimos.
En su mayoría eran científicos y personal de la Base Experimental del satélite.
Myrna también enseñó los de ambos.
—Que tengan buen viaje —saludó el cosmonauta, después de haber mirado a
Myrna de pies a cabeza.
Contrastaba notablemente el subir la escalera con aquella facilidad corno si
pesasen veinte kilogramos menos.
La entrada de la nave era grande y espaciosa: más de dos metros de alta por
uno y medio de anchura. Al cruzarla, los recuerdos volvieron a la mente de
Fess.
—¿Era corno ésta?
El joven se sorprendió por la pregunta.
—No, las que llevan las cosmonaves de carga son mucho más seguras y
fuertes.
—Olvídelo.
Ante ellos había otro tripulante que indicaba a los pasajeros los
compartimentos que debían ocupar. Myrna y Fess tenían a varias personas
delante, pero la doctora paso ante todos ellos y se encaró al cosmonauta.
Sohol no pudo escuchar lo que dijo. Sin embargo, los ojos del hombre fueron
hasta él y chispearon notablemente. Hablaron durante unos segundos y
Myrna regresó, para colocarse junto a él.
Fess no logró comprender lo que ella tramaba, pero confió en que no tardarla
mucho en saberlo.
—Venga, Sohol.
—¿Ya sabe dónde hemos de alojarnos?
—Si.
Fess la siguió. Penetraron en un elevador y subieron al piso superior. El
orificio de salida del ascensor redondo y desembocaba a otro idéntico, por el
que ellos pasaron.
Fess vio un largo pasillo con puertas en el lado derecho. Aquélla era la
sección de lujo de la cosmonave. Cada piso de ésta era basculante, de forma
que, aunque la posición fuese horizontal o vertical, los pasajeros no se
apercibían de ello.
De ahí que las puertas tuvieran una forma redonda. Así conectaban con el
ascensor y podía entrar y salir de él, cual fuere la inclinación de la astronave.
Sohol ya sabía todo aquello.
Lo que le llamó la atención fue el que Myrna se dirigiese a uno de los
departamentos y se adentrara en él tranquilamente. Fess también sabia que
eran individuales o dobles.
Aquél era para dos personas.
—Pase, Sohol.
El aludido obedeció.
Myrna se había sentado en una de las literas y Fess quedó en pie, junto a la
otra.
¿Qué buscaba aquella mujer? Permanecer a solas con ella en un viaje hasta
Deimos podía parecer un sueño, pero en las circunstancias en que se
encontraban no.
La negativa fue rotunda.
Ambos se miraron fijamente.
Fess hubiera jurado que las mejillas de Myrna estaban algo más sonrojadas
de lo normal.
—Dura mucho tiempo el viaje hasta el satélite, Sohol... Aquí estaremos más
cómodos.
—Ya lo veo.
El rostro de ella se encendió.
—Le ruego que no piense mal, ingeniero.
—Y ¿quién lo hace, doctora? Si no me equivoco, ha sido usted la que habló
con el encargado de los alojamientos, ¿verdad?
—Si, pero no lo hice con el propósito de...
—¿De seducirme? No hace falta que lo diga, doctora; se ve que usted es
incapaz de amar. Lo que ocurre es que la han encargado el llevarme hasta
Deimos y teme que en estas doce horas de viaje yo cometa algo extraño...,
corno abrir la compuerta de la nave.
»Según su punto de vista, el que estemos solos en este departamento es algo
normal. Y si yo intentara propasarme gritaría hasta que vinieran en su ayuda,
¿no es eso?
—Exactamente, pero yo no he dicho que usted quiera destruir la compuerta.
—No es necesario.
—Tiene demasiada imaginación, Sohol... Yo casi puedo asegurarle que pasado
mañana estará libre de toda sospecha y podrá reanudar su vida con toda
normalidad...
—¡O estaré camino de una prisión subterránea!
—No..., si es verdad lo que dice.
—¡Naturalmente que lo es!
—No se altere, Sohol.
Fess se tumbó sobre la litera y dejó de mirarla. Aquella belleza era un espía
con ojos de inocente paloma. Deseaba ver sus reacciones durante el viaje, una
psiquiatra que pensaba analizarlo corno si él fuera un demente con ideas
asesinas.
—Bah..., la verdad es que no vale la pena. Al final será lo que ustedes digan.
Si se empeñan en afirmar que fue mi culpa me mandarán a una prisión y
arruinarán mi vida.
De pronto, notaron una ligera oscilación.
—Despegamos — musitó ella.
No sintieron nada más. La astronave ya debía de estar camino del espacio,
saliendo de la atmosfera de Marte.
Fess no tenia ganas de hablar con ella. Necesitaba pensar, razonar sobre su
situación. Dejaría que ella le hiciera cuantos análisis quisiera en la Base
Experimental.
Si decidían declararle culpable, se defendería.
Ambos se encerraron en sendos mutismos.
¡En doce horas de viaje hasta Deimos podían suceder muchas cosas!
* * *
Myrna Bartlet abrió los ojos y su primera reacción fue mirar hacia la litera de
Fess.
Pero él no estaba allí.
La joven se puso lívida. Miró hacia los otros departamentos y vio a sus
correspondientes ocupantes que dormitaban placidamente. Rápidamente, los
observó uno a uno.
Sohol no estaba.
El corredor le pareció largo, eterno. Corrió hacia el extremo opuesto y vio que
la puerta estaba cerrada.
¿Cómo podría habérsele escapado?
Ignoraba el tiempo que paso. Estuvo procurando no dormirse, pero el
ingeniero no le pareció tan peligroso y escapar en una astronave era una idea
descabellada, ya que no podría salir de ella.
Hablaría con el capitán, le buscarla hasta dar con él y después pondría
vigilantes en el departamento.
Tranquilizada por aquel pensamiento, dio media vuelta...
Entonces surgió Fess ante ella. El ingeniero traía una extraña expresión en la
cara. Los labios contraídos y los ojos quietos.
—¿Qué...? ¿Dónde estaba? — farfulló Myrna atropelladamente y notando las
violentas sacudidas de su corazón.
—He salido.
Y acto seguido, apartó a Myrna a un lado y miró la puerta de acero, corno si
en ella hubiera algún misterio.
—¿Qué hace?
—Hay que cerrarla.
—Pero...
—¡Lo presiento, doctora!
—¿El qué?
—¡Volverá a ocurrir!
—No diga estupideces... Lo que debemos hacer es regresar al departamento.
Pero Fess no la escuchaba. Frenéticamente, empezó a asegurar la puerta con
todos sus dispositivos de emergencia y de manera que aquella parte de la
astronave quedaba totalmente aislada.
—¿Está loco?
Myrna se aferró a uno de sus brazos y trató de contenerlo, pero Fess se
desasió con un gesto brusco y avanzó por el corredor hacia el otro ascensor.
Ella fue tras sus pasos.
—¡Escuche, Sohol...!
Fess repitió la operación y dejó caer los brazos a lo largo de su cuerpo, en
franca actitud de derrota.
—¿Quiere contestarme de una vez? —espetó Myrna, perdiendo los estribos.
—Habrá otra tragedia, doctora; es un vago presentimiento... Pensará que no
razono, pero es la verdad.
—¡Abra las puertas de nuevo!
—No, escuche... Sé que algo grave va a pasar.
—¡No sabe lo que está diciendo!
—Quizá si...
En aquel instante, empezaron a asomar las cabezas los ocupantes de los
demás departamentos. Los miraron ceñudamente por aquel alboroto que los
había despertado y los más suspicaces se acercaron.
—¿Le sucede algo con este hombre, señorita? — preguntó un sujeto alto y de
expresión furiosa.
Myrna estuvo tentada de afirmar para que redujesen a Fess, pero se dijo que
seria peor y contestó:
—No, gracias...
De pronto, notaron que la astronave se movía bruscamente y la luz azulada
que caía sobre ellos se volvió roja.
¡La alarma!
Myrna Bartlet estuvo a punto de desmayarse. Se bamboleó ligeramente y tuvo
que apoyarse en la pared, mientras llegaban a sus oídos los aterrorizados
gritos de los demás pasajeros espaciales.
El hombre que había venido en su ayuda se puso pálido corno un cadáver y
dio la impresión de quedar petrificado.
Sohol fue el primero en reaccionar. Se adentró en el departamento que
habían estado ocupando y miró por la reducida ventanilla, clavando sus
pupilas en la negrura del espacio.
¡Su presentimiento fue acertado! El horrible espectáculo que se le ofreció le
hizo estremecer: más de veinte cuerpos flotaban en el vacío en trágicas
posturas, corno desarticulados muñecos que se meciesen por un inexistente
viento. ¡Había vuelto a suceder tal y corno él pensó! Y ellos no habían muerto
aun porque tuvo la precaución de asegurar las puertas y el oxigeno del
compartimento no escapó, arrastrándoles al espacio.
Notó que Myrna se había colocado junto a él y también miraba hacia fuera.
Luego la oyó caer sobre la litera y empezar a sollozar como quizás había
hecho muy pocas veces en su vida. La tragedia penetró en los cerebros de
todos con la fuerza de un vendaval.
¡Era demasiado trágico, siniestro e inexplicable para que ellos pudieran
concebirlo corno normal!
Fess, transpirando copiosamente, vio que Myrna levantaba sus ojos hacia él...,
¡y éstos despedían chispas acusadoras!
IV
—¿Qué significa esa mirada, doctora?
—¡Ha sido usted!
—¿Yo? ¿Cómo se explica que pueda abrir una compuerta y después regresar
en espera de que ocurra lo inevitable? —respondió Fess, acaloradamente.
—No hay otra solución, Sohol. Es ingeniero, sabe cómo hacer las cosas y
retardar los efectos de un accidente.
—No sé por qué lo habrá hecho, pero se ha descubierto, Sohol. Ahora caerá
sobre usted el peso de la ley. Ha cometido dos faltas y en ellas se han perdido
muchas vidas humanas.
—¡Maldita sea! — rezongó Fess desconcertado.
Quiso decir algo más, pero varios hombres aparecieron en la entrada del
departamento y uno de ellos dijo:
—¿Qué hacemos? Hemos oído que usted es ingeniero..., y pensamos que
podría hacer algo, lo que fuera.
El joven se puso en pie. Comprendió que era mucho más razonable el intentar
algo a discutir con la bella doctora de si él era un asesino o no.
Mentalmente, se imaginó que deberían ser los únicos supervivientes, pero no
podían confiar en las compuertas, y mucho menos después de lo sucedido.
Pero ¿cómo se habían abierto éstas? Eran completamente iguales a la
principal de entrada a la astronave, o quizá más frágiles.
—¿Se han dado cuenta de que han muerto todos los pasajeros y tripulantes de
la nave, menos nosotros?
—Si, por desgracia hemos visto los cuerpos flotar en el vacío... —respondió
uno.
—¡Es incomprensible que puedan suceder estas cosas! — añadió un segundo,
más enérgicamente.
Una histérica mujer gritó:
—¡Moriremos todos!
Dos hombres se cuidaron de tornarla de los brazos y hacerla entrar en un
departamento, donde acabó calmándose definitivamente y quedó atendida por
otra mujer.
—Lo primero que debemos saber es si hay trajes de vacío en este
departamento — aconsejó Fess.
Los otros, unos diez en total, asintieron a sus palabras.
—Entonces no perdamos tiempo. Estamos aislados, pero no muertos corno los
demás. En Deimos o Marte notarán la falta de la astronave y saldrán a
averiguar su retraso.
—¡Es cierto! —respondió alguien.
La situación se normalizó algo. Myrna y Fess eran los únicos que sabían que
todo ocurrió al romperse una compuerta de descompresión y desaparecer el
aire.
No lo habían visto, pero se lo imaginan, ya que era la única hipótesis factible.
El que pasajeros y tripulantes saliesen despedidos al espacio no dejaba lugar
a dudas.
El motivo de todo aquello era muy distinto.
La doctora no apartaba la mirada de Fess. Su metódica mentalidad había
sufrido un duro golpe. Si en un principio le interesaba aquel hombre corno
caso extraño en su carrera, ahora lo vela corno a un psicópata asesino.
Hubiese preferido acusarlo en voz alta, pero tenia las cuerdas vocales
agarrotadas por el miedo. Un pánico cerval que llegaba hasta la medula de los
huesos.
Los hombres, con Sohol a la cabeza, revolvieron todos los departamentos en
busca de escafandras salvavidas o posibles medios para mantener oxigeno en
sus pulmones.
Sin embargo, la búsqueda resultó infructuosa.
La única salvación era que las compuertas se mantuvieran cerradas con todos
sus sistemas de seguridad y esperar a que viniesen en su ayuda antes de que
se les acabara el aire.
—Es de suponer que el complejo de cambio de aire se habrá detenido al no
funcionar la astronave — comunicó Fess.
—¿Cree que pereceremos? —inquirió alguien del grupo.
—Es posible. —La respuesta de Fess fue fría. Y añadió —: Pero mientras
podamos respirar habrá muchas oportunidades de que nos rescaten con vida.
—¿Y si no llegan a tiempo?
Nadie contestó.
Empero, Fess estaba casi seguro de que si las compuertas resistían lograrían
salvarse.
—¿Sabe alguno de ustedes si ésta astronave lleva motores atómicos? —
preguntó el ingeniero.
—No, usan combustible líquido. El trayecto no es muy largo y la energía
nuclear resulta innecesaria... De ello estoy completamente seguro. Pertenezco
al personal especializado de la Base Experimental y allí construimos los
motores.
La respuesta provino de un muchacho de unos veinte años.
—En ese caso...
Fess se corto. Iba a dar una hipotética explicación de los hechos y se dio
cuenta de que él tampoco los comprendía.
Daba la impresión de que todo era irreal, fantasmagórico;
Se situó en el centro del corredor y su vista fue de una compuerta a otra,
mirándolas con el corazón anhelante y temiendo que de un momento a otro
sucediera lo mismo que en el Cinturón de Asteroides.
De ser así, aquella vez no habría salvación.
Bruscamente, alguien se le vino encima y estuvo a punto de caer al fondo del
pasillo.
Fess vio a sus atacantes, los mismos hombres con los que había estado
conversando poco antes y reconoció que la causante de aquel ataque era
Myrna.
Aun así, intentó desasirse. Una docena de manos trataron de inmovilizarlo,
pero logró lanzar su puño hacia arriba y, al instante, se escuchó un seco
chasquido.
El joven no estaba sorprendido. ¡Era corno si sus sentidos ya fuesen inmunes
al asombro!
—¡Sujétenlo bien, es un asesino! —gritó la doctora, desde la puerta del
compartimento.
Algo pesado cayó sobre su cabeza y la vista se le nubló, aunque sin apartarla
de la compuerta que tenia enfrente.
El científico golpe que había recibido fue propinado por el mismo muchacho
que le indicara la propulsión usada por la astronave.
Una vez sin sentido, lo introdujeron en el departamento y lo depositaron
sobre la litera, bajo la atenta vigilancia de tres de sus inesperados enemigos.
—¿Está segura de que este hombre ha provocado el accidente? —inquirió uno
de éstos.
—Desde luego. Soy la doctora Myrna Bartlet y viajo custodiando a este
hombre bajo sospecha de grave negligencia en su trabajo —aclaró ella,
después de recobrado su acostumbrado aplomo.
—¿Grave dice?
—La destrucción de una astronave de carga y toda su tripulación. ¿Es
suficiente?
—Si, claro...
Hubo una pequeña pausa, durante la cual todos se olvidaron de Fess, y
retornó el temor de que no les llegase la salvación que tanto anhelaban.
—Vendrán a tiempo —musitó Myrna.
Y acertó.
* * *
El servicio de viajes cósmicos Marte—Deimos era regular y las astronaves
partían del planeta y su satélite, con una precisión exacta, cada sesenta
segundos.
La Base Experimental albergaba a varios millares de personas, hombres y
mujeres, cuyo turno laboral era de cinco horas diarias y otros tantos días a la
semana; de forma que el tráfico entre Deimos y el planeta era de los más
fluidos del cosmos.
De ahí que Myrna Bartlet retuviera esperanzas que al final se vieron
premiadas con el éxito.
La siguiente astronave alcanzó a la que había sufrido el accidente y encendió
sus cohetes de freno cuando el capitán comprobó que la primera no respondía
a sus señales.
Inmediatamente, se comunicó a Marte y recibió orden de arrimarse al navío
del espacio y mandar que saliese una patrulla de reconocimiento.
Los cosmonautas, ataviados con trajes espaciales, partieron de una astronave
y penetraron en la cabina de mando de su gemela. Horrorizados por la visión
de soledad y muerte, recorrieron todos los compartimentos de la misma hasta
dar con el único que mantenía sus compuertas firmemente cerradas.
Al principio, estuvieron a punto de culminar la tragedia, ya que intentaron
abrirlas creyendo que todos habían muerto y que la ingravidez también había
penetrado en aquel punto.
Sin embargo, se dieron cuenta de ello y, tras algunos minutos de duda, se
decidió adosar ambas naves magnéticamente y seguir así hasta Deimos,
donde los especialistas se encargarían de cerrar la compuerta y proporcionar
a la astronave el oxigeno necesario para que los supervivientes pudiesen ser
rescatados sin temor alguno a que pereciesen por falta de aire.
De aquella manera, se solucionó todo..., menos las vidas de los muertos.
Y para Myrna Bartlet ya no había problemas; creía tener el caso resuelto y
saber la verdad de lo que sucedió en el Cinturón de Asteroides y en el camino
a Deimos.
Los altos dirigentes de la Base, Policía de Seguridad y científicos, ya sabían la
tragedia de la astronave que llevaba el reactor a Júpiter y su alarma creció al
saber lo de la última desgracia.
Myrna no perdió el tiempo. Para ella, Sohol era un caso sumamente peligroso
y el ingeniero debía de estar encerrado y bajo constante vigilancia, redoblada
ésta a poder ser.
Deimos era un satélite pequeño, con sólo ocho kilómetros de diámetro y su
superficie ocupaba totalmente por la mayor base de experimentos científicos
que el hombre había sido capaz de crear hasta entonces.
Lo primero que hizo la doctora fue pedir que se reuniera la Junta Suprema en
una de las salas subterráneas y secretas del satélite, todo ello en el más
riguroso misterio.
Las personas que asistieron a la reunión fueron el general en jefe del Octavo
Escuadrón de Policía Sideral, Effrem Scott; director general de la Base, Val
Nielsen; y el doctor Robert Loggia, encargado superior de seguridad nuclear
en el complejo científico.
Cuando Myrna Bartlet, ataviada con su uniforme blanco de doctora, penetró
en la estancia, todos los reunidos se levantaron respetuosamente.
Más que la belleza femenina de Myrna, lo que resaltaba en ella era la decisión
que irradiaban todos los poros de su cuerpo, aquella innata autoridad de
persona que sabe lo que se lleva entre manos y entregada totalmente a la
ciencia.
—Doctora Bartlet... —siseó Nielsen.
—Siento haber llegado tan tarde, señores; pero me he cuidado personalmente
de que el prisionero fuera puesto en su lugar correspondiente.
—Si, ya me han avisado de que ha pedido la ayuda de mis hombres, doctora —
terció el policía.
—Gracias, general Scott.
Myrna se sentó en una de las sillas metálicas, rodeada por los tres hombres y
frente a una mesa también de acero y que relucía corno una piedra preciosa.
Nielsen, Scott y Loggia la miraron detenidamente, pero no tuvieron que
esperar mucho tiempo, pues se podía decir que Myrna ya tenía pensado todo
cuanto habría de decir.
Empezó:
—Señores, el motivo de nuestra reunión es muy desagradable porque muchas
personas han perecido inútilmente, por culpa de un hombre que no tiene nada
de perturbado mental.
—¿Es el mismo que tiene encerrado? —preguntó Nielsen,
—Exacto.
—Y ¿cómo sabe que él es un asesino?
—Fess Sohol viajaba en la astronave «Betty» corno mecánico—ingeniero y era
su primera misión. Debió tener algún percance en su trabajo, quizás un
escape radiactivo y él no supo resolverlo debidamente.
»Por ello, tomo una decisión rápida, sencilla y que le ofrecía una oportunidad
de salvar la vida y la carrera.
»Se vistió con el traje espacial y abandonó la astronave y a sus compañeros.
Iba bien provisto con un propulsor individual y la radio de onda corta.
«Inventó lo de la cámara de descompresión, pero nosotros recelamos de su
explicación. En Marte tuvo una discusión con la policía y un agente de la
Compañía en que prestaba sus servicios.
—¿Es eso todo? — indagó Loggia, meditabundo.
—No, hay más.
Myrna se humedeció sus carnosos labios y continuó diciendo:
—Al traerlo hacia Deimos, donde averiguaríamos la verdad, fraguó un pian
que acabaría encubriéndolo definitivamente.
«Pensó que si sucedía lo mismo con la astronave en que viajábamos y él
estaba en todo momento bajo mi vigilancia, lo ocurrido en el Cinturón seria
tornado corno posible... Y a él todavía le tendríamos que haber pedido
disculpas.
—¿Qué sucedió en el camino a la Base, doctora? — apremió Nielsen, un
hombre canoso que sonreía en muy contadas ocasiones.
—Yo misma pedí acompañarlo porque de momento no creí en su culpabilidad.
Más bien pensé que era un caso anormal, que quizás hubiese visto algo en el
espacio... En fin, simples hipótesis, pero que podían convertirse en realidades.
»Estábamos en el departamento de lujo y yo quedé dormida, descuido que
Fess Sohol aprovechó para salir de allí, estropear los sistemas de seguridad
de la astronave y dejarlo todo a punto para que momentos después la cámara
de descompresión se abriese, arrastrándonos a la muerte.
—Y ¿cómo no perecieron ustedes?
—Profesor Nielsen, Sohol lo tenia todo muy bien pensado. Regresó al
compartimento con el tiempo justo para afianzar bien las dos entradas y
asegurarse de que el mismo oxigeno no las hiciese saltar.
»Así quedábamos aislados y vivos hasta que llegara el rescate. ¿Lo han
comprendido ahora?
—¡La explicación es sumamente precisa! — corroboró Loggia, asombrado por
las certeras palabras de Myrna.
—¿Está completamente segura de que fue así, doctora? —preguntó el policía,
con su rutinaria flema.
—Puedo atestiguar de todo lo ocurrido mientras yo estuve presente. Lo demás
es imaginación, pero reconocerán ustedes que todo concuerda. Ese hombre es
un asesino que no se ha detenido por la muerte.
—Estoy de acuerdo con usted, doctora — ratificó Nielsen.
Myrna levantó la cabeza, orgullosa y añadió:
—Mi deber era comunicarles todo cuanto sabía al respecto. Yo no soy quien
ha de juzgarlo, y mucho menos dictaminar la condena.
—Ha hecho muy bien, doctora — contestó Val Nielsen—; este problema ha de
mantenerse en secreto. Cundiría el pánico si la Humanidad supiera que
hemos vuelto a los viejos tiempos de la delincuencia.
»Lo que ha hecho ese tal Sohol será un misterio y los accidentes aparecerán
corno tales, fortuitos y sin culpa por parte del hombre.
»Daré órdenes para que, a partir de este momento, las astronaves sean
revisadas dos veces al día.
—Me parece una idea muy juiciosa, profesor — asintió Scott.
—Le ruego encarecidamente que guarden silencio sobre lo sucedido y de todo
cuanto se ha hablado en ésta sala.
Myrna, Effrem Scott y Loggia asintieron con la mirada.
Ninguno de ellos diría media palabra sobre el asunto.
Luego se hizo un grave silencio. Faltaba algo de lo que ninguno se atrevía à
hablar. Prácticamente, Sohol ya estaba condenado.
Sin embargo...
Val Nielsen se puso nervioso, carraspeó repetidas veces y acabó por abrir los
labios y decir:
—Hacia ya muchos anos que no me veía en el problema de condenar a un
hombre a la muerte...
»Si, ya sé que alguien ha de hacerlo; y por ello mandaré venir a un jurado de
Marte, compuesto por letrados de la más absoluta confianza. Ellos
dictaminarán el resultado y Fess Sohol podrá ser ajusticiado.
Todos respiraron aliviados.
Para Myrna Bartlet el joven ingeniero era un asesino, un fracasado que había
empleado la muerte para encubrirse a si mismo; por lo que merecía la misma
moneda: ¡morir!
En aquel ano de 2111 la delincuencia había llegado a un extremo tan bajo que
era muy casual y esporádico el que una persona hubiera de morir condenada
por la ley.
En la Tierra todavía quedaban muchos puntos a medio «civilizar», pero allí
estaban a muchos kilómetros, miles de millones, y todas las personas que
salían al cosmos eran inteligentes y pacificas.
—Pueden regresar a sus trabajos — dijo Nielsen.
Los dos hombres y la mujer se pusieron en pie y salieron de la estancia donde
se había decidido el futuro de un hombre.
Un hombre inocente que iba a morir porque las circunstancias le condenaban.
Se detuvieron tras la puerta.
Effrem Scott musitó:
—Hemos hecho justicia.
Aquella palabra quedó grabada en la mente de Myrna Bartlet.
¡Justicia!
No tenía remordimiento de conciencia, pero tampoco podía olvidar el rostro
de Fess cuando se hallaban en el compartimento de la astronave, solos.
—¿Viene, doctora Bartlet?
Myrna se sobresaltó. Había quedado ensimismada en sus propios
pensamientos y no se dio cuenta de que los dos hombres habían empezado a
caminar hacia el «corredor mecánico».
Se encontraban en la séptima planta subterránea y tres más abajo, aun,
estaba Sohol.
Caminaron lentamente. Scott y Loggia conversaban entre si de otros temas
que no concernían a la doctora y aunque así hubiera sido, ella no les habría
escuchado.
Veinte metros más adelante, se detuvieron ante el recuadro de una puerta.
Robert Loggia pulsó un botón casi invisible y, al poco, se dejó oír un sordo
zumbido.
Lo que podría llamarse un ascensor horizontal estaba en disposición de ser
empleado.
La puerta se abrió automáticamente y cruzaron el umbral, para adentrarse en
la caja rectangular capaz para unas quince personas. Loggia volvió a pulsar
otro botón, éste interior, y el extraño vehiculo se movió de lado.
Al principio lo hizo muy lentamente, pero luego fue tornando más velocidad
hasta que las personas se acostumbraron al impulso. Después notaron que
frenaba y terminaba por detenerse definitivamente.
¡Y habían recorrido más de un kilómetro!
La puerta se abrió automáticamente y ellos salieron, aunque no por mucho
tiempo, pues casi enfrente tenían lo que de verdad podía llamarse un
elevador.
Loggia volvió a tornar la iniciativa y accionó los mandos necesarios para que
el ascensor les llevara hasta la cuarta planta subterránea, donde estaban
situados los alojamientos femeninos.
Allí se despidieron. Posiblemente no volverían a verse en mucho tiempo,
aunque trabajasen en aquel lugar por muchos anos.
Los pasos de la doctora Bartlet fueron silenciosos en extremo. Su calzado,
corno el de todo el personal de la Base, era de un material plástico—flexible y
no producían ruido alguno.
Debido a su alta graduación, Myrna podía permitirse el lujo de tener un
alojamiento para ella sola.
Abrió la puerta.
Instantáneamente, se encendió la luz.
La habitación era de reducidas dimensiones, pero la industria moderna había
llegado a extremos difíciles de superar. El lecho estaba empotrado en la pared
y era extensible.
Con rápidos gestos lo montó. No habían libros a la vista, pero Myrna tenia
una inimaginable cantidad de lectura de todas las clases. Bastaba presionar
un conmutador para que una oculta proyectora le ofreciese lo que ella
deseara.
Pero no lo hizo. Aquella noche estaba preocupada, muy preocupada.
Se desvistió rápidamente y se puso las ropas de dormir.
Luego, instintivamente, miró en derredor. Estaba sola, las paredes eran de
acero y la puerta sólo podía ser franqueada por ella.
¡Y, sin embargo, Myrna Bartlet tuvo el vago y tétrico presentimiento de que
no estaba sola en la habitación!
Era corno si sintiera la respiración cálida, pegajosa de una persona que
estuviese a su espalda.
Tembló de pies a cabeza...
V
Fess Sohol estaba furioso consigo mismo y contra la doctora Bartlet, aunque
comprendía que ella tenía sus motivos para sospechar de él. Y éstos pesaban
mucho en su contra.
El hecho de encontrarse en aquella habitación, de paredes lisas, sin la más
pequeña pieza de mobiliario lo indicaba.
Se preguntó el porqué habría de pensar, casi de adivinar, lo sucedido en el
camino a Deimos. Fue un presentimiento, como si alguien le avisara de ello.
Instinto de conservación, se dijo.
De no haber cerrado las compuertas, todos habrían perecido y él seria un
difunto honrado.
Ahora era un vivo delincuente, acusado de muchas muertes por las que habría
de pagar.
Si de todas formas tenia que morir, podía haberlo hecho limpiamente, corno
la persona honrada y cabal que era. Estos pensamientos y muchos otros
bailaban en su mente.
Una de ellos consistía en que antes de morir le gustarla besar a la doctora
Bartlet. No era nuevo aquel sentimiento, lo tuvo ya en la astronave, poco
antes de ocurrir aquello y cuando la veía plácidamente dormida.
Entonces Myrna era una mujer normal.
Pero ya era demasiado tarde.
El recuerdo de su situación volvió a hacerle enfurecer. Entrelazó las manos en
un gesto de impotencia y miró hacia la puerta. Allí habían dos hombres
armados.
¿Y si trataba de escapar?
Dejar que lo matasen estúpidamente era una idiotez. Él era inocente, lo sabía
mejor que nadie..., porque tenía que ser así.
Rápidamente, empezó a calcular sus posibilidades de evasión.
Eliminar a los dos centinelas no seria tan difícil. Debía desarmarlos e
introducirlos en la habitación sin conocimiento o perfectamente maniatados.
Luego, antes de que se recuperasen, debía llegar a la superficie y encontrar la
forma de salir de Deimos. Aquello también seria bastante sencillo, puesto que
nadie le conocía en la Base.
Si alcanzaba Marte tendría muchas posibilidades de llegar hasta la Tierra y
allí esconderse durante algún tiempo. Más tarde, sabría cómo ganarse la vida
y hacerse a la idea de que era un fugitivo.
Más o menos bien, tirarla adelante. Y ¿no era eso mejor que reposar en un
cementerio cósmico del satélite?
Indudablemente.
Se puso en pie. Tenia que hacer entrar a los centinelas y eliminarlos
velozmente.
En aquel instante, lo vio un poco más difícil.
Tras unos minutos de meditación, decidió que la excusa para que le abrieran
la puerta seria el hambre.
La verdad era que hacia mucho tiempo que no probara bocado.
La puerta era de acero y tenia un pequeño orificio por el que los centinelas
miraban de vez en cuando.
Si no le encañonaban...
Dispuesto a todo, la golpeó con los nudillos.
* * *
—¿No te cansas, Chaffey?
—Un poco...
Los dos hombres eran jóvenes y musculosos. Habían sido entrenados para la
Policía Espacial y el entrenamiento de este Cuerpo era muy duro e intenso.
Vestían uniformes verdosos y brillantes. Las armas eran rifles muy cortos,
pero de una precisión y rapidez de disparo alucinantes.
Un buen tirador era prácticamente inexpugnable con uno de aquellos
artefactos en las manos.
—Y no dijeron nada del relevo —volvió a protestar uno de ellos, haciendo una
mueca de desagrado.
—El sargento se acordará de nosotros, ya lo verás, Don.
—Si por lo menos pudiéramos estirar las piernas...
—Ya sabes lo que dijo aquella preciosidad de mujer: este tipo de ahí adentro
es sumamente peligroso. — El llamado Chaffey se corto. Meditó durante unos
instantes y dijo —: Oye, Don; ¿has golpeado tu a alguien desde que estás en el
Cuerpo?
—Si, una vez. ¿Y tú?
—Nunca... ¡Somos policías y jamás hacemos detenciones! Éste es mi primer
trabajo.
Chaffey pareció lamentarse. Y la verdad era que podían darse por contentos
de tener tan poco trabajo.
—No te deseo que lo tengas que hacer, Chaffey.
—Cuéntame lo que sucedió, Don.
—Bah, fue un caso muy desagradable. Un tipo que perdió la razón y hubo que
reducirlo empleando la fuerza... ¡Diablos, jamás había podido imaginar la
fuerza que llega a tener un loco! —añadió el agente, vivamente impresionado
por el recuerdo.
—¿Y si éste fuera igual?
—No digas tonterías...
—Perdona...
No pudo continuar. Los golpes a su espalda le hicieron dar un respingo de
sobresalto e, instintivamente, apretó con más fuerza aun el arma que sostenía
en las manos y cruzada sobre el pecho.
—¿Has oído?
—Si.
—Debe de ser el detenido, Don...
—Naturalmente. Yo abriré y tú me cubres. ¿Entendido?
—¿Y si...?
—No es ofensivo. Basta con mirarle a la cara.
Chaffey suspiró aliviado. Apuntó con el arma hacia la puerta y su compañero
empezó a pulsar los botones que convertían la celda en un lugar
completamente aislado.
Hubo un poco de silencio. Don desconectó los sistemas de seguridad y apoyó
su mano en una palanca adosada a la pared.
—¿Estás listo, Chaffey?
—Si...
El policía más veterano tiró de la palanca poco a poco y la puerta se deslizó a
un lado lentamente y sin proferir el más leve ruido.
Quedó abierto un hueco de unos cincuenta centímetros, lo suficiente como
para que un hombre pudiera salir de costado y así quedar limitadas sus
posibilidades ofensivas, caso de haberlas.
Fess apareció en el orificio.
—¡No salga! — se apresuró a ordenar Chaffey.
Don, sin apartarse de la palanca, cruzó una mirada con su compañero y dijo:
—¿Qué desea?
—Hambre... Tengo mucha hambre...
—¿Ahora? —se extrañó Don.
—¿Acaso hay una hora fija para que proteste el estómago? —gruñó el recluso.
—No, es cierto...
La duda penetró en la mente de Don.
No podían abandonar la guardia, pero tampoco dejar a Sohol sin comer. El
que estuviera preso no significaba que hubiese de morir de hambre o
inanición.
—¿Qué hacemos, Don?
—No sé, Chaffey; si el sargento hubiera pasado por aquí.
—Hace casi dos días que mi estómago no ingiere alimentos.
—¡Calle, ya lo arreglaremos! — atajó Don.
Mientras Fess no se perdía un solo detalle. Se había dado cuenta de que el
llamado Chaffey estaba muy nervioso. El cañón del arma temblaba
ligeramente al apuntarle.
Tenia que decidirse.
Su mirada no se apartó del más novato de los policías, quien parpadeaba más
de lo normal.
—¿Y si uno de nosotros fuera a llamar al sargento, Chaffey? —indicó Don.
Y Fess vio su oportunidad.
Chaffey había dejado de mirarle para atender a su compañero en aquella
pregunta que ambos debían pensar.
Sohol se decidió a jugarse el todo por el todo. Velozmente, sacó la pierna
derecha por el hueco y golpeó el arma de Chaffey con ella, al mismo tiempo
que una de sus manos lo aferraba por las ropas y tiraba de él frenéticamente.
El policía emitió un bufido de sorpresa.
Don fue quien tuvo más rapidez de reflejos. Comprendió que no podría liberar
a su compañero sin exponerse a si mismo y empujó la palanca a fondo.
Pero Sohol había pensado en ello.
Chaffey gritó aterrorizado cuando vio venir la puerta hacia él, ya que Fess lo
había colocado en el centro.
Y la hoja de acero lo aprisionó contra la pared.
—¡Lo va a matar! —gritó el ingeniero.
El borde de la puerta empujó al policía en la caja torácica y apretó
bestialmente. Chaffey perdió el color de su cara. Quiso volver a gritar, pero
sus pulmones ya no tenían aire y la cabeza cayó a un lado, justo en el
momento en que Don tiraba hacia si de la palanca y la puerta se abría
rápidamente.
Fess tampoco perdió el tiempo esta vez.
Saltó hacia delante, ligeramente encorvado y fue a chocar contra el último de
los agentes.
Al recibir tan salvaje embestida. Don ahogó un gemido y se dobló por la
cintura.
Aun así, no estaba fuera de combate. Era tan alto corno Sohol y quizá más
fuerte. Al encogerse, se ladeó a la derecha y Sohol no pudo contener su
propio impulso, por lo que acabó cayendo al suelo.
Don lanzó un rugido de triunfo y se abalanzó sobre el arma.
Pero Fess no tenía más que aquella oportunidad de vivir y estaba decidido a
seguir hasta el fin.
Empleó décimas de segundo en caer y ponerse en pie de nuevo. Cuando Don
quiso levantar el arma para encañonarlo, el pie del joven cayó sobre su
muñeca y apretó con todo el peso de su cuerpo.
El policía notó que se le iban a romper todos los dedos de la mano y se
apresuró a soltar el arma.
Sohol cayó sobre él y empezó a mover sus puños rápida y sistemáticamente,
con la precisión de una máquina de pegar. Quizá los golpes de Don hubieran
sido más demoledores, pero jamás habría sido capaz de propinar tantos como
Fess.
Era el invencible instinto de conservación.
Fess siguió machacando despiadadamente hasta que la cabeza del agente se
doblegó a un lado, completamente inerte.
Don había perdido el conocimiento. Sohol lo asió de las ropas y tiró de él
hacia la habitación. El infortunado policía pesaba lo suyo y el ingeniero tuvo
que emplear todas las fuerzas que le quedaban.
Chaffey permanecía inconsciente, pero respiraba normalmente. Fess se
tranquilizó al notarlo, puesto que se había alarmado temiendo que la puerta
hubiera acabado con él.
Los dos cuerpos y las armas quedaron en la celda y el joven se dirigió a la
palanca de seguridad.
Entonces, cuando menos lo esperaba, todos sus planes de huida se vinieron
por tierra.
—¡Alto!
La voz venia de su derecha, justo en el lugar donde había estado luchando con
Don.
De reojo, vio que era un sargento de la Policía Sideral. Sus fosforescentes
galones hirieron los ojos del evadido.
—¡Deténgase!
No podía hacerlo...
Si dejaba que lo atrapasen de nuevo lo matarían irremisiblemente y sin la
menor dilación.
Su única posibilidad era la huida. El otro extremo del pasillo estaba desierto y
las milésimas de segundo eran muy importantes; tanto que Fess no pensó dos
veces lo que debía hacer.
Apoyó una mano en la acerada pared y se dio impulso, emprendiendo una
alocada carrera por el iluminado pasillo.
—¡Maldito...!
Fess ocupó todos sus sentidos en proporcionar velocidad a sus piernas, pero
había ciertas cosas que eran mucho más rápidas...
Por ejemplo: ¡las balas!
Algo crepitó a su espalda. Era un sonido rítmico y sincopado, pero que carecía
del estruendoso fragor de las antiguas armas de fuego.
De pronto, sintió que le empujaban en la espalda. Fueron varios picotazos y
Fess no supo precisar cuántos exactamente. Sin embargo, el golpe fue
demasiado violento y su cuerpo se abalanzó hacia delante.
Vio que el suelo del pasillo se le acercaba al rostro vertiginosamente y levantó
las manos por puro instinto.
Cayó a peso muerto.
Notó que empezaba a perder visibilidad y con un último pensamiento se dijo
que iba a morir sin saborear los labios de aquella doctora con pretensiones de
policía.
—¿Lo ha matado, sargento?
—Creo que si... No era ésa mi intención, pero...
Los oyó perfectamente.
Con un patetismo estremecedor, Fess se hizo a la idea de que se estaba
muriendo.
Sintió el pegajoso contacto de la sangre en su espalda.
¡Myrna Bartlet...!
No la culpaba porque en su lugar hubiera hecho lo mismo. Moria siendo
inocente.
Bruscamente, Fess dejó de sentir, de pensar, de escuchar y de ver. Todo su
cuerpo se relajó con un espasmo y las manos, fláccidas, dejaron de arañar el
suelo de acero.
Había muerto.
El sargento, sorprendido de que hubiese sido capaz de matar a una persona,
se acercó con vacilantes pasos. Estaba lívido, con el mismo color que iba
tornando el rostro del ingeniero.
—No quise... hacerlo... No quise.
Don también se aproximó.
—Habrá que avisar a la oficialidad, sargento — musitó con una voz que
parecía venir de ultratumba.
—Si...
Ninguno de ellos deseó matar, pero las circunstancias les habían obligado a
ello.
Atónitos, miraron la sangre que empezaba ya a resbalar por el suelo y se
coagulaba en viscosos grumos.
Era roja... ¡Tanto, que los dos policías hubiesen vomitado de poder hacerlo!
La muerte siempre es desagradable...
* * *
Myrna Bartlet se esforzó por evitar aquellos temblores de pánico. Le hubiese
gustado gritar, pero comprendió que llamaría la atención y se reirían de ella.
Fess Sohol...
No podía dejar de pensar en él. ¿Y si se hubiera equivocado respecto a su
culpabilidad?
Pero no. No había una explicación lógica y ella no creía en fantasmas ni en
supersticiones. Todo indicaba que había sido Sohol y por lo tanto debía tener
el castigo correspondiente a su delito.
Se hubiera tendido en el lecho y esforzado en conciliar el sueño, pero tenia
miedo, un horror cerval que la hacia crispar los nervios y mirar en derredor
incansablemente.
De pronto, se encendió la pantalla visora y el rostro, demudado, del profesor
Nielsen apareció en el recuadro.
—¡Doctora Bartlet!
—Profesor...
—Haga el favor de bajar inmediatamente a la última planta subterránea,
donde estaba el prisionero.
—¿Cómo dice?
—Es necesario que baje inmediatamente.
Myrna se azoró.
Era inexplicable lo que estaba sucediendo.
Entonces recordó la palabra «estaba», referente a Fess Sohol.
—¿Ha sucedido algo?
—Si, doctora; algo extremadamente desagradable para la Base y todos
nosotros.
—¡Por favor, profesor... ¡dígame lo que sea! —preguntó Myrna, a punto de
llegar a la histeria.
—El prisionero ha muerto.
—¿Sohol?
—Exactamente. Intentó escapar y un agente tuvo que dispararle.
La doctora pensó que iba a desmayarse. Sintió más miedo que nunca y se
puso en pie casi con prisas.
—Voy inmediatamente...
La pantalla se apagó y Myrna se vistió con las blancas ropas de trabajo.
Deseaba abandonar su habitación y encontrarse entre personas. Oír voces y
hablar con alguien.
Fess Sohol muerto.
Sintió pena y dolor al mismo tiempo.
Rápidamente, abandonó la estancia y corrió hacia el ascensor. En contados
segundos había llegado a la última planta subterránea y tomaba el extraño
vehículo horizontal.
Al salir de éste vio a los mismos hombres con los que se había reunido poco
antes. Nielsen, Loggia, Scott y tres policías miraban estupefactos el cuerpo de
un hombre caldo.
Myrna lo reconoció en seguida.
Era Sohol y el enorme charco de sangre indicaba que lo ocurrido había sido
grave.
—¿Está...?
—Muerto — replicó Loggia, con aspereza.
—¿Quién ha sido?
El sargento levantó la mirada. Y Myrna lo miró casi con odio, fijamente.
—No tuvo otro remedio que disparar. Quiso huir y ya había golpeado a los dos
agentes que le custodiaban, cuando apareció el sargento. Tampoco le
respondió a sus llamadas —aclaró Nielsen.
—¿No hay salvación?
La pregunta era innecesaria.
Scott negó con la cabeza.
—Bien, pueden llevárselo de aquí — añadió el profesor Nielsen.
—¿Lo llevaremos a Marte?
—No, Scott; le enterraremos en el cementerio de la Base.
—Si, señor.
—Procure que sea cuanto antes.
—Si, señor.
El policía parecía no saber decir otra cosa. Hizo un movimiento con la cabeza
y el sargento y Don se alejaron por la otra extremidad del pasillo, sin
intercambiar una sola palabra.
El silencio se hizo depresivo.
Luego los dos agentes reaparecieron con una camilla, sobre la que
depositaron el cadáver de Sohol.
Myrna estaba sobrecogida. Se sentía débil y con un agudo dolor en el pecho.
No logró definir si era dolor sentimental o físico, pero tuvo que apartar la
mirada de aquel cuerpo. Una horrible y lacerante duda le penetró en el alma:
¿Habían obrado bien al juzgar a Sohol?
* * *
La comitiva salió de una de las partes secretas de la Base.
En total iban ocho personas: siete vivos y un muerto. Este último estaba a
punto de recibir sepultura en uno de los lugares más inhóspitos del cosmos: el
satélite Deimos.
Myrna Bartlet, Robert Loggia y Val Nielsen, vestidos con trajes de vacío,
seguían a los cuatro agentes de la Policía Espacial, los cuales transportaban
el féretro de acero.
La metálica caja apenas pesaba porque era de una aleación especial, pero no
ocurría lo mismo con su contenido; aunque los hombres que llevaban el
cadáver de Sohol no necesitaban hacer mucho esfuerzo, ya que, al no haber
atmosfera, los cuerpos perdían la casi totalidad de su peso.
El cementerio de la Base Experimental era uno de los escasos lugares del
satélite que no había sido hollado por el gigantesco complejo científico.
Deimos tenía una superficie poco variada; toda ella era roca y polvo cósmico.
Los policías se detuvieron ante una enorme losa de acero, situada en el suelo.
Veinte metros más a la derecha había otra, pero pertenecía a las personas
cuyas muertes se debían a los experimentos atómicos.
El lugar estaba debidamente resguardado de todo contacto humano y sólo
podía entrarse en él para abandonar un cadáver o desechos nucleares que
podían ser contagiosos.
¡Jamás para sacar algo!
Los tres civiles del grupo eran los testigos de que Fess Sohol había sido
enterrado en el cementerio radiactivo de Deimos.
Los policías dejaron el ataúd en el suelo del satélite y dos de ellos se
inclinaron sobre la enorme arandela de acero. Había una pequeña caja de
control junto a ésta y las manos manipularon en ella hasta que acabó
abriéndose mecánicamente.
Al quedar libre la entrada, todos se asomaron al tétrico sepulcro.
Había otros recipientes mortuorios, todos ellos soldados en frío. Tras la
tapadera había surgido un juego de cadenas.
Con bastante inexperiencia, los policías las colocaron debajo del ataúd e
izaron éste hasta situarse sobre el orificio.
Después, muy lentamente, lo hicieron descender.
Myrna vio que la caja desaparecía. El acero transparente de su casco estaba
ligeramente humedecido debido al vaho que despedía su alterada respiración.
La cadena debió de llegar a su final, porque los dos hombres y ella vieron que
los policías tiraban de ella y la volvían a dejar bajo la rueda de acero.
Después taparon el agujero, se quedaron unos segundos en pie
respetuosamente y emprendieron el camino de regreso.
Los trajes de vacío habrían de ser descontaminados en la planta especial para
aquel efecto.
Myrna lloraba.
¿Y si fuera inocente?, se preguntaba una y otra vez.
Para Myrna Bartlet, y muchos más, sus vidas habían dejado de ser
tranquilas...
El principio del fin había comenzado.
VI
Dos horas después de que Fess Sohol fuera sepultado en el cementerio
radiactivo de Deimos, dos centinelas de la Policía Espacial hacían su turno de
guardia en el espaciódromo.
El trabajo de los dos hombres era rutinario, casi inútil. Llevaban los trajes
espaciales y permanecían en actitud silenciosa, viendo cómo las astronaves
partían y llegaban en los términos de una hora.
Éstas se posaban en el centro del espaciódromo y unas gigantescas máquinas
remolcadoras las apartaban de allí, situándolas en lugares donde no pudieran
ser alcanzadas por las llamaradas que despidieran los motores de las demás.
Uno era más joven que el otro.
Movieron las cabezas y se miraron. En sus caras se marcaba el tedio que los
invadía.
De pronto, y ante la estupefacción del más viejo, el casco transparente del
joven se rompió en mil pedazos.
Ambos quedaron paralizados por el asombro.
La muerte alcanzaría a aquel desdichado, de no hacer, inmediatamente, algo
por evitarlo.
—¡Barry! — gritó el viejo.
Pero Barry no supo reaccionar. Abrió los ojos desmesuradamente y miró a su
compañero corno si se hallara en un pantano, a punto de ser tragado por el
lodo y sin que nadie pudiera salvarlo.
—¡Barry!
El agente se le colocó detrás y lo tomó por las axilas.
De allí al lugar más cercano donde hubiera una atmosfera respirable habían
más de cincuenta metros.
Rápidamente, con más atropello que sensatez, el hombre tiró de su
compañero, quien acababa de perder el conocimiento.
¡El casco estaba resquebrajado totalmente y por los orificios se había
escapado el aire vital para los pulmones del agente Barry!
El otro comprendió que así no habría posibilidades. Era mejor dejarlo en el
suelo, correr hacia la entrada de la Base y allí decir que preparasen los
instrumentos para una respiración artificial, al mismo tiempo que alguien más
vendría en su ayuda.
Creyó que aquella idea era mejor y abandonó el cuerpo de Barry.
Al darse tanto impulso con las piernas, su cuerpo saltó hacia arriba y
describió una parábola para caer cinco metros más adelante.
De pronto, se detuvo. Miró hacia atrás instintivamente, para comprobar el
estado de Barry y entonces se dio cuenta de que éste había desaparecido.
El hombre creyó no ver bien.
Parpadeó unas cuantas veces... ¡Pero el agente Barry había desaparecido
misteriosamente, en un pedazo de terreno llano donde no había un solo lugar
donde esconderse!
Anonadado, el policía dejó de caminar hacia la entrada de la Base y regresó al
lugar donde había sucedido «aquello»...
Nada, no había nada.
¡Barry parecía haberse desintegrado en indivisibles moléculas!
Sus enguantadas manos bajaron hasta rozar las rocas de Deimos y el hombre
las palpó atolondradamente. Ya sabía que su compañero no estaba allí, pero
era incomprensible, inaudito.
Volvió a ponerse en pie y, bruscamente, sintió miedo... ¡Terror a lo
desconocido!
Con todas sus fuerzas, avanzó hacia la entrada de la Base. Su mano se posó
sobre el conmutador de llamada y la compuerta se abrió lentamente, dándole
paso a la cámara de descompresión.
De allí, paso a una nave donde otros policías se disponían a cambiarse para el
relevo.
Inmediatamente, todos se detuvieron al ver la expresión que traía el agente.
—¡Latour! — llamó uno de ellos.
No hubo respuesta. El aludido tenía los ojos inmóviles, sin fijarlos en lugar
alguno.
—¿Y Barry, Latour? —rugió otro.
El aludido entreabrió los labios...
—Ha desaparecido...
—¿Cómo?
—Se le rompió el casco y su cuerpo se esfumó — repitió Latour, con
insistencia.
—¿Dónde?
—Fuera..., ante la salida.
—¿Hace mucho?
—No, ahora mismo.
Al tiempo que hacían las preguntas, los policías acabaron de ponerse los
trajes de vacío y, acuciados por las aterrorizadas palabras del compañero,
salieron a la cámara de decomprensión y de allí a la superficie del satélite.
No lo encontraron. Incluso miraron de que no hubiera sido alcanzado por las
llamas de alguna de las astronaves, pero no había residuos humanos en parte
alguna del espaciódromo.
Las muecas de incredulidad se multiplicaron... ¡Y el único que debía saber
algo era Latour!
De vivir, Sohol hubiera preguntado al policía si también iban a acusarle de
homicidio.
El caso era bastante parecido.
* * *
El agente Latour fue llevado a presencia de sus superiores, donde su
declaración fue idéntica. Él y Barry habían sido íntimos amigos y siempre
estaban juntos de guardia.
La noticia llegó hasta Effrem Scott, quién a su vez lo comunicó a Val Nielsen,
jefe y responsable absoluto de la Base.
Ambos hombres estaban desconcertados. La palabra de Latour era digna de
crédito, pero no podían hacerse a la idea de que un hombre se esfumara
físicamente.
¡Era inconcebible!
—¿Qué piensa usted de todo esto, profesor?
—No sé, Scott; no sé...
Hablaban por medio de los teléfonos visores y desde sus respectivos
despachos.
Tanto uno corno otro se miraban detenidamente en espera de que el contrario
fuese capaz de resolver aquel misterio que ya empezaba a preocuparles
demasiado.
—¿Confía en su hombre, Scott? —preguntó Nielsen,
La única solución posible era que Latour mintiese.
¿Quién iba a creer otra cosa?
—Totalmente, profesor. Lleva muchos anos a mis órdenes y es uno de mis
mejores agentes.
—Pues...
—¿Qué, profesor?
—No, nada.
Se hizo una ominosa pausa.
Scott la rompió preguntando:
—¿Qué sugiere, profesor?
A través del teléfono visor, el policía vio corno su interlocutor se pasaba la
mano por el mentón, meditabundo. Nielsen pensó la pregunta durante unos
breves momentos y acabó respondiendo:
—Llévelo a la doctora Bartlet. Es nuestra mejor psicóloga y quizá sepa hallar
una respuesta convincente y a este nuevo problema.
—Así lo haré, profesor...
—Y manténgame al corriente de todo.
—Si, señor.
Luego ambos cortaron la comunicación. La verdad era que lo habían estado
deseando con todo fervor, pues les era casi humillante el verse las caras ante
una situación corno aquélla.
Empezaban a tener miedo.
Les ocurría igual que a Myrna. Era corno un frío interior que les recorriese el
cuerpo y les llegara hasta el alma, haciéndoles estremecer despavoridamente.
Hasta entonces, los tres pensaron que Sohol había cometido un crimen
múltiple para encubrir su fallo, pero ahora presentían encontrarse ante algo
maquiavélico y de malos presagios.
El tiempo tenía la palabra.
* * *
—Relájese, Latour...
La suave voz de Myrna Bartlet no impidió que el avezado agente moviera la
cabeza en derredor y gritara:
—¡Desapareció!
—Si, Latour; eso ya me lo ha dicho muchas veces.
—No me cree, ¿verdad?
—Naturalmente que si... Túmbese y descanse. No se esfuerce por nada en
absoluto. Yo le iré preguntando y usted me responderá tranquilamente y sin
temor alguno... ¿Entiende, Latour?
—Si, doctora.
—Estupendo.
—¿Lo creerán ellos también?
—¿Quiénes?
—Mis superiores. Comprenderá que...
—No se preocupe, ellos confían en su palabra. Acaban de decírmelo ahora
mismo. Todo esto es para que yo averigüe si su subconsciente ha registrado
algún detalle que usted no recuerde.
Latour se tranquilizó. Le horrorizaba la idea de que lo tomasen por loco.
—Pobre, Barry...
—¿Lo conocía bien?
—Si.
—¿Cómo era?
—Verá, doctora...
El interrogatorio psíquico y mental duró casi hora y media, transcurrido el
cual, Myrna lo hizo levantarse. Escalonadas arrugas se habían formado en la
frente de la joven.
—¿Estoy bien, doctora? —inquirió el asustado policía, temiendo que la
respuesta fuese negativa.
—Perfectamente, Latour.
—¡No sabe usted el peso que me quita de encima!
—Lo comprendo...
Myrna quiso forzar una sonrisa, pero le fue completamente imposible.
—Y ¿qué explicación le da a lo sucedido, doctora?
—No tardaremos en saberlo, Latour.
—¿Es cierto que ya tiene alguna idea de lo que puede ser?
La doctora se encogió de hombros, ambiguamente, y le indicó la salida con la
mano.
—Es posible, Latour; pero absténgase de hacer comentarios con sus
compañeros. Yo hablaré con el general Scott para que le rebajen del servicio
activo durante un par de días.
—¿Tantos?
—Si, debe descansar.
—Está bien — asintió el policía.
Luego salió... Afuera, había otro agente que le acompañó hasta los
dormitorios, mientras Myrna tomaba asiento delante del teléfono visor y se
apretaba las sienes con ambas manos.
Debía notificar el resultado del interrogatorio, pero... ¿Qué podía decir si
Latour estaba perfectamente sano y repetía insistentemente lo ocurrido sin
desviar se un ápice de su primera declaración?
Los reflejos del policía respondían perfectamente y en el subconsciente sólo
había miedo.
De pronto, tuvo un presentimiento.
Apartó las manos y quedó pensativa.
¡No, no podía ser! Era imposible.
Durante largos segundos, estuvo reprochándose a si misma al pensar de
aquella manera. Pero, al final, terminó dejándose llevar por sus más
recónditos impulsos.
Se puso en pie, olvidando su obligación de hablar primero con Nielsen, ya que
éste se lo había ordenado antes de que empezara el interrogatorio, y salió de
allí.
Ya sabia cuál era su destino. Posiblemente, se equivocaba. Sin embargo, y por
primera vez en su vida de científica, iba a soslayar la lógica para adentrarse
en lo que nunca había creído:
La imaginación y el presentimiento.
Si Nielsen se enteraba de lo que pensaba hacer, posiblemente creyera que los
desconcertantes sucesos estaban influyendo demasiado en ella.
Myrna iba a correr ese riesgo.
A los pocos minutos, se detenía ante la parte más tétrica de la Base
Experimental. Allí habían media docena de hombres, con caras torvas y
miradas huidizas.
—Soy la doctora Bartlet. ¿Me recuerdan?
—En efecto —respondió uno de ellos, sin que sus ojos adquirieran el más leve
brillo.
Eran los enterradores de la Base.
—Quisiera entrar en el cementerio.
Los hombres la miraron intrigados y el que anteriormente había tornado la
palabra dijo:
—¿Para qué?
—Únicamente para comprobar el estado del cadáver que trajimos hace unas
horas.
—¿Lleva el permiso especial?
—No.
—Pues...
—Oiga —le atajó Myrna antes de que el otro pudiera continuar con su
negativa —, tengo la suficiente autoridad como para entrar «ahí» sin permiso
del profesor Nielsen.
—Nosotros tenemos órdenes de no permitir la entrada a nadie, doctora
Bartlet.
—Acompáñenme ustedes... Será cuestión de breves momentos.
—Siendo así...
El hombre conocía a la doctora por su fama. Temió que pudiera ocurrirle algo
si la desagraviaba.
—Gracias. Les aseguro que no pretendo buscarles complicaciones, pero se
trata de un asunto muy delicado y debo entrar en el cementerio antes de dar
un informe al profesor Nielsen.
—Yo iré con usted... Venga, doctora; le proporcionaremos el traje de
seguridad.
Servicialmente, el hombre se vistió también con las ropas aislantes y ambos
salieron a la superficie de Deimos.
Era la segunda vez que Myrna visitaba aquel lugar.
Las losas de acero estaban en sus correspondientes sitios. Aparentemente,
nada había cambiado y Myrna deseó que sus temores fuesen infundados,
aunque se riesen de ella.
Con el corazón encogido y la respiración alterada, vio cómo el hombre
manipulaba en la losa y ésta se abría lentamente, ofreciéndoles el fúnebre
contenido existente bajo ella.
Myrna se colocó en el borde del grueso orificio y esperó a que éste estuviese
completamente abierto para revisar el interior del extraño sepulcro.
El hombre siguió levantando la losa hasta que la dejó en posición vertical.
Myrna trago saliva. Había visto muchos muertos a lo largo de su carrera de
doctora, pero aquél era un caso diferente en la enorme fosa.
Miró al enterrador y asintió con la cabeza.
El hombre, aparentemente imperturbable, volvió a situarse tras la losa donde
estaba el conmutador del alumbrado interior.
La joven empezó a impacientarse y rezongó algo entre dientes en contra de
aquel hombre de tan calmosos movimientos.
Bruscamente, una potente luz iluminó la fosa y numerosos ataúdes
aparecieron a los ojos de Myrna, quien se asomó por el orificio con un rabioso
deseo de saber si sus temores habían sido infundados.
Entonces fue cuando gritó...
El infrahumano alarido que profirió la doctora sobresaltó al hombre de tal
manera que le obligó a ponerse en pie de un salto.
Y con el tiempo justo para evitar que ella cayese por el agujero, desmayada
súbitamente.
El hombre la atrapó entre sus brazos y él también miró...
¡El ataúd de Fess Sohol estaba abierto y completamente vacío!
VII
Cuando Myrna y el hombre penetraron en la base, después de haber pasado
por la obligatoria fase de descontaminación, se encontraron con que Nielsen y
el general Scott ya les estaban esperando.
También habían una docena de policías en actitud poco amistosa hacia los
hombres que permitieron la entrada de Myrna en el cementerio radiactivo.
—Doctora Bartlet, lamento decirle que esta manera de hacer las cosas me
parece impropia en usted — gruñó el profesor Nielsen, visiblemente furioso
contra la joven.
Ésta fue incapaz de responder.
Fue el enterrador quien dijo con voz temblorosa:
—Ha..., ha desaparecido.
Las miradas convergieron en él.
—¿Qué dice? —preguntó Scott.
—El cadáver del hombre que enterramos hace poco no está.
Algo así corno una ducha fría cayó sobre Nielsen y Scott. Al principio, se
miraron entre si y luego sus interrogantes ojos se clavaron en la anonadada
Myrna.
—¿Quiere aclararnos todo esto, doctora? —protestó Nielsen.
—Dice la verdad, profesor... Sohol no está en su ataúd...
Myrna hablaba casi sin mover los labios y la voz era ronca. Tenia la mente
abotargada por el impacto que le causó aquella visión y los significados que
ésta podía encerrar.
—Si...
Nielsen comprendió que ella no mentía. Era imposible que una persona
pudiera fingir de aquella manera y Myrna no tenia por qué hacerlo, sino todo
lo contrario.
Hizo un gesto a Scott para que se acercara y el policía obedeció. El profesor
le habló en voz baja durante unos instantes y el general acabó asintiendo con
la cabeza, al mismo tiempo que palidecía horriblemente.
La alarma cundió entre todos los presentes.
—Acompáñeme, doctora... —pidió Nielsen.
Sin mirarle, Myrna empezó a caminar.
¡De no aclarar aquel misterio acabaría volviéndose loca!
La joven no vio que los policías rodeaban a los enterradores y se los llevaban
de allí, bajo la inquieta mirada de Scott.
Myrna ni siquiera supo que él profesor la conducía hasta la cuarta planta
subterránea y que penetraban en la misma habitación donde juzgaron al
ingeniero Sohol.
—Siéntese, doctora...
Ella accedió sumisamente, con los ojos clavados en el suelo.
—¿Cómo se encuentra? —preguntó Nielsen, al tiempo que se aseguraba de
que la puerta estuviera bien cerrada.
—Bien... —tartamudeó Myrna.
Nielsen fue a sentarse frente a ella y la miró interrogantemente.
—Doctora...
—¿Si, profesor?
—Explíqueme lo que ha sucedido y el motivo de no respetar mis órdenes
anteriores.
—Es muy difícil de explicar, profesor.
—¿De verdad ha desaparecido el cuerpo del ingeniero?
—Si. Y el féretro está abierto... ¿Sabe usted lo que significa todo eso?
—No, pero está claro que algo mucho más grave de lo que nosotros
pensábamos está sucediendo en la Base... ¿No lo cree usted así?
Ambos necesitaban que sus palabras fueran corroboradas mutuamente para
asegurarse de que sus mentes no estaban desvariando.
—Desde luego... Y hay más, profesor... Estoy completamente segura de que
Fess Sohol murió siendo inocente. Nosotros le condenamos porque todo le
acusaba. Sin embargo, no nos queda otro camino que reconocer nuestro
error.
—Si, de acuerdo... Pero ¿qué explicación encuentra usted a esto? —exclamó
Nielsen, confuso.
—No lo sé...
—¡Cada vez estamos peor!
En aquel instante, se encendió una luz sobre el marco interior de la puerta.
Alguien deseaba entrar.
Myrna también se dio cuenta y se asustó.
—Descuide, doctora; debe ser el general Scott. Le he ordenado que
mantuviese vigilados a todos los hombres que saben de lo ocurrido y que
viniera aquí.
—Perdón...
Myrna estaba atemorizada. Lo que había visto en las ultimas horas era más
suficiente para hacer dudar de si mismo a la persona más equilibrada
mentalmente.
Nielsen se acercó a la mesa, presionó un botón y la puerta se abrió, dando
paso al general Scott, quien también daba muestras de estar muy aturdido.
Con un gesto, el profesor le indicó que tomara asiento. Eran las tres personas
que conocían la gravedad de la situación y ellos debían decidir por los miles
de seres humanos que trabajaban en el satélite.
—¿De cuántos hombres dispone, general?
—Unos doscientos.
Myrna levantó la cabeza, interesada por las palabras de los dos hombres.
—Escúchenme —añadió Nielsen—, no sabemos con exactitud lo que sucede,
pero algo maligno nos rodea. De todo esto, podemos llegar a la conclusión de
que Sohol fue siempre honrado y cometimos un error.
»E1 accidente del Cinturón de Asteroides no fue casual, ni tampoco
negligencia de Sohol.
»Lo mismo paso con la astronave en que viajaban el ingeniero y la doctora
Bartlet.
—Y ¿Por qué intentó escapar Sohol? —indagó el policía.
—Los humanos somos muy complicados. Debió de ver que todo le acusaba y
que le achacarían las muertes de muchas personas, siendo inocente; y decidió
escapar.
»Era un hombre joven, no lo olvidemos.
—¿Y lo sucedido con mi agente?
—Ese suceso y la desaparición de un cadáver es lo que más debe
preocuparnos.
—¿Ya conocen los motivos?—Ojalá, Scott; ojalá...
El policía se mordió un labio al comprender lo estúpido de su pregunta.
—Estoy pensando en que debo ordenar que se abandone el satélite cuanto
antes.
—Pero... —arguyó Scott, atónito.
—Comprenda que es lo más razonable. Corremos un peligro extraño,
siniestro, corno si fuera una mancha de aceite que se va extendiendo poco a
poco.
«Cuatro mil hombres y mujeres dependen de mi y no me gustarla que les
sucediese lo mismo que a las anteriores victimas...
¡Tenemos pruebas! ¡Hay muertos en todo esto...!
—No se altere, profesor — pidió Scott.
El hombre se mesó los cabellos. Los problemas bullían en su mente,
atormentándolo.
Personalmente, no tenía miedo alguno. Al contrario, deseaba que todo aquello
se aclarase de una maldita vez y, por lo menos, que supieran contra qué o
quiénes luchaban.
—Procuro mantenerme tranquilo, pero es imposible. De vivir unos cuantos
siglos más atrás, hubiera pensado que es cosa de brujería. Sin embargo,
estamos en el siglo veintidós y no podemos creer en supercherías..., ¡en
idioteces que causan la muerte y que acabarán volviéndonos locos a todos!
La voz del profesor, que había empezado siendo suave, terminó en un grito
ronco.
—¿Está decidido a desalojar la Base? —preguntó Scott.
—Si... Y necesito de usted para ello, general.
—Estoy a sus órdenes, profesor.
—Bien, Scott; lo que me preocupa es el pánico. Si todo el personal que trabaja
en este complejo supiera lo que ha pasado, habría un pánico terrible.
—Lo comprendo.
Myrna escuchaba la conversación y se preguntaba en qué acabaría todo
aquello.
—General, mandará un mensaje a Marte explicando a la Policía Espacial de
allí lo que sucede para que deje de llegar personal y las astronaves vengan
vacías.
»Todas las que puedan. En unas cuantas horas, esto habrá quedado
desalojado...
—Si, profesor.
El jefe de la policía se puso en pie. La decisión había sido tomada y,
personalmente, la consideraba muy prudente, la más aconsejable en aquel
caso.
Iba a salir, cuando el dispositivo de llamada del teléfono visor se iluminó.
Nielsen se situó ante la pantalla y la abrió.
Los tres vieron la descompuesta faz de Robert Loggia, encargado de la
seguridad nuclear de la Base.
—¡Profesor!
—¿Si, Loggia?
—¡El reactor se ha vuelto incontrolable, señor!
—¡Maldita sea! — estalló Nielsen.
—Lo siento, profesor; pero los reóstatos ya son insuficientes.
—¿Quiere decir que hay peligro de explosión?
—En efecto.
Nielsen callo. Lentamente, movió la cabeza en derredor en espera de que
Scott o Myrna supiesen decir algo a todo aquello.
Poco a poco, volvió a fijar su atención en Loggia y preguntó:
—¿Cuantas personas lo saben?
—Los de mi equipo personal, profesor.
—Entonces procure que no se extienda la noticia y no desconecte la
comunicación. Vamos a abandonar el satélite, Loggia. Usted y su grupo serán
de los últimos en salir.
«Espero que sabrá hacerse cargo...
Loggia apretó los labios y respondió:
—Desde luego, señor... Haremos lo posible por dominar el reactor; aunque no
tenemos la menor idea de lo que influya en él.
—Está bien... —corto Nielsen.
Por la pantalla podía ver a cuatro hombres, embutidos en trajes aislantes,
manipular con los reguladores de cambio que dominaban a la potente y
peligrosa central de energía nuclear.
Una explosión de aquel artefacto y el satélite se convertirla en millones de
piedras radiactivas que, a su vez, bombardearían Marte y vagarían
eternamente por el espacio...
Atolondradamente, Val Nielsen cayó sobre el asiento y quedó de frente a la
pantalla que Loggia no había apagado, según sus propias y concisas órdenes.
Desde allí, dijo:
—Doctora Bartlet y general Scott, pueden dar ya los pasos necesarios para
que se abandone la Base con toda rapidez. Quiero que las astronaves se vayan
cargadas de gente.
»No me importa si van incómodos, pero quiero que se salven.
»Saquen primero a una sección y después a otra. Así se evitará el terror de
los primeros momentos... ¿Me han entendido?
—Si, profesor.
—Es todo...
Myrna y el policía salieron de la estancia. Debían obrar con rapidez y cordura.
Según Loggia, el reactor era incontrolable. En cualquier instante, podían
morir sin apenas enterarse de lo que ocurría.
El inminente peligro les hizo abandonar sus propias cavilaciones y correr
hacia los lugares por donde habría de empezar la evacuación masiva de
Deimos.
VIII
Aquélla era la última astronave que partía de Deimos y con ella también los
únicos seres humanos que quedaban en el satélite, los cuales todavía no
estaban a salvo.
Desde la entrada del navío espacial y mientras los dos operarios de superficie
maniobraban con la remolcadora para situar la nave en el centro del
espaciódromo, Effrem Scott miró hacia la salida de la Base.
Tenía un presentimiento:
Nielsen y la doctora Bartlet no habían abandonado aún el satélite y, más
todavía, pensaban quedarse allí.
No los había visto durante toda la operación y los conocía lo suficiente corno
para pensar que no estaba equivocado.
¡Y lo consideraba una locura!
Vio que los dos hombres de la remolcadora abandonaban ésta y empezaban a
subir por la escalerilla rápidamente, sin mirar una sola vez hacia atrás y
maldiciendo su mala suerte por estar allí aún.
—¡Vamos! —gritó uno de los hombres, pasando a su lado como una
exhalación.
—Perdón, general... — dijo otra voz.
Scott dirigió una postrera mirada a la Base y se adentró en la astronave,
mientras los tripulantes de ésta cerraban la compuerta y el capitán encendía
los motores.
Luego, al tiempo que el navío espacial se elevaba en el espacio y enfilaba la
proa en dirección a Marte, el policía se situó en un rincón de la cabina.
Si Deimos estallaba jamás sabrían lo que en realidad había ocurrido en el
satélite.
No se equivocaba...
¡Dos personas preferían correr el riesgo de muerte con tal de tener una
posibilidad de averiguar los extraños y maquiavélicos motivos!
Myrna Bartlet, sintiéndose culpable de la muerte de Fess Sohol, estaba allí,
en su habitación, con el corazón latiéndole desesperadamente y presintiendo
su inmediata destrucción.
Había muchos interrogantes, demasiados.
Pero también la solución.
Ella se creía el único ser humano de la Base. Loggia y sus hombres habían
abandonado el reactor y se esperaba que en cualquier instante hiciese
explosión.
Para Myrna todo tenia su explicación y ansiaba saber muchas cosas, a pesar
de que la curiosidad le llevase a la muerte.
Tomo la decisión de dirigirse a la planta nuclear. De haber explosión igual
morirla estando en un lado cualquiera del satélite.
Un algo le dijo que allí estaba la clave del misterio.
Salió de su habitación.
Los pasillos estaban terriblemente desiertos. No se escuchaba el más leve
ruido y la muerte podía rondar por todas partes.
¡Quizás el reactor tuviese ya algún escape y la radiactividad se estuviera
propagando por la Base! ¡Y, poco a poco, los tejidos orgánicos de Myrna
Bartlet se irían destruyendo!
Camino con paso normal.
De vez en cuando, volvía la cabeza y se aseguraba de que no la seguían, lo
que la tranquilizaba bastante.
Habría avanzado unos quinientos metros, en dirección al reactor, cuando
sintió un ruido suave y quedo.
El miedo volvió a lacerarle las entrañas.
No estaba sola.
Se trataba del ascensor horizontal. Lo reconoció por el ruido.
Allí tenia que haber un ser vivo, una persona que manejara el vehiculo para ir
de un lado a otro de la Base.
Myrna hizo un esfuerzo por calmar los nervios. Debía ser valiente o todo
resultarla inútil. Comprendió que tendría que haberse armado y así poder
defenderse.
Aquel moderno transporte corría paralelo al pasillo y acababa en la sala de
reactores.
Ella lo sabía.
Podía acercarse a una de las puertas y, cuando el vehiculo pasara ante ella,
abrirla.
Los hipotéticos intrusos se llevarían una sorpresa.
Sin pensarlo dos veces, Myrna avanzó hacia una puerta del ascensor y se
detuvo ante ella. A la derecha, había un pulsador de llamada. Pero si esperaba
a que el artefacto pasara ante la puerta, podía llamar y entonces se abrirían
las puertas y quedaría obstaculizado.
Paróse ante la entrada.
El sonido de que el artefacto se encontraba en movimiento fue aumentando
considerablemente.
Se acercaba hacia ella.
Los nervios se crisparon en la joven. De buena gana, hubiese dado media
vuelta y alejado de allí; pero no, tenía que seguir hasta el fin, aclarar el
misterio que había causado tantas muertes.
La palma de su mano derecha se posó sobre el botón de llamada.
Esperó...
Fueron segundos y Myrna no sabría nunca cuántos.
Sólo, por instinto, empujó la mano cuando creyó que era el instante señalado
para detener el vehiculo.
¡Y lo logró!
La puerta del pasillo se abrió suavemente.
Myrna creyó que le iban a estallar los pulmones, porque no podía respirar.
Las extremidades le temblaron y la puerta siguió abriéndose..., hasta que la
salida del vehiculo quedó totalmente libre...
—¡¡Agggghhhhhh...!!
El alarido resonó espeluznantemente por la casi totalidad de los pasillos de la
Base Experimental.
Fue un grito gutural, infrahumano.
* * *
El profesor Val Nielsen no había querido abandonar el satélite. AI igual que
Myrna, sabia que todo aquello había, obligatoriamente, de tener una
explicación.
Y él quería averiguarla.
Por eso, se escondió cuando los últimos hombres de Scott iban buscándolo y
dejó que se marchasen. Ahora estaba solo y podría salir de su escondrijo.
Lo hizo muy lentamente. Era viejo, a sus cincuenta y ocho años no podía
corretear por la Base corno un hombre joven y jugar a los misterios,
arriesgando la vida.
Se había armado con una pistola atómica, de las pocas que habían en el
complejo.
Las descargas del arma eran muy pequeñas, pero capaces de desintegrar a un
hombre por completo.
El reactor nuclear... ¡Allí estaba la solución!
Tenían enemigos, aquello era innegable. Las cosas no suceden porque si,
siempre hay unos motivos. Y, si estaba solo, lo mejor seria ir hasta la planta
atómica, sin delatar su presencia.
En lugar de usar algún vehiculo, Nielsen se decidió a caminar.
El calzado era insonoro.
Tan rápidamente corno sus fuerzas se lo permitían, y con la pistola atómica
por delante, el profesor tomo uno de los pasadizos que más directamente
daban al reactor y corrió por él.
Se encontraba en la segunda planta subterránea y el esfuerzo empezó a
fatigarle.
De allí a su destino, habían más de tres kilómetros, por lo que decidió aflojar
el paso.
Fue entonces cuando escuchó el ruido del vehiculo horizontal. Su primer
impulso fue ir hacia una de las salidas de éste, pero no lo hizo; las piernas se
negaban a obedecerle.
Aprestó sus sentidos auditivos... El vehiculo marchaba hacia el reactor, ¡y
alguien había dentro de él!
Creyó que lo mejor era correr, corno lo había hecho hasta entonces, y seguir
hasta la planta nuclear. Quien fuera el que se dirigía al mismo lugar, usando
el transporte fijo, llegaría antes que él, pero Nielsen no se descubriría.
Aquélla seria siempre Una ventaja a su favor.
Lo que más deseaba el profesor era encontrarse con alguien, con un enemigo
o causante de todo aquello, para poder usar la pistola y arreglar las cosas,
con lo que la situación volvería a normalizarse.
Val Nielsen reanudó la marcha.
Escuchó cómo el vehiculo le rebasaba y aquello le incitó a sacar fuerzas de
flaqueza.
Notaba las secas pulsaciones de la sangre al circular por sus sienes y la
transpiración comenzó a hacer acto de presencia.
Inesperadamente, escuchó el alarido humano.
Nielsen se detuvo. La pistola le pesó enormemente en la mano derecha y tuvo
el presentimiento de que pronto habría de usarla.
El grito... Parecía de mujer...
El corazón le golpeó en el pecho con inusitada violencia.
Delante de él. Si, allí tenía que haber sido.
La sensación de soledad se había esfumado y, en su lugar, quedó el terror de
saber que luchaba contra algo a lo que no veía y que podía destruirlo a él.
Con más precauciones, continuó avanzando.
Un ronco estertor, idéntico al de los moribundos, llegó hasta sus oídos.
¡Alguien respiraba!
Unos veinte metros más adelante, el pasillo describía una curva casi cerrada.
¿Y si fuera allí donde...?
Nielsen corrió desesperadamente. Los veinte metros fueron rebasados en un
par de segundos y fue entonces cuando supo que la muerte rondaba por la
Base.
La puerta del transporte horizontal se cerraba rápidamente.
No había nadie, estaba solo... Y, sin embargo, tuvo la total seguridad de que el
grito había sido proferido en aquel lugar...
IX
El primer pensamiento de Fess Sohol fue que estaba soñando. Y la pesadilla
era bastante desagradable, por cierto.
Los párpados no le pesaban, podía levantarlos muy bien y mover los ojos en
derredor, para ver todo «aquello» y darse una idea, más o menos exacta, de
cómo era.
La cabeza y todo su cuerpo estaban inmóviles, tumbado de espaldas sobre el
suelo sumamente duro.
Al querer mirarse a si mismo, sólo pudo distinguir la parte más alta de su
pecho, el cual aparecía desnudo.
No sentía dolor, pero si una sensación extraña.
Llevó la mirada hacia arriba y vio una luminosidad de color gris claro. Todo
tenía aquel tono, incluso él mismo. Le bastó mirar su pecho de nuevo para
comprender que así era.
No distinguía a nadie.
¿Dónde se encontraba?
¿Y aquel color gris? No lo había visto nunca tan total, tan fino, tan luminoso...
No supo definirlo acertadamente, pero, desde luego, que todo cuanto le
rodeaba no era terráqueo.
Bruscamente, surgieron dos puntos brillantes ante él.
Fess abrió los ojos mucho más de lo normal y se estremeció.
Acababa de comprender que aquello no era un sueño, sino la pura y tétrica
realidad.
De pronto, las luces se apagaron y todo quedó sumido en la más profunda
oscuridad y negrura... Luego, cuando menos lo esperaba, una cegadora luz le
obligó a cerrar los ojos y parpadear rápidamente, con frenesí.
Se dio cuenta de que la tonalidad gris se había cambiado por otra totalmente
blanca.
Los puntitos brillantes habían desaparecido misteriosamente y pronto el
ingeniero se acostumbró a aquella luz, taladrándola con sus pupilas y con el
propósito de averiguar su procedencia.
Lo único que notó fue un movimiento exterior y, sin embargo, sabía que todas
sus extremidades estaban quietas.
¿Acaso jugaban con él?
Entonces se dio cuenta de que no estaba tumbado, sino apoyado en algo
vertical y sin que sus pies rozaran el suelo, lo que le sorprendió mas aun, pues
aquello indicaba que no había gravedad o que estaba maniatado.
Pero no sentía que le oprimiese ligadura alguna.
Vio unas sombras bastante confusas, las cuales se aproximaron a él,
aclarándose al mismo tiempo.
Fess los distinguió perfectamente. Eran dos hombres de figura anormal, piel
lechosa, extremadamente blanca. Y lo más sorprendente era la delgadez de
aquellos cuerpos.
Mentalmente, calculó que tendrían una estatura similar a la suya, pero el
peso terrestre de aquellos sujetos seria una cuarta parte del suyo propio.
Iban embustidos en unos trajes también blancos y que se les ajustaban corno
una segunda piel. Las cabezas eran humanas, o por lo menos tenían todos los
rasgos de serio.
Pero cada una de ellas no abultaría más que el puno de Sohol.
El ser tan delgados les hacia parecer mucho más altos. Los puntitos brillantes
que antes viera el joven eran los ojos de los hombres que tenia delante.
Carecían de vello y sus aspectos eran de lo más repelente.
—Hola, ingeniero Sohol...
Fess no contestó. La voz había llegado a él perfectamente audible.
—¿Cómo se encuentra, Sohol?
De momento, el joven temió que no pudiera hablar. Movió los labios y las
cuerdas vocales reaccionaron satisfactoriamente, al musitar:
—Bien...
—Nos alegramos.
El que hablaba estaba situado en la derecha de Fess. Sus diminutos labios se
movían con una celeridad extraordinaria, mientras el otro permanecía en
silencio.
—¿Se ha asustado?
— Un poco.
En aquel instante, hubiera sido normal que el sujeto que le hablaba esbozase
una sonrisa de acompañamiento a sus interesadas palabras por el estado de
Sohol.
Pero no fue así.
—Puede estar tranquilo, ingeniero.
¿Quiénes son ustedes?
—Extraterrestres.
De momento, Fess no comprendió la respuesta. Hizo un gesto de contrariedad
con la boca y manifestó:
—¿Cómo ha dicho?
—Antiguos habitantes de la Tierra y su sistema solar.
—Ya...
La verdad era que el joven tenía que poner orden en sus confusas ideas. Si
aquellos seres decían que habían habitado la Tierra, significaba que ahora
estaban fuera de ella.
¿Y dónde estaba él?
—¿Dónde estoy?
—Con nosotros... Cerca de...
El ser se corto. Se le notaba que no sabia cómo llamar a muchas cosas, corno
por ejemplo el lugar donde se encontraban, ni su nombre en el idioma de
Fess.
—¿Qué es todo esto?
Al hablar, el ingeniero movió los ojos en derredor.
—Nuestro vehiculo.
—Y ¿dónde viven?
—En otra galaxia llamada Swal.
—Nosotros debemos conocerla con otro nombre — replicó Fess.
—No, no la conocen... Está mucho más lejos de lo que pueda pensar, en el
espacio exterior.
—Y ¿qué hago yo aquí?
—Lo hemos traído nosotros.
—¿A su galaxia? —inquirió Fess, vivamente alarmado.
—No, en la suya.
—¿Por qué no puedo moverme y salir de aquí?
—Está recuperándose de sus heridas.
Fess recordó lo sucedido en la Base Experimental, los policías y aquel
sargento que le descubrió a última hora. Y también los pinchazos de la
espalda.
—¿Cómo me han traído aquí?
—Eso es más complicado de explicar, ingeniero. Le sacamos del ataúd y le
hemos vuelto a la vida.
Fess hubiera reído de buena gema.
—¿Quiere burlarse de mi?
—No, pero le decimos la verdad. Los suyos le mataron, quitaron la vida de su
cuerpo y luego le sepultaron en el suelo.
El joven notó que le faltaba la respiración.
¿Cómo iba a creer todo aquello?
—Es imposible... —balbuceó.
—No, no lo es. Dentro de unas horas cuando esté completamente bien, usted
mismo verá que no le hemos engañado. Necesitamos un cuerpo de idénticas
características al suyo para lograrlo.
—¿Quiere decir... que soy otro hombre?
—Exactamente otro ser, no. Pero si su sangre. Era un ejemplar joven y sano.
No ha perdido en el cambio.
—¿Y la mía..., mi sangre?
—Se perdió cuando los seres corno usted abrieron orificios en su cuerpo —
explicó el sujeto, aturdiendo a Fess continuamente.
—Si, es verdad. Ahora lo recuerdo perfectamente. Pero... ¿y ese hombre?
¿Murió?
—Claro. No había otro remedio que decidir entre su vida o la de él. Y para
nosotros, el ingeniero Fess Sohol era más importante y por eso le salvamos.
El pensamiento de que un hombre había muerto y que su sangre estaba
corriendo ahora por sus mismas venas, llevando la vida a todas las partes de
su cuerpo, le hizo pensar que estaban viviendo una aventura de demencia, de
cosas irreales.
¿Y aquellos tipos?
Sohol los miraba con desdén, con desparpajo y sin recelo alguno. Por lo que
decían, él les interesaba mucho, tanto como para matar a otro ser y quitarle la
sangre.
Pero ¿para qué le querían?
Debían aclararle muchas cosas aun, tantas que en un día entero de
conversación no lo conseguirían.
—Cuando esté del todo bien, tendrá que trabajar para nosotros y obedecer
nuestras órdenes.
—¿Trabajar para ustedes?
—Si, pero todavía es pronto.
—Y ¿qué quieren?
—Material radiactivo, todo cuanto haya en ésta galaxia... ¿No se llama
Sistema Solar?
—Si.
—Ya sabe cuáles son nuestros deseos. Nuestra civilización habitó el Sistema
durante muchos miles de años, hasta que empezó una guerra atómica con los
marcianos.
—¿Había habitantes en Marte? —preguntó Fess, casi sin salir de su asombro.
—Si, y lo mismo que en Venus.
—Y ¿qué ocurrió?
—Los planetas quedaron desolados. La radiactividad y la muerte corrosiva
llegaron hasta los mas recónditos lugares y tuvimos que emigrar a lejanas
galaxias, donde fundamos nuestra civilización hace exactamente mil millones
de anos.
Fess respiró hondo. ¿Qué otra cosa podía hacer?
—Nuestros sabios — siguió el swaliano — destruyeron las fórmulas del átomo
y todo cuanto podía ayudar a su reconstrucción o liberación, corno desee
llamarse.
»Se dedicaron a la medicina y la electrónica, pero sin energía nuclear.
Nuestros cuerpos se aclimataron a otras vidas y atmósferas, por eso ya somos
diferentes a usted.
—Y ¿por qué me explican todo esto?
—Para que esté completamente seguro de lo que tiene que hacer. Hacia
muchos días que le andábamos buscando.
—Ya comprendo. Ustedes fueron los causantes de lo ocurrido en el Cinturón,
¿no es así?
—En efecto. Pero no fue nuestro deseo el causar la muerte de los tripulantes.
Entonces no nos habíamos fijado en usted aún.
«Nuestros aparatos registraron la radiactividad y nos llevaron hasta la
astronave.
Fess Sohol comprendió muchas cosas.
—Podían haber obrado de otra manera... ¡Son unos asesinos!
La faz y el cuerpo del ser que le hablaba no se inmutó.
En lugar de ofenderse, dijo:
—No sabíamos cuál iba a ser su reacción, ingeniero. Y, por lo tanto, decidimos
apoderarnos del átomo de aquella astronave por la fuerza.
Los ojos de Fess brillaron.
—¡Pero no lo consiguieron!
—Es verdad, la mitad de nuestra expedición pereció entonces al no saber
manejar los instrumentos que nos eran totalmente extraños. Nuestra
inexperiencia nos llevó a la explosión nuclear.
»Pero usted escapó...
—Si, por puro milagro.
—Fue, en aquel momento, cuando nos dimos cuenta de que necesitábamos un
hombre competente y fuimos tras usted.
»Nosotros no conocemos la violencia en el mismo sentido que ustedes. No es
imposible golpearle corno usted hizo con los guardianes... Pero usamos la
mente, que es mucho más eficaz.
—Lo de la otra astronave también fue cosa suya, ¿verdad?
—Si.
—Y yo escapé.
—Exacto. Sin embargo, habíamos captado su onda mental y sabíamos en todo
momento en qué lugar se encontraba. Pero, de pronto, ésta cesó de emitir.
»Usted había muerto.
De buena gana se hubiera liberado de su inmovilidad para enseñarles el sabor
de un buen puñetazo. Fess pensó que aquellos tipos se desarmarían de recibir
un golpe en el mentón.
—Y ¿quieren que yo les entregue el uranio de la Base?
—En primer lugar, el de la Base... Mas tarde, nos indicará dónde están
situados los yacimientos y muchas otras cosas para que nosotros podamos
trabajar a gusto nuestro.
—Y, suponiendo que acepte, ¿para qué lo desean?
El swaliano, sin perder aquella postura, miró a Fess y éste creyó que aquellos
ojos blancos, sin pestañas ni cejas, iban a taladrar su mente, estudiándola
hasta el más leve detalle.
—Allá, en Swal, tenemos nuestros propios enemigos, ingeniero. Los
antepasados de nuestra civilización pensaron que destruyendo fórmulas y
todo lo que pudiese hacer que los jóvenes liberaran el átomo, nos evitarían
riesgos y se equivocaron.
»Ahora somos inferiores a otras razas más cultas que la nuestra, corno nos
sucede con ustedes.
—Ya... ¿Y ustedes son una avanzadilla de su pueblo?
—Algo parecido.
Fess estuvo unos minutos en silencio, pensando en todo lo que había
escuchado y analizando palabra por palabra con metódica precisión. Aquellos
seres no se habían detenido en medios para conseguir sus propósitos. Las
vidas de los humanos que ahora habitaban en el Sistema Solar parecían no
importarles en absoluto.
¡Jamás podían llegar a ser amigos!
¡Había sangre por en medio!
Además él, Fess Sohol, era incapaz de hacer lo que pretendían. Obedecer era
tanto corno condenar a la Humanidad a un retraso total.
Ellos invadirían la Tierra, los harían sus esclavos.
—Descanse, ingeniero Sohol; dentro de poco bajaremos a la Base y sacaremos
el uranio puro de la planta de energía nuclear. Usted nos dirá cómo debemos
usar sus instrumentos para no tener un fracaso.
—¿Quieren morir por la radiactividad?
—No, tenemos los medios para evitarlo. Nuestra civilización no fracasa jamás.
—¿Y los hombres corno yo que están en la Base? ¡Ellos no se dejarán robar
impunemente!
—Se han ido... Lo han abandonado todo.
—No lo creo.
—Pues es así... Hay ciertas cosas que no han logrado comprender y el miedo
les ha hecho abandonar la Base. Al traer al hombre cuya sangre
necesitábamos para usted, cometimos un error. No estaba solo y su
acompañante declaró que el hombre había desaparecido.
»Luego intentamos manejar la central atómica y vimos que nos era imposible.
»Le necesitamos y nos será útil, Sohol... De lo contrario, morirá.
Consternado, Fess preguntó:
—Y ¿cómo pudieron entrar en la astronave en que viajaba por el Cinturón de
Asteroides sin que yo, que iba ataviado con el traje espacial, les viera?
—Somos de otra dimensión.
—¿Otra...?
Fess cerró los ojos.
Había comprendido que nada podría hacer para interceptar los maquiavélicos
deseos de aquellos seres.
El ser de otra dimensión indicaba que eran invisibles al ojo humano, otra vida
similar, pero, a la vez, muy distante. Se dijo que la Humanidad todavía tenia
que averiguar muchas cosas, tantas que pasarían millones de años, quizá
nunca lo lograran.
—¿Y yo...?
—Lo hemos transmutado. Por eso nos ve.
—¿Y han estado en la Base?
—Si. Estuvimos en su celda, en el cementerio radiactivo y en otras
dependencias del satélite.
Fess dejó de hablar.
¡Le habían vuelto a la vida después de muerto y se hallaba en otra dimensión,
a punto de aliarse con los enemigos más peligrosos que había tenido la
Humanidad!
Estuvo pensando durante mucho rato. Después, cuando quiso ver de nuevo a
sus interlocutores, se dio cuenta de que éstos habían desaparecido por
completo.
Pudo mover la cabeza, en señal de que iba mejor. Sus sentidos visuales
también se agudizaron lo suficiente para ver que estaba caído sobre un trozo
de materia extraña y lisa, y rodeado por una cúpula transparente que le
aislaba totalmente.
Aquello debía de ser el vehiculo que los habitantes de Swal usaban para viajar
por el espacio.
Estaba seguro de que emplearan con él los medios necesarios para obligarle a
bajar al satélite y entregarles el uranio de la central de energía nuclear.
Y Fess, consciente de lo que aquello suponía, no estaba dispuesto a obedecer.
Le bastó forzar ligeramente su imaginación para tener una idea de lo que
seria la Humanidad si ellos conseguían sus propósitos de arrebatarles las
minas y todos los productos que pudieran proporcionar energía atómica.
La Humanidad dejaría de existir. Quizá, muchos siglos atrás, hubieran podido
subsistir, sin la energía del átomo, pero en el año 2111 era completamente
imposible, por la sencilla razón de que todos los medios de vida se
relacionaban con el átomo y sus derivados.
Tenía que impedirlo y, para ello, nada mejor que la destrucción de aquellos
seres.
Bajarían a la Base y haría estallar la central nuclear.
Él morirla, pero también los otros y sus propósitos.
Si pudiera avisar a Marte de lo que en realidad estaba pasando, la Policía
Sideral estaría alerta, así corno todos los medios de defensa que el hombre
tenia a su disposición.
Pero era imposible...
¡Tenia que morir!
X
Varias horas después — Fess no supo cuantas —, los dos seres de Swal
regresaron y se detuvieron ante el joven, mirándole con aquella actitud que
destrozaba los nervios.
Sohol los observó con odio, mal disimulado.
—¿Ya puede levantarse?
—¿Está seguro?
—Si.
Lástima que tuviese que morir. Si personas corno la doctora Bartlet tuvieran
a su alcance medios corno aquéllos, la ciencia daría un gigantesco paso para
el bien de la Humanidad.
Estaba seguro de que podría caminar, cuando los otros lo aseguraban con
tanto énfasis.
En el mismo momento en que la cúpula se abría por uno de los bordes, Fess
se dejó resbalar y tocó el suelo. Tenía miedo de caer muerto sin haber
conseguido sus propósitos.
Pero no fue así. Sus miembros respondían perfectamente, aunque algo lentos.
Al situarse junto a los otros, los vio casi idénticos.
La delgadez de los otros seres era lo que mas poderosamente le llamaba la
atención.
—¿Ve?
—Es fantástico —corroboró Fess.
—Esas manchas son de la circulación sanguínea — dijo el extraterrestre. Y el
ingeniero se miró rápidamente, alarmado, mientras el otro continuaba —: En
cuanto camine unos pasos desaparecerán por si solas, en señal de que la
sangre ya llega a todos los lugares de su cuerpo.
»Ésta es una de las máquinas que nos legaron nuestros antepasados. Retiene
y mata todos los microbios enemigos del organismo, de manera que sólo los
buenos puedan trabajar.
—¡Diablos!
—Venga...
Saliendo de su asombro, Fess les siguió. Vio otros seres como el que le
hablaba, atentos a los más diversos artefactos y mecanismos, que para Sohol
eran completamente desconocidos.
—¿Adónde me llevan?
—Vamos a bajar al satélite — repuso el otro.
—En esta posición no podré hacer lo que ustedes desean — dijo Fess,
entreviendo allí una posibilidad de salvación.
—Ya lo sabemos, ingeniero.
—¿Y...?
—Yo le acompañaré a su dimensión... ¿Ve esto?
Fess miró el pequeño artefacto que su interlocutor tenía en la mano derecha.
Era una caja cuadrada, de ángulos rectos y sin orificios o salientes.
—¿Qué es?—Un arma. Bastará que le apunte y la oprima un poco para que
todo su organismo se convierta en polvo. Si nos obliga a hacerlo, no habrá
oportunidad de volverlo a la vida... ¿Entiende? Buscaremos otro hombre útil
para lo que deseamos, aunque tardemos más y todo arreglado.
—Descuide, me gusta vivir.
Otro ser se acercó a ellos. Fess lo vio traer un complicado traje de vacío y, a
juzgar por el esfuerzo que hacia el ser, parecía muy pesado.
—Póngaselo. Lo hemos fabricado a propósito para usted.
Sohol lo tomo, notando que en sus manos carecía de peso, lo que le indicó que
aquellos seres eran débiles endémicos y sin fuerza física, aunque la mental
fuese mucho más poderosa.
—Imíteme...
Lo observó que se tumbaba en el suelo y él hizo lo mismo. Al quedar boca
arriba, Fess vio algo parecido a unos focos que caían sobre ellos. Habían más
de diez.
El llevar el traje de vacío puesto le evitó algunos temores. Su acompañante
iba normal.
Bruscamente, una vivísima luz le cegó. Creyó que sufría una convulsión
artificial y la cabeza le dolía horriblemente, corno si le fuera a estallar de un
momento a otro.
Luego todo pasó. Elevó los párpados y se vio suspendido en el vacío, sobre la
Base Experimental y al lado del habitante de la galaxia llamada Swal.
Éste le tomo de un brazo y tiró de él.
La anatomía del swaliano debía de ser muy compleja. Podía respirar en el
espacio... ¡O quizá no necesitara respirar!
Perdieron altura y acabaron deteniéndose ante una de las entradas de la
Base, por la que penetraron rápidamente. Fess notaba que el otro tenía prisa,
mucha prisa.
Una vez dentro, Fess se quitó el casco y lo dejó bajo su brazo izquierdo.
—¿Sabe usted dónde se encuentra el reactor? — preguntó el otro.
—No.
—Está bien... Sígame...
Fess lo vio que empuñaba el arma y emprendía el camino por los pasillos
subterráneos de la Base.
El famélico ser ya sabía a dónde dirigirse, pero le hubiera gustado que Sohol
le indicara el camino para ganar más tiempo.
Se detuvo bruscamente y el joven le imitó.
Por un instante, sintió deseos de abalanzarse sobre él y reducirlo, lo que no
pensaba costarle mucho. Pero sabía que los otros no se iban a quedar de
brazos cruzados.
De estar en la misma dimensión, Fess ya lo hubiera intentado.
El swaliano volvió a ponerse en movimiento. Al tiempo que caminaba a
regular velocidad, preguntó:
—¿Sabe lo que estaba haciendo?
—No —fue la seca respuesta de Fess.
—Me comunico con mis compañeros telepáticamente. Físicamente, soy más
débil que usted, pero, si intenta algo, morirá... ¡Ellos lo harán por mi!
—Lo creo.
—Entonces colabore y será mejor tratado.
—¿Qué quiere que haga?
—El reactor está situado en la última planta subterránea y al norte del
satélite. Aquí habrán medios de comunicación, no vamos a ir hasta allí
andando.
—¿Al norte dice?
—Si.
El ingeniero no pensaba colaborar corno decía el otro, pero cuanto antes
acabase todo mejor.
Sólo tenía dos caminos: ayudar a la destrucción de la Humanidad o matarse
en compañía de aquellos seres, cuya nave, a pesar de estar en otra dimensión,
sucumbiría bajo los efectos de una explosión atómica.
Ya se había decidido por esto último.
—He estado poco tiempo en la Base, pero conozco algunos de sus medios de
comunicación —dijo—. Acompáñeme y no tema. Sé que no puedo hacer nada
contra ustedes.
—Su pensamiento es muy lógico.
Fess camino hasta dar con la entrada de uno de los ascensores y lo llamó,
siempre bajo la atenta mirada del otro.
Así descendieron a la última planta, donde subieron a un moderno vehiculo
horizontal y cuya trayectoria parecía llevar el camino del norte.
Sohol iba contando los segundos que le quedaban de vida.
¡Debería hacerlo pronto, antes de que los swalianos pudieran entrar en
posibles sospechas!
Miró al endeble individuo. Le hubiera preguntado el nombre. Sin embargo,
¿para qué, si iban a morir tan pronto llegasen a la central atómica que
suministraba la energía de toda la Base?
Fue entonces cuando el vehiculo se detuvo bruscamente y ambos se
sobresaltaron.
De momento, Fess creyó que habían llegado al final del trayecto, mientras el
arma del que estaba a su lado le apuntaba al pecho.
La puerta se abrió y los dos pudieron ver el desencajado rostro de Myrna
Bartlet y escuchar el estremecedor alarido de la mujer.
Fess corrió hacia ella y tuvo el tiempo justo para sostenerla entre sus brazos,
porque se había desmayado. La doctora no pudo soportar el choque de terror
que le produjo ver allí a un muerto y a un ser corno aquél.
—¡Mátela!
—¿Por qué? —se encrespó Fess. Y añadió —: ¡Yo no soy un asesino corno
usted!
El extraterrestre dudó. Sus ojos se inmovilizaron sobre ellos y Sohol se dio
cuenta de que se estaba comunicando con sus compañeros que había en el
navío espacial.
Las pupilas del ser se pusieron en movimiento y miraron hacia atrás. Luego
dijo:
—Está bien, adentro.
Fess llevó el cuerpo de la doctora Myrna Bartlet hasta el vehiculo y la
depositó en el fondo de éste. Después pulsó el último botón y las puertas se
cerraron para continuar la marcha.
¡Por aquella causa, Val Nielsen no llegó a tiempo de verlos!
La doctora no recobró el conocimiento hasta que salieron del transporte, ya
frente al reactor y sus dependencias anexas.
La primera reacción de la bella mujer fue lanzarse a los brazos de Sohol y
mirar al delgado individuo con miedo, aterrada por su presencia y las
glaciales ojeadas de éste.
—¿Quién es, Sohol?
—Tranquilícese, doctora; es un ser de otra galaxia. Él y los suyos son los
causantes de todo.
—¡Es horrible!
—Quieren el uranio del reactor y todo el que poseamos.
—¿Para qué?
—Poder, simple y puro poder. Desean dominar todo lo conocido y para ello
necesitan algo que seres más inteligentes y pacíficos les negaron, doctora: ¡el
átomo!
Myrna no comprendía bien lo sucedido, pero si intuyó el peligro que les
amenazaba.
—Basta de palabras, ingeniero — aulló el ser.
—¿Va a hacer lo que desean?
—¿Encuentra usted otra solución? —fingió Fess.
El joven lamentaba el que la doctora estuviera allí.
Estaba decidido a dar su vida, pero no podía decidir por los demás.
Le pasó un brazo por los hombros y la indujo a caminar hacia el complejo
nuclear.
—¡El motor está a punto de estallar, Sohol! ¡Moriremos todos, si no lo
controlamos!
—No lo crea. Está perfectamente bien. Fueron ellos que, al pretender hacerlo
por si solos, estuvieron a punto de provocar una explosión — aclaró el joven.
—¿Y buscan el uranio?
—Exacto;
Daba la impresión de que Myrna no creía lo que estaba viendo. Miraba al
swaliano de soslayo y, acto seguido, ocultaba su rostro en el pecho del
ingeniero, con un gesto instintivo y muy femenino.
—Déjeme a mi, doctora... — siseó Fess, esperando que ella comprendiera lo
que quería decir.
Myrna había de entender que los propósitos de Sohol eran hacer estallar el
reactor. Pero Fess también temía por su reacción. Quizá la aterrorizase la
idea de morir y el swaliano descubriera sus planes.
Debía de correr ese riesgo.
Dejó a Myrna y fue a colocarse uno de los trajes de seguridad, empleados por
los trabajadores de aquella sección y que lo aislaban de posibles contagios
con la radiactividad.
Daba igual porque volarían por los aires, en cuanto Fess diese al reactor su
máxima potencia y no lo liberare de la energía que constantemente iba
produciendo.
Llegaría un instante en que las defensas de hormigón y acero no resistirían
y...
Seria una muerte rápida.
* * *
Val Nielsen había llegado al reactor poco después de Sohol, Myrna y el
extraterrestre, y se agazapó en un lugar fuera del alcance visual de los otros.
Aquel extraño ser le llamaba poderosamente la atención. Y respecto a sus
intenciones, bastaba observar la forma en que miraba a los dos jóvenes y la
planta de energía atómica.
Su perspicacia y las palabras que llegaban hasta sus oídos fueron más que
bastante para hacerse cargo de la situación y del inminente peligro que
corrían.
Vio a Sohol que se vestía con el traje de incontaminación. Le quedaban pocos
segundos para pensar y, aunque tuviera la pistola, no podía enfrentarse al
enemigo.
El profesor Nielsen sabia que eran unos segundos decisivos, de una
importancia tal que no habría una segunda oportunidad de lucha.
Todavía desconocía los poderes que pudiera tener el ser que había llegado
con Sohol, pero, en apariencia, Fess podía derribarlo de un buen golpe.
Por lo tanto, la pistola atómica era innecesaria.
Llevado por aquellos concienzudos pensamientos, Nielsen se guardó el arma
bajo sus ropas y salió del lugar donde se ocultaba, deseando que el
extraterrestre no le disparara con «aquello»...
—¡Profesor! —gritó Myrna, al verle.
Fess también se volvió.
El más sorprendido fue el swaiiano. Sus pupilas despidieron chispas al ver a
un nuevo intruso y tentado estuvo de matarlo. Lo hubiera hecho a no ser por
las palabras de Fess.
—¡Espere!
—¿Quién es?
—Un científico —respondió el joven, inmediatamente—. No lo mate y puede
que les sea muy útil.
Nielsen, sin decir palabra, avanzó hacia ellos y se detuvo junto al ingeniero.
Al contrario de la doctora, no hizo preguntas, limitándose a observar al
enemigo llegado del espacio exterior.
—¿Por qué se ha quedado, profesor? —exclamó Myrna.
—Tenia que hacerlo, doctora. Coincidimos en que la clave estaba aquí,
¿verdad?
—Profesor Nielsen...
El swaiiano no dejó que Fess continuara. Miraba a los tres personajes
detenidamente y el arma se mantenía con significante firmeza en su mano.
Empero, Sohol comprendió que tenía miedo de verse ante tres personas
diferentes a él.
—¡Silencio!
—Si mata a una de estas personas no colaboraré con ustedes — añadió Fess,
tercamente.
—¡Puedo matarlas cuando quiera! —gruñó el contrario.
—Si lo hace no conseguirá el uranio...
—Esperen... No se muevan o dispararé...
Nielsen y Myrna dirigieron sus interrogantes miradas a Sohol y éste movió la
cabeza de arriba abajo, señalándoles que debían obedecer las órdenes.
El intruso era dueño de la situación, aunque también tuviese miedo.
Los tres humanos vieron que su mirada se nublaba. Y Fess dijo:
—Está comunicándose con los demás iguales a él, profesor. Son de otra
dimensión y tienen la astronave sobre nosotros. Destruirán a la Humanidad si
nosotros no lo impedimos.
—No lo lograrán, Sohol.
—Le entiendo, profesor; ya sé lo que debo hacer. Si intentamos algo contra
éste será mucho peor, pero todavía no lo tenemos todo perdido.
De pronto, él rugió:
—Usted, el viejo, irá con los míos.
Nielsen palideció.
—Obedezca, profesor — terció Fess.
—Pero...
—¡Vamos, de prisa! ¡Póngase el traje espacial del ingeniero!
—Tiene miedo de vernos juntos, profesor.
—Si..., si... —balbuceó Nielsen.
Y con gestos nerviosos el hombre se embutió el traje que había traído Sohol.
La pistola atómica seguía oculta.
Fess lo miraba constantemente, rogando que comprendiese el significado de
lo que le quería decir.
«¡Vamos a morir todos, profesor!», decían los ojos de Sohol.
El hombre acabó de ponerse el transparente casco. El swaiiano ponía más
atención en él que en Fess o la doctora.
Con el brazo libre le indicó que se pusiera en el centro de la nave, cerca del
reactor atómico y el profesor obedeció. Veía un mudo mensaje en las pupilas
de Sohol.
Algo que quería decirle y que no acababa de interpretar. —¡ingeniero, vaya al
reactor y empiece a trabajar! — dijo el extraterrestre, sin que el cambio de
dimensión se hubiese efectuado todavía.
Fess comprendió que el profesor no le entendía. Pero, aunque lo hiciera, las
cosas no cambiarían en absoluto.
Y, bruscamente, sucedió lo imprevisto.
Val Nielsen pareció entender lo que Sohol pretendía. La transmutación iba a
efectuarse de un momento a otro y no había tiempo que perder.
¡Urgían decisiones rápidas!
El profesor llevó una mano al interior del traje de vacío y, aprovechando que
el swaliano estaba atento a los movimientos del ingeniero, sacó la pistola
atómica.
Su deseo era disparar contra aquel ser.
Fess lo vio por el rabillo del ojo y pensó que iba a echarlo todo a perder.
¡Y entonces se efectuó la mutación!
Ante los sorprendidos ojos de Sohol y Myrna, el profesor desapareció cuando
su dedo se curvaba sobre el gatillo.
—¡Rápido...! —habló el que les amenazaba.
Fess se acercó a los reóstatos de la planta atómica. Había un indicador de
radiactividad frente a él y vio que la aguja estaba inmóvil en «normal».
En cuanto quitase un par de reóstatos, habría una gigantesca explosión y
todos, absolutamente todos, morirían.
La mano derecha de Fess se posó sobre uno de los pomos de las barras de
grafito y tiró hacia si...
Súbitamente, el swaliano sufrió una convulsión extraña y empezó a
retorcerse. Su cara se convirtió en una horrible mueca y, entre espasmos,
empezó a buscar a los terrestres con la mirada.
—¡Ha sido él...! ¡Los ha destruido...!
—¡Cuidado, Myrna! —gritó Fess.
Y el joven avanzó en zigzag hacia el otro.
El arma de éste se puso en funcionamiento y despidió un potente rayo de luz
blanca.
Una de las máquinas situadas tras el joven se desintegró totalmente.
Pero Sohol, comprendiendo que el profesor había destruido la astronave de
aquellos seres, sacrificándose a si mismo, cayó sobre su enemigo, antes de
que éste pudiera hacer lo propio con ellos.
Antes de que sus cuerpos chocasen, Fess levantó el brazo derecho y su puño
voló hacia la mandíbula del swaiiano, cuyos intentos consistían en apuntar a
Fess con su arma.
Myrna y Sohol escucharon el estremecedor golpe y el extraterrestre saltó
hacia atrás, soltando el arma y abriendo los brazos en cruz.
¡Ni siquiera exhaló un gemido!
Fess se arrodilló sobre él y con una ojeada tuvo más que suficiente para saber
que había muerto.
—¿Está muerto?
—Si, doctora; ha dejado de existir.
—¡Qué horrible!
—Pero no han conseguido sus propósitos, Myrna.
—¿Y los otros?
—Esos espasmos debieron de ser causados porque se comunicaban entre si
telepáticamente y alguno de sus compañeros debería estar diciéndole algo,
cuando el profesor entró en acción con su pistola.
Myrna se tapó el rostro con ambas manos, mientras Fess regresaba al reactor
y ponía la barra de grafito en su lugar.
Luego regresó junto a la doctora.
—Habrá que avisar a Marte, para que regrese todo el personal —manifestó.
—Si.
—El cuerpo de ese ser y el arma les servirán de mucho para saber la
constitución orgánica y la forma de vida tan extraña, ¿verdad, doctora
Bartlet?
—Si, Fess.
El joven notó un cosquilleo en el pecho.
Y la causa era que ella le nombrase tan fraternalmente. Hubiese jurado que
había un tono de admiración en las palabras de Myrna.
Dirigió una última mirada al cadáver del swaliano. Él y los suyos habían sido
culpables de su muerte, pero también le habían devuelto la vida de la forma
más espectacular.
La sorpresa seria enorme en el mundo científico de la Humanidad cuando
supieran lo que había sucedido y el peligro de perecer por el que todos habían
pasado.
Sin embargo, todo aquello quedaba atrás...
Ahora tema que pensar en otras cosas.
Myrna Bartlet estaba muy bella.
Ambos sé miraron y los ojos hablaron con el mudo lenguaje del amor y la
dicha que sólo pueden experimentar los seres que han corrido peligro de
perecer.
Y, muy lentamente, el uno fue hacia el otro hasta que los labios se unieron en
un cálido y ardoroso beso.
—Te quiero, Fess... —susurró Myrna, poco después.
Él no respondió. Simplemente, afirmó con la cabeza y se dijo que habían
valido la pena todos aquellos riesgos.
La llamada a Marte podía esperar...
¿No les parece?
FIN