CUADERNOS DE
ARQUITECTURA
15
Este material tiene fines únicamente académicos.
PROFESOR
PhD. Octavio Montestruque Bisso
Lima, 2021
EL DESIERTO HABITA EN LA CIUDAD | Sebastián Salazar Bondy, 1964
Lima la horrible Y no es enteramente el recuerdo de sus antiguos terremotos, ni la sequedad
de sus cielos áridos, que nunca llueven; no son estas cosas las que hacen de
El desierto habita en la la impasible Lima la ciudad más triste y extraña que se pueda imaginar. Sino
que Lima ha tomado el velo blanco, y así acrecienta el horror de la angustia.
ciudad Herman Melville, Moby Dick, cap. XXVIII
Sebastián Salazar Bondy Imaginad un desierto de arena que se extiende a lo largo del Océano por más
1964 de dos mil millas; a la mitad de esta escuálida costa imaginad un oasis de una
cincuentena de kilómetros, rico en la más lujuriosa vegetación tropical, y en
medio de este oasis una metrópoli incierta, risueña, civilizadísima, aunque
aislada del mundo (A. Barazzoni): así veía Lima, en síntesis sumaria, un viajero
italiano de 1931. Sin duda aquella lujuriosa vegetación tropical la fraguaron
sus ojos con la multiplicidad florida –todo el año humedad del aire ensaya en
Lima renuevos de flores–, y la condición civilizadísima de la capital peruana
la dedujo el forastero del buen trato que mereciera por parte del grupo social
del cual fue huésped, pero descontadas estas dos gentiles y muy meridionales
exageraciones, la descripción panorámica es justa. Pero ninguna ciudad es
únicamente su marco geográfico ni simplemente su paisaje urbano, sino
sus gentes, y si el primero es prácticamente inconmovible y actúa sobre la
materia humana modelándola mediante prolijos golpes, el segundo es como
una caligrafía en cuyos rasgos es dable descifrar la incógnita de un espíritu
colectivo, de una cultura que suma y condensa individualidades, clases y
épocas. El medio natural influye en los hombres y los hombres le replican en
urbanismo y arquitectura. En el intercambio, lo humano, que es lo que nos
interesa, queda inscrito documentalmente. Y Lima –naturaleza y ciudad– es
así: una tregua en el arenal, un latido en la soledad, una sonrisa en la adustez
de cielo y tierra. Un dicho popular español la consagró como el postrer hito
visible del universo: lo inaccesible y distante está, según él, más lejos que Lima.
Desde la altura el oasis limeño no es, como sería normal suponerlo, un esguince
verdeante en el yermo: creeríase contemplar una ciudad en ruinas que acaba
de ser destruida por una gran catástrofe. Esas casas bajas con techos chatos
cubiertos con una capa de barro, y los gallinazos calvos y de lúgubre plumaje que
coronan las techumbres, contribuyen a hacer más completa esta ilusión (Ernest
Grandidier). Y tal como lo advertía este visitante de mediados del XIX, la
Referencia bibliográfica
Salazar Bondy, S. (1974). El desierto habita en la ciudad. En S. Salazar Bondy, Lima la contempla el que por avión llega hoy mismo a ella, ya que si, en efecto, en el
horrible [1964] (pp. 93-106). Lima: Peisa casco central de la ciudad aproximadamente la mitad de las terrosas azoteas
3
CUADERNOS DE ARQUITECTURA | 15 EL DESIERTO HABITA EN LA CIUDAD | Sebastián Salazar Bondy, 1964
han sido reemplazadas por el cuadro superior de los cubos de concreto de la
edificación moderna, las barriadas populares chorrean paralelas al río desde
los cerros eriazos y melancólicos el terral de su miseria, y cercan por otros
puntos la urbe con su polvo, su precariedad, su tristeza. Y aunque el techo
limeño –plano porque la ausencia de lluvias nunca obligó a nadie, salvo a
los esnobistas, a coronar las casas con la doble vertiente– tiene su literatura,
nada lo libra de su fealdad, ni siquiera el amor de los niños que, al modo del
desván del entretecho de otras latitudes, lo disfrutan como misterioso país de
sus juegos mágicos. El desierto se instala en aquellos espacios de cara al cielo,
entre los débiles paramentos de yeso y las trémulas palizadas medianeras, y
no lo vencen las voces infantiles ni la alharaca de gallinas, perros, gatos y
otros animales –entre los que ya no se cuenta al ilustre gallinazo– que en
aquel predio tienen su sede y su desahogo.
Y pues no hay ahí posible vegetación, porque pronto descaece y muere,
sólo se trata de una breve planicie, interrumpida por las ventanas teatinas
que recogen el aire del Sur y por las farolas o tragaluces que ciernen el día,
destinada a pudridero doméstico. El colchón despanzurrado, los diarios viejos,
las botellas vacías, los muebles cojos y de herido tapiz hallan en el techo, a la
intemperie, la tenaz garúa, el polvillo flotante, la fría neblina. Acaban todos
juntos por uniformizarse, descoloridos, con el borrón pringoso del contorno,
y pese a mucho esfuerzo poetizador –dentro del cual un magnífico cuadro
de Ricardo Grau titulado El ángel del techo es representativo– nunca dejan de
ser lo que desde una cima cercana o desde la nave aérea se ofrecen siempre al
ojo extraño. Es decir, un conglomerado cenizo que continúa los monótonos
médanos según un ritmo urbano propio.
Como la ciudad fue trazada a cuadrícula, proyectada por un aritmético sin
imaginación en un papel liso (117 manzanas de 450 pies de lado), siguiendo
esa pauta la continuaron las siguientes generaciones no se sabe por qué
enemigas de la curva y, en cambio, satisfechas del mandato sin ondulaciones
del terreno. Por eso es que aunque la mayoría de los recién venidos elogió
siempre los balcones, los miradores, las torres, la coquetería del afeite
arquitectónico, asimismo deploró, casi unánimemente, la rectilineidad del
plano. Este, si nos atenemos a la autoridad de Lewis Mumford que atribuye
carácter militar a semejante disposición urbana, queda explicado por la
La Casa de la Tradición
César Revoredo Martínez (propietario) circunstancia bélica que rodeaba a las fundaciones de Pizarro y su gente,
1960 pero sólo la beatería hacia la obra del capitán extremeño da razón de por
4 5
CUADERNOS DE ARQUITECTURA | 15 EL DESIERTO HABITA EN LA CIUDAD | Sebastián Salazar Bondy, 1964
qué después, y aún durante regímenes estrictamente civiles, la orientación,
según la norma inicial, y en el sentido del eje Norte-Sur tal vez debido a
un plan subconsciente (Aurelio Miró Quesada), fuera constante y aún
empecinada. Es evidente con relación a la Lima de antaño y hogaño que
Sus casas en calles curvas producirían un efecto imprevisto (Charles Wiener),
mas la rutina buscó su compensación y, a despecho del alineamiento, surgió
la envanecida construcción limeña. La rigidez impuesta por la fatalidad
fundadora quiso ser burlada por el gusto palaciego: el desierto puso su
impronta en el tiro de las calles, mas en vano lo trató de contradecir, con
pompa y ornamento, el cortesano triunfante.
El gusto limeño es el asimétrico, el extrovertido, el sensorial, o sea, el que
se manifestó en los adornos de dentro y fuera de la mansión, el palacio, el
convento y el templo. De tal manera, la ciudad oteada desde lejos –como se
la ve en tantos grabados– simuló una población morisca de bulbos y encajes,
tal como si fuera una fiel réplica de Damasco o de Bagdad (José Sabogal),
y habitada luego, en gracia del familiar hospedaje, dio pábulo al hallazgo
de consanguíneos parentescos con Andalucía, de la que, sin embargo, una
mente tradicionalista la consideró reflejo borroso y pálido… disfrazado y
contrahecho (Riva-Agüero). El plateresco y el barroco se ablandaron aquí –
también, por cierto, los otros estilos sucesiva y arbitrariamente importados–,
pues merced a la carencia de material sólido (piedra o mármol) tuvieron
los proyectistas que resignarse al ladrillo, a la madera, al yeso y sobre todo
a la quincha (tabiques de madera forrados con caña y enlucidos con barro.
Héctor Velarde). Aquellos afamados patrones resultaron así sólo una surtida
combinación de pastelería.
Los célebres balcones –corridos, cerrados, encajonados, esquineros–, que
tanto cuidado merecen hoy de parte de los generosos y románticos limeñistas
que tan justamente reclaman protección para esas reliquias, son raros pero
no bellos, son notorios pero no excelentes. Es precisa, pues, la descripción
que un observador contemporáneo hace de ellos: Uniformemente revestidos
de un pardo chocolate, no ofrecen sino la apariencia incongruente de grandes
aparadores de vidrio colgando fuera de las casas, donde parece que no hubieran
podido ser introducidos (Michael Berveiller). Tampoco las ventanas de reja
–a diferencia de las de Trujillo– son dignas de una particular exégesis. No
La Casa de la Tradición
César Revoredo Martínez (propietario) supieron los limeños, sus alarifes primero y sus arquitectos después, encontrar
1960 como querían, para negar al desierto, una arquitectura con la substancia propia
6 7
CUADERNOS DE ARQUITECTURA | 15 EL DESIERTO HABITA EN LA CIUDAD | Sebastián Salazar Bondy, 1964
del asiento, como lo habían hallado –H. Buse lo ha podido demostrar– los
habitantes prehispánicos de la región. Prefirieron remedar con lo insuficiente
los modelos que en las pupilas traían los inmigrantes y que imaginaban por lo
indicios de una lámina quienes aquí habían nacido. Y el pastiche se hizo –cosa
difícil– como quien hace de tripas corazón. Así quedó eso: palacetes y basílicas
desafiantes a las que hacía danzar o descuajaba el temblor al compás de sus
remezones, nobles casonas almidonadas cuya mampostería la polvareda y
el aguaje jaspeaban de moho, monumentos presuntuosos cuyos retorcidos
alamares perdían con los años la costra superficial desnudando la humilde
osatura. El barroco limeño, estilo medio, bastardo, cuyo ideal armoniza muy
bien con una tendencia del alma criolla, la decoración ostentosa (Carlos
Wiesse), fue de utilería, como conviene a su sentido más bien escenográfico
(Héctor Velarde).
Velarde ha señalado lo más característico que de cada centuria sobrevive
en la arquitectura civil de Lima: de los siglos XV y XVI, la Casa de Pilatos,
el ejemplar de mansión solariega más antiguo que se conserva, en el cual
excepcionalmente priva una sobria autenticidad; del XVII, el Palacio de Torre
Tagle, donde con el barroco se alternan y practican la confusión los aportes
andaluces, moros, criollos y aun asiáticos; del XVIII, la Quinta de Presa,
en la que la residencia campestre limeña se transforma en “petit chateau”
versallesco… pero con gruesos perillones mestizos y anchos maceteros como
tinajeras de barro. En resumen, el caos, el no-estilo. Pero la mescolanza
prolifera en el XIX y el XX en que la ciudad de acuerdo al ordenado esquema
de José García Bryce, se disfraza de clasicismo a veces pompeyano –con
ornamentos fabricados en serie–, en una primera etapa; se hace académica,
en una segunda: estalla en casas tudor, suizas, californianas y neo-coloniales,
en una tercera, y desemboca al fin, en una cuarta, en el famoso estilo buque o
en el no menos susceptible de abominación abusivamente apodado futurista
o cubista. Durante la era republicana lo que la efigie de Lima perdió en cuanto
a monotonía ocre y terrosa de páramo, lo recuperó con la grisura del cemento,
que si bien no incuba podre tampoco admite pátina de ninguna nobleza
colorística. De la ciudad rectilínea pero exultante de aderezos –falsos aunque
pintorescos– hemos venido a parar en una ciudad moderna con idéntico
trazado geométrico mas sin los rizos, encrespamientos, salientes, molduras,
La Casa de la Tradición
César Revoredo Martínez (propietario) abovedados y distorsiones que inspiraron un memorable insulto: soltera de
1960 ochenta años (Federico More).
8 9
CUADERNOS DE ARQUITECTURA | 15 EL DESIERTO HABITA EN LA CIUDAD | Sebastián Salazar Bondy, 1964
Todo este rodeo tiene aquí como objetivo derivar de la condición delusoria
de la arquitectura colonial, a la cual se acostumbra otorgar tantos títulos
gloriosos, el hecho incontestable de que no fue sino un barato contrapeso a
la uniformidad del marco geográfico y a la pobreza de fantasía urbanística
de los conquistadores. Equivalencia, además, también tediosa y monocorde,
pues no significó creación sino mera rapsodia, mero hilván, mero simulacro
sin futuro. Por eso no trascendió: la tiraron abajo los sismos, la putrefacción,
la polilla, los alcaldes. No valió nunca gran cosa, pero el mito no iba a reparar
en tan minuciosa distinción cuando comenzó a embaucarnos. Más bien
convirtió a la arquitectura limeña, porque así convenía el gran infundio,
en mirífica conjugación de oro y ventura, en deslumbrante radiación que,
aun perdida, podía reaparecer en la pantomima como un sol paradisíaco. El
invento del estilo neo-colonial no fue por ello, ni con mucho, la revalorización
de un patrimonio (José García Bryce). Por el contrario, el esfuerzo por salvar
el virreinato y sus formas de toda insurgencia sustantivamente nacional
también tuvo arquitectura. A la Arcadia Colonial no le interesó otra cosa que
la actualización del ayer, volviendo para ello de revés al tiempo, porque el
tiempo que deviene sin controversia pasatista pone en evidencia más y más
que la humanidad –y el Perú, y Lima– quiere y requiere una revolución.
Considerar el neo-colonial como búsqueda del patrimonio es igual que
conceder un mínimo de valor a experimentos típicamente retrógrados –a más
de desquiciados– como el de la llamada Casa de la Tradición: El fenómeno
merece un párrafo aparte.
En un barrio residencial y tras los artificios de una mansión neo-colonial
descabalada, se esconde una réplica de la Plaza de Armas, tradicional, de
sus edificios religiosos y cívicos, de su fuente, sus faroles, sus bancas y sus
árboles, todo dentro de una escala pueril y como taimada exhibición de
fachadas, portales y balcones. Es ese demencial juguete una especie de postal
corpórea, al parecer de unos, de maqueta o decoración teatral, de acuerdo
a otros, en donde se violenta tanto la realidad, mediante la fábrica hechiza
y la enana desproporción, que envuelve a sus habitantes y huéspedes en un
clima de pesadilla. El conjunto oprime la perspectiva habitual del ojo humano
o quiebra la lógica con desarmonía exigente. ¿Con qué fin el propietario
levantó tan peregrina réplica, a la que hizo nombrar “Casa de la Tradición”?
La denominación lo dice todo: intentaba aquel ingenuo rescatar del fondo
La Casa de la Tradición
César Revoredo Martínez (propietario) irreversible del tiempo la colonia, cuyo corazón fuera, en cierto modo, aquel
1960 espacio oficial y público. El mismo mecanismo, en esencia, que movió a
10 11
CUADERNOS DE ARQUITECTURA | 15 EL DESIERTO HABITA EN LA CIUDAD | Sebastián Salazar Bondy, 1964
ciertos arquitectos a reconstruir la misma plaza magnificando los edificios y
tornándolos pesada y agresivamente coloniales, como nunca nadie los vio.
Por la ampliación o por la reducción, en algunos tradicionalistas, debido a
una incontrolada neoplasia de la nostalgia, actúa la voluntad de situar su sueño
retroactivo para poseerlo o para ser poseído por él. En tal extremo, el amor
linda con la paranoia.
En la arquitectura ha regido la misma quimera de la dicha perdida de otros
órdenes, y se ha pretendido retrotraer el pasado al presente para anular de éste
lo que posee como apuesta de la esperanza, lo que constituye como puerto de
partida hacia nuevos horizontes. Aquí, en este campo, sin embargo, el medio
geográfico tiene su fuero. Así como la pampa se presenta atravesando el asfalto
de Buenos Aires, según previene Jorge Luis Borges, el arenal rompe en Lima
la vestimenta citadina y asoma por entre la arrogancia de la construcción lábil
y quebradiza. Podemos leer en las calles de Lima, en los rasgos de su perfil
urbano, que si bien los ensoberbecidos limeños quisieran superar la fatalidad
de la plana topografía y del cuadriculado militar por ella dirigido, lo han
hecho, no persiguiendo su razón histórica, su destino, sino inventándose a sí
mismos conforme a un modelo sonambúlico que la realidad refuta y refutará
siempre, sin piedad. Como un dibujo en la carretera, en el Kakemono de la
Panamericana, como ha escrito Lavinia Riva, Lima está en el desierto –El Perú
La Casa de la Tradición
César Revoredo Martínez (propietario) es un país de desiertos, sin continuidad de medio habitable (Emilio Romero)– y
1960 el desierto, como un fantasma, habita en la ciudad.
12 13
COMENTARIOS DE LA CÁTEDRA | Octavio Montestruque Bisso
¿POR QUÉ ES A pesar de tener más de cincuenta años de antigüedad, en el ensayo
de Sebastián Salazar Bondy, Lima la horrible, podemos aún encontrar
IMPORTANTE características de la ciudad actual. La lectura que hace el autor es
una radiografía crítica de un momento de desborde urbano, tanto en
ESTE TEXTO? la extensión de la ciudad como en el crecimiento de su población.
Esto conlleva a una situación de descontrol en diversos campos: de la
arquitectura, de la cultura, de la sociedad, etc. La propuesta de Salazar
Bondy, a pesar de ser nostálgica termina siendo propositiva en la
medida que la crítica realizada es un reclamo de modernidad sobre la
situación de la metrópoli.
El escritor hace además un preciso repaso por los estilos arquitectónicos
de Lima. Con agudeza logra dar una postura sobre cada uno de ellos
y relacionarlos además con ciertos sectores de la sociedad, bastante
conservadores. Las comparaciones también son frecuentes, lo que
ayuda a esclarecer una imagen que se estaba construyendo en
aquellos años. En este capítulo, Salazar Bondy propone la idea del
desierto como característica cada vez más notoria en Lima. El desierto,
sin embargo, no es paisaje ni naturaleza, es más bien una analogía a la
situación social y urbana del Perú, tomando como base su capital.
La idea de desierto como una categoría conceptual más que
paisajística resulta estimulante y provocadora, logrando abrir las
puertas a nuevas interpretaciones sobre el significado mismo de este
concepto. Esto, sobre todo, en un momento en el cual el desierto –
material e inmaterial– es algo aparece en nuestro día a día. El proceso
de desertificación de Lima no es únicamente un proceso natural, sino
también la consolidación de una idea social y cultural.
15
CUADERNOS DE ARQUITECTURA | Textos seleccionados y comentados para enfrentar la investigación del proyecto | Octavio Montestruque Bisso | Lima, 2021
15