Boletín Antropológico
ISSN: 1325-2610
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Universidad de los Andes
Venezuela
Clarac, Jacqueline
Reseña de "El Cacique NIGALE y la ocupación europea de Maracaibo"
Boletín Antropológico, vol. 25, núm. 70, mayo-agosto, 2007, pp. 277-284
Universidad de los Andes
Mérida, Venezuela
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Boletín Antropológ ico. Año 25, Nº 70, Mayo–Agosto, 200 7. ISSN:1325–2610. Uni-
v e r s i d a d d e L o s A n d e s . M é r i d a . Clarac, Jacqueline. R e c e n s i ó n . . . p p . 277– 284.
Recensión
El Cacique NIGALE y la ocupación europea de Maracaibo. Tipo-
grafía Mundo, Maracaibo, Venezuela. 180 pp.
CLARAC, JACQUELINE
Doctorado en Antropología
Universidad de Los Andes
e-mail: martinica@[Link]
Este libro, muy interesante y muy poco corriente, ilustrado
por Daniel Paz (probable dibujante de etnia wayuu, si se juzga por
el apellido y por los contactos que tuvo el autor con esta etnia), se
nos presenta en forma de novela histórica, con la cual desea el
autor re-escribir la historia de Venezuela, “dando al traste con
resabios, malentendidos y condicionamientos apriorísticos”, como
escribe José Javier León, quien comenta el libro en su contrapor-
tada, porque es urgente revivir el discurso histórico para las es-
cuelas y para nuestros jóvenes y niños. Según este último, Ildefonso
Finol se inscribiría “en lo que Briceño Guerrero llama ‘el Discur-
so Salvaje´ , que hace manifiestos la rabia, las frustraciones , la
vergüenza…voz dolorida que discurre sobre el dolor, lo expone y
demuestra”…
El libro está escrito en un estilo más indígena que occi-
dental, con mucha poesía y una concepción de la historia que con-
vierte ésta a la vez en mito y en epopeya, reconstruyendo una rea-
lidad que tiene también elementos de ficción, con un tiempo más
“etnológico” que histórico, para hacer hablar ahora a los que en el
curso de 5 siglos no habían tenido voz.
Procura reconstruir el ambiente físico-mágico y
sociocultural del Lago de Maracaibo y sus alrededores, antes de la
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llegada de Alonso de Ojeda y después, empezando el relato con el
viaje hacia el sur del gran cacique añú Maarak , quien gobernaba
toda la zona del Lago de Maarak´iwo bajo el tótem de la serpiente
cascabel, compartiendo la región armoniosamente con la otra et-
nia arawak, los Wayuu, y dos etnias menos numerosas, la Bari, de
origen chibcha, y la Yu´Pa, caribe, viaje que llevaba a la construc-
ción de nuevos pueblos añú. La descripción que nos hace todo el
tiempo, como tela de fondo, de los paisajes lacustres, es bella y
sugestiva, por ejemplo cuando nos muestra la caravana náutica
alcanzada por toda una familia de toninas, parecidas a los seres
humanos lo mismo que el manatí “cuyos gemidos o cantos simu-
lan voces mágicamente atrayentes, a las que es difícil ignorar
cuando se está necesitado de afecto”…Para convencer a su her-
mano To´olo de la necesidad de fundar nuevos pueblos, Maarak le
lleva una cantidad de regalos entre los cuales unas bellas conchas
de tortuga, de gran significado para los Añú, quienes se represen-
tan su Lago como un gran cascarón de tortuga volteado, con la
concavidad hacia arriba.
Pero el 24 de agosto de 1499 iba a entrar por el norte en el
Lago un quinto grupo humano, cuya expedición iba a dejar a su
paso rastros de sangre indígena a pesar de que, durante 9 días,
“disfrutaron de la espléndida pero cautelosa diplomacia Añú”, y
a pesar de que no lograron conocer a Maarak, quien todavía esta-
ba navegando hacia el sur.
Al regresar éste y haberse ido ya los extranjeros, el piache
Mohán le previno que les quedaban a ellos pocos días de libertad,
pues los nuevos llegados “los encontrarían rumiando la nostalgia
del tiempo que se acaba”; les advirtió que los Añú, por vivir y
dominar hasta entonces el Lago, darían “el sacrificio mayor” pues
“el Lago se teñirá de la sangre que sus armas nos arrancarán.
Estaremos solos en la resistencia”. De modo que Maarak se pre-
paró y preparó a su gente para resistir cuando volverían los extra-
ños visitantes; sin embargo pasaron 30 años antes que volvieran
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con sus destructivas armas, así que tuvieron tiempo de morir el
viejo piache y Maarak, a éste lo echaron al mar “en una canoa
ardiendo en solemne fuego”… y también murió Alonso de Ojeda,
el europeo que dirigía la primera expedición, ya que no regresó.
El 18 de septiembre de 1529 llegó a la zona el agente ale-
mán Ambrosio Alfinger, en una excuresión organizada desde Coro,
que ocupaban los europeos desde 1527. Llegó con 180 hombres
bien armados, tres embarcaciones “y traían con ellos a unas bes-
tias poderosas y terribles que sembrarían el terror entre las co-
munidades lacustres, enormes cuadrúpedos sobre los que los in-
vasores lucían gigantes e invencibles, y otros más pequeños pero
feroces que atados por el cuello no cesaban de exhibir sus colmi-
llos sedientos de carne. Son caballo y perro, determinados alia-
dos de la victoria del saqueo”.
“Todos sean herrados con fuego en la barbilla”, fue la
orden de los Welser o Belsares, aquellos teutones a quienes la
Corona española había dado poder para conquistar, explotar, po-
blar y gobernar, incluyendo la licencia para esclavizar a los indios
rebeldes (los Añú muy particularmente) e introducir esclavos ne-
gros. Empezaron con los indígenas de los pueblos de Parepi y
Cumari, utilizando una artimaña que hoy sería calificada de “gue-
rra preventiva”: “Siendo sus tierras tan cercanas a Maracaibo,
pudieran hacer mucho daño si no fuesen castigados oportuna-
mente, visto que han querido alzarse y alborotar otros muchos
pueblos que estaban en paz, cometieron traición y llegando a
amacanear la Santa Cruz, rectamente sentencio”…y condenó a
“222 piezas de indios e indias, pequeños y grandes, las 22 indias
paridas sin contar sus criaturas de leche como piezas naturales…”
Y esto, a pesar de que la gente de Parepi y Cumari siempre habían
sido generosos con los europeos. Los llevaron a Jamaica y Santa
Marta, vendiéndolos a 7 pesos y medio por persona. Así se instauró
definitivamente la era esclavista, con la complicidad de todas las
autoridades, y la resistencia fue la única vía para la sobrevivencia.
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En la medida que fueron llegando, los hombres no sólo de Alfinger,
sino también de Federman, Spira, del obispo Rodrigo de Bastidas,
iban saqueando más poblados, en busca de oro y de esclavos, de-
jando una estela de muerte y destrucción hasta las riberas de los
ríos Zulia y Catatumbo, donde los recibieron “las heroicas fle-
chas de los recios guerreros Bari”…En 1535 Federman, bajo ins-
trucciones recibidas de Jorge Spira, se llevó a 700 indígenas como
esclavos al Cabo de la Vela, para iniciar el negocio de la extrac-
ción de perlas, y los Añú incendiaron lo que quedaba de la ciudad
de Maracaibo, así como los 3 navíos españoles anclados en el lago.
Otra vez, en enero de 1541, Pedro de Limpias, veterano en el sa-
queo de la región Añú, “para complacer las vanidades del recién
nombrado gobernador, el obispo Rodrigo de Bastidas, raptó de
sus hogares a 500 indígenas Añú, que vendieron a mercaderes de
baja calaña en Coro”. Así pudo el gobernador-obispo, sustituto
del fallecido welser Spira, financiar su ascensión al cargo.
En 1569 se produce el segundo intento de ocupación defi-
nitiva europea de Maracaibo, invasión que llegó de Trujillo, orga-
nizada por el capitán Alonso Pacheco, “encargado de fundar una
ciudad en la laguna de Maracaibo”, con la ayuda de españoles de
Trujillo y Mérida. “Cada conquistador se inventó su Dorado,
mundo mítico de riquezas incalculables que la codicia alimentó
en las perturbadas mentes conquistadoras”. Pacheco al no más
llegar al lugar constituyó Cabildo y nombró a los dos primeros
alcaldes de “Ciudad Rodrigo de la Laguna de Maracaibo”, nom-
bre que se debió al origen de Pacheco, quien era de Ciudad Rodrigo
en España. Las casas “eran hechas con argamasa, piedras calizas
porosas y varas de mangle, con techos de arcilla cocida”. En casa
de Pacheco se crió el niño NIGALE (quien iba a ser más tarde el
nuevo héroe Añú de la resistencia) al lado de su madre y en com-
pañía del hijo de Pacheco, con el cual compartía juegos y quien lo
iba a matar posteriormente. Como Pacheco había pedido al Rey
de España refuerzos, cosa de la cual se enteraron los Añú, se orga-
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nizaron los últimos grupos Añú que quedaban, para vigilar la lle-
gada de los nuevos europeos a la entrada del lago; llegaron a me-
diados de 1573, recibiéndolos los Añú apostados en los manglares
con una lluvia de flechas, que dio muerte a los españoles, y “los
bagres y zamuros hicieron el resto”, después de lo cual las comu-
nidades Añú que todavía sobrevivían en el estuario del Lago, in-
tentaron un rescate definitivo de Maracaibo, dirigidos por Nigale,
quien logró reunir cien canoas, que partieron de la isla de Toas
repletas de hombres, mujeres y niños, de piedras, de arcos hechos
de madera de curarire, con sus flechas, con buches de alcatraz
llenos de curare, amarrados a la cintura con cocuiza, y macanas de
mangle rojo recién cortado, que destilaba cera. La gente de Pacheco
no pudo responderles ya que de la orilla las flechas comenzaron a
causarles bajas, pues “la orden dada al batallón de pedreros era
tirar la mayor cantidad que pudieran en el menor tiempo posible
una vez que las canoas tocaran ribera. Y así lo hicieron…”
uniéndoseles los indígenas que tenía Pacheco de sirvientes. “La es-
tocada fue severa. Jaque a Ciudad Rodrigo”, escribe Finol. Cuan-
do retornaron los caciques a sus comunidades, los últimos españo-
les que quedaron reunieron a sus heridos para huir de Maracaibo, y
en cuanto a Pacheco, “ni siquiera esperó a su grupo”.
Una nueva invasión española fue preparada y encomenda-
da esta vez a Pedro Maldonado, vecino y encomendero de Mérida,
quien ofreció a varios encomenderos reconquistar las encomien-
das de Maracaibo, de modo que llegaron con fuerzas superiores a
las invasiones anteriores. Rebautizó el nuevo gobernador la ciu-
dad, a la cual puso esta vez el nombre de “Nueva Zamora de la
Laguna de Maracaibo”. Persuadido que el terror era el mejor
método en la pacificación de la región, le imprimió a sus ataques
sistemáticos a las comunidades indígenas una fiereza extraordina-
ria, ataques que repetía con una frecuencia inusitada, y el joven
cacique del clan zapara de la nación Añú, Nigale, “gime silencio-
so las nostalgias por un pueblo que desaparece: Su pueblo”, pero
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prepara una gran alianza entre los últimos clanes Añú que quedan,
de las familias de los aliles, toas, parahute, paraüja, mohanes,
auzales y arubaes, así como selló alianza también con los descen-
dientes de la gran nación Chibcha, los Bari, del sur del Lago, éstos
eran gente que nunca rehuían un compromiso por difícil que fue-
ra, además de que amaban profundamente sus territorios, y con
todos ellos la estrategia nigeleana fue de golpear a los españoles
en eso que más les interesaba: sus negocios, especialmente el ne-
gocio de las perlas en Cabo de Vela. Los reductos de la resistencia
asediaron con garra esos años, apoderándose del control de la na-
vegación en el Lago, fundamentalmente en la barra, donde los
guerreros de Nigale “hicieron punto de honor, ubicándose audaz-
mente en todas las islas y bajos del estrecho”, pues pensaban que
golpear el comercio haría más daño al invasor que golpear sus
hogares. Persiguieron así las canoas guerreras todas las embarca-
ciones que llegaban de Cartagena o de Santo Domingo, así como
las que venían de Gibraltar a traer tabaco y otras mercancías de
Mérida, Barinas, Carora, Trujillo, Guanare, las naves comerciales
ardían en llamas. Los Bari libraron la misma lucha al sur del lago,
y destruyeron varias veces el puerto de Gibraltar, de modo que se
transformó el lago de Maracaibo en un inmenso campo de batalla,
con esa insurrección añú y bari en toda la región, hasta 1606, cuando
llega un nuevo gobernador, Sancho de Alquila, quien trajo consi-
go una gran cantidad de hombres de armas, decididos a terminar
definitivamente con la insurrección indígena, a lo que Nigale con-
testó pidiendo a los suyos y a los Barí arreciar la guerra, organi-
zando un ataque masivo de ciento cincuenta canoas, irrumpiendo
en el puerto de los españoles, llevándose sus embarcaciones y apro-
vechando la ocasión para tumbar los corrales de cabras, robar al-
gunas y sacrificar el resto. Pero llegó la salvación para los españo-
les en 1569, con la llegada de Juan Pacheco Maldonado, hijo del
antiguo gobernador Pacheco que había huido de “Ciudad Rodrigo”
y con el cual Nigale había jugado en su infancia y que residía
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hasta entonces en Trujillo. Este, después de lograr el apoyo eco-
nómico, logístico y de recursos humanos que necesitaba, llegó sin
avisar al pueblo de Parahute primero, que destruyó y se llevó a los
caciques al puerto de Nueva Zamora para ejecutarlos en público,
y para acabar con Nigale también, tramó una treta de engaño: En-
vió a éste un mensaje diciéndole que quería conversar con él, cosa
que creyó Nigale, porque había conocido a Pacheco en su infancia
y los Añú no habían tenido ningún problema con los habitantes de
Trujillo de donde venía éste. Decidieron “conversar” en la isla de
Zapara, adonde debía ir cada jefe con sólo un grupito de hombres
sin armas. Pero los hombres de Pacheco escondieron sus puñales
en las mangas de sus camisas, mientras que con Nigale venían no
sólo algunos pocos hombres sino también mujeres y niños. “El
diálogo se trocó en un monólogo de cuchillos, espadas y mosque-
tes”. Era la víspera de San Juan, 23 de junio de 1607. A Nigale
pudieron apresarlo vivo y lo llevaron a Nueva Zamora con otros
11 de sus guerreros, los mantuvieron encerrados en jaulas de hie-
rro y al tercer día los ahorcaron en la plaza mayor. Así “se selló el
fin de la resistencia indígena en Maracaibo, con la muerte de su
más querido líder”.
Con estos primeros 108 años de la “historia” de Maracaibo
todavía desconocida de los venezolanos y de los mismos marabinos,
reconstruye de este modo el autor 108 años de invasiones euro-
peas y resistencia indígena, especialmente la de los Añú, quienes
quedaron finalmente exterminados en su mayor parte. Con triste-
za comenta Finol que, a fines del siglo XX, éstos habían perdido
sus últimos descendientes, básicamente concentrados en la lagu-
na de Simanaica, y perdido también su lengua (hoy, sin embargo,
está renaciendo ésta, gracias a un programa dirigido por unos lin-
güistas de la Universidad de Zulia), de modo que los términos
indígenas utilizados en el texto son del arawak wayuu, lengua de
esos primos hermanos de los Añú, quienes también resistieron a la
cultura invasora pero con otras estrategias de resistencia que les
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permitieron sobrevivir y adaptarse de modo extraño y exitoso a
las costumbres “criollas”, aunque sin perder su identidad. Esas
palabras con las cuales nombra Finol los elementos del cosmos y
la gente, dice haberlas aprendido del maestro wayuu Ramón Paz
Ipuana, a fin de reconstruir el ambiente de aquellos héroes Añú,
especialmente de Maarak y Nigale, cuyos descendientes conoció
en el siglo XX al frecuentar el barrio El Nazareno del Moján.
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