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04.-Hebdomeros Descargable

Giorgio de Chirico, "Hebdomeros", ed. Vanilla Planifolia, México.
Derechos de autor
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04.-Hebdomeros Descargable

Giorgio de Chirico, "Hebdomeros", ed. Vanilla Planifolia, México.
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Hebdomeros

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Dirección literaria
Philippe Ollé-Laprune

Dirección editorial
Rodrigo Fernández de Gortari

Coordinación editorial
Luis Ernesto Nava Buenfil

Diseño de portada e interiores


Tres laboratorio visual
Jorge Brozon | Rafael Rodríguez

Título de la edición original


Hebdomeros, 1929
© Flammarion

De la traducción: Conrado Tostado

d.r. © Vanilla Planifolia, s.a. de c.v.

isbn: 978-607-95650-4-6

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Se autoriza reproducir, transmitir, comunicar o almacenar


el contenido de esta publicación, siempre y cuando se
cite la fuente de la que se obtuvo.

Impreso en México | Printed in Mexico

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Hebdomeros
Giorgio de Chirico
Traducción | Conrado Tostado

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...Y bien, aquí empieza la visita a aquel extraño edificio
ubicado en una calle austera, aunque distinguida y sin tristeza.
Visto por fuera, parecía un consulado alemán en Melbourne.
Toda la planta baja estaba ocupada por grandes tiendas. Y si
bien no era domingo ni día feriado, éstas permanecían cerra-
das, lo cual daba a esa parte de la calle un aire de melancólico
aburrimiento, cierta desolación, como esa atmósfera singular
que tienen las aldeas anglosajonas en domingo. Flotaba en el
aire un ligero olor a muelle, a ese indefinible y muy sugerente
aroma que se desprende de las bodegas de mercancías localiza-
das en los muelles. Por lo demás, ese aspecto de consulado ale-
mán en Melbourne era la impresión estrictamente personal de
Hebdomeros y, de hecho, cuando lo comentó con sus amigos,
se rieron; la comparación les pareció graciosa pero no insistie-
ron, cambiaron de tema enseguida y Hebdomeros concluyó
que quizá no habían entendido bien el sentido de sus palabras.
Pensó en la dificultad de darse a entender cuando uno ha alcan-
zado cierta altura o profundidad.
“¡Qué curioso, se repetía Hebdomeros, la idea de que
cualquier asunto escapara de mi comprensión, me impediría
dormir, sin embargo, la gente, por lo general, puede ver, oír o
leer cosas completamente oscuras para ellos sin perturbarse!”.
Comenzaron a subir la gran escalera construida enteramente
de madera barnizada; en medio, tenía un tapete y, al pie, sobre
una pequeña columna dórica tallada en roble, donde remataba
la rampa, se erguía una estatua policroma también de madera
que representaba a un negro californiano sosteniendo, con los
brazos sobre su cabeza, una lámpara de gas cuyo mechero
estaba cubierto con una funda de amianto. Hebdomeros tenía
la impresión de subir hacia un consultorio de dentista o de un

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médico especializado en enfermedades venéreas; estaba ligera-
mente emocionado y sentía como el inicio de un cólico; intentó
superar su turbación pensando que no estaba solo, que lo
acompañaban dos amigos robustos y deportistas, armados con
pistolas automáticas y cargadores de repuesto en los bolsillos
traseros de sus pantalones. Al darse cuenta de que se acercaban
al piso que, según les habían dicho, era el más rico en aparicio-
nes extrañas, comenzaron a subir más lentamente, sobre la
punta de sus pies, y poniendo más atención. Se apartaron un
poco, aunque mantuvieron la distancia para poder bajar la
escalera con el máximo de rapidez y libertad, en caso de que
alguna aparición de tipo particular los obligara a hacerlo.
Hebdomeros pensó, en ese instante, en sus sueños de infancia,
cuando subía con angustia y bajo una luz indecisa escaleras
amplias de madera barnizada, en las que un espeso tapete
amortiguaba el ruido de los pasos —de cualquier modo, sus
zapatos crujían rara vez, pues los mandaba a hacer a la medida
con un zapatero de apellido Perpignani, a quien toda la ciudad
conocía por la buena calidad de sus pieles; todo lo contrario del
padre de Hebdomeros quien carecía de la menor habilidad
para comprar zapatos, de allí que hiciera un ruido abominable,
como si a cada paso aplastara una bolsa de avellanas—. De
pronto, aparecía el oso, aquel oso obstinado y perturbador que
lo seguía por pasillos y escaleras, con la cabeza baja, como si
pensara en otra cosa y, luego, la fuga desesperada, cruzando
recámaras de salidas complicadas, el salto al vacío, por la ven-
tana (suicidio en sueños) y el descenso, planeando, como esos
hombres-cóndor que le gustaba dibujar a Leonardo, entre cata-
pultas y partes anatómicas. Aquel sueño predecía contratiem-
pos y, sobre todo, enfermedades.
“¡Henos aquí!”, dijo Hebdomeros extendiendo el brazo
ante sus compañeros con el clásico gesto del capitán concilia-
dor que frena el impulso de sus soldados. Llegaron al umbral
de una amplia sala, de techos altos, decorada a la moda de
1880. La iluminación y el tono general de la habitación, com-
pletamente desprovista de muebles, hacía pensar en los salones
de juego de Monte Carlo. En una esquina, dos gladiadores con

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escafandras se ejercitaban sin convicción bajo la abúlica mirada
del profesor, un gladiador retirado con ojos de buitre y cuerpo
cubierto de cicatrices. “¡Gladiadores! Esa palabra contiene un
enigma”, dijo Hebdomeros en voz baja a su compañero más
joven. Y pensó en los music-halls, cuyos techos luminosos evo-
can las visiones del paraíso dantesco; también pensó en los
atardeceres romanos al final del espectáculo, cuando el sol
declina y el inmenso velarium alarga su sombra sobre una
arena olorosa a aserrín y una grava impregnada de sangre…

Visión romana, frescura antigua


Zozobra del anochecer, canción náutica.*

Otra vez puertas capitoné y corredores breves y vacíos, luego,


de golpe: ¡la sociedad! Ir por el mundo. Hacer una vida mun-
dana. Reglas de sociedad. Saber vivir. Invitaciones. p. a. c.
(Por Amable Conducto). n. r. d. a. (Nos Reservamos el Derecho
de Admisión). r. s. v. p. (Reservez S’il Vous Plaît). En una
esquina de la sala, un enorme piano de cola abierto, del que,
sin necesidad de levantarse sobre la punta de los pies, se veían
sus complicadas entrañas y la clara anatomía de su interior. No
era difícil imaginar la catástrofe si alguno de los candiles, lle-
nos de velas de cera azul y rosa encendidas cayera sobre el
piano. ¡Qué desastre en aquel remolino melógeno! La cera
derramándose sobre las tensas cuerdas metálicas, como el arco
de Ulises e impidiendo el juego preciso de los martinetes forra-
dos de fieltro. “¡Ni pensarlo!”, dijo Hebdomeros, volviéndose a
sus compañeros y los tres, entonces, tomados de la mano como
para enfrentar un peligro, vieron en silencio, con los ojos bien
abiertos, un espectáculo desconcertante: imaginaron que nave-
gaban en un moderno submarino y que descubrían, a través de
las claraboyas, los misterios de la flora y la fauna del océano.
Por lo demás, el espectáculo que presenciaban tenía cierta-
mente algo subacuático que recordaba esos enormes acuarios,
aunque sólo fuera por su luz difusa y sin sombras. Un silencio,

* Vision romaine, fraîcheur antique / Angoisse du soir; chanson nautique.

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extraño e inexplicable pesaba en el escenario: el pianista, sen-
tado ante su instrumento, tocaba sin hacer ruido y no se veía
porque, después de todo, no había nada en él digno de verse,
los personajes del drama giraban en torno al piano, con tazas
de café en las manos y gestos y movimientos de saltarines fil-
mados en cámara lenta. Toda esa gente vivía en un mundo pro-
pio, aparte, ignoraban todo; nunca habían escuchado una sola
palabra de la guerra de los bóers ni de la catástrofe de la
Martinica; eran incapaces de reconocerlos porque nunca los
habían conocido; nada los perturbaba, nada entraba en con-
tacto con ellos: ni el ácido prúsico ni el bisturí, ni las balas
blindadas. Si a un rebelde (por llamarlo así) se le hubiera ocu-
rrido encender la mecha de un aparato explosivo, los cincuenta
kilogramos de melinita alojados en su interior habrían ardido
lentamente, silbando como leña húmeda. Algo, en todo eso,
resultaba desesperante. Hebdomeros suponía que era efecto del
ambiente, de la atmósfera y no conocía ningún remedio, lo
único que se podía hacer era vivir y dejar vivir. Pero, that is the
question: ¿realmente estaban vivos?… Era difícil responderlo,
sobre todo así, de pronto, sin dedicar al tema algunas noches
de profunda meditación, como hacía Hebdomeros cada vez
que algún problema complicado asediaba su espíritu.
Además, temía iniciar una discusión con sus amigos,
sobre las eternas preguntas: ¿qué es la vida?, ¿qué es la muerte?,
¿es posible la vida en otros planetas?, ¿cree usted en la metem­
psicosis, en la inmortalidad del alma, en la inviolabilidad de las
leyes naturales, en los fantasmas que predicen catástrofes, en el
subconsciente de los perros, en los sueños con búhos, en lo enig-
mático de los grillos, de las cabezas de codorniz y de los ocelos
en las pieles de los leopardos? Este tipo de discusiones lo horro-
rizaban, aunque en el fondo se sintiera instintivamente atraído
por el lado enigmático de los seres y las cosas. Eran los otros, los
que debatían con él, quienes le inspiraban desconfianza; temía
su amor propio, su despecho, su histeria; no quería despertar
sentimientos complejos en sus amigos; de hecho, también temía
su admiración; todos esos ¡Formidable! ¡Insólito! ¡Sorprendente!,
le producían un placer muy mediocre y terminaban irritándolo.

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Su única dicha consistía en que no se ocuparan de él, de ninguna
manera; vestirse como todo el mundo; pasar desapercibido;
jamás sentir a su espalda o a sus costados la flecha de una
mirada, así fuera bondadosa. O bien, es cierto, quisiera que se
ocuparan de él, pero de otra manera: gozar de las ventajas y las
satisfacciones de la gloria, sin padecer sus inconvenientes. En
una palabra, ¡sibaritismo!

Ej.: El vaso roto era muy caro.


Ej.: La puerta cerrada no cedía.

Tomemos el ejemplo del vaso roto. Esa reputación de niño-mártir,


a quien su madrastra asestaba una andanada de golpes con
cualquier pretexto, era completamente falsa, uno se daba
cuenta de inmediato cuando toda la familia se había reunido
en el comedor, en torno a los añicos del famoso vaso de Rodas
que durante noventa y dos años coronó la vitrina. Los siete
miembros de la familia observaban esos añicos blancuzcos con
la mirada baja, las manos abiertas sobre las rodillas flexiona-
das y los codos hacia fuera, como si estuvieran sentados en un
banco invisible. Pero nadie se movía, nadie lo acusaba. Miraban
con la misma curiosidad con la que algunos arqueólogos verían
aparecer una estatua desenterrada o con la que un grupo de
paleontólogos apasionados miraría el fósil que la pala nueva-
mente trajo a la luz del día.
Se hablaba de pegar los añicos y cada quien emitía su
opinión al respecto. Algunos pretendían conocer a especialis-
tas que realizaban este tipo de trabajos de una manera tan per-
fecta que más tarde resultaba imposible distinguir fisura alguna.
El ama de casa (a quien el barrio entero acusaba de ser la pesa-
dilla del joven Aquiles) resultaba la menos trastornada de todos
y, de hecho, fue la primera en romper el hechizo de la contem-
plación. El hermano de Aquiles afirmaba que la manera en que
los añicos habían quedado dispersos sobre la duela contribuía,
con mucho, a la fascinación de los siete miembros de la familia.
Los añicos, en efecto, estaban dispuestos en forma de trapecio,
como esa constelación tan conocida, y la idea de un cielo al

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revés encantó a esas buenas personas, al grado de inmovilizar-
las, de modo que, salvo por el hecho de que miraban hacia
abajo y no hacia arriba, resultaban dignas colegas de los prime-
ros astrónomos caldeos o babilonios, que a lo largo de hermo-
sas noches de verano velaban acostados sobre terrazas, con las
caras vueltas hacia las estrellas. Pero nadie entraba al cuarto
vecino. Allá estaban el aparador, la tetera de plata y el temor a
las grandes cucarachas negras al fondo de trastes vacíos.
Hebdomeros jamás pensó en asociar, en su imaginación, la idea
de las cucarachas con la de los peces, sin embargo, las palabras
grande y negro le recordaban esa punzante escena, en parte
homérica y en parte byroniana, entrevista alguna vez hacia el
atardecer en los rocosos litorales de una árida isla. Para
Hebdomeros, la escena resultaba una fuente de decepción,
seguida de un sentimiento de que se auto traicionaba. El mar
estaba liso y reflejaba perfectamente el cielo iluminado por el
ocaso. Cada cierto tiempo, con la regularidad de un cronóme-
tro, una ola larga nacía a cierta distancia de la orilla, crecía,
aceleraba su carrera y venía a abatirse precipitadamente sobre
la arena, en medio de un ruido de trueno partido a la mitad.
Entre una ola y otra reinaban el silencio y la calma más absolu-
tos. En ese escenario, Hebdomeros escuchó por primera vez la
súplica de la esposa del pescador. Al principio, pensó que el
pescador ya se había alejado en su barca, mar adentro y le fue
imposible no ver en la letra de la canción un mal augurio para
los pescadores, algo que de un modo fatal, tarde o temprano,
acarrearía alguna desgracia a esos hombres, expuestos conti-
nuamente a los peligros de las tempestades:

Haz de mis brazos remos y de mis trenzas, cuerdas


Pues grandes peces negros podrían devorarte
En la profundidad de las hondas aguas.*

Por fortuna, su angustia fue corta ese día, pues instantes más
tarde entrevió, a una treintena de pasos, al pescador remendando
* Fais de mes bras des avirons et de mes tresses des cordages / Car les grands poissons
noirs pourraient te dévorer / Au fond des eaux profondes.

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tranquilamente sus redes, cerca de su choza. Un ventarrón, al
abrir la puerta, lo puso al alcance de su vista. Este episodio
trajo al alma de Hebdomeros una vaga tristeza mezclada con
un sentimiento de decepción. Después de todo, debería ale-
grarle pensar que, en lugar de que lo devoraran grandes peces
negros en la profundidad de las aguas, el pescador remendaba
con tranquilidad sus redes en el tranco de su choza. Pero así es
la naturaleza de los hombres, golosa de dramas, de tragedias.
Siempre nos decepciona cuando, al acercarnos a un círculo de
gente en la calle, vemos que se trata simplemente de un vende-
dor de portaplumas rodeado de mirones, cuando de lejos nos
imaginábamos catástrofes horribles, automóviles reducidos a
polvo y hombres vueltos papilla; o bien, cuando en presencia
de dos individuos exaltados, que se insultan con violencia,
vemos que su querella se resuelve sin llegar a las manos, sin que
nos regalen el espectáculo de un magnífico encuentro de box a
puño limpio, de ésos con los que el cine estadounidense se
muestra tan pródigo y en cambio, el cine francés, ¡lástima!, y
con toda razón, avaro. Hebdomeros pensó todo esto al exami-
nar y analizar su estado de ánimo; acabó por avergonzarse de
lo que sentía y se dirigió a su hotel para la cena, sonrojándose
como una casta doncella que, al perseguir tras un arbusto a
una locuaz mariposa, se encontrara súbitamente en presencia
de un macho adulto en cuclillas y con los pantalones abajo,
satisfaciendo un deseo imperioso y natural.
La cena en el pequeño jardín del hotel, cubierto de guija-
rros pulidos, resultó triste para esos dos hombres con barbas de
sátiros, chalecos arrugados de tela blanca y deslavada, con com-
plicados dijes en las cadenas de sus relojes. Uno de ellos decla-
raba que, a veces en la noche, se despertaba con hambre hasta
que adoptó la costumbre de pedir a la sirvienta que, a la hora de
preparar la cama, dejara un gran tazón de leche en la mesa
de noche, así, una vez acostado, antes de dormir, tomaba el
tazón, lo elevaba como para una libación y lo vaciaba de un
trago. El otro, más brutal aunque con mayor edad, contaba que
en las noches de verano, cuando la ciudad estaba casi desierta
(los habitantes se refugiaban de la canícula a la orilla del mar

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o en el campo), se paseaba a las tres de la mañana por la ave-
nida de los Limoneros del brazo de dos damas jóvenes y de
costumbres ligeras. Mientras escuchaba distraídamente tales
conversaciones, Hebdomeros buscaba en su memoria cierta
remembranza sin lograr precisarla. Recordaba vagamente un
cuarto sin ventanas hacia el mar. Por esa única abertura,
expuesta al norte y que confería al cuarto una claridad de estu-
dio, se percibía a lo lejos parte de esa montaña que, del otro
lado, descendía hacia el golfo y, más cerca, árboles, sobre todo
pinos. Los violentos vendavales que con frecuencia llegaban del
mar los habían doblado en poses estéticas de bailarinas exóti-
cas. En ese momento, esto contrastaba de una manera muy
curiosa con la calma absoluta que reinaba en la atmósfera: en la
claridad de este bello día de octubre, los desdichados pinos
parecían condenados al purgatorio de una tempestad perpetua,
y detrás de ellos, al norte (del lado diametralmente opuesto al
mar), el horizonte brillaba con una pureza helvética. Hebdomeros
pensó entonces en Basilea, en los puentes sobre el Rin que vol-
tea, con violencia torrencial, sus olas color esmeralda. Más
allá, heroicas montañas elevaban sus cimas encapuchadas de
nieve brillando al sol. Allí se encontraban las célebres cavernas
habitadas por semidioses que de jóvenes se mostraban belico-
sos y fanfarrones. Pero, más tarde, en el otoño de sus vidas,
cuando se acercaba el momento de cruzar el umbral para pene-
trar en el dulce reino de los eternos, se volvían sabios y poetas;
entonces, con una desaprensión de pederastas platónicos, ense-
ñaban a sus nietos el arte de preparar medicinas macerando
plantas amargas y el de tañer la lira, enorme y pesada como
una catedral en miniatura. Y aunque el otoño despojara de sus
hojas a los árboles centenarios, todo ese vasto horizonte retin-
tineaba de inmortalidad.
Frente a esos santuarios donde, bajo losas intangibles ter-
minaban de oxidarse y podrirse las sagradas armas de Heracles,
velaban guerreros barbados de perfil purísimo e impregnado de
belleza viril. A lo largo de los muros de tabique, del lado que
nunca llegaban los rayos del sol, trepaba la hiedra y verdeaba el
musgo. Era la época cuando Valtador sacaba de sus cajas los

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tapices apelmazados y sacudía la naftalina con la que estaban
cubiertos…

Vientos de playas
Bellos tiempos
Noches de tormentas
estivales.*

Ya había pasado el verano ardiente de las cenas en la playa.


Hebdomeros recordaba esas cenas a base de salmonetes des-
compuestos que envenenaban a los bañistas y los hacían retor-
cerse toda la noche, presas de cólicos en sus cuartos de hotel,
entre sábanas calientes por la canícula, en medio de una atmós-
fera irrespirable, donde el olor del linóleo se mezclaba con el de
los baños sucios; por la ventana abierta, entraba a intervalos
regulares el ruido de las olas que reventaban abajo, en alguna
parte, en la oscuridad.
En este momento había que levantarse y salir. Hacía rato
que esa idea preocupaba a Hebdomeros. Los pavos reales, que
arrastraban sus colas oceladas bajo los árboles del gran jardín
descuidado, caracterizaban muy bien, con sus gritos desgarra-
dores, la atmósfera tan especial de esta fachada de villa pasada
de moda, cuya larga veranda estaba repleta de plantas y flores
artificiales. El gran problema ahora era salir. En ciertos momen-
tos, eso podía hacerse sin dificultad: por ejemplo, durante una
velada, cuando todo el mundo conversa y gesticula y los invita-
dos pasan de una sala a otra, entretenidos en hacerse los listos
y en concluir brillantemente las conversaciones; entonces resulta
un juego de niños escabullirse entre los invitados y despedirse
a la inglesa; por el contrario, hay otros cuando resulta mucho
más difícil. Al menos eso pensaba Hebdomeros, en medio de la
sala, rodeado de todas esas prostitutas quincuagenarias, seve-
ras como aeropagitas intransigentes, con los brazos hercúleos
cruzados sobre sus pechos hipertrofiados, en poses de luchador
frente al fotógrafo. Sus agresivas miradas convergían sobre él,

* Vents des plages / Temps très beaux / Soir d’orages / estivaux.

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como la artillería de una escuadra contra la fortaleza ene-
miga. Ningún ser humano hubiera tenido el valor de levantarse
y salir del centro de ese círculo alerta e infernal. De allí que
Hebdomeros prefiriera quedarse y fingir interés en todos esos
cuadros y objetos de arte, muy mediocres por cierto, que cono-
cía de memoria desde su infancia. Y se dejó ir con el arrullo de
una hora redescubierta: el crepúsculo, jardines en la bruma de
la noche, cuarteles de artillería, temblores de tierra, sismos,
como decían los diarios; todo el barrio pasaba la noche fuera:
los colchones se habían arrojado por las ventanas y dispuesto,
más tarde, sobre la plaza principal, en torno a la estatua de un
político con levita y un rollo de piedra en la mano, donde el
autor del monumento había grabado su nombre y la fecha de
ejecución de la obra. Otros afirmaban que se esperaba un
cometa y con él, como predecían los libros de astrología, el fin
del mundo. Juventud de serenatas al pie de las necrópolis blan-
quísimas, bajo el claro de luna, y luego esas noches realmente
extraordinarias, cuando caían cascadas de flores y se levanta-
ban ofrendas infinitas sobre las solitarias orillas de un mar
cuyas olas arrastraban rosas y rosas innumerables; y todo eso
para encontrarse ahora entre tantos perseverantes, en esta
inmensa casa de vidrio, persiguiendo un ideal fugitivo. De allí
que pasara noches enteras sentado en su cama, con el rostro
hundido entre las manos, mientras, sobre la mesa, entre la pipa
y la bolsa de tabaco, se consumía la vela, deformada por el
escurrimiento de la cera; en esos momentos, sin embargo, lle-
gaba a abrirse la pared de enfrente, como el telón de un teatro
y surgían espectáculos, algunas veces espantosos, otras subli-
mes o encantadores: podía ser un océano en tempestad, con
duendes asquerosos, haciendo muecas y gesticulando hostil-
mente sobre la cresta espumosa de las olas, o bien, un paisaje
primaveral de una poesía y una tranquilidad desconcertantes:
laderas reverdecientes y tiernas flanqueaban un sendero cuyos
bordes eran sombreados por los almendros en flor. Sobre ese
sendero, vestida toda de blanco, una mujer de semblante pen-
sativo y grave caminaba lentamente. “Eso no es nada, decía
Hebdomeros, comparado con lo que era esta ciudad en las noches

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de verano”. Partenagogé, pedagogé, efebogogé, esa construc-
ción más bien baja y perfectamente proporcionada parecía un
juguete enorme que, tras muchos intentos, se había colocado en
su sitio definitivo. Su fachada daba al sur, es decir, al mar y su
popa, al norte. Y sobre esa popa, los niños soñadores venían a
acodarse, pues el norte los atraía más que cualquier otro punto
cardinal; más tarde también sentirían atracción por el oeste,
pero por el momento, sólo existía el norte para ellos. A medio-
día, durante esas estaciones intermedias que son el otoño y la
primavera, el cielo era azul como un trozo de papel extendido,
sin esa franja más clara hacia el horizonte; azul por todas par-
tes, de arriba abajo: un auténtico techo se extendía sobre la
ciudad. En esos días de felicidad suprema, el sentido de los pun-
tos cardinales y, en general, de la orientación, desaparecía para
ese joven mundo de vírgenes-atletas y de efebos-gimnastas, que
se entrenaban sobre pistas luminosas. A veces, las muchachas
que volaban sobre la arena, como ciervas con pies de bronce,
ganaban copas de plata maciza y coronas de laurel. Los niños
y los efebos se encontraban en la misma situación, y quienes, en
otro momento, soñaban con el norte, olvidaban sus ensueños.
Sí, ese joven mundo vivía, sin saberlo, una de las horas más
profundas de su vida. Los efebos que practicaban en la palestra
y los niños que aún se divertían construyendo en la arena o
tendiendo trampas con aceitunas negras a los mirlos silbado-
res, serían llamados, tarde o temprano, a gobernar los asuntos
públicos o a defender, espada en mano, el suelo sagrado de la
patria; incluso, a negociar o a construir, a esculpir guerreros y
grandes políticos, para que sus efigies, desnudas o vestidas
según la moda de su época, se irguiesen sobre las sombras apa-
cibles de grandes jardines llenos de nodrizas.
También serían llamados, quizá, a explorar países leja-
nos, y por las noches se recogerían en carretas adaptadas como
casas rodantes y dormirían entre aullidos de hienas y chacales,
agotados por un día de cacería, o bien, negociarían con países
vecinos, comprarían y venderían mercancías embaladas en bul-
tos regulares, atados y similares entre sí como hermanos. Sí,
resultaba claro que todo ese mundo joven vivía la hora de su

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eterno presente. En adelante, sólo sería cuestión de horas, pues
la naturaleza, que en todo es sabia (o al menos a eso aspira), no
dejaría que esa felicidad tan profunda y con orígenes tan deli-
cados durara demasiado, pues demasiada felicidad, lo mismo
que demasiado infortunio, podría dañar la salud moral de esos
jóvenes sensibles e impulsivos. Sólo los domingos, días de
reposo, eran menos felices en el resto de la ciudad. La alegría
persistía en aquel reducto de los espíritus puros, gracias al tra-
bajo febril de los obreros, que querían terminar todo en la
fecha prevista. ¡Qué cantos de alegría los de esos hombres, feli-
ces de poner manos a la obra! Una vez más, el trabajo, el tra-
bajo regular y cotidiano, salvaba del abismo a esos espíritus
obsesionados con altas especulaciones metafísicas. Incluso
tarde, durante la noche, cuando toda la ciudad dormía bajo el
cielo lleno de estrellas, el feliz ruido del trabajo retintineaba
bajo los pórticos interiores del edificio. Todo funcionaba, pro-
gresaba, iba hacia delante a pasos agigantados y por fin llegaba
a esa tarde memorable (ya que toda la mañana, hasta medio-
día, se vivió la fiebre de los últimos retoques y el acabado de
trabajos prácticamente concluidos, bajo el sol ardiente de un
verano prematuro). Los limoneros despedían un fuerte olor y él
cantaba con voz potente y melodiosa; a ratos cantaba suave-
mente y en sordina, como si quisiera contar a un círculo íntimo,
a gente nacida para comprenderlo, el gran dolor de un bandido
que es llevado al calabozo: ¡Adiós, altas montañas, peñas
escarpadas! ¡Noches que la luna bañó con su dulce luz, adiós!
¡No padezco ninguna enfermedad, pero moriré!
¡Resultaba tan bello, tan sobrecogedor! Mientras tanto,
en las ventanas iluminadas de esa casa, con cierto aire de alcal-
día y de colegio, se perfilaban sombras; siluetas tan precisas
que uno podría reconocerlas perfectamente en la calle; siluetas
de personajes que se encontraban en la sala; un auténtico con-
greso de fantasmas. Había generales, ministros, pintores o,
mejor dicho, un pintor que rezaba para no fumar (los médicos
le habían prohibido hacerlo); moría lentamente y su casa moría
con él. Antes, cuando su vigoroso cuerpo rebosaba de salud, la
casa de postigos verdes sonreía en medio de jardines; desde las

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ventanas, por donde entraba el sol de la primavera, la vista se
extendía alrededor, sobre laderas sonrientes y fecundas, cubier-
tas de árboles frutales; sin embargo, poco a poco habían sur-
gido, por todas partes, grandes construcciones de concreto
armado; su círculo implacable se estrechaba con lentitud y
seguridad en torno a la casa, de la que había huido la felicidad.
Ahora se veían otros rostros en las calles. Los vecinos ya no se
reconocían entre sí. A veces, una ventana se abría, alguien apa-
recía entre las cortinas, contra el fondo negro de la recámara;
pero se decía que eran antepasados y que todo era efecto de la
sugestión. A pesar del ritmo de vida, notoriamente acelerado, y
de la indiscutible elegancia que ahora reinaba en el barrio,
Hebdomeros se refugiaba en el parque de pinos. Eran pinos
mártires, pues una extraña epidemia flagelaba a esos árboles
simpáticos, tan saludables y vivificantes. Todos llevaban, enro-
lladas en sus troncos como serpientes gigantescas, una escalera
de madera blanca. Esas escaleras de caracol conducían a una
especie de plataforma, un auténtico collarín que oprimía la
garganta al infeliz pino. Y allí, el Rey Lear, como lo llamaban
los habitantes del palacio, se divertía sorprendiendo a los pája-
ros con las actitudes y expresiones menos conocidas; sobre
todo, acechaba gorriones. Acostado pecho a tierra sobre la pla-
taforma, inmóvil como un leño, no había nada humano en él.
Tampoco parecía una estatua. Nada en su actitud, ni aun
cuando se volvía sobre su espalda para descansar algunos
minutos, evocaba a esos personajes recostados en los sarcófa-
gos, ya fueran cónyuges etruscos o landgraves armados de cabo
a rabo. No había nada en él que recordara a esos viejos de barba
fluente y mirada dulce, indecentemente desnudos y regiamente
extendidos, con el codo apoyado sobre un cántaro volcado en
medio de rosales, que en la estatuaria antigua representaban a
los ríos, riqueza de los países. Nada que recordara la actitud
de los gladiadores ni de los guerreros heridos o moribundos.
Este hombre singular tenía un aspecto petrificado, de allí que
recordara un poco a los cadáveres descubiertos en Pompeya. A
fuerza de permanecer acostado sobre la plataforma, acabó por
integrarse a ella, se plataformizaba, se convertía en un gran

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trozo de madera sin pulir, clavado de prisa en su base para
sostenerla con el fin de prevenir un vuelco que no se produciría
jamás. De allí que cuando se encontraba en su puesto, la plata-
forma parecía invertida, pues sólo se podía imaginar ese
incierto refuerzo clavado por debajo a la base. Vistos así, de
cerca, los gorriones tenían un aspecto monstruoso. Más de una
vez, el lado enigmático, perturbador e inquietante de las cabe-
zas de las aves había precipitado a Hebdomeros hacía compli-
cadas meditaciones, durante las cuales se entregaba, con
frecuencia, a soliloquios metafísicos, en particular, cuando
pensaba en la cabeza de la codorniz; entre las otras cabezas de
aves que lo inquietaban, figuraba en primer lugar la de la
gallina; la del gallo lo inquietaba menos y, menos aún, la del
ganso y la del pato. Por lo general, consideraba las cabezas de
aves como un mal augurio, como algo que acarrea males.
Pensaba que los egipcios ponían cabezas de aves en las pinturas
y esculturas de sus personajes para sanar homeopáticamente
sus temores y aprehensiones supersticiosas: al mal con el mal.
Y pensaba que por esa misma razón, en Italia se hace la señal
de los cuernos (el diablo) ante algo que se teme. Estos pensa-
mientos lo asaltaban sobre todo cuando se encontraba en el
jardín más próximo al pinar. Entre los setos descuidados de
aquel jardín melancólico, deambulaban cabras y paquidermos
de bronce; un rinoceronte se había hundido hasta las rodillas
en el estiércol del corral, y tras el muro, del otro lado de esa
ridícula cerca que sólo servía para delimitar fronteras o para
que los vecinos no pelearan entre sí y vinieran a pisotear las
coles y las lechugas de los otros, se encontraba el albergue. No
era, por desgracia, ese buen albergue, sonriente y reparador,
que alegró y reconfortó a nuestros abuelos, ése que hacía pen-
sar en la inmortalidad y en la teoría según la cual nada se
pierde, nada se destruye, sino que todo sigue vivo, transfor-
mando su forma y su materia; ese albergue que hacía soñar en
la metempsicosis, al igual que los días de vendimia en las coli-
nas de la campiña romana. Y a propósito de vendimias,
Hebdomeros recordaba aquellos días menos simples de lo que
parecían a primera vista.

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Nubes blancas con formas esculturales navegaban en el
cielo puro del otoño y, entre ellas, con poses de una majestuo-
sidad sublime, se recostaban genios ápteros. Entonces, el explo-
rador salía al balcón de su pequeña casa suburbana, dejando
atrás su habitación con muros cubiertos de pieles y fotografías
de naves negras como la tinta, en medio de la blancura de los
bancos de hielo; el explorador miraba ensoñado a los grandes
genios ápteros recostados sobre las nubes; pensaba entonces en
los infelices osos blancos perdidos sobre los icebergs que flota-
ban a la deriva y sus ojos se bañaban en lágrimas; evocaba sus
viajes, los altos en la nieve, la navegación lenta y penosa por los
fríos mares del norte.“Dame tus mares fríos, los calentaré en
los míos”. ¡Galantería de dioses! Puesto que hay dos, sí, dos
dioses: Neptuno blanco y Neptuno negro, lo que equivale a
decir el dios del norte y el dios del sur, y quien hablaba así era
el negro, tendiendo a su colega blanco, a través del vasto
mundo, sus brazos cargados de algas. Hebdomeros dedujo de
todo esto que la raza negra era más amable, que su corazón era
más generoso y su alma más sensible; había conocido, incluso,
a pintores negros; uno de ellos se distinguió por el cuadro que
envió al Salón, titulado Cáucaso y Gólgota. Su sentido no que-
daba muy claro, sin embargo, su aspecto equilibrado le valió la
medalla de plata; el año anterior, el mismo negro obtuvo una
mención honorífica por un cuadro titulado In flagrantis. En
vez de dramas de adulterio, el artista representó a un perro de
aguas que sorprendía a un par de gorriones que picoteaban las
cerezas del desayuno, dispuestas por su amo en el jardín. El
lienzo Cáucaso y Gólgota representaba un camino largo y pol-
voriento que rodeaba una peña bastante baja, donde el pico y
la pala habían hecho hoyos y surcos por todas partes, como
Cronos en el rostro de los ancianos; sobre la peña se levanta-
ban tres cruces, bajo las cuales se atareaban legionarios roma-
nos con perfiles imperiosos y papadas comprimidas por los
barboquejos cerrados; además, había mujeres afligidas y hom-
bres en calzones largos, cargando escaleras; abajo, a la orilla
del camino y sentado sobre una piedra, se veía a Hebdomeros
en la misma pose que Renán en el célebre cuadro Renán ante el

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Partenón de André Brouillé. El artista había representado a un
Hebdomeros pensativo, mirando a lo lejos un paisaje de fábri-
cas y de chimeneas humeantes. El pensamiento del artista es
profundo, con estas palabras comenzaba el artículo que Étienne
Spartali, el famoso crítico, dedicó al artista negro, y que apare-
ció publicado en uno de los diarios más importantes de la capi-
tal; sin embargo, aun con los artículos y los estudios que le
dedicaron, el cuadro siguió siendo para todos un enigma.
Hebdomeros, como se sabía, era amigo del pintor y muchas
personas lo interrogaron, pero él respondía a todos que no
podía aportar mayor cosa y que además le parecía poco deli-
cado preguntar al negro cualquier asunto al respecto; le gus-
taba llevar con mucho tacto sus relaciones; consideraba que el
tacto era de las principales virtudes del hombre y por nada del
mundo habría tolerado que sus amigos y conocidos juzgasen
qué le hacía falta.
Mientras tanto, los días, para Hebdomeros, se desliza-
ban de una manera bastante monótona. Se levantaba tem-
prano, por la mañana, casi siempre lo despertaban el ruido, las
risas y los discursos de la servidumbre de la casa de enfrente,
pues la ventana de su cuarto daba al patio; y cuando le costaba
trabajo despertarse, se levantaba, abría los postigos y miraba
ante él, hacia la parte posterior del edificio que precedía al
suyo, donde se alojaba su recámara; el espectáculo que se des-
plegaba ante su vista, entonces, era siempre el mismo: recama-
reras cepillando vestidos frente a las ventanas de la cocina; y
justo frente a su ventana, un artillero, ordenanza de un coro-
nel, doblaba con cuidado cada mañana los pantalones de su
jefe, tras haberlos repasado con un trozo de trapo humedecido
en benzina. El militar cortejaba asiduamente a la recamarera y
ambos tenían una expresión burlona cada vez que Hebdomeros
se asomaba a la ventana. La recamarera, muchacha muy rubia
y de buen ver, a quien un amigo de Hebdomeros llamaba la
libélula, se mostraba mucho más amable con su vecino cuando
el ordenanza del coronel no andaba por allí. El aspecto preocu-
pado y meditabundo de Hebdomeros le gustaba mucho y a
veces, al verlo acodado en la ventana, le preguntaba si no sentía

24
nostalgia por su país natal. La respuesta que él daba en esos
casos no resultaba muy clara. La simpatía de la joven sirvienta
hacia Hebdomeros crecía con el tiempo y sentía que habría ter-
minado por enamorarse de su vecino cuando, de pronto, algo
imprevisto destruyó sus ilusiones y sus sueños más queridos.
Una tarde, hacia el final de un bello día de abril, la sirvienta se
encontraba en la ventana de la cocina, bruñendo una tetera de
plata; estaba sola y pensaba en Hebdomeros; en ese momento,
lo vio salir al patio con tres amigos. Uno de ellos descubrió un
zapato viejo, con la suela desprendida y tuvo la idea de sacarlo
del rincón con una patada sabiamente colocada; rápidamente,
Hebdomeros dejó su sombrero, su bastón y su abrigo en el
saliente de una ventana de la planta baja y se puso, con entu-
siasmo, a perseguir a patadas, frente a él, al zapato viejo; los
cuatro amigos improvisaron con el zapato un partido de futbol
en el patio de la casa; sin embargo, el más loco, el más rabioso
de todos era Hebdomeros, quien había perdido por completo
su aspecto nostálgico y saltaba como un salvaje, gritando de
alegría, cada vez que golpeaba el zapato con la punta del pie,
enviándolo hacia sus amigos, quienes se protegían vociferando
y divirtiéndose como locos. La joven recamarera desconsolada
cerró la ventana, dejó la tetera a medio bruñir sobre la mesa de
la cocina y se sentó en un banco, hastiada y decepcionada. “¡Y
yo que creía que él, al menos, no era como los otros, pensó con
tristeza!”.
A veces, los domingos por la mañana, antes de que el
ruido de los trabajos domésticos lo arrancara del sueño, un
canto muy puro arrullaba los últimos instantes del descanso de
Hebdomeros; el canto provenía del orfelinato y siempre lo
sumergía en una negra melancolía; recordaba que en su niñez
sentía la misma tristeza al escuchar el piar de los gorriones
cuando volvían por las tardes, hacia el ocaso, a pasar la noche
en las frondas del jardín. Pensaba que esa tristeza nacía del
hecho de que, tanto el piar de los pájaros como el canto de los
huérfanos le reprochaban no ser lo suficientemente puro; salía
entonces a dar largos paseos por el campo para distraerse; las
campanas de las aldeas lo saludaban a lo lejos; niños delgados y

25
desnudos se bañaban en las claras aguas de los arroyos, y cerca
de la orilla, a un metro bajo el agua, los cadáveres de los piratas
se movían lentamente, como se mueven las algas, incluso cuando
el mar está quieto.
La travesía por aquel lago, inmenso como un océano
donde se desatan terribles tempestades, aturdía un poco a
Hebdomeros, pero no conseguía olvidar la casa de campaña de
un general, jefe de una inquieta y numerosa familia. En las
noches de insomnio, miraba el techo de su recámara, en la
planta baja, débilmente iluminado por la luz del exterior; a
veces, una sombra lo cruzaba, algo como un gran compás que
se abría y se cerraba, como un trípode lanzado a la pista de una
patada, como una marcha presurosa y prudente. Pensaba que
alguien merodeaba por allí, que los ladrones le echaban el ojo
a las sillas metálicas y a las mesas del jardín; saltaba entonces
del lecho y descalzo, en camisa, como un matricida que es con-
ducido al suplicio, entreabría la puerta con suavidad, empu-
ñaba su escopeta de caza y miraba hacia fuera: nada, nadie; el
gran desierto de la noche. Una noche de verano sin luna, pero
suave, clara y solemne, a lo lejos se escuchaba el eco de las cas-
cadas que se precipitaban desde lo alto de aquellos montes que
los hombres, ávidos de mármol, habían cortado y triturado; el
eco se perdía en los valles profundos, oscurecidos por la som-
bra de los sicomoros. “Un perro suelto, de seguro, me gastó
esta broma”, pensaba y se volvía a acostar, tras depositar la
escopeta en un rincón. Pero ya no se trataba de la habitación,
refugio del viajero fatigado; toda la familia del general estaba
de pie alrededor de la mesa ovalada y comía de prisa arroz con
pimientos, sosteniendo el plato con la mano izquierda, levan-
tándolo a la altura de la barbilla, como los barberos con las
bandejas de porcelana, cuando refrescan con agua y alumbre
las mejillas recién rasuradas de sus clientes. Los niños habían
cenado antes que sus nodrizas en una mesa aparte y se diver-
tían disparando sus Winchester contra los pequeños murciéla-
gos que zigzagueaban en el crepúsculo como aves ebrias;
segundos después de cada detonación, el acre olor de la pólvora
sin humo entraba por las ventanas abiertas. Mientras tanto, el

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jefe de la familia, el general, se arruinaba jugando a las cartas.
Se desvelaba hasta el amanecer en hoteles somnolientos, en
compañía de gañanes tramposos que lo despojaban de todas
sus pertenencias. Al día siguiente, la familia padecía la humi-
llación de llevar la platería y los recuerdos familiares al Monte
de Piedad y de pedir prestadas pequeñas sumas de dinero a la
servidumbre. La noche no había caído por completo. Las pro-
mesas de los trenes eléctricos iluminados como teatros apunta-
ban hacia allá, hacia el golfo encantado que la luna llena, recién
salida, iluminaba por un lado y los faros de los palacios cons-
truidos a la orilla del mar, por el otro; hacia allá, donde sólo
reinaba la suave luz de la luna y una tenue neblina envolvía los
contornos de la ribera; una tinta gris-violeta descendía desde el
cielo sobre el agua, donde cientos de botes con haces de espigas
en sus proas bogaban como en un sueño. En cada barquita, una
campesina rubia y muy bella, con los brazos desnudos y el
pecho ceñido por un corpiño de terciopelo, remaba suave y
cadenciosamente; era el paraíso terrenal. Todos los hombres,
salvo Hebdomeros, titubeaban, pues del otro lado había una
fiesta; el siroco, el torbellino de teatros al aire libre, bajo bom-
billas de acetileno, donde venían a quemarse las mariposas
nocturnas. Banqueros obesos, congestionados por el consumo
de bebidas alcohólicas y copiosas comidas, hacían escenas
espantosas a los capitanes de meseros pálidos de terror; amena-
zándolos con destruir sus carreras, reducirlos a la miseria y
arruinarlos por completo. Y cuando llegaba la hora de volver,
de emprender el camino hacia sus suntuosas villas construidas
entre ruinas donde las lagartijas inmortales, pues siempre rena-
cían, se deslizaban como relámpagos sobre piedras vetustas, ya
que hay que recordar que esto ocurría en los tiempos de los
cenadores floridos y las grutas artificiales, cuando resonaba el
llamado de lo regional, un hombre, cuyas manos le estorbaban
y no sabía qué hacer con el fatal bastón que había perdido y
luego encontrado en los canales de Venecia la roja —“¡Esvetonia!
¡Esvetonia!”— sólo era el recuerdo de un eco. Sus esposas los
esperaban, tenían una paciencia a prueba de todo, pues muchas
veces la fiesta se prolongaba hasta las primeras luces del alba y

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entonces llegaba el momento de las súplicas infinitas para que
ellas salvaran a sus maridos, se ofrecieran a trabajar las tierras,
a tirar de las carretas como bestias, a trajinar en lo que fuera,
sin pedirles nada a cambio; a cosechar el cáñamo de los terre-
nos pantanosos en plena canícula, hundidas hasta las rodillas
en el fango, devoradas por mosquitos con trompas sedientas de
sangre. A veces, esos ruegos estremecedores duraban hasta el
alba; hasta que un sol ardiente y espléndido surgía triunfal,
tras los montes vecinos y de poca elevación, encendiendo los
oros de los frontones de templos diminutos como juguetes
enormes y tiñendo castamente de rosa las estatuas, erguidas
sobre sus pequeños pedestales. La vida se despertaba por todas
partes y mientras empujaba a sus palacios fúnebres a esos
negros demonios, embrutecidos por el insomnio y la indiges-
tión, hacía estallar las canciones felices de los herreros y el
ruido de carretas rústicas, llenas de zanahorias y de nabos, que
se sacudían, dando tumbos, sobre el duro camino empedrado.
Habría sido una locura defender la ciudad, oponerse con un
puñado de hombres enfermizos e impresionables a esos feroces
intrusos que avanzaban empuñando armas, recién desembar-
cados de naves que los cubrían con piezas de artillería de largo
alcance. Hebdomeros comprendió que cualquier gesto, por
heroico que fuera, resultaría inútil; y después de llevar a sus
compañeros y amigos a un lugar seguro y dejarles suficiente
dinero, se dirigió a una montaña húmeda y boscosa, con el
propósito de recuperar las fuerzas y la esperanza perdidas.
Durante los pocos días que hacía buen tiempo, un minis-
tro genial, a quien sus criados fieles y refinados empujaban en
su silla de ruedas, frecuentaba los claros de los parques oloro-
sos a plantas putrefactas por el exceso de humedad; el ilustre
inválido padecía una enfermedad muy perniciosa, que exigía
que su cuerpo, recostado en la silla, mantuviera siempre una
inclinación determinada, sin la cual se hubiera expuesto a
morir de súbito a causa de la mala broma que le jugaría la
orina retenida en su organismo, pues sólo podía expulsarla con
mucha dificultad (con frecuencia permanecía días enteros sin
orinar). De modo que así permanecía hasta la puesta de sol,

28
extendido en su sillón reclinable, con las piernas envueltas
hasta las rodillas en chales y mantas, la mirada perdida, sin
pensar en nada, bajo la supervisión taciturna de los empleados
domésticos. Otro fantasma, un viejo políglota, se obstinaba
invariablemente con las mismas preguntas en las noches de
luna llena, ante el espectáculo grandioso de los árboles dormi-
dos, cuyos follajes se rozaban en la sombra: “¿Adónde irá a
parar todo esto? ¿Hacia qué desconocidas riberas navegan
todas las cosas?…”. Entonces, para romper la atmósfera, la
stimmung —como decía Hebdomeros— creada por tales pre-
guntas, los cínicos y deportivos muchachos respondían imi-
tando con la boca el ruido de un pedo, sonoro y prolongado. Y
después, la lluvia; la lluvia, hoy igual que ayer y que mañana;
la lluvia, no muy fuerte pero regular, la lluvia sin fin; y todos
los árboles adoptaban la forma de sauces llorones.
Los pastores permanecían de pie, mojados hasta los hue-
sos, en harapos y apoyados en largos cayados en medio de sus
melancólicos rebaños. Hebdomeros sintió que la humedad
llegaba hasta él, sentía frío en su cama, las sábanas nunca esta-
ban completamente secas; crecía musgo en los armarios donde
colgaba su ropa, como en una gruta; sapos tristes se desplaza-
ban con saltos fofos por el pequeño jardín del hotel donde se
hospedaba.
Había que huir, entonces, dejar esos lugares. Hebdomeros
pidió la cuenta y se despidió del hostalero, quien no encontraba
palabras para demostrarle que la lluvia no duraría eterna-
mente, que el año anterior, por la misma época, había un clima
magnífico; el barómetro, por lo demás, subía; los ancianos de
la zona afirmaban que los pájaros piaban de cierto modo que
anunciaba un cambio en la dirección del viento; de hecho, ya
había comenzado a soplar del norte, lo cual limpiaría el cielo:
“Créame, señor Hebdomeros —añadía el hostalero jugando
familiarmente con los botones del impermeable de su cliente y
sacudiéndole la espalda—, mírelo usted mismo, cuando el
tiempo está despejado se goza desde aquí de una magnífica
vista; para comenzar, se ve allá, al fondo de la llanura, la ciu-
dad, con su catedral, las torres de su vieja alcaldía, el río que la

29
parte en dos y sus puentes, auténticas obras de arte; enseguida,
el círculo de colinas que la rodea, cubierto de fincas con terrazas
floridas. Incluso se puede ver, con mi catalejo de marino, a la
gente acodada en las ventanas; y, más lejos, al oeste, las célebres
cimas conocidas como dientes de dragón, siempre cubiertas de
nieve; más de un alpinista temerario ha muerto en el fondo
de sus precipicios. Arriba, al norte, se distingue el mar, con el
puerto y su conglomerado de fábricas y manufacturas, siempre
en la plena actividad que volvió célebre a nuestra región por su
trabajo”. Hebdomeros lo escuchaba con amabilidad, le hubiera
gustado decirle que los paisajes le daban horror y que sólo le
gustaban las habitaciones, esas buenas habitaciones donde uno
se encierra con las cortinas y las puertas cerradas, en particular,
los rincones y los techos bajos; pero no dijo una sola palabra
acerca de sus gustos por temor de no ser comprendido y sobre
todo, de que lo tomaran por loco y lo reportaran a las autorida-
des sanitarias del país. Liquidó entonces la cuenta del hotel que,
debido al lugar y a la temporada, resultó bastante elevada y bajó
a la llanura. La ciudad estaba rodeada de picos de volcanes;
hacía un calor sofocante; un joven ingeniero, empleado en las
obras de prolongación del ferrocarril, exclamaba todo el tiempo
que estaba harto de esta vida, que había llegado al límite. Antes
de sentarse a la mesa, en el pequeño restaurante donde comía
con frecuencia, acostumbraba ir directamente a la cocina a
destapar las cacerolas y ver qué habían preparado; estaba en
muy buenos términos con el chef, de vez en cuando le regalaba
fotos obscenas y, a cambio, aquél le narraba sus proezas eróti-
cas, la mayoría inventadas. La ciudad estaba llena de fuentes
termales, algunas sulfurosas. El hotel donde se hospedaba
Hebdomeros quedaba bastante lejos del mar; sin embargo,
cierta divinidad marina en bronce, de pie sobre el lomo de un
delfín y armada con un tridente, hacía guardia frente a la
entrada principal. Hebdomeros sintió de golpe todo el apego
que lo vinculaba con ese hotel; y sintió cómo ese apego crecía
día con día; pensó en el momento de la separación y tal pensa-
miento le provocó una profunda tristeza; sin embargo, no
había más remedio, no quedaba otra solución; era “necesario

30
querida, es la expiación”, como decía el capitán para poner su
conciencia en paz mientras ofrecía el brazo a su mujer, con
galantería. Ambos estaban de excelente humor ese día, pues
sabían que en la noche estaban invitados a cenar en casa del
coronel, quien estaba a cargo de la guarnición, y que después
de la cena tendría lugar una brillante recepción. Llegó el
momento de despedirse. Un sirviente de rasgos giottescos tuvo
que arrastrar a Hebdomeros hasta el vagón de segunda del
ómnibus de las dos, como a un trapo. Después, fue un viaje sin
fin, hecho de largas e inexplicables paradas en pequeñas esta-
ciones vacías, perdidas en medio del campo. Un grupo de jóve-
nes carniceros dormía boca abajo, con las cabezas cubiertas
con sus mandiles manchados de sangre, para evitar que las
moscas se encarnizaran con ellos, como si fueran carroña; el
canto obsesivo de los grillos crepitaba sobre higueras polvo-
rientas, fosilizadas por la canícula. Los jefes, reyes bárbaros,
inmóviles como estatuas sobre caballos pequeños y blancos,
con ajuares carnavalescos, semejantes a las monturas de los jefes
sarracenos, miraban, con las frentes en alto y los puños orgu-
llosamente apoyados en sus caderas acorazadas, el largo desfile
de la horda de invasores que serpenteaba hacia el poniente,
arreando ante sí el ganado robado a los campesinos. De vez en
cuando, algún soldado sediento bajaba al lecho del arroyo seco
a buscar agua; y, si tenía suerte, se acuclillaba como pantera
para saciarse con avidez, llenaba en seguida su casco y con
infinitas precauciones subía la barranca, como una sirvienta
novata con una sopera, para unirse a sus compañeros de armas;
porque todos esos guerreros, fatalistas y feroces, en el fondo
eran muy sensibles y de corazón generoso; siempre pensaban en
el amigo, en el compañero, en el jefe inválido que yacía en el
carro, sobre la paja, presa de los sudores de las fiebres palúdi-
cas. Con frecuencia, los prisioneros de esa horda invencible se
sorprendían al ver que a los jefes heridos o enfermos se les
trataba igual que al más humilde y oscuro guerrero, cuando en
sus filas se les habría tratado con todas las consideraciones, y
los propios jefes lo querían así: aquí radicaba la fuerza de la
horda, que ningún enemigo podía resistir. Las carretas destinadas

31
al transporte de enfermos y heridos en nada se distinguían de
las que llevaban a algún jefe. Hebdomeros era el único que se
mantenía al margen de los grandes movimientos de migración.
Miraba fijamente la línea de arena que en ese instante los vien-
tos del desierto levantaban en conos, cuyos vértices tocaban el
suelo y se elevaban como humo por el cielo amenazante, adop-
tando la forma bíblica de los candelabros judíos, iluminados de
vez en cuando por relámpagos que surgían entre ellos, como
trípodes lanzados al cielo, como ángeles inexplicables y geomé-
tricos, ángeles despojados, como árboles en otoño, como ese
ángel seco, sin ornamento, que sólo llevaba lo indispensable, lo
estrictamente necesario y que Hebdomeros vio precipitarse un
día a través de los pisos de una gran casa de retiro, para aba-
tirse sobre una recámara, junto a una cama donde agonizaba
tranquilamente un general muy anciano, rodeado de sus oficia-
les visiblemente consternados y de su familia, en lágrimas. Una
vez recibida el alma del difunto, el ángel recobró su aspecto de
trípode arrojado al vacío y volvió al cielo con ella. El alma del
general adoptó, en los reinos eternos, la forma de una huma-
reda muy pura. A lo lejos se extendía un mar de astros, como
si el cielo hubiera cambiado su aspecto de cúpula por el de un
techo decorado. Globos cautivos, con formas ridículas y obsce-
nas, flotaban sin convicción sobre la plaza de armas cuando
Hebdomeros entró en una cervecería inmensa repleta de bebe-
dores; el humo de las pipas y de los cigarros era tan denso que
había que avanzar a gritos, como los paquebotes en los días
de grandes nieblas. Hebdomeros afirmaba que una mesera de
mediana edad en esta cervecería estaba enamorada de él. “Su
amor tiene algo del amor de una madre”, decía a uno de sus
jóvenes amigos. Pero la verdadera razón para ir a la cervecería
era que esperaba encontrarse con un hombre hirsuto, con gran-
des lentes de carey, muy moreno y vestido siempre con una
ropa interior muy sospechosa, que, entre la clientela y el perso-
nal, tenía la reputación de ser un hombre de una bondad a toda
prueba. Se le había visto llorar. Él escribía sus memorias y en
las mañanas, al alba, cuando dejaba su casa suburbana cons-
truida a la orilla de un bosque pequeño pero impresionante, se

32
demoraba, en ocasiones mucho tiempo, con la mano apoyada
en el cerrojo de la puerta del jardín, contemplando, con una
mirada nostálgica y conmovida, esa fachada modesta aunque
barroca y estilizada de la casa que él había heredado de su
padre y que, con toda seguridad, seguirían habitando sus hijos,
con sus esposas y sus propios hijos. A veces, en esos momentos,
el último cuarto de luna iluminaba la casa con débil claridad y
todo resultaba muy dulce y muy triste a la vez. También tenía
la reputación de ser una especie de antídoto contra la mala
suerte y el mal de ojo; las visiones amenazantes, los monjes que
perseguían marranas rodeadas de cerditos y las mujeres alarga-
das, con cabezas de pájaros, se desvanecían a su paso. Pero su
mayor particularidad era la enorme, exquisita, infinita sensibi-
lidad de su alma. ¿Había que sacar en claro de todo eso que era
un sentimental y un soñador? ¿Uno de esos seres que van por la
vida como desechos de barcos arrastrados por las olas? Des­
graciadamente no. Wir zahlen Geld; le damos dinero; así
comenzaba el anuncio que había insertado en los periódicos.
Movido por esa atractiva promesa, Hebdomeros se internó en
calles oscuras, donde se apretaba una muchedumbre silenciosa,
subió escaleras sórdidas, flanqueadas de muros leprosos,
cubiertos de graffitis obscenos y cuando al fin se encontró en
presencia de aquel hombre, de aquel apóstol a quien más de
una vez había visto en los ensueños de su infancia alejarse del
mundo, con su alforja al hombro y empuñando el bastón de los
peregrinos, la frente en alto y la mirada ardiente, como los que
caminan al fondo de llanuras desoladas hacia ciudades blan-
cas, porque saben que allá los esperan sus hermanos, bajo los
arcos de los pórticos, espiando febrilmente su llegada; una vez,
decíamos, que Hebdomeros se vio en presencia de aquel hom-
bre a quien su padre había brindado hospitalidad durante más
de un mes, para que curara su tibia lastimada por la coz de una
mula; una vez que tuvo frente a sí a ese hombre que muchas
veces lo había llevado al teatro cuando era niño y le había mos-
trado cómo el diablo, en escenarios de provincia, disparaba su
carabina en una habitación y abría la ventana en seguida, para
arrojarse al vacío, como clavadista al agua, Hebdomeros percibió

33
a una especie de miopiteco gesticulante que al verlo estalló en
un formidable acceso de hilaridad; pronto, todos los tinteros
quedaron volcados, pues entre un espasmo de risa y otro gol-
peaba las mesas con sus puños. “¡Dar dinero! ¡Dar dinero!
—gritaba, carcajeándose y resoplando como energúmeno—,
pero, señor mío, ¿y sus bienes raíces? ¿Y sus acciones? ¿Y sus
obligaciones?”. De súbito, se hizo la luz en el espíritu de
Hebdomeros. Una vergüenza enorme subió por él, como un
escalofrío y le enrojeció el rostro. Huir, huir, sí, huir; no impor-
taba hacia dónde, no importaba cómo; huir; dejar ese lugar;
desaparecer. Quizá se iría allá, a China; llevaría una vida de
noctámbulo, en pagodas iluminadas como grandes linternas, y
a mediodía, sobre una hamaca suspendida bajo cerezos en flor,
dormiría la siesta; se adormecería en la dulce tibieza de la hora
meridiana y las cabras, entonces, alentadas por su inmovilidad,
se acercarían con prudencia, allí, cerca de él y comenzarían a
rumiar lentamente las hojas de las enredaderas.
Dada la imposibilidad de dar marcha atrás en ese fatal
mo­v imiento de migración hacia el oeste, Hebdomeros se vio
de nuevo en la misma ciudad o mejor dicho, tuvo la impresión de
encontrarse en la misma ciudad, pues algo en la disposición
de las calles y el emplazamiento del castillo había cambiado;
los barcos o, más bien, las lanchas reposaban a la orilla del río,
cuyas aguas reflejaban el crepúsculo cubierto de nubes con ese
color blanquecino y lechoso que contrastaba fuertemente con
las tintas recargadas, casi negras, de la ribera; los botes se per-
filaban también como formas sombrías contra la claridad del
agua; lo cual les confería un vago aspecto de góndolas fúnebres
y evocaba una trágica Venecia durante las epidemias de peste,
cuando la plaga implacable segaba la vida de pintores ilustres.
Mientras tanto, el cielo se ensombrecía más aún y la noche
terminaba cubriendo por completo la comarca con sus velos
oscuros. Hebdomeros pasaba detrás de un establo cuya ven-
tana, por aquel lado, se elevaba del suelo a la altura de un
hombre, pues la parte posterior del edificio daba a una calle
más alta que la del otro lado, donde estaba la puerta de entrada.
Se acercó a la ventana y miró hacia abajo; a pesar de la débil

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claridad emitida por las lámparas que los campesinos habían
colgado en las esquinas, distinguió las vasijas de piedra, de ori-
gen prehistórico, donde según la leyenda reposaban los restos
de los cinco primeros reyes legendarios que gobernaron la ciu-
dad; más tarde, ésas fueron utilizadas por las lavanderas para
lavar sus lienzos; ahora, los campesinos metían en ellas a las
vacas que debían vigilar de noche; y, allí, en esa gran caja de
piedra desprovista de ornamentos (lo que no le sentaba nada
mal, por cierto) Hebdomeros lo vio y se vio a sí mismo, des-
nudo y arrodillado, como Isaac ofreciéndose en su sacrificio:

Dulce cordera, hermana de Isaac,


no digas tres, si no los traes en el morral.*

Esos hombres taciturnos y sobrios, las mangas dobladas sobre


sus hercúleos brazos, se inclinaban sobre él y lo trasquilaban
cuidadosamente; en la penumbra del establo se distinguía el
relámpago de las tijeras de acero. En un rincón, a la derecha,
un rayo de luna al pasar por el tragaluz parecía salpicaduras de
plata y mercurio sobre la paja prensada; del lado opuesto, una
linterna colocada en el piso iluminaba a una vaca con su bece-
rro, ambos acostados sobre el estiércol; una joven campesina se
adormecía, cerca del grupo de animales, sentada en un banco,
con la espalda apoyada en el muro, la cabeza caída sobre el
pecho y rodeando con sus brazos a un niño sentado en sus
rodillas; al observar las dos escenas, la de la vaca y la de la
campesina, Hebdomeros pensó que si un pintor las hubiera
representado en un cuadro, el lienzo se habría titulado: Las dos
madres; y, al mismo tiempo, pensó en la muerte del duque de
Enghien; las sombras que la linterna desde el piso proyectaba
en el muro evocaban naturalmente estos recuerdos en un hom-
bre con una imaginación poderosa y una mente atiborrada de
lecturas. Y sin embargo, cantaban, al fondo de las vasijas,
como sólo lo hacen los ruiseñores enamorados en las noches de
verano al fondo de jardines floridos. Hebdomeros habría pasado

* Douce brebis, sœur d’Isaac, / ne dis pas trois si tu n’ l’as dans le sac.

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un largo rato en la ventana del establo, mirando las curiosas
escenas que ocurrían en su interior, si no hubiera sido interpe-
lado a quemarropa por ese hombre a quien toda la ciudad lla-
maba el loco porque, sin ser gastrónomo, sólo se interesaba en
los asuntos de la mesa. Cada vez que se encontraba con un
amigo, incluso con un conocido en la calle o en cualquier otra
parte, no dejaba de detenerlo, sin importar la hora ni el lugar,
y allí, de pie, lo sometía a un acuciante interrogatorio para
saber lo que había comido durante el almuerzo o la cena. Por
lo demás, siempre se paseaba con un bastón de acero muy del-
gado con la punta aguzada; y con ése removía, con frecuencia,
las cajas llenas de basura que encontraba junto a las cocheras,
cuando volvía a casa, tarde en la noche. Y repetía, a quien qui-
siera escucharlo, que el arroz y el salchichón le encantaban. Sin
embargo, según había entendido Hebdomeros, la vida libre y
loca de este extraño gastrónomo no duraría mucho tiempo. Se
acercaba la temporada de los grandes trabajos meteorológicos;
era fines de marzo y en los primeros días de abril debería ence-
rrarse allá arriba, en la torre del castillo. Se aproximaban los
días en que, aislado del mundo, se negaba a recibir a nadie, se
tratara de quien se tratara; y cuando lo buscaban periodistas o
simplemente curiosos y personas inoportunas que tocaban a su
puerta, la sirvienta, después de hacer al visitante la pregunta
ritual: ¿de parte de quién?, respondía invariablemente: el señor
no está, o bien, el señor salió a un mandado; los visitantes
obstinados replicaban a esta última respuesta que esperarían a
que el señor regresara; ¡Ah, no!, añadía entonces la sirvienta
sin desconcertarse, es imposible, porque cuando el señor sale a
hacer sus mandados tarda varios días en regresar. Además, no
sólo cerraba su puerta a todo el mundo, sino que se negaba a
volver a casa a la hora de la comida. Sumergido en el estudio
comparativo de sus anemómetros perfeccionados, olvidaba, en
medio de un desorden indescriptible, la vida, con todo su cor-
tejo de preocupaciones, de dolores, de placeres y alegrías. De
vez en cuando, aprovechando esos raros momentos en los que,
vencido por la fatiga o el ayuno, se abandonaba a un breve
sueño, muy breve; por lo demás, su esposa y su hija, verdaderos

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modelos de devoción, penetraban entonces en su gabinete con
pies de gato y después de dejar en su mesa un plato con un
panecillo, crepas, queso salado, algunos dátiles y una jarra de
café frío, se retiraban caminando hacia atrás, sin quitarle la
vista, pues ¡ay de ellas si llegaba a sorprenderlas en su estudio!
Esa vida no podía durar, resultaba claro. Su hija, Emma, pade-
cía crisis nerviosas todas las noches. El padre intentaba gran-
jearse a su hijo Mario, cocinero en Marsella, ofreciéndole
cigarrillos y así alargaba la noche hasta las primeras luces del
alba, cuando un oficial sin chaqueta, con la camisa abierta
hasta el pecho, pasaba caracoleando entre montones de pas-
tura; cabalgaba sin silla, con las dos piernas del mismo lado,
como mujer; mientras la sangre le escurría de una larga herida
en la mejilla izquierda, hasta manchar su ropa; sin embargo,
parecía no darse cuenta. Al principio había rechazado el duelo:
“Pelear, exclamaba con tono sorprendido, pelear ante una
dama”; y señalaba con un rápido gesto a la muchacha del cor-
piño de flores que permanecía sentada en medio de la pradera,
en pose de Juana de Arco escuchando voces; sin embargo, se
vio obligado al duelo y así ocurrió lo que tenía que ocurrir…
Así, ahora, las horas pasaban lenta y fatalmente, como pasan
todas las horas. El sol permanecía en lo alto, en un cielo sin
nubes, aunque velado con una suave neblina que anunciaba el
verano; ni un soplo; un fuerte olor a vino áspero y descom-
puesto subía de las grutas profundas donde roncaban, comple-
tamente ebrios, acostados unos sobre otros, todos revueltos,
monjes y contrabandistas expulsados por el nuevo régimen. La
sombra de los cuadrantes solares marcaba mediodía; sin
embargo, unos instantes más tarde cambió el estado de la
atmósfera. ¡Ay! No se trataba de uno de esos cambios bruscos
que ocurren en América y en ciertas regiones del África ecua-
torial, donde súbitamente en el cielo despejado y el aire inmó-
vil, negros nubarrones cargados de electricidad invaden la
bóveda celeste, sumergiendo a la región en una oscuridad apo-
calíptica, mientras que ráfagas formidables de agua y viento
derriban todo a su paso y hacen que las puertas de los establos
y los bancos de los jardines públicos remolineen a la altura de

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las casas. No, por suerte estamos muy lejos de esos funestos e
imprevisibles cataclismos; el cambio que ocurrió en la atmós-
fera resultó tan imperceptible que jamás lo hubiera percibido
alguien con menos sensibilidad y atención que Hebdomeros; el
aire, en efecto, ya no estaba inmóvil; la veleta del campanario,
con figura de gallo estilizado, giró ligeramente. Hebdomeros,
quien sentía horror hacia esas atmósferas de fines de prima-
vera, de esa lánguida pesadez que anuncia la implacable lle-
gada de los meses cálidos, la cercanía de esa estación que un
gran poeta calificó de violenta, comprendió que el viento del
mar llegaba finalmente y se alegró de todo corazón; presintió,
también, que asistiría a uno de esos fenómenos inexplicables
que lo forzarían a profundas meditaciones; un viento fresco y
dulce persistía, el viento del consuelo y la esperanza. Hasta allí,
todo iba bien, pero el gallo, o mejor dicho, la silueta, la sombra
que proyectaba el gallo, se volvía cada vez más obsesiva y
comenzaba a ganar un lugar decisivo en el paisaje, a jugar un
papel en la vida de este tranquilo y modesto rumbo; lugar y
papel que nadie habría sospechado con anterioridad; ahora
bajaba al mismo tiempo que subía; actuaba por corrosión, por
un lado se comía el campanario, mientras que por el otro se
internaba en el cielo, recortándose contra él y creciendo con
una lenta e inexplicable regularidad; ahora, los pies del gallo
tocaban el cielo y su cresta, las nubes; algunas letras blancas,
solemnes como inscripciones lapidarias, avanzaban por todas
partes, dudaban, esbozaban en el aire una especie de cuadrilla
de baile pasada de moda y, por fin, decidían acoplarse según el
deseo de una fuerza misteriosa para formar, a cierta altura del
suelo, esta extraña inscripción: Scio detarnagol bara
letztafra.

De pronto, todo ese aire libre perdió su atmósfera, su stim-


mung; las vigas del techo y las tablas del piso parecieron ilumi-
narse violentamente, de lado; “es un truco de fotógrafo de
provincia”, se murmuraba en los cafés y en las plazas públicas.
Otro movimiento: cambia todo un plano de la escenografía, se
retira una pantalla, se levanta un telón y nos encontramos

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frente al baile, la fiesta en el megaron americano; el lujo y la
lujuria de los fuegos de artificio, las luces maléficas de salas
inmensas, decoradas con una suntuosidad y una inteligencia
completamente desconocidas hasta ahora; los invitados, cuyas
cajas fuertes de cuádruple blindaje están repletas de documen-
tos bancarios, se entregan a una orgía desenfrenada; nadan en
la sala con movimientos de buzos transformándose bajo el
agua; por los ventanales abiertos a la noche se observa el cielo,
con todas sus constelaciones multiplicándose al infinito; tam-
bién se ve la ciudad y sus templos sobrios, blancos sobre peñas
sagradas; y la loba, espantosamente dorada, padeciendo el
martirio de los voraces gemelos colgados de sus largas ubres.
Hebdomeros apenas tuvo tiempo de saltar a un rincón oscuro,
desde donde pudo contemplar a sus anchas todas esas extrañas
escenas. “Que se desplome el universo”, gritaba una voz de
monarca que venía de allá, de alguna parte, de las terrazas con
muros y arcos ceñidos por enredaderas. Galope de caballos,
pasos graves y cadenciosos de una tropa que se aleja por la
puerta septentrional; porta collina profectus est; los arroyos,
crecidos por las lluvias recientes, rugen y arrojan espuma bajo
los puentes; en ese instante, el escenario cambia de nuevo: el
viento expulsa a las nubes y la luna huye desesperadamente
tras ellas; a veces, la luna desparece por algún tiempo y de
pronto se tiene la impresión de que la Tierra entera se volvió
sorda, como una campana de madera; luego, con el viento, sus
rayos perforan de nuevo las nubes oscuras; las falanges silen-
ciosas de los gladiadores marchaban alrededor. Hebdomeros
miraba a una mujer y a su niño cuando de pronto se desploma-
ron las grandes rejas del jardín; como si hubiera pasado un
ciclón, los bárbaros aparecieron en las puertas de los salones,
arrasando todo a su paso, de pie en los estribos, lanzando su
grito de guerra y haciendo restallar horriblemente sus látigos
con puntas de plomo… se calló la voz que cantaba… el director
general de una gran compañía naviera, que habitaba el segundo
piso de una confortable casa, se volvió, en medio de sus sueños,
hacia el muro; el colchón crujió y él rezongó, dormido, algo
incomprensible: pero su movimiento destapó hasta el codo su

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brazo izquierdo y Hebdomeros, que hacía una hora esperaba
pacientemente a que despertara, vio sobre su brazo un curioso
tatuaje: una locomotora de modelo antiguo, rodeada por una
serpiente que se mordía la cola. Otra originalidad del director
era que siempre dejaba en el piso apoyado contra la cama, un
gran chaleco salvavidas: “Hay que tomar sus precauciones, res-
pondía a quienes lo interrogaban acerca de esta singular cos-
tumbre, nunca se sabe qué pueda pasar”. Sin embargo, su
esposa no se acostumbraba a ver el chaleco salvavidas al pie de
la cama; le parecía que daba un aspecto de catafalco; lo consi-
deraba, no sin razón, una idea fúnebre, veía en él un mal signo,
un presagio de desgracias. “Ya verás, Martiobarbulus, decía a
su marido, ya verás cómo ese chaleco salvavidas, que parece
corona fúnebre, acabará tarde o temprano por traerte alguna
desgracia”. Pero resultaba inútil tratar de convencer a alguien
tan testarudo como él. Hebdomeros debía huir. Logró dar la
vuelta en barco a su recámara, a pesar de que la resaca lo arro-
jara siempre hacia las esquinas y al fin, haciendo acopio de
todas sus energías y de su agilidad de antiguo gimnasta, dejó su
esquife y apoyándose en las molduras subió hasta la ventana,
que era muy alta, como la de una prisión. Su hermana aplaudió
entonces de alegría, ¡y qué alegría! Desde allí abarcaba, con
una sola mirada, un vasto y reconfortante panorama de pales-
tras de mosaicos blancos, rectangulares, cuadrados y trapezoi-
des, donde jóvenes atletas lanzaban el disco con movimientos
clásicos o corrían con las cabezas echadas hacia atrás y hundi-
das entre los hombros, como ciervos acosados por una jauría.
A mediodía, tras un frugal almuerzo en compañía de sus entre-
nadores de salto y lucha, todos ellos cumplidos caballeros que
se disculpaban por su falta de opulencia y su cocina sin preten-
siones e insistían en pagar sus comidas, llegaba a esa ciudad,
construida como ciudadela, con patios interiores, jardines
oblongos y geométricos que cubrían las sobrias formas de las
murallas, y encontraba siempre a los mismos hombres, de pro-
porciones exactas, perfectamente sanos de cuerpo y de espíritu,
aplicados en su ocupación favorita: la construcción de tro-
feos. Así surgían, en el centro de los cuartos y los salones,

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curiosos andamios austeros y a la vez divertidos; regocijo y ale-
gría de los huéspedes y de los niños. Esas construcciones adop-
taban la forma de las montañas, pues al igual que las montañas
nacían por la acción de un fuego interior y, tras las perturba-
ciones de la creación, daban fe, con su equilibrio atormentado
del ardor del empuje que había provocado su aparición; de allí
que fueran pirófilas, es decir, amaban el fuego, al igual que las
salamandras; eran inmortales, pues no conocían ni las auroras
ni las puestas de sol, sólo el eterno mediodía. Los cuartos que
las alojaban eran como esas islas que quedaban fuera de las
grandes líneas de navegación, cuyos habitantes esperaban, a
veces durante estaciones enteras, a que la buena voluntad de
algún petrolero o de un velero les dejara algunas cajas de con-
servas echadas a perder; al igual que esas islas, las habitaciones
se encontraban fuera de los grandes movimientos humanos;
fuera, sin estar tan lejos como para dejar de advertir el paso y
escuchar el eco de los ejércitos en marcha, de las interminables
hileras de trabajadores honestos, cruzando y volviendo a cru-
zar los puentes suspendidos sobre pilotes de acero, primero por
la mañana, al alba, para ir a sus estrepitosas y ardientes fábri-
cas y, luego por la noche, para volver a sus tranquilos hogares
y compartir sanamente el pan y la carne con sus esposas e hijos.
Hebdomeros se entregaba, a veces, a una confianza demasiado
grande, pero eso no significaba que fuera ingenuo o exaltado,
para nada, quería creer; se esforzaba en creer que tal o cual
hombre era inteligente y entonces lo afirmaba en voz alta, entre
amigos y conocidos, intentando engañarse a sí mismo; sin
embargo, sabía en el fondo que las cosas no eran completa-
mente así; en toda esa gente de mirada inquieta y molesta, en
esos intelectuales impotentes y despechados que temían y odia-
ban la ironía y el talento verdadero y que frecuentaban ciertos
cafés, donde llevaban bajo el brazo, como una reliquia, el
último libro de su poeta predilecto, quien resultaba fatalmente
como ellos, un impotente y un estéril constipado en quien se
reconocían perfectamente, pero a quien una suerte benévola y
una combinación de circunstancias habían colocado a la vista,
dando una dulce ilusión de gloria a toda esa gente que se

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sentaba a la mesa, cerca de sus tazas de café con leche, con el
adorado libro publicado en unos cuantos ejemplares numera-
dos y manchado, en medio de cada página de papel japonés,
con dos o tres pequeñas líneas de boberías seudoherméticas y
pretenciosas nimiedades; en toda esa gente, que él reconocía en
seguida por ciertos signos exteriores que jamás lo engañaban,
en todos ellos, los que sembraban confusión en el arte y en la
literatura, hombres de mirada sospechosa cuyos labios jamás
habían reído con franqueza, Hebdomeros reconocía algo atado,
sentía que un nudo les impedía mover los brazos y las piernas
libremente, correr, trepar, saltar, nadar, bucear, contar algo
con ingenio, escribir, pintar, en una palabra, entender. Con fre-
cuencia, veía el nudo, la imposibilidad de entender en mucha
gente, incluso entre quienes disfrutaban, en la masa de sus
semejantes, de una reputación de inteligencia; de allí que para
Hebdomeros el nudo fuera un signo infinitamente más pro-
fundo e inquietante que el itifálico, el del ancla o el del hacha
de doble filo. Los hombres-nudo, como los llamaba, eran para
Hebdomeros el símbolo vivo y en movimiento de la estupidez
humana. Por lo demás, veía a la vida como un enorme nudo
que la muerte desataba; no obstante, también consideraba a la
muerte como un nudo que se cerraba y que el nacimiento des-
ataba; el sueño, para él, era un doble nudo; la eternidad, según
él, desataba por completo el nudo, pues se encontraba más allá
de la vida y de la muerte. Como sea, estas oscuras fatalidades
no impedían a los hombres atarearse en sus actividades. Los
lunes y los viernes eran días de mercado; esos días llegaban a la
ciudad, en largas filas silenciosas, traficantes y revendedores de
todos los rincones habitados de esa región llana y monótona; se
reunían en la plaza del mercado. Muchos de ellos padecían
enfermedades venéreas que se volvían crónicas por no haber
sido bien atendidas en sus inicios; aprovechaban su breve estan-
cia en la ciudad para consultar, por la tarde, a los especialistas,
quienes no dejaban de darles cita para la semana próxima,
cualquiera que fuera el caso. Al caer la tarde, la plaza se vaciaba
lentamente, los traficantes, sifilíticos o blenorrágicos, volvían a las
aldeas vecinas en largas y negras hileras, la plaza quedaba desierta,

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como si la tropa la hubiera barrido con insistentes descargas de
mosquetón. Las únicas huellas de la muchedumbre ausente eran
basuras de todo tipo dispersas en el empedrado; pero, lo que
predominaba eran cáscaras de naranja y colillas de puro piso-
teadas. Sobre ese desamparo, los guerreros de bronce persistían
en sus gestos belicosos, como si los siguieran falanges de solda-
dos fanáticos, sólo visibles para ellos, sabios de piedra, políticos
de mármol, a veces, patinados por el humo de la ciudad, gran-
des hombres desconocidos y calvos que se inclinaban sobre sus
libros, sus instrumentos y sus rollos de papel. El sol declinaba
hacia el horizonte, alargando sus rayos sobre la gran carretera
municipal que unía a la ciudad con otras urbes vecinas. Los
pastores, que a esa hora seguían su camino hacia los caseríos
del oeste, recibían de lleno en los ojos toda esa tardía riqueza de
luz, la cual les impedía ver a sus rebaños y los irritaba enorme-
mente. Entonces, se enojaban, regañaban a sus perros que, enlo-
quecidos por los reproches de sus amos, corrían de un lado a
otro y ladraban, con lo que provocaban más problemas que los
que resolvían; para ver mejor, los pastores se ponían la mano
izquierda sobre la frente, como visera y, sin dejar de maldecir,
blandían con la derecha sus largos e inseparables cayados que,
vistos de perfil, parecían cascos de guerreros pintados en vasos
griegos. Los rayos del sol se alargaban sobre el polvo púrpura
del camino de un modo casi horizontal y la sombra de los pas-
tores y de sus cayados también se alargaba; se alargaba de una
manera desmesurada, monstruosa, atravesaba las ciudades, los
paisajes, los mares y llegaba muy lejos, al país de los cimeros,
donde los vientos helados conservan mucho tiempo la nieve de
las montañas; la sombra tocaba esas regiones, cuyos habitantes
se visten con pieles gruesas todo el año y tienen una mitología
complicada y obscena.
Más tarde, el sol desaparecía por completo tras un hori-
zonte de colinas bajas; las sombras, entonces, subían al cielo y se
extendían sobre la tierra; allá, arriba, a la izquierda, en el claro
espacio, la luna creciente brillaba pura y fría, mientras los soplos
purificadores de la noche próxima pasaban sobre la ciudad,
donde se extinguían los últimos ecos del trabajo de los hombres.

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Hebdomeros dejó la ciudad y se detuvo en un valle, cerca
de la montaña principal que se elevaba al este. De un momento
a otro comenzaría el largo ascenso nocturno y sentía necesidad
de meditar; se sentó, pues, sobre una roca en la que previa-
mente había colocado su abrigo cuidadosamente doblado y se
hundió en profundas reflexiones; poco a poco, se levantó el
telón delante de cada recuerdo del pasado. Hebdomeros se
entregó con gusto a esa nostalgia; una de sus principales debi-
lidades consistía en sentir siempre cierta nostalgia del pasado,
incluso si ese pasado resultaba poco favorecedor; de allí, tam-
bién, que le gustara dormir por las tardes; afirmaba que nada
remitía tan profundamente a los recuerdos del pasado como los
momentos que preceden o suceden, de manera inmediata, al
sueño de la tarde. Decía, dirigiéndose a sus amigos, que se tra-
taba de una simple cuestión de práctica; pero sus amigos no
siempre resultaban los espíritus de elite que él hubiera deseado;
eran muchachos robustos y de buena voluntad, pero torpes y
con frecuencia demasiado lentos para captar y comprender las
exigencias de una naturaleza excepcional y las finezas de un
espíritu de primer nivel. “En el principio, decía Hebdomeros en
sus discursos, uno resbala y se ensucia trabajando; salpica las
paredes alrededor; mancha los objetos que toca; desordena
todas las cosas; llena el piso de papeles arrugados y garabatea-
dos; se pinta uno mismo, sin querer, una máscara de payaso y
así sale a la calle, sin saber que lleva la espalda cubierta de
rayones y la nariz verde, lo cual, como es natural, hace que la
gente volteé a vernos y se ría a nuestro paso. Después, poco a
poco, la edad, la experiencia, la disciplina, el saber y el oficio
se sobreponen al instinto; se adoptan aires de cirujano de alta
escuela, uno se vuelve, a la vez, fino y poderoso; hay cierta lenti-
tud aparente en lo que se hace, sobre todo si se compara con la
fogosidad de la juventud; pero detrás de esa lentitud, las obras
se acumulan unas sobre otras, por paquetes, por series; y for-
man capitales formidables, fondos de reserva inauditos; se
construyen puntos de apoyo de una solidez a toda prueba; y a
quienes son capaces de proporcionar las garantías solicitadas
se les abren créditos ilimitados; se ponen en circulación sus

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obras capitales por el vasto mundo; se les envía, incluso, muy
lejos, hasta esos países aún mal explorados, donde nuestra
milenaria civilización apenas ha impuesto con debilidad sus
marcas y sus estampillas; por eso les digo, amigos, que trabajen
con método, que no desperdicien sus fuerzas; cuando encuen-
tren alguna señal, voltéenla y revuélvanla por todos lados;
véanla de frente y de perfil, de tres cuartos y de cerca; háganla
desaparecer y fíjense en el aspecto que adopta en sus recuerdos;
vean desde qué ángulo parece un caballo y desde cuál otro se
asemeja a las molduras de los techos; cuándo evoca una esca-
lera y cuándo un casco con penacho; en qué posición se parece
a África, que parece, ella misma, un gran corazón: el corazón
de la tierra; un corazón vasto y caliente; diría, incluso, sobreca-
lentado; late demasiado rápido, tiene que regularse. Como lo
previó un gran poeta, muerto hará veinte años, en ese conti-
nente vivirá la última gran civilización del mundo, antes de que
se enfríe definitivamente y termine como la luna. Pero, por el
momento, esas tristes previsiones no conmueven a nadie,
mucho menos a ustedes, que desde hace tiempo han sido adies-
trados en el difícil juego de derrocar al tiempo y dirigir la
mirada hacia otra parte; y no digo esto para halagarlos, pues
ustedes siempre han enfrentado las burlas de los escépticos con
la obstinación de los buscadores metafísicos y la tolerante y
generosa grandeza de sus almas de selectos líricos innatos. Y
ustedes, que en el fondo creen menos en el espacio que en el
tiempo, siempre han puesto sus esperanzas en el cadencioso
avance que arrastra a las grandes razas humanas, avance al que
nada se puede oponer; ustedes siempre han vivido en la felici-
dad de la media luz que entra a sus recámaras a través de los
postigos cerrados en el ardiente sol del mediodía, y en la medi-
tación de teoremas aprendidos de memoria de un modo inolvi-
dable, como los rezos nocturnos que los beatos preceptores
enseñan a sus niños lascivos”. Así hablaba Hebdomeros y sus
discípulos, a quienes se habían añadido algunos marineros y
pescadores de la zona, lo escuchaban en silencio; pero como se
acercaban cada vez más a él, tuvo que hacer lo mismo que
Cristo en casos semejantes, aconsejado por un apóstol: subió a

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una barca amarrada a la orilla y de pie sobre la proa, continuó
su inspirado discurso. A lo lejos, detrás de las colinas que
dominaban la ciudad hacia el este, la primera claridad del alba
invadió castamente el cielo.
“¿Qué es ese rumor que llega de oscuras calles?”, pre-
guntó Lyfontius, el filósofo, levantando la cabeza hacia la ven-
tana del cuarto donde trabajaba, cerca de una mesa repleta de
libros y papeles. Vivía en un modesto departamento sobre los
portales que enmarcaban la plaza principal de la ciudad. Desde
su ventana, podía ver la espalda de la estatua de su padre que
se erigía sobre un pedestal bajo en medio de la plaza. Su padre
también había sido filósofo y la eminencia de su obra movió a
sus conciudadanos a erigirle ese monumento en medio de la
plaza más grande y más bella de la ciudad. Las casas que rodea-
ban la plaza eran más bien bajas, de manera que se podían
percibir con facilidad las colinas sembradas de fincas y terrazas
con hermosos jardines. En la cima más elevada de esas colinas
se veía una amplia construcción que, según se decía, era un
monasterio, pero que parecía más una fortaleza, un gran cuartel
o un arsenal; estaba rodeada por una muralla con almenas y
perforada con aspilleras.
Cuando las velas negras de los piratas aparecían en el
mar, a lo lejos, los habitantes de las fincas corrían a refugiarse en
esa construcción; llevaban con ellos sus objetos más preciosos,
sus libros, sus herramientas de trabajo, sus lienzos y su ropa;
armas, no; le tenían horror a las armas y, además, ignoraban
completamente su manejo. No sólo no tenían armas en casa,
sino que evitaban pronunciar sus nombres, sobre todo frente a
los niños; esa gente histérica y puritana consideraba tabú las
palabras pistola, revólver, carabina, puñal; si un extranjero ajeno
a sus costumbres comenzaba a hablar de armas, el ambiente se
helaba y provocaba un malestar difícil de disipar. Y si por azar
había niños presentes, el malestar se volvía intolerable. La única
arma de la que se podía pronunciar el nombre era el cañón,
porque nadie acostumbra tener cañones en su casa. En las fincas
abandonadas sólo dejaban muebles viejos y animales disecados,
cuya presencia, en medio de cuartos vacíos, aterraba a los primeros

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piratas que abrían las puertas de las alcobas, ebrios de matanza
y pillaje. Los que se refugiaban en aquella construcción goza-
ban, por lo demás, de un gran confort. En los sótanos, se alma-
cenaban abundantes provisiones y al centro de amplios patios
interiores había jardines artísticamente dispuestos, rincones
asoleados donde crecían árboles frutales, toneles con flores,
fuentes decoradas con hermosas estatuas e incluso estanques
donde nadaban peces y flotaban, pecho al viento, cisnes de una
blancura inmaculada. Todo eso permitía a los refugiados olvi-
dar su triste situación de asedio y creerse en uno de esos bal-
nearios, auténticos paraísos terrenales de nuestro planeta
donde, durante los tórridos veranos, los citadinos cansados del
continuo trajín de sus ocupaciones y de los desvelos del éxito,
van a curar sus hígados inflamados y sus estómagos agotados.
Hebdomeros no compartía la opinión de los escépticos, a quie-
nes todo eso les parecían fábulas y afirmaban que los centauros
jamás habían existido, ni los faunos ni las sirenas, ni los trito-
nes. Allí estaban todos, en la puerta, como para probar lo con-
trario, piafaban y con grandes golpes de cola se sacudían a las
moscas que se obstinaban en sus flancos recorridos por escalo-
fríos; allí estaban todos esos centauros de ancas manchadas;
había ancianos entre ellos, centauros viejos; eran más grandes
que los otros, aunque más flacos; parecían disecados, como si
bajo el peso de los años sus huesos se hubieran alargado y
ensanchado; a la sombra de sus blancas y espesas cejas, que
contrastaban curiosamente con el color oscuro de los rostros,
se veían sus ojos cerúleos y dulces, como los ojos de los niños
nórdicos; sus miradas estaban impregnadas de una tristeza
infinita (la tristeza de los semidioses); eran atentas e inmóviles,
como la mirada de los marinos, de los montañeses, de los caza-
dores de águilas o de cabras salvajes y, en general, de quienes
están acostumbrados a mirar muy lejos y a distinguir, desde
lontananza a los hombres, a los animales y las cosas. Los otros,
más jóvenes, se propinaban grandes palmadas en los flancos y
se divertían lanzando coces contra las tapias de las hortalizas.
De vez en cuando, un centauro adulto se separaba del grupo y
bajaba trotando los senderos que conducían al río; allí se detenía

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a conversar con las lavanderas que, de hinojos a la orilla, sacu-
dían sus ropas. Las más jóvenes se inquietaban con la cercanía
del hombre-caballo. A Hebdomeros, que había presenciado la
escena más de una vez, siempre lo intrigaba la inquietud de las
jóvenes lavanderas; pero esta vez creyó descubrir la causa: lo
que les inquieta, de seguro, son reminiscencias de tipo mitoló-
gico, se decía a sí mismo, y enseguida pensaba: su imaginación
femenina, asediada por las reminiscencias y siempre dispuesta
a figurar un drama, veía el rapto; al centauro atravesando el río
entre remolinos y llevando, con él, a una mujer dando alaridos,
despeinada como una bacante ebria; en la orilla, Hércules dis-
paraba sus flechas, con esfuerzo, y lanzaba dardos envenena-
dos; después, su vestido se bañaba en sangre; su vestido, cuyo
color se oscurecía y se asemejaba al color de los asientos de
vino, se pegaba, de manera indeleble, al torso del centauro, que
moldea de un modo perfecto.
Las que tenían más edad las tranquilizaban, les decían
que no había nada qué temer, al menos por el momento, y aña-
dían, tras una larga pausa, durante la cual parecían recordar que
era como en los días de procesión: “se cena temprano; poco des-
pués de la puesta de sol, para que las muchachas más jóvenes
levanten, al final de la cena, las migajas que quedaron en la mesa
y sacudan los manteles manchados de salsa y vino tinto en el
patio, cuando la puesta de sol aún hace brillar los cristales de las
casas más bajas. La procesión subía por ese camino que baja
hasta cierta altura del valle, de modo que al verla desde la ciu-
dad, los habitantes tenían la impresión de que se trataba de un
remolino de polvo avanzando hacia el ancho mar; el estruendo
de matracas y cohetes resultaba ensordecedor. La columna avan-
zaba con brío, banderines al viento, extrañas enseñas izadas
como velas de navíos sobre olas en picada, donde se veían signos
perturbadores, grabados o pintados, líneas de salida de una
larga serie de inspiraciones caprichosas y sorprendentes, seguras
garantías para los periodos de calma que vendrían más tarde,
cuando las bocas de los oráculos callaran, como si el espíritu
hubiera emigrado lejos de la tierra. Hay épocas, jóvenes amigas,
en las que resulta perfectamente inútil dejarse encerrar al caer la

48
noche por guardias distraídos en templos desiertos, con la
esperanza de que el sueño, cerca de la imagen de divinidad,
traiga una respuesta a las preguntas y abra las puertas de lo
desconocido, o bien, levante la misteriosa cortina de las habita-
ciones cerradas hace mucho tiempo. ¡Oh, ruinas! ¡Templos de
Neptuno invadidos por el mar! ¡Olas que arrastran delfines
locuaces hacia el santuario donde hasta los iniciados entran
temblando en épocas normales con sus sandalias enlodadas en
la mano!”. Y ahora, en la encrucijada en fiesta, el desorden y el
tumulto se volvían alarmantes. Los propietarios de cafés sacaban
de prisa sus mesas a las aceras. La gente se asomaba a los bal-
cones bajos con cualquier máscara e interpelaba sin pertur-
barse a los paseantes puritanos. Dioses de ocasión, con rostros
impenetrables, vestidos con dignidad, se sentaban en las terra-
zas de los cafés; en todas partes, las habitaciones de las plantas
bajas tenían las ventanas abiertas y todas las luces encendidas;
había una falta de tacto, un cinismo y una ausencia de freno
verdaderamente insólitos; trenes enteros, con locomotoras a la
cabeza, entraban de súbito en la estación sin alinearse por
calles donde la muchedumbre se hacinaba; no podría decirse
dónde terminaban, sin embargo, cuando llegaban al final de la
calle, daban vuelta a la izquierda, de golpe, con el clásico movi-
miento del pez en la pecera, y por ese buen camino desapare-
cían en las tinieblas de los campos; los perros ladraban a lo
lejos; las alegres bandas de jóvenes, tocados con tricornios
encintados, pasaban como trombas, gritando bromas groseras.
Y en los cafés, transformados en cubos de humo, había una
tensión constante, un esfuerzo insensato para sonreír ante bro-
mas de una estupidez inmensa, donde los juegos de palabras
rebotaban de un parroquiano a otro: Yo lo coloco y usted lo
quita, ¿adónde iremos a parar? Yo loco, loco y usted loquita,
¿adónde iremos a parar? O bien, Usted azul y yo azulado
Usted azul y yo a su lado.* Otro cliente afirmaba que las

* Juegos de palabras que se pierden en la traducción. En el original: Que fera le villa-


geois? Que fera le vil? (demande) Ah! Joie! (exclamation). O bien, Laisse charmer
mes parents sourds. Laisse chat (impératif), remets mes pas (impératif) rends sourd
(impératif). (N. del T.).

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terneras de la región harían una colecta ¡para enviar una corona
fúnebre al sepelio del carnicero, que había muerto la víspera!
¿Habría manera de volver, entonces? El coche, con tiro
de cinco caballos y escoltado de cerca por un destacamento de
caballería, saldría al trote; y aquel hombre enorme, aquel
héroe, pasaría todo el día bajo el sol y velaría toda la noche
mirando las estrellas, tendido en la cima de la gran montaña,
negra como ballena varada en la playa. ¿Dónde están, niños?
Hebdomeros se había enamorado de Luisa, la sirvienta de la
casa de enfrente; se puso su traje nuevo; las campanas sonaban
en los campanarios de las parroquias y la primavera sonreía en
las hortalizas. ¡La primavera! ¡La primavera! Cortejo fúnebre,
visión macabra. Sobre las playas del mediodía se alineaban
cadáveres con esmoquin, tendidos en sepulcros; se respiraba el
aroma obsesivo del limón que, al igual que el ajo y la cebolla,
vuelve indigestas las viandas; y más allá, los naranjos, con sus
flores obscenas, símbolos inconfesables. ¿Adónde vas, tú, hom-
bre con piel de astracán en el cuello del abrigo? Prototipo del
gran viajero, dispuesto a defender a ese niño enfermo, amena-
zado por las manos rapaces de los bandidos en ese tren que
apesta a ganado mojado por los aguaceros de agosto ¿Adónde
vas, tú, guerrero con casco y mirada torva? Corazón de acero,
con ventanas abiertas a pueblos colgados de peñas, como nidos
de buitres, donde el hotelero, sediento de lucro, muestra con su
mano roja el amplio panorama del valle, atravesado a la mitad
por el río, algunas veces opaco y otras brillante, como la vida
de los hombres. ¿Acaso eso basta para renunciar a tu asiento y
empeñarte en permanecer en segunda, habiendo pagado boleto
de primera, a pesar de la suave insistencia del inspector? Se
trata de un lago inmenso, como el mar, y que monta en cólera
de un modo peligroso igual que el mar; cuidado, entonces, con
ahogarse, porque las lanchas de motor no vuelven en tu auxilio
y entonces sabrás lo que significa renacer esta tarde de verano,
cuando las aceras lavadas por la tormenta reflejan las luces de
las vitrinas con tanta perfección que uno creería estar en
Venecia; ¿y aquella ciudad encantadora, construida en anfitea-
tro en torno al lago? ¡Pero, ay, esta vez se trata de otro lago, de

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un lago apacible, de un lago en el que no se forma ni una onda,
de un lago que consuela. Cuando el clima se vuelve pesado,
cuando los grandes goterones de la tormenta comienzan a caer
al agua, los grandes peces muerden el anzuelo y llevas, enton-
ces, de dos en dos, a esos grandes peces negros, en el fondo de
tu canasta florentina. ¿A eso llamas La matanza de los inocen-
tes? Llegado a este punto, Hebdomeros protestó; confesó su
aversión por las escenas bíblicas, que él llamaba inmorales y
lascivas, sin fijarse en los pasajeros que al cruzar el pasillo se
burlaban de él y daban un codazo a sus esposas, ahogados de
risa; afirmaba que, tras la idea de Cristo representado como
cordero, se escondía una pizca de sensualidad de un tipo ente-
ramente especial y acabó elogiando los cafés con divanes de
terciopelo rojo y techos decorados a la moda de 1880.
“Allí te sientes a salvo de los peligros del exterior —decía
Hebdomeros con una voz que la emoción volvía algo sorda—,
que los enemigos más encarnizados envíen sus tropas de elite
hasta las puertas de la ciudad, que en el horizonte aparezcan
cometas de caudas deletéreas, que por las calles del centro se
paseen parejas de leones vomitando llamas, que los árboles de
los parques municipales se infesten de pájaros con picos de hie-
rro, que sobre las heces humeantes de los enfermos de cólera
zumben insectos fulminantes; una vez que estés en el café, todo
eso te da exactamente igual; una vez allí te encuentras total-
mente a salvo y si te alzas sobre la punta de los pies, verás, a
través de los tragaluces, a los navíos enemigos echar el ancla
frente a la costa desierta y a las chalupas repletas de guerreros
acercarse a la orilla con grandes golpes de remo. Entonces, se
crea una especie de lazo de solidaridad entre los refugiados;
todos tienen una tarea y un lugar definido; a las mujeres y a los
niños se les pone a salvo en la trastienda, detrás de los baúles y
las cajas de conservas. Allí, esos seres ineptos para empresas
peligrosas y agotadoras emplean su tiempo preparando comida
a base de carne de pescado en conserva, galletas, miel y café,
para beberlo siempre bien caliente y aromatizado con especias;
también se ocupan limpiando las armas con esmero y remen-
dando ropa y calzado; los más jóvenes salen a buscar caza,

51
pues hay que pensar en reunir provisiones para el invierno; ya
se anuncia el mal tiempo; las lluvias continuas han empanta-
nado el terreno y los senderos están resbalosos; se forman char-
cos bajo los matorrales bastante altos, donde, según la zona,
las margaritas y los acianos hacen su tímida aparición, apenas
suficiente para volver un poco más alegre el tramo e introducir
una nota poética al paso de esos alumnos aplicados, que traba-
jan con gusto y constancia en salas de aspecto sobrio, donde
todo es promesa; el oso polar chapotea entre bloques de hielo y
disputa a la morsa un pez desgarrado, el avestruz huye con
desesperación ante al jinete árabe, y, más allá, puentes, casti-
llos de incontables torreones y ruinas donde millares de cuer-
vos han anidado. Hebdomeros se creía a salvo en esa cabaña,
pues no había advertido en los alrededores ninguna traza de ser
humano; sin embargo, a pesar de las apariencias tranquilizado-
ras desconfiaba: no era hombre que se fiara de las apariencias;
cuántas veces, durante su temprana juventud, éstas lo habían
engañado; de allí que se mantuviera en guardia y, por las
noches, durmiera con un solo ojo cerrado, el bastón de plomo
y la pistola automática al alcance de la mano; muchas veces ni
siquiera se quitaba los zapatos y se acostaba a medio vestir,
para evitar, llegado el caso, toda sorpresa desagradable. Pero el
invierno pasó sin que nada extraordinario se produjera. El aire
se volvía cada vez más tibio y las plantas reverdecían en la pra-
dera; los cabreros habían bajado de las montañas vecinas tocando
festivos tonos en sus largas flautas de cobre; todo anunciaba la
primavera, aun cuando en esa región nórdica todo llega de
golpe y sorprende, como los escenarios que aparecen tras el
telón; un aire de simbolismo flotaba en la naturaleza; inconta-
bles y minúsculas cascadas, alimentadas por el deshielo, salta-
ban por los montes; los ángeles con alas enormes, como de águilas,
pero tejidas con plumas blancas y tiernas, como de ganso, se
sentaban a la orilla de los senderos, con una mano apoyada en
las grandes mojoneras, donde se veía esculpida la imagen bicé-
fala de Jano rematada con un miembro viril; los ángeles mira-
ban melancólicamente a las parejas que se alejaban abrazadas
bajo los almendros en flor. Por todas partes había inscripciones

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con letras resplandecientes; al este, las bandas de cazadores
recorrían la zona volcánica, montañosa y cazaban con fogosi-
dad, rodeados de jaurías, a los pocos sobrevivientes de una
raza de paquidermos casi desaparecida. Muy alto en el cielo,
los buitres describían grandes círculos; algunas veces descen-
dían, otras ascendían, temerosos de que algo malo les llegara
de la tierra, sin perder de vista jamás a los cazadores. Su obje-
tivo era claro: aguardaban a que cayera un paquidermo y a que
lo destazaran para regalarse enseguida con los restos, cuando
el último cazador y el último perro hubieran desaparecido tras
las peñas. A pesar de los buitres y de las osamentas de anima-
les, que blanqueaban aquí y allá entre peñas grisáceas, la zona
no tenía nada de salvaje ni de desértica; por todas partes la
llenaban de vida grandes instalaciones mineras; las chimeneas
humeaban, los furgones corrían sobre rieles minúsculos; inge-
nieros barbados con caras congestionadas por el calor, se afa-
naban por todos lados y aprovechaban los escasos ratos libres
para pescar con caña y tirar al blanco con sus revólveres contra
botellas vacías. Su única distracción era ir por las noches al
guiñol. Esta idea se le ocurrió a un escultor con perfil de rey
asirio, quien presumía de haber sido discípulo de un maestro
de moda, muy apreciado en la sociedad que frecuentaba por-
que tocaba la flauta, aunque, por cierto, lo hacía bastante mal.
Estos espectáculos de guiñol no transcurrían con la tranquili-
dad e inocencia que se esperaba; a veces, el que manejaba las
marionetas, una persona histérica, víctima de crisis epilépticas,
sin dejar de mover a los hombrecitos de ojos cretenses, recorta-
dos en cartón, comenzaba a dar tales alaridos que los contra-
maestres se despertaban sobresaltados, saltaban de sus camas
y corrían a encender las sirenas. Las hienas, entonces, abando-
naban los cadáveres a medio enterrar y huían hacia las monta-
ñas más próximas. Los carreteros que dormían en sus coches,
y que sólo entreabrían un ojo a cada tumbo, se ponían de pie
de un salto, y presas de un pánico enloquecido hacían silbar sus
látigos y lanzaban a sus animales a galope tendido. Vistos así,
esos coches, corriendo de noche a galope, tenían algo apocalíp-
tico. Dejando atrás la monstruosa estación de trenes de esa

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metrópoli, donde cerca de ocho millones de personas se afana-
ban día y noche sin ton ni son, Hebdomeros se encaminó hacia
la zona de fiestas nocturnas que constituía un mundo aparte en
el corazón mismo de la ciudad. Tenía, en efecto, sus límites y sus
fronteras, sus leyes, sus estatutos y poco faltaba para que con-
tara con aduaneros vigilantes que preguntaran en sus puertas si
uno tenía algo que declarar. Al borde de esa inefable región, el
tráfico de la ciudad se detenía; era allí donde el movimiento
convulsivo de los vehículos, el vaivén de los peatones atareados,
moría, por fin, como mueren las ondas en las playas. La felici-
dad tiene sus derechos, rezaba un letrero luminoso sobre la
puerta principal, construida en el centro de un amplio arco del
triunfo, sobre el cual mujeres esculpidas en madera y pintadas
en tonos suaves y brillantes tocaban, como afanosos tritones,
los largos clarines de la fama. Las fortalezas que se elevaban al
lado, los asilos de quienes la fortuna había abandonado, pero a
los que la gratitud y la bondad de los hombres no habían olvi-
dado, velaban solos en la sombra; sus solemnes bóvedas calla-
ban en la paz profunda que exige el reposo; era tarde en la
noche oscura; el mundo dormía sepultado en una inmensa tran-
quilidad e igual que él, la tempestad que agitaba al perturbado
corazón de Hebdomeros parecía haberse apaciguado al fin. La
gloria del pasado, la vanidad del heroísmo humano y todas esas
pirámides que los responsables de los asuntos públicos, movi-
dos por el temor al olvido, hacían construir a los asalariados
indiferentes que, al mismo tiempo que construían, pensaban en
otra cosa, en la novia o la esposa que los esperaba allá, en el
hogar apacible, lejos del ruido y del humo, cerca de una ventana
abierta hacia la frescura del jardín, donde miles de luciérnagas
relucientes rayaban las sombras con trazos fosforescentes. Los
cortejos de los reyes avanzaban en vano, entonces, por los gran-
des caminos de la región; vistos de lejos, su aspecto solemne
parecía bastante disminuido, ¡lástima! De no ser por el brillo de
las armas que blandían por los jinetes de la escolta, parecerían
una tropa de gitanos harapientos, mendigando su pan bajo el
sol implacable y la constante amenaza de esos perros de pelo
enlodado, que los crueles campesinos azuzaban a su paso.

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Si se parte de que el amor nace de la piedad, en el vasto
horizonte de la vida de Hebdomeros surgiría, entonces, toda
una promesa de sentimientos indecibles. Nostalgias infinitas e
impulsos que, en su imaginación perturbada por las noches
transcurridas en blanco en trenes de la red estatal, adquirían la
jeroglífica forma de un inmenso galgo, con un cuerpo de una
longitud inadmisible, lanzándose en un salto rígido a través del
mundo, pasando como un bólido sobre los abigarrados planos
de las ciudades, sobre los bosques domesticados, donde cada
árbol tiene un nombre y una historia propios, sobre los campos,
cuyas vastas cuencas son fecundadas por más de una semilla
que el agricultor precavido arroja en el momento oportuno; la
piedad de Hebdomeros se dirigía hacia la humanidad entera;
hacia el locuaz y hacia el taciturno, hacia el rico que sufre y hacia
el indigente; sin embargo, los hombres que comen solos en los
restoranes despertaban su piedad más profunda, sobre todo
cuando se sentaban cerca de las ventanas, de modo que los
transeúntes crueles e irrespetuosos, verdaderos fantasmas que
vivían en otra atmósfera, podían ensuciar con sus miradas
impúdicas la pureza virginal, la tierna castidad, la infinita ter-
nura, la inefable melancolía de ese momento, solitario entre los
solitarios, cubriéndolos de una vergüenza tan suave y a la vez
tan opresiva que no se explica cómo todo el personal del local,
incluidos el gerente y la cajera, los muebles, los manteles, los
garrafones, toda la vajilla y hasta los saleros y los objetos más
pequeños no se disolvían en un torrente infinito de lágrimas.
A las grandes hipóstasis que acompañaban esos sacudi-
mientos telúricos sucedían espectáculos inolvidables, a los cua-
les Hebdomeros jamás dejaba de asistir. Millones y millones de
guerreros invadían el país, atravesando viñedos; se diría que
emanaban de las grietas de las rocas, a través de esas montañas
en altorrelieve acribilladas de cavernas, mapas de un estado
mayor hipotético que la luz uniforme que descendía del techo
volvía aún más verosímiles. ¡Mirmidons! ¡Mirmidons!… de
eco en eco, el grito repercutía a lo largo de playas desiertas,
como en la era terciaria. Sobre el peristilo, el cielo era puro y de
un azul profundo; en las oficinas, los barómetros marcaban

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buen tiempo estable, para desesperación de quienes navegaban
en carabelas inmóviles, en medio del océano. En otros puntos
del planeta, los siniestros lagos de aguas inmóviles y negras, a
cuyos fondos jamás había llegado la sonda, volvían al cielo sus
inquietantes ojos, como los ojos de los uranoscopios que los
cándidos pescadores llaman de un modo encantador peces
cura, y nubes pesadas como peñas y negras como la noche se
abrían con los ángulos agudos y las fugas caprichosas de los
relámpagos; la lluvia caía, entonces, sin fin en largas y apreta-
das cuerdas, en haces perpendiculares sobre la superficie del
lago que comenzaba a hervir; agua sobre agua; los filósofos
hidrópicos, los semidioses reducidos a mera pose a fuerza de
querer parecer simples y directos, se pasaban de astutos y tras
colgar sus vestidos en las ramas salpicadas de cal de la frágil
higuera de la orilla, entraban en el agua para no mojarse,
decían, y a veces aguardaban días enteros a que se desencade-
nara la tormenta, para tener la oportunidad de gastar esa fina
broma. Hebdomeros se indignaba porque pensaba, al mismo
tiempo, en otra cosa. “Elocuencia del pasado”, decía dirigién-
dose a sus amigos, ante esos desplantes indiscretos, ante esas
suntuosas naturalezas muertas, donde ruedan plátanos y piñas
en cascada junto con ciervos destazados y faisanes policromos,
ante el desenfado de ese bienestar provocador, ante ese gigan-
tesco insulto, esa fantástica bofetada a la miseria y la sobrie-
dad, he visto a la venganza haciendo muecas en la sombra. Así,
entre escaleras tiradas y botellas rotas, los manteles dispersos
se enrollan en el piso, como trampas de elefantes, a los pies de
los meseros presurosos, cargados de vajillas, provocando ver-
daderos desastres; la hacendosa servidumbre se tropieza, dando
lugar a un formidable destrozo, seguido de una inundación de
salsas de todos los colores, donde flotan, como despojos, los
cuerpos asados y enjutos de las gallinas. Hebdomeros no podía
más; se levantó como se levantan las sombras sobre los húme-
dos muros de los calabozos cuando se deja la linterna en el
piso; se levantó y habló con voz grave, pero que tenía algo de
extraño, como si no viera a los dos mil seiscientos setenta y
cinco rostros de los hombres que habían venido a escucharlo,

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con la mirada fija en él. Al fin cobró contacto con la realidad y
evocó esas mañanas de septiembre desde las sagradas alturas
donde se dominaba la ciudad; y en seguida, las voces se eleva-
ron: —¡La acrópolis! ¡La acrópolis! “No —dijo con una sutil
sonrisa— esta vez no se trata ni de un rompimiento ni de Pablo;
y aunque aquí haya un Perícles, no se trata de quien ustedes
piensan, instintivamente, de ése a quien la peste fulminó una
calurosa tarde de verano y fue tierno amigo de pintores, escul-
tores, arquitectos y poetas; les presentaré a un Perícles tuerto
que, para ocultar su defecto, lleva el casco hundido hasta media
nariz; como sea, tiene estilo, tiene cierta elegancia, sobre todo
cuando arroja el manto sobre su hombro izquierdo, con un
gesto descuidado; sus piernas, largas y torcidas, lejos de darle
un aire ridículo, recuerdan, anacronismos aparte, a los viejos
picadores que la edad retira del ruedo, pero que aún sienten
nostalgia por él; sostiene una moneda en la mano izquierda y
contempla, con un solo ojo (hay que decirlo, pues está tuerto),
durante largo rato y en silencio, la cabeza un poco echada
hacia atrás, enternecido, el perfil de una mujer grabado en una
de sus caras”. Entre los tambores de las columnas derribadas,
donde de noche, cuando la plaza está desierta, vienen a pacer
con avidez grandes yeguas disentéricas las tiernas manzanillas
que florean a la sombra de las ruinas gloriosas. Los leales, los que
no se han dejado vencer por el espanto, el egoísmo y la cobar-
día vergonzosa, los que han hecho a un lado el miedo y mirado
a la muerte a los ojos, bien plantados sobre sus piernas cubier-
tas con armaduras de hierro, en lugar de sufrir la humillación
de disfrazarse de mujeres, de campesinas embarazadas o de
nodrizas y mezclarse con la masa de corderos de dos patas para
huir en barcos repletos, sobrecargados, a punto hundirse a
cada golpe de remo, se mantenían ahora, todos, en sus puestos.
Se recostaban en el suelo, alrededor de Hebdomeros, en poses
magníficas y perezosas y lo escuchaban hablar, como los pira-
tas escuchan a su jefe contar historias espantosas de abordajes
y batallas nocturnas. Al caer la noche, los reflectores que los
enemigos habían instalado en las alturas circundantes lanza-
ban largos haces de luz en todas direcciones, molestando

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enormemente a esa noble sociedad de guerreros ascéticos y
caballeros desengañados, quienes tenían la suerte de encon-
trarse cerca de un montón de ruinas que el azar de la caída
había dispuesto de manera que formaran una especie de gruta,
se veían menos perturbados por el juego de los reflectores; pero
los demás, a quienes no quedaba más remedio que apoyar su
espalda encorvada en el frío y duro tambor de alguna columna,
corrían el riesgo de pasar la noche sin reposo. A veces, algunos
de ellos volvían la espalda al mar, porque el espectáculo de la
playa no los atraía para nada. Después de todo, era su ambiente,
su mundo y a esos pescadores, acostumbrados a la mitología
náutica, no les impresionaba en lo más mínimo lo que ocurría
a su alrededor; los intrigaba, más bien, la presencia de esos
grandes palacios, con todos sus pisos iluminados, brillantes,
como faros sobre acantilados altos y escarpados, a cuyos pies
las olas venían a morir sin ruido. Las ventanas estaban abier-
tas; los clientes ricos salían, en traje de noche, a los balcones y
a las terrazas, atraídos por los murmullos de todos esos dioses
marinos, varados allá abajo, en la playa oscura.
Cuando se alejaron de aquellos lugares, donde ya no
tenían nada que hacer, Hebdomeros y sus compañeros se inter-
naron en los suburbios, que eran como los camerinos de la
ciudad. Y, en efecto, allí acudían para maquillarse, prepararse
y ensayar su papel esos personajes cuya actividad atraía con
tanta fuerza la atención de todo el mundo, como los actores
que esperan la señal para entrar en escena y recitar, con el arte
que los maestros les han enseñado, lo que saben de memoria, o
casi, sobre los tablados polvorientos, sobre esos mismos que, a
pesar de las ideas nuevas y la evolución de los gustos y las cos-
tumbres, se ven siempre algo sucios y vergonzosos. En más de
una ocasión, al meditar tantos enigmas sin descifrar, Hebdo­
meros se había hecho esta pregunta: ¿Por qué el teatro siempre
tiene algo vergonzoso? Pero jamás llegaba a una respuesta
satisfactoria, en cambio, llegaba a ocurrir en ocasiones que el
crepúsculo descendiera suavemente cuando se encontraba solo
en su recámara, hundido en sus meditaciones; sus tres amigos,
que siempre se despedían hacia las seis de la tarde, se iban

58
cantando alegremente, con un paso acelerado por la rápida
cuesta que descendía a la plaza del mercado. Hebdomeros se
quedaba solo, allá arriba, en la casa donde hacía diez años
había rentado un miserable cuarto amueblado. Luego, a fuerza
de economías, ahorrando en todo, apoyado por esa voluntad
que bajo la apariencia del hastío y la debilidad siempre había
dominado su vida, logró rentar toda la casa y expulsar a los
primeros inquilinos, no para vengarse del maltrato que en tan-
tas ocasiones le habían infligido, sino para castigar su maldad;
lo consideraba un acto de justicia. “Justicia, antes que nada”,
decía sentándose a la mesa para consumir la modesta comida
que se preparaba él mismo; casi siempre, ésa consistía en un
pájaro magro (un especie de alondra mal alimentada) que todos
los días le llevaba un cazador de ochenta años, vecino suyo. El
anciano sentía un culto por la caza que rayaba en la obsesión y
el misticismo. Se despertaba al alba y le silbaba a un viejo perro
que lo seguía bostezando, después de estirarse hasta dislocar
los huesos. Así, Hebdomeros le compraba todas las noches un
pájaro que no consumía hasta el día siguiente, pues en sus ratos
de ocio le gustaba pintar naturalezas muertas con piezas de
caza. Colocaba, entonces, el pájaro muerto en una mesa sobre
un mantel; a veces también le ponía borra alrededor, como si
se tratara nieve, lo que evocaba cacerías de invierno y bellas
reuniones de cazadores en los albergues, sentados cerca de chi-
meneas donde ardían leños, bebiendo alegremente y fumando
largas pipas. Cuando llegaba la hora de comer, Hebdomeros
desplumaba a su pájaro y lo ponía a cocer en una pequeña
marmita, con mantequilla de cabra y una pizca de sal; mientras
se cocinaba le daba vueltas y lo picaba con un tenedor, repi-
tiendo siempre en voz baja la misma frase: “Tiene que sentir el
calor. Tiene que sentir el calor”. Y si alguien llamaba a su
puerta cuando se sentaba a la mesa, aún tenía el valor de invi-
tarlo a compartir lo que había preparado: además del pajarillo
asado, un trozo de pan de centeno y una cucharada de merme-
lada de arándano, y, para beber, levadura de cerveza fresca que
disolvía en agua filtrada con un poco de azúcar. En cuestión de
guisos y de comida, en general, Hebdomeros profesaba una

59
moral que le había granjeado la antipatía y con frecuencia los
irritados sarcasmos de buen número de sus contemporáneos.
Dividía los platillos en morales e inmorales. El espectáculo de
ciertos restoranes, donde finos sibaritas iban a satisfacer la
abyecta concupiscencia de sus aparatos gastrointestinales, lo
indignaba hasta la náusea y arrebataba a su alma en una justa
y santa cólera. Toda esa gente, que comía langostas y chupaba
con una voluptuosidad bestial las patas y las pinzas de esos
monstruos repugnantes acorazados, tras haberlas roto con un
cascanueces, lo hacía huir como a Orestes perseguido por las
furias. Pero lo que más le perturbaba era ver cómo, al inicio de
la comida, los aficionados a las ostras se tragaban esos molus-
cos asquerosos con una escenografía de pan negro meticulosa-
mente untado de mantequilla, copitas de vino blanco especial,
rebanadas de limón, etcétera; todo acompañado de teorías
inmundas y explicaciones obscenas sobre el efecto que el limón
ejerce en el molusco cuando aún está vivo y se contrae, o bien
de ridículas elucubraciones sobre si el aroma de las ostras hace
pensar en el mar, en los acantilados azotados por las olas y
otras naderías con las que sólo un ser desprovisto de cualquier
pudor y dominio sobre sí mismo puede divertirse. También le
parecía muy inmoral el hecho de consumir helados en los cafés
y, en general, de arrojar trozos de hielo a las bebidas. El meren-
gue y la crema batida le resultaban materias deletéreas e impu-
ras. Incluso, le parecía muy inmoral, y digno de la mayor
represión, ese gusto exagerado e instintivo, que con frecuencia
alcanza la voracidad, sobre todo en las mujeres, por las verdu-
ras crudas: pepinillos, pepinos, alcachofas en vinagre, etcétera.
Consideraba el higo y la fresa como las frutas más inmorales.
Servirse higos frescos por la mañana, en el desayuno, cubiertos
de hielo triturado, era para Hebdomeros un acto tan grave que
merecía una pena de diez a quince años de cárcel, según sus
códigos. También muy condenable, para él, resultaba el acto de
comer fresas con crema; no alcanzaba a comprender cómo una
persona razonable podía llegar a cometer actos tan indignos y
cómo podía tener el valor de hacerlo en público, frente a sus
semejantes, en lugar de ocultar la vergüenza de sus incon­fesables

60
acciones en el fondo de las habitaciones más oscuras y ence-
rrarse con doble llave, como si se tratara de una violación o un
incesto. Atribuía todo eso a la imbecilidad humana, que él cal-
culaba inmensa y eterna como el universo y en la cual tenía
una fe inquebrantable. ¡Una fe inquebrantable! Pero esta vez
habría querido curarse de esa fe, de esa fe alimentada con ejem-
plos cotidianos; habría querido aliviarse como los hepáticos:
con manantiales calientes y colagogos, acquae calidae, César,
enamorado y dispéptico rodeado de sus legiones en el valle con-
quistado. Nadie leyó el himno que escribió esa noche, ni sus
amigos más fieles ni, incluso, esa virgen de mirada ardiente y
aire regio, a quien estaba dedicado; temía al qué dirán, sentía
horror de esos medios indiscretos e incomprensivos. Ahora, los
árboles que habían invadido las habitaciones y los corredores
de su morada se alejaban lentamente hacia el sur; emigraban
por grupos, por familias, por tribus; ya se iban quedando atrás
y con ellos se alejaban las mil voces del bosque misterioso y su
olor inquietante. Un criado taciturno y de edad avanzada, al
que llamaba el Euménido, barría las ruinas que aún cubrían el
suelo y ante esa vida nueva, ante ese espectáculo grandioso y
mapimundial, vio de pronto los océanos. Como el Coloso de
Rodas, un coloso de Rodas infinitamente agrandado por el
sueño; sus pies; en el extremo de sus piernas separadas, toca-
ban regiones distintas; entre los dedos de su pie izquierdo se
perseguían bandidos mexicanos, como fieras famélicas en
torno a peñas sobrecalentadas por la canícula, mientras el pie
derecho, arriba, hollaba regiones inmaculadas entre osos pola-
res ancianos y obesos, con perfiles entrometidos, que sacudían
sus cabezas ante los glaciares despedazados, almenados, hora-
dados como restos de catedrales ilustres destruidas a cañonazos
y esquimales amortajados en pieles que, en el umbral de sus cho-
zas apestosas, construidas con cuero de foca, ofrecían a sus
mujeres gentilmente a los exploradores excitados. Una vez más,
a lo lejos, en la gran noche oscura, ascendieron cohetes silen-
ciosos; grupos compactos de filósofos y guerreros, verdaderos
bloques policéfalos de colores tiernos y brillantes, sostenían
misteriosos conciliábulos en los rincones de esas recámaras de

61
techos bajos, donde las paredes y el techo forman un ángulo
recto. “Esas cabezas no me dicen nada que valga la pena”,
exclamó de pronto uno de los discípulos más jóvenes de
Hebdomeros. Bueno —respondió este último—, comprendo,
mejor dicho, adivino tu idea; hubieras preferido a los prudentes
fantasmas de esa sociedad reglamentada y puritana que huye
de los discursos donde se habla de microbios e instrumentos de
cirugía y palidece de terror cuando algún torpe emplea expre-
siones como hijo natural o cuando se discuten los sistemas de
los parteros y las comadronas; habrías preferido la compañía
de una sociedad de fantasmas, en una veranda bien cerrada,
mientras largos y silenciosos relámpagos, como parpadeos
rápidos y repetidos, anuncian una tormenta aún lejana que se
aproxima. Y, en efecto, los rugidos del trueno, muy apagados y
apenas perceptibles al principio, se vuelven de pronto más gra-
ves; los remolinos recorren el jardín y hacen girar las hojas
secas y los diarios abandonados sobre los sillones de mimbre;
más tarde comienzan a caer en el polvo de las avenidas cálidos
goterones con un ruido de papirotazo aplicado sobre una tela
espesa y extendida. “¡Cierren las ventanas¡ ¡Cierren las venta-
nas!”, grita el ama de llaves corriendo desesperadamente a tra-
vés de las habitaciones, como una Níobe obsesionada por el
espectáculo de sus hijos erizados de dardos; entonces, mi joven
amigo, veremos este inexplicable espectáculo: extrañas galli-
nas, completamente desplumadas, corren enloquecidas alrede-
dor de la mesa del comedor, con sus largas piernas, como
avestruces minúsculas; violinistas fúnebres acomodan, de
prisa, sus instrumentos en cajas semejantes a féretros para
recién nacidos; los retratos se mueven dentro de sus marcos y
los cuadros, colgados del muro, caen al piso; los cocineros fan-
tasmas, prototipos del asesino, suben con pies de gato al primer
piso, donde se encuentran las alcobas de esos ancianos calvos y
distinguidos que, armados de bastones con empuñaduras de
marfil, se disponen a morir dignamente, para que sus sobrinos
no se sonrojen cuando se hable de ellos. —Habrías preferido
eso, joven imprudente— añadió Hebdomeros dirigiéndose aún
a su joven discípulo con una sonrisa llena de sobre­entendidos—.

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Pero piensa más bien en los días hermosos, despejados, en la
playa, piensa en los inmortales bendiciendo a quienes los aman
y se embarcan con cascos de oro y armaduras de plata, para
morir allá, en la otra orilla, pues saben que es la mejor manera
de volver enseguida con sus seres queridos y vivir sin amargura
y sin remordimiento; es cierto que sólo vuelven como fantas-
mas, pero, como dice el proverbio, más vale volver como fan-
tasma que no volver jamás; piensa en eso y no te fíes de las
apariencias, para que no vuelvas a sentir la tentación de pro-
nunciar una frase como la que acabo de escuchar. Hebdomeros
dirigió sus pasos, entonces, hacia aquel río con orillas cubiertas
de cemento, hacia aquel palacio vetusto, que eleva sus domos y
sus veletas en medio de la continua fuga de las nubes. Aquel
sitio austero cuya solemne puerta se encontraba abierta en ese
momento, lo habría entristecido, pero el recuerdo de lo que
había visto en esos momentos vividos entre un público disperso
e indiferente, bastó lo suficiente para consolarlo. Poco a poco,
vio surgir del claroscuro de su memoria y precisarse con lenti-
tud en su espíritu, las formas de aquellos templos y santuarios
de yeso, construidos al pie de montañas hospitalarias y de
peñas, en cuyos estrechos desfiladeros se presentían mundos a
la vez próximos y tan desconocidos como esos horizontes leja-
nos y cargados de aventuras que Hebdomeros siempre había
amado desde su triste infancia. Una palabra mágica brillaba en
el espacio, como la cruz de Constantino y se repetía hasta el
fondo del horizonte, como un anuncio de pasta de dientes:
¡Delfoi! ¡Delfoi! Un silbido suave, como de laureles doblados
por el viento de otoño, atravesó el aire tibio desde la otra orilla,
justo frente al lugar sagrado, donde las columnas de oro del
Templo de la Inmortalidad brillaban bajo los rayos de un sol
clavado en el centro del techo, para que no declinara nunca
aparecieron colgados de la pared cuadros muy tristes de épocas
ya pasadas. “Es para mantener el equilibrio —decía el guía—
pues demasiada felicidad aburre”. Así, Hebdomeros vio a
Cristo, insultado por la muchedumbre y arrastrado por los
legionarios hacia Pilatos, también vio el Diluvio: las masas de
agua irrumpiendo en las llanuras y las mujeres, musculosas

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como titanes, aferradas de los últimos peñascos, mientras los
elefantes se perfilaban, todos negros, contra el pálido brillo de
los relámpagos y levantan sus trompas aterrorizadas contra la
tempestad. Pero, ¿valía la pena evocar todo eso? El insomnio
en la noche asfixiante y los ojos del tigre que brillan en la habi-
tación cerca del mosquitero cerrado. El claro de luna era tan
suave que las montañas parecían muy próximas; las divinida-
des de la noche murmuraban en las fronteras de la ciudad,
donde las aceras parecían muelles frente al mar de praderas y
campos; uno podría embarcarse allí, irse, bogar sobre las olas
amarillas de los trigales maduros o sobre la onda verde de la
hierba tierna; quienes seguían allá, en el café extremo, al fondo
de aquel barrio de la ciudad que se levantaba como un promon-
torio en medio del mar de campos, los que se quedaban, sacu-
dían sus pañuelos y levantaban las manos para despedirse:
—¡Sé feliz! ¡Lebe wohl! ¡Que la fortuna te sea propicia! ¡Buena
suerte! Y tras las olas policromas de ese mar donde florecían
las rojas amapolas y los tímidos acianos, el navío desaparece
lentamente, como si se lo tragara un mar en calma; las velas
hinchadas por los soplos de la primavera son aún visibles, des-
pués desaparecen también; entonces, la paz desciende de nuevo
sobre los campos, y los pájaros, que por un momento habían
dejado de cantar ante ese inesperado espectáculo, retoman su
alegre piar. Ahora renacen los mil ruidos de la naturaleza,
como renace en la calle el ruido de la vida detenida un momento
por el paso de un cortejo fúnebre; el campo se encuentra de
nuevo lleno de vida y de alegría y lo muestra sin pena ni remor-
dimiento; frente a granjas de puertas adornadas con guirnal-
das, los campesinos y las campesinas bailan en círculo alrededor
de un palo ensebado, al calor de las bebidas fermentadas, y
lanzan al aire, con gritos agudos, sus sombreros llenos de cin-
tas. Cruzado de brazos como un severo tribuno que presen-
ciara una orgía, Hebdomeros miraba con aire pensativo
aquellas ruidosas manifestaciones de una inocente alegría y
pensaba: “Esos hombres son felices o al menos parecen serlo,
aunque también sobre este punto habría mucho qué decir; pero
felices, infelices o simplemente tranquilos, una cosa es segura,

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que el célebre demonio de las tentaciones que padecemos noso-
tros, hombres de espíritu y de corazón, nunca ha venido a sen-
tarse a su mesa ni se ha posado en sus cabeceras, nunca los ha
seguido al salir el sol, cuando se dirigen al trabajo, hoz al hom-
bro, siguiendo con la mirada a la alondra que sube al cielo
como la esfera blanca en la punta del surtidor de agua, en los
puestos de tiro al blanco, y menos aún cuando vuelven cansa-
dos a sus cabañas, por las tardes, mientras los cuervos, hartos
de carroña podrida en el lecho de arroyos secos, regresan a las
montañas vecinas con un vuelo lento y regular, lanzando de
vez en cuando ese suave graznido que siempre me ha gustado.
Sabemos lo que significa aquel demonio que no deja de hacer
muecas a nuestro lado; usted se encuentra lejos de la ciudad, se
cree libre y tranquilo, como los alumnos que se van de pinta;
está sentado en una banca, cerca de un camino abandonado, a
la sombra de árboles cuyo tupido follaje detiene los ardientes
rayos del sol y los obliga a pasar, filtrados e inofensivos, para
dibujar en el camino las notas perforadas del disco del teléfono;
usted se cree libre, tranquilo y se abandona al ensueño y a los
recuerdos del pasado; evoca el rostro de las mujeres que ha
amado y los principales episodios, tristes o alegres, de su vida;
usted se cree libre, tranquilo y de pronto se da cuenta de que no
está solo, alguien más está sentado en su banca; sí, un señor
vestido con una elegancia pasada de moda, cuyo rostro
recuerda, vagamente a ciertas fotos de Napoleón iii o de
Anatole France en la época del lis rojo, sí, ese señor que lo mira
conteniendo la risa es él, el demonio de las tentaciones. Y
cuando usted, mucho tiempo después de que él haya desapare-
cido, se levante y se interne por el camino polvoriento, él saltará
detrás de un arbusto, imitando de una manera desconcertante
el ladrido de un perro; y si agotada su paciencia, usted comienza
a apedrearlo con toda la fuerza de sus brazos, él huirá a toda
velocidad a través de los campos, vociferando como energú-
meno y acusándolo con los aldeanos de las peores afrentas, de
violaciones de niñas o de incendios de granjas”. Ese largo soli-
loquio había entristecido y fatigado a Hebdomeros. El clima
seguía hermoso; los árboles se escalonaban reverdecidos sobre

65
alturas plenas de sol y mezclaban las tintas de sus follajes; los
claros estaban cubiertos de un césped muy verde y muy tierno,
donde los niños jugaban, lanzando gritos de gozo; las casas,
modestas, pero de aspecto limpio, alegre y hospitalario, levan-
taban sus techos puntiagudos entre los árboles; todo reposaba
en la luz. Sin embargo, muy cerca de allí ocurrían aconteci-
mientos de una solemnidad inaudita, uno tras otro, con esa
fatalidad que la diosa Historia, sentada sobre una nube con su
libro abierto sobre los muslos, había impuesto a su transcurso:
ministros barrigones estrechaban la mano mirando a los ojos a
los monarcas de torsos cubiertos por mosaicos de cintas y
medallas, mientras que abajo, en la ensenada, buques acoraza-
dos con hierro disparaban sus cañones e izaban banderas y
oriflamas en sus astas y mástiles; Mercurio, que en ese momento
sobrevolaba el lugar, miró hacia abajo y saludó alegremente,
sacudiendo con una mano su caduceo, cuando los cañones des-
pertaron los ecos del valle.
¿Adónde volver?, ¿a las minas? Hebdomeros desconfiaba
de esos terrenos insalubres, donde la fiebre imperaba todo el
año y los hoteleros ponían sulfato de quinina en las mesas,
como sal y pimienta en otros lugares. Era preferible el aburri-
miento de una vida regida por las manecillas del cronómetro,
pero lógica en el fondo y no desprovista de poesía, llena de lágri-
mas interiores; una vida en ese camino flanqueado de villas,
donde se desgranaban las quejas de los pianos aporreados por
adolescentes que cada mañana hacían sus ejercicios cotidianos.
Todo eso hubiera resultado normal después de todo, y ni a
Hebdomeros ni a sus amigos les habría disgustado disfrutar
algunos días de descanso en aquellos lugares relajantes y abu-
rridos, pero un hecho insólito atrajo su atención y les hizo com-
prender que no todo era tan normal como lo habían supuesto
en un principio. Frente a cada villa había un pedazo de jardín
con bancos y sillones de mimbre; en cada jardín, recostado en
un sofá, había un gigantesco anciano de piedra; Hebdomeros
se sorprendió de que los sillones resistieran tal peso y comunicó
su sorpresa a sus compañeros, pero al acercarse se dieron cuenta
de que los sillones, que de lejos parecían de mimbre, estaban

66
hechos enteramente de metal, y las cintas de acero, entretejidas
y pintadas de color paja, habían sido calculadas para resistir
presiones aún mucho mayores. Los ancianos vivían, sí, vivían,
pero muy poco; tenían un poquito de vida en la cabeza y en
la parte superior del cuerpo: a veces los ojos se movían, pero la
cabeza no; era como si estos hombres sufrieran una eterna tor-
tícolis y temieran despertar el dolor con el mínimo movimiento.
De vez en cuando, sus mejillas se teñían ligeramente de rosa y,
por las noches, cuando el sol se había puesto tras los montes
boscosos próximos, se hablaban desde un jardín a otro con-
tando recuerdos de antaño. Evocaban las cacerías de borregos
cimarrones y urogallos en bosques húmedos y oscuros aun a
mediodía; contaban cuántas veces se habían precipitado uno
sobre otro blandiendo sus escopetas por los cañones, como si
fueran garrotes, o empuñando sus cuchillos de monte. La
eterna causa de esas riñas era alguna presa que dos cazadores
pretendían haber abatido a la vez. Una noche, sin embargo, los
grandes ancianos de piedra dejaron de hablar; fueron llamados
a toda prisa especialistas para que los examinaran y constata-
ron que la poca vida que los había animado hasta entonces
había desaparecido, incluso la parte superior de sus cráneos
estaba fría y sus ojos se habían cerrado; entonces, se decidió
quitarlos de allí para que no estorbaran en los pequeños jardi-
nes de las villas; llamaron a un individuo que se decía escultor,
era un hombre de modales perturbadores, que bizqueaba horri-
blemente y quien salpicaba sus discursos con juegos de pala-
bras y bromas soeces; su aliento hedía a aguardiente a tres
pasos de distancia. Llegó con una valija llena de mazos de
madera de todo tipo y puso manos a la obra en seguida: uno
tras otro, los grandes ancianos de piedra fueron triturados y
los trozos arrojados en un valle que rápidamente adoptó el
aspecto de un campo de batalla tras el combate. Las olas llega-
ban hasta esos tristes desechos; y allá, tras los negros acantila-
dos con perfiles de apóstoles góticos, se levantó la luna; una
luna de palidez boreal huía sobre las nubes y, Hebdomeros y
sus compañeros de pie miraron hacia el sur, como náufragos
sobre una balsa; sabían que allá, de donde venía la tempestad,

67
tras ese mar desgarrado que volcaba montañas de espuma en la
orilla, estaba África; sí, las ciudades calcinadas bajo un sol
implacable, la sed y la disentería, pero también los oasis tan
frescos que ya no hay nada más qué desear y esa extraña y
suave sabiduría que cae de lo alto de las palmeras, junto a los
dátiles maduros en las castas horas del amanecer; sin embargo,
no había que pensar en eso; Hebdomeros miraba las nubes que,
desde el sur, huían hacia el norte, donde quedaba algo de clari-
dad en el cielo; pronto, esa parte de la bóveda celeste también
se cubrió de nubes, dispersas primero y después más espesas,
más compactas, como grandes velos negros que una mano invi-
sible hubiera arrastrado allá arriba; en poco tiempo el cielo se
tornó negro por todas partes. “Debemos dirigirnos, como sea,
al norte —dijo Hebdomeros a sus compañeros, quienes estuvie-
ron de acuerdo. En efecto, amigos míos, continuó, el norte es
un poco como el occidente, y el sur, en cambio, es un poco
como el oriente; les aconsejo desconfiar del sur y del oriente,
pues son lugares deletéreos y corrosivos; hacia el norte está la
vida y la felicidad, la belleza y la claridad; la alegría del trabajo
y del descanso sin remordimiento; si tienen algo qué decir o
enseñar, díganlo y enséñenlo al norte o al occidente, tendrán
más probabilidades de ser comprendidos y recompensados por
sus esfuerzos. Sin embargo, eso no quiere decir, amigos míos,
que nunca deban ir al sur o al oriente, llegará el día cuando no
sólo iremos, sino que nos quedaremos allá; pero habrá que lle-
gar desde arriba; a las plazas fuertes se les toma con astucia;
los ataques frontales sólo conducen al fracaso, a las pérdidas
materiales y de vidas. En el vasto mundo, las cosas enemigas
son más numerosas que las favorables; sigan, pues, una buena
táctica y una buena estrategia, no sólo combatan con valor,
sino con ciencia e inteligencia; el valor no basta. No basta con
que algún día sus amigos, sus parientes o incluso personas que
ustedes desconocen, pero que siguen con atención y simpatía
sus actos y sus gestos, digan: ‘Murió como un valiente’; ustedes
no encontrarán en esas palabras sino arrepentimiento por las
locuras de una juventud desperdiciada en fáciles placeres hasta
que la madurez, al despertar las capas más profundas de la

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razón, los obligue a la disciplina y al trabajo, y los impulse
hacia conquistas siempre más grandes y más bellas que ilumi-
narán sus vidas para siempre con el fuego inmortal de la gloria.
Que el hecho de que los ingenieros de caminos se agiten en
mangas de camisa sobre excavaciones y obras de drenaje, bajo
el calor de esos días caniculares, sea para ustedes motivo de
remordimiento y deseo de emulación; cuando salga agua
caliente sospechosa por los grifos de sus casas, cuando las mos-
cas se encarnicen en sus platos y los alimentos se descompon-
gan en sus alacenas, piensen en las cacerías en regiones polares,
piensen en los leones marinos mordiendo a grandes dentelladas
la madera de embarcaciones que se ladean de una manera
inquietante; piensen también, en los grandes bosques de pino,
en las faldas de montañas que se levantan cuando el sol desapa-
rece con lentitud en el aire transparente detrás de las cimas
rocosas y abre con el ocaso las puertas a los frescos vientos
fríos que reviven a las plantas y a las flores, y sacan a los ani-
males de sus guaridas y madrigueras, donde se habían refu-
giado del calor del mediodía. Piensen, también, en las benditas
ciudades donde la bruma y la niebla extienden eternamente sus
velos bienhechores, donde los niños albinos pueden mirar el
disco solar en pleno día, donde los hombres tienen la piel clara
y los ojos azules y los pintores trabajan mucho tiempo en retra-
tos y marinas que, una vez terminados, se pueden examinar
con lupa”. Los amigos y discípulos de Hebdomeros lo escucha-
ban apoyados en balaustradas o recostados en el piso. Después
de estar en las hogueras, se encontraban ahora en los senderos
interiores de la ronda, protegidos por profundas murallas; los
pilares se alternaban en torno a ellos y las bóvedas ojivales ele-
vaban, por todas partes, sus curvas armoniosas. Cuando ter-
minó su largo discurso, le aplaudieron y se levantaron para
mirar abajo el pequeño puerto donde, al despuntar el día, dos
fragatas con banderas desconocidas habían echado el ancla.
Los marinos, ahora, reparaban las velas, construían canoas
para reemplazar a las que la tempestad había destruido y sala-
ban alimentos, mientras los sabios, peludos y parlanchines, se
disputaban ruidosamente los instrumentos científicos sobre

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bloques de la mole en construcción. El emplazamiento de esa
ciudad, que Hebdomeros consideraba la mejor situada del uni-
verso, en la desembocadura de un río que la dividía, fertilizaba
sus campos y resultaba navegable hasta aquel lago rico en peces
donde nacía, maravilló a esos jóvenes perspicaces y dados a la
imaginación lírica. Mientras tanto, la noche había llegado y
con ella cambió el escenario. Como ocurre a veces en los sue-
ños, poco a poco se desvaneció el encanto de ese dulce pano-
rama para ceder el sitio a la horrible silueta de las peñas
inhóspitas que surgían en la sombra, ocultas durante el día por
la neblina y el humo de las fábricas. El cráter de un volcán
comenzó a vomitar torbellinos de humo y llamas breves, ama-
rillas y azulosas; la lujuriante vegetación de los valles desapare-
ció en las tinieblas. El lago se encontraba en un foso rodeado
de paredes cortadas a pico; los indígenas contaban que en el
centro se había sondeado sin tocar fondo, probablemente éste
desaparecía en los abismos de la tierra; corrían extraños rumo-
res, hombres serios aseguraban haber visto, en las horas más
profundas de la noche, a monstruos de la era terciaria errando
en la superficie. Lo cierto es que nadie osaba aventurarse al
centro del lago; además, una hilera de pequeñas boyas flotan-
tes, pintadas de bermellón, marcaba el límite donde la sonda
dejaba de tocar el fondo. Hebdomeros estaba decidido, más
que nunca, a dejar esa región que bajo un engañoso aspecto de
fertilidad y tranquilidad ocultaba espantos y extrañas trampas.
Todo iba bien mientras el sol brillaba, pero al caer la noche
aparecía la otra cara de la moneda; los habitantes, sin embargo,
no carecían de civilización ni de gustos refinados. Para darse
cuenta, bastaba el menú que sirvieron a Hebdomeros y a sus
amigos en el restaurante donde entraron a cenar:

Potage Crécy
Alcachofas
Pierna de cordero
Puré de manzana
Pastel de sémola
Compota de ciruela

70
De cualquier modo, no podía pasar todas las noches con la
angustia de encontrarse con un ictiosaurio o de despertar brus-
camente con una erupción del volcán. Hebdomeros habría
soportado mejor lo contrario: vivir con inquietud durante el
día, pero una vez llegada la noche, una vez corridos los cerro-
jos, bajadas las cortinas y cerradas las puertas, reposar con
toda seguridad y tranquilidad. Consideraba el sueño como algo
sagrado y suave, no admitía que su calma fuera trastornada
por nada ni por nadie. Profesaba el mismo culto por los sueños,
hijos del dormir; de allí que mandara grabar a los pies de su
cama una imagen de Mercurio oniropompeo, es decir, conduc-
tor de sueños, pues como todos saben, Júpiter no sólo encargó
a Mercurio que ejerciera la profesión de psicopompeo, guía de
las almas de los moribundos al más allá, sino que condujera los
sueños de los vivos cuando duermen. Hebdomeros había col-
gado del muro, sobre su cama, un cuadro muy curioso pintado
por un amigo suyo, artista de gran talento, que por desgracia
había desaparecido muy joven. Era un intrépido nadador que
alguna vez quiso atravesar un río en plena crecida, pero la
corriente lo arrastró y desapareció entre los remolinos, a pesar
de sus esfuerzos y los de quienes intentaron auxiliarlo. En ese
cuadro, Mercurio estaba representado como pastor, con un
cayado en lugar del caduceo; arreaba hacia la noche, ante él, al
rebaño de los sueños. La composición del cuadro era muy
buena; al fondo, detrás de Mercurio y de su rebaño se veía un
paisaje soleado, ciudades, puertos, hombres atareados en sus
asuntos, campesinos trabajando los campos, la vida, en fin,
mientras que alrededor de Mercurio y de su extraño rebaño
todo era soledad y oscuridad, como si hubieran entrado en un
inmenso túnel. Debido a los sueños, de nuevo, Hebdomeros se
abstenía de cenar habas en la noche; en esto coincidía con
Pitágoras, quien afirmaba que las habas hunden a los sueños en
la confusión y la oscuridad. Hebdomeros lamentó sincera-
mente la muerte del joven pintor; conservaba una fotografía
tomada unos días antes de aquella imprudencia que habría de
costarle la vida; ésta mostraba al pintor de frente, con el rostro
ornado con una barba negra que contrastaba con la expresión

71
casi infantil de sus rasgos. “Esa barba era su pasión —respon-
día Hebdomeros a sus amigos, cuando le pedían detalles de la
vida de aquel joven pintor—, amaba algo del pasado, de aquel
pasado un poco lejano que encontramos en los retratos de
nuestros padres cuando eran jóvenes. Él se rasuraba, pero se
dejó crecer la barba para tomarse la fotografía, como lo hacen
a veces los actores de cine para verse más auténticos en los
papeles donde ese adorno del rostro viril resulta indispensable;
pero aquí se equivocan garrafalmente, porque una barba falsa
en la pantalla siempre resultará más auténtica que una barba
verdadera, al igual que una escenografía de madera y cartón
siempre resultará más verdadera que un escenario natural. Pero
vaya a decirles eso a los directores de cine, siempre ávidos de
sitios hermosos y escenas pintorescas; ¡lástima! No entende-
rían nada”. Y Hebdomeros callaba mientras miraba con aire
pensativo los tiernos arabescos de un tapiz oriental que aca-
baba de comprar. A veces, en medio de sus ensueños, se pasaba
la mano por la frente, como para ahuyentar las ideas tristes, las
imágenes inoportunas y, levantando la cabeza, decía: “Hablemos
de nuevo de ese joven artista, víctima de su temeridad. Es cierto
que si hubiera tenido plena conciencia de su valor no habría
expuesto su vida de ese modo, en un alarde, por un éxito
deportivo que otros, más entrenados y más resistentes que él,
de seguro habrían alcanzado; hubiera trabajado tranquila-
mente y se habría alejado con prudencia de riesgos y peligros.
En materia de perfumes, sólo le gustaba el agua de Lubin y a
veces también el agua de Colonia; sin embargo, decía que desde
cierto punto de vista, el agua de Lubin resultaba más evoca-
dora”. Y en cuanto Hebdomeros acabó de pronunciar estas
palabras, se escuchó un cañonazo en su puerta; en seguida,
numerosas palomas, asustadas por la detonación, pasaron
como un torbellino por su balcón; todos, instintivamente, saca-
ron sus relojes suponiendo que era mediodía, pero Hebdomeros
los detuvo con un gesto: “No, amigos, aún no hemos llegado a
la mitad de nuestra jornada; el cañonazo que acaban de escu-
char no significa que el sol en el espacio, las manecillas en los
relojes y las sombras en los relojes de sol hayan alcanzado ese

72
punto fatal que según ciertas personas marca la hora de fantas-
mas mucho más interesantes y singulares que los que, por regla
general, aparecen hacia medianoche en los cementerios aban-
donados o bajo la pálida luz de la luna agonizante tras los
nubarrones de la tempestad, entre las ruinas solitarias de un
castillo maldito, fantasmas, que ustedes todos y yo también
conocemos, porque los hemos visto desde nuestra más tierna
infancia. El cañonazo que ustedes acaban de escuchar, amigos
míos, anuncia simplemente la llegada a nuestro puerto del
paquebote Argolide. Este acontecimiento no tendría ningún
interés si no supiera, por chismes del barrio, que en ese paque-
bote vuelve a su ciudad natal el joven Lecourt, sí, Thomas
Lecourt, quien hace cinco años dejó la casa paterna para correr
mundo y vivir su propia vida y a quien todo el país llama el hijo
pródigo. Ustedes conocen a su padre, ese viejo de perfil severo
que recientemente se sometió a una operación del hígado; uste-
des saben, asimismo, que vive cerca de aquí, en una villa escon-
dida en medio de eucaliptos; desde nuestro balcón se puede ver
su jardín. Ese viejo, viudo desde hace tiempo, casi nunca sale
de su casa, le otorga una gran importancia a la mantequilla y
ha dedicado largos estudios a su fabricación a través de los
tiempos; de vez en cuando, sus amigos lo buscan para burlarse
del mantequillólogo, pero él no se enoja, casi nunca se enoja,
siempre sonríe con tristeza bajo sus bigotes blancos; con fre-
cuencia fija la mirada en el vacío, frente a él; sin embargo, hay
momentos en los que un brillo de cólera enciende su mirada;
sus rasgos se contraen, sus manos se crispan en los brazos del
sillón y, entonces, con una voz temblorosa, donde se mezclan la
ira, el odio y el dolor, dice estas tres palabras: “¡Ay, ese crimi-
nal!”. Y es que su mirada descubría el retrato de Clotilde, su
hija Clotilde, Clotilde la jorobada, a quien su marido, un her-
moso hombre de bigote rubio, abandonó embarazada, pocos
meses después de su matrimonio. Pero volvamos a los hechos.
Lecourt hijo, vuelve a la casa paterna; si ahora mismo saliéra-
mos al balcón no tardaríamos en verlo. Y nada resulta más
conmovedor, amigos míos, que ese regreso, sobre todo sin la
escenografía del sacrificio de la ternera y del anciano de barbas

73
blancas que extiende los brazos en señal de perdón”. Invitados
por Hebdomeros, algunos de sus amigos salieron al balcón,
otros se acodaron en las ventanas y todos miraron el camino
blanco que descendía hacia el puerto; pronto, al fondo del
camino apareció un hombre que avanzaba con paso fatigado,
apoyado en un largo bastón, con un pesado bulto a la espalda
y una cobija enrollada y atada con cuerdas. Una delgada capa
de nubes cubría el cielo y un suave viento soplaba de vez en
cuando, silbando imperceptiblemente en las hierbas secas y los
cables del telégrafo; por todas partes reinaba una gran tranqui-
lidad; sin embargo, se sentía que no duraría mucho tiempo, los
amigos de Hebdomeros dieron la señal; todos, en cuanto perci-
bieron al que regresaba, gritaron a la vez: “¡Allí está, allí está!”
y luego, con más fuerza aún: “¡Viva el que vuelve con nosotros!
¡Viva el que regresa! ¡Viva el hijo pródigo! ¡Viva el regreso del
hijo pródigo!”. Los gritos y las exclamaciones se propagaron de
casa en casa, amotinaron a todo el país y pronto aparecieron
banderas en las ventanas, los hombres abandonaron sus traba-
jos para venir a ver al que pasaba, las pandillas de niños comen-
zaron a caminar frente a los soldados de la escolta, parodiando
el paso de ganso y haciendo toda clase de ruidos inconfesables
con la boca para imitar el redoble del tambor. Las golondrinas
hendían el aire con largos trazos negros, lanzando gritos estri-
dentes. Al fondo del parque de eucaliptos, la casa del padre se
encerraba en el mutismo con sus postigos cerrados. La casa del
padre se callaba y, pronto con ella, todo comenzó a callarse.
Los ruidos se apagaron, el viento contuvo su aliento, las corti-
nas, que se inflaban románticamente en las ventanas abiertas,
cayeron, como estandartes a los que el viento ya no agitaba.
Los hombres que jugaban al billar, con las manos en la cintura,
súbitamente dejaron de jugar, como si un gran cansancio se
hubiera apoderado de ellos, un cansancio de su vida pasada, de
su vida presente y de los años que les esperaban todavía con su
cortejo de horas tristes, sonrientes o simplemente neutras, ni
tristes ni sonrientes, ¡horas, nada más! Por todas partes se hizo
el silencio y comenzó la meditación. Un pregonero, despreocu-
pado del misterio e insensible a las complicaciones metafísicas,

74
comenzó a anunciar a todo pulmón las próximas salidas de los
paquebotes y cuáles aceptaban pasajeros además de mercan-
cías. Tenía cuidado de golpear violentamente su tambor, antes
de cada anuncio. Un policía, salido de un callejón estrecho y
tenebroso, puso fin a ese sacrilegio llevando al pregonero al
callejón, como un león que vuelve a la espesura con el antílope
sorprendido en el momento en que descansaba, a la orilla de un
estanque. Hebdomeros amaba, sobre todo, ese momento; se le
abría el apetito y pensaba, con alegría, en el almuerzo del
mediodía; estaba muy lejos de ser goloso, jamás recordaba los
placeres de la mesa con excesiva voluptuosidad, pero era algo
antojadizo y lo era con tacto e inteligencia; le gustaba el sabor
del pan, la grasa de cordero asada, el agua fresca y límpida, el
tabaco fuerte. También le gustaban los judíos y todo lo que
tenía que ver con ellos; en su compañía se abandonaba a un
dulce y extraño arrebato que tenía algo de la emoción que dan
los viajes, pues cuando viajaba siempre tenía la impresión de estar
soñando; así que cuando se encontraba con los hijos de Israel,
también salía de viaje: un viaje al fondo de la noche oscura de
los tiempos y de las razas.
Para festejar el regreso del hijo pródigo, el padre ofreció,
días después del acontecimiento, una recepción a la que invitó
a Hebdomeros y a sus amigos. El jardín de la villa se iluminó
con linternas venecianas, suspendidas de los troncos de los
eucaliptos y se instaló, en la veranda, de la que se habían reti-
rado para esta ocasión todas las plantas y macetas, un bufé
despojado de cualquier lujo inútil pero donde los invitados
podían encontrar muchas cosas buenas, sanas y apetitosas.
Hacia el oeste, el cielo aún estaba claro porque en esa región
occidental los largos días de verano se prolongaban hasta muy
tarde y la noche caía con extrema lentitud. Arriba, en el cielo,
las pequeñas nubes violetas que los últimos reflejos del poniente
teñían tiernamente de rosa en uno de sus costados, se habían
dispuesto en anfiteatro; pero la oscuridad comenzaba a invadir
el campo alrededor de la ciudad, las formas de los árboles se
volvían sombrías y la blancura de las casas se borraba cada vez
más; a lo lejos se escuchaba el ruido de un tren que se alejaba

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hacia el norte, en alguna parte. Pronto, el reloj de la alcaldía
dio las nueve y comenzaron a llegar los primeros invitados.
También llegó Hebdomeros, rodeado de sus amigos, pero al
contrario de lo que esperaba y deseaba, su llegada y su presen-
cia no fueron advertidas de un modo particular. Los invitados
se abstuvieron de bailar por consideración de los dolores mora-
les del anfitrión, mitigados, ciertamente, por el regreso de su
hijo, pero no eliminados. Por su parte, habiendo previsto esa
delicada atención, Lecourt padre mandó instalar un pequeño
escenario en el salón principal y colocó algunas hileras de
sillas, rentadas a un café del rumbo, frente a él. Sobre ese esce-
nario, algunos actores aficionados interpretaron breves come-
dias, que fueron calurosamente aplaudidas. Sentado en la primera
fila, con su hija Clotilde a su derecha y su hijo Thomas a su
izquierda, Lecourt padre daba la señal para aplaudir. Todo iba
muy bien, reinaba una hermosa cordialidad, una encantadora
simplicidad en la reunión, a pesar de que algunas parejas se
querían pasar de listas y se alejaban a pasos lentos hacia las
sombras del parque, en medio de un silencio lleno de ensueños.
Se habría jurado que esa agradable velada terminaría tan tran-
quilamente como comenzó, cuando sobrevino un incidente
muy lamentable; dos actores que participaban en la tercera y
última comedia fueron los culpables; en un acto de la comedia
se representaba una clase en una escuela: mientras el maestro
daba el curso los alumnos hacían todo tipo de bromas pesadas,
pero uno de ellos, sobre todo, mostraba mayor maldad; su
especialidad era atar con alfileres en la espalda de la levita del
maestro un muñeco recortado en una hoja de cuaderno, apro-
vechando el instante en que se daba la vuelta para escribir en el
pizarrón. El actor que interpretaba al maestro era un hombre
cerca de los cincuenta, con un bigotito gris retorcido. Tenía un
carácter particularmente irascible y puntilloso; era viejo amigo
del anfitrión; se decía que en su tiempo fue cónsul en oriente y
que le gustaba mucho la cacería de agachadizas. En el instante
cuando el actor que actuaba el papel de oveja negra le colgó por
décima ocasión el muñeco en la espalda de la levita y conside-
rando, sin duda, que ponía demasiado celo en la acción, se

76
volvió bruscamente y le dijo en tono seco: “Señor, me parece
que usted exagera”. A lo que el otro respondió en un tono no
menos ofendido: “Y usted, señor, olvida que aquí somos acto-
res, sobre un escenario y que lo que interpretamos es ficción;
además, tengo el honor de conocerlo desde hace tiempo y me
parece que usted nunca ha mostrado sentido del humor”. Esta
réplica, muy razonable en el fondo, enfureció al máximo al ex
cónsul; perdió el dominio de sí mismo y dando un paso hacia
adelante, hizo el gesto de abofetear a su interlocutor. Los demás
actores, a quienes se sumaron algunos espectadores que habían
subido al escenario, se interpusieron rápidamente; pero hizo
falta la venerable presencia del anfitrión, apoyado en los hom-
bros de sus dos hijos, para apaciguar los ánimos sobreexcita-
dos. La comedia se interrumpió. Los espectadores se dirigieron
al bufé muy emocionados, comentando el desagradable episo-
dio con excitación mientras la esposa del ex cónsul decía en voz
alta, a quien quisiera oírla y arrastrando a su esposo, aún
pálido de furor, hacia los eucaliptos, “¡Me siento orgullosa de
tener un marido como él!”.
La velada llegaba a su fin. Los últimos invitados, Hebdo­
meros entre ellos, ofrecieron sus respetos al anfitrión y a sus
hijos y dejaron la villa, cuyo jardín se había hundido en la
oscuridad. Afuera, el cielo ofrecía un espectáculo inolvidable:
las constelaciones estaban tan bien dispuestas que formaban
auténticas imágenes trazadas con puntillismo, tal y como se
ven en los diccionarios ilustrados. Hebdomeros se detuvo
encantado y comenzó a señalarlas, lo cual, por lo demás, resul-
taba muy sencillo, pues era tan fácil reconocerlas que hasta el
hombre más desprovisto de cultura astronómica las hubiera
identificado. Se veía Géminis, con sus gemelos apoyados uno
en el otro, en la clásica pose de la tranquilidad; se veía la Osa
Mayor, obesa y conmovedora, llevando su piel contra la oscu-
ridad del profundo éter y, más allá, Piscis, con sus peces girando
con lentitud, siempre a la misma distancia uno del otro, como
si estuvieran unidos al mismo eje, y Orión, el solitario Orión,
alejándose en las profundidades del cielo con su garrote al
hombro, seguido por su fiel perro; Virgo, con sus formas exactas

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y opulentas, recostada sobre una nube, volvía la cabeza con un
movimiento lleno de gracia para mirar allá abajo al mundo, aún
dormido, en las últimas horas de la noche que llegaba a su fin;
más lejos, a la izquierda, Libra, con los platillos de su balanza
vacíos e inmóviles en perfecta horizontalidad. Había para todos
los gustos y para las más locas exigencias. Los instintos noc-
támbulos se despertaron en todos ellos. Ya nadie tenía ganas de
volver a casa. Hebdomeros, quien sentía todas las emociones
con más violencia que los demás y siempre estaba dispuesto a
entusiasmarse, propuso, olvidándose de cualquier dominio
sobre sí mismo, ir en el acto a sentarse a la mesa de un pequeño
café que permanecía abierto hasta la madrugada, pues allí lle-
gaban a descansar y a comer algo los obreros e ingenieros que
trabajaban de noche en las reparaciones del ferrocarril.
Los barcos de pesca soltaban sus amarras allá, en el
puerto; el ruido de los coches subía por el camino y en las ven-
tanas de las casas se encendían las luces; se sentía que no estaba
lejos el día; la vida despertaba con lentitud un poco por todas
partes. Los soplos frescos del mar pasaban por el aire con una
muda llamada; al este, el cielo clareaba. “El insomnio”, pensó
Hebdomeros de pronto y sintió un escalofrío en la espalda, pues
sabía lo que eso significaba…, sabía bien lo que ocurría al día
siguiente de una noche pasada en blanco, una de esas noches de
verano, llena de los fantasmas de la gran escultura antigua,
cuando los espectros de los célebres templos, desaparecidos
hace siglos, levantan sus líneas profundas contra la grupa de los
montes oscuros; conocía bien los días calurosos que siguen a las
noches de grandes visiones, el sol implacable y el obstinado
canto de las cigarras sagradas e invisibles, la frescura imposible
buscada a mediodía, a la orilla de un río fangoso.
“Qué significa entonces, pensó Hebdomeros, aquel
sueño de la batalla a la orilla del mar, las piraguas sobre la
playa, las trincheras cavadas a toda prisa, en la arena, y esos
minúsculos hospitales, allá, tras las trincheras, esos hospitales
coquetos donde se atiende con habilidad y ternura incluso a
las cebras, sí, a las pobres cebras heridas que salen de ellos
vendadas, cosidas, zurcidas, desinfectadas, remendadas, con

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compresas, renovadas, ¡en fin! ¿No sería la vida más que una
inmensa mentira?, ¿la sombra de un sueño huidizo?, ¿un eco de
aquellos golpes misteriosos dados contra las peñas de esa mon-
taña que, al parecer, nadie ha visto por el otro lado y en cuya
cima se perciben durante el día masas sombrías de perfiles irre-
gulares que sin duda son bosques, pero de donde, por las
noches, llegan suspiros y gemidos ahogados, como si algún
gigante encadenado sufriera, allá arriba, sin esperanza, bajo un
cielo tembloroso de estrellas”. Así hablaba Hebdomeros con-
sigo mismo, mientras la noche descendía de nuevo sobre la
metrópoli. La gente pasaba a su lado de un modo regular y
continuo, como si estuviera atornillada a una cadena en movi-
miento perpetuo. La gente lo miraba sin verlo; todos tenían el
mismo rostro; en ocasiones, alguno se soltaba de su cadena
invisible para detenerse frente a las deslumbrantes vitrinas de
los joyeros. Luxus, Cameo, Irradio, eran los sonoros nombres
de aquellos célebres diamantes que habían decorado las coro-
nas de monarcas asesinados durante las noches de luna, en
palacios escondidos al fondo de oscuros parques. Ahora, esas
piedras invaluables lanzaban por todos lados sus dardos iridis-
centes y sus auroras boreales en miniatura; instaladas en
pequeñas bases, hechas con cubos cubiertos de terciopelo rojo,
brillaban con todo su esplendor en medio del escaparate, como
brilla, al fondo del cielo, en una tranquila noche de verano, la
estrella que a lo largo de los siglos ha visto cómo se abaten
sobre el mundo las guerras, los cataclismos y las plagas, destru-
yendo lo que los hombres han construido. A veces, una mano
rapaz y certera, como la garra de acero de un buitre adulto,
pasaba a través de los densos paños que servían de telón de
fondo a ese teatro, pequeño y obsceno, iluminado a giorno,
donde el lujo, disimulando hipócritamente a la lujuria, exhibía
sin vergüenza sus fuegos maléficos. Entonces surgían las revuel-
tas, como surgen las tormentas en el ardiente cielo de un día de
verano. Hombres decididos y feroces, guiados por una especie
de coloso con barba de dios antiguo, arrojaban contra las puer-
tas blindadas de los palacios enormes vigas de madera tomadas
de edificios en construcción, a manera de catapultas. Los más

79
prudentes habían huido; otros habían sucumbido a los prime-
ros golpes, justamente quienes nunca habían creído en la
revuelta y suponían que sólo eran rumores que corrían, despro-
vistos de cualquier fundamento, puestos en circulación por
algunos banqueros voraces para provocar alguna baja en los
valores y especular, en seguida, con el alza que seguiría al des-
mentido de esos alarmantes rumores. Se trataba de las mismas
personas que concluían siempre sus discursos optimistas con
frases como: nuestro pueblo tiene bastante sentido común,
etcétera, etcétera.
Ciertamente, no era el mejor momento para pensar en el
trabajo. Hebdomeros había tomado partido desde hacía tiempo,
había hablado incluso con sus amigos de manera que ninguno
de ellos se sorprendió en lo más mínimo al ver que ese hombre,
siempre tan activo, permanecía días enteros recostado en el
sillón, con los pies sobre una silla, fumando una pipa y contem-
plando, con aire soñador, las molduras del techo. No se tenía
ninguna noticia del palacio, de esa mansión lujosa y llena de un
desorden indescriptible, cuya entrada principal estaba custo-
diada por unos molosos mansos como corderos con las perso-
nas que conocían, pero que erizaban el pelo de los lomos,
ladraban y babeaban en cuanto veían a algún extraño. Una vez
en lo alto de aquella escalera solemne del jardín que conducía
al interior del palacio y cuando uno se internaba por ese inquie-
tante laberinto de corredores, vestíbulos, antecámaras y salo-
nes, tras los biombos, al pie de los pesados portones donde
antaño yacían, con las manos crispadas y las barbas al aire,
cadáveres de caballeros asesinados a mansalva, en esa época
cuando los lacayos usaban alabardas y seguían a los coches
bajo antorchas humeantes, era necesario, pues, hacerse de un
guía a toda costa, dirigirse a un mayordomo con levita, para
que lo precediera a uno y le mostrara el camino. Uno se sentía,
entonces, con el alma ligera, con el alma de un muerto, como
Alcestes siguiendo a Hércules para encontrar a su esposo y, así,
envueltos una atmósfera de mitología, se llegaba hasta el
umbral del cuarto del soltero. La cama deshecha y los muros
llenos de fotografías dedicadas decían más de un drama y un

80
lamento; él, pues era a él precisamente a quien buscaba
Hebdomeros, estaba tendido en su lecho, con las piernas sepa-
radas y una bata corta que apenas le llegaba al bajo vientre, de
manera que su órgano sexual, con las venas hinchadas, que-
daba al descubierto; las compresas y las cajas de algodón hidró-
filo, con las que se había curado una rodilla tumefacta, estaban
regadas sobre los taburetes orientales con nácar incrustado que
hacían pensar en el sombrío oriente y en aquellos infelices,
cosidos en sacos y arrojados en las negras aguas del golfo
durante las horas más profundas de la noche. Entonces,
Hebdomeros evocaba a la liberación, a las máquinas voladoras
y a las invencibles falanges de guerreros blancos con cascos de
oro, que aplastarían a los malvados bajo sus talones justicieros
y una vez pacificado el mundo, regenerían a la humanidad a la
sombra de sus estandartes, con los colores del cielo.
Las máscaras que ocultaban los rostros caían una tras
otra. Hebdomeros se tranquilizó en seguida; esos rostros, que
él había imaginado inquietantes hasta el máximo grado tenían
expresiones tranquilas que inspiraban una gran confianza. Un
abandono sensual, un violento deseo de paz y de aburguesa-
miento se apoderó de todo el mundo y, entonces, lentamente y
sin empujones, se adentraron en la sólida banalidad de unas
galerías donde los espejos, con marcos dorados, estaban cubier-
tos con velos violetas para que las moscas no los ensuciaran.
Sobre los divanes, sobre los sofás, de un sillón a otro, se anima-
ban las conversaciones. Hebdomeros contó, quizá por centé-
sima ocasión, cómo conoció a aquel amigo que más tarde lo
acompañó en todos sus viajes y el ardiente amor que desde la
infancia profesaba por los grandes árboles, en particular, por
el roble y el sicomoro. Después, al entablar conversación con
una joven dama, describió su actitud ante el dentista, cuando
por primera vez le extrajeron un molar. “Sí señora —decía, con
cierta exaltación, como le ocurría cada vez que se encontraba
en presencia de una mujer rubia, de piernas fuertes y ojos de
gato—, sí señora, yo estaba sentado en la sala de espera, aguar-
dando mi turno. Sentía frío en los pies y un ligero cólico. Para
distraerme, concentré mi atención en una oleografía colgada

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del muro, frente a mí, que representaba a un grupo de pieles
rojas cazando búfalos a caballo en una pradera llena de mato-
rrales. De pronto escuché el sordo ruido de una puerta capitoné,
que se abría tras la puerta de la sala, la cual a su vez se abrió y
un hombre con porte atlético y ojos de búho protegidos con
lentes, vestido de bata blanca, apareció en el umbral. Me levanté
bruscamente y le dije con un tono decidido: ‘Buenos días, doc-
tor’. Se inclinó sin pronunciar palabra y con un gesto de la mano
me invitó a entrar a su consultorio. Entonces, lentamente,
mirando hacia adelante, avancé con la frente en alto, sin pensar
en nada…”. Hebdomeros concluyó su historia con estas solem-
nes palabras: “Se trataba, quizá, de aquel instante sublime que
viven los héroes y también, quizá, de la baja y vil postración del
esclavo con el rostro vuelto hacia la tierra”. Pero la dama, a la
que creía impresionar con este discurso, le sonreía y lo miraba
con aire burlón, sorprendido y benévolo, como si le hubiera
cantado una canción en un idioma que ella desconocía.
“El ánimo, decía un quincuagenario sólido y de piel
oscura, es lo que con frecuencia salva la vida a un hombre. Con
toda seguridad, el príncipe, atacado por ocho sicarios enviados
por los enemigos de la monarquía, habría muerto si no hubiera
tenido la inspiración de tomar una de las planchas de metal que
se encontraban en el jardín y emplearla como escudo; debo
añadir que antes tuvo la precaución de apagar la luz, lo cual
dificultó la puntería a los sicarios y, al mismo tiempo, facilitó
su huida. Al día siguiente, el pueblo loco de alegría lo aclamaba
en la plaza de la iglesia, los fuegos artificiales estallaban, las
campanas repicaban a vuelo, y hermosas aldeanas le traían,
con sus trajes regionales y rojas de emoción, regalos de todo tipo
en canastas adornadas con lujosos bordados, y en el momento
exacto en que se encontraba en presencia de aquella mujer única,
de frente pálida y expresión amarga, de aquella mujer sublime
que a lo largo de diez años tuvo la fuerza y la sabiduría para
ocultar a todo el mundo su vergüenza y su deses­ peración,
incluso a su padre y a su madre, encontró el valor para decirle,
con la voz rota por la emoción: “¡Que Dios me perdone, señora,
pero yo no soy el rey!”.

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Las conversaciones se habrían prolongado por tiempo
indefinido si el crepúsculo no hubiera descendido lentamente
para cubrir de sombras el salón. La intensidad de las conversa-
ciones disminuyó bajo el efecto de la oscuridad que comenzaba
a hacer sentir su peso, todos parecían recogerse y pensar en sus
propias inquietudes y en esos enigmas, siempre por resolver,
que planean sobre la vida de los hombres como gaviotas sobre
los mares en tempestad. Para romper la stimmung creado por
el crepúsculo, Hebdomeros sugirió encender las lámparas, pero
al ver que nadie se movía se levantó a prenderlas él mismo. En
cuanto dejó su asiento, sintió que alguien lo detenía con fuerza
por el antebrazo; se volvió y reconoció en la penumbra a un
personaje con corbata negra, barbilla larga, rostro lampiño y
huesudo, cuyo aspecto físico, particularmente desagradable, lo
había sorprendido cuando entró al salón. “No señor, le dijo el
hombre en un tono amable pero decidido, espere, todavía no
encienda las lámparas, deje que la penumbra dure un poco
más. Observe cómo cada persona y cada objeto adquieren, en
la semioscuridad, un aspecto aún más misterioso: se aparecen
los fantasmas de los seres y de las cosas; y cuando llega la luz,
esos fantasmas se disipan en un reino desconocido. Los contor-
nos se difuminan, como en esas épocas de la pintura cuando el
oficio alcanza su más alto grado de perfección. Yo, señor, el que
le está hablando, soy pintor y en más de una ocasión, cuando
caen las sombras de la noche, me he quedado en mi taller sin
encender las lámparas. Entonces, me pierdo en extraños ensue-
ños ante el espectáculo de mis cuadros, que se hunden en una
bruma cada vez más espesa, como si pasaran a otro mundo, a
otra atmósfera, donde ya no los puedo alcanzar. Me gusta esa
hora en que permanezco así, sin encender la luz, incluso cuando
la noche cae por completo y debo buscar a tientas mi bastón,
mi sombrero y avanzar como ciego para salir, tropezando con
las sillas y los caballetes hasta alcanzar la puerta y bajar a la
calle. Sí, me gusta esta hora, siempre me ha gustado. Sé que hay
gente que prefiere la luz, la luz del sol, el mediodía en las plazas
y las calles de la ciudad llenas de movimiento y de vida o bien
a la orilla del mar, donde el agua centellea como metal fundido.

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También sé que esa misma gente frecuenta de noche los cafés y
los teatros, iluminados por cientos de lámparas; a mí, en cam-
bio, me gustan las sombras del crepúsculo; me parece que son
más acogedoras, más relajantes y qué quiere usted, señor mío,
me hacen soñar. Por eso le ruego, una vez más y de todo cora-
zón que no encienda las luces” —y al decir esto, apretó aún más
fuerte el antebrazo de Hebdomeros, que no había soltado a lo
largo de su discurso. Hebdomeros, quien durante todo ese tiempo
había prestado una atención forzada a su interlocutor, cuya
extraña figura, sentada en un sillón de terciopelo rojo desapa-
recía casi por completo en la sombra, lo miró largamente con
una mirada pensativa y reflexionó con tristeza en la estupidez
y el inmenso egoísmo de aquel hombre que, para satisfacer su
deseo de un romanticismo de mala índole quería obligar a
decenas y decenas de personas a permanecer en la oscuridad,
sin darse cuenta de que entre ellas había, quizá, fotómanos, es
decir, individuos que aman con pasión la luz y también, quizá,
escotófobos, es decir, personas que temen a la oscuridad. Todo
esto resultaba, simplemente, indignante.
Por lo demás, Hebdomeros se adaptaba muy bien a esa
sociedad desprovista de complicaciones intelectuales, pero cor-
dial y bondadosa en grado máximo. Sin embargo, no faltaban
maniacos, incluso algunos locos. Entre estos últimos se encon-
traba un profesor de dibujo que prestaba pequeñas sumas de
dinero a sus alumnos, variaban de diez a quince francos a la
semana, pero exigía en garantía ropa o prendas de vestir: las
camisas y los chalecos eran sus predilectos. Acomodaba todas
las prendas en cajones y roperos, con mucho orden, a cada una
le colgaba de un botón, con un hilo, una tarjeta donde se leían,
caligrafiados, el nombre y la dirección de su dueño, la fecha de
empeño, la suma prestada, etcétera.
En ocasiones, después de comer, tomaba a un amigo del
brazo y decía, con aire misterioso: “Debo ver a alguien a las
dos, se trata de un asunto muy importante”. Ahora bien, ese
asunto importante se reducía a buscar a un acreedor, de quien
había recibido una camisa y un chaleco contra el préstamo de
doce francos y proponerle la restitución del chaleco a cambio

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de la devolución de cinco francos. A veces, el fondo moral de
los negocios del profesor de dibujo resultaba muy sospechoso.
Un joven, entre sus conocidos, se distinguía por su distracción
y la facilidad con la que perdía las cosas. El profesor de dibujo
se aprovechaba de los defectos de su joven amigo de la siguiente
manera: le mostraba falsas joyas, sin ningún valor, fistoles, ani-
llos, mancuernillas, brazaletes, etcétera. Obtenía esas joyas
con los vendedores de ocasión de los barrios de las afueras de
la ciudad y con frecuencia también las compraba por unos
cuantos centavos a los vagabundos que encontraba a lo largo
de sus correrías nocturnas. Al mostrarlas, se jactaba en térmi-
nos líricos de su belleza y valor. Si su distraído amigo tenía la
mala inspiración de mostrar cierta preferencia por alguna de
las joyas, adoptaba un aire afligido, lo tomaba con las dos
manos por los hombros y decía en tono patético, mirándolo
fijamente a los ojos: “Mi querido amigo, si no fuera un recuerdo
de familia que aprecio muchísimo, esa joya sería tuya; pero ya
que te gusta tanto, tómala, te la presto por un tiempo, seré muy
feliz dándote ese gusto”. El amigo, encantado, tomaba la joya
falsa y, como era natural, a los dos días, a más tardar, ya la
había perdido. Entonces, el profesor de dibujo lanzaba gritos
de dolor, insistía en la pérdida moral y material que había
sufrido, y después de muchos lamentos, acababa por embol-
sarse, así, una suma por lo menos veinte veces mayor que la
que había gastado al comprar la joya. Esos fueron los principa-
les motivos, los motivos madres, por decirlo así, que llevaron a
Hebdomeros a dejar esa sociedad. ¿Dónde?, ¿cómo?, ¿por qué?
Él mismo no acertaba a comprenderlo. ¡Recuerdos, dirá alguno!
¡Recuerdos! ¡Qué palabra tan sonora y tan profunda, tan evo-
cadora y llena de sentimiento! Uno se estremece tan sólo de
pronunciarla o, simplemente, al leerla. Pero esta vez no se tra-
taba de un recuerdo. Hebdomeros salió al balcón de su cuarto
de hotel. Bastó un paso para franquear ese umbral, un paso
únicamente para dejar atrás aquel tapiz donde se desplegaba,
con todo su horror, una cacería de leones en África y verse en
el balcón; un balcón ni muy alto ni muy bajo; a Hebdomeros lo
horrorizaban los balcones vertiginosos: era un balcón exacto.

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En medio, atada con cuerdas a los arabescos de hierro forjado
de la balaustrada, se elevaba un asta, viuda de bandera. En
otras ocasiones, en aquel balcón había visto a demagogos de
palabras flamígeras y altisonantes enardecer a las masas deli-
rantes; a esas masas que gritaban su fe a través de miles de
bocas abiertas en medio de rostros rojos y sudorosos, en el
tórrido calor del mediodía o bien en noches iluminadas por
pálidas antorchas. Ahora sólo se veían algunos bancos rústi-
cos, alrededor de mesas sin desbastar; de vez en cuando, de lo
alto de esos sicomoros seculares que sombreaban este sitio apa-
cible, caía girando una hoja seca y danzaba sobre mesas donde
nadie se sentaba. Cerca de allí, una fuente fresca y límpida
mojaba unas ánforas de barro llenas de un vino color ámbar.
Todo eso era más que suficiente para entusiasmar a Casca, el
pintor meridional. Expresó su exaltación en términos simples y
líricos, con Hebdomeros como testigo: “Para nosotros, los
artistas, en esto radica la felicidad —decía—. Después de todo,
¿qué nos hace falta? Dos manzanas sobre una mesa, con sal y
pimienta, un rayo de sol sobre nuestro piso de madera, una
mujer dulce y fiel que nos haga más llevadero el peso de la vida
y, sobre todo antes que nada —y aquí se detenía un momento
para lanzar una mirada circular sobre las personas que lo escu-
chaban—, sobre todo y antes que nada, una conciencia tran-
quila; sí, una conciencia tranquila para poder o, mejor dicho,
para tener el derecho de acostarnos en nuestras camas por las
noches, cansados del trabajo del día, a disfrutar de un reposo
bien merecido, para tener el derecho de decir no sólo el célebre:
yo también soy pintor, que es muy bello pero no es todo, por
desgracia, sino también el menos famoso pero no menos impor-
tante: yo también soy un hombre honesto”. Era el tipo de dis-
curso que sacaba de quicio a Hebdomeros. Lo había escuchado
en más de una ocasión. Su amabilidad instintiva, apoyada por
una inteligencia superior y una educación de las más refinadas,
lo obligaba, con frecuencia, a dar buena cara al mal tiempo y a
mostrar una atención benévola hacia los discursos de todos
esos maniáticos, cuya lógica inmensa sólo resultaba compara-
ble con su locura, a veces aparente, pero otras veces tan

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imperceptible que nadie la habría advertido, salvo un alienista
genial, especializado en este tipo de casos, ¡ni aun así!
Hebdomeros se alejó algún tiempo de esos círculos y, un
día, al salir de un café con sus amigos, bastante tarde en la
noche, se detuvo al borde de la acera y comenzó a hablar de
este modo: “¿Por qué todas esas revueltas, esas masas que se
levantan como montañas bajo la acción de sacudimientos sís-
micos?, ¿por qué esos credos murmurados con voz silbante y
esa lúgubre obstinación de una voluntad feroz, intransigente,
que no ve más que planos y formas rectilíneas, sedienta de una
pureza deletérea, ensombrecida por el aguijón de ser siempre
mejor, si no es que el de ser perfecto, y todo eso en las zonas
desérticas, donde cualquier grano que se siembre se pudre y se
muere sin fructificar?”. Hebdomeros se hacía estas preguntas
más a sí mismo que a sus amigos y jamás encontraba una res-
puesta satisfactoria. Hubiera querido interrogar a esos ascetas
del músculo que en ese momento descansaban de sus ejercicios
brutales en poses llenas de estilo y de nobleza, como si, incluso
agotados por el esfuerzo, quisieran ocultar al hermano de lucha
y al profano la fatiga que torturaba sus miembros pesados
como lingotes de hierro. Pero, los ascetas del músculo casi
nunca respondían. Miraban a Hebdomeros con un aire de des-
precio irónico y más tarde, al verlo a la salida del estadio, se
golpeaban con el codo y reían entre ellos. Por lo demás, resul-
taba fácil explicar esa actitud malvada, taciturna e irritada. El
oficio era duro y a pesar de los espectáculos de belleza indiscu-
tible que ofrecían a los habitantes de la ciudad, no se podía
decir que nadaran en oro. Los domingos, cuando organizaban
esos simulacros de luchas a los que asistía el prefecto, acompa-
ñado de su esposa, éstos comenzaban a entrenar desde las cinco
de la mañana y, en invierno, a la luz de las lámparas. En más de
una ocasión, la mujer del prefecto insistió a su marido que le
ahorrara a los atletas el cansancio de esos ensayos tan matina-
les y les permitiera limitarse a los cuadros alegóricos que repre-
sentaban la muerte de Patroclo, los combates entre griegos y
troyanos y otros pasajes tomados de los poemas homéricos. Sin
embargo, sus suaves e insistentes súplicas siempre fueron en

87
vano. A veces daban lugar a escenas de un patetismo insólito.
El prefecto trabajaba en un cuarto fresco, con vista al jardín.
Las ventanas estaban abiertas y las persianas cerradas. A Hebdo­­
meros le gustaban mucho esas persianas; a veces, cuando visi-
taba al prefecto, llegaba a pasar media hora contemplándolas,
perdido en ensueños frente a ellas: veía sitios apacibles llenos de
tranquilidad poética; lagos rodeados de colinas, sobre las que
los castillos y las villas elevaban sus inofensivas torres y sus
techos puntiagudos; los patos flotaban sobre el agua, cerca de
la orilla; los pescadores ponían a secar sus redes al sol y algu-
nas parejas de ancianos pasaban sus últimos días en la dulce
armonía de una felicidad conyugal perfecta, dirigiéndose con
lentitud hacia la iglesia de la aldea, cuyo campanario domi-
naba el grupo de casas rústicas, como una gallina entre sus
pollos. Cuando por fin aparecía la mujer del prefecto, Hebdo­
meros se retiraba con discreción al pequeño comedor de al
lado, de donde siempre llegaba un fuerte olor a melón. La mujer
del prefecto caminaba lentamente hacia su marido, quien con-
tinuaba escribiendo en su mesa sin levantar la vista. Se veía
muy hermosa con una diadema negra enmarcando su rostro de
una palidez de marfil; la ropa que llevaba dejaba adivinar sus
formas de matrona bien formada; y una vez cerca del prefecto,
se deslizaba al pie del sillón y, con los brazos apoyados en los
muslos del esposo, de rodillas sobre el duro piso, el rostro
suplicante vuelto hacia ese hombre taciturno e intransigente, lo
miraba con las mejillas rayadas por el llanto. Flotaba en el aire
un olor a cera y a vino; algunos muebles estaban cubiertos con
fundas; el parqué, pulido con celo, ofrecía una superficie extre-
madamente resbaladiza. Ella le suplicaba que les ahorrara el
cansancio y el esfuerzo a los atletas. ¡Todo, lástima, era inútil!
La tarde del día señalado, tuvo lugar el cuadro alegórico. Hasta
el último momento se esperó una intervención sobrenatural;
algo que hubiera impedido su realización: un temblor, una
rebelión, el paso de un cometa, una marejada; pero como siem-
pre ocurre en estos casos, no pasó nada; todo ocurrió dentro de
un orden y una calma perfectos. Hebdomeros se mezcló en la
masa que llenaba los cafés; aún aguardaba el hecho imprevisto;

88
interrogaba a la gente, leía los diarios, prestaba un oído atento
a las mesas vecinas. Nada, no había tormentas en el horizonte;
calma chicha en todas partes: en el cielo y en la tierra. Entonces,
no quedaba sino rendirse ante lo inevitable. Por la tarde asistió
al espectáculo, rodeado de sus amigos, y comprendió todo.
Nadie, salvo él, entendió el enigma de ese inefable grupo de
guerreros, de pugilistas difíciles de definir, que integraban un
bloque policromo e inmóvil, con gestos de ataque y defensa, en
una esquina del salón; se dio cuenta enseguida, al ver las caras
que hacían los demás espectadores. Le perturbó el hecho de ser
el único en darse cuenta de algo tan raro y profundo. De pronto,
sintió miedo, miedo de la soledad, de la peor de las soledades e
hizo partícipes de sus temores a sus amigos. Pero cuál no sería
su sorpresa al constatar que ellos, en vez de lamentarse y pro-
digarse en reflexiones pesimistas sobre las cualidades intelec-
tuales de sus contemporáneos, se apretaban en torno a él y le
gritaban alegremente, todos a la vez, tomándolo de las manos
y los brazos: Alégrese, maestro, ¡es lo esencial!
Esa noche, Hebdomeros volvió a su casa con el corazón
atribulado. Ninguno de los principios que él quería y deseaba
que se grabaran en la piedra, como las leyes de Moisés, tenía a
sus ojos un valor inamovible. Más allá de las reglas y las cos-
tumbres, sumisas como ovejas, como borregos apretados en
corrales para ganado, aguardando la hora fatal del rastro, él
veía dos figuras simbólicas, la Piedad y el Trabajo, alejarse,
tomadas de la mano y decrecer en un horizonte bajo y lejano.
¡Dios mío, qué confuso resultaba todo! Cintas encantadoras,
llamas sin calor lanzadas como lenguas ávidas, burbujas
inquietantes, líneas trazadas con una maestría cuyo mismo
recuerdo creía haber perdido hacía mucho tiempo, ondas muy
tiernas, obstinadas e isócronas, subían y bajaban sin cesar
hacia el techo de su habitación. Y todo eso ocurría en espiral,
en un zigzag regular o bien recto y lento, incluso perfectamente
perpendicular, como las picas de una tropa disciplinada. Crear,
investigar, refundir, revivir, romper esas leyes estúpidas que la
incomprensión humana creó a través de los siglos, sin caer, por
ello, en el peor de los errores y evitar estas impresiones, las más

89
fuertes que Hebdomeros hubiera conocido hasta entonces,
pero que a veces excedían la potencia de su intelecto. Tenían
lugar en su espíritu extrañas asambleas, como muchedumbres
en la calle, tantas posibilidades latentes que a veces lo llevaban
a burlarse de la realidad. ¿Y quién, al menos una vez en su vida,
no ha abandonado la idea que seguía, para ir tras otra nueva,
encontrada en el camino y juzgada aún más tentadora que la
primera…? Según su abundante experiencia, Hebdomeros
imaginó que la fiebre espiritual que lo fulminaba en ese
momento no duraría más que las precedentes. Y como suponía
que todo volvería a su nivel, esa tarde se detuvo en el pensa-
miento más allá de los límites permitidos.
Sin embargo, él sabía perfectamente, por desgracia, de
dónde provenían todos esos trastornos y luchas intestinas. Las
guadañas y los bieldos estaban regados en los patios de las gran-
jas, cerca de las carretas volcadas, con los ejes al aire; los bandi-
dos, haraganes, bostezaban y se estiraban hasta dislocarse los
huesos, tras haber vaciado la última jarra de vino. Por el tra-
bajo te salvarás y los salvarás; algún lictor, algunos apoderados,
enarbolando todas sus insignias, de una autoridad irrefutable,
sobre sus tórax atléticos, habían escrito esa frase con tiza, en la
puerta de su casa, una noche cuando todo dormía y un pro-
fundo silencio pesaba sobre los campos y hasta los insectos,
que por lo general hacen miles de pequeños ruidos, callaban
esa noche, porque el cielo estaba muy bajo. ¡Tu vida será tuya!
Ve y actúa. Que una música grave y continua acompañe tu
difícil tarea con otro canto, un canto de una dulzura infinita,
por el cual ni los dioses ni los hombres te podrán hacer jamás
el mínimo reproche. Después de todo, eso sólo reforzaría tu
constitución y aumentaría tus prodigiosas cualidades que cada
año se desarrollan más y fructifican, como el árbol fecundo,
santificando así tu razón de ser y tu paso por esta tierra, entre
la muchedumbre de tus contemporáneos. ¿Acaso no somos
todos hermanos y hermanas, amigos y quién sabe qué más
aún?, ¿acaso no somos todos viajeros navegando sobre el
mismo navío a lo largo de las riberas se desgranan sobre nues-
tro itinerario y que lenta pero seguramente cambian su aspecto

90
árido, rocoso e inhóspito por otro más suave y sonriente?
Hebdomeros había presentido todos esos vuelcos, esas alegrías
nuevas, esas estabilidades que ofrecen a los hombres vivos un
adelanto en la tierra de lo que serán las alegrías celestiales; los
había presentido como había presentido la guerra y, en seguida,
la paz, lo mismo que otras calamidades y felicidades de la
inquieta y loca humanidad.
¡Trata de ser alegre y bueno! Hebdomeros tenía la cos-
tumbre de saludar con estas palabras a sus criados, quienes
más tarde lo abandonarían, burlándose de él, tras robarlo y
explotarlo hasta los huesos. Pero ahora también él se sentía
más tranquilo; aún soñaba, sí; aún seguía esas locas quimeras,
pero de un modo más normal, como aficionado, sin frenesí, sin
crisis de llanto, sin decisiones descabelladas y falsamente heroi-
cas. Había hecho algo. Es cierto que no se trataba de un trabajo
ciclópeo; de uno de esos trabajos poderosos y continuos que
arrancan el respeto de los más escépticos y obligan a las gene-
raciones futuras a inclinarse ante la obra. Pero en fin, era algo.
No había dejado pasar el día por completo; los rincones de su
habitación estaban muy limpios; las latas de conserva vacías se
alineaban con una simetría consoladora en los armarios y los
trasteros; los volúmenes avanzaban, numerosos lienzos esta-
ban esbozados y algunos, casi terminados. Ahora había lle-
gado la hora de descansar, Hebdomeros sintió que un dulce
sueño invadía sus miembros; debía hacer un esfuerzo para
levantar los párpados; el sueño lo vencía cada vez más; enton-
ces, estiró sus extremidades inferiores en la frescura de las
sábanas limpias, bostezó emitiendo notas en una gama decre-
ciente y, después, volviéndose sobre el lado izquierdo, durmió
el sueño de los justos.
¡Dormir el sueño de los justos! ¿Pero quién, de verdad,
tiene derecho a llamarse justo? “El arte santifica todo”, eso
piensan, a veces, los hombres. Pero, en el fondo, no son sino
escapatorias, discursos, alegatos para darse buena conciencia y
no padecer en seguida el malestar de los remordimientos, para
no sufrir el peso de la mirada escrutadora de quienes, con
razón o sin ella, se erigen ante uno en jueces, cuando no en

91
justicieros. Entonces, pensó Hebdomeros, hay que huir hacia
los próximos exilios. No le resultan desconocidos esos hom-
bres que adoptan actitudes heroicas mientras la calma y la
tranquilidad reinan en torno a ellos, pero que se eclipsan ante
el peligro y en seguida forman colonias, verdaderas sociedades
de ayuda mutua, donde se reconocen entre sí con señas imper-
ceptibles, que sólo ellos tienen la facultad o, mejor dicho, la
habilidad de esbozar. “Estás aquí, eres, entonces, mi hermano
y mi cómplice; estamos en el mismo caso; podemos pasear
codo a codo bajo las palmeras, a la orilla de este mar sin catás-
trofe, a lo largo de esos palacios costosos, pero llenos de
encanto, acorazados de un modo formidable contra los mil
peligros que ignora por completo el hombre ordinario, el padre
de familia, el trabajador con barba y lentes, el hombre peludo y
atareado que corre por los andenes de la estación de trenes con
una pequeña maleta de cuero en la mano, los zapatos cubiertos
de polvo y la frente sudorosa, despreciado por todas esas her-
mosas damas que se polvean en las ventanas de los Pullman”.
Así hablaban esos hombres que Hebdomeros conocía de tiempo
atrás, pero con quienes jamás había podido establecer una rela-
ción cordial, pues no sentía ningún aprecio por ellos. Había
llegado, entonces, la hora del recreo. ¡Por fin! ¡Por fin solos! La
montaña era esa cosa alta, enorme, llena de ampollas, negra
como un gigantesco anfibio varado en la playa, que ocultaba el
descorazonador espectáculo de ciudades sometidas a leyes.
Sin embargo, no todo resultaba color de rosa en este país y
Hebdomeros lo sabía, de allí que siempre fuera precavido; esos
suaves espectáculos, esos aspectos de la naturaleza que parecen
creados por el gozo de un dios encantador y bienintencionado,
nunca le habían inspirado más que una confianza muy relativa.
La región era tan accidentada que había que hacer verdaderas
acrobacias a través de las montañas, de esas peñas impresio-
nantes que se elevaban de manera casi perpendicular sobre un
mar sombrío y profundo. A veces, había que seguir el lecho de
un río seco, sembrado de enormes bloques y ya, en la costa,
abrirse paso con dinamita. Escaseaba el agua; se debía andar
por la costa, utilizar las playas para rodear las peñas, como

92
acostumbraba Hebdomeros, con riesgo de ser arrastrado por la
marea, lo cual, por lo demás, le sucedió una vez y lo puso en
una situación muy crítica. Podría evitar con facilidad esos tra-
bajos, pero siempre encontraba consuelo en la especulación
filosófica acerca de diversos problemas que, ese verano tardío,
lo asediaban particularmente. “Dada la orientación cada vez
más materialista y pragmática que ha adoptado nuestra civili-
zación, decía a sus amigos mientras caminaba con paso regular
y cadencioso, no resultaría paradójico prever, desde ahora, un
estado social donde el hombre, al vivir sólo de los placeres del
espíritu, perdiera el derecho a reclamar un lugar a la luz del
día. El escritor, el pensador, el soñador, el poeta, el metafísico,
el observador, el que deduce, el que interroga enigmas, el que
valora, el vidente, el cazador de nuevos cantos, el que selec-
ciona cuadros de primer nivel, etcétera, se convertirán en per-
sonajes anacrónicos, destinados a desaparecer de la superficie
del planeta, como el ictiosauro y el mamut. Sí, dirán ustedes,
pero hay quienes practican la filosofía por un ideal eminente,
cuya impronta, en las almas y en las inteligencias, resulta inde-
leble. Y especulan sobre frases y palabras sorprendentes por su
monumentalidad, como: la debilidad de los fuertes, vocación y
fama, o bien la voz que se calló y qué sé yo, pero en el fondo,
nada de eso tiene pies ni cabeza y ustedes, queridos amigos, lo
saben mejor que nadie. Hay que tener la impúdica ingenuidad
de esos hombres indulgentes y optimistas para tomar en serio y
discutir todas esas naderías sin estallar de risa en cada palabra;
más aún, basta un poco de psicología para adivinar en todo
eso, aunque no sólo en eso, cierta bajeza de aspiraciones, pues
su precoz y claro positivismo les impide el deslumbramiento de
los recién llegados ante los sentimientos y los espectáculos que
conmovieron tan profundamente a sus antepasados. La huma-
nidad deberá franquear, sin duda, ese negro túnel para alcan-
zar en la otra ladera, donde la frescura de jardines recién
regados asciende desde los valles profundos, la luz del idea-
lismo eterno, tan necesario, incluso indispensable, para el alma
humana como el aire para los pulmones. Nuestro valor como
seres actuantes y pensantes, y esto se los digo a ustedes, amigos

93
míos, que son los únicos que hasta ahora me han comprendido,
nuestro valor no se encuentra en el mismo grado en los creado-
res en quienes ahora mismo estoy pensando, ustedes saben a
quienes me refiero, incluso y, quizá sobre todo, cuando dan a
sus expresiones los acentos del amor o el atractivo de la fanta-
sía. En el primer caso, que según la opinión de la mayoría es el
que más cuenta, se escenifica una porción infinita de nuestra
humanidad, el contenido de una barca o de una lancha que
boga entre las orillas de una ribera estrecha. Pero resulta muy
difícil, y ustedes lo saben tan bien como yo, que los seres huma-
nos se liberen de los prejuicios y las pequeñeces que son, con
mucho, las principales causas de sus miserias en este bajo
mundo. Por desgracia, la lección del peligro no dará frutos.
Una vez devueltos al día, liberados de sus oscuros calabozos
donde durante largos años expiaron faltas, de las cuales, des-
pués de todo, sólo eran parcialmente responsables, volvieron a
sus escondites para secar la pólvora al sol y afilar, con pacien-
cia, las hojas de sus dagas y puñales contra piedras lisas, reco-
gidas a la orilla de los torrentes.
“Pastura infame ofrecida con toda conciencia a los even-
tuales y a quienes, ignorando cualquier oficio, buscan el camino
fácil para escabullirse tras el largo telón grasoso, apenas levan-
tado a unos cuantos centímetros del piso del escenario, bajo el
cual los espectadores, sobre todo quienes están sentados en las
primeras filas, pueden ver los zapatos llenos de lodo de los
actores que van de un lado a otro. El objetivo de toda esa gente
socarrona y llena de ideas escondidas es claro: esperar a que el
telón se levante de golpe; aparecer a la luz de la rampa, ilumi-
nados violentamente de abajo hacia arriba, con la esperanza de
que una enloquecida ovación salude su llegada y que más tarde,
una muchedumbre en delirio los lleve en triunfo hasta la puerta
de sus hoteles bajo la mirada divertida de botones y porteros.
Sí, pero las cosas se complican en ese momento, pues si esa
gente espera continuar así, tranquilamente, de placer en placer,
sin conocer nunca la otra cara de la moneda, se equivoca garra-
falmente. Yo, queridos amigos, vi actuar muchas veces a un
inquietante aguafiestas; a un hombre calvo y musculoso de

94
apariencia fría, incluso glacial, pero cuyo corazón ardiente
desbordaba de pasión. No era un hombre que dudara y se
perdiera en discursos agobiantes e inútiles. Descargaba veloz-
mente sus pistolas con una precisión de tirador infalible y,
una vez vaciados todos sus cargadores y sembrado el pánico
en esos lugares de lujo y placer, se limpiaba rápidamente las
manos, ennegrecidas por las deflagraciones, con un pañuelo
de batista y se sentaba tranquilamente a comer con apetito
dos huevos con jamón”.
Asqueado de todos esos espectáculos, Hebdomeros se
internó con paso lento en el polvoriento camino que conducía
a las ciudades donde se llevaban a cabo elecciones municipales.
Los muros estaban cubiertos de carteles; las luchas entre can-
didatos se exhibían en un idioma extraño. El señor Sublato le
hace llegar estas líneas en respuesta a la larga crítica de su
gestión, que el comité Chiabani juzgó indispensable enviarle
con toda oportunidad.

A falta de argumentos contra la gestión del señor Sublato


al frente del municipio, gestión que todos los espíritus
imparciales juzgan irreprochable, el comité Chiabani
intenta distraer la atención con artículos confusos e
incomprensibles acerca de la Cantera del cementerio.* Se
trata de involucrar a la administración del señor Sublato
en una querella que sólo compete al señor Chiabani y a
su patrón, el constructor Lanteri Baptistin. Si esos
señores tienen algún diferendo, que lo diriman, pues,
ante los tribunales. Pero que por favor ya nos hablen de
otra cosa y no de los intereses personales de ambos
constructores, pues para eso cuentan con sus respecti-
vos abogados.

*Hebdomeros jamás logró comprender el sentido de estas tres palabras.

95
Se publicaba, en seguida, un programa con numerosos proyectos:

1) Construcción de un Grupo Escolar en el barrio de


Mone­ ghetti con guardería y creación de un curso
comple­mentario.
2) Construcción de un dispensario para consulta de recién
nacidos, de un servicio de profilaxis para combatir enfer-
medades venéreas y creación de una inspección médica
escolar.
3) Reconstrucción y cimentación de caminos, instalación
de un basurero público y de lámparas nuevas, mejora del
alumbrado público.
4) Asfaltado de caminos. Ampliación de la plaza Montroni.
Instalación de una fuente-guarnición, decorada con tro-
feos metafísicos y un espacioso andador, donde las muje-
res, los ancianos, los inválidos y los niños no sólo
encuentren seguridad, cuando la circulación de coches
alcance su grado más alto de intensidad, sino descanso
en unas cómodas bancas esculpidas con arte.
5) Instalación de un juego de bolos con iluminación artifi-
cial, donde los aficionados a esta recreación sana y
honesta puedan, incluso durante la noche, disfrutar de
ella a sus anchas.
6) Reconstrucción general del sistema de drenaje de la ciu-
dad, con la participación financiera del Estado.

Y, por último, el llamado a los ciudadanos, lanzado por quienes


buscaban un lugar bajo el sol.

Queridos conciudadanos:
La municipalidad saliente, bajo la égida del Comité
Republicano de Concertación y Prosperidad Comu­
nitaria, ha decidido solicitar su voto para renovar su
mandato.
El partido de Chiabani, que osa hablar de liber-
tad, nos ofreció un anticipo de la manera como la
entiende, al impedir al señor Sublato, alcalde, expresar

96
sus ideas durante la Reunión de Fuentes Cuadradas. El
señor Sublato se proponía responder a las calumnias de
las que ha sido objeto.
La verdad, expresada por un administrador íntegro,
como el señor Sublato, inspira temor al señor Chiabani.
En la imposibilidad de replicar con seriedad a la
argumentación del señor Sublato, a los partidarios del
señor Chiabani no les queda más recurso que el albo-
roto y el desorden.

El calor pesaba como una plancha de plomo. Hebdomeros sacó


su pañuelo y enjugó su rostro. Había dejado atrás las últimas
casas en compañía de sus amigos, y el paisaje quemado y deso-
lado a su alrededor tenía algo grandioso. Hacía tiempo que los
velos grises de la diosa Humedad se habían alejado hacia las
brumas del norte, como las familias de las grandes aves migra-
torias. Largos chales amarillos y anaranjados, de una ternura
infinita, colgaban del parapeto de puentes casi en ruinas, que
con sus largos arcos saltaban, a muy baja altura, el lecho de
arroyos secos. Todo tenía un aspecto profundamente calci-
nado. Los inmortales fantasmas del Gran Calor, hermanos de
los fantasmas polares del Gran Frío, erraban por todas partes,
presentes e invisibles. El corazón de Hebdomeros se alegró con
el espectáculo; él y sus amigos se detenían de vez en cuando
para descubrirse solemnemente ante los cadáveres de bandidos
caídos bajo el plomo de los gendarmes que yacían ahora con la
ropa hecha jirones, cerca de sus mosquetones rotos, en magní-
ficas poses de sueño y hastío.
Una vez que las últimas murallas de la ciudad desapare-
cieron tras el horizonte, Hebdomeros se sintió algo cansado y
rogó a sus amigos que lo siguieran a un pequeño bosque.
Dejaron el camino y pronto se encontraron bajo la sombra de
algunos árboles que se apretaban unos contra otros, en un
grupo compacto, como si quisieran defenderse de un peligro
invisible. Hebdomeros se sentó en un tronco caído y sus amigos

97
lo imitaron; y como siempre estaban ávidos de escucharlo, le
suplicaron que les contara una de esas historias, perfectamente
lógicas en apariencia y altamente metafísicas en el fondo, de las
que sólo él tenía el secreto y el monopolio. Como siempre,
Hebdomeros no se hizo rogar; se estiró muchas veces, bostezó,
se rascó voluptuosamente el bajo vientre, bebió de su cantim-
plora algunos tragos de agua mezclada con vino tinto, cargó
meticulosamente su pipa, la encendió y comenzó así:
“Queridos amigos, quizá ustedes hayan sentido, al igual
que yo, la stimmung particular que se desprende cuando al
salir a la calle, a la puesta de sol y al cabo de un caluroso día
de verano, tras haber dormido la siesta (recuerden lo que tantas
veces les he dicho a propósito de la siesta), se percibe el olor de
las calles recién regadas. Si la ciudad se sitúa a la orilla del mar,
el poder sugestivo de ese olor se ve duplicado o triplicado por
ese simple hecho. Me lo decía siempre mi padre al evocar la
ciudad donde había pasado su infancia. Mi padre era un hom-
bre singular, a quien las aventuras reales y sobrenaturales de la
vida habían vuelto sensible, alegre y desconfiado. A veces era
muy difícil hablar con él, detestaba ciertas frases hechas, como
cada quien su cruz o bien la vida nunca resulta tan buena ni
tan mala como se dice.
Le gustaba mucho la música, sobre todo la música rica
en melodías, y sentía horror por las camas con tambores de
resortes. Para él, la cama ideal era de redes de metal colocadas
sobre caballetes de madera muy bajos, con un colchón perfec-
tamente plano. En cuanto a la almohada, afirmaba que jamás
se debía descansar sobre esos largos cilindros con fundas de
tela blanca, que dan pesadillas tremendas a quienes duermen,
sino sobre una almohadilla que ocupe todo el ancho de la
cama, del lado de la cabeza y cuya sección presente la forma de
un triángulo isósceles. ‘Las estatuas de los etruscos —decía—,
quienes sabían mucho en materia de lechos, siempre descansan
en superficies perfectamente planas. En todo el litoral medite-
rráneo, donde se desarrolló y desapareció ese pueblo profunda-
mente extraño y misterioso, aún se advierte la impronta que
dejó sobre la tierra donde se recostó por última vez, antes de

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descansar en los brazos de la muerte. Pero, ¿se imaginan uste-
des a los etruscos recostados, para el reposo final, en montañas
con lomos de burro? No, ciertamente no. Creo que no hay nin-
gún hombre lo suficientemente alterado desde el punto de vista
frenológico y, me atrevería a decir, lo suficientemente desenten-
dido del encanto que se deriva del equilibrio y la armonía de las
líneas, como para imaginar tal monstruosidad. De allí que
afirme, con la profunda convicción de proponer una verdad
irrefutable, que, al construir una cama, la malla metálica
(superficie absolutamente plana) resulta infinitamente superior
al tambor de resortes, de superficie convexa en el centro y cuya
blandura, de la que se hace tanto alarde, sólo es una ilusión o en
todo caso, una virtud muy efímera’. Eso decía mi padre a pro-
pósito de las camas. Otra de sus originalidades era la leucofo-
bia o temor al blanco. Era profunda y sinceramente leucófobo.
Había adiestrado a sus criados para que recogieran el mantel
del comedor sin levantarlo ni agitarlo, como una bandera o
una vela, sino doblándolo con cuidado sobre la misma mesa y
retirándolo en seguida, a toda velocidad, como si tratara de un
paquete inmundo.* Su leucofobia lo asediaba, sobre todo, en el
campo, cuando se retiraban los cubiertos, en el crepúsculo, tras
la cena, en la veranda florida de la modesta villa que alquilaba
para pasar los tórridos meses del verano con su familia, lejos de
la ciudad.
Los hombres muy morenos, con cejas grandes, espesas y
negras, le inspiraban la piedad más grande; hubiera querido
decolorar sus cabellos, teñirlos de rubio cenizo, dar a sus per-
sonas el aspecto de páginas encantadoras y hacerlos radiar,
una noche de gala, en medio de un palco de primera fila, en el
teatro principal de una capital nórdica. Pero, por desgracia,
nunca pudo satisfacer ese deseo.
El tema favorito de sus recuerdos era la ciudad donde
había pasado su infancia; hablaba de ella con amor y ternura,
a veces, incluso con exaltación; y, al hablar, sus ojos azules y
muy dulces se encendían con un brillo inefable; miraba más
* Por lo demás, todas estas preocupaciones y problemas inquietantes se resolvieron
de una manera muy simple, más tarde, con el empleo de manteles de color.

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allá del mundo y de las cosas, perdido en un ensueño sin fin:
“Me parece verla —decía con voz sorda y temblorosa—, me
parece ver esa ciudad sin par. Me parece revivir esos atardece-
res de verano, tras el calor diurno. Los ingenieros, una vez ter-
minados sus extenuantes trabajos en la vía del tren, entonces
en construcción, volvían a sus apartamentos amueblados, lle-
nos de polvo y muertos de cansancio. La ciudad, oculta tras los
espesos setos de sus laureles rosados, se alargaba graciosa-
mente al pie de una montaña imponente, pero de contornos
armoniosos; ofrecía sus muelles de mármol a las pequeñas olas
breves del puerto, que venían a acariciarlo, sin ruido. Las
calles, cuidadosamente regadas, refrescadas por la brisa, ofre-
cían a la vista el espectáculo más sonriente y más animado. Los
árboles que las sombreaban susurraban suavemente. El pasto
verdeaba. Las flores de las jardineras abrían sus corolas y exha-
laban sus aromas al mismo tiempo. Las casas sonreían, tran-
quilas y coquetas en su blancura. El aire era tibio y el cielo
azul, como el mar que se reflejaba al final de las largas aveni-
das. Era la hora cuando cerraban las academias de pintura, de
música y de escultura, al igual que la biblioteca, ubicadas en el
mismo barrio, donde excelentes profesores enseñaban en cur-
sos públicos, organizados en pequeños grupos, lo que permitía
a cada alumno obtener, todo el jugo de la lección. Al salir de
esos establecimientos, la muchedumbre ocasionaba, durante
algunos instantes, ciertas aglomeraciones, sin embargo, no se
escuchaba ningún grito, ninguna exclamación de impaciencia.
El aspecto general era de calma y de satisfacción. Los cafés
también resultaban tan agradables como uno los pudiera ima-
ginar. A casi todos los completaba un restaurante. El más
importante, cuyo dueño era mi amigo íntimo, se llamaba Café
Zampani. Era una auténtica obra de arte. Su ubicación, en la
esquina del bulevar principal y la plaza principal, lo convertía
en el centro de toda la región. Las personalidades del comercio,
de la industria y del arte se reunían en su terraza y en sus salas,
lujosamente decoradas. Todo su aspecto revelaba un arte sobrio,
elegante, distinguido. Los servicios del Café Zampani se habían
beneficiado con los perfeccionamientos a que daban lugar las

100
técnicas más ingeniosas. La ventilación artificial de las salas
garantizaba una atmósfera renovada constantemente con aire
filtrado, dosificado higrométricamente y enriquecido con ozono.
Al elaborar sus menús, el Café Zampani había llevado a
cabo, para los sibaritas, una selección de las mejores especiali-
dades gastronómicas y todos los días servía un platillo sofisti-
cado, en cada comida. La cava había sido objeto de toda la
atención del propietario, él escogía y compraba los vinos direc-
tamente en el viñedo y sólo hacía acopio, para su clientela, de
los mejores años y las mejores cosechas”.
—Así hablaba mi padre —dijo Hebdomeros tras una
pausa. Poco a poco, al recordar el pasado, ese hombre singular
que era Hebdomeros, a quien sus amigos más inteligentes no
lograban definir, volvía a encontrar los mismos sentimientos
que despertó en él la vista de aquellos hombres, primero conde-
nados a muerte y más tarde indultados, que conservaban algo
de las angustias y dolores pasados en la expresión de sus ros-
tros barbados y jóvenes. Permanecían con los brazos cruzados,
meditabundos y mansos, a pesar de la evidente fuerza muscu-
lar que se adivinaba por el aspecto de sus deltoides y sus bíceps,
que sobresalían bajo las mangas de sus ropas estrechas (eran
pobres y no podían comprar esos hermosos trajes ingleses,
amplios y elegantes, que hacen felices a los hombres inteligen-
tes y de buen gusto). Allá, en los viñedos dorados por el otoño,
las mujeres, con las blusas arremangadas y los corpiños blan-
cos, exprimían, con sus manos poderosas, racimos de uvas en
copas de cristal.
Cansado de todas estas aventuras terrenales y metafísi-
cas, Hebdomeros se fue a dormir y no despertó hasta muy
tarde, a la mañana siguiente. Ya despierto, no se decidía a
levantarse; permaneció algunas horas en su cama, meditando
y, por fin, decidió mirar la hora en su reloj, el cual siempre
dejaba sobre una silla cerca de su cama: eran las cinco de la
tarde. Es la hora que corresponde, en los doce meses del año, a
septiembre. Se dio cuenta, entonces, de que resultaría lógico de
su parte cerrar su ciclo metafísico hacia el final de ese mismo
día. La lógica y el orden le gustaban más que la armonía; y

101
puesto que el azar había dispuesto que consultara su reloj justo
en el minuto cuando las manecillas marcaban la hora corres-
pondiente al mes de septiembre, era mejor sacar partido de esa
feliz coincidencia y no buscarle, como se dice, tres pies al gato.
Comprendió que lo que esperaba no era la felicidad, como la
entiende la mayoría de los hombres; no se trataba, para nada,
de sentir ese cosquilleo en el estómago, esa sensación de males-
tar y de inquietud, esa imposibilidad de permanecer tranquila-
mente sentado en su lugar, esa necesidad de locuacidad y de
expansión, ese deseo de contar, incluso al recién llegado, el
acontecimiento que nos trastorna, esa especie de inconmensu-
rable abandono y debilidad, en fin, todos esos síntomas que se
pueden presentar cuando una felicidad repentina nos sorprende
en medio del monótono devenir de la vida. Hebdomeros, al
igual que todo el mundo, había vivido ese tipo de momentos,
no de una manera muy violenta, no para morir de alegría como
el perro de Ulises o para volverse loco, como le ocurrió al pin-
tor Frank Sbysko, a quien la demencia fulminó el día que supo
que había ganado un millón en la lotería, pero sí de una manera
bastante importante y significativa. Sintió, y sus sentimientos
rara vez lo engañaban, sintió que esta vez no se trataba tanto
de la felicidad como de la seguridad; lo invadiría un senti-
miento de seguridad y se disponía a recibirlo dignamente, con
recogimiento, como el creyente se apresta a recibir en él, bajo
la forma de la hostia o de cualquier otro modo, al Dios en el
que creen. Hebdomeros abrió la ventana de su habitación, pero
evitó respirar con fuerza el aire del exterior y adoptar esa pose
de prisionero recién liberado, de enfermo que se siente mejor,
etcétera; por lo demás, no había por qué hacerlo, la naturaleza,
o mejor dicho, los elementos mismos lo ayudaron a evitar esas
actitudes comprometedoras para un hombre serio como él, de
modo que, en lo que respecta a esas actitudes, sólo podía jac-
tarse a medias de ser astuto, en el sentido metafísico de la pala-
bra. El aire de fuera, en efecto, no era ni más puro ni más
fresco que el de su recámara; pero eso no significaba que resul-
tara malo, al contrario, el aire de la pieza donde se encontraba
era excelente y el aire de fuera se le parecía a la perfección,

102
como dos gotas de agua. Nada de viento; equilibrio absoluto;
en ese sitio, las casas de la ciudad estaban dispersas, aunque
bastante próximas una de la otra; era una semifiesta y a cada
hombre había descendido la esperanza de ser un semidiós.
Ahora, los semidioses, vestidos como todo el mundo, se pasea-
ban por las aceras y esperaban, en las esquinas, el paso de los
coches. Y así como la quinta hora del mediodía se encuentra
entre la segunda parte del día y la noche, el mes de septiembre
se encuentra entre dos estaciones: el verano y el otoño. Eso
corresponde, en un enfermo, al momento que precede a la con-
valecencia y que naturalmente marca, al mismo tiempo, el fin
de la enfermedad propiamente dicha. En efecto, el verano es la
enfermedad, es la fiebre, es el delirio y los sudores extenuantes,
agotamiento sin fin. El otoño es la convalecencia, antes de que
comience la vida (el invierno). “Sí, pensaba Hebdomeros, sé
que parecerá extraño y eso me obligará a discutir con mis igua-
les, a riesgo de pasar por desequilibrado y escuchar enseguida,
a mis espaldas, las burlas de los lógicos, de quienes creen que
detentan la clave de las causas y los efectos y la tabla de los
valores de cada cosa en este bajo mundo. Sin embargo, estoy
seguro de que no es así; se trata sólo de malos hábitos, de falsos
movimientos que la humanidad acostumbra hacer desde su
infancia y que han falseado la ruta de la verdad o mejor dicho,
la han ocultado, envuelta en bruma y vaho, opacándola, confi-
riéndole el color de las cosas que la rodean sobre la tierra, de
modo que se confunda con el ambiente y que el hombre dis-
traído pase de largo junto a ella, la roce sin verla o la vea sin
reconocerla, como pasan los cazadores, con el fusil al hombro,
junto a las inmóviles codornices y no las reconocen, porque el
color de sus plumas se confunde con el terreno en el que se
posaron”. Esta vez, al menos, Hebdomeros sabía a qué atenerse
y pensaba, con razón, que si en otros momentos había temido
a la felicidad y ante su continua amenaza había agitado el avis-
pero, a manera de exorcismo, esta vez sus temores hubieran
estado absolutamente fuera de lugar y completamente injustifi-
cados; no le gustaba hacer cosas inútiles, salvo que se tratara
de lo que él llamaba inutilidad necesaria, en cuyo caso ya no

103
sería inútil. Sus teorías sobre la vida variaban según el bagaje
de su experiencia. ¿Qué podría él concluir, en este caso, si no
es que el secreto de la felicidad, ese inestimable secreto que la
mayor parte de los filósofos se esfuerza en investigar teórica-
mente y que la inmensa mayoría de los hombres se atarea en
descubrir prácticamente, tal vez consista en no admirar nada,
en no amar nada? ¿Qué era eso?, ¿escepticismo? No, puesto
que eso, en lo que sus adversarios, en situaciones particular-
mente delicadas o graves estaban dispuestos a creer, sólo era
cierto a medias, ¡y aun así…! Se jactaba, sin duda, pero, acaso
¿jactarse no era algo necesario, incluso indispensable? ¿Y no
era mejor jactarse, aun a riesgo de irritar a nuestros contempo-
ráneos, que hacer lo mismo que aquel célebre cortesano, cuyas
memorias, al final, resintieron de una manera lamentable el
ejercicio demasiado prolongado de su profesión de cortesano?
Lo cierto era que, siempre que la ocasión se presentaba,
Hebdomeros demostraba que él era infinitamente menos rigu-
roso en la aplicación de sus reglas de conducta cuando se trataba
de su propia persona. De hecho, habría resultado verdadera-
mente demasiado original afirmar que él era superior frente a
los demás sin serlo, antes que frente a sí mismo. De cualquier
modo y a pesar de su gran deseo de justicia, que siempre había
prevalecido en cada uno de sus actos, no sentía ninguna envi-
dia ante quienes lograban jugar ese doble juego. En cualquier
caso, intentaría decir que los enemigos son necesarios. Sin
ellos, la existencia corre el riesgo de volverse insípida y de una
monotonía exasperante; pensaba que los enemigos cumplen
una función importante en la organización de la vida social y
en las manifestaciones de la vida humana, vistos así, los enemi-
gos se asemejan a ciertos animales más o menos desagradables,
con frecuencia repugnantes, cuya utilidad no aparece a primera
vista, pero que ocupan, sin embargo, con pleno derecho su
lugar en el plan de la creación. Y por lo demás, ¿se puede con-
cebir así, a sangre fría, una existencia donde sólo se pueda
optar entre no admirar nada, incluso no ilusionarse con nada y
guardar celosamente, para uno mismo, sus admiraciones y sus
ilusiones? De modo que Hebdomeros ya no hizo el intento de

104
apelar a circunstancias atenuantes ante sus contemporáneos,
entre quienes contaba a sus más próximos amigos y hasta a sus
admiradores más fervientes, ni intentó otras vías para reivindi-
car el derecho al elogio. Asimismo, durante mucho tiempo
esperó, incluso durante esas épocas de transición, que le permi-
tieron abrir nuevas puertas hacia espectáculos inesperados, que
quienes lo seguían no le guardaran resentimiento por utilizar,
con la discreción necesaria y cuando presentaba lo que él lla-
maba modestamente sus maravillas, con un lenguaje que en
cualquier otra ocasión le habría valido no sólo el sarcasmo de
la muchedumbre, muchas veces indispensable para los espíritus
de envergadura, sino también el sarcasmo de la elite, de la
misma elite de la que se jactaba, con justa razón, de pertenecer,
pero de la que por desgracia estaba obligado a renegar, como
los profetas reniegan de sus madres. Esto ocurría siempre que
una creación de un tipo especial lo obligaba a aislarse por com-
pleto y a situarse por encima del bien y del mal, pero sobre
todo del bien. La tarea, por lo demás, podía ser todo menos
fácil. Lo que hacía y decía era dicho y hecho para cautivar,
naturalmente, a los gustos más diversos. Había con qué agra-
dar a los niños, a los niños que con frecuencia son jueces temi-
bles y cuya voz, también con frecuencia, prevalece en el consejo;
había con qué agradar a los aficionados y a los coleccionistas
de imágenes, incluso y sobre todo, a esos grandes y falsos niños
que son los artistas. ¡Ay! Es que el arte de ver y de decir lo que
se ha visto, anterior como todos saben a la invención de la poe-
sía propiamente dicha, había recorrido un buen trecho desde
sus primeros ensayos. Pese a todo, siempre (y éste era uno de sus
grandes lamentos), siempre había gente dispuesta a echarle en
cara que se saliera del cuadro que, al parecer, le había asignado
su propia naturaleza, aunque se sorprendieran de sus esfuerzos
y de las enormes dificultades vencidas. De allí que él haya
alcanzado una posición privilegiada, de la que sus antagonistas
intentaban desalojarlo en vano. Sus cualidades singulares y el
talento que él perfeccionaba sin cesar, lo preservaban, cierta-
mente, de las vicisitudes de la moda. El sistema que adoptó
tenía ventajas ciertas e innegables, era especialmente rápido y

105
respetaba, con fidelidad rigurosa, el carácter, incluso, lo que
por regla general resulta más difícil, el color de la inspiración
originaria. Originaria y no original; Hebdomeros desconfiaba
de la originalidad tanto como de la fantasía: “No hay que galo-
par demasiado en la grupa de la fantasía —afirmaba—, lo que
hay que hacer es descubrir, pues al descubrir se vuelve posible
la vida, en el sentido de que se reconcilia con su madre, la
Eternidad; al descubrir se paga tributo a ese minotauro que los
hombres llaman Tiempo y que representan bajo el aspecto de
un anciano seco, sentado con aire pensativo entre una guadaña
y una clepsidra”.
Hebdomeros se sintió atado de nuevo a la encrucijada,
con el suave tableteo del agua que golpeaba los bloques del
muelle. Entonces le llegaron la elocuencia y una especie de
nueva inspiración romántica, se volvió hacia sus amigos que lo
acompañaban y les dijo: “Nada podría remplazar a esta inefa-
ble dulzura, resultado de veinte años de experiencia y esfuerzo
constante y nada tampoco podría superar la potencia evoca-
dora de esta serenata divina, donde la ignorancia de nosotros
mismos se mezcla con la misteriosa alegría, el temblor o mejor
dicho, el latido del corazón bajo el claro de luna, cuando los
acordes rítmicos de las guitarras caen y vuelven a caer, uno
sobre otro, como el agua cae en el agua. Nuestras inclinacio-
nes, nuestras debilidades, las inconmensurables tensiones
donde el arte, que después de todo no es sino un invento de los
hombres, nos ha hundido desde la pubertad, nuestros recuer-
dos, suavizados por el velo de los años, pasan con un silencioso
batir de alas. Para luchar contra tu ignorancia, fecunda fuente
de fracasos y decepciones, sigue, ¡oh poeta! los sabios consejos
de tu musa; allí está ella, apoyada pensativamente sobre ese
trozo de columna, donde se deslizan las lagartijas y la hiedra
trepa… ¡Oh! ¡Flores de ternura! ¡Tesoros! ¡Lamentos! ¡Estancias
infinitas en las estrellas! ¡Batidos de alas! ¡Alboradas de sega-
dores! ¡Interludios encantadores! ¡Ofrendas! ¡Fiestas de aldeas
bendecidas bajo el gran cielo azul! ¡Pastorales! ¡Hojas que
caen! ¡Corazón que jamás has cambiado, escucha la lenta con-
fesión de ese antiguo violonchelo! ¡Recuerda el beso de Eunice!

106
¡Recuerda el adiós de las rosas! ¡Escucha el canto del nido sobre
el camino en flor! ¡Oh sinfonía inacabada de los eternos voglio
amarti! ¡Cantos sin palabras murmurados en voz baja! ¡Tristes
ensueños! ¡Remembranzas! ¡Recuerdos!* ¡Oh noche estrellada!
¡Juanita! ¡Juanita! ¡El agua canta y sigue cantando en las lade-
ras floridas de los hogares polacos! ¡Olas del Ródano y olas del
Rin! ¡Tristeza de geografías a veces grises y de pronto verdes,
pero siempre azules allá, donde se abren los lagos y se extienden
los vastos mares! ¡Las falenas nocturnas queman sus alas en las
lámparas de acetileno! ¡Las hojas del otoño, húmedas de lluvia,
caen, girando, sobre la madera podrida de los balcones de nues-
tras villas! ¿Qué dicen tus ojos? ¡Siempre o nunca! ¡Abran de
par en par las rejas de sus jardines, amigos de corazones fuertes!
Nosotros tomaremos el relevo en sus trabajos; estudiaremos
con ustedes de una manera fraternal, amistosa, cordial, todas
las proposiciones que tengan a bien hacernos”.
Sin embargo, había que volver. ¡Hebdomeros lo com-
prendió y su corazón se sumergió en una gran tristeza! Las
fatales transformaciones reflejaban hasta el infinito las más
locas esperanzas y las decisiones jerárquicas se desplegaban
triunfantes, impresas en caracteres negros y solemnes sobre la
blancura del papel. Hasta los generales, los funcionarios y los
altos dignatarios de rictus obscenos bajo bigotes grasosos se
inclinaban con la falsedad de una humillación protocolaria
cuyo único objetivo era salvar las apariencias, muy sospecho-
sas por lo demás y de las cuales se podía prescindir muy bien.
Hebdomeros conocía todo lo demás. Conocía bien esas tardes
interminables en el cuarto de los mapas de geografía (del lado
del jardín). Sí, se recluía allí tras el desayuno, para descansar,
según él, pues hacía calor, un calor implacable desde las prime-
ras horas de la mañana. Pero, una vez allí, ¿dónde quedaba el
descanso? Sí, ¿dónde había huido ese dios tan dulce, hermano
menor del sueño? Nostalgias, nostalgias sin fin, manos que se
tienden en el extremo de los brazos, fuera de las ventanas cuyas
blancas cortinas, con dibujos de una exagerada banalidad, se

* En español en el original (N. del T.).

107
agitaban bajo el soplo intermitente de la cálida brisa que lle-
gaba de los campos, de esos campos que se desplegaban, codo
con codo, todos iguales, salvo muy ligeras variaciones de color
que no contaban gran cosa en la monótona sinfonía de grises,
de grises verdes, de ocres grises, de verdes ocres, etcétera.
Después de todo, ¿por qué había que detenerse de golpe? Y
renunciar a la oportunidad y a las posibilidades de una
empresa bastante costosa, por lo demás, pero que prometía
alegrías y descansos inolvidables e inesperados, aunque fuera
una empresa de descanso total, como decía el propio Hebdo­
meros sonriendo irónicamente. Pero nada cuesta nada; dando
y dando; bajo la aplastante cúpula del cielo ardiente, a las
puertas de las ciudades orientales, los traficantes disentéricos
gesticulan en torno al revoltijo de mercancías tiradas en el
polvo caliente, sobre las que las moscas de trompas tanatófo-
ras, es decir, transmisoras de muerte, se obstinan con el minús-
culo ronquido de sus pequeñas alas iridiscentes que baten a
toda velocidad. “Sí, decía Hebdomeros, el comercio, el tráfico,
los negocios, los intercambios, las especulaciones, los valores,
la confianza, el crédito, las utilidades, los negocios que son
negocios y, durante la noche, extenuados de fatiga, con los
pulmones sucios de la vil moneda, ¿cuál es nuestra recom-
pensa? Un puñado de dátiles podridos y un trago de agua
tibia, ensuciada por los pájaros del cielo, bebida en escudillas
que huelen a madera mojada… Pero esta noche, la gran recom-
pensa eres tú, ¡ay, Cornelia! ¡Tú, pastora con manos de madre
y piernas ceñidas con cintas! ¡Tú, pesada gacela, tú, madrecita
de los Gracos! ¡Oh! ¡Conmovedora y desnuda como borrico
sin albarda! Si la plebe furiosa lapida a tu hijo en calles sórdi-
das y sombrías, el que adivinó el brillo de tu mirada, el ante
quien todo retrocede, se lanzará, solo, contra la muchedumbre
en delirio, en una monomaquia y te traerá en sus brazos a tu
hijo, tu hijo sangrante, pero a salvo, tu hijo desmayado pero
vivo y verá en el milagro de tus lágrimas, perlas que se desli-
zan, con lentitud al principio y después más rápido, a lo largo
de tus mejillas, tan bellas, hasta caer en tus manos purísimas,
¡oh! ¡Cornelia!”.

108
El escenario cambió de nuevo. El crepúsculo descendió.
Los sórdidos callejones de donde subía la peste de la basura en
fermentación quedaban muy lejos ahora; ya no más masacres.
La madre de los Gracos había evolucionado, por decirlo así…
…Tristes peatones vuelven a sus hogares con sus niños
de la mano y esa vaga melancolía que da el sentimiento de
una alegría que llegó a su fin, de una felicidad terminada.
Hebdomeros abrió de par en par su ventana al espectáculo de
la vida, al escenario del mundo. Con los brazos cruzados sobre
el pecho y la frente en alto, esperó, como un navegante de pie
en la proa de su navío, la aparición de una tierra desconocida.
Sin embargo debía esperar, pues entonces sólo se trataba de un
sueño, incluso de un sueño dentro del sueño. En el horizonte,
las últimas luces del crepúsculo iluminaban el cielo. Humaredas
rectas como columnas subían y bajaban sin cesar… Hebdomeros
volvió a su lecho… “¿Qué hora es? —siguió hablando consigo
mismo en voz alta. ¿Cuánto falta?… Ya no tarda en salir la
luna y con ella se levantarán el viento y las estrellas…; las pul-
gas me devoran y la enteritis me roe las entrañas. ¡Bebí mis
últimas gotas de belladona y de jusquiame! ¿Qué debo espe-
rar?, ¿en qué debo creer aún? Los dioses emigraron, las alegrías
locuaces que se ocultan tras los arbustos y desde allí le hacen
señas a usted para que se acerque, de lo cual se cuida usted muy
bien, pues no habría dado ni dos pasos hacia ellas cuando, ¡lás-
tima! ya estarían muy lejos, mucho más lejos… lejos los asesi-
nos de las ciudades, la paz y la justicia reinan por todas partes.
Y tú, a quien entreví antes de la siesta; tú, visible sólo para mí,
¡tú, cuya mirada me habla de inmortalidad!
…Desconfiado como siempre, se acercó con precaución,
una mano en el bolsillo de su pantalón y la otra libre, dispuesta
a detener el golpe. Escuadrones de hoplitas pasaban a su lado
con algo taciturno y obstinado en su aspecto. Los cohetes
subían al cielo, pero sin ruido; todos los ruidos estaban muer-
tos. Parecía que todas las cosas duras del mundo: las piedras de
la tierra, los huesos de los hombres y de los animales, habían
desaparecido para siempre; una gran ola grasosa e irresistible,
de una ternura infinita había hundido todo y, en medio de ese

109
nuevo océano, el navío de Hebdomeros flotaba inmóvil con las
velas caídas. Entonces, lentamente, de un modo enigmático,
comenzó a renacer en su alma una nueva y extraña confianza.
Al principio tuvo miedo; incluso tembló, como temblaría un
viejo inválido en su sillón, solo en el castillo vacío, viendo que
la manija de la puerta gira lentamente, movida desde fuera por
una mano misteriosa. Después, un soplo irresistible barrió de
golpe el miedo, la angustia, la duda, la nostalgia, el descon-
tento, las alarmas, las desesperaciones, el cansancio, la incerti-
dumbre, las cobardías, las debilidades, los ascos, la
desconfianza, el odio, la cólera; todo, todo desapareció de
pronto en un torbellino formidable, más allá de los pequeños
muros de tabique a medio derruir, en torno a los que se adhe-
rían los cardos y las ortigas, como una enfermedad tenaz. Olas
cuya glauca profundidad estaba bordada en la superficie por la
espuma, rompían en el costado e inmensos rebaños de yeguas
salvajes, de cascos duros como el acero, desaparecieron en un
galope desenfrenado, en una avalancha de grupas que se frota-
ban, se golpeaban, se empujaban hasta el infinito…
Y una vez más, el desierto y la noche. Todo dormía de
nuevo en la inmovilidad y el silencio. De pronto, Hebdomeros
vio que esa mujer tenía los ojos de su padre; y comprendió. Ella
le habló de inmortalidad en la gran noche sin estrellas.
…“Oh, Hebdomeros —dijo— soy la Inmortalidad. Los
sustantivos tienen género o mejor dicho, sexo, como dijiste
alguna vez con bastante fineza y, por desgracia, los verbos se
declinan. ¿Nunca has pensado en mi muerte? ¿nunca has pen-
sado en la muerte de mi muerte?, ¿has pensado en mi vida?
Algún día oh, hermano…”.
No dijo más. Sentada sobre un trozo de columna rota,
apoyó con suavidad una mano sobre su hombro y con la otra
apretó la derecha de nuestro héroe. Acodado en la ruina, con la
barbilla en la palma de su mano, Hebdomeros dejó de pensar…
Su pensamiento cedió lentamente a la brisa purísima de las
palabras que acababa de escuchar y terminó por abandonarse
totalmente. Se abandonó a las acariciantes olas de palabras
inolvidables y sobre esas olas bogaba hacia playas extrañas y

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desconocidas. Bogaba en una tibieza del ocaso del sol que son-
reía al caer hacia las soledades cerúleas…
Sin embargo, entre el cielo y la vasta extensión de los
mares, pasaban con lentitud islas verdes, islas maravillosas,
como pasan los navíos de una escuadra ante la nave almirante,
mientras largas teorías de pájaros sublimes, de una blancura
inmaculada, volaban cantando.

París, octubre de 1929

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Hebdomeros

Se terminó de imprimir el mes de diciembre de 2012,


en los talleres de Gráfica, Creatividad y Diseño, ubi-
cados en Avenida Plutarco Elías Calles 1321, Colonia
Miravalle en la Ciudad de México, c.p. 03580.

Para su composición se utilizó la familia Sabon (nom-


bre que se debe a Jacques Sabon, fundidor francés que
trabajó en Frankfurt con matrices originales de Gara-
mond), diseñada por Jan Tschichold en 1967 para D.
Stempel Linotype GmbH und Monotype y Gotham
diseñada por Jonathan Hoefler & Tobias Frere-Jones
en 2000.

El diseño de portada e interiores fue realizado por


Tres laboratorio visual (Jorge Brozon Vallejo y Rafael
Rodríguez Rivera), el cuidado de edición estuvo a cargo
de Claudia Itzkowich, Luis Ernesto Nava Buenfil y
Rodrigo Fernández de Gortari.

Ciudad de México, mmxii

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