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Giro Relacional en Psicoanálisis

Este documento describe la evolución del psicoanálisis desde un enfoque objetivo hacia uno intersubjetivo, reconociendo la participación del analista y la construcción conjunta del significado. También destaca a Sandor Ferenczi como precursor del enfoque relacional al enfatizar la importancia de la relación terapéutica y la experiencia compartida entre analista y paciente.

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Giro Relacional en Psicoanálisis

Este documento describe la evolución del psicoanálisis desde un enfoque objetivo hacia uno intersubjetivo, reconociendo la participación del analista y la construcción conjunta del significado. También destaca a Sandor Ferenczi como precursor del enfoque relacional al enfatizar la importancia de la relación terapéutica y la experiencia compartida entre analista y paciente.

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UNIVERSIDAD DEL SALVADOR

FACULTAD DE PSICOLOGÍA

FICHA DE CÁTEDRA
TÉCNICAS PSICOTERAPÉUTICAS I
MÓDULO PSICOANALÍTICO

“EL GIRO RELACIONAL EN


PSICOANÁLISIS”

Lic. YaninaPiccolo
Lic. Victoria Font Saravia

1
El Giro Relacional en Psicoanálisis

El llamado giro relacional en Psicoanálisis expresó la necesidad de explorar


las subjetividades en juego dentro de la sesión, donde el analista se ve implicado y
está atento a la mutua participación que transcurre en el diálogo analítico. Esto
supone considerar un descentramiento de la palabra, involucrando necesariamente
al cuerpo en el progreso del tratamiento, a lo implícito, al clima emocional, a la
realidad externa y otros aspectos que han quedado históricamente relegados.
El desafío de trabajar de esta manera requiere, en gran medida, tolerar la
incertidumbre de sentirnos vulnerables y expuestos frente al paciente.

Del ideal de objetividad hacia la intersubjetividad. Breve historia de la evolución del


Psicoanálisis

El ideal de la técnica psicoanalítica fue evolucionando a lo largo de la historia del


psicoanálisis, ya que fue acompasándose en concordancia con los cambios sociales
y culturales. Recordemos que las teorías siempre son productos de la época.

En este sentido, podríamos pensar tres tiempos en la historia del psicoanálisis, en


los que se puso el acento primero en la objetividad, luego en la subjetividad y más
adelante en la intersubjetividad.

El contexto histórico en el que surgió la teoría freudiana se encontraba condicionado


por el positivismo de las ciencias, cuyo objetivo era llegar a leyes universales
(objetivas), a través de un único método de conocimiento (hipotético deductivo) –el
mismo para todas las ciencias-. La técnica psicoanalítica buscaba entonces la
objetividad a través de las intervenciones y las condiciones del análisis, sosteniendo
que de este modo el analista no interfería en la transferencia del paciente. El analista
debía ser neutral y abstinente.

Los ideales de abstinencia, neutralidad y anonimato (que deriva de los dos


anteriores) consecuentemente, eran propiciados por el auge de los ideales de la
ciencia reinante.

2
Paulatinamente, los analistas advirtieron que su participación era inevitable, al
observar que la personalidad del terapeuta se ponía en juego, aun
involuntariamente. Allí es cuando surge la idea pionera de H. S. Sullivan, del
terapeuta como “observador participante”, que establece una relación interpersonal
con el paciente, lo que obliga al analista a observarse continuamente. Si bien puso
gran énfasis en la participación del analista y su impacto sobre el paciente, la
comprensión de Sullivan sobreestimó la autoconciencia del terapeuta, al suponer
que éste podría alcanzar una visión objetiva de la realidad. En definitiva, los
terapeutas son sujetos que no pueden salir de ese estatus. Siguiendo el principio de
incertidumbre de Heisenberg –que diferencia la física clásica de la física cuántica-
nuestra percepción de la realidad permite conocer sólo una versión de la misma lo
que no es más que una perspectiva posible.

Podríamos decir, que la objetividad como ideal fue dejando paso a la subjetividad, de
modo tal que, en este momento, el analista observa no solo la subjetividad del
paciente sino también la propia, pasando a constituirse en una psicología bi-
personal.

Luego de 1950, surgieron novedosas ideas en torno al concepto de


contratransferencia, evidenciando un cambio de paradigma, al señalar al analista
como alguien que no sólo responde a los fenómenos que se originan en la vida
psíquica del paciente (en especial la transferencia), sino además como una persona
que puede provocar fenómenos dentro de la sesión a partir de su propio mundo
interno - como por ejemplo en la neurosis de contratransferencia. El punto de
inflexión aquí es que ya no es posible pensarse por fuera de la contratransferencia
(Racker en Argentina y Heimann en Inglaterra son dos exponentes de este
pensamiento).

En la actualidad observamos el baile que bailan ambos participantes de la díada


analítica, siendo cada vez más difícil distinguir quien dio el primer paso en la
interacción. Como diría H. Bleichmar, debemos observar la díada tal como lo haría
un terapeuta de pareja.

Por otro lado, las investigaciones sobre el desarrollo psíquico temprano,


especialmente las provenientes de la teoría del apego (J. Bowlby), la psicología del

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self (H. Kohut) y las conceptualizaciones de D. W. Winnicott, han sido centrales en la
evolución del psicoanálisis. Para estos autores, el ambiente es constitutivo de la
mente en desarrollo y lo intrapsíquico es visto como el resultado de la
internalización de experiencias interpersonales.

Asimismo, el psicoanálisis rioplatense vio nacer autores que realizaron importantes


aportes. E. Pichon-Riviere (1956-7), desde una visión social, introdujo en Argentina
el término “vínculo” enfatizando la importancia de la pareja analítica como una
relación. Posteriormente, surgió un concepto original de la mano de W. y M.
Baranger al concebir un “campo intersubjetivo”, refiriéndose así a los fenómenos
inconscientes que ambos participantes generan dentro del “campo dinámico”
(1961-2, 1979) de la situación analítica. Ellos priorizaron los aspectos corporales y
emocionales de la comunicación analista-paciente.

La teoría vincular de I. Berenstein y de J. Puget, de comienzos de la década de 1980,


entiende al sujeto y su problemática en situación, abarcando la pareja, la familia y el
grupo, y comprendiendo el vínculo como fundante del mundo intersubjetivo. Este
enfoque supone una mirada múltiple, al observar la forma en que se entrecruzan y
se anudan las tres dimensiones de la red sujeto-vínculo-cultura, destacando el valor
del encuentro como nueva producción vincular, transformadora tanto para el
paciente como para el analista.

S. Mitchell, principal referente y uno de los fundadores de lo que se empezó a llamar


el “Movimiento relacional en psicoanálisis”, en 1988 aportó el concepto de “matriz
relacional” como una noción que ubica la contextualización de la experiencia en
primer lugar. Este concepto intenta dejar atrás la dicotomía entre lo intrapsíquico y
lo interpersonal, ya que pensar que estamos conformados por una matriz de
relaciones con los demás, abarca tanto lo intrapsíquico como lo interpersonal en
permanente retroalimentación. La mirada de Mitchell sobre la constitución de la
mente es superadora de la idea de un aparato psíquico, porque entiende que la
mente individual es un producto que emerge de la matriz relacional, a la vez que
participa dinámicamente en ella. La mente desde esta perspectiva, se considera
tanto un producto de la matriz cultural y lingüística dentro de la cual se produce,
como así también, un participante interactivo en ella.

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Desde un punto de vista clínico, intentamos explorar detalladamente las
interacciones en las cuales ha estado inmerso el paciente, tanto en el pasado como
en el presente, incluyendo la relación psicoterapéutica. La “matriz relacional”,
describe también la interrelación continua entre paciente y analista, dando cuenta
de una multiplicidad de fenómenos co-creados entre ambos. De esta manera, la
situación analítica pasa a ser la portadora de una nueva experiencia. 1

Así llegamos a un nuevo momento en psicoanálisis, el de la intersubjetividad, que


rompe con la visión de dos subjetividades en relación, porque ahora se investigan
los significados emergentes co-construidos entre paciente y analista.

Sandro Ferenczi: el precursor del Psicoanálisis Relacional

El Psicoanálisis Relacional, a diferencia de épocas anteriores, no rinde culto a un


autor-guía (“freudianos”, “kleinianos”, “kohutianos”, etc…), sino que, desde distintos
lugares geográficos, diversos pensadores psicoanalíticos fueron aportando nuevas
miradas para entender el sufrimiento humano, el cambio psíquico y la acción
terapéutica en psicoanálisis. De este modo, el Psicoanálisis Relacional está
conformado por un colectivo de autores.

Cuando pensamos en los precursores del movimiento relacional, también llamado


psicoanálisis intersubjetivo, no podemos dejar de recordar a Sandor Ferenczi,
analista húngaro aquel amigo, discípulo y paciente de Freud, más tarde excluido de
la comunidad psicoanalítica de la época, hasta que gracias a Balint, salió publicado
su “Diario Clínico” (en 1985 en francés y recién en 1988 en inglés). Ferenczi atendía
pacientes traumatizados y desde un comienzo mostró su “pragmatismo creativo” al
cambiar una y otra vez la técnica que utilizaba, ya que él estaba convencido de que
no había que responsabilizar al paciente frente a un fracaso terapéutico. Siempre
mantuvo una actitud humilde y sincera, oscilando entre la empatía y la auto
observación. Resaltó la importancia de una mayor actividad del analista con
pacientes gravemente perturbados, y en lugar de la primacía de la interpretación,
ubicó la relación personal (paciente-analista) como la herramienta principal del

1
Carlos Nemirovsky (1999) introdujo el concepto “edición” para expresar las nuevas experiencias
desarrolladas en el campo relacional.

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tratamiento. Lo central estaba en la experiencia compartida entre analista y
paciente. Junto a Otto Rank enfatizaron que el recobrar el sentimiento y la vivencia
debían preceder al recuerdo y al insight. Recuperó la noción primaria de trauma,
ubicándolo en un campo intersubjetivo, resaltando que el trauma real ocurre
cuando los padres no tienen lugar para el niño (cuando desmienten lo ocurrido y
relatado). Su último artículo “La confusión de lenguas entre los niños y los adultos.
El lenguaje de la ternura y de la pasión” subraya la importancia de los factores
traumáticos en la génesis de la neurosis e ilumina sobre temas como el abuso sexual
y el trauma.

Para Ferenczi, la técnica debía incluir: una atmósfera emocional cálida, análisis de la
contratransferencia, mutualidad de la experiencia, reconocer los errores, expresar
la verdadera personalidad del analista, empatía, volcarse a la experiencia más que
un despliegue teórico, análisis personal, continuo autoanálisis y supervisión.

Autores posteriores, tomaron algunos de los conceptos desarrollados por Ferenczi,


dando origen a otras escuelas de pensamiento dentro del psicoanálisis que, a su vez,
ofrecieron importantes aportes para lo que se llamó El giro relacional en
Psicoanálisis. Algunos de ellos fueron: Fromm, Sullivan, Fairbain, Balint, Winnicott,
Kohut, Killingmo y Bowlby, entre otros.

El mito de la mente aislada

El mito de la mente aislada cuestiona la idea que concibe al hombre como un


individuo que existe separadamente del contexto dentro del cual se desarrolla.
Desde la teoría de la intersubjetividad la mente se desarrolla a partir de la
interacción con otros. Es decir que toda experiencia es intersubjetiva.

Para Freud el psiquismo es una mente aislada del exterior, que se desarrolla desde
adentro hacia afuera y que contiene fuerzas (pulsiones) que presionan desde
nuestro interior. Tanto la Psicología psicoanalítica del self (Kohut) como los teóricos
ingleses de las relaciones objetales (Fairbain), los ingleses del middle group -
independientes (Winnicott, Balint), el psicoanálisis interpersonal (Sullivan), los
intersubjetivistas (Storolow, Atwood, Orange), algunos autores independientes

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(Killingmo, Bleichmar) y el Grupo de Boston (Stern, Lyons-Ruth, etc.) empiezan a
darle una importancia decisiva a la interacción con los otros significativos, al
ambiente como constitutivo de la mente en desarrollo.

La mente desde una mirada relacional pasa de ser monádica (psicología de una
persona) a ser relacional y se empieza a hablar de una psicología de “dos personas”,
remarcando la necesidad del otro y del contexto social para constituirnos como
sujetos (Baranger y la teoría del campo intersubjetivo, Pichon Riviere, Bleger,
Racker). De esta manera, la pulsión pierde el lugar central y estructurante que venía
teniendo.

Siguiendo este mismo sentido, es un mito pensar en la existencia de un cuerpo


aislado. En el psicoanálisis clásico predomina el cuerpo pulsional; instalándose en el
terreno del proceso analítico una desconfianza respecto del cuerpo y de la acción,
debido a que la acción -representante de un cuerpo pulsional que busca descarga-
debía ser dominada.

Se produce entonces un pasaje de la dicotomía cartesiana mente-cuerpo a la


concepción de la mente como sistema abierto; de un mundo lineal, ordenado,
secuencial y predecible pasamos a un mundo complejo, intranquilo, incierto -y un
tanto caótico- factible de auto-organización. El tema de la acción en psicoanálisis
lleva necesariamente al tema del cuerpo y la acción, por lo tanto, el mito de la mente
aislada se complementa con el mito del cuerpo aislado y de la acción aislada.

El Psicoanálisis Relacional, concierne tanto a lo intrapsíquico como a lo


interpersonal, pero lo intrapsíquico es visto como constituido por la internalización
de las experiencias interpersonales. Y estas experiencias están mediatizadas
biológicamente. Las neurociencias aportan en la actualidad la importancia de la
unidad psique-soma: las emociones tienen localización en el cerebro.

Desde la perspectiva relacional los afectos constituyen el centro de la motivación


humana y surgen del intercambio intersubjetivo.

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Del modelo pulsional a los sistemas motivacionales

Siguiendo con el descentramiento que propone el paradigma de la complejidad, el


complejo de Edipo deja de estar en el centro de la situación analítica y de la
psicopatología, poniéndose la mirada en otros aspectos de la vida humana, para
comprender el sufrimiento y la patología, así como también la importancia de la
relación con las figuras de apego (Bowlby) y los vínculos tempranos. La relación con
el analista pasa a estar en el centro, pero no solo en términos de transferencia y
contratransferencia sino fundamentalmente en términos de mutualidad y
reciprocidad en el encuentro significativo que se da entre dos personas, que
transforma la experiencia de los dos.

La teoría freudiana enfatiza el conflicto entre el yo, el ello y el superyó en los


estadios psicosexuales de la pulsión por los que atraviesa el niño en su desarrollo.
La interpretación, en el psicoanálisis clásico, está dirigida al contenido inconsciente
(impulsos agresivos y sexuales), con la finalidad de hacerlos conscientes y alcanzar
un insight. Desde la teoría relacional, el conflicto debe ser explorado tanto en su
expresión interpersonal como intrapersonal.

El psicoanálisis clásico otorga a la sexualidad un lugar hegemónico como motivación


del psiquismo. El Psicoanálisis Relacional amplía el rango de motivaciones humanas,
al considerar que existen múltiples fuerzas que movilizan al psiquismo. A saber:
narcisismo (regulación de la autoestima), apego, regulación fisiológica, sistema de
cuidado (dar protección: care-giving), respuestas aversivas, exploración, afiliación
social, etc. Es decir que cada motivación abarca necesidades, un estado mental y
procesos particulares, de los que derivan afectos, objetivos e intenciones, que
surgen en el individuo y son creados y co-construidos en las relaciones con los otros.

Asimismo, el inconsciente -que en la teoría freudiana se entiende como un


inconsciente reprimido- se vio ampliado. La perspectiva relacional expande el
concepto de Inconsciente describiendo tres tipos: Inconsciente dinámico, formado
por información emocional que tuvo que ser olvidada/reprimida debido al conflicto
intrapsíquico para el sujeto; Inconsciente invalidado, formado por aspectos de la
vida de la persona que no pudieron volverse en experiencia debido a que no

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recibieron reconocimiento ni validación por parte del ambiente/cuidadores,
respuestas éstas necesarias para volverse reales para el sujeto; y el Inconsciente
Prerreflexivo, formado por convicciones emocionales que operan automáticamente
y fuera de la consciencia, originadas en inferencias que el niño extrae de la
experiencia intersubjetiva familiar de origen. Este inconsciente no es el resultado
de procesos defensivos y está altamente relacionado al conocimiento procedural
implícito y no verbal, se lo entiende como conocimiento en acción.

La Psicoterapia. De la “cura por la palabra” a la “cura por la experiencia”

Mutualidad

El despliegue de la subjetividad en la situación analítica se produce mediante


procesos de mutualidad y reconocimiento de la alteridad. Existe por un lado la
mutualidad de reconocimiento -en la que dos personas se reconocen el uno al otro
como individuos discriminados- lo que otorga valor a los pensamientos,
sentimientos, intenciones y acciones del otro. Y la mutualidad de regulación, que
enfatiza la influencia recíproca que se ejercen mutuamente dos personas en una
relación. Paciente y terapeuta así, se encuentran mutuamente influidos y
emocionalmente regulados en forma constante, consciente e inconscientemente.

El análisis clásico restringe la mutualidad a la alianza terapéutica –o alianza de


trabajo-, en la que analista y paciente comparten un acuerdo para el trabajo
conjunto. En este sentido la alianza sería mutua. Los teóricos relacionales expanden
este concepto enfatizando que se produce una participación continua entre ambos
participantes. La interacción continua entre analista y paciente ha llevado a los
teóricos relacionales a pensar la transferencia-contratransferencia como una
comunicación continua bi-direccional, expresada a través de escenificaciones
compartidas denominadas enactments.

Mutualidad y asimetría

Es importante realizar una aclaración: mutualidad no implica simetría y


supone estar atravesada por la diferencia. La relación terapéutica transcurre en
asimetría, aun cuando el analista se auto devele, ya que su tarea se orienta a la
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demanda y necesidad del paciente. Y aunque pueda equivocarse, intentará volver a
ese rol.

En otras palabras, el analista debe sostener y proteger el proceso analítico; la


asimetría en la relación analítica deriva de la necesidad de procurar y mantener esta
responsabilidad. S. Mitchell (2015) considera que el rol del terapeuta es análogo al
rol del “conductor de auto designado” en las fiestas, en cuanto a que debe haber
alguien que esté atento al cuadro general. Y es precisamente esa atención y cuidado
lo que permite que los demás participantes se dejen llevar en la fiesta. Se espera que
la persona que tiene el rol de cumplir con esta responsabilidad participe en la fiesta,
desde luego, pero a la vez debe mantener un estado mental que pueda garantizar la
seguridad de todos los involucrados; esa diferencia de roles hace posible un rango
diferente de experiencias.

Negociación

Stuart Pizer, analista de tradición winnicottiana, entiende la neutralidad como una


negociación entre analista y paciente, tomando como responsabilidad del analista
mantener el área de ilusión con el paciente – “intercambio de garabatos entre adultos
sin lápiz ni papel” (Pizer 1999). El área de ilusión se refiere a que lo que vamos
construyendo con el paciente tiene el sello de una coautoría. Esta co-construcción
requiere acuerdos permanentes entre ambos participantes, convirtiendo la
negociación en el vehículo intrínseco de la acción terapéutica. Resaltamos la
necesidad, como terapeutas, de generar los cambios necesarios para mantener un
espacio potencial, el de la ilusión, como terreno fértil para el trabajo conjunto con el
paciente. Pero flexibilizar los límites analíticos no significa que “todo vale”. Cuando
hablamos de negociación, nos referimos a la importancia de establecer reglas de
acuerdo a la singularidad de cada terapeuta y de cada paciente. Carece de sentido
establecer reglas rígidas que no puedan ser cumplidas. Por ejemplo, si recibimos un
paciente que es tripulante en una aerolínea, probablemente no sabrá qué días estará
en vuelo hasta recibir su agenda de vuelos mensuales; en este caso, pensar en dar
un día y horarios fijos sería infructuoso debido a que el paciente no podrá cumplir.
En este caso, lo recomendable será establecer los horarios de la sesión mes a mes,
previa negociación interna del analista consigo mismo.

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Mantener un clima en el que ambos participantes se sientan cómodos,
también requiere de mutua adaptación y negociación. Para intentar lograrlo, los
terapeutas debemos estar atentos, con el objetivo de ir ajustando las condiciones del
tratamiento, lo que implica aprender a tolerar la incertidumbre, así como cultivar la
paciencia y la humildad.

Además de negociar horarios, honorarios, vacaciones y otras cuestiones formales,


analista y paciente negocian sobre todo los significados que van co-creando en la
sesión. Es una tarea permanente ponerse de acuerdo en relación a los silencios, las
resistencias, los climas emocionales, las interpretaciones, etc. Mitchell vio la utilidad
de pensar la negociación como una metáfora para diversos aspectos del proceso
analítico, incluso considera que, un deseo puede sentirse como deseo y no como
necesidad, dependiendo del contexto relacional en el que surja y de las perspectivas
desde las cuales son pensadas.

L. Aron señala que “la capacidad para negociar con el paciente nos recuerda a
Ferenczi (1928), quien adopta un término sugerido por un paciente; “la elasticidad en
la técnica”, en la que “el analista, como una banda elástica, debe ceder a la influencia
del paciente, pero sin cesar de influenciar en la propia dirección” (Aron, 1996, p. 95)”.

En síntesis, la negociación es una característica inherente a la perspectiva relacional,


ya que a partir de la mutua influencia, el analista es conmovido y transformado por
el paciente y viceversa. Por este motivo, se asume que el analista es distinto con cada
paciente y no a raíz de la técnica psicoanalítica, aunque ésta pueda influirlo en parte.
La idea de un analista genérico no es posible y constituye otro de los mitos dentro
del psicoanálisis, ya que minimiza la interacción entre analista y paciente y se basa
en la idea de un analista neutral.

Mentalización

La empatía en el proceso terapéutico y el intercambio intersubjetivo es esencial para


el desarrollo del self. Para un desarrollo saludable del self es necesario una relación
que incluya el reconocimiento del estado mental subjetivo del otro, así como el de
uno mismo. A esta función Fonagy la llama mentalización. Una manera de favorecer
la mentalización es invitar al paciente a pensar sobre sus pensamientos y

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sentimientos, ayudándolo a diferenciar entre pensar y pensar en sus pensamientos
y sentir y pensar en sus sentimientos. ¿Qué piensa de sí mismo? qué piensa que los
otros piensan y ven en él?, ¿qué alternativas se presentan en el pensar y el sentir,
qué emociones y pensamientos piensa que evoca en los otros? Incluyendo al
terapeuta.

Desde esta perspectiva el encuentro continuo entre paciente y analista provee un


ambiente seguro que permite la exploración intensa y profunda de aspectos
inconscientes y posibilita la edición de situaciones no vividas anteriormente y por
lo tanto novedosas.

Conocimiento relacional implícito

El grupo de Boston aporta el concepto de “conocimiento relacional implícito”, de


gran utilidad para la comprensión de dinámicas pre verbales, en el “aquí y ahora” de
la relación terapéutica, y define aquellos conocimientos emocionales que hemos
adquirido en relación con los otros, especialmente con los adultos que nos
acompañaron significativamente en los primeros años. Lo que anteriormente era
considerado como conflictos y defensas intrapsíquicos (conflicto pulsional),
actualmente lo vemos como el resultado de un intercambio interpersonal: cada
infante se adapta a la idiosincrasia particular de sus cuidadores. Desde esta
perspectiva, la “resistencia” ya no se entiende principalmente como resistirse a
reconocer los propios deseos inadmisibles, sino como una defensa ante el riesgo que
las necesidades emocionales del otro no sintonicen con las propias, es decir el temor
a no ser entendido por el analista.

“...una gran parte de la acción terapéutica tendrá lugar en este reino de lo


representado procedimental o implícitamente, en el proceso relacional no-consciente“
(Karlen Lyons-Ruth, 2010)

Los cambios en el conocimiento relacional implícito pueden producirse en


momentos de encuentro entre analista y paciente, los que no son representados ni
simbólica/verbal/conscientemente ni dinámicamente inconscientes en el sentido
corriente del término. Sin embargo, estos momentos de encuentro pueden ser
importantes para reorganizar la experiencia procedimental y afectiva en un
contexto relacional.

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El llamado Giro Relacional propone un modo de comprender la experiencia en
constante construcción, desde lo implícito, no verbal y no formulado hasta lo verbal
y simbolizado.

El modelo pulsional nos enfrenta con el ´hombre culpable´, víctima del conflicto
edípico, hoy nos enfrentamos con el ´hombre trágico´, sujeto de la
contemporaneidad, de la complejidad, que sufre del vacío y el déficit.

El analista relacional no funciona como una pantalla en blanco en la que se proyectan


los contenidos mentales del paciente, sino como un participante y atento observador
comprometido con el paciente.

Un analista debe ser un facilitador del intercambio intersubjetivo, más que una
autoridad que revela verdades ocultas.

Se piensa en términos de “caja de herramientas”, ampliando los recursos técnicos


del terapeuta. Ya no es una técnica la que vale, LA técnica psicoanalítica, porque la
influencia de la hermenéutica, el perspectivismo, la teoría de los sistemas y el
paradigma de la complejidad hacen pensar que si no entendemos lo que el paciente
dice o no dice, siente o hace, no depende del contenido mental intrapsíquico -que
habrá de revelar con una interpretación-, sino que será un sentido a co-construir
entre paciente y analista. El motor de cambio empieza a apoyarse cada vez más en
la relación y la experiencia. Alexander en la década del 40 ya criticaba la díada
interpretación-insight como el factor central de cambio en el proceso terapéutico y
aporta el concepto de “experiencia emocional correctiva”.

El proceso de cambio: de la interpretación al encuentro

Todo cambio en un organismo vivo es promovido por la interacción de este


organismo con el medio ambiente que lo rodea. El terapeuta no dirige el proceso de
cambio, sino que se sumerge junto con el paciente en la relación, y a menudo, luego
de un desordenado proceso, se alcanza a construir una narrativa verbal que sea
coherente con la experiencia del paciente, narrativa a la que solemos llamar
Interpretación. Así visto, la interpretación es más la consecuencia que el motivo del
cambio. Es decir que al cambio psíquico se accede por la relación.

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De esta manera, la interpretación clásica (impulso-defensa) deja de estar en el lugar
privilegiado que le dio Freud y parece ser más necesario construir un marco de
trabajo sostenedor y suficientemente bueno.

Un analista emocionalmente comprometido, cálido, abierto, disponible, empático,


que no juzga, promoverá cambios positivos.

Lo que los enfoques relacionales tienen en común es una comprensión de la


interpretación como un proceso mutuo, intersubjetivo, afectivo e interactivo. Las
interpretaciones no son simples comunicaciones verbales sino también actos
interpersonales. Lewis Aron señala tres dimensiones en la interpretación:

- La dimensión afectiva-experiencial
- La dimensión insight-cognitiva
- La dimensión relación-encuentro

La actitud del analista

La actitud del analista desde el modelo relacional no busca la neutralidad, la


abstinencia y el anonimato freudianos. Freud en “Consejos al médico” decía que “el
médico no debe ser transparente para el analizado sino como la luna de un espejo,
mostrar sólo lo que es mostrado”, a los fines de no contaminar con su subjetividad el
proceso analítico que debía y según los ideales de la época, podía ser objetivo. La
neutralidad es un mito, ya que la experiencia nos muestra que dejar de lado la propia
subjetividad es una meta imposible de cumplir y que no tendría ninguna razón para
ser buscada. En “Puntualizaciones sobre el amor de transferencia” postula el
principio de abstinencia, diciendo que “la cura analítica debe ser realizada en
privación”, refiriéndose no solo a no satisfacer los deseos sexuales de las pacientes,
sino a la necesidad de dejar subsistir cierta añoranza, como “unas fuerzas
pulsionantes del trabajo”. La frustración opera como garante de la emergencia del
inconsciente reprimido, con la correspondiente transferencia, posibilitando así el
trabajo analítico.

Existen en la actualidad multiplicidad de escritos acerca de cuál es la actitud del


terapeuta más favorable para el análisis. Como subrayamos anteriormente, el
movimiento relacional en Psicoanálisis no sigue a un solo autor, y por lo tanto no se

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piensa en una sola técnica, sino que se habla de ´las prácticas´, en plural.
Mencionaremos algunas de las posturas más reconocidas en la actualidad:

Los intersubjetivistas americanos, Stolorow, Atwood y Orange, reemplazaron a la


neutralidad por la investigación empático-instrospectiva como la actitud terapéutica
más adecuada frente a la díada analítica, reconocida como un sistema intersubjetivo
de influencia mutua recíproca, en la cual las actividades organizativas de ambos
participantes hacen continuamente contribuciones co-determinantes.

Stuart Pizer, influenciado por Winnicott, recomienda la negociación entre analista


y paciente, entendida esta como la responsabilidad del analista de mantener el área
de ilusión con el paciente – “intercambio de garabatos entre adultos sin lápiz ni
papel”.

Howard Bacal desde sus raíces kohutianas, desarrolla el concepto de responsividad


óptima, abarcando una gran variedad de respuestas por parte del analista:
intervenciones interpretativas y afirmativas, sostén, empatía, restricciones,
actitudes activas, todas pueden ser apropiadas y el analista evaluará a cada
momento y con cada paciente cuál es la más adecuada para el avance del
tratamiento. Lo que se enfatiza es la predisposición del analista a “ser usado”
terapéuticamente.

Edgar Levenson, fiel representante del Alanson White Institute, utiliza el método
deconstructivo. Se apoya en Sullivan, quien hablaba de la “investigación detallada”:
para Sullivan el paciente distorsiona el presente en base a su experiencia pasada. El
papel del terapeuta a través de la indagación detallada consistía en ayudar al
paciente a ver qué es lo que está faltando o distorsionando, y a ampliar su mirada.
Para Levenson el método deconstructivo va más allá, él parte de la idea de que la
distorsión puede no existir, el paciente no está interpretando mal la realidad, está
viendo la realidad desde sus propios esquemas, diferentes a los nuestros, pero no
por ello erróneos. El método deconstructivo propone quedarse en los datos del
paciente, sin moverse rápidamente a explicaciones abstractas e hipótesis del
terapeuta, sino tomarse el tiempo para explorar. El acto de exploración genera en la
paciente ansiedad y ésta es el motor del proceso. El objetivo no es encontrar
explicaciones o sentidos, sino abrir la historia. Para ello es necesario tolerar el

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desorden y el caos, ya que es la única forma de avanzar e ir más allá de lo que es
familiar para el paciente, de la historia que ha construido y que da sentido a quién
es. El papel del analista no es el de ser un árbitro entre lo real y lo irreal, analizando
las resistencias como en Freud. El trabajo consiste en crear acuerdos sobre aquello
que hay que comprender y los matices de las relaciones. Este tema nos lleva al de la
Transferencia.

Transferencia, Contratransferencia y Enactment

La idea de distorsión es importante porque para la mayoría de los analistas clásicos,


la experiencia se distorsiona por repetición de viejos patrones, originados en las
relaciones con personas significativos de la infancia, que se actualizan en el
presente. Levenson, en cambio, toma la percepción del paciente como relevante. No
considera que el paciente está equivocado, sino que, al contrario, ve que tiene su
perspectiva del mundo, así es como la visión del analista ya no es la referencia.

No todo presente es repetición de lo que pasó; pero en ocasiones el pasado, lo


repetido (re-edición), se impone sobre lo nuevo, y en esos casos es importante
desanudarlo, analizarlo e interpretarlo, para lograr experiencias novedosas
(edición) que el pasado impide vivenciar.

Partimos de la idea que paciente y analista se influyen constantemente, por lo cual


transferencia y contratransferencia forman un sistema intersubjetivo de influencia
mutualmente recíproca (co-transferencia).

Algunos autores intersubjetivos, han dejado de referirse a los términos


transferencia y contratransferencia porque para ellos son conceptos que derivan de
considerar a la mente como aislada del contexto, y en su lugar hablan de enactment.
En la actualidad toman mucha importancia el cuerpo y la acción, y no sólo la palabra.
El enactment describe tanto acciones sutiles (cambios en la voz, gestos) como
escenificaciones más intensas, entre paciente y analista. Los relacionales hacen
hincapié en la co-construcción y en la responsabilidad compartida de esa
escenificación: el enactment siempre es mutuo. Es importante tomar conciencia
cuando suceden, y deben ser abordados cuando adquieren significación para el
paciente o para el analista. Suelen tener valor clínico cuando se llega a una

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comprensión de lo sucedido y se logra tomar una dirección distinta a la del
enactment.

El cambio de paradigma en el enfoque Relacional-Intersubjetivo

Se distancia de “la técnica” para empezar a hablar de “las prácticas”, porque se


busca lograr una actitud de apertura para explorar los distintos significados que van
a emerger de la relación terapéutica.

La idea clásica de técnica permitía pensar en acciones genéricas hacia los pacientes
(Mito del analista genérico). Gadamer sugiere, en cambio, “que la razón práctica o
phronesis de Aristóteles describe mejor la clase de pensamiento que necesitamos en las
ciencias humanas” (Stolorow 2012). Phronesis es una noción de la filosofía
aristotélica que se utiliza para describir una sabiduría o inteligencia práctica. La
frónesis analítica es específica a la díada que conforman un paciente y un terapeuta,
y a un contexto determinado. Las prácticas, a diferencia de las técnicas, siempre se
orientan a lo particular e implican una actitud exploratoria y deconstructiva. Es
decir que no existe un conocimiento previo para actuar correctamente. La práctica
psicoanalítica busca para cada paciente en cada situación la opción más adecuada,
lo que en términos de proceso analítico sería lo más responsivo.

Se pasa:

- De una Psicología unipersonal a una Psicología bipersonal. (dos


subjetividades implicadas constantemente que co-construyen sentidos)
- De una primacía de la cognición a una primacía del afecto
- De una primacía del contenido a una primacía del contexto
- De una primacía de la interpretación, al cambio por la relación

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