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AYALA MORA, Enrique, Ecuador Del Siglo XIX

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256

Enrique Ayala Mora


30
Enrique Ayala Mora
Para entender la historia del Ecuador del siglo XIX es necesario conocer sus
instituciones fundamentales. Este libro se propone aportar en esos campos
de la historiografía nacional, a partir de cuatro textos fundamentales.
El primero ofrece una visón general sobre el Estado, la cuestión nacional y
el poder político. El segundo trata sobre el papel cumplido por el Ejército
en la vida del naciente país, con énfasis en su organización y funcionamien-
to. El tercero es una perspectiva general de la vida de la Iglesia católica,
con especial referencia a su relación con el Estado. El cuarto y último es un
panorama general de la vida de los municipios del Ecuador en el siglo XIX.

ECUADOR DEL SIGLO XIX


Al cabo de varias décadas de investigación y docencia especializadas sobre
el Ecuador y América Andina en el siglo XIX, con este nuevo libro, el autor
ofrece a los lectores una visión renovada de la problemática, importantes
avances y también desafíos para el trabajo futuro.

Enrique Ayala Mora es doctor en Educación por la Universidad Católica del


Ecuador y en Historia por la Universidad de Oxford. Enseña en la Universidad
Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador, de la cual es rector y profesor de Historia
de América Latina.
Ha enseñado e investigado historia desde los años setenta. Se lo reconoce
ECUADOR DEL SIGLO XIX
como uno de los principales expertos en historia social y política del siglo
XIX. Fue editor de la Nueva Historia del Ecuador, del volumen VII de la
Historia General de América Latina publicada por la UNESCO, y de otras
Estado Nacional, Ejército,
obras especializadas. Ha publicado varios libros sobre historia ecuatoriana y
latinoamericana.
Iglesia y Municipio

Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador


Corporación Editora Nacional

30
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Enrique Ayala Mora

ECUADOR DEL SIGLO XIX


Estado Nacional, Ejército, Iglesia y Municipio

Biblioteca de Historia / 30
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Biblioteca de Historia

L
a Biblioteca de Historia ecuatoriana nació con el propósito de poner
a disposición de investigadores y público interesado un conjunto de
clásicos de la historiografía nacional, escritos entre las últimas dé-
cadas del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, cuyas ediciones origi-
nales estaban agotadas. Los primeros nueve volúmenes de la colección
plasmaron esta intención original y llenaron una sentida ausencia biblio-
gráfica. A partir del décimo volumen, la colección cambió de rumbo e in-
cluyó la presentación de investigaciones históricas realizadas entre los
años ochenta y noventa, sobre una variedad de temas específicos y épo-
cas diferentes. La colección se nutrió de volúmenes inspirados en una
pluralidad de enfoques y niveles de discusión académica, que reflejan en
buena medida el clima historiográfico nacional y las contribuciones de al-
gunos destacados ecuatorianistas.
La segunda época de esta colección editorial busca contribuir al de-
bate historiográfico nacional, y al de la región andina, desde una perspec-
tiva de renovación temática y metodológica. La colección incluye la publi-
cación de investigaciones de reconocido mérito académico, inscritas en
los ámbitos de la historia social, económica, política, cultural, o que adop-
ten un enfoque interdisciplinario. La colección está abierta para publicar
estudios sobre diversos períodos históricos, provenientes tanto del medio
académico nacional como extranjero. Esta segunda época presenta ade-
más una renovación en el diseño editorial de la colección.

Guillermo Bustos,
editor
ECUADOR SIGLO XIX (finalizado) 7/6/11 11:36 AM Page 3

Enrique Ayala Mora

ECUADOR DEL SIGLO XIX


Estado Nacional, Ejército, Iglesia y Municipio

Quito, 2011
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BIBLIOTECA DE HISTORIA
volumen 30
Editor de la colección: Guillermo Bustos

Ecuador del siglo XIX


Estado Nacional, Ejército, Iglesia y Municipio
Enrique Ayala Mora

Primera edición
ISBN Corporación Editora Nacional: 978-9978-84-558-5
Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador: 978-9978-19-469-0
Derechos de autor: 035641 • Depósito legal: 004608
Impreso en el Ecuador, julio de 2011

© Corporación Editora Nacional, Roca E9-59 y Tamayo


apartado postal: 17-12-886, Quito, Ecuador
teléfonos: (593 2) 255 4358, 255 4558, 255 4658 • fax: ext. 12
[email protected] • www.cenlibrosecuador.org
Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador, Toledo N22-80
apartado postal: 17-12-569, Quito, Ecuador
teléfonos: (593 2) 322 8085, 299 3600 • fax: (593 2) 322 8426
[email protected] • www.uasb.edu.ec

Impresión: Editorial Ecuador, Santiago Oe2-131 y Versalles, Quito


Supervisión editorial: Jorge Ortega • Diagramación: Sonia Hidrobo •
Corrección de textos: Santiago Vizcaíno • Diseño de cubierta: Raúl
Yépez • Ilustración de portada: El Palacio Arzobispal y la Casa Municipal.
Pinturas anónimas de la primera mitad del siglo XIX. Archivo Museo
Nacional del Ministerio de Cultura del Ecuador • Fotos: Edwin Navarrete.
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Contenido

Prefacio 11

1. Estado, nación y poder político


en el primer período republicano

Algunos conceptos básicos


Estados nacionales 17
Naciones y pueblos 19

El proyecto nacional criollo


Las raíces 21
El Estado Oligárquico Terrateniente 23
Nación, estado y sociedad 25

Regionalización y enfrentamiento oligárquico


Regiones y conflictos 30
Departamentos, autonomías y federalismo 33
Consolidación del Estado central 35
Las últimas décadas del siglo XIX 36

Estructura institucional del Estado


División de poderes 40
Provincias, municipios e instituciones locales 42
Orden, represión y formación moral 44
Centralización, modernización y enfrentamientos 46

Representación y fuerzas políticas


Corporativismo y exclusión 48
Elecciones e institucionalidad política 50
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Orden y libertad 53
Papel del caudillo 56
Los iniciales partidos políticos 57

Sistema fiscal y deuda externa


Los presupuestos estatales, egresos e ingresos 60
La deuda pública 64
Reformas fiscales 66
Hacia fines de siglo 69

2. El Ejército en la etapa de establecimiento


del Estado ecuatoriano (1830-1859)

Introducción 73
Fundación del Estado (1830-1859) 75

Estado Oligárquico Terrateniente y fuerza pública


El “Ejército nacional” 76
“Necesidad” del Ejército 81
“Institucionalización” del Ejército 91

Organización del Ejército y la milicia


Estructura del Ejército 95
Equipamiento e instalaciones 109
Las milicias 116

Integración y funcionamiento
Reclutamiento y composición 121
Formación castrense 127
Servicio, escalafón y retiro 131
Justicia militar 141

Financiamiento del Ejército


Presupuestos militares 147
Salarios y remuneraciones 152
Las pensiones 155

Relaciones con la sociedad


Los cuarteles y la recluta 163
Revueltas castrenses 166
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3. La relación Iglesia-Estado en el Ecuador del siglo XIX

Antecedentes 189
La Iglesia en el Estado Colonial 189
La Independencia 192

Iglesia y Estado 193


La “necesidad” de la Iglesia 193
El Concordato colombiano y su vigencia 194
El Patronato en los años de la fundación del Estado 195
Estado e Iglesia, el debate 197

Una relación conflictiva


Las reformas garcianas 199
Caracteres del Concordato garciano 202
Los conflictos finiseculares 205
Un nuevo Concordato, el clero y la acción política 209
La postura del Vaticano 211

Conclusión 212
El “Liberalismo Teológico” 213

4. El Municipio en el siglo XIX

Introducción 221

¿Qué eran los municipios? 222

Composición social 225


Integración de los municipios 225
La representación 225

Organización 226

Atribuciones 228
Administrativas 228
Impositivas 229
Económicas 229
Policiales 230
En educación y beneficencia 231
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En obras públicas 232

Financiamiento 233
Propiedades y capitales en mutuo 233
Rentas municipales 233
Contribución subsidiaria 233
Impuestos municipales 235

Relaciones del municipio con el Estado central 235

Relaciones del municipio con las comunidades indígenas 237

Conclusión 238

Bibliografía 241
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A Cecilia Durán Camacho,


entrañable amiga, colega
y colaboradora.
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Prefacio

P
ara entender la historia del Ecuador del siglo XIX es necesario
conocer sus instituciones fundamentales. Sin embargo, ha habido
muy poca investigación sobre ellas. Se ha escrito bastante sobre
batallas y guerras civiles, pero no se ha estudiado a la Fuerza Armada
como institución, su composición social y funcionamiento. Se ha dado
una extensa polémica sobre las relaciones Iglesia-Estado, pero, más
allá del debate confesional, no se ha dado al fenómeno una explicación
estructural. Se han escrito muchas monografías locales, pero apenas si
se ha tratado de entender a los municipios como instancias descentra-
lizadas del Estado ecuatoriano. Sobre la naturaleza del propio estado,
de la lucha política y sobre la cuestión nacional hay muy pocos traba-
jos. Este libro se propone aportar en esos campos de la historiografía
nacional, a partir de un conjunto de textos escritos sobre esos temas.
Hace treinta años, en 1978, se publicó mi libro Lucha política y ori-
gen de los partidos en Ecuador.1 La obra fue producto de una investiga-
ción realizada en la Universidad Católica, una institución que el genio
de Hernán Malo González había puesto a la cabeza de la renovación de
los estudios ecuatorianos. El libro no era un producto aislado, formaba
parte de una serie de publicaciones sobre Ciencias Sociales que se ha-
bían dado en varios centros académicos del país y que se proponían
renovar las visiones tradicionales de la Historia del Ecuador y América
Latina. En su “anotación preliminar” decía: “Mientras en otros campos
de la cultura, desde hace ya varias décadas, las fracciones dominantes
modernas, los grupos medios, e incluso ciertos sectores populares, han
hallado vehículos de expresión ideológica; el estudio e interpretación de
la vida pasada de nuestro país, han sido relegados a los cenáculos ates-
tados de los dueños y usufructuarios del pasado”. Y añadía luego: “Solo

1. Enrique Ayala Mora, Lucha política y origen de los partidos en Ecuador, Quito, EDUC,
Ediciones de la Universidad Católica, 1978.
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12 Enrique Ayala Mora

en los últimos años se ha intentado una reinterpretación de la historia


nacional desde una perspectiva que dé cuenta de las reales contradic-
ciones que se ocultan detrás de la versión tradicional del desenvolvi-
miento de la sociedad ecuatoriana”.
Al definir su carácter decía: “Este libro quiere ser un pequeño, pero
seguro paso en esta línea. Está escrito sin pretensiones de erudición y
con la finalidad básica de servir a los universitarios. Como profesor
joven de una asignatura joven, he sentido la necesidad que se manifies-
ta a varios niveles, de presentar a los alumnos nuevos materiales de
análisis. Así pues, aunque se aportan nuevos datos e interpretaciones,
mi intención como autor es eminentemente didáctica”. Concluía indi-
cando que el libro era “una invitación al diálogo, y la discusión”.
El libro apareció con un texto de contratapa redactado por Fernan-
do Velasco Abad, una de las mentes más lúcidas del Ecuador, que en
pocos meses moriría trágicamente. “En suma –decía– el manejo de las
categorías adecuadas, la profunda investigación basada en fuentes pri-
marias y la capacidad para hacer avanzar el análisis por entre el con-
junto de informaciones, hacen de este libro de Enrique Ayala, un texto
fundamental para la comprensión del Ecuador moderno”. Esas palabras
anticiparon el éxito editorial de la obra, que se transformó pronto en lec-
tura de muchos interesados en nuestra realidad, y en sujeto de un
debate sobre nuestra historia política. Todo ello me llevó a un compro-
miso académico. En pocos años, junto con varios de los autores de la
renovación historiográfica nacional, nos reunimos para diseñar la Nueva
Historia del Ecuador.2
Lucha política y origen de los partidos en Ecuador fue reeditado en
tres ocasiones.3 Ya en la primera edición había indicado: “este no es un
trabajo terminado, sino un trabajo comenzado”. Y en las posteriores edi-
ciones advertí: “Desde cuando lo envié a la imprenta por primera vez, fui
conciente de sus limitaciones y vacíos. Con el paso del tiempo, a la luz
de nuevas investigaciones personales y de otros académicos, han ido
quedando cada vez más claras sus deficiencias.
Al referirme a algunos temas del libro que debían ser acotados men-
cionaba tres: “Primero, el carácter regionalizado de la economía ecuato-
riana en el siglo XIX, como se ha planteado en los últimos años. Segun-
do, una caracterización más exacta de la clase dominante costeña que no
puede ser calificada en su conjunto como ‘burguesía’. Es preciso hacer
aquí una distinción entre la clase terrateniente precapitalista de la Costa

2. La obra en 15 volúmenes se preparó desde 1982, se lanzó en 1988, y terminó de editar-


se en 1995. Apareció en coedición de la Corporación Editora Nacional y Grijalbo. Se han
realizado varias reimpresiones y se prepara una segunda edición actualizada.
3. La segunda, tercera y cuarta edición la realizó la Corporación Editora Nacional en conjun-
to con el Taller de Estudios Históricos, TEHIS, en 1982, 1985 y 1988, respectivamente.
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Prefacio 13

y la burguesía comercial y bancaria propiamente dicha. Tercero, un tra-


tamiento más completo sobre el carácter del Estado decimonónico, sus
relaciones con las clases dominantes y sus formas de expresión local y
regional”.
Por años he pensado que esos siguen siendo grandes interrogantes
de nuestra historia decimonónica. La obra fue, pues, definitoria en mis
preocupaciones profesionales, y, por ello, ya por tres décadas, he traba-
jado principalmente sobre historia política del siglo XIX, sus actores e
instituciones. En estos años he escrito numerosos trabajos al respecto,
en los que he tratado de avanzar sobre los cabos sueltos del libro, he
profundizado varios de sus aportes, y he trabajado en nuevos temas. Por
ello, al cabo de estos años, con el trabajo acumulado, asumí el compro-
miso de preparar una nueva publicación sobre las principales institu-
ciones políticas decimonónicas: el Ejército, la Iglesia y los municipios. El
resultado es este libro, que preparé desde el año 2004.
He incorporado en esta obra cuatro trabajos de carácter complemen-
tario. El primero se propone ofrecer una visón general sobre el estado, la
cuestión nacional y el poder político en el Ecuador del siglo XIX. Lo he
preparado especialmente como introducción para este libro, aunque
varias ideas y hasta párrafos vienen del libro Lucha política. En ese nuevo
trabajo discuto varias de mis proposiciones anteriores, amplío o rectifico
otras, y desarrollo algunos aspectos que han surgido como relevantes en
las pasadas tres décadas. También he reafirmado algunas ideas sobre el
proyecto nacional criollo que prevaleció luego de la Independencia. Así,
he hecho varias apostillas, en alguna medida polémicas, a varios colegas
que han escrito sobre temas afines. El texto lo escribí como un proyecto
del Fondo de Investigaciones de la Universidad Andina Simón Bolívar,
Sede Ecuador, como una introducción general a los temas que este libro
enfrenta.
El segundo texto tiene una historia larga. En 1983-1984 participé
en una investigación de la Universidad de las Naciones Unidas, dirigida
por Malcolm Deas.4 Como aporte a un seminario realizado en Ipiales
preparé un primer informe.5 En esta fase conté con la colaboración de
Sonia Fernández y Guadalupe Soasti, que realizaron, junto conmigo,
una extensa labor de recolección y sistematización de información. Al
cabo de más de dos décadas de haber buscado el tiempo necesario para
retomar el trabajo, presenté el proyecto de completarlo al Fondo de
Investigaciones de la Universidad Andina Simón Bolívar Sede Ecuador.
En más de un año de labor entre 2006 y 2007, pude concretar este viejo

4. Malcolm Deas, “The Military in Selected Countries of Spanish America: the development
of its Internal Role”, Project, 1983.
5. Enrique Ayala Mora, “El Ejército en el nacimiento del Estado ecuatoriano”, ponencia,
Universidad de las Naciones Unidas, Tokio, 1984, 46 pp.
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14 Enrique Ayala Mora

sueño y concluir el texto que ahora se publica. La versión que aquí se


presenta es sustancialmente distinta y mucho más extensa que el infor-
me original, puesto que es fruto de un trabajo adicional significativo y
contiene numerosas reformulaciones y añadidos. Además de completar
la investigación y redacción, se han reajustado y completado los gráfi-
cos y cuadros que se anexan.6
El tercer texto es fruto de mi trabajo especializado en la docencia de
posgrado. Lo escribí inicialmente como un ciclo de exposiciones en el
primer programa de maestría en Historia Andina, que dirigí en Flacso
Quito en los años 1983-1985. Luego lo revisé y amplié para ofrecer una
lectura complementaria a mis alumnos de la Maestría en Historia de la
Universidad del Valle en 1992. Esa versión, que incluyó varios recua-
dros preparados con textos del libro Lucha política y origen de los parti-
dos en Ecuador, se publicó en la revista Procesos.7 Luego se publicó en
una antología de textos históricos.8 Se la publica aquí con pequeñas
correcciones de redacción.
El cuarto y último texto fue, digámoslo de alguna manera, induci-
do. Guillermo Bustos, con quien hemos compartido la responsabilidad
de editar la revista Procesos desde 1991, cuando íbamos a iniciarla, me
insistió que debería revisar mis notas sobre el municipio en el siglo XIX
para incluirlo en la sección “Conferencia” de la publicación periódica.
En efecto, fue originalmente una conferencia para la Maestría de Histo-
ria Andina, que luego, en 1989, la sustenté ante el personal del Plan
Maestro del Centro Histórico de Quito. La versión que aquí se publica es
la que sustenté en esta última ocasión. Su transcripción revisada se
publicó en la revista.9
Estos trabajos realizados a lo largo de varias décadas han contado
con la colaboración y apoyo de muchas personas. No me será posible, por
ello, agradecer en forma individual a todas ellas. Cumplo, en consecuen-
cia, con el grato deber de expresar mi reconocimiento colectivo. Pero en
este caso debo hacer una mención en particular. Siento la especial obli-
gación de darle las gracias a Cecilia Durán, no solo por su apoyo para

6. Una parte de los cuadros fue elaborada en 1983-1984. En 2006 se han revisado varios
de ellos y se han formulado otros. Los gráficos los preparé en esos mismos años inicia-
les. En 2006 fueron rehechos y levantados en computadora.
7. Enrique Ayala Mora, “Las relaciones Iglesia-Estado en el Ecuador del siglo XIX”, en Proce-
sos: revista ecuatoriana de Historia, No. 6, II semestre 1994, Quito, Universidad Andina
Simón Bolívar/TEHIS/Corporación Editora Nacional, p. 91.
8. El artículo se publicó en: Jorge Núñez, comp., Antología de Historia, Quito, Flacso/ILDIS,
2000. (En la impresión original, por un lamentable descuido de edición, los textos de los
recuadros aparecieron mezclados con los del artículo, de modo que resultaba inentendi-
ble. Ante mi protesta, los editores hicieron una nueva impresión, pero lamentablemente,
la original siguió en las librerías).
9. Enrique Ayala Mora, “El municipio en el siglo XIX”, en Procesos: revista ecuatoriana de
Historia, No. 1, II semestre 1991, Quito, Corporación Editora Nacional, p. 69.
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Prefacio 15

algunos de los trabajos que componen este libro, sino por su cariño, por
su dedicación y entrega a tareas comunes que nos unieron durante
años. Fue mi alumna, mi colaboradora en las labores de historiador y
parlamentario, excelente investigadora, cuidadosa supervisora editorial
de algunas de mis publicaciones y, sobre todo, compañera entrañable
en la obra de la Universidad Andina Simón Bolívar. Este libro, que reco-
ge un puñado de su generosidad y sentido del trabajo, está dedicado a
ella y a su memoria.
Han colaborado conmigo en varias etapas de la formulación de los
textos que se agrupan en esta obra Wilson Miño, Sonia Fernández y
Guadalupe Soasti. Guillermo Bustos ha alentado varias de mis inquie-
tudes. En el trabajo con los textos he recibido el apoyo de Mónica Izurieta,
Jorge Ortega, Grace Sigüenza y Ana María Canelos. En las labores de pre-
paración editorial han participado Raúl Serrano y también el equipo de la
Corporación Editora Nacional, especialmente Sonia Hidrobo, que realizó
la compleja tarea de la diagramación. Por fin, quiero una vez más agrade-
cer a Magdalena y a mis hijos, por el apoyo que han dado a éstos, como
a todos mis trabajos académicos, que reiteradamente les roban el tiempo
que debería estar dedicado a la vida de familia.
Espero que este nuevo libro sobre el Ecuador del siglo XIX aporte a
investigaciones futuras y aliente el debate sobre nuestra identidad y
sobre el destino de los proyectos nacionales de nuestro país. Como tra-
bajos anteriores, entre ellos el de hace tres décadas, éste también es
“una invitación al diálogo, y la discusión”.
Enrique Ayala Mora
Quito, diciembre de 2008
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1
Estado, nación y poder político
en el primer período republicano

ALGUNOS CONCEPTOS BÁSICOS

S
Estados nacionales
obre el carácter y funcionamiento del estado y las formas de domi-
nación política prevalecientes en el Ecuador a inicios de su vida
republicana autónoma se conoce poco. Además de algunos ensa-
yos de la historiografía tradicional, apenas si hay cuatro o cinco publi-
caciones que se refieren a este asunto.1 Y esto se debe no solamente a
la tendencia biográfico-legalista de los historiadores tradicionales, sino
también a dificultades objetivas, ya que la investigación de esos temas
demanda un gran esfuerzo de reflexión teórica, de búsqueda original de
explicaciones necesariamente inéditas, y de manejo de fuentes docu-
mentales de primer grado antes no estudiadas. Este texto pretende
aportar a la discusión del tema enunciado, mediante la sistematización
de varios trabajos anteriores y de nuevas investigaciones y reflexiones.
En la historiografía tradicional se dio siempre por descontado que
el Ecuador nació en 1830 como un estado nacional ya constituido y que
como tal ha evolucionado hasta hoy. En una obra sobre identidad
nacional me esforcé por establecer los elementos básicos de esa visión:
Se nos ha dicho que la nación ecuatoriana existió desde el origen de los
tiempos, que tuvo su auge inicial en el Reino de Quito de los legendarios

1. Entre esos trabajos pueden citarse: Enrique Ayala Mora, Lucha política y origen de los
partidos en Ecuador, Quito, Corporación Editora Nacional/TEHIS, 1988; Rafael Quintero,
“El carácter de la estructura institucional de representación política en el Estado ecua-
toriano del siglo XIX”, en Revista de Ciencias Sociales, No. 7-8, Quito, 1978; Rafael
Quintero L., Erika Silva Ch., Ecuador, una nación en ciernes, 3 tomos, Quito, Abya-Yala,
1991; Silvia Vega, Ecuador: crisis políticas y Estado a inicios de la República, Quito, Abya-
Yala/Flacso, 1991.
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18 Enrique Ayala Mora

shyris, que fue conquistada por los incas y luego por los españoles, que fue
colonia por casi tres siglos y se independizó luego en una gesta libertaria.
Nos han ensañado también que el Ecuador paulatinamente se ha ido cons-
tituyendo como una comunidad cultural mestiza donde indios y negros iban
incorporándose hasta lograr la homogeneidad. Hemos aprendido, en fin, que
el destino del Ecuador es ser país amazónico, pero que una historia de agre-
siones del Perú, nos ha arrebatado buena parte del territorio patrio.2

La realidad de nuestro país, empero, ha ido cuestionando esa visión


y ha llevado a un replanteamiento de nuestro sentido nacional. Ahora
sabemos que, como sucedió con los demás casos, el Ecuador es un
Estado-Nación que no existió siempre. Tuvo un origen histórico. Desde
esta perspectiva, la fundación del Estado del Ecuador fue solo un hito,
desde luego importante, de la constitución nacional de nuestro país, que
ciertamente es un largo y complejo proceso histórico plagado de enfren-
tamientos, ambigüedades y contradicciones.
Se ha discutido mucho sobre qué es una nación o un estado nacio-
nal. Hay una extensa bibliografía al respecto en el ámbito académico
mundial y latinoamericano. En un estudio de inicios de los años seten-
ta, Juan Valdano establecía dos formas de explicar la nación. “La prime-
ra se refiere a factores que van configurando un pueblo a través del
tiempo, como su primigenia herencia genética, la lengua, las tradicio-
nes, el conjunto de sus instituciones, la religión, todo ello sumado al
ámbito físico o territorio donde han vivido ancestralmente y donde se
hallan enterrados sus antepasados…”3 La otra es “concibiéndola como
un lastre de actitudes humanas y formas de vida que un pueblo ha ido
acumulando a través de su evolución histórica”.4 Desde luego que exis-
ten otras muchas formas, pero no vamos aquí a enumerarlas. Apenas
podemos mencionar el tema como una cuestión inicial.
Tradicionalmente se considera a la nación como una comunidad
históricamente desarrollada de tradiciones, cultura, lengua y objetivos
comunes. Esa comunidad tiende también a ser vista como unidad geo-
gráfica, es decir, ubicada en un territorio. A estos elementos humanos,
psicológicos, culturales y territoriales debe añadirse el económico.5 La
nación se configura y consolida cuando los lazos económicos, principal-
mente el mercado, coadyuvan a integrarla.6 Varios estudiosos han tra-

2. Enrique Ayala Mora, Ecuador, Patria de todos, Quito, Universidad Andina Simón Bolívar/
Corporación Editora Nacional, 2004, p. 109.
3. Juan Valdano, Identidad y formas de lo ecuatoriano, Quito, Eskeletra Editorial, 2005, pp.
442-443.
4. Ibíd., p. 443.
5. Cfr. Ayala Mora, Ecuador, Patria de todos, p. 110.
6. Este elemento ha sido enfatizado principalmente por el marxismo. Entre los estudios
marxistas sobre la cuestión nacional el que ha tenido quizá más influencia en diversas
corrientes es el de Stalin (Cfr. José Stalin, El marxismo y la cuestión nacional, Barcelona,
Anagrama, 1977).
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Estado, nación y poder político en el primer período republicano 19

tado de hallar una definición más simple y general. Benedict Anderson


la concibe como una “comunidad imaginada”.7 Este concepto, ahora
ampliamente aceptado, destaca sobre todo que la nación es un fenóme-
no de conciencia colectiva. Otro elemento que ahora se acepta muy
generalizadamente es que las naciones modernas tienen un origen his-
tórico. Surgieron como un fenómeno de la modernidad europea. Sus
antecedentes se desarrollaron junto con el avance del capitalismo en
Europa desde el siglo XVI hasta el siglo XIX, que fue el del auge de los
nacionalismos y las naciones.8
Hablar de naciones aisladamente, empero, no es posible. No hay na-
ciones sin una base estatal concreta y sin un esfuerzo consciente por
crearlas y desarrollarlas, que se da desde el poder estatal y quienes lo
controlan. Esto quiere decir simplemente que, al revés de lo que se ense-
ña comúnmente, los estados van “creando” o consolidando las nacio-
nes.9 El desarrollo histórico de las naciones en el mundo moderno está
sujeto al de los estados. Es un proceso complejo en el que la acción del
poder constituido es importante, al mismo tiempo que la presencia de
los pueblos. Por ello es que no podemos hablar de los dos elementos
separados, sino de estados-nación o estados nacionales. No hay nacio-
nes sin base estatal. Pero si bien tiene varias características comunes,
el fenómeno nacional no fue igual en todas partes, ni quedó confinado
a Europa. La constitución de las naciones se extendió a otras latitudes
del planeta, asumiendo formas distintas y específicas en cada realidad.
En América Latina tienen una rica y ya larga trayectoria también.

Naciones y pueblos
De lo afirmado no puede deducirse que las naciones como “comuni-
dades imaginadas” sean obras artificiales de la represión o de la burocra-
cia, creadas sin la acción de los pueblos. Al contrario, precisamente por-
que son comunidades, su base social es real. Las naciones más sólidas
son aquellas en donde la participación de los pueblos ha sido más acti-
va y profunda. El estado encuentra muchas veces en las gentes, en su
propia base popular, los elementos nacionales que desarrolla. Las élites
que dominan los estados-nación han encontrado los rasgos de las cultu-
ras populares y los han incorporado a la cultura oficial. Es así como en
muchos casos, leyendas populares, tradiciones regionales, prácticas
locales se han convertido en ejes de las naciones modernas, en lo que se
denomina el “imaginario nacional”. Los estados-nación más sólidos, con

7. Benedict Anderson, Comunidades imaginadas: reflexiones sobre el origen de la difusión


del nacionalismo, México, Fondo de Cultura Económica, 1993.
8. Cfr. Eric Hobsbawm, Naciones y nacionalismo desde 1780, Barcelona, Crítica, 1991.
9. Tomás Pérez Vejo, Nación, identidad nacional y otros mitos nacionalistas, Oviedo, Edicio-
nes Nobel, 1999, p. 129.
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20 Enrique Ayala Mora

más raíces, son aquellos en los que la acción estatal ha logrado recoger
rasgos profundos de las culturas populares y los ha transformado en ele-
mentos de la comunidad nacional. Ese es el caso de los idiomas regiona-
les que por acción del estado han pasado a ser idiomas nacionales. Hay
una frase que es muy decidora, sobre todo para el tema que nos ocupa:
“un idioma es un dialecto con un ejército detrás”.10 Esto implica la con-
vergencia de dos elementos. De un lado, la existencia de un dialecto
como expresión cultural de un pueblo. Y de otro lado, la acción del esta-
do a través del ejército, para imponerlo como idioma oficial de un país.
Luego de la Independencia, en la América Española del siglo XIX,
los estados adoptaron el castellano o español como idioma oficial, aun-
que, en algunos casos, la mayoría de la población hablaba lenguas indí-
genas. Con el tiempo, justamente la acción estatal logró imponer el idio-
ma oficial como dominante. Lo hablan prácticamente todos los habitan-
tes y se usa como vehículo de relación entre las diversas culturas.11
Desde luego, aunque muy importante, el idioma no es el único ele-
mento nacional. El fenómeno nacional es complejo y en cada caso se
constituye por la articulación de elementos de diverso peso y presencia.
Lo que sí es común a todos los estados-nación modernos es que son
conglomerados políticos y culturales con una “comunidad de destino”,
es decir una conciencia de que, más allá de sus diversidades y conflic-
tos internos, participan de un gran objetivo nacional común. Este obje-
tivo no solamente afirma un “nosotros” como expresión de identidad
colectiva. También enfrenta al “otro” o a los “otros” como enemigos o
inferiores, como distintos y excluidos. Este elemento, que trae consigo
una negación y una afirmación, es a veces crucial en la consolidación
de los estados-nación.
Cuando en la investigación histórica hablamos de estados-nación
en el siglo XIX, manejamos varios conceptos de estado, a veces simultá-
neamente. Pero en todo caso, en términos generales, nos referimos a
una realidad en que un conjunto de personas está sujeto a una autori-
dad soberana dentro de un territorio. Los elementos fundamentales de
los estados son, pues, el conjunto de ciudadanos y ciudadanas, es decir
el “pueblo”, y la autoridad.12 Los estados tienen soberanía, es decir inde-
pendencia para mantener control sobre el territorio y organizar la socie-

10. Ibíd., p. 48.


11. Al cabo de más de un siglo, las sociedades latinoamericanas han empezado apenas a
revalorizar y promover los idiomas ancestrales que se han mantenido por la resistencia
de los pueblos indígenas. Pero el castellano seguirá siendo el idioma para la comunica-
ción de los ecuatorianos entre nosotros y con un gran número de pueblos del mundo,
entre ellos casi todos los latinoamericanos.
12. Un conocido diccionario jurídico define al estado como “un pueblo y un territorio regidos
por un poder supremo” (Guillermo Cabanellas, Diccionario Enciclopédico de Derecho
Usual, Buenos Aires, Edit. Heliasta, 1997).
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Estado, nación y poder político en el primer período republicano 21

dad. En su funcionamiento conservan un monopolio de la fuerza públi-


ca a través de los ejércitos y las policías. Al mismo tiempo controlan a
la comunidad nacional mediante la emisión de leyes y otras normas.
También administran la vida pública manteniendo los sistemas educa-
tivos y otros servicios; promueven y controlan las comunicaciones y la
cultura, para lo cual imponen como oficiales los idiomas de las élites
dominantes. Los estados dirigen las sociedades, organizan la autoridad
mediante la represión y el consenso, reproduciendo y consolidando el
poder social, es decir expresando la dirección política de los grupos de
poder socioeconómico. Vistos desde este ángulo, los estados nacionales
son siempre profundamente contradictorios.
Con las consideraciones propuestas como base, podemos afirmar
que la historia de los estados-nación está dominada por diversos nive-
les de contradicciones dialécticas entre autoridad y pueblo, opresores y
oprimidos, intentos de unidad, centralización, homogenización y resis-
tencia por mantener la diversidad. El surgimiento de los estados moder-
nos fue un gran avance histórico, pero este avance se dio en medio del
conflicto de clases, que no ha sido eliminado en el mundo, aunque cada
vez adquiere nuevas formas y manifestaciones, o se entremezcla con
otros conflictos. Desde el principio, la autoridad de los estados era ejer-
cida por minorías social y económicamente poderosas que trataron de
homogenizar a la sociedad imponiendo una cultura oficial. Se dieron
grandes esfuerzos por divulgar los valores dominantes como “universa-
les”, por eliminar las especificidades culturales.13 El desarrollo de los
estados nación es contradictorio en su naturaleza más profunda. Aquí
enfrentaremos esa realidad desde varias perspectivas al revisar la histo-
ria del Estado ecuatoriano en el siglo XIX.

EL PROYECTO NACIONAL CRIOLLO

Las raíces
El Ecuador que hoy conocemos como país tiene sus raíces en la
ocupación humana de Andinoamérica Ecuatorial, en el desarrollo de
grandes culturas aborígenes que desembocaron en el Tahuantinsuyo;
en la invasión y conquista hispánica; en el hecho colonial y el mestiza-
je. Pero la nación ecuatoriana como comunidad humana con conciencia
e identidad no existió siempre. Se fue formando en etapas posteriores.14
Su antecedente histórico inmediato puede ubicarse al fin de la Colonia,

13. Josep Fontana, La historia después del fin de la historia, Barcelona, Crítica, 1992, p. 109.
14. Ayala Mora, Ecuador, Patria de todos, p. 117.
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22 Enrique Ayala Mora

y se ha desarrollado de manera conflictiva a lo largo de varios períodos


hasta el presente.15
Al cabo de dos siglos de coloniaje en que se fraguó una nueva socie-
dad, al final del siglo XVIII, cuando la Real Audiencia de Quito había
sufrido una crisis que trajo consecuencias recesivas y un reacomodo de
las relaciones sociales y regionales, se dieron los primeros atisbos de la
búsqueda de una identidad americana frente a la metrópoli ibérica.16 Los
criollos descendientes de los colonos españoles que habían logrado cre-
ciente poder social y económico a base del control de la tierra, afirmaban
la identidad de Quito.17 Disputaban a los representantes de la Corona la
dirección política. Sus iniciales reclamos de autonomía se fueron radica-
lizando ante la resistencia realista a la transacción, hasta que devinieron
en guerra abierta por la independencia, que culminó con la ruptura defi-
nitiva con la metrópoli.18 El surgimiento de la identidad quiteña fue el eje
de lo que sería la nación ecuatoriana.19 Pero no fue un hecho aislado. La
aparición de identidades locales y regionales se dio también en otros
espacios de la propia audiencia como Guayaquil, Cuenca y Loja, así
como en los demás ejes de las circunscripciones coloniales de América.
Durante las primeras décadas del siglo XIX se dio el proceso de Inde-
pendencia latinoamericana. En un ambiente de colaboración armada y de
movilidad de personas, recursos e ideas para enfrentar al coloniaje, se ro-
busteció un sentido de pertenencia a una sola gran nación que luego se
llamaría América Latina.20 Simón Bolívar fue la más destacada figura y el
fundador de la República de Colombia, formada por Venezuela, Nueva
Granada y Quito.21 Colombia no pudo subsistir más de una década, has-
ta que con su disolución se formaron varios estados independientes, entre
ellos Ecuador. Triunfaron las fuerzas de dispersión y afirmación regional,
pero el sentido de comunidad hispanoamericana no desapareció.
Desde el siglo XVIII, a través de la Independencia y la etapa de vin-
culación a Colombia, se configuró un fenómeno de regionalización en el
actual Ecuador. Se consolidaron tres regiones. La Sierra centro-norte,
que iba desde la actual Carchi hasta Chimborazo, con su eje político en

15. Juan Valdano, Prole del vendaval. Sociedad, cultura e identidad ecuatorianas, Quito, Abya-
Yala, 1999.
16. Cfr. Arturo Andrés Roig, Humanismo en la segunda mitad del siglo XVII, 2 vols., Quito,
Banco Central del Ecuador/Corporación Editora Nacional, 1984.
17. La obra de mayor volumen y que expresa más claramente esa tendencia es la Historia
del Reino de Quito del P. Juan de Velasco, un libro crucial para la vida del Ecuador (Juan
de Velasco S.J., Historia del Reino de Quito en la América Meridional, 2 vols., Puebla,
Editorial Cajica, 1960).
18. Carlos Landázuri Camacho, La Independencia del Ecuador (1808-1822), en Enrique
Ayala Mora, edit., Nueva Historia del Ecuador, vol. 6, p. 79.
19. Gabriel Cevallos García, Visión teórica del Ecuador, Puebla, Editorial Cajica, 1960, p. 81.
20. Ricaurte Soler, Idea y cuestión nacional latinoamericanas. De la independencia a la emer-
gencia del imperialismo, México, Siglo XXI Editores, 1980, p. 158.
21. Simón Bolívar, Escritos fundamentales, Caracas, Monte Ávila Editores, 1983, p. 154.
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Estado, nación y poder político en el primer período republicano 23

la antigua capital Quito, era la región más poblada y el centro principal


del poder. Su comercio era precario con el sur del país y la Costa, pero
activo con el sur de Nueva Granada. La Sierra sur, que comprendía las
actuales provincias de Cañar Azuay y Loja, con su centro político en la
ciudad de Cuenca, había desarrollado específicas relaciones producti-
vas.22 Sus élites tenían fuertes intereses en la producción y el comercio
con Guayaquil y el norte del Perú. La región costeña, articulada por el
puerto de Guayaquil, crecía alrededor del sistema fluvial del Guayas,
con Manabí y Esmeraldas como zonas periféricas.

El Estado Oligárquico Terrateniente


En mayo de 1830, los notables quiteños declararon la separación
de Colombia. En agosto del mismo año se reunió la Asamblea que apro-
bó la primera Constitución. Entonces, la propia elección del nombre del
nuevo estado reflejó la naturaleza conflictiva, débil e inestable del nuevo
país, que se iniciaba marcado por la regionalización. Los diputados
constituyentes reunidos en Riobamba, al redactar la primera Constitu-
ción, dejaron de lado el tradicional nombre de Quito que había sido el
de la audiencia colonial para recoger la denominación que habían usado
para estas tierras los geodésicos franceses que visitaron el país casi un
siglo antes.23 El nombre Ecuador, que resultó extraño a la mayoría de
los contemporáneos, fue producto de las tensiones de la regionaliza-
ción.24 Quito, el antiguo centro político y eje de la región Sierra centro-
norte, tenía al frente a Cuenca y Guayaquil, ejes de regiones con perfi-
les económicos, políticos y culturales propios. Los representantes de
Azuay y Guayas no aceptaron un nombre identificado con uno solo de
los departamentos o regiones que habían confluido a formar el nuevo
estado y los quiteños tuvieron que ceder. Fue así como nuestro país fue
bautizado con un nombre de compromiso, de resonancias tropicales que
a veces provoca confusión en quienes lo leen desde fuera.
Con la fundación del Ecuador no se estableció el estado-nación
estructurado que muchos han querido ver. El nuevo Estado ecuatoria-
no fue en muchos sentidos una continuación del Estado colonial y nació
caracterizado por profundas diferencias socioeconómicas, étnicas y re-
gionales. Los fundadores del Estado se enfrentaron con una realidad en

22. Cf. Leonardo Espinoza, Lucas Achig, “Economía y sociedad en el siglo XIX: Sierra sur”,
en Nueva Historia del Ecuador, vol. 7, p. 83.
23. “Constitución del Estado del Ecuador, 1830”, en Enrique Ayala Mora, edit., Nueva Histo-
ria del Ecuador, vol. 15, Documentos de la Historia del Ecuador, p. 134.
24. Un estudio muy meticuloso del origen del nombre del Ecuador se pueda encontrar en:
Ana Buriano, “Ecuador, latitud cero. Una mirada al proceso de constitución de la nación”,
en José Carlos Chiaramonte, Carlos Marichal, Aimer Granados, comps., Crear la nación.
Los nombres de los países de América Latina, Buenos Aires, Editorial Sudamericana,
2008, p. 173.
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24 Enrique Ayala Mora

que las ideas libertarias habían avanzado y se daba agitación y movili-


dad social. Se empeñaron, por ello, en construir la nueva realidad polí-
tica restaurando el poder social de raíz colonial. Para ello tuvieron que
establecer un régimen político en el que se aceptaron algunas formas
republicanas, pero se mantuvieron continuidades del régimen monár-
quico.25 Se fundó una república asentada en la regionalización, el
robustecimiento de la propiedad, la reconstitución del poder legal y la
exclusión de la mayoría de la población, es decir de mujeres, indígenas,
negros y no propietarios.
El naciente Ecuador no surgió como un estado moderno, sino como
“órgano representativo de una clase legitimada por el consenso, se cons-
tituye en organismo legitimador de los poderes terratenientes regiona-
les”.26 En esta perspectiva se puede caracterizar al estado del siglo XIX
como Estado Latifundista o Estado Oligárquico Terrateniente, es decir
asentado en la regionalización y en el ejercicio y la disputa por el poder
de los grandes “señores de la tierra”, dueños de las haciendas, sobre la
mayoría campesina y la población toda. La denominación “Estado Lati-
fundista” corresponde a Rafael Quintero, que también lo denominó “Es-
tado Terrateniente”. Luego de varias consideraciones opté por la deno-
minación “Estado Oligárquico Terrateniente” porque ella permite carac-
terizar a la forma de estado en el Ecuador decimonónico por sus dos ele-
mentos básicos. En primer lugar, la naturaleza precapitalista de la so-
ciedad, caracterizada por las relaciones productivas prevalecientes,
donde las clases dominantes terratenientes transferían al Estado sus
intereses de dominación y los rasgos corporativos y autoritarios de sus
visones ideológicas. En segundo lugar el carácter oligárquico de la direc-
ción política, que se dio en el Ecuador de inicios de la República en
medio de la inestabilidad y la dispersión.27
Los criollos que fundaron el Ecuador se plantearon un proyecto na-
cional que concebía al naciente país como una continuación de la hispa-
nidad. Esos “señores de la tierra” que habían subordinado a su poder a
los artesanos, pequeños propietarios y a la mayoría de la población que
era indígena, mantuvieron bajo fórmulas republicanas la discriminación
étnica y la sociedad corporativa y estamentaria del coloniaje, asentada en
desigualdades institucionalizadas. Al mismo tiempo se enfrentaron entre
sí en una larga disputa regional, que expresaba la desarticulación preva-
leciente.

25. Germán Carrera Damas, “República monárquica o monarquía republicana”, en Historia


de América Andina, vol. 4, Crisis del régimen colonial e Independencia, Quito, Universidad
Andina Simón Bolívar/Libresa, 2003, p. 357.
26. Quintero y Silva, Ecuador, una nación en ciernes, t. I, p. 68.
27. El uso en el sentido más amplio de la caracterización “estado oligárquico” no debe con-
fundirse con una forma específica de “Estado Oligárquico” que, según varios autores, se
abre paso en América Latina en décadas posteriores del siglo XIX.
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Estado, nación y poder político en el primer período republicano 25

Los notables latifundistas criollos veían a la nación ecuatoriana


como la presencia y la superioridad del “Occidente cristiano” de espal-
das a la realidad andina, indígena y mestiza. No pudieron jugar el papel
unificador del país. El Estado Oligárquico Terrateniente se asentó en la
ruptura entre élites latifundistas y pueblo. Los dirigentes, los legislado-
res, las autoridades del recién nacido Ecuador se autoidentificaban
como “criollos”, es decir españoles blancos herederos del legado cultural
europeo. Hablaban castellano y lo declararon idioma nacional, aunque
la mayoría hablaba lenguas vernáculas. Tenían terror de ser confundi-
dos con los “naturales” o los “runas”.28 Temían que los indígenas se
levantaran a rechazar los impuestos y a reclamar las tierras. Con visio-
nes eminentemente racistas reforzadas por la religión y el “principio de
autoridad”, consideraban su “derecho natural” dirigir un país en el que
eran minoría; despreciaban a los mestizos y a los mulatos y los utiliza-
ban como intermediarios de la dominación.

Nación, estado y sociedad


Con la Independencia y la fundación del Ecuador se inició la Época
Republicana de nuestra historia. Esta se caracterizó fundamentalmente
por la compleja y conflictiva constitución y desarrollo del Estado-Nación,
que hemos dividido en tres grandes períodos históricos, caracterizados
por la vigencia de diversas formulaciones prevalecientes del proyecto
nacional ecuatoriano: primero, Proyecto nacional criollo (1830-1895);
segundo: Proyecto nacional mestizo (1895-1960); tercero: Proyecto nacio-
nal de la diversidad (1960 hasta el presente).29
El proyecto nacional criollo predominó durante un primer período
de nuestra historia, hasta 1895, pero no logró integrar a los diversos
componentes sociales y regionales del naciente Ecuador en una comu-
nidad cultural que asumiera una experiencia histórica y un destino
común.30 Desde el principio, las élites que dirigían el Estado central a
base de inestables alianzas regionales y caudillistas, se esforzaron por
consolidar el control administrativo y se esmeraron en buscar reiterada-
mente una identidad, acudiendo al uso de varios recursos culturales y
políticos. Pero los mecanismos ideológicos fueron débiles. El divorcio
entre las familias gobernantes “blancas” y el resto del país cholo, mon-

28. El término “natural” lo usan los indígenas para autodefinirse frente al “blanco”. El tér-
mino “runa” es un vocablo quichua que denota “persona”, pero en el lenguaje ecuatoria-
no común es un despectivo para personas de “bajo origen” o cosas de mala calidad.
29. El autor y un equipo de colegas formularon una periodización de la Historia del Ecuador,
en la que la Época Republicana está dividida en los tres períodos mencionados. Un am-
plio desarrollo de la propuesta se encuentra en: Enrique Ayala Mora, edit., Manual de
Historia del Ecuador, vols. I y II, Quito, Universidad Andina Simón Bolívar/Corporación
Editora Nacional, 2008.
30. Ayala Mora, Ecuador, Patria de todos, p. 121.
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26 Enrique Ayala Mora

tubio, indio y negro, no pudo superarse. El Ecuador criollo era la reali-


dad de una minoría.
La constatación de la realidad brevemente esbozada ha llevado a
algunos autores a proponer que en el siglo XIX en el Ecuador había un
estado terrateniente pero sin la existencia de una nación ecuatoriana,
que se gestó y consolidó muchas décadas después de la fundación.
Rafael Quintero y Erika Silva centralizaron esta tesis en su obra Ecuador:
una nación en ciernes. Según esos autores, los terratenientes regionales,
si bien afianzaron su carácter de dominantes con la emancipación de
España, no se constituyeron en “clase nacional”.31 No pudieron ser uni-
ficadores de una comunidad cultural con la que se identificara el conjun-
to de la población como pueblo-nación y se sintieran expresadas en el
poder de un estado visto como representante y árbitro de los “intereses
nacionales”, más allá de los conflictos de clase. “La ‘nación ecuatoriana’
de principios del siglo pasado, afirman, era una estructura no aprehen-
sible aún”.32
Muchas de las observaciones de Quintero y Silva respecto de la lucha
por el poder en el siglo XIX son acertadas. Pero, la realidad nos muestra
que desde el principio, el Estado ecuatoriano fue constituyendo la nación.
Los grandes terratenientes que lo fundaron tuvieron desde el temprano
inicio de la República su propio proyecto nacional.33 Este proyecto fue
contradictorio, pero permitió mantener la unidad del país más allá de las
crisis políticas, los enfrentamientos regionales y las guerras limítrofes.
Silvia Vega enfatiza que, más allá de la dispersión hubo “fuerzas centrí-
fugas” que actuaron para “conservar la entidad ecuatoriana”.34 Sin per-
juicio de que se mantenga abierta esta discusión, resulta claro que en el
Ecuador decimonónico había un Estado-Nación dirigido por los criollos,
que se sustentaba en una incipiente pero existente “nación ecuatoriana”,
en la que se expresaban los señores de la tierra, que también habían
logrado incorporar en ella a limitados sectores medios y populares.
El Proyecto nacional criollo tenía las limitaciones de sus protagonis-
tas sociales, pero logró la fuerza necesaria para imponerse por más de
sesenta años. Era excluyente, es verdad, pero logró incorporar, desde
luego que en condición subalterna, a grupos sociales mestizos que le
dieron sustento y cierta legitimidad. La mayoría campesina indígena
estaba al margen, pero sectores como pequeños comerciantes locales,
pequeños propietarios rurales y sobre todo los artesanos, tenían niveles
de participación ciertamente bajos pero reales, en la trama estatal pre-
valeciente. Desde la Independencia, los notables criollos lograron movi-

31. Quintero y Silva, Ecuador, una nación en ciernes, t. I, p. 35.


32. Ibíd., p. 220.
33. Vega, Ecuador: crisis políticas y Estado a inicios de la República, p. 138.
34. Ibíd., p. 137.
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Estado, nación y poder político en el primer período republicano 27

lizar sectores fundamentalmente urbanos. La “plebe” o el “pueblo” tuvo


presencia destacada en los alzamientos independentistas y en ulteriores
movimientos políticos en las primeras décadas de la República.35 Tam-
bién participó en la vida municipal y en el Ejército.
En el Ecuador no se ha estudiado la presencia política ni la impor-
tancia económica del artesanado. Hay, por tanto, poca evidencia sobre
su estructura y funcionamiento interno. Pero en la investigación de his-
toria política encontramos con reiterada frecuencia a los grupos artesa-
nales y a sus organizaciones gremiales presionando por reivindicaciones
de política fiscal que les benefician, participando en los “pronuncia-
mientos”, demandando del Estado central y los municipios determina-
dos servicios, etc. Es evidente que ciertos sectores del artesanado, clase
subalterna en la dominación terrateniente, tuvieron su participación en
el “proyecto nacional criollo”. Los artesanos, la “plebe” de los centros
urbanos sí tenían cierta identificación con lo ecuatoriano, con el país en
que vivían.
El Estado ecuatoriano de los primeros años de vida republicana fue
un estado débil. El proyecto nacional criollo fue limitado y excluyente.
Pero ya se descubrían en él varios rasgos que fueron moldeando la
“ecuatorianidad”. Con el nacimiento del Ecuador en 1830 se abrió un
proceso largo y contradictorio de construcción del Estado Nacional. Las
definiciones territoriales, la resistencia indígena, la ampliación del mes-
tizaje, las acciones y expectativas de las luchas independentistas, las
formas de religiosidad popular, la propia experiencia y percepción de la
pertenencia regional, estaban presentes. Pero, al inicio, las clases diri-
gentes no integraron esos elementos a su proyecto nacional, fundamen-
talmente por el temor de movilizar al pueblo. Su esfuerzo por establecer
el nuevo estado fue también el de mantener sus privilegios coloniales y
la dominación de las masas. Sin embargo, se debe reconocer que el
naciente Estado fue logrando penetrar en la sociedad con su imaginario
y también, como Juan Maiguashca lo hace notar muy acertadamente,
en la estructura administrativa.36 Podemos afirmar, en consecuencia
que Ecuador del siglo XIX, si bien débil y excluyente, era un estado
nacional establecido y en proceso de construcción.
Una de las debilidades del naciente estado era su reducida pobla-
ción, desproporcionadamente distribuida en el territorio y difícil de cal-
cular. Restrepo, antiguo ministro de Colombia, calculó que la población
de la Presidencia de Quito hacia 1810 sería de 600.000, distribuidos
regionalmente así: Quito, 358.000; Cuenca, 94.000; Loja, 38.000; Jaén

35. Cfr. Piedad y Alfredo Costales, Nos la plebe, Quito, Ediciones Abya-Yala/CEDIEP, Centro
de Investigaciones para la Educación Popular/Corporación Editora Nacional, 1986.
36. Juan Maiguashca, “La cuestión regional en la historia ecuatoriana (1830-1972)”, en
Nueva Historia del Ecuador, vol. 12, pp. 175-226.
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28 Enrique Ayala Mora

y Maynas, 16.000; Guayaquil, 94.000. La distribución por “castas” era:


blancos, 157.0000; indígenas, 393.000; pardos libres, 42.000; esclavos,
8.000.37 La Geografía de Villavicencio afirmaba que, según el censo rea-
lizado por la República de Colombia, la población en 1826 era de 550.700
habitantes. Luego, de acuerdo a los cálculos oficiales que hacían anual-
mente los ministros, esa cifra se habría elevado a 751.116 en 1839; a
965.250 en 1849, y 1.108.082 en 1855, a los que había que sumar
200.000 “salvajes de Oriente”.38 La obra contenía también la distribu-
ción, “según razas”.39 Se debe observar que al hacer esta clasificación,
este, como otros autores de esos años, solo consideraba “blancos”, indí-
genas, negros y mulatos. En la visión criolla, se incorporaba a los mes-
tizos a los “descendientes de europeos”.
Los cálculos oficiales que se realizaban en los inicios de la Repúbli-
ca, se basaban en estimaciones y en “censos” que realizaban los funcio-
narios públicos. Los expertos consideran, en consecuencia, que las cifras
son poco confiables y casi siempre exageradas. Haciendo los correctivos
correspondientes, se puede establecer que la población sería de menos
de 450.000 en 1780; entre 470.000 y 490.000 en los años de la indepen-
dencia, y 675.000 en 1845.40 Un estimativo de la distribución regional
sobre 650.000 habitantes en 1840 en este último año establece:
Región Población % Tasa de crecimiento anual
1825-1840 1840-1860
Costa 87.750 13,5 1,2 2,3
Sierra 550.550 84,7 2,7 0,5
Oriente 11.700 1,8 -0,86 (?) 0,3 (?)
Total 650.00041

Hacia 1860 la población se habría elevado a 750.000 habitantes


(Costa, 127.500; Sierra, 63.750; Oriente 18.750). Según cálculos reali-
zados con la mayor aproximación técnica, Merlo establece que recién en

37. José Manuel Restrepo, “Historia de la Revolución de la República de Colombia”, en Jorge


Salvador Lara, edit., La Revolución de Quito, 1809-1922, Quito, Corporación Editora
Nacional, 1982, pp. 266, 299, 300.
38. Manuel Villavicencio, Geografía de la República del Ecuador, Quito, Corporación Editora
Nacional, 1984, pp. 163,164.
39. La distribución “según razas” era:
Blancos descendientes de Europeos 601.219
Indios descendientes de los Conquistados 462.400
Negros sin mezcla 7.831
Mezcla de negros con mezcla de blancos e indios 36.592
Total 1.108.042
(Ibíd., p. 164).
40. Utilizando trabajos especializados como los de Paz y Miño y Merlo, Nick Mills establece las
cifras mencionadas (Cfr. Nick Mills, “Economía y sociedad en el período de la Independen-
cia: Retrato de un país atomizado”, en Nueva Historia del Ecuador, vol. 6, pp. 131-132.
41. Ibíd., anexo II.
ECUADOR SIGLO XIX (finalizado) 7/6/11 11:36 AM Page 29

Estado, nación y poder político en el primer período republicano 29

la última década del siglo XIX, se superó el millón de habitantes. Estima


que la población en 1892 era de 1.004.791 (Sierra, 750.142, 74,7%;
Costa, 191.491, 19,0; 63.228, 6,3%).42
El Ecuador no nació con un territorio definido. Desde el inicio, sus
límites internacionales quedaron imprecisos y sujetos a una larga his-
toria de enfrentamientos, reclamos y pérdidas. El control del territorio
por la autoridad fue parcial, ya que cubría solamente los valles interan-
dinos y las riberas de los ríos tributarios del Guayas. El poblamiento de
zonas como Manabí y Esmeraldas fue marginal, y amplios sectores de la
Costa interna y la Amazonía quedaron fuera de la jurisdicción estatal.43
La integración económica de las regiones era débil y no se había forma-
do un mercado nacional. La soberanía del nuevo estado sufrió crónicos
desequilibrios.
Cuando se fundó el Estado, la Iglesia Católica cuyo mensaje había
justificado la conquista, y con el tiempo se había transformado en uno
de los valores fundamentales de la identidad, se reconoció como “Religión
de Estado” y se reafirmó su papel de conservación ideológica de la pre-
caria unidad del país y de la dominación socioeconómica.44 Por otra parte
el Ejército, que se había formado y prestigiado en la Independencia, tenía
los recursos de la fuerza y conservaba una alta cuota de poder político,
se transformó en otro de los pilares del naciente proyecto nacional. Los
militares se constituyeron en actores de los conflictos entre los sectores
dominantes y ejercieron reiteradamente el poder político.
Los primeros años iniciales del Ecuador como país se caracteriza-
ron por la inestabilidad y la desarticulación.45 La escena política estuvo
dominada por caudillos. Hacia 1858-1859, se desató una crisis de dis-
persión. Coexistieron cuatro gobiernos regionales.46 La crisis se superó
con una alianza de las oligarquías para consolidar el Estado Oligárquico
Terrateniente como garantía de preservación de la unidad interna y
como condición para afrontar las nuevas situaciones internacionales
que se daban en el marco de la expansión del sistema mundial domina-
do por el capitalismo. Gabriel García Moreno fue la gran figura de este
proceso de organización y consolidación estatal que, al mismo tiempo

42. Gonzalo Ortiz Crespo hace referencia al trabajo de Merlo (1966) y cita un cuadro elabora-
do por provincias para 1992, cuyas cifras globales se citan aquí. Cfr. La incorporación del
Ecuador al mercado mundial, Quito, Corporación Editora Nacional, 1988, pp. 131-132.
43. Jean-Paul Deler, Ecuador: del espacio al Estado nacional, Quito, Universidad Andina
Simón Bolívar/Instituto Francés de Estudios Andinos, IFEA/Corporación Editora Nacio-
nal, 2007, pp. 232-234.
44. Enrique Ayala Mora, “La relación Iglesia-Estado en el Ecuador del siglo XIX”, en Procesos:
revista ecuatoriana de Historia, No. 6, Quito, Universidad Andina Simón Bolívar/TEHIS/
Corporación Editora Nacional, 1994, p. 91.
45. Ayala Mora, Lucha política y origen de los partidos en Ecuador, p. 52.
46. Genaro Eguiguren Valdivieso, El Gobierno Federal de Loja. La crisis de 1858, Quito,
Municipio de Loja/Corporación Editora Nacional, 1992, p. 63.
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30 Enrique Ayala Mora

que logró impulsar una gran obra material y educativa, agudizó las con-
tradicciones políticas, especialmente por haber acrecentado el poder de
la Iglesia Católica dentro del Estado. Esta etapa marcó en muchos sen-
tidos la historia nacional.
En 1875 se abrió una etapa histórica en que se patentizó el agota-
miento del proyecto nacional criollo-latifundista. Las fuerzas tradicionales
se dividieron y nuevos grupos sociales emergieron. Se comenzó a cuestio-
nar la visión criolla de la nación y a buscar raíces populares de lo nacio-
nal.47 El liberalismo emergente desafió la dominación terrateniente, la
visión hispanófila criolla y el predominio clerical, al mismo tiempo que
planteó una postura de crítica social.48 Las tendencias liberales, que lo-
graron su principal desarrollo en Guayaquil y otros espacios costeños co-
mo Manabí y Esmeraldas, reivindicaron la identidad mestiza y la necesi-
dad de democratizar la política y el Estado. En la última década del siglo
triunfó y comenzó de este modo un nuevo período en la historia del país.49

REGIONALIZACIÓN Y ENFRENTAMIENTO
OLIGÁRQUICO

Regiones y conflictos
Como hemos visto, en el naciente Ecuador, se habían definido tres
espacios regionales, asentados en la Sierra centro-norte, la Sierra sur y
las tierras de la Costa bañadas por el sistema fluvial del río Guayas.
Estos espacios regionales cubrían efectivamente solo una parte del terri-
torio nacional dibujado en los mapas, porque extensas comarcas de la
Amazonía y de la Costa interna no estaban bajo el control de la autori-

47. Raúl Vallejo, “Juan León Mera”, en Diego Araujo Sánchez, coord., Historia de las Litera-
turas del Ecuador, vol. 3, Literatura de la República 1830-1895, Quito, Universidad Andi-
na Simón Bolívar/Corporación Editora Nacional, p. 207.
48. Arturo Andrés Roig, El pensamiento social de Juan Montalvo, Quito, Universidad Andina
Simón Bolívar/Corporación Editora Nacional, 1995, p. 79.
49. El proceso de la Revolución Liberal se desató con el incidente denominado “la venta de
la bandera”, un episodio en el que se cedió a Chile, en medio de un negociado, la ban-
dera nacional para que ese país pudiera vender un barco al Japón. El asunto despertó
una enorme reacción en el país. Se dieron numerosos actos públicos de protesta con
gran afluencia popular. Allí se juntó mucha gente común, como artesanos, otros traba-
jadores, pequeños propietarios y comerciantes, que se sumaron a profesionales y perso-
nas de diversas posturas ideológicas. Un manifiesto fue suscrito por quince mil firmas
en pocas semanas. Se sentían parte de una “nación ecuatoriana” que existía sin duda.
Amplios grupos populares sintieron agredida su identidad cuando se ofendió a uno de
sus símbolos. Mejor prueba de lo que se ha afirmado en este acápite es imposible (Cfr.
Elías Muñoz Vicuña, La guerra civil ecuatoriana de 1895, Guayaquil, Departamento de
Publicaciones de la Universidad de Guayaquil, 1976).
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Estado, nación y poder político en el primer período republicano 31

dad del nuevo estado. Este hecho de regionalización fue determinante


entonces y lo ha sido luego, durante toda nuestra historia.
La regionalización, contra lo que suele pensarse, es bastante mas
que una realidad geográfica. Es, ante todo, un hecho social y político que
caracteriza al conjunto de las sociedades.50 Tal es el caso del actual
Ecuador, donde las tres regiones constituían no solo porciones de la geo-
grafía, sino unidades territoriales con estructuras económicas, sociales y
culturales diferenciadas, sometidas al poder político de los “señores de la
tierra”. Estas regiones no eran homogéneas. Su desarrollo era desigual.
En las regiones se gestó un sentido de pertenencia y una fuerte rivalidad
con las otras regiones. Su participación en la Independencia y en la Gran
Colombia tuvo características muy diversas. Por ello, cuando esos “seño-
res de la tierra” fundaron el Ecuador en 1830, el nuevo estado nación se
caracterizó por el predominio oligárquico y la regionalización. Se abrió así
el primer período de nuestra Historia Republicana caracterizado por la
vigencia del proyecto nacional criollo.
El cuadro sociopolítico del naciente Ecuador reflejaba un agudo
fenómeno de dispersión del poder. “La inexistencia de una real interde-
pendencia entre las zonas de producción interandinas, hace que las
alianzas terratenientes adolezcan de una crónica inestabilidad, plagada
de enfrentamientos y contradicciones localistas”.51 En efecto, si los “seño-
res de la tierra” tuvieron éxito al arrebatar el poder a los representantes
del poder colonial español, no lograron constituirse como una clase hege-
mónica unificada dentro del nuevo país. El desarrollo desigual de las dis-
tintas regiones impedía su articulación. A esto hay que añadir la casi
inexistente relación económica entre ellas, provocada por las malas vías
de comunicación y sus conexiones con otros mercados sudamericanos.
Pero quizá la causa de más peso era la propia naturaleza de las estruc-
turas agrarias y las clases terratenientes. Con economías de alto nivel de
autoconsumo, mercados débiles y poca producción que podía ofrecerse a
las otras regiones, la relación complementaria era muy difícil. Sin redes
comerciales ni un sistema monetario unificado, sin instituciones finan-
cieras que articularan la economía, la existencia de un “mercado nacio-
nal” era inviable. El predominio terrateniente coexistía con la dispersión.
Esto, aparte de que impidió la existencia de un poder central fuerte, fue
una de las causas principales de la persistencia de un conflicto oligárqui-
co que podría calificarse de crónico.

50. Para explicar este asunto es muy útil considerar el concepto que desarrollan Quintero y
Silva: “Entendemos por ‘regionalización’ un proceso económico y político de creación de
espacios autónomos de expresión de las clases dominantes locales, que manifiesta, a la
par que reproduce, la ausencia de unificación territorial, poblacional, cultural y fragmen-
tación del poder estatal en una formación social (Quintero y Silva, Ecuador, una nación
en ciernes, t. I, p. 46).
51. Ayala Mora, Lucha política y origen de los partidos en Ecuador, p. 48.
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32 Enrique Ayala Mora

Ese conflicto se dio por diversos motivos. Pero existió una causa
duradera, originada en la creciente diferenciación de los intereses de los
grupos dominantes de la Sierra y la Costa. Las plantaciones del litoral
en plena expansión demandaban trabajadores que debían ser desplaza-
dos de los valles andinos.52 Se propició por ello una corriente migrato-
ria entre las dos regiones que drenaba permanentemente de trabajado-
res a las haciendas serranas. Los latifundistas del altiplano resistieron
agresivamente este fenómeno mediante el reforzamiento de los mecanis-
mos de represión y la demanda de que el Estado ejerciera mayor con-
trol, dando pie a un enfrentamiento cuyos episodios ocupan varias pági-
nas de la historia del Ecuador.
Otro punto de conflicto fue el de la vigencia de una mayor o menor
“libertad de comercio”. Los terratenientes de la Sierra defendían el mer-
cado para la producción doméstica (textiles y alimentos principalmente)
con barreras impositivas a las importaciones. Por otra parte, el interés
de los terratenientes vinculados a la exportación y de los grupos comer-
ciantes importadores, era el que se facilitara la introducción de bienes
importados mediante la rebaja de impuestos. El largo debate entre pro-
teccionistas y librecambistas fue objeto de difíciles definiciones a nivel
de las políticas estatales. El presidente Flores insistía al Congreso de-
fendiendo la producción serrana: “En nuestras aduanas marítimas está
la solución de este problema; pues ellas son, bajo el punto de vista eco-
nómico, las barreras que defienden la agricultura y la industria del inte-
rior”.53 Por su parte, Rocafuerte, vocero de las élites costeñas, insistía
ante el Parlamento:
Nos hemos puesto en contradicción con nosotros mismos: al liberalismo
teórico de las naciones civilizadas, hemos opuesto el servilismo financiero
de estancos, derechos recargados para la importación, derechos subidos
sobre la exportación de productos agrícolas, extracción presunta, aduanas
internas, plagas de colectores, vejámenes de resguardos, registros exigidos
a los buques extranjeros, incomodidad y crecido derecho de pasaportes, en
fin, trabas innumerables que detienen el rápido curso de la agricultura, del
comercio, de las artes y de la navegación.54

A lo largo del siglo XIX los conflictos regionales se multiplicaron. Los


enfrentamientos, sin embargo, no se agotaron en la oposición Costa-Sie-
rra. También las regiones serranas tuvieron tensiones entre sí. En la Sie-

52. Manuel Chiriboga, Jornaleros y gran propietarios en 135 años de exportación cacaotera
(1790-1925), Consejo Provincial de Pichincha, 1980, p. 181.
53. Juan José Flores, “Mensaje al Congreso de 1841”, en Alejandro Novoa, Recopilación de
Mensajes dirigidos por los Presidentes y Vicepresidentes de la República, Jefes Supremos y
Gobiernos Provisorios a las Convenciones y Congresos Nacionales, t. I, Guayaquil, Impren-
ta A. Novoa, 1900, p. 329.
54. Vicente Rocafuerte, “Mensaje al Congreso de 1839”, en A. Novoa, Recopilación de Mensa-
jes…, p. 290.
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Estado, nación y poder político en el primer período republicano 33

rra sur se desarrolló una fuerte sociedad regional, una de cuyas deman-
das era la igualdad de representación política frente al poder central.55 Los
notables cuencanos tuvieron una activa participación en la lucha políti-
ca.56 También en Loja, en el extremo sur de la Sierra, se consolidó un
espacio regional.57 Sus reivindicaciones entraron en conflicto con Quito,
la capital, y también con Cuenca, el centro regional del sur del país.

Departamentos, autonomías y federalismo


En el marco de la regionalización predominante en el Ecuador de
inicios de la República, las demandas de las élites regionales por con-
trolar más amplios espacios de poder y competencias político-adminis-
trativas fueron persistentes. La primera Constitución no lo estableció
expresamente, pero dio al país una estructura unitaria. Las que le si-
guieron fueron más explícitas en este sentido. Esa estructura unitaria
fue, sin embargo, disputada en la práctica por tendencias locales y
regionales. Ya durante la independencia hubo expresiones de federalis-
mo y reclamo de derechos locales, que se profundizaron en la etapa
colombiana, pero no se concretaron en propuestas político-constitucio-
nales. Más bien se canalizaron en la primera constitución en la tenden-
cia a mantener los antiguos departamentos (Azuay, Guayas y Quito)
como unidades político-administrativas con amplias competencias. Pese
al texto constitucional, se dio una fuerte oposición entre quienes defen-
dían la existencia de los tres departamentos y quienes pugnaban por su
abolición, dejando a las provincias como las unidades de división terri-
torial y administrativa fundamentales. Los funcionarios del gobierno
central defendieron esta última tesis para preservar el estado unitario.58
En 1835 se suprimieron los departamentos, pero sus privilegios
regionales se mantuvieron por tres décadas. Uno de los más importantes
era mantener las “tesorerías” separadas en Quito, Guayaquil y Cuenca,
que manejaban las rentas de cada uno de los antiguos departamentos.
Otro era el derecho a elegir un número igual de legisladores (senadores
y diputados), sin que pesaran las desproporciones de población o electo-

55. Un trabajo muy exhaustivo sobre las élites azuayas decimonónicas se encuentra en:
María Cristina Cárdenas Reyes, Región y Estado nacional en el Ecuador. El progresismo
azuayo del siglo XIX (1840-1895), Quito, Academia Nacional de Historia/Universidad
Pablo de Olavide, 2005.
56. Leonardo Espinoza, Lucas Achig, “Economía y sociedad en el siglo XIX: Sierra sur”, en
Nueva Historia del Ecuador, vol. 7, p. 83.
57. Ives Saint-Geours, “La Provincia de Loja en el siglo XIX (Desde la Audiencia de Quito al
Ecuador independiente)”, en Revista Cultura, vol. V, No. 15, Quito, Banco Central del
Ecuador, enero-abril 1983, p. 209.
58. Maiguashca, “El proceso de integración nacional en el Ecuador: el rol del poder central,
1830-1895”, Juan Maiguashca, edit., Historia y región en el Ecuador, 1830-1930, Quito,
Corporación Editora Nacional/Flacso/CERLAC, 1994, p. 361.
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34 Enrique Ayala Mora

rado.59 Esta práctica constitucional, de la que dependía tan decisivamen-


te el balance en la composición de los parlamentos, era una clara venta-
ja para Guayaquil y el Austro, menos poblados que Quito. Eso despertó
largos y duros conflictos, llegando incluso a darse circunstancias en que
mantener la fórmula de distribución igual de escaños por cada antiguo
departamento fue la condición de Guayaquil y Cuenca para seguir for-
mando parte del país. Un pronunciamiento cuencano favorable a la jefa-
tura suprema de José Félix Valdivieso manifestaba: “El Jefe Supremo
convocará a una Convención ecuatoriana para que constituya la Nación,
debiendo concurrir a ella igual número de representantes por parte de
este Departamento al de cada uno de los de Quito y Guayaquil, sin cuya
circunstancia se protesta que el Azuay dejará de pertenecer al cuerpo
político del Ecuador”.60
Por treinta años (1830-1860) se mantuvo este sistema de represen-
tación “paritaria” y no proporcional en la composición del Congreso. Los
departamentos ya no existían, pero se mantenían los centros de poder
regional. Éstos se transformaron en protagonistas de la crisis más fuer-
te que haya sufrido el país, cuando en 1859, el Ecuador entró en tran-
ce de desintegración y quedó dividido en cuatro gobiernos, uno de los
cuales se autodenominó expresamente “Distrito Federal Lojano”.61 En la
Asamblea Nacional de 1861, reunida luego de la crisis, el régimen pro-
vincial fue robustecido, se suprimieron los privilegios departamentales
y se estableció la provincia como unidad de gobierno seccional y de
representación a base de su población.
El federalismo, como se sugirió, tuvo escaso respaldo y éxito. Pero las
tendencias a la descentralización, en cambio, tuvieron mucha fuerza y
presencia permanente. El rasgo más notable del Ecuador en sus prime-
ras décadas de vida fue la desarticulación económica y la dispersión del
poder político. Pese a las fórmulas constitucionales que declaraban al país
como “unitario” y al empeño que pusieron los funcionarios del poder cen-
tral, el manejo administrativo-fiscal del país era enormemente descentra-
lizado. Desde el nivel de las haciendas y parroquias, hasta de los antiguos
departamentos colombianos, pasando por las provincias y municipios, las
diversas instancias de dirección política reclamaban espacios de autono-
mía en su funcionamiento. Por su parte, instituciones como la Iglesia
Católica mantenían también privilegios de autonomía corporativa.

59. De acuerdo a esta norma, según la Constitución de 1835, las provincias del antiguo
departamento de Quito (Imbabura, Pichincha y Chimborazo), que tendrían alrededor de
400.000 habitantes elegirían entre todas seis senadores y diez diputados; las del antiguo
departamento de Guayas (Guayaquil y Manabí) que tendrían menos de 1.000.000 habi-
tantes elegirían igualmente seis senadores y diez diputados.
60. Alfredo Pareja Diezcanseco, Historia de la República, t. I, Guayaquil, Ariel, 1974, p. 46.
61. Genaro Eguiguren Valdivieso, El Gobierno federal de Loja. La crisis de 1858, Quito,
Corporación Editora Nacional/Municipio de Loja, 1992.
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Estado, nación y poder político en el primer período republicano 35

A nivel local, las relaciones serviles que se daban en el marco de la


estructura hacendataria se consolidaban y reproducían por la existencia
de mecanismos de dominación ideológica y de represión (cárceles priva-
das, condenas a azotes, etc.) manejados autónomamente por los terrate-
nientes. Es decir que existía un aparato estatal local diferenciado, aun-
que menos especializado que los órganos del poder central.62 El control
político a nivel parroquial fue un monopolio latifundista. También los
terratenientes tuvieron una influencia decisiva en los municipios, gobier-
nos cantonales de origen colonial que controlaban la vida local en sus
diversas manifestaciones.

Consolidación del Estado central


La crisis de 1859-1860 reveló que el enfrentamiento entre las élites
y la acción de los caudillos militares llevaron al límite la existencia del
Estado. Por ello, a inicios de la década de los sesenta, cuando había sig-
nos de crecimiento económico y ampliación del mercado externo, se dio
un consenso sobre la necesidad de centralización y represión que ten-
dieran a la consolidación del Estado. Este proceso se dio bajo el régimen
de Gabriel García Moreno. Los notables de Quito constataron que no
podían someter a los demás grupos dominantes regionales. Por otra
parte, el incremento del comercio externo robustecía a los notables gua-
yaquileños que, sin embargo, tampoco habían logrado controlar el poder
en sus renovados intentos. Podían derrocar gobiernos y poner ciertas
condiciones, pero carecían de fuerza para subordinar a todos los secto-
res. Los enfrentamientos habían acentuado la dispersión del poder y la
influencia de caudillos militares. Había llegado el momento en que las
élites regionales confluyeran en la necesidad de hacerse concesiones
para preservar el poder terrateniente.63 Se planteó una alianza que
mantuviera los conflictos bajo control y se puso en marcha un proyecto
destinado a “superar la etapa inicial de anarquía y establecer un enten-
dimiento expreso o tácito entre los sectores en pugna de la clase domi-
nante. Este entendimiento no necesariamente implicará la superación
de la contradicción de determinadas ‘reglas de juego’ que estimulen la
expansión del sistema productivo”.64 La aristocracia serrana ejerció el
gobierno, pero dio garantías al crecimiento económico, que favorecían al
latifundismo y al comercio de la Costa.
Bajo el régimen garciano, las contradicciones regionales y fracciona-
les pasaron a segundo plano, aunque más de una vez volvió la polémica
sobre el proteccionismo. La consigna fue mantener el orden, aun a costa

62. Rafael Quintero, El mito del populismo en el Ecuador, Quito, Abya-Yala, 1998, pp. 68-69.
63. Enrique Ayala Mora, Manual de Historia del Ecuador, vol. 2, Época Republicana, p. 34.
64. Fernando Velasco, Ecuador: subdesarrollo y dependencia, Quito, Corporación Editora
Nacional/FENOC-I/CDS, 1990, p. 111.
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36 Enrique Ayala Mora

de sacrificar intereses de determinados sectores dominantes, o de perse-


guir a los intelectuales radicales. Los principales perjudicados por la
alianza represiva fueron los trabajadores. La legislación y las reglamen-
taciones municipales incrementaron la sujeción del campesinado; la pre-
sión por el incremento productivo exigió más peones y más horas de tra-
bajo; las obras públicas demandaron la aplicación del trabajo subsidia-
rio. Como el tributo indígena había sido eliminado, otros impuestos se
cobraron con rigidez. Las revueltas urbanas de Quito, y los alzamientos
indígenas de Cañar, Imbabura y Chimborazo, éste último encabezado por
Fernando Daquilema, fueron síntoma de la insatisfacción popular.
La administración de García Moreno impulsó un salto de moderni-
zación, orientado a consolidar la vinculación del país al mercado interna-
cional, y a favorecer los intereses comerciales aliados al capital interna-
cional. Defendió la necesidad del desarrollo técnico y de una estructura
estatal, más sólida y ágil. “La ventura de una nación, decía, consiste en
el desarrollo constante de los elementos civilizadores; no hay civilización
si no progresan simultáneamente la sociedad y el individuo; no existe
progreso social donde se desconocen las mejoras materiales, donde la
miseria devora a la población…”.65 Este fue su lado progresista.
Por otra parte, el predominio de la oligarquía serrana y el clero trajo
un recrudecimiento de la ideología reaccionaria. García Moreno percibió
la fuerza de la Iglesia y la usó. Decía: “es el único vínculo que nos queda
en un país tan dividido por los intereses y pasiones de partidos, de loca-
lidades y de razas…”66 Por ello instauró un sistema confesional, autori-
tario y excluyente, en el que la Iglesia con su clero fue la institución cen-
tral. El proyecto político, de un lado, trataba de emular los progresos de
la modernidad europea; de otro, imponía el monopolio ideológico de una
Iglesia que condenaba el “modernismo”, los derechos del hombre y hasta
las máquinas como “satánicos productos del siglo”. Por una parte hacía
esfuerzos por educar; por otra, garroteaba escritores, clausuraban perió-
dicos y quemaba “libros prohibidos”. El proyecto garciano era contradic-
torio en su base, puesto que se asentaba sobre un desajuste entre la
estructura socioeconómica y la esfera político-ideológica.

Las últimas décadas del siglo XIX


En las décadas siguientes, a fines del siglo XIX, se dio en el Ecuador
una gran expansión económica, marcada por el inicio del auge de las
exportaciones cacaoteras. Se intensificó la acumulación de tierras en la

65. Francisco Miranda R., García Moreno y la Compañía de Jesús, Quito, Colección Desa-
rrollo y Paz, 1975, p. 24.
66. Gabriel García Moreno, “Mensaje a la Convención de 1869”, en A. Novoa, Recopilación de
mensajes…, t. III, p. 105.
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Estado, nación y poder político en el primer período republicano 37

Costa y los grandes terratenientes de la región cobraron mayor fuerza


social y política. El auge del comercio exterior acrecentó la presión sobre
la economía serrana. Los latifundistas de la región intensificaron los
mecanismos de extracción de renta, para comprar bienes importados y
trataron de retener a los trabajadores dentro de la hacienda. La produc-
ción manufacturera se vio cada vez más amenazada por los productos
importados. El auge del cacao trajo un gran crecimiento de Guayaquil,
que a fines de siglo se transformó en la ciudad más grande del país y su
capital económica. La acumulación de las rentas cacaoteras provocó el
robustecimiento del sistema bancario. Se consolidó de este modo en
Guayaquil una burguesía comercial y bancaria urbana, diferenciada de
la clase terrateniente de la región, que agrupaba a los grupos de comer-
ciantes y banqueros más poderosos.67 Es preciso comprender que la
burguesía emergente no comprendía a todos los sectores dominantes de
la Costa, incluidos los hacendados cacaoteros, sino solo a los interme-
diarios financieros más poderosos, algunos de los cuales tenían grandes
propiedades rurales.68
Hasta la década de los ochenta, la supremacía de la clase terrate-
niente se había mantenido en la sociedad y el estado, pero se iba acen-
tuando la diferenciación entre sus élites regionales con la intensifica-
ción de los enfrentamientos y una redefinición de las cuotas de poder.
Buen número de campesinos resistieron a la servidumbre en la Sierra
y emigraron a la Costa, atraídos por mejores jornales y condiciones de
trabajo. Esto provocó la intensificación de medidas represivas y agudi-
zó el conflicto entre latifundistas serranos y costeños.69 Por otra parte,
se robustecieron las organizaciones populares urbanas. La sociedad
toda cambiaba en un marco internacional en que el capitalismo se había
consolidado como el eje de la economía mundial e incidía en forma
determinante hasta en países remotos como el nuestro, donde los alia-
dos locales del capital internacional ganaban mayor poder. A finales del
siglo XIX el Ecuador se había insertado ya definitivamente en el sistema
mundial orquestado por el capitalismo.
En ese ambiente, a las viejas disputas regionales se sumaron otras
nuevas. La más fuerte fue la construcción del ferrocarril de Guayaquil a
la Sierra. La obra facilitaría las exportaciones e importaciones del co-
mercio guayaquileño y el envío de mercaderías al interior. También per-
mitiría a los productores serranos venderle a la Costa y exportar. Pero

67. Andrés Guerrero, Los oligarcas del cacao, Quito, El Conejo, 1980, p. 39.
68. Entender este punto es muy importante, porque durante los años ochenta se habló
mucho de los enfrentamientos de los latifundistas serranos con la “burguesía agroexpor-
tadora” de la Costa. La verdad es que la clase terrateniente agroexportadora no era una
“burguesía” moderna, sino una clase terrateniente tradicional, en cuyo seno surgieron
los sectores de comerciantes y banqueros que se definirían luego como una clase apar-
te, aunque con fuertes vínculos con aquella.
69. Ayala Mora, Manual de Historia del Ecuador, vol. 2, p. 42.
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38 Enrique Ayala Mora

los latifundistas de la Sierra combatieron las propuestas ferrocarrileras


con la preocupación de que la obra absorbiera su mano de obra, profun-
dizara el endeudamiento externo y la influencia de la economía mundial.
Se dio así un conflicto adicional sobre el endeudamiento externo. Mien-
tras los grupos vinculados al comercio exterior pugnaban por un arre-
glo de la deuda externa y porque se contrataran empréstitos para obras
públicas, los notables de la Sierra combatieron esas propuestas, defen-
diendo el aislamiento económico. El presidente Antonio Flores insistía:
¿Sabéis cómo se han construido los ferrocarriles de Chile y la República
Argentina, sabéis cómo se han construido los demás de América del Sur?:
con más de quinientos millones de pesos contratados en Inglaterra por
medio del crédito. Los tres estados que han conseguido mayor cantidad,
los que más han recurrido al crédito, son los más adelantados, la Repú-
blica Argentina, Brasil y Chile. Los que nada han obtenido ¿figuran acaso
en ese número? El adelanto de un país sudamericano está en razón direc-
ta de los capitales que han conseguido en Europa para sus empresas.70

Por su parte, Camilo Ponce Ortiz, líder del conservadorismo tradi-


cional, sostenía: “¿Vale tanto para nosotros una línea férrea truncada en
la primera ciudad de la República que se encuentra tras el ascenso de
la cordillera andina? ¿Estamos tan destituidos de medios para ejecutar-
la, que nos sea inevitable seguir por la senda áspera y pantanosa por
donde vamos? ¿Seremos incapaces de imitar en este punto el ejemplo ya
no de un García Moreno, sino (ruboriza el pensarlo) de un Veintimilla?
¿No podremos continuar lo que el primero inició con la mitad de recur-
sos que nosotros disponemos…”71 Al fin logró su propósito y el contra-
to ferrocarrilero y el endeudamiento no se concretaron.
Otro de los enfrentamientos de esa etapa fue la sustitución del diez-
mo, impuesto del 10% sobre la producción agropecuaria que se pagaba
para el culto.72 La lucha contra el diezmo adquirió proporciones, cuan-
do los productores y exportadores cacaoteros argumentaron que depri-
mía la agricultura y que el cacao ecuatoriano tenía que competir con el
de otros países que no pagaba diezmo. La Iglesia defendió el diezmo con
apoyo de los terratenientes serranos, pese a que el impuesto les afecta-
ba.73 En la lucha, el clero y los grandes terratenientes serranos se que-

70. Antonio Flores Jijón, “Mensaje del presidente de la República al Congreso Extraordinario
de 1890 sobre crédito público”, en A Novoa, Recopilación de mensajes…, t. IV, p. 19.
71. Camilo Ponce Ortiz, El Contrato D’Oksza ante el Consejo de Estado, Quito, Imprenta
Católica, 1891, p. 16.
72. Mediante acuerdo con el Vaticano, en 1891 se sustituyó el diezmo por el cobro de un
impuesto sobre la propiedad territorial, el “tres por mil”, que pagarían los propietarios
rurales, a excepción de los cacaoteros a quienes se les impuso un gravamen a la expor-
tación del producto.
73. “Para esta actitud existían motivos serios. La sustitución del diezmo dejaba a los hacen-
dados sin un mecanismo de profundización del endeudamiento y control de los trabaja-
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Estado, nación y poder político en el primer período republicano 39

daron solos y la perdieron. La supremacía de la clase terrateniente era


cada vez más desafiada al final del siglo XIX.
El conflicto de la sustitución del diezmo probó que la alianza lati-
fundista-clerical podía ser derrotada y que su tradicional control de
medianos y pequeños productores rurales era vulnerable. Además, las
guerras civiles demostraron que la oposición podía controlar un sector
del país con las montoneras, una fuerza armada radical paralela al ejér-
cito regular, que desafiaba al Estado. El latifundismo optó, entonces,
por la mediación y el balanceo de fuerzas. Los terratenientes del litoral
incrementaron su cuota en la dirección política y la burguesía logró una
influencia creciente tanto a nivel local en Guayaquil, como en las estruc-
turas del poder central. Todo ello, sin que cambiara el carácter básico
del Estado oligárquico terrateniente.
En medio de estos complejos enfrentamientos y definiciones, los sec-
tores populares, especialmente los artesanos, experimentaron un des-
pertar incipiente. Los organismos gremiales fueron perdiendo su carác-
ter puramente religioso y comenzaron a incluir en sus actividades varias
tareas políticas y culturales. Al mismo tiempo, aparecieron también las
primeras posiciones reivindicativas y de afirmación de los grupos de tra-
bajadores frente a los propietarios. Sobre todo en la Costa, se dio una
rápida politización de sectores artesanales, frente a la descomposición de
ciertas formas tradicionales.
En 1879 se reorganiza la “Sociedad de Artesanos Amantes del Pro-
greso”, cuya constitución bloqueó García Moreno. En 1884 se fundó la
“Sociedad de Tipógrafos del Guayas” y, en 1892, la “Sociedad Artística
e Industrial de Pichincha”, que jugaría un papel definitivo en la historia
del movimiento obrero nacional. Éstas y otras instituciones similares
“son una amalgama de sociedades de beneficencia, entidades de ayuda
mutua y organizaciones populares. Su autonomía respecto de la Iglesia
y de los partidos políticos varía según los casos, pero es generalmente
precaria. Utilizadas por los políticos tanto liberales como conservadores
en sus pugnas, van acrecentando su autonomía con el tiempo, para dar
origen a instituciones de tinte más clasista. Los gremios y asociaciones
de trabajadores, al tiempo que asumen nuevas funciones, tienden a for-
mar federaciones a nivel regional y nacional”.74 El Estado controlaba
muy verticalmente las organizaciones artesanales. “Es obligatoria la
agremiación y la elección de dignatarios de estos organismos, se hace

dores; significaba, además, la desaparición de una fuente de ingresos de los notables que
lo cobraban. El diezmo, por fin, gravaba a la producción, en tanto que el impuesto que
lo sustituyó gravaba la propiedad territorial. Los hacendados grandes tenían enormes
extensiones incultas y no querían pagar un tributo basado en el tamaño de las propie-
dades” (Ayala Mora, Manual de Historia del Ecuador, vol. 2, p. 42).
74. Jaime Durán Barba: “Orígenes del Movimiento Sindical Ecuatoriano”, tesis previa a la
obtención del grado de Magíster, Fundación Bariloche, 1976, p. 2.
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40 Enrique Ayala Mora

ante funcionarios de la policía, cosa que naturalmente se presta a toda


clase de presiones. Todos sus miembros están estrictamente vigilados,
ya que mediante Decreto Ejecutivo de 1 de septiembre de 1884 se esta-
blece como obligación de los Intendentes de Policía la formación de un
Registro General de Gremios, donde deben especificarse una serie de
datos sobre el registrado”.75
La dinamización del intercambio comercial interno y externo trajo
consigo consecuencias de diverso orden sobre los sectores populares.
De un lado, la necesidad de mejorar los medios de transporte intensificó
los mecanismos de explotación de los campesinos, compelidos al trabajo
obligatorio en las obras públicas y al porteo de las mercaderías entre la
Costa y la Sierra.76 De otro lado, los terratenientes y comerciantes logra-
ron que el Estado utilizara cada vez mayores mecanismos represivos
para garantizar su control sobre la mano de obra.77 El crecimiento eco-
nómico y el avance del capitalismo en la sociedad ecuatoriana trajeron
consigo nuevos enfrentamientos entre las oligarquías y también un agru-
pamiento de las organizaciones populares. Pero los equilibrios y reaco-
modos de fuerzas agudizaron la contradicción entre el poder político y el
poder económico, y al fin precipitaron el derrumbamiento del régimen
conservador.

ESTRUCTURA INSTITUCIONAL DEL ESTADO

División de poderes
Cuando en 1830 se aprobó la Constitución del Ecuador, se estable-
ció en el primer artículo: “Los Departamentos del Azuay, Guayas y Quito
quedan reunidos entre sí formando un solo cuerpo independiente con el
nombre de Estado del Ecuador”.78 Dejando atrás las tendencias monár-

75. Oswaldo Albornoz, Las luchas indígenas en el Ecuador, Guayaquil, Editorial Claridad, p. 91.
76. El transporte de grandes pesos de una ciudad a otra, especialmente de Guayaquil a
Quito, fue la condena de muerte masiva de millares de indígenas. Las cargas más pesa-
das se transportaban a “lomo de indio”, mediante el sistema de “guando”. “Se palpa en
algunos pueblos de indios –anota El Amigo de las Familias– la baja anual de sus pobla-
dores, causada en sus cuatro quintas partes a lo menos por el porteo de guandos; y como
los indios son los jornaleros que emplea la agricultura, ésta comienza a sentir en ciertas
localidades las angustias de la falta de brazos …” (Esta cita del periódico es recogida por
Luis Robalino Dávila, quien es, a su vez, citado por Ayala Mora, Lucha política y origen
de los partidos en Ecuador, p. 231).
77. Expresaba la “Sociedad de Agricultura” en 1875: “es necesaria la organización del regla-
mento de policía acerca del trabajo de peones, estableciendo seguridad en el pago de
salarios y en la prestación de servicios” (El Comercio, Guayaquil, 2 de noviembre de 1875,
No. 53).
78. “Constitución del Estado del Ecuador, 1830”, en Nueva Historia del Ecuador, vol. 15,
Documentos de la Historia del Ecuador, p. 134.
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Estado, nación y poder político en el primer período republicano 41

quicas que habían dividido a los protagonistas del 10 de Agosto y los


años siguientes, se adoptó resueltamente la forma republicana y presi-
dencial siguiendo el patrón de la Constitución de Colombia, que a su vez
tuvo como modelo la de Estados Unidos. La Constitución, empero, se
dio dentro del marco de la regionalización que habría de caracterizar la
historia de las siguientes décadas, como lo constatan Quintero y Silva:
Durante los primeros treinta años de transición postcolonial, la regionali-
zación se profundizó, en la medida en que la diseminación y concentración
del poder en los tres ámbitos regionales vigorizaba su tendencia a la repro-
ducción de su condición fundamental: la fragmentación territorial y el for-
talecimiento de los poderes locales, condiciones que se constituyeron en el
nervio de la lucha política entre las fracciones dominantes de aquel enton-
ces. Pero, al mismo tiempo que la regionalización se acentuaba y adquirían
gran peso los poderes locales y regionales, se vislumbraban dentro de las
clases dominantes regionales ciertas tendencias por “hacer Estado”, por
reconstruir un poder central que garantizase la reproducción de la forma-
ción social en su conjunto.79

Al estudiar la estructura del Estado en los primeros años de la Re-


pública debemos destacar la regionalización, pero también debemos estu-
diar con detenimiento las estructuras del poder central. Juan Maiguash-
ca destaca que ya el Estado “como institución” hizo acto de presencia
desde 1830 y que “lejos de ser un factor secundario, fue el motor princi-
pal de la integración nacional durante todo el siglo XIX”.80 Aún más, el
mismo autor, siguiendo a Kossok, hace notar que el estado fue el instru-
mento institucional para la ulterior consolidación de la nación.81 Esto
confirma que el Estado-Nación avanzó fundamentalmente gracias a la
acción de las instituciones estatales.
Determinaba la primera Constitución, como lo haría el resto de ellas
en años futuros, que el Gobierno del Ecuador era popular, representati-
vo, alternativo y responsable. El “poder supremo y soberano de la nación”
se ejercía a través de los tres poderes: Legislativo, Ejecutivo y Judicial. El
poder Legislativo sería el principal del Estado y la fuente de los otros dos.
Tenía a cargo la tarea de aprobar las leyes, elegir a los altos funcionarios
y controlarlos. El Congreso se reuniría cada dos años y estaría compues-
to de una sola cámara. La mayoría de las constituciones posteriores
desde la de 1835 cambiaron esta disposición inicial y establecieron el sis-
tema bicameral, de modo que la legislatura se dividió en dos cámaras:
senadores y diputados o representantes, electos por las provincias en
igual número por cada uno de los antiguos departamentos.

79. Quintero y Silva, Ecuador, una nación en ciernes, t. I, p. 86.


80. Juan Maiguashca, “El proceso de integración nacional en el Ecuador: el rol del poder
central, 1830-1895”, p. 355.
81. Ibíd., p. 356.
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42 Enrique Ayala Mora

El Poder Ejecutivo, que era en la práctica el que mayor incidencia


tenía en el Estado, contaba entre sus facultades la de mantener el orden
interno y la seguridad exterior del Estado, dirigir el Ejército y la Marina,
decretar estado de sitio, desterrar, conmutar sentencias de muerte,
recaudar algunos impuestos y ejercer algunas atribuciones inherentes
al “Patronato” respecto de los funcionarios eclesiásticos. El presidente
de la República nombraba a los gobernadores de las provincias. Esta fue
una atribución muy cuestionada en esos años y se cambiaron varias
veces las normas al respecto, estableciéndose a veces la elección direc-
ta. El Poder Judicial gozaba de autonomía en sus atribuciones y funcio-
naba bajo el control de una Corte Suprema establecida en Quito a tra-
vés de las cortes superiores o de apelación y los juzgados inferiores.
Varios de éstos, empero, eran dependencias de los municipios que
designaba a los alcaldes municipales, jueces de primera instancia.

Provincias, municipios e instituciones locales


En 1830, la primera Constitución mantuvo la división territorial de
la antigua Colombia.82 El país quedó dividido en los tres departamentos
de Azuay, Guayas y Quito. En 1835 se suprimieron los departamentos
como unidades administrativas, manteniéndose las provincias. Pero
continuaron los privilegios regionales, entre ellos, tesorerías separadas
y, como se mencionó, el derecho a elegir un número igual de legislado-
res por los antiguos departamentos, que se dividieron en provincias
(Quito: Imbabura, Pichincha y Chimborazo; Guayas: Guayaquil y Mana-
bí; Azuay: Cuenca y Loja). Las provincias se dividían en cantones o
municipios, y éstos en parroquias. Desde 1861 desaparecieron definiti-
vamente las competencias de los departamentos y se definió la división
política provincial.
En 1851 se había creado la provincia de León, que luego se llama-
ría Cotopaxi, en 1860 las de Esmeraldas, Los Ríos y El Oro. En ese año
1861 se creó la provincia de Ambato (Tungurahua). En 1880 se estable-
ció la provincia de Veintemilla (Carchi), y en 1884 las de Azogues (Cañar)
y Bolívar. Quedó así definida la división provincial de la Sierra y la Costa
que duraría más de un siglo. Pero las provincias no terminaron de defi-
nirse como instancias de gobierno. Se mantuvo una ambigüedad en las
competencias de sus autoridades, principalmente de los gobernadores,
que auque fueran electos o designados, solo tenían atribuciones de
representación y delegación del Poder Ejecutivo y no capacidad de
gobierno propiamente dicha.

82. Cfr. “Ley de División Territorial de la República de Colombia, 1824”, en Nueva Historia
del Ecuador, vol. 15, Documentos de la Historia del Ecuador, Quito, Corporación Editora
Nacional/Grijalbo, 1995, p. 91.
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Estado, nación y poder político en el primer período republicano 43

Los municipios, herederos de los cabildos coloniales, pasaron a la


República con una estructura similar, como lo estableció la Ley colom-
biana.83 Con la fundación del Ecuador en 1830 se los mantuvo con una
legislación especial.84 Durante los años treinta se dio mucha inestabili-
dad en su estructura jurídica. En 1843 fueron suprimidos y remplaza-
dos por un consejo designado por el Poder Ejecutivo. Con la “Revolución
marcista” de 1845 fueron restablecidos.85 Aunque algunas constitucio-
nes establecían municipios provinciales o parroquiales, el municipio por
excelencia, el que tuvo mayor estabilidad, fue el cantonal. Reforzada su
autonomía con la ruptura de la relación con la Corona y robustecido el
control local mediante su integración por elecciones, fueron instancias
descentralizadas de poder con gran peso.86 Contaban con rentas pro-
pias, aunque muy reducidas, y no dependían de los recursos del poder
central, que más bien en ocasiones acudía a ellos por empréstitos.
Además del manejo de los incipientes servicios públicos, controlaban
también las transacciones en los mercados, las ventas de inmuebles, la
distribución de aguas de regadío, el registro de la propiedad, todo el sis-
tema judicial local y ciertos actos electorales. El que la mayoría de sus
funcionarios fueran honoríficos o no ganaran sueldo, cobrando en cam-
bio por sus servicios, reforzaba su independencia. Los municipios así
constituidos eran centros de influencia política, muchas veces se trans-
formaron en base de operaciones de la oposición contra los gobiernos y
hasta en cuarteles generales en las guerras civiles.
La descentralización del poder se expresó en la existencia de un com-
plejo de instituciones destinadas a manejar a nivel local y regional los
recursos económicos. Las “juntas de hacienda”, organismos regionales o
locales con sistemas propios de recaudación de tributos, contaban con
presupuestos que en conjunto eran notoriamente más elevados que el del
gobierno central. Tenían bajo su responsabilidad la construcción y man-
tenimiento de obras y edificios públicos, apoyo a instituciones educacio-
nales, etc. La construcción de caminos y otras obras públicas no estaban
a cargo del gobierno. Se realizaban por iniciativa local con “mingas”, es
decir con la utilización del trabajo obligatorio de los campesinos. Los esta-
blecimientos de educación estaban en buena proporción en manos de la
Iglesia, que también tenía a su cargo las escasísimas instituciones de
beneficencia (hospitales, hospicios y orfanatos). Algunas de estas activida-

83. Jorge Núñez Sánchez, “Los municipios en la Gran Colombia”, en El Ecuador en el siglo
XIX, Quito, Consejo Provincial de Pichincha, 2003, p. 84.
84. Estado del Ecuador, “Ley que establece los concejos municipales” (1830), en Nueva Historia
del Ecuador, vol. 15, Documentos de la Historia del Ecuador, p. 148.
85. Maiguashca, “El proceso de integración nacional en el Ecuador: el rol del poder central”,
p. 366.
86. Enrique Ayala Mora, “El municipio en el siglo XIX”, en Procesos: revista ecuatoriana de
Historia, No. 1, Quito, Corporación Editora Nacional, II semestre, 1991, p. 69.
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44 Enrique Ayala Mora

des, así como varias escuelas y colegios, se habían dejado en manos de la


iniciativa privada secular, especialmente en Guayaquil.
El aparato institucional del Estado central era incipiente. Salvo el
Ejército y el clero, los burócratas eran muy escasos y carentes de espe-
cialización. Buena parte de los empleados combinaban sus funciones
públicas con actividades privadas. Como los sueldos eran bajos y casi
nominales, puesto que se pagaban muy tarde, buena parte de los buró-
cratas, en especial los más altos, no vivían de la remuneración, sino que
ejercían sus funciones para consolidar su posición social o poder econó-
mico, buscando ingresos adicionales con el cobro de sus servicios. Los
grupos burocráticos privilegiados eran los militares, los miembros de la
jerarquía eclesiástica y unos pocos funcionarios del gobierno central. El
clero tenía en sus manos los registros de nacimientos, matrimonios y
defunciones, que al mismo tiempo que actos con efecto civil, eran cere-
monias religiosas reguladas por la legislación canónica.87

Orden, represión y formación moral


Con la experiencia de la crisis de 1859, el poder central logró avan-
ces. Desde 1861 se eliminó la elección de gobernadores, se robusteció la
burocracia, se centralizaron rentas y el manejo de la educación. García
Moreno llevó adelante un proyecto de consolidación y modernización del
Estado identificado con la centralización del país y la disminución de los
poderes regionales. Al hacerse cargo del poder en 1861, planteó su pro-
yecto político en un memorable discurso:
Restablecer el imperio de la moral sin la cual el orden no es más que tre-
guas o cansancio, y fuera de la cual la libertad es engaño y quimera; mora-
lizar un país en el que la lucha sangrienta del bien y del mal, de los hom-
bres honrados contra los hombres perversos, ha durado por espacio de
medio siglo, y moralizarlo por medio de la represión enérgica y eficaz del
crimen y por la educación sólidamente religiosa de las nuevas generacio-
nes; respetar y proteger la santa Religión de nuestros mayores, y pedir a
su influencia benéfica, la reforma de las leyes y los gobiernos no pueden
conseguir por sí solos; fomentar el desarrollo de los intereses políticos de
nuestra atrasada y empobrecida sociedad, envolviendo los obstáculos que
la falta de conocimientos y de vías de comunicación opone a su industria,
comercio y agricultura; sustituir las conquistas pacíficas del trabajo y de
la riqueza, a las peligrosas y absurdas teorías que en la juventud seducen
la buena fe y extravían el patriotismo; arreglar la hacienda pública sobre
la triple base de la probidad, la economía y el crédito nacional; cuidar de
que el ejército continúe siendo el escudo y la gloria de la República; culti-
var las buenas relaciones que conservamos con las potencias amigas; y
defender el honor y los derechos del estado; en una palabra lanzar al

87. Ayala Mora, “La relación Iglesia-Estado en el Ecuador del siglo XIX”, p. 100.
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Estado, nación y poder político en el primer período republicano 45

Ecuador con mano vigorosa en la senda de la prosperidad; he aquí los difí-


ciles deberes que no esperaría cumplir sino confiase en la protección bon-
dadosa de la Divina Providencia.88

Imponer el “orden” mediante la represión y la formación religiosa


suponía un gran esfuerzo organizador y centralizador, y también muchas
reformas. Este régimen de “mano dura” realizó muchos cambios, pero
encontró resistencia, no solamente en grupos populares, sino también en
las élites. Muchas medidas respondían a la necesidad de los grupos
dominantes en su conjunto, de poner orden en el país y afectaran inte-
reses particulares. García Moreno no fue un caudillo regional que impo-
nía el predominio de una parte del país sobre otra, sino un esfuerzo por
impulsar la modernización y la dinamización comercial en un marco de
predominio ideológico tradicional. La consolidación del Estado oligárqui-
co “no significaba solamente imponer la ley y el orden a cualquier precio.
Suponía además romper el fraccionamiento de la economía y permitir el
flujo más libre de los factores de la producción, a fin de posibilitar un
cierto crecimiento económico y un mejor aprovechamiento de las oportu-
nidades que la coyuntura internacional ofrecía. Implicaba, finalmente,
establecer mecanismos que asegurasen relaciones estables con los cen-
tros europeos, polos dinámicos del nuevo orden internacional que defini-
tivamente se consolidaba”.89
El programa de reforma del Estado impulsó la educación; centrali-
zó el manejo de los establecimientos de enseñanza y modernizó planes
de estudio; creó escuelas rurales y un colegio normal para maestros
indígenas. La población escolar creció de 13.459 alumnos en 1867 a
32.000 en 1875.90 Para contar con maestros capacitados y leales a su
proyecto, García Moreno trajo al país gran cantidad de religiosos y les
entregó los establecimientos educativos. El Presidente incrementó la
educación técnica, pero limitó la enseñanza humanística; impulsó la
alfabetización, pero le impuso un contenido reaccionario. La aceleración
del comercio interno y externo exigía mejores vías de comunicación
hacia la Costa y entre los mercados interandinos. El gobierno, con la
utilización de elevadas sumas del fisco y el trabajo campesino asalaria-
do pero obligatorio, llevó adelante un plan vial; propuso la construcción
de varias líneas férreas e inició la que uniría Guayaquil con Quito. El
gobierno llevó adelante una drástica reforma de las Fuerzas Armadas,
que elevó su nivel de profesionalización; compró armamento moderno;
reguló los ascensos, y la instrucción de la tropa y oficiales.

88. Diario de trabajos de la Convención Nacional, 1861, Quito, Imprenta del Gobierno, 1861,
p. 497.
89. Velasco, Ecuador, subdesarrollo y dependencia, p. 99.
90. Gabriel García Moreno, “Mensaje al Congreso de 1875”, en A. Novoa, Recopilación de men-
sajes…, t. III, pp. 133-134.
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46 Enrique Ayala Mora

Para llevar adelante su proyecto, García Moreno se apoyó en la Igle-


sia Católica. Por ello suscribió con el Vaticano un concordato que la reco-
nocía como religión del Estado y dio al clero amplias facultades en el
manejo del Estado, como la censura de publicaciones. “De nada nos ser-
virían nuestros rápidos progresos, insistía, si la República no avanza día
a día en moralidad, en la medida en que las costumbres se reforman por
la acción libre y salvadora de la Iglesia Católica”.91 Como el proyecto
requería religiosos que elevaran el nivel educativo de las élites y la pasi-
vidad de los grupos populares, el Presidente se empeñó en “reformar” a
los religiosos nacionales con intervención del clero extranjero. El resul-
tado fue que, al contrario que en los demás países de América Latina
donde se daba un proceso de secularización, en el Ecuador se reforzara
la influencia del clero en el Estado y se multiplicaran los conflictos.

Centralización, modernización y enfrentamientos

En los años finales del siglo XIX se mantuvo el avance de la centra-


lización y la modernización estatal. En esos años nacieron o se expan-
dieron varias instancias administrativas. Nuevas obras públicas se ini-
ciaron. Algunos elementos ideológicos liberales empezaron a imponerse,
tales como la distinción entre lo público y lo privado. El Estado de esas
décadas ya no era el desarticulado de los primeros años de la República,
sino una institución unificada y robustecida. Pero su endeudamiento
con los bancos se incrementó. La especulación con la deuda pública se
volvió el negocio más rendidor. El monto más elevado del capital acumu-
lado no se destinó a las inversiones productivas, sino a los préstamos al
gobierno nacional, que cada día fue aceptando condiciones más onero-
sas para obtener circulante.92
La burguesía comercial lograba, a través del poderoso instrumento
bancario, un control cada vez mayor de la economía nacional. Los gran-
des bancos guayaquileños eran los canales de acumulación de los exce-
dentes financieros que se generaban en un período de plena expansión
del capitalismo, cuando el país estrechaba su vinculación al sistema
mundial. El crecimiento económico, por otra parte, trajo la necesidad de
que se realizaran reformas fiscales y de política económica. La más
importante fue el abandono del peso. En 1885 se estableció una nueva

91. Gabriel García Moreno, “Mensaje al Congreso de 1873”, en A. Novoa, Recopilación de men-
sajes…, t. III, p. 124.
92. Las cuentas corrientes del fisco no recibían ningún interés, en tanto que los bancos le
cobraban del 6 al 10 o 12% de comisión. De esta manera el Estado pagaba a los bancos
interés sobre su propio dinero. De 1883 a 1888, pagó el fisco S/. 971.089,03 solamente por
este concepto. En este último año, la deuda del Estado a los bancos era S/. 2.046.148,31
(La Nación, Guayaquil, 26 de julio de 1890, No. 3333).
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Estado, nación y poder político en el primer período republicano 47

unidad monetaria, el sucre, a base de la adopción del sistema métrico


decimal. Este fue un paso importante, ya que estableció la moneda
nacional del Ecuador.
Con el aumento del comercio exterior y los impuestos a las importa-
ciones, los ingresos públicos se duplicaron. El rendimiento de la aduana
pasó de un 50 a un 70% del total de las rentas del gobierno.93 El Ejército,
la educación y las obras públicas siguieron siendo los rubros de egreso
más importantes del gobierno central. Los gastos militares en tiempos
de guerra civil absorbieron hasta la mitad de los ingresos. Entre 1883 y
1895, la educación tuvo gran crecimiento. Se creó el Ministerio de Ins-
trucción Pública; se incrementó el número de establecimientos educa-
cionales.94 El presupuesto de obras públicas se destinaba a la apertura
de caminos; la construcción, lenta y llena de conflictos, de varias líneas
férreas, y la primera red telegráfica, unió a Guayaquil con Quito y fue
extendiéndose a las capitales de provincia. Hacia finales del siglo exis-
tía en Guayaquil una extensa red comercial, un sofisticado sistema
financiero y se había ido creando una maquinaria burocrática, extensa
y compleja, capaz de satisfacer las demandas del crecimiento económi-
co. La gobernación de Guayas se consolidó como el segundo centro de
poder del país. Solo la Tesorería y Oficina de Aduanas controlaban sobre
el 80% de los ingresos y tenían más del 40% del total nacional de fun-
cionarios del Ministerio de Hacienda. Con el auge cacaotero no solo cre-
cieron las instancias estatales; fueron consolidándose también institu-
ciones de la sociedad civil para actividades económicas y de beneficen-
cia.95 A fines del siglo XIX Guayaquil era ya la ciudad más grande del
Ecuador. Así se definió el bicentralismo: Quito como capital política y
Guayaquil como capital económica del país.

93. Ayala Mora, Lucha política y origen de los partidos en Ecuador, p. 257.
94. En 1888, el presidente Caamaño informaba que existían 23 colegios de enseñanza secun-
daria de hombres y mujeres; 53.000 alumnos en la instrucción primaria. El censo esco-
lar de dos años después, en 1890, arrojó estos datos: Instrucción primaria, 856 escuelas
con 1.137 maestros y 52.830 alumnos. Primaria y secundaria de niñas: 16 escuelas, con
141 profesores y 3.296 alumnas. Segunda enseñanza para varones, 19 establecimientos,
con 136 profesores y 1.645 alumnos. Enseñanza superior, 8 establecimientos, 84 profe-
sores y 421 alumnos. El número de alumnos ascendía en total a 58.192 (Julio Tobar
Donoso, “La Instrucción Pública de 1830 a 1930”, en Monografías Históricas, Quito, Edito-
rial Ecuatoriana, 1937, p. 514).
95. Quintero, El mito del populismo en el Ecuador, p. 85.
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48 Enrique Ayala Mora

REPRESENTACIÓN Y FUERZAS POLÍTICAS

Corporativismo y exclusión
Consecuentemente con la declaración de que el gobierno era “popu-
lar y representativo”, la Constitución de 1830 y las subsiguientes, así
como las leyes respectivas, establecían la elección como mecanismo de
generación de la autoridad. El sufragio era la vía de legitimación de los
gobernantes, que representaban la “voluntad general”. El sistema elec-
toral era indirecto. Asambleas que se constituían a nivel de parroquias
designaban electores que integraban las asambleas electorales en cada
provincia. Estas últimas elegían las autoridades seccionales y los repre-
sentantes al Congreso, una de cuyas funciones era la elección de presi-
dente y vicepresidente de la República, cuando las normas preveían la
existencia de este funcionario.
Varios autores han aceptado que este sistema indirecto de represen-
tación en verdad correspondía a la realidad del país, como una adapta-
ción de un modelo de organización estatal de corte liberal-democrático.
La situación, sin embargo, era distinta. Más allá de declaraciones de uni-
versalidad democrática, se establecían condiciones sumamente rígidas y
excluyentes de acceso a la ciudadanía y consecuentemente al sufragio.
Además de ciertos requisitos de ser varón, tener cierta edad o situación
civil, así como saber leer y escribir, se condicionaba la capacidad de ele-
gir a la posesión de un mínimo de propiedad y no tener la condición de
trabajador dependiente.96 Para poder ser elegido a las funciones públi-
cas, el requisito del monto mínimo de propiedad o renta fija era mucho
más elevado; de modo que solo podían acceder a ellas un contado núme-
ro de propietarios. Detrás de fórmulas de participación democrática y
soberanía popular, se escondía una realidad de restricción sistemática
del acceso a los mecanismos electorales que hacían que, según lo de-
muestra Rafael Quintero, un 0,3% de la población integrara el cuerpo
electoral.97 En abierta contradicción a las declaraciones, el sistema de
representación estaba controlado por una reducidísima minoría. Esta
minoría eran los grupos terratenientes regionales particularmente se-
rranos, que desde la fundación de la República hasta el fin del siglo XIX

96. Establecía la Constitución de 1835: “Art. 9. Son ciudadanos activos del Ecuador, los que
reúnan las cualidades siguientes: 1. Ser casado o mayor de dieciocho años. 2. Tener una
propiedad raíz, valor libre de doscientos pesos, o ejercer una profesión o industria útil,
sin sujeción a otro como, sirviente, doméstico o jornalero. 3. Saber leer y escribir”.
(Constitución de 1835, Federico Trabucco, Constituciones de la República del Ecuador,
Quito, Editorial Universitaria, 1975, p. 51).
97. Rafael Quintero, “El carácter de la estructura institucional de representación política en
el Estado ecuatoriano del siglo XIX”, en Revista Ciencias Sociales, No. 7-8, Quito, 1978.
ECUADOR SIGLO XIX (finalizado) 7/6/11 11:36 AM Page 49

Estado, nación y poder político en el primer período republicano 49

mantuvieron un firme dominio sobre las estructuras de representación


política. La dirección política vertical del latifundismo se mantuvo y
reprodujo mediante el control de estructuras caciquistas locales, del
manejo de “clientelas” y acuerdos de “notables”.
Pero la contradicción entre las fórmulas legales de corte igualitario y
liberal no se evidenció solamente en la limitación de la ciudadanía y el
reparto del poder. En general, todo el sistema jurídico consagraba la exis-
tencia de desigualdades. Frente a la declaración de “igualdad ante la ley”
se mantenían y reforzaban mecanismos de diferenciación racial y esta-
mentario, se mantenía la esclavitud, la tributación personal exclusiva de
los indígenas, la incapacidad de éstos de presentarse libremente a juicio,
los privilegios de ciertas agrupaciones. La declaratoria de libertad de co-
mercio y circulación contrastaba con la persistencia de normas coloniales
y reglas que impedían la circulación de mano de obra, reforzaban la pri-
sión por deudas y sometían al trabajador a la hacienda con otros recur-
sos legales. Más allá de las declaraciones constitucionales de vigencia de
la democracia moderna, sobrevivía una sociedad colonial jerarquizada y
de fuertes rasgos corporativos. El carácter tradicional, si se quiere deno-
minarlo así, precapitalista, de las formaciones sociales regionales se refle-
jó en las estructuras políticas, por sobre las declaraciones legales.
Se subraya frecuentemente que el divorcio existente entre las fór-
mulas jurídicas y el funcionamiento de la realidad mantenía una ten-
sión entre las vigentes normas modernas, que se imponían sin éxito a
una sociedad atrasada con muchos rasgos tradicionales. Se dice que se
imitaban normas de países avanzados sin que éstas correspondieran a
las situaciones del país.98 Esto es verdad para algunos casos, sobre todo
cuando hacía falta mantener las fórmulas republicanas en una sociedad
de continuidades coloniales. Pero es preciso notar que buena parte del
sistema legal estaba expresamente diseñado para consolidar las relacio-
nes sociales prevalecientes. Para ello, se mantuvieron ciertas normas de
origen colonial, pero se expidieron también disposiciones constituciona-
les y una gran cantidad de leyes, reglamentos y ordenanzas destinados
a mantener el concertaje, y, en general, la sujeción extraeconómica del
campesinado, mediante la limitación del libre tránsito y las “leyes de
vagos”.99 A esto hay que añadir numerosos leyes dirigidas a incremen-

98. Cfr. Osvaldo Hurtado, El poder político en el Ecuador, Quito, Planeta-Letraviva, 1997,
pp. 76-79.
99. Desde las propias disposiciones constitucionales, hasta los reglamentos locales de poli-
cía emitidos por los municipios, se encuentran repetidas disposiciones tendientes a con-
solidar el concertaje, que no existía como institución legal, pero descansaba sobre las
normas que regían el “arrendamiento de servicios” y la “prisión por deudas”, mantenidas
y reforzadas durante todo el siglo XIX. A éstas hay que añadir las leyes destinadas a via-
bilizar el uso de la represión contra los campesinos, a los que se obligaba a someterse al
latifundio (v. gr. “leyes de vagos”, reglamentos de “trabajo subsidiario”, etc.).
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50 Enrique Ayala Mora

tar el monopolio de la tierra y empobrecer a los campesinos e indígenas


para someterlos al latifundio.100
En medio de las tensiones, a veces muy duras, que se dieron entre las
clases dominantes, preservaron algunos consensos fundamentales. El más
importante de ellos fue mantener bajo control el conflicto social fundamen-
tal. Agriamente enfrentados entre sí, los sectores dominantes mantuvieron
al mismo tiempo un sólido acuerdo sobre la necesidad del reforzamiento
de las formas de dominación de las masas trabajadoras. Una rica e inex-
plorada tradición de levantamientos indígenas y asonadas populares
urbanas atestiguan este hecho. La represiva vigencia del concertaje junto
al atropello institucionalizado en el cobro de impuestos y contribuciones
generaron movimientos de resistencia popular, que la historia tradicional
no ha intentado explicar y muchas veces ni siquiera mencionar.
Aun cuando así se ha hecho muchas veces, sería incorrecto adjudi-
car la adopción de fórmulas liberales de países capitalistas avanzados, a
la “novelería” o “tendencia de imitación” de modelos extranjeros. La cons-
tante reafirmación de esos principios de “soberanía popular”, “igualdad
ante la ley”, etc., eran condiciones de vigencia de una realidad en que las
mayorías sujetas a la dominación tenían que ver al Estado como expre-
sión de los intereses de la sociedad y no de una clase en particular, y al
gobierno como fruto de la “voluntad popular” y no del monopolio del
poder ejercido por una minoría. Esa aparente contradicción era, en con-
secuencia, perfectamente funcional a la vigencia del sistema.

Elecciones e institucionalidad política


Como ya se ha establecido, uno de los conflictos políticos centrales
del naciente Ecuador fue la disputa sobre si se elegían miembros de la
legislatura en número igual por cada uno de los tres iniciales departa-
mentos, o si se los designaba mediante la representación proporcional
de la población de las provincias. Federica Morelli da cuenta de la exi-
gencia previa del líder de Guayaquil para la elección de la primera asam-
blea constituyente:
Olmedo, representante de Guayaquil, defendió dicha posición afirmando
que había una gran diferencia entre provincias sujetas a una misma auto-
ridad y que unidas formaban un cuerpo político –vale decir, un Estado– y
otras “secciones que por circunstancias imprevistas quedan en una inde-
pendencia accidental”. En el primer caso, continuaba Olmedo, era necesa-
rio ajustar la representación nacional a la población pero no así en el se-
gundo, pues las secciones independientes podían reunirse muy bien con
representación igual, o bajo los pactos convencionales que se estipulasen
para la unión”. A este propósito, el poeta de Guayaquil recordaba que su
ciudad se había adherido al pronunciamiento de Quito en calidad de aso-

100. Cfr. Manuel Chiriboga, Jornaleros y gran propietarios…, p. 95.


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ciado y no de pueblo representado por la capital. Así pues, la primera cons-


titución ecuatoriana fue una especie de tratado, un “pacto convencional”
estipulado entre cuerpos autónomos y soberanos…”101

El sistema de representación establecido al fundarse la República


dejaba, como se ha visto, a la mayoría popular al margen de los meca-
nismos de dirección política, y dejaba firmemente el poder en manos de
los “notables”. Los grandes hacendados locales, mediante la presión eco-
nómica y la manipulación extraeconómica dirigían las decisiones de “su
gente” (terratenientes menores, comerciantes locales, artesanos, etc.)
logrando así el control de las asambleas parroquiales. Luego, en el marco
de las asambleas cantonales y provinciales, de las “juntas de notables”
“cabildos ampliados” “asambleas de padres de familia”, negociaban posi-
ciones y cuotas de poder, estableciendo alianzas más amplias acaudilla-
das por grandes latifundistas, a quienes la tradición popular llegó a
denominar “caciques”. Los caciques ejercían las funciones políticas rele-
vantes, o las entregaban a otros notables de confianza. De este modo, las
conexiones políticas en altas representaciones servían para consolidar el
poder y la influencia a nivel regional y local, a través de la asignación de
funciones burocráticas.
Las alianzas tramadas por los notables terratenientes adolecían de
permanente y aguda inestabilidad. Las fórmulas jurídicas no funciona-
ban para mantenerlas. La división de poderes, formulada por Montes-
quieu y seguida desde su fundación por nuestros países, no correspon-
día a la realidad. Aquí no había las tres “potencias” que debían combi-
narse y equilibrarse (Rey, nobleza y “pueblo”), sino oligarquías regionales
enfrentadas entre sí, pero empeñadas en mantener su control sobre la
mayoría de la población. La inestabilidad no era, por tanto, una cuestión
legal, sino “un problema político de relación de fuerzas, en vez de un pro-
blema jurídico que concierne a la definición de la legalidad de sus esfe-
ras”, como lo destaca Althusser.102
Como las coaliciones políticas gobernantes usualmente descansa-
ban sobre compromisos personales o conveniencias de circunstancia,
estaban muy precariamente cohesionadas y se mantenían en un cons-
tante desequilibrio. La pugna entre oligarquías regionales, especialmen-
te aquella Sierra-Costa, no podía resolverse en la medida en que ningún
grupo tenía capacidad de someter a los otros a su proyecto político. Fue
así como el Ejército llegó a acumular gran fuerza en la lucha por el po-
der. Los caudillos militares, cuando lograron consolidar una alianza en-
tre la fuerza armada con un grupo significativo de las clases dominan-

101. Federica Morelli, Territorio o nación. Reforma y disolución del espacio imperial en Ecuador,
1765-1830, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2005, pp. 260-261
(Los textos citados fueron tomados del “Acta de Guayaquil” y de las actas legislativas).
102. Luis Althusser, Montesquieu: la política y la historia, Barcelona, Editorial Ariel, 1974, p. 122.
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tes, se transformaron en las figuras más poderosas de la política del


país. Contando con la fuerza castrense y el apoyo de grupos importan-
tes de notables y a veces el clero, ciertos jefes militares consiguieron
mantener una incipiente plataforma política y una relativa continuidad
en la dirección del Estado.103
Los conflictos entre los grupos dominantes desbordaron con mucha
frecuencia los límites del régimen jurídico y precipitaron la instauración
de una dictadura. En algunos casos fue el propio presidente de la repú-
blica quien dio un “autogolpe” para asumir plenos poderes; pero, en la
mayoría de las ocasiones, fueron conspiraciones desde fuera del gobierno
las que derrocaron a los jefes de estado y establecieron “gobiernos provi-
sionales” que ejercieron la dictadura. Los golpes de estado requerían del
apoyo de la fuerza armada para poder triunfar. Por ello no fue infrecuen-
te que luego de un golpe se diera una guerra civil. El triunfador se hacía
con el poder dictatorial. Este, empero, no podía ser absoluto. Tenía que
contar con apoyos locales y regionales, con el soporte del clero y sobre
todo de quienes podían ayudar a pagar a las tropas. Por ello, el gobernan-
te convocaba casi enseguida a una “asamblea” o “convención nacional”.
Las elecciones para las asambleas nacionales se realizaban con un
sistema igual al que regía para la integración del Congreso. Normal-
mente el gobierno de facto lograba obtener mayoría y conseguía una
gran influencia en la Asamblea, que comenzaba, en uno de sus prime-
ros actos, por elegir presidente provisional o interino al dictador que la
había convocado. Todas las asambleas nacionales convocadas tuvieron
el carácter de “constituyentes”. Eran organismos que representaban a la
soberanía popular y por tanto tenían lo que hoy se denomina “poder ori-
ginario”. En consecuencia, no solo emitían una Constitución, sino que
tomaban todas las resoluciones que creían convenientes, creaban o
reorganizaban instituciones públicas, elegían funcionarios del estado,
dictaban leyes y decretos. Muchas veces, más importante que redactar
la nueva carta política era tomar las decisiones de política inmediata y
realizar nombramientos de altos funcionarios.104
Nuestro país ostenta un récord de reunión de asambleas constituyen-
tes. Solo entre 1830 y 1859 se realizaron seis de ellas.105 Pero la verdad
no es que existiera una suerte de obsesión constitucional en el país. El
hecho era que la inestabilidad de las alianzas latifundistas dominantes
conducía a la dictadura y ésta a una salida que era también una suerte

103. Ayala Mora, Lucha política y origen de los partidos en Ecuador, pp. 46-50.
104. Rafael Arízaga Vega (Las Constituyentes, Quito, Editorial Fraga, 1998) demuestra que
más que preocupaciones jurídicas, lo que animaba a los constituyentes era el reparto
inmediato del poder.
105. Además del Congreso Constituyente de 1830 (Riobamba), se reunieron estas convencio-
nes o asambleas nacionales, también con atribuciones constituyentes: 1835 (Ambato),
1843 (Quito), 1846 (Cuenca), 1850 (Quito), 1852 (Quito).
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de dictadura colectiva. Integrada por notables elegidos con los sistemas de


rígida exclusión, la Asamblea funcionaba como un espacio de negociación
y distribución del poder. Muchas veces lo que menos interesaba a los
miembros era la redacción constitucional, más bien preocupados por ele-
gir funcionarios, aprobar el Presupuesto del Estado o designar al presi-
dente de la República. Las asambleas se repitieron tanto, no porque hu-
biera preocupación por hacer cada vez mejores constituciones, sino por-
que su composición regional-corporativa y su capacidad de redistribuir el
poder, eran muy del agrado de los notables que manejaban el país.
Aunque se dio una gran actividad política, a lo largo de las prime-
ras décadas de la historia republicana no existieron en el Ecuador lo
que con propiedad se llaman “partidos políticos”. Cuando se usaba ese
nombre entonces, era para referirse a clientelas electorales, o en el me-
jor de los casos a alianzas caudillistas. De allí que se definieron con el
apellido de su líder (“partido floreano”, “roquista”, “noboista”, etc.) más
que con una palabra que expresara una orientación. Empero, ya en esa
etapa se dio una embrionaria diferenciación en las tendencias ideológi-
cas, que habían de definirse con el paso del tiempo y el robustecimien-
to de los grupos sociales a los que expresaban. La Independencia trajo
libertad de comerciar, establecer impuestos y dictar leyes; pero no un
régimen de igualdad. En la nueva república surgieron renovadas ideas
sobre autonomía y libertad, pero persistieron viejas concepciones. Se
mantuvo un “orden natural”, en que las desigualdades sociales y el ejer-
cicio de la autoridad tenían origen en la voluntad divina. Bajo fórmulas
republicanas, reforzado por la acción del clero, se mantuvo el pensa-
miento tradicional, fuertemente influenciado por el que los pensadores
monárquicos católicos europeos habían desarrollado contra el avance
del liberalismo y en defensa de las monarquías autoritarias que inten-
taban suprimir los efectos de la Revolución Francesa.

Orden y libertad
Entre los políticos de inicios de la República se dio un debate. Unos
sostenían la necesidad de gobiernos fuertes que mantuvieran el orden. Y
otros defendían los valores republicanos y garantías. Los primeros eran
los godos o conservadores. Los segundos comenzaron a identificarse como
liberales o demócratas. No había diferenciación clara de posiciones ni for-
mas políticas organizadas, pero las tendencias fueron definiéndose a lo
largo del siglo XIX; especialmente cuando el liberalismo se volvió más crí-
tico del poder clerical.106 Hubo también diferencias con un sesgo regional.

106. Estas tendencias liberales, sin embargo, no fueron definidas al principio. La crítica ilus-
trada de los regímenes autoritarios fue una de sus manifestaciones; otra fue el caudillis-
mo con base popular de líderes militares como Urvina.
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Mientras en la Sierra, el latifundismo, la Iglesia y el artesanado se identi-


ficaron con el conservadorismo; en la Costa, donde crecía el comercio,
hubo sectores muy representativos que se definieron por el liberalismo.
El conflicto entre inestables y mal lideradas fuerzas políticas, se
expresó también en el debate sobre los límites de la autoridad, que fue
muy relevante. Afirma Jijón y Caamaño: “Lo que dividía a los partidos
(cuando no era un simple personalismo, como acontecía en la mayor
parte de los casos), era que unos deseaban un gobierno fuerte, es decir
un Ejecutivo investido de amplios poderes, para que pudiese contener
con mano férrea los desplantes del militarismo, las pretensiones de los
ambiciosos y los desmanes de la demagogia; mientras otros, convenci-
dos de que la libertad era universal panacea, pretendían remediar todos
los males sociales con el reinado de aquella; por lo cual, temiendo los
abusos del poder, querían restringir, en lo posible, las facultades del
Presidente”.107 Los que llegaron a ejercer el poder, fueron en la práctica
“conservadores”, en la medida en que lucharon contra la “insuficiencia
de las leyes”. Los grupos colocados en la oposición lucharon, en cambio,
por las garantías individuales, la libertad de prensa, etc., y en este sen-
tido fueron “liberales”. “Lo que hubo realmente en la época floreana y
marcista, afirma Jaramillo Alvarado, fue gobiernistas y oposicionistas,
denominándose godos a la aristocracia y oligarquías criollas y republi-
canos o liberales a los de la oposición”.108
Los adversarios de las administraciones godas, vinculados a los
centros de irradiación del liberalismo, lanzaron las consignas más radi-
cales sobre la libertad y la participación. En algunos casos, esos plan-
teamientos fueron recogidos por la legislación, pero sistemáticamente
escamoteados en la práctica, como Rocafuerte lo denunciaba:
En medio de tantos obstáculos ¿Cómo puede la civilización seguir un curso
majestuoso? De esta nueva lucha entre las opiniones monárquicas y repu-
blicanas, se ha formado una nueva combinación política, peculiar a estos
climas, y es una oligarquía dominadora, algo parecido a la aristocracia de
Venecia, que ha reemplazado la tiranía española, y que cubierta con el
manto de la libertad se interesa en tener a la mayoría del pueblo sujeto a
la gleba; proclama la igualdad, y continúa la desigual contribución de indí-
genas; se jacta de dar libre curso a la industria, y la encadena con mono-
polios; se manifiesta admiradora del sistema liberal, y lo contraría; esfor-
zándose en perpetuar los anteriores abusos políticos, religiosos, forenses y
comerciales. Nuestras leyes son muy liberales en el papel y en la práctica
muy contrarias a su espíritu y a nuestras acciones.109

107. Jacinto Jijón y Caamaño, Política Conservadora, Riobamba, Edit. y Enc. La Buena Pren-
sa de Chimborazo, 1929, pp. 234-235.
108. Pío Jaramillo Alvarado citado por Gonzalo Pozo: “Los Partidos Políticos Ecuatorianos”, en
Revista de la “Sociedad de Estudios Jurídicos”, No. 55-57, Quito, 1924, p. 20.
109. Vicente Rocafuerte, “Mensaje al Congreso de 1837”, en A. Noboa, Recopilación de mensa-
jes…, t. I, p. 254.
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Uno de los temas de debate central en el siglo XIX fue el de las liber-
tades. Pero su ejercicio estaba cruzado por los intereses de las oligarquías
enfrentadas entre sí. La discusión sobre el libre comercio, por ejemplo,
siguió el enfrentamiento entre proteccionistas y librecambistas, determi-
nante para la existencia de las modalidades de organización económica de
las diversas regiones. Ya los líderes del 9 de Octubre de 1820, se habían
cuidado muy bien de estipular en el “Reglamento Provisorio” del Gobierno
de Guayaquil: “Art. 3: El comercio será libre por mar y tierra con todos los
pueblos que no se opongan a la forma libre del nuevo Gobierno”.110 El pre-
sidente Rocafuerte insistía años más tarde a los legisladores:
Lo que hay de más raro entre nosotros es, que hemos adoptado los princi-
pios más abstractos y filosóficos de libertad que existían en los Estados
Unidos del Norte, y que son impracticables en países nuevos, que no se
han hallado en iguales circunstancias, y no queremos imitar aquella parte
de legislación comercial que puede reducirse a práctica, y fácilmente imi-
tarse como son las sencillas leyes que arreglan la entrada y salida de
buques en sus puertos, que rigen sus aduanas, que fomentan el comercio,
que determinan el pago de intereses y amortización gradual de la fuerza
pública y que remueven todo obstáculo a la libre circulación de los produc-
tos de la industria nacional, cómoda traslación de un lugar a otro de hom-
bres y capitales.111

Por su parte el general Flores advertía al Congreso de 1841: “Aun-


que los progresos materiales son entre nosotros, lentos y tardíos por
falta de capitales suficientes y por otras causas conocidas, se han intro-
ducido mejoras útiles en la agricultura y en la industria. Más estas
mejoras desaparecerán pronto junto con el espíritu de empresa que las
ha producido, sino se dictan leyes protectoras, o se quitan los obstácu-
los que se oponen a su adelantamiento y perfección”.112
Pero la verdad es que la inmensa mayoría de propietarios de enton-
ces eran radicalmente reaccionarios.113 Y en sus posturas contaban con

110. “Reglamento Provisorio de Gobierno”, Guayaquil, octubre de 1820.


111. Vicente Rocafuerte, “Mensaje al Congreso de 1839”, en A. Novoa, Recopilación de mensa-
jes…, t. I, p. 290.
112. Juan José Flores, “Mensaje al Congreso de 1841”, en A. Novoa, Recopilación de mensajes…,
t. I, pp. 328-329.
113. Denuncia Rocafuerte en su último mensaje presidencial: “Éste mágico poder de nuestra
época corre también la mala suerte de malograrse por el influjo de la mayoría de los ricos
propietarios y de nuestros hombres públicos. Ellos son en general, pues no hay regla sin
excepción, obscurantistas por educación, por usos y hábitos arraigados, por carencia de
conocimientos útiles, por falta de libros modernos y comunicaciones con el resto del
mundo; ellos tienden al retroceso de las ideas y cubren la retaguardia del siglo; ocupa-
dos únicamente en el aumento de sus caudales, entran en revoluciones por cancelar
cuentas con el Tesoro Nacional, o con sus acreedores (…) De aquí proviene esa resisten-
cia a toda opinión moderna, esa vulgar y bárbara preocupación contra los extranjeros,
esa fría indiferencia por todo lo que eleva el alma, y es noble, grande y generosa, y esa
fuerza de inercia que encuentran las útiles reformas que requieren las nuevas circuns-
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56 Enrique Ayala Mora

el firme respaldo de la jerarquía católica, defensora de las ideas más


atrasadas, pero con gran poder en la sociedad y el sistema político. Por
ello, el debate ideológico decimonónico estuvo marcado por la presencia
de la Iglesia en el Estado. El clero defendió enérgicamente su participa-
ción política y el monopolio del control ideológico, mientras un grupo
más bien reducido pero agresivo de intelectuales fue abriendo, ya desde
los primeros días de la república, un espacio para las ideas liberales,
que abanderaba las tesis del progreso. Fue así como las tendencias con-
servadoras filo monárquicas aliadas al clero defendían el “orden” frente
a la “anarquía”. En tanto que los liberales sostenían la “libertad del pue-
blo”, imperativo del progreso, frente a la “tiranía” y al “oscurantismo”.

Papel del caudillo


Con el advenimiento de García Moreno al poder (1860-1875) se llevó
adelante un plan de robustecimiento estatal, bajo condiciones de repre-
sión muy duras. El fusilamiento, los azotes, la cárcel, la repatriación,
fueron la norma. El régimen tuvo su máxima expresión en la Consti-
tución dictada en 1869, la famosa “Carta Negra”, que estableció un sis-
tema político donde se restringían las garantías al máximo y se entrega-
ba todo el poder real al Poder Ejecutivo. Su disposición más famosa y
extrema fue la que establecía el requisito de ser católico para ejercer la
ciudadanía.114 Así se impuso un modelo contradictorio que, por una
parte impulsó la modernización y por otra, impuso una ideología reac-
cionaria excluyente y represiva, como sustento de una dictadura cleri-
cal-terrateniente. Así fue como el proyecto saltó en pedazos cuando
luego de haber controlado directa o indirectamente el poder por quince
años, el caudillo cayó asesinado en las gradas del Palacio Nacional por
un asesino pagado y un pequeño grupo de exaltados jóvenes liberales.
Y si bien durante un tiempo la tradicional oligarquía serrana tuvo el
control del poder, las reformas favorecieron, a la larga, a los sectores de
poder guayaquileños. Al fin de esta etapa, pese a la represión desatada,
las tendencias políticas quedaban definidas.
Esta definición de tendencias, sin embargo, no trajo consigo el esta-
blecimiento de partidos políticos organizados como tales. Aunque en
1861 se suprimió el requisito de tener propiedad para ser elector y se
estableció el sufragio general de todos los ciudadanos, la ciudadanía era
aún sumamente restringida y no se daban condiciones para el estable-
cimiento de instituciones políticas, más aún con la vigencia de la “Carta

tancias políticas que han creado el triunfo de nuestra independencia” (Rocafuerte, men-
saje citado, en A. Novoa, Recopilación de mensajes…, t. I, p. 274).
114. El art. 10 de la Constitución decía: “Para ser ciudadano se requiere: 1. Ser católico; 2.
Saber leer y escribir; 3. Ser casado o mayor de veintiún años”. Trabucco, Constituciones
de la República del Ecuador, p. 211.
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Negra” de 1869. García Moreno, muy lucidamente, no intentó estable-


cer un partido, sino que consolidó la dirección política desde el propio
Estado, reforzado por el apoyo eclesiástico.115 Su régimen confesional,
autoritario y excluyente, tuvo en la Iglesia con su clero el eje central, sin
que existiera propiamente un partido conservador. El “garcianismo” co-
mo fuerza política tuvo poderosos aliados en la aristocracia quiteña y las
altas clases de Guayaquil, Riobamba y Cuenca.116 Pero tuvo un cuartea-
miento que se acentuó con el paso del tiempo.
Las décadas finales del siglo XIX transcurrieron en medio de los in-
tentos por superar la contradicción heredada del garcianismo entre el
poder político y el poder económico. El latifundismo aliado al clero luchó
por mantener su control del Estado. Todo ello, sin embargo, en un clima
ideológico en que se agudizaron los conflictos de la jerarquía católica y la
intelectualidad conservadora con el liberalismo emergente. El auge de las
exportaciones de cacao que se aceleró a fines de la década de los setenta
y, como se ha visto, posibilitó la consolidación de un grupo intermediario
comercial y financiero: la burguesía de Guayaquil. Conforme fue robus-
teciéndose y ganando el control de la economía nacional, esa burguesía
comercial y bancaria fue también demandando la dirección del Estado.
En esta etapa, empero, prefirió someterse a la vigencia del pacto oligár-
quico que garantizaba el predominio latifundista, aunque demandó algu-
nos espacios de mayor influencia, sobre todo en la política económica.
La vigencia de este pacto oligárquico preservó la existencia del Esta-
do terrateniente. Empero, trajo también consigo el agudizamiento de las
contradicciones internas dentro del propio garcianismo, entre los gru-
pos más reaccionarios aliados al clero, y los sectores moderados de ten-
dencia modernizante. Estos últimos, los “progresistas”, lograron mante-
nerse en el poder por más de una década.117 El ultraconservadurismo,
en cambio, se colocó en la oposición virulenta y agresiva. Por otra parte,
el liberalismo se definió y robusteció hasta convertirse en la alternativa
triunfadora a fínales del siglo. En las dos décadas previas, empero, se
abrió un espacio de cierto equilibrio en la lucha de fuerzas políticas.

Los iniciales partidos políticos


La caída del garcianismo, luego del breve e inviable gobierno de An-
tonio Borrero (1875-1876), devino en la dictadura del general Ignacio de
Veintemilla, que luego de despertar expectativas, se transformó en un

115. Danielle Demélas e Yves Saint Geours, Jerusalén y Babilonia, religión y política en el Ecua-
dor: 1780-1880, Quito, Corporación Editora Nacional/IFEA, pp. 129-201.
116. Luis Robalino Dávila, Orígenes del Ecuador de hoy: García Moreno, Quito, Talleres Grá-
ficos Nacionales, 1948, p. 399.
117. Luis Robalino Dávila, Orígenes del Ecuador de hoy, t. VI, Diez años de civilismo, Puebla,
Editorial Cajica, 1968.
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58 Enrique Ayala Mora

gobierno oportunista y estéril. Entre 1882 y 1883, una amplia coalición


de diversas tendencias, la “Restauración”, echó del poder a Veintemi-
lla.118 Así se inauguró una etapa de algo más de una década de estabi-
lidad constitucional en que se dieron condiciones de continuidad para
el funcionamiento de las instituciones políticas. El régimen constitucio-
nal no fue alterado y los congresos y otros organismos del gobierno fun-
cionaron con regularidad. Las reformas al sistema electoral de la etapa
garciana y las de 1883, que suprimieron el requisito de propiedad para
ser elegido, ampliaron hasta cierto punto el electorado. Se definieron las
normas de funcionamiento de los mecanismos electorales. Ya desde
1884 se establecieron algunas normas de funcionamiento, según lo
indica Robalino Dávila:
Los electores eran todos los ciudadanos en ejercicio, inscritos en el Re-
gistro de ciudadanos y en las actas de la parroquia respectiva. No podía
ejercer el derecho de sufragio: ningún individuo de tropa del Ejército per-
manente ni de Guardia Nacional acuartelada, ni los empleados de la Dic-
tadura. Los comicios electorales se formarán con el Teniente Parroquial,
un juez civil y un vecino nombrado por el Concejo Cantonal. Las votacio-
nes tendrían lugar el 2, 3 y 4 de septiembre. La Junta electoral estaría
compuesta por el Concejo Cantonal, presidida por el gobernador de la pro-
vincia o el jefe civil y militar. Los electores, tendrían inmunidad 3 días
antes de las votaciones, durante ellas y 3 días después. En esos períodos
no se exigirá de los electores ningún servicio público personal, ni se les
cobrará contribución de ninguna clase.119

Por otra parte, la diferenciación entre las clases dominantes se


acentuó y sus oposiciones internas se multiplicaron. En estas condicio-
nes se dio un aumento de la participación política, y florecieron varios
tipos de organización. Las formas de captación de votos (manifiestos,
periódicos, adhesiones, etc.) se multiplicaron. Al mismo tiempo, los “clu-
bes electorales” y “sociedades” se extendieron en todo el país. Los nota-
bles de cada tendencia intentaron establecer un aparato organizativo
más estable a nivel nacional. Así fueron fundadas las primigenias orga-
nizaciones político-partidarias en el Ecuador.
Durante la lucha contra Veintemilla y la “Restauración”, las tenden-
cias fueron aclarándose. Los herederos del garcianismo se reagruparon
en una amplia coalición, la Unión Republicana, cuyo programa, redacta-
do por Juan León Mera, se aprobó en 1883.120 Este hecho puede consi-

118. Juan León Mera, La dictadura y la restauración en la República del Ecuador, Quito,
Corporación Editora Nacional, 1982.
119. Luis Robalino Dávila, Orígenes del Ecuador de hoy, t. II, Borrero y Veintimilla, Puebla,
Editorial Cajica, 1970, pp. 300-301.
120. No es posible hallar el programa originalmente propuesto por Mera. Tampoco se encuen-
tra la edición publicada en 1883. Robalino considera que es el mismo que aparece en El
Porvenir de 11 de septiembre de 1885, No. 22, que consta de 22 puntos, pero más bien
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derarse como la fundación del Partido Conservador Ecuatoriano, el pri-


mero de nuestra historia. Desde el inicio, empero, allí se planteó la divi-
sión entre los “ultramontanos”, que en 1885 reorganizaron la agrupación
política con el nombre de “Partido Católico Republicano”.121 Por otro
lado, los grupos modernizantes y abiertos al capital extranjero de tenden-
cia liberal-católica, se autodenominaron “progresistas” y mantuvieron la
Unión Republicana, que fue llamada por sus adversarios “partido del tér-
mino medio” o “hermafrodita”.122 Ellos ocuparon el poder entre 1883 y
1895. Sus adversarios conservadores y radicales los combatieron con
fuerza. Los gobernantes progresistas fueron identificados como “La argo-
lla”, un grupo oligárquico que monopolizaba el poder y los negocios.123
El liberalismo fue definiéndose y radicalizándose como tendencia;
sin embargo, sus intentos de unidad y organización fueron débiles. En
agosto de 1890 se fundó en Quito el “Partido Liberal Nacional”.124 Éste
era fruto de la confluencia de diversas sociedades liberales y se mantuvo
entre la oposición y la colaboración con los progresistas. Paralelamente,
los sectores más radicales, campesinos e intelectuales medios, optaron
por la vía armada y se lanzaron, con Eloy Alfaro a la cabeza, a la lucha
montonera que mantuvo en jaque a los gobiernos. Nicolás Infante, uno
de sus líderes iniciales, había declarado en un manifiesto: “los patriotas
liberales han perdido toda esperanza de reconquistar los legítimos dere-
chos de la Patria por medios pacíficos, obligándoles, por lo tanto, a ape-
lar a la violencia y buscar en las armas el sostenimiento de la justa causa
que defienden”.125 En esas luchas cayeron varios radicales, entre ellos el
propio Infante y Luis Vargas Torres.
A fines del siglo XIX, las condiciones para el surgimiento de los mo-
dernos partidos políticos no se dieron plenamente. No pueden, por tanto,
los aparecidos en esta etapa ser considerados propiamente como tales.

parece que el programa original es uno que contiene 25 puntos y que está publicado en
El Globo de 8 de febrero de 1889 y en el Diario Oficial de 17 de diciembre de 1888 (Ayala
Mora, Lucha política y origen de los partidos, p. 284).
121. Sociedad Católico Republicana, “Bases”, en El Porvenir, Quito, septiembre 11 de 1885,
No. 22, p. 128.
122. Un artículo de prensa decía que el “bando del término medio, del cual es candidato el
general Salazar, profesa y practica la progresista doctrina de las transacciones; y porque
nuestro bando no la acepta y la rechaza por opuesta a sus principios, se pretende exco-
mulgarle. Y la rechaza porque ella conduce al liberalismo, aunque esto lo nieguen algu-
nos católicos inocentes que no quieren abrir los ojos para no intranquilizar su concien-
cia; pues al liberalismo iríamos a parar si, a impulso del siglo, entrásemos en el camino
de las transacciones con él. ¿Será pues, el genio de la revolución el que nos aleja del libe-
ralismo? Imposible. El genio del que habla nuestro acusador es el mal, es Satán” (La voz
del patriotismo, periódico quincenal, Quito, 4 de abril de 1881, No. 4).
123. La primera acusación fue anónima, La Argolla (Imprenta Católica, 18 de julio de 1892).
Pero en medio del debate asumió la autoría N. Clemente Ponce, sobrino del líder del con-
servadurismo.
124. La prensa de esos años dio amplia cobertura al evento, que formuló una “Constitución
del Partido Liberal” (Ayala Mora, Lucha política y origen de los partidos, pp. 322-323.
125. Eloy Alfaro, Obras escogidas, t. I, Guayaquil, Editorial Viento del Pueblo, 1959, p. 232.
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60 Enrique Ayala Mora

Pero estos paleo-partidos eran, sin duda, una innovación. Se trataba de


formas específicas de organización política, con idearios, programas gene-
rales de gobiernos, algunas reglas de funcionamiento e incipientes es-
tructuras organizativas. Eran un avance respecto de las antiguas formas
gamonales de control político. En realidad, de alguna manera, pueden
considerarse como una prolongación y sofisticación de ellas, frente a la
necesidad de enfrentar nuevas realidades. Estos intentos de organización
partidaria y, en general, la creciente tendencia de considerar “lo político”
como una esfera autónoma, eran síntomas del robustecimiento de los
rasgos modernos dentro de un Estado asentado todavía sobre bases tra-
dicionales que se han caracterizado como precapitalistas.

SISTEMA FISCAL Y DEUDA EXTERNA

Los presupuestos estatales, egresos e ingresos


Una de las primeras prácticas del gobierno central desde el estable-
cimiento del Ecuador, fue la aprobación del presupuesto anual de gas-
tos.126 Pero los presupuestos de los primeros años de la República no
fueron sino listas de ingresos y gastos sujetos a repentinas transforma-
ciones. El Ejército y la alta burocracia consumían prácticamente todos
los recursos. “Así, el presupuesto nominal del Estado en 1831, era de
387.973 pesos y 4 reales y 3/8 de real. De esta suma, el ejército tomaba
efectivamente alrededor de 200.000 pesos, lo demás quedaba para
empleados públicos e inversiones directas del Presidente (…) Por enton-
ces el jefe de Estado tenía una renta anual de 12.000 pesos; el principal
ministro –que era el Ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores, a la
vez– 3.000 pesos; y, los demás 1.200. El sueldo del Presidente contras-
taba, pues, notablemente, no solo con los de los Ministros, sino también
con la pobreza general del país, en el que una vaca se cedía a cuatro
pesos…”127 El Estado central vivió en permanente penuria. El déficit fue
la constante de los presupuestos, que durante las tres primeras décadas
de la República se dedicaron casi exclusivamente a gastos militares. En

126. El Presupuesto se aprobaba anualmente mediante ley expedida por el Congreso, con
base en un proyecto que enviaba el Ejecutivo. Se circunscribía exclusivamente a los
ingresos y gastos del gobierno central. No incluía los de los municipios, juntas especia-
les y más organismos descentralizados, aunque sí contaban los ingresos provenientes del
diezmo eclesiástico, que se consideraban ingresos públicos. La Ley de Presupuestos se
dividía generalmente en tres partes: ingresos, egresos y normas de aplicación. Cuando el
Congreso no se había reunido o no alcanzaba a aprobar el presupuesto, se ponían en
vigencia el del año anterior con las reformas que disponía el Ejecutivo.
127. Oscar Efrén Reyes, Breve Historia del Ecuador, t. II y III, Quito, Edit. Fray Jodoco Ricke,
1974, pp. 73-74.
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1843, la Asamblea Constituyente designó una comisión que calculó las


“rentas naturales” de la República en 683.120 pesos y los “gastos actua-
les” en 847.657 pesos, llegando el déficit a la suma de 164.537 pesos. Los
gastos actuales se dividían así:
Lista militar y de marina 530.007
Interior y Relaciones Exteriores 137.132
Hacienda 129.468
3% de 1.700.000 de deuda y capitales trasladados al Tesoro 51.000
Total 847.657128

Poco tiempo después, el presidente Roca explicaba en una carta lo


agudo del problema a uno de los tenedores de bonos de la deuda exter-
na: “Las rentas anuales del Ecuador no son suficientes, ni han alcanza-
do desde años atrás para cubrir los gastos del Gobierno. Esta situación
durará mientras carezca de una población industriosa. Una gran pro-
porción de la población está compuesta por indios, cuyo principal ali-
mento se reduce a maíz pelado”.129
Los ingresos fiscales que financiaban el presupuesto provenían de
impuestos directos e indirectos, entre los cuales, los principales eran la
tributación indígena, imposiciones aduaneras, estancos y diezmos. El
sistema de recaudación era el mismo empleado por la burocracia colo-
nial y consistía en el “remate” de los derechos de cobranza por parte de
particulares. De este modo, el Estado dejaba en manos privadas no solo
el acto de la recaudación, sino también la iniciativa de reprimir a los
deudores.
Desde tiempos coloniales, una de las fuentes más ricas de ingre-
sos públicos fue la “tributación personal de indígenas”. Su existencia y
método de cobro eran tan visiblemente injustos que varias veces se pro-
puso la supresión o reforma; pero, en la urgencia de cubrir los crónicos
déficits presupuestarios, no solamente se mantuvo la imposición sino
que se buscó elevar su rendimiento a costa de los tributarios.130 A ve-

128. Luis Robalino Dávila, Orígenes del Ecuador de hoy, Rocafuerte, Quito, Talleres Gráficos
Nacionales, 1964, p. 249.
129. El Nacional, No. 28, Quito, 21 de agosto de 1846.
130. Proponía el presidente Rocafuerte al Congreso: “El ramo de contribución personal de
indígenas puede adelantar bastante con el siguiente arreglo: 1. Que se haga una nueva
numeración de los indígenas que deben pagar, con distinción de los entrantes, clases y
parcialidades; sirviendo de regla el padrón o libro de la cuenta y el plan de rezagos del
año 1808. 2. Establecer entre los corregidores el régimen alternativo, que es el alma de
nuestro sistema constitucional, promoviéndolos anualmente de una provincia a otra y de
un cantón a otro. 3. Que el Tribunal de Cuentas les pase cada año las copias respecti-
vas de la numeración, para que les sirva de cargo en sus cuentas, con arreglo a las leyes
que no están derogadas. Puestas en ejecución estas medidas, la renta de la contribución
personal de indígenas podrá ascender a 200.000 pesos libres, después de haber satisfe-
cho todos los gastos de recaudación” (“Mensaje al Congreso de 1839”, en A. Novoa, Reco-
pilación de mensajes…, t. I, p. 306).
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62 Enrique Ayala Mora

ces se disponía su cobro con años de anticipación.131 Varios presiden-


tes y ministros reconocieron, a veces airadamente, lo discriminatorio
del tributo y los abusos que se cometían en su cobro, pero solo se halló
fórmula para sustituirlo en 1856, cuando ya había declinado su impor-
tancia como fuente de ingresos. Si embargo se encontraron otros meca-
nismos de uso compulsivo de la mano de obra indígena.
Los ingresos del Estado por concepto de aduana crecieron confor-
me aumentaron las exportaciones, hasta transformarse, la segunda mi-
tad del siglo XIX, en la principal fuente de financiamiento para el gobier-
no.132 Estas imposiciones fueron cambiadas varias veces, de acuerdo
con la tendencia proteccionista o librecambista de los gobiernos, pero su
control fue duramente disputado porque era una forma de rápido enri-
quecimiento. El cobro de impuestos aduaneros se daba como pago de la
deuda interna. Los particulares que habían dado anticipos al gobierno
y obtenido papeles negociables conservaban el derecho de recaudación
de los gravámenes y conseguían, además, grandes facilidades para la
introducción ilegal de artículos extranjeros.
Tan poderosos eran los intereses en juego, que cuando el presiden-
te Rocafuerte y su ministro Francisco Tamariz, con los decretos del 10
de febrero de 1837, intentaron hacer un inventario de la deuda y una
reforma de aranceles, rebajándolos en un 40%, los comerciantes guaya-
quileños movilizaron al Congreso para impedir la reforma.133 Rocafuerte
defendió con energía los decretos ante el Congreso:
¿Podrá el Ejecutivo ver con indiferencia que la Aduana y las demás rentas
de Guayaquil hubieren producido en el curso del año de treinta y cinco,
más de un millón y medio de pesos (1.500.000), y que esa ingente suma se
hubiese evaporado entre los agiotistas? ¿Quién creería que, con una entra-
da tan cuantiosa, la benemérita guarnición de la plaza se quedará pere-
ciendo de hambre, desnuda y sin el pretexto que le correspondía: la mari-
na abandonada; los empleados civiles sumidos en la miseria, y el mons-
truo de la anarquía, al aspecto de este escandaloso desbarato, levantando
ya su altiva cabeza? Y para colmo del escándalo y prueba irrefrenable de
la necesidad de los decretos; para no hundirnos más en ese piélago de
males, os diré, con asombro, que la deuda interior del Guayas, que en el
mes de Abril del año 35 no ascendía a doscientos mil pesos (200.000),

131. En todo caso, se debe establecer también que al inicio del primer período republicano se
rebajó el monto del cobro personal de este impuesto.
132. El año 1833 el valor de las exportaciones cacaoteras fue de 138.008 pesos. Para 1838 se
habían reducido a 71.990 pesos. Luego se incrementaron a 154.634 pesos en 1843, y a
216.602 en 1847. Desde entonces, la tendencia se mantuvo y con ella el incremento de
los ingresos públicos (Los datos provienen de: Willington Paredes, “Economía y sociedad
en la Costa”, en Nueva Historia del Ecuador, vol. 7).
133. Cfr. Pedro Fermín Cevallos, Resumen de Historia del Ecuador, t. XII, Ambato, Editorial
Tungurahua, 1973, pp. 179-182.
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Estado, nación y poder político en el primer período republicano 63

subió a fines de Diciembre del mismo año a más de ochocientos mil pesos
(800.000).134

En su mensaje insistía Rocafuerte que los decretos estaban en “per-


fecta armonía con los derechos económicos que se observan en las nacio-
nes libres, que más se distinguen en la carrera del comercio y de la civi-
lización. Lo que es un verdadero fenómeno en el mundo mercantil, y difí-
cilmente podrá creerse, es que la rebaja de derechos, introducida por
estos decretos, haya excitado contra el Gobierno la animadversión de
varios comerciantes de Guayaquil y los haya alborotado al punto de for-
mar combinaciones para acusar, juzgar y deponer al Ejecutivo por medio
de sus representantes, por el crimen de haberles rebajado dos quintas
partes de un arancel excesivamente recargado. Estas quejas y amenazas
¿qué prueban? Qué antes de estos arreglos, ellos tenían unos beneficios
extraordinarios, con el tráfico inmoral de los papeles, con el detestable
agiotaje, y con el atrevido contrabando que hacían a pretexto de los exor-
bitantes derechos”.135 El Congreso presidido por Flores se puso de lado
de los “agiotistas de Guayaquil”. Se amenazó al presidente con separar-
lo del mando y al fin cedió, pero los ministros Tamariz y Morales fueron
destituidos. Los decretos fueron abolidos, pero la obra de clasificación e
inscripción de la deuda interna realizada por Tamariz quedó hecha, como
primer paso hacia una organización del sistema fiscal.
Los ingresos por “estancos”, otra fuente de ingresos públicos, su-
frieron repetidos cambios y transformaciones en su manejo. Afectaban
a poderosos productores y se los suprimió o modificó con frecuencia. Se
establecieron estancos sobre sal, tabaco, aguardiente y pólvora. Aunque
no tenían grandes rendimientos, fueron fuente de enriquecimiento pri-
vado. El impuesto eclesiástico llamado “diezmo” (10% de la producción
agrícola) se destinaba al financiamiento del culto católico, pero una
parte lo retenía el fisco para cubrir sus egresos. Existía también un
impuesto denominado “Contribución sobre capitales”, pero se lo consi-
deraba injusto, ya que los empleados pagaban más que los más ricos
propietarios.136 Una detallada relación de los ítems de ingresos presen-
taba el Ministro de Hacienda al Congreso de 1841:

134. Vicente Rocafuerte, “Mensaje al Congreso Extraordinario de 1837”, en A. Novoa, Reco-


pilación de mensajes…, t. I, p. 245.
135. Ibíd., p. 246.
136. República del Ecuador, Memoria que presenta el Ministro de Hacienda al Congreso del
Ecuador de 1841, Quito, Imprenta del Gobierno por J. Campuzano, 1841, p. 3.
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64 Enrique Ayala Mora

PRODUCTOS DE LAS RENTAS POR RAMOS137


Existencia del año anterior 2.141 4 5/8
Masa común 10.989 4
Alcabalas 15.103 4 5/8
Id. de venta de bienes raíces 25.267 1/8
Temporalidades 19.200 7 1/2
Contribución personal de indígenas 176.845 4 3/4
Id. General 26.840 7 1/4
Aguardientes 27.840 4
Papel sellado 18.734 1 1/2
Pólvoras 4.098 3 1/2
Diezmos 55.132 6 3/4
Tabacos 6.985 3
Sales 114.945 1 1/2
Anotaciones de hipotecas 238 1 1/2
Id. de registros 68 6
Depósitos 4.281 5
Préstamo patriótico 15.643 1/2
Id. Forzoso 300
Multas 265 3 1/2
Correos 1.762 7 1/2
Montepío militar 1.172 7 3/4
Venta de bienes nacionales 2.101 1 1/2
Arrendamientos de id. id. 1.578 2
Anualidades rezagadas 430 4 3/4
Mesadas eclesiásticas i medias annatas id. 5.840 5/8
Casa de moneda 2.982
Vacante mayor 1.390 6 1/2
Aduanas 321.064 1 3/8
Derecho de extracción 166
Id. de pulperías 149 1
Alcances 2.871
Por varios colectores a buenas cuentas 699 1
Lazareto 1.185 1
Total 868.303 3 1/2

La deuda pública
Como ya se ha observado, en las tres primeras décadas de la Repú-
blica, los ingresos públicos se recaudaban y manejaban en las tesorerías
distritales que correspondían a los antiguos departamentos. Las recau-
daciones eran desiguales. Al principio, por ejemplo, la tesorería de Quito

137. “Productos de las rentas por ramos desde el 1 de octubre del año de 1839, hasta el 30
de setiembre de 1840 en las tres tesorerías departamentales de la República”. Ibíd., cua-
dro 1 (cantidades en pesos, reales y fracción de real).
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Estado, nación y poder político en el primer período republicano 65

tuvo ingresos altos, en tanto que la de Guayaquil, donde había una fuer-
te recesión, tuvo ingresos bajísimos. En 1833 obtuvo apenas quince mil
pesos en todo el año.138 Pero ya en 1839 manejaba la mayor proporción
de ingresos y egresos. El movimiento en Cuenca fue siempre reducido. La
memoria al Congreso indicaba que en el año corrido entre octubre de
1837 y septiembre de 1839, los resultados (en pesos) de las tesorerías
eran los siguientes:

Quito Guayaquil Cuenca Total


Cargo 545.660,1 632.330,2 7/8 114.828,4 1.292.818,7 7/8
Data 544.728,1 1/2 631.119,6 1/4 114.281,6 1/2 1.290.129,6 1/4
Existencia 931,7 1/2 1.210,4 5/8 546,5 1/2 2.689,1 5/8139

Los gobiernos lograban financiar el presupuesto mediante emprésti-


tos voluntarios de personas particulares. Pero en caso de emergencia por
sublevaciones internas o peligro de guerra externa, el gobierno decreta-
ba empréstitos forzosos o contribuciones extraordinarias, que se usaban
para financiar las operaciones militares. Estas medidas generalmente
recaían en los adversarios del régimen.
Durante las primeras décadas no se consiguieron préstamos en el
exterior, pero los gobiernos debieron renegociar la deuda externa. Las
campañas de la Independencia fueron financiadas, en parte, con présta-
mos obtenidos por el gobierno de Colombia en Inglaterra. Una vez inicia-
da la vida autónoma el pago de la deuda fue un problema que duró bas-
tante más de cien años.140 En 1834 se reunieron en Bogotá los represen-
tantes de Nueva Granada y Venezuela para el reparto de las deudas de la
desaparecida Colombia. El presidente Flores no envió representante y los
delegados de los otros dos países llegaron a un reparto desventajoso para
el Ecuador, al que se adjudicó el pago de un 21,5% del monto total de la
deuda. La cifra ascendía a unos 22.230.631,64 pesos.
Luego del reparto, aceptado por el gobierno ecuatoriano, se hicieron
gestiones para el pago, pero no se adelantó prácticamente nada, y la
deuda se volvió incobrable para los acreedores. Los bonos llegaron a
venderse en un 5% de su valor nominal. En 1854 se llegó a un acuerdo
entre el gobierno y la “Asociación de Acreedores Extranjeros”, represen-
tada por Elías Mocatta. De un monto inicial de 1.424.579 libras esterli-
nas, se consolidó la deuda en 1.824.000 libras esterlinas (9.120.000
pesos). Mediante otro convenio celebrado dos años después, se entrega-
ron concesiones de tierra como cancelación de parte de los bonos. Las
concesiones fueron manejadas por la compañía británica “Ecuador Land”.

138. Memoria al Congreso de 1832, p. XX.


139. Memoria de Hacienda, 1841, p. 1.
140. Alberto Acosta, La deuda eterna. Una historia de la deuda externa ecuatoriana, Quito,
Libresa, 1990.
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66 Enrique Ayala Mora

Estos acuerdos levantaron fuerte oposición. Se argumentaba que otros


países habían obtenido mejores condiciones en sus arreglos.141
La Ecuador Land no cumplió el compromiso de construir el camino
al Pailón y se volvió célebre por los conflictos que protagonizó con el
gobierno y los particulares radicados en las zonas cedidas. Las concesio-
nes de tierras cubrían 2.600.000 pesos, es decir, ni una tercera parte del
monto total. Desde 1856 hasta 1869, en que el presidente García Moreno
ordenó la suspensión del pago, el Ecuador pagó 1.527.105 pesos, solo por
concepto de intereses, sin que se lograra amortizar el capital.142

Reformas fiscales
A inicios de la década de los sesenta, las rentas por impuestos de
aduana eran las recaudaciones más importantes y de alguna manera
seguras. En 1862 los ingresos de aduana eran 504.786,22 pesos. Para
1876 se habían elevado a 1.230.718,59 pesos.143 Esto permitió a los go-
biernos hacer cálculos aproximados de los ingresos fiscales, aunque las
continuas guerras y cambios políticos contribuían poderosamente a
mantener el desequilibrio presupuestario. Esto, y la imposibilidad del
gobierno para controlar los ingresos seccionales, complicaban el pano-
rama. Cada provincia, cada ciudad, tenía su impuesto especial. Existían
más de cien tarifas distintas de impuestos y las provincias menos pro-
ductivas o menos ricas resultaban muchas veces más gravadas. Cada
renta descentralizada exigía una junta con sus respectivos tesoreros y
colectores, los cuales tenían sueldos o un porcentaje grueso de la recau-
dación. Estas juntas tenían a cargo numerosas obras públicas.
La administración garciana logró, con grandes esfuerzos, centralizar
varias rentas y racionalizar los sistemas contables. Pese a la oposición,
consiguió, por ejemplo, utilizar algunas rentas guayaquileñas para egre-
sos que demandaba el gobierno central.144 Al mismo tiempo, logró impo-
ner un sistema que, a decir del presidente: “Nos ha dado a conocer el ver-
dadero rendimiento de las rentas y cerrado las fuentes de las defrauda-

141. Antonio Flores observaba que, además de la ventajosa consolidación, los tenedores de
bonos recibieron la suma de 860 mil pesos en bonos peruanos que se cotizaban al 85%,
por intereses vencidos de bonos ecuatorianos, cuya cotización en la bolsa no subía del
5% de su valor (Antonio Flores Jijón, La conversión de la deuda anglo-ecuatoriana, Quito,
Imprenta del Gobierno, 1890, 2a. ed.).
142. Ibíd., pp. 130-131.
143. Ayala Mora, Lucha política y origen de los partidos en Ecuador, p. 127.
144. Decía el presidente a Vicente Piedrahita, gobernador de la provincia de Guayaquil: “El ejér-
cito ya está en Tulcán y antes de que Ud. reciba esta carta, habrán principiado las opera-
ciones. Lo que nos ahoga es la falta de plata y gran falta nos han hecho los 15 mil pesos
semanales que Ud. me dirigía, en circunstancias de necesitar 5 mil en plata para remitir
cada semana. Le ruego pues, que cada miércoles me mande 2 mil pesos siquiera en plata”
(Gabriel García Moreno, Epistolario Diplomático, Jorge Villalba F. S. J., edit., Quito, Publi-
caciones del Archivo Juan José Flores, Universidad Católica del Ecuador, 1976, p. XCI).
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Estado, nación y poder político en el primer período republicano 67

ciones”.145 Este significativo crecimiento de los ingresos estatales se refle-


jó en la curva de los presupuestos nacionales. Decía el presidente al
Congreso de 1875:
Las rentas públicas llegaron en 1873 a 3.064.130 pesos, excediendo por
tanto el producto de 1872 en 154.782 pesos. En 1874 a consecuencia de
las rebajas hechas en las tarifas de Aduanas y por efecto de la disminución
de las importaciones debida a la crisis comercial que dura todavía, retro-
cedieron a 2.944.647 pesos, dando por consiguiente en ese año cerca de
120.000 pesos menos que en el precedente, pero quedando siempre supe-
rior al de 1872 en más de 34.000 pesos. He aquí el movimiento de nues-
tros ingresos desde enero de 1869 hasta diciembre de 1874:
En 1868 llegaron a 1.451.711
1869 1.678.755
1870 1.248.308
1871 2.483.359
1872 2.909.348
1873 3.064.130
1874 2.944.647
Total en los 6 años 15.328.547146

El presidente hacía notar que las elevaciones se habían logrado, sin


aumentar el número de los impuestos. Mas bien se habían reducido
algunos. La elevación se debía, en parte, al correcto manejo de los fon-
dos y a la racionalización del cobro de impuestos, pero el motivo básico
era el aumento de las exportaciones, básicamente de cacao, que llegó a
constituirse en la fuente más productiva de financiamiento del fisco. La
obra de García Moreno radica fundamentalmente en el aprovechamiento
de esta coyuntura y en el rendimiento que logró alcanzar con las canti-
dades mencionadas. En comparación con años anteriores, la reducción
de los gastos militares fue drástica. Al mismo tiempo, la elevación de los
egresos para obras públicas fue notable. Por ejemplo, la distribución pre-
supuestaria por partidas globales de egresos hasta junio de 1872:
Ejército y Marina 381.383,69 pesos 28%
Obras Públicas 430.025,43 32%
Deuda Inscrita 126.272,65 9%
Deuda Flotante 163.305,91 12%
Deuda Mackintosh 92.797,33 7%
Instrucción Pública 151.189,58 11%
Total 1.344.974,59 100% 147

145. Gabriel García Moreno, “Mensaje al Congreso de 1863”, en A. Novoa, Recopilación de men-
sajes…, t. III, p. 18.
146. Gabriel García Moreno, “Mensaje al Congreso de 1875”, en ibíd., pp. 128-129.
147. Elaborado con base en los datos que aparecen en los informes presidenciales, colección
de Novoa y en la Historia de Robalino Dávila (Ayala Mora, Lucha política y origen de los
partidos en Ecuador, p. 129).
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68 Enrique Ayala Mora

En esos años, por primera vez el Estado tomó a su cargo el manejo


directo de las recaudaciones en algunos ramos, como ciertos estancos.
El remate de derechos de recaudación fue recayendo menos en manos
de particulares y se fue normalizando el procedimiento de cederlo a los
bancos, a través de los cuales funcionaba el complejo sistema fiscal
ecuatoriano.
El arreglo de la deuda exterior fue una preocupación de García
Moreno. Ésta parecía ser la única fórmula de conseguir nuevos emprés-
titos para financiar obras de infraestructura y también el mecanismo de
consolidar los mercados europeos de las materias primas nacionales.
Para 1875, el gobierno había logrado ya amortizar completamente las
deudas “Mackintosh” y “Angloamericana” y había intentado una renego-
ciación del grueso de la deuda exterior. Este fue uno de los cometidos
más importante de Antonio Flores Jijón, designado ministro ante algu-
nas cortes europeas. Sin embargo, se dieron grandes discrepancias
entre el presidente y el ministro sobre la forma del arreglo. Mientras
Flores consideraba prioritario iniciar inmediatamente el pago a los tene-
dores de bonos, García Moreno opinaba que sin desconocer la deuda,
era necesario esperar algunos años antes de pagarla en vista de la
pobreza del fisco. En opinión de Flores, esta actitud dificultó mucho la
consecución de nuevos préstamos en el exterior. El presidente, con su
radicalidad característica, les dijo a los legisladores:
Os devuelvo para que sirváis revocarla, la facultad que disteis de contra-
tar un empréstito en Europa, a fin de concluir prontamente el ferrocarril
de Yaguachi y hacer la conversión de la deuda de que acabo de hablar. En
la situación presente, de casi todas las repúblicas americanas, no hay
esperanza de contratar sino sobre las bases ruinosas que solo un usure-
ro puede proponer y que solo podrían aceptar la mala fe o la demencia.
Creo que tanto preferible que el ferrocarril y las demás obras que deman-
dan el bienestar de la República, se hagan a proporción que la protección
Divina y la más severa economía nos suministren los medios de llevarlas
a cabo.148

De todas maneras, la actividad de Flores Jijón en Europa, aunque


no consiguió levantar capitales en forma inmediata, consolidó el presti-
gio exterior del gobierno ecuatoriano y posibilitó la normalización de la
actividad exportadora. Años después, el diplomático de García Moreno
llegó a la Presidencia de la República y llevó adelante el plan de “resta-
blecimiento del crédito público” sobre el que tanto había insistido.

148. Gabriel García Moreno, “Mensaje al Congreso de 1875”, en A. Novoa, Recopilación de


mensajes…, t. III, p. 132.
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Estado, nación y poder político en el primer período republicano 69

Hacia fines de siglo


En las últimas décadas del siglo XIX se elevaron significativamente
los ingresos públicos, gracias al gran crecimiento de las exportaciones
cacaoteras, que a su vez promovieron la elevación de las importaciones,
cuyas imposiciones eran la fuente más importante de los ingresos públi-
cos. Los impuestos de aduana llegaron a cubrir los dos tercios del mon-
to total de ingresos. La mayoría de estos años el Ecuador tuvo un supe-
rávit importante en la balanza comercial, pese al ingreso de contrabando,
que no pudo pararse aunque se modificaron al menos dos veces las regla-
mentaciones de aduana. En términos generales se mantuvo un modera-
do librecambismo. En cuanto a las demás imposiciones, sin mayores
cambios permanecieron aquellas establecidas en las décadas anteriores.
“El gran aumento que han tenido los ramos fiscales, decía un ministro,
es debido únicamente al desarrollo progresivo de las riquezas del país y
no a ningún arbitrio económico que entonces se hubiera implantado.
Sobre todo las rentas de Aduana y Sal, que son más considerables en
nuestro sistema rentístico, aumentaron extraordinariamente”.149 Desde
luego, los presidentes progresistas insistieron en la necesidad de elevar
los impuestos y usar en mayor escala los recursos de crédito hasta enton-
ces prácticamente no utilizados en el país. Decía Antonio Flores:
La socorrida fórmula “no empréstitos, ni impuestos, tan solo economías”,
es adaptable a países recargados de contribuciones y que han abusado del
crédito; pero no a un país tan poco gravado como el nuestro, y que hasta
ahora no ha acudido al crédito europeo, que es de donde han sacado los
recursos las naciones de este Continente, desde los Estados Unidos de
América y México, hasta Chile y la República Argentina.150

Flores no se cansó de insistir que los impuestos debían elevarse


sustancialmente. “Las contribuciones son sumamente livianas en nues-
tro país”, decía, al solicitar su elevación. Por otra parte, su coideario y
antecesor Caamaño pedía al Congreso la exoneración de impuestos
para las compañías extranjeras de extracción minera: “Abrid las puer-
tas a este manantial de no remota ventura, pero abridlas sin restriccio-
nes; abolid los derechos e impuestos sobre las denuncias y no pongáis
límites ni trabas. Cuando esta industria esté aclimatada, entonces ven-
drán imposiciones bien aconsejadas, que no aniquilen ni ahuyenten a
los que a ella se dediquen”.151 Caamaño remataba su argumentación:

149. Julio Castro, “Nota Oficial del exMinistro de Hacienda al presidente del Tribunal de
Cuentas”, Quito, 25 de septiembre de 1883.
150. Antonio Flores, Mensaje del presidente de la República del Congreso Extraordinario sobre
reformas y arbitrios fiscales, Quito, 30 de mayo de 1890, Imp. del Gobierno, p. 3.
151. José María Plácido Caamaño, Mensaje del presidente de la República del Ecuador a las
Cámaras Legislativas, Quito, Imp. del Gobierno, junio 16 de 1886, p. 12.
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70 Enrique Ayala Mora

“El Gobierno no es un buen trabajador en empresas que exigen admi-


nistración directa y personal; y solo derogando la ley que atribuye el
derecho exclusivo sobre las minas indicadas, llegarán a ponerse en ela-
boración las muchas que tenemos y están condenadas a permanecer
improductivas”.152
Además de los derechos de aduana y el rendimiento del monopolio
de la sal, existían entonces imposiciones directas o indirectas, algunas
de las cuales aportaban cantidades relativamente altas al fisco. Mencio-
naremos los timbres, alcabalas, registros y anotaciones, las contribucio-
nes generales, los impuestos, el aguardiente y el tabaco, el estanco y la
pólvora y la contribución eclesiástica. La mayor parte de los impuestos
gravaban al consumo, en tanto que la mayor concentración de capitales
se hallaban en la producción (cacao y manufacturas) y en el aparato
financiero; de manera que los propietarios, banqueros y especuladores
resultaban altamente favorecidos por la distribución en el cobro de las
imposiciones, en desmedro de los consumidores y los sectores populares.
Aun así, el presidente Flores insistía que la recaudación era proporcio-
nalmente muy baja.153
Frente a la crisis que se presentó en 1885, el gobierno intentó poner
en orden el anárquico sistema fiscal, para lo cual expidió una Ley de
Contribución General. El Ministerio de Hacienda puso en práctica la
descentralización de las rentas, dividiéndolas en nacionales y provincia-
les. Serían contribuciones nacionales: las de aduanas, los diezmos, la de
sales y la de la pólvora. Todas estas, además, pasarían a ser patrimonio
de cada provincia. Esta iniciativa no llegó a cumplirse totalmente, pero
trajo resultados negativos. Pocos años después, el presidente Flores pi-
dió al Congreso la abolición del sistema. En 1885, según el informe pre-
sidencial, llegó a deberse hasta nueve sueldos a los empleados públicos.
Aun sin esas disposiciones, el gobierno central no llegó a controlar en
ningún caso más de la mitad de los ingresos. La mayor cantidad de
ellos, estaban descentralizados en manos de provincias, municipios, e
incluso entidades autónomas a nivel nacional. En el año 1893, en que

152. Ibíd., p. 22.


153. “Veréis que la propiedad territorial avaluada en 160 millones de sucres aproximadamen-
te, debía producir ella sola S/. 160.000. Sin embargo, la contribución general apenas ha
rendido cosa de la mitad, S/. 83.619 el año último; y eso que dicha tributación compren-
de, como sabéis, todos los capitales en giro de los cuales solo el valor del papel circulan-
te en Guayaquil, representaba el 1 de enero del año pasado, más de 11 millones de sucres
(S/.11.000.000,00). El monto de los capitales mercantiles era calculado desde 1880 por
el Ministro de Hacienda en cerca de 140 millones (S/. 140.000.000,00 de pesos) que serí-
an hoy unos 140.000 de contribución. Unidos estos a los S/. 26.552,66 correspondiente
a los 33.153.333 árboles de cacao, a razón de 80 ctvs. por árbol, que se calculaban exis-
ten en las provincias de Guayaquil, El Oro y Los Ríos, resulta que solo los capitales mer-
cantiles y las huertas de cacao deberían producir 160.000, el doble de los que rinde el uno
por mil” (Antonio Flores, Mensaje al Congreso Extraordinario de 1890, p. 10).
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Estado, nación y poder político en el primer período republicano 71

las rentas nacionales sumaban S/. 4.325.701,00 las del concejo de Gua-
yaquil se elevaban a S/. 526.302,00.154
Durante la dictadura de Veintemilla, los ingresos se elevaron notable-
mente, pero fueron canalizados al financiamiento de obras solo en mínimo
grado. Los presupuestos nacionales fueron absorbidos por la burocracia
y la fuerza armada. Posteriormente, aunque se logró cierta sistematiza-
ción en la organización fiscal, alrededor de un 30% de los presupuestos
se destinaban al Ejército o a la Marina. En el período de Caamaño, la
represión de la guerrilla determinó la detención a veces total de las obras
públicas. En los años posteriores, detenida la montonera, se alcanzó una
notable reducción de los gastos castrenses y se canalizaron los recursos
hacia la educación y la vialidad. Aun así, apenas llegaron a la quinta parte
del total, como se aprecia en el siguiente cuadro:
1890-1891 1892-1893
Ejército y Marina 1.662.149,65 1.735.868,48
Instrucción Pública 937.106,49 1.067.956,09
Obras Públicas 1.131.283,39 884.696,10
Culto y Beneficencia 455.932,53 508.598,88
Policía 489.388,54 591.867,73
Correos 145.301,82 176.887,02
Telégrafos y teléfonos 156.309,80 205.132,21
Gastos Diplomáticos 32.970,18 51.219,44
Hospitales militares, retiros,
montepío militar, pensiones de invalidez 402.487,04 363.997,79
Gastos extraordinarios 20.563,39 94.448,35
Otros 2.448.482,07 2.834.200,63
Total 7.881.974,80 8.513.975,43155

Los cambios fiscales de esos años fueron significativos. La sustitu-


ción del diezmo no solo fue un triunfo político; también trajo nuevas for-
mas de recaudación de rentas. Aunque se mantuvieron algunos anti-
guos métodos de recaudación por personas privadas, los impuestos más
importantes pasaron a ser cobrados por los bancos, que obtuvieron ese
derecho, como garantía del pago de los préstamos y “adelantos” que
hacían al Tesoro. De este modo, el endeudamiento del gobierno con los
bancos se incrementó. Se elevaron también la especulación con la deu-
da pública y el control del capital financiero sobre la política económi-
ca. Con el desarrollo de las instituciones financieras el Estado emitió
nuevas normas de control y enfrentó el crónico problema de la circula-
ción de moneda extranjera de valor diverso e inferior al legal. La adop-
ción del sucre como nueva moneda nacional en 1885 fue un importan-
te paso, pero la moneda quedó vinculada a la plata con el del régimen

154. Diario Oficial, Quito, 16 de mayo de 1893, Segunda Serie, No. 138.
155. Ayala Mora, Lucha política y origen de los partidos en Ecuador, p. 241.
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72 Enrique Ayala Mora

bimetálico.156 Por ello, la crisis de inicios de la década de los noventa


tuvo fuertes consecuencias.
La elevación de la oferta de metales en los mercados mundiales pro-
dujo una creciente baja en el precio de la plata. Esta fue gradual entre
los años 1884 y 1890, y mucho más pronunciada a partir de 1893. Esto
conllevó a la depreciación de la moneda nacional en un 55% con respec-
to a la libra esterlina. La crisis internacional de plata obligó a los ban-
cos a restringir el crédito, con lo cual se disminuyó considerablemente
el valor total de las importaciones, al mismo tiempo que el valor en
sucres de las exportaciones subió rápidamente, sin aumentar los costos
de producción. El resultado fue una balanza de pagos favorable y las
reservas metálicas de los bancos aumentaron.
Desde que García Moreno dispuso la suspensión de pagos de la deu-
da externa, los convenios celebrados en tiempo de Urvina y Robles deja-
ron de cumplirse por ambas partes. Caamaño inició una serie de gestio-
nes para un nuevo arreglo, que llegó a concretarse en el gobierno de
Antonio Flores. En toda su carrera de diplomático y político, había sos-
tenido la necesidad de “restablecer el crédito público”, como condición
primordial para estrechar vinculaciones con países que podrían invertir
sus capitales en la explotación de las materias primas del Ecuador. Una
vez posesionado de la presidencia, inició las gestiones ante el Congreso y
el Consejo de Tenedores de Bonos para llegar a un acuerdo. Al fin, luego
de reiteradas discusiones y del debate político más encendido de la
época, llegó a firmarse un convenio, que abolía el anterior. Sus estipula-
ciones determinaban que la antigua deuda de 2.246.560 libras esterlinas
quedaba convertida en la “Nueva Deuda Externa Consolidada del
Ecuador”, por la suma de 750.000 libras esterlinas, cuyos dividendos
comenzaron a pagarse inmediatamente, con un interés del 4 1/2%, que
correría desde el 1 de enero de 1891. Para cubrir estas obligaciones se
creó un nuevo impuesto del 10% adicional a los derechos de aduana.157
Pocos años más tarde, en 1894, el Gobierno de Cordero volvió a suspen-
der el pago de la deuda, al parecer por presiones de los comerciantes del
puerto. Pero entonces el país estaba a las puertas de la Revolución
Liberal, que trajo grandes y conflictivos cambios.

156. El peso de ocho reales fue sustituido por el sucre de cien centavos, que comenzó a cir-
cular en 1885. El sucre se acuñaba en plata (el antiguo peso equivalía a ochenta nuevos
centavos). Otra moneda, el “doble cóndor”, equivalente a diez sucres, a la par de la libra
esterlina, se acuñaba en oro. Aunque formalmente el régimen era bimetálico, de facto se
asentaba en la plata y se volvía, por tanto, tan vulnerable como el destino de ese metal
en el mercado internacional.
157. Antonio Flores, “La conversión de la deuda angloecuatoriana”, citado por Ayala Mora, Lu-
cha política y origen de los partidos en Ecuador, p. 247.
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2
El Ejército en la etapa de establecimiento del
Estado ecuatoriano (1830-1859)

E
INTRODUCCIÓN

l Ecuador nació “a la sombra de las espadas”, decía Leopoldo Beni-


tes Vinueza.1 Con ello destacaba, como lo han hecho muchos his-
toriadores y estudiosos, el protagonismo que tuvo la fuerza arma-
da en la fundación de la República y las primeras décadas de su vida
independiente. El Ejército, que se había formado y prestigiado en la
Independencia, conservó una alta cuota de poder político una vez ins-
talada la República, y se transformó en uno de los pilares del naciente
estado. Los militares se dedicaron a sus tareas castrenses, pero al
mismo tiempo se constituyeron en actores de primera línea en los con-
flictos de poder entre los sectores dominantes del naciente país; absor-
bieron la mayoría de los recursos presupuestarios, y ejercieron varias
funciones políticas, hasta el más alto nivel, entre ellas la Presidencia de
la República.
Pese a la reconocida importancia de las Fuerzas Armadas, y a que
se ha repetido mucho que las tres primeras décadas estuvieron domi-
nadas por el “caudillismo militar”, se conoce muy poco sobre el Ejército
y la Marina de esos años. En los estudios históricos tradicionales se
encuentran numerosas referencias a las incursiones del Ejército en la
política, a las batallas y otras operaciones militares que se dieron en esa
etapa.2 Existen unos pocos trabajos de corte monográfico, en que se
destacan las biografías de los jefes militares, las crónicas individualiza-
das de la formación y las acciones de armas de los cuerpos castrenses.

1. Leopoldo Benites Vinueza, Ecuador: drama y paradoja, Colección Ensayo, Quito, Libresa,
1995, p. 173.
2. Las historias generales tradicionales dan un espacio importante a este tema. Tal es el
caso de las obras de Pedro Fermín Cevallos, Pedro Moncayo, Roberto Andrade y Luis
Robalino Dávila. Se las irá citando a lo largo de este texto.
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74 Enrique Ayala Mora

Se dispone solo de un ensayo de perspectiva histórica general.3 Los es-


tudios más recientes, en referencias cortas y hasta quizá episódicas,
destacan el papel de las Fuerzas Armadas en el arbitraje de los frecuen-
tes enfrentamientos en las disputas interoligárquicas. Hay unos pocos
trabajos en los que destaca el cuidado de las fronteras internacionales
y el control del “orden público”, es decir, la represión de artesanos, cam-
pesinos y otros grupos populares. Pero no se ha estudiado sistemática-
mente su funcionamiento institucional, es decir, no se las ha visto “por
dentro”, sobre todo con una aproximación empírica.
Este trabajo pretende contribuir a llenar este vacío de conocimien-
to que se ha mencionado en los párrafos anteriores. Tiene un objetivo
muy concreto y acotado. No está destinado al análisis del carácter del
Estado y de las relaciones de éste con el poder militar. Eso podría ser
objeto de otro estudio. Lo que aquí se intenta es un análisis del funcio-
namiento interno (organización, composición social, vida castrense) del
Ejército como institución. No es una historia militar en el sentido de que
narra las guerras civiles e internacionales, sino una historia institucio-
nal. No es tampoco una investigación de historia de los conflictos políti-
cos. Es un trabajo que pretende esbozar una visión desde el interior de
la fuerza armada. Con ello se espera aportar al entendimiento de su
naturaleza y funcionamiento. Y también se aportará al conocimiento de
la estructura del estado decimonónico desde una de sus instituciones
fundamentales. En pocas palabras, vamos a hacer un poco de luz en el
papel de la fuerza armada como aparato burocrático del estado en el
trance de la organización inicial de la República del Ecuador.
Este trabajo estudia el Ejército del Ecuador durante las tres prime-
ras décadas de su vida como país independiente (1830-1859), es decir,
durante la etapa de establecimiento del Estado Ecuatoriano.4 Se inicia
con una referencia al carácter nacional de las Fuerzas Armadas, espe-
cialmente del Ejército. Aborda luego su organización y estructura, su
composición, funcionamiento y equipamiento, sus recursos presupues-
tarios y otras formas de financiamiento. Por fin, hace un breve análisis
de las relaciones de la fuerza armada con la sociedad. El texto está cen-
trado en el estudio del Ejército, aunque se refiere también en aspectos
muy puntuales a la Marina. Como ya se indicó, tiene un énfasis institu-
cional y no incluye la narrativa de esa etapa, ni datos biográficos de
militares notables.

3. Cfr. Remigio Romero y Cordero, “El Ejército en Cien Años de Vida Republicana”, en Re-
vista de Estudios Militares, No. 67 monográfico, Quito, 1933.
4. El primer período de la Historia Republicana del país va desde 1830 a 1895 y coincide
con la vigencia del Proyecto Nacional Criollo. Dentro de este período se sucedieron tres
etapas, la primera de las cuales fue la de fundación del Estado Ecuatoriano (1830-1859).
Una visión general de la periodización usada consta en: Enrique Ayala Mora, Manual de
Historia del Ecuador, II, Quito, Universidad Andina Simón Bolívar/Corporación Editora
Nacional, 2008.
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El Ejército en la etapa de establecimiento del Estado ecuatoriano (1830-1859) 75

FUNDACIÓN DEL ESTADO (1830-1859)5

El general Juan José Flores, venezolano, que había desempeñado la función de


jefe del Distrito del Sur, fue designado presidente del nuevo Estado por la Asamblea
Constituyente de Riobamba. Una vez en el poder, Flores se dedicó a consolidar una
alianza de gobierno entre el tradicional gamonalismo latifundista de la Sierra, al que
se había vinculado por matrimonio, y los altos mandos del ejército, integrados en su
gran mayoría por extranjeros. El floreanismo, como se llamó popularmente a la pri-
mera alianza caudillista de nuestra historia, recogió la tradición conservadora del
bolivarianismo.
Directa e indirectamente controló Flores el Gobierno desde 1830 a 1845. La época
se caracterizó por la revuelta permanente, el desbarajuste administrativo y el abuso
de los soldados, dueños del país. Ni el esfuerzo organizador y sistematizador de
Vicente Rocafuerte, que llegó al Poder (1835-1839) mediante un pacto con su enemi-
go Flores, pudo superar estas realidades de la etapa inicial. Cuando el Caudillo se
hizo elegir presidente por una segunda y hasta una tercera vez y puso en vigencia
una constitución, la Carta de Esclavitud (1843), que establecía la dictadura perpe-
tua, la reacción nacional acaudillada por la oligarquía guayaquileña lo echó del poder
(1845). Los años subsiguientes los pasó organizando invasiones al Ecuador con mer-
cenarios extranjeros, al servicio de España y el Perú.
En los primeros años de la etapa marcista (llamada así porque la revuelta antiflo-
reana fue en marzo de 1845) gobernaron los civiles Vicente Ramón Roca (1845-1849)
y Diego Noboa (1849-1850), hasta cuando un nuevo conflicto de poder no resuelto
dio espacio para un nuevo arbitraje militar. El más popular de los jefes del Ejército,
Gral. José María Urvina, luego de ser por un tiempo el “hombre fuerte”, fue designa-
do primero Jefe Supremo, y luego presidente Constitucional por una nueva Asamblea
Nacional (1852). Urvina consolidó la alianza entre la élite costeña y las Fuerzas
Armadas, y llevó adelante un programa de corte liberal, que incluyó la abolición de
la esclavitud y la supresión del tributo indígena y la aplicación de medidas a favor de
los campesinos serranos. Todo esto generó una reacción del latifundismo tradicional
que declaró la guerra al urvinismo.
La desastrosa negociación de la deuda externa y el intento de arrendar Galápagos
a extranjeros, fue motivo para que la oposición contra el Gral. Francisco Robles,
heredero de Urvina, adquiriera fuerza. Diversas revueltas seccionales provocaron en
1859 una crisis de disolución. En Quito, Guayaquil, Cuenca y Loja, se formaron
gobiernos autónomos. El Perú ocupó varios territorios y bloqueó el Puerto Principal.
Los países vecinos negociaban la partición del país. Llegó un momento en que todo
el sistema amenazó venirse abajo con el peso de las contradicciones entre las oligar-
quías regionales. Luego del fracaso de varias alternativas, la aristocracia quiteña,
con Gabriel García Moreno a la cabeza, logró triunfar en la Sierra, y tomar luego
Guayaquil.

Tomado de: Enrique Ayala Mora, Resumen de Historia del Ecuador, Quito, Corporación Editora
Nacional, 2004, pp. 75-77.

5. En el cuerpo de este trabajo se hacen referencias frecuentes a los hechos de las pri-
meras décadas de vida republicana del Ecuador. Se inserta este texto de lectura
rápida para orientar a los lectores con una breve secuencia política de los eventos
entre 1830 y 1859.
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76 Enrique Ayala Mora

ESTADO OLIGÁRQUICO TERRATENIENTE


Y FUERZA PÚBLICA

El “Ejército nacional”
Al concluir su período presidencial en 1839, Vicente Rocafuerte de-
cía ante el Congreso: “El Ejército es en el día el más firme apoyo de las
garantías sociales.6 En su mensaje de 1841, el General Juan José Flores
se refería al ejército como “escudo de la independencia y libertad”.7 Unos
años más tarde, el Ministro de Guerra declaraba: “El Ejército representa
la fuerza de la Nación.8 Y solo dos años después el otro ministro informa-
ba al Congreso que el Ejército “ha cumplido con la grandiosa misión de
sostener la libertad, independencia y nacionalidad de la Patria”.9 En
estas, como en otras expresiones similares, muy frecuentes en el voca-
bulario oficial de la época, se descubre que en la visión de los gobernan-
tes, la fuerza armada era una institución vital para el naciente estado-
nación. Sin pararse a explicar el contenido del término, se hablaba del
“Ejército nacional”. Pero aunque la expresión resulte obvia aun en el pre-
sente, es preciso establecer cuán “nacional” era entonces el Ejército,
sobre todo si se toma en cuenta que la Nación Ecuatoriana no era algo
hecho y definitivo, como los dirigentes políticos de entonces lo asumían.
Hay un debate entablado al respecto.10
Con la Independencia y la fundación del Ecuador, las oligarquías
criollas reforzaron su poder social y político en el marco de la regionaliza-
ción. Se consolidaron así tres polos, sujetos al control de élites latifundis-
tas que, si bien tuvieron una causa común en la lucha independentista,
mantuvieron su discrepancia por el manejo del poder local y regional en
Quito, Guayaquil y Cuenca. Este hecho se expresó desde la adopción de
un nombre de compromiso para el nuevo país, hasta las luchas por el
reconocimiento jurídico del hecho regional y el mantenimiento de los pri-

6. Vicente Rocafuerte, “Mensaje al Congreso de 1839”, en A. Novoa, Recopilación de Mensa-


jes dirigidos por los presidentes y vicepresidentes de la República, Jefes Supremos y
Gobiernos Provisorios a las Convenciones y Congresos Nacionales, t. I, Guayaquil,
Imprenta A. Novoa, 1900, p. 275.
7. Juan José Flores, “Mensaje del Presidente al Congreso Nacional”, en A. Novoa, Recopi-
lación de Mensajes…, t. I, 1841, p. 330.
8. Memoria de Guerra y Marina (anualmente, primero el Comandante en Jefe del Ejército y
luego del Ministro de Guerra y Marina, presentaban un informe al Congreso, que gene-
ralmente se llamaba “Memoria de Guerra y Marina”. Aunque en algunos casos se la
denominaba de distinta manera, he preferido mantener esa denominación como única y
citar las memorias con referencia de año en que fueron presentadas), 1854, p. 1.
9. Memoria de Guerra y Marina, 1856, p. 1.
10. Entre los trabajos que se han publicado sobre este tema, se debe mencionar el libro en
tres tomos de Rafael Quintero L. y Erika Silva Ch.: Ecuador, una nación en ciernes, Qui-
to, Abya-Yala, 1991.
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El Ejército en la etapa de establecimiento del Estado ecuatoriano (1830-1859) 77

vilegios y autonomías de los tres departamentos reconocidos en la legisla-


ción colombiana.11 La propia fundación del estado fue conflictiva:
El Estado ecuatoriano nació caracterizado por profundas diferencias
socioeconómicas, étnicas y regionales. Los fundadores del Estado se en-
frentaron con una realidad en que las ideas libertarias habían avanzado y
se daba agitación y movilidad social. Se empeñaron, por ello, en construir
la nueva realidad política restaurando el poder social de raíz colonial. Para
ello tuvieron que establecer un régimen político en el que se aceptaron
algunas formas republicanas, pero se mantuvieron continuidades del régi-
men monárquico. Fue así como se estableció una república fundada en el
robustecimiento de la propiedad, la reconstitución del poder legal y la ex-
clusión de la mayoría, sobre todo indígena y negra.12

La fundación del Ecuador fue también el inicio de la vigencia del Esta-


do Oligárquico Terrateniente, asentado sobre la regionalización y la subor-
dinación de las masas trabajadoras campesinas. El nuevo estado consagra-
ba la desigualdad de quienes formalmente eran “ecuatorianos” e iguales, y
excluía en forma expresa a las mujeres, los no propietarios, grandes gru-
pos mestizos, los indígenas y los negros. La “ciudadanía”, es decir la par-
ticipación en la comunidad política, estaba limitada a un reducido grupo
de propietarios.13 Los notables que fundaron la república la vieron como
la continuidad de la presencia europea en esta porción de América An-
dina. Su proyecto de nación fue, en consecuencia, criollo, es decir limita-
do a sus propios intereses y a su propia visión del mundo. Pero si su pro-
yecto fue limitado, no fue del todo carente de apoyo en ciertos sectores
sociales. Si bien los indígenas y la gran mayoría de negros estaban exclui-
dos, los limitados sectores medios urbanos, grupos de pequeños comer-
ciantes, de pequeños propietarios rurales y sobre todo de artesanos tuvie-
ron cierta participación. Fueron protagonistas de movimientos de protes-
ta de la “plebe” y participaron en la vida municipal. Con sus organizacio-
nes gremiales tuvieron su espacio político. Y también formaron parte del
Ejército.14

11. La Constitución del Ecuador estableció en su primer artículo: “Los departamentos de


Azuay, Guayas y Quito quedan reunidos entre sí formando un solo cuerpo independien-
te con el nombre de Estado del Ecuador”. (“Constitución del Estado del Ecuador, 1830”,
en Enrique Ayala Mora, edit., Nueva Historia del Ecuador, vol. 15, Documentos de la
Historia del Ecuador, Quito, Corporación Editora Nacional/Grijalbo, 1995, p. 134.)
12. Enrique Ayala Mora, Manual de Historia del Ecuador, t. II, Época Republicana, Quito.
Universidad Andina Simón Bolívar/Corporación Editora Nacional, 2006, p. 19.
13. Decía la Constitución de 1835: “Art. 9. Son ciudadanos activos del Ecuador, los que reú-
nan las cualidades siguientes: 1. Ser casado o mayor de dieciocho años. 2. Tener una
propiedad raíz, valor libre de doscientos pesos, o ejercer una profesión o industria útil,
sin sujeción a otro como, sirviente, doméstico o jornalero. 3. Saber leer y escribir”.
(Constitución de 1835. Federico Trabucco, Constituciones de la República del Ecuador,
Quito, Editorial Universitaria, 1975, p. 51).
14. Esta observación, que lamentablemente no es posible desarrollar más, debe tomarse
muy en cuenta para ulteriores partes del trabajo ya que serán justamente campesinos
mestizos y artesanos los componentes sociales más numerosos del Ejército.
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78 Enrique Ayala Mora

El proyecto nacional criollo fue limitado y excluyente. Pero ya se


descubrían en él varios rasgos que fueron moldeando una identidad que
con el tiempo se iría definiendo como ecuatoriana. Podríamos decir que
surgió entonces un incipiente sentido de la “ecuatorianidad”, que con
fuertes rupturas, pero también con continuidades, se ha proyectado al
presente. Y buena parte de esas continuidades se deben a la vigencia de
instituciones de origen indígena, colonial o independentista, que se han
mantenido y renovado a lo largo de nuestra historia. Una de ellas es el
Ejército.
El ejército ecuatoriano del siglo XIX fue una continuidad republica-
na del ejército de la Independencia y de Colombia. Más allá de las anéc-
dotas y de la retórica su función básica fue garantizar el poder latifun-
dista. Era una institución del Estado Oligárquico Terrateniente. Los sec-
tores gobernantes lo veían como un “Ejército nacional”, es decir como
una garantía de las instituciones nacionales republicanas. El presiden-
te Flores lo concebía como “escudo de la independencia y libertad” y el
presidente Urvina lo describía como “esa porción de patricios que se pri-
van de las dulzuras y consuelos del hogar doméstico y se someten al
yugo de las armas, para velar en la conservación de la paz, para soste-
ner las libertades públicas, para garantizar el derecho a la vida y las
propiedades de sus compatriotas”.15
Sin embargo, al constituirse como garante de la vigencia del orden
establecido, la fuerza armada expresaba los intereses de quienes dirigían
el estado. De allí que, pese a declaraciones sobre representar el “interés
colectivo”, el ejército buscaba mantener el monopolio “legítimo” de la
represión y la violencia, para sostener la vigencia de la autoridad y del
régimen de propiedad. Así lo expresaba claramente el ministro de Guerra
ante el Congreso de 1857 para justificar una propuesta de reorganiza-
ción militar: “Si ha de existir una sociedad organizada, con autoridades
que la dirijan, con magistrados que las gobiernen en sus respectivos
ramos, preciso es que haya un elemento de respeto a esas autoridades y
a esos Magistrados, un medio eficaz para la ejecución de las disposicio-
nes legales, y, sobre todo, una base pronta y segura para ocurrir oportu-
namente a los peligros de que nunca debe creerse libre una nación”.16
Está bastante claro que desde el punto de vista de los gobernantes
la autoridad requería de la fuerza militar para sostenerse. Por ello, más
allá de la retórica oficial, la fuerza armada debe ser concebida como
una institución del estado, es decir funcional al fin y al cabo a los inte-
reses que éste representaba. En una sociedad como la ecuatoriana de

15. José María Urvina, “Mensaje al Congreso de 1854”, en A. Novoa, Recopilación de Mensa-
jes…, t. II, p. 189.
16. Gabriel Urvina, Exposición que dirige al Congreso Constitucional del Ecuador el Ministro
de Guerra y Marina, Quito, Imprenta de Valencia, 1857, p. 17.
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El Ejército en la etapa de establecimiento del Estado ecuatoriano (1830-1859) 79

los inicios de la república, la “independencia”, la “libertad”, la “paz”, el


derecho a la vida, no eran valores universales, sino atributos de unos
pocos. El ejército era el mecanismo de preservación del “orden”, que en
último análisis era el interés corporativo de los “señores de la tierra”.
En los primeros años de la vida del Ecuador, con la presencia de
un numeroso grupo de militares en la dirección del Estado, predominó
un discurso heroico sobre la Independencia y el culto público a sus
actores fue muy fuerte. La mayoría de esos oficiales independentistas
habían nacido fuera del país. En su mayoría, con Flores a la cabeza,
eran venezolanos, pero también había granadinos, argentinos y de otros
lugares de Sudamérica, junto con ingleses, escoceses, irlandeses, fran-
ceses e inclusive españoles. Muchos de esos oficiales se habían casado
con ecuatorianas y se avecindaron en Quito u otras ciudades. Tenían
sus familias y propiedades aquí. Luego de haber luchado por la inde-
pendencia y de asentarse en el Ecuador, podían ser considerados como
ecuatorianos.17 Pero su ejercicio del poder y acumulación de riquezas
generó fuerte resistencia contra ellos entre las élites locales.
Fue así como ya desde los primeros años de la vida del Ecuador hu-
bo quienes se apartaron, al menos por momentos, del discurso heroico o
legal autoritario para denunciar el carácter represivo y antinacional de
las funciones cumplidas por el ejército. La oposición al general Flores,
que gobernó entre 1830 y 1845, llegó a caracterizar a su gobierno en un
momento de gran enfrentamiento, como la bárbara dictadura de abusi-
vos “genizaros extranjeros” contra quienes se alzaba la reacción nacional.
Vicente Rocafuerte combatió a su antiguo aliado con virulentos escritos
que apelaban A La Nación. En uno de ellos denunciaba la presencia
dominante de militares extranjeros en la Convención de 1843.18 Y luego
establecía la forma en que ellos controlaban al ejército del país:
En el Ecuador hay tres comandantes generales. La Comandancia General
de Cuenca es patrimonio de un general venezolano. La del Guayas de un
general irlandés. La de Pichincha de un general inglés. (3 genízaros) El ins-
pector general del ejército es un francés. (1 genízaro) En la República hay
quince generales, doce extranjeros y tres del país. (12 genízaros) El primer
batallón está mandado por un venezolano. El segundo batallón mandado
por un venezolano. El primer regimiento de caballería está mandado por
un español. El segundo, por un venezolano.19

17. Ese fue el caso de Sucre y Flores. También el de Wrigth, Illingwort, Otamendi, Ayarza,
Salom, Klinger, entre otros oficiales que acompañaron a Flores en el gobierno.
18. De los 34 miembros de esa asamblea, decía Rocafuerte, “21 formaron la falange liberti-
cida, que hemos llamado el club jenízaro ecuatoriano. Él se compuso de diez militares
entre los cuales se contaban cinco generales, un venezolano, un granadino, un español,
un irlandés, un francés; cinco coroneles, dos españoles, un venezolano y dos ecuatoria-
nos. Unidos a estos diez militares once miembros del gobierno…” Vicente Rocafuerte, A
la Nación, reimpreso en Quito, Tipografía de la Escuela de Artes y Oficios, 1908, p. 34.
19. Ibíd., pp. 125-126.
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80 Enrique Ayala Mora

Cuando en 1845 se alzó en Guayaquil una revuelta contra Flores,


José Joaquín de Olmedo, el cantor de Bolívar y de la Independencia, jus-
tificó la rebelión “marcista” como una reacción de la nación ecuatoriana
contra la tiranía militar extranjera, en el manifiesto a los pueblos ame-
ricanos: “nos vemos en la necesidad de manifestar a todos los Pueblos
Americanos, y a las Naciones con quienes tenemos relaciones políticas,
los motivos poderosos que nos han impelido a desconocer la autoridad
ilegal que nos regía, y a preparar una regeneración que nos restituya la
nacionalidad tan indecorosamente usurpada”.20
La oposición al régimen de Flores y el ulterior triunfo de sus adver-
sarios “marcistas”, que gobernaron entre 1845 y 1859, fue una reafirma-
ción “nacional” no solo en el sentido de la procedencia de los gobernan-
tes, sino también en algunos rasgos democráticos como la abolición de la
esclavitud y el tributo indígena.21 Paralelamente, la fuerza armada se fue
también “nacionalizando”, lo cual no solamente implicó que estaba com-
puesta por nacidos en el país, sino que su acción política de alguna mane-
ra permitió la incorporación de ciertos sectores a la comunidad nacional
incipiente. Vista desde esta perspectiva, la lucha de entonces contra el
“militarismo” asumió un carácter francamente democrático. Pero no se
debe olvidar que aunque en el “civilismo” había un elemento de denuncia
del carácter del ejército como instrumento de los intereses de quienes
ejercían el poder, muchas veces encerraba críticas aristocratizantes y
racistas por la procedencia popular de varios jefes o por su alejamiento,
aunque fuera incipiente, del control de los señores de la tierra.22
Una vez instalados los gobiernos marcistas, en especial el del gene-
ral Urvina, el discurso de oposición dio la vuelta. Los adversarios lo
combatieron como opresor de la nación, que se valía de una guardia
pretoriana militar para mantener su predominio.23 Frente a esto, el mi-
nistro de Guerra y Marina defendía ante el Congreso de 1854 el carác-
ter nacional de la fuerza armada:
El Ejército representa la fuerza de la Nación; pero esta fuerza no es ya bru-
tal y amenazante, no es enemiga y opresora de los ciudadanos inermes,
como lo ha sido en las épocas calamitosas que han afligido al Ecuador. Ahora
el soldado es nacional y tiene orgullo de fraternizar con sus compatriotas.

20. El “Manifiesto del Gobierno Provisorio del Ecuador sobre las causas de la presente trans-
formación a los pueblos americanos”, fue redactado por Olmedo a raíz de la revolución
de marzo de 1845 (Cfr. José Joaquín Olmedo, Poesía. Prosa, Quito, Biblioteca Mínima
Ecuatoriana, 1960).
21. Enrique Ayala Mora, Lucha política y origen de los partidos en Ecuador, Quito, Corpora-
ción Editora Nacional/TEHIS, 1988, pp. 101-102.
22. Benigno Malo decía que el gobierno de Urvina llegó a “buscar el apoyo de la energía afri-
cana”, haciendo referencia a la presencia de negros entre los oficiales y la tropa que sos-
tenían al régimen (Benigno Malo, Escritos y discursos, Quito, Edit. Ecuatoriana, 1940,
p. 442).
23. Era el caso de los famosos “tauras”, a los que se hará referencia más adelante.
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El Ejército en la etapa de establecimiento del Estado ecuatoriano (1830-1859) 81

El Ejército no sostiene el poder de un hombre o las inicuas prerrogativas


de una oligarquía caprichosa, sostiene la Constitución y las leyes, hace
parte del poder público, apoya y sostiene la soberanía popular.24

De lo brevemente discutido se desprende que si hablamos de un


“ejército nacional” en esos años, no podemos hacerlo sino dentro del
carácter y limitaciones de lo que entonces era el naciente Estado-Nación.
Pero al establecer el carácter básico de la fuerza armada y al definir sus
funciones en el Estado, no podemos dejar de constatar, sin el riesgo de
caer de un reduccionismo empobrecedor, que por la propia naturaleza
contradictoria de la sociedad ecuatoriana decimonónica y por las carac-
terísticas específicas del ejército, en su estructura y funcionamiento ha-
bían rasgos de su acción institucional que incidieron sensiblemente en el
proceso de construcción del Estado-Nacional, que estaba en marcha
desde los primeros años de la vida del Ecuador independiente.
En primer lugar, debe mencionarse la acción del ejército en confor-
mación del espacio territorial sobre el que el naciente Estado ejercía su
jurisdicción y soberanía. El Ejército llegaba muchas veces donde no llega-
ba ninguna otra autoridad, llevando la presencia de la autoridad a secto-
res alejados del nuevo país. En segundo lugar, hay que destacar su papel
de institución que viabilizaba la gestación de alianzas políticas. En efecto,
en momentos de inestabilidad o crisis política, la fuerza armada inclina-
ba la balanza entre los sectores en pugna. Cumplía un papel arbitral entre
las fuerzas políticas, aunque no desbordaba el poder terrateniente.25 Los
caudillos militares canalizaron a veces fuerzas sociales diversas que pug-
naban por la participación política. En tercer lugar, no debe olvidarse el
hecho de que el ejército era el mecanismo más fluido de movilidad y as-
censo en una sociedad bastante rígida, con fuertes rasgos estamentarios.
Por fin, en cuarto lugar, no debe perderse de vista que en la realidad deci-
monónica del Ecuador, la fuerza armada era un vehículo de redistribu-
ción de los ingresos estatales que permitía que recursos del presupuesto
estatal fueran entregados a diversos sectores de la población.

“Necesidad” del Ejército


“Faltaría a un deber sagrado y a los impulsos de mi corazón –decía
el General Flores a la Constituyente de 1830– si no indicase al Congreso
la conveniencia de mantener un pie de ejército para la defensa del
Estado, y de conservar la escuadra que lo hace respetable en el Pacífico.

24. Memoria de Guerra y Marina, 1854, p. 1.


25. Quintero y Silva objetan este papel, ya que consideran que el Ejército no era una insti-
tución “nacional”, sino más bien “un débil aparato de poder de la clase dominante, a tal
punto que debería ser considerado más adecuadamente una mediación funcional en la
pugna entre las fracciones terrateniente regionales” (Quintero y Silva, Ecuador, una na-
ción en ciernes, t. I, p. 83).
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82 Enrique Ayala Mora

Desgraciada la Nación que no reposa bajo el escudo de sus armas”.26 La


existencia de la fuerza armada era vista como una necesidad o condi-
ción indispensable para la existencia del Estado. Este es un tema que
merece un detenido estudio, sobre el que se han esbozado algunas refle-
xiones en el acápite anterior, que hace referencia a su carácter de apa-
rato de represión del Estado Oligárquico Terrateniente. Pero en estos
párrafos vamos a referirnos a una cuestión más acotada y concreta, es
decir a tratar de establecer el papel real, la “necesidad operativa”, si se
quiere, del ejército en la etapa histórica. Es decir, las funciones concre-
tas que desempeñaba; lo que se esperaba de él tanto en los momentos
de crisis como en la cotidianidad; aquello que se consideraba como tra-
bajo suyo específico.
Dos tareas básicas le habían sido asignadas tradicionalmente al
Ejército en particular y a la fuerza armada en general, tanto en el
Ecuador, como en otros lugares de América Latina: defender al país de
las amenazas externas y mantener el orden interno, lo cual significó fre-
cuentemente su participación en las guerras internacionales y en el sos-
tenimiento o derrumbamiento de los regímenes políticos. En ambos
casos su presencia se consideró como “defensa nacional” o “defensa del
Estado”. Sobre el cumplimiento de esta misión, que podríamos llamar
convencional, existe una amplia literatura, sobre todo del tipo crónica.27
Al surgir a la vida autónoma, el Ecuador enfrentó la aguda dificul-
tad de su definición territorial. El ámbito de la Real Audiencia de Quito,
imprecisamente establecido, fue cercenado y alterado en varios momen-
tos durante la época colonial. La República de Colombia (1822-1830)
estableció una división territorial que achicó las fronteras de lo que
entonces se denominaba el Distrito del Sur.28 Luego de la guerra de
1829, se verificó un arreglo a medias de la frontera sur-amazónica con el
Perú, que no culminó. Quedaron pues, en pie, sendos conflictos territo-
riales con los dos vecinos del norte y del sur. Con Nueva Granada (la
actual Colombia), por la anexión de Pasto y otros distritos del Cauca, y
con Perú por las regiones de Jaén, Mainas y otros territorios amazónicos.
El problema de la definición territorial, empero, iba más allá. La
misma existencia del país estaba cuestionada. La desarticulación inter-
na y los vaivenes de la lucha política en Nueva Granada y Perú dieron
pie a que constantemente se pusiera en el tapete la propia vigencia del
Estado del Ecuador, para levantar propuestas de anexión de Guayaquil

26. Juan José Flores, “Mensaje del Jefe del Estado del Ecuador a la Convención Nacional”,
en en A. Novoa, Recopilación de Mensajes…, t. I, 1830, p. 182.
27. Recuentos de conflictos limítrofes o de guerras civiles ocupan buena proporción de las
páginas de nuestras historias. Sobre esos hechos hay también una abundante existen-
cia de folletería.
28. Cfr. “Ley de División Territorial de la República de Colombia”, 1824, Nueva Historia del
Ecuador, vol. 15, Documentos de la Historia del Ecuador, p. 91.
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El Ejército en la etapa de establecimiento del Estado ecuatoriano (1830-1859) 83

al Perú o de la Sierra centro-norte a los departamentos granadinos del


sur y la costa pacífica. El ejército tuvo entonces la tarea de manteni-
miento de una precaria unidad territorial interna, y la vigilancia de las
mal definidas fronteras externas. Para ello se afirmó reiteradamente la
“necesidad” de la fuerza armada, aunque esta fue entendida en térmi-
nos estrictamente defensivos. No se dieron en el Ecuador, y quizá hubie-
ra resultado absurdo que se dieran, proyectos expansionistas, plantea-
mientos de “engrandecimiento” por la conquista o planes de hegemonía
regional, que demandaran el robustecimiento del ejército. Lo que había
es miedo de los vecinos y por ello se justificaba la existencia de la fuer-
za armada.
El espacio de control efectivo del Estado, aquel que estaba ocupado
por poblaciones sujetas a su dirección, aunque fuera débil, es decir, el
territorio real del Ecuador era mucho más reducido que el que el mapa
político establecía: el callejón interandino, algunas zonas de costa adya-
centes a los puertos y tierra adentro, varios espacios regados por el sis-
tema fluvial. El espacio real que cubría la acción del Ejército era, en con-
secuencia, también reducido. Cabe aquí puntualizar, además, que la
fuerza armada no cumplió, al menos en forma significativa, con la tarea
de apertura de frontera de colonización o de control de “pueblos salva-
jes”, como en otros lugares del continente. El Ecuador no creció hacia el
Oriente, hacia la Amazonía, sino hacia la Costa, que era la más rica de
las riberas del Pacífico sudamericano.29
Aunque los reclamos territoriales abarcaban inmensas zonas loca-
lizadas en los mapas, la conflictividad real de las fronteras se redujo
básicamente a dos espacios territoriales, la Sierra norte y el golfo de
Guayaquil. Esos eran territorios habitados y con recursos en explota-
ción. A lo largo de la década de los treinta, Imbabura-Cauca fueron el
escenario de los enfrentamientos. Con la pérdida de Pasto y la fijación
de la frontera en el Río Carchi, quedó de facto congelada la disputa,
hasta cuando se resolvió definitivamente en 1916. Luego de la Guerra
peruano-colombiana de 1829, a finales de la década del cincuenta el
conflicto se centró en el espacio marítimo y territorial de Guayaquil. En
este caso, empero, quedó en pie un enfrentamiento que de una manera
u otra se extendió hasta finales del siglo XX. La debilidad del ejército,
que trajo consigo pérdidas territoriales, no era otra que la propia debili-
dad del Estado y de las clases dominantes que lo dirigían.
La Constitución de 1835 estableció: “La fuerza armada es esencial-
mente obediente, y su destino es, defender la independencia y la liber-

29. La colonización de la costa interna fue paulatina, y aunque desalojó comunidades abo-
rígenes, no demandó la presencia de la fuerza armada. Hacia la Amazonía no existió nin-
gún movimiento colonizador importante, salvo incursiones esporádicas de comerciantes,
que explotaban a los indígenas.
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84 Enrique Ayala Mora

tad del Estado, mantener el orden público, y sostener la observancia de


la Constitución y las Leyes”.30 Desde entonces, todas las constituciones
mantendrían disposiciones parecidas, enfatizando a veces, aún más, el
carácter no deliberante del ejército. Las normas especiales ratificaban
las disposiciones constitucionales. La Ley Orgánica Militar de 1855, por
ejemplo, establecía: “La fuerza armada se halla destinada a defender la
independencia y libertad de la República, a conservar el orden estable-
cido, a sostener la observancia de la Constitución y de las leyes, y
obrando siempre bajo la dependencia de las autoridades constituidas”.31
La realidad persistente, sin embargo, fue que la fuerza armada se man-
tuvo como permanente actor de la lucha por el poder, y que sus miem-
bros personal e institucionalmente estuvieran envueltos en la contienda
política. Un análisis de este asunto, que es muy importante pero inexis-
tente, va mucho más allá de los objetivos de este trabajo. Empero la
comprensión de la organización y funcionamientos internos del ejército,
reclama una referencia, aunque fuera breve, a una cuestión específica.
La evidencia sobre la participación política del ejército es abundan-
te. Cuando los candidatos contendientes para las más altas dignidades
no eran militares en servicio activo, se encontraba a muchos de estos
suscribiendo manifiestos y respaldos. Cuando un golpe de Estado no se
daba directamente en un cuartel y con la participación activa de oficia-
les y tropa, éstos estaban al menos presentes en las “asambleas de
padres de familia”, respaldando el pronunciamiento.32 Y cuando un con-
flicto político no se resolvía por el enfrentamiento armado en medio de
una guerra civil, la mera presencia de la fuerza militar inclinaba en
muchos casos la balanza de una disputa o negociación entre las fraccio-
nes en pugna.
La tradición ecuatoriana y latinoamericana ha visto la participación
política castrense como expresión del “militarismo”, es decir de la ten-
dencia de quienes tienen la fuerza a tomar el poder político atropellan-
do las normas de la civilidad. El “militarismo” se concibe, entonces,
como un “azote”, o un “cáncer” de estas naciones “jóvenes”, al que se
atribuye el atraso, el abuso y la arbitrariedad. Todo ello como opuesto a
la alternativa del “civilismo”, es decir la tendencia que propone el gobier-
no de los civiles bajo la vigencia de las leyes. Y si el “militarismo” tiene
todas las connotaciones negativas, la alternativa del régimen “civilista”
viene a ser sinónimo de progreso, libertad y paz.
Los discursos generados a partir de la oposición militarismo-civilismo
demandan una rigurosa lectura, que aportará no pocas pistas a la histo-

30. República del Ecuador, Constitución de 1835. Trabucco, Constituciones de la República


del Ecuador, p. 65.
31. República del Ecuador, Ley Orgánica Militar, art. 17, Quito, 22, XI, 1855, p. 5.
32. Ayala Mora, Lucha política y origen de los partidos en Ecuador, p. 50.
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El Ejército en la etapa de establecimiento del Estado ecuatoriano (1830-1859) 85

ria política. En este trabajo ya hemos destacado el carácter nacional y


democrático de algunas posturas de denuncia del militarismo como la de
Vicente Rocafuerte, pero también hemos establecido sus límites. Más allá
de la oposición militarismo-civilismo estaba el poder de las oligarquías
regionales que en sus enfrentamientos actuaban junto a militares y civi-
les. En realidad, había grupos de civiles dedicados a la política que daban
dolores de cabeza a los gobiernos. El mismo Rocafuerte, al momento de
dejar el mando en 1839, denunciaba ante el Congreso como causantes de
la inestabilidad política a “una clase de doctorzuelos, de empíricos y de
estudiantes proletarios” quienes “se entregan a la exaltación del más de-
senfrenado jacobismo, y se convierten, por famélica necesidad, en revolu-
cionarios de profesión. Ellos trabajan incesantemente en turbar el orden
público y en promover revoluciones…” Añadiendo más adelante:
Sus deseos y repetidos conatos de sedición, adelantados por la inmorali-
dad, por la ineficacia de las leyes, y por la inexperiencia política, pondrían
en continuo riesgo la tranquilidad pública, si no existiera la fuerza arma-
da, ese baluarte de la paz, objeto de sus furores, y contra el cual se estre-
llan sus nefarias maquinaciones. El ejército es en el día el más firme apoyo
de las garantías sociales, el que nos liberta de los horrores de las largas
revoluciones, y el que más contribuye a segundar los votos que hace el ver-
dadero patriotismo por la quietud, por el reposo y por la consolidación de
la paz interior y exterior.
El espanto que infunde la fidelidad de las tropas, mantiene el equilibrio de
los partidos, neutraliza los defectos de una legislación oscura, confusa y
mal aplicada a nuestra situación y nos predispone a gozar de las ventajas
del sistema republicano, que en el día, solo existe en el nombre, y que nos
importa darle una existencia real y positiva. Nuestra República, fundada
sobre los escombros coloniales de una monarquía decrépita, necesita de
los firmes apoyos, de la virtud y de la instrucción (…)
Es ciertamente un grave mal para un gobierno naciente que aspira a los
honores de la más genuina democracia, verse en la precisión de sostener
una fuerza armada para contener los extravíos de la ambición, y para cum-
plir con el sagrado deber de conservar las vidas, y de proteger las propie-
dades de los ciudadanos. Empero, como en política no hay regularmente
sino elección de males, menos mal es tener una pequeña fuerza armada,
bien organizada y disciplinada, que luchar diariamente contra el furor de
las pasiones, hallarse en la necesidad de apelar, el último recurso, a la
ominosa dictadura, para poner término a las calamidades de la guerra y a
los horrores de la anarquía.33

Rocafuerte, que ya en 1835 había defendido enérgicamente la “ne-


cesidad” de su dictadura sostenida por Flores y el Ejército, establecía al
fin de su mandato, que la causa de los movimientos sediciosos, era la

33. Vicente Rocafuerte, “Mensaje al Congreso de 1839”, en A. Novoa, Recopilación de Mensa-


jes…, t. I, pp. 274-276.
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86 Enrique Ayala Mora

ambición de un grupo de políticos de oficio, la actividad de gentes estu-


diada, es decir, la intelectualidad. Al mismo tiempo justificaba no solo
una fuerza armada, sino su intervención en la política, como garantía
del mantenimiento del régimen. Por fin, no descartaba la posibilidad de
acudir al recurso de la dictadura frente a la guerra y la anarquía.
Un hombre de indiscutible vocación “civilista” establecía como acto-
res individuales del enfrentamiento a los miembros de una incipiente
“clase política”, reconociendo al mismo tiempo la “necesidad” de la pre-
sencia militar en el juego del poder. “El espanto que infunde la fidelidad
de las tropas mantiene el equilibrio de los partidos” era la afirmación
consagratoria de ese papel arbitral del ejército. La debilidad del “civilis-
mo” o la vigencia del “militarismo” habría pues que buscarla en la pro-
pia naturaleza de un estado, en que el enfrentamiento irresoluto de oli-
garquías regionales imposibilitaba la existencia de condiciones de direc-
ción hegemónica y planteaba la resolución temporal de los conflictos
mediante la participación de los caudillos militares. La incursión de los
militares en la política, de acuerdo a esta visión, no era causada por ten-
dencias “militaristas” que los dominaban. Venía como consecuencia de
las limitaciones de la dominación latifundista regional. No muchos años
después, empero, Rocafuerte asumiría la radical postura antimilitar que
ya hemos expuesto antes.
Además de las dos funciones básicas comentadas en los párrafos
anteriores, había otros roles que cumplía el ejército, a los cuales se ha
dado poca o ninguna atención, pese a que su importancia fue a todas
luces muy grande. Una de ellas era la participación en política menor o
cotidiana. Además de participar en su momento en los “pronunciamien-
tos” y “cuartelazos” y guerras civiles eventuales, la fuerza armada tenía
a su cargo el apoyo al poder civil en sus actividades. Uno de sus princi-
pales cometidos era actuar como “poder disuasivo” en las elecciones.34
Para garantizar el orden y la normalidad durante los actos electorales,
la presencia militar era solicitada en muchos lugares del país, entre los
cuales, además de las capitales provinciales, se contaba también algu-
na cabecera de cantón.35
La presencia de la tropa ejercía, sin duda, cierta presión para definir
el resultado electoral a favor de candidatos oficiales, pero no era decisiva,

34. “El ejército en la vida política bajo el nivel de liderazgo nacional: muchos de estos ejérci-
tos fueron esenciales para la preservación del régimen civil más frecuentemente de lo que
fueron para la preservación del régimen militar; muchos ejércitos votaban, o jugaron
luego papeles esenciales en las elecciones”. (Malcolm Deas, “The Military in Selected
Countries of Spanish America: the development of its Internal Role”, Project, 1983.)
35. Los periódicos oficiales de la época dan razón de asambleas electorales cantonales y pro-
vinciales, en las que destaca la presencia de la fuerza pública para “garantizar” su nor-
malidad. Parece que se destinaban grupos pequeños de soldados para el efecto, que vigi-
laban las reuniones sin participar en ellas.
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El Ejército en la etapa de establecimiento del Estado ecuatoriano (1830-1859) 87

como llegó a serlo en años posteriores. En muchos casos, por ejemplo, las
elecciones parlamentarias intermedias de un período fueron desfavora-
bles al gobierno. En estos años no hay, por lo demás, evidencia sobre acu-
saciones de imposición castrense en los sufragios. Roberto Andrade cuen-
ta: “Las elecciones de 1841 fueron favorables al partido liberal, (la oposi-
ción) pero resultó que Flores, por medio de sus esbirros, cometió tropelí-
as en Cuenca, lo que sirvió para nulitar las elecciones en el Azuay”.36 Por
lo que se ve, las elecciones mismas no pudieron ser manipuladas por el
Gobierno, que una vez derrotado propició el desorden para anularlas. Se
corrobora con otras evidencias que el nivel de ingerencia gubernamental
en las elecciones no le permitía manejar los resultados.
Hay que recordar, para poner luz a este asunto que parece un poco
confuso, que el sistema censatario de elecciones era altamente excluyente
y permitía la votación solo de muy pocos electores, controlables en su
mayoría sin necesidad del ejercicio directo de la violencia. Sufragaban
entonces los oficiales calificados como ciudadanos, pero el grueso de la tro-
pa carecía del derecho de sufragio, que se haría extensivo solo en períodos
posteriores. En todo caso, este nivel de participación política iba más allá
de las elecciones. Numerosos jefes militares ejercían funciones en la alta
cúpula (ministros, legisladores, etc.) y cargos del régimen seccional como
gobernadores, jefes políticos de cantón o autoridades locales de policía.
Una de las actividades castrenses más importantes fue el manteni-
miento del “orden público”. Aparte de los golpes de Estado, los principa-
les hechos de alteración del orden público fueron los alzamientos campe-
sinos, que se produjeron fundamentalmente como reacción a los abusos
en el cobro de impuestos. Estos fueron numerosos, aunque casi todos
confinados a una localidad.37 Luego de un estallido de violencia, que a ve-
ces dejaba uno o varios “blancos” muertos o lesionados, se mantenía cier-
ta agitación en los centros parroquiales o cantonales, hasta cuando un
destacamento de tropas cuyo número variaba entre unas decenas hasta
ciento cincuenta o doscientos, se hacía presente en la zona. En buena
parte de los casos ya no había enfrentamiento para entonces, limitándo-
se los soldados a localizar a los “cabecillas” prófugos que luego serían
entregados a los jueces, aunque no fueron pocos los casos en que se los
abaleó o lanceó estando desarmados. Cuando los amotinados ofrecían
resistencia, una o varias descargas los dispersaba con saldo de algunos
muertos y heridos. Se iniciaba entonces la cacería de “cabecillas”.
Sin duda alguna, la revuelta más fuerte de la etapa que se estudia
fue la que se produjo en 1843, contra el establecimiento de un impues-

36. Roberto Andrade, Historia del Ecuador, 4a. parte, Quito, Corporación Editora Nacional,
1984, p. 246.
37. No existe evidencia de protestas por cobro de impuestos que fueran más allá de una loca-
lidad o un cantón. No se han detectado movimientos que tuvieran impacto regional o se
transformaran en una amenaza, digamos “política”, para los sucesivos regímenes.
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88 Enrique Ayala Mora

to personal de tres pesos cuatro reales, que debían pagar todos los varo-
nes de veintitrés a cincuenta y cinco años. El hecho no fue un levanta-
miento indígena y asumió proporciones grandes y atípicas porque par-
ticiparon en ella cholos, mestizos y “blancos” (que eran los que debían
pagar la “contribución”) y porque cubrió prácticamente toda la Sierra
centronorte. Roberto Andrade cuenta así los hechos:
El Puntal, parroquia del Norte, fue la primera que protestó contra tan incon-
siderado decreto. Siguiéronle Tulcán, Guano, Licto, Chambo, Punín y luego
Riobamba, donde los descontentos fueron acaudillados por los jóvenes
Víctor Proaño y Ramón Maldonado, quienes, en breve, cedieron, por la falta
completa de armamento. En Ambato ocurrieron desórdenes graves, promo-
vidos por el comandante Gabino Espines. En Cayambe murió el Cnel. Adolfo
Klinger, asesinado por el pueblo, porque le suponían de la bandería de
Flores. Klinger era inglés, de los venidos en auxilio de nuestra independen-
cia de España; peleó en Pichincha, a órdenes de Sucre, se enriqueció en
Quito y llegó a ser padre de familia. Poseía una hacienda en Cayambe,
donde con motivo de un alzamiento en contra de la contribución de los tres
pesos fue asesinado en la calle. En Imbabura, la exacerbación iba exten-
diéndose; y Otamendi fue el encargado de apagarla. El negro salió de Quito
con trece hombres, con ellos llegó a Otavalo, sublevado ya, aunque sin
armas, y pasó por la población, al galope sin que tratara de contenerlo el
gentío desarmado. De Ibarra volvió con el Regimiento “lanceros”, fuerte de
250 soldados y alcanzó a los rebeldes en la Loma de Reyes, adonde habían
acudido pobladores de Otavalo, Malchinguí, San Pablo, Cotacachi y
Atuntaqui, todos sin ningún caudillo y desarmados. Otamendi mató e hirió
a algunos; pero se contuvo, viendo que, sin defenderse, corrían. No merece
alabanza esta conducta; el asesino en Miñarica, hubo en Imbabura de aver-
gonzarse de sí mismo.
Ya se había promulgado un decreto, en el que se suspendía la contribu-
ción, el tributo, como era llamado por los pueblos; ya se sometieron los
amotinados en Riobamba: Víctor Proaño pasó al Perú, por las selvas, y
Ramón Maldonado rindió las pocas armas que tenía. Se siguieron desór-
denes, pero causados por la ignorancia o irreflexión de empleados secun-
darios, como uno referido por el historiador Cevallos: un Comisario que, en
San Andrés leía en público el decreto de suspensión, empezó la lectura por
el antiguo decreto de imposición y fue apedreado por el populacho, lo que
ocasionó nuevas embestidas del ejército floreano.
Apareció el Cnel. Felipe Viteri, quien quiso unir su acción a la de los verda-
deros patriotas, ignorante probablemente, del decreto de suspensión. Atrapó
a los peones de una hacienda suya en Ambato, y a ciudadanos vecinos, for-
mó una columna de 150 hombres, y atacó a tropas de Flores, mandadas por
los coroneles Beriñez y Moreno, las que lo forzaron a disolverse. Refugiado
en Baños, volvió a otra tentativa, tan inútil como la anterior.38

38. Roberto Andrade, Historia del Ecuador, 4a. parte, pp. 254-256.
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El Ejército en la etapa de establecimiento del Estado ecuatoriano (1830-1859) 89

Roberto Andrade fue un enérgico adversario de Flores y podría


esperarse que su relato enfatizara los hechos de represión y violencia al
enfrentar la protesta, pero, como se ve, parece que el control de los
movimientos de grupos muy mal armados o definitivamente desarma-
dos, no demandaba esfuerzo bélico mayor, sino más bien un “acto de
presencia” de la fuerza militar. Lo que llama la atención, por otra parte,
es la forma en que se organizaban o improvisaban los grupos contesta-
tarios. Viteri “atrapó” a los peones de su hacienda y junto con vecinos
formó una “columna”. Parece que muy pocos de los integrantes de la
columna tendrían armas de fuego y que los peones indígenas ciertamen-
te no estarían armados, sino desempeñando labores de apoyo. Parece,
así mismo, que el ataque a la tropa regular tendría la doble finalidad de
apoderarse de sus armas y de reclutar quizá gente profesional.39 En
cuanto a las proporciones de la acción castrense, hay otros autores que
corroboran la afirmación de que el ejército se limitó a “disolver” las pro-
testas en la provincia de Imbabura. Romero y Cordero afirma:
Donde más intensamente se dejó sentir la agitación fue en los pueblos de
Otavalo y de Cayambe. Exasperadas grandes masas de indios con el temor
típico en su raza –no por deficiencia de la raza misma, sino por el embru-
tecimiento de siglos a que fueron inmisericordiosamente sometidos por
generaciones de generaciones–, los indios de Otavalo lanzaron el grito de
insurrección, como si despertaran de la imbecilidad en que yacían. Apo-
derados de un puente esperaron el desarrollo de los acontecimientos; pero
Otamendi, a la cabeza de su caballería, fue enviado a sofocarlos. El mismo
terror pánico de las huestes del Inca ante los caballos españoles volvía a
empequeñecer los corazones indígenas: divisar a Otamendi y dispersarse
los defensores del puente todo fue uno. Pero el germen rebelde quedaba
sembrado en tierra fecundísima. Otros amotinados en Cayambe fueron
igualmente dispersados por Otamendi, donde el coronel francés Adolfo
Klinger había sido asesinado por alguno del motín.40

En algunas ocasiones las autoridades dispusieron la movilización


de tropa para represión del bandolerismo, activo tanto en los caminos
como en las cercanías de las haciendas ganaderas. El robo a los viaje-
ros y el abigeato fueron alguna vez acompañados del asesinato, pero la
intervención militar para reducir el bandolerismo se daba cuando el ni-
vel de presión local era grande. El Estado tomaba iniciativa en la repre-
sión cuando los grupos de bandoleros podían llegar a la participación
política, es decir a insertarse dentro de un plan subversivo de mayor
alcance que significara un potencial peligro para la estabilidad del régi-

39. Se ve en repetidos casos en que un oficial insurrecto ataca al ejército regular, esperando
que algunos de sus integrantes, oficiales o tropa, se le unan. Con ello logra incorporar a
sus fuerzas experiencia profesional y dirección especializada. Solo un grupo mixto de
ejército integrado por profesionales y gente reclutada ad hoc tendría posibilidad de éxito.
40. Romero y Cordero, “El Ejército en Cien Años de Vida Republicana”, p. 70.
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90 Enrique Ayala Mora

men. Tal fue justamente el caso de los “chihuahuas”, sobre cuya natu-
raleza hay más interrogantes que respuestas.41
La presencia del ejército en el medio rural, incluyendo en él hasta
las cabeceras cantorales de cierta importancia, no fue sistemática, sino
más bien episódica. Es evidente que la fuerza armada no daba para ese
nivel de cobertura, pero es también claro que su presencia era mal vista
y a duras penas tolerada allí. La presencia de los soldados traía consigo
la requisa de alimentos y acémilas, la amenaza de reclutamiento forzoso
de la mano de obra o de abuso de las mujeres, la destrucción de cose-
chas y recursos de comunicación como puentes, tarabitas, etc. Era, por
ello, frecuente que las poblaciones o los hacendados consideran que
eran más tolerables los males que el remedio de la presencia castrense
y pagaran en dinero o especie a los jefes para que retiraran las tropas de
sus tierras. En las ciudades más grandes, en cambio, se demandaba la
existencia de cuerpos del ejército. En Guayaquil y Quito algunos de éstos
fueron destinados a labores policiales regulares. El presidente Urvina,
por ejemplo, creó una compañía de gendarmes para la capital, depen-
diente de la Comandancia General del Ejército, pero bajo órdenes inme-
diatas del jefe general de Policía.42
Es evidente que la “necesidad” de la fuerza armada como mecanis-
mo de control represivo se daba en condiciones en que el nivel de con-
flictividad, sobre todo en el espacio rural, era disperso y no estructura-
do. Un ejército pequeño, con poco personal y organización como era el
ecuatoriano de entonces no hubiera podido manejar situaciones de pro-
longada resistencia campesina. El que los alzamientos no hubieran
constituido desafío serio para las tropas no se explica fundamentalmen-
te por la superioridad de su entrenamiento, organización o armamento,
sino más bien por la presencia de mecanismos de control fuertemente
establecidos, tanto al nivel de la hacienda, como del Estado y la Iglesia
en sus instancias legales y regionales.
Los conflictos que desencadenaron enfrentamientos bélicos signifi-
cativos no fueron aquellos en que se organizaba la contestación violenta

41. “En tierra, a su vez, las montoneras de los Chihuahuas llegaban a su máxima expresión.
Grupos mal armados, favorecidos por la manigua, cuyos vericuetos solamente ellos cono-
cían; hampas de toda clase, lanzadas al combate, no por ideas ni ideales, sino por afán
de pillaje y carnicería; conciliábulos de descalificados corrompían de este lado o del otro,
brotaban aquí y allá, se multiplicaban en todo sentido. Otamendi, y Guillermo Pareja, del
ejército de Flores, eran los más aptos para vencer en esta clase de combates. Sin embar-
go, el coronel Agustín Franco, obedeciendo a Subero en Chanduy, consiguió con un puña-
do, deshacer un batallón entero de Otamendi” (Romero y Cordero, “El Ejército…”, p. 54).
42. “Se creará y organizará en la capital de la República una compañía de gendarmes cuya
fuerza será de cincuenta hombres, compuesta de veinte y cinco de infantería e igual
número de caballería; y tendrá un capitán, dos subalternos de las clases de tenientes,
subteniente o alféreces, dos sargentos primeros, dos segundos, dos cornetas o trompe-
tas, dos cabos primeros, dos segundos y cuarenta soldados” (Decreto del presidente José
María Urvina, 15 de febrero de 1855. Anexo a la Memoria de Guerra de 1855).
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El Ejército en la etapa de establecimiento del Estado ecuatoriano (1830-1859) 91

desde fuera de sus filas, sino justamente los que enfrentaron a fraccio-
nes del propio ejército comprometidas con alternativas políticas opues-
tas. La funcionalidad de la fuerza armada se medía, entonces, por su
capacidad de organizar y manejar la guerra civil.
Siempre existieron críticas a los excesivos costos de manteni-
miento de la Fuerza Armada y al hecho de que los soldados en tiempos
de paz no realizaban actividad alguna, aparte de algunos esporádicos
ejercicios. Por ello, en varias ocasiones se planteó la posibilidad de que
los soldados pudieran ser utilizados como trabajadores en las obras
públicas. Siguiendo esa tendencia, el gobierno empleó un escuadrón de
lanceros para la construcción de caminos. El ministro de Guerra infor-
maba al Congreso en 1847:
Pasada la alarma que causó la agresión que se preparaba en Europa, y
convencido el jefe de la Nación de que la fuente más abundante de la rique-
za pública se encuentra en la apertura de canales y vías de comunicación;
ha destinado al trabajo del camino que debe conducir de esta Capital al
cantón de Esmeraldas al primer Escuadrón lanceros, cuyos soldados ro-
bustos y acostumbrados al trabajo se emplean en tan útil como provecho-
sa empresa, sin causar más gastos que los que harían en otro punto
hallándose acantonados, y experimentando la inestimable ventaja de que
los jefes y oficiales sirven de celadores de dicho trabajo sin necesidad de
muchos sobrestantes.43

Aunque pareciera que esta medida sería fácil de aplicar, sobre todo
porque, efectivamente, la mayor parte de tiempo los soldados no tenía
función que cumplir, en realidad no parece que haya sido aplicada sino
excepcionalmente. No hay indicación de que lo fuera en las memorias de
guerra anuales, ni en los informes presupuestarios. Quizá las tropas no
aceptaban realizar labores en ambientes muy hostiles como los de la
costa interna, o tal vez su trabajo tenía poca continuidad por la inesta-
bilidad política. Una tarea que, en cambio, sí cumplieron continuamen-
te ciertos cuerpos del Ejército es realizar labores de policía urbana en
las dos principales ciudades, como ya se anotó.

“Institucionalización” del Ejército


¿Qué nivel de institucionalización tenía la fuerza armada al fundar-
se la República? ¿Es pertinente hablar entonces de un “ejército profe-
sional”? ¿Se puede decir que junto con el Ecuador nació también un
ejército “moderno”? Estas varias preguntas posibles que, de antemano
se pueden establecer, no tienen fácil respuesta, debido no solo al nivel
incipiente de la investigación y a la poca disponibilidad de evidencia
empírica; sino también a una escasa discusión teórica que aclara el con-

43. Memoria de Guerra y Marina, 1847, p. 2.


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92 Enrique Ayala Mora

tenido de ciertos términos. Este trabajo aportará con un esfuerzo de


descripción y sistematización expuesto en los siguientes numerales.
Para ello, empero, se imponen ciertas aclaraciones previas.
Hay una relación estrecha entre el robustecimiento y consolidación
del Estado y la institucionalización de la fuerza armada. “El ejército per-
manente y la policía son instrumentos fundamentales de la fuerza del
poder del Estado”, afirma Lenin, añadiendo que esos aparatos represivos
se refuerzan y al mismo tiempo se divorcian de la sociedad conforme se
agudiza el conflicto de clases.44 En el recién fundado Ecuador, como se
ha subrayado en párrafos anteriores, las profundas contradicciones de
clase prevalecientes y la necesidad de consolidación territorial, demanda-
ban la existencia de un aparato militar de carácter permanente. No se da
en nuestro caso ese proceso lento de formación de una fuerza armada a
partir de reclutas eventuales, llamados a servicio solo en caso de guerra.
El país nació con un Ejército constituido ya desde las guerras de la
Independencia y la etapa colombiana. Había, pues, desde el principio, un
nivel de institucionalidad en el Ejército y cierta “profesionalización” en
sus miembros.
Ecuador contó desde su primer momento con una fuerza militar
permanente. En las primeras décadas su nivel de institucionalización
fue bajo, pero esa institucionalización se fue dando paralelamente con
el desarrollo del Estado. El hecho de que fuera permanente y que en la
práctica absorbiera una alta proporción de los recursos del Estado
Central, sugiere que en la realidad de entonces, tenía fuerza para ejer-
cer un buen nivel de monopolio de la violencia, escasamente desafiado.
La acción de guerrillas fue excepcional, como los “chihuahuas”. Por lo
general, había enfrentamiento cuando se dividía el ejército o se produ-
cía una invasión externa. Solo en 1859 se gestaron ejércitos regionales
como expresión de la crisis extrema de ese año.
Desde la fundación de la República, hasta que se institucionalizó y
asentó definitivamente como Ejército Nacional hubo un proceso com-
plejo y largo. Conforme avanzó el siglo XIX, y posteriormente en los ini-
cios del siglo XX, el perfil institucional definitivo del Ejército se conso-
lidó.45 Este proceso se dio con la Revolución Liberal.46 Desde entonces
el país contó con un ejército institucionalizado, con procesos estableci-
dos de reclutamiento, formación castrense, ascensos, cadenas de man-
do y retiro. Se había alcanzado para entonces una “profesionalización
sistemática”. En este sentido se podría afirmar que “La profesionaliza-

44. V.I. Lenin, El Estado y la Revolución, Pekín, Ediciones en Lenguas Extranjeras, 1975,
pp. 10-11.
45. Paco Moncayo Gallegos, Fuerzas Armadas y Sociedad, Quito, Universidad Andina Simón
Bolívar, Subsede Ecuador/Corporación Editora Nacional, 1995.
46. Enrique Ayala Mora, Historia de la Revolución Liberal Ecuatoriana, Quito, Corporación
Editora Nacional/TEHIS, 1994.
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El Ejército en la etapa de establecimiento del Estado ecuatoriano (1830-1859) 93

ción sistemática de las Fuerzas Armadas ecuatorianas, es, pues, un


proceso paralelo a la constitución del Estado capitalista y el Estado
Nacional ecuatoriano”.47
Pero ya quedó claro que desde el principio el Ejército fue permanen-
te, con cierto nivel institucional. Por ello, si usamos el término “profe-
sional” en sentido laxo y amplio, como sinónimo de estable o permanen-
te, entonces, tenemos que aceptar que hubo “profesionalización” en
nuestra fuerza armada desde inicios de la República. Un concepto ope-
rativo amplio esbozado por un analista inglés del fenómeno de la guerra
en Europa, resulta enormemente útil para el esclarecimiento de lo que
se entiende por ejército “profesional”. Afirma Michael Howard:
Para el siglo dieciocho, las guerras europeas eran conducidas por fuerzas
armadas profesionales de un tipo con el que hoy estamos familiarizados.
Sus oficiales no eran primariamente miembros de una casta de guerreros
que luchaban por un concepto del honor o la obligación feudal. No eran
tampoco contratistas haciendo un trabajo para alguien que les pagaría por
ello. Ellos eran servidores del Estado a quienes se les garantizaba empleo
permanente, salario permanente y perspectivas de una carrera. Ellos se
dedicaban al servicio del Estado, o más bien de su “patria” (para usar un
término más emotivo) así en la paz como en la guerra. Fue solo con el desa-
rrollo de estos profesionales a tiempo completo que fue posible trazar una
distinción clara entre los elementos “civiles” y “militares” de la sociedad.48

Siguiendo este razonamiento se podría afirmar que la dependencia


del Estado, la permanencia, la existencia de una jerarquía y la dedica-
ción a tiempo completo, definirían la existencia de una fuerza armada
profesional. Desde luego que las características no se dieron de una vez
en forma total, sino que están sujetas a una evolución. Pero, suscepti-
bles de profundización o aclaración, hay perfiles fundamentales que
pueden establecerse para definir cuando puede hablarse de un ejército
profesional. El mismo autor ya citado establece:
Una maquinaria estatal responsable de mantener y capaz de sostener una
fuerza a tiempo completo en pie en la guerra y la paz; de pagarla, alimentar-
la, armarla y vestirla; y una coherente jerarquía de hombres con una distin-
guible subcultura propia, apartada del resto de la comunidad no solo por su
función, sino por los hábitos, el vestido, la visión, las relaciones interperso-
nales, los privilegios y las responsabilidades que esa función demande.49

47. Daniel Granda Arciniega, “El Estado Nacional y las Fuerzas Armadas en el Ecuador” (bo-
rrador preparado para la Revista de la Academia de Guerra del Ejército), 1982. Se trata de
un trabajo al que he podido acceder gracias a una gentileza del autor, que agradezco.
48. Michael Howard, War in European History, Oxford, Oxford University Press, 1979, p. 54.
(La traducción es del autor de este trabajo).
49. Ibíd., pp. 54-55.
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94 Enrique Ayala Mora

Es indudable que al momento de la fundación de la República, solo


el Ejército y la Iglesia eran instituciones desarrolladas del Estado Cen-
tral. El Ejército absorbió la más alta proporción de los egresos presu-
puestarios. El Estado, pues, mantenía una fuerza armada permanente
tanto en paz como en guerra y disponía de los recursos mínimos para
sostenerla y equiparla. Al mismo tiempo realizó un enorme esfuerzo
legislativo y organizativo para regular su funcionamiento. Desde luego
que no puede afirmarse que solo por el hecho de que se hayan emitido
gran cantidad de leyes, decretos y reglamentos sobre la fuerza armada,
ésta debería considerarse como profesional; pero es claro que detrás de
esos esfuerzos reguladores estaba la realidad de una institución en la
que existían una “carrera” y una jerarquía en funcionamiento.
Como se verá en acápites posteriores, había en el ejército al menos
un núcleo básico de “profesionales” de la guerra, de oficiales, clases y
soldados que se dedicaban en forma exclusiva a la actividad castrense.
Estos “sabían” su oficio y lo desempeñaban en forma permanente, es
decir por espacios significativos de tiempo, en numerosos casos, hasta
retirarse legalmente con muchos años de servicio. Pero ese núcleo que
era un conglomerado de especialistas o profesionales individualmente
considerados; era también un sistema jerárquico con formas específicas
de funcionamiento y pautas de comportamiento colectivo. Pese a los
quiebres repetidos, puede incluso hallarse en el Ejército una lógica uni-
dad no solo en el mando, sino también en el hecho de que no se descu-
bre en sus diversos cuerpos o repartimientos una filiación regional. No
se dan, como en otros países, “ejércitos regionales” (v. gr. el de Quito,
Guayaquil o Cuenca), sino que se considera al Ejército como uno solo.
Es sumamente interesante observar que en una realidad de regiona-
lización tan acentuada como la del Ecuador decimonónico, la unidad for-
mal del Ejército se haya mantenido. Desde luego que había cierta descen-
tralización en los mandos de las tres regiones, especialmente entre Quito
y Guayaquil, pero las circunscripciones castrenses eran de tipo adminis-
trativo. No había un “ejército de la Sierra” o un “ejército de la Costa” ancla-
dos regionalmente. Aun cuando se daban pronunciamientos en
Guayaquil o Cuenca contra el poder central, el apoyo de la fuerza acanto-
nada en la ciudad al movimiento, no la transformaba en fuerza regional.
En la abundante literatura que trata de los enfrentamientos entre
el “civilismo” y el “militarismo” se descubre con claridad la existencia de
un “espíritu de cuerpo” militar o la conciencia de vinculación institucio-
nal que tenían los miembros de la fuerza armada. Era tan distinguible
el estilo castrense, que se llegaba a decir que a pesar de ser militar,
alguien excepcionalmente era tan meritorio que “procedía como civil”. La
vida de cuartel, la disciplina, el vestido, la defensa de abundantes privi-
legios, hacía de los militares una distinguible agrupación en la sociedad.
Para la consolidación de esa identidad corporativa, las guerras indepen-
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El Ejército en la etapa de establecimiento del Estado ecuatoriano (1830-1859) 95

dentistas fueron un elemento muy importante. En ellas se crearon pau-


tas de comportamiento, experiencias comunes, sentido de camaradería,
en suma, la vinculación personal a una realidad institucional.
No es el propósito de este trabajo el hacerlo, pero sería de mucha
importancia estudiar las formas de conciencia y el discurso de los sol-
dados de la época. El ejército, como ya se advirtió, era la continuidad del
formado en las guerras de la Independencia. Por ello su papel en los
nuevos países se veía como continuidad heroica y protagónica del acto
fundacional de las naciones. Sus conceptos de “honor” y “patria”, por
ejemplo, serían buenas pautas para establecer las características de
una suerte de “subcultura castrense” que ya se daba en esos años. En
todo caso, puede afirmarse que ya desde entonces, el “patriotismo” se
concretaba entre un vago sentido de servicio a la Patria y la lealtad al
jefe o caudillo. No puede, por tanto, adjudicarse una forma de funciona-
miento predominantemente mercenaria a la fuerza armada. Menos aún
es dable afirmar que solo cuando se define el carácter nacional del ejér-
cito con el establecimiento del Estado Laico a inicios del Siglo XX, se
puede hablar de institución militar.50 Ya antes de la Revolución Liberal
había en el país un Ejército profesional cruzado por todas las limitacio-
nes del Estado Oligárquico Terrateniente, es verdad, pero con niveles de
institucionalización y sentido de cuerpo que se habían ido acentuando
con el paso del tiempo.

ORGANIZACIÓN DEL EJÉRCITO Y LA MILICIA

Estructura del Ejército


Cuando se estableció el Estado del Ecuador en 1930, existía ya una
fuerza armada permanente, herencia de las campañas de la Independen-
cia y de Colombia. Había también ya una estructura militar establecida,
que no fue desmantelada, sino conservada y paulatinamente reorganiza-
da. Se descubre, pues, un hecho de continuidad que a veces se pierde de
vista con la novedad de fundación de la República.
El país nació con un Ejército existente que consumía la casi totali-
dad de los ingresos del Estado. Una alta proporción de las iniciativas
reguladoras de la naciente República se orientaron a normar el funcio-
namiento de la fuerza armada. Desde los primeros congresos, se comen-
zó a emitir una enorme cantidad de leyes y decretos que normaban la

50. Los párrafos subsiguientes apuntan justamente a un esclarecimiento de esta realidad.


En ellos se descubrirá una trama institucional y una realidad “profesional” mucho mayor
de lo que puede uno imaginarse en el Ejército ecuatoriano de inicios de la República.
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96 Enrique Ayala Mora

organización, el número, el funcionamiento y otros aspectos de la vida


del Ejército. Buena parte de estas normas, desde luego, no tenían com-
pleta aplicación, pero sería un error no pensar que también buena parte
de ellas tenían vigencia y, en efecto, se emitían para encarar situaciones
reales y resolver necesidades de la trama interna castrense y del funcio-
namiento del Estado.
La Constitución de 1830 estableció que los órganos fundamentales
del Poder Ejecutivo, dirigido por el presidente de la República, serían un
Ministro-Secretario, a cargo del gobierno interior y exterior y de la
hacienda, y un Jefe de Estado Mayor General a cargo del “Negociado de
Guerra y Marina”.51 Este último ejercía al mismo tiempo funciones
ministeriales y la comandancia de la fuerza armada. El Estado Mayor
tenía dos órganos o secretarías, la de Guerra y la de Marina (Gráfico A).

51. “Constitución del Estado del Ecuador”, en Nueva Historia del Ecuador, vol. 15, p. 141.
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El Ejército en la etapa de establecimiento del Estado ecuatoriano (1830-1859) 97

En 1831 se emitió una Ley Orgánica Militar.52 Es importante desta-


car que el militar fue uno de los primeros ámbitos de la vida del estado,
que fue objeto de legislación expresa.53 La Ley estableció, de acuerdo con
el régimen departamental adoptado por el estado, la división del país en
tres circunscripciones militares que primero fueron “estados mayores”,
para luego transformarse en “comandancias”. Estas estaban asentadas
en las cabeceras departamentales: Quito, Guayaquil y Cuenca. Tenían,
también, siguiendo la pauta del propio estado, un significativo nivel de
descentralización, aunque no llegaron a constituir ejércitos regionales.
Aunque las tres comandancias tenían igual rango formal, la importancia
política y estratégica de Quito y Guayaquil hacían que las dos fueran, en
la práctica, los ejes de poder militar del país, puesto que allí se concen-
traban casi la totalidad de los efectivos castrenses. La Ley de 1831 dispu-
so también la existencia de tres batallones de infantería y dos regimien-
tos de caballería. Al mismo tiempo prohibió el aumento de la fuerza públi-
ca sin consentimiento del Congreso o el Consejo de Estado.54 Esta norma
sería muy frecuentemente desobedecida ante las urgencias de sofocar la
continua agitación política interna y amenazas de invasión externa.
Desde los primeros años de la administración floreana se pudo es-
tablecer ya una estructura de la fuerza armada en el Ecuador (Gráfico
B). Sin embargo, parece ser que la Ley Orgánica Militar emitida en 1835,
fue la reguladora de la trama orgánica del Ejército. Las sucesivas leyes
orgánicas emitidas en períodos subsiguientes, que fueron varias, con-
servaron la estructura básica y el esquema de ésta. Desde entonces, la
alta dirección de la fuerza armada estaría a cargo del Ministerio de Gue-
rra y Marina, al frente del que estaba un Ministro-Secretario de Estado,
miembro del Gabinete. El Ministerio tenía un “Oficial Mayor”, que diri-
gía la organización y los trámites burocráticos, y las “Secciones” a cargo
de un jefe. Un número de asistentes, ordenanzas y el portero, comple-
taban su tren administrativo (Gráfico C).
En la jerarquía seguía al Ministro, el General en Jefe del Ejército,
que estaba al frente de su Estado Mayor. Cada uno de los distritos te-
nían su Comandancia General, de la que dependían el hospital, cuando
había, y las dependencias logísticas, como los parques. En algunas de
las provincias existían comandancias militares, dependientes de la res-
pectiva Comandancia General (Gráfico D). Estas comandancias se esta-
blecían de acuerdo a las necesidades del servicio, ya sea para mantener

52. Estado del Ecuador, Ley Orgánica Militar, expedida el 4 de noviembre de 1831. Primer
Registro Auténtico Nacional, No. 23, pp. 176-179.
53. Tan temprano como el año 1931, es decir en el primer Congreso constitucional se discu-
tió y expidió una Ley Orgánica Militar (Cfr. Carlos Viteri, Calendario Militar Ecuatoriano,
Guayaquil Reed & Reed, 1941).
54. Luis Robalino Dávila, Orígenes del Ecuador de hoy, t. I, Nacimiento y primeros años de la
República, Puebla, Editorial Cajica, 1967, p. 166.
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una fuerza permanente en la provincia, para organizar las milicias, o


para realizar obras públicas.55 Las comandancias de provincia (que se
llamaron “militares” o “de armas” en diversas épocas) tenían a veces
corta vida, puesto que podían ser suprimidas por puro acto ministerial
o decreto ejecutivo. Para la década de los cincuenta se había estableci-
do ya una estructura orgánica del Ejército que iba desde la dimensión
nacional a las provincias y unidades por arma (Gráfico E).
Hemos destacado el hecho de que desde la primera década de la
vida republicana ya se reguló en términos jurídicos al Ministerio de
Guerra y a la Fuerza Armada, en especial al Ejército. Pero no debe dejar
de observarse que las disposiciones de las leyes no se cumplían siempre.
En la práctica, varias normas se mantenían como un objetivo o una aspi-
ración, pero no se aplicaban y algunas de sus instancias solo existían en
el papel. En estos párrafos y en el gráfico B se ha seguido la estructura
que aparece en la Ley y en las memorias ministeriales, pero resulta claro
de sus propios contenidos, que solo se aplicaban parcialmente.

55. En el caso de Esmeraldas, por ejemplo, se creó allí una comandancia para dotar de hom-
bres a la construcción del camino al Pailón (Cfr. Memoria de Guerra de 1847, p. 3).
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En el Ejército, la gran mayoría de oficiales y tropa estaba destina-


da al servicio en las diversas comandancias. Había, sin embargo, un
grupo de militares que, estando en servicio activo, eran destinados a
funciones castrenses específicas. Estas eran, las de edecanes del Presi-
dente, jefes e instructores de la Escuela Militar (cuando ésta funciona-
ba), responsables en la fábrica de pólvora, etc. Un número de oficiales
estaba también destinado a la judicatura y funciones inferiores en las
cortes marciales. También existía otro grupo, a veces muy numeroso, de
militares que dejaban temporalmente el servicio para ejercer funciones
o “destinos” civiles. Tal era el caso de aquellos que eran nombrados
ministros, gobernadores de provincia, jefes políticos y otros cargos sec-
cionales (el cuadro 1 ofrece una muestra de esos “destinos civiles”).
Desde la primera Ley Orgánica Militar, se estableció la existencia de
un “ejército permanente”, es decir de una fuerza integrada por militares
“a tiempo completo”, que viven básicamente de su oficio. Más allá de las
puras fórmulas jurídicas, y a la luz de la discusión planteada en el nu-
meral anterior, vale la pena establecer el nivel real de “permanencia” de
este ejército. Para ello, se han consultado cuidadosamente las memorias
de guerra, tratando de rastrear la continuidad de la presencia de los
individuos en las filas. Los datos no permiten sistematizar esta observa-
ción en un cuadro, pero ofrecen suficiente evidencia para establecer
que, pese a la inestabilidad política del país y al bajo nivel de institucio-
nalización castrense, había grupos mayoritarios de oficiales y tropa que
permanecían en el ejército por períodos significativos que sobrepasaban
los diez años.56
Entre los oficiales había muchos que ejercen la profesión militar
como forma de consolidar su influencia política, ya que su actividad
fundamental era la actividad agrícola; pero puede establecerse que la
mayoría, en cambio, era profesional de las armas, cuya actividad funda-
mental y medio de vida, a veces hasta único, era el ejército. Se mante-
nían en sus filas por períodos considerables, hasta llegar al retiro.
Desde luego que entre estos, había numerosos casos de quienes eran
separados de las filas por razones políticas, pero al cabo de un tiempo
la gran mayoría volvía a ellas por vía de reincorporación.
Entre la tropa, la permanencia estaba regulada por las normas
legales que establecían un mínimo del servicio de cuatro a seis años.57
Los soldados en su gran mayoría cumplían con el mínimo; pero los “cla-
ses”, sargentos y cabos, eran la columna vertebral de los cuerpos y, en

56. Así puede desprenderse del estudio de los listados que aparecen en las Memorias de
Guerra. Puede decirse que, aún luego de cambios políticos importantes como el del 6 de
marzo de 1845, la permanencia de un grupo de oficiales y tropa es consistente.
57. “Art. 19. La duración del servicio en la clase de tropa será la de cuatro años en los cuer-
pos de infantería, debiendo ser de seis en las armas de artillería y caballería”. (Ley
Orgánica Militar expedida por el Congreso de 1855, p. 5).
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la medida en que su conocimiento práctico del oficio era grande, se


encontraron mecanismos para retenerlos en las filas por largos perío-
dos. Muchos de ellos se llegaron a retirar luego de quince y veinte años
en el servicio. En cuanto a los soldados, habría que distinguir entre los
reclutados en los conflictos bélicos, que casi en su totalidad volvían a
sus labores una vez pasada la emergencia, y un núcleo que tenía un
buen nivel de permanencia. Esto, en buena parte, porque las funciones
castrenses iban creando una suerte de “espacialismo” en los soldados
que hallaban dificultad para obtener trabajo, tanto más que en el Ejér-
cito les era imposible ahorrar alguna cantidad significativa de dinero.
Así lo constataba el ministro de Guerra en 1846, cuando decía respecto
de los militares que no podían ser licenciados:
Consumidos los más preciosos momentos de la vida en las fatigas de la ri-
gurosa profesión militar, contraídos casi exclusivamente a los actos de ser-
vicio, constituidos en la dura y casi insoportable condición de obedecer
pasiva y ciegamente los mandatos superiores, ninguno ha podido siquiera
economizar el tiempo más corto para adquirir ni aun lo preciso que pudie-
ra remediar las necesidades del hombre.58

Entendido que el Ejército tenía un núcleo estable de oficiales, clases


y soldados, profesionales en el ejercicio de las armas, que le daban su ca-
rácter permanente, hay que preguntar ahora cuántos eran. También en
esto las sucesivas legislaciones establecieron diversas cifras, pero en las
tres primeras décadas de vida del Ecuador, el límite del “pie de fuerza”
establecido legalmente para el ejército fue entre mil cien y mil seiscien-
tos.59 El número de los efectivos reales tuvo, como puede observarse, una
fluctuación mayor (cuadro 2). Fue desde novecientos a algo más de dos
mil, según se presentó la necesidad de llamar al servicio a los cuerpos de

58. Memoria de Guerra y Marina, 1846, p. 14.


59. Pueden consultarse las memorias de Guerra y Marina entre 1833 y 1859. Como ejemplo,
se transcribe un decreto que regula el pie de fuerza y organiza los cuerpos: “José María
Urvina, presidente de la República del Ecuador, etc. Considerando:
1o. Que la República se encuentra en completa paz interior y exterior, y que por consi-
guiente es un deber del Gobierno el reducir las fuerzas del Ejército a pie que señala la ley
de 28 de septiembre de 1852; y
2o. Que la experiencia ha demostrado que la organización de ejército encueraos de poca
fuerza, ofrece las mayores ventajas para su conservación, disciplina, pronta movilidad y
aumento del Ejército sobre estas bases, cuando lo exijan las circunstancias; y autorizado
por el Consejo de Gobierno para adoptar medidas de organización, he venido en decretar
y Decreto:
Art. 1o. El Ejército de la República constará de mil cuatrocientos trece hombres, distri-
buidos en una brigada de Artillería, dos batallones ligeros de infantería, denominados
Número 1, Número 2 y dos columnas igualmente ligeras, denominadas Pichincha y Baba-
hoyo, y tres Escuadrones de caballería, con inclusión del 2o. Escuadrón Lanceros que
hará el servicio de policía en la ciudad de Guayaquil. Estos cuerpos, en sus respectivos
acantonamientos, dependerán inmediatamente de los comandantes generales de distrito”.
(Tomado del Decreto Ejecutivo de 30 de agosto de 1853, expedido por el presidente Urvina.
Citado en la Memoria de Guerra y Marina de 1853).
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milicias. Cuando existía peligro de revuelta o invasión, la fuerza armada


podía llegar a 2.500 efectivos.60 En un caso, el ministro de Guerra infor-
mó al Congreso de 1847: “Por el mes de marzo del presente año contaba
el ejército con cuatro mil decididos y valientes soldados distribuidos y
acuartelados en las diversas provincias de la República”.61 En pocos
meses, según lo informa el propio ministro, ese número fue sustancial-
mente reducido. Con los datos disponibles puede establecerse un pro-
medio de mil doscientos en condiciones de normalidad. En 1858 el
número de efectivos con que contaba el Ejército era de 1.030 hombres
(cuadro 3). Aunque la tendencia de los gobiernos fue reducir al máximo
los efectivos, sobre todo en tropa, nunca llegó a proponerse medida de re-
ducción más drástica que la disolución de algún cuerpo. El ministro de
Guerra ofrecía este panorama ante el Congreso en 1855:
En las sesiones legislativas el año pasado fijasteis el maximun de la fuer-
za armada en el número de mil cuatrocientos veinticinco hombres, distri-
buidos en los cuerpos de las diversas armas de artillería, infantería, caba-
llería y la dedicada al servicio de policía. Tal fuerza vistió en el corto perío-
do de paz que transcurrió desde el 9 de noviembre del año pasado hasta el
27 de marzo del presente, en que el Poder Ejecutivo fue investido con las
facultades del art. 73 de la Constitución, a consecuencia de los planes
revolucionarios que se desarrollaban en el interior de la República, en apo-
yo de nuevas invasiones de piratas que contrataba en el extranjero, el
insigne traidor de la América Española Juan José Flores; desde esta últi-
ma fecha, repito, el Gobierno proveyó a la seguridad nacional, aumentan-
do las fuerzas con las altas que se dieron a los cuerpos permanentes, y con

60. La correspondencia consular británica registra un informe del cónsul con estos datos
sobre la “Fuerza Militar del Ecuador”:

Ejército regular Milicia


Infantería 1.500 2.500
Regimientos 4
Batallones 6
Caballería ligera 500 200
Regimientos 2
Escuadrones 4
Artillería
Cañones 10
Hombres 300
Total 2.300 2.700
Marina Cañones Hombres Años de construcción
Veleros Invencible 6 30 1838
Olmedo 6 30 1840
Vapores Guayas 2 20 1838
Totales 14 80
Nota: Ese momento se había incrementado el Ejército Permanente por la amenaza de
invasión floreana.
Fuente: Public Record Office, FO 25, vol. 21.
61. Memoria de Guerra y Marina, 1847, p. 1.
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las compañía sueltas de la guardia nacional que ocasionalmente se llama-


ron al servicio activo en los puntos de los tres Distritos militares que se
creyó más necesarios. Llegó un día en que estas fuerzas se aproximaron al
número de cuatro mil hombres, sin que para esta alta repentina se hubie-
sen hecho grandes esfuerzos, ni se hayan visto los escándalos de un reclu-
tamiento violento, y ni se hayan notado otros aparatos bélicos; pero con-
forme fueron atenuándose las circunstancias, se moderó también el valor
y el entusiasmo del ejército y se disminuyó su número, retirándose los
cuerpos que se formaron de las guardias nacionales, y dándose muchas
bajas en los del ejército permanente, quedando solo de los primeros, tres
pequeños piquetes en las provincias de Cuenca, Loja e Imbabura, cuyo nú-
mero alcanza a cuarenta hombres. La fuerza permanente en el día ascien-
de a mil seiscientos tres hombres.62

Dentro del ejército permanente se distinguían las tradicionales tres


armas: infantería, caballería y artillería (gráfico F). Cada arma se compo-
nía de diversas unidades de línea, cuyo número variaba notablemente
según las normas legales y las limitaciones de la realidad (cuadro 4).
La Infantería, que era el arma más numerosa, estaba organizada
por batallones. Al inicio los batallones eran tres, pero luego estos fueron
reducidos a dos. Cada batallón tenía su plana mayor de jefes, ayudan-
tes, cirujano, capellán y músicos. Según las regulaciones vigentes en los
cincuenta, la plana mayor tenía 40 hombres. El batallón se dividía en
seis compañías, que constaban de cuatro oficiales, catorce clases y
sesenta y cinco soldados, incluidos tres cornetas. En total, el batallón
tenía 538 plazas (gráfico G). Cuando una unidad de infantería no tenía
sino un reducido número de hombres y no podía formar un batallón, se
la denominaba “columna”.
La Caballería estaba organizada por escuadrones, cada uno de los
cuales tenía su plana mayor integrada por ocho oficiales y clases. El
escuadrón se dividía en dos compañías integradas por cuatro oficiales,
trece clases y cuarenta y seis soldados. En total sesenta y tres hombres.
El escuadrón se componía de 134 plazas (gráfico G).
La Artillería estaba organizada por brigadas, cada una de las cua-
les tenía un estado mayor compuesto por cinco oficiales y clases. A su
vez la brigada se dividía en cuatro compañías integradas por tres oficia-
les, trece clases y treinta y siete soldados. En total cincuenta y tres hom-
bres. Lo que da una cifra de doscientos diecisiete integrantes por briga-
da (gráfico G).
Las cifras mencionadas aquí con referencia a la Ley de 1851 no
fueron permanentes. La Ley de 1855, por ejemplo, redujo el número de
compañías de un batallón a cuatro y elevó las de un escuadrón a tres;
cambiando también el número de plazas. Sin embargo, puede estable-

62. Memoria de Guerra y Marina, 1855, p. 3.


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cerse como una constante, el hecho de que los cuerpos tuvieran siem-
pre menos plazas que las legalmente previstas (comparar cifras del cua-
dro 4). Esta diferencia, empero, no fue proporcional. Fue siempre
mayor en el caso de la tropa e inferior en el caso de los oficiales. Como
puede observarse por las cifras, mientras el número de oficiales es casi
igual al que la Ley prescribía, el de la tropa es sensiblemente menor, lle-
gando a ser menos de la mitad, especialmente en lo que se refiere a sol-
dados.63
Los grados del escalafón de jefes y oficiales, así como los de tropa,
eran los heredados de la tradición colombiana, aunque se dieron algu-
nas reformas menores y cambios de denominaciones en el transcurso
de los primeros treinta años de vida republicana:
Jefes y oficiales Tropa
General Sargento primero
Coronel Sargento segundo
Teniente coronel Cabo primero
Sargento mayor Cabo segundo
Capitán Soldado
Teniente
Subteniente/Alférez (según el arma)

La legislación cambió varias veces en lo que se refería a los genera-


les. En algunos casos se estableció la diferencia entre los grados General
de Brigada y General de División. Pero en 1848 se suprimió el grado de
General de División. Esta norma se mantuvo de allí en adelante. El gra-
do de Coronel era único, pero en el funcionamiento de la fuerza, se dis-
tinguían los “coroneles efectivos” de los “coroneles graduados”. A los
grados regulares se añadían también los de oficiales asimilados, como
cirujanos y capellanes, que recibían jerarquías dentro del escalafón,
pero no tenían ni las mismas obligaciones, ni los mismos derechos.
Decía al Congreso de 1841 el presidente Flores: “La policía está en
el más completo abandono”.64 Lo cual era corroborado por un viajero
que diez años después observaba: “Con una policía (en Quito) muy mal
organizada, los hurtos son muy comunes”.65 Los gobiernos trataron de
solucionar el problema en la década de los cincuenta, organizando dos
compañías del ejército dedicadas específicamente a las labores policia-

63. Decía el presidente Rocafuerte al Congreso de 1839: “No estará por demás observar que
por el artículo 6 de la Ley Orgánica Militar, hay dos batallones de infantería, dos regi-
mientos de caballería y una compañía de artillería, formando la suma total de 1.300
hombres; y como contamos más de doce generales, a cada uno menos de 108 soldados
de mando”. (En: A. Novoa, Recopilación de Mensajes…, t. I, p. 302).
64. Ibíd., p. 328.
65. Transcripción de la relación de viajes de Alejandro Holinski, El Ecuador visto por los extran-
jeros, Biblioteca Mínima Ecuatoriana, Puebla, Cajica, 1960, p. 334.
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les de Guayaquil y Quito.66 El Estado central, de este modo, asumía una


competencia de las autoridades locales, quienes tenían a su cargo el
control del orden mediante “celadores” pagados por los municipios.

Equipamiento e instalaciones
Cuando se disolvió Colombia, los ejércitos de los países que fueron
sus herederos mantuvieron la continuidad en la organización y equipa-
miento castrenses, de acuerdo a las pautas que se habían ido gestando
en las guerras independentistas sobre la base de la readecuación de los
procedimientos españoles, la experiencia local y las innovaciones traí-
das por militares extranjeros, fundamentalmente británicos. Fue así
como hasta pasada la mitad del siglo, no se dieron cambios significati-
vos en estos campos. Una meticulosa relación del ministro Gómez de la
Torre de todos los “artículos de guerra” que tenía el Ecuador en 1849,
permite conocer al detalle el equipamiento de entonces (cuadro 5). Un
cuadro anexo a la Memoria de 1858, aunque no contiene los mismos
detalles, permite establecer una comparación al cabo de una década
(cuadro 6). En general, todas las memorias anuales de guerra y marina
ofrecían detallada información sobre armamento, instrumental y útiles
de guerra existentes en todo el país. Los ítems y criterios de clasifica-
ción, sin embargo, no fueron siempre los mismos. Por ello, resulta difí-
cil establecer una comparación general. De todas maneras, con las limi-
taciones ya mencionadas, se puede formular un cuadro con las cifras
de 1847 a 1858 (cuadro 7).
La infantería siguió constituyendo, y así habría de ser por largo tiem-
po, la base fundamental del ejército. El equipo fundamental de los infan-
tes era el fusil o el rifle y la carabina en menor proporción. De este tipo
de armas existía una gran cantidad de modelos, fruto de adquisiciones
sucesivas. Se trataba de armas de disparo con piedra de chispa que se
complementaban con bayonetas para la lucha cuerpo a cuerpo. Las
municiones se producían localmente, para lo cual el Gobierno mantenía
monopolio sobre la única fábrica de pólvora que había en el país, loca-
lizada en Latacunga. La fábrica no experimentó ningún crecimiento sig-
nificativo y la queja constante de los ministros de guerra fue que “han
sido infructuosas todas las providencia que se han dictado para preca-
ver el contrabando, que con la mayor facilidad y publicidad, se hace en
muchos de nuestros pueblos, puesto que los que se ocupan de la fabri-
cación clandestina de este artículo, no encuentran obstáculos…”.67

66. “El escuadrón destinado a la policía en la provincia de Guayaquil, consta de setenta pla-
zas y la compañía creada para igual servicio en esta capital (Quito) tiene cincuenta; se com-
pone de soldados de infantería y caballería” (Memoria de Guerra y Marina de 1857, p. 3).
67. Memoria de Guerra y Marina, 1841, pp. 3-4.
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110 Enrique Ayala Mora

En varias oportunidades se hicieron compras de fusiles, rifles y bayo-


netas, en el exterior, pero se producían constantes pérdidas de estos
implementos, especialmente en las deserciones que se daban en las accio-
nes de armas. Parece que las nuevas compras fueron ya de armas de tipo
más moderno, porque a fines de la década de los cincuenta la dotación de
piedras de chispa para las armas antiguas rebajó sensiblemente (cfr. cua-
dro 6). En todo caso, la dotación de rifles y bayonetas para infantería
regular se mantuvo en cifras similares a las del pie de fuerza, es decir,
entre mil y mil quinientos. Los parques de Quito, Guayaquil y Cuenca
mantenían en depósito entre tres y seis mil de estas armas para uso de
milicias, pero buena parte de ellas se hallaba en muy mal estado de con-
servación, de acuerdo a los informes oficiales de entonces.
Además de la compra en el exterior, por cierto cara y lenta, un me-
canismo muy socorrido de reequipar de fusiles a la infantería fue la
recuperación de las armas mantenidas en poder de civiles, cuyo núme-
ro, al parecer, era elevado. Decretos como el que se transcribe fueron
muy frecuentes:
Art. 1. A todo el que presentare o denunciare al Gobierno, la existencia de
fusiles o carabinas ocultas, se le abonarán por cada uno de los fusiles que
se encontraren cuatro pesos, y tres por cada carabina.
Art. 2. A todo el que se le hallase estas armas, después de ocho días de
publicado el presente decreto en el cantón o parroquia de su residencia, se
le impondrá de multa, por cada una de ellas, el máximo de la pena que
señala el respectivo reglamento de la policía, sin perjuicio de las otras a
que se haga acreedor según los datos que contra él resulten.68

En otro caso, la indemnización era de dos pesos por fusil completo


y dos reales por bayoneta.69 Puede deducirse que el mecanismo era efec-
tivo, puesto que se lo utilizó frecuentemente, pero las sanciones por
retención de armas eran aplicadas en forma muy aislada y solo en casos
en que se buscaba un agravante para enjuiciar a enemigos del gobierno
o desertores.
Tanto para el caso de infantería, como para las demás armas y ser-
vicios, la estadística de equipos, armamento e instrumental era muy
cuidadosa. Puede registrarse su evolución mediante la comparación de
los cuadros anuales presentados por los ministros referidos al ejército
permanente y a los parques militares (cuadro 7). Puede notarse por la
comparación de esas cifras y por informaciones de los ministros, que
durante el régimen urvinista la compra de armas y equipos se intensifi-
có. Decía el ministro al Congreso de 1856 que todo el armamento esta-
ba en estado de servicio, ya que la mayor parte era nuevo. “Debe ade-

68. Decreto del presidente Roca transcrito en la Memoria de Guerra y Marina, 1848.
69. Decreto del presidente Urvina transcrito en la Memoria de Guerra y Marina, 1855, p. C.
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El Ejército en la etapa de establecimiento del Estado ecuatoriano (1830-1859) 111

más contarse –decía– con tres mil fusiles que están al llegar a Gua-
yaquil, según el aviso que se ha recibido de Europa, en donde los mandó
comprar el Gobierno”.70
La caballería contaba con un número determinado de oficiales y
soldados, pero careció crónicamente de caballos. “Los escuadrones
–decía el ministro de Guerra en 1846– no tienen el número debido de
caballos”, indicando, además, que la mayor parte de los que había eran
“inútiles para el servicio”.71 En esos años el número de acémilas no lle-
gaba al promedio de cien. Pero luego se incrementó. El ministro en 1856
indicaba que llegaban a 230.72 Sin embargo, siempre el número de sol-
dados de caballería fue sensiblemente superior al de caballos disponi-
bles. Hubo cuerpos enteros de “caballería”, como el caso del Escuadrón
“Taura”, que no tenía caballos. Todo ello provocó que se mantuviera
inalterado el sistema de “requisa”, es decir, tomarlos de los civiles sobre
todo en tiempos de campaña, a cambio de documentos de difícil si no
imposible cobranza posterior al fisco. La “requisa” fue uno de los abu-
sos más temidos por terratenientes y campesinos, que buscaron nume-
rosas formas para esconder sus animales cuando los cuerpos del Ejér-
cito andaban cerca.73
El arma básica de la caballería era la lanza, cuya versatilidad se
manifestó reiteradamente no solo en las acciones de armas propiamen-
te dichas, sino también en las labores de represión de motines. Su cons-
trucción y mantenimiento, por lo demás, eran muy baratos, como lo
destacaba el ministro en 1846: “Los cuerpos de caballería solo tiene las
lanzas por ser muy fácil el construirse. Y nada costosa su conservación.
Se les ha proporcionado las suficientes y de buena calidad, aún cuando
se aumenten las plazas o se formen otros escuadrones, no será costoso
construir el número que se quiera: mas carece de sables y demás armas
que componen el tren de caballería; dignaos pues autorizar al Ejecutivo
para que los compre en el extranjero”.74 La falta de sables parece que
nunca fue solventada. En cambio, a juzgar por las cifras de los cuadros
respectivos, en la década de los cincuenta se optó por incrementar sen-
siblemente el número de carabinas para la caballería (cfr. cuadro 6).
Así como los oficiales y tropa de caballería se “especializaban” sobre
la marcha, los caballos eran entrenados por fuerza de la costumbre. En
todo caso, como se verá, los oficiales de caballería tenían derecho a
“raciones de caballo”, que recibían para mantenimiento de los animales.

70. Memoria de Guerra y Marina, 1856, p. 3.


71. Memoria de Guerra y Marina, 1846, p. 7.
72. Memoria de Guerra y Marina, 1856, p. 4.
73. Además del ocultamiento oportuno, otro recurso para impedir la “requisa” era el pago al
jefe del destacamento para que no tomara los caballos.
74. Memoria de Guerra y Marina, 1846, p. 6.
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112 Enrique Ayala Mora

La importancia de la artillería fue realmente muy reducida en el


período, debido al costo de su mantenimiento, a la ausencia de tecnifi-
cación y al tipo de enfrentamiento bélico que se daba, en el que la acción
de la artillería no era decisiva. Los escasos cañones que tenía el ejérci-
to no estaban destinados a movilizarse con los cuerpos al campo, sino
que permanecían fundamentalmente en las plazas de Quito y Guaya-
quil. En esta última ciudad se mantenía la mayor dotación de artillería
para efectos de defensa del puerto, pero, al parecer, nunca se contó con
más de seis u ocho piezas entre cañones y culebrinas en servicio. Decía
el ministro en 1846: “La mayor parte de los cañones que existen en
aquella plaza se encuentran desmontados, y aún se puede decir aban-
donados, de lo que resultará precisamente su inutilización, si no se
toman medidas eficaces, para prevenir una pérdida de tan grande con-
sideración”.75 A la limitación material había que añadir el hecho de la
falta de competencia del personal, como lo decía el ministro en 1849:
Doloroso me es anunciaros que en la Artillería no hay un solo oficial que
pueda manejar esta arma, en la parte científica, jamás se ha cuidado de
formarlos, al paso que en nuestros puntos litorales su uso es de primera
necesidad. Aun cuando por las penurias del Tesoro no sea posible estable-
cer el expresado colegio con todo el arreglo que existía, debe al menos en
Guayaquil instalarse una escuela de Artillería Naval y de Sitio, para que se
enseñen las nociones de más importancia.76

Tanto para el caso de infantería, como para las demás armas y ser-
vicios, la estadística de equipos, armamento e instrumental era muy
cuidadosa. Puede registrarse su evolución mediante la comparación de
los cuadros anuales presentados por los ministros referidos al Ejército
Permanente y a los parques militares. Ya en la Ley Orgánica Militar de
1846 se establecía la existencia de “guardaparques y armeros” en Quito
Guayaquil y Cuenca. Y en la de 1851 y subsiguientes se establecieron
normas detalladas como la existencia de una fianza para los guardapar-
ques y extremas seguridades para el cuidado del material.77
El vestuario y uniformes del Ejército fueron materia de detalladas
disposiciones. En efecto, desde el inicio de la República se reguló lo que
debían recibir tanto oficiales como tropa.78 Así mismo, se reglamentaron

75. Ibíd., p. 6.
76. Memoria de Guerra y Marina, 1849, p. 3.
77. La Ley establecía que las puertas de los almacenes tendrían tres cerraduras y llaves, de
acuerdo con normas expresas. “En Guayaquil tendrán las tres llaves de que habla este
artículo, el Comandante de Armas, el Comandante de artillería y el guarda-parque, y en
Quito y en Cuenca, el Comandante General, el Tesorero, y el guarda-parque” (República
del Ecuador, Ley Orgánica Militar, art. 42, Quito, 2, VII, 1851, pp. 11-12.
78. “1o. Los individuos de tropa de Infantería recibirán cada dos años tres camisas de lienzo,
un morrión de suela con cordones, pompón, funda y escarapela nacional con el número
del cuerpo a que pertenezca, un corbatín de suela, un gorro de cuartel, una casaca de
paño, un calzón de paño, dos de género blanco, dos chaquetas de lienzo, un capote, dos
pares de zapatos, una fresada y un morral.
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El Ejército en la etapa de establecimiento del Estado ecuatoriano (1830-1859) 113

colores y modelos de los diversos uniformes a usarse, siendo el básico


el de paño azul oscuro combinado con prendas blancas y barras rojas y
doradas.79 En la realidad, empero, la limitación económica hizo que
nunca se pudiera dotar al personal del vestuario adecuado. Los oficia-
les frecuentemente se los proveían privadamente y la tropa usaba ropas
de diverso origen y lamentable estado de conservación. El ministro de
Guerra observaba en 1839:
Por una resolución de 26 de abril de 1833 que arregla al vestuario del ejér-
cito y que está vigente, cada dos años debe darse a la tropa las prendas
que allí se expresan. Creo que varias de ellas pueden alcanzar para ese
tiempo, y que algunas pueden tener más duración sino hay que empren-
der campañas que bien pronto lo destruyen todo en razón de tener el sol-
dado que dormir casi siempre en campo raso, expuesto a toda clase de
intemperies. Mas lo que no puede durar dos años, aun en tiempo de paz,
son la casaca y pantalón de paño que designa la ley, por las razones
siguientes: 1. por que los paños que se destinan para vestir la tropa son de
una inferior calidad, y no es posible conservarlos en buen estado por más
de un año; y 2. por que no existiendo camas en nuestros cuarteles, como
se observa en Europa, la tropa tiene que dormir en el suelo; y claro es que
no hay tela, por buena que sea, que resista largo tiempo a ese mal trato.
Opino, pues, que para evitar que los cuerpos del ejército anden cubiertos
de andrajos, contra el decoro de la nación, o para poner las leyes de la
materia en consonancia con lo que realmente se puede llevar a cabo; debe
hacerse sobre el particular, unas reformas.80

El vestuario del Ejército fue siempre motivo del ejercicio de influen-


cias y de negociados. Los productores de tela, especialmente los más
grandes de la Sierra buscaban insistentemente poder entregar al minis-

2o. Los de caballería, tres camisas, un morrión con cordones blancos, funda del mismo
color, plumero encarnado, y la escarapela nacional, un gorro de cuartel, un corbatín de
suela, una casaca, un par de calzones de paño, dos de género blanco, dos pares de botas
cortas, una maletera, un capote y una fresada. La duración de este vestuario será de dos
años.
3o. Los de marina recibirán las mismas prendas que los de infantería y su duración será
la misma.
5o. El uniforme de los cuerpos de Infantería será, casaca con barras de paño azul oscu-
ro, vueltas y vivos celestes, botón amarillo, cornetas amarillas en los remates, pantalón
azul o blanco, botón azul o blanco, morrión de suela con la escarapela nacional, cordo-
nes y pompón verde, corbatín de suela.
6o. Los de Caballería llevarán casaca de paño azul oscuro, cuello vueltas y barras encar-
nadas, vivos blancos, botones blancos, en los remates del cuello y faldas llevarán un
sable y una carabina, pantalón y botines azul o blanco, morrión de suela, con la escara-
pela nacional, cordones blancos y pluma encarnada.
7o. La artillería llevará casaca con barras de paño azul oscuro, cuello, vueltas y vivos
encarnados, botón amarillo, en el cuello una anela, y en las faldas una granada, morrión
de suela con pompón y cordones encarnados, pantalón azul o blanco y botín de los mis-
mos colores” (Juan José Flores, presidente del Estado del Ecuador, “Resolución arreglan-
do el vestuario del Ejército”. En la Memoria de 1833, No. 2).
79. Ibíd., arts. 4 a 11.
80. Memoria de Guerra y Marina, de 1839, p. 6.
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114 Enrique Ayala Mora

terio de Guerra, aunque fuera con dificultades de cobro, las cantidades


de año y género necesarios para uniformes. También hacia finales del
período, en el régimen urvinista (1855-1856) se logró destinar mayores
ingresos a este efecto. En este caso, sin embargo, solamente el vestuario
común se contrató internamente. Los uniformes de gala fueron adquiri-
dos en Europa, mediante los oficios de un intermediario del Puerto
Principal, en la suma de 20.000 pesos.81 Como se ve, también en este
rubro se dio la competencia entre los productores domésticos de la Sierra
y los importadores de Guayaquil.
La Constitución de 1830 estableció: “los militares no podrán ser
alojados en casas particulares o de comunidad sin el advenimiento de
sus dueños. Se prepararán conforme a las leyes, cuarteles y alojamien-
tos para oficiales y tropa que vayan en servicio en tiempos de paz o de
guerra”.82 Pero, pese a los elevados gastos y recursos que se dedicaban
entonces a la Fuerza Armada, la inadecuación e inexistencia de cuarte-
les para el Ejército y la Marina fue un hecho que todos los ministros
destacaron en sus memorias a los sucesivos congresos de esa etapa. La
de 1853, por ejemplo, reiteraba una queja sobre la situación desastrosa
de los edificios militares:
No existen de propiedad de la Nación sino dos, uno en esta capital, y otro
en Guayaquil. Estos edificios no ofrecen la menor comodidad para aloja-
miento de los cuerpos, porque su estrecha localidad no permite se hagan
las formaciones de ordenanza, y el soldado sufre frecuentes enfermedades
por la insalubridad de que dichos cuarteles son susceptibles a causa de su
pequeñez. En las demás provincias y aun en esta, cuando pasan de uno
los cuerpos de la guarnición, se alojan en los conventos o en casas de par-
ticulares, cuyo arrendamiento tiene que pagar el Tesoro. Los cuarteles que
existen están en un estado de completa ruina, porque sus pisos y cubier-
tas amenazan una pronta y total destrucción. En ellos están almacenados
todo el armamento y más artículos de guerra que diariamente se destru-
yen, a consecuencia del agua que cuando llueve se filtra por las paredes.83

La situación era tal que se registraban informes como este: “El Pala-
cio Episcopal sirve de cuartel en la ciudad de Cuenca”.84 Para 1856, sin
embargo, la Memoria daba cuenta de la construcción de dos cuarteles y
compra de uno en Guayaquil; de la refacción del de Quito para alojar a
seiscientas u ochocientas plazas, y de la existencia de tres casas milita-
res en Manabí y una en Babahoyo.85 Pese a ello, de todas maneras la

81. Memoria de Guerra y Marina, 1855, p. 8.


82. Estado del Ecuador, “Constitución de 1830”, art. 63, Trabucco, Constituciones del Ecua-
dor, p. 44.
83. Memoria de Guerra y Marina, 1853, p. 9.
84. Memoria de Guerra y Marina, 1846, p. 12. En 1857 se insistía en la necesidad de cons-
truir el cuartel de esa ciudad (Cfr. Memoria de 1857, p. 9).
85. Memoria de Guerra y Marina, 1856, p. 5.
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El Ejército en la etapa de establecimiento del Estado ecuatoriano (1830-1859) 115

deficiencia de locales siguió siendo significativa y se continuó utilizando


casas particulares o edificios eclesiásticos.86
El servicio de medicina del Ejército era incipiente, justo al nivel de
desarrollo de la disciplina en el país. Aunque anualmente se presupues-
taban cantidades para hospitales, su funcionamiento era muy precario.
El Presupuesto de 1833 estimaba “estancias de medicina para noventa
hombres en Guayaquil, a tres y medio reales diarios por cada plaza de
tropa, y sesenta en la Sierra a uno y medio real”. También se destina-
ban 300 pesos para alquiler de casas y 48 pesos para gastos anuales de
papel.87
Dentro de los presupuestos militares se mantenía al personal dedi-
cado a estas funciones: médico, cirujanos de primera, segunda, tercera
y cuarta clase, barchilones, sangradores y más personal. “Parece –hay
que anotar– que había diferencia entre un médico y un cirujano ya que
el primero era graduado en la universidad mientras que el segundo era
más bien un empírico y en muchos casos barbero”.88 Este personal, fun-
damentalmente los cirujanos, acompañaban a los cuerpos en campaña
y en condiciones de paz atendían en los hospitales. En Quito, el perso-
nal se integraba al del Hospital San Juan de Dios ya que no existía hos-
pital militar. En la práctica, el Hospital quiteño servía mayoritariamen-
te a militares.89 Con el problema de que el gobierno retardaba o simple-
mente no efectuaba los pagos que debía realizar por los miembros del
Ejército que estaban internos.90
En Guayaquil, un hospital que originalmente estaba destinado para
mujeres se convirtió en Hospital Militar en tiempos de la Gran Colom-
bia.91 Ya en años de la república el establecimiento siguió funcionando
con mejor regularidad que el hospital general de Quito, que era mixto,
pero en 1847 fue suprimido por necesidad de hacer economías.92 Fue así
como el servicio hospitalario para el Ejército lo realizaron las institucio-
nes civiles, aunque se establecían hospitales provisionales en donde se
acantonaban tropas. En este caso se descontaba al personal interno 2/3
de su sueldo para gastos.93

86. Ibíd., pp. 8-9.


87. Memoria de Guerra y Marina, 1833, tabla 3.
88. Ximena Sosa C., “Reseña histórica de los hospitales militares desde 1830 a 1930”, Quito,
1985, p. 4. Esta Monografía preparada como complementaria a este trabajo, será el refe-
rente del contenido y las citas de los párrafos destinados al tema.
89. De los 6.791 enfermos registrados en el año 1830, 4.205 eran militares (Cfr. J.J. Sama-
niego, Resumen cronológico de la historia del Hospital San Juan de Dios, Quito, Edit. Fray
Jodoco Ricke, 1949, p. 37).
90. Virgilio Paredes, Historia de la Medicina en el Ecuador, t. II, Quito, Casa de la Cultura
Ecuatoriana, 1963, p. 153.
91. Mauro Madero, Historia de la Medicina en la provincia del Guayas, Guayaquil, Casa de la
Cultura Ecuatoriana, 1955, p. 151.
92. Ibíd., p. 242.
93. Memoria de Guerra y Marina, 1846, s. n.
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116 Enrique Ayala Mora

Las milicias
Desde el establecimiento del Estado ecuatoriano se planteó la nece-
sidad de la existencia paralela de un Ejército Permanente y de la “Milicia”
o “Guardia Nacional”, destinada a funcionar como refuerzo del primero,
con la especial misión de mantener el orden interno. La Constitución de
1835, luego de prescribir la existencia de la fuerza armada nacional,
estableció: “Habrá además en cada provincia cuerpos de milicias cívicas,
compuestos de habitantes de cada una de ellas, con proporción a su
población y circunstancias”.94 Las sucesivas constituciones entendieron
a la defensa nacional como una tarea de todos los ciudadanos ecuatoria-
nos. Por ello, en teoría, se planteaba la existencia de una fuerza armada
permanente, llamémosla profesional, mínima y cuerpos de reserva inte-
grados por civiles con entrenamiento básico.
La necesidad de las milicias surgió apenas meses después de fun-
dada la República, cuando con la rebelión del general Urdaneta, el pre-
sidente Flores “decretó con plazo de cuatro días, la llamada urgente de
todos los ciudadanos aptos para la formación de los cuerpos milicia-
nos”.95 La organización de esos cuerpos de milicia, empero, fue tarea
sumamente compleja y dificultosa, tal como lo decía el Comandante del
Ejército en 1833, al constatar “la repugnancia con que la mayor parte
de nuestros compatriotas reciben el honorífico cargo de ser los mejores
garantes de las libertades públicas”. Recomendaba, por ello, la existen-
cia de una “ley inexorable, tanto para que se alisten todos los ciudada-
nos, como para que no rehúsen ser jefes y oficiales las personas influ-
yentes y de respetabilidad…”96 Tanto los militares en retiro como los
civiles tenían, pues, enorme resistencia a desempeñar funciones en la
Guardia Nacional.
A fin de 1837 se dictó la primera Ley que regulaba la existencia de
las Guardias Nacionales. Al año siguiente se comenzó a organizarlas no
sin grandes dificultades. En 1839 se habían constituido ya varios cuer-
pos. Decía el Presidente al Congreso: “Las milicias de Guayaquil, de
Manabí, de Loja, de Cuenca y de Ibarra están regularmente organizadas,
solo las del Chimborazo y del Pichincha no están arregladas”.97 En el
corto espacio de quince años, empero, se emitieron cuatro leyes comple-
tas sobre el tema y gran cantidad de leyes parciales y decretos de regla-

94. República del Ecuador, “Constitución de la República del Ecuador” (1835), art. 86, Tra-
bucco, Constituciones del Ecuador, p. 65.
95. José Le Gouir y R., Historia de la República del Ecuador, t. I, Quito, Imprenta del Clero,
1930, pp. 256-257.
96. Memoria de Guerra y Marina, 1833, s. n.
97. Vicente Rocafuerte, “Mensaje del Presidente al Congreso de 1839”, en A. Novoa, Recopila-
ción de Mensajes…, t. I, p. 289.
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El Ejército en la etapa de establecimiento del Estado ecuatoriano (1830-1859) 117

mentación.98 Desde luego que el problema no radicaba en aquello que


formalmente se consideraba como la función de la milicia. El ministro
respectivo lo consideraba así en 1846:
La guardia nacional es la fuerza de la República, la protectora de la paz y
orden del Estado. Los faustos acontecimientos que marcan la reacción de
los pueblos para recuperar sus derechos, no dejan duda que cada ciudada-
no es la custodia de todos sus hermanos; por consiguiente ya no necesita el
Ecuador de un grande ejército en cuartel para atender a su seguridad.99

La dificultad en el funcionamiento de las milicias radicaba en su


composición y financiamiento. Según lo establecían las normas respecti-
vas, las guardias nacionales se dividían en “Milicia auxiliar” y “Milicia
urbana”. La primera “debe componerse de los hombres que hayan sido
soldados y los ciudadanos más expeditos para que puedan salir en cam-
paña y servir con provecho cuando sea necesario”.100 La segunda estaría
integrada por civiles con menos aptitudes para el servicio. Todos los
ecuatorianos entre 16 y 60 años estaban obligados a registrarse. Los sol-
teros o los casados hasta con cuatro hijos formaban parte de la milicia
auxiliar. Los demás de la urbana. Se exceptuaban solamente “los ecle-
siásticos seculares o regulares, los indígenas tributarios, los esclavos y
los que tengan enfermedades habituales que los imposibiliten para el
servicio”.101
Como se ve, no existía excepción ninguna referente a fortuna o posi-
ción social. Un grupo expresamente exento del servicio en las guardias
era el de los indios tributarios, puesto que el pago del tributo, que no
existía para los blancos o mestizos, se consideraba como una obligación
ya cumplida con el Estado.102 En realidad, la práctica de no reclutar
indígenas para milicias, y por tanto no darles entrenamiento militar,
parece haber sido una regla tácita pero constante en el Ecuador de
entonces. El temor a las sublevaciones indígenas era muy grande entre
los latifundistas y funcionarios del Estado. Por ello ni se entrenaba ni se
armaba a los indígenas, a los que se incluía solamente como auxiliares
de las tropas para efectos de apoyo logístico, fundamentalmente para
apoyo en el transporte.

98. Se han registrado al menos las leyes de 1843, 1846, 1851, 1853 (Cfr. Viteri, Calendario
Militar Ecuatoriano).
99. Memoria de Guerra y Marina, 1846, p. 4.
100. Memoria de Guerra y Marina, 1858, p. 3.
101. Decreto del presidente Vicente Ramón Roca del 16 de noviembre de 1846, transcrito en
la Memoria de Guerra y Marina de 1847, anexo 1.
102. Se han descubierto interesantes aspectos respecto de la vigencia de la tributación indí-
gena. Su pago eximía del servicio militar y por ello parece que existieron ciertas comuni-
dades que no recibieron con el beneplácito esperado la abolición de la llamada “contri-
bución” en 1856.
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118 Enrique Ayala Mora

La milicia auxiliar estaba destinada a reforzar al Ejército regular en


caso de necesidad. Solo en casos excepcionales entraba en combate
directo. “Mientras los cuerpos de línea hacían la campaña en la Costa y
en las fronteras del sur, los guardias nacionales organizados en cuerpos
cívicos conservaron el orden en el Interior con las armas en la mano”,
informaba un ministro.103 Sus planas mayores se componían de oficia-
les en retiro a quienes se pagaba un 15% adicional de sus pensiones
para cumplir esta función. Tanto estos oficiales como los clases (sargen-
tos y cabos) se encargaban de la instrucción y el ejercicio periódico de
las milicias. “Los jefes de los cuerpos de la milicia urbana –se estable-
cía– serán propietarios vecinos de los cantones donde se formen”.104
Todos los milicianos estaban obligados a concurrir a los ejercicios,
que consistían en dos horas de práctica a la semana. La ausencia se
reprimía con castigos castrenses y la reincidencia en el caso de las mili-
cias auxiliares, se castigaba con el destino al ejército permanente. Igual
sanción se aplicaba a quienes no tenían en regla sus papeles de servi-
cio en la Guardia Nacional.105 En realidad, estos eran mecanismos de
reclutamiento forzoso de soldados para casos en que surgiera la necesi-
dad de ampliación del Ejército regular. En cada comandancia militar y
destacamento debía levantarse con la ayuda del jefe político del cantón,
un censo de hombres hábiles para ser llamados al servicio. El recluta-
miento para milicias, sin embargo, se hacía a base de listas elaboradas
con poca precisión. En las ciudades se usaba el catastro de artesanos
que se llevaba y simplemente se lo copiaba.
Estando excluidos los indígenas, la composición social básica de la
milicia era el artesanado y los pequeños propietarios agrícolas. Así lo
expresaba el ministro en 1849: “El artesano, el agricultor, los que culti-
van profesiones útiles, son los soldados vigilantes y activos de la guardia
nacional auxiliar…”106 Y en 1856, el titular de la cartera establecía clara-
mente las ventajas de la composición artesanal de la Guardia Nacional:
“El batallón de reserva en Guayaquil, decía, ha estado mejor arreglado,
porque todos los individuos que lo componen son artesanos que viven en
la misma ciudad, y por consiguiente están expeditos para asistir a los
ejercicios y para los acuartelamientos que son necesarios”.107

103. Memoria de Guerra y Marina, 1853, p. 1.


104. Decreto citado en la Memoria de Guerra y Marina de 1846, art. 12.
105. “Se destinarán también al ejército, todos los que hallándose en la edad prefijada se
encuentren sin la papeleta impresa que cada uno debe tener, firmada por el capitán de
la compañía a que pertenezca, anotada en la mayoría y visada por el respectivo jefe”
(Ibíd., art. 14).
106. Memoria de Guerra y Marina, 1849, p. 3.
107. Memoria de Guerra y Marina, 1856, p. 3. Como anexo consta un cuadro con la composi-
ción del “Batallón Reserva Guardia Nacional de Guayaquil”: 1 teniente coronel; 1 sargen-
to mayor; 3 capitanes; 14 tenientes; 1 subteniente; 28 sargentos primeros y 38 segundos;
42 cabos primeros y 36 segundos; 386 soldados; total 530.
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El Ejército en la etapa de establecimiento del Estado ecuatoriano (1830-1859) 119

Las normas que se establecían para las guardias nacionales o mili-


cias determinaban que las “planas mayores”, o sea los oficiales de los
cuerpos, debían ser seleccionados entre oficiales retirados y fundamen-
talmente entre los “propietarios” locales. De esta manera se mantenía la
estructura del poder terrateniente. Pero eso no dejaba de tener sus pro-
blemas, como el ministro de Guerra lo advertía: “si en las planas mayo-
res han de colocarse solo los vecinos influyentes y propietarios pertene-
cientes a los cantones en que se formen dichos cuerpos, nunca llegará
a ser la guardia nacional el baluarte del Estado.” Y añadía luego: “¿cómo
podrán hacer estos cuerpos cumplidamente el servicio, si no han recibi-
do instrucción alguna? (…) ¿con qué saber si no lo han adquirido? La
vecindad y las propiedades dan ciertamente influencia; mas esta cuali-
dad no infunde los conocimientos que deben tener los cuerpos de tropa
para desempeñar su misión”.108
Aunque en muchas oportunidades los documentos oficiales hacen
referencia al funcionamiento regular de las milicias, al parecer estas no
lograron una organización permanente. Sus ejercicios eran esporádicos
y su existencia real se limitaba a la expectativa de poder llamarlas a ser-
vicio en caso de conmoción interna o externa. Se llegaba, al parecer, a
establecer rentas para algunos oficiales en retiro: el 15% adicional para
que ejercieran funciones en las planas mayores de milicias, pero éstas
llegaban a cobrarse muy dificultosamente.109 La concurrencia de los pro-
pios oficiales a las milicias no se daba. Y no había manera de sancionar-
los por incumplimiento, como lo anotaba el ministro de 1858: “no debe
ni suponerse que se haya querido hacer extensiva la pena que contiene
el artículo 11, de ser destinados al ejército; pues vendría a ser un premio
con respecto a los oficiales, nada menos que el de su veteranización…”110
Por otra parte, también los mandos de la milicia urbana no podían
integrarse, puesto que los “propietarios” demostraban poco entusiasmo
por el servicio. “La ley no les asigna pensión alguna, y aun cuando hubie-
sen patriotas que no las apetecieran, resultaría siempre el inconvenien-
te que consigo trae la falta de aptitud.”111 Habiéndose establecido un

108. Memoria de Guerra y Marina, 1846, p. 5.


109. “…siendo, como es esencialmente necesario que las planas mayores de los expresados
cuerpos, sean compuestas de jefes y oficiales veteranos que puedan darles la instrucción
y disciplina, tan convenientes para el caso de que sean necesarios los servicios de cual-
quiera de ellos, el Gobierno no ha podido formarlas, en razón de que aún cuando la ley
de presupuestos ha votado la cantidad respectiva para el pago de la suma a que pudie-
ra montar el aumento del quince por ciento, que sobre las pensiones que disfrutan por
sus letras de cuartel o de retiro, les da la ley a los jefes y oficiales destinados al mando
e instrucción de la guardia nacional; pero se ha abstenido de hacerlo, porque siendo
necesario cubrir primero los gastos que demandan más preferencia, no ha querido que
los escasos recursos del Erario sean invertidos en pagos que harían más premiosa su
situación” (Memoria de Guerra y Marina, 1854, p. 3).
110. Memoria de Guerra y Marina, 1858, p. 3.
111. Memoria de Guerra y Marina, 1847, p. 2.
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120 Enrique Ayala Mora

fuerte monopolio “profesional” de la fuerza armada por parte del ejército


regular, las milicias no eran sino sus prolongaciones sin autonomía ni
fuerza real. En esas circunstancias, los “notables” no encontraban moti-
vación para participar de la Guardia Nacional. No se dio en el Ecuador el
caso que parece haber sido la norma de países como Chile, en donde la
oficialidad de la “Guardia Cívica” reorganizada en el período portaliano
era “marginada del aparato militar –propiamente dicho– estaba com-
puesta principalmente por grandes terratenientes y por miembros de los
sectores pudientes de las ciudades”.112 En ese caso, la Guardia Cívica fue
un instrumento directo de las clases dominantes, que contrapesaba el
poder del ejército regular.113
En todo caso, aunque el funcionamiento regular de las milicias no
se diera, en casos de emergencia se llegaba a movilizar buena cantidad
de hombres, tal como el ministro lo destacaba al informar en 1855 sobre
una tentativa de invasión del expresidente Flores: “Bastó un simple lla-
mamiento para que las clases de la sociedad, y tanto el propietario como
el labriego, el capitalista como el artesano, todos a porfía ofrecían sus
servicios al Gobierno por el órgano de las municipalidades de sus res-
pectivas localidades”.114
En caso de movilización, lo que se hacía era concentrar a los cuer-
pos de la Guardia Nacional en las respectivas capitales de provincia y
mantenerlas en alerta. En realidad eran más bien pocos los cuerpos que
se integraban al ejército regular y entraban en acción de armas. El costo
de ello era enorme en términos de alimentación, vestuario y remunera-
ciones. En todo caso, en medio de los sobresaltos de las primeras déca-
das podía destacarse que “se encuentran en la República muchos cuer-
pos de guardia nacional que han entrado en campaña varias ocasiones,
que conocen el servicio y tienen regular disciplina”.115
Desde que fueron reguladas en 1837, los ministros de Guerra ofre-
cieron informes detallados sobre localización y número de los cuerpos

112. Hernán Ramírez Necochea, Fuerzas Armadas y Política en Chile (1810-1970), La Habana,
Casa de las Américas, 1984, p. 26.
113. “Con la Guardia Cívica, las clases dirigentes como bloque, erigieron un muro capaz de
contener iniciativas políticas que pudieran surgir de las Fuerzas Armadas o a las cuales
éstas pudieran ser arrastradas. Igualmente, esas mismas clases consolidaron su preemi-
nencia social y política con una fuerza puesta directamente bajo su control y que mane-
jaban discrecionalmente, pero siempre dentro de marcos institucionales establecidos y
respetados para enfrentar cualquier eventualidad. De ahí que en la “Memoria” del minis-
tro de Guerra y Marina sometida a la consideración del Congreso en 1842 se puntualiza-
ra que los objetivos de la Guardia eran fundamentalmente dos: uno “político, que tiende
a poner las armas en manos de los ciudadanos de respetabilidad interesados en la con-
servación del orden y de las libertades públicas; el otro, puramente económico, que con-
siste en ahorrar los inmensos gastos que origina un ejército de línea para ocurrir a todas
las atenciones del servicio interior y a la defensa exterior de la República” (Ibíd., p. 27).
114. Memoria de Guerra y Marina, 1855, p. 1.
115. Memoria de Guerra y Marina, 1858, p. 4.
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El Ejército en la etapa de establecimiento del Estado ecuatoriano (1830-1859) 121

de milicias. Hay que leer, debe insistirse, con sentido crítico esas cifras,
puesto que a veces solo respondían a registros de catastro de dudosa
autenticidad, levantados por los tenientes políticos parroquiales, no
siempre dotados de la información necesaria. En 1854, el Ministro de
Guerra confesaba que un solo batallón de reserva de la Guardia Nacio-
nal estaba organizado.116 En la Memoria de 1858, se insertaba un cua-
dro con “la fuerza de que constan los cuerpos de la guardia nacional de
la República”. Allí se listaban todos los cuerpos de acuerdo con su pro-
cedencia geográfica, con indicación de sus oficiales y tropa. El total de
hombres que la componían era muy significativo: 18.383. Los oficiales
eran 927 y los miembros de tropa 17.456 (cuadro 8). Como se ha dicho,
este era poco menos que un mero cálculo pero, como las autoridades lo
reconocían, en la Costa, especialmente en Guayaquil, la proporción de
milicianos registrados respecto del total de la población era mayor que
en la Sierra.

INTEGRACIÓN Y FUNCIONAMIENTO

Reclutamiento y composición
Quedó ya establecido que la mayoría de los componentes del Ejér-
cito cuando se fundó la República en 1830 procedían de otras tierras.
La casi totalidad de los oficiales era venezolana, británica y de otras pro-
cedencias, en tanto que la gran mayoría de los miembros de la tropa
procedía de Nueva Granada, la actual Colombia. Habían combatido en
las guerras independentistas y se quedaron en el país. Los jefes, inclu-
sive, hicieron fortuna y se casaron aquí. Consideraban que su lucha
merecía la gratitud del nuevo estado. En los primeros años, dice Roba-
lino Dávila, el ejército permanente “estaba compuesto en su mayor parte
por extranjeros, de los cuales andaban unos contentos con la tierra de
promisión que habían encontrado, con motivo de las consideraciones y
halagos que les prestaba el Jefe de Estado, y ofendidos otros por la falta
de colocación entre las filas o en los destinos civiles, o por la imposibi-
lidad de no tener como retirarse a sus techos propios”.117
Pero el hecho de que no existieran puestos para todos los oficiales
y que, pese a que el Ejército se llevaba la mayor parte de los ingresos
públicos, las tropas no pudieran recibir regularmente sus remuneracio-
nes, provocó descontento en las filas. Como veremos luego, se dieron

116. Memoria de Guerra y Marina, 1855, p. 3.


117. Luis Robalino Dávila, Orígenes del Ecuador de hoy, t. I, Nacimiento y primeros años de la
República, p. 146.
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122 Enrique Ayala Mora

varias sublevaciones castrenses con sangrientos resultados. Al cabo de


una de ellas, la del batallón “Vargas”, según lo relata Robalino Dávila,
un legislador por Manabí expresó que “por no estar la fuerza armada en
manos de los hijos del país, se experimentaban a cada paso estos
males”, y pidió “que se autorizara al Ejecutivo para levantar una milicia
cívica. Comenzó así tímidamente en 1831 –dice– la lucha que habría de
durar hasta 1845 contra los militares extranjeros”.118
Durante el primer gobierno floreano, luego de dos sublevaciones de
la tropa granadina, la mayoría de los soldados regresaron a su tierra y
no pocos fueron masacrados en el camino. El año 1845, con la “Revo-
lución Marcista”, fue derrocado Flores junto con sus colaboradores mili-
tares extranjeros. De este modo la mayoría de la fuerza armada pasó a
ser nacional. El Ministro de Guerra informaba optimistamente al Con-
greso de 1857: “Nuestros soldados, que casi en su totalidad son ecuato-
rianos de nacimiento, hijos del pueblo y ciudadanos armados para el
sostenimiento de las instituciones del país, tienen la conciencia de su
destino, y no son ni pueden ser en adelante una carga ni menos un obs-
táculo para el progreso material y formal de la República”.119 Cierto era
que ya el Ejército no estaba formado por los “genízaros extranjeros”,
pero eso no lo volvía “garante de la paz o del progreso”. En solo dos años
estallaría la crisis de disolución nacional más dura de nuestra historia
y en ella los militares tendrían participación protagónica.
Aun cuando el nuevo Ecuador heredó un ejército de la antigua
Colombia, ya desde su primera década de vida se necesitó reclutar nue-
vos miembros, especialmente soldados rasos. Reemplazar a los que
desertaban, morían o se retiraban era complejo. Había legislación pero
la gente se rehusaba a enrolarse y usaba con ese fin muchos recursos
legales e ilegales. En 1837 se emitió una ley para regular la “conscrip-
ción” en el Ejército, que establecía: “Todo ecuatoriano desde la edad de
veinte hasta veinte y cinco años cumplidos, será alistado para el ejerci-
cio de las armas”.120 Quedaban exentos solamente los alumnos de las
escuelas militares, los esclavos y los indígenas sujetos al pago de tribu-
to. El alistamiento quedaba a cargo de las municipalidades. Los alcal-
des municipales (que entonces eran los jueces locales) y los tenientes de
parroquia se encargaban de llevar el registro de las personas en edad de
servicio y realizar los trámites de alistamiento, al cabo de los cuales
debían comunicar las listas a las gobernaciones de provincia. Los pro-
cedimientos de reemplazo debían realizarse anualmente, pero la ley
facultaba que éstos se realizaran en cualquier momento si había epide-
mias o campañas militares. Para seleccionar a quienes debían entrar al

118. Ibíd., p. 171.


119. Memoria de Guerra y Marina, 1857, p. 27.
120. República del Ecuador, Ley sobre conscripción del Ejército, Primer Registro Auténtico
Nacional, No. 37, art. 1, pp. 295-298.
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El Ejército en la etapa de establecimiento del Estado ecuatoriano (1830-1859) 123

servicio en el Ejército, la ley preveía el sorteo. Este se realizaba con la


lista de todos los aptos, siguiendo esta prioridad:
1. Entre los solteros conscriptos que no sean hijos únicos de viuda, ni de
padres ancianos, ni estén cursando estudios, ni empleados en las oficinas
públicas y resguardos, ni en los que estén dedicados a la agricultura y
haciendas de ganado, ni en los aprendices de algún arte u oficio útil.
2. Entre los casados sin hijos.
3. Entre los mayores de 21 años.
4. Entre los casados con hijos, e hijos únicos de viuda o de padres ancia-
nos, y jóvenes que se hallen en la carrera de las letras, y los demás excep-
tuados en el primer caso de este artículo.121

Los cupos establecidos para cada cantón se llenarían primero con


los que estaban en la categoría 1; luego, si esos no eran suficientes, los
de la 2; la 3 y la 4. Como se ve, aún en la ley se establecían prioridades
que favorecían a los hijos únicos de madres viudas o padres ancianos,
pero también a los estudiantes, empleados públicos y personas dedica-
das a actividades productivas. Es decir que había mecanismos para que
los sectores socialmente más elevados eludieran el servicio. Adicio-
nalmente, la Ley establecía: “Aquellos individuos a quienes hubiese toca-
do la suerte, podrán eximirse del servicio militar en el Ejército Perma-
nente, presentando su reemplazo, o en su defecto, dando veinte pesos
para el enganche de otros”.122 De esta manera, el servicio quedaba dedi-
cado exclusivamente a los pobres. A quienes se ocultaban o rehusaban
realizar el servicio se les imponía tres años más de servicio.
Las leyes y los reglamentos que regulaban el reclutamiento, la cons-
cripción y los reemplazos nunca lograron establecer mecanismos ade-
cuados para integrar la fuerza pública. “La ley de conscripción ha pre-
sentado muchos inconvenientes para su ejecución en todas las provin-
cias; y en muy pocos puntos de la República ha podido llevarse a su
debido efecto”, informaba el ministro de Guerra al Congreso.123 En la
práctica el sistema siguió siendo el reclutamiento forzado, como lo hacía
ver el ministro de Guerra al Congreso en 1849:
Creo de mi deber recordaros, que para llenar las bajas del ejército perma-
nente, era preciso valerse, desde el tiempo de la República de Colombia,
del opresivo y humillante sistema de reclutamiento, continuado, hasta
ahora con la diferencia esencial de que no se hace en todas las clases, sino
que puramente recae sobre los que no se han alistado en la segunda guar-
dia nacional, o que no asisten a los ejercicios doctrinales. Contrario es este
sistema a los intereses de la patria, porque ocasiona a la Nación continuas
y considerables pérdidas. Arrancados los hombres del asilo doméstico, son

121. Ibíd., art. 16.


122. Ibíd., art. 26/1.
123. Memoria de Guerra y Marina, 1841, p. 2.
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124 Enrique Ayala Mora

obligados a tomar las armas por un tiempo indefinido y quizá para toda su
vida, sin alcanzar a concebir ni la más remota esperanza de ser reempla-
zados. De aquí proviene, pues, que el soldado persuadido de que nunca lle-
gará el término de las privaciones y sufrimientos, perdidas las esperanzas,
pierde la moral y la desesperación le aconseja un delito –la deserción– y la
deserción hace perder al Estado sus soldados, y lo que ha costado su edu-
cación, el vestuario y demás prendas que se le ponen en mano.124

En las frecuentes coyunturas de agitación política por golpes de


estado o amenaza de guerra civil o exterior, por disposición de las auto-
ridades del Poder Ejecutivo, con el apoyo de los municipios, varios ofi-
ciales y “clases” recorrían los barrios y el campo enrolando a los jóve-
nes. A veces se aplicaba formalmente el sorteo, pero en la mayoría de los
casos se tomaba “voluntarios” por la fuerza. En esa actividad resultaban
útiles las listas que se elaboraban para las milicias por parte de las
autoridades locales. Quienes no cumplían sus deberes en las guardias
nacionales eran sancionados con la recluta. Pero, luego de las emergen-
cias, muy pocos quedaban por su voluntad y siempre los soldados eran
escasos, como lo destacaba el ministro de Guerra en 1846: “ningún
cuerpo se acerca siquiera a la fuerza que le está determinada”. Segui-
damente recomendaba a los legisladores:
Vuestra sabiduría debe acordar la ley de conscripción por sorteo, impo-
niendo a los ciudadanos más aptos la obligación de servir cinco años en el
ejército permanente, tiempo el más corto que se puede desear, pues no
pudiendo educarse el soldado de infantería en menos de un año y el de
caballería en mayor tiempo, solo debe contarse como de positivo servicio el
de los cuatro restantes, período sumamente comparado con la extensión
de los deberes para con la patria. Si al soldado cumplido se le da inmedia-
tamente pase a la guardia nacional, la buena fe del gobierno a este respec-
to producirá inestimables bienes, tanto porque afianzándose la confianza
pública, los sorteados se presentarán sin repugnancia, como porque la
guardia nacional recibirá soldados instruidos.125

Pese a numerosas exhortaciones y denuncias sobre el sistema de la


recluta, no cambiaron las cosas. En 1852, por ejemplo, se emitió una
nueva Ley de conscripción que mantuvo la situación imperante y hasta
se puede decir que la empeoró. Amplió la edad de alistamiento para el
servicio, que iba desde los 18 a los 40 años.126 Los mecanismos de for-
mulación de las nóminas y los del sorteo se mantuvieron en términos
generales. La exoneración se mantuvo para alumnos de escuelas milita-
res e indígenas, añadiéndose los eclesiásticos. También continuó la
posibilidad de que el sorteado pusiera un reemplazo o pagara una can-

124. Memoria de Guerra y Marina, 1849, p. 3.


125. Memoria de Guerra y Marina, 1846, p. 2.
126. República de Ecuador, Ley de conscripción, art. 1, 1852, pp. 1-4.
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El Ejército en la etapa de establecimiento del Estado ecuatoriano (1830-1859) 125

tidad (17 pesos). Las prioridades para el sorteo se mantuvieron simila-


res a las de la Ley de 1837.
Pero el sorteo no funcionaba. En 1857 el ministro de Guerra decía
que la conscripción tenía dificultades ya que quien salía sorteado podía
pagar los 17 pesos y eximirse del servicio, puesto que con esa cantidad
se suponía que podía pagarse un reemplazo. Insistía: “no sé quién quie-
ra engancharse por esta suma ni otra mayor que fuera: no en los pue-
blos del litoral donde los hombres se proporcionan fácilmente medios de
subsistencia y muchos de ellos aún pueden dar cualquiera cantidad; y
no en los del interior, donde tienen aversión a la carrera de las armas y
emplean cuantos medios están a su alcance para evadirse de ser alista-
dos en la fuerza permanente”.127
Las leyes preveían también la posibilidad de que se enrolaran
voluntarios. “Se admitirá en el ejército a todos los que quieren servir
voluntariamente, con tal de que no tengan causa criminal pendiente”,
decía la Ley de 1852.128 Pero no se daban muchos casos de éstos y más
bien, como se ha visto, se abusaba de esta disposición para considerar
“voluntarios” a las víctimas de la recluta. Tanto los voluntarios como los
que habían sido sorteados debían cumplir sus años y luego eran licen-
ciados. Cada año debía realizarse ese procedimiento, siguiendo las prio-
ridades del sorteo, pero al revés, es decir que tenían prioridad los casa-
dos con hijos, los hijos únicos de madre viuda o padres ancianos, los
casados y por fin los solteros. Pero también en este procedimiento se
daban muchas argucias para impedir la salida de la gente y en muchos
casos el enrolamiento duraba largos años.
Imbuidos de ideas republicanas, los legisladores establecieron que
el servicio en la fuerza armada era una obligación de todos los ecuato-
rianos, que debían contribuir para la defensa de la República. El Ejér-
cito estaba compuesto de ciudadanos en armas y no de mercenarios o
personas que realizaban un trabajo forzado. Pero el hecho era que la
gran mayoría de los que podían ser reclutados estaban impedidos de
ejercer la ciudadanía por las limitaciones legales, y los miembros de
familias influyentes eludían la obligación. Excluidos los clérigos y los
indígenas, eran los varones de familias de artesanos y campesinos mes-
tizos los candidatos a enrolarse en la fuerza armada. En las ciudades
también se llamaba a filas a personas vinculadas con el comercio, es
decir dependientes de los negocios y otros trabajadores subalternos.129

127. Memoria de Guerra y Marina, 1857, p. 2.


128. Ley de conscripción, art. 17.
129. En 1853, el presidente Urvina decretó: “En la provincia de Guayaquil, además del Bata-
llón Reserva, que se conservará como cuerpo auxiliar del ejército, se formará en la ciu-
dad un batallón denominado de Comercio, en el cual se alistarán todos los ciudadanos
que son llamados por la ley y no estén enrolados en el de Reserva ni en el de Bombas”.
(Decreto transcrito como anexo A en la Memoria de Guerra de 1854).
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126 Enrique Ayala Mora

Habrá habido quien ingresara a filas por su voluntad, pero la gran ma-
yoría, como hemos visto, era obligada. El mecanismo con que se locali-
zaba a los aspirantes eran las listas de las milicias y las de los gremios.130
También unos pocos se quedaban en los cuerpos bien fuera porque ha-
bía ascendido en acciones de armas o porque no tenían expectativa de
trabajo. Pero siempre hubo déficit de soldados. Y los que había no eran
de los más idóneos, aunque varios de ellos se habían “veteranizado”, es
decir había participado en acciones bélicas. Buena parte de los que se
quedaban habían ascendido a “clases”, es decir a cabos y luego a sargen-
tos, en medio de las acciones de armas o por haber permanecido un tiem-
po en el servicio.
Los oficiales llegaban a sus grados por varias vías. Unos ascendían
desde tropa, considerándose una especial distinción este hecho. Otros
eran notables locales o sus hijos que se enrolaban en el bando que re-
sultaba ganador en alguna de las contiendas y recibían el grado de ofi-
ciales “en campaña” y luego era ratificado por las autoridades. La mayo-
ría de éstos nos permanecían en filas y exhibían su grado como comple-
mento a su influencia política. Pero había algunos que se mantenían en
servicio y luego de accidentadas carreras llegaban al retiro. Por fin, tam-
bién hubo personas, venidos de familias de profesionales, pequeños
comerciantes y propietarios rurales, que ingresaron en las incipientes
instituciones de formación castrense y llegaron por esa vía a alféreces o
subtenientes y luego ascendieron, aunque siempre se consideraba que
su entrenamiento debía complementarse en el campo.
Los miembros del ejército provenían de la Costa y la Sierra, aunque
la mayoría eran de esta última región. Esto, desde luego, se debía a que
el altiplano era, con mucho, la región más poblada y a que allí había
menos opción de trabajo que en el litoral. También eran de diversa proce-
dencia social. La tropa provenía de los sectores populares. Y de allí venía
también cierto número de los oficiales. Buen número de ellos eran latifun-
distas que complementaban el ejercicio castrense con su poder político, la
mayoría se ubicaba en lo que podríamos denominar limitados sectores
medios. Y no era infrecuente que, como había sucedido en los tiempos de
la Independencia, el ejército actuara como mecanismo de ascenso social
para gente que venía de familias pobres. Se dio inclusive el caso de varios
negros que llegaron a oficiales de alto rango. Tal fue el caso, entre otros,
de los generales Ayarza y Otamendi. Este último fue el brazo derecho de
Flores y el ejecutor de sus más duros actos de represión.131 Años más

130. Como ejemplo se puede citar un decreto ejecutivo de 1857 que establecía: “Habrá en la
capital de la República dos batallones que se denominarán 1o. y 2o. de Quito. En el 2o.
se enlistarán todos los artesanos que estén matriculados en sus respectivos gremios”.
(Memoria de Guerra de 1857, anexo B).
131. Una biografía muy documentada de este polémico jefe es: Piedad y Alfredo Costales, El
centauro de ébano, Quito, Xerox del Ecuador, 1980.
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El Ejército en la etapa de establecimiento del Estado ecuatoriano (1830-1859) 127

tarde, el general Urvina, liberador de los esclavos, enroló en un cuerpo


especial de lanceros a un buen grupo de libertos procedentes de la loca-
lidad de Taura, en la costa. Esta unidad fue la guardia pretoriana del
mandatario, que los llamaba “mis canónigos”.132 Estos y otros eventos
de esa etapa hicieron que los negros fueran identificados con la imagen
del soldado en la visión popular.
Como se ha visto ya, la obligatoriedad de enrolarse en el ejército
regular, de participar en las guardias nacionales o reservas era general,
solo con las excepciones de los eclesiásticos y los indígenas. Se suponía
que todos los ciudadanos debían inscribirse y participar en ellas. Pero de
hecho, esta norma universal cubría a sectores mucho más amplios de la
población, que los que gozaban del derecho de ciudadanía, es decir de
elegir y ser elegidos. Además de las mujeres y menores de edad, no te-
nían derechos de ciudadanía los varones analfabetos, los que trabajaban
para otros y los que no tenían un mínimo de propiedades. Pero muchos
de los excluidos debían integrar las milicias y ser reclutados para el ejér-
cito regular. Tal era el caso de los campesinos mestizos pobres y también
de muchos “sirvientes” urbanos que siendo analfabetos y sin propieda-
des, eran los favoritos para el reclutamiento. Desde el punto de vista de
la Ley y la autoridad, había una relación de consecuencia entre ciuda-
danía y obligación de participar en la defensa nacional.
Los soldados eran “ciudadanos armados”. La República no necesi-
taba de mercenarios para su defensa, ya que contaba con una fuerza
pública integrada por ciudadanos libres, que tomaban las armas en
caso de necesidad. Pero la votación censataria y las limitaciones a la
ciudadanía efectiva, que regían en un estado basado en una sociedad
estamentaria de raíz colonial, en la práctica establecían la obligación
pero no el derecho. Esa visión ministerial de que “cada ciudadano es la
custodia de todos sus hermanos” quedaba en la retórica oficial que pro-
clamaba la igualdad, mientras regían las normas para las milicias y la
recluta que se aplicaban a todos los pobladores no indígenas, en tanto
no se lograran eludirlas con dinero o influencias, precisamente los que
por su posición social sí tenían derechos ciudadanos y consecuente-
mente podían elegir y ser elegidos.

Formación castrense
Los mandos y tropa del Ejército en los primeros años de la Repú-
blica se habían “veteranizado” en las guerras de la Independencia y se
consideraban competentes. No solo habían adquirido experiencia en los
tiempos de la “Guerra Magna”, sino que habían participado en las nume-

132. Óscar Efrén Reyes, Breve Historia General del Ecuador, t. I y II, Quito, Editorial Fray
Jodoco Ricke, 1974, p. 103.
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128 Enrique Ayala Mora

rosas batallas y combates de los tiempos de Colombia y las décadas ini-


ciales a partir de 1830. Pero la formación del personal era menos que
deficiente. La gran mayoría de los soldados e inclusive algunos oficiales
eran analfabetos o algo muy cercano a ello. Para mejorar esta situación
la Ley Orgánica Militar de 1846 estableció: “Para ser soldado aspirante
u oficial se necesita saber leer y escribir y tener nociones de aritméti-
ca”.133 En la ley de 1851 se repitió igual disposición. Pero a todas luces
era inaplicable. Ya con conseguir reclutas a la fuerza se lograba mucho
y no importaba que fueran analfabetos. Por ello, en la Ley Orgánica de
1855 se insertó una norma que en la práctica parecía menos rigurosa:
“Para ascender a oficial y ser aspirante en el ejército se necesita saber
leer y escribir y tener nociones de aritmética”.134 Esta disposición siguió
sin ser observada en la práctica y el problema continuó presente por
muchas décadas.
Pero era evidente que quienes venían luego carecían de la práctica y
de la formación adecuada. Por ello se habló de la necesidad de crear una
escuela militar que se encargase de formar a los oficiales de la fuerza
armada con criterios técnicos y profesionales, superando la improvisa-
ción y el empirismo dominantes. Pero la tarea no resultaba fácil. El talen-
to organizativo y la energía del presidente Rocafuerte impulsaron su fun-
dación en Quito, en el año 1838. Para el efecto se escogió como local el
antiguo convento de San Buenaventura, junto a San Francisco, en la
calle Bolívar (actual convento de San Carlos). “La inauguración de la
Escuela –dice su cronista– revistió un verdadero acontecimiento de carác-
ter nacional. Al acto concurrieron 3 del personal directivo de la Escuela,
16 alumnos de planta, el Gobierno en pleno y lo más granado de la socie-
dad capitalina”.135 En su discurso de apertura, el Presidente habló de la
subordinación como cimiento de la disciplina social: “Ojalá –dijo– pudie-
ran penetrarse de esta verdad algunos jóvenes que salen de nuestra
Universidad, hinchados de arrogancia, y que solo se distinguen por una
maligna tendencia a la insubordinación, al desorden y a la anarquía”.136
Fue el primer director de la Escuela el general Hipólito Soulin, aun-
que parece que no llegó a posesionarse. Posteriormente se designó al
general Fernando Daste, pero en realidad terminó siendo el general
español Antonio Martínez Pallares.137 Subdirector fue nombrado el coro-
nel Rafael Irrazabal y ayudante el capitán Antonio Viteri. Para el ingre-
so a la escuela se exigía a los aspirantes saber leer y escribir correcta-
mente, y además “cualidades morales”. Pero parece que se dio algún

133. República del Ecuador, Ley Orgánica Militar, art. 33, Quito, 8, XI, 1846, El Nacional, p. 2281.
134. República del Ecuador, Ley Orgánica Militar, art. 22/2, 22, 11, 1855, p. 6.
135. Carlos H. de la Torre, “La Escuela Militar de Quito en los Cien Años de la República”, en
El Ecuador en cien años de Independencia, Tipografía Salesiana, 1930, Quito, p. 278.
136. Ibíd., p. 278.
137. Romero y Cordero, “El Ejército en Cien Años de Vida Republicana”, p. 66.
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El Ejército en la etapa de establecimiento del Estado ecuatoriano (1830-1859) 129

tipo de selección. En todo caso, al año siguiente de su instalación, en su


informe al Congreso, el ministro del ramo indicaba: “Los alumnos han
dado, en un examen público, pruebas de unos progresos que manifies-
tan los bienes que pueden esperarse de ese establecimiento. Estos jóve-
nes después de haber recibido allí los principios literarios y militares
que corresponden a la carrera a que se dedican, pasarán a los cuerpos
del ejército.” Allí, según el funcionario serían guiados por “los veteranos
cuyo valor y disciplina han dado libertad a tres Repúblicas”.138
Las asignaturas fundamentales que se dictaban en la Escuela Militar
se referían a estrategia y táctica. En sus primeros años, ya se produjo un
“Tratado de Táctica”, especial para sus alumnos.139 “Los programas de
enseñanza, tanto de materias generales como de aplicación, en un prin-
cipio son modestos, pero anualmente van extendiéndose en forma correc-
ta; así, en 1842, se crea la cátedra de Filosofía, en 1844 la de Ingeniería
Civil, amén de Matemáticas, Táctica y Códigos Militares, que constaban
desde el principio”.140 La escuela siguió un funcionamiento bastante
regularizado. Eran sus alumnos “elementos de la buena sociedad, espe-
cialmente de la capitalina”. Entre 1838 y 1840 tenía 16 estudiantes;
1840-1841, 21; 1841-1842, 24; 1842-1843, 20; 1843-1844, 18; 1844-
1845, 27.141 En su memoria al Congreso de 1841, el ministro de Guerra
informaba sobre los avances de la institución:
La escuela militar continúa bajo el mejor pie posible, y aunque la escasez
de sus rentas no ha permitido proveerla de todos los catedráticos que exije
la instrucción que debe darse a sus individuos, sin embargo, el incremen-
to que este establecimiento ha tomado, ha correspondido a las esperanzas
que se formaron al tiempo de su creación, y los progresos que los alumnos
han manifestado en los diferentes exámenes que han tenido lugar, en la
parte literaria, científica y militar, dan a conocer de un modo satisfactorio,
lo mucho que han adelantado en sus estudios; y aseguran a la patria la
adquisición de muy ilustrados defensores.142

El año 1845 fue uno de los más agitados de las décadas iniciales del
país. Estalló en Guayaquil una revuelta y se inició una larga guerra civil.
En las urgencias de utilizar todos los recursos disponibles para enfren-
tar a los insurrectos, el presidente Flores clausuró la Escuela Militar en
forma “temporal”. Todos sus docentes y alumnos fueron incorporados a

138. Memoria de Guerra y Marina, 1839, p. 5.


139. Nicolás Vernaza, Tratado de táctica para la infantería lijera, Quito, Imprenta de Alvarado.
1840. (La referencia completa que aparece en la obra es: Tratado de táctica para infantería
ligera tomando por base la instrucción de Guerrilla del Capitán de guardias españolas
Dn. Felipe San Juan. Compuesta i arreglada en su combinación de toques i maniobras por
el coronel Nicolás Vernaza, director accidental de la Escuela Militar de San Buenaventura.
Quito, noviembre 15 de 1840. Imprenta de Alvarado por León Espinosa).
140. De la Torre, “La Escuela Militar…”, p. 278.
141. Ibíd., p. 279.
142. Memoria de Guerra y Marina, 1841, p. 2.
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filas. Pero a partir de eso ya no volvieron al establecimiento, que no pudo


seguir funcionando en los años siguientes. En todo caso, como resulta-
do de sus siete años de vida se formó un centenar de oficiales, algunos
de los cuales llegaron a desempeñar papeles importantes más adelante
en la historia del país.143
En los años siguientes se trató de reinstalar la escuela, pero sin
éxito. Se quejaba el ministro en 1849: “Sensible es la escasez en que se
ve la República de oficiales instruidos, que prometan progresos en el
cultivo de los ramos de la profesión. Los oficiales que se forman en las
filas, solo alcanzan a poseer los conocimientos de táctica y ordenanzas
peculiares a su grado, y no aprenden ninguno de los ramos interesan-
tes que se dictaban en las aulas establecidas en el extinguido colegio”.144
En 1855, el funcionario de entonces pedía la reapertura del estableci-
miento: “esta necesidad se hace más urgente, porque el ejército carece
de oficiales científicos para el arma de artillería, para el cuerpo e inge-
nieros, y aun para los estados mayores y mandos locales”.145 Un año
después la queja del ministro era aún más apremiante:
Mis antecesores han manifestado ya a las legislaturas precedentes los
inestimables adelantos que recibiría el Ejército con el establecimiento de
este Colegio en la capital de la República; y yo debo insistir en llamar toda
vuestra atención hacia este importante objeto, porque en la escuela mili-
tar es únicamente donde los jóvenes que se dedican a la carrera de las
armas, pueden adquirir los conocimientos necesarios para ser verdaderos
militares y dar lustre al Ejército Nacional. De otro modo, educados con las
prácticas rutineras de cuartel, de continuo adquieren vicios y defectos difí-
ciles de arrancarse, tanto en el desempeño de sus deberes, como en las
evoluciones y maniobras de la táctica. Es cierto que la práctica sirve de
mucho siempre que el oficial tenga conocimientos científicos en que fun-
darla; pues de lo contrario jamás podrá proceder con acierto ni conocer
bien sus deberes, careciendo de los principios elementales que se enseñan
en aquel establecimiento.146

Como se ve, aun cuando en sus pocos años de funcionamiento el


Colegio Militar tuvo influencia en la formación castrense, ésta se daba
fundamentalmente en las propias filas, mediante la práctica y el apren-
dizaje a partir de la acción de los más antiguos. Entonces había muchos
veteranos que consideraban que el oficial, el soldado, solo debían apren-
der en las batallas y combates, porque en su profesión más contaban el

143. “Los resultados que obtuvo esta Escuela en los poquísimos años de existencia, son es-
pléndidos, si hemos de juzgar por los valores que aportó a filas, como los después ilus-
tres generales José de Veintemilla, Bernardo Dávalos, Francisco Javier Salazar, Cornelio
Vernaza, José Vicente Maldonado y Agustín Guerrero” (De la Torre, “La Escuela Mili-
tar…”, p. 278).
144. Memoria de Guerra y Marina, 1849, p. 3.
145. Memoria de Guerra y Marina, 1855, p. 6.
146. Memoria de Guerra y Marina, 1856, p. 4.
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El Ejército en la etapa de establecimiento del Estado ecuatoriano (1830-1859) 131

arrojo y la disciplina que el conocimiento teórico. Aunque había muchos


reclamos para restablecer el colegio, no se dio una política expresa ni un
esfuerzo firme de los gobiernos para hacerlo. Siempre había cuestiones
más urgentes. Los recursos necesarios, sin embargo, no eran demasia-
do altos. Según el ministro lo establecía, apenas bastaban diez o doce
mil pesos al año.147 Comparado éste con el monto global del gasto mili-
tar, era francamente bajo.

Servicio, escalafón y retiro


La vida de los miembros del Ejército en esos años debía ser agitada
y en cierto sentido –como la retórica de entonces lo subrayaba cada vez–
sacrificada. Para los jefes y oficiales, el problema fundamental era lograr
una plaza en firme, mantenerse en ella y ascender lo más pronto. Para
los sargentos y cabos la cuestión era tener las mejores condiciones posi-
bles en una profesión que, a veces, consideraban permanente. Para los
soldados, cuando no tenían la expectativa de fugarse del cuartel, el asun-
to era sobrevivir en condiciones francamente deplorables. Para todos, la
dificultad más sentida era que se les pagara a tiempo y la remuneración
completa, y cuando eso no era posible, que se les diera periódicamente
al menos una parte para subsistir día a día.
Como ya se ha visto, se podía llegar a ser oficial por ascenso desde
tropa, por haber recibido el grado en acciones de armas o por haber
estudiado. De este modo había una gran cantidad de personas con
papeles que certificaban el que se les había concedido grados militares
(los “despachos” se los llamaba), pero eso no les hacía miembros del
ejército regular automáticamente. Era preciso que fueran incluidos en
el escalafón efectivo y que recibieran un destino concreto. Muchos pasa-
ban años tratando de ingresar en las filas argumentando que en alguna
acción militar se les había dado un grado, pero no lograban “calificarse”
en las instancias castrenses. Otros no terminaban de realizar ese trámi-
te por falta de algún requisito. Decía el ministro en 1856: “Aún existe un
número crecido de jefes y oficiales que se encuentran sin colocación y
que todavía no han solicitado, con los documentos legales, las corres-
pondientes letras. Muy pocos son los expedientes sometidos al Consejo
de Estado, quedando la mayor parte en la misma condición, ya por no
haber alcanzado a concluir sus expedientes, ya porque no tienen el
tiempo de servicios prefijado por la Ley”.148
Una vez que se establecía por ley el “pie de fuerza” del Ejército,
como siempre había más oficiales que las plazas disponibles, un buen
número de ellos quedaba sin colocación. En ese caso, se debía proceder

147. Ibíd., p. 4
148. Memoria de Guerra y Marina, 1856, p. 8.
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132 Enrique Ayala Mora

a dar sus “letras de cuartel” a los generales y coroneles, y a los demás


oficiales sus “letras de retiro”. En ese caso, según las normas, pasaban
a percibir su pensión. Pero la mayoría aspiraba a que se le volviera a lla-
mar a filas. Y en efecto así sucedía si en casos de emergencias, el Poder
Ejecutivo procedía a ese llamamiento y de ese modo varios oficiales vol-
vían al servicio activo.
El caso de los clases era algo distinto, ya que una vez que lograban
el grado de cabos, la expectativa de la mayoría era mantenerse en filas
y ascender hasta sargentos, o más allá, si era posible. También en estos
casos el papeleo podía ser grande, aunque la mayoría de los interesa-
dos era analfabeta. Ya en el grado de cabos o sargentos, buscaban man-
tenerse en filas. De allí que la Ley de 1837 establecía: “El excedente de
sargentos y cabos que actualmente existen en los regimientos, conti-
nuarán en los cuerpos como recompensa personal a sus servicios”.149
Para los soldados rasos, la cuestión era diversa. La mayoría solo espe-
raba poder dejar el servicio, bien fuera por cumplir los años mínimos o
por encontrar una forma de desertar. En esas circunstancias vivían
muy precariamente en el cuartel. Algunos lograban mejorar un poco su
condición cuando se los destinaba a servir en casas de los oficiales.
En esos años se ensayaron muchas alternativas para conservar a
los soldados veteranos en las filas. En 1833, el Jefe de Estado Mayor
hacía notar al Congreso “las ventajas que reportarían los pueblos, y el
ejército, si se decretaran premios de constancia a los soldados viejos,
que después de haber cumplido su tiempo de servicio quisieran volun-
tariamente continuar en la carrera de las armas. Los maestros de la
guerra, y los hombres de estado han convenido en la importancia de
esta medida para conservar buenas tropas y aliviar a los pueblos de una
carga perjudicial a la agricultura y a la industria”.150 Pero nunca se
logró un método idóneo para conservar a las tropas.
La principal causa parecía ser el tiempo que se exigía para el servi-
cio. Los cuatro, cinco o seis años que se consideraban necesarios para
el servicio militar, aparte de los argumentos sobre la necesidad del
entrenamiento, eran a todas luces excesivos y no promovían voluntarios
efectivos. Si se considera que el número de soldados que tenía la fuerza
armada era apenas entre el uno y dos por mil de la población, con una
conscripción de un año se habría hallado con exceso el número plazas
necesarias.151 Pero se establecían esos períodos más largos porque, en

149. República del Ecuador, Ley Orgánica Militar, art. 9, Primer Registro Auténtico Nacional,
No. 36, pp. 285-291.
150. Memoria de Guerra y Marina, 1833 (no está paginada).
151. Si la población del país bordeaba entonces los setecientos mil habitantes y el número
promedio de miembros de las Fuerzas Armadas era mil seiscientos, su porcentaje era
0,22%. Si del total de habitantes se excluyen mujeres, indígenas y menores de edad, se
podría pensar, conservadoramente, en una población activa de adultos varones de entre
90.000 y 120.000.
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la práctica, la recluta se dirigía –como hemos visto– a sectores localiza-


dos de la población, que por ser pobres y políticamente desprotegidos,
debían someterse a ese sistema a todas luces discriminatorio. De este
modo, las deserciones fueron un problema persistente. Luego de más de
un año de guerra civil, el ministro declaraba en 1846:
La deserción es un mal para cuyo remedio llamo la atención de las Cáma-
ras porque es gravosa al erario y perjudicial a la disciplina. Es gravosa al
erario porque causa la pérdida de las prendas de vestuario y de armamen-
to que casi siempre sustrae el soldado que deserta; y perjudicial a la dis-
ciplina, porque después de consumido el tiempo en formarlos y disciplinar-
los, ponen a los cuerpos en la necesidad de reemplazarlos con reclutas que
necesitan de una nueva instrucción; así es que los jefes y oficiales tienen
que contraerse constantemente a enseñar los primeros rudimentos de la
táctica, descuidando atenciones de mayor importancia. Este mal encuen-
tra decidida protección en los particulares que favorecen a los desertores
con el mezquino interés de hacerse de las prendas de vestuario y arma-
mento que lleva consigo, y por aprovechar del trabajo personal a costa de
un salario inferior al corriente, cargándoles la ocultación como parte del
jornal.152

Como se ve, la situación de los desertores, además de colocarlos


fuera de la Ley, los ponía en el peligro de ser apresados y en manos de
los terratenientes, que explotaban su trabajo pagándoles menos de lo
acostumbrado con el pretexto de ayudarlos a ocultarse. En una socie-
dad que estaba organizada para garantizar a los latifundistas la existen-
cia de mecanismos jurídicos para mantener controlada la fuerza de tra-
bajo (leyes de vagos, prisión por deudas, etc.), este era, a todas luces,
otro recurso para retener a los campesinos a su servicio, sin que se
diera una libre oferta y demanda de trabajo. La protección de los hacen-
dados a los desertores era un forma adicional de mantener jornaleros
baratos sujetos a la hacienda.
Pero la necesidad crónica de reclutar soldados, sobre todo cuando
se daban conflictos civiles o guerras internacionales, hacía que muy fre-
cuentemente el gobierno echara mano del indulto, perdonando la falta
del abandono de las filas a quienes volvían a ellas con sus armas. En
1846, el presidente Roca “Deseando que los desertores del ejército, pue-
dan prestar sus servicios a la patria, ahora que se mira amenazada de
una invasión extranjera, sin el temor de ser perseguidos y juzgados por
el delito que cometieron abandonando las filas, y llevando en su fuga las
armas y prendas de vestuario”; decretó:
Art. 1. En virtud de la autorización que me está concedida por el Congreso,
para ejercer la atribución tercera de artículo 75 de la Constitución, conce-
do indulto particular a todos los desertores del ejército, siempre que se pre-

152. Memoria de Guerra y Marina, 1846, p. 4.


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134 Enrique Ayala Mora

sentan a las autoridades militares, quince días después de publicado este


decreto, en la cabecera del cantón o circuito en el que residen.
Art. 2. Quedan, así mismo indultados por el valor de las armas o prendas
de vestuario que hubiesen llevado en su fuga.153

No se ha encontrado evidencia de la efectividad que hubieran teni-


do estas disposiciones, pero seguramente lograban su propósito cuando
se combinaban con las presiones propias de la recluta. Podemos pensar
que los “indultos” que se daban de tiempo en tiempo eran parte del fun-
cionamiento de todo el sistema.
La vida castrense transcurría entre las movilizaciones que provoca-
ban los continuos golpes de estado o las amenazas de conflicto, y las
etapas de cierta calma en que los soldados se recluían a sus cuarteles.
En el primer caso, debían mantenerse a la espera de órdenes, marchar
a las fronteras o prepararse para la defensa de la capital o del puerto
principal. En el segundo caso, realizaban todas las semanas, mal que
bien, ejercicios y prácticas, aunque con las limitaciones de la falta de
equipo y municiones.154 Se encargaban de reparar el armamento y,
excepcionalmente, de colaborar en las obras públicas. En Quito hacían
guardia en el palacio nacional, en los cuarteles, en el Panecillo u otras
dependencias. En Guayaquil vigilaban las instalaciones de defensa por-
tuarias y algunos edificios públicos. Con el tiempo, se dedicaron a labo-
res de policía urbana. Pero la presencia militar se daba también en actos
públicos como desfiles, “bandos” y procesiones religiosas, que eran
acompañados por un pelotón del ejército, que hacía los “honores” o
solemnizaban las ceremonias. Así y todo, tenían bastante tiempo libre.
En los cuartes y sus alrededores la tropa se dedicaba al juego de pelota
y apuestas, especialmente las tardes.
Los jefes y oficiales hacían vida de cuartel solo en forma parcial,
especialmente cuando había alerta. Algunos, quizá los solteros y más
jóvenes, se acomodaban en cuartos especiales de los desvencijados
cuarteles o hasta en la Casa de Gobierno. Pero la mayoría vivía con su
familia en casas privadas. Concurrían diariamente a sus oficinas admi-
nistrativas y participaban en los ejercicios y prácticas. Con frecuencia
asumían “destinos civiles”, que iban desde la Presidencia de la Repú-
blica, los ministerios y gobernaciones hasta los escasísimos cargos del
incipiente servicio exterior. Cuidaban mucho de hacer méritos para su
hoja de vida, pero participaban activamente en las tertulias y conspira-
ciones. Los “clases” (cabos y sargentos) tenían largas permanencias en

153. Decreto del presidente Vicente Ramón Roca de 16 de noviembre de 1846. Transcrito
como anexo III de la Memoria de Guerra y Marina de 1847.
154. Esta carencia de municiones y otros recursos para las prácticas se reporta en forma re-
currente en las memorias ministeriales y aun en los mensajes presidenciales al Congre-
so. Pero solo pudo ser solventada en parte hacia la década de los cincuenta.
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filas y eran en muchos sentidos el eje de los cuerpos. Se quedaban en


ellos por años y conocían las rutinas de la vida castrense para tiempos
de paz o para cuando tocaba entrar en campaña. Ellos eran los que ins-
truían a la tropa en el uso de las armas y los que conocían las tácticas
elementales. Su presencia en los cuarteles y campamentos resultaba
indispensable. Eran “profesionales” en el sentido que ya hemos estable-
cido y se quedaban en la vida castrense porque era lo que sabían hacer.
En su nivel, también participaban en la política y las conspiraciones.155
Una vez en la vida militar, la mayor preocupación de jefes, oficiales
y un sector de la tropa, era mantenerse en filas y lograr ascensos den-
tro del escalafón. Pero las plazas que quedaban vacantes no se llenaban
siempre por ascenso. Antes que ascender a quienes estaban en grados
inferiores, se debía preferir a los oficiales que permanecían con letras de
cuartel o de retiro. Las sucesivas leyes militares establecían, como la de
1851: “No se darán ascensos militares a los que no se hallen en actual
servicio activo”, añadiendo más adelante: “Tampoco podrá darse coloca-
ción efectiva en el ejército a jefes u oficiales de milicias que no se hubie-
sen hallado en dos acciones de guerra con valor acreditado, o no hubie-
sen asistido a tres campañas a satisfacción de sus jefes, y haber servi-
do en uno u otro caso seis años con consagración en la guardia nacio-
nal…”156 En todo caso, los ascensos debían obtenerse previo el cumpli-
miento de requisitos, los que se establecían previo estudio de sus “hojas
de servicios”. Allí debían constar sus méritos (resultado de exámenes,
comportamiento en acciones de armas, destinos civiles, etc.) y también
las faltas (actos de indisciplina, sanciones y acciones de mala conduc-
ta). Las hojas de servicio se conservaban en los archivos oficiales.157
Adicionalmente, a veces, se establecían exámenes de conocimiento. Se
prescribía que solo podían darse ascensos del grado inmediatamente
inferior al superior, sin que se produjeran “saltos”.
Pero si bien en algunos casos se seguían esos procedimientos, se
daban esos “saltos” y en la mayoría de los ascensos pesaban más las
conexiones políticas y sobre todo el comportamiento en las acciones

155. Una de las conjuras más famosas de esos años fue la de los miembros de la sociedad “El
Quiteño Libre” contra Flores en 1833. Los conspiradores, dirigidos por el coronel Fran-
cisco Hall, entraron en conversaciones con el sargento Peña, que los conectó también con
el sargento Medina, ambos de la guarnición de Quito, que se comprometieron, al pare-
cer a cambio de dinero, a ayudarlos para tomar el cuartel y derrocar a Flores con apoyo
militar. Pero los dos sargentos siempre mantuvieron informado al gobierno de los planes
de los complotados. Cuando la noche del 18 de octubre intentaron tomar el cuartel, fue-
ron emboscados y abaleados. Al día siguiente los cuerpos de Hall y otros miembros de El
Quiteño Libre aparecieron colgados de los postes (Robalino Dávila, Orígenes del Ecuador
del hoy, t. I, Nacimiento y primeros años de la República, pp. 237-238).
156. República del Ecuador, Ley Orgánica Militar, art. 29, Quito, 2, VII, 1851, pp. 9-10.
157. “Las hojas de servicio se renovarán todos los años, así como las notas que califiquen las
circunstancias personales de cada individuo. Se extenderán por triplicado, y un ejemplar
se remitirá al Ministerio de Guerra, otro al Comandante General, y otro quedará en poder
del coronel del cuerpo, en caso de que el oficial pertenezca a alguno” (Ibíd., art. 38, p. 11).
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bélicas concretas. Era frecuente que en pleno campo de batalla, los altos
jefes ascendieran a los oficiales y soldados que habían tenido un com-
portamiento destacado. Les daban allí documentos “provisionales”, que
luego debían ser convalidados en medio de grandes dificultades y enre-
dos. Era común que los jefes supremos, las asambleas o congresos
resolvieran ratificar esos ascensos y disponer otros indicando que lo
hacían “por esta sola vez”.
Cuando Flores capituló con sus adversarios luego de la “Revolución
marcista”, una de sus principales preocupaciones en la negociación de
los “tratados de La Virginia”, además de pedir que se mantuvieran su
grado, honores y rentas, fue conservar la estabilidad de sus militares
leales en el ejército.158 Pero cuando abandonó el país, los nuevos gober-
nantes no solo que no cumplieron lo acordado, sino que se encargaron
de desmantelar el “floreanismo” de la fuerza armada. Hicieron para ello
una purga, no exenta de asesinatos como el de Otamendi, y removieron
en sus bases el escalafón militar. Pasada esta situación, el nuevo gobier-
no intentó regular los ascensos. Considerando que “la serie de nuestros
acontecimientos políticos, no ha sido posible que el ejército se halle bajo
el pie de instrucción y disciplina que debe tener; que para conseguirlo
es preciso señalar reglas fijas, que observándolas den a las carrera de
las armas el arreglo y lucimiento de que es susceptible”, estableció un
procedimiento para ascensos.159
El decreto mandaba: “De la fecha en adelante, todo oficial que deba
ser ascendido para llenar una vacante, o por alguna otra causa legítima,
excepto los casos que en acción de guerra señala la ordenanza, lo será
por rigurosa escala (…) y dará previamente un examen desde la obliga-
ción del soldado hasta la del empleo superior inmediato del que vaya a
obtener.” Los aspirantes de capitán para adelante “darán examen de la
instrucción del recluta, de compañías y de batallón y de batallón o de
escuadrón; manejo de armas, instrucción de guerrilla y manejo de
mayoría.” Los aspirantes a tenientes y subtenientes “para ser ascendi-
dos se examinarán de la instrucción del recluta, de la compañía, guerri-
lla, instrucción de guías, manejo de armas, del modo de hacer el servi-
cio tanto en guarnición como en campaña, de las órdenes generales
para oficiales, y de cómo ha de seguirse una causa hasta la ejecución de
la sentencia”.160 Debe observarse que incluso cuando se trataba de for-
malizar los ascensos en base a reglas, se mantenía la excepción para los
casos de “acción de guerra”.
El decreto mandaba también: “Dichos exámenes serán dados ante
una junta que se formará en cada distrito, compuesta del comandante

158. Oscar Efrén Reyes, Breve Historia General del Ecuador, t. I y II, pp. 85-87.
159. Decreto del presidente Vicente Ramón Roca de 21 de agosto de 1846. Transcrito como
anexo F en la Memoria de Guerra y Marina de 1846.
160. Ibíd., artículos 1, 2 y 3.
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general, quien la presidirá y de los jefes del cuerpo donde deba ser colo-
cado el que va a examinarse, asistiendo también a ella todos los demás
jefes de la plaza; y servirá de secretario de dicha junta el de la coman-
dancia general, el que llevará un libro donde se siente por acta la apro-
bación o reprobación que resulte.” Y establecía por fin: “Con los debidos
certificados de la aprobación de este acto, que se obtendrá por la mayo-
ría de votos, y por separado el informe del comandante general, se ele-
vará la propuesta al supremo gobierno”.161
Los ascensos eran competencia exclusiva del Ejecutivo hasta el gra-
do de tenientes coroneles. De allí en adelante, las promociones a coro-
neles y generales, eran atribución del Congreso previo pedido del mismo
Ejecutivo.162 De esta manera, aunque mediaban exámenes e informes,
la decisión final para llegar a los grados de jefes, era de tipo político,
sobre todo tomando en cuenta que siempre había menos plazas que
candidatos a ocuparlas y que el mando militar daba considerable in-
fluencia política. En todo caso, para limitar la discrecionalidad se emi-
tieron normas, a veces muy estrictas, como estas que constaban en la
Ley Orgánica Militar de 1855:
Para los ascensos de coroneles y generales se observará lo que previene la
atribución 10 del artículo 68 de la Constitución, no pudiendo el Poder Eje-
cutivo proponer ni el Senado aprobar, para los referidos ascensos, a los
jefes que no tengan los tres indispensable requisitos siguientes: Para coro-
nel: 1. Contar doce años de servicio; 2. Dos batallas campales, o en su
defecto cuatro combates de guerra; y 3. Tener conducta y actitudes acre-
ditadas; y para general 15 años de servicios, tres batallas campales, y en
su defecto seis combates de guerra; y tener conducta y aptitudes dignas de
tal categoría.163

El cumplimiento de los requisitos se comprobaba con las certifica-


ciones militares, lo que daba al proceso mucha institucionalidad. Empe-
ro, a renglón seguido la Ley decía: “Sin embargo a lo dispuesto en el artí-
culo anterior, respecto a ascensos, el militar que se hubiese distinguido
en una acción de guerra, conforme al artículo 18, tratado 14, título 2 de
las ordenanzas, podrá ser ascendido a coronel o general con las formali-
dades que previene la Constitución”.164 Es decir que el Congreso a peti-
ción del Ejecutivo, si consideraba que una persona había realizado un
acción distinguida, podía nombrarla coronel o general sin otros requisi-

161. Ibíd., artículos 4 y 5.


162. Ya en la Constitución de 1835 se estableció como atribución de la Cámara del Senado:
“Prestar o negar su aprobación a las personas que el Poder Ejecutivo presentare para
Coroneles y Generales, para Canónigos, dignidades y Obispos” (art. 54). En todas las cons-
tituciones posteriores e mantuvo una disposición similar. En la de 1850, en que el Con-
greso unicameral, esa atribución era de la Asamblea Nacional (Trabucco, Constituciones de
la República del Ecuador).
163. Ley Orgánica Militar, art. 88, 1855, p. 19.
164. Ibíd., numeral 2.
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138 Enrique Ayala Mora

tos. Pese a que los mecanismos de ascenso fueron largamente debatidos


en sucesivos congresos, en medio de la azarosa vida del estado, no se dio
el caso de que se institucionalizaran las normas para regularizar las pro-
mociones, que se cumplían solo parcialmente.
El mecanismo legal de salida de las filas era el “licenciamiento”.
Cuando los soldados habían participado en una campaña eran “licen-
ciados”. Cuando cumplían los años de servicio eran “licenciados absolu-
tamente”. Por lo general no recibían luego de eso pensión alguna. En el
caso de los oficiales y jefes, cuando debían salir del servicio y cumplían
los requisitos, que cambiaron mucho en esas décadas, recibían sus
“letras de cuartel o de retiro”. Quienes habían sufrido lesiones en acción
recibían también su “cédula de invalidez”. Con estos documentos se tra-
mitaban las pensiones respectivas.
En medio de la inestabilidad política e institucional prevaleciente
un licenciamiento absoluto o retiro nunca podía ser considerado como
definitivo. En no pocos casos, la necesidad de oficiales y soldados con
experiencia para enfrentar la movilización militar, hacía que quienes ya
estaban separados de las filas, fueran llamados a ellas. A fines de 1846,
ante la amenaza de la invasión de Flores, el presidente Roca, argumen-
tando que “la seguridad de la República exige aumentar los cuerpos del
ejército para su defensa”, decretó:
Art. 1. A ocho días de publicado este decreto, se presentarán en cada cabe-
cera de cantón los licenciados del ejército, desde la clase de soldados hasta
la de sargentos, para que las autoridades militares los destinen al cuerpo
en que deban prestar sus servicios.
Art. 2. Tan luego como esté concluida la campaña, volverán al uso de sus
licencias absolutas, y serán considerados por el gobierno como voluntarios
al servicio de la patria.
Art. 3. Los que no cumplan con esta presentación no gozarán el privilegio
de volver al goce de sus licencias y serán enrolados en las filas como sim-
ples soldados reclutados para el reemplazo del ejército.165

Intentando corregir lo que a todas luces era un atropello, sobre todo


a la tropa, el mismo presidente Roca, en 1849, considerando que “los indi-
viduos de tropa del ejército que han obtenido licencia absoluta del servi-
cio de las armas, previos los requisitos (…) no disfrutan de ninguna garan-
tía, pues son los primeros a quienes se llama al servicio, cuando llega el
caso de aumentar los cuerpos imponiendo penas muy severas a los que
dejan de presentarse”, dispuso: “A ningún individuo de tropa que se halle
en el uso de licencia absoluta podrá llamarse al servicio; excepto el caso
en que se ordene que los demás ciudadanos tomen las armas, o que la

165. Decreto de 16 de noviembre de 1846 del presidente Vicente Ramón Roca. Transcrito
como anexo II de la Memoria de Guerra y Marina de 1847.
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El Ejército en la etapa de establecimiento del Estado ecuatoriano (1830-1859) 139

milicia auxiliar a que pertenezca el licenciado, sea llamada con igual obje-
to”.166 Por lo que puede verse en documentación posterior, este decreto,
como otros de contenido similar, no logró parar los abusos de la recluta.
Pero además de las reincorporaciones forzosas, se daba también lo
contrario. Es decir que los propios interesados gestionaban su retorno
a filas. Este caso se repetía con gran frecuencia.167 Luego de las revuel-
tas, los vencedores expulsaban del servicio en el ejército a sus adversa-
rios, o al menos a parte de ellos. Se daban aparatosas bajas y hasta
degradaciones que, en los casos más notorios, venían acompañadas de
expulsiones del país. Venían entonces las gestiones para lograr la rein-
corporación. En 1846 la reacción contra el floreanismo fue muy radical
y cientos de miembros de la fuerza pública fueron separados. En cues-
tión de meses, empero, algunos comenzaron a ser reincorporados. El
propio ministro de Guerra y Marina abogaba por ellas insistiendo: “Sería
contradicción inconcebible exigir que los individuos del ejército emple-
en todas las horas y momentos en los objetos multiplicados del servicio,
y cuando hayan transcurrido uno o dos tercios de la vida, despedirlos
de las filas, y querer que entonces se proporcionen los medios de sub-
sistir. En el estado de ruina y decadencia notorias a que ha sido condu-
cida la nación, ¿qué carrera, qué arte, profesión podrán cultivar tan
inmediatamente como lo demandan sus urgentes necesidades?”.168 Fue
así como las legislaturas dispusieron varias reincorporaciones en ese
año y en los subsiguientes.169 Pero los reingresos no eran trámites
meramente administrativos o de apoyo a oficiales desempleados. Cons-
tituían hechos políticos que a veces adquirían grandes dimensiones,
como el que sucedió entre 1850 y 1851.
A fines de 1850 gobernaba el país como presidente interino don
Diego Noboa y Arteta, que había ablandado la línea dura del “marcis-

166. Decreto del presidente Vicente Ramón Roca de 6 de febrero de 1849. Transcrito como
anexo B en la Memoria de Guerra y Marina de 1849.
167. Como dato ilustrativo y de cierta curiosidad histórica puede mencionarse que en la
“Relación de jefes y oficiales licenciados absolutamente” fechada en julio de 1847, figura
el teniente coronel Manuel Tomás Maldonado, que con ello no se retiró en forma defini-
tiva. Volvió luego a filas y fue separado varias veces. En 1851, como coronel era jefe de
la guarnición de Quito y apoyó el golpe de estado. Siendo ya general, sus alzamientos
contra García Moreno se hicieron muy famosos y murió fusilado años más tarde (la
“Relación” consta como anexo 7 de la Memoria de Guerra y Marina de 1847).
168. Memoria de Guerra y Marina, 1846, p. 14.
169. Un caso interesante es el del general Tomás Carlos Wright, oficial irlandés que tuvo un
destacado papel en las luchas independentistas y se afincó luego en el Ecuador. Cumplió
algunas funciones en tiempo de Flores. En la “Relación nominal de los generales, jefes y
oficiales reinscritos por la H. Convención de 45” (publicada como anexo 4 en la Memoria
de Guerra y Marina de 1846) aparece su nombre en primer lugar. Dos años después, en
la “Relación nominal de los señores jefes y oficiales que han salido del territorio de la
República en calidad de expulsados y prófugos”, el nombre del general Wright aparece
nuevamente en primer lugar como “expulsado” (publicada como anexo 5 en la Memoria
de Guerra y Marina de 1848).
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140 Enrique Ayala Mora

mo” por una actitud más tolerante con sus adversario floreanos, mien-
tras el primer presidente del Ecuador seguía insistiendo en regresar al
país por todos los medios, amenazando con una nueva invasión. Noboa
había desterrado a sus adversarios, los “marcistas” más radicales,
como el ex presidente Roca y su contendor en la carrera presidencial, el
general Elizalde; llamado incluso a algunos floreanos a colaborar con su
administración. La Asamblea Constituyente de mayoría gobiernista o
“noboista” había suprimido del escalafón a 163 militares que siguieron
combatiendo contra ella sin reconocer al gobierno”.170 Tiempo después,
la Constituyente, que continuaba reunida luego de haber expedido la
nueva Constitución, de acuerdo con el presidente, había resuelto admi-
tir a los jesuitas expulsados de Nueva Granada, provocando el rechazo
de los sectores liberales. Luego de algunas semanas, rechazó dar su
permiso para que el general Flores volviera al Ecuador, pero fijó una
pensión para su esposa y reincorporó a 52 jefes y oficiales floreanos en
el escalafón militar. Entre ellos estaban varios generales muy cercanos
a Flores.171 Esto coincidió con la llagada del general a Lima, que fue
aceptado allí por el presidente peruano pese a las protestas del gobier-
no ecuatoriano. Los opositores a Noboa vieron en ello un inminente
peligro de retorno del floreanismo al poder. Se pensaba que esa reincor-
poración era el paso más firme de un complot para volver a entregar el
control del ejército a Juan José Flores, empeñado en reconquistar el
mando. Eso precipitó la acción del general José María Urvina, que
había pasado a ser el “hombre fuerte” del ejército. En pocas semanas
armó un golpe de estado, que se produjo en Guayaquil entre el 17 y el
24 de julio de 1851. Cayó el gobierno de Noboa y al cabo de unas sema-
nas, ya como Jefe Supremo, Urvina convocó a una nueva Asamblea
Constituyente, que luego lo eligió presidente por cuatro años, hasta
1856. Una de sus primeras tareas fue combatir la invasión de Flores,
que terminó por fracasar.
Estos fueron los casos más sonados, pero las solicitudes de reincor-
poración fueron un asunto frecuente en los años siguientes. Y las cau-
sas eran variadas. En 1856, por ejemplo, el Congreso reinscribió en la
lista militar al exteniente coronel José Martínez Aparicio “en considera-
ción al estado de indigencia en que se halla y a sus antiguos servicios;
y considerando que el solicitante es acreedor por su actual situación a

170. “La medida más terrible contra el partido roquista, fue la supresión en el escalafón,
mediante un decreto draconiano, de 163 entre generales, jefes y oficiales que habían des-
conocido a la Convención y seguido combatiendo contra Noboa (José Le Gouir y Rodas,
Historia del Ecuador, t. I, Quito, Imprenta del Clero, 1930, pp. 258-259).
171. Antonio Martínez Pallares, español, combatió en Pichincha, se radicó en Quito y se casó
allí. Fue amigo de Flores y su agente diplomático en Bolivia; Tomás Carlos Wright (a
quien ya se mencionó anteriormente) fue uno de sus hombres de confianza; Leonardo
Stagg, inglés, se casó con una hija de Flores. En el grupo estaban también los generales
Antonio Morales y Antonio de la Guerra, que eran granadinos (Robalino Dávila, Orígenes
del Ecuador del hoy, t. III, Reacción antifloreana, Puebla, Editorial Cajica, 1967, p. 214).
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El Ejército en la etapa de establecimiento del Estado ecuatoriano (1830-1859) 141

un acto humanitario del Congreso”.172 El mismo año se tomó similar


resolución en beneficio del exsargento mayor Juan Antonio Rosales, que
había sido borrado posteriormente a la revuelta del 6 de marzo de 1845,
“considerando que dicho ecuatoriano ha guardado desde aquella fecha
una conducta circunspecta, sin tomar parte ni indirectamente en las
tentativas revolucionarias que han hecho los enemigos de la causa
nacional (según lo acredita el informe del Poder Ejecutivo) y atentos los
servicios que el peticionario ha prestado a la causa de la independencia
desde el año 1823”.173 Está claro que las decisiones de reincorporación
se tomaron cuando los dos beneficiarios, que habían servido bajo los
gobiernos de Flores, ya no constituían un peligro para los regímenes
“marcistas”. El primero podía ser objeto de un acto “humanitario”. Y el
segundo no había militado en el floreanismo conspirativo de esos años.
En eso consistía su “conducta circunspecta”.
Pese a que había evidentes tensiones entre civiles y militares, mu-
chos pugnaban por entrar al servicio, mantenerse en él o reincorporar-
se a filas. La gente común, como se ha visto, se reclutaba solo forzosa-
mente para la tropa, pero muchos aspiraban a ser oficiales y en algunos
casos también sargentos y cabos. Para muchos ecuatorianos varones, la
carrera militar suponía dificultades, pero era una fuente de ingresos en
un medio en que el empleo público era limitadísimo y también un meca-
nismo de ascenso social y de influencia política.

Justicia militar
Desde su fundación, el flamante estado del Ecuador heredó de
Colombia la institución del fuero militar. Las leyes militares garantizaron
y regularon ese privilegio. La Ley de 1855 establecía: “Todos los militares
en servicio activo de cualquiera clase o graduación que sean, gozarán del
fuero de guerra, conforme a las ordenanzas y disposiciones vigentes en
las causas civiles y criminales; los que se hallen con letras de cuartel, lo
gozarán solo en las criminales, y los retirados no lo gozarán ni en las civi-
les ni en las criminales”.174 Esto implicaba la existencia de normas y de
instancias especiales para el juzgamiento de militares.
Los miembros de la fuerza armada, que habían tenido un papel des-
collante en las guerras de la Independencia, mantuvieron la tradición de
que, dada la naturaleza de sus funciones, debían tener jueces y proce-
dimientos propios para juzgar las faltas y delitos de que eran acusados.
El fuero militar cubría, desde luego, las faltas que se cometían en el ser-
vicio, pero también podían extenderse a cuestiones ajenas a él, a veces
hasta de carácter civil. Se daba el caso de que los militares llevaran sus

172. Recopilación de leyes militares, Archivo-Biblioteca de la Función Legislativa, p. 32.


173. Ibíd., p. 35.
174. Ley Orgánica Militar, art. 60, 1855, p. 14.
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142 Enrique Ayala Mora

contenciosos con el público civil, a sus cortes. Con los procedimientos


del fuero se daban abusos y parcializaciones, que lo transformaban en
una institución de privilegio para los miembros de la fuerza pública y en
un hecho discriminatorio para los civiles. Con el paso del tiempo, la
legislación fue limitando estos excesos, pero a pesar de las protestas y
quejas por los abusos que se daban con la aplicación de fuero militar,
nunca se discutió en serio sobre su vigencia en los medios legislativos y
se lo mantuvo todo el tiempo y bajo las sucesivas constituciones apro-
badas en esos años. Pero los mecanismos concretos de funcionamiento
de la justicia militar fueron, en cambio, objeto de largas discusiones y
de varias reformas legales, que más de una vez se daban para acomo-
dar situaciones de tipo coyuntural.
Para el juzgamiento de los militares, tanto jefes y oficiales como
miembros de la tropa, existían normas especiales. Al principio, sin em-
bargo, esas normas no eran completas. Por ello, durante los primeros
años de la vida republicana, como sucedió con otros campos de la legis-
lación, se consideraron vigentes los reglamentos españoles y las nor-
mas de Colombia.175 Luego se fue completando toda la compleja regu-
lación. Las causas civiles y las penales que no tenían que ver con el ser-
vicio, las conocían en primera instancia los comandantes generales. Las
causas seguidas por faltas militares o delitos comunes conectados con
el servicio, en cambio, eran conocidas en primera instancia por los
“consejos de guerra”. Estos consejos conocían también todas las causas
seguidas contra oficiales generales. Para apelaciones, se constituían las
“cortes marciales”, que eran las cortes superiores y la Corte Suprema,
a las que se debían incorporar magistrados militares que, por lo gene-
ral, eran jefes u oficiales retirados que tenían algún conocimiento de re-
glas militares.176 Este último mecanismo tuvo siempre dificultades de
aplicación, pero no se logró sustituirlo por uno mejor. Se daba, por
ejemplo, una incongruencia ya que miembros en servicio activo que go-
zaban de plenos fueros, eran juzgados por miembros ya en servicio
pasivo que venían a ser ciudadanos comunes y corrientes, que no tení-

175. En 1847, por ejemplo, el Ministro de Guerra y Marina solicitaba al Congreso ecuatoria-
no la derogatoria de una ley del 11 de agosto de 1824, emitida, como es evidente, por el
Congreso de Colombia (Memoria de Guerra y Marina, 1847, p. 4).
176. Como ejemplo se transcribe el cuadro en que consta una “Relación de los señores
General y jefes que se hallan de ministros jueces marciales en las Corte Suprema y
Superior de la República, con la expresión de las asignaciones de que disfrutan cada año
y el aumento del quince por ciento”:
Clases Nombres Destinos Asignaciones
General José María Guerrero Ministro, Corte Suprema 1.683.00
Coronel Juan Lánnigan Ministro, Corte Superior, Distrito de Quito 1.224.06
Crnel. graduado Felipe Viteri Ministro, Corte Superior, Distrito de Quito 1.224.06
Crnel. graduado Guillermo Harris Ministro, Corte Superior, Distrito del Azuay 918.06
Tnte. coronel José Antonio Viteri Ministro, Corte Superior, Distrito del Azuay 918.06
Suman 5.973.00
(Memoria de Guerra y Marina, 1858, anexo 6).
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El Ejército en la etapa de establecimiento del Estado ecuatoriano (1830-1859) 143

an fuero.177 Por otra parte, la reunión de las cortes marciales causaba


“erogaciones cuantiosas, pues indefectiblemente para la reunión de
cada consejo tiene el Gobierno que llamar oficiales generales a los pun-
tos donde deben celebrarse, desde lugares distantes, abonándoles
bagajes y el sueldo por todo el tiempo que permanezcan en ellos”.178
Los casos que juzgaban los jueces militares eran muy diversos. Iban
desde infracciones menores como hurtos, hasta “traición a la Nación”. De
una revisión de los cuadros que constan en las memorias de guerra de
los años 1854 a 1857, se desprende que las causas establecidas contra
oficiales iban de un mínimo de seis a un máximo de quince por año. En
total se contabilizaron 45 casos en los cuatro años.179 Como una ejem-
plificación de los tipos de casos se transcribe un listado con la frecuen-
cia de cada uno de ellos en esos cuatro años:
Traidor a la Nación 1
Homicidio 1
Conspiración 6
Deserción 1
Faltamiento a la autoridad civil o militar 3
Abuso de autoridad 1
Faltas al servicio o al cumplimiento de sus deberes 3
Insubordinación 3
Desobediencia 1
Agresión a otro oficial u otro ciudadano 5
Maltrato a la tropa 5
Permitir la deserción de un soldado 4
Favorecer la fuga de un preso 4
Faltas a la policía 1
Hurto 2
Injurias 3
Juegos prohibidos 1
Total 45

Las denominaciones de las causas de enjuiciamiento establecidas


en los cuadros informativos no son las mismas; varían de año a año. Por
ello no puede establecerse una estadística, sino el listado que antecede,
en el que se agrupan casos que se denominan de igual manera o que
parecen similares. En algunos casos son genéricas como “faltas a la Po-
licía” o “hurto”, pero en otros son mucho más descriptivas como: “haber
estropeado al Teniente de la parroquia de Mocha”, “haber estropeado a
un corista”, “haber dado auxilio para castigar indebidamente a un sol-

177. Decía el Ministro de Guerra y Marina: “que los jueces militares que juzgan a los oficiales
de todos los grados, y a los individuos de tropa que tienen las armas en la mano, sean
paisanos y de distinta condición de los acusados, es una anomalía que repugna hasta el
sentido común” (Memoria de Guerra y Marina, 1849, p. 5).
178. Memoria de Guerra y Marina, 1846, p. 9.
179. Memorias de Guerra y Marina de 1854 a 1857 (anexos).
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144 Enrique Ayala Mora

dado”, “haber maltratado a un sargento”, “haber dado auxilio al Co-


misario del hospital militar para castigar con palos a un cabo enfermo”,
“haber dejado desertar a un centinela”, “hallándose de guardia dejó fu-
gar a un preso”.180
Según las sucesivas leyes que se expidieron en esos años, el delito
más grave que podía cometerse era el de “traición”. Pero este crimen no
estaba identificado con ponerse al servicio de una potencia enemiga, o
realizar labores de espionaje, como se podría pensar. Se lo consideraba
fundamentalmente como la participación en política, mejor dicho, como
la obstrucción del funcionamiento de las instituciones. La Ley Orgánica
de 1846 establecía que “La fuerza armada comete el crimen de traición:

1. Cuando se emplea en destruir las bases del gobierno establecido


por la Constitución de la República.
2. Cuando impide el libre ejercicio y sufragio de las asambleas
parroquiales o electorales.
3. Cuando coarta la libertad de las cámaras legislativas en cual-
quiera de sus funciones constitucionales.
4. Cuando apoya trastornos que tengan por objeto contrariar la
deliberación de las autoridades constituidas, desobedecer sus órde-
nes, deprimirlas o desconocerlas.181

Una norma muy similar se repitió en todas las leyes subsiguientes,


que también incluyeron esta disposición: “El militar que incurriere en el
delito de traición no podrá volver al servicio ni recibir pensión alguna,
aún cuando se le haya perdonado la pena a que se hizo acreedor”.182
Pero, contra la ley escrita, este tipo de delitos no se juzgaban en las cor-
tes. Excepcionalmente, acusaciones como “traición” registraron un caso
en los cuatro años que hemos analizado, y de “conspiración” se contaron
seis procesos.183 Lo que se podría calificar como “delitos políticos”, que
eran muy frecuentes, se ventilaban en el campo político. Eran las con-
venciones constituyentes, los congresos y los jefes de estado con amplios
poderes, quienes daban de baja, expulsaban de filas o borraban del esca-
lafón a los militares que eran adversarios políticos o se mantenían en
armas contra el poder constituido. No se esperaba un largo y engorroso
enjuiciamiento a través de las cortes marciales. En el caso del propio
general Flores, fue la Constituyente de 1845 la que lo privó de su grado,
rentas y honores. Desde entonces se lo llamaba “exgeneral”, “traidor” o

180. Ibíd., elaboración con base a los anexos citados.


181. Ley Orgánica Militar, art. 5, 1846, pp. 2272-2273.
182. Ibíd., art. 5, p. 2273.
183. Se debe notar en listado que se cita, que solo en un año (1857) se incluyen “traición a la
nación” (1) y conspiración (6) de doce casos mencionados en el cuadro anual respectivo. En
los otros tres años que estamos analizando no se juzga a los encausados por motivos que
pueden considerarse como “políticos” (Memoria de Guerra y Marina, 1857, cuadro 9).
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El Ejército en la etapa de establecimiento del Estado ecuatoriano (1830-1859) 145

“el perenne enemigo de nuestra nacionalidad”. Se han mencionado ya


otros casos de exclusiones del escalafón militar. Dicho de otra manera, el
sistema judicial militar no se usaba sino excepcionalmente para comba-
tir a los adversarios políticos. Los órganos políticos los castigaban. Pero
los castigos, en realidad, podían durar muy poco o no se cumplían, ya
que las actividades conspirativas eran consideradas, en la práctica, como
normales en la vida castrense. Muchos oficiales sancionados por los le-
gisladores como traidores o conspiradores, eran en poco tiempo los héro-
es y los jefes de gobiernos subsiguientes.
De los cuadros examinados en los cuatro años que se ha tomado
como referencia, y del listado que se formuló con base en ellos, se des-
prende que la gran mayoría de las causas se refieren a faltas en el ser-
vicio o actos de violencia. Entre agresiones y maltratos totalizan diez
casos, que vienen a ser la mayoría. Debe observarse también, que mien-
tras se da un solo caso de deserción de un oficial (subteniente para ser
precisos) hay cuatro en que el oficial permitió la deserción de miembros
de la tropa. Esto confirma la constatación ya hecha anteriormente, en
el sentido de que eran los soldados rasos quienes desertaban frecuente-
mente, en tanto que el hecho no era constante entre jefes y oficiales. En
cuanto al estado de cada una de las causas, que también se menciona
en los cuadros anuales, es importante destacar que la mayoría se en-
contraban en alguna de las etapas procesales, aunque en muchos casos
se menciona “sin lugar a formación de la causa”, es decir, que no se
avanzó en el proceso. También es frecuente que se indicara “absuel-
to”.184 En pocas situaciones se menciona la pena concreta a que fue sen-
tenciado el reo. En la mayoría se establece genéricamente: “se impuso
la corrección correspondiente”. La totalidad de los 45 casos listados se
aceptaron y se tramitaron como sujetos a la justicia militar, solo en uno
se establece que “pasó a la autoridad civil”.
De acuerdo a las leyes vigentes entonces, las penas que podían
sufrir los sentenciados por los tribunales militares eran: muerte, pri-
sión, destierro del país, privación o suspensión del empleo. Las faltas se
castigaban con severidad y hasta con violencia. La Ley decía: “Se prohí-
ben severamente los azotes o palos impuestos arbitrariamente a las cla-
ses de tropa”. Pero a renglón seguido, aclaraba: “Solo los cabos de
escuadra usarán de la vara, según se previene en sus obligaciones por
las ordenanzas del ejército”.185 Lo cual deja ver que, cuando no se lo
hacía “arbitrariamente”, sí se daban castigos físicos. Y auque éstos ten-
dían a limitarse en las normas, en la práctica eran muy frecuentes en la
vida militar. Inclusive, pese a la prohibición legal, se azotaba a quienes

184. Tiene interés mencionar que de los seis casos de “conspiración” mencionados en el año
1857, cinco fueron absueltos y en uno solo la causa fue “sentenciada y ejecutoriada” (Me-
moria de Guerra y Marina de 1857, cuadro 9).
185. Ley Orgánica Militar, art. 79, 1851, p. 19.
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146 Enrique Ayala Mora

cometían faltas en los cuarteles. En todo caso, la misma ley citada esta-
blecía: “Los castigos correccionales se reducirán para las clases de
tropa, a arrestos, cepo, trabajo corporal en la policía del cuartel o cam-
pamento, limpieza de armas, o redoblamiento de fatiga”.186 Llama la
atención que el “cepo”, identificado con prácticas medievales, fuera con-
siderado como una forma legítima de castigo.
La pena de muerte estuvo vigente en el Ecuador durante todo el
siglo XIX. Se la podía imponer para delitos comunes y también para lo
que se consideraba como “delitos políticos”. En el caso de los militares
podían ser sentenciados a esta pena por graves delitos como “traición a
la Patria”. Desde inicios de la República hubo debate sobre la vigencia
de la pena de muerte, pero solo en 1850, la quinta constitución de la
historia incluyó por primera vez como una de las garantías: “Queda abo-
lida la pena de muerte para delitos puramente políticos; y en los casos
en que las leyes la imponen se conmutará en extrañamiento hasta por
diez años”.187 Dos años después, la nueva constitución establecía: “Que-
da abolida la pena de muerte por delitos puramente políticos, una ley
determinará estos delitos”.188 No parece que se hubiera emitido tal ley y
se siguió sentenciando a muerte. Pero solo en caso de graves delitos
comunes se llegaron a cumplir esas sentencias. Cuando los militares
que participaban en conspiraciones y motines, o apoyaban las invasio-
nes de Flores, las sentencias de muerte eran siempre conmutadas y no
se llegaba a cumplirlas, como informaba el ministro de Guerra y Marina
al Congreso de 1853: “Desde el mes de julio de 1852, solo han sido sen-
tenciados a muerte por el Consejo de Guerra permanente los jefes y ofi-
ciales que constan en el documento número 9, en el cual está el delito
porqué sufrieron tal sentencia; mas la política filantrópica del Gobierno
les conmutó con la de expatriación del territorio de la República”.189
Pero si en la práctica las penas de muerte emitidas por las cortes
militares no se cumplían, en cambio sí se hallaron recursos para elimi-
nar a los adversarios políticos por métodos no judiciales. En la repre-
sión de los alzados de “El Quiteño Libre”, el general José María Sáenz y
su subalterno Ignacio Zaldumbide fueron degollados aun luego de haber
alzado bandera blanca de rendición.190 El coronel Hall y otros compañe-
ros suyos de la sociedad fueron asesinados en el intento de tomar un
cuartel y sus cadáveres fueron colgados de los postes. Durante la re-
vuelta de los “chihuahuas”, un coronel Sandoval cayó en manos del
coronel Agustín Franco que lo fusiló sin trámite al enterarse que se esta-

186. Ibíd., numeral 2, pp. 19-20.


187. República del Ecuador, Constitución de la República del Ecuador, (1850), art. 121. Tra-
bucco, Constituciones de la República del Ecuador, p. 145.
188. Constitución de la República del Ecuador, (1852), art. 130. Trabucco, ibíd., p. 173.
189. Memoria de Guerra y Marina, 1853, p. 6.
190. Romero y Cordero, “El Ejército en Cien Años de Vida Republicana”, p. 56.
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El Ejército en la etapa de establecimiento del Estado ecuatoriano (1830-1859) 147

ba entendiendo con Flores.191 El caso más sonado fue el asesinato del


general Otamendi, luego de la capitulación de Flores en 1845, que fue
acribillado por su propia escolta cuando era conducido prisionero.192
En cuanto a la forma en que se cumplían las sentencias, la informa-
ción disponible es casi inexistente. Pero vale la pena mencionar que en
este campo se dio una notoria contradicción, como lo hacía notar el
Ministro de Guerra en 1846. La Ley, decía, “previene temerariamente que
las sentencias de los consejos de guerra ordinarios se cumplan inmedia-
tamente, a excepción de las que condenan a muerte, y separando de esta
violencia los fallos que sobre degradación, presidio, privación o suspensión
de empleo pronunciaren los consejos de guerra de oficiales generales,
dejando de este modo al soldado en la horrible condición de empezar a
sufrir la pena, aun cuando en segunda instancia resultare su inocencia o
vindicación”.193 De este modo –según lo declaraba el ministro– se creaba
una evidente situación de injusticia para con los soldados, que estaban en
la base de la escala social de la fuerza armada: “¿Por qué el infeliz solda-
do ha de sufrir inmediatamente a pena de presidio, destierro, privación o
suspensión de empleo? ¿Por qué esta distinción tan marcada entre indivi-
duos de una misma profesión contra todo principio?”.194 Esta situación
fue corregida posteriormente. Pero varios problemas estructurales de la
administración de justicia militar se mantuvieron sin cambio por años.

FINANCIAMIENTO DEL EJÉRCITO

Presupuestos militares
En la etapa de fundación de la República del Ecuador los presu-
puestos del Estado Central eran muy reducidos, debido fundamental-
mente a sus escasos ingresos permanentes. En esos presupuestos, la
mayor parte de los gastos se destinaban al sostenimiento de la fuerza

191. Ibíd., p. 57.


192. Luego de la capituación de Flores en 1845, el general Juan Otamendi, su principal lugar-
teniente, fue tomado prisionero por orden del gobierno cerca de Alausí y conducido a la
Costa. Luego de dejar Yaguachi, el 18 de agosto de 1845, cuando abordaba la canoa, los
miembros de su escolta le dispararon desde la orilla. Se dice que antes de morir alcanzó
a gritarles: “¡Miserables! No se mata así a un valiente, a un soldado de la Independencia”.
Piedad y Alfredo Costales, El centauro de ébano, p. 49.
193. Memoria de Guerra y Marina, 1846, p. 9.
194. Al presentar la situación ponía un ejemplo: “Supongamos que en Guayaquil sea conde-
nado un individuo de tropa a cumplir tantos años de destierro en Galápagos; que se le
haya hecho marchar inmediatamente a su destino por quererlo así la Ley; y que al cabo
de unos dos meses, que por lo menos debe permanecer la causa en la Corte Superior
Marcial, sea reformada la sentencia declarándola notoriamente injusta; en este caso, se
hará regresar al inocente acusado a su cuartel a costa del erario, después de haberle
hecho perder…” (Ibíd., p. 9).
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148 Enrique Ayala Mora

armada. Óscar Efrén Reyes destaca que “el presupuesto nominal del
Estado en 1831, era de 387.973 pesos y 4 reales y 3/8 de real. De esta
suma, el ejército tomaba efectivamente alrededor de 200.000 pesos, lo
demás quedaba para empleados públicos e inversiones directas del Pre-
sidente”.195 En 1843, una comisión designada por la Asamblea Cons-
tituyente calculó las “rentas naturales” de la República en 683.120 pesos
y los “gastos actuales” en 847.657 pesos, llegando el déficit a la suma de
164.537 pesos. De los gastos, la cantidad de 530.007 pesos correspondí-
an a la “Lista Militar y de Marina”.196 En ese año, el 62,5% de los egre-
sos del Estado se iban a la fuerza pública.
En los años posteriores, se elevaron los ingresos públicos, funda-
mentalmente por el incremento de los impuestos a las importaciones.
Pero también se elevaron los egresos y con ello los déficits. Con algu-
nas variaciones, los gastos militares siguieron siendo los más elevados,
aunque los egresos para otras dependencias públicas fueron creciente-
mente importantes. Aquí se presenta una comparación entre los mon-
tos totales de los presupuestos y los gastos militares en cuatro años,
con el respectivo porcentaje. Las cifras (en pesos) son aquellas que han
podido ser rastreadas en las leyes respectivas:

Total Gastos militares


1846 882.572 305.498 (34,6%)
1853 1.105.242 475.004 (42,9%)
1854 1.081.154,6 418.883,7 (38,7%)
1857 1.339.108,6 553.305,4 (41,3%)197

En el último año citado (1857) los gastos presupuestados del “De-


partamento de lo Interior” fueron 265.514 pesos y los del “Departamento
de Hacienda” 520.289. Esta última cifra es parecida a la del “Depar-
tamento de Guerra y Marina” (553.305,4).198 Parecería que los egresos de
Hacienda casi igualarían a los de Guerra y Marina, pero se debe tomar
en cuenta que en Hacienda se incluía la cifra de 200.000 pesos “para el
pago de la deuda de carácter privilegiado” y 60.000 pesos para pago de

195. Oscar Efrén Reyes, Breve Historia del Ecuador, t. II y III, pp. 73-74.
196. Luis Robalino Dávila, Orígenes del Ecuador de hoy: Rocafuerte, Quito, Talleres Gráficos
Nacionales, 1964, p. 249.
197. Datos tomados de las leyes de presupuestos o leyes de gastos de los años correspondien-
tes a los años que se mencionan.
198. Las cifras que la Ley de gastos establecía eran las siguientes (en pesos):
Departamento de lo Interior 265.514
Departamento de Hacienda 520.289
Departamento de Guerra y Marina 553.305,4
Total 1.339.108,6
República del Ecuador, Ley de gastos expedida por la última legislatura para el año de
1857, Quito, Imprenta del Gobierno, p. 8.
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El Ejército en la etapa de establecimiento del Estado ecuatoriano (1830-1859) 149

los réditos de los “censos” trasladados al Tesoro; es decir para el pago de


deuda pública, fundamentalmente interna.199 Con ello, los gastos de la
administración en ese ramo eran mucho menores. Se debe tomar en
cuenta, además, que esas cifras globales destinadas al pago de deuda
nunca eran ejecutadas en su totalidad, puesto que no existían ingresos
reales para ello. Como siempre los egresos eran superiores a los ingresos
efectivos, el déficit se cubría dejando de hacer ciertos pagos que no eran
apremiantes, entre ellos los de las deudas del Estado.
Pero si gastar menos de lo presupuestado era el recurso más común
para manejar los déficits fiscales, eso no siempre sucedía con los fondos
de Guerra y Marina. En algunos años, efectivamente, eso fue posible. En
1848, el ministro de Guerra y Marina informaba al Congreso: “La Ley de
Presupuestos dada en 16 de noviembre del año próximo pasado la can-
tidad de 349.054 pesos y 1 real y lo gastado en los mismos ramos
asciende a la suma de 308.323 pesos y 2 reales, resultando en favor del
tesoro el ahorro de 40.835 pesos y 6 reales”.200 Para el año 1854, como
se ha visto, se había presupuestado en 418.883,7 pesos el gasto militar,
pero parece que fue menor. Entre julio de 1853 y junio de 1854 solo se
gastaron 384.825,2 6/8 pesos.201 El ministro Teodoro Gómez de la Torre
lo destacaba: “El año que ha transcurrido no ha habido necesidad de
hacer el servicio de campaña porque no se ha turbado el orden y la paz
en ningún punto de la República, y los cuerpos del Ejército se han con-
servado en cuarteles en los puntos en que el Poder Ejecutivo ha creído
convenientes”.202 Pero cuando se daban insurrecciones, amenazas de
invasión o guerras civiles, el gasto militar se elevaba significativamente
y superaba con mucho lo previsto en las leyes presupuestarias. El ejér-
cito en campaña demandaba muchos más soldados, pertrechos y arma-
mentos de los que podían pagarse con los montos presupuestados. En
esos casos, se dejaba de cubrir ciertos egresos como pagos de pensio-
nes, se dejaba de gastar en otros ramos y se usaban todos los fondos de
que disponían las tesorerías. Adicionalmente, se imponían “contribucio-
nes extraordinarias”, multas, requisas y confiscaciones a la población,
especialmente a los adversarios políticos.
Cada año los presupuestos de Guerra y Marina establecían listas de
gastos destinadas a las diversas actividades castrenses. Los más altos
montos, como es obvio, estaban destinados al pago de sueldos al perso-
nal de servicio activo. Sobre su número y los montos destinados al pago

199. Ibíd., p. 5.
200. Memoria de Guerra y Marina, 1848, p. 2.
201. Se debe tomar en cuenta que la comparación de cifras no es del todo posible, porque lo
presupuestado se refiere al año que iba de enero a diciembre de 1854, en tanto que lo
gastado corresponde a julio de 1853 a junio de 1854. Pero, en todo caso, el gasto anual
es menor que lo que constaba en el presupuesto (Cfr. Memoria de Guerra y Marina de
1854, Ley de gastos de 1854).
202. Memoria de Guerra y Marina, 1854, p. 2.
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150 Enrique Ayala Mora

de los diversos departamentos y cuerpos hay información bastante deta-


llada (cuadro 9). Las listas de gastos cubrían los costos de los sueldos
de los jefes, oficiales y tropa de los distintos repartos; instructores de la
Guardia Nacional, guardaparques, armamento, caballos, forraje, ves-
tuario, fábrica de pólvora, alquiler y construcción de cuarteles y fortifi-
caciones, mantenimiento de los hospitales militares. También incluía
una reducida cantidad para los gastos de la Marina (personal, retirados,
material y armamento); la provisión para pago de jefes y oficiales que
estaban en goce de letras de cuartel y de retiro, y las cantidades desti-
nadas a cubrir las pensiones de quienes constaban en los “depósitos de
inválidos”. Como ejemplo ilustrativo se pueden citar los gastos militares
(en pesos) del presupuesto de 1846, que constaban en la ley:
Edecanes del Gobierno 3.360
Comandancias generales 12.792
Comandancias militares 9.126
Batallón de infantería 1 52.512
Batallón de infantería 2 52.512
Dos cuerpos de caballería 29.418
Media brigada de artillería 14.534
Instructores de la Guardia Nacional 8.000
Guardaparques, armamento, caballos, forraje,
alquiler de cuarteles, agua 15.244
Construcción de cuarteles y fortificaciones 11.000
Hospitales militares 4.000
Letras de cuartel y de retiro 25.000
Depósitos de inválidos 25.000
Vestuario del ejército 10.000
Fábrica de pólvora 3.000
Marina (personal, retirados, material y armamento) 30.000
Total 305.498 203

Como se ve, los egresos cubren muchos ítems, pero no el de adqui-


sición de armamento. Esta realidad se repite en todos los años, salvo
excepciones en la década de los treinta.204 Desde los años cuarenta en
adelante, los presupuestos del Estado cubrían solo lo que se considera-
ba como gasto permanente. Las compras de armas eran gastos especia-
les, que se resolvían por decisiones adhoc y se realizaban con negocia-

203. República del Ecuador, Ley de Presupuestos dada por la Convención Nacional reunida en
Cuenca, Quito, Imprenta del Gobierno, 1846.
204. El presupuesto para el año 1833-1834, entre los “gastos de guerra y plaza” se incluía
una partida: “Para tener de repuesto en los tres parques del Estado tres mil fusiles, qui-
nientas carabinas, quinientos sables, quinientas lanzas, quince mil piedras de chispa
para fusil, mil quinientas ídem para carabinas, tres mil cartucheras, quinientas cana-
nas, tres mil talies, tres mil cinturones y veinte quintales de pólvora de fusil, se presu-
ponen 51.780 pesos 4 reales” (Memoria de Guerra y Marina, 1833, cuadro 3). Pero no es
posible establecer si se realizaron los gastos.
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El Ejército en la etapa de establecimiento del Estado ecuatoriano (1830-1859) 151

ciones en el exterior. Los ministros informaban al Congreso sobre los


trámites de estas adquisiciones, destacando que se había hecho un gran
esfuerzo para conseguir los fondos necesarios.
Con el paso del tiempo las memorias de guerra y marina trajeron
información cada vez más detallada de los presupuestos militares. Los
cuadros generales de resumen son muy precisos (cuadro 10). En algu-
nos años, inclusive, hay listados de los oficiales en servicio activo o de
los destinados a las guardias nacionales en los que se puede establecer
individualmente cada una de las partidas presupuestarias con el grado,
nombre de cada oficial o miembro de la tropa, su destino o función,
cuerpo en que está acantonado, los sueldos mensuales y sus totales
anuales, así como las cantidades previstas para cada oficina, comando
y cuerpo.205 Sin embargo, como no había un solo criterio de organiza-
ción de la información, no es posible sistematizarla en cuadros compa-
rativos. Pero si existe una variada cantidad de datos sobre los montos
presupuestados, en cambio, hay muy poca información sobre lo efecti-
vamente gastado. En las memorias ministeriales existen menciones a
cifras globales de los gastos realizados en determinados años pero solo
excepcionalmente y en forma parcial pueden establecerse los montos
específicos gastados en sueldos, aprovisionamiento, equipos, etc.206
Como se ve, hubo años en que se hicieron compras fuertes, sobre
todo en vestuario, cuya materia prima, como se ha dicho ya, era sumi-
nistrada por productores locales o se importaba. En 1839, se presu-
puestaba 14.264 pesos para este efecto, estimándose en doce pesos
cada unidad.207 Pero si se informaba al Congreso sobre este tipo de gas-
tos puntuales, no se formulaban balances comparativos entre lo que
constaba en los presupuestos y las gastos efectivamente realizados.
No es posible conocer, por ejemplo, si las partidas presupuestarias des-

205. “Presupuesto general del sueldo de los señores general, jefes y oficiales del expresado
mes y año” (cuadro 1 anexo a la Memoria de Guerra y Marina de 1839). “Relación de los
señores jefes y oficiales que componen las planas mayores de los cuerpos de guardia
nacional, con expresión de los que tienen pensión de retiro y el aumento del quince por
ciento, de los que disfrutan de la cuarta parte, del sueldo de los tambores mayores y gra-
tificación de mayorías” (cuadros 2 en las memorias de 1857 y 1858).
206. En 1849 el Ministro de Guerra informaba en su Memoria al Congreso el “Presupuesto de
las cantidades que se han gastado en aparatos de guerra en el año económico del 48 al
49 con expresión de las sumas (en pesos) invertidas en cada distrito”:
Distritos Vestuario Compra y Composición Salvas y Totales
composición y compra recomposición
de armamento de monturas de pertrechos
Quito 7.654,4 1/2 366,7 1/2 67,4 90,0 8.289
Guayaquil 11.175,0 825,0 - 391,6 12.391,6
Cuenca 554,2 240,3 1/2 70,4 - 865,1
Suman 19.493,6 1/2 1.432,1 137,8 481,6 21.545,7 1/2
Fuente: Memoria de 1849, tabla 5.
207. “Para compra de vestuario para los cuerpos del ejército computado a razón de doce pesos
cada uno: 14.264” (Memoria de Guerra y Marina de 1839, cuadro 4).
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152 Enrique Ayala Mora

tinadas al personal en servicio activo se usaban hasta la totalidad, aun-


que hay referencias constantes de que muchas veces se dejaba de pagar
sueldos y pensiones, que quedaban como deuda para años futuros.
Tampoco se puede saber la proporción que efectivamente se gastaba en
armamento, construcciones o vestuario.
En todo caso, pese a los recortes que pudieron hacerse en los gas-
tos, habían algunos que no debían postergarse, como varios de los que
traía la Memoria de 1839: “alumbrado de los cuarteles” (901 pesos),
“gastos de agua para la guarnición de Guayaquil” (558 pesos), o costos
específicos del mantenimiento de la caballería como: “composición y
compras de monturas” (700 pesos), “herrajes”, “gastos de forraje y potre-
raje” (3.270 pesos) y egresos “para remonta de caballos para los dos
regimientos computados a quince pesos por potro” (2.550 pesos).208

Salarios y remuneraciones
El pago de la Fuerza Armada fue una de las principales preocupa-
ciones de los gobiernos. Había no solo que contar con los fondos nece-
sarios, sino tenerlos a tiempo para pagar con puntualidad al personal.
Para ese efecto se realizaban transferencias entre tesorerías y se usaban
otros fondos como “anticipos”. Las escalas de pago para los diversos gra-
dos eran fijas. Se ha podido establecer que no variaron desde los prime-
ros años de la década de los treinta hasta finales de la década de los cin-
cuenta. Esto no es sorprendente porque, en general, las remuneracio-
nes y los precios permanecían estables en esa etapa. Los sueldos men-
suales en pesos, de acuerdo con los grados, eran los siguientes:
General 200
Coronel 140
Teniente coronel/Comandante 100
Sargento mayor 70
Capitán 45
Teniente 32
Subteniente/Alférez 25
Sargento 1 12
Sargento 2 10
Cabo 1 8
Cabo 2 7
Soldado 6 209

208. Memoria de Guerra y Marina, 1839, cuadro 4.


209. Para este trabajo se han revisado las memorias de Guerra y Marina de diversos años. En
la mayoría no constan las escalas de remuneraciones por grados y en otras solo hay refe-
rencias indirectas. También se ha visto las leyes de presupuestos y gastos que estaban
disponibles y solo en una de la ellas, la de 1846, hay una referencia completa de todas
las remuneraciones por grados. Esta información fue corroborada con la Memoria de
Guerra y Marina del mismo año. De allí proceden las cifras.
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El Ejército en la etapa de establecimiento del Estado ecuatoriano (1830-1859) 153

Tomando en cuenta los costos de vida de la época, parece que las


remuneraciones de los oficiales, especialmente las de los tres grados
más altos, podían considerarse como excelentes, pero salta a la vista
una enorme desproporción en lo que recibían los altos oficiales frente a
los bajos y la tropa. La relación del sueldo de un general con un subte-
niente era de 1/8 y con un soldado raso 1/33,3. Pero esa no era una
excepción en el Ejército. Las desproporciones entre los empleados civi-
les eran similares. Un general ganaba cinco veces menos que el
Presidente de la República, pero lo mismo que los ministros de estado.
Ese era, en realidad, el tercer sueldo más alto en el país (el gobernador
de Guayaquil era segundo y ganaba más de 260 pesos). Un coronel reci-
bía solo un poco menos al mes que los ministros de la Corte Suprema,
Director General de Estudios o el Contador General de la República (166
pesos mensuales), y más que los gobernadores de Pichincha (125),
Azuay y Manabí (116), y Chimborazo, Imbabura y Loja (100). Esta últi-
ma cifra es la del sueldo de teniente coronel. Un capitán tenía sueldo
parecido al de los jefes de secciones y oficiales de primera de los minis-
terios. Un subteniente ganaba lo mismo que los oficiales de bajo rango
de las gobernaciones de Azuay y Manabí.210
Como se ve, los ingresos de los rangos inferiores de oficiales eran
bajos, aún en comparación con los de la administración civil. Pero en
donde se notaba una realidad de bajísimas remuneraciones era en la
tropa. Un sargento primero ganaba mucho menos que un portero de
ministerio y lo mismo que los porteros de las gobernaciones en Quito y
Cuenca. Un cabo primero recibía menos que los más bajos empleados
públicos y un soldado la mitad que un sargento primero.211
Además de las diferencias y similitudes anotadas, en las remunera-
ciones de los militares se daba una realidad generalizada. Aunque ten-
drían alguna preferencia para recibir sus sueldos a tiempo ya que podían
provocar disturbios, de todas maneras estaban sujetos, como los demás
servidores públicos, a crónicos atrasos en los pagos, que se prolongaban
por meses e inclusive años. En 1855 el ministro de Guerra y Marina
repetía una queja permanente: “En todas las leyes de presupuestos se ha
figurado una partida en general para el pago de sueldos atrasados; pero
esta disposición no ha tenido hasta ahora su debido cumplimiento, por-
que los fondos efectivos de tesorería, apenas alcanzan para los gastos
corrientes de la Administración”.212 Sugería al mismo tiempo que “se
establezcan fuentes distintas para la cancelación de este crédito”; pero

210. Los datos sobre empleados civiles han sido tomados de varias memorias de Hacienda,
teniendo como base la de 1841, y varias leyes de presupuestos y gastos, con los datos
completos de la de 1846.
211. Como un caso totalmente excepcional se asignaba 6,5 pesos al portero de la Gobernación
de Loja, de todas maneras un poco más que a un soldado (Memoria de Hacienda, 1841).
212. Memoria de Guerra y Marina, 1855, p. 11.
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154 Enrique Ayala Mora

tampoco esto fue posible. De este modo se mantuvo la práctica de “ven-


der los sueldos” anticipadamente a personas que entregaban a quien
debía recibirlos, una cantidad mucho menor que la establecida. Los que
adquirían los papeles de los sueldos cobraban su totalidad tiempo des-
pués, gracias a influencias con el gobierno. Con esta suerte de usura se
hicieron fortunas. “Caudales ingentes se han formado a costa de las fati-
gas y privaciones de los militares, nunca se ha observado exactitud en
los pagos,” decía un ministro ante el Congreso.213
Además de sus sueldos, los militares debían también recibir un
pago adicional para su sustento diario, las “raciones”. Estas debían ser
pagadas a tiempo, puesto que los atrasos causaban malestar en la tropa
y hasta levantamientos. Pese a que tanto en los documentos oficiales y
en las investigaciones históricas sobre estos años se habla mucho de las
raciones o su falta de pago, no es posible establecer su monto y formas
de pago, porque no constan presupuestadas en las leyes de gastos ni
aparece ningún informe sobre los egresos causados por ellas. Este vacío
en la información deja varias preguntas pendientes, ya que resulta claro
que se pagaban raciones, pero no hay rastro de ellas ni en los presu-
puestos ni en los informes. Las únicas referencias que existen son las
de “raciones de caballo”.214 Estas, sin embargo, no solo servían para
mantener a las cabalgaduras, sino que se daban como parte de los in-
gresos de los altos oficiales.215
Uno de los recursos más frecuentes para bajar el gasto militar fue-
ron las reducciones de personal en la fuerza armada. Pero estas medi-
das tuvieron fuerte oposición. El Jefe de Estado Mayor hacía notar en
su memoria al Congreso de 1833 “las grandes reducciones que han
sufrido los cuerpos, a fin de que se vea cual ha sido en esta parte la con-
ducta del gobierno, y se considere, que no es posible disminuir más
nuestras pocas fuerzas, sin comprometer a un mismo tiempo la digni-
dad del Ecuador y su seguridad”.216 La verdad es que aunque hubiera

213. Memoria de Guerra y Marina, 1846, p. 14.


214. La “Relación sucinta de los gastos de Guerra y Marina para el año económico 1833 a
1834” establecía en un párrafo especial: “Raciones de caballo. Para cuatrocientas cua-
renta y una caballerías que tienen los regimientos de lanceros se proponen nueve mil
novecientos veinte y dos pesos cuatro reales, al respecto de un real diario en pesebrera
cuatro meses, y los otros ocho a cuartillo de real en potrero: 9.922,4”. Memoria de 1833,
tabla 3. En años posteriores ya no se mencionó estas raciones. Se presupuestaba “para
el forraje y herraje de los caballos del Estado” (Ley de gastos, 1857).
215. En 1849, el presidente Roca determinaba “las raciones de caballo que en tiempos de gue-
rra gozan los generales, jefes, y oficiales de los estados mayores del ejército”. Se las con-
cedía como “justa consideración de sus funciones en campaña”, en la siguiente forma:
general mandando el ejército, seis diarias; segundo jefe del ejército y jefe de Estado
Mayor, cuatro diarias; comandante general de división, tres diarias; jefe de Estado Mayor
de división y sus ayudantes generales, dos diarias; ayudantes de los oficiales generales,
una diaria (Memoria de Guerra y Marina, 1849, decreto transcrito en anexo A).
216. Memoria de Guerra y Marina, 1833, p. 2.
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El Ejército en la etapa de establecimiento del Estado ecuatoriano (1830-1859) 155

primado la voluntad de disminuir el número de las tropas, los frecuen-


tes alzamientos exigían mantener más hombres sobre las armas. Exis-
tía, además, un motivo adicional para que esa reducción no se diera. Y
es que mantener los números completos de tropa en el presupuesto,
dejando al mismo tiempo vacantes, permitía que los jefes pudieran
tomar el dinero que no se pagaba a los soldados que no estaban en filas.
Esta forma de corrupción fue muy frecuente y aunque se denunció rei-
teradamente, no pudo ser erradicada.

Las pensiones
La vida militar era absorbente. Quien por voluntad u obligación
entraba en ella y permanecía allí por algún tiempo, por lo general no esta-
ba en condiciones de dejarla. Con la retórica de esos años, ya se ha recor-
dado que el ministro de Guerra y Marina decía ante el Congreso: “Sería
contradicción inconcebible exigir que los individuos del ejército empleen
todas las horas y momentos en los objetos multiplicados del servicio, y
cuando hayan transcurrido uno o dos tercios de la vida, despedirlos de las
filas”.217 Por ello, quienes no podían ser ubicados en las funciones activas
castrenses (mandos o cuerpos), de acuerdo con la Ley, se les daba sus
“letras”, que en el caso de los generales y coroneles se llamaban “de cuar-
tel” y en el de los demás oficiales, “de retiro”. Pero esa condición de “reti-
rados” no se consideraba como una situación definitiva, sino temporal,
hasta que se dieran condiciones para el ingreso al servicio activo nueva-
mente. Mientras tanto, los oficiales eran destinados a comandar los cuer-
pos de reserva, las milicias, a los tribunales militares, o algún destino en
la administración pública. En ese caso percibían una pensión reducida.
Para obtener las letras era necesario someterse a “calificación”. Este
proceso era engorroso, puesto que se cumplía ante el Consejo de Estado
o de Gobierno –la denominación variaba– previos trámites en los coman-
dos y el Ministerio. Siempre había una enorme lista de personas “por
calificarse” que pugnaban por conseguirlo. Una vez que la calificación
culminaba, el interesado pasaba a percibir su pensión. De acuerdo con
los datos sistematizados, puede verse que en 1839 el número de oficia-
les con letras era 146. Para 1847 había bajado a 75 y en los años siguien-
tes se mantuvo entre los ochenta y noventa (cuadro 11). El criterio para
fijación de las pensiones estaba establecida por las sucesivas leyes orgá-
nicas militares que se emitieron en la etapa. La de 1846 establecía:
La pensión será calificada por el orden siguiente. De seis a doce años de
servicio militar, se concederá la cuarta parte del sueldo de su clase; de doce
a dieciocho años la tercera parte; de dieciocho a veinticuatro la mitad, y de
veinticuatro para adelante indefinidamente las dos terceras partes. Los

217. Memoria de Guerra y Marina, 1846, p. 14.


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156 Enrique Ayala Mora

que no hayan cumplido los seis años no podrán gozar de pensión alguna y
se les concederá su licencia absoluta. El tiempo de campaña se abonará
doble.218
La ley era clara, pero la calificación no era solo una cuestión admi-
nistrativa, sino política y suponía intensas gestiones, así como contactos
políticos y castrenses. Desde luego que contaban los años de servicio, que
en algunos casos venían desde las campañas de la independencia; pero
quienes habían trabajado por el gobierno en funciones, mejor si hubieran
participado en alguna acción de armas, eran preferidos. Después del
triunfo de la rebelión contra Flores del 6 de marzo de 1845, los gobiernos
pidieron reiteradamente al Congreso que permitiera la calificación de
quienes habían participado en esas campañas. Ya vimos la solicitud del
ministro de Guerra y Marina en 1846. Dos años después, el ministro en
funciones pedía al Congreso “una medida para que reciban alguna recom-
pensa aquellos jefes y oficiales que perteneciendo a nuestra gloriosa
transformación del ‘Seis de marzo’ quedaron sin colocación después de los
arreglos hechos en el ejército. (…) si os parece podría señalarse la cuarta
parte del sueldo, según sus clases, a todos los que tomaron las armas
para sostener dicho pronunciamiento”.219 Y el año siguiente manifestaba:
Reitero a vuestro justificado patriotismo la indicación que se hizo en el
anterior informe que os presentó este Ministerio, para que señaléis la cuar-
ta parte de los sueldos de sus clases a los que combatieron con denodado
entusiasmo cuando cayó el tirano de la Patria. Debiendo ser en alguna
manera recompensados de sus esfuerzos i sacrificios: el citado art. 50 en
su último inciso los condena a abandonar la carrera i a separarse del tea-
tro en que pueden defender sus derechos i los de sus conciudadanos, por
no alcanzar ni aun al primer grado de la escala del tiempo que establece
para la calificación. Únicamente ha favorecido esta disposición los intere-
ses de los antiguos militares. Los reinscritos gozan de mejores prerrogati-
vas que los que formaron el ejército del seis de Marzo. La gratitud reclama
contra el resultado funesto que ha producido en la práctica la observancia
de dicho artículo.220

El ministro hacía notar que mientras aquellos que se habían enro-


lado en el ejército “marcista” para combatir a Flores no alcanzaban a
cumplir el tiempo para ser calificados, la ley vigente favorecía a los “anti-
guos militares”, que eran en su mayoría floreanos, lo cual creaba no solo
una cuestión de gratitud nacional, sino de seguridad de los gobiernos
marcistas. A principios de 1952, la Convención Nacional, como hemos
visto, reinscribió en el escalafón a 52 militares afectos a Flores, que
habían sido borrados por decreto en 1846. La misma convención expi-
dió una nueva Ley Orgánica Militar, en la que los legisladores introdu-

218. República del Ecuador, Ley Orgánica Militar, art. 50, 1846, pp. 2283-2284.
219. Memoria de Guerra y Marina, 1848, p. 5.
220. Memoria de Guerra y Marina, 1849, pp. 5-6.
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El Ejército en la etapa de establecimiento del Estado ecuatoriano (1830-1859) 157

jeron, luego de un artículo muy similar al ya citado de la Ley del 46, un


acápite que decía: “A los militares con despacho de jefes u oficiales que
sirvieron en la transformación del año de 1845, se conceden por esos
servicios tres años de aumento de tiempo sobre el de sus antigüedades
para el abono de sus letras de cuartel o retiro, si hubiesen concurrido a
alguna acción de guerra, y solo dos años, si únicamente hubiesen hecho
la campaña”.221
Pocos meses después, Flores llegó al Perú y se temía un inminente
nuevo intento de invasión armada al Ecuador. En julio de 1851, el gene-
ral Urvina encabezó un golpe de estado contra Noboa y tomó el poder.
Flores, efectivamente, se lanzó a la invasión y llegó a acampar en la isla
Puná, pero luego de meses de incertidumbre, tuvo que volverse derrota-
do al Perú. Eso despertó nuevas reacciones y retaliaciones contra su
familia y sus allegados, entre ellos muchos militares. Cuando cuatro
años después se expidió otra Ley Orgánica, se mantuvo la disposición
general inicial, pero se añadieron las siguientes, que tenían una eviden-
te dedicatoria:
A los militares con despacho de la autoridad suprema que sirvieron en la
transformación del año de 1845, y se hallaron en todas tres acciones del
“seis de marzo”, tres y diez de mayo, se les concederá la cuarta parte del
sueldo de su clase, aun cuando no tengan los seis años de servicio que
exige este artículo. El tiempo de esta campaña se abonará el doble.
Gozarán también de este beneficio los militares que concurrieron inmedia-
tamente a la reacción del 17 de julio de 1851, y rechazaron la invasión de
Flores en la campaña de 1852.222

Como se ve, los gobiernos encontraron formas, incluso con las


excepciones establecidas en las propias leyes, para favorecer a quienes
los habían apoyado, como fue el caso del golpe de estado de Urvina y la
posterior campaña contra la invasión de Flores. Esas medidas, sin
embargo, tenían como efecto el incremento de los montos necesarios
para cubrir las pensiones, lo cual provocaba la existencia de déficits
permanentes en la ejecución de los presupuestos de Guerra y Marina.
De una revisión comparativa de los presupuestos de los años 1839 a
1858 puede establecerse que las cantidades previstas para cubrir las
pensiones a quienes gozaban de letras de cuartel y retiro fluctuaba entre
34.000 y 48.000 pesos (cuadro 11). Pero, aparte de que esas cantidades
eran siempre insuficientes, se hacían efectivas solo en parte. Y se usa-
ban, además, para pagar pensiones atrasadas de años anteriores. De
este modo, cada año quedaban pendientes de pago muchas pensiones.
Sus beneficiarios debían esperar o “vender” con altos descuentos sus
papeles a los especuladores de la deuda pública.

221. República del Ecuador, Ley Orgánica Militar, art. 51, 1851, p. 13.
222. República del Ecuador, Ley Orgánica Militar, art. 56, 1855, p. 13.
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158 Enrique Ayala Mora

Solo los jefes y oficiales podían ser calificados para obtener sus
“letras”. La tropa no tenía ese derecho. Una vez calificados, los beneficia-
rios recibían pensiones mensuales que iban desde 6,2 pesos (el subte-
niente con menos años de servicio que recibía menos), hasta 166,5 pesos
(los generales de división más antiguos). De acuerdo a la ley los montos
dependían del grado y de los años de servicio. Del listado exhaustivo que
aparece en la Memoria de 1839, se desprende que la mayoría de las pen-
siones iban de entre 15 y 50 pesos mensuales.223 Quienes a pesar de estar
calificados se encontraban cumpliendo “destinos civiles”, es decir se des-
empeñaban como funcionarios públicos, no podían recibir sus pensiones
de retiro, ya que la duplicación de remuneraciones estaba prohibida.
Las frecuentes guerras y acciones de armas, así como los avatares
de la vida castrense generaban una buena cantidad de “inválidos”, es
decir de personas con lesiones o enfermedades que los dejaban imposi-
bilitados del trabajo normal. Para estos casos, ya desde los tiempos de
la Independencia y la Gran Colombia se otorgaban cédulas de invalidez
y se creaban pensiones a cargo del presupuesto militar, que luego fue-
ron mantenidas en la recién fundada República del Ecuador.224 También
en este caso se necesitaba una “calificación”, luego de la cual el jefe, ofi-
cial o miembro de la tropa, pasaba a lo que se denominaba “depósito de
inválidos” y percibía su pensión. Pero también en este caso se presenta-
ban dificultades, pues si bien en algunos casos se podía fácilmente
declarar invalidez por heridas en batalla, cuando se trataba de enferme-
dades se creaban situaciones complejas. El ministro hacía notar que la
ley vigente en los años cincuenta exigía “quince años de servicios para
declarar la invalidez por achaques de la edad, es decir que debe tener
quince años de servicios para obtener cédula por enfermedades adqui-
ridas en él; esto parece hasta cierto punto injusto, puesto que bien
puede enfermarse un militar a consecuencia de alguna comisión, al
cabo de dos o más años de servicios y como no ha cumplido el tiempo
(…) no es acreedor a la gracia de la ley”.225 No cabe duda de que en
muchos casos se habrá cometido injusticias, pero también se dieron
abusos por parte de quienes se declaraban “inválidos” por conveniencia,
con el apoyo de conexiones políticas.

223. Ministerio de Guerra y Marina, “Relación de los señores generales, jefes y oficiales, en
uso de letras de cuartel y de retiro, con especificación de los distritos de su residencia y
asignaciones” (Memoria de Guerra y Marina de 1839, cuadro 5).
224. Como un ejemplo se puede observar la “Resolución del 19 de noviembre (1856) declaran-
do válida la cédula de inválido conferida al sargento Vicente Morillo por el Gobierno
Provisorio el 23 de mayo de 1821”, que el Congreso emitió bajo esta consideración:
“Habiendo examinado la solicitud documentada del sargento Vicente Morillo, contraída a
que se declara válida la cédula de inválido conferida por el Gobierno Provisorio en 23 de
mayo de 1821, y refrendada por el Libertador de Colombia en 19 de agosto de 1822, por
haber sido Morillo gravemente herido en la memorable noche del 9 de octubre de 1820
(Recopilación de leyes militares, Archivo-Biblioteca de la Función Legislativa, pp. 32-33).
225. Memoria de Guerra y Marina, 1853, p. 6.
ECUADOR SIGLO XIX (finalizado) 7/6/11 11:36 AM Page 159

El Ejército en la etapa de establecimiento del Estado ecuatoriano (1830-1859) 159

En la década de los años treinta el número de los pensionistas se


elevó a cantidades altas, hasta que luego de la derrota de Flores, llegó a
su máximo en 1847. Entonces se procuró reducirlo. Según el cuadro
comparativo elaborado con base en las informaciones anuales se esta-
blece que en 1839 el número de inválidos en los depósitos era 191, en
1841 era 159 y en 1847 era 234. En 1848 bajó drásticamente a 37. En
1849 subió a 65, y en la década de los cincuenta se mantuvo entre 68
y 83 (cuadro 12). El intento de racionalización trajo situaciones de
injusticia. El ministro de Guerra y Marina planteaba ante el Congreso
en 1848, que la aplicación de la ley emitida el año anterior había sido
“causa de semejante diferencia, pues no pudiendo muchos inválidos en
la guerra de la independencia cumplir con los requisitos que se exigen,
(…) han quedado suspensos de la gracia que disfrutaban…”226 El resul-
tado fue que se reincorporaron varias personas, pero el número de pen-
sionistas quedó menor.
Las pensiones de invalidez iban de 22 a 50 pesos mensuales para
los grados desde capitán a coronel, y desde un promedio de 12 a 16
pesos mensuales para los tenientes y subtenientes. Los sargentos reci-
bían entre 6 y 12 pesos; los cabos entre 3 y 8 pesos. Los soldados per-
cibían entre 2 y 10 pesos, siendo entre 5 y 6 pesos el caso de la mayor
parte.227 La mayoría de los beneficiarios eran miembros de la tropa, pero
dadas las desproporciones en los montos, las cantidades mayores se
gastaban en los jefes y oficiales. La mayor parte de los beneficiarios
estaban en la jurisdicción del distrito de Quito, que abarcaba las pro-
vincias de Imbabura, Pichincha, León y Chimborazo. Los montos desti-
nados para pensiones de invalidez ascendían a los quince mil pesos
entre 1839 y 1841; subió a más de veinticinco mil en 1847; bajó a cua-
tro mil, para estabilizarse entre doce y trece mil la década siguiente
(cuadro 12). Pero todos los años se registraban déficits. “La cantidad que
determinó la ley de presupuestos para la lista de inválidos, no ha sido
suficiente para cubrir los gastos que ocasiona este cuerpo; así es que el
Tesoro ha tenido que invertir tres mil cuatrocientos pesos más que la
cantidad que se ha designado”, hacía notar un ministro.228 Y también
en estos casos se producían grandes retrasos en los pagos, hasta por
años; lo cual provocaba repetidas quejas.
Las guerras de la Independencia causaron una gran cantidad de
viudas y huérfanos. Pero pese a que el gobierno de la República de
Colombia expresó reiteradamente preocupación por ellos, no se tomó
ninguna medida. Fue solo en los primeros años de la República del

226. Memoria de Guerra y Marina, 1848, p. 4.


227. “Relación de los jefes, oficiales y tropa de los depósitos de inválidos con especificación de
los distritos en que residen y sus asignaciones” (Memoria de Guerra y Marina, 1839, cua-
dro 6).
228. Memoria de Guerra y Marina, 1853, p. 6.
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160 Enrique Ayala Mora

Ecuador que se resolvió poner en funcionamiento el “montepío”, estable-


cido desde el 1 de enero de 1834, por el decreto legislativo de 28 de octu-
bre de 1833, considerando “que la orfandad y la miseria a que quedan
reducidas las viudas, madres e hijos de los militares y empleados civi-
les, después de la muerte de éstos, se oponen a los principios de justi-
cia que deben regir a los Gobiernos ilustrados”, decretó: “Se restablece
a su más puntual observancia el montepío militar y ministerial, y los
reglamentos que sobre el particular regían antes del año de mil ocho-
cientos ocho”.229 De esta manera volvieron a regir los reglamentos colo-
niales de 1761 y 1796. Hay que notar que no solo se trataba del monte-
pío militar, sino también de aquel que servía a los deudos de los em-
pleados públicos civiles de entonces, que se llamaba “ministerial”.
En pocos años se suprimió el montepío ministerial, pero se mantu-
vo el militar. Para corregir los problemas surgidos por la aplicación de
los reglamentos coloniales, en 1839 se dictó una ley que “arreglaba” el
montepío militar. Según ella, sus fondos provendrían de: a) El descuen-
to de ocho maravedíes mensuales por peso en las sueldos de los milita-
res, incluso los que estaban cumpliendo destinos civiles; b) La diferen-
cia entre el nuevo y el antiguo sueldo del primer mes, de quienes fueran
ascendidos; c) Los bienes de los militares que murieran sin testar; d) La
décima parte del producto neto de las presas y los decomisos maríti-
mos.230 Estos fondos debían ser manejados en cuentas aparte por los
tesoreros de distrito. “Siendo, decía la Ley, los fondos del monte propie-
dad de los contribuyentes, deberán ser exclusivamente invertidos en los
objetos de su instituto, sin que bajo de pretexto alguno se les pueda dar
otra inversión”.231
Se podía gozar de la respectiva pensión previa obtención de las
“letras”. Los beneficiarios eran las viudas y los huérfanos. También po-
dían serlo las madres de los fallecidos. Para que fueran concedidas, se
ponían algunas condiciones. Especialmente se precautelaba la legitimi-
dad de las esposas y los hijos de quienes debían recibir la pensión, ha-
biéndose cumplido condiciones como haber estado casado por al me-
nos un año. Para ello se establecía que los jefes y oficiales debían obte-
ner permiso del gobierno para poder casarse, haciendo constar expre-
samente “que la mujer es honesta e hija de legítimo matrimonio”. La
Ley era muy detallada en los procedimientos para el caso de segundas
nupcias, tutoría de los hijos huérfanos, lugares de residencia, etc. Por
lo escaso de los fondos, los montos de las pensiones serían “sin excep-
ción alguna la tercera parte del sueldo que el militar disfrutaba al tiem-

229. República del Ecuador, Decreto que restablece el montepío militar y ministerial, en
Primer Registro Auténtico Nacional, No. 55, Quito, 1833, p. 437.
230. República del Ecuador, Ley que arregla el montepío militar, art. 2, en Primer Registro Au-
téntico Nacional, No. 68, Quito, 1939, p. 540.
231. Ibíd., art. 6, p. 541.
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El Ejército en la etapa de establecimiento del Estado ecuatoriano (1830-1859) 161

po de fallecer, ya sea en actividad de servicio, o con letras de cuartel o


de retiro”.232
Las normas sufrieron varias modificaciones, entre ellas las de una
ley de 9 de febrero de 1846. Al referirse a su vigencia el ministro de
Guerra y Marina informaba que “a excepción del descuento en los suel-
dos mensuales de diez maravedíes por peso, o sea el de tres pesos cinco
y medio reales por ciento, los demás son insignificantes. Muy miserable
es el rendimiento eventual que entra en la caja del monte, por la dife-
rencia que resulta entre los sueldos de los jefes y oficiales promovidos
en el primer mes del ascenso; y hasta ahora no ha existido un ejemplar
que haya habido el menor ingreso en la indicada caja por herencias
legales, presas y decomisos marítimos”.233 Fue así como el año siguien-
te se indicaba: “Este establecimiento en su mayor parte es costeado por
la Nación, porque siendo deficientes los fondos del monte, hay que ape-
lar por necesidad al Tesoro público en cuenta de la cantidad apropiada
para este objeto”.234 Y cuando se trataba de justificar el uso de fondos
públicos se argumentaba que:
La mayor parte de estas pensiones, provienen de los jefes que pertenecieron
al grande ejército de nuestra primera nacionalidad, al de la heroica Co-
lombia; y justo y muy debido es que el Tesoro público haga una pequeña
erogación para que no perezca la memoria de estos mártires de la Libertad,
ostentándose la munificencia nacional a favor de sus deudos, puesto que
los pocos rendimientos que ingresan a la caja del monte, no son suficientes
para un objeto tan sagrado.235

Las provisiones anuales para el pago de pensiones de montepío


militar constaban junto con los demás egresos de Guerra y Marina en
los presupuestos del estado. En 1840 eran de 7.588 pesos con 4 reales.
Para 1847 había subido sobre los veinte y dos mil pesos, estabilizándo-
se en los años cincuenta sobre treinta mil pesos (cuadro 13). Los mon-
tos de las pensiones individuales iban de 50 pesos mensuales, para los
deudos de los generales; a 8 pesos, que era la más baja en 1839, por un
subteniente. El promedio estaba ente veinte y treinta pesos.236 Pero se
daban muchas variaciones, según los casos.237 También las pensiones
se pagaban con grandes retrasos y dificultades. No solo porque los fon-
dos eran insuficientes, sino porque a veces se los usaba para pagar la

232. Ibíd., arts. 7-15, pp. 541-543.


233. Memoria de Guerra y Marina, 1853, p. 7.
234. Memoria de Guerra y Marina, 1854, p. 5.
235. Memoria de Guerra y Marina, 1855, p. 7.
236. “Relación de las viudas, huérfanos y madres que gozan pensión por la ley de montepío
militar, los lugares donde residen y por quienes la disfrutan”, Memoria de Guerra y
Marina, 1839, cuadro 7.
237. Resulta muy interesante observar que el cuadro antes citado preveía la más alta pensión
mensual (71 pesos) para Manuela Garaicoa del distrito de Guayaquil, por su hijo el sub-
teniente Audon Calderon (sic), el héroe de Pichincha.
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162 Enrique Ayala Mora

movilización de tropas en caso de guerra o disturbio. Las viudas, hijas


o madres de militares fallecidos, que eran beneficiarios, pasaban verda-
deras penurias para cobrar sus haberes. Muchas veces se veían obliga-
dos también a “vender” sus derechos, con descuentos enormes, a los
usureros que luego las cobraban a base de influencias. A esos proble-
mas se añadían los prejuicios que pesaban sobre los matrimonios y los
hijos de los militares, como se patentizaba en la exposición del ministro
de Guerra ante el Congreso de 1849:
Un arreglo para los matrimonios de los militares es de suma importancia.
No es raro ver oficiales dar su mano, al momento de exhalar el último sus-
piro, a mujeres con las cuales tenían desde años atrás, un trato ilícito, y
que por su condición y costumbres no podían aspirar a entrar en el lecho
nupcial de un hombre que, aunque salido de las filas del ejército, había
progresado en su carrera hasta elevarse a un rango respetable que exige a
otros hábitos y otras relaciones. Como no hay disposición alguna acerca de
semejantes enlaces, y como no se pueden prohibir en virtud de la Ley de 7
de abril de 1826, esas mujeres, sin reunir los requisitos prevenidos en los
reglamentos, del montepío, entran en el goce de una pensión, que estaba
reservada a las viudas decentes y honradas, a los hijos legítimos de los que
habían servido bien a la Patria.238

En un solo párrafo se expresaban el machismo y los prejuicios


sociales vigentes, que marginaban a los hijos nacidos fuera de matrimo-
nio y a las mujeres que vivían sin casarse, las que se consideraba como
prostitutas, sin que pudieran aspirar al “lecho nupcial” de los militares
que habían ascendido socialmente. Desde luego que se debería conside-
rar todo en el contexto de su tiempo, no para justificarlo, sino para en-
tenderlo. Pero también cabe plantear aquí una consideración final sobre
las pensiones. Es verdad que significaban un egreso alto para el Estado,
pero eran también mecanismos, limitados desde luego pero existentes,
de distribución de los ingresos públicos. En el caso de algunos oficiales
y sus familias sobrevivientes, y en el de los miembros de la tropa que se
consideraban inválidos, las pensiones que percibían, por bajas que fue-
ran, o por tarde que se pagaran, eran parte importante de sus ingresos.
De este modo se daba un efecto redistributivo limitado hacia sectores
medios y bajos, de los recursos de un estado oligárquico, que por lo ge-
neral, estaban monopolizados por los altos jefes y funcionarios, por el
clero y la deuda pública.

238. Memoria de Guerra y Marina, 1839, p. 9.


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El Ejército en la etapa de establecimiento del Estado ecuatoriano (1830-1859) 163

RELACIONES CON LA SOCIEDAD

Los cuarteles y la recluta


La prensa de la época y los libros que se han publicado al respecto
en años posteriores se han referido principalmente a la participación de
los militares en los conflictos políticos, a sus conspiraciones y acciones
de armas en el siglo XIX. Pero se ha hablado muy poco de su relación con
la sociedad, de su presencia en la cotidianidad, en la vida de la gente. Y
sin embargo, si no tratamos de visualizar esta dimensión no podríamos
entender nuestro pasado en general y la historia de la fuerza pública en
particular. Los párrafos siguientes se dedican a estos temas, aunque
resulta claro que la falta de fuentes es significativa y las limitaciones de
un trabajo, en cierta forma pionero, son muy grandes.
La vida de los cuarteles en medio de las ciudades era una realidad
que tenía gran trascendencia social. No solo eran locales de residencia
castrense y de administración pública, sino centros de agitación política,
de transacciones económicas y de encuentro de la gente. A los cuarteles
llegaban las noticias de otras ciudades a través de sus mensajeros y de
los oficiales y soldados que recorrían el país. Allí se cobraban sueldos y
raciones, se compraban significativas cantidades de alimentos para el
“rancho”. En sus alrededores se ubicaban locales de expendio de víveres
y de aguardiente. Los soldados tenían la costumbre de acercarse a las
tiendas a “fiar” productos (comprarlos a crédito para ser pagados cuan-
do recibieran los salarios). También iban a los “estanquillos”, los bares
populares, donde encontraban bebida, conversación, los periódicos que
eran leídos en voz alta por algún comedido, los juegos de cartas y de
dados más populares, y con frecuencia, mujeres dispuestas a prostituir-
se. Los sitios que frecuentaban los soldados tenían mala fama con el
resto de la población porque eran escenario frecuente de peleas de borra-
chos y de enfrentamientos verbales en que se utilizaba las palabras más
fuertes.239 Había una especie de sub-mundo castrense en ciertos barrios
de las ciudades más grandes del país.
Cerca de los cuarteles vivían las familias legales y de hecho de los
oficiales y soldados. Las “guarichas” o “rabonas” (mujeres de los solda-
dos) con su conocida liberalidad de costumbres eran parte de la periferia
de la vida de cuartel.240 Ellas protagonizaban enfrentamientos y reclamos

239. Era muy frecuente en esos años, como también en los posteriores, que cuando alguien
quería mencionar que una persona usaba un vocabulario impropio y soez, afirmara que
tenía “boca de cuartel”.
240. “Guaricha” era la conviviente del soldado que lo seguía a las diversas guarniciones, junto
con los hijos que habían tenido en su relación de hecho. Su conducta, en especial su
vocabulario, contrastaba con la actitud convencional de las mujeres de entonces.
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164 Enrique Ayala Mora

frecuentes. Como solo en Quito, Guayaquil y Cuenca había cuarteles y


guarniciones permanentes, en esas ciudades, sobre todo en las dos pri-
meras, el peso social cotidiano de los militares era fuerte. En otras urbes,
donde se asentaban cuerpos del ejército temporalmente para cuidar las
fronteras o mantener el orden público, la presencia de las tropas atraía
la curiosidad de la gente, pero traía también problemas. Los precios del
mercado se elevaban por la demanda de productos para alimentar a los
cuerpos; sus miembros protagonizaban a veces atropellos y escándalos
que atemorizaban a la población.241
Pero la presencia de los militares en los espacios urbanos tenía
también su lado positivo. La gente, en especial los niños, se distraían
observando los ejercicios castrenses, que se desarrollaban en las plazas
públicas, debido a la estrechez del espacio en los cuarteles. Las bandas
militares eran infaltables para animar las fiestas populares, donde los
jefes y oficiales contribuían al esparcimiento general, donando toros y
colchas para las corridas, regalando aguardiente o comida. En algunos
casos los soldados ayudaban en las mingas para mejorar los caminos y
otras obras públicas. También se acudía a la acción militar para enfren-
tar a los asaltantes, bandidos o cuatreros que asolaban los caminos
públicos. Se llamaba al ejército cuando ya no se trataba de acciones ais-
ladas sino de actos de bandas más organizadas y que cometían sus
fechorías con cierta regularidad. A veces, sin embargo, los piquetes de
tropa que iban a combatir el vandalismo terminaban cometiendo ellos
mismos abusos contra la población campesina, que si no tenía temor
abierto, al menos tenía recelo de ellos. En realidad, uno de los rasgos
más salientes de la relación del ejército con la sociedad decimonónica,
era su conflictiva presencia en los sectores rurales. Pero más allá de las
situaciones mencionadas, el hecho más sentido y temido, como ya se ha
visto, era la “recluta”. Así veía la situación el historiador Cevallos:
Diezmado el ejército por la deserción o la muerte, sobrevenía la necesidad
de reemplazo y se impartían las órdenes respectivas para que tal provincia
contribuyese con 20 hombres, por ejemplo, y cualquiera otra con 40, en
proporción de sus poblaciones. A su vez el jefe militar de la provincia
impartía las suyas a los capitanes y sargentos residentes en las parro-
quias; y estos que tenían a su devoción doce o dieciséis pillos de los que,
en son de estar prontos para el servicio de las armas, llevaban en sus
adentros el ánimo de no servir, los llamaban en secreto, y los pillos se reu-
nían al punto y emprendían armados una correría por todo el ámbito de la
parroquia que se les había señalado. Si las casas de los ciudadanos no
eran violadas, lo eran sin el menor reparo las de las aldeas y los campos,
y allí se veían la estafa, el hurto, las tarquinadas, cuanto es de temerse de

241. En una revisión preliminar de los archivos de las comisarías y otras dependencias del
nivel local, que no se han trabajado aún, se puede hallar quejas escritas del público
sobre abusos de los soldados.
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El Ejército en la etapa de establecimiento del Estado ecuatoriano (1830-1859) 165

gente ruin, acostumbrada a desempeñar tales comisiones. Y haya o no ha-


bido tropelías, el campesino reclutado, el sostenedor de la familia y de la
riqueza pública, era amarrado y metido al centro de la escolta. Las muje-
res, padres ancianos y niños de los aprehendidos, acompañaban a los de
la escolta, rogándoles y llorando para que los soltasen, y seguían así de
casa en casa, de aldea en aldea, hasta completar el número de los reem-
plazos y entrar todos a la cabecera del cantón.242

En medio de este proceso se “veían otros y otros géneros de abusos


y transacciones vergonzosas, pues había padre que daba para criado a
su netezuelo para salvar al hijo mayor que le mantenía; mujer que se
rendía a las seducciones de algún lascivo para liberar a su esposo, (…)
madre que se ofrecía a servir de nodriza y sin salario a trueque de redi-
mir a su hermano, etc.” Días después, en las cercanías de los cuarteles
se veían “grupos de mujeres agitadas y llorosas, quienes temiendo ver
frustrados los empeños de escapar al marido o al padre, quienes segu-
ras ya de haberlos perdido, quienes resueltas a seguirlos al lugar del
combate mismo, si los reclutamientos se hacían cuando se tenía que
combatir”. El resultado de procedimiento era previsible: “Que los así
reclutados, en lugar de combatir habían de abandonar el campo a los
primeros tiros, no hay para que decirlo”.243
Si la recluta era dolorosa y conflictiva, todavía más los eran las gue-
rras civiles o internacionales. Los costos monetarios resultaban eleva-
dos, la intranquilidad atormentaba a las ciudades y al campo. Cuando
se acercaban los ejércitos los alimentos escaseaban; se hacían “rogati-
vas”, la gente ocultaba sus bienes, enterrándolos cuando era posible,
encargándolos en los conventos o las casas de los extranjeros. La pérdi-
da de vidas humanas en los enfrentamientos bélicos era a veces muy
grande. Las lanzas y las balas mataban a muchos de contado, o los deja-
ba gravemente heridos. La metralla hacía efectos terribles y dejaba a los
cuerpos destrozados. Aunque había “cirujanos” empíricos muy prácti-
cos para realizar cauterizaciones y amputaciones, buena parte de las
heridas que se infringían en la batalla no podían ser saturadas o desa-
rrollaban infecciones que mataban a los soldados en cuestión de días.
Hubo combates en que murieron tres, cinco o quince personas, pero
también se dieron batallas con cientos de muertos.244 El número de los
que quedaban inválidos era grande.
Esos no eran los únicos resultados de los enfrentamientos y revuel-
tas que, según Robalino Dávila, “servían igualmente para ejecutar actos
de venganza. Las primeras medidas del partido vencedor eran actos de

242. Citado por Robalino Dávila, Orígenes del Ecuador del hoy, t. I, Nacimiento y primeros años
de la República, p. 200.
243. Ibíd., pp. 200-201.
244. Una meticulosa relación de todos esos eventos bélicos se halla en: Sonia Fernández,
“Batallas, combates y encuentros en la Historia del Ecuador”, Quito, 1984 (inédito).
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166 Enrique Ayala Mora

retaliación contra los vencidos”. Si los perdedores eran ricos, “eran noti-
ficados por el nuevo gobierno de que, dentro de cierto número de días,
debían pagar tal suma de dinero. Si se rehusaban, el monto se elevaba
casi al doble, y las víctimas eran puestas en prisión, en los cuarteles, o
cuando menos en sus propias casas, hasta que pagasen. Si eran comer-
ciantes, sus mercancías eran embargadas como prendas; si hacenda-
dos, sus predios o sus ganados; si mujeres, colocados bajo guardia mili-
tar (…) El adversario político era considerado fuera de la ley (…) Su
hacienda o casas eran saqueadas por los soldados acuarteladas en
ellas; sus caballos estaban a merced del gobierno victorioso”.245 Y en
todo esto había quien pasaba lo peor:
Los que más sufrían eran los dueños de las bestias de alquiler, participa-
sen o no en los asuntos políticos; sus caballos y mulos eran tomados cuan-
do se les necesitaba para transportes militares, sin compensación alguna,
bastando a los propietarios que les devolviesen un día aunque sea con
horribles mataduras y enflaquecidos en extremo, precio que los pobres ani-
males pagaban al estado social de la época. Los que transportaban víveres
a los mercados de las ciudades, huían con sus acémilas hasta que pasase
la “requisa”; resultando de ello que los mercados eran escasos, los comer-
ciantes no podían transportar sus mercaderías del puerto, los viajeros no
tenían medios de locomoción, y todo el país sufría y decaía.246

La situación resultaba tan frecuente y escandalosa, que el propio


ministro de Guerra y Marina debía reconocerlo: “El 1o. regimiento no
posee la tercera parte de los caballos que corresponden a su fuerza. Tiene
por consiguiente que hacer el erario considerables gastos para proveerlo
de bagajes cuando se mueve de una guarnición a otra; y sufren vejacio-
nes inevitables los ciudadanos, cuando tiene que ponerse en campaña,
porque hay que quitarles sus caballos para montar el cuerpo”.247 Lo más
grave de las palabras del ministro no era que reconociera que había veja-
ciones infringidas a los ciudadanos, sino que considerara que eran
“inevitables”. A tal punto se aceptaba esta realidad de abusos, que la
gente se sentía satisfecha cuando le devolvían sus animales incautados,
por maltratados que estuvieran.

Revueltas castrenses
Con gran frecuencia, para afrontar los gastos de la movilización
militar se recurría a la imposición de multas o empréstitos forzosos, que
a veces devenían en expatriaciones o confinamientos. En 1851, por
ejemplo, el general Urvina como Jefe Supremo “había impuesto, en el 30

245. Robalino Dávila, Orígenes del Ecuador de hoy, t. I, Nacimiento y primeros años de la
República, pp. 193-194.
246. Ibíd., p. 194.
247. Memoria de Guerra y Marina, 1839, p. 3.
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El Ejército en la etapa de establecimiento del Estado ecuatoriano (1830-1859) 167

de septiembre multa de mil quinientos pesos de empréstito forzoso al


general Vicente Aguirre, Ministro de Guerra del régimen anterior, igual
suma a Modesto Larrea y Valentina Serrano, la madre de los Klinger, y
cantidades menores a multitud de otras personas. Para el pago de este
dinero reducen a prisión a muchos ciudadanos y persiguen a otros. Esto
origina diversas solicitudes al gobernador, entre ellas una del general
Vicente Aguirre, en extremo violenta, que da pretexto a Urvina para orde-
nar su confinamiento en Guayaquil”.248
Otro motivo de conflicto entre los militares y la sociedad eran los
reclamos de los soldados por el pago de sus haberes. A pesar de que el
financiamiento del Ejército consumía buena parte de los ingresos del
Gobierno, este vivía en la crónica imposibilidad de pagar sueldos a los
soldados, y hasta de proporcionarles las raciones diarias.249 Peor aún,
como se ha visto, cuando se disponía de recursos, era común que buena
parte del dinero terminara en manos de jefes que especulaban con los
fondos o simplemente los retenían. No era infrecuente que cuarteles
enteros estuvieran impagos por meses y sin fondos para comida por
semanas.
En esas circunstancias, se agitaban los cuarteles y los soldados acu-
dían en grupo a reclamar en la Comandancia, en el Palacio de Gobierno,
donde despachaba el Ministro de Guerra, o en las gobernaciones provin-
ciales. La mayor parte de las veces las cosas no pasaban a mayores y con
algún pago parcial las tropas se calmaban. Pero en varias ocasiones, el
reclamo iba más allá y se armaban motines con abusos y saqueo de los
comercios. Tomaba horas y a veces días enteros calmar a los amotina-
dos. En dos casos, sin embargo, lo que comenzó siendo protesta por pago
de salarios terminó en sublevaciones castrenses que conmovieron al país
y devinieron en masacres. Estos hechos, que se produjeron durante el
primer gobierno de Flores, fueron conocidos como las sublevaciones de
los batallones “Vargas” y “Flores”.
El 10 de octubre de 1831 por la noche, tres compañías del batallón
“Vargas” acantonado en Quito, se tomaron el cuartel de artillería, apre-
saron a varios oficiales y pidieron que se les pagara tres meses de suel-
do y cinco días de raciones que se les adeudaba. Al cabo de una rápida
colecta de empréstitos y donaciones, Flores logró recaudar 5.698 pesos,
que se entregaron a los soldados. Estos aceptaron la suma. Los cronis-
tas del episodio están de acuerdo en que los amotinados, dirigidos por
algunos sargentos, entre los que se destacaba uno de nombre Miguel

248. Wilfrido Loor, Los jesuitas en el Ecuador, Quito, Editorial La Prensa Católica, 1959, p. 116.
249. Don Pedro Fermín Cevallos cuenta que la situación era tan mala que “nuestro ejército se
moría de hambre y desnudez, habiendo ocasiones en que jefes, oficiales y soldados no se
desayunaban sino por la noche con maíz tostado o con zanahorias cocidas” (Pedro
Fermín Cevallos, Resumen de la Historia del Ecuador, t. IX, Ambato, Editorial Tun-
gurahua, 1974, p. 139).
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168 Enrique Ayala Mora

Arboleda, procedieron con enorme compostura en todos los eventos.250


Mantuvieron el orden, respetando vidas y propiedades. Eso sí, como la
mayoría de ellos eran granadinos, manifestaron que dejarían el Ecuador
con rumbo al norte.251
Apenas los hombres del “Vargas” abandonaron la Capital, dejando
libres a los oficiales presos, el jefe militar de Quito, general Witte, siguió
a los soldados para reducirlos a obediencia. Los alcanzó en Guaylla-
bamba, pero su insistente impertinencia le costó caro. Los hombres,
nerviosos y exaltados, lo fusilaron, aunque respetaron la vida de sus
acompañantes. Esto provocó la desmoralización en las filas del “Vargas”.
Aún así, no se cometieron actos de vandalismo en los pueblos del cami-
no. Pero treinta soldados, los ecuatorianos que no quisieron ir a tierra
extraña, desertaron.
El coronel Otamendi, encargado de perseguir a los revoltosos, los
alcanzó en el Carchi. Algunos lograron huir, pero la mayoría fueron
hechos prisioneros. Entre éstos estaban varios de los desertores ecua-
torianos. Inmediatamente se escogieron grupos para ser fusilados en los
pueblos del trayecto. Todo el “Vargas” fue pasado por las armas en las
plazas públicas. Dice Pedro Moncayo: “Otamendi llevó hasta la barbarie
el cumplimiento de esta comisión, porque no perdonó a ninguno de los
300 héroes de Colombia que cometieron el crimen de querer volver a su
Patria. Tan solamente seis fueron rescatados ¡por dinero! Suministrado
por los señores José Barba y José Pólit y otros, cuando estaban ya de
rodillas para ser fusilados”.252 Flores no solo asumió la responsabilidad
del bárbaro hecho, sino que fue hasta objeto de congratulaciones. Dos
clérigos diputados intentaron que el Congreso le declarara “Fundador
del Estado” y “Capitán General”, y que asignara a su hijo mayor la pen-
sión de mil pesos anuales.253
Meses después, mientras el Presidente negociaba el fin de la gue-
rra con Nueva Granada, en la noche del 12 de agosto de 1832 se suble-
vó el batallón “Flores”, que antes se llamaba “Girardot”, en Latacun-
ga.254 Los soldados asesinaron a los jefes y cometieron abusos y extor-
siones. Abandonando Latacunga pasaron a Ambato y luego a la Costa.
Sin el orden y respeto que observaron los revoltosos del “Vargas”, los

250. Ibíd., pp. 108-109.


251. Roberto Andrade, Historia del Ecuador, tercera parte, Quito, Corporación Editora Nacio-
nal, 1983, pp. 267-268.
252. Pedro Moncayo, El Ecuador de 1825 a 1875: sus hombres, sus instituciones y sus leyes,
Quito, Imprenta Nacional, 1906, p. 64.
253. Ibíd., p. 69.
254. Varios autores subrayan que uno de los argumentos de los insurrectos, además de la
mora en el pago de sus sueldos, era su voluntad de volver a su nativa Nueva Granada.
En medio de la situación de guerra que se vivía entonces con ese país, la insurrección
era sumamente peligrosa.
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soldados del “Flores” asolaron los lugares a su paso, amenazando con


saquear Guayaquil.
El coronel Otamendi, de nuevo puesto al frente de la represión, per-
siguió a los insurrectos desde Ambato, logrando alcanzarlos y vencerlos
el 13 de septiembre. Cevallos transcribió el parte militar: “Hoy a las tres
de la tarde han tocado en este punto a facciosos compuestos de dos
ciento cincuenta hombres –los ciento cincuenta restantes que faltaba, o
habían sido ya muertos o andaban dispersos– y apoderados de la inex-
pugnable posición que expreso, se volvieron a resistirme por segunda
vez; pero fueron batidos por la columna de mi mando, y acuchillados en
el campo de batalla setenta de ellos y cinco mujeres que perecieron en
la carga de caballería, por hallarse uniformadas y entre tropa. Quedan
en nuestro poder catorce prisioneros, doce mujeres… Los sublevados
–esto es los prisioneros– sufrieron el castigo que la Ley impone a los trai-
dores…”. Y el historiador ambateño concluye: “Tal fue el paradero de
estos que, sirviendo en distintos cuerpos, habían encanecido con más
de veinte años de campaña y un largo sartal de gloriosos triunfos”.255
Es evidente que las tensiones acumuladas entre civiles y militares
a inicios de la República disminuyeron el impacto de las eliminaciones
en masa de los dos batallones realizadas por los incondicionales de Flo-
res. El temor al saqueo, las requisas y las violaciones volvía muy impo-
pulares a los soldados de entonces, especialmente si se toma en cuenta
que eran granadinos, es decir, extranjeros en cierto sentido. Aunque no
puede hacerse un seguimiento de prensa sobre estos hechos, de los tes-
timonios acumulados podemos deducir que la reacción contra el “mili-
tarismo extranjero” no se circunscribía a los altos jefes, sino que tam-
bién se extendía a las tropas. Como los hechos de represión de las dos
insurrecciones se dieron como actos de disciplina militar o como medi-
das de castigo de excesos cometidos por los soldados, parece que tuvie-
ron aceptación social, no solo entre los grupos latifundistas temerosos
de las “contribuciones especiales”, sino también entre pequeños propie-
tarios y arrieros, víctimas de las requisas de ganado y productos. Esta
estrecha y conflictiva relación ejército-sociedad, sin embargo, apenas se
iniciaba, para extenderse por toda la vida republicana del Ecuador.

255. Cevallos, Resumen de la Historia del Ecuador, pp. 138-139.


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3
La relación Iglesia-Estado en
el Ecuador del siglo XIX*

E
ANTECEDENTES

l problema de las relaciones Estado-Iglesia en América Latina es


tan antiguo como el hecho de la llegada del Almirante Colón a esta
tierra, puesto que justamente él la reclamó como posesión de Es-
paña en nombre del mandato de cristianización que había asumido. Las
cruces en las velas de las carabelas crucificaron un Continente. In-
trodujeron en él la cristiandad que ha pasado a ser un poderoso elemen-
to de su identidad, y una institución, la Iglesia, que desde entonces
hasta hoy tiene un peso enorme en la vida social y política.

La Iglesia en el Estado Colonial


Es muy conocido el famoso “Requerimiento”, fórmula que antecedía
al ejercicio de la fuerza, y por el que se legalizaba el “derecho de conquis-
ta” de las tierras y las gentes americanas, que debían someterse al poder
hispánico porque éste era el instrumento divino que traía el mensaje
cristiano y con él la salvación eterna para los infieles, de otro modo irre-
misiblemente condenados. No vamos por ello a detenernos en la cues-
tión de la conquista y su carácter.

* Este texto reproduce una conferencia dictada como parte de un curso impartido en la
Primera Maestría de Historia Andina, Flacso 1985. Lo revisé y preparé para lectura de los
estudiantes de un cursillo ofrecido en la Universidad del Valle, Cali, 1992. Entonces incluí
los recuadros que completan su contenido. Estos han sido tomados de mi libro Lucha polí-
tica y origen de los partidos en Ecuador, Quito, PUCE, 1978. Quiero agradecer la genero-
sa ayuda de Mónica Izurieta, Cecilia Durán y Jorge Ortega en la transcripción del texto.
Esta versión fue publicada en: Procesos: revista ecuatoriana de Historia, No. 6, Quito,
Corporación Editora Nacional/Universidad Andina Simón Bolívar/TEHIS, segundo
semestre 1994, pp. 98-99.
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El objetivo aquí es poner algunos antecedentes sobre la problemá-


tica referida al siglo XIX, o más concretamente a las décadas que fueron
desde el Período Colombiano hasta cerca de mil novecientos. Debemos
mencionar por ello, que junto a la formación del aparato estatal colonial,
y en algunos casos antes de ello, se fue creando una compleja estructu-
ra eclesiástica en América que incluía las misiones, la organización del
culto y la educación. La Iglesia, como institución, se especializó en el
manejo del espacio de la ideología dominante, y lo conservó hasta bien
avanzada la Época Republicana. Y en el Ecuador esta realidad fue toda-
vía más persistente que en otros lugares de América.
Empecemos por distinguir dentro de la Iglesia dos tipos de institu-
ciones paralelas de su trama jerárquica que muchas veces entraron en
conflicto. Por una parte, las “diócesis”, es decir, las circunscripciones
presididas por un obispo o un arzobispo, según el caso; sujetas a lo que
se llama el “poder ordinario” de la Iglesia. La importancia mayor o menor
de una circunscripción territorial suponía la creación de una arquidió-
cesis o de una diócesis, con obispo o arzobispo a la cabeza, que tenía
determinada capacidad de jurisdicción. La diócesis estaba dirigida por
un obispo, un cabildo eclesiástico y además tenía un aparato que se
prolongaba hasta el nivel de la parroquia, que era la unidad fundamen-
tal, sobre la que descansaba la evangelización. Pero, paralelas a las dió-
cesis, se crearon desde el primer momento en América Latina una serie
de instituciones que no dependían de ellas; las órdenes y luego las
comunidades religiosas. Las órdenes religiosas eran un instrumento de
poder centralizado que se manejaba normalmente desde Roma o desde
el sitio donde estaba la casa central general de esa orden. En muchas
de las funciones específicas eclesiásticas, las órdenes gozaban de auto-
nomía frente a los obispos y funcionaban con una autoridad más direc-
ta. Luego vamos a ver cómo, en el caso de España, la autoridad estaba
mediando con la presencia de la Corona. Las misiones eran una cues-
tión crucial en la Iglesia colonial, no solamente porque había grandes
espacios territoriales todavía factibles de ser penetrables por el sistema
jurisdiccional, sino porque también las misiones justificaban el estatus
que la Iglesia tenía dentro del Estado.
¿Cómo estos aparatos eclesiásticos se insertaban en el Estado Colo-
nial? La consolidación de los Estados en Europa, en el proceso de tran-
sición entre el medioevo y la modernidad, supuso que ese poder centra-
lizado, primero en Avignon, luego en Roma, para la dirección de la
Iglesia, fuera roto por la reivindicación de estos proyectos del Estado
Nacional que se iban dando en diversos países europeos. Los estados
profundizaron desde el siglo XV su reclamación de una serie de dere-
chos a la administración eclesiástica, sobre la participación en los bene-
ficios. Esto en algunos casos terminó con rupturas, como la de los prín-
cipes alemanes con el Vaticano, que desencadenaron la reforma protes-
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La relación Iglesia-Estado en el Ecuador del siglo XIX 191

tante en Europa. En otros casos, aunque ciertos estados se mantuvie-


ron católicos, fieles a Roma, de todas maneras la autoridad civil logró
concesiones parecidas a las que tenía la autoridad civil de los países
apóstatas, es decir, la posibilidad de manejo de la cuestión religiosa
desde el Estado. En España la jurisdicción sobre las nuevas tierras con-
quistadas en las Indias se sometió al “Patronato” real, es decir a la auto-
ridad del Rey.
El Patronato suponía el compromiso del Rey de España de defender
la religión católica, de protegerla y sobre todo de impulsar las misiones,
es decir la cristianización de los pueblos; lo cual suponía también la
lucha contra los turcos, la protección del Mediterráneo, la reconquista
de Jerusalén, etc. A cambio de esto, el Rey de España recibía el título de
“Patrono”, es decir el derecho de injerencia en los nombramientos ecle-
siásticos. El “poder secular” se comprometía a mantener a la Iglesia. En
el caso de América, el Patronato se concedió sobre todos los territorios.
El Patrono tenía allí derecho de cobrar diezmos y de hacer los nombra-
mientos. El Consejo de Indias, la estructura burocrática de la Corona
Española en América, a nombre del Rey de España cobraba los diezmos
y realizaba los nombramientos para los diversos “beneficios” eclesiásti-
cos, desde los arzobispados hasta los curatos y capellanías.
Esto significa entonces que la Iglesia en América Latina ya desde el
siglo XVI estaba estrecha y definitivamente imbricada con el poder esta-
tal. La Corona cobraba los impuestos y a su vez mantenía las diócesis, y
las misiones. En algunos casos incluso se daba una confusión sobre
quién ejercía el poder civil y quién ejercía el poder eclesiástico. Una famo-
sa discusión en la Audiencia de Quito era si el obispo de Quito o el pre-
sidente de la Audiencia tenían preeminencia en los honores eclesiásticos.
A veces el Presidente logró que en las misas solemnes le echaran un poco
de incienso, antes que al obispo; lo cual significaba que el representante
del Patrono Real tenía preeminencia sobre el jefe de la Iglesia local. Quiere
decir, y esto es muy importante, que aunque se dio en algunos casos una
indiferenciación entre las jurisdicciones civil-eclesiástica, esto, lejos de
significar ausencia de problemas, fue causa permanente de tensiones
entre las relaciones del poder civil y el poder eclesiástico.
Ahora bien, ¿cuáles eran las funciones que la Iglesia cumplía? Res-
pondámoslo rapidísimamente. En primer lugar, la administración del
culto en todos los niveles sociales y la evangelización indígena. En la
evangelización indígena interesaría subrayar un punto distinto de aque-
llo que ya se ha discutido bastante, respecto del carácter de la enco-
mienda. La instalación de capellanías, o sea la dotación de una canti-
dad de dinero para que puedan pagarse al capellán, significó que las
instituciones eclesiásticas, básicamente las órdenes y comunidades, lle-
garan a tener una gran capacidad de absorción de dinero. Este fue el
mecanismo financiero más socorrido del sistema colonial. Quienes per-
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192 Enrique Ayala Mora

cibían estas rentas tenían capacidad de manejar el estrangulado, el inci-


piente sistema financiero. La iglesia tenía, por una parte, las institucio-
nes educativas monopolizadas. La primaria no estaba regularizada
entonces; pero las secundarias y las universidades estaban en manos de
la Iglesia, que mantenía también bajo su control, básicamente a través
de las comunidades religiosas, las misiones. Por otra, la Iglesia tenía
bajo control los medios de comunicación; no solo los escasos libros que
circulaban, sino también las únicas imprentas que llegaron a América.
Aparte de eso hay que tomar en cuenta que la Iglesia, ya fueran las
catedrales o diócesis, como las comunidades religiosas, eran muy fuertes
propietarios rurales. Aunque durante la época colonial, la Corona encon-
tró restricciones legales para la acumulación de tierras de la Iglesia; los
jesuitas y otras comunidades fueron lo suficientemente capaces como
para ir más allá de esas restricciones, que, justamente, desaparecieron en
el siglo XIX. La Iglesia, en fin, sobre todo en las ciudades de Quito y en
algunas otras capitales de provincia, era una fuente de trabajo urbano
muy importante. La Iglesia fue patrono de las artes e hizo fuertes inver-
siones para la construcción y adecentamiento de templos, conventos, etc.
En ese sentido, la Iglesia mantuvo una especial relación con el sector arte-
sanal y sus organizaciones; es decir, la Iglesia no solamente monopolizó
en términos ideológicos las instituciones artesanales y urbanas, sino que
en la práctica estableció relaciones de tipo económico con ellas.

La Independencia
En la Independencia, la participación de la Iglesia no fue monolíti-
ca. Hay que hacer distinciones de región y distinciones de posición
social y burocrática. Por ejemplo, los principales actores del intento
autonomista, ex profeso digo “autonomista”, del Río de la Plata, fueron
clérigos. Aún más, los cabildos eclesiásticos cumplieron un papel impor-
tante en este proceso; lo cual no quiere decir, por otra parte, que tam-
bién hubo obispos y dignatarios eclesiásticos opuestos al nuevo proyec-
to autonomista.
En toda América buena parte de las autoridades eclesiásticas que
ocupaban los cargos episcopales y los cabildos eclesiásticos, fueron fun-
cionarios de la Corona Española que habían adquirido esas dignidades
por el método de compra. Estas personas sabían que su presencia en los
cargos eclesiásticos dependía de la mantención del régimen español. De
manera que no solamente por compromiso de su función ideológica, sino
por razones más estrictas de subsistencia, la alta burocracia eclesiástica,
en abrumadora mayoría, estuvo del lado del régimen realista. Sin embar-
go, los curas beneficiarios de dignidades eclesiásticas menores reflejaban
una dualidad importante de ser tomada en cuenta; por una parte hubo
fervientes partidarios del Rey, pero por otra hubo también entusiastas
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La relación Iglesia-Estado en el Ecuador del siglo XIX 193

partidarios de la independencia. El caso del cura Riofrío, para mencionar


un ecuatoriano, es uno de los más claros en cuanto a necesidad de auto-
nomía y hasta independencia. Eso le costó la vida.
Pero cuando hablamos de la Iglesia, hay que distinguir entre las
iglesias locales latinoamericanas y el Vaticano. Si bien la actitud del
clero y el aparato eclesiástico fue diversa, a veces a favor y otras en con-
tra de la Independencia, la postura de la Corte Romana fue, en cambio,
muy definida sostenedora de la causa realista. Aun con las dificultades
generadas por la incomunicación de las guerras, varios documentos
pontificios llegaron a América, conminando a los católicos a someterse
al Rey. Aun luego de 1823-1824, la Corte de Madrid mantuvo intensas
gestiones en Roma para conseguir una condenación de la independen-
cia ya consumada. Pero, a esas alturas, la burocracia vaticana ya no
quiso efectuar esa condenación, aunque por años no dio tampoco el
paso de reconocer los nuevos estados hispanoamericanos.
En todo caso, una vez que la Independencia se consolidó, la Iglesia
logró una gran capacidad de adaptación a las nuevas circunstancias; es
decir, mantuvo hasta el momento del triunfo independentista su vincu-
lación con la monarquía española. Pero la ruptura, desde luego, no sig-
nificó que no hubiera conservado una ideología “goda” e hispanófila por
décadas.

IGLESIA Y ESTADO

La “necesidad” de la Iglesia
La cuestión de la Iglesia ecuatoriana en el siglo XIX tiene varias
facetas. En primer lugar, la Iglesia legitima el control del poder que tiene
la clase terrateniente, que lo ejerce por “derecho divino” como base de
su proyecto político. La discusión de la época de si las constituciones se
emiten en nombre de Dios o en nombre del pueblo, terminó siempre en
que en nombre de Dios Creador del Universo se dictaban las leyes y la
autoridad las hacía ejecutar como representantes de la divinidad.
La Iglesia legitimó el poder de la clase terrateniente desde las bases,
o sea desde el propio funcionamiento del régimen hacendatario. Esto se
produjo especialmente en la Sierra, ya que la funcionalidad que la Igle-
sia tenía en economías que paulatinamente se especializaban en la pro-
ducción de mercancías para el mercado externo, era diversa de aquellas
en donde la producción estaba basada en fuertes rasgos serviles. Es evi-
dente que las relaciones de concertaje en la Sierra requerían de la pre-
sencia de la Iglesia; en la Costa, en cambio, las propias relaciones eco-
nómicas no necesitaban la fuerza ideológica de la Iglesia. Las relaciones
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194 Enrique Ayala Mora

precapitalistas requerían de un mecanismo de consolidación extraeco-


nómica, pero eso estaba dado a partir de una serie de rasgos ideológi-
cos que se desarrollaron al margen del control directo del aparato ecle-
siástico; las relaciones de compadrazgo, de vecindad, de cierta recipro-
cidad entre sembrador y terrateniente, etc. La Iglesia cumplía en la
Costa una función únicamente legalizadora de actos como el matrimo-
nio, la muerte, etc.
En segundo lugar, la Iglesia decimonónica era el primer terratenien-
te del país. Ya sin las regulaciones coloniales, tanto las diócesis como
las órdenes religiosas lograron intensificar la adquisición de propieda-
des, que las mantenían en condiciones de rentistas. Hay que anotar que
la mayoría de las propiedades se concentraban en la Sierra centro-
norte, aunque también las había en el sur. En la Costa, la Iglesia no
tuvo propiedad alguna de significación económica. Fue así como la Igle-
sia añadió a sus compromisos estatales, la identificación de intereses
con las clases latifundistas serranas.

El Concordato colombiano
y su vigencia
El primer conflicto Estado-Iglesia se generó en el año 1824 cuando
el Congreso colombiano desempolvó la Bula de Julio II, en que se con-
cedía al Rey de España el “Patronato” sobre la Iglesia americana.
Entonces se declaró a la República de Colombia, heredera de la sobera-
nía de los reyes de España y consecuentemente heredera de los privile-
gios del patronato. Buena parte del clero aceptó de muy buen grado
esta interpretación colombiana, incluso algunos obispos, porque les
parecía que negociar con el estado débil, heredero de la Corona
Española, era mucho más fácil que depender del poder del Vaticano,
que de todas maneras había demostrado una enorme fortaleza en su
manejo anterior. Se sabía que el Vaticano había llegado a negociar con
el Rey de España, que no se hicieran nombramientos en América
Latina, aunque las autoridades civiles constituidas ahí lo solicitaran,
sin pedir la aceptación del Rey, a quien el Papa siguió reconociendo
como “Patrono” por algunos años. Ante la posibilidad de interferencia
de la Corona Española con nombramientos eclesiásticos en Colombia,
buena parte del clero aceptó esta interpretación del nuevo Patronato.
Sin embargo, desde entonces, el Vaticano y lo que en ese momento era
una minoría en la jerarquía eclesiástica, rechazaron la posibilidad de
existencia del Patronato. En la lectura del ensayo de Julio Tobar
Donoso, está clarísima la argumentación que se resume en este punto:
“El Patronato fue una concesión personal a los reyes de España que
solo se transmite por vía hereditaria, en términos de linaje” (Monogra-
fías Históricas). El derecho al patronato lo tenían solamente los reyes y
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La relación Iglesia-Estado en el Ecuador del siglo XIX 195

sus sucesores por vía de la sangre, no cualquier señor que llegara a


ejercer la Presidencia de la República. Entre otras cosas, el Vaticano
argumentaba que solo se podía establecer un convenio, un arreglo, con
una dinastía con derechos hereditarios. Una autoridad de origen electi-
vo no podía considerarse tal.
Por otra parte, para el momento en que España había perdido Amé-
rica, se habían dado grandes cambios. Primero con los Borbones y luego
con la presencia de Bonaparte, se habían transformado las relaciones
Iglesia-Estado e inclusive el rol internacional de la propia Corte Vati-
cana. Se había ido dando una nueva realidad en una sociedad europea
secularizante, en la que comenzaba a verse la necesidad de clarificación
del rol de la Iglesia en la sociedad civil. La Iglesia, que hasta dos siglos
antes había mantenido un monopolio de la sociedad civil, comenzaba a
ceder espacio a fuerzas seculares dentro de la sociedad. Dentro de los
propios estados europeos, la necesidad de su consolidación fue gestan-
do instituciones y prácticas burocráticas seculares al margen del clero.
La imbricación Iglesia-Estado había comenzado a desmoronarse
dentro de Europa y entonces la Iglesia había comenzado a desarrollar a
nivel internacional la teoría de la duplicidad de poderes: el ámbito “espi-
ritual” de la Iglesia y el ámbito “temporal” del Estado. Eso le permitía
coexistir con los estados liberales. Pero, en esas circunstancias, en un
estado previsiblemente secularizante, la aceptación del régimen del pa-
tronato era un suicidio. Así lo entendió el Vaticano y en el conflicto ini-
cial fue mucho menos radical que los poderes eclesiásticos locales de
América. El Vaticano intentó ir negociando. Lo hizo durante todo el siglo
XIX en América Latina y en el Ecuador hasta cuando se firmó el Concor-
dato, sin aceptar en principio, fue cediendo de hecho ante el Patronato.
Pero, aunque el Vaticano y la jerarquía local, o una parte de ella,
tuvieran resistencia al ejercicio del Patronato por los nuevos estados, no
dejó de divulgarse una posición también sostenida por ciertos clérigos y
por la mayoría de los civiles que, sin cuestionar los dogmas ni la auto-
ridad papal, defendieron la prerrogativa estatal de control de las desig-
naciones eclesiásticas por el nuevo “Patrono”. A esta corriente se deno-
minó “Regalismo” y tuvo mucha aceptación en toda América Hispánica.

El Patronato en los años de


la fundación del Estado
¿Qué significa entonces la prolongación del Patronato colombiano
en la República del Ecuador hasta 1862? Significa que el Estado ecua-
toriano conservó la jurisdicción sobre la Iglesia ecuatoriana. El Estado
hacía los nombramientos de obispos y canónigos, y confirmaba los nom-
bramientos de curas párrocos. De vuelta, la Iglesia era una persona de
derecho público dentro del Estado. No olvidemos que entonces solamen-
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196 Enrique Ayala Mora

te existían tres personas de derecho público diferenciables: el Fisco, o


sea el Estado Central, el Municipio y la Iglesia. Las tres tenían capaci-
dad coactiva. Es decir, tenían capacidad de usar la fuerza del estado
sobre los habitantes para cumplir con su función. Y esto era muy impor-
tante desde el punto de vista del funcionamiento de estas instituciones.
Tanto en la antigua Colombia, como en el Ecuador luego de 1830,
el Estado Central percibía los diezmos y entregaba a la Iglesia dos ter-
cios de la recaudación, reteniendo el resto. Mientras el rendimiento
decimal se mantuvo más o menos constante en las provincias de la
Sierra, en Guayas y en toda la Costa se experimentó una elevación muy
grande, debido a que se fue incrementando la producción y exportación
del cacao. Obviamente era en Guayaquil donde se concentró la mayor
cantidad de dinero recogido por los diezmos.
De ahí que a nivel de la Iglesia y del Estado se plantearan dos con-
flictos fundamentales. El uno era la “fusión de la masa decimal”, es
decir la centralización de lo percibido por concepto de diezmos para
redistribuirlos entre las tres diócesis existentes en el país. El funciona-
miento fiscal hasta los años sesenta siguió siendo igual al de Colombia.
Aunque no durarían mucho los “departamentos”, se mantuvieron tres
tesorerías en Quito, Guayaquil y Cuenca, en donde se manejaban los
ingresos fiscales regionales. Solamente con autorización especial del
Congreso se podía utilizar rentas de una circunscripción en otra. La
gran demanda de las diócesis de Quito y de Cuenca era que había que
“fundir la masa decimal”. En la diócesis de Guayaquil el diezmo llegó a
tener, en un año, sesenta y siete mil pesos de rendimiento y treinta y
dos mil, más o menos en la de Quito, cuando los costos de la arquidió-
cesis eran mucho más altos. La propuesta era que se fundara toda la
masa decimal en un solo bloque y se hiciera de allí la distribución, de
acuerdo a los presupuestos de cada diócesis; en definitiva se quería
transferir el rendimiento del diezmo del cacao, al menos en parte, a las
diócesis de la Sierra. Como se ve, aun en el funcionamiento de la Iglesia
decimonónica, se observa una diferenciación regional no exenta de con-
flictos. En segundo lugar, otro de los grandes conflictos fue el referente
a los porcentajes de diezmos con que se quedaba el Estado.
Teóricamente era un tercio, pero en la práctica siempre era un poco
más, y esto trajo consigo largas disputas.
A esto hay que añadir un punto que es también fundamental. Como
lo he mencionado, la Iglesia mantenía como aparato del Estado, una
serie de funciones especializadas, no solamente la educación, sino tam-
bién el registro de nacimientos, defunciones, etc., la capacidad legal de
la celebración de matrimonios y su anulación. Ustedes me permitirán
una digresión que ayudará a entender el problema del liberalismo en el
Ecuador. Quisiera hacerles pensar en una cuestión: ¿Cuál es el contra-
to que trae consecuencias de tipo jurídico-económico más importante
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La relación Iglesia-Estado en el Ecuador del siglo XIX 197

entonces en el Ecuador? Sin duda el contrato que crea la institución


económica más frecuente y más fuerte en el Ecuador es el que crea la
sociedad conyugal, una institución con consecuencias muy importantes
en términos de su funcionamiento económico, puesto que la “sociedad
conyugal” es sujeto económico. La Iglesia manejaba, entonces, la legali-
zación del contrato más importante que se hacía en el país. La disolu-
ción de ese contrato no se ventilaba ante tribunales civiles, sino ante tri-
bunales eclesiásticos. Por último, la Iglesia mantenía el “protectorado”
de indios, fundamentalmente en manos de los párrocos que tenían una
fuerza enorme ante la comunidad.
En un primer período, el Vaticano no pudo detener la vigencia del Pa-
tronato. Pero sobre todo la presencia de José Hilario López en el Gobier-
no granadino en los años cincuenta creó, respecto de la política vaticana
en América Latina, la necesidad de encontrar mecanismos de resistencia
más efectivos al ejercicio del Patronato por parte de las autoridades civi-
les. El Vaticano comenzó entonces una ofensiva a nivel de toda América
Latina, declarando que los derechos de Patronato se habían extinguido en
la Independencia y que de allí en adelante, los gobiernos no tendrían
capacidad de ser intermediarios entre los obispos, los fieles y el Vaticano.
El general Urvina, durante su gobierno, enfrentó serios problemas. En es-
ta época un cura “regalista”, partidario del régimen, Cayetano Ramírez y
Fita, fue electo por el Congreso, obispo de Guayaquil. El Vaticano se negó
a aceptar la nominación de un obispo hecha por un órgano de poder
público ecuatoriano con jurisdicción en el Ecuador. El argumento, desde
luego, no fue el que el Congreso no tuviera la capacidad de hacer el nom-
bramiento, sino que en el trámite anterior no se habían seguido las for-
malidades que se debían observar. El hecho es que el Vaticano mantenía
un boicot a Ramírez, quien no llegó a posesionarse, porque el Papa nunca
le mandó las bulas del nombramiento. Este impasse se mantuvo algún
tiempo hasta cuando en los años sesenta se intentó normalizar las rela-
ciones Iglesia-Estado.

ESTADO E IGLESIA, EL DEBATE


El contenido católico tridentino de corte feudalizante que la Iglesia daba a su men-
saje ideológico fue sustento del sistema de explotación hacendario. Todo el aparato
jerárquico se asentaba en la mantención de doctrinas, capellanías, diezmos, fiestas;
mecanismos que al mismo tiempo que proporcionaban las condiciones materiales de
subsistencia del clero, constituían el eje de reproducción ideológica del complejo lati-
fundista.
El debate más notable de esta etapa es el entablado alrededor de la confesionali-
dad del Estado. En él se manifiesta, muy embrionariamente, desde luego, las contra-
dicciones ideológicas que posteriormente formarían parte de dos cuerpos doctrinarios
enfrentados. Ya en la Constituyente de 1843, el diputado Rocafuerte se oponía al pro-
yecto del artículo que disponía: “La Religión de la República es la Católica, Apostólica
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198 Enrique Ayala Mora

y Romana, con exclusión de todo otro culto público”.1 Proponía en cambio que se
adoptara la fórmula constitucional de Nueva Granada: “Es un deber del Gobierno
proteger a los ecuatorianos en el ejercicio de la Religión Católica, Apostólica, Roma-
na”.2 Sus palabras se orientaban fundamentalmente a combatir el inciso: “con la
exclusión de todo otro culto público”, a su juicio “(…) redundante, contrario a la ilus-
tración del siglo XIX, y perjudicial a los intereses de la República”. Sostenía Roca-
fuerte que “la exclusión de todo otro culto exterior, excluye la esperanza de obtener
un buen sistema de colonización que es lo que más falta nos hace (…)” insistiendo
más adelante: “¿Cómo reemplazar las tres mil víctimas que han desaparecido en la
Provincia del Guayas? ¿Cómo reanimar los campos y dar nueva vida a la agricultura,
si los legisladores se empeñan en sacrificarla a preocupaciones que solo pudieron
existir en el siglo XII, y que tienden a poner en evidencia nuestro atraso en la carre-
ra de la civilización?”.3
Por otra parte, José Félix Valdivieso, destacado terrateniente, planteaba el asunto
desde el punto de vista de los intereses católicos: “Es un error pensar que aquí tene-
mos religión dominante –sostenía–. No conocemos más que una sola y siendo ésta la
única verdadera, excluye a toda otra y no permite el culto público y dogmatizante de
las demás”. Y concluía su discurso con una terminante profesión de fe oscurantista:
“(…) he formado mi opinión y no estaré en esta parte por lo que llaman las luces del
siglo”.4 Empero, aun esta posición claramente reaccionaria disgustó a una parte de
la Iglesia; algunos de cuyos jerarcas se negaron a jurar la Constitución, porque al
excluir solo los cultos públicos, se había “permitido implícitamente el culto privado
de las sectas”. Empero, estudiando el texto constitucional se descubre que hay una
disposición que provocó el rechazo de la clerecía. Por primera vez en la Historia se
prohibía ejercer las funciones de legislador a los “ministros del culto” (art. 36).
Obispos y presbíteros defendieron con energía su derecho a ser elegidos y forma-
ron parte de los congresos y constituyentes del siglo anterior. Allí abanderaron la
tesis del origen divino de la autoridad. De acuerdo con la doctrina medieval de la
Iglesia Romana, todo poder viene de Dios, y necesariamente, las leyes y en especial
la Ley Fundamental, deben ser expedidas en su nombre. Cuando se trataba de la
soberanía, el grupo clerical, de tendencia abiertamente monárquica, avocado a
soportar el sistema republicano, no podía plantear que el Presidente o los legislado-
res, lo eran “por la gracia de Dios”, pero tampoco aceptaban la “perniciosa doctrina”
de la soberanía popular, consagrada por la “nefasta revolución francesa”; así que
optó por la fórmula de que la “soberanía reside en la nación”. Los grupos más libe-
rales y seculares sostuvieron una posición definida; lucharon y consiguieron en algu-
nos casos, que se declarase al pueblo como sujeto de la soberanía.

1. Constitución de la República del Ecuador, dictada el año 1843. Federico Trabucco,


Constituciones del Ecuador, Quito, Editorial Universitaria, 1975, p. 74.
2. Rocafuerte: su vida pública en el Ecuador, Colección Rocafuerte, vol. XIII, Quito, Talle-
res Gráficos Nacionales, 1947.
3. Ibíd., p. 122.
4. José Félix Valdivieso, “Discurso contra la tolerancia de cultos”, en Prosistas de la
República, Biblioteca Mínima Ecuatoriana,Puebla, Cajica, 1960, pp. 199-220.
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La relación Iglesia-Estado en el Ecuador del siglo XIX 199

UNA RELACIÓN CONFLICTIVA

Las reformas garcianas


El régimen dominado por la presencia política de García Moreno
(1860-1875) tuvo entre sus características la negociación y vigencia de
un Concordato con el Vaticano. No vamos aquí a repetir una caracteri-
zación ya muy conocida del garcianismo ni sus incidencias históricas,
sino que intentaremos una revisión de las características de las nego-
ciaciones y el contenido del documento.
Apenas llegado al poder, García Moreno se dispuso a negociar un
acuerdo con el Vaticano. Para ello designó como plenipotenciario al Ca-
nónigo Ignacio Ordóñez, que viajó a Roma. De entrada, el Gobierno ecua-
toriano comenzó haciendo una aceptación de principio de que el derecho
del Patronato era una concesión del Vaticano, no inherente a la sobera-
nía de la nueva República. Con base en esto se negoció un documento
sumamente complicado, en el cual se establecía en primer lugar una
mayor imbricación entre Iglesia y Estado. Todo lo contrario de aquello
que habían conseguido otros concordatos latinoamericanos como el chi-
leno o el salvadoreño. En segundo lugar, daba una garantía estatal del
monopolio ideológico de la Iglesia. No es que García Moreno concediera a
los obispos capacidad de censura; ya la ejercían por la legislación colo-
nial. El Concordato, sin embargo, vino a reforzar esa capacidad. Incluyó
también la garantía de que el régimen educativo, en la mayor parte de los
casos, funcionaría vigilado y mantenido por la Iglesia. De vuelta, el
Estado recibía una limitada capacidad de beneficio del Patronato, que
realmente consistía en que el Presidente proponía al Papa los nombres
de los candidatos a obispos, de una terna nombrada por los otros obis-
pos existentes. En tercer lugar, el documento estipulaba la creación de
cuatro diócesis más, con lo cual la Iglesia ecuatoriana tendría siete,
incluida la de Quito, que tenía categoría de Arquidiócesis.
El Concordato inicial que firmó Ordóñez en el año 1862 en el Vati-
cano no contenía dos de las cláusulas que García Moreno había exigido.
La primera, que se hiciera la fusión de la masa decimal y, al mismo
tiempo, se entregara el cincuenta por ciento del rendimiento del diezmo
al Estado; y la segunda, que el Estado tuviera capacidad de intervención
en las comunidades y órdenes religiosas. Efectivamente, desde la propia
Iglesia se habían hecho muchas gestiones, presiones frente al Vaticano,
para que el Concordato no incluyera esto. Se dice que García Moreno le
mandó a decir al canónigo Ordóñez que había llegado a Guayaquil con
la noticia de que ya tenía el Concordato, que si no regresaba a Roma a
conseguir estas dos reformas, lo haría regresar a latigazos. Efectivamen-
te, Ordóñez volvió a Roma, pero no podía renegociar lo que ya había
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200 Enrique Ayala Mora

negociado. Se retiró Ordóñez de la negociación y la culminó el Dr. An-


tonio Flores, que sería durante algún tiempo el representante oficial del
Gobierno ecuatoriano.
En todo caso, durante el primer período garciano, hasta 1865, se
debatió ampliamente el Concordato. La oposición venía desde la Iglesia,
para impedir la intromisión estatal y desde los grupos seculares por la
clericalización que se advertía, Pedro Carbo dirigió la protesta liberal
desde el Municipio de Guayaquil. Pero al fin García Moreno se impuso
y el tratado se firmó y luego ratificó en 1867, bajo el gobierno de
Carrión. El Concordato quedó establecido en los términos ya menciona-
dos y además se aceptó las propuestas económicas hechas por García
Moreno: fusión de la masa decimal y aumento al cincuenta por ciento
de la porción que debería percibir el Gobierno Ecuatoriano. Sin embar-
go, no se aceptó la propuesta de la reforma religiosa, sino que el Vatica-
no por su parte se comprometió a realizarla en un término de diez años.
La posibilidad de intervención en las comunidades religiosas no la acep-
tó el Vaticano. Los superiores generales de las diversas órdenes religio-
sas parece que tuvieron mucha influencia en Roma e impidieron que el
Presidente de la República pudiera cumplir su objetivo.
García Moreno, sin embargo, encontró la fórmula de hacer la refor-
ma: masiva introducción de clérigos y monjas europeos que vinieron con
un contrato directo con el Estado a realizar labores específicas. Estos
religiosos extranjeros llevaron adelante un proceso de reorganización de
la educación, de los seminarios y colegios. En algunos casos, realizaron
también la reorganización interna de las comunidades religiosas.
La presencia de los religiosos extranjeros agudizó una tensión que ya
existía, debido a las consecuencias del Concordato. El clero ecuatoriano
se opuso al Concordato por la multiplicación de diócesis, y cuando se ini-
ció la reforma, resistió vigorosamente las iniciativas de llevarlo adelante.
La más importante resistencia fue dada justamente por los padres de
Santo Domingo, a cuyo convento llegó una dotación de religiosos italia-
nos que intentaron hacer volver a la vida común a los sacerdotes. Esta
obsesión de García Moreno porque los sacerdotes vivieran una vida
común comienza a explicarse ahora con un poco más de fundamento. Los
sacerdotes regulares iban al convento a cumplir sus funciones religiosas,
pero vivían con sus familias; en algunos casos, definitivamente con una
familia de facto. A uno de los jefes de la resistencia dominicana contra el
gobierno de García Moreno, un ibarreño, el padre Alomía, le sorprendió
el terremoto de Ibarra (1868) en la casa de familia, donde murió.
García Moreno no era un maniático. Era un hombre de Estado, ¿qué
es lo que buscaba con su enérgica reforma? Sin duda mayor eficiencia
en el manejo ideológico de la Iglesia. La vida en común permitía mayor
dedicación de tiempo a la enseñanza, a la predicación, etc., y lo que es
más importante, impedía la posibilidad de contacto diario de los sacer-
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La relación Iglesia-Estado en el Ecuador del siglo XIX 201

dotes con las masas. Los jefes de la protesta contra el gobierno del pre-
sidente Espinosa, sucesor de García, fueron justamente los dominicos.
Una de las grandes insurrecciones populares en Quito fue la que se pro-
dujo justamente en 1867 capitaneada por los clérigos de Santo Domin-
go, que no se sometían a los “reformadores”. Allí, inclusive, el represen-
tante del Papa fue abucheado.
La preocupación era quitar al clero la posibilidad de ejercer lideraz-
go en la oposición. A eso conducían las reformas. Por otra parte, García
Moreno nunca descuidaba la posibilidad de disponer de los bienes ecle-
siásticos que estaban amortizados para determinadas obras que inten-
taba realizar. A él le resultaba mucho más práctico tener monjas que
prestaban servicios en las escuelas y orfanatos, que tener dominicos
que solo daban misa una vez a la semana. En términos de funcionali-
dad práctica, era preferible utilizar las rentas de la comunidad domini-
cana en las monjas del Buen Pastor.
Hasta el período garciano, las discrepancias dentro de la Iglesia
ecuatoriana fueron más bien constantes. Los obispos, el clero nacional,
determinadas organizaciones religiosas, disintieron dentro de la Iglesia.
El régimen garciano, con estos rasgos absolutistas, logró, sin embargo,
una amplísima uniformidad de la Iglesia Católica. García Moreno sacó
fuera de ella a prácticamente todos los curas que podían hacerle oposi-
ción. Se consolidó entonces una Iglesia a la cual García Moreno había
contribuido a dividir. Al momento de su muerte era una Iglesia monolí-
tica, en la que ya el “regalismo” no tenía espacio. Por otra parte, la acep-
tación del Patronato por parte del Estado ya era un hecho.
Claro que se dieron casos de clérigos que decían, por ejemplo, que
la Iglesia era compatible con el liberalismo. Pero eran casos aislados.
Con el proceso garciano y la intervención en la Iglesia, que fue muy vio-
lenta, se terminó creando una Iglesia muy homogénea, formada por
maestros extranjeros que dependían económicamente del Estado y por
ello tenían muchísimo menos capacidad de contestación que los curas,
que no tenían esa dependencia directa del pago del Estado; todo lo cual,
por otra parte, era síntoma de la imbricación que el Estado y la Iglesia
iban experimentando. Lejos de irse abriendo un proceso de separación
como en otros países, aquí la tendencia fue inversa.
No cabe duda de que en esta época se dejaban sentir, con mayor vi-
gor que antes, las influencias de la política de los países vecinos. En espe-
cial se debe prestar atención al triunfo liberal de Colombia, cuyo gobier-
no, a ojos del ultramontanismo, era nada menos que “comunista” y por
tanto peligroso para la libertad y la civilización cristiana de América.
De allí que recrudecieron las inclinaciones monárquicas de la aristo-
cracia, que había visto reforzada su posición por la actitud de la Iglesia.
Con el Pontífice Pío IX a la cabeza, lanzaba una vez más sus condenacio-
nes al “modernismo”, al “progreso”, al “liberalismo” y a todas las demás
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202 Enrique Ayala Mora

tendencias que se opusieran a la monarquía absoluta. El famoso “Sylla-


bus”, redactado para sostener la más reaccionaria posición del clericalis-
mo europeo, vino a constituirse en la columna vertebral de la doctrina ofi-
cial del Estado Ecuatoriano. La República era un mal menor, por ello la
posición godo-clerical tenía que luchar porque el Ecuador se pareciera lo
más posible a los estados centralizados, autocráticos e inquisitoriales, tan
del agrado de los Sumos Pontífices. En este marco, no es nada extraordi-
nario el que el gobierno garciano, en nota discordante con todos los demás
países de América, simpatizara con el Imperio de Maximiliano en México,
o favoreciera a España en su conflicto con el Perú en el año 1864.
Dentro de esta atmósfera de fanatismo ciego y antihistórico, se ex-
plica la protesta elevada por García Moreno ante el hecho más sobresa-
liente de la unificación de Italia, cuando Garibaldi entró triunfalmente en
Roma, en medio de la aprobación unánime de todo el mundo. Llevado por
su “ardorosa devoción por el Sumo Pontífice”, instruyó a su ministro del
Exterior para que excitara a los gobiernos americanos a “protestar con-
tra aquel inexcusable atentado que, consumado contra el Supremo
Pastor del catolicismo, ha herido directamente a los católicos de todo el
universo”. Naturalmente, esta propuesta no halló eco en ningún gobier-
no americano, ante los que el Ecuador quedó en ridículo. Por su parte, el
Papa y los funcionarios romanos hicieron a García Moreno una serie de
homenajes destinados hasta entonces, exclusivamente, a los príncipes
más papistas del Viejo Continente.

CARACTERES DEL CONCORDATO GARCIANO


Al cabo de cuatro décadas de la independencia, como toda la sociedad, la Iglesia
Católica afrontaba una aguda crisis. La organización de su aparato jerárquico se
resentía notablemente en desmedro de su función de “factor de moralización”, es
decir, de elemento de cohesión del sistema imperante. El forcejeo entre el Estado
regalista y la Iglesia defensora de su autonomía había traído consigo el que por lar-
gos años las diócesis hubieran carecido de obispos, curas y otras dignidades, vacan-
tes por no haber existido acuerdo entre el poder civil y la Corte Romana.
García Moreno consideró, con un buen sector de políticos de su tiempo, que la refor-
ma eclesiástica era necesaria. Para esto se hacía necesario resolver el impasse con la
Autoridad Romana. Por una parte, la Iglesia con mucho desagrado, había tenido que
aceptar la pérdida de su autonomía total. Por otra, aunque la mantención del
Patronato, era una tentación muy arraigada entre los políticos decimonónicos, los años
anteriores habían demostrado que conservarlo provocaba situaciones de gran inestabi-
lidad. De esta manera, la única salida realmente posible era la celebración de un
“Concordato” que definiera la situación de la Iglesia al interior del ámbito del Estado.
A estas alturas del siglo XIX ningún político, por más radical que fuera, podía pen-
sar en la frontal separación de la Iglesia y el Estado. Existía un acuerdo unánime
sobre la necesidad de mantener determinados vínculos que sustentaran la actividad
del clero como funcionario estatal. Los niveles de esa relación eran los que estaban en
debate entre las posiciones más clericales y las más liberales. El Concordato Garciano
es consecuencia de estas condiciones, pero tiene ribetes muy particulares. Tenía el
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objeto fundamental “de dar a la Iglesia la independencia y libertad, y obtener por


medio de ellas la reforma eclesiástica y moral que el Ecuador necesita para ser libre
y feliz…”1 Así pues, entregó grandes ámbitos de la esfera ideológica al control de la
Iglesia, a cambio de la garantía de un control del Estado sobre ella y sobre todo bajo
la condición de que se llevara adelante una reforma religiosa drástica y rápida.
Es evidente que la intención garciana no fue exclusivamente restituir a la Iglesia
la libertad de acción. Ante todo logró García Moreno con el Concordato un instru-
mento de consolidación político-ideológica de su proyecto centralizador y moderni-
zante. “Intentó concertar un Concordato peculiar; no uno concebido como el de San
Salvador, sencillo y liberal, tan del agrado del Dr. Pedro Carbo. El mismo García
Moreno redactó y precisó las cláusulas y estipulaciones que convenían al fin que con
este pacto romano buscaba para la nación”.2 Era absolutamente necesario elevar el
nivel de eficiencia del clero como operario de la ideología. Por ello en la negociación
con el Vaticano pidió un altísimo control de la Iglesia que intentaba “libertar”.3 Y todo
esto lo hizo con la cerrada oposición de la gran mayoría del clero, reacio a cumplir
con las funciones que le eran encomendadas.
La forma en que el gobierno garciano llevó los negocios eclesiásticos dista mucho
de ser alentada exclusivamente por razones de “fanatismo” o “psicopatía”. Había en
García Moreno una gran intuición de la capacidad de la Iglesia como elemento arti-
culador de los niveles ideológicos de la sociedad.4 Por ello intervino tan conflictiva y
frontalmente en “negocios eclesiásticos”, hasta el punto que provocó una feroz reac-
ción de importantes sectores del clero.
El programa garciano requería de un soporte ideológico que solo la Iglesia podía pro-
porcionarle. El Presidente insistía reiteradamente: “(…) de nada nos servirían nuestros
rápidos progresos, si la República no avanza día por día en moralidad, a medida que
las costumbres se reforman por la acción libre y salvadora de la Iglesia Católica. Sin
embargo, frutos más abundantes se recogerán cuando sean más numerosos los celo-
sos operarios (…)”.5 De allí que se empeñó en la inmigración de frailes y monjas extran-
jeros que vendrían a formar religiosos nacionales. El proyecto requeriría de religiosos
que predicaran las ventajas de la “paz garciana”, es decir de una Iglesia dispuesta a
enseñar al pueblo la sumisión, la austeridad, el orden; en suma, capaz de utilizar todas

1. Gabriel García Moreno, “Mensaje al Congreso de 1863”, en Alejandro Novoa, Recopi-


lación de Mensajes dirigidos por los Presidentes y Vicepresidentes de la República, Jefes
Supremos y Gobiernos Provisorios a las Convenciones y Congresos Nacionales, Guaya-
quil, Imp. A. Novoa, 1900, p. 20.
2. Jorge Villalba, Epistolario diplomático del presidente García Moreno, Publicaciones del
Archivo Juan José Flores, Quito, PUCE, 1976, p. 54.
3. “Para el Presidente el Concordato significaba el instrumento jurídico indispensable para
revitalizar la Iglesia ecuatoriana, que había de ser una aliada de primer orden en el vas-
tísimo plan de progreso nacional. Todos los hombres de la Iglesia debían mejorarse en
todo sentido y ser el fermento de la transformación espiritual del país. Su ideal era ino-
cular una inyección de vitalidad que devolviera el aliento al cuerpo anémico de la
nación. Y estimaba el mandatario que esta renovación interna debía ser la base para
toda otra transformación y crecimiento, fuera este económico, agrícola, educacional o
industrial”. Jorge Villalba, ibíd., p. 55.
4. “El principio religioso es la única forma de la idealidad de las masas. El catolicismo es
una gran escuela de disciplina interior, que es indispensable a toda voluntad. La reli-
gión era uno de los pocos lazos de la nacionalidad ecuatoriana; el poder civil es más
fuerte mientras más se une al religioso y el poder civil tenía necesidad de ser fuerte. El
catolicismo es una fuerza de cohesión política”, Belisario Quevedo, citado por Enrique
Ayala Mora, en Lucha política y origen de los partidos en Ecuador, p. 140.
5. Gabriel García Moreno, “Mensaje al Congreso de 1863”, en A. Novoa, Recopilación de
mensajes…, t. III, p. 124.
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204 Enrique Ayala Mora

las armas ideológicas necesarias para conseguir la pasividad de los sectores populares
duramente afectados con el proceso de acumulación que se llevaba adelante.
El Concordato garciano viene a ser de esta manera una normalización de antiguos
vínculos hasta entonces resentidos y mal definidos. El Estado se limita exclusiva-
mente a la función de dominación política y de cohesión. De esta manera un amplio
campo de la ideología queda en manos de la Iglesia, a la que se atribuye una “esfera
privada”.6 Desde luego que esta entrega a la Iglesia del control ideológico garantiza-
do por la represión estatal, se produce a cambio de una renuncia a su completa auto-
nomía, en la medida en que, de alguna manera, se reconocen ciertas atribuciones del
Patronato. Esta intrincada relación entre Iglesia y Estado, al tiempo que garantizó la
puesta en marcha del proyecto garciano, vino a ser la causa de innumerables con-
flictos. De aquí que los enfrentamientos políticos más visibles, necesariamente tuvie-
ran ribetes religiosos. Esto ha llevado a la mayoría de los escritores de historia polí-
tica a considerar erróneamente que los conflictos de poder en el país, no han tenido
sino causas puramente ideológicas, lo cual revela una incomprensión de las instan-
cias analíticas de un estudio estructurado.
Luego de las negociaciones del delegado de García Moreno en el Vaticano, el pacto
fue firmado en Roma el 10 de mayo de 1862, García Moreno quedó completamente
insatisfecho de la forma en que había sido redactado, porque no contenía cláusulas
que permitieran al Gobierno practicar una drástica reforma de las comunidades reli-
giosas. De manera que ordenó a Ordóñez que volviera a Roma a renegociar el asun-
to. El 26 de septiembre se suscribió la versión final del Concordato, que García
Moreno se apresuró a ratificar a nombre del Gobierno ecuatoriano.7 Apenas se cono-

6. Antonio Gramsci, Los intelectuales y la organización de la cultura, Buenos Aires, Ed.


Nueva Visión, 1972, pp. 11-12.
7. El historiador Tobar Donoso resume de esta manera el contenido del Concordato:
“Establecióse en él que la religión católica sería, como hasta entonces, la única y exclu-
siva de la República (art. 1). Que en cada diócesis habría un Seminario, libremente diri-
gido por el Ordinario (art. 2). Que la educación de la juventud se conformaría siempre
con la doctrina católica; que los obispos tendrían derecho de designar textos para la ins-
trucción moral y religiosa, y prohibir libros contrarios a la religión y buenas costum-
bres; y que nadie podría dar aquella instrucción, sin licencia de diocesano (arts. 3 y 4).
Reconocióse por el art. 5, a los Obispos, clero y fieles el derecho de comunicarse irres-
trictamente con la Santa Sede; abolióse por tanto el exequátur. Se declaró además, que
los Prelados gobernarían sus diócesis, convocarían Concilios, etc., con entera libertad
(art. 6); y que, suprimidos los recursos de fuerza, las apelaciones se propondrían ante
los Tribunales Eclesiásticos Superiores o ante la Santa Sede (art. 7). Las personas y
bienes eclesiásticos quedaron sujetos en virtud del art. 9, a los impuestos públicos, con
excepción de las cosas destinadas al culto y beneficencia; y el gobierno se obligó a con-
servar los diezmos, de los cuales debía percibir como antes la tercera parte (art. 11). En
lugar de los dañinos privilegios de antaño, la Santa Sede concedía solo al Presidente del
Ecuador un legítimo Patronato –limitado, quizá para el criterio de entonces, extensísi-
mo, desmesurado sin duda para el de hoy–. El referido magistrado tenía derecho a pro-
poner para obispos, a sacerdotes dignos, de entre las ternas correspondientes forma-
das por los obispos, de nombrar prebendades o racioneros para los Cabildos eclesiásti-
cos, y de elegir para los beneficios a uno de los tres candidatos que en cada caso le fue-
ran presentados por el Prelado respectivo (arts. 12, 13 y 14). La Santa Sede se reserva
el derecho de erigir libremente diócesis y hacer nuevas circunscripciones de las existen-
tes (art. 16), y los diocesanos quedaban facultados para admitir órdenes a los Institutos
debidamente aprobados (art. 20). Obligábase, por su parte, el Gobierno a suministrar
todos los medios necesarios para las misiones (art. 22). Había, además, algunas dispo-
siciones secundarias y, entre ellas, una relativa a censos, para facilitar la redención por
la décima parte, de los traslados al Tesoro (art. 18)”. Julio Tobar Donoso, Monografías
Históricas, Quito, Edit. Ecuatoriana, 1937, pp. 279, 280.
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La relación Iglesia-Estado en el Ecuador del siglo XIX 205

ció en el Ecuador el texto del nuevo pacto, cayó sobre él una verdadera avalancha de
protestas de todos los sectores políticos.
El Concordato se formalizó en la presidencia del Dr. Carrión, sucesor de García
Moreno. Quedó de esta manera puesta la base para la utilización de la Iglesia
Católica como el más eficaz instrumento de consolidación del Estado. “No perdáis
jamás de vista –decía García Moreno a los legisladores– que todos nuestros peque-
ños adelantos serían efímeros e infructuosos, si no hubiéramos fundado el orden
social de nuestra República sobre la roca, siempre combatida y siempre vencedora
de la Iglesia Católica. Su enseñanza divina, que ni los hombres ni las naciones renie-
gan sin perderse, es la norma de nuestras instituciones y la ley de nuestras leyes”.8

8. Gabriel García Moreno, “Mensaje al Congreso de 1875”, en A. Novoa, Recopilación de


mensajes…, t. III, p. 137.

Los conflictos finiseculares


El período comprendido entre 1875 a 1895 plantea el gran proble-
ma de la presencia de la Iglesia que reafirma legal y represivamente su
monopolio ideológico, al mismo tiempo que es parte del Estado. Pero en
la sociedad se van abriendo paso elementos secularizantes. La burgue-
sía en ascenso y sus aliados fueron creando instituciones seculares en
el espacio de la sociedad civil, en tanto que el Estado mismo fue encon-
trando que el monopolio ideológico eclesiástico era una contradicción a
su consolidación como instancia de dominación. El hecho, sin embargo,
es que frente al conflicto presentado se fueron definiendo las tendencias
ideológicas, ahora sí definitivamente. De una lado, conservadores que
defendían la necesidad de identificar a la Iglesia con el Estado, pero al
mismo tiempo, dejando autonomía de la Iglesia frente al Vaticano; y por
otro, liberales partidarios de la sujeción de la Iglesia al poder del Estado.
Tres graves conflictos se dieron hasta el año 1895. Pueden expresar-
se en pocas palabras. El primero fue el de la sustitución del diezmo. Llegó
un momento en que se levantó desde la Costa hasta la Sierra una cam-
paña por la eliminación del impuesto decimal, entre otras cosas, porque
la acumulación de rentas a través del diezmo, había ya permitido la gene-
ración de una masa de capital monetario suficiente para establecer los
bancos; pero cuando estos ya estaban funcionando, el diezmo se trans-
formó en un problema muy serio para la producción y exportación cacao-
tera, en términos de competitividad con el cacao de otros países.
El diezmo lo recibía el Estado, que ponía a remate la recolección. En
la Sierra, normalmente el recaudador de diezmos era una persona priva-
da que los “remataba” por una cantidad fija y luego él se encargaba de
recogerlos en la circunscripción. En la Costa, en cambio los diezmos pau-
latinamente fueron rematados por las mismas casas exportadoras y
estos capitales que se formaron a partir de vender cuanto se recibía por
diezmos en especie. Esto permitió la gestación de fortunas importantes
ECUADOR SIGLO XIX (finalizado) 7/6/11 11:37 AM Page 206

206 Enrique Ayala Mora

de concesionarios de diezmos. Se consolidaron los bancos. Sin embargo,


el diezmo se transformó en un problema para la comercialización porque
de todas maneras había una mediación estatal en la percepción de esas
rentas y una retención del 10%. Entonces, los comerciantes y terrate-
nientes costeños que eran los directamente golpeados con la presencia
del diezmo, plantearon la sustitución del diezmo por otros impuestos.
Ahora bien, este punto es muy importante. Esta es la primera vez
que la burguesía intentaba exitosamente orquestar a otros sectores
sociales contra la dominación latifundista serrana que manejaba el
Estado Central. Hacendados, pequeños propietarios, inclusive comuni-
dades indígenas de los cantones de la Sierra, se sumaron a la solicitud
por la sustitución del diezmo que se hizo en la Costa. Por otra parte, no
hay que olvidar nunca el hecho de que ya don Eloy Alfaro, cuando fue
Jefe Supremo de Manabí y Esmeraldas, eliminó el diezmo.
Al conseguir la sustitución del diezmo por un impuesto a la propie-
dad territorial que obviamente era desventajosa a los terratenientes que
tenían grandes cantidades de tierras incultas, se demuestra la capaci-
dad que ya tenía la burguesía apoyada por los sectores latifundistas
costeños, de quebrar la pirámide de relaciones político-económicas en
las que se asentaba el poder decimonónico. Cuando la Iglesia y todos los
grandes notables del latifundismo ecuatoriano defendían el diezmo,
unánimemente los pequeños productores y las comunidades campesi-
nas, presionaban por la sustitución, pese a las excomuniones y a las
amenazas. Esta capacidad de dirección política, ensayada por la bur-
guesía, iba a reeditarse en 1895.
El segundo gran conflicto giró alrededor del monopolio ideológico de
la Iglesia. El avance secularizante de la sociedad se dio sobre todo en la
Costa. Es importante observar que la sociedad civil secular y el propio
Estado Moderno tuvieron un desarrollo desigual en la Costa respecto de
la Sierra. En Guayaquil se fue creando un tipo de prensa que ya no
dependía del mecenazgo, ni de la Iglesia. Tomemos un periódico de
Guayaquil, de los años ochenta y noventa y encontraremos que éste esta-
ba lleno de publicidad comercial. El periódico típico de la Costa era una
hoja bien grande en cuyas páginas externas abundaban los anuncios de
vapores que llegaban, incluso con clisés de la mercadería, de servicios en
venta; en algunos casos venta de tierras, inmuebles, etc. Y adentro, esta-
ban en columna la información y los artículos de comentarios. Quiere
decir que esa prensa ya vivía del funcionamiento de una sociedad en que
los mecanismos mercantiles se habían ampliado. Esta prensa obviamen-
te, no tenía ya dependencia respecto de la Iglesia que, sin embargo, con-
servaba capacidad de censura por las relaciones concordatarias.
Cuando el gobierno de Veintemilla se proclamó liberal en 1876, hizo
un intento de romper el monopolio ideológico de la Iglesia. A esto la Iglesia
respondió con la más agresiva movilización urbana que se dio en Quito en
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La relación Iglesia-Estado en el Ecuador del siglo XIX 207

el siglo XIX. Las “turbas”, como dicen los autores liberales, ocuparon físi-
camente la ciudad de Quito. Entonces culparon al Presidente hasta de la
erupción del Cotopaxi. En el momento del impulso renovador de la dicta-
dura de Veintemilla, se suspendió la vigencia del Concordado, esperando
poder renegociarlo en condiciones de mayor apertura, pero la resistencia
clerical logró que en poco tiempo el ya Presidente Constitucional convinie-
ra con el Vaticano una “Nueva Versión” del Concordato que prácticamen-
te lo dejó sin cambios. Como podemos ver, si bien se llevaron adelante
algunas reformas legales, en las décadas finales del siglo XIX, la Iglesia y
la clase terrateniente fueron capaces de neutralizar y luego de revertir
esas reformas, en la medida en que no solo tuvieron fuerza para impedir
cambios en el carácter del Estado, sino suficiente respaldo popular para
marginalizar al liberalismo y ponerlo en retirada.
La censura eclesiástica era muy severa, pero iba siendo desafiada.
Efectivamente, era muy común que de las ediciones de ciertos periódi-
cos liberales se tuviera una buena cantidad prevista para cuando iba la
policía a incautar o quemar toda la edición, por orden de las autorida-
des públicas. Quemaban el periódico, cumplían con la obligación y le
daban la otra mitad al editor para que la publicación circulara, contra
la furia eclesiástica.
Este es un problema que no tuvo solución sino hasta el momento
de la Revolución Liberal, cuando se estableció la libertad de conciencia
y se planteó la separación Iglesia-Estado. En un principio esa separa-
ción no tuvo muchos partidarios ni entre conservadores ni liberales.
Sobre la marcha se fue generando la posibilidad de separación. Pueden
mencionarse algunos antecedentes. La famosa “Carta a los Obispos” de
Manuel Cornejo, por ejemplo, planteaba que los obispos de Francia
aceptaban la separación Iglesia-Estado y los ecuatorianos la condena-
ban, ¿quién está en la verdad? era la pregunta.
Ante esto la respuesta del integrismo católico fue la pura y simple
condenación, adjudicando a Cornejo y a quienes pensaban como él, el
carácter de falsarios. Pero si esta postura tenía la fuerza de la “fe del car-
bonero”, resultaba insuficiente para quienes esperaban cierta elabora-
ción lógica en un problema que era evidentemente complejo. Fue así
como comenzó a tomar carta de naturalización en el Ecuador el plante-
amiento desarrollado en Francia por los liberales católicos, que sostenía
que la Tesis era que debía haber unidad entre Estado e Iglesia, pero una
vez que se producía una ruptura, era preciso aceptar la Hipótesis de la
separación entre las dos potestades. Como en el Ecuador existía unidad
religiosa, demandar el quiebre de la unión prevaleciente no era lícito. La
situación de nuestro país era diversa a la de Europa. Esta posición, que
de todas maneras llegaba a aceptar la posible vigencia del liberalismo,
no era mayoritariamente aceptada. Sus sustentadores, con González
Suárez a la cabeza, afrontaron serias críticas del integrismo católico.
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208 Enrique Ayala Mora

Un tercer conflicto, conectado con los anteriores, fue el generado alre-


dedor de la participación del clero en la política. Desde luego que ya en el
período garciano se habían gestado diferencias por ello, pero entonces el
Estado intentaba acallar las expresiones de oposición del clero nacional
inconforme, culpándolo de “hacer política”. Con el paso del tiempo, los
gobiernos de corte liberalizante, como el inicial de Veintemilla, o los libe-
ral-católico moderados de los “progresistas”, tuvieron que enfrentar la
reacción del clero más integrista a los tímidos intentos de reforma.
Se buscó entonces neutralizar la capacidad de agitación del clero.
Veintemilla tuvo que enfrentar una asonada conspirativa que se deno-
minó popularmente el “motín del Padre Gago”, llamado así porque su
mentalizador y activista fue un predicador quiteño que se lanzó contra
el Gobierno acusándolo de “descristianizar” al país. La respuesta del
dictador fue la represión, que fue desde la prohibición de predicar o rea-
lizar actos públicos, hasta el confinamiento y el destierro, que sufrieron
varios dignatarios eclesiásticos.
Cuando en 1883, al discutirse la nueva Constitución se pretendió
limitar la influencia del clero en las elecciones, la resistencia de los ecle-
siásticos que integraban el Congreso, aliados a los “ultramontanos”, fue
tan grande que logró resistir la innovación. Cuando en 1888-1889, el
Presidente Flores comprometió la participación del Ecuador en la Expo-
sición Universal de París, la resistencia del clero y los “terroristas” (nom-
bre dado a los conservadores garcianos) levantó gran respaldo en la inci-
piente opinión pública. Flores entonces logró un documento del Secre-
tario de Estado del Vaticano en que se prohibía incursionar a los obis-
pos y al clero en los debates de la política prevaleciente.
La respuesta eclesiástica fue siempre en el sentido de que la Iglesia
tenía mucho que ver con la política, cuando ésta afectaba a los intere-
ses eclesiásticos, el dogma y la moral; en otros términos, siempre se dis-
tinguía entre Política (con mayúscula) y política (con minúscula). La pri-
mera sería la actividad del servicio público a la que el clero no solo tenía
derecho sino obligación de participación. La segunda, en cambio, le
estaba vedada, porque se entendía como la actividad partidista, aunque
esto no descartó que muchos eclesiásticos militaran activamente en las
filas del “Partido Católico Republicano”, garciano o “terrorista”.
Con el tiempo, la cuestión fue asumiendo caracteres de una opo-
sición entre los “intereses” de la Iglesia y los del Estado. En este caso,
muchos se pronunciaron por los primeros, considerados “superiores”,
puesto que se referían a lo espiritual y eterno. El Presidente Cordero
llegó a declarar que si se daba oposición entre unos y otros, estaría por
respetar los intereses eclesiásticos.
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La relación Iglesia-Estado en el Ecuador del siglo XIX 209

UN NUEVO CONCORDATO,
EL CLERO Y LA ACCIÓN POLÍTICA
En las décadas comprendidas entre 1875 y 1895, las tensiones generadas en la
lucha por el poder, se reflejaron conflictivamente en la esfera ideológica. La Iglesia,
que tan complejas relaciones había establecido con el Estado, afrontó las consecuen-
cias de su vinculación, cuando en su interior se dieron las contradicciones políticas
más significativas de la época. Los intelectuales del liberalismo disputaron cada vez
más duramente al clero su monopolio ideológico. La institución eclesiástica, por su
parte, apeló a toda su capacidad organizativa para contener la embestida, pero si
bien al principio obtuvo éxitos, poco a poco fue perdiendo espacio. Incluso la tradi-
cional unidad que la había caracterizado, se vio resentida. Por primera vez se cues-
tionaban las doctrinas monarquizantes. El liberalismo se infiltró en sus propias filas.
Las tensiones desatadas, se expresaron en primer lugar en la vigencia del Con-
cordato. Su cumplimiento era motivo de preocupación, no solo de la jerarquía local,
sino de las más altas autoridades romanas.1 Algunos actos de inspiración liberal,
orientados por Pedro Carbo, ministro general en los primeros meses de la Dictadura
de Veintemilla, provocaron la reacción de los obispos y el clero. Las cosas se compli-
caron con el envenenamiento del arzobispo Checa y Barba y con la represión ejerci-
da contra manifestaciones político-religiosas organizadas en la capital. El vicario
Andrade de la Arquidiócesis y los obispos declararon oposición abierta al régimen,
que respondió con nuevas medidas de fuerza. Vinieron días de agitación popular y
de sangrientos incidentes en Quito y otras ciudades.2 El 28 de junio de 1877, el
Gobierno decretó la supresión del Concordato y puso en vigencia la ley colombiana
del Patronato de 1824.
La jerarquía eclesiástica resistió unánimemente y protestó por el rompimiento
unilateral del Convenio. Varios prelados fueron desterrados y otros vivieron persegui-
dos y prófugos. La defensa más brillante de la posición de la Iglesia la realizó un
joven eclesiástico que habría de cumplir un destacado papel en la historia nacional,
en sus “Exposiciones en defensa de los Principios Católicos”.3
El Dictador retiró las rentas eclesiásticas de algunas catedrales y suspendió todo
nombramiento y trámite de carácter religioso. Las relaciones no podían marchar más
mal. Esta situación duró por algún tiempo, hasta cuando Veintemilla se dio cuenta
que iba a desatarse la oposición radical dirigida por Alfaro desde la Costa y creyó opor-

1. Decía una carta del Pontífice Pío IX al Arzobispo de Quito: “Te rogamos, pues, con todo
encarecimiento, que hagas todo esfuerzo por sostener dicho Concordato, auxiliándote
para ello con el trabajo diligente de los otros obispos, tus comprovinciales; pues es
cierto que habiendo sido libre y espontáneamente celebrado por la potestad civil,
garantiza también la seguridad de la Iglesia y la concordancia entre las autoridades
eclesiástica y civil”, Curia Metropolitana de Quito, Documentos relativos a una solicitud
elevada al supremo Gobierno por el Presbítero José M. Guevara, Cura de San Antonio,
Quito, Imprenta del Clero, por J. Guzmán Almeida, 1878, p. 19.
2. El historiador Robalino describe la agitación popular en la capital ante una erupción del
Cotopaxi, que fue considerada como castigo divino: “Los conspiradores aprovecharon de
la excitación y lograron corromper a varios pastusos; y armados de Cristos, cuadros de
la Virgen y de los santos, rosarios, cruces, escapularios, reliquias; puñales, revólveres,
escopetas, hachas… se lanzaron a asaltar los cuarteles. Se organizaron procesiones que
cantaban salmos penitenciales. Una por la calle del Hospital asaltó a la guardia, puñal
en mano…” Luis Robalino Dávila, Borrero y Veintemilla, t. I, Quito, Editorial de la Casa
de la Cultura Ecuatoriana, 1966, p. 250.
3. Federico González Suárez, “Tercera Exposición en defensa de los Principios Católicos”
(Instrucción popular sobre el Concordato), en Nueva Miscelánea, Quito, Imprenta del
Clero, 1910, p. 148.
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210 Enrique Ayala Mora

tuno concertar la paz con la Iglesia para calmar a la derecha. Se suscribió una “Nueva
Versión” del Concordato que establecía condiciones similares a las del año 1865. El
Estado seguía vinculado a la Iglesia y los obispos conservaban sus atribuciones para
manejar la educación, censurar la prensa y participar activamente en la política
nacional. Dentro de limitados márgenes, el Gobierno ecuatoriano retenía su calidad
de patrono, en tanto que ciertas designaciones eclesiásticas, ya no dependían ni del
Ejecutivo ni del Congreso, sino de las autoridades religiosas respectivas.
Durante algo más de quince años de vigencia de la “Nueva versión del Concordato”,
los numerosos conflictos desatados entre la Iglesia y el Estado se mantuvieron dentro
del marco establecido por el pacto. El carácter del tratado fue el primer tema del deba-
te. Los liberales regalistas insistían en que era una renuncia expresa de la soberanía
nacional en beneficio de una potencia extranjera. Los moderados más bien ponían
énfasis en el aspecto práctico de la cuestión: “Para evitar la confusión que pudiera
haber en lo concerniente a lo que es propiedad de la Iglesia, entre la autoridad espi-
ritual y la temporal, se acuerdan los Concordatos, que son verdaderos tratados que se
hacen con el Papa como Jefe de la Iglesia Católica, para la administración de los nego-
cios eclesiásticos”.4 Los sectores clericales más extremistas insistían por su parte:
“Nadie que sea medianamente ilustrado ignora, que un Concordato, aun cuando
reviste la forma de un tratado, no es sino una concesión hecha por la Iglesia al
Gobierno Civil que se lo pide. Cuanto se contiene en un Concordato es dado al poder
secular a título gratuito, al paso que lo que este atribuye a la Iglesia no es más que el
pago o reconocimiento de lo debido”.5
Una de las cuestiones más conflictivas de la etapa preliberal fue la militancia polí-
tica de los religiosos, que defendieron activamente su posibilidad de ocupar posicio-
nes de elección popular. En especial el Presidente Antonio Flores (1888-1892) inten-
tó repetidas veces que los eclesiásticos se mantuvieran alejados de la lucha eleccio-
naria. Incluso consiguió del Vaticano, donde tenía buenos contactos, una orden diri-
gida al episcopado y al clero ecuatoriano de abstenerse de intervenir directa o indi-
rectamente en las elecciones. Esta disposición fue recibida con entusiasmo por los
círculos secularizantes, pero muy a regañadientes en los grupos clericales. Juan
León Mera, figura descollante de la derecha, incluso halló una ingeniosa forma de
burlar sumisamente el mandato. Aconsejaba a los ciudadanos en una hoja volante:
“(…) aunque el clero no tome parte alguna en las elecciones; aunque tenga que abs-
tenerse, ya sea porque en atención a su ministerio esto le convenga, ya sea que se
vea obligado a obedecer a sus superiores, vosotros tenéis derecho a consultarle para
tranquilizar vuestra conciencia con el acierto de vuestros actos, el que está en el
deber de escucharnos y resolver”.6
Y cuando en 1892 triunfó el Dr. Cordero, el arzobispo puso abiertamente sus con-
diciones: Decía en una carta al Presidente: “Si hay una cordial armonía entre las dos
autoridades, lealtad cristiana de una y otra parte, la República quedará más afian-
zada. En todo caso es menester que usted se persuada que el clero no ataca jamás;
se defiende cuando es perseguido. Oprimir al clero es oprimir a la Patria: la libertad
de la Iglesia es la prenda de la verdadera libertad del pueblo. Por lo mismo creo que
usted, amante de su Patria y de la libertad de sus conciudadanos, dejará a la Nación
en libertad que le ha dado el Concordato”.7 Cordero cedió a las presiones eclesiásti-
cas. Con ello solo consiguió precipitar el pronunciamiento liberal, que sobrevino
luego de su ruidosa caída.

4. El Telegrama –Diario Progresista–, Quito, 18 de octubre de 1893, No. 137.


5. J. Alejandro López Pbro., El ilustrísimo señor Ordóñez y la denuncia del Sr. Dr. Dn. A.
Flores, Quito, Imprenta del Clero, 1893, p. 9.
6. Wilfrido Loor, Monseñor Arsenio Andrade, Quito, Editorial Ecuatoriana, 1970, p. 45.
7. Robalino Dávila, Borrero y Veintemilla, p. 468.
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La relación Iglesia-Estado en el Ecuador del siglo XIX 211

La postura del Vaticano


Ya hemos destacado una distinción fundamental que debe hacerse
al estudiar a la Iglesia decimonónica, entre los intereses locales y la polí-
tica del Vaticano. Desde luego que tanto el cuerpo doctrinario como la
política global eran los mismos, pero fueron dándose matices de diferen-
ciación importantes. El primero tiene que ver con la situación plantea-
da por una política vaticana diseñada para los conflictos europeos, que
se aplicaba en América Latina.
El Vaticano había tenido una política definida sobre las restauracio-
nes europeas de los años veinte y treinta; había tenido una agresiva
reacción a las revueltas del año 49 y obviamente tuvo una posición fren-
te a la Comuna de París. No hay que olvidar nunca que uno de los sobe-
ranos más anacrónicos de Europa era el Papa. Era un monarca rentis-
ta que vivía en buena parte de los impuestos que le daban los Estados
del Vaticano. En ese sentido, no solamente por coincidencia ideológica
con los monarcas, sino también por necesidad de su mantención como
cabeza de un Estado, el Papa estaba siempre con las teorías más atra-
sadas de Europa sobre el poder y sobre la generación de un poder.
Ahora bien, esas teorías se trajeron a América Latina y se difundieron.
Fue claramente monárquico el discurso de la Iglesia Católica ecuatoria-
na hasta pasada la Revolución Liberal.
Sin embargo, una vez que ese tipo de discurso que se había gene-
rado en Europa y se readecuaba en las circunstancias latinoamerica-
nas, comenzó a correr entre los diversos círculos episcopales y eclesiás-
ticos en América Latina; la necesidad de cierto replanteamiento. El
Vaticano se dio cuenta de que de todas maneras el proceso de seculari-
zación se venía encima. Entonces, acudió a la política diseñada para
manejar la “ruptura controlada”, con el Estado, que había tenido que
afrontar como un hecho en Europa. Esa realidad del Viejo Continente
que se expresó en las posturas de Lammenais, Ozanam y Montalambert,
tuvo también creciente influencia en América Latina.
En la segunda mitad del siglo XIX, el Vaticano fue reconociendo la
importancia que América Latina tenía para el catolicismo romano. Por ello
aceptó con flexibilidad ciertos cambios en la mayoría de los países, reco-
nociendo su problemática específica. No es coincidencia que fuera un
obispo chileno, Izaguirre Portales, quien manejó la política del Vaticano
hacia América Latina, en los años sesenta, setenta y ochenta. Incluso, el
Papa convocó a un Concilio Plenario de Obispos de América Latina que se
reunió en Roma, y planteó dos cuestiones cruciales en el manejo de las
relaciones Iglesia-Estado. Primero: cómo organizar misiones de evangeli-
zación indígena; y segundo: cómo enfrentar el problema del liberalismo.
De todas maneras, es importante entender que el Vaticano tenía una polí-
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212 Enrique Ayala Mora

tica continental que siempre fue mucho más sutil y más abierta a la nego-
ciación, que la propia política de la jerarquía eclesiástica ecuatoriana que
era normalmente mucho más intolerante respecto de la libertad de pren-
sa y de la propia coexistencia con el liberalismo.

CONCLUSIÓN

Es un grave error, lastimosamente difundido por una tradición libe-


ral que ha permeado hasta en los intelectuales de izquierda, sostener
que durante todo el siglo XIX, las relaciones Iglesia-Estado en el
Ecuador se dieron bajo condiciones de inmovilismo. Esta breve exposi-
ción habrá aportado varios elementos para establecer que se dieron cir-
cunstancias y situaciones significativamente diversas en los tres gran-
des momentos que se han estudiado. Para destacar un hecho que aquí
no se ha tratado, aunque se ha sugerido, mencionaré también la evolu-
ción y crecimiento que experimentó el movimiento liberal desde la inde-
pendencia hasta el final del siglo. El predominio ideológico clerical y el
desafío liberal que surgió frente a él adquirieron caracteres diferentes
conforme avanzó el tiempo.
Pero aunque los cambios mencionados no deben despreciarse, la
imbricación Estado-Iglesia y sus complejas realidades no podían ser
superadas en el marco del Estado Oligárquico Latifundista. Este tuvo
que venirse abajo para que se abriera un proceso de consolidación del
laicismo. Y esto se dio solamente con el triunfo liberal de 1895, que dio
paso a las reformas políticas y constitucionales que fueron consagradas
en la Constitución de 1906, por muchos motivos un referente en la vida
del Ecuador.
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La relación Iglesia-Estado en el Ecuador del siglo XIX 213

EL “LIBERALISMO TEOLÓGICO”
A escasos meses de la muerte de García Moreno, circuló en Quito (enero de 1877)
un folleto de carácter polémico denominado Carta a los Obispos. Su autor, Manuel
Cornejo, planteaba las principales tesis del “liberalismo teológico”.1 “Al dirigirme a
Vos, respetables prelados –decía–, no tratamos de remover la piedra en que descan-
san la fe y las creencias de los pueblos. Amamos la religión de nuestros padres y todo
lo que ella contiene de bueno y de grande. Llenos de respeto por lo pasado, estudia-
mos lo presente y pensamos en lo porvenir. No somos impíos, y Dios nos guarde de
serlo. Empero, serán estas preocupaciones tan dignas de veneración, que sea menes-
ter sacrificar a ellas la razón, la virtud, la justicia y todo lo que la verdad procura en
bien de los hombres?”2 Acudiendo a la autoridad de los santos padres, de los papas,
de algunos prelados y polemistas europeos, especialmente de Montalambert; ponía
de relieve las discrepancias entre los obispos ecuatorianos y los del Viejo Continente,
sobre la libertad y sus consecuencias.
El folleto trata de la libertad religiosa, separación de la Iglesia y del Estado, libertad
de prensa, tolerancia de cultos y la actitud de los obispos ante el progreso. En general
planteaba la posición de la Iglesia sobre los cambios producidos en la humanidad y
sus repercusiones. La Carta está llena de argumentos de autoridad e incluye, además,
observaciones sobre la interpretación de la Biblia y el progreso de las ciencias.
Desde los primeros días de su circulación, el folleto fue considerado muy peligroso.
Los prelados lo condenaron unánimemente en términos drásticos. “(…) y prohibimos
–decretaba el arzobispo Checa– bajo pena de excomunión ipso facto icurrenda, a todos
los fieles de nuestra Arquidiócesis, la lectura, retención y circulación del folleto (…)”.3
Las penas más severas recayeron sobre el autor y sus potenciales lectores.4 La tesis
que mayor reacción despertó fue la que planteaba, por primera vez y abiertamente, la

1. Cuando la corriente liberal alcanzó fuerza y coherencia, a finales del siglo XIX, cues-
tionó duramente la vinculación del Estado y la Iglesia. De este modo, invadió el campo
de la Teología católica. El eje del debate se desplazó. El punto definitario de las posi-
ciones no era ya la actitud sobre los “gobiernos fuertes” o “gobiernos débiles”, sino un
conjunto orgánico de postulados, una postura ética, metafísica y religiosa. Algunos
historiadores han querido ver en este corte el tránsito de un “liberalismo puramente
político”, a un “liberalismo teológico”.
2. Manuel Cornejo Cevallos, Carta a los Obispos, Quito, enero 20 de 1877, Imprenta de Ma.
V. Flor, p. 1 (Se reeditó en: Federico González Suárez y la polémica sobre el Estado laico,
Quito, Banco Central del Ecuador/Corporación Editora Nacional, 1980, pp. 411-440).
3. “Decreto del Ilmo. Rvmo. Dr. Dn. José Ignacio Checa y Barba” (Para la Historia del
Ecuador –Anexo–, p. 42).
4. “Nos, el Dr. Remigio Estévez de Toral, por la gracia de Dios y de la Santa Sede, Obispo
de Cuenca: Constituidos por Dios, Nuestro Señor, Maestros de la verdad y custodios
de la Casa de Israel, no puede sernos indiferente la suerte de nuestro rebaño y la con-
servación del sagrado depósito de la fe… (luego menciona la aparición de la carta y
continúa)… En el mencionado folleto están consignadas éstas y otras herejías y blas-
femias reprobadas, ya por las Sagradas Escrituras, y por la autoridad infalible de la
Santa Sede (…). En esta virtud, siendo propio de nuestro cargo pastoral velar a fin de
que se conserven entre nuestros diocesanos la pureza, la fe y la integridad de la doc-
trina católica, y haciendo mérito del anterior informe, en uso de la autoridad que
hemos recibido del Cielo, prohibimos, aun a aquellos que han obtenido licencia, de leer
libros prohibidos, bajo pena de excomunión mayor, la lectura y retención del mencio-
nado folleto Carta a los Obispos. Señalamos, además, el plazo de ocho días, contados
desde que el presente auto llegare a vuestro conocimiento, para que el indicado folle-
to sea consignado ante nos a nuestro Vicario General…”
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214 Enrique Ayala Mora

separación de la Iglesia y el Estado. Ante la afirmación del obispo Toral de que esa
separación no podía ya “nombrarse sin incurrir en las penas de la Iglesia”, insistía:
La unión de la Iglesia con el Estado fue invención de los déspotas, como medio más fácil de
dominar los pueblos subyugando a la vez el cuerpo y la conciencia… Como careciesen de
prestigio para gobernar las naciones, solicitaron el apoyo de la Iglesia, fingiendo protegerla,
cual si una institución divina necesitara para sostenerse el auxilio de la fuerza.
Establecida la alianza, el Estado se ingirió en las cosas de la Iglesia y la Iglesia en las del
Estado, autorizándose mutuamente la usurpación de sus atribuciones. Desde entonces, en
vez de fortalecerse, se rompió la unidad de la fe. Los sacerdotes dictaron leyes civiles y pena-
les y calificaron las guerras, los asesinatos, las persecuciones, la violación del derecho supre-
mo de los pueblos, como inspiraciones de la providencia en bien del orden. Los magistrados,
legos y a su vez, se introdujeron en el santuario, y tomaron parte que les correspondía en las
decisiones canónicas y en los concilios, arrogándose la potestad de nombrar arzobispos, obis-
pos, canónigos… Unidos para sostenerse, el Estado convirtió a la Iglesia en instrumento de
su ambición, y la Iglesia dispuso al Estado a favor de sus intereses. De este modo, si un ambi-
cioso audaz y afortunado, logra apoderarse del poder civil, los sacerdotes y todo el cuerpo reli-
gioso tienen que tributarle, en virtud del pacto, los honores debidos como a Soberano de la
tierra, so pena de ruptura, sea éste un malvado, un traidor, un perjuro ¡Concesiones mise-
rables, unión vergonzosa y humillante para la Iglesia.5

Remataba la argumentación con numerosas citas de prelados franceses que


defendían la “separación de la Iglesia y el Estado, sin incurrir en las penas de la
Iglesia”. Ante esta afirmación, los eclesiásticos respondieron con posiciones más bien
diversas. Los más integristas y ultramontanos se limitaron a repetir la doctrina
medieval sobre la unidad religiosa, al tiempo que pasaban por alto o condenaban la
posición de los escritores católicos franceses que abordaban la cuestión. Decía un
folleto, aparecido en Quito a pocos días de la Carta:
La unión de la Iglesia y del Estado no fue solo cosa meramente ocasional; está fundada en
los principios de una sana filosofía y en los más evidentes de la revelación (…) Pero cómo el
Estado independiente y soberano ha de subordinarse a la Iglesia? Debe subordinarse, por-
que la sociedad tiene como tal, obligaciones respecto a Dios, y la Iglesia ha sido construida
por Él para cuidar que las obligaciones de cualquier clase que tienen los hombres sobre la
tierra respecto de la dignidad, sean cumplidas por todos fiel y exactamente (…).
La separación de la Iglesia y el Estado es la guerra del poder contra el pueblo, de la fuerza
contra la conciencia, de la tiranía contra la libertad, del hombre, de Satanás contra Dios.6

Por otra parte, escritores eclesiásticos más lúcidos y abiertos a las corrientes
modernas respondieron al planteamiento de Cornejo, distinguiendo dos niveles en la
cuestión. Federico González Suárez, junto a los liberales-católicos franceses, afirmó,
como TESIS, que la Iglesia y el Estado deben marchar juntos. La separación consti-
tuía un mal en sí. Pero, cuando ésta ya se había producido, para evitar mayores
males y garantizar la autonomía y la libertad de la Iglesia, había que aceptar la HIPÓ-
TESIS de la separación. El Ecuador vivía una etapa de armonía entre las “dos potes-
tades” y era obligación de todos los católicos, es decir de todos los ecuatorianos,
luchar porque ésta se mantuviera. Tanto en su informe al obispo de Cuenca sobre la
Carta de los Obispos, como en sus “Exposiciones en defensa de los principios católi-
cos”, planteaba González Suárez esta doctrina.7 La Iglesia ecuatoriana, acudiendo a

5. Cornejo, Carta a los Obispos, pp. 17-18.


6. Carta a los Obispos, Imprenta de Manuel V. Flor, 1877, suscrita por un “sacerdote”.
7. “Primero. El hombre tiene un fin sobrenatural y, por tanto, la verdadera felicidad con-
siste en la posesión del fin último, del fin sobrenatural. De aquí se sigue necesaria-
mente que el hombre debe usar de todas las cosas, solamente como medios, emplean-
do los que le ayuden a conseguir su último fin y desechando los que le estorben o impi-
dan su consecución. Esta es verdad de fe.
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La relación Iglesia-Estado en el Ecuador del siglo XIX 215

la autoridad del “Sylabus” y otros documentos pontificios, condenaba la libertad reli-


giosa y tomaba drásticas medidas para mantener la “pureza de la Fe”. Los liberales
asumieron como bandera de lucha la “libertad de conciencia” y reclamaban en el
Ecuador los derechos que exigía la Iglesia en otros países para practicar libremente
sus creencias. La carta de Cornejo pone de relieve estas contradicciones: “Sin hablar
de libertad de conciencia, es decir de la libertad religiosa, es una imprudencia, resul-
ta según vos (el obispo Toral) que incurrieron en este pecado Nuestro Santísimo
Padre Pío IX, cuando en su carta de 22 de abril de 1863, recuerda a Rusia el enérgi-
co juramento de Catalina II en favor de libertad de conciencia”.8 A esto respondía
González Suárez, acudiendo una vez más a la distinción de un nivel de verdad teoló-
gica, y circunstancias reales. Siendo el catolicismo la única religión verdadera, era
natural que en aquellos países en donde no existía otra, luchara contra la tolerancia
de cultos, porque su deber era combatir el error. En naciones católicas como Polonia,
sometidas al Imperio ruso, la posición del Papa era de defensa de la “víctima contra
el verdugo” que intentaba descatolizarla. El caso ecuatoriano era diverso “(…) en
nuestra tierra, nuestra querida patria, no hay, ni ha habido jamás creencias diver-
sas; todos los ecuatorianos profesamos, como profesaron nuestros abuelos, la Santa
fe católica”.9 No existía pues, en el país, pluralidad de cultos, de modo que no se
podía hablar de libertad de conciencia.
En la Asamblea Constituyente de 1878, defendió González Suárez esta posición:
“En los países donde hay creencias religiosas diversas, los católicos defienden la tole-
rancia de los cultos, porque cuando las leyes reconocen derechos para el error, es
necesario reclamar también que sean respetados los derechos de la verdad. Tal ha
sido la conducta de los católicos en los Estados Unidos; y tal el motivo de la lucha
secular sostenida en Inglaterra, para la emancipación de la conciencia”.10 La cues-
tión se colocaba nuevamente entre la Tesis y la Hipótesis. Pero esta posición no era
compartida por toda la Iglesia. Pedro Schumacher, prelado de Portoviejo, se destacó
por su intolerancia. El problema de la libertad era para él sumamente claro:

Segundo. La sociedad ha sido instituida por Dios y ordenada en beneficio del hombre
y no el hombre en beneficio de la sociedad. Por tanto, el fin de la sociedad es prestar
al hombre auxilios interiores y exteriores, para ayudarle a conseguir su último fin.
Tercero. La Autoridad es esencialmente necesaria para la existencia y conservación de
la sociedad. Mas, como la sociedad se divide en sociedad espiritual y sociedad tempo-
ral, no pueden menos de existir dos clases de autoridades, la autoridad temporal en la
sociedad temporal o en el Estado, y la autoridad espiritual en la sociedad espiritual o
en la Iglesia (…).
Cuarto. La autoridad espiritual es independiente de la autoridad temporal y, a su vez,
ésta lo es de aquella en el ejercicio de sus respectivas atribuciones. Mas como los
miembros de la sociedad temporal, son al mismo tiempo miembros de la sociedad espi-
ritual, las dos autoridades deben guardar entre sí recíproca armonía y concordia.
Quito. De la naturaleza del fin se deducen la condición y la excelencia de la sociedad.
Como el fin del Estado es lo temporal, y como el fin de la Iglesia es lo espiritual, sígue-
se necesariamente que la Iglesia es más noble y excelente que el Estado, porque lo espi-
ritual es de mejor condición que lo temporal” (“Tercera Exposición en defensa de los
principios Católicos”, en Nueva Miscelánea, Quito, Imprenta del Clero, 1910, p. 139).
8. Cornejo, Carta a los Obispos, p. 15.
9. Federico González Suárez, “Informe presentado al Ilmo. señor obispo de Cuenca, acer-
ca del folleto titulado Carta a los Obispos”, en Nueva Miscelánea, Quito, Imp. del Clero,
1910, p. 41.
10. González Suárez, “Discurso en defensa de la Unidad Religiosa del Ecuador, pronuncia-
do en la sesión del 27 de febrero”, Convención de Ambato, 1878, (Miscelánea, Quito,
Imprenta del Clero, 1909, pp. 128-129).
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216 Enrique Ayala Mora

Pasaron los tiempos de religiosa y humilde fe, en que bastaba exponer e inculcar los miste-
rios y dogmas revelados y los preceptos de la Iglesia, siendo doctrina reconocida por la razón
natural que, cuando Dios ha hablado, el hombre debe inclinar su inteligencia y voluntad a
esta autoridad soberana. ¡Hoy ya no es así! Se ha levantado una secta atrevida y astuta que
con el nombre de “liberal” pretende negar y atacar la soberanía de Dios, y proclama la del
hombre en su lugar; una secta que negando los derechos de Dios sobre el hombre, quiere
colocar las sociedades humanas sobre una base nueva que llaman “moral libre, moral inde-
pendiente”.
Esta secta tiene su código propio, formado por los artículos que formuló la revolución fran-
cesa con el título de “derechos del hombre”. Código impío y ateo, cuya perversidad se halla
como condensada en la pretensión de que el hombre y la humana voluntad sean la fuente
única de todos los derechos.11

Los ideólogos liberales argumentaban contra las limitaciones de la libertad religio-


sa, porque los eclesiásticos, políticos activos y pastores al mismo tiempo, utilizaban
contra sus adversarios las armas y recursos de su estado. De allí que la polémica más
notable se haya dado alrededor de la libertad de imprenta. “Libertad de hablar sin
libertad de pensar, no existe; –decía Montalvo– al menos que tengamos la de publicar
necedades, entorpecer los derechos del hombre y proferir vituperios contra los que
toman por suya su defensa. Esta es la única libertad de que gozan los católicos dife-
rentes de Montalambert y Dupanloup, junto con la de tener encadenado el trabajo con
el diezmo, el cuerpo humano con los derechos mortuorios, el espíritu con las llaves
del infierno”.12 Y Peralta reafirmaba estas denuncias con su estilo incendiario:
Y no se diga que os calumnio, a mi vez; porque en contra vuestra se están levantando esas
prohibiciones inconsultas y absurdas, esos anatemas descabellados y anticanónicos, esos
castigos infamantes empleados para subyugar las conciencias y matar el pensamiento.
“Prohibimos bajo pena de excomunión, la conservación, lectura y divulgación de todo impre-
so Que saliere en adelante de la imprenta La Linterna (…) aún en el caso en que se cambia-
ra el nombre de la imprenta”, leo en un auto de un obispo, que, por otra parte, yo diría Santo
(Auto del obispo León, 17 de abril de 1889).
¿Qué prohibía su ilustrísima señoría, si no podía prejuzgar los escritos que aún no se habían
publicado? ¿Y los impresos salidos de “La Linterna” eran buenos y útiles, también quedaban
prohibidos? ¿Qué herejía, qué impiedad, qué ataque al dogma o a la moral, en impresos que
todavía no existían? ¿Tienen acaso estos prelados la habilidad de leernos los pensamientos y
adivinarnos las más recónditas intenciones?
“Declaramos excomulgados, no solo a los autores que sigan su infame tarea, sino también a
los impresores, a los dueños de la imprenta y a los dueños de las casas donde ellas se hallan”.
Escribió un obispo hace pocos años (auto del obispo Massiá y Vidiella, 14 de marzo de 1890),
sin cuidarse siquiera de lo que dirían del Ecuador las naciones cultas, al ver que toleramos
ofensas tan descomunales a la civilización del siglo. Estos dos prelados, y otros más de la
República, lo que prohíben es el pensamiento mismo, pues su anatema no se dirige contra
ningún error presente y determinado: quieren ahogar entre sus morados ropajes a la con-
ciencia pública; y despedazar con el cayado el grandioso invento de Gutemberg. ¡Guerra a la
luz! ¡Guerra al progreso! ¡Guerra a las ideas que son las redentoras de los pueblos!13

Los obispos y sacerdotes utilizaron en gran escala la censura de prensa contra sus
adversarios. Incluso exigieron el auxilio de la autoridad civil para obtener la clausu-
ra de publicaciones condenadas por razones religiosas. En repetidas oportunidades

11. Pedro Schumacher: “La Sociedad Civil Cristiana según la Doctrina de la Iglesia Roma-
na”, citado por L. Dautzebreg C. M., Ilmo. Sr. Pedro Schumacher, obispo de Portoviejo
(traducción de Wilfrido Loor), Quito, Editorial Ecuatoriana, 1868, p. 306.
12. Juan Montalvo, Siete Tratados: Réplica a un sofista seudocatólico, París, Garnier her-
manos, 1930.
13. José Peralta, “El libre pensamiento” (dedicado a los prelados), en Años de lucha,
Cuenca, Edit. Amazonas, 1973, pp. 12-13.
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La relación Iglesia-Estado en el Ecuador del siglo XIX 217

publica el Diario Oficial solicitudes de los prelados al ministro de Cultos, para que “se
sirva impartir las órdenes más eficaces, a fin de que se impida la circulación del nom-
brado periódico”.14 Al mismo tiempo, la prensa oficial publica los autos episcopales
y decretos de la “Sagrada Congregación del Índice” de Roma, que establecía una
nómina de los libros prohibidos por la Iglesia.
La prensa liberal, que había combatido la atribución de los obispos de censurar los
escritos, lanzó una campaña contra la censura eclesiástica: “Lo que creemos que debe
impedirse a todo trance, y cueste lo que cueste, es que los prelados de la Iglesia
Católica intervengan en los asuntos encomendados al Poder Civil, (…) y quieran que las
censuras que dictan, dirigidas únicamente a la conciencia de sus fieles, sean impues-
tas por las autoridades civiles con la fuerza y la violencia. El día que eso se admita, el
Estado no será nada y la Iglesia o sus dignatarios, lo serán todo; la soberanía nacional
desaparecerá y el gobierno de los pueblos pasará de mano de los poderes públicos crea-
dos por las instituciones a manos de los obispos y primados de la Iglesia”.15
La campaña clerical contra los periódicos liberales arreció. Cada enfrentamiento
de los obispos y sacerdotes con progresistas, radicales y moderados trajo condena-
ciones y clausuras. El prelado de Loja, Massiá y Vidiella, condenó los periódicos que
criticaron su negativa de celebrar el centenario del nacimiento de Sucre.16 La Iglesia
no aceptaba la libertad de prensa sino dentro de ciertos límites. Expresa González
Suárez: “Es posible la absoluta libertad de prensa en política? Preguntádselo a los
déspotas, ¿Será lícita? Si sois liberales me responderéis que sí; y yo os contestaré que
estáis errados. En efecto el derecho natural está sobre el liberalismo, y para usar de
la prensa, debéis tener ciencia y conciencia: la ciencia para no decir errores y dispa-
rates; y la conciencia, para no ser insolentes”.17 Y en cuestiones dogmáticas, sería
mucho más reducida:
La libertad de imprenta no puede ser ilimitada en materias religiosas, porque en estos asun-
tos, el Concilio de Trento tiene establecida la censura previa de los escritos, y para los cató-
licos, si queremos serlo deveras, las prescripciones de la Iglesia son leyes inviolables que no
es lícito quebrantar jamás (…) Depositaria de la verdad, poseedora de una doctrina infalible,
acepta la discusión, porque sabe que la verdad triunfa siempre del error. Si prohíbe los escri-

14. La solicitud va acompañada de esta condenación: “Nos, José Ignacio Ordóñez, por la
Gracia de Dios y de la Santa Sede Apostólica, arzobispo de Quito. Con el objeto de elu-
dir la condenación y prohibición de la lectura de El Tiempo impartida por nuestro
Provicario General en dos del presente, los redactores de este diario, variando en parte
el nombre de él, se proponen continuarlo, sin variar su índole y conocidos propósitos,
como se deja ver en ya no pocas proposiciones y juicios de El Radical, sucesor de El
Tiempo. Por tanto, y en uso de nuestra autoridad pastoral, extendemos al diario de este
nombre la condenación precitada. Ofíciese al señor ministro de Negocios Eclesiástico,
para que dicte las medidas más oportunas a efecto de impedir su circulación y hága-
se saber a los fieles el presente Decreto en la forma acostumbrada”. (Diario Oficial,
Quito 8 de febrero de 1893, No. 92).
15. El Globo, Guayaquil, 22 de febrero de 1889.
16. Una hoja suscrita por “Lojanos” respaldaba al obispo: “No es posible guardar silencio,
ni una tolerancia mal entendida ante los estragos que el espíritu del mal va realizan-
do en nuestras masas. Ayer El Globo, El Tiempo y otros bostezos del averno vomitaban
inmunda baba sobre el dogma de la presencia real y de la Inmaculada Madre de Dios.
Hoy el Diario de Avisos, con audacia increíble, llama lobos y anticristos a los más pre-
claros Obispos del Ecuador, y proclamándose hijo de Lucifer, califica del hermano del
mismo al Ilmo. Prelado de Loja, por no haber puesto el culto católico al servicio del cen-
tenario del Gran Mariscal” (16 de abril de 1895).
17. Federico González Suárez, “Informe presentado al Ilmo. Señor obispo de Cuenca acer-
ca del folleto titulado Carta a los Obispos”, p. 30.
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218 Enrique Ayala Mora

tos malos, lo hace únicamente para que los incautos no sean heridos por armas que, pues-
tas en manos no acostumbradas a manejarlas, causan daños irremediables.18

Pese a las condenaciones y prohibiciones, la prensa liberal ganó terreno. En víspe-


ras de la revolución de 1895, se publicaban al menos cinco periódicos radicales que
combatían duramente el clero, al tiempo que hacían profesión de fe cristiana. Los libe-
rales “teológicos” se sentían parte de un cristianismo “santo”, “civilizador”, basado en el
amor y la libertad, frente al que había otro, que nada había tomado de Cristo, que era
“corrompido”, enemigo de las “conciencias”, “espurio”, “puntal de los tiranos” y “enemi-
go del progreso”. “Decídme –decía Peralta a los Obispos– por qué os paráis en nuestra
senda y procuráis detener a la humanidad que se va de triunfo en triunfo, conquistan-
do inmarcesibles lauros a cada paso?”19 Y los más extremistas de entre los sacerdotes
respondían: “¡Progresistas! Si hubiéseis inventado el ferrocarril hubiéramos creído que
lo inventábais para iros por vapor a la barbarie, a la necedad, a la locura …”20
Decía Cornejo: “Negar el progreso es negar a Cristo. El Cristianismo es esencial-
mente progresista; es fruto de la agitación mental de muchas generaciones (…)”; y
pregunta a los obispos más adelante: “(…) Sin la teoría del progreso, ¿cómo explica-
ríais los Hechos de los Apóstoles y las decisiones de los Concilios? ¿Y cómo podríais
concebir la idea de progreso, sin concebir al mismo tiempo la idea de libertad? El pro-
greso es la síntesis de la libertad; y la libertad es para la Iglesia el primero de sus
bienes; la primera de sus necesidades. Pero la Iglesia, dice Montalambert, no puede
ser libre sino en el seno de la libertad general”.21 Por su parte el obispo Arsenio
Andrade enseñaba:
La Iglesia es llamada por sus enemigos oscurantista y retrógrada, extremadamente estacio-
naria y defensora de ideas anticuadas, porque no admite el humo de paja de las teorías utó-
picas que a cada momento crea la investigación; pero las ideas orgullosas de un siglo las
entierra otro. Los muertos entierran a sus muertos y la misma falsa teoría se entierra a sí
misma; el error muere combatido por el error, la mentira por la mentira; y cuando desapare-
cen de la escena, queda de pie solo la verdad eterna e inconmovible de la Iglesia.22

La Iglesia combatía a quienes pretendían cuestionar determinadas creencias en


nombre de los progresos científicos. Revisar las interpretaciones vigentes de la Biblia
era echar abajo toda la coherencia de la ideología medieval que justificaba las rela-
ciones sociales vigentes. Por ello, la polémica alcanzó niveles tan violentos. Se deba-
tía, no sobre una u otra cuestión aislada, sino sobre dos visiones del mundo, dos
concepciones de la libertad, del progreso, de la verdad. A las enardecidas denuncias
sobre el atraso y oscurantismo en que se hallaba el Ecuador, se ponían las patéticas
descripciones de los países a los que el liberalismo había llevado a la impiedad y a la
barbarie.23 A un aparato eclesiástico conducido por pastores inteligentes y combati-

18. Federico González Suárez, “Discurso sobre la libertad de imprenta”, pronunciado en la


Convención de 1878, Miscelánea, p. 112.
19. José Peralta, “El Progreso” (dedicado a los obispos), p. 93.
20. Cornejo, Carta a los Obispos, p. 13.
21. Ibíd., pp. 12-13.
22. Arsenio Andrade, Vigésimo Segunda Carta Pastoral, publicada con motivo del cuarto
centenario del descubrimiento de América, 1892 (citada por Loor, Mons. Arsenio Andra-
de, pp. 71-72).
23. El arzobispo de Quito, Pedro Rafael González y Calisto, enseña en su novena pastoral:
“El Liberalismo dice, que viene a sacar al pueblo de las tinieblas a la luz, llamando, en
su atrevida ignorancia, oscurantismo a la sabiduría cristiana. No le creáis: el verdade-
ro sol de las inteligencias es Cristo, su Iglesia es la columna y fundamento de la verdad.
Apagada la antorcha de la fe, el liberalismo no difundirá en nuestro territorio sino los
resplandores siniestros del infierno, que si bien relampaguean entre las sombras de
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La relación Iglesia-Estado en el Ecuador del siglo XIX 219

vos, se oponía un grupo cada vez más numeroso de liberales que predicaban un cris-
tianismo vertido en moldes racionalistas y positivistas.
Los obispos, en especial los más intransigentes, asumieron como cruzada la des-
trucción del liberalismo. “No es extraño que los pretendidos derechos del hombre
–sostenía Schumacher–, hayan atribuido al hombre el derecho de manifestar y ense-
ñar de viva voz y por la imprenta, todos los errores y todas las impiedades, sin tomar
en cuenta la autoridad de Dios y de la Iglesia. Si éstas son las máximas fundamen-
tales del liberalismo, quién podrá dudar todavía de que esta secta se proponga la
ruina completa de la moral y de la religión del Cristianismo?”.24 La jerarquía católi-
ca ecuatoriana dio tal importancia a la cuestión, que el “Concilio Provincial Quitense”
de 1885 emitió una carta pastoral conjunta del episcopado sobre el “peligro liberal”.
Este documento, luego de esclarecer algunos principios que fundamentaban la reu-
nión del Concilio y ratificar una vez más que su palabra era la de Dios, plantea:
Hoy el liberalismo es el error capital de las inteligencias y la pasión dominante de nuestro
siglo; forma él una como atmósfera infecta que envuelve dondequiera el mundo político y reli-
gioso, y es el peligro supremo de la sociedad y del individuo. Enemigo gratuito, injusto y cruel
de la Iglesia Católica, hacina en loco desvarío todos los elementos de su destrucción y muer-
te para proscribirla de la tierra; falsea las ideas, corrompe los juicios, adultera las concien-
cias, enerva los caracteres, enciende las pasiones, avasalla a los gobernantes, subleva a los
gobernados; y no contento con extinguir, inconsciente y atrevido, la lumbre misma de la
razón natural, este enemigo asustado e infatigable anda, como león rugiente, alrededor de
todos los pueblos y naciones buscando a quien devorar.25

Reconoce la Pastoral la imposibilidad de dar una breve definición del liberalismo,


que no es una doctrina aislada, sino un conjunto orgánico que abarca la metafísica,
la moral y la política. Acude a la autoridad de los documentos pontificios que habían
condenado ya al liberalismo. Luego se concreta a establecer las diferencias de “grado”
entre el “liberalismo absoluto o radical”, “liberalismo moderado” y “liberalismo católi-
co o catolicismo liberal”. El primero resume su doctrina en fórmula: “La Iglesia está
en el Estado”, es decir en la sujeción de la sociedad espiritual frente a la política. El
segundo se concreta en: “Iglesia libre en estado libre”, es decir en la separación de las
dos potestades. El tercero afirma que “la Iglesia debe ceder a los tiempos y a las cir-
cunstancias”. Todas estas afirmaciones y doctrinas son condenadas como pernicio-
sas y la última quizá con mayor energía. La pastoral define al liberalismo como “una
culpa grave, un pecado mortal que los directores de la conciencia y los penitentes
deben examinar con diligencia, siempre que se trate de la participación de nuestros
divinos misterios”.26
Reitera la carta las anteriores condenaciones a la afirmación de que la Iglesia nada
tiene que ver con la política. En tanto la política depende de la moral, dice, ésta es una
cuestión eminentemente religiosa. Asimismo se reprueba las afirmaciones sobre la
necesidad de separar la Iglesia del Estado. A este efecto acude a la doctrina medieval
de la soberanía, enunciada por el Papa Bonifacio VIII.27 Al mismo tiempo se observa

noche profundísima, no ofrecen sin embargo a los ojos despavoridos sino el espectácu-
lo muy triste de disolución y ruinas lamentables. Creédnoslo: el liberalismo es el retro-
ceso de la inteligencia a las tinieblas de la barbarie” (Quito, Imprenta del Clero, 1895).
24. Pedro Schumacher (citado por Dautzemberg), p. 307.
25. Carta pastoral que los Obispos del Ecuador, reunidos en Concilio Provincial, dirigen a
sus diocesanos, Quito, Imprenta del Clero, 1885, pp. 7-8.
26. Ibíd., pp. 18-19.
27. “Si la sociedad civil y política se compone de miembros esencial e intrínsecamente
contingentes y dependientes; las sociedades civiles y políticas son también contin-
gentes y dependientes (…) Así confutó Bonifacio VIII a los fautores de la autonomía
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220 Enrique Ayala Mora

la ventaja de mantener la unidad: “(…) Su teoría de la emancipación y la separación


de la Iglesia del Estado, lejos de favorecer a la autoridad política, la combate y amen-
gua hasta anonadarla, hasta ponerla en condiciones en que no le es posible promover
el fin temporal de sus asociados. Aun los paganos comprendieron que, religión, moral,
unidad de pensamientos, conformidad de voluntades, respeto y obediencia al poder
constituido, eran elementos vitales de la sociedad y auxiliadores eficacísimos del
gobierno en el ejercicio de sus funciones (…)”.28
Frente al innegable avance de ciertas ideas de corte liberal católico, los obispos
ecuatorianos reiteraron su condenación e invitaron a sus adeptos a un sincero exa-
men de conciencia. “Si la sentencia os condena como reos de liberalismo; consolaos
con que esta se ha pronunciado en el tribunal de la misericordia con el único objeto
de exitaros al arrepentimiento, y a la enmienda (…)”.29 Al fin, la pastoral ofrece varios
“medios”, “remedios” y “reconstituyentes” para evitar o superar la enfermedad del
liberalismo; reafirma la unidad de la Iglesia y su carácter de depositaria de la verdad.
El enfrentamiento fue duro, pero al final triunfaron los liberales con la revolución
de 1895.

del Estado, en su Bula Dogmática que comienza “Unam Sanctam”, la cual termina
con estas solemnes palabras: “(…) declaramos, definimos y pronunciamos que el
someterse al Romano Pontífice es a toda criatura humana un medio absolutamen-
te necesario para conseguir la salvación eterna” (citado en las pp. 25 y 26).
28. Ibíd., p. 27.
29. Ibíd., p. 39.
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4
El Municipio en el siglo XIX*

E
INTRODUCCIÓN

ste tema ha sido mi preocupación durante años, aunque nunca lo


he investigado en forma sistemática sin embargo, a lo largo del
tiempo de transitar por los papeles públicos, por las notarías y la
bibliografía del siglo XIX, he ido esbozando una propuesta más bien
descriptiva sobre qué eran los municipios y cómo funcionaban en el
siglo XIX. Más que un esfuerzo interpretativo, para el cual no creo que
en el Ecuador estamos preparados por falta de información y de mate-
rial de primer grado, lo que aquí pretendo es darles a ustedes una des-
cripción sistematizada, organizada, de qué eran y cómo operaban las
municipalidades en el siglo pasado.
Antes de pasar a revisar el esquema básico del funcionamiento mu-
nicipal, quisiera hacer una observación de tipo general. Existe la idea
entre quienes han investigado la historia del siglo XIX, de que el Estado
es solo el Estado Central, con sus estructuras asentadas en Quito fun-
damentalmente. Aún ahora en algunos casos se identifica al Estado con
el Gobierno. Pero en una sociedad como la ecuatoriana decimonónica,
el Estado no puede ser entendido como una institución única y centra-
lizada que maneja el ejército, las relaciones exteriores, los trámites de

* En la lectura de este texto debe tomarse en cuenta que el énfasis del análisis está puesto
en los municipios de la Sierra. Los costeños, salvo el de Guayaquil, tenían un funcio-
namiento algo diverso y ciertamente más irregular, por lo general. Algunos elementos
complementarios a este análisis se mencionaron en las respuestas a preguntas, que aquí
no se incluyen por limitación de espacio.
Una versión inicial de esta conferencia fue presentada en la Primera Maestría de Historia
Andina realizada en Quito por Flacso, en 1985. La versión que aquí se transcribe corres-
ponde a la exposición sustentada ante el Plan Maestro del Centro Histórico de Quito, en
febrero de 1989. Fue publicada en Procesos: revista ecuatoriana de Historia, No. 1, Quito,
Corporación Editora Nacional, II semestre 1991.
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222 Enrique Ayala Mora

aprobación de leyes en el Congreso; sino que también abarca otras


dimensiones con un alto nivel de descentralización, la más importante
de todas ellas, desde luego la Iglesia, que es parte del Estado pero tiene
sus niveles de descentralización. El municipio es otra de las grandes
corporaciones que funcionan dentro de ese Estado, pero que asimismo
tiene su propia especificidad y sobre todo altos niveles de autonomía. Se
pueden mencionar otras corporaciones menores dentro del funciona-
miento estatal ecuatoriano, pero eso sería objeto de otra discusión que
no viene al caso.
Partimos de la advertencia de que el Estado no es solamente el
Gobierno y las instancias administrativas que residen en Quito: la fun-
ción ejecutiva, legislativa y judicial, sino que el Estado es el conjunto de
las instancias de dirección política de la sociedad, del ejercicio del poder,
y entre ellas el Municipio.

¿QUÉ ERAN LOS MUNICIPIOS?

Quisiera que comenzáramos haciendo un esfuerzo por ubicarnos en


el siglo XIX, es decir en el período que va desde la vinculación de nues-
tro país a Colombia hasta 1895, en que se produce la Revolución
Liberal. Digamos alrededor de 60-70 años de funcionamiento de una
estructura municipal muy concreta, muy importante en el país y desco-
nocida al mismo tiempo.
¿Qué era entonces el municipio que funcionó en este período, en el
siglo XIX? Era una corporación que representaba los intereses locales.
Y esto debe ser analizado en cada una de sus palabras. Primero era una
corporación; la ley incluso varias veces se refiere a los municipios con el
genérico de las “corporaciones municipales”. En el siglo XIX el que el
Municipio se definiera como una “corporación” solamente reafirma una
concepción corporativa de la Sociedad y del Estado, es decir una forma
de entender la realidad en la cual había diversas instancias de organi-
cidad social que tenían puntos de autonomía y de contacto, al mismo
tiempo en que la propia sociedad política y la sociedad civil no estaban
diferenciadas pero, por otro lado, existía una convicción de parte de los
sectores dominantes y también amplios sectores subalternos, de que la
sociedad se componía de diversas instancias organizativas, de un agre-
gado de diversas sociedades menores. El Estado Central, en definitiva,
era solamente una instancia frente a estas diversas sociedades meno-
res. Esto es un punto muy importante porque a las regiones, o a los
antiguos departamentos, se los entendía corporativamente, a los muni-
cipios se los entendía corporativamente, a tal punto que desde el primer
momento, incluso los municipios eran personas jurídicas distintas del
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El Municipio en el siglo XIX 223

Estado, como también la Iglesia era otra persona jurídica de derecho


público. Es decir había una concepción distinta de la que nos viene de
la Revolución Liberal, en la cual el Estado regula todas las funciones de
la sociedad política. Hay una indiferenciación entre niveles, pero al
mismo tiempo una diferenciación de las personas corporativas en orga-
nización de la sociedad. La familia, otro ejemplo, se entiende como una
corporación, a tal punto que muchas veces la legitimidad de un golpe de
estado, de una candidatura, es el pronunciamiento de una “asamblea de
padres de familia”. El municipio, la junta de los vecinos, es otra unidad
corporativa. La región, la provincia, son unidades corporativas y no pu-
ras divisiones administrativas.
Ahora bien, desde el inicio de la vida de la república, tan pronto
como 1835, ya con antecedentes en la constitución colombiana; se divi-
de el país en provincias, cantones y parroquias. La división se consoli-
da en 1835, en que no se menciona constitucionalmente los departa-
mentos. De esa manera queda establecida una forma de ejercicio del
poder, que no solamente implica que el Estado Central, a través de dele-
gados, ejerce la dirección política sino que al revés, se ejerce también el
poder desde términos locales.
Es evidente que esta forma de concepción corporativa de la dirección
local no nace de una visión republicana de la vida pública, tiene hondas
raíces coloniales. No es ninguna novedad para ninguno de nosotros que
el cabildo sea el origen del municipio. En términos del aparato central del
Estado se dio una enorme ruptura de lo que fue la burocracia colonial a
lo que fue la dirección de la república. Hay un cambio en el concepto de
representación, las propias denominaciones de las funciones públicas
cambian radicalmente. En cambio, lo que se puede descubrir es una con-
tinuidad en lo que se refiere al cabildo colonial y al municipio republica-
no, a tal punto que hasta ahora seguimos, cuando queremos ser elegan-
tes, diciendo el “Cabildo quiteño” o el “Cabildo ambateño”.
Se consideraba al cabildo como la raíz del municipio; el cabildo había
sido efectivamente instrumento poderoso de expresión de intereses loca-
les, en algunos casos como el de Quito, Guayaquil de intereses regiona-
les, y contra todo el desprestigio al que había llegado el régimen de la
Corona, el Cabildo se había revalorizado en el prestigio social de enton-
ces; de manera que el cabildo no llegó quebrado a la República. El
Cabildo llegó mucho más vigoroso y prestigioso, lo cual es muy importan-
te destacar; porque aunque se producen cambios, que los vamos a ver,
esos cambios son más bien de corte administrativo y de denominación,
pero no cambios de la naturaleza del funcionamiento del poder local.
Entre 1830 y 1859 se conservan los cabildos cantonales y se ensa-
yan también en ciertos años “cámaras provinciales”. Sin embargo, estas
cámaras provinciales prácticamente no funcionaron y se transformaron
ECUADOR SIGLO XIX (finalizado) 7/6/11 11:37 AM Page 224

224 Enrique Ayala Mora

solamente en cuerpos electorales de manera que el poder real sobre los


asuntos locales siguió asentado en el municipio cantonal.
De 1860 a 1877 incluso se establece una forma de organización
parroquial municipal, es decir se dan tres niveles: provincial, cantonal
y parroquial. Pero eso no funcionó. El eje fundamental siguió siendo el
cabildo cantonal y así lo reconoce la ley de 1878, que vuelve a estable-
cer un esquema doble de municipio en cámaras provinciales y cámaras
cantonales. Sin embargo, las cámaras provinciales en algunas provin-
cias ni siquiera llegaron a organizarse; de manera que el poder real
seguía asentado en el funcionamiento municipal y eso se consolida con
la Revolución Liberal. Desde 1896-1897 en que se reúne la Constitu-
yente liberal, incluso ya no se vuelve a mencionar la existencia de cáma-
ras provinciales sino que establece la existencia del municipio como el
órgano básico de régimen seccional electivo. En esos años se cambia la
propia concepción corporativa del municipio y se hace una innovación
en lo que se refiere al funcionamiento municipal en el siglo XX.
El Municipio era en el siglo XIX aquella instancia de la vida públi-
ca que estaba vinculada a la cotidianidad; estaba cerca de los ciudada-
nos comunes y corrientes, en buena parte artesanos y medianos propie-
tarios. Eso le daba al Municipio un gran nivel de representatividad,
desde luego, y también conflictividad para ciertas cosas como vamos a
ver. Es decir, el Municipio nunca estuvo en crisis, visto desde esa pers-
pectiva, como el Estado Central estuvo en crisis muchas veces. Se pensó
frecuentemente en cambiar las formas de organización del Estado; se
pensó hasta en disolverlo, pero nunca a nadie se le ocurrió plantear, al
menos de lo que yo haya visto, que se suprima el régimen municipal.
Aun las iniciativas de cambiarlo fueron muy escasas en el siglo XIX. Se
creía que como funcionaba, funcionaba aceptablemente. Y en esto hubo
una especie de consenso, que el municipio es la instancia de estabilidad
frente a la inestabilidad reinante en las alianzas nacionales y a nivel
regional. Esta es una de las características básicas del funcionamiento
del Municipio en el siglo XIX.
El Municipio tiene una imagen de solidez, de estabilidad de raíz
colonial. Para muchos significa que aquello que ha continuado de la
Colonia es lo que realmente vale. Las innovaciones republicanas que
están “contra la naturaleza de nuestro pueblo” son simplemente nove-
dades que nos han traído solamente el caos y la inestabilidad. Desde el
punto de vista ideológico la solidez del Municipio tiene esa raíz colonial
que debe estudiarse con profundidad, los municipios tienen patrono
colonial en casi todas las ciudades, incluso hasta ahora usan los títulos
que se les concedió por parte del Rey de España como “Muy noble y Muy
leal”. El municipio sigue siendo “Ilustre”, y a veces se los denomina con
nombre tradicional de “Cabildo” o “Ayuntamiento”.
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El Municipio en el siglo XIX 225

COMPOSICIÓN SOCIAL

Integración de los municipios


Desde la Constitución y luego desde la Ley de División Territorial
Colombiana, quedó establecido definitivamente que el régimen seccional
era electivo. El funcionamiento municipal colonial había sido diverso.
Cada cabildo negociaba con la Corona las Condiciones de su integra-
ción. Al principio comenzaban siendo cuerpos electivos en una propor-
ción alta y posteriormente las funciones municipales terminaron siendo
de nominación de por vida por parte de la Corona a cambio de una
entrega de dinero. La República cambia esa concepción y los municipios
se vuelven electivos. La Corporación Municipal se elige entonces anual-
mente, hasta 1887 en que se establece la duración bienal de los miem-
bros de los concejos, que hasta ese momento se llamaban indistinta-
mente “concejales”, “concejeros” (sic) o “consejeros”, la sistematización
del nombre “concejal” viene desde esta Ley.

La representación
El número de los integrantes municipales era de 5 a 11, dependien-
do del número de habitantes cantonal. El ejercicio de la representación,
como ahora, era obligatorio. Por otra parte, era gratuito. Los concejales
no percibían, salvo excepción si tuvieran que movilizarse, ninguna can-
tidad como remuneración.
En términos políticos, los concejales no eran responsables de las
opiniones que emitían en los debates, pero al mismo tiempo sí eran res-
ponsables política, administrativa o penalmente de las decisiones que
tomaran. Es decir se estableció un sistema atípico de representación
que los hacía responsables de lo que votaban, sobre todo cuando se
traba de cuestiones económicas, pero no de lo que pensaban o plantea-
ban dentro de la cámara municipal.
La forma de elección de los concejales era la votación indirecta al
principio y luego la votación directa. Los electores eran los ciudadanos
o los vecinos, pero hay un problema muy serio que la Ley ecuatoriana
no logró resolver, la distinción entre ciudadano y vecino que estaba
dada excesivamente por el propio padrón, que el municipio hacía para
cada elección. De manera que no hay distinción entre lo que es el “veci-
no” y lo que es el “ciudadano”, discusión que en otros países, sobre todo
en Europa, tuvo una importancia enorme porque el hecho de ser “veci-
no” le daba una serie de privilegios a una persona en términos del
ingreso hacia el mercado local, la posibilidad de integración a los gre-
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226 Enrique Ayala Mora

mios, etc. No tengo ninguna explicación sobre este hecho, pero lo fun-
damental es que aunque las leyes a veces hablan de vecinos y otras
veces hablan de ciudadanos, lo que normalmente parece que fue, es
que los electores tenían que ser ciudadanos que además estaban aveci-
nados en el municipio.
Es muy difícil de establecer, pero parece claro que la jerarquía de la
ciudad determinaba más o menos la composición del municipio. En
municipios de ciudades grandes, como Riobamba o Quito, la represen-
tación directa de las aristocracias locales era mucho más definida. En
ciudades pequeñas, cabeceras de cantón fundamentalmente, la situa-
ción era más heterogénea. En el caso del cantón Otavalo, del cual tene-
mos el Resumen de las Actas preparadas en la Colección Pendoneros,
por Juan Freile y un equipo, el jefe político es nada menos que un Jijón-
Carrión, uno de los más notables terratenientes de Quito. Pero la
Municipalidad otavaleña está integrada por personas que, según se ve
en los documentos, no eran solo terratenientes sino en muchos casos
comerciantes locales vinculados al comercio colombiano y además arte-
sanos, tejedores o maestros de oficio de cierta importancia. La composi-
ción entonces era un poco más variada de lo que una concepción muy
rígida de un “Estado Terrateniente” permite ver. No había, por ejemplo,
ninguna restricción legal para que quien ejercía oficios manuales fuera
miembro del municipio. De hecho vamos a ver que, en este sentido, el
Municipio era una institución bastante flexible ya que integraba real-
mente a variadas fuerzas de interés local, al contrario de las represen-
taciones parlamentarias, de los ministerios y de las funciones eclesiás-
ticas elevadas. Se ve que el Municipio sí tenía contacto con actividades
económicas de clases subalternas definidas en su espacio territorial.
Esto le daba gran legitimidad en sectores urbanos pueblerinos que no
tenían otras formas de participación.

ORGANIZACIÓN

El Municipio era una corporación electiva, integrada por los conceja-


les que elegían un Presidente y a veces un vicepresidente (no siempre la
ley establecía la existencia de un vicepresidente). Cada concejo elegía de
fuera de su seno, como empleado permanente, un secretario que cuan-
do el municipio era grande tenía un oficial o varios oficiales de oficina;
un tesorero, que asimismo, cuando era un poco más grande, contaba
también con un colector. El municipio tenía un procurador síndico, que
en el caso de las ciudades grandes, era abogado y que en otros casos no
lo era forzosamente. De lo que conozco, por ejemplo, en la municipalidad
de mi ciudad, Ibarra, había casos en que ese procurador síndico era más
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El Municipio en el siglo XIX 227

bien un “entendido” en el asunto legal, cosa muy común en la época. Ca-


da municipio contaba, además, con un anotador de hipotecas, que nor-
malmente era el escribano público del cantón, y un comisario, a cargo de
la administración de política, responsable directamente ante el jefe polí-
tico (como vamos a ver esta relación es muy importante) y ante la corpo-
ración municipal. Del comisario dependían los celadores que, asimismo,
variaban en número de acuerdo al tamaño de la ciudad y a la capacidad
económica de pagarlos.
Se elegía también un alguacil mayor y menor. En algunos casos
había varios alguaciles menores que también tenían funciones de poli-
cía. Se elegían “alcaldes municipales”, que normalmente eran dos y que
no eran precisamente los administradores del Municipio sino jueces.
Esto es muy importante porque el Municipio no tenía la diferenciación
que hoy vemos en el ejercicio del poder, sino que en él realmente se
reproducían todas las funciones del Estado; entre ellas la de la adminis-
tración de justicia. Los alcaldes municipales ejercían funciones cobran-
do por ello a las litigantes. Se elegían también jueces civiles hasta bien
avanzada la vida de la República, cuando los municipios perdieron esta
capacidad de incidir en el sistema judicial ecuatoriano.
Por otra parte, el Concejo elegía también algunas autoridades que
ahora se nos vuelve incluso curiosas, pero que en esa época tenían una
enorme importancia en la vida del cantón: Juez de Aguas, Juez de
Rastro, Juez de Gallos. Todas estas personas tenían capacidad jurisdic-
cional y el juez de gallos todavía la tiene, es decir está delegado por la
Cámara Municipal para ejercer jurisdicción con su responsabilidad a tal
punto que, hasta donde yo sé sin ser gallero, el dictamen de un juez de
gallos es inapelable. Es una especie de dinosaurio del municipio del
siglo XIX.
Además, el Municipio se encargaba de la vindicta pública, de la pro-
tección legal de la comunidad y por eso nombraba un defensor de meno-
res que actuaba de oficio, un defensor de ausentes, un defensor de
herencias yacentes (cuestión que era muy importante en una sociedad
en la cual la herencia es una de las formas básicas de transmisión de la
propiedad) y un defensor de derechos eventuales, un funcionario que se
encargaba de defender a la comunidad.
Por último, en la mayoría de los municipios, se fue generalizando a
lo largo del siglo XIX el nombramiento de un inspector de obras públi-
cas. Todos estos funcionarios ocupaban prácticamente toda la actividad
de la ciudad y del cantón. El Municipio regulaba todas las funciones de
la ciudad y del cantón.
Todos estos funcionarios, salvo escasas excepciones como el secre-
tario, el tesorero y los celadores, eran a tiempo parcial. Por otra parte,
el municipio estaba estrechamente imbricado con los representantes
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228 Enrique Ayala Mora

locales del Estado Central, porque el ejecutor de las decisiones munici-


pales era el jefe político, que tenía atribuciones muy específicas, no sola-
mente en cuanto al funcionamiento municipal sino a la coordinación de
todas estas actividades. Pero el jefe político, aunque nombrado por el
Gobierno Central, a solicitud de los gobernadores concurría a las sesio-
nes del Municipio y, lo que era más, ganaba un sueldo pagado por el
Municipio. El Ministerio de lo Interior no le pagaba sueldo.
Esta imbricación que existe en la propia concepción del Estado tie-
ne una enorme importancia. Vamos a ver luego incluso en algunas leyes
se establece que son los municipios quienes nombran sus tenientes
parroquiales. Es importante notar que a nivel local normalmente se fun-
ciona en el mismo edificio. El jefe político es el ejecutivo, llamémoslo así
en términos más modernos, del Municipio; de tal manera que se supo-
ne que el Municipio debe tener coordinación el Estado Central. El jefe
político debía tener una capacidad de negociación con la mayoría muni-
cipal que le permita seguir ejerciendo sus funciones. Rara vez existe un
conflicto y cuando existe, ese conflicto normalmente se resuelve a favor
del municipio.

ATRIBUCIONES

Administrativas
En primer lugar el nombramiento de todos estos los funcionarios,
que se hace anualmente en la sesión inaugural de cada año, instalada
por el jefe político.
En segundo lugar el municipio tiene a su cargo algo que es impor-
tante subrayar: organiza las elecciones. El municipio nombra (aunque
hay algunas diferencias entre las leyes de elecciones emitidas entre
1830 y 1897) las juntas receptoras del voto y realiza escrutinios canto-
nales; es decir que el Municipio tiene incluso atribuciones en lo que hoy
llamamos “Función Electoral” y las tiene hasta 1945; de manera que es
uno de los elementos fundamentales que hay que analizar.
En tercer lugar el Municipio tiene la atribución de designar repre-
sentación en una serie de organismos que se van creando a varias ins-
tancias; en municipios como el de Guayaquil, por ejemplo, ya hacia
1880 estas representaciones eran importantísimas, porque suponían
una injerencia en la aduana, en la beneficencia, etc., pero aun los muni-
cipios pequeños, las representaciones además del juez de aguas, en las
juntas de aguas, en las juntas de alistamiento, en las que organizan
fiestas, etc., es muy importante.
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El Municipio en el siglo XIX 229

Impositivas
El municipio recauda los impuestos y tasas previstos en la ley. Hay
imposiciones, que son recaudadas directamente por agentes del Estado
Central, pero esas son excepcionales y casi siempre tienen que ver con la
aduana. De manera que en la inmensa cantidad de municipios de la
Sierra, la recaudación aún de los impuestos que corresponden en parte al
Estado Central, están a cargo de funcionarios designados por el Municipio.
En segundo lugar, el Municipio levanta el catastro de propiedades
del cantón, una función que tiene hasta ahora. En tercer lugar, aprue-
ba su Presupuesto y los gastos extraordinarios que tiene que hacerse.
En cuarto lugar, hay una atribución de enorme importancia, que el
Municipio ejerce repetitiva y conflictivamente, que es repartir entre los
contribuyentes las contribuciones extraordinarias u obligatorias que le
haya tocado al Cantón.
Muchas veces, sobre todo cuando se trata de contribuciones extra-
ordinarias, el Estado Central le da al municipio una cuota fija en térmi-
nos de la recaudación de esa cuota fija y el municipio a su vez distribu-
ye en especies o en dinero a los diversos propietarios locales. Como
ustedes ven a nivel del estado central se negocian las cuotas y a nivel
del municipio se negocia a quien le toca pagar. Esto se produce en muy
buena parte por la realidad del funcionamiento del modelo. Como uste-
des ven, el Estado Central no tiene el poder coercitivo suficiente, es decir
un poder tal que permita relacionarse directamente con los ciudadanos.
Esta relación del ciudadano está intermediada por la presencia del
Municipio, aun en términos impositivos no solamente de representación
(Ya vimos el aspecto electoral y esto también es importante).

Económicas
Debo hacer una advertencia. No estoy leyendo las atribuciones que
están en la Ley; sino al contrario, he realizado una organización más lógi-
ca para poder explicar a ustedes descriptivamente el asunto. Pero las dis-
posiciones a veces están y, curiosamente, otras veces no están en la Ley.
Están en la costumbre, porque en el Ecuador hay áreas que no se regulan
todavía con la ley y que más bien están regidas por la legislación hispáni-
ca. Como ustedes conocen, incluso el Código Civil ecuatoriano se adopta
alrededor de 30 años después de la emisión de la primera Constitución.
Qué hace el municipio en términos de la organización de la economía local:
Distribución de aguas a predios rústicos cuando hay aguas municipa-
les o comunales. La junta de agua será la primera instancia y el munici-
pio es quién determina, quien establece una última instancia en ciertas
decisiones.
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230 Enrique Ayala Mora

Distribución de aguas urbanas: el problema de la distribución de


agua urbana, ustedes lo conocen mejor que yo, es un problema suma-
mente complejo desde el período colonial, el Municipio trata recurrente-
mente este punto.
Control de precios y medidas en el mercado: Esta es una actividad a
la que el municipio dedica ingentes esfuerzos: se realiza inspección del
mercado, de carnicerías, de todas las actividades de las transacciones
que se realizan, luego volveremos sobre este punto.
Regular la contribución subsidiaria: vamos luego a darle un espacio
específico a su funcionamiento. En todo caso, la contribución subsidia-
ria es el trabajo personal que todos los vecinos estaban obligados a rea-
lizar para la comunidad bajo control de las instancias municipales. Para
los indígenas la contribución subsidiaria significó el reemplazo del tri-
buto, como lo veremos en su momento.
Concesión de “privilegios” de explotación: Hay una disputa larga con
el Estado Central sobre el problema de los “privilegios”. Claro que cuan-
do se van a explotar minas de metales por concesión a compañías
extranjeras esto lo resuelve el Congreso de la República, pero la mayor
parte de los privilegios de explotación o canteras normales, minas de
arena y otros materiales de construcción, son “privilegios” que los con-
cede el Municipio.
Reglamentación de servicio doméstico, conciertos y jornaleros libres:
Solamente en 1897 el Estado Central, y es mérito de don Abelardo
Moncayo haberlo hecho, recobra o incursiona en la regulación del con-
trato de trabajo en términos nacionales; antes, durante todo el siglo
XIX, la regulación del Contrato de Trabajo estaba regulado por una
general disposición del Código Civil, por un lado, y, por otra parte, por
reglamentos municipales que se cambiaban, muy generosamente, de
acuerdo a las conveniencias del momento. La normativa de las propias
relaciones de trabajo no había sido recobrada para el Estado Central.

Policiales
Mantener el personal de policía, que supone la presencia de un
Comisario, que no siempre ejerce sus funciones a tiempo completo y la
de un grupo de celadores, que indistintamente controlan el mercado y
el orden público.
Formulación de un código de policía cantonal; el control del orden
público no era un problema que preocupara al Estado Central y sola-
mente en los años 80 comienzan a pensarse en la regulación de la poli-
cía a nivel nacional.
Vigilancia del aseo y la salubridad de la ciudad que se deba a nive-
les más bien bajos.
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El Municipio en el siglo XIX 231

Mantenimiento de cárceles, que era una atribución típicamente mu-


nicipal. El gobierno tuvo solamente una penitenciaría nacional en Quito
desde los años 70, pero las demás cárceles del país estaban controladas
por el municipio.
Regulación de espectáculos, que a finales de siglo comenzaron a ser
un rubro interesante incluso en los ingresos de ciertos municipios, co-
mo los de Guayaquil y Quito.
Control de gremios y contratos artesanales. La policía, que era mu-
nicipalmente controlada, a su vez controlaba el funcionamiento de los
gremios y regulaba la contratación de trabajo artesanal.

En educación y beneficencia
Mantenimiento y subvención de escuelas o preceptores: en los muni-
cipios pequeños una de las discusiones importantes es cuánto se va a
gastar este año para contratar un preceptor, que normalmente va dando
por grupos y ciertas clases, a determinados sectores de la población.
Posteriormente incluso se establecen escuelas municipales, financiadas
por el municipio. El auge que tuvo la educación municipal en Guayaquil
era muy importante hasta hace no mucho.
Subvención a los hospitales: no hay hospitales municipales en el
Ecuador, pero el municipio de alguna manera está involucrado en algu-
na parte del funcionamiento del hospital. Los hospitales pertenecen al
Estado a las Fuerzas Armadas, a corporaciones promovidas por la
Iglesia, o a personas jurídicas especialmente destinadas por herencia y
legados. Pero el Municipio se involucra en el manejo económico de los
hospitales y hace contribuciones específicas.
Regulación en el caso de epidemia: el Municipio regula muy cuida-
dosamente, por ejemplo, el funcionamiento de las cuarentenas en Gua-
yaquil y para volver al caso del que conozco algo más, que es el de
Ibarra, el Municipio regula el funcionamiento de la ciudad durante los
períodos de epidemia de fiebre. Se va generalizando a lo largo del siglo
XIX la contratación de un médico municipal, que no siempre tiene títu-
lo de doctor pero que ha hecho algunos estudios de medicina y que sirve
gratuitamente a la población, al menos en términos parciales. Se da
una discusión muy larga (registrada en el Resumen de Actas) para ver
si se contrata o no un sangrador para el municipio de Otavalo. Sos-
pecho que detrás de esa discusión, que no se refleja en los papeles, hay
ciertamente la convicción de que mejores que los sangradores eran los
brujos indígenas.
Inspección de cementerio: que normalmente eran de la iglesia, pero
casi siempre estaba en terreno municipal.
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232 Enrique Ayala Mora

Paulatinamente algunos municipios se van preocupando de esta-


blecer juntas de beneficencia y ciertamente el que logra establecerla y
con gran éxito es el Municipio de Guayaquil; hay que decir, sin embar-
go, que hasta la Revolución Liberal, ningún municipio de la Sierra logró
establecer exitosamente, por falta de recursos, una junta de beneficen-
cia; de manera que las acciones de beneficencia municipal más bien fue-
ron realizadas en forma directa.

En obras públicas

El municipio ejerce lo que ahora llamaríamos autorización de líneas


de fábrica; el concepto de “Plan Regulador” desde luego es un concepto
posterior al siglo XIX. Creo que la única experiencia que se tiene de una
visión integrada de una ciudad, es el que hace este ingeniero francés
que viene a Ibarra a planificar la reconstrucción. Pero, de todas mane-
ras, ya desde el siglo anterior el municipio se preocupa de que las cons-
trucciones se realicen sin obstaculizar la vía pública. Sobre todo el
municipio se encarga de establecer algunos condicionamientos de tipo
urbanístico que también son largamente debatidas en los municipios. El
problema de las acequias, por ejemplo, es algo que se ve en las actas
municipales permanentemente. Hay allí el gran conflicto del paso de las
acequias por la mitad de las ciudades para que sigan siendo utilizadas
las aguas en términos de regadío, aun dentro de las huertas urbanas.
El problema que esas acequias crean para la salubridad y para el trán-
sito de peatones y vehículos.
Hacia fines del siglo XIX, se comienza ya a hablar de la construcción
de agua potable y alcantarillado, pero desde luego la potabilización del
agua no es una realidad a la que se llegó y el alcantarillado se limitó en
la mayoría de los casos a la rectificación o mantenimiento de acequias,
que no era precisamente lo que hoy entendemos por alcantarillado.
La mantención de acequias y pilas en la ciudad y los faroles de
alumbrado.
El alumbrado público solamente en las ciudades muy grandes co-
menzó siendo un negocio privado a fines del siglo XIX. El alumbrado
público que el municipio se encargaba de regular era el de que cada per-
sona privada tuviera un farol en la parte correspondiente a la puerta de
su casa. Esto traía asimismo enormes dolores de cabeza a los celadores,
pues el farol tenía que estar encendido por un específico lapso de tiem-
po y la gente prefería retirarlo en horas previas.
Mantención de calles y caminos, como vamos a verlo, se hace bási-
camente a través del trabajo subsidiario porque no tiene financiamien-
to para ello.
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El Municipio en el siglo XIX 233

FINANCIAMIENTO

Eso también es un problema complejo. No vamos a poder establecer


una visión exhaustiva sino más bien, en términos muy generales, cómo
funcionaba el Municipio. ¿Cuáles son sus ingresos?

Propiedades y capitales en mutuo


Los municipios no tenían generalmente propiedades rentables. Las
propiedades municipales eran más bien de servicio público, pero excep-
cionalmente se alquilaban algunas, fundamentalmente para ciertas
actividades de mercado y eso traía ingresos. Por otra parte, los munici-
pios en algunos casos heredaban ingresos destinados a objetivos con-
cretos. Si alguien quería hacer un legado para determinado fin; el man-
tenimiento de una escuela, de una cátedra, eso tenía que ser entregado
a la Iglesia o al Municipio. El Estado Central no tenía capacidad de reci-
bir el legado, entonces el Municipio lo administraba, con sus rentas se
financiaban actividades concretas. Uno de los grandes problemas que
tenía el municipio era que casi siempre los costos de mantener la obli-
gación del legado eran superiores al rendimiento de las cantidades
puestas a mutuo.

Rentas municipales
Las propiamente dichas, además de los arrendamientos directos de
bienes municipales, eran las multas de policía, que en algunos casos
tenían cierta importancia. Pero de mayor importancia ciertamente eran
las donaciones voluntarias, obligatorias. Los Municipios y el Estado
Central funcionaron a lo largo del siglo pasado frecuentemente con el
establecimiento de una donación voluntaria, revivida por el abogado
Abdalá Bucaram cuando fue alcalde de Guayaquil. En esa época era
muy común que el Municipio cobrase el pago de esta contribución, esta-
blecida de acuerdo a un decreto dictatorial; y con un piquete de solda-
dos fueran los funcionarios municipales a recabar la contribución
voluntaria de los vecinos.

Contribución subsidiaria
Hasta la década de 1850 fue el mismo municipio intermediario im-
portante de la recaudación del tributo indígena, pero de ahí en adelan-
te, cuando el tributo desapareció, se estableció una obligatoriedad para
todos los vecinos que contribuyan, según la ley lo dice, con el equivalen-
te a cuatro jornales íntegros para obras públicas. Los jornales estaban
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234 Enrique Ayala Mora

regulados por los reglamentos de jornaleros del propio Municipio. Es


decir que no había un criterio general, nacional, de a cuánto ascendía
la contribución subsidiaria. Buena parte de los vecinos pagaban la con-
tribución subsidiaria en dinero, pero en la práctica la contribución sub-
sidiaria era un mecanismo de trabajo obligatorio para las comunidades
indígenas. Los indios salían a trabajar fundamentalmente en el mante-
nimiento de caminos y en la construcción de obras públicas como las
casas municipales.
Haciendo una excepción, porque no quería hacer citas directas, voy
a leerles a ustedes cómo funciona la contribución subsidiaria. Las ren-
tas según la ley eran las cantidades que por precio de arrendamiento,
rédito o por cualquier otro motivo produzcan capitales o fondos expre-
sados en la función precedente, el producto de las multas, donaciones
patrióticas y voluntarias que hagan los habitantes del municipio para
objetos determinados, el producto de cualquier donación municipal, el
producto de la contribución subsidiaria.
La Ley del Régimen Municipal dictada por la constituyente de 1878,
que es a mi juicio la que regula al cabo de una serie de momentos de
inestabilidad, la que inaugura el régimen municipal ecuatoriano más
sistematizado dice:
para la construcción, conservación y mejoras de obras públicas cantona-
les, están obligados los vecinos a contribuir cada año en dinero con una
cantidad correspondiente a cuatro jornales íntegros. Respecto de esta con-
tribución se observarán las prescripciones siguientes: el valor de los jorna-
les será el corriente en cada localidad y será fijado por la municipalidad;
estarán obligados a la contribución todos los varones desde la edad de 21
años hasta la de 50, que sean físicamente capaces de trabajar o que no
siéndolo tengan bienes que no bajen de 100 sucres; los mayores de 50
años que tengan bienes que no bajen del valor de 100 pesos; las mujeres
célibes que tengan bienes de valor de 2000 pesos. Se consideran obra
públicas para los efectos de este artículo los locales para escuelas y edifi-
cios de instrucción pública y cárceles, las acequias para proveer de agua
potable a la población que carezca de este elemento, caminos, puentes y
calzadas, los edificios para el despacho de las autoridades municipales, las
iglesias principales y pobres de las parroquias, las plazas, alamedas y
demás obras públicas de carácter municipal. Las municipalidades canto-
nales determinarán oportunamente las obras que deben emplearse cada
año en producto de la contribución subsidiaría de los habitantes del can-
tón; en esta designación se arreglaran al orden de preferencia enumerado
en el artículo anterior. No será preciso que la obra sea esencialmente can-
tonal y bastará que de ellas resulte algún bien al cantón.

En algunos casos incluso se realizaban obras públicas nacionales


con este mecanismo. Pero la ley mencionada dice: “Se devuelve a las res-
pectivas municipalidades cantonales la totalidad de las rentas de las
contribuciones subsidiarías quedando derogadas en consecuencia todas
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El Municipio en el siglo XIX 235

las disposiciones legislativas anteriores que la habían aplicado en todo


o en parte a otros objetos”. Como se ve la contribución subsidiaria era
un impuesto, pero en la práctica se transformó en un mecanismo de tra-
bajo forzado.

Impuestos municipales
Los municipios, como personas jurídicas de derecho público, esta-
ban en la posibilidad de establecer imposiciones y recaudarlas por
mecanismos que ellas mismo dictaran. También tenían capacidad coac-
tiva. Entre los impuestos municipales que se cobraban, tenemos:
A las ventas, para establecimientos y licores. Se hacía una distinción
entre productos nacionales y extranjeros para la fijación del monto. Había
un impuesto al expendio de licores en algunos casos, y en otros un
impuesto al tránsito de licores, que fue cambiando muy inestablemente
durante el siglo pasado; había un impuesto al ganado que se vendía o
depositaba en la localidad; y a la mercadería que circulaba en el puerto.
Se cobraba peaje por el uso de carreteras. El pago por uso de aguas
municipales, que era un rubro bastante importante. Teatros y casas de
juego pagaban más bien un rubro pequeño, que tenía el carácter de
regulación, en algunos casos incluso de tipo moral.
Ahora bien, los ingresos eran bajos pero también elásticos. Y en ese
sentido hay que notar una cosa: el Municipio con todo esta inmensa
gama de atribuciones, que van desde la vida cotidiana hasta la vincula-
ción de los ciudadanos con el Estado, es sin embargo una institución
pobre, es una institución que tiene exiguos ingresos, porque su funcio-
namiento se mantiene a través de funciones no remuneradas, o a través
del cobro directo por el ejercicio de esas funciones. El Municipio no le
pide al Estado Central fondos, no le pide préstamos. Muchas veces el
Estado Central exige al Municipio préstamos obligatorios. Es decir hay
una amplia autonomía real que tiene el Municipio.

RELACIONES DEL MUNICIPIO


CON EL ESTADO CENTRAL

En primer lugar hay que ratificar una distinción, que ahora está
clara, pero que en el siglo pasado no lo estuvo tanto, y que ha generado
muchas veces confusión entre los investigadores al referirse al Estado.
En la legislación ecuatoriana, el término Estado tiene al menos cua-
tro aplicaciones. En términos más generales, sobre todo las constitucio-
nes se refieren al Estado como al representante de la sociedad, o la na-
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236 Enrique Ayala Mora

ción. En segundo lugar el Estado dentro de la concepción legal, es algo


menos que eso, es el “fisco”; es la persona jurídica para efectos imposi-
tivos y de regulación legal. En tercer lugar, en otros casos, el Estado se
concibe como distinto de la Iglesia o de los municipios. Por último, a
veces, la propia ley ecuatoriana confunde al Estado con el Gobierno
Central.
De esta indiferenciación de la propia concepción jurídica del Estado
que existe en el país, podemos ver que hay toda una “tierra de nadie”
que hace a veces que en un momento dado, el Municipio acapare todas
las funciones públicas locales, y en otros casos el Estado trate de inci-
dir sobre esas decisiones locales a través de decretos específicos, o por
intervenciones directas de tipo administrativo o castrense.
Detrás de este problema hay también una concepción de autonomía
y soberanía que solo se debate y se resuelve con la Revolución Liberal.
En una sociedad de perfiles corporativos, las diversas personas jurídicas,
las diversas corporaciones: la familia, la iglesia, el municipio y el Estado
Central, para mencionar las principales, tienen diversa jerarquía.
Respecto del municipio y el estado la jerarquía es distinta pero ambas
son personas que representan a la misma sociedad y en este sentido el
Estado Central no puede concebir al municipio administrativamente.
Aún se conserva en el país una distinción en este sentido, pero en el siglo
pasado fue todavía mucho más clara a tal punto que se reconocía al
Estado el derecho de regular por Ley los municipios pero no a intervenir-
los. No había ninguna instancia superior al municipio en su esfera. Hoy
en día, si hay conflictos de descalificación de un concejal, esto pasa al
Consejo Provincial y termina en el Ministerio de Gobierno. Esto no era
común en el siglo pasado. Los municipios defendían su carácter de per-
sonas jurídicas autónomas, con jerarquía distinta pero naturaleza igual
a la del Estado. Esta concepción corporativa, que tiene solamente raíces
coloniales y se refuerza en la concepción de la Iglesia Católica decimonó-
nica enfrentada al liberalismo en Europa. Solo la Constitución de 1906
establece claramente la sujeción del municipio al Estado y además la
capacidad del Estado de regular la vida interna municipal.
Es importante, por otra parte, insistir que el Municipio con toda su
debilidad económica, con toda su pobreza, ejerce al mismo tiempo gran-
des atribuciones con bastante estabilidad. Los conflictos al interior del
municipio son mucho menores que los conflictos que se dan al interior
del Congreso o del Ejército. Es una institución estable; pero al mismo
tiempo existe, desde luego, una gran imbricación entre los diversos fun-
cionarios. En el municipio están todas las funciones del estado reprodu-
cidas. Hay decisiones de tipo ejecutivo, que las toman el presidente y el
jefe político; atribuciones de tipo legislativo, como ordenanzas y resolucio-
nes de fuerza obligatoria; el Municipio tiene incluso atribuciones de or-
den legislativo. El Municipio hace su propio Código de Policía, su propio
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El Municipio en el siglo XIX 237

Código de Trabajo, como sucede en el siglo pasado. Estamos viendo que


el Estado no ha delegado en el Municipio la atribución, sino que es in-
capaz de ejercer esas atribuciones directamente, y reconoce al Municipio
la capacidad de regulación de las relaciones de trabajo y la represión.
A veces los funcionarios del Ejecutivo se eligen por terna y otras tie-
nen la posibilidad de ser nombrados por el Municipio. El “Teniente
Político” o el “Teniente de Parroquia”, como se llamaba antes, así como
los jefes políticos fueron los sucesores de los corregidores coloniales. En
algunos casos, en la vigencia de algunas contribuciones, eran nombra-
dos directamente por el Municipio. En otros casos el Municipio puede,
en la práctica removerlos, o en la práctica dejar de pagarles.
El municipio, además de todo eso, es un centro de poder, cuando
es necesario un pronunciamiento que establezca una dictadura, es el
municipio donde se realiza ese pronunciamiento. El Municipio es un
espacio de expresión política. La más efectiva resistencia que encuentra
el general Urvina, por ejemplo, para la aplicación de algunas de sus
reformas, es en los municipios. Algunos municipios serranos se trans-
formaron en eje de oposición al urvinismo.

RELACIONES DEL MUNICIPIO


CON LAS COMUNIDADES INDÍGENAS

La República hereda una estructura social en la cual no existen


aquellos ciudadanos iguales que las primeras constituciones dicen. Se
hereda la distinción, que no es solamente formal sino absolutamente
real, entre el “pueblo”, entendido por el sector blanco-mestizo, y la “Re-
pública de indios”, que tiene sus propias regulaciones coloniales y que
son desmanteladas paulatinamente hasta la Revolución Liberal.
Durante todo el siglo XIX se están reformando los mecanismos colonia-
les de distinción de la sociedad aborigen. Esto es un elemento muy
importante porque el municipio tiene una relación tensa de complemen-
tariedad al mismo tiempo que de competencia con las autoridades étni-
cas y las comunidades indígenas. Es evidente, por ejemplo, sobre todo
en ciertos lugares de la República, que no se puede recaudar impuestos
si los agentes recaudadores no son los caciques gobernadores. En los
presupuestos del Estado se encuentra muchas veces, sobre todo hasta
1856, una partida para pago de caciques-gobernadores por recolección
de impuestos. La relación que existe entre el Municipio, el Cabildo de
vieja raíz colonial y la Comunidad Indígena, de raíz andina, es una de
las constantes del siglo XIX.
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238 Enrique Ayala Mora

El Estado ecuatoriano central intentó incidir, pero en la práctica se


fueron estableciendo balances y equilibrios que significaron con el paso
del tiempo un avance de la sociedad blanco-mestiza en los espacios de
influencia étnica indígena. El Municipio y sus agentes fueron en ese sen-
tido mucho más eficientes que el propio Estado Central, en el proceso de
descomposición, en algunos casos acelerada, de pueblos indios del
Ecuador. Los conflictos fueron por ejidos, por resguardos, aguas comu-
nales, por organización del trabajo subsidiario. Es decir, todos aquellos
conflictos inmediatos de los pueblos indios con el Estado, no son conflic-
tos con el Estado Central, son con el municipio. En ese sentido el mu-
nicipio cumple un doble papel, que me parece de enorme importancia
destacar. Por un lado es el representante de los intereses dominantes
locales y logra niveles significativos de representatividad en sectores
subalternos de la sociedad. Lo hace fundamentalmente en oposición a la
sociedad indígena. Todos los cholos agrupados detrás de un concejo
municipal se sienten expresados y representados frente a la amenaza
india y frente a la necesidad de que los indígenas cumplan con sus obli-
gaciones. Es decir el Municipio es en el siglo pasado el mecanismo más
eficiente y directo de incorporación de sectores subalternos de la pobla-
ción mestiza a lo que podemos llamar la “vida pública”. Adrede no digo
“proyecto nacional” porque eso nos traería una discusión muy larga.
Pero digamos a la “vida pública”, lo cual quiere decir que en el siglo pa-
sado ya existía realmente un nivel de legitimidad de la participación de
sectores sociales que estamos acostumbrados a pensar que eran simples
grupos subalternos: artesanos, pequeños comerciantes, tenderos, etc.
Los que hacían la ciudad participaban de la vida municipal y tenían su
cuota de poder ahí. Y cuando no la tenían al menos encontraban en el
municipio un elemento que permitiera su diferenciación de la sociedad
indígena.
En este sentido, el Municipio es un representante de los intereses
“criollos”, en los términos más descriptivos de la palabra. De los “intereses
criollos”, porque es el Cabildo en donde se asienta el poder criollo en el
período preindependentista y continúa asentado durante todo el siglo XIX.

CONCLUSIÓN

Quisiera terminar con una observación general. Los que dicen que
el Estado en el siglo pasado era muy débil tienen razón, pero no con la
debilidad que hoy entendemos, sino en la medida en que el Estado
Central era débil. Los espacios de poder que dejó el Estado Colonial,
que era un estado robusto y centralizado fueron llenados básicamente,
no por el Estado Central, sino por las instancias locales municipales,
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El Municipio en el siglo XIX 239

por las instancias eclesiásticas y en ciertos lugares por los propios pue-
blos indios. Esa tierra de nadie a la que me referí en algún momento,
la disputa de poder entre el Municipio, la Iglesia, el Estado Central y los
indios, ha sido llenada normalmente en la cotidianidad por la vida
municipal. En ese sentido creo que tenemos obligación de redimensio-
nar la concepción que se tiene del teniente político, el terrateniente y el
cura, la famosa trilogía. La pregunta es: ¿a quién representa el tenien-
te político en el siglo XIX? No precisamente a don Gabriel García More-
no ni al General Urvina, ni al general Veintemilla. Ese teniente político
era representante de intereses locales que tenían su forma real y legíti-
ma de expresión en el Municipio. El municipio no era entonces solo un
aparato de la clase terrateniente para la dirección de los asuntos públi-
cos, sino también el espacio de la negociación de los sectores terrate-
nientes con sectores subalternos activos de la población mestiza que se
identificaban todos ellos, no solamente con el quehacer público de la
localidad sino que se identificaban también de con una manera de ser
ecuatorianos. Creo que ahí vamos a encontrar algunos de los elemen-
tos de la gestación de un “proyecto nacional” que tiene expresión pos-
terior en la Revolución Liberal; puesto que los proyectos nacionales lati-
fundistas, que se dan desde el primer momento de la fundación de la
República, no tienen la capacidad de incorporar a la vida pública nacio-
nal a estos sectores; pero los tienen ciertamente incorporados en térmi-
nos locales. Esa fue la transacción, los sectores mestizos no dirigían el
país pero tenían una cuota importante de dirección en el municipio, lo
que nos ayuda a entender un poco el siglo XIX.
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Bibliografía 249

Novoa, Alejandro,
1900 Recopilación de mensajes, dirigidos por los presidentes y vicepresidentes
de la República, jefes supremos y gobiernos provisorios a las convencio-
nes y congresos nacionales, t. I, II, III, IV, Guayaquil, Imp. A. Novoa.
República de Ecuador,
1820 “Reglamento Provisorio de Gobierno”, Guayaquil, octubre.
1832 Memoria al Congreso de 1832.
1833 “Decreto que restablece el montepío militar y ministerial”, en Primer
Registro Auténtico Nacional, No. 55, Quito.
1833 Memoria de Guerra y Marina.
1839 Memoria de Guerra y Marina.
1841 Memoria de Guerra y Marina.
1841 Memoria que presenta el Ministro de Hacienda al Congreso del Ecuador
de 1841, Quito, Imprenta del Gobierno por J. Campuzano.
1846 “Decreto del Presidente Vicente Ramón Roca”, del 16 de noviembre
(transcrito en la Memoria de Guerra y Marina).
1846 Memoria de Guerra y Marina.
1846 “Decreto del Presidente Vicente Ramón Roca”, de 21 de agosto (transcri-
to en la Memoria de Guerra y Marina).
1846 Ley de Presupuestos dada por la Convención Nacional reunida en
Cuenca, Quito, Imprenta del Gobierno.
1846 “Ley Orgánica Militar”, en El Nacional, Quito, 8 de noviembre.
1846 “Relación nominal de los generales, jefes y oficiales reinscritos por la H.
Convención de 45” (publicada en la Memoria de Guerra y Marina).
1847 Memoria de Guerra y Marina.
1847 “Relación de jefes y oficiales licenciados absolutamente”, julio.
1848 “Decreto del Presidente Roca” (transcrito en la Memoria de Guerra y
Marina).
1848 Memoria de Guerra y Marina.
1848 “Relación nominal de los señores jefes y oficiales que han salido del terri-
torio de la República en calidad de expulsados y prófugos” (publicada la
Memoria de Guerra y Marina).
1849 “Decreto del Presidente Vicente Ramón Roca”, de 6 de febrero (transcri-
to en la Memoria de Guerra).
1849 Memoria de Guerra y Marina.
1851 Ley Orgánica Militar, Quito, 2 de julio.
1852 Ley de conscripción, Quito.
1853 “Decreto Ejecutivo de 30 de agosto de 1853”, expedido por el Presidente
Urvina (citado en la Memoria de Guerra y Marina).
1853 Memoria de Guerra y Marina.
1854 Ley de gastos, Quito.
1854 Memoria de Guerra y Marina.
1855 República del Ecuador, “Decreto del Presidente José María Urvina”, 15
de febrero (anexo a la Memoria de Guerra y Marina).
1855 Memoria de Guerra y Marina.
1855 Ley Orgánica Militar, 22 de noviembre.
1856 Memoria de Guerra y Marina.
1857 Exposición que dirige al Congreso Constitucional del Ecuador el Ministro
de Guerra y Marina, Quito, Imprenta de Valencia.
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250 Bibliografía

1857 Ley de gastos, expedida por la última legislatura para el año de 1857,
Quito, Imprenta del Gobierno.
1857 Memoria de Guerra y Marina.
1858 Memoria de Guerra y Marina.
1831 “Ley Orgánica Militar”, expedida el 4 de noviembre de 1831, en Primer
Registro Auténtico Nacional, No. 23.
1839 “Ley que arregla el montepío militar”, en Primer Registro Auténtico Nacio-
nal, No. 68, Quito.
1995 “Constitución del Estado del Ecuador (1830)”, en Enrique Ayala Mora,
edit., Nueva Historia del Ecuador, vol. 15, Documentos de la Historia del
Ecuador, Quito, Corporación Editora Nacional/Grijalbo.
s.f. “Ley Orgánica Militar”, en Primer Registro Auténtico Nacional, No. 36.
s.f. República del Ecuador, “Ley sobre conscripción del Ejército”, en Primer
Registro Auténtico Nacional, No. 37.
s.f. Recopilación de leyes militares, Archivo-Biblioteca de la Función
Legislativa.
Sociedad Católico Republicana,
1885 “Bases”, en El Porvenir, No. 22, Quito, septiembre 11.
Trabucco, Federico,
1975 Constituciones de 1830, 1835, 1843, 1850, 1852, en Constituciones de
la República del Ecuador, Quito, Editorial Universitaria.
Public Record Office (Gran Bretaña),
1850 FO 25, vol. 21.
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El autor

Enrique Ayala Mora nació en Ibarra en 1950. Estudió hasta la secun-


daria en su ciudad natal. Bachiller (1968) en el Colegio Sánchez y Cifuen-
tes. Licenciado (1972) y doctor (1975) en Educación, Universidad Católica
del Ecuador. Estudió Derecho en la misma universidad. Curso de Maestría
en Historia, Essex, Gran Bretaña (1978-1979); doctor, DPhil (PhD) en
Historia, Oxford (1982).
Actualmente es rector de la Universidad Andina Simón Bolívar, Sede
Ecuador; y director de Procesos: revista ecuatoriana de Historia.
Miembro de los comités de la Historia General de América Latina de la
UNESCO, y de la Historia de América Andina. Es miembro de las academias
de Historia de Bolivia, Ecuador y España, Asociación de Historiadores de
América Latina, ADHILAC; Asociación de Historiadores del Ecuador,
ADHIEC; Oxford Society; Society of Latin American Studies (SLAS) de Gran
Bretaña; Academia de la Latinidad; Colegio de América, Sevilla; Corporación
Editora Nacional; Club Domingo Savio; Cruz Roja Ecuatoriana, vicepresi-
dente del Comité Mons. Leonidas Proaño. Ha colaborado con organizaciones
de trabajadores, campesinos e indígenas.
Editor de la Nueva Historia del Ecuador (15 volúmenes, 1988-1995),
considerada la más importante de su género. Es coordinador general de la
Historia de América Andina (8 volúmenes, 1989) y coautor de la Cambridge
History of Latin America. Editor del vol. VII de la Historia General de Amé-
rica Latina, UNESCO (2008), y de la Monografía de la provincia de Imbabura
(1988).
Ha publicado sobre cuarenta obras, entre ellas: Lucha política y origen
de los partidos en Ecuador, Quito, Ediciones de la Universidad Católica, 1978,
Corporación Editora Nacional, 1982, 1985, 1988; Federico González Suárez y
la polémica sobre el Estado Laico (estudio y selección), Biblioteca Básica del
Pensamiento Ecuatoriano; Banco Central del Ecuador/Corporación Editora
Nacional, 1980; Simón Bolívar, pensamiento político (estudio y selección), Qui-
to, Editorial Indoamericana, 1983; Sucre, Universidad Andina Simón Bolívar,
1977; La Historia del Ecuador: ensayos de interpretación (editor), Biblioteca de
Historia Ecuatoriana, volumen 10, Quito, Corporación Editora Nacional,
1985; Los partidos políticos en el Ecuador: síntesis histórica, Quito, Ediciones
La Tierra, 1986, 1989; Historia, compromiso y política, Quito, Editorial Plane-
ta, 1989; El bolivarianismo en el Ecuador, Quito, Corporación Editora Nacio-
nal, 1991; Estudios sobre Historia Ecuatoriana, Quito, TEHIS/IADAP, 1993;
Resumen de Historia del Ecuador, Quito, Biblioteca General de Cultura,
Corporación Editora Nacional, 1993 a 1999. Historia de la Revolución Liberal
Ecuatoriana, Quito, Corporación Editora Nacional/ TEHIS, 1995; Sucre, sol-
dado y estadista (editor), Bogotá, Editorial Planeta, 1996; Ecuador-Perú: his-
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252

toria del conflicto y de la paz, Quito, Planeta, 1999; La enseñanza de la histo-


ria en el Ecuador, Bogotá, Convenio Andrés Bello, 1999; José María Velasco
Ibarra: pensamiento político (editor), México, Fondo de Cultura Económica,
2000; Ecuador, Patria de todos, Universidad Andina Simón Bolívar, Sede
Ecuador/Corporación Editora Nacional, 2004; Simón Bolívar (estudio intro-
ductorio, antología y notas), Pensamiento Fundamental Ecuatoriano, 2, Qui-
to, Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador/ Corporación Editora
Nacional, 2004, 2006; El socialismo y la nación ecuatoriana, Quito, Ediciones
La Tierra, 2005; La enseñanza de historia en los países andinos, Lima,
Secretaría General de la Comunidad Andina, 2006; Manual de Historia del
Ecuador, dos tomos. Quito, Universidad Andina Simón Bolívar/Corporación
Editora Nacional, 2008; Historia del Ecuador I, Época Aborigen, Colonia e Inde-
pendencia; Historia del Ecuador II, Época Republicana (textos de “Estudios
Sociales” para sexto y séptimo año de Educación Básica), Ministerio de Edu-
cación/Corporación Editora Nacional, 2010. Colabora en periódico El Comer-
cio de Quito.
Fue profesor de la Universidad Central del Ecuador, Facultad Latinoame-
ricana de Ciencias Sociales, Flacso Quito, donde dirigió el primer posgrado en
Historia Andina; de las universidades Católica del Ecuador, Oxford, del Valle
(Cali), San Marcos (Lima), Pablo de Olavide (Sevilla), Federico II – Orientale
(Nápoles) y Estatal de Cuenca. Ha sido conferenciante en varias ciudades del
Ecuador y del exterior como Cambridge, Glasgow, Bogotá, París, Washington,
La Habana, Madrid, La Paz, Lima, Caracas, México, Montevideo, Praga y
otras. Fue rector de la Universidad Andina, Sucre, Bolivia (1995-1997); expo-
sitor del Instituto de Altos Estudios Nacionales, Ecuador; consultor de la
Universidad de las Naciones Unidas, Tokio.
Como militante socialista ha desempeñado funciones de dirigencia estu-
diantil y dirección política. Diputado por su provincia de Imbabura (1986-
1998 y 1990-1992) y por la provincia de Pichincha (2003-2006), vicepresi-
dente del Congreso Nacional (1986-1987). Candidato a la Vicepresidencia de
la República (1988). Miembro de la Asamblea Nacional Constituyente (1997-
1998); vicepresidente de la Unión Interparlamentaria Mundial (1987-1988).
Ha sido miembro de la Junta Consultiva de Relaciones Exteriores
(1995-2002) y vocal del Consejo Nacional de Acreditación CONEA (2006-
2008).
Correo electrónico: [email protected]
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Universidad Andina Simón Bolívar


Sede Ecuador

La Universidad Andina Simón Bolívar es una institución académica de nue-


vo tipo, creada para afrontar los desafíos del siglo XXI. Como centro de excelen-
cia, se dedica a la investigación, la enseñanza y la prestación de servicios para
la transmisión de conocimientos científicos y tecnológicos.
La Universidad es un centro académico abierto a la cooperación internacio-
nal, tiene como eje fundamental de trabajo la reflexión sobre América Andina,
su historia, su cultura, su desarrollo científico y tecnológico, su proceso de inte-
gración, y el papel de la Subregión en América Latina y el mundo.
La Universidad Andina Simón Bolívar fue creada en 1985 por el Parlamen-
to Andino. Es un organismo del Sistema Andino de Integración. Además de su
carácter de institución académica autónoma, goza del estatus de organismo de
derecho público internacional. Tiene su Sede Central en Sucre, Bolivia, una
sede nacional en Quito, Ecuador, una sede local en La Paz, Bolivia, y una ofici-
na en Bogotá, Colombia.
La Universidad Andina Simón Bolívar se estableció en el Ecuador en 1992.
En ese año la Universidad suscribió un convenio de sede con el gobierno del
Ecuador, representado por el Ministerio de Relaciones Exteriores, que ratifica su
carácter de organismo académico internacional. En 1997, el Congreso de la
República del Ecuador, mediante ley, la incorporó al sistema de educación supe-
rior del Ecuador, y la Constitución de 1998 reconoció su estatus jurídico, el que
fue ratificado por la legislación ecuatoriana vigente. Es la primera universidad
del Ecuador en recibir un certificado internacional de calidad y excelencia.
La Sede Ecuador realiza actividades, con alcance nacional e internacional,
dirigidas a la Comunidad Andina, América Latina y otros ámbitos del mundo, en
el marco de áreas y programas de Letras, Estudios Culturales, Comunicación,
Derecho, Relaciones Internacionales, Integración y Comercio, Estudios Latino-
americanos, Historia, Estudios sobre Democracia, Educación, Adolescencia,
Salud y Medicinas Tradicionales, Medio Ambiente, Derechos Humanos,
Migraciones, Gestión Pública, Dirección de Empresas, Economía y Finanzas,
Estudios Agrarios, Estudios Interculturales, Indígenas y Afroecuatorianos.
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CORPORACIÓN EDITORA NACIONAL


Biblioteca de Historia
1. Roberto Andrade, HISTORIA DEL ECUADOR, I
2. Juan León Mera, LA DICTADURA Y LA RESTAURACIÓN EN LA REPÚBLICA
DEL ECUADOR
3. Camilo Destruge, HISTORIA DE LA PRENSA DE GUAYAQUIL, I
4. Camilo Destruge, HISTORIA DE LA PRENSA DE GUAYAQUIL, II
5. Roberto Andrade, HISTORIA DEL ECUADOR, II
6. Eloy Alfaro, NARRACIONES HISTÓRICAS
7. Roberto Andrade, HISTORIA DEL ECUADOR, III
8. Alberto Muñoz Vernaza, ORÍGENES DE LA NACIONALIDAD ECUATORIANA
9. Roberto Andrade, HISTORIA DEL ECUADOR, IV
10. Enrique Ayala Mora, edit., LA HISTORIA DEL ECUADOR: ensayos de inter-
pretación
11. Juan Murillo Miró, HISTORIA DEL ECUADOR
12. Luis Andrade Reimers, SUCRE EN EL ECUADOR
13. Ricardo Márquez Tapia, CUENCA COLONIAL
14. Leonidas Batallas, FEDERICO GONZÁLEZ SUÁREZ: apuntes para su biografía
15. María Mogollón, Ximena Narváez, MANUELA SÁENZ: presencia y polémica
en la historia
16. Bernard Lavallé, QUITO Y LA CRISIS DE LA ALCABALA, 1580-1600
17. Plutarco Naranjo, SÍFILIS: OTRA ENFERMEDAD QUE NOS LLEGÓ DE EURO-
PA: la medicina y la sífilis en el Viejo Mundo
18. Bernard Lavallé, AL FILO DE LA NAVAJA: luchas y derivas caciquiles en La-
tacunga, 1730-1790
19. Kim Clark, LA OBRA REDENTORA: el ferrocarril y la nación en Ecuador,
1895-1930
20. Jaime E. Rodríguez O., LA REVOLUCIÓN POLÍTICA DURANTE LA ÉPOCA DE
LA INDEPENDENCIA: el Reino de Quito, 1808-1822
21. Galo Ramón Valarezo, EL PODER Y LOS NORANDINOS: la historia en las so-
ciedades norandinas del siglo XVI
22. Jaime E. Rodríguez O., EL NACIMIENTO DE HISPANOAMÉRICA: Vicente Ro-
cafuerte y el hispanoamericanismo, 1808-1832
23. Luis Cláudio Villafañe G. Santos, EL IMPERIO DEL BRASIL Y LAS REPÚBLI-
CAS DEL PACÍFICO: las relaciones de Brasil con Bolivia, Chile, Colombia,
Ecuador y Perú, 1822-1889
24. Jean-Paul Deler, ECUADOR, DEL ESPACIO AL ESTADO NACIONAL
25. Plutarco Naranjo y Rodrigo Fierro, edits., EUGENIO ESPEJO: su época y su
pensamiento
26. Natàlia Esvertit, LA INCIPIENTE PROVINCIA: Amazonía y Estado ecuatoria-
no en el siglo XIX
27. Álvaro Oviedo Hernández, SINDICALISMO COLOMBIANO: Iglesia e ideario
católico, 1945-1957
28. Enrique Ayala Mora, edit., SUCRE, SOLDADO Y ESTADISTA
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CORPORACIÓN EDITORA NACIONAL


Proyectos editoriales
HISTORIA
Biblioteca de Historia • Nueva Historia del Ecuador • Biblioteca
Ecuatoriana de Arqueología • Procesos: revista ecuatoriana de
historia • Libro del Sesquicentenario • Colección Quitumbe.
TESTIMONIOS
Colección Ecuador • Colección Testimonios.
GEOGRAFÍA
Estudios de Geografía • Los peligros volcánicos en Ecuador •
Investigaciones en Geociencias • El riesgo sísmico en el Ecuador.
CIENCIAS SOCIALES
Biblioteca de Ciencias Sociales • Colección Temas • Colección
Popular 15 de Noviembre • Elecciones y Democracia en el Ecua-
dor • Serie Estudios Internacionales • Comentario Internacional:
revista del Centro Andino de Estudios Internacionales • Serie Al-
ternativa.
PENSAMIENTO ECUATORIANO
Obras de Hernán Malo González • Pensamiento Fundamental
Ecuatoriano • Biblioteca Básica del Pensamiento Ecuatoriano.
DERECHO
Estudios Jurídicos • Fortalecimiento de la Justicia Constitucio-
nal en el Ecuador • Foro: revista de derecho.
LENGUA Y LITERATURA
Colección Kashkanchikrakmi • Historia de las literaturas del
Ecuador • Kipus: revista andina de letras.
EDUCACIÓN Y CIENCIAS
Colección Nuevos Caminos • Biblioteca Ecuatoriana de la Fami-
lia • Biblioteca General de Cultura • Biblioteca Ecuatoriana de
Ciencias • Serie Magíster • Serie Debate Universitario • Serie
Manuales Educativos.
ADMINISTRACIÓN
Serie Gestión.
OTRAS COLECCIONES
Libros de bolsillo.
256

Enrique Ayala Mora


30
Enrique Ayala Mora
Para entender la historia del Ecuador del siglo XIX es necesario conocer sus
instituciones fundamentales. Este libro se propone aportar en esos campos
de la historiografía nacional, a partir de cuatro textos fundamentales.
El primero ofrece una visón general sobre el Estado, la cuestión nacional y
el poder político. El segundo trata sobre el papel cumplido por el Ejército
en la vida del naciente país, con énfasis en su organización y funcionamien-
to. El tercero es una perspectiva general de la vida de la Iglesia católica,
con especial referencia a su relación con el Estado. El cuarto y último es un
panorama general de la vida de los municipios del Ecuador en el siglo XIX.

ECUADOR DEL SIGLO XIX


Al cabo de varias décadas de investigación y docencia especializadas sobre
el Ecuador y América Andina en el siglo XIX, con este nuevo libro, el autor
ofrece a los lectores una visión renovada de la problemática, importantes
avances y también desafíos para el trabajo futuro.

ECUADOR DEL SIGLO XIX


Enrique Ayala Mora es doctor en Educación por la Universidad Católica del
Ecuador y en Historia por la Universidad de Oxford. Enseña en la Universidad
Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador, de la cual es rector y profesor de Historia
de América Latina.

Estado Nacional, Ejército,


Ha enseñado e investigado historia desde los años setenta. Se lo reconoce
como uno de los principales expertos en historia social y política del siglo
XIX. Fue editor de la Nueva Historia del Ecuador, del volumen VII de la

Iglesia y Municipio
Historia General de América Latina publicada por la UNESCO, y de otras
obras especializadas. Ha publicado varios libros sobre historia ecuatoriana y
latinoamericana.

Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador


Corporación Editora Nacional

30

Common questions

Con tecnología de IA

The socio-political landscape of 19th-century Ecuador significantly influenced Church-State interactions by intertwining religious authority with national governance to sustain social order and political power. The state's reliance on the Church for moral legitimacy and social cohesion was accentuated during periods of political instability and external influences . While liberalism swept through neighboring regions, Ecuador's conservative elements sought to bolster state power through religious endorsement, using instruments like the Concordato to intertwine church and national ideology . This integration reinforced a conservative national identity that resisted liberal modernization trends, thus shaping the ongoing dynamic between religious and political spheres .

In 19th-century Ecuador, municipal governments played a critical role in local governance by acting as central administrative units responsible for various civic duties. These included organizing elections, overseeing public works, and addressing local legal matters . Municipalities operated with a degree of autonomy and were often seen as power centers where local elites negotiated with broader state structures . They functioned as intermediaries between the central government and local communities, balancing local interests with national policies, thus playing a pivotal role in maintaining social order and political stability at the local level .

During García Moreno's regime, the Church's role in Ecuador was transformed through greater control and integration with the state. The regime fostered a monolithic Church by removing oppositional elements and increasing reliance on foreign clergy, which reduced the Church's independence . This period marked a shift towards ideological homogenization, with the Church serving as a tool for promoting García Moreno's centralizing and modernizing agenda . This was achieved against substantial opposition from within the clergy and reflected broader tensions between Church independence and state oversight.

The organizational structure of the early Ecuadorian army reflected broader societal challenges during the republic's formation by highlighting issues such as financial instability, social stratification, and regional autonomy. The army's reliance on a mix of conscripts and career soldiers underscored the economic challenges of maintaining a stable force . Additionally, corruption within military finances and the fluctuating size of the army mirrored societal problems like governance inefficiency and regional disparities. These structural challenges in the military were symptomatic of a young republic struggling to establish a cohesive national infrastructure amid political uncertainty .

Financial practices significantly impacted soldiers in the early Ecuadorian army, notably through systemic issues like corruption. For instance, maintaining troop numbers fictitiously allowed military leaders to embezzle funds meant for unoccupied soldiers . Additionally, many soldiers faced financial hardships as they struggled to secure a stable future given the army's inadequate compensatory structures and the practice of withholding or misusing pension funds . These financial mismanagements highlighted a broader issue of corruption and inefficiency within the military economic administration.

The relationship between local and central governments in Ecuador significantly shaped the development of national identity during the 19th century by fostering a sense of regionalism that both complemented and challenged central authority. Municipalities acted as arenas for political expression and negotiation, allowing local elites to influence national discourse . The tension and cooperation between these governmental layers helped integrate diverse regional identities into a cohesive national framework, albeit imperfectly. This dynamic interplay facilitated the gradual emergence of a national consciousness that balanced local distinctiveness with a broader Ecuadorian identity .

García Moreno's approach to Church administration reflected his broader political strategy by using religious reform to consolidate central authority and promote ideological alignment with his modernization agenda. By negotiating with the Vatican for a high level of control over the Church, García Moreno sought to ensure that the Church supported his political aims, including moral reform and social control . His intervention in ecclesiastical matters demonstrated a deliberate strategy to leverage religion as a unifying ideological force, despite internal opposition from the clergy . This integration aimed to stabilize his authoritarian rule by aligning religious and state ideologies.

The persistence of soldiers in the Ecuadorian army during this period was due to multiple factors, including limited post-service employment opportunities and financial instability. Soldiers often found it challenging to leave the military due to a lack of job prospects and inability to save money for future needs. This situation was further compounded by the rigid military lifestyle that consumed significant personal time, as noted by the Minister of War in 1846, who highlighted the exhaustive nature of the service that left soldiers unable to meet their basic needs .

The structuring of municipalities in 19th-century Ecuador had a profound impact on indigenous communities. It led to both tensions and interactions as municipalities often represented dominant local interests, which clashed with communal and traditional indigenous systems . Municipalities took over many functions previously held by colonial institutions, which included tax collection and land disputes, often leading to the erosion of indigenous autonomy and resources. This process facilitated the encroachment of mestizo and white settlers into indigenous lands, prompting social and economic disruptions within indigenous communities .

The delays and mismanagement of military pensions had severe social implications for soldiers' families in 19th-century Ecuador. Families often experienced financial distress due to the insufficiency and unreliability of pension payments, forcing many to sell their pension rights to usurers at heavy discounts . This not only impoverished families but also perpetuated social inequalities and exposed military kin to economic exploitation. The resulting financial instability added to the social stratification and drew public criticism towards the state's inability to support its veterans and their dependents adequately.

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