PARA ENTENDER A EINSTEIN
Christophe Galfard
Para entender a Einstein
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Primera parte. Luz
1. Presentació n histó rica
2. La velocidad de la luz
Segunda parte. Una teoría de los objetos en movimiento
1. Todo es relativo
2. Tú tienes tu versió n y yo la mía
3. E=mc2
4. La cuarta dimensió n
Tercera parte. Consecuencias
1. Antimateria
2. La energía ató mica
Conclusió n
Bibliografía
Sobre el autor
Notas
Entiende a Einstein. Una emocionante aproximació n a E=mc2, de Christophe Galfard, uno de
los divulgadores científicos má s renombrados del planeta, exalumno de Stephen Hawking.
Galfard tiene un talento extraordinario para hacer asequible hasta lo má s complejo, y con
este libro nos lleva de la mano a conocer la teoría de la relatividad de Einstein, y nos explica
có mo surgió y có mo logró cambiar la historia del siglo XX.
Christophe Galfard
Para entender a Einstein
Una emocionante aproximación a E=mc2
ePub r1.0
Skynet 14.03.2019
Título original: How To Understand E=mc2. (Little Ways to Live a Big Life)
Christophe Galfard, 2017
Traducció n: Pablo Á lvarez Ellacuria
Retoque de cubierta: Skynet
Editor digital: Skynet
ePub base r2.0
Prólogo
E=mc2
E simboliza la energía.
Energía como la que hace que tu coche se mueva, que se enciendan las bombillas y que
funcione tu nevera.
m representa la masa.
Masa del mismo tipo de la que estamos hechos tú y yo, y el aire, y los mares, y las
montañ as y las nubes y toda la materia conocida del universo.
Y c2 es la velocidad de la luz al cuadrado.
Un nú mero enorme, lo mires por donde lo mires.
E=mc2 afirma que la energía puede convertirse en masa. Y que es posible convertir la
masa en energía. Cantidades ingentes de energía. Nos explica por qué podemos dividir el
á tomo, y có mo brillan las estrellas, e incluso có mo es posible que la naturaleza cree
partículas a partir de la nada. Pero eso no es todo.
E=mc2 es una especie de faro, la luz en la oscuridad que ilumina el acceso a una nueva
realidad donde no solo la masa y la energía, sino también el espacio y el tiempo, tienen
significados diferentes a los que cabría esperar. Tiene repercusiones en el mundo de lo
diminuto, y también en el de lo descomunal. Tanto es así que ha marcado el devenir de casi
todo el siglo XX, incluida la manera en que nos percibimos a nosotros mismos, y ha dado
lugar al mundo que conocemos en la actualidad.
Primera parte
Luz
1
Presentación histórica
Allá a comienzos del siglo XX, casi todo lo que la ciencia sabía acerca de la realidad se
basaba en lo que, unos 180 añ os atrá s, Newton había condensado a partir de conocimientos
previos (ademá s de lo que había descubierto por su cuenta). Ese conocimiento se ajustaba
a lo que nuestra intuició n nos cuenta sobre el funcionamiento del mundo natural.
Las cosas iban a cambiar muy pronto, sin embargo.
Hay que tener en cuenta que durante los ú ltimos diez mil añ os nuestros cuerpos apenas
han evolucionado. A lo largo de ese tiempo hemos mantenido má s o menos los mismos
ojos, orejas, dedos, lenguas y narices. Eso significa que, a lo largo de la historia, todos
hemos estado en la misma situació n a la hora de intentar comprender cuanto sucede a
nuestro alrededor.
Gracias a siglos de curiosidad, reflexiones y avances tecnoló gicos, a comienzos del siglo
pasado nuestra especie alcanzó un plano superior de conciencia. Comprendimos que las
leyes de la naturaleza, que por intuició n creíamos universalmente vá lidas en el tiempo y el
espacio, eran distintas a como las imaginá bamos.
Comparados con la inmensidad de nuestro universo, somos diminutos.
Comparados con el minú sculo tamañ o de las partículas fundamentales y el mundo
cuá ntico, somos descomunales.
Flotamos entre esas dos infinidades, grande la una y pequeñ a la otra, y nuestros
sentidos está n limitados a la hora de explorar cuanto nos rodea.
Hace unos cien añ os comprobamos que, a medida que nos alejamos de la seguridad que
nos proporciona nuestra escala, las leyes naturales empiezan a cambiar. De manera
drá stica, ademá s. Las cosas que experimentamos a diario no son má s que una versió n
aproximada de realidades que nuestros sentidos no está n hechos para detectar. Tener
conciencia de ello es lo que nos diferencia de todos los humanos que han vivido antes que
nosotros.
Hoy sabemos de tres vías que conducen a aspectos inesperados de la realidad. Una es la
de lo grande. Otra, la de lo pequeñ o. Y la ú ltima es la de lo rá pido, el mundo de las altas
velocidades.
Del mismo modo que es cierto que no somos grandes (si nos comparamos con el
universo) ni pequeñ os (si nos comparamos con las partículas), tampoco nos movemos
rá pido. Incluso el cohete má s veloz que se haya lanzado nunca es una tortuga en
comparació n con algo que se mueve a la velocidad de la luz.
Pero un momento… ¿El desplazamiento de la luz no es instantá neo?
Me consta que sabes que no. La luz se desplaza a una velocidad específica, a la que
llamamos velocidad de la luz. Los científicos se refieren a ella como c, la inicial de celeridad.
Y si se le ha conferido el honor de una letra propia, algo a lo que jamá s podrá n aspirar ni tu
velocidad ni la mía, se debe a que tiene un rasgo muy particular: en el vacío, la luz se mueve
siempre a la misma velocidad.
Siempre. Independientemente de quien la esté midiendo.
Ese es uno de los motivos por los que E=mc2.
Y para entender có mo se llegó a esta conclusió n, lo primero que tenemos que hacer es
medir la velocidad de la luz.
2
La velocidad de la luz
Imagina que está s en una habitació n oscura.
Tienes la mano sobre el interruptor de la luz.
Está s concentradísimo, a punto de entender el tiempo que tarda la luz en desplazarse
desde la bombilla hasta tus ojos.
Enciendes la luz.
Y no percibes ningú n intervalo.
Por lo que a tus sentidos respecta, la habitació n se ha iluminado instantá neamente.
Galileo intentó algo similar hace ya 500 añ os con una fuente de luz situada a kiló metro y
medio de distancia, y tampoco fue capaz de percibir demora alguna. Pero existe. En tiempos
de Galileo no había instrumentos lo suficientemente precisos como para detectar esta
demora. Para haber podido percibir algo, a nuestros antepasados les habría hecho falta que
la luz recorriese distancias mucho, muchísimo mayores que las que pueden encontrarse en
la Tierra.
Y eso es exactamente lo que hizo el astró nomo danés Ole Rømer en 1676. Rømer
estudiaba a Io, una de las mayores lunas de Jú piter. [1] Al igual que la mayoría de los
planetas, Jú piter no brilla por sí mismo, sino que es el Sol el que lo ilumina. Por ese motivo
proyecta una sombra. Io entra y sale de esa sombra a intervalos regulares: tan pronto
emerge de la oscuridad como vuelve a sumergirse en ella. Gracias al telescopio inventado
poco antes por Galileo, Rømer vio que Io tardaba má s tiempo en desaparecer y reaparecer
cuando la Tierra se alejaba de Jú piter que cuando se acercaba a él. Rømer lo tuvo claro:
aquello era indicio de que la luz no se desplazaba instantá neamente. Llegó incluso a
calcular su velocidad, que erró en un 20 % respecto a la cifra que manejamos hoy en día. No
está mal para un primer intento.
Unos 200 añ os má s tarde, hacia 1860, el físico escocés James Clerk Maxwell puso en
marcha toda una serie de revoluciones científicas que dieron lugar nada menos que a la
ciencia del siglo XX. En una época en la que la gente todavía viajaba a caballo y usaba velas
para trabajar por la noche, Maxwell descubrió que la electricidad y el magnetismo eran dos
manifestaciones de un mismo fenó meno (el electromagnetismo) que, cuando sufre
perturbaciones, genera una onda.
Del mismo modo que una boya flotando en un lago genera ondas en su superficie que se
alejan de la boya a una velocidad determinada, si movemos un imá n obtendremos una
onda: una onda electromagnética. Eso es lo que se deducía de las ecuaciones de Maxwell, y
este, por supuesto, quiso saber a qué velocidad avanzaban esas ondas. Sus experimentos
encontraron la respuesta: a la misma velocidad que había descubierto Rømer. La velocidad
de la luz. Aquello no podía ser una coincidencia, pensó Maxwell. Por extrañ o que pueda
parecer, acababa de descubrir que la luz es una onda electromagnética.
Pero claro, eso planteaba una nueva incó gnita.
Las olas en la superficie del océano se mueven sobre el agua, las ondas acú sticas se
desplazan a través de la materia.[2] Entonces, ¿a través de qué se desplaza la luz? En una
habitació n podemos ver la llama de una vela sobre la mesa, y en el cielo nocturno vemos
brillar las estrellas má s lejanas. Pero, así como en la habitació n hay aire, en el espacio no
hay nada. Nada, al menos, que podamos ver. Y sin embargo, la luz se desplaza por igual en
ambos sitios. Tras el descubrimiento de Maxwell, los científicos teorizaron que tanto en el
espacio exterior como en la Tierra tenía que haber algo que no éramos capaces de ver, un
medio que colmaba el universo entero, un medio capaz de vibrar y permitir el paso de una
onda. Una onda de luz, claro. A ese medio se le dio el nombre de éter luminífero, o éter en su
forma abreviada. Casi ninguno de los científicos má s brillantes de la época dudó de su
existencia, pero si nunca has oído hablar de él, no te preocupes, es normal. Porque no
existe.
Ahora imagina que está s a bordo de un barco de vela, en el mar. Es un día ventoso y
navegas deprisa. Detrá s de ti navega otro barco a exactamente la misma velocidad. Desde el
barco dan un bocinazo para saludarte. El estruendo de la bocina, empujado por el viento,
llega hasta ti má s rá pido de lo que lo habría hecho en un día má s calmo. Educadamente,
respondes con otro bocinazo, pero ahora la señ al acú stica tiene que avanzar contra el
viento.
Comparar los dos tiempos de desplazamiento es una manera de calcular la velocidad
del viento.
En la década de 1880 dos científicos estadounidenses, Albert Michelson y Edward
Morley, llevaron a cabo ese mismo experimento, pero no para estudiar un soplo de aire,
sino un soplo de éter. Y el vehículo que emplearon no fue un barco cualquiera de los que
flotan en el océano, sino la nave en la que nos embarcamos al nacer para viajar por el
universo: la propia Tierra.
La Tierra completa una ó rbita alrededor del Sol en un añ o. Coincide ademá s que esa
ó rbita es prá cticamente redonda, lo que significa que a grandes rasgos trazamos círculos
alrededor de nuestra estrella. Por eso, independientemente del día en que estés leyendo
esto, tú y yo y todo cuanto hay en el planeta nos estamos acercando a estrellas muy lejanas
que se encuentran en la posició n diametralmente opuesta de aquellas a las que nos
acercá bamos seis meses atrá s, o a las que estaremos acercá ndonos dentro de seis meses. Es
lo que pasa cuando te mueves en círculo.
Ahora bien, pese a que no lo percibimos, la Tierra se mueve bastante deprisa alrededor
del Sol, a unos 100 000 kiló metros por hora. Por eso, si existiese un éter que lo cubriese
todo y soplase en alguna direcció n, debería producirse una diferencia de 200 000
kiló metros por hora entre la velocidad con la que la Tierra se mueve, a intervalos de seis
meses, con respecto al éter.
El experimento de Michelson y Morley consistió , bá sicamente, en lanzar rayos de luz
hacia las mismas estrellas cada seis meses. La Tierra estaría al principio moviéndose hacia
una de esas estrellas, y a los seis meses se estaría alejando de ella. Si al desplazarse por el
éter la luz se comportase del mismo modo que al desplazarse por el aire, el tiempo de
desplazamiento entre dos puntos debería variar y revelar la velocidad del viento del éter.
Pero no encontraron diferencia alguna. Nada de nada.
No había tal viento. Aquello fue algo inesperado, pero los científicos (la mayoría de
ellos) se sobrepusieron a la sorpresa.
Curiosamente, tampoco pudieron detectar la velocidad de la Tierra. La diferencia de
200 000 km/h no aparecía por ninguna parte.
Y eso sí que fue una sorpresa, y no solo porque indicase que el éter no existía.
Para entender el porqué, imagina que está s en un campo de cricket, y que lanzas la bola
contra el wicket.
Ahora vuelve a lanzarla con la misma fuerza, pero subido a bordo de un cohete que
avanza hacia el wicket a 200 000 km/h.
No esperará s que las dos bolas golpeen el wicket a la misma velocidad, ¿no?
Pues eso es lo que Michelson y Morley, inesperadamente, descubrieron sobre la luz.
Tanto da lo que la fuente emisora esté haciendo: la luz se mueve siempre a la misma
velocidad.
Exactamente a 299 792 458 metros por segundo.
Digo «exactamente» porque así es como se define desde 1983 el metro: es la distancia
que recorre la luz en un segundo, dividida entre 299 792 458. Ahí no hay nada que discutir.
La luz, segú n la entendemos desde entonces, es una onda electromagnética que se
desplaza no a través del éter, sino de… de… de la nada, en realidad. Y su velocidad en el
vacío del espacio exterior es una constante,[3] c, estimada en 299 792 458 m/s.
Una vez comprendido esto, a la humanidad solo le faltaba un principio científico para
llegar a E=mc2. Un principio que Galileo había planteado siglos atrá s y que Einstein se
encargó de modernizar. Es una forma de considerar el mundo desde el punto de vista de un
objeto en movimiento.
Segunda parte
Una teoría de los objetos en movimiento
1
Todo es relativo
Michelson y Morley habían descubierto que, al encender una linterna, el hecho de que estes
o no en movimiento no afecta a la velocidad de la luz que emites. Dicho de otra manera: por
lo que a la luz respecta, las velocidades no se suman.
Es posible que Albert Einstein no tuviese conocimiento de ese experimento, pero
incluso de haberlo conocido, lo má s seguro es que no le hubiese interesado especialmente.
A él lo que le gustaba era imaginarlo todo. Lo de los experimentos era muy secundario. Por
eso, si le dedicó tanto tiempo al enigma de la velocidad de la luz no fue por el extrañ o
resultado del experimento de Michelson y Morley sino porque el enigma estaba ya presente
en las ecuaciones electromagnéticas de Maxwell: la velocidad de la luz aparecía en la
ecuació n sobre las ondas electromagnéticas que Maxwell había descubierto, y aparecía
como una constante, ademá s.
A partir de esto, Einstein elaboró dos ideas o principios, a los que de alguna manera la
naturaleza tenía que atenerse para explicar lo que en su opinió n debía ser la realidad.
Sus cavilaciones se centraban en la siguiente cuestió n: ¿es posible que exista un
movimiento especial que nos permita ver la realidad de forma má s bá sica que cualquier
otro movimiento? ¿El universo y sus leyes se nos muestran má s sencillos cuando estamos
tumbados en la cama, o viajando en coche, o a bordo de un cohete en el espacio exterior?
Cuatro siglos atrá s, Galileo Galilei ya pensaba que no era así. Se dio cuenta de que, por
ejemplo, a una persona encerrada en el camarote de un barco sin ventanas en alta mar
ningú n experimentó sería capaz de decirle si el barco se movía o no. El mismo experimento
lo puedes hacer hoy en un tren: todos hemos visto por la ventanilla como un tren abandona
la estació n y hemos pensado que es nuestro tren el que está en marcha. Má s fá cil todavía: si
vas en coche a una velocidad constante, cierra los ojos (a menos que seas el conductor,
claro) e intenta percibir la velocidad del vehículo. Comprobará s que no puedes.
Isaac Newton y el matemá tico y físico francés Henri Poincaré eran de la misma opinió n,
al igual que Einstein: si está s en un espacio cerrado, sin ventana alguna que revele lo que
sucede en el exterior, ningú n experimento podrá revelarte si está s o no en movimiento. Y
ademá s, segú n todos ellos, esta circunstancia debería cumplirse en cualquier lugar, y no
solo en la Tierra.
Imagínate ahora enfundado en un traje espacial, en el espacio exterior, lejos, muy lejos
de todo. El casco te permite ver lo que te rodea, pero no las lejanas estrellas. Está s
completamente inmó vil.
De repente ves que dos figuras de porte humano avanzan a gran velocidad hacia ti.
Visten trajes espaciales muy extrañ os, y el casco enmascara sus rostros. Bien podrían ser
alienígenas. Emocionado, los saludas con la mano, pero pasan a tu lado como una
exhalació n. Al igual que tú , no tienen cohetes ni nada que los impulse, pero aun así corren
que se las pelan. Impresionado y no sin cierta envidia los contactas por radio mientras aú n
puedes, para presentar tus respetos. Y cuá l no es tu sorpresa cuando responden que ellos
también se han alegrado mucho de verte, pero que en su opinió n ellos estaban quietos y
eras tú el que te movías. Y que, por cierto, corrías que te las pelabas.
Y está n en lo cierto.
Igual que tú .
Ese se convirtió en el primer principio de Einstein: mientras uno no acelere, es
imposible saber quién se está moviendo y quién no, porque no hay un sistema de referencia
absoluto al que remitirse. No existe un éter luminífero ni una corriente a partir de la cual
medir una velocidad absoluta y objetiva. Las ú nicas velocidades que tienen sentido son
relativas.
Por este motivo, la velocidad a la que te desplazas no te hace especial, y en consecuencia
las leyes de la naturaleza deberían ser las mismas independientemente de tu velocidad. En
consonancia con Galileo, Newton y Poincaré, Einstein lo llamó el principio de relatividad. En
términos matemá ticos puede expresarse así: si una ley de la naturaleza determina que A=B
para alguien que se desplaza a una velocidad determinada, entonces A=B (y no A=algo
diferente) debe ser igual de cierto para quienquiera que se mueva a una velocidad
constante, ya sea esta mucha o poca.
El segundo principio es que en el vacío la luz avanza siempre a la misma velocidad.
Para comprobar que estos dos principios abren la puerta a una nueva comprensió n de
la realidad, hagamos lo que hizo Einstein: un experimento mental.
Imagina que está s sentado en una silla hecha de luz y que te mueves por el espacio a la
velocidad de la luz.
Vas de camino a una cita futurista que se celebrará en el otro extremo de la galaxia.
Te preocupa un poco tu aspecto, por eso sacas un espejo del bolsillo y lo pones frente a
ti para ver qué pelos llevas. Y ahora la pregunta es: ¿puedes verte en el espejo? Es una
pregunta importante.
Para poder verte, necesitarías una luz que viajase má s rá pido que tú ; de lo contrario,
nunca llegaría al espejo para poder devolverte un reflejo. Tendrías que emitir una luz que
viajase má s rá pido que la luz. Y eso no es factible. De modo que no, no te verías en el espejo.
Bueno, en realidad el motivo por el que no te verías, segú n lo entendemos en la actualidad,
es todavía má s inquietante: a la velocidad de la luz, tu tiempo se detendría.
Tu corazó n dejaría de latir.
Tus células no envejecerían.
Tu reloj se paralizaría.
El tiempo se congelaría y las distancias se contraerían. No podrías verte en el espejo
porque no verías nada (de entrada, no habrías podido ni sacar el espejo del bolsillo). Aun
así, estarías desplazá ndote a gran velocidad, pasando junto a lugares maravillosos de los
que no tendrías constancia.
Ya, ya lo sé: menuda decepció n.
Pero ¿sabes qué es má s decepcionante todavía? En realidad nunca podrías emprender
ese viaje. Para poder viajar a la velocidad de la luz tendrías que estar hecho de luz y no de
materia. Las partículas con masa (y, sin á nimo de ofender, está s compuesto de un buen
montó n de ellas) no pueden alcanzar la velocidad de la luz. Jamá s. Solo las partículas sin
masa son capaces de ello. Es una consecuencia de E=mc2.
Esas son solo dos de las numerosas y extrañ as consecuencias de los dos principios
postulados por Einstein de los que hablá bamos antes. Esos principios implican que el
comportamiento de la naturaleza a altas velocidades nos obliga a replantearnos cosas que
dá bamos por sentadas.
Eso en parte es lo que Einstein plasmó en un artículo escrito en 1905 y titulado «Sobre
la electrodinámica de los cuerpos en movimiento». En aquel entonces contaba 26 añ os y era
un completo desconocido que trabajaba en una oficina de patentes de Suiza.
Meses má s tarde, mientras refinaba aquella idea, interpretó que también era necesario
reconsiderar el significado de masa.
Aquello condujo a E=mc2.
El mayor genio de todos los tiempos estaba a punto de reconfigurar el mundo.
2
Tú tienes tu versión y yo la mía
Vuelves a estar en el espacio, enfundado en tu traje espacial, y aú n te acuerdas de los dos
astronautas que pasaron volando hace un rato. No has llegado a ver sus caras, y te da por
pensar: tanto si son alienígenas como si no, ¿es posible que las leyes físicas que ellos
experimentan sean las mismas que te afectan a ti? Me refiero a que sean exactamente las
mismas; es decir, si encuentras una fó rmula para describir un fenó meno, ¿funcionaría
también para describir el mismo fenó meno desde su punto de vista, incluso si van muy
rá pido y son alienígenas?
El principio de la relatividad afirma que así debería ser.
Sin embargo, nos topamos con un problema.
La interpretació n del electromagnetismo de Maxwell funcionaba (funciona todavía)
extraordinariamente bien. Para que te hagas una idea, es la que ha hecho posibles las
radios, y los televisores, y el radar, y los teléfonos mó viles, y los hornos microondas, y la
mayoría de los aparatos electró nicos. También nos ha permitido asomarnos al firmamento
nocturno mediante ondas electromagnéticas que no somos capaces de detectar a simple
vista: los rayos X, la radiació n ultravioleta, etcétera. No es poca cosa. Aú n me sorprende que
el nombre de Maxwell no sea má s conocido entre el gran pú blico.
El problema, sin embargo, es que las ecuaciones de Maxwell no permanecen inmutables
cuando uno, en su ingenuidad, sustituye un punto de vista (pongamos que el tuyo) por otro
(el de los supuestos astronautas alienígenas, por seguir con el mismo ejemplo). En la
ecuació n aparecen nuevos términos, y esos términos llevan a predicciones que no se
corresponden con los experimentos.
Esta discrepancia irritó bastante a un físico holandés, Hendrik Lorentz.
A Lorentz le gustaban las ecuaciones de Maxwell (a todos deberían gustarnos), y quería
que mantuviesen su validez y siguiesen siendo las mismas para quienquiera que se moviese
a una velocidad constante, alienígena o no, rá pido o despacio, independientemente de
quién las descubriese primero. Pero para que así fuera, Lorentz comprendió que algo tenía
que cambiar, algo que se había dado siempre por supuesto: el tiempo y el espacio ya no
podían ser conceptos universales. Ambos tenían que depender de quien los midiese. Hablo
de las distancias reales que tú y yo medimos a diario, y del tiempo real que marca tu reloj.
Si todo esto te suena descabellado, recuerda que este planteamiento quizá fuera teó rico
hace un siglo, pero ya no. Numerosos experimentos han demostrado que es correcto. Las
comunicaciones por satélite no existirían de no ser así, por ejemplo.
Lo que Lorentz supo ver es que, para que las ecuaciones de Maxwell fuesen siempre
ciertas, intentar cambiar de un punto de vista a otro de forma directa e intuitiva sería
incorrecto. Es preciso tener en cuenta las velocidades relativas y transformar
consecuentemente nuestros puntos de vista. Las transformaciones matemá ticas elaboradas
por Lorentz para conseguirlo llevan ahora su nombre: se conocen como transformaciones
de Lorentz. En ellas se combinan el espacio, el tiempo y las velocidades relativas.
Y eso es… peculiar.
Volvamos ahora a la Tierra.
De repente te ves caminando por una carretera. Hace un día precioso. Un coche pasa a
tu lado. Resulta fá cil imaginar que te pones en el sitio del conductor y ves el mundo desde
su asiento, ¿no? No hace falta má s que imaginarse sentado en el asiento del conductor y
listos.
Pues no, segú n Lorentz.
Para hacerlo correctamente, tendrías que ajustar tu tiempo. Y también las distancias
que ves.
Es un alivio saber que esos ajustes no son necesarios con las velocidades a las que
estamos expuestos en nuestra vida cotidiana. Nuestros sentidos no son capaces de percibir
el cambio, que es insignificante. Incluso si hablamos del coche má s rá pido que pueda
existir, un segundo en el arcén es idéntico a un segundo en el coche. Y lo mismo vale para
las distancias: si el conductor dice que se detendrá en cien metros para recogerte, tendrá s
que caminar cien metros para subirte al coche. Y las velocidades también se suman de la
forma habitual: si el conductor lanza hacia delante una pelota, verá s que la pelota se mueve
a la velocidad con la que el conductor la lanzó má s la velocidad del coche.
A efectos prá cticos, puedes imaginar que vas en el coche y tu experiencia se
corresponderá con lo que intuitivamente preveías cuando caminabas por el arcén. Pero
todo lo dicho deja de ser cierto cuando alcanzamos velocidades que superan lo que
nuestros sentidos son capaces de percibir.
Vuelves a estar en el espacio. Los posibles alienígenas han desaparecido y ahora lo que
ves es una nave espacial a toda mecha.
Avanza a 200 000 kiló metros por segundo hacia ti.
Como te apetece que te lleven, le pides al capitá n que detenga la nave a cien metros de
donde te encuentras para poder subirte a ella (vamos a suponer que la nave puede
detenerse en seco sin problemas). Pero ahora, fíjate bien, lo que para el capitá n son cien
metros equivale a 135 metros para ti.
Las distancias medidas desde el interior de una nave que se mueve a 200 000 km/s son
má s cortas que cuando las mides tú desde el exterior. Para los viajes espaciales del futuro
es una circunstancia muy prá ctica: lo que desde la Tierra se antojan distancias enormes
dejarían de serlo para un viajero espacial que se moviese muy deprisa.
Ademá s, si te fijaras en un reloj que viajase a bordo de la nave verías que sus agujas no
se mueven a la misma velocidad que las de tu reloj de pulsera. El tiempo, dentro de la nave,
no fluye tan deprisa como en el exterior. Es decir, que no solo las distancias se contraen a
altas velocidades, sino que también cambia la forma en que fluye el tiempo.
Ambos fenó menos tienen un elemento en comú n. Ambos se deben, una vez má s, a la
velocidad de la luz.
La velocidad se define como la distancia recorrida en un espacio de tiempo
determinado.
Y la luz se desplaza a una velocidad fija cada segundo: 299 792 458 metros, sea quien
sea el que mida la distancia.
Pero un metro no es un concepto universal.
Y sin embargo, pese a ello, la velocidad de la luz debería mantenerse constante.
Siempre.
Entonces, para que la velocidad de la luz sea siempre la misma, es necesario que los
segundos de su tiempo, vistos desde tu perspectiva, sean má s breves que los que mide tu
reloj. No puede ser de otra manera.
Hoy en día conocemos y entendemos bastante bien estos efectos. Los llamamos
dilataciones o contracciones del tiempo y la longitud. Los objetos que se mueven a gran
velocidad, desde el punto de vista humano, son extrañ os. Pero nos guste o no, así es como
funciona nuestro universo.
Ah, y por supuesto la suma de velocidades sigue sin cuadrar como pensamos que
debería.
Y la cosa empeora a medida que aceleramos y aceleramos hasta alcanzar c, la velocidad
de la luz. Entonces obtenemos un resultado hermoso: por mucho que añ adamos velocidad a
la velocidad de la luz, seguimos obteniendo la velocidad de la luz.
Por ejemplo: sumar la velocidad de la luz a la velocidad de la luz da como resultado la
velocidad de la luz.
c + c = c.
No 2c.
Las transformaciones de Lorentz habían previsto esos resultados, y supusieron un
avance espectacular: Lorentz había descubierto una razó n matemá tica para los resultados
del experimento de Michelson y Morley. Las velocidades solo se suman de forma normal
cuando son muy pequeñ as en comparació n con la velocidad de la luz. Cuando la suma
implica objetos a gran velocidad, hay que utilizar sus reglas de transformació n. Y al hacerlo
comprobamos que un rayo de luz se mueve siempre a la misma velocidad, la velocidad de la
luz, sea cual sea el movimiento de la fuente desde la que se emite y el movimiento de quien
mida su avance. De sus transformaciones se deducía también que nada sustancial puede
desplazarse a una velocidad mayor que la de la luz. Y por eso siempre que se habla de
señ ales má s rá pidas que la luz la comunidad científica al completo reacciona con
escepticismo.
Llegados a este punto hay que andarse con cautela: es posible que todo lo dicho
anteriormente no sea del todo correcto, y que las distancias y el tiempo no se comporten
exactamente como predijo Lorentz, o incluso que exista algo capaz de moverse a
velocidades mayores que c. La física intenta encontrar los mejores modelos con los que
describir la realidad, y no descubrir la perfecció n o los absolutos. Esos conceptos no existen
en la física (o en la naturaleza tal y como la conocemos). Cada nuevo descubrimiento, cada
nuevo concepto asimilado depende de la tecnología capaz de confirmar o refutar su validez.
Y ninguna tecnología es infinitamente precisa.
Sin embargo, a día de hoy, má s de un siglo después, ningú n experimento ha dejado
entrever siquiera que las transformaciones de Lorentz puedan ser erró neas.
Y ahora ya estamos listos para comprender E=mc2.
3
E=mc2
En 1905, inmediatamente después de publicar su teoría sobre los objetos a gran velocidad,
Einstein vinculó su principio de relatividad y la constancia de la velocidad de la luz a algo
que en apariencia no guardaba ninguna relació n con el asunto: la masa.
En siglos previos, la masa había sido lo que uno medía en una balanza. En nuestra
descripció n matemá tica del mundo, la descripció n que nos legó Newton y que todavía se
enseñ a en las escuelas, la masa se representa con una letra, m, que nos indica la forma en
que los objetos masivos reaccionan cuando se ven sometidos a una fuerza.
Se daba por sentado que la masa no cambiaba en funció n de có mo se moviese un objeto.
Se suponía que era un valor fijo de principio a fin.
Ahora encuentra una piedra y levá ntala.
Lá nzala de tal manera que acelere hasta alcanzar, vamos a suponer, la velocidad de la
luz menos un kiló metro por hora.
Y luego, mientras vuela, encuentra la forma de darle un empujoncito con el que harías
que viajase dos kiló metros por hora má s deprisa.
Llegados a ese punto, la piedra se vería volando a un kiló metro por hora má s rá pido que
la velocidad de la luz.
Pero si nos atenemos al principio de Einstein (y a las transformaciones de Lorentz) eso
no es posible.
Segú n Einstein, ya puedes darle todo lo fuerte que quieras a la piedra, con un bate, o con
un misil, o con lo que se te ocurra: no conseguirá s que vuele má s deprisa que la luz.
Entonces: ¿dó nde va a parar la energía de esos impulsos?
Y Einstein responde: a la masa.
Segú n él, cuanto má s rá pido va la piedra, mayor es su masa, y má s difícil resulta de
acelerar. La masa, si nos guiamos por lo que dice Einstein, depende de la velocidad.
También para ti.
Ahora bien: si vas a cambiar el significado de algo como la masa, má s te vale estar
preparado para hacer frente a las consecuencias. Y una de ellas está relacionada con la
energía.
Definir el concepto de energía es bastante difícil, pero hay algunos aspectos sobre los
que podemos ponernos de acuerdo. Uno de ellos es que, cuanto má s rá pido se mueve un
objeto, y cuanto má s masivo es, má s dañ o hace. A partir de eso podríamos decir que, a
mayor masa y velocidad, mayor es la energía de un objeto. Hablamos de un tipo específico
de energía, llamado energía cinética, conocido y entendido (o eso creíamos) desde tiempos
de Newton.
En 1905, Einstein sustituyó la masa fija newtoniana por su nueva forma de masa
dependiente de la velocidad. Y descubrió un factor en la energía cinética que no dependía
de la velocidad del objeto en movimiento, lo cual era bastante extrañ o, dado que la energía
cinética, por definició n, guarda relació n con la velocidad.
El factor que descubrió tenía forma de mc2.
Era algo que parecía masa (m), multiplicado por el cuadrado de la velocidad de la luz, y
no por la velocidad del objeto en movimiento. El factor parecía formar parte de la energía
de la piedra, y debido a c2, era grande. Pero que muy grande.
Pero entonces, ¿esa m qué era?
Es una masa que no depende de la velocidad. Es la masa en reposo, la masa que
contiene cualquier objeto, ya sea un guijarro, una roca, un camello, una persona, un planeta
o una estrella, medida por alguien que ve el objeto en reposo.
El significado que Einstein le dio a mc2 es el siguiente: todo objeto compuesto de
materia contiene una energía fundamental generada por el mismo hecho de existir. Es la
energía que todo objeto tiene como consecuencia de estar hecho de los constituyentes
fundamentales de nuestro universo.
Es la energía fundamental de las cosas.
Si llamamos E a esa energía, el resultado es: E=mc2.
Lo que significa que la masa y la energía no son sino dos aspectos de una misma cosa.
Significa que podemos obtener la una de la otra.
Significa que la tasa de cambio, si de verdad pudiésemos transformar la masa en
energía, sería c2. Una cifra descomunal.
Es una consecuencia directa del principio de relatividad y de la supuesta constancia de
la velocidad de la luz planteados por Einstein. Este publicó sus resultados el 25 de
noviembre de 1905 en un artículo que tituló «¿Depende la inercia de un cuerpo de su
contenido de energía?».
La pregunta era retó rica, claro, puesto que acababa de demostrar que así era.
4
La cuarta dimensión
Retrocedamos tres siglos, a cuando Newton estaba vivito y coleando y, hasta donde
sabemos, todo intento de visualizar el universo en el que vivimos pasaba por imaginar una
especie de volumen tridimensional, llamado espacio, y un reloj externo cuyo péndulo
oscilaba con implacable constancia y creaba lo que llamamos tiempo. El espacio y el tiempo
eran los mismos para todos. El tiempo era la forma de diferenciar el pasado del futuro. El
espacio era la forma de describir formas y distancias. Para citarte necesitabas (sigues
necesitá ndolo, de hecho) acordar un punto en el espacio y otro en el tiempo.
De ser correcta esa idea intuitiva, no sería difícil imaginar formas y relojes en mundos
remotos, o bien en veloces naves espaciales, y suponer que serían iguales a como los vemos
aquí en la Tierra. Pero no es así. Los relojes no funcionan igual. Las distancias se
distorsionan. Así lo afirman las transformaciones de Lorentz.
Las transformaciones de Lorentz, sin embargo, no son especialmente estéticas desde el
punto de vista matemá tico, y por eso pueden antojarse rebuscadas.
Afortunadamente, a los científicos no les gustan las cosas rebuscadas. Prefieren
simplificar. Una y otra vez. Y a eso se dedicó el físico matemá tico alemá n Hermann
Minkowski tras la publicació n en 1905 de los artículos de Einstein. Minkowski, que en su
día tuvo a Einstein entre sus alumnos en la universidad de Zú rich, encontró una manera
muy natural (y también muy extrañ a) de enfocar el asunto.
Sobre la base de los descubrimientos matemá ticos de Poincaré, Minkowski comprendió
que, asumiendo la perspectiva del principio postulado por Einstein, toda la complicació n de
las transformaciones de Lorentz se disipaba por completo si se interpretaba que el espacio
y el tiempo no eran entidades autó nomas, sino parte de un todo, un espacio-tiempo
tetradimensional en el que las distancias se calculan no solo considerando las extensiones
espaciales, sino también las separaciones temporales: en el espacio-tiempo de Minkowski,
lo que nos separa a ti y a mí se establece a partir de la distancia que nos separa en el
espacio, y a eso se le resta el tiempo que tarda la luz en viajar de uno a otro. [4]
Las distancias no son solo separaciones espaciales. También tienen en cuenta el tiempo.
Se convierten en tramos de espacio-tiempo. Y para imaginar de qué forma cambia el
universo cuando se contempla desde diferentes perspectivas, el espacio-tiempo de
Minkowski afirma que hay que utilizar… las transformaciones de Lorentz.
Las distancias y los intervalos temporales, considerados por separado, no son
universales. Las distancias espaciotemporales, sin embargo, sí lo son.
En un espacio-tiempo como el de Minkowski, las ecuaciones de Maxwell pasan
automá ticamente a ser las mismas para todos, independientemente de la velocidad de
movimiento (siempre que se mantenga constante).
En un espacio-tiempo como el de Minkowski, los principios de Einstein se cumplen.
Coincide ademá s que el espacio-tiempo de Minkowski, en el que el tiempo y el espacio
se contraen y se dilatan mientras que los intervalos de espacio-tiempo se mantienen fijos,
es asombrosamente similar a nuestra percepció n de la realidad.
Deja que te cuente algo curioso: en el espacio-tiempo de Minkowski, la distancia
espaciotemporal que recorre un objeto que se desplaza a la velocidad de la luz es cero. Por
lo tanto, la luz ofrece una separació n muy clara entre acontecimientos con una separació n
espaciotemporal positiva y otros de separació n negativa.
Es lo que diferencia a los hechos que pueden influir sobre otros de aquellos que nunca
podrá n. Si la distancia entre dos acontecimientos es positiva, pongamos, no hay problema:
es posible enviar un mensaje de uno a otro. Pero si la distancia es negativa, es imposible.
Ningú n mensaje podrá jamá s ser transmitido entre esos dos acontecimientos. A efectos
prá cticos, se producen en universos causales diferentes.
Esto implica que ya no existe una percepció n universal de cuá l de los dos
acontecimientos se produjo primero: siempre habrá observadores cuya opinió n difiera a
propó sito de la cronología, y todos estará n en lo cierto, desde su punto de vista.
Los dos principios de Einstein, junto con E=mc2 y el espacio-tiempo de Minkowski,
forman parte de lo que hoy llamamos teoría de la relatividad especial de Einstein, pero la
relatividad de ese nombre no alude a que todo sea relativo, a que no exista una verdad
universal. De hecho, es justo lo contrario. A lo que se refiere es a que no deberíamos fiarnos
de nuestra intuició n para describir el espacio, el tiempo, las distancias y los intervalos
temporales. Lo que para unos mide un metro o dura un segundo no lo mide ni lo dura para
otros, y la percepció n de una cronología de acontecimientos también puede diferir, pero la
teoría de la relatividad especial nos permite enlazar todos los puntos de vista y vincular
todo lo que sabemos. La relatividad no significa caos: significa que sabemos có mo
relacionarnos con otros, y que sabemos có mo se comportan el espacio y el tiempo, incluso
cuando hay altas velocidades de por medio. O alienígenas.
Tercera parte
Consecuencias
1
Antimateria
Hace má s de dos mil añ os, en la antigua Grecia, nuestros antepasados se preguntaron hasta
dó nde podrían llegar si cortasen por la mitad un trozo de algo una vez, y otra, y otra, y así
hasta el infinito. Al posible resultado lo llamaron átomo, que significa literalmente «que no
puede cortarse». No sabían si existía algo así, pero igualmente le dieron nombre, un
nombre que seguimos utilizando, aunque con una acepció n ligeramente distinta.
En la actualidad, por á tomo entendemos el constituyente má s pequeñ o de un elemento
en concreto. Por ejemplo, la partícula de oro de menor tamañ o que es posible obtener es un
á tomo de oro. Si volvemos a cortarlo obtendremos algo, pero ya no será oro. Y lo mismo
pasa con los demá s elementos: el oxígeno, el hierro, el carbono, etcétera.
Desde hace unos cien añ os sabemos que los á tomos y la materia está n compuestos de
piezas de menor tamañ o todavía, partículas que, por lo que somos capaces de ver hoy en
día, no está n compuestas de nada excepto de sí mismas; son los verdaderos á tomos. Sin
embargo, no han heredado el nombre, y las conocemos como partículas elementales. Son de
naturaleza cuá ntica, lo que quiere decir que se rigen por las extrañ as reglas imperantes en
el á mbito de lo infinitesimalmente pequeñ o.
Las puertas del mundo cuá ntico empezaron a entreabrirse hacia 1900, cuando el físico
alemá n Max Planck encontró una fó rmula con la que explicar matemá ticamente el motivo
por el que una caja negra caliente emitía una radiació n especial, llamada radiación de
cuerpo negro, que nadie hasta entonces había sido capaz de comprender. Planck incorporó
a su fó rmula la idea de que la luz está compuesta de paquetitos de energía, pequeñ os
cuantos, pese a que no creía que fueran reales. Los ideó como un subterfugio matemá tico
para reproducir los resultados experimentales correctos. Aun así, esos resultados le
valieron el premio Nobel de Física.
Cinco añ os má s tarde, durante ese «añ o extraordinario», como han dado en llamarlo
quienes estudian la historia de la ciencia, [5] Einstein demostró que aquello no era un simple
subterfugio.
La luz, efectivamente, está compuesta de pequeñ os paquetes de energía.
Hoy los llamamos fotones.
Gracias a ellos, Einstein recibió en 1921 el premio Nobel de Física.
En añ os posteriores, el físico francés Louis de Broglie demostró que aquello también era
aplicable a la materia. Esta, segú n descubrió , estaba asimismo compuesta por pequeñ os
paquetes de energía. También él se hizo acreedor al premio Nobel de Física por sus
descubrimientos, en 1929.
Aquella tuvo que ser una época extraordinaria para quienes se dedicaban a las ciencias.
Imagínatelo: de repente, la humanidad tuvo acceso tanto tecnoló gica como teó ricamente a
una nueva realidad. El mundo de los paquetitos de energía de los que está compuesto
nuestro mundo, el mundo de los cuantos. Un á mbito tan extrañ o y desconcertante que
nadie lo entendía del todo. Pero las matemá ticas parecían cuadrar, y dos físicos, el alemá n
Werner Heisenberg y el austríaco Erwin Schrö dinger, descubrieron como esos curiosos
paquetitos de energía, ya fueran masa o luz, podían moverse y desplazarse de un lugar a
otro. Descubrieron las ecuaciones que describían su movimiento, lo que les valió el premio
Nobel de Física en 1932 y 1933, respectivamente.
Y entonces sucedió algo que mejoró las cosas aú n má s.
Al físico matemá tico inglés Paul Dirac le parecía que los principios de Einstein debían
ser vá lidos no solo para las ecuaciones de Maxwell, sino también en el mundo cuá ntico. En
lo que ha sido uno de los esfuerzos científicos má s titá nicos de la historia, encontró la
manera de conciliar las ecuaciones de Heisenberg y Schrö dinger con la relatividad especial
de Einstein. Y descubrió también algo que difícilmente resulta creíble. La relatividad
especial le condujo directamente a la idea de que los paquetitos de energía llamados
cuantos podían concebirse como parte de una suerte de mar que ocupase el universo
entero: un mar hecho no de éter, sino de energía, la energía responsable de la aparició n (y
desaparició n) de esas partículas.
Y lo má s asombroso: de acuerdo con las ecuaciones de Dirac, para que los principios de
Einstein se cumpliesen era necesario que todas y cada una de las partículas con carga de las
que tenemos noticia tuviesen una contraparte, una especie de antipartícula, es decir, la
misma partícula pero con la carga opuesta. Dirac llegó en primer lugar a esta conclusió n
con los electrones.
Los electrones tienen una carga eléctrica negativa. De existir el antielectró n, y segú n la
relatividad especial de Einstein TIENE que existir, este tendría una carga positiva.
Dirac escribió todo esto en 1931. En 1932, el físico estadounidense Carl David Anderson
identificó esas partículas durante sus experimentos. Era la primera vez que se detectaba
una antipartícula, una partícula de antimateria, un antielectró n.
Dirac obtuvo el Nobel de Física un añ o má s tarde, en 1933, y Anderson en 1936.
Por primera vez en la historia, se había encontrado una partícula cuya existencia había
sido postulada teó ricamente sin que nadie la hubiese visto nunca. Y todo a consecuencia de
E=mc2.
La aplicació n de los principios de Einstein al mundo cuá ntico condujo al descubrimiento
de que nuestro universo contiene el doble de partículas de lo que se creía. Y no hablo de
suposiciones, como hacemos en la actualidad cuando especulamos sobre mundos paralelos
y otras dimensiones. Esto es la realidad que conocemos. La antimateria es empleada
incluso en los hospitales para trazar el mapa de nuestro cerebro.
El mar de energía que localizó Dirac se conoce hoy en día como vacío cuántico. Pero no
está vacío. Contiene algo de energía. Y está por doquier. Segú n E=mc2, el mundo cuá ntico
puede convertir la energía en masa y permitir la creació n de pares de partículas y
antipartículas a partir de ese vacío.
Y si te preguntas por qué tienen que aparecer dos partículas, en lugar de una sola, el
motivo es que, al parecer, la naturaleza permite que las cosas cambien de forma, pero no
que aparezcan y desaparezcan sin má s.
E=mc2 nos revela que la energía y la masa son dos manifestaciones de una misma cosa.
Si se dispone de la energía suficiente, es posible transformarla en su equivalente en masa,
que adopta la forma de una partícula.
Pero si esa partícula tiene carga (por ejemplo, carga eléctrica), no puede aparecer sola.
Antes de que aparezca nada, esa carga no existe. Solo existe la energía. Posteriormente,
la energía sigue ahí, y su valor es exactamente el mismo: solo ha cambiado de forma. Se ha
convertido en masa. Hasta ahí, ningú n problema. Ese es parte del atractivo de E=mc2. Pero
basta con que se cree una sola partícula con carga y nos encontramos con que no hay un
equivalente a E=mc2 en el que una carga reemplace a la masa. De ahí que no se pueda
entender la aparició n espontá nea de una carga. Eso, evidentemente, es inaceptable. Ahora
bien: si también aparece una carga exactamente opuesta (una antipartícula), en ese caso la
carga total sigue siendo cero y todo va bien. Eso es lo que sucede en la naturaleza.
Recapitulemos lo visto hasta ahora. Los principios de Einstein llevaron al
descubrimiento de que en nuestro universo no hay tres, sino cuatro dimensiones (de las
que el tiempo es la cuarta), y permitieron descubrir también E=mc2, lo que a su vez,
aplicado al mundo cuá ntico, llevó a Dirac a predecir que la antimateria existe, y que es
posible que partículas y antipartículas aparezcan de la nada. Todas esas predicciones han
sido corroboradas empíricamente. La energía puede transformarse en masa. Es algo que
sucede constantemente, en todas partes, a lo largo y ancho del universo.
Pero… ¿y a la inversa? Segú n E=mc2, la masa también puede convertirse en energía. ¿Es
eso cierto? La respuesta, como ya sabes, es que sí. Lo que quizá no sepas es que puede
producirse al menos de dos maneras, con consecuencias muy distintas.
2
La energía atómica
Centrémonos por un momento en esas curiosas entidades que llamamos á tomos que
componen toda la materia de la que tenemos constancia en el universo. Todos ellos tienen
una estructura similar: un nú cleo rodeado de una nube de electrones.
Tenemos constancia de 95 á tomos que se dan de forma natural en el universo. El menor
de ellos es el hidró geno, seguido del helio; el carbono es el nú mero 6, y el oxígeno, el 8. El
hierro es el 26. El oro, el 79.
Los nú cleos ató micos está n compuestos de dos tipos distintos de piezas má s minú sculas
todavía: los neutrones, que no tienen carga eléctrica (de ahí su nombre), y los protones, que
tienen carga positiva.
Bien: todo elemento, como el carbono, el oro, etcétera, se caracteriza por el nú mero de
protones que contiene su nú cleo ató mico. El nú cleo del hidró geno solo tiene 1. El helio
tiene 2. El carbono, 6, el oxígeno, 8. El hierro, 26. El oro, 79. Creo que entiendes có mo
funciona.
Para construir un nú cleo, bá sicamente, hay que juntar protones y neutrones. Pero no es
tan sencillo como parece, porque los protones, al tener carga positiva, se repelen
mutuamente. Consecuentemente, es necesaria una cantidad ingente de energía para
juntarlos, del mismo modo que hace falta ser muy fuerte para acercar el polo positivo de un
imá n a otro polo positivo (de conseguir que se toquen mejor no hablamos).
Sin embargo este es precisamente el punto: en el mundo de lo muy pequeñ o, nuevas
fuerzas hacen acto de presencia.
Tanto los neutrones como los protones está n compuestos de partículas aú n má s
pequeñ as, llamadas quarks. Por lo que sabemos en la actualidad, ahí se acaba todo. Los
quarks no está n hechos de partículas aú n má s diminutas. Son elementales. Y existe una
fuerza muy especial que mantiene unidos a los quarks para poder formar los protones y
neutrones. Recibe el nombre de fuerza nuclear fuerte.
Y resulta que esa fuerza fuerte, en distancias muy, muy pequeñ as, es mucho má s
potente que la repulsió n electromagnética.
Es como si, habiendo tenido que luchar a brazo partido para acercar entre sí los polos
positivos de dos imanes, una vez alcanzada una distancia mínima crítica estos empezasen a
atraerse mutuamente; llegados a este punto, ya no tendrías forma de volver a separarlos.
Eso es exactamente lo que sucede en los nú cleos ató micos: una lucha entre el
electromagnetismo y la fuerza nuclear fuerte. Y a todo o nada. Nunca hay empates. Quién
gana y quién pierde es simple cuestió n de distancias.
Ahora bien: la fuerza fuerte afecta no solo a los propios quarks, sino también a los
protones y neutrones. Los científicos lo llaman fuerza residual, y une los protones y
neutrones igual que une los quarks. Mientras los neutrones y protones no estén demasiado
alejados unos de otros, la fuerza residual sigue siendo má s fuerte que la repulsió n
electromagnética, lo que mantiene los nú cleos de casi todos los á tomos de la naturaleza
seguros y agrupados. De no existir esa fuerza, los nú cleos de los á tomos estallarían, porque
los protones se repelerían entre sí, y nosotros no habríamos existido nunca. Pero existimos.
De lo que se deduce que no estallan. Y sin embargo, dado que todo es cuestió n de
distancias, podrían estallar.
Las consecuencias serían, cuando menos, espectaculares.
En 1939, los físicos alemanes Otto Hahn y Fritz Strassmann publicaron el extrañ o
resultado de uno de sus experimentos. Puesto que todos los nú cleos ató micos está n
compuestos de neutrones y protones, a Hahn y Strassmann se les ocurrió que, si añ adían
con mucho cuidado un neutró n al nú cleo de uno de los á tomos conocidos má s pesados, el
uranio, crearían un nuevo á tomo má s pesado que el uranio. Pero no fue eso lo que
consiguieron. Al lanzar un neutró n a baja velocidad contra su objetivo, no obtuvieron un
nú cleo má s grande, sino varios de menor tamañ o. Aquello los pilló tan desprevenidos que
decidieron esperar algú n tiempo antes de publicar su descubrimiento. Todavía
desconcertados, lo hicieron por fin, y alguien comprendió de inmediato lo que había
sucedido. La física austrosueca Lise Meitner supo ver que, al lanzar un neutró n contra el
nú cleo, Hahn y Strassmann habían dado al traste con el equilibrio interno del nú cleo,
modificando la fuerza que controlaba el conjunto y dividiendo el á tomo de uranio.
Meitner comprendió también que la divisió n había creado dos neutrones por cada
neutró n utilizado, ademá s de una cantidad enorme de energía, lo que abría las puertas a
una reacció n en cadena.
Una bomba.
No es difícil imaginar que cuando se trocea una gran concentració n de neutrones y
protones, se liberan algunos neutrones. La pregunta, con todo, es: ¿de dó nde salió la
energía?
Lise Meitner interpretó que salía de E=mc2.
Efectivamente, la masa puede transformarse en energía.
Pero para entender mejor qué masa se convierte en pura energía, echemos otro vistazo
a los nú cleos de los á tomos. ¿De qué está hecha la energía de algo tan minú sculo? De dos
cosas: una es la masa normal, la otra la energía de enlace nuclear. Segú n E=mc2, es posible
traducir esa energía de enlace en su equivalente de masa. Una masa de enlace, podríamos
decir. En ese caso, la masa efectiva total de todos los nú cleos es la masa normal a la que
estamos acostumbrados má s la masa de enlace. Eso es lo que mide en realidad una bá scula.
Tu peso es la suma de esos dos elementos.
Ahora bien, si tomamos un nú cleo de gran tamañ o, como el de un á tomo de uranio (que
tiene 92 protones y 143 neutrones) y lo dividimos, obtendremos dos nú cleos de menor
tamañ o. Sucede, sin embargo, que la energía de enlace necesaria para mantener íntegro el
uranio es mayor que la suma de las energías de enlace de los dos nú cleos menores que has
obtenido. Dicho de otra manera, la fisió n del uranio conlleva una pérdida de masa de
enlace, que se transforma en pura energía por obra y gracia de E=mc2. Ahí está el origen de
la energía que irradian los materiales radioactivos, que se aprovecha en reactores ató micos
o que liberan las bombas ató micas. Es la razó n por la que E=mc2 es tan conocida. Pero esto
solo es aplicable a los nú cleos grandes.
En el caso de los pequeñ os sucede justamente lo contrario.
Si tomas dos nú cleos pequeñ os y los fusionas para crear otro mayor, la energía de
enlace del nú cleo grande que obtienes es menor que la suma de los dos nú cleos con los que
empezaste. Eso quiere decir que, en el caso de los á tomos pequeñ os, la masa no se pierde al
dividirlos, sino al fusionarlos. El fenó meno opuesto a la fisió n.
Eso es lo que sucede en el nú cleo de las estrellas.
Las estrellas fusionan nú cleos ató micos pequeñ os en su interior para crear otros
mayores, y la masa que se pierde en el proceso, una vez convertida en energía por virtud de
E=mc2, es lo que hace que brillen.
E=mc2 explica de qué forma generan energía las estrellas, fusionando nú cleos ató micos
para crear la materia de la que estamos hechos. Al hacerlo, a partir del hidró geno y el helio
crean á tomos de mayor tamañ o hasta llegar al de hierro. Má s allá de este, la fusió n
consume, y no libera, energía, de modo que todos los elementos que nos rodean y son má s
pesados que el hierro, como el oro, no se forjan durante la vida de una estrella, sino con la
muerte de esta, cuando parte de la inmensa energía que se libera durante su explosió n se
emplea en crear los á tomos pesados que conocemos.
E=mc2 es el motivo por el que la materia de nuestro universo se crea y se destruye.
Conclusión
Richard Feynman, uno de los grandes físicos que dio el siglo XX, cuya percepció n de E=mc2
ha inspirado a generaciones de científicos (incluido el autor de este libro), [6] comparó en
una ocasió n el universo con una gran partida de ajedrez. De acuerdo con ese símil, la física
teó rica consiste en descubrir las reglas del juego. De momento hemos descubierto unas
cuantas. No todas, desde luego, pero unas cuantas. Creo que podemos estar orgullosos. Por
lo que sabemos somos la primera especie que lo ha conseguido (al menos en la Tierra).
A eso hay que añ adir que, para expresar esas reglas de forma que permitan realizar
predicciones sobre incó gnitas, hemos sido capaces de encontrar un lenguaje apropiado: las
matemá ticas. ¿Que por qué es así? No sabría decirlo. No creo que nadie sepa. Puede incluso
que algú n día encontremos otro mejor, pero hoy es el ú nico disponible que funciona.
Dentro de ese lenguaje, un conjunto específico de palabras o frases tienen una
importancia especial. Son lo que llamamos fórmulas. Parafraseando de nuevo a Feynman,
podríamos decir que son el recuerdo de las leyes naturales que hemos encontrado hasta
ahora.
Y una de esas fó rmulas destaca entre el resto.
E=mc2.
Es la má s conocida de todas.
Con ella, la humanidad manifiesta que ha desentrañ ado un extraordinario secreto de la
naturaleza: el estrecho vínculo entre la materia y la energía.
En la memoria futura de nuestra especie, abarca la idea de que el espacio y el tiempo
son una misma cosa, el espacio-tiempo; que la luz se desplaza siempre a la misma velocidad
en el vacío; que nada puede moverse a mayor velocidad que la luz y al mismo tiempo
transportar una señ al de cualquier tipo; que las leyes de la naturaleza son las mismas para
todo lo que se mueva a una velocidad constante; y que las distancias y los intervalos de
tiempo no son universales, sino que dependen de quien los mida.
Resulta asombroso que todas esas ideas (y mucho má s) se hayan sintetizado en una
fó rmula tan concisa.
E=mc2 es la prueba de que sabemos la forma en la que la naturaleza crea energía a
partir de la masa, y viceversa, y que somos capaces de aprovechar esta circunstancia en
beneficio propio. Nuestra especie ha empezado muy recientemente a hacerlo, y aú n nos
queda mucho por aprender, y por madurar, hasta saber utilizarla de forma sensata y
segura, a diferencia de lo que ha sucedido en el pasado. En ese conocimiento quizá esté la
clave para preservar nuestras civilizaciones a largo plazo, y quizá un día nos sirva para
llegar hasta planetas en ó rbita de lejanísimas estrellas, a bordo de naves espaciales capaces
de viajar a tales velocidades que las distancias y los tiempos de vuelo se contraigan, de
forma que podamos llegar a nuevos mundos en el transcurso de una vida.
Pero quizá lo má s extraordinario de todo es el hombre que lo hizo posible. Albert
Einstein.
Einstein encarna como nadie el triunfo del razonamiento puro. Valiéndose solo de su
intelecto, y convencido de que sus dos principios primaban por encima de cualquier idea
previa comú nmente aceptada, nos abrió las puertas de un nuevo universo.
Y diez añ os después de publicar su teoría de la relatividad especial, generalizó su
principio de la relatividad para abarcar objetos cuyas velocidades no son constantes. La
convirtió en una teoría de la gravedad, y la llamó teoría general de la relatividad. Todo lo
que sabemos del universo en su conjunto proviene de esa teoría.
La fe que tenía en su capacidad de razonamiento es asombrosa. Son muchos los que
creen tener razó n cuando defienden una idea que se aparta de la verdad comú nmente
aceptada. Lo que los diferencia de Einstein es que Einstein tenía razó n.
Bibliografía
Artículos de Einstein de 1905
En el que describe su teoría de la relatividad especial:
-EINSTEIN, Albert: «Zur Elektrodynamik bewegter Kö rper». Annalen der Physik, vol. 17, n.º
10, 30 de junio de 1905, pp. 891-921
En el que descubre E=mc2:
-EINSTEIN, Albert: «Ist die Trá gheit eines Kö rpers von seinem Energieinhalt abhä ngig?».
Annalen der Physik, vol. 18, n.º 13, 1905, pp. 639-641
En el que muestra que la luz está compuesta de paquetitos de energía:
-EINSTEIN, Albert: «Ü ber einen die Erzeugung und Verwandlung des Lichtes betreffenden
heuristischen Gesichtspunkt». Annalen der Physik, vol. 17, n.º 6, 1905, pp. 132-148
Puede consultarse una traducció n al inglés y el castellano
en:[Link]
Y si quieres saber más:
Transcripció n de algunas de las mejores clases de física jamá s impartidas:
-FEYNMAN, Richard; LEIGHTON, Robert; SANDS, Matthew (2005) [1970]. The Feynman
Lectures on Physics: The Definitive and Extended Edition (2.a ed.). Addison Wesley. Puede
consultarse la versió n online en [Link]
Para presentar de forma má s directa E=mc2 y otros temas relacionados se han tomado citas de:
-FEYNMAN, Richard: Six Not so Easy Pieces, Einstein s Relativity, Symmetry and Space-Time.
Addison Wesley, 1997
Vaya por delante, eso sí, que los dos libros de Feynman mencionados pueden ser un hueso para
principiantes, y que en ellos se usan ecuaciones.
Para obtener una introducció n má s general a todo cuanto sabemos sobre el universo, me
gustaría recomendar este otro libro:
-GALFARD, Christophe: El universo en tu mano. Blackie Books, 2016
Y también la obra maestra de divulgació n científica de Bill Bryson:
-BRYSON, Bill: Una breve historia de casi todo. RBA Libros, 2003
CHRISTOPHE GALFARD (París, Francia, 1976) se doctoró en física en la Universidad de
Cambridge bajo la tutela del mismísimo Stephen Hawking.
Le gusta decir que aú n conserva la camisa que vestía cuando investigaba con él los agujeros
negros, aunque hace tiempo que abandonó el á mbito académico má s cerrado para
acompañ ar al gran pú blico de la mano por los misterios del universo. Desde entones se ha
convertido en el divulgador joven má s brillante y riguroso del momento, alternando
animadas conferencias, apariciones en programas televisivos y alimentando la
conversació n directa con sus lectores a través de su pá gina web (en especial en la secció n
«Pregú ntame sobre el universo»).
Con ese espíritu ha publicado tres novelas y también ayudó a su maestro y a su hija Lucy
Hawking a escribir una exitosa novela juvenil, bestseller de The New York Times y traducida
a 45 idiomas. Todas sus inquietudes y anhelos han quedado condensados en el titá nico
pero accesible El universo en tu mano, un libro en el que se propone dos cosas: emplear
una sola ecuació n (E=mc2) y no dejar atrá s a ningú n lector. Y lo ha logrado con creces: un
fenó meno editorial internacional, considerado el mejor libro científico del 2015 en Francia.
Notas
[1]La Tierra solo tiene un satélite, la Luna, pero Jú piter tiene por lo menos cincuenta y
cuatro. Cuatro de ellos son rocosos y de gran tamañ o: Io, el má s pró ximo a Jú piter, es uno
de esos cuatro. <<
[2]El sonido se puede propagar a través del aire, o de un só lido, o de un líquido, pero no a
través del espacio exterior. No puede haber sonido si no existe materia que lo transporte.
<<
Pero el avance de la luz sí se ralentiza cuando no está en el vacío. El físico francés Serge
[3]
Haroche se hizo con el Nobel de Física en 2012 tras conseguir detener la luz. <<
[4] En realidad hace falta recurrir a cuadrados y raíces cuadradas, pero la idea es
bá sicamente esa. <<
[5] Es cierto que se refieren a él como annus mirablilis, que en latín significa añ o
extraordinario. <<
[6] Véase Feynman: Six Not so Easy Pieces en la bibliografía. <<