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Paternidades desde una mirada feminista

Este documento presenta cuatro intervenciones realizadas en el marco de un conversatorio sobre "Paternidades libres" organizado en agosto de 2020. Las intervenciones abordan temas como la necesidad de repensar colectivamente la paternidad desde una perspectiva no machista y feminista, los privilegios asociados a la paternidad hegemónica y las reivindicaciones de las paternidades trans.

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Paternidades desde una mirada feminista

Este documento presenta cuatro intervenciones realizadas en el marco de un conversatorio sobre "Paternidades libres" organizado en agosto de 2020. Las intervenciones abordan temas como la necesidad de repensar colectivamente la paternidad desde una perspectiva no machista y feminista, los privilegios asociados a la paternidad hegemónica y las reivindicaciones de las paternidades trans.

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Paternidades

interpeladas
Preguntas y recorridos de la función paterna
bajo una mirada disidente y feminista

Autorías
Martín Azcurra | Ariel Dorfman | Débora Imhoff | Santiago Merlo
Paternidades
interpeladas
Preguntas y recorridos de la función paterna
bajo una mirada disidente y feminista

Coordinación
Débora Imhoff y Martín Azcurra
Paternidades interpeladas
Preguntas y recorridos de la función paterna bajo una mirada disidente y
feminista
Por Martín Azcurra, Ariel Dorfman, Débora Imhoff y Santiago Merlo

Paternidades interpeladas / Débora Imhoff... [et al.].- 1a ed.-


Ciudad Autónoma de
Buenos Aires : Editorial Chirimbote, 2021.
Libro digital, PDF

Archivo Digital: descarga y online


ISBN 978-987-8432-20-5

1. Paternidad. I. Imhoff, Débora.


CDD 305.32

Diseño: Martín Azcurra


Las imágenes contenidas en este libro fueron publicadas a modo de cita con fines
educativos.

Este trabajo está autorizado bajo licencia


internacional de Creative Commons:
Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0
Más información
Adhieren:
Autoridades

Facultad de Psicología - UNC

Decana
Mgtr. Patricia Altamirano

Vicedecano
Dr. Raúl Gómez

Universidad Nacional de Córdoba

Rector
Dr. Hugo Oscar Juri

Vicerrector
Dr. Ramón Pedro Yanzi Ferreira
Índice

Prólogo - Multiplicar miradas complejas 7


sobre la paternidad

Parte I - Paternidades Libres 10


Intervenciones en el marco del Conversatorio
“PATERNIDADES LIBRES (amorosas, diversas,
no-machistas, contra-hegemónicas)”. Agosto
de 2020.

Paternar(nos). Ariel Dorfman 11

Paternidad y privilegios. Martín Azcurra 18

Paternidades trans: desde dónde venimos 23


y hacia dónde vamos. Reivindicaciones y
Horizontes. Santiago Merlo

Parte II - Incomodidades 31
Paternidades interpeladas por la mirada
feminista

En el nombre del padre. Martín Azcurra 32

Paternidad(es) y feminismos. Una invitación a 49


pensar(nos) colectivamente. Débora Imhoff

15 semanas. Santiago Merlo 68


Multiplicar miradas complejas
sobre la paternidad

En diciembre de 2018 se creó en la Facultad de Psicología la Prosecretaría


de Género, Diversidad y Feminismos, el primer espacio de estas característi-
cas y con rango institucional en el conjunto de facultades de la Universidad
Nacional de Córdoba. Desde dicho espacio buscamos generar diversas acti-
vidades que permitan transversalizar la perspectiva de género en las distin-
tas instancias formativas y carreras de la Facultad, y también en las rutinas
y dispositivos institucionales. Una tarea sin dudas desafiante, a la cual se
sumó el interés por prevenir e intervenir sobre situaciones de violencia de
género en nuestra comunidad educativa. Además, y desde la convicción del
importante rol que la universidad pública posee en la sociedad, procedimos
a generar actividades que promuevan un encuentro de saberes académicos
y extra-universitarios, orientadas a colaborar en el debate público de distin-
tas temáticas y problemáticas desde una mirada feminista.

En esta última línea de acción se inscribe el material que hoy te presenta-


mos, y que busca convidar reflexiones respecto de la construcción de pater-
nidades, y su articulación con las diversas formas de vivir la masculinidad.
Estos escritos presentan discusiones centrales en torno a la experiencia de
paternar desde una mirada (trans)feminista, recuperando para ello aportes
del campo de la Psicología, los estudios de género, así como la experiencia
de activistas de diversas organizaciones sociales. Reconocemos, así, que
el saber no se construye ni reside en un único lugar social, y por eso la pu-
blicación busca tender puentes entre el conocimiento generado en el seno
de la universidad pública en torno a este tema con aquéllos provenientes de
organizaciones sociales. Por ello, se busca acercar a la ciudadanía un pro-
ducto que cristaliza la responsabilidad social de la universidad pública con
temáticas de amplia relevancia, y a partir de la generación de conocimientos

7
en un decidido diálogo academia/sociedad, que valoriza la función social
de la UNC y el necesario trabajo mancomunado con organizaciones de la
sociedad civil.

La paternidad es un hecho social, y en tanto tal se encuentra atravesada


por múltiples dimensiones que dan forma a la época en la cual se inscribe.
Sabemos que no es un hecho biológico ni natural, aunque ello constituya
uno de los atravesamientos imposibles de ignorar al momento de pensar el
fenómeno. Es, por tanto, a la vez del orden de lo universal y de lo particular, y
en ese interjuego se construyen las experiencias singulares de las personas
que atraviesan la paternidad.

Este material pretende echar luz sobre este fenómeno, efectuando una revi-
sión crítica de las características que adquiere la paternidad dominante en
nuestro tiempo histórico, su articulación con la masculinidad hegemónica y
la innegable realidad de la emergencia de nuevas configuraciones identita-
rias en torno a la experiencia de paternar. Respecto de este último aspecto,
recuperamos de forma central el debate en torno a paternidades “libres”,
contra-hegemónicas, gestadas al margen –o en clara interpelación– de los
mandatos dominantes.

Se trata de un fenómeno de relativa menor pregnancia en el campo de in-


dagaciones científicas y reflexiones disciplinares, en tanto fue siempre la
maternidad la experiencia social más abordada y estudiada en el campo de
las ciencias sociales y humanas. En función de ello, la publicación recupera
algunos debates del campo académico pero en franco diálogo con las ex-
periencias subjetivas de quienes escriben, y con las problematizaciones que
sobre las paternidades se efectúan desde el campo de los activismos y de
los (trans)feminismos. Así, pasan a primer plano las experiencias biográfi-
cas, políticas y académicas de lxs autorxs.

Vale destacar que el primer momento de construcción de estas reflexiones


que hoy compartimos aquí sucedió en agosto de 2020, cuando desde la
Prosecretaría organizamos un conversatorio titulado “PATERNIDADES LI-
BRES (amorosas, diversas, no-machistas, contra-hegemónicas)”. Participa-
ron como invitadxs a dicha conversación las tres personas que hoy prestan
sus voces para compartir reflexiones en este material: Ariel Dorfman; Martín
Azcurra y Santiago Merlo. En aquella actividad, se inscribieron 459 personas

8
tanto de la comunidad universitaria como extra-universitaria, de las cuales
213 participaron de forma sincrónica del conversatorio. El encuentro quedó
grabado (disponible en youtube) y fue visionado hasta el momento por más
de 1300 personas. Esto denota el interés por el abordaje de esta temática,
y la necesidad de generar instancias que permitan problematizar aspectos
nodales de la construcción hegemónica sobre las formas del paternar.

Como en otras ocasiones, la publicación de este material ha contado con


el invaluable acompañamiento de la Oficina de Conocimiento Abierto de la
UNC, a través de la responsable del área, Alejandra Nardi, y de Mario Pizzi.
También contó con el apoyo económico de la Secretaría de Ciencia y Técni-
ca de la UNC. Y quisiera subrayar que fue posible gracias a la participación
comprometida, solidaria, creativa y crítica de Santiago, Ariel y Martín, quie-
nes se sumaron a la aventura de reflexionar de forma conjunta sobre ese
desafío subjetivo y social tan relevante que es acompañar a nuestrxs hijxs
en su crecimiento.

Desde la Prosecretaría de Género, Diversidad y Feminismos de la Facultad


de Psicología de la UNC estamos convencidas de que es posible construir
un orden de relaciones humanas libre de machismo y de los mandatos de
masculinidad que tanto ponen a sufrir a niñas, mujeres, disidencias y –tam-
bién– a los propios varones. Necesitamos avanzar colectivamente hacia un
horizonte de equidad de género que permita establecer relaciones justas,
solidarias y amorosas entre las personas, sobre todo, entre padres e hijxs.
Creemos firmemente que materiales como éste otorgan insumos para avan-
zar en esa línea.

Les deseo una buena lectura, y espero que el material genere más preguntas
que respuestas…

Dra. Débora Imhoff


Prosecretaria de Género, Diversidad y Feminismos
Facultad de Psicología
UNC

9
Parte I
Paternidades Libres
Intervenciones en el marco del Conversatorio “PATERNIDADES
LIBRES (amorosas, diversas, no-machistas, contra-hegemónicas)”

Agosto de 2020
Paternar(nos) 1

Ariel Dorfman2

Quiero comenzar este texto, agradeciendo la invitación al diálogo y al en-


cuentro. La verdad es que no abundan estos espacios donde poder repen-
sarnos, socializar prácticas y compartir también miedos, angustias y dificul-
tades. De hecho, una parte importante de la forma en la cual nos socializa-
mos los varones, tiene que ver justamente con no conversar entre nosotros
sobre las cosas que nos pasan, lo que sentimos, los desafíos a los cuales
nos enfrentamos en nuestro fuero más íntimo. Así que un espacio como
éste, cuidado, y que nos permite el encuentro y la conversación, es una ex-
periencia sumamente valiosa.

Cuando pienso en mi forma de paternar, en el tipo de paternidad que esta-


mos intentando comenzar a construir algunos varones, lo primero que se
me viene a la cabeza es que no hay un plan, no hay un camino anterior al
nuestro, no hay un sendero previo al que estamos ensayando, y la verdad es
que es un camino riesgoso. Ésa es una primera toma de conciencia funda-
mental, darnos cuenta de que estamos ensayando una forma de criar que es
radicalmente distinta a la manera en la cual fuimos criados. Es decir, no hay
ningún modelo posible a seguir, porque muchos de nosotros, los de mi ge-
neración, fuimos educados desde la lógica del machismo, de la potencia, de
la valentía. En ese marco cultural, en esa manera en la cual fuimos criados,
había incluso expectativas bien específicas sobre los roles que conciernen
a los papás, y eso marcó qué era lo que se esperaba de nosotros. Y ante esa
expectativa, había veces en las que uno llenaba esos casilleros, cumplía con
lo esperado, y había otras veces en que uno no los llenaba. Incluso, había
ocasiones en que no los queríamos llenar.

1. Texto escrito el 21 de agosto de 2020.


2. Presidente de la Fundación Encontrarse en la Diversidad. Co autor del libro “Cómo criar
hijxs no machistas”. Militante de la diversidad humana. Padre de 4 hijxs. Contacto: ariel.
dorfman@[Link]

11
Cuando más o menos tomé conciencia de esto en lo personal, me pasó algo
muy fuerte: caí en la cuenta de que “bueno, seguro me voy a mandar una
cagada”. Cuando comprendí que seguramente me iba a equivocar como
criante, y que eso me iba a pasar cualquiera sea la manera en la cual yo
decidiera educar, entonces me entregué a la experiencia de probar hacerlo
de una manera nueva. Si igualmente me voy a equivocar, decidí hacerlo co-
metiendo errores distintos a los que venían repitiéndose históricamente, y
ver si de esa forma podía abonar y aportar mi granito de arena para construir
una sociedad más justa. Sí, ya sé, parece que estoy volando re alto, pero
lo cierto es que las sociedades se construyen en un montón de lugares, le
damos forma a la sociedad desde las pequeñas y las grandes acciones que
elegimos desarrollar en nuestra vida cotidiana. Ello implica reconocer que
se educa en la cancha, en el cine, en la familia, en la escuela; se aprende y se
enseña en esos lugares. Entonces, en ese espacio tan primario como es el
de la familia, nos encontramos con una primera posibilidad de que las cosas
puedan ser de otra manera. Para mí, eso significó entender que llorar es una
emoción humana, que ser valiente es posibilidad para todas las personas y
no una exclusividad de los varones, y que un mundo más justo es ése en el
que cada quien pueda ser lo que es, y no otra cosa. Me parece que eso está
buenísimo y es un desafío ante todo para uno mismo.

Tengo cuatro hijos, que tienen edades bien distintas. Tengo un hijo de 23,
una hija de 19, un hijo de 11 y una hija de 6. Tengo el desafío de que cada uno
de mis hijos e hijas transita terrenos y niveles educativos bien distintos. Me
miro como criante, y reconozco que he cambiado, y que la crianza implicaba
un desafío muy distinto como padre hace 20 años respecto a los desafíos
que me supone en la actualidad. Claramente no soy la misma persona que
hace 20 años –creo que nadie es la misma persona que el día anterior–,
y entiendo que hay un cambio muy palpable en la sociedad y que eso me
trasciende. Es un cambio de paradigma enorme, donde estas cosas que es-
tamos conversando ahora ya no son excepciones, sino que empezamos a
encontrar –no sé todavía si de forma mayoritaria– otras formas de adminis-
trar las responsabilidades en las familias. ¿A qué me refiero? A que todavía
siguen siendo muchas más las mujeres que van a buscar a los chicos a la
salida de la escuela o que se encargan de participar de las reuniones y ayu-
dar con las tareas, pero que ya comenzamos a ser cada vez más los varones
que también nos involucramos en esas actividades.

12
En las formas tradicionales de crianza aparecen algunas ideas que es impor-
tante que podamos revisar colectivamente. Históricamente, nos han ense-
ñado que tenemos que pensar en lógicas de supervivencia, de adaptabilidad
y en responsabilidades individuales. Las lógicas individualistas vinculadas a
ver cómo me salvo yo, y cómo salvo a los míos. Me parece que estos tiem-
pos, que los entiendo como tiempos feministas, nos interpelan a pensarnos
de manera mucho más colectiva. Por eso me parece interesante que en este
material que estás leyendo ahora, te encuentres con varias voces, que no
haya una sola idea para repensarnos en nuestros roles, que tengamos herra-
mientas para pensar desde la complejidad y la pluralidad.

Me gusta pensar cómo trasladamos esa complejidad y pluralidad a la re-


lación con nuestros hijos, hijas, hijes. Cómo hacemos para estimularles a
que puedan probar y equivocarse, a que todo el abanico de opciones pueda
estar presente para ellos. Cómo hacemos para transmitirles que claramente
esas elecciones en libertad muchas veces pueden tener un costo, dado que
todavía vivimos en una sociedad donde la identidad se construye a partir
de un otro que es presentado como un antagonista, como un enemigo (por
supuesto que hay muchísimas experiencias que se alejan de estas formas,
muchos contra-ejemplos).

Me parece que el gran desafío que tenemos es poder transmitirles a nues-


tros hijos e hijas que estas identidades libres no tienen que sólo resumir-
se –ni más ni menos, ¿no?– a las cuestiones de género, sino que tenemos
que pensar en la amplitud de la diversidad de la condición humana. Cuando
digo eso, es entendernos en distintas perspectivas culturales, en distintos
saberes, entender que no hay idiomas que valen más que otros, que no hay
afectos que valen más que otros. Poder encontrar en esa mirada una opor-
tunidad para revisar nuestra propia historia, en virtud de los racismos, dis-
criminaciones, acosos escolares, sociales y culturales que hemos sufrido
y ver qué hacemos con eso. Hacernos cargo no es hacer como que eso no
pasó, sino mirarlo reflexivamente y repensar en qué lugar estuvimos en esas
situaciones. Y también comprender que claramente no arrancamos todos,
todas y todes del mismo punto de partida.

Pensar la paternidad desde estas otras miradas, también nos da la posibi-


lidad a nosotros los varones de un poco más de descanso respecto de las
presiones a las que nos someten algunos modelos hegemónicos, de poder

13
recostarnos un poco en nuestros compañeros, en nuestras compañeras, en
nuestras parejas. De poder construir en conjunto, de abonar una correspon-
sabilidad. Incluso cuando estamos criando solos (que también es una po-
sibilidad), pensar cómo gestionar las responsabilidades desde otro lugar. A
mí también me tocó en algún tiempo de mi vida criar solo (por momentos de
la semana ¿no?), y ahí uno se da cuenta de que la crianza real implica todas
las responsabilidades. Lo mismo que cuando uno vive solo.

Por distintas razones pedagógicas, me tocó muchas veces trabajar con per-
sonas del ámbito educativo, y recuerdo siempre la fantasía y los temores
que algunas personas sentían cuando algún niño agarraba una escoba, o se
ponía a jugar con algún elemento considerado “femenino”. Recuerdo que en
estas instancias pedagógicas, la demanda que se articulaba con relación
a esas situaciones era: “bueno, qué hacemos con esta situación”. Aparecía
ahí la noción de un problema, de algo grave a tener que resolver, y un “te-
mor” de que esas prácticas “conduzcan” a la homosexualidad. Me recuerdo
planteando en esos momentos que ninguna opción sexo-afectiva sería un
problema, un problema sería no acompañar ni respetar esas opciones. Pero
además, me acuerdo de que yo ponía el énfasis en el hecho de que ese niño
está pensando en una solución, va a vivir solo en algún momento, se va a ir
de la casa familiar, y va a tener que limpiar su casa, y ya está practicando.
Él ya está empezando a tener herramientas para la independencia. Y jus-
tamente, el rol de un/a criante es ése, convertirse en un medio para poder
crear hijos e hijas independientes, que se puedan valer por sí mismos/as
en la vida, que puedan tener la mayor cantidad de herramientas para poder
vivir, para buscar un sentido a sus existencias, para poder convivir con otros,
para poder vivir plenamente con ellos, ellas, y elles. De eso se trata un poco
la crianza, de poder dar herramientas para vivir en una vida tan compleja y
difícil como la que nos toca.

Claramente, me pasaron un montón de cosas en mi historia para poder to-


mar estas decisiones, e intentar construir mi paternidad desde esta mirada.
Yo he sufrido el machismo a lo largo de mi vida de muchas maneras y en
muchas instancias. Sin dudas, una de ellas se vincula con el hecho de haber-
me alejado de algunos mandatos de masculinidad. Prefería resolver las ten-
siones en mi infancia de otra manera, y no a través de la violencia, y cuando
las resolvía lo hacía muy mal, entonces eso no ayudaba para nada. Así que

14
ahí me encontraba entrampado en situaciones que terminaban reforzando
el estereotipo de que el varón violento es el varón exitoso.

Así vamos por la vida, tratando de ver qué hacer con los modelos de mascu-
linidad que tenemos disponibles. En mi caso, un primer modelo vino de mi
papá. Mi viejo no era un tipo de lo más tradicional como padre. Se alejaba
del modelo tradicional de padre proveedor, y era muy criticado en ese senti-
do, incluso en mi propia casa. Yo recuerdo perfectamente lo frustrado que
se sentía él cuando no llegaba con la guita que hacía falta en mi casa. Y yo
creo que de ahí sin dudas tomé un modelo. Uno muchas veces piensa que
los modelos sólo salen de las buenas prácticas, y me parece que también
salen a veces del dolor, de la frustración, de la angustia. Yo lo veía muy triste
a mi viejo cuando no llegaba a esas expectativas económicas, que no eran
muy grandes. Vengo de una clase muy trabajadora, muy humilde, nadie fue
propietario por ejemplo en mi familia, hace poco tiempo que yo tuve la suer-
te de ser el primer propietario con un crédito que todavía estoy pagando. Hay
algo de la expectativa sobre los varones que se vincula a la clase social, al
atravesamiento de clase en estos temas, que no es menor: aparece con fuer-
za la demanda –sobre todo en los sectores populares– de que los varones
sean los proveedores. Entonces eso te da un sentido en el mundo, y cuando
ese sentido falla, vos estás totalmente deslucido como ser. Eso te entriste-
ce, te oscurece, como le pasaba a mi viejo. Pero por otro lado, mi viejo era un
tipo muy sensible, y cuando me veía contento yo veía que se le ponían lágri-
mas en sus ojos y me decía que estaba muy feliz de verme contento, y eso lo
hacía llorar, y yo dije “eso está buenísimo”. En ese sentido, me abracé a esos
dos planos, a esos dos modelos que me brindaba mi padre. Después, tuve la
suerte de tener amigos mucho más grandes que yo, que me han mostrado
un montón de modelos alternativos, y muchísimas mujeres que también me
han ayudado a ver otros modelos.

Y ahí voy… a veces la cosa funciona, a veces no. A veces logramos, en la


crianza compartida, ponernos de acuerdo cada tanto. Entonces, con ese
cada tanto que nos ponemos de acuerdo en cómo dividimos las cosas, la
economía, las responsabilidades, bueno, uno encuentra ciertos lugares y
prácticas de crianza que lo contienen. Yo quiero que mis hijos, mis hijas, y
todas las personas, puedan estar cómodas en ese sentido.

15
Hay un monologuista muy conocido que se llama Fernando Sanjiao, que tie-
ne un monólogo que se titula “Hombre”, y ahí él dice algo que a mí me resulta
muy interesante. Él dice: “estoy harto de ser hombre, ahora quiero ser feliz”.
Yo también quiero ser feliz, y por eso me pregunto sobre la forma en la cual
soy padre, y sobre qué hago con las responsabilidades y las expectativas
que se depositan sobre mi figura. Y cuando me pregunto, me voy encontran-
do con otros modelos, veo a mis pares y voy descubriendo otras formas.
Empezás a ver entre la gente que tenés alrededor personas que se atreven,
gente que se resiste, gente que no sigue la huella. También quiero decir que
a veces tiene sus costos esto de resistirse a ciertas lógicas de la masculi-
nidad hegemónica. Por ejemplo, no abonar las dinámicas machistas de los
chats de los papás tiene costos. Decir que un chat escolar no puede ser un
canal de porno tiene un costo. Insisto: tiene un costo, te terminás quedando
afuera. Y ahí te agarra la duda, porque también sentís que querés estar ahí
porque es importante para tus hijos… Pero bueno, como todas las cosas,
es un delicadísimo equilibrio. Afortunadamente, cada vez te encontrás más
pares que te empiezan a decir “yo también estoy de acuerdo en lo que vos
decís”. Pero todavía en voz baja. Todavía los varones tenemos una lógica de
cofradía, donde tenemos que mostrarnos duros y machos.

No quiero cerrar estas reflexiones sin subrayar que los varones tenemos que
repensar las formas en las cuales vamos a resolver nuestros conflictos entre
pares. En general, (y lo voy a decir así aunque suene disruptivo), los varones
todavía en muchos casos queremos ver quién la tiene más larga. Todavía
queremos resolver así las cosas. Y más larga puede ser intelectualmente,
más larga puede ser a las piñas, puede ser mostrando un pergamino … Me
parece que eso no es lo importante, qué importa lo que cada uno tenga, que
cada uno lo administre de la manera en la cual lo haga feliz, en todos los
sentidos simbólicos. Necesitamos vivir plenamente, y entender que los pro-
blemas se pueden resolver de otra manera, sin violencia, sin competencia, y
que podemos convivir de una manera mucho más dulce, y mucho más sana.

Es preciso entender que en el espacio del sinsentido que termina siendo la


vida (en el fondo, no sé si estamos seguros si sabemos por qué estamos
acá), en semejante angustia, encontrar un abrazo y un beso, me parece que
es muchísimo mejor que una piña o un tiro. Me parece que es por ahí, va-
mos por acá, y no tengamos miedo… No tengamos miedo de abrazarnos, de

16
ser sensibles. Si nuestras hijas son valientes y se quieren parar de manos,
las apoyemos, porque está buenísimo pararse de manos simbólicamente.
Pero nos hagamos cargo de lo que implica que nuestras hijas encuentren
su autoestima, su autonomía y su emancipación en un mundo tan violento
y machista como el que hemos construido. La violencia es machista, y los
varones tenemos que poder revisarnos para avanzar hacia masculinidades
que abandonen la violencia como norma. Es tarea de todos.

17
Paternidad y privilegios
Martín Azcurra1

Para empezar tengo que pararme en un lugar, en mi lugar. Quiero hablar de


las paternidades de un varón hetero-CIS, porque hay otras paternidades. Y
porque me parece importante poder ponernos en un lugar para poder hablar.

La deconstrucción que estamos empezando a intentar probar los varones


hetero-CIS que somos padres tiene que ver con una especie de rebote de un
montón de otras cuestiones que nos estuvieron pasando en las últimas dé-
cadas, por lo menos 30 años, que tiene que ver en primer lugar con un cam-
bio de paradigma con respecto a la niñez. Nosotros habíamos aprendido
otro tipo de relación con la niñez, casi de no-relación. Pero este cambio nos
hizo re-aprender a los golpes también; porque no nos olvidemos de que el
padre hetero-CIS es el poder absoluto: sobre esa figura se levanta el régimen
heteropatriarcal, con todo el adultocentrismo concentrado que eso conlleva.
Y para deconstruirnos tenemos que sacarnos varias capas de encima. Una
de las primeras fue pensarnos como otro tipo de adultos, distintos.

Y el otro paradigma que nos interpeló fue el feminismo, o los feminismos,


que nos cuestionaron, nos pusieron contra la pared, y nos hicieron repensar-
nos (más allá de las particularidades y de que algunas masculinidades se
empezaron a cuestionar desde antes). Ni hablar de todos los movimientos
de los colectivos LGBT que también empezaron a poner en cuestión la he-
teronorma. Nosotros recibimos todo eso, y entonces tímidamente ahora
estamos diciendo que nos queremos deconstruir… porque obviamente nos
hace mal. 

Por otra parte, generamos y reproducimos las peores violencias (muy visi-
bles o casi imperceptibles a los ojos del sentido común que producimos a

1. Integrante del grupo Varones Recalculando y de la Red de Espacios de Masculinidades de


Argentina (REMA). Papá de Ramiro. También es parte de la cooperativa editorial Chirimbote.

18
nuestro favor), en el sentido de que hacemos uso de nuestros privilegios por
todas esas características. El cambio de paradigmas que se produjo en las
últimas décadas hizo visible TODAS las violencias. Ya no podemos hacernos
los sorprendidos.

El privilegio de no ocuparnos de la crianza genera una violencia hacia la mu-


jer, porque le quita libertades, la humilla, la hace depender económicamente
y la somete a un control absoluto del padre, la familia y la sociedad toda.
Y la última víctima de esas violencias… son nuestros hijes (las niñas más
que los niños, pero también), que ni siquiera pueden opinar sobre su propia
educación.

Otro factor que creo que nos ha influido bastante es el cambio en el rol del
Estado durante la historia. A mediados del siglo pasado, el Estado se fue
haciendo cada vez más fuerte, lo que le sacó al varón cierta responsabili-
dad en la protección del resto de la familia, y eso nos quitó masculinidad,
que estaba basada sobre los pilares de ese mandato. El Estado moderno ya
tiene un montón de beneficios sociales, como asistencia social a la niñez y
un montón de cosas que, cuando nació el patriarcado, no existía. Todo eso
ha hecho que cambiara completamente el paradigma de la paternidad. Es
decir que son muchas las cosas que hay que tener en cuenta en las últi-
mas décadas, que nos hicieron repensarnos… Nosotros somos cabeza dura,
como buen varón, tardamos como 50 años en empezar a repensarnos. Por-
que quienes pudimos autocuestionarnos, muy posiblemente, hemos tenido
cerca mujeres que nos han enseñado otra forma de ser y tal vez algunos
padres un poco menos duros. Las infancias también nos fueron enseñando.
Pero no podemos olvidar todos estos factores históricos, que nos hicieron ir
cambiando la perspectiva. 

Pero el padre se constituye como tal en la relación con su hije, por eso es
tan importante tener en cuenta el régimen adultocéntrico en la construcción
de masculinidad. En mi caso particular, mi hijo me dio una de las lecciones
más grandes de mi vida: todo el tiempo, desde chiquito, me decía que no
hay que mentir, y yo trataba de explicarle que “bueno, hay mentiras que son
necesarias”, o sea la explicación adulta siempre… complejizando y justifi-
cando todo… En cambio, él venía con mucha seguridad sobre la necesidad
de sostener la verdad, porque pensemos que a las infancias les mentimos
u ocultamos cosas todo el tiempo. Y eso les quita poder, responsabilidad,

19
compromiso, capacidad de elegir y entender, etc. Entonces, eso me hizo ver
un montón de cosas que tienen que ver con la relación con nuestros hijes,
sobre todo desde lo emocional. Porque nosotros no somos del todo since-
ros con elles, no les mostramos nuestro interior. No les contamos lo que
nos pasa por dentro, los miedos que tenemos, para transmitirles esta de-
construcción que estamos intentando hacer. No estamos seguros de cómo
hacerlo. Experimentamos y probamos todo el tiempo, pero a elles no les
decimos “mirá que estoy experimentando, mirá que estoy probando, tengo
miedo, no sé si es correcto lo que estoy haciendo”, sino que seguimos me-
tidos en el rol del adulto omnipotente. Porque en ese ocultamiento hay un
resguardo del poder y la autoridad. Entonces, hasta que no seamos hones-
tos con nosotros mismos y con elles, no vamos a poder destrabar la primer
traba grande que tenemos, que es transmitirles a nuestres hijes que somos
también vulnerables, y que podemos hacer un camino juntos. No necesa-
riamente tiene que ser nuestro solo el camino, tiene que ser en conjunto,
con las infancias, con nuestros hijes y los amigues de nuestros hijes. Tiene
que ser un camino de salirnos del rol autoritario, que por más progres que
seamos lo transmitimos de alguna manera, y animarnos al compañerismo
con elles, por supuesto sin romantizar la infancia y tratando de cumplir el rol
de guía y responsabilidad. Porque ¿qué es ser adulto? es hacerse cargo, ser
responsable. ¿Y qué tipo de adultez estamos mostrando si no nos hacemos
cargo de nuestros privilegios? Nadie tiene la fórmula de cómo se hace, pero
sí sabemos que no podemos hacerlo sin antes hacernos cargo de nuestros
miedos y dudas. Me parece que por ahí pasa una de las mayores lecciones
de adultez que podemos darles también.

¿Por qué no queremos mostrar que no somos la última autoridad, la últi-


ma palabra? porque perdemos el lugar de privilegio que tenemos. Nosotros
queremos tener siempre la última palabra. Sin embargo, hay algo que está
por encima de nosotros, que tiene que ver con los derechos de elles, y sus
deseos. Eso está por encima. Incluso el Estado está por encima de uno mis-
mo como padre. Eso tienen que saberlo les hijes. Tienen que saber que tu
palabra no es la última, que hay otras palabras mucho más arriba tuyo, a las
cuales elles pueden recurrir si no se sienten bien tratados, o si se sienten
vulnerados por tu autoridad. Que puede pasar, y pasa constantemente.

20
No se trata solo de deconstruirnos para ser felices (que también), sino sobre
todo, lo más urgente, es para terminar con esa violencia que implica la pa-
ternidad patriarcal machista y adultocéntrica. Es una violencia enorme que
sufren cotidianamente nuestras compañeras y nuestros hijes. Entonces, el
primer gesto de adultez nuestro sería hacernos cargo de esos privilegios y
poder ayudarles a que se empoderen, que aprendan un camino progresivo
de autonomía, y sobre todo frente a sus padres. Porque ¿cómo pueden salir
el día de mañana de ciertas violencias, si no les enseñamos a cuestionar
nuestro propio poder como padres? Esa violencia a la que se le decía “do-
méstica”, pero que tiene que ver con la construcción patriarcal del núcleo
familiar como un reducto privado (lejos de la vista pública que puede llegar a
ver una violencia y actuar en consecuencia) e impune (sin derechos). Enton-
ces, para poder deconstruirnos como padres tenemos que sacarle ese gra-
do de impunidad al núcleo familiar, y poder acercarle información y formas
de protegerse de nosotros mismos.

Pero además, este llamado al abandono del adultocentrismo tiene que ver
con saber reconocer y apreciar todo lo que tienen para darnos las infancias
y las adolescencias. Porque si alguien nos está enseñando a cambiar los
paradigmas son ellas. Su pedagogía es la incomodidad y el cuestionamiento
de la autoridad en forma constante: nos sacan a relucir nuestro doble dis-
curso todo el tiempo. Por ejemplo, si uno no les permite hacer algo a ellos,
pero sí lo hacemos nosotros, te lo van a decir. Y es la cosa más ridícula e
injusta del planeta. Esos llamados como “¡vení a cenar YA porque se enfría
la comida!”, pero nosotros nos demoramos mil horas en hacer algo que ellos
nos piden. Entonces, ahí el doble discurso ellos te lo desarman, y generan
una incomodidad constante, permanente. No es fácil criar hijes en este mo-
mento, en donde son más conscientes de sus derechos y tienen sus deseos
más a flor de piel. Es más incómodo para nosotros…

¿Y por qué es tan incómodo? Eso es lo que tenemos que preguntarnos. ¿Por
qué nos resulta incómoda la crianza en este momento? No quiero decir que
todo sean flores, siempre va a ser difícil, porque estamos buscando formas
de crianza que ni siquiera sabemos cómo van a ser. Estamos ensayándolas.

De lo que se trata es de ir desterrando las violencias más invisibles, y sobre


todo la reproducción del patriarcado como régimen, que parece ser el rol
más importante del padre hegemónico. Muchas veces, por más que seamos

21
“padres progresistas”, terminamos determinando roles diferenciados en hi-
jos varones e hijas mujeres. Hacemos comentarios homofóbicos y misógi-
nos encubiertos para “enderezar” la masculinidad y definir roles de poder,
por ejemplo ayudarle al varón a que sea más determinado y egocéntrico, y a
la mujer más culposa y servicial, tanto en juegos como en tareas de la casa,
sin darnos cuenta (porque no es que lo hagamos con mala intención, pero
nos sale de adentro porque fuimos criados así).

Si no desterramos esos pequeños estereotipos que uno impone inconscien-


temente, van a seguir reproduciendo en su adultez lo mismo que les damos.
Entonces es muy complejo como tenemos que ir viendo hacia adentro de
cada uno esas cosas sutiles (y no tanto) que nos salen. Y por eso es impor-
tante hacer terapia también, a medida que nos vamos intentando decons-
truir de verdad, porque tiene que dejar de hablar el inconsciente en nuestro
ser y ser más responsables con nuestras decisiones, hacernos cargo de lo
que vemos y lo que no vemos.

22
Paternidades trans
Desde dónde venimos y hacia dónde vamos.
Reivindicaciones y Horizontes.
Santiago Merlo1

Pensar, revisar, revisitar, deconstruir las paternidades supone, en primer lu-


gar, preguntarnos por la paternidad como función, y comprender su articu-
lación fundamental a la noción de género. Si bien nacemos con caracterís-
ticas sexuales leídas como “típicas” o “acordes” a lo femenino o masculino,
es la cultura la que nos define o de donde tomamos y vivimos nuestro estar
en el mundo, nuestra identidad. Así, género es justamente esa adjudicación
de roles y funciones con relación al sexo que se nos asignó al nacer. Por ello,
decimos que tanto la masculinidad como la paternidad son constructos cul-
turales. En consonancia, también la identidad es una construcción cultural.

La Paternidad como identidad

Soy un varón trans, papá trans y si bien puedo contarles aquí mis muchos
recorridos, espacios de laburo y activismos, lo que quiero enfatizar es que
hay un solo título que no busqué: ser papá de Lola. Creo que es el título más
hermoso que en este momento tengo colgado en el corazón.

En Argentina, la Ley de Identidad de Género dio a las existencias trans un


marco normativo que garantiza nuestro derecho a ser, a vivir, a habitar. Sin
embargo, cuando surgió la Ley no hablábamos tanto de constituir nuestras
familias, nuestras posibilidades. Entonces aparecen muchas preguntas res-
pecto de cómo construir y dar un marco de existencia posible a las paterni-
dades trans. Cómo habilitar y garantizar un horizonte de deseos, posibilida-
des, realidades y experiencias para estas paternidades.

1. Activista trans. Papá de Lola y de Pocotín (que está en camino). Licenciado en Comunica-
ción Social. Docente. Educador Sanitario. Integrante de la Red de Paternidades Trans Argenti-
na y La Casita Trans Córdoba. Contacto: Instagram @santimerlot. Facebook: Santiago Merlo.

23
Cuando hablamos de masculinidades y paternidades trans, se abre una
agenda apenas vislumbrada, y una realidad aún muy acotada en relación al
inventario de prácticas en la salud que se brinda hacia nosotrxs. De integral
no tenemos nada, sobre todo en salud sexual, y derechos reproductivos y no
reproductivos de las masculinidades trans.

Debemos mencionar cosas tan básicas como la necesidad que tenemos


de una atención ginecológica, obstétrica y de otras especialidades que sea
adecuada y respetuosa de la identidad de género y de nuestros cuerpos po-
líticos. Aun hoy, es muy difícil encontrar consultorios o profesionales capa-
citadxs y actualizadxs, que lleven adelante tratamientos hormonales y las
posibilidades de cirugías previstas por la ley. Imaginen entonces qué difícil
y qué complejo es hablar de varones gestantes, de varones trans que cons-
truyen su paternidad a través de un sinfín de posibilidades. En esto de se-
guir rompiendo estereotipos, nosotros mismos nos encontramos a veces en
nuestra propia construcción tomando modelos y estereotipos para construir
esas masculinidades. Para construir estas paternidades trans.

Paternidades-otras que hasta ahora han sido vistas como objeto de estu-
dio de la Antropología o en algún capítulo de National Geographic, o muy
lejanas y sin habitar los espacios comunes o del día a día en la escuela,
trabajo, familia. Y mientras lo pienso, se me empiezan a aparecer un montón
de rostros de compañeros que están paternando en este momento como
papás trans. Me hace figura cómo nuestras conformaciones familiares van
significando nuevos desafíos al marco jurídico, y me pregunto qué aspectos
regulan y posibilitan que hoy tengamos nuestras familias, que tengamos el
derecho a reproducirnos, a materializar lo que para muches de nosotres es
un proyecto vital. “No sea que ahora tengan ganas de reproducirse”, se es-
cuchó en algún momento cuando se aprobó la ley de identidad de género, y
mucho antes cuando la homosexualidad y la transexualidad fueron retiradas
de los manuales de psicodiagnóstico y de los libros de medicina. Sin em-
bargo, sigue habiendo una mirada patologizadora en relación a nosotros. Y
otra vez una mirada desde el sexismo y la heteronormatividad, de lo que se
espera de las personas trans en función de su paternidad/maternidad o en
la conformación de sus familias.

Mientras voy avanzando en estas ideas, pienso en papás gestantes que


han comenzado con su hormonización para poder plasmar en ese lienzo en

24
blanco, que son nuestras corporalidades, esa vivencia interna… Sin embargo,
es un largo camino para los varones que hemos sido socializados y leídos
como niñas durante toda nuestra vida y hemos sufrido todo el tiempo vio-
lencias de género. Entre ellas, situaciones de abusos, abusos correctivos de
los cuales también han resultado embarazos no deseados, a veces interrum-
pidos, otras no. En ese camino de las paternidades gestantes, al comenzar
nuestras transiciones y al llamarnos como varones trans, nos encontramos
también con un sistema registral que hoy nos sigue desafiando… Porque
podemos rectificar por ejemplo nuestros datos, nuestro género asignado al
nacer en nuestras partidas de nacimiento y luego en el DNI; sin embargo,
hay muchas dificultades para que nuestros hijos, hijas, hijes que parimos
en algún momento tengan la rectificación de su partida de nacimiento con
la nueva figura administrativa de ese papá que antes fue mamá. Incluso
hay varones trans que eligen no hacer estas actualizaciones por el temor
de perder la filiación o vínculo legal con sus hijos/as/es, temores que están
relacionados con los abusos y las violencias institucionales a las que están
expuestas estas paternidades. Identidades estigmatizadas, discriminadas,
criminalizadas.

Hoy aun es un desafío poder ver a un papá trans gestar. También es un de-
safío enfrentarse cotidianamente con la mirada que juzga, que ve a un com-
pañero con barba con su hije y que se pregunta “¿de dónde lo sacó?, seguro
que fue una adopción” ... ni hablar si ese varón trans con barba le está dando
la teta a su hije. En esa mirada inquisidora aparecen un montón de cuestio-
nes, e insiste una lectura que focaliza en lo genital o en el morbo de quién
hace qué o de qué en una pareja, cómo se conforman esas parejas…

En lo real, las situaciones son múltiples y heterogéneas. Vamos a tener pa-


pás gestantes que han podido gestar de manera natural con compañeros,
compañeras, compañeres, interrumpiendo su proceso de hormonización
para poder comenzar con este proceso y finalmente dar a luz. Papás ges-
tantes. Tenemos también papás que hacen un aporte biológico o gametos
a través del llamado método ROPA (une integrante de la pareja gesta el em-
brión obtenido a partir del óvulo del otro, participan activamente ambas per-
sonas), óvulo de papá con compañere gestante.

Otros varones podemos ser papás o conformar nuestras familias mediante


otras técnicas de reproducción asistida (FIV, IIU, otros). También algunos

25
hemos sido papás a través del sistema de adopción. Existen otras paterni-
dades y otras posibilidades, tantas masculinidades u otras identidades, que
se identifican como paternidades en el rol o en la función. Tantas como per-
sonas hay en el mundo. Alrededor de todo esto tenemos un sinfín de mitos y
prejuicios, a partir de los cuales construimos humanidad y mundo.

Cuando hablamos de la educación sexual integral, también la seguimos


viendo desde un lugar biologicista y binario, cisheteronormado: machos y
hembras, por ende, hombres y mujeres que, además, se complementan para
reproducirse “como Dios manda”. Es necesario volver a lo mismo si es ne-
cesario, decir que la mayoría de los hombres tienen pene pero hay hombres
con vulva. La mayoría de las mujeres tienen vulva, pero hay mujeres con
pene. Y también hay personas intersex que, en sus proyectos de xaternidad,
también aportan carga genética y las particularidades de sus vivencias, su-
mando posibilidades. La naturaleza es tan diversa, y es bueno plantear este
espectro, considerando siempre el contexto.

Subrayo que aún hoy estamos lejos de poder dimensionar todo lo que impli-
ca hablar, por ejemplo, de cuerpos gestantes. En esa línea, en el marco del
debate por la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE) aparecían
discusiones que enunciaban a las mujeres como únicos sujetos políticos;
de a poco hay mayor conciencia sobre el por qué de la necesaria referencia
a “cuerpos gestantes” en el debate. Cuerpos gestantes, mutantes, transmu-
tantes, no sabemos bien de qué se trata. Sin embargo, allí estamos los varo-
nes trans que también necesitamos poder acceder al sistema de salud en un
abordaje integral y en el marco de este deseo y derecho a la familia, y a po-
der ser nombrados/es por el marco legal, en cada instancia de los procesos.

Nuestro derecho a la salud integral también se enfrenta con algunas dificul-


tades en relación a las obras sociales. Algunas de las prácticas necesarias
para poder paternar son leídas como prácticas que se realizan exclusiva-
mente sobre cuerpos femeninos. Incluso en algunos lugares nos dicen “Usá
tu DNI anterior porque es más fácil que el sistema de salud pueda darle
viabilidad a un proyecto de familia a dos lesbianas que a un hombre trans,
a vos que decís que sos hombre pero necesitás hacerte un PAP, un estudio
para conocer la reserva ovárica, una ecografía transvaginal o lo que sea”.
En ese sentido, también varios de nosotros cuando hemos hecho nuestras
rectificaciones, elegido nuestros nombres, y antes de comenzar con los tra-

26
tamientos hormonales o cirugías de modificación corporal, nos hemos visto
ante la imposibilidad de criopreservar óvulos o gametos. Porque la Ley de
Identidad de Género no lo contempla, porque la Ley de Reproducción Asis-
tida habla de parejas cis heterosexuales o de orientación sexual pero no de
identidad de género. Si tuviéramos suerte, sin embargo, puede que también
nos lo impidan por razones de edad… mencionando el umbral de los 40 años,
que tanto para un varón trans como para una mujer cis es una mirada dis-
criminatoria. La medicina hegemónica lee que hasta los 40 una “mujer” es
fértil y que a partir de esa edad puede gestar hijes con problemas de salud.

Entonces, todo lo que hay dando vueltas alrededor de las paternidades trans
está otra vez cruzado por las violencias institucionales y las violencias de
género en general. Ni hablar de aquéllos que nacimos en familias y fuimos
las hijas mayores o las mujeres de las cuales se esperaba el ejercicio del
cuidado o la atención de hermanos menores, y a quienes se nos atribuía
el rol –cuando fuésemos grandes– de tener que cuidar a nuestros padres/
madres. Correrse de ahí, de ese destino prefijado, nos ponía –nos sigue po-
niendo– en una situación expulsiva compleja, atravesada por sistemas de
creencias, por las propias crianzas, por las miradas de costado, y la idiosin-
crasia propia del lugar que habitamos. En todos los ámbitos: en la propia
familia, en la escuela. Una escuela que no garantiza la permanencia dentro
de las instituciones, porque aceptar a alguien, inscribirlo, no significa que
esa persona tenga la posibilidad de terminar un estudio; y sin poder hacerlo,
después se nos dificulta mucho más el acceso al trabajo. Menciono esto
porque tenemos que reconocer que muchos padres trans hoy no estamos
pudiendo sostener la crianza material de nuestres hijes porque también nos
encontramos con esta imposibilidad del acceso formal al empleo, no esta-
mos cubriendo las necesidades básicas de nuestras familias.

Hay muchísimas cuestiones que rodean a las paternidades trans y a las pa-
ternidades no binaries. Sin embargo, seguimos soñando con estos futuros.

Yo toda la vida quise ser papá, era el Susanito entre mis amigos/as. Así que
en el ejercicio de la salita o en el rincón del hogar del jardín, yo siempre era el
papá. Era como el jefe de familia, que llegaba de trabajar, saludaba y ubicaba
a todos mis bebotes, que eran mis hijos, en la mesa. A veces también los re-
taba, obvio. Y claro, cuando me veían de afuera, habrán dicho: “¡Ay, quiere ser
mamá! ¡Está jugando a la mamá!”. No, no estaba jugando a la mamá, estaba

27
ejerciendo el rol, el cuidado, la ternura con mis hijes, porque me veía como
papá, como mi propio papá, el primer feminista que conocí.

Pasó el tiempo, tengo 44 años y me encontré con Lola. Sin buscarla, en


realidad. Construimos una familia diversa. Lola llego a través del sistema
de adopción, luego de haber estado institucionalizada durante 5 años. Lola
tiene parálisis cerebral, y conocí a su mamá al poquito tiempo que habían
conformado esta primera familia. De inmediato me llené de preguntas y de
miedos. Cómo es criar, acompañar, estar al lado de una personita con diver-
sidad funcional o con discapacidad. Lola tiene 10 años, y yo que en algún
momento pensé que haber nacido trans era de las peores cosas en la vida...
De repente aparece ella y me dice “estás loco chabón. Hay otras cosas, otras
realidades, dejá de mirarte el pupo y hacete cargo”.

La relación con Lola y con su mamá, nuestra familia, se fue dando natu-
ralmente, sin que ningune de nosotres se pusiera en un lugar como en un
dibujito. Dejamos que sucediera.

Un día, después de haber pasado dos años, Lola me dijo PA-PA. En dos síla-
bas, que para mí fueron muy fuertes al escucharlas porque Lola dentro de su
lenguaje tiene seis palabras. De esas seis palabras, me dedicó tres. Nadie se
las enseñó, no sabemos de dónde las sacó, no tenemos ni idea. La primera
fue TONTO. Me dijo “tonto” la primera vez que no supe cómo cargarla, tener-
la a upa, que no sabía si iba a poder con la realidad que ella me planteaba.
Me dijo “tonto”, yo no sabía lo que había escuchado, su mamá se reía. A
partir de ahí, empezó a marcar lo que necesitaba de mí y yo aggiornarme a
este mundo nuevo que lo seguía viendo lejano.

De “tonto”, pasé a ser PUTO, la otra palabra con la que se refiere a mí. Sobre
todo cuando se enoja, cuando no le gusta algo o discute algo conmigo. Tam-
poco sabemos de dónde lo sacó…

Finalmente, ese PA-PÁ, que fue el momento más emotivo de todos. Nos
quedamos como diciendo “ahora sí”, Lola me había elegido como su papá
y había armado su familia. Lola me adoptó y me integró a su red afectiva
primaria.

Ésa es mi experiencia con ella. Levantarme y acostarme con una logística


diaria de engranajes perfectamente alineados, para que llegue a su escuela,

28
a sus terapias, a sus actividades y a sus tiempos recreativos con su familia
y amigues. Acompañar y estar en todo el sentido de la palabra.

Encontré dentro del activismo nuevas trincheras. Y como “lo personal es po-
lítico”, la diversidad funcional y/o neurológica se sumó a la agenda, indiso-
ciable al pensar otras posibilidades en la conformación de las familias. Así,
transversalicé la docencia con la militancia. Hoy me dedico a acompañar
procesos como docente, trabajando ESI en nivel inicial, primario y secun-
dario, en escuelas de toda la provincia. También soy promotor y educador
sanitario en consultorios inclusivos de Traslasierra; integro un dispositivo de
atención de consultas por violencia de género en la UNC; y activo en orga-
nizaciones de la diversidad con pares trans y familias: Red de Paternidades
Trans Argentina y “La Casita Trans” varones, niñeces y familias de Córdoba.

Dentro de la Red de Paternidades Trans, una red que formamos papás trans
y no binaries de distintas provincias, empezamos a armar una agenda, a po-
nerle nombre a las cosas que sentimos y vivimos. Comenzamos a elaborar
artesanalmente dispositivos para contenernos ante cualquier dificultad en
el camino, desde el deseo hasta la materialización del proyecto de familia.
Incluyendo lo legal, administrativo, atención sanitaria, abordaje interdiscipli-
nario y acompañamientos especiales. Y también visibilizando nuestra exis-
tencia, somos visibles, y nos contemplan distintas leyes vigentes, y políticas
públicas que hay que vigilar para que se cumplan.

Por último, aquellas personas que quieran maternar/paternar/xaternar, sin


importar su sexo, género, su orientación sexual, pueden hacerlo mediante el
sistema de adopción. Inscríbanse en el Registro Único de Aspirantes a Guar-
da con Fines Adoptivos, de su provincia; serán convocades y evaluados/as/
es por un equipo de profesionales. En la página del Ministerio de Justicia y
Derechos Humanos de la Nación tienen toda la información. En la solapa
“Buscamos familia”, encontrarán cientos de convocatorias públicas. Así lle-
gó Lola a nuestra vida. Hay convocatorias públicas de niñes y adolescentes
de todo el país, de los grupos más vulnerables, para encontrar familias. Son
niñes de la segunda infancia (a partir de los 6 años), adolescentes, grupos
de hermanos/as/es y niñes con diversidad funcional o discapacidad.

29
Una salvedad o nota al pie: los, las y les adultos/as/es no tenemos “derecho”
a ser padres. Los/las/les niñes sí tienen derecho a tener una familia y a ser
felices. Y en eso estamos, encontrándonos y avanzando. Necesitamos que
nos acompañen.

Otras masculinidades y paternidades son posibles, nada es tan lejano ni


inmodificable. Si, como personas trans, pudimos cambiar nuestro destino
aparentemente prefijado y crear otro rumbo, soltando expectativas, vos tam-
bién podés cambiar tus prácticas que nos excluyen, tu forma de pensar que
nos obstaculizan el camino, y respetar, simplemente, a quien sea que tengas
en frente. Nunca sabés que batallas está librando, con cuántos dolores se
ha enfrentado.

Todes nos merecemos ser libres y felices, sin discriminación ni violencia de


ningún tipo.

Enlaces para seguir conociendo sobre paternidades trans:

• Paternidades Trans. La forma de ser padre que está quebrando su histórica


invisibilización

• Paternidades Trans Argentina en Instagram y Facebook

• Ovulo de papá, vientre de mamá

• Rubén, el primer padre trans gestante documentado

• Historias de hombres trans que gestaron

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Parte 2
Incomodidades
Paternidades interpeladas por la mirada feminista
En el nombre del padre1
Martín Azcurra

MARTÍN Y RAMIRO

¿Cómo empezar a hablar de paternidades? Uno de los temas más complejos


de abarcar. El padre. El sujeto más nombrado en la historia, las religiones,
la cultura y las ciencias. Jerarquía sagrada y traumas de infancia. Amor y
terror. Protección y violencia. La huella del Padre queda grabada a fuego en
nuestro interior para toda la vida, y nos condiciona en cada acto que hace-
mos y más aún en los que no hacemos, en cada palabra dicha pero más en
cada omisión, en cada silencio.

Si bien la figura del padre ha venido en decadencia en las últimas décadas,


los gestos y estereotipos del mito que configuran su poder quedan impreg-
nados en nuestra cultura, como cada parte de lo que compone la “paternidad
hegemónica”: el protector, la no demostración de afecto, la firmeza ante la
dificultad, el orden ante el caos de la realidad, el juego agresivo, la dureza para
soportar dolor, la autosuficiencia, el castigo como “acto de amor” y otros más.

1. En este texto entendemos “padre” como varón que ocupa el lugar establecido social y
culturalmente como paterno. Puede ser una persona gestante que se identifica varón. En el
mismo sentido, una madre puede ser una persona no gestante, que ocupa el rol estable-
cido como materno. Por eso hablamos de roles generales y estereotipos. Es posible que
algunes no se sientan representados por ellos, en alguna medida o en todas. ¡En buenaho-
ra! Significa que vamos mejorando...

32
Son estereotipos que cumplen la función de dar una idea de autoridad, de
ley, de poder, frente a la familia y la sociedad. Pero a la vez son difíciles de
sostener en el tiempo y en el mejor de los casos, ante los cambios culturales
de las últimas décadas, ni siquiera cumplen con su cometido, todo lo con-
trario: nos alejan de los seres queridos que nos rodean. Con respecto a las y
los hijos, incluso, refuerza el abandono paterno.

El abandono paterno está habilitado por la idea de que el padre no es el


encargado de la crianza, ergo: estar o no estar es lo mismo. Por eso el
­abandono lava sus culpas con la manutención económica (derecho funda-
mental, claro) y, muchas veces, con eso basta, sigue todo en su normalidad,
cada tanto una salida con les hijes, los cumples y listo. Pero hoy, esa pater-
nidad ausente de cariño y presencia cotidiana es cuestionada por la misma
cultura hegemónica, que no tiene modelo ideal ante el fenómeno cada vez
más creciente de familia monoparental.

La paternidad hegemónica es como un pavo real, una demostración de po-


der en cada pluma. Cada gesto es una pompa de autoritarismo y suprema-
cía, que ubica a la mujer en un rol secundario/accesorio, incluso por debajo
de los hijos varones. Al relegarle todo el trabajo duro (doméstico y crianza)
la pone en un lugar puramente técnico, con poco poder de decisión. Las hi-
jas mujeres seguirán el mismo camino, por lo que comparten ese rol con las
madres. Ellas están para asistir a todos.

Por supuesto que todo esto es subvertido por la realidad misma, que termi-
na siempre dejando en ridículo la vanagloria del padre y sus preferidos. La
novela Mujercitas nos muestra la crisis histórica de la masculinidad hege-
mónica como un imposible ridículo. Y nos muestra una contraparte: la alian-
za entre mujeres (madres, hijas, hermanas ¡y tías!) como recuperación del
derecho, empoderamiento y resistencia al absurdo patriarcal. No podemos
decir que esa resistencia es una tendencia inherente al ser humano, sino
que se va dando de manera fragmentada y aislada a lo largo de la historia,
a través de hijas rebeldes, madres que renuncian y tías “locas”, entre otros
ejemplos de mucha belleza literaria (a costa de sufrimientos), que ocurren
cuando algunas de las víctimas de la violencia patriarcal deciden dejar de
serlo. Son muy pocos los casos de varones que apoyan esa resistencia, o en
todo caso son desconocidos/negados por el relato oficial. La complicidad
machista es tan fuerte que castiga duramente la apostasía.

33
Pero ¿qué sucede en nosotros, padres, cuando todo eso entra en conflicto?
¿Qué sucede cuando dejamos de adherir a la figura hegemónica, cuando
queremos disfrutar de la crianza cotidiana y compartida, cuando desprecia-
mos la pedagogía autoritaria, cuando nos empiezan a doler nuestros privi-
legios, cuando nos avergonzamos de la supremacía paterna, y en definitiva,
cuando las plumas del pavo real empiezan a caer por peso propio, porque
son insostenibles?

¿Por qué están cayendo las plumas?

En primer lugar, no podemos dejar de reconocer que la paternidad hegemó-


nica creció a la par del capitalismo, como necesaria para dirigir un modelo
de familia sostén del trabajo disciplinado y las guerras de expansión. El
capital necesitaba un varón fuera del hogar pero dueño de su familia. Tam-
bién necesitaba una mujer que procurara la formación de nuevos obreros
y soldados, o en el mejor de los casos: directivos y funcionarios. En la divi-
sión del trabajo, las mujeres jóvenes no madres podrían ocupar empleos de
asistencia (secretarias, maestras y enfermeras). Lo mismo sucedía con las
familias sin padre: esas mujeres se podían encargar de la limpieza y crian-
za de otras familias sobreocupadas. El núcleo familia funciona entonces
como productor de mano de obra y reproductor de la división de tareas. Y el
padre es nada menos que el encargado de disciplinar al resto de los subor-
dinados. El capitalismo solo se puede reproducir con formas de poder que
se ejercen, como todo poder de arriba hacia abajo, con violencia. El padre
no sabe que en realidad no tiene el poder, sino que lo transmite, convirtién-
dose en un subordinado más, un oprimido que se convierte en opresor (al
decir de Freire).

Sin embargo, con la creación del Estado moderno y benefactor, tras las con-
quistas sindicales de reducción de la jornada laboral, ampliación de la co-
bertura social hacia el resto de la familia, vacaciones, días no laborables y
jubilación en la edad no productiva, es decir gracias al camino progresivo
que fue logrando la lucha de clases, el padre empezó a contar con más tiem-
po para sus hijes. Pero además, la protección familiar ya no dependía solo
de él, sino que había un Estado por encima de todes. Un Estado protector,
que es lo mismo que decir, un padre mayor: el Estado paternalista. Así, papá
se empezó a relajar… :)

34
Hubo otro cambio enorme en este proceso de dispersión y relajamiento del
poder paterno. La Convención Internacional por los Derechos de la Niñez.
Parece que les hijes tenían derechos universales, y estaban protegidos por
un poder mayor, por encima del poder endogámico de la familia patriarcal.
En la última década, además, UNICEF reconoció al adultocentrismo como
una forma de violencia. Con esta nueva base jurídica, los Estados empeza-
ron a establecer políticas públicas de protección de las infancias. La voz del
niñe tenía cada vez más valor.

Otros factores contribuyeron a la crisis de la paternidad hegemónica: las


crisis cíclicas del empleo formal aislaba a los hombres deprimidos en sus
casas y sacaba a las mujeres a la calle en busca del pan de cada día (que
conseguían en el mercado informal). El voto femenino abrió las puertas a
la mujer como ciudadana con derechos e igualdad de oportunidades. En el
mismo momento, las luchas en todo el mundo por los derechos de las per-
sonas no cis pusieron en cuestionamiento el modelo hetero-normativo, base
de la familia clásica.

No fue poco todo lo que sucedió en los últimos 100 años, desde la prime-
ra guerra mundial y la crisis económica del 30. Las resistencias clasistas,
pacifistas, antirracistas, lgtb y feministas pusieron de cabeza al mundo, tal
como lo anunciaron les estudiantes del Mayo francés: ¡yo estoy al derecho,
dado vuelta estás vos! Demostraron que cada lucha vale: por más pequeña
que sea, cimienta las luchas siguientes en cualquier rincón del mundo, y no
solo las propias, sino que generan un cambio en toda la súper-estructura.
Los Estados se tuvieron que adaptar para sostener su dominio, tomando
para sí todas las banderas humanistas. Podemos verlo como una victoria o
una derrota (a costa de qué). Pero no hay duda de que es signo del progreso
humano, y es el producto de esa niña que se enfrentó a su padre en el siglo
pasado.

El jefe

La paternidad pone a prueba nuestra masculinidad, saca a la luz nuestras


peores contradicciones. Mientras mejores padres seamos, más lejos de la
masculinidad estaremos. Y ser malos padres nos destruye, porque nos deja
solos, sin el amor de nuestres hijes. En definitiva, ¿qué espera el ser humano
más que dejar un buen recuerdo a sus descendientes querides?

35
¿Pero qué es la paternidad? O, mejor dicho, ¿qué es ser un buen padre?

Tengamos en cuenta que “la norma” ha ido cambiando a través de los años.
El “buen padre” de antes no es el mismo que ahora. Eso demuestra que las
contradicciones se van resolviendo positivamente a través de la historia. Tal
vez por las luchas de los movimientos emancipadores y de derechos huma-
nos. Y tal vez, además, porque esas contradicciones nos iban matando por
dentro hasta que una lucecita interna nos dijo que podíamos ser felices de
otra manera.

Hoy podemos decir que no existe una “paternidad ideal”, porque la estamos
construyendo. Porque mientras más ideal sea, más lejos de la realidad es-
tará. Porque el modelo ideal no existe, sobre todo si ponemos el foco en el
sujeto más contradictorio de la sociedad: el padre moderno. Porque una
“nueva paternidad” solo puede surgir si aceptamos nuestras limitaciones,
algo que el varón ha negado sistemáticamente. Sí, somos negadores seria-
les. No nos mintamos: una nueva paternidad empieza con una reducción
de daños.

Pero además, no podemos hablar de “paternidad”, sino de “paternidades”,


porque la idea del padre perfecto del siglo XX ha sido reemplazada por la
multi-diversidad del siglo XXI. No existe una sola manera de paternar, porque
el modelo binario de familia clásica está cada vez más caduco, y porque
felizmente el género se está disociando de la función paterna. Hoy ya ha-
blamos de “familias diversas” pero no porque aparecieron de repente, sino
porque finalmente nos animamos a normalizarlas, a hablar de ellas, a estu-
diarlas y enseñarlas en la escuela. Feliz la hora en que une niñe puede enten-
der que su familia no está rota, sino que forma parte del enorme abanico de
posibilidades. Hoy entendemos que “lo universal” no es lo estático uniforme,
sino la variedad cambiante. Lo que antes se llamaba “familia disfuncional”
ahora es una familia diversa, que es necesario visibilizar para hacerla “fun-
cional” a esta sociedad.

Si la palabra “madre” nos habla de “origen” (materia, madera, matriz), “padre”


nos habla de “apropiación” (poder, patrón, protector), es decir, de una fun-
ción negativa dentro de la “familia” (originariamente un grupo de sirvientes
que viven bajo un mismo techo: “familus = criado”).

36
La historia de la familia es la historia de la esclavitud y la violación de la
mujer, solo empoderada en su derecho materno. Mientras los grupos eran
grandes y heterogéneos, el cuidado de les hijes era una tarea comunitaria. Al
cerrarse el círculo de núcleo familiar, ella quedó a cargo en la soledad de su
hogar. Entonces, esclavizada en su función materna.

Las formas modernas de diversidad familiar, producto del empleo formal


de la mujer, el cuestionamiento de las violencias inherentes al matrimonio
y la legalización del divorcio, dan origen a una nueva forma muy extendida,
donde el círculo se reduce al mínimo: la familia monoparental. Esta forma
deja en evidencia las desigualdades en la forma de crianza tradicional, pero
le agrega una dificultad extra: la habitacional. La convivencia minimizaba las
tareas de manera centralizada.

Pero además, así como el amor romántico es la violencia romantizada, el


Matrimonio es la violencia institucionalizada, normalizante del modelo he-
terosexual, a pesar de algunos logros lgbt recientes pero no menos exclu-
yente de todas las diversidades posibles. La institución matrimonio ejerce
una coerción a la norma que sostiene y reproduce el modelo patriarcal de
familia: la descendencia biológica, el rol materno indiscutible, la jerarquiza-
ción sobre la base de la distribución sexista de las tareas de cuidado, y el
consecuente aislamiento de la mujer en el hogar. La promesa de sostener la
institución (en la pobreza o enfermedad) no es más que un llamado a sopor-
tar la violencia patriarcal (psicológica, física y sexual) cueste lo que cueste.

La familia es un modelo jerárquico y adultocéntrico donde la descendencia


(y sobre todo la niña y el niñe que no se siente varón) es considerada un
objeto no terminado, moldeable en ese sentido, y por lo tanto no llega a ser
sujeto. Elles también son presa de esa coerción, pero sin ejercer el derecho
de decidir.

Por lo tanto, el divorcio carga con esa ruptura que se siente como fracaso
pero también como liberación. Recordemos que la Ley de Divorcio en Ar-
gentina se sancionó en 1987 y fue rechazada por la Iglesia y por un sector
conservador. Es decir que fue una victoria popular hacia la conformación
de familias diversas. Pero también fue parte de la adaptación del sistema a
las formas que se estaban dando de hecho, para seguir ejerciendo control
sobre la distribución de roles sexistas (el cuidado a cargo de la madre y la

37
manutención económica, del padre) y las obligaciones de les dos para la
reproducción del modelo.

En el divorcio, les hijes siguen siendo objeto, pero en otros sentidos. Muchas
veces objeto de disputa, y otras veces abandonades a la deriva de familia-
res. Pasan de trofeo a piedra molesta en un segundo. Ni siquiera ahí se les
consulta qué quieren. En este sistema, quien no produce, no decide, ni si-
quiera sobre su vida. ¿Pero acaso su no productividad les priva de derechos?
La educación obligatoria (de naturaleza conductista) tiende a equiparar de-
rechos pero preserva la idea de objeto hasta la edad legal de emancipación.

Recién en 2015 (Argentina) el código civil destierra la patria potestad y agre-


ga la responsabilidad parental (de les progenitores o une familiar a cargo),
que le otorga centralidad al testimonio de les hijes (en este caso, ya no son
les xadres quienes deciden, sino la justicia). También se cambió la figura de
“tentencia” (que desnudaba la concepción de niñez-objeto) por “cuidado” y
se proponen crianzas colaborativas y compartidas. La reforma busca dar a
entender que toda separación de pareja no quita ni reduce las responsabili-
dades maternas y paternas.

Pero en todo divorcio, los varones quedamos en evidencia. No estamos


acostumbrados a planificar y ejercer la totalidad de las tareas de cuidado.
Por eso al principio la ley le daba potestad a la madre… Para que se siga ha-
ciendo cargo, mientras les hijes llevan el apellido del padre. Sin embargo, los
varones nos volvemos padres vulnerables, débiles demandantes del afecto
de les hijes, torpes hasta para jugar con elles, y para expresar amor. Nos con-
seguimos una piecita sin ventana en algún lado y vivimos como huérfanos
de poder hasta que encontramos otra presa que nos devuelva la dignidad y
que tal vez (para fortalecer nuestra masculinidad malherida) pueda compe-
tir con nuestra “ex”.

Pero no es solo eso. La separación devela muchas cosas que tienen que ver
con las contradicciones de la familia. En primer lugar, demuestra que no es-
tábamos preparados para sostener una crianza responsable, ni siquiera en
convivencia. En segundo lugar, demuestra que, en la mayoría de los casos, la
distribución de tareas no es justa. Y en tercer lugar, demuestra la importan-
cia de la responsabilidad del Estado, e incluso de la comunidad, en la crianza
de nuestras niñeces.

38
Desertores

De esta manera, los varones no sabemos ser padres separados porque no


sabemos nada del cuidado, nunca nos enseñaron. Nuestra madre y nuestro
padre nos regalaban autitos a nosotros y una cocinita a nuestras hermanas.
Si nos gustaba algún muñeco-bebé, lo escondíamos, porque nuestros ami-
gos nos hacían bullying. La escuela nos enseñaba deportes fuertes como el
fútbol y algún oficio industrial para que nos defendamos en la búsqueda de
trabajo. A ellas, las tareas pasivas como tejido y costura.

El adultocentrismo también hizo sus estragos. La idea de infancia como


objeto no terminado fortalece en les adultes un sentimiento de rechazo, in-
comprensión y alejamiento de las niñeces (infanto-odio o paido-fobia), sobre
todo si pasamos toda su corta vida alejados de su crianza. Es muy común
que los varones adultos no sepamos cómo comunicarnos con un bebé ni
con los primeros años más gestuales que verbales. Tampoco sabemos con-
versar (en el sentido completo de la palabra) con niños sobre sus cosas.
Y ya sabemos que la no comunicación favorece las formas autoritarias de
crianza: el famoso “porque yo lo digo”.

En el siglo pasado, la división del trabajo remarcó esta situación: los puestos
de mujeres para ser maestras, cuidadoras, limpiadoras y secretarias (saben
gestionar los pequeños detalles).

Así, nos fueron enseñando a estar fuera de casa todo el día y volver de noche
con la cena preparada y el control remoto de la tele disponible. Volvemos a
un hogar casi perfecto, suponiendo que la crianza cotidiana (enorme tarea
que incluye la gestión de una alimentación sana y posible, el acompaña-
miento en su educación y esparcimiento, etc, etc) y el mantenimiento del
hogar es un proceso mágico que ocurre cuando no estamos presentes. ¡De
niños nos pasaba lo mismo! Mamá limpiaba todo, incluso nuestros jugue-
tes. Y las hermanas ayudaban. Pero como todo: #NoFueMagia

Mientras la crianza y la educación tradicionales nos iban desligando de las


tareas de cuidado, también nos alejaban de las formas de comunicación con
los bebés, gestuales, de contacto visual, de diálogo con sonrisas, de corpo-
ralidades respetuosas y cariñosas. Cuando llegábamos de la escuela nos
íbamos a jugar, mientras nuestras hermanas se quedaban a ordenar, limpiar

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e incluso hacer la comida. Los hombres tuvimos la posibilidad lúdica que
muchas mujeres no, y siempre nos costó advertir ese real privilegio de crian-
za. ¿El resultado? Las mujeres adultas se sientan a hablar mal de otras y los
varones jugamos colectivamente. Curiosamente, la formalización y legaliza-
ción del “trabajo doméstico” comenzó en las últimas décadas, a partir del sur-
gimiento de los movimientos masivos de liberación de la mujer. La consigna
“eso que llaman amor es trabajo no pago”, se transforma en una bandera que
engloba múltiples situaciones de opresión, sobre todo económica.

Si bien la distribución sexista de tareas en el hogar está más cuestionada,


sigue siendo una norma, y volvemos a caer en ella incluso los sectores pro-
gresistas.

Por suerte, o por nuestra propia naturaleza de supervivencia, no dejamos


de sublevarnos por fuera de las normas, para no terminar de caer en las
neurosis que nos causan las contradicciones del sistema. “Lo personal es
político”, dijo Carol Hanisch en los 60, y lo cambió todo. Ella no era sola,
tenía un movimiento de liberación detrás, que luchaba por la igualdad en el
trabajo, en el hogar y en la cama. Tenía sus razones el machismo de impedir
a la mujer que estudiara.

El patriarcado con sus instituciones y voceros reaccionaron con la misma


violencia que ya venían ejerciendo pero esta vez enfocada a desacreditar
esa lucha. Y sobre todo a quitar los privilegios de todos los varones que sim-
patizaran con ella, así como los quitó históricamente a los varones lgtbi+.

El femicidio como ejemplificador es el final de una serie de violencias, per-


petuado por el macho cuando la mujer que creía su objeto ejerce su libertad.
De ahí para abajo, los varones estamos llamados a cuestionarnos por com-
pleto. Los movimientos de liberación de la mujer y de los colectivos lgtbi+
nos incomodan felizmente. No es solo por la ética humanista e igualitaria
que simpatizamos con ellos, es también por nuestra propia liberación y sa-
lud mental, es porque nos interpelan, porque nos invitan a salir de un lugar
del que no podemos salir solos, es la mano que te saca de la ciénaga. La
comodidad de los privilegios es un beneficio pero es también una trampa.
Y tampoco alcanza con un despertar individual de los desertores, sino un
grito de género, de todo nuestro género. ¿O acaso alguien puede sostener el
rol de jerarca en su vida? ¿Quién quiere reproducir un modelo violento para

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su hija y su hije? ¿Quién quiere que sus hijes lo respeten por miedo? ¿Quién
quiere que sus hijes emancipades dejen de llamarlo o visitarlo… o abrazarlo?
Necesitamos el abrazo de nuestres hijes. Lo necesitamos como el aire que
respiramos. ¿Quién quiere no Ser Reconocido como una parte importante de
la vida integral de sus hijes? Al final cabo, eso es Formar Parte: Ser Elegido.

Hoy, que la protección de la Ley y el Estado está por encima de la jerarquía


familiar, y que las familias modernas se dispersan y conforman nuevas re-
des donde el vínculo de sangre no es fundamental, formar parte de la vida
de les hijes tiene otro valor. Somos nosotros los que tenemos una responsa-
bilidad y obligación hacia elles, a quienes les dimos una vida y un mundo sin
consultarles. Pero no así al revés. Elles no tienen ninguna obligación hacia
nosotros, ni legal, ni ética.

Les hemos abandonado muchas veces a lo largo de nuestras vidas, pero


ahora nuestra fragilidad no llega a superar el abandono de elles a nosotros.
Deseamos compartir una charla de mate, una cerveza en un bar, un viaje en
auto, un atardecer en la terraza, lo que sea con tal de vivir lindo un momen-
to. Pero ya perdimos la oportunidad. Solo nos puede salvar su compasión,
su perdón. Resulta que ese niñe pequeñito, objeto no acabado, no era tan
pequeñito, ni estaba no acabado; era un sujeto completo con sus múltiples
sentimientos, que lo marcaron para toda su vida, y la nuestra.

La transferencia

Una de las grandes pruebas que debemos pasar los padres en nuestra vida
es enseñar a manejar el auto a nuestres hijes. Tengo un hijo varón ya emanci-
pado, Ramiro, pero me quedó pendiente esa enseñanza, que refleja muchos
aspectos vinculares entre nosotros. El auto es símbolo de masculinidad, de
adultez y de autonomía.

Una situación nos pone a prueba: calle angosta. El semáforo se pone en rojo.
Ramiro frena el auto y espera. Una fila de autos se ubica detrás. ¡La vida!
Verde. Embrague y primera. El auto corcovea y se apaga, no llega a arrancar.
Miedo de ambos. Así un par de veces hasta que el semáforo vuelve a rojo.
Hay un minuto de pausa, de respiro, de oportunidad para enseñar. Se pone
en verde nuevamente y pasa de nuevo, no arranca. El auto sufre, se queja
con ruidos chillosos. ¡Kkkkffffjjjjj! El auto se da por vencido, pero mi hijo no.

41
Posibles actitudes de la vida:

1) El enojo y la desvaloración.

2) Expresar nervios, reforzar tensiones.

3) Abandonar la enseñanza y tomar el control.

4) Dejarlo solo, que resuelva como pueda.

5) Aprovechar ese minuto de pausa para reflexionar y corregir.

Otra de las prácticas que nos perdimos en nuestra crianza es la de enseñar,


que sí aprendieron las mujeres. Porque requiere de paciencia y de ponerse
en el lugar del otro y la otra, cosa que los padres no solemos hacer: nos eno-
jamos cuando la otra persona no entiende.

Hay otro aspecto de la vida que nos atraviesa: somos dos hombres, padre e
hijo. Si fuera una hija sería distinto. Si fuera una madre con su hija… todavía
más. Sobre todo en el contexto de la calle, territorio de machos falocén-
tricos, con prácticas de tránsito agresivas y descuidadas. Otro territorio a
deconstruir. Vamos en ese camino, como en la vida, con una mujer que se
anima a imponerse, con otras lógicas, dispuesta a intervenir en los procesos
de cambio, para bien del cuidado y disfrute de todes.

La cofradía

De alguna manera, históricamente, nos hemos quedado sin espacios para


compartir experiencias sobre nuestras diversas formas de ejercer la paterni-
dad. Se supone que la cofradía machista “ya tiene resueltas” todas las cosas
referidas a lo vincular-emocional. ¿Por qué somos así?

Construimos nuestra masculinidad (hetero cis) en oposición a los grupos


sociales sometidos (en primer lugar las mujeres cis, en segundo lugar las
infancias y en tercer lugar, pero no menos importante, las disidencias). Esa
supuesta fortaleza, que nos da el poder, es de aspecto negativo, y como tal
es nuestra mayor debilidad. Un género cuya identidad surge de una relación
de poder, y de ejercicio de los privilegios, en vez del auto-reconocimiento, ne-
cesita ponerse a prueba constantemente, remarcarse ante les demás y so-
bre todo hacia nosotros mismos. Pende de un hilo. Mientras que los ­demás

42
géneros SON, se rebelan y se revelan, brotan como gritos de libertad, contra
un mar de embates disciplinadores. De la competencia y la envidia se nutre
el odio de género.

Sin embargo, en la profunda intimidad del vínculo con nuestras parejas


emerge nuestra vulnerabilidad, derivada de la imposibilidad de sostener una
identidad impostada con todo lo que eso implica. En la intimidad de la habi-
tación, quizás después del acto sexual, nos sacamos las máscaras diverti-
das y fuertes, para mostrar lo que queda de nosotros: la frustración, la queja,
la angustia. Tal vez ese sea el verdadero sostén familiar que enloquecía a las
mujeres en siglos anteriores, además de la violencia. Tal vez lo siga siendo…

Por eso, para no mostrar ningún tipo de dependencia emocional, tendemos


a evitar ese espacio íntimo donde pueda surgir el compartir o el verbalizar la
experiencia del vínculo que vamos construyendo. Como un círculo vicioso,
todo lo que evitamos se lo brindamos en bandeja al “inconsciente” para que
finalmente revele nuestra vulnerabilidad de alguna manera (violenta, porque
se basa en el odio al otre) y termine destruyendo nuestro propio ser y el
entorno.

Pero eso no es todo. No solo nos cuesta “abrirnos” ante nuestros vínculos
primarios, sino también, y sobre todo, ante nuestros pares, la “cofradía de
machos”. Porque el género hegemónico no solo se ve obligado a reforzarse
en oposición a los géneros dominados, sino también en feroz competencia
ante los demás machos. De esa competencia disciplinante surge el bullying
hacia el varón disidente (expulsión del círculo privilegiado): aquel que no
sigue alguno/s de los estereotipos normalizadores, el pibe sensible, el papá
cariñoso, el amo de casa, el que se cruza de piernas juntas, el que se viste de
rosa, etc. (en el menor de los casos). Por eso, mostrar nuestras emociones
y debilidades ante otros varones se transforma en todo un desafío donde se
pone a prueba nuestra integridad como machos, porque eso es lo único que
tenemos, o que sabemos tener.

Como un manotazo de ahogado, cada tanto encontramos un espacio ínti-


mo de dos, con otro varón, amigo, compañero o hermano, a solas. Porque
nuestra impostura machista se refuerza en grupo, pero hace agua cuando
encuentra un diálogo mutuo revelador. Ese secreto compartido de a dos se
transforma en un espacio subversivo, aunque no deja de estar dentro de un

43
marco disciplinante. A la larga, el grupo es el que manda. Como la famosa
escena en donde el amigo traiciona al otro cuando se siente comprometido
por el grupo.

La manada es el núcleo motor del patriarcado. Varón se hace en grupo. El


varón aislado deja de ser macho. Por eso el desafío más grande del varón
es reproducir el patriarcado en una familia reducida, que tiende a aislarlo
del resto de sus pares. Por eso el macho sale a trabajar y la mujer no, para
reencontrarse con su manada. Mientras la mujer sola se basta para resistir,
el hombre solo es pura derrota.

Por eso, no basta con romper con la manada, ya que eso está previsto en el
normal funcionamiento del machismo (la disidencia solitaria o m­ inoritaria),
sino subvertir al propio grupo (que nos contiene) con sinceramiento perso-
nal, demostraciones de cariño, alianzas positivas y mucha empatía en la
contradicción. No importa cómo. Lo importante es empezar. Disentir sin
romper, expresar el disgusto. Seguramente al principio genere incomodidad
y distancia, pero es muy probable que a la larga brinde una posibilidad de
ayuda grupal para atender las crisis que todos vamos experimentando por la
contradicción misma que nos genera el machismo en nuestro interior, y so-
bre todo, interpelados por los cambios culturales producidos por las luchas
de liberación de géneros.

Así vamos generando espacios del compartir, reflexionar, asistir y contener,


que son gérmenes primarios de subversión masculina, aunque el fin no sea
abolir el patriarcado sino simplemente ser felices, en igualdad con nuestros
seres queridos. ¿Acaso queremos que perdure esta basura machista para
nuestres hijes?

El espacio de compartir

Como decía Sartre, el infierno son los otros. En nuestro caso es tal cual…
¿Cómo podemos hacer para brindarnos a une otre, quien sea que fuera, sea
del género que sea? ¿Cómo podemos expresar el cariño a una amiga, de la
misma manera que lo hacemos con un amigo? ¿Qué podemos aprender del
vínculo cariñoso no represivo que se suele dar entre las mujeres o entre las
disidencias? Nuestro contacto físico no pasa de la palmada en el hombro
o como mucho el abrazo con golpes en la espalda ¡haciendo mucho ruido

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claro, así es más macho!… ¿Nos abrazamos de otras maneras? ¿Nos deci-
mos “te quiero”? ¿Nos miramos a los ojos? ¿Nos tomamos de las manos?
¿Nos tomamos de la cintura? ¿Nos llamamos para saber cómo se siente el
otro? Seguramente, algunas de estas cosas las hemos ido practicando sin
darnos cuenta, y eso demuestra que existe una paulatina deconstrucción de
la sociedad.

Muchas veces, los varones impostamos una forma de ser ante la familia
y la pareja, para lo cual inhibimos al macho jactancioso de sus privilegios.
Por eso, cuando estamos en grupo de varones, dejamos salir al macho pri-
mitivo. Pero también, ese grupo desconoce al yo vulnerable, emocional, que
en general solo puede manifestarse en la intimidad de la pareja, que fun-
ciona como un confesionario del yo atormentado por sus contradicciones.
­¿Cuántos desdoblamientos exige el machismo? ¿Dónde somos más genui-
nos? ¿Lo somos con nosotros mismos al menos?

Cambiar el sentido de la manada puede generar un equilibrio completo de


nuestra identidad, destruyendo las imposturas y los desdoblamientos. Si pu-
diéramos hablar en grupo de nuestras debilidades, incluso reírnos de ellas,
se disuelve la frontera del silencio y la complicidad. Tampoco se trata de
negar al macho primitivo, que está vivo y coleando en nuestras vísceras,
sino dejarlo salir para entenderlo, en las charlas grupales con otros, en las
preguntas en voz alta con amigas feministas. Eso nos va a permitir admitir
conductas violentas como tales, y también aceptarnos en la contradicción.
No es poco para el género de la negación individual. Empodera al hombre
solitario, al hombre en pareja y, sobre todo, al hombre padre.

La paternidad es la experiencia más compleja que puede vivir un varón.


¿Cómo es posible entonces que no tenga espacios donde compartir todo lo
que le va pasando? No los tiene porque se los fue negando históricamente.
Es bien sabido que las madres se suelen juntar entre ellas para compartir
todas las experiencias cotidianas que van surgiendo a partir la crianza y
función de maternar, mientras que los padres se suelen reunir para hablar
de cualquier cosa que no sea su experiencia en la familia o el hogar. Sue-
len ser dos estereotipos bien marcados. Mientras que en los padres es una
negación, en las madres es represión. Los grupos de madres hablarán de
su encierro, todo lo que pasa puertas adentro, a lo sumo de la literatura que
consumen adentro. Ellas están haciendo su proceso de liberación sobre la

45
figura de las “malas madres” o “madres desobedientes”, que también nos
interpela y nos genera un nuevo lugar desde el cual paternar.

Malas Madres / Buenos Padres

Es hora de relajarnos y aceptar la diversidad. La paternidad es un complejo


mundo de contradicciones. Cada persona la vive a su manera, ya que pone
en juego sentimientos ocultos desde la infancia. Hay tantas formas de pa-
ternar, como personas en el mundo. Según el momento histórico, hay cier-
tos mandatos que nos disciplinan hacia cierto tipo de paternidad, pero des-
pués… se termina haciendo lo que se puede.

Ya cargamos con el estigma del Mal Padre, lo llevamos como mochila du-
rante toda la vida. Es que seguramente lo somos, en algún aspecto, o en to-
dos. Porque es parte de nuestra ancestralidad (la cual queremos cambiar).
A diferencia del mandato materno, el hombre es primero hombre libre y des-
pués padre. Ante cada crisis de paternidad, por frustración o mal ejercicio o
por lo que sea, abandonamos el rol paterno (el famoso no hacernos cargo).
Después volvemos, arrepentidos, a intentarlo de nuevo. La paternidad es cí-
clica, pivotea entre dos mandatos: el de superpapá por un lado y el de llanero
solitario por el otro.

No se puede pensar la paternidad sin pensar la maternidad, sencillamente


porque no se puede pensar sin una visión de género, sin una revisión de las
violencias de género que ejercemos directa o indirectamente. La materni-
dad-crianza (no solo como gestación, claro) está instalada en la mujer como
una obligación biológica, y sostenida por sentimientos de culpa, al no poder
realizar nunca el 100 % de las tareas que tiene asignadas, y sobre todo, por
reprimir su instinto de autonomía ante su pareja y cría. La paternidad (sos-
tén, provisión, protección) está instalada en el varón como una responsabili-
dad histórica, sostenida fuertemente por el Ego: “Yo puedo todo”, el famoso
“sin mí no sobreviven”. Sin embargo, la culpa sólo le aparece cuando su ego
es diezmado, cuando se da cuenta de que pueden sobrevivir sin él, o peor
aún, que están mejor sin él.

Desobedientes

El patriarcado como régimen de poder ha triunfado en todos los sentidos, al


igual que el capitalismo: el dominio económico y el cultural. Se ha instalado

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dentro de cada persona del mundo, sobre todo en aquellas que son domi-
nadas. El patriarcado y el capitalismo son regímenes distintos, pero van de
la mano, se ayudan mutuamente: El capitalismo alimenta al odio con sus
mecanismos internos de jerarquías y competencias.

La pregunta del millón: ¿Por qué un sujeto con privilegios que le otorgan el
poder absoluto, tendría que renunciar a ellos? ¿Por solidaridad? Incluso los
sentimientos de asistencia a los sectores oprimidos pueden ser también
una expresión de sostenimiento de las jerarquías. A tal punto se ha insta-
lado, que cuando los varones nos resistimos, es probable que lo estemos
perpetuando.

¿Por qué desobedecer entonces? ¿Y cómo? La lucha es por la riqueza hu-


mana que nos aporta la diversidad, contra la idea de un género dominante
que solo produce miedos en la víctima y autodestrucción en los que ejercen
la violencia.

Caballeros, compañeros, amigos, hermanos, apelemos a la ética humanista.


El género no existe, lo estamos derribando. Nuestro sujeto es la humanidad.
El género es una construcción cultural sobre la base de una distinción bio-
lógica básica. El género no se define por una preferencia sexual, sino por
estereotipos de comportamiento. ¿Quién dice que un padre no materna?

A lo largo de la historia, el varón fue construyendo mecanismos instituciona-


les que le otorgaron privilegios, para que los demás géneros sientan que esa
relación de poder es “legal y normal”, para que toda disidencia sea castiga-
da, y las víctimas sean disciplinadas por el miedo.

El privilegio es odio hacia la humanidad. ¿Podemos reconocer que somos


los primeros responsables en el sostenimiento de esos mecanismos de
odio? ¿Podemos desactivar, al instante, una conducta odiante que produce
miedo en la víctima? No busquemos un ejemplo evidente, sino solo aquella
conducta (en apariencia) inocente que esconde una violencia profunda, per-
mitida por una violencia mayor estructural. Cada violencia cometida hacia
les demás, es una violencia más contra sí mismo. En cada violencia, el siste-
ma nos fagocita. Nos devora y escupe los huesitos.

Por eso mismo, somos portadores de una misión fundamental, la de romper


desde los cimientos esos mecanismos de odio, que nos hacen cómplices de

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las elites de varones poderosos, ese 1 % de megaempresarios y obispos, de
las cuales nunca formaremos parte, felizmente.

Escuchemos esa voz interna, oculta, tapada por el ruido de botellas que es-
tallan. Abracemos el espíritu de rebeldía que nos dejaron nuestros ancestros
varones, esos que lucharon contra la corona, símbolo del privilegio. Pero
también llevamos en la sangre la ancestralidad sin género. El espíritu de
comunidad, en armonía con una naturaleza diversa y multi-colorida.

El amor entre hermanos como una posible resistencia, contra el padre, en


defensa de la madre y hermanas, la demostración de afecto entre ellos, la
alianza subalterna que rompe el mandato, que se abraza y ofrece protección
sin violencia ni poder, reemplazando al padre. Hermandad como amistad.
Hermandad subversiva del poder paterno. La fuerza desertora. Soldados
desobedientes.

Padres desobedientes creando otras fraternidades. El abrazo entre pares.


Mirarse a los ojos para reconocernos vulnerables. Solo nosotros sabemos
de qué se trata, lo que sentimos dentro en cada batalla contra el mandato, en
cada renuncia de privilegio. Lo que nos cuesta reconocernos.

Al disentir nos convertimos en víctima, es cierto, pero una víctima que si-
gue siendo privilegiada. El machismo es un lugar seguro. La masculinidad
hegemónica es una comodidad bastante grande. Romper es angustiante, al
principio. Pero detrás de las ruinas está la playa.

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Paternidad(es) y feminismos
Una invitación a pensar(nos) colectivamente

Débora Imhoff1

DEBORA, DANTE E INDIRA

Un punto de partida

Quiero empezar compartiendo con ustedes algo de cómo se dio el proceso


subjetivo de escribir este material, y lo que ha significado para mí el encuen-
tro, el diálogo y el pensar colectivo con las otras tres personas que han com-
partido sus reflexiones aquí. Cuando convocamos desde el espacio de la
Prosecretaría de Género, Diversidad y Feminismos a aquel conversatorio en
agosto de 2020 no me imaginé terminar implicándome de manera subjetiva
en este proceso. Sin embargo, aquella primera conversación con estos varo-
nes en esa actividad institucional, me terminó implicando más allá de lo que
yo hubiera pensado. Tras aquel encuentro, comenzamos a reunirnos para
pensar y debatir. ¿Qué nos reunía, que nos amuchaba? Que somos crian-
tes, sadres, padres, madre, progenitores/a, adultes-que-acompañan-el-cre-
cimiento-de-sus-hijes… Cuatro personas, singulares, diferentes, particulares.
Pero al mismo tiempo compartimos la mismidad de una experiencia vital

1. Lic. y Dra. en Psicología. Investigadora CONICET. Profesora en la Facultad de Psicología,


UNC. Feminista. Mamá de Indira y Dante. Contacto: dimhoff@[Link] / Instagram:
@deboraimhoff7.

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que tiene de universal y particular. Criamos hijxs y somos, al mismo tiempo,
hijxs de alguien. Y esa experiencia nos reúne en una mismidad. Hay algo que
nos conecta, que nos iguala, que nos permite reconocernos en la diversidad
de nuestras existencias.

Desde allí nos hablamos, nos miramos, compartimos lecturas sobre la ex-
periencia de paternar/maternar. Intentamos reflexionar sobre ello y abordar-
lo con mirada crítica; creciendo con aquello que es singular de lxs otrxs y
con lo que nos hace iguales. En algún sentido, hicimos tribu, por un rato. De
esas tribus de criantes que el capitalismo y el patriarcado se encargaron de
destruir para convertirnos en unidades familiares aisladas, individualistas,
solas, muy solas en la tarea de criar.

Ese encuentro me cambió, en muchos sentidos. ¿Quién soy yo después de


esos encuentros, quién era antes?… en fin… ¿Quiénes somos? ¿A ustedes les
sale fácil decir quiénes son? La identidad es un proceso nunca acabado y se
construye de manera relacional. Somos quienes somos por quienes somos
hacia adentro y hacia afuera de nosotrxs mismxs. Somos con lxs otrxs. Y
yo quiero contarles un poco quién soy, y desde dónde estoy pensando un
aporte al debate sobre las paternidades.

¿Y por qué sería importante dedicarle unos párrafos a contarles esto? Porque
lo cierto es que todas las personas hablamos desde un determinado lugar.
Entonces, quiénes somos es importante, porque fija el lugar desde el cual se
enuncia, y eso establece un límite, un horizonte, y también una utopía.

Soy Débora. Soy mujer cis heterosexual (al menos por ahora), mamá de una
niña y un niño pequeños. Soy Psicóloga, pero no de las que pensaron cuando
se los dije. No hago clínica, me dedico a la investigación en un área especí-
fica y aún poco conocida de la Psicología: la Psicología Política. Soy investi-
gadora del CONICET, profe en la Facultad de Psicología de la UNC y funcio-
naria en la misma institución. Soy feminista, casi desde el mismo tiempo
que hace que soy madre. Pero sería injusto decir que sólo soy feminista
porque la experiencia de maternar me invitó a ello y me revolucionó la vida.
Muchas experiencias múltiples y personas hermosas me fueron convidando
el feminismo, y eso me fue cambiando la vida tanto como me la cambiaron
otras experiencias vitales igual de importantes. Soy una mujer que se está
redescubriendo en un montón de aspectos, que se pregunta, a veces con

50
alegría y otras con angustia. Comparto la crianza con mi compañero de mu-
chos años, papá de mis hijes, un varón hetero-cis. Parte de mi identidad es la
militancia. He participado políticamente de diversas organizaciones a lo lar-
go de mi vida, y ese encuentro colectivo de construcción de posibles futuros
mejores me constituye y da forma a quién soy. Deseo, sueño, me equivoco,
aprendo, me angustio, avanzo.

Entiendo a la paternidad como una experiencia social que es relacional, y


en su constitución dialoga con las formas que adquiere en nuestra cultura
la experiencia de maternar. Y no porque todas las duplas de criantes sean
hetero-cis (ni porque siempre haya duplas), sino porque la construcción so-
cial de las maternidades y las paternidades se erige en diálogo, y a veces
en espejo. Diálogo de mandatos, de patrones culturales, de repertorios de
acción, de sentires permitidos y prohibidos. De márgenes en torno a lo que
significa el rol de unas y de otros, y de otres también. Juegos sociales que
se gestaron mucho antes de que nosotres lleguemos, y que establecen már-
genes de libertad, cercos que delimitan lo que se puede pensar/hacer/sentir
y lo que no. Cercos que, como todos los cercos, se pueden correr más allá
o más acá.

Pensar las paternidades desde nuestro rol como hijas

Mi primer lugar ineludible para reflexionar sobre las paternidades se vincu-


la con mi rol como hija, recuperando un saber que tenemos todes: nuestra
experiencia como hijes de alguien. Esas experiencias que nos marcan, para
bien o para mal, y que forman parte significativa de quienes somos, quienes
elegimos ser y –también– de cómo elegimos no ser.

No es sencillo para mí hablar desde allí. Primero porque no es mi registro


frecuente de comunicación (yo escribo, básicamente, artículos científicos
con hallazgos empíricos). Pero, además, porque no me tocó un padre fácil.
Nunca escribí sobre él y no sé muy bien cómo hacerlo, pero me doy cuenta
de que no existe manera posible de pensar sobre cómo queremos encarar
el rol de crianza, si no revisamos nuestra propia historia y los modelos que
hemos tenido al alcance de la mano.

Tengo un papá grande, que hoy ronda los más de 80 años. Un padre que es
un ícono bastante significativo de adecuación a las normas hegemónicas

51
de masculinidad y a los cánones dominantes de paternidad. Un padre como
muchos, de esos que laburaron hasta lo imposible para proveernos de todo lo
material que necesitáramos, porque les enseñaron que de eso se trataba ser
un padre. Un papá que nos abrazó muy poquitas veces, que la expresión de
afecto más efusiva que le salía era una palmada en la espalda, y que nunca
conversó conmigo sobre mis dolores, mis sueños, mis amores o desamores.
Un papá que no nos enseñó a manejar a ninguna de sus hijas, y que obstacu-
lizó bastante la autonomía de mi mamá (que sí sabía manejar, pero que no lo
hizo durante gran parte de la vida que compartió con él). Un padre autoritario
pero, al mismo tiempo, ausente de la crianza cotidiana (que sólo intervenía
para poner orden y, siempre, desde un lugar sumamente intimidatorio). Un
papá que no se involucraba en mi vida escolar, excepto cuando se trataba de
hacerme unos dibujos hermosos que a mí me encantaban. Un padre que me
generó siempre sensaciones muy encontradas: al que le tenía muchísimo
miedo cuando se enojaba, que recuerdo con alegría llevándome a la calesita
cuando era chiquita, y que miro con profunda tristeza ahora de grande dán-
dome cuenta de cuánto le costó a él mismo, a su bienestar y a su felicidad
responder tan férreamente a los mandatos de masculinidad hegemónica.

Un varón que se comió el cuento de que tenía que ser el hombre proveedor
de la casa, y que no supo qué hacer cuando la crisis de 2001 lo dejó en la
calle sin posibilidad de darle de comer a su familia. Un varón que no supo
repensarse cuando las mujeres de la casa comenzamos a tejer vínculos de
sororidad entre nosotras para contrapesar su poder. Un padre que se convir-
tió en un abuelo que se sienta a mirar Tom y Jerry a las carcajadas con sus
nietxs (mis hijes), como jamás lo hizo con nosotras. Un varón ya anciano
que a veces quiere reconectar y conversar con nosotras, pero que nunca
aprendió cómo hacerlo. Un varón que sufrió y sufre cotidianamente lo que el
patriarcado le costó, todo el bienestar y el afecto del que lo privó, y todas las
trampas que le tendió.

Soy de esas hijas que sufrió un padre patriarcal y dominante. Pero que hoy
mira todo eso que el patriarcado nos hizo, a través de él, a las mujeres de la
familia, y siente una profunda pena no sólo por nosotras, sino también por él,
que se le fue la vida comprando una mentira. ¿Qué le dejó el cumplimiento
a rajatabla de ese mandato de masculinidad? Soledad, aislamiento, desco-
nexión, sufrimiento (propio y ejercido sobre otras).

52
Sé que mi padre no es un caso excepcional. Sé que muchxs de ustedes
tienen o tuvieron padres así…o son padres que repiten ese molde. Déjenme
decirles, con total certeza, que ese molde sólo trae sufrimiento, desamor,
desamparo. Para todes. Yo miro para atrás en mi historia y siento una pro-
funda tristeza por la vida que vivió mi padre, y por la que él nos hizo vivir a
nosotras y a mi madre. Creo que mi padre nunca entendió (aun hoy) que el
autoritarismo y el control no tienen como efecto el amor de lxs otrxs, sino su
sumisión, su obediencia y –a veces– también su miedo y su rebelión.

También recuerdo cosas lindas de mi padre, por supuesto. Su pasión por


la música, su profunda curiosidad, su capacidad de oratoria, su sentido de
la responsabilidad y el trabajo. Sus esfuerzos excesivos como laburante de
clase media baja para juntar el mango, con largas y extenuantes jornadas
laborales, frecuentemente mal pagas y con pocas garantías de derechos.
Su convicción, y la de mi mamá, por fomentar en nosotras el estudio. Soy la
primera universitaria de mi familia, y eso se los debo a ellos.

Ese padre que me tocó supuso para mí convertirme en la hija que fui y que
soy. Impactó de forma significativa en el tipo de madre que elijo ser, y en el
tipo de padre que elegí para mis hijes. Creo que nos pasa un poco a todes,
por opción o por oposición. Así de estructurante es la presencia de los pa-
dres, incluso cuando no están.

El padre que me tocó me ayudó a ser la hija que soy, pero no le deseo a nadie
tener un padre así ni seguir ese modelo de paternidad. Estoy convencida de
que los feminismos aportamos una mirada renovada y sumamente subver-
siva, que abriga la posibilidad de construir un mundo mejor para todes, don-
de cada quien pueda vivir una vida digna de ser vivida. Y sé que ese cambio
que proponemos desde los feminismos sólo es posible si advienen otras
masculinidades y, de su mano, otras formas de paternar.

Reinventar la crianza al protagonizarla

Haber crecido en un ambiente de fuerte reproducción de los estereotipos


de género, heteronormativos y profundamente machistas que propone el
patriarcado generó las bases, incluso antes de ser feminista, del tipo de
maternidad que yo quería construir y del tipo de paternidad que quería ga-
rantizar para mis hijes. Crecí, como muchas de nosotras, con la certeza

53
i­ncuestionada de que la maternidad era un destino que todas las mujeres
debíamos cumplir en algún momento de nuestras vidas. Me la pasé jugando
con muñecas, aprendiendo a cambiar pañales, dar mamaderas, identificar
las necesidades de mis muñecas y –también– de todas las personas de
la familia. Aprendí a cuidar, a preocuparme por los demás, a ser empática,
a gestionar una casa, a planificar y ejecutar las tareas necesarias para la
reproducción del ámbito doméstico. Incorporé anhelos de realización profe-
sional que me vinculaban a las disciplinas feminizadas, donde las mujeres
seguimos garantizando los cuidados, desde otros roles. Jamás se me cruzó
por la cabeza ser astronauta, física, ingeniera. También entendí, temprana-
mente, que si quería garantizar el bienestar de mis futures hijes tenía que
conseguirme un buen padre para ellxs, uno distinto del que me había tocado
a mí. No era todavía feminista, pero tenía una profunda comprensión del
dolor que una paternidad hegemónica genera en todas las personas.

Después tuve la suerte de “caer en la universidad pública”. Paradójicamente,


el empuje de mi padre (y, por supuesto, de mi madre) para que estudie y vaya
a la universidad, me dieron más herramientas para mirar críticamente el tipo
de paternidad que él construyó. Comencé a militar en espacios progresistas
y de izquierda, conocí compañeros y compañeras de cursada y de militancia
que ampliaron mi marco de comprensión del mundo. Conocí personas que
tenían padres cariñosos, que les manifestaban afecto, que conversaban con
ellas, que ejercían otro tipo de paternidad. Profundicé mi disidencia con el
tipo de varón que era mi padre, y mi rechazo a las formas de vivir la vida que
proponen el capitalismo y el patriarcado.

Y conocí a mi compañero, el que hoy es padre de mis hijes. Un varón que


comparte algunas características de mi padre (su pasión por la música y por
los autos), pero que se sitúa en las antípodas de la construcción de mascu-
linidad que yo conocí, ésa de mi padre y también de otros varones que me
pusieron a sufrir. Respetuoso, cariñoso, que no putea, que no come carne,
que no le gusta el fútbol, que cocina y limpia la casa. Un desertor de la mas-
culinidad dominante que, como tantos otros varones como él, fue cuestio-
nado por sus pares varones cuando se alejaba de lo esperado. Con él decidí
formar una familia (primero, claro, me aseguré de terminar la universidad y
doctorarme, con la certeza de que la maternidad supondría un retraso en
mi carrera académica, más obstáculos para mi desarrollo personal, y una

54
renuncia para cuidar de mis hijes que –hasta el momento– estaba poco
deconstruida y criticada).

Hasta ahí conocía poco de los feminismos, porque entendía como más ur-
gente la lucha contra el capitalismo que contra el patriarcado. No compren-
día aún la tremenda articulación entre los diversos sistemas de dominación,
y creía que la lucha de clases eliminaría todas las formas de desigualdad
y opresión. Creo que para mí fue mucho más sencillo mirar críticamente
al capitalismo, que al patriarcado, porque a este último lo tenía muchísimo
más naturalizado y sus efectos perjudiciales me resultaban aún opacos. Lo
escribo y me doy cuenta de la tremenda eficacia simbólica que tiene, y el
denso velo que lo cubre en la vida cotidiana. Como niña, como adolescente,
como mujer, fui víctima (como todas nosotras) de numerosas violencias de
género, incluyendo situaciones de acoso sexual de las que no fui plenamen-
te consciente hasta que el feminismo me ayudó a desnaturalizarlas. Ten-
go 39 años, y tengo recuerdos de estas violencias desde –al menos– los 6
años. Sufrí acoso callejero, bullying gordo-odiante, al menos dos hombres
me mostraron sus genitales en la vía pública cuando era niña, un varón se
masturbó enfrente mío en la calle una noche que iba a tomarme el colectivo
cuando salía de la universidad, otro varón más grande que yo me manoseó
cuando era niña, algunos varones que me gustaban me expusieron a prácti-
cas no consentidas, y compré todos los mitos del amor romántico de todas
las novelas y películas que miré a lo largo de mi vida, y desde los cuales se
justifican innumerables violencias hacia las mujeres en “nombre del amor”.
Tengo miedo de ser violada desde que tengo recuerdo, camino rapidito cuan-
do paso por los lugares en los cuales los varones pueden decirme cosas, y
me cruzo de vereda cuando voy sola y hay un varón caminando detrás de mí.
Pero no fue hasta que conocí al feminismo que pude vislumbrar realmente
todas estas situaciones, ver la violencia que hay en ellas y comprender cómo
se articulan a la reproducción del patriarcado. Es más, no fui consciente de
las innumerables violencias de género cometidas por mi padre, hasta que
me encontré con los feminismos.

Y ese salto cualitativo y comprensivo lo di cuando me convertí en madre.


Hay que decir, no menos importante, que mi hija nació en diciembre de 2015.
El mismo año del primer grito de NiUnaMenos, el año que ganó Macri, el
año que vi por primera vez en mi vida una serie de zombies (como para

55
­ onvencerme, creo, de que había un escenario aun peor que ése que co-
c
menzábamos a vivir en Argentina). Hasta aquí había construido una serie de
certezas sobre lo que quería que forme parte de mis prácticas de crianza.
Había escrito una tesis doctoral sobre socialización política e infancia, había
trabajado con niños y niñas, y sabía –en la teoría– lo que quería que sucedie-
ra en el vínculo que mi compañero y yo tendríamos con nuestrxs hijxs. Pero
claro, eso era la teoría.

En lo concreto, comenzar a maternar y paternar fue de las cosas más difí-


ciles que tuvimos que hacer en nuestras vidas. Y, a pesar de tener ambos
certeras convicciones sobre cómo queríamos que ello fuera en función de
nuestra afilada mirada crítica sobre las formas en las cuales habíamos sido
criados, en lo cotidiano nos pasó que la tarea fue mucho más difícil de lo
que imaginábamos.

Es que se trata de una experiencia subjetiva nueva, y en tanto tal es desa-


fiante, es desorientadora, es –incluso– un poco desquiciante a veces. La
maternidad y la paternidad son prácticas, son un hacer concreto que nos
da identidad, que se convierte en un acto performativo: hay un antes y un
después de esa experiencia en nuestra identidad. Es, además –y como he-
mos dicho– una experiencia que no comienza cuando nace o llega unx hijx,
sino que se inscribe en toda una historia biográfica y socio-histórica que es
previa. Maternar/paternar es too much!!! ¿Cómo lo hacemos? ¿A todes nos
pasa que pasamos por esa desorientación? ¿En qué medida esa desorienta-
ción podría ser una excelente oportunidad para construir nuestra experiencia
de paternar o maternar desde un lugar crítico y emancipado? ¿Nos damos
la posibilidad de que esa crisis vital que supone el nacimiento o la llegada
de unx hijx nos interpele y nos sitúe ante la emergencia de nuevas formas
de ser-en-el-mundo? Por supuesto que se trata de un proceso sumamente
subjetivo y singular, pero es preciso que veamos también que se trata de una
experiencia que es universal, y que se encuentra fuertemente moldeada por
el contexto socio-histórico, político y cultural.

Para nosotrxs fue difícil, en primer lugar, porque los vínculos de crianza son
justamente eso, vínculos que se establecen entre adultxs e infancias. La
crianza es una forma de relación social y, como toda relación social, es una
relación de poder, marcada por la articulación de varias “asimetrías relacio-

56
nales” (Bonino, 1996)2. Una de ellas es, sin dudas, la que se establece entre
varones y mujeres en el marco de relaciones heteronormadas (es decir, en
las cuales la heterosexualidad obligatoria es la norma). Pero también hay
otra subalteridad frecuentemente más naturalizada e invisiblizada que la
recién mencionada: hay una relación de poder intergeneracional, de domi-
nancia de lxs adultxs hacia las infancias, que genera condiciones de des-
igualdad.

Si bien yo había criticado fuertemente al adultocentrismo en mis trabajos


académicos y en mis experiencias de trabajo territorial con infancias, otra
cosa muy distinta era pensar cómo se iba a poner en juego mi propio adul-
tocentrismo en mis prácticas de crianza. Cuando empezamos a maternar
o paternar solemos pensarlo de manera unidireccional, como experiencias
que se articulan desde el mundo adulto, y que inciden sobre las infancias.
Eso, frecuentemente, nos pone en lugar de sujeto-supuesto-saber (nosotrxs,
lxs adultxs, somos quienes “saben”) y deja al poder cristalizado de nuestro
lado. Desde esa mirada, nos perdemos toda posibilidad de convertirnos en
aprendices en ese vínculo. Mi compañero y yo partíamos desde ahí, sin dar-
nos cuenta de las limitaciones de nuestra mirada desde el mundo adulto.
Y nos tocó una hija que nos sacudió las estructuras, que nos cuestionó (y
nos cuestiona) profundamente con sus preguntas incisivas e inteligentes,
que nos desbarajustó las certezas y nos puso de frente a nuestras propias
contradicciones. Y cuando más o menos habíamos ensayado un poco esto
de ser mapadres, y habíamos construido algunas estrategias para hacer con
esa situación tan desconcertante que es empezar a criar, llegó nuestro hijo
–igual de inteligente, incisivo y creativo– y nos mostró que teníamos que
seguir aprendiendo, porque cada hije es distintx, y las respuestas no son
nunca las mismas.

La tarea de maternar/paternar también se dificultó porque habíamos apren-


dido que esto de ser mapadres era cosa de la familia nuclear, del grupo redu-
cido, sin tribu. Crecimos sin tribu, en un contexto socio-cultural que, signado
por el capitalismo neoliberal, afianzó prácticas de crianza en solitario, indi-
vidualistas, sin apoyatura comunitaria. En el mejor de los casos, con algún

2. Bonino Méndez, Luis (1996). Micromachismos: la violencia invisible en la pareja. Pri-


meras Jornadas de género en la sociedad actual. Valencia: Generalitat Valenciana, 25-45.
Disponible en PDF

57
apoyo de la familia extensa, y una gran carga de trabajo de cuidado no remu-
nerado por parte de abuelas y tías. Yo no comprendí realmente el impacto
profundo que eso tiene en nuestras vidas, hasta que formamos una familia
y corroboramos la tarea imposible que es criar en soledad.

Por otra parte, tanta situación desafiante y desestructurante nos situó (o


al menos a mí) ante la pregunta sobre el deseo. ¿Será que yo realmente
deseaba ser madre? (pregunta contra-fáctica e imposible, claro, porque ya
lo era) ¿O era parte de una reproducción de lo que se esperaba que yo fuera
y deseara por el simple hecho de ser mujer? Sin respuestas claras a esas
preguntas, intenté asegurarme de que mi hija pudiera comprender, desde
muy pequeña, que la maternidad no es destino. Y me sentí muy feliz un día
en el que, con apenas 5 años, ella dijo: “mamá, cuando yo sea madre” e in-
terrumpiéndose abruptamente agregó: “bah, si es que yo decido ser madre
cuando sea más grande”. Listo, lo había comprendido, y a mí se me llenó el
cuerpo de alegría.

Y ahí, claramente, me surgió también la pregunta por el deseo de los varo-


nes. Porque en la cultura popular el deseo de lxs hijxs es siempre un deseo
femenino que se da por supuesto. Pero, ¿qué pasa con los varones?, ¿es la
paternidad destino para ellos? ¿es elegida, o es reproducción de un man-
dato, de una expectativa? ¿Cómo se articulan los mandatos de género al
deseo de ser padre y qué se pone en juego allí? ¿Cómo se expresan en los
varones las ambivalencias propias de la paternidad, las dudas, los miedos,
las contradicciones? ¿Con quiénes hablan los varones de estas situaciones?
¿Nos preguntamos sobre los efectos que tienen las maternidades y pater-
nidades que responden a los estereotipos y los mandatos de género sobre
nuestra salud, sobre nuestra sexualidad, sobre la relación de pareja (si es
que la hay)? ¿Cómo conviven la responsabilidad y el disfrute en estas expe-
riencias? Son preguntas que no me he podido responder aún, pero que creo
que debemos sostener constantemente, para que la interpelación nos saque
de la zona de confort y nos lleve a imaginar nuevas respuestas.

Los modelos (hegemónicos) con los que contamos

Pero sobre todo, el desafío de construir nuestro rol como criantes emergió
cuando comenzamos a encontrarnos con las limitaciones que teníamos (y
aún tenemos) en función de los roles y estereotipos de género que había-

58
mos aprendido. La experiencia de paternar o maternar no viene determinada
genéticamente. Es una experiencia que si bien es universal (en todas las
culturas hay adultes criando, acompañando el crecimiento de las nuevas
generaciones), tiene marcas culturales específicas. Así, a lo largo de todo
nuestro proceso de socialización, vamos aprendiendo roles y expectativas
sociales asociadas a nuestras identidades de género. Las mujeres aprende-
mos que se espera de nosotras que seamos “buenas” madres, solícitas, dis-
ponibles para nuestrxs hijxs y nuestras parejas, multitasking, sacrificadas,
que resignemos nuestro propio bienestar por el de otrxs (y, sobre todo, por
el de nuestrxs hijxs). Y aprendemos, también, a sentir una culpa inabarcable
cuando no cumplimos con esos mandatos. Los varones van decodificando
que lo que se espera de ellos se sitúa sobre todo en el ámbito de lo público,
con gran protagonismo afuera de casa, y un rol poco involucrado puertas
adentro. No juegan a ser papás, no se les enseña a limpiar, a cuidar, a pedir
perdón, a expresar sus emociones, a empatizar con las emociones de otras
personas ni a escuchar atenta y activamente.

Esos modelos nos los vamos apropiando en los distintos ámbitos de socia-
lización por los que pasamos: por supuesto, en casa, con las figuras adultas
que forman parte de nuestras vidas, y con cómo esas personas nos han
cuidado y criado. Pero también en la escuela, con lo que dice la seño (que
es siempre una mujer), con lo que nos hacen leer en los libros, o con el tipo
de tareas que nos dan de forma diferencial a nenas y nenes. Además, las
producciones de la industria cultural se aseguran de transmitirnos cuál es el
molde esperado y cuáles son los rechazados, a través de programas de tele-
visión, novelas, series, dibujos animados, noticieros, libros de cuentos y can-
ciones populares. Así que ahí vamos, incorporando modelos y marcas cul-
turales que se inscriben en una cultura androcéntrica, patriarcal, capitalista,
cisheteronormativa y monogámica (que es, a menudo, muy contradictoria).

Esas marcas culturales se concretizan en modelos de paternidad y materni-


dad específicos, en formas culturales desde las cuales se espera que crie-
mos (que, además, como desarrolla Martín en su texto, son históricas). Nos
guiamos entonces por esos repertorios que conocemos a partir de la exis-
tencia de padres concretos (nuestro padre, los padres de nuestres amigues,
un tío o abuelo que también era padre, etc.), pero también en función de
los modelos culturales que circulan en los medios, en la publicidad, en los

59
cuentos que nos leyeron, en los bienes culturales que consumimos. Esos
modelos están legitimados, y están naturalizados (nos resultan “obvios”,
incuestionables e incuestionados, “normales”). De hecho, la fuerte eficacia
simbólica que tienen estos modelos se vincula con esa naturalización y,
también, con la reiteración: los moldes esperados están en todos lados.

¿Te preguntaste alguna vez cuáles son los moldes que te propusieron a vos
en tu crianza y a lo largo de todo tu proceso de socialización? ¿Cómo llegas-
te a ser quién sos y cómo eso se relaciona con esas experiencias biográfi-
cas? ¿Te preguntaste si realmente tenés deseos de paternar o maternar, y si
ese deseo (o su ausencia) son realmente tuyos?

Yo sí me lo vengo preguntando, mucho, y con cada pregunta se me abren


otras sin terminar de responder nunca ninguna. Pero está bien, de eso se tra-
ta, de seguir preguntándose. Yo tengo en claro el modelo de padre y de ma-
dre con los que me crié, y sé cuánto de eso quiero abandonar y a qué cosas
específicas elijo dar continuidad. Pero, a pesar de ello, me sigo encontrando
todos los días con reiteraciones de modelos que no elegí, pero que se me
cuelan en la vida cotidiana. Por ejemplo, yo sé que quiero una configuración
familiar con corresponsabilidad en los cuidados, donde mi compañero y yo
seamos equitativos en la distribución de tareas. Sin embargo, todos los días
siento –en algún momento– que mi compañero me expone a situaciones
de desventaja sin darse cuenta. Siento, incluso, que mis propixs hijxs me
demandan más a mí y que con esa demanda también colaboran en la confi-
guración de situaciones de desigualdad. Y me siento muy mezquina y siento
mucha culpa cuando veo esas situaciones y las señalo, porque aprendí que
ser una buena madre era bancarse esas renuncias al tiempo propio, al es-
pacio de ocio, a la dedicación a una misma, sin decir nada ni reclamar. Peor
aún, todos los días me encuentro yo misma generando situaciones desigua-
les, injustas hacia mi compañero, o poco capaz de ver y reconocer las tareas
cotidianas que él garantiza. Incluso, a veces la lógica competitiva se nos
cuela sin permiso, y nos encontramos entrampados en el cálculo de quién
hace más y mejor, y en una espiral de reclamos poco amorosos.

También me pasa que muchas veces en lo cotidiano no sé dar lugar para


que mi compañero asuma un rol más protagónico en algunas tareas de la
crianza. Me di cuenta un día que estaba entrando a la sala de la pediatra
con mi hija y ella, con su habitual interés por hacernos preguntas difíciles

60
(incluso a sus 5 añitos), me dijo: “¿por qué siempre me traés vos a la doc-
tora? ¿por qué no me trae papá? Yo diría que porque él es varón, pero los
varones también pueden hacer estas cosas”. Y ahí me di cuenta que era
yo quien no habilitaba ese lugar para su papá. Yo siempre me encargo de
llevar a lxs peques a la doctora, siempre. Voy, y anoto todas las indicaciones
en un cuadernito, presto atención a todo lo que la doctora dice mientras al
mismo tiempo estoy atenta a que lxs peques no le den vuelta el consultorio.
Simultáneamente, contrasto en mi cabeza las informaciones que ella me va
dando, con lo que yo ya sé sobre el tema o con el último artículo científico
que leí sobre mocos en la infancia. Hago mil tareas cognitivas en simultá-
neo, y me siento ridículamente orgullosa de mi capacidad multitasking en
ese momento. Saco pecho, y me siento una súper mamá. A nuestro regreso,
le traduzco a mi compañero todas las indicaciones, pego papelitos en la he-
ladera con los horarios del remedio aunque sé que él no mirará los papelitos,
no se acordará del remedio y que a mi lista interminable de alarmas del ce-
lular agregaré las nuevas alarmas medicamentosas. Miro la situación y me
parece injusta, al tiempo que me preocupa (¿qué pasará con los remedios
de mis hijes si a mí me pasa algo? Debería ir advirtiéndole a mi hermana o a
mi mamá que ellas deberán hacerse cargo si yo falto, porque mi compañero
suele olvidarse de esos detalles). Pero lo cierto es que en la reproducción
de esa situación inequitativa colaboramos los dos. Él porque no hace acti-
vamente nada para alterar la situación y hacerse un lugar en esa dinámica
(quizás porque es más cómodo reposar en que lo haga yo, quizás porque
no encuentra por dónde hacerse un lugar). Yo, porque estoy profundamente
convencida de que voy a hacer la tarea mejor que él, que me voy a acordar
más, que voy a estar más atenta a lo que diga la doctora, y porque sé que
he aprendido a ser multitasking y puedo procesar sin dificultad (pero no sin
costo) toda esa nueva información que se agrega a nuestra rutina cada vez
que vamos a la pediatra con mocos chorreando y toses aturdiendo.

¿Cómo podemos, entonces, construir una crianza corresponsable y equitati-


va si no nos salimos ambos de esas posiciones aprendidas? Las situaciones
de crianza no son siempre así de ideales, con compañeros que –incluso
cuando no les sale– están dispuestos a la tarea de mirar críticamente sus
privilegios y articular otras formas de paternar. De hecho, la mayoría de las
situaciones no son así, sino que de manera masiva las formas de ejercer la
paternidad se vinculan más bien con la reproducción de múltiples violencias

61
cotidianas. Aun así, no hay situaciones ideales, porque estamos tratando
de criar de forma no machista y contra-hegemónica en un marco social y
cultural profundamente machista, patriarcal y desigual. Y eso se ve clara-
mente reflejado en las políticas de licencias laborales (que otorgan menos
tiempo de licencia a los varones cuando nace o llega unx hijx), y en las diná-
micas esperadas en los lugares de trabajo (donde nadie se asombra cuando
las madres pedimos permiso para faltar porque nuestrx hijx está con fiebre,
pero sí cuando es el papá quien se encarga de cuidar en esas situaciones).
Por eso, la tarea se torna imposible si la pensamos de manera individual y,
aun, en la dupla de criantes (cuando hay dupla).

Desandar estas formas de paternar y maternar requiere necesariamente de la


articulación colectiva, del encuentro con otrxs para pensar y pensarnos, de la
gestación de acciones de incidencia en lo social. Las feministas nos venimos
preguntando un montón de cosas, aportando claves para pensar cómo dar
nacimiento a un mundo más justo. Pero es una tarea imposible sin los varo-
nes. Necesitamos hacerles lugar en la lucha, interpelarles (a veces, a algunos,
amorosamente; otras, a los más violentos y reaccionarios, de formas más en-
fáticas), invitarles, cuestionarlos, demandarles otro rol. Nadie “nace macho”, a
ser violentos los varones aprenden, a reproducir injusticias también.

Los varones que ejercen violencias son la mayoría, lo digamos con claridad.
Algunos ejercen formas extremas y sumamente obscenas de la violencia,
violando, acosando, matando, golpeando. Otros, ejercen formas cotidianas,
más invisibilizadas y sutiles. En ninguno de los casos esos varones son en-
fermos, tienen una patología, ni nacen así. Lo aprenden en el marco de un
proceso de socialización en los mandatos de masculinidad que se inscribe
en el capitalismo y su necesidad de perpetuación de las desigualdades.

Necesitamos otras masculinidades y, de su mano, otras paternidades. Los


varones no sólo centralizan el poder en su expresión como dominio, control,
y autoridad (o más bien, autoritarismo). También se apropian de la autoridad
epistémica: poseen el privilegio de la definición semiótica del mundo, y son
en ese marco quienes tienen el saber (incluso en campos sociales y disci-
plinares fuertemente feminizados). El problema es que esa posición no sólo
nos priva a nosotras de autoridad epistémica, sino que viene de la mano de
una trampa. Si ellos saben, entonces no se equivocan pero, al mismo tiem-
po, “no pueden” equivocarse.

62
Y necesitamos que se equivoquen muchachos, y que se reconozcan desde la
ausencia de saber y certezas. Que prueben articular colectivamente otra for-
ma de ser varones y de paternar, y que se permitan en esa experimentación,
equivocarse. Una equivocación orientada por una ética feminista del cuida-
do que permita aprender del error, ensayar nuevos caminos, nuevas formas
de vinculación con sus parejas y con sus hijes. Una equivocación que no se
convierta en justificatoria de nuevas violencias, sino que amplíe los márge-
nes de la experiencia masculina hacia territorios de equidad y justicia. Un
ensayo-error con otros, en el encuentro con otros varones, en la gestación de
nuevas formas de homosociabilidad masculina. Bard Wigdor (2021)3 afirma
que la construcción de la masculinidad dominante supone la reducción de
las diferencias entre los varones y el aumento de las diferencias con las mu-
jeres, lo cual ratifica una “otredad uniforme” que oculta la diversidad hacia
el interior del propio colectivo de varones. Por eso es importante enfatizar
la naturaleza plural y diversa de la experiencia de paternar, y darse espacios
para el encuentro con otros varones y el compartir de vivencias.

Se trata, sin dudas, de una tarea desafiante, y plagada de contradicciones.


¿Se puede ser un padre cariñoso, expresivo, comunicativo y ser machista?
Ser un padre presente, cariñoso, responsable, ¿ya es sinónimo de ser un
padre no machista y que no reproduce violencias cotidianas? Problematizar
las formas en las cuales se nombran a las paternidades no tradicionales nos
va a permitir complejizar la mirada, e identificar qué del patriarcado insiste,
y se camufla y fagocita en las nuevas formas de paternar que ensayan al-
gunos varones. Oímos hablar de paternidad corresponsable, paternidad ac-
tiva, “nuevas” paternidades, paternidad positiva, paternidades emergentes,
“en construcción”, “contemporáneas”, alternativas, presentes, divergentes.
¿Da lo mismo cualquiera de estas definiciones? ¿Son todas igualmente con-
tra-hegemónicas? ¿Se articulan todas a un mismo proyecto de sociedad, y
de relación entre los géneros? Sé que es mucho. Y sé que algunos varones
tienen la sensación de que ahora se les exige más como padres, que antes
alcanzaba con menos, que con menos se cumplía con la expectativa social.
Lo cierto es que este cambio es éticamente urgente, socialmente necesario,

3. Bard Wigdor, Gabriela (2021). Masculinidad hegemónica y violencias de género: Apro-


ximaciones conceptuales sobre el tema. Clase en el marco del curso “Introducción a la
problemática de las violencias de género” (5ta edición), Facultad de Psicología, Universidad
Nacional de Córdoba.

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y que augura una forma de ejercer la paternidad que redundará en bienestar
para todes, incluidos los propios varones.

Muchas mujeres ya estamos en ese camino de deconstrucción (también


muchos varones, pero aún con niveles de organización colectiva y disputa
social y política relativamente menor). Nos estamos preguntando por las for-
mas en las cuales aprendemos a maternar inscriptas en roles y estereotipos
marcados por el patriarcado. Nos cuestionamos cuando nos encontramos
callando para que nuestras parejas no se enojen, o para que no se angustien,
o para que no se sientan mal, o para que no vean lastimado su ego. Nos in-
terpelamos cuando los cubrimos con sus hijes, en un intento por protegerles
de las limitaciones de sus padres. Nos preguntamos enfáticamente cómo
vamos a hacer para criar a nuestros hijos varones para que no reproduzcan
la masculinidad hegemónica y para que, si eligen paternar, lo hagan desde
otro lugar. Pensamos continuamente cómo interpelar a los varones, cuánta
actitud pedagogizante tener, cuánta paciencia, cuánta impaciencia.

Personalmente, me pregunto muchísimo cómo interpelamos las madres fe-


ministas a los varones. Intento pensar cuál es la mejor manera posible, si es
que hay una manera mejor que otra. Me veo ensayando diversas formas en
función de si se trata de mi compañero de crianza, de un amigo, de un colega
de la universidad, de un taxista que me mete en una conversación no solici-
tada, o de alguien que viene a un taller o a una charla que doy. Me reconozco
con más margen de maniobra cuando me encuentro con varones que están
genuinamente pensando cómo construirse desde un lugar-otro al del pa-
triarcado. Me reconozco con muchísima dificultad para hacerlo con varones
que aún se encuentran sumamente alienados al modelo hegemónico, que
aún no ven las grietas del molde dominante. Y me reconozco profundamen-
te intolerante e incapaz de establecer diálogo y escucha con los varones que
ejercen formas cruentas de violencia, quedándome sin respuestas y sintién-
dome habitada por la bronca, la ira y la indignación.

Sé que ninguna de esas posiciones la puedo construir sola. Y que los varo-
nes aliados tampoco pueden lograrlo solos. Que necesitamos tejer redes,
construir una urdimbre de resistencias y de propuestas alternativas, para
construir juntes el mundo que queremos para nuestros hijos y, sobre todo,
para nuestras hijas e hijes.

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¿Y ahora qué hago con todo esto?

Me lo pregunto todo el tiempo. Y me lo preguntan algunos varones cuan-


do conversamos sobre este tema, o cuando hablo sobre esto en alguna
capacitación. Lamento decirles algo que ya saben: no hay recetas. Creo
que, a lo sumo, podemos articular algunas coordenadas que nos permitan
orientarnos en la profunda y necesaria desorientación en la que andamos.
Una de esas coordenadas es, sin dudas, subjetiva. En lo individual, en lo
singular de cada quien, necesitamos comenzar a aceptarnos como figura
materna o paterna, mirarnos como el padre o la madre real que somos,
más allá del padre/madre ideal o normativo. Articular una mirada crítica
sobre sí, sobre nuestras prácticas y vivencias, favoreciendo el ejercicio
autocrítico, y abandonando la reproducción acrítica y alienada de la vida
cotidiana naturalizada (Bonino, 1996). Pero creo que debemos hacerlo de
una manera amorosa. Al sistema le sirve nuestra autocrítica destructiva, le
sirve que nos inseguricemos y andemos de capa caída y con la autoestima
por el piso. No es fácil, pero creo que ese ejercicio de revisión personal
crítica debemos hacerlo de forma amorosa, aprendiendo a cuidar de no-
sotrxs mismxs.

Esto implica también reconocer cuáles son las cosas que estamos haciendo
bien, y ésa es una tarea muy difícil, porque frecuentemente nos señalan todo
lo que hacemos mal. Hay como un ritual ponzoñoso en este sentido. Casi
como una revancha generacional, nos suele pasar que nuestras madres,
abuelas, tías (sobre todo mujeres, pero también varones), nos señalan todo
el tiempo lo que estamos haciendo mal en la crianza. Solapada con forma
de supuesta recomendación u orientación (frecuentemente no solicitada)
nos indican que estamos malcriando (criando mal ¿no?), que lo estamos
haciendo mal. Creo que tenemos que ser más humildes y comprensivxs con
quienes están intentando, bienintencionadamente, criar hijxs en este mundo
complejo (tan complejo como lo fue siempre), y acompañar amorosamen-
te esas crianzas. Tengo una amiga octogenaria, la Eloisa, que fue –hasta
el momento– la única representante de la generación anterior que nos dijo
que lo estábamos haciendo bien. Con su calidez característica, un día al
pasar nos dijo: “debe ser que lo están haciendo muy bien, porque sus hijxs
son alegres y están felices”. Me hizo llorar, nunca nadie me había dicho que
lo estaba haciendo bien.

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También en el plano individual, pero en clara articulación ineludible con lo
colectivo, algunas madres estamos haciendo algo con los mandatos que
nos imponen, por la vía de ser “malas madres”. Somos malas madres cuan-
do no respondemos irreflexivamente a los mandatos hegemónicos de la
maternidad que el patriarcado necesita que ejerzamos. Somos malas ma-
dres cuando nos reconocemos como mujeres deseantes, y no sólo como
madres. Al principio me sentía sumamente culpable cuando me encontraba
siendo mala madre. Hasta que me di cuenta que ello no sólo me hacía más
feliz y plena, me acercaba a mi horizonte de realización personal, sino que
siendo mala madre le estaba mostrando a mis hijxs otro modelo de crianza,
uno en el que todas las partes seamos felices en la tarea en un marco de
relaciones más justas y equitativas.

Estas coordenadas subjetivas también requieren incluir en la caja de herra-


mientas la ampliación del registro perceptivo sobre nuestras propias formas
de reproducir lo instituido hegemónico. El sistema se reproduce porque to-
des lo sostenemos, lo legitimamos, lo justificamos, de diversas maneras y
–muchas veces– sin darnos cuenta de ello. Es necesario que nos zambu-
llamos en un proceso continuo de construcción y de-construcción que, sin
dudas, es un lugar inalcanzable. Es, justamente, un proceso, no un lugar al
que se llega. Y creo que tenemos que darnos a la tarea abandonando el dra-
ma y aprendiendo a reírnos de nosotrxs mismxs (cosa que es de las que me
resulta más difícil). Salirnos del lugar de supuesto saber, reconocernos en
un lugar de aprendizaje, y reírnos cada vez que metemos la pata intentando
salir de la reproducción del molde.

También necesitamos coordenadas que nos orienten desde la dimensión


vincular, en el establecimiento de otro tipo de relaciones con nuestrxs hijxs
y, también, con nuestrxs compañerxs de crianza. Resulta esencial sostener
las preguntas más desestabilizadoras: ¿Qué paternidad / maternidad es ne-
cesaria para fomentar el protagonismo epistémico de nuestrxs hijxs? ¿Cómo
fomentamos su autonomía si no les permitimos ejercer el cuestionamiento
a nuestra figura? ¿Qué modelo de paternidad / maternidad les estamos pro-
poniendo si no revisamos nuestras propias formas de criar?

Y, sin dudas, las coordenadas que necesitamos no pueden prescindir de la


dimensión política. La crianza es una práctica política, que puede orientarse
por el autoritarismo, la inequidad y la injusticia, o que puede constituirse

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en escenario de rebeldía, de cuestionamiento a lo instituido y de gestación
de horizontes de transformación. En el fondo, creo que la pregunta central
es cuál paternidad / maternidad para cuál horizonte social y político. ¿En
qué medida una nueva paternidad / maternidad permite abonar un cambio
cultural y político? Y allí, emerge el dilema ético que debe orientarnos des-
estabilizadoramente: ¿vamos a seguir ejerciendo esas formas de dominio y
control habiendo sido ya consciente de sus efectos? ¿cómo vamos a hacer
para avanzar colectivamente en el “desarrollo de relaciones más cooperati-
vas, honestas e igualitarias”? (Bonino, 1996, p.8) ¿Es posible construir una
crianza más justa si no interpelan los varones sus propios privilegios? ¿Se
puede avanzar hacia formas más consensuadas, justas y democráticas?

No sé a ustedes, pero a mí tanta pregunta me genera ansiedad y vértigo, y


también un cosquilleo lindo en la panza, ése que sentís cuando sabés que
estás augurando un tiempo nuevo, que estás involucrándote en la hermosa
tarea de construir, con otres, otro mundo posible.

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15 Semanas
Santiago Merlo
10 y 11 de noviembre 2021

SANTIAGO Y VICTORIA, FOTO DE CAROLINA ROJO

Es una de esas noches en que te pienso en mis brazos, escalando por los
planetas que nos traen las enseñanzas de todas tus vidas maestras antes
de ésta.
Con los escudos por el piso, me entrego a que me vulneren tus babas, el sol
que entra por la ventana, el olorcito a tostadas calientes con manteca casera
hecha de natas.
La cotidianidad que recorro en mi imaginación hace tantos años, por fin está
llegando ante el fracaso de los monstruos bajo la cama, en las calles, las
escuelas, en los medios, en los templos, en las casas.
Gestándote le damos al odio la peor de las estocadas: existir, resistir, na-
cer, renacer y amar, amar tanto que los maquillajes caen y se deforman sus
muecas. Se rompen sus uñas y huesos, la guadaña le hace rodar su propia
cabeza, enviándolo a cuevas profundas al vil rastrero.
Somos el triunfo sobre la lápida que habían planeado sistemáticamente
para nosotres.
En esa placenta que te resguarda y alimenta, están exorcizadas todas nues-
tras pérdidas, los dolores y las soledades que hoy sucumben y se retiran
dándole el podio a su vencedor: ¡Vicente!.

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Y el sol estalla en risas, en los rosquetes, las tortillas, los tamales y las siestas
de las tierras santiagueñas de tu madre. En los churquis, los arroyos, los dien-
tes de león, la peperina, la cúpula de estrellas fecundando las sierras come-
chingonas de tu padre. Y una hermana que te siente crecer, y te espera para
compartir el juego, la mesa, los viajes; y la trama afectiva que se fue enredan-
do en brebajes y aquelarres, protegiéndola, protegiéndote de todo, todo, todo.
Hay momentos en que deseo que este instante, esta etapa, se detenga para
saborear un poco más la brisa de la primavera y la incertidumbre.
Estás en viaje y yo salgo hasta la tranquera a mirar cada día hacia donde se
pierde el camino
Cuesta arramar la ansiedad y soltar la bienvenida, en un mundo paralelo y
una realidad desconocida.
Análisis, estimulación, estimulación, medicación, aspiración, transferencia,
FIV, 6 de agosto, vetas, ecos, translucencia, medidas, imágenes deformes
que me parecen hermosas, blisters, inyecciones, miles de kilómetros de ruta,
clínicas, trámites, noches de desvelo, más trámites, mañanas de silencio…
consentimiento informado, cientos de formularios, 20 de agosto, datos du-
ros, corazón blando, ronfase, progesterona, alfajores, terminales, estaciones
de servicio, controles policiales y de la presión, ácido fólico, óvulos, hierro,
dexitol, voluntad procreacional.
Pandemia en el mundo y en el nido que no se salva de ella.
Soberanía sobre el cuerpo, hasta sobre lo que nos pone en tensión. ¿Cuándo
comienzan realmente los latidos? Vida…
Incorporé cada palabra como quien aprende un idioma desde cero, con to-
dos los giros de sus dialectos.
Me sorprendo sonriendo en distintos momentos del día… antes, jamás me
pasó.
Creamos un vínculo nuevo, acariciándonos cada mañana con capas y capas
de piel entre nosotros. Otros me verán hablándole raro a una panza, sin em-
bargo, ese tacto contacto es la primera señal del puente invisible que ojalá
dure toda la vida.
Hijo mío, hijo nuestro, hijo de la tierra y de cada conquista, incluso las que
corresponden a las circunstancias de tu llegada.
En tu galaxia donde todo se queda quieto, se mueven los engranajes entra-
ñas de mamá para arrullarte calentito, mientras los grillos ensayan nombres
para vos, como les tíes de todos los colores, procedencias y sabores.

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Por ahora serás para mí gladiador de juguetes y gatos, pirata de barcos que
llegan siempre a sus puertos. El que hizo un bollo todos mis proyectos, de-
jándolos por fuera de lo importante.
Rompeme, quebrame, déjame sin respuestas, incomodame, exigime, sacu-
dime las telarañas, arrinconame con la espada y la pedagogía invencible de
la ternura, que de la mala ya tuve bastante. Que haya muchas más preguntas
para no dar por hecho nada.
Donde reine el caos, que la madrugada nos encuentre desparramados en la
cama, con tus patitas en mi espalda.
Allí donde los humanos nos portamos como caníbales y depredadores de
bosques y de ríos, que tus mejillas sostengan la justicia y apaguen las má-
quinas y las sirenas de emergencia.
Que la humanidad no muera, por favor, no ahora.
No te olvides que te buscamos tanto, que las cartas escritas antes se per-
dieron en los incendios de tiempos que no eran los oportunos hasta que por
fin entendimos que era acá con nosotres, en este tiempo, en esta era, ésta, la
de redes. Donde tu materialización comenzó con un “me gusta”, un inbox, un
pasaje y un hotel donde hablamos de vos en el segundo encuentro.
Dibujo líneas que podrán ser los primeros pasos, las primeras palabras o los
berrinches de tu trompa, que ya son parte de mi realidad, esperándote bien
despierto.
Por último, si en estas líneas hay consejos, descartalos, no me des bola, ni
ahora, ni jamás.
Gestación.
15 semanas.
Cuenta regresiva.
Te espero a fines de abril del 22.
Te amo,
Papá

Video Recitado por el autor

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Esta publicación cuenta con apoyo
financiero de la Secretaría de Ciencia y
Técnica de la Universidad Nacional de
Córdoba ([Link]-UNC N° 74/2021:
RESOL-2021-74-E-UNC-SECYT#ACTIP).

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