“La videocámara más difícil de
desinstalar es la que se nos ha
metido dentro”
El escritor y psicoanalista Gustavo Dessal, instalado en España desde
la última dictadura cívico-militar, considera que revisar los conceptos
fundamentales de su práctica, es un ejercicio capaz de dar aire a un
ambiente viciado de jerigonzas, imposturas y fanatismos, por
más heridas narcisistas que se produzcan.Este hombre, que conoce al
dedillo los textos de Freud y de Lacan, que es educado, generoso, que
no anda por la calle acatando, o atacando gratuitamente, tampoco
aceptando cualquier pedido, no olvida la potencia subversiva, en la
actual sociedad de la transparencia, de la invisibilidad.
Dessal nació en Buenos Aires en 1952. Es analista miembro de la
Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP) y de la Escuela Lacaniana
de Psicoanálisis (ELP). Publicó, entre otros libros, Principio de
incertidumbre, Clandestinidad,Operación Afrodita y Demasiado rojo.
Esta es la conversación que sostuvo con Télam desde Madrid, donde
reside.
T : ¿En qué dirección pensar algunas conjeturas para el
psicoanálisis en el siglo XXI?
D : Ayer por la noche una colega de nuestra Escuela dictó una
magnífica conferencia sobre el deseo. Resulta muy interesante volver
de tanto en tanto a revisar los conceptos clásicos, fundamentales del
psicoanálisis, una buena ocasión para encontrar algo nuevo,
:
especialmente si hacemos el esfuerzo de situarnos en la
contemporaneidad que nos toca vivir.
El deseo. Todo un clásico del psicoanálisis, y que Lacan, incluso a
pesar de su teoría del goce, no olvidó jamás. ¿Cómo pensar el
problema del deseo en el siglo XXI? Algo salta a la vista, que no
podemos pasar por alto. Tanto Freud como Lacan definieron el deseo
como inconsciente e insatisfecho. Hoy en día, estos dos términos
tropiezan con el obstáculo de un discurso que se confabula en su
contra. Por una parte, la sociedad de la transparencia ve con muy
malos ojos (¡valga la metáfora!) que algo pueda ser invisible.
El inconsciente ya no despierta en la actualidad el sentimiento
de ofensa narcisista del que hablaba Freud en Las resistencias al
psicoanálisis. Nadie es hoy en día tan necio como para creer que la
conciencia sea capaz de agotar la gigantesca y compleja actividad que
supone la vida mental. Hasta el más mediocre neurocientífico sabe eso.
Otra cosa es aceptar que el deseo no puede hacerse visible ni por la
palabra ni por las imágenes cerebrales; que el deseo humano solo
puede vivir si no se ataca su derecho al misterio y al medio decir.
Por otra parte, tenemos el bendito asunto de la insatisfacción, palabra
de la que actualmente nadie quiere siquiera oír hablar. ¿Insatisfacción?
Eso hiere mucho más la sensibilidad contemporánea que las
observaciones de Freud sobre la sexualidad en la Viena de principios
del siglo pasado. En El malestar en la cultura, texto de 1930, la
civilización se define por aquello que es capaz de limitar y de inhibir.
Hoy día es todo lo contrario: vivimos en la cultura de la satisfacción,
que se exige rotunda, inmediata, absoluta.
:
Ello no significa que sea posible, sino que la desdicha que esa
imposibilidad genera se ha vuelto definitivamente insoportable.
Vivimos en un estado de la civilización que propicia la cobardía moral, y
que ha degradado la falta fecunda del deseo, lo que Freud llamaba la
pulsión de vida. Thanatos no ha nacido en el siglo XXI, pero
actualmente está más contento que nunca con las condiciones tan
ventajosas en la que puede ejercer su viejo oficio.
T : ¿Por qué crees que hay tantas personas que eligen otros modos
de tratar su malestar? El psicoanálisis no creo que esté reservado
sólo a una elite que hará o no el pase. Incluyo a la religión entre
esos otros modos.
D : Desde luego, existen muchas formas de abordar el malestar
humano. La religión ha sido (y continúa siendo) un método por
excelencia. A título personal, estoy tan convencido de la potencia del
método analítico que no necesito aplicarme a la crítica feroz que otros
colegas dedican a las múltiples terapias que existen. En primer lugar,
porque Lacan nos enseñó que el secreto reside en sabercómo actuar
con el propio ser.
Muchos psicoanalistas no lo consiguen, y a veces algunos
psicoterapeutas sí. Por lo tanto, cuando recibo a un paciente que
proviene de alguna experiencia terapéutica anterior, no investigo ni el
método, ni la corriente del tratamiento que ha realizado. Prefiero
preguntarle qué es lo que aprendió en dicha experiencia. La respuesta
me resulta más instructiva que conocer el modo en que la ha
alcanzado.
Y desde luego, el psicoanálisis no está reservado para ninguna elite. En
primer lugar, porque el deseo de saber no existe para nadie, y si acaso
:
logramos hacer surgir una pequeña chispa, esta puede darse en un
aristócrata o en un cartonero. Y no debemos desdeñar la religión, que a
mucha gente le aporta un sostén fundamental en la vida. ¿Con qué
derecho habríamos de oponernos a que existan algunas personas que
se dediquen a salvar almas? Los psicoanalistas deberían preocuparse
más por no sucumbir a esa misma tentación, y sobre todo a no
contribuir a que sus instituciones se parezcan demasiado a la Iglesia. Y
subrayo lo de demasiado. Pretender que no se parezcan en nada ya
está visto que es imposible...
T : Al respecto, Lacan, si entendí bien, forjó, alguna vez, una ley de
hierro: psicoanálisis o religión. En ese caso, la religión gana por
robo.
D : Lacan era lo suficientemente astuto como para comprender que el
verdadero ateísmo es algo muy difícil de obtener. Creer que por
definición el pase nos librará de la creencia religiosa es una ingenuidad.
Podría ser hasta divertida si no fuese porque no tiene gracia.
T : Si el psicoanálisis es una experiencia del ser, ¿están los
psicoanalistas, los que se nombran así, a la altura de semejante
desafío? Consideremos la cantidad de repeticiones y habladurías
que se escuchan en un congreso, las cantidades que ignoran que
la escritura de William Faulkner también es una experiencia del
ser.
D : Sin duda, un psicoanálisis es una experiencia del ser. Eso es
inobjetable. Claro que no es la única, desde luego. No estoy muy
seguro de que los analistas suelan frecuentar a Faulkner. Si lo
hicieran probablemente analizarían mucho mejor a sus pacientes.
Muchos escritores me han ayudado a entender algunos de mis casos
bastante mejor que lo que a veces me aportan los locos literarios,
:
como ironizaba Lacan respecto de la literatura analítica. Pero ¡ojo!, sin
olvidar el deber de la supervisión, y desde luego el principio de los
principios: el propio análisis.
Tu comentario encierra además un dilema muy grave, y hasta cierto
punto insoluble. La soledad del analista suele conducirlo al delirio. En el
extremo opuesto, la comunión con sus compañeros de partido,
produce en demasiadas ocasiones efectos de identificación que
estrangulan los postulados éticos del psicoanálisis. Puesto a elegir
entre un psicoanalista delirante, o un delirio psicoanalítico entre varios,
necesito pensarlo un buen rato.
T : Los psicoanalistas lacanianos no quieren adaptarse, ni
renunciar a sus principios, estructuralmente es una práctica
refractaria al poder. ¿Cómo entender entonces que en la AMP no
esté más Colette Soler, Stuart Schneiderman, Slavoj Zizek, Jean
Allouch? ¿O no son lacanianos?
D : Bueno, que el psicoanálisis sea una práctica refractaria al poder...,
suena muy bien. Lacan inicia su escrito La dirección de la cura diciendo
que el poder que los analistas quieren ejercer traduce una impotencia
para sostener una práctica verdadera. Si empezó de este modo, es
porque sabía que el poder no está en absoluto reñido con la práctica
analítica, o al menos con los analistas. Como lo decía él con su habitual
acidez: mirémonos a las caras.
¿De verdad podemos creer que estamos hechos de otra pasta? Por
otra parte, la ausencia de esos nombres en la AMP responde a
vicisitudes e historias que desconozco en detalle, y que además no
puede explicarse en virtud de una fórmula general. De todos modos,
nunca ha sido fácil que varios amos convivan bajo un mismo techo.
:
¿Por qué habría de serlo bajo el techo del psicoanálisis?
T : Algo incurable habita al ser hablante. En tiempos de vigilancia
global, policía, fundamentalismo, disolución de lo público y lo
privado, ¿cuál pensás qué es el estatuto de la intimidad frente a
esa invasión?, ¿cómo decir no en un mundo que obliga todo el
tiempo a decir sí?
D : Los esclavos romanos solían llevar un cartel colgado del cuello que
decía: Tenemene fucia et revo cameadomnum et viventium in
aracallisti, o sea: Detenedme si escapo y devolvedme a mi dueño. Claro
que en esa época no había cámaras de videovigilancia. Ahora lo
tenemos un poco más difícil, y no necesitamos llevar ese cartelito para
que nos devuelvan a nuestro dueño. Peor aún: nos devolvemos
solos, sin que nadie nos lleve. Después de todo, en eso consiste el
discurso rayado del que hablaba Lacan.
Tu pregunta me evoca el eterno problema del superyo: Freud creyó al
principio que era el policía que soplaba el silbato y nos hacía ¡No! con el
dedo. Al final de su obra se dio cuenta de que era al revés, y eso Lacan
lo pescó al vuelo. Es el policía, desde luego, pero uno muy especial,
porque nos incita a decir que sí. Sí al goce. Más que una incitación, es
un mandato. Como lo dice Zygmunt Bauman: ser hoy un buen
ciudadano es cumplir con los deberes del shopping game. El
psicoanálisis descubrió una cosa muy interesante: el no es una
invención del padre. No ser loco consiste en decir sí al no paterno.
Pero en el siglo XXI las reglas del juego han cambiado. Se puede decir
¡no! al nopaterno, hacerle pito catalán, y sin embargo no estar
completamente loco. Hay síntomas con las que uno se puede arreglar
para solventar ese problema. El neurótico suele quejarse (y es un
:
motivo frecuente para consultar a un analista) de que no sabe decir
que no, que con tal de sentirse amado es capaz de soportar cualquier
cosa. Va a necesitar un tiempito para comprender que soportar
cualquier cosa es un goce que puede rozar el éxtasis, y que debe
librarse de ese goce, y no del Otro al que procura complacer. La
videocámara más difícil de desactivar es la que se nos ha instalado
adentro. Para que se le agote la batería, hay que usar mucho el diván.
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