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GESTION

Este documento describe el contexto político previo al proceso constituyente de 1999 en Venezuela. Explica que los eventos del "Caracazo" en 1989 llevaron a un debate sobre el agotamiento del sistema político y su incapacidad para responder a las demandas sociales. Además, discute las tres posiciones dominantes en el debate constituyente de 1992: 1) reformar la constitución a través de los procedimientos establecidos, 2) convocar una asamblea constituyente originaria que reemplace a la clase dirigente, y 3) una reforma punt

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Este documento describe el contexto político previo al proceso constituyente de 1999 en Venezuela. Explica que los eventos del "Caracazo" en 1989 llevaron a un debate sobre el agotamiento del sistema político y su incapacidad para responder a las demandas sociales. Además, discute las tres posiciones dominantes en el debate constituyente de 1992: 1) reformar la constitución a través de los procedimientos establecidos, 2) convocar una asamblea constituyente originaria que reemplace a la clase dirigente, y 3) una reforma punt

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REPUBLICA BOLIVARIANA DE VENEZUELA

MINISTERIO DEL PODER POPULAR PARA LA DEFENSA

UNIVERSIDAD NACIONAL EXPERIMENTAL POLITECNICA DE LA FUERZA

ARMADA NACIONAL BOLIVARIANA

NUCLEO CARABOBO-EXTENSION LA ISABELICA

GESTIÓN PÚBLICA SOCIALISTA

PROFESOR: ARISTIDES MORALES

ESTUDIANTE: JOSE CASTILLO

C.I.V: 24.302.285

SECCION: 03S-0347-D1

VALENCIA, 19 DE NOVIEMBRE DE 2.021


MODELO CONSTITUCIONAL VENEZOLANO

CONTEXTO POLITICO PREVIO AL PROCESO CONSTITUYENTE

Si bien el proceso constituyente de 1999 tiene su hito decisivo de inicio con la elección del
Teniente Coronel (r) Hugo Chávez Frías como Presidente de la República el 6 de diciembre de
1998, sus antecedentes se remontan a los acontecimientos sangrientos que sacudieron principal
aunque no únicamente a la ciudad capital (y conocido desde entonces como el “Caracazo” los
días 27 y 28 de febrero del año 1989). Una frase célebre del discurso del para entonces senador
vitalicio Rafael Caldera, pronunciado en el Congreso el día 1° de marzo de dicho año es
sintomática de la relevancia de la fecha para el futuro inmediato del sistema político
laboriosamente construido a partir del año 1958: “Venezuela ha sido una especie de país piloto.
En este momento es lo que los norteamericanos llaman show window, el escaparate de la
democracia en América Latina.

Ese escaparate lo rompieron a puñetazos, a pedradas y a palos, los hambrientos de los barrios
de Caracas...” (Caldera, 1992:24). El “Caracazo” remeció la conciencia de la clase política al
obligarla a interrogarse sobre las causas de tan perturbadora explosión social, inédita en los
seis lustros de estabilidad democrática ininterrumpida. La interrogación no se circunscribió al
fenómeno, pues abarcó un descarnado debate en torno al agotamiento del sistema político y su
creciente incapacidad de dar respuestas satisfactorias a las expectativas y demandas de la
sociedad. Entre los factores más discutidos aparecía la corrupción, estimulada por la impunidad
y la ineficacia de los controles para combatirla; igualmente la llamada partidocracia,
identificada con la excesiva presencia de los partidos no sólo en la vida política, sino en los
intersticios de la sociedad, impidiendo el sano desarrollo de una sociedad civil con legítimas
pretensiones de autonomía.

A los partidos se les reprochaba al unísono su organización rígidamente verticalista y de férreo


control cupular (los llamados “cogollos”) de su dinámica decisional. Otro factor reiteradamente
presente lo constituía, desde el punto de vista institucional, la incapacidad de erigir un Poder
Judicial autónomo e independiente que garantizara la efectividad del Estado de derecho; por
último, no por ello menos importante, el agrandamiento de la brecha entre ricos y pobres, la
iniquidad de un sistema que reproducía la pobreza y la marginalidad, tanto que algunos lo
llegaron a denominar como neomalthusiana. Los seis lustros de la experiencia democrática
venezolana mostraban, no obstante orgullosamente una Constitución como la de 1961,
aprobada consensualmente, de excepcional duración en nuestra traumática vida constitucional,
y que había logrado cobijar bajo su programa prácticamente a todas las fuerzas políticas,
independientemente de su acervo ideológico, expresado todo ello en la manida frase: el reto
está en aplicar el programa democrático-social de la Constitución. Incluso un año tan reciente
como 1984 se había creado una comisión sui géneris, la Comisión Presidencial para la Reforma
del Estado (mejor conocida por su acrónimo Copre), cuya misión se circunscribía en lo
fundamental en llevar adelante el en parte diferido o no adecuadamente realizado programa
constitucional. Significa 1989 entonces un año de inflexión, donde comienza a discutirse
incluso la posibilidad de revisar el texto fundamental de la República, a fin de si no relegitimar
sí airear el sistema político, gracias a la modificación de algunos artículos constitucionales, y
prioritariamente en dos aspectos: el sistema judicial y la inclusión de instituciones de
participación popular (el referéndum). El primero bajo la percepción compartida de las graves
carencias del funcionamiento del Estado de derecho en Venezuela, y el segundo unido a la
percepción de los excesos partidocráticos sobre la vida política.

El Congreso Nacional designa el 6 de junio de 1989 una comisión bicameral con el propósito
de concretar algunas enmiendas a la Constitución. La decisión parlamentaria fue consensuada,
nombrándose como presidente de la comisión (denominada Comisión Bicameral para la
Revisión de la Constitución) al senador vitalicio y ex presidente de la República, Rafael
Caldera. El trabajo de la Bicameral fue sosegado y para algunos hasta parsimonioso en sus
primeros tiempos de funcionamiento, revelando al paso de los días una acción incremental en
el número y calidad de las propuestas, que no dejaron de crecer y que llevaron a la larga a la
decisión de abandonar el procedimiento de enmienda y asumir el de reforma general de la
Constitución.

Para fines del año 1991 la Comisión Bicameral tenía prácticamente estructurada la agenda de
la reforma, que incluía temáticas tan relevantes como los derechos humanos, la incorporación
dentro del Poder Ejecutivo de la figura del Primer Ministro, aunque sin modificar la naturaleza
presidencialista de nuestro sistema de gobierno, el Defensor del Pueblo, el referéndum popular,
las leyes orgánicas, la rama judicial y el punto que nos concierne más directamente en este
estudio: la Asamblea Nacional Constituyente (de ahora en adelante ANC)
En efecto, a partir de 1991 comienza efectivamente en el país el debate constituyente, que no
cesará hasta la elección de la ANC el año 1999. ¿Por qué y cómo surge el debate constituyente?
Varios factores entran en la consideración: en primer lugar, a mediados del año 91 había sido
elegida la Constituyente colombiana. La peculiar forma de su convocatoria fuera del marco
formal establecido por la Constitución para ese entonces vigente, la definición de sus poderes
y su amplia agenda temática, constituyeron foco permanente de atención para Venezuela y,
más en concreto, para la Bicameral; en segundo lugar, la aparición de un grupo de opinión
política, el denominado Frente Patriótico, que a través de una serie de pronunciamientos
altamente críticos respecto al sistema, concluía proponiendo la convocatoria de una ANC. Por
supuesto, que el radicalismo del Frente Patriótico no impregnó el talante reformista
prevaleciente en la Bicameral, pero sí despertó un anhelo, cierto que todavía tímido, de
transformación que identificaba al Congreso como un reducto de la clase política, sin ánimo
real de atacar la raíz cuestionada del sistema y, por ende, incapaz de adelantar los cambios
exigidos por la realidad del país; en tercer lugar, la conciencia que se hizo predominante en la
Comisión de la necesidad de abrir hacia el futuro compuertas de cambio no enrejadas en el
establishment institucional. En suma, en el año 1991 se inicia el largo debate constituyente,
catapultado por la fallida rebelión del 4 de febrero del año siguiente.

Los rebeldes del 4 de febrero, identificados como Movimiento Bolivariano Revolucionario 200
(MBR-200), habían planteado en un manifiesto hecho público el 24 de junio de 1992, la
revocación del mandato de los poderes públicos, gracias a la convocatoria de un referéndum
que devolviera al pueblo su soberanía y autorizara a su vez la convocatoria de una ANC, “en
la cual se defina a través de una nueva Carta Magna, el modelo de la sociedad hacia el cual
deba enrumbarse la nación venezolana y en la cual no pueden participar ninguno de los
responsables de la destrucción de la República”. En resumen, el debate constituyente giraba el
año 1992 en torno a tres posiciones claramente deslindadas entre sí. Ellas eran:

Primera posición: Asumida por la Comisión Bicameral sostenía la conveniencia de reformar


la Constitución de acuerdo con el procedimiento establecido en el artículo 246 de la
Constitución de 1961, donde se incluyera como institución futura de revisión constitucional la
ANC.

Segunda posición: Sus representantes más conspicuos fueron el Frente Patriótico y el MBR-
200. Argüía la conveniencia de devolver al pueblo el ejercicio de la soberanía con la
convocatoria de una Constituyente originaria y radical que desplazara la clase dirigente y
erigiera las bases de un nuevo sistema político.

Tercera posición: Pecaríamos de injustos si no hiciéramos mención al aporte de un grupo de


constitucionalistas liderados por Allan Brewer Carías y de sectores de la sociedad civil (el
prestigioso Centro Gumilla de los jesuitas y el Centro al Servicio de la Acción Popular, Cesap),
que junto al gobernador del Estado Zulia, Oswaldo Álvarez Paz, propusieron una reforma
puntual de la Constitución con el único cometido de contemplar y al unísono convocar la ANC.
Ninguna de las propuestas de revisión constitucional prosperó el año 1992. Se han destacado
diversos elementos de explicación de su fracaso, entre otros: la amplitud y complejidad de la
agenda temática; la ausencia de consenso político; el desinterés de una ciudadanía excluida de
la participación y, por ende, ausente del debate; la división producida por temas de alta
sensibilidad para sectores que sus intereses sentían como amenazados (palpable en el caso del
derecho a la información veraz y la prohibición de la monopolización de los medios de
comunicación social) e, incluso, el miedo a la imprevisibilidad del eventual referéndum
constitucional. Por sobre todo, y como compendio de posturas y matices, prevaleció, no sólo
el año 1992, sino incluso desde 1989,8 y proyectándose hasta el año 1998, la carencia en la
clase política de una voluntad real de impulsar el cambio constitucional, sea vía reforma
liderada por el Congreso, sea por la convocatoria de una ANC. Los escarceos para motivarla
fueron cosméticos los años 1994 y 1995, pese a la reiterada proclama parlamentaria de llevar
a feliz término la obra dejada inconclusa el año 1992 y la circunstancia de que el más
representativo de sus impulsores ocupaba ahora, por segunda vez en su carrera política, la
presidencia de la República.

La contundente victoria de Hugo Chávez el 6 de diciembre de 1998 despejó el camino a la


convocatoria constituyente. Chávez como candidato presidencial había jerarquizado como
issue prioritario de su campaña electoral la ANC. Se tenía claro el objetivo, no había duda sobre
el particular, no así sobre el cómo, ante la incertidumbre de un régimen proclamadamente
constitucional que no contemplaba entre sus procedimientos de revisión la ANC, amén de que
para esa fecha Chávez no había aclarado decisiones importantes, como la elección, número y
postulación de los constituyentes, eventuales poderes, relación con los poderes constituidos y
duración de la asamblea. Cierto que la concepción constituyente de Chávez tampoco admitía
dudas: una constituyente originaria, “soberanísima” como le gustaba llamarla, no restringida
ni “embozalada” por los poderes constituidos, que debían subordinarse a sus dictados. A ello
se agregaba la pregunta sobre la iniciativa de convocatoria: Chávez como presidente, la
iniciativa popular y/o el Congreso, que de integración diversa, ahora pedía sumarse a un sentir
ya mayoritario en la población. Chávez resuelve el tema pendiente de la carpintería
constituyente, fenómeno inédito en el país, dada la erección de una Constituyente originaria y
plenipotenciaria, dentro de un orden constitucional legítimo como lo representaba la
Constitución vigente de 1961, designando oficiosamente en los primeros días de enero de 1999,
como Presidente-electo y por tanto antes de asumir la primera magistratura nacional el 2 de
febrero, una comisión ad hoc denominada como Comisión Presidencial Constituyente, con el
objetivo de asesorar al primer mandatario en la elaboración del decreto y las bases comiciales
de la ANC.

PROCESO CONSTITUYENTE DE 1999

Los aspectos más relevantes de la convocatoria constituyente, normados en las bases


comiciales son los siguientes:

• El propósito de la ANC: Como lo recoge la primera pregunta del referéndum: “transformar


el Estado y crear un nuevo ordenamiento jurídico que permita el funcionamiento efectivo de
una democracia social y participativa”. En pocas palabras, una ANC transformadora con la
meta trazada de adelantar un proceso profundo de cambio político, jurídico y social.

• Su integración: De conformación unicameral, integrada por 131 miembros principales (sin


suplentes), elegidos de forma personalizada del siguiente modo:

a. 104 constituyentes en 24 circunscripciones regionales, coincidentes con los estados y el


Distrito Federal, manteniendo el criterio del 1 por ciento de la población total del país. En este
supuesto el elector dispone de tantos votos como constituyentes se eligen en la correspondiente
circunscripción.

b. 24 constituyentes en una circunscripción nacional, para lo cual el elector dispone de 10


votos.

c. 3 constituyentes representantes de las comunidades indígenas, atendiendo a la pluralidad de


culturas existentes en las distintas regiones del país.
• Validez de la convocatoria refrendaria a la ANC: Independientemente del número de
sufragantes, se estableció la aprobación de la convocatoria siempre que el número de votos
afirmativos fuese superior al de los votos negativos.

• Régimen de postulaciones: Abierto, rompiendo por lo menos formalmente con la


mediatización político-partidista prevaleciente. Postularon la sociedad civil, los partidos y la
propia iniciativa de los candidatos.

• Duración de la ANC: 180 días a partir de su instalación.

• Requisitos de elegibilidad e inelegibilidad de los constituyentes: La condición de venezolano


por nacimiento y mayor de 21 años para optar a ser miembro de la ANC. Las altas magistraturas
del Estado, militares activos y representantes electos en funciones no pueden optar a la
Asamblea, salvo que renuncien al cargo. Los constituyentes gozan de inmunidad y su
dedicación es exclusiva.

• Referéndum constitucional: Se fija el referéndum de aprobación de la nueva Constitución


dentro de los 30 días continuos a su sanción por la ANC. No se establece un quórum de
concurrencia de los electores a la jornada refrendaria, bastando para su aprobación definitiva
que el número de votos afirmativos sea superior al número de votos negativos.

• Límites de la ANC: Con el fin de conjurar las tentaciones del poder se proclaman como límites
infranqueables de la ANC, los valores y principios de nuestra historia republicana (un concepto
vago e indeterminado), el cumplimiento de los tratados y compromisos internacionales, así
como el carácter progresivo de los derechos humanos (que supone poner a la ANC bajo el
paraguas protector del sistema internacional de salvaguardia de los derechos humanos), y la
garantía de la razón de ser y metodología democráticas en sus acciones y decisiones. Sobre este
particular, la Corte Suprema de Justicia, para evitar interpretaciones conducentes a una
definición originaria y, por ende, plenipotenciarias de la ANC, ordenó la reformulación de la
base comicial octava que resaltaba el poder originario de la ANC. Sin embargo, el punto no
quedaría totalmente resuelto dada la posición unánime de Chávez y sus partidarios a favor de
una Constituyente originaria que haría valer sus poderes una vez instalada, en representación
del poder constituyente del pueblo.

La ANC se instaló solemnemente en el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela


el 3 de agosto de 1999 y finalizó su trabajo el 30 de enero de 2000. En total se reunió en 63
sesiones, en el hemiciclo de la Cámara de Diputados del Congreso de la República, el histórico
Capitolio Nacional, en Caracas, con las excepciones de la sesión inaugural señalada y la de
clausura que tuvo lugar en Cuidad Bolívar, la antigua Angostura, como homenaje a la
Constitución de 1819 que, como es sabido, se promulgó allí bajo la impronta del Libertador
Simón Bolívar. Las actividades de la ANC pueden dividirse en dos: los actos y decretos que
en uso de sus autoproclamados poderes originarios implicaron una interferencia efectiva en el
funcionamiento de los poderes establecidos, y el proceso de elaboración propiamente dicho de
la nueva Constitución. Para su mejor comprensión los analizaré por separado.

CONSTITUCION DE LA REPUBLICA BOLIVARIANA DE VENEZUELA: LA


NUEVA CONCEPCION DEL ESTADO VENEZOLANO

Lo primero que destaca es su extensión, 350 artículos, un número bastante superior al de la


Constitución derogada de 1961, contentiva de 252 artículos. Podemos hablar entonces de una
Constitución que responde a la corriente predominante en el constitucionalismo
latinoamericano contemporáneo, de textos extensos e inevitablemente detallistas. Nuestra
característica de ser frondosos y soñadores en el dibujo de la patria que queremos construir,
encuentra renovada plasmación en la Constitución de 1999. El preámbulo recoge ese acento
sublime (no es casualidad que su principal redactor fuese un reconocido poeta venezolano, el
constituyentista Gustavo Pereira) en sus frases constitutivas donde, nada más y nada menos, se
pretende como fin supremo la refundación de la República. Sin lugar a dudas el mito de la
fundación, en este caso recrear la institucionalidad de la nación, cubre cual manto legitimador
la obra constituyente de 1999.

Al unísono, y aunque a primera vista pudiese parecer paradójico, se trata de una Constitución
principista. No se contenta nuestra Lex Superior con incorporar en su título primero los
principios fundamentales que le ofrecen a su normativa guía y sustentación, sino que a lo largo
y ancho de su articulado no sólo se reiteran, sino que se suman prolijamente nuevos principios
y valores. Cierto que la consagración de principios en la Constitución cumple una función
integradora del derecho, que de otra manera se tornaría imposible, dada la inflación normativa
característica de nuestro tiempo, pero lo que resulta insólito (y el texto del 99 es proclive a ello)
es que tengamos que lidiar también con una inflación de principios, lo que a todas luces torna
más compleja la interpretación constitucional.
Una característica descollante de la Constitución de 1999 está en dos rasgos que se fortalecen
mutuamente. Por un lado, sus novedades institucionales (a título ilustrativo, cinco ramas del
Poder Público a diferencia de las tres tradicionales y un modelo de democracia que pretende
aparte del patrón predominante, su acendrado republicanismo) y por el otro su ambición.
Gracias a su letra intenta cambiar radicalmente a los venezolanos y sus instituciones, pues ahora
su cultura política será distinta y gozará de toda clase de derechos, por añadidura de aplicación
inmediata. Es como si ella concentrara en su articulado los anhelos más preciados, siempre
postergados por los avatares del destino, del pueblo inveteradamente relegado.

Resultaría injusto no resaltar la importancia democrática que acompaña al texto del 99 desde
sus orígenes hasta su concreción. Nunca antes en la historia republicana una Constituyente
había sido directamente convocada por el pueblo y menos refrendada gracias a la participación
popular.

La Constitución de 1999 es, sin duda, una Constitución genuinamente democrática, gracias a
la cual los ciudadanos mediante el referéndum deciden su destino colectivo como nación. La
Constitución ha encarnado como símbolo en las actitudes y comportamiento de la gente. A
diferencia de la elemental ignorancia y frialdad de la percepción popular respecto a la
Constitución de 1961,31 la Constitución de 1999, el “librito azul”, lo carga la gente en sus
bolsillos y manosea sus páginas para avalar un argumento, sea en el hogar, en la escuela, en el
sitio de trabajo o en la calle. Es en este sentido una Constitución ciudadana. Un hecho curioso
es digno de citar aquí: los autores del golpe de Estado del 12 de abril de 2002, consumado
jurídicamente gracias a un ominoso decreto de cortísima vigencia, pese a romper
flagrantemente con el orden constitucional, no se atrevieron a derogar la Constitución de 1999,
que conservó formalmente su vigencia.

La naturaleza democrática de la Constitución no invalida dos necesarias consideraciones: en


primer lugar nuestra Lex Superior no fue producto del consenso, sino de una imposición
mayoritaria. El acuerdo de la representación de la pluralidad política y social de la nación
estuvo ausente de su proceso de creación. La Constitución fue obra de una mayoría sin duda
relevante, pero circunstancial coaligada en torno al Presidente de la República, su indisputado
mentor. La historia constitucional patria nos enseña que las constituciones consensuales (1830
y 1961) son las de mayor durabilidad, al asumir ellas un relevante rol integrador y no
divisionista en el seno de la comunidad política. La prueba de fuego del texto de 1999
comenzará entonces en el mismo momento en que Chávez abandone el poder. La segunda
consideración enlaza inextricablemente con la primera: su naturaleza democrática arrastra un
fuerte contenido plebiscitario. Como candidato y como presidente, Chávez ha identificado en
demasía la Constitución con su liderazgo personalista y carismático, con su régimen y con su
cotidiana gestión. Otra dura prueba de la carta magna lo será en el inmediato futuro el
deslastrarse del sello personalista que la acompaña desde su gestación.

La Constitución de 1999 es una Constitución bolivariana, tanto por su denominación como por
la jerarquización en su artículo primero de “la doctrina de Simón Bolívar, el Libertador”, amén
de que el actual gobierno ha valorizado como nunca antes el culto a Bolívar y todo lo que
proyecte la hagiografía, la simbología y el mito bolivariano. Ello ha teñido de un particular
color al texto fundamental, pues como texto normativo las circunstancias históricas la alejan
inevitablemente de los proyectos constitucionales del Libertador, que si fueron en buena parte
incomprendidos y discutidos en su época, en nuestros tiempos la labor hermeneútica es a todas
luces intrincada y difícil. Ese particular color, a mi entender, se encuentra en la tradición
republicana, que fundamentalmente a través de la doctrina bolivariana permea el texto de 1999.

PARTICIPACION CIUDADANA EN LA CONSTITUCION DE LA REPUBLICA


BOLIVARIANA DE VENEZUELA: SOBERANIA Y PODER POPULAR

Artículo 5 Constitucional: La soberanía reside intransferiblemente en el pueblo, quien la


ejerce directamente en la forma prevista en esta Constitución y en la ley, e indirectamente,
mediante el sufragio, por los órganos que ejercen el Poder Público.

La Constitución de 1999 acoge en varias disposiciones el principio de la participación. En el


Preámbulo indica que el objetivo de la Constitución es el de: “[…] refundar la República para
establecer una sociedad democrática participativa y protagónica, multiétnica y pluricultural en
un estado de justicia, federal y descentralizado, que consolide los valores de libertad […]”.

La configuración de la participación ciudadana que se encuentra en la Constitución de la


República Bolivariana de Venezuela (1999), es, probablemente, la novedad más importante de
las introducidas por el texto fundamental. Sin embargo, en la Constitución, la participación
viene ubicada en el centro mismo del sistema, sistema que se ha denominado expresamente por
sus impulsores como democracia participativa. (Flores, 2001). En realidad, el constituyente
venezolano no ha hecho más que reflejar la respuesta social a la deslegitimación del sistema
representativo y de sus actores principales, los partidos políticos. Desde luego, esa pérdida de
legitimidad no es exclusiva del ámbito venezolano, sino que éste se instala en un proceso de
crisis que desde hace años padecen las democracias contemporáneas, una crisis que ha sido
acertadamente calificada como crisis de representación (Navarro, 1999).

Los principios constitucionales como el de participación o el de descentralización tienen un


valor especialmente relevante para los poderes públicos, en primer lugar para el Legislativo,
que en la elaboración de las leyes no podrá obviar en ningún caso la voluntad del poder
constituyente de construir un estado garante de la sociedad participativa, ni podrá ignorar el
mandato de redistribución territorial del poder.

EL PODER POPULAR Y SUS DIVERSAS FORMAS DE ORGANIZACIÓN

El Poder Popular sería una modalidad de ejercicio directo de la soberanía por parte de la
comunidad organizada y a través de las instancias del Poder Popular, es decir, al margen de los
hasta ahora denominados órganos del Poder Público.

Dado que la definición contiene elementos de la noción de Poder Popular (modalidad de


ejercicio de la soberanía: el poder es ejercido directamente por el pueblo), así como de la noción
de socialismo (modelo de relaciones de producción basado en la propiedad social), nos queda
como elemento esencial del Estado Comunal que se trata de una forma de organización política
en la cual la célula fundamental es la comuna. Ahora bien, comoquiera que la comuna –como
vimos antes– es una de las estructuras o instancias para el ejercicio del poder por parte de las
comunidades organizadas, la cual, además, admite –como también vimos– sistemas de
agregación en ciudades comunales, federaciones comunales y confederaciones comunales,
síguese de ello que el Estado Comunal más que una forma de organización política es una
forma de división político territorial, con verdaderas entidades locales y regionales. Más
adelante veremos que esa forma de división político territorial envuelta en el Estado Comunal,
se hallará mediatizada o condicionada por el Poder Nacional a través de los Distritos Motores
de Desarrollo, previstos en la Ley Orgánica del Consejo Federal de Gobierno y cuya definición
se encuentra expuesta en el Reglamento de esa Ley, en donde se los califica como unidades
territoriales decretadas por el Ejecutivo Nacional, integradas a un Eje de Desarrollo Territorial
que sería una unidad territorial de carácter estructural supralocal.
LEYES ORGANICAS DEL PODER POPULAR

La denominación conveniente para aludir al orden jurídico de una pretendida transición hacia
la construcción de la sociedad socialista, el cual se ha venido creando en Venezuela en los
últimos años. Se trata del orden jurídico conformado por el conjunto de leyes sancionadas y
promulgadas a partir del año 2009, en las que se plantean supuestas formas de autogobierno o
ejercicio directo de la soberanía conjuntamente con nuevas formas de organización y división
político territorial del país. Es de destacar que ese conjunto de textos normativos al que
aludimos está integrado tanto por leyes nuevas que directamente se refieren a la organización
institucional básica de ese orden jurídico concebido para la transición hacia la sociedad
socialista, como por reformas de leyes que tienen por objeto regulaciones concernientes a las
potestades o competencias de las entidades político territoriales previstas en la Constitución y
que han sido modificadas, precisamente, con el propósito de intentar armonizarlas con las
señaladas nuevas leyes dictadas

Las reformas y nuevas leyes a las que nos estamos refiriendo son los textos normativos
señalados a continuación, con indicación de sus datos de promulgación y publicación: y Ley
de Reforma Parcial de la Ley Orgánica de Descentralización, Delimitación y Transferencia de
Competencias del Poder Público (LODDTCPP) (GORBV Nº 39.140, del 17 de marzo de
2009).

 Ley Especial sobre la Organización y Régimen del Distrito Capital (LEORDC)


(GORBV Nº 39.156 del 13 de abril de 2009).
 Ley Especial del Régimen Municipal a Dos Niveles del Área Metropolitana de
Caracas (LERMDNAMC) (GORBV Nº 39.276 del 1º de octubre de 2009).
 Ley Orgánica de los Consejos Comunales (LOCC) (GORBV Nº 39.335, del 28 de
diciembre de 2009).
 Ley Orgánica del Consejo Federal de Gobierno (LOCFG) (GORBV Nº 5.963 Ext.,
del 22 de febrero de 2010).
 Reglamento de la Ley Orgánica del Consejo Federal de Gobierno (RLOCFG)
(GORBV Nº 39.382, de 09 de marzo de 2010). (Reimpresión por error de copia en
GORBV Nº 39.416 de 04/05/2010
 reforma en GORBV Nº 39.655 del 13/04/2011).
 Ley Orgánica del Poder Popular (LOPP) (GORBV Nº 6.011 Ext., del 21 de diciembre
de 2010).
 Ley Orgánica de Planificación Pública y Popular (LOPPP) (GORBV Nº 6.011 Ext.,
del 21 de diciembre de 2010).
 Ley Orgánica de las Comunas (LOC) (GORBV Nº 6.011 Ext., del 21 de diciembre de
2010).
 Ley Orgánica del Sistema Económico Comunal (LOSEC) (GORBV Nº 6.011 Ext.,
del 21 de diciembre de 2010).
 Ley Orgánica de Contraloría Social (LOCS) (GORBV Nº 6.011 Ext., del 21 de
diciembre de 2010).
 Ley de Reforma Parcial de la Ley Orgánica del Poder Público Municipal (LOPPM)
(GORBV Nº 6.015 Ext., del 28 de diciembre de 2010).
 Ley de Reforma Parcial de la Ley de los Consejos Locales de Planificación Pública
(LCLPP) (GORBV Nº 6.017 Ext., del 30 de diciembre de 2010).
 Ley de Reforma de la Ley de los Consejos Estadales de Planificación y Coordinación
de Políticas Públicas (LCEPCPP) (GORBV Nº 6.017 Ext., del 30 de diciembre de
2010).

Tal conjunto de leyes es, pues, lo que denominamos Leyes del Poder Popular. Y, como se
expresa textualmente en algunas de ellas, se trata de leyes que han sido producidas con
ocasión de los esfuerzos que se realizan para «la construcción del nuevo modelo de
sociedad socialista de igualdad, equidad y justicia social; o, dicho de otra manera, a fin de
establecer la base sociopolítica del socialismo que consolide un nuevo modelo político,
social, cultural y económico.

ORGANIZACIÓN DEL ESTADO Y SOCIEDAD EN SITUACIONES


EXCEPCIONALES

Entre las facultades del ejecutivo nacional están dictar estados de excepción y de
emergencia en todo el territorio nacional, considerando las circunstancias extraordinarias
en el ámbito social, económico y político, que afectan el orden constitucional, la paz social,
la seguridad de la Nación, las instituciones públicas y a las ciudadanas y ciudadanos
habitantes de la República Bolivariana de Venezuela, con las cuales se busca adopte las
medidas urgentes, efectivas, excepcionales y necesarias, para asegurar a la población el
disfrute pleno de sus derechos, preservar el orden interno, el acceso oportuno a bienes,
servicios, alimentos, medicinas y otros productos esenciales para la vida.

Estas medidas se hacen necesarias para enfrentar la crisis económica producto del bloquea
existente, conjuntamente con acciones para responder a los intentos golpistas de sectores
opositores.

Entre las medidas que podrá tomar el Gobierno están el apoyo del sector público al privado
en la producción, comercialización y distribución de bienes e insumos. Podrá ordenar la
intervención de la Fuerza Armada y los órganos de seguridad ciudadana para garantizar la
correcta distribución y comercialización de alimentos y productos de primera necesidad

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