Paternidades desde una mirada feminista
Paternidades desde una mirada feminista
interpeladas
Preguntas y recorridos de la función paterna
bajo una mirada disidente y feminista
Autorías
Martín Azcurra | Ariel Dorfman | Débora Imhoff | Santiago Merlo
Paternidades
interpeladas
Preguntas y recorridos de la función paterna
bajo una mirada disidente y feminista
Coordinación
Débora Imhoff y Martín Azcurra
Paternidades interpeladas
Preguntas y recorridos de la función paterna bajo una mirada disidente y
feminista
Por Martín Azcurra, Ariel Dorfman, Débora Imhoff y Santiago Merlo
Decana
Mgtr. Patricia Altamirano
Vicedecano
Dr. Raúl Gómez
Rector
Dr. Hugo Oscar Juri
Vicerrector
Dr. Ramón Pedro Yanzi Ferreira
Índice
Parte II - Incomodidades 31
Paternidades interpeladas por la mirada
feminista
7
en un decidido diálogo academia/sociedad, que valoriza la función social
de la UNC y el necesario trabajo mancomunado con organizaciones de la
sociedad civil.
Este material pretende echar luz sobre este fenómeno, efectuando una revi-
sión crítica de las características que adquiere la paternidad dominante en
nuestro tiempo histórico, su articulación con la masculinidad hegemónica y
la innegable realidad de la emergencia de nuevas configuraciones identita-
rias en torno a la experiencia de paternar. Respecto de este último aspecto,
recuperamos de forma central el debate en torno a paternidades “libres”,
contra-hegemónicas, gestadas al margen –o en clara interpelación– de los
mandatos dominantes.
8
tanto de la comunidad universitaria como extra-universitaria, de las cuales
213 participaron de forma sincrónica del conversatorio. El encuentro quedó
grabado (disponible en youtube) y fue visionado hasta el momento por más
de 1300 personas. Esto denota el interés por el abordaje de esta temática,
y la necesidad de generar instancias que permitan problematizar aspectos
nodales de la construcción hegemónica sobre las formas del paternar.
Les deseo una buena lectura, y espero que el material genere más preguntas
que respuestas…
9
Parte I
Paternidades Libres
Intervenciones en el marco del Conversatorio “PATERNIDADES
LIBRES (amorosas, diversas, no-machistas, contra-hegemónicas)”
Agosto de 2020
Paternar(nos) 1
Ariel Dorfman2
11
Cuando más o menos tomé conciencia de esto en lo personal, me pasó algo
muy fuerte: caí en la cuenta de que “bueno, seguro me voy a mandar una
cagada”. Cuando comprendí que seguramente me iba a equivocar como
criante, y que eso me iba a pasar cualquiera sea la manera en la cual yo
decidiera educar, entonces me entregué a la experiencia de probar hacerlo
de una manera nueva. Si igualmente me voy a equivocar, decidí hacerlo co-
metiendo errores distintos a los que venían repitiéndose históricamente, y
ver si de esa forma podía abonar y aportar mi granito de arena para construir
una sociedad más justa. Sí, ya sé, parece que estoy volando re alto, pero
lo cierto es que las sociedades se construyen en un montón de lugares, le
damos forma a la sociedad desde las pequeñas y las grandes acciones que
elegimos desarrollar en nuestra vida cotidiana. Ello implica reconocer que
se educa en la cancha, en el cine, en la familia, en la escuela; se aprende y se
enseña en esos lugares. Entonces, en ese espacio tan primario como es el
de la familia, nos encontramos con una primera posibilidad de que las cosas
puedan ser de otra manera. Para mí, eso significó entender que llorar es una
emoción humana, que ser valiente es posibilidad para todas las personas y
no una exclusividad de los varones, y que un mundo más justo es ése en el
que cada quien pueda ser lo que es, y no otra cosa. Me parece que eso está
buenísimo y es un desafío ante todo para uno mismo.
Tengo cuatro hijos, que tienen edades bien distintas. Tengo un hijo de 23,
una hija de 19, un hijo de 11 y una hija de 6. Tengo el desafío de que cada uno
de mis hijos e hijas transita terrenos y niveles educativos bien distintos. Me
miro como criante, y reconozco que he cambiado, y que la crianza implicaba
un desafío muy distinto como padre hace 20 años respecto a los desafíos
que me supone en la actualidad. Claramente no soy la misma persona que
hace 20 años –creo que nadie es la misma persona que el día anterior–,
y entiendo que hay un cambio muy palpable en la sociedad y que eso me
trasciende. Es un cambio de paradigma enorme, donde estas cosas que es-
tamos conversando ahora ya no son excepciones, sino que empezamos a
encontrar –no sé todavía si de forma mayoritaria– otras formas de adminis-
trar las responsabilidades en las familias. ¿A qué me refiero? A que todavía
siguen siendo muchas más las mujeres que van a buscar a los chicos a la
salida de la escuela o que se encargan de participar de las reuniones y ayu-
dar con las tareas, pero que ya comenzamos a ser cada vez más los varones
que también nos involucramos en esas actividades.
12
En las formas tradicionales de crianza aparecen algunas ideas que es impor-
tante que podamos revisar colectivamente. Históricamente, nos han ense-
ñado que tenemos que pensar en lógicas de supervivencia, de adaptabilidad
y en responsabilidades individuales. Las lógicas individualistas vinculadas a
ver cómo me salvo yo, y cómo salvo a los míos. Me parece que estos tiem-
pos, que los entiendo como tiempos feministas, nos interpelan a pensarnos
de manera mucho más colectiva. Por eso me parece interesante que en este
material que estás leyendo ahora, te encuentres con varias voces, que no
haya una sola idea para repensarnos en nuestros roles, que tengamos herra-
mientas para pensar desde la complejidad y la pluralidad.
13
recostarnos un poco en nuestros compañeros, en nuestras compañeras, en
nuestras parejas. De poder construir en conjunto, de abonar una correspon-
sabilidad. Incluso cuando estamos criando solos (que también es una po-
sibilidad), pensar cómo gestionar las responsabilidades desde otro lugar. A
mí también me tocó en algún tiempo de mi vida criar solo (por momentos de
la semana ¿no?), y ahí uno se da cuenta de que la crianza real implica todas
las responsabilidades. Lo mismo que cuando uno vive solo.
Por distintas razones pedagógicas, me tocó muchas veces trabajar con per-
sonas del ámbito educativo, y recuerdo siempre la fantasía y los temores
que algunas personas sentían cuando algún niño agarraba una escoba, o se
ponía a jugar con algún elemento considerado “femenino”. Recuerdo que en
estas instancias pedagógicas, la demanda que se articulaba con relación
a esas situaciones era: “bueno, qué hacemos con esta situación”. Aparecía
ahí la noción de un problema, de algo grave a tener que resolver, y un “te-
mor” de que esas prácticas “conduzcan” a la homosexualidad. Me recuerdo
planteando en esos momentos que ninguna opción sexo-afectiva sería un
problema, un problema sería no acompañar ni respetar esas opciones. Pero
además, me acuerdo de que yo ponía el énfasis en el hecho de que ese niño
está pensando en una solución, va a vivir solo en algún momento, se va a ir
de la casa familiar, y va a tener que limpiar su casa, y ya está practicando.
Él ya está empezando a tener herramientas para la independencia. Y jus-
tamente, el rol de un/a criante es ése, convertirse en un medio para poder
crear hijos e hijas independientes, que se puedan valer por sí mismos/as
en la vida, que puedan tener la mayor cantidad de herramientas para poder
vivir, para buscar un sentido a sus existencias, para poder convivir con otros,
para poder vivir plenamente con ellos, ellas, y elles. De eso se trata un poco
la crianza, de poder dar herramientas para vivir en una vida tan compleja y
difícil como la que nos toca.
14
ahí me encontraba entrampado en situaciones que terminaban reforzando
el estereotipo de que el varón violento es el varón exitoso.
Así vamos por la vida, tratando de ver qué hacer con los modelos de mascu-
linidad que tenemos disponibles. En mi caso, un primer modelo vino de mi
papá. Mi viejo no era un tipo de lo más tradicional como padre. Se alejaba
del modelo tradicional de padre proveedor, y era muy criticado en ese senti-
do, incluso en mi propia casa. Yo recuerdo perfectamente lo frustrado que
se sentía él cuando no llegaba con la guita que hacía falta en mi casa. Y yo
creo que de ahí sin dudas tomé un modelo. Uno muchas veces piensa que
los modelos sólo salen de las buenas prácticas, y me parece que también
salen a veces del dolor, de la frustración, de la angustia. Yo lo veía muy triste
a mi viejo cuando no llegaba a esas expectativas económicas, que no eran
muy grandes. Vengo de una clase muy trabajadora, muy humilde, nadie fue
propietario por ejemplo en mi familia, hace poco tiempo que yo tuve la suer-
te de ser el primer propietario con un crédito que todavía estoy pagando. Hay
algo de la expectativa sobre los varones que se vincula a la clase social, al
atravesamiento de clase en estos temas, que no es menor: aparece con fuer-
za la demanda –sobre todo en los sectores populares– de que los varones
sean los proveedores. Entonces eso te da un sentido en el mundo, y cuando
ese sentido falla, vos estás totalmente deslucido como ser. Eso te entriste-
ce, te oscurece, como le pasaba a mi viejo. Pero por otro lado, mi viejo era un
tipo muy sensible, y cuando me veía contento yo veía que se le ponían lágri-
mas en sus ojos y me decía que estaba muy feliz de verme contento, y eso lo
hacía llorar, y yo dije “eso está buenísimo”. En ese sentido, me abracé a esos
dos planos, a esos dos modelos que me brindaba mi padre. Después, tuve la
suerte de tener amigos mucho más grandes que yo, que me han mostrado
un montón de modelos alternativos, y muchísimas mujeres que también me
han ayudado a ver otros modelos.
15
Hay un monologuista muy conocido que se llama Fernando Sanjiao, que tie-
ne un monólogo que se titula “Hombre”, y ahí él dice algo que a mí me resulta
muy interesante. Él dice: “estoy harto de ser hombre, ahora quiero ser feliz”.
Yo también quiero ser feliz, y por eso me pregunto sobre la forma en la cual
soy padre, y sobre qué hago con las responsabilidades y las expectativas
que se depositan sobre mi figura. Y cuando me pregunto, me voy encontran-
do con otros modelos, veo a mis pares y voy descubriendo otras formas.
Empezás a ver entre la gente que tenés alrededor personas que se atreven,
gente que se resiste, gente que no sigue la huella. También quiero decir que
a veces tiene sus costos esto de resistirse a ciertas lógicas de la masculi-
nidad hegemónica. Por ejemplo, no abonar las dinámicas machistas de los
chats de los papás tiene costos. Decir que un chat escolar no puede ser un
canal de porno tiene un costo. Insisto: tiene un costo, te terminás quedando
afuera. Y ahí te agarra la duda, porque también sentís que querés estar ahí
porque es importante para tus hijos… Pero bueno, como todas las cosas,
es un delicadísimo equilibrio. Afortunadamente, cada vez te encontrás más
pares que te empiezan a decir “yo también estoy de acuerdo en lo que vos
decís”. Pero todavía en voz baja. Todavía los varones tenemos una lógica de
cofradía, donde tenemos que mostrarnos duros y machos.
No quiero cerrar estas reflexiones sin subrayar que los varones tenemos que
repensar las formas en las cuales vamos a resolver nuestros conflictos entre
pares. En general, (y lo voy a decir así aunque suene disruptivo), los varones
todavía en muchos casos queremos ver quién la tiene más larga. Todavía
queremos resolver así las cosas. Y más larga puede ser intelectualmente,
más larga puede ser a las piñas, puede ser mostrando un pergamino … Me
parece que eso no es lo importante, qué importa lo que cada uno tenga, que
cada uno lo administre de la manera en la cual lo haga feliz, en todos los
sentidos simbólicos. Necesitamos vivir plenamente, y entender que los pro-
blemas se pueden resolver de otra manera, sin violencia, sin competencia, y
que podemos convivir de una manera mucho más dulce, y mucho más sana.
16
ser sensibles. Si nuestras hijas son valientes y se quieren parar de manos,
las apoyemos, porque está buenísimo pararse de manos simbólicamente.
Pero nos hagamos cargo de lo que implica que nuestras hijas encuentren
su autoestima, su autonomía y su emancipación en un mundo tan violento
y machista como el que hemos construido. La violencia es machista, y los
varones tenemos que poder revisarnos para avanzar hacia masculinidades
que abandonen la violencia como norma. Es tarea de todos.
17
Paternidad y privilegios
Martín Azcurra1
Por otra parte, generamos y reproducimos las peores violencias (muy visi-
bles o casi imperceptibles a los ojos del sentido común que producimos a
18
nuestro favor), en el sentido de que hacemos uso de nuestros privilegios por
todas esas características. El cambio de paradigmas que se produjo en las
últimas décadas hizo visible TODAS las violencias. Ya no podemos hacernos
los sorprendidos.
Otro factor que creo que nos ha influido bastante es el cambio en el rol del
Estado durante la historia. A mediados del siglo pasado, el Estado se fue
haciendo cada vez más fuerte, lo que le sacó al varón cierta responsabili-
dad en la protección del resto de la familia, y eso nos quitó masculinidad,
que estaba basada sobre los pilares de ese mandato. El Estado moderno ya
tiene un montón de beneficios sociales, como asistencia social a la niñez y
un montón de cosas que, cuando nació el patriarcado, no existía. Todo eso
ha hecho que cambiara completamente el paradigma de la paternidad. Es
decir que son muchas las cosas que hay que tener en cuenta en las últi-
mas décadas, que nos hicieron repensarnos… Nosotros somos cabeza dura,
como buen varón, tardamos como 50 años en empezar a repensarnos. Por-
que quienes pudimos autocuestionarnos, muy posiblemente, hemos tenido
cerca mujeres que nos han enseñado otra forma de ser y tal vez algunos
padres un poco menos duros. Las infancias también nos fueron enseñando.
Pero no podemos olvidar todos estos factores históricos, que nos hicieron ir
cambiando la perspectiva.
Pero el padre se constituye como tal en la relación con su hije, por eso es
tan importante tener en cuenta el régimen adultocéntrico en la construcción
de masculinidad. En mi caso particular, mi hijo me dio una de las lecciones
más grandes de mi vida: todo el tiempo, desde chiquito, me decía que no
hay que mentir, y yo trataba de explicarle que “bueno, hay mentiras que son
necesarias”, o sea la explicación adulta siempre… complejizando y justifi-
cando todo… En cambio, él venía con mucha seguridad sobre la necesidad
de sostener la verdad, porque pensemos que a las infancias les mentimos
u ocultamos cosas todo el tiempo. Y eso les quita poder, responsabilidad,
19
compromiso, capacidad de elegir y entender, etc. Entonces, eso me hizo ver
un montón de cosas que tienen que ver con la relación con nuestros hijes,
sobre todo desde lo emocional. Porque nosotros no somos del todo since-
ros con elles, no les mostramos nuestro interior. No les contamos lo que
nos pasa por dentro, los miedos que tenemos, para transmitirles esta de-
construcción que estamos intentando hacer. No estamos seguros de cómo
hacerlo. Experimentamos y probamos todo el tiempo, pero a elles no les
decimos “mirá que estoy experimentando, mirá que estoy probando, tengo
miedo, no sé si es correcto lo que estoy haciendo”, sino que seguimos me-
tidos en el rol del adulto omnipotente. Porque en ese ocultamiento hay un
resguardo del poder y la autoridad. Entonces, hasta que no seamos hones-
tos con nosotros mismos y con elles, no vamos a poder destrabar la primer
traba grande que tenemos, que es transmitirles a nuestres hijes que somos
también vulnerables, y que podemos hacer un camino juntos. No necesa-
riamente tiene que ser nuestro solo el camino, tiene que ser en conjunto,
con las infancias, con nuestros hijes y los amigues de nuestros hijes. Tiene
que ser un camino de salirnos del rol autoritario, que por más progres que
seamos lo transmitimos de alguna manera, y animarnos al compañerismo
con elles, por supuesto sin romantizar la infancia y tratando de cumplir el rol
de guía y responsabilidad. Porque ¿qué es ser adulto? es hacerse cargo, ser
responsable. ¿Y qué tipo de adultez estamos mostrando si no nos hacemos
cargo de nuestros privilegios? Nadie tiene la fórmula de cómo se hace, pero
sí sabemos que no podemos hacerlo sin antes hacernos cargo de nuestros
miedos y dudas. Me parece que por ahí pasa una de las mayores lecciones
de adultez que podemos darles también.
20
No se trata solo de deconstruirnos para ser felices (que también), sino sobre
todo, lo más urgente, es para terminar con esa violencia que implica la pa-
ternidad patriarcal machista y adultocéntrica. Es una violencia enorme que
sufren cotidianamente nuestras compañeras y nuestros hijes. Entonces, el
primer gesto de adultez nuestro sería hacernos cargo de esos privilegios y
poder ayudarles a que se empoderen, que aprendan un camino progresivo
de autonomía, y sobre todo frente a sus padres. Porque ¿cómo pueden salir
el día de mañana de ciertas violencias, si no les enseñamos a cuestionar
nuestro propio poder como padres? Esa violencia a la que se le decía “do-
méstica”, pero que tiene que ver con la construcción patriarcal del núcleo
familiar como un reducto privado (lejos de la vista pública que puede llegar a
ver una violencia y actuar en consecuencia) e impune (sin derechos). Enton-
ces, para poder deconstruirnos como padres tenemos que sacarle ese gra-
do de impunidad al núcleo familiar, y poder acercarle información y formas
de protegerse de nosotros mismos.
Pero además, este llamado al abandono del adultocentrismo tiene que ver
con saber reconocer y apreciar todo lo que tienen para darnos las infancias
y las adolescencias. Porque si alguien nos está enseñando a cambiar los
paradigmas son ellas. Su pedagogía es la incomodidad y el cuestionamiento
de la autoridad en forma constante: nos sacan a relucir nuestro doble dis-
curso todo el tiempo. Por ejemplo, si uno no les permite hacer algo a ellos,
pero sí lo hacemos nosotros, te lo van a decir. Y es la cosa más ridícula e
injusta del planeta. Esos llamados como “¡vení a cenar YA porque se enfría
la comida!”, pero nosotros nos demoramos mil horas en hacer algo que ellos
nos piden. Entonces, ahí el doble discurso ellos te lo desarman, y generan
una incomodidad constante, permanente. No es fácil criar hijes en este mo-
mento, en donde son más conscientes de sus derechos y tienen sus deseos
más a flor de piel. Es más incómodo para nosotros…
¿Y por qué es tan incómodo? Eso es lo que tenemos que preguntarnos. ¿Por
qué nos resulta incómoda la crianza en este momento? No quiero decir que
todo sean flores, siempre va a ser difícil, porque estamos buscando formas
de crianza que ni siquiera sabemos cómo van a ser. Estamos ensayándolas.
21
“padres progresistas”, terminamos determinando roles diferenciados en hi-
jos varones e hijas mujeres. Hacemos comentarios homofóbicos y misógi-
nos encubiertos para “enderezar” la masculinidad y definir roles de poder,
por ejemplo ayudarle al varón a que sea más determinado y egocéntrico, y a
la mujer más culposa y servicial, tanto en juegos como en tareas de la casa,
sin darnos cuenta (porque no es que lo hagamos con mala intención, pero
nos sale de adentro porque fuimos criados así).
22
Paternidades trans
Desde dónde venimos y hacia dónde vamos.
Reivindicaciones y Horizontes.
Santiago Merlo1
Soy un varón trans, papá trans y si bien puedo contarles aquí mis muchos
recorridos, espacios de laburo y activismos, lo que quiero enfatizar es que
hay un solo título que no busqué: ser papá de Lola. Creo que es el título más
hermoso que en este momento tengo colgado en el corazón.
1. Activista trans. Papá de Lola y de Pocotín (que está en camino). Licenciado en Comunica-
ción Social. Docente. Educador Sanitario. Integrante de la Red de Paternidades Trans Argenti-
na y La Casita Trans Córdoba. Contacto: Instagram @santimerlot. Facebook: Santiago Merlo.
23
Cuando hablamos de masculinidades y paternidades trans, se abre una
agenda apenas vislumbrada, y una realidad aún muy acotada en relación al
inventario de prácticas en la salud que se brinda hacia nosotrxs. De integral
no tenemos nada, sobre todo en salud sexual, y derechos reproductivos y no
reproductivos de las masculinidades trans.
Paternidades-otras que hasta ahora han sido vistas como objeto de estu-
dio de la Antropología o en algún capítulo de National Geographic, o muy
lejanas y sin habitar los espacios comunes o del día a día en la escuela,
trabajo, familia. Y mientras lo pienso, se me empiezan a aparecer un montón
de rostros de compañeros que están paternando en este momento como
papás trans. Me hace figura cómo nuestras conformaciones familiares van
significando nuevos desafíos al marco jurídico, y me pregunto qué aspectos
regulan y posibilitan que hoy tengamos nuestras familias, que tengamos el
derecho a reproducirnos, a materializar lo que para muches de nosotres es
un proyecto vital. “No sea que ahora tengan ganas de reproducirse”, se es-
cuchó en algún momento cuando se aprobó la ley de identidad de género, y
mucho antes cuando la homosexualidad y la transexualidad fueron retiradas
de los manuales de psicodiagnóstico y de los libros de medicina. Sin em-
bargo, sigue habiendo una mirada patologizadora en relación a nosotros. Y
otra vez una mirada desde el sexismo y la heteronormatividad, de lo que se
espera de las personas trans en función de su paternidad/maternidad o en
la conformación de sus familias.
24
blanco, que son nuestras corporalidades, esa vivencia interna… Sin embargo,
es un largo camino para los varones que hemos sido socializados y leídos
como niñas durante toda nuestra vida y hemos sufrido todo el tiempo vio-
lencias de género. Entre ellas, situaciones de abusos, abusos correctivos de
los cuales también han resultado embarazos no deseados, a veces interrum-
pidos, otras no. En ese camino de las paternidades gestantes, al comenzar
nuestras transiciones y al llamarnos como varones trans, nos encontramos
también con un sistema registral que hoy nos sigue desafiando… Porque
podemos rectificar por ejemplo nuestros datos, nuestro género asignado al
nacer en nuestras partidas de nacimiento y luego en el DNI; sin embargo,
hay muchas dificultades para que nuestros hijos, hijas, hijes que parimos
en algún momento tengan la rectificación de su partida de nacimiento con
la nueva figura administrativa de ese papá que antes fue mamá. Incluso
hay varones trans que eligen no hacer estas actualizaciones por el temor
de perder la filiación o vínculo legal con sus hijos/as/es, temores que están
relacionados con los abusos y las violencias institucionales a las que están
expuestas estas paternidades. Identidades estigmatizadas, discriminadas,
criminalizadas.
Hoy aun es un desafío poder ver a un papá trans gestar. También es un de-
safío enfrentarse cotidianamente con la mirada que juzga, que ve a un com-
pañero con barba con su hije y que se pregunta “¿de dónde lo sacó?, seguro
que fue una adopción” ... ni hablar si ese varón trans con barba le está dando
la teta a su hije. En esa mirada inquisidora aparecen un montón de cuestio-
nes, e insiste una lectura que focaliza en lo genital o en el morbo de quién
hace qué o de qué en una pareja, cómo se conforman esas parejas…
25
hemos sido papás a través del sistema de adopción. Existen otras paterni-
dades y otras posibilidades, tantas masculinidades u otras identidades, que
se identifican como paternidades en el rol o en la función. Tantas como per-
sonas hay en el mundo. Alrededor de todo esto tenemos un sinfín de mitos y
prejuicios, a partir de los cuales construimos humanidad y mundo.
Subrayo que aún hoy estamos lejos de poder dimensionar todo lo que impli-
ca hablar, por ejemplo, de cuerpos gestantes. En esa línea, en el marco del
debate por la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE) aparecían
discusiones que enunciaban a las mujeres como únicos sujetos políticos;
de a poco hay mayor conciencia sobre el por qué de la necesaria referencia
a “cuerpos gestantes” en el debate. Cuerpos gestantes, mutantes, transmu-
tantes, no sabemos bien de qué se trata. Sin embargo, allí estamos los varo-
nes trans que también necesitamos poder acceder al sistema de salud en un
abordaje integral y en el marco de este deseo y derecho a la familia, y a po-
der ser nombrados/es por el marco legal, en cada instancia de los procesos.
26
tamientos hormonales o cirugías de modificación corporal, nos hemos visto
ante la imposibilidad de criopreservar óvulos o gametos. Porque la Ley de
Identidad de Género no lo contempla, porque la Ley de Reproducción Asis-
tida habla de parejas cis heterosexuales o de orientación sexual pero no de
identidad de género. Si tuviéramos suerte, sin embargo, puede que también
nos lo impidan por razones de edad… mencionando el umbral de los 40 años,
que tanto para un varón trans como para una mujer cis es una mirada dis-
criminatoria. La medicina hegemónica lee que hasta los 40 una “mujer” es
fértil y que a partir de esa edad puede gestar hijes con problemas de salud.
Entonces, todo lo que hay dando vueltas alrededor de las paternidades trans
está otra vez cruzado por las violencias institucionales y las violencias de
género en general. Ni hablar de aquéllos que nacimos en familias y fuimos
las hijas mayores o las mujeres de las cuales se esperaba el ejercicio del
cuidado o la atención de hermanos menores, y a quienes se nos atribuía
el rol –cuando fuésemos grandes– de tener que cuidar a nuestros padres/
madres. Correrse de ahí, de ese destino prefijado, nos ponía –nos sigue po-
niendo– en una situación expulsiva compleja, atravesada por sistemas de
creencias, por las propias crianzas, por las miradas de costado, y la idiosin-
crasia propia del lugar que habitamos. En todos los ámbitos: en la propia
familia, en la escuela. Una escuela que no garantiza la permanencia dentro
de las instituciones, porque aceptar a alguien, inscribirlo, no significa que
esa persona tenga la posibilidad de terminar un estudio; y sin poder hacerlo,
después se nos dificulta mucho más el acceso al trabajo. Menciono esto
porque tenemos que reconocer que muchos padres trans hoy no estamos
pudiendo sostener la crianza material de nuestres hijes porque también nos
encontramos con esta imposibilidad del acceso formal al empleo, no esta-
mos cubriendo las necesidades básicas de nuestras familias.
Hay muchísimas cuestiones que rodean a las paternidades trans y a las pa-
ternidades no binaries. Sin embargo, seguimos soñando con estos futuros.
Yo toda la vida quise ser papá, era el Susanito entre mis amigos/as. Así que
en el ejercicio de la salita o en el rincón del hogar del jardín, yo siempre era el
papá. Era como el jefe de familia, que llegaba de trabajar, saludaba y ubicaba
a todos mis bebotes, que eran mis hijos, en la mesa. A veces también los re-
taba, obvio. Y claro, cuando me veían de afuera, habrán dicho: “¡Ay, quiere ser
mamá! ¡Está jugando a la mamá!”. No, no estaba jugando a la mamá, estaba
27
ejerciendo el rol, el cuidado, la ternura con mis hijes, porque me veía como
papá, como mi propio papá, el primer feminista que conocí.
La relación con Lola y con su mamá, nuestra familia, se fue dando natu-
ralmente, sin que ningune de nosotres se pusiera en un lugar como en un
dibujito. Dejamos que sucediera.
Un día, después de haber pasado dos años, Lola me dijo PA-PA. En dos síla-
bas, que para mí fueron muy fuertes al escucharlas porque Lola dentro de su
lenguaje tiene seis palabras. De esas seis palabras, me dedicó tres. Nadie se
las enseñó, no sabemos de dónde las sacó, no tenemos ni idea. La primera
fue TONTO. Me dijo “tonto” la primera vez que no supe cómo cargarla, tener-
la a upa, que no sabía si iba a poder con la realidad que ella me planteaba.
Me dijo “tonto”, yo no sabía lo que había escuchado, su mamá se reía. A
partir de ahí, empezó a marcar lo que necesitaba de mí y yo aggiornarme a
este mundo nuevo que lo seguía viendo lejano.
De “tonto”, pasé a ser PUTO, la otra palabra con la que se refiere a mí. Sobre
todo cuando se enoja, cuando no le gusta algo o discute algo conmigo. Tam-
poco sabemos de dónde lo sacó…
Finalmente, ese PA-PÁ, que fue el momento más emotivo de todos. Nos
quedamos como diciendo “ahora sí”, Lola me había elegido como su papá
y había armado su familia. Lola me adoptó y me integró a su red afectiva
primaria.
28
a sus terapias, a sus actividades y a sus tiempos recreativos con su familia
y amigues. Acompañar y estar en todo el sentido de la palabra.
Encontré dentro del activismo nuevas trincheras. Y como “lo personal es po-
lítico”, la diversidad funcional y/o neurológica se sumó a la agenda, indiso-
ciable al pensar otras posibilidades en la conformación de las familias. Así,
transversalicé la docencia con la militancia. Hoy me dedico a acompañar
procesos como docente, trabajando ESI en nivel inicial, primario y secun-
dario, en escuelas de toda la provincia. También soy promotor y educador
sanitario en consultorios inclusivos de Traslasierra; integro un dispositivo de
atención de consultas por violencia de género en la UNC; y activo en orga-
nizaciones de la diversidad con pares trans y familias: Red de Paternidades
Trans Argentina y “La Casita Trans” varones, niñeces y familias de Córdoba.
Dentro de la Red de Paternidades Trans, una red que formamos papás trans
y no binaries de distintas provincias, empezamos a armar una agenda, a po-
nerle nombre a las cosas que sentimos y vivimos. Comenzamos a elaborar
artesanalmente dispositivos para contenernos ante cualquier dificultad en
el camino, desde el deseo hasta la materialización del proyecto de familia.
Incluyendo lo legal, administrativo, atención sanitaria, abordaje interdiscipli-
nario y acompañamientos especiales. Y también visibilizando nuestra exis-
tencia, somos visibles, y nos contemplan distintas leyes vigentes, y políticas
públicas que hay que vigilar para que se cumplan.
29
Una salvedad o nota al pie: los, las y les adultos/as/es no tenemos “derecho”
a ser padres. Los/las/les niñes sí tienen derecho a tener una familia y a ser
felices. Y en eso estamos, encontrándonos y avanzando. Necesitamos que
nos acompañen.
30
Parte 2
Incomodidades
Paternidades interpeladas por la mirada feminista
En el nombre del padre1
Martín Azcurra
MARTÍN Y RAMIRO
1. En este texto entendemos “padre” como varón que ocupa el lugar establecido social y
culturalmente como paterno. Puede ser una persona gestante que se identifica varón. En el
mismo sentido, una madre puede ser una persona no gestante, que ocupa el rol estable-
cido como materno. Por eso hablamos de roles generales y estereotipos. Es posible que
algunes no se sientan representados por ellos, en alguna medida o en todas. ¡En buenaho-
ra! Significa que vamos mejorando...
32
Son estereotipos que cumplen la función de dar una idea de autoridad, de
ley, de poder, frente a la familia y la sociedad. Pero a la vez son difíciles de
sostener en el tiempo y en el mejor de los casos, ante los cambios culturales
de las últimas décadas, ni siquiera cumplen con su cometido, todo lo con-
trario: nos alejan de los seres queridos que nos rodean. Con respecto a las y
los hijos, incluso, refuerza el abandono paterno.
Por supuesto que todo esto es subvertido por la realidad misma, que termi-
na siempre dejando en ridículo la vanagloria del padre y sus preferidos. La
novela Mujercitas nos muestra la crisis histórica de la masculinidad hege-
mónica como un imposible ridículo. Y nos muestra una contraparte: la alian-
za entre mujeres (madres, hijas, hermanas ¡y tías!) como recuperación del
derecho, empoderamiento y resistencia al absurdo patriarcal. No podemos
decir que esa resistencia es una tendencia inherente al ser humano, sino
que se va dando de manera fragmentada y aislada a lo largo de la historia,
a través de hijas rebeldes, madres que renuncian y tías “locas”, entre otros
ejemplos de mucha belleza literaria (a costa de sufrimientos), que ocurren
cuando algunas de las víctimas de la violencia patriarcal deciden dejar de
serlo. Son muy pocos los casos de varones que apoyan esa resistencia, o en
todo caso son desconocidos/negados por el relato oficial. La complicidad
machista es tan fuerte que castiga duramente la apostasía.
33
Pero ¿qué sucede en nosotros, padres, cuando todo eso entra en conflicto?
¿Qué sucede cuando dejamos de adherir a la figura hegemónica, cuando
queremos disfrutar de la crianza cotidiana y compartida, cuando desprecia-
mos la pedagogía autoritaria, cuando nos empiezan a doler nuestros privi-
legios, cuando nos avergonzamos de la supremacía paterna, y en definitiva,
cuando las plumas del pavo real empiezan a caer por peso propio, porque
son insostenibles?
Sin embargo, con la creación del Estado moderno y benefactor, tras las con-
quistas sindicales de reducción de la jornada laboral, ampliación de la co-
bertura social hacia el resto de la familia, vacaciones, días no laborables y
jubilación en la edad no productiva, es decir gracias al camino progresivo
que fue logrando la lucha de clases, el padre empezó a contar con más tiem-
po para sus hijes. Pero además, la protección familiar ya no dependía solo
de él, sino que había un Estado por encima de todes. Un Estado protector,
que es lo mismo que decir, un padre mayor: el Estado paternalista. Así, papá
se empezó a relajar… :)
34
Hubo otro cambio enorme en este proceso de dispersión y relajamiento del
poder paterno. La Convención Internacional por los Derechos de la Niñez.
Parece que les hijes tenían derechos universales, y estaban protegidos por
un poder mayor, por encima del poder endogámico de la familia patriarcal.
En la última década, además, UNICEF reconoció al adultocentrismo como
una forma de violencia. Con esta nueva base jurídica, los Estados empeza-
ron a establecer políticas públicas de protección de las infancias. La voz del
niñe tenía cada vez más valor.
No fue poco todo lo que sucedió en los últimos 100 años, desde la prime-
ra guerra mundial y la crisis económica del 30. Las resistencias clasistas,
pacifistas, antirracistas, lgtb y feministas pusieron de cabeza al mundo, tal
como lo anunciaron les estudiantes del Mayo francés: ¡yo estoy al derecho,
dado vuelta estás vos! Demostraron que cada lucha vale: por más pequeña
que sea, cimienta las luchas siguientes en cualquier rincón del mundo, y no
solo las propias, sino que generan un cambio en toda la súper-estructura.
Los Estados se tuvieron que adaptar para sostener su dominio, tomando
para sí todas las banderas humanistas. Podemos verlo como una victoria o
una derrota (a costa de qué). Pero no hay duda de que es signo del progreso
humano, y es el producto de esa niña que se enfrentó a su padre en el siglo
pasado.
El jefe
35
¿Pero qué es la paternidad? O, mejor dicho, ¿qué es ser un buen padre?
Tengamos en cuenta que “la norma” ha ido cambiando a través de los años.
El “buen padre” de antes no es el mismo que ahora. Eso demuestra que las
contradicciones se van resolviendo positivamente a través de la historia. Tal
vez por las luchas de los movimientos emancipadores y de derechos huma-
nos. Y tal vez, además, porque esas contradicciones nos iban matando por
dentro hasta que una lucecita interna nos dijo que podíamos ser felices de
otra manera.
Hoy podemos decir que no existe una “paternidad ideal”, porque la estamos
construyendo. Porque mientras más ideal sea, más lejos de la realidad es-
tará. Porque el modelo ideal no existe, sobre todo si ponemos el foco en el
sujeto más contradictorio de la sociedad: el padre moderno. Porque una
“nueva paternidad” solo puede surgir si aceptamos nuestras limitaciones,
algo que el varón ha negado sistemáticamente. Sí, somos negadores seria-
les. No nos mintamos: una nueva paternidad empieza con una reducción
de daños.
36
La historia de la familia es la historia de la esclavitud y la violación de la
mujer, solo empoderada en su derecho materno. Mientras los grupos eran
grandes y heterogéneos, el cuidado de les hijes era una tarea comunitaria. Al
cerrarse el círculo de núcleo familiar, ella quedó a cargo en la soledad de su
hogar. Entonces, esclavizada en su función materna.
Por lo tanto, el divorcio carga con esa ruptura que se siente como fracaso
pero también como liberación. Recordemos que la Ley de Divorcio en Ar-
gentina se sancionó en 1987 y fue rechazada por la Iglesia y por un sector
conservador. Es decir que fue una victoria popular hacia la conformación
de familias diversas. Pero también fue parte de la adaptación del sistema a
las formas que se estaban dando de hecho, para seguir ejerciendo control
sobre la distribución de roles sexistas (el cuidado a cargo de la madre y la
37
manutención económica, del padre) y las obligaciones de les dos para la
reproducción del modelo.
En el divorcio, les hijes siguen siendo objeto, pero en otros sentidos. Muchas
veces objeto de disputa, y otras veces abandonades a la deriva de familia-
res. Pasan de trofeo a piedra molesta en un segundo. Ni siquiera ahí se les
consulta qué quieren. En este sistema, quien no produce, no decide, ni si-
quiera sobre su vida. ¿Pero acaso su no productividad les priva de derechos?
La educación obligatoria (de naturaleza conductista) tiende a equiparar de-
rechos pero preserva la idea de objeto hasta la edad legal de emancipación.
Pero no es solo eso. La separación devela muchas cosas que tienen que ver
con las contradicciones de la familia. En primer lugar, demuestra que no es-
tábamos preparados para sostener una crianza responsable, ni siquiera en
convivencia. En segundo lugar, demuestra que, en la mayoría de los casos, la
distribución de tareas no es justa. Y en tercer lugar, demuestra la importan-
cia de la responsabilidad del Estado, e incluso de la comunidad, en la crianza
de nuestras niñeces.
38
Desertores
En el siglo pasado, la división del trabajo remarcó esta situación: los puestos
de mujeres para ser maestras, cuidadoras, limpiadoras y secretarias (saben
gestionar los pequeños detalles).
Así, nos fueron enseñando a estar fuera de casa todo el día y volver de noche
con la cena preparada y el control remoto de la tele disponible. Volvemos a
un hogar casi perfecto, suponiendo que la crianza cotidiana (enorme tarea
que incluye la gestión de una alimentación sana y posible, el acompaña-
miento en su educación y esparcimiento, etc, etc) y el mantenimiento del
hogar es un proceso mágico que ocurre cuando no estamos presentes. ¡De
niños nos pasaba lo mismo! Mamá limpiaba todo, incluso nuestros jugue-
tes. Y las hermanas ayudaban. Pero como todo: #NoFueMagia
39
e incluso hacer la comida. Los hombres tuvimos la posibilidad lúdica que
muchas mujeres no, y siempre nos costó advertir ese real privilegio de crian-
za. ¿El resultado? Las mujeres adultas se sientan a hablar mal de otras y los
varones jugamos colectivamente. Curiosamente, la formalización y legaliza-
ción del “trabajo doméstico” comenzó en las últimas décadas, a partir del sur-
gimiento de los movimientos masivos de liberación de la mujer. La consigna
“eso que llaman amor es trabajo no pago”, se transforma en una bandera que
engloba múltiples situaciones de opresión, sobre todo económica.
40
su hija y su hije? ¿Quién quiere que sus hijes lo respeten por miedo? ¿Quién
quiere que sus hijes emancipades dejen de llamarlo o visitarlo… o abrazarlo?
Necesitamos el abrazo de nuestres hijes. Lo necesitamos como el aire que
respiramos. ¿Quién quiere no Ser Reconocido como una parte importante de
la vida integral de sus hijes? Al final cabo, eso es Formar Parte: Ser Elegido.
La transferencia
Una de las grandes pruebas que debemos pasar los padres en nuestra vida
es enseñar a manejar el auto a nuestres hijes. Tengo un hijo varón ya emanci-
pado, Ramiro, pero me quedó pendiente esa enseñanza, que refleja muchos
aspectos vinculares entre nosotros. El auto es símbolo de masculinidad, de
adultez y de autonomía.
Una situación nos pone a prueba: calle angosta. El semáforo se pone en rojo.
Ramiro frena el auto y espera. Una fila de autos se ubica detrás. ¡La vida!
Verde. Embrague y primera. El auto corcovea y se apaga, no llega a arrancar.
Miedo de ambos. Así un par de veces hasta que el semáforo vuelve a rojo.
Hay un minuto de pausa, de respiro, de oportunidad para enseñar. Se pone
en verde nuevamente y pasa de nuevo, no arranca. El auto sufre, se queja
con ruidos chillosos. ¡Kkkkffffjjjjj! El auto se da por vencido, pero mi hijo no.
41
Posibles actitudes de la vida:
1) El enojo y la desvaloración.
Hay otro aspecto de la vida que nos atraviesa: somos dos hombres, padre e
hijo. Si fuera una hija sería distinto. Si fuera una madre con su hija… todavía
más. Sobre todo en el contexto de la calle, territorio de machos falocén-
tricos, con prácticas de tránsito agresivas y descuidadas. Otro territorio a
deconstruir. Vamos en ese camino, como en la vida, con una mujer que se
anima a imponerse, con otras lógicas, dispuesta a intervenir en los procesos
de cambio, para bien del cuidado y disfrute de todes.
La cofradía
42
géneros SON, se rebelan y se revelan, brotan como gritos de libertad, contra
un mar de embates disciplinadores. De la competencia y la envidia se nutre
el odio de género.
Pero eso no es todo. No solo nos cuesta “abrirnos” ante nuestros vínculos
primarios, sino también, y sobre todo, ante nuestros pares, la “cofradía de
machos”. Porque el género hegemónico no solo se ve obligado a reforzarse
en oposición a los géneros dominados, sino también en feroz competencia
ante los demás machos. De esa competencia disciplinante surge el bullying
hacia el varón disidente (expulsión del círculo privilegiado): aquel que no
sigue alguno/s de los estereotipos normalizadores, el pibe sensible, el papá
cariñoso, el amo de casa, el que se cruza de piernas juntas, el que se viste de
rosa, etc. (en el menor de los casos). Por eso, mostrar nuestras emociones
y debilidades ante otros varones se transforma en todo un desafío donde se
pone a prueba nuestra integridad como machos, porque eso es lo único que
tenemos, o que sabemos tener.
43
marco disciplinante. A la larga, el grupo es el que manda. Como la famosa
escena en donde el amigo traiciona al otro cuando se siente comprometido
por el grupo.
Por eso, no basta con romper con la manada, ya que eso está previsto en el
normal funcionamiento del machismo (la disidencia solitaria o m inoritaria),
sino subvertir al propio grupo (que nos contiene) con sinceramiento perso-
nal, demostraciones de cariño, alianzas positivas y mucha empatía en la
contradicción. No importa cómo. Lo importante es empezar. Disentir sin
romper, expresar el disgusto. Seguramente al principio genere incomodidad
y distancia, pero es muy probable que a la larga brinde una posibilidad de
ayuda grupal para atender las crisis que todos vamos experimentando por la
contradicción misma que nos genera el machismo en nuestro interior, y so-
bre todo, interpelados por los cambios culturales producidos por las luchas
de liberación de géneros.
El espacio de compartir
Como decía Sartre, el infierno son los otros. En nuestro caso es tal cual…
¿Cómo podemos hacer para brindarnos a une otre, quien sea que fuera, sea
del género que sea? ¿Cómo podemos expresar el cariño a una amiga, de la
misma manera que lo hacemos con un amigo? ¿Qué podemos aprender del
vínculo cariñoso no represivo que se suele dar entre las mujeres o entre las
disidencias? Nuestro contacto físico no pasa de la palmada en el hombro
o como mucho el abrazo con golpes en la espalda ¡haciendo mucho ruido
44
claro, así es más macho!… ¿Nos abrazamos de otras maneras? ¿Nos deci-
mos “te quiero”? ¿Nos miramos a los ojos? ¿Nos tomamos de las manos?
¿Nos tomamos de la cintura? ¿Nos llamamos para saber cómo se siente el
otro? Seguramente, algunas de estas cosas las hemos ido practicando sin
darnos cuenta, y eso demuestra que existe una paulatina deconstrucción de
la sociedad.
Muchas veces, los varones impostamos una forma de ser ante la familia
y la pareja, para lo cual inhibimos al macho jactancioso de sus privilegios.
Por eso, cuando estamos en grupo de varones, dejamos salir al macho pri-
mitivo. Pero también, ese grupo desconoce al yo vulnerable, emocional, que
en general solo puede manifestarse en la intimidad de la pareja, que fun-
ciona como un confesionario del yo atormentado por sus contradicciones.
¿Cuántos desdoblamientos exige el machismo? ¿Dónde somos más genui-
nos? ¿Lo somos con nosotros mismos al menos?
45
figura de las “malas madres” o “madres desobedientes”, que también nos
interpela y nos genera un nuevo lugar desde el cual paternar.
Ya cargamos con el estigma del Mal Padre, lo llevamos como mochila du-
rante toda la vida. Es que seguramente lo somos, en algún aspecto, o en to-
dos. Porque es parte de nuestra ancestralidad (la cual queremos cambiar).
A diferencia del mandato materno, el hombre es primero hombre libre y des-
pués padre. Ante cada crisis de paternidad, por frustración o mal ejercicio o
por lo que sea, abandonamos el rol paterno (el famoso no hacernos cargo).
Después volvemos, arrepentidos, a intentarlo de nuevo. La paternidad es cí-
clica, pivotea entre dos mandatos: el de superpapá por un lado y el de llanero
solitario por el otro.
Desobedientes
46
dentro de cada persona del mundo, sobre todo en aquellas que son domi-
nadas. El patriarcado y el capitalismo son regímenes distintos, pero van de
la mano, se ayudan mutuamente: El capitalismo alimenta al odio con sus
mecanismos internos de jerarquías y competencias.
La pregunta del millón: ¿Por qué un sujeto con privilegios que le otorgan el
poder absoluto, tendría que renunciar a ellos? ¿Por solidaridad? Incluso los
sentimientos de asistencia a los sectores oprimidos pueden ser también
una expresión de sostenimiento de las jerarquías. A tal punto se ha insta-
lado, que cuando los varones nos resistimos, es probable que lo estemos
perpetuando.
47
las elites de varones poderosos, ese 1 % de megaempresarios y obispos, de
las cuales nunca formaremos parte, felizmente.
Escuchemos esa voz interna, oculta, tapada por el ruido de botellas que es-
tallan. Abracemos el espíritu de rebeldía que nos dejaron nuestros ancestros
varones, esos que lucharon contra la corona, símbolo del privilegio. Pero
también llevamos en la sangre la ancestralidad sin género. El espíritu de
comunidad, en armonía con una naturaleza diversa y multi-colorida.
Al disentir nos convertimos en víctima, es cierto, pero una víctima que si-
gue siendo privilegiada. El machismo es un lugar seguro. La masculinidad
hegemónica es una comodidad bastante grande. Romper es angustiante, al
principio. Pero detrás de las ruinas está la playa.
48
Paternidad(es) y feminismos
Una invitación a pensar(nos) colectivamente
Débora Imhoff1
Un punto de partida
49
que tiene de universal y particular. Criamos hijxs y somos, al mismo tiempo,
hijxs de alguien. Y esa experiencia nos reúne en una mismidad. Hay algo que
nos conecta, que nos iguala, que nos permite reconocernos en la diversidad
de nuestras existencias.
Desde allí nos hablamos, nos miramos, compartimos lecturas sobre la ex-
periencia de paternar/maternar. Intentamos reflexionar sobre ello y abordar-
lo con mirada crítica; creciendo con aquello que es singular de lxs otrxs y
con lo que nos hace iguales. En algún sentido, hicimos tribu, por un rato. De
esas tribus de criantes que el capitalismo y el patriarcado se encargaron de
destruir para convertirnos en unidades familiares aisladas, individualistas,
solas, muy solas en la tarea de criar.
¿Y por qué sería importante dedicarle unos párrafos a contarles esto? Porque
lo cierto es que todas las personas hablamos desde un determinado lugar.
Entonces, quiénes somos es importante, porque fija el lugar desde el cual se
enuncia, y eso establece un límite, un horizonte, y también una utopía.
Soy Débora. Soy mujer cis heterosexual (al menos por ahora), mamá de una
niña y un niño pequeños. Soy Psicóloga, pero no de las que pensaron cuando
se los dije. No hago clínica, me dedico a la investigación en un área especí-
fica y aún poco conocida de la Psicología: la Psicología Política. Soy investi-
gadora del CONICET, profe en la Facultad de Psicología de la UNC y funcio-
naria en la misma institución. Soy feminista, casi desde el mismo tiempo
que hace que soy madre. Pero sería injusto decir que sólo soy feminista
porque la experiencia de maternar me invitó a ello y me revolucionó la vida.
Muchas experiencias múltiples y personas hermosas me fueron convidando
el feminismo, y eso me fue cambiando la vida tanto como me la cambiaron
otras experiencias vitales igual de importantes. Soy una mujer que se está
redescubriendo en un montón de aspectos, que se pregunta, a veces con
50
alegría y otras con angustia. Comparto la crianza con mi compañero de mu-
chos años, papá de mis hijes, un varón hetero-cis. Parte de mi identidad es la
militancia. He participado políticamente de diversas organizaciones a lo lar-
go de mi vida, y ese encuentro colectivo de construcción de posibles futuros
mejores me constituye y da forma a quién soy. Deseo, sueño, me equivoco,
aprendo, me angustio, avanzo.
Tengo un papá grande, que hoy ronda los más de 80 años. Un padre que es
un ícono bastante significativo de adecuación a las normas hegemónicas
51
de masculinidad y a los cánones dominantes de paternidad. Un padre como
muchos, de esos que laburaron hasta lo imposible para proveernos de todo lo
material que necesitáramos, porque les enseñaron que de eso se trataba ser
un padre. Un papá que nos abrazó muy poquitas veces, que la expresión de
afecto más efusiva que le salía era una palmada en la espalda, y que nunca
conversó conmigo sobre mis dolores, mis sueños, mis amores o desamores.
Un papá que no nos enseñó a manejar a ninguna de sus hijas, y que obstacu-
lizó bastante la autonomía de mi mamá (que sí sabía manejar, pero que no lo
hizo durante gran parte de la vida que compartió con él). Un padre autoritario
pero, al mismo tiempo, ausente de la crianza cotidiana (que sólo intervenía
para poner orden y, siempre, desde un lugar sumamente intimidatorio). Un
papá que no se involucraba en mi vida escolar, excepto cuando se trataba de
hacerme unos dibujos hermosos que a mí me encantaban. Un padre que me
generó siempre sensaciones muy encontradas: al que le tenía muchísimo
miedo cuando se enojaba, que recuerdo con alegría llevándome a la calesita
cuando era chiquita, y que miro con profunda tristeza ahora de grande dán-
dome cuenta de cuánto le costó a él mismo, a su bienestar y a su felicidad
responder tan férreamente a los mandatos de masculinidad hegemónica.
Un varón que se comió el cuento de que tenía que ser el hombre proveedor
de la casa, y que no supo qué hacer cuando la crisis de 2001 lo dejó en la
calle sin posibilidad de darle de comer a su familia. Un varón que no supo
repensarse cuando las mujeres de la casa comenzamos a tejer vínculos de
sororidad entre nosotras para contrapesar su poder. Un padre que se convir-
tió en un abuelo que se sienta a mirar Tom y Jerry a las carcajadas con sus
nietxs (mis hijes), como jamás lo hizo con nosotras. Un varón ya anciano
que a veces quiere reconectar y conversar con nosotras, pero que nunca
aprendió cómo hacerlo. Un varón que sufrió y sufre cotidianamente lo que el
patriarcado le costó, todo el bienestar y el afecto del que lo privó, y todas las
trampas que le tendió.
Soy de esas hijas que sufrió un padre patriarcal y dominante. Pero que hoy
mira todo eso que el patriarcado nos hizo, a través de él, a las mujeres de la
familia, y siente una profunda pena no sólo por nosotras, sino también por él,
que se le fue la vida comprando una mentira. ¿Qué le dejó el cumplimiento
a rajatabla de ese mandato de masculinidad? Soledad, aislamiento, desco-
nexión, sufrimiento (propio y ejercido sobre otras).
52
Sé que mi padre no es un caso excepcional. Sé que muchxs de ustedes
tienen o tuvieron padres así…o son padres que repiten ese molde. Déjenme
decirles, con total certeza, que ese molde sólo trae sufrimiento, desamor,
desamparo. Para todes. Yo miro para atrás en mi historia y siento una pro-
funda tristeza por la vida que vivió mi padre, y por la que él nos hizo vivir a
nosotras y a mi madre. Creo que mi padre nunca entendió (aun hoy) que el
autoritarismo y el control no tienen como efecto el amor de lxs otrxs, sino su
sumisión, su obediencia y –a veces– también su miedo y su rebelión.
Ese padre que me tocó supuso para mí convertirme en la hija que fui y que
soy. Impactó de forma significativa en el tipo de madre que elijo ser, y en el
tipo de padre que elegí para mis hijes. Creo que nos pasa un poco a todes,
por opción o por oposición. Así de estructurante es la presencia de los pa-
dres, incluso cuando no están.
El padre que me tocó me ayudó a ser la hija que soy, pero no le deseo a nadie
tener un padre así ni seguir ese modelo de paternidad. Estoy convencida de
que los feminismos aportamos una mirada renovada y sumamente subver-
siva, que abriga la posibilidad de construir un mundo mejor para todes, don-
de cada quien pueda vivir una vida digna de ser vivida. Y sé que ese cambio
que proponemos desde los feminismos sólo es posible si advienen otras
masculinidades y, de su mano, otras formas de paternar.
53
incuestionada de que la maternidad era un destino que todas las mujeres
debíamos cumplir en algún momento de nuestras vidas. Me la pasé jugando
con muñecas, aprendiendo a cambiar pañales, dar mamaderas, identificar
las necesidades de mis muñecas y –también– de todas las personas de
la familia. Aprendí a cuidar, a preocuparme por los demás, a ser empática,
a gestionar una casa, a planificar y ejecutar las tareas necesarias para la
reproducción del ámbito doméstico. Incorporé anhelos de realización profe-
sional que me vinculaban a las disciplinas feminizadas, donde las mujeres
seguimos garantizando los cuidados, desde otros roles. Jamás se me cruzó
por la cabeza ser astronauta, física, ingeniera. También entendí, temprana-
mente, que si quería garantizar el bienestar de mis futures hijes tenía que
conseguirme un buen padre para ellxs, uno distinto del que me había tocado
a mí. No era todavía feminista, pero tenía una profunda comprensión del
dolor que una paternidad hegemónica genera en todas las personas.
54
renuncia para cuidar de mis hijes que –hasta el momento– estaba poco
deconstruida y criticada).
Hasta ahí conocía poco de los feminismos, porque entendía como más ur-
gente la lucha contra el capitalismo que contra el patriarcado. No compren-
día aún la tremenda articulación entre los diversos sistemas de dominación,
y creía que la lucha de clases eliminaría todas las formas de desigualdad
y opresión. Creo que para mí fue mucho más sencillo mirar críticamente
al capitalismo, que al patriarcado, porque a este último lo tenía muchísimo
más naturalizado y sus efectos perjudiciales me resultaban aún opacos. Lo
escribo y me doy cuenta de la tremenda eficacia simbólica que tiene, y el
denso velo que lo cubre en la vida cotidiana. Como niña, como adolescente,
como mujer, fui víctima (como todas nosotras) de numerosas violencias de
género, incluyendo situaciones de acoso sexual de las que no fui plenamen-
te consciente hasta que el feminismo me ayudó a desnaturalizarlas. Ten-
go 39 años, y tengo recuerdos de estas violencias desde –al menos– los 6
años. Sufrí acoso callejero, bullying gordo-odiante, al menos dos hombres
me mostraron sus genitales en la vía pública cuando era niña, un varón se
masturbó enfrente mío en la calle una noche que iba a tomarme el colectivo
cuando salía de la universidad, otro varón más grande que yo me manoseó
cuando era niña, algunos varones que me gustaban me expusieron a prácti-
cas no consentidas, y compré todos los mitos del amor romántico de todas
las novelas y películas que miré a lo largo de mi vida, y desde los cuales se
justifican innumerables violencias hacia las mujeres en “nombre del amor”.
Tengo miedo de ser violada desde que tengo recuerdo, camino rapidito cuan-
do paso por los lugares en los cuales los varones pueden decirme cosas, y
me cruzo de vereda cuando voy sola y hay un varón caminando detrás de mí.
Pero no fue hasta que conocí al feminismo que pude vislumbrar realmente
todas estas situaciones, ver la violencia que hay en ellas y comprender cómo
se articulan a la reproducción del patriarcado. Es más, no fui consciente de
las innumerables violencias de género cometidas por mi padre, hasta que
me encontré con los feminismos.
55
onvencerme, creo, de que había un escenario aun peor que ése que co-
c
menzábamos a vivir en Argentina). Hasta aquí había construido una serie de
certezas sobre lo que quería que forme parte de mis prácticas de crianza.
Había escrito una tesis doctoral sobre socialización política e infancia, había
trabajado con niños y niñas, y sabía –en la teoría– lo que quería que sucedie-
ra en el vínculo que mi compañero y yo tendríamos con nuestrxs hijxs. Pero
claro, eso era la teoría.
Para nosotrxs fue difícil, en primer lugar, porque los vínculos de crianza son
justamente eso, vínculos que se establecen entre adultxs e infancias. La
crianza es una forma de relación social y, como toda relación social, es una
relación de poder, marcada por la articulación de varias “asimetrías relacio-
56
nales” (Bonino, 1996)2. Una de ellas es, sin dudas, la que se establece entre
varones y mujeres en el marco de relaciones heteronormadas (es decir, en
las cuales la heterosexualidad obligatoria es la norma). Pero también hay
otra subalteridad frecuentemente más naturalizada e invisiblizada que la
recién mencionada: hay una relación de poder intergeneracional, de domi-
nancia de lxs adultxs hacia las infancias, que genera condiciones de des-
igualdad.
57
apoyo de la familia extensa, y una gran carga de trabajo de cuidado no remu-
nerado por parte de abuelas y tías. Yo no comprendí realmente el impacto
profundo que eso tiene en nuestras vidas, hasta que formamos una familia
y corroboramos la tarea imposible que es criar en soledad.
Pero sobre todo, el desafío de construir nuestro rol como criantes emergió
cuando comenzamos a encontrarnos con las limitaciones que teníamos (y
aún tenemos) en función de los roles y estereotipos de género que había-
58
mos aprendido. La experiencia de paternar o maternar no viene determinada
genéticamente. Es una experiencia que si bien es universal (en todas las
culturas hay adultes criando, acompañando el crecimiento de las nuevas
generaciones), tiene marcas culturales específicas. Así, a lo largo de todo
nuestro proceso de socialización, vamos aprendiendo roles y expectativas
sociales asociadas a nuestras identidades de género. Las mujeres aprende-
mos que se espera de nosotras que seamos “buenas” madres, solícitas, dis-
ponibles para nuestrxs hijxs y nuestras parejas, multitasking, sacrificadas,
que resignemos nuestro propio bienestar por el de otrxs (y, sobre todo, por
el de nuestrxs hijxs). Y aprendemos, también, a sentir una culpa inabarcable
cuando no cumplimos con esos mandatos. Los varones van decodificando
que lo que se espera de ellos se sitúa sobre todo en el ámbito de lo público,
con gran protagonismo afuera de casa, y un rol poco involucrado puertas
adentro. No juegan a ser papás, no se les enseña a limpiar, a cuidar, a pedir
perdón, a expresar sus emociones, a empatizar con las emociones de otras
personas ni a escuchar atenta y activamente.
Esos modelos nos los vamos apropiando en los distintos ámbitos de socia-
lización por los que pasamos: por supuesto, en casa, con las figuras adultas
que forman parte de nuestras vidas, y con cómo esas personas nos han
cuidado y criado. Pero también en la escuela, con lo que dice la seño (que
es siempre una mujer), con lo que nos hacen leer en los libros, o con el tipo
de tareas que nos dan de forma diferencial a nenas y nenes. Además, las
producciones de la industria cultural se aseguran de transmitirnos cuál es el
molde esperado y cuáles son los rechazados, a través de programas de tele-
visión, novelas, series, dibujos animados, noticieros, libros de cuentos y can-
ciones populares. Así que ahí vamos, incorporando modelos y marcas cul-
turales que se inscriben en una cultura androcéntrica, patriarcal, capitalista,
cisheteronormativa y monogámica (que es, a menudo, muy contradictoria).
59
cuentos que nos leyeron, en los bienes culturales que consumimos. Esos
modelos están legitimados, y están naturalizados (nos resultan “obvios”,
incuestionables e incuestionados, “normales”). De hecho, la fuerte eficacia
simbólica que tienen estos modelos se vincula con esa naturalización y,
también, con la reiteración: los moldes esperados están en todos lados.
¿Te preguntaste alguna vez cuáles son los moldes que te propusieron a vos
en tu crianza y a lo largo de todo tu proceso de socialización? ¿Cómo llegas-
te a ser quién sos y cómo eso se relaciona con esas experiencias biográfi-
cas? ¿Te preguntaste si realmente tenés deseos de paternar o maternar, y si
ese deseo (o su ausencia) son realmente tuyos?
60
(incluso a sus 5 añitos), me dijo: “¿por qué siempre me traés vos a la doc-
tora? ¿por qué no me trae papá? Yo diría que porque él es varón, pero los
varones también pueden hacer estas cosas”. Y ahí me di cuenta que era
yo quien no habilitaba ese lugar para su papá. Yo siempre me encargo de
llevar a lxs peques a la doctora, siempre. Voy, y anoto todas las indicaciones
en un cuadernito, presto atención a todo lo que la doctora dice mientras al
mismo tiempo estoy atenta a que lxs peques no le den vuelta el consultorio.
Simultáneamente, contrasto en mi cabeza las informaciones que ella me va
dando, con lo que yo ya sé sobre el tema o con el último artículo científico
que leí sobre mocos en la infancia. Hago mil tareas cognitivas en simultá-
neo, y me siento ridículamente orgullosa de mi capacidad multitasking en
ese momento. Saco pecho, y me siento una súper mamá. A nuestro regreso,
le traduzco a mi compañero todas las indicaciones, pego papelitos en la he-
ladera con los horarios del remedio aunque sé que él no mirará los papelitos,
no se acordará del remedio y que a mi lista interminable de alarmas del ce-
lular agregaré las nuevas alarmas medicamentosas. Miro la situación y me
parece injusta, al tiempo que me preocupa (¿qué pasará con los remedios
de mis hijes si a mí me pasa algo? Debería ir advirtiéndole a mi hermana o a
mi mamá que ellas deberán hacerse cargo si yo falto, porque mi compañero
suele olvidarse de esos detalles). Pero lo cierto es que en la reproducción
de esa situación inequitativa colaboramos los dos. Él porque no hace acti-
vamente nada para alterar la situación y hacerse un lugar en esa dinámica
(quizás porque es más cómodo reposar en que lo haga yo, quizás porque
no encuentra por dónde hacerse un lugar). Yo, porque estoy profundamente
convencida de que voy a hacer la tarea mejor que él, que me voy a acordar
más, que voy a estar más atenta a lo que diga la doctora, y porque sé que
he aprendido a ser multitasking y puedo procesar sin dificultad (pero no sin
costo) toda esa nueva información que se agrega a nuestra rutina cada vez
que vamos a la pediatra con mocos chorreando y toses aturdiendo.
61
cotidianas. Aun así, no hay situaciones ideales, porque estamos tratando
de criar de forma no machista y contra-hegemónica en un marco social y
cultural profundamente machista, patriarcal y desigual. Y eso se ve clara-
mente reflejado en las políticas de licencias laborales (que otorgan menos
tiempo de licencia a los varones cuando nace o llega unx hijx), y en las diná-
micas esperadas en los lugares de trabajo (donde nadie se asombra cuando
las madres pedimos permiso para faltar porque nuestrx hijx está con fiebre,
pero sí cuando es el papá quien se encarga de cuidar en esas situaciones).
Por eso, la tarea se torna imposible si la pensamos de manera individual y,
aun, en la dupla de criantes (cuando hay dupla).
Los varones que ejercen violencias son la mayoría, lo digamos con claridad.
Algunos ejercen formas extremas y sumamente obscenas de la violencia,
violando, acosando, matando, golpeando. Otros, ejercen formas cotidianas,
más invisibilizadas y sutiles. En ninguno de los casos esos varones son en-
fermos, tienen una patología, ni nacen así. Lo aprenden en el marco de un
proceso de socialización en los mandatos de masculinidad que se inscribe
en el capitalismo y su necesidad de perpetuación de las desigualdades.
62
Y necesitamos que se equivoquen muchachos, y que se reconozcan desde la
ausencia de saber y certezas. Que prueben articular colectivamente otra for-
ma de ser varones y de paternar, y que se permitan en esa experimentación,
equivocarse. Una equivocación orientada por una ética feminista del cuida-
do que permita aprender del error, ensayar nuevos caminos, nuevas formas
de vinculación con sus parejas y con sus hijes. Una equivocación que no se
convierta en justificatoria de nuevas violencias, sino que amplíe los márge-
nes de la experiencia masculina hacia territorios de equidad y justicia. Un
ensayo-error con otros, en el encuentro con otros varones, en la gestación de
nuevas formas de homosociabilidad masculina. Bard Wigdor (2021)3 afirma
que la construcción de la masculinidad dominante supone la reducción de
las diferencias entre los varones y el aumento de las diferencias con las mu-
jeres, lo cual ratifica una “otredad uniforme” que oculta la diversidad hacia
el interior del propio colectivo de varones. Por eso es importante enfatizar
la naturaleza plural y diversa de la experiencia de paternar, y darse espacios
para el encuentro con otros varones y el compartir de vivencias.
63
y que augura una forma de ejercer la paternidad que redundará en bienestar
para todes, incluidos los propios varones.
Sé que ninguna de esas posiciones la puedo construir sola. Y que los varo-
nes aliados tampoco pueden lograrlo solos. Que necesitamos tejer redes,
construir una urdimbre de resistencias y de propuestas alternativas, para
construir juntes el mundo que queremos para nuestros hijos y, sobre todo,
para nuestras hijas e hijes.
64
¿Y ahora qué hago con todo esto?
Esto implica también reconocer cuáles son las cosas que estamos haciendo
bien, y ésa es una tarea muy difícil, porque frecuentemente nos señalan todo
lo que hacemos mal. Hay como un ritual ponzoñoso en este sentido. Casi
como una revancha generacional, nos suele pasar que nuestras madres,
abuelas, tías (sobre todo mujeres, pero también varones), nos señalan todo
el tiempo lo que estamos haciendo mal en la crianza. Solapada con forma
de supuesta recomendación u orientación (frecuentemente no solicitada)
nos indican que estamos malcriando (criando mal ¿no?), que lo estamos
haciendo mal. Creo que tenemos que ser más humildes y comprensivxs con
quienes están intentando, bienintencionadamente, criar hijxs en este mundo
complejo (tan complejo como lo fue siempre), y acompañar amorosamen-
te esas crianzas. Tengo una amiga octogenaria, la Eloisa, que fue –hasta
el momento– la única representante de la generación anterior que nos dijo
que lo estábamos haciendo bien. Con su calidez característica, un día al
pasar nos dijo: “debe ser que lo están haciendo muy bien, porque sus hijxs
son alegres y están felices”. Me hizo llorar, nunca nadie me había dicho que
lo estaba haciendo bien.
65
También en el plano individual, pero en clara articulación ineludible con lo
colectivo, algunas madres estamos haciendo algo con los mandatos que
nos imponen, por la vía de ser “malas madres”. Somos malas madres cuan-
do no respondemos irreflexivamente a los mandatos hegemónicos de la
maternidad que el patriarcado necesita que ejerzamos. Somos malas ma-
dres cuando nos reconocemos como mujeres deseantes, y no sólo como
madres. Al principio me sentía sumamente culpable cuando me encontraba
siendo mala madre. Hasta que me di cuenta que ello no sólo me hacía más
feliz y plena, me acercaba a mi horizonte de realización personal, sino que
siendo mala madre le estaba mostrando a mis hijxs otro modelo de crianza,
uno en el que todas las partes seamos felices en la tarea en un marco de
relaciones más justas y equitativas.
66
en escenario de rebeldía, de cuestionamiento a lo instituido y de gestación
de horizontes de transformación. En el fondo, creo que la pregunta central
es cuál paternidad / maternidad para cuál horizonte social y político. ¿En
qué medida una nueva paternidad / maternidad permite abonar un cambio
cultural y político? Y allí, emerge el dilema ético que debe orientarnos des-
estabilizadoramente: ¿vamos a seguir ejerciendo esas formas de dominio y
control habiendo sido ya consciente de sus efectos? ¿cómo vamos a hacer
para avanzar colectivamente en el “desarrollo de relaciones más cooperati-
vas, honestas e igualitarias”? (Bonino, 1996, p.8) ¿Es posible construir una
crianza más justa si no interpelan los varones sus propios privilegios? ¿Se
puede avanzar hacia formas más consensuadas, justas y democráticas?
67
15 Semanas
Santiago Merlo
10 y 11 de noviembre 2021
Es una de esas noches en que te pienso en mis brazos, escalando por los
planetas que nos traen las enseñanzas de todas tus vidas maestras antes
de ésta.
Con los escudos por el piso, me entrego a que me vulneren tus babas, el sol
que entra por la ventana, el olorcito a tostadas calientes con manteca casera
hecha de natas.
La cotidianidad que recorro en mi imaginación hace tantos años, por fin está
llegando ante el fracaso de los monstruos bajo la cama, en las calles, las
escuelas, en los medios, en los templos, en las casas.
Gestándote le damos al odio la peor de las estocadas: existir, resistir, na-
cer, renacer y amar, amar tanto que los maquillajes caen y se deforman sus
muecas. Se rompen sus uñas y huesos, la guadaña le hace rodar su propia
cabeza, enviándolo a cuevas profundas al vil rastrero.
Somos el triunfo sobre la lápida que habían planeado sistemáticamente
para nosotres.
En esa placenta que te resguarda y alimenta, están exorcizadas todas nues-
tras pérdidas, los dolores y las soledades que hoy sucumben y se retiran
dándole el podio a su vencedor: ¡Vicente!.
68
Y el sol estalla en risas, en los rosquetes, las tortillas, los tamales y las siestas
de las tierras santiagueñas de tu madre. En los churquis, los arroyos, los dien-
tes de león, la peperina, la cúpula de estrellas fecundando las sierras come-
chingonas de tu padre. Y una hermana que te siente crecer, y te espera para
compartir el juego, la mesa, los viajes; y la trama afectiva que se fue enredan-
do en brebajes y aquelarres, protegiéndola, protegiéndote de todo, todo, todo.
Hay momentos en que deseo que este instante, esta etapa, se detenga para
saborear un poco más la brisa de la primavera y la incertidumbre.
Estás en viaje y yo salgo hasta la tranquera a mirar cada día hacia donde se
pierde el camino
Cuesta arramar la ansiedad y soltar la bienvenida, en un mundo paralelo y
una realidad desconocida.
Análisis, estimulación, estimulación, medicación, aspiración, transferencia,
FIV, 6 de agosto, vetas, ecos, translucencia, medidas, imágenes deformes
que me parecen hermosas, blisters, inyecciones, miles de kilómetros de ruta,
clínicas, trámites, noches de desvelo, más trámites, mañanas de silencio…
consentimiento informado, cientos de formularios, 20 de agosto, datos du-
ros, corazón blando, ronfase, progesterona, alfajores, terminales, estaciones
de servicio, controles policiales y de la presión, ácido fólico, óvulos, hierro,
dexitol, voluntad procreacional.
Pandemia en el mundo y en el nido que no se salva de ella.
Soberanía sobre el cuerpo, hasta sobre lo que nos pone en tensión. ¿Cuándo
comienzan realmente los latidos? Vida…
Incorporé cada palabra como quien aprende un idioma desde cero, con to-
dos los giros de sus dialectos.
Me sorprendo sonriendo en distintos momentos del día… antes, jamás me
pasó.
Creamos un vínculo nuevo, acariciándonos cada mañana con capas y capas
de piel entre nosotros. Otros me verán hablándole raro a una panza, sin em-
bargo, ese tacto contacto es la primera señal del puente invisible que ojalá
dure toda la vida.
Hijo mío, hijo nuestro, hijo de la tierra y de cada conquista, incluso las que
corresponden a las circunstancias de tu llegada.
En tu galaxia donde todo se queda quieto, se mueven los engranajes entra-
ñas de mamá para arrullarte calentito, mientras los grillos ensayan nombres
para vos, como les tíes de todos los colores, procedencias y sabores.
69
Por ahora serás para mí gladiador de juguetes y gatos, pirata de barcos que
llegan siempre a sus puertos. El que hizo un bollo todos mis proyectos, de-
jándolos por fuera de lo importante.
Rompeme, quebrame, déjame sin respuestas, incomodame, exigime, sacu-
dime las telarañas, arrinconame con la espada y la pedagogía invencible de
la ternura, que de la mala ya tuve bastante. Que haya muchas más preguntas
para no dar por hecho nada.
Donde reine el caos, que la madrugada nos encuentre desparramados en la
cama, con tus patitas en mi espalda.
Allí donde los humanos nos portamos como caníbales y depredadores de
bosques y de ríos, que tus mejillas sostengan la justicia y apaguen las má-
quinas y las sirenas de emergencia.
Que la humanidad no muera, por favor, no ahora.
No te olvides que te buscamos tanto, que las cartas escritas antes se per-
dieron en los incendios de tiempos que no eran los oportunos hasta que por
fin entendimos que era acá con nosotres, en este tiempo, en esta era, ésta, la
de redes. Donde tu materialización comenzó con un “me gusta”, un inbox, un
pasaje y un hotel donde hablamos de vos en el segundo encuentro.
Dibujo líneas que podrán ser los primeros pasos, las primeras palabras o los
berrinches de tu trompa, que ya son parte de mi realidad, esperándote bien
despierto.
Por último, si en estas líneas hay consejos, descartalos, no me des bola, ni
ahora, ni jamás.
Gestación.
15 semanas.
Cuenta regresiva.
Te espero a fines de abril del 22.
Te amo,
Papá
70
Esta publicación cuenta con apoyo
financiero de la Secretaría de Ciencia y
Técnica de la Universidad Nacional de
Córdoba ([Link]-UNC N° 74/2021:
RESOL-2021-74-E-UNC-SECYT#ACTIP).