CULTURA LAMBAYEQUE
La cultura Lambayeque puede ser definida como una sociedad compleja, con un Estado no
centralizado, conformado por varios núcleos familiares constituidos como entidades políticas en
torno a grandes centros ceremoniales y administrativos estratégicamente ubicados en los valles
de Zaña, Lambayeque, La Leche, Motupe y Olmos, cuya unidad cultural se mantuvo gracias a
una ideología común, con un discurso basado en la creencia de deidades ancestrales, inspiradas
principalmente en el mar, la luna y las aves. En cada valle constatamos colosales construcciones
de adobe, bajo la forma de plataformas o pirámides truncas, que se diferenciaban una de otras y
que podían ser reconocidas desde lejos por la población local. En estos escenarios habrían
desempeñado sus roles los gobernantes, sacerdotes y sacerdotisas, que decían tener sus
ancestros en la imagen del legendario Ñaymlap, fundador del linaje principal de la elite de la
cultura Lambayeque. De igual forma, se percibe en la época Lambayeque una sostenida
intervención y control estatal ejercido sobre el agua, la producción agrícola, la manufactura y la
distribución de bienes y objetos rituales, así como el aprovisionamiento de recursos exóticos
como el Spondylus, Conus, perlas y piedras preciosas de origen ecuatorial y probablemente de
Centroamérica, que demuestran como las relaciones entre grupos ubicados en el actual Ecuador
y la costa norte del Perú se acentuaron e intensificaron durante esta época. Prueba de ello es la
aparición en la liturgia oficial Lambayeque de las escenas de grupos de recolectores de
Spondylus, conocidos como “buzos”, que tienen connotado protagonismo ritual y que revelan un
escenario comercial intensamente aprovechado para actividades productivas, rituales e
ideológicas.
Caracterización sociopolítica de lo Lambayeque
La cultura Lambayeque puede ser entendida como parte de un proceso ideológico con raíz
mochica, pero que tuvo en la tradición oral un soporte litúrgico que fortaleció el poder político y
social de las élites, y que posee singular coherencia en la producción material; es decir, los
elementos de la tradición oral aparecen representados en forma frecuente, sobre todo en íconos
vinculados a la luna, mar y aves. Esto habría permitido una sólida estructura sociopolítica en un
territorio que revela un Estado que se constituye como una expresión no central, sino multivalle y
macrorregional, con autoridades locales autónomas que mantienen un vínculo a través del
discurso religioso que transmiten acompañado del adecuado manejo del sistema hidrológico que
compromete e incorpora a la población de los valles altos, medios y bajos, así como la zona del
litoral, escenario que puede ser entendido como territorio o espacio sagrado. Tal como la calificó
Jorge Zevallos (1971, 1989), la cultura Lambayeque estuvo chimuizada, es decir, todas las
precisiones sobre la cultura regional estaban asociadas a una extensión de lo Chimú, que fue
definido por el estilo representado en las deslumbrantes máscaras de oro, plata y cobre con ojos
alados (Fig. 4) y los cuchillos tipo tumi, asociados como bienes de la cultura Chimú. El mismo
Max Uhle (1959) denominó al estilo local con el topónimo Eten3 (Shimada, 1995, 2014a), no
obstante, Rafael Larco (1948) es quien propone el término Lambayeque para referirse al estilo
de la región del mismo nombre. De otro lado, la imagen que proyectaba la tradición oral definida
por la leyenda de Ñaymlap generó interés en algunos investigadores en conocer el valor de este
relato y su relación con el pueblo. A pesar de ello, el debate sobre la validez de esta tradición
oral sigue vigente y cada vez existen mayores argumentos con sustento arqueo.
lógico, lingüístico e iconográfico que prueban consistentemente la estrecha relación entre el
relato y las evidencias arqueológicas recuperadas. En la cultura Lambayeque, podemos definir
claramente un vasto territorio conformado por los valles de Olmos, Motupe, La Leche,
Lambayeque y Zaña, que expresan una unidad hidrológica, política, ideológica y económica
altamente productiva (Kosok, 1965; Shimada, 1995), a partir de cuyos valles o ríos estables, se
generó un complejo y sofisticado sistema de irrigación intervalle (canal Taymi, Ynalche,
Cucureque, entre otros), que permitió fertilizar extensas áreas agrícolas convirtiéndolas en
productivas (Hayashida, 1999, 2014). Algunas aproximaciones formuladas por Kosok (1959)
sostienen que para la época de apogeo en Lambayeque se cultivaron casi dos tercios del área
disponible con beneficios para más de 150 000 personas, convirtiéndose entonces esta región
en una verdadera despensa de los Andes Centrales (Shimada, 1995). Este éxito agrícola generó
evidentemente excedentes que debieron contribuir sustantivamente en la planificación y
ejecución de grandes y monumentales obras públicas con fines religiosos, como es el caso de
las pirámides en Pomac, Apurlec, Túcume, Ucupe, Pátapo, Chotuna, Chornancap, La Tina, La
Pava, Los Perros, Solecape, Huaca de Barro, El Mirador, Huacas de Mocce, Luya, Huaca Brava,
Huaca Miguelito, Huaca Teodora, Miraflores, El Taco, entre otras decenas de edificios
emplazados en los valles y que fueron progresivamente erigidos como la expresión monumental
del poder y prestigio que habían logrado las élites Lambayeque instaladas en el territorio y que
se hallaban al frente de esta sociedad. Esta fuerte inversión estuvo acompañada naturalmente
de un elaborado discurso religioso a manera de una liturgia que se diferencia de los mochicas
porque se habría centrado aparentemente en la imagen del personaje del relato mítico: Ñaymlap;
cuya figura aparece recurrentemente representada en gran parte de los materiales producidos en
esa época entre cerámica, metales, tejidos, tallas de madera, hueso, moluscos y, sobre todo,
relieves e imágenes polícromas que decoraron templos y edificios, tal y como lo podemos
comprobar hoy en las excavaciones arqueológicas. La simbología que aparece con frecuencia
en los materiales Lambayeque alude permanentemente al dios Ñaymlap, su origen marítimo y
estructura sociopolítica de tipo dinástica. Por lo tanto, hay dos elementos que proponemos como
estrategias usadas por las élites Lambayeque para alcanzar el afianzamiento y continuidad en el
poder: La primera es el manejo y control “profesional” de la fe (entendida como aceptación de la
población), a través de los rituales, resultando así esta en el eje articulador de todas las esferas
de la vida política, social y cultural. Este control debió significar la existencia de una élite
sacerdotal que aparecía en ceremonias públicas con performance de alto impacto en la
población. La segunda es la eficiente administración del sistema hidrológico y de la tierra, ambos
medios debieron formar parte de una especie de “propiedad” que se controló con un sistema
instalado en lugares estratégicos y que tuvo como complemento la ejecución de las actividades
festivas y rituales masivos, orientados a reiterar y renovar el culto a la fertilidad, culto a los
ancestros, teniendo al Spondylus como elemento simbólico mediador en estos actos. Estos
fundamentos estratégicos contribuyeron a promover que las prácticas cere- moniales logren la
cohesión de la sociedad para enfrentar y elevar la productividad, lo que puede constituirse en
una especie de “compromiso” de la población con sus deidades, que se refuerza a través de una
decidida participación en las obras públicas. Estos elementos constituyen, a nuestro juicio, la
base socioeconómica y política para definir el carácter de la administración estatal en la
civilización Lambayeque, en razón a que la estabilidad económica y el fundamento ideológico
principal en el área andina históricamente han estado vinculados al equilibrio estratégico entre la
relación agua, tierra y religiosidad como soporte ideológico que justifica y legitima el poder y
autoridad de la clase gobernante. Por lo tanto, el establecimiento de la “nueva” sociedad en la
época postmochica pasó por un proceso inevitable de reestructuración del control político a
través de la religión con la incorporación de un renovado y complejo panteón de divinidades que
aparecen con atuendos y gestos, y que están asociadas a escenarios como la luna, el mar y la
tierra y, de otro lado, del control económico a través del manejo eficiente y especializado del
agua y la tierra, así como la masificación de los talleres y áreas de producción, pero sobre todo
ejerciendo una mayor “inversión pública” en la construcción de infraestructura de riego (canales y
campos de cultivo) o la ampliación de la ya existente, generando así un mayor abastecimiento de
productos para el sostenimiento de grupos administrativos que contribuyeron a maximizar el
control de la producción. Las élites gobernantes aparentemente eran “propietarias” del agua,
pero sobre todo tenían el control y administración de la infraestructura de riego (los canales) y los
campos donde garantizaban producción destinada a los dioses, la élite y la población. Esta
estrategia permitió también que los excedentes de producción garanticen la ejecución de
grandes obras para las actividades ceremoniales. El agua fue transportada y canalizada por gran
parte del territorio Lambayeque y se manejó bajo el concepto de un bien común sobre este
recurso, a fin de lograr bienestar en la población que mostró voluntad y aceptación por la
estructura religiosa y sacerdotal que controlaba este sistema y que ofrecía estos resultados. El
agua fue estratégicamente representada en íconos y elementos que simbolizaban su alto valor
material y religioso, como por ejemplo, la representación de la “ola antropomorfa” y las
representaciones de Spondylus en escenas de recolección; ambas se asocian a la fertilidad
agrícola y a los rituales funerarios. Por esta razón, las escenas de los “buzos” o llamados
recolectores de Spondylus fue convertida en una actividad ritual trascendental, a tal punto que
debió ser institucionalizada y difundida en todo el territorio de la costa norte. Los centros
monumentales de carácter religioso y urbano-habitacional, y lo que podríamos denominar como
núcleos urbanos, mantenían ciertos modelos y empezaron a constituirse hacia el Lambayeque
Medio (siglo XI d. C.) y principios de Lambayeque Tardío (siglo XII d. C.); casos concretos son
Pomac, Túcume, Cinto, Luya, Collique, Jotoro, Chotuna y Chornancap, entre otros que han
nucleado importantes grupos de habitantes en torno a los monumentos, que también debieron
constituir el reflejo del crecimiento demográfico. De otro lado, la tradición oral debió formar parte
de un mecanismo que justificó y legitimó el poder de la élite Lambayeque (Rucabado, 2008), que
buscó consolidar el culto a través de la imagen de un líder.
carismático, mesiánico (Shimada, 1985), conocido como dios Ñaymlap, personaje que arriba o
retorna a Lambayeque (Wester, 2013) como hombre de mucho valor y talento (Cabello de
Balboa, 1586/1951) y que alcanza el estatus de deidad con su transformación en un ser
sobrenatural con atributos ornitomorfos (hombre-ave), que le permite desde el otro mundo
interceder para garantizar la estabilidad en el pueblo y que es perennizado en los diversos
materiales que esta sociedad produjo, en los cuales la imagen de esta deidad con sus atributos y
gestos es reiterada y ampliamente difundida, pero sobre todo es objeto de permanentes actos
ceremoniales que buscan renovar el compromiso con esta deidad ancestral, cuya veneración
garantiza el éxito de la sociedad. Un argumento arqueológico valioso resultan ser las tumbas de
élite documentadas en la reserva de Pomac (Shimada, 1995), asociadas a la tradición cultural
denominada con el topónimo Sicán, usado por Shimada (1995, 2014a, 2014b) para referirse a la
cultura Lambayeque (Zevallos, 1971, 1989; Narváez, 2011, 2014a, 2014b; Wester, 2010, 2014).
Lo que revelan estos excepcionales contextos funerarios es la presencia de elementos de mucho
valor para afianzar la existencia de una sólida institucionalidad política y religiosa al frente de la
sociedad. Las tumbas de la huaca Loro muestran exquisitos bienes de valor tecnológico y
artístico elaborados en oro, plata, cobre, aleaciones, vasijas de cerámica, abundantes ofrendas
de Spondylus y Conus, acompañantes en los enterramientos; tumbas múltiples con grupos
familiares, algunos de los cuales, de acuerdo a estudios de bioarqueología, proceden de la zona
ecuatorial (Shimada, 2014b) y perfilan a una sociedad con contactos a grandes distancias, donde
se consolidan alianzas estratégicas materializadas por el intercambio de bienes, relaciones de
carácter comercial y, probablemente, lazos matrimoniales que afianzan la territorialidad. Todo
este despliegue sería para abastecer la pomposidad de los personajes sepultados considerados
como semidioses. Adicionalmente, podemos establecer que estos señores debieron requerir una
sostenida articulación de talleres productivos dependientes de ellos, que abastecieron con su
trabajo las labores artesanales en metales, textiles y otros con cánones artísticos definidos e
inalterables a lo largo de siglos, como es el caso de la vasija denominada “huaco rey”, cuya
forma muestra un mensaje que alude al personaje más emblemático de esta civilización:
Ñaymlap, y que se expresa artísticamente como una deidad que aparece en todos los valles de
Lambayeque. Los talleres no solo debieron ser considerados como centros de producción, sino
como lugares donde se promovió la masiva difusión de la esencia de la religiosidad, expresada
en imágenes de deidades y símbolos que formaban parte del discurso religioso de acceso
exclusivo de las élites. El patrón funerario de las tumbas de élite constituye un formato definido
con sepulturas profundas, en ejes que vinculan a los personajes con el este y oeste para
relacionarlos con conceptos de dualidad o bipartición y cuatripartición; las imágenes grabadas e
impresas en los objetos y el ajuar funerario contienen íconos recurrentes. Así mismo, las
ofrendas de grandes conjuntos de conchas Spondylus y Conus reafirman el acceso de los
personajes a estos bienes exóticos que están vinculados a la abundancia del agua y la fertilidad
(Hocquenghem, 2009) y que certifican la sólida relación con sociedades del Ecuador y
probablemente con Centroamérica. Estos enterramientos revelan también la institucionalización
de rituales para los muertos y culto a los ancestros, que deben ser abastecidos y objeto de
veneración y recordación a través de un calendario ceremonial, con el propósito de garantizar la
productividad, estabilidad y orden de la población. El ámbito marítimo constituyó un espacio
sagrado, pero a la vez un escenario de abastecimiento de recursos para mantener la satisfacción
de las comunidades periféricas (Fig. 5). El mar fue incorporado como ámbito para actividades
comerciales y de comunicación con grupos del extremo norte, así mismo suministró la
inspiración de imágenes e íconos como las conocidas “ola antropomorfa”, “ola ornitomorfa” y “ola
geométrica”, que forman parte de una complejidad iconográfica que, conjuntamente con el sol y
la luna, aparecen en la denominada cosmovisión Sicán, documentada en 1991 en la huaca Las
Ventanas (Shimada, 1995). Este elemento de origen marino (ola) se convirtió en un ícono de
identidad y en un emblema de género que revelaría e identifica a una de las deidades femeninas
más connotadas de la religiosidad durante la época de Lambayeque Medio y Tardío, entre los
siglos IX y XIII d. C., que al parecer contribuye a unificar a esta sociedad como parte de un
discurso que rige los destinos de este pueblo. Estos argumentos son de valor para empezar a
entender qué tipo de sociedad se desarrolló en esta región a finales de la época mochica. La
religiosidad, comercio, comunicación, control administrativo y político, debidamente articulados,
definen en su conjunto a un aparato institucionalizado, eficaz, eficiente, correspondiente a un
Estado muy bien constituido, expresado en un territorio, con una tradición común y con una
doctrina que se difunde a través de una liturgia construida con imágenes religiosas como el dios
Ñaymlap, ola antropomorfa, símbolo escalonado, ola geométrica, cruz andina, ave mítica o ave
en picada, que muestran una unidad ideológica que aparentemente se centraría en una deidad
única, pero que se expresa con diferentes ornamentos, atributos, actitudes o gestos rituales y
que también se vincula a la incorporación de una deidad desconocida: la deidad femenina, que
revela la introducción del tema de género en la religiosidad de la cultura Lambayeque y reafirma
el antiguo concepto de dualidad. En consecuencia, la sociedad Lambayeque logra, hacia
mediados del siglo X d. C., la unidad del conjunto de entidades políticas que la constituye o
grupos de familias que se estructuran en élites emplazadas en los valles que comparten una
tradición que tiene indudablemente sus antepasados en la sociedad mochica, pero que muestra
una personalidad e identidad propia que se difundió probablemente a través del relato del arribo
de Ñaymlap y su corte. Debemos agregar los contactos al sur desarrollados por la civilización
Lambayeque con presencia arqueológicamente muy bien documentada, como es el caso del
Complejo El Brujo (Franco, 2003), Pacatnamú (Mackey, 2009) y San José de Moro (Castillo,
2000, 2003); en este último caso, esta tradición cultural habría empezado a gestarse desde
aquel periodo que acertadamente se ha bautizado con el nombre de Periodo Transicional
(Castillo, 2003) y que explica con evidencias concretas el proceso de cambios y continuidad que
se desarrollan en.
ORGANIZACIÓN
La cultura Sicán tuvo como base un Estado teocrático, cuyo centro político-religioso
estuvo inicialmente asentado en el complejo de Batán Grande. Hacia finales del año
900 d.C., el centro de poder se traslada a Túcume. De acuerdo con las investigaciones,
los habitantes de la cultura Lambayeque desarrollaron una estructura social
jerarquizada, donde el poder residía en una élite que se sustentaba en sus orígenes
divinos y en lazos de parentesco. Los otros grupos sociales se encargaban de la
administración, la artesanía y la agricultura.
AGRICULTURA Y TECNOLOGÍA
La economía Sicán se baso en la agricultura intensiva. Para ello los Sicán construyeron
un sistema hidráulico que les permitió articular los valles de La Leche, Lambayeque,
Chancay y Reque. Entre los principales cultivos encontramos el maíz, el algodón, el
frejol, la calabaza, la papa, la yuca y el camote.
METALURGIA
Los habitantes de la cultura Lambayeque produjeron gran variedad de objetos de oro, plata,
cobre y tumbaga, una aleación de oro y cobre. Los objetos, fueron fabricados principalmente
para uso ceremonial, como por ejemplo las máscaras funerarias, los tocados y los tumis.
CERÁMICA
La cerámica de la cultura Lambayeque tiene sus orígenes en la cerámica Mochica. Sin embargo,
se nutre también de otras tradiciones. Utilizaron la técnica del moldeado. Son características
de esta cerámica el uso de la base de pedestal, los cuerpos globulares y los picos cónicos. La
forma más conocida es la que se ha denominado Huaco Rey, que representa al personaje de
los ojos alados, característico de la iconografía de la cultura Lambayeque o Sicán.
El motivo recurrente fue la representación de Naylamp. La cerámica lambayeque tiene sus
antecedentes en el estilo mochica, pero se nutre de otras influencias alcanzando un aspecto
fino con algunas formas que imitan a piezas de metal. Su característica es la pasta clara
(anaranjada o crema) y también la negra. La técnica del moldeado se combina con el modelado
y un intenso pulido le da a las vasijas una apariencia brillante.
Otros elementos que caracterizan a la cerámica lambayeque son la base de pedestal, los
cuerpos globulares, los picos cónicos : largos, las asas puente entre dos picos y las asas cinta
entre pico y elcuerpo.
La forma más conocida es la del denominado Huaco Rey de cuerpo globular y con una cabeza
del personaje de ojos alados en la base del gollete cónico. Este personaje lleva largos aretes y
expresión solemne. Otra forma es la botella globular de dos picos divergentes unidos por un
asa puente. Sobre el asa suele colocarse la cabeza del personaje de ojos alados. También, son
comunes las vasijas con cuerpo escultórico que representan animales, frutos y cabezas
humanas. Es usual encontrar botellas deI metal con la misma forma que algunas de cerámica.
TEXTILERÍA
No se conoce mucho acerca de la textilería de esta cultura. Sin embargo, destacan algunos
mantos con las representaciones del dios alado, así como tocados de plumas.
ARQUITECTURA
El complejo de Batán Grande cuenta con 17 pirámides truncas, hechas de adobe, que alcanzan
los treinta metros de altura. Entre las principales huacas de este santuario se encuentran El
Loro, Chotuna y Las Ventanas. Asociadas a ellas se ha ubicado áreas para entierros.
NAYLAMP, FUNDADOR DE SICÁN
Según la leyenda, llego a esas tierras desde las aguas, en una balsa llevada por un cortejo de
guerreros. Naylamp y su gente edificaron un templo llamado Chot, dentro del cual colocaron
una suerte de ídolo de jade verde al que llamaban Llampayec. Es posible que de allí se derivara
la palabra Lambayeque.
Su imagen con alas aparece en la mayoría de tumis y cerámicas la cultura Lambayeque o Sicán.