28 de enero
Santo Tomás de Aquino, presbítero y doctor de la Iglesia
Invitatorio
Ant. Hoy es la fiesta solemne del angélico doctor Tomás; que la Iglesia lo ensalce con
devoción suplicante.
Oficio de lectura
SALMODIA
Ant.1 El amor de Dios hace que el hombre todo tienda a Dios sin vacilación.
Yo esperaba con ansia al Señor;
él se inclinó y escuchó mi grito:
me levantó de la fosa fatal;
de la charca fangosa;
afianzó mis pies sobre la roca
y aseguró mis pasos;
me puso en la boca un cántico nuevo,
un himno a nuestro Dios.
Muchos, al verlo, quedaron sobrecogidos
y confiaron en el Señor.
Dichoso el hombre que ha puesto
su confianza en el Señor,
y no acude a los idólatras,
que se extravían con engaños.
Cuántas maravillas has hecho
Señor, Dios mío,
cuántos planes en favor nuestro;
nadie se te puede comparar.
Intento proclamarlas, decirlas,
pero superan todo número.
Tú no quieres sacrificio ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides sacrificio expiatorio,
entonces yo digo: « Aquí estoy
—como está escrito en mi libro—
para hacer tu voluntad. »
Dios mío, lo quiero,
y llevo tu ley en mis entrañas
Ant. El amor de Dios hace que el hombre todo tienda a Dios sin vacilación.
Ant.2 Ya que has pedido para ti la sabiduría: por eso te son dadas sabiduría y
entendimiento, dice el Señor
He proclamado tu salvación
ante la gran asamblea;
no he cerrado los labios:
Señor, tú lo sabes.
No me he guardado en el pecho tu defensa,
he contado tu fidelidad y tu salvación,
no he negado tu misericordia y tu lealtad
ante la gran asamblea.
Tú, Señor, no me cierres tus entrañas,
que tu misericordia y tu lealtad
me guarden siempre,
porque me cercan desgracias sin cuento.
Se me echan encima mis culpas,
y no puedo huir;
son más que los cabellos de mi cabeza,
y me falta el valor.
Señor, dígnate librarme;
Señor, date prisa en socorrerme.
Alégrense y gocen contigo
todos los que te buscan;
digan siempre: « Grande es el Señor »
los que desean tu salvación.
Yo soy pobre y desdichado,
pero el Señor se cuida de mí;
tú eres mi auxilio y mi liberación:
Dios mío, no tardes.
Ant. Ya que has pedido para ti la sabiduría: por eso te son dadas sabiduría y
entendimiento, dice el Señor.
Ant. 3 Lo que hemos visto con nuestros propios ojos: la Palabra de vida, os lo
anunciamos, para que estéis unidos con nosotros.
El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar?
Cuando me asaltan los malvados
para devorar mi carne,
ellos, enemigos y adversarios,
tropiezan y caen.
Si un ejército acampa contra mí,
mi corazón no tiembla;
si me declaran la guerra,
me siento tranquilo.
Una cosa pido al Señor,
eso buscaré:
habitar en la casa del Señor
por los días de mi vida;
gozar de la dulzura del Señor,
contemplando su templo.
Él me protegerá en su tienda:
el día del peligro;
me esconderá en lo escondido de su morada,
me alzará sobre la roca;
y así levantaré la cabeza
sobre el enemigo que me cerca;
en su tienda sacrificaré
sacrificios de aclamación:
cantaré y tocaré para el Señor.
Ant. Lo que hemos visto con nuestros propios ojos: la Palabra de vida, os lo
anunciamos, para que estéis unidos con nosotros.
V. En ti está, Señor, la fuente de la vida.
R. Y tu luz nos hace ver la luz.
Primera lectura
Del libro del Eclesiástico 39, 1-10
El que se entrega de lleno a meditar la ley del Altísimo indaga la sabiduría de
sus predecesores y estudia las profecías, examina las explicaciones de autores famosos
y penetra por parábolas intrincadas, indaga el misterio de proverbios y da vueltas a
enigmas.
Presta servicio ante los poderosos y se presenta ante los jefes, viaja por países
extranjeros, probando el bien y el mal de los hombres; madruga por el Señor, su
creador, y reza delante del Altísimo, abre la boca para suplicar, pidiendo perdón de sus
pecados.
Si el Señor lo quiere, él se llenará de espíritu de inteligencia; Dios le hará
derramar sabias palabras y él confesará al Señor en su oración; Dios guiará sus
consejos prudentes, y él meditará sus misterios; Dios le comunicará su doctrina y
enseñanza, y él se gloriará de la ley del Altísimo.
Muchos alabarán su inteligencia, que no perecerá jamás; nunca faltará su
recuerdo, y su fama vivirá por generaciones; los pueblos contarán su sabiduría, y la
asamblea anunciará su alabanza.
Responsorio Si 24, 33
R. Aún derramaré la enseñanza como profecía. * La dejaré por generaciones de siglos.
V. Ved que no sólo para mí me he fatigado, sino para todos los que la buscan.
[Link] dejaré por generaciones de siglos.
Segunda lectura [**]
De los Opúsculos teológicos de santo Tomás de Aquino, presbítero y doctor de la
Iglesia
Es claro que no todos pueden dedicarse a la ciencia con esfuerzo y por eso
Cristo ha dado una ley sencilla que todos la puedan conocer y nadie pueda excusarse
por ignorancia de su cumplimiento. Esta es la ley del amor divino: Porque pronta y
perfectamente cumplirá el Señor su palabra sobre la tierra. (Rm 9, 28; Is 10, 23)
Esta ley debe ser la regla de todos los actos humanos. Del mismo modo que
sucede en las cosas artificiales, donde una cosa se dice buena y recta cuando se adecua
a la regla, de la misma manera, pues, cualquier acción del hombre se llama recta y
virtuosa cuando concuerda con la regla divina del amor, mientras que cuando está en
desacuerdo con ella no es ni recta, ni buena, ni perfecta.
Esta ley, la del amor divino, realiza en el hombre cuatro cosas muy deseables.
En primer lugar es causa en él de la vida espiritual; es claro que ya en el orden natural
el que ama está en el amado, y del mismo modo, también el que ama a Dios lo tiene a
Él mismo dentro de sí: Quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él.
(1 Jn 4, 16) Es propio también naturalmente en el amor que, el que ama se transforme
en el amado; así, si amamos a Dios nos hacemos divinos: El que se une al Señor es un
espíritu con él. (1 Co 6, 15) Y como afirma san Agustín: « Como el alma es la vida del
cuerpo, así Dios es la vida del alma. » Paralelamente el alma obrará virtuosamente y
perfectamente sólo cuando actúe por la caridad, mediante la cual Dios habita en ella;
en cambio, sin caridad, no podrá actuar: El que no ama permanece en la muerte. (1 Jn
3, 14) Si alguien tuviera todos los dones del Espíritu Santo, pero sin la caridad, no
tiene la vida. Sea el don de lenguas, sea la gracia de la fe, o cualquier otro, como el
don de profecía, si no hay caridad, no dan la vida. (1 Co 13) Aunque al cuerpo muerto
se lo revista de oro y piedras preciosas, no obstante siempre estará muerto.
En segundo lugar, es causa del cumplimiento de los mandamientos divinos.
Dice san Gregorio que la caridad no es ociosa: si se da, actuará cosas grandes; pero si
no se actúa es que no hay allí caridad. Comprobamos cómo el que ama es capaz de
hacer cosas grandes y difíciles por el amado, por ello dice el Señor: El que me ama
guardará mi palabra. (Jn 14, 23) El que guarda el mandamiento y ley del amor divino,
cumple toda la ley.
Lo que hace la caridad en tercer lugar es ser una defensa en la adversidad. Al
que posee la caridad ninguna cosa adversa lo dañará, es más, se convertirá en utilidad:
A los que aman a Dios todo les sirve para el bien; (Rm 8, 28) aún más, incluso al que
ama le parecen suaves las cosas adversas y difíciles, como entre nosotros mismos
vemos tan manifiestamente.
En cuarto lugar la caridad lleva a la felicidad; únicamente a los que tienen
caridad se les promete efectivamente la bienaventuranza. Todas las demás cosas, si no
van acompañadas de la caridad, son insuficientes. Además es de saber que la
diferencia de bienaventuranza se deberá únicamente a la diferencia de caridad y no en
comparación con otras virtudes. Hubo muchos que fueron más abstinentes que los
apóstoles, pero los apóstoles están por delante de todos en la bienaventuranza por la
excelencia de la caridad.
Por lo dicho ya se ve que la caridad realiza cuatro cosas. Primeramente da la
remisión de los pecados y esto lo vemos con claridad en nosotros mismos: si alguien
ofende a otro y después lo ama íntimamente, se le perdonará la ofensa a causa de este
amor. Esto se ve muy claramente en el ejemplo de Magdalena, de quien dice el Señor:
Sus muchos pecados están perdonados. Pero ¿por qué? y añade: Porque tiene mucho
amor. (Lc 7, 49) Quizá alguien dirá: basta, pues, la caridad para perdonar los pecados
y no es necesario el arrepentimiento. Pero ha de tenerse en cuenta que verdaderamente
nadie quiere de verdad, si de verdad no se arrepiente.
Es también causa de la iluminación del corazón. Como dice Job: Todos estamos
envueltos en tinieblas, (37,19, Vulgata) y frecuentemente ignoramos qué cosa hacer o
qué cosa desear, pero la caridad enseña todas las cosas necesarias para la salvación: Su
unción os enseña acerca de todas las cosas. (1 Jn 2, 27) Y esto es debido a que donde
está la caridad está el Espíritu Santo que conoce todo y que nos conduce por el camino
derecho. (Sal 106, 7)
Además crea en el hombre la alegría y la paz perfectas. La caridad da al hombre
gran dignidad pues de siervo lo hace libre y amigo. La caridad hace no sólo libres sino
hijos, pues efectivamente no sólo somos llamados, sino que somos de verdad hijos de
Dios: Ese Espíritu y nuestro espíritu dan testimonio concorde: que somos hijos de
Dios; y si somos hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con
Cristo. (Rm 8, 16) Aunque todos los dones provengan del Padre de las luces, (St 1, 17)
este don de la caridad excede a todos los demás dones ya que todos los demás dones se
tienen sin la caridad y sin el Espíritu Santo, pero con la caridad necesariamente se
tiene el Espíritu Santo.
Responsorio
R. La fuente de la sabiduría se derrama con abundancia desde el cielo en santo Tomás,
como un río de límpida ciencia; y él, una vez recibida, vierte su plenitud como
manantial de extraordinaria maestría. * Fecundando toda la Iglesia santa.
V. De estilo conciso, de agradable elocuencia, de afirmaciones claras, seguras,
sublimes.
R. Fecundando toda la Iglesia santa.
O bien:
De los Opúsculos teológicos de santo Tomás de Aquino, presbítero y doctor de la
Iglesia
Cristo eligió padres pobres, pero perfectos en la virtud; llevó una vida pobre,
para que nadie se gloríe solamente de la nobleza del linaje o de las riquezas de la
familia; llevó una vida pobre, para enseñarnos a despreciar las riquezas; vivió privado
de dignidades, para apartar al hombre de un apetito desordenado de honores; soportó
trabajos, hambre, sed y sufrimientos corporales de forma que los hombres no se
retrajeran del bien de la virtud por dedicarse a los placeres y delicias a causa de la
dureza de esta vida.
Soportó, finalmente, la muerte para que nadie abandonara la verdad por miedo a
la muerte; eligió la forma de muerte más reprobable, la muerte de cruz, para que nadie
temiera como digna de vituperio la muerte por la verdad. Fue, por tanto, conveniente
que el Hijo de Dios hecho hombre sufriera la muerte para que así su ejemplo animara
a los hombres a la virtud, para que se realice lo que dice Pedro: Cristo padeció por
nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. (1 P 2, 21)
Si Cristo hubiese vivido en el mundo como rico, poderoso y revestido de alguna
gran dignidad, se podría haber pensado que su doctrina y sus milagros fuesen
aceptados por la fuerza del favor de los hombres y por un poder humano; por lo tanto,
para que constase con evidencia que eran obra de la fuerza de Dios, escogió
todo lo ínfimo y despreciado del mundo: madre pobre, vida indigente, discípulos y
mensajeros incultos y el ser rechazado y condenado, incluso a muerte, por los
magnates del mundo, para que así manifiestamente constase que la aceptación de su
doctrina y milagros no fue debida a un poder humano, sino divino.
Hay aún otro aspecto que considerar en este punto y es que por la misma razón
de la providencia por la que el Hijo de Dios hecho hombre quiso sufrir en sí mismo la
debilidad, por la misma razón también quiso que sus discípulos, a los que constituyó
ministros de la salvación de los hombres, fueran despreciados en el mundo y para ello
no los escogió cultos y nobles, sino iletrados y de sencilla condición social, es decir,
sencillos pescadores. Y cuando los envía a buscar la salvación de los hombres, les
manda guardar la pobreza, sufrir persecuciones y oprobios y soportar también la
muerte por la verdad, de modo que su predicación no pareciera ordenada a alguna
comodidad terrena y para que la salvación del mundo no fuera atribuida a sabiduría o
fuerza humanas, sino únicamente a la fuerza y sabiduría de Dios. Por tanto tampoco en
los apóstoles estuvo ausente la fuerza divina, que por ellos hacía cosas maravillosas, si
bien a la vista del mundo aparecieran como despreciables.
Este modo de actuar era necesario para la salvación del hombre a fin que los
hombres aprendieran a no confiar soberbiamente en sí mismos sino en Dios. Es
también necesario para la perfecta santificación del hombre que éste se someta
totalmente a Dios, que de él espere recibir todos los dones y que reconozca luego
haberlos recibido de Dios.
Responsorio 2Tm 4, 8; 1, 12
R. Me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, * Me premiará en
aquel día.
V. Sé de quien me he fiado y estoy firmemente persuadido de que tiene poder para
asegurar hasta el último día el encargo que me dio.
R. Me premiará en aquel día.
Oración
Oh Dios, que en tu providencia has dado a la Iglesia a santo Tomás de Aquino como
maestro de sabiduría y modelo de santidad; por sus méritos y ejemplo concédenos
buscarte con sinceridad