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Trabajad por el alimento que perdura (Jn 6, 22-29)
El texto evangélico está colmado de dinamismo., barcas y
muchedumbres movilizados de un lado a otro de lago de Galilea, con una
misma finalidad: buscar y encontrar a Jesús. Idas y venidas de hombres y
barcas con una sola inquietud ¿dónde está Jesús?
Está precedido por la multiplicación de los panes, la experiencia de ver
a Jesús caminando sobre las aguas y junto a este pasaje disponen al creyente
para el discurso del pan de vida. ¡Veneremos, pues, inclinados, tan grande
sacramento!
Veneremur Cernui – Veneremos inclinados
del Reverendísimo Thomas J. Olmsted, Obispo de Phoenix a los sacerdotes,
diáconos, religiosos y a los fieles laicos de la Diócesis de Phoenix sobre el
Sacramento de la Sagrada Eucaristía
1. Primera Parte: La Eucaristía – Un Misterio que debemos de
venerar
2. Segunda Parte: No le ocultes nada a Cristo
3. Tercera Parte: Amar y adorar al Señor Eucarístico
No podemos hablar acerca de la Eucaristía sin ser confrontados por su
extraordinario misterio. No es de extrañar que este sea el punto central de la
división entre Católicos y otros Cristianos. Desde el segundo siglo, tenemos
registros de Cristianos acusados de canibalismo por los romanos paganos
debido a que los Cristianos consumieron y bebieron el Cuerpo y la Sangre de
Cristo (cf. Apologías Primera y Segunda de San Justino Mártir). A partir de la
Reforma Protestante, muchos Cristianos dejaron de creer en la presencia real
de Jesús en la Eucaristía. Cristianos de confesión no-Católica únicamente
tienen un servicio religioso los domingos, pero no el Santo Sacrificio de la
Misa.
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El versículo bíblico perenne donde da inicio y termina el conflicto
Cristiano es el discurso del Pan de Vida: “Les aseguro que, si no comen la
carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes.
El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en
el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la
verdadera bebida.” (Jn 6,53-55) (Exh. Apost.11)
La Eucaristía es el alimento sobrenatural que nos sostiene en la difícil
jornada hacia la Tierra Prometida de la salvación eterna: "El que come mi
carne tiene Vida eterna". Para ver la verdad de estas palabras, debemos de
volvernos hacia el contexto en el cual fueron pronunciadas. Exh. Apost 13
De la misma manera que los hebreos no tenían otro medio de
liberación que el cordero pascual, tampoco existe otro medio de salvación que
no sea a través de la gracia del propio sacrificio de Jesús. Debido a que Jesús
es Dios, la Segunda Persona de la Trinidad, la ofrenda de Su sangre es, en un
sentido real, un acto de Dios, que trasciende el tiempo y el lugar. Es debido a
esto que, en cada Misa, nos deleitamos con la carne del Cordero de Dios
ofrecido una vez y para siempre en expiación por nuestros pecados Exh.
Apost 18
En la Ultima Cena, la cual la Iglesia conmemora el día de hoy, Jesús
participó y transformó para siempre la cena ritual de la Pascua judía. Es aquí
en donde vemos el contexto en el que Jesús desea que su Cuerpo y su Sangre
sean consumidos como alimento. En este contexto descubrimos la belleza del
gran misterio de la Eucaristía como el cumplimiento tanto de la Pascua judía
como de la Alianza de Israel. Exh. Apost15
Da todo a Cristo
Sabía lo mucho que Sus discípulos necesitarían de Su presencia, una
presencia que "La Imitación de Cristo" (escrito por Tomás de Kempis)
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describe elocuentemente como consoladora y fortalecedora: "Cuando Jesús
está presente, todo es bueno y nada parece difícil; más cuando Jesús está
ausente, todo es duro. Cuando Jesús no habla dentro del alma, muy
despreciable es la consolación; más si Jesús habla una sola palabra, se siente
gran consolación" (Libro Segundo, Capítulo 8). En cierto sentido pudiésemos
decir que aquí Jesús se enfrenta a un dilema, por un lado, desea volver a Su
Padre, y por otro desea permanecer con Sus discípulos. El amor de Dios
encuentra una solución ingeniosa a este dilema. Jesús vuelve a Su Padre, pero
al instituir el Sacramento de la Eucaristía, permanece al mismo tiempo con
Sus discípulos, para acompañarlos en los desafíos, dificultades y sufrimientos
que tendrán que afrontar al asumir la misión de predicar las Buenas Nuevas.
A través de la Eucaristía, Jesús concede el mayor don de Sí mismo a sus
discípulos y a también nosotros. En efecto, ¡la Eucaristía es verdaderamente
el sacramento del amor de Cristo!
En respuesta a este gran don, muchos misioneros a lo largo de la
historia han renunciado a todo, incluso a su propia familia, dejando su patria
para llevar el mensaje del amor de Dios y la Eucaristía a muchas partes del
mundo. En respuesta, una enorme cantidad de religiosos y religiosas han
consagrado sus vidas a adorar a Jesús en el Santísimo Sacramento dentro de
las cuatro paredes de su convento o monasterio. En respuesta, innumerables
mártires a lo largo de los siglos, como los de la persecución de principios del
siglo III en Abitina en Túnez, estuvieron dispuestos a someterse a torturas y a
la muerte antes de negar la Presencia Real de Jesús en la Eucaristía. Y en
respuesta, muchos creyentes, incluso en la actualidad, se han comprometido a
asistir a la Misa diaria y a la adoración para estar con Jesús en la Eucaristía.
La pregunta que debemos hacernos es: ¿Cuál es nuestra propia respuesta? 32.
“Quantum potes, tantum aude, quia maior omni laude nec laudare sufficis”. En
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efecto, no debemos retener nada, sino que al contrario debemos entregarnos
totalmente al Señor que se ha entregado por entero a nosotros en la Eucaristía.
La única respuesta adecuada a este gran don es ordenar toda nuestra vida
conforme primeramente a recibir este don, y después a imitarlo,
ofreciendo a Jesús nuestro propio cuerpo y sangre, nuestro sudor y
nuestras lágrimas, todo nuestro corazón, todo lo que tenemos y todo lo
que somos mediante el servicio y el amor a nuestros hermanos, como
Jesús lo ha hecho por nosotros. Exh. Apost. 31-32
Si estuviéramos en el Calvario, ¿qué llamaría nuestra atención?
Veríamos a Jesús jadeando por aliento. Su mirada parecería alternar de abajo
hacia arriba, viendo primero hacia nosotros con misericordia y anhelo, y
segundo hacia arriba en entrega a su Padre. ¿Diríamos simplemente "gracias",
o nos sentiríamos obligados a darle una respuesta compasiva? Cuando
asistimos a la Misa, ¿buscamos unirnos a Jesús en su entrega total a la
voluntad del Padre? ¿traemos nuestras imperfecciones, nuestros trabajos y
nuestros pecados y los ponemos ante Jesús para ser consumidos por su
muerte? Decimos junto con Jesús, "en tus manos, Padre, ¡también encomiendo
mi Espíritu!" o en vez ¿elegimos permanecer esclavizados a nuestro pecado?
Oh, Madre Santísima, que con tu generoso "Fiat" desencadenaste la
Fuente de todas las gracias en nuestro mundo, intercede por nosotros que
deseamos una fe y una devoción cada vez mayores en tu Divino Hijo, para
que podamos cooperar con su obra de Redención. Que el Señor Eucarístico
encuentre siempre en nuestros corazones una morada de bienvenida como
lo hizo en el tuyo. 31 Sé nuestro refugio y compañera en nuestro camino de
peregrinación hacia nuestro hogar celestial, donde contigo y con todos los
Santos disfrutaremos de la comunión eterna con tu Hijo, que es nuestra
roca de refugio en todas las tormentas de la vida. Amén.