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Nemirovsky

Este documento presenta reflexiones sobre los conceptos de D.W. Winnicott relacionados con el encuadre y la interpretación en el psicoanálisis. El autor analiza cómo las nuevas manifestaciones clínicas requieren conceptualizaciones que abarquen fenómenos como la patología borderline y trastornos complejos. También discute la necesidad de flexibilizar los encuadres psicoanalíticos y tener en cuenta las particularidades de cada paciente.
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Este documento presenta reflexiones sobre los conceptos de D.W. Winnicott relacionados con el encuadre y la interpretación en el psicoanálisis. El autor analiza cómo las nuevas manifestaciones clínicas requieren conceptualizaciones que abarquen fenómenos como la patología borderline y trastornos complejos. También discute la necesidad de flexibilizar los encuadres psicoanalíticos y tener en cuenta las particularidades de cada paciente.
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Encuadre, salud e

interpretación.
Reflexiones alrededor de conceptos
de D. W. Winnicott1
Carlos D. Nemirovsky

INTRODUCCION: EL ANALISIS EN FUNCION DE LA PSICOPATOLOGIA

“En la labor que estoy describiendo [con pa-


cientes en cuya ‘historia personal precoz no
hubo un cuidado infantil suficiente’ ...de sus
necesidades] el marco cobra mayor importancia
que la interpretación”...
D. Winnicott (1955-56)

Algunas experiencias con pacientes complejos –que algunos


llaman graves o de difícil acceso, cada vez más frecuentes en nuestra
práctica actual– me han llevado a profundizar en los puntos de vista
de algunos autores (Ferenczi, Fairbairn, Kohut, Green, Kernberg,
McDougall, pero particularmente Winnicott) intentando un diálogo
en orden a concebir una respuesta personal que me permita resolver
algunos problemas teóricos, pero especialmente muchos interro-
gantes clínicos. El origen de estas interrogaciones, impulsoras de
búsquedas, nunca es simple. Si bien parten de lo que va aportando
el paciente, siempre enigmático, los analistas nos embarcamos,
junto a él, con rumbo desconocido, cursando una travesía llena de
entrecruzamientos de diferentes niveles, al modo de nuestras pro-
pias series complementarias: las historias personales, los modelos
profesionales, las variables de época, las ideológicas, las vicisitudes
político-institucionales, todo lo cual nos sugerirá maneras de perci-
1
Este trabajo es una versión modificada de los publicados en Intercambios/Intercambis,
Barcelona, nov. 2002 y en www.aperturas.org, número 13.

Psicoanálisis APdeBA - Vol. XXVI - Nº 1 - 2004 117


CARLOS D. NEMIROVSKY

bir las transferencias y determinarán complejas contratransferencias


directas e indirectas.
Necesitamos, con cierta premura, conceptualizaciones que abar-
quen los nuevos fenómenos clínicos propios de los pacientes que
hoy asistimos. Tenemos que ir aprendiendo de nuestra clínica, que
difiere de la de décadas pasadas, ajustando nuestros conceptos para
poder pensar y operar con pacientes que –entre perplejos y angustia-
dos– se perciben “alejados-de-todo”, “irreales”, “transparentes”,
“extrañados”, “inexistentes”, “vacíos”. Debemos ensayar respues-
tas a sus angustias en nuestras prácticas, a la vez que ir pergeñando
conceptualizaciones teóricas con el fin de explicarnos fenómenos
tan inefables y corrientes, como los que encontramos hay como
motivos de consulta. Necesitamos, como lo sugiere Wallerstein, R.
(1988), “teorías clínicas”. Kohut (1977) propone a lo largo de su
obra teorías de bajo nivel de abstracción con su minucioso abordaje
para pacientes con diversos trastornos en la arquitectura de su self.
A pesar de estos abarcativos esfuerzos, sigue en pie la pregunta
¿alguna de las metapsicologías conocidas es suficientemente abar-
cativa para percibir nuestra clínica actual sin forzar los observables
(ni hacerle perder al fenómeno semiológico toda su riqueza) compri-
miéndolos dentro de una horma estrecha?
En este sentido, son bienvenidas postulaciones metapsicológicas
operativas, como las planteadas por Zukerfeld (1999) o por el integrador
Enfoque Modular-Transformacional de Bleichmar (1997).2

2
Bleichmar, H. (1997) propone, desde ya hace algunos años, su modelo de funcionamiento
psíquico al que llama Modular-Transformacional, basado en la coexistencia de diversos
sistemas motivacionales como narcisismo, apego y sensualidad/sexualidad. A partir de estas
consideraciones sostiene que... “el inconsciente es una estructura compleja, con módulos que
se rigen por diferentes leyes de funcionamiento, que tienen distintos orígenes, con contenidos
que se hallan en múltiples niveles de representabilidad y de intensidad o fuerza (catexis) de
sus inscripciones.”
Desde el aporte de este autor, ya no consideramos homogéneo al funcionamiento inconsciente,
sino que operarían los diferentes módulos o sistemas inconscientes generados por inscripción
secundaria, inscripción primaria o no-inscripción responsables de diferentes modos de operatividad.
Zukerfeld, R. (1999) postula, en diversos trabajos, la inclusión de lo que llama “Procesos
terciarios” de gran utilidad en la clínica actual. El dice: ... “no es posible pensar al
funcionamiento psíquico sólo en términos de procesos primarios o secundarios. Conviene
precisar que el proceso primario saturado correspondería a la clínica del impulso y del
desorden del pensamiento y el proceso secundario saturado a la clínica de la intelectualización
y la palabra vacía... reformulamos la noción de proceso terciario como la puesta en relación
con lo escindido o inenarrable constituyendo una verdadera creación”.

118
ENCUADRE, SALUD E INTERPRETACION

Además de estos aportes, pienso que debemos acercarnos a


investigadores que están fuera de nuestro campo habitual de explo-
ración y practicar un diálogo más franco, dejando de lado nuestra
omnipotencia, para posibilitar una relación transdisciplinaria con
otras corrientes, como la psicología cognitiva, la psiquiatría actual,
la etología.
Nuestras metapsicologías psicoanalíticas van recogiendo, como
punto de partida, organizaciones psicopatológicas, que siendo emer-
gentes de la cultura que las nutre, crecen especialmente por los
“bordes” de las categorías conocidas. De allí que en la frontera entre
psicosis y neurosis aparece hace algunas décadas la patología
borderline, aunque ocupando cada año un campo más amplio, que ya
incluye subcategorías, no fácilmente diferenciables de ciertas
psicopatías, de las llamada esquizofrenias ambulatorias y de las
nuevas gamas de “neurosis graves”, como el trastorno obsesivo
compulsivo, o los desórdenes de pánico que hallamos con frecuen-
cia inusitada en nuestras historias clínicas. Seguramente los aportes
que el vivir impone a la estructuración de la psicopatología, y las
nuevas miradas de los profesionales, van complejizando los listados
de estados patológicos. Nuestros afanes clasificatorios son insatis-
factorios –y también siempre inalcanzables, como lo demuestran los
diversos bienintencionados listados de los D.S.M, los C.I.E y de
otros códigos taxonómicos– que no resultan capaces de abarcar a las
tan diferentes expresiones propias de nuestra subjetividad, que en
las diversas acepciones de la cultura, expresa su malestar psíquico.
Las manifestaciones mencionadas, que caracterizan a la “clínica
de lo complejo”, dependen de las épocas (no son universales, ni
ocurren en todo tiempo) al igual que nuestro trabajo profesional y las
teorías en las que lo sustentamos. Nuestros tratamientos no pueden
ser “standard”, los deberemos confeccionar “a medida”, recono-
ciendo que cada encuentro es “el” encuentro singular, como lo es
cada paciente.
Podríamos aferrarnos a algunos esquemas, que nos llevarían a
pensar que con relación a las formas que adquieren los encuadres
con nuestros pacientes ya se ha dicho todo, pero el trabajo artesanal
del consultorio impide que nos instalemos en esta tranquilizante
creencia. Y seguramente porque intuimos que para construir un
puente que permita el tratamiento, debemos proceder de una manera
más compleja de la que aprendimos en nuestros institutos de forma-
ción psicoanalítica.

119
CARLOS D. NEMIROVSKY

Winnicott polariza los términos encuadre/interpretación, cuando


es observable en los trabajos clásicos3 que el encuadre habitualmente
permanezca mudo, con el objetivo de posibilitar el protagonismo de
la interpretación, como principal figura de la acción psicoanalítica. A
partir de los tempranos cuestionamientos de Ferenczi (desde 1919 en
adelante) que lo llevan al desarrollo de la técnica activa –y consecuen-
temente, a su alejamiento de Freud– diferentes autores han aludido a
estas difíciles situaciones, denominando a “su” paciente grave o
complejo, como “severamente traumatizado” (McDougall), “irrepre-
sentado” (Botella), “traumatizado” (H. Rosenfeld).
Siguiendo estos desarrollos, creo necesario detenerme en la
dialéctica temprano/profundo, que es de gran utilidad clínica: es
obvio para nosotros que el método psicoanalítico propone un reco-
rrido en reversa, intentando llegar a aquello que, para cada escuela
del pensamiento de nuestra disciplina, es lo más cercano al naci-
miento del psiquismo.
Así, cada perspectiva psicoanalítica construye “su bebé” que
adquiere como apellido el de la escuela que le ha dado a luz. Estos
bebés (freudiano, kleiniano, lacaniano, winnicottiano, etc.) no resul-
tan gemelos; se parecen como hermanos, pero me parece importante
resaltar que también presentan rasgos irreductibles entre sí. En este
sentido, Pine (1990) ha tratado de marcar convergencias y divergen-
cias refiriéndose a las cuatro psicologías: la psicología de las
pulsiones, la del Yo, la de las relaciones de objeto y la del Self.
En la concepción de “su” bebé, Winnicott (1957) diferencia los
contenidos profundos de los más tempranos. Estos últimos, que no
forman parte del self, posibilitan el inicio de la historia del sujeto: se
trata de lo que el medio brindó en los primeros momentos de la vida

3
No desarrollaré las concepciones freudianas y posfreudianas del encuadre psicoanalítico,
claramente expuestas por Horacio Etchegoyen (1986) en Los fundamentos de la técnica
psicoanalítica, Buenos Aires: Amorrortu.
En una oportunidad anterior (Nemirovsky, C., 1999) me he referido al llamado análisis
“clásico” señalando que no existe como tal... “considerando solamente que si un analista
tiene in mente la idea de creatividad como valor importante deberá inventar –seguramente
reinventar– una forma de encuentro para cada persona a la que trate; entonces lo inmutable,
lo ‘clásico’, no será nuestra técnica. No hay, a mi entender, ni siquiera en los protocolos
freudianos, una ‘técnica clásica’: lo invariable debiera ser lo atinente a la ética, en el sentido
de no manipular al paciente, y de respetar sus valores. Ferenczi, en repetidas oportunidades
señala, que cada caso es una lección de técnica y como si esto fuera poco, que cada paciente,
en su singularidad, cuestiona la teoría.”

120
ENCUADRE, SALUD E INTERPRETACION

extrauterina, en términos de sostén y presencia. Lo temprano cumple


la función de una red, por cuya presencia sostenedora, el contenido
va adquiriendo forma: poco a poco, aquello que más tarde devendrá
profundo, se va instalando como contenido del self, derivando de la
experiencia y configurándose como mundo interno.
Operar con el concepto de “temprano” in mente, implica recono-
cer que la dependencia (de los objetos primarios, que deben ocupar-
se de las necesidades ambientales) es el eje protagónico central en
los primeros momentos de la vida.
Como lo señala Freud en “Inhibición, Síntoma y Angustia”
(1926): “La ausencia de la madre deviene ahora en peligro”.
Este peligro que Freud señala es la consecuencia de la prematu-
ración. Winnicott retoma estas primeras situaciones como “lo tem-
prano”, partiendo de la inicial indiferenciación sujeto/ambiente y
requiriendo “acciones específicas” –en el lenguaje freudiano– del
medio, para con las necesidades del bebé. Estas necesidades no
derivadas de la pulsión sexual, podríamos equipararlas con las
pulsiones de autoconservación freudianas. Winnicott no sólo consi-
dera que el medio provee alimentos y una temperatura acogedora,
sino, también, el sostén (holding) real y metafórico del bebé, la
posibilidad de ser manejado por un semejante como acción especí-
fica (handling) y también la de disponer de objetos en su entorno
(object presentation).
Más tarde –sobre la base del desarrollo temprano establecido con
solidez– afectos e instintos ligados a los fenómenos depresivos y al
odio, irán otorgando profundidad al sujeto. Lo temprano, sostiene y
justifica la presencia de lo profundo, funcionando, reiterémoslo,
como malla sostenedora de los contenidos que van sedimentando
entre sus redes, delineando los límites del self. Si tempranamente
hubo frecuentes fallas funcionales en los objetos (necesarios, no
placenteros) que componen esa atmósfera perinatal inicial, se gene-
rarán situaciones traumáticas, que irrumpirán luego, si el contexto
posibilitador del análisis lo permite, como transferencias, que unos
años atrás caracterizamos como “transferencias de necesidad”
(Lerner, H., Nemirovsky, C., 1989). Decíamos: “estas transferen-
cias quedan a menudo resueltas por el encuadre analítico y por los
aspectos parainterpretativos de la actividad del profesional (su
presencia, tono y timbre de su voz, sus acciones). Lo más profundo
–básicamente lo instintivo ligado a los objetos edípicos– irá apare-
ciendo si (y sólo si) posibilitamos el despliegue de aquello del

121
CARLOS D. NEMIROVSKY

desarrollo tempranamente fallido, de la ‘historia no editada’, que se


gestará por primera vez en el contacto posible del análisis.” 4
Más adelante volveremos al concepto de necesidad y a su
relación con la clínica.

EL MARCO Y EL PROCESO

“El comportamiento del analista, representado


por lo que he llamado ‘el marco’, por ser suficien-
te en lo que hace a la adaptación a la necesidad,
es percibido gradualmente por el paciente como
algo que da pie a una esperanza de que el verda-
dero self pueda, por fin, correr los riesgos propios
de empezar a experimentar la vida”.
D. Winnicott (1955-56)

Lo que he desarrollado precedentemente, hace referencia a los


aspectos evolutivos de la teoría psicoanalítica, pero involucra tam-
bién conceptos psicopatológicos y conceptualizaciones técnicas de
ellos derivadas. Los tomaré como pre-texto para desarrollar una
variedad de conceptos a fin de aclarar las ideas de Winnicott acerca
del encuadre y de la actitud del profesional, destacando su utilidad
en nuestra clínica actual.
Me propongo analizar y aportar algunas ideas desde estas citas,
de apariencia simple, pero, fiel al estilo del autor, evocativas de
conceptos complejos.
Debemos aclarar en primer lugar, la tan maltratada idea de la
madre suficientemente buena (good enough mother), especialmente

4
Respecto al concepto de “necesidad”, más allá del uso freudiano del concepto siempre
vinculado al desamparo (Hilflosigkeit, dice Freud) me interesa subrayar aquí la perspectiva
clínica de J. McDougall (1997): “La búsqueda del otro no tiene tanto que ver con el deseo
como con la economía psíquica de la necesidad sobre la que se asienta la conducta adictiva
y las organizaciones de sexualidad perversa, en las que la sexualidad se utiliza como una
droga”.
La misma autora, en 1980 ya había señalado: “Narciso desempeña un papel más importante
que el Edipo, en cuanto a la dilucidación de las perturbaciones más profundas de la psiquis
humana; la supervivencia ocupa un lugar más fundamental en el inconsciente que el conflicto
edípico, hasta el punto que para algunos la problemática del deseo incluso puede aparecer
como un lujo.”

122
ENCUADRE, SALUD E INTERPRETACION

cuando se la toma como precepto moral o cuando se deducen


recomendaciones acerca de cómo debe ser la madre, o cuando se
considera, a veces maliciosamente, que la madre debe ser bondado-
sa. Winnicott no hace de estas descripciones de la función madre una
“recomendación”. No intenta “aconsejar” acerca de cómo ser una
buena madre, sólo describe, sistematizándolo de esta manera, el
polo materno de la interacción madre-bebé.
Precisemos el concepto: madre suficientemente buena implica
una doble función, real, a la vez que metafórica: la madre, o quien
oficie de tal, deberá estar presente con continuidad, y ser dedicada,
sensible, vulnerable, pero a la vez resistente, capaz de preocuparse
por su bebé y a la vez deseante de ser comida por él. Tendrá
capacidad para odiarlo, sin atemorizarse de hacerlo, ya que podrá
confiar en no reaccionar, a consecuencia de su odio. Tendrá un
comportamiento predecible, confiable, aunque no “iniciará” una
acción sino que estará atenta a que su bebé lo haga, estimulando el
impulso creativo (gesto espontáneo) de su hijo.
Finalmente, contará con condiciones suficientes, como para
sobrevivir a los ataques del bebé. Hoy, en este listado, incluiríamos
la “resiliencia”, definida como “la capacidad humana de enfrentar,
sobreponerse y ser fortalecido o transformado por experiencias de
adversidad” (Zukerfeld, R., 2002).
La psicopatología clínica de Winnicott parte de estos conceptos,
para establecer una diferenciación entre dos tipos de pacientes que,
a grandes rasgos, son por un lado aquellos que han tenido cuidados
suficientes y respuestas a sus necesidades, cuyo sufrimiento actual
es derivado de conflictos profundos (anímicos, en términos de culpa
y ambivalencia y edípicos) y, por otro, los que no han tenido esa
suerte, que han sufrido un déficit reiterado en sus cuidados tempranos,
por falla precoz del medio.
Un año antes, según “el equipo técnico requerido por el analista”
(Winnicott, 1954) había tenido en cuenta una tercera categoría, de
manera que esquemáticamente los pacientes podrían resultar agru-
pados de esta manera:
1- Neuróticos o personas completas: es el modelo de paciente
sobre el que Freud teorizó. Sufren por conflictos en el nivel de las
relaciones interpersonales (celos, rivalidad, culpa).
Son capaces de diferenciar sujeto/objeto, Yo/no Yo.
La defensa básica es la represión (habitualmente exitosa).
Amor y odio están diferenciados, como consecuencia es posible

123
CARLOS D. NEMIROVSKY

una clara alianza terapéutica. En “Importancia del encuadre en el


modo de tratar la regresión en psicoanálisis” (1964) Winnicott
señala que en estos casos que llama corrientes “...uno saca provecho
del trabajo realizado por los padres y en particular por la madre, en
la niñez temprana y en la infancia del paciente”.
2- Depresivos: Se trata del modelo de paciente sobre el que
(esquemáticamente) M. Klein y los postkleinianos teorizaron.
“Depresivo” no implica un diagnóstico psicopatológico, alude a
la posición depresiva descripta por Klein. Son, para Winnicott, los
pacientes que evolutivamente no pudieron superar la etapa de
inquietud (concern) y viven en permanente dependencia, ya que no
pudieron elaborar la culpa generada por las fantasías destructivas (si
aman, destruyen) por lo que es necesario con ellos abordar especial-
mente los estados de ánimo.
La defensa básica es en ellos la represión fallida, la escisión, las
identificaciones superficiales –no estructurales– como defensa.
Clínicamente son esquizoides y los borderlines más cercanos a la
neurosis y los melancólicos.
3- Predepresivos: Este es el modelo de paciente sobre el que
Winnicott (también Ferenczi, Balint, Searles, Green y McDougall)
ha teorizado, aunque no exclusivamente. Estos pacientes no diferen-
cian externo/interno, no hay noción de alteridad, tampoco espacio
proyectivo. El tipo de transferencia posibilitará –si el desempeño
correcto del analista lo permite– editar la función madre medioam-
biente. La transferencia es básicamente fusional en base a necesida-
des. Si el analista se porta bien, se vivirán en el análisis las primeras
fases del desarrollo. Clínicamente corresponde a los más graves
borderlines y a psicóticos.

Winnicott, en varias oportunidades, llama conducción al trata-


miento de estos pacientes, aunque en otros escritos habla de psicoa-
nálisis (1964).5
Si todo marcha bien, estos pacientes se integran en el contacto
con el analista, especialmente debido a la actitud analítica, en el

5
Painceira (2002) señala que Winnicott... parte de la experiencia, de la vivencia, desde “la
parte de adentro del hombre”, al cual no toma como objeto de indagación, sino como sujeto,
como persona, a cuyo interior busca llegar sin penetrar, dejando que el sujeto, que la persona,
se revele, se despliegue; supone que hay un alguien, no un algo que debe ser abordado creando
las condiciones de que ese alguien se revele, se muestre.

124
ENCUADRE, SALUD E INTERPRETACION

marco del tratamiento. Avanzado el tratamiento, podrán usar, para


crecer, los fracasos del analista, siempre que éste se adapte al
paciente que, ahora sí, podrá reaccionar con ira objetiva (que en estas
circunstancias ocupará el lugar de la transferencia negativa).
En 1954, señala que “todo el marco en el que se desarrolla el
psicoanálisis constituye una enorme tranquilización, especialmente
en lo que respecta a la objetividad y comportamiento del analista”. En
esta oportunidad menciona a Bettelheim al señalar que la tarea del
analista es fundamentalmente la de brindar un marco especializado.
En este mismo artículo se refiere a lo que él denominó “el
encuadre clínico de Freud”. Veamos cómo lo describe:
“A una hora prefijada diariamente, cinco o seis veces a la
semana, Freud se colocaba al servicio del paciente. (La hora era
fijada a mayor conveniencia del analista y del paciente).
El analista estaba allí, puntualmente, vivo, respirando.
Durante el breve período de tiempo fijado (cerca de una hora) el
analista se mantenía despierto y se preocupaba por el paciente.
El analista expresaba amor por medio del interés positivo que se
tomaba por el caso y expresaba odio por su mantenimiento estricto
de la hora de comenzar y de acabar, así como en el asunto de los
honorarios. El odio y el amor eran expresados honradamente, es
decir, no eran negados por el analista.
El objetivo del análisis era el establecer contacto con el proceso
del paciente, comprender el material presentado, comunicar tal
comprensión por medio de palabras. La resistencia entrañaba
sufrimiento y podía ser suavizada por medio de la interpretación.
El método del analista era la observación objetiva.
Esta labor se realizaba en una habitación, no en un pasillo, sino
en una habitación que estuviese tranquila y en la que no hubiese
riesgo de ruidos súbitos, pero no en una habitación tranquila como
un sepulcro y a la que no llegasen los ruidos normales de la casa. La
habitación estaría iluminada apropiadamente, pero sin que la luz
diese directamente en el rostro y sin que fuese una luz variable. La
habitación no tenía que estar a oscuras y estaría confortablemente
caldeada. El paciente se tumbaba en el diván, es decir, estaba
cómodo, si podía estarlo, y probablemente una manta y un poco de
agua estarían a su alcance.
El analista (como es sabido) se abstiene de juzgar moralmente la
relación, no se entremete con detalles de su vida e ideas personales
y no toma partido en los sistemas persecutorios incluso cuando los

125
CARLOS D. NEMIROVSKY

mismos aparecen en forma de verdaderas situaciones compartidas,


locales, políticas, etc. Naturalmente que si hay guerra, se produce
un terremoto o muere el rey, el analista se entera.
En la situación analítica el analista es mucho más digno de
confianza que el resto de la gente en la vida normal. En general es
puntual, está libre de arrebatos temperamentales, de enamoramientos
compulsivos, etc.
Hay en el análisis una distinción muy clara entre la realidad y la
fantasía, de manera que el analista no recibe ningún daño a causa
de algún sueño agresivo.
Es posible contar con la ausencia de una reacción del talión.
El analista sobrevive”.

COMENTARIO

La lectura que Winnicott hace del marco freudiano destaca su


concepción acerca del encuadre, que aquí adquiere una enorme
importancia como elemento terapéutico. La objetividad ilusoria,
que se obtendría a través de la fijación de ciertas variables, queda
relegada a un plano más que secundario. A partir de los planteos de
Winnicott, pienso que la estabilidad inherente al marco, no es
consecuencia de establecer parámetros formales rígidos, sino que es
sinónimo de confiabilidad y de las respuestas afectivas adecuadas a
cada paciente. Aquello que depende de la cantidad (tiempo, espacio,
honorarios etc.) es modificable, incluso, puede tornarse inestable o
cambiante mientras la confiabilidad permanezca, sin afectar la tarea
analítica. Esta situación la comprobamos a menudo, cuando algunos
pacientes son poco afectados por una mudanza del consultorio, un
cambio en los honorarios o cambios de hora a pedido del analista, por
sentirse contenidos en la relación confiablemente estable, con el
analista.
A estas situaciones se ha referido extensamente Bleger (1967)
considerando al encuadre como depositario de los aspectos psicóti-
cos o indiscriminados de la personalidad: habitualmente silencio-
sos, irrumpen cuando el marco se modifica. Considero que la
disrupción consecuente a una modificación del encuadre, estará en
función de la continencia experimentada por el paciente (entendien-
do que la función de continencia del analista, no se manifiesta
solamente por la presencia del encuadre instituido).

126
ENCUADRE, SALUD E INTERPRETACION

Justamente, el marco se establece, mantiene y respeta, con la


finalidad de posibilitar la confianza del paciente en el método y en
el profesional que lo implementa.
Gracias a esta confiabilidad, el encuadre no resulta una cáscara
vacía. La actitud analítica –que Winnicott denomina “portarse
bien”– estará al servicio de la acción específica, si se adecua a la
necesidad de cada paciente. Esta actitud no depende del “saber” o de
la “inteligencia” del analista. Seguramente los analistas más tenidos
en cuenta por pacientes y colegas serán aquellos con capacidad para
conservar calma, con posibilidad de “empatizar” con el consultante,
con disponibilidad para poner en marcha en el paciente un sistema
reflexivo, ofreciendo sus pensamientos (como lo propone Green,
1975), con posibilidades de vehiculizar mensajes de reconocimien-
to, aseguramiento, reflejo, sostén y atención, tanto más significati-
vos cuanto más temprano es el momento regresivo con el que nos
encontramos. Coinciden con estos conceptos Balint (1968), aludien-
do al ámbito de la falla básica, pero también Bowlby, Stern, Emde,
Lebovici, y otros.
Retomando el concepto de las necesidades tempranas, digamos
que son diferenciadas claramente por Winnicott (1960) del accionar
instintivo: “debe subrayarse que al referirme a la satisfacción de las
necesidades del infante, no hablo de la satisfacción de instintos”.
El medio (en la figura de la madre suficientemente buena)
responde a las necesidades del bebé con acciones específicas que
son agrupadas en tres categorías: sostén (holding), manipuleo (han-
dling) y presentación del objeto (object-presenting).
En 1955 señala Winnicott que “Con el paciente en estado de
regresión la palabra deseo es incorrecta, en su lugar utilizamos la
palabra necesidad”.
Estas necesidades son propias de cada individuo, aunque reco-
rren un circuito universal: ser adivinado por la madre (¿frío?,
¿hambre?), ser sostenido “desde abajo” luego del nacimiento, refle-
jarse en los ojos de su madre, que le posibilitan construir su ser.
No debemos sorprendernos de que los encuentros terapéuticos
sean originales únicos y privilegiados en la vida de una persona.
¿Acaso hay razones para pensar a los pacientes, como quienes han
gozado de una primera infancia rodeados de objetos que responden
a sus necesidades básicas editando un medio saludable? En un
trabajo anterior (Nemirovsky, C., 1999) he considerado el tema de
la “edición” y del establecimiento de un encuadre adecuado para

127
CARLOS D. NEMIROVSKY

posibilitar ese proceso, como contrapartida conceptual de la reedi-


ción transferencial.
En el paciente adulto con trastornos tempranos, es excepcional que
no nos veamos obligados a alterar algún parámetro del encuadre, en
algún momento del tratamiento. En ocasiones, esto nos pasa desaper-
cibido, ya que no necesariamente el encuadre habla en voz muy alta.
Es sumamente útil observar(se) la conducta que tenemos como
analistas. Por ejemplo, efectuamos mínimos cambios en la ilumina-
ción del consultorio que modificamos para “tal” paciente; los minutos
de más –o de menos– que damos de sesión; cambiamos, o por el
contrario, nunca tocamos, ciertos objetos que se encuentran en nuestra
consulta, cuidamos la entonación de nuestra voz al dirigirnos a “este”
paciente; intuimos que no debemos interrumpir su discurso: “si lo
interrumpo puede desmoronarse, no va a soportar que intervenga,
aunque sea importante lo que tengo para decirle”. Agreguemos
también las situaciones que se nos imponen con ansiedad y con las que
en algunos pacientes borderline o esquizoides graves fantaseamos
con insistencia, y que a veces concretamos, como llamar a la familia,
a su pareja o a su médico clínico para advertir alguna situación
riesgosa del paciente o plantear algún especial cuidado; o la sensación
de incertidumbre que nos queda al final de la última (¡a veces la única!)
sesión de la semana o previamente a las vacaciones, que nos hace
solicitarle al paciente que se comunique con nosotros, o con otro
colega, telefónicamente o por mail. Por momentos nos acompaña la
fantasía de medicarlo o directamente, proponerlo, especialmente si
nos separamos de él por un tiempo.6 Podríamos enumerar más
situaciones, que tienen por finalidad el intentar ampliar la contención
que brindamos como analistas.

6
Zirlinger, S. (2002) sintetiza muy bien la función del analista: “...a partir de todo esto,
podemos comprender que los aportes del analista se han diversificado, no es sólo quien
develará el inconsciente a través de la interpretación, sino quien cumple numerosas funcio-
nes, tales como: aceptar la transferencia; sostener la situación y la paradoja; adaptarse a las
necesidades de dependencia y contener la regresión; tolerar la no integración, lo insensato y
la no comunicación; presentar el objeto y la realidad; contener interpretaciones y emociones;
posibilitar el estado de juego; espejar; sobrevivir; ofrecer interpretaciones; rescatar los gestos
reparatorios; aceptar ser usado y olvidado.”
Y agrega, “es posible que algunas de estas funciones estén implícitas en la regla de abstinencia
y la atención flotante que todos los analistas observamos, pero creo que el trabajo con niños
y pacientes graves, más sus descubrimientos acerca de la vida y la naturaleza humana, le han
permitido subrayarlos de esta manera.”

128
ENCUADRE, SALUD E INTERPRETACION

SALUD: CREATIVIDAD, SUBJETIVO/OBJETIVO

Con la evolución del psicoanálisis, el concepto freudiano de


salud (amar y trabajar), va dando paso a diversos nuevos criterios en
función de la perspectiva teórica desde la cual sustentamos el
desarrollo evolutivo y la organización del psiquismo. Así, como
para M. Klein la integración del mundo objetal y la elaboración de
los duelos, la reparación y la gratitud son centrales, Winnicott
propone en diversos trabajos, especialmente en el de 1967, ítems que
podemos enumerar como: la capacidad para crear, el responsabili-
zarse de las faltas cometidas y el habitar su propio cuerpo con
plenitud.
La creatividad comienza en los primeros momentos de la existen-
cia siempre que el objeto, dado por el medio aportador, esté allí para
que el sujeto lo cree. El objeto (real) será el anclaje para el desarrollo
de la subjetividad creadora. Pero aclaremos que el lenguaje de
Winnicott es, especialmente en esta zona, un poco más complejo que
su apariencia: cuando él nos habla de lo objetivo, no se refiere a lo
real; tampoco lo alucinado es sinónimo de subjetivo. Es condición
necesaria la presencia del objeto real, pero para que de él el sujeto
haga su propio invento (el genio de Dalí decía: “cuando veo,
invento”). Si no hay “invento” no hay creatividad, y estamos lejos de
la salud. Winnicott utiliza de una manera poco feliz el término
“alucinación”, de vieja raigambre psiquiátrica. En algunos párrafos
de Realidad y Juego (1971) lo hace como un psiquiatra podría
decirlo, al decir del Objeto Transicional: “[el OT] no viene de
adentro; no es una alucinación”. En Exploraciones psicoanalíticas I
(1964) expresa: “La madre posibilita al bebe tener la ilusión de que
los objetos de la realidad externa pueden ser reales para él, vale decir
puedan ser alucinaciones, ya que sólo a las alucinaciones [el bebé]
las siente reales”.
Lo original de esta última idea de alucinación es que aquello que
el sujeto creó en el objeto, allí estaba. Aparece de esta manera, lo más
personal, lo más subjetivo y propio, entonces la (a)percepción del
objeto será real: la relación con el objeto, para que éste sea signifi-
cativo, debe ser la relación con una alucinación. Sólo si alucinó al
objeto, el sujeto tendrá la vivencia de su propia realidad. Esta
paradoja, que Winnicott nos plantea, exige del analista, que su
postura no sea la de condenar ni interrogar respecto de si el objeto
estaba allí o fue creado por quien necesitó hacerlo. No se trata de una

129
CARLOS D. NEMIROVSKY

cuestión del “conocimiento de la realidad” (no está en juego el


sentido de la realidad) sino que se trata de percibir que la vida vale
la pena ser vivida porque yo soy capaz de crear a mis objetos, y los
hago a partir de aquellos que existen. Entonces, la vida valdrá la
pena ser vivida si es desde lo personal, desde lo que el mundo que yo
creo, significa para mí. Esta omnipotencia –mágica, la denomina
Winnicott– va finalizando con la transición, que posibilitará la
entrada en la cultura, pero dejará la experiencia saludable de la
actitud creadora.
Gozar de salud, implica una serie de vivencias como la de la
experiencia creadora, así como las de sentirse vivo y real, experi-
mentar continuidad en la propia existencia, vivir en el propio cuerpo.
El mantenimiento de un estado saludable no podrá ser forzado, ni
derivar de las negaciones de la posibilidad de sentirse irreal, poseído,
de sentir que no soy, de caer en el vacío, de carecer de orientación,
de sentirse separado del cuerpo, de no ser nada, de no estar en
ninguna parte. Resultará de la superación evolutiva, posibilitado por
un medio adecuado, de estas situaciones universales. La salud,
finalmente, no se define por la ausencia de enfermedad, y debe ser
considerada siempre en relación a la madurez alcanzada, por la
capacidad del Yo de contener las experiencias instintivas y los
afectos, y por la diferenciación del sujeto del mundo externo. Es
lícito la conclusión de Bleichmar, N. y otros (2001) cuando plantean
que los tratamientos psicoanalíticos no se ocupan de la curación de
enfermedades, sino de favorecer el crecimiento mental del indivi-
duo, crecimiento que lleva implícito el cambio en la estructura de su
personalidad.

ALGUNAS PUNTUALIZACIONES ACERCA DE LA INTERPRETACION

Decíamos que el encuadre, como herramienta terapéutica, se


vuelve especialmente significativo en quienes padecen traumas
tempranos (los llamados depresivos y los predepresivos) y es parti-
cularmente, en estas categorías psicopatológicas, en las que nuestras
formulaciones se alejan de la propuesta freudiana de hacer conscien-
te lo inconsciente.
Winnicott (1971) alerta acerca de las formulaciones del analista
que no consideran la madurez alcanzada por el paciente: la interpre-
tación debe respetar el nivel evolutivo teniendo en cuenta el grado

130
ENCUADRE, SALUD E INTERPRETACION

de regresión de ese momento del tratamiento. Si se formula cuando


el paciente carece de capacidad de jugar provoca, en el mejor de los
casos, confusión y, en el peor, acatamiento o adoctrinamiento.
Es entonces cuando nos brinda su experiencia, útil y tranquiliza-
dora –en los momentos en los que, con pacientes no neuróticos,
vemos más tinieblas que luces:
“...sólo en los últimos años me fue posible esperar y seguir
esperando la evolución natural de la transferencia que proviene de
la creciente confianza del paciente en la técnica y marco
psicoanalíticos y evitar la ruptura de ese proceso natural con inter-
pretaciones... me aterra pensar cuántos profundos cambios impedí o
demoré en pacientes de cierta categoría de clasificación [se refiere
a borderlines, esquizoides, pacientes graves] debido a mi necesidad
personal de interpretar. Si sabemos esperar, el paciente llega a una
comprensión en forma creadora y con inmenso júbilo, y ahora
disfruto de ese alborozo más de lo que solía gozar con el sentimiento
de haber sido penetrante”. “En pacientes con limitada capacidad
para la identificación introyectiva o proyectiva... las interpretacio-
nes (serán) verbalizadoras de experiencias, en el presente inmediato
de la consulta y en este caso no rige con exactitud el concepto de la
interpretación como verbalizadora de la conciencia naciente”.
También la interpretación tiene una función que podríamos
denominar realista: “al interpretar el analista muestra cuánto y cuán
poco puede recibir de la comunicación del paciente”. Y cuando
señala uno de sus objetivos de la interpretación: “creo que en lo
fundamental interpreto para que el paciente conozca los límites de
mi comprensión”. El paciente restablecerá gradualmente su capaci-
dad de jugar, que siempre corre el riesgo de ser robada por un
terapeuta que “sabe demasiado”.
Veamos cómo procede, con un paciente grave, un analista de
experiencia como era H. Rosenfeld (1979). El nos trasmite algunas
conclusiones luego de afrontar una situación de impasse (creado por
una transferencia delirante que no hallaba respuesta) de esta manera:
...“el analista debiera interpretar sólo muy poco y escuchar cuidado-
samente las quejas del paciente”... “es particularmente importante
evitar las interpretaciones de proyección o de identificación proyec-
tiva en la transferencia aún cuando esto sea totalmente evidente en
el material del paciente”... “el analista podrá preguntar y clarificar”
(no interpretar)... “ocasionalmente el paciente quiere sentarse y
hablar cara a cara al analista, yo tiendo a pensar que en una psicosis

131
CARLOS D. NEMIROVSKY

de transferencia aguda y duradera esto es incluso aconsejable”.


Rosenfeld sugiere actitudes técnicas por las que la utilización de la
interpretación queda en un segundo plano, mientras el analista trata
de dar cuenta de necesidades (como lo hiciera Etchegoyen en el
ejemplo que veremos) que se descongelan en esta oportunidad. Las
necesidades del paciente no pueden quedar de lado en aras de
“interpretaciones profundas”. Como dice Rosenfeld “el paciente
critica y acusa al analista de no comprender lo que está ocurriendo”,
y seguramente el paciente tiene razón. Es la manera de formular sus
reclamos basados en necesidades que, en la medida que encuentran
una actitud analítica confiable, pugnan por emerger, intentando que
(¡esta vez sí!) van a poder obtener la respuesta buscada.
He tomado este ejemplo, ya que me resulta harto ilustrativo de la
situación compleja que deriva de la interpretación inadecuada o a
destiempo. La interpretación, podría decir Winnicott, no deja de ser
un “squiggle” (garabato) que requiere para su construcción de la
participación de ambos protagonistas.

UN EJERCICIO CLINICO Y ALGUNAS CONCLUSIONES FINALES

Etchegoyen (1986), refiriéndose a la actitud analítica, plantea


que:
“Hay dos formas de entender el encuadre: como un hecho
conductual o como actitud mental.” Naturalmente, deja de lado la
cuestión “ritual” de la conducta y propone que el encuadre
emerge, sustancialmente, de una actitud mental del analista.
Estos conceptos son vívidamente ilustrados. En un ejemplo nos
cuenta: “Recuerdo a una mujer luego de una intervención ortopé-
dica que le dificultaba notoriamente caminar y recostarse. En el
postoperatorio inmediato me habló para preguntarme si yo con-
sentiría en agregar algunos almohadones a mi diván para que ella
pudiera venir. La alternativa era perder un número importante de
sesiones, lo que a ella no le gustaría. Parecía muy dispuesta a
aceptar lo que yo dispusiera. Le repuse de inmediato que pondría
el consultorio en las condiciones necesarias y ella vino al día
siguiente acompañada por una enfermera. La encontré en la sala
de espera del brazo de esta mujer y yo mismo la conduje al
consultorio y la ayudé a acomodarse en el diván. Preferí llevarla
del brazo yo mismo al consultorio a pesar del contacto físico que

132
ENCUADRE, SALUD E INTERPRETACION

ello suponía, antes que delegarlo en la enfermera, lo que no era


muy sintónico con mi setting, ya que nunca ingresó otra persona
a mi consultorio analítico”.
Comenta luego, respecto al ejemplo: “Es evidente que esta
decisión es muy discutible y si otro analista hubiera resuelto lo
contrario, yo no pensaría que estaba equivocado.”
Este experto analista decidió no delegar el acompañamiento en la
enfermera... a pesar, como él lo señala, del contacto físico. ¿Qué lo
llevó a decidirse por ésta –tan simpática y solidaria, aunque arries-
gada– actitud?
Hipotetizando, con ánimo de discutir estos conceptos y aclarar
diferentes puntos de vista, me planteo que probablemente el analista
percibió 7 necesidades de la paciente y al hacerlo, facilitó o propició
que de ese modo pudieran desplegarse en el análisis. Estas necesi-
dades, desde mi parecer, poseen las características que hemos
descrito relacionadas con la problemática temprana: sostén real y
metafórico (holding), manipulación corporal (handling) y segura-
mente todas aquellas necesidades que coexisten, mudas, en todo
contacto humano y que esperan el momento de ponerse en juego en
la medida que hallen un receptor medioambiental confiable.
En este ámbito, seguramente gatillado a partir de la conmoción
emocional del analista por la situación particular de la paciente, el
analista se muestra disponible, sensible, vulnerable, condiciones de la
figura que Winnicott crea en la madre suficientemente buena. Estos
gestos, de “sentido común”, inocentes, encierran el sentido de permi-
tir establecer un contacto humano, que hace posible la comunicación.
No me refiero a los aspectos físicos del contacto, sino a toda relación
que permita un acercamiento confiado entre dos personas. Un vínculo
asimétrico como es el vínculo analítico, permitirá la recreación (o, lo
más probable, la creación) de un ambiente que hará posible volver
sobre aquellas marcas originadas en fallas tempranas, que llevaron a
la retracción, cuando debió haber contacto.
La actitud de un analista experimentado, no deja de ser la
“respuesta esperada promedio” de Hartmann y reproduce aquel
medio que recrea Winnicott con uno de los pacientes mencionado en
Realidad y Juego (1971): el del ambiente adecuado, metaforizado

7
Con “percibir” me refiero a una compleja operación. Recordemos cómo Carlo Ginzburg
(1989) plantea el paradigma indiciario. Seguramente acordaremos que es el método por
excelencia de captación del objeto psicológico, original y singular.

133
CARLOS D. NEMIROVSKY

como el aceite en el cual trabajan los engranajes, o aquella idea que


tan bien transmite Kohut (1977) cuando describe el ámbito que
rodea al infante humano, tan necesario, como el oxígeno para la
respiración. Estos objetos “ambientales” (madre medio ambiente,
diferente de la madre objeto de la pulsión, diferencia conceptual con
la que Winnicott insiste) son adecuados para facilitar el desarrollo
del bebé y más tarde formarán parte de la transferencia positiva de
las descripciones clínicas freudianas –y va de suyo que son parte de
las historias de vida de los pacientes que Freud analiza– o quizá
debiéramos decir, del material psíquico que Freud analiza en ellos
y que excepcionalmente los encontramos contemplados en las
historias clínicas de los casos, tanto del fundador del psicoanálisis,
como de los autores posteriores.
Quisiera recordar ahora una reflexión de J. Puget (1991) “...
mientras que la teoría de la transferencia ‘clásica’ presupone que
todo es transferible, no todo es transferible en cualquier encuadre”...
“no hay posibilidad de desplegar la transferencia porque el encuadre
no es el adecuado”. A conclusiones similares llega Gioia, T. (1984).
En “Nuevas observaciones sobre la teoría de la relación parento-
filial” (1961) dice Winnicott: “En el psicoanálisis de un caso, que ha
sido bien seleccionado para un análisis clásico, el sufrimiento
clínico aparece bajo la forma de angustia, asociado con recuerdos,
sueños y fantasías. Pero como analistas tratamos pacientes que
necesitan que los derrumbes clínicos de su infancia sean recordados
reviviéndolos en la transferencia. En todos los casos, el alivio sólo
se obtiene reviviendo la angustia insoportable original o el derrumbe
psíquico original. El derrumbe está asociado a un factor ambiental,
que no pudo en su momento, ser recogido dentro del área de la
omnipotencia infantil. El bebé no conoce ningún factor externo,
bueno o malo, y de lo que padece es de la amenaza de la aniquilación.
Si el tratamiento tiene éxito, el paciente se vuelve capaz de localizar
el trauma o falla ambiental y experienciarlo dentro del área de la
omnipotencia personal, disminuyendo así la herida narcisista. De
este modo, como analistas nos vemos repetidamente en la situación
de fallar, y no nos es fácil aceptarlo, si no consideramos sus aspectos
positivos. Sólo convirtiéndonos en padres que les fallan a sus hijos
alcanzamos el éxito terapéutico. Este no es sino un ejemplo más de
las múltiples paradojas de la relación parento-filial.”
Mitchell, S. (1997), muy bien sintetizado por Ariel Liberman,
expone las razones que históricamente llevaron al desconocimiento

134
ENCUADRE, SALUD E INTERPRETACION

de estas tan importantes interacciones en la práctica psicoanalítica


y los cambios que han permitido su reconocimiento: para él, la
tradicional teoría de la técnica, con su énfasis en el analista neutral,
objetivo y distante, parece designada para desmentir, a través del
mandato, la complejidad de la participación del analista. La ilusión
que configura esta actitud, consiste en pensar que ella no tiene
consecuencias en el paciente y en el tratamiento.

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Laprida 1875, 7º “29”
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