En La anatomía del estado, Murray Rothbard explica lo que el
estado es y lo que no es. Él muestra cómo el estado no es más que
una institución que viola todo lo que consideramos honesto y moral,
siempre actuando bajo una falsa aura de bondad y preocupación por
el ciudadano. Él demuestra cómo el estado devasta la libertad,
destruye la civilización y amenaza la vida, la propiedad y el
bienestar social de todas las personas.
En este influyente y original ensayo, Rothbard consolida todo lo que
aprendió con la tradición Misesiana, con la tradición liberal y con la
tradición anarco-capitalista, dando origen, de forma verdaderamente
innovadora, a un pensamiento profundamente sistemático sobre
economía política y social.
El lector que logre asimilar la concepción de Rothbard conseguirá
entender claramente cómo todos los eventos estatistas actuales
encajan de manera lógica y comprensible, alterando para siempre la
manera como él ve el mundo.
Murray N. Rothbard
Anatomía del estado
ePub r1.0
iBrain 23.04.2019
Título original: Anatomy of the state
Murray N. Rothbard, 1974
Editor digital: iBrain
ePub base r2.1
Tabla de contenidos
Cubierta
Anatomía del estado
Lo que el Estado no es
Lo que el Estado es
Como se preserva el Estado a sí mismo
Como el Estado trasciende sus límites
Lo que el Estado teme
Cómo se relacionan los Estados entre sí
La historia como competencia entre el poder estatal y el poder social
Sobre el autor
Notas
Lo que el Estado no es
El Estado es considerado casi universalmente como una institución
de servicio público. Algunos teóricos veneran al Estado como la
apoteosis de la sociedad; otros lo consideran como una amigable,
aunque algunas veces ineficiente, organización para el logro de
fines sociales; pero casi todos lo consideran como un medio
necesario para lograr los objetivos de la humanidad, un medio a ser
contrapuesto al "sector privado" y que usualmente gana en esta
competencia por recursos. Con el surgimiento de la democracia, la
identificación del Estado con la sociedad se ha redoblado, hasta el
punto que es común escuchar la expresión de sentimientos que
virtualmente violan todos los principios de la razón y el sentido
común, tales como "nosotros somos el gobierno". El útil término
colectivo "Nosotros" ha permitido que un camuflaje ideológico haya
sido extendido sobre la realidad de la vida política. Si "nosotros
somos el gobierno", entonces todo lo que un gobierno le haga a un
individuo no es sólo justo y no-tiránico, sino también voluntario de
parte del individuo involucrado. Si el gobierno ha incurrido en una
enorme deuda pública la cual debe ser pagada gravando a un grupo
en beneficio del otro, la realidad de la carga es oscurecida al decir
que "nos lo debemos a nosotros mismos"; si el gobierno recluta a un
hombre, o lo encierra en prisión por sus opiniones disidentes,
entonces "se lo hizo a sí mismo", y por lo tanto, nada grave ha
sucedido. De acuerdo a este razonamiento, cualquier judío
asesinado por el gobierno Nazi no fue realmente asesinado, sino
que debe haber "cometido suicidio", ya que los judíos eran el
gobierno (el cual fue democráticamente electo) y, en consecuencia,
cualquier cosa que el gobierno les haya hecho fue voluntario de su
parte. Uno pensaría que no es necesario elaborar sobre este punto,
y sin embargo la gran mayoría de la población cree en esta falacia
en menor o mayor grado.
Debemos entonces enfatizar que "nosotros" no somos el
gobierno, el gobierno no es "nosotros". El gobierno no representa en
ningún sentido preciso, a la mayoría del pueblo [1]. Pero aún si lo
hiciera, aún si el 70% de la población decidiera asesinar al restante
30%, eso sería de todas formas asesinato y no suicidio voluntario de
parte de la minoría masacrada [2]. A ninguna metáfora organicista ni
calmante irrelevante de que "todos somos parte del otro" debe
permitírsele oscurecer este hecho básico.
Si, entonces, el Estado no es "nosotros", si no es la familia
humana juntándose para decidir sobre sus problemas comunes; si
no es una reunión de una logia o "Country Club"; ¿qué es el
Estado? Brevemente, el Estado es aquella organización en la
sociedad que intenta mantener un monopolio sobre el uso de la
fuerza y la violencia en una determinada área territorial; en
particular, el Estado es la única organización que obtiene sus
ingresos, no a través de contribuciones voluntarias o el pago por
servicios prestados, sino a través de la coerción. Mientras que otros
individuos o instituciones obtienen sus ingresos por medio de la
producción de bienes y servicios y por la venta voluntaria y pacífica
de dichos bienes y servicios a otros individuos, el Estado obtiene su
renta mediante el uso de la compulsión, es decir, la amenaza de la
cárcel y la bayoneta [3]. Luego de usar la fuerza y la violencia para
obtener sus ingresos, pasa a regular las demás acciones sus
súbditos individuales. Uno pensaría que la simple observación de
todos los Estados a lo largo de la historia y sobre todo el globo
terráqueo, sería suficiente prueba de esta afirmación; pero el aura
de mito ha envuelto por mucho tiempo las actividades del Estado,
que cierta elaboración es necesaria.
Lo que el Estado es
El hombre viene al mundo desnudo y con la necesidad de usar su
mente para aprender como tomar los recursos que le ha dado la
naturaleza y transformarlos (por ejemplo, mediante la inversión de
capital) en formas y maneras y lugares en los cuales dichos
recursos puedan ser usados para la satisfacción de sus
necesidades y el avance de su nivel de vida. La única forma por la
cual el hombre puede lograr tal cosa es mediante el uso de su
mente y su energía para transformar recursos ("producción") e
intercambiar dichos productos por bienes creados por otras
personas. El hombre ha descubierto que a través del proceso de
intercambio voluntario y mutuo, la productividad, y por tanto el nivel
de vida de todos los participantes en el intercambio puede
incrementarse enormemente. El único curso "natural" para la
supervivencia del hombre y la obtención de riqueza es, por lo tanto,
el uso de su mente y energía para dedicarse al proceso de la
producción e intercambio. El hombre hace esto, en primer lugar
encontrando recursos naturales y transformándolos ("mezclando su
trabajo con ellos", según Locke), para hacerlos su propiedad
individual y luego intercambiando dicha propiedad por la propiedad
similarmente obtenida de otros. El camino social dictado por los
requerimientos de la naturaleza del hombre es, por consiguiente, el
camino de los "derechos de propiedad". A través de este camino los
hombres han aprendido a evitar los métodos de la "selva", el pelear
por los recursos escasos, de manera que A sólo puede obtenerlos a
expensas de B y, en cambio, ha aprendido a multiplicar dichos
recursos inmensamente en harmoniosa y pacífica producción e
intercambio.
El gran sociólogo alemán Franz Oppenheimer señaló que hay
sólo dos formas mutuamente excluyentes de obtener riqueza: en
primer lugar, el método anterior de la producción e intercambio, al
cual llamó los "medios económicos". La otra forma es más simple,
en el sentido que no requiere de productividad, es el método de la
captura de los bienes o servicios de otros por medio de la fuerza y la
violencia. Este es el método de la confiscación unilateral, del robo
de la propiedad de otros. Este es el método que Oppenheimer
denominó "medios políticos" hacia la riqueza. Debería estar claro
que el uso pacífico de la razón y la energía propia para la
producción es el camino natural para el hombre: sus medios de
supervivencia y prosperidad en esta Tierra. Debería ser igualmente
claro que los medios coercivos y explotadores son contrarios a la ley
natural, son parasíticos. Pues en vez de agregar a la producción,
substrae de ella. Los "medios políticos" desvían la producción hacia
un individuo o grupo parasítico y destructivo; y esta desviación no
sólo substrae del número de productores, sino que también reduce
el incentivo que estos tienen para producir más allá de su propia
subsistencia. A largo plazo, el ladrón destruye su propio medio de
subsistencia al menguar o eliminar la fuente de sus propias
provisiones. Pero no sólo eso, pues aún en el corto plazo, el
depredador está actuando en contra de su propia naturaleza como
ser humano.
Estamos ahora en una posición de contestar más
completamente la pregunta: ¿Qué es el Estado? El Estado, en
palabras de Oppenheimer, es la organización de los medios
políticos; es la sistematización del proceso predatorio sobre un
territorio determinado [4]. Pues el crimen es, en el mejor de los
casos, esporádico e incierto, el parasitismo es efímero y la vida
coercitiva y parasítica puede ser cortada en cualquier momento, a
través de la resistencia de las víctimas. El Estado provee un canal
legal, ordenado y sistemático para la depredación de la propiedad
privada; hace segura y relativamente pacífica la vida de la casta de
parásitos en la sociedad. [5] Ya que la producción debe preceder
siempre a la depredación, el mercado libre es anterior al Estado. El
Estado nunca ha sido creado mediante un "contrato social", siempre
ha nacido de la conquista y la explotación. El paradigma clásico era
el de una tribu conquistadora haciendo una pausa en sus métodos
ancestrales de saqueo y asesinato de una tribu conquistada, para
darse cuenta que el tiempo de vida de la depredación sería más
largo y seguro, y la situación más placentera, si a la tribu
conquistada se le permitiese vivir y producir, con los conquistadores
asentándose entre ellos como gobernantes, exigiendo un tributo
anual estable. [6] Un método para el nacimiento del Estado puede
ser ilustrado de la siguiente manera: en las colinas del sur de
"Ruritania" un grupo de bandidos logra tomar el control físico sobre
el territorio y entonces, el cacique de la banda se proclama a sí
mismo "Rey del gobierno soberano e independiente de Ruritania del
Sur". Y si él y sus hombres tienen la fuerza necesaria para mantener
este gobierno por un rato, ¡Bienvenidos! Un nuevo Estado se ha
unido a la "familia de Naciones", y los antiguos líderes de la banda
han sido transformados en la nobleza legal del reino.
Como se preserva el Estado a sí
mismo
Una vez que el Estado ha sido establecido, el problema del grupo o
casta dominante es cómo mantener su dominio [7]. Mientras que la
fuerza es su modus operandi, su problema básico y de largo plazo
es ideológico. Pues para continuar a cargo, cualquier gobierno (no
solamente uno democrático) debe tener el apoyo de la mayoría de
sus súbditos. Este apoyo, se debe hacer notar, no necesariamente
debe ser entusiasmo activo, muy bien puede ser resignación pasiva,
como ante una inevitable ley de la naturaleza. Mas apoyo debe
haber, en el sentido de aceptación de algún tipo; de otra manera la
minoría de gobernantes del Estado eventualmente sería abrumada
por la activa resistencia de la mayoría del público. Debido a que la
depredación debe ser mantenida a partir de los excedentes de la
producción, es necesariamente cierto que la clase constituyente del
Estado -la burocracia permanente y la nobleza- debe ser una
minoría bastante pequeña del país, aunque puede, desde luego,
comprar aliados entre los grupos importantes de la población. Por lo
tanto, la principal tarea de los gobernantes es siempre asegurar la
aceptación activa o resignada de la mayoría de los ciudadanos [8]
[9].
Por supuesto, uno de los métodos para asegurarse apoyo es la
creación de privilegios. Por lo tanto, el rey solo no puede gobernar,
debe tener un grupo considerable de seguidores quienes disfrutan
de las prerrogativas del dominio, por ejemplo, los miembros del
aparato estatal, tales como la burocracia permanente o la nobleza
consolidada [10]. Pero este método garantiza solamente una minoría
de seguidores ávidos y, hasta la fundamental compra de apoyos a
través de subsidios y el otorgamiento de privilegios no es capaz de
lograr el consentimiento de la mayoría. Para lograr tal
consentimiento la mayoría debe ser convencida por medio de la
ideología de que su gobierno es bueno, sabio, al menos inevitable y
ciertamente mejor que las alternativas concebibles. La tarea social
fundamental de los "intelectuales" es promover dicha ideología entre
la gente. Pues las masas de hombres no crean sus propias ideas,
es más, ni siquiera piensan a través de ellas independientemente,
sino que siguen pasivamente las ideas adoptadas y diseminadas por
el cuerpo de intelectuales. Los intelectuales son, por lo tanto, los
"formadores de opinión" en la sociedad. Y ya que precisamente lo
que el Estado necesita desesperadamente es el moldeamiento de la
opinión pública, la base de la antigua alianza entre el Estado y los
intelectuales se hace clara.
Es evidente que el Estado necesita a los intelectuales; no es tan
evidente por qué los intelectuales necesitan al Estado. En pocas
palabras, podemos afirmar que el sustento de los intelectuales en un
mercado libre nunca está demasiado seguro, pues estos deben
depender de los valores y elecciones de las masas de sus
compatriotas y es precisamente característico de las masas que
generalmente están desinteresadas en los asuntos intelectuales. El
Estado, por otro lado, está dispuesto a ofrecerle a los intelectuales
una posición permanente dentro del aparato estatal y, por lo tanto,
renta segura y la panoplia del prestigio. Pues el intelectual será
recompensado generosamente por la importante función que
desempeña para los gobernantes, grupo del cual ahora pasa a
formar parte [11].
La alianza entre el Estado y los intelectuales fue simbolizada por
el deseo ansioso de profesores de la Universidad de Berlín durante
el siglo XIX de formar la "guardia intelectual de la Casa de
Hohenzollern". En la actualidad, debemos notar el comentario
revelador de un eminente académico marxista en relación al estudio
crítico del profesor Wittfogel sobre el antiguo despotismo oriental: La
civilización que el profesor Wittfogel está atacando tan
amargamente era una que podía convertir poetas y académicos en
funcionarios [12]. De innumerables ejemplos, podemos citar el
desarrollo reciente de la "ciencia" de la estrategia, al servicio del
brazo más violento del gobierno, el militar. [13] Además, una
institución venerable, es la del historiador oficial o de la "corte",
dedicada a proporcionar la visión del gobernante sobre sus propias
acciones y las de sus predecesores [14].
Muchos y variados han sido los argumentos mediante los cuales
el Estado y sus intelectuales han inducido a sus súbditos a apoyar
su hegemonía. Básicamente la cadena del argumento puede ser
resumida así: (a) los gobernantes estatales son hombres grandiosos
y sabios (gobiernan por "gracia divina", son la "aristocracia" de los
hombres, son los "expertos científicos"), mucho más grandiosos y
sabios que los buenos pero bastante simplones súbditos y (b) la
hegemonía del gobierno es inevitable, absolutamente necesaria y
muchísimo mejor que los indescriptibles males que surgirían
después de su caída. La unión de la iglesia y el estado fue una de
las más antiguas y exitosas de estos instrumentos ideológicos. El
gobernante o era bendecido por Dios o, en el caso de muchos
despotismo orientales, él mismo era Dios; por lo tanto, cualquier
resistencia a su dominio sería blasfemia. Los sacerdotes estatales
realizaban la labor intelectual básica de obtener el apoyo popular e
incluso la adoración de los gobernantes [15].
Otra arma exitosa era inspirar miedo de cualquier forma
alternativa de gobierno o desgobierno. Los gobernantes actuales, se
mantenía, proveen a los ciudadanos de un servicio esencial, por el
cual deben estar de lo más agradecidos: protección contra
criminales esporádicos y merodeadores. Pues el Estado, para
mantener su propio monopolio de la depedación, en efecto se
aseguraba de que el crimen privado y esporádico fuese mantenido
al mínimo; el Estado siempre ha sido celoso de su propio dominio.
Especialmente el Estado ha sido exitoso en siglos recientes en
inspirar miedo de otros gobernantes. Ya que la superficie terrestre
del Globo ha sido parcelada entre Estados particulares, una de las
doctrinas básicas del Estado fue identificarse a sí mismo con el
territorio que gobernaba. Como muchas personas tienden a amar su
tierra natal, la identificación de dicha tierra y su gente con el Estado
era un medio de hacer trabajar al patriotismo natural a favor del
Estado. Si "Ruritania" estaba siendo atacada por "Walldavia", la
primera tarea del Estado y sus intelectuales era convencer a los
habitantes de Ruritania de que el ataque era realmente contra ellos
y no simplemente contra la casta gobernante. De esta forma, una
guerra entre gobernantes fue convertida en una guerra entre
pueblos, con cada pueblo saliendo en la defensa de sus
gobernantes, bajo la creencia errónea que los gobernantes los
estaban defendiendo a ellos. Este truco del "nacionalismo" ha sido
exitoso sólamente, en la civilización Occidental, en siglos recientes;
no hace mucho tiempo que las masas de súbditos consideraban las
guerras como batallas irrelevantes entre distintos grupos de nobles.
Numerosas y sutiles son las armas ideológicas que el Estado ha
empuñado durante siglos. Un arma exitosa ha sido la tradición.
Mientras más largo sea el tiempo que el gobierno del Estado ha sido
capaz de preservarse a sí mismo, esta arma es más poderosa; pues
entonces las dinastía X o el Estado Y tiene el peso aparente de
siglos de tradición tras de sí [16]. La adoración de nuestros ancestros
se convierte entonces en un medio no tan sutil de adoración de
nuestros gobernantes ancestrales. El mayor peligro para el Estado
es la crítica intelectual independiente; no hay mejor manera de
reprimir dicha crítica que atacando cada voz aislada, cada promotor
de nuevas dudas, como un profano violador de la sabiduría de sus
ancestros. Otra potente fuerza ideológica es depreciar al individuo y
exaltar la colectividad de la sociedad. Puesto que cualquier gobierno
necesita aceptación de la mayoría, cualquier peligro ideológico para
dicho dominio sólo puede surgir a partir de unos pocos individuos de
pensamiento independiente. La nueva idea, mucho menos la nueva
crítica idea, necesita comenzar como una opinión de una pequeña
minoría; por lo tanto, el Estado debe cortar dicha visión de raíz
ridiculizando cualquier idea que desafía las opiniones de las masas.
El "Escuchad sólo a vuestro hermano" o "ajústese a la sociedad",
por lo tanto, se transforman en armas ideológicas para aplastar la
disidencia [17]. Con tales medidas las masas nunca aprenderán
sobre la inexistencia del traje de su emperador [18]. También es
importante para el Estado hacer parecer inevitable su dominio; aún
si su reinado es impopular será enfrentado entonces con
resignación pasiva, como atestigua el aparejamiento familiar de
"muerte e impuestos". Un método es inducir al determinismo
hitoriográfico en oposición la libre voluntad individual. Si la dinastía
X nos gobierna, esto es debido a que las "Leyes Inexorables de la
Historia" (o la Voluntad Divina, o el Absoluto, o las Fuerzas
Materialistas Productivas) lo han decretado así y nada que un
endeble individuo pueda hacer podría cambiar ese decreto
inevitable. También es importante para el Estado inculcar a sus
súbditos una animadversión por cualquier "teoría de conspiración de
la historia"; pues la búsqueda de "conspiraciones" significa una
búsqueda de motivos y la atribución de responsabilidades por las
fechorías históricas. Sin embargo, si cualquier tiranía, corrupción o
guerra agresiva impuesta por el Estado, no fue causada por los
gobernantes del Estado, sino por las misteriosas y secretas "fuerzas
sociales", o por el imperfecto estado del mundo, o si de alguna
manera todo el mundo fuese responsable ("Todos somos asesinos",
proclama un eslogan), entonces no tiene sentido que la gente se
sienta indignada y se levante en contra de tales crímenes. Además,
un ataque contra las "teorías de conspiración" significa que los
súbditos se harán más crédulos al tragarse las razones de
"bienestar general" que siempre son presentadas por el Estado para
dedicarse a cada una de sus actividades despóticas. Una "teoría de
conspiración" puede desestabilizar el sistema al causar que el
público dude de la propaganda ideológica del Estado.
Otro método probado y auténtico para doblegar a sus súbditos a
la voluntad del Estado es inducir sentimientos de culpa. Cualquier
incremento en el bienestar privado puede ser atacado como
"avaricia escandalosa", "materialismo" o "excesiva opulencia"; el
producir ganancias puede ser atacado como "explotación", "usura";
intercambios mutuamente beneficiosos denunciados como
"egoísmo" y, de alguna manera, siempre llegando a la conclusión
que más recursos deben ser desviados del sector privado al
"público". La culpa así inducida hace al público más presto a aceptar
exactamente eso. Pues mientras las personas individuales tienden a
dejarse llevar por la "avaricia egoísta", la incapacidad de los
gobernantes de comprometerse en intercambios se supone que
debe representar su devoción a causas más elevadas y nobles -
siendo aparentemente la depredación parasítica moral y
estéticamente magnánima en comparación con el trabajo pacífico y
productivo.
En la presente, más secular, época el derecho divino del Estado
ha sido suplido mediante la invocación de un nuevo dios: la Ciencia.
Se proclama ahora que el gobierno del Estado es ultracientífico, al
constituir planificación por expertos. Pero, a pesar que la "Razón" es
invocada más frecuentemente que en siglos anteriores, esta no es la
verdadera razón del individuo y su ejercicio del libre albedrío; esta
es aun colectivista y determinista, implica agregados integrales y la
manipulación coercitiva de los pasivos súbditos por parte del
Estado.
El creciente uso de la jerga científica le ha permitido a los
intelectuales del Estado tejer apologías obscuras del Estado que
sólo habrían sido ridiculizadas por los habitantes de una época más
sencilla. Un ladrón que justificase sus robos diciendo que en
realidad él ayuda a sus víctimas, al estimular las ventas minoristas
con sus gastos, hallaría muy pocos conversos; pero cuando esta
teoría es disfrazada con ecuaciones Keynesianas y referencias
impresionantes al "efecto multiplicador" desafortunadamente
posee más convicción. De manera que el asalto al sentido común
continúa, cada época realizando la tarea a su propio modo.
De manera que, siendo el apoyo ideológico algo vital para el
Estado, este debe intentar impresionar incesantemente al público
con su "legitimidad", para distinguir sus actividades de los meros
bandidos. Sus constantes asaltos al sentido común no son un
accidente, pues como Mencken vívidamente mantuvo:
El hombre promedio, cualquiera que sean sus
otros errores, al menos ve claramente que el
gobierno es algo que está fuera de él y de la
generalidad de sus semejantes -es decir, un
poder separado, independiente y hostil, sólo
parcialmente bajo su control y capaz de causarle
gran daño. ¿Es un hecho insignificante que robar
al gobierno es considerado en todas partes como
un crimen de menor magnitud que robar a un
individuo, o aun a una corporación? ... Lo que
está detrás de todo esto, creo yo, es un profundo
sentido del antagonismo fundamental entre el
gobierno y la gente a la que gobierna. Este es
entendido, no como un comité de ciudadanos
escogidos para encargarse de los asuntos
comunales de toda la población, sino como una
corporación separada y autónoma,
principalmente avocada a la explotación de la
población para el beneficio de sus propios
miembros [los del Estado]. Cuando un ciudadano
privado es robado, una persona valiosa es
privada de los frutos de su trabajo y ahorros;
cuando un gobierno es robado lo peor que pasa
es que ciertos de granujas y parásitos tendrán
menos dinero para jugar que antes. La noción de
que ellos se ganaron ese dinero nunca es
considerada; para la mayoría de las personas
sensibles dicha noción sería ridícula [19].
Como el Estado trasciende sus límites
Como Bertrand de Jouvenel sagazmente señaló, a lo largo de los
años los hombres han inventado conceptos diseñados para
contener y limitar el ejercicio del gobierno del Estado; y una vez tras
otra el Estado, usando a sus aliados intelectuales, ha logrado
transformar estos conceptos en sellos de aprobación intelectual de
legitimidad y virtud adjuntados a sus decretos y actuaciones.
Originalmente, en Europa Occidental el concepto de soberanía
divina sostenía que los reyes sólo podían gobernar de acuerdo a la
ley divina; los reyes transformaron el concepto en un sello de
aprobación divina para cualquiera de las acciones del rey. El
concepto de democracia parlamentaria comenzó como una
limitación popular al poder de la monarquía absolutista; terminó con
el parlamento como la parte esencial del Estado y cada uno de sus
actos como absolutamente soberano. Como Jouvenel concluye:
Muchos escritores sobre la teoría de la
soberanía han divisado uno (.) de estos
mecanismos de restricción. Pero al final, todas y
cada una de estas teorías han perdido su
propósito original tarde o temprano y han venido
a ser meros trampolines al Poder, al proveerlo
con la poderosa ayuda de un soberano invisible
con quien poderse identificar satisfactoriamente
con el paso del tiempo [20].
Similarmente con doctrinas más específicas: los "derechos
naturales" del individuo consagrados por John Locke y la Ley de
Derechos se conviertieron en el estatista "derecho a un trabajo"; el
utilitarismo se transformó de argumentos en favor de la libertad en
argumentos contra la resistencia a las invasiones de la libertad por
el Estado, etc.
Ciertamente el intento más ambicioso de imponer límites al
estado ha sido la Ley de Derechos y otras partes restrictivas de la
Constitución de los Estados Unidos, en los cuales límites escritos
sobre el gobierno se convirtieron en la ley suprema a ser
interpretada por un poder judicial supuestamente independiente de
las otras ramas del gobierno. Todos los estadounidenses están
familiarizados con el proceso por el cual la construcción de límites
en la constitución ha sido inexorablemente expandida a los largo del
último siglo. Pero pocos han sido tan agudos como el profesor
Charles Black para ver que en el proceso el Estado ha transfromado
la misma revisión judicial de un instrumento para limitar a tan sólo
un instrumento más para suministrar legitimidad ideológica a sus
actuaciones. Pues si un decreto de "inconstitucionalidad" es una
contención potente del poder del Estado, un veredicto implícito o
explícito de "constitucionalidad" es un arma fabulosa para alentar la
aceptación pública de cada vez mayores poderes gubernamentales.
El profesor Black comienza su análisis señalando la crucial
necesidad de "legitimidad" para que cualquier gobierno perdure,
esta legitimación significa aceptación mayoritaria básica del
gobierno y sus acciones [21]. La aceptación de la legitimidad se hace
un problema particular en un país como los Estados Unidos, donde
limitaciones sustantivas están incluidas en la teoría sobre la que el
gobierno descansa. Lo que se necesita, agrega Black, es un medio
por el cual el gobierno pueda asegurar al público que sus crecientes
poderes son, de hecho, constitucionales. Y esta, concluye, ha sido
la principal función histórica de la revisión judicial.
Dejemos que Black ilustre el problema:
El riesgo supremo [para el gobierno] es la
deslealtad y sentimiento de indignación
ampliamente diseminado en la población, y la
pérdida de autoridad moral por el gobierno como
tal, por mucho que esta sea apoyada por la
fuerza, la inercia o la falta de una alternativa
atractiva disponible inmediatamente. Casi
cualquier persona que viva bajo un gobierno de
poderes limitados, tarde o temprano se verá
sujeto a una acción gubernamental que desde la
óptica de la opinión privada se encuentra fuera
de los poderes del gobierno o prohibida
positivamente. Un hombre es reclutado, aunque
no encuentra nada en la constitución sobre ser
reclutado (...) A un granjero se le dice cuánto
trigo puede cosechar, y descubre que algunos
abogados respetables creen igual que él que el
gobierno no tiene más derecho de decirle cuánto
trigo puede cosechar que de decirle a su hija con
quién se puede casar. Un hombre va a la cárcel
federal por decir lo que quiere y se encuentra en
su celda recitando (.) "El Congreso no pasará
leyes que limiten la libertad de expresión". A un
comerciante se le dice cuánto puede y debe
pedir por una mantequilla. El peligro es bastante
real de que cada una de estas personas (¿y
quién no se cuenta entre sus filas?) confronte el
concepto de limitación del gobierno con la
realidad (como a él le parece) de la flagrante
transgresión de los límites concretos y llegue a la
obvia conclusión respecto al estado de su
gobierno en cuanto a su legitimidad [22].
El peligro es evitado por el Estado al proponer la doctrina que una
agencia debe tener la última palabra en asuntos de
constitucionalidad y que esta agencia debe ser, en el análisis final,
parte del mismo gobierno federal [23]. Pues mientras la aparente
independencia del aparato judicial federal ha jugado un papel vital
en convertir sus acciones en Santa Palabra para la masa de la
población, también es cierto que la judicatura es parte y parcela del
aparato gubernamental y es nombrada por las ramas ejecutiva y
legislativa. Black admite que esto significa que el Estado se ha
convertido en juez de su propia causa, violando en consecuencia,
un principio jurídico básico en la búsqueda de decisiones justas.
Black niega bruscamente la posibilidad de otra alternativa [24].
Black agrega:
El problema es entonces, inventar los medios
gubernamentales de manera que [con un poco
de suerte] se reduzca a un mínimo tolerable la
objeción que el gobierno es juez de su propia
causa. Habiendo logrado lo anterior, sólo se
puede esperar que esta objeción, aunque
teóricamente aun válida [énfasis mío], pierda
en la práctica suficiente fuerza, de manera que la
labor legitimadora de la institución que decida
gane aceptación [25].
En el análisis final, Black encuentra el logro de la justicia y la
legitimidad de que el Estado perpetuamente esté juzgando sus
propias causas como "un verdadero milagro" [26].
Aplicando su tesis al famoso conflicto entre la Corte Suprema y
el New Deal, el profesor Black incisivamente regaña a sus
compañeros colegas pro-New Deal por su miopía al denunciar la
obstrucción judicial:
La versión estándar de la historia del New
Deal y la Corte, a pesar de ser precisa en su
forma, desplaza el énfasis (...) se concentra en
las dificultades; casi olvida la forma en que todo
el asunto terminó. Su consecuencia fue [y esto
es lo que me gusta enfatizar] que después de
casi 24 meses de resistencia (...) la Corte
Suprema, sin un sólo cambio en las leyes de su
composición, o de hecho, en su directiva
efectiva, colocó el sello afirmativo de legitimidad
en el New Deal y en la totalidad del nuevo
concepto de gobierno en los Estados Unidos [27].
De esa forma, la Corte Suprema fue capaz de mandar al sueño
eterno al amplio grupo de estadounidenses que tenía serias
objeciones constitucionales contra el New Deal:
Desde luego, no todo el mundo estuvo
satisfecho. El Bonnie Prince Charlie del laissez-
faire mandado constitucionalmente todavía agita
los corazones de unos pocos fanáticos en las
Montañas de la irrealidad colérica. Pero ya no
hay ninguna duda pública significativa o
peligrosa respecto al poder constitucional del
Congreso para manejar economía nacional de la
forma que lo hace (...) No teníamos otro medio,
sino la Corte Suprema, para imprimirle
legitimidad al New Deal [26].
Tal como Black reconoce, John C. Calhoun fue uno de los más
importantes teóricos políticos que se dio cuenta -y con bastante
anticipación- de la manifiesta laguna jurídica en los límites
constitucionales al gobierno resultante de colocar el poder de
interpretación definitivo en la Corte Suprema. Calhoun no estaba
contento con el "milgro", sino que en cambio procedió con un
análisis profundo del problema constitucional. En su Disquiciones,
Calhoun demostró la tendencia inherente del Estado de violar los
límites de tal Constitución:
Una constitución escrita ciertamente tiene
muchas y considerables ventajas, pero es un
error grave suponer que la mera inserción de
provisiones para restringir y limitar el poder del
gobierno, sin investir a quienes para cuya
protección han sido insertadas, de los medios
para hacerlas cumplir [énfasis mío], será
suficiente para evitar que el partido dominante
abuse de sus poderes. Siendo el partido que
posee al gobierno, y a partir de la misma
naturaleza del hombre que hace necesario al
gobierno para proteger a la sociedad, este estará
a favor de los poderes que la constitución otorga
y opuesto a las restricciones diseñadas para
limitarlo (...) El partido menor o más débil, por el
contrario, tomará la dirección opuesta, y las
considerará [las restricciones] esenciales para su
protección contra el partido dominante (...) Pero
donde no hay medios con los cuales obligar al
partido dominante a respetar las restricciones, el
único recurso que les queda sería un
construcción estricta de la constitución (.) A esto
el partido dominante opondría una construcción
liberal (...) Sería construcción contra construcción
-una para reducir y la otra para expandir los
poderes del gobierno al máximo. ¿Pero de qué
utilidad sería la construción estricta del partido
débil, contra la construcción liberal del partido
fuerte, cuando este tendría todo el poder del
gobierno para poner en práctica su construcción
y el otro estaría privado de todos los medios de
hacer cumplir su construcción? En una lucha tan
desigual, el resultado sería indudable. El partido
a favor de las restricciones sería abrumado (.) el
final de la luch sería la subversión de la
constitución (...) en última instancia las
restricciones serían anuladas y el gobierno se
convertiría en uno de poderes absolutos [29].
Uno de los pocos científicos políticos que reconoció el análisis de
Calhoun sobre la Constitución fue el profesor J. Allen Smith. Smith
nota que la Constitución estaba diseñada con separación de
poderes para limitar cualquiera de las ramas del gobierno y sin
embargo había entonces desarrollado una Corte Suprema con el
monopolio del poder de interpretación definitivo. ¿Si el gobierno
federal fue creado para limitar las invasiones de la libertad individual
por parte de los estados, quién limitaría el poder federal? Smith
mantenía que en la idea de la separación de poderes constitucional
estaba implícita la visión concomitante de que a ninguna de las
ramas del gobierno se le puede conceder el poder de interpretación
definitivo: La gente supuso que al nuevo gobierno no podía
permitírsele determinar los límites de su propia autoridad, ya que
esto lo haría -y no la Constitución- un gobierno absoluto [30].
La solución propuesta por Calhoun (y apoyada en este siglo por
escritores como Smith) fue, por supuesto, la famosa doctrina de la
"mayoría concurrente". Si cualquier interés de una minoría
substancial en el país, específicamente el gobierno de un estado,
creía que el gobierno federal se estaba excediendo en sus límites y
violando sus derechos, la minoría tendría el derecho de vetar este
ejercicio de poder por inconstitucional. Aplicada a los gobiernos
estatales, esta teoría implicaba el derecho a la "anulación" de una
ley o un fallo federal dentro de la jurisdicción de un estado.
En teoría, el sistema constitucional resultante aseguraría que el
gobierno federal limitara cualquier invasión de los derechos
individuales por parte de los estados, mientras que los estados
limitarían cualquier poder federal excesivo sobre el individuo. Y sin
embargo, aunque las limitaciones serían más efectivas que
actualmente, hay muchas dificultades y problemas con la solución
de Calhoun. Si, de hecho, un interés subordinado debería tener veto
legítimamente sobre los asuntos que le conciernen, entonces ¿por
qué detenerse en los estados? ¿po qué no otorgar poder de veto a
los condados, las ciudades, los distritos? Además los intereses no
son sólo seccionales, también son ocupacionales, sociales, etc.
¿Qué de los panaderos o taxistas o cualquier otra profesión? ¿No
se les debería permitir el veto sobre sus propias vidas? Esto nos
trae al importante punto de que la teoría de anulación confina sus
límites a las agencias del mismo gobierno. No olvidemos que los
gobiernos federal y estatal, con sus respectivas ramificaciones, son
todavía Estados, todavía están guiados por sus respectivos
intereses de estado en vez de por los intereses de los ciudadanos
privados. ¿Qué prevendría que el sistema de Calhoun funcionase al
revés, con los estados tiranizando a sus ciudadanos y vetando al
gobierno federal sólo cuando este intenta intervenir para detener
dicha tiranía? ¿O que los estados consientan la tiranía federal?
¿Qué evitaría que los gobierno federal y estatal formen alianzas
mutuamente beneficiosas para la explotación conjunta de la
ciudadanía? Y aun si las agrupaciones profesionales privadas
tuviesen alguna forma de representación "funcional" en el gobierno,
¿qué prevendría que estas usen al gobierno para ganar subsidios y
otros privilegios especiales para sí mismas o imponer carteles
obligatorios sobre sus propios miembros?
En resumen, Calhoun no lleva su teoría radical sobre la
concurrencia suficientemente lejos: no la lleva hasta el individuo
mismo. Después de todo, si el individuo es a quien se le deben
proteger los derechos, entonces una teoría consistente sobre la
concurrencia implicaría poder de veto para cada individuo; es decir,
alguna forma de "principio de unanimidad". Cuando Calhoun
escribió que debería ser imposible ponerlo o mantenerlo [al
gobierno] en acción sin el consentimiento concurrente de todos,
quizás estaba justamente implicando tal conclusión sin darse
cuenta. [31] Pero semejantes especualciones nos comienzan a
desviarnos de nuestro tema, puesto al final de este camino se
encuentran sistemas políticos que difícilmente podrían ser llamados
"Estados". [32] Por una razón: así como el derecho de anulación
para un estado implica lógicamente el derecho de secesión, de la
misma manera el derecho de anulación individual implicaría el
derecho de todo individuo a "separarse" del Estado en el que vive
[33].
De manera que el Estado ha demostrado siempre un
impresionante talento para la expansión de sus poderes más allá de
cualquier límite que le pueda ser impuesto. Ya que el Estado
necesariamente vive de la confiscación obligatoria del capital
privado y ya que su expansión implica necesariamente incursiones
cada vez mayores sobre el individuo z y la empresa privada,
debemos afirmar que el Estado es profunda e inherentmente anti-
capitalista. En cierto sentido, nuestra posición es la opuesta al
dictamen marxista que el Estado es la "Junta Directiva" de la clase
gobernante actualmente, supuestamente los capitalistas. En cambio,
el Estado -la organización de los medios políticos- constituye y es la
fuente de la clase gobernante (más bien casta gobernante) y está en
permanente oposición al capital privado genuino. Podemos
entonces concurrir con de Jouvenel:
Sólo aquellos que no conocen otro tiempo
sino el propio, que están completamente en la
oscuridad respecto a las maneras del
comportamiento del Poder a lo largo de miles de
años, considerarían este tipo de procedimientos
[nacionalizaciones, impuestos sobre la renta,
etc.] como el fruto de un tipo particular de
doctrinas. Dichos procedimientos son, de hecho,
las manifestaciones normales del Poder, y no
difieren para nada en su naturaleza de las
confiscaciones de los monasterios por Enrique
VIII. El mismo principio entra en acción, el
hambre por la autoridad, la sed de recursos; y en
todas estas operaciones las mismas
características están presentes, incluyendo al
rápida elevación de los repartidores del botín.
Sea Socialista o no, el Poder debe estar siempre
en guerra contra las autoridades capitalistas y
despojar al capitalista de su riqueza acumulada;
al hacerlo obedece las leyes de su propia
naturaleza [34].
Lo que el Estado teme
Lo que el Estado teme por sobre todas las cosas es, por su puesto,
cualquier amenaza fundamental a su propio poder y existencia. La
muerte del Estado puede suceder por dos vías: (a) a través de la
conquista por otro Estado, o (b) a través del derrocamiento
revolucionario por sus propios súbditos, es decir, por guerra o por
revolución. La guerra y la revolución, como las dos amenazas
básicas, generan en los gobernantes sus máximos esfuerzos y la
más intensa propaganda entre la gente. Como se ha dicho
anteriormente, cualquier método debe ser usado siempre para
movilizar a la gente para que venga en defensa del Estado bajo la
creencia de que se está defendiendo a sí misma. La falacia de la
idea se hace evidente cuando se utiliza la conscripción contra
aquellos que se niegan a "defenderse" a sí mismos y, en
consecuencia, son obligados a unirse a la banda militar del Estado:
no hace falta decirlo, ninguna "defensa" se les permite contra este
acto de "su propio" Estado.
En guerra el poder del Estado es llevado al máximo y, bajo el
eslogan de la "defensa" o la "emergencia" puede imponer una
tiranía sobre el público que en tiempos de paz sería resistida
abiertamente. La guerra, por lo tanto, ofrece múltiples beneficios al
Estado y, de hecho, cada guerra moderna ha traido a los pueblos
beligerentes un legado de más cargas sobre la sociedad. Además,
la guerra proporciona al Estado tentadoras oportunidades para la
conquista de tierras sobre las que ejercer su monopolio de la
violencia. Randolph Bourne ciertamente estaba en lo correcto
cuando escribió que "la guerra es la salud del Estado, pero para un
Estado determinado, la guerra puede traer salud o heridas graves
[35].
Podemos probar la hipótesis de que el Estado está en gran
medida más interesado en protegerse a sí mismo que en proteger a
sus súbditos preguntando: ¿cuál categoría de crímenes persigue y
castiga el Estado más intensamente, aquellos contra los ciudadanos
privados o aquellos en su contra? Los crímenes más graves en el
léxico estatal son casi invariablemente no invasiones contra las
personas o la propiedad privada, sino amenazas contra su propia
satisfacción, por ejemplo, traición, la deserción de un soldado a las
filas del enemigo, falla al registrarse en la recluta, subversión o
conspiración subversiva, asesinato de los gobernantes o tales
crímenes económicos contra el Estado como la falsificación de su
dinero o la evasión de sus impuestos. O compare el celo dedicado a
la persecución del hombre que asalta a un policía, con la atención
que el Estado presta a quien asalta a un ciudadano ordinario.
Curiosamente sin embargo, la prioridad asignada por el Estado a su
propia defensa contra el público sorprende a pocos como
inconsistente con su supuesta raison d’etre [36].
Cómo se relacionan los Estados entre
sí
Ya que el área territorial de La Tierra está dividida entre distintos
Estados, las relaciones inter-estatales deberán ocupar mucho del
tiempo y energía de cada Estado. La tendencia natural del Estado
es expandir su poder, y externamente tal expansión tiene lugar
mediante la conquista de un territorio. A menos que un territorio no
tenga Estado o esté deshabitado, cualquier expansión de este tipo
representa un conflicto de intereses ineherente entre los
gobernantes de un Estado y los del otro. Sólo un grupo de
gobernantes puede obtener un monopolio de la coacción en una
determinada área en un determinado instante de tiempo: el poder
absoluto sobre un territorio del Estado X sólo puede ser alcanzado
mediante la expulsión del Estado Y. La guerra, aunque riesgosa,
siempre será una tendencia permanente del Estado, con períodos
intercalados de paz y cambios en las alianzas y coaliciones entre
Estados.
Hemos visto que el intento "local" o "doméstico" de limitar al
Estado, entre los siglos XVII y XIX, alcanzó su forma más notable en
el constitucionalismo. Su contraparte "externa" o de "política
exterior" fue el desarrollo de la "ley iternacional", especialmente
tales formas como las "leyes de la guerra" o los "derechos de
neutralidad". [37] Partes de la ley internacional eran originalmente
completamente privadas, originándose en la necesidad de los
comerciantes de proteger su propiedad y adjudicar disputas
dondequiera que estuvieran. Ejemplos de esto son la ley de
almirantazgo o la ley comercial. Pero aun las reglas
gubernamentales eran voluntarias y no eran impuestas por ningún
"super-estado" internacional. El objetivo de las "leyes de la guerra"
era limitar la destrucción inter-estatal al mismo aparato estatal,
protegiendo de ese modo al inocente público "civil" de la matanza y
la devastación de la guerra. El objetivo de los derechos de
neutralidad era proteger el comercio internacional civil, aun con
países "enemigos", de confiscaciones por alguna de las partes en
guerra. De manera que el propósito fundamental era limitar la
extensión de cualquier guerra y, particularmente, limitar su impacto
destructivo en los ciudadanos de los países neutrales y hasta de los
países en guerra.
El jurista F. J. P. Veale describe encantadoramente tal "guerra
civilizada" tal como floreció brevemente en la Italia del siglo XV:
Los ricos burgueses y comerciantes de la
Italia medieval estaban demasiado ocupados
haciendo dinero y disfrutando de la vida para
sufrir las penurias y peligros de hacerse
soldados. De manera que adoptaron la práctica
de contratar mercenarios para que pelearan por
ellos y, siendo ahorrativos, hombres de negocios,
rápidamente despedían a sus mercenarios
cuando sus servicios se hacían innecesarios. Por
lo tanto, las guerras eran peleadas por ejércitos
contratados para cada campaña (...) Por primera
vez ser soldado se convirtió en un profesión
razonable y comparativamente inofensiva. Los
generales de aquel período maniobraban contra
el otro, frecuentemente con habilidad
consumada, pero cuando uno había ganado
ventaja, el otro generalmente se retiraba o se
rendía. Era una regla reconocida que un pueblo
sólo podía ser saqueado si ofrcía resistencia:
siempre se podía comprar la inmunidad mediante
el pago de un rescate (...) en consecuencia
ningún pueblo resistía nunca, siendo obvio que
un gobierno demasiado débil para defenderlo
había perdido el derecho a su lealtad. La
población civil tenía poco que temer de los
peligros de la guerra, que eran asunto sólo de los
soldados profesionales [38].
La casi absoluta separación del civil privado de las guerras del
Estado en la Europa del siglo XVIII es destacada por el profesor Nef:
Ni siquiera la comunicación postal era
interrumpida por mucho en tiempos de guerra.
Las cartas circulaban sin censura, con una
libertad que asombra a una mente del siglo XX
(...) Los súbditos de dos países en guerra se
hablaban al encontrarse, y cuando no se podían
encontrar se carteaban, no como enemigos, sino
como amigos. La noción moderna de que los
súbditos de un país enemigo son parcialmente
responsables por las acciones beligerantes de
sus gobernantes difícilmene existía. Ni tenían los
gobernantes enfrentados la más mínima
disposición para detener la comunicación con
súbditos del enemigo. Las viejas prácticas de
espionaje conectadas con creencias y ritos
religiosos estaban desapareciendo, y ninguna
inquisición relacionada con comunicaciones
políticas o económicas era siquiera contemplada.
Los pasaportes fueron creados como
salvoconductos en tiempos de guerra. Durante la
mayor parte del siglo XVIII rara vez se les ocurrió
a los europeos abandonar sus viajes por países
extranjeros con los que el suyo estaba en guerra
[39].
Y siendo el comercio crecientemente
reconocido como beneficioso para ambas partes,
las guerras del siglo XVIII también tienen su
contraprte en una cantidad considerable de
"comercio con el enemigo" [40].
Cuán lejos han sobrepasado los Estados las reglas de guerra
civilizada durante este siglo no necesita ser elaborado acá. En la era
moderna de la guerra total, combinada con la tecnología de
destrucción total, la misma idea de limitar la guerra al aparato estatal
parece más curiosa y obsoleta que la constitución original de los
Estados Unidos.
Cuando los Estados no están en guerra, frecuentemente son
necesarios acuerdos para mantener las fricciones al mínimo. Una
doctrina que curiosamente ha ganado amplia aceptción es la
supuesta "santidad de los tratados". Este concepto es tratado como
contraparte de la "santidad de los contratos". Pero un tratado y un
contrato genuino no tienen nada en común. Un contrato transfiere,
de manera precisa, títulos de propiedad privada. Como el gobierno
no "posee", en ningún sentido apropiado, el territorio que ocupa,
cualquier acuerdo que concluya no confiere títulos de propiedad. Por
ejemplo, si el Sr. Jones le vende o le da su tierra al Sr. Smith, el
heredero de Jones no puede aparecérsele al heredero de Smith y
reclamar la tierra como legalmente suya. El título de propiedad ya ha
sido transferido. El contrato del viejo Jones es automáticamente
vinculante sobre el joven Jones, porque aquel ya ha trasnferido la
propiedad; el joven Jones, por lo tanto, no tiene derecho a tal
propiedad. El joven Jones sólo puede reclamar lo que ha heredado
del viejo Jones, y el viejo Jones sólo puede legar aquello que
todavía posee. Pero si en una cierta fecha el gobierno de, digamos,
Ruritania es coaccionado o incluso sobornado por el gobierno de
Waldaviapara entregar parte de su territorio, es absurdo pedir que a
los gobiernos o los habitantes de los dos países se les prohíba para
siempre reclamar la reunificación de Ruritania con base en la
santidad de los tratados. Ni la gente, ni la tierra del Noroeste de
Ruritania son poseídas por ninguno de los dos gobiernos. Como
corolario, ciertamente un gobierno no puede obligar, por la mano
muerta del pasado, a posteriores gobiernos a través de tratados.
Similarmente, un gobierno revolucionario que derrocara al rey de
Ruritania, difícilmente podría ser hecho responsable por las
acciones o deudas del rey, pues un gobierno no es -como sí lo es un
niño- un verdadero "heredero" de la propiedad de su predecesor.
La historia como competencia entre el
poder estatal y el poder social
Así como las dos básicas y mutuamente excluyentes interrelaciones
entre hombres son la cooperación pacífica o la explotación coactiva,
producción o depredación, la historia de la humanidad,
particularmente su historia económica, puede ser considerada como
una competencia entre estos dos principios. En una mano hay
productividad creativa, intercambio pacífico y cooperación; en la otra
dictados coactivos y depredación sobre aquellas relaciones sociales.
Albert Jay Nock felizmente calificó estas fuerzas en lucha: "poder
social" y "poder estatal". [41] El poder social es el poder del hombre
sobre la naturaleza, su transformación cooperativa de los recursos
naturales y su entendimiento de las leyes de la naturaleza, en
beneficio de todos los individuos participantes. El poder social es el
poder sobre la naturaleza, el nivel de vida alcanzado por el hombre
en intercambio mutuo. El poder estatal, como hemos visto, es la
coactiva y parasítica confiscación de esta producción -un drenaje de
los frutos de la sociedad en beneficio de gobernantes improductivos
(de hecho, antiproductivos). Mientras el poder social es sobre la
naturaleza, el poder estatal es podersobre el hombre. A lo largo de
la historia las fuerzas productivas y creativas del hombre han
ideado, una y otra vez, nuevas formas de transformar la naturaleza
en beneficio del hombre. Esos han sido los tiempos cuando el poder
social ha tomado la delantera al poder estatal, y cuando el grado de
invasión de la sociedad ha disminuido considerablemente. Pero
siempre, después de un tiempo largo o corto, el Estado se ha
movido hacia estas nuevas áreas, lisiando y confiscando el poder
social una vez más. [42] Si entre los siglos XVII y XIX, en muchos
países de Occidente, fueron tiempos de creciente poder social y un
corolario aumento de la libertad, paz y bienestar social, el siglo XX
ha sido principalmente una era durante la cual el poder estatal se ha
estado recuperando -con la consecuente reversión hacia el
esclavismo, guerra y destrucción [43].
En este siglo, la raza humana se enfrenta una vez más al
virulento reino del Estado - del Estado armado ahora con los frutos
de los poderes creativos del hombre, confiscados y pervertidos para
sus propios objetivos. Los recientes siglos fueron tiempos en los que
los hombres trataron de poner límites constitucionales y de otro tipo
al Estado, sólo para darse cuenta que tales límites, como con todos
los otros intentos, han fallado. De las numerosas formas que han
tomado los gobiernos a lo largo de siglos, de todos los conceptos e
instituciones que han sido probadas, ninguna ha tenido éxito en
mantener al Estado bajo control. Evidentemente, el problema del
Estado está tan lejos de una solución como nunca antes. Tal vez
nuevas formas de pensar deban ser exploradas, si es que la
solución exitosa y definitiva del problema del Estado ha de ser
lograda algún día [44].
MURRAY N. ROTHBARD (1926-1995). Economista, historiador y
teórico político estadounidense.
Discípulo de Ludwig von Mises y perteneciente a la Escuela
Austriaca de Economía. Contribuyó a definir el liberalismo moderno
(libertarism). Popularizó una forma de anarquismo individualista
basada en la propiedad privada que denominó «anarcocapitalismo».
Entre sus libros destacan El hombre, la economía y el Estado,
Historia del pensamiento económico, La ética de la libertad y Hacia
una nueva libertad: El manifiesto libertario.
Notas
[1].No podemos desarrollar en este capítulo los múltiples problemas
y falacias de la "democracia". Aquí será suficiente con decir que un
verdadero agente o "representante" de una persona está siempre
sujeto a las órdenes de éste, puede ser despedido en cualquier
momento y no puede actuar en contra de los intereses o deseos de
su cliente. Claramente, el "representante" en una democracia no
puede cumplir con tales funciones fiduciarias, las únicas
consonantes con una sociedad libertaria <<
[2]. Los socialdemócratas usualmente argumentan que la
democracia -la elección por mayoría de los gobernantes-
lógicamente implica que la mayoría debe dejar algunos derechos a
la minoría, pues esta puede convertirse algún día en mayoría. Sin
contar otros errores, este argumento no es válido cuando la minoría
no puede convertirse en mayoría, por ejemplo, cuando es de un
origen racial o étnico distinto al de la mayoría <<
[3].
Joseph A. Schumpeter Capitalismo, Socialismo y Democracia
New York: Harper and Bros., 194), p. 198.: <<
La fricción o antagonismo entre la esfera privada
y la pública fue intensificada por el hecho
primordial (.) que el Estado ha estado viviendo
de una renta que estaba siendo producida en la
esfera privada con propósitos privados y tenía
que ser desviada de estos propósitos por medio
de la fuerza política. La teoría que construye los
impuestos sobre la analogía de cuotas de un
club o de la compra de los servicios, digamos, de
un doctor, sólo prueba cuan alejada de los
hábitos del pensamiento científico está esta parte
de las ciencias sociales.
También véase Murray N. Rothbard, The fallacy of the public sector
New Individualist Review (Summer, 1961): 3ff.
[4]. Franz Oppenheimer El Estado pp. 24-27: <<
Hay dos medios fundamentalmente opuestos por
los cuales el hombre, en necesidad de sustento,
se ve obligado a obtener los medios necesarios
para satisfacer sus deseos. Estos son el trabajo
y el robo, el trabajo de uno mismo y la
expropiación forzosa del trabajo de otros (.) Yo
propongo que en la discusión subsiguiente
llamemos al trabajo propio y el consiguiente
intercambio del trabajo propio por el trabajo de
otros, los "medios económicos" para la
satisfacción de las necesidades, mientras que a
la apropiación unilateral del trabajo de otros la
llamaremos los "medios políticos" (.) El Estado
es la organización de los medios políticos. Por lo
tanto, ningún Estado puede surgir antes que los
medios económicos hayan creado un número
suficiente de objetos para la satisfacción de
necesidades, los cuales puedan ser arrebatados
o apropiados a través del robo belicoso.
[5]. Albert Jay Nock escribió vívidamente que <<
El Estado exige y ejerce el monopolio del crimen
(...) prohibe el asesinato por particulares, pero él
mismo organiza asesinatos en una escala
colosal. Castiga el robo por particulares, pero
inescrupulosamente le pone las manos a
cualquier cosa que desee, ya sea la propieda de
ciudadanos o extranjeros.
Nock On Doing the Right Thing, and Other Essays (New York:
Harper and Bros., 1929), p. 143; citado en Jack Schwartzman,
"Albert Jay Nock— A Superfluous Man," Faith and Freedom
(December, 1953): 11.
[6]. Oppenhaimer El Estado, p. 15: <<
¿Qué es el Estado entonces, como concepto
sociológico? El Estado, comlpetamente en su
génesis (.) es una institución social, impuesta por
un grupo victorioso de hombres sobre un grupo
derrotado, con el único propósito de regular el
dominio del grupo victorioso sobre el derrotado y
asegurarse a sí mismo contra revueltas internas
y de ataques externos. Teleológicamente, este
dominio no tiene otro propósito sino el de la
explotación económica de los derrotados por los
victoriosos.
Y de Jouvenel ha escrito: El Estado es esencialmente el resultado
de los éxitos de una banda de criminales, quienes se superponen a
sociedades diversas y más pequeñas. Bertrand de Jouvenel Sobre
el Poder (New York: Viking Press, 1949), pp. 100-01
[7].Sobre la distinción crucial entre "casta" -un grupo con privilegios
asignados coercitivamente por el Estado- y el concepto marxista de
"clase" en la sociedad, véase Ludwig von Mises Teoría e Historia
(New Haven, Conn.: Yale University Press, 1957), pp. 112ff <<
[8].Tal aceptación no implica, desde luego, que el gobierno del
Estado se ha hecho "voluntario"; pues aunque el apoyo de la
mayoría fuese activo y ansioso, dicho apoyo no es unánime de
todos los individuos. <<
[9].Que cualquier gobierno, sin importar cuan dictatorial sobre el
individuo, debe asegurar tal apoyo ha sido demostrado por teóricos
de la política tan prominentes como Etienne de la Boétie, David
Hume y Ludwig von Mises. Véase p. ej. David Hume Sobre los
principios del Gobierno en Essays, Literary, Moral and Political
(London: Ward, Locke, and Taylor, n.d.), p. 23; Etienne de la Boétie
Anti-Dictator (New York: Columbia University Press, 1942), pp. 8-9;
Ludwig von Mises, Acción Humana (Auburn, Ala.: Mises Institute,
1998), pp. 188ff. Para más sobre la contribución al análisis del
Estado por la Boétie, véase Oscar Jaszi y John D. Lewis, Against
the Tyrant (Glencoe, Ill.: The Free Press, 1957), pp. 55-57. <<
[10]. La Boétie, Anti-Dictator, pp. 43-44: <<
Cada vez que un gobernante se convierte en
dictador (...) todos aquellos corrompidos por la
ambición candente o la avaricia extraordinaria se
reúnen a su alrededor y le apoyan, para obtener
una parte del botín y convertirse a sí mismos en
jefecillos insignificantes bajo el gran tirano.
[11]. Esto no quiere decir de ninguna manera que todos los
intelectuales se alían al Estado. Sobre los aspectos de la alianza de
los intelectuales y el Estado, véase Bertrand de Jouvenel The
Attitude of the Intellectuals to the Market Society The Owl (enero,
1951): 19-27; idem, "The Treatment of Capitalism by Continental
Intellectuals," in F.A. Hayek, ed., El Capitalismo y los
Historiadores (Chicago: University of Chicago Press, 1954), pp. 93-
123; reprinted in George B. de Huszar, The Intellectuals (Glencoe,
Ill.: The Free Press, 1960), pp. 385-99; and Schumpeter, Imperialism
and Social Classes (New York: Meridian Books, 1975), pp. 143-55.
<<
[12].Joseph Needham, Review of Karl A. Wittfogel, Oriental
Despotism, Science and Society (1958): 65. Needham también
escribe que sucesivos emperadores chinos tuvieron a su servicio en
todos los tiempos por una gran compañía de académicos
profundamente humanos y desinteresados, p. 61 <<
[13].Jeanne Ribs The War Plotters, Liberation (Agosto, 1961) Los
estrategistas insisten en que su ocupación merece la "diginidad de
la contraparte académica de la profesión militar". Véase
tambiénMarcus Raskin, "The Megadeath Intellectuals," New York
Review of Books (Noviembre 14, 1963): 6-7. <<
[14]. En consecuencia, el historiador Conyers Read, en su
presentación presidencial aconseja la supresión del hecho histórico
como servicio a los valores "democráticos" y nacionales. Read
proclamó que La guerra total, ya sea caliente o fría, enlista a todos y
llama a cada uno a jugar su papel. El historiador no está más libre
de esta obligación que el físico. Read Las Responsabilidades
sociales del historiador American Historical Review (1951): 283ff.
Para una crítica de Read y otros aspectos de la historia cortesana,
véase Howard K. Beale, El Historiador Profesional: Su teoría y
práctica The Pacific Historical Review (August, 1953): 227-55.
También Herbert Butterfield, Historia Oficial: sus escollos y criterios
History and Human Relations (New York: Macmillan, 1952), pp. 182-
224; y Harry Elmer Barnes, Los historiadores cortesanos versus el
revisionismo (n.d.), pp. 2ff. <<
[15].Véase Wittfogel Despotismo Oriental, pp. 87-100. Sobre los
contradictorios roles de la iglesia frente al Estado en la China
Antigua y el Japón, véase Norman Jacobs The Origin of Modern
Capitalism and Eastern Asia (Hong Kong: Hong Kong University
Press, 1958), pp. 16194. <<
[16]. De Jouvenel, Sobre el Poder p. 22: <<
La razón esencial de la obediencia es que se
convierte en un hábito de la especie. (...) El
poder es para nosotros un hecho de la
naturaleza. Desde los primeros días de la historia
registrada ha presidido siempre los destinos
humanos (...) las autoridades que gobernaban
[las sociedades] en tiempos pasados no
desaparacieron sin heredarles a sus sucesores
sus privilegios, ni sin dejar en las mentes de los
hombres huellas cuyos efectos son
acumulativos. La sucesión de gobiernos que, a lo
largo de los siglos, dominan la misma sociedad
pueden ser vistos como un gobierno subyacente
que se alimenta de acreciones contínuas.
[17].
Sobre tales usos de la religión en China, véase Norman Jacobs,
passim. <<
[18].
H. L. Mencken A Mencken Chrestomathy (New York: Knopf,
1949), p. 145: <<
Todo lo que [el gobierno] puede ver en una
nueva idea es cambio potencial y, por tanto, una
invasión de sus prerrogativas. El hombre más
peligroso, para cualquier gobierno, es el hombre
capaz de ingeniárselas por sí mismo, sin
consideración por las supersticiones y tabúes
existentes. Casi inevitablemente llega a la
conclusión de que el gobierno bajo el que vive es
deshonesto, insensato e intolerable y entonces,
si es romántico, intenta cambiarlo. Y aún si no es
de personalidad romántica, es bastante apto
para dispersar el descontento entre aquellos que
lo son.
[19]. Ibid., pp. 146-47. <<
[20]. De Jouvenel, Sobre el Poder, pp. 27ff. <<
[21].
Charles L. Black Jr. The People and the Court (New York:
Macmillan, 1960), pp. 35ff. <<
[22]. Ibid., pp. 42-43. <<
[23]. Ibid., p. 52: <<
La función primaria y más necesaria de la Corte
[Suprema] ha sido la de validación, no la de
invalidación. Lo que un gobierno de poderes
limitados necesita al principio y para siempre es
un medio para satisfacer a la gente en que ha
dado todos los pasos humanamente posibles
para mantenerse dentro de sus límites. Esta es
la condición de su legitimidad, y su legitimidad
es, en el largo plazo, la condición de su vida. Y la
Corte, a lo largo de la historia, ha actuado como
la legitimación del gobierno.
[24].
Para Black, esta "solución", aunque paradójica es casualmente
obvia: <<
El poder final del Estado (...) debe detenerse
donde la ley lo detenga. ¿Y quién establecerá el
límite, y quién lo hará cumplir, en contra del
mayor poder? Pues, el Estado mismo, desde
luego, a través de sus jueces y sus leyes.
¿Quién controla a los mesurados? ¿Quién
enseña a los sabios? (Ibid., pp. 32-33)
Cuando las preguntas se refieren al poder del
gobierno en una nación soberana, es imposible
escoger un árbitro fuera del gobierno. Todo
gobierno nacional, en tanto es gobierno, debe
tener la palabra final sobre su propio poder.
(Ibid., pp. 48-49)
[25]. Ibid., p. 49. <<
[26]. Esta atribución de milagroso al gobierno es reminiscente de la
justificación del gobierno de James Burham a través del misticismo y
la irracionalidad: <<
En los tiempos antiguos, antes que la ilusión de
la ciencia corrompiera la sabiduría tradicional, los
fundadores de ciudades eran conocidos como
dioses o semi-dioses (...) Ni la fuente ni la
justificación del gobierno puede ser puesta en
términos enteramente racionales (...) ¿por qué
debería yo aceptar el principio hereditario,
democrático o cualquier otro principio de
legitimidad? ¿Por qué un principio debe justificar
el gobierno de ese hombre sobre mí? (.) Acepto
el principio, (.) bueno, porque lo acepto, porque
así es como es y como siempre ha sido.
James Burnham, Congress and the American Tradition (Chicago:
Regnery, 1959), pp. 3-8. ¿Pero qué si uno no acepta el principio?
¿Entonces, cómo sería?
[27]. Black, The People and the Court, p. 64. <<
[28]. Ibid., p. 65. <<
[29].John C. Calhoun, A Disquisition on Government (New York:
Liberal Arts Press, 1953), pp. 25-27. También cf. Murray N.
Rothbard, "Conservatism and Freedom: A Libertarian Comment"
Modern Age (Spring, 1961): 219. <<
[30].
Allen Smith, The Growth and Decadence of Constitutional
Government (New York: Henry Holt, 1930), p. 88. Smith agregó: <<
Era obvio que donde una provisión de la
Constitución estaba diseñada para limitar el
poder de un órgano del gobierno, aquella podía
ser efectivamente anulada si su interpretación y
cumplimiento era dejada a las autoridades que la
misma debía limitar. Claramente, el sentido
común exigía que ninguno de los órganos del
gobierno debiera ser capaz de determinar sus
propios poderes.
Claramente, el sentido común y los "milagros" dictan una visión muy
distinta del gobierno (p. 87)
[31]. Calhoun, A Disquisition on Government, pp. 20-21. <<
[32]. Recientemente, el prinicipio de unanimidad ha experimentado
una resurrección altamente diluída, particularmente en los escritos
del profesor James Buchanan. Sin embargo, inyectar unanimidad a
la situación actual y aplicarla sólo para los cambiosal status quo y no
a las leyes existentes, sólo puede resultar en la transformación de
un concepto limitante en un sello de aprobación para el Estado. Si el
principio de unanimidad sólo ha de ser aplicado a los cambios en
edictos y leyes, entonces la naturaleza del "punto de partida" inicial
hace toda la diferencia. Cf. James Buchanan y Gordon Tullock, The
Calculus of Consent (Ann Arbor: University of Michigan Press,
1962), passim. <<
[33].Cf. Herbert Spencer, "The Right to Ignore the State" en Social
Statics (New York: D. Appleton, 1890), pp. 229-39. <<
[34]. De Jouvenel, On Power, p. 171. <<
[35].Hemos visto que es esencial para el Estado el apoyo de los
intelectuales y esto incluye apoyo contra sus dos amenazas graves.
Así, sobre el rol de los intelectuales estadounidenses en la entrada
de los Estados Unidos a la Primera Guerra Mundial, véase
Randolph Bourne "La guerra y los intelectuales" en The History of a
Literary Radical and Other Papers (New York: S.A. Russell, 1956),
pp. 205-22. Como afirma Bourne, una táctica fundamental de los
intelectuales para ganar apoyo a favor del Estado, es canalizar
cualquier dicusión dentro de los límites de la política básica del
Estado y desaconsejar cualquier crítica fundamental o total de su
estructura. <<
[36]. Como Mencken lo pone en su estilo inimitable: <<
Esta banda ("los explotadores que forman el
gobierno") está bien cercana a la inmunidad
contra el castigo. Sus peores extorsiones, aun
cuando cuyo propósito claro es el beneficio
privado, no conllevan ninguna pena bajo
nuestras leyes. Desde los primeros días de la
República, menos de unas pocas docenas de
sus miembros han sido enjuiciados, y sólo unos
pocos oscuros don nadie han sido enviados a la
cárcel. El número de hombres sentados en
Atlanta y Leavenworth por rebelarse contra las
extorsiones del gobierno es siempre diez veces
superior que el número de oficiales del Estado
condenados por oprimir a los contribuyentes en
su propio provecho.» (Mencken, A Mencken
Chrestomathy, pp. 147-48)
Para una vívida y entretenida descripción de la falta de protección
del individuo contra las invasiones de su libertad por parte de sus
"protectores", véase H.L. Mencken, "The Nature of Liberty," en
Prejudices: A Selection (New York: Vintage Books, 1958), pp. 138-
43.
[37].
Esto debe ser distinguido de la ley internacional moderna, con
su énfasis en la maximización de la extensión de la guerra a través
de conceptos como la "responsabilidad colectiva". <<
[38].F.J.P. Veale, Advance to Barbarism (Appleton, Wis.: C.C.
Nelson, 1953), p. 63. Similarmente, el profesor Nef escribe sobre la
guerra que Don Carlos libró en Italia entre Frncia, España y Cerneña
contra Austria, en el siglo XVIII: <<
En el sitio de Milán por los aliados y varias
semanas después en Parma (.) los ejércitos
rivales se encontraron en una feroz batalla en las
afueras del pueblo. En ningún lugar las simpatías
de los habitantes se movieron seriamente hacia
un lado o el otro. Su única preocupación era que
las tropas de alguno de los ejércitos cruzara las
puertas de la ciudad y la saqueara. El temor
probó ser infundado. En Parma los ciudadanos
corrieron a los muros de la ciudad para mirar la
batalla en el campo abierto cercano. [Cambridge,
Mass.: Harvard University Press, 1950], p. 158.
También cf. Hoffman Nickerson, Can We Limit
War? [New York: Frederick A. Stoke, 1934])
[39]. Nef, War and Human Progress, p. 162. <<
[40].Ibid., p. 161. Sobre el apoyo al comercio con el enemigo por
parte de los líderes de la revolución estadounidense véase Joseph
Dorfman, The Economic Mind in American Civilization (New York:
Viking Press, 1946), vol. 1, pp. 210-11. <<
[41].
Sobre el concepto de poder estatal y poder social, véase Albert
J. Nock, Our Enemy the State (Caldwell, Idaho: Caxton Printers,
1946). Véase también Nock, Memoirs of a Superfluous Man (New
York: Harpers, 1943), y Frank Chodorov, The Rise and Fall of
Society (New York: Devin-Adair, 1959). <<
[42].En medio del flujo de expansión o contracción, el Estado
siempre se asegura de capturar y retener ciertos "puestos de
comando" esenciales de la economía y la sociedad. Entre estos
puestos de comando está el monopolio de la violencia, monopolio
del poder judicial definitivo, los canales de comunicación y
transporte (el correo, carreteras, ríos, rutas aéreas), el agua irrigada
en los despotismos orientales y la educación -para moldear las
opiniones de sus futuros ciudadanos. En la economía moderna, el
dinero es el puesto de comando crucial. <<
[43].
Este proceso de "recuperación" parasítico ha sido proclamado
casi abiertamente por Karl Marx, quien admitía que el socialismo
debía ser establecido mediante la confiscación de capital
previamente acumulado bajo el capitalismo. <<
[44]. Ciertamente, un ingrediente fundamental de tal solución debe
ser el quibre de la alianza de los intelectuales y el Estado, mediante
la creación de centros de investigación y educación intelectual, los
cuales serán independientes del poder estatal. Christopher Dawson
nota que los grandes movimientos intelectuales del Renacimiento y
la Ilustración fueron logrados trabajando fuera, y algunas veces en
contra, de las universidades afianzadas. Estas academias de las
nuevas ideas fueron establecidas por patrocinadores
independientes. Véase Christopher Dawson, The Crisis of Western
Education (New York: Sheed and Ward, 1961). <<