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La Maternidad Divina de María - Benedicto XVI

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BENEDICTO XVI

AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 2 de enero de 2008

La maternidad divina de María

Queridos hermanos y hermanas:

Una fórmula de bendición muy antigua, recogida en el libro de los Números, reza
así: "El Señor te bendiga y te guarde. El Señor ilumine su rostro sobre ti y te sea
propicio. El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz" (Nm 6, 24-26). Con
estas palabras que la liturgia nos hizo volver a escuchar ayer, primer día del año,
os expreso mis mejores deseos a vosotros, aquí presentes, y a todos los que en
estas fiestas navideñas me han enviado testimonios de afectuosa cercanía
espiritual.

Ayer celebramos la solemne fiesta de María, Madre de Dios. "Madre de Dios",


Theotokos, es el título que se atribuyó oficialmente a María en el siglo V,
exactamente en el concilio de Éfeso, del año 431, pero que ya se había
consolidado en la devoción del pueblo cristiano desde el siglo III, en el contexto
de las fuertes disputas de ese período sobre la persona de Cristo.

Con ese título se subrayaba que Cristo es Dios y que realmente nació como
hombre de María. Así se preservaba su unidad de verdadero Dios y de verdadero
hombre. En verdad, aunque el debate parecía centrarse en María, se refería
esencialmente al Hijo. Algunos Padres, queriendo salvaguardar la plena
humanidad de Jesús, sugerían un término más atenuado: en vez de Theotokos,
proponían Christotokos, Madre de Cristo. Pero precisamente eso se consideró
una amenaza contra la doctrina de la plena unidad de la divinidad con la
humanidad de Cristo. Por eso, después de una larga discusión, en el concilio de
Éfeso, del año 431, como he dicho, se confirmó solemnemente, por una parte, la
unidad de las dos naturalezas, la divina y la humana, en la persona del Hijo de
Dios (cf. DS 250) y, por otra, la legitimidad de la atribución a la Virgen del título
de Theotokos, Madre de Dios (cf. ib., 251).

Después de ese concilio se produjo una auténtica explosión de devoción


mariana, y se construyeron numerosas iglesias dedicadas a la Madre de Dios.
Entre ellas sobresale la basílica de Santa María la Mayor, aquí en Roma. La
doctrina relativa a María, Madre de Dios, fue confirmada de nuevo en el concilio
de Calcedonia (año 451), en el que Cristo fue declarado "verdadero Dios y
verdadero hombre (...), nacido por nosotros y por nuestra salvación de María,
Virgen y Madre de Dios, en su humanidad" (DS 301). Como es sabido, el concilio
Vaticano II recogió en un capítulo de la constitución dogmática Lumen gentium
sobre la Iglesia, el octavo, la doctrina acerca de María, reafirmando su
maternidad divina. El capítulo se titula: "La bienaventurada Virgen María, Madre
de Dios, en el misterio de Cristo y de la Iglesia".

El título de Madre de Dios, tan profundamente vinculado a las festividades


navideñas, es, por consiguiente, el apelativo fundamental con que la comunidad
de los creyentes honra, podríamos decir, desde siempre a la Virgen santísima.
Expresa muy bien la misión de María en la historia de la salvación. Todos los
demás títulos atribuidos a la Virgen se fundamentan en su vocación de Madre del
Redentor, la criatura humana elegida por Dios para realizar el plan de la
salvación, centrado en el gran misterio de la encarnación del Verbo divino.

En estos día de fiesta nos hemos detenido a contemplar en el belén la


representación del Nacimiento. En el centro de esta escena encontramos a la
Virgen Madre que ofrece al Niño Jesús a la contemplación de quienes acuden a
adorar al Salvador: los pastores, la gente pobre de Belén, los Magos llegados de
Oriente. Más tarde, en la fiesta de la "Presentación del Señor", que celebraremos
el 2 de febrero, serán el anciano Simeón y la profetisa Ana quienes recibirán de
las manos de la Madre al pequeño Niño y lo adorarán. La devoción del pueblo
cristiano siempre ha considerado el nacimiento de Jesús y la maternidad divina
de María como dos aspectos del mismo misterio de la encarnación del Verbo
divino. Por eso, nunca ha considerado la Navidad como algo del pasado. Somos
"contemporáneos" de los pastores, de los Magos, de Simeón y Ana, y mientras
vamos con ellos nos sentimos llenos de alegría, porque Dios ha querido ser Dios
con nosotros y tiene una madre, que es nuestra madre.

Del título de "Madre de Dios" derivan luego todos los demás títulos con los que la
Iglesia honra a la Virgen, pero este es el fundamental. Pensemos en el privilegio
de la "Inmaculada Concepción", es decir, en el hecho de haber sido inmune del
pecado desde su concepción. María fue preservada de toda mancha de pecado,
porque debía ser la Madre del Redentor. Lo mismo vale con respecto a la
"Asunción": no podía estar sujeta a la corrupción que deriva del pecado original
la Mujer que había engendrado al Salvador.

Y todos sabemos que estos privilegios no fueron concedidos a María para alejarla
de nosotros, sino, al contrario, para que estuviera más cerca. En efecto, al estar
totalmente con Dios, esta Mujer se encuentra muy cerca de nosotros y nos
ayuda como madre y como hermana. También el puesto único e irrepetible que
María ocupa en la comunidad de los creyentes deriva de esta vocación suya
fundamental a ser la Madre del Redentor. Precisamente en cuanto tal, María es
también la Madre del Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia. Así pues,
justamente, durante el concilio Vaticano II, el 21 de noviembre de 1964, Pablo VI
atribuyó solemnemente a María el título de "Madre de la Iglesia".

Precisamente por ser Madre de la Iglesia, la Virgen es también Madre de cada


uno de nosotros, que somos miembros del Cuerpo místico de Cristo. Desde la
cruz Jesús encomendó a su Madre a cada uno de sus discípulos y, al mismo
tiempo, encomendó a cada uno de sus discípulos al amor de su Madre. El
evangelista san Juan concluye el breve y sugestivo relato con las palabras: "Y
desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa" (Jn 19, 27). Así es la
traducción española del texto griego: εiς tά íδια; la acogió en su propia realidad,
en su propio ser. Así forma parte de su vida y las dos vidas se compenetran. Este
aceptarla en la propia vida (εiς tά íδια) es el testamento del Señor. Por tanto, en
el momento supremo del cumplimiento de la misión mesiánica, Jesús deja a cada
uno de sus discípulos, como herencia preciosa, a su misma Madre, la Virgen
María.

Queridos hermanos y hermanas, en estos primeros días del año se nos invita a
considerar atentamente la importancia de la presencia de María en la vida de la
Iglesia y en nuestra existencia personal. Encomendémonos a ella, para que guíe
nuestros pasos en este nuevo período de tiempo que el Señor nos concede vivir,
y nos ayude a ser auténticos amigos de su Hijo, y así también valientes artífices
de su reino en el mundo, reino de luz y de verdad.

¡Feliz año a todos! Este es el deseo que os expreso a vosotros, aquí presentes, y
a vuestros seres queridos durante esta primera audiencia general del año 2008.
Que el nuevo año, iniciado bajo el signo de la Virgen María, nos haga sentir más
vivamente su presencia materna, de forma que, sostenidos y confortados por la
protección de la Virgen, podamos contemplar con ojos renovados el rostro de su
Hijo Jesús y caminar más ágilmente por la senda del bien.

Una vez más: ¡Feliz año a todos!

Saludos

Saludo a los peregrinos venidos de España y Latinoamérica. Confiémonos a la


Virgen María, para que nos conduzca a su Hijo Jesucristo y nos haga valientes
constructores de su reino en este mundo. ¡Feliz año nuevo!

(En italiano)

A todos los peregrinos de lengua italiana presentes en esta primera audiencia


general de 2008 les expreso un afectuoso deseo de serenidad y bien para el
nuevo año.

Dirijo un saludo especial a la comunidad de los Legionarios de Cristo, que


provienen de diversos países, y en particular a los nuevos sacerdotes y a los
representantes del "Regnum Christi". Queridos hermanos, el misterio de la
encarnación que celebramos en este tiempo litúrgico os ilumine en el camino de
fidelidad a Cristo. A ejemplo de María, conservad, meditad y seguid al Verbo que
en Belén se hizo carne, y difundid con entusiasmo su mensaje de salvación.

Saludo, por último, a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. A
vosotros, queridos jóvenes, os deseo que consideréis cada día como un don de
Dios, que es preciso acoger con gratitud y vivir con rectitud. A vosotros, queridos
enfermos, que el nuevo año os conforte en el cuerpo y en el espíritu. Y vosotros,
queridos recién casados, entrad en la escuela de la Sagrada Familia de Nazaret,
para aprender a realizar una auténtica comunión de vida y amor.

© Copyright - Libreria Editrice Vaticana

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