La Venganza de Juan Planchard-Holaebook
La Venganza de Juan Planchard-Holaebook
segunda parte del Best Seller que cambió la historia de la literatura venezolana
contemporánea, nos muestra a Juan Planchard saliendo de la cárcel para enfrentar una
misión llena de riesgos, que lo llevará a lo más profundo del conglomerado de crimen
internacional en el que se convirtió Venezuela. Acción, política, sexo, drogas,
ideología y humor; se combinan de manera desquiciada, en una realidad mucho más
dura: A finales del 2017, el hambre se ha apoderado de la nación. La hiperinflación
ha convertido en desperdicio a la moneda nacional. Millones de Venezolanos escapan
del país en busca de una vida mejor. El gobierno lo está vendiendo todo para
mantenerse a flote. La mitad de la oposición está comprada y no es fácil distinguir
quiénes son los que no están. Sólo Juan Planchard tiene la pericia necesaria para
navegar los mundos que comparten el infierno creado por los herederos de El
Comandante. Caracas, Moscú, París, California, Beirut, Panamá, Teherán; todos
miran hacia un hombre. Su lealtad es un enigma y su venganza será completamente
inesperada.
Página 2
Jonathan Jakubowicz
ePub r1.0
Titivillus 07-03-2021
Página 3
Jonathan Jakubowicz, 2020
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
Página 4
LA VENGANZA DE JUAN
PLANCHARD
Jonathan Jakubowicz
Página 5
IDENTIFÍQUESE
Página 6
OPOSICIÓN REVOLUCIONARIA
La Goldigger llegó perfumada y con una sonrisa. La vaina era en serio. El imperio me
tendía la mano y más nunca lo podría olvidar.
—Creían que podíamos sin ti —dijo—, pero media oposición se unió a la
revolución y se nos jodió la vaina.
—Me vas a tener que explicar más despacio —repliqué—. No tengo ni idea de lo
que ha pasado.
No era coba, es demasiado jodido seguir las noticias en cautiverio. De vaina me
enteré que las elecciones gringas las había ganado Donald Trump, y fue porque nadie
en el penal de San Quentin se podía creer la vaina. Yo sí me lo creía, de hecho, me
parecía lógico. Trump era la versión blanca del Comandante. Para nosotros un
caudillo militar era Bolívar reencarnado, para los gringos Trump era el sueño
americano. Sin duda se iba a montar una guisadera nivel imperial y ese era un
prospecto interesante. Pero lo que más me gustaba era que durante nuestro noviazgo,
Scarlet había mencionado que conocía a Donald Trump. Yo de guevón asumí que ella
lo conocía por ser parte de la oligarquía gringa, pero con el tiempo entendí que lo más
probable era que se la hubiese mamado en una rumba. Pero incluso si ese era el caso,
como agente de la CIA no me venía nada mal tener acceso a Trump a través de
Scarlet, o a Scarlet través de Trump.
La Goldigger me recogió en un Lincoln con placas oficiales, con chofer. Nos
sentamos en el asiento de atrás, separados por un vidrio del asiento delantero. Era el
11 de noviembre del 2017. El carro olía a repollo. Bajé la ventana y disfruté del
fresco otoñal californiano. Respiré profundo, dejé que el aire de la libertad acariciase
mis bronquios torturados por el encierro y el hachís carcelario, e hice la pregunta más
lógica para entender cómo estaba el país:
—¿A cuánto está el dólar?
—Cincuenta y dos mil y pico.
La miré con una sonrisa.
—En serio… Dime.
Se volteó y me estudió con curiosidad. Creo que hasta ese momento no había
captado que yo no tenía ni la más puta idea de lo acontecido en los últimos años.
—¿En cuánto estaba cuando caíste preso?
—Ocho y pico, casi nueve.
Movió la cabeza en forma negativa, impresionada.
—Parece mentira, pero sí, está en cincuenta y dos mil y pico, y por los vientos
que soplan, puede llegar a cien mil en un par de meses.
Sonaba a paja, pero por qué me iba a mojonear…
—¿Y a cuánto está el oficial?
Página 7
—Hay varios tipos, es pelúo calcularlo, pero el que consiguen los bolichicos está
en once.
Me cagué de la risa. Imagínate la vaina. En tiempos del Comandante se hacían
dos o tres dólares de ganancia por cada dólar invertido, y con eso nos hicimos todos
millonarios. Ahora podrías comprar dólares pagando once bolívares, cuando valen
cincuenta y dos mil, y eso daría… ¡cinco mil dólares en ganancia por cada dólar
invertido!
—¡Pero eso es otro nivel! —dije—. ¡La gente debe estar nadando en billete!
El carro cogió una autopista y vi que se dirigía a San Francisco. Casi lloro de la
alegría. Una vaina era salir de la cárcel y meterse en un carro, otra era comprender
que estarías en una ciudad como cualquier mortal, caminando, en cuestión de
minutos. Además San Francisco es cool. Iba pendiente de meterme en Chinatown y
comerme unas lumpias. Pasear por la playa del Golden Gate bridge y disfrutar, por
fin, de la vida.
—Es otro nivel pero el círculo se está cerrando —dijo la Goldigger—. El
Departamento del Tesoro tiene sancionados a casi todos los que importan, incluyendo
a sus testaferros.
—Y tú… ¿en cuánto estás montada?
Me miró con cierta tristeza.
—A mí me distanciaron mucho desde que falleció El Comandante. He seguido
haciendo lo mío para no perder musculatura, pero yo, Juancito querido, trabajo para
el gobierno americano. Y a tus compatriotas se les fue el yoyo. Esa Venezuela de
corrupción absoluta que dejaste era el país de las maravillas comparado con lo que
existe ahora. El Comandante cuidaba las apariencias, estos tipos no. El ejecutivo se lo
dividen entre Hezbollah y Cuba. El petróleo entre Rusia y China, y las fuerzas
armadas entre las FARC y el Cartel de los Soles.
La miré con incredulidad.
—Y si es así, ¿por qué Donald Trump no invade esa vaina?
La Goldigger me miró con arrechera.
—Te vas a tener que meter el «y si es así» por el culo. Lo que te digo es lo que es.
No te estoy dando teorías.
Me asusté. Esta jeva era lo único que me separaba de la cárcel, y con su tono me
dejaba claro que era mi nueva jefa y me podía destruir con mover un dedo.
—Te la perdono —añadió—, porque sé que tienes más de media década sin echar
un polvo y te debes estar volviendo loco.
Me puso la mano en la pierna y me sonrió. Siempre había tenido lo suyo, se
parecía a la Princesa Leia. Yo cargaba un verano épico y la verdad es que con tal de
que fuese mujer, le hubiese echado bola a lo que sea. Pero me parecía un poco
deprimente que mi primer polvo en libertad fuese una chama que, por más que sea,
era mi amiga. Todo cambiaría entre nosotros.
Página 8
—Te lo mamaría —dijo pausada—, pero los medios gringos andan en una fiebre
de denunciar el acoso sexual. No me quiero meter en peos.
Me reí nervioso. Yo había pasado seis años con criminales sin cerebro. Esta jeva
se había metido en el corazón revolucionario, como agente secreta, y quién sabe
cuánto había logrado para los gringos. Claramente me llevaba una morena en materia
mental.
—El tema —dijo—, es que Trump ganó las elecciones con la promesa de
«America First», una doctrina aislacionista que dice que Estados Unidos no debe ser
la policía del mundo. De hecho, es probable que sea el primer presidente gringo, en
muchas décadas, que no comience una guerra. La única posibilidad de que eso
cambie, es que su pueblo le pida meterse en Venezuela. Por eso hicimos un plan para
que las imágenes de las protestas y la represión llegasen a las casas de todos los
americanos. Y lo logramos… durante un mes no se habló de otra cosa en los medios
gringos, y se creó una matriz de opinión en la que defender los derechos humanos de
los jóvenes indefensos que estaban siendo masacrados, parecía ser responsabilidad de
la administración Trump. Pero, de repente, la oposición negoció con Maduro y echó
todo para atrás.
—¿En serio? ¿Toda la oposición?
—No toda, pero no sabemos con certeza quién es quién, porque hay infiltrados en
todos los partidos. Apenas comenzamos a emitir las sanciones, varios diputados
opositores anunciaron que iban a elecciones regionales, de un día para otro, y la calle
se desmoralizó.
Miré hacia adelante y noté que el carro llegaba al aeropuerto internacional de San
Francisco. Yo pensando en pasear con los hippies y lo que me estaban era chutando
del país. Lo que menos me provocaba era montarme en un avión. Pero bueno, la
verdad es que tenía su flow salir del imperio, lo más lejos posible.
—Aunque no lo creas —añadió—, gracias a ese peo estás en libertad. Al perder la
confianza en nuestros aliados locales, la CIA quedó completamente desorientada, y
me fue mucho más fácil convencer a mis jefes de que te necesitábamos.
Poco a poco se asomaba la naturaleza de mi misión. Pero yo tenía más de media
década esperando, y me tuve que quejar:
—Hace seis años me dijiste que si aceptaba trabajar para ustedes salía esa misma
noche. Ahora me dices que salí de vainita y gracias a que no saben qué hacer sin
mí…
—Ibas a salir, no esa misma noche pero en cuestión de meses. El peo es que El
Presidente Obama, de un día para otro, se obsesionó con levantar el embargo y hacer
las paces con Cuba… Y los Castro pusieron como condición que les dejasen seguir al
mando de Venezuela.
—¿Y desde cuándo los Castro le ponen condiciones a los gringos?
—Es complicado… Con decirte que hasta Hillary Clinton se indignó y salió del
gobierno… Pero fue lo peor que pudo hacer, porque el Departamento de Estado lo
Página 9
tomó John Kerry, un pacifista hippie que se casó con la dueña de Ketchup, y desde
entonces carga un peo de culpa muy arrecho que le hace querer ayudar a los
comunistas.
—¿John Kerry es el dueño de la salsa de tomate Ketchup?
—La esposa, Teresa Heinz, como Ketchup Heinz.
—Ay coño…
—Vas a comenzar operando desde Panamá. Ya tienes cuentas bancarias, un carro
y un penthouse alucinante en plena cinta costera. Desde que te agarró la Policía de
Los Angeles, nos fajamos para que tu identidad no trascendiese a los medios. De
hecho en Venezuela nunca se supo más de ti. Quitamos todo rastro de tu caso del
internet, incluso los records públicos de tu juicio y condena. Si alguien te busca
online no consigue nada, no tienes huella digital. De aquí en adelante tendrás cierta
libertad de acción y puedes guisar para mantenerte. Pero no estarás trabajando
oficialmente con nosotros, esto es lo que se llama una operación negra. Si te agarra
alguna policía internacional, no te podemos reconocer como agente nuestro y vas a ir
preso como cualquiera.
—¿Tú vienes a Panamá conmigo? —pregunté con complejo de Edipo ante mi
nueva madre.
—Tienes dos días para bañarte y ponerte al día. Después yo te caigo y te preparo
para Venezuela. Te quiero.
Me dio un abrazo y un piquito, y con un gesto me indicó que saliera del carro.
Así comenzó la etapa más frita de mi vida.
Página 10
LA INVASIÓN DE PANAMÁ
El vuelo fue de San Francisco a Panamá, vía Los Angeles. Viajé en clase económica
y no me pareció tan grave, incluso me gustó la comida que sirvieron. Pensé que ya no
era el mismo de antes. La cárcel me había hecho valorar las cosas pequeñas, bajar mis
niveles de exigencia. Era un civil percusio más y estaba orgulloso de serlo. Quizás en
eso radique la sabiduría, comprender que las cosas materiales son pasajeras y lo que
importa es el espíritu.
Al aterrizar en Panamá, el dólar ya estaba en cincuenta y siete mil bolívares. No
estoy jodiendo. En menos de veinticuatro horas pasó de cincuenta y dos, a cincuenta
y siete; como si nada. En el mundo se hablaba del inminente default de la deuda de
Venezuela y en la ONU la embajadora de Trump, una india que estaba más buena que
el carajo, definía al país como un narco estado, le pedía al mundo intervenir, e
invitaba a los venezolanos a no perder las esperanzas.
Era raro aterrizar en Panamá en ese contexto. No hacía mucho que el viejo Bush
había tumbado a Noriega, con una invasión similar a la que ahora se parecía estar
gestando desde Washington. Más de cinco mil panameños habían muerto en
enfrentamientos e incendios, y los marines se habían llevado a Noriega para el
imperio.
Pasaron muchos años hasta que Panamá volvió a ser un país normal. Ahora es una
vaina loca futurista y con boom económico, pero igual, sólo los ricos consideran que
la invasión fue positiva.
Comencé a hacer la larga cola de inmigración y escuché a un oficial pedirle a los
venezolanos que tuviesen el pasaporte abierto en la página de la visa. Yo ni sabía que
nos pedían visa en Panamá, pero supuse que la Goldigger no se pelaría en algo tan
elemental. Agarré mi pasaporte, comencé a buscar y, efectivamente, tenía mi visa
recién estampada. Lo impresionante fue mirar alrededor y ver cómo, de las doscientas
personas que estaban en la fila para pasar por inmigración, al menos ciento ochenta
sacaban sus pasaportes venezolanos. Al tipo que estaba en frente de mí también le
sorprendió la escena. Se rio y soltó con ironía: «La invasión de Panamá».
Nadie sabe cuáles son los números oficiales, pero en el día a día, la mitad de las
personas con las que interactúas en Panamá son de Venezuela. De ahí viene el rollo
de la visa. La vaina se fue de control y los panameños están que matan a los
venezolanos.
No los culpo. Si bien sentía cierta nostalgia por la patria bella, después de tantos
años en el exterior, no me iba a caer a mojones: a los venezolanos solo nos soporta el
que no nos conoce. Ni nosotros mismos nos soportamos. Y si al leer esta vaina te
picas y te sientes herido en tu orgullo venezolano, es porque tú eres de los más
insoportables. No me jodas. No tenemos nada de lo cual enorgullecernos. Y no me
Página 11
vengas con Cruz Diez, yo hacía rayas de colores en preescolar y a nadie le importaba.
Además, ese pana piró en los años sesenta y no volvió más. En eso, en todo caso, es
en lo que fue un visionario.
A la salida de inmigración encontré un carajo con mi nombre en un cartelito. Se
llamaba Carlos Iván y manejaba una van. Era moreno claro y no paraba de hablar.
—Aquí estamos, jefe, para lo que usted necesite.
Extrañaba ese calor humano. Los panameños se parecen a los venezolanos de
antes, gente amable y alegre que gana en dólares y no parece odiarte.
—¿Y qué tal el edificio en el que me quedo? —pregunté.
—¿El Allure? No, jefe, eso es una maravilla, sobre todo el penthouse que le
dieron a usted. Ese no se lo dan a cualquiera.
—¿A quién sabes tú que se lo hayan dado?
—Ufff, pura gente pesada.
—¿Pero gente de gobiernos o gente famosa?
—Famosa no tanto, aunque hace rato se lo dieron a Sean Penn.
—¿A Sean Penn?
—Hace años, sí, como en el 2010, cuando estaba recién inaugurado. Fue uno de
mis primeros trabajos.
Me dejó pensativo la vaina. Sean Penn. ¿Será que ese pana… era agente de la
CIA? Sería una locura. Ese tipo se la pasaba con El Comandante. ¿Habrá tenido algo
que ver con la enfermedad? No vale, bro. ¡Qué paranoiqueo! Estar del otro lado de la
talanquera era muy estresante.
—Ese man está loco —añadió Carlos Iván.
—¿Loco cómo?
—Digo, conmigo se portó muy bien, pero ese rollo en el que se metió con la
captura del Chapo…
—¿Capturaron al Chapo?
Carlos Iván se volteó y me miró extrañado.
—¿Usted como que no lee noticias?
—Es que tengo tiempo desconectado, en una misión en el medio oriente —dije en
tono de Agente 007.
Me tenía que meter un puñal de los acontecimientos de los últimos años. El
mundo cambia todo el tiempo y cuando estás en libertad no te das cuenta. Pero si
pasas unos años preso, al salir no reconoces nada.
—¿Y qué tuvo que ver Sean Penn con la captura del Chapo?
—Chequéese en Netflix el documental de Kate del Castillo, queda clarísimo.
Qué vaina tan ruda. Sabía que había vínculos directos del Comandante con el
Chapo, y que el mexicano se la pasaba en Margarita, pero imaginar que Sean Penn se
los había traído abajo a los dos, era como mucho.
Salimos de la autopista y entramos en la Avenida Balboa, que bordea la cinta
costera, la parte más moderna de la ciudad. Rascacielos residenciales y hoteles se
Página 12
mezclaban con casinos y restaurantes, en una combinación de South Beach con
Copacabana pero sin playa y con olor a cloaca.
Llegamos al Allure, un edificio de cincuenta y pico de pisos en frente del Parque
Urraca. Carlos Iván se despidió y me dio la llave del penthouse y un celular, para que
lo llamase cuando lo necesitara.
Subí, abrí la puerta y me quedé loco… Tenía dos pisos con trescientos sesenta
grados de vista de la ciudad. Desde el cuarto principal se veía el Canal de Panamá,
desde la sala el Casco Viejo, y desde el comedor se veían puros rascacielos y una isla
residencial que parece salida de Dubai. Arriba tenía una terraza con un jacuzzi para
seis personas. Era, en fin, un apartamento digno para asumir nuevamente mi
identidad revolucionaria.
Sobre la mesa del comedor había tres chequeras y tres tarjetas de crédito: Una de
un banco gringo, otra de uno panameño y la tercera de uno venezolano. Había un
sobre con cinco mil dólares, las llaves de un Audi y una laptop.
Entré al cuarto principal y vi una maleta al lado de la cama. La abrí y descubrí
que la ropa que tenía era mía. Demasiado cuchi la CIA, me había traído mi ropita
desde Caracas.
Me eché un baño caliente en la ducha de masajes y comencé a sentir que se me
iba toda la mugre acumulada en la cárcel. Cada gota que acariciaba mi cuerpo me iba
quitando la mariquera jesuita. El pobre cabizbajo victimizado por el sistema
penitenciario del imperio, iba desapareciendo; y daba paso al renacer del Juan
exquisito, ese que sabe distinguir entre lo bueno y lo malo, que sabe lograr que las
vainas le salgan bien.
La verdad es que en la cárcel leí mucho la Biblia y descubrí que es alucinante;
una porno suave violentísima en la que los reyes se casan con mil mujeres y el
creador quema humanos con lava, o los ahoga con diluvios. En el fondo la revolución
es como la Biblia, salvo que en la Biblia hay sólo diez plagas y en la revolución hay
como mil. Pero toda filosofía que glorifique la pobreza es un consuelo para
perdedores. Ese concepto de que es más fácil pasar a un camello por el ojo de una
aguja, que meter a un rico en el reino de Dios, es lo que tiene jodido a Latinoamérica.
Por eso la amabilidad de los panameños tiene fecha de expiración, pues es una
sociedad católica y eso hace inevitable el resentimiento social. La Iglesia nos enseña
que la pobreza es digna y los ricos son sospechosos, y eso convierte a toda la región
en una bomba de tiempo.
Y sí, reconozco que el catolicismo me sirvió de mucho en la cárcel, creo que para
eso fue creado, para sentirse digno al pelar bola. Pero yo no nací para pelar bola.
Juré que más nunca me volvería a equivocar. Si la vida me había puesto esta
misión por delante, la tenía que cumplir. No tenía nada que perder y tenía mucho que
ganar. Mucho billete sobre todo. A la revolución no se la jode con idealismo, se la
jode creando una mafia más arrecha que la bolivariana.
Página 13
Pensé en hacerme la paja, pero inmediatamente recordé que tenía cinco lucas en
cash y estaba en Panamá. No sólo eso, estaba en una Panamá infestada de
venezolanos y eso, sin duda, incluía putas venezolanas. No había mejor manera de
ponerse al día que interrogar a una puta venezolana.
Salí de la ducha y me cambié. Agarré los reales y las llaves del Audi y estaba por
salir cuando vi la laptop e hice una pausa. Una pausa abrupta e involuntaria, de esas
que te tira el destino para recordarte que todo está escrito, y que por más que sea, no
se puede estar improvisando demasiado por ahí.
La verdad es que tenía seis años pensando en ella. Scarlet. Tan bella. Tan hija de
puta putísima, que me había conejeado mientras me ponía a tirar como conejo.
¿Dónde estás, querida? Creías que te ibas a olvidar de mí para siempre, pero aquí
estoy, libre y apoyado por la CIA, la banda criminal más poderosa de la historia… y
sabes que voy por ti.
Abrí la laptop y le hice un search a su nombre completo. Salieron un par de viejas
locas en EE.UU que evidentemente no eran ella. Y después salió un perfil de una jeva
que podía ser.
Agrandé la foto y sí, la muy perra, ahí estaba, más buena que nunca a sus
veinticinco años. Decía que era de California pero vivía en Amsterdam.
Comencé a estoquear todas sus fotos, y con optimismo de encucado crónico, noté
que no se veía feliz. En algunas fotos sonreía, pero no era esa sonrisa con la que me
había vuelto loco. Faltaba algo. Levanté mi mano y le tapé la boca para estudiar sus
ojos; la miré fijamente por un largo rato, y sí, se veía triste, incluso en las fotos en las
que reía.
Con el pasar de los años, desde que caí en prisión, fui admitiéndome a mí mismo
la indiscutible mala intención de sus actos y la magnitud de su plan macabro. Pero
siempre pensé que mientras me tumbaba los reales, se había enamorado de mí. Ahora
la redescubría llena de una tristeza evidente que confirmaba mi consuelo y mi
sospecha.
Si somos honestos hay que reconocer que la chama se fue de paloma
estafándome, y esa vaina hay que saberla respetar. La gente cree que el crimen es
fácil. Pero no. Fácil es tener un empleo y cobrar quince y último, para que otro haga
dinero con tu esfuerzo y la ley proteja tu esclavitud. El crimen requiere de talento y
Scarlet había demostrado que era de las mejores.
Seguí pasando fotos, una tras otra, riéndome de todo lo que vivimos, añorando su
piel blanca imperial americana, anhelando respirar sus labios, tocar su cuello,
acariciar esas largas pestañas con las que tantas veces rasguñó mi alma.
No había fotos de hombres en su perfil, lo cual era buena noticia, pero no
garantizaba nada. No había mucha información. Tampoco parecía puta. El pecho me
temblaba por la emoción de haberla encontrado, pero el asunto también tenía algo de
anticlimático: Seis años preguntándome dónde estaba, qué había hecho con mis
reales… Seis años visualizándola llena de remordimientos o sin importarle nada,
Página 14
dependiendo de mis niveles de esperanza. Pero al ver sus fotos no obtenía ninguna
respuesta, y mi deseo de mamarle la cuca solo subía a medida que iba pasando las
imágenes. Era un peligro.
Entendí que tenía que cerrar la laptop si no quería perder el coco. Pero justo antes
de hacerlo, encontré una última foto que me sacudió por completo:
Scarlet estaba sentada sobre una bicicleta, lista para pedalear en pleno atardecer
de Amsterdam. Era la misma Scarlet de siempre, pero en esta foto, junto a ella,
recostada sobre su lado…
Joanne.
¿Joanne Planchard?
No puede ser.
Página 15
LA PUTA CON POSTGRADO
Foco, Juan, foco. Estás en una misión especial. Scarlet te volvió leña la vida, no te
puede volver a controlar.
Me entró un pánico heavy, cerré la laptop y salí del apartamento. En el
estacionamiento me esperaba un Audi A6 blanco, con cinco mil kilómetros. Lo
prendí y salí a toda velocidad.
Manejé por la cinta costera y llegué al Casco Viejo, la zona colonial en la que
Simón Bolívar intentó convencer a toda América de organizarse en una
confederación de Estados. Así es, mi pana, a Bolívar se le ocurrió una especie de
Unión Europea, siglo y medio antes de la Unión Europea. Obviamente nadie le paró
bola y aquí estamos, todos separados, ninguno solidario, convencidos de que somos
súperdiferentes entre nosotros.
Ahora el Casco Viejo es una zona turística llena de gringas surfistas pendientes de
un mojito. Nada mal, la verdad. Pero yo de gringas, con Scarlet ya tenía suficiente.
Le pregunté a un menor que cuidaba carros dónde podía conseguir una buena
puta, y me sugirió que fuera a Habanos Café, como a quince minutos del Casco
Viejo.
Llegué al lugar, pero no me quise bajar. Me paré al lado y se me acercó un tipo a
preguntarme qué buscaba.
—Una venezolana —le dije y me miró feo.
—Hay panameñas que están bien buenas —replicó como protesta nacional.
—No lo dudo, hermano, pero yo soy venezolano y tengo seis años sin cogerme
una venezolana. Así sea fea, la necesito por un asunto del orgullo patrio.
Se rio con gusto. Miró mi carro, como para hacer un cálculo económico.
—Te tengo una que es una reina, pero no está aquí y te sale más cara.
—No quiero peo. Dame la que tengas.
—Si tienes quinientos te la traigo en un minuto.
—¿Catira?
—¿Eso qué es?
—¿Cómo es la jeva?
—Una reina, confía en mí. Pero son quinientos para ella y cincuenta para mí.
—Tráela y te digo.
—Date una vuelta y nos vemos ahí, frente al casino.
—Listo.
Arranqué, prendí la radio y escuché una plena panameña bastante sólida. Lo malo
es que en Panamá los locutores hablan sobre la música. Es una vaina loquísima que
nadie sabe explicar. No importa qué parte de la canción sea, se lanzan a decir
Página 16
güevonadas como animador de fiesta de pueblo, incluso en las emisoras juveniles, y
uno se lo tiene que calar.
Lo interesante es que el locutor anunció, como noticia de última hora, un golpe de
estado en Zimbabue, contra Robert Mugabe.
Mugabe era uno de los aliados más cercanos del Comandante. Al parecer su
propio vicepresidente y los militares decidieron tumbarlo, y lo peor, con apoyo de
Rusia y de China. Entiendo que se habían ladillado de la crisis económica que
causaba el tipo por robárselo todo. Mugabe tenía 93 años y como un tercio de siglo en
el poder. Sus alianzas eran similares a las de Maduro, y por ello su caída era digna de
estudiar.
Me emocionó la vaina. Yo apenas tenía veinticuatro horas fuera de la cárcel y la
historia de la revolución internacional ya había cambiado. Sentí que era una señal que
me enviaba el destino. En mi nuevo papel tenía que enfocarme en las debilidades de
la gente que me enriqueció, y la verdad es que tenía su flow esto de ser agente
secreto. Por más que sea uno se crio viendo películas gringas.
Terminé de dar la vuelta, me paré frente al casino y el tipo apareció con una
chama caraqueña, sifrina, de lo más bonita. No tenía pinta de puta. Parecía una jeva
del colegio Cristo Rey.
—Hola —dijo con tono de jeva del Cristo Rey.
—Hola —respondí con mucho respeto.
Me extendió la mano y se presentó.
—Antonieta.
Me dio un beso en el cachete, le dio la vuelta al carro y se metió en el asiento del
copiloto.
Yo miré al tipo y él sonrió de lo más orgulloso:
—Como la pidió mi galán, reina y chama.
—Gracias maestro —le di sus cincuenta dólares y arranqué.
Rodamos unos segundos, en silencio. Yo ya no sabía cómo hablarle a una hembra,
estaba fuera de forma. Pero afortunadamente, ella rompió el hielo con una pregunta:
—¿De Caracas?
—Sí. ¿Y tú?
—También.
—Cero política —sentenció.
La miré sorprendido.
—No tengo rollo… Pero… ¿por qué?
—Porque es un peo. Si eres revolucionario es un peo, y si no eres también es un
peo. Mejor que hagamos nuestras cositas y ya.
—Tú eres sifrina —dije como si fuese una revelación.
—Depende… Tú sabes que esa es una medida comparativa.
—¿Cómo es eso?
Página 17
—Estudié en el Cristo Rey, me gradué en la Católica en comunicación e hice
postgrado en economía en la Simón. Si para ti eso es ser sifrina…
Me dejó frío. ¿Qué hacía una chama como ella metida a puta en Panamá? La
vaina tampoco es así. Por un momento pensé que era una trampa que la CIA me había
tendido para matarme. ¿O fue más bien la revolución?
Respiré hondo y cogí pausa. Era demasiado poco probable que yo me encontrase
con esta jeva… había que descartar la posibilidad de una emboscada. Me tenía que
relajar. Seguro era una caraqueña rebelde que se vino a hacer unos dólares porque
estaba arrecha con el papá, y yo sólo tenía que disfrutar la oportunidad. La niña era
bonita y súpereducada, no había duda de que me podría dar un buen resumen de lo
que había pasado en Venezuela en los últimos años. Aunque dijese que no quería
hablar de política, cuando una jeva dice que no quiere hablar de algo es porque es de
lo único de lo que quiere hablar.
Cuando subimos al penthouse, se quedó loca.
—¿Tú vives aquí?
—A veces.
Se paró frente a la ventana y admiró la vista. Luego se volteó y me miró
seductora. No le quedaba bien el papel de puta, pero era realmente bella.
—Son quinientos.
—¿Por cuánto tiempo?
—Un polvo.
—Te doy mil si te quedas un par de horas.
—Me quedo, pero cero vainas raras.
—¿Tipo qué?
—Tiramos donde tú quieras pero cero anal, todo con condón, y nada de pipí,
pupú, ni esas vainas.
Solté una carcajada. Era como hablar con una amiga de la metro. Le di mil
dólares en cash, los metió en un sobre y lo dejó sobre la mesa del comedor. Nos
fuimos al cuarto y nos desvestimos.
Me lo mamó con condón, lo cual es muy raro. No lo recomiendo. Implica un
sonido similar al que hacen los magos que doblan globos en forma de perritos en las
fiestas infantiles. Mata pasión total. Pero cuando la agarré y la acosté en la cama, le
levanté la pierna izquierda, y se lo metí de ladito, pensé que no estaba nada mal.
—¿Hace cuánto saliste de Caracas? —pregunté relajado, tratando de prolongar el
polvo.
—¿Te gusta hablar mientras tiras?
—Cuando la que tira conmigo tiene postgrado, es un privilegio.
Sonrió agradecida. Supongo que apreciaba ser valorada por su cerebro mientras
vendía su cuerpo.
—Me fui hace cuatro meses, después de la traición de la MUD.
Página 18
Ahí está, apenas soltó una sola frase y ya era política. Mientras le acariciaba los
pezones rígidos y pequeños intenté estrategizar para que me contase su versión de las
cosas, sin revelar que no tenía ni idea de lo que me hablaba.
—¿Qué crees tú que fue lo que pasó? —pregunté.
—No quiero hablar de política —dijo, recordando su mantra.
Por momentos parecía que disfrutaba el polvo y le molestaba genuinamente que
yo lo estuviese arruinando hablando de la MUD.
La volteé hacia mí y comencé a besarla. Nadie puede imaginar lo que se siente
besar a una mujer luego de seis años sin hacerlo. Supongo que babeaba como
adolescente. Y no era porque estaba muy excitado, simplemente sentía que había
regresado a casa luego de un exilio interminable. Mi hogar eran los labios de una
mujer.
Hicimos el amor en silencio, por cinco minutos, y finalmente llegué a un orgasmo
decente. Nada del otro mundo, no era lo de Scarlet, pero esto no tenía por qué serlo.
No era el retorno del Jedi, era la caravana del valor.
Nos quedamos tranquilos en la cama. Ella sacó un cigarrillo eléctrico de
marihuana y le dimos unas patadas. Me agarró las bolas y comenzó a jugar con ellas
lentamente, como si fueran esferas de meditación chinas.
—Yo estuve en las protestas —dijo—, vi cómo mataron un chamo a dos metros
de mí, en Altamira. Hice todo lo que pidieron los hijos de puta de la MUD. Hasta
llevé vecinos a votar en el plebiscito del dieciséis de julio. Y nada, cuando vi que
lanzaron todo a la mierda para ir a las elecciones regionales, tiré la toalla y me fui del
país.
Lo dijo fingiendo resignación pero se le salió la tristeza. Me dio lástima. Me
sentía tan ajeno a todo eso, a ella, a Venezuela, ni sabía muy bien lo que era la MUD,
incluso la revolución me resultaba extraña.
—¿Y desde el principio te viniste a trabajar en esto?
—Era la mejor manera de comenzar. En mi trabajo en Venezuela ahora estaría
ganando cinco o seis dólares mensuales. Tendría que trabajar dieciséis años sin comer
para ganar lo que me acabo de ganar contigo.
Así mismo, compadre. Todo el sueño revolucionario resumido en pocas líneas:
Poner a mendigar a la oligarquía mientras nosotros nos bañamos en billete. Que las
sifrinas del Cristo Rey terminen de putas en penthouses de chavistas. Los objetivos
fueron logrados.
La interrogué por un buen rato. Yo pensaba que la elección de Trump era lo más
loco que había pasado últimamente, pero nada que ver. Por ejemplo, al presidente de
Colombia, Juan Manuel Santos, le habían dado el premio Nobel de la Paz por
permitirle a los camaradas de las FARC hacer política sin tener que ir a juicio. El
legendario guerrillero Timochenco era candidato Presidencial. Lula estaba siendo
enjuiciado por corrupción y a Dilma la habían tumbado antes de terminar su período.
Evo y Daniel Ortega seguían imbatibles, matando estudiantes, pero Mujica y la
Página 19
Kirshner habían entregado el poder pacíficamente. El papá de las Kardashian se había
cambiado de sexo. Inglaterra había votado para separarse de Europa y, como por si
fuera poco, se habían muerto Noriega y Fidel Castro.
Echamos otro polvo mediocre más, y la invité a quedarse a dormir. Sonrió y
movió la cabeza negativamente. Se paró de la cama y comenzó a vestirse.
La observé, indignado de que me dejase sólo.
—¿Te están esperando? —pregunté.
—No. Estoy sola en Panamá.
—¿Y por qué no te quedas?
Se terminó de vestir y me miró con esa arrogante seguridad que sólo da el haber
nacido con dinero.
—Que no quiera hablar de política no implica que no sepa qué tipo de persona
eres.
Me tragué mi reacción para ver hasta dónde podía llevarla.
—¿Cómo sabes que estoy con la revolución?
Me miró con ironía y señaló alrededor, y yo protesté:
—¿No puedo tener dinero si no estoy con el gobierno?
Me volteó los ojos, como pidiendo que dejase la estupidez. Era impresionante, la
jeva me acababa de vender su cuerpo pero el que se sentía humillado era yo.
—¿Y si ya no soy revolucionario? ¿No eres capaz de perdonar?
Me estudió por unos segundos.
—Es posible que algún día, cuando seamos libres, esté dispuesta a perdonar.
—Gran vaina —le dije, molesto—, ustedes también tienen que pedir perdón por
muchas cosas.
—No voy a hablar de política con un cliente. Si te sirve de consuelo, acepto tu
dinero porque lo necesito. Al menos eso te dejó la revolución.
La verdad es que la revolución no me dejó dinero y el polvo me lo estaba
pagando la CIA, pero sus palabras me dolieron.
—Desayunemos mañana —supliqué.
—Nope.
—Te pago por tu tiempo.
—Okey, pero desayunamos aquí.
—¿Por qué?
—Primero muerta que ser vista en público con uno de ustedes.
—Ni que fuera Diosdado, nadie sabe quién soy.
—Todo el mundo sabe quién es todo el mundo.
—Con todo respeto… ¿Estás trabajando de prostituta y no quieres que te vean
conmigo porque jode tu reputación?
—La necesidad económica no me avergüenza. De hecho, en cierto modo me
enorgullece, porque es la mayor prueba de que no soy como tú.
—Estás loquísima.
Página 20
—Estoy ilegal en Panamá, escapando de la mayor crisis humanitaria de la historia
de América Latina. Que me paguen por dar placer no reduce mi dignidad.
—¿Y desayunar conmigo sí?
—Sin duda.
Se agachó y me dio un beso en la frente. Se dio la vuelta y caminó hacia la sala.
Me hirvió la sangre. Me paré y fui tras ella.
—No seas así.
—¿Cómo?
—¡Todo el mundo guisó!
—No todo el mundo.
—Los que pudieron.
—Algunos no quisimos.
—Porque no se les dio la oportunidad.
—Whatever.
—Yo te quiero ver con un par de millones en frente a ver si no le echarías bola.
—No hace falta ofender.
—¡Tú eres la que estás ofendiendo!
Me volteó los ojos, como aburrida de escucharme. Llegamos a la sala, agarré el
sobre con los reales, saqué los mil dólares y se los lancé en el piso.
Se detuvo, miró el dinero por un segundo y se agachó a recogerlo, lentamente. Se
lo metió todo en el bolsillo y me sonrió de manera profesional, sin rastros de rencor,
como si parte de su servicio fuese recoger dinero del piso.
—Gracias —dijo.
Se dio la vuelta y se fue del apartamento.
Maldita.
Página 21
BICICLETAS DE HEZBOLLAH
Página 22
—No te pongas así.
—Deja el culillo entonces. Le tenías miedo a los iraníes porque no querías que los
gringos te sancionaran. Pero ese miedo ya no tienes por qué tenerlo.
Buen punto… Con los gringos detrás mío, quién contra mí.
—Yo le echo bola —dije—, pero no sé por dónde empezar.
—Por el Alba Caracas, el antiguo Hotel Caracas Hilton.
—¿Pero ahí no están las FARC?
—Las FARC, Hezbollah, todo el juego de las estrellas.
Tragué hondo y supongo que me puse pálido. Vera se dio cuenta, me sonrió y me
sacó una bolsa de perico y sirvió una línea sobre la mesa. Me metí el pase, poco a
poco. Tardó un par de segundos en pegarme, pero llegó… ¡un gran alivio! Se me
quitó el miedo. Me reí y ella me agarró la mano.
—Me alegra que estés aquí —dijo con sinceridad.
—A mí también.
—Te tengo que poner una inyección.
—¿De qué hablas?
—Te tengo que meter un chip en el culo, una especie de brazalete electrónico.
—No me jodas.
—Es en serio, sorry. Para que no te puedas escapar.
—Yo no me voy a escapar.
—Yo sé. Pero igual.
La muy perra abrió su maletín y sacó una jeringa electrónica:
—Pela el culo —dijo muerta de risa.
—Tú me estás jodiendo.
—Pela el culo y deja la mariquera.
La vaina era en serio. Me metí otro pase para armarme de valor. Me puse de pie y
me bajé un poco el pantalón, revelando media nalga derecha.
—Te tienes que quedar inmóvil diez segundos, mira que lo que te voy a meter no
es líquido.
—¡No me cagues más coño!
Terminó de bajarme el pantalón y ¡blooooom! Me clavó la jeringa electrónica y
yo arranqué a gritar por diez segundos, a todo pulmón, mientras escuchaba sus
carcajadas. Finalmente, me sacó la jeringa y me frotó un algodón con alcohol.
Cuando terminó, me puse a brincar por todo el cuarto mientras ella se hacía pipí de la
risa.
Después de un rato yo también me reí. El dolor era serio pero la euforia del perico
y el sabor de la libertad me terminaron de sacar del cautiverio mental. Estaba listo
para arrancar a Venezuela.
—Ya sé que te metiste en Facebook a ver a la puta esa —dijo en tono de
exesposa.
Yo puse cara de que lo iba a negar todo, pero ni lo intenté.
Página 23
—Te tenemos pillado, Juancito —continuó—, no hagas estupideces y si las haces
que no sean tan estúpidas que me hagan pasar pena.
Me lo decía como advertencia, pero también me lo pedía como favor. Estaba claro
que si ella había convencido a la CIA de sacarme de la cárcel y yo terminaba de gafo
mostrándome frente a Scarlet, la dejaría en ridículo. Pero… ¿y si la carajita de la foto
era mi hija? No era fácil la situación. Nunca antes se me había presentado un dilema
tan extremo. Había que respirar profundo y aguantar. La paciencia hace fuerte al
débil, y la impaciencia hace débil al fuerte. Yo tenía que serlo todo: fuerte y paciente,
padre y agente.
—Como te dije —siguió—, se hizo un trabajo exhaustivo para borrar los datos de
tu caso del internet. Pero si Scarlet, o la familia de tu víctima, se enteran de que
saliste de la cárcel, simplemente vas de regreso al hueco hasta que cumplas tu
condena.
—No te preocupes, te prometo que no la voy a contactar.
—Fernando Saab era el jefe de la planta de bicicletas y de una cementera llamada
Valle Hondo, para la cual se aprobaron setecientos millones de dólares en el 2011… y
todavía no se ha inaugurado.
—Buena cifra —sonreí—, pero ¿cómo lo consigo?
—Ahora vive en París, se ladilló de Venezuela. Su point person en Caracas es una
rusa llamada Natasha Sokolova.
—¿Está buena?
—No es tu estilo.
—Mi estilo ha cambiado…
—Tienes treinta mil dólares en la cuenta, no logré que me aprobaran más.
La miré con cara de terror.
—¿Qué voy a hacer yo con treinta lucas?
—En Caracas eso ahora rinde, pero sí, vas a tener que montar algún negocito por
tu cuenta, la CIA no maneja montos tan altos como la revolución.
—¿Y tú no vienes?
—Por ahora vas tú solo, pero me llamas cualquier vaina.
—¿Y cómo le llego a la jeva?
—La revolución ha crecido, pero todo en el fondo sigue funcionando igual. Estás
aquí porque se supone que tienes conexiones. Muévete y la vas conseguir.
Al día siguiente salí para Caracas.
@ScarletT45
Página 24
Quiero ir a visitarlo.
@Zoe23
A quién?
@ScarletT45
A Juan.
@Zoe23
LOL!
@ScarletT45
Es en serio.
@Zoe23
Ni en chiste lo digas.
@ScarletT45
Por qué no?
@Zoe23
No abras esa puerta. Te casas en dos semanas con un fuckin’ príncipe.
@ScarletT45
Yo sé… Pero es su hija.
Página 25
PANTERA Y EL PRÓSAC
Página 26
de la revolución. Desde que apareció en el helicóptero, todo su grupo estaba
desaparecido y el gobierno andaba como loco buscándolo. Por eso habían prohibido
los vuelos de noche en helicóptero en todo el territorio nacional.
En Maiquetía me esperaban cuatro motos y una Toyota Fortuner blindada. Qué
Dios me perdone, pero pensé que si Pantera estaba montado con casa propia en La
Lagunita, algo de la revolución seguía funcionando. Quizás la gringa me estaba
metiendo mente y, de verdad, la vaina estaba mejor que nunca. Era lo lógico, con el
dólar a más de sesenta y cinco mil, y subiendo dos o tres mil a diario, se podían hacer
guisos de nivel legendario.
Nos fueron abriendo paso cual caravana presidencial, y así me dieron mi primer
tour de lo que quedaba de Caracas: Una ciudad apagada, vuelta leña, sin publicidad,
sin carros, con todo el mundo guardado en casa, basura por todos lados, cero
rumba… No era la ciudad que dejé. Pero Caracas es Caracas y es mi casa. Así me la
destruyan por completo, mientras existan el Ávila y el control de cambio, sigue
siendo el mejor lugar del mundo.
Cuando pasábamos al lado del Concresa, vi un graffiti que celebraba al tal Oscar
Pérez. Me puse a buscarlo en Google, el tipo parecía un personaje de Marvel, con
rostro de actor de cine, ojos de gato y facciones de blanco pero con piel trigueña.
Mientras estaba fugado había sacado varios clips en los que salía armado hasta los
dientes, pero siempre dejaba claro que su intención no era violenta. Según pude leer
se había ganado el corazón de la resistencia más dura. Pero había un sector de la
población que pensaba que era un farsante, un actor contratado por la propia
revolución para justificar operaciones violentas contra manifestantes pacíficos.
Yo no sabía qué pensar. Por un lado, crear enemigos ficticios siempre ha sido la
estrategia de los Castro. Pero la teoría del Oscar Pérez falso era promovida por
algunos de los más sospechoso dirigentes de la oposición. Y ese el enredo diario en el
que vivía Venezuela, no se sabía quién era real y quién era infiltrado. Podía ser que el
tipo fuese real y los vendidos te estuviesen convenciendo de que era infiltrado. Podía
ser que fuese infiltrado y los opositores reales estuviesen engañados. Podía ser al
revés, o una mezcla. Y todas las posibilidades tenían defensores completamente
convencidos de que su versión era la verdadera.
Pantera era funcionario de una vaina nueva llamada Asamblea Nacional
Constituyente, según me contó su chofer. Escúchese bien: A pesar de que no sabía
leer ni escribir, Pantera estaba entre los encargados de redactar la nueva constitución
de la república. Era imposible no amar a ese país.
Cuando me dijo que vivía cerquita de mí en La Lagunita, no exageraba. De
hecho, antes de llegar a mi casa tuve que pasar por la suya a saludarlo. Era bien raro
para mí que mi antiguo chofer me recibiera como a un igual. Pero de eso se trata el
socialismo, todo el que quiere se puede montar, solo hace falta paciencia y aprender a
bailar.
Página 27
Tenía una casa de dos pisos, de las modernas que están detrás del campo de golf.
Afuera había dos camionetas con más de doce funcionarios de la Policía Técnica.
Me recibió en la puerta con una camisa de los Lakers y unos shorts enormes,
parecía un rapero gringo.
—Jefe de jefes… ¿cómo me lo trata el imperio? —preguntó y me dio un fuerte
abrazo.
Era Pantera pero no era Pantera. El guerrero rudo del 23 de Enero se me había
refinado. Tenía el rostro exfoliado, unos lentes Prada estilo Kevin Costner en JFK, y
olía como si se hubiese echado encima medio pote de colonia Ferragamo. Le lucía
bien el dinero pero se le notaba el esfuerzo. Había algo en él que no cuadraba, algo
raro que yo no lograba comprender.
—El imperio no trata bien a nadie, hermano, pero no me puedo quejar —dije con
sinceridad.
Entramos a la casa y nos recibieron dos morenas de un metro ochenta, preciosas,
que nos ofrecieron sendas copas de Prosecco.
Me reí con orgullo, era como ver a un discípulo superando al maestro.
—¿En qué andas metido, bicho? —pregunté sin parecer muy interesado.
—Yo sólo coordino efectivo, jefe. Tampoco le voy a mentir.
—¿Los bolívares que están perdidos?
—No vale, qué bolívares. El cash de los tipos, ya no saben dónde meterlo porque
los bancos de afuera los chutaron y todo es un peo. Esta casa me la compraron para
eso.
—¿Están lavando cash con propiedades en Venezuela?
Pantera sacudió la cabeza y sonrío.
—Venga por aquí y le explico.
Atravesamos la sala y llegamos a una puerta de hierro blindada. Pantera puso un
código y la abrió, y salimos hacia una terraza techada, donde había una piscina
cubierta por una lona, con un trampolín. La puerta de hierro se cerró tras nosotros y
quedamos solos frente a la piscina.
—Móntese ahí para que vea la vaina —dijo señalando el trampolín.
Yo no entendía qué clase de juego era este, pero le seguí la corriente y me subí al
trampolín.
Pantera me miró orgulloso, se acercó a una pared donde estaba una caja de
seguridad, y la abrió con una combinación digital. Adentro había un botón rojo rojito.
Puso el dedo sobre el botón, y como un carajito me gritó:
—¿Tas listo?
—¿Listo pa qué? —pregunté preocupado.
Pantera apretó el botón y la lona de la piscina comenzó a abrirse. Me tomó unos
segundos descubrir qué tenía de particular. Adentro de la piscina no había agua.
Había una especie de plástico verde que no dejaba ver bien el interior. Saqué mi
iPhone y encendí la luz para ver mejor, y ahí sí pude reconocer, detrás del plástico, el
Página 28
inconfundible morado nazareno del billete de quinientos euros. La lona se seguía
abriendo revelando pacas y pacas de euros. Una cantidad difícil de calcular.
—¡Siete millones de euros en cash! —proclamó Pantera como quien anuncia un
bautizo.
Se me aguaron los ojos. Entre una vaina y la otra, en mi buena época yo me había
montado en cinco palos de cash verdes y más o menos lo mismo en propiedades.
¡Este pana tenía siete en euros, tirados en la piscina!
—¿Qué locura es esta, brother?
—El cash es lo que se está moviendo, hermano. Nadie sabe qué hacer con él
porque le han congelado las cuentas a un poco e’ gente y, desde entonces, se le pide a
todo el mundo que pague en efectivo.
—¿Y a quién le estás cuidando tú ese dinero?
—Eso sí no se lo puedo decir, en parte porque no lo sé. Pero sí le digo que el
mejor negocio que hay ahora es cuidar dinero. Le dan a uno su parte y uno no tiene
que hacer es nada.
Se me ocurrían una gran cantidad de inconvenientes logísticos a la hora de
manejar cash, y ni hablar del enorme riesgo que había de perderlo todo. Quien sea
que tuviese a Pantera cuidando esa cantidad, no lo hacía por gusto.
—Dicen que hay ciento sesenta piscinas como estas en Caracas —siguió—, y
varias olímpicas en el interior. Pero no sólo eso, tengo panas que hasta se roban
carros para llenarlos de efectivo y enterrarlos en el monte. Hay edificios abandonados
en Vargas que están forrados de billete por dentro, y parece que los seis pisos de
arriba del Hotel Humboldt están llenos de cash.
Sonreí y me bajé del trampolín para darle un abrazo.
—Qué arrecho mi bro —dije y se me aguaron los ojos.
—Se le extrañaba, jefe, no entiendo por qué no llamó. ¿Se le puede ofrecer un
Power Ranger?
—Con gusto —respondí sin estar seguro de lo que hablaba.
Cerró la lona sobre los euros y pasamos a la sala. Sacó una botella de Anís
Cartujo y sirvió dos vasos. Después abrió una nevera y agarró un pote de yogurt de
fresa. Lo destapó y lo vació sobre el anís. Me dio uno de los vasos y brindamos.
Nunca había tomado esa combinación tan nutritiva, pero me pareció de lo mejor. Era
como cenar y rumbear a la vez.
—¿Y cómo es ese peo de la constituyente? —pregunté.
—Yo no sé muy bien cómo es la vaina. A veces me piden que vaya y me siento
ahí, a escuchar, y levanto la mano y voto. Pero no es mucho trabajo.
—¿Pero están haciendo una nueva constitución?
—No que yo sepa. Eso se montó por las protestas, para ayudar a Maduro a calmar
al país, usted sabe que al tipo no se le mueve mucho la materia gris y casi todo el
mundo lo quiere out. Con la ANC le quitaron un poco ese peso de encima.
—Yo estoy súperdesconectado, después de lo que pasó…
Página 29
«Lo que pasó». Qué heavy todo lo que pasó. Era más fácil asimilarlo en una
cárcel gringa que en Caracas. Parte de mí quería llegarse al Cafetal para abrazar a mi
mamá, sentarme a ver tele con mi papá y dejarlo que me armara un peo, comer carne
mechada y escucharlo hablar sobre Vitico Davalillo, Mano e’ Piedra Durán, David
Concepción. Era imposible comprender sus ausencias. Si al menos tuviese a uno de
ellos. Pero no, a nadie… No tengo a nadie en este país… Soy Juan el huérfano.
Debería ir al apartamento a recoger mis vainas, a despedirme del hogar en el que me
crie. Pero no, no estoy preparado. Posiblemente nunca lo estaré.
—Lo entiendo, jefe, lo que vivimos nosotros fue muy fuerte para todos, no me
imagino para usted.
Era evidente que todo el episodio de la captura y el asesinato de mi madre, con
tiroteo en Los Sin Techo incluido, había tenido un impacto emocional sobre Pantera.
Y me sentí mal por eso. Es tan horrible el capitalismo que uno piensa que los
empleados que viven vainas con uno, sólo están de acompañantes. Como si esas
experiencias que uno comparte con ellos no fueran parte fundamental de sus vidas.
—Deme un segundo y le traigo un recuerdo —dijo y salió de la sala.
Miré alrededor… La casa de Pantera. Nunca, bajo ningún escenario tradicional,
en ningún país del mundo, esa casa podría terminar en manos de un analfabeta
humilde como él, salvo que fuese pelotero o estrella de algún otro deporte. Sólo el
socialismo te puede montar en los millones, sin importar quién eres, siempre y
cuando cumplas con las reglas del juego. Por ese sueño había vivido y había muerto
El Comandante.
Pantera volvió y puso un maletín sobre la mesa.
—¿Se acuerda?
Miré el maletín pero no vi nada particular.
Pantera le dio la vuelta y lo abrió, revelando varias pacas de cien dólares.
—Usted me lo dio, jefe, el día que se fue.
Me acordé de la vaina. Como pago por toda la locura le regalé cien mil dólares a
Pantera, y me dijo que no los iba a tocar, porque ese dinero estaba maldito.
—¡Qué bolas! ¿De pana no te lo gastaste?
—No, jefe, yo sentía que ese dinero estaba como embrujado. Y la verdad es que,
al poco tiempo, me fueron saliendo oportunidades y pensé que lo correcto era
guardarlo para cuando usted volviera.
Lo miré con duda.
—¿Me lo estás devolviendo?
Pantera cerró el maletín y me lo ofreció.
—Bien cuidado, jefe. No lo toqué cuando lo necesitaba, menos lo voy a tocar
ahora que estoy tranquilo.
Miré el maletín sin agarrarlo.
—¿Y todavía crees que ese dinero está maldito? —pregunté.
Página 30
Pantera me miró con una sonrisa débil, y entendí qué era lo que no cuadraba con
él: El tipo estaba triste. El hombre duro, jodedor, sanguinario y leal que conocí, se la
pasaba feliz cuando vivía en el 23 de Enero. Ahora tenía todo lo que no tenía antes,
pero era como que no supiese qué hacer con lo que tenía, y añorase todo lo que
perdió.
—Todo dinero es maldito, jefe. Uno lo que tiene es que gastarlo y ya.
Si el socialismo fuese una religión, ese sería el estado más elevado, cuando
terminas de acostumbrarte a ser millonario y descubres que nada de eso te hace feliz.
—No te veo muy contento —dije casi como chiste. Pero a Pantera le pegó el
comentario. Estaba francamente deprimido, era algo insólito.
—Fíjese jefe, después de unos días aquí usted verá con sus propios ojos el
problema.
—¿Cuál problema?
Pantera miró al suelo y luego al techo, como recordando.
—Cuando vivía El Comandante la gente estaba contenta. Era como que cada
quién tenía lo que quería. Los revolucionarios como usted hacían sus negocios, la
clase media tenía sus dólares de Cadivi y los pobres teníamos a Chávez, que nos
hacía sentir importantes, aunque nos estuviésemos mordiendo un cable.
—Y ahora…
—Ahora hay dinero para los revolucionarios, no me voy a quejar. Pero la gente en
la calle está en el chasis. Yo antes iba pa’ los bloques y la gente me abrazaba. Ahora
me miran con arrechera, me piden real para comer… El otro día vi a un vecino
comiendo basura con su señora… Gente decente, jefe. A veces me provoca vaciar
esta piscina, repartir los reales en el 23 y pegarme un tiro.
El tipo estaba más enrollado que pantaleta de puta, pero claramente tenía su
punto. Yo siempre dije que la revolución era un asalto al país por voluntad de las
mayorías, y que eso la convertía en una cultura. ¿Pero qué pasa cuando el pueblo ya
no quiere a los asaltadores? ¿Qué pasa si los asaltadores dejan de repartir el botín y se
lo quieren quedar para siempre, aunque eso implique matar al pueblo de hambre?
Sonó su celular y agarró la llamada. Escuchó una información y reaccionó…
—¡Ay coño! —dijo preocupado.
Colgó el teléfono y me miró con cierta paranoia.
—¿Pasó algo? —pregunté ocultando mi tensión.
—No, jefe, pasa que… se escapó Ledezma.
Según había leído en el briefing de la Goldigger, Antonio Ledezma había ganado
las elecciones para la Alcaldía de Caracas hace unos años, y Maduro lo había metido
preso en venganza.
—¿Se escapó pa’ dónde? —repliqué.
—Pal’ coño, acaba de cruzar la frontera con Colombia. Y un costilla mío era uno
de los guardias que lo vigilaba. Se lo están llevando al Helicoide.
—Virga…
Página 31
—Se puede poner caliente la noche, jefe, mejor vaya para su casa.
Pantera me entregó el maletín y pasó los próximos cinco minutos suplicándome
que no dijese nada sobre los euros que vi en la piscina. Era como si, de repente, no
confiara en mí.
Le dije que no se preocupara. Quedamos en vernos en unos días para hablarle de
un business que yo estaba montando con una cementera, y me dijo que él, de entrada,
quería meterse en lo que sea que yo le plantease, que contase con él.
Le di un fuerte abrazo y me despedí con nostalgia. El buen Pantera se había
convertido en un millonario con depre que añoraba tomar su Power Ranger en los
bloques del 23. Supongo que pronto descubriría el Prósac, iría a un psicólogo o a un
coach de vida, a que le recetasen Flores de Bach.
Pero bueno, allá él, yo no tenía ni un par de horas en territorio nacional y ya
estaba cien mil dólares arriba. Y así arranqué, contento, para mi casa…
Pero casi me da un infarto cuando llegué.
Página 32
MI CASA BIEN EQUIPADA
Mi casa la diseñó Villanueva para una familia de cuatro o cinco personas. No niego
que es muy grande para un hombre soltero como yo. Incluso en las noches que pasé
ahí con Scarlet, se sentía vacía. Pero nunca imaginé que en ella podrían vivir más de
siete personas, quizá ocho contando a la señora de servicio y al chofer. Pero bueno,
cuando abrí la puerta me encontré con al menos cincuenta personas viviendo en ella.
Tanto el vigilante como la cocinera, la masajista y el jardinero; todos mis empleados
se habían mudado con sus familias. Cada familia había agarrado una de las cuatro
habitaciones y había carajitos corriendo por toda la sala. Sonaba «La Vida es un
Carnaval», de Celia Cruz, y una pareja de adolescentes, que yo no conocía, bailaba
pegado haciendo sebo en el comedor.
Era evidente que todos tenían años viviendo ahí, pero aunque me hirvió la sangre
de la arrechera, era difícil culparlos: Yo me había desaparecido. Hace media década
que no pagaba sus salarios, ni se sabía nada de mí. Lo mínimo que podía hacer mi
gente fiel era disfrutar de las instalaciones mientras yo regresaba. Si es que regresaba.
No quise caer en polémica. Les dije que tenían una semana para desalojar, y me
fui.
Le pedí al chofer de Pantera que me llevase al Hotel Alba Caracas. Si me iba a
meter en la boca del lobo, habría que dormir dentro de ella.
Tardé como media hora desde La Lagunita hasta los Caobos. Tenía el coco
volteado; Pantera vivía como rico y mi casa era el nuevo 23 de Enero. Le pedí al
chofer que pusiese 92.9 en la radio y se cagó de la risa. Me enteré que Maduro la
había cerrado. A dónde miraba encontraba más detalles como ese que hacían
irreconocible a la ciudad en la que me crie.
Llegué al hotel y se me subió un poco el ánimo. Había gente de todo tipo en el
lobby: Por un lado estaban los rusos, con sus comitivas oficiales que parecían de la
mafia o de la KGB. Por otro lado los chinos de siempre, que ya habían aprendido a
hablar español. Después estaban los Guerrilleros de las FARC, vestidos de civil y de
lo más elegantes. Y al final, separados de todos, un grupo del medio oriente que
supuse incluía turcos, sirios, libios, palestinos, libaneses e iraníes.
Por muchos años ese Hotel fue la sede del Caracas Hilton, una de las glorias de la
Venezuela Saudita. El edificio había sido construido en el lugar donde quedaba la
Seguridad Nacional de Pérez Jiménez, uno de los ídolos fachos de Chávez, y por eso
El Comandante le puso el ojo desde el principio. En el 2007 finalmente se lo paleó y
lo rebautizó como Hotel Alba, y desde entonces se convirtió en residencia central
para el alto mando de las FARC, Hezbollah y demás miembros estratégicos de la
revolución. Incluso Ramiro Valdés se residenció ahí por muchos años, mientras
montaba el servicio de inteligencia Cubano-Venezolano.
Página 33
Con casi setecientas habitaciones, no fue difícil que me dieran una, a pesar de no
tenerla reservada. Le di unos reales adicionales a la jeva del counter y me dio una
suite con vista a la piscina.
Me eché una ducha y me acosté un rato, pensando en lo complicado de mi nueva
realidad: Antes de ser revolucionario, odiaba a la revolución. Al convertirme en uno,
comencé a despreciar a la oposición. Pero ahora, ¿quiénes son mis aliados? ¿Me tenía
que hacer pasar por revolucionario para complacer a la CIA, o tenía que hacerme
pasar por agente de la CIA, frente a los gringos, para poder coronar con mis
camaradas? Era un dilema existencial, y lo peor es que así estaba medio país: sin
saber quién estaba con quién.
Encendí una vara que me dio Pantera y miré por la ventana. El hotel tenía dos
piscinas. Puse atención y vi una vaina rarísima: Las piscinas estaban separadas por
barreras de plantas ornamentales. De un lado estaban las mujeres y del otro los
hombres. En el lado de los hombres había algunas mujeres. Pero en el lado de las
mujeres, todas eran musulmanas. Era como estar en un hotel en el Medio Oriente,
pero en pleno corazón de Caracas. Obviamente decidí bajar a ver esa escena de
cerquita.
Cogí el ascensor y llegué al nivel de la piscina y caminé con naturalidad, como si
estuviese buscando a alguien. A mi alrededor, los sospechosos habituales del planeta
se divertían, relajados, entre whiskys y té de menta… Cubanos con norcoreanos,
iraníes con bielorusos, etarras con chinos… La revolución había convertido a Caracas
en la capital antiimperial que siempre soñó El Comandante.
—¿Juan? —me llamó una voz y sentí un escalofrío.
Carlos Avendaño… mi pana de la Universidad Metropolitana, mi pana de
Procter &Gamble, a cuya boda había ido con Scarlet en la Quinta Esmeralda.
—¡Qué bolas, brother! ¡Tú sí estás perdido! —añadió.
El carajo estaba con dos chamos de la Metro, tomando vodka con un grupo de
rusos. Yo no sabía si sonreírle o ponerme a llorar.
—¿Qué haces tú aquí, brother? —le dije sin poder disimular.
Se echó a reír y me explicó que se la pasaba ahí metido, y me presentó a sus
panas y a los rusos. Después me invitó a caminar hacia la barra y pudimos hablar en
privado.
—¿Te saliste de Procter? —le pregunté con genuina curiosidad.
Hizo un gesto de resignación sentimental y respondió:
—Esa vaina se fue de aquí hace rato, hermano. Yo no me quise mudar a las
nuevas sedes en Panamá y en Seattle. Aquí tengo a mis viejos y no se quieren ir.
—¿Y estás haciendo negocios?
—Coño sí, brother. Uno se tiene que adaptar y la verdad es que hay muy buenas
oportunidades. ¿Tú en qué andas?
—Tengo un proyecto con arena, pero necesito un contacto con una cementera
local y, como tengo tiempo afuera, me vine a buscar socio.
Página 34
—Coño yo de cemento no sé mucho, pero puedo preguntar.
—¿Has escuchado de una rusa llamada Natasha Sokolova?
—¿Prepago?
—No, bro, una dura que anda montada en un guiso precisamente de cemento.
—Ah sí, algo me suena de una jeva que he visto por ahí. Pero no la conozco.
—Si averiguas cómo llegarle te paso una vaina.
—Dale, seguro pana —dijo con una sonrisa—, da gusto verte bro, sabes que aquí
hay mucho bichito, es bueno encontrar gente de confianza.
Miré alrededor tratando de entender esta nueva Caracas. Estudié a sus socios, y
luego a él, y poco a poco fui teniendo una revelación que me dejó loco: En varios de
los grupos que estaban por toda la piscina, había carajitos oligarcas de Caracas,
chamos que antes nunca hubieses imaginado en estas lides; relajados, haciendo
negocios, sin nervios, como si nada.
Era una imagen que no tenía sentido para alguien como yo, pues iba en contra de
todas mis concepciones de la revolución. Además, le quitaba todo lo cool, todo lo
emocionante…
—Y qué… ¿Tienes varios panas metidos en esto? —pregunté.
—Coño men, al que no se ha ido no le queda otra. Aquí todo el mundo se adaptó.
—¿En serio? ¿Tú me estás diciendo que hay un poco de chamos del Country
metidos en la revolución?
—No queda otra, brother. Ya no hay industria, la empresa privada murió, nada
que hagas en bolívares tiene sentido, y todos los dólares y los euros los tienen los
rojos.
Eso sí no me lo esperaba. Una alianza revolucionaria con la oligarquía tradicional
era impensable en mi época, el resentimiento social era la razón de ser del
Comandante. ¿Cómo iban a unirse con los ricos de cuna?
—No te voy a caer a coba —continuó—, casi todo el mundo se fue. Como dos o
tres millones. Yo prácticamente no tengo panas aquí. Pero lo que sí te digo es que los
que están en Caracas y no están metidos en la movida, ya sea porque son idealistas o
porque no se les ha dado, lo que están es mamando duro. Gente como uno, bro, pero
pasando hambre que no te puedo ni explicar.
—¿Y quién te ayudó a entrar en este peo?
—Coño hay un pana que se llama Ratael Latraba, a lo mejor te acuerdas de él.
—¿Draculito? ¿El de la Católica?
—¡De bolas! El que guisaba con el Barça…
—Claro…
—Bueno, a ese bicho lo acaban de nombrar Gobernador de Carabobo, tiene rato
súperconectado. Y él mismo te dice que le entres, que hay que sacar a los niches de la
revolución. Hay una poco de panas que, bueno, son chamos bien y tal, y han entrado
a través de él.
—Qué arrecho…
Página 35
Sin duda era otra época. Me sentí extranjero en mi propia tierra, pero solo por un
momento. La verdad es que yo tenía más en común con Avendaño que lo que había
tenido con los analfabetas funcionales que rodeaban al Comandante. Aunque él era
del Country y yo del Cafetal, estudiamos juntos y después trabajamos en la misma
empresa; y eso nos hacía hermanos de clase social. Si la revolución había mutado
para hacerse más inclusiva, pues mejor para todos. A mí Avendaño siempre me había
parecido un carajo depinga y ahora que había renunciado a ser conejo, me parecía
más depinga que nunca. De hecho subimos al cuarto y nos caímos a pases por un
buen rato, recordando pendejadas, y hablando de negocios.
Me contó que estaba metido en la explotación del arco minero. Al parecer, su
empresa sacaba toneladas de oro que los rusos se llevaban para vendérselas a los
turcos en euros en efectivo. Un negocio completamente paralelo a la banca gringa y
europea, por lo que no había riesgo de sanciones. Además mi vieja amiga, la
Diputada Endragonada, le entregaba malandros que sacaba de las cárceles, y su
empresa los ponía a trabajar en las minas.
—Ni siquiera les tengo que pagar, brother —dijo con orgullo—, porque son
presos. Esclavitud a la antigua, hermano, si no trabajan, no comen. Y lo mejor es que
los malandros son medio chavistas, así que te puedes desahogar con ellos y hasta
echarles plomo cuando te acuerdas de la arrechera que te da toda esta vaina.
Sonaba a paja, honestamente. Eso de que haya esclavos en Venezuela, y que la
revolución se los facilite a los oligarcas para que saquen oro, era imposible de
aceptar. Pero lo más interesante era su visión de las cosas. A diferencia de la puta con
postgrado, Avendaño no me veía como culpable de la debacle de la nación. Sus
palabras transmitían una especie de solidaridad entre aquellos que se han visto
obligados a guisar para sobrevivir, porque esas son las reglas del juego. Para él, la
arrechera había que descargarla contra los que votaron por Chávez, así fuesen
esclavos. Nosotros éramos víctimas del voto de las mayorías, y simplemente
decidimos adaptarnos a la realidad.
A la mañana siguiente, el dólar ya estaba en setenta y tres mil. Sin paja, había
subido de cincuenta y dos a setenta y tres en menos de una semana.
Pero lo mejor no era eso. Lo mejor fue que cuando bajé al bufete a desayunar
recibí un whassup de Avendaño diciendo que, a través de la mafia del arco minero,
había conseguido a la rusa, y podíamos cenar con ella esa misma noche.
Página 36
MORCILLA EN EL ALAZÁN
Página 37
alta que yo y llevaba tacones, por lo cual tenía que mirarla hacia arriba. Hablaba
perfecto español y con acento venezolano, sin duda tenía tiempo operando en el país.
En ningún momento trataba de verse dura. Todo lo contrario, era tan amigable que
uno quedaba desarmado, pero eso era lo que más intimidaba. No transmitía un aire
sexual pero daba queso. Yo he tratado con mujeres fuertes, la Goldigger entre ellas.
Pero esto era otro nivel. Se veía que tenía decenas de muertos encima.
La rusa pidió punta trasera y champaña rosada. ¿Quién coño toma champaña
rosada? Se puso a contestar un par de emails en su celular, como para dejar claro que
le sabía a mierda que yo la hubiese estado esperando. Y finalmente, después de que le
trajeron su trago y se echó un palito, me preguntó:
—¿Qué lo trae por Venezuela?
Era duro estar en El Alazán y que una rusa te pregunte qué coño haces en tu
tierra. Ella sin duda quería dejar claro que me había investigado, y eso la ponía por
encima del chaborreo al que estaba acostumbrado en la revolución que conocí. Pero
yo también venía preparado con un plan para entrarle:
—Tengo un contacto en Brasil que le vendía cemento a Odebrecht.
Me miró con cara rara, volteó a ver a Avendaño y le dijo riéndose:
—Mal comienzo.
Avendaño se rio también y me miró como si estuviera a punto de matarme.
—Calma —les dije—, el asunto no es con Odebrecht, sólo les estoy dando un
poco de historia.
La rusa se reclinó a tomar champaña y escuchar sin interés.
—El tema es que los tipos tienen setecientas mil toneladas de arena que se les
quedaron frías después de que explotó el peo de Lula, y no saben qué hacer con ellas.
—¿Y Odebrecht ya las pagó? —preguntó la rusa, un poco más interesada.
—Pagó una parte, la idea es negociar la otra.
—¿Y para qué quiero yo arena? —preguntó—. Aquí nadie está construyendo.
—No necesariamente para construir —respondí—, pero se rumorean unas
elecciones presidenciales para el 2018, y a Maduro no le vendría nada mal inaugurar
una cementera como Valle Hondo.
Al escuchar las palabras Valle Hondo, le cambió la cara. La vi pasar de la
paranoia a la rabia, y de la rabia a un pequeño entusiasmo con sospecha.
—¿Y cómo sabe usted de Valle Hondo? —preguntó.
—Simplemente averigüé cuáles cementeras quedaban por inaugurarse desde que
el comandante nacionalizó el cemento, y encontré la suya y pensé que le podía
interesar.
Se bajó la champaña de un trago y me miró con lentitud, como midiéndome.
—¿Cuánto tiempo tiene en Estados Unidos? —preguntó.
—Voy y vengo desde hace muchos años.
—Pero entiendo que tiene rato que no nos visita.
Página 38
—Un par de años, sí, he estado haciendo vida por allá y la verdad no se me había
presentado la necesidad.
—Entiendo que se fue por un problema… con una banda delictiva…
Era difícil ser agente de la CIA utilizando mi propia identidad. Hubiese preferido
que me mandasen a Afganistán, que tener que hablar de mi desgracia como parte de
mi trabajo.
Afortunadamente, la rusa notó que era un tema difícil para mí y decidió
cambiarlo:
—¿Le gustan los gringos?
—Los gringos no —dije—, las gringas.
Solté una carcajada pero ella no se rio.
—Las gringas son unas frígidas —dijo y se sirvió otra copa.
Yo mordí una yuca frita y la paloma se me paró un poquito.
—Usted sabe que yo no puedo entrar a Estados Unidos —susurró pausadamente.
—No lo sabía —respondí.
—Ya… Y ahora que lo sabe, ¿no le parece una estupidez para usted, que tiene
intereses en el imperio, estar haciendo negocios con alguien como yo?
La miré con atención, agarré mi copa y me bebí la mitad, reflexionando.
—Pues posiblemente sí —dije con sinceridad.
A la rusa le gustó mi respuesta.
—Pero hay maneras de hacer las cosas —añadí—, mis socios en Brasil tienen ese
inventario frío, están quebrados y les cuesta una fortuna mantener los depósitos. Si le
soy sincero, yo no estoy dispuesto a asociarme formalmente con usted, pero una
operación tan sencilla como esta, le puede dejar a cada lado unos cinco o seis
millones de dólares; y el Presidente podría inaugurar su cementera con bombos y
platillos.
A la rusa le cambió la cara. Ya no me miraba con sospecha sino con cariño.
—¿Usted conoce París? —preguntó para mi sorpresa.
—Menos que Madrid y que Londres, pero sí, conozco París —respondí.
—¿Entiendo que también conocía al Comandante?
Supuse que Avendaño le había dicho eso para cuadrar la reunión. La imagen de
«antiguo amigo del Comandante» me daba cierto poder moral sobre toda la
comunidad.
—Lo conocía —respondí con tristeza—, todo lo que lo pude conocer. Se nos fue
muy pronto.
Se me quebró la voz y parecí sincero, en parte porque lo era. Extrañaba al
Comandante. Sigo pensando que era un iluminado. Con errores, sin duda, como todo
soñador. Pero nadie sino él pudo lograr que nos hiciésemos millonarios en tan poco
tiempo, y esa vaina se agradece. Estoy seguro que si estuviese vivo nos guiaría por un
mejor camino. Todo sería diferente si Sean Penn no le hubiese inoculado la
enfermedad.
Página 39
La rusa me estudió con nostalgia. Me dio la impresión de que había pasado un
buen tiempo con el tipo y se sentía cercana a mí porque yo conocía su valor de
primera mano.
—Si me puede mostrar documentación que garantice acceso al cemento que
menciona —dijo—, me gustaría llevarlo el lunes a París, para discutirlo allá, en
persona, con mi socio.
No mostré mucha emoción.
—El lunes —repetí, e hice como si revisara mentalmente mi agenda. Era viernes
por la noche y yo no tenía más nada que hacer en la vida. Pensé que la Goldigger me
podría facilitar documentación para sustentar la vaina. Y sí, también pensé que París
estaba a un par de horas de Amsterdam… Y en Amsterdam estaba… ella.
—Deme un día para confirmarle, pero no creo que haya problema.
El lunes el dólar amaneció a ochenta y dos mil, y yo bajé a Maiquetía a montarme
en el Falcon 900 de la rusa, rumbo a París.
Página 40
ARPONEADO EN EL AIRE
Página 41
—¿Los gringos? —pregunté con indignación—, ¿qué quieren, una guerra?
La rusa sacudió su cabeza negativamente, despacito.
—La propia revolución los va a meter presos, por ladrones —sentenció.
Todo lo que decía parecía ponerme a prueba. Hasta donde yo sabía, la revolución
nunca metía a nadie preso por corrupción, era uno de los lineamientos que nos dio
Fidel para asegurar la fidelidad del gremio.
—¿Y eso por qué? —pregunté.
La rusa hizo un largo silencio.
—La cosa no está bien, amigo Planchard. ¿Sabía que Planchard es un apellido
francés?
—Sí, mis antepasados vinieron de Normandía. Pero hace mucho tiempo. Yo soy
venezolano de pura cepa.
—La revolución está quebrada, no se pueden pagar las deudas. Somos varios
haciendo lo posible por asesorar pero la realidad es que se lo roban todo. Es difícil
ayudar a un adicto, y hay un problema de adicción en el alto mando.
—¿Cocaína?
—Ojalá fuera tan sencillo. Hay una adicción al dinero. En los cálculos más
conservadores se habla de la desaparición de noventa mil millones de dólares en
dieciocho años de revolución. Otros dicen que son cuatrocientos mil millones. ¿Quién
necesita tanto dinero? No somos tantos entre los cuales se dividió el botín. Si usted se
pone a sacar cuentas, la mayoría de los revolucionarios de nuestro nivel tenemos
entre cinco y cuarenta millones. Son cifras razonables. Pero cuando se estudia a los
que están más arriba, es completamente absurdo. ¿Sabe lo difícil que es llegar a
noventa mil millones de dólares? Y además, ¿para qué? ¿Existe algo que no se pueda
comprar con mil millones? Es un problema de adicción. Cleptomanía a una escala sin
precedentes, en ningún país del mundo. Yo, personalmente, he cuadrado préstamos
iraníes y he sido testigo de grandes negocios rusos que tienen una hoja de ruta y un
proyecto de por medio; pero a los seis meses, no queda nada. Se lo roban todo. No es
que no terminan las obras, es que no llegan ni a la mitad. A veces ni las comienzan.
Así no se puede trabajar.
La tipa tenía razón, los números no mienten. Pero lo que más me llamaba la
atención era su frustración. Uno siempre asume que los poderes extranjeros son parte
fundamental de todo el guiso revolucionario, pero su arrechera hacía pensar que
incluso las peores organizaciones criminales de la tierra, estaban horrorizadas con la
corrupción venezolana.
—Y lo de CITGO, ¿sería como una medida para intentar controlar esa adicción?
—pregunté curioso.
—El cincuenta y un por cierto de CITGO fue ofrecido a la banca norteamericana
en garantía por una deuda que no se va a pagar. Cuando los bancos gringos entiendan
que los reales no vienen, van a querer embargarla, y eso hay que evitarlo como sea
Página 42
pues sería un jaque para Venezuela. Nuestro plan es decir que la deuda la contrajo la
directiva de la empresa sin autorización del país.
Yo no soy experto en banca internacional, pero me costaba creer que los bancos
se tragarían esa cómica. Aunque también es cierto que con tal de recibir algo de los
pagos de la deuda, aunque sea por partes, los bancos son capaces de aceptar cualquier
locura.
—¿Usted está casado? —preguntó y yo me cagué.
—Estoy, digamos, separado.
—Bien —respondió con una sonrisa.
Se terminó de beber la copa rosada, la puso sobre la mesa, bajó la mano hasta
llegar a su pantorrilla, y de ahí sacó un revolver Nagant treinta y ocho. Suspiró y me
apuntó a la cara, y se quedó así por unos segundos.
Luego se puso de pie, caminó hacia mi asiento y se me montó encima. Me acercó
su rostro y rozó mis labios con su pistola, pegó su boca a mi oído y me lo acarició
con la lengua.
—Abre la boca —susurró.
Yo seguí instrucciones y sentí el cañón frío entrando entre mis dientes. Era una
vaina muy rara, si me iba a matar no lo iba a hacer en su avión, por lo que no me
cagué por completo. Pero revólver en boca es revólver en boca, hasta a la femme
Nikita se le puede escapar un tiro.
La rusa me observó el rostro con detenimiento, como si lo estuviese desnudando
con la mirada. Después se acercó y me lamió el labio inferior, al lado del arma. Bajó
su otra mano y comenzó a desabrocharme el pantalón. Me sacó la paloma y yo
mismo me sorprendí de tenerla parada. Había algo que funcionaba en la combinación
de la piel dura de la rusa escultural sobre mi cuerpo, y la pistola dentro mi boca.
Se subió el vestido y con una habilidad que denotaba años de experiencia, se
metió mi miembro en la cuca y me comenzó a cabalgar.
Yo básicamente estaba inmóvil, dando guevo y recibiendo pistola en un
intercambio internacional equitativo, sin ningún chance de negociación,
experimentando una mezcla muy arrecha de placer con miedo. Y la verdad es que me
encantó. Pensé que uno siempre debería tirar a punto de morir. En general todo se
debería hacer como si uno estuviese a punto de morir.
—¿Para quién trabajas? —me preguntó entre gemidos de placer. Sacó su pistola
de mi boca para dejarme contestar, pero me la puso debajo de la barbilla, empujando
mi cabeza hacia atrás.
—En este momento, para ti —dije y la hice sonreír.
Se bajó el vestido y me mostró unas teticas pequeñas pero preciosas. Se las mamé
con cariño. Tenía los pezones del mismo color que el resto de la piel, casi sin areola.
Se los mordí y le dolió, pero pareció gustarle. Me agarró la boca como para que no
pudiera cerrarla y me fue pasando un pezón por todo el labio, recorriéndolo en forma
circular. Después cambió de teta y me hizo lo mismo pero en dirección contraria. No
Página 43
pude aguantar más, le agarré ambos senos y me metí sus dos pezones en la boca. Me
instalé a mamárselas por un buen rato y ella fue aumentando la velocidad de su
cabalgata.
Le metí una nalgada y exhaló con intensidad. Poco a poco me iba dejando tomar
el control, pero sin quitarme la pistola de encima. Le bajé más el vestido y descubrí
que tenía cicatrices en el estómago. Pero no parecían de una operación, parecían
cuchilladas callejeras. Se las tapó apenas notó que las estaba mirando.
Me armé de valor y me levanté, sin dejárselo de incrustar. Caminé y la puse sobre
el asiento que estaba al frente y me la seguí cogiendo, pero ahora encima de ella. Le
di un bofetón en la cara y después la besé. Me lamió con movimientos rápidos y
cortos, como si estuviese imaginando que mi boca era una cuca y me la estuviese
mamando.
Me puso la pistola en la sien y yo comencé a darle con todo, metiéndoselo lo más
duro que podía. Finalmente fui sintiendo que tomaba el control. ¡El gran Juan estaba
de regreso, no joda! ¡Firme y con maña, fuerte y con saña!
Entonces la jeva bajó la otra mano y acarició toda mi espalda hasta llegar a mis
nalgas, y en un movimiento inesperado, que nadie me había hecho en la vida, me
arponeó.
Así es, compadre. Mientras me cogía a la rusa más bella del mundo con una
pistola en la sien, la muy hija de puta me metió el índice por ese culo y me desvirgó
para siempre.
Y lo más heavy de la vaina es que me gustó. Pero no es que me gustó un poquito,
es que en cuestión de segundos me hizo acabar con un orgasmo alocado que no pude
evitar imaginar era el que sentían los maricos cuando recibían palo.
La jeva estaba lejos de llegar al orgasmo, pero no había nada que hacer, era
imposible aguantarse para esperarla. Me había violado por la boca y por el culo, y no
había acabado. Nunca antes me había sentido tan débil en el sexo.
Dejó la pistola sobre una mesa, al lado de la silla, como si ya me tuviese
confianza. La besé por unos segundos y me acarició con cariño.
—No acabaste —reconocí con culpa.
—No te preocupes —susurró con tristeza—, yo nunca acabo.
La miré preocupado. Hizo unos segundos de silencio, pero después notó que mi
curiosidad se mantenía. Me observó como evaluando si debía decirme lo que me
quería decir, y soltó la frase post polvo más heavy que yo escucharía en toda mi vida:
—Estuve presa en Egipto y me mutilaron el clítoris.
Página 44
EL BARCO DE SAAB
Al llegar a Paris, la rusa me trató como a un socio más, como si nada hubiese pasado.
En una sola tirada me había traumatizado física y mentalmente, nunca más volvería a
ser el mismo. Pero para ella no fue más que una transacción.
Nos llevaron al hotel Royal Monceau, un clásico renovado por Philippe Starck.
En París todo es medio gay, y eso me ayudó a estar en paz con la pérdida de mi
virginidad anal.
Quedamos en vernos en el lobby en la noche, para ir a cenar con su socio. Subí a
mi habitación y mientras me duchaba, me llené de tristeza. Uno siempre piensa en sí
mismo pero nadie imagina cómo sufren los demás. Había escuchado sobre la ablación
genital de mujeres en países de mierda, pero que se lo hiciesen a una chama
civilizada, y a modo de tortura, era un horror inimaginable. ¿Qué tipo de enemigos
había encontrado Natasha en Egipto? No podía pensar en otra cosa, lo que debe haber
sido para ella ese momento. Toda su amargura nacía de ahí, esa dureza que la hacía
tan atractiva era puro dolor y pura ausencia. Estaba incapacitada para sentir placer, yo
no podría imaginar una desgracia mayor. Para qué coño quiere vivir uno si no es para
sentir placer.
Inevitablemente toda esta diatriba me puso a pensar en Scarlet. Yo en París, ella
en Amsterdam. Estábamos a cinco horas en tren, a una hora y pico en avión. Es cierto
que yo tenía un chip en el culo y la Goldigger me lo había prohibido, pero coño,
estaba tan cerca. Podría darle la vuelta y justificar el viaje, aunque sea para espiarla
de lejos, a ella y a la niña, su hija, ¿mi hija?
Salí del baño, me vestí, metí en la caja fuerte los cien mil dólares que me
devolvió Pantera, bajé al business center para que la CIA no monitoreara mi
computadora, y me puse a tratar de ubicar a Scarlet en internet.
No era fácil manejar Google en francés para buscar páginas de direcciones en
holandés. Pero, después de un par de minutos, logré volver a su perfil de Facebook.
Otra vez miré sus fotos y la foto de la niña. Me metí en su Instagram y pasé como
media hora enfermo viendo a Scarlet. Era una sensación indescriptible. Si cuando la
conocí me sentía solo, cómo me podía sentir ahora que lo había perdido todo. Mis
padres habían sido asesinados. No tenía hermanos. Mi única amiga era mi jefa. No
existía ninguna relación afectiva en mi vida. Me había convertido en un robot. Lo
único que quedaba en mi alma, que aún estuviese vivo, era su recuerdo, su piel, su
furioso e insaciable deseo sexual y su inteligencia infinita.
Sin darme cuenta mis lágrimas comenzaron a bañar mi rostro. Mis dedos
temblaron al acariciar el teclado para pasar de una imagen a la otra, como si en ellas
estuviese todo lo que me faltaba. Mi vida no estaba en París persiguiendo fortunas,
Página 45
héroes o criminales… Mi vida estaba en ella… Con ella… Para ella… Así fuese lo
último que intentase, tenía que tratar de reconquistarla.
58 de la calle Lijnbaanssteeg, la dirección apareció en las páginas blancas,
sencilla, corta, poética. La busqué en Google Earth y me ubiqué en el mapa. Conozco
bien Amsterdam. Por muchos años me acercaba allí durante el fin de semana del
cumpleaños de la reina, cuando todos los holandeses se vestían de anaranjado y las
calles se hacían peatonales para rumbear. En mi opinión es la mejor fiesta urbana del
planeta.
El edificio de Scarlet quedaba relativamente cerca de la estación central. Tenía
que encontrar la manera de acercarme. Verla de lejos. Respirar el mismo aire que
salía de sus pulmones. Seguirla. Saber qué hizo con mis reales. Al final se lo llevó
todo, la muy hija de puta. Todo el cash, todas las propiedades. Era mi esposa, por más
que sea, debe haber sido una mantequilla para ella poner todo a su nombre. ¿Pero lo
habrá reinvertido? ¿Vivirá con un hombre? ¿Con el padre de esa niña? ¿O era esa
niña su sobrina? Hay muchas jevas que publican fotos en Facebook con niñas, como
si fueran sus hijas, pero al final no lo son. Había que averiguarlo todo.
Se hacía tarde y me tenía que alistar para la cena. Sabía que no le podría ganar a
los franceses si me vestía con alguno de sus diseñadores locales maricones,
necesitaba el apoyo de un italiano. Me fui para Ermenegildo Zegna y ahí me hicieron
un traje de tres lucas, no muy ostentoso, que reflejaba un tono azul eléctrico. Me
lucía, sabía que dejaría a la rusa pidiendo chicharrón.
Bajé al lobby y me recibió un chofer con una nota de Natasha que decía que ella y
su socio me esperarían «en el barco». Me pareció buena señal y me fui con el tipo.
El barco en cuestión se llamaba «Inclusion Sociale» y estaba en el Port de la
Bourdonnais, al lado de la torre Eiffel. Hacía un frío del carajo, pero eso le daba aún
más caché a la vaina. De hecho pensé que no sólo Planchard sino también la palabra
caché venía del francés. A lo mejor yo tenía más en común de lo que imaginaba con
esta tierra de jevas orgiásticas y galanes con tufo.
Afuera del barco, unas modelos africanas tenían una lista. Mi nombre estaba pero
como Jean Planchard. Pensé que era buen nombre para un espía: Jean–Marie
Planchard. Avisaron por walkie talkie que había llegado, recibieron una instrucción y
me pidieron que esperara ahí, pues me venían a buscar.
Miré alrededor y vi, en la entrada del muelle, una pared con el rostro del Che
Guevara sobre la bandera arcoíris del orgullo gay. Me dio paja el Che, por más que
sea, pasó toda su vida fusilando maricos y después de muerto lo convirtieron en
símbolo gay. Eso se llama karma, mi pana.
Al minuto llegó Natasha, me miró el traje italiano e hizo un gesto de aprobación.
Me dio un abrazo y un beso en la frente como para seguirme humillando:
—Vamos de una que el gentío está llegando y se nos va a distraer el hombre.
La seguí por unas escaleras hacia abajo, y entramos a una especie de recepción,
con una pequeña tarima en la que me pareció ver a Manu Chao probando sonido. Era
Página 46
un barco antiguo para navegar ríos de París, con espacios para rumbear y paredes
blancas en las que se proyectaban clásicos del cine de propaganda soviético. Había
como cien invitados. Algunos parecían arroceros, pero la mayoría tenía pinta de ser
gente importante.
Pasamos por un pasillo, y una caballota con el pelo teñido de amarillo y pinta de
venezolana, me ofreció una champaña. Se la acepté y vi que estaba en traje de gala
con una banda que decía Miss Zulia, igual a las que les ponen a los culos en el Miss
Venezuela. Natasha me hizo señas de que no me detuviese y la siguiera, y así lo hice,
pero a medida que avancé fui notando que todas las mesoneras de la fiesta tenían
bandas del Miss Venezuela: Miss Guárico, Miss Amazonas, Miss Miranda… Un
poco de hembras de un metro ochenta, ofreciéndole champaña y pasapalos a los
invitados, con sonrisas enormes que irradiaban alegría, sus narices operadas de la
manera que le gusta a Osmel, y esa cadencia particular con la que caminan después
de meses de entrenamiento y de hambre. Me tomó un minuto comprender la vaina,
pero estaba clarísimo: no eran unos culos locales que habían disfrazado de Misses,
eran las fuckin concursantes del Miss Venezuela en persona. Cualquier venezolano se
hubiese dado cuenta inmediatamente.
Al final del pasillo, Natasha le ordenó a unos guardias de seguridad enormes que
me dejaran pasar. Me revisaron por todos lados, sin delicadeza, y me dirigieron hacia
unas escaleras en espiral.
—Por aquí —señaló Natasha y comenzó a bajar.
Al final de las escaleras había dos guardias más, y me volvieron a revisar. Esta
vez me pidieron el pasaporte y se lo dieron a otro guardia que le tomó una foto y lo
chequeó en una computadora. Finalmente me lo devolvieron y nos dejaron pasar.
Caminamos por un pasillo, llegamos a dónde un mayordomo que saludó a Natasha
con un gesto, y nos abrió una puerta de caoba negra.
Llegamos a un salón privado, oscuro, elegante, sin música. En el centro había una
mesa redonda de mármol con un busto de Lenin tallado en la piedra. Saab estaba
sentado con Miss Monagas de un lado y Miss Dependencias Federales del otro. Era
un tipo elegante y carismático, con un traje blanco de John Galiano, el cabello
engominado hacia atrás y un habano Rey de Dinamarca en la boca. Cuando entré me
pareció que lo sorprendí metiéndole el dedo a Miss Dependencias Federales, bajo la
mesa. Pero aparte de ese detalle, se notaba en completo control de la situación.
—Juan, conoce a Fernando Saab; Fernando, conoce a Juan Planchard —dijo
Natasha, un poco nerviosa.
Página 47
PARÍS SIN DUDAMEL
Saab se sacó el tabaco y lo dejó reposar sobre la pequeña corona dorada con la que
vienen los Rey de Dinamarca. Se puso de pie, me sonrió, me ofreció su mano y dijo
con un acento extraño, entre Sirio y Colombiano:
—Bienvenido a París, hermano, gracias por venir.
—Al contrario, gracias por la invitación.
—Siéntese por favor.
Natasha le hizo un gesto a las Misses para que piraran, y ellas obedecieron. Cerró
la puerta tras ellas y nos quedamos solos los tres.
Saab sacó una botella de coñac LOUIS XIII y me sirvió en un vaso de cristal.
—¿Conoces el Louis XIII? —preguntó.
Yo lo miré con calidez y respondí:
—Lo conozco de vista.
Se rio sabroso, como si mi respuesta fuese suficiente para agarrarme cariño. Le
sirvió otro vaso igual a Natasha, y se sirvió uno para él.
—Casi cien años tiene ese coñac en esta botella —dijo—. Imagínate eso nada
más: un grupo de franceses en 1921, en la ciudad de coñac, trabajando con todo el
cariño del mundo pensando que alguien, un siglo después, apreciaría su obra maestra.
—Increíble —comenté—. ¿Cien años tiene, de verdad?
—No le miento —dijo y mostró la fecha en la botella.
—Nunca lo había pensado de esa manera. Qué belleza —exclamé con sinceridad.
Saab era muy filosófico y caluroso, uno sentía que lo conocía desde hace años y
que fácilmente se podría hacer su amigo; pero a la vez era obvio que, si te
equivocabas con él, te mataría despacio, escuchando música clásica, con una hoja de
acero de Damasco.
Levantó su copa para brindar:
—¿Entonces tú eres el que nos va a ayudar a tapar el uranio con el cemento?
Natasha se frikeó al escuchar semejante frasesita, pero yo fingí demencia:
—Aquí estamos para servirle, maestro.
Apenas mojé los labios en el Louis XIII, entendí que todo lo que había bebido en
mi vida anterior era agua sucia. Ese es el problema con el dinero, no te hace feliz pero
te quita la tristeza.
—Yo no te conozco, ni a ti ni a nadie que haya hecho negocios contigo —advirtió
—, pero Natasha habla bien de ti.
—Me alegra mucho —dije genuinamente sorprendido.
—¿Tú parles français?
—No, lamentablemente.
—Planchard es francés.
Página 48
—Yo sé, pero yo soy Venezolano.
—Lo siento mucho —dijo y yo intenté tragarme la arrechera, pero se me notó—.
No se ponga así. Yo también técnicamente lo soy, y no por eso me siento poca cosa.
Era extraño su tono, como si asumiera que ser venezolano fuese una vergüenza, y
no tuviera ni que explicar por qué. Creo que de hecho interpretó mi reacción como
arrechera por ser venezolano, no como arrechera por lo que había dicho.
—Yo estoy muy orgulloso de ser Venezolano —dije, y Saab soltó una carcajada,
seguro de que lo estaba jodiendo.
—Venezuela es El Dorado —proclamó—, y si algo hemos aprendido los sirios es
que a El Dorado no se llega sin indios. ¿A cuánto vende el cemento?
Supuse que se refería a la leyenda de El Dorado y que me estaba diciendo indio a
mí, a Jean–Marie Planchard.
—Quince millones y medio por las setecientas mil toneladas. Es lo que cuesta.
Hizo una pausa y sacó números mentales.
—¿Y cómo se maneja el envío?
—Los brasileños me lo dejan en la frontera, en Santa Elena de Uairén… De ahí
en adelante, en Venezuela, podríamos utilizar al ejército.
—Ni que fuera cocaína —dijo y se cagó de la risa.
Yo también me reí.
—Digamos que por envío son cinco millones más y yo me encargo de eso —
añadió relajado—, páseme factura por veinte millones. Pero eso sí, se lo pagamos en
bitcoins.
En la cárcel había escuchado sobre el bitcoin, a los presos les encantaba, pero yo
nunca entendí qué era, y Saab se dio cuenta.
—¿No maneja bitcoins? —preguntó preocupado, y miró a la rusa.
—Lo manejo, maestro, pero no para cantidades como esa.
—Pues bienvenido al siglo veintiuno. Ya el bolívar no existe y el dólar es muy
complicado. Rublos o riales no creo que quiera y en euros no le voy a pagar. Ahora
vaya y disfrute que reservé a Miss Monagas para usted. Y no olvide que con nosotros
su palabra importa más que cualquier cosa.
—No se preocupe, ha sido un placer —dije y me levanté.
Natasha me hizo un gesto de complicidad y salimos de la habitación.
—¿Cómo lo ves? —le pregunté cuando ya estábamos afuera.
—Perfecto, le caíste bien.
Me guio por un pasillo y me abrió la puerta de un cuarto. Entré y vi a Miss
Monagas sentada en la cama, lista para ser cogida. Natasha me miró con una sonrisa:
—Dale tranquilo y con calma, y ahora que salgas hablamos. Bienvenido a la
familia.
Comenzó a cerrar la puerta, pero yo la detuve.
—¿Qué es esto? —pregunté molesto.
—¿Qué es qué? —replicó sorprendida.
Página 49
—No ando pendiente de tirar aquí —dije con firmeza.
—Te están brindando una niña preciosa, ¿te vas a negar?
Me hablaba con un tono amable pero amenazante.
—Yo no junto los negocios con el sexo —respondí con seriedad, y se cagó de la
risa.
Miré a Miss Monagas y a su cuerpo escultural, esperando pacientemente con
sonrisa de primera finalista. Pero no le quería echar un polvo, estaba demasiado
nervioso y la chama estaba actuando como una esclava sexual. Yo nunca he tenido
peo con la prostitución, pero esto estaba más allá. Y era una Miss, coño, tampoco así.
Venezuela se respeta.
—De pana que no —le dije a Natasha—, está bella la niña y todo, pero no quiero
tirar obligado, y además… nosotros acabamos de tener un momento muy especial.
La rusa pareció estremecerse por mis palabras, y en el frío habitual de su rostro se
asomó cierta inocencia. Por primera vez pude visualizar a la niña llena de ilusiones
que había sido alguna vez. Para ella el sexo se había convertido en algo mecánico, en
una simple herramienta de interrogatorio. No estaba acostumbrada a que alguien le
dijese que lo que había vivido con ella era especial.
—Como quieras —dijo y abrió la puerta.
La miré con cariño, sin tratar de seducirla. Más allá del aroma a crimen que
impregnaba todos sus movimientos, era imposible para mí olvidar su historia, y eso
me hacía capaz de perdonarle cualquier cosa. Pienso que se dio cuenta y lo agradeció.
Le agarré la mano, como para recordarle que en mí tendría siempre a un amigo, y
bajó la mirada. Parecía confundida, como si sintiese que todos sus años de
entrenamiento le estuviesen fallando conmigo.
Salí de la habitación, la tomé de la mano y la traje detrás mío hasta llegar a
cubierta. La fiesta se había llenado y estaba prendida. Manu Chao cantaba en vivo:
«Me gustan los aviones, me gustas tú». Pero nadie bailaba, casi todos parecían estar
hablando de negocios, aunque todos tenían pinta de comunistas.
—¿Quién es toda esta gente? —le pregunté a Natasha.
Ella miró alrededor.
—La crema y nata de la revolución del siglo veintiuno —respondió, con orgullo.
—¿En serio?
Natasha me sonrió con ternura, como si parte de lo que le gustase de mí fuese mi
ingenuidad. Movió el rostro y apuntó a tres caballeros muy elegantes:
—Esos tres británicos que ves ahí son Jeremy Corbyn, George Galloway y Ken
Livingstone. Ellos son los que cuadraron con El Comandante el guiso de la gasolina
gratis para los buses de Londres. Chávez les dio treinta millones de dólares para ese
programa, y esa apenas es la cifra que se anunció. Lo que les pasó en comisiones y
financiamiento indirecto debe ser al menos diez veces esa suma, pues logró convertir
a Corbyn en líder del Partido Laborista, el principal de oposición británica. Y si todo
sale bien, puede que sea el próximo Primer Ministro del Reino Unido.
Página 50
—Una vainita…
—Ese que ves ahí es Juan Carlos Monedero, el operador principal del chavismo
en España…
—¿Y Pablo Iglesias?
—Ya debe venir por ahí.
Me señaló a otro grupo:
—Esos que ves junto a tu embajador Isaías Rodríguez, son los capos del
Movimiento Cinco Estrellas de Italia. Se le ha ayudado mucho desde su fundación, y
tenemos fe en que entrarán a la coalición de gobierno el año que viene. No son tan de
izquierda como quisiéramos, pero manejan los sindicatos y eso en Italia es oro.
Se me había olvidado Isaías, qué bolas.
—Detrás de ellos —continuó— ves a López Obrador. La revolución se ha gastado
una fortuna en él, con la esperanza de que algún día gobierne México. Yo creo que es
un idiota y una pérdida de capital, pero tiene socios en común con Maduro y eso tiene
sus ventajas.
—¿Quién es el que está con él?
—El de la derecha es Ignacio Ramonet, uno de los intelectuales franceses que
más negocios montó con Chávez; y el de la izquierda Jean-Luc Melenchon, el Pablo
Iglesias de Francia.
—Por ahí también veo a Zapatero.
—Correcto, y esa que está con él es Florencia Kirchner.
—¿La loquita gótica esa?
—Cuidado con lo que dices, puede que sea la más rica de todo el barco.
Nunca se podrá poner en duda la capacidad que tuvo El Comandante para crear
una red de poder internacional. Todos parecían conocerse y tenerse cariño. Incluso
los que menos pintaban parecían intelectuales de esos que sí saben sobre Marx, y
sobre la importancia que tienen las alianzas entre los trabajadores.
Natasha y Saab no eran chaborros de Barinas, eran verdaderos profesionales,
formados en las mejores escuelas de París, Moscú y Teherán. Se veía que se rasparían
hasta a sus madres sin pensarlo, y que se movían en peos que podían desatar guerras
nucleares: «Tapar el Uranio con cemento», había dicho el tipo. Yo no estaba seguro
de lo que significaba, pero sonaba a confesión de crimen frente a un agente de la
CIA.
En ese momento entró el demente de Pablo Iglesias.
—Joder, Juan, ¿cómo has estado? —me dijo y me abrazó.
Natasha me miró sorprendida por el calor con el que me saludaba Pablito. Ella ya
me estaba agarrando confianza, pero en ese momento entendió que sería un error
subestimarme. Yo no era ningún recién llegado.
Conocí a Pablito cuando era un humilde profesor de la Complutense, y se la
pasaba viniendo a Caracas a plantear la formación de un frente revolucionario en
España. Pero nadie le paraba mucha bola. La revolución tenía una relación estrecha
Página 51
con Rodríguez Zapatero; quién había llegado al poder gracias a que Irán se voló los
trenes de Atocha tres días antes de las elecciones del 2004. Pero a mí a veces me
encasquetaban a Pablo porque al tipo le gustaban las pepas y yo estaba
súperconectado con los raves de Huguito, el hijo del Comandante. Al final Pablito se
hizo pana de Huguito, y lo jodió tanto que le sacaron un chequecito. Lo pusieron en
contacto con los iraníes y entre todos le financiaron un partido político que todavía no
había llegado muy lejos, pero cada vez se acercaba más al poder.
—Conoce a mi amiga Natasha —dije y la señalé.
Pablo le estrechó la mano, con respeto.
—Un placer, Pablo Iglesias.
—Natasha Sokolova.
—Joder, qué gusto. He escuchado mucho de usted.
—Espero que nada bueno.
—Solo lo bueno.
—¿Y ustedes de dónde se conocen? —preguntó Natasha.
Su presencia ponía nervioso a Pablo, claramente ella estaba más cerca que él del
centro de poder.
—Pablo tiene —contesté— desde el dos mil siete diciéndome que llegará a ser
Primer Ministro de España.
Natasha se rio y Pablo se sonrojó, pero de inmediato replicó:
—Llegaremos, os juro que llegaremos y más pronto de lo que creéis.
—No lo dudo —respondió Natasha.
—Hablando de duda —le pregunté a Pablo, cambiando el tema para ayudarlo—,
¿no has visto a Dudamel?
—Dudamel se volteó, tío —dijo con molestia.
—¿En serio?
—Sí, tío, el año pasado en las protestas, ¿que no le habéis pillado?
—No, la verdad estaba en otro peo.
—¿Qué otro pedo?
—Una vaina personal.
Pablo miró a Natasha buscando aprobación, pero ella volteó hacia otro lado, sin
interés.
—Pues sí —añadió Pablo—, lo perdimos al muy traidor. Supongo que no aguantó
la presión en el imperio.
Nadie le daba tanta legitimidad internacional a la revolución como Dudamel.
Perderlo era como perder el alma. ¿Qué demonios había hecho Maduro para perder a
Dudamel?
—¿Y Maradona? —pregunté.
—Maradona sigue con nosotros.
Era un alivio. El día en que se voltee Maradona se acabará el sueño.
—Los dejo, queridos —dijo Natasha y comenzó a despedirse.
Página 52
Recordé que en los raves caraqueños no había peor espanta culos que Pablo
Iglesias. Entre el dragón y el acento gallego, era terrible rumbear con él.
—Te llamo mañana —susurró Natasha y se fue hacia el interior del barco,
supongo que a ver a Saab.
Me saqué a Pablo de encima lo más rápido que pude, y me di una vuelta más por
la fiesta, haciéndome el guevón para salir del barco. Les eché una última mirada a
todos, como para que no saliese nunca de mi memoria ese mapa del mundo real, y me
entró una sensación rara. Toda esa cuerda de bichos se había hecho millonarios
gracias a Venezuela. Sentí que si Jean–Marie Planchard pusiera un explosivo en ese
barco, se salvarían millones de vidas venezolanas.
Quizá la CIA se me había subido a la cabeza o me había lavado el cerebro. Quizá
me había poseído el espíritu de Bolívar, quien con un ejército de esclavos se fue a la
guerra para dejar de pagarle impuestos a los europeos que explotaban nuestra tierra.
«El Dorado my ass» había dicho Bolívar y ahora lo digo yo. Venezuela se respeta. Y
lo que sea que tenga que hacer todo venezolano para sacar a estos lambucios de
nuestra tierra, está justificado.
Pasé por el hotel, me eché un baño chola, me vestí y me fui directo al aeropuerto
para agarrar el próximo vuelo hacia Amsterdam.
Página 53
AMSTERDAM SIN HONGOS
Página 54
Me dirigí lentamente al 58 de la calle Lijnbaanssteeg, que estaba a pocos minutos
de la estación. Al rato entré en el turbo que da la mezcla del THC con el frío,
reflexionando sobre mis pasos y el absurdo de toda la misión. La jeva fijo ya estaba
casada por la Iglesia y apenas se acordaba de mí. Pero tenía que verla. Era más fuerte
que yo. Hay elefantes nómadas en África que, durante las sequías, caminan por
kilómetros hasta llegar a un lago. Nadie entiende cómo saben llegar a ese lago, pues
nunca antes han ido. Y la respuesta que da la ciencia, es el instinto. Algo le dice a
esos putos elefantes que si caminan kilómetros en esa dirección encontrarán agua. Y
lo mismo me pasaba a mí. No había manera de racionalizar mis acciones, pero mi
instinto me decía que tenía que venir a verla.
Fui bajando por la calle Lijnbaanssteeg y, un pelo antes de la casa de Scarlet,
encontré una panadería llamada Amour Bakery. Así es mi vida, un fuckin cliché
recién salido de una novela de Leonardo Padrón, en la que frente a la casa de la
protagonista hay una panadería llamada Amour.
Entré y pedí un croissant de chocolate, para bajar la moncha. Me estaba por
sentar en la barra a esperar que me lo calentaran, cuando una niña de unos seis años
me tocó la espalda para llamar mi atención:
—Debería pedir el croissant de almendra —dijo en perfecto inglés—, es mucho
mejor que el de chocolate.
La niña vestía uniforme escolar y pude notar en su suéter un sello de la Escuela
Británica de Amsterdam. Era rubia, tenía dos crinejas y los ojos verdes esmeralda. No
pude reconocer su acento, pero pensé que ninguna niña gringa le hablaría con esa
confianza a un extraño, a menos que tuviese mucho tiempo viviendo en Europa.
Cuando vio que me quedé pegado mirándola chasqueó el pulgar con el dedo
índice para despertarme. Me reí y le hice caso, cambié mi orden y pedí el croissant de
almendra.
—A lo mejor debería pedir también un café —dijo con picardía.
Le hice caso y pedí un café. Sonrió orgullosa al ver que yo seguía sus
instrucciones. Le pregunté si quería algo y me respondió con seriedad de adulto:
—De querer, quiero muchas cosas, pero mi mamá tiene una cuenta aquí y sólo me
puedo llevar un croissant. Gracias.
Le dijo un par de vainas a la holandesa que nos atendía, y me dejó completamente
loco cuando… ¡recibió el croissant de chocolate! ¡El que yo había pedido antes! ¡El
último que quedaba! Me había recomendado el de almendra para que no le quitara el
de chocolate… la muy ratica.
—Mañana puede pedir el de chocolate si quiere —dijo y me picó el ojo, por si no
me había quedado claro que me estafó.
Abrí la boca asombrado, riendo con admiración por las habilidades de la pilluela.
Ella me miró con orgullo y se despidió con un legendario:
—Welcome to Amsterdam.
Página 55
Se dio la vuelta y salió del restaurant. Yo la seguí con la mirada, fascinado por la
facilidad con la que me había malandreado. Cruzó la calle, le pegó un par de
mordiscos al croissant de chocolate y lo puso dentro de la cesta que guindaba del
volante de una bicicleta rosada. Abrió el candado de combinación que amarraba su
bici a un poste. Se puso unos audífonos inalámbricos plateados, buscó en su celular
algún track musical, y le dio play. Agarró el croissant de chocolate, le dio otro
mordisco… Y ahí fue que, a su lado…
La vi…
Mi sueño…
Mi pasión…
Mi destructora…
La culpable de mi tragedia y mi única posible salvación: Scarlet… se paró frente
a la niña del croissant… Le arregló el uniforme, le apretó las crinejas, le limpió el
bigote de chocolate que recién se le había formado…
Vestía un abrigo de lana azul turquesa, unos denim nevados, unas botas peludas
rosadas, una bufanda negra… Estaba a diez metros de mí. Con acercarme un poco
podría tocarla. Apenas la vi olvidé todo lo malo y recordé su cariño, el sentido que
todo cobraba al estar entre sus brazos. La tenía… tan cerca… era como una
aparición… mi amada, tan bella como antes, gozando del dinero y de la libertad que
me robó. Mi Scarlet, la de siempre pero ahora con una hija, una niña que aún sin
conocerme ya me había estafado, que se llamaba Joanne y tenía una edad que hacía
sospechar que quizá… Tan solo quizá… De nuestro amor infinito había quedado algo
más que el recuerdo.
Scarlet se montó en otra bicicleta y abrió el candado de combinación que la
amarraba al poste. Le dio un casco a la niña y se puso otro. Le preguntó si estaba
lista, en inglés. Y al escuchar que sí, arrancaron las dos, en bicicleta, calle abajo.
Yo salí tras ellas como hipnotizado. Ni siquiera me tapé la boca con el
pasamontañas. Si Scarlet se hubiese volteado en ese momento me hubiese reconocido
de inmediato, y parte de mí quería que así fuera. Que me saludara. Que me abrazara y
me preguntara cómo era posible que estuviese allí. Que me pidiese explicaciones y yo
le contase las vainas locas que me estaban pasando, y le dijese que si lo que quería
era todo mi dinero, tan solo me lo hubiese pedido y yo se lo hubiese dado.
Aumentaron el ritmo y yo aumenté mi paso al perseguirlas. La ruta de las
bicicletas en Amsterdam es casi tan importante y concurrida como la de los carros.
Pensé en palearme una bici, pero todas estaban encadenadas.
Se empezaron a alejar de mí, y yo entré en desesperación, como si se me
estuviesen escapando para siempre. Así fue que mi instinto otra vez superó a mi
razón, y arranqué a correr tras ellas, a toda velocidad.
Había pasado seis años preso, soñando con este momento. Nada ni nadie podría
detenerme. Corrí con desenfreno, con euforia, con furia. Corrí con alegría, con toda la
fuerza que me daba mi cuerpo…
Página 56
Pero no había avanzado ni quince metros cuando una figura de dos metros, con un
sobretodo negro, me tackleó y me metió empujado a un carro.
El carro aceleró y el tipo se me sentó encima. Sacó una jeringa y me clavó la
aguja en el cuello.
En un par de segundos me quedé dormido…
Página 57
MI SUEÑO CON IRENE SAEZ
Todo está bien. No hay angustia. No hay nada de qué preocuparse, nada de qué
arrepentirse, nada qué temer.
Es un sueño tan real.
Mi papá está allí, su brazo sobre mis hombros dándome protección, libre de dudas
y decepciones. Estamos en casa, viendo el último juego de la serie mundial por
ESPN. Batea José Altuve, un venezolano más pequeño que Nacho, el de Chino y
Nacho. Mi mamá prepara un pan de jamón de hojaldre y yo me bebo una polar.
—Yo te dije que la preñaras —dice mi papá con orgullo y me da un abrazo.
En la tele, los comentaristas gringos dicen que, por décimo año consecutivo,
Venezuela es el país con mayor crecimiento de las Américas; y presentan a Irene
Sáez.
En la TV se ve cómo Irene sale del dugout, con una banda Presidencial que dice
Miss Monagas. Sonríe y saluda. Ha envejecido un poco pero todavía está buena. El
generador de caracteres la anuncia como Presidente de Venezuela.
Me pongo de pie y camino hacia la ventana. Miro hacia afuera y observo el
bulevar de El Cafetal. La vaina está irreconocible:
Edificios ultramodernos han reemplazado a los viejos y se extienden por
kilómetros. La avenida principal tiene aceras enormes en las que hordas de turistas se
pasean junto a tiendas de diseñador: Hay una Louis Vuitton y una Gucci, una Versace
con la cara de Edgar Ramírez, una Carolina Herrera con una gigantografía de Patricia
Zavala abrazada en pose lésbica con Eglantina Zing. Hay una sala Imax en la que
pasan la sexta parte de Secuestro Express, en 3D, y en frente está El Mundo del Pollo
con una valla que anuncia que la franquicia ya tiene presencia en treinta países.
Todos los postes tienen luces de navidad, como las que ponía Irene en la Plaza
Altamira. En una tarima toca Steve Aioki con los Amigos Invisibles, en la otra
Beyonce con el Budú.
Escucho a mi papá gritar porque Altuve se ponchó, y me volteo a verlo. Me
acerco y me siento a su lado.
Sobre la mesa hay un periódico. Todos los titulares están relacionados con la
reducción de la pobreza y hablan de un milagro económico. Por más que busco, no
encuentro noticias malas. Incluso en las páginas de farándula se menciona que
Winston salió del closet y que Roque se suicidó.
En eso se abre la puerta y entran Scarlet y Joanne, vestidas con el uniforme del
Colegio Británico de Caracas…
Mi felicidad es completa y parece indestructible… Hasta que siento un coñazo y
me despierto.
Página 58
Lo que sigue es la traducción de los mensajes privados intercambiados, vía
Twitter, entre la señorita Scarlet y su amiga Zoe.
@ScarletT45
Me acaba de preguntar por él.
@Zoe23
Quién?
@ScarletT45
Joanne
@Zoe23
Qué te dijo?
@ScarletT45
Que cómo era su papá, que le hubiese gustado conocerlo.
@Zoe23
Heavy
@ScarletT45
Y si la llevo a verlo?
@Zoe23
Vas a llevar a una niña a una cárcel?
@ScarletT45
Ella merece conocer a su papá.
@Zoe23
Piensa bien lo que haces. A lo mejor le inventas un cuento y la enrollas menos.
Página 59
EL URANIO Y EL BITCOIN
Estaba en una habitación vacía, con una pared de espejo al frente. Ni idea de cuánto
tiempo había pasado dormido. De hecho, no tenía claro si el coñazo que me despertó
fue real o imaginario. Estaba esposado, de manos y pies, a una silla de hierro, y frente
a mí había varios instrumentos de metal que podían ser para operar o para torturar. La
verdad no sabía qué prefería, que me torturaran o que me quitaran un riñón.
Pero lo más fuerte era el espejo. No hay nada más duro que despertar dopado
frente a un espejo. Tu mente juzga tu cuerpo, tu cuerpo culpa a tu mente. Eres un
idiota Juan Planchard. Te agarraron y te amarraron, y de esta no sales sin un dedo
menos.
Después de un par de minutos de silencio absoluto, se abrió una puerta, pero
nadie entró. Pasaron otro par de minutos en los que grité, para ver si alguien me
escuchaba, pero nada.
Finalmente escuché unos pasos. Y entró…
La Goldigger.
Muy arrecha.
Nunca la había visto tan arrecha.
Estaba vestida en un traje azul marino, por primera vez me pareció que tenía pinta
de agente de la CIA. Agarró una silla y se sentó frente a mí.
—¿A ti qué te pasa? —preguntó con firmeza y con rostro de odio.
Yo miré abajo, avergonzado.
—¿Tú crees que esta vaina es un juego, marico? —prosiguió.
Era muy fuerte escuchar ese lenguaje callejero caraqueño, con acento gringo, en
una situación tan complicada como esta.
—¿No tienes ni una semana suelto y ya la cagas así? ¿Qué estás, quesúo? ¿O
estás obsesionado con la prostituta esa? ¿O te gustó la cárcel y quieres podrirte ahí
para siempre?
Yo permanecía en silencio. De pana, ella tenía razón. No sé por qué me dio por
ahí. Me había lucido montándomele a la rusa, y a su socio, en cuestión de días, y todo
lo había tirado a la basura. Por amor, sí, pero coño…
—No vas a decir nada, por lo que veo.
—Perdón, Vera…
—¿Perdón? ¿A mí? Tú eres el que vas a ir preso, guevón. A mí me dará
vergüenza un par de días, pero el que se jodió fuiste tú.
La miré implorando. Se me aguaron los ojos. Tenía un bajón enorme por la
anestesia y el ratón del sativa.
—Lo que falta es que llores, maricón —dijo indignada, moviendo la cabeza
negativamente.
Página 60
—Tengo información —repliqué— que puede serles útil.
—Canta brother, canta firme y sabroso como Maluma, que en este momento es lo
único que te puede salvar.
—Conocí a Saab, el socio de la rusa.
La Goldigger me miró con seriedad, interesada:
—Ahá…
—Y cuando estábamos hablando —añadí— entre una vaina y la otra preguntó si
yo era el que les iba a ayudar a tapar el uranio con el cemento.
Le cambió la cara:
—¿Uranio? ¿Estás seguro de que dijo uranio?
—Segurísimo.
Se agarró la cara como quién se acaricia la barba. Se volteó y miro hacia atrás,
hacia el espejo, y en el reflejo le vi una expresión que mezclaba alarma con triunfo.
Luego volteó a verme:
—¿Qué más te dijo?
—Le quiere echar bola. Quedamos en hacer el negocio.
—¿Por cuánto?
—Por diez —dije, restándole mi parte—, en bitcoin.
Le llamó la atención la moneda.
—Interesante —dijo.
—Pero si se enteran de que me desaparecí de París se van a poner paranoicos. Mi
plan era volver al mediodía. Ni idea de qué hora es.
La Goldigger me miró con severidad, su expresión oscilando entre la furia, por mi
falta de profesionalismo, y la emoción, por lo que había encontrado gracias a mi
profesionalismo.
—Dame un minuto —dijo y salió de la habitación.
Otra vez me encontré solo, frente al espejo, pero ahora el espejo me trataba mejor.
A lo mejor me había convertido en un hombre necesario para la CIA y eso era una
oportunidad enorme.
Pero pasaron varios minutos y no entró nadie. Me dio angustia la vaina, no sólo
porque me daba culillo que no quisieran correr el riesgo conmigo, sino porque de
verdad, si la vaina era proceder, tenía que volver a París de inmediato.
—Hay que darle chola —dije en voz alta, asumiendo que del otro lado me
escuchaban.
Después de un rato, entró la Goldigger.
—Te pusimos en el vuelo de las dos de la tarde para París —dijo y yo asentí
complacido—, pero te lo juro, Planchard, te le vuelves a acercar a esa jeva, o la
vuelves a cagar de otra manera tan estúpida, y yo misma te voy a armar el archivo de
vínculos con el terrorismo internacional para que te trasladen a Guantánamo y te
pudras allí para siempre.
—No te preocupes…
Página 61
—Nosotros te abriremos la cuenta en bitcoins. De los diez, te quedas con medio
palo para gastos operativos y el resto nos lo das.
Mírala a ella, pensé, y traté de no sonreír. Pero se me notó.
—Ríete y te mato, pajúo —me dijo y solté una carcajada.
—¿Qué coño es bitcoin? —pregunté.
—Es una criptomoneda que se está utilizando para lavar dinero.
—¿Quién la vende?
—La compras en internet. Es un peo. Pero lo que te interesa es que en Venezuela
esta semana se movieron sesenta millones de dólares en bitcoin.
—Tas loca.
—La cifra suena imposible, pero no si la compras a dólar preferencial. En total
les cuesta seiscientos millones de bolívares, que en valor real son un pelo más de seis
mil dólares.
—Naaaaaahhhh… ¿Tú me estás diciendo que el gobierno pagó seis mil dólares y
recibió sesenta millones en una moneda digital?
—Así mismo. Y en una moneda que se puede cambiar a dólares o a cualquier otra
denominación. Encima el bitcoin casi duplicó su valor esta semana. Es Cadivi 2.0.
Pero en vez de tener que buscar un punto de tarjeta para gastar tu cupo, lo que
necesitas es que te habiliten dólares preferenciales para comprar bitcoin. Por cada
dólar que te den, te ganas diez mil. Puede ser la operación de lavado más grande y
efectiva de la historia universal.
Se me salió la baba. ¡Qué locura, man! Todo el mundo pensando que los
revolucionarios son idiotas y los tipos son los gangsters más arrechos del planeta.
—Cuadra el guiso, Juancito. Si trackeas el uranio y las direcciones de bitcoin de
la revolución, el propio Trump te va a mamar el guevo.
—Que me lo mame Ivanka.
—Los dos juntos si quieres. Arranca es lo que es.
Me vendaron los ojos y me sacaron en un carro. Nunca supe dónde estuve, pero
en menos de media hora me quitaron la venda y vi que entrábamos al aeropuerto de
Amsterdam.
No era difícil entender cómo había hecho la CIA para ubicarme y capturarme.
Pero… ¿Cómo coño había llegado la Goldigger tan chola a la ciudad en la que yo
estaba? ¿Era posible que me estuviese siguiendo tan de cerca? ¿Tanto le importaba mi
misión, como para justificar ese esfuerzo?
Página 62
LA RUSA EN DAMASCO
Página 63
Agarré un taxi y regresé al hotel. Saqué los dólares de la caja fuerte, los metí de
regreso en el maletín y me fui a la sede de Ternes Monceau del banco BNP Paribas.
Ni de vaina iba a meter mis reales en las cuentas que me había abierto la CIA. Por
más que sea, uno no puede ser guevón. Si este operativo salía bien, me iba a dejar
unos meloncitos y yo no iba a permitir que me los quitaran.
Abrir una cuenta en Francia es un rolo de peo y estuve como dos horas en el
banco. Pero finalmente lo logré. Deposité setenta mil euros para operar y el resto lo
mantuve conmigo en cash, en dólares. Además, me compré un celular para que los
gringos no escucharan mis conversaciones.
Me senté en un restaurante a comer un entrecote con papas fritas, y a estudiar en
internet qué coño era bitcoin. Parecía una moneda ideal para mover divisas, sin pasar
por los controles de la banca. No era fácil comprender por qué era legal, supongo que
porque era imposible de prohibir. Y eso es un sueño para las economías paralelas.
Comerciar petróleo o cocaína, por más que sea, requiere de esfuerzo y organización.
Las criptomonedas son un guiso puramente financiero, sin productos, y eso es ideal
para una revolución que nunca ha sido capaz de producir nada.
Me metí a chequear las demás noticias del país. Seguían metiendo presos a los
tipos que el Comandante había puesto en PDVSA. Desde Ministros de Petróleo hasta
ex–Presidentes de la petrolera, era una especie de purga dentro de la revolución,
como si Maduro quisiese quitar a toda la vieja guardia. Encima había rumores de que
el propio Rafael Ramírez, la mano derecha del Comandante en materia petrolera que
ahora hacía de Embajador ante la ONU, había llegado a un acuerdo con el FBI y
estaba colaborando.
Sonó mi celular, el de la CIA. Era la Goldigger.
—¿Tú hablaste con ella? —preguntó.
—¿Con quién?
—Ay Juan…
—¿Qué te pasa?
—Tú hablaste con la puta esa en Amsterdam.
—De bolas que no.
—No te creo…
—Pues créele a los tombos que pusiste a seguirme…
—Agárrate entonces…
—¿Por qué?
Hizo un silencio.
—¡Dime, coño! —grité.
—La jeva llamó a la cárcel… Está pidiendo visita conyugal.
Maaaaaaaarico… Así es la vaina… Sintió mi presencia y no para de pensar en mí.
Hay futuro. Visita conyugal. Qué bella. Mi cónyuge.
—¿Estás ahí? —preguntó ante mi largo silencio.
—Aquí estoy, pero me dejaste loco.
Página 64
—La puta nunca ha pedido visita en seis años. Acabas de ir a verla y la pide. ¿Tú
crees que yo soy güevona?
—No sé qué decirte. Hay una conexión muy arrecha entre nosotros…
—No te emociones, Juancito. Parece que se casa en dos semanas.
Se me aguó el guarapo, pero no tanto. Si me quería ver era por algo.
—A lo mejor por eso quiere verme…
—¿Para echarte un polvo de despedida?
—Mínimo…
Se rio la muy rata.
—Tienes que estar en cinco días en San Quentin —dijo.
—Bueno, mañana voy a Moscú…
—¿Con Saab?
—El mismo…
—Qué maravilla. Puedo pedir que le digan que estás enfermo y que venga en una
semana…
—No, no, yo me llego a San Quentin.
—De pana sigues encucado, qué horror.
Colgó, y yo me quedé con la duda de si me estaba vacilando o era en serio. A lo
mejor era una carnada para volver a meterme preso, o para que confesara que hablé
con ella. Cualquier juego mental era posible. Pero no, yo sentía en lo más profundo
de mi ser que era cierto: Scarlet quería verme. Volvía a mis brazos porque no era
feliz, a pesar de que estaba por casarse. Qué bonito, mi pana. Conseguir tu alma
gemela, que te estafe pero que después regrese. Nada más pensarlo me daban ganas
de llorar. Yo soy un tipo bueno. Yo no he jodido a nadie. A lo mejor me raspé alguno
que otro malandro que no merecía morir, pero hasta ahí, mis demás pecados eran
guisos bolivarianos que no dañaron a nadie, sólo a quienes votaron por Hugo para
que sigamos guisando.
Al día siguiente salí para Moscú.
Página 65
EL PARTIDO BA’ATH
Página 66
—Y Venezuela…
—Venezuela ha sido muy útil para financiar el esfuerzo. Hezbollah tiene una
operación de narcotráfico muy sólida en Europa y, a través de Maduro, se han
logrado coaliciones importantes tanto con los mexicanos como con los españoles.
Lo miré agradecido.
—Muy interesante —dije—, la verdad no tenía idea de nada de esto.
—Nunca deja de sorprenderme lo poco que saben ustedes, los venezolanos, sobre
el tema. Su Comandante Chávez fue el primer jefe de estado en el mundo en reunirse
con Saddam Hussein después de la primera guerra del Golfo, en el año 2000. Y no es
que simplemente fue a verlo sino que tuvo que ir por tierra, a través de la frontera con
Irán, porque las Naciones Unidas tenían un embargo aéreo contra Irak y no había
forma de llegar por avión. Chávez quería ir a ver a Saddam y fue a ver a Saddam, y
así nos dejó a todos con la boca abierta. No tenía ni dos años en el poder y ya estaba
demostrando un compromiso sin precedentes y un deseo absoluto de hacer alianza
con el Ba’ath. En un país normal sólo se hablaría de eso, pero Venezuela es diferente,
a la gente le pasa de todo y a nadie le interesa nunca averiguar por qué.
Saab se puso de pie y se fue al baño a mear. Yo me quedé reflexionando sobre sus
palabras, era difícil aceptar que un revolucionario como yo supiese tan poquito sobre
El Comandante.
Natasha me miró con una sonrisa burlona y me sacó la lengua. Supuse se había
mantenido silenciosa para permitir que su socio me agarrase confianza.
Una de las top models de la tripulación trajo una ensalada de cangrejo y me la
comí con arrechera.
Al rato Saab volvió, y siguió soltando perlitas:
—Finalmente hemos tomado control de la industria petrolera de su país.
—Yo pensaba que ya lo tenían —dije y solté una risita.
—Para nada, estaba en manos de los cubanos y esa mierda de gente solo barre
hacia adentro. Desde que su Comandante designó a Rafael Ramírez, todo se lo
llevaron a la isla y desde allá se lo repartieron.
—Usted seguro sabe más que yo —repliqué con respeto— pero he notado que las
nuevas posiciones claves las están ocupando figuras militares. Le pregunto: ¿Los
militares no están con Cuba?
Saab miró su vaso y se echó otro palo de vodka:
—Esperemos que no… Pero, en todo caso, las decisiones las vamos a tomar
nosotros. Estamos estableciendo un modelo de rescate similar al que utilizamos en
Siria. Con la gran ventaja de que buena parte de la oposición venezolana está
colaborando. En Siria se fueron a las armas y murió mucha gente.
Natasha finalmente decidió intervenir:
—Lo insólito de Venezuela —dijo— es que llegaron a la decadencia del
comunismo sin pasar por el comunismo.
—¿Cómo es eso? —pregunté.
Página 67
—A nosotros, en Rusia, nos tomó décadas entender cómo se podían hacer
fortunas individuales aprovechándose de las Políticas del Estado. Pero antes de eso se
logró una infraestructura que le garantizaba a toda la población las necesidades
básicas de manera gratuita.
—Las misiones.
—Algo así, pero más serio. En la URSS, por mucho tiempo, no estaba permitido
comprar nada porque nadie podía tener más que los demás. Incluso en Cuba fue así
por décadas. Pero ustedes se fueron directo a los beneficios de la nomenklatura, sin
reparar en las mayorías.
—Es que al venezolano le gusta tener sus cosas —repliqué—, El Comandante
siempre dijo que era imposible abolir la propiedad privada en un país nuevo rico.
Natasha miró a Saab, quien emitió un suspiro dramático y concluyó:
—Pues terminaron sin la propiedad pública y sin la privada. Eso no está en
ningún libro de Marx. Y me temo que a largo plazo, sufrirá mucho la revolución
internacional debido a todas las estupideces que hizo su Comandante.
Había algo seductor en la erudición con la que hablaban estos dos, por más que
sea, los revolucionarios venezolanos nunca hemos sabido nada de un coño. Pero no
me gustaba el desprecio, casi racista, con el que se pronunciaban sobre nuestro líder
supremo.
—Aquí no se habla mal de Chávez —protesté con una sonrisa.
Saab me miró casi con lástima.
—Ustedes tienen una relación atávica con ese personaje. Todos nos enamoramos
de él en algún momento, pero ya es hora de dejar el miedo y admitir que su proyecto
fracasó.
—A mí no me va nada mal —repliqué molesto.
—A ti, a la hija de Chávez y a los cuarenta ladrones. Gran cosa. Construyeron una
bomba de tiempo y no saben desactivarla. El dinero pasa y la obra queda, pero si no
hay obra no queda nada. Las tumbas no tienen bolsillos.
—Yo no le voy a negar que se cometieron errores —me defendí.
—Se lo robaron todo…
—Pues sí, pero el pueblo lo sabía y seguía votando por El Comandante.
Saab afirmó con la cabeza, pensativo. Luego sentenció:
—Que el pueblo sea ignorante no les da a ustedes derecho de estafarlo.
Miré hacia abajo. El carajo se consideraba sirio o venezolano, dependiendo de lo
que le convenía en cada momento. Así es muy fácil criticar. Yo la verdad estaba
demasiado peo como para que me dolieran las vainas que decía. Pero,
afortunadamente, Natasha salió al rescate de la nación:
—El problema no fue la ignorancia, fue la educación gratuita.
Saab la miró confundido.
—¿Cómo es eso? —preguntó.
Página 68
—Cuando explotó el boom petrolero de los años setenta, los ricos se hicieron
ricos tan rápido que no les dio tiempo de estudiar. Y como en paralelo había
educación gratuita masificada, a los profesores no se les podía pagar mucho, y esa
mezcla ocasionó dos élites: una con dinero pero ignorante, y otra con estudios pero
sin dinero.
Saab la observó interesado. Yo ya había perdido el hilo y solo le miraba las tetas,
pero ella estaba decidida a explicar su punto:
—Inevitablemente, los profesores universitarios se llenaron de resentimiento
social, y se lo transmitieron a los estudiantes.
—Y del resentimiento social salió El Comandante —dijo Saab.
—Pero no del resentimiento social del pueblo ignorante —continuó Natasha—,
sino del resentimiento social de los educados: profesores, filósofos, periodistas e
intelectuales, que estaban tan envidiosos de los ricos, que se convencieron a ellos
mismos de que un militar los podía llevar al socialismo.
Saab pareció reflexionar, sin estar convencido.
—El problema —siguió Natasha—, es que, en el fondo, los intelectuales y
periodistas de izquierda, sean ricos o sean humildes, venezolanos o de cualquier parte
del mundo, también desprecian a los pobres, precisamente porque los ven como
ignorantes. Y esa alianza de militares trogloditas con intelectuales resentidos, muy
parecida por cierto a la bolchevique, produjo una revolución que solo quería robarle
el privilegio a los ricos, mientras veía a los pobres como meras herramientas para
llegar al poder.
Hubo un largo silencio en el que todos quedamos pensativos. Yo era el único de
los tres que se crio en Venezuela pero a nadie le importaba mi opinión.
—Esta noche tengo una reunión con Maduro en el Kremlin —soltó Saab, como si
nada—. ¿Tú lo conoces?
Página 69
GEMELAS FANTÁSTICAS EN MOSCÚ
Saab me había rascado completamente, y justo antes de aterrizar me decía que se iba
a reunir con el número uno, en plena estrella de la muerte.
—Lo conozco bien —respondí—, compartimos muchas veces. Incluso en un
viaje a Libia nos quedamos juntos en el palacio de Gadafi.
—¿Pero se acordará de usted? —preguntó.
Lo pensé por un momento.
—Yo creo que sí… Lo salvé de pasar una raya muy heavy con El Comandante.
—Cuente.
—No puedo.
—Sí puede.
—No, en verdad que no. Yo soy un caballero y le di mi palabra. Además de que,
si se lo cuento, cuando usted lo vea no se podrá parar de reír.
Comenzó a soltar carcajadas, y Natasha a su lado también.
—¿Lo agarraste culeándose a Gadafi? —preguntó tosiendo de la risa.
—No le voy a contar nada.
—Pero por ahí va la cosa…
—Yo no he dicho nada…
—Necesitamos cemento…
—Eso sí se lo ofrezco.
—Nuestra gente necesita alojamiento decente en la península de Paraguaná, y en
otras zonas de la franja petrolífera del Orinoco, incluso en el Arco Minero. Las casas
de PDVSA están muy deterioradas, hay que destruirlas y reconstruir, y todas las
cementeras de Venezuela están quebradas.
—Mi gente tiene setecientas mil toneladas frías. Estoy seguro de su capacidad
para suplir las necesidades.
Saab me observó con aprobación. Luego volteó la mirada hacia Natasha y dijo:
—Estoy pensando si sería buena idea que venga a la reunión con Maduro.
Natasha me miró y preguntó:
—¿Tú qué crees?
Sin duda reunirme con Maduro sería un jonrón para mi misión de agente secreto.
Pero estos dos eran unos verdugos, podían estar blofeando, tenía que cuidarme para
no caer como un bolsa.
—Yo hago lo que ustedes digan, camaradas. Pero si me preguntan mi opinión,
creo que me acaban de conocer y es un poco apresurado para darme tanta confianza.
Si yo fuese ustedes montaría la primera entrega de cemento y dejaría que nuestra
relación vaya creciendo orgánicamente.
Página 70
Saab me miró con severidad, por unos segundos. Volteó a ver a Natasha, tomó
aire, y volvió a mirarme:
—¿Te da miedo encontrarte con Maduro?
Solté una carcajada.
—Para nada, Maduro es mi pana —dije—, lo que pasa es que uno tiene su
reputación en la revolución, y con todo respeto, como dije, nos acabamos de conocer.
Saab levantó las cejas, gratamente impresionado.
—¿O sea que a usted lo que le da miedo, es que Maduro lo asocie con nosotros?
—Miedo no es la palabra, es simple cautela en un momento de tensión interna
revolucionaria.
Saab y Natasha se miraron sorprendidos. Era indiscutible mi seriedad, y lo
legítimo de mi preocupación.
—Sin embargo, yo quisiera que venga —dijo Saab—, le podemos dejar claro al
Presidente que nos acabamos de conocer.
Lo pensé unos segundos.
—Como usted quiera —dije—, ante todo, agradezco mucho su hospitalidad.
Llegamos a Moscú completamente borrachos. Encendí mi celular y leí que habían
metido preso al primo de Rafael Ramírez, el que blanqueó mil millones de euros en
Andorra. La purga continuaba, todo cuadraba con lo que había dicho Saab. Encima el
dólar estaba ya en cien mil bolívares.
Bajamos del avión. En la pista había un helicóptero junto a una limosina Maserati
dorada, ni sabía que esas vainas existían. Al lado de la limosina, dos gemelas
idénticas rusas con abrigos de piel nos esperaban para servirnos más tragos de vodka
Iordanov. Nevaba y hacía un nivel de frío que yo nunca había sentido, pero con la pea
que cargaba, y las hembras que nos recibían, eso era lo último en lo que pensaba.
Saab se fue directo al helicóptero y Natasha se vino conmigo. Una de las gemelas
nos abrió la puerta de la limo. Natasha se sentó detrás del chofer y me señaló el fondo
de la limo, yo me desplacé y tomé asiento frente ella pero en el extremo opuesto. La
tapicería era de cuero rojo con dorado, sonaba un grupo ruso femenino llamado
«Serebro», y en pantallas regadas por todo el vehículo se veía el video clip de la
canción. Pero, como estaba en Moscú, pedí que quitaran esa vaina y pusieran el
himno de La International Socialista.
Las gemelas se sentaron a mi lado, y apenas arrancamos se quitaron los abrigos
de pieles y quedaron completamente desnudas. Estoy hablando de dos rusas idénticas,
altotas y delgaditas, catiras, con los bollos depilados y un martillo y una hoz tatuados
justo arriba del hueco del culo.
Me empezaron a besar el cuello, una de cada lado. Natasha nos veía a lo lejos,
cayéndose a vodka, sin expresión, como quien observa un partido de ajedrez. Las
gemelas tenían la piel de gallina por el cambio de temperatura y eso les daba un aire
alienígena. Entre la curda y la mirada impasible de Natasha, me fue fácil concluir que
estaba en manos de otra especie y que todo esto terminaría con mi muerte.
Página 71
Me desabrocharon el pantalón y me comenzaron a mamar la paloma entre las dos.
Y no era la mamada con condón que la puta con postgrado había aprendido en el
manual de Carreño, esto sí era comerse una verga con amor. Amor al miembro, pero
también amor de hermanas: Se sonreían al besar la paloma y lo hacían con cariño, no
se sentía incestuosa la vaina, parecía que compartían un caramelo. Al rato una de
ellas se metió toda la cabeza del guevo en la boca, mientras la otra me fue lamiendo
las bolas despacito, como si fuesen mochis de té verde.
Después de un rato se sentaron frente a frente, y unieron sus cuquitas depiladas,
haciéndome un sándwich en el guevo. Me explico: se frotaban las cucas una contra la
otra, con mi paloma en el medio. Era como cogerse dos medios bollos al mismo
tiempo… Y tenían esos labios vaginales carnosos, entre las dos le daban la vuelta
completa al palo…
Todo eso lo miraba Natasha con aparente tristeza. Eran dos clítoris,
conciudadanos suyos, haciéndome la paja. Se veía que estaba maltripeando y eso me
puso mal… Hasta el punto en que no aguanté la presión de su rostro y tuve que mirar
hacia afuera…
Afuera estaba Moscú, la ciudad que Lenin había convertido en capital de la URSS
por miedo a que las fuerzas de la burguesía invadieran San Petersburgo. Fidel la
llamaba «La tercera Roma». Para El Comandante Chávez era «La ciudad heroica».
Moscú siempre será la mecca del proletariado, un centro de poder que alcanzó su
grandeza al construir un imperio sobre el sueño de la igualdad.
Una de las gemelas se me montó encima mientras la otra se me sentó al lado a
besarme con afecto. Me daba piquitos y me mordisqueaba el labio superior,
jugueteando como si fuera nuestra luna de miel. La otra cabalgaba chola y apretado
como la jocketta Sonia Mariano, y me susurraba alguna que otra vaina en el idioma
original de Gorbachev.
Se veían rascacielos a través del quemacoco. Moscú era ahora también una ciudad
ultramoderna. Vladimir Putin aprendió de los errores, tanto de los Soviets como de la
desastrosa democracia que siguió a la Perestroika, y logró retornar el imperio ruso a
la gloria. Ahora es el dueño del mundo: Sus agencias de inteligencia deciden
elecciones en todo el planeta, sus enemigos mueren envenenados, sus aliados nadan
en billete, no se dispara un tiro en el Medio Oriente sin que esté autorizado por él, y
como por si fuera poco, según los propios medios gringos, tiene suficiente poder
sobre Donald Trump, como para que se sospeche que él mismo controla la Casa
Blanca.
La sola idea de estar aquí me excitaba tanto como los blandos pezones rosados de
las gemelas fantásticas. Pero la apoteosis ocurrió cuando comenzamos a rodar por
una calle que iba en paralelo a la Plaza Roja.
La vi de lejos, entre edificios y en movimiento, pero sabía que estaba ahí. El lugar
por donde había desfilado infinitas veces el ejército de Stalin. La plaza que había
celebrado la victoria definitiva sobre Hitler, esa que los gringos se acreditan pero que,
Página 72
sin duda, pertenece a los rusos. «No más deberes sin derechos, ningún derecho sin
deber» cantaba el himno de La Internacional Socialista.
Ahí, a pocos metros de la plaza donde todo nació, fue que le apreté las nalguitas
juveniles a ese tesoro de la naturaleza que se movía a ritmo revolucionario encima de
mí, y me vine en leche, mirando en la dirección en la que imaginé estaría el mausoleo
de Lenin.
¡Aquí me tiene camarada!
Borracho de vodka, cogiendo rusas, en plena misión revolucionaria.
¡Váyanse al carajo yankees de mierda!
¡Yo nunca traicionaré a mi gente!
¡Demasiada sangre ha derramado esta tierra como para vender mi libertad!
¡Venceremos!
Página 73
RUMBEANDO CON MADURO
Página 74
como aventurera en varios lugares del mundo. Por ningún lado salía nada de que
estuvo presa en Egipto o de sus conexiones con Venezuela. Se la describía como una
socialité venida a menos, que no se llevaba bien con su familia y que, por ello, había
tenido dificultades económicas.
Le mandé un texto a la Goldigger y le pregunté si podía hablar con ella. Me
contestó que ni se me ocurriera, que en Moscú me estaban observando y grabando
todo el día, y que de hecho era mejor que borrara ese mensaje.
Demasiada paranoia la vaina. Miré alrededor, para ver si había cámaras o
grabadoras. Había muchas vainas sospechosas. Pero decidí tomármelo con calma y
echarle bola a lo que viniese.
Al rato me buscaron en la limo Maserati, pero sin gemelas, y cuando
comenzamos a rodar noté que no íbamos hacia el Kremlin. Aquí fue, mi pana, pensé:
Mínimo me meten en los calabozos de la KGB a torturarme hasta que sapée a todo el
mundo, y después me venden por partes. Aunque la verdad era que yo estaba
dispuesto a sapearles lo que quisieran, sin tortura, con tal de que me ayudasen a
escapar de los gringos.
Pronto llegamos a un restaurante llamado «Bon», rodeado de limosinas y carros
oficiales, entre los cuales estaba la caravana diplomática de Venezuela con nuestro
tricolor nacional.
Me recibió un agente del servicio secreto de Rusia, me guio hacia la puerta y
entramos a un lugar más extraño que el coño: oscuro, medio sado maso pero elegante,
me recordó un pelo a la mansión de Sade de Nueva York pero en una versión más
gangster. Con decir que las lámparas estaban hechas con unas Kalishnikovs a las que
les montaban un bombillo encima. Las paredes eran negras, con vitrales góticos, y los
asientos una mezcla del estilo patotero americano con el vampirismo tártaro. Un
happy pop ruso sonaba con su cursilería acomplejada, a todo volumen. Habían
cerrado el restaurante para la ocasión.
En la mesa principal estaban sentados Saab y Natasha con cuatro tipos que no
conocía… y frente a ellos… de espaldas a mí… el gigante gentil que había heredado
del Comandante Supremo el privilegio de conducir la revolución que cambió la
historia del siglo veintiuno: Nicolás Maduro.
¡Ladies and gentlemen, we got him!
Saab se puso de pie para saludarme. Maduro se volteó y me miró.
—¿Cómo está Presidente? —dije con mucho respeto.
—Epa, chamo, qué bolas —respondió poniéndose de pie.
Me dio un fuerte abrazo que casi me saca el aire.
—No sabía que eras tú, camarada, qué locura —exclamó con alegría.
A Saab le salió una sonrisa de oreja a oreja al ver que no era paja que Maduro me
conocía.
Me presentaron a todos los presentes, pero yo estaba demasiado cagado como
para retener quién era quién. Algunos hablaban persa, otros ruso, y otros español. Era
Página 75
evidente que ya habían comido y me habían invitado a unirme al final de la cena.
—Este es un encuentro épico —dijo Maduro—, acabamos de llegar a un acuerdo
que cambiará por completo la historia, no sólo de nuestra economía sino de la
economía mundial.
—Qué bueno, Presidente, me alegra mucho —contesté.
—Me encantó la idea del señor Saab, de poner el experimento a prueba con su
compañía de cemento.
Miré a Saab sin tener puta de idea de cuál era el experimento.
—¡Vamos a tener nuestra propia criptomoneda! —exclamó Maduro con una
emoción contagiosa.
—¡Qué bueno, qué bueno! —repetí yo como un loro tartamudo.
—Vea, Don Juan —dijo Saab—, le hemos propuesto al Presidente una moneda
similar al bitcoin pero respaldada por las riquezas naturales de Venezuela.
—¡San Petro! —gritó Maduro—, como el Soviet de Petrogrado, que era el centro
neurálgico de todos los Soviets.
—La idea —siguió Saab— es utilizar la adquisición de su cementera como piloto,
y comprarla con petros.
Poco a poco iba entendiendo la vaina y me cuadraba más por qué me querían ahí:
Yo era una especie de conejillo de indias para una nueva modalidad de guiso
internacional.
—Pero esta moneda —dije—, ¿se puede cambiar a otras monedas?
—Es un como un bono petrolero pero detallado —intervino Natasha—, sin
intermediarios y, lo más importante, sin pasar por el dólar ni por la banca
internacional.
—Se llama petro también por el petróleo —dijo Maduro—, es la mejor manera de
combatir el bloqueo del imperio y alcanzar nuestra independencia económica.
—Bueno, yo le echo bola —dije a sabiendas de que no era ni mi dinero, ni mi
cemento—, pero tendrían que explicarnos bien cómo funciona la vaina.
—Fue en Libia que nos conocimos, ¿no? —preguntó Maduro con su sonrisa
lateral.
—Claro, con el señor Gaddafi.
Se cagó de la risa y miró a Saab.
—El gran Comandante Muammar Gaddafi, si hubiese tenido al petro, todavía
estaría en el poder. A ese lo jodieron los europeos, al congelarle el dinero.
Todo el mundo afirmó, completamente de acuerdo.
Era un poco deprimente la vaina, la verdad. Cuando visité al Comandante en
Miraflores sentí que estaba frente a un profeta. Su enigma del elefante blanco todavía
me persigue y me hace reflexionar. Pero Maduro no es ningún profeta. Es un carajo
campechano y risueño, amable, infantil. Cuando habla uno siente que todos a su
alrededor intentan hacerle sentir importante, pero en el fondo lo consideran un idiota.
Página 76
Obvio que no es fácil heredar ese trono. Por más que sea El Comandante nos
permitió enriquecernos de manera alocada, mientras el pueblo pensaba que los
defendía, y los intelectuales de Europa alababan su compromiso como campeón de
los pobres. Pero este tipo, Maduro… digamos que… no es el tipo. No es el tipo para
defender el legado del Comandante. Todo el fervor revolucionario que me causaba
Moscú me lo quitaba su alegría natural. Porque en el fondo, eso es lo que saca la
piedra, la felicidad de Maduro. El Comandante era un tipo histérico, siempre andaba
arrecho y esa arrechera era la que hacía contagiosa su lucha contra la burguesía. En
cambio Maduro está contento y se le nota, sabe que la vida lo ha tratado bien y parece
tener la firme convicción de que todos los problemas se terminarán resolviendo solos,
tarde o temprano. Está en Moscú rodeado de gente seria de otro país, vendiendo
nuestro petróleo detallado para sobrevivir en el poder un poco más. Me mira con
cariño porque sabe que yo sé quién es: Un tipo que nunca estará triste, ni siquiera si
termina preso. Para él ya la vida valió la pena. Se convirtió en uno de sus héroes, el
presidente de una nación rebelde sancionada por el imperio, un narcoestado que le
late en la cueva al Tío Sam.
—¿Te quieres regresar a Venezuela con nosotros? —me preguntó, de repente.
Yo acababa de llegar a Moscú. Había tanto que ver, tanto que descubrir. Lo que
menos quería en el mundo era regresarme a Venezuela. Pero al mirar a Saab y a
Natasha, los dos me pelaron los ojos con un mensaje claro: «ni se te ocurra decir que
no».
Así fue cómo terminé abordo del Airbus A319-100 Presidencial, el que compró
Chávez y Maduro utiliza para viajes largos. Un avión construido para ciento
cincuenta pasajeros que había sido convertido en apartamento aéreo: Tenía dos
habitaciones con duchas de masajes, una sala de cine en la que también se podía
hacer karaoke, una barbería, una cocina, y una sala de juegos con una mesa de ping
pong, una maquinita original de pinball de Terminator, y un futbolito.
Página 77
SEAN PENN Y LAS BURRAS
Página 78
Me quedé frío. Yo había lanzado mi teoría sin mucho fundamento, pero esto la
llevaba a otra dimensión.
Maduro sacó su iPhone, buscó alguna vaina conectado al wifi del avión y me
mostró en la pantalla una foto de Sean Penn estrechando la mano de Shimón Peres,
en una oficina llena de trofeos… con la bandera de Israel de fondo.
—¿Qué hace un hombre —preguntó— que se dice comunista, que es amigo de
Fidel y de Cristina, de Evo y de nuestro Comandante supremo; en la entidad sionista,
y encima con esta actitud?
—Como si le estuviesen dando una medalla —añadí.
Maduro miró la imagen con infinita tristeza.
—Está clarísimo —continuó—, lo mataron los sionistas por todo lo que hacía El
Comandante por los camaradas de Hezbollah, y por el intercambio de uranio con
Irán.
El uranio. ¿Qué coño pasa con el uranio?
—Seguramente —dije—, vea el documental de Netflix de Kate del Castillo,
pareciera insinuar que Sean Penn ayudó a la DEA a atrapar al Chapo.
—Me lo creo —replicó pensativo—, tiene que ser así. Sean Penn… El actor
favorito del Comandante. Parece mentira… ¿La DEA? Puede ser. La verdad es que
nosotros siempre estamos pendientes de la CIA pero la DEA es la que más daño nos
ha hecho. ¿Pero qué tienen que ver los sionistas con la DEA?
—No sería malo investigarlo.
—Ya ponemos eso en marcha, camarada. Fíjese que Oscar Pérez también
colaboró con la DEA y ese hombre es evangélico, y tú sabes que todos los
evangélicos son sionistas.
—No sabía —dije como por reflejo, sorprendido de que el propio Maduro
estuviese preocupado por Oscar Pérez.
—¿Y Danny Glover? —preguntó.
—No lo sé, no lo creo.
Se puso a hacer un search y movió la cabeza negativamente.
—Ahí está, mira, Danny Glover pidiendo boycott al Festival del cine de Tel Aviv.
Eso es lo lógico. Al enemigo ni agua…
Se puso a pensar e hizo otra búsqueda.
—Ay coño —dijo mirando su pantalla.
—¿Qué pasó?
Me mostró otra foto…
—Naomi Campbell. A mí esa negra siempre me dio mala espina.
En la pantalla había varias imágenes de Naomi Campbell con Shimón Peres.
Maduro comenzó a entrar en pánico.
—Ya va, espérate una vaina…
Se lanzó otro search, hiperventilando, como si toda su vida dependiese de lo que
estaba por descubrir.
Página 79
—Ay coño, no, no, no… —dijo como un niño.
Se le aguaron los ojos y me mostró una foto de… ¡Oliver Stone con Shimón
Peres!
—Será que todas estas estrellas que visitaban al Comandante —murmuró Maduro
—, ¡¿eran agentes del Mossad?!
Me dio un escalofrío. Yo le había lanzado mi teoría sobre Sean Penn para
pantallear, pero en el proceso parecía haber resuelto el enigma más grande de la
revolución.
—Esto es muy grave —sentenció.
Se quedó en silencio por unos segundos. Luego unió sus labios haciendo puchero,
cogió aire por la nariz, y no aguantó más… Rompió a llorar. Lloró como un niño.
Lloró de soledad, de miedo, de desesperación. Lloró porque se sentía desnudo.
—La traición… La traición… —repitió varias veces, entre sollozos.
Sus lágrimas se juntaron con la leche en sus bigotes. Yo no sabía dónde meterme.
Era demasiado heavy toda la vaina y creo que, de los nervios, me comenzó a picar la
nalga derecha donde tenía el chip de la Goldigger. Pensé que quizá el bicho tenía un
micrófono y me picaba porque estaban escuchando a Maduro en Washington y no
aguantaban la risa.
—La traición —seguía diciendo el tipo, y yo me sentía traidor.
Me acerqué a la nevera, saqué el pote de leche y le serví otro vaso. Se la tomó,
poco a poco, y eso lo fue calmando.
—Coja aire —dije gesticulando la respiración del yoga.
Me hizo caso, y después de un rato desesperantemente largo, en el que casi me da
un ataque de risa de los nervios, el tipo se calmó… y me dio un abrazo.
—Muchas gracias, hermano —dijo—, qué importante información la que me
acabas de dar. A veces el diablo trae cara de amigo. No podemos confiar en nadie
ciegamente.
Me miró fijamente a los ojos, y de repente le cambió la expresión, como si lo que
acababa de decir le hubiese llegado al cerebro en ese momento.
—¿Y tú qué haces aquí? —preguntó, y la preocupación cubrió su rostro. A
diferencia de Chávez, Maduro era pésimo escondiendo sus emociones.
—¿Aquí en su avión? —pregunté.
Se apartó de mí.
—¿Tú por qué estabas en la reunión de Moscú? —preguntó en un tono
amenazante.
—Me invitó el señor Saab —respondí—, pues estamos negociando una cementera
y quería que fuese el primer negocio en la nueva criptomoneda.
Maduro me estudió.
—Yo la verdad es que tenía tiempo sin verlo a usted —dijo con cierto acento
colombiano, casi listo para ahorcarme.
Página 80
Tragué hondo, sin ocultar mi miedo pues sería más sospechoso ocultarlo que
mostrarlo. Me armé de valor y le dije:
—Señor Presidente, con todo respeto, usted me invitó a viajar en su avión. Si le
incomoda mi presencia, me disculpo.
Maduro pasó como treinta segundos mirándome fijamente, como si me intentase
leer el alma. Después bajó un poco la guardia.
—¿Dónde fue que nos conocimos? —preguntó.
—En Trípoli.
—¿Con Muammar?
—El mismo…
—Espera… Tú eres… ¿El de la fiesta del chivo?
Intenté aguantar la risa. Pero Maduro no aguantó y soltó una carcajada, y me reí
con él.
—El fucking chivo —gritó—, ¡qué bolas! Se me había olvidado el chivo.
Se siguió riendo y continuó:
—Ese Muammar era un bicho, nos puso a todos a coger chivo.
—A todos no —dije riéndome.
—Es cierto, es cierto. Además, se ve que tú eres demasiado sifrinito como para
coger chivo.
—Las burras son mi límite —dije y casi se mea de la risa.
—¡Las burras son mi límite! —proclamó—, ¡qué vaina más buena! ¡Me voy a
hacer una franela que diga eso: «Las burras son mi límite»!
Me reí con gusto. Maduro era un tipo pana. Era fácil entender por qué era tan
bueno creando consenso entre los hijos de Chávez, a pesar de que muchos de ellos se
odian entre sí.
—¡Qué bueno verte, hermano! —continuó—, disculpa la mala nota, la verdad es
que me puso paranoico lo de Sean Penn. Hay que investigar eso.
—Se entiende, Presidente, no hay disculpa necesaria; por el contrario, yo
agradezco la confianza.
—Gran palabra esa, confianza. ¿Y tú no has ido para Valle Hondo?
—Todavía no.
—Diles que te lleven.
—Si usted lo autoriza.
—Es que tienes que ver esa vaina, es impresionante. Todo un trabajo de
ingeniería, es como Volver al Futuro o Blade Runner. Lo que yo daría porque el
pueblo lo viese.
—Mañana mismo lo sugiero.
—No sugiera nada, usted lo exige. Diga que el Presidente personalmente lo
invitó.
—Así será, Presidente.
Me dio otro abrazo.
Página 81
—La fiesta del chivo… se me había olvidado esa vaina. Lo más arrecho es que no
nos cogimos una chiva sino un chivo… Qué vaina tan loca. Gracias por todo, por el
recuerdo. Me hacía falta.
Y así, repitiendo una vez más «las burras son mi límite», se fue riendo a dormir a
su cuarto.
Yo me quedé inmóvil, respirando profundo, unos minutos. Guardé la leche, me
fui al cuarto que me habían asignado, y me acosté mirando al techo, tratando de
procesar todo lo que acababa de vivir.
Aterrizamos en Venezuela después de una bola de horas cruzando medio mundo.
En Maiquetía nos esperaban dos caravanas, una presidencial para él y la otra para mí.
Me llevaron a mi hotel. Llegué a mi habitación y me acosté con un jet lag
gigantesco. Horas después, al prender el televisor, Maduro estaba en cadena nacional.
—¡San Petro! —exclamaba al anunciar que la revolución entraba en la era de las
criptomonedas.
Supuse que nadie repararía mucho en eso. Todo el mundo asumía que lo del petro
era una alegoría al petróleo nada más, así de hecho estaba planteado. Pero el bolsa
gritaba ¡San Petro! porque al bolsa siempre le traiciona el subconsciente, y a él lo que
le importaba era su metáfora disparatada del Soviet de Petrogrado.
Todos los políticos y opinadores de oficio se burlaron de la criptomoneda de
Maduro. Nadie calculó el tamaño del guiso. Siempre es fácil menospreciar sus planes,
porque está claro que Maduro no es nuestro Stalin, es nuestro Forrest Gump: Un tipo
limitado pero oportuno, que se sabe en el lugar indicado a la hora indicada, que
disfruta de los pequeños triunfos sin dejar que las derrotas lo depriman y por eso
siempre cuenta con la suerte, esa mujer maravillosa e injusta que tiende a enamorarse
de aquellos que confían en ella.
Al día siguiente una criptomoneda llamada petrodollar subió su valor dos mil por
ciento… porque los inversionistas incautos de todo el planeta pensaron que se trataba
de la de Maduro.
De eso tampoco se habló en Venezuela. Todo el país estaba pendiente de
República Dominicana, donde Rodríguez Zapatero había cuadrado un supuesto
diálogo entre el gobierno y un grupo que incluía opositores conejos y opositores
cómplices. Como siempre, se le veía la mano equivocada al mago mientras escondía
la moneda.
En la noche salí para California a ver a Scarlet.
NATASHA
Página 82
Estimado Constituyentista, me urge hacerle una pregunta. Le habla Natasha
Sokolova.
PANTERA
A su servicio, Doctora.
NATASHA
¿Entiendo que usted conoce bien al Señor Juan Planchard?
PANTERA
Afirmativo.
NATASHA
¿Es de su confianza?
PANTERA
Fue mi jefe por muchos años. Pasó tiempo en el norte y regresó hace poco.
NATASHA
Hay gente preocupada por sus intenciones.
PANTERA
Entiendo. Si quiere nos reunimos y conversamos.
Página 83
El AMOR
Regresar a la cárcel fue una vaina muy bizarra. Tenía un par de semanas afuera,
acostumbrado a hoteles de lujo, comida exquisita y duchas de masajes. Pero a pesar
de que no me devolvieron a mi celda, para no poner a sospechar a quienes me
conocían; cuando me dieron mi uniforme de preso y me encerraron a solas, sentí que
regresaba a casa.
Había calma entre esas cuatro paredes alejadas de todo peligro, sin engaños ni
confusiones, sin mentiras ni agendas ocultas; me daban la posibilidad de relajarme y
aceptar mi verdad: Estoy en San Quentin pagando condena porque le metí un tiro en
el culo a un gringo. Tan sencillo como eso, sin estrategia, sin interpretaciones.
El encierro también me dio tiempo para reflexionar. Pensé que desde que salí
hasta que llegué, a pesar de que mis actos giraban alrededor de Venezuela, casi todos
aquellos con quienes interactué eran extranjeros. Nuestro país se ha convertido en el
escenario de una guerra de potencias que se cagan en nosotros. Nos subieron a ligas
mayores pero sólo para recoger pelotas. Somos la mascota del equipo.
A la mañana siguiente, me despertaron para decirme que tenía visita. Le di gracias
a Cristo por haberme sacado de la cárcel justo las dos semanas previas a la visita de
Scarlet. Hace apenas unos días yo era un hombre quebrado, y hubiese sido
decepcionante para ella verme así. Ahora era un tipo que se movía entre la gente más
rica del mundo, y eso cambiaría mi manera de actuar con ella. La pobreza es
inocultable pero el billete también se nota. Muéstrame un rostro y te diré cuánto tiene
en su cuenta bancaria.
Me pusieron las esposas y me guiaron por varios pasillos. Caminé como media
hora, pasé por dos edificios, quince puertas de seguridad, un gimnasio, una
cafetería… hasta que finalmente llegué al cuarto de las visitas.
Estaba full. Había como veinte reclusos sentados frente a las ventanillas, hablando
con sus seres queridos a través de un auricular. Me ubicaron en un cubículo cerrado,
con un vidrio que reflejaba mi imagen. Esperé un rato mirándome la cara…
anhelando ver otra vez a esa hechicera maldita que por años intenté sacar de mi
mente, sin lograrlo, a pesar del tamaño del daño que me había ocasionado.
Lo primero que vi fueron sus dedos. La ventanilla estaba atascada de su lado, y
ella tuvo que meter las manos para empujarla y abrirla. Sus uñas estaban pintadas de
verde manzana. Su mano derecha hacía fuerza, pero no lograba mover la ventanilla, y
yo no podía ayudarla porque un vidrio me separaba de ella. Todo el drama debe haber
durado pocos segundos, pero para mí fue una eternidad, no por impaciencia sino por
placer. El placer de ver sus dedos era suficiente como para que valiese la pena
respirar. Cada una de sus cutículas me seguían estremeciendo. Cada milímetro de su
piel, cada peca, cada curva de sus huellas dactilares, todo en ella sabía a vida y me
Página 84
sacudía… Sí… la jeva me había jodido, pero ¡qué jeva, man! Te lo juro que no
cambiaría nada de lo que viví con ella.
Finalmente abrió la ventada de golpe e hizo un ruido horrible. Eso la hizo
asustarse y soltar una carcajada…
Así me miró por primera vez, en medio de una sonrisa cómplice que borraba por
completo lo que podría haber sido un momento incómodo para los dos.
Yo también sonreí embobado por su presencia. Ella miró abajo, todavía sonriendo
pero recordando que la situación no era de risa. Sintió vergüenza y miró a un lado,
donde estaba el auricular. Lo agarró y con un gesto me invitó a agarrar el mío.
Puse el teléfono sobre mi oído y la miré fijamente. Ella también me miró.
Pasamos así unos segundos… en un silencio que ninguno se atrevía a interrumpir.
—Qué bella estás —dije finalmente.
Volteó hacia otro lado y se le aguaron los ojos. Sacudió la cabeza como
diciéndose a sí misma que no…
Se puso una mano sobre la boca para intentar no llorar, y sacó fuerza, no sé de
dónde, para sonreír.
La chama estaba peor que yo. Era increíble.
—Te extraño —soltó como un susurro.
Qué bolas.
La amo.
La amo tanto.
Decidí parecer fuerte. Por más que sea yo estaba ahí por culpa de ella. Era
demasiado decente de mi parte calarme que me viniese a visitar. Pero que encima
haya venido a decirme que me extrañaba… era una vaina que rayaba en la tortura
psicológica.
—¿Por qué no viniste antes? —pregunté.
Me quitó la mirada. Era obvio que no había venido antes porque lo lógico era que
no viniese nunca.
—Me caso en dos semanas —dijo como respuesta.
La miré sin mostrar emoción.
—¿Y qué quieres, que te dé mi bendición? —pregunté con frialdad.
Dijo que no con un gesto de tristeza. No sabía qué decirme.
—A lo mejor no debí haber venido —respondió.
Scarlet ya no era una carajita. A los veinticinco años se había convertido en la
mujer que siempre imaginé cuando la conocí. Pero había algo diferente. Había un
vacío en su mirada. Un miedo. Como si la promesa de ser que movía sus primeros
años, se hubiese extinguido ante la realidad de estar. Tenía todo lo que siempre soñó,
pero no se sentía como lo había soñado.
—Yo también te sigo amando —dije sin pensar lo que decía.
La chama soltó una risa nerviosa y ahí sí, se puso a llorar.
Página 85
—Perdóname —suplicó—, lo siento tanto. No sé por qué lo hice, era muy
joven… Tenía tanta presión.
Se deshizo en emociones. Mi princesa escarlata estaba arrepentida, soñando con
volver atrás para cambiarlo todo y estar a mi lado.
—No te cases —le dije, como quien da una orden.
Ella cerró los ojos y negó con la cabeza, como si fuese imposible cambiar esa
decisión. Luego sin abrir los ojos añadió:
—Te faltan nueve años de condena.
La muy puta, me tiene aquí desde hace seis años, me pide disculpas, le digo que
me espere y me dice «sorry, te falta burda».
Abrió los ojos, y cambiando el tono dijo:
—Hay alguien a quien quiero que conozcas.
Miró hacia atrás, le hizo un gesto a alguien para que viniera y… así fue como…
Lentamente…
Se fue acercando a nosotros…
Una imagen…
Una aparición…
Unos pies…
Un torso…
Un rostro…
Joanne…
Mi Joanne…
Se sentó al lado de Scarlet y escuchó cómo su mamá le decía:
—Joanne, quiero que conozcas a tu papá.
Se me fue lo que me quedaba de aliento…
Era la niña del croissant de chocolate. Mi hija. Mi ser. Mi todo. Mi sentido de
vivir. Mitad Scarlet, mitad yo. El ser biológico perfecto. Mi hogar y mi destino. La
única razón por la cual valía la pena todo lo vivido y lo por vivir.
Scarlet le dio el auricular.
—¿Tú? —preguntó Joanne confundida.
Me había reconocido. Me acababa de ver, cómo no me iba a reconocer.
—No es posible —susurró.
Scarlet se puso nerviosa. Pensó que su niña estaba actuando con rebeldía y me
estaba despreciando.
—No seas así, Joanne —dijo con tono de madre incomprensiva.
—Mamá, él estaba en Amsterdam hace unos días.
Scarlet la miró como regañándola:
—Estás confundida, no seas tontita y salúdalo que nos queda poco tiempo.
Joanne me miró, esperando que lo confirmara. Scarlet le hizo un ademán, como
pidiéndole que actuase emocional para que tuviésemos el momento memorable que
nos merecíamos todos. Yo aproveché su distracción y puse mi dedo índice sobre mis
Página 86
labios y con ese gesto le pedí a Joanne que no dijese nada sobre nuestro primer
encuentro.
Joanne inmediatamente me pilló la seña y comenzó a actuar.
—Disculpa, perdón, me debo haber confundido. Es… Muy bueno conocerte…
Yo estaba hecho un manojo de emociones. No sólo se había confirmado mi
instinto de que era mi hija. No sólo quedaba asegurado para siempre que en una parte
del universo viviría la suma indivisible entre Scarlet y yo; sino que además, por las
circunstancias, ya había un secreto entre nosotros, y eso abría las puertas de una
amistad.
—Te puedo mostrar todas las pruebas de ADN —dijo Scarlet—, es tuya, y no
quisiera volverla a apartar de ti.
Miré a Joanne sin poder contener mi alegría.
—Hola linda —dije—, disculpa que no he podido estar contigo. Pero te prometo
que eso va a comenzar a cambiar.
Sonrió emocionada.
—¿Aquí te dejan usar whassup? —preguntó.
—No siempre, pero si me das tú número, yo me las arreglo.
—¡Un minuto! —gritó uno de los guardias.
Scarlet se molestó, pensó que era un momento demasiado especial como para
cortarlo de repente. Pero Joanne y yo ya teníamos nuestro secreto. Ella sabía que si
había aparecido en su pastelería una vez, podía volver a aparecer. Me recitó su
número de teléfono y a mí, que nunca recuerdo un coño, se me quedó grabado en lo
más profundo de la mente.
—No te imaginas la felicidad que me da conocerte —le dije con una sonrisa.
—A mí también —me contestó sin poder ocultar su ilusión.
Creo que a Scarlet la frikeó un pelo ver nuestro nivel de confianza inmediata.
Sintió remordimiento por habernos separado. Pero yo no le guardé rencor. Todo había
salido como estaba escrito en nuestro destino. A estas alturas yo lo único que tenía
que hacer era cumplir con mi misión y negociar mi libertad.
Cuando el guardia dijo que quedaban diez segundos, Scarlet volvió a tomar el
auricular.
—Gracias —me dijo.
—No te cases —le respondí y me miró con vértigo.
—¿Por qué me dices eso? —protestó.
—El destino baraja las cartas, pero nosotros las jugamos —repliqué y se cortó la
comunicación.
Las ventanillas se comenzaron a cerrar. Scarlet me miró sin aliento, pero yo dejé
de mirarla para ver a mi hija.
«Yo te escribo» le dije con un gesto.
Me picó el ojo y me mostró su pulgar derecho, igual que lo había hecho al
estafarme el croissant de chocolate.
Página 87
Cuando se terminó de cerrar la ventanilla, pensé que era el hombre más feliz del
mundo.
Página 88
EL PADRINO GENERAL
Página 89
Natasha lo describía con una fascinación extraña. Era difícil entender por qué una
tipa tan poderosa presumía de tener unas carajitas presas. Pensé incluso que se veía
reflejada en ellas, socialités venidas a menos. Después comprendí que todo era parte
de una estrategia de extorsión de la cual yo mismo estaba por ser víctima.
Entramos al penthouse del General Reyes y mi primera sorpresa fue que no había
nadie. Natasha me había dicho que veníamos a una rumba, pero claramente me había
mentido. Una soldada cubana en uniforme militar, sin insignias, nos abrió la puerta y
con un gesto nos pidió que esperásemos sentados en un sofá.
El piso era del granito original que ponían en los edificios clase media en los años
sesenta. Estaba lleno de muebles Natuzzi verdes, rodeados de cortinas rojas, como del
Lido de París. Había una mesa de pool con una cafetera turca sobre el fieltro, y en la
pared un televisor de sesenta y cinco pulgadas, enmarcado en madera tallada como si
fuese una obra de arte.
Se abrió una puerta y vi entrar a un general gordo, con cejas de gallego. Y cuál
fue mi sorpresa al ver que, detrás de él, venía Pantera.
WTF?
Natasha y yo nos pusimos de pie.
—Doctor —dijo Pantera mientras me extendía su mano con una sonrisa—, tengo
media hora hablando maravillas de usted.
Lo saludé con alivio, me señaló al general y continuó:
—Aquí mi General Michael Reyes me citó para preguntarme por usted, y le dije
que era de mi completa confianza.
Le estreché la mano al General, uno de los hombres más poderosos del cartel más
importante del país, las Fuerzas Armadas Nacionales Bolivarianas.
—Aquí estamos para servirle, mi General —dije con toda la simpatía de la que fui
capaz.
—¿Ya pasó por La Tumbita? —preguntó.
—Todavía no.
—Yo no tengo mucho tiempo para atenderlo, pero el señor aquí, y en especial la
señorita, son de mi total y absoluta confianza. Pase por La Tumbita y cuadre todo con
ellos, yo lo que quería era conocerlo.
—Perfecto, mi General. Hace días estaba justamente con el Presidente en su
avión y me pidió que fuese para Valle Hondo, dijo que es algo verdaderamente
impresionante.
Natasha subió las cejas, sorprendida.
—¿Y como para qué quiere ir para allá? —murmuró el General, con cierta
alarma.
—Con todo respeto, mi General —respondí—, yo no he dicho que quiera ir,
solamente que el Presidente me invitó. Claro que, para mí, sería útil porque me
ayudaría a dar información más específica del proyecto a mis socios, pero si es un
asunto delicado puedo comprenderlo.
Página 90
Me miró sin mostrar emoción. Luego volteó a ver a Pantera, quien no supo cómo
reaccionar y miró a otro lado, como si no fuese con él.
La vaina se puso tensa y el silencio se extendió por unos segundos. Después El
General volvió volteó a verme y señaló a Pantera:
—Estamos claros que aquí el Constituyentista Pedro Pantera Madrigal tiene su
agenda copada, pero incluso tomando en consideración esa consideración, en vista de
que no podemos correr ningún riesgo, se lo hemos asignado a usted durante todo este
proceso.
Miré a Pantera y me observó sin cordialidad, como reprochando que lo hubiese
metido en este peo.
—¿Qué pasó, hermano? —le pregunté—, ¿hay alguna duda sobre mí?
A Pantera le cambió la cara. Creo que recordó todo lo que había hecho por él.
—No, jefe, doctor, lo que pasa es que responder por otros es duro. Pero yo ya le
dije al General quién es usted, y que es como mi hermano.
El General miró a Pantera y le dijo:
—Dele una vuelta por La Tumba y otra por La Tumbita. Mientras tanto yo me
comunico con el Presidente y, si lo que el ciudadano dice es cierto, le aviso para que
mañana lo lleven a Valle Hondo.
—¿Yo mismo lo llevo? —preguntó Pantera.
—¿Algún problema? —respondió Reyes.
—Para nada, mi General. El caballero aquí es costilla mía.
El General miró a Natasha.
—Usted mejor se queda por aquí, pues eso abajo está full de hombres, y tenemos
que cuadrar varias cosas.
Natasha pareció sorprendida de que la dejasen por fuera. Pantera me hizo un
gesto de que piremos y se puso de pie. Yo obedecí, me paré y dije tratando de sonar
calmado:
—Gracias por la confianza, mi General.
—Gran palabra esa —dijo el General—, confianza… Siga derechito y será cierta
pronto.
Pantera me agarró del brazo y salimos poco a poco del apartamento. Caminamos
por un largo pasillo hasta llegar al que supuse era el ascensor de servicio. Pantera
apretó el botón y las puertas se abrieron. Las paredes estaban cubiertas por láminas de
metal, parecía el ascensor de una cárcel. Entramos solos, nos paramos en silencio uno
al lado del otro, y mientras se cerraban las puertas, sentí que era el final. Lo típico en
cualquier película de mafia sería que, tras haber descubierto que yo trabajaba para la
CIA, pusieran a Pantera a darme el tiro de gracia. Un final trágico pero satisfactorio
desde el punto de vista moral, con mi propio pana traicionándome por traidor; para
que al público le quedase claro que el código de honor del crimen no hace
excepciones.
Página 91
—¿Qué es lo que está buscando usted, jefe? —preguntó con una voz muy
preocupada, que nunca le había escuchado.
Lo miré, pero no quería devolverme la mirada.
—Lo de siempre, bro, hacer negocios. ¿Por qué lo dices?
El penthouse estaba en el piso diez. El ascensor tenía como treinta años y bajaba
muy lento. Pantera continuó:
—Usted acaba de regresar a la pista, y se está metiendo de una con los tipos más
rudos de toda la partida.
Después de pasar por planta baja, el ascensor no se detuvo y siguió bajando.
—Es la oportunidad que se me dio —dije con miedo.
Pantera negó con la cabeza, como decepcionado.
—Sepa que para donde vamos, lo van filmar, y todo quedará registrado en un
archivo que permanecerá en posesión de ellos.
—¿De qué me hablas?
—Una vez que se cometen crímenes contra la humanidad, con testigos —siguió
Pantera—, no hay salida, uno cae junto con la revolución.
—Me estás cagando, men.
El ascensor finalmente se detuvo, como cinco pisos bajo tierra. Pantera se volteó
y me miró con los ojos aguados.
—Se hubiese quedado en el norte, Jefe —dijo, y se abrió la puerta del ascensor.
Página 92
LA TUMBA
La luz nos dejó ciegos. Todo era blanco: las paredes, el techo, el piso, las lámparas.
Pantera salió del ascensor y comencé a seguirlo. Era un pasillo largo, como de
treinta metros. Se escuchaba un ruido difícil de identificar. Parecían gritos de
animales desesperados, como el que hacen las vacas en los mataderos. A medida que
nos acercábamos se hacían más inteligibles. Traté de pensar en otra cosa, pero se me
fue haciendo imposible ignorar que… eran gritos de chamos que estaban torturando.
Llegamos a una reja blanca. Pantera mostró su credencial frente a una cámara, y a
los segundos sonó un timbre y se abrió la reja.
Avanzamos. Lo seguí por otro pasillo largo, hasta llegar al lugar desde el cual
venían los gritos. Parecía el corredor de un hospital, blanco, con mucha luz,
antiséptico, desinfectado por profesionales.
Caminamos con lentitud y comencé a descubrir celdas de prisioneros a ambos
lados del pasillo. Pantera me las iba señalando para que mirase lo que ocurría
adentro, pero sin detenernos, sin interrumpir.
En la primera tenían a un chamo colgado del techo por los dedos. Era un carajito
de quizá diecinueve años, sin duda un estudiante opositor. Estaba completamente
desnudo y bajo las bolas tenía una botella de vidrio rota, como esperando su caída. Se
veía que ya tenía varios dedos fracturados de tanto jalarse hacia arriba, pues si cedía,
el vidrio le cortaba las bolas. El chamo me miró, suplicando que lo liberase. Le quité
la mirada, lleno de terror, pero nunca podré olvidar sus ojos.
Seguimos caminando. En la segunda celda reconocí a un chamo que se había
metido en un peo con unas armas en Colombia, creo que era de origen Palestino. No
llegaba a los treinta años. También estaba desnudo, amarrado a una silla de metal.
Dos guardias vestidos de blanco trataban de controlarlo mientras otro le quemaba las
rodillas con un soplete. Tenía las muñecas llenas de sangre, como si se hubiese
intentado suicidar. Gritaba con todas sus fuerzas, tratando de patear a los guardias
para liberarse.
Avanzamos y pasamos al lado de otra celda, en la cual dos guardias se estaban
violando a un señor de unos sesenta años, metiéndole la punta de un fusil por el culo.
El hombre lloraba desgarrado. Parecía un tipo humilde, de esos que presiden las
juntas de vecinos en los barrios. Sacudía su cabeza con dolor y sollozaba como un
niño.
En la cuarta celda, un activista de derechos humanos que recuerdo haber visto en
la tele, estaba colgado de una inmensa barra de hielo. Tenía los brazos morados,
congelados. Apenas hacía un gesto para liberarse, un guardia viejo y aburrido le
pegaba electricidad. Tenía agujas clavadas en las uñas de los pies, y las agujas
Página 93
estaban conectadas a cables de cobre que lo ataban a tornillos incrustados en las
paredes.
En la quinta, a un carajito de unos veinte años le habían dibujado un blanco de
tiro al blanco en la espalda, lo habían amarrado a una pared, y dos guardias le
lanzaban dardos que lo iban perforando. Tenía varios dardos colgando de su carne,
como los toros en las corridas. Gritaba de manera desaforada. Los guardias se
cagaban de la risa compitiendo a ver quién le clavaba otro dardo en el blanco.
Se me fueron los tiempos y casi me desmayo. Me recosté sobre la pared y me tapé
los oídos, tratando de ignorar los gritos, pero sentí ese olor… Ese olor maldito que
había olvidado desde la muerte de mi madre, el olor de la sangre humana. Una peste
que te impregna los pulmones y te encoge el pecho, mientras todo tu cuerpo te
suplica salir corriendo.
Pantera siguió hacia adelante y volteó a verme, como preguntándome si ya iba
entendiendo la vaina. Asentí con dolor y solidaridad, y me sorprendió la expresión de
su rostro: Era evidente que esto era tan rudo para él como para mí. Le quise dar un
abrazo, pero estábamos siendo vigilados.
Los gritos de los torturados se fueron haciendo menos identificables a medida que
nos alejábamos, y eso me ayudó a calmarme… Pensé que ya había pasado lo peor.
Pero esto apenas comenzaba.
Pantera abrió otra reja y seguimos avanzando. A nuestros pies unas rejillas daban
a otras celdas. Desde abajo nos miraban prisioneros que tenían en aislamiento,
temblando de frío, con trash metal a todo volumen, con luces estroboscópicas por
todos lados.
Pantera se detuvo frente a una de las rejillas, se volteó y me dijo:
—Tiene que mear aquí, Jefe.
Me señaló el piso… y al mirar abajo vi a un chamo que creo que era diputado
opositor en la Asamblea Nacional.
—¿Es en serio? —pregunté.
Pantera afirmó con tristeza y me dijo en un terrible inglés:
—No choice.
Me saqué la paloma, con las manos temblando, y a duras penas pude echar un
chorrito. No miré hacia abajo mientras lo hacía, pero la celda era tan pequeña que sin
duda estaba bañando de meado al diputado.
Recordé lo que me dijo Pantera en el ascensor y lo entendí todo: me filmaban
para montarme un expediente de violación de los derechos humanos. Con estas
imágenes en su poder, no era fácil traicionar a la revolución. Bastaría con mostrar ese
video, en cualquier parte del mundo, para destruir mi credibilidad y posiblemente
meterme preso de por vida.
Terminé de mear y Pantera siguió caminando. Llegamos al final del pasillo,
cruzamos a la derecha y llegamos a otra reja. Se parecía a las demás pero en esa había
una mujer custodiando.
Página 94
Pantera le mostró su credencial y nos dejaron pasar.
—Ahora es que viene lo heavy —dijo Pantera, como si acabásemos de ver Candy
Candy—, la famosa Tumbita es como La Tumba pero de mujeres.
Tragué hondo. Torturar mujeres es una de las vainas más dark que puedan existir.
El solo pensar que unas carajitas de la Universidad Católica estaban en manos de
estos monstruos, me dio de todo. Yo era padre de una niña… si me ponía a imaginar a
alguien haciéndole daño, se me llenaba el paladar de bilis y me ponía a fantasear con
asesinar a todo el mundo.
Traté de armarme de valor, pero nada me preparó para lo que vería. Entramos a
una sala de espera, en la que no menos de quince generales jugaban dominó
escuchando Alí Primera. Al verme se cagaron un poco, pero Pantera les hizo un gesto
para calmarlos:
—Viene invitado por el General Reyes.
Me miraron de arriba a abajo. Un general de división de la vieja guardia, de unos
sesenta años, rompió el silencio… —Pásalo de una, que no se quede aquí.
—A sus órdenes, mi general —respondió Pantera.
Salimos a otro pasillo. La música fue bajando de volumen… y comencé a
escuchar voces de mujeres.
Pantera se metió la mano en el bolsillo, se sacó un condón y me lo dio.
—A estas niñas se las violan cincuenta veces al día, protéjase para que no le
peguen una vaina.
Lo miré atónito.
—Estás loco, brother, yo no me puedo coger a nadie aquí.
—Usted me dice, jefe, estamos bajo cámara. Yo no lo voy a obligar pero si quiere
hacer negocios con los tipos, lo necesitan en salsa de hongos.
Al final del pasillo llegamos a una celda que tenía al menos veinte carajitas
desnudas. Chamas de la Universidad Metropolitana, de la Católica, de la Santa María,
una que parecía de Arquitectura de la UCV, otra de la Monteávila.… Niñas que uno
vería en las Gaitas del San Ignacio, pero que no eran las hijas de los grandes apellidos
de la nación. Eran hijas de gente trabajadora que había echado palante con esfuerzo,
gente que probablemente lo había perdido todo por la crisis y que por eso no tenía
cómo pagar lo que estos verdugos pedían por liberarlas.…
Estaban desnudas, intentando taparse, coñaceadas, amorateadas, en medio de
jaulas separadas por barrotes, con los ojos hinchados de tanto llorar.
Pantera abrió la celda principal y ni siquiera se inmutaron. Era evidente que cada
veinte minutos venía un tipo diferente a violarlas. Algunas miraron a un lado,
tratando de que no las eligiera. Otras deformaron su rostro con un gesto, para parecer
feas. Unas pocas me miraron curiosas, quizá sorprendidas por mi juventud, quizá
porque les recordaba a alguien.
Se me aguaron los ojos, era como ver a mis antiguas compañeras de estudios
convertidas en esclavas sexuales, como ver a mi hija despedazada después de una
Página 95
violación. No era posible que ese fuese el verdadero rostro de la revolución.
Di un paso atrás y salí de la celda, listo para irme a mi casa y no regresar nunca
más. Así tuviese que pasar toda mi vida en San Quentin, nada justificaba un crimen
tan horrendo.
Pero Pantera me detuvo.
—¿Hermano, qué vaina es esta? —le pregunté.
—Un poco de culos, y su seguro de vida.
—Pero brother esto no es lógico, yo lo que quiero es hacer negocios.
—Tiene media década en el imperio y se vino directo a la cresta de la
revolución… Usted sabe que yo lo quiero como a un hermano, pero tiene que
reconocer que es sospechoso lo que está haciendo.
—Yo lo que ofrecí fue vender cemento…
—Y en menos de una semana ya se reunió con el número uno. La gente está
nerviosa.
—¿Quién está nervioso?
—Todo el mundo está nervioso con usted.
—¿Maduro está nervioso?
—Maduro cree en Sai Baba y siempre está en otro peo… Pero él sólo es uno de
los ocho comandantes que gobiernan al país.
—¿Pero es el Presidente, no?
—Del ejecutivo, sí. Pero la vaina es más complicada. Se la puedo explicar con
calma mañana, pero aquí tiene que decidir si juega o no juega.
—¿Y si piro qué?
—Pira nada, jefe, si no juega vamos de regreso y lo tendré que dejar en la tumba
para que se lo cojan con un fusil.
Mi hermano Pantera, no me lo decía como amenaza, me lo decía con resignación.
Estaba claro que yo no tenía opción y todo el tour tenía como objetivo montarme en
la olla.
—Esas niñas —añadió— llevan ya casi medio año aquí. Se las tienen que haber
violado dos mil veces. Usted entra, hace su mierda y ellas ni se dan cuenta. Mañana
es otro día, la revolución le agarra confianza y todo camina. Hágase un favor y actúe
con seriedad. Pero hágalo rápido que arriba lo están observando.
Era la voz de un amigo planteándome el dilema más grande de mi vida: Violación
o muerte, venceremos.
Volví a la celda y estudié a las chamas rápidamente. Busqué a ver cuál era la
mayor, la más fea, para bajar mis niveles de culpa, y me fui por una que parecía de 25
y me miraba sin tanto temor.
Pantera me abrió la celda. Me acerqué a ella y subió los hombros con resignación.
Se sentó sobre una colchoneta como esperando que la agarrase a la fuerza, era
evidente que había aprendido a no resistir.
Página 96
Me le acerqué al oído como para besarla y le susurré: —Sígueme el juego que no
te voy a hacer nada.
Mi miró con duda, como para entender si estaba jugando con ella como parte de
un fetiche extraño. Le puse la mejor cara que pude, y creo que se tranquilizó.
Se acostó y me acosté sobre ella, me bajé el pantalón, me puse el condón y sin
metérselo comencé a moverme como si me la estuviese cogiendo.
Las demás chamas miraron hacia a otro lado, con resignación. Todas menos una
que desde una esquina me decía:
—Lo van a pagar todo, no crean que esta mierda es así. Tarde o temprano
pagarán. Ya falta poco… ¡Asquerosos!
La chama a la que supuestamente me estaba violando, se puso a llorar. Quizá la
conmovió el hecho de que no la violara, pues el gesto le recordaba que había
esperanza en la especie humana y eso lo hacía todo más desesperante. No imagino el
estado al que tiene que haber llegado una mujer para que agradezca que no la violen.
Al ver sus lágrimas, fue casi imposible no ponerme a llorar… Apresuré la acción todo
lo que pude. Me hice el que estaba acabando y terminé mi show.
Ella no me miró más. Yo me levanté, me saqué el condón y lo tiré en la poceta
que tenían a un lado. Me guardé la paloma y me fui mientras escuchaba:
—Vas a pagarlo. Poco hombre. No tienes madre, mamagüevo.
Por un segundo pensé que la chama que gritaba me conocía y hacía referencia a la
muerte de mi madre. La miré a los ojos y ella me miró desafiante. Tenía la cara llena
de golpes, se veía que cuando le tocaba lo peleaba y pagaba las consecuencias con
dignidad.
Miré para otro lado y salí cabizbajo. Había cruzado una línea irreconciliable. La
revolución me tenía en cámara violando a una prisionera, con las demás prisioneras
como testigos. Era un criminal de lesa humanidad. Me tenían agarrado por las bolas
para siempre.
Pantera me llevó al hotel y se caló que me pusiese a llorar. No me dijo nada. No
había nada que decirme. Al llegar abrió los botones de su camioneta y me miró con
compasión:
—Mañana lo busco a las seis de la mañana. Espero llevarme la sorpresa de que se
fue para el norte. Pero si no, salimos temprano para la Carlota y de ahí nos vamos al
Baúl.
¿El Baúl? A mí nadie me había hablado de ningún Baúl. ¿Qué vaina es esa?
Página 97
ESCLAVOS EN EL BAÚL
Pasé la noche llorando como una marica. A las tres de la mañana, pensé que ya era de
día en Europa y decidí mandarle un mensaje a la única persona que me podría sacar
de este nivel de obscuridad. Escribí su número en mi whassup, revisé su perfil para
confirmar si era ella, pero en vez de su foto encontré una imagen de Betty Boop. Lo
dudé por un momento, pero después pensé que sí, esa niña era lo suficientemente
cool como para ser fan de Betty Boop. Pensé en escribirle, pero supuse que era muy
chiquita como para leer, así que le mandé un mensaje de voz…
—Hola Joanne, es tu papá…
Se me quebró la voz y no pude decir más nada. Me arrepentí de inmediato: Era
poco probable que una niña tan pequeña tuviese su propio celular, pensé que Scarlet
lo escucharía primero y lo borraría. Pero después recordé que la propia niña me había
dicho que la buscase por whassup.
Después de unos segundos recibí confirmación de que había llegado mi mensaje,
pero todavía no estaba en el azul que indica que ya fue escuchado, y no decía si ella
estaba online. Traté de pensar en otra cosa y me puse a mirar el techo, hasta que.…
casi me desmayo cuando llegó la notificación de su respuesta. Me puse tan nervioso
que el dedo me temblaba y no lograba darle play al mensaje. Respiré profundo dos
veces, para calmarme, y finalmente logré apretar el botón y escuchar su voz:
—Hola papá.
Qué bolas. Lloré lo que me quedaba por llorar. No era normal pasar de la
oscuridad absoluta a la alegría, en tan poco tiempo, era demasiado para cualquiera.
Me puse a pensar cómo responder. Quería que fuese mi amiga y contase conmigo, no
quería asustarla. Ella no estaba para ayudarme a mí, sino yo para ayudarla a ella.
—¿Cómo has estado? —pregunté, corto y preciso.
—Contenta —respondió.
Bien, pensé. ¡Vamos bien!… como decía Fidel en 1959.
—¿Por qué? —pregunté.
—¿No te ha dicho mi mamá?
—¿Qué cosa?
—No sé si te puedo decir…
—A tu papá le puedes decir lo que quieras…
—Ok.
Esperé un rato, y me quedé esperando. ¿Ok? ¿Eso es todo lo que vas a decir? No
me jodas, no me puedes dejar así, carajita.
—¿No me vas a decir? —pregunté.
Pasaron unos segundos en los que el puto whassup decía offline. El wifi del hotel
era una mierda y no me podía conectar por celular.
Página 98
Después de una eternidad volvió la señal, y vi que le llegó mi mensaje. Pero no
me había respondido nada.
Cogí aire, recordé que era la primera vez que hablaba en privado con ella. Había
que ser paciente, lo peor que podía hacer era asustarla. Me concentré en renunciar a la
ansiedad. Ommmmm… Ommmmm… Pero no sirvió. Me enfoqué en mandarle
mensajes mentales que la empujaran a que me respondiese, como si fuese Uri Geller
doblando una cuchara.
Y funcionó:
—Mi mamá no se casa —dijo.
Carajo viejo…
Casi me da una vaina.
Me paré y subí las manos hacia el cielo y grité: ¡Gracias Señor!
Volví a agarrar el celular, y como para confirmar que mi sueño era real, le
pregunté:
—¿Por qué?
Entonces el whassup me mostró que ella estaba recording audio, y se quedó así
por un buen rato. Esperé con paciencia, y me puse a reflexionar: La niña me había
sacado de la oscuridad en uno de los peores momentos de mi vida. Nunca había
experimentado nada parecido, con nadie, ni siquiera con Scarlet.
—La verdad —dijo—, todo cambió el día que te vimos en la cárcel. Al salir, mi
mamá estuvo unas horas muy mal pero después se puso contenta. Me dijo que yo
tenía un gran papá y que ella iba a ayudarme a estar contigo.
Marico… ¿Qué te puedo decir?… Es la vida, man, diferente a lo que uno cree de
carajito, cuando te lo quieres comer todo con coca y estás seguro de que eres
invencible. La juventud es una droga que descoñeta la percepción, te asfixia de
optimismo y te quita el oxígeno que tu cerebro necesita para entender que todo lo
divertido es transitorio.
—Pues quiero que sepas —respondí— que tienes una gran mamá, y que tú papá
siempre estará ahí para ella pero sobre todo para ti, porque eres lo más importante
que tengo en la vida.
Una melcochita pues, qué vamos a hacer. El Juan de las orgías en Las Vegas se
había convertido en papá Juan, y ninguna pepa, ningún ácido, ningún hongo me había
dado nunca un rush tan brutal como aquel con el que ella me sacudía.
—You are so cute —respondió la muerganita.
Como su madre, sabía que ya me tenía por las bolas y le parecía de lo más cuchi.
Solo faltaba que me pidiese real.
—Ya llegué al colegio —añadió—, y tengo que apagar el celular. Hablemos
pronto.
Me dormí con una sonrisa y así me desperté, contento, armado de valor y
decidido a llegar hasta lo más profundo de la organización criminal que había tomado
Venezuela.
Página 99
A las seis de la mañana me pasó buscando Pantera con su chofer, y arrancamos
hacia la Carlota. El tráfico infernal de las mañanas caraqueñas se había esfumado con
los tres millones de refugiados que escaparon del país. Era impresionante desplazarse
tan rápido. Nunca desde que nací vi tan poquita gente a primera hora de un día
laboral en la capital.
—Venezuela tiene ocho gobiernos —explicó Pantera—. El de Maduro es el que
lleva más power porque domina al ejecutivo, y a su alrededor gira la inteligencia
Cubana.
—Okey —respondí con atención.
—Las Fuerzas Armadas Bolivarianas —siguió— están al servicio del Cartel de
los Soles y operan es en eso: merca para un lado, platica para el otro.
—¿Todos?
—Todos. El que menos carga, carga un kilo y de eso vive. Hasta los tanques los
utilizan para mover coca.
—Qué bolas.
—Están infiltrados por los cubanos y por eso tienen buena relación con Maduro,
pero andan por su línea propia y Maduro hace todo lo que sea necesario para
mantenerlos happy.
—Okey.
—Después está la Mafia del Arco Minero, en el centro sur del país, controlando
los guisos que giran alrededor del Orinoco.
—Tengo un pana que trabaja con ellos, sacando oro.
—Ajá… Oro y otra vainas, hay de todo en ese río.
—De bolas.
—En Barinas y Apure gobierna el ELN con los Tupamarus, y el Zulia se lo
dividen con Los Rastrojos.
—Esos ni los conozco —reconocí.
—Casi toda la frontera oeste es de la FARC en alianza con el Cartel de
Paraguaná.
—La pinga…
—Después están los de Hezbollah —continuó—, que llevan el mando de la
vicepresidencia y de la fiscalía, y controlan casi todo el sistema inmigratorio.
—¿Eso es nuevo?
—Ni tanto, tienen rato ahí.
—Y al hampa, ¿quién la controla?
—El Tren de Aragua se encarga de las cárceles y coordina a los colectivos en
todos los centros urbanos.
—Claro…
—Por último está la mafia del Tribunal Supremo, que no tiene poder de guerra
pero que se puede traer a varios abajo por las vías legales.
Página 100
Me dejó con la lengua afuera. La Venezuela que conocí era de un tipo que
mandaba solo, incluso después de muerto. La de ahora era una ensalada de poderes, y
nada más memorizar su estructura era casi imposible.
—¿Y los rusos qué pintan? —pregunté.
—A los rusos no les interesa el peo político, pero le venden las armas a todos los
grupos, tienen concesiones en buena parte del arco minero y son intermediarios en los
guisos que se están haciendo desde Turquía.
—¿Turquía también está metida?
—De frente. Casi todo el business del oro es de ellos.
—¿Esos son los talibanes que andan por el hotel?
—No, esos son iraníes.
—¿Y qué tienen los iraníes?
—No tengo claro su beta interno, pero por lo que entiendo Hezbollah es como si
fuera Irán. Por eso se enfocaron en dominar la mafia de los pasaportes, para que sus
soldados puedan viajan por Europa y América Latina, con papeles venezolanos.
Además están metidos en el transporte de coca, triangulando con Castro junior para
entrar a Florida vía La Habana, y con el cartel de Sinaloa para entrar por tierra a
California.
—¿Con el Chapo?
—El mismo, se la pasaba aquí metido en Margarita.
Sean Penn. Todos los caminos conducen a Sean Penn.
Entramos en La Carlota y nos estaba esperando Natasha en un Mi–26 de la fuerza
aérea, un helicóptero de carga militar hecho en Rusia, verdaderamente alucinante.
—¿Cómo te fue? —preguntó sin emoción.
—Increíble —respondí sonriendo.
—Asqueroso —dijo, y me terminó de enredar el coco.
Nos montamos en la nave y otra vez mencionaron que íbamos a El Baúl.
—¿Qué coño es El Baúl? —pregunté.
—Un pueblo de mierda en lo más profundo de Cojedes —dijo Pantera.
El ruido del helicóptero no hacía fácil conversar, por lo que estuvimos como
media hora en silencio. Pasamos por encima de las montañas de Aragua y nos
adentramos en los llanos del centro del país. Sobrevolamos San Juan de los Morros y
seguimos hacia Cojedes. Era impresionante ver la cantidad de territorio fértil que
tiene Venezuela. Una que otra tierra está sembrada, pero en su mayoría, todo está ahí
como tirado, esperando a que alguien haga algo con eso.
—Bienvenido al Baúl —exclamó Natasha, cuando comenzamos a descender, y
señaló la ventana.
Me asomé y vi un hundimiento gigantesco en la tierra, como si hubiese caído un
meteorito.
—Este pueblo en la mitad de la nada —siguió Natasha—, tiene una de las
reservas minerales más importantes del mundo.
Página 101
Desde el cielo, dentro del cráter, se veían puntos anaranjados fosforescentes.
—¿Qué son esos puntos? —pregunté.
—¿Las naranjitas? —dijo con una sonrisa—, ya vas a ver.
El helicóptero siguió su descenso y poco a poco pude descubrir de qué se trataba:
Eran personas con bragas anaranjadas, parecidas a las que nos ponen a los presos en
Estados Unidos.
—¿Son personas? —pregunté impresionado.
Natasha afirmó con la mirada. Volví a ver y calculé que en esa mina habrían no
menos de diez mil tipos. La miré confundido:
—¿Y por qué los visten así?
—Para que no se vayan…
—¿Y por qué se van a ir?
La rusa me sonrió con orgullo y respondió:
—Son presos…
Lo que mi pana Avendaño me había comentado: ¡Esclavitud en plena revolución!
… No podía ser.
El helicóptero aterrizó y nos bajamos en un helipuerto desde el cual se podía ver
toda la mina. Era una de las imágenes más locas que había visto en mi vida: Miles de
presos encadenados entre sí, trabajando en una seguidilla que transportaba
herramientas y extracciones a lo largo de toda la operación, al estilo antiguo. Parecía
una escena de una película gringa de la época de los esclavos.
Natasha notó mi impresión y dijo con orgullo, como quien agradece el premio
Nobel de la Paz:
—Acabamos con la delincuencia de las ciudades, vaciamos las cárceles y
pusimos a los presos a trabajar.
Era demasiado frito lo que estaba escuchando. En un país en el que más de la
mitad de los presos ni siquiera han sido procesados, viene la revolución y decide
esclavizarlos para extraer minerales a los coñazos. Qué barbaridad.
Después de estar encanado, uno entiende a los presos mejor que a nadie en el
mundo. Esos panas eras mis hermanos y me llenaban de compasión. Guardando las
diferencias, yo también estaba siendo esclavizado por la CIA. Si bien no me tenían
encadenado, y más bien andaba por el mundo cogiendo rusas, la realidad es que
trabajaba sin pago, sin garantías, sin posibilidades de escapar o de renunciar. Eran
dueños de mi seguridad, de mi libertad, de mi vida. En lo que me dejasen de
necesitar, me desecharían. No respondían por mí, pero siempre sabían dónde estaba.
No tenía derechos, solamente obligaciones.
—Genial —le dije—, mis respetos.
—Esto es una mina de feldespato, un mineral menor que se utiliza para hacer
vidrio. Del otro lado está Valle Hondo.
—¿La cementera? —pregunté.
Página 102
Se cagó de la risa y me hizo una señal de que la siguiera. Caminé tras ella, sin
saber que estaba por descubrir la pieza que cambiaría el rompecabezas geopolítico de
todo el planeta.
Página 103
AERO TERROR
Caminamos por quince minutos hasta llegar al otro extremo del terreno. Ahí nos
encontramos con una reja de seguridad custodiada por quince soldados, divididos en
tres grupos, con uniformes militares diferentes: el de la FANB, el del Ejército Ruso, y
el de las Fuerzas Quds Iraníes.
Todos se le cuadraron a Natasha. Los venezolanos abrieron la reja y nos pidieron
la cédula a mí y a Pantera, y pasaron los documentos por una base de datos que tenían
en un Ipad Pro, con internet satelital. Después de unos segundos le mostraron el
resultado a los rusos y a los iraníes, y nos dejaron pasar.
Avanzamos como diez minutos más, con un calor horrible, y vimos otro cráter en
la tierra, mucho más profundo pero súperangosto. Era una especie de túnel al centro
de la tierra, de unos diez metros de diámetro y como quinientos de profundidad.
Estaba repleto de trabajadores, pero estos no eran esclavos, parecían gente seria, con
formación técnica.
—La idea es hacerle un techo a esta mina —dijo Natasha—, ese ha sido mi plan
desde el primer día, pero el deseo de ser precavidos fue menor que el apuro por
obtener el material, y tuvimos que arrancar sin techo. Pero pronto nos vamos a
expandir hacia los lados y habrá que taparlo.
—¿Por qué lo necesitan tapar, por el calor? —pregunté con inocencia.
Natasha y Pantera sonrieron.
—Hay cosas que no se le pueden mostrar a los gringos —dijo la rusa y señaló al
cielo.
Asentí como sabiendo de qué me hablaba y no hice más preguntas al respecto.
Pero, al verla distraída, marqué la locación en la memoria del iPhone y me sentí como
Jason Bourne.
—Yo lo puedo facturar como para una cementera, pero eso tendrá su costo —dije
en tono de hombre de negocios.
—En petro todo es negociable —respondió Natasha—, como viste en Moscú,
están locos por ponerlo a prueba. La adquisición de la empresa puede que tarde un
poco pero yo sugeriría apurarse con el primer envío, así los mantenemos calientes.
—¿Y por qué será que el Presidente quiere que yo vea esta instalación?
Natasha miró a Pantera.
—¿Nos esperas afuera para hablar de numeritos?
A Pantera no le gustó mucho la idea, pero Natasha era home club y había que
respetar.
—Espero afuera de la reja, pero no afuera del negocio —advirtió Pantera.
—Ya eso está hablado —respondió Natasha—, pero llévate su celular.
Ahí sí me terminé de cagar, o me habían pillado o me estaban por pillar.
Página 104
Pantera me miró y me picó el ojo, pero como ya no era mi pana humilde sino un
bicho raro, rico y amargado, no supe cómo interpretar su gesto. Le entregué mi
celular como quien entrega su vida y lo vi partir.
Natasha esperó que se alejara, se me acercó y me comenzó a hablar muy bajito,
casi susurrado:
—El Presidente Maduro no tiene soberanía sobre este territorio.
—¿Y eso qué significa? —protesté.
—Significa lo que significa. Esto es una concesión clasificada de interés militar,
no hay ningún venezolano trabajando aquí. Y si llegas a entrar, verás que en nada se
parece a Venezuela.
—¿Me trajiste hasta acá y no me vas a mostrar la vaina?
—¿Y tú por qué quieres verla tanto?
—Ni idea, la verdad. A estas alturas es curiosidad.
—Si la vez, vas a tener a un iraní metido en el culo por el resto de tu vida.
—Coño, entonces mejor no —repliqué riendo.
Natasha, como siempre, reaccionó bien a mi retirada.
—¿Cuál es el valor real del cargamento? —preguntó.
Le eché una ojeada al hueco.
—Con dos palos en materiales y dos en transporte, lo cubres cómodo.
—Yo puedo sacar cuarenta y cinco millones de dólares en petros. Te podría dejar
uno para que lo dividas con Pantera.
La miré confundido.
—¿Y los demás treinta y siete?
—Me los giras después de veinticuatro horas y yo lo reparto entre los míos.
Sacudí mi cabeza, y dije en tono decepcionado:
—Primero, no es lógico que yo comparta comisión con Pantera.
—Si no fuese por él no estarías aquí —replicó indignada.
Una parte de mí seguía siendo clasista y no soportaba que Pantera fuese
considerado como igual a mí. Era mi chofer, coño… Pero lo que decía Natasha era
cierto.
—Ponle cinco pa’ él y cinco pa’ mí y cerramos —dije relajado, y Natasha se
sonrió.
—Te puedo dar dos a ti y uno a él, para que no te acomplejes. Yo entiendo el rollo
social.
—No es eso.
—Sí es eso.
—Dame cuatro y cerramos.
Natasha lo consideró, miró alrededor, y dijo como distraída:
—Si me aceptas tres, te muestro Valle Hondo.
—Cuatro y nos vamos —respondí—, a mí qué me importa Valle Hondo.
Le gustó mi respuesta. Pero insistió:
Página 105
—Tres y te lo muestro.
—Yo ya no quiero ver nada, yo no soy minero ni me interesa esa nichería. Con
cuatro me voy a vivir a Europa y me retiro.
Natasha extendió su mano.
—Si eres agente de la CIA, eres el mejor del mundo —dijo sonriendo.
Le di la mano y le devolví la sonrisa.
—Muchas gracias, si me puedes poner eso por escrito me ayudaría mucho por
allá en Virginia.
Natasha se rio con gusto, y por primera vez me miró con ojos de amor. Sus
ilusiones habían sido destruidas por el cinismo de la realidad, pero la niña rica de
Moscú todavía tenía alma y parecía estar dispuesta a mostrarla frente a mí.
—En otra vida hubiésemos sido felices juntos —me dijo y pensé que quizás tenía
razón.
—El ser humano siempre está a un paso de comenzar otra vida —respondí
suavemente.
Me miró con tristeza, con anhelo. Como si enamorarse de mi significase la
muerte… y con todo y eso lo estuviese considerando.
Se dio la vuelta y caminó hacia lo que parecía una caseta de vigilancia. La seguí
emocionado. Hasta entonces no me había creído el papel de agente de la CIA, pero
sin duda estaba avanzando en mi investigación, y en parte gracias a mi incomparable
conocimiento del género femenino. Además estaba por coronar unos buenos reales,
pero esta vez trabajando para el imperio. Pensé que finalmente mi padre estaría
orgulloso de mí.
Al llegar a la caseta, Natasha puso un código. Se abrió una reja y después la
puerta de vidrio de un ascensor panorámico. Me dio paso y entramos, apretó el botón
más bajo y comenzamos a descender.
Como por diez segundos había oscuridad total y afuera del vidrio sólo veíamos
cemento. Pero después nos adentramos en la mina y todo fue tomando un aire
futurista. Estaba iluminada con leds de un verde fosforescente fortísimo, y había una
cadena de técnicos especializados, rodeados de aparatos tecnológicos.
—La extracción de uranio —dijo Natasha y yo apreté el culo—, es similar a la de
los demás minerales, pero tiene una particularidad muy grande…
La miré esperando a que continuara, y así lo hizo:
—Es necesaria la utilización de instrumentos y personal especializado que
detecten los isótopos radioactivos.
Pinga de mono, brother. Estaba en una mina radioactiva con una espía rusa, en el
pleno corazón geológico de la nación.
—Antes del Comandante Chávez —siguió—, se pensaba que en Venezuela no
había uranio. Pero su líder tuvo la sabiduría de invitar a los iraníes a explorar y ellos
encontraron lo que se estima son las quintas reservas más grandes del planeta.
Página 106
La miré impresionado. Habíamos bajado como quince pisos y en el recorrido
vimos no menos de quinientos trabajadores, entre mineros y técnicos.
—La verdad yo no sé mucho de minería —dije con sinceridad—, pero esto está
alucinante.
—El uranio es la base del poder nuclear, la única herramienta que tienen los
pueblos libres para defenderse de los poderes imperiales. Sin poder atómico, Corea
del Norte ya hubiese sido invadida. Y eso, precisamente, es lo que quiere evitar el
gobierno revolucionario iraní.
—¿Pero qué tan grande es esta operación para Venezuela?
—Te lo pongo de esta manera: Desde que descubrimos el uranio… la cocaína y el
petróleo pasaron a un segundo plano dentro de la revolución.
El ascensor se detuvo. Natasha insertó una llave para abrir un compartimiento,
sacó dos cascos y me puso uno en la cabeza. Apretó un botón, se abrieron las puertas
y salimos.
Maduro no había exagerado, la escena parecía sacada de una película de ciencia
ficción. Poleas y ascensores transportaban piezas de uranio en todas las direcciones.
—El mineral en bruto —continuó la rusa—, es dividido en base a la intensidad de
los isótopos. Los de alto nivel de radioactividad son llevados a un espacio separado,
donde son procesados por un equipo de técnicos nucleares. Desde ahí los empaquetan
en contenedores de metal y los montan sobre una correa transportadora para sacarlos
de aquí.
La mayor parte de la operación se realizaba a través de máquinas, pero había
cientos de trabajadores alrededor nuestro, y todos hablaban persa.
Natasha saludó a un tipo con mucha clase y pinta de científico. Se pusieron a
hablar en persa, y la verdad es que me dio mucho queso ver cómo Natasha hablaba
otro idioma más con tanta fluidez. Después de un rato se volteó hacia mí y me dijo:
—Este es el hombre a cargo de toda la operación, el Ingeniero Bahman Darbandi.
Lamentablemente no habla español.
Ofrecí mi mano pero me la rechazó, supongo que porque la suya estaba
radioactiva. Se disculpó con un gesto y dijo una vaina en persa.
—Dice que bienvenido —aclaró Natasha.
—Muchas gracias —contesté con cara de turista—, muy impresionante la
operación.
Natasha se lo tradujo. El tipo sonrió agradecido y le respondió algo, y ella pareció
gratamente sorprendida.
—Va saliendo un vagón y te está invitando a que te montes —dijo—, tienes
suerte.
Caminamos unos veinte metros, pasamos al lado de una sala de rezo, en la que
había varios mineros arrodillados pegándole la frente a unas alfombras persas; y
llegamos a un túnel oscuro con varios vagones de carga sobre unos rieles de tren. Nos
abrieron la puerta del último vagón y nos sentaron en la parte de adelante.
Página 107
Natasha me miró con orgullo:
—Una tonelada de uranio llevamos atrás.
—¿Pero no va a explotar esta vaina?
—Quizás —se rio.
El vagón arrancó y fue desarrollando velocidad rápidamente. Miré alrededor,
tratando de procesar lo que veía… Era imposible de creer. ¿Cómo coño va a haber un
tren subterráneo en la mitad de los llanos venezolanos? ¿De qué me están hablando?
Y lo más loco eran los técnicos que trabajaban en la operación, todos eran
extranjeros, y actuaban como si fuese normal que estuviésemos moviéndonos a toda
velocidad, bajo tierra, en pleno Cojedes.
Natasha vio mi cara de incredulidad e intentó explicarme la vaina:
—A lo mejor recuerdas que Chávez le dio siete mil quinientos millones de dólares
a Diosdado para que hiciera un tren de cuatrocientos ochenta kilómetros, desde
Tinaco hasta Anaco…
—Algo me acuerdo…
—Era uno de los proyectos más ambiciosos de la revolución y se anunció con
bombos y platillos en cadena nacional. Pero al final no se hizo porque Diosdado se
quedó con casi todos los reales… y el resto los invirtió aquí.
—¿Este tren es de Diosdado?
—Del Cartel de los Soles, para ser exactos.
—¿Pero quién lo construyó?
—Ingeniería rusa, mano de obra china.
—¿Ningún venezolano? —reclamé con fervor nacional.
Natasha se rio burlona.
—Habría que estar muy loco para poner a un venezolano a construir en una zona
llena de material explosivo.
Qué desprecio nos tienen, mi pana, qué cagada.
—¿Y se puede saber a dónde vamos? —pregunté.
—Al Aeropuerto Ezequiel Zamora, en San Carlos.
Yo no tenía mi celular, por lo que no podía chequear ninguna de esas
informaciones. Pero tú que estás relajadex en tu casa leyendo esta vaina bien depinga,
dale una buscadita tanto al proyecto del tren Tinaco-Anaco, como al aeropuerto
Ezequiel Zamora, para que veas que toda esta mierda nos la montaron frente a
nuestras narices.
Después de viajar como cuarenta minutos, llegamos a una estación, y el tren se
detuvo. Los técnicos que nos recibieron no eran iraníes, eran rusos.
Bajamos y nos pidieron que pasáramos a una sala de espera. Desde ahí pudimos
ver cómo movían el vagón a otros rieles, y sobre esos rieles a un ascensor de carga.
Al rato el ascensor se cerró y comenzó a subir.
—Ven para que veas —dijo Natasha.
Página 108
La seguí y nos montamos en un ascensor pequeño. Mientras subíamos la miré y
me sonrió sin decir nada, con orgullo, como invitándome a ser parte de esa maravilla
que, con tanto esfuerzo, había ayudado a construir.
El ascensor se abrió en la mitad de un hangar, en un aeropuerto militar. Desde ahí
no se podía ver la magnitud de la pista, pero todo alrededor estaba pepito, como si lo
acabasen de construir. Yo nunca había oído hablar de un aeropuerto en Cojedes. De
hecho no creo que salgan vuelos civiles desde ahí. Pero en el centro del hangar había
un Airbus A340–200, de una aerolínea llamada Mahan Air. El avión había sido
acondicionado para llevar carga, y lo estaban llenando con los contenedores
metálicos de uranio.
—Lo cierran con veintiocho toneladas y así vuela para Damasco. Ahí se divide la
carga entre Teherán y Moscú.
No tuve que disimular mi impresión, porque a cualquiera la operación le hubiese
parecido descomunal.
—Increíble —celebré.
—El mundo cambió, querido Juan. Ya nada puede detener a la revolución
internacional.
Tragué hondo. De pana era demasiado. Me dio una mezcla de orgullo y de pánico
comprender la importancia estratégica de mi humilde país en la geopolítica del
planeta. Y ni hablar de la responsabilidad que tenía de comunicarle esta vainita a mis
nuevos jefes.
Página 109
MI PEO CON POMPEO
Salí de Caracas rumbo a Sao Paulo, con escala en Panamá. En teoría en Brasil me iba
a reunir con mis socios de Odebrecht. Pero apenas aterricé en Panamá, dos agentes de
protocolo me llevaron al piso de abajo y ahí me montaron en un carro sin placas,
manejado por Carlos Ivan, el mismo tipo que me recogió en mi primer viaje al salir
de la cárcel.
El pana era un maestro culebreando por la tranca infernal panameña. Me puso
«Patria» de Rubén Blades a todo volumen, y se tiró como cuarenta minutos rodando
hasta que llegamos al antiguo aeropuerto de Howard, una base militar gringa que
sirvió de sede para el Comando Sur desde 1941 hasta el 2000.
Me bajé del carro y la Goldigger me recibió con un abrazo.
—Estoy muy orgullosa de ti —dijo con afecto.
—Todavía no me creo la vaina —respondí.
—En diez minutos hablamos con el jefe.
—¿Con Trump?
—No. Con Mike Pompeo, el director de la CIA. Trump no pinta nada en esto
todavía.
—Ya… ¿Y qué le digo?
—Dile todo lo que viste.
—Voy a necesitar el cemento.
—Está claro. Hay que ver cómo lo pagamos porque esa mierda del petro es
basura.
—Puedo pedir que me den una parte en dólares.
—Dile eso a Pompeo, quiero que te agarre confianza.
Caminamos hacia el hangar y yo me preparé para ver una escena de James Bond,
con cientos de agentes en oficinas tecnológicas, pero lo que había era unos piches
escritorios grises de colegio público, un par de computadoras Dell y dos gringos con
cara de contables.
Al rato comenzó la conferencia y apareció Mike Pompeo en pantalla. La verdad
el hombre no tenía pinta de espía, parecía el típico carajo que juega fútbol en el
equipo de veteranos del Centro Italo Venezolano. Un tipo sangre liviana y
simpaticón, era imposible entender que ese era el director de la CIA.
A su lado había otra pantalla en la que veía una imagen satelital de lo que supuse
era El Baúl.
Pompeo me dio las gracias, pero me dijo que trackearon mis coordenadas y sólo
encontraron la mina de feldespato.
—La de uranio está justo al lado de la de feldespato —dije en el inglés carcelario
que había perfeccionado en San Quentin.
Página 110
Me tomó un momento ubicarme en la imagen satelital:
—¿Se pueden acercar un poco a la izquierda? —pregunté.
Pompeo le hizo una señal al técnico, y este movió la imagen hacia la izquierda.
Claramente se veía la mina mayor, pero era imposible ubicar el hueco de la de uranio.
Al verme perdido, todos se comenzaron a mirar, y subió la tensión de la reunión.
Si resultaba que yo era un habla paja, la vergüenza para la Goldigger sería total.
—¿Por qué lado te bajaste? —preguntó ella en tono didáctico.
—Creo que aquí —dije y señalé un punto en la pantalla.
—¿Nos pueden dar 80 grados en la lateral derecha? —pidió, y la imagen se
movió lentamente.
—Aquí nos bajamos del helicóptero —señalé—, nos quedamos un momento
viendo la mina de feldespato y después nos fuimos para atrás.
—Un poco más wide por favor —solicitó la Goldigger.
Se abrió la toma y vi el terreno. Se me había olvidado que caminamos como diez
minutos, pero finalmente pude ver la reja a la que llegamos.
—Esa reja —dije— ahí había soldados rusos e iraníes.
Todos pusieron atención. Alguien, a quien yo no veía, dibujó un círculo sobre la
imagen y preguntó si me refería a ese lugar.
—Ese mismo, eso que ves ahí es una reja. Y si te mueves más adentro, encuentras
una caseta con un ascensor.
La cámara se movió y, efectivamente, vimos la caseta, pero se veía sumamente
pequeña.
—La mina está al lado de esa caseta —añadí—, pero te tienes que acercar más.
Desde ahí no se ve.
El operador seleccionó alrededor de la caseta y se acercó, pero todavía no se
distinguía nada.
—¿Estás seguro de que es esa? —preguntó la Goldigger.
—Seguro, pero se tiene que acercar más.
La imagen se acercó todo lo que pudo y finalmente, al lado de la caseta,
apareció…
—¡Ahí está! —grité.
—¿Dónde? —dijo la Goldigger.
—Esa sombra, ese hueco que vez ahí, es un túnel como de diez pisos hacia abajo.
Todos se miraron, dudosos.
—¿Ese pequeño agujero es una mina de uranio? —preguntó Pompeo.
—Es enorme hacia abajo, y se va expandiendo hacia los lados bajo tierra. El
hueco de arriba lo hicieron lo más pequeño posible precisamente porque saben que
ustedes los están pillando. Y para eso quieren el cemento, para hacerle un techo y
expandirse.
Pompeo le preguntó a un especialista si era posible tener una mina vertical, y le
dijeron que sí, que incluso hay minas de seiscientos metros de profundidad.
Página 111
—Juan —dijo Pompeo—, ¿supongo que no tomaste ninguna foto?
—Me quitaron el teléfono antes de entrar. Pero si pueden traquear la zona
alrededor, es posible que noten un tren subterráneo que se lleva el uranio a un
aeropuerto en San Carlos, desde el cual sale para Damasco.
Se cagaron de la risa, y yo me arreché. Entendía que parecía ridículo lo que estaba
diciendo pero coño, era cierto. Miré a la Goldigger, molesto. Me hizo un gesto de que
me calmase. Pero no le paré bola.
—Casi me matan por llegar ahí —dije muy serio—, y sin duda me matarán si se
enteran que estoy aquí. Al menos no se rían.
Pompeo me miró sorprendido por mi arrechera. No sé si le pareció buena o mala
señal, pero me habló sin arrogancia:
—Con todo respeto, Juan, la información que nos estás dando suena como salida
de una película, y como fuente de inteligencia es inconclusa.
—Pero es cierta.
—Puede que lo sea, pero así como está yo no se la puedo llevar a mi jefe. La
mitad de mi Departamento de Estado quiere mejorar las relaciones con Rusia, y
buscarán cualquier excusa para cerrar este expediente. Se agradece tu esfuerzo, pero
si esto es todo lo que tienes, será necesario profundizar la infiltración…
—Señor Pompeo, con todo respeto, yo vi con mis propios ojos cómo sacaban una
tonelada de uranio en un tren y lo metían en un Airbus A340–200.
—¿Cómo se llama el aeropuerto? —preguntó el técnico.
—Ezequiel Zamora —respondí—, Aeropuerto Ezequiel Zamora en San Carlos,
Cojedes.
La cámara se movió rápidamente, como hace Google Earth cuando uno pone una
ciudad, y llegó el aeropuerto. Seguidamente el técnico hizo una búsqueda en una base
de datos aeronáuticos.
—Me tengo que ir a otra reunión —dijo Pompeo y comenzó a ponerse de pie.
La Goldigger me miró como que todo estaba perdido, y yo me quería pegar un
tiro. Todo ese esfuerzo para un coño. Capaz ni me aprobaban los reales para el
cemento y me dejaban forever alone como a un pajúo.
Pero de repente, el técnico interrumpió:
—Esperen —dijo.
Todo el mundo se detuvo en seco.
—Hay un vuelo de Mahan Air —continuó—, que sale cada nueve días desde ahí
para Damasco.
—¡Ahí está marico! —grité, y la Goldigger me pidió que le bajara dos.
Pompeo se acercó a la pantalla, y la cara le comenzó a cambiar.
—Frecuentemente —siguió el técnico—, el vuelo hace una parada en el
Aeropuerto Las Piedras de Punto Fijo.
—Esa es la sede del Cartel de Paraguaná —dijo la Goldigger.
Página 112
—En ocasiones —añadió el técnico—, se ha parado en Maiquetía, pero también
lo tengo haciendo escala en África, en la Isla de Cabo Verde, y en el caribe, en la Isla
de Granada.
—¿Granada? —preguntó Pompeo—, ¿qué estamos, en los ochenta? ¿Qué coño
hacen en Granada?
—Casi siempre la ruta es de San Carlos a Damasco —dijo el técnico—, pero da la
impresión de que hacen variaciones aleatorias, posiblemente para que sea más difícil
de traquear.
Pompeo analizó la información con detenimiento y después dijo, impresionado:
—Esto sí es algo, Juan. Buen trabajo.
Le pinté una paloma a la Goldigger fuera de cámara, y sin dejar de mirar a
Pompeo, solté relajado:
—A sus órdenes, Jefe.
Pompeo volteó a verme.
—¿Tú conoces a Leopoldo López? —preguntó.
—He estado en un par de rumbas con él, hace años. Me lo han presentado, pero
no somos amigos ni nada.
—Denle a Juan lo que necesita para el transfer de cemento —dijo y todos
tomaron nota—, hagamos un tracking del posible recorrido subterráneo. Y Vera, por
favor, coméntale a Juan el plan de Leopoldo, me gustaría saber su opinión.
—Con gusto, director —dijo la Goldigger.
Pompeo me sonrió y se despidió diciendo:
—Juan, espero verte en persona pronto.
—Será un honor para mí —respondí.
Se cortó la comunicación y la Goldigger me dio un abrazo. Casi lloro de la
emoción. Qué arrecha la vaina.
—¿Es en serio lo del tren? —preguntó.
—Te lo juro, Vera, yo no voy a inventar una vaina así.
—Es muy heavy lo que estás diciendo.
—¿Cuál es el plan de Leopoldo?
—Ya va, déjame procesar este peo, eres una fuckin estrella, mi amor.
—Aprendí de la mejor.
Se cagó de la risa. Sacó un cooler de debajo de la mesa, abrió unas birras y
brindamos.
Era demasiado sabrosa la sensación. Siempre había querido sentirme parte de
algo importante, pero esto era otro nivel: había dejado loco al puto director de la CIA.
—¿Cuál es el plan de Leopoldo? —le volví a preguntar cuando estábamos más
relajados.
La Goldigger subió las cejas, como si a ella misma no le convenciera. Y comenzó
a explicar:
Página 113
—El año que viene se supone que hay elecciones presidenciales, pero Maduro
sabe que no tiene chance y va a hacer una mamarrachada. A lo mejor lanza a Henri
Falcón o algún otro chavista encubierto, harán campaña y todo, pero obviamente le
darán la reelección.
Abrió otra birra, se tomó un trago, y continuó:
—Todo va a ser tan ridículo que será fácil convencer al mundo de que no
reconozca la elección como legítima. Y ahí viene lo interesante —hizo una pausa y
siguió—. Hay una herramienta en la constitución vigente que permite que en un caso
como ese se declare la elección como desierta. Es decir, si nadie reconoce el sistema
electoral, la Asamblea Nacional puede determinar que no hubo elección en el lapso
correspondiente. Y entonces el poder ejecutivo lo asumiría el Presidente de la
Asamblea Nacional bajo el título de Presidente Encargado o Interino.
—Ok…
—A partir de enero la Presidencia de la Asamblea le toca a Voluntad Popular, por
lo que el Presidente Encargado sería un man de Leopoldo.
—Está interesante —dije—, pero el gobierno se pasa por el culo la constitución.
—Yo sé, pero el mundo no. Y Leopoldo quiere convencer a los gringos de que
reconozcan a ese Presidente Interino como líder legítimo del país hasta que se hagan
elecciones libres.
—¿Y eso para qué sirve?
—Leopoldo dice que si los gringos lo hacen, los militares se van a voltear.
Me cagué de la risa.
—Los militares no se van a voltear —dije—, Maduro no pinta tanto como parece.
No es como Chávez, hay ocho gobiernos en Venezuela.
—Yo pienso lo mismo. Pero Pompeo cree que vale la pena intentarlo. Su peo es
Tillerson, el Secretario de Estado, trabaja para Exxon Mobil y la compañía está a
punto de cuadrar el guiso del siglo para sacar petróleo de Guyana. Lo que menos
quiere es un peo con Maduro.
—¿Y Trump qué pinta?
—Trump lo que quiere es ganar la reelección en Florida y sabe que un rollo con
Venezuela lo ayudaría.
—¿Pero va a invadir o no?
—Hasta hace cinco minutos te hubiese dicho que no, ese man hace mucha bulla
pero es demasiado pacifista y ve a todo el que no sea gringo como indio. Pero si
podemos demostrar que hay aviones iraníes sacando uranio de Venezuela, hasta Lady
Gaga va a querer invadir.
—Hay que moverse con lo del cemento.
—Tienes que hace un toque técnico en San Quentin.
—¿Por qué?
—Tú mujer…
—¿Qué dijo?
Página 114
—Te quiere ver otra vez…
NATASHA
Dime.
BRASIL 45
No llegó el hombre.
NATASHA
¿Seguro?
BRASIL45
Lo esperamos cerca de la puerta del avión, sin ser detectados, como usted pidió…
y no salió nunca. La aerolínea confirmó que no venía abordo.
NATASHA
Copiado. Les aviso si necesito algo más.
Página 115
ALEGRE DESPERTAR
Echarle un polvo a la jeva de uno, mientras se está preso, debe ser una de las vainas
más románticas de la vida. Claramente, en ese contexto la hembra no está contigo por
interés, y no son muchos los hombres que pueden afirmar que de perderlo
absolutamente todo, tendrían una pareja que se quedaría a su lado
incondicionalmente.
El cuarto de visitas conyugales en San Quentin es una habitación privada. No
todos los presos tienen acceso a ella, de hecho es un peo que te permitan utilizarla, en
especial si fuiste condenado por intento de asesinato. Cuando me dijeron que Scarlet
había pedido que el encuentro fuese en el cuarto de visitas conyugales, supuse que
Scarlet venía por lo suyo. Por más que sea, nuestro amor siempre fue muy físico y era
lógico que volviera a serlo.
Me arreglé todo lo que pude y cogí aire para armarme de valor. Cuando me
sacaron de la celda, se me hizo inevitable pensar en todas las formas de prisión que
acababa de presenciar: Los presos políticos de La Tumba, las niñas de La Tumbita,
los esclavos de El Baúl, los asesinos de San Quentin… Había una línea que nos unía
a todos… Una línea que nos separaba de lo que pudimos ser. Es fácil distinguir la
justicia que cae sobre los culpables, como yo, de la injusticia y el abuso de poder que
castiga a los presos políticos. Pero… ¿y los esclavos? ¿Qué clase de país tiene
esclavos en el siglo veintiuno? ¿Cómo hemos llegado a eso? Es cierto que los
médicos cubanos son esclavos de los Castro y eso nunca le ha molestado a nadie.
Pero es diferente, los médicos cubanos no están encadenados. Si no se escapan es
porque tienen miedo o porque son cómplices de su propia esclavitud. ¿Pero nuestros
presos? La mayoría son víctimas de un monstruo social que nunca les dio
oportunidades, ni siquiera los juzgó, simplemente los tragó y los escupió para que
trabajen y mueran.
La libertad es un fantasma ladrón, es imposible verlo cuando vive contigo, pero se
lo lleva todo cuando desaparece. Nadie debería estar preso, la pena de muerte es
mucho más piadosa que la pérdida de la libertad. Al que piense lo contrario le sugiero
que pase un año preso. Yo se lo pago.
Cuando entré a mi habitación conyugal y vi la cama, de inmediato preparé mi
estrategia. Todas las posiciones, todas las vulgaridades que le gustaban a mi amada,
entraron al tambor de mi revolver, listo para disparar. Pero cuando se abrió la puerta y
la vi entrar, entendí que no había venido sola. A su lado, la verdadera mujer de mi
vida me sonreía con timidez.
—Hola Joanne —dije cuando cerraron la puerta.
Le tomó un instante responder. Estaba completamente roja, cohibida.
—Salúdalo —le dijo Scarlet.
Página 116
Me miró con timidez, y susurró:
—Hola papá.
Se me fue el aliento a la garganta y solté un chasquido de llanto.
—Hola mi amor —dije y abrí mis brazos.
Joanne corrió hacia mí y me abrazó con fuerza, como si tuviese toda la vida
esperando ese momento. Yo lloré sin poder contenerme. Le besé la frente, la cabeza,
la apreté con desesperación contra mi pecho…
Scarlet también lloraba. Éramos finalmente una familia, la que siempre debimos
ser. Los errores del pasado se sentían tan fáciles de borrar. De qué vale el rencor si el
perdón nos devuelve la vida.
—¿Cómo has estado? —le pregunté a mi hija.
—Contenta —dijo.
—Yo también.
—Mi mami no se va a casar —sentenció.
Entendí rápidamente que Joanne me lo había contado por whassup sin permiso, y
ahora me tocaba actuar como si me acabase de enterar. Pero no miré a Scarlet, esta
era una conversación entre mi hija y yo… Lo correcto era hablarle como si su madre
no estuviese ahí:
—Pues me alegra mucho, mi vida, ojalá tu mami espere por mí.
Joanne sonrió y se me abrazó al cuello otra vez. La niña tenía toda su vida
añorando un padre y yo, sin saberlo, tenía toda mi vida añorando una hija. Su mirada
noble y calurosa me hizo recordar a mi mamá: Amable y sensible, cariñosa e
inteligente. Joanne era tan bella como Scarlet, pero en su alma era una Planchard.
Una Planchard de los buenos, de los académicos, de los trabajadores honestos, de los
que yo fui antes de contraer esa maldita enfermedad llamada chavismo.
Le pregunté qué le gustaba y me enumeró como cien sabores de helado, quince
películas, diez cantantes… Jugamos mímica y me puso a hacer como flamingo, como
rana, como elefante. Mientras más ridiculeces le hacía, más se reía…
Lo que hubiese dado porque la viesen mis padres. Todo mi dolor desaparecería
para siempre. Le hablé de ellos. Le expliqué que ambos eran educadores, mi mamá
daba clases en una escuela primaria y mi papá en una gran universidad. Subrayé lo
importante que era aprender y prepararse para el futuro. Me dijo que le gustaba
estudiar sobre los animales, que amaba los acuarios.
Scarlet nos miraba con fascinación, en completo silencio, conociendo una faceta
de mí que nunca había imaginado. Aquel periquero rumbero que conoció, resultó
tener sensibilidad de padre. Era inesperado para ella, pero también para mí.
Cuando nos avisaron que sólo nos quedaba un minuto, Joanne me dijo que le
encantaba ir a la playa y que estaba emocionada porque al día siguiente se iban para
México.
Miré a Scarlet preocupado y me explicó que iban a Cabo San Lucas, una ciudad
resort en la península de Baja California. No me gustó la idea. Los gringos creen que
Página 117
ir a Cabo es súperseguro, pero yo conozco a los mexicanos. Te cuidan cuando les
conviene, pero a la hora negra te venden sin pensarlo. El propio Karl Marx dijo que
los mexicanos son unos flojos de mierda cuya única esperanza está en que los
yankees los dominen. Y todo lo que dijo Marx es cierto.
Por primera vez sentí lo que es ser un padre de familia. Si hubiese podido les
habría prohibido ir. Pero como nuestro seno familiar apenas comenzaba, sólo les pedí
que tuviesen cuidado y que se quedasen siempre en el hotel.
Llegó la hora de despedirse y Joanne me dio otro abrazo.
—Siempre he pensado en ti, papá —me dijo.
—Gracias, mi niña. Perdona que no te he podido dar lo que mereces, te juro que
ahora todo va a cambiar y seremos la familia que siempre debiste tener.
—Espero verte pronto, yo sé que puedes salir —me dijo y me picó el ojo.
Se lo piqué de regreso y le prometí:
—Nos veremos antes de lo que imaginas.
Scarlet arrugó un poco los labios, como deseando que fuese cierto lo que
decíamos. Le di un abrazo con fuerza y Joanne se metió en el medio y gritó:
—¡Sándwich familiar!
Scarlet me miró con sus ojos verdes y su sonrisa calmada, y yo besé sus labios
con completa naturalidad, como si nada hubiese pasado y estuviésemos juntos como
el primer día. Me acarició el rostro y le dije que la amaba.
—I love you too —dijo convencida.
Y así salieron de la habitación, llenas de alegría.
Después de un minuto llegó un guardia, me recogió y me llevó por los mismos
pasillos por los que había venido desde mi celda. Pero mi mente ahora pensaba todo
lo contrario a lo que había pensado entonces. No sólo agradecía no haber muerto,
sino que de algún modo también agradecía haber estado preso. Incluso pensé que el
mundo fuese mejor si cada cierto tiempo encerraran a la gente en la cárcel. Dicen que
hombre sin hija no es gente. Yo añadiría que hombre que siempre ha sido libre no
tiene idea de lo que significa la libertad, y por tanto, probablemente, no la merece.
Página 118
LA PUTA ELÉCTRICA
Página 119
colgaban correas de cuero, vibradores, máscaras, fuetes, látigos, esposas, mordazas,
bolas chinas, látex, pinchos; todo muy limpio y de muy alto nivel.
Cerró la puerta y con un gesto me ordenó que me sentara en la silla. Como yo
andaba medio angustiado, pensé que no me vendrían mal unos fuetazos para liberar la
tensión. La jeva estaba muy buena, y era obvio que la dominación era su fuerte.
La silla tenía cinturones de cuero para cada brazo y para cada pierna. Me senté y
Natasha me los fue amarrando, uno por uno, mientras arrastraba sus labios por mi
piel. Era como un pulpo, con una mano cerraba una hebilla y con la otra me iba
acariciando, y así lo hizo con cada una de mis extremidades. Luego se separó de mi
cuerpo y desfiló a mi alrededor, dándome la espalda, mirando a la pared, como si
estuviese eligiendo cautelosamente el juguete con el que me iba a castigar.
Finalmente agarró un látigo, lo observó como si nunca lo hubiese visto, y sin previo
aviso soltó un latigazo brutal contra el terciopelo… El coñazo se escuchó hasta en la
Cota Mil… La vaina era en serio, nivel ruso, y me mentalicé para aguantar con todo y
disfrutar con yodo.
Soltó el látigo, se acercó y me comenzó a lamer la cara. No sé qué coño hacía
pero por donde pasaba su lengua me erizaba los pelos. Cada movimiento me excitaba,
me hipnotizaba… Olía divino… Pero no era un asunto de perfume, era su piel la que
olía a sexo fuerte…
De repente me metió un bofetón que casi me noquea. La miré y me sonrió con
cariño infantil, se me montó encima como para consolarme y yo traté de agarrarla,
pero ya era muy tarde, la perra me había amarrado brazos y piernas. Estaba
totalmente cautivo, a su merced y vuelto loco del queso.
Me cayó a latas por un rato largo, me subió la camisa, se levantó la falda, me
pegó la cuca pelada en la barriga y la fue deslizando hacia arriba, por el pecho, por
cuello, por la barbilla, hasta ponérmela frente al rostro; pero cuando estaba a punto de
besársela me la quitó, me dio otro bofetón y se me bajó de encima.
Volvió a caminar alrededor de mí y se detuvo a mis espaldas. Sacó otra correa y
me amarró el cuello a la silla, dejándome completamente inmóvil.
Esa parte ya no era tan sexy, pues sentía que en cualquier momento me podía
estrangular.
—Un poco mucho —murmuré nervioso.
—No tienes idea —respondió.
Me metió la mano en el bolsillo, me sacó el celular y lo apagó.
—Para jugar se necesitan dos —dije un poco molesto.
—Nadie está jugando —musitó con seriedad.
Se apartó y agarró un control remoto, apretó un botón y las cortinas de terciopelo
rojo que estaban frente a mí, se abrieron dando paso a un televisor enorme.
Tardó unos segundos en aparecer la imagen. Pensé que me pondría una porno
rusa medio cochina, que revelaría aún más sobre su enfermedad sexual. Pero no…
Página 120
Cuando la imagen se formó sobre el televisor, pude reconocer lo más preciado que
tenía en la vida…
Joanne, mi hija, mi niñita de seis años, amarrada a una silla como yo, muerta de
miedo, sola, mirando a los lados sin saber cómo había llegado hasta ahí. Su mirada
suplicaba que la dejasen volver a casa, con su mamá.
—¿Qué es eso, vale? ¿Tú estás loca? —protesté casi llorando.
—Loco estás tú, querido —respondió.
—¿Qué te hice yo?
—Te metiste en el corazón de una operación ruso–iraní, y te fuiste directo a
hablar con Mike Pompeo.
Me cagué. La información era tan precisa, pero mi instinto amateur fue la
negación.
—¿De qué hablas?
—No seas ridículo, Juan, yo misma escuché la conversación —replicó—.
¿Recuerdas cuando le diste tu celular a Pantera?
Me mostró mi celular, abrió el protector y señaló un pequeño micrófono pegado a
la parte de abajo, casi imposible de detectar.
Miré hacia abajo. Era el final, sin duda, no tenía chance ni de negar, ni de ganar.
Y lo de menos era yo, el verdadero horror era imaginar lo que le harían a mi hija. En
mi mente explotó la imagen de la cabeza de mi madre en el puente sobre el lago de
Maracaibo. Me quería morir. Mis acciones ya estaban dañando a mi hija, como lo
hicieron con mis padres… Nunca me lo perdonaría.
—Ella no tiene nada que ver —dije implorando piedad.
—Yo sé.
—Es una niñita, Natasha, déjala ir, por favor.
Apagó el televisor y me miró.
—Depende de ti…
—Yo hago lo que sea —dije convencido.
—Tienes acceso a Pompeo, lo cual es interesante para nosotros.
—Listo —le dije—, dime lo que necesitas y lo consigo. Si quieres lo mato, lo
espío…
Me miró con una sonrisa.
—Eres demasiado fácil —dijo—, pero es difícil confiar en ti después de todo.
Se puso de rodillas frente a mí.
—Yo estaba preso en California —supliqué—, me obligaron a hacer esta vaina,
yo soy revolucionario por convicción, siempre he odiado a los gringos, haría lo que
sea por el socialismo. Pero la presión fue muy heavy.
—Algunos hemos soportado presión, incluso estando presos —respondió con
resentimiento.
La jeva había sacrificado hasta su clítoris por su causa, no había manera de que
mi acuerdo carcelario la conmoviera.
Página 121
Se me acercó arrodillada y comenzó a desabrocharme el pantalón. Yo no sabía
qué coño hacer. Ella tenía completo control sobre mí, física y moralmente. Tenía
razón en verme como traidor absoluto, sin duda pensaba que merecía morir. Pero si
había una parte de ella que me consideraba útil para un proyecto más ambicioso, yo
tenía que hacer todo lo necesario para ganarme su confianza.
Me bajó el pantalón y el boxer, agarró mi palo completamente flácido y se lo
metió en la boca. Pensé que no tenía mejor opción que echarle un polvo, seguir
acercándome a ella y tratar de ser el mejor agente doble de la historia.
Era difícil concentrarse, ya lo del avión se había sentido como una violación pero
esto era otro nivel. La rusa le daba vueltas a mi paloma con su lengua y yo no sabía si
llorar o reír, si sentir placer o dolor. Estaba claro que para ella el sexo era una
herramienta de poder, pero también estaba claro que sabía dar placer. Y poco a poco,
casi a mi pesar, comencé a excitarme.
Me miraba a los ojos mientras me lo mamaba, pero no era la típica mirada
seductora de una buena mamadora de guevo, era una mirada de odio. Como si
envidiase mi placer, como si yo fuese el culpable de su desgracia física. Era muy
arrecho sentirse tan vulnerable, tan detestado, y a la vez, pensar que te tienes que
excitar porque de eso depende tu vida y la de tu hija.
Supuse que de esto se trataba una violación en tercer grado, cuando la víctima no
puede hacer nada para detenerla, por lo cual le sigue la corriente al violador. De pana,
es preferible que te violen y ya. Esto era como ser cómplice de tu propia violación.
Pero coño, por más que sea, la jeva sabía mamarlo y me lo mamó como por cinco
minutos, y lo logró. Me paró la verga firme y robusta y me la siguió mamando por
dos minutos más… Cuando vio que la tenía completamente lista para echar un polvo,
se detuvo y se la sacó de la boca.
Asumí que su próximo movimiento sería sentarse encima mío para que la cogiera.
Ya a estas alturas me provocaba, no sólo por razones sexuales sino, sobre todo, para
demostrarle mi compromiso con el sueño revolucionario.
Pero la jeva no se me montó encima. Se quedó arrodillada y metió su mano
debajo de la silla, pasó un suiche y sacó un cable con una punta de cobre que
parecía… ¡Un fuckin cable eléctrico!
—Sorry Juan —dijo.
—¿Qué es eso? —pregunté en pánico.
Apretó un botón y de la punta del cable salió un hilo de electricidad.
—No pana, estás loca —grité.
—Loco estás tú —replicó y…
¡Me pegó la electricidad en la paloma!
Gritar, compañero. Tú no sabes lo que es gritar. Tú crees que sabes lo que es
gritar, pero tú no sabes lo que es gritar. Gritar sin querer gritar, simplemente porque el
cuerpo se está contrayendo completamente y en esa contracción participan los
pulmones. Era como un orgasmo prolongado pero al revés, en el que no sentía placer
Página 122
sino dolor en cada parte de mi cuerpo. Todos mis órganos se sacudían como el de los
ejecutados en las antiguas sillas eléctricas… Y el calor… hasta la lengua me quemaba
el paladar…
Después de lo que se sintió como cinco o seis años, la rusa alejó el cable de mi
palo y apagó el suiche. Por varios segundos seguí sintiendo la electricidad, subiendo
y bajándome por todos lados. A mi pene flácido y oscuro, le salía humo. Estaba
quemado, electrocutado.
Natasha se puso de pie:
—Es poco probable que puedas tener hijos después de esto —dijo calmada—, por
lo que tu querida niña se convierte en alguien aún más preciado para ti.
Se me puso detrás y me cerró la boca con un tirro negro de electricista. Yo no
tenía fuerzas para resistir, ni para protestar. Ella continuó hablando con frialdad:
—Voy un rato a Miraflores y regreso a explicarte lo que vamos a hacer.
Y así, como si nada, salió de la habitación.
La escuché caminando hacia la cocina. Se sirvió un vaso de agua, agarró su
cartera y sus llaves; y se fue del apartamento dando un portazo.
El silencio que dejó era sepulcral. Mi cuerpo parecía desmayado. Mi mente estaba
en blanco. Mi corazón me retumbaba en la sien, en los hombros, en la garganta.
Normalmente me hubiese querido matar, encontrar la manera de escabullirme
para suicidarme. Pero ahora tenía una hija, cautiva, por culpa mía. Había que hacer
todo lo posible para salvarla.
Pensé en Pantera, me dolió mucho que le pusiera un micrófono a mi celular. Pero
supuse que era inevitable traicionarme. Hay dos tipos de venezolanos, los que se van
del país apenas pueden, y los que se quedan porque quieren. Yo piré apenas pude.
Pantera ya tenía dinero para irse a cualquier lado, pero no se iba porque se quería
quedar. Esa diferencia es más grande de lo que parece, y es una brecha que nos
separará por siempre, a todo el país, pero en particular a Pantera y a mí. Era normal
que él hiciese lo necesario para sobrevivir en esta tierra, su tierra.
Pensé en Joanne, ¿cómo habían llegado a ella? No era difícil imaginarlo, si me
tenían pillado el celular sabían quién era y que iba para México. Fucking México, tan
lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos. Yo sabía que no debían ir para allá.
Maldita sea. A estas alturas Scarlet estaría desesperada, suplicándole a los cómplices
de la policía local que la ayudasen a localizar a su hija. Nadie en el hotel sabría qué
decirle. Toda la región fingiría demencia.
Intenté mover mis manos, pero no había manera de soltarse. Traté de calmarme y
enfocarme para estar listo cuando ella llegara. Había que convencerla de que superara
mi error. Explicarle que así como la había engañado a ella, podría engañar a cualquier
gringo. Estaba en una posición privilegiada dentro de la CIA y eso era una
oportunidad de oro para la revolución.
Pasé unos segundos así, pensando, planificando, respirando profundo. Hasta que
escuché un ruido en la puerta…
Página 123
EL GATO VOLADOR
No era el ruido de una llave, era como si alguien estuviese tratando de forzar la
cerradura.
Me entró culillo, en Venezuela siempre puede llegar alguien peor que el que te
acaba de electrocutar la paloma. Pero no había nada que hacer, solo esperar y rezar.
Finalmente abrieron la puerta. Escuché unos pasos fuertes, de hombre, y casi me
hago pupú cuando vi entrar en la habitación a un tipo alto, encapuchado, con el
uniforme de la Brigada de Acciones Especiales del CCCP, con un chaleco antibalas y
todo el cuerpo forrado de armas, cuchillos, linternas, esposas…
—¿Juan Planchard? —preguntó en una voz suave.
Asentí con la cabeza.
—Ya lo vamos a sacar de aquí —dijo y caminó hacia la ventana.
Abrió el vidrio y sacó de su espalda una especie de tubo de metal con un
disparador adjunto. Apuntó hacia el obelisco, apretó el gatillo y del tubo salió
volando un chupón amarrado a una cuerda. No pude ver dónde pegó, pero el hombre
chequeó la tensión de la cuerda y pareció satisfecho.
Dio unos pasos por la habitación y amarró el tubo con la cuerda a una columna.
Volvió a chequear la tensión, probó jalando con fuerza y nuevamente se vio
complacido.
Se volteó, caminó hacia mí y comenzó a desabrochar las correas que me ataban.
Me liberó las manos y me subí el pantalón.
—Levante los brazos —dijo y le hice caso.
Me puso un chaleco y lo amarró al que tenía puesto.
—Nos vamos —dijo con voz firme.
A estas alturas yo pensaba que era un bicho de la CIA, aunque me parecía muy
raro que la CIA mandase a un venezolano vestido con el uniforme de la policía
científica bolivariana. Pero su voz serena y su clara formación técnica me dio calma,
sentí que era de mi equipo, sin duda más de mi equipo que la loca de mierda rusa esa.
Con mi cuerpo enganchado al suyo, se acercó a la ventana y enchufó el chaleco a
la cuerda. Ahí entendí cuál era el plan: Una línea de rappel nos conectaba con el
obelisco de la plaza. Me dio un vértigo arrechísimo, pero antes de que me diese
tiempo de cagarme, el carajo brincó…
El penthouse estaba en un piso veinte. Cualquier resbalón, cualquier falla en el
chupón que nos unía al obelisco, sería fatal.
Todo Chacao estaba a nuestros pies. Volábamos a una velocidad vertiginosa. No
tenía ni idea de cómo íbamos a frenar. Pero confiaba por instinto en ese hombre que
lo estaba arriesgando todo para salvarme. Pensé que todavía quedaban héroes en este
Página 124
país, y eso me pintó la cara de color esperanza. Me puse cursi y todo, comencé a
tararear «llevo tú luz y mi aroma en tu piel», hasta que…
¡Boom!
El tipo amortiguó el impacto contra el obelisco, y nos deslizó por una cuerda que
caía desde nuestro punto de aterrizaje hasta el suelo.
Cuando tocamos piso nos recibieron dos funcionarios vestidos igual que él, nos
desamarraron y se montaron en un par de motos Kawasaki KLR650.
El encapuchado que me rescató señaló a un tercer funcionario, que esperaba por
mí. Cuando me volteé a verlo, escuché su voz:
—Véngase jefe, chola.
¡Yo sabía, no joda, Pantera no me iba a dejar morir!
Corrí hacia su moto, me monté y salimos a toda mierda por la plaza en dirección a
la autopista.
Éramos tres motos con seis personas a bordo. Zigzagueamos entre los carros,
pasamos al lado del viejo cine Altamira y pillamos que en la entrada de la autopista
había una alcabala de la Guardia Nacional.
Pero los míos no disminuyeron la velocidad.
—Agárrese jefe —dijo Pantera.
Las tres motos esquivaron la alcabala por la derecha y se lanzaron cerro abajo por
el monte que va en paralelo a la autopista.
Los guardias se quedaron locos, sacaron sus bichas y ¡PAH PAH PAH! ¡Abrieron
fuego!
Escuché los zumbidos de las balas pasándonos cerquita, por todos lados.
Entramos a la autopista rumbo al oeste, rodando a toda máquina. Pensé que
salimos lisos y nos habíamos escapado, hasta grité celebrando con euforia. Pero al
pasar por debajo del puente que va al Tamanaco, nos empezaron a disparar desde
arriba.
Le pegaron a un carro que venía detrás de nosotros y el carro se coleó y conectó
con una camioneta que venía en el canal de al lado.
No vi el coñazo, pero sonaron como seis carros más estrellándose uno tras otro.
Seguimos palante a toda mierda y no sé de dónde coño salieron tres guardias
nacionales, con motos Kawasaki igualitas a las nuestras, a perseguirnos por la
autopista.
—Agarre la bicha, jefe —me dijo Pantera y se tocó la pistola que tenía en la
cintura.
La agarré, la cargué y me preparé para echar plomo. Los guardias llevaban una
velocidad respetable, pero los nuestros eran mucho más arriesgados. Seguimos por la
autopista y pasamos entre Plaza Venezuela y la UCV, la zona más oscura de toda la
ruta… cualquier mal movimiento podía ser fatal.
Un guardia se nos fue acercando. Pantera maniobró y logró que un Corola y un
Caprice Classic nos separaran de él. Pero el guardia les dio la vuelta y se nos vino
Página 125
encima. Pantera lo pilló y frenó de repente… y así obligó al guardia a pasarnos de
lado. Entonces Pantera cruzó dos canales hacia la derecha, de un solo coñazo, y se
montó en el hombrillo.
El guardia comenzó a moverse en la misma dirección. Pantera lo estuvo midiendo
por dos, cinco, diez segundos; hasta que se lanzó por completo hacia el otro lado…
La confusión hizo que el guardia se moviera en falso… Se le fue el timón y
perdió el control de la moto, cayó al pavimento y rodó como treinta veces sobre su
cuerpo… Al final levantó la cabeza y al segundo le pasó un camión por encima y lo
aplastó.
Pasamos por las torres de Parque Central, bordeando el río Guaire. Quedaban dos
guardias persiguiéndonos.
Uno de ellos se nos fue acercando por la lateral izquierda. Yo me volteé a verlo
justo cuando el tipo sacó una pistola, y… ¡PAO PAO!
¡Soltó dos plomazos en nuestra dirección!
Pantera se movió bruscamente y la moto se nos coleó… Nos fuimos de lado y
estábamos a punto de rodar cuando chocamos contra una pickup que nos hizo rebotar,
y no sé cómo coño Pantera logró retomar el control otra vez.
La pickup metió un frenazo y un Jeep se le clavó por detrás. El coñazo levantó a
la pickup. El Jeep trató de frenar pero no pudo, y la parte de atrás de la pickup se le
incrustó de frente, reventándole el parabrisas.
Pantera aprovechó la cortina y se lanzó otra vez para el hombrillo.
—¡Dele plomo, jefe, dele plomo! —me gritó.
Me volteé sobre el torso, sostuve la pistola firme con la mano derecha, me apoyé
en la izquierda y apunté… pero no tenía buena mira… había dos carros a mi lado y el
guardia se estaba escondiendo tras ellos.
Lancé un tiro al aire y el chofer de uno de los carros se cagó, frenó y se coleó.
El guardia reaccionó antes que yo y nos disparó: PAO PAO… Pero no nos dio…
de milagro…
—¡Dele jefe, coño! —vociferó Pantera y yo me volví loco: ¡PAH PAH PAH PAH
PAH!
Le vacié la bicha completa, y no sé si le di, o si simplemente lo asusté, lo cierto es
que perdió el ritmo… Intentó maniobrar como por cinco segundos, y cuando parecía
que iba a lograr enderezar la Kawasaki, se fue de boca; rodó como veinte metros
hasta que se salió de la ruta, voló diez metros más y aterrizó de cabeza en el Guaire.
Pantera metió la máquina completa.
El tercer guardia, al ver que estaba sólo, disminuyó la velocidad y se fue
quedando atrás de nosotros. Pero el muy traidor nos comenzó a echar plomo, desde
lejos: BLUM! BLUM!
Las motos de los nuestros se movieron en todas las direcciones para esquivar las
balas. Tendría una Ingram o alguna automática de alto calibre, porque los proyectiles
caían por todos lados.
Página 126
Me cagué en serio, el carajo estaba practicando tiro al blanco con nosotros. Los
míos abrieron fuego contra él, pero apuntando hacia atrás y con las luces de todos los
carros obstruyendo la vista, no era fácil. El guardia tenía ventaja.
—¡Recargue y dele, jefe! —gritó Pantera y señaló el cartucho.
Lo agarré, saqué el seguro, metí el backup, cargué la bicha, me volteé, y comencé
a disparar yo también, como pude.
Se armó una plomamentazón. Me encomendé a Cristo, acepté que iba a morir y
supliqué que me perdonara. Pero de inmediato recordé a Joanne y sentí que no… yo
no podía dejarme matar así.
Volví a recargar, me giré y eché plomo, implorándole a Dios que guiara mis balas
hacia el coco de ese guardia hijo de puta.
No sé si ocurrió, pero uno de los proyectiles del tipo dio en el retrovisor lateral de
una Toyota vieja. El carajo que manejaba la camioneta se chorreó, se tiró hacia un
lado y le dio a una Terios. Pero el de la Terios también reaccionó pésimo y se terminó
volteando y arrastrándose por el asfalto echando chispas, como veinte metros, hasta
que se estrelló contra una barrera del barrio La Coromoto.
El guardia finalmente se cagó y se quedó atrás, y nosotros seguimos adelante, sin
confiarnos.
Salimos de la autopista por la Yaguara. Le sacaron lo que le quedaba de máquina
a las motos en la ruta que va a hacia El Junquito.
Después de como media hora rodando, llegamos a una casa medio escondida, en
el kilómetro dieciséis del sector Araguaney. Allí otros oficiales que nos estaban
esperando metieron las motos detrás de unos arbustos. Nos bajamos y caminamos
chola hasta entrar por la puerta de atrás.
Yo no sabía ni cómo ni a quién agradecerle, pues hasta ahora sólo entendía que mi
vida la había salvado Pantera con un grupo de encapuchados. Pero entonces, el líder,
el hombre que había entrado a casa de la rusa para liberarme, el que había saltado en
rappel para rescatarme; se quitó la capucha y se me acercó para saludar.
Yo no podía creer lo que veía: Sus ojos de gato, sus facciones blancas en piel
trigueña… La firmeza de un guerrero con formación, que no teme ser amable porque
se sabe capaz de todo… El mito, la leyenda… El último gran héroe venezolano, me
estrechó la mano y se presentó:
—Inspector Oscar Pérez, para servirle.
Página 127
DIOS ES NUESTRO ESCUDO
Página 128
Rodamos como tres kilómetros en las motos, hasta llegar a un terreno baldío en el
que encontramos un helicóptero privado bastante viejo. Tenía las hélices encendidas,
pero las luces apagadas. No era el mismo con el que Pérez había levantado su
bandera que pedía libertad.
—Vamos a tener que volar a oscuras —dijo Oscar Pérez antes de montarnos—,
no hay ningún otro helicóptero en el cielo nocturno de todo el país. Si ven una sola
luz nos reconocen y nos bajan. Toca mantenerse en altura mínima.
Sonaba como un suicidio, volar desde El Junquito a Cojedes a oscuras, sin luces,
sin ser detectados… Yo estaba dispuesto a lo que sea, no tenía nada que perder y mi
hija estaba de por medio. Pero… y él… ¿qué podía ganar de todo esto?
Se sentó en el asiento del piloto. A su lado iba otro funcionario, de copiloto, y
Pantera y yo nos sentamos atrás junto a una jeva morena, fuerte, ruda, también de la
Brigada de Acciones Especiales. Le decían Marvila, la Mujer Maravilla.
El helicóptero estaba decente a nivel tecnológico. Tenía varias pantallas con
radares que iluminaban nuestros rostros y hacían que todo alrededor pareciera más
oscuro.
—Procedemos con el ascenso —dijo Oscar Pérez y comenzamos a volar.
Se fue directo a cruzar la montaña y desde ahí nos mantuvimos por zonas
despobladas rumbo a Cojedes.
Ya había pasado más de una hora desde mi rescate, pero tenía la esperanza de que
Natasha todavía no hubiese regresado de Miraflores. Nadie tenía por qué haberse
enterado de que piré. La persecución por la autopista no fue causada por mi fuga sino
por la alcabala de Altamira.
El vuelo se sintió como una montaña rusa, debido a la necesidad de mantenernos
cerca del suelo. Yo no sé cómo hacía el hombre, a lo mejor sus ojos de gato le
permitían ver en la oscuridad. Nunca estuvimos a más de treinta metros de altura.
Cuando cruzábamos por encima de un cerro, subíamos con él, y cuando bajábamos lo
hacíamos pegaditos a la tierra.
Finalmente aterrizamos en un sector llamado Las Queseras, en las afueras de El
Baúl. Nos recibieron otros oficiales del BAE, estaba claro que la red de Oscar Pérez
tenía presencia en todo el país.
Entramos a una casa que parecía abandonada y nos pusimos a mear. No quiero ni
hablar de las condiciones en las que tenía mi paloma: No era chorizo, era morcilla.
Muy triste. Inaceptable.
Oscar Pérez estaba a mi lado y no pude evitar preguntarle:
—¿Por qué me está ayudando, hermano?
Lo pensó, y tras un silencio contestó:
—Yo tengo tres hijos, si aceptamos que a usted le secuestren a su hija, vendrán
por los míos después.
No era un tipo dado a grandes discursos, parecía simplemente un hombre que
tenía clara la barrera entre el bien y el mal, esa que nunca hemos podido comprender
Página 129
la mayoría de los venezolanos.
—Además, lo que usted encontró tiene un gran valor —continuó—, y a lo mejor
les podemos hacer algo de daño esta noche.
—¿Cómo vamos a llegar para allá?
—¿Usted sabe cabalgar? —preguntó y yo me cagué de la risa.
Pero la vaina era en serio, el plan de los tipos era llegar a caballo. Yo de carajito
había agarrado unas clases de equitación en el Izcaragua Country Club, pero no me
había montado en un caballo en más de veinte años.
Me dieron una yegua llamada Jamaica, y arrancamos en caravana por caminos
semipantanosos. Cuatro hombres y una mujer, a caballo, cruzando la noche para
rescatar a una niña en el corazón de una operación criminal de dos potencias
militares. No parecía que teníamos chance, pero había algo medio loco en lo artesanal
del operativo, que lo hacía sentir correcto.
—¿Usted piensa —me preguntó Pantera desde su caballo—, que hay elementos
explosivos en esa mina?
—Yo no sé nada de química ni de minería, pero entiendo que el uranio se utiliza
para hacer bombas. Supongo que el que explota no es el uranio en estado natural,
pero coño; es como la hoja de coca, no será perico pero igualito te despierta.
—El plan es el siguiente, jefe —dijo mientras todos escuchaban—, vamos a
generar una explosión que debería poner a todo el mundo a correr.
—Copiado…
—Por el lado opuesto a la explosión, abriremos otro frente, de manera que todo el
que se aleje de las llamas, se encontrará con nosotros.
—Pero sin matar a nadie —añadió Oscar Pérez.
—Sin matar a nadie, inspector, estamos claros —confirmó Pantera.
—Si el señor Planchard se ve obligado a actuar para salvar la vida de la niña, eso
es otra cosa —aclaró Oscar Pérez.
—Así es, inspector —afirmó Pantera con respeto.
No era menor el honor que me hacían: todos estaban ahí para protegerme, pero yo
era el único que tenía permiso para matar.
—Mientras nosotros generamos el frente —continuó Pantera—, el señor
Planchard va a entrar por el medio, directo a la casa donde está su niña.
—Ustedes me dicen a dónde y yo le doy —afirmé.
—Si todo sale bien habrá un sándwich entre nuestro frente y la explosión, por lo
que usted debería tener toda la pista para la incursión, el rescate y la retirada.
—Y una vez que tenga a la niña, ¿para dónde voy?
—Se devuelve por donde vino y se la trae hacia donde estamos nosotros.
—¿Y nadie viene conmigo?
—Estamos para apoyarlo, jefe, pero si alguno de nosotros cae en esta batalla, se
nos viene abajo toda la insurgencia.
—Está claro —dije sin pensarlo—, demasiado están haciendo por mí.
Página 130
Cabalgamos como veinte minutos hasta que llegamos a unas acacias rojas.
Marvila, la mujer maravilla, abrió un bolso que cargaba a sus espaldas, sacó un dron
y comenzó a prepararlo para el vuelo. Después de armarlo, le colocó dos granadas
incendiarias en la parte de abajo.
Me dieron un radio con audífono, un chaleco antibalas y una AK–103, que es una
Kalashnikov liviana, con mira láser y visión telescópica nocturna.
Yo no hallaba cómo agradecerles, pero nadie actuaba como si estuviese allí por
mí, todos creían en la lucha con un nivel de idealismo del que yo jamás había sido
testigo.
Oscar Pérez puso su brazo sobre mi hombro derecho y Pantera me abrazó por el
izquierdo. Los otros dos funcionarios se unieron y formamos un círculo mirando al
suelo, como los jugadores de fútbol americano antes de una jugada. La unión me
daba fuerza y la adrenalina me estaba por reventar el pecho. Entonces Oscar Pérez
comenzó a rezar:
—Tomando en cuenta la misericordia de Dios, hermanos, les ruego que cada uno
de ustedes, en adoración espiritual, ofrezca su cuerpo como sacrificio vivo, santo y
agradable a Dios. No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante
la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad del creador,
buena, bendita y perfecta.
Todos respondimos «Amén», y cada uno fue tomando su posición y preparando
su armamento.
Me dieron unas tenazas para abrir rejas y me indicaron que caminase cincuenta
metros pegado a una barrera de matorrales, después de lo cual me ubicaría en línea
directa con el objetivo.
—Nos avisa cuando esté en posición, jefe —dijo Pantera—, dele derechito que
cuando llegue a una reja, verá una casa justo en frente. Ahí adentro encontrará a su
cachorra.
—Dios te bendiga, hermano —le dije.
Oscar Pérez se volteó al escucharme y añadió:
—Dios es nuestro escudo.
—Así es —respondí.
Levanté mi AK–103 y me desplacé apuntando hacia adelante, no porque me
creyese Rambo (que me lo creía), sino porque la visión nocturna de la bicha era la
única manera de ver para dónde iba.
Esta zona no era tan pantanosa, era más fácil desplazarse por ahí. Caminé como
un minuto y efectivamente me topé con una reja.
—Estoy en el sitio —dije por la radio.
—Copiado, jefe, vaya abriéndole un hueco a la reja y yo le aviso cuándo entrar.
Una vez tenga a la niña se regresa por la misma línea, y yo lo recibo.
Saqué las tenazas y fui partiendo el metal del enrejado. Abrí un hueco lo
suficientemente grande como para pasar. Comencé a observar la geografía del lugar
Página 131
con mi mira nocturna, ajustando la visión telescópica. Estaba cerca del lugar en el
que había aterrizado con la rusa. A mi derecha estaba la mina de uranio, a mi
izquierda la de feldespato, y justo en frente, a unos cincuenta metros, una cabaña en
la que veía una luz prendida y un guardia. Tenía en la mira al guardia, y pensé que
ese hijo de puta quizá había tocado a mi hija. Sentí una rabia que nunca antes había
sentido, y me dejé llevar por ella. Sabía que el rescate que estaba por emprender no lo
podría lograr sin odio, hacia él y hacia toda su descendencia.
Voy por ti, maldito. Voy por ti.
Alrededor de la casa y cerca de la mina de feldespato, habían no menos de cien
personas entre guardias, mineros, capataces y presos. Parecía imposible penetrar el
lugar sin ser acribillado. Pero los nuestros tenían un plan y había que confiar en ellos.
Comencé a escuchar el sonido del dron agarrando vuelo. Después de unos
segundos lo vi pasar por encima de mí, a toda velocidad, en dirección a la mina de
uranio.
Página 132
LA TORRE DE FUEGO
Seguí el dron con la mira telescópica, y lo vi detenerse justo arriba del agujero de la
mina de uranio. Se quedó inmóvil por unos segundos. Varios guardias comenzaron a
reaccionar al ruido de las hélices, señalándolo con alarma. Uno de ellos desenfundó
su arma y lo apuntó, pero justo en ese momento, desde el dron, cayeron dos granadas
incendiarias.
Me preparé todo lo que pude para el coñazo que venía. Pero nada me podía
preparar para lo que sucedió. Pasaron unos cinco segundos de silencio que supuse
eran los que tardaron las granadas en caer hasta el fondo de la mina. Y lo que ocurrió
después jamás se olvidará en El Baúl.
Una torre, hermano, de fuego. Como cincuenta metros de candela viajando hacia
arriba. Una especie de estallido bíblico, como si el infierno estuviese saliendo desde
el centro de la tierra. Parecía una erupción volcánica completamente vertical, con la
velocidad y la intensidad de una explosión de fuga de gas.
El calor casi me calcina. El arma se me puso tan caliente que estuve a punto de
soltarla. El suelo tembló cual terremoto. La tierra se iluminó como si fuese de día. Y
todo el que estaba cerca comenzó a correr en dirección opuesta al fuego.
Rusos, iraníes, venezolanos, un festival de valientes chorreados como nunca antes
en sus vidas, corrieron como putas, alejándose de las llamas.
—¡Adelante, Jefe! —dijo Pantera en la radio.
Cogí aire, me persigné, me metí por el hueco de la reja y arranqué a correr a toda
velocidad, con el rifle por delante, apuntando hacia la casa en la que, según mis
aliados, estaba lo más preciado de mi vida.
Me pasaban soldados de todo tipo por los lados pero nadie me paraba bola. Esa
gente lo único que pensaba era en salvarse y se veían tan cagados que parecía que
correrían dos kilómetros antes de detenerse a pensar en otra vaina.
Los presos encadenados huían en grupo, sin poder separarse. Algunos se caían y
eran arrastrados por la turba. Otros intentaban liberarse y me pareció ver que algunos
lo lograban y se fugaban hacia la oscuridad.
Yo seguí desplazándome en dirección a la casa, sin bajar la velocidad. La
explosión y el griterío nos habían ensordecido a todos, pero de repente, un silencio se
apoderó del lugar… Sólo quedaron los ruidos de los que corríamos, y como yo era el
único que iba en otra dirección, los demás comenzaron a notarme. Entonces
arrancaron los tiros:
¡TRACATRACATRACA!…
Página 133
formando por la explosión y aquello que sonaba como una batalla campal en plena
Bagdad.
Me faltaban como treinta metros para llegar a la casa cuando me tropecé y me fui
de jeta. Casi me clavo el rifle en el ojo como un bolsa. Pero sin perder el ritmo,
molesto conmigo mismo, me puse de pie y seguí corriendo sin mirar atrás.
Estaba a quince metros de la casa cuando vi a uno de los guardias avanzando
hacia mí. Supongo que le pareció extraño ver a un hombre con un rifle corriendo en
dirección opuesta. Bajó la mano para sacar su arma, pero tardó mucho… Ni siquiera
la había tocado cuando yo abrí fuego y le volé el coco.
Detrás de él vinieron dos más y cayeron también como patos. Le agarré el gustico
a la vaina y decidí que ante cualquier duda dispararía. Nada ni nadie me iba a detener.
Finalmente llegué a la casa, pero al tratar de abrir la puerta la encontré cerrada
con un candado. Me desplacé hacia un lado a ver si había otra entrada, pero nada, era
una construcción militar, con una sola puerta y ventanas enrejadas con hierro.
Regresé a la puerta, me ubiqué de lado, apunté al candado, apreté el gatillo y solté
una ráfaga… No quedó ni el recuerdo de la cerradura.
Abrí la puerta y entré a un pasillo con un escritorio vacío. No parecía haber nadie
pero estaba completamente oscuro, no veía un coño, no era fácil estar seguro de nada.
Utilicé la visión nocturna del rifle y seguí avanzando.
Me metí en un cuarto, revisé todos los clósets y sólo encontré unos ganchos de
ropa y uniformes militares. No había ningún rastro de ella…
Entré en pánico. Sentí el mismo sabor en la boca que cuando vi la cabeza de mi
madre separada de su cuerpo. Mi instinto me decía que iba a pasar por lo mismo otra
vez, pero ahora con una niña… y mi instinto tenía tiempo sin equivocarse.
Seguí al siguiente cuarto y vi unas computadoras, unas impresoras, unas sillas,
pero nada que se moviera. Entré por un pasillo oscuro y al final vi unas escaleras…
Subí corriendo, brincando escalones de tres en tres. Llegué a una especie de depósito
con cerámica de baño blanca, con una puerta de metal en el fondo…
Miré hacia dentro y casi se me sale el corazón cuando vi, bajo la puerta, lo que
parecía ser el zapato de una niña.
Pero no se escuchaba nada.
—¡Joanne! —grité y salí corriendo.
El cuarto tendría cinco o seis metros, pero al recorrerlo sentí como si pasaran
veinte minutos. Toda mi existencia quedaría definida por la imagen que vería tras esa
puerta. Decidí pegarme un tiro si la encontraba sin vida. Era lo mínimo que podía
hacer.
Finalmente abrí la puerta… y sólo vi oscuridad. No podía ver nada. La mente me
traicionaba y entre las sombras me mostraba imágenes espantosas que me reventaban
el alma de dolor. Pero cuando me arrodillé, sentí sus brazos colgándose de mi cuello
con todas sus fuerzas. Puse mis manos sobre su cabeza y sentí el calor de su cabello.
No hablaba, no emitía sonido alguno, pero no había duda: estaba viva.
Página 134
—It’s okay… It’s okay… —le dije y la apreté con desesperación.
Agarré su rostro para mirarla y entender por qué no hablaba, y vi que estaba
privada llorando y no le salía la voz. Intenté levantarla y pillé que estaba encadenada
a una poceta.
Era una cadena enorme, no había chance de romperla sin un tiro. Pero el tiro
podía rebotar para cualquier lado. Era demasiado peligroso.
Cogí aire profundo.
—Papá… —dijo cuando salió del terror total.
—Todo va a estar bien —le dije—, pero tengo que dispararle a la cadena.
—Okey —dijo con firmeza. La carajita era más valiente que yo.
Metí el cañón del rifle en uno de los huecos de la cadena, jalé el resto para
prensarla y apunté al agua de la poceta, quién sabe por qué coño…
Sabía que podía pasar cualquier cosa pero había que tomar el riesgo. La miré a los
ojos de la manera más calmada posible, gallineteando sin apretar el gatillo. Me daba
demasiado miedo equivocarme y terminar matándola con una bala de rebote. Me
quedé como pegado tomando la decisión, hasta que ella fue la que me gritó:
—¡Dispara!
Apreté el gatillo…
La bala reventó la cadena…
Reventó la poceta…
Se incrustó en la tubería…
Miré a Joanne.
Estaba bien.
Se levantó…
¡Estaba libre!
—¡Vamonós! —grité y la cargué sobre mis hombros.
Bajé las escaleras corriendo, crucé el pasillo y los dos cuartos, y salimos de la
casa.
Afuera se escuchaba una batalla campal. Centenares de balas volaban de un lado
al otro, y pequeñas explosiones aún sonaban en la mina.
Joanne gritó llena de terror al ver lo que la rodeaba. Yo corrí con todas mis
fuerzas de regreso, hacia la reja por la que había entrado.
El humo del uranio incendiado se había propagado por toda la zona. Era difícil
ver, casi imposible respirar.
Joanne comenzó a toser y yo casi me vuelvo loco pensando que se me moría de
asfixia.
Página 135
Corrí con toda mi alma sin respirar, hasta que llegué a la reja y la crucé, e iba
arrancar hacia el lugar en el que nos habíamos separado, cuando escuché la voz de
Pantera en el lado opuesto:
—¡Por aquí jefe!
Di la vuelta y salí corriendo detrás de él.
—Está comprometido eso por allá, pero vamos a tratar de salir por el río —me
dijo.
Comenzamos a atravesar un bosque pantanoso lleno de palmas. Pantera me hizo
relevo cargando a la niña por un tramo, y me la devolvió por otro.
Corrimos como por diez minutos, alejándonos de los tiros, alejándonos del
humo…
Joanne estaba un poco más calmada y ya respiraba normalmente. Pero no
podíamos bajar la velocidad, el plan había cambiado y la ruta de escape no estaba
garantizada.
Al final del camino, llegamos a la orilla de un río bastante grande, como de
cincuenta metros de ancho…
—¿Brincamos? —le pregunté a Pantera.
—No, jefe, esa mierda está llena de pirañas.
—¿Entonces qué?
—Calma que estamos lejos del peo…
—Calma un coño —dije poseído por la adrenalina.
Pantera me ignoró y agarró su radio:
—Estamos en el sitio. ¿Cuál es el 54?
Pero no hubo respuesta.
Miré a Joanne, la pobre tenía los brazos llenos de cortadas que le habían causado
las palmas. Pero era tan dura que ni siquiera estaba llorando. Me miraba como si yo
fuese Peter Pan y ella Wendy.
—¿Estás bien? —le pregunté por decimoquinta vez.
Me sonrió como diciendo «claro, estoy de lo mejor», y preguntó:
—¿Qué esperamos?
En ese momento escuchamos un motor fuera de borda. Marvila, la mujer
maravilla, se acercaba en un peñero. Se la señalé a Joanne y se emocionó.
La tipa metió el peñero hasta la orilla. Yo cargué a mi chama y la monté a bordo.
Después ayudé a Pantera a empujar el peñero y, al ponerlo a flote, nos montamos.
Marvila le dio la vuelta a la embarcación y comenzamos a ir a toda mierda, a favor de
la corriente del río.
—Póngase esto, jefe —dijo Pantera.
Yo pensé que me estaba ofreciendo un salvavidas como el que le dan a uno en los
peñeros de Morrocoy. Pero no, era un chaleco similar al de rappel que me había
puesto Oscar Pérez en la casa de la rusa. Además me dio otro más pequeño para
Joanne. Se lo puse y Pantera nos amarró para que no nos pudiésemos separar.
Página 136
Hubo un momento de calma, parecía que habíamos logrado el objetivo y
habíamos salido airosos. Pero…
Página 137
Pensé que mi vida, hasta ahora, se había tratado de eso, siempre había estado a
punto: a punto de ser rico, a punto de coronar a la jeva de mi vida, a punto de salvar a
mi madre, a punto de suicidarme, a punto de rescatar a mi hija… Ese era yo, el carajo
que estuvo a punto de lograrlo todo pero nunca logró un coño.
Miré a Joanne con tristeza, como pidiéndole disculpas. Se escuchaban tiros por
todos lados, el ruido era una salvajada. Una bala le abrió un hueco a la parte de atrás
del peñero y comenzaron a entrar litros de agua.
Pantera se lanzó al piso, para que no le volaran el coco, y se fue arrastrando hasta
llegar a nosotros. Marvila también se agachó y se lanzó sobre Pantera. Entre los dos
se amarraron entre ellos, y nos amarraron a nosotros a través de los chalecos.
—Agárrela duro, jefe —dijo y yo abracé a Joanne con todo mi cuerpo.
—¿Qué va a pasar? —preguntó ella con inocencia.
Yo estaba por responderle que no sabía pero que confiara en Dios… cuando el
helicóptero pasó por encima de nosotros, y sentí un tirón brutal…
Una fuerza bestial nos jaló hacia arriba, a mí y a todos, a Joanne junto a mí, a
Pantera junto a Marvila… Volamos por los aires enganchados a una escalera que salía
del helicóptero.
Los guardias de las lanchas seguían disparando, pero el ascenso era tan
vertiginoso que hacía casi imposible que nos diesen.
—¿Estás bien? —le pregunté a Joanne cuando entendí lo que estaba pasando.
Me miró con la quijada abierta, como quien vive la vaina más arrecha de su vida,
y simplemente dijo:
—Esto es lo máximo.
El viento nos sacudía el rostro, nuestros cuerpos estaban entrelazados, no tenía ni
idea para dónde íbamos; pero sabía que con este equipo siempre estaría a salvo.
Después de varios minutos, cuando nos habíamos alejado del río, comenzaron a
recoger la escalera. Primero subió Marvila, después Pantera, y entre los dos fueron
subiéndonos a mí y a Joanne, con mucho cuidado. Finalmente nos montaron en el
helicóptero.
Oscar Pérez recibió a mi hija con una de esas sonrisas que sólo sabe dar un padre
cariñoso. Ella le sonrió de regreso y le chocó la mano.
—¿Para dónde vamos? —le pregunté a Pantera.
—A una casa aliada, cerca de San Antonio —respondió.
Yo iba con ellos a dónde me llevaran, pero me sorprendió que no nos fuesen a
sacar del país.
—Lo ideal sería dejarlos en Colombia —añadió—, pero sería una misión suicida.
Usted sabe que Santos juega para los dos equipos.
Así es este peo, hermano, piensa mal y acertarás. No hay rey traidor ni Papa
excomulgado.
Después de un rato aterrizamos en una de las montañas que bordean a San
Antonio del Táchira.
Página 138
Esto no había terminado.
Página 139
LA IGUANA DE CHÉRNOBIL
Nos recibió una humilde tachirense llamada Gioconda Mora, en una pequeña casa
desde la cual le vendía chicha a la gente que subía la montaña.
Joanne se bañó con un tobito. Doña Gioconda estuvo muy atenta con ella y le
regaló un poncho andino. Cuando se lo puso parecía una niña hippie californiana
visitando Machu Pichu. Probó la chicha y le fascinó, pero no quería comer. Nos
sentamos en un sofá en la sala, y como al minuto se quedó dormida. Estaba agotada,
había vivido tanto en tan poco tiempo. Merecía descansar.
Pantera y Oscar Pérez estaban conversando. Me acerqué a ellos y pregunté:
—¿Cuál es el plan?
—Ahora nosotros arrancamos, jefe. Y usted mañana se va temprano para San
Antonio a cruzar la frontera.
Asentí agradecido.
—Listo, hermano, no sé ni cómo agradecerles.
Oscar Pérez me ofreció su mano. Se la estreché y le di un abrazo.
—Usted es un héroe, mi pana —le dije—, hasta hoy lo dudaba pero coño, da un
fresquito saber que Venezuela cuenta con un tipo así.
—No se quite crédito, hermano —respondió—. Que los uniformados seamos
decentes y valientes debería ser lo normal. Pero que existan civiles dispuestos a
arriesgarlo todo como usted, o como ese pueblo que sin armas se ha enfrentado a un
narcoestado en la calle, es algo de lo cual Bolívar estaría orgulloso.
—Cuente conmigo para lo que sea —dije agradecido.
—Rece mucho, pues esta lucha es también espiritual. Ahora lo más importante,
para usted, es proteger a esa princesa. Y despreocúpese porque estoy seguro de que la
próxima vez que nos veamos será en libertad.
Siempre que hablaba, yo esperaba que me dijese que mirase a una esquina y
saludase a la cámara indiscreta. Era imposible que fuese real… En un país
completamente corrompido, en el que los poderes públicos se los dividen entre el
narcotráfico y el terrorismo internacional, en el que varios diputados de oposición se
hacen ricos mientras sus socios financieros torturan a sus compañeros de partido, en
el que todo el ejército nacional se dedica al crimen… en ese país infernal, era
inimaginable que naciera un policía idealista. No podía ser cierto. Nadie lo aceptaría
jamás. No merecíamos que fuese real.
Di la vuelta y miré a Pantera. Me dio un abrazo.
—¿Por qué me pusiste un micrófono en el celular? —le pregunté calmado.
Miró al suelo, reflexionando.
—Honestamente, jefe, para protegerlo.
—¿Cómo es eso?
Página 140
—Cuando me pidieron que lo pinchase se estaba discutiendo eliminarlo, y creí
que permitirles que lo monitorearan sería lo mejor para su seguridad. Pensaba que
usted no tenía nada que ocultarles. Pensaba que usted era chavista.
Era la primera vez que escuchaba a alguien sugiriendo que yo no era chavista. Me
sentí liberado. He pasado tantos años intentando justificarme, defendiendo a Chávez a
pesar de todas las evidencias, que era un verdadero honor oír esas palabras. Quizá ese
sea el reconocimiento más grande que se le dará en el futuro a gente como yo: Un
certificado que diga que uno se ha curado del chavismo. Ojalá algún día todos los que
nos beneficiamos del crimen más grande de la historia contemporánea de América,
podamos ser perdonados. Si es necesario que nos metan presos, que nos torturen, que
paguemos en carne propia lo que hicimos… que así sea. Venezuela merece volvernos
mierda y tenemos que aceptarlo. La cagamos y somos culpables. El que diga lo
contrario se está haciendo el loco. Y el que no haga todo lo que esté a su alcance para
salvar lo que queda de país, nunca merecerá el perdón.
—Hermano —le dije—, usted está en la asamblea constituyente, tiene millones de
euros en una piscina… ¿Cómo se llama el equipo en el que usted juega?
Me miró con cariño, se encogió de hombros y respondió:
—Si seguimos esperando por los mariquitos de la oposición, esta vaina se hunde
para siempre. Sifrino no mata malandro, y usted sabe mejor que yo que con malandro
no hay negociación posible. A los malandros hay que matarlos, tanto en la calle como
en el palacio.
Me dio un abrazo, se dio la vuelta y se montó en el helicóptero de Oscar Pérez
con Marvila y el resto del equipo. Alzaron vuelo y arrancaron de regreso a su guarida
en la insurgencia.
Yo volví al lado de Joanne y la miré durmiendo, arropada en su poncho, con sus
risos dorados. Era la primera vez que dormía al lado de su padre. Le agarré la mano
con fuerza, como para que nadie me la pudiese arrebatar más nunca, y me quedé
dormido.
A la mañana siguiente leí en las noticias que hubo un apagón en todo el país, justo
a la hora de la explosión. El gobierno le echaba la culpa a una iguana. Pensé que
quizá fue una iguana de Chernóbil que se atravesó por El baúl.
Cuando se despertó Joanne, comimos sendas arepas andinas que nos preparó
Doña Gioconda.
—Tengo que llamar a mi mamá —dijo Joanne.
—Apenas lleguemos a Colombia —respondí.
—¿Me puedes explicar qué está pasando? —preguntó con más amabilidad que la
que yo merecía.
—Te puedo decir que estás en mi país, y mi país es complicado.
—Dime qué pasa, Papá.
No había espacio para rodeos. Era mi primera prueba como padre: o decía la
verdad o se acababa todo.
Página 141
—Hay gente que me quiere hacer daño —dije—, y pensó que la mejor manera de
herirme era ponerte en riesgo a ti.
—¿Qué gente?
—La gente que gobierna mi país.
—Sólo los ladrones huyen de la policía.
—Los que te rescataron también son policías.
Se puso pensativa.
—¿Hay policías buenos y malos? —preguntó.
—En este país casi todos son malos, pero sí, hay algunos buenos. Y tuvimos la
suerte de contar con ellos.
—¿Cómo se puede vivir en un país en el que los malos están en el gobierno? —
preguntó.
Era una pregunta tan sencilla que no pude maquillar mi respuesta:
—No se puede.
Me miró con lástima… y suspiró por mi país. Se terminó la arepa y se tomó otra
chicha.
—Entonces mejor nos vamos —dijo.
—Mejor —le sonreí.
Doña Gioconda nos regaló otro poncho y una gorra de lana. Le dimos un fuerte
abrazo y doscientos dólares como despedida. El dólar ya había pasado largo de cien
mil bolívares, valía el doble que cuando salí de la cárcel hace un par de semanas. El
salario mínimo estaba en noventa mil. Es decir, había que trabajar un mes para ganar
menos de un dólar. Doña Gioconda tenía que vender como un millón de chichas para
ganar los dos billetes que le di.
Joanne y yo comenzamos a caminar montaña abajo, rumbo a San Antonio del
Táchira. El plan era pasar de incógnito, como dos andinos, por el puente Simón
Bolívar hacia Colombia.
San Antonio se veía hermosa desde arriba. Pero la bajada montañosa era difícil, y
Joanne me agarró la mano para sostenerse.
—¿Por qué puedes entrar y salir de la cárcel? —preguntó.
Tenía que inventar una narrativa que le permitiese aceptar la realidad, sin
convertir esto en un peo enorme que llegase a oídos de Scarlet y me devolviese a la
prisión.
—Salgo a veces, porque el Gobierno de los Estados Unidos me necesita.
Me miró sorprendida.
—¿Y a veces no?
—Todavía tengo de pasar cierto tiempo en la cárcel, pero cada vez menos. Y
espero que pronto me liberen completamente.
La convenció mi respuesta.
—¿Y entonces vivirás con nosotras?
—Eso depende de tu mamá.
Página 142
—Mi mamá y yo somos dos, y yo digo que sí. ¿Por qué tiene que decidir ella?
—Porque ella es tu mamá, y tienes que respetarla.
Me miró feo.
—Todo se trata de ustedes —dijo molesta.
La observé preocupado.
—¿A qué te refieres?
—Desde bebé me dijeron que mi papá se murió. De repente te vi en Amsterdam,
y no sé por qué le pedí a mi mamá que me contase cómo fue tu muerte. Se puso a
llorar y me confesó que mintió, que tú no habías muerto. Te fuimos a visitar y entendí
que tú eras el de Amsterdam, y lo primero que me pediste fue que mintiera… Te hice
caso y aquí estoy, todavía no sé qué es verdad. Sé que estaba con mi mamá
durmiendo en México y me desperté en una camioneta con un tipo que me montó en
un avión, del avión me pasaron a un carro y después me encadenaron a una poceta…
Luego apareciste tú como si fueses Spiderman, y cuando te pregunto algo me dices
que todo depende de mi mamá porque ella es mi mamá y yo no importo nada…
Se le aguaron los ojos de rabia y me partió el corazón. La niña tenía razón, lo que
la habíamos era caído a un mojón tras otro, en parte porque entre nosotros también
nos vivíamos cayendo a coba.
—Te prometo que te voy a llevar a dónde tu mamá y no te vamos a mentir más
nunca.
—¿Por qué no la puedes llamar ahora mismo?
—Porque no tengo teléfono y tú tampoco.
Bajó los ojos hacia el suelo sin saber qué más decir. Yo me detuve, la miré y
supliqué:
—Perdóname, Joanne. Nada de esto debió haber pasado. Pero estamos cerca de
que se acabe, lo único que te pido es que aguantes un poco más. Confía en mí y
estaremos hablando con tu mamá en un par de horas.
Me miró y me mostró el meñique.
—¿Pinkie promise? —preguntó.
Yo no tenía idea de qué era eso.
—¿Disculpa?
Me volteó los ojos, y me agarró el dedo meñique con el suyo.
—Cuando haces una promesa con el meñique no la puedes romper.
Apreté su meñique y sonreí:
—Ok, lo prometo.
Arrugó los ojos a modo de amenaza infantil. La carajita no era fácil, pero me
tenía derretido. Se volteó y siguió caminando montaña abajo, como si estuviese
tomando el mando de la excursión.
Página 143
EL ÉXODO
Llegamos a San Antonio, un pueblo grande que se cree ciudad. Pensé que era buena
señal que nadie se nos quedaba mirando, pero igual me dio caga preguntar hacia
dónde estaba el puente. Caminamos en la dirección en la que supuse estaba
Colombia.
Después de unas diez cuadras cambió el paisaje, alrededor seguía siendo un
caserío, pero a medida que avanzábamos las calles tenían más gente. Y no hablo de
gente local, hablo de personas arrastrando equipaje, bolsos, maletas, viajeros que
parecían transitar por un aeropuerto.
Comencé a estudiarlos, había venezolanos de todo tipo: desde chamos de El
Cafetal, como yo, hasta familias enteras, con niños, abuelos, enfermos…
Pasados unos minutos casi no se podía caminar por la acera debido a la cantidad
de gente. Estábamos todavía a tres cuadras del puente, y había miles de personas
alrededor.
—¿Para dónde va tanta gente? —preguntó Joanne.
—Para Colombia, como nosotros.
La niña nunca había visto nada parecido, y la verdad es que yo tampoco. Había
decenas de desnutridos, personas decentes que trabajaban duro y que hasta hace muy
poco tenían una vida digna.
—Tengo sed —dijo Joanne.
Entramos a un abasto y le compré una chicha, su nueva bebida preferida. En la
entrada había una escalera y desde ahí me asomé a ver cuál era la situación alrededor
del puente: Decenas de miles de personas estaban apiñadas frente al cruce fronterizo.
Venezolanos de todas las clases sociales, de todos los tipos. Muchísima gente
llorando, deshidratados, trasnochados.
Agarré a Joanne de la mano y seguimos avanzando. La monté sobre mis hombros
para que no la pisaran y así entramos al puente. Había tensión, la mayoría no era
amable. Se sentía un ambiente de desesperación, de todos contra todos, como si llegar
a la meta dependiese de la derrota del prójimo.
Mientras más avanzábamos, menos espacio había. Nos rodeaban cientos de
desdentados, gente verdaderamente humilde que hasta hace unos años lloraba de
emoción al ver a Chávez. Ahora escapaban muertos de hambre, enfermos, sin
esperanza, pagando el fracaso de la revolución. Eran las víctimas principales de un
robo histórico, los olvidados, el pueblo llano que siempre lleva la peor parte en el
colapso de una nación. Pero a mí no me engañaban, ellos también eran culpables. Yo
habré guisado pero casi todos ellos votaron por el tipo, una y mil veces. Se cagaron
en los demás porque les gustaba la mantequilla, y con la ilusión de asistencia social
de las misiones pensaron que tenían suficiente. Ahora se la calan. Pasen hambre
Página 144
mamaguevos, eligieron este infierno. Y se tendrán que calar que los traten como una
mierda en toda América Latina, entre otras cosas porque ustedes son una mierda, el
pueblo más ignorante de la tierra, el más conejeado, el que aceptó que una banda de
maleantes se tumbe cuatrocientos mil millones de dólares en nombre de los pobres.
Yo moriré por amoral pero ustedes morirán porque decidieron que todo el país lo
fuera. Nunca nos dieron opción, se robaba con la revolución o se emigraba. Fueron
millones los chamos clase media que quisieron ser honestos, y no pudieron ganarse el
pan porque ustedes seguían imponiendo al hampa con su voto. Malditos refugiados,
coman mierda, vendan su cuerpo y el de sus hijas, aguanten su humillación, paguen la
rabia con la que se quisieron vengar de la gente que le echaba bola. Ustedes también
mataron a mi padre.
—A los chavistas no los deberían dejar salir —dijo un chamo que parecía de
Valencia.
—Eso es cierto —contesto una doña que se veía que era chavista.
Más nadie dijo nada. No había nada que decir. Cargábamos la cruz a cuestas y
jadeábamos juntos. Sin duda habría inocentes, pero sí, se tendrían que joder como la
mayoría. Así funciona la democracia. Venezuela se suicidó por decisión popular.
Cuando por fin entramos al puente, calculé veinte mil personas frente a nosotros.
La vaina se movía cada vez más lento. La primera alcabala de la guardia estaba como
a cincuenta metros, la frontera como a cien.
Se escuchó un ruido desde adelante, una especie de murmullo colectivo de
indignación. La gente se fue apilando sin poder moverse. Alguna información
comenzó a viajar hacia atrás, causando desesperación. Los que estaban pegados al
paso fronterizo comenzaron a retroceder. Se generó una confusión total.
El primer grupo de los que se devolvían cruzó al lado de nosotros:
—Trancaron el paso —anunció uno.
—¿Por qué? —preguntaron varios.
—Dicen que Oscar Pérez y su gente vienen de salida y que toda la frontera está
cerrada hasta nuevo aviso.
Pinga de mono. Lo último que imaginé fue que yo mismo estaba causando el
revuelo. ¡Había un operativo para capturarme!
—¿Qué pasa? —preguntó Joanne.
—Cerraron la frontera —le dije—, tenemos que ir para atrás.
La carajita estaba completamente confundida. Había pasado toda su vida en
Amsterdam, el lugar más civilizado de la historia de la civilización. Era imposible
que entendiese nuestro planeta de los simios.
Los de adelante comenzaron a empujar la barricada de los guardias. Traté de
devolverme pero había demasiada gente detrás de nosotros.
Se armó un griterío, y el gentío comenzó empujar hacia Colombia, tratando de
embestir a los guardias para abrir la frontera a la fuerza.
Página 145
Los guardias se pusieron máscaras antigas, y a los pocos segundos arrancaron a
lanzar bombas lacrimógenas. A medida que caían las bombas la gente las recogía del
piso y las lanzaba de regreso, pero en cuestión de segundos, el gas comenzó a cubrir
el puente.
Le dije a Joanne que se tapara la boca con la camisa y me puse a empujar hacia
atrás, tratando de salir del puente. Pero cuando el gas nos cubrió, comenzó una
estampida.
Veinte mil personas arrancaron a correr desesperadas, tosiendo, vomitando, y…
¡nos tumbaron al piso!
Traté de cubrir a Joanne con mi cuerpo pero varias personas nos pasaron por
encima. Vi cómo un pie le pisaba la cara y casi me vuelvo loco. La arrechera me llenó
de fuerza y logré pararme y me puse a la lanzarle coñazos a los que venían en nuestra
dirección.
Un magallanero me metió una mano en la boca del estómago y me sacó el poco
aire que me había dejado el gas lacrimógeno.
Me agaché y vi a Joanne llorando y vomitando chicha por culpa del gas. La
levanté y comencé a correr hacia afuera.
A nuestro lado había varias tánganas, pero también grupos que ayudaban a los
demás. Como yo tenía una niña en hombros, un par de tipos decentes me abrieron
paso.
Unos estudiantes encapuchados entraron al puente y comenzaron a tirarles piedras
a los guardias. Eso aumentó el bombardeo de gas lacrimógeno y la confusión
colectiva.
Cuando logré salir del puente, otro contingente de estudiantes estaba entrando con
bombas molotov y escudos de madera. Apenas los vieron, los guardias comenzaron a
disparar perdigonazos.
Aumentó la locura. Las salvas sonaron como plomo verdadero y la gente entró en
pánico. En cuestión de segundos se veían decenas de heridos por todos lados. La
desesperación era absoluta. La mayoría había viajado por varios días para escapar del
país, y ahora que estaban a un paso de ser libres, se les prohibía, incluso, escapar.
El puente se convirtió en un embudo… El gentío salía como de una olla de
presión. El desastre se dispersó por todo el pueblo. Las santamarías comenzaron a
cerrarse una tras otra.
Un grupo de guardias arrancó a repartir peinillazos, pero eran minoría absoluta, y
la gente comenzó a rodearlos para lincharlos. Un paco echó unos tiros al aire, la turba
se apartó y los guardias salieron corriendo a esconderse en la estación.
Yo me alejé todo lo que pude, con Joanne. Cuando estábamos como a cien metros
del puente logramos respirar con más calma. La pobre niña seguía tosiendo y tenía
los ojos rojos. Yo no sabía ni qué decirle, claramente no tenía control de la situación.
Me daba una impotencia muy arrecha, ser humillado de esta manera frente a mi hija.
No había chance de darle el más mínimo sentido de protección.
Página 146
—This is crazy —dijo Joanne y todo el mundo volteó a ver quién coño hablaba
inglés.
Me hice el guevón y me alejé del puente un poco más. Me acerqué a su oído y le
susurré que mejor no hablara, para no llamar la atención. Pero ya era muy tarde. A los
dos minutos, veinte metros más adelante, se me acercó un gestor hablando en inglés
machucado. Eran un chamo de diecisiete años, trigueño, posiblemente colombiano.
—I can help you pass through the trocha —dijo con serenidad casi mesiánica,
como si no existiese otra salvación posible en todo el mundo.
Página 147
KATY PERRY Y LAS FARC
Página 148
Frank me miró con ironía.
—Con mi completo respeto, catire, bonito y todo pero si valiese la pena
secuestrarlo, usted no estaría aquí pasando roncha.
Me hizo reír el coño de su madre.
Joanne me pidió que me agachara para hablarme en secreto. Se puso la mano
entre su boca y mi oído y susurró:
—Si te está ofreciendo otra ruta, deberíamos hacerle caso.
Sus ojos me suplicaban que la sacase de ahí. Era mi primera gran decisión de
padre: las FARC o la Guardia Nacional Bolivariana, dos de las organizaciones
criminales más sangrientas del planeta. Si bien ideológicamente eran lo mismo, se
dedicaban a lo mismo y sus cabecillas eran prácticamente los mismos; a diferencia de
las FARC, los guardias me estaban buscando, y era poco probable que en eso
estuviesen coordinados con la guerrilla colombiana.
—Cuatrocientos y le damos —le dije.
—La niña habla inglés, catire, quinientos por cabeza mínimo.
—Dale pues.
Se dio la vuelta y arrancó en dirección contraria al gentío. Yo me volví a montar a
Joanne en los hombros y lo seguí.
Caminamos unos treinta metros y nos adentramos en los matorrales. Me las tenía
que arreglar para tener los mil dólares listos, porque si veían que tenía más, fijo me
los tumbaban. Pero sacar mi cartera con dólares cerca del puente era un peligro.
Había que aguantarse y pillar el momento correcto.
—Quiero caminar —dijo Joanne y la bajé al suelo.
La chama en Amsterdam montaba bicicleta todo el día, estaba en mejor forma
que yo. Le aguantó el paso a Frank sin problema. Pero después de un rato me dijo que
quería mear.
Me entró pánico, ¿cómo se hace esa vaina? Yo nunca había tenido hija, ni cuca,
jamás he comprendido cómo se mea sin paloma ni de dónde sale el meado de las
mujeres.
Le dije a Frank que la niña necesitaba orinar. Fue muy respetuoso y me señaló
unos arbustos y se alejó. La niña se bajó el pantalón y le echó bola con experticia,
estaba bien entrenada. Además aproveché el momento para sacar los mil dólares en
cash, me los puse en el bolsillo, y de paso separé todas las tarjetas de crédito en todos
los bolsillos que tenía.
Seguimos caminando hasta que nos encontramos a un guerrillero encapuchado
uniformado en verde oliva. Detrás de él había un Jeep con dos abordo, escuchando
Katty Perry: «I kissed a girl and I liked it». Me pareció incorrecto que mi hija
estuviese escuchando esas cosas. Pero pensé que no era el momento para
preocuparme por su formación moral.
—No es gringo —le dijo Frank—, pero lleva los mil.
El guerrillero me miró a través de su capucha.
Página 149
—Deme pues.
Saqué los billetes del bolsillo y se los di. Los contó.
—Para ver la cartera —dijo.
Miré a Frank pero Frank miró a otro lado, como si el peo no fuese con él.
Joanne se asustó.
No había opción. Saqué la cartera y el guerrillero me la arrebató. Tendría unos
ocho mil más en efectivo. El tipo los agarró y se los metió en el bolsillo, como si
nada, y comenzó a ver mi identificación.
—¿Y usted quién es? —preguntó.
—Un ciudadano como cualquier otro, hermano —dije—, tengo que ir a Colombia
con mi hija y cerraron la frontera.
Me miró con sospecha:
—¿Y por qué no agarra un avión?
—Porque vivo en San Cristóbal y voy a Cúcuta. No tendría sentido.
Me observó y se volteó a ver a sus colegas del Jeep. Ellos copiaron el alerta y le
bajaron el volumen a Katy Perry.
El guerrillero volvió a mirarme, se quedó en silencio por unos segundos, como
estudiándome.
—¿Usted me cree mongólico o se dedica a dar papaya?
Sudé frío, no entendía qué había hecho mal, pero estaba claro que el beta iba en
negativo.
—Ninguna de las dos, jefe —dije.
—Deme los papeles de la niña.
Tragué hondo… y me disculpé:
—No los tengo conmigo.
El guerrillero inclinó su cabeza hacia un lado, sorprendido:
—¿Y eso como por qué?
—La niña los perdió, y para sacarlos en Venezuela tardan burda. Yo lo que voy es
a Cúcuta por una semana.
Sonrió a través de la capucha, como si saboreara lo impensable.
—Esa niña no es hija suya, ¿cierto?
—Sí lo es, jefe.
—No me diga jefe que yo no trabajo con pedofilia.
Casi me muero de la arrechera, pero había que controlarse. Agradecí a Dios que
Joanne no entendió.
—¿Cómo va a decir eso? —pregunté indignado.
—Sepa que aquí no colaboramos con depravados.
—Me parece muy bien, pero ella es mi hija.
Me salió del alma y se me quebró la voz al decirlo. Pero el tipo interpretó mi
emoción al revés y le pareció sospechosa, quizá porque un padre normal no sería tan
emocional al decir algo tan sencillo.
Página 150
—¿Ya va a llorar? —dijo con una vocecita burlona.
Yo no sabía cómo actuar, no sabía ser padre.
El guerrillero miró a Joanne y yo lo estudié a ver si había manera de desarmarlo y
pegarle un tiro. Pero uno de los del Jeep pareció leerme la mente y comenzó a
caminar hacia nosotros.
El que nos interrogaba se agachó y la miró a los ojos. Joanne le devolvió la
mirada sin miedo, desafiante.
—¿Usted es hija de él, mi amor?
Joanne lo estudió y yo le reclamé a Dios por haberme separado de ella todos estos
años, pues de estar juntos sin duda le hubiese enseñado español. Probablemente
nunca había escuchado a nadie hablar en mi idioma, conmigo siempre había hablado
en inglés y en Amsterdam no había muchos latinos.
Era la hora de la verdad, una sola palabra equivocada de la niña, en inglés, y se
prenderían todas las alarmas. En el mejor de los casos me castigaban por pedófilo y la
secuestraban por gringa. En el peor de los casos… No quise ni imaginar cuál era el
peor…
Pero Joanne era una Jedi, y no sé cómo coño, dijo en perfecto español:
—Sí, es mi papá —y se abrazó a mi cintura con cariño.
Yo apreté el culo y le di gracias al Cristo de la Grita.
El guerrillero le sonrió, y se puso de pie.
En eso llegó el otro, el fan de Katty Perry, y se puso a revisar mi pasaporte,
página por página, como si fuese un agente de inteligencia.
Finalmente llegó al sello de la Federación Rusa.
—¿Qué hacía usted en Rusia? —preguntó con una voz mucho más grave.
Lo miré con amabilidad, el valor de Joanne Planchard me había dejado inspirado.
—Comprándole armas a ustedes, entre otras cosas —dije con suavidad.
El guerrillero me estudió sin mostrar emoción.
—Y qué… ¿Me las vino a cobrar? —preguntó.
Sonreí con camaradería.
—Hermano —dije.
—¿Hermano? —respondió como ofendido.
—Sí, hermano. Somos hermanos aunque nos pongan fronteras.
—Yo no soy nada de ningún veneco.
—Como quiera, hermano.
—¿Hermano?
—Está bien, primo, socio, vecino, compañero de armas, camarada, la niña está
asustada y no hace falta ponerla peor…
—Usted iba bien —interrumpió.
Yo cogí aire y me preparé para el final. Hasta Frank se cagó y pensó que me iban
a fusilar. El guerrillero miró a los lados y después me observó con seriedad:
—Pero ahora va mejor —añadió.
Página 151
Me devolvió la cartera y los documentos.
—Gracias —respondí, y me moví como para avanzar… pero me detuvo.
—Una cosa más…
Me miró lentamente, y temí que todo había sido un juego psicológico, y ahora era
que venía el coñazo. Pero finalmente dijo pausado:
—Si le preguntan, diga que por la frontera lo pasaron Los Rastrojos.
Afirmé con la cabeza, chorreado.
—Perfecto, no hay problema —dije.
—Dele rápido que el río está bajo y cuando sube me arrepiento.
Nos señaló la ruta y seguimos a Frank por el camino indicado, en silencio.
Yo miré a Joanne con alivio y con orgullo. Ella me sonrió y me picó el ojo de
manera exagerada, como una comiquita. Era una dulzura y hacíamos el equipo
perfecto.
A los minutos llegamos al río. Estaba bajo pero el agua nos llegaba a mí y a Frank
hasta a la cintura.
Me monté a Joanne otra vez sobre los hombros y comencé a cruzar.
No era un trecho tan largo, lo impresionante en realidad era lo corto y lo fácil que
era de cruzar. Dos países idénticos separados por la nada, uno muriéndose de hambre
y el otro ahí, pasivo, recibiendo refugiados a cambio de que se lleven a sus
guerrilleros. Una traición bolivariana firmada en La Habana y premiada en Oslo con
el Nobel de la Paz.
Las aguas del río me despedían una vez más de la tierra que me vio nacer. Yo era
uno de los más buscados en Venezuela, y eso me hacía inútil para la CIA. Sin
embargo, le había volado una mina de uranio a los iraníes y a los rusos, y quizá eso
serviría para algo en el futuro.
Pero nada de eso importaba ya… Lo que tenía valor ahora, era que Joanne estaba
bien, sana y salva, junto a su padre…
Página 152
ANDRÉS CARNE DE RES
Al llegar a Cúcuta lo primero que hice fue comprar un celular. Luego alquilé un carro
y arrancamos para Bogotá. Entonces Joanne llamó por video chat a su mamá.
Scarlet estaba tirada en el piso de su habitación de hotel en Cabo San Lucas, tras
días de llanto en los que la policía local decía estar siguiendo pistas de la niña. Yo no
vi su rostro cuando atendió el teléfono, pero escuché su grito de alegría al ver a
Joanne:
—¡¿Dónde estás?!
—En Colombia —respondió Joanne.
—¿Qué? ¿Con quién? ¿Estás bien?
—Estoy bien mamá, no te preocupes.
—¿Cómo es eso? ¿Quién está contigo?
—Mi papá es un héroe, mami. Un héroe como en las películas.
—¿Estás con tu papá?
Joanne volteó el teléfono y me mostró manejando.
—Hola Scarlet —dije sabiendo que lo que venía era fuerte.
—¿Tú te la llevaste?
—¡No! —grité, y Joanne giró el teléfono hacia ella.
—¿Qué haces tú allá? ¡Te voy a matar! —siguió gritando Scarlet.
—No, mamá, me secuestraron en México y me llevaron a Venezuela. Mi papá me
salvó.
—¿Pero te hicieron daño?
—Estoy bien, mamá. Deja el drama y ven a buscarme.
—Voy inmediatamente. Pero pásame a tu papá.
Joanne apuntó el celular hacia mí.
—¿Me puedes explicar qué coño está pasando? —preguntó Scarlet.
—Lo que te dijo Joanne. Perdóname… por culpa mía se metió en problemas.
Afortunadamente la salvamos y ahora vamos a Bogotá a esperarte.
—¿Pero tú no estás preso en California?
—No me lo vas a creer pero… la CIA me sacó para una misión especial en
Venezuela.
—No puede ser…
—Tú sabes que nadie conoce Venezuela como yo.
—Después me explicas… Me traje el avión para acá, así que voy saliendo.
La muy puta tenía avión privado, con mi dinero. ¡Pero cómo la amaba!
—Desde Cabo deben ser como seis o siete horas de vuelo —le dije—, a nosotros
nos toma como diez llegar a Bogotá. Si quieres nos vemos en la noche en Andrés
Carne de Res.
Página 153
—¿Eso qué es?
—Es un restaurante de carne, en las afueras. Te lo mando por texto. Te va a
gustar.
—Okey.
—Pero no le digas nada a nadie, por favor. No quiero que los gringos sepan
dónde estoy.
—¿Estás fugado?
—No… Pero es complicado, aquí te explico.
—Pásame a mi hija.
Joanne movió el celular hacia su rostro.
—¿De verdad estás bien, Joanne?
Joanne la miró fijamente con una sonrisa:
—Mamá, han sido las mejores veinticuatro horas de mi vida.
Se me arrugó la garganta y no aguanté, rompí a llorar.
Joanne se dio cuenta y me filmó…
—Okey —dijo—, están los dos llorando como niñas, cuando aquí la única niña
soy yo.
Nos cagamos de la risa, los tres. Scarlet y yo compartimos carcajadas de llanto,
como locos. Era también el mejor día de mi vida.
El viaje a Bogotá fue una belleza. La travesía era larga y fría, pero llena de
paisajes andinos preciosos por todos lados. Joanne me fue contando toda su vida, me
habló de cómo le gustaban el melón y los croissant, explicó que prefería a Moana que
a Elsa la de Frozen, porque Elsa era blanca y había que combatir el racismo
sistemático, pero que su muñeca favorita era Betty Boop porque «tenía más edge».
Me enumeró a sus amigas del colegio, y narró con rabia la historia de una tarde en la
que le robaron su bicicleta en plena estación central de Amsterdam.
Le pregunté cómo había sabido responderle al Guerrillero y me dijo:
—Desde chiquita mi mamá me metió en clases de español. Yo nunca entendí por
qué, pero siempre me dijo que era muy importante.
No era tan rata la Scarlet, después de todo. Había preparado a mi hija toda su vida
para este momento.
Llegamos a eso de las diez de la noche a Andrés Carne de Res, un restaurante en
las afueras de Bogotá, lleno luces psicodélicas y música a todo volumen. No sé por
qué cité a Scarlet ahí, supongo que mi instinto fue recordarle lo bien que la
pasábamos juntos en lugares extraños.
Cuando llegamos, Scarlet estaba en el estacionamiento esperando. Joanne salió
del carro corriendo, Scarlet también corrió hacia ella. Estábamos en la mitad de la
nada, con ese delicado frío andino que convierte la respiración en vapor. Todos
habíamos recorrido tanto para llegar hasta ahí. Era un encuentro tan improbable, tan
inimaginable.
Página 154
Se abrazaron a unos metros de mí. Scarlet la cargó y la cubrió de besos. Lloró
otra vez y la apretó con fuerza, mirándola como quien mira un milagro. Sentí culpa
pero también sentí ese peso, el peso del destino que cada día nos demuestra que no
somos más que pasajeros en un viaje misterioso, a veces doloroso, pero siempre
coherente y dispuesto a que se aprenda de él. La vida no pide permiso para enseñar.
Scarlet se me acercó, llena de dudas, deseando descargar sobre mí la rabia que
había acumulado durante el horror que acababa de vivir.
—Me debes muchas explicaciones —dijo con seriedad.
Yo me encogí de hombros, con humildad… Parte de mí quería disculparse, pero
estaba tan contento, tan agradecido por ese primer momento en el que compartía mi
libertad con los únicos seres queridos que me quedaban en la tierra; que sólo pude
sonreír:
—Tú también me debes unas cuantas —respondí.
Era indudable… No había nada que yo pudiese hacerle que se comparase al
tamaño de su traición. Y sin embargo yo estaba ahí, como siempre, dispuesto a
perdonarla y a darlo todo por compartir mi vida con ella.
Intentó mantener la seriedad todo lo que pudo, pero se le asomó una pequeña
sonrisa…
—Supongo que tienes razón —dijo.
Y sin perder otro instante, la besé con la pasión desenfrenada que llevaba
amarrada a mi alma desde la primera vez que la vi.
Joanne brincó y celebró con alegría. Corrió hacia nosotros, nos abrazó y gritó:
—¡Sándwich familiar!
Se le salían las lágrimas. Por fin tenía padre y madre. Por fin había unido a su
familia.
Página 155
LA PALOMA ROSTIZADA
Pasamos la noche en un hotel bajo perfil en las afueras de Bogotá. Fue tremendo
ejercicio de autocontrol para mí y para Scarlet, pues al estar con la chama, no
podíamos tirar. En parte lo agradecí porque todavía tenía la paloma rostizada, y si la
gringa la veía en ese estado se me podía asustar.
Al día siguiente nos fuimos al aeropuerto, bien temprano. No les voy a decir hacia
dónde decidimos irnos porque ustedes son muy sapos y a mí me andan buscando los
iraníes, los rusos, los chavistas, los opositores, y hasta los gringos.
Pero sí les cuento que antes de montarme miré alrededor, y pensé que quizá sería
la última vez que vería el cielo latinoamericano.
Respiré profundo, agarré el celular e hice la última llamada necesaria:
—Pantera —dije al escuchar su voz.
—¿Cómo está jefe? ¿Dónde anda?
—Estoy bien mi pana, fuera de Venezuela.
—Gracias a Dios.
—Necesito que me ayudes con algo…
—En lo que pueda.
—¿Te acuerdas de la Goldigger?
—Claro.
—Llámala por fa, y dile que me mataron en un enfrentamiento en Valle Hondo.
—¿Así mismo?
—Así mismo, hermano. Voy a desaparecer.
—Pues así lo haré, jefe, que le vaya muy bien. Y que Dios lo bendiga.
—A ti también mi bro. Cuídate mucho. Y gracias por todo.
Colgué y sentí que cerraba el capítulo más doloroso de mi vida. Respiré profundo
como para no olvidar jamás ese momento, y entré al avión.
Scarlet vestía una braga Versace negra con mangas de colores y estaba recostada
comiendo empanadas colombianas. Joanne tenía unos jeans Valentino y una chaqueta
Prada que Scarlet le había traído desde México. Estaba pegada a su iPad viendo a la
Doctora McStuffins en holandés. La nave era un Gulfstream 5 que llegaba a cualquier
parte del mundo.
Y yo… con mi hija, con mi culo y nuestro avión, fugitivos todos pero en libertad
eterna; era el carajo más feliz de la tierra.
Página 156
PANTERA
Doctora
GOLDIGGER
Hola…
PANTERA
Juan me dijo que le diga que está muerto.
GOLDIGGER
El coño de su madre. ¿Y te dijo dónde anda?
PANTERA
Negativo…
GOLDIGGER
Ayer desactivó el chip, el hijo de puta.
PANTERA
¿Cuál chip?
GOLDIGGER
El del culo.
PANTERA
No sabía que Juan era de ustedes… Me hubiese dicho antes y lo hubiese ayudado
de otra manera.
GOLDIGGER
Si te cuento todos los que son,
te mato de angustia.
PANTERA
No lo dudo.
GOLDIGGER
Gracias por avisar.
PANTERA
¿Qué le digo si me vuelve a contactar?
Página 157
GOLDIGGER
Dile que Leopoldo quiere hablar con él.
Continuará…
Página 158