Volume One - Staci Hart
Volume One - Staci Hart
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HARDCORE #1
Staci Hart
La presente traducción ha sido llevada a cabo sin ánimos de
lucro, con el único fin de propiciar la lectura de aquellas obras
cuya lengua madre es el inglés, y no son traducidos de manera
oficial al español.
¡Disfruta de la lectura!
Créditos
Florpincha
Florpincha Emotica G. W
Lucía Winchester Lili-ana
Lovestory 4
Dai
ZombieQueen
Contenido
Créditos
Contenido
Sinopsis
Bang, Bang, Pow.
El diablo conocido
Tómalo con calma
Ciclos y prioridades
Haz lo que tengas que hacer
La vista desde aquí
5
Lo que es
El camino de salida
Hardcore
Sobre la autora
Sinopsis
Cory James nunca ha conocido una vida en la que no estuviera corriendo.
Huyendo de los policías, de su casa, de su pasado. Corriendo del amor. La única
vez que es libre, es cuando se lanza la capucha y va a los tejados para convertirse
en una parte de Nueva York, para subir a un lugar en la ciudad en la que no se
siente sola.
El robo es nada, mentir inevitable, son subproductos de la supervivencia. Una
forma de proveer para ella y para su hermana menor, Jill; y darle la vida que Cory
no pudo tener. Durante cinco años, Cory creó una larga fila de tambaleantes fichas
de dominó, una por una, elección por elección.
La reunión con Van es la primera ficha de dominó cayendo, y una vez que
choquen entre sí, es solo una cuestión de tiempo antes de que todo su mundo esté
en peligro de desmoronarse. Ella puede decirse a sí misma, una y otra vez, que no
le importa, pero es una mentira. Lo sabe que desde la primera vez que dice su
nombre, pero no puede dejarlo entrar, no cuando tiene un trabajo que hacer, un
trabajo que podría destruir su vida. Uno en el que tendrá que traicionar a Van para
terminarlo.
Él la seguirá a cualquier altura que ella pueda escalar, pero ella solo puede correr 6
durante un tiempo antes de que tenga que elegir
Bang, Bang, Pow.
La vida es una serie de eventos y relaciones, encadenada por la conveniencia
y la supervivencia.
Había estado sola durante tanto tiempo que no sabía cómo cuidarme, no
podía encontrar un punto en querer más de lo que tenía. Si no sabes lo que te
pierdes, no tienes nada que perder. Pero al segundo que lo sabes, el momento en
que lo pruebas, no se puede volver atrás.
Años de opciones se arrastraban detrás de mí como vidrios rotos, llevándome
a donde estaba de pie, actualmente estaba en una pequeña tienda de electrónica en
el barrio Hell’s Kitchen, llenando mi mochila color negro con memorias RAM y
tarjetas gráficas bajo la luz LED enganchada en mi oído.
—Tres minutos —gritó Jade desde el otro lado de la tienda oscura, la voz
ahogada debajo del suéter negro que se extendía sobre la nariz, la boca y el cuello.
Me moví por el pasillo y agarré pilas de cajas de tarjetas de memoria,
lanzándolas al lado de un par de cámaras y una MacBook.
—Listo. —Arrojé mi linterna en la mochila y subí la cremallera.
—Yo también —contestó Erin detrás de mí. 7
—Vámonos —dijo Jade, y me puse mi mochila.
Me giré hacia Erin, quien levantó una ceja. Ella era una columna de tonos
negros, desde las botas hasta su capucha. La única piel visible se mostró alrededor
de sus brillantes ojos azules cuando sacudió su cabeza hacia la salida trasera.
Jade estaba en el pasillo con los ojos fríos cambiando de su reloj a la tienda, la
impaciencia en su voz gruesa.
—Vamos, perras.
Morgan y Cher trotaron de entre los pasillos hacia nosotras, su diferencia de
altura casi cómica. Cher estaba en algún lugar del metro y medio con curvas por
todas partes, mientras Morgan se elevaba en un metro ochenta y era tan delgada
como alta.
—Contrólate. —Morgan estrechó los ojos.
—Jódete. —Jade se giró hacia la puerta, sin importarle si la seguíamos o no.
Salimos al frío callejón con el sonido de las sirenas y nos miramos la una a la
otra durante una fracción de segundo. Entonces echamos a correr.
Jade corrió hacia una pared y tomó una escalera de incendios, y todas las
demás la siguieron, trepando por la estructura de hierro como monos.
—Solo los maricas usan escaleras —grité, mirando un contenedor de basura
en la esquina del edificio. Me quité los guantes, metiéndolos en el bolsillo cuando
corrí hacia él y salté, luego salté a una ventana por encima de mí. Mis dedos de los
pies sosteniéndose en el ladrillo, y me levanté desde el alféizar a la cornisa hasta
que alcancé el tejado. Mis botas golpearon la grava con un crujido, mientras me
dirigía a nuestro apartamento con mis amigas gritando detrás de mí.
Habíamos estado corriendo juntas durante diez años, desde la secundaria,
pero solo habíamos pasado la mitad de ese tiempo robando. Todo había
comenzado inocentemente, colocándonos en edificios abandonados para hacer
parkour1 y pintar grafitis, que era más pasatiempo de Jade que mío. Trepar
libremente y correr, empujando mi cuerpo para ver hasta dónde podía ir, qué tan
alto podía subir... fue un escape bienvenido.
Jade era práctica con las ganzúas, y podía hacernos pasar las alarmas, por lo
que cuando el hermano gemelo de Jade tuvo la idea de empezar a irrumpir en las
tiendas de electrónica, fue dinero fácil. Había tantas cosas pequeñas que
podríamos meter en una mochila y deshacernos de ellas sin riesgo real de ser 8
rastreados. Y nunca nos habían atrapado.
Morgan me pasó muy fácilmente con sus piernas kilométricas, y vi su espalda
mientras saltaba de una pared corta al siguiente techo. Cuando salté detrás de ella,
los vi.
Un grupo de chicos estaban corriendo libres a través del callejón donde
estábamos. Uno de ellos gritó, sonriendo alegremente, y Jade se dio la vuelta a
medida que salía en la dirección opuesta. Un par de las chicas se habían quitado
los pañuelos para que fuera más fácil respirar, pero se los colocaron tan pronto
como se dieron cuenta de que los chicos nos estaban persiguiendo.
Ninguna se volvió para mirar, simplemente empujamos con más fuerza, pero
en cuestión de minutos, escuché sus pisadas. Miré por encima del hombro para
encontrar las sombras de cinco chicos, todos ellos riendo y llamándonos.
23
Tómalo con calma
Desperté con el sonido de risas y me moví, deslizando mis manos debajo de
la almohada, contenta y relajada. Mi cuerpo dolía, un ardor lento a través de mis
piernas, y por una fracción de segundo, no podía recordar por qué. Pero la noche
anterior regresó de prisa, desde la tienda hasta la persecución y todo lo demás.
La confusión se retorció dentro de mí, y tomé un respiro, tratando de
desenredar mis emociones. Había terminado tan pronto como comenzó, y nunca lo
volvería a ver. Solo un segundo en mi vida. Un incidente pasajero. Una
irregularidad súper caliente.
Mi bostezo prácticamente trastornó mi mandíbula, y me estiré, girando las
caderas mientras buscaba mi teléfono en la mesilla de noche de Erin. Encontré un
mensaje de mi hermana menor, Jill.
¿Nos vemos esta tarde?
Por supuesto, respondí, y mi teléfono vibró de nuevo casi inmediatamente.
Increíble. No puedo esperar.
Sonreí y envié un mensaje de vuelta.
¿No deberías estar escuchando a la hermana Mary? Estoy segura de que tiene alguna 24
información súper importante y relevante sobre cálculo a la que deberías prestar atención.
Cooooorrecto. Si hubiera sabido que cálculo es todos los días. Ahora deja de
enviar mensajes antes que me metas en problemas.
Apaga el teléfono.
¡No me digas que hacer!
Resoplé. Está en la descripción del trabajo. Más tarde, mocosa.
Adiiooós.
Tiré el teléfono en la cama y me deslicé fuera de las sábanas. El hormigón frio
bajo mis pies mientras caminé por la habitación hacia la cómoda de Erin para
buscar unos leggins. No había ritmo o razón para sus habilidades de organización,
solo montones de ropa negra dentro de cada compartimiento. Me tomó siglos
encontrar unos y colocármelos, agarré mi teléfono, luego me dirigí a la cocina.
Todas estaban sentadas en la mesa desayunando, y todas sonrieron cuando
entré. Bueno, Jade se burló un poco, pero fue más de lo que cualquiera de nosotras
podía esperar.
La conversación fluyó a mi alrededor mientras me servía café y tomaba
asiento en el banco junto a Cher, quien me dio un plato y deslizó un bagel en él.
Ella era nuestra diminuta figura de madre, una pequeña rubia curvilínea con largo
cabello rizado y ojos marrones. Cada mañana, despertaba antes que todos y
preparaba el desayuno. De hecho, era la única que alguna vez cocinaba o vaciaba
la basura del baño. El resto de nosotros podía esperar que llegara a ese punto
donde había sido aplastada tanto que incluso la más mínima perturbación
resultaría en una pequeña avalancha de bastoncillos y bolas de algodón.
Extendí una obscena cantidad de queso crema en mi bagel mientras Morgan
reía y cruzaba sus largas piernas debajo de ella. Era la más alta de todas, incluso
jugó baloncesto en la secundaria.
—Perdí al mío en la 42. Salté un hueco entre dos edificios, y se asustó
demasiado. Miré hacia atrás y él simplemente estaba de pie al otro lado, mirando
por encima de la cornisa como un idiota.
—Tipos de mierda. —Jade sacudió su cabeza—. El mío no era lo
suficientemente rápido para mantener el ritmo. Qué novedad, ¿verdad?
Miré hacia la cabecera de la mesa donde estaba sentada. Realmente era 25
preciosa, con una coqueta nariz y labios gruesos, piel blanca lechosa y helados ojos
azules. Pero su actitud era como un bate de béisbol envuelto en un alambre de
púas, y nunca dejaba de lanzar golpes.
Cher sacudió la barbilla hacia mí y arrancó un trozo de su panecillo.
—¿Qué hay del tuyo, Cory? ¿Cómo lo perdiste?
Erin me disparó una mirada, y tragué el bocado en mi boca como una roca.
—Me escabullí por todas partes, pero no pude deshacerme de él hasta un par
de cuadras de distancia. No fue fácil de perder. —Era bastante cierto.
—Como sea —dijo jade, y se sentó nuevamente, sin importarle lo que tuviera
que decir—. Jace debe regresar pronto con el dinero. Tengo otro trabajo para
nosotras esta noche.
La ceja de Morgan se levantó.
—¿Tan pronto?
—Sí, es demasiado bueno para dejarlo pasar. Acaban de recibir un embarque
—Jade tomó un trozo de bagel y habló—: Mi informante dice que tienen sensores
infrarrojos, sea lo que sea que eso signifique —dijo, sobre todo para mí.
—Sí, no hay problema —respondí.
—Te daré la dirección así puedes ver eso antes de esta noche. Nos iremos de
aquí a medianoche, así que asegúrense de tener todo antes —dijo Jade, terminando
la conversación.
La puerta del loft se abrió, y Jace caminó luciendo engreído. Se detuvo junto a
Jade y sacó un sobre de su chaqueta, luego contó cientos en pilas mientras todo el
mundo esperaba, conversando en voz baja.
—Tres mil para cada una —dijo, mientras caminaba alrededor de la mesa,
colocando las pilas frente a cada una de nosotras. Nadie le dio las gracias.
—¿Ya les has dicho acerca de esta noche? —preguntó Jace a Jade, como si no
estuviéramos sentadas allí en ese momento.
—Sí, está en marcha.
—Bien. —Miró por encima de nosotras—. A hacer dinero, perras.
Todas en la mesa pusimos los ojos en blanco, y todos nos dispersamos.
Agarré mi café y dinero, y cuando llegué a mi habitación, cerré la puerta y me
senté en la cama, colocando mi taza en la mesita de noche. 26
Conté el dinero y busqué mi caja de seguridad bajo la cama para añadirlo a
mi escondite. Casi todo lo que necesitada podía ser pagado con dinero en efectivo,
comida, ropa, tarjeta del metro, teléfono. Pagamos el alquiler y servicios a Jade,
quien pagaba las facturas del loft tras el lavado de dinero a través de los negocios
encubiertos de Jace. La mayoría no tenía ningún gasto real, pero yo tenía a Jill.
Durante el verano, había guardado unos veinte mil dólares en mi caja de
seguridad para pagar la escuela privada de Jill. Quería darle cada oportunidad,
todas las oportunidades que no tuve, y el dinero que hacía con Jade me permitía
hacer precisamente eso. Jill no lo daba por sentado, sin embargo. Trabajaba duro,
estaba en el cuadro de honor y el consejo estudiantil. Era ambiciosa.
Mi teléfono zumbó, y lo recogí para encontrar la dirección de la tienda para
más tarde. Suspiré mientras flexionaba mi espalda y crujía mi cuello, todavía
cansada de la noche anterior. Pero no le diría eso a Jade, y el dinero nunca hacía
daño. Todo iría al fondo universitario de Jill, que estaba constantemente subiendo
a una cantidad que pronto pagaría su título prácticamente en cualquier escuela que
eligiera. Aguantar la mierda de Jade era un pequeño precio a pagar por ello.
Jade y yo habíamos sido amigas, una vez. Curiosamente, su descaro y lo
perra que era fue lo primero que me cautivó. No daba una mierda, decía lo que
pensaba. Conecté con eso. Las personas como ella valen, y fue reconfortante
encontrar otro extraño, a pesar que nuestros métodos no eran los mismos. No pasó
mucho tiempo para que atrajéramos a las demás, y por años, fuimos felices y
realizadas. Podría haber sido el único momento en mi vida en el que sentí como si
tuviera una familia.
No era que no considerara a Jilly mi familia. Es solo que, con las chicas, sabía
que alguien cubría mi espalda. Ofrecían un cierto nivel de protección y comodidad
que no tuve en casa, y con Jill, era quien proporcionaba eso para ella. No había
nadie para devolverlo. Mis padres no se preocupaban lo suficiente para siquiera
fingir.
Pero existía una sólida pared entre todo el mundo y yo, incluso con Jill y Erin.
Nadie entraba. Nadie podía ver lo que había detrás de ella.
Una vez que nos graduamos y mudamos juntas, algo cambió, un cambio
ligero en nuestra dinámica. Jade se hizo cargo cada vez más a menudo, y yo era la
única que podría expresar cualquier nivel de disidencia cuando ella apretaba y
empujaba. El hecho la enojó, abrió una brecha entre nosotras, como si al no estar de 27
acuerdo con ella, retaba su estado alfa. La cosa es, Jade nunca había sido una alfa,
no realmente, solo juega a ello, lo desea. Pero no tiene lo que se necesita para
liderar verdaderamente.
El verdadero clavo en el ataúd fue el segundo en el que Jace entró. Eso fue
todo. Jade era oficialmente la líder, la jefa de las operaciones, y se esperaba que
hiciéramos lo que dijera. Encontraba los trabajos, Jace conseguía el dinero, y todos
éramos herramientas para ella, mulas de carga. El respeto se fue por la ventana,
pero el dinero era demasiado fácil. Ninguna se preocupaba lo suficiente para joder
una buena cosa, y yo menos.
Pero no duraría para siempre, a pesar de que por mucho tiempo la vida había
sido estática, una línea plana de repetición diaria, trabajando para ahorrar,
ahorrando para la meta. En algún momento, se terminaría. Jilly se graduaría de la
universidad, o tendría ahorrado lo suficiente para pagar por ella. Un día no tendría
una razón para quedarme. Sería libre.
Simplemente no sabía cómo ser libre.
•••
Esa tarde, me apoyé en la pared cubierta de hiedra con mis manos en mi
chaqueta, hojeando el sobre con dinero en efectivo adentro. La campana sonó en el
antiguo edificio detrás de mí, y me aparté de la pared, mirando a través de los
peldaños de la puerta de hierro fundido para ver a niños con uniformes
desbordarse fuera del edificio como hormigas, una masa de adolescentes
moviéndose como una sola unidad.
Jill me encontró casi de inmediato y sonrió con su cola de caballo negra
balanceándose detrás de ella, mejillas rosadas y brillantes ojos verdes. Era una
versión más joven mía, y era como mirar en un universo alternativo mientras
agarraba sus libros contra su pecho y serpenteaba su camino alrededor de la gente.
Me dio un abrazo.
—Hola —dijo con un apretón.
—Hola, Jilly. —Apreté su espalda, sonriendo mientras me separaba—. ¿Cómo
estuvo la escuela? —pregunté cuando empezamos a caminar.
Se encogió de hombros.
—Lo mismo de siempre. Inglés avanzado está matándome lentamente, pero
sobreviviré. ¿Cómo es la angustiosa vida de una mensajera en bicicleta y
aficionada a las acrobacias? ¿Algunas experiencias cercanas a la muerte
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últimamente?
Reí.
—Nada importante. —Mi sonrisa cayó—. ¿Cómo están las cosas en casa?
Jill miró hacia sus zapatos de tacón bajo.
—Sabes cómo es. Paso la mayor parte de mi tiempo en casa de Sarah. Me
quedo fuera del camino de mama y papá, y ellos se quedan fuera del mío.
—Solo recuerda —dije de forma espectacular.
—Al menos no fueron tía Gina —recitamos y reímos.
—Lo sé, lo sé. —Jill hizo un gesto con la mano—. Vivir con esa borracha loca
habría sido mucho peor que padres que no se preocupan por sus hijos. Al menos
no abusaban de nosotras. Solo nos ignoraron.
—Como esa vez que aterricé en el reformatorio por irrumpir en ese viejo
centro comercial en Jersey y mamá me dejó allí, sin ni siquiera una llamada
telefónica.
—Bueno, resultaste bien, y yo también.
Mi corazón dio un vuelco.
—Pequeños milagros. No puedo decir que no disfruté la libertad cuando
tenía tu edad. —Por todo el bien que me hizo—. Acabo de pagar la matrícula para el
semestre, por lo que ya estás lista. Te traje un poco de dinero también. ¿Me
necesitas para comprarte algo de licor? —le entregué el sobre con una sonrisa.
—Dios, eres tan liberal, ¿lo sabes? —Sacudió la cabeza mientras lo tomaba y
abría su mochila para poner el dinero en un bolsillo—. Creo que estoy bien en el
consumo de alcohol. Nunca entraré a Stanford si me arrestan a los dieciséis años.
—Te sorprendería lo que estarían dispuestos a pasar por alto por notas
sobresalientes y matrícula en efectivo.
Rio, mostrando su sonrisa de megavatios, y el impulso de alejarme se deslizó
sobre mí. Estar con Jill siempre era confuso, justo como tratar de darle sentido a las
vides serpenteantes y retorcidas que cubrían la pared junto a la que caminábamos.
Cada hoja era una elección que había hecho, un deseo que tenía, una sensación que
empujaba hacia atrás para marchitarse en la sombra. Amaba a Jill y quería estar allí
para ella, pero no podía dejarla entrar, no podía dejar que me viera, no cuando no
podía darle sentido a nada de ello yo misma.
No tenía idea de dónde salía el dinero. Si lo hiciera, se rebelaría. Todo el
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trabajo, toda la mierda con Jade... todo sería en vano si Jilly no me dejaba ayudarla.
Y si sabía que había estado robando para pagar sus estudios, nunca aceptaría otro
centavo mío.
Aparté la vista.
—Así que, de verdad no puedo salir…
Jill sonrió, aunque sus ojos tenían el peso de la tristeza detrás de ellos.
—Lo sé. Cory, gracias. Por todo.
Pasé un brazo por sus hombros y la atraje en un abrazo.
—Sin problemas, niña. Solo quiero darte todo lo que nunca tuve. ¿Eso es tan
malo?
—Un poco ambicioso, tal vez —respondió con una risita y me miró, llena de
esperanza y admiración—. Haré que te sientas orgullosa. Haré que valga la pena
para ti.
—Déjame decirte un pequeño secreto. —La miré a los ojos—. Ya lo has hecho.
—Mi pecho dolió ante la versión de lo que podría haber sido si hubiera tenido la
oportunidad, toda brillante, fresca y lista para el mundo en lugar de oscura,
destrozada y desanimada de él—. Tengo que irme, ¿está bien? Te veré el próximo
viernes.
—Es mi día favorito de la semana. —Hizo un gesto con la mano.
Sonreí, pero mi corazón estaba cargado de culpa.
—El mío también.
•••
La lluvia caía suavemente alrededor de nosotras mientras permanecíamos en
un semicírculo alrededor de Jade, escaneando el callejón oscuro mientras ella se
arrodillaba para abrir la cerradura de la sucia puerta trasera de una tienda de
electrónica. Cuando abrió, Jade se levantó y abrió la puerta con un chirrido
metálico.
Teníamos alrededor de un minuto para entrar antes de que los sensores de
movimiento activaran la alarma. Todo el mundo se movió para dejarme pasar, y
me moví, explorando la sala, buscando el panel de alarma mientras caminaba hacia
la oficina de la tienda. El pequeño cuarto estaba atestado con estantes llenos de
archivos, cajas, y un escritorio metido en la esquina. El olor a curry me golpeó
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como un muro cuando entré y eché un vistazo alrededor, encontrando la alarma en
la pared, sobre un kit de primeros auxilios.
Era un sistema simple, solo una alarma estándar con un servicio de
suscripción. Demasiado fácil. La evalué mientras dejaba caer mi mochila y sacaba
un alicate, luego desprendí la carcasa y corté la línea telefónica para desactivar el
sistema de llamada. Todo el mundo esperaba en silencio detrás de mí.
—Hecho. —Arrojé el alicate de nuevo en mi mochila, y luego nos volvimos
para saquear.
Jade tenía razón. Cada estante estaba lleno, y los limpiamos con manos
codiciosas. Jade se dirigió a la vitrina cuadrada que estaba llena de equipos de
cámara de gama alta. Saltó por encima y en el centro de la pantalla, se arrodilló y
abrió las puertas corredizas de vidrio en cuestión de segundos.
Sacudió con fuerza su barbilla hacia nosotras.
—Vamos. Céntrense en esto.
Abandonamos lo que estábamos haciendo para llenar nuestras mochilas y la
bolsa de lona de Jade, y justo cuando estábamos cerrando el cierre de nuestras
bolsas, linternas brillaron a través de la puerta principal.
—Oye —gritó una voz apagada, y el policía golpeó la ventana con la parte
trasera de su linterna.
Jade se dio la vuelta con las cejas fruncidas y veneno en su voz.
—¿Qué mierda, Cor? —Se volvió hacia las chicas y empujó a Cher por el
hombro—. VAMOS.
Mi corazón se puso las pilas mientras todo el mundo se iba, saltando por
encima de los bolsos. Me deslicé bajo la puerta de la caja y allí estaba. Una pequeña
luz roja parpadeaba como un metrónomo frenético, cercano al ritmo de mi pulso.
Giré y me puse de pie, siguiendo a las chicas a través de la tienda hacia la
salida.
—Había una alarma distinta en la caja, Jay.
—Esto es tu culpa —replicó mientras irrumpíamos en el callejón, justo
cuando los policías corrieron a la entrada de la tienda, y uno de ellos tenía su radio.
Nadie habló o hizo una pausa. La regla era simple. Cuando las cosas se
ponían calientes, cada chica estaba sola.
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El edificio frente a nosotras era una subida fácil con ladrillos sobresaliendo en
intervalos, y podía ver cada asimiento que necesitaría para llegar a la cima. Corrí a
toda velocidad, di tres pasos por la pared y agarré un ladrillo fácilmente, subiendo
al techo como si fuera nada. Golpeé la tela asfáltica y me fui, en pocos minutos las
sirenas estaban detrás de mí. Cuando escuché el helicóptero, bajé a la calle y me
quité mi pañuelo, caminando sin más propósito que el de cualquier otra persona
en Manhattan mientras caminaba a través de la gente y de nuevo al loft.
Fui la primera en regresar, y abrí la puerta para encontrar a Jace sentado a la
mesa en su portátil, luciendo un poco sorprendido.
—Eso fue rápido.
—Sí, bueno. —Azoté la puerta—. La alarma en la vitrina que Jade abrió tenía
un interruptor aparte.
Se puso de pie lo suficientemente rápido para golpear la silla hacia atrás
medio metro.
—¿Qué demonios, Cory? —gritó, con la frente baja y los ojos fríos.
Levanté las manos, no a punto de tomar la mierda de Jace.
—Cristo, ¿qué esperan de mí, estúpidos? ¿Cómo mierda habría sabido? Jade
era la que tenía el aviso y sabía de las alarmas. Hice mi jodido trabajo y anulé el
sistema principal. Tú y Jade irse a la mierda.
Se abrió la puerta detrás de mí, y las chicas fueron llegando, Jade al último.
—Tú jodida perra incompetente —siseó Jade y cerró la puerta con un azote—.
Eso fue tu culpa.
—Jesús, Jade —resopló Erin mientras se quitaba el pañuelo y lo golpeaba
sobre la mesa—. Supéralo. Conseguimos nuestra mierda y salimos. Todo el mundo
está bien.
Jade caminó hacia Erin y se arqueó sobre ella, echando humo.
—Tuvimos suerte. Si Cory hubiera hecho su jodido trabajo, no habríamos
tenido que largarnos.
Cher apoyó las manos en las caderas.
—¿No era tu trabajo inspeccionar el sistema de alarma?
Jade señaló a Cher con una mueca.
—Jódete también, tú pequeña perra. Ella debería saber comprobar.
La rabia hirvió bajo mi piel y mis puños se sacudieron a mi lado, con ganas 32
de enterrarse en la cara de Jade.
—Se acabó.
Ella dirigió cada parte de su atención hacia mí, y la tensión entre nosotras
crujió mientras daba un paso en mi dirección.
—Debería descontarte por el problema.
Morgan dejó caer su frente y se interpuso entre nosotras.
—A la mierda eso, Jade. Esa caja tenía un sistema totalmente independiente.
Eso nunca sucede. ¿Cómo habría sabido mirar Cory? De hecho, tú fuiste la que nos
hizo ignorar todo para limpiar la vitrina de las cámaras.
—Sí —añadí—, y deberías haber visto esa luz cuando estuviste allá abajo
forzando la cerradura. No seré jodida por esto, sobre todo cuando ni siquiera nos
arrestaron.
—Haré lo que sea que quiera —escupió Jade y miró alrededor de la
habitación—. Serían todas inteligentes al escuchar, porque puedo terminar esto en
cualquier momento. Sin mí, no son nada.
—Y sin nosotras, tampoco tú —dijo Morgan mientras lanzaba su mochila
sobre la mesa y salía de la habitación. Todas hicimos lo mismo, y Jade y yo fijamos
miradas por un largo momento antes de que siguiera a todo el mundo afuera,
dejando a los gemelos infernales solos en la cocina.
•••
Mi cabello húmedo estaba sobre la almohada alrededor de mi rostro
mientras miraba fijamente la tubería expuesta por encima de mi cama. El
apartamento estaba tranquilo y quieto, y me pregunté distraídamente qué hora era,
sin preocuparme lo suficiente para llegar a mi teléfono. Todas habíamos ido por
caminos separados después de volver, lo cual era bueno porque no tenía ganas
para nada más que soledad. La ducha había estado hirviendo, aunque no lo
suficientemente caliente para lavar mis pensamientos, y mi cama era suave y
familiar, pero no lo suficiente para que pudiera conciliar el sueño.
Apestaba que casi nos atraparan, y realmente sí me sentía en parte
responsable, aunque nadie me echó la culpa a excepción de Jade. Pero a Jade no le
importaba que nos atraparan. Tomaría cualquier excusa para culparme con una
sonrisa. Me preocupaban las otras chicas y cómo se sentían por todo, pero no Jade. 33
Su lugar en la lista de personas que me importaban una mierda estaba en algún
lugar cerca de mis padres y Santa Claus borracho.
Ella solo ladraba, y no podría hacer nada de esto sin mí. Pero eso no quería
decir que no estaba harta de su mierda, y me preguntaba si era la única. Por un
fugaz momento, nos vi a todos apilados como un castillo de naipes. Una ligera
brisa podría ser todo lo que hacía falta para tirar todo abajo.
Pero no podía parar todavía.
Jill pasó por mi cabeza de nuevo, y la culpa llegó por no tratar más duro de
estar realmente allí para ella. Quería darle más, simplemente no sabía cómo. Ella
era la única cosa que realmente me importaba, lo más cercano que alguien podía
llegar, además de Erin. Pero incluso a Erin la mantenía lo suficientemente lejos.
Las relaciones son aterradoras. Son trabajos. Requieren que des algo de ti
mismo, abren una ventana para que alguien suba. Simplemente no podía evitar
sentir como esa intrusión estaría más cerca de un robo que un encuentro. Nada
podría convencerme de correr el riesgo. Esa ventana estaba cerrada y bloqueada,
pero no pintada. Solo dejada abandonada y olvidada, polvorienta y cubierta de
suciedad.
Pensé en él y parpadeé hacia el techo, sorprendida de que el tren de
pensamiento convocaría a su rostro.
Mi patrón con las relaciones era predecible: citas, conexiones, nada más allá
de lo superficial. No siempre era fácil de manejar, por lo que terminaba a menudo
siendo conflictiva, y me encontraba contenta con Erin. Nuestra relación era simple
y sencilla, sin requerir mucho trabajo, sin mantenimiento. Solo existía, y eso era lo
máximo que podía contribuir.
Cerré los ojos y estuve de vuelta en el techo con sus labios contra los míos.
Mojé mis labios y sentí mi rostro suavizarse.
¿De qué estás huyendo?
Mi respuesta: De todo.
Había estado pensando en él todo el día, repitiéndolo todo una y otra vez, y
lo permití, tratando de convencer a mi yo racional de que solo lo estaba archivando
con lo sucio en un vano intento de no dejar que me afectara. Como si el permiso
para pensar en él disminuyera su poder de alguna manera. Quería saber su
nombre, pero entonces eso era parte de la atracción, también. Era el misterio que
me mantenía preguntando. Tenía que ser.
34
Suspiré y doblé mis dedos donde descansaban contra la suave piel entre mis
bragas y camiseta, imaginando su aliento en mi cuello. Piel de gallina explotó
cuando tracé las yemas de mis dedos en pequeños círculos, jugando con el
dobladillo de mi ropa interior con sus labios en mi mente, deslizando mi mano
dentro mientras la imagen de él, de rodillas en la oscuridad con sus manos en su
pene, llenó mis pensamientos.
Toqué mi clítoris, presionando suavemente mientras hacía círculos con la
yema de mi dedo, y mi espalda se arqueó un poco cuando mis caderas giraron.
Deslicé mi dedo por mi vagina, luego de nuevo hacia arriba, lento. Estaba caliente
y resbaladiza, y presioné mi mano contra mi sensible clítoris.
Pensé en su mano en mi chaqueta, recordando la sensación de sus dedos
contra la parte baja de mi espalda cuando apretó su agarre y me atrajo hacia su
polla. Me metí un dedo, y luego otro, encontrando un ritmo entre mi mano y
caderas. Mi mano libre se arrastró por mi cuerpo hasta mis pezones, y pellizqué y
rodé, bajé mi camiseta para tocarme. Mis muslos se tensaron, llevando mis dedos
más hondo. Eran mis manos, sus manos que me llevaban al borde, y arqueé mi
cuello, recordando cómo era estar tan llena, ser estirada y tomada. Doblé mi dedo,
frotando el punto sensible dentro de mí en un ritmo constante hasta que no pude
respirar, y mi coño se contrajo alrededor de mis dedos, apretando rápido al
principio, luego más lento, finalmente, dejándome con estremecimientos
persistentes mientras acariciaba mi cuerpo.
En ese momento de satisfacción, sabía una sola cosa. Podría decirme todo el
día que no quería más de él, que lo que pasó no me afectó. Pero era una mentira.
35
Ciclos y
prioridades
Mi alma abandonó mi cuerpo cuando la puerta de un auto se abrió delante de
mí, y viré mi bicicleta para evitar caer. Un taxista tocó la bocina cuando pisó el
freno para evitar arrollarme, y le saqué el dedo por encima del hombro, doblando
la esquina justo cuando un tambor de contrabajo y un rasgueo de guitarra se
lamentaban por el altavoz portátil enganchado en mi correa de mensajero.
El día había sido largo e intenso, lo cual no era típico. La necesidad de
mensajeros había estado en declive en los últimos años. Había menos papeles
legales y cartas para entregar, dejando sobre todo productos actuales: zapatos para
un desfile de modas, planos para una reunión, cosas que llegaban tarde o que
necesitaban llegar a algún lugar con prisa.
La radio sonó desde su bolsillo en mi correa, y la voz de Sam llegó a través
del altavoz metálico.
—Tengo otra carrera para ti cuando hayas terminado con la entrega en la que
estás. Verifica la aplicación para los detalles. 36
Golpeé el botón y aceleré.
—Entendido, jefe.
La voz de Erin llegó a través del altavoz.
—¡Sí, sí, sí! ¡Pedalea, perra!
Me reí, y golpeé el botón para contestar.
—Arrastra tu dulce culo. Te veo en casa en un par de horas.
—¡Entendidooooooo!
Sam gritó por la radio:
—¡Dejen de bloquear las líneas bromeando, por favor!
Erin solo rio.
—¡Señor, sí, señor!
El edificio de apartamentos en el que me detuve era un precioso edificio
gótico, con letras enorme y plateadas que decían The Kyle Building. Trabé mi
bicicleta y saqué un sobre legal mientras me dirigía hacia la puerta, la cual estaba
abierta por un hombre corpulento y de mediana edad en una chaqueta roja con
botones de latón.
—¿Entrega? —preguntó cuando pasé.
—Sí, para un... —Bajé la mirada hacia el sobre—. Sullivan Collins.
—El señor Collins está en el piso dieciséis. —Hizo un gesto hacia el ascensor
también—. Puede subir por allí.
—Gracias... —Miré hacia su brillante etiqueta con su nombre—. George.
—Feliz de ayudar, señorita. —Sonrió haciendo el gesto de quitarse el
sombrero.
No pude evitar devolverle la sonrisa mientras me dirigía hacia el ascensor, un
poco más ligera. La mayoría de las personas veía a los mensajeros como un
fastidio, molestos por la inconveniencia de nuestra presencia, por lo que cuando
alguien te trataba como una persona, era como recibir un Milky Way de tamaño
familiar en tu bolsa de dulce o truco.
Una vez en el ascensor, saqué mi iPad para comprobar la siguiente dirección,
luego, abrí la aplicación para la firma. Las puertas del ascensor se abrieron, y 37
caminé enérgicamente hacia el 1622, donde llamé a la puerta con mi mente ya
encaminándose a mi próximo trabajo.
Pero entonces la puerta se abrió, y cada pensamiento me abandonó, junto con
mi capacidad para funcionar.
Era él.
La imagen de la azotea en mi mente no le había hecho justicia ni
remotamente. Me quedé allí lo podrían haber sido segundos o minutos con la boca
abierta mientras lo miraba fijamente, deteniéndome en sus ojos de un marrón
intenso y dorado con motas de verde. Su cabello era oscuro, casi negro, peinado
hacia atrás, los lados afeitados. La línea de su mandíbula, su frente, sus labios
estirados en una sonrisa, cada curva en su rostro me decía algo sumamente jodido.
Había planeado la reunión.
Di un paso atrás, mi voz baja cuando rompí el silencio.
—¿Qué diablos?
—Yo, ah... —Pasó una mano por su cabello, a pesar de que no se había
movido. Su sonrisa vaciló mientras miraba hacia mí.
—¿Cómo carajos me encontraste? —exigí, mi cuerpo rígido.
—Escucha, yo…
—¿Cómo me encontraste?
Se movió, y su voz bajó, su cuerpo tensándose ante mi respuesta.
—Chase… quiero decir, un compañero de parkour conoce a una de tus
amigas, la reconoció la otra noche. Descubrimos quiénes eran el resto de ustedes, y
luego... bueno, no fuiste difícil de localizar.
Cada neurona en mi cerebro se encendió a la vez.
—Esta es la cosa más espeluznante que me ha sucedido alguna vez. —Le
entregué el sobre y el iPad—. Firma por esto.
No lo tomó, solo sacudió su cabeza y miró sus zapatos cuando pasó una
mano por su cabello otra vez.
—Mierda —susurró—. De alguna manera me había convencido de que esto
era romántico.
—Respuesta incorrecta. Firma esto. —Los empujé hacia él, dándole un codazo
en el pecho. 38
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Solo entra durante un segundo para que pueda explicar.
—Estoy trabajando, y estás loco. No voy a entrar. Ahora firma esto o me iré
con tu entrega.
Sus labios eran una línea plana mientras asentía y tomaba el iPad y el sobre.
Cuando retrocedió en su apartamento y me miró con una disculpa detrás de sus
ojos, me di cuenta de mi error.
—Lo firmaré después de que entres y me dejes explicar. Dame cinco minutos.
Mis fosas nasales se dilataron. Él era sexi, tan sexi, pero ni siquiera podía
comprender lo que había hecho para encontrarme. La parte enferma era que una
pequeña porción mía quería volver a verlo. ¿Cómo podría no hacerlo después del
impactante, confuso y cargado de adrenalina sexo al alzar en un tejado? Sin
embargo, había llevado “espeluznante” al siguiente nivel. Quería irme, largarme
de aquí y huir. Pero sabía mi nombre y dónde trabajaba. Tenía mi jodido iPad. Y
tuve la sensación de que no iba a renunciar a ello hasta que lo escuchara.
—Tienes cinco minutos. —Pasé junto a él y entre en su apartamento,
demasiado enojada para apreciar plenamente la belleza del espacio.
Piso de madera negra se extendía de pared a pared en la sala abierta, la
cocina y sala de estar visibles. Varias ventanas altas abarcaban la pared, con vistas
a Manhattan, y en medio había fotografías gigantes en blanco y negro. A un lado
parecía haber una pequeña galería con una enorme pintura en el centro,
rectángulos en tonos azul cobalto con el rectángulo de fondo en un profundo rojo
sangre. Un Rothko, si estaba adivinando bien. Si lo era, estaba segura de que esa
sola pieza de arte valía millones.
Sexi y adinerado. Genial.
Crucé los brazos sobre mi pecho, ansiosa por mantener cierto nivel de control
mientras lo seguía a través de la habitación, observando que había dejado un
camino despejado hacia la puerta. Mis ojos se detuvieron en la puerta de entrada
antes de encontrar los suyos de nuevo.
—Di lo que tengas que decir.
Tomó aire y se puso un poco más erguido. La acción estiró su camiseta un
poco más apretada sobre su amplio pecho, y apretó la mandíbula. Parecía
39
determinado, y me moví, enviando el sentimiento justo de regreso a él.
—Me giré y te habías ido, justo así. Pero no podía dejar de pensar en ti. Tenía
que saber quién eras, y cuando me encontré de nuevo con los chicos, uno de ellos
dijo que conocían a tu amiga, Morgan. Solían correr juntos, y recordó conocerte.
Me enteré de tu nombre y que eras una mensajera, y una vez tuve eso, fue fácil
tenerte aquí.
Solo me quedé allí, tratando de no explotar.
—Esto es tan jodido.
Pasó una mano por su boca.
—No sé por qué esperaba que estuvieras feliz de verme, no después de que
corriste. No después de que no me dieras tu nombre.
—Yo tampoco.
Me miró fijamente, sus ojos tan intensos que casi cedí ante la presión.
—Soy Van.
Su nombre resonó a través de mi cuerpo.
—Ya sabes mi nombre.
—Sí, pero quiero que me lo digas.
—¿Por qué debería?
Sostuvo en alto el iPad y lo sacudió un poco.
—Bueno, tengo esto.
—Sí, no sé si mi dignidad vale eso.
Sus labios se torcieron en una sonrisa pequeña.
—No estuviste muy preocupada por eso en el techo.
—Jódete, hombre. —Di un paso hacia la puerta.
No se movió para seguirme.
—¿De qué estás asustada?
Me detuve en seco y lo miré.
—No estoy asustada.
Dio un paso hacia mí, y energía crujió entre nosotros. Se detuvo tan cerca que
podía olerlo. La proximidad sobrecargaba mis sentidos.
40
—Dime tu nombre.
—Cory —contesté, con voz suave. Aclaré mi garganta y desvié la mirada—.
¿Firmarás ahora? Tengo otro trabajo, y estás desperdiciando mi tiempo.
Tocó mi trenza que colgaba sobre mi hombro, rozando mi pecho.
—Dime que no pensaste en mí de nuevo.
Tragué saliva y lo miré a los ojos.
—No puedo.
Se quedó en silencio por un momento.
—Siento sorprenderte con esto.
—Sí, bueno, deberías sentirlo.
Me miró con unos ojos tan profundos y oscuros, pensé que podría ahogarme
en ellos.
—Quiero verte otra vez.
—No es posible. —Di un paso hacia atrás para romper la conexión, y mi
trenza se escapó de sus dedos. Miré mi reloj para ocultar mi incomodidad—. Los
cinco minutos terminaron. Hice lo que me pediste, ahora firma eso.
Su rostro era ilegible mientras asentía y bajaba la mirada para firmar con su
nombre. Me entregó de nuevo el iPad y el sobre.
—Esto es para ti.
Puse los ojos en blanco y los arrebaté a ambos con planes de lanzar el sobre
en la primera papelera a la que llegara.
—Por supuesto que lo es. ¿Exactamente qué esperabas que hiciera?
Se encogió de hombros y sonrió, aunque se desvaneció mientras hablaba.
—Estaba esperando algo de caricias, tal vez una propuesta de matrimonio
por mi ingenio. Me habría conformado con una cita, sin embargo. Definitivamente
no esperaba cuchillos, pero ahora que estamos aquí, es lo único que tiene sentido.
—Eso es lo más inteligente que me has dicho. —Me volví hacia la puerta—.
¿Qué tal si ya no me acechas?
—Con una condición.
Hice una pausa con la mano en el pomo de la puerta y miré de nuevo hacia
él.
41
—Di mi nombre, solo una vez.
Mi corazón se aceleró, la tensión entre nosotros como un lazo físico.
—Van. —Había querido sonar dura, molesta, pero la palabra era casi una
promesa.
Esperó a través de una respiración.
—Cambia de opinión. Sal conmigo.
Apreté los dientes.
—Ni en un millón de años. —Giré el pomo de la puerta, salí al elegante
pasillo y azoté la puerta detrás de mí.
Cuando llegué a un cubo de basura en la acera junto a mi bicicleta, tenía toda
la intención de arrojar el sobre, pero de alguna manera terminó en mi mochila en
su lugar. Pedaleé a través de Manhattan tratando de bajar mi ira, pero cada vuelta
de mis engranajes solo empujaba mi temperatura más arriba. Para el momento en
que el día había acabado y entraba en el loft, el mundo se estaba separando como
el Mar Rojo para dejarme pasar.
•••
Azoté la puerta del loft, y los rostros de mis compañeras se volvieron hacia
mí con las cejas levantadas.
—¿Mal día? —dijo Jade en voz alta desde el sofá, empalagosa, y Jace rio.
No contesté, simplemente me quité la mochila. Erin me miró desde la mesa
de la cocina, y las chicas y Jace en la sala regresaron a hablar.
—¿Quieres hablar de ello? —preguntó Erin y empujó su plato de Lo Mein
hacia mí.
Tomé sus palillos y amontoné un bocado en mi boca.
—¿Eso es un no?
Tragué y dejé escapar un suspiro.
—No sé ni por dónde empezar.
—Estuvimos ocupadas hoy —indicó—. Tuve carreras todo el día, y Sam
estaba gritándole a todo el mundo por la radio.
—No fue Sam. —Empujé el cuenco lejos y miré hacia Jade. Estaba en medio
de una conversación con Jace, pero bajé mi voz de todos modos—. Tuve una 42
entrega interesante hoy.
Erin tomó los fideos de nuevo y me miró.
—Erin, era él.
Sus ojos se ensancharon, su mano congelada con un bocado de fideos
colgando de sus palillos.
—¿Él, él?
—Sí. Estableció una entrega, se envió un paquete y me solicitó para la entrega.
—Qué mierda, hombre. Eso es muy espeluznante.
—¿Cierto? —Froté mi frente—. Pensó que estaba siendo romántico.
—Eso es aterrador. ¿Tenía un santuario? ¿Te hizo un abrigo de cabello
humano?
Reí.
—Fue definitivamente menos espeluznante que eso. Tuve la sensación de que
no era psicótico. Tal vez solo estaba mal informado. De cualquier manera, fue raro.
¿Y? Es rico. Como, súper rico. Estoy bastante segura de que tiene un Rothko
colgando en su sala de estar.
Erin abrió la boca, sus ojos azules llenos de incredulidad.
—¿Cómo te encontró?
—Uno de esos chicos de la otra noche, Chase, dijo que conocía a Morgan.
Morgan se levantó desde la sala de estar.
—Espera, ¿qué?
—Sí, tuve una entrega hoy para el corredor que estaba persiguiéndome
después del trabajo de la otra noche. ¿Conoces a un tipo llamado Chase?
Sus ojos se desorbitaron.
—¿Cómo supo que era yo?
—Probablemente porque mides, como, tres metros de altura —espetó Jade—.
¿Quién mierda es este tipo que te persiguió, Cory?
—Sullivan Collins —respondí de forma espectacular, como si fuera alguien
importante. Van.
Erin dejó caer sus palillos. 43
—¿Van Collins? ¿Estás burlándote de mí?
Un cosquilleo corrió por mi espalda, hacia mi cuello.
—No, definitivamente no estoy bromeando.
Todo el mundo me miraba fijamente, con la boca abierta.
—¿Alguien va a decirme qué mierda está pasando?
Erin sacudió la cabeza.
—¿El fotógrafo? Hace parkour por toda Nueva York tomando fotos desde las
alturas y ángulos locos. Hizo una serie donde tomó todas las fotos mientras saltaba
entre edificios. Otra fue toda de corredores. —Contempló mi rostro en blanco—.
¿Cómo no has oído hablar de él? —preguntó mientras se inclinaba sobre la mesa
por su portátil y la abría. Sus dedos volaban mientras escribía en una búsqueda,
luego volvió el portátil hacia mí.
Los resultados de imágenes se mostraron, un mosaico de fotos en blanco y
negro de la ciudad y los corredores. Una de Van colgando de una cornisa,
sonriendo, atrapó mi atención. Las sombras y la luz eran dramáticas, matizando
los músculos de sus brazos y pecho, el corte de él visible incluso bajo la camisa.
Algo en su sonrisa me golpeó, y tomé un respiro cuando Erin siguió hablando.
—Toma fotos para revistas de skate y de surf, características de parkour.
Tiene una enorme galería en la 44. ¿En serio nunca has oído hablar de él?
—No. —Cerré el portátil para expulsarlo.
—Bueno, ¿eso explica por qué es lo bastante rico para tener un Rothko?
La miré. Todo el mundo en la sala estaba escuchando.
—¿Cómo, un Mark Rothko? Esos valen una gran cantidad de dinero. —Jade
se volvió hacia Jace como si nadie más estuviera en la habitación—. ¿Se puede
vender una pintura que valga tanto?
—Espera un jodido segundo —le escupí.
Me ignoraron. Jace asintió.
—Podría ser capaz de hacerlo. Necesito preguntarle a Blake, pero creo que
tenemos un contacto que se ocupa de traficar artículos de arte de gran valor. Son
más difíciles de conseguir, ya que siempre hay un montón de seguridad, pero el
lugar de este tipo no puede estar tan bien resguardado. 44
Jade se volvió hacia mí, sonriendo como una piraña.
—Vas a estafarlo.
La temperatura de la habitación subió por lo menos diez grados.
—A la mierda si lo haré.
—¿Qué pasa, Cor? —preguntó burlona—. ¿Te gusta?
—Jódete, Jade.
Se desplegó desde el sofá y se acercó a la mesa, sus piernas largas como
tijeras.
—Si él no te importa, entonces vamos a robarlo. Es rico. No lo necesita. El
seguro le reembolsará. ¿Cuál es el problema?
—Nunca hemos hecho un trabajo así de grande. —Negué con la cabeza, ni
siquiera podía creer lo que estaba escuchando—. Es estúpido incluso considerarlo.
¿Por qué debemos correr el riesgo? ¿Por qué sabes el culo de quién será colgado? El
mío.
Se encogió de hombros.
—Oh, estoy segura de que encontrarás la manera de salir de ello.
Mis ojos se estrecharon.
—Suenas tan segura de ti misma. No lo haré.
Los labios de Jade se torcieron en una sonrisa.
—No creo que quieras que tenga una charla seria con Jill, ¿o sí?
Me quedé helada.
—¿Nunca te ha preguntado dónde consigues todo este dinero?
La ira hizo más que estallar. Era un ciclón en mi pecho.
—Jade…
Su voz se transformó en hielo, y su cuerpo se endureció para que coincidiera.
—Lo harás o lo pagarás. No me jodas, Cor. Tienes suerte de que te libres con
la mierda que haces. Si no te necesitara, te habrías ido hace mucho tiempo.
Mis dientes se apretaron con tanta fuerza que mi mandíbula se lastimó. No
tenía una opción. Podría hundir todo, hacer trizas todo con una palabra. No valía 45
la pena luchar, no con las estacas siendo lo que eran. Pero no me empujaría sin
pagar por ello.
—¿Sabes qué? Lo que sea. —Hice como si no pasara nada—. Lo haré, pero
obtendré el cincuenta por ciento.
Jade rio.
—Claro. Seguro.
—Mi riesgo, mis reglas. —Me puse de pie y me incliné sobre la mesa, a
centímetros de su rostro—. Me darás el cincuenta por ciento, o no hay trato. Me
estafas, te jodo. Tómalo o jódete.
Pasó un largo momento antes de que diera un solo movimiento de cabeza.
—Bien. Lo encontrarás y averiguarás cómo conseguimos esa pintura sin ser
descubiertas. Y averigua cuál es para que podamos buscar cuánto vale.
—Sí, señor. —Le di un saludo, y ella me estrechó los ojos antes de girarse
para caminar de nuevo a la sala de estar. Se dejó caer de nuevo sobre el sofá para
mirarme desde el otro lado de la habitación.
Todo el mundo me miró tomar mi mochila y caminar hacia mi habitación con
mi estómago en mi garganta. Cerré la puerta, y cuando me hundí en mi cama, dejé
caer mi cabeza en mis manos, presionando mis dedos en mis ojos, tratando de
comprender en lo que me había metido.
Fue entonces cuando recordé el sobre. Mis brazos pesados se extendieron por
mi bolso, saqué el sobre y lo abrí. Cuando le di la vuelta, una tarjeta de negocios
cayó en mi palma. Estaba impresa con una foto de Van haciendo un truco mientras
colgaba de una escalera de incendios. Corrí mi dedo sobre su nombre antes de
colocarla en la cama, y luego metí la mano en el sobre nuevamente para sacar una
pila de fotos de ocho por diez. Eran fotos crudas y bellas de la ciudad, y cuando
llegué a la última, bajé las otras. Era un grupo saltando a través de un espacio de
edificio, las manos en alto y llenos de alegría con el sol brillando detrás de ellos.
Entonces vi el mensaje que había escrito en la esquina con un marcador
negro, y la emoción se deslizó a través de mí como metal al rojo vivo.
No huyas de mí. Corre conmigo.
-Van
46
Haz lo que tengas que
hacer
Me había llevado casi veinticuatro horas obtener el valor suficiente para
enfrentarme a Van. Me encontré caminando hasta su galería al día siguiente, sin
estar segura de si estaría allí, ni segura de lo que diría. Escondí mis emociones,
desde la ira a la culpa por lo que iba a hacer con él.
Aunque no importaba. Me recordé que podía usarlo. Desde luego, no sería el
primero. Es solo que algo me decía que no iba a ser fácil.
No era solo que era un trabajo tan enorme. Ni siquiera era el dinero en juego.
Jade había cruzado la línea amenazándome con Jill. Ser manipulada, ser
coaccionada, era suficiente para desequilibrarme.
Además de eso, había estado tratando de diseccionar a Van. No podría decir
si estaba loco o simplemente determinado, y lo más molesto acerca de todo era
estaba definitivamente atraída por él. Esto presentaba una serie de problemas,
aunque algunas oportunidades. Esta atracción tendría que ser el ángulo que
jugaría, porque tenía que jugar o correr el riesgo de que Jill se enterara de la 47
verdad. Eso sobrepasaría todo lo demás.
La galería estaba en una esquina, todas las ventanas y la puerta con el nombre
de Van. La abrí y entré, sin ver un alma. El rock indie sonaba bajo, y estuve sola en
la entrada por un momento, insegura de lo que debía hacer.
Recorrí las enormes fotografías que colgaban de las paredes, y me acerqué
más hasta que me encontré paseando por la habitación. Había captado el alma de
la ciudad desde una altura que solo nosotros podemos alcanzar. La obra se
agrupaba desde la serie que Erin había mencionado, de tomas de las piernas de
Van al saltar entre edificios hasta una colección de siluetas, pero las que más me
atrajeron fueron las de serie de freerunners, cuando hacían trucos y saltaban,
colgando de edificios a metros de la ciudad como si fuera nada. Cada pieza era una
manifestación de la libertad que encontraba en correr, escalar, haciendo posible lo
imposible, conociendo y abrazando lo prohibido. Era impresionante.
Mis pies me llevaron a una instalación, y cuando me detuve en el interior de
la misma, estaba rodeada de fotografías colgadas, incluso colgando del techo de
tejas. Miré a mí alrededor y me encontré de pie en la parte superior de un edificio
con la ciudad tendida a mí alrededor.
—Viniste.
Di un salto al escuchar su voz y me giré para encontrarlo mirándome. No
había presión en sus palabras, ninguna expectativa, solo su gravedad.
Aparté la vista, no quería que me viera totalmente, preocupada de que si me
miraba a los ojos el tiempo suficiente no sería capaz de mantenerlo fuera de mi
cabeza.
—Abrí el sobre. Gracias... yo... —Tenía la boca seca, y me mojé los labios—.
Te debo una disculpa por lo de ayer.
—No, no lo haces. Tenías razón. No tenía derecho a cazarte cuando no
querías ser encontrada. Yo debería disculparme contigo.
Miré hacia él y encontré sus ojos en mí.
—Ya lo hiciste ayer.
Se detuvo por un momento. Su voz tranquila se apoderó de mí.
—No estabas lista para escuchar ayer.
—No. No lo estaba. —Me volví a la galería—. Este lugar es increíble.
—Gracias. Soy un creyente de la idea de que, si haces lo que amas, te llevará a 48
lugares que no sabías que querías ir.
Miré mis botas y asentí, tratando de controlarme. ¿Cómo era que seguía
golpeándome con unas pocas palabras sin saberlo? Parecía tan... equilibrado. Era
fácil pensar que solo era un tonto o un imbécil, pero con casi todas las palabras que
pasaban por sus labios, me di cuenta de que era mucho más de lo que había
previsto. Éramos tan diferentes, demasiado. De mundos aparte.
¿Qué estoy haciendo aquí?
Luché contra la urgencia de escaparme con los puños apretados en mis
bolsillos y los labios apretados.
—¿Estás bien? —Había un trasfondo de preocupación en sus palabras, y lo
miré y sonrío.
—Sí. Lo siento, esto es solo...
—Sí. Después... bueno, después de la forma en que nos encontramos... —Se
pasó una mano por el cabello oscuro—. Nunca había hecho algo así antes. Quiero
decir, he tenido aventuras de una noche, pero nunca...
Me reí. Tenía que hacerlo.
—Oh, Dios mío, que incómodo. Detente.
Van sonrió y cambió de tema.
—No estás en el mejor lugar de esta pieza. Ven acá.
Me tomó del codo y me guio hacia un punto en el suelo, alineándome por mis
hombros.
—Tomé estas en la cima de la torre Logan. Subí y me quedé allí, recuperando
el aliento, y cuando miré hacia la ciudad, me sentí abrumado por la belleza de ella,
la gran magnitud. Era tan pequeño, pero no me sentí insignificante. Sentí el poder
en la máquina, que mi pieza era importante, relevante. Que yo era relevante.
Su aliento agitaba mi cabello mientras hablaba, sus manos en mis brazos
como un conducto. Nunca había experimentado nada igual, como si nuestras
feromonas mezcladas fueran una receta para el desastre. Tomé una respiración.
—Es increíble. Todo lo que has hecho aquí, todo lo que he visto... no sé.
Significa mucho para mí.
49
—Una de mis citas favoritas de Edgar Degas dice: “El arte no es lo que se ve,
sino lo que te hacen los demás ver”. Por esas palabras, suena como que he hecho
mi trabajo.
Me di cuenta en ese momento de que engañarlo iba a ser más que difícil. Iba a
ser casi imposible.
—Escucha. —Me volví hacia él de nuevo, trabajando para tomar el control de
las cosas y poder salir de esa habitación—. Quiero tomar tu oferta para una cita
adecuada, si sigue en pie.
Sus ojos brillaban.
—En primer lugar, ¿puedo hacerte una pregunta?
—Por supuesto.
—¿Qué te hizo cambiar de opinión?
Me encogí de hombros para ocultar la verdad.
—Tenías razón, en cierto modo. Quiero decir, estabas equivocado por tratar
de encontrarme como un acosador, pero no podía dejar de pensar en ti, tampoco.
Tener tu dirección era demasiado para resistir. Eso, y realmente me sentía mal por
enloquecer ayer. Sabía que no eras un pervertido. Simplemente... me tomó por
sorpresa.
Los labios de Van se levantaron en una sonrisa torcida.
—¿Estás segura de que no soy un pervertido?
—No, solo fuiste un poco acosador, no al estilo American Psyco2.
—Es bueno saberlo. —Él asintió, la sonrisa nunca dejando su rostro, sus ojos
se clavaron en los míos—. Deja que te saque esta noche.
Los nervios zumbaban en mi estómago. Demasiado pronto. Necesitaba un
minuto para prepararme, pero no quería perder el valor.
—¿A qué hora? —la pregunta era provisional.
—Puedo recogerte a las ocho.
—¿Puedo encontrarte en tu casa? —pregunté, porque no quería que fuera
capaz de encontrar el loft después de que todo terminara.
—Sí, por supuesto. ¿Qué tal si cocino para ti?, y luego podemos correr. ¿Te
unes?
50
—Estoy dentro.
Ninguno de los dos habló por un momento. Sus ojos eran tan oscuros y ricos,
y noté el anillo verde musgo en torno a su pupila que brillaba como estrellas.
Lejanamente reconocí que se suponía que debía irme, pero no me atrevía a
moverme, me quedé allí, y él hizo lo mismo.
Él rompió el silencio.
—Me alegro de que entraras. No sabía si alguna vez volvería a verte.
—No estaba tan segura hasta esta mañana. —Tomé una respiración para no
perder el equilibrio y miré hacia la puerta—. Tengo que irme. Te veré esta noche.
—Bien.
Sonreí y agaché la cabeza mientras caminaba a través de la puerta con el
corazón golpeando mis costillas, aún más incierta que cuando entré.
54
La vista desde aqui
La oscuridad se había instalado en la cuidad centímetro a centímetro en el
momento que entre al edificio Kyle esa noche. George, el portero, me sonrió desde
donde esperaba bajo el toldo.
—Hola de nuevo, Señorita James. El señor Collins dijo que vendría —dijo él,
y abrió la puerta.
—Gracias, George. —Le sonreí mientras pasaba y entraba al vestíbulo del
edificio, tomando un segundo para mirar alrededor. Una cámara en la puerta,
probablemente otra en cada elevador y en la recepción vacía. Busqué la entrada de
servicio y noté dos pasillos que flanqueaba el ascensor.
—Recuerdas donde ir, ¿correcto?
—Sí, piso dieciséis.
—Lo tienes. Tenga una buena noche, señorita James.
Le di un asentimiento y caminé hacia los elevadores. Señorita James. Nunca
pensé que alguien me llamaría tan formal, y cuando presioné el botón y las puertas
se abrieron, se hundió. Iba a una cita, una cita legitima con un fotógrafo rico que
había follado de forma anónima en un tejado. No había estado en una cita desde el 55
dos-mil-nunca. Lo más cerca había sido comer comida china en la cama con Erin.
Pero la emoción se fue cuando recordé la peor parte. Nada de esto era real.
Nunca tendría esa vida realmente, en la que la chica conseguía al chico. Donde los
chicos buenos ganan y los malos pierden. No podía tener eso, ya sea que lo quiera
o no.
Para cuando llamé a su puerta, mis nervios estaban a punto de salirse de
control, ya que la realidad me hizo ver que no tenía ni idea de qué carajos estaba
haciendo. Traté de tragar, pero mi garganta estaba tan seca, casi me ahogo
mientras esperaba a que respondiera.
Sácalo de tu sistema y haz el trabajo.
La idea me dio una pizca de determinación mientras él abría la puerta.
—Hola. —Era guapísimo, su sonrisa brillante, su camisa estirada sobre su
pecho y metida en sus pantalones—. Ven, entra.
—Gracias. —Me encontré devolviéndole la sonrisa mientras caminaba junto a
él, atrapando su olor, limpio y nítido como ropa recién lavada. Me encogí de
hombros y saqué mi chaqueta de cuero, y él la tomo.
El apartamento olía incluso mejor, como a romero y carne asada.
—Huele increíble —dije, y lo seguí a la cocina.
—Toma asiento. —Hizo un gesto hacia la barra de la isla—. ¿Quieres una
bebida?
—¿Qué tienes? —Me senté e incliné en el mostrador de granito, mirando su
espalda ancha cuando se volvió al gabinete de licor.
—Cerveza, vino, y todas las clases de licores existente. ¿Es demasiado
temprano para tequila?
—No creo que eso sea una buena idea. ¿Qué whisky tienes?
Rebuscó en el estante.
—¿Maker´s, Jameson, American Honey. También tengo escocés, ¿Glenlivet?
—Escocés estaría bien, en las rocas. Gracias.
Van puso un poco de hielo en el vaso y habló mientras servía.
—Tengo que ser honesto. No sabía si te presentarías.
56
No sabía cuán cerca estuve de quedarme en casa. Mi frente se arrugó, y sonreí
como si estuviera siendo ridículo.
—¿Por qué?
Se encogió de hombros y empujó el vaso a través del mostrador.
—Estaba sorprendido de verte en la galería después de cómo fue mi pequeña,
ah, emboscada.
Me reí.
—Sí, bueno, me atrapaste un poco fuera de guardia.
—No fue mi idea más sutil. Solo recibí la fuerte impresión que no te vería de
nuevo, pero te he visto dos veces hoy. Ambas veces me han tomado por sorpresa.
De hecho, casa vez que te he visto ha sido impactante de una u otra forma.
Tomé un sorbo de mi bebida para ganar tiempo en un intento de
recomponerme, pero encentré sus ojos cuando bajé el vaso.
Así es como ejecutas una estafa. Le das bastante de ti mismo, de tu
honestidad para convencerlos de que eres lo que dices. Ni siquiera tenía que
mentir. La idea me da consuelo.
Mi sonrisa era genuina y fácil porque mis palabras eran verdad.
—Fue difícil alejarme, honestamente. Entiendo lo que muestras con tu
trabajo, ver tu galería cerró el trato.
—Esperaba eso. —Su sonrisa fue de soslayo.
Reí entre dientes y puse los ojos en blanco, pero mis mejillas estaban
calientes.
—Dios, te crees tan inteligente, ¿verdad?
—Tengo mis momentos.
Miré hacia el horno y sacudí mi barbilla.
—Rico, atlético, y ¿cocinero?
Él nunca dejó de sonreír mientras sus ojos se fijaban en los míos. Casi me
retorcí, era tan intenso.
—Busco cosas satisfactorias en mi vida. Correr, comida, fotografía. Tú.
Tomé mi bebida y levanté una ceja, tratando de mantenerme ligera.
57
—Y encantador. ¿Cómo es que estás soltero? Debes tener algo de equipaje.
Van se inclinó sobre el mostrador.
—No más que cualquiera, supongo. Solo no me conformo.
Era una cosa idiota para decir, como si nadie fuera lo suficientemente bueno
para él. Bajé la mirada, mi nariz en mi vaso con una sonrisa reprimida.
—Ah.
Se detuvo, mirando por encima de mí.
—Me estás juzgando.
—Tal vez un poco.
Me miró por un instante antes de responder:
—He tenido citas y algunas relaciones de largo plazo, pero siempre
terminaban. Las mujeres ven dinero o músculos o estatus cuando me ven. ¿Sabes
lo que se siente descubrir que alguien que creías que te amaba solo quería usarte?
Mis manos se helaron. Negué con la cabeza.
—Sí, no es divertido. —Se encogió de hombros—. En todo caso, no quiero
perder mi tiempo con alguien que me quiere por dinero o estatus, pero
probablemente estoy más confiado de lo que debería. Solo tengo una muy baja
tolerancia a las tonterías. Y más allá de eso, la mayoría de las personas no
comprenden las cosas que amo. No puedo imaginar pasar mi vida con alguien que
no entiende los conceptos que integran lo que soy.
Era una imbécil por asumir, y una maldita desgraciada por el resto. Pero más
que eso… comprendía completamente. Tomé una respiración.
—Lo entiendo.
—Tenía la sensación de que lo harías.
Nos miramos fijamente el uno al otro desde el otro lado de la barra, en
silencio por un momento, y fui incapaz de pensar en una sola cosa que decir.
Van cortó la comunicación y se volvió para el horno, agarrando un
termómetro en su camino.
—¿Cuánto tiempo has sido una traceur3?
Giré mi vaso.
—He estado corriendo desde que tenía dieciséis. Solíamos ir a los almacenes
58
en el Meatpacking District y Hell’s Kitchen, pero, sinceramente, siempre ha sido
una parte de mi vida. Solía enloquecer a mis padres escalando encimeras y la
despensa para llegar a los Froot Loops, los cuales aparentemente eran mi comida
favorita a los dos años. O una vez, mi madre me contó que solía escalar la pared de
mi armario para colgarme del perchero.
Rio cuando metió el termómetro en un lomo de cerdo y observó la pantalla
digital.
—Lo mismo aquí, en el sentido de que siempre he sido una fuerza en la vida.
Mi papá solía ocultar caramelo en una jarra sobre la nevera, pero cuando tenía tres
años ya podía llegar a ella. —Negó con la cabeza—. Mis amigos y yo empezamos a
correr en la secundaria también, en Queens. Me mudé a Manhattan tan pronto
como abrí la galería. —Sacó la carne y la puso sobre la encimera para reposar.
—Estaba preguntándome cuál era la historia con la galería. ¿Cómo
empezaste?
74
El camino de salida
Me estiré en la cama y abrí los ojos, mirando al mundo de lado por un
momento, parpadeando para quitarme el sueño. Estaba tranquilo, la suave
serenidad que solo aparece en las primeras horas de la mañana, esa sensación de
promesa, de esperanza. No sabía cómo iba a resolver todo, hacer todo bien, pero
encontraría una manera. Comenzando por Jade.
El sueño había traído resolución. Tan temerosa como estaba de decirle a Van
la verdad sobre mí, sabía que era la única opción. Me sentía bien acerca de esa
rectitud, incluso si traía destrucción. Quería creer que él lo entendería. Había una
posibilidad de que lo hiciera, y me aferraba a eso con todo. Podría manejar a Jade.
Era lo suficientemente fuerte como para dejar atrás todo esto. Pero todo cambiaría,
a partir de hoy.
Van no estaba en la cama, pero olía a tocino y sonreí. Era como un sueño,
como si le hubiera robado la vida a otra persona. Como correr una cortina y darme
cuenta de que había un mundo más allá del que conocía, si tan solo pudiera salir
del que estaba viviendo.
Salí de la cama y fui hasta la ventana, mirando el centro de la ciudad. La
vista era genial, y observé la salida del sol por el horizonte como si lo estuviera 75
viendo por primera vez.
Mis pantalones y camisa estaban doblados y apilados en el sillón, y me los
puse rápidamente, atándome el cabello en un moño mientras caminaba hasta la
cocina.
Van estaba en la estufa sin camisa y los pantalones colgando bajos en sus
caderas. Sonreí y tomé asiento y apoyé mi barbilla en la mano.
—¿Freír tocino sin camisa? Duro —dije.
Miró por encima del hombro con una sonrisa.
—Habilidades. Estaba a punto de despertarte. ¿Café?
—Sí por favor. Solo azúcar.
Me sirvió una taza y la pasó al otro lado de la barra con un tazón de azúcar y
una cuchara.
—¿Qué estás haciendo hoy?
Me puse rígida con los ojos en mi café mientras revolvía, viendo las burbujas
girar como mis pensamientos.
—No mucho. Estoy libre hoy, no hay muchas entregas los fines de semana.
¿Tú?
—Almuerzo con mi abogado. De vez en cuando, soy arrestado por sacar fotos
en propiedad privada. A la mayoría de los propietarios no les importa, pero
siempre hay que un idiota que piensa que gobierna el mundo y quiere un pedazo
de ti.
El rostro de Jade apareció en mi mente. Tomé mi taza y asentí, tomando un
sorbo a pesar de que todavía estaba demasiado caliente para beber.
—Hablando de trabajo, tengo una exposición en la galería la próxima semana
en la que necesito desesperadamente una cita. —Sonrió torcidamente mientras
revolvía huevos.
—¿Oh?
—¿Te unes?
—Me encantaría. —Si no me odias para entonces.
—Bueno. Te enviaré los detalles por mensaje. —Podría haber sido casi una
sonrisa, a pesar de que estaba tratando de suprimirla mientras dividía tocino,
huevos y pan tostado. Se sentó a mi lado en la barra y deslizó un plato delante de 76
mí.
Me reí.
—Lo que es jodido ya que ni siquiera tienes mi número.
Van se inclinó hacia mí, sus labios casi en los míos.
—Vamos a rectificar eso. —Me dio un beso, succionando suavemente mi
labio inferior antes de alejarse, recogiendo mi teléfono mientras yo tomaba mi
tenedor.
—Huele tan bien. Gracias, Van. —Hice hincapié en su nombre, extendiendo la
sílaba.
Sonrió ante el sonido, mientras ponía su número en mi teléfono.
—No tendría que haberte dicho acerca de pronunciar mi nombre.
Le devolví la sonrisa.
—Bueno, tengo una confesión. —Me metí un bocado de huevos en la boca.
—¿Oh?
Asentí y tragué.
—Es lo mismo para mí cuando dices el mío.
Sonrió, travieso y curioso.
—¿De verdad?
—De verdad. Creo que tienes razón acerca de que sea debido a la forma en
que nos conocimos, al no saber quién eras. Fue intenso. Para que conste, nunca he
hecho nada parecido a eso.
—Creo que solo te atrapé en un buen día.
Me reí.
—O uno malo.
—Bueno, fue uno bueno para mí. Loco, pero bueno.
—Van, no quise decir…
—Está bien. —Sonrió.
Negué con la cabeza con un atisbo de sonrisa en mi rostro, sorprendida por la
forma en que el potencial insulto no lo había perturbado cuando habría herido a la
mayoría de la gente.
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—Nunca he conocido a nadie como tú.
—Tampoco yo.
—¿Alguna vez te molestas?
Van se encogió de hombros.
—Sí, todo el mundo lo hace. Sin embargo, la mayoría de las cosas no me
afectan. Solo las cosas grandes. Mentiras, engaños. Solo siento que no es tan difícil
ser una buena persona, hacer lo correcto.
Asentí hacia mis huevos, sintiendo que mi pecho iba a ceder a la presión.
—Correcto.
—De todos modos, la mayoría de cosas me resbalan.
Lo miré por un momento mientras sorbía su café.
—¿Te das cuenta de que somos exactamente opuestos?
Se encogió de hombros y dejó la taza en la mesa, dirigiéndose a mí.
—Excepto que no lo somos en absoluto. Es como si fuéramos hechos del
mismo metal, solo que tenemos diferentes acabados. Brillamos diferente.
—Eres como una galleta de la fortuna.
Van rio.
—Lo sé. Tengo un par de carpetas llenas de mala poesía de la escuela
secundaria, si alguna vez necesitas reírte.
—Poesía, ¿eh? Pasé la secundaria haciendo freerunning4 y evitando la
escuela.
—¿Y los chicos?
—Más mujeres que chicos.
Dejó escapar una risa.
—¿En serio? —Parecía estar en parte impresionado y en parte no seguro de si
le estaba haciendo una broma.
Tomé otro bocado y asentí.
—Historia verdadera.
—¿Algo serio?
Tragué saliva.
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—En realidad no. —Vi su rostro, en busca de su reacción, pero se limitó a
sonreír.
—En realidad, tiene mucho sentido, a partir de tu reacción cuando te busqué.
—¿Te refieres a acecharme? —bromeé.
—Acechar, orquestar un gran gesto, lo que sea.
—Habrías sido la captura del siglo, si te hubiera atrapado.
—No sé —me burlé—, soy un poco intimidante. Nadie se acerca mucho. Los
aparto antes de que tengan la oportunidad.
—Bueno, por suerte para ti, soy persistente. Sé lo que quiero, y consigo lo que
quiero.
4 freerunning: es una disciplina muy similar al parkour en el cual sus participantes utilizan
el entorno urbano y el paisaje rural para realizar movimientos y acrobacias a través de sus
estructuras.
Lo vi tomar un bocado de huevos, desconcertada.
—Eres algo más, Sullivan Collins.
Él me miró, con los ojos abiertos y honestos.
—Tú también, Cory James.
—No sé cómo entraste —dije, casi para mí misma.
—Puedo escalar cualquier pared en mi camino, y nunca renuncio a lo que
creo. Nunca tuviste una oportunidad —respondió con una sonrisa.
Quité el taburete y entré en sus brazos, mis labios buscando los suyos, mis
manos en sus mejillas. Intenté contener mi miedo y la incertidumbre, solo quería
demostrarle que significaba algo para mí.
Nuestras bocas se desaceleraron y me incliné hacia atrás, sintiendo las
lágrimas pinchando las esquinas de mis ojos, pero sonreí.
—Tengo que irme. Voy a llamarte más tarde, ¿de acuerdo?
—Muy bien, Cory.
Envolví mis brazos alrededor de su cuello y cerré los ojos, sin saber si
tendríamos un momento así de nuevo, lleno de su esperanza y confianza en mí.
Le susurré al oído:
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—Gracias.
•••
En el momento en que llegué al apartamento, tenía un plan, un discurso, y
una cantidad enorme de determinación. El plan era claro: tratar de convencer a
Jade de que la pintura era una falsificación. El discurso era mejor e involucraba a
varios nombres sucios y amenazas. La decisión sería mi salvación, si todo lo demás
fallaba.
Cerré la puerta del loft tranquilamente, pensando que todos se habían ido o
estaban durmiendo. Tiré mi bolso en una silla y me senté en la mesa,
preguntándome cuándo Jade estaría en casa. No me lo pregunté por mucho
tiempo.
Salió de su habitación, mirando con aire satisfecho mientras sacaba una silla y
se sentaba frente a mí.
—Te ves muy fresca. Realmente estás tirando esa mirada de “recién follada”.
—Se cruzó de brazos sobre la mesa y se inclinó hacia delante—. ¿Cómo fue recibir
una polla real? ¿Un poco más emocionante que el puño de Erin?
La miré.
—Dios, eres la peor, ¿lo sabes?
Ella se limitó a sonreír.
—No es un Rothko. Es de un don nadie que pinta imitaciones. —Crucé los
brazos y la contemplé.
Jade se inclinó un poco más cerca, mirándome.
—Buen intento. Está catalogado como el comprador en los registros.
Mierda. Hice una pausa, pero no moví ni un solo músculo.
—No lo haré, Jade.
Ella se encogió de hombros y suspiró.
—Jill va a estar tan decepcionada de ti.
Y justo así, lo decidí. No iba a dejar que me empujara. Había ahorrado
suficiente dinero. Nada valía la pena tratar con la megalomanía de Jade, ya no. Van
no era la única persona que iba a conocer la verdad.
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—Voy a decirle a Jill. Hoy.
Jade rio, el sonido soberbio y superior.
—Claro que lo harás.
—¿Qué, quieres venir conmigo?
—Sé realista, Cory.
—No estoy bromeando, Jade. He terminado con esto. No eres mi dueña, y no
me puedes obligar a hacer esto. Se lo diré a Jill.
Jade se me quedó mirando, su sonrisa deslizándose en una mueca al darse
cuenta de que no era un engaño.
—¿Realmente le vas a decir?
Asentí.
Ella echaba humo.
—¿Quién diablos es este tipo? ¿Te arriesgaras por él? Cory, la pintura tiene
un valor de millones. Y no solo un par. Como cerca de los quince.
Fijé mi mandíbula.
Se puso de pie.
—Quince millones de dólares —hizo una pausa—. Tu parte pagaría por la
escuela, la universidad de Jill, un yate, una casa en Malibú, y tendrían dinero para
vivir de por vida. A la mierda tu “no lo haré”. Lo harás.
Me puse de pie y me encontré con sus ojos.
—¿Me vas a obligar?
Jade caminó alrededor de la mesa, deteniéndose tan cerca que estábamos casi
tocándonos la nariz, solo a centímetros de la otra.
—Este no es robar ordenadores y memorias USB. Esto es algo que nos podría
establecer durante años. Años. El hecho de que follaras no significa que todos
tengamos que sufrir. ¿Qué tan estúpida eres? ¿Lo conoces durante cinco minutos, y
vas a tirar todo por la borda? ¿Por qué? —Se acercó más, enviando mis nervios de
punta.
—Retrocede, Jade.
Ella se burló de mí con un tono quejoso, lanzando mis palabras hacia mí.
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—Oh, ¿me vas a obligar? —Pero luego se enderezó, algo en su
desplazamiento, una sombra detrás de los ojos que no había visto antes—. No me
jodas. Esa es la única advertencia.
—Vete a la mierda con tu advertencia. —La golpeé en los hombros con las
palmas y subí mis puños mientras trataba de recuperar el equilibrio.
Su rostro se contrajo, sus dientes al descubierto cuando me atacó, pero le
lancé un puñetazo y golpeé su mandíbula. Ella se tambaleó hacia atrás y cayó al
suelo. Di un paso hacia ella.
—¿Qué tal si tú no me jodes?
Jade tosió, viéndose golpeada, y di un paso más cerca, lista con una amenaza.
Pero cuando abrí la boca para hablar, me barrió. El mundo se inclinó mientras me
tumbaba, y me golpeé contra el suelo, mis pulmones congelados por el impacto.
Antes de que pudiera reaccionar, estaba sobre mí.
Me dio un golpe y se sentó en mi pecho, sujetándome los brazos con las
piernas. Mi pecho el dolía, mi piel sentía escozor por el golpe, y ella se arqueó
sobre mí, presionando sus palmas al hormigón junto a mis oídos.
—Vas a hacer esto, o voy a encontrar a Jill. La encontraré, y la mataré. Y luego
de la pintura, estás fuera. Vas a desaparecer. —Ella me agarró por el cabello y me
golpeó la cabeza en el suelo frío.
Los puntos negros bailaban en mi visión, y gemí, sintiendo que el contenido
de mi estómago se disparaba a mi esófago. Tragué saliva.
—¿Lo entiendes, Cory? ¿Lo entiendes? Esto es más grande que tú, y no vas a
ponerte en mi camino.
Me tambaleé, mis oídos zumbaban mientras se inclinaba hacia mi rostro.
—Siempre he estado esperando para deshacerme de ti —dijo entre dientes—.
Mucho tiempo. Dame una razón. Solo una. Y voy a empezar con Jill.
Jade me agarró por el cabello, su rostro se contrajo mientras golpeaba mi
cabeza en el concreto, una vez más, y todo se volvió negro.
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Próximo libro:
Hardcore #2