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Me Van A Tener Que Disculpar, de Eduardo Sacheri (Analizado)

Este documento resume un cuento de Eduardo Sacheri titulado "Me van a tener que disculpar". El narrador se disculpa de antemano porque siente que no puede juzgar imparcialmente a un deportista en particular, a quien siente que le debe una deuda por un día y un partido de fútbol inolvidables que le permitieron a su país superar una gran humillación. A pesar de los defectos del deportista, el narrador siempre lo defenderá y evitará criticarlo debido a ese recuerdo y sentimiento de gratitud que lo ata
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Me Van A Tener Que Disculpar, de Eduardo Sacheri (Analizado)

Este documento resume un cuento de Eduardo Sacheri titulado "Me van a tener que disculpar". El narrador se disculpa de antemano porque siente que no puede juzgar imparcialmente a un deportista en particular, a quien siente que le debe una deuda por un día y un partido de fútbol inolvidables que le permitieron a su país superar una gran humillación. A pesar de los defectos del deportista, el narrador siempre lo defenderá y evitará criticarlo debido a ese recuerdo y sentimiento de gratitud que lo ata
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 Paralelismo: Repetición de la misma estructura sintáctica (un conjunto de palabras).

 Metáforas: Es la identificación de dos elementos (uno real y uno imaginario) entre los que
existe alguna relación, es decir, consiste en referirse a un objeto con el nombre de otro con
el cual guarda una relación de semejanza.
 Hipérbole: Consiste en la exageración de acciones o cualidades.
 Anáfora: Repetición una o varias palabras al principio de las oraciones.
 Anadiplosis: Se produce cuando el final de un verso se repite al inicio del siguiente.
 Hipérbaton: Consiste en cambiar el orden normal de las palabras de una oración para
destacar elementos y resaltar significados.
 Polisíndeton: Consiste en repetir más conjunciones (como la y) de las necesarias.

“Me van a tener que disculpar”, de Eduardo Sacheri

Para Diego…

Me van a tener que disculpar. Yo sé que un hombre que pretende ser una persona de
bien debe comportarse según ciertas normas, aceptar ciertos preceptos, adecuar su modo
de ser a determinadas estipulaciones convenidas por todos. Seamos más explícitos. Si uno
quiere ser un tipo coherente debe medir su conducta, y la de sus semejantes, siempre con
la misma e idéntica vara. No puede hacer excepciones, pues de lo contrario bastardea 1 su
juicio ético, su conciencia crítica, su criterio legítimo.

Uno no puede andar por la vida reprobando a sus rivales y disculpando a sus amigos
por el sólo hecho de serlo. Tampoco soy tan ingenuo como para suponer que uno es capaz
de sustraerse2 a sus afectos y a sus pasiones, que uno tiene la idoneidad 3 como para
sacrificarlos en el altar de una imparcialidad impoluta. Digamos que uno va por ahí
intentando no apartarse demasiado del camino debido, tratando de que los amores y los
odios no le trastoquen4 irremediablemente la lógica.

Pero me van a tener que disculpar, señores. Hay un tipo con el que no puedo. Y ojo
que lo intento. Me digo: no puede haber excepciones, no debe haberlas. Y la disculpa que
requiero de ustedes es todavía mayor, porque el tipo del que hablo no es un benefactor de
la humanidad, ni un santo varón, ni un valiente guerrero que ha consolidado la integridad

1
BASTARDEAR: Perder [una cosa] su bondad o pureza primitivas.
2
SUSTRAER: Apartar o separar a alguien o algo de lo que forma parte.
3
IDÓNEO: Adecuado y apropiado para algo. En el caso de una persona, el término revela a un individuo
que posee ciertas condiciones o habilidades que son esenciales para desempeñar las funciones del cargo,
por ejemplo, ella es idónea para el cargo de secretaría.
4
TRASTOCAR: Trastornar o alterar el orden conveniente o adecuado de algo, su esencia o el desarrollo
de un proceso.
de mi patria. No, nada de eso. El tipo tiene una actividad mucho menos importante, mucho
menos trascendente, mucho más profana. Les voy adelantando que el tipo es un
deportista. Imagínense, señores. Llevo escritas doscientas sesenta y tres palabras
hablando del criterio ético y sus limitaciones, y todo por un simple caballero que se gana
la vida pateando una pelota. Ustedes podrán decirme que eso vuelve mi actitud todavía
más reprobable. Tal vez tengan razón. Tal vez por eso he iniciado estas líneas
disculpándome.

No obstante, y aunque tengo perfectamente claras esas cosas, no puedo cambiar mi


actitud. Sigo siendo incapaz de juzgarlo con la misma vara con la que juzgo al resto de
los seres humanos. Y ojo que no sólo no es un pobre muchacho saturado de virtudes.
Tiene muchos defectos. Tiene tal vez tantos defectos como quien escribe estas líneas, o
como el que más. Para el caso es lo mismo. Pese a todo, señores, sigo sintiéndome incapaz
de juzgarlo. Mi juicio crítico se detiene ante él, y lo dispensa.

No es un capricho, cuidado. No es un simple antojo. Es algo un poco más profundo, si


me permiten calificarlo de ese modo. Seré más explícito. Yo lo disculpo porque siento
que le debo algo. Le debo algo y sé que no tengo forma de pagárselo. O tal vez ésta sea
la peculiar moneda que he encontrado para pagarle. Digamos que mi deuda halla sosiego
en este hábito de evitar siempre cualquier eventual reproche.

Él no lo sabe, cuidado. Así que mi pago es absolutamente anónimo. Como anónima es


la deuda que con él conservo. Digamos que él no sabe que le debo, e ignora los ingentes
esfuerzos que yo hago una vez y otra por pagarle.

Por suerte o por desgracia, la oportunidad de ejercitar este hábito se me presenta a


menudo. Es que hablar de él, entre argentinos, es casi uno de nuestros deportes nacionales.
Para ensalzarlo hasta la estratosfera, o para condenarlo a la parrilla perpetua de los
infiernos, los argentinos gustamos, al parecer, de convocar su nombre y su memoria. Ahí
es cuando yo trato de ponerme serio y distante, pero no lo logro. El tamaño de mi deuda
se me impone. Y cuando me invitan a hablar prefiero esquivar el bulto, cambiar de tema,
ceder mi turno en el ágora del café a la tardecita. No se trata tampoco de que yo me ubique
en el bando de sus perpetuos halagadores. Nada de eso. Evito tanto los elogios
superlativos y rimbombantes como los dardos envenenados y traicioneros. Además, con
el tiempo he visto a más de uno cambiar del bando de los inquisidores5 al de los

5
INQUISIDOR: Juez.
plañideros6 aplaudidores, y viceversa, sin que se les mueva un pelo. Y ambos bandos me
parecen absolutamente detestables, por cierto.

Por eso yo me quedo callado, o cambio de tema. Y cuando a veces alguno de los
muchachos no me lo permite, porque me acorrala con una pregunta directa, que cruza el
aire llevando específicamente mi nombre, tomo aire, hago como que pienso, y digo alguna
sandez al estilo de «y, no sé, habría que pensarlo»; o tal vez arriesgo un «vaya uno a saber,
son tantas cosas para tener en cuenta». Es que tengo demasiado pudor como para
explayarme del modo en que aquí lo hago. Y soy incapaz de condenar a mis amigos al
tórrido suplicio de escuchar mis argumentos y mis justificaciones. Por empezar les tendría
que decir que la culpa de todo la tiene el tiempo. Sí, como lo escuchan, el tiempo. El
tiempo que se empeña en transcurrir, cuando a veces debería permanecer detenido. El
tiempo que nos hace la guachada de romper los momentos perfectos, inmaculados,
inolvidables, completos. Porque si el tiempo se quedase ahí, inmortalizando a los seres y
a las cosas en su punto justo, nos libraría de los desencantos, de las corrupciones, de las
ínfimas traiciones tan propias de nosotros los mortales.

Y en realidad es por ese carácter tan defectuoso del tiempo que yo me comporto como
lo hago. Como un modo de subsanar, en mis modestos alcances, esas barbaridades
injustas que el tiempo nos hace. En cada ocasión en la cual mencionan su nombre, en cada
oportunidad en la cual me invitan al festín de adorarlo y denostarlo, yo me sustraigo a
este presente absolutamente profano, y con la memoria que el ser humano conserva para
los hechos esenciales me remonto a ese día, al día inolvidable en que me vi obligado a
sellar este pacto que, hasta hoy, he mantenido en secreto. Un pacto que puede conducirme
(lo sé), a que alguien me acuse de patriotero. Y aunque yo sea de aquellos a quienes
desagrada la mezcla de la nación con el deporte, en este caso acepto todos los riesgos y
las potenciales sanciones.

Digamos que mi memoria es el salvoconducto para volver el tiempo al lugar cristalino


del cual no debió moverse, porque era el exacto sitio en que merecía detenerse para
siempre, por lo menos para el fútbol, para él y para mí. Porque la vida es así, a veces se
combina para alumbrar momentos como ése. Instantes después de los cuales nada vuelve
a ser como era. Porque no puede. Porque todo ha cambiado demasiado. Porque por la piel
y por los ojos nos ha entrado algo de lo cual nunca vamos a lograr desprendernos.

6
PLAÑIDERO: Lloroso y lastimero.
Esa mañana habrá sido como todas. El mediodía también. Y la tarde arranca, en
apariencia, como tantas otras. Una pelota y veintidós tipos. Y otros millones de tipos
comiéndose los codos delante de la tele, en los puntos más distantes del planeta. Pero ojo,
que esa tarde es distinta. No es un partido. Mejor dicho: no es sólo un partido. Hay algo
más. Hay mucha rabia, y mucho dolor, y mucha frustración acumuladas en todos esos
tipos que miran la tele. Son emociones que no nacieron por el fútbol. Nacieron en otro
lado. En un sitio mucho más terrible, mucho más hostil, mucho más irrevocable. Pero a
nosotros, a los de acá, no nos cabe otra que contestar en una cancha, porque no tenemos
otro sitio, porque somos pocos, porque estamos solos, porque somos pobres. Pero ahí está
la cancha, el fútbol, y son ellos o nosotros. Y si somos nosotros el dolor no va a
desaparecer, ni la humillación ha de terminarse. Pero si son ellos. Ay, si son ellos. Si son
ellos la humillación va a ser todavía más grande, más dolorosa, más intolerable. Vamos
a tener que quedamos mirándonos las caras, diciéndonos en silencio «te das cuenta, ni
siquiera aquí, ni siquiera esto se nos dio a nosotros».

Así que están ahí los tipos. Los once nuestros y los once de ellos. Es fútbol, pero es
mucho más que fútbol. Porque cuatro años es muy poco tiempo como para que te amaine
el dolor y se te apacigüe la rabia. Por eso no es sólo fútbol. Y con semejantes antecedentes
de tarde borrascosa, con semejante prólogo de tragedia, va este tipo y se cuelga para
siempre del cielo de los nuestros. Porque se planta enfrente de los contrarios y los humilla.
Porque los roba. Porque delante de sus ojos los afana. Y aunque sea les devuelve ese
afano por el otro, por el más grande, por el infinitamente más enorme y ultrajante. Porque
aunque nada cambie allá están ellos, en sus casas y en sus calles, en sus pubs, queriéndose
comer las pantallas de pura rabia, de pura impotencia de que el tipo salga corriendo
mirando de reojito al árbitro que se compra el paquete y marca el medio.

Hasta ahí, eso solo ya es historia. Ya parece suficiente. Porque le robaste algo al que
te afanó primero. Y aunque lo que él te robó te duele más, vos te regodeas porque sabes
que esto, igual, le duele. Pero hay más. Aunque uno desde acá diga bueno, es suficiente,
me doy por hecho, hay más. Porque el tipo además de piola es un artista. Es mucho más
que los otros. Arranca desde el medio, desde su campo, para que no queden dudas de que
lo que está por hacer no lo ha hecho nadie. Y aunque va de azul, va con la bandera. La
lleva en una mano, aunque nadie la vea. Empieza a desparramarlos para siempre. Y los
va liquidando uno por uno, moviéndose al calor de una música que ellos, pobres giles, no
entienden. No sienten la música, pero sí sienten un vago escozor, algo que les dice que se
les viene la noche. Y el tipo sigue adelante. Para que empiecen a no poder creerlo. Para
que no se lo olviden nunca. Para que allá lejos los tipos dejen la cerveza y cualquier otra
cosa que tengan en la mano. Para que se queden con la boca abierta y la expresión de
tontos, pensando que no, que no va a suceder, que alguno lo va a parar, que ese morochito
vestido de azul y de argentino no va a entrar al área con la bola mansita a su merced, que
alguien va a hacer algo antes de que le amague al arquero y lo sortee por afuera, de que
algo va a pasar para poner en orden la historia y que las cosas sean como Dios y la reina
mandan, porque en el fútbol tiene que ser como en la vida, donde los que llevan las de
ganar ganan, y los que llevan las de perder pierden.

Se miran entre ellos y le piden al de al lado que los despierte de la pesadilla. Pero no
hay caso, porque ni siquiera cuando el tipo les regala una fracción de segundo más,
cuando el tipo aminora el vértigo para quedar de nuevo bien parado de zurdo, ni siquiera
entonces van a evitar entrar en la historia como los humillados, los once ingleses
despatarrados e incrédulos, los millones de ingleses mirando la tele sin querer creer lo
que saben que es verdad para siempre, porque ahí va la bola a morirse en la red para toda
la eternidad, y el tipo va a abrazarse con todos y a levantar los ojos al cielo. Y no sé si él
lo sabe, pero hace tan bien en mirar al cielo. Porque el afano estaba bien, pero era poco.

Porque el afano de ellos era demasiado grande. Así que faltaba humillarlos por las
buenas. Inmortalizarlos para cada ocasión en que ese gol volviese a verse una vez y otra
vez y para siempre, en cada rincón del mundo. Ellos volviendo a verse una y mil veces
hasta el cansancio en las repeticiones incrédulas. Ellos pasmados, ellos llegando tarde al
cruce, ellos viéndolo todo desde el piso, ellos hundiéndose definitivamente en la derrota,
en la derrota pequeña y futbolera y absoluta y eterna e inolvidable. Así que señores, lo
lamento. Pero no me jodan con que lo mida con la misma vara con la que se supone debo
juzgar a los demás mortales. Porque yo le debo esos dos goles a Inglaterra. Y el único
modo que tengo de agradecérselo es dejarlo en paz con sus cosas. Porque ya que el tiempo
cometió la estupidez de seguir transcurriendo, ya que optó por acumular un montón de
presentes vulgares encima de ese presente perfecto, al menos yo debo tener la honestidad
de recordarlo para toda la vida. Yo conservo el deber de la memoria.

Eduardo Sacheri
"La vida que pensamos" Ed. Alfaguara 2013

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