Los llamados “Mecanismos de Defensa del Yo”, son estrategias que utilizamos sin
darnos cuenta, cuya función es preservar nuestra autoimagen e intimidad. Son como un
mecanismo de control frente a estímulos que la misma psique es capaz de reprimir.
Estos mecanismos son las formas inconscientes que tiene el ser humano para que las
circunstancias de frustración y conflicto prevalezcan “reprimidas”, reduciendo de este
modo la ansiedad y la agresividad que nos puedan producir.
Mecanismos Narcisistas
Proyección: Consiste en adjudicar a otra persona, impulsos o errores propios
reprimidos. Así pues, el individuo no los identifica como propios y si no los ve
reflejados en otras personas.
Negación: Se trata de negar o desconfirmar directamente una realidad que
resulta obvia.
Distorsión: Es el hecho de atribuirse cualidades exageradas o distorsionadas a
uno mismo o a los demás, pero que nos son reales.
Mecanismos Neuróticos
Control: Es la necesidad de evitar a toda costa cualquier cambio ambiental y/o
personal.
Aislamiento afectivo: Es una disociación entre los elementos cognitivos o
racionales, y los emocionales.
Racionalización: Consiste en ofrecer explicaciones (supuestamente racionales)
para justificarse a uno mismo.
Disociación: Es la sintomatología donde elementos inaceptables son eliminados
de la autoimagen o negados por nuestra conciencia.
Formación Reactiva: Se trata de la sustitución de comportamientos,
pensamientos o sentimientos que resultan inaceptables, por otros totalmente
opuestos.
Represión: Consiste en expulsar de la conciencia pensamientos y deseos que no
nos agradan y nos producen dolor.
Intelectualización: Es la desconexión de la emociones a partir de la razón o el
intelecto.
Mecanismos Inmaduros
Regresión: Se trata de huir de la realidad retrocediendo en el tiempo,
retomando hábitos ya superados que nos causan seguridades y satisfacciones, a
causa de conflictos que se cree no poder superar.
Hipocondríasis: Es el despliegue de fantasías sobre la idea de haber contraído
una enfermedad sin ninguna base real.
Fantasía: Consiste en la construcción mental idealizada de una persona o
situación que sirve para compensar una realidad contraria.
Somatización: Es la expresión a través de una respuesta fisiológica (dolor,
enfermedad), de algo que nos hace daño emocionalmente.
Conducta pasiva agresiva: Se trata de mostrar agresividad de forma encubierta o
escondida.
Conducta impulsiva: Este mecanismo evita que la persona se pare a reflexionar
sobre los aspectos y motivaciones de su comportamiento.
Mecanismos Maduros
Sublimación: Es la canalización de los deseos hacia otra actividad diferente.
Supresión: Aquí la persona evita intencionadamente enfrentarse o pensar en
problemas, deseos o experiencias que le dan malestar.
Ascetismo: Es la retirada voluntaria de las situaciones que producen gozo.
Humor: Se trata de utilizar el sarcasmo y la ironía frente a los problemas.
Hay personas que se obsesionan con actividades de forma más rápida que otras. Le
cuesta más controlar lo que hacen y cuando lo hacen. Estos rasgos de personalidad lo
hacen más vulnerables a la adicción.
En la actualidad, cada vez más especialistas describen las características de la
“Personalidad adictiva”. Los mismos se refieren a la existencia de ciertos rasgos de
personalidad que se asocian con comportamientos adictivos. Es decir, aquellas
personas que presentan estos rasgos son más propensas o vulnerables a desarrollar
conductas adictivas, con evolución hacia un trastorno de este tipo. Las características a
las que nos referimos son las siguientes:
Incapacidad para controlar las conductas impulsivas. Todos podemos ser
impulsivos de vez en cuando pero en estas personas el serlo o no, no es algo
que esté bajo control. La falta de estabilidad o la constante búsqueda de cosas
nuevas a través de la impulsividad son rasgos característicos. Son extremistas y
se guían por pensamientos de todo o nada (blanco o negro), no manejando
bien ni la moderación, ni los puntos intermedios entre las cosas.
Bajo compromiso con los valores y metas personales. La conducta adictiva
implica que cuando surge el impulso por hacer algo, la persona lo hace, dejando
de lado lo que estuviera haciendo antes y al no planificar, ni moderar su
conducta siguiendo un camino errático que no se guía por planes a largo plazo
o seguimiento de objetivos y metas vitales. La persona se deja llevar por el
momento y el impulso inmediato. Estas personas suelen poseer un rasgo
denominado “búsqueda de sensaciones”, se aburren fácilmente y
constantemente buscan algo mejor y novedoso en lo que embarcarse. Son
personas enfocadas en metas a corto plazo. Tienen baja tolerancia a la
frustración y buscan soluciones fáciles y rápidas (frecuentemente pasando por
las drogas o el alcohol). Tienen baja capacidad para demorar la gratificación.
Suelen presentar de forma constante ansiedad y estrés. No es fácil vivir una vida
adictiva e impulsiva. Ya sea por los problemas sociales y familiares que acarrea,
por los remordimientos una vez hemos hecho algo que no debíamos o por las
consecuencias negativas que suelen seguir a estas conductas, estas personas
frecuentemente se sientes ansiosas. Se suma la dificultad que suelen presentar
para manejar y comunicar las emociones.
Soledad y distanciamiento social: Al ser poco constantes, cambiar
frecuentemente de actividades y de grupo social, dificulta crear conexiones
profundas con las personas. Es frecuente que los rasgos adictivos o impulsivos
acaben ensombreciendo cualquier otro rasgo y la gente solo conozca tu
inestabilidad. Son personas que tienden a aislarse de los demás. En general
tienen pocas habilidades sociales y que buscan refugio de su malestar social, en
la adicción.
Cambios en el estado de ánimo y baja autoestima: El deseo impulsivo (antes de
hacer algo) es excitante y es una emoción positiva, como una energía y una
emoción que nos invade a hacer algo. Pero cuando esa emoción desaparece
aparecen otras, como la culpa, el arrepentimiento, la tristeza o el malestar por
las consecuencias de lo que hemos hecho, especialmente si la conducta era el
consumo de drogas por ejemplo. Además, las adicciones son más frecuentes en
personas como baja habilidades de comunicación y dificultad en el manejo de
las emociones.
Sustitución de una conducta adictiva por otra. Con frecuencia tienden a cambiar
una actividad adictiva por otra, si son capaces de dejar un mal hábito,
frecuentemente es sustituyéndolo por otro.
Negación de sus problemas. Frecuentemente el problema es que quien sufre de
este tipo de rasgos de personalidad se niega a verlo y por lo tanto a modificar
su conducta. Lo que acaba ocurriendo es que la conducta de estas personas
termina por convertirse en algo destructivo, tanto para ella misma como para los
demás, pues pierden de vista los límites y las señales que indican que se debe
parar.
La inseguridad y el temor a fracasar son componentes que también pueden
influir en el desarrollo de conductas adictivas de cualquier tipo. Lo más común
es que la adicción esconda algún problema subyacente. La probabilidad o
propensión a desarrollar una adicción es mayor en las personas que cumplen
ciertos rasgos de personalidad, lo cual no exime al resto.
Una adicción no implica solamente aferrarse de manera compulsiva a una sustancia y
caer en las redes de la dependencia química. Más allá de los factores orgánicos
involucrados, también existen una serie de rasgos psicológicos que predisponen a la
dependencia extrema y que con el tiempo dan lugar a la personalidad adictiva. Se
puede ser adicto a muchas cosas, no solo a un químico. Están también las adicciones al
juego, al sexo, a los fármacos, a las nuevas tecnologías y a casi a cualquier situación u
objeto. En últimas, el objeto no es lo más relevante. Lo importante está en esos
patrones psicológicos que llevan a la adicción.
“Sencillamente me convencí de que por algún misterioso motivo yo era invulnerable y
no me engancharía. Pero la adicción no negocia y poco a poco se fue extendiendo
dentro de mí como la niebla”.
-Eric Clapton-
Labilidad en compromisos y proyectos
Una de las características más notable de la personalidad adictiva es la dificultad
para cumplir con compromisos o completar proyectos. Son personas que se
entusiasman fácilmente, pero que pronto pierden el interés y abandonan.
Hombre agotado por su personalidad adictiva
Lo usual es que se les dificulte llegar a la hora correcta. También mantenerse por
mucho tiempo en una misma actividad y perseverar. Por lo general, existe
mucha inestabilidad en sus planes y proyectos. Sobre todo, no saben decir por
qué han perdido el interés de repente.
Dificultad con las normas y las figuras de autoridad
Quien tiene una personalidad adictiva generalmente no ve nada positivo en las
normas o reglamentos. Los considera un obstáculo. No les parece que haya algo
constructiva en poner límites a las realidades.
También es usual que les guste desafiar a la autoridad o, en todo caso,
desconocerla. Ven a las figuras que ejercen control como una simple molestia.
No le dan valor a sus acciones y asumen que su papel es simplemente el de
reprimir.
Mentir para justificar los actos
Es muy común que quien tiene predisposición a las adicciones sea también una
persona a quien no le importa mentir. No solo lo hace en relación a su
dependencia, sino en cualquier ámbito de la vida. No ve nada malo en ello
porque ha convertido a la mentira en su forma de vida.
La principal función que cumplen sus mentiras es la de eludir las consecuencias
de sus actos. Cada vez que sabe que hizo algo incorrecto, mentirá para
justificarlo o negarlo. Piensa que es perfectamente legítimo eludir
responsabilidades.
Oscilamiento entre sentimientos de superioridad e inferioridad
La estructura del yo de una personalidad adicta es muy deleznable. No logran
formarse una idea realista de sí mismos. Por eso constantemente están oscilando
entre la grandiosidad y el sentimiento de inferioridad.
Tienden a ser excesivamente sensibles a las críticas de los demás. Las enfrentan
vigorosamente, pero luego las resienten. Les gusta imponer su voluntad, aun a
sabiendas de que no tienen razón. A su vez, se muestran excesivamente sumisos
en otras circunstancias.
Aburrimiento y desesperación
Para quien es potencialmente adicto, sentir apatía es común. Con frecuencia
dicen estar aburridos. Todo los cansa fácilmente. No disfrutan de los procesos.
No tienen la paciencia suficiente para gozar de las pequeñas cosas.
Están acostumbrados a la satisfacción inmediata de sus necesidades. Por eso
también es frecuente que se desesperen con mucha facilidad y experimenten
momentos de estrés y ansiedad. Les cuesta muchos realizar labores que exijan
minuciosidad y constancia. Ellos quieren terminar rápido todo para pasar lo más
pronto posible a algo nuevo.
Búsqueda de situaciones nocivas para socializar
La personalidad adictiva tiende a ver con malos ojos a quienes viven de manera
organizada o son más calmados que ellos. Les gustan las personas muy vivaces,
Se involucran en entornos donde priman los excesos. Bien sea de comida, de
bebida, o de cualquier otra cosa. Quieren tener emociones intensas todo el
tiempo y esto solo se lo proporcionan los círculos sociales más pesados.
Caer en excesos constantemente
Es frecuente que las personas con tendencia a la adicción sean un poco
desaforadas de cuando en cuando. Tratan y desean que cada experiencia vaya
más allá del límite que se puede llamar normal. La mesura y la moderación no
son lo suyo. Lo consideran “aburrido” o soso. Por eso suelen comer de más,
beber de más, dormir de más, etc., de vez en cuando.
Todos estos rasgos de la personalidad adictiva son características que se pueden
trabajar y reestructurar. Parte del trabajo a realizar se encuentra centrado en la gestión
de la ansiedad y los impulsos. Hay una angustia latente que no parece calmarse con
nada. Por eso, resulta muy aconsejable que practiquen técnicas de relajación. Si lo
logran, será más fácil comenzar a trabajar con el resto de dificultades.