Mario Vargas Llosa - La Fiesta Del Chivo
Mario Vargas Llosa - La Fiesta Del Chivo
«El pueblo celebra con gran entusiasmo la Fiesta del Chivo el treinta de mayo.»
Mataron al Chivo Merengue dominicano
I
II
III
IV
--¿No va a subir a verlo? -dice por fin la enfermera. Urania sabe que la pregunta
pugna por salir de los labios de la mujer desde que, al entrar a la casita de César
Nicolás Penson, ella, en vez de pedirle que la llevara a la habitación del señor Cabral,
se dirigió a la cocina y se preparó un café. Lo paladea a sorbitos desde hace diez
minutos.
--Primero, voy a terminar mi desayuno -responde, sin sonreír, y la enfermera baja la
vista, confundida-. Estoy tomando fuerzas para subir esa escalera.
--Ya sé que hubo un distanciamiento entre usted y él, algo he oído -se disculpa la
mujer, sin saber qué hacer con las manos-. Era sólo por preguntar. Al señor ya le di su
desayuno y lo afeité. Se despierta siempre muy temprano.
Urania asiente. Ahora está tranquila y segura. Examina una vez más la ruindad que la
rodea. Además de deteriorarse la pintura de las paredes, el tablero de la mesa, el
lavador, el armario, todo parece encogido y descentrado. ¿Eran los mismos muebles?
No reconocía nada.
--¿Viene alguien a visitarlo? De la familia, quiero decir.
--Las hijas de la señora Adelina, la señora Lucindita y la señora Manolita vienen
siempre, a eso del mediodía -la mujer, alta, entrada en años, en pantalones debajo del
uniforme blanco, de pie en el umbral de la cocina, no disimula su incomodidad-. su tía
venía a diario, antes. Pero, desde que se quebró la cadera, ya no sale.
La tía Adelina era bastante menor que su padre, tendría unos setenta y cinco años a
lo más. Así que se rompió la cadera. ¿Seguiría tan beata? Era de comunión diaria,
entonces.
--¿Está en su dormitorio? -Urania bebe el último sorbo de café-. Bueno, dónde va a
estar. No, no me acompañe.
Sube la escalera de pasamanos descolorido y sin los maceteros con flores que ella
recordaba, siempre con la sensación de que la vivienda se ha encogido. Al llegar al
piso superior, nota las losetas desportilladas, algunas flojas. Ésta era una casita
moderna, próspera, amueblada con gusto; ha caído en picada, es un tugurio en
comparación con las residencias y condominios que vio la víspera en Bella Vista. Se
detiene ante la primera puerta -éste era su cuarto- y, antes de entrar, toca con los
nudillos un par de veces.
La recibe una luz viva, que irrumpe por la ventana abierta de par en par. La resolana
la ciega unos segundos; después, va delineándose la cama cubierta con una colcha
gris, la cómoda antigua con su espejo ovalado, las fotografías de las paredes -¿cómo
conseguiría la foto de su graduación en Harvard?- y, por último, en el viejo sillón de
cuero de respaldar y brazos anchos, el anciano embutido en un pijama azul Y
Pantuflas. Parece perdido en el asiento. Se ha apergaminado y encogido, igual que la
casa. La distrae un objeto blanco, a los pies de su padre: una bacinilla, medio llena de
orina.
Entonces tenía sus cabellos negros, salvo unas elegantes canas en las sienes; ahora,
los ralos mechones de su calva son amarillentos' sucios. Sus ojos eran grandes,
seguros de sí, dueños del mundo (cuando no estaba cerca el jefe); pero, esas dos
ranuras que la miran fijamente son pequeñitas, ratoniles y asustadizas. Tenía dientes y
ahora no; le deben haber sacado la dentadura postiza (ella pagó la factura hace
algunos años), pues tiene los labios hundidos y las mejillas fruncidas casi hasta
tocarse. Se ha sumido, sus pies apenas rozan el suelo. Para mirarlo ella tenía que
alzar la cabeza, estirar el cuello; ahora, si se pusiera de pie, le llegaría al hombro.
--Soy Urania -murmura, acercándose. Se sienta en la cama, a un metro de su padre-.
¿Te acuerdas de que tienes una hija?
En el viejecillo hay una agitación interior, movimientos de las manitas huesudas,
pálidas, de dedos afilados, que descansan sobre sus piernas. Pero los diminutos
ojillos, aunque no se apartan de Urania, se mantienen inexpresivos.
--Yo tampoco te reconozco -murmura Urania-. No sé por qué he venido, qué hago
aquí.
El viejecillo ha comenzado a mover la cabeza, de arriba abajo, de abajo arriba. Su
garganta emite un quejido áspero, largo, entrecortado, como un canto lúgubre. Pero, a
los pocos momentos se calma, sus ojos siempre clavados en ella.
--La casa estaba llena de libros -Urania ojea las paredes desnudas-. ¿Qué fue de
ellos? Ya no puedes leer, claro. ¿Tenías tiempo de leer, entonces? No recuerdo
haberte visto leyendo nunca. Eras un hombre demasiado ocupado. Yo también ahora,
tanto o más que tú en esa época. Diez, doce horas en el bufete o visitando clientes.
Pero me doy tiempo para leer un rato cada día. Tempranito, viendo amanecer entre los
rascacielos de Manhattan, o, de noche, espiando las luces de esas colmenas de vidrio.
Me gusta mucho. Los domingos leo tres o cuatro horas, después de Meet the Press, en
la tele. La ventaja de haberme quedado soltera, papá. ¿Sabías, no? Tu hijita se quedó
para vestir santos. Así decías tú:
«¡Qué gran fracaso! ¡No pescó marido!». Yo tampoco, papá. Mejor dicho, no quise.
Tuve propuestas. En la universidad. En el Banco Mundial. En el bufete. Figúrate que
todavía se me aparece de pronto un pretendiente. ¡Con cuarenta y nueve años encima!
No es tan terrible ser solterona. Por ejemplo, dispongo de tiempo para leer, en vez de
estar atendiendo al marido, a los hijitos.
Parece que entiende y que, interesado, no osa mover un músculo para no
interrumpirla. Está inmóvil, su pequéño pecho moviéndose acompasado, los ojitos
pendientes de sus labios. En la calle, de rato en rato cruza un automóvil, y pasos,
voces, jirones de conversación, se acercan, suben, bajan y se pierden a lo lejos.
--Mi departamento de Manhattan está lleno de libros -retorna Urania-. Como esta
casa, cuando era niña. De derecho, de economía, de historia. Pero, en mi dormitorio,
sólo dominicanos. Testimonios, ensayos, memorias, muchos libros de historia.
¿Adivinas de qué época? La Era de Trujillo, cuál iba a ser. Lo más importante que nos
pasó en quinientos años. Lo decías con tanta convicción. Es cierto, papá. En esos
treinta y un años cristalizó todo lo malo que arrastrábamos, desde la conquista. En
algunos de esos libros apareces tú, como un personaje. Secretario de Estado,
senador, presidente del Partido Dominicano. ¿Hay algo que no fuiste, papá? Me he
convertido en una experta en Trujillo. En lugar de jugar bridge, golf, montar caballo o ir
a la ópera, mi hobby ha sido enterarme de lo que pasó en esos años. Lástima que no
podamos conversar. Cuántas cosas podrías aclararme, tú que los viviste de bracito
con tu querido jefe, que tan mal pagó tu lealtad. Por ejemplo, me hubiera gustado que
me aclararas si Su Excelencia se acostó también con mi mamá.
Advierte un sobresalto en el anciano. Su cuerpecillo frágil, reabsorbido, ha dado un
bote en el sillón. Urania adelanta la cabeza y lo observa. ¿Es una falsa impresión?
Parece que la escucha, que hiciera esfuerzos por entender lo que ella dice.
--¿Lo permitiste? ¿Te resignaste? ¿Lo aprovechaste para tu carrera?
Urania respira hondo. Examina la habitación. Hay dos fotos en unos marcos de plata,
sobre el velador. La de su primera comunión, el año en que murió su madre. Tal vez
se iría de este mundo con la visión de su hijita envuelta en los tules de ese primoroso
vestido y esa mirada seráfica. La otra foto es de su madre: jovencita, los cabellos
negros separados en dos bandas, las cejas depiladas, los ojos melancólicos y
soñadores. Es una vieja foto amarillenta, algo ajada. Se acerca al velador, se la lleva
a los labios y la besa.
Siente frenar el automóvil a la puerta de la casa. Su corazón da un brinco; sin
moverse del sitio, percibe a través de los visillos los cromos relucientes, la carrocería
lustrosa, los reflejos relampagueantes del lujoso vehículo. Siente los pasos, repica el
llamador dos o tres veces y -hipnotizada, aterrada, sin moverse- oye a la sirvienta
abriendo la puerta. Escucha, sin entender, el breve diálogo al pie de la escalera. Su
enloquecido corazón va a reventar. Los nudillos en la recámara. Jovencita, india, con
cofia, la expresión asustada, la muchacha del servicio asoma por la puerta entreabierta:
--Ha venido a visitarla el Presidente, señora. ¡El Generalísimo, señora!
--Dile que lo siento, pero no puedo recibirlo. Dile que la señora de Cabral no recibe
visitas cuando Agustín no está en casa. Anda, díselo.
Los pasos de la muchacha se alejan, tímidos, indecisos, por la escalera con el
pasamanos lleno de maceteros ardiendo de geranios. Urania pone la foto de su madre
en el velador, vuelve a la esquina de la cama. Arrinconado en el sillón, su padre la mira
alarmado.
--Eso es lo que el jefe hizo con su secretario de Educación, al principio de su
gobierno, y tú lo sabes muy bien, papá. Con el joven sabio, don Pedro Henríquez
Ureña, refinado y genial. Vino a ver a su esposa, mientras él estaba en el trabajo. Ella
tuvo el valor de mandarle decir que no recibía visitas cuando su marido no estaba en
casa. En los comienzos de la Era, todavía era posible que una mujer se negara a
recibir al jefe. Cuando ella se lo contó, don Pedro renunció, partió y no volvió a poner
los pies en esta isla. Gracias a lo cual se hizo tan famoso, como maestro, historiador,
crítico y filólogo, en México, Argentina y España. Una suerte que el jefe hubiera querido
acostarse con su esposa. En esos primeros tiempos, un ministro podía renunciar y no
sufría un accidente, no se caía al precipicio, no lo acuchillaba un loco, no se lo comían
los tiburones. ¿Hizo bien, no te parece? Su gesto lo salvó de volverse lo que tú, papá.
¿Hubieras hecho lo mismo o mirado a otro lado? Como tu odiado y buen amigo, tu
detestado y querido colega, don Froilán, nuestro vecino. ¿Te acuerdas, papá?
El viejecillo se echa a temblar y a quejarse, con aquel canto macabro. Urania espera
que se calme. ¡Don Froilán! Cuchicheaba en la salita, la terraza o el jardín con su
padre, a quien venía a ver varias veces al día en las épocas en que eran aliados en las
luchas intestinas de las facciones trujillistas, luchas que el Benefactor atizaba para
neutralizar a sus colaboradores, manteniéndolos ocupadísimos cuidándose las
espaldas de los puñales de esos enemigos que eran, a la luz pública, sus amigos,
hermanos y correligionarios. Don Froilán vivía en esa casa del frente, en cuyo techo de
tejas hay, en este instante, alineadas en posición de atención, media docena de
palomas. Urania se acerca a la ventana. Tampoco ha cambiado mucho la casa de ese
poderoso señor, también ministro, senador, intendente, canciller, embajador y todo lo
que se podía ser en aquellos años. Nada menos que secretario de Estado, en mayo de
1961, cuando los grandes acontecimientos.
La casa tiene aún la fachada pintada de gris y blanco, pero también se ha enanizado.
Le adosaron un ala de cuatro o cinco metros, que desentona con ese pórtico salido y
triangular, de palacio gótico, donde ella vio muchas veces, al ir o volver del colegio, en
las tardes, la silueta distinguida de la esposa de don Froilán. Apenas la veía, la
llamaba: «¡Urania, Uranita! Ven para acá, deja que te mire, mi amor. ¡Qué ojos,
chiquilla! Tan linda como tu madre, Uranita». Le acariciaba los cabellos con sus manos
bien cuidadas, de uñas largas pintadas de rojo intenso. Ella sentía una sensación
adormecedora cuando esos dedos se deslizaban entre sus cabellos y le sobaban el
cuero cabelludo. ¿Eugenia? ¿Laura? ¿Tenía nombre de flor? ¿Magnolia? Se le ha
borrado. Pero no su cara, su tez nívea, sus ojos sedosos, su silueta de reina. Siempre
parecía vestida de fiesta. Urania la quería, por lo cariñosa que era, por los regalos,
porque la llevaba al Country Club a bañarse en la piscina, y, sobre todo, por haber sido
amiga de su mamá. Imaginaba que, si no se hubiera ido al cielo, su madre sería tan
bella y señorial como la esposa de don Froilán. Él, en cambio, no tenía nada de
apuesto. Bajito, calvo, rechoncho, ninguna mujer hubiera dado un chele por él. ¿Había
sido la urgencia de encontrar marido o el interés lo que la llevó a casarse con él? Es lo
que se pregunta, deslumbrada, al abrir la caja de chocolates envuelta en papel metálico
que la señora le acaba de dar' con un besito en la mejilla, luego de salir a la puerta de
su casa a llamarla -«¡Uranita! Ven, ¡tengo una sorpresa para ti, mi amor!»- cuando la
niña bajaba de la camioneta del colegio. Urania entra a la casa, besa a la señora -viste
un vestido de tul azulado, zapatos de taco, está maquillada como para un baile, con un
collar de perlas y joyas en las manos-, abre el paquete amortajado en papel de fantasía
y anudado con una cinta rosada. Contempla los acicalados bombones, impaciente por
probarlos, pero no se atreve pues ¿no será falta de educación?, cuando el automóvil se
detiene en la calle, muy cerca. La señora da un brinco, uno de esos extraños que
hacen de pronto los caballos como oyendo una orden misteriosa. Se ha puesto pálida
y su voz perentoria: «Tienes que irte». La mano posada en su hombro se crispa, la
aprieta, la empuja hacia la salida. Cuando ella, obediente, levanta su bolsón de
cuadernos y va a partir, la puerta se abre de par en par: la abrumadora silueta del
caballero enfundado en un terno oscuro, puños blancos almidonados y gemelos de oro
sobresaliendo de las mangas de la chaqueta, le cierra el paso. Un señor que lleva
unos espejuelos oscuros y está en todas partes, incluida su memoria. Queda
paralizada, boquiabierta, mirando, mirando. Su Excelencia le dirige una sonrisa
tranquilizadora.
--¿Quién es ésta?
--Uranita, la hija de Agustín Cabral -responde la dueña de casa-. Ya se va.
Y, en efecto, Urania se va, sin siquiera despedirse, por lo impresionada que está.
Cruza la calle, entra a su casa, trepa la escalera y, desde su dormitorio, espía por los
visillos, esperando, esperando que el Presidente vuelva a salir de la casa de enfrente.
--Y tu hija era tan ingenua que no se preguntaba qué venía a hacer el Padre de la
Patria allí cuando don Froilán no estaba en casa -su padre, ahora calmado, la escucha,
o parece que la escucha, sin apartar los ojos-. Tan ingenua que, cuando llegaste del
Congreso, corrí a contártelo. ¡He visto al Presidente, papá! Vino a visitar a la esposa de
don Froilán, papá. ¡La cara que pusiste!
Como si acabaran de comunicarle la muerte de alguien queridísimo. Como si le
diagnosticaran un cáncer. Congestionado, lívido, congestionado. Y, sus ojos,
repasando una y otra vez la cara de la niña. ¿Cómo explicárselo? ¿Cómo alertarla
sobre el peligro que la familia corría?
Los ojillos del inválido quieren abrirse, redondearse. -Hijita, hay cosas que no puedes
saber, que todavía no comprendes. Yo estoy para saberlas por ti, para protegerte.
Eres lo que más quiero en el mundo. No me preguntes por qué, pero tienes que
olvidarlo. No estuviste donde Froilán. Ni viste a su esposa. Y, menos, mucho menos,
a quien soñaste ver. Por tu bien, hijita. Y por el mío. No lo repitas, no lo cuentes. ¿Me
prometes? ¿Nunca? ¿A nadie? ¿Me lo juras?
--Te lo juré -dice Urania-. Pero, ni siquiera por ésas malicié nada. Tampoco cuando
amenazaste a los sirvientes que si repetían esa invención de la niña, perderían su
trabajo. Así era de inocente. Cuando descubrí para qué visitaba el Generalísimo a sus
señoras, los ministros ya no podían hacer lo que Henríquez Ureña. Como don Froilán,
debían resignarse a los cuernos. Y, puesto que no había alternativa, sacarles
provecho. ¿Lo hiciste? ¿Visitó el jefe a mi mamá? ¿Antes de que yo naciera? ¿Cuando
estaba muy chiquita para recordarlo? Lo hacía cuando las esposas eran bellas. Mi
mamá lo era ¿no? Yo no recuerdo que viniera, pero pudo venir antes. ¿Qué hizo mi
mamá? ¿Se resignó? ¿Se alegró, orgullosa de ese honor? Ésa era la norma ¿verdad?
Las buenas dominicanas agradecían que el jefe se dignara tirárselas. ¿Te parece una
vulgaridad? Pero si ése era el verbo que usaba tu querido jefe.
Sí, ése. Urania lo sabe, lo ha leído en su abundante biblioteca sobre la Era. Trujillo,
tan cuidadoso, refinado, elegante en el hablar -un encantador de serpientes cuando se
lo proponía-, de pronto, en las noches, luego de unas copas de brandy español Carlos
I, podía soltar las palabras más soeces, hablar como se habla en un central azucarero,
en los bateyes, entre los estibadores del puerto sobre el Ozaina, en los estadios o en
los burdeles, hablar como hablan los hombres cuando necesitan sentirse más machos
de lo que son. En ocasiones, el jefe podía ser bárbaramente vulgar y repetir las
rechinantes palabrotas de su juventud, cuando era mayordomo de haciendas en San
Cristóbal o guardia constabulario. Sus cortesanos las celebraban con el mismo
entusiasmo que los discursos que le escribían el senador Cabral y el Constitucionalista
Beodo. Llegaba a jactarse de las «hembras que se había tirado», algo que también
celebraban los cortesanos, aun cuando ello los hiciera potenciales enemigos de doña
María Martínez, la Prestante Dama, y aun cuando aquellas hembras fueran sus
esposas, hermanas, madres o hijas. No era una exageración de la calenturienta
fantasía dominicana, irrefrenable para aumentar las virtudes y los vicios y potenciar
0303 las anécdotas reales hasta volverlas fantásticas. Había historias inventadas,
aumentadas, coloreadas por la vocación truculenta de sus compatriotas. Pero, la de
Barahona debió ser cierta. Ésa, Urania no la ha leído, la ha oído (sintiendo náuseas),
contada por alguien que estuvo siempre cerca, cerquísima, del Benefactor.
--El Constitucionalista Beodo, papá. Si, el senador Henry Chirinos, el judas que te
traicionó. De su jeta la oí. ¿Te asombra que yo estuviera con él? No tuve más remedio,
como funcionaria del Banco Mundial. El director me pidió que lo representara en
aquella recepción de nuestro embajador. Mejor dicho, el embajador del Presidente
Balaguer. Del gobierno democrático y civil del Presidente Balaguer. Chirinos lo hizo
mejor que tú, papá. Te sacó del camino, nunca
cayó en desgracia con Trujillo y al final se viró y se acomodó con la democracia pese a
haber sido tan trujillista como tu.
Allí estaba, en Washington, más feo que nunca, inflado como un sapo, atendiendo a los
invitados y bebiendo como una esponja. Dándose el lujo de entretener a los
comensales con anécdotas sobre la Era de Trujillo. ¡Él!
El inválido ha cerrado los ojos. ¿Se quedó dormido? Apoya la cabeza en el espaldar y
tiene abierta la boquita fruncida y vacía. Está más delgado y vulnerable así; por la bata
de levantarse, se divisa un pedazo de pecho lampiño, de Piel blanquecina, en la que
apuntan los huesos. Respira a un ritmo parejo. Sólo ahora nota que su padre está sin
medias; sus empeines y tobillos son los de un niño.
No la ha reconocido. ¿Cómo hubiera podido imaginar que esa funcionaria del Banco
Mundial, que le transmite en inglés el saludo del director, es la hija de su antiguo colega
y compinche, Cerebrito Cabral? Urania se las arregla para mantenerse a distancia del
embajador después de aquel saludo protocolar, cambiando banalidades con gentes
que están también allí, como ella, obligados por sus cargos. Pasado un rato, se
dispone a partir. Se acerca a la rueda que escucha al embajador de la democracia,
pero lo que éste cuenta la ataja. Piel ceniza y granujiento, fauces de fiera apoplética,
triple papada, vientre elefantiásico a punto de reventar el terno azul, con chaleco de
fantasía y corbata roja, en que está cinchado, el embajador Chirinos dice que aquello
ocurrió en Barahona, en la época final, cuando Trujillo, en una de esas fanfarronadas a
las que era aficionado, anunció, para dar el ejemplo y activar la democracia
dominicana, que él, retirado del gobierno (había puesto de Presidente fantoche a su
hermano Héctor Bienvenido, apodado Negro), postularía, no a la Presidencia, sino a
una oscura gobernación de provincia. ¡Y como candidato de la oposición
El embajador de la democracia resopla, toma aliento, espía con sus ojitos muy juntos
el efecto de sus palabras. «Dense cuenta, caballeros, ironiza: «¡Trujillo, candidato de la
oposición a su propio régimen!». Sonríe y prosigue, explicando que, en esa campaña
electoral, don Froilán Arala, uno de los brazos derechos del Generalísimo, pronunció un
discurso exhortando al jefe a presentarse, no a la gobernación sino a lo que seguía
siendo en el corazón del pueblo dominicano: Presidente de la República. Todos
creyeron que don Froilán seguía instrucciones del Jefe. No era así. O, al menos -el
embajador Chirinos bebe el último trago de whisky con un brillo malévolo en los ojos-,
ya no era así esa noche, pues, también podía ser que don Froilán hubiera hecho lo que
el jefe ordenó y que éste cambiara de opinión y decidiera mantener unos días más la
farsa. Así lo hacía a veces, aunque dejara en el ridículo a sus más talentosos
colaboradores. La cabeza de don Froilán Arala luciría una barroca cornamenta, pero,
también, sesos eximios. El Jefe lo penalizó por ese discurso hagiográfico como solía
hacerlo: humillándolo donde más podía dolerle, en su honor de varón.
Toda la sociedad lugareña estuvo en la recepción ofrecida al jefe por la directiva del
Partido Dominicano de Barahona, en el club. Se bailó y se bebió. De pronto, el jefe,
muy alegre, ya tarde, ante un vasto auditorio de hombres solos -militares de la
Fortaleza local, ministros, senadores y diputados que lo acompañaban en la gira,
gobernadores y prohombres- a los que había estado entreteniendo con recuerdos de
su primera gira política, tres décadas atrás, adoptando esa mirada sentimental,
nostálgica, que ponía de pronto al final de las fiestas, como cediendo a un arrebato de
debilidad, exclamó:
--Yo he sido un hombre muy amado. Un hombre que ha estrechado en sus brazos a
las mujeres más bellas de este país. Ellas me han dado la energía para enderezarlo.
Sin ellas, jamás hubiera hecho lo que hice. (Elevó su copa a la luz, examinó el líquido,
comprobó su transparencia, la nitidez de su color.) ¿Saben ustedes cuál ha sido la
mejor, de todas las hembras que me tiré? («Perdonen, mis amigos, el tosco verbo», se
disculpó el diplomático, «cito a Trujillo textualmente».) (Hizo otra pausa, aspiró el
aroma de su copa de brandy. La cabeza de cabellos plateados buscó y encontró, en el
círculo de caballeros que escuchaba, la cara lívida y regordeta del ministro. Y terminó.
¡La mujer de Froilán!
Urania hace una mueca, asqueada, como la noche aquella en que oyó al embajador
Chirinos añadir que don Froilán había heroicamente sonreído, reído, festejado con los
otros, la humorada del Jefe. «Blanco como el papel, sin desmayarse, sin caer
fulminado por un síncope», precisaba el diplomático.
--¿Cómo era posible, papá? Que un hombre como Froilán Arala, culto, preparado,
inteligente, llegara a aceptar eso. ¿Qué les hacía? ¿Qué les daba, para convertir a don
Froilán, a Chirinos, a Manuel Alfonso, a ti, a todos sus brazos derechos e izquierdos, en
trapos sucios?
No lo entiendes, Urania. Hay muchas cosas de la Era que has llegado a entender;
algunas, al principio, te parecían Inex tricables, pero, a fuerza de leer, escuchar, cotejar
y pensar, has llegado a comprender que tantos millones de personas, machacadas por
la propaganda, por la falta de información, embrutecidas por el adoctrinamiento, el
aislamiento, despojadas de libre albedrío, de voluntad y hasta de curiosidad por el
miedo y la práctica del servilismo y la obsecuencia, llegaran a divinizar a Trujillo. No
sólo a temerlo, sino a quererlo, como llegan a querer los hijos a los padres autoritarios,
a convencerse de que azotes y castigos son por su bien. Lo que nunca has llegado a
entender es que los dominicanos más preparados, las cabezas del país, abogados,
médicos, ingenieros, salidos a veces de muy buenas universidades de Estados Unidos
o de Europa, sensibles, cultos, con experiencia, lecturas, ideas, presumiblemente un
desarrollado sentido del ridículo, sentimientos, pruritos, aceptaran ser vejados de
manera tan salvaje (lo fueron todos alguna vez) como esa noche, en Barahona, don
Froilán Arala.
--Lástima que no puedas hablar -repite, volviendo al presente-. Trataríamos de
entenderlo, juntos. ¿Qué hizo que don Froilán guardase una lealtad perruna a Trujillo?
Fue leal hasta lo último, como tú. No participó en la conspiración, ni tú tampoco.
Siguió lamiendo la mano del Jefe después de que éste se jactara en Barahona de
haberse tirado a su mujer. Al Jefe que lo tuvo dando vueltas por América del Sur,
visitando gobiernos, como canciller de la República, de Buenos Aires a Caracas, de
Caracas a Río o Brasilia, de Brasilia a Montevideo, de Montevideo a Caracas, sólo para
seguir tirándose con toda tranquilidad a nuestra bella vecina.
Es una imagen que asedia a Urania hace mucho tiempo, que le da risa y la indigna.
La del secretario de Estado de Relaciones Exteriores de la Era subiendo y bajando de
aviones, recorriendo las capitales sudamericanas, obedeciendo órdenes perentorias
que lo esperaban en cada aeropuerto, para que continuara esa trayectoria histérica,
atosigando gobiernos con pretextos vacuos. Y sólo para que no volviera a Ciudad
Trujillo mientras el jefe le singaba a su mujer. Lo contaba el propio Crassweller, el más
conocido biógrafo de Trujillo. De manera que todos lo sabían, don Froilán también.
--¿Valía la pena, papá? ¿Era por la ilusión de estar disfrutando del poder? A veces
pienso que no, que medrar era lo secundario. Que, en verdad, a ti, a Arala, a Pichardo,
a Chirinos, a Alvarez Pina, a Manuel Alfonso, les gustaba ensuciarse. Que Trujillo les
sacó del fondo del alma una vocación masoquista, de seres que necesitaban ser
escupidos, maltratados, que sintiéndose abyectos se realizaban.
El inválido la mira sin pestañear, sin mover los labios, ni las diminutas manecitas que
tiene sobre las rodillas. Se diría una momia, un hombrecito embalsamado, un
muñequito de cera. Su bata está descolorida y, en partes, deshilachada. Debe ser
muy vieja, de diez o quince años atrás. Tocan a la puerta. Dice «Adelante» y asoma la
enfermera, trayendo un platito con pedazos de mango cortados en forma de
medialunas y una papilla de manzana o plátano.
--A media mañana le doy siempre algo de fruta -explica, sin entrar-. El doctor dice
que no debe tener muchas horas el estómago vacío. Como apenas se alimenta, hay
que darle algo tres o cuatro veces al día. De noche, sólo un caldito. ¿Puedo?
--si, pase.
Urania mira a su padre y sus ojos siguen en ella; no se vuelven a mirar a la enfermera
ni siquiera cuando ésta, sentada frente a él, comienza a darle cucharaditas de su
refrigerio. -¿Dónde está su dentadura postiza?
--Tuvimos que quitársela. Como ha enflaquecido tanto, le hacía sangrar las encías.
Para lo que toma, calditos, fruta cortada, purés y cosas batidas, no le hace falta.
Durante un buen rato, permanecen en silencio. Cuando el inválido termina de tragar,
la enfermera le acerca la cuchara a la boca y espera, paciente, que el anciano la abra.
Entonces, con delicadeza, le da el siguiente bocado. ¿Lo hará así siempre? ¿O esa
delicadeza se debe a la presencia de su hija?
Seguramente. Cuando está a solas con él, lo reñirá, pellizcará, como las niñeras con
los niños que no hablan, cuando la mamá no las ve.
--Dele unos bocaditos -dice la enfermera-. Él está queriendo eso. ¿No, don Agustín?
¿Quiere que su hija le dé la papita, verdad? Sí, sí, le gustaría. Dele unos bocaditos
mientras bajo a buscar el vaso de agua, que se me olvidó.
Deposita el plato a medio acabar en manos de Urania, quien lo recibe de manera
maquinal, y se va, dejando abierta la puerta. Luego de unos instantes de vacilación)
Urania le acerca a la boca una cuchara con una rajita de mango. El inválido, que aún
no le quita los ojos de encima, cierra la boca, frunciendo los labios, como un niño difícil.
VI
A la tercera vez que Urania insiste con el bocado, el inválido abre la boca. Cuando la
enfermera vuelve con el vaso de agua, el señor Cabral, relajado y como distraído,
acepta dócilmente los bocaditos de papilla que le da su hija y bebe a sorbitos medio
vaso de agua. Unas gotitas se le escurren por las comisuras hasta el mentón. La
enfermera lo seca con cuidado.
--Muy bien, muy bien, se comió su fruta como niño bueno -lo felicita-. Está contento
con la sorpresa que le dio su hija ¿verdad, señor Cabral?
El inválido no se digna mirarla.
--¿Se acuerda usted de Trujillo? -le pregunta Urania, a boca de jarro.
La mujer la mira desconcertada. Es ancha de caderas, agestada, de ojos saltones.
Tiene el pelo de un rubio oxidado cuyas raíces oscuras delatan el tinte. Reacciona, por
fin:
--Qué me voy a acordar, yo tenía cuatro o cinco añitos cuando lo mataron. No me
acuerdo de nada, sólo lo que oí en mi casa. Su papá fue muy importante en esa
época, ya lo sé.
Urania asiente.
--Senador, ministro, todo -murmura-. Pero, al final, cayó en desgracia.
El anciano la mira, alarmado.
--Bueno, bueno -trata de hacerse simpática la enfermera-. Sería un dictador y lo que
digan, pero parece que no se cometían tantos crímenes. ¿No es cierto, señorita?
--Si mi padre puede entenderla, estará feliz oyéndola.
--Claro que me entiende -dice la enfermera, ya en la puerta-. ¿Verdad, señor Cabral?
Su papá y yo tenemos largas conversaciones. Bueno, me llama si me necesita.
Sale, cerrando la puerta.
Tal vez era verdad que, debido a los desastrosos gobiernos posteriores, muchos
dominicanos añoraban ahora a Trujillo. Habían olvidado los abusos, los asesinatos, la
corrupción, el espionaje, el aislamiento, el miedo: vuelto mito el horror. «Todos tenían
trabajo y no se cometían tantos crímenes.»
--Se cometían, papá -busca los ojos del inválido, quien se pone a pestañear-. No
entrarían tantos ladrones a las casas, ni habría tantos asaltantes en las calles
arrancando carteras, relojes y collares a los transeúntes. Pero, se mataba, se
golpeaba, se torturaba y se desaparecía. incluso, a la gente más allegada al régimen.
Por ejemplo, el hijito, el bello Ramfis, cuántos abusos cometió. ¡Cómo temblabas de
que me fuera a echar el ojo!
Su padre no sabía, porque Urania nunca se lo dijo, que ella y sus compañeras del
Colegio Santo Domingo, y tal vez todas las muchachas de su generación, soñaban con
Ramfis. Con su bigotito recortado de galán de película mexicana, sus anteojos Ray-
Ban, sus ternos entallados y sus variados uniformes de jefe de la Aviación Dominicana,
sus grandes ojos oscuros, su atlética silueta, sus relojes y anillos de oro puro y sus
Mercedes Benz, parecía el favorito de los dioses: rico, poderoso, apuesto, sano, fuerte,
feliz. Lo recuerdas muy bien: cuando las sisters no podían verlas ni oírlas, tú y tus
compañeras se mostraban sus colecciones de fotos de Ramfis Trujillo, de civil, de
uniforme, en ropa de baño, de corbata, de sport, de etiqueta, en traje de montar,
dirigiendo el equipo de polo dominicano o sentado al mando de su avión. Se
inventaban haberlo visto, hablado con él en el club, en la feria, en la fiesta, en el desfile,
en la kermesse, y, cuando ya se atrevían a decir estas cosas -ruborizadas, asustadas,
sabiendo que era pecar de palabra y pensamiento y que tendrían que confesarlo al
capellán- se secreteaban, qué lindo, qué hermoso, ser amadas, besadas, abrazadas,
acariciadas por Ramfis Trujillo.
--No te imaginas cuántas veces me soñé con él, papá.
Su padre no se ríe. Ha vuelto a dar un brinquillo y abierto mucho los ojos al oír el
nombre del hijo mayor de Trujillo. El preferido y, por eso mismo, su peor decepción. El
Padre de la Patria Nueva hubiera querido que su primogénito -«¿Era hijo suyo, papá?»-
tuviera su apetito de poder y fuera tan enérgico y ejecutivo como él. Pero Ramfis no le
había heredado ninguna de sus virtudes ni defectos, salvo, quizás, el frenesí
fornicatorio, la necesidad de tumbar mujeres en la cama para convencerse de su
virilidad. Carecía de ambición política, de toda ambición, y era indolente, propenso a
las depresiones, a la introversión, neurótico, asediado por complejos, angustias y
retorcimientos, con una conducta zigzagueante de explosiones histéricas y largos
períodos de abulia que ahogaba en drogas y alcohol.
--¿Sabes lo que dicen los biógrafos del jefe, papá? Que se volvió así cuando supo
que, al nacer él, su madre no estaba aún casada con Trujillo. Que comenzó a tener
depresiones al enterarse de que su verdadero padre era el doctor Dominici, o ese
cubano al que Trujillo mandó matar, el primer amante de doña María Martínez, cuando
ésta no soñaba en ser la Prestante Dama y era una mujercita de medio Pelo y dudoso
vivir, apodada la Españolita. ¿Te estás riendo? ¡No me lo creo!
Es posible que se esté riendo. También, que sea un mero aflojamiento de sus
músculos faciales. En todo caso, no es la cara de alguien que se divierte; más bien, la
de quien acaba de bostezar o aullar y ha quedado desmandibulado, los ojos
entornados, las narices dilatadas y las fauces abiertas, mostrando un hueco oscuro,
desdentado.
--¿Quieres que llame a la enfermera?
El inválido cierra la boca, distiende el rostro y recupera la expresión atenta y
alarmada. Permanece encogido, quieto, esperando. A Urania la distrae una súbita
chillería de cotorras, que alborota la habitación. Cesa tan pronto como empezó. Hay
un sol espléndido; alancea techos y cristales y empieza a calentar el cuarto.
--¿Sabes una cosa? Con todo el odio que le tuve, que le sigo teniendo a tu jefe, a su
familia, a todo lo que huela a Trujillo, la verdad, cuando pienso en Ramfis, o leo sobre
el, no puedo dejar de sentir pena, compasión.
Había sido un monstruo, como toda esa familia de monstruos. ¿Qué otra cosa hubiera
podido ser, siendo hijo de quien era, criado y educado como lo fue? ¿Qué otra cosa
hubiera podido ser el hijo de Heliogábalo, el de Calígula, el de Nerón? ¿Qué otra cosa
podía ser un niño nombrado a los siete años, por ley -«¿Tú la presentaste en el
Congreso o el senador Chirinos, papá?», coronel del Ejército dominicano, y, a los diez,
ascendido a general, en una ceremonia pública, a la que debió asistir el cuerpo
diplomático y en la que todos los jefes militares le rindieron honores? Urania tiene
grabada aquella foto, del álbum que su padre guardaba en una alacena de la sala -
¿estará todavía allí?- en la que el atildado senador Agustín Cabral («¿O eras ministro
en ese momento, papá?»), de impecable frac, bajo un sol rechinante, doblado en
respetuosa venia presenta sus saludos al niño uniformado de general, que de pie sobre
un pequeño podio entoldado acaba de pasar revista al desfile militar y recibe, en fila, la
felicitación de ministros, parlamentarios y embajadores. Al fondo de la tribuna, los
rostros complacidos del Benefactor y la Prestante Dama, la orgullosa mamá.
--¿Qué otra cosa podía ser sino el zángano, el borrachín, el violador, el badulaque, el
bandido, el desequilibrado que fue? Nada de eso sabíamos yo y mis amigas del Santo
Domingo cuando andábamos enamoradas de Ramfis. Tú sí lo sabrías, papá. Por eso
te asustaba que fuera a verme, a antojarse de tu hijita, por eso te pusiste como te
pusiste la vez que me hizo un cariño y echó un piropo. ¡Yo no entendí nada!
El inválido pestañea, dos, tres veces.
Porque, a diferencia de sus compañeras cuyos corazoncitos palpitan por Ramfis
Trujillo y se inventan que lo han visto y hablado con él, que les ha sonreído y
piropeado, a Urania sí le ocurrió. Durante la inauguración del magno acontecimiento
que celebra los veinticinco años de la Era de Trujillo: la Feria de la Paz y la
Confraternidad del Mundo Libre, que, desde el 20 de diciembre de 1955, duraría todo el
año 1956, y costaría -«Nunca se supo la cifra exacta, papá»- entre veinticinco y setenta
millones de dólares, entre la cuarta parte y la mitad del presupuesto nacional. Urania
tiene muy vívidas aquellas imágenes, la excitación, la sensación de maravilla que bañó
al país entero con aquella feria memorable: Trujillo se festejaba a sí mismo, trayendo a
Santo Domingo («A Ciudad Trujillo, perdón, papá») la orquesta de Xavier Cugat, las
coristas del Lido de París, las patinadoras norteamericanas del Ice Capades, y
construyendo, en los ochocientos mil metros cuadrados del recinto ferias, setenta y un
edificios, algunos de mármol, alabastro y ónix, para albergar a las delegaciones de los
cuarenta y dos países del Mundo Libre que acudieron, ramillete de personalidades
entre las que destacaban el Presidente del Brasil, Juscelino Kubitschek, y la púrpura
silueta del cardenal Francis Spellman, arzobispo de New York. Los hechos cumbre de
aquella conmemoración fueron el ascenso de Ramfis, por sus brillantes servicios al
país, al grado de teniente general, y la entronización de Su Graciosa Majestad Angelita
I, Reina de la Feria, que llegó allí en barco, anunciada por las sirenas de toda la Marina
y el repiqueteo de campanas de todas las iglesias de la capital, con su corona de
piedras preciosas y su delicado vestido de gasa y encaje confeccionado en Roma por
dos célebres modistas, las hermanas Fontana, que utilizaron en él cuarenta y cinco
metros de armiño ruso, cuya cola tenía tres metros de largo y cuya toga imitaba la que
llevó Isabel I de Inglaterra en su coronación. Entre las damitas y los pajes, con un
primoroso vestido largo de organdí, guantes de seda y un puñado de rosas en la mano,
entre otras niñas y jóvenes selectas de la sociedad dominicana, está Urania. Es el paje
más joven de la corte de capullos que escolta a la hija de Trujillo bajo el sol triunfal,
entre esa muchedumbre que aplaude al poeta y secretario de Estado de la Presidencia,
don Joaquín Balaguer, cuando hace el elogio de Su Majestad Angelita I y pone a los
pies de su gracia y belleza al pueblo dominicano. Sintiéndose una mujercita, Urania
oye a su padre, vestido de etiqueta, leer un panegírico de los logros en estos
veinticinco años, alcanzados gracias a la tenacidad, visión y patriotismo de Trujillo. Es
inmensamente feliz. («Nunca volví a serlo tanto como ese día, papá.») Se cree el
centro de la atención. Ahora, en el corazón de la feria, se desvela la estatua en bronce
de Trujillo, de chaqué y toga académica, en la mano diplomas profesorales. De pronto
-broche de oro de aquella mañana mágica- Urania descubre, a su lado, mirándola con
sus ojos sedosos, a Ramfis Trujillo, en su uniforme de gran parada.
--¿Y esta chiquilla tan linda quién es? -le sonríe el flamante teniente general. Urania
siente unos dedos cálidos, delgados, levantándole el mentón-. ¿Cómo tú te llamas?
--Urania Cabral -balbucea ella, con el corazón desbocado.
«Qué linda eres, y, sobre todo, qué linda vas a ser», se inclina Ramfis, y sus labios
besan la mano de la niña que escucha el alboroto, los suspiros, las bromas con que la
festejan los otros pajes y damitas de Su Majestad Angelita I. El hijo del Generalísimo se
ha marchado. Ella no cabe en sí de gozo. Qué dirán sus amigas cuando sepan que
Ramfis, nada menos que Ramfis, la ha llamado linda, le ha cogido la mejilla y besado la
mano, como a una mujercita.
--Qué disgusto te dio cuando te lo conté, papá. Qué furia. Tiene gracia ¿verdad?
Aquel enfado de su padre al enterarse de que Ramfis la había tocado, hizo sospechar
a Urania por primera vez que, acaso, no todo era tan perfecto en la República
Dominicana como decían todos, en especial el senador Cabral.
--Qué tiene de malo que me dijera linda y me hiciera un cariño, papá.
--Todo lo malo del mundo -eleva la voz su padre, asustándola, pues él jamás la
amonesta con ese índice apodíctico sobre su cabeza-. ¡Nunca más! óyelo bien,
Uranita. Si se te acerca, sal corriendo. No lo saludes, no le hables. Escapa. Es por tu
bien.
--Pero, pero... -la niña está hecha un mar de confusión.
Acaban de regresar de la Feria de la Paz y la Confraternidad del Mundo Libre, ella
todavía con su primoroso vestido de damita de compañía de Su Majestad Angelita I, Y
su padre con el frac con el que ha pronunciado su discurso delante de Trujillo, del
Presidente Negro Trujillo y los diplomáticos, ministros, invitados y millares de millares
de personas que anegan las avenidas, calles y edificios embanderados de la feria. ¿Por
qué se ha puesto así?
--Porque Ramfis, ese muchacho, ese hombre es... malo -su padre hace esfuerzos por
no decir todo lo que quisiera-. Con las muchachas, con las niñas. No lo repitas a tus
amigas del colegio. A nadie. Te lo digo a ti, porque eres mi hija. Es mi obligación.
Debo cuidarte. Por tu bien, Uranita, ¿lo comprendes? Sí, para eso eres inteligente. No
dejes que se te acerque, que te hable. Si lo ves, corre donde yo esté. A mi lado, no te
hará nada.
No entiendes, Urania. Eres pura como un lirio, sin malicia todavía. Te dices que tu
padre está celoso. No quiere que nadie más te haga cariños ni te diga linda, sólo él.
Aquella reacción del senador Cabral indica que, para entonces, el apuesto Ramfis, el
romántico Ramfis, ha comenzado a hacer aquellas barrabasadas con las niñas, las
muchachas y las mujeres que abultarán su fama, una fama que todo dominicano, bien
nacido o mal nacido, aspira a alcanzar. Gran Singador, Macho Cabrío, Feroz
Fornicador. Te irás enterando a pocos, en las clases y patios del Santo Domingo, el
colegio de las niñas bien, de sisters dominicas norteamericanas y canadienses, de
uniforme moderno, cuyas alumnas no parecen novicias pues las visten de rosado, azul
y blanco, y llevan medias gordas y zapatos de dos tonos (blanco y negro), que les dan
un aire deportivo y de su tiempo. Pero, ni siquiera ellas están a salvo, cuando Ramfis
sale en sus correrías, solo o con sus amigotes, en busca de hembritas por las calles,
los parques, los clubs, las boites o las casas particulares de su gran feudo que es
Quisqueya. ¿A cuántas dominicanas sedujo, secuestró, violó, el bello Ramfis? A las
criollas no les regala Cadillacs ni abrigos de visón, como a las artistas de Hollywood,
después de tirárselas o para tirárselas. Porque, a diferencia de su pródigo padre, el
buen mozo Ramfis es, como doña María, un avaro. A las dominicanas se las tira gratis,
por el honor de ser tiradas por el príncipe heredero, el capitán del invicto equipo de polo
del país, el teniente general, el jefe de la Aviación.
De todo aquello vas sabiendo a través de los secreteos y chismografías, fantasías y
exageraciones mezcladas Con realidades, que, a escondidas de las sisters, cambian
las alumnas en los recreos, creyendo y no creyendo, atraída y repelida, hasta que, por
fin, ocurre aquel terremoto en el colegio, en Ciudad Trujillo, porque la víctima del hijito
de su papá es, esta vez, una de las muchachas más bellas de la sociedad dominicana,
hija de un coronel del Ejército. La radiante Rosalía Perdomo, de largos cabellos rubios,
ojos celestes, piel traslúcida, que hace de Virgen María en las representaciones de la
Pasión, derramando lágrimas como una genuina Dolorosa cuando su Hijo expira.
Corren muchas versiones sobre lo sucedido. Que Ramfis la conoció en una fiesta, que
la vio en el Country Club, en una kermesse, que le echó el ojo en el Hipódromo, la
asedió, llamó, escribió y citó, aquella tarde del viernes, luego de la hora de deportes a
la que Rosalía se quedaba pues era del equipo de voleibol del colegio. Muchas
compañeras la ven, a la salida -Urania no recuerda si la vio, no es imposible-, en vez
de tomar la guagua del colegio, subirse al auto de Ramfis, que está a pocos metros de
la puerta, esperándola. No va solo. El hijito de su papá nunca va solo, siempre lo
acompañan dos o tres amigos que lo festejan, adulan, sirven y medran a su costa.
Como su cuñadito, el marido de Angelita, Pechito, otro pimpollo, el coronel Luis José
León Estévez. ¿Estará con ellos el hermanito menor? ¿El feíto, el brutito, el
desangelado Radhamés? Seguramente. ¿Borrachos ya? ¿O se emborrachan mientras
hacen lo que hacen con la dorada, la nívea Rosalía Perdomo? Sin duda, no se esperan
que la niña se desangre. Entonces, se portan como caballeros. Antes, la violan. A
Ramfis, siendo quien es, le corresponderá desflorar el delicioso manjar. Después, los
otros. ¿Por orden de antigüedad o cercanía con el primogénito? ¿Se juegan los turnos
a la suerte? ¿Cómo sería, papá? Y, en pleno cargamontón, los sorprende la
hemorragia.
En vez de tirarla en una cuneta, en medio del campo, como hubieran hecho si Rosalía
no fuera una Perdomo, niña blanca, rubia, rica y de respetada familia trujillista, sino una
muchacha sin apellido y sin dinero, actúan con consideración. La llevan hasta la puerta
del Hospital Marión, donde, ¿suerte o desgracia para Rosalía?, los médicos la salvan.
También propagan la historia. Dicen que el pobre coronel Perdomo nunca se recupera
de la impresión de saber que a su hija adorada Ramfis Trujillo y sus amigos la
ultrajaran alegremente, entre el almuerzo y la cena, como quien mata su tiempo viendo
una película. Su madre no vuelve a pisar la calle, malograda de la vergüenza y el
dolor. Ni en misa se los vuelve a ver.
--¿Eso temías, papá? -Urania persigue los ojos del inválido- ¿Que Ramfis y sus
amigos me hicieran lo que a Rosalía Perdomo?
«Entiende», piensa, callándose. Su padre tiene los ojos clavados en ella; en el fondo
de sus pupilas hay una súplica silenciosa: cállate, deja de escarbar esas llagas, de
resucitar esos recuerdos. No tiene la menor intención de hacerlo. ¿No has venido para
eso a este país al que habías jurado no volver? -sí, papá, a eso debo haber venido -
dice, en voz tan baja que apenas alcanza a oírse. A hacerte pasar un mal rato.
Aunque, con el ataque cerebral, tomaste tus precauciones. Arrancaste de tu memoria
las cosas desagradables. ¿También lo mío, lo nuestro, lo borraste? Yo, no. Ni un día.
Ni uno solo de estos treinta y cinco años, papá. Nunca olvidé, ni te perdoné. Por eso,
cuando me llamabas a la Siena Heights University, o a Harvard, oía tu voz y colgaba,
sin dejarte terminar. «Hijita, ¿eres tú ... », clic. «Uranita, escúchame...», clic. Por eso,
jamás te contesté una carta. ¿Me escribiste cien? ¿Doscientas? Todas las rompí o
quemé. Eran bastante hipócritas, tus cartitas. Hablabas dando rodeos, con alusiones,
no fueran a caer bajo ojos ajenos, no fueran otros a enterarse de esa historia. ¿Sabes
por qué nunca pude perdonarte? Porque nunca lo lamentaste de verdad. Luego de
tantos años de servir al jefe, habías perdido los escrúpulos, la sensibilidad, el menor
asomo de rectitud. Igual que tus colegas. Igual que el país entero, tal vez. ¿Era ése el
requisito para mantenerse en el poder sin morirse de asco? Volverse un desalmado, un
monstruo como tu jefe. Quedarse frescos y contentos como el bello Ramfis después de
violar y dejar desangrándose en el Hospital Marión a Rosalía.
La niña Perdomo no volvió al colegio, desde luego, pero su delicada carita de Virgen
María siguió habitando las aulas, los pasillos y los patios del Santo Domingo, los
chismorreos, susurros, fantasías que su desventura provocó, semanas, meses, pese a
que las sisters habían prohibido que se pronunciara siquiera el nombre de Rosalía
Perdomo. Pero, en los hogares de la sociedad dominicana, aun en las familias más
trujillistas, ese nombre reaparecía una y otra vez, ominosa premonición, aviso de
espanto, sobre todo en las casas con niñas y señoritas en edad de merecer, y la
historia atizaba el miedo de que el bello Ramfis (¡que era, además, casado con la
divorciada Octavia -Tantana- Ricart!) fuera de pronto a descubrir a la niña, a la
muchacha, y a darse con ella una de esas fiestas de heredero consentido que
celebraba de tanto en tanto con quien se le antojaba, porque ¿quién iba a tomar
cuentas al hijito mayor del jefe y a su círculo de favoritos?
--Fue a raíz de Rosalía Perdomo que tu jefe mandó a Ramfis a la academia militar, en
Estados Unidos, ¿no, papá?
A la Academia Militar de Fort Leavenworth, Kansas City, en 1958. Para tenerlo un par
de añitos lejos de Ciudad Trujillo, donde la historia de Rosalía Perdomo, decían, había
Irritado incluso a Su Excelencia. No por razones morales, sino prácticas. Este
muchacho imbécil, en vez de irse empapando de los asuntos, preparándose como
primogénito del Jefe, dedicaba su existencia a la disipación, al polo, a emborracharse
con una corte de vagos y parásitos y hacer gracias como violar y desangrar a la niña de
una de las familias más leales a Trujillo. Engreído, malcriado muchacho. ¡A la
Academia Militar de Fort Leavenworth, en Kansas City!
Una risa histérica hace presa de Urania y el inválido vuelve a subsumirse, como
queriendo desaparecer dentro de sí, desconcertado por esa carcajada súbita. Urania
se ríe de tal modo que sus ojos se llenan de lágrimas. Se las seca con el pañuelo.
El remedio fue peor que la enfermedad. En vez de castigo, resultó un premio aquel
viajecito a Fort Leavenworth del bello Ramfis.
Debió ser cómico, no, papá?: el oficialito dominicano llegaba a seguir ese curso de
élite, entre una seleccionada promoción de oficiales norteamericanos, y se aparecía
con galones de teniente general, decenas de condecoraciones, una larga carrera militar
a cuestas (la había comenzado a los siete añitos), con un séquito de edecanes,
músicos y sirvientes, un yate anclado en la bahía de San Francisco y una flotilla de
automóviles. Menuda sorpresa se llevarían aquellos capitanes, mayores, tenientes,
sargentos, instructores y profesores. i Llegaba a la Academia Militar de Fort
Leavenworth a seguir un curso y el pájaro tropical lucía más galones y títulos de los
que tuvo nunca Eisenhower. ¿Cómo tratarlo? ¿Cómo permitir que gozara de
semejantes prerrogativas sin desprestigiar a la academia y al Ejército norteamericano?
¿Era posible mirar a otro lado cuando el heredero, una semana sí y otra no, escapaba
de la espartana Kansas City a la bulliciosa Hollywood, donde, con su amigo Porfirio
Rubirosa, protagonizaba millonarias juergas con renombradas artistas que comentaba
con delirio la prensa de la farándula y el chisme? La columnista más célebre de Los
Angeles, Louella Parsons, reveló que el hijo de Trujillo había regalado un Cadillac
último modelo a Kim Novak y un abrigo de visón a Zsa Zsa Gabor. Un congresista
demócrata calculó, en sesión de la Cámara, que aquellos regalos costaban el
equivalente de la ayuda militar anual que Washington concedía graciosamente al
Estado dominicano, y preguntó si ésa era la mejor manera de ayudar a los países
pobres a defenderse contra el comunismo y de gastarse el dinero del pueblo
norteamericano.
Imposible evitar el escándalo. En Estados Unidos, no en la República Dominicana,
donde no se publicó ni dijo una palabra sobre las distracciones de Ramfis. Allá sí,
porque, digan lo que digan, hay una opinión pública y una prensa libre, y los políticos
son pulverizados si presentan un flanco débil. Así que, a petición del Congreso, la
ayuda militar fue cortada. ¿Te acuerdas de todo eso, papá? La academia hizo saber
discretamente al Departamento de Estado, y éste, aún más discretamente, al
Generalísimo, que no había la más remota posibilidad de que su hijito aprobara el
curso, y que, siendo su hoja de servicios tan deficiente, era preferible que se retirara,
so pena de pasar por la humillación de ser expulsado de la Academia Militar de Fort
Leavenworth.
--Al papacito no le gustó nada que hicieran semejante maldad al pobre Ramfis ¿no,
papá? No había hecho más que echar una canita al aire y mira cómo reaccionaban los
gringos puritanos. En represalia, tu jefe quiso retirar a las misiones naval y militar de
Estados Unidos, y llamó al embajador para protestar. Sus asesores más íntimos, Paino
Pichardo, tú mismo, Balaguer, Chirinos, Arala, Manuel Alfonso, tuvieron que hacer
milagros para convencerlo de que una ruptura sería enormemente perjudicial. ¿Te
acuerdas? Los historiadores dicen que fuiste uno de los que impidió que las cosas se
envenenaran con Washington por las proezas de Ramfis. Lo conseguiste sólo a
medias, papá. A partir de aquella época, de aquellos excesos, los Estados Unidos
comprendieron que ese aliado resultaba un estorbo, que era prudente buscar algo más
presentable. ¿Pero, cómo hemos terminado hablando de los hihjitos de tu jefe, papi?
El inválido sube y baja los hombros, como respondiendo: «Qué sé yo, tú sabrás
cómo». ¿Entendía, entonces? No. Al menos, no todo el tiempo. El derrame no habría
anulado totalmente su facultad de comprensión; la reduciría a un diez, a un cinco por
ciento de lo normal. Ese cerebro limitado, empobrecido, en cámara lenta, sin duda era
capaz de retener y de procesar la información que sus sentidos captaban apenas unos
pocos minutos, acaso segundos, antes de nublarse. Por eso, de pronto, sus ojos, su
semblante, sus gestos, como ese movimiento de hombros, sugieren que escucha, que
entiende lo que le dices. Sólo por briznas, por espasmos, por iluminaciones, sin
concordancia. No te hagas ilusiones, Urania. Entiende por segundos y lo olvida. No te
comunicas con él. Sigues hablando sola, como todos los días desde hace más de
treinta años.
No está triste ni deprimida. Se lo impide, tal vez, el sol que entra por las ventanas e
ilumina los objetos con una luz vivísima, que los perfila y revela en sus detalles,
delatando defectos, decoloraciones, vejeces. Qué mezquino, abandonado, viejo, es
ahora el dormitorio -la casa- del otrora poderoso presidente del Senado, Agustín
Cabral. ¿Cómo has terminado recordando a Ramfis Trujillo? Siempre la fascinan esos
extraños encaminamientos de la memoria, las geografías que arma en función de
misteriosos estímulos, de imprevistas asociaciones. Ah, si, tiene que ver con la noticia
que leíste la víspera de tu salida de Estados Unidos, en The New York Times. El
artículo era sobre el hermanito menor, el brutito, el feíto Radhamés. ¡Vaya noticia! Vaya
final. El reportero había hecho una cuidadosa investigación. Vivía desde hacia algunos
años en Panamá, en la insolvencia, dedicado a sospechosos quehaceres, nadie sabía
cuáles, hasta que se esfumó. La desaparición tuvo lugar el año pasado, sin que los
intentos hechos por parientes y la policía panameña -los registros efectuados en el
cuartito en que vivía, en Balboa, mostraron que sus escuálidas pertenencias seguían
allí- dieran la menor pista. Hasta que, por fin, uno de los carteles colombianos de la
droga hizo saber, en Bogotá, con la pompa sintáctica característica de la Atenas de
América, que «el ciudadano dominicano D. Radhamés Trujillo Martínez, domiciliado en
Balboa, en la hermana República de Panamá, ha sido ejecutado, en un lugar
innominado de las selvas colombianas, después de comprobarse inequívocamente su
conducta deshonesta en el cumplimiento de sus obligaciones». The New York Times
explicaba que, al parecer, el fracasado Radhamés se ganaba la vida, desde hacía
años, sirviendo a la mafia colombiana. En algún lastimoso menester, sin duda, a juzgar
por la modestia en que vivía; actuando de correveidile de los capitostes, alquilándoles
departamentos, llevándolos y trayéndolos de hoteles, aeropuertos, casas de cita, o,
acaso, sirviendo de intermediario para lavado de dinero. ¿Trató de birlarles algunos
dólares, a fin de mejorar sus condiciones de vida? Como era tan escaso de sesos, lo
pescaron de inmediato. Se lo llevaron secuestrado a las selvas del Darién, donde eran
amos y señores. Acaso lo torturaron con la saña con que él y Ramfis torturaron y
mataron, el año 59, a los invasores de Constanza, Maimón y Estero Hondo, y, en 1961,
a los comprometidos en la gesta del 30 de mayo.
--Un justo final, papá -su padre, que ha estado dormitando, abre los ojos-. Quien a
hierro mata, a hierro muere. Se aplicó en el caso de Radhamés, si es que murió así.
Porque, nada se ha comprobado. El artículo decía también que hay quienes aseguran
que era informante de la DEA, que ésta le cambió la cara y lo protege por los servicios
prestados, entre los mafiosos colombianos. Rumores, conjeturas. En todo caso, vaya
final el de los hijitos de tu jefe y la Prestante Dama. El bello Ramfis destrozado en un
accidente automovilístico, en Madrid. Un accidente que, según algunos, fue una
operación de la CIA y Balaguer para atajar al primogénito que, desde Madrid,
conspiraba, dispuesto a invertir millones en recuperar el feudo familiar. Radhamés,
convertido en un pobre diablo, asesinado por la mafia colombiana por tratar de robar el
dinero sucio que ayudaba a lavar, o de agente de la DEA. Angelita, Su Majestad
Angelita I, de la que fui damita de compañía, ¿sabes cómo vive? En Miami, rozada por
las alas de la divina paloma. Es ahora una New Borri Christian. En una de esas miles
de sectas evangélicas, a las que empujan la locura, la idiotez, la angustia, el miedo.
Así ha terminado la reina y señora de este país. En una casa limpia y de mal gusto, de
cursilería híbrida de gringo y caribeño, dedicada a labores misioneras. Dicen que se la
ve, en las esquinas de Dade County, en los barrios latinos y haitianos, cantando salmos
y exhortando a los transeúntes a abrir sus corazones al Señor. ¿Qué diría de todo eso
el Benemérito Padre de la Patria Nueva?
El inválido vuelve a levantar y encoger los hombros, a pestañear y aletargarse.
Entrecierra los párpados y se acurruca, dispuesto a echar un sueñecito.
Es verdad, nunca has sentido odio por Ramfis, Radhamés o Angelita, nada
comparable al que te inspiran todavía Trujillo y la Prestante Dama. Porque, de algún
modo, los tres hijitos han pagado en decadencia o muertes violentas su parte de los
crímenes de la familia. Y, con Ramfis, nunca has podido evitar cierta benevolencia.
¿Por qué, Urania? Tal vez por sus crisis psíquicas, sus depresiones, sus accesos de
locura, ese desequilibrio que la familia ocultó siempre, y que, luego de los asesinatos
que ordenó en junio de 1959, obligaron a Trujillo a internarlo en Bélgica en un hospital
psiquiátrico. En todas sus acciones, aun las más crueles, hubo en Ramfis algo
caricatural, impostado, patético. Como los espectaculares regalos a las actrices de
Hollywood a las que Porfirio Rubirosa se tiraba gratis (cuando no se hacía pagar por
ellas). O por esa manera de estropear los planes que su padre fraguaba para él. No
había sido grotesca, por ejemplo, la manera como Ramfis desbarató el recibimiento,
que, para desagraviarle por el fracaso en la Academia Militar de Fort Leavenworth, le
preparó el Generalísimo? Hizo que el Congreso -¿presentaste tú el proyecto de ley,
papi?»- lo nombrara jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas, y que, a
su llegada, fuera reconocido como tal, en un desfile militar en la Avenida, al pie del
obelisco. Todo estaba en orden, y las tropas formadas, aquella mañana, cuando el
yate Angelita, que el Generalísimo envió a buscarlo a Miami, entró en el puerto sobre el
río Ozama, y el propio Trujillo, acompañado de Joaquín Balaguer, fue a recibirlo al
puerto de atraque, para conducirlo a la parada. Qué sorpresa, qué decepción, qué
confusión se apoderaron del Jefe, al entrar al yate y descubrir el estado calamitoso, de
nulidad babosa en que la orgía viajera había dejado al pobrecito Ramfis. Apenas se
tenía de pie, incapaz de articular una frase. Su lengua floja e indócil emitía gruñidos en
vez de palabras. Lucía los ojos saltados y vidriosos y las ropas vomitadas. Y aún peor
que él estaban los amigotes y las mujeres que lo acompañaban. Balaguer lo decía en
sus memorias: Trujillo se puso blanco, vibró de indignación. Ordenó que se cancelara
el desfile militar y la juramentación de Ramfis como jefe del Estado Mayor Conjunto. Y,
antes de partir, cogió una copa e hizo un brindis que quería ser una bofetada simbólica
al badulaque (la borrachera le impediría enterarse): «Brindo por el trabajo, lo único que
traerá prosperidad a la República».
Otro acceso de risa histérica hace presa de Urania y el inválido abre los ojos,
aterrado.
--No te asustes -Urania se pone seria-. No puedo dejar de reírme, cuando imagino la
escena. ¿Dónde estabas, en ese momento? Cuando tu Jefe descubría a su hijito
borracho, rodeado de putas y amigotes también borrachos? ¿En la tribuna de la
Avenida, vestido de frac, esperando al nuevo jefe del Estado Mayor Conjunto de las
Fuerzas Armadas? ¿Qué explicación se dio? ¿Se cancela el desfile por delirium
tremens del general Ramfis?
Vuelve a reírse, bajo la profunda mirada del inválido. -Una familia para reír y para
llorar, no para tomarla en serio -murmura Urania-. A veces sentirías vergüenza de
todos ellos. Y miedo y remordimiento cuando te permitías, aunque fuera muy en
secreto, esa audacia. Me gustaría saber qué hubieras pensado del final melodramático
de los hijitos del jefe. O de esa historia sórdida de los últimos años de doña María
Mart’ínez, la Prestante Dama, la terrible, la vengadora, la que pedía a gritos que se
sacara los ojos y despellejara a los asesinos de Trujillo. ¿Sabes que terminó disuelta
por la arterioesclerosis? ¿Que la codiciosa sacó a escondidas del jefe todos esos
millones y millones de dólares? ¿Que tenía todas las claves de las cuentas cifradas en
Suiza y que, conociéndolas, las había ocultado a sus hijitos? Con mucha razón, sin
duda. Temía que le birlaran sus millones y la sepultaran en un asilo para que pasara
allí sus últimos años sin fastidiarles la paciencia. Fue ella, ayudada por la
arterioesclerosis, la que terminó embromándolos. Hubiera dado cualquier cosa por ver
a la Prestante Dama, allá en Madrid, abrumada por las desgracias, ir perdiendo la
memoria. Pero conservando, desde el fondo de su avaricia, suficiente lucidez para no
revelar a sus hijitos los números de las cuentas suizas. Y por ver los esfuerzos de los
pobrecitos para que la Prestante Dama, en Madrid, en casa del feíto y brutito
Radhamés, o en Miami, en la de Angelita antes del misticismo, recordara dónde las
había garabateado o escondido. ¿Te los imaginas, papá? Rebuscarían, abrirían,
romperían, rasgarían, en busca del escondite. Se la llevaban a Miami, la devolvían a
Madrid. Y nunca lo consiguieron. ¡Se fue a la tumba con el secreto! ¿Qué te parece,
papá? Ramfis alcanzó a dilapidar algunos milloncitos que sacó del país en los meses
que siguieron a la muerte de su padre, porque el Generalísimo, (¿fue eso verdad,
papá?) se empeñó en no sacar ni un centavo del país para obligar a su familia y
secuaces a morir aquí, dando la cara. Pero Angelita y Radhamés se quedaron en la
calle. Y, arterioesclerosis mediante, la Prestante Dama murió pobre también, en
Panamá, donde la enterró Kalil Haché, llevándola al cementerio en un taxi. ¡Legó los
millones de la familia a los banqueros suizos! Para llorar o reírse a carcajadas, pero en
ningún caso para tomarla en serio. ¿Verdad, papá?
Vuelve a soltar otra carcajada, que la hace lagrimear. Mientras se seca los ojos, lucha
contra un esbozo de depresión que crece en su interior. El inválido la observa,
acostumbrado a su presencia. Ya no parece pendiente de su monólogo.
--No creas que me he vuelto histérica -suspira-. Todavía, papá. Eso que estoy
haciendo, divagar, escarbar recuerdos, no lo hago nunca. Éstas son mis primeras
vacaciones en muchos años. No me gustan las vacaciones. Aquí, de niña, me
gustaban. Desde que, gracias a las sisters, pude ir a la universidad en Adrian, nunca
más. Me he pasado la vida trabajando. En el Banco Mundial jamás las tomé. Y, en el
bufete, en New York, tampoco. No dispongo de tiempo para andar monologando sobre
la historia dominicana.
Cierto, tu vida en Manhattan es agotadora. Todas sus horas están cronometradas,
desde las nueve, en que entra a su despacho de Madison y la 74 Street. Para
entonces, ha corrido tres cuartos de hora en Central Park si hace buen tiempo, o hecho
aeróbics en el Fitness Center de la esquina al que está abonada. Su jornada es una
sucesión de entrevistas, informes, discusiones, consultas, averiguaciones en el archivo,
almuerzos de trabajo en el reservado del estudio o algún restaurante de los
alrededores, y una tarde igualmente ocupada, que se prolonga con frecuencia hasta las
ocho. Si el tiempo lo permite, regresa andando. Se prepara una ensalada y abre un
yogur antes de ver las noticias en la televisión, lee un rato y se mete a la cama, tan
cansada que las letras del libro o las imágenes del vidéo empiezan a bailotear antes de
diez minutos. Nunca falta uno y a veces dos viajes por mes, dentro de Estados Unidos,
o por América Latina, Europa y Asia; en los últimos tiempos, también Africa, donde, por
fin, algunos inversores se atreven a arriesgar su dinero y para ello buscan asesoría
jurídica en el bufete. Es su especialidad: el aspecto legal de las operaciones
financieras de las empresas, en cualquier lugar del mundo. Una especialidad a la que
ha derivado luego de trabajar muchos años en el Departamento jurídico del Banco
Mundial. Los viajes son más abrumadores que las jornadas en Manhattan. Cinco, diez
o doce horas volando, a México City, Bangkok, Tokio, Rawalpindi o Harare, y pasar de
inmediato a dar o escuchar informes, discutir cifras, evaluar proyectos, cambiando de
paisajes y de climas, del calor al frío, de la humedad a la sequedad, del inglés al
japonés y al español y al urdu, al árabe y al hindi, valiéndose de intérpretes cuyas
equivocaciones pueden provocar decisiones erróneas. Por eso, tener siempre los
cinco sentidos alertas, un estado de concentración que la deja extenuada, de modo
que, en las inevitables recepciones, apenas reprime los bostezos.
--Cuando dispongo de un sábado y domingo para mí, me quedo feliz en casita,
leyendo la historia dominicana -y le parece que su padre asiente-. Una historia
bastante peculiar, verdad. Pero, a mi, me descansa. Es mi manera de no perder las
raíces. Pese a haber vivido allá el doble de años que aquí, no me he vuelto gringa.
¿Sigo hablando como dominicana, verdad, papá?
En los ojos del inválido ¿brilla una lucecita irónica.
--Bueno, una dominicana relativa, una de allá. Qué Se puede esperar de alguien que
ha vivido más de treinta años entre gringos, que se pasa semanas sin hablar español.
¿Sabes que estaba segura de que no te vería más? Ni siquiera para enterrarte iba a
venir. Era una decisión firme. Ya sé que te gustaría saber por qué la he roto. Para
qué estoy aquí. La verdad, no lo sé. Fue un impulso. No lo pensé mucho. Pedí una
semana de vacaciones y aquí estoy. Algo habré venido a buscar. Tal vez a ti.
Averiguar cómo estabas. Sabía que mal, que, desde el derrame, ya no era posible
hablar contigo. ¿Te gustaría saber qué siento? ¿Qué sentí al volver a la casa de mi
niñez? ¿ Qué, al ver la ruina que eres?
Su padre de nuevo presta atención. Aguarda, con curiosidad, que ella siga. ¿Qué
sientes, Urania? ¿Amargura? ¿Cierta melancolía? ¿Tristeza? ¿Un renacer de la
antigua cólera? «Lo peor es que creo que no siento nada», piensa.
Suena el timbre de la puerta de calle. Queda repicando, vibrando fuerte en la ardiente
mañana.
VIII
El pelo que le faltaba en la cabeza le sobresalía de las orejas, cuyas matas de vellos
negrísimos irrumpían, agresivas, como grotesca compensación a la calvicie del
Constitucionalista Beodo. ¿También él le había puesto ese apodo, antes de
rebautizarlo, en su fuero intimo, la Inmundicia Viviente? El Benefactor no lo recordaba.
Probablemente, sí. Era bueno poniendo apodos, desde su juventud. Muchos de esos
sobrenombres feroces que estampillaba sobre la gente se hacían carne de sus víctimas
y llegaban a reemplazar sus nombres. Así había ocurrido con el senador Henry
Chirinos, a quien nadie en la República Dominicana, fuera de los periódicos, conocía ya
por su nombre, sólo por su devastador apelativo: el Constitucionalista Beodo. Tenía la
costumbre de acariciar las sebosas cerdas que anidaban en sus orejas y, aunque el
Generalísimo, con su manía obsesiva por la limpieza, se lo había prohibido delante de
él, ahora lo estaba haciendo, y, para colmo, alternaba esta asquerosidad con otra:
atusarse los pelos de la nariz. Estaba nervioso, muy nervioso. Él sabía por qué: le traía
un informe negativo sobre el estado de los negocios. Pero el culpable de que las cosas
fueran mal no era Chirinos sino las sanciones impuestas por la OEA, que estaban
asfixiando al país.
Si te sigues escarbando la nariz y las orejas, llamo a los ayudantes y te tranco -dijo,
malhumorado-. Te he prohibido esas porquerías aquí. ¿Estás borracho?
El Constitucionalista Beodo dio un bote en su asiento, frente al escritorio del
Benefactor. Apartó sus manos de la cara.
--No he bebido ni una gota de alcohol -se excusó, confundido-. Usted sabe que no
soy bebedor diurno, jefe. sólo crepuscular y nocturno.
Vestía un traje que al Generalísimo le pareció un monumento al mal gusto: entre
plomizo y verdoso, con resplandores tornasolados; como todo lo que se ponía, parecía
embutido en su obeso cuerpo con calzador. Sobre su camisa blanca bailoteaba una
corbata azulina con motas amarillas en la que la severa mirada del Benefactor detectó
lamparones de grasa. Con disgusto, pensó que esas manchas se las había hecho
comiendo, porque el senador Chirinos comía atragantándose enormes bocados que se
zampaba como temiendo que sus vecinos le fueran a arrebatar su plato, y masticando
con la boca semiabierta, de la que salía disparada una lluviecita de residuos.
--Le juro que no tengo una gota de alcohol en el cuerpo -repitió-. Sólo el café puro del
desayuno.
Probablemente, era cierto. Al verlo entrar al despacho hacía un momento,
balanceando su elefantiásica figura y avanzando despacito, tentando el suelo antes de
asentar la planta, pensó que estaba beodo. No; debía de haber somatizado las
borracheras, pues, aun sobrio, se conducía con la inseguridad y los temblores del
alcohólico.
--Estás macerado en alcohol, aunque no bebas pareces borracho -dijo, examinándolo
de arriba abajo. -Es verdad -se apresuró a reconocer Chirinos, haciendo un ademán
teatral-. Yo soy un poeta maudit, Jefe. Como Baudelaire y Rubén Darío.
Tenía piel cenicienta, doble papada, pelos ralos y grasientos y unos ojillos hundidos
detrás de los párpados hinchados. La nariz, aplastada desde el accidente, era de
boxeador, y la boca casi sin labios añadía un rasgo perverso a su insolente fealdad.
Siempre había sido desagradablemente feo, tanto que, diez años atrás, cuando el
choque de auto del que sobrevivió de milagro, sus amigos pensaron que la cirugía
estética lo mejoraría. Lo empeoró.
Que siguiera siendo hombre de confianza del Benefactor, miembro del estrecho
círculo de íntimos, como Virgilio Alvarez Pina, Paíno Pichardo, Cerebrito Cabral (ahora
en desgracia) o Joaquín Balaguer, era una prueba de que, a la hora de elegir sus
colaboradores, el Generalísimo no se dejaba guiar por sus gustos o disgustos
personales. Pese a la repugnancia que siempre le inspiraron su físico, su desaseo y
sus modales, Henry Chirinos, desde el comienzo de su gobierno, había sido
privilegiado con aquellas delicadas tareas que Trujillo confiaba a gente, además de
segura, capaz. Era uno de los más capaces, entre los que habían accedido a ese club
exclusivo. Abogado, fungía de constitucionalista. Muy joven, fue con Agustín Cabral el
principal redactor de la Constitución que hizo dar Trujillo en los inicios de la Era, y de
todas las enmiendas hechas desde entonces al texto constitucional. Había redactado,
también, las principales leyes orgánicas y ordinarias, y sido ponente de casi todas las
decisiones legales adoptadas por el Congreso para legitimar las necesidades del
régimen. Nadie como él para dar, en discursos parlamentarios preñados de latinajos y
de citas -a menudo en francés-, apariencia de fuerza jurídica a las más arbitrarias
decisiones del Ejecutivo, o para rebatir, con demoledora lógica, toda propuesta que
Trujillo desaprobara. Su mente, organizada como un código, inmediatamente
encontraba una argumentación técnica para dar visos de legalidad a cualquier decisión
de Trujillo, ya fuera un fallo de la Cámara de Cuentas, de la Corte Suprema o una ley
del Congreso. Buena parte de la telaraña legal de la Era había sido tejida por la
endiablada habilidad de ese gran rábula (así lo llamó una vez, delante de Trujillo, el
senador Agustín Cabral, su amigo y enemigo entrañable dentro del círculo de
favoritos).
Por todos esos atributos, el perpetuo parlamentario Henry Chirinos fue todo lo que se
podía ser en los treinta años de la Era: diputado, senador, ministro de justicia, miembro
del Tribunal Constitucional, embajador plenipotenciario y encargado de negocios,
gobernador del Banco Central, presidente del Instituto Trujilloniano, miembro de la junta
Central del Partido Dominicano, y, desde hacía un par de años, el cargo de mayor
confianza, veedor de la marcha de las empresas del Benefactor. Como tal, estaban
subordinados a él Agricultura, Comercio y Finanzas. ¿Por qué encargar tamaña
responsabilidad a un alcohólico consuetudinario? Porque, además de leguleyo, sabía
de economía. Lo hizo bien al frente del Banco Central, y en Finanzas, por unos meses.
Y porque, en estos últimos años, debido a las múltiples acechanzas, necesitaba en ese
puesto a alguien de absoluta confianza, al que pudiera enterar de los enredos y
querellas familiares. En eso, esta bola de grasa y alcohol era insustituible.
¿Cómo, bebedor incontinente, no había perdido la habilidad para la intriga jurídica, ni
la capacidad de trabajo, la única, quizá, con la del caído en desgracia Anselmo Paulino,
que el Benefactor podía equiparar a la suya? La Inmundicia Viviente podía trabajar diez
o doce horas sin parar, emborracharse como un odre y, al día siguiente, estar en su
despacho del Congreso, en el Ministerio o en el Palacio Nacional, fresco y lúcido,
dictando a los taquígrafos sus informes jurídicos, o exponiendo con florida elocuencia
sobre temas políticos, legales, económicos y constitucionales. Además, escribía
poemas, acrósticos y festivos, artículos y libros históricos, y era una de las más afiladas
plumas que Trujillo usaba para destilar el veneno de El Foro Público, en El Caribe.
--Cómo van los asuntos.
--Muy mal, jefe -el senador Chirinos tomó aire-: a este paso, pronto entrarán en estado
agónico. Siento decírselo, pero usted no me paga para que lo engañe. Si no se
levantan pronto las sanciones, se viene una catástrofe.
Procedió, abriendo su abultada cartera y sacando rollos de papeles y libretas, a hacer
un análisis de las principales empresas, empezando por las haciendas de la
Corporación Azucarera Dominicana, y siguiendo con Dominicana de Aviación, la
cementera, las compañías madereras y los aserraderos, las oficinas de importación y
exportación y los establecimientos comerciales. La música de nombres y cifras arrulló
al Generalísimo, que apenas escuchaba: Atlas Comercial, Caribbean Motors,
Compañía Anónima Tabacalera, Consorcio Algodonero Dominicano, Chocolatera
Industrial, Dominicana Industrial del Calzado, Distribuidores de Sal en Grano, Fábrica
de Aceites Vegetales, Fábrica Dominicana del Cemento, Fábrica Dominicana de
Discos, Fábrica de Baterías Dominicanas, Fábrica de Sacos y Cordelería, Ferretería
Read, Ferretería El Marino, Industrial Dominico Suiza, Industrial Lechera, Industria
Licorera Altagracia, Industria Nacional de Vidrio, Industria Nacional del Papel, Molinos
Dominicanos, Pinturas Dominicanas, Planta de Reencauchado, Quisqueya Motors,
Refinería de Sal, Sacos y Tejidos Dominicanos, Seguros San Rafael, Sociedad
Inmobiliaria, diario El Caríbe. La Inmundicia Viviente dejó para el final, mencionando
apenas que tampoco allí había movimiento positivo», los negocios donde la familia
Trujillo tenía participación minoritaria. No dijo nada que el Benefactor no supiera: lo
que no estaba paralizado por falta de insumos y repuestos, trabajaba a un tercio y
hasta un décimo de su capacidad. La catástrofe se había venido ya, y de qué manera.
Pero, al menos -el Benefactor suspiró-, a los gringos no les había resultado lo que
creyeron sería el puntillazo: cortarle el suministro de petróleo, así como los repuestos
para autos y aviones. Johnny Abbes García se las arregló para que los combustibles
llegaran por Haití, cruzando de contrabando la frontera. El sobreprecio era alto, pero el
consumidor no lo pagaba, el régimen absorbía ese subsidio. El Estado no podría
soportar mucho tiempo esa hemorragia. La vida económica, por la restricción de
divisas y la parálisis de exportaciones e importaciones, se había estancado.
--Prácticamente, no hay ingresos en una sola empresa, Jefe. Sólo egresos. Como
estaban en estado floreciente, sobreviven. Pero no de manera indefinida.
Suspiró con histrionismo, como cuando pronunciaba sus elegías funerarias, otra de
sus grandes especialidades.
--Le recuerdo que no se ha despedido a un solo obrero, campesino o empleado, pese
a que la guerra económica dura más de un año. Estas empresas suministran el
sesenta Por ciento de los puestos de trabajo en el país. Dese cuenta de la gravedad.
Trujillo no puede seguir manteniendo a dos tercios de las familias dominicanas, cuando,
por las sanciones, todos los negocios están medio paralizados. De modo que... -De
modo que... O me da usted autorización para reducir personal, a fin de cortar gastos,
en espera de tiempos mejores...
--¿Quieres una explosión de miles de desocupados? -lo interrumpió Trujillo, tajante-.
¿Añadir un problema social a los que tengo?
--Hay una alternativa, a la que se ha acudido en circunstancias excepcionales -replicó
el senador Chirinos, con una sonrisita mefistofélica-. ¿No es ésta una de ellas? Pues,
bien. Que el Estado, a fin de garantizar el empleo y la actividad económica, asuma la
conducción de las empresas estratégicas. El Estado nacionaliza, digamos, un tercio de
las empresas industriales y la mitad de las agrícolas y ganaderas. Todavía hay fondos
para ello, en el Banco Central.
Qué coño gano con eso -lo interrumpió Trujillo, irritado-. Qué gano con que los
dólares pasen del Banco Central a una cuenta a mi nombre.
--Que, a partir de ahora, el quebranto que significa trescientas empresas trabajando a
pérdida, no la sufra su bolsillo, Jefe. Le repito, si esto sigue así, todas caerán en
bancarrota. Mi consejo es técnico. La única manera de evitar que su patrimonio se
evapore por culpa del cerco económico es transferir las pérdidas al Estado. A nadie le
conviene que usted se arruine, jefe.
Trujillo tuvo una sensación de fatiga. El sol calentaba cada vez más, y, como todos
los visitantes de su despacho, el senador Chirinos ya sudaba. De rato en rato se
secaba la cara con un pañuelo azulino. También él hubiera querido que el
Generalísimo tuviera aire acondicionado. Pero Trujillo detestaba ese aire postizo que
resfriaba, esa atmósfera mentirosa. Sólo toleraba el ventilador, en días
extremadamente calurosos. Además, estaba orgulloso de ser el-hombre-que-nunca-
suda.
Estuvo un momento callado, meditando, y la cara se le avinagró.
--Tú también piensas, en el fondo de tu puerco cerebro, que acaparo fincas y
negocios por espíritu de lucro -monologó, en tono cansado-. No me interrumpas. Si tú,
tantos años a mi lado, no has llegado a conocerme, qué puedo esperar del resto. Que
crean que el poder me interesa para enriquecerme.
--Sé muy bien que no es así, jefe.
--¿Necesitas que te lo explique, por centésima vez? Si esas empresas no fueran de la
familia Trujillo, esos puestos de trabajo no existirían. Y la República Dominicana sería
el paisito africano que era cuando me lo eché al hombro. No te diste cuenta todavía.
--Me he dado cuenta, perfectamente, jefe.
--¿Tú me robas a mí?
Chirinos dio otro bote en el asiento y el color ceniza de su cara se ennegreció.
Pestañeaba, azorado.
--¿Qué dice usted, jefe? Dios es testigo...
--Ya sé que no -lo tranquilizó Trujillo-. ¿Y por qué no robas, pese a tus poderes para
hacer y deshacer? ¿Por lealtad? Tal vez. Pero, ante todo, por miedo. Sabes que, si
me robas y lo descubro, te pondría en manos de Johnny Abbes, que te llevaría a La
Cuarenta, te sentaría en el Trono y te carbonizaría, antes de echarte a los tiburones.
Esas cosas que le gustan a la imaginación calenturienta del jefe del SIM y al equipito
que ha formado. Por eso no me robas. Por eso no me roban, tampoco, los gerentes,
administradores, contadores, ingenieros, veterinarios, capataces, etcétera, etcétera, de
las compañías que vigilas. Por eso, trabajan con puntualidad y eficacia, y por eso las
empresas han prosperado y se han multiplicado, convirtiendo a la República
Dominicana en un país moderno y próspero. ¿Lo as comprendido?
--Por supuesto, jefe -respingó una vez más el Constitucionalista Beodo-. Tiene usted
toda la razón.
--En cambio -prosiguió Trujillo, como si no lo oyera-, robarias cuanto pudieras si el
trabajo que haces para la familia Trujillo, lo hicieras para los Vicini, los Valdez o los
Armenteros. Y todavía mucho más si las empresas fueran del Estado. Allí sí que te
llenarías los bolsillos. ¿Entiende, ahora, tu cerebro por qué todos esos negocios, tierras
y ganados?
--Para servir al país, lo sé de sobra, Excelencia -juró el senador Chirinos. Estaba
alarmado y Trujillo podía advertirlo en la fuerza con que aferraba contra su vientre el
maletín con documentos, y la manera cada vez más untuosa con que le hablaba-. No
quise sugerir nada en contrario, Jefe. ¡Dios me libre!
--Pero, es verdad, no todos los Trujillo son como Yo -suavizó la tensión el Benefactor,
con una mueca decepcionada-. Ni mis hermanos, ni mi mujer, ni mis hijos tienen la
misma pasión que yo por este país. Son unos codiciosos. Lo peor es que en estos
momentos me hagan perder tiempo, cuidando de que no burlen mis órdenes.
Adoptó la mirada beligerante y directa con que intimidaba a la gente. La Inmundicia
Viviente se encogía en su asiento.
--Ah, ya veo, alguno ha desobedecido -murmuró.
El senador Henry Chirinos asintió, sin atreverse a hablar.
--¿Trataron de sacar divisas, de nuevo? -preguntó, enfriando la voz-. ¿Quién? ¿La
vieja?
La fofa cara llena de gotas de sudor volvió a asentir, como a su pesar.
--Me llamó aparte, anoche, durante la velada poética -vaciló y adelgazó la voz hasta
casi extinguirla-. Dijo que era pensando en usted, no en ella ni en sus hijos. Para
asegurarle una vejez tranquila, si ocurre algo. Estoy seguro que es verdad, jefe. Ella lo
adora.
--Qué quería.
--Otra transferencia a Suiza -el senador se atoraba-. Sólo un millón, esta vez.
--Espero por tu bien que no le dieras gusto -dijo Trujillo, con sequedad.
--No lo he hecho -balbuceó Chirinos, siempre con el desasosiego que deformaba sus
palabras, el cuerpo presa de un ligero temblor-. Donde manda capitán no manda
soldado. Y porque, con todo el respeto y la devoción que me merece doña María, mi
primera lealtad es con usted. Esta situación es muy delicada para mí, jefe. Por estas
negativas, voy perdiendo la amistad de doña María. Por segunda vez en una semana
le he negado lo que me pide.
¿También la Prestante Dama temía que el régimen se desmoronara? Hacía cuatro
meses exigió a Chirinos una transferencia de cinco millones de dólares a Suiza; ahora,
de uno. Pensaba que en cualquier momento tendrían que salir huyendo, que había
que tener bien forradas las cuentas en el extranjero, para gozar de un exilio dorado.
Como Pérez Jiménez, Batista, Rojas Pinilla o Perón, esas basuras. Vieja avarienta.
Como si no tuviera más que aseguradas las espaldas. Para ella, nada era suficiente.
Había sido avara desde joven, y, con los años, más y más. ¿Se iba a llevar al otro
mundo esas cuentas? Era en lo único que siempre se atrevió a desafiar la autoridad de
su marido. Dos veces, esta semana. Complotaba a sus espaldas, ni más ni menos.
Así compró, sin que Trujillo se enterara, esa casa en España, luego de la visita oficial
que hicieron a Franco en 1954. Así había ido abriendo y cerrando cuentas cifradas en
Suiza y en New York, de las que él terminaba enterándose, a veces casualmente.
Antes, no había hecho demasiado caso, limitándose a echarle un par de carajos, para,
luego, encogerse de hombros ante el capricho de la vieja menopáusica, a la que por
ser su esposa legítima debía consideración. Ahora era distinto. Él había dado órdenes
terminantes de que ningún dominicano, incluida la familia Trujillo, sacara un solo peso
del país mientras duraran las sanciones. No iba a permitir esa carrera de ratas,
tratando de escapar de un barco que, en efecto, terminaría por hundirse si toda la
tripulación, empezando por los oficiales y el capitán, huían. Coño, no. Aquí se
quedaban parientes, amigos y enemigos, con todo lo que tenían, a dar la batalla o dejar
los huesos en el campo del honor. Como los marines, coño. ¡Vieja pendeja y ruin!
Cuánto mejor habría sido repudiarla y casarse con alguna de las magníficas mujeres
que habían pasado por sus brazos; la hermosa, la dócil Lina Lovatón, por ejemplo, a la
que sacrificó también por este país malagradecido. A la Prestante Dama tendría que
reñirla esta tarde y recordarle que Rafael Leonidas Trujillo Molina no era Batista, ni el
cerdo de Pérez Jiménez, ni el cucufato de Rojas Pinilla, ni siquiera el engominado
general Perón. Él no iba a pasar sus últimos años como estadista jubilado en el
extranjero. Viviría hasta el último minuto en este país que gracias a él dejó de ser una
tribu, una horda, una caricatura, y se convirtió en República.
Advirtió que el Constitucionalista Beodo seguía temblando. Se le habían formado
unos espumarajos en la boca. Sus ojillos, detrás de las dos bolas de grasa de sus
párpados, se abrían y cerraban, frenéticos.
--Hay algo más, entonces. ¿Qué?
--La semana pasada, le informé que habíamos conseguido evitar que bloquearan el
pago del Lloyd’s de Londres por el lote de azúcar vendido en Gran Bretaña y los Países
Bajos. Poca cosa. Unos siete millones de dólares, de los cuales cuatro corresponden
a sus empresas, y lo restante a los ingenios de los Vicini y al Central Romano. Según
sus instrucciones, pedí al Lloyd's que transfiera esas divisas al Banco Central. Esta
mañana me indicaron que habían recibido contraorden.
--¿De quién?
--Del general Ramfis, Jefe. Telegrafió que se enviase el total del adeudo a París.
--¿Y el Lloyd's de Londres está lleno de comemierdas que obedecen las
contraórdenes de Ramfis?
El Generalísimo hablaba despacio, haciendo esfuerzos por no estallar. Esta estúpida
bobería le quitaba demasiado tiempo. Además, le dolía que, delante de extraños, por
más que fueran de confianza, quedaran al desnudo las lacras de su familia.
--No han servido aún el pedido del general Ramfis, Jefe. Están desconcertados, por
eso me llamaron. Les reiteré que el dinero debe ser enviado al Banco Central. Pero,
como el general Ramfis tiene poderes de usted, y en otras e siones ha retirado fondos,
sería conveniente hacer saber al Lloyd's que hubo un malentendido. Una cuestión de
imagen, jefe.
--Llámalo y dile que se disculpe con el Lloyd's. Hoy mismo.
Chirinos se movió en el asiento, incómodo.
--Si usted lo ordena, lo haré -musitó-. Pero, permítame un ruego, Jefe. De su antiguo
amigo. Del más fiel de sus servidores. Ya tengo ganada la ojeriza de doña María. No
me convierta también en enemigo de su hijo mayor.
El malestar que sentía era tan visible que Trujillo le sonrió.
--Llámalo, no temas. No voy a morirme todavía. Voy a vivir diez años más, para
completar mi obra. Es el tiempo que necesito. Y tú seguirás conmigo, hasta el último
día- Porque, feo, borracho y sucio, eres uno de mis mejores colaboradores -hizo una
pausa y, mirando a la Inmundicia Viviente con la ternura con que un mendigo mira a su
perro sarnoso, añadió algo inusual en su boca-: Ojalá alguno de mis hermanos o hijos
valiera lo que tú, Henry.
El senador, anonadado, no atinó a responder.
--Lo que ha dicho compensa todos mis desvelos -balbuceó, bajando la cabeza.
--Has tenido suerte de no casarte, de no tener familia -prosiguió Trujillo-. Muchas
veces habrás creído que es una desgracia no dejar descendencia. ¡Pendejadas! El
error de mi vida ha sido mi familia. Mis hermanos, mi propia mujer, mis hijos. ¿Has
visto calamidades parecidas? Sin otro horizonte que el trago, los pesos y tirar. ¿Hay
uno solo capaz de continuar mi obra? ¿No es una vergüenza que Ramfis Y Radhamés,
en estos momentos, en vez de estar aquí, a mi lado, jueguen al polo en París?
Chirinos escuchaba con los ojos bajos, inmóvil, la cara grave, solidaria, sin decir
palabra, temeroso sin duda de comprometer su futuro si deslizaba una opinión contra
los hijos y hermanos del Jefe. Era raro que éste se abandonara a reflexiones tan
amargas; nunca hablaba de su familia, ni siquiera a los íntimos, y menos en términos
tan duros.
--La orden sigue en pie -dijo, cambiando de tono al mismo tiempo que de tema-.
Nadie, y menos un Trujillo, saca dinero del país mientras haya sanciones.
--Entendido, Jefe. En verdad, aunque quisieran, no podrían. Salvo que se lleven sus
dólares en maletines de mano, no hay transacciones con el extranjero. La actividad
financiera está en punto muerto. El turismo ha desaparecido. Las reservas merman a
diario. ¿Descarta usted, de plano, que el Estado tome algunas empresas? ¿Ni siquiera
las que están peor?
--Ya veremos -cedió algo Trujillo-. Déjame tu propuesta, la estudiaré. ¿Qué más, que
sea urgente?
El senador consultó su libretita, acercándola a los Ojos. Adoptó una expresión
tragicómica.
--Hay una situación paradójica, allá en Estados Unidos. ¿Qué haremos con los
supuestos amigos? Los congresistas, los políticos, los lobbystas que reciben
estipendios para defender a nuestro país. Manuel Alfonso siguió dándoselos hasta que
se enfermó. Desde entonces, se han interrumpido. Algunos han hecho discretas
reclamaciones.
--¿Quién ha dicho que se suspendan?
--Nadie, jefe. Es una pregunta. Los fondos en divisas destinados a ese efecto, en
New York, se van agotando también. No han podido ser repuestos, dadas las
circunstancias. Son varios millones de pesos al mes. ¿Seguirá tan generoso con esos
gringos incapaces de ayudarnos a levantar las sanciones?
--Unas sanguijuelas, siempre lo supe -el Generalísimo hizo un ademán de desprecio-.
Pero, también, nuestra única esperanza. Si la situación política cambia en los Estados
Unidos, ellos pueden hacer sentir su influencia, hacer que se levanten o suavicen las
sanciones. Y, en lo inmediato, conseguir que Washington nos pague al menos el
azúcar que ya recibió.
Chirinos no parecía esperanzado. Movía la cabeza, sombrío.
--Aun si Estados Unidos aceptara entregar lo que ha retenido, serviría de poco, jefe.
¿Qué son veintidós millones de dólares? Divisas para insumos básicos e importaciones
de primera necesidad sólo por unas semanas. Pero, si usted lo ha decidido, indicaré a
los cónsules Mercado y Morales que renueven las entregas a esos parásitos. A
propósito, jefe. Los fondos de New York podrían ser congelados. Si prospera ese
proyecto de tres miembros del Partido Demócrata para que se congelen las cuentas de
dominicanos no residentes en Estados Unidos. Ya sé que figuran en el Chase
Manhattan y en el Chemical como sociedades anónimas. Pero ¿y si esos bancos no
respetan el secreto bancario? Me permito sugerirle transferirlas a un país más seguro.
Canadá, por ejemplo, o Suiza.
El Generalísimo sintió un vacío en el estómago. No era la cólera lo que le producía
acidez, sino la decepción. Nunca había perdido tiempo, en su larga vida, lamiéndose
las heridas pero lo que ocurría con Estados Unidos, el país al que su régimen dio
siempre el voto en la ONU para lo que fuera menester, lo sublevaba. ¿De qué sirvió
recibir como príncipe y condecorar a cuanto yanqui pusiera los pies en esta isla?
--Es difícil entender a los gringos -murmuró-. No me cabe en la cabeza que se porten
así conmigo.
--Siempre desconfié de esos patanes -hizo eco la Inmundicia Viviente-. Todos son
iguales. Ni siquiera se Puede decir que este acoso se deba sólo a Eisenhower.
Kennedy nos hostiga igual.
Trujillo se sobrepuso -«A trabajar, coño»- y una vez más cambió de tema.
--García tiene todo preparado para sacar al pendejo del obispo Reilly de su escondite
entre las faldas de las monjas -dijo-. Tiene dos propuestas. Deportarlo o hacer que el
pueblo lo linche, para escarmiento de curas conspiradores. ¿Cuál te gusta más?
--Ninguna, Jefe -el senador Chirinos recobró el aplomo-. Ya conoce usted mi opinión.
Este conflicto hay que suavizarlo. A la Iglesia, con sus dos mil años a cuestas, nadie la
ha derrotado todavía. Vea usted lo que le pasó a Perón, por enfrentársele.
--Así me lo dijo él mismo, sentado donde tú estás -reconoció Trujillo-. ¿Ése es tu
consejo? ¿Que me baje los pantalones ante esos carajos?
--Que los corrompa con prebendas, Jefe -aclaró el Constitucionalista Beodo-. O, en el
peor de los casos, los asuste, pero sin actos irreparables, dejando las puertas abiertas
a la reconciliación. Lo de Johnny Abbes sería un suicidio, Kennedy nos mandaría los
marínes en el acto. Ése es mi parecer. Usted tomará la decisión y será la buena. La
defenderé con la pluma y la palabra. Como siempre.
Los desplantes poéticos a que la Inmundicia Viviente era propenso, divertían al
Benefactor. Este último consiguió sacudirlo del desánimo que comenzaba a ganarlo.
--Ya lo sé -le sonrió-. Eres leal y por eso te aprecio. Dime, confidencialmente.
¿Cuánto tienes en el extranjero, por si debes escapar de aquí de la noche a la
mañana?
El senador, por tercera vez volvió a rebotar, como Si su asiento se hubiera vuelto
chúcaro.
--Muy poco, Jefe. Bueno, relativamente, quiero decir.
--¿Cuánto? -insistió Trujillo, afectuoso-. ¿Y en dónde?
--Unos cuatrocientos mil dólares -confesó, rápido, bajando la voz-. En dos cuentas
separadas. En Panamá. Abiertas antes de las sanciones, por supuesto.
--Una basura -lo amonestó Trujillo-. Con los cargos que has tenido, hubieras podido
ahorrar más.
--No soy ahorrativo, jefe. Además, usted lo sabe, nunca me interesó el dinero.
Siempre he tenido lo necesario para vivir.
--Para beber, querrás decir.
--Para vestirme bien, comer bien, beber bien y comprarme los libros que me gustan -
asintió el senador, mirando el artesonado y la lámpara de cristal del despacho-. A Dios
gracias, a su lado siempre realicé trabajos interesantes. Ese dinero ¿debo repatriarlo?
Lo haré hoy mismo, si me lo ordena.
--Déjalo ahí. Si, en mi exilio, necesito ayuda, me echarás una mano.
Se rió, de buen humor. Pero, mientras se reía, de súbito volvió el recuerdo de la
muchachita asustadiza de la Casa de Caoba, testigo incómodo, acusador, que le
estropeó el ánimo. Hubiera sido mejor pegarle un tiro, regalarla a los guardias, que se
la rifaran o compartieran. El recuerdo de aquella carita estúpida contemplándolo sufrir,
le llegaba al alma.
--¿Cuál ha sido el más precavido? -dijo, disimulando su turbación-. ¿Quién sacó más
dinero al extranjero? ¿Paíno Pichardo? ¿Alvarez Pina? ¿Cerebrito Cabral? ¿Modesto
Díaz? ¿Balaguer? ¿Quién amasó más? Porque, ninguno de ustedes me ha creído que
de aquí yo saldré sólo al cementerio.
--No lo sé, Jefe. Pero, si me permite, dudo que al~ guno de ellos tenga mucho dinero
afuera. Por una razón muy simple. Nadie pensó jamás que el régimen pudiera acabar
y que podríamos vernos en el trance de partir. ¿Quién iba a pensar que un día la tierra
podría dejar de girar alrededor del sol?
--Tú -repuso Trujillo, con sorna-. Por eso sacaste tus pesitos a Panamá, calculando
que yo no sería eterno, que alguna conspiración podía triunfar. Te has delatado,
pendejo.
--Repatriaré esta misma tarde mis ahorros -protestó Chirinos, gesticulando-. Le
mostraré los formularios del Banco Central por el ingreso de divisas. Esos ahorros
están en Panamá hace tiempo. Las misiones diplomáticas me permitían algunos
ahorros. Para disponer de divisas en los viajes que hago a su servicio, jefe. jamás me
he excedido en los gastos de representación.
--Te has asustado, piensas que te podría pasar lo que a Cerebrito -siguió sonriendo
Trujillo-. Es una broma. Ya me olvidé del secreto que me confiaste. Anda, ven para
acá, cuéntame algunos chismes, antes de irte. De alcoba, no políticos.
La Inmundicia Viviente sonrió, aliviado. Pero, apenas comenzó a contar que la
comidilla de Ciudad Trujillo, en este momento, era la paliza que había dado el cónsul
alemán a su mujer, creyendo que lo engañaba, el Benefactor se distrajo. ¿Cuánto
dinero habrían sacado del país sus más cercanos colaboradores? Si lo había hecho el
Constitucionalista Beodo, lo habían hecho todos. ¿Serían sólo cuatrocientos mil los
dólares que tenía a buen recaudo? Seguramente más. Todos, en el rincón más roñoso
de su alma, habían vivido temiendo que el régimen se derrumbara. Bah, basuras. La
lealtad no era una virtud dominicana. Él lo sabía. Durante treinta años lo habían
adulado, aplaudido, endiosado, pero, al primer cambio de viento, sacarían los puñales.
--¿Quién inventó el eslogan del Partido Dominicano utilizando las iniciales de mi
nombre? -preguntó, de sopetón-. Rectitud, Libertad, Trabajo y Moralidad. ¿Tú o
Cerebrito?
--Un servidor, jefe -exclamó el senador Chirinos, orgulloso- En el décimo aniversario.
Prendió, veinte años después está en todas las calles y plazas del país. Y en la
inmensa mayoría de los hogares.
--Tendría que estar en las conciencias y en la memoria de los dominicanos -dijo
Trujillo-. Esas cuatro palabras resumen todo lo que les he dado.
Y, en ese momento, como un garrotazo en la cabeza, lo sobrecogió la duda. La
certeza. Había ocurrido. Disimulando, sin entender las protestas de elogio a la Era en
que se embarcaba Chirinos, bajó la cabeza, como para concentrarse en una idea, y,
aguzando la vista, ansiosamente espió. Se le aflojaron los huesos. Ahí estaba: la
mancha oscura se extendía por la bragueta y cubría un pedazo de la pierna derecha.
Debía de ser reciente, estaba aún mojadito, en este mismo instante la insensible vejiga
seguía licuando. No lo sintió, no lo estaba sintiendo. Lo sacudió un ramalazo de rabia.
Podía dominar a los hombres, poner a tres millones de dominicanos de rodillas, pero no
controlar su esfínter.
--No puedo seguir oyendo chismes, me falta el tiempo -lamentó, sin levantar la vista-.
Anda y arregla lo del Lloyd's, no vayan a girarle ese dinero a Ramfis. Mañana, a la
misma hora. Adiós.
--Adiós, Jefe. Si usted permite, lo veré esta tarde, en la Avenida.
Apenas sintió que el Constitucionalista Beodo cerraba la puerta, llamó a Sinforoso. Le
ordenó un traje nuevo, también gris, y una muda de ropa interior. Se puso de pie y,
rápidamente, tropezando con un sofá, fue a encerrarse en el baño. Sentía mareos de
asco. Se quitó el pantalón, el calzoncillo y la camiseta mancillados por la involuntaria
micción. La camisa no estaba manchada, pero se la quitó también y fue a sentarse en
el bidé. Se jabonó con cuidado. Mientras se secaba, maldijo una vez más las malas
jugadas de su cuerpo. Estaba librando una batalla contra enemigos múltiples, no Podía
distraerse a cada rato por esta mierda de esfínter. Se echó talco en las partes
pudendas y la entrepierna, y, sentado en el excusado, esperó a Sinforoso.
Despachar con la Inmundicia Viviente le dejaba cierta desazón. Era verdad lo que le
había dicho: a diferencia de los granujillas de sus hermanos, de la Prestante Dama,
vampiro insaciable, y de sus hijos, parásitos succionadores, a él nunca le importó
mucho el dinero. Lo utilizaba al servicio del poder. Sin dinero no hubiera podido
abrirse camino en los comienzos, porque había nacido en una familia modestísima de
San Cristóbal, y por ello, de muchacho, tuvo que procurarse de cualquier modo lo
indispensable para vestirse con decencia. Luego, el dinero le sirvió para ser más
eficaz, disipar obstáculos, comprar, halagar o sobornar a la gente necesaria y para
castigar a los que obstruían su trabajo. A diferencia de María, que, desde que ideó el
negocio de lavandería para la guardia constabularia cuando todavía eran amantes, solo
soñaba en atesorar, a él el dinero le gustaba para repartirlo.
Si no hubiera sido así ¿habría hecho esos regalos al pueblo, esas dádivas
multitudinarias cada 24 de octubre, a fin de que los dominicanos celebraran el
cumpleaños del Jefe? ¿Cuántos millones de pesos había gastado todos esos años en
fundas de caramelos, chocolates, juguetes, frutas, vestidos, pantalones, zapatos,
pulseras, collares, refrescos, blusas, discos, guayaberas, prendedores, revistas, a las
interminables procesiones que se acercaban al Palacio el día del Jefe? ¿Y cuántos
muchísimos más en regalos a sus compadres y ahijados, en esos bautizos colectivos,
en la capilla de Palacio, en que, desde hacia tres décadas, una y hasta dos veces por
semana, se convertía en padrino de lo menos un centenar de recién nacidos? Millones
de millones de pesos. Era la suya
Una inversión productiva, por supuesto. Ocurrencia en su primer año de gobierno,
gracias a su conocimiento profundo de la psicología dominicana. Trabar una relación
de compadrazgo con un campesino, con un obrero, con un artesano, con un
comerciante, era asegurarse la lealtad de ese pobre hombre, de esa pobre mujer, a los
que, luego del bautizo, abrazaba y regalaba dos mil pesos. Dos mil en las épocas de la
bonanza. A medida que la lista de ahijados aumentaba a veinte, cincuenta, cien,
doscientos por semana, los regalos -debido en parte a los alaridos de protesta de doña
María y, también, a la declinación de la economía dominicana a partir de la Feria de la
Paz y la Confraternidad del Mundo Libre del año 1955- habían ido reduciéndose, a mil
quinientos, a mil, a quinientos, a doscientos, a cien pesos por ahijado. Ahora, la
Inmundicia Viviente insistía en que los bautizos colectivos se suspendieran o el regalo
fuera simbólico, una telera o diez pesos por ahijado, hasta que terminaran las
sanciones. ¡Malditos yanquis!
Había fundado empresas y hecho negocios para dar trabajo y hacer progresar a este
país, para contar con recursos y regalar a diestra y siniestra, y así tener contentos a los
dominicanos.
¿Y, con sus amigos, colaboradores y servidores no había sido tan magnífico como el
Petronio de Quo Vadis? Los había enterrado en dinero, haciéndoles regalos cuantiosos
en sus cumpleaños, matrimonios, nacimientos, misiones bien realizadas, o,
simplemente, para mostrarles que él sabía recompensar la lealtad. Les había regalado
pesos, casas, tierras, acciones, los había hecho socios de sus fincas y empresas, les
había creado negocios para que ganaran buena plata y no saquearan el Estado.
Escuchó unos discretos golpecillos en la puerta. Sinforoso, con el traje y la ropa
interior. Se los alcanzó con los Ojos bajos. Llevaba más de veinte años a su lado; de
ser su ordenanza en el Ejército, lo promovió a mayordomo, llevándoselo a Palacio. No
temía nada de Sinforoso. Era mudo, sordo y ciego para todo lo que concernía a Trujillo
y con olfato suficiente para saber que, sobre ciertos temas íntimos, como las micciones
involuntarias, la menor infidencia lo privaría de todo lo que tenía -una casa, una finquita
con ganado, un automóvil, familia numerosa- y, acaso, hasta de la vida. El traje y la
ropa interior, cubiertos por una funda, no llamarían la atención a nadie, el Benefactor
acostumbraba cambiarse de ropa varias veces al día en su propio despacho.
Se vistió, mientras Sinforoso -fornido, el pelo cenado al rape, impecablemente aseado
en su uniforme de pantalón negro, blusa blanca y chaleco blanco con botones dorados-
recogía las ropas esparcidas por el suelo.
--¿Qué debo hacer con esos dos obispos terroristas, Sinforoso? -le preguntó, mientras
se abotonaba el pantalón-. ¿Expulsarlos del país? ¿Mandarlos a la cárcel?
--Matarlos, Jefe -contestó Sinforoso, sin vacilar-. La gente los odia y, si no lo hace
usted, lo hará el pueblo. Nadie perdona a ese yanqui ni al español que hayan venido a
este país a morder la mano en que comían.
El Generalísimo ya no lo escuchaba. Tenía que reñir a Pupo Román. Esa mañana,
luego de recibir a Johnny Abbes y a los ministros de Relaciones Exteriores y del
Interior, tuvo que ir a la Base Aérea de San Isidro a reunirse con los jefes de la
Aviación. Y se dio con un espectáculo que le revolvió las entrañas: en la misma
entrada, a pocos metros del retén de guardia, bajo la bandera y el escudo de la
República, una cañería regurgitaba agua negruzca que había formado un lodazal a
orillas de la carretera. Hizo detenerse el automóvil. Bajó y se acercó. Era un caño de
desagüe, espeso y pestilente -tuvo que taparse las narices con el pañuelo y, por
supuesto, había atraído una nube de moscas y mosquitos. Las aguas derramadas
seguían manando, anegando el contorno, emponzoñando el aire y el suelo de la
primera guarnición dominicana. Sintió rabia, lava ardiente subiéndole por el cuerpo.
Contuvo su primer movimiento, regresar a la Base y echar de carajos a los jefes
presentes, preguntándoles si ésta era la imagen que pretendían dar de las Fuerzas
Armadas: una institución anegada por aguas putrefactas y alimañas. Pero,
inmediatamente decidió que había que ir con la amonestación hasta la cabeza. Y
hacerle tragar a Pupo Román en persona un poco de la mierda líquida que surtía de
ese desagüe. Decidió llamarlo de inmediato. Pero, al volver a su despacho, olvidó
hacerlo. ¿Empezaba a fallarle la memoria, igual que el esfínter? Coño. Las dos cosas
que le habían respondido mejor a lo largo de toda su vida, ahora, a sus setenta años,
se volvían achacosas.
Ya vestido y acicalado, regresó a su escritorio y levantó el teléfono que comunicaba
automáticamente con la jefatura de las Fuerzas Armadas. No tardó en escuchar al
general Román:
--¿Sí, aló? ¿Es usted, Excelencia?
--Ven a la Avenida, esta tarde -dijo, muy seco, a modo de saludo.
--Por supuesto, jefe -se alarmó la voz del general Román-. ¿No prefiere que vaya
ahora mismo al Palacio? ¿Ha pasado algo?
--Ya sabrás qué ha pasado -dijo, despacio, imaginando el nerviosismo del marido de
su sobrina Mireya, al notar la aridez con que le hablaba-. ¿Alguna novedad?
--Todo normal, Excelencia -se atropelló el general Román-. Estaba recibiendo el
informe de rutina de las regiones. Pero, si usted prefiere...
--En la Avenida -lo cortó él. Y colgó.
Lo regocijó imaginar el chisporroteo de preguntas, suposiciones, temores, sospechas,
que había depositado en la cabeza de ese pendejo que era el ministro de las Fuerzas
Armadas. ¿Qué le han dicho de mí al jefe? ¿Qué chisme, qué calumnia le llevaron mis
enemigos? ¿Habré caído en desgracia? ¿Dejé de hacer algo que me ordenó? Hasta la
tarde viviría en el infierno.
Pero, este pensamiento lo ocupó sólo unos segundos, pues otra vez retornó a su
memoria el recuerdo vejatorio de la muchachita. Cólera, tristeza, nostalgia, se
mezclaron en su espíritu, manteniéndolo en total desazón. Y, entonces se le ocurrió:
«Un remedio igual a la enfermedad». El rostro de una hermosa hembra,
deshaciéndose de placer en sus brazos, agradeciéndole lo mucho que la había hecho
gozar. ¿No borraría eso la carita asombrada de esa idiota? Sí: ir esta noche a San
Cristóbal, a la Casa de Caoba, lavar la afrenta en la misma cama y con las mismas
armas. Esta decisión -se tocó la bragueta en una suerte de conjuro- le levantó el
espíritu y lo alentó a seguir con la agenda del día.
IX
XI
--Una pregunta, Excelencia -dijo Simon Gittleman, colorado por las copas de
champagne y de vino, o, tal vez, por la emoción-. De todas las medidas que ha tomado
para hacer grande este país ¿cuál fue la más difícil?
Hablaba un excelente español, con un remoto acento, nada que se pareciera a ese
lenguaje caricatural, lleno de faltas y la entonación equivocada de tantos gringos que
habían desfilado por las oficinas y salones del Palacio Nacional. Cuánto había
mejorado el español de Simon desde 1921, cuando Trujillo, joven teniente de la
Guardia Nacional, fue aceptado como alumno en la Escuela para Oficiales de Haina y
tuvo como instructor al marine; entonces, chapurreaba una lengua bárbara, mechada
de palabrotas. Gittleman había formulado la pregunta en voz tan alta que las
conversaciones cesaron y veinte cabezas -curiosas, risueñas, graves- se volvieron
hacia el Benefactor, esperando su respuesta.
--Te puedo responder, Simon -Trujillo adoptó la voz arrastrada y cóncava de las
solemnes ocasiones. Fijó la vista en la araña de cristal de bombillas en forma de
pétalos, y añadió-: El 2 de octubre de 1937, en Dajabón.
Hubo rápidos intercambios de miradas entre los asistentes al almuerzo ofrecido por
Trujillo a Simon y Dorothy Gittleman, luego de la ceremonia en la que el ex marine fue
condecorado con la Orden del Mérito Juan Pablo Duarte. Al agradecer, a Gittleman se
le quebró la voz. Ahora, trataba de adivinar a qué se refería Su Excelencia.
--¡Ah, los haitianos! -su palmada en la mesa hizo tintinear la fina cristalería de copas,
fuentes, vasos y botellas-. El día que Su Excelencia decidió cortar el nudo gordiano de
la invasión haitiana.
Todos tenían copas de vino, pero el Generalísimo sólo bebía agua. Estaba serio,
absorbido en sus recuerdos. El silencio se espesó. Hierático, teatral, el Generalísimo
levantó las manos y las mostró a los invitados:
--Por este país, yo me he manchado de sangre -afirmó, deletreando-. Para que los
negros no nos colonizaran otra vez. Eran decenas de miles, por todas partes. Hoy no
existiría la República Dominicana. Como en 1840, toda la isla sería Haití. El puñadito
de blancos sobrevivientes, serviría a los negros. Ésa fue la decisión más difícil en
treinta años de gobierno, Simon.
--Cumplido su encargo, recorrimos la frontera de uno a otro confín -el joven diputado
Henry Chirinos se inclinó sobre el enorme mapa desplegado en el escritorio del
Presidente y señaló-: Si esto sigue así, no habrá ningún futuro para Quisqueya,
Excelencia.
--La situación es más grave de lo que le informaron, Excelencia -el delicado índice del
joven diputado Agustín Cabral acarició la punteada línea roja que bajaba haciendo eses
de Dajabón a Pedernales-. Miles de miles, afincados en haciendas, descampados y
caseríos. Han desplazado a la mano de obra dominicana.
--Trabajan gratis, sin cobrar salario, por la comida. Como en Haití no hay que comer,
un poco de arroz y habichuelas les basta y sobra. Cuestan menos que los burros y los
perros.
Chirinos accionó y cedió la palabra a su amigo y colega:
--Es inútil razonar con hacendados y dueños de fincas, Excelencia -precisó Cabral-.
Responden tocándose el bolsillo. ¿Qué más da que sean haitianos si son buenos
macheteros para la zafra, y cobran miserias? Por el patriotismo no voy a ir contra mis
intereses.
Calló, miró al diputado Chirinos y éste tomó el relevo:
--A lo largo de Dajabón, Ellas Piña, Independencia y Pedernales, en vez del español
sólo resuenan los gruñidos africanos del creole.
Miró a Agustín Cabral y éste encadenó:
--El vudú, la santería, las supersticiones africanas están desarraigando a la
religión católica, distintivo, como la lengua y la raza, de nuestra nacionalidad.
--Hemos visto párrocos llorando de desesperación, Excelencia -tremoló el joven
diputado Chirinos-. El salvajismo precristiano se apodera del país de Diego Colón,
Juan Pablo Duarte y Trujillo. Los brujos haitianos tienen más influencia que los
párrocos. Los curanderos, más que boticarios y médicos.
--¿El Ejército no hacía nada? -Simon Gittleman bebió un sorbo de vino. Uno de los
mozos uniformados de blanco se apresuró a llenarle la copa de nuevo.
--El Ejército hace lo que manda el Jefe, Simon, tú lo sabes -sólo el Benefactor y el ex
marine hablaban. Los demás escuchaban y sus cabezas se movían, del uno al otro-.
La gangrena había avanzado hasta muy arriba. Montecristi, Santiago, San Juan, Azua,
hervían de haitianos. La peste había ido extendiéndose sin que nadie hiciera nada.
Esperando un estadista con visión, al que no le temblara la mano.
--Imagine una hidra de innumerables cabezas, Excelencia -el joven diputado Chirinos
poetizaba con las maromas de sus ademanes-. Esa mano de obra roba trabajo al
dominicano, quien, para sobrevivir, vende su conuco y su rancho. ¿Quién le compra
esas tierras? El haitiano enriquecido, naturalmente.
--Es la segunda cabeza de la hidra, Excelencia -apuntó el joven diputado Cabral-.
Quitan trabajo al nacional y se apropian, pedazo a pedazo, de nuestra soberanía. -
También de las mujeres -agravó la voz y soltó un vaho lujurioso el joven Henry
Chirinos: su lengua rojiza orn', serpentina, entre sus gruesos labios-. Nada atrae tanto
a la carne negra como la blanca. Los estupros de dominicanas por haitianos son el pan
de cada día.
--No se diga los robos, los asaltos a la propiedad -insistió el joven Agustín Cabral-.
Las bandas de facinerosos cruzan el río Masacre como si no hubiera aduanas,
controles, patrullas. La frontera es un colador. Las bandas arrasan aldeas y haciendas
como nubes de langostas. Luego, arrean a Haití los ganados y todo lo que encuentran
de comer, ponerse y adornarse. Esa región ya no es nuestra, Excelencia. Ya
perdimos nuestra lengua, nuestra religión, nuestra raza. Ahora es parte de la barbarie
haitiana.
Dorothy Gittleman apenas hablaba español y debía aburrirse con este diálogo sobre
algo ocurrido veinticuatro años atrás, pero, muy seria, asentía cada cierto tiempo,
mirando al Generalísimo y a su esposo como si no perdiera sílaba de lo que decían. La
habían sentado entre el Presidente fantoche, Joaquín Balaguer, y el ministro de las
Fuerzas Armadas, general José René Román. Era una viejecita menuda, frágil,
derecha, rejuvenecida por el veraniego vestido de tonos rosados. Durante la
ceremonia, cuando el Generalísimo dijo que el pueblo dominicano no olvidaría la
solidaridad que le habían demostrado los esposos Gittleman en estos momentos
difíciles, cuando tantos gobiernos lo apuñalaban, también soltó unas lágrimas.
--Yo sabía lo que estaba ocurriendo -afirmó Trujillo-. Pero, quise verificarlo, que no
quedara duda. Ni siquiera después de recibir el informe del Constitucionalista Beodo y
Cerebrito, a quienes mandé sobre el terreno, tomé una decisión. Decidí ir yo mismo a
la frontera. La recorrí a caballo, acompañado por los voluntarios de la Guardia
Universitaria. Con estos ojos lo vi: nos habían invadido de nuevo, como en 1822. Esta
vez, pacíficamente. ¿Podía permitir que los haitianos se quedaran en mi país otros
veintidós años?
--Ningún patriota lo hubiera permitido -exclamó el senador Henry Chirinos, elevando
su copa-. Y, menos, el Generalísimo Trujillo. ¡Un brindis por Su Excelencia!
Trujillo continuó, como si no hubiera oído:
--¿Podía permitir, que, como en esos veintidós años de ocupación, los negros
asesinaran, violaran y degollaran hasta en las iglesias a los dominicanos?
En vista del fracaso de su brindis, el Constitucionalista Beodo resopló, bebió un trago
de vino y se puso a escuchar.
--A lo largo de aquel recorrido de la frontera, con la Guardia Universitaria, la flor y nata
de la juventud, fui escrutando el pasado -prosiguió el Generalísimo, con creciente
énfasis-. Recordé el degüello en la iglesia de Moca. El incendio de Santiago. La
marcha hacia Haití de Dessalines y Cristóbal, con novecientos notables de Moca, que
murieron en el camino o fueron repartidos como esclavos entre los militares haitianos.
--Más de dos semanas que presentamos el informe y el jefe no hace nada -se inquietó
el joven diputado Chirinos-. ¿Tomará alguna decisión, Cerebrito?
--No seré yo quien se lo pregunte -le repuso el joven diputado Cabral-. El jefe
actuará. Sabe que la situación es grave.
Ambos habían acompañado a Trujillo en el recorrido a caballo a lo largo de la frontera,
con el centenar de voluntarios de la Guardia Universitaria, y acababan de llegar,
boqueando más que sus bestias, a la ciudad de Dajabón. Los dos, pese a su juventud,
hubieran preferido descansar los huesos molidos por la cabalgata, pero Su Excelencia
ofrecía una recepción a la sociedad de Dajabón y jamás le harían un desaire. Ahí
estaban, asfixiados de calor en sus camisas de cuellos duros y sus levitas, en el
engalanado ayuntamiento donde Trujillo, fresco como si no hubiera cabalgado desde el
amanecer, en un impecable uniforme azul y gris constelado de condecoraciones y
entorchados , evolucionaba entre los distintos grupos, recibiendo pleitesías, con una
copa de Carlos I en la mano derecha. En eso, divisó a un joven oficial de botas
polvorientas, irrumpiendo en el embanderado salón.
--Te presentaste en esa fiesta de gala, sudando y en traje de campaña -el Benefactor
volvió bruscamente la mirada hacia el ministro de las Fuerzas Armadas-. Qué asco
sentí.
--Venía a darle un informe al jefe de mi regimiento, Excelencia -se confundió el
general Román, después de un silencio, en el que su memoria haría esfuerzos para
identificar aquel antiguo episodio-. Una banda de facinerosos haitianos penetró anoche
de manera clandestina en el país. Esta madrugada asaltaron tres fincas en Capotillo y
Parolí, llevándose todas las reses. Y dejaron tres muertos, además.
--Te jugaste la carrera, presentándote en esa facha en mi presencia -lo recriminó el
Generalísimo, con irritación retroactiva-. Está bien. Es la gota que desborda el vaso.
Vengan aquí el ministro de Guerra, el de Gobierno y todos los militares presentes.
Apártense los demás, por favor.
Había levantado la chillona vocecita en un agudo histérico, como antes, cuando daba
consignas en el cuartel. Fue obedecido de inmediato, entre un rumor de avispas. Los
militares formaron un denso círculo a su alrededor; señores y señoras retrocedieron
hacia las paredes, dejando un espacio vacío en el centro del salón adornado con
serpentinas, flores de papel y banderitas dominicanas. El Presidente Trujillo dio la
orden de corrido:
--A partir de la medianoche, las fuerzas del Ejército y de la Policía procederán a
exterminar sin contemplaciones a toda persona de nacionalidad haitiana que se halle
de manera ilegal en territorio dominicano, salvo los que estén en los ingenios
azucareros -luego de aclararse la garganta, paseó sobre la ronda de oficiales una
mirada gris-: ¿Está claro?
Las cabezas asintieron, algunas con expresión de sorpresa, otras con brillos de
salvaje alegría en las pupilas. Sonaron los tacones, al partir.
--Jefe de Regimiento de Dajabón: ponga en el calabozo, a pan y agua, al oficial que
se presentó aquí en ese estado asqueroso. Que siga la fiesta. ¡Diviértanse!
En el semblante de Simon Gittleman la admiración se mezclaba con la nostalgia.
--Su Excelencia nunca vaciló a la hora de la acción -el ex marine se dirigió a toda la
mesa-. Yo tuve el honor de entrenarlo, en la Escuela de Haina. Desde el primer
momento, supe que llegaría lejos. Eso sí, nunca imaginé qué tan lejos.
Se rió y risitas amables le hicieron eco.
--Nunca temblaron -repitió Trujillo, mostrando de nuevo sus manos-. Porque sólo di
orden de matar cuando era absolutamente indispensable para el bien del país.
--En alguna parte leí, Su Excelencia, que usted dispuso que los soldados usaran
machetes, que no dispararan -preguntó Simon Gittleman-. ¿Para ahorrar municiones?
--Para dorar la pildora, previendo las reacciones internacionales -lo corrigió Trujillo,
con sorna-. Si sólo se usaban machetes, la operación podía parecer un movimiento
espontáneo de campesinos, sin intervención del gobierno. Los dominicanos somos
pródigos, nunca hemos ahorrado en nada, y menos en municiones.
Toda la mesa lo festejó con risas. Simon Gittleman también, pero volvió a la carga.
--¿Es verdad lo del perejil, Su Excelencia? ¿Que para distinguir a dominicanos de
haitianos se hacía decir a los negros perejil? ¿Y que a los que no la pronunciaban bien
les cortaban la cabeza?
--He oído esa anécdota -se encogió de hombros Trujillo-. Habladurías que corren por
ahí.
Bajó la cabeza, como si un profundo pensamiento le exigiera de pronto gran esfuerzo
de concentración. No había ocurrido; conservaba la vista acerada y sus ojos no
distinguieron en la bragueta ni en la entrepierna la mancha delatora. Echó una sonrisa
amistosa al ex marine.
--Como en lo referente a los muertos -dijo, burlón-. Pregunta a quienes están
sentados en esta mesa y oirás las cifras más diversas. Tú, por ejemplo, senador,
¿cuántos fueron?
La oscura faz de Henry Chirinos se enderezó, henchida por la satisfacción de ser el
primer interrogado por el jefe.
--Difícil saberlo -gesticuló, como en los discursos-. Se ha exagerado mucho. Entre
cinco y ocho mil, cuando más.
--General Arredondo, tú estuviste en Independencia en esos días, cortando
pescuezos. ¿Cuántos?
--Unos veinte mil, Excelencia -respondió el obeso general Arredondo, quien parecía
enjaulado dentro del uniforme-. Sólo en la zona de Independencia hubo varios miles.
El senador se queda corto. Yo estuve allí. Veinte mil, no menos.
--¿Cuántos mataste tú mismo? -bromeó el Generalísimo y otra onda de risas recorrió
la mesa, haciendo crujir las sillas y cantar la cristalería.
--Eso que ha dicho sobre las habladurías es la pura verdad, Excelencia -respingó el
adiposo oficial, y su sonrisa se volvió mueca-. Ahora, nos echan toda la
responsabilidad. ¡Falso, de toda falsedad! El Ejército cumplió su orden.
Empezamos a separar a los ilegales de los otros. Pero, el pueblo no nos dejó. Todo
el mundo se echó a cazar haitianos. Campesinos, comerciantes y funcionarios
denunciaban dónde se escondían, los ahorcaban y los mataban a palazos. Los
quemaban, a veces. En muchos sitios, el Ejército tuvo que intervenir para parar los
excesos. Había resentimiento contra ellos, por ladrones y depredadores.
--Presidente Balaguer, usted fue uno de los negociadores con Haití, luego de los
sucesos -prosiguió Trujillo su encuesta-. ¿Cuántos fueron?
La esfumada, mínima figurilla del Presidente de la República, medio devorada por el
asiento, adelantó su benigna cabeza. Luego de observar detrás de sus anteojos de
miope a la concurrencia, surgió esa suave y bien entonada vocecita que recitaba
poemas en los Juegos Florales, celebraba la entronización de la Señorita República
Dominicana (de la que era siempre Poeta del Reino), arengaba a las muchedumbres
en las giras políticas de Trujillo, o exponía las políticas del gobierno ante la Asamblea
Nacional.
--La cifra exacta no pudo conocerse nunca, Excelencia -hablaba despacio, con aire
profesoral-. El cálculo prudente anda entre los diez y quince mil. En aquella
negociación con el gobierno de Haití, pactamos una cifra simbólica: 2.750. De este
modo, en teoría, cada familia recibiría cien pesos, de los 275.000 que pagó al contado
el gobierno de Su Excelencia, como gesto de buena voluntad y en aras de la armonía
haitiano-dominicana. Pero, como usted recordará, no ocurrió así.
Calló, con un amago de sonrisa en su carita redonda, achicando los ojitos claros
detrás de las espesas gafas.
--¿Por qué no llegó esa compensación a las familias? -preguntó Simon Gittleman.
--Porque el Presidente de Haití, Sténio Vincent, como era un bribón, se guardó el
dinero -soltó una carcajada Trujillo-. ¿Sólo se Pagaron 275.000? Según mi memoria,
pactamos 750.000 dólares para que dejaran de protestar.
--En efecto, Excelencia -repuso de inmediato, con la misma calma y perfecta dicción,
el doctor Balaguer-. Se pactó 750.000 Pesos, pero sólo 275.000 al contado. El medio
millón restante se iba a entregar en pagos anuales de cien mil pesos, por cinco años
consecutivos. Sin embargo, lo recuerdo muy bien, era ministro de Relaciones
Exteriores interino en ese momento, con don Anselmo Paulino que me asesoró en la
negociación, impusimos una cláusula según la cual las entregas estaban supeditadas a
la presentación, ante un tribunal internacional, de los certificados de defunción, durante
las dos primeras semanas de octubre de 1937, de las 2.750 víctimas reconocidas.
Haití nunca cumplimentó este requisito. Por lo tanto, la República Dominicana quedó
exonerada de pagar la suma restante. Las reparaciones sólo ascendieron a la entrega
inicial. El pago lo hizo Su Excelencia, de su patrimonio, así que no costó un centavo al
Estado dominicano.
--Poco dinero, para acabar con un problema que hubiera podido desaparecernos -
concluyó Trujillo, ahora serio-. Es cierto, murieron algunos inocentes. Pero, los
dominicanos recuperamos nuestra soberanía. Desde entonces, nuestras relaciones
con Haití son excelentes, a Dios gracias.
Se limpió los labios y bebió un sorbo de agua. Habían empezado a servir el café y a
ofrecer licores. Él no tomaba café y jamás bebía alcohol en el almuerzo, salvo en San
Cristóbal, en su finca Hacienda Fundación o su Casa de Caoba, rodeado de íntimos.
Entremezclada con las imágenes que su memoria le devolvía de aquellas semanas
sangrientas de octubre de 1937, cuando a su despacho llegaban las noticias de los
tremebundos contornos que había tomado, en la frontera, en el país entero, la cacería
de haitianos, volvió a infiltrarse de contrabando la figurita odiosa, estúpida y pasmada,
de esa muchacha contemplando su humillación. Se sintió vejado.
--¿Dónde está el senador Agustín Cabral, el famoso Cerebrito? -Simon Gittleman
señaló al Constitucionalista Beodo-: Veo al senador Chirinos y no a su inseparable
partner. ¿Qué ha sido de él?
El silencio duró muchos segundos. Los comensales se llevaban a la boca las tacitas
de café, bebían un traguito y miraban el mantel, los arreglos florales, la cristalería, la
araña del techo.
--Ya no es senador ni pone los pies en este Palacio -sentenció el Generalísimo, con la
lentitud de sus cóleras frías-. Vive, pero en lo que concierne a este régimen, dejó de
existir.
El ex maríne, incómodo, apuró su copa de coñac. Debía rayar los ochenta años,
calculó el Generalísimo. Magníficamente bien llevados: con sus ralos cabellos cortados
al rape, se mantenía derecho y esbelto, sin gota de grasa ni pellejos en el cuello,
enérgico en sus ademanes y movimientos. La telaraña de arruguitas que envolvía sus
párpados y se prolongaba por su cara curtida delataba su larga vida. Hizo una mueca,
buscando cambiar de tema.
--¿Qué sintió Su Excelencia al dar la orden de eliminar a esos miles de haitianos
ilegales?
--Pregúntale a tu ex Presidente Truman qué sintió al dar la orden de arrojar la bomba
atómica sobre Hiroshima y Nagasaki. Así sabrás qué sentí aquella noche, en Dajabón.
Todos celebraron la salida del Generalísimo. La tensión provocada por el ex marine
al mencionar a Agustín Cabral, se disipó. Ahora, fue Trujillo quien cambió de
conversación:
--Hace un mes, Estados Unidos sufrió una derrota en Bahía de Cochinos. El
comunista Fidel Castro capturó a cientos de expedicionarios. ¿Qué consecuencias
tendrá eso en el Caribe, Simon?
--Esa expedición de patriotas cubanos fue traicionada por el Presidente Kennedy -
murmuró, apesadumbrado-. Fueron mandados al matadero. La Casa Blanca prohibió
la cobertura aérea y el apoyo de artillería que les prometieron. Los comunistas hicieron
tiro al blanco con ellos. Pero, permítame, Su Excelencia. Me alegró que ocurriera.
Servirá de lección a Kennedy, cuyo gobierno está infiltrado de fellow travellers. ¿Cómo
se dice en español? SI, compañeros de viaje. Puede que se decida a librarse de ellos.
La Casa Blanca no querrá otro fracaso como el de Bahía de Cochinos. Eso aleja el
peligro de que mande marines a la República Dominicana.
Al decir estas últimas palabras, el ex marine se emocionó e hizo un esfuerzo notorio
por mantener la compostura. Trujillo se sorprendió: ¿había estado a punto de llorar su
viejo instructor de Haina, ante la idea de un desembarco de sus compañeros de armas
para derrocar al régimen dominicano?
--Perdone la debilidad, Su Excelencia -murmuró Simon Gittleman, reponiéndose-.
Usted sabe que yo quiero este país como si fuera mío.
--Este país es el tuyo, Simon -dijo Trujillo.
--Que, por la influencia de los izquierdistas, Washington pudiera mandar a los
marines, a combatir al gobernante más amigo de Estados Unidos, me parece diabólico.
Por eso gasto mi tiempo y mi dinero tratando de abrir los ojos de mis compatriotas. Por
eso nos hemos venido Dorothy y yo a Ciudad Trujillo, para pelear junto a los
dominicanos, si desembarcan los marines.
Una salva de aplausos que hizo cascabelear platos, copas y cubiertos saludó la
perorata del marine. Dorothy sonreía, asintiendo, solidaria con su esposo.
--Su voz, master Simon Gittleman, es la verdadera voz de Norteamérica -se exaltó el
Constitucionalista Beodo, despidiendo una salva de saliva-. Un brindis por este amigo,
por este hombre de honor. ¡Por Simon Gittleman, señores!
-Un momento -la aflautada vocecita de Trujillo rasgó en mil pedazos el enfervorizado
ambiente. Los comensales lo miraron, desconcertados, y Chirinos quedó con su copa
todavía en alto-. ¡Por nuestros amigos y hermanos Dorothy y Simon Gittleman!
Abrumada, la pareja agradecía con sonrisas y venias a los presentes.
--Kennedy no nos mandará a los marines, Simon -dijo el Generalísimo, cuando se
apagó el eco del brindis-. No creo que sea tan idiota. Pero, si lo hace, Estados Unidos
sufrirá su segunda Bahía de Cochinos. Tenemos unas Fuerzas Armadas más
modernas que las del barbudo. Y aquí, conmigo al frente, peleará hasta el último
dominicano.
Cerró los ojos, preguntándose si su memoria le permitiría recordar con exactitud
aquella cita. SI, ahí la tenía, completa, venida a él desde aquella conmemoración, el
veintinueve aniversario de su primera elección. La recitó, escuchado en silencio
reverencial:
-«Sean cuales sean las sorpresas que el porvenir nos reserve, podemos hallarnos
seguros de que el mundo podrá ver a Trujillo muerto, pero no prófugo como Batista, ni
fugitivo como Pérez Jiménez, ni sentado ante las barras de un tribunal como Rojas
Pinilla. El estadista dominicano es de otra moral y otra estirpe.»
Abrió los ojos y pasó una mirada complacida por sus invitados, que, luego de
escuchar la cita absortos, hacían gestos aprobatorios.
--¿Quién escribió la frase que acabo de citar? -preguntó el Benefactor.
Se examinaron unos a otros, buscaron, con curiosidad, con recelo, con alarma.
Finalmente, las miradas convergieron en el rostro amable, redondo, embarazado por la
modestia, del menudo polígrafo en quien, desde que Trujillo hizo renunciar a su
hermano Negro con la vana esperanza de evitar las sanciones de la OEA, había
recaído la primera magistratura de la República.
--Me maravilla la memoria de Su Excelencia -musitó Joaquín Balaguer, haciendo
alarde de una humildad excesiva, como aplastado por el honor que se le hacía-. Me
enorgullece que recuerde ese modesto discurso mío del pasado 3 de agosto.
Detrás de sus pestañas, el Generalísimo observó cómo se descomponían de envidia
las caras de Virgilio Alvarez Pina, de la Inmundicia Viviente, de Paíno Pichardo y de los
generales. Sufrían. Pensaban que el nimio, el discreto poeta, el delicuescente
profesor y jurista acababa de ganarles unos puntos en la eterna competencia en que
vivían por los favores del jefe, por ser reconocidos, mencionados, elegidos, distinguidos
sobre los demás. Sintió ternura por estos diligentes vástagos, a los que tenía viviendo
treinta años en perpetua inseguridad.
--No es una mera frase, Simon -afirmó-. Trujillo no es uno de esos gobernantes que
dejan el poder cuando silban las balas. Yo aprendí lo que es el honor a tu lado, entre
los marines. Allí supe que se es hombre de honor en todo momento. Que los hombres
con honor no corren. Pelean Y, si hay que morir, mueren peleando. Ni Kennedy, ni la
OEA, ni el negro asqueroso y afeminado de Betancourt, ni el comunista Fidel Castro,
van a hacer correr a Trujillo del país que le debe todo lo que es.
El Constitucionalista Beodo comenzó a aplaudir, Pero, cuando muchas manos se
alzaban para imitarlo, la mirada de Trujillo cortó en seco el aplauso.
--¿Sabes cuál es la diferencia entre esos cobardes y yo, Simon? -prosiguió, mirando a
los ojos a su antiguo instructor-. Que yo fui formado en la infantería de marina de los
Estados Unidos de América. Nunca lo he olvidado. Tú me lo enseñaste, en Haina y en
San Pedro de Macoris. ¿Te acuerdas? Los de esa primera promoción de la Policía
Nacional Dominicana somos de acero. Los resentidos decían que la PND quería decir
«pobres negritos dominicanos». La verdad es que esa promoción cambió a este país,
lo creó. A mí no me sorprende lo que tú estás haciendo por esta tierra. Porque eres un
verdadero marine, como yo. Hombre leal. Que muere sin bajar la cabeza, mirando al
cielo, como los caballos árabes. Simon, a pesar de lo mal que se porta, yo no le
guardo rencor a tu país. Porque a los marines les debo lo que soy.
--Algún día los Estados Unidos se arrepentirán de haber sido ingratos con su socio y
amigo del Caribe.
Trujillo bebió unos sorbos de agua. Se reanudaban las conversaciones. Los mozos
ofrecían nuevas tazas de café, más coñac y otros licores, cigarros puros. El
Generalísimo volvió a escuchar a Simon Gittleman:
--¿Cómo va a terminar ese lío con el obispo Reilly, Su Excelencia?
Hizo un gesto desdeñoso:
--No hay ningún lío, Simon. Ese obispo se ha puesto de parte de nuestros enemigos.
Como el pueblo se indignó, se asustó y corrió a esconderse entre las monjitas del
Colegio Santo Domingo. Lo que esté haciendo entre tantas mujeres, es cosa suya.
Hemos puesto una custodia para evitar que lo linchen.
--Sería bueno que eso se solucione pronto -insistió el ex marina-. En Estados Unidos,
muchos católicos mal informados se creen las declaraciones de monseñor Reilly. Que
está amenazado, que tuvo que refugiarse por la campaña de intimidación y todo eso.
--No tiene importancia, Simon. Todo se arreglará y las relaciones con la Iglesia
volverán a ser magníficas. No olvides que mi gobierno ha estado siempre lleno de
católicos a carta cabal y que Pío XII me condecoró con la Gran Cruz de la Orden Papal
de San Gregorio -y, de manera abrupta, cambió de tema-: ¿Los llevó Petán a conocer
La Voz Dominicana?
--Por supuesto -repuso Simon Gittleman; Dorothy asintió, con ancha sonrisa.
Aquel emporio de su hermano, el general José Arismendi Trujillo, Petán, había
comenzado veinte años atrás con una pequeña estación de radio. La Voz de Yuna fue
creciendo hasta convertirse en un complejo formidable, La Voz Dominicana, la primera
televisión, la más grande estación de radio, el mejor cabaret y teatro de revistas de la
isla (Petán insistia en que era el primero de todo el Caribe, pero el Generalísimo sabía
que no consiguió quitarle el cetro al Tropicana de La Habana). Los Gittleman estaban
impresionados de las magníficas instalaciones; el propio Petán los paseó por el local, y
los hizo asistir al ensayo del ballet mexicano que se presentaría esta noche en el
cabaret. No era una mala persona, si se escarbaba, Petán; cuando lo necesitó, pudo
contar siempre con él y con su pintoresco ejército particular, «los cocuyos de la
cordillera». Pero, igual que sus otros hermanos, le había traído más perjuicios que
beneficios, desde que, por su culpa, por esa pelea estúpida, tuvo que intervenir, y, para
mantener el principio de autoridad, acabar con aquel gigante magnífico -su compañero
en la Escuela de Oficiales de Haina, por lo demás-, el general Vázquez Rivera. Uno de
los mejores oficiales -un marina, coño-, servidor siempre leal. Pero, la familia, aunque
fuera una familia de parásitos, inútiles, badulaques y pobres diablos, estaba antes que
la amistad y el interés político: era un mandamiento sagrado, en su catálogo del honor.
Sin dejar de seguir su propia línea de pensamiento, el Generalísimo escuchaba a
Simon Gittleman, refiriendo lo sorprendido que quedó al ver las fotos de las
celebridades del cine, la farándula y la radio de toda América que habían venido a La
Voz Dominicana. Petán las tenía desplegadas en las paredes de su despacho: Los
Panchos, Libertad Lamarque, Pedro Vargas, Ima Súmac, Pedro Infante, Celia Cruz,
Toña la Negra, Olga Guillot, Maria Luisa Landin, Boby Capó, Tintán y su carnal
Marcelo. Trujillo sonrió: lo que Simon no sabía era que Petán, además de alegrar la
noche dominicana con las artistas que traía, quería también tirárselas, como se tiraba a
todas las muchachas solteras o casadas, en su pequeño imperio de Bonao. Allí, el
Generalísimo lo dejaba hacer, con tal de que no se propasara en Ciudad Trujillo. Pero
el pájaro loco de Petán a veces jodía también en la ciudad capital, convencido de que
las artistas contratadas por La Voz Dominicana estaban obligadas a acostarse con él,
si se le antojaba. Lo consiguió algunas veces; otras, hubo escándalo, y él -Siempre él-
tuvo que apagar el incendio, haciendo regalos millonarios a las artistas agraviadas por
el imbécil pícaro, sin maneras con las damas, de Petán. Ima Súmac, por ejemplo,
princesa inca pero con pasaporte norteamericano. La osadía de Petán hizo que
interviniera el propio embajador de Estados Unidos. Y el Benefactor, destilando hiel,
desagravió a la princesa inca, obligando a su hermano a presentarle excusas. El
Benefactor suspiró. Con el tiempo que habia perdido llenando los huecos que abría en
el camino la horda de sus parientes, hubiera construido un segundo país.
Sí, de todas las barbaridades cometidas por Petán, la que nunca le perdonaría fue
aquella estúpida pelea con el jefe de Estado Mayor del Ejército. El gigante Vázquez
Rivera era buen amigo de Trujillo desde que fueron entrenados juntos en Haina; tenía
una fuerza descomunal y la cultivaba practicando todos los deportes. Fue uno de los
militares que contribuyó a hacer realidad el sueño de Trujillo: transformar el Ejército,
nacido de esa pequeña Policía Nacional, en un cuerpo profesional, disciplinado y
eficiente, ni más ni menos, en formato reducido, que el norteamericano. Y, en eso, la
estúpida pelea. Petán tenía el grado de mayor y servía en la jefatura de Estado Mayor
del Ejército. Borracho, desobedeció una orden y cuando el general Vázquez Rivera lo
reprendió, se insolentó. El gigante, entonces, quitándose los galones, le señaló el patio
y le propuso resolver el asunto con los puños, olvidándose de los grados. Fue la paliza
más feroz que recibió Petán en toda su vida, con la que pagó las que había dado a
tanto pobre diablo. Apenado, pero convencido que el honor de la familia lo obligaba a
actuar así, Trujillo depuso a su amigo y lo mandó a Europa con una misión simbólica.
Un año más tarde, el Servicio de Inteligencia le informó de los planes subversivos: el
general resentido visitaba guarniciones, se reunía con antiguos subordinados, escondía
armas en su finquita del Cibao. Lo hizo detener, encerrar en la prisión militar de la
desembocadura del río Nigua, y, tiempo después, condenar a muerte en secreto, por
un tribunal militar. Para arrastrarlo a la horca, el jefe de la Fortaleza recurrió a doce
facinerosos que cumplían penas allí por delitos comunes. Para que no quedaran
testigos de aquel titánico final del general Vázquez Rivera, Trujillo ordenó que a los
doce bandidos los fusilaran. Pese al tiempo corrido, le venía a veces, como ahora,
cierta nostalgia por ese compañero de los años heroicos, al que tuvo que sacrificar por
las majaderías de Petán.
Simon Gittleman explicaba que los comités fundados por él en Estados Unidos habían
iniciado una colecta para una gran operación: el mismo día se publicaría, como aviso
pagado, a página entera, en The New York Times, The Wáshington Post, Time, Los
Angeles Times y todas las publicaciones que atacaban a Trujillo y apoyaban las
sanciones de la OEA, una refutación y un alegato en favor de la reapertura de
relaciones con el régimen dominicano.
¿Por qué había preguntado Simon Gittleman por Agustín Cabral? Hizo esfuerzos por
contener la irritación que se apoderó de él apenas recordó a Cerebrito. No podía haber
mala intención. Si alguien admiraba y respetaba a Trujillo era el ex marine, dedicado
en cuerpo y alma a defender su régimen. Soltaría el nombre por asociación de ideas,
al ver al Constitucionalista Beodo y recordar que Chirinos y Cabral eran -para quien no
estuviera en las intimidades del régimen- compañeros inseparables. SI, lo habían sido.
Trujillo les asignó muchas veces misiones conjuntas. Como en 1937, cuando,
nombrándolos director general de Estadística y director general de Migración, los envió
a recorrer la frontera de Haití, para que le informaran sobre las infiltraciones de
haltianos. Pero, la amistad de ese tándem fue siempre relativa: cesaba en cuanto
estaban en juego la consideración o los halagos del Jefe. A Trujillo le divertía -un juego
exquisito y secreto que podía permitirse- advertir las sutiles maniobras, las estocadas
sigilosas, las intrigas florentinas que se fraguaban uno contra otro, la Inmundicia
Viviente y Cerebrito -pero, también, Virgilio Alvarez Pina y Paino Pichardo, Joaquín
Balaguer y Fello Bonnelly, Modesto Díaz y Vicente Tolentino Rojas, y todos los del
círculo íntimo- para desplazar al compañero, adelantarse, estar mas cerca y merecer
mayor atención, oídos y bromas del Jefe. «Como las hembras del harén para ser la
favorita», pensaba, y él, para mantenerlos siempre en el quién vive, e impedir el
apolillamiento, la rutina, la anomia, desplazaba, en el escalafón, alternativamente, de
uno a otro, la desgracia. Eso había hecho con Cabral; alejarlo, hacerlo tomar
conciencia de que todo lo que era, valía y tenía se lo debía a Trujillo, que sin el
Benefactor no era nadie. Una prueba por la que había hecho pasar a todos sus
colaboradores, íntimos o lejanos. Cerebrito lo había tomado mal, desesperándose,
como una hembra enamorada a la que despide su macho. Por querer arreglar las
cosas antes de lo debido, estaba metiendo la pata. Tragaría mucha mierda antes de
volver a la existencia.
¿Sería que Cabral, sabiendo que Trujillo iba a condecorar al ex marine, le rogó a éste
que intercediera por él? ¿Fue ésa la razón por la que el ex marine soltó de manera
intempestiva el nombre de alguien que todo dominicano que leyera El Foro Público
sabía que había perdido el favor del régimen? Bueno, tal vez Simon Gittleman no leía
El Caribe.
Se le heló la sangre: se le estaban saliendo los orines. Lo sintió, le pareció ver el
líquido amarillo deslizándose desde su vejiga sin pedir permiso a esa válvula inservible,
a esa próstata muerta, incapaz de contenerlo, hacia su uretra, corriendo alegremente
por ella y saliendo en busca de aire y luz, por su calzoncillo, bragueta y entrepierna del
pantalón. Tuvo un vértigo. Cerró los ojos unos segundos, sacudido por la indignación
y la impotencia. Por desgracia, en vez de Virgilio Alvarez Pina, tenía a su derecha a
Dorothy Gittleman, y a su izquierda a Simon, que no podían ayudarlo. Virgilio, Sí.
Era presidente del Partido Dominicano pero, en verdad, su función verdaderamente
importante era, desde que el doctor Puigvert, traído en secreto desde Barcelona,
diagnosticó la maldita infección de la próstata, actuar deprisa cuando se producían
esos actos de incontinencia, derramando un vaso de agua o una copa de vino sobre el
Benefactor y pidiendo luego mil disculpas por su torpeza, o, si ocurría en una tribuna o
durante una marcha, colocándose como un biombo delante de los pantalones
mancillados. Pero, los inbéciles del protocolo sentaron a Virgilio Alvarez cuatro sillas
más allá. Nadie podía ayudarlo. Pasaría por la horrenda humillación al ponerse de pie
de que los Gittleman y algunos invitados notaran que se había meado en los
pantalones sin darse cuenta, como un viejo. La cólera le impedía moverse, simular que
iba a beber y echarse encima el vaso o la jarra que tenía delante.
Muy despacio, mirando en torno con aire distraído, fue desplazando su mano derecha
hacia el vaso lleno de agua. Lentísimamente, lo atrajo, hasta dejarlo al filo de la mesa,
de modo que el menor movimiento lo volcara. Recordó, de pronto, que la primera hija
que tuvo, con Aminta Ledesma, su primera mujer, Flor de Oro, esa loquita con cuerpo
de hembra y alma de macho que cambiaba maridos como zapatos, acostumbraba
orinarse en la cama hasta que era ya una niña de colegio. Tuvo valor para espiar otra
vez el pantalón. En vez del bochornoso espectáculo, la mancha que esperaba,
comprobó -su vista seguía siendo formidable, igual que su memoria- que su bragueta y
entrepierna estaban secas. Sequísimas. Fue una falsa impresión, motivada por el
temor, el pánico a «hacer aguas», como decían de las parturientas. Lo embargó la
felicidad, el optimismo. El día, comenzado con malos humores y sombríos presagios,
acababa de embellecerse, como el paisaje de la costa luego del aguacero, al estallar el
sol.
Se puso de pie y, soldados a la voz de mando, todos lo imitaron. Mientras se
inclinaba a ayudar a Dorothy Gittleman a levantarse, decidió con toda la fuerza de su
alma: «Esta noche, en la Casa de Caoba, haré chillar a una hembrita como hace veinte
años». Le pareció que sus testículos entraban en ebullición y su verga empezaba a
enderezarse.
XII
Salvador Estrella Sadhalá pensó que nunca conocería el Líbano y ese pensamiento lo
deprimió. Desde niño soñaba de cuando en cuando con que algún día iría a visitar el
Alto Líbano, aquella ciudad, acaso aldea, Basquinta, de donde eran oriundos los
Sadhalá y de donde, a fines del siglo pasado, los ascendientes de su madre fueron
expulsados por católicos. Salvador creció oyendo a mamá Paulina las aventuras y
desventuras de los prósperos comerciantes que eran los Sadhalá allá en el Líbano;
cómo lo habían perdido todo, y las pellejerías que pasaron don Abraham Sadhalá y los
suyos huyendo de las persecuciones a que la mayoría musulmana sometía a la minoría
cristiana. Recorrieron medio mundo, fieles a Cristo y a la cruz, hasta recalar en Haití,
luego en la República Dominicana. En Santiago de los Caballeros echaron raíces y,
trabajando con la dedicación y honradez proverbiales de la familia, volvieron a ser
prósperos y respetados en su tierra de adopción. Aunque veía poco a sus parientes
maternos, Salvador, hechizado por las historias de mamá Paulina, se sintió siempre un
Sadhalá. Por eso, soñaba con visitar esa misteriosa Basquinta que nunca encontró en
los mapas del Medio Oriente. ¿Por qué acababa de tener la certidumbre de que jamás
pondría los pies en el exótico país de sus antepasados?
--Creo que me dormí -oyó decir, en el asiento de adelante, a Antonio de la Maza. Lo
vio restregarse los ojos. -Se durmieron todos -repuso Salvador-. No te preocupes,
estoy atento a los carros que vienen de Ciudad Trujillo.
--Yo también -dijo, a su lado, el teniente Amado García Guerrero-. Parece que
duermo porque no muevo un músculo y pongo el cerebro en blanco. Es una manera
de relajarse que aprendí en el Ejército.
--¿Seguro que va a venir, Amadito? -lo provocó, desde el volante, Antonio Imbert. El
Turco detectó su tono de reproche. ¡Qué Injusto! Como si Amadito tuviera la culpa de
que Trujillo hubiera cancelado su viaje a San Cristóbal.
--Sí, Tony -respingó el teniente, con seguridad fanática-. Va a venir.
El Turco ya no estaba tan seguro; llevaban hora y cuarto de espera. Habrían perdido
un día más, de entusiasmo, de angustia, de esperanza. Con sus cuarenta y dos años,
Salvador era uno de los mayores entre los siete hombres apostados en los tres autos
que esperaban a Trujillo en la carretera a San Cristóbal. No se sentía viejo, ni
muchísimo menos. Su fuerza seguía siendo tan descomunal como a sus treinta años,
cuando, en la finca de Los Almácigos, se decía que el Turco podía matar un burro de
un puñetazo detrás de la oreja. La potencia de sus músculos era legendaria. Lo
sabían quienes se habían calzado los guantes para boxear con él en el cuadrilátero del
Reformatorio de Santiago, donde, gracias a sus esfuerzos por inculcarles los deportes,
había conseguido efectos maravillosos entre los jóvenes delincuentes y vagabundos.
Allí surgió Kid Dinamita, ganador del Guante de Oro, que llegó a ser boxeador conocido
en todo el Caribe.
Salvador quería a los Sadhalá y se sentía orgulloso de su sangre árabe libanesa, pero
los Sadhalá no habían querido que él naciera; hicieron una oposición atroz a su madre,
cuando Paulina les hizo saber que la cortejaba Piro Estrella, mulato, militar y político,
tres cosas que a los Sadhalá -el Turco sonrió- les daban escalofríos. La negativa
familiar hizo que Piro Estrella se robara a mamá Paulina, se la llevara a Moca, a punta
de pistola arrastrara al cura a la parroquia y lo obligara a casarlos. Con el tiempo, los
Sadhalá y los Estrella se reconciliaron. Cuando mamá Paulina murió, en 1936, los
hermanos Estrella Sadhalá eran diez. El general Piro Estrella se las arregló para
engendrar otros siete hijos en su segundo matrimonio, de modo que el Turco tenía
dieciséis hermanos legítimos. ¿Qué les ocurriría si fracasaba lo de esta noche? ¿Qué
le ocurriría, sobre todo, a su hermano Guaro, que no sabía nada de esto? El general
Guarionex Estrella Sadhalá había sido jefe de los ayudantes militares de Trujillo y en la
actualidad comandaba la Segunda Brigada, de La Vega. Si la conjura fallaba, las
represalias serían despiadadas. ¿Por qué había de fallar? Estaba cuidadosamente
preparada. Apenas su jefe, el general José René Román, le comunicara que Trujillo
había muerto y que una junta cívico-militar tomaba el poder, Guarionex pondría todas
las fuerzas militares del norte al servicio del nuevo régimen. ¿Sucedería? El desaliento
volvía a apoderarse de Salvador, por culpa de la espera.
Entrecerrando los ojos, sin mover los labios, oró. Lo hacía varias veces en el día, en
voz alta al levantarse y al acostarse, y en silencio, como ahora, el resto de las veces.
Padrenuestros y avemarías, pero, también, oraciones que improvisaba en función de
las circunstancias. Desde joven se acostumbró a participar a Dios los grandes y
menudos problemas, a confiarle sus secretos y pedirle consejos. Le rogó que Trujillo
viniera, que su infinita gracia permitiera que ejecutaran de una vez al verdugo de los
dominicanos, esa Bestia que ahora se encarnizaba contra la Iglesia de Cristo y sus
pastores. Hasta hacía algún tiempo, cuando se trataba del ajusticiamiento de Trujillo, el
Turco se sentía indeciso; pero, desde que recibió la señal, podía hablar al Señor del
tiranicidoo con buena conciencia. La señal había sido aquella frase que le leyó el
nuncio de Su Santidad.
Fue gracias al padre Fortín, sacerdote canadiense avecindado en Santiago, que
Salvador tuvo aquella conversación con monseñor Lino Zanini, gracias a la cual estaba
aquí. Durante muchos años, el padre Cipriano Fortín fue su director espiritual. Una o
dos veces al mes tenían largas conversaciones en las que el Turco le abría su corazón
y su conciencia; el sacerdote lo escuchaba, respondía a sus preguntas y le exponía sus
propias dudas. De manera insensible, los asuntos políticos fueron superponiéndose a
los personales en aquellas conversaciones. ¿Por qué la Iglesia de Cristo apoyaba a un
régimen manchado de sangre? ¿Cómo era posible que la Iglesia amparara con su
autoridad moral a un gobernante que cometía crímenes abominables?
El Turco recordaba el embarazo del padre Fortín. Las explicaciones que aventuraba
no lo convencían a él mismo: a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César.
¿Acaso existe semejante separación para Trujillo, padre Fortín? ¿No va a misa, no
recibe la bendición y la hostia consagrada? ¿No hay misas, tedeum, bendiciones para
todos los actos de gobierno? ¿No santifican a diario obispos y sacerdotes los actos de
la tiranía? ¿En qué situación dejaba la Iglesia a los creyentes identificándose de ese
modo con Trujillo?
Desde jovencito, Salvador había comprobado lo difícil, lo imposible que resultaba a
veces someter la conducta diaria a los mandamientos de su religión. Sus principios y
creencias, pese a ser tan firmes, no lo habían frenado para la parranda ni las faldas.
Nunca se arrepentiría bastante de haber procreado dos hijos naturales, antes de
casarse con su mujer actual, Urania Mieses. Eran caídas que lo avergonzaban, que
había procurado redimir, aunque sin aplacar su conciencia. Sí, muy difícil no ofender a
Cristo en la vida de todos los días. Él, pobre mortal, marcado por el pecado original, era
prueba de las debilidades congénitas al hombre.
¿Pero cómo podía equivocarse la Iglesia inspirada por Dios apoyando a un
desalmado?
Hasta que, hacía dieciséis meses -nunca olvidaría aquel día-, el domingo 25 de enero
de 1960 ocurrió aquel milagro. Un arco iris en el cielo dominicano. El 21 había sído la
fiesta de la patrona, Nuestra Señora de la Altagracia, y, también, el de la peor redada
contra militantes del 14 de junio. La iglesia de la Altagracia, en aquella soleada
mañana santiaguense, estaba de bote a bote. De pronto, desde el púlpito, con voz
firme, el padre Cipriano Fortín comenzó a dar lectura
--lo mismo hacían los pastores de Cristo en todas las iglesias dominicanas- a aquella
Carta Pastoral del episcopado que estremeció la República. Fue un ciclón, más
dramático todavía que aquel, famoso, de San Zenón, que en 1930, en los comienzos
de la Era de Trujillo, desapareció la ciudad capital.
En la oscuridad del automóvil, Salvador Estrella Sadhalá, inmerso en el recuerdo de
aquel fasto día, sonrió. Oyendo leer al padre Fortín en su español ligeramente
afrancesado, cada frase de aquella Carta Pastoral que enloqueció de furor a la Bestia,
le parecía una respuesta a sus dudas y angustias. Conocía tanto ese texto -que, luego
de oír, había leído, impreso a ocultas y repartido por doquier- que se lo sabía casi de
memoria. Una «sombra de tristeza» marcaba la festividad de la Virgen dominicana.
«No podemos permanecer insensibles ante la honda pena que aflige a buen número de
hogares dominicanos», decían los obispos. Como san Pedro, querían «llorar con los
que lloran». Recordaban que la raíz y fundamento de todos los derechos está en la
dignidad inviolable de la persona humana». Una cita de Pío XII evocaba a los
«millones de seres humanos que continúan viviendo bajo la opresión y la tiranía», para
los que no hay «nada seguro: ni el hogar, ni los bienes, ni la libertad, ni el honor».
Cada frase aceleraba el corazón de Salvador. «¿A quién pertenece el derecho a la
vida sino únicamente a Dios, autor de la vida?» Los obispos subrayaban que de ese
«derecho primordial» brotan los otros: a formar una familia, el derecho al trabajo, al
comercio, a la inmigración (¿no era esto condenar ese sistema infame de pedir permiso
policial para cada salida al extranjero?), a la buena fama y a no ser calumniado «bajo
fútiles pretextos o denuncias anónimas» «por bajos y rastreros motivos». La Carta
Pastoral reafirmaba que «todo hombre tiene derecho a la libertad de conciencia, de
prensa, de libre asociación ... ». Los obispos elevaban preces «en estos momentos de
congoja y de incertidumbres para que hubiera «concordia y paz» y se establecieran en
el país «los sagrados derechos de convivencia humana».
Salvador quedó tan conmovido que, a la salida de la iglesia, ni siquiera pudo comentar
la Carta Pastoral con su mujer o con los amigos que, reunidos a la puerta de la
parroquia, chisporroteaban de sorpresa, entusiasmo o miedo con lo que acababan de
oír. No había confusión posible: encabezaba la Carta Pastoral el arzobispo Ricardo
Pittini y la firmaban los cinco obispos del país.
Balbuceando una excusa, se apartó de su familia y, como un sonámbulo, regresó a la
iglesia. Fue a la sacristía. El padre Fortín se quitaba la casulla. Le sonrió: «¿Estarás
orgulloso de tu Iglesia, ahora sí, Salvador?». A él no le salían las palabras. Abrazó al
sacerdote largamente. Sí, la Iglesia de Cristo se había puesto por fin del lado de las
víctimas.
--Las represalias van a ser terribles, padre Fortín -murmuró.
Lo fueron. Pero, con esa endiablada habilidad del régimen para la intriga, la
venganza se concentró en los dos obispos extranjeros, ignorando a los nacidos en
suelo dominicano. Monseñor Tomás F. Reilly, de San Juan de la Maguana,
norteamericano, y monseñor Francisco Panal, obispo de La Vega, español, fueron los
blancos de esa innoble campaña.
En las semanas que siguieron al júbilo del 25 de enero de 1960, Salvador se planteó
por primera vez la necesidad de matar a Trujillo. Al principio, la idea lo espantaba, un
católico ten'ía que respetar el quinto mandamiento. Pese a ello, volvía, irresistible,
cada vez que leía en El Caribe, en La Nación, o escuchaba en La Voz Dominicana los
ataques contra monseñor Panal y monseñor Reilly: agentes de potencias extranjeras,
vendidos al comunismo, colonialistas, traidores, víboras. ¡Pobre Monseñor Panal!
Acusar de extranjero a un sacerdote que había pasado treinta años haciendo obra
apostólica en La Vega, donde era querido por tirios y troyanos. Las infamias tramadas
por Johnny Abbes -¿quién si no podía elucubrar semejantes aquelarres?- de las que el
Turco se enteraba por el padre Fortín y el tam. tam. humano, eliminaron sus
escrúpulos. La gota que rebalsó el vaso fue la sacrílega pantomima montada contra
monseñor Panal, en la iglesia de La Vega, donde el obispo decía la misa de doce. En
la nave atestada de parroquianos, cuando monseñor Panal leía el evangelio del día,
irrumpió una pandilla de barraganas maquilladas y semidesnudas, y ante el estupor de
los fieles, acercándose al púlpito insultaron y recriminaron al anciano obispo,
acusándolo de haberles hecho hijos y ser un pervertido. Una de ellas, apoderándose
del micrófono, aulló: «Reconoce a las criaturas que nos hiciste parir y no las mates de
hambre». Cuando, algunos asistentes, reaccionando , intentaron sacar a las putas
fuera de la iglesia y proteger al obispo que miraba aquello incrédulo, irrumpieron los
caliés, una veintena de forajidos armados de garrotes y cadenas, que arremetieron sin
misericordia contra los parroquianos. ¡Pobres obispos! Les pintarrajearon las casas con
los insultos. A monseñor Reilly, en San Juan de la Maguana, le dinamitaron la
camioneta con la que se desplazaba por la diócesis, y le bombardearon la casa con
animales muertos, aguas servidas, ratas vivas, cada noche, hasta obligarlo a refugiarse
en Ciudad Trujillo, en el Colegio Santo Domingo. El indestructible monseñor Panal
seguía resistiendo en La Vega, las amenazas, las infamias, los insultos. Un anciano
hecho del barro de los mártires.
Uno de esos días el Turco se presentó en casa del padre Fortín con la gruesa, grande
cara transformada.
--¿Qué pasa, Salvador@
--Voy a matar a Trujillo, padre. Quiero saber si me condenaré -se quebró-: Ya no
puede ser. Lo que están haciendo con los obispos, con las iglesias, esa asquerosa
campaña en la televisión, en radios y periódicos. Hay que ponerle fin, cortando la
cabeza de la hidra. ¿Me condenaré?
El padre Fortin lo calmó. Le ofreció café recién colado, lo sacó a dar un largo paseo
por las calles arboladas de laureles de Santiago. Una semana después le anunció que
el nuncio apostólico, monseñor Lino Zanini, lo recibiría en Ciudad Trujillo, en audiencia
privada. El Turco se presentó intimidado en la elegante casona de la nunciatura, en la
avenida Máximo Gómez. Aquel príncipe de la Iglesia hizo sentirse cómodo desde el
primer instante a ese gigantón tímido, apretado en su camisa de cuello y la corbata que
se había puesto para la audiencia con el representante del Papa.
¡Qué elegante era y qué bien hablaba monseñor Zanini! Un verdadero príncipe, sin
duda. Salvador había oído muchas historias del nuncio y sentía simpatía por él, porque
decían que Trujillo lo odiaba. ¿Sería verdad que Perón había partido del país, donde
llevaba siete meses exiliado, al enterarse de la llegada del nuevo nuncio de Su
Santidad? Lo decía todo el mundo. Que corrió al Palacio Nacional: «Cuídese,
Excelencia. Con la Iglesia no se puede. Recuerde lo que me ocurrió. No me tumbaron
los militares, sino los curas. Este nuncio que le manda el Vaticano, es como el que me
mandó a mí, cuando comenzaron los líos con las sotanas.
¡Cuídese de él!». Y el ex dictador argentino hizo sus maletas y escapó a España.
Después de aquella reunión, el Turco estaba dispuesto a creer todo lo bueno que se
dijera de monseñor Zanini.
El nuncio lo hizo pasar a su despacho, le invitó refrescos, lo alentó a volcar lo que
llevaba dentro con afables comentarios dichos en un español de música italiana que a
Salvador le hacía el efecto de una melodía angélica. Lo escuchó decir que no podía
soportar más lo que ocurría, que lo que el régimen estaba haciendo con la Iglesia, con
los obispos, lo tenía enloquecido. Luego de una larga pausa, cogió la mano anillada
del nuncio:
--Voy a matar a Trujillo, monseñor. ¿Habrá perdón para mi alma?
Se le cortó la voz. Permanecía con los ojos bajos, respirando con ansiedad. Sintió en
su espalda la mano paternal de monseñor Zanini. Cuando, por fin, levantó los ojos, el
nuncio tenía un libro de santo Tomás de Aquino en las manos. Su cara fresca le
sonreía con aire pícaro. Uno de sus dedos señalaba un pasaje, en la página abierta.
Salvador se inclinó y leyó: «La eliminación física de la Bestia es bien vista por Dios si
con ella se libera a un pueblo».
Salió en estado de trance de la nunciatura. Anduvo mucho rato por la avenida George
Washington, a la orilla del mar, sintiendo una tranquilidad de espíritu que no conocía
hacía mucho tiempo. Mataría a la Bestia y Dios y su Iglesia lo perdonarían,
manchándose de sangre y lavarían la sangre que la Bestia hacía correr en su patria.
¿Pero, iba a venir? Sentía la tremenda tensión en que la espera había puesto a sus
compañeros. Nadie abría la boca; ni se movían. Los oía respirar: Antonio Imbert,
aferrado al volante, de manera calmada, con largas chupadas de aire; rápido, de modo
acezante, Antonio de la Maza, que no desviaba los ojos de la carretera; y, a su lado, la
acompasada y profunda respiración de Amadito, su cara vuelta también hacia Ciudad
Trujillo. Sus tres amigos debían tener las armas en las manos, como él. El Turco
sentía la cacha del Smith & Wesson 38, comprado hacía tiempo en la ferretería de un
amigo de Santiago. Amadito, además de una pistola 45, llevaba un fusil MI -del ridículo
aporte de los yanquis a la conspiración-, y, como Antonio, una de las dos escopetas
Browning calibre 12, cuyos cañones había recortado en su taller el español Miguel
Angel Bissié, amigo de Antonio de la Maza. Estaban cargadas con los proyectiles
especiales que otro intimo de Antonio, español también y ex oficial de artillería, Manuel
de Ovin Filpo, había preparado especialmente, entregándoselos con la seguridad de
que cada una de esas balas tenía una carga mortífera para pulverizar un elefante.
Ojalá. Fue Salvador quien propuso que las carabinas de la CIA quedaran en manos
del teniente García Guerrero y Antonio de la Maza, y que éstos ocuparan los asientos
de la derecha, junto a la ventanilla. Eran los mejores tiradores, les correspondía
disparar primero y de más cerca. Todos lo aceptaron. ¿Vendría, vendr’ía?
La gratitud y la admiración de Salvador Estrella Sadhalá hacia monseñor Zanini
aumentaron cuando, a las pocas semanas de esa conversación en la nunciatura, supo
que las hermanas mercedarias de la Caridad habían decidido trasladar a Gisela, su
hermana monja -sor Paulina- de Santiago a Puerto Rico. Gisela, la hermanita mimada,
la preferida de Salvador. Y, mucho más desde que abrazó la vida religiosa. El día que
hizo los votos, y eligió el nombre de mamá Paulina, gruesos lagrimones surcaron las
mejillas del Turco. Cada vez que pudo pasar un rato con sor Paulina, se sintió
redimido, confortado, espiritualizado, contagiado de la serenidad y alegría que
emanaban de la hermanita querida, de la tranquila seguridad con que llevaba la vida de
entrega al Señor. ¿Le había dicho el padre Fortín al nuncio lo asustado que estaba por
lo que podía ocurrir a su hermana monja si el régimen descubría que él conspiraba? Ni
un solo momento pensó que el traslado de sor Paulina a Puerto Rico fuera casual. Era
una decisión sabia y generosa de la Iglesia de Cristo para poner fuera del alcance de la
Bestia a una joven pura e inocente sobre la que podían cebarse los verdugos de
Johnny Abbes. Era una de las costumbres del régimen que más sublevaba a Salvador:
ensañarse con los parientes de aquellos a quienes quería castigar, padres, hijos,
hermanos, confiscándoles lo que tenían, encarcelándolos, echándolos de sus trabajos.
Si esto fallaba, las represalias contra sus hermanas y hermanos serían implacables. Ni
siquiera su padre, el general Piro Estrella, tan amigo del Benefactor, a quien
homenajeaba con banquetes en su hacienda de Las Lavas, sería exonerado. Todo eso
lo había sopesado una y otra vez. La decisión estaba tomada. Y era un alívio saber
que la mano criminal no podría alcanzar a sor Paulina en su convento de Puerto Rico.
De cuando en cuando, ella le enviaba una cartita escrita con su letra clara, derechita,
llena de afecto y buen humor.
Pese a ser tan religioso, a Salvador nunca le pasó por la cabeza hacer lo que Giselita:
tomar los hábitos. Era una vocación que él admiraba y envidiaba, pero de la que lo
había excluido el Señor. Nunca hubiera podido cumplir con aquellos votos, sobre todo
el de la pureza. Dios lo hizo demasiado terrenal, demasiado propenso a ceder a
aquellos instintos que un pastor de Cristo tenía que aniquilar para cumplir su misión.
Le habían gustado siempre las mujeres –todavía ahora, que llevaba una vida de
fidelidad conyugal, con esporádicas caídas de las que su conciencia quedaba lacerada
un buen tiempo-, la presencia de una muchacha trigueña, de cintura angosta y
acentuadas caderas, de boquita sensual y ojos chispeantes -esa típica belleza
dominicana llena de picardía en la mirada, en el andar, en el hablar, en el movimiento
de las manos- a Salvador lo alborotaba, lo incendiaba de fantasías y deseos.
Eran tentaciones que solía resistir. Cuántas veces se habían burlado de él sus
amigos, Antonio de la Maza sobre todo, que luego del asesinato de Tavito se volvió un
parrandero, por negarse a acompañarlos en sus amanecidas en los burdeles, en sus
visitas a las casas donde las maipiolas les conseguían muchachitas dizque para
desflorar. Algunas veces, sucumbió, cierto. Después, le duraba muchos días la
amargura. Desde hacía tiempo, se habituó a responsabilizar de esas ídas a Trujillo. La
Bestia tenía la culpa de que tantos dominicanos buscaran en putas, borracheras y otros
descarríos como aplacar el desasosiego que les causaba vivir sin un resquicio de
libertad y dignidad, en un país donde la vida humana nada valía. Trujillo había sido uno
de los más efectivos aliados del demonio.
--¡Ése es! -rugió Antonio de la Maza. Y Amadito y Tony Imbert: -¡Es él! ¡Ése es!
--¡Arranca, coño!
Antonio Imbert ya lo había hecho y el Chevrolet, estacionado mirando hacia Ciudad
Trujillo, viraba haciendo chirriar las llantas -Salvador pensó en una película policial- y
enfilaba en dirección a San Cristóbal, donde, por la carretera desierta y a oscuras, se
iba alejando el auto de Trujillo. ¿Era? Salvador no lo vio, pero sus compañeros
parecían tan seguros que debía ser, debía ser. Su corazón le golpeaba el pecho.
Antonio y Amadito bajaron los vidrios de las ventanillas y, a medida que Imbert,
inclinado sobre el volante como jinete que ace saltar a su caballo, aceleraba, e viento
era tan fuerte que Salvador apenas podía tener los OJOS abiertos. Se protegió con su
mano libre -la otra empuñaba el revólver-: poco a poco, acortaban la distancia de las
lucecitas rojas.
--¿Seguro que es el Chevrolet del Chivo, Amadito? -gritó.
--Seguro, seguro -chilló el teniente-. Reconocí al chofer, es Zacarías de la Cruz. ¿No
les dije que vendría?
--Acelera, coño -repitió, por tercera o cuarta vez, Antonio de la Maza. Había sacado la
cabeza y el cañón recortado de su carabina fuera del auto.
--Tenías razón, Amadito -se oyó gritar Salvador-. Vino y sin escolta, como dijiste.
El teniente tenía cogido su fusil con las dos manos. Ladeado, le daba la espalda y, un
dedo en el gatillo, apoyaba la culata del MI en su hombro. «Gracias, Dios mío, en
nombre de tus hijos dominicanos», rezó Salvador.
El Chevrolet Biscayne de Antonio de la Maza volaba sobre la carretera, acortando la
distancia del Chevrolet Bel Air azul claro que Amadito García Guerrero les había
descrito tantas veces. El Turco identificó la placa oficial blanca y negra número 0-1823,
las cortinillas de tela en las ventanas. Era, sí, era el carro que el jefe usaba para ir a su
Casa de Caoba, en San Cristóbal. Salvador había tenido una pesadilla recurrente con
este Chevrolet Biscayne que conducía Tony Imbert. Iban como ahora, bajo un cielo
con luna y estrellas, y, de pronto, este automóvil nuevecito, preparado para la
persecución, comenzaba a desacelerar, a ir más despacio, hasta que, entre las
maldiciones de todos, se paraba. Salvador veía perderse en la oscuridad el auto del
Benefactor.
El Chevrolet Bel Air seguía acelerando -debía de ir a más de cien por hora ya- y el
auto de adelante se perfilaba nítido en el resplandor de las luces altas que había
puesto Imbert. Salvador conocía al detalle la historia de este automóvil desde que,
siguiendo la iniciativa del teniente Garc’ía Guerrero, acordaron emboscar a Trujillo en
su viaje semanal a San Cristóbal. Era evidente que el éxito dependería de un
automóvil veloz. Antonio de la Maza tenía pasión automovilística. La Santo Domingo
Motors no se extrañó que alguien que por su trabajo en la frontera con Haití hacía
cientos de kilómetros cada semana, quisiera un carro especial. Le recomendaron el
Chevrolet Biscayne y se lo encargaron a Estados Unidos. Llegó a Ciudad Trujillo hacía
tres meses. Salvador recordó el día en que se montaron en él para probarlo y cómo
rieron leyendo las instrucciones, donde se decía que este auto era idéntico a los que la
policía neoyorquina utilizaba para perseguir delincuentes. Aire acondicionado,
trasmisión automática, frenos hidráulicos y un motor 3 50 cc de ocho cilindros. Costó
siete mil dólares y Antonio comentó: «Nunca hubo pesos mejor invertidos». Lo
probaron en los alrededores de Moca y el folleto no exageraba: podía llegar a ciento
sesenta kilómetros por hora.
--Cuidado, Tony -se oyó decir, luego de un barquinazo que debió abollar un
guardalodos. Ni Antonio ni Amadito se dieron por enterados; seguían con las armas y
las cabezas salidas, esperando que Imbert rebasara el auto de Trujillo. Estaban a
menos de veinte metros, el ventarrón era asfixiante, y Salvador no apartaba la vista de
la cortina corrida de la ventanilla trasera. Tendrían que disparar a ciegas, cubrir de
plomo todo el asiento. Pidió a Dios que el Chivo no estuviera acompañado de una de
las infelices que llevaba a su Casa de Caoba.
Como si, de pronto, hubiera advertido que lo perseguían, o por instinto deportivo se
negara a dejarse rebasar, el Chevrolet Bel Air se adelantó algunos metros.
--Acelera, coño -ordenó Antonio de la Maza-. ¡Más rápido, coño!
En pocos segundos el Chevrolet Biscayne recuperó la distancia y continuó
acercándose. ¿Y los otros? ¿Por qué Pedro Livio y Huáscar Tejeda no aparecían?
Estaban apostados, en el Oldsmobile -también de Antonio de la Maza-, sólo a un par
de kilómetros, ya debían de haber interceptado el auto de Trujillo. ¿Olvidó Imbert
apagar y prender los faros tres veces seguidas? Tampoco aparecía Fifí Pastoriza en el
viejo Mercury de Salvador, emboscado otros dos kilómetros más adelante del
Oldsmobile. Ya tenían que haber hecho dos, tres, cuatro o más kilómetros. ¿Dónde
estaban?
--Te olvidaste de las señales, Tony -gritó el Turco-. Ya dejamos atrás a Pedro Livio y
Fifí.
Estaban a unos ocho metros del auto de Trujillo y Tony le pedía paso, cambiando
luces y tocando bocina.
--Pégate más -rugió Antonio de la Maza.
Avanzaron todavía un rato, sin que el Chevrolet Bel Air abandonara el centro de la
pista, indiferente a las señales de Tony. ¿Dónde maldita sea estaba el Oldsmobile con
Pedro Livio y Huáscar? ¿Dónde su Mercury con Fifí Pastoriza? Por fin, el auto de
Trujillo se ladeó hacia la derecha. Les dejaba un espacio suficiente.
--Pégate, pégate más -imploró, histérico, Antonio de la Maza.
Tony Imbert aceleró y en pocos segundos estuvieron a la altura del Chevrolet Bel Air.
También estaba corrida la cortina lateral, de modo que Salvador no vio a Trujillo, pero
sí, clarito, en la ventanilla de adelante, la cara fornida y tosca del famoso Zacarías de la
Cruz, en el instante en que sus tímpanos parecieron reventar con el estruendo de las
descargas simultáneas de Antonio y del teniente. Los automóviles estaban tan juntos
que, al estallar los cristales de la ventanilla posterior del otro carro, fragmentos de vidrio
salpicaron hasta ellos y Salvador sintió en la cara diminutos picotazos. Como en una
alucinación alcanzó a ver que Zacarías hacía un exttraño movimiento de cabeza, y, un
segundo después, él también disparaba por sobre el hombro de Amadito.
Duró pocos segundos, pues, ahora -el chirrido de las ruedas le escarapeló la piel- una
frenada en seco dejó atrás el auto de Trujillo. Volviendo la cabeza, por el vidrio trasero
vio que el Chevrolet Bel Air zigzagueaba como si fuera a volcarse antes de quedarse
quieto. No daba media vuelta, no intentaba escapar.
--¡Para, para! -rugía Antonio de la Maza-. ¡Da riversa, coño!
Tony sabía lo que estaba haciendo. Había frenado en seco, casi al mismo tiempo que
el auto acribillado de Trujillo, pero levantó el pie del freno ante el violento sacudón que
dio el vehículo amenazando volcarse y volvió luego a frenar hasta detener el Chevrolet
Biscayne. Sin perder un segundo, maniobró, giró en redondo -no venía vehículo
alguno- hasta ponerse en la dirección contraria, y ahora iba al encuentro del auto de
Trujillo, absurdamente estacionado allí como esperándolos, con los faros prendidos, a
menos de un centenar de metros. Cuando habían cubierto la mitad de ese terreno, los
faros del auto detenido se apagaron, pero el Turco no dejó de verlo: ahí seguía,
alumbrado por las luces altas de Tony Imbert.
--Bajen las cabezas, agáchense -dijo Amadito-. Nos disparan.
El cristal de la ventanilla de su izquierda se hizo trizas. Salvador sintió agujas en la
cara y en el cuello, y fue Inpulsado hacia adelante por el frenazo. El Chevrolet
Biscayne chirrió, zigzagueó, ladeándose por completo en la pista antes de detenerse.
Imbert apagó los faros. Todo quedó a oscuras. Salvador sentía disparos a su
alrededor. ¿En qué momento habían saltado él, Amadito, Tony y Antonio a la
carretera? Los cuatro estaban fuera, resguardándose en los guardalodos y puertas
abiertas, y disparaban hacia donde estaba, donde debía estar el auto de Trujillo.
¿Quienes les tiraban? ¿Había alguien más con el Chivo, fuera del chofer?
Porque, no había duda, les disparaban, las balas resonaban en torno, tintineaban al
perforar las chapas del Chevrolet y acababan de herir a uno de sus amigos.
--Turco, Amadito, cúbrannos -ordenó Antonio de la Maza-. Vamos a rematarlo, Tony.
Casi al mismo tiempo -sus ojos comenzaban a diferenciar los perfiles y las siluetas en
el tenue resplandor azulado- vio las dos figuras agazapadas, corriendo hacia el auto de
Trujillo.
--No dispares, Turco -dijo Amadito; rodilla en tierra, apuntaba con su fusil-. Les
podemos dar. Estate atento. No vaya a ser que se escape por aquí.
Unos cinco, ocho, diez segundos, hubo un silencio absoluto. Como en una
fantasmagoría, Salvador notó que, por la pista de su derecha, pasaban rumbo a Ciudad
Trujillo dos automóviles, a toda velocidad. Un momento después, otro estruendo de
tiros de fusil y revólver. Duró pocos segundos. Entonces, llenó la noche el vozarrón de
Antonio de la Maza:
--¡Está muerto, coño!
Él y Amadito echaron a correr. Segundos después, Salvador se detenía, alargaba la
cabeza sobre los hombros de Tony Imbert y de Antonio, que, uno con un encendedor y
otro con palitos de fósforos, examinaban el cuerpo bañado en sangre, vestido de verde
oliva, la cara destrozada, que yacía en el pavimento sobre un charco de sangre. La
Bestia, muerta. No tuvo tiempo de dar gracias al cielo, oyó carreras y tuvo la seguridad
de que oía tiros, allá, detrás del auto de Trujillo. Sin reflexionar, alzó su revólver y
disparó, convencido de que eran caliés, ayudantes militares, que acudían en ayuda del
jefe, y, muy cerca, oyó gemir a Pedro Livio Cedeño, alcanzado por sus balazos. Fue
como si se abriera la tierra, como si, desde ese abismo, se levantara riéndose de él la
carcajada del Maligno.
XIII
--¿De verdad no quieres otro poquito de arepa? -insiste cariñosa la tía Adelina-.
Anímate. De niña, cada vez que venías a la casa, me pedías arepa. ¿Ya no te gusta?
--Claro que me gusta, tía -protesta Urania-. Pero, nunca he comido tanto en mi vida,
no podré pegar los ojos.
--Bueno, dejémosla aquí, por si te antojas dentro de un rato -se resigna la tía Adelina.
La seguridad de su voz y la lucidez de su mente contrastan con el desecho que es:
encogida, casi calva -entre los mechones blancos se divisan pedazos de cuero
cabelludo-, la cara fruncida en mil arrugas, una dentadura postiza que se mueve
cuando come o habla. Es un pedacito de mujer, medio perdida en la mecedora donde
la instalaron Lucinda, Manolita, Marianita y la sirvienta haitiana luego de bajarla en peso
de los altos. Su tía se empeñó en cenar en el comedor con la hija de su hermano
Agustín, reaparecida de improviso después de tantos años. ¿Es mayor o menor que su
padre? Urania no lo recuerda. Habla con energía y en sus ojitos hundidos hay
destellos de inteligencia. «Nunca la hubiera reconocido, piensa Urania. Tampoco a
Lucinda, y menos a Manolita, a quien vio por última vez cuando tendría once o doce
años y es ahora una señorona avejentada, con arrugas en la cara y el cuello, y unos
cabellos mal teñidos de un negro azulado bastante cursi. Marianita, su hija, debe tener
unos veinte años: delgada, muy pálida, el cabello cortado casi al rape y unos ojitos
tristes. No deja de contemplar a Urania, como hechizada. ¿Qué cosas habrá oído de
ella su sobrina?
--Me parece mentira que seas tú, que estés aquí -la tia Adelina le clava sus
penetrantes ojos-. Nunca imaginé que te volvería a ver.
--Ya lo ves, tía, aquí me tienes. Qué alegría me da.
--A mí también, hijita. Más grande se la habrás dado a Agustín. Mi hermano se había
hecho a la idea de no verte más.
--No sé, tía -Urania endereza sus defensas, presiente los reproches, las preguntas
indiscretas-. Estuve todo el día con él y en ningún momento me pareció que me
reconocía.
Sus dos primas reaccionan al unísono:
--Por supuesto que te reconoció, Uranita -afirma Lucinda.
--Como no puede hablar, no se nota -la apoya Manolita-. Pero entiende todo, su
cabeza está sanísima.
--Sigue siendo un Cerebrito -ríe la tía Adelina.
--Lo sabemos porque lo vemos a diario -remata Lucinda-. Te reconoció y lo has
hecho feliz con tu venida.
--Ojalá, prima.
Un silencio que se prolonga, unas miradas que se cruzan sobre la vieja mesa de ese
comedor estrecho, con un aparador de cristales que Urania reconoce vagamente, y
cuadritos religiosos en las paredes de un verde descolorido. Tampoco aquí siente
nada familiar. En su memoria, la casa de los tíos Adelina y Aníbal, donde venía a jugar
con Manolita y Lucinda, era grande, luminosa, elegante y aireada, y ésta es una cueva
atestada de muebles deprimentes.
--La rotura de la cadera me separó de Agustín para siempre -se agita el puño
diminuto, de dedos deformados por la esclerosis-. Antes, pasaba horas con él.
Teníamos largas conversaciones. Yo no necesitaba que hablara para entender lo que
quería decirme. ¡Pobre mi hermano! Me lo hubiera traído aquí. Pero ¿dónde, en esta
ratonera?
Habla con rabia.
--La muerte de Trujillo fue el principio del fin para la familia -suspira Lucindita. Ahí
mismo se alarma-. Perdona, prima. Tú odias a Trujillo ¿verdad?
--Comenzó antes -la corrige la tía Adelina y Urania se interesa en lo que dice.
--¿Cuándo, abuela? -pregunta, con un hilo de voz, la hija mayor de Lucinda.
--Con la carta en El Foro Público, unos meses antes de que mataran a Trujillo -
sentencia la tía Adelina; sus ojitos perforan el vacío-. Por enero o febrero del 61.
Nosotros le dimos la noticia a tu papá, de mañanita. Aníbal fue el primero que la leyó.
--¿Una carta en El Foro Público? -Urania busca, busca en sus recuerdos-. Ah, sí.
--Supongo que nada importante, supongo que una tontería que se va a aclarar -dijo su
cuñado en el teléfono; estaba tan alterado, tan vehemente, sonaba tan falso que el
senador Agustín Cabral se sorprendió: ¿qué le pasaba a Aníbal?- ¿No has leído El
Caribe?
--Me lo acaban de traer, aún no lo he abierto.
Escuchó una tosecita nerviosa.
--Bueno, hay una carta ahí, Cerebrito -trató de ser burlón y ligero su cuñado-.
Disparates. Acláralo cuanto antes.
--Gracias por llamarme -se despidió el senador Cabral-. Besos a Adelina y a las
niñas. Pasaré a verlos.
Treinta años en las alturas del poder político habían hecho de Agustín Cabral un
hombre experimentado en imponderables -trampas, emboscadas, triquiñuelas,
traiciones-, de modo que saber que había una carta contra él en El Foro Público, la
sección más leída y temida de El Caribe pues estaba alimentada desde el Palacio
Nacional y era el barómetro político del país, no le hizo perder los nervios.
Era la primera vez que aparecía en la columna infernal; otros ministros, senadores,
gobernadores o funcionarios habían sido abrasados por esas llamas; él, hasta ahora,
no. Regresó al comedor. Su hija, de uniforme, tomaba el desayuno: mangú -plátano
majado con mantequilla- y queso frito. La besó en los cabellos («Hola, papi»), se sentó
frente a ella y, mientras la sirvienta le servía el café, abrió despacio, sin atolondrarse, el
diario doblado sobre un rincón de la mesa. Pasó las páginas, hasta llegar a El Foro
Público.
Señor Director.
Escribo por impulso cívico, protestando el agravio a la ciudadanía dominicana y la
libertad irrestrícta de expresión que el gobierno del Generalísimo Trujillo garantiza a
esta República. Me refiero a que no se haya dado a conocer hasta ahora en sus
respetables y leídas páginas, el hecho, por todos sabido, que el senador Agustín
Cabral, apodado Cerebrito (¿en razón de qué?) ha sido destituido de la Presidencia del
Senado al habérsele comprobado una incorrecta gestión en el Ministerio de Obras
Públicas, que ocupó hasta hacepoco. Es sabido también que, escrupuloso como es
este régimen en materia de probidad y uso de fondos públicos, una comisión
investigadora de los aparentes malos manejos y trapisondas -comisiones ilegales,
adquisición de material obsoleto con sobrevaloración de precios, inflación ficticia de
presupuestos, en que habría incurrido el senador en el ejercicio de su ministerio- ha
sido nombrada para examinar los cargos contra él.
¿No tiene elpueblo trujillista el derecho de estar informado sobre hechos tan graves?
Atentamente,
Ingeniero Teksforo Hidalgo Samo Calle Duarte N. 171 Ciudad Trujillo
--Me voy volando, papi -oyó el senador Cabral, y, sin que gesto alguno traicionara su
aparente calma, aparta la cara del periódico para besar a la niña-. No puedo regresar
en la guagua del colegio, me quedaré a jugar volelbol. Nos vendremos caminando, con
unas amigas.
--Cuidadito al cruzar las esquinas, Uranita.
Bebió su jugo de naranja y tomó una taza de café humeante recién colado, sin
apresurarse, pero no probó el mangú, ni el queso frito ni la tostada con miel. Releyó
palabra por palabra, letra por letra, la carta de El Foro Público. Sin duda había sido
manufacturada por el Constitucionalista Beodo, escriba dilecto de las insidias, pero
ordenada por el Jefe; nadie osaría escribir, menos publicar, una carta semejante sin la
venia de Trujillo. ¿Cuándo lo vio por última vez? Anteayer, en el paseo. No fue llamado
a caminar a su lado, el jefe estuvo charlando todo el tiempo con el general Román y el
general Espaillat, pero lo saludó con la deferencia de costumbre. ¿O no? Aguzó su
memoria. ¿Advirtió cierto endurecimiento en esa mirada fija, intimidante, que parecía
desgarrar las apariencias y alcanzar el alma de quien escudriñaba? ¿Cierta sequedad
al responderle el saludo? ¿Un ceño que se fruncía? No, no recordaba nada anormal.
La cocinera le preguntó si vendría a almorzar. No, sólo a cenar, y asintió cuando Aleli
le propuso el menú para la cena. Al sentir el automóvil de la Presidencia del Senado
llegando a la puerta de su casa, miró su reloj: las ocho en punto. Gracias a Trujillo,
había descubierto que el tiempo es oro. Como tantos, desde joven hizo suyas las
obsesiones del jefe: orden, exactitud, disciplina, perfección. El senador Agustín Cabral
lo dijo en un discurso: «Gracias a Su Excelencia, el Benefactor, los dominicanos
descubrimos las maravillas de la puntualidad». Poniéndose la chaqueta, iba hacia la
calle: «Si me hubieran destituido, el carro de la Presidencia del Senado no habría
venido a buscarme». Su asistente, el teniente de aviación Humberto Arenal, que nunca
le ocultó sus vinculaciones con el SIM, le abrió la puerta. El auto oficial, con Teodosio
al volante. El asistente. No había que preocuparse.
--¿Nunca supo por qué cayó en desgracia? -se asombra Urania.
--Nunca con certeza -aclara la tía Adelina-. Hubo muchas suposiciones, nada más.
Años de años se preguntó Agustín qué hizo para que Trujillo se enojara así, de la
noche a la mañana. Para que un hombre que lo había servido toda la vida, se
convirtiera en apestado.
Urania observa la incredulidad con que las escucha Marianita.
--Te parecen cosas de otro Planeta, ¿no, sobrina?
La muchacha se ruboriza.
--Es que resulta tan increíble, tía. Como en la película de Orson Welles, Elproceso,
que dieron en el Cine Club. A Anthony Perkins lo juzgan y ejecutan sin que descubra
por qué.
Manolita se abanica con las dos manos hace rato; deja de hacerlo para intervenir:
--Decían que cayó en desgracia porque hicieron creer a Trujillo que, por culpa del tío
Agustín, los obispos se negaron a proclamarlo Benefactor de la Iglesia católica.
--Dijeron mil cosas -exclama la tía Adelina-. Fue lo peor de su calvario, las dudas. La
familia comenzó a irse a pique y nadie sabía de qué acusaban a Agustín, qué había
hecho o dejado de hacer.
No había ningún senador en el local del Senado, cuando Agust’ín Cabral entró a las
ocho y quince de la mañana, como todos los días. La guardia le rindió el saludo que le
correspondía y los ujieres y empleados que cruzó en los pasillos camino a su despacho
le dieron los buenos días con la efusividad de siempre. Pero sus dos secretarios,
Isabelita y el joven abogado Paris Goico, tenían la inquietud reflejada en las caras.
--¿Quién se ha muerto? -les bromeó-. ¿Les preocupa la cartita en El Foro Público?
Vamos a aclarar esa infamia ahora mismo. Llámate al director de El Caribe, Isabel 'a.
A su casa, Panchito no va al periódico antes del mediodía.
Se sentó en su escritorio, echó un vistazo a la pila de documentos, a la
correspondencia, a la agenda del día preparada por el eficiente Parisito. «La carta ha
sido dictada por el Jefe.» Una culebrita se deslizó por su espina dorsal. ¿Era uno de
esos teatros que divertían al Generalísimo? ¿En medio de las tensiones con la Iglesia,
la confrontación con Estados Unidos y la OEA, tenía ánimo para los disfuerzos que
acostumbraba en el pasado, cuando se sentía todopoderoso y sin amenazas?
¿Estaban los tiempos para circos?
--En el teléfono, don Agustín.
Levantó el auricular y esperó unos segundos, antes de hablar.
--¿Te he despertado, Panchito?
--Qué ocurrencia, Cerebrito -la voz del periodista era normal-. Yo soy tempranero,
como gallo capón. Y duermo con un ojo abierto, por si acaso. ¿Quiúbole?
--Bueno, como te imaginas, te llamo por la carta de esta mañana, en El Foro Público -
carraspeó el senador Cabral-. ¿Me puedes decir algo?
La respuesta vino con el mismo tono ligero, zumbón, como si se tratara de una
banalidad.
--Llegó recomendada, Cerebrito. No iba a publicar algo así sin hacer averiguaciones.
Créeme que, dada nuestra amistad, no me alegró publicarla.
«Sí, sí, claro», murmuró. Ni un sólo momento debía perder su sangre fría.
--Me propongo rectificar esas calumnias -dijo, suavemente-. No he sido destituido de
nada. Te llamo de la presidencia del Senado. Y esa supuesta comisión investigadora
de mi gestión en el Ministerio de Obras Públicas, es otra patraña.
--Mándame tu rectificación cuanto antes -repuso Panchito-. Haré lo que pueda para
publicarla, no faltaba más. Sabes el aprecio que te tengo. Estaré en el diario a partir
de las cuatro. Besos a Uranita. Un abrazo, Agustín.
Luego de colgar, dudó. ¿Había hecho bien llamando al director de El Caribe? ¿No era
un movimiento falso, que delataba su alarma? Qué otra cosa podía haberle dicho: él
recibía las cartas para El Foro Público directamente del Palacio Nacional y las
publicaba sin hacer preguntas. Consultó su reloj: las nueve menos cuarto. Tenía
tiempo; la reunión del bufete directivo del Senado era a las nueve y media. Dictó a
Isabelita la rectificación del modo austero y claro con que redactaba sus escritos. Una
carta breve, seca y fulminante: seguía siendo el presidente del Senado y nadie había
cuestionado su escrupulosa gestión en el Ministerio de Obras Públicas que le confió el
régimen presidido por ese dominicano epónimo, Su Excelencia el Generalísimo Rafael
Leonidas Trujillo, Benefactor y Padre de la Patria Nueva.
Cuando Isabelita se iba a mecanografiar el dictado, entró al despacho Paris Goico.
--Se ha suspendido la reunión del bufete directivo del Senado, señor presidente.
Era joven, no sabía disimular; tenía la boca entreabierta y estaba lívido.
--¿Sin consultarme? ¿Quién?
--El vicepresidente del Congreso, don Agustín. Me lo acaba de comunicar él mismo.
Sopesó lo que acababa de oír. ¿Podía ser un hecho aparte, sin relación con la carta
de El Foro Público? El afligido Parisito esperaba, de pie junto al escritorio.
--¿Está en su despacho el doctor Quintana? -Como su ayudante hizo con la cabeza
que sí, se levantó-: Dígale que voy para allá.
--Es imposible que no te acuerdes, Uranita -la amonesta su tía Adelina-. Tenías
catorce años. Era lo más grande que había ocurrido en la familia, más todavía que el
accidente en que murió tu mamá. ¿Y no te dabas cuenta de nada?
Habían tomado café y una tisana. Urania probó un bocadito de arepa. Platicaban en
torno a la mesa del comedor, en la luz mortecina de la pequeña lámpara de pie. La
sirvienta haitiana, silente como un gato, había recogido el servicio.
--Me acuerdo de la angustia de papá, por supuesto, tía -explica Urania-. Se me
pierden los detalles, los incidentes diarios. {él trataba de ocultármelo, al principio. «Hay
problemas, Uranita, ya se resolverán.» No imaginé que a partir de ahí mi vida daría ese
vuelco.
Siente que la queman las miradas de su tía, sus primas y su sobrina. Lucinda dice lo
que piensan:
--Algún bien resultó para ti, Uranita. No estarías donde estás, si no. En cambio, para
nosotras, fue el desastre.
--Para mi pobre hermano, más que nadie -la acusa su tía Adelina-. Le clavaron una
puñalada y lo dejaron desangrándose, treinta años más.
Un loro chilla, sobre la cabeza de Urania, asustándola. No se había dado cuenta
hasta ahora del animal; está encrespado, moviéndose de un lado a otro en su cilindro
de madera, dentro de una gran jaula de barrotes azules. Su tía, primas y sobrina se
echan a reír.
--Sansón -se lo presenta Manolita-. Se puso bravo porque lo despertamos. Es un
dormilón.
Gracias al lorito, la atmósfera se distiende.
--Estoy segura que si comprendiera lo que dice, me enteraría de muchos secretos -
bromea Urania, señalando a Sansón.
El senador Agustín Cabral no está para sonrisas. Responde con una adusta venia al
acaramelado saludo del doctor Jeremías Quintanilla, vicepresidente del Senado, en
cuyo despacho acaba de irrumpir, y, sin preámbulos, lo increpa:
--¿Por qué has suspendido la reunión del bufete directivo del Senado? ¿No es ése
atributo del presidente? Exijo una explicación.
La cara gruesa, color cacao, del senador Quintanilla asiente repetidas veces, mientras
sus labios, en un español cadencioso, casi musical, se empeñan en calmarlo:
--Por supuesto, Cerebrito. No te sulfures. Todo, salvo la muerte, tiene su razón.
Es un hombrazo rollizo y sesentón, de párpados inflados y boca viscosa, enfundado
en un traje azul y una corbata con estrías plateadas, que destella. Sonríe con
empecinamiento, y Agustín Cabral lo ve quitarse los espejuelos, guiñarle los ojos, echar
una rápida ojeada circular con sus córneas blanquísimas, y, dando un paso hacia él,
tomarlo del brazo y arrastrarlo, mientras dice, muy alto:
--Sentémonos aquí, estaremos más cómodos.
Pero no lo lleva hacia los sillones de pesadas patas de tigre de su despacho, sino
hacia un balcón de puertas entreabiertas. Lo obliga a salir con él, de modo que puedan
hablar al aire libre, frente al runrún del mar, lejos de escuchas indiscretos. Hace un sol
fuerte; la luminosa mañana arde de motores y bocinas que vienen del Malecón y las
voces de los pregoneros ambulantes.
--¿Qué coño pasa, Mono? -murmura Cabral.
Quintana lo tiene siempre del brazo y ahora está muy serio. Advierte en su mirada un
sentimiento difuso, de solidaridad o compasión.
--Sabes muy bien lo que pasa, Cerebrito, no seas pendejo. ¿No te diste cuenta que
hace tres o cuatro días dejaron de llamarte «distinguido caballero» en los periódicos,
que te rebajaron a «señor»? -le musita en el oído el Mono Quintana-. ¿No leíste El
Caribe esta mañana? Eso es lo que pasa.
Por primera vez, desde que leyó la carta en El Foro Público, Agustín Cabral siente
miedo. Verdad: ayer o anteayer alguien bromeó en el Country Club que la página de
Sociales de La Nación, lo había privado del «distinguido caballero», algo que solía ser
un mal presagio: al Generalísimo le divertían esas advertencias. Esto iba en serio. Era
una tempestad. Tenía que valerse de toda su experiencia y astucia para que no se lo
tragara.
--¿Vino de Palacio la orden de suspender la reunión del bufete directivo? -susurra. El
vicepresidente, inclinado, pega su oreja a la boca de Cabral.
--¿De dónde iba a venir? Hay más. Se suspenden todas las comisiones en las que
participas. La directiva dice: «Hasta que se regularice la situación del presidente del
Senado».
Queda mudo. Ha ocurrido. Está ocurriendo aquella pesadilla que, de tanto en tanto,
venía a lastrar sus triunfos, sus ascensos, sus logros políticos: lo han indispuesto con el
jefe.
--¿Quién te la trasmitió, Mono?
La cara mofletuda de Quintana se contrae, inquieta, y Cabral entiende por fin de
dónde viene lo de Mono. ¿Va a decirle el vicepresidente que no puede cometer esa
infidencia? Bruscamente, se decide:
--Henry Chirinos -vuelve a tomarlo del brazo-. Lo siento, Cerebrito. No creo que
pueda hacer mucho, pero, si algo puedo, cuenta conmigo.
--¿Te dijo Chirinos de qué me acusan?
--Se limitó a trasmitirme la orden y a perorar: No sé nada. Soy el modesto mensajero
de una decisión superior.
-Tu papá sospechó siempre que el intrigante fue Chirinos, el Constitucionalista Beodo
-recuerda la tía Adelina.
--Ese gordo negruzco y asqueroso fue uno de los que mejor se acomodó -la
interrumpe Lucindita-. De cama y mesa de Trujillo y terminó de ministro y embajador de
Balaguer. ¿Ves cómo es este país, Uranita?
--Me acuerdo mucho de él, lo vi en Washington hace unos años, de embajador -dice
Urania-. Iba mucho a la casa cuando yo era niña. Parecía íntimo de papá.
--Y de Aníbal y mío -añade la tía Adelina-. Venía aquí con sus zalamerías, nos
recitaba sus versitos. Andaba todo el tiempo citando libros, posando de culto. Nos
invitó al Country Club una vez. Yo no quería creer que hubiera traicionado a su
compañero de toda la vida. Bueno, la política es eso, abrirse camino entre cadáveres.
--El tío Agustín era demasiado íntegro, demasiado bueno, por eso se ensañaron con
él.
Lucindita espera que la corrobore, que proteste también por esa infamia. Pero Urania
no tiene fuerzas para simular. Se limita a escucharla, con aire compungido.
--En cambio, mi marido, que en paz descanse, se portó como un caballero, dio a tu
papá todo su apoyo -lanza una risita sarcástica la tía Adelina-. ¡Vaya con el Quijote!
Perdió el puesto en La Tabacalera, y jamás volvió a encontrar trabajo.
El loro Sansón revienta otra vez en una catarata de gritos y ruidos que parecen
improperios.«Calla, marmota», lo riñe Lucindita.
--Menos mal que no hemos perdido el humor, muchachas -exclama Manolita.
--Localízame al senador Henry Chirinos y dile que quiero verlo de inmediato, Isabel -
ordena el senador Cabral, entrando a su despacho. Y, dirigiéndose al doctor Goico-:
Por lo visto, es el cocinero de este enredo.
Se sienta en su escritorio, se dispone a revisar de nuevo la agenda del día, pero toma
conciencia de su situación.
¿Tiene sentido firmar cartas, resoluciones, memorándums, notas, como presidente del
Senado de la República? Es dudoso que lo siga siendo. Lo peor, dar síntomas de
desaliento ante sus subordinados. Al mal tiempo, buena cara. Toma 1 legajo y está
empezando a releer el primer escrito cuando advierte que Parisito sigue allí. Las
manos le tiemblan:
--Señor presidente, yo quisiera decirle -balbucea, roto por la emoción-. Pase lo que
pase, estoy con usted. Para todo. Sé lo mucho que le debo, doctor Cabral.
--Gracias, Goico. Tú eres nuevo en este mundo y verás cosas peores. No te
preocupes. Capearemos esta tempestad. Y, ahora, a trabajar.
--El senador Chirinos lo espera en su casa, señor presidente -Isabelita entra al
despacho hablando-. Contestó él mismo. ¿Sabe qué me dijo? «Las puertas de mi casa
están abiertas día y noche para mi gran amigo, el senador Cabral.»
Al salir del edificio del Congreso, la guardia le rinde el saludo militar habitual. Allí
sigue el auto negro, funerario. Pero su asistente, el teniente Humberto Arenal, se ha
esfumado. Teodosio, el chofer, le abre la puerta.
--A casa del senador Henry Chirinos.
El conductor asiente, sin abrir la boca. Después, cuando ya enfilan por la avenida
Mella, en los linderos de la ciudad colonial, mirándolo por el espejo retrovisor le
informa:
--Desde que salimos del Congreso, nos sigue un «cepillo» con caliés, doctor.
Cabral se vuelve a mirar: a quince o veinte metros divisa uno de los inconfundibles
Volkswagen negros del Servicio de Inteligencia. En la luminosidad cegadora de la
mañana no puede distinguir cuántas cabezas de caliés hay dentro. «Ahora me escolta
la gente del SIM en lugar de mi asistente.» Mientras el auto se adentra en las callecitas
angostas, atestadas de gente, de casitas de uno y dos pisos, con rejas en las ventanas
y zócalos de piedra, de la ciudad colonial, se dice que el asunto es todavía más grave
de lo que supuso. Si Johnny Abbes lo hace seguir, se ha tomado tal vez la decisión de
detenerlo. La historia de Anselmo Paulino, calcada. Lo que tanto temía. Su cerebro
es una fragua al rojo vivo. ¿Qué había hecho? ¿Qué había dicho? ¿En qué falló? ¿A
quién ha visto últimamente? Lo trataban como enemigo del régimen. ¡Él, él!
El automóvil se detuvo en la esquina de Salomé Ureña con Duarte y Teodosio se bajó
a abrirle la puerta. El «cepillo» se estacionó a pocos metros pero ningún callé
descendió. Estuvo tentado de acercarse a preguntarles por qué seguían al presidente
del Senado, pero se contuvo: ¿de qué serviría ese desplante con unos pobres diablos
que obedecían órdenes?
La vieja casa de dos pisos, con balconcito colonial y ventanas con celosías, del
senador Henry Chirinos se parecía a su dueño; el tiempo, la vejez, la incuria, la habían
contrahecho, vuelto asimétrica; se anchaba excesivamente a media altura, como si le
hubiera crecido una panza y fuera a reventar. Debía de haber sido en tiempos remotos
una noble y recia mansión; estaba ahora sucia, abandonada, y parecía a punto de
desmoronarse. Manchas y lamparones afeaban los muros y de sus techos colgaban
telarañas. Apenas llamó, abrieron. Subió unas lóbregas escaleras que crujían, de
pasamanos grasientos, y, en el primer rellano, el mayordomo le abrió una chirriante
puerta de cristales: reconoció la nutrida biblioteca, los pesados cortinajes de terciopelo,
altos anaqueles repletos de libros, la mullida alfombra descolorida, los cuadros
ovalados y los hilos plateados de las telarañas que delataban las lanzas de luz solar
que penetraban por los postigos. Olía a viejo, a humores rancios, hacía un calor
infernal. Esperó a Chirinos de pie. Las veces que había estado aquí, tantos años, en
reuniones, pactos, negociaciones, conspiraciones, al servicio del jefe.
--Bienvenido a tu casa, Cerebrito. ¿Un jerez? ¿Dulce o seco? Te recomiendo el fino
amontillado. Está fresquito.
En pijama y envuelto en una aparatosa bata de paño verde, con ribetes de seda, que
acentuaba las redondeces de su cuerpo, un orondo pañolón en el bolsillo y unas
pantuflas de raso deformadas por sus juanetes, el senador Chirinos le sonreía. Los
escasos cabellos revueltos y las legañas de su cara tumefacta, de párpados y labios
amoratados, con una boquera de saliva reseca, revelaron al senador Cabral que no se
había lavado aún. Se dejó palmear y conducir a los añosos confortables con mantones
de hilo en el espaldar, sin responder a las efusiones del dueño de casa.
--Nos conocemos hace muchos años, Henry. juntos hemos hecho muchas cosas.
Buenas y algunas malas. No hay dos personas en el régimen que hayan estado tan
unidas, como tú y yo. ¿Qué ocurre? ¿Por qué se me está cayendo encima el cielo
desde esta mañana?
Debió callarse, porque entró en la habitación el mayordomo, un viejo mulato tuerto,
tan feo y descuidado como el dueño de casa, con una jarrita de cristal en la que había
vaciado el jerez, y dos copitas. Las dejó sobre la mesilla y se retiró, renqueando.
--No lo sé -el Constitucionalista Beodo se golpeó el pecho-. No me creerás.
Pensarás que yo he maquinado, inspirado, azuzado, lo que te pasa. Por la memoria de
mi madre, lo más sagrado de esta casa, no lo sé. Desde que me enteré, ayer tarde,
me he quedado de una pieza. Espera, espera, brindemos. ¡Porque este tollo se
resuelva pronto, Cerebrito!
Hablaba con brío y emoción, el corazón en la mano y la sensiblería azucarada de los
héroes de las radionovelas que la HIZ importaba, antes de la Revolución castrista, de la
cMQ de La Habana. Pero Agustín Cabral lo conocía: era un histrión de alto nivel.
Podía ser cierto o falso, no tenía cómo averiguarlo. Bebió un sorbito de jerez, con
asco, pues nunca bebía alcohol en las mañanas. Chirinos se atusaba las cerdas de las
narices.
--Ayer, despachando con el jefe, de pronto me ordenó instruir al Mono Quintanilla que,
como vicepresidente del Senado, cancelara todas las reuniones hasta que se hubiera
cubierto la vacancia de la Presidencia -prosiguió, accionando-. Pensé en un accidente,
un paro cardíaco, no sé. «¿Qué le ha sucedido a Cerebrito, Jefe?» «Eso quisiera
saber», me repuso, con esa sequedad que hiela los huesos. «Ha dejado de ser uno de
los nuestros y se ha pasado al enemigo.» No pude preguntar más, su tono era
contundente. Me despachó a cumplir el encargo. Y esta mañana leí, como todo el
mundo, la carta en El Foro Público. De nuevo te lo juro por la memoria de mi santa
madre: es todo lo que sé.
--¿Escribiste tú la carta de El Foro Público?
--Yo escribo correctamente el castellano -se indignó el Constitucionalista Beodo-. El
ignaro cometió tres faltas de sintaxis. Las tengo señaladas.
--¿Quién, entonces?
Las cuencas adiposas del senador Chirinos derramaron sobre él una mirada
compasiva:
--¿Qué coño importa, Cerebrito? Eres uno de los hombres inteligentes de este país,
no poses de pendejo conmigo, que te conozco desde muchacho. Lo único que importa
es que has enojado al jefe, por algo. Habla con él, excúsate, dale explicaciones, haz
propósito de enmienda. Reconquista su confianza.
Cogió la jarrita de cristal, volvió a llenar su copa y bebió. El bullicio de la calle era
menor que en el Congreso. Por el espesor de los muros coloniales o porque las
angostas calles del centro ahuyentaban los automóviles.
--¿Excusarme, Henry? ¿Qué he hecho? ¿No dedico mis días y mis noches al jefe?
--No me lo digas a mí. Convéncelo a él. Yo lo sé muy bien. No te desanimes. Tú lo
conoces. En el fondo, es un ser magnánimo. De entraña justiciera. Si no fuera
desconfiado, no hubiera durado treinta y un años. Hay una equivocación, un
malentendido. Debe aclararse. Pídele audiencia. Él sabe escuchar.
Hablaba meneando la mano, refocilándose con cada palabra que expulsaban sus
labios cenizos. Sentado, parecía aun mas obeso que de pie: la enorme barriga había
entreabierto la bata y latía con flujo y reflujo acompasados. Cabral imaginó aquellos
intestinos dedicados, tantas horas en el día, a la laboriosa tarea de deglutir y disolver
los bolos alimenticios que tragaba esa jeta voraz. Lamentó estar allí. ¿Acaso el
Constitucionalista Beodo lo iba a ayudar? Si no tramó esto, en su fuero íntimo lo estaría
celebrando como una gran victoria contra quien, por debajo de las apariencias, fue
siempre un rival.
--Dándole vueltas, devanándome los sesos -añadió Chirinos, con aire conspirativo-,
he venido a pensar que, tal vez, la razón sea la desilusión que produjo al Jefe la
negativa de los obispos a proclamarlo Benefactor de la Iglesia católica. Tú estabas en
la comisión que fracasó.
--¡Éramos tres, Henry! La integraban, también, Balaguer y Paino Pichardo, como
ministro del Interior y Cultos. Aquellas gestiones fueron hace meses, poco después de
la Pastoral de los obispos. ¿Por qué todo recaería sólo sobre mí?
--No lo sé, Cerebrito. Parece traído de los cabellos, en efecto. Yo tampoco veo razón
alguna para que caigas en desgracia. Sinceramente, por nuestra amistad de tantos
años.
--Hemos sido algo más que amigos. Hemos estado juntos, detrás del jefe, en todas
las decisiones que han transformado este país. Somos historia viviente. Nos pusimos
zancadillas, nos dimos golpes bajos, hicimos trampas para sacar ventaja uno sobre el
otro. Pero, la aniquilación parecía excluida. Esto es otra cosa. Puedo terminar en la
ruina, el descrédito, en la cárcel. ¡Sin saber por qué! Si has fraguado todo esto,
felicitaciones. ¡Una obra maestra, Henry!
Se había puesto de pie. Hablaba con calma, de manera impersonal, casi didáctica.
Chirinos se incorporó también, recostándose sobre uno de los brazos del sillón para
izar su corpulencia. Estaban muy juntos, casi tocándose. Cabral vio un cuadrito en la
pared, entre los estantes de libros, que era una cita de Tagore: «Un libro abierto es un
cerebro que habla; cerrado, un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona;
destruido, un corazón que llora». «Un cursi en todo lo que hace, toca, dice y siente»,
pensó.
--Franquezas valen franquezas -Chirinos le acercó la cara y Agustín Cabral se sintió
aturdido con el vaho que escoltaba sus palabras-. Hace diez años, hace cinco, no
hubiera vacilado en tramar cualquier cosa para sacarte de en medio, Agustín. Como tú
a mí. Incluida la aniquilación. ¿Pero, ahora? ¿Para qué? ¿Tenemos alguna cuenta
pendiente? No. Ya no estamos en competencia, Cerebrito, lo sabes tan bien como yo.
¿Cuánto le queda de oxígeno a este moribundo? Por última vez: no tengo nada que ver
con lo que te ocurre. Espero y deseo que lo soluciones. Se vienen días difíciles y al
régimen le conviene tenerte, para resistir los embates.
El senador Cabral asintió. Chirinos lo palmeaba.
--Si voy donde los caliés que me esperan abajo, y les cuento lo que has dicho, que el
régimen se asfixia, que es un moribundo, pasarías a hacerme compañía -murmuró, a
modo de despedida.
--No lo harás -se rió la gran jeta oscura del dueño de casa-.Tú no eres como yo. Tú
eres un caballero.
--¿Qué ha sido de él? -pregunta Urania-. ¿Vive?
La tía Adelina lanza una risita y el loro Sansón, que parecía dormido, reacciona con
otra sarta de chillidos. Cuando calla, Urania detecta el acompasado chaschás de la
mecedora que ocupa Manolita.
--La yerba mala no muere -explica su tía-. Siempre en su misma guarida de ciudad
colonial, en Salomé Ureña con Duarte. Lucindita lo vio hace poco, con bastón y
zapatillas de levantarse, paseándose por el parque Independencia.
--Unos chiquillos corrían detrás de él gritando: «¡El cuco, el cuco!» -se ríe Lucinda-.
Está más feo y asqueroso que antes. ¿Tendrá más de noventa, no?
¿Ha pasado ya el tiempo prudente de sobremesa para despedirse? Urania no se ha
sentido cómoda en toda la noche. Más bien tensa, esperando una agresión. Éstas son
las únicas parientes que le quedan y se siente más distante de ellas que de las
estrellas. Y comienzan a irritarla los grandes Ojos de Marianita clavados en ella.
--Esos días fueron terribles para la familia -vuelve a la carga la tía Adelina.
--Yo me acuerdo de mi papá y tío Agustín, secreteándose en esta sala -dice Lucindita-
. Y tu papá diciendo: «¿Pero, Dios mío, qué he podido hacerle al jefe para que me
maltrate así?».
La calla un perro que ladra desaforado en las cercanías; le responden dos, cinco más.
Por un pequeño tragaluz, en lo alto de la habitación, Urania divisa la luna: redonda y
amarilla, espléndida. En New York no había lunas así.
--Lo que más lo amargaba era tu futuro, si a él le pasaba algo -la tia Adelina tiene la
mirada cargada de reproches-. Cuando le intervinieron las cuentas bancarias, supo
que no tenía remedio.
--¡Las cuentas bancarias! -asiente Urania-. Fue la primera vez que mi papá me habló.
Ella se hallaba ya acostada y su padre entró sin llamar. Se sentó al pie de la cama.
En mangas de camisa, muy pálido, le pareció más delgadito, más frágil y más viejo.
Vacilaba en cada sílaba.
--Esto va mal, mi hijita. Tienes que estar preparada para cualquier cosa. Hasta
ahora, te he ocultado la gravedad de la situación. Pero, hoy día, bueno, en el colegio
habrás oído algo.
La niña asintió, grave. No se inquietaba, su confianza en él era ilimitada. ¿Cómo
podía ocurrirle algo malo a un hombre tan importante?
--Sí, papi, que salieron cartas contra ti en El Foro Público, que te acusaban de delitos.
Nadie se lo va a creer, qué bobería. Todo el mundo sabe que eres incapaz de esas
maldades.
Su padre la abrazó, por encima de la colcha.
Era más serio que las calumnias del periódico, mi hija. Lo habían despojado de la
Presidencia del Senado. Una comisión del Congreso verificaba si hubo malos manejos
y defraudación de fondos públicos durante su gestión ministerial. Hacía días lo seguían
los «cepillos» del SIM; ahora mismo había uno en la puerta de la casa, con tres caliés.
La última semana recibió comunicados de expulsión del Instituto Trujilloniano, del
Country Club, del Partido Dominicano, y, esta tarde, al ir a retirar dinero del banco, el
puntillazo. El administrador, su amigo Josefo Heredia, le informó que sus dos cuentas
corrientes habían sido congeladas mientras durara la investigación del Congreso.
--Cualquier cosa puede ocurrir, hijita. Confiscarnos esta casa, echarnos a la calle. La
cárcel, incluso. No quiero asustarte. Puede que nada pase. Pero, debes estar
preparada. Tener valor.
Lo escuchaba estupefacta; no por lo que decía, por el desfallecimiento de su voz, el
desamparo de su expresión, el espanto de sus ojitos.
--Voy a rezarle a la Virgen -se le ocurrió decir-. Nuestra Señora de la Altagracia nos
ayudará. ¿Por qué no hablas con el jefe? Él siempre te ha querido. Que dé una Orden
y todo se arreglará.
--Le he pedido audiencia y ni siquiera me responde, Uranita. Voy al Palacio Nacional
y los secretarios y ayudantes apenas me saludan. Tampoco ha querido verme el
Presidente Balaguer, ni el ministro del interior; si, Paino Pichardo. Soy un muerto en
vida, hijita. Quizá tengas razón y sólo nos quede encomendarnos a la Virgen.
Se le quebró la voz. Pero, cuando la niña se incorporó a abrazarlo, se repuso. Le
sonrió:
--Tenías que saber esto, Uranita. Si me pasa algo, anda donde tus tíos. Aníbal y
Adelina te cuidarán. Puede que sea una prueba. Algunas veces el jefe ha hecho
cosas así, para probar a sus colaboradores.
--Acusarlo de malos manejos a él -suspira la tía Adelina-. Fuera de esa casita de
Gazcue, nunca tuvo nada. Ni fincas, ni compañías, ni inversiones. Salvo esos
ahorritos, los veinticinco mil dólares que te fue dando poco a poco, mientras estudiabas
allá. El político más honrado y el padre más bueno del mundo, Uranita. Y, si permites
una intrusión en tu vida privada a esta tía vieja y chocha, no te portaste con él como
debías. Ya sé que lo mantienes y le pagas la enfermera. Pero ¿sabes cuánto lo hiciste
sufrir no contestándole una carta, no acercándote al teléfono cuando te llamaba?
Muchas veces lo vimos llorar por ti Aníbal y yo, aquí mismo. Ahora, que ha pasado
tanto tiempo, ¿se puede saber por qué, muchacha?
Urania reflexiona, resistiendo la mirada admonitiva de la viejecita encogida como un
garabato en su sillón.
--Porque no era tan buen padre como crees, tía Adelina -dice, al fin.
El senador Cabral hizo que el taxi lo dejara en la Clínica Internacional, a cuatro
cuadras del Servicio de Inteligencia, situado también en la avenida México. Al dar la
dirección al taxi, sintió un prurito extraño, vergüenza y pudor y, en vez de indicar al
chofer que iba al SIM, mencionó la clínica. Caminó las cuatro cuadras sin prisa; los
dominios de Johnny Abbes eran probablemente los únicos locales importantes del
régimen que nunca pisó hasta ahora. El «cepillo» con caliés lo seguía sin disimulo, en
cámara lenta, pegado a la vereda, y él podía advertir los movimientos de cabeza y las
expresiones alarmadas de los transeúntes al descubrir el emblemático Volkswagen.
Recordó que, en la comisión de Presupuesto del Congreso, él abogó en favor de la
partida destinada a importar el centenar de «cepillos» con los que los caliés de Johnny
Abbes se desplazaban ahora por todo el territorio en busca de los enemigos del
régimen.
En el descolorido y anodino edificio, la guardia de policías uniformados y civiles con
metralletas, que custodiaba la puerta detrás de alambradas y sacos de arena, lo dejó
pasar sin registrarlo ni pedirle documentos. Adentro, lo esperaba uno de los adjuntos
del coronel Abbes: César Báez. Fortachón, comido por la viruela, rizada melena
pelirroja, le dio una mano sudada y lo condujo por pasillos estrechos, en los que había
hombres con pistolas en cartucheras colgadas del hombro o bailoteando bajo el
sobaco, fumando, discutiendo o riendo en cubículos llenos de humo, con tableros
claveteados de memorándums. Olía a sudor, orines y pies. Una puerta se abrió. Allí
estaba el jefe del SIM. Lo sorprendió la desnudez monacal de la oficina, las paredes
sin cuadros ni carteles, salvo a la que daba la espalda el coronel, que lucía un retrato
en uniforme de parada -tricornio con plumas, pechera constelada de medallas- del
Benefactor. Abbes García estaba de paisano, con una camisita veraniega de mangas
cortas y un cigarrillo humeante en la boca. Tenía en la mano el pañuelo rojo que
Cabral le había visto muchas veces.
--Buenos días, senador -le alcanzó una mano blanda, casi femenina-. Asiento. No
tenemos comodidades aquí, perdonará.
--Le agradezco que me reciba, coronel. Es usted el primero. Ni el jefe, ni el
Presidente Balaguer, ni un solo ministro han respondido a mis solicitudes de audiencia.
La figurita pequeña, panzuda, algo contrahecha, asintió. Cabral veía, encima de la
doble papada, la boca fina y las blandengues mejillas, los ojitos profundos y acuosos
del coronel, moviéndose azogados. ¿Sería tan cruel como se decía?
--Nadie quiere contagiarse, señor Cabral -dijo fríamente Johnny Abbes. Al senador se
le ocurrió que si las serpientes hablaran tendrían esa voz sibilante-. Caer en desgracia
es una enfermedad contagiosa. En qué puedo servirlo.
--Decirme de qué se me acusa, coronel -hizo una pausa para tomar aliento y parecer
más sereno-. Tengo mi conciencia limpia. Desde mis veinte años dedico mi vida a
Trujillo y al país. Ha habido alguna equivocación, se lo juro.
El coronel lo calló, con un movimiento de la mano fofa, que tenía el pañuelo colorado.
Apagó el cigarrillo en un cenicero de latón:
--No pierda su tiempo dándome explicaciones, doctor Cabral. La política no es mi
campo, yo me ocupo de la seguridad. Si el jefe no quiere recibirlo, porque está dolido
con usted, escríbale.
--Ya lo he hecho, coronel. Ni siquiera sé si le han entregado mis cartas. Las llevé
personalmente al Palacio.
El rostro abotargado de Johnny Abbes se distendió algo:
--Nadie retendría una carta dirigida al jefe, senador. Las habrá leído y, si usted ha
sido sincero, le responderá -hizo una larga pausa, mirándolo siempre con esos ojitos
inquietos, y añadió, algo desafiante-: Veo que le llama la atención que use un pañuelo
de este color. ¿Sabe por qué lo hago? Es una enseñanza rosacruz. El rojo es el color
que me conviene. Usted no creerá en los rosacruces, le parecerá una superstición,
algo primitivo.
--No sé nada de la religión rosacruz, coronel. No tengo opinión al respecto.
--Ahora no tengo tiempo, pero, de joven, leí mucho de rosacrucismo. Aprendí
bastantes cosas. A leer el aura de las personas, por ejemplo. La de usted, en este
momento, es la de alguien muerto de miedo.
--Estoy muerto de miedo -respondió en el acto Cabral-. Desde hace días, sus
hombres me siguen sin parar. Dígame, al menos, si me van a detener.
--Eso no depende de mí -dijo Johnny Abbes, con aire ligero, como si la cosa no
tuviera importancia-. Si me lo ordenan, lo haré. La escolta es para disuadirle de
asilarse. Si lo intenta, mis hombres lo arrestarán.
--¿Asilarme? Pero, coronel. ¿Asilarme, como un enemigo del régimen? Pero, yo soy
el régimen desde hace treinta años.
--Donde su amigo Henry Dearborn, el jefe de la misión que nos han dejado los
yanquis -prosiguió, sarcástico, el coronel Abbes.
La sorpresa enmudeció a Agustín Cabral. ¿Qué quería decir?
--¿Mi amigo, el cónsul de los Estados Unidos? -balbuceó-. Sólo he visto dos o tres
veces en mi vida al señor Dearborn.
--Es un enemigo nuestro, como usted sabe -prosiguió Abbes García-. Los yanquis lo
dejaron aquí, cuando la OEA acordó las sanciones, para seguir intrigando contra el
Jefe. Todas las conspiraciones, desde hace un año, pasan por la oficina de Dearborn.
Pese a ello, usted, presidente del Senado, fue a un coctel a su casa, hace poco.
¿Recuerda?
El asombro de Agustín Cabral iba en aumento. ¿Era eso? ¿Haber asistido a aquel
coctel en casa del encargado de negocios que dejaron los Estados Unidos cuando
cerraron la embajada?
--El jefe nos dio la orden de asistir a ese coctel al ministro Paino Pichardo y a mí -
explicó-. Para sondear los planes de su gobierno. ¿Por haber cumplido esa orden he
caído en desgracia? Hice un informe escrito sobre aquella reunión.
El coronel Abbes Garcia encogió sus hombritos caídos, en un movimiento de títere.
--Si fue orden del jefe, olvídese de mi comentario -admitió, con un relente irónico.
Su actitud delataba cierta impaciencia, pero Cabral no se despidió. Alentaba la
insensata ilusión de que esta charla diera algún fruto.
--Usted y yo no hemos sido nunca amigos, coronel -dijo, esforzándose para hablar
con naturalidad.
--Yo no puedo tener amigos -replicó Abbes García-. Perjudicaría mi trabajo. Mis
amigos y mis enemigos son los del régimen.
--Déjeme terminar, por favor -prosiguió Agustín Cabral-. Pero, siempre lo he
respetado y reconocido los servicios excepcionales que presta al país. Si hemos tenido
alguna discrepancia...
El coronel pareció que levantaba una mano para hacerlo callar, pero era para
encender otro cigarrillo. Aspiró con avidez y expulsó calmosamente el humo, por la
boca y la nariz.
--Claro que hemos tenido discrepancias -reconoció-. Usted ha sido uno de los que
más combatió mi tesis de que, en vista de la traición yanqui, hay que acercarse a los
rusos y a los países del Este. Usted, con Balaguer y Manuel Alfonso tratan de
convencer al Jefe de que la reconciliación con los yanquis es posible. ¿Sigue creyendo
esa pendejada? ¿Era ésta la razón? ¿Le había clavado Abbes García el puñal?
¿Aceptó el jefe esa imbecilidad? ¿Lo alejaban para acercar al régimen al comunismo?
Era inútil seguir humillándose ante un especialista en torturas y asesinatos que, en
razón de la crisis, osaba ahora creerse estratega político.
--Sigo pensando que no tenemos alternativa, coronel -afirmó, resuelto-. Lo que usted
propone, perdóneme la franqueza, es una quimera. Ni la URSS ni sus satélites
aceptarán jamás el acercamiento con la República Dominicana, baluarte anticomunista
en el Continente. Estados Unidos tampoco lo admitiría. ¿Quiere usted otros ocho años
de ocupación norteamericana? Tenemos que llegar a algún en~ tendimiento con
Washington o será el fin del régimen.
El coronel dejó caer la ceniza de su cigarrillo al suelo. Fumaba un copazo tras otro,
como si temiera que le fueran a arrebatar el cigarrillo, y, de tanto en tanto, se secaba la
frente con su pañuelo que parecía llamarada.
--Su amigo Henry Dearborn no piensa así, lástima -encogió los hombros de nuevo,
como un cómico barato-. Sigue tratando de financiar un golpe contra el jefe. En fin,
esta discusión es inútil. Espero que aclare su situación, para quitarle la escolta.
Gracias por la visita, senador.
No le dio la mano. Se limitó a hacerle una pequeña venia con su cara de carrillos
hinchados medio disuelta en una aureola de humo, con el fondo de aquella fotografía
del Jefe en uniforme de gran parada. Entonces, el senador recordó la cita de Ortega y
Gasset, apuntada en la libretita que llevaba siempre en el bolsillo.
También el loro Sansón parece petrificado con las palabras de Urania; permanece
quieto y mudo, como la tía Adelina, quien ha dejado de abanicarse y abierto la boca.
Lucinda y Manolita la miran, desconcertadas. Marianita pestañea sin cesar. A Urania
se le ocurre la absurda idea de que aquella bellísima luna que espía desde la ventana,
aprueba lo que ha dicho.
--No sé cómo dices eso de tu padre -reacciona su tía Adelina-. En mi larga vida
nunca conocí alguien que se sacrificara más por una hija, que mi pobre hermano. ¿Has
dicho lo de «mal padre» en serio? Tú has sido su adoración. Y su tormento. Para no
hacerte sufrir, no se volvió a casar cuando murió tu madre, pese a quedarse viudo tan
joven. ¿Gracias a quién has tenido la suerte de estudiar en Estados Unidos? ¿No se
gastó todo lo que tenía? ¿A eso llamas un mal padre?
No debes replicarle, Urania. ¿Qué culpa tiene esta viejita que pasa sus últimos años,
meses o semanas, inmóvil y amargada, de algo tan remoto? No le contestes. Asiente,
simula. Da una excusa, despídete y olvídate de ella para siempre. Con calma, sin la
menor beligerancia, dice:
--No hacía esos sacrificios por amor a mí, tía. Quería comprarme. Lavar su mala
conciencia. Sabiendo que era en vano, que hiciera lo que hiciera viviría el resto de sus
días sintiéndose el hombre vil y malvado que era.
Al salir de las oficinas del Servicio de Inteligencia en la esquina de las avenidas
México y 30 de Marzo, le pareció que los policías de la guardia le echaban una mirada
misericordiosa, y que uno de ellos, incluso, clavándole los ojos, acariciaba
intencionadamente la metralleta San Cristóbal que llevaba terciada a la espalda. Se
sintió sofocado, con un ligero vértigo. ¿Tendría la cita de Ortega y Gasset en su
libretita? Tan oportuna, tan profética. Se aflojó la corbata y se quitó la chaqueta.
Pasaban taxis pero no paró ninguno. ¿Iría a su casa? ¿Para sentirse enjaulado y
devanarse los sesos mientras bajaba de su dormitorio al despacho o subía de nuevo al
dormitorio pasando por la sala, preguntándose, mil veces, qué había ocurrido? ¿Por
qué era este conejo correteado por invisibles cazadores? Le habían quitado la oficina
del Congreso y el auto oficial, y su carnet del Country Club, donde hubiera podido
refugiarse, tomar una bebida fresca, viendo, desde el bar, ese paisaje de jardines
cuidados y remotos jugadores de golf o ir donde un amigo, pero ¿le quedaba alguno? A
todos los que había llamado los notó en el teléfono asustados, reticentes, hostiles: les
hacía daño queriendo verlos. Caminaba sin rumbo, con la chaqueta doblada bajo el
brazo. ¿Podía ser la causa aquel coctel en casa de Henry Dearborn? Imposible. En
reunión de Consejo de Ministros, el Jefe decidió que él y Paino Pichardo asistieran,
«para explorar el terreno». ¿Cómo podía castigarlo por obedecer? ¿Insinuó tal vez
Paino a Trujillo que él se mostró en aquel coctel demasiado cordial con el gringo? No,
no, no. No podía ser que por una insignificancia tan estúpida el jefe pisoteara a alguien
que lo había servido con devoción, con más desinterés que nadie.
Iba como extraviado, cambiando de dirección cada cierto número de cuadras. El calor
lo hacía transpirar. Era la primera vez en muchísimos años que vagabundeaba por las
calles de Ciudad Trujillo. Una ciudad que había visto crecer y transfigurarse, del
pequeño pueblo averiado y en ruinas en que la dejó convertida el ciclón de San Zenón,
en 1930, a la moderna, hermosa y próspera urbe que era ahora, con calles
pavimentadas, luz eléctrica, anchas avenidas surcadas por autos último modelo.
Cuando miró su reloj eran las cinco y cuarto de la tarde. Llevaba dos horas andando
y se moría de sed. Estaba en Casimiro de Moya, entre Pasteur y Cervantes, a pocos
metros de un bar: El Turey. Entró, se sentó en la primera mesa. Pidió una Presidente
bien fría. No había aire acondicionado pero sí ventiladores y a la sombra se estaba
bien. La larga caminata lo había serenado. ¿Qué sería de él? ¿Y de Uranita? ¿Qué
sería de la niña si lo metían a la cárcel, o si, en un arranque, el jefe ordenaba matarlo?
¿Estaría Adelina en condiciones de educarla, de' convertirse en su madre? Sí, su
hermana era una mujer buena y generosa. Uranita sería una hija suya más, como
Lucindita y Manolita.
Paladeó la cerveza con placer, mientras revisaba su libreta de notas en busca de la
cita de Ortega y Gasset. El frío líquido, bajando por sus entrañas, le produjo una
sensación bienhechora. No perder las esperanzas. La pesadilla podía desvanecerse.
¿No ocurrió, algunas veces? Había enviado tres cartas al Jefe. Francas, desgarradas,
mostrándole su alma. Pidiéndole perdón por la falta que hubiera podido cometer,
jurando que haría cualquier cosa para desagraviarle y redimirse, si en un acto de
ligereza o de inconsciencia le falló. Le recordaba los largos años de entrega, su
absoluta honradez, como probaba el hecho de que ahora, al serle congeladas las
cuentas en el Banco de Reserva
--unos doscientos mil pesos, los ahorros de toda una vida- se había quedado en la
calle, con apenas la casita de Gazcue donde vivir. (Sólo le ocultó aquellos veinticinco
mil dólares depositados en el Chemical Bank de New York que guardaba para alguna
emergencia.) Trujillo era magnánimo, cierto. Podía ser cruel, cuando el país lo exigía.
Pero, también, generoso, magnífico como ese Petronio de Quo Vadis? al que siempre
citaba. En cualquier momento, lo llamaría al Palacio Nacional o a la Estancia
Radhamés. Tendrían una explicación teatral, de esas que al jefe le gustaban. Todo se
aclararía. Le diría que, para él, Trujillo no sólo había sido el jefe, el estadista,
el fundador de la República, sino un modelo humano, un padre. La pesadilla habría
terminado. Su vida anterior se reactualizaría, como por arte de magia. La cita de
Ortega y Gasset apareció, en la esquina de una página, escrita con su letra menudita:
«Nada de lo que el hombre ha sido, es o será, lo ha sido, lo es ni lo será de una vez
para siempre, sino que ha llegado a serlo un buen día y otro buen día dejará de serlo».
Él era un ejemplo vivo de la precariedad de la existencia que postulaba esa filosofía.
En una de las paredes de El Turey, un cartel anunciaba a partir de las siete de la
noche el piano del maestro Enriquillo Sánchez. Había dos mesas ocupadas, con
parejas que se cuchicheaban y miraban románticamente. «Acusarme de traidor, a mí.»
A él, que, por Trujillo, renunció a los placeres, las diversiones, al dinero, al amor, a las
mujeres. Alguien había dejado abandonado, en una silla contigua, un ejemplar de La
Nación. Cogió el periódico y, para ocupar sus manos, pasó las páginas. En la tercera,
un recuadro anunciaba que el muy ilustre y distinguido embajador don Manuel Alfonso
acababa de llegar del extranjero, donde viajó por motivos de salud. ¡Manuel Alfonso!
Nadie tenía acceso más directo al jefe; éste lo distinguía y le confiaba sus asuntos más
íntimos, desde su vestuario y perfumes hasta sus aventuras galantes. Manuel era
amigo suyo, le debía favores. Podía ser la persona clave.
Pagó y salió. El «cepillo» no estaba allí. ¿Se les escabulló sin darse cuenta, o había
cesado la rsecución? En su pecho brotó un sentimiento de gratitud, de alborozada
esperanza.
XIV
El Benefactor entró al despacho del doctor Joaquín Balaguer a las cinco, como lo hacía
de lunes a viernes, desde que, nueve meses atrás, el 3 de agosto de 1960, tratando de
evitar las sanciones de la OEA, hizo renunciar a su hermano Héctor Trujillo (Negro) y
accedió a la Presidencia de la República el afable y diligente poeta y jurista que se
había puesto de pie y se acercaba a saludarlo:
--Buenas tardes, Excelencia.
Después del almuerzo a los esposos Gittleman, el Generalísimo reposó media hora,
se cambió -llevaba un finísimo traje de hilo blanco- y despachó asuntos corrientes con
sus cuatro secretarios hasta hacía cinco minutos. Venía con la cara agestada y fue al
grano, sin disimular su enojo:
--¿Autorizó usted hace un par de semanas la salida al extranjero de la hija de Agustín
Cabral?
Los ojitos miopes del pequeño doctor Balaguer pestañearon detrás de los gruesos
espejuelos.
--En efecto, Excelencia. Uranita Cabral, sí. Las Dominicanas la han becado, en su
universidad de Michigan. La niña debía partir cuanto antes, para unas pruebas. Me lo
explicó la directora y se interesó en el asunto el arzobispo Ricardo Pittini. Pensé que
ese pequeño gesto podía tender puentes con la jerarquía. Se lo expliqué todo en un
memorándum, Excelencia.
El hombrecito hablaba con la suavidad bondadosa de costumbre y un esbozo de
sonrisa en su cara redonda, pronunciando con la perfección de un actor de radioteatro
o un profesor de fonética. Trujillo lo escudriñó, tratando de desentrañar en su
expresión, en la forma de su boca, en sus ojitos evasivos, el menor indicio, alguna
alusión. Pese a su infinita suspicacia, no percibió nada; claro, el Presidente fantoche
era un político demasiado ducho para que sus gestos lo traicionaran.
--¿Cuándo me envió ese memorándum?
--Hace un par de semanas, Excelencia. Luego de la gestión del arzobispo Pittini. Le
decía que, como el viaje de la niña era urgente, le concedería el permiso a menos que
usted tuviera objeción. Como no recibí respuesta suya, procedí. Ella tenía ya el visado
de Estados Unidos.
El Benefactor se sentó frente al escritorio de Balaguer e indicó a éste que lo hiciera.
En este despacho del segundo piso del Palacio Nacional se sentía bien; era amplio,
aireado, sobrio, con anaqueles llenos de libros, de suelo y paredes relucientes, y el
escritorio siempre pulcro. No se podía decir que el Presidente fantoche fuera un
hombre elegante (¿cómo lo hubiera sido con esa fachita entallada y rellenita que hacia
de él no sólo un hombre bajo sino, casi, un enano?), pero vestía con la corrección que
hablaba, respetaba el protocolo, y era un trabajador infatigable para el que no existían
fiestas ni horarios. Lo notó alarmado; se daba cuenta de que, dando aquel permiso a la
hija de Cerebrito, podía haber cometido un grave error.
--Sólo he visto ese memorándum hace media hora -dijo, admonitorio-. Pudiera
haberse extraviado. Pero, me extrañaría. Mis papeles están siempre muy ordenados.
Ninguno de los secretarios lo vio hasta ahora. De modo que algún amigo de Cerebrito,
temiendo que yo fuera a negar el permiso, lo traspapeló.
El doctor Balaguer puso una expresión consternada. Había adelantado el cuerpo y
entreabría esa boquita de la que salían suaves arpegios y delicados trinos cuando
declamaba, y, en sus arengas políticas, frases altisonantes y hasta furibundas.
--Haré una investigación a fondo, para saber quién llevó a su despacho el
memorándum y a quién lo entregó. Me apresuré, sin duda. Debí hablar personalmente
con usted. Le ruego que me disculpe este desliz -sus manecillas regordetas, de uñas
cortas, se abrieron y cerraron, contritas-. La verdad, pensé que el asunto no tenía
importancia. Usted nos indicó, en Consejo de Ministros, que la situación de Cerebrito
no comprendía a la familia.
Lo hizo callar, con un movimiento de cabeza.
--Tiene importancia que alguien me escondiera ese memorándum un par de semanas
-dijo, con sequedad-. En la secretaría hay un traidor o un inepto. Espero que sea un
traidor, los ineptos son más dañinos.
Suspiró, algo fatigado, y se acordó del doctor Enrique Lithgow Ceara: ¿lo habría
querido matar, de verdad, o se le pasó la mano? Por dos de las ventanas del despacho
veía el mar; nubes de grandes barrigas blancas tapaban el sol y en la cenicienta tarde
la superficie marina lucía agitada, efervescente. Grandes olas golpeaban la costa
quebradiza. Aunque había nacido en San Cristóbal, lejos del mar, el espectáculo de
olas espumosas y la superficie líquida perdiéndose en el horizonte era su preferido.
--Las monjas la han becado porque saben que Cabral está en desgracia -murmuró,
disgustado-. Porque piensan que ahora servirá al enemigo.
--Le aseguro que no, Excelencia -el Generalísimo vio que el doctor Balaguer vacilaba
al elegir las palabras-. La madre María, sister Mary, y la directora del Santo Domingo,
no tienen buen concepto de Agustín. Al parecer, no se llevaba con la niña y ésta sufría
en casa. Querían ayudarla a ella, no a él. Me aseguraron que es una muchacha
excepcionalmente dotada para el estudio. Me apresuré firmando el permiso, lo siento.
Lo hice, más que nada, tratando de suavizar las relaciones con la Iglesia. Este
conflicto me parece peligroso, Excelencia, usted ya sabe mi opinión.
Volvió a callarlo, con gesto casi imperceptible. ¿Habría traicionado ya, Cerebrito?
Sentirse al margen, abandonado, sin cargos, sin medios económicos, sumido en la
incertidumbre ¿lo habría empujado a las filas del enemigo? Ojalá, no; era un antiguo
colaborador, había prestado buenos servicios en el pasado y acaso podía prestarlos en
el futuro.
--¿Ha visto a Cerebrito?
--No, Excelencia. Seguí sus instrucciones de no recibirlo ni contestar sus llamadas.
Me escribió ese par de cartas que usted conoce. Por Aníbal, su cuñado, el de La
Tabacalera, sé que está muy afectado. «Al borde del suicidio», me dijo.
¿Había sido una ligereza someter a un eficiente servidor como Cabral a una prueba
así, en estos momentos difíciles para el régimen? Tal vez.
--Basta de perder el tiempo con Agustín Cabral -dijo-. La Iglesia, los Estados Unidos.
Empecemos por ahí. ¿Qué va a pasar con el obispo Reilly? ¿Hasta cuándo va a seguir
entre las monjas del Santo Domingo, jugando al mártir?
--He hablado largamente con el arzobispo y con el nuncio, al respecto. Les insistí que
monseñor Reilly debe abandonar el Santo Domingo, que su presencia allí es
intolerable. Creo haberlos convencido. Piden que se garantice la integridad del obispo,
que cese la campaña en La Nación, El Caribe y La Voz Dominicana. Y que pueda
regresar a su diócesis de San Juan de la Maguana.
--¿No quieren también que le ceda usted la Presidencia de la República? -preguntó el
Benefactor. El solo nombre de Reilly o de Panal le hacia hervir la sangre. ¿Y si,
después de todo, el jefe del SIM tenia razón? ¿Si reventaba aquel foco infeccioso de
una vez?-: Abbes García me sugiere meter a Reilly y Panal en un avión de vuelta a sus
países. Expulsarlos como indeseables. Lo que está haciendo Fidel Castro en Cuba
con los curas y monjas españoles.
El Presidente no dijo una palabra ni hizo el menor ademán. Aguardaba, inmóvil.
--O permitir que el pueblo castigue a ese par de traidores -continuó, luego de una
pausa-. La gente está ansiosa por hacerlo. Lo he visto, en las giras de los últimos días.
En San Juan de la Maguana, en La Vega, apenas se contienen.
El doctor Balaguer admitió que el pueblo, si pudiera, los lincharía. Estaba resentido
con esos purpurados, ingratos con alguien que había hecho por la Iglesia católica más
que todos los gobiernos de la República, desde 1844. Pero, el Generalísimo era
demasiado sabio y realista para seguir los consejos desatinados e impolíticos del jefe
del SIM, que, de ser aplicados, traerían infaustas consecuencias a la nación. Hablaba
sin apresurarse, con una cadencia que, sumada a su limpia elocución, resultaba
arrulladora.
--Usted es la persona que más detesta a Abbes García dentro del régimen -lo
interrumpió-. ¿Por qué?
El doctor Balaguer tenía la respuesta a flor de labios. -El coronel es un técnico en
cuestiones de seguridad y presta un buen servicio al Estado -repuso-. Pero, por lo
general, sus juicios políticos son temerarios. Con todo el respeto y la admiración que
siento por Su Excelencia, me permito exhortarle a que deseche esas ideas. La
expulsión, Y, todavía peor, la muerte de Reilly y Panal, nos traería una nueva invasión
militar. Y el fin de la Era de Trujillo.
Como su tono era tan suave y cordial, y la música de sus palabras tan agradable,
parecía que las cosas que el doctor Joaquín Balaguer decía no tuvieran la firmeza de
juicio y la severidad que, a veces, como ahora, el minúsculo hombrecillo se permitía
con el Jefe. ¿Se estaba excediendo? ¿Había sucumbido, como Cerebrito, a la idiotez
de creerse seguro y necesitaba también un baño de realidad? Curioso personaje,
Joaquín Balaguer. Estaba a su lado desde que, en 1930, lo mandó llamar con dos
guardias al hotelito de Santo Domingo donde estaba alojado y se lo llevó a su casa por
un mes, para que lo ayudara en la campaña electoral en la que tuvo como efímero
aliado al líder cibaeño Estrella Ureña, de quien el joven Balaguer era ardiente
partidario. Una invitación y una charla de media hora bastaron para que el poeta,
profesor y abogado de veinticuatro años, nacido en el desairado pueblecito de
Navarrete, se convirtiera en trujillista incondicional, en competente y discreto servidor
en todos los cargos diplomáticos, administrativos y políticos que le confió. Pese a estar
treinta años a su lado, la verdad, el inconspicuo personaje a quien Trujillo bautizó por
eso en una época la Sombra, era todavía algo hermético para él, que se jactaba de
tener un olfato de gran sabueso para los hombres. Una de las pocas certezas que
abrigaba respecto a él era su falta de ambiciones. A diferencia de los otros del grupo
íntimo, cuyos apetitos podía leer como en un libro abierto en sus conductas, iniciativas
y lisonjas, Joaquín Balaguer siempre le dio la impresión de aspirar sólo a lo que a él se
le antojaba darle. En los puestos diplomáticos en España, Francia, Colombia,
Honduras, México, o en los ministerios de Educación, de la Presidencia, de Relaciones
Exteriores, le pareció colmado, abrumado con esas misiones por encima de sus sueños
y aptitudes, y que, por eso mismo, se esforzaba de manera denodada en cumplir bien.
Pero -se le ocurrió de pronto al Benefactor- gracias a esa humildad, el pequeño vate y
jurisconsulto había estado siempre en la cumbre, sin que, debido a su insignificancia,
nunca pasara por períodos de desgracia, como los demás. Por eso era Presidente
fantoche. Cuando, en 1957, se trató de designar un vicepresidente en la lista que
encabezaba su hermano Negro Trujillo, el Partido Dominicano, siguiendo sus órdenes,
eligió al embajador en España, Rafael Bonnelly. Súbitamente, el Generalísimo decidió
reemplazar a ese aristócrata por el nimio Balaguer, con un argumento contundente:
éste carece de ambiciones». Pero, ahora, gracias a su falta de ambiciones, este
intelectual de delicadas maneras y finos discursos, era primer mandatario de la nación
y se permitía despotricar contra el jefe del Servicio de Inteligencia. Habría que bajarle
los humos, alguna vez.
Balaguer permanecía quieto y mudo, sin atreverse a interrumpir sus reflexiones,
esperando que se dignara dirigirle la palabra. Lo hizo al fin, pero sin retomar el tema
de la Iglesia:
--Siempre lo he tratado de usted ¿cierto? Es el único de mis colaboradores al que
nunca he tuteado. ¿No le llama la atención?
La redonda carita se coloreó.
--En efecto, Excelencia -musitó, avergonzado-. Siempre me pregunto si no me tutea
porque confía menos en mi que en mis colegas.
--Sólo en este momento me doy cuenta -añadió Trujillo, sorprendido-. Y, también, que
usted nunca me dice jefe, como los demás. Pese a todos estos años juntos, para mí es
usted bastante misterioso. Nunca he podido descubrirle las debilidades humanas,
doctor Balaguer.
--Estoy lleno de ellas, Excelencia -sonrió el Presidente-. Pero, en vez de un elogio,
parece que me lo reprochara.
El Generalísimo no estaba bromeando. Cruzó y descruzó las piernas, sin quitar a
Balaguer la punzante mirada. Se pasó la mano por el bigotito mosca y los labios
resecos. Lo escrutaba con obstinación.
--Hay algo inhumano en usted -monologó, como si el objeto de su comentario no
estuviera presente-. No tiene los apetitos naturales en los hombres. Que yo sepa, no
le gustan las mujeres, ni los muchachos. Lleva una vida más casta que la de su vecino
de la avenida Máximo Gómez, el nuncio. Abbes García no le ha descubierto una
querida, una novia, una cana al aire. De tal manera que la cama no le interesa.
Tampoco el dinero. Apenas tiene ahorros; salvo la casita donde vive, carece de
propiedades, de acciones, de inversiones, por lo menos aquí. No ha estado metido en
intrigas y guerras feroces en que se desangran mis colaboradores, aunque todos
intriguen contra usted. Yo tuve que imponerle los ministerios, las embajadas, la
Vicepresidencia y hasta la Presidencia que ocupa. SI lo saco de aquí y lo mando a un
puestecito perdido en Montecristi o Azua, se iría usted para allí, igual de contento.
Usted no bebe, no fuma, no come, no corre tras las faldas, el dinero ni el poder. ¿Es
usted así? ¿O esa conducta es una estrategia, con un designio secreto?
El rasurado semblante del doctor Balaguer volvió a escaldarse. Su tenue vocecita no
vaciló al afirmar:
--Desde que conocí a Su Excelencia, aquella mañana de abril de 1930, mi único vicio
ha sido servirlo. Desde aquel momento supe que, sirviendo a Trujillo, servía a mi país.
Eso ha enriquecido mi vida, más de lo que hubiera podido hacerlo una mujer, el dinero
o el poder. Nunca tendré palabras para agradecer a Su Excelencia que me haya
permitido trabajar a su lado.
Bah, las lisonjas de siempre, las que cualquier trujillista menos leído hubiera dicho.
Por un momento, imaginó que el menudo e inofensivo personaje le abriría su corazón,
como en el confesionario, y le revelaría sus pecados, miedos, animosidades, sueños.
A lo mejor no tenía ninguna vida secreta, y su existencia era la que todos conocían:
funcionario frugal y laborioso, tenaz y sin imaginación, que modelaba en bellos
discursos, proclamas, cartas, acuerdos, arengas, negociaciones diplomáticas, las ideas
del Generalísimo, y poeta que producía acrósticos y loas a la belleza de la mujer
dominicana y el paisaje de Quisqueya que engalanaban los Juegos Florales, las
efemérides, los concursos de la Señorita República Dominicana y los festejos
patrióticos. Un hombrecito sin luz propia, como la luna, al que Trujillo, astro solar,
iluminaba.
--Ya lo sé, usted ha sido un buen compañero -afirmó el Benefactor-. Desde esa
mañana de 1930, sí. Lo mandé llamar por sugerencia de mi esposa de entonces,
Bienvenida. ¿Su pariente, no?
--Mi prima, Excelencia. Aquel almuerzo decidió mi vida. Me invitó usted a
acompañarlo en la gira electoral, me hizo el honor de pedirme que lo presentara en los
mítines de San Pedro de Macorís, la capital y de La Romana. Fue mi debut como
orador político. Mi destino tomó otro rumbo, a partir de allí. Hasta entonces, mi
vocación eran las letras, la enseñanza, el foro. Gracias a usted, la política tomó la
delantera.
Un secretario tocó la puerta, pidiendo permiso para entrar. Balaguer consultó con la
mirada y el Generalísimo lo autorizó. El secretario -traje entallado, bigotito, pelos
aplastados por la gomina- traía un memorándum firmado por quinientos setenta y seis
vecinos notables de San Juan de la Maguana, «para que se impida el retorno a esa
prelatura de monseñor Reilly, el obispo felón». Una comisión presidida por el alcalde y
el jefe local del Partido Dominicano quería entregarlo al Presidente. ¿La recibiría?
Consultó de nuevo y el Benefactor asintió.
--Que tengan la bondad de esperar -indicó Balaguer-. Recibiré a esos señores
cuando termine de despachar con Su Excelencia.
¿Sería Balaguer tan católico como se decía? Corrían incontables chistes sobre su
soltería y la manera pía y reconcentrada que adoptaba en las misas, tedeum y
procesiones; él lo había visto acercarse a comulgar con las manos juntas y los ojos
bajos. Cuando se hizo la casa en que habitaba con sus hermanas, en la Máximo
Gómez, contigua a la nunciatura, Trujillo hizo escribir a la Inmundicia Viviente una carta
a El Foro Público burlándose de esa vecindad y preguntándose qué compadrazgos se
traía el diminuto doctorcito con el enviado de Su Santidad. Por su fama de beato y sus
excelentes relaciones con los curas, le encargó diseñar la política del régimen con la
Iglesia católica. Lo hizo muy bien; hasta el domingo 25 de enero de 1960, en que se
leyó en las parroquias la Carta Pastoral de esos pendejos, la Iglesia había sido una
sólida aliada. El Concordato entre la República Dominicana y el Vaticano, que
Balaguer negoció y Trujillo firmó en Roma, en 1954, resultó un formidable espaldarazo
para su régimen y su figura en el mundo católico. El poeta y jurisconsulto debía sufrir
con esta confrontación, que duraba ya año y medio, entre el gobierno y las sotanas.
¿Sería tan católico? Siempre defendió que el régimen se llevara bien con los obispos,
curas y el Vaticano alegando razones pragmáticas y políticas, no religiosas: la
aprobación de la Iglesia católica legitimaba las acciones del régimen ante el pueblo
dominicano. A Trujillo no debía ocurrirle lo que a Perón, cuyo gobierno empezó a
desmoronarse cuando la Iglesia le puso la puntería. ¿Tenía razón? ¿La hostilidad de
esos eunucos ensotanados acabaría con Trujillo? Antes, Panal y Reilly irían a engordar
tiburones al farallón.
--Voy a decirle algo que le va a complacer, Presidente -dijo, de pronto-. Yo no tengo
tiempo para leer las pendejadas que escriben los intelectuales. Las poesías, las no~
velas. Las cuestiones de Estado son demasiado absorbentes. De Marrero Aristy, pese
a trabajar tantos años conmigo, nunca leí nada. Ni Over, ni los artículos que escribió
sobre mí, ni la Historia dominicana. Tampoco he leído las centenas de libros que me
han dedicado los poetas, los dramaturgos, los novelistas. Ni siquiera las boberías de
mi mujer las he leído. Yo no tengo tiempo para eso, ni para ver películas, oír música, ir
al ballet o a las galleras. Además, nunca me he fiado de los artistas. Son
deshuesados, sin sentido del honor, propensos a la traición y muy serviles. Tampoco
he leído sus versos ni sus ensayos. Apenas he hojeado su libro sobre Duarte, El Cristo
de la libertad, que me envió con dedicatoria tan cariñosa. Pero, hay una excepción.
Un discurso suyo, hace siete años. El que pronunció en Bellas Artes, cuando lo
incorporaron a la Academia de la Lengua. ¿Lo recuerda?
El hombrecito se había encendido todavía más. Irradiaba una luz exaltada, de
indescriptible júbilo:
--«Dios y Trujillo: una interpretación realista» -murmuró, bajando los párpados.
--Lo he releído muchas veces -chilló la meliflua vocecita del Benefactor-. Me sé
párrafos de memoria, como poesías.
¿Por qué esta revelación al Presidente fantoche? Era una debilidad, a las que nunca
sucumbía. Balaguer podía jactarse de ello, sentirse importante. No estaban las cosas
para desprenderse de un segundo colaborador en tan corto intervalo. Lo tranquilizó
recordar que, acaso el mayor atributo de este hombrecillo era no sólo saber lo
conveniente, sino, sobre todo, no enterarse de lo inconveniente. Esto no lo repetiría,
para no ganarse enemistades homicidas entre los otros cortesanos. Aquel discurso de
Balaguer lo estremeció, lo llevó a preguntarse muchas veces si no expresaba una
profunda verdad, una de esas insondables decisiones divinas que marcan el destino de
un pueblo. Aquella noche, al oír los primeros párrafos que, embutido en el chaqué que
llevaba con su poca apostura, el nuevo académico leía en el escenario del Teatro de
Bellas Artes, el Benefactor no les prestó mayor atención. (Él también vestía de chaqué,
como toda la concurrencia masculina; las damas iban de traje largo y por doquier
destellaban joyas y brillantes.) Aquello parecía una síntesis de la historia dominicana
desde la llegada de Cristóbal Colón a la Hispaniola. Comenzó a interesarse cuando, en
las palabras educadas y la elegante prosa del conferencista, fue asomando una visión,
una tesis. La República Dominicana sobrevivió más de cuatro siglos -cuatrocientos
treinta y ocho años a adversidades múltiples -los bucaneros, las invasiones haitianas,
los intentos anexionistas, la masacre y fuga de blancos (sólo quedaban sesenta mil al
emanciparse de Haití) gracias a la Providencia. La tarea fue asumida hasta entonces
directamente por el Creador. A partir de 1930, Rafael Leonidas Trujillo Molina relevó a
Dios en esta ímproba misión.
--«Una voluntad aguerrida y enérgica que secunda en la marcha de la República hacia
la plenitud de sus destinos la acción tutelar y bienhechora de aquellas fuerzas
sobrenaturales» -recitó Trujillo, con los ojos entrecerrados-. «Dios y Trujillo: he ahí,
pues, en síntesis, la explicación, primero de la supervivencia del país y, luego, de la
actual prosperidad de la vida dominicanas
Entreabrió los ojos y suspiró, con melancolía. Balaguer lo escuchaba arrobado,
empequeñecido por la gratitud.
--¿Cree usted todavía que Dios me pasó la posta? ¿Que me delegó la
responsabilidad de salvar a este país? -preguntó, con una mezcla indefinible de ironía y
ansiedad.
--Más que entonces, Excelencia -replicó la delicada y clara vocecita-.Trujillo no
hubiera podido llevar a cabo la sobrehumana misión, sin apoyo trascendente. Usted ha
sido, para este país, instrumento del Ser Supremo.
--Lástima que esos obispos pendejos no se hayan enterado -sonrió Trujillo-. Si su
teoría es cierta, espero que Dios les haga pagar su ceguera.
Balaguer no fue el primero en asociar la divinidad a su obra. El Benefactor recordaba
que, antes, el profesor de leyes, abogado y político don Jacinto B. Peynado (a quien
Puso de Presidente fantoche en 1938, cuando, debido a la matanza de haitianos, hubo
protestas internacionales contra su tercera reelección) colocó un gran letrero luminoso
en la puerta de su casa: «Dios y Trujillo». Desde entonces, enseñas idénticas lucían
en muchos hogares de la ciudad capital y del interior. No, no era la frase; eran los
argumentos justificando aquella alianza lo que había sobrecogido a Trujillo como una
aplastante verdad. No era fácil sentir en sus hombros el peso de una mano
sobrenatural. Reeditado cada año por el Instituto Trujilloniano, el discurso de Balaguer
era lectura obligatoria en las escuelas y texto central de la Cartilla Cívica, destinada a
educar a escolares y universitarios en la Doctrina Trujillista, que redactó un trío elegido
por él: Balaguer, Cerebrito Cabral y la Inmundicia Viviente.
--Muchas veces he pensado en esa teoría suya, doctor Balaguer -confesó-. ¿Fue una
decisión divina? ¿Por qué yo? ¿Por qué a mí?
El doctor Balaguer se mojó los labios con la punta de la lengua, antes de responder:
--Las decisiones de la divinidad son ineluctables -dijo, con unción-. Debieron tenerse
en cuenta sus condiciones excepcionales de liderazgo, de capacidad de trabajo y,
sobre todo, su amor por este país.
¿Por qué perdía el tiempo en estas pendejadas? Había asuntos urgentes. Sin
embargo, cosa rarísima, sentía necesidad de prolongar esta conversación vaga,
reflexiva, personal. ¿Por qué con Balaguer? Dentro del círculo de colaboradores, era
con el que menos intimidades había compartido. No lo había invitado jamás a las
cenas privadas de San Cristóbal, en la Casa de Caoba, donde corría el licor y se
cometían a veces excesos. Tal vez porque, entre toda la horda de intelectuales y
literatos, era el único que, hasta ahora, no lo había decepcionado. Y por su fama de
inteligente (aunque, según Abbes García, circundaba al Presidente un aura sucia).
--Mi opinión sobre intelectuales y literatos siempre ha sido mala -volvió a decir-. En el
escalafón, por orden de méritos, en primer lugar, los militares. Cumplen, intrigan poco,
no quitan tiempo. Después, los campesinos. En los bateyes y bohíos, en los centrales,
está la gente sana, trabajadora y con honor de este país. Después, funcionarios,
empresarios, comerciantes. Literatos e intelectuales, los últimos. Después de los
curas, incluso. Usted es una excepción, doctor Balaguer. ¡Pero, los otros! Una recua
de canallas. Los que más favores recibieron y los que más daño han hecho al régimen
que los alimentó, vistió y llenó de honores. Los chapetones, por ejemplo, como José
Almoina o Jesús de Galíndez. Les dimos asilo, trabajo. Y de adular y mendigar
pasaron a calumniar y escribir vilezas. ¿Y Osorio Lizarazo, el cojo colombiano que
usted trajo? Vino a escribir mi biografía, a ponerme por las nubes, a vivir como rey,
regresó a Colombia con los bolsillos repletos y se volvió antitrujillista.
Otro mérito de Balaguer era saber cuándo no hablar, cuándo volverse una esfinge
ante la que el Generalísimo podía permitirse estos desahogos. Trujillo calló. Escuchó,
tratando de detectar el sonido de esa superficie metálica, con líneas paralelas y
espumosas, que divisaba por los ventanales. Pero no alcanzó a oír el murmullo
marino, apagado por motores de automóviles.
--¿Usted cree que Ramón Marrero Aristy traicionó? -preguntó abruptamente, tornando
a la quieta presencia en participante del diálogo-. ¿Que dio a ese gringo de The New
York Times información para que nos atacara?
El doctor Balaguer nunca se dejaba sorprender por esas súbitas preguntas de Trujillo,
comprometedoras y peligrosas, que a otros arrinconaban. Él tenía un atajo para estas
ocasiones:
--Él juraba que no, Excelencia. Con lágrimas en los ojos, sentado ahí donde está
usted, me juró por su madre y todos los santos que no fue el informante de Tad Szulc.
Trujillo reaccionó con un ademán irritado:
--¿Iba a venir aquí Marrero a confesarle que se vendió? Le pregunto su opinión.
¿Traicionó o no?
Balaguer sabía también cuándo no quedaba más remedio que lanzarse al agua: otra
virtud que el Benefactor reconocía en él.
--Con dolor de mi alma, por el aprecio intelectual y personal que sentí por Ramón,
creo que sí, que fue quien informó a Tad Szulc -dijo, en voz muy baja, casi
imperceptible-. Las evidencias eran abrumadoras, Excelencia.
A esa misma conclusión había llegado él también. Aunque en treinta años en el
gobierno -y antes, cuando era guardia constabulario, y todavía antes, de capataz de
ingenios- se había habituado a no perder el tiempo mirando atrás y lamentándose o
felicitándose por las decisiones ya tomadas, lo ocurrido con Ramón Marrero Aristy, ese
«ignorante genial» como lo llamaba Max Henríquez Ureña, a quien llegó a tener
verdadero aprecio, ese escritor e historiador al que cubrió de honores, dinero y cargos -
columnista y director de La Nación y ministro de Trabajo-, y cuyos tres volúmenes de
Historia de la República Dominicana costeó de su bolsillo, volvía a veces a su memoria,
dejándole un sabor ceniza en la boca.
Si por alguien hubiera metido sus manos al fuego era por el autor de la novela
dominicana más leída en el país y el extranjero -Over, sobre el Central Romana-,
traducida incluso al inglés. Un trujillista indoblegable; como director de La Nación lo
demostró, defendiendo a Trujillo y al régimen con ideas claras y aguerrida prosa. Un
excelente ministro de Trabajo, que se llevó de maravilla con sindicalistas Y patronos.
Por eso, cuando el periodista Tad Szulc de The New York Times, anunció que venía a
escribir u nas crónicas
sobre el país, encomendó a Marrero Aristy que lo acompañara. Viajó con él por
todas partes, le consiguió las entrevistas que pedía, incluida una con Trujillo.
cuando Tad Szulc regresó a Estados Unidos, Marrero Aristy lo escoltó hasta Miami. El
Generalísimo nunca esperó que los artículos en The New York Times fueran una
apología de su régimen. Pero tampoco que estuvieran dedicados a la corrupción de
«la satrapía trujillista», ni que Tad Szulc expusiera con semejante precisión datos,
fechas, nombres y cifras sobre las propiedades de la familia Trujillo, y los negocios con
que habían sido favorecidos parientes, amigos y colaboradores. Sólo Marrero Aristy
podía haberlo informado. Estuvo seguro de que su Ministro de Trabajo no volvería a
poner los pies en Ciudad Trujillo. Lo sorprendió que, desde Miami, mandara una carta
al diario neoyorquino desmintiendo a Tad Szulc, y aún más que tuviera la audacia de
volver a la República Dominicana. Compareció en el Palacio Nacional. Lloró que era
inocente; el yanqui burló su vigilancia, conversó a ocultas con adversarios. Fue una de
las pocas veces que Trujillo perdió el control de sus nervios. Asqueado con los
lloriqueos, le soltó una bofetada que lo hizo trastabillar y enmudecer. Retrocedía,
espantado. Lo echó a carajos, llamándolo traidor, y, cuando el jefe de los ayudantes
militares lo mató, ordenó a Johnny Abbes que resolviera el problema del cadáver. El
17 de julio de 1959 el ministro de Trabajo y su chofer se deslizaron por un precipicio en
la cordillera Central, cuando iban rumbo a Constanza. Se le hicieron exequias oficiales,
y, en el cementerio, el senador Henry Chirinos destacó la obra política del finado, y el
doctor Balaguer hizo el panegírico literario.
--A pesar de su traición, me apenó que muriera -dijo Trujíllo, con sinceridad-. Era
joven, apenas cuarenta y seis años, hubiera podido dar mucho de s' 1.
--Las decisiones de la divinidad son ineluctables -repitió, sin pizca de ironía, el
Presidente.
--Nos hemos apartado de los asuntos -reaccionó Trujillo-. ¿Ve alguna posibilidad de
que se arreglen las cosas con la Iglesia?
--Inmediata, no, Excelencia. El diferendo se ha envenenado. Para hablarle con
franqueza, me temo que irá de mal en peor si usted no ordena al coronel Abbes que La
Nación y Radio Caribe moderen los ataques a los obispos. Hoy mismo he recibido una
queja formal del nuncio y del arzobispo Pittini por el escarnio que hicieron ayer de
monseñor Panal. ¿Lo leyó usted?
Tenía el recorte sobre su escritorio y se lo leyó al Benefactor, de manera respetuosa.
El editorial de Radio Caribe, reproducido por La Nación, aseguraba que monseñor
Panal, el obispo de La Vega, «antiguamente conocido por el nombre de Leopoldo de
Ubrique», era fugitivo de España y fichado por la Interpol. Lo acusaba de llenar «de
beatas la casa curial de La Vega antes de dedicarse a sus imaginaciones terroristas»,
y, ahora, «como teme una justa represalia popular se esconde detrás de beatas y
mujeres patológicas con las que, por lo visto, tiene un desaforado comercio sexual».
El Generalísimo rió de buena gana. ¡Las ocurrencias de Abbes García! La última vez
que se le debía haber parado la verga a ese español matusalénico sería veinte, treinta
años atrás; acusarlo de tirarse a las beatas de La Vega era muy optimista; a lo más,
manosearía a los monaguillos, como todos los curas arrechos y amariconados.
--El coronel a veces exagera -comentó, risueño.
--He recibido, también, otra queja formal del nuncio y de la curia -prosiguió Balaguer,
muy serio-. Por la campaña lanzada el 17 de mayo en la prensa y la radio contra los
frailes de San Carlos Borromeo, Excelencia.
Levantó un cartapacio azul, con recortes de titulares llamativos. «Los frailes
franciscanos -capuchinos terroristas-, fabricaban y almacenaban bombas caseras en
aquella iglesia. Lo habían descubierto los vecinos por el estallido casual de un
explosivo. La Nación y El Caribe pedían que la fuerza pública ocupara el cubil
terrorista.
Trujillo paseó una mirada aburrida sobre los recortes.
--Esos curas no tienen huevos para fabricar bombas. Atacan con sermones, a lo más.
--Conozco al abad, Excelencia. Fray Alonso de Palmira es un hombre santo,
dedicado a su misión apostólica, respetuoso del gobierno. Absolutamente incapaz de
una acción subversiva.
Hizo una pequeña pausa y con el mismo tono de voz cordial con que habría sostenido
una charla de sobremesa, expuso un argumento que el Generalísimo había oído
muchas veces a Agustín Cabral. Para volver a tender puentes con la jerarquía, el
Vaticano y los curas -quienes, en su inmensa mayoría, seguían afectos al régimen por
temor al comunismo ateo- era indispensable que cesara, o por lo menos amainara, esta
diaria campaña de acusaciones y diatribas, que permitía a los enemigos presentar al
régimen como anticatólico. El doctor Balaguer, siempre con su cortesía inalterable,
mostró al Generalísimo una protesta del Departamento de Estado por el hostigamiento
a las religiosas del Colegio Santo Domingo. Él había contestado explicando que la
custodia policial protegía a las madres contra actos hostiles. Pero, en verdad, lo del
acoso era cierto. Por ejemplo, los hombres del coronel Abbes García ponían todas las
noches, con altoparlantes dirigidos al local, los merengues trujillistas de moda, de modo
que las monjitas no pegaran el ojo. Lo mismo hacían, antes, en San Juan de la
Maguana con la residencia de monseñor Reilly, y lo seguían haciendo en La Vega con
la de monseñor Panal. Aún era posible una reconciliación con la Iglesia. Pero, esta
campaña estaba llevando la crisis a la ruptura total.
--Hable con el rosacruz y convénzalo -se encogió de hombros Trujillo-. Él es el
comecuras; está seguro de que ya es tarde para aplacar a la Iglesia. Que los curas
quieren verme exiliado, preso o muerto.
--Le aseguro que no es así, Excelencia.
El Benefactor no le prestó atención. Escrutaba al Presidente pelele, sin decir nada,
con esos ojos escarbadores que desconcertaban y asustaban. El pequeño doctor solía
resistir más tiempo que otros la inquisición ocular, pero, ahora, luego de un par de
minutos de estar siendo desvestido por la mirada impúdica, comenzó a delatar
incomodidad: sus ojitos se abrían y cerraban sin tregua bajo los gruesos espejuelos.
--¿Cree usted en Dios? -le preguntó Trujillo, con cierta ansiedad: lo taladraba con sus
ojos fríos, exigiéndole una respuesta franca-. ¿Que hay otra vida, después de la
muerte? ¿El cielo para los buenos y el infierno para los malos? ¿Cree en eso?
Le pareció que la figurita de Joaquín Balaguer se subsumía aún más, apabullada por
aquellas preguntas. Y que, detrás de él, la fotografía suya -de etiqueta y tricornio con
plumas, la banda presidencial terciada sobre el pecho junto a la condecoración que
más lo enorgullecía, la gran cruz española de Carlos III- se agigantaba en su marco
dorado. Las manecitas del Presidente fantoche se acariciaron la una a la otra mientras
decía, como quien transmite un secreto:
--A veces dudo, Excelencia. Pero, hace años ya, llegué a esta conclusión: no hay
alternativa. Es preciso creer. No es posible ser ateo. No en Un mundo como el
nuestro. No, si se tiene vocación de servicio público y se hace política.
--Usted tiene fama de ser un beato -insistió Trujillo, moviéndose en el asiento-. Oí,
incluso, que no se ha casado, ni tiene querida, ni bebe, ni hace negocios, porque hizo
los votos en secreto. Que es un cura laico.
El pequeño mandatario negó con la cabeza: nada de eso era verdad. No había hecho
ni haría voto alguno; a diferencia de algunos compañeros de la Escuela Normal, que se
torturaban preguntándose si habían sido elegidos por el Señor para servirlo como
pastores de la grey católica, él supo siempre que su vocación no era el sacerdocio, sino
el trabajo intelectual y la acción política. La religión le daba un orden espiritual, una
ética con que afrontar la vida. Dudaba a veces de la trascendencia, de Dios, pero
nunca de la función irreemplazable del catolicismo como instrumento de contención
social de las pasiones y apetitos desquiciadores de la bestia humana. Y, en la
República Dominicana, como fuerza Constitutiva de la nacionalidad, igual que la lengua
española. Sin la fe católica, el país caería en la desintegración y la barbarie. En
cuanto a creer, él practicaba la receta de san Ignacio de Loyola, en sus Ejercícíos
espirituales, actuar como si se creyera, mimando los ritos y preceptos: misas,
oraciones, confesiones, comuniones. Esa repetición sistemática de la forma religiosa
iba creando el contenido, llenando el vacío -en algún momento- con la presencia de
Dios.
Balaguer calló y bajó los ojos, como avergonzado de haber revelado al Generalísimo
los vericuetos de su alma, sus personales acomodos con el Ser Supremo.
--Si yo hubiera tenido dudas, nunca hubiera levantado a este muerto -dijo Trujillo-. Si
hubiera esperado alguna señal del cielo antes de actuar. Tuve que confiar en mí, en
nadie más, cuando se trató de tomar decisiones de vida o muerte. Alguna vez me pude
equivocar, por supuesto.
El Benefactor advertía, por la expresión de Balaguer, que éste se preguntaba de qué
o de quién estaba hablándole. No le dijo que tenía en la memoria la cara del doctorcito
Enrique Lithgow Ceara. Fue el primer urólogo que consultó -recomendado por
Cerebrito Cabral como una eminencia-, cuando se dio cuenta que le costaba trabajo
orinar. A comienzos de los años cincuenta, el doctor Marión, luego de operarlo de una
afección periuretral, le aseguró que nunca más tendría molestias. Pero, pronto
recomenzaron esas incomodidades con la orina. Después de muchos análisis y de un
desagradable tacto rectal, el doctor Lithgow Ceara, poniendo una cara de puta o de
sacristán untuoso, y vomitando palabrejas incomprensibles para desmoralizarlo
(«esclerosis uretral perineal», «uretrografías», «prostatitis acinosa») formuló aquel
diagnóstico que le costaría caro:
--Debe encomendarse a Dios, Excelencia. La afección en la próstata es cancerosa.
Su sexto sentido le hizo saber que exageraba o mentía. Se convenció de ello cuando
el urólogo exigió una operación inmediata. Demasiados riesgos si no se extirpaba la
próstata, podía producirse metástasis, el bisturí y un tratamiento químico le
prolongarían la vida algunos años. Exageraba y mentía, porque era un médico
chambón o un enemigo. Que pretendía adelantar la muerte del Padre de la Patria
Nueva, lo supo a cabalidad cuando trajo desde Barcelona a una eminencia. El doctor
Antonio Puigvert negó que tuviera cáncer; el crecimiento de esa maldita glándula,
debido a la edad, se podía aliviar con drogas y no amenazaba la vida del Generalísimo.
La prostatectomía era innecesaria. Trujillo dio esa misma mañana la orden y el
ayudante militar teniente José Oliva se encargó de que el insolente Lithgow Ceara
desapareciera por el muelle de Santo Domingo con su ponzoña y su mala ciencia. ¡A
propósito! El Presidente pelele no firmaba aún el ascenso de Peña Rivera a capitán.
Descendió de la existencia divina al pedestre del pago de servicios a uno de los
rufiancillos más hábiles reclutados por Abbes García.
--Me olvidaba -dijo, haciendo un ademán de disgusto con su propia cabeza-. No ha
firmado usted la resolución de ascenso a capitán por méritos excepcionales del teniente
Peña Rivera. Hace una semana que le hice llegar el expediente, con mi visto bueno.
La redonda carita del Presidente Balaguer se avinagró y su boca se contrajo; sus
manitas se crisparon. Pero, se sobrepuso y volvió a adoptar la postura serena de
costumbre.
--No la firmé porque creí conveniente comentar este ascenso con usted, Excelencia.
--No hay comentario que hacer -lo cortó el Generalísimo, con aspereza-. Usted ha
recibido instrucciones. ¿No eran claras?
--Desde luego que sí, Excelencia. Le ruego que me escuche. Si mis razones no lo
convencen, firmaré el ascenso del teniente Peña Rivera de inmediato. Aquí lo tengo,
listo para la rúbrica. Por lo delicado, me pareció preferible comentárselo
personalmente.
Sabía muy bien las razones que iba a exponerle Balaguer y comenzaba a irritarse.
¿Lo creía, esta insignificancia, demasiado envejecido o cansado, para atreverse a
desobedecer una orden suya? Disimuló su disgusto y lo escuchó, sin interrumpirlo.
Balaguer hacía prodigios de retórica para que las cosas que decía parecieran, gracias
a las mullidas palabras y a la educadísima tonalidad, menos temerarias. Con todo el
respeto del mundo se permitía aconsejar a Su Excelencia que reconsiderara la decisión
de ascender, por méritos excepcionales además, a alguien como el teniente Víctor
Alicinio Peña Rivera. Tenía un currículum tan negativo, tan manchado de acciones
reprobables -acaso injustamente- que este ascenso sería utilizado por los enemigos, en
Estados Unidos sobre todo, como una recompensa por la muerte de las hermanas
Minerva, Patria y María Teresa Mirabal. Aunque la justicia estableció que las hermanas
y su chofer murieron en un accidente carretero, en el extranjero se presentaba como un
asesinato político, ejecutado por el teniente Peña Rivera, jefe del SIM en Santiago al
ocurrir la tragedia. El Presidente se permitía recordar el escándalo armado por los
adversarios cuando, por orden de Su Excelencia, el 7 de febrero del presente año
autorizó, mediante decreto presidencial, que se cediera al teniente Peña Rivera la finca
de cuatro hectáreas y la casa expropiada por el Estado a Patria Mirabal y su esposo
por actividades subversivas. El griterío aún no cesaba. Los comités instalados en
Estados Unidos seguían haciendo gran revuelo, exhibiendo aquella donación de tierras
y de la casa de Patria Mirabal al teniente Peña Rivera, como pago por un crimen. El
doctor Joaquín Balaguer exhortaba a Su Excelencia a no dar un nuevo pretexto a los
enemigos para que repitieran que prohijaba a asesinos y torturadores. Aunque, sin
duda, Su Excelencia lo recordaba, se permitía señalarle, además, que el lugarteniente
preferido del coronel Abbes García, no sólo estaba asociado, en las campañas
calumniosas de los exiliados, a la muerte de las Mirabal. También al accidente de
Marrero Aristy y a supuestas desapariciones. En estas circunstancias, resultaba
imprudente premiar al teniente de esa manera pública. ¿Por qué no de manera
discreta, con compensaciones económicas, o algún cargo diplomático en un país
alejado?
Al callar, se frotó de nuevo las manos. Pestañeaba, inquieto, intuyendo que su
cuidadosa argumentación no serviría, y temiendo una reprimenda. Trujillo refrenó la
cólera que borboteaba en su interior.
--Usted, Presidente Balaguer, tiene la suerte de ocuparse sólo de aquello que la
política tiene de mejor -dijo, glacial-. Leyes, reformas, negociaciones diplomáticas,
tramsformaciones sociales. Así lo ha hecho treinta y un años. Le tocó el aspecto grato,
amable, de gobernar. ¡Lo envidio! Me hubiera gustado ser sólo un estadista, un
reformador. Pero, gobernar tiene una cara sucia, sin la cual lo que usted hace sería
imposible. ¿Y el orden? ¿Y la estabilidad? ¿Y la seguridad? He procurado que usted no
se ocupara de esas cosas ingratas. Pero, no me diga que no sabe cómo se consigue
la paz. Con cuánto sacrificio y cuánta sangre. Agradezca que yo le permitiera mirar al
otro lado, dedicarse a lo bueno, mientras yo, Abbes, el teniente Peña Rivera y otros
teníamos tranquilo al país para que usted escribiera sus poemas y sus discursos.
Estoy seguro que su aguda inteligencia me entiende de sobra.
Joaquín Balaguer asintió. Estaba pálido.
--No hablemos más de cosas ingratas -concluyó el Generalísimo-. Firme el ascenso
del teniente Peña Rivera, que se publique mañana en La Gaceta Oficial, y hágase
llegar una felicitación de su puño y letra.
--Así lo haré, Excelencia.
Trujillo se pasó la mano por la cara, porque creyó que le venía un bostezo. Falsa
alarma. Esta noche, respirando por las ventanas abiertas de la Casa de Caoba la
fragancia de los árboles y las plantas, y divisando la miríada de estrellas en un cielo
negro como el carbón, acariciaría el cuerpo de una muchacha desnuda, cariñosa, un
poco intimidada, con la elegancia de Petronio, el Arbitro, e iría sintiendo nacer la
excitación entre sus piernas, mientras sorbía los juguitos tibios de su sexo. Tendría
una larga y sólida erección, como las de antaño. Haría gemir y gozar a la muchacha y
gozaría él también, y de este modo borraría el mal recuerdo de ese esqueletito
estúpido.
--Revisé la lista de los detenidos que el gobierno va a poner en libertad -dijo, con un
tono más neutro-. Salvo ese profesor de Montecristi, Humberto Meléndez, no hay
objeción. Proceda. Cite a las familias en el Palacio Nacional, el jueves en la tarde. Se
reunirán allí con los liberados.
--Comenzaré los trámites de inmediato, Excelencia.
El Generalísimo se puso de pie e indicó al Presidente pelele, que iba a imitarlo, que
siguiera sentado. No se iba aún. Quería desentumecer las piernas. Dio unos pasos
frente al escritorio.
--¿Aplacará esta nueva liberación de presos a los yanquis? -monologó-. Lo dudo.
Henry Dearborn sigue alentando conspiraciones. Hay otra en camino, según Abbes.
Hasta Juan Tomás Díaz está metido.
El silencio que escuchó a su espalda -lo escuchó, como una presencia pesada y
pegajosa- lo sorprendió. Se revolvió en el acto para mirar al Presidente fantoche: ahí
estaba, inmóvil, observándolo con su expresión beatífica. No se tranquilizó. Esas
intuiciones nunca le habían mentido. ¿Podía ser que esta microscópica humanidad,
este pigmeo, supiera algo?
--¿Ha oído usted de esta nueva conspiración?
Lo vio negar, con enérgicos movimientos de cabeza.
--Lo hubiera reportado en el acto al coronel Abbes García, Excelencia. Como he
hecho siempre que llega a mí cualquier rumor subversivo.
Dio dos o tres pasos más, frente al escritorio, sin decir palabra. No, si había uno entre
todos los hombres del régimen, incapaz de verse envuelto en un complot, era el
circunspecto Presidente. Sabía que sin Trujillo no existiría, que el Benefactor era la
savia que le daba vida, que sin él se esfumaría de la política para siempre jamás.
Fue a pararse frente a uno de los amplios ventanales. En silencio, observó
largamente el mar. Las nubes habían cubierto el sol y la grisura del cielo y el aire tenía
unos celajes plateados; el agua azul oscura reverberaba a trozos. Un barquito surcaba
la bahía, rumbo a la desembocadura del río Ozama; un pesquero, habría terminado la
faena y regresaba a atracar. Iba dejando una estela de espuma y, aunque a esta
distancia no podía verlas, adivinó a las gaviotas chillando y aleteando sin cesar.
Anticipó con alegría el paseo de hora y media que daría, después de saludar a su
madre, por la Máximo Gómez y la Avenida, oliendo el aire salado, arrullado por las
olas. No olvidar tirarle las orejas al jefe de las Fuerzas Armadas por ese desagüe roto
en la puerta de la Base Aérea. Que Pupo Román metiera la nariz en ese charco
pútrido, a ver si nunca más se encontraba con un espectáculo tan asqueroso en la
puerta de una guarnición.
Salió del despacho del Presidente joaquín Balaguer, sin despedirse.
--Si así estamos nosotros, acompañados, cómo estará Fifí Pastoriza, allá solito -dijo
Huáscar Tejeda, apoyándose en el volante del pesado Oldsmobile 98 negro de cuatro
puertas, estacionado en el kilómetro siete de la carretera a San Cristóbal.
--Qué mierda hacemos aquí -rabió Pedro Livio Cedeño-. Las diez menos cuarto. ¡Ya
no vendrá!
Apretó como queriendo triturarla la carabina semiautomática M-1 que llevaba sobre
las piernas. Pedro Livio era propenso a colerones; su mal carácter estropeó su carrera
militar, de la que fue expulsado de capitán. Cuando ocurrió aquello ya se había dado
cuenta de que, debido a las antipatías que su carácter le granjeaba, nunca progresaría
en el escalafón. Salió del Ejército apenado. En la academia militar norteamericana
donde estudió, se graduó con excelentes calificativos. Pero, ese humor que lo llevaba
a encenderse como una antorcha cuando alguien le decía Negro y a dar puñetazos por
cualquier motivo, frenó sus ascensos en el Ejército, pese a su excelente hoja de
servicios. Lo expulsaron por sacarle el revólver a un general que lo amonestaba por
confraternizar demasiado con la tropa siendo oficial. Sin embargo, quienes lo
conocían, como su compañero de espera, el ingeniero Huáscar Tejeda Pimentel,
sabían que, tras ese exterior violento, se escondía un hombre de buenos sentimientos,
capaz -él lo vio- de sollozar por el asesinato de las hermanas Mirabal, a quienes ni
siquiera conocía.
--La impaciencia también mata, Negro -trató de bromear Huáscar Tejeda.
--Negra será la puta que te parió.
Tejeda Pimentel intentó reírse, pero la destemplada reacción de su compañero lo
entristeció. Pedro Livio no tenía remedio.
--Perdona -lo oyó disculparse, un momento después-. Es que tengo rotos los nervios,
por la maldita espera.
--Estamos igual, Negro. Coño, te dije Negro de nuevo. ¿Vas a insultarme la madre
otra vez?
--Esta vez, no -terminó por reírse Pedro Livio.
--¿Por qué te enfurece lo de Negro? Te lo decimos con afecto, hombre.
--Ya lo sé, Huáscar. En los Estados Unidos, en la academia, cuando los cadetes o los
oficiales me decían negro, no era por cariño, sino por racistas. Tenía que hacerme
respetar.
Pasaban algunos vehículos por la autopista, rumbo al oeste, hacia San Cristóbal, o al
este, hacia Ciudad Trujillo, Pero no el Chevrolet Bel Air de Trujillo seguido por el
Chevrolet Biscayne de Antonio de la Maza. Las instrucciones eran simples: apenas
vieran acercarse ambos carros, que reconocerían por la señal de Tony Imbert -apagar
y prender tres veces los faros- adelantarían el pesado Oldsmobile negro hasta cortar el
paso al Chivo. Y él, con la carabina semiautomática M- 1 para la que Antonio le
había dado varias municiones extras, y Huáscar con su Smith & Wesson de 9 mm
modelo Y con nueve tiros, le echarían por delante tanto plomo como el que le estarían
mandando desde atrás Imbert, Amadito, Antonio y el Turco. No pasaría; pero, si
pasaba, dos kilómetros al oeste, Fifí Pastoriza, al volante del Mercury de Estrella
Sadhalá, se le echaría encima, cerrándole otra vez el paso.
-¿Tu mujer sabe lo de esta noche, Pedro Livio? -preguntó Huáscar Tejeda.
--Cree que estoy donde Juan Tomás Díaz, viendo una película. Está encinta y...
Vio cruzar, a gran velocidad, un automóvil seguido a menos de diez metros por otro
que, en la oscuridad, le pareció el Chevrolet Biscayne de Antonio de la Maza.
--¿No son ésos, Huáscar? -trató de perforar las tinieblas-. ¿Viste apagarse y
prenderse los faros? -gritó, excitado, Tejeda Pimentel-. ¿Los viste?
--No, no hicieron la señal. Pero, son ellos. -¿Qué hacemos, Negro?
--¡Arranca, arranca!
El corazón de Pedro Livio se había puesto a latir con una beligerancia que apenas lo
dejaba hablar. Huáscar hizo girar en redondo el Oldsmobile. Las luces rojas de los
dos automóviles se alejaban más y más, pronto los perderían de vista.
--Son ellos, Huáscar, tienen que ser ellos. Por qué coño no hicieron la señal.
Las lucecitas rojas habían desaparecido; sólo tenían delante el cono de luz de los
faros del Oldsmobile y una noche cerrada: las nubes acababan de ocultar la luna.
Pedro Livio -su carabina semiautomática apoyada en la ventanilla- pensó en Olga, su
mujer. ¿Cuál sería su reacción cuando se enterara que su marido era uno de los
asesinos de Trujillo? Olga Despradel era su segunda mujer. Se llevaban
maravillosamente, pues Olga -a diferencia de su primera mujer, con la que la vida
doméstica había sido un infierno- tenía una paciencia infinita con sus explosiones de
rabia, y evitaba, en esos arrebatos, contradecirle o discutir; y administraba la casa con
una pulcritud que a él lo hacía feliz. Se llevaría una sorpresa descomunal. Ella creía
que no le interesaba la política, pese a mantener una amistad estrecha estos últimos
tiempos con Antonio de la Maza, el general Juan Tomás Díaz y el ingeniero Huáscar
Tejeda, antitrujillistas notorios. Hasta hacía pocos meses, cada vez que sus amigos
comenzaban a hablar mal del régimen, él callaba como una esfinge y nadie le sacaba
una opinión. No quería perder su puesto de administrador de la Fábrica Dominicana de
Baterías, que pertenecía a la familia Trujillo. Habían tenido una situación muy buena
hasta que, debido a las sanciones, los negocios se pusieron de cabeza.
Desde luego, Olga estaba al tanto de que Pedro Livio guardaba rencor al régimen,
porque su primera mujer, trujillista rabiosa y amiga íntima del Generalísimo, quien la
hizo gobernadora de San Cristóbal, se había valido de esa influencia para conseguir
una sentencia judicial prohibiendo a Pedro Livio visitar a su hija Adanela, cuya custodia
fue confiada a su ex esposa. Tal vez Olga pensaría mañana que él se metió en este
complot en venganza por esa injusticia. No, no era ésa la razón por la que estaba aquí,
con su carabina semiautomática M-1 lista, corriendo detrás de Trujillo. Era -Olga no lo
entendería- por el asesinato de las Mirabal.
--¿No son tiros, Pedro Livio?
--Sí, sí, tiros. ¡Son ellos, coño! Acelera, Huáscar.
Sus oídos sabían distinguir los tiros. Aquello que habían oído, rompiendo la noche,
eran varias ráfagas -las carabinas de Antonio y Amadito, el revólver del Turco, acaso el
de Imbert-, algo que llenó de exaltación ese ánimo suyo agriado por la espera. El
Oldsmobile volaba ahora sobre la pista. Pedro Livio sacó la cabeza por la ventanilla,
pero no consiguió divisar el Chevrolet del Chivo ni a los perseguidores. En cambio, en
una curva de la carretera, reconoció el Mercury de Estrella Sadhalá y, un segundo,
iluminada por los faros del Oldsmobile, la cara escuálida de Fifí Pastoriza.
--También se le pasaron a Fifí -dijo Huáscar Tejeda-. Se olvidaron de la señal otra
vez. ¡Qué pendejos!
El Chevrolet de Trujillo apareció, a menos de cien metros, detenido y ladeado hacia la
derecha de la carretera, con los faros encendidos. «¡Ahí está!», «¡Es él, coño!»,
gritaron Pedro Livio y Huáscar en el instante en que volvían a estallar disparos de
revólver, de carabina, de metralleta. Huáscar apagó las luces y, a menos de diez
metros del Chevrolet, frenó de golpe. Pedro Livio, que abría la puerta del Oldsmobile,
salió despedido a la carretera, antes de disparar. Sintió que se raspaba y golpeaba
todo el cuerpo, y alcanzó a oír a un exultante Antonio de la Maza -«Ya este guaraguao
no come más pollo» o algo así-, y voces y gritos del Turco, de Tony Imbert, de Amadito,
hacia los que echó a correr a ciegas, apenas pudo incorporarse. Dio dos o tres pasos y
oyó nuevos disparos, muy cerca, y una quemadura lo paró en seco y derribó,
cogiéndose la boca del estómago.
--No disparen, coño, somos nosotros –gritaba Huáscar Tejeda.
--Estoy herido -se quejó, y, sin transición, ansioso, a voz en cuello-: ¿Está muerto el
Chivo?
--Requetemuerto, Negro -dijo, a su lado, Huáscar Tejeda-. ¡Míralo!
Pedro Livio sintió que lo abandonaban las fuerzas. Estaba sentado en el pavimento,
en medio de cascotes y fragmentos de vidrio. Oyó decir a Huáscar Tejeda que iba a
buscar a Fifí Pastoriza y sintió arrancar el Oldsmobile. Percibía la excitación y el
vocerío de sus amigos, pero se sentía mareado, incapaz de participar en sus diálogos;
apenas entendía lo que decían, porque su atención estaba concentrada ahora en el
ardor de su estómago. Le quemaba el brazo, también. ¿Había recibido dos balazos?
El Oldsmobile regresó. Reconoció las exclamaciones de Fifí Pastoriza: «Coño, coño,
Dios es grande, coño».
--Metámoslo al baúl -ordenó un Antonio de la Maza que hablaba con gran calma-.
Hay que llevar el cadáver a Pupo, para que ponga el Plan en marcha.
Sentía las manos húmedas. Esa sustancia viscosa sólo podía ser sangre. ¿Suya o
del Chivo? El asfalto estaba mojado. Como no había llovido, sería sangre también.
Alguien le pasó la mano por los hombros y le preguntó cómo se sentía. Su voz sonaba
apesadumbrada. Reconoció a Salvador Estrella Sadhalá.
--Una bala en el estómago, creo -en vez de palabras, le salían unos ruidos guturales.
Percibió las siluetas de sus amigos cargando un bulto y echándolo en el baúl del
Chevrolet de Antonio. ¡Trujillo, coño! Lo habían conseguido. No sintió alegría; más
bien, alivio.
--¿Dónde está el chofer? ¿Nadie ha visto a Zacarías?
--Requetemuerto también, ahí, en la oscuridad -dijo Tony Imbert-. No pierdas tiempo
buscándolo, Amadito. Hay que regresar. Lo importante es llevarle este cadáver a
Pupo Román.
--Pedro Livio está herido -exclamó Salvador Estrella Sadhalá.
Habían cerrado el baúl del Chevrolet, con el cadáver adentro. Siluetas sin cara lo
rodeaban, lo palmeaban, le preguntaban cómo te sientes, Pedro Livio. ¿Le iban a dar el
tiro de gracia? Lo habían acordado, por unanimidad. No dejarían abandonado a un
compañero herido para que cayera en manos de los caliés y Johnny Abbes lo
sometiera a torturas y humillaciones. Recordó aquella conversación, en el jardín lleno
de mangos, flamboyanes y panes de fruta del general Juan Tomás Díaz y su mujer
Chana, en la que participaba también Luis Amiama Tió. Todos coincidieron: nada de
morir a poquitos. Si salía mal y alguien quedaba malherido, el tiro de gracia. ¿Iba a
morir? ¿Lo iban a rematar?
--Súbanlo al carro -ordenó Antonio de la Maza-. En casa de Juan Tomás, llamaremos
un médico.
Las sombras de sus amigos se afanaban, sacando el carro del Chivo fuera de la
autopista. Los sentía jadear. Fifí Pastoriza silbó: «Quedó hecho una coladera, coño».
Cuando sus amigos lo cargaron para meterlo en el Chevrolet Bel Air, el dolor fue tan
vivo que perdió el sentido. Pero, por pocos segundos, pues cuando recuperó la
conciencia aún no partían. Estaba en el asiento de atrás, Salvador le había pasado el
brazo sobre el hombro y lo apoyaba en su pecho como en una almohada. Reconoció,
en el volante, a Tony Imbert, y, a su lado, a Antonio de la Maza. ¿Cómo estás, Pedro
Livio? Quiso decirles: «Con ese pájaro muerto, mejor», pero emitió sólo un murmullo.
--Lo del Negro parece serio -masculló Imbert.
O sea que sus amigos le decían Negro cuando no estaba presente. Qué importaba.
Eran sus amigos, coño: a ninguno le pasó por la cabeza darle el tiro de gracia. A todos
les pareció natural meterlo al auto y ahora lo llevaban a casa de Chana y Juan Tomás
Díaz. El ardor en el estómago y el brazo había disminuido. Se sentía débil y no
intentaba hablar. Estaba lúcido, entendía a cabalidad lo que decían. Tony, Antonio y el
Turco estaban también heridos por lo visto, aunque no de gravedad. A Antonio y
Salvador el roce de los proyectiles les había abierto heridas, en la frente al primero, en
el cráneo al segundo. Llevaban pañuelos en la mano y se secaban las heridas. A
Tony un casquillo le raspó la tetilla izquierda y decía que la sangre le manchaba la
camisa y el pantalón.
Reconoció el edificio de la Lotería Nacional. ¿Habían tomado la vieja carretera
Sánchez para regresar a la ciudad por un sitio menos transitado? No, no era por eso.
Tony Imbert quería pasar por casa de su amigo Julito Senior, que vivía en la avenida
Angelita, y telefonear desde allí al general Díaz y advertirle que estaban llevándole el
cadáver a Pupo Román con la frase convenida: «Los pichones están listos para
meterlos al horno, Juan Tomás». Se detuvieron ante una casa a oscuras. Tony bajó.
No se veía a nadie por los alrededores. Pedro Livio oyó a Antonio: su pobre Chevrolet
había quedado perforado por decenas de balazos y con una goma desinflada. Pedro
Livio la había sentido, causaba un horrible chirrido y un traqueteo que le repicaba en el
estómago.
Imbert volvió: no había nadie en casa de Julito Senior. Mejor iban derecho donde
Juan Tomás. Volvieron a arrancar, muy despacio; el auto, ladeado y rechinando,
evitaba las avenidas y calles concurridas.
Salvador se inclinó hacia él:
--¿Cómo vas, Pedro Livio?
--Bien, Turco, bien», y le apretó el brazo.
--Ya falta poco. Donde Juan Tomás, te verá un médico.
Qué pena no tener fuerzas para decir a sus amigos que no se preocuparan, que
estaba contento, con el Chivo muerto. Habían vengado a las hermanas Mirabal, y al
pobre Rufino de la Cruz, el chofer que las llevó a la Fortaleza de Puerto Plata a visitar a
los maridos presos, y a quien Trujillo mandó asesinar también para hacer más verosímil
la farsa del accidente. Aquel asesinato remeció las fibras más íntimas de Pedro Livio y
lo impulsó, desde ese 25 de noviembre de 1960, a plegarse a la conspiración que
armaba su amigo Antonio de la Maza. Sólo conocía de oídas a las Mirabal. Pero,
como a muchos dominicanos, la tragedia de aquellas muchachas de Salcedo, lo
trastornó. ¡Ahora también se asesinaba a mujeres indefensas, sin que nadie hiciera
nada! ¿A esos extremos de ignominia habíamos llegado en la República Dominicana?
¡Ya no había huevos en este país, Coño! Oyendo a Antonio Imbert hablar tan
conmovido -él, siempre parco en exteriorizar sus sentimientos- sobre Minerva Mirabal,
tuvo, delante de sus amigos, aquel llanto, el único en su vida de adulto. Sí, todavía
había hombres con cojones en la República Dominicana. La prueba, ese cadáver que
zangoloteaba en el baúl.
--¡Me muero! -gritó-. ¡No me dejen morir!
--Ya llegamos, Negro -lo calmó Antonio de la Maza-. Ahora te vamos a curar.
Hizo un esfuerzo por mantener la conciencia. Poco después, reconoció la
intersección de la Máximo Gómez con la avenida Bolívar.
--¿Vieron ese auto oficial? -dijo Imbert-. ¿No era el general Román?
--Pupo está en su casa, esperando -repuso Antonio de la Maza-. Dijo a Amiama y
Juan Tomás que no saldría esta noche.
Un siglo después, el auto se detuvo. Entendía, por los diálogos de sus amigos, que
estaban en la entrada trasera de la casa del general Díaz. Alguien abría la tranquera.
Pudieron entrar al patio, instalarse frente a los garajes. En el tenue resplandor de los
faroles de la calle y las luces de las ventanas, reconoció el jardín lleno de árboles y
flores que Chana tenía tan cuidado, y donde tantos domingos había venido, solo o con
Olga, a los suculentos almuerzos criollos que el general preparaba a sus amigos. Al
mismo tiempo, le parecía que él no era él, sino un observador, ausente de aquel trajín.
Esta tarde, cuando supo que iba a ser esta noche, y se despidió de su mujer
inventando que venía a esta casa a ver una película, Olga le metió un peso en el
bolsillo pidiéndole que le trajera helados de chocolate y vainilla. ¡Pobre Olga! El
embarazo le daba antojitos. ¿La impresión la haría perder el bebe? No, Dios mío. Ésta
sería la hembrita que haría pareja con Luis Mariano, su hijito de dos años. El Turco,
Imbert y Antonio habían bajado. Estaba solo, tendido en el asiento del Chevrolet, en la
semioscuridad. Pensó que nada ni nadie lo salvaría de la muerte que moriría sin saber
quién ganó el partido de pelota que ligaba esta noche el equipo de su empresa,
Baterías Hércules, con el de la Compañía Dominicana de Aviación, en el campo de
béisbol de la Cervecería Nacional Dominicana.
Brotó una violenta discusión, en el patio. Estrella Sadhalá increpaba a Fifí, Huáscar y
Amadito, quienes acababan de llegar en el Oldsmobile, por dejar en la carretera el
Mercury del Turco. «Imbéciles, pendejos. ¿No se dan cuenta? ¡Me han delatado!
Tienen que ir ahora mismo a buscar mi Mercury.» Extraña situación: sentir que estaba
y no estaba allí. Fifí, Huáscar y Amadito calmaban al Turco: con la prisa se aturdieron
y nadie se acordó del Mercury. Qué importaba, el general Román tomaría el poder
esta misma noche. No tenían nada que temer. El país saldría a las calles a vitorear a
los ajusticiadores del tirano.
¿Se habían olvidado de él? La voz llena de autoridad de Antonio de la Maza puso
orden. Nadie regresaría a la carretera, aquello estaría ya lleno de caliés. Lo principal
era encontrar a Pupo Román y mostrarle el cadáver, como exigió. Había un problema;
Juan Tomás Díaz y Luis Amiama acababan de pasar por su casa -Pedro Livio la
conocía, se hallaba en la otra esquina- y Mireya, su mujer, les dijo que Pupo salió con
el general Espaillat, «porque parece que algo le ha ocurrido al Jefe». Antonio de la
Maza los tranquiliza: «No se alarmen. Luis Amiama, Juan Tomás y Modesto Díaz han
ido a buscar a Bibin, el hermano de Pupo. Él nos ayudará a localizarlos.
Sí, se habían olvidado de él. Moriría en este auto acribillado, junto al cadáver de
Trujillo. Tuvo uno de esos arrebatos de cólera que habían sido la desgracia de su vida,
pero ahí mismo se calmó. ¿De qué carajo te sirve ponerte bravo en este momento,
pendejo?
Entornó los párpados porque un reflector o una potente linterna le dio en la cara.
Reconoció, apiñadas, la cara del yerno de Juan Tomás Díaz, el dentista Bienvenido
García, la de Amadito y la de ¿Linito? Sí, Linito, el médico, el doctor Marcelino Vélez
Santana. Se inclinaban sobre él, lo palpaban, le levantaron la camisa. Le preguntaron
algo que no entendió. Quiso decir que había calmado el dolor, averiguar cuántos
orificios tenía en su cuerpo, pero no le salió la VOZ. Mantenía los ojos muy abiertos,
para que supieran que estaba vivo.
--Hay que llevarlo a la clínica -afirmó el doctor Vélez Santana-. Se desangra.
Al doctor le castañeteaban los dientes como si se muriera de frío. No eran tan amigos
para que Linito se echara a temblar de ese modo por él. Temblaría porque se acababa
de enterar que habían matado al jefe.
--Hay hemorragia interna -le temblaba la voz, también-, por lo menos una bala entró
en la región precordial. Debe ser operado de inmediato.
Discutían. No le importaba morir. Se sentía contento, pese a todo. Dios lo
perdonaría, seguro. Por dejar abandonada a Olga, con su barriga de seis meses, y a
Luis Marianito. Dios sabía que él no iba a ganar nada con la muerte de Trujillo. Al
contrario; administraba una de sus compañías, era un privilegiado. Metiéndose en esta
vaina, puso en peligro su trabajo y la seguridad de su familia. Dios entendería y lo
perdonaría.
Sintió una fuerte contracción en el estómago y gritó. «Calma, calma, Negro», le rogó
Huáscar Tejeda. Tuvo ganas de contestarle «Negra será tu madre», pero no pudo. Lo
sacaban del Chevrolet. Tenía muy cerca la cara de Bienvenido -el yerno de Juan
Tomás, el marido de su hija Marianela- y la del doctor Vélez Santana: le chocaban los
dientes todavía. Reconoció a Mirito, el chofer del general, y a Amadito, que cojeaba.
Con grandes precauciones, lo instalaron en el Opel de Juan Tomás, estacionado junto
al Chevrolet. Pedro Livio vio la luna: brillaba, en un cielo ahora sin nubes, por entre los
mangos y las trinitarias.
--Vamos a la Clínica Internacional, Pedro Livio -dijo el doctor Vélez Santana-.
Aguanta, aguanta un poco.
Cada vez le importaba menos lo que le pasaba. Estaba en el Opel, Mirito manejaba,
Bienvenido iba adelante y, atrás, a su lado, el doctor Vélez Santana. Linito le hacía
aspirar algo que tenía un fuerte olor a éter. «El olor de los carnavales.» El dentista y el
médico lo animaban: «Ya llegamos, Pedro Livio». Tampoco le importaba lo que
decían, ni lo que parecía importar tanto a Bienvenido y Linito: «¿Dónde se metió el
general Román?». «si no aparece, esto se jode.» Olga, en vez del helado de chocolate
y vainilla, recibiría la noticia de que su esposo estaba siendo operado en la Clínica
Internacional, a tres cuadras de Palacio, después de ajusticiar al asesino de las
Mirabal. Había pocas cuadras de la casa de Juan Tomás hasta la Clínica. ¿Por qué
tardaban tanto?
Por fin, el Opel frenó. Bienvenido y el doctor Vélez Santana bajaron. Los vio tocar la
puerta, donde chisporroteaba una luz fluorescente: «Emergencias». Apareció una
enfermera de toca blanca, y, después, una camilla. Al levantarlo del asiento
Bienvenido García y Vélez Santana, sintió un dolor muy fuerte: «¡Me matan, coño!».
Pestañeó, cegado por la blancura de un pasillo. Lo subían en un ascensor. Ahora,
estaba en un cuarto aseado, con una Virgen en la cabecera. Bienvenido y Vélez
Santana habían desaparecido; dos enfermeras lo desnudaban y un hombre joven, de
bigotito, le pegaba la cara:
--Soy el doctor José Joaquín Puello. ¿Cómo se siente?
--Bien, bien -murmuró, feliz de que le saliera la voz-. ¿Es grave?
--Voy a darle algo para el dolor -dijo el doctor Puello-. Mientras lo preparamos. Hay
que sacar esa bala de ahí adentro.
Por sobre el hombro del médico apareció una cara conocida, de frente despejada y
grandes ojos penetrantes: el doctor Arturo Damirón Ricart, dueño y jefe de cirujanos de
la Clínica Internacional. Pero, en vez de risueño y bonachón como solía estar, lo notó
descompuesto. ¿Le habían contado todo Bienvenido y Linito?
--Esta inyección es para prepararte, Pedro Livio -lo previno-. No temas, quedarás
bien. ¿Quieres llamar a tu casa?
--A Olga no, está encinta, no quiero asustarla. A mi cuñada Mary, más bien.
Le salía más firme la voz. Les dio el teléfono de Mary Despradel. Las pastillas que le
acababan de hacer tragar, la inyección y las botellas de desinfectante que las
enfermeras le vaciaron encima del brazo y el estómago, le hacían bien. Ya no sentía
que se desmayaba. El doctor Damirón Ricart le puso el auricular en la mano. «¿Sí,
sí?»
--Soy Pedro Livio, Mary. Estoy en la Clínica Internacional. Un accidente. No le digas
nada a Olga, no la asustes. Me van a operar.
--¡Dios santo, Dios santo! Voy para allá, Pedro Livio.
Los médicos lo examinaban, lo movían, y él no sentía sus manos. Lo invadió una
gran serenidad. Con toda lucidez se dijo que, por amigo que fuera, Damirón Ricart no
podía dejar de informar al SIM de la llegada a emergencias de un hombre con heridas
de bala, como tenían obligación todas las clínicas y hospitales, so pena de que
médicos y enfermeras fueran a la cárcel. De modo que, pronto, caerían por aquí los
del SIM, a hacer averiguaciones. Pero, no. Juan Tomás, Antonio, Salvador, ya le
habrían mostrado a Pupo el cadáver, Román habría levantado los cuarteles y
anunciado la junta cívico-militar. Acaso en estos momentos los militares leales a Pupo
arrestaban o liquidaban a Abbes García y su banda de asesinos, metían en los
calabozos a los hermanos y allegados de Trujillo y el pueblo estaría lanzándose a la
calle, convocado por las radios que anunciaban la muerte del tirano. La ciudad
colonial, el parque Independencia, El Conde, los contornos del Palacio Nacional,
vivirían un verdadero carnaval, celebrando la libertad. «Qué pena estar en una mesa de
operaciones, en vez de bailando, Pedro Livio.» Y, entonces, vio la cara llorosa y
espantada de su mujer: «Qué es esto, mi amor, qué te ha pasado, qué te hicieron».
Mientras la abrazaba y besaba, tratando de calmarla («Un accidente, amor, no te
asustes, me van a operar»), reconoció a sus cuñados, Mary y Luis Despradel Brache.
Éste era médico, y hacía preguntas al doctor Damirón Ricart sobre la operación. «¿Por
qué has hecho esto, Pedro Livio?» «Para que nuestros hijos vivan libres, amor.» Ella se
lo comía a preguntas, sin cesar de llorar. «Dios mío, tienes sangre por todas partes.»,
Dando salida a un torrente de emociones contenidas, tomó a su mujer de los brazos y,
mirándola a los ojos, exclamó:
--¡Está muerto, Olga! ¡Muerto! ¡Muerto!
Fue como en las películas, cuando la imagen se congela y sale del tiempo. Le
vinieron ganas de reir viendo la incredulidad con que Olga, sus cuñados, enfermeras y
doctores lo miraban.
--Cállate, Pedro Livio -murmuró el doctor Damirón Ricart.
Todos se viraron hacia la puerta, porque en el pasillo había un tropel de pasos, gentes
taconeando, sin importarles los avisos de «Silencio» que colgaban en las paredes. La
puerta se abrió. Pedro Livio reconoció al instante, entre las siluetas militares, la cara
fláccida, la doble papada, el mentón cortado y los ojos circundados por lóbulos
protuberantes del coronel Johnny Abbes García.
--Buenas noches -dijo éste, mirando a Pedro Livio, pero dirigiéndose a los demás-.
Salgan, hagan el favor. ¿El doctor Damirón Ricart? Usted quédese, doctor.
--Es mi marido -lloriqueó Olga, abrasándose a Pedro Livio-. Quiero estar con él.
--Sáquenla -ordenó Abbes García, sin mirarla.
Habían entrado más hombres al cuarto, caliés con revólveres en la cintura y
militares con metralletas San Cristóbal al hombro. Entrecerrando los ojos, vio que se
llevaban a Olga, sollozando («No le hagan nada, está encinta»), a Mary, y que su
cuñado las seguía sin necesidad de empujones. LO miraban con curiosidad y un poco
de asco. Reconoció al general Félix Hermida y al coronel Figueroa Carrión, a quien
había conocido en el Ejército. Era el brazo derecho de Abbes García en el SIM, decían.
--¿Cómo está? -preguntó Abbes al médico, con voz timbrada y lenta.
--Grave,coronel -repuso el doctor Damirón Ricart-. El proyectil debe estar cerca del
corazón, por el epigastrio. Le dimos medicamentos para contener la hemorragia y
poder operarlo.
Muchos tenían cigarrillos y la habitación se llenó de humo. Qué ganas de fumar, de
aspirar uno de esos mentolados Salem, de aroma refrescante, que fumaba Huáscar
Tejeda y que ofrecía siempre en su casa Chana Díaz.
Tenía encima, rozándolo, la cara abotargada, los ojos de Párpados caídos, de tortuga,
de Abbes García.
--¿Qué le pasa a usted? -lo OYÓ decir, suavemente.
--No sé -se arrepintió, su respuesta no podía ser más estúpida. Pero no se le ocurría
nada.
--¿Quién le pegó esos balazos? -insistió Abbes García, sin alterarse.
Pedro Livio Cedeño quedó callado. Increíble que jamás hubieran pensado, en todos
estos meses, mientras preparaban la ejecución de Trujillo, en una situación como la
que vivía. En alguna coartada, en una evasiva para sortear un interrogatorio. «¡Qué
pendejos!».
--Un accidente -volvió a arrepentirse de inventar algo tan tonto.
Abbes García no se impacientaba. Había un silencio erizado. Pedro Livio sentía,
pesadas, hostiles, las miradas de los hombres que lo rodeaban. Los cabos de los
cigarrillos se enrojecían cuando se los llevaban a la boca.
--Cuénteme ese accidente -dijo el jefe del SIM, en el mismo tono.
--Me dispararon al salir de un bar, desde un carro. No sé quién.
--¿De qué bar?
--El Rubio, en la calle Palo Hincado, por el parque Independencia.
En pocos minutos los caliés comprobarían que había mentido. ¿Y si sus amigos,
incumpliendo el acuerdo de dar un tiro de gracia a quien quedara herido, le habían
hecho un pésimo favor?
--¿Dónde está el jefe? -preguntó Johnny Abbes. Cierta emoción se había infiltrado en
su interrogador.
--No sé -la garganta se le comenzaba a cerrar; otra vez perdía fuerzas.
--¿Está vivo? -preguntó el jefe del SIM. Y repitió-: ¿Dónde está?
Aunque sentía de nuevo mareo y el anuncio de un desmayo, Pedro Livio advirtió que,
bajo su apariencia serena, el jefe del SIM hervía de inquietud. La mano con que se
llevaba a la boca el cigarrillo se movía con torpeza, buscando los labios.
--Espero que en el infierno, si hay infierno -se oyó decir-. Ahí lo mandamos.
La cara de Abbes García, algo velada por el humo, tampoco se alteró esta vez; pero
abrió la boca, como si le faltara aire. El silencio se había adensado. Perder las
fuerzas, desmayarse de una vez.
--¿Quiénes? -Preguntó, muy suave-. ¿Quiénes lo mandaron al infierno?
Pedro Livio no respondió. Lo miraba a los ojos y él le sostenía la mirada, recordando
su infancia, en Higuey, cuando en la escuela jugaban a quién pestañeaba primero. La
mano del coronel se elevó, cogió el cigarrillo encendido de su boca, y, sin cambiar de
expresión, lo aplastó contra su cara, cerca de su ojo izquierdo. Pedro Livio no gritó, no
gimió. Cerró los párpados. El ardor era vivo; olía a carne chamuscada. Cuando los
abrió, ahí seguía Abbes García. Aquello había comenzado.
--Estas cosas, si no se hacen bien, mejor no hacerlas -le oyó afirmar-. ¿Sabes quién
es Zacarías de la Cruz? El chofer del Jefe. Vengo de hablar con él, en el Hospital
Marión. Está peor que tú, cosido de balas de la cabeza a los pies. Pero, vivo. Ya ves,
no les salió. Estás jodido. Tampoco vas a morir. Vas a vivir. Y contarme todo lo que
pasó. ¿Quiénes estaban contigo, en la carretera?
Pedro Livio se hundía, flotaba, en cualquier momento comenzaría a vomitar. ¿No
habían dicho Tony Imbert y Antonio que Zacarías de la Cruz estaba también
requetemuerto? ¿Le mentía Abbes García para sonsacarle nombres? Qué estúpidos.
Debieron asegurarse que el chofer del Chivo también estaba muerto.
--Imbert dijo que Zacarías estaba requetemuerto -Protestó. Curioso ser uno mismo y
otro, a la vez
La cara del jefe del SIM se inclinó. Podía sentir su aliento, cargado de tabaco. Sus
ojitos eran oscuros, con ribetes amarillos. Hubiera querido tener fuerzas para morder
esos cachetes fláccidos. Al menos, para escupirlos.
--Se equivocó, sólo está herido -dijo Abbes García-. ¿Qué Imbert?
--Antonio Imbert -explicó él, devorado por la ansiedad-. ¿Entonces, me engañó?
Coño, coño.
Detectó pasos, movimiento de cuerpos, los presentes se apretujaban alrededor de su
cama. El humo disolvía las caras. Sentía asfixia, como si lo pisotearan en el pecho.
--Antonio Imbert y quién más -le decía, al oído, el coronel Abbes García. Se le
escarapela la piel pensando que, esta vez, le aplastaría el cigarrillo en el ojo y lo dejaría
tuerto-. ¿Imbert manda? ¿Él organizó esto?
--No, no hay jefes -balbuceó, temeroso de que las fuerzas no le permitieran acabar la
frase-. Si hubiera, sería Antonio.
--¿Antonio qué?
--Antonio de la Maza -explicó-. Si hubiera, sería él, por supuesto. Pero, no hay jefes.
Hubo otro largo silencio. ¿Le habían dado pentotal sódico, por eso hablaba con tanta
locuacidad? Pero, con pentotal uno quedaba dormido y él estaba despierto,
sobreexcitado, con ganas de contar, de sacarse de adentro esos secretos que le
mordían las entrañas. Seguiría contestando lo que le preguntaran, coño. Había
murmullos, pisadas resbalaban sobre las baldosas. ¿Se iban? Una puerta abriéndose,
cerrándose.
--¿Dónde están Imbert y Antonio de la Maza? -el jefe del SIM expulsó una bocanada
de humo y a Pedro Livio le pareció que le entraba por la garganta y la nariz y le bajaba
hasta las tripas.
--Buscando a Pupo, dónde mierda van a estar -¿tendría energías para terminar la
frase? El maravillamiento de Abbes García, el general Félix Hermida y el coronel
Figueroa Carrión era tan grande, que hizo un esfuerzo sobrehumano para explicarles lo
que no entendían-: Si no ve el cadáver del Chivo, no moverá un dedo.
Habían abierto mucho los ojos y lo escudriñaban con desconfianza y pavor.
--¿Pupo Román? -ahora sí, Abbes García habla perdido la seguridad.
--¿El general Román Fernández? -repitió Figueroa Carrión.
--¿El jefe de las Fuerzas Armadas? –chilló el general Félix Hermida, demudado.
Pedro Livio no se extrañó de que aquella mano cayera de nuevo y le aplastara el
cigarrillo encendido en la boca. Un gusto acre, a tabaco y ceniza en la lengua. No tuvo
fuerzas para escupir ese desecho hediondo y quemante que le arañaba las encías y el
paladar.
--Se ha desmayado, coronel -oyó murmurar al doctor Damirón Ricart-. Si no lo
operamos, morirá.
--El que va a morir, si no lo reanima, es usted -repuso Abbes García, con sorda
cólera-. Hágale una transfusión, lo que sea, pero que despierte. Este sujeto debe
hablar. Reanímelo o le meto en el cuerpo todo el plomo de este revólver.
Puesto que hablaban así, no estaba muerto. ¿Habrían encontrado a Pupo Román?
¿Le mostrarían el cadáver? Si hubiera comenzado la revolución ni Abbes García, ni
Félix Hermida, ni Figueroa Carrión rodearían su cama. Estarían presos o muertos,
como los hermanos y sobrinos de Trujillo. Intentó en vano pedirles que le explicaran
por qué no estaban presos o muertos. No le dolía el estómago; le ardían los párpados
y la boca, por las quemaduras. Le ponían una inyección, le hacían aspirar un algodón
que olía a mentol, como los Salem. Descubrió una botella con suero junto a su cama.
Los oía y ellos creían que no.
--¿Será cierto? -Figueroa Carrión parecía más atemorizado que sorprendido-. ¿El
ministro de las Fuerzas Armadas metido en esto? Imposible, Johnny.
--Sorprendente, absurdo, inexplicable -lo rectificó Abbes García-. Imposible, no.
--Por qué, para qué -subía el tono el general Félix ermida-. Qué puede ganar. Le
debe al jefe todo lo que es, todo lo que tiene. Este pendejo suelta nombres para
confundirnos.
Pedro Livio se retorció, tratando de incorporarse, para que supieran que no estaba
grogui, ni muerto, y que había dicho la verdad.
--Ya no creerás que esto es una comedia del jefe para averiguar quiénes son leales y
quiénes desleales, Félix -dijo Figueroa Carrión.
--Ya no -reconoció, apesadumbrado, el general Hermida-. Si estos hijos de puta lo
han matado, qué coño va a pasar aquí.
El coronel Abbes García se tocó la frente:
--Ahora entiendo para qué me citó Román en el Cuartel General del Ejército. ¡Claro
que está metido en esto! Quiere tener a mano a las personas de confianza del jefe para
encerrarlas antes de dar el golpe. Si hubiera ido, ya estaría muerto.
--No me lo creo, coño -repetía el general Félix Hermida.
--Manda patrullas del SIM a cerrar el Puente Radhamés -ordenó Abbes García-. Que
nadie del gobierno, y, sobre todo, los parientes de Trujillo, crucen el Ozama ni se
acerquen a la Fortaleza 18 de Diciembre.
--El secretario de las Fuerzas Armadas, el general José René Román, el marido de
Mireya Trujillo -monologaba, idiotizado, el general Félix Hermida-. Ya no entiendo nada
de nada, carajo.
--Créelo, mientras no se demuestre que es inocente -dijo Abbes García-. Corre a
prevenir a los hermanos del Jefe. Que se reúnan en el Palacio Nacional. No
menciones a Pupo todavía. Diles que hay rumores de atentados. ¡Vuela! ¿Cómo está
el sujeto? ¿Puedo interrogarlo?
--Se está muriendo, coronel -afirmó el doctor Damirón Ricart-. Como médico, mi
deber...
--Su deber es callarse, si no quiere ser tratado como cómplice -Pedro Livio vio, otra
vez, muy cerca, la cara del jefe del SIM. «No me estoy muriendo», pensó. «El doctor le
mintió para que no me siga apagando colillas en la cara.»
--¿El general Román mandó matar al jefe? -otra vez, en la nariz y en la boca, el
aliento picante del coronel-. ¿Es cierto eso?
--Lo están buscando para mostrarle el cadáver -se oyó gritar-. Así es él: ver para
creer. Y, también, el maletín.
El esfuerzo lo dejó extenuado. Temió que los caliés estuvieran apagando en este
mismo momento cigarrillos en la cara de Olga. Pobre, qué pena. Perdería el bebe,
maldeciría haberse casado con el ex capitán Pedro Livio Cedeño.
--¿Qué maletín? -preguntó el jefe del SIM.
--El de Trujillo -respondió, en el acto, articulando bien-. Lleno de sangre por afuera y
por adentro de pesos y dólares.
--¿Con sus iniciales? -insistió el coronel-. ¿Las iniciales RUM, en metal?
No pudo contestar, la memoria lo traicionaba. Tony y Antonio lo encontraron en el
auto, lo abrieron y dijeron que estaba lleno de pesos dominicanos y dólares. Miles de
miles. Notaba la angustia del jefe del SIM. Ah, hijo de puta, el maletín te convenció de
que era cierto, de que lo habían matado.
--¿Quién más está en esto? -preguntó Abbes García-. Dame nombres. Para que
bajes al quirófano y te saquen las balas. ¿Quién más>
--¿Encontraron a Pupo? -preguntó él, excitado, atropellándose-. ¿Le mostraron el
cadáver? ¿También a Balaguer?
Otra vez se le descolgó la mandíbula al coronel Abbes García. Ahí lo tenía,
boquiabierto de sorpresa y aprensión. De un modo oscuro, les estaba ganando la
partida.
--¿A Balaguer? -deletreó, sílaba por sílaba, letra Por letra-. ¿Al Presidente de la
República?
--Será de la junta cívico-militar -explicó Pedro Livio, luchando por contener las
arcadas-. Yo estuve en contra. Dicen que es necesario, para tranquilizar a la OEA.
Esta vez, la arcada no le dio tiempo a ladear la cabeza para vomitar fuera de la cama.
Algo tibio y viscoso le corrió por el cuello y manchó su pecho. Vio apartarse, asqueado,
al jefe del SIM. Tenía fuertes retortijones y frío en los huesos. Ya no podría hablar. Al
poco rato, la cara del coronel estaba otra vez encima, deformada por la impaciencia.
Lo miraba como si quisiera trepanarle el cráneo para averiguar toda la verdad.
Joaquín Balaguer también?
Sólo le resistió la mirada unos segundos. Cerró los Ojos, quería dormir. O morir, no
importaba. Oyó, dos o tres veces, la pregunta: «¿Balaguer? ¿Balaguer también?». No
respondió ni'abrió los ojos. Tampoco lo hizo cuando el vivísimo ardor en el lóbulo de la
oreja derecha lo hizo encogerse. El coronel le había apagado el cigarrillo y ahora lo
retorcía y deshacía en el pabellón de su oreja. No gritó, no se movió. Convertido en el
cenicero del jefe de los caliés, Pedro Livio, así acabaste. Bah, qué coño. El Chivo
estaba muerto. Dormir. Morir. Desde el hondo agujero en que caía, seguía oyendo a
Abbes García: «Un beato como él tenía que estar conspirando con los curas. Es un
complot de los obispos, ayuntados con los gringos». Había largos silencios,
intercalados con murmullos, y, a ratos, el tímido ruego del doctor Damirón Ricart: si no
lo intervenían, el paciente moriría. «Pero si lo que quiero es morir», pensaba Pedro
Livio.
Carreras, pasos precipitados, un portazo. La habitación se había llenado otra vez, y,
entre los recién llegados, estaba de nuevo el coronel Figueroa Carrión:
--Hemos encontrado un puente dental en la carretera, cerca del Chevrolet de Su
Excelencia. Lo está examinando su dentista, el doctor Fernando Camino Certero. Lo
desperté yo mismo. En una media hora nos dará su informe. A primera vista, le pareció
el del jefe.
Su voz era lúgubre. Y, también, el silencio en que lo escuchaban los otros.
--¿No encontraron nada más? -Abbes García hablaba mordiendo lo que decía.
--Una pistola automática, calibre 45 -dijo Figueroa Carrión-. Tomará unas horas
verificar el registro. Hay un carro abandonado, a unos doscientos metros del atentado.
Un Mercury.
Pedro Livio se dijo que Salvador había hecho bien en enojarse con Fifí Pastoriza por
dejar tirado su Mercury en la carretera. Identificarían al dueño y dentro de poco los
caliés estarían apagándole colillas en la cara al Turco.
--¿Soltó algo más?
--Balaguer, nada menos -silbó Abbes García-. ¿Te das cuenta? El jefe de las Fuerzas
Armadas y el Presidente de la República. Habló de una junta cívico-militar, en la que
meterían a Balaguer para tranquilizar a la OEA.
El coronel Figueroa Carrión soltó otro «¡Coño!»:
--Es una consigna para despistarnos. Meter nombres importantes, comprometer a
todo el mundo.
--Podría ser, ya lo veremos -dijo el coronel Abbes García-. Algo es seguro. Hay
metida mucha gente, traidores de alto nivel. Y, por supuesto, los curas. Hay que sacar
al obispo Reilly del Colegio Santo Domingo. A las buenas o a las malas.
--¿Lo llevamos a La Cuarenta?
--Ahí lo irán a buscar, apenas se enteren. Mejor, a San Isidro. Pero, espera, es
delicado, hay que consultarlo con los hermanos del jefe. Si alguien no puede estar en
la conspiración es el general Virgilio García Trujillo. Anda e infórmale, personalmente.
Pedro Livio sintió los pasos del coronel Figueroa Carrión alejándose. ¿Se había
quedado solo con el jefe del SIM? ¿Iba a apagarle más cigarrillos? Pero, no era eso lo
que ahora lo atormentaba. Sino, darse cuenta de que, aunque hubieran matado al jefe,
las cosas no habían salido como estaba planeado. ¿Por qué Pupo no tomaba el poder,
con sus soldados? ¿Qué hacía Abbes García dando órdenes de que los caliés
detuvieran al obispo Reilly? ¿Seguía mandando este degenerado sanguinario? Lo tenía
siempre encima; no lo veía, pero ahí estaba ese aliento cargado que su nariz y su boca
recibían.
--Unos nombres más y te dejo descansar -lo oyó decir.
--No lo oye ni lo ve, coronel -imploró el doctor Damirón Ricart-. Ha entrado en coma.
--Opérelo entonces -dijo Abbes García-. Lo quiero vivo, óigalo bien. Es la vida de
este sujeto contra la suya.
--No puede usted quitarme tantas -oyó Pedro Livio suspirar al médico-. Sólo tengo
una vida, coronel.
--¿Manuel Alfonso? -la tía Adelina se lleva la mano a la oreja, como si no hubiera
oído, pero Urania sabe que la viejecilla tiene excelente oído y disimula, mientras se
rehace de la impresión. También Lucinda y Manolita la miran con los ojos muy
abiertos. Sólo Marianita no parece afectada.
--Sí, él, Manuel Alfonso -repite Urania-. Un nombre de conquistador español. ¿Lo
conociste, tía?
--Alguna vez lo vi -asiente la viejecita, intrigada y ofendida-. ¿Qué tiene que ver él con
la barbaridad que has dicho sobre Agustín?
--Era el playboy que le conseguía mujeres a Trujillo -recuerda Manolita-. ¿Verdad,
mami?
«Playboy, playboy», chilla Sansón. Pero, esta vez, sólo se ríe la sobrina larguirucho.
--Era muy buen mozo, un adonis -dice Urania-. Antes del cáncer.
Había sido el dominicano más buen mozo de su generación, pero, en las semanas,
acaso meses, que Agustín Cabral dejó de verlo, ese semidiós cuya elegancia y
apostura hacían volverse a mirarlo a las muchachas, se había vuelto una sombra de sí
mismo. El senador no daba crédito a sus ojos. Debía haber perdido diez o quince
kilos; chupado, demacrado, tenía unas ojeras profundas en torno a unos ojos antes
siempre ufanos y risueños -la mirada de un gozador, la Sonrisa de un triunfador- que,
ahora, carecían de vida. Él había descuidado lo del pequeño tumor debajo de la lengua
descubierto casualmente por el dentista cuando Manuel, todavía embajador en
Washington, fue a hacerse la limpieza anual de la dentadura. La noticia, decían, afectó
a Trujillo como si hubieran descubierto un tumor a uno de sus hijos, y que estuvo
pegado al teléfono mientras lo operaban en la Clínica Mayo, en Estados Unidos.
--Mil perdones por venir a molestarte recién llegado, Manuel -Cabral se puso de pie al
verlo entrar a la salita donde esperaba.
--Querido Agustín, qué alegría -Manuel Alfonso lo abrazó-. ¿Me entiendes? Tuvieron
que sacarme parte de la lengua. Pero, con un poco de terapia volveré a hablar normal.
¿Llegas a comprenderme?
--Perfectamente, Manuel. No noto nada raro en tu voz, te aseguro.
No era cierto. El embajador hablaba como si masticara piedrecitas, tuviera frenillo o
fuera tartamudo. En las muecas de su cara se notaba el esfuerzo que le costaba cada
frase.
--Asiento, Agustín. ¿Un café? ¿Una copa?
--Nada, gracias. No te quitaré mucho tiempo. De nuevo te pido perdón por
molestarte, convaleciendo de una operación. Estoy en una situación muy difícil,
Manuel.
Calló, avergonzado. Manuel Alfonso le puso una mano amiga en la rodilla.
--Me lo imagino, Cerebrito. Pueblo chico, infierno grande: hasta Estados Unidos me
llegaron los chismes. Que has sido destituido de la Presidencia del Senado y que
investigan tu gestión en el Ministerio.
Le habían caído muchos años con la enfermedad y el sufrimiento al apolíneo
dominicano cuya cara, de dientes perfectos y blanquísimos, había intrigado al
Generalísimo Trujillo en su primer viaje oficial a los Estados Unidos, gracias a lo cual el
destino de Manuel Alfonso experimentó un vuelco parecido al de Cenicienta tocada por
la varita mágica. Pero seguía siendo un hombre elegante, vestido como el maniquí que
fue en su juventud de emigrado dominicano neoyorquino: mocasines de gamuza,
pantalón de pana color crema, camisa de seda italiana y un coqueto pañuelito en el
cuello. En su dedo meñique brillaba una sortija de oro. Estaba afeitado, perfumado y
peinado con pulcritud.
--Cuánto te agradezco que me recibieras, Manuel.
Cabral recobró el aplomo: siempre había despreciado a los hombres que se
apiadaban de sí mismos-. Eres el único. Me he vuelto un apestado. Nadie quiere
recibirme.
--Yo no olvido los servicios recibidos, Agustín. Siempre fuiste generoso, apoyaste
todos mis nombramientos en el Congreso, me hiciste mil favores. Haré lo que pueda.
¿Cuáles son los cargos contra ti?
--No lo sé, Manuel. Si lo supiera, podría defenderme. Hasta ahora nadie me dice qué
falta he cometido.
--SI, mucho, a todas nos latía el corazón cuando estaba cerca -reconoce, impaciente,
la tía Adelina-. Pero qué relación puede tener él con lo que has dicho de Agustín.
A Urania se le ha secado la garganta y bebe unos sorbos de agua. ¿Por qué insistes
en hablar de esto? ¿Para que?
--Porque Manuel Alfonso fue el único, entre todos sus amigos, que trató de ayudar a
papá. A que no lo sabías. Ni ustedes, primas.
Las tres la miran como si la creyeran algo descentrada.
--Pues, no, no lo sabía -murmura la tía Adelina-. ¿Trató de ayudarlo cuando cayó en
desgracia? ¿Estás segura?
--Tan segura como que mi papá no les contó ni a ti ni al tío Aníbal las gestiones que
hizo Manuel Alfonso para sacarlo del 110.
Calla, porque entra al comedor la sirvienta haitiana.
Pregunta, en un español incierto y cadencioso, si la necesitan o puede irse a dormir.
Lucinda la despacha con la mano: anda, nomás.
--¿Quién era Manuel Alfonso, tía Urania? -inquiere el hilo de voz de Marianita.
--Todo un personaje, sobrina. Bien parecido y de excelente familia. Se fue a New
York a buscar la vida, y terminó exhibiendo trajes de modistas y almacenes de lujo, y
apareciendo en los carteles callejeros, con la boca abierta, de propagandista de
Colgate, la pasta que refresca, limpia y da esplendor a sus dientes. Trujillo, en un viaje
a Estados Unidos, se enteró de que el pimpollo de los afiches era un tiguere
dominicano. Lo mandó llamar y lo adoptó. Hizo de él un personaje. Su intérprete,
porque hablaba inglés a la perfección; su maestro de protocolo y etiqueta, porque era
un elegante profesional; y, función importantísima, el que le elegía los trajes, las
corbatas, los zapatos, las medias y los sastres neoyorquinos que lo vestían. Él lo tenía
al día en el último grito de la moda masculina. Y lo ayudaba a diseñar sus uniformes,
hobby del jefe.
--Sobre todo, le escogía las mujeres -la interrumpe Manolita-. ¿Verdad, mami?
--Qué tiene que ver todo eso con mi hermano -la fulmina el puñito airado.
--Las mujeres era lo de menos -sigue informando Urania a su sobrina-. A Trujillo le
importaban un rábano, porque las tenía a todas. Los trajes y los adornos, en cambio,
muchísimo. Manuel Alfonso lo hacía sentirse exquisito, refinado, elegante. Como el
Petronio de Quo Vadis?, al que siempre citaba.
--No he visto todavía al Jefe, Agustin. Tengo audiencia esta tarde, en su casa, en la
Estancia Radhamés. Averiguaré, te prometo.
Lo había dejado hablar sin interrumpirlo, limitándose a asentir y esperar, cuando el
senador tenía una caída del ánimo y la amargura o la angustia le estropeaban la voz.
Le contó lo que ocurría, lo que había dicho, hecho y pensado desde que, diez días
atrás, apareció la primera carta en El Foro Público. Se volcó en ese hombre
considerado, el primero que le mostraba simpatía desde aquel día funesto, contándole
pormenores íntimos de su vida, dedicada desde los veinte años a servir al hombre más
importante de la historia dominicana. ¿Era justo que se negara a escuchar a alguien
que desde hacía treinta años vivía por y para él? Estaba dispuesto a reconocer sus
errores, si los había cometido. A hacer un examen de conciencia. A pagar sus faltas,
si existían. Pero que el jefe le concediera cinco minutos, al menos.
Manuel Alfonso volvió a palmearlo en la rodilla. La casa, en un barrio nuevo, Arroyo
Hondo, era inmensa, rodeada de un parque, amueblada y decorada con exquisito
gusto. Infalible para detectar en las personas las posibilidades recónditas -facultad que
siempre maravilló a Agustín Cabral, el jefe había calado bien al antiguo modelo.
Manuel Alfonso era capaz de moverse con desenvoltura en el mundo de la diplomacia,
gracias a su simpatía y don de gentes, y conseguir ventajas para el régimen. Lo había
hecho en todas las misiones, sobre todo la última, en Washington, el periodo más
difícil, cuando Trujillo, de niño mimado de los gobiernos yanquis, pasó a ser un estorbo,
atacado por la prensa y muchos parlamentarios. El embajador se llevó la mano a la
cara, en un gesto de dolor.
--De rato en rato, viene el latigazo -se disculpó. Me pasa ahí mismo. Espero que el
cirujano me haya dicho la verdad. Que me lo descubrieron muy a tiempo. Noventa por
ciento de garantías de éxito. ¿Por qué me hubiera mentido? Los gringos son francotes,
no tienen la delicadeza nuestra, no doran la píldora.
Se calla, porque otra mueca crispa su rostro devastado. Reacciona al momento, se
pone grave, filosofa:
--Sé cómo te sientes, Cerebrito, lo que estás pasando. A mí me ha ocurrido un par de
veces, en veinte y pico de años de amistad con el jefe. No llegó a los extremos de lo
tuyo, pero hubo un distanciamiento de su parte, una frialdad que no podía explicarme.
Recuerdo mi zozobra, la soledad que sentí, la sensación de haber perdido la brújula.
Pero todo se aclaró, y el jefe volvió a honrarme con su confianza. Debe ser una intriga
de algún envidioso que no te perdona tu talento, Agustín. Pero, tú ya sabes, el jefe es
hombre justo. Le hablaré esta tarde, tienes mi palabra.
Cabral se puso de pie, conmovido. Todavía quedaban personas decentes en la
República Dominicana.
--Estaré todo el día en mi casa, Manuel -dijo, estrechándole la mano con fuerza-. No
olvides decirle que estoy dispuesto a todo, para recobrar su confianza.
--Yo pensaba en él como en un actor de Hollywood, Tyrone Power o Errol Flynn -dice
Urania-. Me quedé muy decepcionada cuando lo vi, esa noche. No era la misma
persona. Le habían sacado media garganta. Parecía todo menos un donjuán.
Su tía Adelina, sus primas y su sobrina la escuchan, en silencio, cambiando miradas
entre ellas. Hasta el loro Sansón parece interesado, pues hace rato que no la silencia
con su palabrería.
--¿Tú eres Urania? ¿La hijita de Agustín? Qué grande y qué linda, chiquilla. Te
conozco desde que estabas en pañales. Ven para acá, dame un beso.
--Hablaba masticando, parecía un débil mental. Me trató con mucho cariño. Yo no
podía creer que ese desecho humano fuera Manuel Alfonso.
--Tengo que hablar con tu papá -dijo él, dando un paso hacia el interior-. Pero qué
linda te has puesto. Romperás muchos corazones en la vida. ¿Está Agustín? Anda,
llámalo.
--Había hablado con Trujillo y de la Estancia Radhamés vino a casa, a dar cuenta de
su gestión. Papá no podía creerlo. El único que no me volvió la espalda, el único que
me echa una mano, repetía.
--¿No te has soñado esa gestión de Manuel Alfonso? -exclama la tía Adelina,
desconcertada-. Agustín hubiera corrido a contarnos a Aníbal y a mí.
--Déjala que siga, no la interrumpas tanto, mami -interviene Manolita.
--Esa noche hice una promesa a Nuestra Señora de la Altagracia si ayudaba a mi
papá a salir de eso. ¿Se imaginan qué?
--¿Que te meterías al convento? -ríe su prima Lucinda.
--Que me conservaría pura el resto de la vida -ríe Urania.
Sus primas y su sobrina ríen también, aunque sin ganas, disimulando su embarazo.
La tía Adelina permanece seria, sin quitarle los ojos de encima y sin disimular su
inpaciencia: qué más, Urania, qué más.
--Qué grande y qué linda se ha puesto esa niña -repite Manuel Alfonso, dejándose
caer en el sillón, frente a Agustín Cabral-. Me recuerda a su mamá. Los mismos ojos
lánguidos y el cuerpo finito y airoso de tu mujer, Cerebrito.
Éste le agradece con una sonrisa. Ha hecho pasar al embajador a su escritorio en
vez de recibirlo en la salita, para evitar que la niña y los sirvientes los escuchen.
Vuelve a agradecerle que se haya tomado el trabajo de venir, en vez de llamarlo. El
senador habla a borbotones, sintiendo que con cada palabra se le sale el corazón.
¿Había podido hablarle al Jefe?
--Por supuesto, Agustín. Te lo prometí y lo hice. Hablamos de ti cerca de una hora.
No será fácil. Pero, no debes perder la esperanza. Eso es lo principal.
Vestía un traje oscuro, de corte impecable, una camisa blanca de cuello almidonado y
una corbata azul con motas blancas, sujeta con una perla. Un pañuelito de seda]
blanca asomaba su cresta por el bolsillo superior de la chaqueta, y como al sentarse se
había subido el pantalón para que no perdiera la línea, se le veían las medias azules,
sin una arruga. Sus zapatos destellaban.
--Está muy dolido contigo, Cerebrito -parecía que la herida le molestara, pues, de
tanto en tanto, hacía unas extrañas contorsiones con los labios, y Agustín Cabral oía
rechinar su dentadura-. No es una cosa concreta, sino muchas, que se fueron
acumulando en los últimos meses. El Jefe es excepcionalmente perceptivo. Nada se
le escapa, detecta los menores cambios en las personas. Dice que, desde que
comenzó esta crisis, desde la Carta Pastoral, desde los líos de la OEA desatados por el
mono Betancourt y la rata Muñoz Marín, te has ido enfriando. Que no has mostrado la
entrega que él esperaba.
El senador asentía: si el jefe lo notó, tal vez era cierto. Nada premeditado, desde
luego, menos aún causado por una mengua de la admiración y la lealtad. Algo
inconsciente, la fatiga, la tremenda tensión de este último año, por la conjura
continental contra Trujillo, de los comunistas y Fidel Castro, de los curas, Washington y
el Departamento de Estado, de Figueres, Muñoz Marín y Betancourt, las sanciones
económicas, las canalladas de los exiliados. SI, si, era Posible que, sin quererlo,
hubiera disminuido su rendimiento en el trabajo, en el Partido, en el Congreso.
--El Jefe no acepta desfallecimientos ni debilidades, Agustín. Quiere que todos
seamos como él. Incansables, unas rocas, de hierro. Tú ya sabes.
--Y tiene razón -Agustín Cabral golpeó su pequeño escritorio-. Por ser así, ha hecho
este país. Él ha seguido siempre a caballo, Manuel, como lo dijo en la campaña de
1940. Tiene derecho a exigir que lo emulemos. Lo decepcioné sin darme cuenta. ¿Por
no haber conseguido que los obispos lo proclamaran Benefactor de la Iglesia, tal vez?
Él quería ese desagravio, después de la inicua Carta Pastoral. yo formé parte, con
Balaguer y Paino Pichardo, de la comisión. ¿Por ese fracaso, crees?
El embajador negó con la cabeza.
--Él es muy delicado. Aunque se sienta dolido por eso, no me lo hubiera dicho. Quizá
sea una de las razones. Hay que comprenderlo. Hace treinta y un años lo traiciona la
gente a la que más ayudó. ¿Cómo no sería susceptible un hombre a quien sus mejores
amigos apuñalan por la espalda?
--Me acuerdo de su perfume -dice Urania, luego de una pausa-. Desde entonces, no
les miento, cada vez que me toca cerca un hombre muy perfumado, vuelvo a ver a
Manuel Alfonso. Y a oír esa jerigonza que hablaba, las dos veces que tuve el honor de
disfrutar de su grata compañía.
Su mano derecha estruja el tapete de la mesa. Su tía, primas y sobrina,
desorientadas por su hostilidad y su sarcasmo, vacilan, incómodas.
--Si hablar de esa historia te ofusca, no lo hagas, prima -insinúa Manolita.
--Me molesta, me da vómitos -replica Urania-. Me llena de odio y de asco. Nunca
hablé de esto con nadie. Quizá me haga bien sacármelo de encima, de una vez. Y
con quién mejor que con la familia.
--¿Qué tú crees, Manuel? ¿Me dará el jefe otra oportunidad?
--Por qué no nos tomamos un whisky, Cerebrito -exclama el embajador, eludiendo una
respuesta. Alza las manos, atajando el reproche-. Ya sé que no debería, que me han
prohibido el alcohol. ¡Bah! ¿Vale la pena vivir privándose de las buenas cosas? Un
whisky de marca es una de ellas.
--Perdona, no te ofrecí nada hasta ahora. Claro, tomaré un trago yo también.
Bajemos a la sala. Uranita se habrá acostado.
Pero ella aún no se ha ido a la cama. Acaba de terminar la cena y se pone de pie al
verlos bajar por la escalera.
--Eras una niña la última vez que te vi -la alaba Manuel Alfonso, sonriéndole-. Ahora,
eres una señorita muy bella. Tú ni habrás notado el cambio, Agustín.
--Hasta mañana, papi -Urania besa a su padre. Va a dar la mano al visitante, pero
éste le adelanta la mejilla. Ella lo besa apenas, ruborizándose-: Buenas noches, señor.
--Llámame tío Manuel -la besa él, en la frente.
Cabral indica al mayordomo y a la sirvienta que pueden retirarse y él mismo trae la
botella de whisky, los vasos, el baldecito con el hielo. Sirve un trago a su amigo y se
sirve otro, también en la roca.
--Salud, Manuel.
--Salud, Agustín.
El embajador paladea con satisfacción, entrecerrando los ojos. «Ah, qué agradable»,
exclama. Pero tiene dificultad para pasar el líquido, pues se le contrae la cara de dolor.
--Nunca he sido borracho, jamás perdí el control de mis actos -dice-. Eso sí, siempre
he sabido gozar de la vida. Incluso cuando me preguntaba si comería al día Siguiente,
supe sacarle el máximo placer a las pequeñas cosas: un buen trago, un buen tabaco,
un paisaje, un plato bien guisado, una hembra que quiebra con gracia la cintura.
Se ríe, nostálgico, y Cabral lo imita, sin ganas. ¿Cómo regresarlo a lo único que le
importa? Por cortesía, domina su impaciencia. Hace muchos días que no toma un
trago, y los dos o tres sorbos lo han aturdido. Sin embargo, después de llenar de nuevo
el vaso de Manuel Alfonso, llena también el suyo.
--Nadie diría que alguna vez pasaste apuros de dinero, Manuel -trata de halagarlo-.
Siempre te recuerdo elegante, magnífico, pródigo, pagando todas las cuentas.
El ex modelo, meciendo el vaso, asiente, complacido. La luz de la araña le da de lleno
en la cara y sólo ahora Cabral advierte la sinuosa cicatriz que se le enrosca en la
garganta. Duro, para alguien tan orgulloso de su cara y su cuerpo, haber sido
tasajeado así.
--Yo sé lo que es pasar hambre, Cerebrito. De joven, en New York, llegué a dormir en
las calles, como un gramp. Muchos días, mi única comida fue un plato de fideos, o un
pan. Sin Trujillo, quién sabe cuál fuera mi suerte. Aunque gusté siempre a las mujeres,
nunca pude hacer de gigoló, como nuestro buen Porfirio Rubirosa. Lo más probable,
hubiera terminado de puto callejero, en el Bowery.
Bebe de un trago lo que queda en su vaso. El senador se lo llena.
--Le debo todo, Lo que tengo, lo que llegué a ser -contempla cabizbajo los cubitos de
hielo-. Me he codeado con ministros y presidentes de los países más poderosos, he
sido invitado a la Casa Blanca, he jugado póquer con el Presidente Truman, ido a las
fiestas de los Rockefeller. El tumor me lo extirparon en la Clínica Mayo, la mejor del
mundo, el mejor cirujano de los Estados Unidos. ¿Quién pagó la operación? El jefe, por
supuesto. ¿Comprendes, Agustín? Como nuestro país, yo le debo a Trujillo todo.
Agustín Cabral se arrepintió de todas las veces que, en la intimidad del Country Club,
el Congreso o una finca remota, en un círculo de amigos íntimos (que creía íntimos)
había celebrado las bromas contra el ex anunciante de Colgate, que debía sus
altísimos cargos diplomáticos y su puesto de consejero de Trujillo, a los jabones, talcos,
perfumes, que encargaba para Su Excelencia, y a su buen gusto para elegir las
corbatas, trajes, camisas, pijamas y los zapatos que lucía el jefe.
--Yo también le debo todo lo que soy y lo que he hecho, Manuel -afirmó-. Te
comprendo muy bien. Y, por eso, estoy dispuesto a todo para recobrar su amistad.
Manuel Alfonso lo miró, adelantando la cabeza. No dijo nada un buen rato, pero
siguió escudriñándole, como sopesando, milímetro a milímetro, la seriedad de sus
palabras.
--¡Manos a la obra entonces, Cerebrito!
--Fue el segundo hombre que me piropeó, después de Ramfis Trujillo -dice Urania-.
Que era linda, que me parecía a mi mamá, qué bonitos ojos. Yo había ido ya a fiestas
con muchachos, y bailado. Unas cinco o seis veces. Pero, nunca nadie me había
hablado así. Porque el piropo de Ramfis, en la feria, fue a una niña. El primero en
piropearme como a una mujercita fue mi tío Manuel Alfonso.
Ha dicho todo eso rápido, con furia sorda, y ninguna de sus parientes le pregunta
nada. El silencio en el pequeño comedor parece el que antecede a los truenos, en las
ruidosas tormentas del verano. Lejos, hiere la noche una sirena. Sansón se pasea
nervioso por su barrita de madera, encrespando las plumas.
--Me parecía un viejo, me daba risa su manera de hablar tan machucada, su cicatriz
en el cuello me dio miedo -Urania se retuerce las manos-. Qué me iba a hacer a mí un
piropo, en esos momentos. Pero, después, me acordé mucho de esas flores que me
echó.
Vuelve a callar, exhausta. Lucinda hace un comentario -«¿Tú tenías catorce años,
no?»- que a Urania le parece estúpido. Lucinda sabe muy bien que son del mismo
año. Catorce, qué edad mentirosa. Habían dejado de ser niñas pero no eran todavía
señoritas.
--Tres o cuatro meses antes, me vino la regla por primera vez -susurra-. Se me
adelantó, parece.
--Se me acaba de ocurrir, se me ocurrió al entrar -dice el embajador, estirando la
mano y sirviéndose otro whisky; atiende, también, al dueño de casa-. Siempre he sido
así: primero el jefe, después yo. Te quedaste demudado, Agustín. ¿Me equivoco? No
dije nada, olvídate. Yo, ya me olvidé. ¡Salud, Cerebrito!
El senador Cabral bebe un largo trago. El whisky le rasca la garganta y enrojece sus
ojos. ¿Cantaba un gallo a estas horas?
--Es que, es que... -repite, sin saber qué añadir.
--Olvidémoslo. Espero que no lo hayas tomado mal, Cerebrito. ¡Olvídate!
¡Olvidémoslo!
Manuel Alfonso se ha puesto de pie. Pasea entre los muebles anodinos de la salita,
arreglada y aseada pero sin aquel toque femenino que da una eficiente ama de casa.
El senador Cabral piensa -¿cuántas veces lo ha pensado en estos años?- que hizo mal
permaneciendo solo, luego de la muerte de su esposa. Debió casarse, tener otros
hijos, acaso no le hubiera ocurrido esta desgracia. ¿Por qué no lo hizo? ¿Por Uranita,
como decía a todo el mundo? No. Para dedicar más tiempo al jefe, consagrarle días y
noches, demostrarle que nada ni nadie era más importante en la vida de Agustín
Cabral.
--No lo tomé mal -hace un enorme esfuerzo para parecer sereno-. Es que estoy
desconcertado. Algo que no esperaba, Manuel.
--La crees una niña, no te diste cuenta que se volvió una mujercita -Manuel Alfonso
hace tintinear los cubitos de hielo de su vaso-. Una linda muchacha. Estarás orgulloso
de tener una hija así.
--Por supuesto -y añade, torpe-: Ha sido siempre la primera de su clase.
--¿Sabes una cosa, Cerebrito? Yo no hubiera vacilado ni un segundo. No para
reconquistar su confianza, no Para mostrarle que soy capaz de cualquier sacrificio por
él. Simplemente, porque nada me daría más satisfacción, más felicidad, que el Jefe
hiciera gozar a una hija mía y gozara con ella. No exagero, Agustín. Trujillo es una de
esas anomalías en la historia. Carlomagno, Napoleón, Bolívar: de esa estirpe.
Fuerzas de la Naturaleza, instrumentos de Dios, hacedores de pueblos. Él es uno de
ellos, Cerebrito. Hemos tenido el privilegio de estar a su lado, de verlo actuar, de
colaborar con él. Eso no tiene precio.
Apuró su vaso y Agustín Cabral se llevó el suyo a la boca, pero apenas se mojó los
labios. Aunque se le había quitado el mareo, ahora tenía revuelto el estómago. En
cualquier momento comenzaría a vomitar.
--Es todavía una niña -balbuceó.
--¡Mejor, entonces! -exclamó el embajador-. El jefe apreciará más el gesto.
Comprenderá que se equivocó, que te juzgó de manera precipitada, dejándose guiar
por susceptibilidades o dando oídas a tus enemigos. No pienses sólo en ti, Agustín. No
seas egoísta. Piensa en tu muchachita. ¿Qué será de ella si pierdes todo y terminas
en la cárcel acusado de malos manejos y defraudación?
--¿Crees que no he pensado en eso, Manuel?
El embajador alzó los hombros.
--Se me acaba de ocurrir al ver lo linda que se ha puesto -repitió-. El jefe aprecia la
belleza. Si le digo: «Cerebrito quiere ofrecerle, en prueba de cariño y de lealtad, a su
linda hija, que es todavía señorita», no la rechaza. Yo lo conozco. Él es un caballero,
con un tremendo sentido del honor. Se sentirá tocado en el corazón. Te llamará. Te
devolverá lo que te han quitado. Uranita tendrá su porvenir seguro. Piensa en ella,
Agustín, y sacúdete los prejuicios anticuados. No seas egoísta.
Cogió de nuevo la botella y sirvió unos chorritos de whisky en su vaso y en el de
Cabral. Echó con su mano los cubitos de hielo en ambos vasos.
--Se meacaba de ocurrir, al ver lo bella que se ha puesto –salmodió, por cuarta o
quinta vez. ¿Le molestaba, lo enloquecía la garganta? Movía la cabeza y se acariciaba
la cicatriz con la yema de los dedos-. Si te molestó, no dije nada.
--Dijiste vil y malvado -estalla de pronto la tía Adelina-. Eso dijiste de tu padre muerto
en vida, esperando el final. De mi hermano, del ser que yo más he querido y
respetado. No vas a salir de esta casa sin explicarme el porqué de esos insultos,
Urania.
--Dije vil y malvado porque no hay palabras más fuertes -explica Urania, despacito-.
Si las hubiera, las habría dicho. Tuvo sus razones, seguramente. Sus atenuantes, sus
motivos. Pero yo no lo he perdonado ni lo perdonaré.
--¿Por qué lo ayudas, si lo odias tanto? -la anciana vibra de indignación; está muy
pálida, como si fuera a desmayarse-. ¿Por qué la enfermera, la comida? Déjalo
morirse, entonces.
--Prefiero que viva así, muerto en vida, sufriendo -habla muy serena, con los ojos
bajos-. Por eso lo ayudo, tía.
--Pero, pero ¿qué te hizo para que lo odies así, para que digas algo tan monstruoso? -
Lucindita alza los brazos, sin dar crédito a lo que acaba de oír-. ¡Dios bendito!
--Te sorprender'á lo que voy a decirte, Cerebrito -exclama Manuel Alfonso, con
dramatismo-. Cuando veo una belleza, una real hembra, una de esas que te viran la
cabeza, yo no pienso en mí. Sino en el Jefe. SI, en él. ¿Le gustaría apretarla en sus
brazos, amarla? Esto no se lo he contado a nadie. Ni al Jefe. Pero, él lo sabe. Que,
para mí, ha sido siempre el primero, incluso en eso. Y conste que a mí me gustan
mucho las mujeres, Agustín. No creas que me he sacrificado cediéndole hembras
bellísimas por adulación, para obtener favores, negocios. Eso creen los ruines, los
puercos. ¿Sabes por qué? Por cariño, por compasión, por piedad. Tú lo puedes
comprender, Cerebrito. Tú y yo sabemos lo que ha sido su vida. Trabajar desde el
alba hasta la medianoche, siete días por semana, doce meses al año. Sin descansar
jamás. Ocupándose de lo importante y de lo mínimo. Tomando cada momento
decisiones de las que dependen la vida y la muerte de tres millones de dominicanos.
Para meternos en el siglo XX. Teniendo que cuidarse de los resentidos, de los
mediocres, de la ingratitud de tanto pobre diablo. ¿No merece, un hombre así,
distraerse de cuando en cuando? ¿Gozar unos minutos con una hembra? Una de las
pocas compensaciones en su vida, Agustín. Por eso, me siento orgulloso de ser lo que
dicen tantas víboras: el celestina del Jefe. ¡A mucha honra, Cerebrito!
Se llevó el vaso sin whisky a los labios y se metió a la boca un cubito de hielo.
Permaneció buen rato en silencio chupando, concentrado, extenuado por el soliloquio.
Cabral lo observaba, callado también, acariciando su vaso lleno de whisky.
--Se terminó la botella y no tengo otra -se excusó. Tómate el mío, yo no puedo beber
más.
Asintiendo, el embajador le estiró el vaso vacío y el senador Cabral le echó los restos
del suyo.
--Me emociona lo que dices, Manuel –murmuró-. Pero, no me sorprende. Lo que tú
sientes por él, esa admiración,- esa gratitud, es lo que he sentido siempre por el Jefe.
Por eso me duele tanto esta situación.
El embajador le puso la mano en el hombro.
--Se arreglará, Cerebrito. Hablaré con él. Yo sé cómo decirle las cosas. Le explicaré.
No le diré que es idea mía, sino tuya. Una iniciativa de Agustín Cabral. Un leal a toda
prueba, incluso desde la desgracia, desde la humillación. Tú ya conoces al jefe. Le
gustan los gestos. Puede tener sus años, su salud resentida. Pero, nunca rechazó los
desafíos del amor. Lo organizaré todo, con la más absoluta discreción. No te
preocupes. Recuperarás tu posición, los que te dieron la espalda harán cola en esta
puerta muy pronto. Ahora, tengo que irme. Gracias por los whiskys. En mi casa, no
me dejan probar una gota de alcohol. Qué bueno ha sido sentir en mi pobre garganta
ese cosquilleo un poco ardiente, un poco amargo. Adiós, Cerebrito. No te angusties
más. Déjame a mí. Tú, más bien, prepara a Uranita. Sin entrar en detalles. No hace
falta. Se encargará el Jefe. No puedes imaginar la delicadeza, la ternura, el don de
gentes, con que actúa en estos casos. La hará feliz, la recompensará, tendrá un futuro
asegurado. Siempre lo hizo. Más todavía con una criatura tan dulce y tan bella.
Fue tambaleándose hasta la puerta, y abandonó la casa dando un ligero portazo.
Desde el sofá de la sala, donde seguía con el vaso vacío en las manos, Agustín
Cabral sintió el motor del auto, partiendo. Sentía lasitud, una abulia inconmensurable.
jamás tendría fuerzas para ponerse de pie, subir los escalones, desnudarse, ir al baño,
lavarse los dientes, acostarse, apagar la luz.
--¿Estás tratando de decir que Manuel Alfonso propuso a tu padre que, que...? -la tía
Adelina no puede terminar, la cólera la ahoga, no encuentra las palabras que rebajen,
hagan presentable lo que quiere decir. Para terminar de algún modo, amenaza con su
puño al loro Sansón, que ni siquiera ha abierto el pico-: ¡Quieto, animal de porquería!
--No trato. Te cuento lo que pasó -dice Urania-. Si no quieres oírlo, me callo y me voy.
La tía Adelina abre la boca, pero no logra decir nada.
Por lo demás, Urania tampoco conocía los pormenores de la conversación entre
Manuel Alfonso y su papá aquella noche en que, por primera vez en su vida, el senador
no subió a acostarse. Se quedó dormido en la sala, vestido, un vaso y una botella de
whisky vacíos a sus pies. El espectáculo que encontró a la mañana siguiente, al bajar
a tomar desayuno para ir al colegio, la sobrecogió. Su papá no era un borracho, al
contrario, siempre criticaba a borrachos y juerguistas. Se había emborrachado por
desesperación, por estar acosado, perseguido, investigado, destituido, con sus cuentas
congeladas, por algo que no había hecho. Sollozó, abrazada a su papá, tumbado en el
sillón de la sala. Cuando éste abrió los ojos y la vio junto a él, llorando, la besó muchas
veces: «No llores, corazón. Saldremos de ésta, verás, no nos dejaremos derrotar». Se
incorporó, arregló sus ropas, acompañó a su hija a tomar desayuno. Mientras le
acariciaba los cabellos y le decía que no contara nada en el colegio, la observaba de
una manera rara.
--Debía dudar, retorcerse -imagina Urania-. Pensaría en exiliarse. Pero, jamás
hubiera podido entrar a una embajada. Ya no había legaciones latinoamericanas,
desde las sanciones. Y los caliés daban vueltas, haciendo guardia a la puerta de las
que quedaban. Pasaría un día horrible, peleando contra sus escrúpulos. Esa tarde,
cuando regresé del colegio, ya había dado el paso.
La tía Adelina no protesta. Sólo la mira, desde el fondo de sus cuencas hundidas, con
reproche mezclado de espanto, y una incredulidad que, pese a sus esfuerzos, se va
apagando. Manolita se enrula y desenrula una mecha de cabello. Lucinda y Marianita
se han vuelto estatuas.
Estaba bañado y vestido con la corrección de costumbre; no quedaba en él rastro de
la mala noche. Pero no había probado bocado, y las dudas y la amargura se reflejaban
en su palidez cadavérica, en sus ojeras y el brillo asustadizo de su mirada.
--Te sientes mal, papi? ¿Por qué estás tan pálido?
--Tenemos que hablar, Uranita. Ven, subamos a tu cuarto. No quiero que el servicio
nos escuche.
«Lo van a meter preso», pensó la niña. «Va a decirme que tengo que ir a vivir donde
el tío Aníbal y la tía Adelina.» Entraron al cuarto, Urania echó al voleo los libros sobre
su mesita de trabajo y se sentó a la orilla de la cama (con cubrecamas azul y los
animalitos de Walt Disney»), su padre fue a acodarse en la ventana.
--Tú eres lo que más quiero en el mundo -le sonrió-. Lo mejor que tengo. Desde que
murió tu mamá, lo único que me queda en esta vida. ¿Te das cuenta, hijita?
--Claro, papi -repuso ella-. ¿Qué otra cosa terrible ha pasado? ¿Te van a meter
preso?
--No, no -negó él con la cabeza-. Más bien, hay una posibilidad de que todo se
arregle.
Hizo una pausa, incapaz de continuar. Le temblaban labios y manos. Ella lo miraba
sorprendida. Pero, entonces, ésa era una gran noticia. ¿Una posibilidad de que dejaran
de atacarlo radios y periódicos? ¿De que volviera a ser presidente del Senado? Si era
así, por qué esa cara, papi, por qué tan abatido, tan triste.
--Porque me piden un sacrificio, hijita -murmuró-. Quiero que sepas una cosa. Yo no
haría nunca nada, nada, entiéndelo bien, mételo en la cabecita, que no fuera por tu
bien. júrame que nunca olvidarás lo que te estoy diciendo.
Uranita comienza a irritarse. ¿De qué hablaba? ¿Por qué no se lo decía de una vez?
--Por supuesto, papi -dice al fin, con gesto de cansancio-. Pero qué ha pasado, por
qué tantas vueltas.
Su padre se dejó caer a su lado en la cama, la tomó de los hombros, la recostó contra
él, la besó en los cabellos.
--Hay una fiesta y el Generalísimo te ha invitado -mantenía los labios apretados contra
la frente de la niña-. En la casa que tiene en San Cristóbal, en la Hacienda Fundación.
Urania se desprendió de sus brazos.
--¿Una fiesta? ¿Y Trujillo nos invita? quiere decir que todo se arregló. ¿Verdad?
El senador Cabral encogió los hombros.
--No sé, Uranita. El jefe es impredecible. De intenciones no siempre fáciles de
adivinar. No nos ha invitado a los dos. Sólo a ti.
--¿A mí?
--Te llevará Manuel Alfonso. Él te traerá, también. No sé por qué te invita a ti y a mí
no. Es seguramente un primer gesto, una manera de hacerme saber que no todo está
perdido. Eso, al menos, deduce Manuel.
--Qué mal se sentía -dice Urania, advirtiendo que la tía Adelina, cabizbaja, ya no la
riñe con esa mirada en que se ha eclipsado la seguridad-. Se enredaba, se
contradecía. Temblaba de que yo no le creyera sus mentiras.
--Manuel Alfonso pudo engañarlo también... -comienza a decir la tía Adelina, pero la
frase se le corta. Hace un gesto de contrición, disculpándose con las manos y la
cabeza.
--Si no quieres ir, no irás, Uranita -Agustín Cabral se restriega las manos, como si, en
ese atardecer caluroso que se está volviendo noche, él tuviera frío-. Llamo ahora
mismo a Manuel Alfonso y le digo que te sientes mal, que te disculpe con el Jefe. No
tienes ninguna obligación, hijita.
No sabe qué contestar. ¿Por qué tenía que tomar ella semejante decisión?
--No sé, papi -duda, confusa-. Me parece rarísimo. ¿Por qué me invita a mí sola?
¿Qué voy a hacer ahí, en una fiesta de viejos? ¿O están invitadas otras muchachas de
mi edad?
La pequeña nuez sube y baja por la garganta delgadita del senador Cabral. Sus ojos
esquivan los de Urania.
--Cuando te ha invitado a ti, habrá también otras jóvenes -balbucea-. Será que ya no
te considera niña, sino señorita.
--Pero si a mí ni me conoce, sólo me ha visto de lejos, entre montones de gente. Qué
va a acordarse, papi.
--Le habrán hablado de ti, Uranita -se escabulle su padre-. Te repito, no tienes
obligación ninguna. Si quieres, llamo a Manuel Alfonso a decirle que te sientes mal.
--Bueno, no sé, papi. Si quieres voy, y si no, no. Lo que YO quiero es ayudarte. ¿No
se enojará si lo desairo?
--¿No te dabas cuenta de nada? -se atreve a preguntarle Manolita.
De nada, Urania. Eras aún una niña, cuando ser niña quería decir todavía ser
totalmente inocente para ciertas cosas relacionadas con el deseo, los instintos y el
poder, y con los infinitos excesos y bestialidades que esas cosas mezcladas podían
significar en un país modelado por Trujillo. A ella, que era despierta, todo le parecía
precipitado, desde luego. ¿Dónde se había visto una invitación a una fiesta hecha el
mismo día, sin dar tiempo a la invitada a prepararse? Pero, era una niña normal y sana
-el último día que lo serías, Urania-, novelera, y, de pronto, esa fiesta, en San Cristóbal,
en la famosa hacienda del Generalísimo, de donde salían los caballos y las vacas que
ganaban todos los concursos, no podía no excitarla, llenarla de curiosidad, pensando
en lo que contaría a sus amigas del Santo Domingo, la envidia que haría Sentir a esas
compañeras que, estos días, la habían hecho pasar tan malos ratos hablándole de las
barbaridades que decían contra el senador Agustin Cabral en periódicos Y radios. ¿Por
qué habría tenido recelo de algo que tenía el visto bueno de su padre? Más bien, la
ilusionaba que, como dijo el senador, aquella invitación fuera el primer síntoma de un
desagravio, un gesto para hacer saber a su padre que el calvario había terminado.
No sospechó nada. Como la mujercita en ciernes que era, se preocupó de cosas más
livianas, ¿qué se pondría, papi?, ¿qué zapatos?, lástima que fuera tan tarde, hubieran
podido llamar a la peluquera que la peinó y maquilló el mes pasado, cuando fue damita
de la Reina del Santo Domingo.
Fue su única preocupación, a partir del momento en que, para no ofender al Jefe, su
padre y ella decidieron que iría a la fiesta. Don Manuel Alfonso vendría a recogerla a
las ocho de la noche. No le quedaba tiempo para las tareas del colegio.
--¿Hasta qué hora le has dicho al señor Alfonso que puedo quedarme?
--Bueno, hasta que empiece a despedirse la gente -dice el senador Cabral,
estrujándose las manos-. Si quieres salir antes, porque te sientes cansada o lo que
sea, se lo dices y Manuel Alfonso te trae de vuelta de inmediato.
XVII
Cuando el doctor Vélez Santana y Bienvenido García, el yerno del general Juan Tomás
Díaz, se llevaron en la camioneta a Pedro Livio Cedeño a la Clínica Internacional, el trío
inseparable -Amadito, Antonio Imbert y el Turco Estrella Sadhalá- se decidió: no tenía
sentido seguir esperando allí que el general Díaz, Luis Amiama y Antonio de la Maza
encontraran al general José René Román. Mejor, buscar un médico que les curara las
heridas, cambiarse las ropas manchadas y buscar un refugio, hasta que las cosas se
aclararan. ¿A qué médico de confianza podían recurrir, a estas horas? Era cerca de
medianoche'
--Mi primo Manuel -dijo Imbert-. Manuel Durán Barreras. Vive cerca de aquí y tiene el
consultorio junto a su casa. Es de confianza.
Tony tenía el gesto sombrío, lo que sorprendía a Amadito. En el auto en el que
Salvador los llevaba a casa del doctor Durán Barreras -la ciudad estaba en silencio y
las calles sin tráfico, aún no había trascendido la noticia- le preguntó:
--¿Por qué esa cara de entierro?
--Esta vaina se fue al carajo -respondió Imbert, sordamente.
El Turco y el teniente lo miraron.
--¿Les parece normal que Pupo Román no aparezca? -añadió, entre dientes-. Sólo
hay dos explicaciones. Lo han descubierto y está preso, o se asustó. En cualquier
Caso, nos jodimos.
--¡Pero hemos matado a Trujillo, Tony! -lo animó Amadito-. Nadie lo va a resucitar.
--No creas que me arrepiento -dijo Imbert-. La verdad, nunca me hice ilusiones sobre
el golpe de Estado, la junta cívico-militar, esos sueños de Antonio de la Maza. Yo nos
vi siempre como un comando suicida.
--Haberlo dicho antes, mi hermano -bromeó Amadito-. Para escribir mi testamento.
El Turco los dejó donde el doctor Durán Barreras y se fue a su casa; como los caliés
descubrirían pronto su carro abandonado en la carretera, quería alertar a su mujer y a
sus hijos, y sacar alguna ropa y dinero. El doctor Durán Barreras estaba acostado.
Salió en bata, desperezándose. Se le descolgó la mandíbula cuando Imbert le explicó
por qué estaban embarcados y ensangrentados y qué esperaban de él. Durante
muchos segundos los miró atónito, con su gran cara huesosa, de barba crecida,
deformada por la perplejidad. Amadito podía ver la manzana de Adán subiendo y
bajando por la garganta del médico. De rato en rato se frotaba los ojos como temiendo
ver fantasmas. Por fin, reaccionó:
--Lo primero es curarlos. Vamos al consultorio.
El que estaba peor era Amadito. Una bala le había perforado el tobillo; se veían los
orificios de entrada y salida del proyectil, con pedazos astillados de hueso asomando
por la herida. La hinchazón le deformaba el pie y parte del tobillo.
--No sé cómo puedes estar de pie con un destrozo así -comentó el doctor, mientras le
desinfectaba la herida.
--Sólo ahora me doy cuenta que me duele -repuso el teniente.
Con la euforia de lo sucedido, apenas había prestado atención a su pie. Pero, ahora,
el dolor estaba allí acompañado de un cosquilleo ardiente que subía hasta la rodilla. El
médico lo vendó, le puso una inyección y le dio un frasquito con pastillas, para tomar
cada cuatro horas.
--Tienes donde ir? -le preguntó Imbert, mientras lo curaban.
Amadito pensó inmediatamente en su tía Meca. Era una de sus once tías abuelas, la
que más lo había mimado desde niño. La viejecita vivía sola, en una casa de madera
llena de macetas de flores, en la avenida San Martín, no lejos del parque
Independencia.
--Donde primero nos buscarán será en casa de los parientes -le advirtió Tony-. Algún
amigo de confianza, más bien.
--Todos mis amigos son militares, mi hermano. Trujillistas acérrimos.
Veía a Imbert tan preocupado y pesimista que no acababa de entender. Pupo Román
aparecería y pondría el Plan en marcha, era seguro. Y, en todo caso, con la muerte de
Trujillo, el régimen se desharía como castillo de naipes.
--Creo que puedo ayudarte, muchacho -intervino el doctor Durán Barreras-. El
mecánico que me repara la camioneta tiene una finquita y quiere alquilarla. Por el
ensanche Ozama. ¿Le hablo?
Lo hizo y resultó sorprendentemente fácil. El mecánico se llamaba Antonio Sánchez
(Toño) y, pese a la hora, vino a la casa apenas el doctor lo llamó. Le contaron la
verdad. «¡Carajo, esta noche me emborracho!», exclamó. Era un honor prestarles su
finquita. El teniente estaría a salvo, no había vecinos cerca. Él mismo lo llevaría en su
jeep, y se encargaría de que no le faltara comida.
-¿Cómo te puedo pagar todo esto, matasanos? -preguntó Amadito a Durán
Barreras.
--Cuidándote, muchacho -le dio la mano el médico, mirándolo con compasión-. No
quisiera estar en tu pellejo si te agarran.
--Eso no ocurrirá, matasanos.
Se había quedado sin balas, pero Imbert tenía una buena provisión y le regaló un
puñado de municiones. El teniente cargó su pistola 45 y, a modo de despedida, afirmó:
--Así me siento más seguro.
--Espero verte pronto, Amadito -lo abrazó Tony-. Tu amistad es una de las buenas
cosas que me han pasado.
Cuando iban rumbo al ensanche Ozama en el jeep de Toño Sánchez, la ciudad había
cambiado. Cruzaron un par de «cepillos» con caliés, y, cruzando el Puente Radhamés,
vieron llegar un camión con guardias, que saltaban a colocar una barrera.
--Ya saben que el Chivo está muerto -dijo Amadito-. Me gustaría ver qué cara
pusieron, ahora que se quedaron sin su jefe.
--Nadie se lo va a creer hasta que vean y huelan el cadáver -comentó el mecánico-.
¡Qué distinto va a ser este país sin Trujillo, coñazo!
La finquita era una construcción rústica, en el centro de una propiedad de diez
hectáreas, sin cultivar. La vivienda estaba semivacía: un catre con colchón, unas sillas
rotas, y un botellón de agua destilada. «Mañana te traigo algo de comer», le prometió
Toño Sánchez. «No te preocupes. Aquí no vendrá nadie.»
La casa no tenía luz eléctrica. Amadito se sacó los zapatos y se echó vestido sobre el
catre. El motor del jeep de Toño Sánchez se fue apagando, hasta desaparecer.
Estaba cansado y le dolían el talón y el tobillo, pero sentía una gran serenidad. Con
Trujillo muerto, se le había quitado un gran peso de encima. La mala conciencia que le
roía el alma desde que se vio obligado a matar a ese pobre hombre -¡el hermano de
Luisa Gil, Dios mío!-, ahora, estaba seguro, se iría disipando. Volvería a ser el de
antes, un muchacho que se miraba al espejo sin sentir asco de la cara que veía
reflejada. Ah, coño, si pudiera acabar también con Abbes García y el mayor Roberto
Figueroa Carrión, no le importaría nada. Moriría en paz. Se acurrucó, cambió varias
veces de postura buscando el sueño, pero no lo consiguió. Oyó en la oscuridad
ruiditos, carreritas. Al amanecer, la excitación y el dolor amainaron y pudo pescar el
sueño, unas horas.
Se despertó sobresaltado. Había tenido una pesadilla, no recordaba sobre qué.
Se pasó todas las horas del nuevo día espiando por las ventanas la aparición del jeep.
No había nada de comer en la casita, pero no tenía hambre. Los sorbitos de agua
destilada que tomaba de rato en rato le distraían el estómago. Pero lo atormentaban la
soledad, el aburrimiento, la falta de noticias. ¡Si por lo menos hubiera una radio!
Resistió la tentación de salir andando hasta algún lugar habitado, en busca de un
periódico. Aguanta la impaciencia, muchacho, Toño Sánchez ya vendría.
Vino sólo al tercer día. Se apareció al mediodía del 2 de junio, precisamente el día en
que Amadito, medio muerto de hambre y desesperado por la falta de noticias, cumplía
treinta y dos años. Toño ya no era el hombre campechano, efusivo y seguro de sí
mismo que lo trajo aquí. Estaba pálido, comido por la inquietud, sin afeitar, y
tartamudeaba. Le alcanzó un termo con café caliente y unos sándwiches de longaniza
y queso, que Amadito devoró mientras oía las malas nuevas. Su retrato estaba en
todos los periódicos y lo pasaban a cada rato por la televisión, junto con los del general
Juan Tomás Díaz, Antonio de la Maza, Estrella Sadhalá, Fifí Pastoriza, Pedro Livio
Cedeño, Antonio Imbert, Huáscar Tejeda y Luis Amiama. Pedro Livio
Cedeño, preso, los había denunciado. Ofrecían chorros de pesos a quien diera
información sobre ellos. Había una persecución atroz contra todo sospechoso de
antitrujillismo. El doctor Durán Barreras había sido detenido la víspera; Toño pensaba
que, sometido a torturas, terminaría por delatarlos. Era peligrosísimo que Amadito
continuara aquí.
--No me quedaría aquí aunque fuera un escondite seguro, Toño -le dijo el teniente-.
Que me maten, antes de volver a pasar otros tres días en esta soledad.
--¿Y adónde vas a ir?
Pensó en su primo Máximo Mieses, que tenía una tierrita por la carretera Duarte.
Pero Toño lo desanimó: las carreteras estaban llenas de patrullas y registraban los
vehículos. Jamás llegaría hasta la finca de su primo sin ser reconocido.
--No te das cuenta de la situación -se enfureció Toño Sánchez-. Hay centenares de
detenidos. Están como locos, buscándolos.
--Que se vayan al carajo -dijo Amadito-. Que me maten. El Chivo está tieso y no lo
van a resucitar. Tú no te preocupes, mi hermano. Has hecho mucho por mí. ¿Puedes
sacarme hasta la carretera? Volveré a la capital andando.
--Tengo miedo, pero no tanto como para dejarte tirado, no soy tan hijo de puta -dijo un
Toño más calmado. Le dio una palmada-. Vamos, te llevo. Si nos pescan, tú me
obligaste con tu revólver ¿okey?
Acomodó a Amadito en la parte trasera del jeep, debajo de una lona, encima de la
cual puso un rollo de sogas y unas latas de gasolina que zangoloteaban sobre el
encogido teniente. La postura le dio calambres y aumentó el dolor de su pie; en cada
bache de la carretera, se golpeaba los hombros, la espalda, la cabeza. Pero en ningún
momento descuidó su pistola 45; la llevaba en la mano derecha, sin seguro. Pasara lo
que pasara, no lo cogerían vivo. No sentía temor. La verdad, no abrigaba muchas
esperanzas de salir de ésta. Pero, qué importaba. No había vuelto a sentir una
tranquilidad así desde aquella siniestra noche con Johnny Abbes.
--Estamos llegando al Puente Radhamés -oyó decir, despavorido, a Toño Sánchez-.
No te muevas, no hagas ruido, una patrulla.
El jeep se detuvo. Oyó voces, pasos, y, luego de una pausa, exclamaciones
amistosas: «Pero si eres t', Toñito». «¿Qué hay, compadre.» Los autorizaron a seguir,
sin registrar el vehículo. Estarían a medio puente, cuando oyó de nuevo a Toño
Sánchez:
--El capitán era mi amigo, el flaco Rasputín, ¡qué suerte, coño! Todavía tengo los
huevos de corbata, Amadito. ¿Dónde te dejo?
--En la avenida San Martín.
Poco después, el jeep frenó.
--No veo caliés por ninguna parte, aprovecha -le dijo Toño-. Que Dios te acompañe,
muchacho.
El teniente se zafó de la lona y las latas y brincó a la vereda. Pasaban algunos autos,
pero no vio peatones, salvo un hombre con bastón que se alejaba, dándole la espalda.
--Que Dios te lo pague, Toño.
--Que Él te acompañe -repitió Toño Sánchez, arrancando.
La casita de la tía Meca -toda de madera, de una sola planta, con verja y sin jardín
pero rodeada de macetas con geranios en las ventanas- estaba a unos veinte metros,
que Amadito cruzó a trancos largos, cojeando, sin ocultar el revólver. Apenas tocó, la
puerta se abrió. La tía Meca no tuvo tiempo de asombrarse, porque el teniente entró
de un salto, apartándola y cerrando la puerta tras él.
--No sé qué hacer, dónde esconderme, tía Meca. Será por uno o dos días, hasta que
encuentre un lugar seguro.
Su tía lo besaba y abrazaba con el cariño de siempre.
No parecía tan asustada como Amadito temía.
--Te tienen que haber visto, hijito. Cómo se te ocurre venir en pleno día. Mis vecinos
son furibundos trujillistas. Estás lleno de sangre. ¿Y esas vendas? ¿Te han herido?
Amadito espiaba la calle a través de los visillos. No habla gente en las veredas.
Puertas y ventanas del otro lado de la calle estaban cerradas.
--Desde que se dio la noticia le he estado rezando a san Pedro Claver por ti, Amadito,
él es un santo tan milagroso -su tía Meca le tenía apresada la cara en sus manos-.
Cuando saliste en la televisión y en El Caribe, varias vecinas vinieron a preguntarme, a
averiguar. Ojalá que no te hayan visto. En qué facha estás, hijito. ¿Quieres algo?
--Sí, tía -se rió él, acariciándole los blancos cabellos-. Una ducha y algo de comer.
Me muero de hambre.
--¡Si además es tu cumpleaños! -recordó la tía Meca y volvió a abrazarlo.
Era una anciana menuda y enérgica, de expresión firme y ojos profundos y
bondadosos. Hizo que se quitara el pantalón y la camisa, para limpiárselos, y, mientras
Amadito se bañaba -fue un placer de los dioses-, le calentó todos los sobrantes de
comida en la cocina. En calzoncillos y camiseta, el teniente encontró en la mesa un
banquete: fritos verdes, longaniza frita, arroz y chicharrones de pollo. Comió con
apetito, escuchando las historias de su tía Meca. El revuelo que causó en la familia
saber que era uno de los asesinos de Trujillo. A casa de tres de sus hermanas se
habían presentado los caliés, en la madrugada, preguntando por él. Aquí no habían
venido todavía.
--Si no te importa, quisiera dormir un poco, tía. Hace días que apenas pego los ojos.
De aburrimiento. Me siento feliz de estar aquí contigo.
Ella lo llevó hasta su dormitorio y lo hizo echarse en su cama, bajo una imagen de san
Pedro Claver, su santo favorito. Cerró los postigos para oscurecer la habitación, dijo
que, mientras dormía la siesta, le limpiaría y plancharía el uniforme. «Ya se nos ocurrirá
dónde esconderte, Amadito.» Lo besó muchas veces en la frente y la cabeza: «Y yo
que te creía tan trujillista, hijo». Se quedó dormido al instante. soñó que el Turco
Sadhalá y Antonio Imbert lo llamaban con insistencia: «¡Amadito, Amadito!». Querían
comunicarle algo importante y él no les entendía los gestos ni las palabras. Le pareció
que acababa de cerrar los ojos cuando sintió que lo remecían. Ahí estaba la tía Meca,
tan blanca y espantada que sintió pena por ella, remordimientos por haberla metido en
esta vaina.
--Ahí están, ahí están -se ahogaba, persignándose-. Diez o doce «cepillos» y
montones de caliés, hijito.
Él estaba ahora lúcido y sabía perfectamente qué hacer. Obligó a la anciana a
tumbarse en el suelo, detrás de la cama, contra la pared, a los pies de san Pedro
Claver.
--No te muevas, no te levantes por nada del mundo -le ordenó-. Te quiero mucho, tía
Meca.
Tenía la pistola 45 en la mano. Descalzo, vestido solo con la camiseta y el calzoncillo
color caqui del uniforme, se deslizó, pegado a la pared, hasta la puerta principal. Espió
entre los visillos, sin dejarse ver. Era una tarde de cielo nublado y a lo lejos tocaban un
bolero. Varios Volkswagen negros del SIM cubrían la pista. Había lo menos una
veintena de caliés armados con metralletas y revólveres, rodeando la casa. Tres
individuos estaban frente a la puerta. Uno de ellos la golpeó con el puño, haciendo
remecer sus maderas. Gritó a voz en cuello:
--¡Sabemos que estás ahí, García Guerrero! ¡Sal con los brazos en alto, si no quieres
morir como un perro!
«Como un perro, no», murmuró. A la vez que abrió la puerta con la mano izquierda,
con la derecha disparó. Alcanzó a vaciar el cargador de su pistola y vio caer, rugiendo,
alcanzado en pleno pecho, al que lo conminaba a rendirse.
Pero, aniquilado por innumerables balas de metralleta y revólver, no vio que, además
de matar a un calié, había herido a otros dos, antes de morir él mismo. No vio cómo su
cadáver fue sujetado -como sujetaban los cazadores a los venados muertos en las
cacerías de la cordillera Central- en el techo de un Volkswagen, y que así, cogidos sus
tobillos y muñecas por los hombres de Johnny Abbes que estaban en el interior del
«cepillo», fue exhibido a los mirones del parque Independencia, por donde sus
victimarios dieron una vuelta triunfal, mientras otros caliés entraban a la casa,
encontraban a la tía Meca más muerta que viva donde él la dejó, y se la llevaban a
empujones y escupitajos a los locales del SIM, al tiempo que una turba codiciosa
comenzaba, ante las miradas burlonas o impávidas de la policía, a saquear la casa,
apoderándose de todo lo que no hablan robado antes los caliés, casa a la que, luego
de saquear, destrozarían, destablarían, destecharían y por fin quemarían hasta que, al
anochecer, no quedara de ella más que cenizas y escombros carbonizados.
XVIII
Cuando uno de los ayudantes militares hizo pasar al despacho a Luis Rodríguez,
chofer de Manuel Alfonso, el Generalísimo se levantó para recibirlo, lo que no hacía ni
con los más importantes personajes.
--¿Cómo sigue el embajador? -le preguntó, ansioso.
--Regular, Jefe -el chofer puso cara de circunstancias y se tocó la garganta-. Muchos
dolores, otra vez. Esta mañana me mandó traer al médico, para que le pusiera una
inyección.
Pobre Manuel. No era justo, coño. Que alguien que dedicó su vida a cuidar su cuerpo,
a ser bello, elegante, a resistir esa maldita ley de la Naturaleza de que todo debía
afearse, fuera castigado así, en lo que más podía humillarlo: esa cara que respiraba
vida, apostura, salud. Mejor se hubiera quedado en la mesa de operaciones. Cuando
lo vio al retornar a Ciudad Trujillo luego de la operación en la Clínica Mayo, al
Benefactor se le aguaron los ojos. En qué ruina estaba convertido. Y apenas se le
entendía, ahora que le habían sacado media lengua.
--Salúdalo de mi parte -el Generalísimo examinó a Luis Rodríguez; traje oscuro,
camisa blanca, corbata azul, zapatos lustrados: el negro mejor adornado de la
República Dominicana-. ¿Qué noticias?
--Muy buenas, jefe -chisporrotearon los ojazos de Luis Rodríguez-. Encontré a la
muchacha, no hubo problema. Cuando usted diga.
--¿Seguro que es la misma?
La gran cara morena, con cicatrices y bigote, asintió varias veces.
--Segurísimo. La que le entregó las flores el lunes, en nombre de la Juventud
Sancristobalense. Yolanda Esterel. Diecisiete añitos. Aquí está su foto.
Era una fotografía de carnet escolar, pero Trujillo reconoció los ojitos lánguidos, la
boquita de labios gruesos y los cabellos sueltos barriendo sus hombros. La muchachita
había desfilado al frente de las escuelas, llevando una gran fotografía del Generalísimo,
ante la tribuna levantada en el parque central de San Cristóbal, y luego subió al estrado
a entregarle un ramo de rosas y hortensias envuelto en papel celofán. Recordó el
cuerpecillo lleno, las formas desarrolladas, los pechitos breves, sueltos, insinuados bajo
la blusa, la cadera saliente. Un cosquilleo en los testículos le animó el espíritu.
--Llévala a la Casa de Caoba, a eso de las diez -dijo, reprimiendo ese fantaseo que le
hacía perder tiempo-. Mis cariños a Manuel. Que se cuide.
--SI, Jefe, de su parte. La llevaré un poco antes de las diez.
Se marchó haciendo venias. El Generalísimo llamó, por uno de los seis teléfonos de
su escritorio laqueado, al retén de guardia en la Casa de Caoba, para que Benita
Sepúlveda tuviera las habitaciones con olor a anís y llenas de flores frescas. (Era una
precaución innecesaria, pues la cuidadora, sabiendo que podía aparecer en cualquier
momento, siempre tenía la Casa de Caoba brillando, pero él nunca dejaba de
prevenirla.) Ordenó a los ayudantes militares que tuvieran dispuesto el Chevrolet y que
llamaran a su chofer, edecán y guardaespaldas, Zacarías de la Cruz, pues esta noche,
luego del paseo, iría a San Cristóbal.
La perspectiva lo tenía entusiasmado. ¿No sería hija de aquella directora de escuela
de San Cristóbal, que, diez años atrás, le recitó una poesía de Salomé Ureña, durante
otra visita política a su ciudad natal, excitándole tanto con sus axilas depiladas que
exhibía al declamar, que abandonó la recepción oficial en su honor apenas comenzada
para llevarse a la sancristobalense a la Casa de Caoba? ¿Terencia Esterel? Asi se
llamaba. Sintió otra vaharada de excitación imaginando que Yolanda era hija o
hermanita de aquella maestrilla. Iba deprisa, cruzando los jardines entre el Palacio
Nacional y la Estancia Radhamés, y apenas escuchaba las explicaciones de un
ayudante de la escolta: repetidas llamadas del secretario de Estado de las Fuerzas
Armadas, general Román Fernández, poniéndose a sus órdenes, por si Su Excelencia
queria verlo antes del paseo. Ah, se asustó con la llamada de esta mañana. Se
llevaría un susto mayor cuando lo rellenara de coños, mostrándole el charco de aguas
mugrientas.
Entró como una tromba a sus habitaciones de la Estancia Radhamés. Lo esperaba el
uniforme verde oliva de diario, dispuesto sobre la cama. Sinforoso era adivino. No le
había dicho que iría a San Cristóbal, pero el viejo le tenía preparada la ropa con que
iba siempre a la Hacienda Fundación. ¿Por qué se ponía este uniforme de diario para
la Casa de Caoba? No sabía. Esa pasión por los ritos, por la repetición de gestos y
actos que abrigaba desde joven. Los signos eran favorables: ni el calzoncillo ni el
pantalón tenían manchas de orina. Se le había disipado la irritación que le causó
Balaguer, atreviéndose a objetar el ascenso del teniente Víctor Alicinio Peña Rivera.
Se sentía optimista, rejuvenecido con ese gracioso hormigueo en los testículos y la
expectativa de tener en los brazos a la hija o hermana de aquella Terencia de tan buen
recuerdo. ¿Seria virgen? Esta vez no tendría la desagradable experiencia que tuvo con
el esqueletito.
Lo alegraba pasar la hora siguiente oliendo el aire salobre, recibiendo la brisa marina
y viendo reventar las olas contra la Avenida. La gimnasia lo ayudaría a borrar el mal
sabor de buena parte de esta tarde, algo que rara vez le ocurría: nunca fue propenso a
depresiones ni pendejadas.
Cuando salía, una sirvienta vino a decirle que doña María quería transmitirle un
recado del joven Ramfis, quien había llamado de París. «Más tarde, más tarde, no
tengo tiempo.» Una conversación con la vieja pijotera le estropearía el buen humor.
Cruzó de nuevo los jardines de la Estancia Radhamés a paso vivo, impaciente por
llegar a la orilla del mar. Pero, antes, como todos los días, pasó por casa de su madre,
en la avenida Máximo Gómez. En la puerta de la gran residencia color rosado de doña
Julia, lo esperaba la veintena de personas que lo acompañaría, privilegiados que, por
escoltarlo cada atardecer, eran envidiados y detestados por quienes no habían
alcanzado semejante honor. Entre los oficiales y civiles agolpados en los jardines de la
Excelsa Matrona que se abrieron en dos filas para dejarlo pasar, «Buenas tardes, jefe»,
«Buenas tardes, Excelencia», reconoció a Navajita Espaillat, al general José René
Román -¡qué preocupación en los ojos del pobre tonto'-, al coronel Johnny Abbes
García, al senador Henry Chirinos, a su yerno el coronel León Estévez, a su amigo
comarcano Modesto Díaz, al senador jeremías Quintanilla que acababa de reemplazar
a Agustín Cabral como presidente del Senado, al director de El Caribe, don Panchito, y,
extraviado entre ellos, al diminuto Presidente Balaguer. No dio la mano a nadie. Subió
al primer piso, donde doña Julia se sentaba en su mecedora a la hora del crepúsculo.
Ahí estaba la anciana, hundida en su sillón. Menuda, una enanita, miraba fijamente el
fuego de artificio del sol mientras se iba sumergiendo en el horizonte, aureolado por
nubes enrojecidas. Las señoras y sirvientas que rodeaban a su madre se apartaron.
Se inclinó, besó las mejillas apergaminadas de doña Julia y le acarició los cabellos con
ternura.
--Te gusta mucho el atardecer ¿verdad, viejita?
Ella asintió, sonriéndole con sus ojitos hundidos pero ágiles, y el pequeño garfio que
era su mano le rozó la mejilla. ¿Lo reconocía? Doña Altagracia Julia Molina tenía
noventa y seis años y su memoria debía ser un agua jabonosa donde se derretían los
recuerdos. Pero, un instinto le diría que, ese hombre que venía puntualmente a visitarla
cada tarde, era un ser querido. Siempre fue buenísima esta hija ilegítima de haitianos
emigrados a San Cristóbal, cuyos rasgos faciales habían heredado él y sus hermanos,
algo que, pese a quererla tanto, nunca dejó de avergonzarlo. Aunque, a veces, cuando
en el Hipódromo, el Country Club o Bellas Artes veía a todas las familias aristocráticas
dominicanas rindiéndole pleitesías, pensaba con burla: «Lamen el suelo por un
descendiente de esclavos». ¿Qué culpa tenía la Excelsa Matrona de que corriera
sangre negra por sus venas? Doña Julia sólo había vivido para su marido, ese
borrachín buenote y mujeriego, don José Trujillo Valdez, y para sus hijos, olvidándose
de ella y poniéndose para todo en el último lugar. Siempre lo maravilló esta mujercita
que jamás le pidió dinero, ni ropas, ni viajes, ni bienes. Nada, nunca. Todo se lo dio él a
la fuerza. Con su frugalidad congénita, doña Julia seguiría viviendo en la modesta
casita de San Cristóbal donde el Generalísimo nació y pasó su infancia, o en uno de
esos bohíos de sus ancestros haitianos muertos de hambre. Lo único que le pedía
doña Julia en la vida era conmiseración para Petán, Negro, Pipi, Aníbal, esos
hermanos lerdos y pícaros, cada vez que cometían fechorías, o para Angelita, Ramfis y
Radhamés, que desde niños se escudaban en la abuela para amortiguar la ira del
padre. Y, por doña Julia, Trujillo los perdonaba. ¿Se habría enterado que centenares
de calles, parques y colegios de la República se llamaban Julia Molina viuda Trujillo? A
Pesar de ser adulada y festejada, seguía siendo la discreta, la invisible mujer que
Trujillo recordaba de su infancia.
A veces, permanecía un buen rato junto a su madre, refiriéndole los sucesos del día,
aun cuando ella no pudiera entenderlo. Hoy se limitó a decirle unas frases tiernas y
volvió a la Máximo Gómez, impaciente por aspirar el aroma del mar.
Apenas salió a la ancha Avenida -el ramillete de civiles y oficiales volvió a abrirse-
echó a andar. Divisaba el Caribe ocho cuadras abajo, encendido por los oros y fuegos
del crepúsculo. Sintió otra oleada de satisfacción. Caminaba por la derecha, seguido
por los cortesanos abiertos en abanico y grupos que ocupaban la pista y la vereda. A
esta hora se interrumpía el tráfico en la Máximo Gómez y la Avenida, aunque, por
órdenes suyas, Johnny Abbes había vuelto casi secreta la vigilancia en las calles
laterales, pues al Generalísimo acabaron por darle claustrofobia esas esquinas
atestadas de guardias y caliés. Nadie cruzaba la barrera de los ayudantes militares, a
un metro del jefe. Todos esperaban que éste indicara quién podía acercarse. Después
de media cuadra, aspirando el aliento de los jardines, se volvió, buscó la cabeza
semicalva de Modesto Díaz y le hizo una seña. Hubo una pequeña confusión, pues el
pulposo senador Chirinos, que iba junto a Modesto Díaz, creyó ser el ungido y se
precipitó hacia el Generalísimo. Fue atajado y devuelto al montón. A Modesto Díaz,
entrado en carnes, estos paseos, al ritmo de Trujillo, le costaban gran esfuerzo.
Sudaba copiosamente. Tenía el pañuelo en la mano y, de tanto en tanto, se secaba la
frente, el cuello y los pómulos hinchados.
--Buenas tardes, jefe.
--Tendrías que ponerte a dieta -le aconsejó Trujillo-. Apenas cincuenta años y echas
los bofes. Aprende de mí, setenta primaveras y en plena forma.
--Me lo dice a diario mi mujer, Jefe. Me prepara calditos de pollo y ensaladas. Pero,
para eso no tengo voluntad. Puedo renunciar a todo, menos a la buena mesa.
Su redonda humanidad apenas lograba mantenerse a su altura. Modesto tenía de su
hermano, el general Juan Tomás Díaz, la misma cara ancha de nariz achatada,
gruesos labios y una piel de inconfundibles reminiscencias raciales, pero era más
inteligente que él y que la mayor parte de los dominicanos que Trujillo conocía. Había
sido presidente del Partido Dominicano, congresista y ministro; pero el Generalísimo no
le permitió que durara demasiado en el gobierno, precisamente porque su claridad
mental para exponer, analizar y resolver un problema, le pareció peligrosa, capaz de
ensoberbecerlo y llevarlo a la traición.
--¿En qué conspiración anda metido Juan Tomás? -le soltó, volviéndose a mirarlo-.
Estarás al tanto de las andanzas de tu hermano y yerno, supongo'
Modesto sonrió, como festejando una broma:
--¿Juan Tomás? Entre sus fincas y negocios, el whisky y las sesiones de cine en el
jardín de su casa, dudo que le quede un rato libre para conspirar.
--Anda conspirando con Henry Dearborn, el diplomático yanqui -afirmó Trujillo, como
si no lo hubiera oído-. Que se deje de pendejadas, porque ya lo pasó mal una vez y lo
puede pasar peor.
--Mi hermano no es tan tonto para conspirar contra usted, jefe. Pero, en fin, se lo diré.
Qué agradable: la brisa marina le ventilaba los pulmones, y oía el estruendo de las
olas rompiendo contra las rocas y el muro de cemento de la Avenida. Modesto Díaz
hizo ademán de apartarse, pero el Benefactor lo contuvo:
--Espera, no he terminado. ¿O ya no puedes más?
--Por usted, me arriesgo al infarto.
Trujillo lo premió con una sonrisa. Siempre sintió simpatía por Modesto, que, además
de inteligente, era ponderado, justo, afable, sin dobleces. Sin embargo, su inteligencia
no era controlable y aprovechable, como la de Cerebrito, el Constitucionalista Beodo o
Balaguer. En la de Modesto había un filo indómito y una independencia que podían
volverse sediciosos si adquiría demasiado poder. Él y Juan Tomás eran también de
San Cristóbal, los había frecuentado desde jóvenes, y, además de darle cargos, había
utilizado a Modesto en innumerables ocasiones como consejero. Lo sometió a pruebas
severísimas, de las que salió airoso. La primera, a fines de los años cuarenta, luego de
visitar la Feria Ganadera de toros de raza y vacas lecheras que Modesto Díaz organizó
en Villa Mella. Vaya sorpresa: la finca, no muy grande, era tan aseada, moderna y
próspera como la Hacienda Fundación. Más que los impecables establos y las
rozagantes vacas lecheras, hirió su susceptibilidad la satisfacción arrogante con que
Modesto les mostraba la granja de crianza a él y los otros invitados. Al día siguiente, le
envió a la Inmundicia Viviente con un cheque de diez mil pesos para formalizar la
compraventa. Sin la menor reticencia por tener que vender esa niña de sus ojos a un
precio ridículo (costaba más una sola de sus vacas), Modesto firmó el contrato y envió
una nota manuscrita a Trujillo agradeciéndole que «Su Excelencia considere mi
pequeña empresa agro-ganadera digna de ser explotada por su experimentada mano».
Después de ponderar si en esas líneas había una ironía punible, el Benefactor decidió
que no. Cinco años más tarde, Modesto Díaz tenía otra extensa y hermosa finca
ganadera, en una apartada región de La Estrella. ¿Pensaba que en esas lejanías
pasaría desapercibido? Muerto de risa, Trujillo le envió a Cerebrito Cabral con otro
cheque de diez mil pesos, diciéndole que tenía tanta confianza en su talento agrícola-
ganadero que le compraba la finca a ciegas, sin visitarla. Modesto firmó el traspaso, se
embolsilló la simbólica suma, y agradeció al Generalísimo con otra esquela afectuosa.
Para premiar su docilidad, algún tiempo después Trujillo le regaló la concesión
exclusiva para importar lavadoras y batidoras domésticas, con lo que el hermano del
general Juan Tomás Díaz se resarció de aquellas pérdidas.
--Este lío, con los curas comemierdas -rezongó Trujillo- ¿Tiene o no tiene arreglo?
--Desde luego que lo tiene, Jefe -Modesto iba con la lengua afuera; además de la
frente y el cuello, le sudaba la calva-. Pero, si me permite, los problemas con la Iglesia
no cuentan. Se arreglarán solos si se soluciona lo principal: los gringos. De ellos
depende todo.
--Entonces, no hay solución. Kennedy quiere mi cabeza. Como no tengo intención de
dársela, habrá guerra para rato.
--A quien los gringos temen no es a usted, sino a Castro, Jefe. Sobre todo, después
del fracaso de Bahía de Cochinos. Ahora, más que nunca los espanta que el
comunismo pueda propasarse por América Latina. Es el momento de mostrarles que la
mejor defensa contra los rojos en la región es usted, no Betancourt ni Figueres.
--Han tenido tiempo de darse cuenta, Modesto.
--Hay que abrirles los ojos, Jefe. Los gringos son lerdos a veces. Atacar a
Betancourt, a Figueres, a Muñoz Marín, no es suficiente. Más efectivo sería ayudar,
con discreción, a comunistas venezolanos y costarricenses. Y a los independentistas
puertorriqueños. Cuando Kennedy vea que las guerrillas empiezan a alborotar esos
países, y los compare con la tranquilidad de aquí, entenderá.
--Ya conversaremos -lo cortó el Generalísimo, de manera abrupta.
Oírlo hablar de las cosas de antes, le hizo mal efecto. Nada de pensamientos
sombríos. Quería conservar la buena disposición con que inició el paseo. Se impuso
pensar en la chiquilla de la pancarta y las flores. «Dios mío, hazme esa gracia.
Necesito tirarme como es debido, esta noche, a Yolanda Esterel. Para saber que no
estoy muerto. Que no estoy viejo. Que puedo seguir reemplazándote en la tarea de
sacar adelante este endemoniado país de pendejos. No me importan los curas, los
gringos, los conspiradores, los exiliados. Yo me basto para barrer esa mierda. Pero,
para tirarme a esa muchacha, necesito tu ayuda. No seas mezquino, no seas avaro.
Dámela, dámela.» Suspiró con la desagradable sospecha de que aquel a quien
imploraba, si existía, estaría observándolo divertido desde ese fondo azul oscuro en el
que asomaban las primeras estrellas.
La caminata por la Máximo Gómez hervía de reminiscencias. Las casas que iba
dejando atrás eran símbolos de personajes y episodios descollantes de sus treinta y un
años en el poder. La de Ramfis, en el solar donde estuvo la de Anselmo Paulino, su
brazo derecho por diez años hasta 1955, cuando le confiscó todas sus propiedades, y,
después de tenerlo un tiempo en la cárcel, lo despachó a Suiza con un cheque de siete
millones de dólares por los servicios prestados. Frente a la de Angelita y Pechito León
Estévez, estuvo, antes, la del general Ludovino Fernández, bestia servicial que tanta
sangre derramó por el régimen y a quien se vio obligado a matar porque lo aquejaron
veleidades politiqueras. Contiguos a la Estancia Radhamés, estaban los jardines de la
embajada de Estados Unidos, por más de veintiocho años una casa amiga, que se
había vuelto nido de víboras. Ahí estaba el play de béisbol que hizo edificar para que
Ramfis y Radhamés se divirtieran jugando a la pelota. Ahí, como hermanas gemelas,
la casa de Balaguer y la nunciatura, otra que se volvió torva, malagradecida y vil. Más
allá, la imponente mansión del general Espaillat, su antiguo jefe de los servicios
secretos. Al frente, bajando, la del general Rodríguez Méndez, amigo de farras de
Ramfis. Luego, las embajadas, ahora desiertas, de Argentina y México, y la casa de su
hermano Negro. Y, por último, la residencia de los Vicini, millonarios cañeros, con su
vasta explanada de césped y cuidados arriates de flores, que flanqueaba en este
momento.
Apenas cruzó la amplia Avenida para andar por la vereda del Malecón pegada al mar,
rumbo al obelisco, sintió las salpicaduras de la espuma. Se apoyó en el bordillo y, con
los ojos cerrados, escuchó los chillidos y el aleteo de las bandadas de gaviotas. La
brisa inundó sus pulmones. Un baño purificador, que le devolvía la fuerza. Pero, no
debía distraerse; aún tenía trabajo por delante.
--Llame a Johnny Abbes.
Desprendido del racimo de civiles y militares -el Generalísimo caminaba a paso vivo,
rumbo a aquella estela de cemento imitada del obelisco de Washington, la inelegante
figura blandengue del jefe del SIM vino a colocarse a su lado. Pese a su obesidad,
Johnny Abbes García lo seguía sin apremio.
--Qué pasa con Juan Tomás? -le preguntó, sin mirarlo.
--Nada importante, Excelencia -contestó el jefe del SIM-. Estuvo hoy en su finca de
Moca, con Antonio de la Maza. Trajeron un becerro. Hubo una pelea doméstica, entre
el general y su esposa Chana, porque ella decía que cortar y adobar el becerro da
mucho trabajo.
-¿Se han visto Balaguer y Juan Tomás en estos días? -lo calló Trujillo.
Como Abbes García tardaba en responder, se volvió a mirarlo. El coronel negó con la
cabeza.
--No, Excelencia. Que yo sepa, no se ven hace tiempo, - ¿Por qué me lo pregunta?
--Por nada concreto -encogió los hombros el Generalísimo-. Pero, ahora, en el
despacho, al mencionarle la conspiración de Juan Tomás, noté algo raro. Sentíalgo
raro. No sé qué, algo. ¿Nada en sus informes que permita sospechar del Presidente?
--Nada, Excelencia. Usted sabe que lo tengo bajo vigilancia las veinticuatro horas del
día. No da un paso, no recibe a nadie, no hace una llamada sin que lo sepamos.
Trujillo asintió. No había razón para desconfiar del Presidente pelele: el pálpito podía
ser errado. Esa conspiración no parecía seria. ¿Antonio de la Maza, uno de los
conspiradores? Otro resentido que se consolaba de su frustración a punta de whisky y
comilonas. Se tragarían un becerro chilindrón no nato, esta noche. ¿Y si irrumpía en la
casa de Juan Tomás, en Gazcue? «Buenas noches, caballeros. ¿Les importa compartir
conmigo el asado? ¡Huele tan bien! El aroma llegó hasta Palacio y me guió hasta
aquí.» ¿Pondrían caras de terror o de alegría? ¿Pensarían que la inesperada visita
sellaba su rehabilitación? No, esta noche, a San Cristóbal, a hacer chillar a Yolanda
Esterel, para sentirse mañana sano y joven.
--¿Por qué dejó partir a Estados Unidos, hace dos semanas, a la hija de Cabral?
Esta vez sí tomó por sorpresa al coronel Abbes García. Lo vio pasarse la mano por
las infladas mejillas, sin saber qué responder.
--¿A la hija del senador Agustín Cabral? -musitó, ganando tiempo.
--Uranita Cabral, la hija de Cerebrito. Las monjas del Santo Domingo la han becado
en Estados Unidos. ¿Por qué la dejó salir del país sin consultarme?
Le pareció que el coronel se demacraba. Abría y cerraba la boca, buscando qué
decir.
--Lo siento, Excelencia -exclamó, bajando la cabeza-. Sus instrucciones eran seguir
al senador y arrestarlo si trataba de asilarse. No se me ocurrió que la muchacha,
habiendo estado la otra noche en la Casa de Caoba y con un permiso de salida firmado
por el Presidente Balaguer... La verdad, ni siquiera se me ocurrió comentárselo, no creí
que tuviera importancia.
--Esas cosas deben ocurrírsele -lo amonestó Trujillo-. Quiero que investigue al
personal de mi secretaría. Alguien me escondió un memorándum de Balaguer sobre el
viaje de esa joven. Quiero saber quién fue y por qué lo hizo.
--De inmediato, Excelencia. Le ruego que perdone este descuido. No volverá a
ocurrir.
--Así lo espero -lo despidió Trujillo.
El coronel le hizo un saludo militar (daban ganas de reírse) y regresó donde los
cortesanos. Caminó un par de cuadras sin llamar a nadie, reflexionando. Abbes
García había seguido sólo en parte sus instrucciones de retirar a guardias y caliés. No
veía en las esquinas las barreras de alambres y parapetos, ni los pequeños
Volkswagen, ni policías uniformados y con metralletas. Pero, de rato en rato, en las
bocacalles de la Avenida, distinguía a lo lejos un «cepillo» negro con cabezas de caliés
en las ventanillas, o civiles de semblante rufianesco, apoyados en los faroles, los
sobacos abultados por las pistolas. No se había interrumpido el tráfico por la avenida
George Washington. De camiones y automóviles asomaban gentes que le hacían
adiós: «¡Viva el Jefe!». Sumido en el esfuerzo de la caminata, que había dado a su
cuerpo un delicioso calorcillo y cierto cansancio en las piernas, agradecía con la mano.
No había paseantes adultos en la Avenida, sólo niños desarrapados, limpiabotas y
vendedores de chocolates y cigarrillos que lo miraban boquiabiertos. Al paso, les hacía
un cariño o les arrojaba unas monedas (llevaba siempre mucho menudo en los
bolsillos). Poco después, llamó a la Inmundicia Viviente.
El senador Chirinos se acercó acezando como un perro cazador. Sudaba más que
Modesto Díaz. Se sintió alentado, El Constitucionalista Beodo era más joven que él y
una Pequeña caminata lo dejaba en ruinas. En vez de responder a sus «Buenas
tardes, Jefe», le preguntó:
--¿Llamaste a Ramfis? ¿Dio explicaciones al Lloyd's de Londres?
--Hablé con él dos veces -el senador Chirinos arrastraba mucho los pies, y las suelas
y punteras de sus zapatos deformados iban chocando contra las baldosas levantadas
por las raíces de palmas canas y almendros-. Le expliqué el problema, le repetí sus
órdenes. Bueno, ya se imagina. Pero, al final, aceptó mis razones. Me prometió la
carta al Lloyd's, aclarando el malentendido y confirmando que la partida debe ser
transferida al Banco Central.
--¿Lo ha hecho? -lo interrumpió Trujillo, con brusquedad.
--Para eso lo llamé la segunda vez, jefe. Quiere que un traductor revise su telegrama,
como su inglés es imperfecto no vaya a llegar al Lloyd's con faltas. Lo enviará sin falta.
Me dijo que lamenta lo sucedido.
¿Lo creía ya muy viejo para obedecerlo, Ramfis? Antes, no hubiera demorado en
acatar una orden suya con un pretexto tan fútil.
--Llámalo de nuevo -ordenó, de mal modo-. Si no arregla hoy ese enredo con el
Lloyd's, tendrá que vérselas conmigo.
--Enseguida, Jefe. Pero, no se preocupe, Ramfis ha entendido la situación.
Despidió a Chirinos y se resignó a poner fin a su paseo en solitario, para no defraudar
a los otros, que aspiraban a cambiar unas palabras con él. Esperó a la coleta humana
y se internó en ella, colocándose en medio de Virgilio Alvarez Pina y del secretario de
Estado del Interior y Cultos, Paino Pichardo. En el grupo estaban también Navajita
Espaillat, el jefe de Policía, el director de El Caríbe y el flamante presidente del Senado,
Jeremías Quintanilla, a quien felicitó y deseó éxito. El ascendido rutilaba de contento,
vaciándose en agradecimientos. Al mismo paso celero, avanzando siempre hacia el
este por la parte ceñida al mar, pidió, en voz alta:
--A ver, señores, cuéntenme los últimos chistes antitrujillistas.
Una onda de risas celebró su ocurrencia y, momentos después, todos parloteaban
como loros. Simulando es~ cucharlos, asentía, sonreía. A ratos, espiaba al
cariacontecido general José René Román. El secretario de Estado de las Fuerzas
Armadas no podía ocultar su angustia: ¿qué le iría a reprochar el Jefe? Pronto lo
sabrás, tonto. Alternando con un grupo y otro, a fin de que nadie se sintiera preterido,
cruzó los cuidados jardines del Hotel Jaragua, de donde llegaron a sus oídos los sones
de la orquesta que amenizaba la hora del coctel, y, una cuadra después, pasó bajo los
balcones del Partido Dominicano. Empleados, oficinistas y la gente que había ido a
pedir dádivas, salieron a aplaudirlo. Al llegar al obelisco, miró su reloj: una hora y tres
minutos. Comenzaba a oscurecer. Ya no revoloteaban las gaviotas; se habían
recogido en sus escondites de la playa. Refulgían algunas estrellas, pero unas nubes
ventrudas tapaban la luna. Al pie del obelisco, lo esperaba el Cadillac último modelo
estrenado la semana anterior. Se despidió de manera colectiva («Buenas noches,
caballeros, gracias por su compañía»), a la vez que, sin mirarlo, con gesto imperioso,
señalaba al general José René Román la puerta del auto que el uniformado chofer le
tenía abierta:
--Tú, ven conmigo.
El general Román -enérgico choque de talón, mano a la visera del quepis- se
apresuró a obedecerle. Entró al automóvil y se sentó en el extremo, con la gorra en las
rodillas muy erecto.
--A San Isidro, a la Base.
Mientras el coche oficial avanzaba rumbo al centro, para cruzar a la orilla oriental del
Ozama por el Puente Radhamés, se puso a contemplar el paisaje, como si estuviera
solo. El general Román no osaba dirigirle la palabra, esperando el chaparrón. Éste
comenzó a anunciarse cuando habían recorrido ya unas tres millas de las diez que
separaban el obelisco de la Base Aérea.
--¿Cuántos años tienes? -le preguntó, sin volverse a mirarlo.
--Acabo de cumplir cincuenta y seis, jefe.
Román -todos le decían Pupo- era un hombre alto, fuerte y atlético, con el pelo
cortado casi al rape. Gracias al deporte mantenía un excelente físico, sin asomo de
grasa. Le respondía bajito, con humildad, tratando de apaciguarlo.
--¿Cuántos en el Ejército? -prosiguió Trujillo, ojeando el exterior, como si interrogara a
un ausente.
--Treinta y uno, jefe, desde mi graduación.
Dejó pasar unos segundos sin decir nada. Por fin, se volvió hacia el jefe de las
Fuerzas Armadas, con el infinito desprecio que siempre le inspiró. En las sombras, que
habían crecido rápidamente, no alcanzaba a verle los ojos, pero estaba seguro de que
Pupo Román pestañeaba, o tenía los Ojos entrecerrados, como los niños cuando se
despiertan en la noche y atisban temerosos la oscuridad.
--¿Y en tantos años no has aprendido que el superior responde por sus
subordinados? ¿Que es responsable por las faltas de éstos?
--Lo sé muy bien, Jefe. Si me indica de qué se trata, tal vez pueda darle una
explicación.
--Ya verás de qué se trata -dijo Trujillo, con esa aparente calma que sus
colaboradores temían más que sus gritos-. ¿Tú te bañas y jabonas todos los días?
--Por supuesto, Jefe -el general Román Intentó una risita, pero, como el Generalísimo
seguía serio, se calló.
--Así lo espero, por Mireya. Me parece muy bien que te bañes y jabones todos los
días, que lleves tu uniforme bien planchado y tus zapatos lustrados. Como jefe de las
Fuerzas Armadas te corresponde dar ejemplo de aseo y buena presencia a los oficiales
y soldados dominicanos. ¿No es verdad?
--Desde luego que sí, jefe -se humilló el general-. Le suplico que me diga en qué le
he fallado. Para rectificar, para enmendarme. No quiero decepcionarlo.
--La apariencia es el espejo del alma -filosofó Trujillo-. Si alguien anda apestoso y con
los mocos chorreándosele, no es una persona a la que se pueda confiar la higiene
pública. ¿No crees?
--Claro que no, jefe.
--Lo mismo ocurre con las instituciones. ¿Qué respeto se les puede tener si ni siquiera
cuidan su apariencia?
El general Román optó por enmudecer. El Generalísimo se había ido enardeciendo y
no cesó de increparlo los quince minutos que les tomó llegar a la Base Aérea de San
Isidro. Recordó a Pupo cuánto había lamentado que la hija de su hermana Marina
fuera tan loca de casarse con un oficial mediocre como él, lo que seguía siendo, pese a
que, gracias a su parentesco político con el Benefactor, había ido ascendiendo hasta
llegar al vértice de la jerarquía. Esos privilegios, en vez de estimularlo, lo llevaron a
dormirse sobre sus laureles, decepcionando una y mil veces la confianza de Trujillo.
No contento con ser la nulidad que era como militar, se había metido a ganadero, como
si para la crianza y administración de tierras y lecherías no hicieran falta sesos. ¿Cuál
era el resultado? Llenarse de deudas, una vergüenza para la familia. Hacía apenas
dieciocho días que él en persona pagó de su dinero la deuda de cuatrocientos mil
pesos contraída por Román con el Banco Agrícola, para evitar que le remataran la finca
del kilómetro catorce de la autopista Duarte. Y, a pesar de eso, no hacía el menor
esfuerzo para dejar de ser tan tonto.
El general José René Román Fernández permanecía
Mudo e inmóvil mientras recriminaciones e insultos caían sobre él. Trujillo no se
atropellaba; la cólera lo hacía vocalizar con cuidado, como si, de este modo, cada
sílaba, cada letra, fuera más pugnaz. El chofer conducía deprisa, sin desviarse un
milímetro del centro de la desierta carretera.
--Para -ordenó Trujillo, poco antes del primer retén de la extensa y cercada Base
Aérea de San Isidro.
Bajó de un salto, y, aunque estaba oscuro, localizó de inmediato el gran charco de
aguas pestilentes. La inmundicia líquida seguía manando de la cañería rota, y, además
de barro y hediondez, había constelado la atmósfera de mosquitos que acudieron a
asaetearlos.
--La primera guarnición militar de la República -dijo Trujillo, despacio, conteniendo
apenas la nueva oleada de rabia-. ¿Te parece bien que, a la entrada de la Base Aérea
más importante del Caribe, reciba al visitante esta mierda de basuras, barro, malos
olores y alimañas? Román se puso en cuclillas. Examinaba, se Levantaba,
volvía a inclinarse, no vaciló en ensuciarse las manos palpando el tubo del desagüe en
busca del forado. Parecía aliviado al descubrir la causa del enojo del jefe. ¿El imbécil
temía algo más grave?
--Es una vergüenza, por supuesto -trataba de mostrar más indignación de la que
sentía-. Tomaré todas las previsiones para que la avería sea reparada en el acto,
Excelencia. Castigaré a los responsables, de la cabeza a la cola.
--Empezando por Virgilio García Trujillo, el jefe de la Base -rugió el Benefactor-. Tú
eres el primer responsable y el segundo él. Espero que te atrevas a imponerle la
máxima sanción, aunque sea mi sobrino y tu cuñado. Si no te atreves, seré yo quien les
aplique a los dos la sanción que corresponde. Ni tú, ni Virgilio, ni ningún generalito de
pacotilla va a destruir mi obra. Las Fuerzas Armadas seguirán siendo la institución
modelo en que las convertí, aunque tenga que meterte a ti, a Virgilio y a todos los
inútiles con uniforme, en un calabozo por el resto de sus días.
El general Román se cuadró e hizo chocar los tacones.
--Sí, Excelencia. No se volverá a repetir, se lo juro.
Pero Trujillo había dado ya media vuelta, metiéndose al automóvil.
--Pobre de ti si queda algún rastro de lo que estoy viendo y oliendo, cuando vuelva por
acá. ¡Soldadito de mierda!
Volviéndose al chofer, ordenó: «Vamos». Partieron, dejando al ministro de las
Fuerzas Armadas en el lodazal.
Apenas dejó atrás a Román, patética figurita chapoteando en el barro, se le esfumó el
mal humor. Soltó una risita. De una cosa estaba seguro: Pupo movería cielo y tierra y
echaría los carajos necesarios para que la avería fuera reparada. Si esto pasaba
estando él vivo ¿qué no sucedería cuando ya no pudiera impedir personalmente que la
torpeza, la desidia y la imbecilidad echaran por los suelos lo que tanto esfuerzo costó
levantar? ¿Volverían la anarquía y miseria, el atraso y aislamiento de 1930? Ah, si
Ramfis, el hijo tan deseado, hubiera sido capaz de continuar su obra. Pero, no tenía el
menor interés en la política ni en el país; sólo el trago, el polo y las mujeres. ¡Carajo! El
general Ramfis Trujillo, Jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de la República
Dominicana, jugando al polo y tirándose a las bailarinas del Lido de París, mientras su
padre se batía solo aquí, contra la iglesia, los Estados Unidos, los conspiradores y los
tarados como Pupo Román. Movió la cabeza, tratando de sacudirse esos
pensamientos amargos. Dentro de hora y media estaría en San Cristóbal, en la
tranquila querencia de la Hacienda Fundación, rodeado de campos y establos
relucientes, con sus bellas arboledas, el ancho río Nigua cuyo lento caminar por el valle
observaría a través de las copas de los caobos, las Palmas reales y el gran árbol de
anacahuita de la casa de la Colina. Le haría bien despertar allí mañana, acariciando,
Mientras contemplaba ese panorama sosegado y limpio, el cuerpito de Yolanda Esterel.
La receta de Petronio y del rey Salomón: un coñito fresco para devolver la juventud a
un veterano de setenta primaveras.
En la Estancia Radhamés, Zacarías de la Cruz había sacado ya del garaje el
Chevrolet Bel Air 1957, color azul claro, de cuatro puertas, en el que iba siempre a San
Cristóbal. Un ayudante militar lo esperaba con el maletín lleno de los documentos que
estudiaría mañana en la Casa de Caoba y ciento diez mil pesos en billetes, para la
nómina de la hacienda, más imprevistos. Hacia veinte años que no efectuaba un
desplazamiento, aun de pocas horas, sin ese maletín color marrón con sus iniciales
grabadas, y algunos miles de dólares o pesos en efectivo, para regalos y gastos
inesperados. Indicó al ayudante que pusiera el maletín en el asiento delantero y dijo a
Zacarías, el moreno alto y fornido que lo acompañaba desde hacia tres décadas -había
sido su ordenanza en el Ejército-, que bajaba enseguida. Las nueve ya. Se había
hecho tarde.
Subió a sus habitaciones para asearse, y, en el cuarto de baño, nada más entrar,
advirtió la mancha. De la bragueta a la entrepierna. Sintió que temblaba de pies a
cabeza: precisamente ahora, coño. Pidió a Sinforoso otro uniforme verde oliva y otra
muda de ropa interior. Perdió quince minutos en el bidé y el lavador, jabonándose los
testículos, el falo, la cara y las axilas, y echándose cremas y perfumes, antes de
cambiarse. La culpa era aquel ataque de mal humor, por el comemierda de Pupo.
Volvió a sumirse en un estado lúgubre. Le pareció un pronóstico agorero para San
Cristóbal. Cuando se vestía, Sinforoso le alcanzó el telegrama: «Asunto Lloyd's
solucionado. Hablé con persona encargada. Remesa directamente al Banco Central.
Cariñosos recuerdos Ramfis». Su hijo estaba avergonzado: por eso, en vez de
llamarlo, le enviaba un telegrama.
--Se ha hecho un poco tarde, Zacarías -dijo-. Así que apúrate.
--Entendido, jefe.
Acomodó a su espalda los cojines del asiento y entrecerró los ojos, disponiéndose a
descansar la hora y diez minutos que tomaría el viaje a San Cristóbal. Avanzaban
rumbo al suroeste, hacia la avenida George Washington y la carretera, cuando
entreabrió los ojos:
--¿Te acuerdas de la casa de Moni, Zacarías?
--¿Allí, en la Wenceslao Alvarez, por donde vivía Marrero Aristy?
--Vamos allá.
Había sido una iluminación, un fogonazo. De pronto, vio la cara rellenita color canela
de Moni, su melena enrulada, la malicia de sus ojos almendrados, llenos de estrellas,
sus formas apretadas, sus altos pechos, su colita de nalgas firmes, la cadera
voluptuosa, y sintió otra vez el delicioso cosquilleo en los testículos. La cabecita del
pene, despertándose, se daba contra el pantalón. Moni. Por qué no. Era una linda y
cariñosa muchacha, que nunca lo había defraudado, desde aquella vez, en Quinigua,
cuando su padre en persona se la llevó a la fiesta que le daban los americanos de La
Yuquera: «Mire la sorpresa que le traigo, Jefe>,. La casita donde vivía, en la nueva
urbanización, al final de la avenida México, se la regaló él, el día de su boda con un
muchacho de buena familia. Cuando la requería, muy de tiempo en tiempo, la llevaba
a una de las suites en El Embajador o El Jaragua que Manuel Alfonso tenía dispuestas
para estas ocasiones. La idea de coger a Moni en su Propia casa, lo excitó. Enviarían
al marido a tomarse una cerveza al Rincón Pony, por cuenta de Trujillo -se rió- o que se
entretuviera conversando con Zacarías de la Cruz.
La calle estaba a oscuras y desierta, pero la casa tenía luz en el primer piso.
«Llámala.» Vio franquear al chofer la verja de la entrada y tocar el timbre. Demoraron
en abrir. Por fin, debió salir una sirvienta, con la que Zacarías cuchicheó. Lo dejaron
en la puerta, esperando. ¡La bella Moni!
Su padre era un buen dirigente del Partido Dominicano en el Cibao y se la llevó él
mismo a aquella recepción, gesto simpático. Hacía de esto ya unos años, y, la verdad,
todas las veces que había singado a esta linda mujer, se sintió muy contento. La
puerta se abrió de nuevo, y, en el resplandor del interior, vio la silueta de Moni. Tuvo
otra vaharada de excitación. Después de hablar un momento con Zacarías, avanzó
hacia el automóvil. En la penumbra, no advirtió cómo estaba vestida. Abrió la
portezuela para que entrara y la recibió besándole la mano:
--No esperabas esta visita, belleza.
--Vaya, qué honor. Cómo está, cómo está, Jefe.
Trujillo le retenía la mano entre las suyas. Al sentirla tan cerca, rozándola, oliendo su
aroma, se sintió dueño de todas sus fuerzas.
--Estaba yendo a San Cristóbal, pero, de pronto, me acordé de ti.
--Cuánto honor, Jefe -repitió ella, hecha un mar de confusión-. Si hubiera sabido, me
preparaba para recibirlo.
--Tú siempre eres bella, estés como estés -la atrajo, y mientras sus manos le
acariciaban los pechos y las piernas, la besó. Sintió un comienzo de erección que lo
reconcilió con el mundo y con la vida. Moni se dejaba acariciar y lo besaba, cohibida.
Zacarías permanecía en el exterior, a un par de metros del Chevrolet, y, precavido
como siempre, llevaba en las manos el fusil ametralladora. ¿Qué era eso? Había en
Moni un nerviosismo inusual.
--¿Está en casa tu marido?
--Sí -repuso ella, bajito-. Estábamos por cenar.
--Que se vaya a tomar una cerveza -dijo Trujillo-. Daré una vuelta a la manzana.
Vuelvo en cinco minutos.
--Es que... -balbuceó ella, y el Generalísimo sintió que se ponía rígida. Vaciló y, por
fin, musitó, casi inaudible-: Tengo el periodo, jefe.
Toda la excitación se le fue, en segundos.
--¿La regla? -exclamó, decepcionado.
--Mil perdones, jefe -balbuceó ella-. Pasado mañana estaré bien.
La soltó y respiró hondo, disgustado.
--Bueno, ya vendré a verte. Adiós -sacó la cabeza por el hueco de la portezuela por la
que Moni acababa de salir-. ¡Nos vamos, Zacarías!
Poco después, le preguntó a de la Cruz si alguna vez se había tirado a una mujer que
menstruaba.
--Nunca, Jefe -se escandalizó éste, haciendo ascos-. Dicen que contagia la sífilis.
--Es, sobre todo, sucio -se lamentó Trujillo. ¿Y si Yolanda Esterel, por maldita
coincidencia, tenía también hoy su regla?
Habían tomado la carretera a San Cristóbal, y, a su derecha, vio las luces de la Feria
Ganadera y de El Pony lleno de parejas comiendo y bebiendo. ¿No era raro que Moni
se mostrara tan reticente y apocada? Ella solía ser despercudida, siempre a la orden.
¿La presencia del marido la puso así? ¿Se inventaría la menstruación para que la
dejara en paz? Vagamente, advirtió que un carro les tocaba bocina. Iba con las luces
largas encendidas.
--Estos borrachos... -comentó Zacarias de la Cruz.
En ese momento, a Trujillo se le ocurrió que tal vez no era un borracho, y se viró en
busca del revólver que llevaba en el asiento, pero no alcanzó a cogerlo, pues
simultáneamente oyó la explosión de un fusil cuyo proyectil hizo volar el cristal de la
ventanilla trasera y le arrancó un pedazo del hombro y del brazo izquierdo.
XIX
Cuando Antonio de la Maza vio las caras con que volvían el general Juan Tomás Díaz,
su hermano Modesto y Luis Amiama supo, antes de que abrieran la boca, que la
búsqueda del general Román había sido inútil.
--Me cuesta creerlo -murmuró Luis Amiama, mordiéndose los labios finos-. Pero,
parece que Pupo se nos escabulle. Ni rastro de él.
Habían dado vueltas por todos los lugares donde podía hallarse, incluido el Estado
Mayor, en la Fortaleza 18 de Diciembre; pero Luis Amiama y Bibín Román, hermano
menor de Pupo, fueron echados de allí por la guardia de mala manera: el compadre no
podía o no quería verlos.
--Mi última esperanza es que esté ejecutando el plan por su cuenta -fantaseó Modesto
Díaz, sin mucha convicción-. Movilizando guarniciones, convenciendo a los jefes
militares. En todo caso, nosotros estamos ahora en una situación muy comprometida.
Conversaban de pie, en la sala del general Juan Tomás Díaz. Chana, la joven esposa
de éste, les alcanzó unas limonadas con hielo.
--Hay que esconderse, hasta saber a qué atenernos respecto a Pupo -dijo el general
Juan Tomás Díaz.
Antonio de la Maza, que había permanecido sin hablar, sintió una oleada de ira
recorriéndole el cuerpo.
--¿Esconderse? -exclamó, furioso-. Se ocultan los cobardes. Acabemos el trabajo,
Juan Tomás. Ponte tu uniforme de general, préstanos uniformes a nosotros y vamos al
lacio. Desde allí, llamaremos al pueblo a levantarse.
--¿A tomar el Palacio nosotros cuatro? -trató de llamarlo a la razón Luis Amiama-. ¿Te
has vuelto loco, Antonio?
--No hay nadie ahora, sólo la guardia -insistió éste-. Hay que ganarle la mano al
trujillismo antes que reaccione. Llamaremos al pueblo, utilizando la conexión con todas
las estaciones de radio del país. Que salga a las calles. El Ejército terminará
apoyándonos.
Las expresiones escépticas de Juan Tomás, Amiama y Modesto Díaz, lo exasperaron
aún más. Al poco rato se sumaron a ellos Salvador Estrella Sadhalá, quien acababa de
dejar a Antonio Imbert y a Amadito donde el médico, y el doctor Vélez Santana, que
había acompañado a Pedro Livio Cedeño a la Clínica Internacional. Quedaron
consternados con la desaparición de Pupo Román. También a ellos les pareció una
temeridad inútil, un suicidio, la idea de Antonio de infiltrarse en Palacio Nacional
disfrazados de oficiales. Y todos se opusieron con energía a la nueva propuesta de
Antonio: llevar el cadáver de Trujillo al parque Independencia y colgarlo en el baluarte,
para que el pueblo capitaleño viera cómo había terminado. El rechazo de sus
compañeros, provocó en De la Maza una de esas rabietas destempladas de los últimos
tiempos. ¡Miedosos y traidores! ¡No estaban a la altura de lo que habían hecho,
librando a la Patria de la Bestia! Cuando vio entrar a la sala, con los ojos asustados por
la gritería, a Chana Díaz, comprendió que había ido demasiado lejos. Masculló unas
excusas a sus amigos y se calló. Pero, adentro, sentía arcadas de disgusto.
--Todos estamos alterados, Antonio -le dio una palmada Luis Amiama-. LO
importante, ahora, es encontrar un lugar seguro. Hasta que aparezca Pupo. Y ver
cómo reacciona el pueblo cuando sepa que Trujillo ha muerto.
Muy pálido, Antonio de la Maza asintió. Si, después de todo, Amiama, que tanto
había trabajado para incorporar militares y jerarcas del régimen a la conjura, tal vez
tenía razón.
Luis Amiama y Modesto Díaz decidieron irse cada uno por su cuenta; pensaban que,
separados, tenían más posibilidades de pasar inadvertidos. Antonio persuadió a Juan
Tomás y el Turco Sadhalá de que permanecieran unidos. Barajaron posibilidades -
parientes, amigos- que fueron descartando; todas esas casas serían registradas por la
policía. Quien dio un nombre aceptable fue Vélez Santana:
--Robert Reid Cabral. Es amigo mío. Totalmente apolítico, sólo vive para la Medicina.
No se negará.
Los llevó en su automóvil. Ni el general Díaz ni el Turco lo conocían personalmente;
pero Antonio de la Maza era amigo del hermano mayor de Robert, Donald Reid Cabral,
quien trabajaba en Washington y New York para la conspiración. La sorpresa del joven
médico, al que cerca de la medianoche vinieron a despertar, fue mayúscula. No sabía
nada del complot; ni siquiera estaba al tanto de que su hermano Donald colaboraba
con los americanos. Sin embargo, apenas recuperó el color y la palabra, se apresuró a
hacerlos pasar a su casita de dos pisos estilo morisco, tan angosta que parecía salida
de un cuento de brujas. Era un muchacho lampiño, de ojos bondadosos, que hacía
esfuerzos sobrehumanos para disimular su desazón. Les presentó a su mujer, Ligia,
embarazada de varios meses. Ella tomó la invasión de forasteros con benevolencia,
sin mucha alarma. Les mostró a su hijito de dos años, al que habían instalado en un
rincón del comedor.
La joven pareja guió a los conjurados hasta un estrécho cuartito del segundo piso que
servía de desván y despensa. Casi no tenía ventilación y el calor resultaba
insoportable, por el techo tan bajo. Sólo cabían sentados y con las piernas recogidas;
cuando se enderezaban tenían que permanecer agachados para no darse contra las
vigas. Esa primera noche, apenas notaron la incomodidad y el calor; la pasaron
hablando a media voz, tratando de adivinar lo ocurrido con Pupo Román: ¿por qué se
hizo humo, cuando todo dependía de él? El general Díaz recordó su conversación con
Pupo, el 24 de mayo, cumpleaños de éste, en su finca del kilómetro catorce. Les
aseguró a él y a Luis Amiama que tenía todo listo para movilizar a las Fuerzas Armadas
apenas le mostraran el cadáver.
Marcelino Vélez Santana se quedó con ellos, por solidaridad, pues no tenía razón
para ocultarse. A la mañana siguiente, salió en busca de noticias. Volvió poco antes
del mediodía, demudado. No había levantamiento militar alguno. Por el contrario, se
advertía una frenética movilización de <cepillos» del SIM y de jeeps y camiones
militares. Las patrullas registraban todos los barrios. Según rumores, cientos de
hombres, mujeres, viejos y niños, eran sacados a empellones de sus casas y llevados
a La Victoria, El Nueve o La Cuarenta. También en el interior había redadas contra los
sospechosos de antitrujillismo. Un colega de La Vega contó al doctor Vélez Santana
que toda la familia De la Maza, empezando por el padre, don Vicente, y siguiendo con
todos los hermanos, hermanas, sobrinos, sobrinas, primos y primas de Antonio, habían
sido arrestados en Moca. Ésta era ahora una ciudad ocupada por guardias y caliés. La
casa de Juan Tomás, la de su hermano Modesto, la de Imbert y la de Salvador estaban
rodeadas de parapetos con alambres y guardias armados.
Antonio no hizo comentario alguno. No tenía por qué sorprenderse. Siempre supo
que, si el complot no triunfaba, la-reacción del régimen sería de una inigualable
ferocidad. Se le encogió el corazón imaginando a su anciano padre, don Vicente, y a
sus hermanos, vejados y maltratados por Abbes García. A eso de la una de la tarde,
aparecieron por la calle dos Volkswagen negros llenos de caliés. Ligia, la esposa de
Reid Cabral -él había ido a su consultorio, para no despertar sospechas en el
vecindario- vino a susurrarles que hombres de civil con metralletas registraban una
casa vecina. Antonio estalló en improperios (aunque bajando la voz):
--Debieron hacerme caso, pendejos. ¿No era preferible morir peleando en el Palacio
que en esta ratonera?
A lo largo del día, discutieron y se hicieron reproches, una y otra vez. En una de esas
disputas, Vélez Santana estalló. Cogió por la camisa al general Juan Tomás Díaz,
acusándolo de haberlo complicado gratuitamente en un complot disparatado, absurdo,
en el que ni siquiera habían previsto la fuga de los conspiradores. ¿Se daba cuenta de
lo que les iba a ocurrir ahora? El Turco Estrella Sadhalá se interpuso entre ellos, para
evitar que se pegaran. Antonio se aguantaba las ganas de vomitar.
La segunda noche estaban tan exhaustos de discutir e insultarse, que durmieron,
unos sobre otros, usándose respectivamente como almohadas, chorreando sudor,
medio asfixiados por la candente atmósfera.
El día tercero, cuando el doctor Vélez Santana trajo a su escondite El Caribe y vieron
sus fotos bajo el gran titular: «Asesinos buscados por la muerte de Trujillo», y, más
abajo, la foto del general Román Fernández abrazando a Ramfis en los funerales del
Generalísimo, supieron que estaban perdidos. No habría junta cívico-militar. Ramfis y
Radhamés habían vuelto y el país entero lloraba al dictador.
--Pupo nos traicionó -el general Juan Tomás Díaz parecía desfondado. Se había
quitado los zapatos, tenía los pies muy hinchados y acezaba.
--Hay que salir de aquí -dijo Antonio de la Maza-. No podemos joder más a esta
familia. Si nos descubren, los matarán a ellos también.
--Tienes razón -lo apoyó el Turco-. No sería justo. Salgamos de aquí.
¿Adónde irían? Todo el 2 de junio lo pasaron considerando posibles planes de fuga.
Poco antes del mediodía, dos «cepillos» con caliés pararon en la casa del frente y
media docena de hombres armados entraron en ella, abriendo la puerta a golpes.
Alertados por Ligia, aguardaron, con los revólveres listos. Pero los caliés partieron,
arrastrando a un joven al que habían puesto esposas. De todas las sugerencias, la
mejor parecía la de Antonio: conseguir un auto o camioneta y tratar de llegar a
Restauración, donde él, por sus fincas de pino y de café y el aserradero de Trujillo que
administraba, conocía mucha gente. Estando tan cerca de la frontera, no les sería difícil
cruzar a Haití. ¿Pero, qué carro conseguir? ¿A quién pedírselo? Esa noche tampoco
pegaron los ojos, atormentados por la angustia, la fatiga, la desesperanza, las dudas.
A medianoche, el dueño de casa, con lágrimas en los ojos, subió al altillo:
--Han registrado tres casas en esta calle -les imploró-. En cualquier momento, le
tocará a la mía. A mí no me importa morir. Pero ¿y mi mujer y mi hijito? ¿Y el niño por
nacer?
Le juraron que partirían al día siguiente, como fuera. Así lo hicieron, al atardecer del 4
de junio. Salvador Estrella Sadhalá decidió irse por su cuenta. No sabía adónde, pero
pensaba que, solo, tenía más posibilidades de escapar que con Juan Tomás y Antonio,
cuyos nombres y caras eran los que más aparecían en la televisión y los periódicos. El
Turco fue el primero en partir, a diez para las seis, cuando comenzaba a oscurecer.
Por las persianas del dormitorio de los Reid Cabral, Antonio de la Maza lo vio caminar
deprisa hasta la esquina, y allí, alzando las manos, parar un taxi. Sintió pena: el Turco
había sido su amigo del alma y nunca se habían reconciliado a fondo, desde aquella
maldita pelea. No habría otra oportunidad.
El doctor Marcelino Vélez Santana decidió quedarse todavía un rato con su colega y
amigo, el doctor Reid Cabral, a quien se notaba abrumado. Antonio se afeitó el bigote
y se embutió hasta las orejas un sombrero viejo que encontró en el desván. Juan
Tomás Díaz, en cambio, no hizo el menor esfuerzo por disfrazarse. Ambos abrazaron
al doctor Vélez Santana.
--¿Sin rencores?
--Sin rencores. Buena suerte.
Ligia Reid Cabral, cuando ellos le agradecían la hospitalidad, se echó a llorar y les
hizo la señal de la cruz: «Dios los proteja».
Caminaron ocho cuadras, por calles desiertas, con las manos en los bolsillos,
apretando los revólveres, hasta la casa de un concuñado de Antonio de la Maza, Toñito
Mota. Tenía una camioneta Ford; quizá se la prestara o aceptara dejársela robar. Pero
Toñito no estaba en casa, ni la camioneta en el garaje. El mayordomo que abrió la
puerta reconoció en el acto a De la Maza: «¡Don Antonio! ¡Usted, acá!». Puso una cara
despavorida, y Antonio y el general, se~ guros de que, apenas partieran, llamaría a la
policía, se alejaron deprisa. No sabían qué carajo hacer.
--¿Quieres que te diga una cosa, Juan Tomás?
--¿Qué, Antonio?
--Me alegro de haber salido de esa ratonera. De ese calor, de ese polvo que se metía
en la nariz y no dejaba respirar. De esa incomodidad. Qué bueno estar al aire libre,
sentir que se limpian los pulmones.
--Sólo falta que me digas: «Vamos a tomarnos unas frías para celebrar lo linda que es
la vida». ¡Qué cojones tiene usted, bróder!
Los dos se rieron, con unas risitas intensas y fugaces. En la avenida Pasteur, durante
un buen rato trataron de parar un taxi. Los que pasaban, iban llenos.
--Siento no haber estado con ustedes allá en la Avenida -dijo el general Díaz, de
pronto, como acordándose de algo importante-. No haberle disparado yo también al
Chivo. ¡Coño y recontracoño!
--Es como si hubieras estado, Juan Tomás. Pregúntales a Johnny Abbes, a Negro, a
Petán, a Ramfis y verás. Para ellos, también estuviste con nosotros en la carretera
haciendo tragar plomo al Jefe. No te preocupes. Uno de los tiros, se lo di por ti.
Por fin, paró un taxi. Subieron, y, al ver que vacilaban en indicarle dónde querían ir, el
chofer, un moreno gordo y canoso en mangas de camisa, se volvió a mirarlos. En sus
ojos vio Antonio de la Maza que los había reconocido.
--A la San Martín -le ordenó.
El moreno asintió, sin abrir la boca. Poco después, murmuró que se estaba quedando
sin gasolina; tenía que llenar el tanque. Cruzó por la 30 de Marzo, donde el tráfico era
más denso, y en la esquina de San Martín y Tiradentes, se detuvo en una gasolinera
Texaco. Se bajó del auto para abrir el tanque. Antonio y Juan Tomás tenían ahora los
revólveres en las manos. De la Maza se sacó el zapato derecho y manipuló el taco, del
que extrajo una pequeña bolsita de papel celofán, que guardó en su bolsillo. Como
Juan Tomás Díaz lo miraba intrigado, le explicó:
--Es estricnina. La conseguí en Moca, con el pretexto de un perro rabioso.
El gordo general se encogió de hombros, desdeñoso, Y mostró su revólver:
--No hay mejor estricnina que ésta, hermano. El veneno es para los perros y las
mujeres, no jodas con semejante bobería. Además, uno se suicida con cianuro, no con
estricnina, pendejo.
Volvieron a reírse, con la misma risita feroz y triste.
--¿Te has fijado en el tipo que está en la caja? -Antonio de la Maza señaló la
ventanilla-. ¿A quién crees que está telefoneando?
--Puede que a su mujer, para preguntarle cómo sigue del coño.
Antonio de la Maza volvió a reírse, esta vez de verdad, con una carcajada larga y
franca.
--De qué coño te ríes, pendejo.
--¿No te parece cómico? -dijo Antonio, ya serio-. Los dos, en este taxi. ¿Qué carajo
hacemos aquí? Si no sabemos siquiera dónde ir.
Le ordenaron al chofer que volviera a la zona colonial. A Antonio se le había ocurrido
algo, y una vez que estuvieron en el centro antiguo, ordenaron al taxista que entrara
por la calle Espaillat, desde la Billini. Allí vivía el abogado Generoso Fernández, al que
ambos conocían. Antonio recordaba haberlo oído hablar pestes de Trujillo; tal vez
podría facilitarles un vehículo. El abogado se acercó a la puerta, pero no los hizo
pasar. Cuando pudo recuperarse de la impresión -los miraba horrorizado,
pestañeando- sólo atinó a reñirlos, indignado:
--¿Están locos? ¡Cómo se les ocurre comprometerme así! ¿No saben quién entró ahí,
al frente, hace un minuto? ¡El Constitucionalista Beodo! ¿No podían pensar antes de
hacerme esto? Váyanse, váyanse, yo tengo familia. Por lo que más quieran, ¡váyanse!
YO no soy nadie, nadie.
Les dio con la puerta en las narices. Volvieron al taxi. El viejo moreno seguía
dócilmente sentado al volante, sin mirarlos. Luego de un rato, masculló:
--¿Dónde, ahora?
--Hacia el parque Independencia -le indicó Antonio, por decir algo.
Segundos después de arrancar -habían prendido los faroles de las esquinas y la
gente comenzaba a salir a las veredas, a tomar el fresco-, el chofer los previno:
--Ahí están los «cepillos», detrás de nosotros. Lo siento de verdad, caballeros.
Antonio sintió alivio. Este ridículo recorrido sin rumbo terminaba, por fin. Mejor
acabar pegando tiros que como un par de pendejos. Se volvieron. Había dos
Volkswagen verdes siguiéndolos a unos diez metros de distancia.
--No quisiera morir, caballeros -les rogó el taxista, Santiguándose-. ¡Por la Virgen,
señores!
--Está bien, coge para el parque comoquiera y déjanos en la esquina de la ferretería -
dijo Antonio.
Había mucho tráfico. El chofer, maniobrando, consiguió abrirse paso entre una
guagua con racimos de gente colgada de las puertas y un camión. Frenó en seco, a
pocos metros de la gran fachada de cristales de la ferretería Reid. Al saltar del taxi,
con el revólver en la mano, Antonio alcanzó a darse cuenta que las luces del parque se
encendían, como dándoles la bienvenida. Había limpiabotas, vendedores ambulantes,
jugadores de rocambor, vagos y mendigos pegados a las paredes. Olía a fruta y
frituras. Se volvió a apurar a Juan Tomás, que, gordo y cansado, no conseguía correr
a su ritmo. En eso, estalló la balacera a sus espaldas. Una gritería ensordecedora se
levantó alrededor; la gente corría entre los autos, los carros se trepaban a las veredas.
Antonio oyó voces histéricas: «¡Ríndanse, carajo!». «¡Están rodeados, pendejos!» Al
ver que Juan Tomás, exhausto, se paraba, se paró también a su lado y comenzó a
disparar. Lo hacía a ciegas, porque caliés y guardias se escudaban detrás de los
Volkswagen, atravesados como parapetos en la pista, interrumpiendo el tráfico. Vio
caer a Juan Tomás de rodillas, y lo vio llevarse la pistola a la boca, pero no alcanzó a
dispararse porque varios impactos lo tumbaron. A él le habían caído muchas balas ya,
pero no estaba muerto. «No estoy muerto, coño, no estoy.» Había disparado todos los
tiros de su cargador y, en el suelo, trataba de deslizar la mano al bolsillo para tragarse
la estricnina. La maldita mano pendeja no le obedeció. No hacía falta, Antonio. Veía
las estrellas brillantes de la noche que empezaba, veía la risueña cara de Tavito y se
sentía joven otra vez.
XX
Cuando la limousine del jefe partió, abandonándolo en el hediondo lodazal, el general
José René Román temblaba de pies a cabeza, como los soldaditos que había visto
morir de paludismo en Dajabón, guarnición de la frontera haitiano-dominicana, en los
comienzos de su carrera militar. Hacía muchos años que Trujillo se encarnizaba con
él, haciéndole sentir en familia y ante extraños el poco respeto que le merecía,
llamándolo tonto con cualquier pretexto. Pero nunca antes había llevado su
menosprecio y sus ofensas al extremo de esta noche.
Esperó que disminuyera la tembladera antes de dirigirse a la Base Aérea de San
Isidro. El oficial de guardia se llevó un susto al ver surgir, en medio de la noche, a pie y
embarrado, al mismísimo jefe de las Fuerzas Armadas. El general Virgilio García
Trujillo, comandante de San Isidro y cuñado de Román -era hermano gemelo de
Mireya- no estaba, pero el ministro de las Fuerzas Armadas reunió a todos los oficiales
y los recriminó: la cañería rota que había sacado de sus casillas a Su Excelencia debía
ser reparada ipso facto, so pena de severísimos castigos. El Jefe vendría a verificarlo y
todos sabían que era implacable en lo concerniente a la limpieza. Ordenó un jeep con
un chofer para regresar a su casa; no se cambió ni aseó antes de partir.
En el jeep, rumbo a Ciudad Trujillo, se dijo que, en verdad, aquella tembladera no se
debió a los insultos del jefe sino a la tensión, desde la llamada por la que supo que el
Benefactor estaba bravo. A lo largo del día, mil veces se dijo que era imposible,
absolutamente imposible, que pudiera haberse enterado de la conspiración tramada
por su compadre Luis Amiama y su íntimo amigo el general Juan Tomás Díaz. No lo
hubiera llamado por teléfono; lo habría hecho arrestar y estaría ahora en La Cuarenta o
El Nueve. Pese a ello, el gusanito de la duda no le permitió probar bocado a la hora de
la comida. En fin, pese al mal rato, era un alivio que los insultos se debieran a una
cañería rota y no a una conjura. La sola idea de que Trujillo hubiera podido enterarse
de que era uno de los conspiradores, le heló los huesos.
Podía ser acusado de muchas cosas, menos de cobarde. Desde cadete, y en todos
sus destinos, mostró arrojo físico y actuó con una temeridad ante el peligro que le ganó
fama de macho entre compañeros y subordinados. Siempre fue bueno peleando, con
guantes o a puño limpio. jamás permitió a nadie faltarle el respeto. Pero, como tantos
oficiales, como tantos dominicanos, frente a Trujillo su valentía y su sentido del honor
se eclipsaban, y se apoderaba de él una parálisis de la razón y de los músculos, una
docilidad y reverencia serviles. Muchas veces se había preguntado por qué la sola
presencia del jefe -su vocecita aflautada y la fijeza de su mirada- lo aniquilaba
moralmente.
Porque conocía el poder que Trujillo tenía sobre su carácter, el general Román
respondió instantáneamente, cinco meses y medio atrás, a Luis Amiama, cuando éste
le habló por primera vez de una conspiración para acabar con este régimen:
--¿Secuestrarlo? ¡Qué pendejada! Mientras esté Vivo, nada cambiará. Hay que
matarlo.
Estaban en la finca de guineos que Luis Amiama tenía en Guayubín, en Montecristi,
viendo discurrir desde la terraza soleada las aguas terrosas del río Yaque. Su
compadre le explicó que él y Juan Tomás armaban esta operación para evitar que el
régimen hundiera del todo al país y precipitara otra revolución comunista, estilo Cuba.
Era un plan serio, que contaba con el respaldo de Estados Unidos. Henry Dearborn,
John Banfield y Bob Owen, de la legación, habían dado su apoyo formal y encargado al
responsable de la CIA en Ciudad Trujillo, Lorenzo D. Berry («¿El dueño del
supermercado Wimpy's?» «SI, él mismo-»), que les suministrara dinero, armas y
explosivos. Estados Unidos se hallaba inquieto con los excesos de Trujillo, desde el
atentado contra el Presidente venezolano Rómulo Betancourt, y quería sacárselo de
encima; y, al mismo tiempo, asegurarse de que no lo reemplazara un segundo Fidel
Castro. Por eso, apoyaría a un grupo serio, claramente anticomunista, que
constituyera una Junta cívico-militar, que, a los seis meses, convocara elecciones.
Amiama, Juan Tomás Díaz y los gringos estaban de acuerdo: Pupo Román debía
presidir esa junta. ¿Quién mejor para conseguir la adhesión de las guarniciones y una
transición ordenada hacia la democracia?
--¿Secuestrarlo, pedirle la renuncia? -se escandalizó Pupo-. Se equivocan de país y
de persona, compadre. Parece que no lo conocieras. Jamás se dejará capturar vivo. Y
nunca le sacarán la renuncia. Hay que matarlo.
El chofer del jeep, un sargento, conducía en silencio, y Román daba hondos copazos
de Lucky Strike, sus cigarrillos preferidos. ¿Por qué aceptó plegarse a la conjura? A
diferencia de Juan Tomás, caído en desgracia y apartado del Ejército, él sí tenía todo
que perder. Había llegado al cargo más alto que podía aspirar un Militar, y, aunque no
le fuera bien en los negocios, sus fincas estaban siempre en su poder. El peligro de
que las embargaran desapareció con el pago de cuatrocientos mil pesos al Banco
Agrícola. El jefe no cubrió esa deuda por deferencia a su persona, sino por ese
arrogante sentimiento de que su familia no debía dar nunca una mala impresión, de
que la imagen de los Trujillo y allegados quedara siempre inmaculada. Tampoco fue el
apetito de poder, la perspectiva de verse ungido Presidente provisional de la República
Dominicana -y la posibilidad, grande, de pasar luego a Presidente elegido- lo que lo
llevó a dar su visto bueno a la conspiración. Fue el rencor, acumulado por las infinitas
ofensas de que Trujillo lo había hecho víctima desde ese matrimonio con Mireya que lo
convirtió en miembro del clan privilegiado e intocable. Por eso, el jefe lo hizo ascender
antes que a otros, lo nombró a puestos importantes, y, de vez en cuando, le hizo esos
regalos en efectivo o en prebendas que le permitieron el alto nivel de vida que tenía.
Pero, favores y distinciones los tuvo que pagar con desplantes y malos tratos. «Y eso
es lo que más cuenta», pensó.
En estos cinco meses y medio, cada vez que el Jefe lo humillaba, el general Román,
igual que ahora, mientras el jeep cruzaba el Puente Radhamés, se decía que pronto se
sentiría un hombre entero, con vida propia, y no, como Trujillo se esmeraba en hacerlo
sentir, un ser baldado. Aunque Luis Amiama y Juan Tomás no lo sospecharan, él
estaba en la conspiración para demostrarle al jefe que no era el inútil que creía.
Sus condiciones fueron muy concretas. No movería un dedo mientras sus ojos no lo
vieran ajusticiado. Sólo entonces procedería a movilizar tropas y capturar a los
hermanos Trujillo y a los oficiales y civiles más comprometidos con el régimen,
empezando por Johnny Abbes García. Ni Luis Amiama ni el general Díaz debían
mencionar a nadie -ni siquiera al jefe del grupo de acción, Antonio de la Maza, que
formaba parte de la conjura. No habría mensajes escritos ni llamadas telefónicas, sólo
conversaciones directas. Él iría, con cautela, colocando a oficiales de confianza en los
cargos claves, de modo que llegado el día las guarniciones le obedecieran a una sola
voz.
Así lo había hecho, poniendo al frente de la Fortaleza de Santiago de los Caballeros,
la segunda del país, al general César A. Oliva, compañero de promoción y amigo
íntimo. También se las arregló para llevar a la comandancia de la Cuarta Brigada, con
sede en Dajabón, al general García Urbáez, leal aliado suyo. Del otro lado, contaba
con el general Guarionex Estrella, comandante de la Segunda Brigada, estacionada en
La Vega. No era muy amigo con Guaro, trujillista acérrimo, pero, siendo hermano del
Turco Estrella Sadhalá, del grupo de acción, era lógico suponer que tomaría partido por
su hermano. No había confiado su secreto a ninguno de esos generales; era
demasiado astuto para exponerse a una delación. Pero contaba con que, ocurridos los
hechos, todos ellos se plegarían sin titubear.
¿Cuándo ocurriría? Muy pronto, sin duda. El día de su cumpleaños, 24 de mayo,
apenas seis días atrás, Luis Amiama y Juan Tomás Díaz, invitados por él a su casa de
campo, le aseguraron que todo estaba a punto. Juan Tomás fue categórico: «En
cualquier momento, Pupo». Le dijeron que el Presidente Joaquín Balaguer habría
aceptado formar parte de la junta cívico-militar, presidida por él. Les pidió detalles, pero
no pudieron dárselos; había hecho la gestión el doctor Rafael Batlle Viñas, casado con
Indiana, prima de Antonio de la Maza y médico de cabecera de Balaguer. Sondeó al
Presidente fantoche, preguntándole si, en caso de desaparición súbita de Trujillo,
«colaboraría con los patriotas». Su respuesta fue críptica: «Según la Constitución, si
Trujillo desapareciera, se tendría que contar conmigo». ¿Era una buena noticia? A
Pupo Román, ese hombrecito suave y astuto le inspiró siempre la desconfianza
instintiva que le merecían burócratas e intelectuales. Era imposible saber lo que
pensaba; detrás de sus maneras afables y su desenvoltura, había un enigma. Pero, en
fin, lo que decían sus amigos era cierto: la complicidad de Balaguer tranquilizaría a los
yanquis.
Al llegar a su casa de Gazcue eran las nueve y media de la noche. Despachó al jeep
de vuelta a San Isidro. Mireya y su hijo Alvaro, joven teniente del Ejército que estaba
en su día libre y había venido a visitarlos, se alarmaron al verlo en ese estado.
Mientras se quitaba las ropas sucias, les explicó. Hizo que Mireya llamara por teléfono
a su hermano y puso al general Virgilio García Trujillo al tanto de la rabieta del jefe:
--Lo siento, cuñado, pero estoy obligado a amonestarte. Preséntate mañana en mi
despacho, antes de las diez.
--¡Por una cañería rota, coño! -exclamó Virgilio, divertido-. ¡El hombre no puede con
su genio!
Tomó una ducha y se jabonó de pies a cabeza. Al salir de la bañera, Mireya le
alcanzó un pijama limpio y una bata de seda. Lo acompañó mientras se secaba,
echaba colonia y vestía. Contrariamente a lo que muchos creían, empezando por el
jefe, no se casó con Mireya por interés. Se enamoró de esa muchacha morocha y
tímida, y arriesgó la vida cortejándola pese a la oposición de Trujillo. Eran una pareja
feliz, sin peleas ni rupturas en esos veintitantos años juntos. Mientras platicaba con
Mireya y Alvaro en la mesa -no tenía hambre, se limitó a tomar un ron en la roca- se
preguntaba cuál sería la reacción de su mujer. ¿Tomar partido por su marido o con el
clan? La duda lo mortificaba. Muchas veces vio a Mireya indignada por las maneras
despectivas del jefe; tal vez esto inclinaría la balanza a su favor. Además, ¿a qué
dominicana no le gustaría convertirse en la primera dama de la nación?
Acabada la cena, Álvaro salió a tomar una cerveza con unos amigos. Mireya y él
subieron al dormitorio, en el segundo piso, y encendieron La Voz Dominicana. Pasaban
un programa de música bailable con cantantes y orquestas de moda. Antes de las
sanciones, la estación contrataba a los mejores artistas latinoamericanos, pero, el
último año, debido a la crisis, casi toda la producción de la televisora de Petán Trujillo
se hacía con artistas locales. Mientras oían los merengues y danzones de la orquesta
Generalísimo, dirigida por el maestro Luis Alberti, Mireya comentó apenada que ojalá
terminaran pronto estos líos con la Iglesia. Había un ambiente malo y sus amigas,
durante la canasta, hablaban de rumores de una revolución, de que Kennedy mandaría
a los marines. Pupo la tranquilizó: el jefe se saldría con la suya también esta vez y el
país volvería a ser tranquilo y próspero. Su voz le sonaba tan falsa que se calló,
simulando una tos.
Poco después, los frenos de un auto chirriaron y estalló un bocinazo frenético. El
general saltó de la cama y se asomó al ventanal. Saliendo del automóvil recién llegado,
divisó la silueta cortante del general Arturo Espaillat, Navajita. Apenas divisó su cara,
amarillando a la luz del farol, su corazón brincó: ya está.
--¿Qué pasa, Arturo? -preguntó, sacando la cabeza.
--Algo muy grave -dijo el general Espaillat, acercándose-. Estaba con mi mujer en El
Pony y pasó el Chevrolet del Jefe. Poco después, oí un tiroteo. Fui a ver y me di con
una balacera, en plena pista.
--Bajo, bajo -gritó Pupo Román. Mireya se ponía una bata al tiempo que se
santiguaba: «Dios mío, mi tío», «Dios no lo quiera, Jesús santo».
Desde ese momento, y en todos los minutos y horas siguientes, tiempo en el que se
decidió su suerte, la de su familia, la de los conjurados, y, a fin de cuentas, la de la
República Dominicana, el general José René Román supo siempre, con total lucidez, lo
que debía hacer. ¿Por qué hizo exactamente lo contrario? Se lo preguntaría muchas
veces los meses siguientes, sin encontrar respuesta. Supo, mientras bajaba las
escaleras, que en aquellas circunstancias lo único sensato si tenía apego a la vida y no
quería que la conjura se frustrara, era abrir la puerta al ex jefe del SIM, el militar más
comprometido con las operaciones criminales del régimen, ejecutor de incontables
secuestros, chantajes, torturas y asesinatos por orden de Trujillo, y descerrajarle todos
los tiros de su revólver. A Navajita su prontuario no le dejaba otra alternativa que
mantener una lealtad perruna a Trujillo y al régimen, para no ir a la cárcel o ser
asesinado.
Aunque sabía esto muy bien, abrió la puerta e hizo entrar al general Espaillat y a su
esposa, a la que besó en la mejilla y tranquilizó, pues Ligia Fernández de Espaillat
había perdido el control y balbuceaba incoherencias. Navajita le dio precisiones: al
acercar su auto, se dio con un tiroteo ensordecedor, de revólveres, carabinas y
metralletas; en los fogonazos reconoció el Chevrolet del jefe y alcanzó a ver una figura
en la pista, disparando, acaso Trujillo. No pudo prestarle ayuda; vestía de civil, no iba
armado, y, ante el temor de que una bala alcanzara a Ligia, vino aquí. Había ocurrido
hacía quince, a lo más veinte minutos.
--Espérame, me visto -Román subió a saltos la escalera, seguido de Mireya, que
movía las manos y la cabeza como loca.
--Hay que avisar a tío Negro -exclamó, mientras él se ponía el uniforme de diario. La
vio correr al teléfono y marcar, sin darle tiempo de abrir la boca. Y, aunque supo que
debió impedir esa llamada, no lo hizo. Cogió el auricular, y, abotonándose la camisa,
previno al general Héctor Bienvenido Trujillo:
--Acaban de informarme de un posible atentado contra Su Excelencia, en la carretera
a San Cristóbal. Voy para allá. Lo mantendré informado.
Terminó de vestirse y bajó, con una carabina M-1 en las manos, que llevaba el
cargador puesto. En vez de descargarle una ráfaga y acabar con Navajita, le preservó
la vida otra vez y asintió cuando Espaillat, los ojillos ratoniles comidos por la
preocupación, le aconsejó alertar al Estado Mayor y dar orden de inamovilidad. El
general Román llamó a la Fortaleza 18 de Diciembre y comunicó a todas las
guarniciones un acuartelamiento riguroso, que se cerraban las salidas de la ciudad
capital, y previno a los comandantes del interior que en breve se pondría en contacto
telefónico o radial con ellos, para un asunto de máxima urgencia. Estaba perdiendo un
tiempo irrecuperable, pero no podía dejar de actuar de esa manera, que, pensaba,
despejaría cualquier duda sobre él en la mente de Navajita.
--Vamos -dijo a Espaillat.
--Voy a llevar a Ligia a casa -repuso éste-. Te encuentro en la carretera. Es en el
kilómetro siete, más o menos.
Cuando partió, al volante de su propio auto, supo que debía ir de inmediato a casa del
general Juan Tomás Díaz, a pocos metros de la suya, para verificar si el asesinato se
había consumado -seguro que era así- y poner en marcha el golpe de Estado. Ya no
tenía escapatoria; estuviera Trujillo muerto o herido, él era cómplice. Pero, en vez de ir
donde Juan Tomás o Amiama, condujo su automóvil hacia la avenida George
Washington. Cerca de la Feria Ganadera vio en un carro desde el que le hacían señas,
al coronel Marcos Antonio Jorge Moreno, jefe de la escolta personal de Trujillo,
acompañado del general Pou.
--Estamos preocupados -le gritó Moreno, sacando la cabeza-. Su Excelencia no ha
llegado a San Cristóbal.
--Hubo un atentado -les informó Román-. ¡Síganme!
En el kilómetro siete, cuando, en los haces de luz de las linternas de Moreno y Pou,
reconoció el Chevrolet negro perforado, sus vidrios pulverizados y manchas de sangre
en el asfalto entre los añicos y cascotes, supo que el atentado había tenido éxito. Sólo
podía estar muerto luego de semejante balacera. Y, por tanto, debía rendir, reclutar o
matar a Moreno y a Pou, dos trujillistas convictos y confesos, y, antes de que llegaran
Espaillat y otros militares, volar a la Fortaleza 18 de Diciembre, donde estaría seguro.
Pero tampoco lo hizo, y, más bien, mostrando la misma consternación que
Moreno y Pou, registró con ellos los alrededores, y se alegró cuando el coronel
encontró un revólver entre las matas. Momentos después allí estaba Navajita, y
llegaban patrulleros y guardias, a quienes ordenó continuar la búsqueda. Él estaría en
el Estado Mayor.
Mientras, ya en su coche oficial, era llevado por su chofer el sargento primero Morones,
a la Fortaleza 18 de
Diciembre, fumó varios Lucky Strike. Luis Amiama y Juan
Tomás estarían buscándolo afanosamente, con el cadáver
del Jefe a cuestas. Era su deber mandarles alguna señal. Pero, en vez de hacerlo, al
llegar al Estado Mayor instruyó a la guardia que por ningún motivo dejaran ingresar al
local a elemento civil alguno, fuera quien fuere.
Encontró la Fortaleza en efervescencia, un movimiento inconcebible a estas horas en
tiempo normal. Mientras subía las escaleras a trancos rumbo a su puesto de mando y
respondía con venias a los oficiales que lo saludaban, oyó preguntas -«¿Un intento de
desembarco frente a la
Feria Agrícola y Ganadera, mi general?»- que no se paró a contestar.
Entró, agitado, sintiendo su corazón, y una simple ojeada a la veintena de oficiales de
alta graduación reunidos en su despacho, le bastó para saber que, pese a las
oportunidades perdidas, se le presentaba todavía una ocasión de poner en marcha el
Plan. Esos oficiales que, al verlo, chocaron los
tacos e hicieron el saludo militar, eran un grupo graneado del alto comando, amigos en
su gran mayoría, y aguardaban sus órdenes. Sabían o intuían que acababa de
producirse un pavoroso vacío, y, formados en la tradición de la disciplina y total
dependencia del jefe, esperaban que asumiera el mando,
con claridad de propósitos. En las caras del general Fernando A. Sánchez, del general
Radhamés Hungría, de los generales Fausto Caamaño y Félix Hermida, en las de los
coroneles Rivera Cuesta y Cruzado Piña, y en las de los mayores Wessin y Wessin,
Pagán Montás, Saldaña, Sánchez Pérez, Fernández Domínguez y Hernando Ramírez,
había miedo y esperanza. Querían que los sacara de la inseguridad contra la que no
sabían defenderse. Una arenga pronunciada con la voz de un jefe que tiene los
huevos en su sitio y sabe lo que hace, explicándoles que, en las gravísimas
circunstancias, la desaparición o muerte de Trujillo, ocurrida por razones que habría
que juzgar, abría a la República una oportunidad providencial para el cambio. Ante
todo, evitar el caos, la anarquía, una revolución comunista y su corolario, la ocupación
norteamericana. Ellos, patriotas por vocación y profesión, tenían el deber de actuar. El
país tocaba fondo, puesto en cuarentena por los desafueros de un régimen que,
aunque en el pasado prestó impagables servicios, había degenerado en una tiranía que
provocaba la repulsa universal. Era preciso adelantarse a los acontecimientos, con
visión de futuro. Él los exhortaba a seguirlo, a cerrar juntos el abismo que comenzaba a
abrirse. Como jefe de las Fuerzas Armadas presidiría una junta cívico-militar de figuras
notables, encargada de asegurar una transición hacia la democracia, que permitiera
levantar las sanciones impuestas por los Estados Unidos, y convocar elecciones, bajo
el control de la OEA. La Junta contaba con el beneplácito de Washíngton y él
esperaba de ellos, jefes de la institución más prestigiosa del país, su colaboración.
Sabía que sus palabras habrían sido recibidas con aplausos, y que, si había alguien
remiso, la convicción de los demás terminaría por ganarlo. Sería fácil entonces dar
órdenes a oficiales ejecutivos como Fausto Caamaño y Félix Hermida para que
arrestaran a los hermanos Trujillo, y acorralaran a Abbes García, al coronel Figueroa
Carrión, al capitán Candito Torres, a Clodoveo Ortiz, a Américo Dante Minervino, a
César Rodríguez Villeta y a Alicinio Peña Rivera, con lo que la maquinaria del SIM
quedaría inutilizada.
Pero, aunque supo con certeza lo que en ese momento debía hacer y decir, tampoco
lo hizo. Luego de unos segundos de vacilante silencio, se limitó a informar a los
oficiales, en un lenguaje vago, sincopado, tartamudeante, que, en vista del atentado
contra la persona del Generalísimo, las Fuerzas Armadas debían mantenerse como un
puño, listas para actuar. Podía sentir, tocar, la decepción de estos subordinados, a
quienes, en vez de infundir confianza, contagiaba su inseguridad. No era esto lo que
esperaban. Para disimular lo confuso que se sentía, se comunicó con las guarniciones
del interior. Al general César A. Oliva, de Santiago, al general García Urbáez, de
Dajabón, y al general Guarionex Estrella, de La Vega, les repitió, de la misma manera
incierta -la lengua apenas le obedecía, como si estuviera borracho-, que, debido al
presunto magnicidio, tuvieran acuarteladas las tropas, y no hicieran movimiento alguno
sin su autorización.
Luego de la ronda de llamadas, rompió la secreta camisa de fuerza que lo atenazaba
y tomó una iniciativa en la buena dirección:
--No se retiren -anunció, poniéndose de pie-. Voy a convocar de inmediato una
reunión al más alto nivel.
Ordenó llamar al Presidente de la República, al jefe del Servicio de Inteligencia Militar y
al ex Presidente general Héctor Bienvenido Trujillo. Los haría venir y los arrestaría
aquí, a los tres. Si Balaguer estaba en la conspiración, podría echarle una mano en los
pasos siguientes. Percibió desconcierto en los oficiales; intercambio de miradas,
cuchicheos. Le pasaron el teléfono. Al doctor Joaquín Balaguer acababan de sacarlo
de la cama:
--Siento despertarlo, señor Presidente. Ha habido un atentado contra Su Excelencia,
cuando se dirigía a San Cristóbal. Como secretario de las Fuerzas Armadas estoy
convocando una reunión urgente en la Fortaleza 18 de Diciembre. Le ruego que
venga, sin pérdida de tiempo.
El Presidente Balaguer no respondió un largo rato, tanto que Román pensó que se
había cortado la comunicación. ¿Era sorpresa lo que causaba su mutismo?
¿Satisfacción de saber que el Plan empezaba a cumplirse? ¿O cumplirse? ¿O
desconfianza por esa llamada intempestiva? Por fin, escuchó la respuesta, pronunciada
sin la menor emoción:
--Si ha ocurrido algo tan grave, como Presidente de la República no me corresponde
estar en un cuartel, sino en el Palacio Nacional. Voy para allá. Le sugiero que la
reunión se celebre en mi despacho. Buenas noches.
Sin darle tiempo a replicar, cortó.
Johnny Abbes García lo escuchó con atención. Bien, iría a la reunión, pero después
de escuchar el testimonio del capitán Zacarías de la Cruz, que, malherido, acababa de
llegar al Hospital Marión. Sólo Negro Trujillo pareció aceptar la convocatoria. «Voy allá
de inmediato.» Lo notó desbordado por lo que acontecía. Pero, como luego de media
hora de espera, no apareció, el general José René Román supo que su plan de último
minuto no tenía posibilidad de concretarse. Ninguno de los tres caería en la
emboscada. Y él, por su manera de actuar, comenzaba a hundirse en unas arenas
movedizas de las que pronto sería tarde para escapar. A menos que se apoderara de
un avión militar y se hiciera llevar a Haití, Trinidad, Puerto Rico, las Antillas francesas o
Venezuela, donde lo recibirían con los brazos abiertos.
A partir de ese momento, entró en un estado sonámbulo. El tiempo se eclipsaba, o, en
vez de avanzar, giraba, monomaniática repetición que lo deprimía y encolerizaba. No
saldría más de ese estado los cuatro meses y medio que le quedaban de vida, si es
que eso merecía llamarse vida Y no infierno, pesadilla. Hasta el 12 de octubre de 1961
no Volvió a tener una noción clara de la cronología; si, en cambio, de la misteriosa
eternidad, que jamás le interesó. En los sobresaltos de lucidez que lo asaltaban para
recordarle que estaba vivo, que aquello no había terminado, se martirizaba con la
misma indagación: ¿por qué, sabiendo que era esto lo que te esperaba, no actuaste
como debías? Aquella pregunta lo maltrataba más que las torturas a las que se
enfrentó con gran coraje, acaso para probarse a sí mismo que no fue por cobardía que
se condujo con tanta indecisión aquella interminable noche del 31 de mayo de 1961.
Incapaz de sintonizar con sus actos, cayó en contradicciones e iniciativas erráticas.
Ordenó a su cuñado, el general Virgilio García Trujillo, despachar de San Isidro, donde
estaban las divisiones blindadas, cuatro tanques y tres compañías de infantes para
reforzar la Fortaleza 18 de Diciembre. Pero, de inmediato, decidió abandonar este
local y trasladarse al Palacio. Instruyó al jefe de Estado Mayor del Ejército, el joven
general Tuntin Sánchez, que lo mantuviera informado sobre la búsqueda. Antes de
partir, llamó a La Victoria, a Américo Dante Minervino. De manera terminante, le
ordenó liquidar en el acto, en la más absoluta discreción, a los detenidos mayor
Segundo Imbert Barreras y Rafael Augusto Sánchez Saulley, y hacer desaparecer los
cadáveres, pues temió que Antonio Imbert, del grupo de acción, hubiera alertado a su
hermano sobre su complicidad en la conjura. Américo Dante Minervino, habituado a
estas misiones, no hizo preguntas: «Entendida la orden, mi general». Desconcertó al
general Tuntin Sánchez diciéndole que aleccionara a las patrullas del SIM, del Ejército
y de la Aviación que estaban en la búsqueda, que las personas de las listas de
«enemigos» y «desafectos» que se les había entregado, debían ser ultimadas al menor
intento de resistir el arresto. («No queremos prisioneros que sirvan para desatar
campañas internacionales contra nuestro país».) Su subordinado no hizo comentarios.
Trasmitiría sus instrucciones al pie de la letra, mi general.
Al salir de la Fortaleza rumbo al Palacio, el teniente de guardia le informó que un
automóvil con dos civiles, uno de los cuales decía ser su hermano Ramón (Bibín),
había llegado a la entrada del recinto, exigiendo verlo. Siguiendo sus órdenes, los
obligó a retirarse. Asintió, sin decir palabra. Su hermano estaba, pues, en la conjura,
y, por tanto, Bibín pagaría también por sus dudas y rodeos. Sumído en esa especie de
hipnosis pensó que su indolencia acaso se debía a que, aunque el cuerpo del jefe
estuviera muerto, su alma, su espíritu o como se llamara eso, continuaba
esclavizándolo.
En el Palacio Nacional encontró desbarajuste y desolación. Casi toda la familia
Trujillo estaba reunida. Petán, botas de montar y metralleta al hombro, acababa de
llegar de su feudo de Bonao y se paseaba de un lado a otro como un charro de
caricatura. Héctor (Negro), hundido en su sofá, se frotaba los brazos como con frío.
Mireya, y su suegra Marina, consolaban a doña María, la mujer del jefe, pálida como
muerta, cuyos ojos despedían fuego. En cambio, la bella Angelita lloraba y se retorcía
las manos, sin que su marido, el coronel José León Estévez (Pechito), de uniforme y
cariacontecido, consiguiera tranquilizarla. Sintió los ojos de todos clavados en él:
¿alguna noticia? Los abrazó, uno por uno: se estaba pasando a rastrillo la ciudad, casa
por casa, calle por calle, y, pronto... Entonces descubrió que ellos sabían más que el
jefe de las Fuerzas Armadas. Había caído uno de los conspiradores, el ex militar Pedro
Livio Cedeño, a quien Abbes García interrogaba en la Clínica Internacional. Y el
coronel José León Estévez había ya prevenido a Ramfis y a Radhamés, quienes
estaban gestionando el alquiler de un avión de Air France que los trajera de París. A
partir de este momento, supo también que el poder adscrito a su cargo, que había
malgastado en las últimas horas, comenzaba a perderlo; las decisiones ya no salían de
su despacho, sino del de los jefes del SIM, Johnny Abbes García y el coronel Figueroa
Carrión, o de parientes y allegados de Trujillo, como Pechito o su cuñado Virgilio. Una
invisible presión lo alejaba del poder. No le sorprendió que Negro Trujillo no le diera
explicación alguna por no haber asistido a la reunión que lo invitó.
Se apartó del grupo, se precipitó a una cabina y llamó a la Fortaleza. Ordenó a su
jefe de Estado Mayor que enviara tropa a rodear la Clínica Internacional y a poner bajo
vigilancia al ex oficial Pedro Livio Cedeño, e impedir que el SIM lo sacara de allí,
usando la fuerza si pretendía hacerlo. El prisionero debía ser trasladado a la Fortaleza
18 de Diciembre. Él iría a interrogarlo personalmente. Tuntin Sánchez, luego de un
ominoso intervalo, se limitó a despedirse: «Buenas noches, mi general». Se dijo,
atormentado, que acaso era ésta su peor equivocación en toda la noche.
En la sala donde se hallaban los Trujillo, había más gente. Todos escuchaban, en
silencio compungido, al coronel Johnny Abbes García, quien, de pie, hablaba con
pesadumbre:
--El puente dental encontrado en la carretera es de Su Excelencia. Lo ha confirmado
el doctor Fernando Camino. Cabe suponer que, si no ha muerto, su estado es
gravísimo.
--¿Qué pasa con los asesinos? -lo interrumpió Román, en actitud desafiante-. ¿Habló
el sujeto? ¿Denunció a sus cómplices?
La mofletuda cara del jefe del SIM se volvió hacia él. Sus ojillos de batracio lo bañaron
con una mirada que, en el grado extremo de susceptibilidad en que se encontraba, le
pareció burlona.
--Ha delatado a tres -explicó Johnny Abbes, mirándolo sin pestañear-. Antonio Imbert,
Luis Amiama y el general Juan Tomás Díaz. Éste es el cabecilla, dice.
--¿Los han capturado?
--Mi gente los busca por toda Ciudad Trujillo -aseguró Johnny Abbes García-. Algo
más. Estados Unidos podría estar detrás de esto.
Musitó unas palabras de felicitación al coronel Abbes y regresó a la cabina. Volvió a
llamar al general Tuntin Sánchez. Las patrullas debían arrestar de inmediato al general
Juan Tomás Díaz, a Luis Amiama y Antonio Imbert, así como a sus familiares, «vivos o
muertos, no importaba, acaso mejor muertos, pues la CIA podría intentar sacarlos del
país». Cuando colgó, tuvo una certeza; tal como evolucionaban las cosas, ni siquiera
el exilio sería factible. Tendría que pegarse un tiro.
En el salón, Abbes García seguía hablando. Ya no de los asesinos; de la situación en
que quedaba el país.
--Es indispensable que en estos momentos un miembro de la familia Trujillo asuma la
Presidencia de la República -afirmó-. El doctor Balaguer debe renunciar y ceder su
cargo al general Héctor Bienvenido o al general José Arismendi. Así, el pueblo sabrá
que el espíritu, la filosofía y la política del jefe no sufrirán menoscabo y seguirán
guiando la vida dominicana.
Hubo un intervalo incómodo. Los presentes cambiaban miradas. El vozarrón vulgar y
matonesco de Petán Trujillo dominó la sala:
--Johnny tiene razón. Balaguer debe renunciar. Asumiremos la Presidencia Negro o
yo. El pueblo sabrá que Trujillo no ha muerto.
Entonces, siguiendo las miradas de todos los presentes, el general Román descubrió
que el Presidente fantoche estaba allí. Menudo y discreto como siempre, había
escuchado, en una silla de la esquina, se diría que tratando de no incomodar. Vestía
con la corrección de siempre y mostraba absoluta tranquilidad, como si aquello fuese
un trámite menor. Esbozó media sonrisa y habló con una calma que sedó la atmósfera:
--Como ustedes saben, yo soy Presidente de la República por decisión del
Generalísimo, quien siempre se ajustó a los procedimientos constitucionales. Ocupo
este cargo para facilitar las cosas, no para complicarlas. Si mi renuncia va a aliviar la
situación, ahí la tienen. Pero, permítanme una sugerencia. Antes de tomar una
decisión trascendental, que significa una ruptura de la legalidad, ¿no es prudente
esperar la llegada del general Ramfis Trujillo? El hijo mayor del jefe, su heredero
espiritual, militar y político ¿no debería ser consultado?
Echó una mirada a la mujer a la que el estricto protocolo trujillista obligaba a los
cronistas sociales a llamar siempre la Prestante Dama. María Martínez de Trujillo
reaccionó, imperativa:
--El doctor Balaguer tiene razón. Hasta que Ramfis llegue, nada debe cambiar -su
redonda faz había recobrado los colores.
Viendo bajar los ojos tímidamente al Presidente de la República, el general Román
salió por unos segundos del gelatinoso extravío mental para decirse que, a diferencia
de él, ese hombrecito desarmado que escribía versos y parecía tan poquita cosa en
este mundo de machos con pistolas y metralletas, sabía . muy bien lo que quería y lo
que hacía, pues no perdía un instante la serenidad. En el curso de esa noche, la más
larga de su medio siglo de vida, el general Román descubrió que, en el vacío y
desorden que lo ocurrido con el Jefe causaba, aquel ser secundario, al que todos
habían creído siempre un amanuense, una figurilla decorativa del régimen, empezaba a
adquirir sorprendente autoridad.
Como en sueños, en las horas siguientes vio hacerse, deshacerse en grupos y
rehacerse a esa asamblea de parientes, allegados y mandos trujillistas, a medida que
los hechos se iban relacionando como piezas que llenan los huecos del rompecabezas
hasta dar forma a una compacta figura. Antes de medianoche avisaron que la pistola
encontrada en el lugar del atentado pertenecía al general Juan Tomás Díaz. Cuando
Román ordenó que, además de la casa de éste fueran registradas las de todos sus
hermanos, le informaron que ya lo hacían las patrullas del SIM, dirigidas por el coronel
Figueroa Carrión, y que el hermano de Juan Tomás, Modesto Díaz, entregado al SIM
por su amigo el gallero Chucho Malapunta donde se había refugiado, estaba ya preso
en La Cuarenta. Quince minutos después, Pupo telefoneó a su hijo Alvaro. Le pidió
que le trajera municiones extras para su carabina M-1 (no se la había quitado del
hombro), convencido de que en cualquier momento tendría que defender su vida, o
acabarla por su propia mano. Luego de conferenciar en su despacho con Abbes
García y el coronel Luis José León Estévez (Pechito), sobre el obispo Reilly, tomó la
iniciativa de decir que bajo su responsabilidad fuera sacado por la fuerza del Colegio
Santo Domingo, y apoyó la tesis del jefe del SIM de ejecutarlo) pues no cabía duda de
la Complicidad de la Iglesia en la maquinación criminal. El marido de Angelita Trujillo,
tocándose el revólver, dijo que sería un honor para él ejecutar la orden. Volvió antes
de una hora, airado. La operación se había realizado sin mayores incidentes, salvo
unos cuantos golpes a unas monjas y a dos curas redentoristas, también gringos, que
intentaron proteger al purpurado. El único muerto era un pastor alemán, guardián del
colegio, que, antes de recibir un balazo, mordió a un callé. El obispo estaba ahora en el
centro de detención de la Fuerza Aérea, en el kilómetro nueve de la carretera a San
Isidro. El comandante Rodríguez Méndez, jefe del centro, se negó a ejecutar al obispo
e impidió que Pechito León Estévez lo hiciera, alegando órdenes de la Presidencia de
la República.
Estupefacto, Román le preguntó si se refería a Balaguer. El marido de Angelita
Trujillo, no menos desconcertado, asintió:
--Por lo visto, se cree que existe. Lo increíble no es que ese mequetrefe se inmiscuya
en este asunto. Sino que sus órdenes sean obedecidas. Ramfis debe ponerlo en su
sitio.
--No es necesario esperar a Ramfis. Voy a arreglarle cuentas ahora mismo -estalló
Pupo Román.
Se dirigió a trancos a la oficina del Presidente, pero, en el pasillo, tuvo un vahido.
Tanteando, consiguió llegar hasta un sillón apartado, en el que se desplomó. Se quedó
dormido de inmediato. Cuando despertó, un par de horas más tarde, recordaba una
pesadilla polar, en la que, temblando de frío en una estepa nevada, veía avanzar sobre
él a una jauría de lobos. Se levantó de un salto y corrió casi hacia la oficina del
Presidente Balaguer. Encontró las puertas abiertas de par en par. Entró decidido a
hacer sentir su autoridad a ese pigmeo entrometido, pero, nueva sorpresa, se dio en el
despacho, cara a cara, con el mismísimo obispo Reilly. Desencajado, la túnica
semidesgarrada, con huellas en el rostro de haber sido maltratado, la alta figura del
obispo mantenía sin embargo una majestuosa dignidad. El Presidente de la República
estaba despidiéndolo.
--Ah, monseñor, mire quién está aquí, el secretario de las Fuerzas Armadas, general
José René Román Fernández -hizo las presentaciones-. Viene a reiterarle el pesar de
la autoridad militar por el lamentable malentendido. Tiene usted mi palabra, y la del
jefe del Ejército, ¿no es cierto, general Román?, que ni usted, ni prelado alguno, ni las
hermanas del Santo Domingo, volverán a ser molestados. Yo mismo daré
explicaciones a sister Williemine y a síster Helen Claire. Vivimos momentos muy
difíciles, y usted, hombre de experiencia, lo entenderá. Hay subalternos que pierden el
control y se exceden, como esta noche. No se volverá a repetir. He dispuesto que una
escolta lo acompañe hasta el colegio. Le ruego que, ante el menor problema, se ponga
en contacto conmigo personalmente.
El obispo Reilly, que miraba todo aquello como si estuviera rodeado de marcianos,
hizo un vago movimiento de cabeza a manera de despedida. Román encaró al doctor
Balaguer de mal modo, tocándose la metralleta:
--Me debe una explicación, señor Balaguer. ¿Quién es usted para dar contraorden a
una disposición mía, llamando a un centro militar, a un oficial subalterno, saltándose el
escalafón? ¿Quién carajo se cree usted?
El hombrecito lo miró como si oyera llover. Luego de observarlo un momento, esbozó
una sonrisita amistosa. Y, señalando la silla frente al escritorio, lo invitó a sentarse.
Pupo Román no se movió. La sangre le bullía en las venas, como una caldera a punto
de estallar.
--¡Responda mi pregunta, coño! -gritó.
Tampoco esta vez el doctor Balaguer se alteró. Con la misma suavidad con que
declamaba o leía discursos, lo amonestó paternalmente:
--Está usted ofuscado y no es para menos, general. Pero, haga un esfuerzo. Vivimos
acaso el momento más crítico de la República, y usted más que nadie debe dar al país
ejemplo de serenidad.
Resistió su mirada encolerizada -Pupo tenía ganas de golpearlo, y, al mismo tiempo,
lo frenaba la curiosidad-, y, luego de sentarse en el escritorio, con la misma entonación,
añadió:_
--Agradézcame haberle impedido cometer una grave equivocación, general.
Asesinando a un obispo, no hubiera resuelto sus problemas. Los hubiera agravado.
Por si le sirve, sepa que el Presidente al que ha venido a echar palabrotas, está
dispuesto a ayudarlo. Aunque, me temo, no podré hacer mucho por usted.
Román no percibió ironía en aquellas palabras. ¿Escondían una amenaza? No, a
juzgar por la bondadosa manera como lo miraba Balaguer. La furia se le disipó. Ahora
tenía miedo. Envidiaba la tranquilidad de este enano melifluo.
--Sepa que he ordenado ejecutar a Segundo Imbert y a Papito Sánchez, en La
Victoria -rugió, desaforado, sin pensar en lo que decía-. Estaban también en esta
conjura. Haré lo mismo con todos los implicados en el asesinato del jefe.
El doctor Balaguer asintió levemente, sin que su expresión cambiara un ápice.
--A grandes males, grandes remedios -murmuró, de manera críptica. Y,
levantándose, avanzó hasta la puerta de su despacho, por la que salió, sin despedirse.
Román permaneció allí sin saber qué hacer. Optó por dirigirse a su oficina. A las dos
y media de la madrugada, llevó a Mireya, que había tomado un tranquilizante, a la casa
de Gazcue. Allí encontró a su hermano Bibín, haciendo tomar tragos a pico de una
botella de Carta Dorada que blandía como un estandarte, a los soldados de la guardia.
Bibín, el vago, el juerguista, el calavera, el timbero, el simpático Bibín apenas se tenía
en pie. Tuvo que subirlo en peso al cuarto de baño de los altos, con el pretexto de
ayudarlo a vomitar y a lavarse la cara. Apenas estuvieron solos, Bibín se echó a llorar.
Contemplaba a su hermano con una tristeza infinita en los ojos aguados. Un hilillo
colgaba de sus labios como una telaraña. Bajando la voz, atorándose, le contó que,
toda la noche, él, Luis Amiama y Juan Tomás lo habían buscado por la ciudad, que
desesperados llegaron a maldecirlo. ¿Qué pasó, Pupo? ¿Por qué no hizo nada? ¿Por
qué se escondió? ¿No había un Plan, acaso? El grupo de acción cumplió su parte. Le
trajeron el cadáver, como pidió.
--¿Por qué tú no cumpliste, Pupo? -Los suspiros estremecían su pecho-. ¿Qué nos va
a pasar ahora?
--Hubo contratiempos, Bibín, se apareció Navajita Espaillat, que lo vio todo. No se
pudo. Ahora...
--Ahora, estamos jodidos -roncó y se tragó los mocos Bibín-. Luis Amiama, Juan
Tomás, Antonio de la Maza, Tony Imbert, todos. Pero, sobre todo, tú. TU, y, después,
yo, por ser tu hermano. Si me quieres algo, pégame un tiro ahora mismo, Pupo.
Dispárame esa metralleta, aprovecha que estoy borracho. Antes que lo hagan ellos.
Por lo que más quieras, Pupo.
En eso, tocó la puerta del baño Alvaro: acababan de encontrar el cadáver del
Generalísimo en el baúl de un auto, en casa del general Juan Tomás Díaz.
No pegó los ojos aquella noche, ni la siguiente, ni la subsiguiente, y, probablemente,
en cuatro meses y medio no volvió a experimentar lo que había sido para él dormir -
descansar, olvidarse de sí mismo y de los otros, disolverse en una inexistencia de la
que regresaba recuperado, con más ímpetus-, aunque sí perdió el conocimiento
muchas veces, y pasó largas horas, días y noches, en un estupor estúpido, sin
imágenes, sin ideas, con el fijo deseo de que viniera la muerte a liberarlo. Todo se
mezclaba y revolvía, como si el tiempo se hubiera hecho un asopao, un revoltijo donde
antes, ahora y después no tuvieran secuencia lógica, fueran algo recurrente.
Recordaba nítidamente el espectáculo, al llegar al Palacio Nacional, de doña María
Martínez de Trujillo, rugiendo ante el cadáver del Jefe: «¡Que la sangre de los asesinos
corra hasta la última gota!». Y, como si fuera consecutivo, pero sólo podía haber
ocurrido un día después, la figura esbelta, uniformada, impecable, de un Ramfis
descolorido y esclerótico, inclinándose sin doblarse sobre el tallado cajón,
contemplando la cara del jefe que había sido maquillada, y murmurando: «Yo no seré
tan magnánimo como tú con los enemigos, papi». Le pareció que Ramfis no hablaba a
su padre, sino a él. Lo abrazó con fuerza y le gimió al oído: «Qué pérdida irreparable,
Ramfis. Menos mal que nos quedas tú».
Se veía a sí mismo, de inmediato, con su uniforme de parada y su inseparable
metralleta M-1 en la mano, en la atestada iglesia de San Cristóbal, asistiendo a las
honras fúnebres del Jefe. Algunos párrafos del discurso de un agigantado Presidente
Balaguer -«He aquí, señores, tronchado por el soplo de una ráfaga aleve, el roble
poderoso que durante más de treinta años desafió todos los rayos y salió vencedor de
todas las tempestades»- le humedecieron los ojos. Lo escuchaba junto a un Ramfis
petrificado y rodeado de escoltas con metralletas. Y se veía, al mismo tiempo,
contemplando (¿uno, dos, tres días antes?) la multitudinaria cola de miles y miles de
dominicanos de todas las edades, profesiones, razas y clases sociales, esperando,
horas de horas, bajo un sol inclemente, para subir las escalinatas de Palacio, y, en
medio de exclamaciones histéricas de dolor, desmayos, alaridos, ofrendas a los luases
del vudú, rendir su último homenaje al jefe, al Hombre, al Benefactor, al Generalísimo,
al Padre. Y, en medio de eso, él escuchaba los informes de sus ayudantes sobre la
captura del ingeniero Huáscar Tejeda y de Salvador Estrella Sadhalá, el final de
Antonio de la Maza y del general Juan Tomás Díaz en el parque Independencia
esquina Bolívar defendiéndose a balazos, y la muerte, casi simultánea, a poca
distancia, del teniente Amador García, también matando antes de que lo mataran, y la
devastación y saqueo por el populacho de la casa de la tía que lo asiló. Recordaba
asimismo los rumores sobre la misteriosa desaparición de su compadre Amiama Tió y
Antonio Imbert -Ramfis ofrecía medio millón de pesos a quien facilitara su captura-, y la
caída de unos doscientos dominicanos, civiles o militares, en Ciudad Trujillo, Santiago,
La Vega, San Pedro de Macorís y media docena de lugares más, comprometidos en el
asesinato de Trujillo.
Todo aquello se mezclaba, pero, al menos, era inteligible. Lo era, también, aquel
último recuerdo coherente que conservaría su memoria: cómo, al terminar la misa de
cuerpo presente del Generalísimo en la iglesia de San Cristóbal, Petán Trujillo lo cogió
del brazo: «Vente conmigo en mi carro, Pupo». En el Cadillac de Petán, supo -fue lo
último que supo con certeza total- que ésta era la postrera oportunidad de ahorrarse lo
que se venía, descargando su metralleta sobre el hermano del jefe y sobre sí mismo,
porque aquel viaje no iba a terminar en su casa de Gazcue. Terminó en la Base de
San Isidro, donde, le mintió Petán, sin Preocuparse de fingir, «habrá una reunión
familiar». En la entrada de la Base Aérea, dos generales, su cuñado Virgilio García
Trujillo y el jefe de Estado Mayor del Ejército, Tuntin Sánchez, le informaron que estaba
detenido, acusado de complicidad con los asesinos del Benefactor de la Patria y Padre
de la Patria Nueva. Muy pálidos y evitando mirarlo a los ojos, le pidieron su arma.
Dócilmente, les entregó la metralleta M-1, de la que no se había separado cuatro días.
Lo llevaron a un cuarto con una mesa, una vieja máquina de escribir, un mazo de
hojas en blanco y una silla. Le pidieron que se quitara el cinturón y los zapatos y los
entregara a un sargento. Lo hizo, sin preguntar nada. Lo dejaron solo, y, minutos
después, entraron los dos amigos más íntimos de Ramfis, el coronel Luis José León
Estévez (Pechito) y Pirulo Sánchez Rubirosa, quienes, sin saludarlo, le dijeron que
escribiera todo lo que sabía sobre la conspiración, dando nombres y apellidos de los
conjurados. El general Ramfis -a quien, por decreto supremo, que el Congreso
convalidaría esta noche, el Presidente Balaguer acababa de nombrar comandante en
jefe de las Fuerzas de Aire, Mar y Tierra de la República- tenía conocimiento cabal de
la trama, gracias a los detenidos, todos los cuales lo habían delatado.
Se sentó a la máquina de escribir y, durante un par de horas, hizo lo que le mandaron.
Era un pésimo mecanógrafo, escribía sólo con dos dedos, y cometió muchas faltas,
que no se demoró en corregir. Lo contó todo, desde su primera conversación con su
compadre Luis Amiama, seis meses atrás, y nombró a la veintena de personas que
sabía implicadas, pero no a Bibín. Explicó que para él fue decisivo que Estados Unidos
respaldara la conjura, y que sólo aceptó presidir la Junta cívico~militar cuando se
enteró, a través de Juan Tomás, que tanto el cónsul Henry Dearborn como el cónsul
Jack Bennett, y el jefe de la CIA en Ciudad Trujillo, Lorenzo D. Berry (Wimpy), querían
que él la encabezara. Sólo estampó una mentirita: que exigió, para participar, que el
Generalísimo Trujillo fuera secuestrado y obligado a renunciar, pero en ningún caso
asesinado. Los otros conjurados lo traicionaron, incumpliendo esta promesa. Releyó
las cuartillas y las firmó.
Estuvo solo, largo rato, esperando, con una tranquilidad de espíritu que no
experimentaba desde la noche del 30 de mayo. Cuando vinieron a buscarlo,
anochecía. Era un grupo de oficiales desconocidos. Le pusieron esposas y, siempre
sin zapatos, lo sacaron al patio de la Base y lo subieron a una camioneta con los vidrios
tintados, en la que leyó «Instituto Panamericano de Educación». Pensó que lo llevaban
a La Cuarenta. Conocía muy bien aquella tétrica casa de la calle 40, próxima a la
Fábrica Dominicana de Cemento. Había pertenecido al general Juan Tomás Díaz, que
la vendió al Estado para que Johnny Abbes la convirtiera en el escenario de sus
alambicados métodos de arrancar confesiones a los prisioneros. Él estuvo presente,
incluso, luego de la invasión castrista del 14 de junio, cuando uno de los interrogados,
el doctor Tejada Florentino, sentado en el grotesco Trono -asiento de jeep, tubos,
bastones eléctricos, vergajos de toro, garrote con cabos de madera para estrangular al
prisionero a la vez que recibía las descargas-, quedó electrocutado por equivocación
del técnico del SIM, que soltó el máximo voltaje. Pero, no, en vez de a La Cuarenta lo
llevaron a El Nueve, en la carretera Mella, una antigua residencia de Pirulo Sánchez
Rubirosa. También albergaba un Trono, más pequeño pero más moderno.
No tenía miedo. Ahora, no. El pánico cerval que desde la noche del asesinato de
Trujillo lo tuvo como un «montado», según decían de los que quedaban vaciados de sí
mismos y ocupados por espíritus en las ceremonias de vudú, se había eclipsado por
completo. En El Nueve, lo desnudaron y sentaron en la silla negruzca, en el centro de
una habitación sin ventanas y apenas iluminada. El fuerte olor a excremento y a orines
le dio náuseas. La silla era deforme y absurda, con sus añadidos. Estaba empotrada
en el piso y tenía correajes y anillos para sujetar los tobillos, las muñecas, el pecho y la
cabeza. Sus brazos estaban revestidos de placas de cobre para facilitar el paso de la
corriente. Un manojo de cables salía del Trono hasta un escritorio o mostrador, donde
se controlaba el voltaje. En la mortecina luz, mientras lo sujetaban a la silla, reconoció
entre Pechito León Estévez y Sánchez Rubirosa, la exangüe cara de Ramfis. Se había
cortado el bigote y estaba sin los eternos espejuelos Ray Ban. Lo miraba con la mirada
extraviada que le había visto cuando dirigía las torturas y asesinatos de los
sobrevivientes de Constanza, Maimón y Estero Hondo de junio de 1959. Lo seguía
mirando sín decir nada, mientras un callé lo rapaba, otro, arrodillado, le sujetaba los
tobillos, y un tercero rociaba perfume por el local. El general Román Fernández resistió
aquellos ojos.
--Tú eres el peor de todos, Pupo -lo oyó decir, de pronto, la voz rota de dolor-. Todo
lo que eres y todo lo que tienes se lo debes a papi. ¿Por qué lo hiciste?
--Por amor a mi Patria -se oyó decir.
Hubo una pausa. Ramfis habló otra vez:
--¿Está complicado Balaguer?
--No lo sé. Luis Amiama me dijo que lo habían sondeado, a través de su médico. No
parecía muy seguro. Tiendo a creer que no lo estaba.
Ramfis movió la cabeza y Pupo se sintió lanzado con fuerza ciclónica hacia adelante.
El sacudón pareció machacarle todos los nervios, del cerebro a los pies. Correas y
anillos le cercenaban los músculos, veía bolas de fuego, agujas filudas le hurgaban los
poros. Resistió sin gritar, sólo rugiendo. Aunque, a cada descarga -se sucedían con
intervalos en que le echaban baldazos de agua para reanimarlo- perdía el conocimiento
y quedaba ciego, volvía luego a la conciencia. Entonces, sus narices se llenaban de
ese perfume de sirvientas. Trataba de guardar cierta compostura, de no humillarse
pidiendo compasión. En la pesadilla de la que nunca saldría, de dos cosas estuvo
seguro: entre sus torturadores jamás apareció Johnny Abbes García, y, en algún
momento, alguien que podía ser Pechito León Estévez, o el general Tuntin Sánchez, le
hizo saber que Bibín había tenido mejores reflejos que él, pues alcanzó a dispararse un
balazo en la boca cuando el SIM lo fue a buscar a su casa de la Arzobispo Notiel con la
José Reyes. Pupo se preguntó muchas veces si sus hijos Alvaro y José René, a
quienes jamás habló de la conspiración, habrían alcanzado a matarse.
Entre sesión y sesión de silla eléctrica, lo arrastraban, desnudo, a un calabozo
húmedo, donde baldazos de agua pestilente lo hacían reaccionar. Para impedirle
dormir le sujetaron los párpados a las cejas con esparadrapo. Cuando, pese a tener
los ojos abiertos, entraba en semiinconsciencia, lo despertaban golpeándolo con bates
de béisbol. Varias veces le embutieron en la boca sustancias incomestibles; alguna
vez detectó excremento y vomitó. Luego, en ese rápido descenso a la inhumanidad,
pudo ya retener en el estómago lo que le daban. En las primeras sesiones de
electricidad, Ramfis lo interrogaba. Repetía muchas veces la misma pregunta, a ver si
se contradecía. («¿Está implicado el Presidente Balaguer?».) Respondía haciendo
esfuerzos inauditos para que la lengua le obedeciera. Hasta que oyó risa y, luego, la
voz incolora y algo femenina de Ramfis: «Cállate, Pupo. No tienes nada que contarme.
Ya lo sé todo. Ahora sólo estás pagando tu traición a papi». Era la misma voz con
altibajos discordantes de la orgía sanguinaria, luego del 14 de junio, cuando perdió la
razón y el jefe tuvo que mandarlo a una clínica psiquiátrica de Bélgica.
Cuando ese último diálogo con Ramfis, ya no pudo verlo. Le habían quitado los
esparadrapos, arrancándole de paso las cejas, y una voz ebria y regocijada le anunció:
«Ahora vas a tener oscuridad, para que duermas rico». Sintió la aguja que perforaba
sus párpados. No se movió mientras se los cosían. Le sorprendió que sellarle los ojos
con hilos lo hiciera sufrir menos que los sacudones del Trono. Para entonces, había
fracasado en sus dos intentos de matarse. El primero, lanzándose de cabeza con
todas las fuerzas que le quedaban contra la pared del calabozo. Perdió el sentido y se
ensangrentó los pelos, apenas. La segunda, estuvo cerca de conseguirlo.
Encaramándose en las rejas -le habían quitado las esposas, preparándolo para una
nueva sesión en El Trono- rompió la bombilla que iluminaba el calabozo. A cuatro
patas, se tragó todos los vidrios, esperando que una hemorragia interna acabara con
su vida. Pero el SIM tenía dos médicos en permanencia y una pequeña asistencia
dotada de lo indispensable para impedir que los torturados murieran por mano propia.
Lo llevaron a la enfermería, le hicieron tragar un líquido que le provocó vómitos, y le
metieron una sonda para limpiarle las tripas. Lo salvaron, para que Ramfis y sus
amigos pudieran seguir matándolo a poquitos.
Cuando lo castraron, el final estaba cerca. No le cortaron los testículos con un
cuchillo, sino con una tijera, mientras estaba en el Trono. Oía risitas sobreexcitadas y
comentarios obscenos, de unos sujetos que eran sólo voces y olores picantes, a axilas
y tabaco barato. No les dio el gusto de gritar. Le acuñaron sus testículos en la boca, y
se los tragó, anhelando que todo esto apresurara su muerte, algo que el nunca
sospechó podía desearse tanto.
En algún momento, reconoció la voz de Modesto Díaz, el hermano del general Juan
Tomás Díaz, del que se decía era un dominicano tan inteligente como Cerebrito Cabral
o el Constitucionalista Beodo. ¿Lo habían metido en la misma celda? ¿Lo torturaban
como a él? La voz de Modesto era amarga y acusatoria:
--Estamos aquí por tu culpa, Pupo. ¿Por qué nos traicionaste? ¿No sabías que te
pasaría esto? Arrepiéntete de haber traicionado a tus amigos y a tu país.
No tuvo fuerzas para articular sonido alguno, ni abrir la boca. Algún tiempo, que
podían ser horas, días o semanas luego de aquello, distinguió un diálogo entre un
médico del SIM y Ramfis Trujillo:
--Imposible prolongarle más la vida, mi general.
--¿Cuánto le queda? -era Ramfis, sin la menor duda.
--Unas horas, tal vez un día si le doblo el suero. Pero, en el estado en que se halla,
no resistirá una descarga. Es increíble que haya aguantado cuatro meses, mi general.
--Apártate un poquito entonces, no voy a permitir que muera de muerte natural. Ponte
detrás de mi, no te vaya a rebotar un casquillo.
Con felicidad, el general José René Román sintió la ráfaga final.
Cuando, en el asfixiante altillo de la casita morisca del doctor Robert Reid Cabral
donde llevaban ya dos días, el doctor Marcelino Vélez Santana, que había salido a la
calle en busca de noticias, vino a decirle, poniéndole una compasiva mano en el
hombro, que su casa de la Mahatma Gandhi había sido asaltada y que los caliés se
llevaron a su mujer y a sus hijos, Salvador Estrella Sadhalá decidió entregarse.
Sudaba, ahogándose. ¿Qué otra cosa hacer? ¿Permitir que esos bárbaros
mataran a su mujer y a sus hijos? Seguramente los estaban torturando. La angustia no
le permitía rezar por su familia. Entonces, comunicó a sus compañeros de escondite lo
que iba a hacer.
--Sabes lo que eso significa, Turco -lo reprendió Antonio de la Maza-. Te van a vejar y
atormentar de la manera más salvaje antes de matarte.
--Y seguirán maltratando a tu familia delante de ti, para que delates a todo el mundo -
insistió el general Juan Tomás Díaz.
--Nadie me hará abrir la boca, aunque me quemen vivo -les juró, con lágrimas en los
ojos-. Sólo denunciaré al canalla de Pupo Román.
Le pidieron no salir del escondite antes que ellos y Salvador aceptó quedarse una
noche más. Que su mujer y sus hijos, Luis de catorce años y Carmen Elly de apenas
cuatro añitos, estuvieran en las mazmorras del SIM, rodeados de facinerosos sádicos,
lo tuvo toda la noche despierto, acezando, sin rezar, sin pensar en otra cosa. El
remordimiento le roía el corazón: ¿cómo pudiste exponer así a tu familia? Y pasó a
segundo plano la mala conciencia que tenía por haber disparado contra Pedro Livio
Cedeño. ¡Pobre Pedro Livio! Dónde estaría en estos momentos. Qué horrores habrían
hecho con él.
La tarde del 4 de junio fue el primero en abandonar la casa de los Reid Cabral. Tomó
un taxi en la esquina y le dio la dirección, en la calle Santiago, del ingeniero Feliciano
Sosa Mieses, primo de su mujer, con quien siempre se había llevado muy bien. Sólo
quería averiguar si tenía noticias de ella y de los niños, y del resto de la familia, pero
fue Imposible. Le abrió la puerta el mismo Feliciano, y, al verlo, hizo un ademán de
¡Vade retro!, como si tuviera delante al demonio.
--¿Qué tú haces aquí, Turco? -exclamó, furioso-. ¿No sabes que tengo familia?
¿Quieres que nos maten? -Vete! ¡Por lo que más quieras, vete de aquí!
Le cerró la puerta con una expresión de miedo y asco que lo dejó sin saber qué hacer.
Regresó al taxi con una depresión que le ablandaba los huesos. Pese al calor, se
moría de frío.
--¿Me has reconocido, no es verdad? -preguntó al chofer, ya en el asiento.
El hombre, que llevaba una gorrita de béisbol embutida hasta las cejas, no se volvió a
mirarlo.
--Lo reconocí desde que subió -dijo, muy tranquilo-. No se preocupe, conmigo está
seguro. Yo soy antitrujillista, también. Si hay que correr, corremos juntos. ¿Dónde
quiere ir?
--A una iglesia -le dijo Salvador-. No importa cuál.
Se encomendaría a Dios y, si era posible, se confesaría. Luego de descargar su
conciencia, pediría al párroco que llamara a los guardias. Pero, a poco de estar
circulando rumbo al centro por unas calles donde las sombras crecían, el chofer le
advirtió:
--Ese tipo lo denunció, señor. Ahí están los caliés.
--Párate -le ordenó Salvador-. Antes de que éstos te maten también.
Se persignó y bajó del taxi, con los brazos en alto, indicando así a los hombres con
metralletas y pistolas de los Volkswagen que no ofrecería resistencia. Le pusieron
unas esposas que le cortaban las muñecas y lo embutieron en el asiento de atrás de
uno de los «cepillos»; los dos caliés medio sentados encima suyo hedían a sudor y
pies. Arrancaron. Como tomaron la carretera a San Pedro de Macorís, supuso que lo
llevaban a El Nueve. Hizo el trayecto en silencio, tratando de rezar y dolido porque no
lo conseguía. Su cabeza era un hervidero crepitante, caótico, donde nada se estaba
quieto, ni un pensamiento ni una imagen: todo estallaba, como burbujas de jabón.
Ahí estaba la famosa casa, en el kilómetro nueve, en efecto, rodeada de un alto muro
de concreto. Cruzaron un jardín y vio una estancia acomodada, con un chalet antiguo
rodeado de árboles, y construcciones rústicas flanqueándola. Lo bajaron a empellones
del «cepillo». Atravesó un pasillo en penumbra, con celdas donde había racimos de
hombres desnudos, y lo hicieron descender una larga escalinata. Se sintió mareado
por un olor acre, punzante, a excrementos, vómitos y carne chamuscada. Pensó en el
infierno. Al fondo de la escalera apenas había luz, pero en las semitinieblas alcanzó a
percibir una hilera de celdas, con puertas de hierro @, ventanitas con barrotes,
atestadas de cabezas, pugnando por ver. Al final del subterráneo, le arrancaron a
jalones el pantalón, la camisa, el calzoncillo, los zapatos y los calcetines. Quedó
desnudo, con las esposas puestas. Sentía las plantas de los pies mojadas por una
sustancia pegajosa, que manchaba todo el piso de losetas sin desbastar. Siempre a
empujones, lo hicieron entrar a otra habitación, casi totalmente a oscuras. Allí lo
sentaron y amarraron en un sillón descoyuntado, forrado de placas metálicas -tuvo un
escalofrío- con correas y anillos de metal para manos y pies.
Durante un buen rato no ocurrió nada. Trataba de rezar. Uno de los tipos en
calzoncillos que lo había atado -sus ojos comenzaban a desentrañar las sombras-
empezó a vaporizar el aire y él reconoció ese perfume barato, Nice, que publicitaban en
las radios. Sentía el frío de las láminas en los muslos, las nalgas, la espalda, y al
mismo tiempo traspiraba medio ahogado por la candente atmósfera. Ya distinguía las
caras de las gentes que se apretaban a su alrededor; sus siluetas, sus olores, unas
facciones. Reconoció esa cara blandengue de doble papada, coronando un cuerpo
contrahecho, de barriguita prominente. Estaba en una banqueta, sentado entre dos
personas, a muy poca distancia.
--¡Qué vergüenza, coño! Un hijo del general Piro Estrella metido en esa vaina -dijo
Johnny Abbes-. No hay gratitud en tu sangre, carajo.
Iba a responderle que su familia no tenía nada que ver con lo que había hecho, que ni
su padre, ni sus hermanos, ni su mujer, mucho menos Luisito y la pequeña Carmen Elly
sabían nada de esto, cuando la descarga eléctrica lo levantó y aplastó contra las
ligaduras y anillos que lo sujetaban. Sintió agujas en los poros, la cabeza le estalló en
pequeños bólidos ardientes, y meó, cagó y vomitó lo que tenía en las entrañas. Un
baldazo de agua lo hizo volver en sí. Inmediatamente reconoció la otra silueta, a la
derecha de Abbes García: Ramfis Trujillo. Quiso insultarlo y a la vez suplicarle que
soltara a su mujer, a Luisito y a Carmen, pero su garganta no emitió sonido alguno.
--¿Es verdad que Pupo Román está en el complot? -desafinó Ramfis.
Otro baldazo de agua le devolvió el uso de la palabra.
--Sí, sí -articuló, sin reconocer su voz-. Ese cobarde, ese traidor, sí. Él nos mintió.
Máteme, general Trujillo, pero suelte a mi mujer y a mis hijos. Son inocentes.
--No va a ser tan fácil, pendejo -contestó Ramfis-. Antes de irte al infierno, tienes que
pasar por el purgatorio. ¡Hijo de puta!
Una segunda descarga volvió a catapultarlo contra las amarras -sintió que sus ojos
saltaban de sus órbitas como las de un sapo- y perdió el sentido. Cuando lo recuperó,
estaba en el suelo de una celda, desnudo y esposado, en medio de un charco fangoso.
Le dolían los huesos, los músculos, y sentía un ardor insoportable en los testículos y el
ano, como si los tuviera desollados. Pero, más angustiosa era la sed; su garganta, su
lengua, su paladar, parecían lijas ardientes. Cerró los ojos y rezó. Pudo hacerlo, con
intervalos en los que su mente quedaba en blanco; por unos segundos, volvía a
concentrarse en la oración. Rezó a la Virgen de las Mercedes, recordándole la unción
con que había peregrinado, de joven, a Jarabacoa, y subido al Santo Cerro, a
arrodillarse a sus pies en el Santuario a su memoria. Humildemente le pidió que
amparase a su mujer, a Luisito y Carmen Elly, de las crueldades de la Bestia. En
medio del horror, se sintió agradecido. Podía rezar otra vez.
Cuando abrió los ojos, reconoció, en el cuerpo desnudo y magullado, lleno de heridas
y hematomas, tumbado a su lado, a su hermano Guarionex. ¡En qué estado habían
dejado, Dios mío, al pobre Guaro! El general tenía los ojos abiertos y lo miraba, en la
rancia luz que una bombilla del pasillo dejaba filtrarse por la ventanita con barrotes. ¿Lo
reconocía?
--Soy el Turco, tu hermano, soy Salvador -le dijo, arrastrándose hacia él-. ¿Puedes
oírme? ¿Puedes verme, Guaro?
Estuvo un tiempo infinito tratando de comunicarse con su hermano, pero no lo
consiguió. Guaro estaba vivo; se movía, quejaba, abría y cerraba los ojos. A veces,
prorrumpía en extravagancias y daba órdenes a sus subordinados: «¡Muévame esa
mula, sargento!». Y ellos habían ocultado el Plan al general Guarionex Estrella
Sadhalá por considerarlo demasiado trujillista. Qué sorpresa para el pobre Guaro: ser
arrestado, torturado e interrogado por algo que ignoraba totalmente. Trató de
explicárselo a Ramfis y a Johnny Abbes la próxima vez que lo llevaron a la sala de
torturas y lo sentaron en El Trono, y se lo repitió y juró muchas veces, entre los
desmayos que le producían las descargas, y mientras lo azotaban con esos vergajos,
los «güevos de toro», que le arrancaban tirones de piel. Ellos no parecían interesados
en saber la verdad. Les juró por Dios que ni Guarionex, ni sus otros hermanos, y
menos su padre, habían participado en la conjura, y les gritó que lo que le habían
hecho al general Estrella Sadhalá era una injusticia monstruosa, por la que
responderían en la otra vida. No lo escuchaban, más interesados en darle tormento
que en interrogarlo. Sólo después de un tiempo interminable -¿habían pasado horas,
días, semanas, desde su captura?- se dio cuenta que, con cierta regularidad, le daban
una sopa con pedazos de yuca, una raja de pan y unos jarros de agua en los que los
carceleros solían escupir al pasárselos. A él no le importaba nada ya. Podía rezar. Lo
hacía en todos los momentos libres y lúcidos, y a veces hasta dormido o desmayado.
Pero no cuando lo estaban torturando. En el Trono, el dolor y el miedo lo paralizaban.
De tanto en tanto, venía un médico del SIM a auscultarle el corazón y a ponerle una
inyección que le devolvía las fuerzas.
Un día, o noche, pues en el calabozo era imposible saber la hora, desnudo y en
esposas lo sacaron de la celda, lo hicieron subir la escalinata y lo empujaron a un
cuartito soleado. La luz blanca lo cegó. Al fin, reconoció la pálida cara apuesta de
Ramfis Trujillo, y, a su lado, derecho siempre a pesar de sus años, a su padre, el
general Piro Estrella. Al reconocer al anciano, a Salvador los ojos se le aguaron.
Pero, en vez de emocionado al ver el desecho en que estaba convertido su hijo, el
general bramó de indignación:
--¡No te reconozco! ¡No eres mi hijo! ¡Asesino! ¡Traidor! -manoseaba, ahogado de ira-.
¿No sabes lo que yo, tú y todos debemos a Trujillo? ¿A ese hombre has asesinado?
¡Arrepiéntete, miserable!
Tuvo que apoyarse en una mesa porque había comenzado a trastabillar. Bajó los
ojos. ¿Fingía el viejo? ¿Aspiraba a ganarse de ese modo a Ramfis, para luego rogarle
que le salvara la vida? ¿O el fervor trujillista de su padre era más fuerte que el
sentimiento filial? Esa duda lo desgarró todo el tiempo, salvo durante las sesiones de
tortura. Éstas se sucedían cada día, cada dos días, acompañadas, ahora sí, de
larguísimos, enloquecedores interrogatorios en los que, una y mil veces, le repetían las
mismas preguntas, le exigían los mismos detalles y trataban de hacerle denunciar
nuevos conspiradores. Nunca le creyeron que no conocía a nadie fuera de los que
ellos ya conocían, que ninguno de sus familiares había sido cómplice, y menos que
nadie Guarionex. Ni Johnny Abbes ni Ramfis asomaban en aquellas sesiones; las
conducían subalternos que llegaron a serle familiares: el teniente Clodoveo Ortiz, el
licenciado Eladio Ramírez Suero, el coronel Rafael Trujillo Reynoso, el primer teniente
de la Policía Pérez Mercado. Algunos parecían divertirse con los bastones eléctricos
que le pasaban por el cuerpo, o golpeándolo en el cráneo y las espaldas con porras
forradas de goma y quemándolo con cigarrillos; otros parecían hacerlo con disgusto o
aburrimiento. Siempre, al comienzo de cada sesión, uno de los esbirros semidesnudos
responsables de las descargas, rociaba la atmósfera con Nice, para apagar la
hediondez de las defecaciones y la carne chamuscada.
Un día, ¿qué día podía ser?, metieron a su celda a Fifí Pastoriza, Huáscar Tejeda,
Modesto Díaz, Pedro Livio Cedeño y a Tunti Cáceres, ese sobrinito de Antonio de la
Maza, quien, en el Plan original, iba a manejar el auto que finalmente condujo Antonio
Imbert. Estaban desnudos y espesados, como él. Habían estado siempre aquí, en El
Nueve, en Otras celdas, y recibido el mismo tratamiento de descargas, latigazos,
quemaduras y agujas en las orejas y en las uñas. Y sometidos a infinitos
interrogatorios.
Por ellos supo que Imbert y Luis Amiama habían desaparecido, y que, en su
desesperación por encontrarlos, Ramfis ofrecía ahora medio millón de pesos a quien
facilitara su captura. Por ellos supo también que habían muerto, peleando, Antonio de
la Maza, el general Juan Tomás Díaz y Amadito. En vez del aislamiento en que lo
habían tenido, ellos pudieron conversar con los carceleros y enterarse de qué ocurría
en el exterior. Huáscar Tejeda, a través de uno de sus torturadores, con el que intimó,
conoció el diálogo entre Ramfis Trujillo y el padre de Antonio de la Maza. El hijo del
Generalísimo vino a informar a don Vicente de la Maza, en el calabozo, que su hijo
había muerto. El anciano caudillo de Moca preguntó, sin que le temblara la voz:
«¿Murió peleando?». Ramfis asintió. Don Vicente de la Maza se santiguó: «¡Gracias,
Señor!».
Ver que Pedro Livio Cedeño se había recuperado de sus heridas le hizo bien. El
Negro no le guardaba el más mínimo rencor por haber disparado contra él en el
atolondramiento de aquella noche. «Lo que no les perdono es que no me remataran»,
bromeaba. «¿Para qué me salvaron la vida? ¿Para esto? ¡Pendejos!» El resentimiento
de todos contra Pupo Román era muy grande, pero ninguno se alegró cuando Modesto
Díaz contó que, desde su celda del piso de arriba, en este mismo local había visto a
Pupo, desnudo y esposado, con los párpados cosidos, arrastrado por cuatro esbirros a
la cámara de torturas. Modesto Díaz no era sombra del elegante e inteligente político
que fue toda su vida; además de perder muchos kilos, tenía todo el cuerpo llagado y
una expresión de infinito desconsuelo. «Así luciré Yo», pensó Salvador. Desde que lo
arrestaron no se había visto en un espejo.
Muchas veces pidió a sus interrogadores que le permitieran un confesor. Por fin, el
carcelero que les traía la comida, preguntó quiénes querían un cura. Todos levantaron
la mano. Les hicieron ponerse pantalones y los subieron por la empinada escalera
hacia la estancia donde el Turco fue insultado por su padre. Ver el sol, sentir sobre la
piel su lamido cálido, le devolvió el ánimo. Y más todavía confesarse y comulgar, algo
que, creyó, nunca más haría. Cuando el capellán Militar, el padre Rodriguez Canela,
los invitó a acompañarlo en una oración en memoria de Trujillo, sólo Salvador se
arrodilló y rezó con él. Sus compañeros permanecieron de pie, incómodos.
Por el padre Rodríguez Canela supo la fecha: 30 de agosto de 1961. ¡Habían pasado
sólo tres meses! A él le parecía que esta pesadilla duraba siglos. Deprimidos,
debilitados, desmoralizados, hablaban poco entre sí, y las conversaciones giraban
siempre sobre lo que habían visto, oído y vivido en El Nueve. De todos los testimonios
de sus compañeros de celda, a Salvador se le quedó grabada, como marca indeleble,
la historia que contó Modesto Díaz entre sollozos. Las primeras semanas fue
compañero de celda de Miguel Angel Báez Díaz. El Turco se acordaba de su sorpresa,
el 30 de mayo, en la carretera a San Cristóbal, cuando el personaje se les apareció en
su Volkswagen a asegurarles que Trujillo, con el que había paseado por la Avenida,
vendría, y supo de este modo que ese señorón del cogollo trujillista también estaba en
la conjura. Abbes García y Ramfis se encarnizaron con él, por haber estado tan cerca
de Trujillo, presenciando las sesiones de electricidad, vergajos y fuego que le infligían y
ordenando a los médicos del SIM que lo reanimaran, para seguir. A las dos o tres
semanas, en vez del apestoso plato de harina de maíz habitual, les trajeron al calabozo
una olla con trozos de carne. Miguel Angel Báez y Modesto se atragantaron, comiendo
con las manos hasta hartarse. El carcelero volvió a entrar, poco después. Encaró a
Báez Díaz: el general Ramfis Trujillo quería saber si no le daba asco comerse a su
propio hijo. Desde el suelo, Miguel Angel lo insultó: «Dile de mi parte a ese inmundo
hijo de puta, que se trague la lengua y se envenene». El carcelero se echó a reír. Se
fue y volvió, mostrándoles desde la puerta, una cabeza juvenil que tenía asida por los
pelos. Miguel Angel Báez Díaz murió horas después, en brazos de Modesto, de un
ataque al corazón.
La imagen de Miguel Angel, reconociendo la cabeza de Miguelito, su hijo mayor,
obsesionó a Salvador; tenía pesadillas en las que veía, decapitados, a Luisito y
Carmen Elly. Los alaridos que profería dormido enojaban a sus compañeros.
A diferencia de sus amigos, varios de los cuales habían intentado poner fin a sus días,
Salvador estaba decidido a resistir hasta el final. Se había reconciliado con Dios -
seguía rezando día y noche, y la Iglesia prohibía el suicidio-. Tampoco era fácil
matarse. Huáscar Tejeda lo intentó, con la corbata que le robó a uno de los carceleros
(la llevaba doblada en el bolsillo de atrás). Trató de ahorcarse, pero no lo consiguió y,
por haberlo intentado, empeoró el castigo. Pedro Livio Cedeño quiso hacerse matar
provocando a Ramfis en la sala de torturas: «Hijo de puta», «bastardo», «hijo de siete
leches», «tu madre, la Españolita, fue de burdel antes de ser la querida de Trujillo» y
hasta escupiéndolo. Ramfis no le disparó la ráfaga de metralleta que él ansiaba: «No
todavía, desconsuélate. Eso, al final. Tienes que seguir pagando.
La segunda vez que Salvador Estrella Sadhalá supo qué fecha era, fue el 9 de
octubre de 1961. Ese día le hicieron ponerse un pantalón y subió una vez más la
escalerilla hacia aquella habitación donde los rayos herían los ojos y alegraban la piel.
Pálido e impecable en su uniforme de general de cuatro estrellas, ahí estaba Ramfis,
con El Caribe del día en la mano: 9 de octubre de 1961. Salvador leyó el gran titular:
«Carta del general Pedro A. Estrella al general Rafael Leonidas Trujillo Hijo».
--Lee esta carta que me ha enviado tu padre -le alcanzó Ramfis el diario-. Habla de ti.
Salvador, con las muñecas hinchadas por las esposas, cogió El Caribe. Aunque
sentía vértigo y una indefinible mezcla de asco y tristeza, llegó hasta la última línea. El
general Piro Estrella llamaba al Chivo «el más grande de todos los dominicanos», se
jactaba de haber sido su amigo, guardaespaldas y protegido, y se refería a Salvador
con epítetos innobles; hablaba de «la felonía de un hijo descarriado y de “la traición de
mi hijo, que traicionó a su protector y a sus familiares”. Peor que los insultos, era el
párrafo final: su padre agradecía a Ramfis, con servilismo altisonante, que le hubiera
regalado dinero para ayudarlo a sobrevivir al serle confiscados los bienes familiares por
la participación de su hijo en el magnicidio.
Regresó a su celda mareado de disgusto y vergüenza. No volvió a levantar cabeza,
aunque, ante sus compañeros, procuraba ocultar su desmoralización. «No es Ramfis,
es mi padre quien me ha matado», pensaba. Y sentía envidia por Antonio de la Maza.
¡Qué suerte ser hijo de alguien como don Vicente!
Cuando, pocos días después de ese cruel 9 de octubre, él y sus cinco compañeros de
celda fueron trasladados a La Victoria -los lavaron con mangueras y les devolvieron las
ropas que llevaban al ser detenidos-, el Turco era un muerto ambulante. Ni siquiera la
posibilidad de recibir visitas -los jueves, por media hora-, abrazar y besar a su mujer, a
Luisito y Carmen Elly, pudo arrancarle el hielo que llevaba en el corazón desde que
leyó la carta pública del general Piro Estrella a Ramfis Trujillo.
En La Victoria cesaron las torturas y los interrogatorios. Seguían durmiendo en el
suelo, pero ya no desnudos, sino con ropas que les enviaban de casa. Les quitaron las
esposas. Las familias podían mandarles de comer, bebidas gaseosas y algún dinero,
con el que corrompían a los carceleros para que les vendieran periódicos, les dieran
información sobre otros presos, o llevaran mensajes a la calle. El discurso del
Presidente Balaguer en las Naciones Unidas, condenando la dictadura de Trujillo y
prometiendo una democratización «dentro del orden», hizo renacer la esperanza en la
prisión. Parecía increíble, pero comenzaba a despuntar una oposición política, con la
Unión Cívica y el 14 de junio actuando a la luz pública. Sobre todo, animaba a sus
amigos saber que en Estados Unidos, Venezuela y otros lugares se habían formado
comités exigiendo que ellos fueran juzgados por un tribunal civil, con observadores
internacionales. Salvador se esforzaba por compartir las ilusiones de los otros. En sus
rezos, rogaba a Dios que le devolviera la esperanza. Porque no albergaba ninguna. Él
había visto aquella expresión implacable de Ramfis. ¿Iba a dejarlos salir libres? jamás.
Llevaría su venganza hasta el final.
Hubo una explosión de júbilo en La Victoria cuando se supo que Petán y Negro Trujillo
habían abandonado el país. Ahora, se iría también Ramfis. Balaguer no tendría más
remedio que conceder una amnistía. Pero Modesto Díaz, con su lógica poderosa y su
fría manera de analizar las cosas, los convenció de que era ahora, más que nunca,
cuando familias y abogados debían movilizarse en su defensa. Ramfis no se iría sin
liquidar a los ajusticiadores de papi. Mientras lo oía, Salvador observaba la ruina en
que estaba convertido Modesto: había seguido perdiendo kilos y su cara era la de un
anciano lleno de surcos. ¿Cuántos habría perdido él? Los pantalones y camisas que le
llevaba su mujer le bailoteaban y cada semana tenía que abrir nuevos agujeros al
cinturón.
Estaba siempre triste, aunque no hablaba con nadie de la carta pública de su padre,
que tenía como un puñal en la espalda. Aunque los planes no habían salido como
esperaban, y hubiera habido tanta muerte y sufrimiento, su acción contribuyó a cambiar
las cosas. Las noticias que se filtraban hasta las celdas de La Victoria, hablaban de
mítines, de jóvenes que decapitaban las estatuas de Trujillo y arrancaban las placas
con su nombre y los de su familia, del regreso de algunos exiliados. ¿No era el principio
del fin de la Era de Trujillo? Nada de eso se habría conseguido si ellos no mataban a la
Bestia.
El regreso de los hermanos de Trujillo fue una ducha helada para los encerrados en
La Victoria. Sin disimular su alegría, el mayor Américo Dante Minervino, director de la
prisión, les comunicó el 17 de noviembre a Salvador, Modesto Díaz, Huáscar Tejeda,
Pedro Livio, Fifí Pastoriza y el joven Tunti Cáceres, que al anochecer serían
trasladados a las celdas del Palacio de justicia, porque mañana habría una nueva
reconstrucción del crimen, en la Avenida. Reuniendo el dinero que les quedaba,
mediante un carcelero hicieron llegar a las familias mensajes urgentes, explicándoles
que ocurría algo sospechoso; sin duda, la reconstrucción era una farsa, porque Ramfis
había decidido matarlos.
Al atardecer, les pusieron las esposas y sacaron a los seis en una camioneta negra de
ésas que los capitaleños llamaban La Perrera, con las ventanillas oscurecidas,
escoltados por tres guardias armados. Con los ojos cerrados, Salvador rogó a Dios
que cuidara de su mujer y sus hijos. Contrariamente a lo que temían, no los llevaron a
los farallones, lugar favorito de las ejecuciones secretas del régimen. Fueron al centro,
a las celdas situadas en el Palacio de Justicia de La Feria. Pasaron la mayor parte de
la noche de pie, pues el local era tan estrecho que no podían sentarse al mismo
tiempo. Lo hacían por turnos, de dos en dos. Pedro Livio y Fifí Pastoriza estaban
animosos; si los habían traído aquí, era cierto lo de la reconstrucción. Su optimismo
contagió a Tunti Cáceres y a Huáscar Tejeda. Sí, sí, por qué no; los entregarían al
Poder Judicial para que jueces civiles los juzgaran. Salvador y Modesto Díaz
permanecían callados, disimulando su escepticismo.
En voz muy baja, el Turco susurró al oído de su amigo: «Éste es el fin ¿cierto,
Modesto?». El abogado asintió, sin decir nada, apretándole el brazo.
Antes de que saliera el sol vinieron a sacarlos del calabozo y los subieron otra vez a
La Perrera. Había un impresionante despliegue militar en torno al Palacio de justicia y
Salvador, en la todavía incierta luz, advirtió que todos los soldados llevaban las
insignias de la Fuerza Aérea. Eran de la Base de San Isidro, los predios de Ramfis y
Virgilio García Trujillo. No dijo nada, para no alarmar a sus compañeros. En el
estrecho furgón trató de hablar con Dios, como lo había hecho parte de la noche,
pedirle que lo ayudara a morir con dignidad, sin deshonrarse con manifestaciones de
cobardía, pero, esta vez, no pudo concentrarse. Ese fracaso lo angustió.
Luego de un corto recorrido, la camioneta frenó. Estaban en la carretera a San
Cristóbal. Éste era el lugar del atentado, sin duda. El sol doraba el cielo, los cocoteros
de la orilla de la carretera, el mar que ronroneaba golpeando contra el acantilado.
Había muchos guardias por el rededor. Tenían acordonada la carretera y habían
cortado el tráfico en ambas direcciones.
--Para qué esta farsa, el hijito salió tan payaso como el padre -oyó decir a Modesto
Díaz.
--Por qué va a ser una farsa -protestó Fifí Pastoriza-. No seas pesimista. Es una
reconstrucción. Han venido los jueces. ¿No ven?
--Las mismas payasadas que le gustaban al papi -insistió Modesto, moviendo la
cabeza con disgusto.
Farsa o no farsa, duró muchas horas, hasta que el sol estuvo en el centro del cielo y
comenzó a taladrarles el cráneo. Uno por uno, los hacían pasar frente a una mesita de
campaña armada al aire libre, donde dos hombres de civil les hacían las mismas
preguntas que les habían hecho en El Nueve y La Victoria. Unos taquígrafos
registraban sus respuestas. Sólo oficiales subalternos merodeaban en torno. Ninguno
de los jefes -Ramfis, Abbes García, Pechito León Estévez, Pirulo Sánchez Rubirosa-
asomaron por allí mientras duró la tediosa ceremonia. No les dieron de comer, sólo
unos vasos de gaseosas, a mediodía. Comenzaba la tarde cuando vieron aparecer al
rollizo director de La Victoria, el mayor Américo Dante Minervino. Se mordisqueaba el
bigotito con cierto nerviosismo y su semblante era más siniestro que de costumbre.
Venía acompañado de un negro corpulento, con nariz aplastada de boxeador, una
metralleta al hombro y una pistola entre el cuerpo y el cinturón. Los subieron a La
Perrera.
--¿Adónde vamos? -preguntó Pedro Livio a Minervino.
--De regreso a La Victoria -dijo éste-. Vine a llevarlos yo mismo para que no se
pierdan en el camino.
--Qué honor -comentó Pedro Livio.
El mayor se puso al volante y el negro con cara de boxeador a su lado. En el furgón
de La Perrera, los tres guardias que los escoltaban eran tan jóvenes que parecían
recién reclutados. Se los notaba tensos, abrumados por la responsabilidad de cuidar
presos tan importantes. Además de esposados, les amarraron los tobillos con unas
cuerdas algo flojas, que les permitían dar pasitos cortos.
--¿Qué carajo significan estas sogas? -protestó Tunti Cáceres.
Uno de los guardias le señaló al mayor, llevándose un dedo a la boca: «Cállate».
Durante el largo recorrido, Salvador comprendió que no iban de vuelta a La Victoria, y,
por las caras de sus compañeros, ellos también lo adivinaban. Permanecían mudos,
algunos con los ojos cerrados y otros con las pupilas muy abiertas, encendidas, como
tratando de atravesar las placas metálicas del furgón para averiguar dónde se
encontraban. No trató de rezar. El desasosiego era tan grande que sería inútil. El
Señor comprendería.
Cuando la camioneta se detuvo, oyeron el mar, embistiendo al pie de un alto farallón.
Los guardias abrieron la portezuela del furgón. Estaban en un paraje desierto, de tierra
rojiza, con ralos árboles, en lo que parecía un promontorio. El sol seguía brillando,
pero ya comenzaba su curva descendente. Salvador se dijo que morir sería una
manera de descansar. Lo que ahora sentía era un enorme cansancio.
Dante Minervino y el negro fortachón con cara de boxeador, hicieron que los tres
guardias adolescentes bajaran del furgón, pero cuando los seis prisioneros iban a
seguirlos, los atajaron: «Quietos ahí». Acto seguido, comenzaron a disparar. No a
ellos, a los soldaditos. Los tres muchachos cayeron acribillados sin tiempo de
asombrarse, de comprender, de gritar.
--¡Qué hacen, qué hacen, criminales! -rugió Salvador-. ¡Por qué contra esos pobres
guardias, asesinos!
--No los matamos nosotros, sino ustedes -le repuso, muy serio, el mayor Dante
Minervino, mientras recargaba su metralleta; el negro de cara aplastada lo festejó con
una carcajada-. Ahora sí, bajen.
Aturdidos, idiotizados por la sorpresa, los seis fueron bajados y, tropezándose -las
amarras los obligaban a avanzar dando ridículos saltitos- contra los cadáveres de los
tres guardias, llevados a otra camioneta idéntica, parqueada a pocos metros. Había un
solo hombre de civil, cuidándola. Después de encerrarlos en el furgón, los tres se
apretaron en el asiento de adelante. Dante Minervino volvió a tomar el timón.
Ahora sí, Salvador pudo rezar. Oía a uno de sus compañeros sollozando, pero ese
llanto no lo distraía. Rezaba sin dificultad, como en las mejores épocas, por él, por su
familia, por los tres guardias recién asesinados, por sus cinco compañeros en el furgón,
uno de los cuales, en un ataque de nervios, se daba de cabezazos contra la placa
metálica que los separaba del conductor, blasfemando.
No supo cuánto duró aquel recorrido, pues en ningún momento dejó de rezar. Sentía
paz y una inmensa ternura recordando a su mujer y a sus hijos. Cuando frenaron y
abrieron la portezuela, vio el mar, el atardecer, el sol hundiéndose en un cielo azul tinta.
Los bajaron a empellones. Estaban en el patio-jardín de una casa muy grande, junto
a una piscina. Había un puñado de palmas canas de moños enhiestos y, a unos veinte
metros' una terraza con siluetas de hombres con vasos en las manos. Reconoció a
Ramfis, a Pechito León Estévez, al hermano de éste, Alfonso, a Pirulo Sánchez
Rubirosa y dos o tres desconocidos. Alfonso León Estévez vino corriendo hacia ellos,
sin soltar su vaso de whisky. Ayudó a Américo Dante Minervino y al negro boxeador a
empujarlos hacia los cocoteros.
--¡Uno por uno, Pechito! -ordenó Ramfis. «Está borracho», pensó Salvador. Tuvo que
emborracharse para celebrar su última fiesta, el hijo del Chivo.
Acribillaron primero a Pedro Livio, que se desplomó instantáneamente bajo la cerrada
descarga de tiros de revólver y ráfagas de metralleta que se abatió sobre él. Después,
arrastraron a los cocoteros a Tunti Cáceres, quien, antes de caer, insultó a Ramfis:
«¡Degenerado, cobarde, maricón!». Y, luego, a Modesto Díaz, que gritó «¡Viva la
República!» y quedó retorciéndose en el suelo antes de expirar.
Luego, le tocó a él. No tuvieron que empujarlo ni arrastrarlo. Dando los cortos pasitos
que le permitían las amarras de los tobillos, fue por su cuenta hacia los cocoteros
donde yacían sus amigos, agradeciendo a Dios que le hubiera permitido estar con Él
en sus últimos momentos, y diciéndose con cierta melancolía que no conocería nunca
Basquinta, aquel pueblecito libanés de donde, para conservar su fe, salieron los
Sadhalá a buscar fortuna por estas tierras del Señor.
XXII
Cuando, todavía sin salir del sueño, oyó repicar el teléfono, el Presidente Joaquín
Balaguer presintió algo gravísimo. Levantó el auricular a la vez que se restregaba los
ojos con la mano libre. Oyó al general José René Román, convocándolo a una reunión
de alto nivel en el Estado Mayor del Ejército. «Lo han matado», pensó. La conjura
había tenido éxito. Se despertó del todo. No podía perder tiempo apiadándose o
encolerizándose; por el momento, el problema era el jefe de las Fuerzas Armadas.
Carraspeo, y dijo, despacio: «Si ha ocurrido algo tan grave, como Presidente de la
República no me corresponde estar en un cuartel, sino en el Palacio Nacional. Voy
para allá. Le sugiero que la reunión se celebre en mi despacho. Buenas noches».
Colgó, antes de que el ministro de las Fuerzas Armadas tuviera tiempo de contestarle.
Se levantó y se vistió, sin hacer ruido, para no despertar a sus hermanas. Habían
matado a Trujillo, era seguro. Y estaba en marcha un golpe de Estado, encabezado por
Román. ¿Para qué podía llamarlo a la Fortaleza 18 de Diciembre? Para obligarlo a
renunciar, arrestarlo o exigirle que apoyara el levantamiento. Lucía torpe, mal
planeado. En vez de telefonear, debió mandarle una patrulla. Román, por más que
estuviera al mando de las Fuerzas Armadas, carecía de prestigio para imponerse a las
guarniciones. Aquello iba a fracasar.
Salió y pidió al retén de guardia que despertara a su chofer. Mientras éste lo llevaba
al Palacio Nacional por una avenida Máximo Gómez desierta y a oscuras, anticipó las
horas siguientes: enfrentamientos entre guarniciones rebeldes y leales y posible
intervención militar norteamericana. Washington requeriría algún simulacro
constitucional para esta acción, y, en estos momentos, el Presidente de la República
representaba la legalidad. Su cargo era decorativo, cierto. Pero, muerto Trujillo, se
cargaba de realidad. Dependía de su conducta que pasara, de mero embeleco, a
auténtico jefe de Estado de la República Dominicana. Tal vez, sin saberlo, desde que
nació, en 1906, esperaba este momento. Una vez más se repitió la divisa de su vida: ni
un instante, por ninguna razón, perder la calma.
Esta decisión se vio reforzada apenas entró al Palacio Nacional y percibió el
desbarajuste que reinaba. Habían doblado la guardia y por pasadizos y escaleras
circulaban soldados armados, buscando a quien disparar. Algunos oficiales, al verlo
caminando sin premura a su despacho, parecieron aliviados; tal vez él sabría qué
hacer. No llegó a su oficina. En el salón de visitas contiguo al despacho del
Generalísimo, vio a la familia Trujillo: la esposa, la hija, los hermanos, sobrinos y
sobrinas. Se dirigió a ellos con la expresión grave que el momento exigía. Angelita
tenía los ojos llenos de lágrimas y estaba pálida; pero en la cara gruesa y estirada de la
doña María había rabia, inconmensurable rabia.
--¿Qué nos va a pasar, doctor Balaguer? -balbuceó Angelita, cogiéndolo del brazo.
--Nada, nada les pasará -la confortó. Abrazó también a la Prestante Dama-: Lo
importante es mantener la serenidad. Armarnos de valor. Dios no permitirá que Su
Excelencia haya muerto.
Una simple ojeada le bastó para saber que esa tribu de pobres diablos había perdido
la brújula. Petán, agitando una metralleta, daba vueltas sobre sí mismo como un perro
que quiere morderse la cola, sudando y vociferando sandeces sobre los cocuyos de la
cordillera, su Ejército particular, en tanto que Héctor Bienvenido (Negro), el ex
Presidente, parecía atacado de idiotismo catatónico: miraba el vacío, la boca llena de
saliva, como si tratara de recordar quién era y dónde estaba. Y hasta el más infeliz de
los hermanos del jefe, Amable Romeo (Pipi), estaba allí, vestido como pordiosero,
acurrucado en una silla, boquiabierto. En los sillones, las hermanas de Trujillo, Nieves
Luisa, Marina, Julieta, Ofelia Japonesa, se secaban los ojos o lo miraban, implorando
ayuda. A todos les fue murmurando palabras de aliento. Había un vacío y era preciso
llenarlo cuanto antes.
Fue al despacho y llamó al general Santos Mélido Marte, inspector general de las
Fuerzas Armadas, el oficial de la alta jerarquía militar con el que tenía más antigua
relación. No estaba enterado de nada y quedó tan estupefacto con la noticia que
durante medio minuto sólo pudo articular: «Dios mío, Dios mío». Le pidió que llamara a
los comandantes generales y jefes de guarniciones en toda la República, les asegurara
que el probable magnicidio no había alterado el orden constitucional y que contaban
con la confianza del Jefe del Estado, quien los reconfirmaba en sus cargos. «Me pongo
manos a la obra, señor Presidente», se despidió el general.
Le avisaron que el nuncio apostólico, el cónsul norteamericano y el encargado de
negocios del Reino Unido estaban a la entrada de Palacio, retenidos por la guardia.
Los hizo pasar. No los traía el atentado, sino la captura violenta de monseñor Reilly,
por hombres armados que habían entrado al Colegio Santo Domingo rompiendo las
puertas. Dispararon al aire, golpearon a las monjas y a los sacerdotes redentoristas de
San Juan de la Maguana que acompañaban al obispo y mataron a un perro guardián.
Se habían llevado al prelado a empellones.
--Señor Presidente, lo hago responsable de la vida de monseñor Reilly -lo conminó el
nuncio.
--Mi gobierno no tolerará que se atente contra su vida -le advirtió el diplomático
estadounidense-. No necesito recordarle el interés en Washington por Reilly, que es
ciudadano norteamericano.
--Tomen asiento, por favor -les señaló las sillas que rodeaban su escritorio. Levantó
el teléfono y pidió que lo comunicaran con el general Virgilio García Trujillo, jefe de la
Base Aérea de San Isidro. Se volvió a los diplomáticos-: Lo lamento más que ustedes,
créanme. No ahorraré esfuerzo para poner remedio a esta barbaridad.
Poco después, escuchó la voz del sobrino carnal del Generalísimo. Sin quitar la vista
al trío de visitantes, dijo, pausado:
--Le hablo como Presidente de la República, general. Me dirijo al jefe de San Isidro y
también al sobrino preferido de Su Excelencia. Le ahorro los preliminares, en vista de
lo grave de la situación. En un acto de gran irresponsabilidad, algún subalterno, tal vez
el coronel Abbes García, ha hecho arrestar al obispo Reilly, sacándolo a la fuerza del
Colegio Santo Domingo. Tengo delante a los representantes de Estados Unidos, Gran
Bretaña y el Vaticano. Si algo ocurre a monseñor Reilly, que es ciudadano
norteamericano, puede ocurrir una catástrofe al país. incluso, un desembarco de la
infantería de marina. No necesito decirle lo que esto significaría para nuestra Patria.
En nombre del Generalísimo, de su tío, lo exhorto a evitar una desgracia histórica.
Esperó la reacción del general Virgilio García Trujillo. Aquel jadeo nervioso delataba
indecisión.
--No fue idea mía, doctor -lo oyó murmurar, por fin-. Ni siquiera me informaron de
este asunto.
--Lo sé muy bien, general Trujillo -lo ayudó Balaguer-. Usted es un oficial sensato y
responsable. Jamás cometería semejante locura. ¿Está monseñor Reilly en San
Isidro? ¿O lo han llevado a La Cuarenta?
Hubo un largo silencio, erizado de púas. Temió lo peor.
--¿Está vivo monseñor Reilly? -insistió Balaguer.
--Está en una dependencia de la Base de San Isidro, a dos kilómetros de aquí, doctor.
El comandante del centro, Rodríguez Méndez, no permitió que lo mataran. Me acaba
de informar.
El Presidente dulcificó la voz:
--Le ruego que vaya usted, en persona, como enviado mío, a rescatar a monseñor. A
pedirle disculpas en nombre del gobierno por el error cometido. Y, luego, acompañe al
obispo hasta mi despacho. Sano y salvo. Es un ruego al amigo y también una orden
del Presidente de la República. Tengo plena confianza en usted.
Los tres visitantes lo miraban desconcertados. Se puso de pie y fue a su encuentro.
Los acompañó hasta la puerta. Al estrecharles la mano, murmuró:
--No estoy seguro de ser obedecido, señores. Pero, ya ven, hago lo que está a mi
alcance para que se imponga la razón.
--¿Qué va a ocurrir, señor Presidente? -preguntó el cónsul-. ¿Aceptarán su autoridad
los trujillistas?
--Dependerá mucho de Estados Unidos, mi amigo. Francamente, no lo sé. Ahora,
discúlpenme, señores.
Volvió a la sala donde estaba la familia Trujillo. Había más gente. El coronel Abbes
García explicaba que uno de los asesinos, apresado en la Clínica Internacional, había
delatado a tres cómplices: el general retirado Juan Tomás Díaz, Antonio Imbert y Luis
Amiama. Sin duda, había muchos otros. Entre quienes escuchaban, suspensos,
descubrió al general Román; tenía la camisa caqui empapada, la cara sudorosa y
apretaba su metralleta con las dos manos. Bullía en sus ojos el enloquecimiento del
animal que se sabe perdido. Las cosas no le habían salido bien, era evidente. Con su
vocecita desafinada, el rechoncho jefe del SIM aseguró que, según el ex militar Pedro
Livio Cedeño, la conspiración no tenía ramificaciones en las Fuerzas Armadas.
Mientras lo escuchaba, se dijo que había llegado el momento de enfrentarse con Abbes
García, quien lo odiaba. Él sólo le tenía desprecio. En momentos como éste, por
desgracia, no solían imponerse las ideas sino las pistolas. Pidió a Dios, en quien creía
a ratos, que se pusiera de su lado.
El coronel Abbes García lanzó la primera arremetida. Dado el vacío dejado por el
atentado, Balaguer debía renunciar para que alguien de la familia ocupara la
Presidencia. Con su intemperancia y grosería, Petán lo apoyó: «Sí, que renuncie». Él
escuchaba, callado, las manos entrelazadas sobre el vientre, como un apacible
párroco. Cuando las miradas se volvieron hacia él, asintió con timidez, como
excusándose de verse forzado a intervenir. Con modestia, recordó que ocupaba la
Presidencia por decisión del Generalísimo. Renunciaría en el acto si ello servía a la
nación, por supuesto. Pero se permitía sugerir que, antes de romper el orden
constitucional, esperaran la llegada del general Ramfis. ¿Podía excluirse al primogénito
del jefe en asunto tan grave? La Prestante Dama lo secundó en el acto: no aceptaba
decisión alguna sin que estuviera presente su hijo mayor. Según anunció el coronel
Luis José León Estévez (Pechito), Ramfis y Radhamés hacían preparativos ya en París
para alquilar un avión de Air France. La cuestión quedó aplazada.
Mientras regresaba a su despacho, se dijo que la verdadera batalla no debería librarla
contra los hermanos de Trujillo, esa pandilla de matones idiotas, sino contra Abbes
García. Era un sádico demente, sí, pero de una inteligencia luciferina. Acababa de
cometer un traspiés, olvidándose de Ramfis. María Martínez se había vuelto su aliada.
Él sabía cómo sellar esa alianza: la avaricia de la Prestante Dama sería útil, en las
circunstancias actuales. Pero lo urgente era impedir un levantamiento. A la hora de
estar en su escritorio, llegó la llamada del general Mélido Marte. Había hablado con
todas las regiones militares y los comandantes le aseguraron su lealtad al gobierno
constituido. Sin embargo, tanto el general César A. Oliva, de Santiago de los
Caballeros, como el general García Urbáez, de Dajabón, y el general Guarionex
Estrella, de La Vega, estaban inquietos por las comunicaciones contradictorias del
secretario de las Fuerzas Armadas. ¿Sabía algo el señor Presidente?
--Nada en concreto, pero me imagino lo que usted, mi amigo -dijo Balaguer al general
Mélido Marte-. Llamaré por teléfono a esos comandantes, a fin de tranquilizarlos.
Ramfis Trujillo se encuentra ya volando de regreso, para asegurar la conducción militar
del país.
Sin pérdida de tiempo, llamó a los tres generales y les reiteró que gozaban de su
confianza. Les pidió que, asumiendo todos los poderes administrativos y políticos,
garantizaran el orden en sus regiones y, hasta la llegada del general Ramfis,
despacharan sólo con él. Cuando se despedía del general Guarionex Estrella Sadhalá,
los edecanes le anunciaron que el general Virgilio García Trujillo estaba en la antesala,
con el obispo Reilly. Hizo que pasara, solo, el sobrino de Trujillo.
--Ha salvado usted a la República -le dijo, abrazándolo, algo que no hacía jamás-. Si
se cumplían las órdenes de Abbes García y ocurría algo irreparable, los marines
estarían desembarcando en Ciudad Trujillo.
--No eran órdenes de Abbes García solamente -le repuso el jefe de la Base de San
Isidro. Lo notó confundido-. Quien ordenó al comandante Rodríguez Méndez, del
centro de detención de la Fuerza Aérea, que fusilara al obispo, fue Pechito León
Estévez. Dijo que era decisión de mi cuñado. Sí, de Pupo en persona. No lo entiendo.
Ninguno me consultó siquiera. Fue un milagro que Rodríguez Méndez se negara a
hacerlo antes de hablar conmigo.
El general García Trujillo cultivaba su físico y la indumentaria -bigotito a la mexicana,
cabello engominado, uniforme cortado y planchado como para ir a una parada y los
infaltables espejuelos Ray Ban en el bolsillo- con la misma coquetería que su primo
Ramfis, de quien era íntimo. Pero ahora se lo veía con la camisa medio salida y
despeinado; en sus ojos había recelo y dudas.
--No entiendo por qué Pupo y Pechito tomaron una decisión así, sin hablar antes
conmigo. Querían comprometer a la Fuerza Aérea, doctor.
--El general Román estará tan afectado con lo del Generalísimo que no controla sus
nervios -lo excusó el Presidente-. Felizmente, Ramfis se halla ya en camino. Su
presencia es imprescindible. A él, como general de cuatro estrellas e hijo del jefe, le
corresponde asegurar la continuidad de la política del Benefactor.
--Pero Ramfis no es político, odia la política y usted lo sabe, doctor Balaguer.
--Ramfis es un hombre muy inteligente y adoraba a su padre. No podrá negarse a
asumir el papel que la Patria espera de él. Nosotros lo convenceremos.
El general García Trujillo lo miró con simpatía.
--Puede usted contar conmigo para lo que haga falta, señor Presidente.
--Los dominicanos sabrán que, esta noche, usted salvó a la República -repitió
Balaguer, mientras lo acompañaba hasta la puerta-. Tiene usted una gran
responsabilidad, general. San Isidro es la Base más importante del pais, y por eso, de
usted depende que se mantenga el orden. Cualquier cosa, llámeme; he ordenado que
se dé prioridad a sus llamadas.
El obispo Reilly debía haber pasado unas horas de espanto en manos de los caliés.
Tenía el hábito desgarrado y embarrado, y unos surcos profundos hundían su cara
demacrada, con una mueca de horror todavía gravitando en ella. Se mantenía erecto y
silencioso. Escuchó con dignidad las excusas y explicaciones del Presidente de la
República y hasta hizo un esfuerzo por sonreír al agradecerle sus gestiones para
liberarlo: «Perdónelos, señor Presidente, porque no saben lo que hacen». En eso, se
abrió la puerta, y, metralleta en mano, sudoroso, la mirada bestializada por el miedo y
la rabia, irrumpió en el despacho el general Román. Un segundo bastó al Presidente
para saber que, si no ganaba la iniciativa, este primate empezaría a disparar. «Ah,
monseñor, mire quién está aquí.» Efusivo, agradeció al ministro de las Fuerzas
Armadas que viniera a presentar excusas, en nombre de la institución militar, al señor
obispo de San Juan de la Maguana por el malentendido de que había sido víctima. El
general Román, petrificado en medio del despacho, pestañeaba con expresión
estúpida. Tenía legañas en los ojos, como si acabara de despertar. Sin decir palabra,
luego de dudar unos segundos, alargó la mano hacia el obispo, tan desconcertado con
lo que ocurría como el general. El Presidente despidió a monseñor Reilly en la puerta.
Cuando volvió a su escritorio, Pupo Román vociferaba: «Usted me debe una
explicación. Quién carajo se cree usted, Balaguer», accionando y pasándole su
metralleta por la cara. El Presidente permaneció imperturbable, mirándolo a los ojos.
Sentía en la cara una invisible lluvia, la saliva del general. Este energúmeno no se
atrevería ya a disparar. Luego de soltar denuestos y palabrotas en medio de frases
incoherentes, Román calló. Seguía en el mismo sitio, resollando. Con voz suave y
deferente, el Presidente le aconsejó que hiciera un esfuerzo por controlarse. En estos
momentos, el jefe de las Fuerzas Armadas debía dar ejemplo de ponderación. Pese a
sus insultos y amenazas, estaba dispuesto a ayudarlo, si lo necesitaba. El general
Román prorrumpió, de nuevo, en un soliloquio semidelirante, en el que, de buenas a
primeras le hizo saber que había dado orden de ejecutar al mayor Segundo Imbert y a
Papito Sánchez, presos en La Victoria, por complicidad con el asesinato del Jefe. No
quiso seguir escuchando confidencias tan peligrosas. Sin decir nada, salió del
despacho. Ya no le cupo duda: Román estaba relacionado con la muerte del
Generalísimo. No se explicaba de otro modo su conducta irracional.
Regresó a la sala. Habían encontrado el cadáver de Trujillo en el baúl de un carro, en
el garaje del general Juan Tomás Díaz. Nunca más, en sus largos años de vida,
olvidaría el doctor Balaguer la descomposición de aquellas caras, el llanto de aquellos
ojos, la expresión de orfandad, extravío, desesperación, de civiles y militares, cuando el
sanguinolento cadáver cosido a balazos, la cara desfigurada por el proyectil que le
destrozó el mentón, quedó extendido sobre la mesa desnuda del comedor de Palacio
donde hacía unas horas habían sido agasajados Simon y Dorothy Gittleman, y
comenzó a ser desvestido y lavado para que un equipo de médicos examinara los
restos y los preparara para el velatorio. De la reacción de todos los presentes, la que
más le impresionó fue la de la viuda. Doña María Martínez observó el despojo como
hipnotizada, muy derecha en esos zapatos de altas plataformas sobre los que parecía
siempre encaramada. Tenía los ojos dilatados y enrojecidos, pero no lloraba. De
pronto, rugió, manoseando: «¡Venganza! ¡Venganza! ¡Hay que matarlos a todos!». El
doctor Balaguer se apresuró a pasarle un brazo por los hombros. Ella no se zafó. La
sentía respirar hondo, resoplando. Temblaba de manera convulsiva. «Tendrán que
pagar, tendrán que pagar», repetía. «Moveremos cielo y tierra para que así sea, doña
María», le musitó en el oído. En ese instante, tuvo un pálpito: ahora, en este momento,
debía remachar lo ya alcanzado con la Prestante Dama, después sería tarde.
Presionando cariñosamente su brazo, como para alejarla del espectáculo que la hacía
sufrir, llevó a doña María Martínez hacia uno de los saloncitos contiguos al comedor.
Apenas comprobó que estaban solos, cerró la puerta.
--Doña María, usted es una mujer excepcionalmente fuerte -le dijo, con afecto-. Por
eso me atrevo en momentos tan dolorosos, a turbar su pena con un asunto que puede
parecerle inoportuno. Pero, no lo es. Actúo guiado por la admiración y el cariño.
Siéntese, por favor.
La redonda cara de la Prestante Dama lo miraba con desconfianza. Él le sonrió,
entristecido. Era impertinente, sin duda, atosigaría con cosas prácticas, cuando su
espíritu estaba absorbido por un quebranto atroz. Pero ¿y el futuro? ¿No tenía doña
María una larga vida por delante? ¿Quién sabía lo que podía ocurrir luego de este
cataclismo? Era imprescindible que tomara algunas precauciones, pensando en el
porvenir. La ingratitud de los pueblos estaba comprobada, desde la traición de Judas a
Cristo. El país lloraría a Trujillo y bramaría contra sus asesinos, ahora. ¿Seguiría,
mañana, leal a la memoria del Jefe? ¿Y si triunfaba el resentimiento, esa enfermedad
nacional? No quería hacerle perder tiempo. Iba a lo concreto, por tanto. Doña María
debía asegurarse, poner a salvo de cualquier eventualidad los legítimos bienes
adquiridos gracias al esfuerzo de la familia Trujillo, y que, además, tanto habían
beneficiado al pueblo dominicano. Y hacerlo antes de que los reajustes políticos
constituyeran, más tarde, un impedimento. El doctor Balaguer sugería que lo discutiera
con el senador Henry Chirinos, encargado de supervigilar los negocios familiares, y
estudiar qué parte del patrimonio podía ser transferido de inmediato al extranjero, sin
mucha pérdida. Era algo que todavía se podía hacer en la más absoluta discreción. El
Presidente de la República tenía la facultad de autorizar operaciones de este tipo -la
conversión de pesos dominicanos en divisas por el Banco Central, por ejemplo, pero
cómo saber si luego ello seguiría siendo posible. El Generalísimo fue siempre reacio a
estas transferencias, por sus elevados escrúpulos. Mantener esa política en las
actuales circunstancias sería, con perdón de la expresión, una insensatez. Era un
consejo amistoso, inspirado en la devoción y la amistad.
La Prestante Dama lo escuchó en silencio, mirándolo a los ojos. Por fin, asintió,
reconocida:
--Yo sabía que usted es un amigo leal, doctor Balaguer -dijo, muy segura de sí misma.
--Espero demostrárselo, doña María. Confío en que no haya tomado mal mi consejo.
--Es un buen consejo, en este país nunca se sabe qué puede pasar -rezongó ella,
entre dientes-. Hablaré con el doctor Chirinos mañana mismo. ¿Todo se hará con la
mayor discreción?
--Por mi honor, doña María -afirmó el Presidente, tocándose el pecho.
Vio que una duda alteraba la expresión de la viuda del Generalísimo. Y adivinó lo que
ella le iba a pedir:
--Le ruego que ni siquiera a mis hijos hable usted de este asuntito -dijo, muy bajo,
como si temiera que ellos pudieran oírla-. Por razones que sería largo de explicar.
--A nadie, ni siquiera a ellos, doña María -la tranquilizó el Presidente-. Por supuesto.
Permítame reiterarle cuánto admiro su carácter, doña María. Sin usted, el Benefactor
jamás hubiera hecho todo lo que hizo.
Había ganado otro punto en su guerra de posiciones contra Johnny Abbes García. La
respuesta de doña María Martínez resultaba previsible: la codicia era en ella más fuerte
que cualquier otra pasión. En efecto, al doctor Balaguer la Prestante Dama le inspiraba
cierto respeto. Para mantenerse tantos años junto a Trujillo, de amante primero, luego
de esposa, la Españolita tenía que haberse ido despojando de toda sensiblería, de todo
sentimiento -sobre todo, la piedad-, y refugiándose en el cálculo, un frío cálculo, y,
acaso, también el odio.
La reacción de Ramfis, en cambio, lo desconcertó. A las dos horas de haber llegado
con Radhamés, el playboy Porfirio Rubirosa y un grupo de amigos en el avión alquilado
a Air France, a la Base de San Isidro -Balaguer fue el primero en abrazarlo, al pie de la
escalerilla-, y ya afeitado y vestido con su uniforme de general de cuatro estrellas, se
presentó en Palacio Nacional a rendir homenaje a su padre.
No lloró, no abrió la boca. Estaba lívido y con una extraña expresión en su rostro
afligido y apuesto, de sorpresa, de pasmo, de rechazo, como si aquella figura yacente,
vestida de etiqueta, el pecho lleno de condecoraciones, instalada en el suntuoso cajón,
rodeado de candelabros, en esa estancia cubierta de coronas fúnebres, no pudiera ni
debiera estar allí, como si, por estarlo, revelara una falla en el orden del Universo.
Estuvo largo rato mirando el cadáver de su padre, haciendo unas muecas que no podía
reprimir; parecía que sus músculos faciales trataran de repeler una invisible telaraña
adherida a su piel. «Yo no seré tan generoso como tú fuiste con tus enemigos», lo oyó
decir al fin. Entonces, el doctor Balaguer, que estaba a su lado, vestido de riguroso
luto, le habló al oído: «Es indispensable que conversemos unos minutos, general. Ya
sé que es un momento muy difícil para usted. Pero hay asuntos impostergables».
Sobreponiéndose, Ramfis asintió. Fueron, solos, al despacho de la Presidencia. Por el
camino, veían por las ventanas la gigantesca, la proliferante multitud, a la que se
seguían añadiendo grupos de hombres y mujeres venidos de las afueras de Ciudad
Trujillo y pueblos vecinos. La cola, en filas de cuatro o cinco, era de varios kilómetros y
los guardias armados apenas podían contenerla. Llevaban muchas horas esperando.
Había escenas desgarradoras, llantos, alardes histéricos, entre los que ya habían
alcanzado los graderíos de Palacio y se sentían cerca de la cámara fúnebre del
Generalísimo.
El doctor Joaquín Balaguer siempre supo que de esta conversación dependía su
futuro y el de la República Dominicana. Por eso, decidió algo que sólo hacía en casos
extremos, pues iba contra su natural cauteloso: jugarse el todo por el todo, en una
suerte de exabrupto. Esperó que el hijo mayor de Trujillo estuviera sentado frente a su
escritorio -por las ventanas se movía, como mar sublevado, la inmensa muchedumbre
arremolinada, esperando llegar hasta el cadáver del Benefactor-, y, siempre con su
manera calmada, sin denotar la más mínima inquietud, le dijo lo que había
cuidadosamente preparado:
--De usted, y sólo de usted, depende que perdure algo, mucho, o nada, de la obra
realizada por Trujillo. Si su herencia desaparece, la República Dominicana se hundirá
de nuevo en la barbarie. Volveremos a competir con Haití, como antes de 1930, por
ser la nación más miserable y violenta del hemisferio occidental.
Durante el largo rato que habló, Ramfis no lo interrumpió una sola vez. ¿Lo
escuchaba? No asentía ni negaba; sus ojos, fijos en él parte del tiempo, a ratos se
extraviaban, y el doctor Balaguer se decía que con miradas así debieron iniciarse
aquellas crisis de enajenación y depresión extrema, por las que fue recluido en clínicas
psiquiátricas de Francia y Bélgica. Pero, si lo escuchaba, Ramfis sopesaría sus
razones. Pues, aunque borrachín, calavera, sin vocación política ni inquietudes cívicas,
hombre cuya sensibilidad parecía agotarse en los sentimientos que le inspiraban las
mujeres, los caballos, los aviones y los tragos, y que podía ser tan cruel como su
padre, le constaba que era inteligente. Probablemente el único de esa familia con una
cabeza capaz de avizorar lo que estaba más allá de sus narices, su vientre y su falo.
Tenía una mente rápida, aguda, que, cultivada, hubiera podido dar excelentes frutos. A
esa inteligencia se dirigió su exposición, de una franqueza temeraria. Estaba
convencido de que era la última carta que le quedaba, si no quería ser barrido como
papel inservible por los señores de las pistolas.
Cuando calló, el general Ramfis estaba aún más pálido que cuando observaba el
cadáver de su padre.
--Usted podría perder la vida por la mitad de las cosas que me ha dicho, doctor
Balaguer.
--Lo sé, general. La situación no me dejaba otra salida que hablarle con sinceridad.
Le he expuesto la única política que creo posible. Si usted ve otra, enhorabuena.
Tengo mi renuncia lista aquí en este cajón. ¿Debo presentarla al Congreso?
Ramfis dijo que no con la cabeza. Tomó aire y, luego de un momento, con su
melodiosa voz de actor de radioteatros, se explicó:
--Por otros caminos, yo llegué hace tiempo a conclusiones parecidas -hizo un
movimiento con los hombros, de resignación-. Es verdad, no creo que haya otra
política. Para librarnos de los marines y de los comunistas, para que la OEA y
Washington nos levanten las sanciones. Acepto su plan. Cada paso, cada medida,
cada acuerdo, tendrá que consultarlo conmigo y esperar mi visto bueno. Eso sí. La
jefatura militar y la seguridad son asunto mío. No acepto interferencias, ni suya, ni de
funcionarios civiles, ni de los yanquis. Nadie que haya estado directa o indirectamente
vinculado al asesinato de papi, quedará sin castigo.
El doctor Balaguer se puso de pie.
--Sé que usted lo adoraba -dijo, solemne-. Habla bien de sus sentimientos filiales que
quiera vengar ese horrendo crimen. Nadie, y yo menos que nadie, obstaculizará su
empeño en hacer justicia. Ése es, también, mi más ferviente deseo.
Cuando se despidió del hijo de Trujillo, bebió un vaso de agua, a sorbitos. Su corazón
recuperaba su ritmo. Se jugó la vida, pero la apuesta estaba ganada. Ahora, poner en
marcha lo acordado. Comenzó a hacerlo en el entierro del Benefactor, en la iglesia de
San Cristóbal. Su discurso fúnebre, lleno de conmovedores elogios al Generalísimo,
atenuados, sin embargo, por sibilinas alusiones críticas, hizo derramar lágrimas a
algunos cortesanos desavisados, desconcertó a otros, levantó las cejas de algunos y
dejó a muchos confusos, pero mereció las felicitaciones del cuerpo diplomático.
«Comienzan a cambiar las cosas, señor Presidente», aprobó el nuevo cónsul de
Estados Unidos, recién llegado a la isla. Al día siguiente, el doctor Balaguer convocó
de urgencia al coronel Abbes García. Nada más verlo -la abotargada cara roída por la
desazón -se secaba el sudor con su infalible pañuelo colorado- se dijo que el jefe del
SIM sabía perfectamente a qué venía.
--¿Me llamó para hacerme saber que estoy destituido? -le preguntó, sin saludarlo.
Estaba de uniforme, el pantalón medio descolgado y la gorra ladeada de un modo
cómico; además de la pistola al cinto, una metralleta colgaba de su hombro. Balaguer
divisó detrás de él las caras facinerosas de cuatro o cinco guardaespaldas, que no
entraron al despacho.
--Para rogarle que acepte un nombramiento diplomático -dijo el Presidente, con
amabilidad. Su manita minúscula le indicaba una silla-. Un patriota con talento puede
servir a su patria en campos muy diversos.
--¿Adónde es el exilio dorado? -Abbes García no disimulaba su frustración ni su
cólera.
--Al Japón -dijo el Presidente-. Acabo de firmar su nombramiento, como cónsul. Su
sueldo y gastos de representación serán de embajador.
--¿No podía mandarme más lejos?
--No hay donde -se disculpó el doctor Balaguer, sin ironía-. El único país más alejado
es Nueva Zelanda, pero no tenemos relaciones diplomáticas.
El rechoncho personaje se movió en el asiento, resoplando. Una línea amarilla, de
infinito desagrado, circundaba el iris de sus ojos saltones. Retuvo un momento el
pañuelo rojo junto a sus labios, como si fuera a escupir en él.
--Usted cree que ha triunfado, doctor Balaguer -dijo, injurioso-. Se equivoca. Está tan
identificado como YO con este régimen. Tan manchado como yo. Nadie se tragará el
jueguito maquiavélico de que usted va a encabezar la transición hacia la democracia.
--Es posible que fracase -admitió Balaguer, sin hostilidad-. Pero, debo intentarlo.
Para ello, algunos deben ser sacrificados. Siento que sea usted el primero, pero no
hay remedio: representa la peor cara del régimen. Una cara necesaria, heroica,
trágica, lo sé. Me lo recordó, sentado en la silla que usted ocupa, el propio
Generalísimo. Pero eso mismo lo vuelve insalvable en estos momentos. Usted es
inteligente, no necesito explicárselo. No cree complicaciones inútiles al gobierno.
Parta al extranjero y guarde discreción. Le conviene alejarse, hacerse invisible hasta
que lo olviden. Tiene muchos enemigos. Y cuántos países quisieran echarle mano.
Estados Unidos, Venezuela, la Interpol, el FBI, México, todo Centroamérica. Usted
está mejor enterado que yo. Japón es un lugar seguro, y más con un estatuto
diplomático. Entiendo que siempre se interesó por el espiritualismo. ¿La doctrina
rosacruz, no es verdad? Aproveche para profundizar esos estudios. Por lo demás, si
quiere instalarse en otro lugar, no me diga dónde, por favor, seguirá percibiendo su
sueldo. He firmado un cargo especial, para gastos de traslado e instalación.
Doscientos mil pesos, que puede retirar de Tesorería. Buena suerte.
No le estiró la mano, porque supuso que el ex militar (la víspera había firmado el
decreto separándolo del Ejército) no se la estrecharía. Abbes García estuvo un buen
rato inmóvil, con las pupilas inyectadas, observándolo. Pero el Presidente sabía que,
hombre práctico, en vez de reaccionar con una bravata estúpida, aceptaría el mal
menor. Lo vio levantarse e irse, sin decirle adiós. Él mismo dictó a un secretario el
comunicado Informando que el ex coronel Abbes García había renunciado al Servicio
de Inteligencia, para cumplir una misión en el extranjero. Dos días después, El Caríbe,
entre los anuncios a cinco columnas de muertes y capturas de los asesinos del
Generalísimo, publicaba un recuadro en el que el doctor Balaguer vio a Abbes García,
embutido en un abrigo fileteado y un sombrero bombín de personaje de Dickens,
subiendo la pasarela del avión.
Para entonces, el Presidente había decidido que el nuevo líder parlamentario,
encargado de hacer girar discretamente al Congreso hacia posiciones más aceptables
a Estados Unidos y la comunidad occidental, fuera, no Agustín Cabral, sino el senador
Henry Chirinos. Él hubiera preferido a Cerebrito, cuya sobriedad de costumbres
coincidía con su manera de ser, en tanto que el alcoholismo del Constitucionalista
Beodo le repugnaba. Pero eligió a éste porque rehabilitar de golpe a alguien caído en
desgracia por decisión reciente de Su Excelencia, podía irritar a gentes del cogollo
trujillista, a las que aún necesitaba. No provocarlos demasiado, todavía. Chirinos era
física y moralmente repulsivo; pero, infinito, su talento de intrigante y tinterillo. Nadie
conocía mejor las triquiñuelas parlamentarias. No habían sido nunca amigos -a causa
del alcohol, que asqueaba a Balaguer- pero, apenas fue llamado al Palacio y el
Presidente le hizo saber lo que esperaba de él, el senador exultó, tanto como cuando le
pidió que facilitara, de la manera más celera e invisible, la transferencia al extranjero de
fondos de la Prestante Dama. («Noble preocupación la suya, señor Presidente:
asegurar el futuro de una ilustre matrona en desgracias) En aquella ocasión, el senador
Chirinos, todavía en tinieblas sobre lo que se gestaba, le confesó que había tenido el
honor de informar al SIM que Antonio de la Maza y el general Juan Tomás Díaz
merodeaban por la ciudad colonial (los había divisado en un carro estacionado frente a
la casa de un amigo, en la calle Espaillat) y le pidió sus buenos oficios para reclamar a
Ramfis la recompensa que ofrecía por cualquier información que permitiera capturar a
los asesinos de su padre. El doctor Balaguer le aconsejó que desistiera de esa
gratificación y no publicitara esa delación patriótica: podía perjudicar su futuro político
de manera irremediable. Aquel a quien Trujillo apodaba entre los íntimos la Inmundicia
Viviente, entendió en el acto:
--Permítame congratularlo, señor Presidente -exclamó, accionando, como trepado en
la tribuna-. Siempre pensé que el régimen debía abrirse a los nuevos tiempos.
Desaparecido el jefe, nadie mejor que usted para capear el temporal y conducir la nave
dominicana hacia el puerto de la democracia. Cuente conmigo como su colaborador
más leal y dedicado.
Lo fue, efectivamente. Él presentó en el Congreso la moción dando al general Ramfis
Trujillo los poderes supremos de la jerarquía castrense y autoridad máxima en todas
las cuestiones militares y policiales de la República, e instruyó a diputados y senadores
sobre la nueva política, que impulsaba el Presidente, destinada, no a negar el pasado
ni rechazar la Era de Trujillo, sino a superarla dialécticamente, aclimatándola a los
nuevos tiempos, de manera que Quisqueya, a medida que -sin dar un paso atrás-
perfeccionaba su democracia, fuese recibida de nuevo, por sus hermanas americanas,
en la OEA, y, levantadas las sanciones, reincorporada a la comunidad internacional. En
una de sus frecuentes reuniones de trabajo con el Presidente Balaguer, el senador
Chirinos preguntó, no sin cierta inquietud, los planes que Su Excelencia tenía respecto
al ex senador Agustín Cabral.
--He ordenado que le descongelen las cuentas bancarias y que se le reconozcan los
servicios prestados al Estado, de modo que pueda recibir una pensión -le informó
Balaguer-. Por el momento, su retorno a la vida política no parece oportuno.
--Coincidimos plenamente -aprobó el senador-. Cerebrito, a quien me une vieja
relación, es conflictivo y despierta enemistades.
--El Estado puede utilizar su talento, siempre que no figure demasiado -añadió el
mandatario-. Le he propuesto una asesoría legal en la administración.
--Sabia decisión -volvió a aprobar Chirinos-. Agustín siempre tuvo muy buena cabeza
jurídica.
Habían pasado apenas cinco semanas de la muerte del Generalísimo y los cambios
eran considerables. joaquín Balaguer no podía quejarse: en ese tiempo brevísimo, de
Presidente pelele, un don nadie, pasó a ser el auténtico jefe de Estado, cargo que
reconocían tirios y troyanos) y, sobre todo, los Estados Unidos. Aunque reticentes al
principio, cuando él explicó sus planes al nuevo cónsul, ahora tomaban más en serio su
promesa de ir llevando a pocos al país hacia una democracia plena, dentro del orden,
sin permitir que se aprovecharan los comunistas. Cada dos o tres días tenía reuniones
con el expeditivo John Calvin Hill -un diplomático con corpachón de cowboy, que
hablaba sin irse por las ramas-, a quien acabó por convencer de que, en esta etapa,
había que tener a Ramfis como aliado. El general había aceptado su plan de apertura
gradual. Tenía el control militar en sus manos, y, gracias a ello, esas bestias
gangsteriles de Petán y Héctor, así como los primitivos militarotes allegados a Trujillo,
estaban a raya. De otro modo, ya lo habrían depuesto. Tal vez, Ramfis creía que, con
las concesiones que autorizaba a Balaguer -el regreso de algunos exiliados, la
aparición de una tímida crítica al régimen de Trujillo en las radios y los diarios (el más
beligerante era uno nuevo, que salió en agosto, La Unión Cívica), los mítines públicos
de las fuerzas opositoras que comenzaban a ganar la calle, la derechista Unión Cívica
Nacional de Viriato Fiallo y Angel Cabral, y el izquierdista Movimiento Revolucionario
Severo 14 de junio- podía tener, él, un futuro político. ¡Como si alguien apellidado
Trujillo pudiera volver a figurar en la vida pública de este país! Por el momento, no
sacarlo del error. Ramfis controlaba los cañones y tenía la adhesión de los militares;
descomponer a las Fuerzas Armadas hasta extirparles el trujillismo tomaría tiempo.
Las relaciones del gobierno con la Iglesia eran otra vez excelentes; él tomaba té a
veces con el nuncio apostólico y el arzobispo Pittini.
El problema que no podía resolver de modo aceptable a la opinión internacional, era
«los derechos humanos». Había diarias protestas por los presos políticos, los
torturados, los desaparecidos, los asesinados, en La Victoria, El Nueve, La Cuarenta, y
cárceles y cuarteles del interior. A su despacho llovían manifiestos, cartas, telegramas,
informes, comunicaciones diplomáticas. No podía hacer mucho. Mejor dicho, nada,
salvo prometer vaguedades, y mirar al otro lado. Cumplía con dejar a Ramfis las manos
libres. Aun queriéndolo, tampoco hubiera podido incumplir el compromiso. El hijo del
Generalísimo había despachado a doña María y a Angelita a Europa, y seguía,
incansable, buscando cómplices, como si la conspiración para matar a Trujillo fuera
multitudinaria. Un día, el joven general le preguntó a boca de jarro:
--¿Sabe que Pedro Livio Cedeño quiso complicarlo en la conjura para matar a papi?
--No me extraña -sonrió el Presidente, sin alterarse-. La mejor defensa de los
asesinos es comprometer a todo el mundo. Sobre todo, gente cercana al Benefactor.
Los franceses llaman a eso «intoxicación».
--Si uno solo más de los asesinos lo confirmaba, usted hubiera corrido la suerte de
Pupo Román -Ramfis parecía sobrio, pese al aliento que despedía-. En estos
momentos, maldice haber nacido.
--No quiero saberlo, general -lo atajó Balaguer, estirando una manita-. Usted tiene el
derecho moral de vengar el crimen. Pero, no me dé detalles, se lo ruego. Es más fácil
enfrentar las críticas que recibo del mundo entero, si no me consta que los excesos que
denuncian son ciertos.
--Muy bien. Sólo le informaré de la captura de Antonio Imbert y Luis Amiama, si los
capturamos -Balaguer vio que la carita de galán se extraviaba, como siempre que
mencionaba a los dos únicos participantes en el complot que no estaban presos ni
muertos-. ¿Cree que están todavía en el país?
--A mi juicio, sí -afirmó Balaguer-. Si hubieran huido al extranjero, habrían convocado
conferencias de prensa, recibido premios, aparecerían en todas las televisiones.
Estarían disfrutando de su supuesta condición de héroes. Se hallan escondidos por
aquí, sin duda.
--Entonces, tarde o temprano, caerán -murmuró Ramfis-. Tengo miles de hombres
buscándolos, casa por casa, agujero por agujero. Si siguen en la República
Dominicana, caerán. Y, si no, no hay lugar en el mundo donde se libren de pagar por
la muerte de papi. Aunque me gaste en ello hasta el último centavo.
--Deseo que se cumplan sus deseos, general -dijo un comprensivo Balaguer-.
Permítame una súplica. Procure guardar las formas. La delicada operación de mostrar
al mundo que el país se abre a la democracia, se frustraría si hay un escándalo. Otro
Caso Galíndez, digamos, u otro Caso Betancourt.
Sólo en lo concerniente a los conspiradores era intratable el hijo del Generalísimo.
Balaguer no perdía el tiempo intercediendo por su liberación -la suerte de los detenidos
estaba echada, y lo estaría la de Imbert y Amiama si los capturaban-, algo que, por lo
demás, no estaba muy seguro que favoreciera sus planes. Los tiempos cambiaban, en
efecto. Los sentimientos de la multitud eran volubles. El pueblo dominicano, trujillista a
morir hasta el 30 de mayo de 1961, hubiera sacado los ojos y el corazón a Juan Tomás
Díaz, Antonio de la Maza, Estrella Sadhalá, Luis Amiama, Huáscar Tejeda, Pedro Livio
Cedeño, Fifí Pastoriza, Antonio Imbert y asociados, si se ponían a su alcance. Pero, la
consubstanciación mística con el jefe, en que el dominicano había vivido treinta y un
años, se eclipsaba. Los mítines callejeros convocados por los estudiantes, la Unión
Cívica, el 14 de junio, al principio raquíticos, de puñaditos de asustadizos, luego de un
mes, de dos meses, de tres meses, se habían multiplicado. No sólo en Santo Domingo
(el Presidente Balaguer tenía lista la moción que devolvería su nombre a Ciudad
Trujillo, y que el senador Chirinos haría aprobar en el Congreso por aclamación en el
momento oportuno), donde a veces llenaban el parque Independencia; también en
Santiago, La Romana, San Francisco de Macorís y otras ciudades. Se perdía el miedo
y aumentaba el rechazo a Trujillo. Su fino olfato histórico decía al doctor Balaguer que
ese nuevo sentimiento crecería, irresistible. Y, en un clima de antitrujillismo popular,
los asesinos de Trujillo se convertirían en poderosas figuras políticas. ¿A quién
convenía eso? Por ello, fulminó un tímido intento de la Inmundicia Viviente, cuando,
como líder parlamentario del nuevo movimiento balaguerista, vino a consultarle si creía
que un acuerdo del Congreso amnistiando a los conspiradores del 30 de mayo
convencería a la OEA y a Estados Unidos de que levantaran las sanciones.
--La intención es buena, senador. Pero ¿y las consecuencias? La amnistía heriría los
sentimientos de Ramfis, quien haría asesinar de inmediato a todos los amnistiados.
Nuestros esfuerzos podrían hacer agua.
--Nunca dejará de asombrarme lo acerado de su percepción -exclamó el senador
Chirinos, poco menos que aplaudiendo.
Fuera de este tema, Ramfis Trujillo -que vivía entregado a borracheras cotidianas en
la Base de San Isidro y en su casa a orillas del mar, en Boca Chica, adonde se había
traído, acompañada de su madre, a su última amante, una bailarina del Lido de París, y
dejado en aquella ciudad, embarazada, a su mujer oficial, la joven actriz Lita Milán-
había mostrado una buena disposición aún más allá de lo que esperaba Balaguer. Se
resignó a que se devolviera a Ciudad Trujillo el nombre de Santo Domingo, y a que se
rebautizaran las ciudades, localidades, calles, plazas, accidentes geográficos, puentes,
llamados Generalísimo, Ramfis, Angelita, Radhamés, doña Julia o doña María, y no
insistía en que se castigara demasiado a los estudiantes, subversivos y vagos que
destrozaban las estatuas, placas, bustos, fotos y letreros de Trujillo y familia en calles,
avenidas, parques y carreteras. Sin discusión aceptó la sugerencia del doctor Balaguer
de que, «en acto de desprendimiento patriótico, cediera al Estado, es decir al pueblo,
las tierras, fincas y empresas agrarias del Generalísimo y sus hijos. Ramfis lo hizo, en
carta pública. De este modo, el Estado pasó a ser dueño del cuarenta por ciento de
todas las tierras arables, lo que lo convirtió, después del cubano, en el que más
empresas públicas tenía en el continente. Y el general Ramfis apaciguaba los ánimos
de esos brutos degenerados, los hermanos del jefe, a quienes la sistemática
desaparición de los oropeles y símbolos del trujillismo dejaba perplejos.
Una noche, luego de cenar con sus hermanas el austero menú de cada día, caldo de
pollo, arroz blanco, ensalada y dulce de leche, cuando se ponía de pie para ir a
acostarse, se desmayó. Perdió la conciencia sólo unos segundos, pero el doctor Félix
Goico lo previno: si seguía trabajando a ese ritmo, antes de fin de año su corazón o su
cerebro reventarían como una granada. Debía descansar más -desde la muerte de
Trujillo dormía tres o cuatro horas apenas-, hacer ejercicio, y, los fines de semana,
distraerse. Se obligó a permanecer en la cama cinco horas cada noche, y, luego de la
comida, caminaba, aunque, para evitar asociaciones comprometedoras, lejos de la
avenida George Washington; iba al antiguo parque Ramfis, rebautizado parque
Eugenio María de Hostos. Y, los domingos, luego de la misa, para relajar su espíritu
leía un par de horas poesías románticas y modernistas, o a los clásicos castellanos del
Siglo de Oro. A veces, algún iracundo lo insultaba en la calle -«¡Balaguer, muñequito
de papel!,»-, pero, la mayoría de las veces le hacían adiós: «Buenas, Presidente». Les
agradecía, ceremonioso, quitándose el sombrero, que se acostumbró a llevar embutido
hasta las orejas para que no se lo robara el viento.
Cuando, el 2 de octubre de 1961, anunció en la Asamblea General de las Naciones
Unidas, en New York, que «en la República Dominicana está naciendo una democracia
auténtica y un nuevo estado de cosas», reconoció, ante el centenar de delegados, que
la dictadura de Trujillo había sido anacrónica, una feroz conculcadora de libertades y
derechos. Y pidió a las naciones libres que lo ayudaran a devolver la ley y la libertad a
los dominicanos. A los pocos días, recibió una amarga carta de doña María Martínez,
desde París. La Prestante Dama se quejaba de que el Presidente hubiera trazado un
cuadro «injusto» de la Era de Trujillo, sin acordarse «de todas las cosas buenas que
también hizo mi esposo, y que usted mismo tanto le alabó a lo largo de treinta y un
años». Pero no era María Martínez quien inquietaba al Presidente, sino los hermanos
de Trujillo. Supo que Petán y Negro tuvieron una reunión tempestuosa con Ramfis, al
que interpelaron: ¿iba a permitir que ese mequetrefe fuera a la ONU a hacer escarnio
de su padre? ¡Había llegado la hora de sacarlo del Palacio Nacional y poner de nuevo a
la familia Trujillo en el poder, como reclamaba el pueblo! Ramfis alegó que si daba el
golpe de Estado, la invasión de los marínes sería inevitable: se lo había advertido John
Calvin Hill en persona. La única posibilidad de conservar algo era cerrar filas detrás de
esa frágil legalidad: el Presidente Balaguer maniobraba con astucia para conseguir que
la OEA y el State Department levantaran las sanciones. Para ello se veía obligado a
pronunciar discursos como el de la ONU, contrarios a sus convicciones.
Sin embargo, en la reunión que tuvo con el mandatario poco después de que éste
regresara de New York, el hijo de Trujillo se mostró mucho menos tolerante. Su
animosidad era tal que la ruptura parecía inevitable.
--¿Va a seguir atacando a papi, como ha hecho en la Asamblea General? -sentado en
la silla que había ocupado el jefe en su última entrevista horas antes de que lo mataran,
Ramfis hablaba sin mirarlo, la vista clavada en el mar.
--No tengo más remedio, general -asintió el Presidente, apenado-. Si quiero que
crean que todo está cambiando, que el país se abre a la democracia, debo hacer un
examen autocrítico del pasado. Es doloroso para usted, lo sé. No lo es menos para mi.
La política exige desgarramientos, a veces.
Durante un buen rato, Ramfis no contestó. ¿Estaba bebido? ¿Drogado? ¿Se
avecinaba una de esas crisis anímicas que lo ponían a las puertas de la locura? Con
grandes ojeras azuladas, los ojos encendidos y desasosegados, hacía esa extraña
mueca.
--Ya se lo expliqué -añadió Balaguer-. Me he su~ jetado estrictamente a lo que
acordamos. Usted aprobó mi proyecto. Pero, desde luego, sigue en pie lo que
entonces le dije. Si prefiere tomar las riendas, no necesita sacar los tanques de San
Isidro. Le entrego mi renuncia ahora mismo.
Ramfis lo miró largamente, con hastío.
--Todos me lo piden -murmuró, sin entusiasmo-. Mis tíos, los comandantes de
regiones, los militares, mis primos, los amigos de papi. Pero, yo no quiero sentarme
ahí donde está. A mi esta vaina no me gusta, doctor Balaguer. -Para qué? ¿Para que
me paguen como a él?
Calló, con profundo desánimo.
--Entonces, general, si usted no quiere el poder, ayúdeme a ejercerlo.
--¿Más? -repuso Ramfis, burlón-. Si no fuera por mí, mis tíos lo hubieran sacado a
balazos hace rato.
--No es bastante -replicó Balaguer-. Usted ve la agitación en las calles. Los mítines
de la Unión Cívica y del 14 de junio son cada día más violentos. Esto empeorará si no
les ganamos la mano.
Volvieron los colores a la cara del hijo del Generalísimo. Esperaba con la cabeza
avanzada, como preguntándose si el Presidente se atrevería a pedirle lo que
sospechaba.
--Sus tíos deben irse -dijo suavemente el doctor Balaguer-. Mientras estén aquí, ni la
comunidad internacional, ni la opinión pública, creerán en el cambio. Sólo usted puede
convencerlos.
¿Iba a insultarlo? Ramfis lo miraba con asombro, como si no creyera lo que había
oído. Hubo otra larga pausa.
--¿Me va a pedir que yo también me vaya de este país que hizo papi, para que la
gente se trague la pendejada de los tiempos nuevos?
Balaguer esperó unos segundos.
--Sí, también -musitó, con el alma en vilo-. Usted también. No todavía. Después de
hacer partir a sus tíos. De ayudarme a consolidar el gobierno, de hacer entender a las
Fuerzas Armadas que Trujillo ya no está aquí. Esto no es novedad para usted,
general. Siempre lo supo. Que lo mejor para usted, su familia y sus amigos, es que
este proyecto salga adelante. Con la Unión Cívica o el 14 de junio en el poder, sería
peor.
No sacó el revólver, no lo escupió. Volvió a palidecer, a hacer esa mueca de
alienado. Encendió un cigarrillo y echó varios copazos, contemplando deshacerse el
humo que arrojaba.
--Me hubiera ido, hace rato, de este país de pendejos y de ingratos -masculló_. Si
hubiera encontrado a Amiama y a Imbert, ya no estaría aquí. Son los únicos que faltan.
Una vez que cumpla la promesa que he hecho a papi, me iré.
El Presidente le informó que había autorizado el regreso del exilio de Juan Bosch y
sus compañeros del Partido Revolucionario Dominicano. Le pareció que el general no
escuchó sus explicaciones de que Bosch y el PRD se enfrascarían en una lucha
despiadada con la Unión Cívica y el 14 de junio por el liderazgo del antitrujillismo. Y
que, de este modo, prestarían un buen servicio al gobierno. Porque lo verdaderamente
peligroso eran los señores de la Unión Cívica Nacional, donde había gente de dinero y
conservadores con influencias en Estados Unidos, como Severo Cabral; y eso lo sabía
Juan Bosch, quien haría todo lo conveniente -y acaso lo inconveniente- para frenar el
acceso al gobierno de tan poderoso competidor.
Quedaban unos doscientos cómplices, reales o su puestos, de la conjura en La
Victoria, y a estas gentes, una vez que los Trujillo partieran, convendría amnistiarlas.
Pero Balaguer sabía que el hijo de Trujillo jamás dejaría salir libres a los ajusticiadores
todavía vivos. Se encarnizaría con ellos, como con el general Román, a quien torturó
cuatro meses antes de anunciar que se había suicidado de remordimiento por su
traición (el cadáver nunca fue hallado), y con Modesto Díaz, a quien, si seguía vivo,
debía estar maltratando todavía. El problema era que los presos -la oposición los
llamaba ajusticiadores- afeaban la nueva cara que él quería dar al régimen. Todo el
tiempo estaban llegando misiones, delegaciones, políticos y periodistas extranjeros a
interesarse por ellos, y el Presidente tenía que hacer malabares para explicar por qué
no eran juzgados aún, jurar que su vida sería respetada y que al juicio, pulquérrimo,
asistirían observadores internacionales. ¿Por qué no había acabado Ramfis aún con
ellos, como hizo con casi todos los hermanos de Antonio de la Maza -Mario, Bolívar,
Ernesto, Pirolo, y muchos primos, sobrinos y tíos, asesinados a balazos o a golpes el
día mismo de su arresto- en vez de tenerlos en capilla, para fermento de opositores?
Balaguer sabía que la sangre de los ajusticiadores lo salpicaría: era el toro bravo que le
quedaba por lidiar.
Pocos días después de aquella conversación, un telefonazo de Ramfis le trajo una
excelente noticia: había convencido a sus tíos. Petán y Negro partirían para unas
largas vacaciones. El 25 de octubre, Héctor Bienvenido voló con su mujer
norteamericana rumbo a Jamaica. Y Petán zarpó en la fragata Presidente Trujíllo a un
supuesto crucero por el Caribe. El cónsul John Calvin Hill confesó a Balaguer que,
ahora sí, crecía la posibilidad de que se levantaran las sanciones.
--Que no demore mucho, señor cónsul -lo urgió el Presidente-. Cada día, la República
se nos asfixia un poquito más.
Las empresas industriales estaban casi paralizadas por la incertidumbre política y las
limitaciones para importar insumos; los comercios, vacíos por la caída del ingreso.
Ramfis malvendía las firmas no registradas a nombre de los Trujillo y las acciones al
portador, y el Banco Central tenía que trasladar aquellas sumas, convertidas en divisas
al irreal cambio oficial de un peso por un dólar, a bancos del Canadá y Europa. La
familia no había transferido al extranjero tantas divisas como el Presidente temía: doña
María doce millones de dólares, Angelita trece, Radhamés diecisiete y, hasta ahora,
Ramfis, unos veintidós, lo que sumaba sesenta y cuatro millones de dólares. Podía
haber sido peor. Pero las reservas se iban a extinguir dentro de poco y ya no se podría
pagar a soldados, maestros ni empleados públicos.
El 15 de noviembre, el ministro del Interior lo llamó aterrado: los generales Petán y
Héctor Trujillo habían regresado de manera intempestiva. Le rogó que se asilara; en
cualquier momento estallaría el golpe militar. El grueso del Ejército los apoyaba.
Balaguer citó de urgencia al cónsul Calvin Hill. Le explicó la situación. A menos que
Ramfis lo impidiera, muchas guarniciones apoyarían a Petán y Negro en su intento
insurreccional. Habría una guerra civil de incierto resultado y una matanza
generalizada de antitrujillistas. El cónsul sabía todo. A su vez, le informó que el
Presidente Kennedy, en persona, acababa de ordenar el envío de una flota de guerra.
Procedentes de Puerto Rico, navegaban hacia las costas dominicanas el portaaviones
Valley Forge, el crucero Little Rock, buque insignia de la Segunda Flota, y los
destructores Hyman, Bristol y Beatty. Unos dos mil marines desembarcarían si había
golpe.
En una breve conversación por teléfono con Ramfis -estuvo tratando de comunicarse
con él cuatro horas antes de conseguirlo- éste le dio una noticia ominosa. Había tenido
una violenta discusión con sus tíos. No se irían del país. Ramfis les advirtió que,
entonces, se iría él.
--¿Qué va a ocurrir ahora, general?
--Que, a partir de este momento, se queda usted solo en la jaula de las fieras, señor
Presidente -se rió Ramfis-. Suerte.
El doctor Balaguer cerró los ojos. Las horas, los días siguientes serían cruciales.
¿Qué pensaba hacer el hijo de Trujillo? ¿Partir? ¿Pegarse un tiro? Se iría a París, a
reunirse con su mujer, su madre y sus hermanos, a consolarse con fiestas, partidos de
polo y mujeres en la bella casa que se compró en Neuilly. Ya había sacado todo el
dinero que podía; dejaba algunas propiedades inmuebles que tarde o temprano serían
embargadas. En fin, eso no era problema. Lo eran las bestias irracionales. Los
hermanos del Generalísimo comenzarían pronto a pegar tiros, lo único que hacían con
destreza. En todas las listas de enemigos por liquidar que, según vox pópuli, había
confeccionado Petán, Balaguer figuraba a la cabeza. De modo que, como decía un
refrán que le gustaba citar, había que «vadear este río despacito y por las piedras». No
tenía miedo, sólo tristeza de que la exquisita orfebrería que había puesto en marcha se
estropeara por el balazo de un matón.
Al amanecer del día siguiente, su ministro del Interior lo despertó para informarle que
un grupo de militares había retirado el cadáver de Trujillo de su cripta en la iglesia de
San Cristóbal. Lo trasladaron a Boca Chica, donde, frente al embarcadero privado del
general Ramfis, estaba atracado el yate Angelita.
--No he oído nada, señor ministro -lo cortó Balaguer-. Usted no me ha dicho nada,
tampoco. Le aconsejo que descanse unas horas. Nos espera un día muy largo.
En contra de lo que aconsejó al ministro, él no se entregó al descanso. Ramfis no
partiría sin liquidar a los asesinos de su padre y este asesinato podía echar por los
suelos sus laboriosos esfuerzos de estos meses para convencer al mundo de que, con
él en la Presidencia, la República estaba volviéndose una democracia, sin la guerra civil
ni el caos temidos por Estados Unidos y las clases dirigentes dominicanas. Pero ¿qué
podía hacer? Cualquier orden suya relativa a los prisioneros que contradijera las de
Ramfis, sería desobedecida y pondría en evidencia su absoluta falta de autoridad con
las Fuerzas Armadas.
Sin embargo, misteriosamente, salvo la proliferación de rumores sobre inminentes
levantamientos armados y masacres de civiles, ni el 16 ni el 17 de noviembre pasó
nada. Él siguió despachando los asuntos corrientes, como si el país gozara de total
tranquilidad. Al anochecer del 17 fue Informado que Ramfis había desocupado su casa
de playa. Poco después, lo vieron bajarse borracho de un automóvil y lanzar una
injuria y una granada -que no explotó- contra la fachada del Hotel El Embajador.
Desde entonces, se ignoraba su paradero. A la mañana siguiente, una comisión de la
Unión Cívica Nacional, presidida por Angel Severo Cabral, exigió ser recibida de
inmediato por el Presidente: era de vida o muerte. La recibió. Severo Cabral estaba
fuera de sí. Enarbolaba una hoja garabateada por Huáscar Tejeda a su mujer Lindin,
contrabandeada de La Victoria, revelándole que los seis acusados de la muerte de
Trujillo (incluidos Modesto Díaz y Tunti Cáceres) habían sido separados de los demás
presos políticos para ser transferidos a otra prisión. «Nos van a matar, amor»,
terminaba la misiva. El líder de la Unión Cívica exigió que los prisioneros fueran
puestos en manos del Poder Judicial o liberados por decreto presidencial. Las esposas
de los presos se manifestaban a las puertas de Palacio, con sus abogados. La prensa
internacional había sido alertada, así como el State Department y las embajadas
occidentales.
Un alarmado doctor Balaguer les aseguró que tomaría cartas en el asunto
personalmente. No permitiría un crimen. Según sus informes, el traslado de los seis
conjurados tenía por objeto, más bien, acelerar la instructiva. Se trataba de un mero
trámite de reconstrucción del crimen, luego de lo cual el juicio comenzaría sin demora.
Y, por supuesto, con observadores de la Corte Internacional de La Haya, a los que él
mismo invitaría al país.
Apenas partieron los dirigentes de la Unión Cívica, llamó al procurador general de la
República, doctor José Manuel Machado. ¿Sabía por qué el jefe de la Policía Nacional,
Marcos A. Jorge Moreno, había ordenado el traslado de Estrella Sadhalá, Huáscar
Tejeda, Fifí Pastoriza, Pedro Livio Cedeño, Tunti Cáceres y Modesto Díaz a las celdas
del Palacio de justicia? El procurador general de la República no sabía nada.
Reaccionó indignado: alguien usaba indebidamente el nombre del Poder Judicial,
ningún juez había ordenado una nueva reconstrucción del crimen. Luciendo muy
inquieto, el Presidente afirmó que aquello era intolerable. Ordenaría de inmediato al
ministro de justicia investigar a fondo, deslindar responsabilidades e incriminar a quien
hubiera lugar. Para dejar pruebas escritas de que lo hacía, dictó a su secretario un
memorándum, que ordenó llevar de urgencia al Ministerio de Justicia. Luego, llamó al
ministro por teléfono. Lo encontró transtornado:
--No sé qué hacer, señor Presidente. Tengo en la puerta a las mujeres de los presos.
Recibo presiones de todas partes para que informe y yo no sé nada. ¿Sabe usted por
qué han sido trasladados a las celdas del Poder judicial? Nadie es capaz de
explicármelo. Ahora los están llevando a la carretera, para una nueva reconstrucción
del crimen que nadie ha ordenado. No hay manera de acercarse allí, pues soldados
de la Base de San Isidro acordonan la zona. ¿Qué debo hacer?
--Vaya personalmente y exija una explicación -lo instruyó el Presidente-. Es
imprescindible que haya testigos de que el gobierno ha hecho cuanto pudo por impedir
que se viole la ley. Hágase acompañar de los representantes de Estados Unidos y
Gran Bretaña.
El doctor Balaguer llamó en persona a John Calvin Hill y le rogó que apoyara aquella
gestión del ministro de Justicia. Al mismo tiempo, le informó que si, como parecía, el
general Ramfis se aprestaba a abandonar el país, los hermanos de Trujillo pasarían a
la acción.
Siguió despachando, aparentemente absorbido por la situación crítica de las finanzas.
No se movió del despacho a la hora de comida, y, trabajando con el secretario de
Estado de Finanzas y el gobernador del Banco Central, se negó a recibir llamadas o
visitas. Al anochecer, su secretario le alcanzó una nota del ministro de justicia,
informándole que él y el cónsul estadounidense habían sido impedidos por soldados
armados de la Aviación de acercarse al lugar de la reconstrucción del crimen. Le
confirmaba que nadie en el Ministerio, la fiscalía ni los tribunales había pedido, ni sido
enterado, de aquel trámite, una decisión exclusivamente militar. Al llegar a su casa, a
las ocho y media de la noche, recibió una llamada del ahora jefe de la Policía, el
coronel Marcos A. Jorge Moreno. La camioneta con tres guardias armados que,
cumplido el trámite judicial en la carretera, regresaba a los prisioneros a La Victoria,
había desaparecido.
--No ahorre esfuerzos para encontrarlos, coronel. Movilice todas las fuerzas que haga
falta -le ordenó el Presidente-. Llámeme a cualquier hora.
A sus hermanas, inquietas por los rumores de que los Trujillo habían asesinado esta
tarde a los que mataron al Generalísimo, les dijo que no sabía nada. Probablemente,
invenciones de los extremistas para acrecentar el clima de agitación e inseguridad.
Mientras las tranquilizaba con mentiras, conjeturó: Ramfis partiría esta noche, si no lo
había hecho ya. El enfrentamiento con los hermanos Trujillo tendría lugar al amanecer,
entonces. ¿Lo mandarían apresar? ¿Lo matarían? Sus diminutos cerebros eran
capaces de creer que, matándolo, podían atajar una maquinaria histórica que, muy
pronto, los borraría de la política dominicana. No sentía inquietud, sólo curiosidad.
Cuando se estaba poniendo el pijama, llamó otra vez el coronel Jorge Moreno. La
camioneta había sido encontrada: los seis prisioneros habían huido, luego de asesinar
a los tres guardias.
--Mueva cielo y tierra hasta encontrar a los prófugos -recitó, sin que le cambiara la
voz-. Usted me responde por la vida de esos prisioneros, coronel. Ellos deben
comparecer ante un tribunal, para ser juzgados de acuerdo a la ley por este nuevo
crimen.
Antes de dormirse, lo sobrecogió un sentimiento de lástima. No por los prisioneros,
asesinados esta tarde sin duda por Rarrifis en persona, sino por los tres soldaditos a
los que el hijo de Trujillo también había hecho matar para dar apariencia de verdad a la
farsa de la fuga. Tres pobres guardias aniquilados en frío, para dar visos de verdad a
una fantochada que nadie creería nunca. ¡Qué sangría inútil!
Al día siguiente, camino al Palacio, leyó en las páginas interiores de El Caribe la fuga
de los «asesinos de Trujillo, luego de ultimar alevosamente a los tres guardias que los
llevaban de vuelta a La Victoria». Sin embargo, el escándalo que temía no ocurrió;
quedó opacado por otros acontecimientos. A las diez de la mañana, un patadón abrió
la puerta de su oficina. Metralleta en mano y con racimos de granadas y revólveres en
la cintura, irrumpió el general Petán Trujillo, seguido de su hermano Héctor, también
vestido de general, y veintisiete hombres armados de su guardia personal, cuyas caras
le parecieron, además de rufianescas, alcoholizadas. El disgusto que le produjo esta
turba incivil fue más fuerte que el temor.
--No puedo ofrecerles asiento, no tengo tantas sillas, lo siento -se disculpó el pequeño
Presidente, incorporándose. Parecía tranquilo y su redonda carita sonreía con
urbanidad.
--Ha llegado la hora de la verdad, Balaguer -rugió el bestial Petán, escupiendo saliva.
Blandía su metralleta, amenazador, y se la pasó por la cara al Presidente. Éste no
retrocedió-. ¡Basta de pendejadas e hipocresías! Así como Ramfis acabó ayer con esos
hijos de puta, vamos a acabar nosotros con los que andan sueltos. Empezando por los
judas, enano traidor.
También andaba algo borracho esta nulidad vulgar. Balaguer disimulaba su
indignación y su aprehensión, con total dominio de sí mismo. Con calma, señaló la
ventana:
--Le ruego que me acompañe, general Petán -se dirigió luego a Héctor-. Usted
también, por favor.
Se adelantó y, ante el ventanal, apuntó hacia el mar. Era una mañana radiante.
Frente a las costas se divisaban, muy nítidas, destellando, las siluetas de tres barcos
de guerra norteamericanos. No se podía leer sus nombres, pero, sí, apreciar los largos
cañones del crucero equipado de misiles Little Rock y de los portaaviones Valley Forge
y Franklin D. Roosevelt, apuntando a la ciudad.
--Esperan que ustedes tomen el poder para iniciar el cañoneo -dijo el Presidente, muy
despacio-. Esperan que les den el pretexto, para invadirnos otra vez. ¿Quieren pasar a
la historia como los dominicanos que permitieron una segunda ocupación yanqui de la
República? Si eso quieren, disparen y hagan de mí un héroe. Mi sucesor no estará
sentado en esta silla ni una hora.
Ya que lo habían dejado pronunciar toda esa frase, se dijo, era improbable que lo
mataran. Petán y Negro cuchicheaban, hablando al mismo tiempo y sin entenderse.
Los matones y guardaespaldas se miraban, confusos. Por fin, Petán ordenó a sus
hombres que salieran. Cuando se vio solo en el despacho con los dos hermanos,
dedujo que había ganado la partida. Vinieron a sentarse frente a él. ¡Los pobres
diablos! ¡Qué incómodos se les notaba! No sabían por dónde empezar. Había que
facilitarles la tarea.
--El país espera un gesto de ustedes -les dijo, con simpatía-. Que actúen con el
desprendimiento y el patriotismo del general Ramfis. Su sobrino ha abandonado el
país para facilitar la paz.
Petán lo interrumpió, malhumorado y directo:
--Es muy fácil ser patriota cuando se tiene en el extranjero los millones y las
propiedades de Ramfis. Pero, ni Negro ni yo tenemos afuera casas, acciones, ni
cuentas corrientes. Todo nuestro patrimonio está aquí, en el país. Nosotros fuimos los
únicos pendejos en obedecer al jefe, que prohibió sacar dinero al extranjero. ¿Es justo
eso? No somos idiotas, señor Balaguer. Todas las tierras y bienes que tenemos aquí
nos los van a confiscar.
Se sintió aliviado.
--Eso tiene remedio, señores -los tranquilizó-. ¡No faltaba más! Un gesto generoso
como el que la Patria les pide, tiene que ser recompensado.
A partir de este momento, todo consistió en una aburrida negociación crematística,
que confirmó al Presidente en su desprecio por las gentes ávidas de dinero. Era algo
que, él, no había codiciado jamás. Transó al fin por unas sumas que le parecieron
razonables, dadas la paz y la seguridad que ganaba con ello la República. Dio orden al
Banco Central de que se entregaran dos millones de dólares a cada uno de los
hermanos, y de que se cambiaran en divisas los once millones de pesos que tenían,
parte en cajas de zapatos y el resto depositado en bancos de la capital. Para estar
seguros de que el acuerdo se respetaría, Petán y Héctor exigieron que lo refrendara el
cónsul norteamericano. Calvin Hill compareció de inmediato, encantado de que las
cosas se arreglaran con buena voluntad y sin derramamiento de sangre. Felicitó al
Presidente y sentenció: «En las crisis se conoce al verdadero estadista». Bajando los
ojos con modestia, el doctor Balaguer se dijo que, con la partida de los Trujillo, habría
tal explosión de exultación y alegría -algo de caos, también- que poca gente recordaría
el asesinato de los seis prisioneros, cuyos cadáveres, qué duda podía caber, jamás
aparecerían. El episodio no lo dañaría demasiado.
En Consejo de Ministros, pidió acuerdo unánime del gabinete para una amnistía
política general, que vaciara las cárceles y anulara todos los procesos judiciales por
subversión, y ordenó que fuera disuelto el Partido Dominicano. Los ministros, puestos
de pie, lo aplaudieron. Entonces, con las mejillas algo sonrojadas, el doctor Tabaré
Alvarez Pereyra, su ministro de Salud, le hizo saber que desde hacía seis meses tenía
escondido en su casa
--la mayor parte del tiempo emparedado en un angosto closet, entre batas y pijamas-
al fugitivo Luis Amiama Tió.
El doctor Balaguer encomió su espíritu humanitario y le dijo que acompañara él
mismo, al Palacio Nacional, al doctor Amiama, pues tanto él como don Antonio Imbert,
quien, sin duda, aparecería ahora de un momento a otro, serían recibidos en persona
por el Presidente de la República con el respeto y la gratitud que se merecían por los
altos servicios prestados a la Patria.
Luego de la partida de Amadito, Antonio Imbert permaneció todavía largo rato en casa
de su primo, el doctor Manuel Durán Barreras. No tenía esperanzas de que Juan
Tomás Díaz y Antonio de la Maza dieran con el general Román. Tal vez, el Plan
político militar había sido descubierto y Pupo estaba muerto o preso; tal vez, se
acobardó y dio marcha atrás. No quedaba otra alternativa que esconderse. Con su
primo Manuel barajaron opciones, antes de decidirse por una lejana pariente, la doctora
Gladys de los Santos, cuñada de Durán. Vivía cerca de esta casa.
Eran las primeras horas del amanecer, pero estaba aún a oscuras, cuando Manuel
Durán e Imbert recorrieron a paso vivo aquellas seis manzanas, sin encontrar vehículos
ni transeúntes. La doctora demoró en abrir la puerta. Estaba en bata y se frotaba los
ojos con furia, mientras ellos le explicaban. No se asustó demasiado. Reaccionó con
extraña calma. Era una mujer entrada en carnes, pero ágil, entre la cuarentena y la
cincuentena, que mostraba aplomo y miraba el mundo con apatía.
--Te acomodaré como sea -le dijo a Imbert-. Pero éste no es un refugio seguro. He
estado detenida ya una vez, el SIM me tiene fichada.
Para evitar que la sirvienta fuera a descubrirlo, lo instaló junto al garaje, en una
despensa sin ventanas, en la que extendió un colchón plegable. Era un recinto enano y
sin ventilación y Antonio no pudo pegar los ojos el resto de la noche. Conservó el Colt
45 a su lado, sobre una repisa llena de latas de conserva; tenso, mantenía los oídos
alertas a cualquier ruido sospechoso. A ratos pensaba en su hermano Segundo y se le
ponía la carne de gallina: lo estarían torturando o lo habrían matado, allá en La Victoria.
La dueña de casa, que cerró la despensa con llave, vino a sacarlo de su encierro a las
nueve de la mañana.
--Le di permiso a la empleada para que se fuera a Jarabacoa, a ver a su familia -lo
animó-. Podrás circular por toda la casa. Pero que no te descubran los vecinos. Qué
nochecita habrás pasado en esa cueva.
Mientras desayunaban en la cocina, con mangú, queso frito y café, pusieron las
noticias. Ninguno de los informativos radiales decía nada sobre el atentado. La
doctora de los Santos partió poco después a su trabajo. Imbert se dio una ducha y bajó
a la salita, donde, tumbado en un sillón, se quedó dormido, con el Colt 45 sobre las
piernas. Tuvo un gran sobresalto y gimió cuando lo remecieron.
--Los caliés se llevaron a Manuel esta madrugada, poco después de que saliste de
allá -le dijo, muy ansiosa, Gladys de los Santos-. Tarde o temprano le arrancarán que
estás aquí. Tienes que irte, cuanto antes.
Sí, pero ¿adónde? Gladys había pasado por casa de los Imbert y la calle hervía de
guardias y caliés; sin duda, habían detenido a su mujer y a su hija. Le pareció que
unas manos invisibles comenzaban a apretarle el cuello. No dejó traslucir su angustia,
para no aumentar el susto de la dueña de casa, que estaba transformada: el
nerviosismo hacía que abriera y cerrara los ojos todo el tiempo.
--Hay «cepillos» con caliés y camiones con guardias por todas partes -le dijo-.
Registran los autos, piden papeles a todo el mundo, se meten a las casas.
Aún no decían nada en la televisión, las radios ni los periódicos, pero los rumores
eran inatajables. El tam tam humano aventaba por toda la ciudad que habían matado a
Trujillo. La gente estaba sobrecogida y confusa por lo que podía pasar. Durante cerca
de una hora, estuvo devanándose los sesos: ¿dónde ir? Por lo pronto, salir de aquí.
Agradeció a la doctora de los Santos su ayuda y salió a la calle, con la mano en la
pistola que llevaba en el bolsillo derecho del pantalón. Deambuló un buen rato, sin
rumbo, hasta que se acordó de su dentista, el doctor Camilo Suero, que vivía por el
Hospital Militar. Camilo y su esposa, Alfonsina, lo hicieron entrar. No podían
esconderlo, pero lo ayudaron a estudiar posibles refugios- Y, entonces, le vino a la
cabeza la imagen de Francisco Rainieri, un antiguo amigo, hijo de italiano y embajador
de la Orden de Malta; su esposa, Venecia, y Guarina, su mujer, solían tomar té y jugar
canasta. Tal vez el diplomático podría facilitarle la manera de asilarse en alguna
legación. Extremando las precauciones, llamó por teléfono a la residencia de los
Rainieri y cedió el aparato a Alfonsina, quien se hizo pasar por la señora Guarina
Tessón, nombre de soltera de la mujer de Imbert. Pidió hablar con Queco. Éste se
puso al aparato de inmediato y la dejó estupefacta con el cordialísimo saludo:
--Cómo estás, queridísima Guarina, encantado de saludarte. ¿Llamas por el
compromiso de esta noche, verdad? No te preocupes. Enviaré el carro a recogerte. A
las siete en punto, si te parece. ¿Me recuerdas tu dirección, por favor?
--O es un adivino o se ha vuelto loco, o no sé qué -dijo la dueña de casa, al colgar.
--¿Y, ahora, qué hacemos hasta las siete, Alfonsina?
--Rezarle a Nuestra Señora de la Altagracia -se santiguó ella-. Si llegan antes los
caliés, usa tu pistola nomás.
A las siete en punto paró en la puerta un reluciente Buick azul, de placa diplomática.
El propio Francisco Rainieri conducía. Arrancó apenas Antonio Imbert estuvo a su
lado.
--Supe que el mensaje venía de ti, porque Guarina y tu hija están en mi casa -le dijo
Rainieri, a modo de saludo-. No hay dos Guarinas Tessón en Ciudad Trujillo, sólo
podías ser tú.
Estaba muy tranquilo, y hasta risueño, con su guayabera recién planchada y oliendo a
lavanda. Llevó a Imbert a una residencia remota por calles apartadas, dando un gran
rodeo, pues en las principales avenidas había barreras que detenían a los vehículos
para registrarlos. Hacía menos de una hora que se había anunciado oficialmente la
muerte de Trujillo. Reinaba un ambiente cargado de recelo, como si todo el mundo
esperara una explosión. Elegante igual que siempre, el embajador no le hizo una sola
pregunta sobre el asesinato de Trujillo, ni sobre sus compañeros de conjura. Con
naturalidad, como si hablara del próximo campeonato de tenis en el Country Club,
comentó:
--Tal como están las cosas, es impensable que alguna embajada te dé asilo.
Tampoco serviría de gran cosa. El gobierno, si todavía hay gobierno, no lo respetaría.
Te sacarían a la fuerza, donde estuvieras. Lo único que te queda, por el momento, es
esconderte. En el consulado de Italia, donde tengo amigos, hay demasiado trajín de
empleados y visitas. Pero he encontrado la persona, con total seguridad. Ya lo hizo
una vez, con Yuyo d'Alessandro, cuando estuvo perseguido. Ha puesto una sola
condición. Nadie debe saberlo, ni siquiera Guarina. Por la seguridad de ella, sobre
todo.
--Por supuesto -murmuró Tony Imbert, asombrado de que, por iniciativa propia, este
hombre al que lo unía una amistad ligera, se arriesgara tanto para salvarle la vida.
Estaba tan desconcertado con la generosidad temeraria de Queco, que no atinó a darle
las gracias.
En casa de los Rainieri pudo abrazar a su mujer y a su hija. Dadas las circunstancias,
guardaban mucha calma.
Pero cuando la tuvo en sus brazos, sintió temblar el cuerpecito de Leslie. Estuvo con
ellas y los Rainieri cerca de un par de horas. Su mujer le había traído un maletín de
mano, con ropa limpia y sus artículos de afeitar. No mencionaron a Trujillo. Guarina le
contó lo que había averiguado a través de las vecinas. Su casa había sido invadida al
amanecer por policías de uniforme y de civil; la habían vaciado, rompiendo y
pulverizando lo que no se llevaron, en dos camionetas.
Cuando llegó la hora, el diplomático le hizo un pequeño gesto, señalándole el reloj.
Abrazó y besó a Guarina y Leslie, y siguió a Francisco Rainieri, por la puerta de
servicio, hasta la calle. Segundos después, un pequeño vehículo con las luces bajas,
frenó delante de ellos.
--Adiós y buena suerte -lo despidió Rainieri, dándole la mano-. No te preocupes por tu
familia. Nada le faltará.
Imbert entró al vehículo y se sentó junto al chofer.
Era un hombre joven, con camisa y corbata, pero sin chaqueta. En impecable
español, aunque con música italiana, se presentó:
--Me llamo Cavaglieri y soy funcionario de la embajada italiana. Mi mujer y yo
haremos lo posible para que su estancia en nuestro apartamento sea lo más grata. No
se preocupe, en mi casa no habrá testigos indiscretos. Vivimos solos. No tenemos
cocinera ni sirvientes. A mi mujer le encantan las labores domésticas. Y a los dos nos
gusta cocinar.
Se rió y Antonio Imbert imaginó que la cortesía le mandaba intentar una risita. La
pareja vivía en el último piso de un nuevo edificio, no lejos de la calle Mahatma Gandhi
y de la casa de Salvador Estrella Sadhalá. La señora Cavaglieri era aún más joven que
su marido -una muchacha delgada, de ojos almendrados y cabellos negros- y lo recibió
con una cortesía despercudida y risueña, como a un viejo amigo de familia que viene a
pasar un fin de semana. No mostraba la menor aprensión por alojar en su casa a un
desconocido, asesino del amo supremo del país, al que miles de guardias y policías
buscaban con codicia y odio. En los seis meses y tres días que vivió con ellos, nunca,
ni una sola vez, ninguno de los dueños de casa le hizo sentir -y eso que era
susceptible, y su situación lo predisponía a ver fantasmas- que su presencia allí
incomodaba en lo más mínimo. ¿Sabía la pareja que se jugaba la vida? Desde luego.
Escucharon y vieron en la televisión, los relatos pormenorizados del pánico que
provocaban esos apestados asesinos a los dominicanos, y cómo, muchos de ellos, no
contentos con negarles un refugio, se apresuraban a denunciarlos. Vieron caer, el
primero, al ingeniero Huáscar Tejeda, expulsado de manera innoble de la iglesia del
Santo Cura de Ars por el aterrorizado párroco, quien lo echó en brazos del SIM.
Siguieron, al detalle, la odisea del general Juan Tomás Díaz y Antonio de la Maza,
recorriendo en un carro del servicio público las calles de Ciudad Trujillo y siendo
denunciados por las personas a las que acudieron en busca de ayuda. Y vieron cómo
se llevaron los caliés a la pobre anciana que dio asilo a Amadito García Guerrero,
después de matar a éste, y cómo las turbas desmantelaban y desaparecían su casa.
Pero esas escenas y relatos no intimidaron a los Cavaglieri ni entibiaron la cordialidad
con que lo trataban.
Desde el regreso de Ramfis, Imbert y los dueños de casa supieron que su encierro
sería de larga duración. Los abrazos públicos entre el hijo de Trujillo y el general José
René Román eran elocuentes: éste había traicionado y no habría levantamiento militar.
Desde su pequeño universo, en el pentbouse de los Cavaglieri, vio a las
muchedumbres haciendo cola, horas de horas, para rendir homenaje a Trujillo) y se vio,
en la pantalla de televisión, retratado junto a Luis Amiama (a quien no conocía) bajo
anuncios que ofrecían primero cien Mil, luego doscientos mil y, por fin, medio millón de
pesos a quien delatara su paradero.
--Psst, con la caída del valor del peso dominicano, ya no es un negocio interesante -
comenta Cavaglieri.
Muy pronto, su vida encajó dentro de una rutina rigurosa. Tenía un cuartito para él
solo, con una cama y una mesita de noche, iluminada por una lamparilla. Se levantaba
temprano y hacía planchas, carreras en el sitio, abdominales, cerca de una hora.
Tomaba desayuno con los dueños de casa. Luego de largas discusiones, consiguió
que le permitieran ayudar en la limpieza. Barrer, pasar la aspiradora, sacudir el
plumero sobre objetos y muebles, se convirtió en un entretenimiento y en un deber,
algo que hacía a conciencia, con total concentración y cierta alegría. Eso si, la señora
Cavaglieri nunca lo dejó entrar a la cocina. Ella guisaba muy bien, sobre todo las
pastas, que servía dos veces al día. A él la pasta le había gustado desde niño. Pero,
después de seis meses de encierro, nunca más volvería a comer tallarines, tagliatellis,
raviolis ni variante alguna de ese plato fuerte de la cocina italiana.
Concluidas sus obligaciones domésticas, leía muchas horas. Nunca había sido un
gran lector; en esos seis meses, descubrió el placer de la lectura. Libros y revistas
fueron la mejor defensa contra el abatimiento que a veces le causaban el encierro, la
rutina y la incertidumbre.
Sólo cuando la televisión anunció que una comisión de la OEA había venido a
entrevistarse con los presos políticos, supo que Guarina llevaba ya varias semanas en
la cárcel, al igual que las esposas de todos sus amigos del complot. Los dueños de
casa le habían ocultado hasta entonces que Guarina estaba presa. En cambio, un par
de semanas después, alborozados le dieron la buena nueva de que había sido puesta
en libertad.
Nunca, ni siquiera cuando trapeaba, barría o pasaba la aspiradora, dejó de llevar
consigo su Colt 45 cargada. Su decisión era inquebrantable. Él haría lo que Amadito,
Juan Tomás Díaz y Antonio de la Maza. No se entregaría vivo, moriría matando. Era
una forma más digna de morir que sometido a vejaciones y torturas ideadas por las
mentes retorcidas de Ramfis y sus compinches.
En las tardes y noches leía los periódicos que traían los dueños de casa y veía con
ellos los noticiarios en la televisión. Sin creer mucho, siguió esa confusa dualidad en
que se embarcaba el régimen: un gobierno civil encabezado por Balaguer que hacía
gestos y declaraciones asegurando que el país se democratizaba, y un poder militar y
policial, manejado por Ramfis, que seguía asesinando, torturando y desapareciendo
gente con la misma impunidad que cuando el jefe. De todas maneras, no podía dejar
de sentirse alentado con el regreso de exiliados, la aparición de pequeñas
publicaciones de oposición -órganos de la Unión Cívica y del 14 de Junio-, y los mítines
estudiantiles contra el gobierno de los que a veces informaban los medios oficiales,
aunque sólo fuera para acusar a los manifestantes de comunistas.
El discurso de Joaquín Balaguer en las Naciones Unidas, criticando la dictadura de
Trujillo y comprometiéndose a democratizar el país, lo dejó atónito. ¿Era éste el mismo
hombrecito que, por treinta y un años, había sido el más fiel y constante servidor del
Padre de la Patria Nueva? En las largas sobremesas que solían tener, cuando los
Cavaglieri cenaban en casa -muchos días cenaban fuera, pero entonces la señora
Cavaglieri le dejaba en el horno la inevitable pasta- ellos le completaban las
informaciones, con los chismes que hervían en esta ciudad pronto rebautizada con su
viejo nombre de Santo Domingo de Guzmán. Aunque todos temían un golpe de Estado
de los hermanos Trujillo, que restaurara la dictadura cruda y dura, era evidente que,
poco a poco, la gente iba perdiendo el miedo, o, más bien, rompiéndose el
encantamiento que había tenido a tantos dominicanos entregados en cuerpo y alma a
Trujillo. Cada vez surgían más voces, declaraciones y actitudes antitrujillistas, y más
apoyo a la Unión Cívica, al 14 de junio, o al PRD, cuyos líderes acababan de regresar
al país y abierto un local en el centro.
El día más triste de su odisea fue también el más feliz. El 18 de noviembre, a la vez
que anunciaba la partida de Ramfis del país, la televisión hizo saber que los'seis
asesinos del jefe (cuatro ejecutores y dos cómplices) habían huido, luego de asesinar a
tres soldados que los regresaban a la prisión de La-Victoria después de una
reconstrucción del crimen. Frente a la pantalla de televisión, no pudo contenerse y
rompió en sollozos. Así, pues, sus amigos -el Turco, su amigo del alma- habían sido
asesinados, junto a tres pobres guardias, como coartada de la pantomima. Por
supuesto, nunca se encontrarían - los cadáveres. El señor Cavaglieri le alcanzó una
copa de coñac:
--Consuélese, señor Imbert. Piense que pronto verá a su mujer y a su hija. Esto se
acaba.
Poco después se anunciaba la inminente partida al extranjero de los hermanos
Trujillo, con sus familias. Era el fin del encierro, ahora sí. Por el momento al menos,
había sobrevivido a la cacería, en la que, prácticamente, con excepción de Luis
Amiama -pronto supo que éste había pasado seis meses metido en un clóset muchas
horas al día-, todos los principales conjurados, además de centenares de inocentes,
entre ellos su hermano Segundo, habían sido asesinados, torturados o seguían en las
cárceles.
Al día siguiente de la partida de los Trujillo, se dio una amnistía política. Comenzaron
a abrirse las cárceles. Balaguer anunció una comisión para investigar la verdad sobre
lo ocurrido con los «ajusticiadores del tirano». Las radios, diarios y la televisión dejaron
desde ese día de llamarlos asesinos; de ajusticiadores, su nuevo apelativo, pasarían
pronto a ser llamados héroes y, no mucho después, calles, plazas y avenidas de todo
el país empezarían a ser rebautizadas con sus nombres.
Al tercer día, discretamente -los dueños de casa no le permitieron siquiera que se
demorase agradeciéndoles lo que habían hecho por él y lo único que le pidieron es que
no divulgase a nadie su identidad, para no comprometer su condición de diplomáticos-,
salió al anochecer de su encierro y se presentó, solo, en su casa. Durante mucho rato,
él, Guarina y Leslie se abrazaron sin poder hablar. Examinándose, comprobaron que,
mientras Guarina y Leslie habían enflaquecido, él engordó cinco kilos. Les explicó que
en la casa donde estuvo escondido -no podía decir cuál- se comían muchos spaghetti.
No pudieron hablar mucho. El destartalado hogar de los Imbert empezó a llenarse de
ramos de flores, de parientes, amigos y desconocidos que se acercaban a abrazarlo, a
felicitarlo y -a veces, temblando de emoción, los ojos llenos de lágrimas- a llamarlo
héroe y darle las gracias por lo que había hecho. Entre los visitantes, apareció de
pronto un militar. Era un edecán de la Presidencia de la República. Después de las
salutaciones de rigor, el mayor Teofronio Cáceda le dijo que a él y al señor don Luis
Amiama -quien acababa de emerger también de su escondite, nada menos que la casa
del actual ministro de Salud- el jefe de Estado quería recibirlos en el Palacio Nacional,
mañana al mediodía. Y, con una risita cómplice, le informó que el senador Henry
Chirinos acababa de presentar en el Congreso («El mismo Congreso de Trujillo, si
señor») una ley nombrando a Antonio Imbert y Luis Amiama generales de tres estrellas
del Ejército Dominicano, por servicios extraordinarios prestados a la nación.
A la mañana siguiente, acompañado de Guarina y Leslie -los tres con sus mejores
ropas, aunque a Antonio las suyas le apretaban- fueron a la cita de Palacio. Una nube
de fotógrafos los recibió, y una guardia de militares en uniforme de parada les presentó
armas. Allí, en la sala de espera, conoció a Luis Amiama, un hombre muy delgado y
grave, de boca sin labios, de quien, a partir de entonces, sería amigo inseparable. Se
dieron la mano y quedaron en verse, después de la reunión con el Presidente, para
visitar juntos a las esposas (a las viudas) de todos los conjurados muertos o
desaparecidos, y para contarse sus propias aventuras. En eso, se abrió el despacho
del jefe del Estado.
Sonriente y con una expresión de honda alegría, el doctor Joaquín Balaguer avanzó
hacia ellos, bajo los flashes de los fotógrafos, con los brazos abiertos.
XXIV
--Manuel Alfonso vino a buscarme puntualísimo -dice Urania, mirando el vacío. El cucú
de la salita cantaba las ocho cuando tocó-. Su tía Adelina, sus primas Lucinda y
Manolita y su sobrina Marianita no se miran entre ellas, para evitar que aumente la
tensión; la observan sólo a ella, anhelantes y asustadas. Sansón, dormido, tiene el
corvo pico enterrado en las plumas verdes.
--Papá corrió a su cuarto, con el pretexto de ir al baño -prosigue una Urania fría, casi
notarial-. «Bye-bye, hijita, que te vaya bien.» No se atrevió a despedirse mirándome a
los ojos.
--¿Te acuerdas de esos detalles? -la tía Adelina mueve su puñito arrugado ya sin
energía ni autoridad.
--Se me olvidan muchas cosas -responde Urania, con viveza-. Pero, de aquella
noche, me acuerdo todo. Ya verás.
Se acuerda, por ejemplo, que Manuel Alfonso iba de sport -¿a una fiesta del
Generalísimo, de sport?-, con una camisa azul abierta y una ligera chaqueta color
crema, unos mocasines de cuero y un pañuelito de seda tapándole la cicatriz. Con su
voz dificultosa, le dijo que era bellísimo su vestido de organdí rosado, y que esos
zapatos de tacón de aguja le aumentaban la edad. La besó en la mejilla:
«Apurémonos, se nos hace tarde, belleza». Le abrió la puerta del auto, la hizo pasar,
se sentó a su lado, y el uniformado y engorrado chofer -se acordaba del nombre: Luis
Rodríguez- arrancó.
--En vez de bajar a la avenida George Washington, el auto dio unas vueltas absurdas.
Subió por Independencia hacia ciudad colonial, y la atravesó, haciendo tiempo. Mentira
que se hacia tarde; era aún temprano para ir a San Cristóbal.
Manolita adelanta las manos, el cuerpo rellenito.
--Pero, si te pareció raro, ¿no le preguntaste nada a Manuel Alfonso? ¿Nada de
nada?
Al principio, no: nada de nada. Era rarísimo, desde luego, que estuvieran recorriendo
la ciudad colonial, como que Manuel Alfonso se hubiera vestido para ir a una fiesta del
Generalísimo como se iba al Hipódromo o al Country Club, pero Urania no preguntó
nada al embajador. ¿Empezaba a maliciar que Agustín Cabral y él le habían contado
un cuento? Permanecía callada, escuchando a medias el truculento, estropeado hablar
de Manuel Alfonso, quien le refería las ya antiguas fiestas de la coronación de la Reina
Isabel II, en Londres' donde él y Angelita Trujillo («Entonces una chiquilina tan bella
como tú») representaron al Benefactor de la Patria. Estaba, más bien, concentrada en
las inmemoriales casas abiertas de par en par, luciendo sus intimidades, y las familias
volcadas a las calles -viejos, viejas, jóvenes, niños, perros, gatos y hasta loros y
canarios- para tomar el fresco de la noche luego de la ardiente jornada, parloteando
desde sus mecedoras, sillas y banquetas, o sentados en los quicios de las puertas o
los poyos de las altas veredas, convirtiendo las viejas calles capitaleñas en una
inmensa tertulia, peña o verbena popular, a la que permanecían totalmente
indiferentes, atornillados a sus mesas iluminadas por lamparines o mecheros, los
grupos de dos o cuatro -siempre hombres, siempre maduros- jugadores de dominó.
Era un espectáculo, como el de los alegres colmados con sus mostradores y anaqueles
de madera pintada de blanco, rebosando de latas, botellas de Carta Dorada, jacas y
cidra de Bermúdez, y cajas de colores, en los que siempre había gente comprando,
que la memoria de Urania conservaría muy vivo, un espectáculo tal vez desaparecido o
extinguiéndose en el Santo Domingo de hoy, o que existiría, tal vez, sólo en ese
cuadrilátero de manzanas donde siglos atrás un grupo de aventureros venidos de
Europa fundaron la primera ciudad cristiana del nuevo mundo, con el eufónico nombre
de Santo Domingo de Guzmán. La última noche que verías aquel espectáculo, Urania.
--Apenas tomamos la carretera, tal vez cuando el auto pasaba por el lugar donde dos
semanas después mataron a Trujillo, Manuel Alfonso comenzó -una inflexión de
disgusto interrumpe el relato de Urania.
--¿Qué tú quieres decir? -pregunta Lucindita, luego de un silencio-. ¿Comenzó a qué?
--A prepararme -recupera Urania la firmeza-. A ablandarme, asustarme y encantarme.
Como las novias de Moloch, a las que mimaban y vestían de princesas antes de tirarlas
a la hoguera, por la boca del monstruo.
--Así que no has conocido a Trujillo, nunca has hablado con él -exclama, regocijado,
Manuel Alfonso-. ¡La experiencia de tu vida, muchacha!
Lo sería. El automóvil avanzaba hacia San Cristóbal, bajo un cielo estrellado, entre
cocoteros y palmas canas, a orillas del mar Caribe, que golpeaba ruidoso contra los
arrecifes.
--Pero, qué te decía -la anima Manolita, porque Urania ha callado.
Le describía al intachable caballero que era el Generalísimo en su trato con las
damas. Él, tan severo en cuestiones militares y de gobierno, había convertido en
filosofía el refrán: «A la mujer, con el pétalo de una rosa». Así trataba siempre a las
muchachas bellas.
--Qué suerte tienes, muchachita -trataba de contagiarle su entusiasmo, esa
emocionada excitación que le atracaba aún más el hablar-. Trujillo, invitándote en
persona a su Casa de Caoba. ¡Que privilegio! Se cuentan con los dedos de las manos
las que merecieron algo así. Te lo digo yo, muchacha, créemelo.
Y, entonces, Urania le hizo la primera y última pregunta de la noche:
--¿A quiénes más han invitado a esta fiesta? -mira a su tía Adelina, a Lucindita y
Manolita-: Para ver qué contestaba. Yo sabía ya que no íbamos a ninguna fiesta.
La desenvuelta figura masculina se volvió hacia ella y Urania vislumbró el brillo en las
pupilas del embajador.
--A nadie más. Es una fiesta para ti. ¡Para ti solita! ¿Te imaginas? ¿Te das cuenta?
¿No te decía que era algo único? Trujillo te ofrece una fiesta. Eso es sacarse la lotería,
Uranita.
--¿Y tú? ¿Y tú? -exclama, con ese hilo de voz, su sobrina Marianita-. ¿Qué pensaste,
tía?
--En el chofer del auto, en Luis Rodríguez. Nada más que en él.
Qué vergüenza sentías por ese chofer con gorra, testigo del discurso farsante del
embajador. Había prendido la radio del auto, y tocaron dos canciones italianas de
moda - Volare, Ciao, ciao bambina-, pero, estaba segura, no perdía palabra de las
artimañas con que Manuel Alfonso intentaba engatusarla, para que se sintiera feliz y
afortunada. ¡Una fiesta de Trujillo para ella solita!
--¿Pensabas en tu papá? -se le escapa a Manolita-. ¿Que mi tío Agustín te había, que
él ... ?
Calla, sin saber cómo terminar. La tía Adelina le hace un reproche con los ojos. La
cara de la anciana se ha hundido, y su expresión revela profundo abatimiento.
--Era Manuel Alfonso el que pensaba en papá -dice Urania-. ¿Era yo buena hija?
¿Quería yo ayudar al senador Agustín Cabral?
Lo hacía con esa sutileza adquirida en sus años de diplomático encargado de
misiones difíciles. ¿No era ésta, además, una ocasión extraordinaria para que Urania
ayudara a su amigo Cerebrito, a salir de la trampa que le tendieron los eternos
envidiosos? El Generalísimo podía ser un hombre duro, implacable, en lo tocante a los
intereses del país. Pero, en el fondo, era un romántico; su dureza se deshacía ante
una muchacha graciosa como un cubito de hielo expuesto al sol. Si ella, con lo
inteligente que era, quería que el Generalísimo echara una mano a Agustín, le
devolviera su posición, su prestigio, su poder, sus cargos, lo conseguiría. Le bastaba
llegar al corazón de Trujillo, un corazón que no sabía negarse a los ruegos de la
belleza.
--Me dio, también, unos consejos -dice Urania-. Qué cosas no debía hacer, porque
disgustaban al Jefe. A él le complacía que las muchachas fueran tiernas, pero no que
exagerasen su admiración, su amor. Yo me preguntaba: «¿Me está diciendo a mí
estas cosas?».
Habían entrado a San Cristóbal, ciudad famosa porque en ella nació el jefe, en una
modesta casita contigua a la gran iglesia que Trujillo hizo construir, y que el senador
Cabral había llevado a visitar a Uranita, explicándole los frescos bíblicos pintados en
sus paredes por Vela Zaneti, un artista español exiliado, a quien el jefe, magnánimo,
abrió las puertas de la República Dominicana. En aquel paseo a San Cristóbal, el
senador Cabral le mostró también la fábrica de botellas y la de armas, y la hizo recorrer
todo el valle bañado por el Nigua. Ahora, su padre la mandaba a San Cristóbal a rogar
al jefe que lo perdonara, le descongelara sus cuentas y lo repusiera en la Presidencia
del Senado.
--Desde la Casa de Caoba hay una vista maravillosa sobre el valle, el río Nigua, los
caballos y la ganadería de la Hacienda Fundación -pormenorizó Manuel Alfonso.
El auto, luego de pasar un primer retén de guardias, trepaba la loma en cuya cumbre
había sido erigida, con la madera preciosa de los caobos que comenzaban a
extinguirse en la isla, la casa donde el Generalísimo se retiraba un par de días por
semana, a celebrar citas secretas, realizar trabajos sucios o negocios audaces, en total
discreción.
--Durante mucho tiempo, de la Casa de Caoba sólo recordé esa alfombra. Cubría
toda la habitación y tenía bordado un gigantesco escudo nacional, con todos sus
colores. Después, recordé más cosas. En el dormitorio, un aparador de cristal lleno de
uniformes, de todos los estilos, y, encima, una hilera de gorros y quepis. Hasta un
bicornio napoleónico.
No se ríe. Luce seria, con algo cavernoso en los ojos y la voz. Tampoco ríen su tía
Adelina, ni Manolita, ni Lucinda, ni Marianita, quien acaba de regresar del cuarto de
baño, donde fue a vomitar. (Ella ha sentido sus arcadas.) El loro continúa durmiendo.
El silencio ha caído sobre Santo Domingo: ni una bocina, ni un motor, ni una radio, ni
una risa de borracho, ni ladridos de canes vagabundos.
--Me llamo Benita Sepúlveda, pase usted -le dijo la señora, al pie de la escalerilla de
madera. Entrada en años, indiferente y, sin embargo, con algo maternal en sus gestos
y ademanes, llevaba un uniforme y un pañuelo en la cabeza-. Venga por aquí.
--Era la cuidadora -dice Urania-, la encargada de poner flores cada día en todas las
habitaciones. Manuel Alfonso se quedó conversando con el oficial de la entrada. Más
nunca lo vi.
Benita Sepúlveda, señalándole con una manita regordeta la oscuridad, más allá de las
ventanas protegidas por rejillas metálicas, le explicó que «eso» era una mata de roble,
y que en la huerta abundaban mangos y cedros; pero, lo más bello del lugar eran los
almendros y los caobos que rodeaban la casa y cuyas ramas perfumadas se metían
por todos los rincones. ¿Olía? ¿Olía? Ya tendría ocasión, temprano, de ver el paisaje -
el río, el valle, el central, los establos de la Hacienda Fundación- cuando salía el sol.
¿Tomaría desayuno dominicano, con plátano majado, huevos fritos, salchichón o
cecina, y jugo de frutas? ¿O, como el Generalísimo, sólo café?
--Por Benita Sepúlveda supe que iba a pasar allí la noche, que dormiría con Su
Excelencia. ¡Qué gran honor!
La cuidadora, con la desenvoltura que da una larga práctica, la hizo detenerse en el
primer rellano, y pasar a un amplio recinto, iluminado a medias. Era un bar. Tenía
asientos de madera en todo el rededor, con los espaldares pegados a la pared,
dejando un amplio espacio de baile en el centro; una enorme vellonera y un mostrador
con una estantería repleta de botellas, vasos y copas de cristal. Pero Urania sólo tenía
ojos para la inmensa alfombra gris, con el escudo dominicano, extendida de uno a otro
confín de la vasta habitación. Apenas advertía los retratos y cuadros del Generalísimo
-a pie y a caballo, de militar y de paisano, sentado en un escritorio o erecto detrás de
una tribuna y empaquetado en la banda presidencial- que colgaban de las paredes, ni
los trofeos de plata y los diplomas ganados por las vacas lecheras y los caballos de
raza de la Hacienda Fundación, entreverados con ceniceros de material plástico y
adornos baratos, todavía con el sello de los almacenes neoyorquinos Macy's, que
decoraban las mesitas, aparadores y repisas de ese monumento al kitsch donde Benita
Sepúlveda la abandonó, después de preguntarle si, de veras, no quería una copita de
licor.
--La palabra kitsch no existía aún, creo -aclara, como si su tía o primas hubieran
hecho alguna observación-. Años después, cuando la oí o leí, y supe qué extremos de
mal gusto y pretensión expresaba, me vino a la memoria la Casa de Caoba. Un
monumento kitsch.
Ella era parte del kitsch, por lo demás, aquella noche cálida de mayo, con su vestidito
de organdí rosado para fiestas de presentación en sociedad, el collarcito de plata con
una esmeralda y los aretes bañados en oro, que habían sido de mamá y que,
excepcionalmente, papá le permitió ponerse para la fiesta de Trujillo. Su incredulidad
irrealizaba lo que le estaba ocurriendo. Le parecía no ser ella misma esa chiquilla
parada sobre un asta del escudo patrio, en ese extravagante recinto. ¿El senador
Agustín Cabral la enviaba, ofrenda viva, al Benefactor y Padre de la Patria Nueva? Sí,
no le cabía la menor duda, su padre había preparado esto con Manuel Alfonso. Y, sin
embargo, todavía quería dudar.
--En alguna parte que no era el bar pusieron un disco de Lucho Gatica. Bésame,
bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez.
--Me acuerdo -Manolita, avergonzada de intervenir, se excusa con un mohín-:
Tocaban Bésame mucho todo el día, en las radios y en las fiestas.
De pie junto a la ventana por la que llegaba una brisa caliente y un aroma denso a
campo, yerbas, árboles, oyó voces. La maltratada de Manuel Alfonso. La otra,
chillona, con altibajos, sólo podía ser la de Trujillo. Sintió cosquillas en la nuca y en las
muñecas, donde el médico le tomaba el pulso, una comezón que le venía siempre a la
hora de los exámenes, y aun ahora, en New York, antes de las decisiones importantes.
--Pensé tirarme por la ventana. Pensé ponerme de rodillas, rogarle, llorarle. Pensé
que tenía que dejarme hacer lo que él quisiera, apretando los dientes, para poder vivir,
y, un día, vengarme de papá. Pensé mil cosas, mientras ellos hablaban, ahí abajo.
En su mecedora, la tía Adelina da un brinquiño, abre la boca. Pero no dice nada.
Está blanca como el papel, los hondos ojitos arrasados por las lágrimas.
Las voces cesaron. Hubo un paréntesis de silencio; luego, pasos, subiendo la
escalera. ¿Se le había parado el corazón? En la mortecina luz del bar, apareció la
silueta de Trujillo, en uniforme verde oliva, sin guerrera ni corbata. Llevaba una copa
de coñac en la mano. Avanzó hacia ella sonriendo.
--Buenas noches, belleza -susurró, inclinándose. Y le estiró su mano libre, pero,
cuando Urania, en un movimiento automático, le alargó la suya, en vez de
estrechársela Trujillo se la llevó a los labios y la besó-: Bienvenida a la Casa de Caoba,
belleza.
--Lo de los ojos, lo de las miradas de Trujillo, lo había oído muchas veces. A papá, a
los amigos de papá. En~ tonces, supe que era cierto. Una mirada que escarbaba, que
iba hasta el fondo. Sonreía, muy galante, pero esa mirada me vació, me dejó puro
pellejo. Ya no fui yo.
--¿Benita no te ha ofrecido nada? -sin soltarle la mano, Trujillo la condujo hacia la
parte más iluminada del bar; un tubo de luz fluorescente despedía un resplandor
azulado. Le ofreció asiento en un sofá para dos. La examinó, paseando sus ojos
lentos de arriba abajo, de la cabeza a los pies, subiendo y bajando, sin disimulo, como
examinaría a las nuevas adquisiciones vacunas y equinas de la Hacienda Fundación.
En sus ojitos pardos, fijos, inquisitivos, no percibió deseo, excitación, sino un inventario,
un arqueo de su cuerpo.
--Se llevó una decepción. Ahora, ya sé por qué, esa noche no lo sabía. Yo era
esbelta, muy delgada, y a él le gustaban llenas, con pechos y caderas salientes. Las
mujeres abundantes. Un gusto típicamente tropical. Hasta pensaría en despachar a
ese esqueleto de vuelta a Ciudad Trujillo. ¿Saben por qué no lo hizo? Porque la idea de
romper el coñito de una virgen excita a los hombres.
La tía Adelina gime. El puñito arrugado en alto, la boca semiabierta en expresión de
espanto y censura le implora, haciendo muecas. No atina a pronunciar palabra.
--Perdona la franqueza, tía. Es algo que dijo él, más tarde. Lo cito literalmente, te lo
juro: «Romper el coñito de una virgen excita a los hombres. A Petán, a la bestia de
Petán, lo excita más todavía romperlos con el dedo».
Lo diría después, cuando había perdido el tino y su boca vomitaba incoherencias,
suspiros, palabrotas, fuego excremental en el que desahogaba su amargura.
Entonces, aún se comportaba con estudiada corrección. No le ofrecía lo que estaba
bebiendo, a una muchachita tan joven el Carlos I podía quemarle las entrañas. Le
daría una copita de jerez dulce. Él mismo se la sirvió y brindó, chocándole la copa.
Aunque apenas se mojó los labios, Urania sintió algo ardiente en la garganta.
¿Trataba de sonreír? ¿Permanecía seria, exhibiendo su pánico?
--No lo sé -dice, encogiendo los hombros-. Estábamos en ese sofá, juntitos. Me
temblaba mucho en la mano la copita de jerez.
--No me como a las niñas -sonrió Trujillo, cogiendo su copa y colocándola en una
mesilla-. ¿Eres siempre tan callada o sólo ahora, belleza?
--Me decía belleza, algo que me había dicho también Manuel Alfonso. No Urania,
Uranita, muchacha. Belleza. Era un jueguecito de los dos.
--¿Te gusta bailar? Seguro, como a todas las muchachas de tu edad -dijo Trujillo-. A
mi, mucho. Soy muy buen bailarín, aunque no tenga tiempo para bailes. Ven,
bailemos.
Se puso de pie y Urania lo imitó. Sintió su cuerpo robusto, el vientre algo abultado
rozándole el estómago, el aliento a coñac, la mano tibia que ciñó su cintura. Creyó que
se iba a desmayar. Lucho Gatica ya no cantaba Bésame mucho, sino Alma mía.
--Bailaba muy bien, cierto. Tenía buen oído y se movía como un joven. Era yo la que
perdía el paso. Bailamos dos boleros, y una guaracha de Toña la Negra. También
merengues. Dijo que el merengue se bailaba en los clubs y las casas decentes gracias
a él. Que, antes, había prejuicios, que la gente bien decía que era música de negros e
indios. No sé quién cambiaba los discos. Al terminar el último merengue, me besó en
el cuello. Un beso suave, que me escarapeló.
Teniéndola de la mano, los dedos entrecruzados, la regresó al sillón, y se sentó muy
cerca de ella. La examinó, divertido, mientras aspiraba y bebía su coñac. Parecía
tranquilo y contento.
--¿Eres siempre una esfinge? No, no. Debe ser que me tienes demasiado respeto -
sonrió Trujillo-. Me gustan las bellezas discretas, que se dejan admirar. Las diosas
indiferentes. Te voy a recitar un verso, escrito para ti.
--Me recitó un poema de Pablo Neruda. Al oído, rozándome la oreja, el pelo, con sus
labios y su bigotito: «Me gustas cuando callas, porque estás como ausente; parece que
los ojos se te hubieran volado y parece que un beso te cerrara la boca». Cuando llegó
a «boca», su mano me movió la cara y me besó en los labios. Esa noche hice un
montón de cosas por primera vez: tomar jerez, ponerme las joyas de mamá, bailar con
un viejo de setenta años y recibir mi primer beso en la boca.
Había ido a fiestas con varones y bailado, pero sólo una vez la besó antes un
muchacho, en la mejilla, en un cumpleaños en la gran casa de la familia Vicini, en la
intersección de la Máximo Gómez y la avenida George Washington. Se llamaba
Casimiro Sáenz y era hijo de diplomático. La sacó a bailar y, al terminar, sintió sus
labios en la cara. Se sonrojó hasta la raíz de los cabellos, y, en la confesión del viernes
con el capellán del colegio, al mencionar ese pecado la vergüenza le cortó la voz.
Pero, aquel beso no se parecía a esto: el bigotito mosca de Su Excelencia le arañaba
la nariz, y, ahora, su lengua, una puntita viscosa y caliente, forcejeaba por abrirle la
boca. Resistió y luego separó labios y dientes: una viborilla húmeda, fogosa, entró con
furia a su cavidad bucal, moviéndose con avidez. Sintió que se atoraba.
--No sabes besar, belleza -le sonrió Trujillo, besándole de nuevo la mano,
agradablemente sorprendido-: ¿Eres doncellita, verdad?
--Se había excitado -dice Urania, mirando el vacío-. Tuvo una erección.
Manolita suelta una risita histérica, brevísima, pero ni su mamá, ni su hermana ni su
sobrina la imitan. Su prima baja los ojos, confundida.
--Lo siento, tengo que hablar de erecciones -dice Urania-. Si el macho se excita, su
sexo se endurece y crece. Cuando metió su lengua dentro de mi boca, Su Excelencia
se excitó.
--Subamos, belleza -dijo, con voz ligeramente pastosa-. Estaremos más cómodos.
Vas a descubrir una cosa maravillosa. El amor. El placer. Vas a gozar. Yo te
enseñaré. No me tengas miedo. No soy la bestia de Petán, yo no gozo tratando a las
muchachas con brutalidad. A mí me gusta que gocen, también. Te haré feliz, belleza.
--Él tenía setenta y yo catorce -precisa Urania, por quinta o décima vez-. Lucíamos
una pareja muy dispar, subiendo esa escalera con pasamanos de metal y barrotes de
madera. De las manos, como novios. El abuelo y la nieta, rumbo a la cámara nupcial.
La lamparilla de la mesa de noche estaba prendida y Urania vio la cuadrada cama de
hierro forjado, con el mosquitero levantado, y sintió las aspas del ventilador girando
despacio en el techo. Una colcha blanca bordada cubría la cama y muchos
almohadones y almohadillas abultaban el espaldar. Olía a flores frescas y a pasto.
--No te desnudes todavía, belleza -murmuró Trujillo-. Yo te ayudaré. Espera, ya
vuelvo.
--¿Te acuerdas con qué nervios hablábamos de perder la virginidad, Manolita? -se
vuelve Urania hacia su prima-. Nunca imaginé que la perdería en la Casa de Caoba,
con el Generalísimo. Yo pensaba: «Si salto por el balcón, papá tendrá remordimientos
terribles».
Volvió al poco rato, desnudo bajo una bata de seda azul con motas blancas y unas
zapatillas de raso granate. Bebió un sorbo de coñac, dejó su copa en un armario entre
fotografías de él rodeado de sus nietos, y, cogiendo a Urania de la cintura, la hizo
sentar a la orilla de la cama, en el espacio abierto por los tules del mosquitero, dos
grandes alas de mariposa enlazadas sobre sus cabezas. Comenzó a desnudarla, sin
prisa. Desabotonó la espalda, botón tras botón, y retiró la cinta que ceñía su vestido.
Antes de quitárselo, se arrodilló e, inclinándose con cierta dificultad, la descalzó. Con
precauciones, como si la niña pudiera trizarse con un movimiento brusco de sus dedos,
le retiró las medias nylon, acariciándole las piernas mientras lo hacía.
--Tienes los pies fríos, belleza -murmuró, con ternura-. ¿Estás con frío? Ven para acá,
deja que te los caliente.
Siempre arrodillado, le frotó los pies con las dos manos. De tanto en tanto, se los
llevaba a la boca y los besaba, empezando por el empeine, bajando por los deditos
hasta los talones, preguntándole si le hacía cosquillas, con una risita pícara, como si
fuera él quien sintiera una alegre comezón.
--Estuvo así mucho rato, abrigándome los pies. Por si quieren saberlo, YO no sentí, ni
un solo segundo, la menor turbación.
--Qué miedo tendrías, prima -la apremia Lucindita. -En ese momento, todavía no.
Después, muchísimo.
Trabajosamente, Su Excelencia se incorporó, y volvió a sentarse, al filo de la cama.
Le sacó el vestido, el sostén rosado que sujetaba sus pechitos a medio salir, y el
calzoncito triangular. Ella se dejaba hacer, sin ofrecer resistencia, el cuerpo muerto.
Cuando Trujillo deslizaba el calzoncito rosado por sus piernas, advirtió que los dedos
de Su Excelencia se apuraban; sudorosos, abrasaban la piel donde se posaban. La
hizo tenderse. Se incorporó, se quitó la bata, se echó a su lado, desnudo. Con
cuidado, enredó sus dedos en el ralo vello del pubis de la niña.
--Seguía muy excitado, creo. Cuando empezó a tocarme y acariciarme. Y a besarme,
obligándome siempre a abrir la boca con su boca. En los pechos, en el cuello, en la
espalda, en las piernas.
No se resistía; se dejaba tocar, acariciar, besar, y su cuerpo obedecía los
movimientos y posturas que las manos de Su Excelencia le indicaban. Pero, no
correspondía a las caricias, y, cuando no cerraba los ojos, los tenía clavados en las
lentas aspas del ventilador. Entonces le oyó decirse a si mismo: «Romper el coñito de
una virgen siempre excita a los hombres».
--La primera palabrota, la primera vulgaridad de la noche -precisa Urania-. Después,
diría peores. Ahí me di cuenta que algo le pasaba. Había comenzado a enfurecerse.
¿Porque yo me quedaba quieta, muerta, porque no lo besaba?
No era eso, ahora lo comprendía. Que ella participara o no en su propio
desfloramiento no era algo que a Su Excelencia pudiera importarle. Para sentirse
colmado, le bastaba que tuviera el coñito cerrado y él pudiera abrírselo, haciéndola
gemir -aullar, gritar- de dolor, con su güevo magullado y feliz allí adentro, apretadito en
las valvas de esa intimidad recién hollada. No era amor, ni siquiera placer lo que
esperaba de Urania. Había aceptado que la hijita del senador Agustín Cabral viniera a
la Casa de Caoba sólo para comprobar que Rafael Leónidas Trujillo Molina era todavía,
pese a sus setenta años, pese a sus problemas de próstata, pese a los dolores de
cabeza que le daban los curas, los yanquis, los venezolanos, los conspiradores, un
macho cabal, un chivo con un güevo todavía capaz de ponerse tieso y de romper los
coñitos vírgenes que le pusieran delante.
--Pese a mi falta de experiencia, me di cuenta -su tía, sus primas y su sobrina acercan
mucho las cabezas para oír su susurro-. Algo le sucedía, quiero decir ahí abajo. No
podía. Se iba a poner bravo, iba a olvidarse de sus buenas maneras.
--Basta de jugar a la muertita, belleza -lo oyó ordenar, transformado-. De rodillas.
Entre mis piernas. Así. Lo coges con tus manitas y a la boca. Y lo chupas, como te
chupé el coñito. Hasta que despierte. Ay de ti si no se despierta, belleza.
--Traté, traté. Pese al terror, al asco. Hice todo. Me puse en cuclillas, me lo metí a la
boca, lo besé, lo chupé hasta las arcadas. Blando, blando. Yo le rogaba a Dios que se
parara.
--¡Basta, Urania, basta! -la tía Adelina no llora. La mira con espanto, sin compasión.
Tiene levantada la cuenca superciliar, dilatado el blanco de la esclerótica; está
pasmada, convulsionada-. Para qué, hijita. ¡Dios mío, basta!
--Pero fracasé -insiste Urania-. Se puso el brazo sobre los ojos. No decía nada.
Cuando lo levantó, me odiaba.
Tenía los ojos enrojecidos y en sus pupilas ardía una luz amarilla, febril, de rabia y
vergüenza. La miraba sin asomo de aquella cortesía, con una hostilidad beligerante,
como si ella le hubiera hecho un daño irreparable.
--Te equivocas si crees que vas a salir de aquí virgen, a burlarte de mi con tu padre -
deletreaba, con sorda cólera, soltando gallos.
Cogiéndola de un brazo la tumbó a su lado. Ayudándose con movimientos de las
piernas y la cintura, se montó sobre ella. Esa masa de carne la aplastaba, la hundía en
el colchón; el aliento a coñac y a rabia la mareaba. Sentía sus músculos y huesos
triturados, pulverizados. Pero la asfixia no evitó que advirtiera la rudeza de esa mano,
de esos dedos que exploraban, escarbaban y entraban en ella a la fuerza. Se sintió
rajada, acuchillada; un relámpago corrió de su cerebro a los pies. Gimió, sintiendo que
se moría.
--Chilla, perrita, a ver si aprendes -le escupió la vocecita hiriente y ofendida de Su
Excelencia-. Ahora, ábrete. Déjame ver si lo tienes roto de verdad y no chillas de
farsante.
--Era de verdad. Tenía sangre en las piernas; lo manchaba a él, y la colcha y la
cama.
--¡Basta, basta! Para qué más, hija -ruge su tía-. Ven acá, persignémonos, recemos.
Por lo que tú más quieras, hijita. ¿Crees en Dios? ¿En Nuestra Señora de la Altagracia,
patrona de los dominicanos? Tu madre era tan devota de ella, Uranita. La recuerdo,
preparándose cada 21 de enero para la peregrinación a la Basílica de Higuey. Estás
llena de rencor y de odio. Eso no es bueno. Aunque te pasara lo que te pasó.
Recemos, hijita.
--Y entonces -dice Urania, sin hacerle caso-, Su Excelencia volvió a tenderse de
espaldas, a cubrirse los ojos. Se quedó quieto, quietecito. No estaba dormido. Se le
escapó un sollozo. Empezó a llorar.
--¿A llorar? -exclama Lucindita.
Una súbita algarabía le responde. Las cinco viran las cabezas: Sansón se ha
despertado y lo anuncia, parloteando.
--No por mí -afirma Urania-. Por su próstata hinchada, por su güevo muerto, por tener
que tirarse a las doncellitas con los dedos, como le gustaba a Petán.
--Dios mío, hijita, por lo que más quieras -ruega su tía Adelina, santiguándose-. Ya no
más.
Urania acaricia el puñito arrugado y pecoso de la anciana.
--Son palabras horribles, ya lo sé, cosas que no debería decir, tía Adelina -endulza la
voz-. No lo hago nunca, te lo juro. ¿No querías saber por qué dije esas cosas sobre
papá? ¿Por qué, cuando me fui a Adrian, no quise saber más de la familia? Ya sabes
por qué.
De vez en cuando solloza y sus suspiros levantan su pecho. Unos vellos
blanquecinos ralean entre sus tetillas y alrededor de su oscuro ombligo. Tiene siempre
los ojos ocultos bajo su brazo. ¿Se ha olvidado de ella? ¿La amargura y el sufrimiento
que se adueñaron de él la han abolido? Está más asustada que antes, cuando la
acariciaba o violaba. Olvida el ardor, la llaga entre las piernas, el miedo que le dan las
manchitas en sus muslos y el cubrecamas. No se mueve. Volverse invisible,
inexistente. Si ese hombre de piernas lampiñas que llora, la ve, no la perdonará,
volcará sobre ella la ira de su impotencia, la vergüenza de ese llanto, y la aniquilará.
--Decía que no hay justicia en este mundo. Por qué le ocurría esto después de luchar
tanto, por este país ingrato, por esta gente sin honor. Le hablaba a Dios. A los santos.
A Nuestra Señora. O al diablo, tal vez. Rugía y rogaba. Por qué le ponían tantas
pruebas. La cruz de sus hijos, las conspiraciones para matarlo, para destruir la obra de
toda una vida. Pero no se quejaba de eso. Él sabía fajarse contra enemigos de carne y
hueso. Lo había hecho desde joven. No podía tolerar el golpe bajo, que no lo dejaran
defenderse. Parecía medio loco, de desesperación. Ahora sé por qué. Porque ese
güevo que había roto tantos coñitos, ya no se paraba. Eso hacía llorar al titán. ¿Para
reírse, verdad?
Pero Urania no se reía. Lo escuchaba inmóvil, osando apenas respirar, para que él
no recordara que ella estaba ahí. El monólogo no era corrido, sino fracturado,
incoherente, interrumpido por largos silencios; alzaba la voz y gritaba, o la apagaba
hasta lo inaudible. Un lastimado rumor. A Urania la tenía fascinada ese pecho que
subía y bajaba. Procuraba no mirar su cuerpo, pero, a veces, sus Ojos corrían sobre el
vientre algo fofo, el pubis emblanquecido, el pequeño sexo muerto y las piernas
lampiñas. Éste era el Generalísimo, el Benefactor de la Patria, el Padre de la Patria
Nueva, el Restaurador de la Independencia Financiera. Éste, el jefe al que papá había
servido treinta años con devoción y lealtad, al que había hecho el más delicado
presente: su hija de catorce añitos. Pero, las cosas no ocurrieron como el senador
esperaba. De modo que -el corazón de Urania se alegró- no rehabilitaría a papá;
acaso lo metiera a la cárcel, acaso lo hiciera matar.
--De repente, alzó el brazo y me miró con sus ojos rojos, hinchados. Tengo cuarenta
y nueve años y, de nuevo, vuelvo a temblar. He estado temblando treinta y cinco años
desde ese momento.
Alarga sus manos y su tía, primas y sobrina lo comprueban: tiemblan.
La miraba con sorpresa y odio, como a una aparición maligna. Rojos, ígneos, fijos,
sus ojos la helaban. No atinaba a moverse. La mirada de Trujillo la recorrió, bajó hasta
sus muslos, saltó a la colcha con manchitas de sangre, y volvió a fulminarla. Ahogado
de asco, le ordenó:
--Anda, lávate, ¿ves cómo has puesto la cama? ¡Vete de aquí!
--Un milagro, que me dejara salir -reflexiona Urania-. Después de haberlo visto
desesperado, llorando, quejándose, apiadándose de sí mismo. Un milagro de la
patrona, tía.
Se incorporó, saltó de la cama, recogió la ropa esparcida por el suelo, y, tropezando
contra un gavetero, se refugió en el baño. Había una bañera de loza blanca, llena de
esponjas y jabones, y un perfume penetrante que la mareó. Con manos que apenas le
respondían, se limpió las piernas, se puso una toallita para atajar la hemorragia, y se
vistió. Le costaba trabajo abotonarse el vestido, abrocharse el cinturón. No se puso
las medias, sólo los zapatos, y, al mirarse en uno de los espejos, vio su cara
embadurnada de lápiz de labios y de rímel. No se entretuvo en limpiarse; él podría
cambiar de opinión. Correr, salir de la Casa de Caoba, escapar. Cuando volvió a la
habitación, Trujillo ya no estaba desnudo. Se había cubierto con su bata de seda azul
y tenía en la mano la copa de coñac. Le señaló la escalera:
--Vete, vete -se atoraba-. Que Benita traiga sábanas limpias y una colcha, que
cambie esta inmundicia.
--En el primer escalón, me tropecé y me rompí el taco de un zapato, casi me ruedo los
tres pisos. Se me hinchó mucho el tobillo, después. Benita Sepúlveda estaba en la
primera planta. Muy tranquila, sonriéndome. Quise decirle lo que me había mandado.
No me salió ni una palabra. Sólo pude señalarle los altos. Me cogió del brazo y me
llevó donde los guardias, a la entrada. Me mostró un hueco con una silla: «Aquí le
lustran las botas al Jefe». Ni Manuel Alfonso ni su auto estaban allí. Benita Sepúlveda
me hizo sentar en el lustrador de zapatos, rodeada de guardias. Se fue y, cuando
volvió, me llevó del brazo hasta un jeep. El chofer era un militar. Me trajo a Ciudad
Trujillo. Cuando me preguntó, «¿dónde queda su casa?», le contesté: «Voy al Colegio
Santo Domingo. Vivo allí». Todavía estaba oscuro. Las tres. Las cuatro, quién sabe.
Se demoraban en abrir la reja. Todavía no podía hablar, cuando apareció el guardián.
Sólo pude con sister Mary, la monjita que tanto me quería. Me llevó al refectorio, me
dio agua, me mojó la frente.
Sansón, callado hace rato, vuelve a manifestar su contento o descontento, hinchando
el plumaje y chillando. Nadie dice nada. Urania coge su vaso, pero está vacío.
Marianita se lo llena; nerviosa, derrama la jarra. Urania bebe unos sorbos de agua
fresca.
--Espero que me haya hecho bien contarles esta historia truculenta. Ahora, olvídenla.
Ya está. Pasó y no tiene remedio. Otra lo hubiera superado, quizás. Yo no quise ni
pude.
--Uranita, prima, qué tú estás diciendo -protesta Manolita-. ¿Cómo que no? Mira lo
que has hecho. Lo que tienes. Una vida que envidiarían todas las dominicanas.
Se incorpora y va hacia Urania. La abraza, la besa en las mejillas.
--Me has dejado traspasada, Uranita -la riñe Lucinda, con cariño-. Pero, cómo vas tú
a quejarte, muchacha. No tienes derecho. En tu caso sí que vale eso de no hay bien
que por mal no venga. Estudiaste en la mejor universidad, has tenido éxito en tu
carrera. Tienes un hombre que te hace feliz y no te estorba tu trabajo...
Urania la palmea en el brazo y niega con la cabeza. El loro calla y escucha.
--Te mentí, no tengo ningún amante, prima -sonríe a medias, la voz aún quebrada-.
No lo he tenido nunca, ni lo tendré. ¿Quieres saberlo todo, Lucindita? Más nunca un
hombre me volvió a poner la mano, desde aquella vez. Mi único hombre fue Trujillo.
Como lo oyes. Cada vez que alguno se acerca, y me mira como mujer, siento asco.
Horror. Ganas de que se muera, de matarlo. Es difícil de explicar. He estudiado,
trabajo, me gano bien la vida, verdad. Pero, estoy vacía y llena de miedo, todavía.
Como esos viejos de New York que se pasan el día en los parques, mirando la nada.
Trabajar, trabajar, trabajar hasta caer rendida. No es para que me envidien, te
aseguro. Yo las envidio a ustedes, mas bien. Sí, sí, ya sé, tienen problemas, apuros,
decepciones. Pero, también, una familia, una pareja, hijos, parientes, un país. Esas
cosas llenan la vida. A mí, papá y Su Excelencia me volvieron un desierto.
Sansón ha comenzado a pasearse, nervioso, entre los barrotes de su jaula; se
contonea, se para, afila el pico contra las patas.
--Eran otras épocas, Uranita querida -balbucea la tía Adelina, tragándose las lágrimas-
. Tienes que perdonarlo. Él ha sufrido, él sufre. Fue terrible, hijita. Pero, eran otros
tiempos. Agustín estaba desesperado. Podía ir a la cárcel, podían asesinarle. No
quería hacerte daño. Pensó, tal vez, que era la única manera de salvarte. Esas cosas
ocurrían, aunque ahora no se entiendan. La vida era eso, aquí. Agustín te ha querido
más que a nadie en el mundo, Uranita.
La anciana se retuerce las manos, presa de desasosiego, y se mueve en la
mecedora, fuera de sí. Lucinda se le acerca, le alisa los cabellos, le da unas gotitas de
valeriana: «Cálmate, mami; no te pongas así».
Por la ventanita del jardín, refulgen las estrellas en la apacible noche dominicana.
¿Eran otros tiempos? Oleadas de brisa caliente entran al comedor de rato en rato y
agitan las cortinillas y las flores de un macetero, entre estatuitas de santos y fotos de
familia. «Eran y no eran», piensa Urania. «Todavía flota algo de esos tiempos por
aquí.»
--Fue terrible, pero me permitió conocer la generosidad, la delicadeza, la humanidad
de sister Mary -dice, suspirando-. Sin ella, yo estaría loca o muerta.
Sister Mary encontró soluciones para todo y fue un dechado de discreción. Desde los
primeros auxilios, en la enfermería del colegio, para cortarle la hemorragia y aliviarle el
dolor, hasta, en menos de tres días, movilizar a la superiora de las Dominican Nuns y
convencerla de que, festinando trámites, concediera a Urania Cabral, alumna ejemplar
cuya vida corría peligro, aquella beca para seguir estudios en la Siena Heights
University, en Adrian, Michigan. Sister Mary habló con el senador Agustín Cabral
(¿tranquilizándolo? ¿asustándolo?), en el despacho de la directora, a solas los tres,
urdiéndolo a que permitiera el viaje de su hija a los Estados Unidos. Y, también,
persuadiéndolo de que desistiera de verla, por lo perturbada que estaba después de lo
sucedido en San Cristóbal. ¿Qué cara puso Agustín Cabral ante la sister? Urania se lo
ha preguntado muchas veces: ¿de hipócrita sorpresa? ¿de malestar? ¿de confusión?
¿de remordimiento? ¿de vergüenza? Ni ella había preguntado ni sister Mary se lo dijo.
Las monjas fueron al consulado norteamericano a conseguir la visa, y pidieron
audiencia al Presidente Balaguer, para que acelerara la autorización que los
dominicanos debían recabar para salir al extranjero, un trámite que demoraba
semanas. El colegio pagó su pasaje, en vista de que el senador Cabral se había vuelto
insolvente. Sister Mary y sister Helen Claire la acompañaron al aeropuerto. Cuando el
avión despegó, lo que más les agradeció Urania fue que cumplieran su promesa de no
dejarla ver a papá, ni siquiera de lejos. Ahora, les agradecía también haberla salvado
de la cólera tardía de Trujillo, que la hubiera podido dejar confinada en esta isla o
enviado a alimentar a los tiburones.
--Es tardísimo -dice, mirando su reloj-. Las dos de la mañana, casi. Ni siquiera he
hecho la maleta y mi avión sale tempranísimo.
--¿Te regresas mañana, a New York? -se apena Lucindita-. Creí que te quedarías
unos días.
--Tengo que trabajar -dice Urania-. En el estudio, me espera una pila de papeles, de
dar vértigo.
--Ahora, ya no será como antes ¿verdad, Uranita? -la abraza Manolita-. Nos vamos a
escribir, y contestarás las cartas. De cuando en cuando, vendrás de vacaciones, a
visitar a tu familia. ¿Verdad, muchacha?
--De todas maneras -asiente Urania, abrazándola también. Pero, no está segura. Tal
vez, saliendo de esta casa, de este país, prefiera olvidar de nuevo esta familia, esta
gente, su pasado, se arrepienta de haber venido y hablado como lo ha hecho esta
noche. ¿O, tal vez, no? ¿Tal vez querrá reconstruir de algún modo el vínculo con estos
residuos de familia que le quedan?-. ¿Se puede llamar un taxi a estas horas?
--Nosotras te llevamos -se levanta Lucindita.
--Yo a ti te voy a querer mucho, tía Urania -le susurra en el oído y Urania siente que la
embarga la tristeza-. Te voy a escribir todos los meses. No importa si no me contestas.
La besa en la mejilla varias veces, con sus labios delgaditos, el picoteo de un pajarito.
Antes de entrar al hotel, Urania espera que el viejo automóvil de su prima se pierda en
el malecón George Washington, con el fondo de una fila de olas ruidosas y
blanquísimas. Entra en el Jaragua, Y, a mano izquierda, el casino y la boite contigua
son un ascua: ritmos, voces, música, las máquinas tragaperras y exclamaciones de los
jugadores en la ruleta.
Cuando se dirige hacia los ascensores, una figura masculina la intercepta. Es un
turista cuarentón, pelirrojo, con camisa a cuadros, pantalón vaquero y mocasines,
ligeramente borracho:
--May I buy you a drink, dear lady? -dice, haciendo una venia cortesana.
-- Get out of my way, you dirty drunk -le responde Urania, sin detenerse, alcanzando a
ver la expresión de desconcierto, de susto, del incauto.
En su habitación, comienza a hacer su maleta, pero, al poco rato, va a sentarse junto
a la ventana, a ver las estrellas lucientes y la espuma de las olas. Sabe que no pegará
los ojos y que, por tanto, tiene todo el tiempo del mundo para terminar con la maleta.
«Si Marianita me escribe, le contestaré todas las cartas», decide.