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Envejecimiento en cárceles de México

Este estudio examina cómo viven los adultos mayores en las cárceles mexicanas a través de entrevistas con reclusos de edad avanzada. Los hallazgos sugieren que los ancianos en prisión enfrentan altas probabilidades de perder contacto con sus familias y tener dificultades para reconstruir sus vidas una vez liberados debido a su edad y historial criminal. Además, los reclusos de la tercera edad a menudo experimentan abusos, discriminación y violaciones a los derechos

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Envejecimiento en cárceles de México

Este estudio examina cómo viven los adultos mayores en las cárceles mexicanas a través de entrevistas con reclusos de edad avanzada. Los hallazgos sugieren que los ancianos en prisión enfrentan altas probabilidades de perder contacto con sus familias y tener dificultades para reconstruir sus vidas una vez liberados debido a su edad y historial criminal. Además, los reclusos de la tercera edad a menudo experimentan abusos, discriminación y violaciones a los derechos

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Envejeciendo en reclusión:

un estudio de caso de los adultos mayores


mexiquenses en situación de cárcel
Telésforo Ramírez García*

RESUMEN: El envejecimiento demográfico es un tema que ha sido analizado


desde diferentes perspectivas teóricas y metodológicas. Este trabajo presenta un
estudio de corte cualitativo sobre el envejecimiento de la población mexiquense
en situación de cárcel, resultado de entrevistas en profundidad realizadas a adultos
mayores, entre los meses de mayo y julio de 2008, en el penal de Santiaguito
o Almoloyita, en el Estado de México. El texto propone una discusión sobre la
perspectiva de las instituciones a partir del análisis de las condiciones de vida y
del proceso de envejecimiento de los residentes en la cárcel, con la finalidad de
conocer sus prácticas, interpretar sus tiempos vividos, y comprender de qué manera
esos viejos piensan sus experiencias y su vejez en el vivir cotidiano penitenciario.
Palabras claves: Adultos mayores; cárcel; envejecimiento de la población; México.

RESUMO: O envelhecimento demográfico tem sido analisado a partir de diferentes


perspectivas teóricas e metodológicas. Este trabalho apresenta um estudo com

* Agradezco a Ana Lilia Salazar y a Diana Aguilar por su apoyo en la elaboración y


transcripción de las entrevistas realizadas en el penal de Santiaguito, en la ciudad
de Toluca, Estado de México. Igualmente, mis agradecimientos van dirigidos a la
Dra. Verónica Montes de Oca, quien con sus acertados comentarios ayudo mejorar
la última versión del documento. Éste artículo fue realizado durante los meses de
julio-septiembre de 2008, como parte de las actividades académicas desarrolladas
en el Centro de Investigaciones y Estudios Avanzados de la Población (CIEAP), de
la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEM).

revista Kairós, São Paulo, 12(1), jan. 2009, pp. 149-180


150 Telésforo Ramírez García

abordagem qualitativa sobre o envelhecimento da população mexicana encarcerada,


resultado de entrevistas em profundidade realizadas com pessoas idosas, entre os
meses de maio e julho de 2008, na penitenciária de Santiaguito ou Almoloyita,
no Estado do México. O texto propõe uma discussão sobre as instituições a partir
da análise das condições de vida e do processo de envelhecimento dos residentes
da penitenciária, com objetivo de conhecer suas práticas, interpretar seus tempos
vividos e compreender de que forma esses idosos pensam suas experiências e sua
velhice no viver cotidiano penitenciário.
Palavras-chave: pessoas idosas; cárcere; envelhecimento da população; México.

ABSTRACT: Population aging is an issue that has been analyzed from different theoretical
and methodological perspectives. This paper presents a qualitative study on the aging of
the Mexican population subjected to imprisonment. It is the result of in-depth interviews
conducted with older adults between the months of May and July 2008 in the Santiaguito
o Almoloyita prison, located in the State of Mexico. The text proposes a discussion about
the institutions’ perspective based on the analysis of the living conditions and the aging
process of the prison’s residents, with the aim of learning about their practices, interpreting
their lived times and understanding how those elderly individuals view their experiences
and old age in the daily life of the prison.
Keywords: Elderly people; prison; population’s aging; Mexico.

Introducción

En México, desde hace algunos años se han venido realizando


numerosas investigaciones que abordan el envejecimiento poblacional.
Dichos estudios se han planteado diversos objetivos y complejas preguntas:
quiénes son y en qué condiciones viven los adultos mayores mexicanos
su vejez, cuál es su situación de seguridad social, quiénes de ellos tienen
derecho a pensiones y a servicio médico, y cuál es su estado de salud. Así
mismo, estos estudios se han cuestionado acerca de sus entonos físicos y
sobre las redes de apoyo, familiares y no familiares, con las que cuenta
este grupo de la población (Ham, 1996a y 1998; Montes de Oca, 1999
y 2005; Tuirán, 1999; Pedrero, 1999; Solís, 1999; Wong et al.,1999;
Zuñiga, 2004; Palloni et al., 2005; CONAPO, 2005; Partida, 2005;
Ybáñez et al., 2005; Robles, 2005; Garrocho et al., 2005, por citar
algunos trabajos).
revista Kairós, São Paulo, 12(1), jan. 2009, pp. 149-180
Envejeciendo en reclusión 151

Sin embargo, un tema que ha sido relativamente poco


documentado en la literatura existente es el que se refiere a los adultos
mayores institucionalizados; es decir, aquellas personas que por diversos
azares del destino viven o han tenido que pasar parte de su vejez en
una institución como asilos, cárceles, reformatorios, centros diurnos,
etc. Tal es el caso de los mexicanos y mexicanas que envejecen en las
cárceles por su larga condena e historial delictivo. Las estadísticas
en material penal del Instituto Nacional de Estadística y Geografía
(INEGI), indican que en 1998 alrededor de 117 mil personas fueron
sentenciadas y recluidas en establecimientos penitenciarios. De estas,
104 mil eran hombres y 10 mil mujeres; y de ellos, 2,834 tenían 60
años o más de edad. En 2008, dicha cifra fue de poco más de 134 mil
individuos, 122 mil hombres y 12 mil mujeres. En este año, el total de
adultos mayores (60 años o más) sentenciados y recluidos en prisión fue
de 3,154 personas, lo que nos indica que el número de adultos mayores
reclusos se incrementó en 1.2% entre 1998 y 2008. Conviene señalar
asimismo que, en 2008, las entidades federativas con mayor número de
adultos mayores reclusos fueron: Distrito Federal, Estado de México,
Michoacán, Jalisco, Veracruz, Sinaloa y Sonora.
En este contexto las preguntas que quedan latentes son: ¿cómo se
vive la vejez en el sistema penitenciario mexicano? Más específicamente,
¿en qué condiciones viven los adultos mayores reclusos su vejez?, ¿qué
sucede si ya se es viejo y la condena cubre casi toda la vida que resta?,
ó ¿qué pasa cuando la condena es tan larga que la persona no se puede
imaginar ni cuándo saldrá en libertad? En tal caso, ¿cómo se percibe y
se vive dicho proceso? En algunos estudios sobre el tema se ha señalado
que la mayoría de adultos que envejecen en las cárceles por su larga
condena e historial delictivo, tienen altas probabilidades de perder el
contacto con sus familiares, y al cumplir su condena, ya ancianos y
sin familia, no saben adónde ir ni qué hacer. A esto se agrega que por
su edad y condición de ex reclusos se les dificulta reconstruir su red
familiar y, aún más, conseguir trabajo, pese a que muchos de ellos se
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Sin embargo, un tema que ha sido relativamente poco


documentado en la literatura existente es el que se refiere a los adultos
mayores institucionalizados; es decir, aquellas personas que por diversos
azares del destino viven o han tenido que pasar parte de su vejez en
una institución como asilos, cárceles, reformatorios, centros diurnos,
etc. Tal es el caso de los mexicanos y mexicanas que envejecen en las
cárceles por su larga condena e historial delictivo. Las estadísticas
en material penal del Instituto Nacional de Estadística y Geografía
(INEGI), indican que en 1998 alrededor de 117 mil personas fueron
sentenciadas y recluidas en establecimientos penitenciarios. De estas,
104 mil eran hombres y 10 mil mujeres; y de ellos, 2,834 tenían 60
años o más de edad. En 2008, dicha cifra fue de poco más de 134 mil
individuos, 122 mil hombres y 12 mil mujeres. En este año, el total de
adultos mayores (60 años o más) sentenciados y recluidos en prisión fue
de 3,154 personas, lo que nos indica que el número de adultos mayores
reclusos se incrementó en 1.2% entre 1998 y 2008. Conviene señalar
asimismo que, en 2008, las entidades federativas con mayor número de
adultos mayores reclusos fueron: Distrito Federal, Estado de México,
Michoacán, Jalisco, Veracruz, Sinaloa y Sonora.
En este contexto las preguntas que quedan latentes son: ¿cómo se
vive la vejez en el sistema penitenciario mexicano? Más específicamente,
¿en qué condiciones viven los adultos mayores reclusos su vejez?, ¿qué
sucede si ya se es viejo y la condena cubre casi toda la vida que resta?,
ó ¿qué pasa cuando la condena es tan larga que la persona no se puede
imaginar ni cuándo saldrá en libertad? En tal caso, ¿cómo se percibe y
se vive dicho proceso? En algunos estudios sobre el tema se ha señalado
que la mayoría de adultos que envejecen en las cárceles por su larga
condena e historial delictivo, tienen altas probabilidades de perder el
contacto con sus familiares, y al cumplir su condena, ya ancianos y
sin familia, no saben adónde ir ni qué hacer. A esto se agrega que por
su edad y condición de ex reclusos se les dificulta reconstruir su red
familiar y, aún más, conseguir trabajo, pese a que muchos de ellos se
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han capacitado o han trabajado en la cárcel. Otros terminan su condena


con serios problemas mentales, muchas veces incurables (Instituto de
Defensa Legal, 1999; CDHDF, 2004; Moreta, 2007; García, 2002).
A lo anterior habría que añadir los abusos, discriminación y
violación de derechos humanos de que son objeto durante su estancia
en la prisión, tanto por los mismos reclusos como por los agentes de
dichas instituciones. Un estudio realizado por la Comisión de Derechos
Humanos del Distrito Federal (2004), evidenció que en varios reclusorios
femeniles y varoniles del Distrito Federal la población penitenciaria
no podía salir de sus celdas para recibir el sol de manera directa, ni
llevar a cabo su aseo personal, ni recibir comida o hacer ejercicio, aun
cuando el dormitorio esté completamente aislado. De acuerdo con esta
investigación, muchos de los reclusos que se entrevistaron señalaron
haber recibido muy esporádicamente la visita de un médico y de
hacer grandes esfuerzos para solicitar atención médica a los técnicos
penitenciarios cuando la requerían. Al respecto y aunque pueda parecer
prematuro, quiero citar aquí las palabras de uno de los entrevistados:
“[…] como ser humano yo sé que cause un daño, yo sé que hice mucho daño,
pero como ser humano también tengo necesidades, así podamos ser lo peor que
podamos ser” (Don Beto, 60 años, nació Tejupilco, Estado de México).
A pesar de lo evidente y de lo grave de la situación es muy poco
lo que se sabe acerca de los adultos mayores en situación de cárcel en
México.1 El objetivo de este artículo es, por tanto, conocer sus prácticas,

1 La película-documental: Ladrones viejos. Las leyendas del artegio, del cineasta


mexicano Everardo González, aborda la historia de ex ladrones que actualmente son
ancianos (“Fantomas”, “Burrero”, “Chacón”, “Xochi” y “El carrizos”), quienes narran y
describen cómo cometían sus crímenes, quiénes los ayudaban y sus técnicas. La trama
gira en torno a un personaje clave en la delincuencia sin violencia: Efraín Alcaráz,
alias “El Carrizos”, quien fue buscado por más de 30 años por asaltar domicilios
que no eran nada comunes, pues les robó a los presidentes de México Echeverría y
López Portillo, cuando ocupaban su cargo, al futbolista Hugo Sánchez, a la familia
Gómez Mont y a un sin fin de regentes, gobernadores y artistas. La película no sólo
retrata a una serie de delincuentes que narra cómo fueron sus años en ese “trabajo”,
sino que también muestra el lado no cotidiano de las personas que abarrotan las
cárceles: lo fácil que parece todo cuando se tiene poder y la vulnerabilidad cuando
éste se acaba, la comodidad al corromperse, las víctimas, los que pagan las culpas, la

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interpretar sus tiempos vividos e intentar comprender de qué manera esos


viejos piensan sus experiencias y su vejez en el vivir cotidiano penitenciario.
Exploraré estos aspectos a través de relatos de vida recolectados a partir
de dos de entrevistas en profundidad realizadas con adultos mayores
mexiquenses reclusos en el penal de Santiaguito, también conocido
como Almoloyita, localizado en la ciudad de Toluca, en el Estado de
México. Para ello, además de esta introducción, el texto se estructura en
tres apartados. En la primera se presenta una breve descripción sobre
la institucionalización del adulto mayor como marco de referencia.
Seguidamente se presentan algunos datos sobre la población penitenciaria
residente en las 21 cárceles que existen en la entidad mexiquense. En la
tercera parte se realiza un análisis de los relatos de vida destacado algunos
puntos centrales del trabajo cualitativo. Y finalmente, el documento se
cierra con un apartado dedicado a las conclusiones.
Institucionalización del adulto mayor
De acuerdo con Hidalgo (2001, p. 141) el término de
institucionalización hace referencia al proceso social de ubicar a las
personas bajo la jurisdicción de una institución formal o semiformal
cerrada o semicerrada, como son cárceles, reformatorios, hospitales,
hogares para personas indigentes, clínicas, ejércitos o fuerzas armadas.
En el caso específico de los adultos mayores la institucionalización
acontece en hospitales, asilos, casas para ancianos, centros diurnos y
otras instituciones semejantes. Dichas organizaciones ofrecen diferentes
cuidados y servicios, por lo general para condiciones crónicas. Aunque
existen otras que se limitan a brindar únicamente servicios de terapias,
talleres de manualidades, guardería o custodia. No obstante, cualquiera
que sea el tipo de institución, dicho proceso se lleva a cabo casi siempre
por falta de apoyo social, escasez de recursos económicos, abandono
familiar, enfermedades y/o discapacidades, así como a la pobreza y
marginalidad en que se encuentra esta población y sus familias (Aranda
et al., 2001; Hidalgo, 2001).

doble moral, el oficio del ladrón o la dependencia que tiene el Estado con el crimen,
y las diferentes perspectivas según el cristal con que se mira.

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interpretar sus tiempos vividos e intentar comprender de qué manera esos


viejos piensan sus experiencias y su vejez en el vivir cotidiano penitenciario.
Exploraré estos aspectos a través de relatos de vida recolectados a partir
de dos de entrevistas en profundidad realizadas con adultos mayores
mexiquenses reclusos en el penal de Santiaguito, también conocido
como Almoloyita, localizado en la ciudad de Toluca, en el Estado de
México. Para ello, además de esta introducción, el texto se estructura en
tres apartados. En la primera se presenta una breve descripción sobre
la institucionalización del adulto mayor como marco de referencia.
Seguidamente se presentan algunos datos sobre la población penitenciaria
residente en las 21 cárceles que existen en la entidad mexiquense. En la
tercera parte se realiza un análisis de los relatos de vida destacado algunos
puntos centrales del trabajo cualitativo. Y finalmente, el documento se
cierra con un apartado dedicado a las conclusiones.
Institucionalización del adulto mayor
De acuerdo con Hidalgo (2001, p. 141) el término de
institucionalización hace referencia al proceso social de ubicar a las
personas bajo la jurisdicción de una institución formal o semiformal
cerrada o semicerrada, como son cárceles, reformatorios, hospitales,
hogares para personas indigentes, clínicas, ejércitos o fuerzas armadas.
En el caso específico de los adultos mayores la institucionalización
acontece en hospitales, asilos, casas para ancianos, centros diurnos y
otras instituciones semejantes. Dichas organizaciones ofrecen diferentes
cuidados y servicios, por lo general para condiciones crónicas. Aunque
existen otras que se limitan a brindar únicamente servicios de terapias,
talleres de manualidades, guardería o custodia. No obstante, cualquiera
que sea el tipo de institución, dicho proceso se lleva a cabo casi siempre
por falta de apoyo social, escasez de recursos económicos, abandono
familiar, enfermedades y/o discapacidades, así como a la pobreza y
marginalidad en que se encuentra esta población y sus familias (Aranda
et al., 2001; Hidalgo, 2001).

doble moral, el oficio del ladrón o la dependencia que tiene el Estado con el crimen,
y las diferentes perspectivas según el cristal con que se mira.

revista Kairós, São Paulo, 12(1), jan. 2009, pp. 149-180


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De acuerdo con los autores anteriormente citados, la


institucionalización de los adultos mayores puede tener consecuencias
positivas en la vida de las personas, pero también negativas. La entrada
de un adulto mayor a un asilo, por ejemplo, puede proporcionarle
comodidad, tranquilidad, compañía con otras personas, pero también
puede generarle sentimientos de añoranza, tristeza, falta de intimidad y
hasta problemas relacionados con la convivencia con personas extrañas
e incluso sentimientos de soledad. También puede suceder que en la
decisión de internación del adulto mayor no estén de acuerdo todos
sus familiares, generando de esta manera conflictos y desgaste familiar
excesivo. Según un estudio realizado por el Instituto de Salud Pública de
Madrid, España (2003), con el ingreso a la institución muchos adultos
mayores experimentan un sentimiento de despedida del pasado, de
abandono del propio ámbito existencial y, una vez en la institución,
disminución del contacto con la gente de la comunidad como: la familia,
los amigos del barrio y parientes rituales, etc.
Algunos estudios gerontológicos realizados en diferentes países
del mundo indican que la probabilidad de que un adulto mayor
experimente la institucionalidad aumenta conforme avanza la edad;
es decir, entre mayor es la persona adulta mayor es la probabilidad de
ser institucionalizado, pues tienden a aumentar su nivel de dependencia
y requieren progresivamente de mayor apoyo para realizar distintas
actividades de la vida cotidiana. Vincent, Wiley y Carritong (1977,
citados por Hidalgo, 2001, p. 142), en un estudio llevado a cabo en
Estados Unidos, encontraron que alrededor del 70 por ciento de los
adultos mayores que murieron después de los 85 años experimentaron
algún tipo de institucionalización y que en su mayoría eran mujeres
u hombres solteros, viudos y sin hijos, y que la mayoría habían vivido
solos un buen tiempo antes de ser institucionalizados.
También se ha señalado que muchos viejos son institucionalizados
en contra de su voluntad y que ello les provoca estrés y depresión al
sentirse abandonados por sus familiares. Dean y Cols (1992), por
ejemplo, encuentran que todos los adultos mayores que vivían solos
estaban más deprimidos y que los hombres eran los más afectados.
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Envejeciendo en reclusión 155

En el caso de México, en un estudio realizado por Banda (1992), con


ancianos asilados en la ciudad de Monterrey, en el estado de Nuevo
León, arrojó que alrededor del 49 por ciento de los adultos mayores
sufrían de depresión. En un estudio muy similar, Hernández (1997)
analiza la situación de los asilados y asistentes al Instituto Nacional de la
Senectud (INSEN), este autor encontró que las personas que vivían en
los asilos y que sufrían de depresión no contaban con quien relacionarse
socialmente. Y que el sentimiento que opera dentro del adulto mayor
al ingresar a este tipo de institución es de carga e inutilidad.
Por otro lado, quienes han tenido que ser institucionalizados
por problemas con la justicia, muchas veces son abandonados a su
suerte. Al respecto, Vidal (1999) señala que la atención a este tipo de
institucionalización se realiza, en gran parte, bajo modelos caritativos que
deberían ser modificados para ofrecer una mejor atención alimentaria,
médica, psicológica, de hacinamiento y educativa en dichos centros.
Para el sistema penitenciario mexicano el objetivo primordial debería
ser la readaptación del individuo a través de los programas existentes
más que el castigo. Es decir, la estancia en reclusión debe garantizar
a la sociedad que el individuo recibirá un trato especializado que le
permita su reinserción al entorno comunitario una vez concluida su
estancia en prisión.
Si bien es cierto que la internación del adulto mayor es en muchos
casos necesaria y en otros obligatoria –y que esta puede constituir una
respuesta pertinente a situaciones críticas en las que se encuentran las
personas de edad avanzada–, también es verdad que muchas instituciones
no cuentan con el personal, cuidados e infraestructura necesaria para
ofrecer un espacio de vida adecuado para satisfacer las necesidades
básicas de los internos. Con la institucionalización los adultos mayores
se enfrentan a restricciones de espacio para la realización de actividades
de pasatiempo preferidas y de privacidad. Además, el aislamiento
social y, a veces, la rigidez normativa de la institución dificultan la
interacción del adulto mayor con sus familiares, amigos y vecinos. De
hecho, existen instituciones que consideran las actividades fuera de la
institución como innecesarias, ya que les implican mayores costos (De
revista Kairós, São Paulo, 12(1), jan. 2009, pp. 149-180
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En el caso de México, en un estudio realizado por Banda (1992), con


ancianos asilados en la ciudad de Monterrey, en el estado de Nuevo
León, arrojó que alrededor del 49 por ciento de los adultos mayores
sufrían de depresión. En un estudio muy similar, Hernández (1997)
analiza la situación de los asilados y asistentes al Instituto Nacional de la
Senectud (INSEN), este autor encontró que las personas que vivían en
los asilos y que sufrían de depresión no contaban con quien relacionarse
socialmente. Y que el sentimiento que opera dentro del adulto mayor
al ingresar a este tipo de institución es de carga e inutilidad.
Por otro lado, quienes han tenido que ser institucionalizados
por problemas con la justicia, muchas veces son abandonados a su
suerte. Al respecto, Vidal (1999) señala que la atención a este tipo de
institucionalización se realiza, en gran parte, bajo modelos caritativos que
deberían ser modificados para ofrecer una mejor atención alimentaria,
médica, psicológica, de hacinamiento y educativa en dichos centros.
Para el sistema penitenciario mexicano el objetivo primordial debería
ser la readaptación del individuo a través de los programas existentes
más que el castigo. Es decir, la estancia en reclusión debe garantizar
a la sociedad que el individuo recibirá un trato especializado que le
permita su reinserción al entorno comunitario una vez concluida su
estancia en prisión.
Si bien es cierto que la internación del adulto mayor es en muchos
casos necesaria y en otros obligatoria –y que esta puede constituir una
respuesta pertinente a situaciones críticas en las que se encuentran las
personas de edad avanzada–, también es verdad que muchas instituciones
no cuentan con el personal, cuidados e infraestructura necesaria para
ofrecer un espacio de vida adecuado para satisfacer las necesidades
básicas de los internos. Con la institucionalización los adultos mayores
se enfrentan a restricciones de espacio para la realización de actividades
de pasatiempo preferidas y de privacidad. Además, el aislamiento
social y, a veces, la rigidez normativa de la institución dificultan la
interacción del adulto mayor con sus familiares, amigos y vecinos. De
hecho, existen instituciones que consideran las actividades fuera de la
institución como innecesarias, ya que les implican mayores costos (De
revista Kairós, São Paulo, 12(1), jan. 2009, pp. 149-180
156 Telésforo Ramírez García

Couto, 2000). En este sentido es necesario que las instituciones que


ofrecen algún tipo de servicio de apoyo al adulto mayor garanticen en
sus estatutos derechos de libertad, de intimidad, de individualidad y
de realización como ciudadanos.
Es sabido, además, que es en esta etapa de la vida cuando los
adultos requieren mayor apoyo social, tanto emocional como material,
y que la relación que toda persona tenga con el anciano será de gran
ayuda para su integración con la sociedad. En algunos países como
México, la familia constituye uno de los recursos más importantes de
la población mayor. Es la institución encargada de prestar ayuda a la
mayoría de los adultos que sufren problemas de salud o un deterioro
grave en su autonomía personal. También la familia juega un papel muy
importante, sobre todo en el ámbito de las relaciones socioafectivas,
ya que es la institución más idónea para proporcionar sentimientos de
arraigo, seguridad, de capacidad, utilidad, autoestima, confianza y apoyo
social (Rodríguez, 1994). También tienen un papel importante los apoyos
informales recibidos a través de las redes familiares y comunitarias. De
acuerdo con Montes de Oca (2005, p. 16) “[…] los apoyos “informales”
entre las personas mayores se debe a que en la vejez se experimenta un
deterioro económico y de la salud (física o mental), pero también porque
es una etapa de la vida en la cual con mucho mayor probabilidad se
experimenta el debilitamiento de las redes sociales a través de la perdida
de la pareja, los amigos y compañeros”.
En esta lógica y tomando en cuenta la revisión anterior es que
deseo enfatizar el caso de los ancianos en situación de reclusión, quienes
experimentan una forma de vejez institucionalizada diferente a la de un
asilo, hospitales o casas para ancianos. Antes de empezar el análisis de los
relatos de vida extraídos de las entrevistas en profundidad, me detendré
un poco en presentar una somera caracterización sociodemográfica de
las personas recluidas en el sistema penitenciario mexiquense.
revista Kairós, São Paulo, 12(1), jan. 2009, pp. 149-180
Envejeciendo en reclusión 157

El envejecimiento de la población penitenciaria


en el Estado de México

Al igual que otras entidades y regiones del país el Estado de


México se encuentra en un proceso de envejecimiento de su población.
Dicho proceso obedece, por un lado, a la disminución de las tasas de
mortalidad y fecundidad, sumadas a la ganancia en años de la esperanza
de vida de la población. Y, por otro lado, al desarrollo económico y al
avance de los sistemas de salud en el país. De acuerdo con la información
censal, en las últimas dos décadas la población mexiquense de 60 años
o más de edad casi se duplicó al pasar de 3.9% en 1980 a 6.4% en
2005, que en términos absolutos representa alrededor de 891 mil 609
adultos mayores. De igual forma, el sistema penitenciario mexiquense
no escapa a esta realidad. Según cifras del Sistema Judicial en Materia
Penal en el Estado de México el número de reclusos pasó de 10,339
individuos en 1997 a 11,585 en 2007, lo que significó un incremento
del 1.2% en dicho periodo.
Entre los factores que han incidido en ese incremento de la
población penitenciaria tanto en el Estado de México, como en otros
estados del país, se encuentran: el aumento de los índices delictivos;
las reformas a los códigos penales que han endurecido las condenas; las
medidas administrativas que han prolongado la estancia en prisión, entre
otros. En cuanto a las características sociodemográficas de la población
recluida en las 21 cárceles que existen en la entidad mexiquense, los
datos muestran que se trata primordialmente de personas con bajos
niveles de instrucción; casadas o unidas; la mayoría tenía trabajo o
realizaba alguna actividad laboral al momento de ser procesados, tanto
hombres como mujeres; y cuyo principal delito ha sido de carácter
patrimonial; es decir, contra la propiedad y bienes particulares. Pero
también se debe a problemas relacionados con algún tipo de adicción,
que desgraciadamente se agrava durante la reclusión, ya que en muchos
casos la droga se vende más barata dentro de los penales.
La distribución por edad y sexo de la población penitenciaria
muestra que en el año 2007, el 32% de los reclusos eran menores de
revista Kairós, São Paulo, 12(1), jan. 2009, pp. 149-180
Envejeciendo en reclusión 157

El envejecimiento de la población penitenciaria


en el Estado de México

Al igual que otras entidades y regiones del país el Estado de


México se encuentra en un proceso de envejecimiento de su población.
Dicho proceso obedece, por un lado, a la disminución de las tasas de
mortalidad y fecundidad, sumadas a la ganancia en años de la esperanza
de vida de la población. Y, por otro lado, al desarrollo económico y al
avance de los sistemas de salud en el país. De acuerdo con la información
censal, en las últimas dos décadas la población mexiquense de 60 años
o más de edad casi se duplicó al pasar de 3.9% en 1980 a 6.4% en
2005, que en términos absolutos representa alrededor de 891 mil 609
adultos mayores. De igual forma, el sistema penitenciario mexiquense
no escapa a esta realidad. Según cifras del Sistema Judicial en Materia
Penal en el Estado de México el número de reclusos pasó de 10,339
individuos en 1997 a 11,585 en 2007, lo que significó un incremento
del 1.2% en dicho periodo.
Entre los factores que han incidido en ese incremento de la
población penitenciaria tanto en el Estado de México, como en otros
estados del país, se encuentran: el aumento de los índices delictivos;
las reformas a los códigos penales que han endurecido las condenas; las
medidas administrativas que han prolongado la estancia en prisión, entre
otros. En cuanto a las características sociodemográficas de la población
recluida en las 21 cárceles que existen en la entidad mexiquense, los
datos muestran que se trata primordialmente de personas con bajos
niveles de instrucción; casadas o unidas; la mayoría tenía trabajo o
realizaba alguna actividad laboral al momento de ser procesados, tanto
hombres como mujeres; y cuyo principal delito ha sido de carácter
patrimonial; es decir, contra la propiedad y bienes particulares. Pero
también se debe a problemas relacionados con algún tipo de adicción,
que desgraciadamente se agrava durante la reclusión, ya que en muchos
casos la droga se vende más barata dentro de los penales.
La distribución por edad y sexo de la población penitenciaria
muestra que en el año 2007, el 32% de los reclusos eran menores de
revista Kairós, São Paulo, 12(1), jan. 2009, pp. 149-180
casos la droga se vende más barata dentro de los penales.
La distribución por edad y sexo de la población penitenciaria mu
158 2007, el 32% de los reclusos eranTelésforo
menores Ramírez
de 20García
años; 48% tenía entre
entre 35 y 59 años y el 3% tenían 60 años o más. Cabe señalar que l
20 años; 48% tenía entre 20 y 34 años; 17% entre 35 y 59 años y el
3% teníanmayor
60 añosdeo 50
más. años
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señalar quemayoría, personas
la población reclusaque han ido envejeciend
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en la prisión. Otro dato que llama la atención es que en la cárcel la
2007,
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cara de mujer, 4.4%ende2007,
las reclusas
alrededortenía 60 años
del 4.4% de o más de edad;
las reclusasvarones
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más de edad;eraendel 2.1%.
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en los datos
varonesdan cuenta tambi
dicha proporción era del 2.1%. Estos datos dan cuenta también de los
representa mantener las condiciones de vida de la población masculina
retos que representa mantener las condiciones de vida de la población
masculinaeny los centros
femenina penitenciarios.
recluida En elpenitenciarios.
en los centros Estado de MéxicoEn el existen centros c
Estado devieja
México existen centros
estructura carcelarios
hacinada, e inclusocon mixtos.
muy viejaEnestructura
estos últimos, las mujere
hacinada, e incluso mixtos. En estos últimos, las mujeres están sujetas
mismos programas de atención y sistemas de seguridad que los va
a los mismos programas de atención y sistemas de seguridad que los
varones. Essituación
decir, lade la mujerderecluida
situación la mujerestá definida
recluida estáen funciónende la del hombre
definida
función de la del hombre preso.

Figura 1: por
Figura 1 – Estructura Estructura
edad por edadde
y sexo y sexo de la
la población Figura 2: Estructura por
reclusa,
población reclusa, Estado de México, 1997 población reclusa, Estado
Estado de México, 1997

      30         20          10          0           10         20        30      30         20          10          0    
Fuente: Sistema Judicial en Materia Penal, 1997

Fuente: Sistema Judicial en Materia Penal, 1997 Fuente: Sistema Judicial en Materia

revista Kairós, São Paulo, 12(1), jan. 2009, pp. 149-180


de atención y sistemas de seguridad que los varones. Es decir, la
er recluida está definida en función de la del hombre preso.

Envejeciendo en reclusión 159


tura por edad y sexo de la Figura 2: Estructura por edad y sexo de la
a, Estado de México, 1997 población reclusa,
Figura 2 – Estructura por edadEstado de México,
y sexo 2007
de la población reclusa,
Estado de México, 2007

10          0           10         20        30      30         20          10          0           10         20         30 
Fuente: Sistema Judicial en Materia Penal, 2007   8 

n Materia Penal, 1997 Ello a Fuente:


sabiendas deJudicial
Sistema que las cárceles
en Materia para
Penal, varones están diseñadas
2007

con altas medidas de seguridad, siendo injusto ubicar una mujer en un


mismo lugar con un perfil de riesgo diferente. Aunque en este trabajo
no se presenta un caso de mujeres reclusas, es obvio que la ausencia de
una política de género en los sistemas penitenciarios mexicanos afecta
directamente a las mujeres reflejando la discriminación de que son
objeto en la sociedad en general. En palabras de Núñez (2007:), “[…]
las cosas no han sido definidas en términos de atender las necesidades de
las mujeres presas, sino en términos de lo más “cómodo” y “económico”
para los sistemas penitenciarios”. La autora señala, además, que aún
y cuando el sistema penitenciario en los países latinoamericanos ha
avanzado gradualmente hacia un modelo centrado en la atención de
las personas presas, aún existen cárceles con un limitado acceso a la
educación; ausencia de atención médica continua y especializada, que
sirva de utilidad para la prevención de enfermedades y emergencias;
limitado acceso al trabajo y a la capacitación; falta de asistencia jurídico;
pocos programas de atención en el campo de la salud física y emocional.
revista Kairós, São Paulo, 12(1), jan. 2009, pp. 149-180
de atención y sistemas de seguridad que los varones. Es decir, la
er recluida está definida en función de la del hombre preso.

Envejeciendo en reclusión 159


tura por edad y sexo de la Figura 2: Estructura por edad y sexo de la
a, Estado de México, 1997 población reclusa,
Figura 2 – Estructura por edadEstado de México,
y sexo 2007
de la población reclusa,
Estado de México, 2007

10          0           10         20        30      30         20          10          0           10         20         30 
Fuente: Sistema Judicial en Materia Penal, 2007   8 

n Materia Penal, 1997 Ello a Fuente:


sabiendas deJudicial
Sistema que las cárceles
en Materia para
Penal, varones están diseñadas
2007

con altas medidas de seguridad, siendo injusto ubicar una mujer en un


mismo lugar con un perfil de riesgo diferente. Aunque en este trabajo
no se presenta un caso de mujeres reclusas, es obvio que la ausencia de
una política de género en los sistemas penitenciarios mexicanos afecta
directamente a las mujeres reflejando la discriminación de que son
objeto en la sociedad en general. En palabras de Núñez (2007:), “[…]
las cosas no han sido definidas en términos de atender las necesidades de
las mujeres presas, sino en términos de lo más “cómodo” y “económico”
para los sistemas penitenciarios”. La autora señala, además, que aún
y cuando el sistema penitenciario en los países latinoamericanos ha
avanzado gradualmente hacia un modelo centrado en la atención de
las personas presas, aún existen cárceles con un limitado acceso a la
educación; ausencia de atención médica continua y especializada, que
sirva de utilidad para la prevención de enfermedades y emergencias;
limitado acceso al trabajo y a la capacitación; falta de asistencia jurídico;
pocos programas de atención en el campo de la salud física y emocional.
revista Kairós, São Paulo, 12(1), jan. 2009, pp. 149-180
160 Telésforo Ramírez García

Un estudio realizado por Azaola (2007) sobre las condiciones de


vida de los internos en los establecimientos penitenciarios del Distrito
Federal y el Estado de México, con base en dos encuestas levantadas en
2003 y 2006, arrojó que las penitenciarías estudiadas proveyeron cada
vez menos a los internos de bienes básicos como ropa, cobija y zapatos.
Y que un 30% de los prisioneros en el Distrito Federal y 20% en el
Estado de México señalaron que no disponían de suficiente agua para
beber. Así mismo, 67% de los reos en el Distrito Federal y 60% en el
Estado de México consideraron que los alimentos que les proporcionaban
no eran suficientes para matar el hambre.2 Para muchos especialistas
el abandono de los reclusorios y la sobrepoblación de estos, los ha
convertido en el mayor foco de contaminación delincuencial del país.
Hasta aquí he intentado presentar las posiciones más destacadas
sobre el tema de la institucionalización de los adultos mayores. No creo
que haya sido una revisión exhaustiva de los estudios que se han producido
al respecto; sin embargo, traté de resaltar aquellos más importantes de
la temática. Asimismo, he presentado algunas estadísticas sobre adultos
mayores reclusos en el Estado de México. Con la intensión de contribuir
al conocimiento de la diada institucionalización-envejecimiento en las
siguientes páginas presento, a través de dos estudios de caso, un análisis
sobre las condiciones en las que viven su vejez los adultos mayores
mexiquenses en situación de cárcel.

Envejeciendo en la cárcel:
entre el mito y la experiencia vivida

A lo largo de la historia de la humanidad se han llenado hojas


y gastado tinta para narrar vivencias, leyendas y mitos de la vida en la
cárcel. El caso de don Beto, de 60 años, y el de don Polo, de 56 años,

2 Tanto El Conjunto de principios de la ONU para la protección de las personas detenidas


o prisioneras, así como Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, establecen
la obligación de brindar un trato digno y los servicios necesarios a las personas reclusas
o detenidas para que satisfagan sus necesidades básicas, así como hacer validos sus
derechos para solicitar mejoras en el trato que reciben o denunciar los malos tratos
ante la autoridad correspondiente (ONU Doc., HRI/GEN/1/Rev.1 art. 30.).

revista Kairós, São Paulo, 12(1), jan. 2009, pp. 149-180


Envejeciendo en reclusión 161

parece proceder de dicho acervo literario. Ambos mexiquenses fueron


recluidos y sentenciados por homicidio en el penal de Santiaguito o
Almoloyita, en el Estado de México, cuando apenas contaban con 25
y 29 años de edad, respectivamente. Aunque no fueron recluidos por
el mismo homicidio, ni ingresaron al mismo tiempo a la prisión, todo
en sus vidas parece coincidir, pues ambos han tenido que adaptarse al
encierro, la soledad y la falta de apoyos familiares.
Para don Polo el ingreso a la cárcel fue el resultado de una riña
familiar que terminó con la muerte de primos, parientes y cuñados.

Pues me sentenciaron por homicidio, producto de una riña familiar. El


primo por el que estoy aquí mató al primo de mi otro primo; entonces, mi
primo y su papá, su hermano y su cuñado entraron aquí [a la cárcel].
Luego ya de aquí se fue su papá primero, luego se fue su hermano y
su cuñado y luego el hermano del difunto que mataron, ese fue quien
mató al cuñado de mi primo. Cuando salieron mi hermano y yo les
dijimos, “para qué se meten en problemas muchachos ya entiendan, ya
total, ya vengaron la muerte de su hermano”. Y nos dijeron, “esto no
va terminar hasta que nos acabemos todos, así dijo”. Entonces les dijo
mi hermano: “hay ustedes saben sus problemas, ora sí que ustedes saben
cómo empezaron, ustedes saben cómo van a terminar y a nosotros no nos
vayan a meter en problemas. Y nos metieron… (Don Polo, 56 años,
nació en Villa Victoria, Estado de México)

Como se aprecia en el testimonio de don Polo dicho evento


estuvo marcado por sentimientos de tristeza, frustración y resignación,
a los que se han sumado aquellos que tuvo que afrontar para adaptarse
a su nueva vida en la cárcel. Parrini (2005) señala que la adaptación
no es una opción sino una imposición para cualquier individuo que
ingrese a la cárcel. De acuerdo con este autor, el ingreso significa un
fin y un comienzo; el fin de la vida anterior, en muchos sentidos, pero
especialmente en el plano cotidiano, y el inicio de la vida carcelaria
que tiene sus rutinas, sus deberes, sus peligros y sus exigencias. Los
internos están adheridos tanto a su inicio, cuántos años, meses o días
han pasado desde que llegaron, como a su final, cuánto tiempo queda,
revista Kairós, São Paulo, 12(1), jan. 2009, pp. 149-180
Envejeciendo en reclusión 161

parece proceder de dicho acervo literario. Ambos mexiquenses fueron


recluidos y sentenciados por homicidio en el penal de Santiaguito o
Almoloyita, en el Estado de México, cuando apenas contaban con 25
y 29 años de edad, respectivamente. Aunque no fueron recluidos por
el mismo homicidio, ni ingresaron al mismo tiempo a la prisión, todo
en sus vidas parece coincidir, pues ambos han tenido que adaptarse al
encierro, la soledad y la falta de apoyos familiares.
Para don Polo el ingreso a la cárcel fue el resultado de una riña
familiar que terminó con la muerte de primos, parientes y cuñados.

Pues me sentenciaron por homicidio, producto de una riña familiar. El


primo por el que estoy aquí mató al primo de mi otro primo; entonces, mi
primo y su papá, su hermano y su cuñado entraron aquí [a la cárcel].
Luego ya de aquí se fue su papá primero, luego se fue su hermano y
su cuñado y luego el hermano del difunto que mataron, ese fue quien
mató al cuñado de mi primo. Cuando salieron mi hermano y yo les
dijimos, “para qué se meten en problemas muchachos ya entiendan, ya
total, ya vengaron la muerte de su hermano”. Y nos dijeron, “esto no
va terminar hasta que nos acabemos todos, así dijo”. Entonces les dijo
mi hermano: “hay ustedes saben sus problemas, ora sí que ustedes saben
cómo empezaron, ustedes saben cómo van a terminar y a nosotros no nos
vayan a meter en problemas. Y nos metieron… (Don Polo, 56 años,
nació en Villa Victoria, Estado de México)

Como se aprecia en el testimonio de don Polo dicho evento


estuvo marcado por sentimientos de tristeza, frustración y resignación,
a los que se han sumado aquellos que tuvo que afrontar para adaptarse
a su nueva vida en la cárcel. Parrini (2005) señala que la adaptación
no es una opción sino una imposición para cualquier individuo que
ingrese a la cárcel. De acuerdo con este autor, el ingreso significa un
fin y un comienzo; el fin de la vida anterior, en muchos sentidos, pero
especialmente en el plano cotidiano, y el inicio de la vida carcelaria
que tiene sus rutinas, sus deberes, sus peligros y sus exigencias. Los
internos están adheridos tanto a su inicio, cuántos años, meses o días
han pasado desde que llegaron, como a su final, cuánto tiempo queda,
revista Kairós, São Paulo, 12(1), jan. 2009, pp. 149-180
162 Telésforo Ramírez García

cuánto tiempo falta para cumplir la condena. Para Parrini la condena


es como un régimen de acumulación y de falta: se acumula tiempo
y lo que siempre falta es el mismo tiempo. Se restan días y se suma
estancia. Se es siempre más viejo y siempre menos nuevo. Falta tiempo,
sobre tiempo.
Sin embargo no todos los reclusos viven o experimentan el proceso
de adaptación de la misma manera. Hay quienes nunca se adaptan
y resisten tercamente a aceptar su nueva realidad, lo que hace más
difícil su estancia en la prisión. Para Guffman (1987, citado en Arnoso,
2005:55), el proceso de incorporación y adaptación a la vida carcelaria
es concebido como un proceso de desculturación, que consiste básicamente
en la disminución de la capacidad del sujeto para adaptarse a su nueva
realidad, pues el encierro reduce su repertorio conductual y privación
personal; además de provocar aislamiento afectivo, físico y social, ya
que por lo general este tipo de instituciones se encuentran aisladas y los
reclusos están sujetos a un plan y a una rutina que absorbe su personalidad
y elimina la distinción entre ámbitos de trabajo, ocio y vivienda.
De tal forma que cuanto más se resiste una persona a vivir en
la cárcel y mayor es la sentencia que se tiene que pagar, mayor es, por
tanto, el dolor del encierro y el luto que se guarda de la vida pasada, a la
vida de afuera. Una reja que separa el existir con la sociedad puede hacer
claudicar a muchos, perder la esperanza y el ánimo de seguir adelante,
–los suicidios y problemas mentales son muchas veces el desenlace final
de dicha situación. Sin embargo con esto no quiero decir que suceda
siempre así. Dichos efectos pueden ser matizados a través de la atención
psicológica recibida en los centros penitenciarios y con las fuentes de
apoyo social externo, principalmente las familias y grupos de la sociedad
civil, que proporcionan al sujeto ayuda emocional y material.

Todos los internos deben ir a esas terapias, porque, porque es una de las
áreas que debe de cubrir como obligatoria. La segunda es trabajo social
como obligatoria, estés los años que estés, si, si tiene usted una sentencia
de mil años, mil años tienes que ir a estos tratamientos (Don Beto,
60 años, nació en Tejupilco, Estado de México)

revista Kairós, São Paulo, 12(1), jan. 2009, pp. 149-180


Envejeciendo en reclusión 163

En el caso de nuestros entrevistados, ambos han tratado de


sobrellevar su estancia en la cárcel. Don Polo además de tomar terapias
psicológicas asiste a la escuela y tiene un trabajo. De igual forma,
Don Beto hace trabajo social, asiste a las terapias y trabaja haciendo
reparaciones eléctricas. Aunque en sus discursos señala reiteradamente
sentirse cansado del encierro y de realizar siempre la misma rutina, pues
ya son 35 años los que lleva recluido. Dicha actitud se materializa, en
ocasiones, en pleitos, enojos y disgustos con el personal y autoridades
del penal (psicólogo, trabajadora social y custodios), más no con
sus compañeros de celda y otros internos del penal, como veremos
seguidamente.

Ya me peleo con las trabajadoras sociales, ya me peleo con mi psicólogo,


me están haciendo loco. Terapias y terapias, pláticas y pláticas, valores
y valores, y requisitos y requisitos… y de ahí no salen. Es una tortura
para mí, ya se hizo una tortura. (Don Beto, 60 años, nació en
Tejupilco, Estado de México)

Las numerosas y repetitivas palabras de don Beto parecen indicar


que simplemente conforme se va envejeciendo la llama de la esperanza,
la calma y la paciencia se van apagando lenta y silenciosamente. Este
proceso de quebrantamiento del autoestima en personas reclusas fue
explicado por Clemmer (1940: citado en Arnoso, 2005, p. 56), bajo
el concepto de prisionización. Según este autor, el estado de ánimo de
las personas toma la forma de una U con respecto al tiempo pasado
en prisión. Durante la fase inicial y la final, la baja autoestima, las
conductas antisociales y la agresividad son muy altas, y estos estados de
ánimo tienden acentuarse en la fase media de internamiento. Estudios
recientes relacionan dicho comportamiento con las condiciones en las
que viven los reclusos en la prisión, tales como el nivel de hacinamiento
o tamaño del cuarto, la alimentación y los servicios de salud física y
emocional (Azaola y José, 1996, 2007; CDHDF, 2006).
revista Kairós, São Paulo, 12(1), jan. 2009, pp. 149-180
Envejeciendo en reclusión 163

En el caso de nuestros entrevistados, ambos han tratado de


sobrellevar su estancia en la cárcel. Don Polo además de tomar terapias
psicológicas asiste a la escuela y tiene un trabajo. De igual forma,
Don Beto hace trabajo social, asiste a las terapias y trabaja haciendo
reparaciones eléctricas. Aunque en sus discursos señala reiteradamente
sentirse cansado del encierro y de realizar siempre la misma rutina, pues
ya son 35 años los que lleva recluido. Dicha actitud se materializa, en
ocasiones, en pleitos, enojos y disgustos con el personal y autoridades
del penal (psicólogo, trabajadora social y custodios), más no con
sus compañeros de celda y otros internos del penal, como veremos
seguidamente.

Ya me peleo con las trabajadoras sociales, ya me peleo con mi psicólogo,


me están haciendo loco. Terapias y terapias, pláticas y pláticas, valores
y valores, y requisitos y requisitos… y de ahí no salen. Es una tortura
para mí, ya se hizo una tortura. (Don Beto, 60 años, nació en
Tejupilco, Estado de México)

Las numerosas y repetitivas palabras de don Beto parecen indicar


que simplemente conforme se va envejeciendo la llama de la esperanza,
la calma y la paciencia se van apagando lenta y silenciosamente. Este
proceso de quebrantamiento del autoestima en personas reclusas fue
explicado por Clemmer (1940: citado en Arnoso, 2005, p. 56), bajo
el concepto de prisionización. Según este autor, el estado de ánimo de
las personas toma la forma de una U con respecto al tiempo pasado
en prisión. Durante la fase inicial y la final, la baja autoestima, las
conductas antisociales y la agresividad son muy altas, y estos estados de
ánimo tienden acentuarse en la fase media de internamiento. Estudios
recientes relacionan dicho comportamiento con las condiciones en las
que viven los reclusos en la prisión, tales como el nivel de hacinamiento
o tamaño del cuarto, la alimentación y los servicios de salud física y
emocional (Azaola y José, 1996, 2007; CDHDF, 2006).
revista Kairós, São Paulo, 12(1), jan. 2009, pp. 149-180
164 Telésforo Ramírez García

Condiciones de vida en la cárcel: actividades,


convivencia y servicios

Vivir en la cárcel no es fácil, pero también puede ser una experiencia


grata y benefactora. Como en toda institución, en la cárcel hay reglas que
respectar, actividades que realizar, espacios por compartir y gente nueva
por conocer. Entre las actividades que realizan cotidianamente nuestros
entrevistados en el penal de Santiaguito se encuentran la asistencia a
cursos capacitación y educativos, terapias, servicio social y el trabajo.
Para la población reclusa, la educación es un proceso que adquiere
un doble contenido: la formación educativa dentro del tratamiento
penitenciario y el requisito de los beneficios de liberación; esta última,
dependiendo del tipo de delito por el que fueron sentenciados (CDHDF,
2004). Tal es el caso de don Polo quien en su vida nunca había asistido
a la escuela y fue a partir de su estancia en el penal cuando empezó a
tomar clases. Como sucedió con muchas personas adultas en el país, la
pobreza fue el motivo por el cual don Polo nunca había pisado un aula
escolar. Desde que tenía 14 años se vio en la necesidad de empezar a
trabajar para contribuir al gasto familiar; primero comenzó con las
labores de la parcela agrícola y luego como obrero en la construcción y
reparación de carreteras. Éste fue su último trabajo a fuera de prisión.

E: ¿Hasta qué año llegó en la escuela?


Don Polo: No aquí estoy empezando a aprender, nunca fui a la escuela.
Usted sabe que ya un grande ya no es igual que un niño que está
empezando. A hora ya ando mal de la vista también, lo blanco ya
casi ni lo veo.
Don Polo: Estoy aprendiendo aprender, estoy empezando a letrear, no
sabía nada, nada, ni poner mi nombre.
(Don Polo, 56 años, nació en Villa Victoria, Estado de México)

Como se desprende del testimonio anterior, don Polo muestra


gozo e interés por aprender a leer. No obstante, como bien se señala,
las limitaciones de la salud física y mental que suelen aparecer
espontáneamente durante la vejez dificultan muchas actividades y
rutinas de nuestra vida cotidiana. En el caso de don Polo, la pérdida de la
revista Kairós, São Paulo, 12(1), jan. 2009, pp. 149-180
Envejeciendo en reclusión 165

vista es una enfermedad que empieza a manifestarse, sin embargo, debido


a las malas condiciones económicas y al tipo de servicios médicos que
ofrecen en el penal de Santiaguito resulta difícil atender su padecimiento.
Para don Beto, las cosas no fueron muy diferentes, a los 11 años empezó
a trabajar para ayudar económicamente a su padre. Nos comenta que
en su niñez o trabajabas o trabajabas, por lo que la educación tenía
un escaso valor estratégico entre las familias de su entorno. Los hijos
tenían que abandonar la escuela para ayudar a sus padres en las labores
del campo y las hijas a sus madres con las actividades domésticas en el
hogar. De tal forma que don Beto sólo pudo estudiar hasta segundo
de primaria. Una vez que había aprendido a leer y a escribir abandonó
la escuela. Pero a diferencia de don Polo, él tuvo la oportunidad de
tomar un curso de capacitación de tres años en reparación de aparatos
eléctricos, actividad que actualmente desempeña en el penal.

E: ¿Hasta qué año estudio afuera?


Don Beto: Hasta segundo de primaria… no tuve la preparación que
yo debería haber tenido, yo soy técnico, yo hago reparaciones de aparatos
electrónicos, yo trabajo arreglando los teléfonos de la institución, no los
de la calle, los de aquí de la institución y arreglo planchas y licuadoras.
E: Pero, ¿eso lo aprendió aquí adentro?
Don Beto: No, allá afuera
E: Pero de manera como amateur, o sea lo aprendió en la calle.
Don Beto: [No] estudiando tres años.
(Don Beto, 60 años, nació en Tejupilco, Estado de México)

Su trabajo es precisamente la actividad que más disfruta don


Beto en el penal de Santiaguito, y la cual desempeñaba con gusto en
Tejupilco, Estado de México, donde había puesto un taller antes de
caer en prisión.3 En efecto, para muchos presos el trabajo es quizá la
única forma de dar sentido al tiempo pasado entre rejas, pues la simple
encarcelación no sirve para cambiar ni reconducir actitudes como
veíamos líneas arriba.

3 Actualmente don Beto no toma cursos escolares porque a los adultos mayores ya
no se les permite asistir.

revista Kairós, São Paulo, 12(1), jan. 2009, pp. 149-180


Envejeciendo en reclusión 165

vista es una enfermedad que empieza a manifestarse, sin embargo, debido


a las malas condiciones económicas y al tipo de servicios médicos que
ofrecen en el penal de Santiaguito resulta difícil atender su padecimiento.
Para don Beto, las cosas no fueron muy diferentes, a los 11 años empezó
a trabajar para ayudar económicamente a su padre. Nos comenta que
en su niñez o trabajabas o trabajabas, por lo que la educación tenía
un escaso valor estratégico entre las familias de su entorno. Los hijos
tenían que abandonar la escuela para ayudar a sus padres en las labores
del campo y las hijas a sus madres con las actividades domésticas en el
hogar. De tal forma que don Beto sólo pudo estudiar hasta segundo
de primaria. Una vez que había aprendido a leer y a escribir abandonó
la escuela. Pero a diferencia de don Polo, él tuvo la oportunidad de
tomar un curso de capacitación de tres años en reparación de aparatos
eléctricos, actividad que actualmente desempeña en el penal.

E: ¿Hasta qué año estudio afuera?


Don Beto: Hasta segundo de primaria… no tuve la preparación que
yo debería haber tenido, yo soy técnico, yo hago reparaciones de aparatos
electrónicos, yo trabajo arreglando los teléfonos de la institución, no los
de la calle, los de aquí de la institución y arreglo planchas y licuadoras.
E: Pero, ¿eso lo aprendió aquí adentro?
Don Beto: No, allá afuera
E: Pero de manera como amateur, o sea lo aprendió en la calle.
Don Beto: [No] estudiando tres años.
(Don Beto, 60 años, nació en Tejupilco, Estado de México)

Su trabajo es precisamente la actividad que más disfruta don


Beto en el penal de Santiaguito, y la cual desempeñaba con gusto en
Tejupilco, Estado de México, donde había puesto un taller antes de
caer en prisión.3 En efecto, para muchos presos el trabajo es quizá la
única forma de dar sentido al tiempo pasado entre rejas, pues la simple
encarcelación no sirve para cambiar ni reconducir actitudes como
veíamos líneas arriba.

3 Actualmente don Beto no toma cursos escolares porque a los adultos mayores ya
no se les permite asistir.

revista Kairós, São Paulo, 12(1), jan. 2009, pp. 149-180


166 Telésforo Ramírez García

Allá en Tejupilco puse un taller y con eso me fui manteniendo. Yo puse mi


taller a los 17 años. Me iba bien, porque a veces me traían televisiones
con el fusible fundido, traen el fusible fundido y lo que hace el técnico
es checar luego, luego la entrada del voltaje, eso es lo que se ve primero,
y la entrada del voltaje de los cables a donde llega el fusible. Ya de
ahí se mete el alto voltaje. En una hora, en media hora, en lo que se
destapa la televisión y le ve uno que es lo que tiene. De inmediato lo
detecta y la vuelve armar y ya está. Va el cliente y le dice, “ya está mi
televisión, ¿cuánto es?”, pus tanto (Don Beto, 60 años, nació en
Tejupilco, Estado de México)

En el otro caso, don Polo también desarrolla una actividad


económica en el reclusorio. Él hace bolsas de plástico, cuadros y
fotografías, actividades que ha aprendiendo durante su estancia en la
cárcel, y aunque él señala que no es mucho lo que gana, lo hace para
comprar sus productos de uso diario como: jabón, rastrillos, papel de
baño, pasta dental, etc.

E: ¿Qué hace?
Don Polo: Hacemos bolsas de plástico, ese es mi trabajo que estoy
haciendo yo.
E: ¿Es el único que ha tenido aquí dentro o ha laborado en otra
actividad?
Don Polo: He laborado en otra cosa, haciendo cuadros, en fotografías,
todo eso, en todo eso he estado laborando, en talachas, en todo, todo eso.
E: Y ¿aquí adentro aprendió?
Don Polo: Aquí vine a aprender el trabajo de la bolsa, cuadros y todo.
A fuera solo los veía, pero no sabía ni como se hacían, ni nada, aquí
es donde vine aprender.
(Don Polo, 56 años, nació en Villa Victoria, Estado de México)

Un elemento que sobresale de los testimonios de don Polo y


don Beto es la satisfacción por desempeñar alguna actividad, ambos
se sienten contentos con sus trabajos; es decir, mantenerse ocupados
los hace sentir útiles, activos, que pueden valerse por sí mismos; pero,
sobre todo, dejan de gastar fuerzas y tiempo en pensar que está pasando
revista Kairós, São Paulo, 12(1), jan. 2009, pp. 149-180
Envejeciendo en reclusión 167

más allá de las rejas, en la vida de afuera. En cuanto a los servicios que
les brinda la institución como son la alimentación, el hacinamiento
y la consulta médica, ambos refieren que son de muy mala calidad.
Los internos consideran que la alimentación es mala e insalubre. Si
bien la materia prima es de buena calidad, el proceso de elaboración y
distribución de los alimentos carece de medidas de higiene, llegando en
condiciones insalubres al momento de ser consumidas por los internos.
Asimilares conclusiones llega Azaola (2007) en su estudio realizado en
las penitenciarías del Distrito Federal y el Estado de México. La autora
encontró que 58.6% de los reos en el Estado de México consideraron
que los alimentos que les proporcionaban eran insuficientes; 43% dijo
que la calidad de los alimentos era mala o muy mala; 19.7% señalaron
que no disponían de suficiente agua para beber.
Al respecto, don Polo nos comentó que lo que más le había
costado fue adaptarse a la comida del penal, por lo que diario procura
cocinar sus propios alimentos.

Pues casi en todo el tiempo que llevo aquí adentro, pues muy poco he
agarrado en si la comida. Me ha hecho mucho daño, luego las personas
que yo conozco me traen yema de la calle, que ya me traen cualquier
otra cosa y ahí me la voy pasando. Porque la comida está muy mal
hecha como le digo. A poca comida le echan mucha agua y no sirve.
(Don Polo, 56 años, nació en Villa Victoria Estado de México)

Dentro del penal no existe el servicio médico continuo por lo


que los internos que lo requieren deben solicitarlo. Asimismo, y como
sucede en muchos penales del país, carecen de medicamentos, no se les
atiende las 24 horas, y en situaciones de gravedad tienen que esperar
a que se les traslade a un hospital fuera del penal. Esta situación los
ubica como una población altamente vulnerable, pues al depender
totalmente de los servicios de la institución y estar totalmente bajo
su tutela, muchas veces han tenido que sufrir, padecer y aguantar los
malestares de enfermedades de fácil curación.
revista Kairós, São Paulo, 12(1), jan. 2009, pp. 149-180
Envejeciendo en reclusión 167

más allá de las rejas, en la vida de afuera. En cuanto a los servicios que
les brinda la institución como son la alimentación, el hacinamiento
y la consulta médica, ambos refieren que son de muy mala calidad.
Los internos consideran que la alimentación es mala e insalubre. Si
bien la materia prima es de buena calidad, el proceso de elaboración y
distribución de los alimentos carece de medidas de higiene, llegando en
condiciones insalubres al momento de ser consumidas por los internos.
Asimilares conclusiones llega Azaola (2007) en su estudio realizado en
las penitenciarías del Distrito Federal y el Estado de México. La autora
encontró que 58.6% de los reos en el Estado de México consideraron
que los alimentos que les proporcionaban eran insuficientes; 43% dijo
que la calidad de los alimentos era mala o muy mala; 19.7% señalaron
que no disponían de suficiente agua para beber.
Al respecto, don Polo nos comentó que lo que más le había
costado fue adaptarse a la comida del penal, por lo que diario procura
cocinar sus propios alimentos.

Pues casi en todo el tiempo que llevo aquí adentro, pues muy poco he
agarrado en si la comida. Me ha hecho mucho daño, luego las personas
que yo conozco me traen yema de la calle, que ya me traen cualquier
otra cosa y ahí me la voy pasando. Porque la comida está muy mal
hecha como le digo. A poca comida le echan mucha agua y no sirve.
(Don Polo, 56 años, nació en Villa Victoria Estado de México)

Dentro del penal no existe el servicio médico continuo por lo


que los internos que lo requieren deben solicitarlo. Asimismo, y como
sucede en muchos penales del país, carecen de medicamentos, no se les
atiende las 24 horas, y en situaciones de gravedad tienen que esperar
a que se les traslade a un hospital fuera del penal. Esta situación los
ubica como una población altamente vulnerable, pues al depender
totalmente de los servicios de la institución y estar totalmente bajo
su tutela, muchas veces han tenido que sufrir, padecer y aguantar los
malestares de enfermedades de fácil curación.
revista Kairós, São Paulo, 12(1), jan. 2009, pp. 149-180
168 Telésforo Ramírez García

Pues a la clínica vengo a ver que me cuando me enfermo, pero no, no hay
para el alivio de uno. A veces nos hacen receta para mandar traerla la
medicina de afuera. Cuando voy al consultorio, por lo regular, voy en
la mañana, porque en la noche solamente cuando estuve enfermo que
me sacaron a operar en el hospital ahí fue donde me puse bien mal.
(Don Polo, 56 años, nació en Villa Victoria, Estado de México)

El testimonio de don Polo ilustra muy atinadamente lo que


sucede en el penal de Santiaguito, y en muchos otras cárceles del país,
donde el servicio médico es deficiente y muy parecido a los sistemas
caritativos, aun cuando se sabe que frecuentemente suelen presentarse
casos de enfermedades de gravedad. Si bien es cierto que los reclusos
están enclaustrados porque han cometido algún delito y por ello tienen
que pagar una sentencia, esto no los hace inmunes, ni ajenos al contagio
o padecimiento de alguna enfermedad. Por lo que la escusa de falta de
presupuesto en los reclusorios no debe ser excusa para la no satisfacción
de un derecho. Debemos tener presente el principio de cuidado que
señala que cuando el Estado priva a una persona de su libertad asume
también el deber de cuidarla.
Al preguntarles a los internos sobre la posibilidad de comprar
un seguro médico señalaron que este sería una buena opción, pero que
debido a que no tienen dinero es difícil contar dicho servicio.

O sea, nosotros mismos hemos estado acostumbrados a que pobremente,


pero uno mismo compra su medicamento, y es que muchas veces si sirve
tener un seguro, algo de eso de gobierno sería un apoyo para uno. A mi
si me gustaría tenerlo, pero ya le digo que simplemente hemos trabajado
en el campo.
Ya llevo como, como siete meses con este del ardor de la próstata, con
ardor, con molestias. Pues viera que el dolor así no me deja dormir.
Me volteo para un lado, me volteo para el otro y me sigue el ardor,
entonces hasta hago un lado mis cobijas para que me pegue poquito el
airecito, así ya pa´ poder dormir tantito, pero ya me cala el frio me
vuelvo a tapar y devuelta los dolores (Don Polo, 56 años, nació en
Villa Victoria, Estado de México).

revista Kairós, São Paulo, 12(1), jan. 2009, pp. 149-180


Envejeciendo en reclusión 169

La convivencia en una cárcel también es delicada, pues personas


de diferentes edades, creencias y estratos económicos se ven obligadas
a compartir celdas, estrechar el contacto, aprender a vivir entre los
distintos poderes que tensionan los módulos, a seguir las pautas de los
programas de rehabilitación, a ocupar su tiempo, etc. Después de haber
vivido 36 años en la cárcel Don Beto parece haberse adaptado a todo
ello. Sin embargo la esperanza de salir libre está siempre latente en sus
testimonios. Señala que el tener buena relación con sus compañeros
de celda y otros reclusos le ha permitido llevar una vida tranquila en
prisión, además de evitarse problemas con la institución.

Soy muy tranquilo. No me meto en problemas, yo agarro la rutina de mi


trabajo. Quiuboles, quiuboles, quiuboles, ahí te ves, ahí te veo, hazme
este favor, si puedo y me conviene, pues lo hago. Y si no me conviene
y no puedo no lo hago. Por qué nadie me va a obligar, por qué en mi
vida y en mis decisiones yo soy el que decido. Nadie va a decidir por
mí. Yo soy el único que va a decidir para bien o para mal. Si yo fuera
una persona lacrosa, como le dicen a las personas en el bajo mundo a
los problemáticos, tuviera así de grande mi expediente de reportes. Son
36 años, ya hubiera matado un montón de gente aquí. Estuviera bien
ahorcado, no tuviera nunca para cuando salir. Pero mi ilusión es salir
a morirme en la calle, esa es mi ilusión. No comprar más problemas
aquí adentro, me quiero ir. (Don Beto, 60 años, nació en Tejupilco
Estado de México)

Don Beto esta consiente que para poder salir de la cárcel tiene
que tener un buen comportamiento, razón por la cual prefiere evitar
problemas con otros internos y así mantener latente la esperanza de la
libertad. Como podemos ver en los testimonios de vida de los reclusos
expuestos en estas páginas, la situación de las personas en la cárcel se
vuelve mucho más complicada cuando llega la vejez. Los reclusos envejecen
en la monotonía del castigo; ingieren alimentos de mala calidad; sin
una adecuada atención a la salud y en ambientes adversos internamente

revista Kairós, São Paulo, 12(1), jan. 2009, pp. 149-180


Envejeciendo en reclusión 169

La convivencia en una cárcel también es delicada, pues personas


de diferentes edades, creencias y estratos económicos se ven obligadas
a compartir celdas, estrechar el contacto, aprender a vivir entre los
distintos poderes que tensionan los módulos, a seguir las pautas de los
programas de rehabilitación, a ocupar su tiempo, etc. Después de haber
vivido 36 años en la cárcel Don Beto parece haberse adaptado a todo
ello. Sin embargo la esperanza de salir libre está siempre latente en sus
testimonios. Señala que el tener buena relación con sus compañeros
de celda y otros reclusos le ha permitido llevar una vida tranquila en
prisión, además de evitarse problemas con la institución.

Soy muy tranquilo. No me meto en problemas, yo agarro la rutina de mi


trabajo. Quiuboles, quiuboles, quiuboles, ahí te ves, ahí te veo, hazme
este favor, si puedo y me conviene, pues lo hago. Y si no me conviene
y no puedo no lo hago. Por qué nadie me va a obligar, por qué en mi
vida y en mis decisiones yo soy el que decido. Nadie va a decidir por
mí. Yo soy el único que va a decidir para bien o para mal. Si yo fuera
una persona lacrosa, como le dicen a las personas en el bajo mundo a
los problemáticos, tuviera así de grande mi expediente de reportes. Son
36 años, ya hubiera matado un montón de gente aquí. Estuviera bien
ahorcado, no tuviera nunca para cuando salir. Pero mi ilusión es salir
a morirme en la calle, esa es mi ilusión. No comprar más problemas
aquí adentro, me quiero ir. (Don Beto, 60 años, nació en Tejupilco
Estado de México)

Don Beto esta consiente que para poder salir de la cárcel tiene
que tener un buen comportamiento, razón por la cual prefiere evitar
problemas con otros internos y así mantener latente la esperanza de la
libertad. Como podemos ver en los testimonios de vida de los reclusos
expuestos en estas páginas, la situación de las personas en la cárcel se
vuelve mucho más complicada cuando llega la vejez. Los reclusos envejecen
en la monotonía del castigo; ingieren alimentos de mala calidad; sin
una adecuada atención a la salud y en ambientes adversos internamente

revista Kairós, São Paulo, 12(1), jan. 2009, pp. 149-180


170 Telésforo Ramírez García

como parte de su castigo. Además, el encierro, el abandono, el dolor del


cuerpo y del alma, y las carencias económicas y afectivas, son aspectos
que le imprimen distintos matices a la vejez recluida.

Entre redes y lazos rotos:


abandono y distanciamiento familiar

Cuándo se cae en prisión el apoyo familiar se vuelve fundamental,


tanto el emocional como el material. Las visitas son la principal
manifestación de afecto y apoyo desde el exterior, con ellas la persona
mayor siente a su familia cercana aunque sea a la distancia. También
los familiares suelen actuar como interlocutores entre lo que pasa con
el resto de la familia y la comunidad, recreando el mundo exterior. Sin
embargo, en muchos casos, conforme pasa el tiempo las redes familiares
se van deshilando, se desatan nudos y se rompen hilos. La precaria
situación económica en que viven las familias de los reos, la distancia
geográfica, los trámites y los requisitos que exigen en las cárceles para las
visitas son factores que inciden en el abandono que padecen los adultos
mayores que cumplen una sentencia penal. Tal y como se expresa en
el testimonio de don Polo, quien a los cinco años de haber ingresado a
prisión dejó de recibir la visita de su esposa y de sus tres hijos.

Después de los cinco años que me apoyo ella se retiro. Un día la vi


muy inquieta y le dije, “que, qué te pasa ahora”, porque nunca era así
conmigo. Dice, “la verdad ya me aburrí de venir”, le digo, “pus tu, tu
di, como quieras le digo, no te obligo”. También le dije, “simplemente
si tú me estas apoyando adelante le digo, y si no, pues ni modo, que
quieres que yo te diga. Yo no te puedo detener”. Y si, pues nada más
eso platicamos y ya dejo de venir, dejo de venir y hasta la fecha. (Polo,
56 años, nació en Villa Victoria, Estado de México)

Don Polo comenta que más allá del abandono de su esposa, lo


que más le duele es el hecho de no saber nada de sus hijos a quienes dejó

revista Kairós, São Paulo, 12(1), jan. 2009, pp. 149-180


Envejeciendo en reclusión 171

de ver desde que entró al penal cuando ellos eran apenas unos niños. Su
único consuelo son sus hermanos, sobrinos y algunos conocidos que lo
vistan de vez en cuando en la prisión. Del olvido de sus hijos comentó:

[…] pus ya uno se consuela, porque al no verlos que puede hacer uno
aquí en este lugar. No hay más que salir adelante uno mismo. Como
ahora que no tengo contacto con ellos, ni sé donde andan, ni mis sobrinos
saben donde andan, ni nada. (Don Polo, 56 años, nació en Villa
Victoria, Estado de México)

En el testimonio de don Polo, además de expresar el dolor por el


abandono de sus hijos, muestra resentimiento y soledad, sentimientos
que lo han acompañado a lo largo de los 25 años que lleva recluido en
el penal de Santiaguito. No obstante, la situación es todavía más difícil
para aquellos reclusos que pierden todo contacto con sus familiares. En
esos casos, el adulto mayor se siente juzgado y rechazado por su familia,
sentimientos que, a menudo, se disuelven en actitudes agresivas entre
los propios reclusos. Indudablemente, en esta circunstancia se hace más
difícil tolerar el encierro. Al respeto don Beto señala:

[A mi familia] Toda la perdí… todo se perdió, estoy solo como una roca
en un pozo, avientan una roca a un pozo y ahí se queda abandonada.
[…] mi esposa me abandono cuando yo caí aquí, no aguanto un año
y se retiro. Estuvo bien porque ella rehízo su vida. [Mi hijo] también
vino un tiempo, pero después se los llevó su madre. No tengo ni comu-
nicación con mi familia. Un día fue la trabajadora social a visitar
mi familia, y les dijo que yo ya estaba por salir, porque ya tenía una
programación para el segunde semestre del 2004. Al final, no se dio,
porque no se dio. [Esa vez] la trabajadora social les dijo a mi hermano
y a mis hermanas que si podían ayudarme para que quedaran ellos con
mi tutela, dijeron que iban a ver y que iban a venir. Por ahí mandaron
el teléfono de mi hermano, que les hablara por teléfono, yo para que
quiero el teléfono, para estar ladre y ladre como perro, discúlpenme que
les diga esto por teléfono, ladre, ladre y ladre, no.
Hay mucha gente abandonada aquí adentro, hay mucha gente abandonada,
no la dejan ir porque no tienen la tutela, no los dejan ir porque no reúnen

revista Kairós, São Paulo, 12(1), jan. 2009, pp. 149-180


Envejeciendo en reclusión 171

de ver desde que entró al penal cuando ellos eran apenas unos niños. Su
único consuelo son sus hermanos, sobrinos y algunos conocidos que lo
vistan de vez en cuando en la prisión. Del olvido de sus hijos comentó:

[…] pus ya uno se consuela, porque al no verlos que puede hacer uno
aquí en este lugar. No hay más que salir adelante uno mismo. Como
ahora que no tengo contacto con ellos, ni sé donde andan, ni mis sobrinos
saben donde andan, ni nada. (Don Polo, 56 años, nació en Villa
Victoria, Estado de México)

En el testimonio de don Polo, además de expresar el dolor por el


abandono de sus hijos, muestra resentimiento y soledad, sentimientos
que lo han acompañado a lo largo de los 25 años que lleva recluido en
el penal de Santiaguito. No obstante, la situación es todavía más difícil
para aquellos reclusos que pierden todo contacto con sus familiares. En
esos casos, el adulto mayor se siente juzgado y rechazado por su familia,
sentimientos que, a menudo, se disuelven en actitudes agresivas entre
los propios reclusos. Indudablemente, en esta circunstancia se hace más
difícil tolerar el encierro. Al respeto don Beto señala:

[A mi familia] Toda la perdí… todo se perdió, estoy solo como una roca
en un pozo, avientan una roca a un pozo y ahí se queda abandonada.
[…] mi esposa me abandono cuando yo caí aquí, no aguanto un año
y se retiro. Estuvo bien porque ella rehízo su vida. [Mi hijo] también
vino un tiempo, pero después se los llevó su madre. No tengo ni comu-
nicación con mi familia. Un día fue la trabajadora social a visitar
mi familia, y les dijo que yo ya estaba por salir, porque ya tenía una
programación para el segunde semestre del 2004. Al final, no se dio,
porque no se dio. [Esa vez] la trabajadora social les dijo a mi hermano
y a mis hermanas que si podían ayudarme para que quedaran ellos con
mi tutela, dijeron que iban a ver y que iban a venir. Por ahí mandaron
el teléfono de mi hermano, que les hablara por teléfono, yo para que
quiero el teléfono, para estar ladre y ladre como perro, discúlpenme que
les diga esto por teléfono, ladre, ladre y ladre, no.
Hay mucha gente abandonada aquí adentro, hay mucha gente abandonada,
no la dejan ir porque no tienen la tutela, no los dejan ir porque no reúnen

revista Kairós, São Paulo, 12(1), jan. 2009, pp. 149-180


172 Telésforo Ramírez García

los requisitos, son muchos problemas. Por eso hay mucha gente aquí, gente
que ya está abandonada y no hay solución, ahí están como yo. (Don Beto,
60 años, nació en Tejupilco, Estado de México)

En sus testimonios don Beto señala sentirse constantemente


abandonado y decepcionado de su familia. Para él la vida en la cárcel ha
sido muy difícil, pues también sus amigos de la calle, a los que llama “de
paso”, se le fueron alejando poco a poco. Él dice no guardarles rencor,
ni mucho menos juzgarlos, porque ellos tienen sus responsabilidades
familiares y no pueden descuidar a sus hijos y su trabajo por el simple
hecho de ir a visitarlo.

Usted sabe que los amigos son los amigos de bolsillo. Cuando uno trae
dinero son amigos. [Mis amigos] me vinieron a ver una, dos veces, tres
veces. Después empezaron a poner reglamentos y se fueron retirando. Unos
ya murieron, otros viven, pero ellos hacen su vida, porque no creo que haya
algún amigo que este muy interesado en alguna persona si no es nada de
su familia, nada más amigo de paso. No van estar dejando a sus hijos
sin comer nada más por venirlo a ver a uno. De vestirlos por venirlo a
ver, de curarlos por venirlo a ver, de darle el gasto a su esposa por venirlo
a ver. (Don Beto, 60 años, nació en Tejupilco, Estado de México)

Sin embargo el abandono familiar no sólo significa dejar de


recibir el apoyo emocional, sino también, el material, económico e
informativo, dejando a los adultos mayores en reclusión a su suerte y
bajo los servicios y cuidados de la institución, los cuales muchas veces
no son suficientes, ni de la mejor calidad, como señalamos en líneas
anteriores. Los resultados del estudio de Azaola (2007) corroboran en
cierto sentido expresado por nuestros entrevistados. De acuerdo con
dicho estudio, la frecuencia con la que los presidiarios recibieron la
visita de familiares y amigos disminuyó ligeramente en los reclusorios
del Estado de México entre 2003y 2006. Y una cuarta parte de los reos
opinó que el trato que recibían sus familiares cuando los visitaban era
“malo” o “muy malo”, y que las autoridades del penal les hacían cobros
indebidos, lo que los orillaba a espaciar las visitas. En este contexto,
revista Kairós, São Paulo, 12(1), jan. 2009, pp. 149-180
Envejeciendo en reclusión 173

la situación del adulto mayor recluso es mucho más vulnerable, pues


es precisamente en esta etapa de la vida cuando los viejos requieren
de mayor apoyo emocional y económico, aún y cuando se encuentran
pagando una pena por un error cometido en el pasado.

Envejecer nos toca a todos:


la percepción de la vejez institucionalizada

A quienes agarra la vejez tras las rejas es muy difícil imaginarse


cómo serán los últimos años de su vida si se permanece o sale de prisión.
En este caso, el testimonio de nuestros entrevistados más que diferir
parece complementarse, ya que ambos relacionan sus percepciones
con sus experiencias de lo que fue su vida antes entrar y durante su
estancia en la cárcel. Don Polo, por ejemplo, la describe a partir de
la imagen que guarda de sus abuelos y de sus conocidos; es decir, la
relaciona con el estado físico y deterioro funcional, con la incapacidad
para realizar distintas actividades de la vida cotidiana. Pero además en
su imaginario esta la necesidad de cuidados, de cariño, de apoyos, la
discriminación y las carencias de las que posiblemente fueron objeto
sus padres, abuelos o conocidos.

Pues todo cambia… todo cambia, pues como empieza uno acaba, porque
empieza uno como niño y acaba un viejito como niño. Yo todo eso me daba
cuenta. Me digo, “no hay que burlarse de nadie de las personas mayores”.
Yo en la calle era como personas adultas, no como los muchachos, y de
los viejitos yo sabía muchas cosas de la vida. (Don Polo, 56 años,
nació en Villa Victoria, Estado de México)

Don Beto asocia la vejez con el término de un clico vital, con el


término de la vida, donde el ser humano ya no tiene fuerzas para seguir
luchando. Donde según él, ya no hay nada que hacer.

Qué es para mí la vejez y el envejecimiento, una etapa donde ya va a


tener un término, ya no hay retrocedencia. Las condiciones de vida de
aquel ser que ya está viejo y que ya no tiene fuerzas para mantenerse,

revista Kairós, São Paulo, 12(1), jan. 2009, pp. 149-180


Envejeciendo en reclusión 173

la situación del adulto mayor recluso es mucho más vulnerable, pues


es precisamente en esta etapa de la vida cuando los viejos requieren
de mayor apoyo emocional y económico, aún y cuando se encuentran
pagando una pena por un error cometido en el pasado.

Envejecer nos toca a todos:


la percepción de la vejez institucionalizada

A quienes agarra la vejez tras las rejas es muy difícil imaginarse


cómo serán los últimos años de su vida si se permanece o sale de prisión.
En este caso, el testimonio de nuestros entrevistados más que diferir
parece complementarse, ya que ambos relacionan sus percepciones
con sus experiencias de lo que fue su vida antes entrar y durante su
estancia en la cárcel. Don Polo, por ejemplo, la describe a partir de
la imagen que guarda de sus abuelos y de sus conocidos; es decir, la
relaciona con el estado físico y deterioro funcional, con la incapacidad
para realizar distintas actividades de la vida cotidiana. Pero además en
su imaginario esta la necesidad de cuidados, de cariño, de apoyos, la
discriminación y las carencias de las que posiblemente fueron objeto
sus padres, abuelos o conocidos.

Pues todo cambia… todo cambia, pues como empieza uno acaba, porque
empieza uno como niño y acaba un viejito como niño. Yo todo eso me daba
cuenta. Me digo, “no hay que burlarse de nadie de las personas mayores”.
Yo en la calle era como personas adultas, no como los muchachos, y de
los viejitos yo sabía muchas cosas de la vida. (Don Polo, 56 años,
nació en Villa Victoria, Estado de México)

Don Beto asocia la vejez con el término de un clico vital, con el


término de la vida, donde el ser humano ya no tiene fuerzas para seguir
luchando. Donde según él, ya no hay nada que hacer.

Qué es para mí la vejez y el envejecimiento, una etapa donde ya va a


tener un término, ya no hay retrocedencia. Las condiciones de vida de
aquel ser que ya está viejo y que ya no tiene fuerzas para mantenerse,

revista Kairós, São Paulo, 12(1), jan. 2009, pp. 149-180


174 Telésforo Ramírez García

donde no se puede hacer nada. Porque no va llegar una persona y te va


decir, te voy a dar 50 millones de pesos, para que vivas hasta dónde
vas a vivir. No creo que haya ese tipo de personas, cuando haya ese
tipo de personas se acabó el mundo. (Don Beto, 60 años, nació en
Tejupilco, Estado de México)

Como se desprende de las narraciones anteriores, nuestros


entrevistados están consientes de la discriminación, de las carencias y
las necesidades de apoyo económico y emocional que suelen presentarse
durante la vejez. Es decir, en la percepción sobre los aspectos físicos y
psicosociales se resaltan aquellos aspectos más negativos de la vejez.
Aunque también se destaca una percepción más favorable en lo referente a
la apreciación de factores tales como la experiencia y vida realizada. Como
indica Villar (1996) a medida que la persona comienza a experimentar
en sí misma algunos cambios ligados al proceso de envejecimiento sus
percepciones sobre la vejez mejoran, quizá como medio para adaptarse
mejor a dichos cambios.
Por último, me gustaría cerrar este apartado con la respuesta
que dio de don Beto cuando le preguntamos si él estaba de acuerdo en
que todas las personas adultas mayores salieran de prisión.

Pues yo no recuerdo muy bien que hace muchos años salió una ley que decía
que todas las personas pasadas de 60 años de edad tenían derecho a una
libertad. Inclusive, hubo programas… de esos… a todas aquellas personas
que padecieran de una enfermedad incurable, que ya completamente
desahuciados, podía irse a sus casas restringidos. Había una ley, pero
esa ley se perdió, porque, porque era beneficiosa para el interno y para
los ancianos. (Don Beto, 60 años, nació en Tejupilco, Estado de
México)

Evidentemente que para nuestros entrevistados empezar a


envejecer tras las rejas no ha sido experiencia fácil, pues han tenido
que adaptarse al encierro, la soledad y el abandono familiar, además
de tener que sobrevivir con los escasos y deficientes servicios que les
brinda la institución. Pese a todo ello, los anhelos de libertad siguen
revista Kairós, São Paulo, 12(1), jan. 2009, pp. 149-180
Envejeciendo en reclusión 175

latentes, ambos esperan vivir los últimos años de su vida fuera de


prisión. No hay interno que no sueñe, que no anhele volver a “la vida
de afuera”. Vivir lejos del encierro, de las rejas, de las privaciones, son
las motivaciones que mantienen encendida la llama de la esperanza y
la libertad de los reclusos. Aun y cuando ello implique construir un
nuevo hogar, buscar trabajo y volver a deshebrar hilos y hacer nudos
para volver tejer la red familiar y comunal.
Sin duda cada uno de esos aspectos implica un esfuerzo para
poder alcanzarse. Por ejemplo, se ha documentado que cuando se sale
de prisión es muy difícil conseguir un trabajo porque muchas empresas
solicitan una carta de antecedentes no penales y por su condición de
ex reclusos se les cierran las oportunidades laborales, aún y cuando
en la cárcel hayan tomado cursos de capacitación para el trabajo. Los
prejuicios sociales, los abusos y los estorbos burocráticos son algunos
de los escollos que tienen que superar para poder abrir senda por
nuevos caminos. De ahí la necesidad de formular estrategias y políticas
dirigidas a reducir el impacto causado durante la estancia en prisión,
así como la implementación de servicios de orientación al trabajo e
integración familiar de los reclusos y ex reclusos. Y más importante
aún, que se creen o utilicen alternativas a la pena de prisión, pues en
diversas investigaciones se ha demostrado que la mayoría de los adultos
mayores de 60 años ex reclusos no son una amenaza para la sociedad.

Algunas consideraciones finales

Quiero concluir este articulo con las primeras palabras que cite
de nuestros entrevistados: “[…] como ser humano yo se que cause un daño,
yo se que hice mucho daño, pero como ser humano también tengo necesidades,
así podamos ser lo peor que podamos ser” (Don Beto, 60 años, nació en
Tejupilco, Estado de México). Sin duda son palabras que ilustran muy
atinadamente el vivir cotidiano, las percepciones y, sobre todo, las
carencias y la violación a los derechos humanos de que son objeto,
no sólo los adultos mayores que van envejeciendo tras las rejas, sino
todos aquellos que se encuentran en situación de cárcel. Si bien como
revista Kairós, São Paulo, 12(1), jan. 2009, pp. 149-180
Envejeciendo en reclusión 175

latentes, ambos esperan vivir los últimos años de su vida fuera de


prisión. No hay interno que no sueñe, que no anhele volver a “la vida
de afuera”. Vivir lejos del encierro, de las rejas, de las privaciones, son
las motivaciones que mantienen encendida la llama de la esperanza y
la libertad de los reclusos. Aun y cuando ello implique construir un
nuevo hogar, buscar trabajo y volver a deshebrar hilos y hacer nudos
para volver tejer la red familiar y comunal.
Sin duda cada uno de esos aspectos implica un esfuerzo para
poder alcanzarse. Por ejemplo, se ha documentado que cuando se sale
de prisión es muy difícil conseguir un trabajo porque muchas empresas
solicitan una carta de antecedentes no penales y por su condición de
ex reclusos se les cierran las oportunidades laborales, aún y cuando
en la cárcel hayan tomado cursos de capacitación para el trabajo. Los
prejuicios sociales, los abusos y los estorbos burocráticos son algunos
de los escollos que tienen que superar para poder abrir senda por
nuevos caminos. De ahí la necesidad de formular estrategias y políticas
dirigidas a reducir el impacto causado durante la estancia en prisión,
así como la implementación de servicios de orientación al trabajo e
integración familiar de los reclusos y ex reclusos. Y más importante
aún, que se creen o utilicen alternativas a la pena de prisión, pues en
diversas investigaciones se ha demostrado que la mayoría de los adultos
mayores de 60 años ex reclusos no son una amenaza para la sociedad.

Algunas consideraciones finales

Quiero concluir este articulo con las primeras palabras que cite
de nuestros entrevistados: “[…] como ser humano yo se que cause un daño,
yo se que hice mucho daño, pero como ser humano también tengo necesidades,
así podamos ser lo peor que podamos ser” (Don Beto, 60 años, nació en
Tejupilco, Estado de México). Sin duda son palabras que ilustran muy
atinadamente el vivir cotidiano, las percepciones y, sobre todo, las
carencias y la violación a los derechos humanos de que son objeto,
no sólo los adultos mayores que van envejeciendo tras las rejas, sino
todos aquellos que se encuentran en situación de cárcel. Si bien como
revista Kairós, São Paulo, 12(1), jan. 2009, pp. 149-180
176 Telésforo Ramírez García

señala don Beto, él cometió un error, ese error no constituye una excusa
fundamentada para abandonarlos a su suerte, al privarlos no solo de
su libertad, sino también de muchos derechos que como ciudadanos
mexicanos les corresponden.
Del análisis cualitativo se desprende también la necesidad de
generar políticas en apoyo a la vejez institucionalizada; es decir, sobre
las personas adultas mayores que residen en hospitales, albergues, asilos,
cárceles, centros diurnos, etc. Como acertadamente se señala El Conjunto
de Principios de Naciones Unidas, el Estado debe “brindar un trato digno
y los servicios necesarios a las personas que son privadas de su libertad
para que satisfagan sus necesidades básicas, así como hacer validos sus
derechos para que puedan solicitar mejoras en el trato que reciben”. Al
mismo tiempo insta a los investigadores, a los hacedores de políticas
públicas, ONG’s e interesados en el fenómeno del envejecimiento a generar
información sobre dicho tema. Si hoy en día puede presumirse que existe
un gran acervo intelectual sobre el envejecimiento demográfico, es de
reconocer que todavía es poca la información que se tiene sobre las redes
de apoyo familiar y comunitario, participación económica, pensiones y
derechohabiencia, salud física y emocional de la población adulta mayor
institucionalizada. Desde mi punto de vista esta es una tarea importante
que nos deja entre líneas el estudio cualitativo de los adultos mayores
mexiquenses en situación de cárcel.

Referências

ARANDA, C., MANUEL PANDO, M. E. F. y GARCÍA, T. (2001).


Depresión y redes sociales de apoyo en el adulto mayor
institucionalizado de la zona metropolitana de Guadalajara, Jalisco.
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Data de recebimento: 13/10/2008; Data de aceite: 5/5/2009.

Telésforo Ramírez García – Maestro en Demografía y Dr. en Estudios de Pobla-


ción. Adscrito al Área de proyectos especiales de El Colegio de la Frontera Norte.
Correo electrónico: telex33@[Link] ó telex32@[Link]

revista Kairós, São Paulo, 12(1), jan. 2009, pp. 149-180


Prevalência de quedas em idosos
institucionalizados no Lar das Vovozinhas e
Lar dos Vovozinhos da cidade de Londrina
Angélica do Prado Carlos
Isabele Hiromi Hamano
Cristiane de Fátima Travensolo

RESUMO: O presente estudo buscou identificar os fatores de risco e a prevalência


de quedas em idosos de duas instituições asilares de Londrina. Participaram cinco
idosos, sendo que três referiram queda com prejuízo em suas atividades habituais.
Medidas como avaliação dos idosos; identificação dos fatores de risco; incentivo
à prática de atividade física regular; uso adequado de calçados e vestuário;
conscientização dos cuidadores e instalação de medidas de segurança podem
minimizar o risco de quedas.
Palavras-chave: prevalência; quedas; idosos institucionalizados.

ABSTRACT: The goal of this study was to identify the risk factors and prevalence of falls
in elderly living in two institutions of the city of Londrina (south of Brazil). Five elderly
participated, and three mentioned falls followed by limitations in their daily activities.
Some measures may minimize the risk of falls: evaluation of the elderly; identification of
risk factors; incentive to the regular practice of physical activity; adequate use of footwear
and clothes; raising the awareness of caregivers; implementation of security measures.
Keywords: prevalence; falls; institutionalized elderly.

revista Kairós, São Paulo, 12(1), jan. 2009, pp. 181-196

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