Historia y Grafía
ISSN: 1405-0927
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Departamento de Historia
México
Vergara Anderson, Luis
Paul Ricoeur (1913-2005)
Historia y Grafía, núm. 24, 2005, pp. 241-248
Departamento de Historia
Distrito Federal, México
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In memoriam
Paul Ricœur (1913-2005)
Luis Vergara Anderson
Departamento de Historia / uia
“M is obras son las huellas que dejo. La historia de mis puntos
de vista filosóficos puede ser de interés, pero la historia
de mi vida es nula.” “Nadie está interesado en mi vida y, por lo
demás, mi vida es mi obra. Si quieres escribir sobre mí, simplemente
escribe sobre mis libros y artículos filosóficos.” Éstas son declara-
ciones de Paul Ricouer hechas a su discípulo, amigo y biógrafo
Charles Reagan en 1991 y en 1993, respectivamente. ¿Habremos
de atender la indicación de la segunda cita? ¿Es separable la obra
de la vida de la que surgió? El mismo Ricoeur reconoció al inicio
de su Autobiografía intelectual (1995) la necesidad de evocar ciertos
episodios de su vida privada con objeto de aclarar el desarrollo de
su producción filosófica. Probablemente todo dependa del tipo de
lectura que se pretenda llevar a cabo. En cualquier caso, en este
momento nosotros interpretaremos aquella indicación, sobre todo
después de conocer las disposiciones del propio Ricoeur respecto a
su funeral –sólo deberían estar presentes en él familiares y amigos
íntimos– como un deseo que nos sentimos llamados a honrar. Más
Charles E. Reagan, Paul Ricoeur: His Life and his Work, Chicago y Londres,
University of Chicago Press, 1996, p. 72.
Historia y Grafía, UIA, núm. 24, 2005
allá de sus obras y de los reconocimientos a los que se ha hecho
acreedor, sólo nos referiremos a algunos de los aspectos de su vida
mencionados por él mismo en su Autobiografía y a otros muy
propios ya del conocimiento público.
*****
¿Qué podría añadirse a las notas hasta ahora publicadas en internet,
en prácticamente todos los periódicos serios del mundo y en las
revistas especializadas con motivo del reciente fallecimiento de
Ricoeur? Nada, seguramente. Pero, por otra parte, responde a un
imperativo de la justicia y, por qué no decirlo, del afecto el que
digamos nuestra palabra al respecto. ¿Cómo no recordar en las
páginas de esta revista, sin cometer una injusticia imperdonable,
a quien ha figurado en ellas tantas veces y con tanta pertinencia?
¿Cómo no dejar aquí constancia, mediante la perdurabilidad de
la letra impresa, de sus contribuciones más importantes al pensa-
miento en general y a la teorización sobre la historia en particular, a
manera de discreto pero para nosotros muy significativo homenaje
a una vida y a una obra ejemplares? Y, ¿cómo no hacer referencia
también a los reconocimientos públicos más conspicuos de los que
esa vida y esa obra han sido objeto? Comenzaremos con el más
próximo de ellos.
En diciembre de 2004, a unas semanas de cumplir 92 años
de edad, Ricoeur (junto con el historiador Jaroslav Pelikan) fue
galardonado con el acreditado premio John W. Kluge, establecido
el año anterior con la intención de reconocer, con un prestigio y
con un monto declaradamente comparables con los de los premios
Nobel, la obra de toda una vida consagrada a las ciencias huma-
nas. El discurso de aceptación que pronunció en esa oportunidad
tuvo por título “Afirmando capacidades personales y abogando
por reconocimiento mutuo” y da cuenta a un tiempo de lo que
retrospectivamente nos es dado apreciar como el hilo conductor de
toda su producción, esto es, el homo capax, y del que fue el tema de
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sus postreras investigaciones y de su último gran libro, publicado
ese mismo año, a saber: el reconocimiento. La obra de Ricoeur
conforma en conjunto una espléndida antropología filosófica del
ser humano que actúa y que sufre, que posee –que es– el poder
fundamental de hablar, actuar, narrarse, imputarse a sí mismo sus
acciones como verdadero actor, de recordar y recordarse, en fin,
de reconocer y reconocerse.
El arco que en 2004 arriba a la publicación de El recorrido del
reconocimiento arranca hace más de medio siglo, en 1950, con la
Paul Ricoeur, Parcours de la reconnaissance. Trois études, París, Stock, 2004; se
trata de un libro de una extensión de cerca de 400 páginas estructurado en tres
partes: reconocimiento como identificación, reconocimiento del sí mismo y re-
conocimiento mutuo; tal es el recorrido al que se refiere su título. En ese mismo
año, Ricoeur publicó también Sur la traduction (París, Bayard).
En la obra reciente de Ricoeur aparecen varias enumeraciones de estas capacidades
básicas. En una nota a pie de página (1, p. 82) de La memoria, la historia, el olvido
(Madrid, Trotta, 2003), escribe Ricoeur: “Yo mismo me esforcé en Sí mismo como
otro en tratar como manifestaciones múltiples del poder fundamental de obrar
a operaciones tradicionalmente asignadas a problemáticas distintas. El mismo
cambio pragmático se toma en cuenta en cada una de las grandes secciones de la
obra: puedo hablar, puedo contar(me), puedo imputarme a mí mismo mis acciones
como su verdadero autor. Ahora digo puedo acordarme.” En su discurso de acepta-
ción del premio Kluge, expresó al respecto lo siguiente: “Es posible establecer una
tipología de capacidades básicas, en la intersección de lo innato y lo adquirido.
Estos poderes básicos constituyen un cimiento primario de la humanidad en el
sentido de lo humano como opuesto a lo no humano. El cambio, que constituye
un aspecto de la identidad –la de las ideas y de las cosas–, revela un aspecto
dramático en el nivel humano, que es el de la historia personal entramada con
las innumerables historias de nuestros compañeros en la existencia. La identidad
personal se encuentra marcada por una temporalidad que puede ser afirmada
como constitutiva. La persona es su historia. En el esquema tipológico que estoy
proponiendo, considero en turno la capacidad de decir, la capacidad de actuar,
la capacidad de narrar, a las que añado imputabilidad y prometer. En este vasto
panorama de capacidades afirmadas y ejercidas por el agente humano, el acento
principal se desplaza desde lo que a primera vista parece ser un polo moralmente
neutro a uno explícitamente moral, donde el sujeto capaz se atesta a sí mismo
como un sujeto responsable.” ([Link]
html, consultado el 30 de mayo de 2005)
La producción de Ricoeur se inicia al menos quince años antes de 1950; Lo
voluntario y lo involuntario, sin embargo, es su primer libro importante porque
en él expone su propio y original pensamiento.
Paul Ricœur (1913-2005) / 243
publicación del primer resultado –Lo voluntario y lo involunta-
rio– de una investigación fenomenológico-existencial de la voluntad
que buscaba una realización en el campo práctico semejante a la que
en el de la percepción había llevado a cabo Maurice Merleau-Ponty.
Las entregas segunda y tercera de este proyecto las constituyeron
los dos volúmenes de Finitud y culpabilidad –El hombre falible y
La simbólica del mal– aparecidos diez años después. Pero ya para
entonces sus investigaciones sobre la filosofía de la voluntad ha-
bían conducido a Ricoeur a una suerte de confrontación con el
psicoanálisis que, a su vez, lo llevó a elaborar su propuesta relativa
al conflicto de las interpretaciones. En Freud: una interpretación de
la cultura (1965), puso de manifiesto el conflicto entre dos formas
de interpretar una misma constelación simbólica: la tradicional
(ejemplificada por la del propio Ricoeur en La simbólica del mal) y
la crítica (la de Freud). A partir de entonces su interés no se limitó
a una simbología en particular, pues se centró en la estructura
simbólica en general en tanto que estructura del lenguaje: se había
operado su “giro lingüístico” y en su trabajo la fenomenología
hermenéutica había desplazado a la de corte existencial. La con-
frontación con el estructuralismo, que en esos momentos gozaba
de gran vitalidad en Francia, resultó inevitable. De estos asuntos se
ocupan los trabajos recopilados en El conflicto de las interpretaciones.
Ensayos de hermenéutica (1969).
A principios de la década de los setenta, tiene lugar un segundo
desplazamiento: del símbolo al texto, desplazamiento que parece
darse en dos momentos sucesivos: el de la afirmación de que no hay
autocomprensión que no se encuentre mediada por signos, símbolos
y textos, y el de la reinscripción de la teoría de los textos en el seno
de la teoría de la acción. Ricoeur propone emplear la interpretación
de textos como un modelo para la teoría de la acción y la teoría de
la historia. Una nueva tríada, que subsume a la anterior, se hace
prominente: texto, acción e historia. De todo ello se da cuenta en
una segunda recopilación de trabajos: Del texto a la acción. Ensayos
de hermenéutica II (1986).
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El libro más importante producido por Ricoeur durante la
década de los años setenta es La metáfora viva (1975), cuya tesis
central es que, aunque en el lenguaje metafórico se suspende la
función referencial propia del lenguaje descriptivo, en él tiene
lugar el surgimiento de referencias “de segundo grado”, esto es,
de redescripciones del mundo que permiten decir lo que de otra
manera no podría decirse. Viene después lo que nos es dado llamar
la gran trilogía de las últimas dos décadas del siglo pasado, tal vez
el periodo de mayor esplendor de Ricoeur: Tiempo y narración
(1983-1985), Sí mismo como otro (1990) y La memoria, la historia,
el olvido (2000).
Tiempo y narración es una de las dos obras clave de Ricoeur en
lo que concierne a la teoría de la historia. La tesis central de esta
obra dividida en tres volúmenes, conversación tripartita entre la
filosofía de la temporalidad, la poética de la ficción y la teoría de
la historia, es que existe una correlación –que presenta la forma
de necesidad transcultural– entre la actividad de narrar una his-
toria y el carácter temporal de la existencia humana. La forma del
discurso histórico, sus nexos con el de ficción y con el “pasado
real”, la conciencia histórica y las responsabilidades ético-políticas
del historiador son temas sobresalientes. En un largo capítulo de
conclusiones, Ricoeur introduce su propuesta relativa al carácter
narrativo de las identidades de individuos y colectividades.
En Sí mismo como otro, Ricoeur se propuso efectuar un balance
“provisional” de sus investigaciones sobre la noción de sujeto; el
resultado: una hermenéutica del sí (mismo). Encontramos aquí,
entre otras cosas, plenamente desarrollada la tesis de la identidad
narrativa (individual) y la mejor exposición de la ética ricœuriana.
La memoria, la historia, el olvido es una obra en tres partes co-
rrespondientes a cada una de las temáticas a las que hace referencia
su título, seguidas de un epílogo consagrado a “El perdón difícil”.
Cada parte, además de estar referida a una temática específica, pro-
cede conforme a un método propio. Descubrimos así en este libro
una fenomenología de la memoria, una epistemología de las ciencias
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históricas y una hermenéutica de la conciencia histórica que culmina
en una meditación sobre el olvido. Las tres partes, empero, remiten
a una problemática única que viene a constituir el hilo conductor
de todo el libro: la de la representación del pasado y del enigma de la
imagen presente de una cosa ausente. Ésta es la otra de las obras de
Ricoeur de especial interés en relación con la teoría de la historia.
El premio Kluge fue el último eslabón de una larga cadena de re-
conocimientos y honores tributados a Ricoeur en vida. No podemos
aquí más que hacer referencia a las decenas de doctorados honoris
causa que le confirieron instituciones universitarias de gran prestigio
y simplemente listar algunos de los premios más importantes que
recibió: Jean Cavaillès (Francia, 1950), Hegel (Alemania, 1985),
Gordon Laing (Estados Unidos, 1985), Grand Prix (Francia, 1988),
Lucas (Alemania, 1989), Balzan (Italia), Kyoto (2000) y Kluge
(2004). Al morir, Ricoeur era profesor emérito de las Universidades
de París y de Chicago; vivía en todo sentido tanto en el mundo de
los continentales como en el de los analíticos. Hoy en día es, como
lo ha sido ya por varias décadas, una referencia imprescindible en
cualquier discusión en materia de filosofía hermenéutica, teoría de
la historia, teoría literaria o exégesis bíblica. Fue un filósofo decla-
radamente cristiano y protestante (Iglesia reformada de Francia),
aunque apreciado de manera particular por pensadores católicos,
que se esmeró siempre en mantener separadas en sus trabajos la
esfera religiosa (“la convicción”) de la filosófica (“la crítica”). Fue de
modo consistente un pacificista, un hombre más bien de izquier-
da, siempre comprometido en lo político. Anheló vivir –y que se
viviera– éticamente: con una “intencionalidad de la ‘vida buena’
con y para otro en instituciones justas”. Fue el gran maestro de la
conciliación de posiciones en apariencia excluyentes, en términos de
Ignacio de Loyola (pace, Ricoeur), y buscó invariablemente salvar la
proposición del prójimo. El carácter elegante y preciso de su expre-
sión deslumbra. Acuñó giros tan notables como éstos: “los maestros
Paul Ricoeur, Sí mismo como otro, México, Siglo XXI, 1996, p. 176.
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de la sospecha” (Nietzsche, Marx y Freud), el “kantismo sin sujeto
trascendental” (el estructuralismo) y la “segunda ingenuidad”.
No todo, sin embargo, fueron satisfacciones y reconocimientos:
tuvo que soportar la orfandad, la guerra, la reclusión, el rechazo,
el fallecimiento de su esposa después de más de 60 años de ma-
trimonio (1997) y, lo peor posible, el suicidio de uno de sus hijos
(1986), acontecimiento a partir del cual no volvió a escribir sobre
el ser humano que actúa sin añadir “y que sufre”.
Como suele ocurrir en casos semejantes, en estos días se habla
y escribe de la pérdida que significa la partida de Ricoeur. Así,
por ejemplo, Jean Pierre Raffarin, quien fue primer ministro de
Francia hasta el no de aquel país al proyecto de la Constitución de
Europa: “Perdemos hoy más que a un filósofo. Toda la tradición
humanista europea guarda luto por uno de sus voceros de mayor
talento.” Comprendemos bien estas expresiones y por supuesto
concordamos con ellas. Sin embargo, más que lamentar una pér-
dida, nosotros celebramos una gran ganancia: la de una vida y una
obra que, como ya se ha dicho, resultan ejemplares.
*****
Por fidelidad a la ambición de dar cuenta en lo posible de las más
profundas persuasiones de Ricoeur, nos es menester mencionar
otro posible motivo de celebración. Nos preguntamos: después
del 20 de mayo, ¿la vida de Ricoeur trasciende en algo que sea
más que esas huellas representadas por sus textos? En una de las
conversaciones que sostuvo con François Azouvi y Marc de Launay
durante 1994 y 1995 (publicadas en 1995 con el título La crítica
y la convicción), manifestó, en términos sin duda oscuros para
muchos, pero diáfanos para algunos otros, su personal esperanza
a este respecto:
Últimamente, al reflexionar sobre la experiencia de la muerte, y
sobre lo que me ha sido dicho por médicos que se especializan en
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estas experiencias de fin de vida en personas afectadas por el sida o
cáncer, he tenido la impresión de que uno puede constatar, en ese
momento, que el apelar a recursos de coraje y confianza proviene
de más allá de tal o cual lenguaje; es aquí donde yo reintroduciría
hoy la idea de experiencia: una persona no está moribunda cuando
va a morir; está viva, y puede ser que haya un momento –yo lo
espero para mí mismo– cuando, de cara a la muerte, los velos de
este lenguaje, sus limitaciones y sus codificaciones, se borren para
permitir que algo fundamental se exprese, algo que posiblemente
entonces, efectivamente, sea del orden de la experiencia. La vida
de cara a la muerte asume una V mayúscula, y ésta es el coraje de
estar vivo hasta la muerte. Creo, sin embargo, que estas experiencias
son raras, semejantes, tal vez, a aquellas vividas por los místicos.
Carezco de experiencia en este sentido. He atendido, en cambio,
a la interpretación de textos, a la invitación ética, aun cuando de
buena gana confieso que, más allá del deber e incluso del deseo de
“vivir bien”, se deja entrever un llamado al amor que proviene de
más lejos y de más arriba.
Ante esto sólo cabe el respetuoso silencio del escéptico o el jubiloso
¡amén! del igualmente esperanzado creyente.
Junio de 2005.
Paul Ricoeur, La critique et la conviction. Entretien avec François Azouvi et Marc
de Launay, París, Calmann-Lévy, 1995, p. 220.
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