0% encontró este documento útil (0 votos)
287 vistas111 páginas

El Triángulo Roto

Este documento presenta tres casos de psicoterapia infantil utilizando el método del ensueño dirigido. Describe las curas de tres niños, Etienne, Guillaume y Dominique, a través de tres etapas en cada caso. El objetivo es analizar los procesos involucrados en la psicoterapia infantil y compartir estas experiencias para mejorar el tratamiento de otros niños. También busca brindar información a padres y público en general sobre lo que ocurre en una psicoterapia infantil.

Cargado por

Tany Rodriguez
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
287 vistas111 páginas

El Triángulo Roto

Este documento presenta tres casos de psicoterapia infantil utilizando el método del ensueño dirigido. Describe las curas de tres niños, Etienne, Guillaume y Dominique, a través de tres etapas en cada caso. El objetivo es analizar los procesos involucrados en la psicoterapia infantil y compartir estas experiencias para mejorar el tratamiento de otros niños. También busca brindar información a padres y público en general sobre lo que ocurre en una psicoterapia infantil.

Cargado por

Tany Rodriguez
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

EL TRIÁNGULO ROTO

Psicoterapia de niños por ensueño


Dirigido.

Fabre, Nicole

Amorrortu Editores
Buenos Aires, 1975
INDICE
Prólogo……………..…………………………………………………………………... 3
Reflexiones Preliminares……………………………………………………………… 5

PRIMERA PARTE. LAS TRES CURAS…………………………………………… 8

1. Etienne.......................................................................................................... 8
Desarrollo de la cura…………………………………………………………… 8
Primera etapa: Llamado al padre………………………………………………. 10
Segunda etapa: La madre, objeto de deseo…………………………………….. 16
Tercera etapa: En lo más íntimo, los sentimientos de culpa…………………… 20

2. Guillaume………………………………………………………………….. 32
Desarrollo de la cura…………………………………………………………… 32
Primera etapa: El movimiento regresivo inicial……………………………….. 35
Segunda etapa: Los diversos rostros del triángulo primario…………………… 41
Tercera etapa: Hacia la aceptación…………………………………………….. 51

3. Dominique………………............................................................................. 56
Desarrollo de la cura…………………………………………………………… 56
Primera etapa: Las identidades mutiladas……………………………………… 58
Segunda etapa: De la pasividad a la agresividad………………………………. 68
Tercera etapa: Profundización y reestructuración……………………………… 74

SEGUNDA PARTE. ENSUEÑO DIRIGIDO Y PSICOTERAPIA DE NIÑOS…... 90

1. El ensueño dirigido: Un método…………………………………………… 90


Psicoterapia del adulto y ensueño dirigido……………………………………… 90
Psicoterapia de niños y ensueño dirigido……………………………………….. 91
La propuesta de utilizar un lenguaje simbólico compartido……………………. 93
El ensueño dirigido: Una zambullida en las profundidades del sistema de deseo. 95
El ensueño dirigido: Una movilización………………………………………… 96

2. Dinámica de la función significante en una cura por ensueño dirigido…. 97


Evolución de la imagen y movimiento de la cura………………………………. 98
Movimiento de la cura y satisfacción del deseo………………………………… 103
Satisfacción y superación del deseo…………………………………………….. 104

3. Dinámica de la relación en una cura por ensueño dirigido………………. 105


Equivalencia e interdependencia……………………………………………….. 105
Libertad y directividad………………………………………………………….. 106
Aceptación del disfraz y elucidación…………………………………………… 108

2
PRÓLOGO
El informe que daremos en este libro describe una sección en la vida de tres niños. A
través de esa sección (es decir, el tiempo que duró la psicoterapia) alcanzamos las raíces profundas
de la vida de cada uno de ellos, que también son las fuentes de su neurosis y su dinámica. Pero,
además, a través de esos tres niños, de su drama personal, que refleja el que ellos viven en el
contexto de su familia, nos acercamos a otros niños, otros dramas y otras formas de liberación.

El propósito que me guió al escribir la obra fue precisar las reflexiones que suscitan en mí,
y en otros investigadores dedicados a la psicoterapia, determinados problemas que se nos presentan
cotidianamente, ciertos enfoques que hemos puesto en práctica. ¿Acaso la eficacia creciente de
nuestro trabajo no depende de una mejor comprensión de los orígenes de la neurosis y, al mismo
tiempo, de un análisis de los procesos que provocamos merced a la actitud que adoptamos en la
relación terapéutica, a las intervenciones que hacemos –o no - durante la cura, al empleo de uno u
otro método, de una técnica en particular?

Nuestro deseo consciente de ser eficaces –que creo fundamental en la elección que
hicimos al decidir dedicarnos a la psicoterapia – se asocia con un esfuerzo analítico, de elucidación,
es decir, con un esfuerzo de investigación. Pero toda investigación supone cambio, confrontación
de ideas y de experiencias. Es necesario, pues, hablar, escribir. Este libro se inscribe en la línea del
quehacer didáctico al que aporto mi colaboración dentro de los marcos establecidos por el
GIREDD1, y se ha nutrido de la participación en seminarios, reuniones de trabajo y coloquios.

Mis amigos y colegas reconocerán en él aquello que ha sido objeto de los intercambios a
través de los cuales evolucionó nuestro pensamiento compartido. Permítaseme expresarles aquí mi
agradecimiento. También considero que este informe permitirá hacer confrontaciones con otras
técnicas, efectuar un intercambio y una profundización recíprocos. ¿No es la alteridad la que
condiciona el progreso, en el dinamismo que nace de toda dialéctica, de toda divergencia que se
profundiza y se supera?

Sin embargo, otro propósito guía este trabajo. Si bien se dirige a especialistas en análisis
psicológico, a terapeutas de niños, se aleja de todo esoterismo. Desearía que las personas no
especializadas encontraran en él elementos esclarecedores acerca de lo que ocurre en una
psicoterapia de niños de los que pasa durante el proceso de crecimiento del niño. A través de sus
rupturas o de sus parálisis, aprehendemos los momentos críticos de la evolución más o menos
lograda de todo niño. En las vicisitudes de la comunicación establecida con determinado niño, en
sus reorganizaciones, encontramos los canales de toda comunicación.

No se trata, por cierto, de proponer como modelo relacional la relación terapéutica. No


ignoramos los contrasentidos a que puede llevar la infortunada aplicación de la actitud analítica o la
actitud no directiva en la pedagogía familiar y escolar.

1. Groupe Internacional du Rêve Eveillé Dirigé de Desoille (Grupo Internacional de Ensueño Dirigido de
Desoille).

3
Los padres, educadores y maestros que intentaran copiar el comportamiento de un
psicoterapeuta desembocarían indefectiblemente en situaciones sin salida. Y el psicoterapeuta que
tratara de desempeñar frente a un niño el rol de padre perjudicaría su labor terapéutica, le quitaría
eficacia.2

En efecto, se trata de roles diferentes, que deben permanecer como tales. Me parece
importante destacarlo, hacer que se lo perciba claramente. El hecho de que un niño emprenda un
tratamiento psicoterapéutico siempre plantea problemas a sus progenitores; sentimientos de culpa
difusos y rivalidad con respecto al terapeuta, deseos de autojustificarse y autoafirmarse caracterizan
a menudo el difícil intento de cuestionarse a sí mismo que acompaña a toda demanda de administrar
psicoterapia a un miembro de la familia.

Comprender qué pasa cuando el niño se vuelve agresivo, saber qué significa tal intento por
adquirir autonomía, tal demanda o exigencia nuevas, tal actitud –ora extrañamente infantil, ora
adolescente -, permite a veces desdramatizar, tolerar y aceptar lo que solo es una etapa en la
evolución inevitable. De ese modo, una de las posibles funciones de este libro sería permitir a los
padres enfrentar con menos dificultades los momentos de prueba a que siempre se verá expuesta la
familia que pone en tratamiento a un niño.

Además, puesto que cada uno de nosotros lleva siempre dentro de sí su infancia,
comprender lo que ocurre en esa evolución remodelada, precipitada a veces, que constituye el
desarrollo de las psicoterapias descritas en este libro, implicará a menudo comprenderse a sí mismo,
saber – de manera más o menos confusa – qué ha sido vivido ya, en forma positiva o negativa.

Los padres y familias que se confiaron a sus hijos y permitieron que la psicoterapia se
desarrollara en esos términos enfrentaron las múltiples facetas de tal experiencia. Deseo aprovechar
la oportunidad que me ofrece este libro para expresarles mi gratitud y mi profundo respeto.

Este informe está dividido en dos partes. La primera corresponde a la presentación de tres
curas: las de Etienne, Guillaume y Dominique, y se basa en las notas tomadas durante las sesiones o
en grabaciones magnetofónicas. Habría sido interesante incluir láminas que reprodujeran todos los
trabajos hechos en cada sesión por los niños, pero por diversas razones de índole técnica solo
pudimos reproducir los dibujos y pinturas de Guillaume. La segunda parte, mucho más breve, trata
algunos de los problemas planteados por las tres curas, que pueden presentarse –y se presentan, de
hecho – en otros casos.

2. Tratar de desempeñar este rol no tiene nada en común, por supuesto, con el hecho de aceptar ser el objeto
de una transferencia, pues esta es solo un momento, y cualquier terapeuta lo sabe. Lo fundamental es hacer evolucionar
la relación hacia la autonomía del paciente y la elucidación de los roles.

4
REFLEXIONES PRELIMINARES
¿Quiénes son Etienne, Guillaume y Dominique?
Etienne tenía cinco años en el momento de emprender su psicoterapia, que duró cuatro
años y se desarrolló en etapas sucesivas. Su padre abandonó el hogar cuando el niño tenía cuatro
años, y no regresó jamás. Tiene una hermana dos años menor que él.

Guillaume emprendió a los trece años su tratamiento psicoterapéutico, que duró todo un
año escolar. Su padre abandonó el hogar cuando él tenía siete años. Su única hermana es dos años
menor que él.

Dominique contaba catorce años cuando comenzó su psicoterapia, que se prolongó


durante un año escolar. Su madre había muerto el año anterior. El niño tiene dos hermanas
menores.

Es evidente que los tres niños comparten algunos puntos en común que apenas requieren
ser subrayados: Etienne, Guillaume y Dominique son varones, todos ellos tienen una hermana
menor – Dominique tiene incluso dos –. Pero el detalle más importante de destacar es que en los
tres uno de los progenitores está ausente.

En consecuencia, la historia de Etienne, Guillaume y Dominique es la historia de tres


niños que intentan a ciegas volver a unir polos separados por la vida. Los tres tratan de vivir, de
encontrar el lugar que les pertenece, centrándose obstinadamente en la ausencia de una de esas
figuras que ellos experimentan como objetos necesarios de su deseo.

Las psicoterapias de estos niños, referidas paso a paso, nos muestran a cada uno de ellos
con sus impulsos y parálisis, recuerdos y olvidos, en los intentos alternativos de incorporar el polo
ausente o rechazarlo. A través de estos tanteos ellos se construyen y se destruyen sin cesar. Es el
drama de la situación triangular que antes percibieron como existente, a veces con una mala
existencia, pero que ahora se ha roto, y la fantasía misma de ese triángulo tiene efectos destructores.
En estos tres casos, la meta psicoterapéutica será permitir a los niños aceptar la realidad y resolver
el problema edípico, en condiciones particularmente difíciles en razón de la ausencia de uno de los
componentes de la pareja parental.

De este modo se define el primer límite que asigné a este informe. Elegí esos tres casos
con el objeto de analizar qué ocurre cuando un niño se encuentra privado de uno de sus
progenitores, y por qué vías llega a aceptar una realidad que le resulta inadmisible. En el corazón
de este movimiento renace la vida, que parecía parcialmente destruida o paralizada cuando se tomó
la decisión de emprender el tratamiento psicoterapéutico.

Mi elección podría hacer creer que solo tomo en cuenta la resolución del complejo de
Edipo en la estructuración de la personalidad, o que los únicos elementos destructivos o
constructivos de la personalidad se relacionan, a mi juicio, con la manera en que el niño vive la
situación triangular primaria. Pero no es ese mi punto de vista. Otras curas demuestran que el

5
problema fundamental es de carácter edípico, y la psicoterapia no deberá retornar al período edípico
sino al que lo precede: en cierto modo, el ante-Edipo.

Por lo demás, ese material preedípico aparece ya a menudo en los tres casos descritos en
este libro, pese a que elegí tratar el problema de la relación triangular. En efecto, ¿cómo podríamos
suponer que la vida afectiva comienza en la fase edípica? En cada uno de esos casos, las vicisitudes
de la psicoterapia pondrán al descubierto, tras el problema de la relación triangular, el de la relación
arcaica y primitiva con la madre, a la cual perciben frecuentemente como un ser bisexual.

Pero en estos niños particularmente destruidos que elegí como ejemplos observamos las
perturbaciones provocadas por la desaparición de uno de los progenitores. He ahí una
circunstancia, entre muchas otras, característica de los procesos de elaboración y resolución del
complejo de Edipo. En esta línea el caso más grave sería, sin duda, el de un niño privado de uno de
sus progenitores desde el nacimiento. Etienne, Guillaume y Dominique, en cambio, conocieron al
padre o a la madre que les han arrebatado; aún así, el problema es bien grave.

Podrá decirse que, en el caso de Dominique, la madre murió cuando el niño tenía 13 años,
es decir, cuando normalmente la personalidad está ya estructurada y la fijación a la madre ha sido
resuelta. En realidad, cuando su madre murió, Dominique estaba lejos de haber resuelto sus
problemas de relación. El informe de esta cura nos muestra que Dominique enfrenta un doble
problema: además de la frustración objetiva provocada por la ausencia de uno de los progenitores,
otras frustraciones y dificultades en la elaboración de la personalidad dentro de las relaciones del
niño con las figuras parentales. He ahí una ventana abierta a otras rupturas en el seno del triángulo
primario.

Adoptar ese punto de vista, ¿significa tomar partido por un criterio “familiarista” en un
momento en que otros enfoques analíticos ponen de manifiesto los factores neurotizantes aportados
por una sociedad inmadura y alienante? Me parece que no es así.

En efecto, no se trata de negar los factores que favorecen la alienación y la neurosis –


factores que han sido puestos al descubierto en otras partes y otras circunstancias –, sino de mostrar
qué experimentan algunos niños en ciertas situaciones de ruptura familiar, qué parálisis y
mutilaciones ha provocado en ellos esas rupturas, y de investigar cómo es posible volver a vivir
pese a ello, de qué maneras se abre esa posibilidad.

En una época en que la familia, por su evolución y su crisis actuales, experimenta


transformaciones que a menudo llegan hasta la ruptura, es conveniente preguntarse qué pasos deben
darse para devolver la vida a quienes no tuvieron un yo bastante fuerte que les permitiera responder
sanamente a la frustración que se les impuso.

Quisiera aclarar ahora que, a mi juicio, la psicoterapia individual no es el único medio por
el cual una personalidad que enfrenta dificultades puede sortear sus problemas y alcanzar la
madurez. La educación, en el pleno sentido de la palabra, debería estar en condiciones de cumplir
esta función en numerosos casos. Pero no podemos negar que estamos lejos de contar con una
estructura educacional suficientemente formada, con instancias apropiadas en número, variedad y
validez. Es un lugar común indicar que se necesita todo un trabajo de educación de los educadores.

6
Otras formas de psicoterapia diferentes de las individuales pueden tener efectos curativos,
y de hecho los tienen. Y también es indudable que psicoterapias no fundadas en el ensueño dirigido
poseen valor curativo. Sin embargo –este es el segundo límite que asigné al presente trabajo, y que
ahora trato de precisar –, elegí presentar en este informe psicoterapias encuadradas dentro del
método y la técnica del ensueño dirigido. Quien conozca en forma superficial la técnica del
ensueño dirigido podría creer que una psicoterapia basada en ella consiste en una sucesión de
ensueños y de análisis centrados en el material producido; de tal modo, se pensará, este informe
será el relato de una serie de ensueños dirigidos seguidos por su decodificación. También podría
considerarse que el empleo de esta técnica excluye la posibilidad de usar cualquier otra, como el
dibujo, la pintura, el modelado, etc. Pero no es así.

Aquel que lea este libro de manera más o menos rápida o superficial quizá se pregunte,
frente al informe de tal o cual sesión verbal, de dibujo o de juegos: ¿Hay aquí algo específico que
permita hablar de cura por ensueño dirigido? Si lo hace, habrá olvidado o ignorado que una cura por
ensueño dirigido no implica necesariamente utilizar el ensueño en cada sesión, o bien, en una de
cada dos. Y, sobre todo, habrá olvidado o pasado por alto que una cura por ensueño dirigido se
caracteriza por una dinámica propia, por un modo de relación y un lenguaje específicos, todo lo
cual analizaré en la última parte de este libro.

En efecto, no deseo exponer, en esta presentación, la teoría del ensueño dirigido tal como
ha sido elaborada por Robert Desoille. Tampoco quiero describir ahora la técnica del ensueño
dirigido aplicada a la psicoterapia de niños.

Me propongo, más bien, adentrarme en la dinámica de una cura, sabiendo que el empleo
del ensueño dirigido es una técnica que se revelará poco a poco. De la utilización de esta técnica
deriva una actitud del psicoterapeuta, que también se revelará paulatinamente. Dicha actitud
desborda con creces los momentos precisos de la aplicación del ensueño dirigido en la cura, y es
característica de esta clase de psicoterapia. Sin duda, de este modo se plantearán algunos problemas
propios de las curas expuestas, pero también comunes a todas las curas por ensueño dirigido. Los
examinaremos solo en la última parte de esta obra.

7
PRIMERA PARTE
LAS TRES CURAS

1. Etienne
DESARROLLO DE LA CURA

La psicoterapia de Etienne duró cuatro años y llevó poco más de cincuenta sesiones,
distribuidas de la siguiente manera: doce sesiones el primer año, ocho el segundo, seis el tercero, y
veintiséis el último.

No describiré unas pocas sesiones posteriores, pues se trata de entrevistas realizadas al


final de la cura; los temas tratados en tales oportunidades giraron en torno de la vida cotidiana que
se reorganizaba.

Las sesiones estuvieron separadas unas de otras por intervalos muy irregulares. En los dos
primeros años, la madre de Etienne vivía con sus dos hijos en una provincia de Francia. Trabajaba
como secretaria en una empresa de poca envergadura, y la distancia existente entre su domicilio y
mi consultorio representaba un obstáculo que nos obligó a establecer un ritmo de trabajo que
permitía, a lo sumo, una sesión cada quince días. Las vacaciones, los períodos de clase en invierno
y las visitas hechas a los parientes de la madre también contribuyeron a que las sesiones estuvieran
separadas por largos intervalos. En el cuarto año, la madre de Etienne se radicó en París, y ambas
acordamos que, en la medida de lo posible, se realizara una sesión por semana.

No se trata de una cura ejemplar, aunque más no sea por las interrupciones que jalonaron
su desarrollo y prolongaron su duración. Sin embargo, el factor representado por la duración de la
psicoterapia y su irregularidad es uno de los elementos que me llevaron a incluir el caso de Etienne
en este libro. En efecto, no ignoramos que entre la forma en que se planea una cura, o la imagen
que tenemos de “cómo debería ser” esta, y las curas que llevamos a cabo existe a veces una
distancia bastante grande determinada por el espesor de la realidad.

Esta realidad suele llevarnos por caminos que no son aquellos que habríamos deseado
transitar. Un niño sólo puede concurrir al consultorio acompañado por sus padres; en consecuencia,
el poco tiempo libre de que estos disponen reduce el número de visitas. En otros casos la distancia
existente entre nuestro consultorio y el domicilio del niño limita las posibilidades de desplazarse a
menudo, lo cual determina que los intervalos que separan una sesión de otra sean más prolongados
que lo que juzgamos conveniente, o bien que la psicoterapia deba ser interrumpida, ya sea en forma
transitoria o definitiva.

Muchos otros factores pueden gravitar en el desarrollo de la psicoterapia, y es necesario


aceptarlos, ajustarse a ellos. Más aún, debemos estar en condiciones de desenvolvernos en
cualquier circunstancia y conducir la cura por ese laberinto en que a la oscuridad de las

8
elaboraciones primarias de la neurosis se añaden las confusiones del presente, las dificultades de
una vida cotidiana opaca.

Tal como se ha desarrollado, la psicoterapia de Etienne también nos permite observar


hasta qué punto el problema predominante al comienzo de la cura va acrecentándose, a medida que
pasa el tiempo, con los factores que contribuía a enmascarar. Estos factores, que forman parte de
los momentos decisivos en la estructuración de la personalidad, están aquí fijados, acentuados en tal
medida que se convierten en patológicos.

Mientras las fantasías asociadas con ellos no pudieron ser expresadas y reconocidas, la
evolución de Etienne fue obstaculizada por un verdadero núcleo neurótico. En efecto, la dinámica
de la cura durante esos cuatro años nos llevó, como es natural, del plano superficial constituido por
los síntomas, los acontecimientos y condicionamientos externos a niveles cada vez más profundos
donde estaba en juego la dinámica del paciente.

En los primeros meses, cuando Etienne tenía cinco años, el problema principal era la
desintegración de la familia; además, la partida del padre no había podido ser aceptada y el niño se
encontraba completamente confundido. Más que frustrado, parecía perdido, destruido, librado tanto
a la angustia como a una esperanza que no encontraba respuesta en el plano de la realidad.

La primera parte de la cura es un grito, un llamado al padre que huyó, una queja que se
manifiesta mediante el lenguaje gráfico: el dibujo y la pintura. Las verbalizaciones son bastante
pobres.

La dinámica de esta primera parte nos hace pasar de la imagen de un niño ciego junto a un
Sol-padre carente de color a la de un niño de ojos oscuros cuyo rostro adquiere los colores del Sol-
padre. Al término de estas doce primeras sesiones puede decirse que Etienne ha reencontrado la
imagen de su padre en cuanto modelo posible, aunque lejano. Pero el padre permanece invisible, y
la madre adopta los roles de ambas figuras parentales.

De este modo se elabora la fantasía de una madre bisexual, fantasía que es tanto más
traumatizante cuanto que el pequeño Etienne le formula demandas en todos los niveles. Su madre
debe ser protectora, nutricia, pero también la madre de la fase edípica, sin que el padre esté presente
para revelar la alteridad de los sexos ni para ocupar el lugar codiciado. Es la segunda etapa de la
cura, la etapa del deseo y de la confusión entre roles y demandas.

En el corazón de estas fantasías se ocultan la agresividad de Etienne contra una madre


frustrante por un lado y, por el otro, los sentimientos de culpa que surgen en él cuando toma
conciencia de sus pulsiones agresivas y eróticas. Invadido por sentimientos de culpa, Etienne busca
aquello que le permitirá vivir, reconocerse frente a los rostros que perderán sus máscaras y
disfraces.

En la tercera etapa estallan y se desarrollan las pulsiones prohibidas y el sentimiento de


culpa concomitante; el rostro del padre reaparece junto al de la madre, y cada uno vuelve a ocupar
su lugar en el plano de la realidad, lo cual permite a Etienne reencontrarse a sí mismo, afirmarse.
Todas las formas de lenguaje utilizadas en esta etapa son buenas: el dibujo y la pintura, las
construcciones con figurillas, y en ellas se insertan los ensueños dirigidos y los diálogos.

9
Durante estos cuatro años de cura hay una imagen básica: la del caballo. Objeto de deseo
inalcanzable primero, prohibido luego, en un tercer momento se trasforma en un burrito frustrado y
doliente, en un potrillo hambriento y perdido, terminando por convertirse en un gran caballo que
marcha a la cabeza de una tropilla.

En suma, la historia de Etienne habría podido ser un inmenso ensueño donde se


desplegaron las identidades sucesivas y simultáneas de la figura del caballo, hasta el momento en
que el niño, finalmente, tuvo derecho a asumir su propia identidad.

PRIMERA ETAPA: LLAMADO AL PADRE

Por consejo de su médico y de una psicóloga consultada antes de recurrir a mí, la madre de
Etienne me confía a su hijo para que le administre una “psicoterapia de apoyo”. Desde hace
algunos meses, en efecto, el niño fluctúa de un estado muy melancólico, caracterizado por una
actitud pasiva, a una intensa agresividad. En la escuela parece “vivir en un mundo aparte”, según
palabras de su maestra. Por la noche le asaltan pesadillas; llora sin motivo, y a menudo permanece
sentado en un rincón, inactivo y sin comunicarse con nadie.

“Me parece que ese estado apareció en el mucho antes – dice la madre, reflexionando
mejor -. Pero no he tenido tiempo de notarlo”. Luego indica que, sin embargo, Etienne era un chico
muy alegre en la época en que nació su hermanita, dos años menor que él. Pero luego la pareja
atravesó por un período muy difícil, caracterizado por escenas violentas, gritos y golpes. En esos
momentos, Etienne se retiraba en silencio a su habitación. Su madre ha estado completamente
absorbida por el problema que le planteaba “un marido veleidoso, que decía ser artista y viajaba de
continuo a París para encontrar allí su mundo: a tal extremo que no trabajaba, y fue necesario que
yo lo hiciera, para lo cual debí dejar a mis hijos en la guardería. Finalmente, un buen día lo
encontré con sus valijas hechas”.

Ella no pudo explicar a sus hijos la partida de su marido. Etienne tenía cuatro años
entonces, y Sandrine, su hermanita, dos. Su madre se limitó a decirles: “Papá se ha ido por mucho
tiempo”.
Su marido, en efecto, nunca dio señales de vida. Pensó con todo derecho que él convivía
con otra mujer, y entabló juicio de divorcio.

Comienzo, como siempre lo hago, por explicar a Etienne que una persona puede estar
fastidiada por algo, sentirse apenada por ciertas cosas que le ocurren y que exigen ser expresadas o
comprendidas. No siempre se sabe decirlas. A mí puede hablárseme con palabras, dibujos, juegos,
etc. Y mi tarea es comprender, o ayudar a comprender, a fin de que se pueda alcanzar la felicidad.

Veamos la descripción de las primeras sesiones, en las que Etienne verbalizaba muy poco
y expresaba por medio de sus dibujos la confusión que sentía frente a la familia desunida.

“No hay lugar para los otros”

En la 1ª sesión, después de escuchar mis explicaciones, Etienne anuncia que va a pintar


“una familia de perros”. Comienza por el papá-perro, que ocupa todo el espacio disponible en la

10
hoja. Dice que “no hay más lugar para los otros”, y pide otra hoja de papel para “la mamá y su
bebé”. Yo me limito a decirle: “¡Este papá es tan importante que ocupa todo el lugar!”.

Una semana más tarde, Etienne pinta una casa donde, según él, un niño y una niña esperan
a sus padres. Puesto que me parece haberle oído pronunciar la palabra “fastidio” (habla en voz muy
baja), le pregunto:

-¿Están fastidiados?
-No, bailan.
En la tercera sesión, Etienne retoma espontáneamente el mismo tema. “Voy a pintar – me
dice – un niñito y una niñita que esperan a su papá y a su mamá. Voy a empezar por la nena”.
Comienza por la niñita, dibujándola a la derecha de la hoja, y luego dibuja al chico, del lado
izquierdo. El niño no tiene ojos. “Al lado de la nena voy a poner a la mamá, y al lado del nene, al
papá… Ahora –dice luego Etienne, que anuncia lo que va a hacer – voy a hacer al papá. Pero no
habrá más lugar para la mamá”. Etienne vacila.

-¿Qué eliges hacer? – le pregunto.


-El papá – me responde.
Pero está muy mortificado por el hecho de no tener lugar para la mamá. Por último,
decide dibujarla en el ángulo superior derecho de la hoja; pero una vez que lo hizo dice que se trata
del bebé, de “la beba –aclara -, porque tiene el pelo atado como cola de caballo… No sé donde
hacer a la mamá”, se queja. Finalmente, resuelve ponerla entre el papá y el niño, cerca de éste:
“Voy a hacerla chiquita –dice – porque no tengo lugar”.
En consecuencia, en estas tres sesiones. Etienne nunca consiguió reunir a su familia, pese
al deseo que tenía de hacerlo. En la 3ª sesión lo logró, pero al precio de reducir de tamaño a la
madre.

Proclama simbólicamente su deseo: “Quisiera que estuviéramos juntos los cuatro”. Pero
también dice: “El más importante de todos es mi padre ausente”. Más aún: “Aunque mi madre sea
para mí menos importante que él en este momento, querría tenerla a mi lado”. Por último, es
posible que también exprese esto: “Lo único que sé ahora es que no puedo ver más a mi papá”.

Se trata de la búsqueda de estabilidad en el grupo familiar y de la afirmación de los


diversos polos del deseo.

“Tengo miedo a veces…”

Etienne podrá desarrollar en la 4ª sesión esa búsqueda, su angustia y su deseo.


En efecto, ese día el niño toma de las cajas que están a su disposición algunas figurillas
que representan animales y hace una familia de elefantes: el papá, la mamá y sus dos hijos. Los
deja sobre la alfombra y declara, tomando las pinturas: “Voy a hacer una casa con nenes, y a Papá
Noel” (esta sesión se desarrolla en el mes de diciembre).

Yo pienso: ese Papá Noel es, sin duda, el Papá Noel que esperan todos los niños en este
momento. Pero ese Papá Noel esperado, ¿no es también, para Etienne, el símbolo del padre que él
espera?

11
Mientras pinta, habla de su mamá y de su madrina de bautismo: “Cuando mi madrina se
queda a dormir en casa, a veces mamá se acuesta en mi cama y otras, en la cama de Sandrine… Me
gusta que ella se acueste en mi cama… porque tengo miedo a veces… Tengo miedo de que haya un
lobo en la casa… un lobo que hurgará en mi ropero, en el lindo traje nuevo que me regaló mi
padrino”.

Etienne empieza otra vez a pintar. Pregunta a cada rato: “¿Cómo le hago la barriga? ¿Y
qué hago ahora? ¿Cómo hago sus bolsas… y los juguetes?”. En varias oportunidades, dice: “Hago
rojo a Papá Noel, rojo como la sangre”.

En esta sesión, pues, Etienne ha podido realizar una familia completa, con todos sus
miembros reunidos: la familia de elefantes.
Asimismo, ha podido expresar su deseo y su alegría por la presencia reaseguradora de la
madre en su lecho. Esta presencia reasegura al pequeño frente al temor de que un lobo se oculte en
la casa: el lobo simboliza el acto de devorar, el peligro, y podría apoderarse de lo que le ha regalado
el padrino, sustituto del padre. El lobo rapaz es el símbolo de una frustración enorme para el niño
que fue frustrado por su padre, ese padre que él espera al mismo tiempo que a Papá Noel. Por
último, pinta un Papá Noel inspirándose en la cercanía de la Navidad, con el color tradicional de
este personaje (rojo). Pero ese Papá Noel es rojo como la sangre, aclara Etienne.

Papá Noel, ¿tiene el color de la sangre porque es asociado con las ideas de crimen y de
muerte (un padre “desaparecido” y quizá muerto)? ¿O bien es del color de la sangre que el niño
pudo haber visto en las ropas de su madre, en la intimidad que ambos comparten?

También es necesario notar que en esta sesión hay una verbalización más rica y una
completa dependencia de Etienne con respecto a mí, dependencias que se expresa en sus constantes
preguntas: ¿Cómo se hace? ¿Qué hay que hacer?

Todo ocurre como si Etienne dijera: “Cuento contigo para que me ayudes a expresarme, a
resolver los problemas que no sé cómo podrían ser resueltos”.

“Pero, yo quería un caballo”

Cuando llega a la 5ª sesión, Etienne está muy alegre: “Ayer fue mi cumpleaños. La
directora de la escuela me regaló un libro. Mi padrino vino a casa y me regaló un tren. Mamá me
hizo una torta con cinco velitas…”
Me pide el dibujo de la 3ª sesión “para hacerle los ojos al nene” – el pobre nene ciego de
esa sesión en que la familia no pudo ser reunida –.

Toma luego otra hoja de papel, y dice: “Es un nene, Etienne, y una nena, Noisette”. Se
produce un largo silencio. Etienne pintarrajea la figura del niñito sucesivamente de verde, rosado,
negro, gris y amarillo. La niña, en cambio, no aparece. Pero Etienne querría pintar un caballo.
Comienza a hacerlo, y el caballo se trasforma en pato; Etienne gimotea: “¡Pero yo quería un
caballo!”.

La cabeza del niño dibujado se agranda cada vez más a medida que Etienne le aplica
sucesivas capas de color. Para terminar, quiere pintar el Sol. Decide pintarlo de blanco, lo cual es

12
raro y sorprendente. Ese Sol-padre, ¿será blanco, carente de color, debido a su ausencia, mientras
que el niño que no puede elegir un color para sí mismo se adjudica en cambio una gran
importancia?

En el curso de esta sesión, que había comenzado en una atmósfera tan alegre, veo
manifestarse las incertidumbres, incoherencias y fracasos del niño un poco perdido que es Etienne
en ese momento. Cuando se marcha, pienso que tendré que “dirigir” la sesión siguiente, ahora que
su problemática está bastante desarrollada.

En efecto, por medio de mi directividad responderé a su deseo de ser apoyado, le


proporcionaré un sostén sólido. Pero es muy evidente que, para ser aceptada y tener validez, esa
directividad deberá enraizar en las dificultades actuales de Etienne y en el lenguaje que él eligió, el
de las figurillas y el de la pintura.

En consecuencia, cuando Etienne regresa, una semana más tarde, dejo en mi escritorio la
construcción realizada por el niño que lo precedió: un bosque lleno de animales y de vegetación; en
un ángulo se encuentra una “montaña”. “El chico de esta historia – le digo – está muy solo. No
tiene a su papá, a nadie… Llega completamente solo a lo alto de la montaña. Cuando está allí se
siente muy contento de haber podido desenvolverse bien.”

Etienne pinta al niño. No lo sitúa en lo alto de la montaña, sino en el bosque; en otras


palabras, elige el momento de la inquietud, incluso el de la angustia.
Luego, Etienne, sentado en el suelo, pinta al bosque. De pronto, toma de entre las
figurillas “el pajarito, el papá-pájaro y la mamá-pájaro”, y cuenta “la historia del pajarito que ha
perdido a su papá”. “Busca, busca – dice –. Se cae… finalmente encuentra a su papá”.

Etienne toma entonces una figurilla que representa a un águila enorme. Ya no es el mismo
papá-pájaro que hace un momento: “Van juntos a buscar comida – dice –. Están contentos”. Relata
esta historia con una continuidad que nunca tuvo hasta ahora. Está echado en el suelo, sostiene y
hace girar en círculo a los pájaros. Parece feliz, vive lo que imagina… Hemos llegado a las
fronteras del ensueño dirigido. Me pregunto si es producto del azar que Etienne haya cambiado de
papá-pájaro, si desea encontrar un “nuevo papá” o hallar a su “verdadero papá”, pero trasformado
en un ser potente, realmente protector.

Podría, por cierto, llamar su atención sobre esto, empujarlo a interpretarse él mismo,
interrogarlo al respecto. Pero decido guardar silencio frente a este niño herido que habla tan poco
todavía y que parece no querer hablar de su drama cotidiano, por lo menos en un lenguaje claro.

Sobrevienen las vacaciones de Navidad. En la 7ª sesión, Etienne me habla alegremente de


las fiestas navideñas y los regalos que recibió. Luego, espontáneamente, pinta pajaritos –
reminiscencia de la sesión precedente – y hace garabatos. Da vuelta la hoja en que ha dibujado, y
pinta en el dorso una casa y un hombrecillo que juega a las bolitas.

Etienne está nervioso; ensucia mucho la hoja. Luego se arroja en el piso y me dice: “El
hombrecito está cansado”. Declara entonces que sólo en mi consultorio puede acostarse en el piso
para descansar, y que eso le pone contento. Durante diez minutos canturrea echado en la alfombra.

13
Yo permanezco sentada frente a mi escritorio, escribiendo. Luego le indico que es hora de
marcharse, dejándole el placer de haber vivido cierta libertad de ser.

“Yo no tengo papá”

En la sesión de la semana siguiente, Etienne vuelve a charlar echado en el piso, y


permanece en esta posición durante media hora. Habla acerca de la fiesta de los Reyes Magos
celebrada en la escuela y en su casa… Ha ganado la rosca de reyes y el premio. Como conclusión,
me dice: “Yo no tengo papá”; no hay vínculo aparente entre esta declaración y lo dicho hasta ahora.
Es la primera vez que se refiere claramente a la ausencia de su padre.

“Tu papá se ha ido – le digo –; él te falta, pero eso no te impidió ser Rey”. Es la primera
vez que interpreto.

El tema del Rey tiene importancia para Etienne. Ocho días más tarde, dibuja, en cuanto
llega, un rey en el pizarrón. Pero cuando le propongo: “Si tú fueras el Rey…”, esperando llevarlo, a
partir de su propio lenguaje, a la profundización de una imagen positiva de sí mismo, Etienne
empieza a hablar de una historia leída en clase; se trata de la historia de un niño que tenía un caballo
salvaje.

Etienne está de nuevo echado en el piso, y yo le sigo en sus rodeos. “Sí – digo –, había una
vez un niño que tenía un caballo… Un día, su caballo lo llevó a la montaña”. Etienne continúa el
cuento y dice:

Después, aunque el caballo no estuviera allí, el chico sabía ir completamente solo a la


montaña.

En ese momento pienso que el caballo es, probablemente, su padre, que no está más junto
a él para guiarlo. Pero Etienne sabe que ahora podrá vivir, que será muy necesario que viva, aunque
su padre ya no esté allí para mostrarle el camino, Etienne necesita un guía para ser rey, pero siente
que está a punto de llegar a serlo. Sin embargo, nada digo.

Etienne se levanta y empieza a pintar. Dibuja un castillo y un rey, y en un ángulo de la


hoja, al niño y su caballo. “El caballo es mi mamá”, dice.

¿Es este caballo símbolo del padre ausente y, al mismo tiempo, de la madre, que
desempeña el papel de padre y madre a la vez? ¿Es vivido sólo como madre, como la madre que
debería conducir al hijo hasta su padre desaparecido, el Rey que está solo en su castillo? En cuanto
al Rey, pienso que simboliza al padre y también, quizás, al propio Etienne, puesto que este ha
representado al Rey en la fiesta de los Reyes Magos. Pero Etienne se ha negado a identificarse
explícitamente con el Rey-padre al rechazar mi propuesta de ensueño dirigido. Las superposiciones
de identidades son manifiestas. Por segunda vez, en efecto, he pensado en una interpretación según
la cual el padre y la madre estarían incluidos en el mismo símbolo (la primera interpretación en ese
sentido fue la referente a Papá Noel, en la 4ª sesión). El sentido simbólico del caballo se pondrá de
manifiesto en las sesiones que siguen, donde lo veremos desarrollarse.

14
En efecto, en la 10ª sesión, luego de haber contado –echado en el piso – que “el mago vino
a la escuela para hacer sus trucos”, Etienne pinta, en respuesta a mi sugerencia, “lo que el mago
habría podido regalarle: un bebé caballo y un papá caballo”.

“El sol tiene la misma cara que el niño”

En la 11ª sesión, después de haber dibujado un niño entre su papá y su mamá, Etienne
rechaza su dibujo y me dice: “Voy a pintar la historia del caballo que tú me has contado… el
caballo en la montaña”; y pinta al caballito en la cumbre, mientras que la primera vez el caballo aún
estaba en la falda de la montaña. Un momento más tarde, Etienne sigue hablando de “la historia del
caballo”, y dice nuevamente: “Después, podría ir completamente solo por el camino”.

Volviendo al lenguaje cotidiano, Etienne, que ahora es muy capaz de escuchar y hablar,
comprueba: “Soy mucho más inteligente que un perro porque sé reflexionar… Soy más fuerte que
el pizarrón porque yo… yo soy un niño”. Se descubre grande: “Vas a ver. Aprendí a hacer un
techo… solito… Aprendí a hacerlo en mi casa”. No deja de cantar mientras pinta: “Voy a colorear
mi casa, pintaré al niño volviendo a su casa… Hago su cara de color rosado, el Sol tiene la misma
cara que el niño”.

Parece que Etienne ha sido liberado por la 9ª sesión, como si esta le hubiera dado impulso
para sentirse vivo y capaz de asumirse algún día. En efecto, esa sesión ha sido preparada por las
precedentes.

Sus exploraciones entre las diversas figurillas que nunca pudo asumir ni identificar lo han
preparado. Pienso sobre todo en las primeras sesiones, en las que no podía hacer cohabitar al padre
con la madre, pese a su deseo; y en la sorprendente sesión 3ª, donde él ya “quería el caballo” que no
consiguió pintar y donde, en particular, el Sol y el niño no podían ser pintados con un color
satisfactorio y homogéneo. Ahora, el Sol y el niño tienen el mismo rostro; en particular, el niño, o
el caballito, saben desenvolverse solos. Para que esto fuera posible, Etienne ha sido ayudado por la
dirección que imprimí a sus sueños, por las propuestas que le hice y que pudo aceptar porque sabía
ya que él mismo era aceptado en una relación de reciprocidad.

Mi consultorio, ¿no es el “único lugar” donde “el hombrecito cansado” tiene derecho a
abandonarse, acostándose en el piso, lejos de las reglas impuestas?

Es muy evidente, sin embargo, que esta etapa de avance no es aún la etapa en que el niño
se desembaraza de sus problemas y obtiene diversas figuras, y si en ciertos momentos puede
parecer que Etienne acepta a la vez la ausencia y el rostro de su padre, nada más ha sido verbalizado
en este nivel desde el día en que declaró: “Yo no tengo papá”.

Asimismo, en sus ensueños rudimentarios Etienne no vivió profundamente nada que


permita decir que cada uno de los vértices del triángulo está en el lugar apropiado, en concordancia
con la realidad y el deseo del niño.
Sin embargo, como Etienne parece sentirse completamente cómodo, y puesto que ahora no
tiene ya pesadillas, está alegre y –según su madre – canta todo el día, ésta decide enviarlo al campo
algunas semanas, a casa de los abuelos. Estas semanas se prolongan. Etienne vuelve del campo, y

15
su madre me llama por teléfono para decirme que él sigue muy bien, que saldrán muy pronto de
vacaciones y que ella volverá a comunicarse conmigo más adelante.

SEGUNDA ETAPA: LA MADRE, OBJETO DE DESEO

Vuelvo a ver a Etienne en noviembre del año siguiente, cuando tiene seis años. Su madre
me pide que lo trate de nuevo, pues “atraviesa por un período difícil. Está angustiado, miente, ya
no puede dormirse por las noches, llora por naderías y le pega a su hermana”.

Las cuatro primeras sesiones de este período son positivas, pues Etienne sigue diciendo
que se siente feliz por todo lo que sabe hacer, pero también bastante pobres porque permanece en el
nivel de lo trivial – no expresa sus angustias ni sus fantasías -.

“Es triste cuando matamos”

Sin embargo, en la 16ª sesión Etienne toma las figurillas. Del conjunto de animales elige
los caballos; rechaza a todos, salvo uno, y construye para este una caballeriza cercada por barreras.
Pone al caballo dentro de la caballeriza y me dice:

-Mi historia es triste.


-¿Me contarías tu historia?
-Si hay tiempo… - responde, con aspecto algo fatigado. Simultáneamente deshace en
silencio su construcción.
-¿Qué historia querías contar? – le pregunto, pero no me responde; permanece taciturno,
pensativo -. Dices que es una historia triste – insisto.
-Sí, porque es triste cuando matamos – declara Etienne.
En este momento me doy cuenta de que tiene en sus manos, desde hace un rato, la figurilla
de un caballero armado. Vuelve a ponerlo en la caja y me dice alegremente:
-Sé lo que voy a hacer… Sé lo que voy a hacer ahora. ¡Un hermoso bosque lleno de
animales!

Cuando termina de construir su bosque lleno de árboles y monstruos, dice:


-Hay muchas bestias malvadas, que me dan miedo –y a continuación las enumera.
-¿Sueles tener miedo a veces, cuando estás en tu casa? –le pregunto.
-No – me responde – porque allí no hay bestias… Sé bien que mamá vuelve siempre a
casa porque tiene ahí todos sus asuntos.
-Ella tiene todos sus asuntos en casa y, sobre todo, a su hijo. Tu mamá no tiene ganas de
irse de la casa.
-Hay noches en que tengo sueños feos; sueño que hay un fantasma en casa, y que mamá lo
ahuyenta con un palo.

En este breve diálogo, Etienne acaba de expresar muchas de sus angustias. ¿Quién es ese
caballo muerto: su padre desaparecido, o el propio Etienne que se siente amenazado? ¿O es su
madre – como lo pensé hace un año -, que también está amenazada? ¿Y quién la amenaza, si no es
él mismo? ¿O acaso ese caballo representa a todos a la vez? Su angustia –él mismo lo dice – es que
su madre desaparezca como desapareció su padre. Pero también se asocia con el retorno de un

16
padre fantaseado y fantasmagórico que la madre ahuyenta con una palmeta, pues ella no quiere
volver a verlo, y Etienne lo sabe muy bien.

En este momento, ¿no siente que su madre es capaz de destruir a su padre? ¿No adopta
ella el aspecto de un hombre armado, sea como caballero dispuesto a matar al caballo o, como en el
sueño, blandiendo el palo?

Etienne es ahora un pobre niño perdido entre las figuras parentales ambiguas, antagónicas,
un niño que busca una identidad difícil de definir debido al conflicto entre sus progenitores y a la
desaparición del padre.

“El quería montar en las bestias, pero eso estaba prohibido”

Las dos sesiones que siguen después de las vacaciones giran en torno del mismo tema y se
apoyan en el dibujo y en la pintura.
Se trata en ambos casos de un niño que encuentra unas hermosas piedras parecidas a
dinero, o de un chico que recibe dinero. Con este dinero él se compra un caballo.

Y vuelvo a preguntarme: ¿Qué simboliza ese caballo: el padre de Etienne, al que este
desea recuperar, comprar, o nuevamente la madre, como en sesiones precedentes? Es probable…
Pero nada me permite afirmar que el simbolismo del año anterior mantiene la misma significación.

En la 19ª sesión, Etienne expresa el deseo de dibujar a lápiz, pero no sabe qué dibujos
hacer.
-¿Un lugar, cosas, personas, animales…? –le propongo.
-¡Una familia! – exclama entonces –. Pero, ¿una familia de qué?
Vacila nuevamente, como en las primeras sesiones. Trato de ayudarle preguntándole:
-¿Una familia de personas, de animales, de cosas?
-Una familia. El papá, la mamá… el nene.
-¿Dónde están, qué hacen?
-Los tres se pasean por el bosque.

Etienne dibuja sucesivamente un árbol, el niño, la casa, una barrera y, en torno del árbol,
el Sol y el cielo. En este punto del dibujo, tengo la impresión de que Etienne ha simbolizado a su
padre por medio del árbol encerrado, y que la casa simboliza a su madre. El niño está solo. Pero
vuelve a tomar el lápiz para dibujar al padre y la madre junto al chico.

-Aquí – dice – había una barrera… que impide ir allá. Detrás de la barrera había caballos.
No había que ir allí.
-Ibas a contar que el niño ha pasado del otro lado de la barrera – le digo. Quisiera abrirle
simbólicamente el acceso al objeto de su deseo, que él persigue desde hace más de un año. Etienne
dibuja y habla al mismo tiempo:

Había toda clase de bestias. Entonces él vio un camello, después un pato… Luego, una
cigüeña, un pajarito… Al caballo no lo ha visto… El ha llamado a su papá, luego a su mamá…
Quería subir sobre las bestias; eso estaba prohibido… No pudo subir.

17
Implícitamente, pues, Etienne ha rechazado mi propuesta, o bien ha declarado que
resultaba imposible concretar su deseo. Y, en esta sesión, todo parece indicar – si queremos utilizar
un lenguaje edípico – que el caballo prohibido que está detrás de la barrera es la imagen de su
madre. Por lo demás, esto se confirmó durante la 9ª sesión, donde Etienne expresó el mismo deseo
y lo decodificó por sí solo: “El caballo es mi mamá”.

Sin embargo, la primera parte de la sesión, con el árbol encerrado detrás de una barrera y
la casa, había evocado la imagen de un padre prohibido e inaccesible situado junto a la madre, una
pareja reconstituida a pesar del alejamiento del padre.

De manera que ese caballo prohibido con el cual el niño querría jugar, en el que le gustaría
montar, me parece también un símbolo del padre prohibido. Recurro nuevamente a mis
interpretaciones del año anterior y llego a la conclusión de que ese caballo es, a la vez, el padre y la
madre de Etienne. Ambos progenitores se reúnen en lo más íntimo de sus fantasías: los dos son
objetos del deseo, los dos están sometidos a prohibiciones. Pero entonces, ¡cuántas dificultades
existen en el nivel de la identificación de las personas! Pues, si esto es así, la madre presente es en
realidad vivida como figura fálica, prohibida, prohibidora, deseada y, por esta razón, doblemente
frustrante.

“Mi mamá es un poco mamá y papá al mismo tiempo”

Una semana más tarde, Etienne llega aparentemente tranquilo al consultorio. Todo
marcha bien en la escuela y también en su casa. Su madre dice que “él canta”, afirmación
corroborada por el propio Etienne: “Las cosas andan bien ahora”, dice. Luego pregunta: “¿Qué
vamos a hacer hoy?” Saco todo el material: pinturas, figurillas, lápices, etc. Etienne decide dibujar.
“¿Qué dibujo?”, pregunta. No sabe qué hacer; parece caer de nuevo en su indecisión habitual. Al
cabo de un momento de silencio, le pregunto:

-Si alguien pudiera darte lo que te hace más feliz, ¿qué eligirías?
-Un papá.
-Eso es lo que te falta porque no tiene papá en tu casa…
-Sí, es me falta.
-Te falta eso, y tú te dices que…
-Me digo que cuando uno está muerto no puede volver.

Explico entonces a Etienne que una persona no vuelve, o tarda mucho tiempo en hacerlo –
aunque no esté muerta -, porque no puede, no se atreve o no quiere volver.
-Me gusta pensar en eso – dice – y también me fastidia…
Sé bien – añade – que mi mamá es un poco mamá y papá al mismo tiempo… Porque me
doy cuenta: suele ser el papá el que pone los tarugos para sostener los estantes. Pero mi mamá sabe
hacerlo muy bien. Ella misma hace todos los arreglos en casa… Además –agrega al cabo de un rato
– las mamás suelen fumar cigarrillos. Mamá los fuma, pero también fuma en pipa. Dice que es
mejor.

-Sí –me limito a decir – es importante tener una mamá que, sin dejar de ser mamá,
reemplace hasta cierto punto a un papá. Pero mamá nunca será papá porque ella es una señora y él
es un señor. Ellos no tienen el mismo sexo.

18
Se trata de mi segunda intervención, de elucidación esta vez. En el curso de este diálogo,
Etienne ha podido expresar finalmente, en forma clara, su deseo de tener un padre y su temor de
que este haya muerto. Nos remitimos probablemente por eso al tema de la triste historia relatada
durante la 16ª sesión, pero lo hacemos de manera parcial porque en esa historia “mataban”.

¿Quién mataba? No lo sabemos por ahora, solo podemos hacer conjeturas: ¿La madre
prohibidora, quizá, la que mata a los fantasmas con un palo? ¿O el propio Etienne, que para vivir
debe matar a su padre ausente y a su madre demasiado presente?

Etienne acaba de ofrecer la imagen bisexual de esa madre. Esto me confirma, por lo
demás, la hipótesis de que Etienne se siente molesto frente a la imagen de aquella, percibida
positivamente como capaz de asumir dos roles (“ella es un poco mamá y papá al mismo tiempo”);
pero en esta función verbalizada como positiva reside también una fuente de angustia, la que
analicé en la sesión anterior. Empieza a esbozarse la fantasía de la “madre fálica”, capaz de “poner
los tarugos”, lo cual es bueno… Pero el detalle elegido también simboliza a la perfección lo que
acabamos de subrayar. Además, ella fuma en pipa.

Aquí, mis intervenciones se limitan a ayudar a Etienne a aclarar lo que experimenta, a


definir la realidad. Es bueno que estas verbalizaciones hayan sido posibles hoy, pues Etienne
comienza sus clases de invierno. Cuando regresa, persiste la mejoría. Trabaja bien, está alegre,
ayuda a su madre en los quehaceres domésticos, se muestra activo. Su madre tiene dificultades para
traerlo a mi consultorio, los viajes que debe hacer constituyen una carga pesada para ella; en
consecuencia, convenimos en interrumpir de nuevo el tratamiento, si Etienne está de acuerdo con
ello. Establecemos que él vendrá a verme toda vez que lo desee o lo necesite.

El hecho predominante ha sido la manifestación y el desarrollo de la angustia frente a una


madre percibida como bisexual, que proscribe simbólicamente al padre ausente vivido como
muerto, aún como asesinado. La angustia, el entremezclamiento de identidades, fueron expresados,
pero es indudable que nada ha sido resuelto.

Quince meses más tarde, y tal como podía preverse debido a que sus problemas fueron
expresados pero no resueltos, Etienne vuelve a atravesar por un período difícil, y su madre me
solicita una nueva entrevista.

Etienne tiene ahora siete años. “Está triste a menudo –declara la madre –, indolente. No
sé qué tiene, pero muestra una actitud celosa hacia su hermana. Se hace el nenito. Además, me
irrita, y debe de sentirlo”.

“Ellos se acostarán en la cama”

Durante la 1ª sesión de este nuevo período (la sesión 21ª desde que empezó el
tratamiento), Etienne se pone a dibujar un niño.

El juega – dice –; después va a entrar en la casa; encontrará listo el almuerzo. Comerá


con su mamá, y los dos irán a acostarse en la cama. El tendrá un sueño. Ha soñado que su mamá
estaba por cocinar pescado.

19
A primera vista, nada particular merece ser destacado en esta corta sesión, en el breve
comentario de Etienne, que parece reflejar hechos de la vida cotidiana.

Sin embargo, podemos preguntarnos: si Etienne formula, con respecto a su dibujo, un


comentario extraído de la vida cotidiana, ¿qué pasa con su hermanita? Ella está ausente, y el niño se
encuentra solo con su madre.

Ellos (la madre y el niño) “se acostarán en la cama”. ¿En qué cama? ¿Se acostarán ambos
en el mismo lecho, para que el niño angustiado pueda acurrucarse junto a su madre reaseguradora,
tal como era el deseo de Etienne dos años antes, o para que él pueda ocupar el lugar de un padre
ausente, hacer realidad el sueño edípico que también expresó simbólicamente hace un año, cuando
soñaba montar el caballo-madre?

“Soñó que su mamá estaba por cocinar pescado”. Incluso en esta declaración, ¿es
necesario leer, sencillamente, el deseo de saborear un plato que le gusta al niño? ¿O podemos ver
allí un símbolo fálico, donde la madre otorga al hijo el derecho de ser hombre? Más aún, ¿se
reparten ambos – y devoran – un símbolo fálico?

No me atrevo a tomar partido por alguno de estos interrogantes de carácter interpretativo,


pero ellos orientan mis reflexiones. Por lo demás, no podría dar de inmediato una respuesta
concluyente a esas preguntas, pues las tres sesiones siguientes son pobres y carecen de contenido.

Etienne pinta cielos azules, amplios y vacíos, echado en la alfombra, construye cosas sin
formular comentarios, ignorándome. Respeto esta resistencia y me limito a mantener la relación
explicitando lo que él hace: “Has hecho un gran cielo azul hoy”, o “estos son los animales
encerrados”. Etienne no retoma la palabra, no muerde el anzuelo. Espero el momento en que el
cambio quede despejado.

En la 5ª sesión de esta serie (la 26ª desde el comienzo de la psicoterapia), Etienne me


pregunta al entrar si puede mostrarme que sabe tocar la guitarra. Toca con aplicación el
instrumento, y luego se tiende en el piso.

Habla de las largas vacaciones que se avecinan, dice que se siente mejor nuevamente y
que su maestro está satisfecho con su desempeño. Llegan las vacaciones de verano y establecemos
de común acuerdo este compromiso: él vendrá a verme cuando regrese de su veraneo, aunque se
sienta muy bien.

La familia de Etienne va a mudarse, de modo que será más corta la distancia a recorrer
desde su casa hasta mi consultorio. Es necesario llevar a buen término la psicoterapia. De esta
manera nos encaminamos ya hacia la tercera etapa de la cura.

TERCERA ETAPA: EN LO MÁS ÍNTIMO, LOS SENTIMIENTOS DE CULPA

Cuando terminan las vacaciones de verano, la madre de Etienne vuelve a ponerse en


contacto conmigo. Aparentemente, el niño ha pasado muy bien sus vacaciones, y sin embargo está
muy nervioso ahora. Sufre de trastornos digestivos, tiene vómitos y cólicos irrefrenables a los que

20
el médico no encuentra causa orgánica. El propio Etienne ha recordado a su madre que debía
volver a verme al final de las vacaciones.

“Me pongo a llorar mientras las focas y los leones se comen todo”

Etienne me explica que se siente nervioso. Sobre todo, dice, “pataleo mucho de noche,
cuando duermo en casa; esto no me ocurría cuando estaba en la colonia de vacaciones, o en la casa
de mi padrino, o de mis abuelos, con Sandrine”.

Es probable, pues, que se cuestione el vínculo con su madre. También dice que lee mucho
ahora. “A veces pienso en lo que leo: el papá de los chicos va a capturar el elefante blanco; ellos
vuelven al campamento… y también consiguen matar a la leona y al león”.

Ese día – es la 27ª sesión –, Etienne hace una construcción con las figurillas de animales e
inventa la historia del pobre burrito que siempre llegaba tarde para comer:

Todos los animales corren para llegar los primeros… El burrito también tiene hambre…
Es un pobre burrito que no corre rápido… Me apuro, me apuro… Pobre burrito, ha llegado
demasiado tarde… Todo el mundo se ríe de mí… Me pongo a llorar mientras las focas y los leones
se comen todo.

En esta sesión en dos tiempos volvemos a encontrar el tema del deseo por la presencia del
padre (“el papá de los chicos… ellos vuelven al campamento”). Pero también se expresa aquí un
doble tema: en el nivel de las fantasías alimentadas por las lecturas, deseo que la madre muera y
angustia por su muerte; al mismo tiempo, el padre es vivido como ya muerto en la pareja formada
por la leona y el león (“el papá matará a la leona y al león”).

En el nivel de la sesión imaginaria, los sentimientos de frustración de carácter oral se


expresan claramente en la intervención de los animales a través del pobre burrito que tiene hambre
pero no corre rápido.

Veremos cómo estos dos últimos temas se desarrollan y amplían sin cesar en las sesiones
ulteriores, mientras que el tema referente al deseo de que el padre retorne parece más una
reminiscencia de las sesiones precedentes y termina por desaparecer. ¿Es necesario destacar el
contenido de angustia que se manifiesta aquí? Se trata de la angustia de sentirse frustrado, de la
agresividad contra la madre vivida como frustrante y que aún llega a despertar el deseo de que ella
muera, muerte que se vuelve posible en el plano de lo imaginario. El padre, ¿no está también
ausente, como si se hallara muerto, negando al hijo su presencia y, a la vez, liberándolo de ella?
Pero, al mismo tiempo que la madre es vivida como pudiendo estar muerta, como si estuviera ya
muerta en respuesta a la agresividad suscitada por los sentimientos de frustración no tolerados, su
muerte fantaseada despierta una frustración insoportable.

El problema actual de Etienne, el que este debe resolver, es entonces –ahora lo vemos
claramente – el de su relación con la madre, vivida como figura frustrante y bisexual en virtud de
todo lo que ya hemos apuntado y que no ha sido resuelto ni superado. Notemos también el cambio
de tono en esta sesión. Al referirse al burrito, Etienne se ha expresado en primera persona. Su

21
discurso es más rico que en oportunidades anteriores, pues no se limita a formular comentarios
respecto de una construcción o un dibujo sino que expresa sentimientos que él se atribuye.

Efectivamente, nos introducimos en el plano del ensueño por medio de la técnica de los
juegos. Pero el juego no agota por sí mismo, en la actividad que le es propia, la afectividad que
supone. En efecto, Etienne forma parte del decorado que crea y que se convierte en el lugar
objetivo donde se desarrolla su propio drama.

En una psicoterapia basada en los juegos, sin intervención del ensueño, el juego agota en
la actividad lúdica todo el contenido afectivo. Por cierto, los símbolos están presentes y el juego es
significativo. Pero el niño se desplaza a través del consultorio y sus verbalizaciones son un
lenguaje dirigido más a sí mismo que al terapeuta. Monologa mucho, o bien hace entrar en su juego
al terapeuta, y ambos se vuelven transitoriamente pares en la actividad emprendida. Lo vivido
inmediato es más importante, aunque esté cargado de valor significante.

La situación es diferente en este caso. Aunque revista ciertos caracteres lúdicos, la


construcción no es juego sino creación de un espacio, de un lugar, de un tiempo imaginario. Es el
lugar donde se proyectan los diversos protagonistas del drama, pero esto no será actuado sino
contemplado; y, si bien el lenguaje lo sostiene y expresa, se trata aquí de un discurso dirigido.
Etienne vive el drama del burrito que él ha incluido en su sueño. Creador, realizador de su
escenario, es también actor, un actor que se permite y me permite ver conscientemente una escena
cuyo telón levanta él mismo para que yo contemple ese drama.

“El elefantito también estaba muerto”

La semana siguiente, Etienne vuelve a hacer una construcción y cuenta:

Había cuatro elefantes. Uno de ellos molestaba siempre al más grande. Le dijeron que lo
pondrían junto a un rinoceronte porque molestaba siempre al elefante grande. Entonces, el
elefantito no se sintió contento. Hubo que llevarlo a la rastra para obligarlo a estar con el
rinoceronte. Cuando los animales oyeron sus gritos, se precipitaron hacia él.

Cuando vieron lo que pasaba, trataron de levantar las barreras para que el elefantito
saliera y no permaneciera con el rinoceronte. El perro probó con sus dientes. El rinoceronte se
acercaba al elefantito, que se sentía mal. Los animales se apuraban. Llegó el león, que saltó
dentro de la jaula; el rinoceronte lo mató con sus cuernos.

El elefantito también estaba muerto… Es una historia algo triste –añade Etienne, al cabo
de un momento –. Pero, después, el elefante grande se sintió contento porque ya no le
molestaban… Al final, se sintió apenado… porque vio que su elefantito estaba muerto.

Etienne, ¿ha concretado hoy la triste historia (o una variante de la misma historia) relatada
en la 16ª sesión? ¿O más bien se trata de una problemática que se plantea por primera vez? La
hermanita, que constituye para él una rival molesta, un estorbo, es muerta en este drama de
frustración. Decisivamente, todos mueren en el universo de Etienne, y este debe de sentirse muy
culpable por sus deseos de muerte.

22
Sin embargo, para prolongar, revivir la historia del elefantito, y quizá para ir un poco más
lejos, invito a Etienne a que pinte o dibuje uno de sus episodios. Enseguida se pone a dibujar, pero
su dibujo no guarda al parecer relación alguna con el elefante. Dibuja una escuela en cuyo patio se
encuentran dos niños. “Había una vez –dice – un niño que llevaba bolitas. Jugó a las bolitas y las
perdió. Era el primer día de clases; él no lo sabía muy bien. Un chico le ganó todo. El lloraba”.

Así, por medio del sentimiento de frustración, ha retomado y desarrollado el tema que
originó esta sesión. No formulo ninguna pregunta, ni hago comentario alguno, pues considero que
Etienne apenas comienza a dar rienda suelta a sus sentimientos de frustración y a la agresividad que
canaliza en sus relaciones con su hermana y con los otros. Sería probablemente prematuro
orientarlo hacia una toma de conciencia que sería vivida con mucha culpa. No olvidemos que el
elefantito ha sido muerto y que el elefante grande, aunque estuviera triste, se ha alegrado por ello.

Por lo demás, el hecho de pasar sin transición a una trivial aventura escolar no debe ser
interpretado como la imposibilidad de mirar más lejos y de arriesgarse a reconocer que el elefantito
muerto representa en realidad a su hermana: “Al final se sintió apenado… porque vio que su
elefantito estaba muerto”.

¿Podemos hablar aquí de ensueño dirigido, en sentido estricto? Aparentemente no, pues
me abstuve de formular indicaciones directivas. Intervine al comienzo proponiendo el material
(una pintura), propuesta implícitamente rechazada y no obstante recordada. Tampoco podríamos
hablar de ensueño dirigido porque Etienne no utiliza en ningún momento la primera persona. Sin
embargo, no podría decirse que asiste en forma pasiva a un flujo de imágenes que le serían externas.

El tono de la voz, que se altera cuando el elefantito es encerrado, cuando este se sienta
mal, cuanto lo matan y el elefante grande lo ve muerto, es inequívoco; también es inequívoca la
turbación de Etienne en ese momento.

Como en todo ensueño dirigido, Etienne crea su escenario, lo vive, lo comunica en el seno
de una relación en que él y yo desempeñamos un rol. Experimenta hic et nunc sentimientos
referentes a objetos trasferenciales que no son exteriores. De ahí el carácter específico de la
relación terapéutica: el valor empático de esta relación es real, y no traba lo vivido en el plano
trasferencial y proyectado en objetos simbólicos.

“Como todo está bien barrido, ellos pueden irse a comer”

En la sesión siguiente descansamos y conversamos en el nivel de la vida cotidiana. Sin


embargo, Etienne evoca un juego de escondidas y lo dibuja; en él, un niño busca a su papá en el
bosque. Reaparece el tema del padre ausente, pero la búsqueda del padre parece ahora llevarse a
cabo en el modo lúdico; se asiste a cierta desdramatización.

En la 29ª sesión, Etienne pinta dos barrenderos, “uno joven y uno viejo”, cada uno de los
cuales “barre su lugar y recoge de allí un montón de basura. Después, como todo está bien barrido,
ellos pueden irse a comer”.

Pienso en todo lo que Etienne debe barrer: hojas marchitas, cosas que han muerto en su
vida; es necesario que barra si quiere vivir y ser alimentado hasta la saciedad, “irse a comer”. En

23
esta tarea se siente separado de su padre, pero realizando lo que el hombre maduro también debe
cumplir. Cada uno barre su lugar, y el niño, que hace algún tiempo vomitaba la comida –es decir,
lo que le permitía vivir -, admite que hace lo mismo que su padre, pero en “su propio lugar”, y que
vive, puesto que luego ellos pueden irse a comer. Parece, pues, que el problema del padre va
resolviéndose paulatinamente en el nivel simbólico merced a la aceptación de la realidad. Por lo
demás, los vómitos han desparecido casi. Los temas de frustración asociados con la madre
mantienen su vigencia y se desarrollarán en las sesiones siguientes.

“He vuelto junto a mi dueña, que me vendió”

Llegamos a la 30ª sesión: un burrito vuelve a ser vendido por su dueña a un amo que no
quiere al animal; este retorna dos o tres veces junto a ella:

“Aquí estoy. He vuelto… Por el camino lleno de piedras, pero entro en la casa. He
vuelto a mi dueña, que me vendió… Camino una vez más… Es difícil… Aquí estoy”.

Y, puesto que la frustración no es aceptada aún, en las sesiones ulteriores se desarrollará


un nuevo ataque de agresividad contra la madre, contra esa madre que no es totalmente suya, que
ocupa el lugar del padre y que, de este modo, quizá le roba por partida doble su identidad
masculina.

“El se va al corral y lo agarra a escondidas”

En la 31ª sesión, Etienne hace dibujos. Después de dibujar durante media hora, en
completo silencio y concentrándose en su tarea, empieza a relatar esta historia:

El niño se ha levantado muy temprano. “Mamá –pregunta - ¿puedo agarrar un gallo?”.


“No – le responde la madre –, hoy no vas a agarrarlos”. Entonces el niño, defraudado, se va al
corral y lo toma a escondidas. Lo lleva consigo a la escuela. El maestro sale un momento del
aula; el niño se levanta, va al patio y se pone a jugar con su gallo.

La madre se dio cuenta de que su hijo había agarrado el gallo, y se dirigió a la escuela.
Golpeó la puerta y los chicos le dijeron: “Entre”. Como el niño había visto a su madre, se sentó y
puso el gallo debajo del pupitre.
Llegó el maestro y preguntó:
-¿Qué pasa aquí?
-¡Han agarrado mi gallo! – dijo la madre.
- No sé dónde está su gallo – declaró el maestro.

La madre, chasqueada, volvió a su casa. El niño estaba contento de tener siempre su


gallo. Cuando su madre estaba pensando: “Quizás él lo ha escondido”, el niño llegó. Su madre ve
el gallo. El chico lo había puesto en el patio para que ella no se diera cuenta. La madre se levantó
y le dijo: “¿Quién te dio permiso para agarrar el gallo?”, y para castigarlo le dijo: “No verás
televisión esta noche”. El niño estaba desolado: “Si no hubiera agarrado mi gallo –dijo – habría
podido ver la película por televisión”.
-¿Qué te habría gustado tomar, tener, o saber, y tu madre te lo impidió? – le preguntó.
Etienne me responde enumerando cosas triviales:

24
-Un cuaderno, o un libro… y también ver una película prohibida para niños, pero que
podía ser vista por los padres. Tras la idea de que algo está prohibido a los hijos pero no a los
padres –idea simbolizada por el gallo - ¿no podemos leer, como en un libro abierto, los temas
relativos a la conquista de la sexualidad, a los juegos sexuales solitarios, quizá, que parecen ser
anunciados por la historia del gallo?

Lo cotidiano, ya presente al final de la historia (la película que proyectarán por televisión)
y traspuesto al plano de la realidad por la respuesta de Etienne (las películas prohibidas para niños),
parece encontrar en el gallo robado el símbolo de la sexualidad prohibida y deseada (“las películas
prohibidas”). Esto, además, se liga con el viejo tema de la madre vivida como bisexual, tema
siempre presente pero frente al cual Etienne termina por cambiar sus mecanismos de defensa. En
un primer momento, él regresaba a una situación de pasividad completa. Luego, la frustración
impuesta por el hecho de vivir a la madre en el modo oral determinó que la respuesta fuera dada en
dos niveles: las somatizaciones agresivas y depresivas, junto con los vómitos y cólicos, privan al
niño del alimento que permite vivir; al rechazar los alimentos ha rechazado la vida. Pero este
rechazo también es una agresión: el niño rechaza, niega aquello que simboliza a la madre deseada.

Al mismo tiempo, la respuesta agresiva a la madre se manifestaba a través de los deseos


de muerte, de las fantasías de muerte centradas en la madre y generadoras de angustia. Ahora bien,
la agresión es aquí más sana. Etienne trata de arrebatar a la madre lo que ésta supuestamente le
quita o le prohíbe: la virilidad, los juegos prohibidos de la virilidad, y ello en ausencia del maestro,
imagen paterna.
Pero nada de lo dicho por Etienne permite afirmarlo, y él se desliza de nuevo hacia lo
cotidiano.

“A veces, soy como el elefante que se venga”

En la sesión siguiente reaparece la imagen del elefante, y, junto con él, los temas de
frustración. Etienne acaba de construir algo con las figurillas, y dice:

Un día, dos señoras conducían animales. Una de ellas les decía: “Apúrense”. Ellas les
decían que avanzaran más rápido. Una dice: “Los que se apuren tendrán comida. Los que queden
rezagados no comerán nada”.

Primero llegan los pájaros; detrás de ellos llegan la jirafa, el rinoceronte, el oso gris, la
pantera, las cabras, un potrillo, un oso blanco, un león y muchos otros animales. Un papá oso
derriba a un toro para que el elefante, que estaba hambriento, pueda comer.

El toro quiso vengarse y derribó con mucho esfuerzo al elefante. Fue a comer, y el
elefante, a su vez, le hizo sangrar con sus colmillos. El toro murió, pese a que estaba listo para
comer. Para castigar al elefante, la granjera no le dio de comer.

Etienne se queda en silencio, y yo le pregunto:


-¿Te hace pensar en algo esta historia?

25
-A veces, soy como el elefante que se venga – me responde -; cuando me estropean un
libro nuevito… Algunas personas suelen ser injustas conmigo. Por ejemplo, cuando estoy en
dificultades, ellas podrían ayudarme.

Etienne explicita entonces, con tristeza, sus sentimientos de frustración: sus amigos, su
hermana, son injustos con él. Y nadie lo ama.

La segunda granjera aparecida en este ensueño habría podido ayudarlo; quizás era la
imagen de la madre buena junto a la madre mala… y es probable que también yo estuviera
representada por ella. Pero, en apariencia, no desempeña ahora ningún papel, carece de eficacia:
“Cuando estoy en dificultades, ellas podrían ayudarme”.
Esta silueta apenas esbozada se manifestará en la sesión siguiente, en respuesta al deseo
que tiene el niño de ser ayudado.

“La vieja mamá potranca sabía dónde estaba la verdadera mamá de los potrillitos”

Etienne construye un grupo de animales, y luego dice:

Había una vez un grupo de animales. Todas las tardes, a las cinco y media, se iban a
comer. Un día, una potranca esperaba bebés. Esperó y esperó, hasta que por fin los tuvo. Pero
los dos potrillos nunca dejaban caminar a su madre, porque querían leche.

Mientras los otros animales estaban llegando al establo para comer, la mamá potranca y
sus potrillitos se quedaban muy rezagados. Entonces la madre decidió galopar, y que sus potrillos
lo hicieran tras ella para no perderse.

Los potrillos galopan junto a su madre, y la mamá les indica un camino que no conviene
seguir: un sendero con una, dos encrucijadas. Ella toma el primer sendero y … vuelve al segundo.
En este momento, los potrillos se pierden. Entonces, la madre decide volver al establo, porque
solía encontrar poca comida cuando entraba tan tarde con sus potrillitos.

Los potrillitos se han perdido, han ido a otro establo. Allí conocieron a una vieja mamá
potranca que los atendió muy bien. Ellos le contaron lo ocurrido; la vieja mamá potranca sabía
dónde estaba la verdadera mamá de los potrillitos. Un día ella les hace una pregunta: “¿Desean
que yo los lleve hasta donde está vuestra mamá?”. Los potrillitos aceptan que esta mamá los
conduzca hasta su verdadera mamá.

Recorren un largo camino antes de llegar a destino. Ella ve el establo y dice a los
potrillitos que la sigan. Entra allí, y les pregunta si reconocen a su madre. Responden que sí. Se
acercan a su madre y se aprietan contra ella para mamar.

Pero, a través de esa búsqueda de los padres buenos, sustitutivos, continúan vigentes los
problemas referentes al padre (34ª sesión) y a la madre (35ª sesión).

“Y yo me he acostumbrado”

26
En la 34ª sesión, luego de hacer una construcción, Etienne relata: “Había una vez un
pastor y una pastora que tenían varios animales. Un día, ellos deciden ir hacia el este”. Imagina
que para poder atravesar una frontera aceptan dar sus animales a un agente de policía.

-El pastor, contento, pasó y siguió su camino – dice Etienne.


-¿Y los animales? – le pregunto.
-Fueron a la casa del agente de policía… Como el tenía una caballeriza, un abrevadero y
corrales, los metió… adentro, en su granja. Al cabo de un tiempo ellos se acostumbraron.
-Es una historia que habla de animales que fueron separados de alguien que amaban
mucho… A ti también te resultó doloroso ser separado…
Etienne asiente, en silencio.
-Te separaron de tu papá – le digo – cuando eras chiquito.
-Sí, y yo me he acostumbrado.

“Es muy necesario que me toleres”

En la 35ª sesión, Etienne hace espontáneamente una construcción y relata de nuevo una
historia de animales cuya mamá llega tarde a comer por culpa de ellos.

La mamá osa trataba de caminar lo más rápido posible para no llegar demasiado tarde.
Entonces ocurre que todos los animales comen… y la mamá osa llega cuando todos han terminado
de comer. Entonces, ella dice a sus hijos: “Jamás volveré a venir con ustedes”.

En este momento, Etienne se acuesta en la alfombra, se despereza, y siguiendo una


sugerencia mía cierra los ojos algunos instantes, para volver a pensar en los ositos.

Aquí está el osito, que va caminando… Busca una mamá mucho más agradable. Cuando
la encuentra le dice:
-¿Podría jugar contigo?
-Por supuesto –le contesta ella.
El osito juega con la mamá. Se pone delante de ella y la empuja. Ella le dice:
-¡Deja de empujarme!
-Tú lo has querido… Es muy necesario que me toleres.
-Si es así – dice ella – te abandono.
El osito viaja… encuentra otra mamá, la ama. Le preguntó, como a las otras, si podía
jugar con ella. “De acuerdo”, le respondió la mamá.
Como de costumbre, el osito la empujó… Luego, la mamá le dijo: “Ven, entremos a
comer”.
Entonces, el osito entró, contento… de tener… una mamá buena.

Etienne se extiende en el piso y pinta en silencio el episodio en que el osito “fastidia” a su


mamá.
En suma, después de la sesión en que se habló del gallo hemos entrado en una
problemática que adquiere carácter erótico. El gallo evocaba juegos sexuales solitarios vividos
como prohibidos por la madre. La sesión que acabamos de resumir evoca una clara erotización del

27
deseo cuyo objeto es la madre, deseo que está teñido de una agresividad evidente. En ambos casos
la respuesta obtenida es el sentimiento de culpa en el niño y la frustración producida por la madre.

Encontramos lo mismo en la 36ª sesión, donde se repite lo expresado en la sesión cuyo


tema fue el gallo. Sin embargo, el matiz afectivo es diferente.

“No lo hice a propósito”

Etienne realiza un trabajo de modelado, y, mientras tanto, explica:


Estos son un niño, un perro y la mamá del niño. La mamá le prohibe al chico que vea a
su perrito. Entonces, él va a verlo a la siesta, cuando su mamá no se da cuenta de eso. Cierto día
ella se da cuenta de que él ha ido a ver a su perro. Entonces lo castiga y le dice: “Te había
advertido que no fueras a ver a tu perro”. El niño le dice: “No lo hice a propósito” La mamá le
dice: “Por esta vez las cosas quedan como están, pero la próxima te castigaré”. Entonces, el niño
fue a ver su perro, como de costumbre, y volvió a entrar enseguida en su casa.

Su mamá llegó al dormitorio y le preguntó por qué no se había preparado para acostarse,
y él le contestó: “Porque fui a ver a mi perro”.
La mamá le dijo: “En castigo, no verás a tu perro durante un mes”.
Entonces, el chico se puso a llorar en su dormitorio. Su mamá vino a consolarlo y le dijo:
“Te había dicho… que no fueras a ver a tu perro”.
El niño permaneció en su habitación sin decir una palabra… pobre chico… Me
equivoqué.

En la entrevista que sigue, Etienne vuelve a referirse a las películas prohibidas que mira
por las noches; luego dice que él nunca querría dormirse a esa hora. Prefiere jugar, leer,
permanecer despierto en su cama.

Me limito a decirle que él siente que hace cosas prohibidas por su mamá, y que ese
sentimiento le molesta. Y pienso en la curiosidad que le despierta su propio cuerpo, su cuerpo de
varón, su sexo, que él empieza a descubrir.

“El comienzo es triste, y después eso se vuelve alegre”

En la sesión siguiente reaparece el mismo tema, muy cercano a la realidad. Los


sentimientos de culpa parecen haber sido resueltos, y la relación con la madre es descrita como
feliz, no obstante ser frustrante.
Etienne modela “un niño que estaba disgustado por algo”.

Es un niño al que no le gustaba ir a la cama. Como todas las noches, su mamá lo metió
en la cama y se puso a mirar un programa de televisión. Su hijo, que no quería estar acostado, se
levantó y permaneció de pie en la puerta de su habitación.

Miró televisión hasta bastante tarde. Su mamá tuvo ganas de acostarse y se dirigió a su
dormitorio, encontrándose con su hijo, que miraba televisión.
-¿Cuánto hace que miras televisión? – le preguntó ella.
-Hace largo rato – le respondió el niño.

28
El niño se fue a la cama tranquilamente. Estaba contento de haber podido mirar
televisión.

No me gusta ir a dormir – dice Etienne –. Querría ir a la escuela, trabajar… Es necesario


que yo prenda mi pequeña luz… No me gusta la noche. Muchas veces soy yo quien despierta a
mamá y a Sandrine. Me gusta mucho levantarme temprano e ir a hacer los mandados.

-Está muy bien que haya un hombre en la casa –le digo –. Tú eres el hombre de la casa.
-Comencé a leer a los seis años – dice Etienne, sonriendo satisfecho -. Mamá me aconsejó
que lea… Ahora, leo muchos libros serios: L’auberge de l’ange gardien, y también Un bon petit
diable. Está bien, porque el comienzo es triste y después se vuelve alegre.

Y yo pienso que, quizá, su vida, triste al comienzo, está conociendo la alegría. Le digo:
“Tienes ganas de saber muchas cosas, y tal vez creas que eso está prohibido”. Puesto que él asiente,
abordamos el problema del conocimiento del sexo del hombre y la mujer. Y como él pregunta qué
pasa con el nacimiento de los bebés, y antes de que ellos nazcan, se lo explico. De este modo he
podido responder a una problemática referente a un saber buscando a tientas. Pero el deseo mismo,
su erotización, las prohibiciones asociadas con él y el sentimiento de culpa concomitante no están,
por cierto, desdramatizados ni insertos en la realidad.

“El se ha mojado en el mismo arroyo negro”

En la 38ª sesión, Etienne me pide que le muestre “las láminas del chanchito de patas
negras” que ya le fueron mostradas por la psicóloga que fue a ver cuando era pequeño, y que vio
cierto día en mi escritorio. Esta es la historia que me relató basándose en dichas láminas.

El maestro dice a sus ocho chanchitos: “Vamos a dar un paseo, pero antes de salir voy a
lavarlos”.
Cuando termina de asearlos, les dice que pueden salir a divertirse. La mamá de los
chanchitos había partido la noche anterior; el maestro los hizo subir a la carreta.
Ellos le pidieron que los condujera al lugar en que estaba la mamá del pequeño Pata
Negra.
Durante ese tiempo, la mamá había estado jugando en el arroyo negro, después de haber
salido. Se secó en la hierba; pese a eso, le quedó una enorme mancha.
Pata Negra, que sabía dónde estaba su mamá, fue a reunirse con ella en el arroyo negro.
Metió en el agua su pata delantera y, como su madre, también se secó en la hierba.
Le quedó una mancha en su pata. Entró en la granja y escondió su pata debajo del sillón.
Al día siguiente fue a jugar con… su hermanita. Luego lo hizo con la cabra.
Luego tuvo sed, como los demás chanchitos. Se dirigió de prisa al abrevadero, y también
lo hizo su mamá.
Cuando terminó de beber, tuvo ganas de jugar. Despertó a su hermanita, que no quería
jugar con él. Su mamá y su papá corrieron tras él. La mamá agarró a su bebé, pero el papá entró
en el establo.
Pata Negra pidió leche. Su mamá accedió y le dijo que fuera a acostarse. El obedeció
con mucha rapidez, pues su mamá se dio cuenta de que él tenía una pata negra.
Ella piensa: “Seguramente fue al lugar donde estuve anoche, se mojó en el mismo arroyo
negro y la pata se le puso negra”. Es así como se le llamó “el chanchito Pata Negra”.

29
-¿Qué pensaba de eso el papá? – le pregunto.
-Le parecía justo que no se lo llamara más por su nombre – responde Etienne.
-¿Y la mamá?
-El papá dice que también se dio cuenta de lo que le pasó a ella. Van a llamarla “Mamá
Pata Negra”. El piensa que este es su castigo.
-¿Cómo continuarías la historia de Pata Negra, sin mirar las láminas? – propongo a
Etienne.
-La hermana de Pata Negra fue a buscar el arroyo donde se habían mojado su hermano y
su mamá. Lo encontró, metió allí su pata, que se volvió negra, y regresó a su casa. Su papá y su
mamá se dieron cuenta; entonces, el papá, como era el único que no tenía una pata negra, se puso a
llorar y se durmió.
-El hecho de no tener el mismo nombre – le digo – te parece un castigo por haber hecho
algo malo.
-Mi mamá ha cambiado de nombre – afirma Etienne.

Aparentemente, en la historia de Pata Negra, sólo el padre está exento de culpa. Por lo
demás, los personajes que han cambiado de nombre son la madre y los hijos, culpables de ser
cómplices, de compartir la misma falta. Todos ellos son culpables de haber compartido los mismos
juegos en el arroyo negro, que, a mi juicio, simboliza el deseo intensamente erotizado de Etienne.

Fusionado de manera muy íntima con su hermana y su madre en una situación donde la
figura del padre está ausente, ¿cómo dejaría de sentirse culpable de satisfacer su deseo,
parcialmente al menos? Estamos en el núcleo de una problemática edípica donde el niño afirma su
vínculo con la madre y elimina al padre, a ese padre excluido que llora, solitario, como si en verdad
fuera el puro, el que ha sido castigado realmente.

En la realidad social vivida por Etienne, las cosas ocurren de otra manera. Su madre ha
cambiado de nombre, pero ella lo ha querido así, pues “el culpable”, el hombre que los abandonó,
que no da señales de vida, es precisamente el padre. Y los niños lo saben.

También en esa realidad social la madre vive con un apellido que no es el del padre. Pero
los hijos conservan el apellido paterno, solamente la madre tiene otro: esto también lo saben los
niños.

Sin embargo, pese a la diferencia de apellidos, los chicos viven con su madre. Se ha
configurado un verdadero clan matriarcal al que ellos pertenecen y con respecto al cual se sienten
solidarios: el padrino, la madrina, los abuelos –en cuya casa los niños pasan sus vacaciones -, todos
ellos son parientes de su madre. No conocen a la familia del padre, la cual vive muy lejos. Esto
explica el sentimiento de piedad que experimenta el niño por el padre excluido: “El llora”, declara.
¿No lloraría Etienne también, si estuviera excluido de su madre y su hermana?

Así, una vez más, Etienne es llevado a expresar la confusión que experimenta respecto de
sus figuras parentales: trasfiere a su padre ausente la inocencia social de su madre, y proyecta en
esta sus propios sentimientos de culpa, afirmando de este modo su solidaridad en la falta cuando
todo le indica que el verdadero culpable en la familia es el padre, que los abandonó. En el nivel de
las imágenes parentales existe un desplazamiento de la culpa en provecho de la solidaridad con la
madre, del vínculo que Etienne mantiene con ella.

30
“Mi papá no trabajaba”

En la sesión siguiente, Etienne dibuja un niño que llora porque su papá lo priva de las
vacaciones. “Te había dicho que trabajaras”, le dice al padre; el niño llora tristemente: “La culpa es
mía”, dice.

-Desde hace algún tiempo – le digo – hay mucha gente que comete faltas: los animales que
fastidian a su mamá, los niños desobedientes, el pequeño Pata Negra, su mamá y su hermana… a
los que incluso se les llama Pata Negra a partir de ese momento. ¡Y, hoy, este niño!

-Mi mamá –declara Etienne – cambió de apellido… Se ha divorciado. Lo hizo porque mi


papá no trabajaba.
¡He aquí, pues, el vínculo entre las dos últimas sesiones!
Al llegar, Etienne dibujó al niño castigado, culpable de no trabajar. Pero la culpa supuesta
de la madre, presente en la sesión anterior, es ahora adjudicada al padre, que – Etienne no lo ignora
– no trabajaba. En esta oportunidad, esa misma culpa es tomada en cuenta por el niño, que de esta
manera se declara identificado con el padre, y culpable.

A partir de ahora, los roles están delimitados por lo menos. El padre que partió, separado
de su familia, es culpable de no haber trabajado. El pequeño Etienne, culpable de tener deseos
prohibidos, se identifica ahora con su padre por vía del trabajo supuestamente malo.

La madre, que ha sido vivida como frustrante y culpable –hemos podido verlo muchas
veces -, ya no es fuente de frustración. Puesto que ha dejado de ser culpable, no es más objeto de
identificación para Etienne, que se siente lleno de culpa en virtud de sus deseos prohibidos.

Etienne, identificado con su padre, aún debe superar sus sentimientos de culpa y desligarse
de aquel, comprendiendo el origen de esa sorda culpabilidad.

“Ese gran caballo era yo”

En la sesión siguiente, Etienne dibuja y conversa, desarrollando el tema del niño que
trabaja bien y es apreciado por su maestro, su padre y su madre.

Al mismo tiempo, la madre de Etienne me informa que su hijo está mucho mejor desde
hace algunas semanas, y ese mes acaba de obtener las calificaciones más altas de su clase. Se
acerca el verano y, junto con él, las vacaciones. Etienne, a quien no he podido atender en las
últimas tres semanas, pide verme “para despedirse de mí”. Cuando llega dibuja una escuela de
niñas y una nena.

“Es la historia de una niñita tímida que no se atrevía a entrar en el aula… Se apretaba
contra la maestra… Es la historia de mi hermanita.

“Yo fui a la escuela antes que los demás, a los dos años y medio. Les llevo ventaja…
Podré seguir bien mis estudios, trabajaré bien… Creo que seguiré la carrera de aviador, o bien seré
ingeniero. Estoy en una edad muy buena porque ahora puedo hacer montones de cosas.

31
“Si mi papá vuelve algún día, ese es un problema que debe tratar con mamá… Lo
importante es que no esté muerto.”
“Ahora, en casa, clavo muy bien los tarugos para mamá y mi hermana.”
“Pronto podré hacer muchas cosas. Mi mamá ya no tendrá necesidad de clavar los
tarugos”.

Hago hincapié entonces en lo importante que es para él saber por fin que los asuntos de los
padres deben ser tratados por ellos, y saber también hacer por sí mismo lo que los varones, los
hombres, tienen que hacer mientras su mamá y su hermana se dedican a otras cosas. Le digo que
quizá se sintió molesto debido a que estuvo confundido durante mucho tiempo.

-He tenido un sueño en mi cama, pero despierto. El burrito se había convertido en un gran
caballo y marchaba a la cabeza de todos los animales.
Dibuja el caballo marchando por el bosque en compañía de los demás animales.
-Ese día – dice – no estaba la granjera; la granjera estaba en la casa. Solo había
animales… El día era muy lindo.
-¿Sabes cómo se llama ese gran caballo? – le pregunto.
-Ese gran caballo era yo –me responde.

“Tuve ganas de hablar con usted acerca de la profesión que tendré más adelante”

Después de la sesión descrita, volví a ver a Etienne algunas veces más. Las sesiones se
desarrollaron en el nivel verbal y versaron sobre sus amigos, la escuela, su familia.
Algunos años más tarde, Etienne me llamó por teléfono para concertar una entrevista. Me
planteó el problema de su orientación vocacional: “He pensado que usted me conoce bien. Estoy en
cuarto año, y tuve ganas de consultarle acerca de la profesión que tendré más adelante.”

Me anunció el nuevo casamiento de su madre: “Para ella está bien así, y nosotros estamos
completamente de acuerdo”. Parecía entrar con seguridad en la adolescencia.

2. Guillaume
DESARROLLO DE LA CURA

Guillaume tenía trece años cuando empezó a tratarse; seis años antes, su padre abandonó
el hogar. El niño tiene una hermanita dos años menor; como él, reaccionó mal ante la partida del
padre. Ambos tropiezan con numerosas dificultades de aprendizaje desde el momento mismo en
que ingresaron en la escuela, y tienen pesadillas. Guillaume pasa por largos períodos de depresión
durante los cuales no juega, habla poco y trabaja en forma muy irregular, pese a que los tests
psicológicos indican que posee un buen nivel de inteligencia. La propia madre de Guillaume se
encuentra en un estado de angustia y depresión. De acuerdo con sus declaraciones, nunca dejó de
esperar el regreso de su marido, que vive en una ciudad cercana a París; cuando pierde la esperanza
de que vuelva, sufre un ataque de depresión. En suma, su vida está dividida entre la agresividad
que siente por un marido que la abandonó, la esperanza de reconquistarlo y de volver a verlo, y la

32
depresión, pues se da cuenta de que él no volverá. La psicoterapia de Guillaume duró lo que un año
escolar. Al cabo de este período, su familia abandonó París, y el niño parecía que podría enfrentar
sin problemas la adolescencia.

Describiremos en forma detallada las primeras veintiuna sesiones; las cuatro restantes han
sido entrevistas concernientes a su vida cotidiana, a sus opiniones personales, y en este momento
parecía haber abandonado el mundo de las fantasías para situarse claramente en el nivel de la
realidad.

Al comienzo del año escolar, Guillaume, que durante varios años fue tratado en un centro
médico-psicopedagógico, que lo derivó a mí, estaba deprimido, inhibido, angustiado. Sus fracasos
en la escuela, sus numerosas dificultades para adaptarse – dificultades que, en vez de decrecer,
aumentaban sin cesar desde hacía muchos años - , impusieron la necesidad de recurrir a una ayuda
psicoterapéutica. El terreno era propicio, pues Guillaume quería “ser ayudado”.

Su madre también deseaba que Guillaume recibiera ayuda psicoterapéutica. Y, aunque le


resultaba difícil emprender ella misma una psicoterapia que podría haberla beneficiado, por lo
menos aceptaba entrevistarse regularmente con el médico del centro y con la psicóloga que atendía
a padres en dificultades.

Ese primer factor constituye una de las razones que me llevaron a incluir el caso de
Guillaume en este libro, pues ilustra las ventajas que podemos obtener de una acción llevada a cabo
en diversos niveles cuando administramos tratamiento psicoterapéutico a un niño. Los progenitores
que aceptan ponerse bajo tratamiento admiten más fácilmente la evolución de sus hijos. En
consecuencia, también suelen aceptar evolucionar ellos mismos.

Cabe preguntarse si, en la medida en que el niño va cambiando, no es necesario que sus
padres se regocijen por su independencia naciente, que la apoyen, y aún acepten su agresividad, la
cual, sin embargo, no dejará de plantearles problemas. Además, la neurosis de uno de los miembros
de la familia determina con frecuencia respuestas neuróticas en todos. Si se rompe este equilibrio
patológico, suelen producirse, en respuesta, verdaderos dramas.

Era necesario, por ejemplo, que la madre de Guillaume aceptara no cobijar más en su
lecho, en su propio dormitorio, a sus dos hijos, vividos por ella como una compensación por la
partida de su marido. ¿Podía hacerlo sin contar con apoyo? ¿Podía aceptar, sin comprender su
valor, el gesto de independencia de Guillaume en ese sentido?

Por cierto, las cortas entrevistas que tuve con ella quizá la ayudaron, pero el valor de
aquellas siempre es ambiguo, pues si bien soy la psicoterapeuta que recibe una demanda, también
soy mujer, como la madre, una mujer vivida como segunda madre por el niño, como la madre buena
cuya función deseada y con frecuencia difusa es reparar lo que fue dañado al principio.

De la ambigüedad de ese rol, de las imágenes trasferenciales que los padres proyectan en
aquel nacen a veces dificultades insuperables. En el caso de Guillaume, acepté relacionarme con la
madre, como siempre hago. Pero esta relación ha sido muy superficial, y si no he tenido la clase de
dificultades apuntadas ello se debe a la presencia del médico y de la psicóloga, que asumió con
respecto a ella un rol activo y muy notable.

33
La presentación de la cura de Guillaume me ofrece así la oportunidad de subrayar el
interés que reviste un trabajo en equipo, se trate de una iniciativa privada, de una organización
hospitalaria o de centros médico-psicopedagógicos.

Existe otra razón para que yo haya elegido la cura de Guillaume. Este muchacho de trece
años constituye un ejemplo particularmente claro de las mezclas de imágenes ofrecidas por el
mundo sociocultural al que pertenece, por su experiencia pasada y un sistema de símbolos de
carácter más arcaico y profundo.

En efecto, la televisión aporta aquí su cuota de cantantes, karatecas, partidos de béisbol o


de rugby; ellos se confunden con los héroes de las lecciones aprendidas en la escuela, con las
enseñanzas impartidas en los liceos. Pero también alternan con otras imágenes que se asemejan
más a las que estamos acostumbrados a encontrar espontáneamente y a proponer en los ensueños
dirigidos: la gruta prehistórica de que se habla en los ensueños dirigidos: la gruta prehistórica de
que se habla en la 7ª sesión es la imagen fundamental de esta, la imagen que veremos evolucionar al
ritmo de la cura.

Es conveniente notar hasta qué punto son importantes, en el plano del lenguaje de la cura,
o del ensueño dirigido, esos elementos que a veces podrán considerarse ingredientes triviales de la
experiencia cotidiana. Aquí, nada es trivial, todo es significativo, aunque más no sea porque se
establece desde el principio que el tiempo que dura cada sesión es por definición un tiempo que
paciente y terapeuta quieren significativo: un concentrado de significaciones.

En este caso particular, es interesante ver cómo las imágenes de un niño contemporáneo
alimentado por los medios de comunicación de masas se convierten en un lenguaje íntimo y rico.
Los dibujos hechos por Guillaume durante la cura –incluidos en este libro – constituyen un buen
ejemplo de ello.

De este modo se define el tercer elemento que ha determinado mi elección: los discursos
paralelos que encontramos en toda cura son particularmente evidentes en el caso de Guillaume, y el
análisis de la 1ª sesión los saca a luz. En todo momento podemos adivinar un sentido que no es el
mismo que podríamos encontrar en otras condiciones. Quizá porque en las sesiones suele
verbalizarse muy poco (Guillaume pinta o modela en silencio, sobre todo al comienzo de la cura),
tenemos la impresión de encontrarnos frente a un perfil bien dibujado que nos muestra su apariencia
pero también nos dice de qué y para qué está hecho, cuál es su sentido. Así, en ciertas montañas
desnudas, la arista rocosa despojada de toda vegetación nos habla de los plegamientos y
hundimientos que han determinado su formación, nos muestra su naturaleza calcárea o granítica,
nos enseña los cauces por donde fluirán las aguas, o las zonas en que podría haber
desprendimientos.

De tal manera, en esta corta cura vemos con claridad cómo se expresan los lenguajes
paralelos utilizados en cada sesión. En el caso de Guillaume, casi nunca he interpretado esos
lenguajes, sea que correspondieran al discurso en apariencia trivial, a un comentario suscitado por
los dibujos o a los breves ensueños del niño. ¿Habríamos avanzado más formulando esa
interpretación? ¿Habría obtenido yo certezas más sólidas? ¿Habría evitado los errores siempre
posibles en las interpretaciones subjetivas? Volveremos a este problema en la segunda parte del
libro, pues se trata de un rasgo característico de las tres curas descritas.

34
La dinámica de la cura de Guillaume nos conduce por el dédalo de lenguajes paralelos que
caracterizan la búsqueda de sí mismo de este muchacho depresivo, inhibido, proclive al fracaso, y
que dice haber olvidado por completo su pasado infantil, como si fuese un magnetófono, ese objeto
capaz de retener o borrar a voluntad lo que ha registrado.

La primera etapa de la cura es ambigua. Para existir, Guillaume regresa a imágenes cada
vez más limitadas; el héroe, para vivir y afirmarse, busca un refugio de carácter maternal y arcaico,
el corazón de la vida intrauterina. Así pueden reaparecer y desarrollarse todas las imágenes
correspondientes al triángulo primario, ese triángulo que nunca fue sólido pero que ha terminado
por romperse cuando Guillaume tenía siete años, es decir, cuando su padre abandonó el hogar: esta
es la segunda etapa. En su trascurso alternan las sesiones de ensueño dirigido basadas en el
modelado y el dibujo –en las cuales las imágenes de la gruta y el obelisco no cesan de trasformarse
– y las sesiones de dibujo o de diálogo, aparentemente fundadas en recuerdos recientes de la vida
cotidiana; aquí, el deporte significa, a todas luces, enfrentamiento y lucha. De este modo,
Guillaume aprende poco a poco a reconocer cómo fue la vida de sus progenitores, cómo es aún y
cuál es su propia vida en relación con ellos.

Entonces puede abrirse paso una nueva visión de sí mismo. Guillaume es capaz de
recordarse en un lenguaje diferente del simbólico. Alcanza una objetividad que ha dejado de ser
ilusoria para convertirse en real y personal; abandona esa subjetividad que el contexto sociocultural
disfrazó de objetividad. Utiliza un lenguaje objetivo real, que consiste en definirse por propia
decisión frente a sus padres y al drama de estos, a sus amigos y al trabajo. La memoria vuelve a
cumplir una función útil y selectiva, puesto que ya no está condenada a ocultar todo para garantizar
que no saldrá a la luz un pasado intolerable.

Debemos hacer la salvedad de que, en esta psicoterapia, no se planteó claramente el


problema de la sexualidad percibida como deseo o pulsiones eróticas, ni se formularon preguntas
claras respecto del sexo o del acto sexual. Ese problema se tocó de manera superficial y simbólica
en el curso de numerosas sesiones. Es probable que, si hubiera seguido tratando a Guillaume,
habría podido plantear interrogantes precisos en términos verbales. Pero el verdadero problema de
Guillaume, el que le impide vivir, se sitúa en otro nivel. No se le ha vedado, en efecto, la
posibilidad de conocer “en teoría” lo concerniente a la sexualidad. Lo que él vive en forma confusa
y desgarrada es la ruptura de sus padres, y no sabe más cuál es su identidad en ese mundo.

Su verdadero problema, pues, consiste en ser un niño enfrentado al drama de la ruptura de


sus progenitores y a una madre destruida por la partida del padre; un niño que para vivir, para ser
eficaz, necesita aceptar la realidad en vez de huir de ella, como su madre le enseñó a hacerlo hasta
ese momento. Los reflectores dibujados en la 2ª sesión iluminan al cantante, pero también
esclarecen su vida.

El triángulo destruido se reconstruye según modelados sucesivos; los polos se desplazan, y


aquí reside otro de los factores que hacen interesante esta breve cura.

PRIMERA ETAPA: EL MOVIMIENTO REGRESIVO INICIAL

En la 1ª sesión, Guillaume me explica de inmediato que sus padres están separados, que
no guarda recuerdo alguno de la época en que aquellos se separaron, y que se acuerda muy poco de

35
su temprana infancia, de la cual conserva unos pocos recuerdos: “La primera casa en que vivieron”,
una abuela, ya muerta, que jugaba a las cartas con él.

Relata su experiencia en las colonias de vacaciones que frecuenta desde hace varios años.
También dice que cambió de escuela varias veces, hecho que lo ha molestado. En efecto, esos
cambios están ligados a mudanzas frecuentes, y es probable que no sean ajenos a sus dificultades de
adaptación.

Dice que su hermanita lo fastidia a menudo, que se pone muy nervioso: “En esos
momentos grito, golpeo… Después lo lamento”. Suele tener ataques de asma, jaquecas, malestares
diversos; finalmente, dice: “Cuando no es aquello es lo otro, pero siempre hay algo que funciona
mal”.

El tono de voz de Guillaume es monocorde, lento, algo cansino. Pero él parece tener
confianza, quiere tratarse conmigo para “intentar que eso se arregle”. Le explico que “cuando hay
algo que no anda bien”, ello se debe a que no nos sentimos realmente bien, felices: no sabemos
cómo expresarlo. El se expresa por medio de su cuerpo, y nosotros haremos lo posible por encontrar
otros medios a través de los cuales pueda manifestar su malestar. Y dejo bien en claro que las
palabras que se dicen, los dibujos que se hacen, las historias que se inventan son a la vez medios de
hablar de sí mismo y de comprenderse paulatinamente.

Ese día, Guillaume, toma una hoja de papel y dibuja con bolígrafo un hombrecito que
juega con modelos de avión; explica que se trata de uno de sus juegos favoritos. El dibujo es
bastante preciso, pero, sin embargo, carece de riqueza.

Los tres niveles del discurso de Guillaume

Guillaume llega puntualmente a la sesión siguiente, puntualidad que mantendrá en todas


las sesiones ulteriores. En este caso decide realizar una construcción. Crea un parque con árboles,
una casa, un camino, y lo puebla de animales salvajes: leones, monos, águilas, panteras, etc. Un
poco más lejos hace un corral con caballos, bien cerrado.

36
Cuando comenta lo que ha construido, Guillaume hace hincapié en el cercado. En efecto,
en la reserva de animales ve, fundamentalmente, una reproducción de películas que le gustaron; se
trata, pues, de una repetición de cosas conocidas. Por el contrario, el cercado con el caballo y su
potrillo, la cobra que ronda por el lugar y quiere morder a los que pasan por allí, le parece el lugar
más interesante. Los caballos acaparan su simpatía. “Pero – declara – lo que más me interesa en
este momento son las bestias prehistóricas. Me gusta ocuparme de los caballos, pero los animales
prehistóricos me intrigan”.

Me habla de los animales prehistóricos que ha visto en un museo, y dice que se pregunta
cómo vivían esos animales.

Cuando Guillaume se marcha, pienso que lo dicho acerca de su construcción se ha


desarrollado en tres niveles diferentes. Un nivel donde lo imaginario se nutre de lo que la radio, la
televisión, el cine, los libros ilustrados, los museos, etc., aportan a Guillaume; se trata de un plano
imaginario en el que este se complace sin que necesariamente tenga que reconocerle una
significación importante.

Como muchos niños de nuestra sociedad, Guillaume, alimentado por los medios de
comunicación de masas que influyen en él, se libera del peso de una realidad objetiva refugiándose
en la trivialidad de las imágenes, que le permiten permanecer pasivo y en aparente reposo.

El segundo nivel corresponde a un plano imaginario en el que Guillaume se proyecta de


manera principalmente afectiva: es ese lugar reducido del cercado, donde él siente y reconoce los
vínculos afectivos, los peligros, las angustias que le son familiares.

Un tercer nivel es, a mi juicio, el de los animales prehistóricos. Y me pregunto en qué


medida su interrogante sobre la manera en que vivían esos animales se relaciona con su interrogante
sobre el modo en que vivían sus padres en su prehistoria –en la prehistoria del propio Guillaume -.
Es posible que después utilice las figuras de animales prehistóricos incluidas entre las figurillas. Y
si llega a utilizarlas, quizá libere en lenguaje simbólico una parte de sus representaciones. Y es
probable que entonces pueda verbalizar – y, en consecuencia, poner en orden – los recuerdos que,
según sus propias palabras en la sesión precedente, estaban borrados.

Bajo la luz de los reflectores

En la 3ª sesión, Guillaume me habla extensamente de sus problemas en la escuela, de sus


preocupaciones familiares: la fatiga de su madre, la indolencia de su hermana, la carencia de
noticias respecto de su padre. También me cuenta lo que hace en la escuela, donde “las cosas –dice
– no marchan mal este año” (corre el mes de octubre).

Luego, tomando los lápices de fibra que se hallan en el escritorio (ahora no los bolígrafos),
Guillaume dibuja un cantante que, iluminado por las luces de los reflectores, enfrenta al público.
Comenta este dibujo evocando a los cantantes que ha visto, los discos que le gustan, los grandes
ídolos de la canción.

Una vez más nos topamos con el mundo de la televisión. Sin embargo, pienso que en esta
elección hay algo más que la simple reproducción de un espectáculo visto en fecha reciente. Ese

37
cantante iluminado por las luces de los reflectores, ¿no es el propio Guillaume, esclarecido por la
relación psicoterapéutica? ¿Se refiere él, por medio de este dibujo, a la relación que mantiene
conmigo? ¿Soy yo ese reflector cuya función consiste en esclarecer? ¿O soy, por el contrario, el
público destinatario de las canciones? ¿O soy tal vez reflector y público a la vez?

Frente a ese cantante dibujado con trazos firmes, pintado con profusión de colores, no
puedo evitar pensar que Guillaume quizá se afirma ante un público que no conoce, con el que
mantiene escasas relaciones, pero frente al cual saldrá de su situación habitualmente depresiva.

El dueño del molino

Guillaume tiene buen aspecto cuando llega a la 4ª sesión. Me dice que las cosas marchan
bien, que está contento de venir, “y – añade – tengo ganas de hacer algo, quiero pintar”. Comienza
por pintar, en el lado derecho de una hoja grande de papel, un árbol potente, de tronco voluminoso y
espeso follaje; agrega otros árboles, que forman una especie de círculo similar al que en la sesión
anterior formaban los reflectores, dispuestos en torno de la hoja. En el centro figura un enorme
molino.

Vuelvo a preguntarme: ese molino, ¿representa a Guillaume, situado en medio de la


espesura del bosque? Este bosque me parece, al mismo tiempo, un bosque que encierra y cerca,
pero que también rodea, protege; y pienso que se asemeja –por qué no – a los reflectores dibujados
la última semana, que Guillaume quizás admira…

En efecto, la disposición de este dibujo es exactamente la misma que tenía el anterior. El


cerco con caballos de la 2ª sesión parece haber adoptado, en la 3ª sesión, la forma de los reflectores
que realzan – y quizás encierran – al cantante, para convertirse ahora en el bosque que encierra – y
quizá realza – al molino. ¿No se trata aquí de una representación de Guillaume, de un Guillaume
que regresa, a través de la relación que mantiene conmigo, a una situación muy cerrada, arcaica y
maternal? A menos que se trate de la imagen de un padre-molino viril todo me lleva a reconocer a
Guillaume en ese molino ambiguo, regresivo y, a la vez, protegido y valorizado.

Puesto que me hago estas preguntas, me limito a preguntarle:


-¿Cómo sientes todo eso?
-Lo que he dibujado –responde Guillaume – es el molino de Daudet, en la colina de
Provenza, rodeado completamente de árboles que le dan un lindo aspecto. Estoy en el molino,

38
querría ser su dueño. Redactaría cartas, escribiría libros… En ese momento, pienso que Guillaume
se arroga el derecho de alcanzar el triunfo en aquello que hasta ahora no ha podido realizar con
éxito. Los fracasos más importantes se registran en gramática; sus faltas de ortografía son
considerables y no sabe redactar. En el molino que acaba de dibujar, Guillaume se identifica con un
hombre adulto que se convierte en modelo: Daudet, el hombre del molino, el escritor, configura un
modelo para el niño que carece de un modelo paterno satisfactorio. Además, en ese molino cercado
por árboles, Guillaume se ampara, protegido, como en el hueco del seno materno.

Entre las representaciones de las dos últimas sesiones hay, pues, una ambigüedad muy
grande. Iluminado por las luces de los reflectores, el cantante también estaba en una especie de
nido rodeado de árboles. El molino tiene un carácter más regresivo aún, tanto más regresivo cuanto
que el uso de la pintura lleva a un estadio muy primario.

Asimismo, el cantante, valorizado y protegido por las luces de los reflectores, podía
afirmarse; y e el molino, protegido y valorizado por los árboles, que “lo hacen lindo”, el escritor –
hombre o niño – puede escribir hermosas cartas.

El propietario en su campo

En la 5ª sesión, el material utilizado por Guillaume es aún más denso y pastoso, pues en
esta oportunidad emplea pasta de modelar. En suma, Guillaume empezó por usar bolígrafos, luego
empleó lápices de fibra, pasó a la pintura y ahora manipula pasta de modelar.

Ese día, modela silenciosamente dos árboles y una casa; no le hablo, respetando su
silencio. En los últimos minutos de la sesión, interrumpe su tarea y mira lo que acaba de poner en
el escritorio; entonces le pregunto:

-¿En qué te hace pensar eso?


-Es una casa que está en medio del campo, rodeada por árboles frutales.
-Si tú vieras realmente todo eso, ¿cómo lo sentirías? Si quieres, puedes cerrar los ojos para
verlos dentro de tu cabeza.
-Veo eso – dice Guillaume, sin cerrar los ojos – en una hermosa región de la campiña. En
medio del campo está la casa del propietario.

Y yo pienso: la casa del propietario está “en medio del campo”, así como, en la última
sesión, el molino estaba “en medio de los árboles”, y el cantante se hallaba –en la penúltima sesión
– “en medio de los reflectores”. Guillaume sigue diciendo:
-Veo al propietario con sombrero y fusil. Siembra semillas, granos. Hay una parcela de
tierra grande, muy grande, donde él planta repollos.

La sesión termina en este punto, pues Guillaume no tiene ganas de seguir hablando.
No le pregunto qué significa ese propietario con sombrero y fusil que siembra repollo,
pero pienso que a través de este material muy regresivo nos acercamos cada vez más a las imágenes
parentales más primarias, en las que el hombre aparece como procesador.

El nido, un lugar del que se puede salir

39
En la 6ª sesión, Guillaume me habla largo rato de sus actividades, de las cosas que le
gustan y le desagradan, de sus primeros años en la escuela: “Una vez, de pequeño, me aplazaron”.

Dice que le gustaría tener una buena profesión en el futuro, para que no le ocurra lo mismo
que a su padre, que nunca quiso trabajar.

“Hoy – dice -, se ha reído mucho en clase. He sacado una nota alta en ciencias. Una de
mis compañeras dijo algo muy estúpido: que el plancton tiene dos antenas y un ojo en el medio”.
Vuelve a reírse con ganas al imaginar el ojo central del plancton, ante la idea de que este tiene un
ojo y dos antenas. Luego me habla de su vida:

“En casa vivimos muy apretados, tanto que durante mucho tiempo los tres – mamá, mi
hermana y yo – nos acostábamos en la misma cama. Ahora es mi hermana la que se acuesta en la
cama de mamá, y yo me acuesto en la habitación de al lado. Durante largo tiempo no pude dormir
pensando que mi hermana seguía durmiendo con mamá mientras yo dormía en la pieza de al lado.
Quería seguir acostándome en el dormitorio de mamá, que era mejor que el comedor. Pero ahora
instalé allí un pequeño escritorio. En definitiva, es mejor así porque mamá y mi hermana se quedan
en su lugar, y yo, como soy varón, voy a otro lado.

“En clase hemos visto cosas muy interesantes: vimos los paramecios, observamos el
interior de su cuerpo. Es interesante ver el interior de los animales.”

Pienso en este momento que probablemente no sea casual que Guillaume enmarque en su
interés por la historia natural el relato sobre la instalación en el dormitorio, la cama o el escritorio.

Pero me abstengo de formular comentarios, pues me parece que Guillaume no está aún en
condiciones de aceptar una intrusión en su vida privada. Esta es la primera entrevista en que se ha
referido a su vida íntima, a sus relaciones con su madre y su hermana, y, con toda claridad, a las
dificultades que tuvo para separarse de las mujeres de su familia y desvincularse de su madre, esa
madre con la cual dormía, con la que ha vivido en estrecha relación, sintiéndose excluido cuando
fue separado del lecho materno.

Cabe preguntarse si la posibilidad que ha tenido de recurrir a ella simbólicamente, en las


sesiones 3ª y 4ª, también le ha permitido reírse del ser bisexual inventado por una de sus
condiscípulas y considerar conveniente instalar su escritorio en el comedor, lejos de su hermana y
su madre. El hecho de reírse de ese ser bisexual, ¿no es ahora posible debido a que, sencillamente,
reconoce y admite la separación – y la diferencia – de los sexos?

A partir de este momento, las imágenes de las sesiones precedentes expresan claramente,
al mismo tiempo que su significación regresiva, su valor dinámico.

Solo en su dormitorio, solo frente al público, solo en el molino, Guillaume se afirma en su


condición de varón, semejante al dueño del molino o al propietario del campo, que se convierten en
modelos de identificación y de identidad consolidada. Gracias a ello, ahora puede decir: “Y yo,
como soy varón, voy a otro lado”.

40
Pero, al mismo tiempo, no podemos dejar de pensar que sería deseable ver salir a
Guillaume de esta inquietante soledad. Sin embargo, dice: “Ahora, mi salud ha mejorado mucho…
Ya no me duele la cabeza, ni sufro del corazón… Eso marcha bien, y ahora puedo practicar todos
los deportes que quiera”. De esta manera, quizá, Guillaume reanude sus vínculos con los otros, con
sus pares.

SEGUNDA ETAPA: LOS DIVERSOS ROSTROS DEL TRIÁNGULO PRIMARIO.

En el curso de esta segunda etapa seguiremos a Guillaume en su búsqueda de los rostros


de sus progenitores. Y es aquí, en la reconstitución de esa relación, donde él podrá encontrarse a sí
mismo.

La gruta prehistórica

En la 7ª sesión, Guillaume vuelve a usar pasta de modelar. “Voy a hacer una cantera –dice
–. En esta cantera hay una gruta, un obelisco, una roca, hierbas. Es el tiempo antiguo, el de la
prehistoria”.

Yo pienso: hete aquí que ahora, en el núcleo de la regresión, la prehistoria puede aparecer
realmente en las construcciones.

-Supongamos que entras en la gruta –le digo.


-En las paredes de la gruta hay representaciones de animales. En el obelisco figuran
jeroglíficos que relatan todo lo que ha ocurrido en la prehistoria, todas las guerras, representadas
por pájaros, por dibujos. Yo exploro, comprendo. Cierta vez –añade, después de un silencio –visité
algo parecido a una gruta. Era un refugio construido en tiempos de la guerra. Dentro de él habían
encontrado un diario que databa de esa época. Pero, de todas maneras, nunca me permitieron entrar
en esos refugios. Podía haber quedado alguna mina, lo cual sería peligroso.

Cuando Guillaume se marcha, pienso que, a través del relato de la visita al refugio
construido en tiempos de la guerra –ese tiempo en que los niños no tenían permiso para ir a mirar ni
a jugar -, ha hablado de la época en que sus padres libraban su propia guerra, la época de esas
disputas que él dice haber olvidado, de la separación que no recuerda en absoluto y que se produjo
cuando tenía siete años. Pues su relato es vivido y simbólico a la vez. Es cierto que Guillaume ha
visitado un refugio, y también es verdad que ha encontrado allí las huellas de una guerra reciente
que, sin embargo, pertenece a su pasado.

También es un tiempo simbólico el de la guerra entre sus padres. Se establece un


contrapunto entre la creación imaginaria y el brevísimo ensueño dirigido – el de la cantera con la
gruta y el obelisco – que Guillaume vinculó con esa creación. ¿Cómo no ver en esa gruta y ese
obelisco, en esos datos de la antigüedad, de la prehistoria, todas las guerras representadas que él
explora, y cómo no reconocer en ellos los símbolos del padre y de la madre, situados en la época
arcaica de su lucha? Es probable que esta lucha misma revista una doble significación: la lucha
realmente vivida por sus progenitores, que ha desembocado en la separación, y, sin lugar a dudas, la
lucha fantaseada de sus relaciones sexuales.

41
No obstante, me abstengo de formular una interpretación al respecto. Pero en la 8ª sesión
encuentro la confirmación de dicha interpretación, es decir, la respuesta a esta sesión perturbadora.

El campo de fútbol

En efecto, en la sesión siguiente (la 8ª), Guillaume me dice cuando llega: “Estuve nervioso
toda la semana, no sé por qué. He tenido muchos sueños, pero los he olvidado. Siempre me
tiemblan las manos cuando dibujo”.

El discurso de Guillaume es muy entrecortado. Trato de ayudarlo a recordar sus sueños,


pero él insiste en que los ha olvidado por completo. “Como también crees que has olvidado
totalmente tu infancia – le digo, o todo lo que ocurrió entre tus padres cuando se separaron”.

Guillaume está tenso, agitado, y no me responde. Me pongo a arreglar en su presencia el


mueble donde guardo los objetos construidos por los pacientes. La gruta y el obelisco están a la
vista. “Es lo que hiciste la última vez, ¿te acuerdas?”, le digo, pero él se hace el desentendido.

Cuando le pregunto si cree que la semana mala que ha pasado se relaciona con la última
sesión, en la que habló de las guerras en la antigüedad y de los refugios, dice que no ve ninguna
relación entre ambas cosas.

Luego se dispone a dibujar y divide en dos la hoja, trazando cuidadosamente una línea
vertical. “Es un campo de fútbol”, afirma. Guillaume señala con colores diferentes los dos sectores
del campo: uno con lápiz de fibra rojo, otro con lápiz de fibra azul. Me explica qué recorrido sigue
la pelota, cómo es el juego, cuántos goles obtiene cada equipo. Mientras escucho lo que dice y miro
su dibujo, pienso que esta sesión se desarrolla en dos niveles.

El primer nivel es, a mi juicio, el de la vida real: a Guillaume le gusta jugar con la pelota
(¿acaso no aclaró en la sesión anterior que ahora puede practicar cualquier deporte?). También es
posible que rehuya una conversación más profunda sobre el simbolismo de la semana anterior
refugiándose en este aspecto de la vida real que le gusta y tranquiliza. En cierto modo, es como si
me dijera: “No quiero hablar de lo que me perturba, de lo que me perturbó en la última sesión y
durante la semana que pasó. No quiero saber qué ha ocurrido en la prehistoria de mis padres”.

Simultáneamente, sin embargo, y en un nivel más profundo, se descubre un segundo


discurso. Ese partido de fútbol, ¿no es acaso el enfrentamiento entre dos equipos, el de la madre y

42
el del padre? ¿No es la guerra desdramatizada? La línea que separa ambos sectores del campo es
muy gruesa, y parece imposible que ellos puedan comunicarse entre sí. Aún sigo haciendo una
lectura personal, una interpretación subjetiva de la situación. No se la trasmito a Guillaume, y lo
sigo adonde piensa que me conduce y también adonde no sabe realmente que lo hace.

“Me parezco a ellos”

En la 9ª sesión, Guillaume me anuncia que “ha vuelto a tener los pies sobre la Tierra”.
Todo marcha mucho mejor. Habla de sus juegos con su hermana, de su familia, de sus primos y
primas, y declara: “Me pongo nervioso cuando tengo razones para estarlo, en particular cuando las
cosas me salen mal… He comprado otro libro para estudiar inglés, y ahora eso ha mejorado
mucho”.

Me explica, asimismo, que él es nervioso porque su padre y su madre también lo son.


“Entonces, es natural que me parezca a ellos: uno más uno suman mucho”. Luego me pide que le
permita volver a ver el molino de Daudet pintado en la 4ª sesión, y me dice que comienza a sentirse
realmente como Daudet porque domina cada vez más la lengua francesa y a veces escribe por el
mero placer de escribir.

De este modo, la 9ª sesión sigue desarrollándose en dos niveles. En el nivel de la vida


real, Guillaume expresa: “Me pongo nervioso cuando tengo razones para estarlo”. Y en esta
afirmación leo en primer lugar una resistencia que podría expresarse así: “Es inútil que hable de lo
ilógico e irracional que hay en mí. No quiero saber nada de mi inconsciente. Todo puede ser
explicado por mi vida cotidiana”.

También leo en ella la construcción de un mecanismo de defensa de carácter socializado:


“Lo real tiene valor. Si estoy bien equipado para trabajar (se refiere al libro de inglés), tengo más
fuerza y solidez. El trabajo es importante, y yo quiero construir mi vida mejor que mi padre, que no
trabajaba ni construyó su propia vida”.

Al mismo tiempo, para reforzar su autorreconstrucción, Guillaume vuelve a utilizar el


lenguaje simbólico que ha elegido para sí: el molino de Daudet es el lugar donde él puede
identificarse con un hombre que se ha convertido en guía, modelo, garantía de éxito.

Pero, para pasar a este nivel después de haberse reasegurado (“Me pongo nervioso porque
tengo razones para estarlo”), Guillaume ha tenido que evocar las imágenes parentales, causa
aparente objetiva de su nerviosismo: “Me parezco a ellos”. Tan pronto como afirma esta semejanza
y reconoce esa antigua identificación, Guillaume se desliga de la misma con el fin de elegir su
nuevo objeto de identificación: el dueño del molino, Daudet, tal como lo vivió en la 4ª sesión.

Una vez más me veo llevada a pensar que Guillaume ha empezado a elaborar una
posibilidad de autorreconstrucción en el seno mismo de esta rápida regresión realizada en las
primeras sesiones. La relación que ha establecido conmigo –una mujer – lo condujo de alguna
manera a cobijarse en el seno materno, donde descubrió ser objeto de interés y comprobó que era
escuchado, mirado bajo las luces de los reflectores. Al mismo tiempo nacía un modelo masculino
gracias al aporte de su actividad escolar, inmediatamente trasferida al desarrollo de la psicoterapia:
el estudio de los textos de Daudet venía al dedillo.

43
La angustia de Guillaume decrecía. Al mismo tiempo, su madre, reasegurada porque
aquel estaba menos ansioso, podía por fin entender y poner en práctica las sugerencias formuladas
por el médico y la psicóloga del centro, reorganizar la vida familiar de manera que Guillaume no
siguiera durmiendo en el dormitorio materno y saliera de la situación simbiótica en que lo
mantenían las condiciones de vida imperantes. Este corte constituyó un refuerzo para el yo de
Guillaume. A partir de ese momento podía enfrentar el problema relativo a la prehistoria de sus
progenitores y comenzar a definirse en forma cada vez más clara con respecto a ellos.

De alguna manera, en el punto en que estamos, Guillaume podría decir: “Soy parecido a
mis padres, pero me defino varón frente a mi madre, que es mujer. Y elijo un modelo diferente al
de mi padre para guiar mi vida”.

“La Torre Eiffel y el Arco de Triunfo”

Empiezan las vacaciones escolares. Cuando vuelve, en la 10ª sesión, Guillaume me dice
que sus notas en el último trimestre han sido altas, las mejores que ha obtenido hasta ahora.
Permaneció en su casa durante las vacaciones. Ha estado algo nervioso con su hermanita: “Ella
estuvo enferma y yo la cuidé tres días. Siempre está celosa de todo lo mío, y nunca quiere
prestarme lo suyo. Hemos peleado mucho, pero finalmente la dejé en el dormitorio de mamá. Yo
fui al comedor, donde suelo dormir. Es mi pequeño escritorio porque allí, además de dormir,
trabajo, y es en la cocina donde comemos”.

Guillaume toma entonces las pinturas y me dice que tiene ganas de dibujar la Torre Eiffel.
“Me hubiera gustado ir allí en las vacaciones –declara -; pero no lo hice y pensé mucho en ella, en
la Torre Eiffel”. Su dibujo no es preciso, algunos rasgos no guardan coherencia. Guillaume no
consigue hacerlo “parecido” a la auténtica Torre Eiffel.” “Está demasiado torcida – dice – es una
verdadera caricatura de la Torre Eiffel”.

44
Cuando termina de dibujar, Guillaume dice que había pensado visitar a su papá durante las
vacaciones, pero no ha podido hacerlo: su padre tuvo que salir de viaje – lo supone, por lo menos –.

Descontento de su dibujo de la Torre Eiffel, toma otra hoja de papel y lápices de fibra:
“Voy a dibujar – anuncia – el Arco de Triunfo”. El Arco de Triunfo se despliega soberbio en medio
de la hoja: de él parten todas las avenidas de La Estrella. Hay árboles, vehículos. De algún modo,
vuelvo a ver en este dibujo la imagen ofrecida por Guillaume en la primera sesión: la del cantante
rodeado por los reflectores, dispuestos en forma de estrella alrededor de él, y también la imagen del
molino, encerrado por árboles. En este dibujo, el Arco de Triunfo está –como en la realidad – en
medio de avenidas, automóviles y árboles, central y encerrado a la vez, como el cantante y el
molino. Y si he visto a Guillaume identificarse en sesiones anteriores con el cantante o el molino,
su identificación con el Arco, sin duda más femenino, es más inquietante.

Pero también se establece, en esta sesión y este dibujo, un parentesco con la sesión cuyo
tema fueron la gruta y el obelisco. ¿Será la Torre Eiffel un calco del obelisco, y el Arco de Triunfo,
una reproducción de la gruta? Pero la Torre Eiffel y el Arco de Triunfo no pertenecen ya a la
prehistoria sino a nuestra época. No son más las imágenes de la madre y el padre arcaicos, de todas
las guerras de la historia, sino imágenes actuales. En este sentido no me parece casual que esa Torre
Eiffel que Guillaume quiso visitar durante las vacaciones de fin de año tenga un aspecto tan
rudimentario y sea difícil de alcanzar; es “una caricatura de la Torre Eiffel”, puesto que, a la vez
que dibuja, habla de la decepción que sufrió por no poder visitar a su padre, ese padre inaccesible,
difícil de alcanzar.

Así, la sesión se ha desarrollado una vez más en dos niveles simultáneos: el de la realidad
–el diálogo sobre lo real – y el simbólico, expresión gráfica inconsciente de esa misma realidad.
Sugiero a Guillaume que se sitúe en su dibujo, y me dice:

Si me encontrara allí, estaría en un automóvil y me pasearía alrededor del Arco del


Triunfo. Visitaría a París, verá todo lo que esta ciudad tiene de interesante.

El hecho de que Guillaume imagine estar en un automóvil, dando vueltas en torno del
Arco de Triunfo, no implica que está identificado con la madre sino que necesita verla en ese
monumento. Da vueltas “alrededor de” su madre, exactamente como ocurre en la vida real, donde

45
él se hace cargo de los problemas que le preocupan: “Está mejor ahora – dice –; duerme y come
más”. Su madre, que asegura la subsistencia de la familia, es el centro de sus vidas. Pero
Guillaume también desea desprenderse de eso: “Visitaría a París”.

“Tu deseo – le digo – es hasta cierto punto como el que tuviste durante las vacaciones:
viviendo en casa de tu madre, como lo haces habitualmente, quisiste ir a París y visitar a tu padre,
pero no has podido hacerlo”.

El duelo

En la 11ª sesión, Guillaume toma las figurillas y la pasta de modelar, construyendo en


absoluto silencio un saloon. Dentro de un cercado pone un caballo y dos personajes, formulando
estos comentarios:

Hay un sendero muy amplio donde dos hombres se baten a duelo. En el ranch hay un
caballo. El sheriff busca a un hombre porque este es un malhechor. El delincuente no quiere
seguir al hombre que lo encontró. Entonces decide retarlo a duelo para ver quién tiene razón. En
definitiva, ganará el que capturó al malhechor y lo pondrá en la prisión. No obstante, el caballo se
queda dentro del cercado.

Pienso nuevamente que el personaje importante –central y encerrado a la vez – es ese


caballo situado en medio del cercado. El duelo entablado para establecer quién tiene razón es una
prolongación del tema del partido de fútbol, o el de la guerra. Aquí, el duelo hace intervenir, no ya
a dos bandos, sino a dos personajes. Hay aquí una semejanza con la realidad en la medida en que
Guillaume ha visto oponerse a dos individuos, uno vivido como malhechor (el padre no trabajaba,
“abandonó” a su familia, y la madre-sheriff no se lo perdona), y otro vivido como el “justo”… ¿o el
justiciero? Sin embargo, hasta ahora Guillaume no ha formulado juicio alguno respecto de sus
padres, del drama que los ha puesto frente a frente y que él afirma haber olvidado.

La ficción, que sigue apoyándose aún en elementos ofrecidos por los programas de
televisión que Guillaume ve todos los días, expresa el enjuiciamiento y el deseo del niño antes de
que este tome conciencia de ello. La madre prevalece sobre el padre, y es probable que Guillaume
se sienta como el caballo que está encerrado en el cercado mientras los hombres se baten a duelo;
también es posible que se identifique con el personaje que arresta al malhechor, poniéndose así del
lado de la madre. Pues el personaje que se bate a duelo no es una mujer sino un hombre.

Nada ha sido verbalizado aún, y sin embargo vemos definirse y evolucionar la


problemática de Guillaume. A partir de la 7ª sesión, el problema de la guerra, el encuentro
deportivo y el duelo no cesan de referirse a la separación de los progenitores. No obstante,
Guillaume se niega a poner en claro ese problema. La resistencia a él es grande en el plano de la
verbalización, mientras que en el nivel simbólico el niño lo desarrolla de continuo; al mismo
tiempo, en la vida diaria parece haber perdido sus inhibiciones y angustias.

Quizá ganara tiempo si presionara a Guillaume en sus posiciones defensivas, si forzara sus
resistencias, en una palabra, si le impusiera una interpretación. Cabe la posibilidad de que acepte
entrar en mi propio terreno. Pero si no pudiera hacerlo aún, ¿no determinaría mi actitud su negativa
a utilizar luego un lenguaje, a establecer comunicación? Después de escuchar una interpretación,

46
¿seguiría expresando en lenguaje simbólico lo que por ahora admite expresar en ese mismo
lenguaje? ¿Reforzaría aún más sus barreras defensivas?

El riesgo me parece demasiado grande como para que trate de relacionar el caballito
encerrado en el cercado con el justiciero que se bate a duelo. Prefiero seguir utilizando un lenguaje
enmascarado para mantener la comunicación tanto tiempo como sea necesario antes de abordar el
lenguaje socializado y objetivo.

De este modo permaneceremos en el mundo aparentemente infantil de los caballos, los


cercados y las grutas – y también en el mundo trivial de los vaqueros – e incluso en las
ambigüedades de los encuentros deportivos, los arcos de triunfo y los cantantes.

El año 2000

La semana siguiente, Guillaume me dice que, antes de venir, pensó en lo que le gustaría
hacer hoy: “Hoy querría – dice – dibujar el año 2000 tal como lo imagino”.

Hace, pues, un dibujo en el que se entrecruzan algunas carreteras. “En particular – declara
– lo importante es que las carreteras pasen por encima de las casas. Las casas están rodeadas de
campos, y la carretera pasa por encima…”.

Guillaume realiza su dibujo permaneciendo en silencio. Más tarde, afirma:


“Hace un año había imaginado ya el año 2000. Pero no podía imaginarlo bien, era
diferente. Veía un puente que pasaba a través de las casas. Y en esa época hasta había dibujado el
mar en el otro lado de la hoja, un mar con casas en lo profundo. Pero este año no quiero que la
carretera atraviese las casas sino que pase por encima de ellas; las casas son altas, y la carretera pasa
por encima. No quiero que haya algo bajo las aguas, ni que nada atraviese nada. Todos los
desplazamientos se hacen por el aire”.

Cuando le pregunto cómo se sentiría en una ciudad construida de esa manera, me


responde: “Me gustaría. Me paseo y veo todo desde arriba. Es como si pudiera ver mucho mejor
las cosas.”

47
Y yo le digo “Es importante en la vida poder ver las cosas desde cierta distancia, un poco
desde arriba. Es, más o menos, lo que vienes a hacer aquí: ver tu vida desde cierta distancia, un
poco mejor, mucho mejor”.

Esta es una primera línea de interpretación de su dibujo sobre la vida en el año 2000:
poder ver mucho mejor las cosas porque se guarda cierta distancia. En una palabra: se toma
distancia para desdramatizar.

Pero, al mismo tiempo, pienso que Guillaume ha expresado otras cosas. Esa época en que
él estaba impresionado por las casas traspasadas, las casas construidas bajo la superficie del mar, es
la época en que el drama entre los progenitores no había culminado aún, y mantenía toda su fuerza.
También es la época en que Guillaume percibe la relación hombre-mujer a través de sus
progenitores, viéndola como una relación de entremezclamientos y divisiones, de desgarramientos y
aplastamiento. Y es también, quizá, la época en que lo inundaba el sentimiento de estar ahogado
por esa relación llena de dificultades. Sin duda, en todo esto interviene aún la influencia de sus
lecturas sobre las ciudades del año 2000; las películas y libros futuristas han contribuido a ello.
Pero solo han intervenido para dar un lenguaje a sus fantasías. De acuerdo con las imágenes
propuestas, el año anterior Guillaume eligió un lenguaje a través del cual se conectaba la situación
edípica. Este año, en cambio, ha elegido el lenguaje del distanciamiento.

Las casas que están rodeadas de campos y que pueden ser vistas desde “arriba” continúan
la línea simbólica de la casa. Pero, por primera vez, salimos mediante tal representación del
encerramiento de las miradas convergentes; ahora las casas son vistas desde arriba, es posible
desplazarse.

Además, las imágenes del obelisco y de la gruta prehistórica nos remiten a los tiempos de
la prehistoria. Un poco más tarde pasamos a la época actual, con la Torre Eiffel malograda y el
Arco de Triunfo victorioso. Ahora llegamos al año 2000: el porvenir está abierto. Es la 12ª sesión.

El árbitro y los boxeadores

En la 13ª sesión, ocho días después, Guillaume dibuja. Comienza por garabatear
rápidamente en una hoja de papel, y luego formula este comentario: “Habría querido hacer
personajes de dibujos animados, pero no puedo. De niño, veía dibujos animados, pero ahora no
consigo dibujarlos”.

48
Pienso que ya no es capaz de recuperar a sus padres tal como los veía cuando era chico.
“Ya no puedes recuperar – le digo – muchas cosas que existían cuando eras niño”. Inmediatamente
después toma otra hoja de papel y me dice: - Voy a dibujar un encuentro de box. Me gusta mucho
el box. A veces hay desacuerdos entre el árbitro y los boxeadores; por ejemplo, cuando el árbitro
tumba a uno de ellos. Me gusta bastante boxear, pero preferiría ser árbitro.

-¿Qué harías si fueras árbitro? –le pregunto.


-Si fuera árbitro haría reinar… en lo que no anda bien… Haría que los boxeadores
respetasen las reglas del juego. Sería justo… No tendría preferencia por uno de ellos en particular.
Y yo recapitulo: no tener desacuerdos con ninguno de los boxeadores; no tumbar a uno de
ellos; no condenar, no arrestar quizás al malhechor –como en la 11ª sesión -, pero tampoco
permanecer dentro del cercado, como el caballito, y poder salir de allí sin tomar partido…
¡Guillaume progresa!

Su dibujo se completa y, efectivamente, vemos a los dos boxeadores, situados en sendos


extremos de la hoja; en el centro está el árbitro, de menor tamaño que los boxeadores, con los
brazos extendidos hacia cada uno de estos. Luego, Guillaume –que hoy está sin duda muy locuaz –
me dice:

“Me gustan los deportes en que se lucha. Me gusta verlos, pero no practicarlos, no me
agrada la lucha.” Cierto día vi un encuentro de karate por televisión. Vi a un japonés que había
partido 130 ladrillos.”

“Una vez vi ruinas llenas de pequeños ladrillos. Había que sacarlos de allí. Entonces
hicieron venir a un hombre que practicaba karate para que rompiera esos ladrillos. “¡Son raros esos
karatecas! Ellos abren la mano, meten adentro una cosa de hierro y luego vuelven a cerrarla. Lo
hacen para no dañarse, para no romperse los huesos”.

Si me pusiera a analizar esas declaraciones, ligadas una vez más con lo cotidiano, con los
elementos que ofrece la televisión y que alimentan las fantasías y el pensamiento, retendría en
primer lugar esta afirmación: “Me gustan los deportes en que se lucha. Me gusta verlos, pero no
practicarlos; no me agrada la lucha”. Estas declaraciones nos remiten a lo que Guillaume desarrolla
desde que dibujó el partido de fútbol en la 8ª sesión. Sencillamente, los dos equipos de fútbol se
han convertido en la presente sesión en los dos boxeadores que pelean en el ring; lo más importante
es que Guillaume ha podido reconstruir el triángulo, adjudicándose el papel de árbitro.

Sin embargo, de pronto deja un poco de lado ese interés y vuelve a hablar de imágenes
similares a las de la caverna prehistórica. Evoca “ruinas”, y no podemos dejar de pensar en las
ruinas que existen ya en su propia vida.

“Estaban llenas de pequeños ladrillos. Había que sacarlos de allí. Entonces hicieron venir
a un hombre que practicaba karate para que rompiera esos ladrillos”. ¿Es el propio Guillaume ese
karateca que acomete contra las ruinas que deben ser eliminadas? A menos que él me perciba a mí
como personaje experto en hacer desaparecer ruinas… O a menos que ese karateca nos represente a
él y a mí a la vez, ocupados en llevar a cabo una tarea que concierne al niño, él y yo identificados
de manera parcial y transitoria. Ello explicaría ese extraño detalle en el que Guillaume hace
hincapié: “Abren la mano, meten adentro una cosa de hierro, y luego vuelven a cerrarla”. Se trata

49
de una imagen bisexual que también puede ser explicada de acuerdo con otra línea de
interpretación: al vivirse como árbitro, ¿juzga Guillaume que es necesario ser hombre y mujer a la
vez para que en él ambos se reconcilien? ¿Considera que debería ser hombre y mujer, pues desea
pertenecer al padre y a la madre simultáneamente?

Esta interpretación está tan lejos de lo que él pudo expresar hasta ahora que me limito a
señalar:
-Amas la justicia y no quieres tomar partido por nadie.
-Sí, es exacto.
-Tanto es así que algunas veces sientes que eres ellos dos a la vez –añado, pero Guillaume
permanece callado. Y agrego, retomando otro aspecto de lo que él acaba de decir: - Y también
querrías poder protegerte cuando eso es demasiado penoso.

Guillaume asiente. No le digo que él quizá tenga miedo de perder su sexo de varón en
esta lucha (“Lo hacen para no dañarse, para no romperse los huesos”), y, sin embargo, su relato
acerca del karateca también me sugiere eso. Quizá podría ver, en la imagen del hierro introducido
en la mano para proteger “los huesos”, una imagen del modelo masculino que él eligió fuera de sí
mismo y de su familia, que introyectó, y gracias al cual puede seguir siendo lo que es: un varón; una
imagen, en suma, que lo protege y le permite desembarazarse de las ruinas.

De este modo, pasando por diversos niveles, en el episodio del árbitro convertido en
karateca percibo líneas de interpretación que se interpretan y seguramente cubren cierto sector de la
realidad, cierta zona de experiencia ya vivida o a punto de serlo.

Los Juegos Olímpicos

En la 14ª sesión, Guillaume me dice que se siente realmente bien ahora; no obstante, le
alegra venir a verme, porque cuando está conmigo puede hablar.

Toma una hoja de papel y me dice: “Voy a dibujar los Juegos Olímpicos”. Dibuja tres
pedestales, uno al lado del otro. En el pedestal del medio está el ganador del primer premio; a
ambos lados de este figuran los otros dos ganadores. Esto me recuerda el famoso dibujo del
cantante, pero este permanecía solo en el lugar central. Incluso el Arco de Triunfo se erguía
solitario. En esta oportunidad, en cambio, hay tres hombres: “Un equipo de tres ganadores: la
medalla de oro, la de plata y la de bronce. Están sobre pedestales; eso lo he visto más de una vez”.

50
También pienso en el dibujo de la sesión precedente, en que el pequeño árbitro se hallaba
en medio de dos personajes grandes. En esta oportunidad, el personaje central es el más importante.
De alguna manera, es como si el pequeño árbitro –Guillaume – de la sesión anterior se hubiera
convertido ahora en el vencedor, el ganador del premio principal. La estructura del triángulo se
modifica.

Puesto que estoy asombrada por la relación existente entre este dibujo y los del cantante y
el encuentro de box, retomo estos últimos y, como lo hago con frecuencia para conseguir una
síntesis simbólica de los diferentes momentos de la cura, digo a Guillaume:

-Toma, mira tu dibujo del cantante. Y luego mira el del encuentro de box, con el pequeño
árbitro en el centro. Pienso que hay algo en común en todos estos dibujos.
-Mi madre me molesta –dice Guillaume -. Eso me fastidia porque ella está fastidiada.
Papá le pide el divorcio, y querría tenerme con él. Yo me he negado, no quiero ir con él. Y mamá
tampoco quiere que uno se divorcie porque él le ha hecho sufrir demasiado. No quiere que él se
lleve la mejor parte. Mi hermana no entiende nada, pero yo pienso en eso. Reflexiono para saber
qué debo hacer. Y he tomado una decisión, soy yo el que decide: no quiero ir a vivir con mi padre.
El pequeño árbitro ha elegido, pues… A ello se debe que se haya agrandado. Ha subido al pedestal
central sin eliminar por eso a los otros dos participantes. Aunque no puedo dejar de pensar que
Guillaume, al tomar su decisión, quizá no se ha desprendido bastante de su madre, (¿acaso no ha
dicho: “Mamá no quiere que uno se divorcie”?), parece haber reflexionado por cuenta propia:
“Reflexiono […] soy yo el que decide”.

Además, no dice “quiero ir a vivir con mi madre” sino “no quiero ir a vivir con mi padre”.
En la sesión siguiente (la 15ª), Guillaume vuelve a hablar largo rato de sus problemas. Se refiere a
sus problemas actuales, pero también habla de sus recuerdos, de los deportes que practicó o no
practicó. Alude otra vez a su temprana infancia, diciendo que guarda muy pocos recuerdos de ella.
“Sin embargo, me gustaría mucho acordarme… De todos modos, en este momento las cosas han
mejorado en casa. Pienso que mi madre está mejor que nunca”.

No parece estar más en situación de dependencia sino de autoprotección, ocupando el


pedestal central. Habla con cierta seguridad.

TERCERA ETAPA: HACIA LA ACEPTACIÓN

La 16ª sesión empieza nuevamente en el plano verbal: Guillaume me habla largamente de


la escuela, de la casa, de su deseo de estar activo. Se preocupa por su futuro, por la profesión que
tendrá que ejercer. También lo inquieta el futuro de su hermana: ella no trabaja, y esto lo fastidia.

“De todas maneras – dice – ahora ya no estoy todo el tiempo con ella. Mamá y mi
hermana tienen sus habitaciones, y yo la mía. Pero no he podido practicar bastantes deportes este
año; eso se ha vuelto demasiado caro. Por otra parte, también es necesario que realice mi trabajo,
porque esto es lo más importante”.

La liebre y la tortuga

51
Guillaume explica que cuando era chico perdió un año en la escuela porque tuvo que
repetir un grado. Ya se había referido a ello en la 1ª sesión: “Me he atrasado, y no obstante querría
tener una buena profesión cuando sea grande. Eso es lo que me preocupa”.

Luego; Guillaume me dice:


-Voy a dibujar una historieta. Es una fábula que titulé “La liebre y la tortuga”. Pero no sé
exactamente cómo hacerlo.
-Puedes hacer la historia como la conoces, empezando por donde quieras; también puedes
hacerla diferente.
Guillaume emprende la tarea empezando a dibujar la fábula desde el principio, tal como la
conocemos. La liebre y la tortuga se encuentran en el punto de partida, y la gente se apretuja
alrededor de los animales, haciendo apuestas a favor de uno u otro. A medida que los dibujos se
suceden, los espectadores se ríen de la tortuga, que avanza lentamente. La liebre se divierte con la
situación, y cuando la tortuga se acerca por fin a la meta, aquella exclama: “¡Oh, es hora de que
parta!”.

Guillaume dibuja la última imagen – ajustándose siempre al tema de la fábula de La


Fontaine – y escribe este comentario de la liebre:
“¡Me he dejado vencer por una tortuga! Estoy deshonrada”. Y encima de la cabeza de la
tortuga, que ya llegó a la meta, Guillaume dibuja un magnífico “globito” en el que figura esta
exclamación: “¡Uf! ¡Aquí estoy orgulloso!”.

El vocablo “orgulloso” está escrito en género masculino. Se lo hago notar a Guillaume, y


le digo:
-Hace un rato te preocupabas por tu atraso, el que has tenido en la escuela cuando
ingresaste en ella. Pero, en definitiva, te sientes un poco como la tortuga, que al principio tiene
menos oportunidades que la liebre; sin embargo, lo que te agrada es la idea de que la tortuga llega.
Y fijate que la haces hablar en género masculino: “Aquí estoy, orgulloso”.

52
-Es cierto, tengo mis oportunidades –dice Guillaume, riendo.
-Pareces estar un poco descorazonado a veces, pero en el fondo te sientes con muchas
esperanzas.
Guillaume está de acuerdo con esta interpretación.

El templo destruido y el faro

La semana siguiente -17ª sesión – Guillaume habla nuevamente de su actividad escolar


durante el último trimestre; los resultados han sido positivos, pues todas sus notas son altas. Hace
planes para las vacaciones de Pascuas, y se siente feliz, confiado. Habla del futuro.

Luego toma diversos cubos y me dice: “Voy a hacer un pueblo situado cerca del río”.
Incluye en este pueblo una iglesia, algunas casas, una carretera. Traza el curso de un río
por cuyas aguas navega un barco. “Aquí –dice – está la desembocadura del río que llega al mar.
Voy a poner un faro”.
En un rincón del pueblo construye algunas ruinas: se trata de un templo destruido.

-En este templo no quedan más que algunas vigas que sostienen el techo, que tampoco está
intacto. El faro tiene varios pisos. En su interior hay escaleras de caracol y uno se marea si sube
por ellas. Desde lo alto del faro se ven ciudades, el mar.

-Si te pasearas por ese paisaje, ¿qué te gustaría ver?, ¿qué verías pasar por allí?
-Querría estar en una casa, para poder pasear por los caminos y regresar luego, y también
en el barco; me gustaría pasear por el río, visitar países lejanos. En casa hago a menudo
reproducciones de aviones y barcos. Mientras los construyo pienso en los viajes que podría hacer.
De todos modos, no siempre es fácil hacer un modelo porque hay que seguir un plan, y a veces no
consigo respetarlo. Cuando realmente no puedo lograrlo, suprimo enseguida la pieza y sigo
trabajando sin ella. Y, al final, es posible arreglárselas muy bien sin esa pieza.

Durante un rato, Guillaume sigue arreglando los elementos del pueblo, agrega otros
detalles, algunos árboles. Pone algunas plantas en torno de las ruinas. Después de ese momento de
silencio, me dice:

-No quiero salir con papá. El abandonó a mi madre. No quiero salir con él. Por lo demás,
ya no me molesta en absoluto no verlo.
-Te has dado cuenta de que es posible hacer un modelo sin respetar el plan establecido y
suprimiendo la pieza que estorba. Y ahora me dices que puedes vivir sin tu papá, porque en este
momento te molesta.

Cuando termina esta sesión, establezco la relación existente entre las diversas sesiones en
que he visto aparecer el símbolo de la gruta –elemento femenino – y del obelisco o la torre –
elementos masculinos -. En la 7ª sesión, la caverna y el obelisco hablaban de guerras que tuvieron
lugar en tiempos prehistóricos; en la 10ª sesión, el Arco de Triunfo y la Torre Eiffel trasponían a la
actualidad el mismo simbolismo, restaurado. Pero el Arco de Triunfo permanecía victorioso,
dominante, y la Torre Eiffel, inaccesible. En la sesión que ahora nos ocupa, hallamos un templo
destruido a medias (la madre no es ya una imagen protectora) y un faro al que se puede subir. He
indicado ya, en efecto, que Guillaume parece adoptar el rol de protector.

53
Entretanto, en la 12ª sesión se había evocado una ciudad futurista; en la serie intermedia
de sesiones se había intentado restablecer el triángulo, y en este triángulo, la situación del propio
Guillaume, árbitro y no parte interviniente. Ahora bien, después de dos o tres sesiones, Guillaume
abandona la idea de que es capaz de juzgar, quiere tomar partido por su madre. Ve a su padre tal
como ha sido: un hombre que abandonó a su madre. A partir de este momento, Guillaume puede
tener una imagen masculina de sí mismo.

Si la Torre Eiffel era invisible, el faro es ahora un lugar al que se puede subir. Es el lugar
desde donde se mira, y gracias al cual se evitan los escollos. Sabe y hace saber. Podría decirse, en
suma, que ese faro manifiesta la virilidad más claramente que el objeto de hierro oculto en la mano
del karateca. La Torre Eiffel era fundamentalmente una imagen masculina, paternal, inaccesible; el
faro parece más una imagen del propio Guillaume, el Guillaume que tiene acceso a la condición de
hombre.

La 18ª sesión trascurre en el plano verbal, y Guillaume vuelve a dibujar un partido de


fútbol; pero en esta oportunidad no se trata del desarrollo del encuentro sino del final, del momento
en que un equipo predomina, gana.

El gran edificio-torre

En la 19ª sesión, Guillaume habla nuevamente de su actividad escolar (su rendimiento es


bueno) y de su vida familiar: “Mamá –dice – invitó a algunos amigos. Entre todos han hecho una
fiestita”.

Cuando termina de hablar, toma la pasta de modelar gris, y con ella construye algo
parecido a un edificio, que al final tiene el aspecto de una gran torre. “Es el gran edificio que
construyen donde vivimos”. Parece que el obelisco de los primeros tiempos, convertido en una
Torre Eiffel inaccesible, luego en faro que mira a lo lejos, conduce ahora a la vida cotidiana. La
torre se asemeja a una imagen fálica, accesible y victoriosa.

Guillaume formula este comentario: “No es que esto sea demasiado hermoso, sino útil.
Permite a mucha gente instalarse en el barrio. Y, en el fondo, vale más la pena vivir en la ciudad
que estar demasiado lejos”.

El magnetófono

En la sesión siguiente (la 20ª), Guillaume vuelve a hablarme de sus éxitos en los estudios.
Se refiere otra vez al atraso que tuvo cuando ingresó en la escuela.

“Pero eso ocurrió cuando papá y mamá no se llevaban bien. Ellos peleaban mucho; mamá
lloraba todo el tiempo, y papá gritaba. Me han hecho cambiar de escuela muchas veces. En
definitiva, eso no fue fácil para nosotros.

“Me acuerdo, además, que cuando yo era chico había una señora que preparaba un plato
que me gustaba mucho. Y con frecuencia me llamaba para que fuera a comerlo. Me ponía contento
cuando iba a su casa. Pienso ahora que quizás estaba contento porque en su casa nunca se oían

54
gritos. Pero creo que ahora todo marcha mejor porque no veo más a mi papá y sé que podré verlo la
vez que así lo desee. Y mamá está mucho mejor”.

A la semana siguiente, Guillaume llegó a mi consultorio y me dijo:


-Inventé para mí mismo una especie de pequeña composición, que se parecía más o menos
a lo que suele hablarse aquí, cuando decimos: “Imaginemos que…”. Imaginé que me habían dado
un magnetófono. Eso me parece bien porque con el magnetófono se puede grabar cualquier cosa y
luego borrarla. Entonces imaginé que tenía magnetófono para grabar todo lo que dice la gente. Por
ejemplo, habría grabado las conversaciones de mi madre con la gente, sin que ella se diera cuenta.
Después podría volver a escucharlas, pero también borrarlas.

-Es más o menos lo que ocurre aquí, donde puedes recordar las cosas que has visto u oído,
pero tienes derecho a olvidarlas luego.
-Sí, es algo parecido a eso. Por lo demás, he notado que ahora memorizo todo con mucha
rapidez. Tengo una buena memoria. Antes pensaba que tenía una mala memoria, pero ahora me
doy cuenta de que es buena.
-Ahora – le digo – tienes la posibilidad de servirte de tu memoria. Te has dado cuenta de
que no siempre es molesto acordarse de las cosas.

Guillaume pasa a hablar de cosas cotidianas y evoca sus problemas con la madre y la
hermana, los reproches que se hace a sí mismo y que le formulan los demás. “Lo que me asombra –
dice – es que ahora, aunque me hagan reproches, me siento mucho mejor”.

Los pocos diálogos de las semanas siguientes giran en torno de los mismos temas.
Guillaume alude a las relaciones perturbadas entre sus padres, pero eso ha dejado de molestarle.
Expresa su decisión de ser “el hombre de la casa”. Declara asimismo que hace planes para hacer
excursiones con grupos de adolescentes: ya no se siente niño. Considera que su madre está mejor y
se distancia de ella. “Creo –dice – que aunque mi madre volviera a ser como era antes, lo
importante para mí sería mi trabajo. Quiero tener algún día una buena profesión. Cuando me case
quisiera tener un buen oficio”.

Guillaume se queja de que su hermana no tome la vida en serio. “Es una niña todavía –
declara -. No sé cuándo llegará a comprender; yo, por mi parte, he comprendido”.

A través de estos diálogos, en los que Guillaume y no se apoya en objetos materiales,


vemos esbozarse una orientación definida. La imagen del pasado no constituye más un estorbo, y
las rivalidades entre los progenitores han sido superadas. Guillaume tiene derecho a llevar una
existencia diferente de las de su padre y su madre, aunque se sienta responsable por su hermana y su
madre. Puede representarse a esta como un templo derruido, es decir, de otra manera que como una
protección mágica necesaria. Las intricaciones del pasado parecen superadas, resueltas. En una
palabra, Guillaume se halla en condiciones de ingresar en la adolescencia.

55
3. Dominique
DESARROLLO DE LA CURA

Como en el caso de Guillaume, la psicoterapia de Dominique duró un año escolar; en la


mayor parte de ese período hubo una sesión por semana, excepto en las vacaciones; las sesiones
fueron 23 en total.

No podría afirmar que, al término de esas 23 sesiones, todos los problemas de Dominique
estuvieran resueltos. En efecto, el viejo síntoma de la tartamudez se manifestaba con mucha
intensidad todavía, aunque comenzara a ceder en ciertas oportunidades. Las deficiencias en el
rendimiento escolar habían sido totalmente eliminadas, pese a un mejoramiento innegable de los
resultados.

Un nuevo problema se había agregado a los ya existentes cuando empezó la terapia: la


agresividad manifiesta de Dominique hacia su padre. Digo bien “manifiesta”, pues esa agresividad
existió desde el comienzo mismo del tratamiento, como lo muestran los primeros ensueños, que
anuncian claramente la rivalidad con el padre. Pero estaba reprimida y era ignorada.

Por lo demás, una de las fuentes principales de la neurosis residía en la represión y el


desconocimiento inicial de esa agresividad y de sus causas. Pues el problema de Dominique es el de
un muchacho fijado amorosamente a su madre y, a la vez, identificado con ella.

Ahora bien, no existe posibilidad alguna de resolver tal situación en el plano de la


realidad, pues la madre de Dominique ha muerto varios años antes de emprender la cura. De este
modo, los numerosos ensueños que jalonaron esta psicoterapia nos permitieron conocer los dos
rostros de esa madre y, en consecuencia, la doble identidad de Dominique. Descubrimos que la
madre es objeto de un amor muy primario, en nombre del cual Dominique se identificará con ella a
través de objetos antiguos, desgastados, dañados. Esta identificación determina que él tenga una
imagen femenina y pasiva de sí mismo. No puede asumir su virilidad y se vive como ser femenino.
“¿No es el sexo de la madre el que determina el del hijo?”, preguntará en cierta oportunidad este
muchacho inteligente, reflexivo, sin medir lo absurdo de tal hipótesis, solo explicable por la
confusión en que está sumergido.

Pero detrás de esta identidad se revela otra: la de la madre en cuanto objeto de deseo por el
que Dominique rivaliza con el padre y con respecto al cual este predomina. Los deseos de muerte
del padre aparecen ya al comienzo de la cura y se convierten rápidamente en la muerte simbólica de
aquel. Las imágenes de una posible rehabilitación del padre surgirán en la última parte de la cura,
gracias a un principio de resolución del conflicto edípico en el nivel del ensueño dirigido.

De este modo, la dinámica de la cura va de la manifestación de la imagen mutilada que


Dominique tiene de sí mismo y que él desarrolla a lo largo de once sesiones a la imagen de un
papagayo que se fuga, que vence y conquista, y que aparece en la 20ª sesión.

56
Podríamos decir que, simultáneamente, esta dinámica va de la imagen fantaseada de una
madre-vaca lechera herida (1ª sesión) a la imagen recuperada de la madre auténtica, tal como la
conoció Dominique (16ª sesión). Al mismo tiempo, dicha dinámica también nos lleva de la fantasía
de un padre rival a la fantasía de un padre bueno que vela por sus hijos (19ª sesión), pasando por las
fantasías de carácter más terrorífico que se dan a través de la imagen de la serpiente marina y de
diversos reyes.

El nivel de la realidad resurge en las conversaciones de las dos últimas sesiones, donde
aparecen identidades diversas, se delimitan roles y se aclaran problemas. De alguna manera, en
esas sesiones están reunidos, interpretados y reestructurados todos los miedos, deseos, angustias,
penas, agresiones y sentimientos de culpa que fueron expresados a través de toda la serie de
ensueños dirigidos – nunca interpretados – y, en forma muy parcial, en el curso de los diálogos.
Parecería que, por medio de las expresiones simbólicas, todo ha madurado hasta el punto de poder
surgir en el plano de la conciencia, con las antiguas preguntas y las nuevas vías de solución.

El punto clave de la cura es un ensueño dirigido de fundamental importancia: el de la


tetera (11ª y 12ª sesiones). En esta tetera encontramos en primer lugar las identidades mutiladas
expuestas en la primera parte de la psicoterapia, junto con los deseos de poseer a la madre,
simbolizadas aquí por el ratón instalado dentro de la tetera.

En una segunda etapa surgen la profundización de los deseos y la agresividad de


Dominique: la teterita libra en el fondo del mar un combate dramático del que emerge provista de
dientes agresivos y de atributos de la monarquía.

A partir de ese momento, y aunque algunas secuencias de ensueño dirigido impliquen


elementos depresivos o masoquistas, prevalece la autorreconstrucción. Un ensueño dirigido cumple
una función catártica muy importante en este período: el de las tres flechas, que reúne en un solo
haz las fantasías de Dominique y permite enfrentar finalmente el verdadero rostro de la madre, el
drama de su muerte.

El drama de Dominique es, por lo tanto, el drama de un triángulo tardíamente roto, pero
cuyos vértices aún no habían llegado a encontrar su lugar cuando la muerte lo destruyó para
siempre. Podemos preguntarnos cómo habría podido este adolescente resolver sin ayuda
terapéutica el problema neurótico representado por su identificación con una madre que ya no podía
rechazar y por su rivalidad no resuelta hacia un padre aplastante, para proceder a la conquista ahora
imposible de una madre que, sin embargo, era deseada aún. Dominique necesitaba recuperar el
rostro perdido y las fantasías asociadas con este, en el contexto de una relación reaseguradora y, al
mismo tiempo, a través de un lenguaje de connivencia del que quedaran excluidos los sentimientos
de culpa paralizantes. Esto es lo que ha permitido el ensueño dirigido.

Es interesante observar cómo va modificándose el discurso de Dominique a través de los


sucesivos ensueños dirigidos y de los diversos diálogos. Algo caótico al principio, muy descriptivo,
fundado siempre en construcciones con figurillas, apoyado en dibujos, adquiere gradualmente
precisión y riqueza en el plano verbal. El ensueño dirigido de las tres flechas es propio de un
adulto. Por lo demás, el apoyo material, casi inexistente en él, se limita a un simple esquema. Es
cierto que Dominique permaneció sentado frente al escritorio, con los ojos abiertos; tenía a su
disposición papel, lápices y figurillas. Pero los ensueños de este último período se desarrollan con

57
una riqueza verbal y afectiva que los emparienta claramente con los ensueños dirigidos de los
adultos.

Incluso los últimos diálogos nos lo muestran desprendiéndose de sus problemas infantiles
cotidianos, en los que predominaban los juegos, las preocupaciones concernientes a la escuela y
algunos recuerdos aislados, para enfrentar los problemas que realmente necesita resolver: ¿Quién
soy? ¿En qué han consistido nuestras relaciones triangulares de antaño? ¿Qué debo hacer ahora?

PRIMERA ETAPA: LAS IDENTIDADES MUTILADAS

Dominique tiene 14 años cuando su padre me solicita que le efectúe un examen


psicológico. Cursa el séptimo año, y, a punto de terminarlo, corre el riesgo de repetirlo. El discurso
del padre deja entender que este reprocha a su hijo tener una pereza invencible desde siempre: juega
como un nene, es indolente, desordenado, voluble. Señala secundariamente que Dominique
tartamudea desde que cumplió seis años.

La madre de Dominique murió hace algunos meses durante una intervención quirúrgica.
El muchacho tiene dos hermanas menores (de seis y cinco años, respectivamente); según el padre,
las niñas le dan ya muchas satisfacciones. Siempre ha tenido que reprender a Dominique, y piensa
que quizás ha sido demasiado severo con él “cuando era chico… Y ahora me hace rabiar, es muy
indolente. Yo quisiera que él estudie, pero es un pésimo alumno. Además –aclara luego – nuestra
familiar es exigente: creemos en los valores de la honestidad, la rectitud, el trabajo. Hemos
heredado una tradición muy antigua que valoriza el trabajo y el sentido de la responsabilidad”.

Añade que la desidia de Dominique le inquieta porque en ello es idéntico a su propia


hermana menor, que jamás hizo algo coherente en su vida, nunca llegó a nada. “No quisiera –dice –
que Dominique fuera como mi hermana”.

El reino de la libertad

Dominique se presenta con una torpeza particularmente asombrosa. Es desmañado,


tartamudea mucho, pero desde el comienzo se muestra sonriente y confiado. Habla con
desenvoltura de sus amigos, de la escuela y de su familia.

Se refiere a los animales que le gusta tener y me dice que cuando sea grande le gustaría ser
“psicólogo de animales”. Los niños que tienen problemas de adaptación suelen formular el
proyecto de ser veterinarios. (¡Los animales, por lo menos, los comprenden, no los defraudan!).
Además, encuentran en el animal a un ser más débil en el que se proyectan y con respecto al cual se
descubren útiles, valiosos. Aquí, -como he podido comprobarlo en otros casos - , el tema del
veterinario sufre una distorsión, que obedece a la relación positiva y dependiente que Dominique
establece de inmediato conmigo debido quizás a sus identificaciones femeninas latentes: cuando le
pregunto si conoce personas que ejercen esa profesión, me responde: “Bueno… usted”.

Se presta de buen grado a los tests, cuyos resultados revelan que Dominique posee un
coeficiente intelectual normal y problemas afectivos muy importantes. Las imágenes maternas son
muy regresivas y frustrantes; las paternas, por otra parte, son intensamente frustrantes, generan
inseguridad. Todas las imágenes de esta relación son conflictivas, la agresividad se encuentra

58
reprimida, los sentimientos de culpa surgen a cada momento. Los mecanismos de defensa son
negativos: represión, fuga y regresión.

Convengo con su padre en emprender una psicoterapia cuando Dominique vuelva de sus
vacaciones. Al término de sus vacaciones, Dominique –que este año permanecerá como pupilo
“para que pueda trabajar con más seriedad” – llega a mi consultorio antes de la hora prevista.
Cuenta que su padre montó en cólera “cuando supo que aprobaría “a gatas” el año”.

-Nada te importa, me dijo… Por lo demás, siempre lo dice, desde que tengo memoria.
-Y tú, ¿qué dices?
-Nada. De nada sirve eso…
Dominique se refiere a las vacaciones que pasó en el viejo castillo de la familia de su
padre, en compañía de tíos, tías y primos.

Le digo que su padre y yo hemos pensado que sería conveniente que viniera a verme
regularmente para que hable de todo aquello de lo que nunca habla.
-¿De qué? – me pregunta.
-Hay cosas que quieres decir y que nunca las dices, o no te permites decirlas. Por ejemplo,
que no te despreocupas, o que te preocupas por algo, por una u otra cosa… O que sientes rabia.
-Ah, sí, es cierto.

Le explico que también hay cosas que deben ser puestas en su lugar. Le hago una
comparación con los objetos que tenemos en las manos, nos estorban y no sabemos dónde ponerlos;
en este caso es imposible hacer algo. “Con el pensamiento ocurre algo parecido –le digo –. Es
necesario tener libre el espíritu para poder trabajar”.

Dominique declara entonces que su tartamudez le fastidia mucho. No se atreve a pedir


que le tomen una lección en clase porque teme que sus compañeros se burlen de él. No tartamudea
cuando insulta a sus hermanas o a cualquier otra persona, sino cuando debe relatar algo, o hablar.

Le doy algunos consejos para que consiga respirar con calma. Luego le digo qué
podríamos hacer juntos: relatar historias inventadas, soñar en estado de vigilia para que las cosas
vengan a la mente en forma espontánea, construir con o sin ayuda de materiales, pintar o dibujar.

Le muestro el material, dándole la posibilidad de que elija lo que quiera.


-Aquí, - le digo – está el reino de la libertad… Tienes derecho a decir lo que se te ocurra.
-Eso está bien –responde Dominique, entusiasmado.
Toma algunas figurillas que representan animales y construye algo, en silencio. Me
muestra lo que ha construido, y dice: “Todos los animales están al acecho o son acechados. Es un
mundo donde todos se devoran entre sí. Solo una pareja de leones no hace nada, porque es una
pareja”.

La vaca que tenía una pata rota

En la sesión siguiente, Dominique está alegre, sonriente. Dice que obtuvo buenas notas y
que se siente bien en su clase: “No pedí pasar al frente para exponer la lección… salvo dos veces,
en la clase de español… Pero no hablo bien”.

59
Le propongo que vuelva a hablar de lo que construyó en la sesión anterior, para luego
pintarlo o dibujarlo, o que construya otra cosa.
-¿Qué? – me pregunta.
-Podrías imaginar un bosque profundo; tú estarías en la entrada de ese bosque, que está
lleno de peligros. Vas a atravesarlo para llegar al otro lado, a la montaña, donde hay algo muy
valioso para ti.

Dominique acepta con entusiasmo y se apresura a poner manos a la obra. Decide trabajar
en el piso “porque allí tendrá más lugar”.

En primer lugar, pone el personaje que lo representa a él mismo. “Soy yo”, dice. Junto a
él, coloca un gato. Luego hace un bosque frondoso, con árboles, musgos, líquenes. Trabaja en
silencio; luego de incluir diversos animales en el conjunto, relata:

Me gustaría mucho ir con ellos. Querría avanzar, pero el lugar está repleto de hojas y de
animales ocultos que quieren capturarme.
Tendría que acercarme.
Los he visto; les chisto… Una serpiente se va de allí… También lo hacen dos fieras. La
situación es cada vez más pavorosa… Se va un mono, y el resto se queda.
Finjo llegar bruscamente: se aleja un animal rapaz… El rinoceronte retrocede… También
una fiera.
Puesto que ellos nunca han visto un gato, este se adelanta, y la otra serpiente se va
porque el gato le asusta… También se aleja un mono.

Dominique hace luego una larga enumeración de los animales que huyen; solo quedan los
osos, una fiera, un rinoceronte y un toro.
Todo el mundo se acerca un poco más. Se detestan. El rinoceronte se abalanza contra la
fiera –que cree que él pretende a su mujer –. Es una batalla tremenda, pues todos se alejan de allí
golpeándose y nadie piensa en otra cosa.
Llegan los osos negros. Yo arranco una de las plantas verdes, la arrojo… Es un cactus,
este les pincha y ellos se alejan.
El toro acomete contra la fiera… El gato negro hace huir al toro.
Una fiera se interesa por la vaca, y ambos se traban en lucha.

Se suceden numerosas luchas en todos los sentidos: los animales se pelean entre sí, atacan
a Dominique y al gato.
Por último, todo termina. Voy a buscar al gatito, atravesamos el bosque y llego a la casa
de los animales. Es el país de los animales amables; los acaricio.

Dominique permanece silencioso algunos minutos. Respeto ese silencio, ese lapso de paz
recuperada.
-¿Qué viniste a buscar? –le pregunto al cabo de un rato.
-Una vaca que se había roto la pata – me responde.
Yo pienso: ¿Se trata de la vaca que hace un momento despertó el interés de la fiera? De
todas maneras, es probablemente una imagen de su madre arcaica, a la que no quiere ver poseída

60
por el león. Además, esta vaca-madre con la pata rota me recuerda a su propia madre enferma,
muerta.

-La arrastro hasta un camión. Es una vaca lechera, pero es una pena que tenga rota la pata.
¡No puede dar leche!
-¿La curan?
-Le amputan directamente la pata, porque no tiene remedio.
La llevan. Como aprendió a caminar con tres patas, regresa a su lugar. Su ternerito está
muy contento y viene a verla. Pienso que el ternerito recuperó a su madre, aunque esta haya sido
reparada a medias. Pero Dominique jamás volvió a ver a su madre, a la que ha buscado
simbólicamente en el ensueño dirigido y en mí misma. En consecuencia, cuando aclara que de
todos los episodios que configuran esta historia prefiere aquel en que desaparecen los obstáculos y
él puede avanzar, pienso que esa elección tiene dos significados: la doble prohibición que pesa
sobre su madre ha sido levantada, junto con las inhibiciones de su discurso caótico, lleno de
barreras.

En esta sesión, pues, Dominique ha retomado el tema del bosque, planteado ya en la 1ª


sesión y enriquecido por mi sugerencia. Gracias a ella (“este bosque está lleno de peligros, pero
irás a la montaña a buscar algo muy valioso para ti”) ha podido expresar su deseo de tener una
madre nutricia y el drama de la madre herida, destruida. Esa sugerencia también le ha permitido
satisfacer parcialmente su deseo. Sin embargo, no he comentado ni interpretado el ensueño
dirigido.

Cuando Dominique se marcha, pienso proponerle en la próxima sesión que pinte o dibuje
el episodio que él elija de la historia que acaba de contar, o que modele el animal que más le gustó,
el cual podrá convertirse en su “animal protector”.

El cetro roto

En la 3ª sesión, pregunto a Dominique si recuerda lo que ha hecho en la 2ª sesión y él me


responde afirmativamente.
Le pregunto si quiere pintar; me responde que no desea pintar sino dibujar. Toma una
hoja de papel grande y dibuja rápidamente un bosque lleno de animales peligrosos que se
encuentran en pareja.

Se dibuja a sí mismo, pequeñito, en el ángulo izquierdo de la hoja. En la “salida”. Luego


me pide que le sugiera un nuevo tema de “construcción”, que “soñar completamente despierto”. Le
propongo que imagine “uno o dos niños que parten en búsqueda de un secreto muy bien guardado”.

Dominique construye un paisaje repleto de cavernas, árboles y animales. En el punto de


partida pone dos figurillas que representan a un hombre y una mujer.

Imagino que este señor y esta señora van a un lugar donde los animales nunca han visto a
un hombre. Los animales son temerosos, tienen la intención de ahuyentar al señor y la señora.
Entran en la gruta; se dan vuelta y ven todo eso. La mujer tiene miedo y se va hasta el fondo de la
gruta. El hombre levanta su fusil, apunta al león y casi lo mata. La leona viene rápidamente a

61
rescatarlo, pero el hombre la mata. Todos los animales se baten en retirada porque son muy
miedosos.

Una pantera lo ataca desde atrás, pero él la oye y la mata.


Un toro se le va encima. El hombre hace cinco disparos para matarlo. Ya ha usado
nueve balas, y sólo le queda una. El otro toro embiste contra el hombre, pero este lo mata de un
golpe, porque el animal es pequeño.

Vuelve a cargar su fusil. Los animales aprovechan ese momento para acercarse, se
acercan… cada vez más. Carga a tiempo su fusil para matar a un jaguar que estaba por saltar
sobre él. Mata al oso y al jaguar.

Eso es ya todo un mundo de muerte. La serpiente se ha acercado sin ser vista por el
hombre; le muerde en el pie… y se hace matar después. El hombre está acostado, debe tirar
acostado. Mata un león y un oso blanco.
Quedaban la hiena, el rinoceronte y el jaguar. Este salta sobre el hombre, yerra el golpe.
Mientras permanece sobre el tipo, este le dispara en el vientre. Entonces va junto a la mujer. Un
rinoceronte ataca, se hace matar. La hiena llega hasta el hombre, que está tan mal que no puede
disparar.

Un oso, un cocodrilo y la hiena atacan al hombre; el cocodrilo le muerde la cabeza; el


oso, el vientre, y la hiena, los pies. La mujer da un paso en falso cuando intenta escapar. Llega un
tipo, con una carabina, que mata a los tres animales.

Dominique deja de hablar. Yo le digo entonces: “Son tres ahora”.

Todos ellos están dentro de la gruta –prosigue -. El primer hombre está fuera de
combate, pero el que apareció último y la mujer inspeccionan el lugar.
Encuentran un cetro de oro, cráneos, osamentas y esculturas que representan a todos los
animales que los atacaron… Son los antepasados de estos.

Descubren una caja con tres, cuatro cadáveres de serpientes, lo cual prueba que los
hombres siempre consideraron que las serpientes eran dañinas y por eso las encerraron.
Se llevan un cetro, un cráneo, una caja de bronce muy antigua, llena de agujeros,
enmohecida y deformada, dentro de la cual hay esqueletos de reptiles.
Vuelven al camión (el camión del segundo tipo). Al primer hombre deben cuidarlo en el
camión, porque fue herido por una cobra.

Pido a Dominique que me hable de lo que ellos han encontrado: “El cetro pertenecía a un
gran rey –me dice –. Algunos bandidos asesinaron al rey y se llevaron su cetro”.

En respuesta a mi pedido de que hable de ese cetro, Dominique lo dibuja con gran
cuidado. La empuñadura muestra figuras antiguas, trabajadas; la punta es dibujada con líneas
punteadas. Cuando termina de hacer el dibujo, Dominique dice: “El cetro parece de oro, aunque
con mezcla; es bastante feo… Estaría enterrado en el suelo… La mujer ha pasado una y otra vez
por encima de él, sin verlo, y le ha roto la punta que tenía antes. Pero la punta no importa mucho –
añade – lo que cuenta es el resto”.

62
Dominique dice que si fuera dueño de un cetro semejante lo pondría en su habitación,
dentro de una vitrina, y lo lustraría a menudo.
Después de un rato de silencio, le pregunto –como suelo hacerlo luego de un ensueño
dirigido – si puede contarme un recuerdo de la infancia. Dice que vuelve a verse en su habitación,
poco antes de salir de vacaciones hacia un lugar desconocido para él.

“Era por la mañana. Pregunté a mi padre… Yo estaba en la cama… Le pregunté cómo era
eso… El estaba detrás de una puerta de vidrio, abierta…”.
Podemos preguntarnos si el recuerdo de infancia evocado se relaciona con algún recuerdo
sepultado, reprimido, del cual solo queda lo superficial; en ese momento, el niño habría pedido
explicaciones sobre su sexo… o quizá fue sorprendido mientras se masturbaba. Dominique ha
dicho: “Le pregunté cómo era eso… Yo estaba en la cama… Mi padre estaba detrás de una puerta
de vidrio, abierta”; esto podría asociarse muy bien con el cetro roto, que sólo merece ser lustrado y
admirado.

En un lenguaje simbólico que él no interpreta en ese momento, Dominique ha expresado


claramente su problema, que –de acuerdo con las características apuntadas a continuación – es de
carácter edípico:

a. Tema de la competencia con el padre (el antiguo y el nuevo compañero de la madre),


de donde deriva el tema referente a la agresividad hacia aquel: el antiguo padre es puesto fuera de
combate, el rey ha sido asesinado, le han quitado su cetro.
b. Tema de la castración: la punta del centro ha sido rota.
c. Tema del rechazo de una sexualidad viril: “La caja antigua, llena de cadáveres de
serpientes”; “la punta no importa mucho; lo que cuenta es el resto”; “la mujer ha roto la punta”. El
cetro merece ser “lustrado y admirado”, no se le da un uso real.

La serpiente muerta de hambre y el bosque talado

En la sesión siguiente (la 4ª), Dominique me cuenta que en otra época tuvo un gatito al
que quería mucho.
“El buscaba a su madre –dice, refiriéndose al gatito –. Entonces yo lo acariciaba, y eso lo
calmaba”. Declara que a menudo piensa en la época en que su madre vivía; en todo lo que él ha
hecho con torpeza, puesto que no era lúcido. Piensa entonces en su gato para consolarse, y es algo
así como si fuera la madre que protege y el pequeño que es protegido. De este modo expresa su
estado de dependencia regresiva respecto de su madre; al mismo tiempo, manifiesta la asimilación
de que ha hecho objeto a su madre, lo cual le permite tenerla presente.

Dominique me pregunta si puedo sugerirle algo, “una imagen para imaginar historias”.
De esta manera vuelve a expresar hasta qué punto depende de mí. A través del don de la imagen,
del tema, ¿no está pidiéndome un “don” a secas?

Cabe preguntarse si tendría la posibilidad inmediata de expresarse en caso de que yo me


negara a responder a su demanda y él me percibiera como una persona que lo frustra. Por ahora,
parece que necesita recibir de alguien la llave que le permita abrir las puertas de ese reino de la

63
libertad que atisba. Y es a mí, imagen materna, a quien él formula la demanda, entablando así una
relación reaseguradora y positiva que le permite entregarse, confiado y sin temer peligros, a la
psicoterapia de ensueño dirigido. Lo único que importa es que yo no pierda de vista la necesidad de
llevarlo luego a una situación de menor dependencia.

Le doy, pues, una foto en la que figura un bosque de pinos muy altos, de troncos lisos; el
follaje de los árboles ocupa la parte más alta. Dominique dice:

Habla en este bosque una serpiente y una ardilla; la serpiente quería comerse a la ardilla.
Esta vivía en la copa de uno de los árboles. Al principio, como temía que la serpiente subiera
hasta allí, royó la rama inferir y la cortó… Y, así, cortaba más y más ramas porque la serpiente
siempre conseguía subir; por último, llegó a la parte más alta… casi.
La serpiente no llegó a matarla ni a comerla, y la ardilla tuvo hijos con una mujer que
andaba por allí.
Cada ardillita hizo lo mismo. Por eso los árboles del bosque son tan altos y la serpiente
se muere de hambre…

Para él, sin embargo, la serpiente se asocia con ideas de potencia y superioridad.
“Mientras que la ardilla es muy astuta. Eso es todo. He tomado a la ardilla porque es la única que
sabe roer”.

Luego, volviendo al lenguaje de la realidad cotidiana, Dominique dice que lo que más
teme es que su padre le diga, con suficiencia, que él se despreocupa de todo. ¿Lo cree él,
realmente?
-Tienes mucho miedo de que tu padre te desprecie –le digo.
-Oh, sí… Es cierto que él me desprecia.
-Y tú no puedes hablarle de ti…
-Nunca le hablo… No me comprende.
-No te comprende… No te conoce… Pero yo te conozco, porque me hablas de ti… Y
algún día conseguirás que también tu padre te conozca.
-Oh, sí, sí… lo espero. Gracias… gracias…

Al final de esta sesión observo que Dominique designa “potente y superior” a la serpiente,
utilizando vocablos notablemente parecidos a los que emplea para calificar a su padre, un hombre
despreciativo.

Es cierto que la ardilla con la Dominique se identificaría de buen grado “se casa con una
mujer y tiene hijos”, y que la serpiente-padre se muere de hambre. Pero ello no impide que las
imágenes de castración sean importantes en esta sesión: los árboles roídos y la serpiente muerta de
hambre lo testimonian. ¡Nadie ha matado a esa serpiente, pero, no obstante, está muerta, y por
causa de su frustración! Probablemente, pues, la serpiente representa al padre, que pierde la vida
pese a su potencia y superioridad, que no muere a manos de alguien sino a raíz de su frustración,
satisfaciendo así los deseos agresivos que Dominique experimenta con respecto a él. Dominque, tal
como querría ser –potente – y como ahora se siente – frustrado, castrado, al igual que las serpientes
del ensueño de la 3ª sesión –.

64
En la 5ª sesión, Dominique se refiere a sus problemas escolares. Le resulta difícil
adaptarse al internado, piensa en su casa y eso le entristece.
Y esa tristeza se acrecienta más aún cuando comprueba que sus notas dejan mucho que
desear. “Mi padre no hace más que decir que nada me importa, pero eso no es cierto”.
Tratamos de encontrar juntos la manera en que Dominique podría empezar a aprender
mejor y con mayor facilidad sus lecciones.

En la 6ª sesión, Dominique dice que le gustaría volver a hablar del “cetro del otro día”.
-¿Cómo estaba en esa gruta? –le pregunto.
-Los bandidos enterraron el cetro cuando vieron al enemigo. Se dejaron capturar. Las
osamentas humanas pertenecen a esos hombres.
-Tú posees el cetro… - le sugiero.
-Lo pongo en mi habitación. Lo lustraría para que sea muy bello. Haría una vitrina de
madera y cristal.
Le propongo imaginar que corre una aventura con su cetro.
-Montones de investigadores me lo pedirían. Yo se los daría en préstamo; pero los
ladrones quieren robármelo… Me agrada darle aspecto de nuevo a una cosa vieja que es hermosa.
-¿Y si el cetro tuviera un poder? –le pregunto, advirtiendo que parece tener dificultades
para proseguir.
-Saldría un genio de él –responde con prontitud –. Yo pediría: “Quiero tener un auto”, y lo
tendría. Sería una especie de Aladino.
-Tú pedirías…
-Quiero cinco cosas: un barco de corsario; un Rolls Royce de ocho a diez plazas, para
viajar con mi familia y mis amigos; la resurrección de todos los muertos que conozco; que no haya
necesidad de dormir: podría jugar toda la noche; que pueda tener en África una reserva llena de
animales… y una casa. En esta reserva tendría un león y un mono domesticados. Es una reserva
organizada cuyo jefe soy yo, y estaría llena de gente que daría de comer a las bestias.

-¿Qué representan las figuras del cetro?


-Viejos, hombres de edad… Eso representa el respeto y la gentileza.
En esta sesión, Dominique introduce sin cesar cambios en su discurso, empleando
alternativamente los modos condicional e indicativo. Habla en primera persona, pasando de
continuo de lo imaginario reconocido como tal a lo imaginario vivido hic et nunc.

El papagayo castrado

En la 7ª sesión, Dominique anuncia que al día siguiente irá con su familia a comprar un
papagayo, “de esos que están mejor dotados para hablar”.
-¿Te gustaría un papagayo dotado para hablar? –le pregunto.
-Enseñaría al papagayo a decir palabrotas.
Se trata de las palabrotas que le reprochan, y que él se abstiene de pronunciar…
Modela un papagayo utilizando la pasta de modelar que está en el escritorio. El pájaro no
puede quedar parado, se cae una y otra vez.

Tanto peor… Voy a acortarle las patas… Parece una foca… Sería de color gris y rojo…
Imagino que el papagayo ha caído en un agujero porque caminaba distraído. No podía salir de
allí porque le faltaba lugar para batir las alas; estaba apretado por dos pedazos de madera.

65
Tuvo una buena ida: para salir debía cruzar los pedazos de madera, escabulléndose por
allí.
Un gato lo esperaba a la salida; ambos pelean. ¡El gato ha caído! Con su pico, el
papagayo le ha abierto el cráneo.
El gato sería gordo, pelado, negro, con una oreja de menos. En el lugar de la oreja que
le falta habría un punto rojo y sangrante; sería como todos los gatos: gris, cruel; además, pelado…

Estoy impresionada por el cambio de color que ha experimentado el gato: el gato negro
protector del segundo ensueño se vuelve gris, adquiere el color de la vejez. Sobre todo, no puede
evitar pensar que el padre de Dominique está completamente calvo… como el gato pelado.

¿Significa ese cambio que Dominique da otra identidad a su padre? ¿O que aquel ha
pasado de la imagen del padre protector del pasado a la del padre castrador de hoy?
El papagayo cae una y otra vez. Dominique le saca un pedazo de la cola (“Esto lo
equilibra”, dice) y lo afirma con expresión satisfecha, puesto que lo ha castrado para que mantenga
el equilibrio.

Sugiero a Dominique que haga un dibujo libre; dibuja rápido y bien un automóvil muy
antiguo que está detenido por la luz roja del semáforo. Es un taxi en cuyo interior se encuentra un
hombre que va en busca de alguien.

Se prende la luz verde y el taxi arranca con brusquedad. Ha estado a punto de chocar
con un camión, al cual apenas elude. Hace un pequeño giro para no chocar con el camión, y como
el auto es viejísimo, el volante se sale cuando el conductor lo hace girar de golpe.
Ha embestido a un policía. ¡Ahora ha chocado! Pudo reiniciar la marcha antes de que el
policía se diese cuenta de lo que le había ocurrido.
El iba a buscar a una señora que lo había llamado.

Al final de esta sesión pienso que el tema fundamental ha sido el conflicto de Dominique
con su padre. Y el problema relativo a su discurso no ha dejado de estar presente.
El papagayo habla bien: insulta, pronuncia palabras fuertes. El automóvil frena y arranca
de manera brusca, como el discurso de Guillaume; por otra parte, el papagayo lucha con el gato-
padre, y el viejo coche que se dirigía “a buscar a una señora” atropella al policía, símbolo de
autoridad.

De alguna manera, Dominique ha dicho, en lenguaje simbólico: “Sufro por no hablar bien,
mi discurso es entrecortado porque tengo ganas de aplastar e insultar a mi padre. En la búsqueda de
mi madre, queme llama, estoy en conflicto con él, como siempre ha ocurrido”.
Pero nada ha sido interpretado.

Pinous, el conejo tuerto

Sin embargo, Dominique adelanta en sus estudios.


-Para mi padre – dice – no es bastante. Quiere que yo sea el primero en todo… y no lo
soy… Entonces ni siquiera mira mi boletín de calificaciones. Cuando voy a pasar un domingo en
casa y llevo un boletín que no le gusta, todo el mundo la pasa mal ese día. Y mis hermanas no me
dirigen la palabra. La más chiquita se queda en su habitación y juega con sus muñecas y chiches.

66
-Y tú –le pregunto -, ¿has tenido, o tienes, un chiche?

Dominique cuenta que tuvo un conejo al que quería mucho.


-Se llamaba Pinous – dice -. Era de color rosa… de felpa, estaba un poco deteriorado y la
estopa salía por los agujeros. Lo quería mucho porque no era un conejo cualquiera. Lo tuve a los
dos años, pero un día no lo encontré más. Estoy casi seguro de que mi padre lo tiró porque
consideraba que ese chiche me hacía demasiado nene.

Pido a Dominique que dibuje a Pinous. Luego, para permitirle que recuerde mejor, le
sugiero que cuente en imágenes la historia de Pinous. Lo hace con gran entusiasmo, dibujando muy
rápidamente. Comenta sus imágenes gesticulando mucho.

En la primera imagen está dentro de un paquete; yo tenía entonces dos años. Cuando
abren el paquete sale de él… Lo pongo sobre mi cama, en mi dormitorio… Su vientre está
agujereado, la estopa sale por el agujero. Mi madre lo arregla… Se sienta a la mesa para comer.
Para divertirse, uno de mis amigos le da una patada en el vientre; yo le doy una bofetada
a mi amigo.
Papá, mi conejo y yo damos un paseo en barco.
Pinous pierde un ojo, se lo han arrancado. Lloro porque ha perdido su ojo. Veo su ojo
balancearse lamentablemente. Vuelven a acomodarle el ojo, y eso me pone contento.
Es su cumpleaños, tiene tres años.
Está en mi cama y espera que yo venga a acostarme.

Dominique borra los recuerdos reales; los hechos inventados son la patada en el vientre y
el ojo arrancado, es decir, el tiempo de la castración.

-¿Si tú fueras Pinous…? – le pregunto.


-Estaría en la cama esperando que mi dueño viniera a acostarse… Estaría ansioso por que
llegue.
La imagen que Dominique tiene de sí mismo, la que me ha mostrado hasta ahora, es una
imagen mutilada, pasiva, llena de inhibiciones.

Al término de esta 8ª sesión, Dominique reflexiona acerca de su tartamudez: “Cuando era


chico me decían “moro” en la escuela, porque mi piel es negra y tengo cabellos ensortijados… No
sabía muy bien por qué pero eso me hacía sufrir…

Y ahora eso me fastidia tanto como tartamudear… No me atrevo a pedir que me tomen
una lección porque tengo miedo de que se burlen de mí… Y cuando quiero contar algo, todo el
mundo dice que soy demasiado charlatán”.

En las dos sesiones que siguen, Dominique habla en el mismo tono de sus recuerdos
escolares. Dibuja caballos, y dice: “Me gustaría hacer un caballo”. Se refiere a lo que hace en
clase, donde parece estar bien adaptado.
SEGUNDA ETAPA: DE LA PASIVIDAD A LA AGRESIVIDAD

En la 11ª sesión, Dominique me pide que le sugiera hacer algo. ¡Siempre la misma
dependencia! Pero accedo a su demanda y le propongo dibujar.

67
Me pregunta qué podría dibujar, pero no le respondo; sobreviene un momento de silencio,
al cabo del cual Dominique me dice:
-Si dibujo un teléfono, ¿eso querría decir algo?
-Quizá lo dibujes sólo porque ves uno en mi escritorio. Pero eso también querría decir que
tiene ganas de comunicarte –le digo, y rompemos a reír.

Pero es muy evidente que, por medio de su pregunta (“Si dibujo un teléfono, ¿eso querría
decir algo?”), ha afirmado dos cosas: que se expresa cuando dibuja, y que quiere expresarse cuando
está en mi consultorio.

En una palabra, declara saber que me habla a través de esas representaciones que, por otra
parte, jamás analizó y cuyo contenido nunca ha decodificado.

La teterita y el ratón

Dominique dibuja entonces una tetera. Cuando le pido que, me hable de ella me dice:

La tetera pertenece a unos gitanos que están paseando. Ellos acampan y la usan para
hacer té.
Luego empieza a hacer una serie de dibujos, y comenta de este modo los episodios:
El agua se calienta. Los gitanos acaban de detenerse y olvidan la tetera en el lugar donde
acamparon, a orillas del mar. Permanece allí durante años…
Un depósito se forma allí… Poco a poco el viento empuja la arena hacia ella, que, como
los árboles, queda cubierta de arena porque las dunas se desplazan. Está completamente cubierta,
pero la duna avanza. Luego reaparece casi por completo, lo mismo que el trípode.
Un perro que pasaba por allí la encontró y la llevó a su casa. Algunos hombres la usan;
está un poco abollada, pero lo usan porque son pobres.

Está en la mesa de esos hombres, y en determinado momento los hijos del hombre se
apoderan de ella y la dejan olvidada en un campo entre las vacas.
Un ratón la usa como vivienda porque una vaca la derriba de una patada. La tapa está
en el suelo; el ratón está dentro de la tetera, y su cola sobresale.

Los niños de otra casa han recogido la tetera con el ratón adentro. Como ellos eran muy
malvados, quisieron llenar de arena la tetera, con el ratón adentro, y tirarla al agua.

Pero la tetera flota, y llega a la orilla. El ratón salta de la tetera, a la que ama pues ha
comprendido que le salvó la vida. Por eso el ratón la deja en la orilla. La tetera permanece allí.
Al cabo de veinte años, el ratón se muere. Durante una crecida, el río vuelve a llevar a la tetera.
Como la crecida es muy grande e inunda la campiña, infinidad de animales se suben
encima de la tetera para no ahogarse.

Dominique se detiene más tiempo en uno de los dibujos, describiéndolo así:


La tapa está colgada. Encima de ella veo un ratón –también una pequeña serpiente, una
culebra – y , además, un gazapo que se cuelga por detrás. Flotan. A lo lejos, solo se ve el agua,
con la copa de los árboles sobresaliendo de la superficie. Muy a lo lejos se ve una colina.
El ratón pide al gazapo que “empuje” con sus patas.

68
Dominique imita el gesto del gazapo que “rema”, y “empuja” con sus patas.
La culebra y el gazapo se alejan de allí. El ratón se queda con la tetera, que lo ayudó
mucho.
La crecida baja. La tetera está en la orilla del río, y permanece allí cientos de años.
Llegamos a 1943. Los alemanes la usan para hacer té.
Como no le gusta servir a los alemanes, se hace agujerear adrede, y por eso ellos la
dejan.
Llegan los franceses; la tetera se repara rápidamente, y la utilizan.
Finalmente, uno de los soldados la ve muy bien porque es antigua, tiene 200 años por lo
menos. Se apodera de ella, y cuando la guerra termina, la ponen como elemento decorativo sobre
la chimenea, junto a los jarrones.

Refiriéndose a los sentimientos de la tetera, Dominique dice que “ella es muy valiente, no
se desespera aunque sea arrastrada por el río. Es muy paciente. Era infatigable…”.

Dominique declara que le gustaría parecerse a esa teterita, y que, por lo demás, se le
parece un poco. Y yo pienso que esta teterita femenina, dañada, abandonada y enterrada al
comienzo de la historia, que no quiere servir a los alemanes sino al ratón, a los gazapos, a las
serpientes y al soldado francés que llegó a ella en último término, que salva la vida del ratoncito que
penetra en su interior, es probablemente una imagen de su madre. Pero Dominique (si fuera en ese
momento uno de los habitantes de la tetera) también se siente parecido a esta, con la que se
identifica en lo que tiene de pasivo, dañado, castrado.

Le propongo que dibuje o pinte –si quiere hacerlo – una de las escenas que ve. Dibuja la
escena en que los animales están subidos encima de la tetera, porque se trata de un episodio que le
gusta. Luego le sugiero que se tienda un rato en el diván. Lo hace, se relaja, cierra los ojos y dice
que vuelve a ver la escena en que la tetera está en el prado.

La teterita, la serpiente marina y el cachalote

En la sesión siguiente, Dominique dice que todo marcha bien. Su actividad escolar ha
mejorado mucho. Su padre le ha permitido comprar un hámster al que el niño ve los fines de
semana:
“Uno solo –dice – pero he elegido una hembra. Es mucho más bonito, tiene el trasero
redondeado… Mientras que los machos lo tienen puntiagudo”.
Puesto que tengo la impresión de que la tetera aún no nos ha dicho todo lo que tenías que
decir, y, sobre todo, porque espera verla evolucionar debido a su carácter de objeto dañado y
femenino con el cual se identifica Dominique, propongo a este que retome la historia de la tetera.
“Ah, sí –me dice –. Estaba bien esta teterita”. Y vuelve a hacer una serie de dibujos mientras
formula comentarios.

Está sobre la chimenea. Los dueños de casa han invitado a algunos amigos, que la vieron
muy hermosa y pidieron a aquellos que se la regalaran. Deseaban mucho tenerla.
Los amigos querían despedazarla para hacer fundir el cobre. La meten en un horno de
forja. La tetera se resiste; tiene agua en su interior, y apaga el fuego derramándose.

69
Ellos están furiosos. Tratan de romperla poniéndola sobre un yunque y golpeándola con
un martillo.
La tetera se aparta, esquiva a tiempo, y el hombre que la sostenía con sus dos dedos
recibe el martillazo; entonces él le da una patada, y la tetera cae en un torrente.

De nuevo aparecen los temas de castración (“los amigos querían despedazarla”, “ellos
tratan de romperla”), asociados quizás a la intervención quirúrgica que costó la vida a su madre.
También reaparecen los temas referentes a la masturbación (“ella tiene agua en su interior y apaga
el fuego derramándose”) y a la agresividad centrada en el padre (“el hombre […] recibe el
martillazo”).
Dominique prosigue:

Está, pues, en el torrente. Ese torrente desemboca en un río inmenso, el Sena. La tetera
está en el centro de París. Desemboca en el mar y queda sola allí, porque una tempestad la empujó
lejos, muy lejos.
Se hace comer por un cachalote, que es atrapado, por un barco ballenero que lo
despedaza y encuentra la teterita, todas las tripas con la tetera en el medio… Un hueso de ser
humano devorado quizá por él, y un cráneo.
Entonces la gente vuelve a tirarla al mar… Ella se aleja del barco. Al final, se sumerge…
¡Allí está, en el agua, en medio de los peces… Se muere!

-Antes de imaginar eso, me gustaría que imagines que la tetera va a explorar las grandes
profundidades del mar –le sugiero.
-¡Oh, sí! Voy a imaginar que ella tiene patas y empieza a explorar, llevando debajo de la
tapa una reserva de oxígeno. Dominique se apresura a proveer de patas a la tetera, y le instala una
reserva de oxígeno. Prosigue haciendo dibujos.

Camina y habla con un hipocampo para saber cómo se puede llegar hasta la serpiente
marina.
En este punto del ensueño de Dominique, me pregunto si seré yo ese hipocampo.
El hipocampo la conduce hasta la serpiente marina. Veo una caverna sombría y
enorme… El hipocampo la deja sola y ella penetra allí valientemente, dispuesta a matar a la
serpiente.
La encuentra enroscada, durmiendo.
La tetera abre su tapa, así (Dominique hace un gesto expresivo, rápido), y le corta la
cabeza. ¡Crac!
La serpiente dormía y tenía lindos sueños. ¡Cuic! La cabeza, sangrante, yace por tierra.
Veo salir vértebras y venas.

Dominique ríe, gesticula. Es indudable que goza con su dibujo, y más aún con el
espectáculo que él se permite contemplar internamente.
Todos los peces agradecen a la tetera, menos un cachalote celoso de ella; veo que él
refunfuña, y se come a la teterita. Pero ella le corta el esófago con su tapa, y se divierte
revolviendo su cuerpo, sus órganos; el cachalote muere.
Al final, todos los peces la nombran reina. Está sobre una especie de altar hecho de
corales. Ella se queda a vivir allí…

70
Antes de marcharse, Dominique me dice que lo llenó de placer el hecho de ver a la teterita
matar a la serpiente marina. Es la escena que prefiere.

Si no le hubiera sugerido explorar el fondo del mar, no habríamos llegado a la escena de


esta muerte.

Gracias a mi intervención fue posible superar esa situación de fracaso y masoquismo, y,


sobre todo, permitir que hubiera una serie de victorias. De este modo, durante esta exploración,
hemos visto a Dominique atacar sin sentimientos de culpa a la imagen paterna, representada por la
serpiente marina. Devorado por ese cachalote al que interpreto como imagen materna (“todas las
tripas con la tetera en el medio”), Dominique se ha defendido de esa madre fálica (el primer
cachalote tenía un hueso en su vientre) y voraz. Lo hemos visto revolver sin culpa “en los “órganos
del cachalote”.

La explicación de una agresividad tan intensa, de un deseo sexual tan culpógeno y sádico,
¿habría sido posible si todo ello no hubiera sido transferido a imágenes simbólicas? Además, ¿se
habría producido ese ensueño dirigido si yo hubiera impuesto a Dominique la necesidad de
interpretar el material simbólico de los ensueños precedentes?

Al final de esta sesión, queda pendiente una duda: ¿Es realmente una imagen materna ese
cachalote? Querría que esta imagen se definiera, y también desearía dar a Dominique,
simbólicamente, la espada. ¿Estaría mellada esta espada, como el cetro que constituyó el tema de la
3ª sesión? ¿Podría darle Dominique un uso no sádico?

El combate de los machos

En la sesión 13ª, Dominique dice que continúa mejorando. Su padre está contento, “salvo
con respecto a matemática, pero se trata de matemática moderna”.
Luego se refiere a sus primeros hámsters. La madre de estos dio a luz a los cachorros y
después empezó a comerlos – como el cachalote comió a la teterita en la última sesión -. Más tarde,
Dominique tuvo otras dos hembras, “no juntas… ¡Oh, las hembras no se pelean! Pero los machos
luchan… sobre todo cuando hay una sola hembra”.

Dominique se refiere a una película de Walt Disney: “Había dos tortugas macho, eran algo
terrorífico. Hubo un encontronazo entre ellos y el macho ganador se fue con la hembra, dejando
completamente solo al perdedor. Felizmente, este pudo ponerse en pie, si no se habría muerto”.

Dominique ha visto otras películas de Disney, y su favorita es la de Bambi: “En esta


película también hay dos machos que se pelean… Oh, el padre de Bambi no cuenta, sino la madre,
salvo cuando se muere, al final, y dice a Bambi que él es el jefe”.

Si analizamos la primera parte de esta sesión, descubrimos en ella dos esclarecimientos


importantes.
En primer lugar, Dominique me habló, al llegar, de la madre hámster que comió a sus
cachorros. Por cierto, ella los devoró realmente; y también en el plano de la realidad Dominique
puede pensar en sus hámsters, puesto que desde la última semana su padre le permitió tenerlos
nuevamente. Sin embargo, la secuencia de los contenidos simbólicos de la última sesión (donde la

71
tetera con la que se identifica Dominique fue devorada en dos oportunidades por el cachalote) y esta
sesión (en que la madre hámster devoró a sus cachorros) constituye, a mi juicio, la trama
fundamental en que se organizan esas reminiscencias. Dominique ha confirmado, pues, la hipótesis
que yo había elaborado.

Pero ahora veo surgir y definirse una nueva imagen de la madre. En efecto, al comienzo
de la psicoterapia la madre aparecía simbólicamente como la vaca lechera, la nodriza primitiva
contra quien Dominique aún necesitaba acurrucarse, necesitando ser amamantado por ella.

Pero rápidamente también aparece como un ser capaz de castrar (recordemos a la mujer
que ha roto la punta del cetro). Por último, ella es ese cachalote celoso que devora a la tetera, esa
madre hámster que come a sus cachorros.

La imagen es cada vez más amenazante y ansiógena, y oscila entre el objeto del deseo de
gratificación oral negado y el sujeto que se niega, que priva de sexo, de vida.

A partir de allí podemos comprender por qué se produce cierta confusión en el nivel de las
identidades parentales. ¿Acaso no es viril la madre? (Capaz de castrar o de absorber, tiene un hueso
en sus entrañas… ¿Un hueso o un pene?). La caja que contenía serpientes, ¿es solo el continente
que se ofrece al sexo del hombre? ¿No será también, al mismo tiempo, ese cuerpo que encierra el
germen de la bisexualidad?

De este modo podemos concebir que Dominique confunda más fácilmente aún su propia
identidad con la de su madre. Aún siendo varón, quiere parecerse a su madre y se siente femenino,
tanto más cuanto que aquella –una mujer – parece tener atributos viriles.

Al mismo tiempo, debajo de esta imagen cada vez más amenazante de la madre aparece y
se desarrolla otra: la de la madre mutilada, pasiva, también ella objeto de deseo y simbolizada por
los viejos objetos que Dominique dice amar pero que ya no pueden servirle. Unimos así las
imágenes más regresivas y arcaicas, reforzadas por el hecho de que la madre está muerta, enterrada.
Se trata de los depósitos y las dunas que cubren la tetera y fueron evocados en la penúltima sesión.

Dominique también puede identificarse mucho más fácilmente con esa madre mutilada
que con el padre potente, el cual nunca aparece mutilado. Estamos lejos de la serpiente que se
muere de hambre en la 4ª sesión. En efecto, esta figura ha adoptado formas cada vez más
amenazantes, hasta convertirse en una enorme serpiente marina. Pero, en esta oportunidad,
Dominique parece haber adquirido un monto mayor de agresividad, aparenta sentirse más seguro.
Antes, hería al primer acompañante de la mujer, dejaba morir a la serpiente en el tercer ensueño,
maltrataba al gato que acechaba al papagayo en el cuarto ensueño, atropellaba al agente de policía
que la ponía obstáculos para reunirse con “la señora”; ahora, guiado por el hipocampo, se sumerge
hasta el centro de la serpiente marina, y la ataca. La mata –en su ensueño, por supuesto – a pesar de
su aspecto terrorífico (el dibujo que Dominique ha realizado muestra una serpiente de gran tamaño).

Hoy, Dominique acaba de verbalizar el problema de su rivalidad con el padre. Pero lo ha


hecho refiriéndose a animales y películas; y yo no le he incitado a añadir: “Querría que mi padre
estuviera muerto y me dejase su lugar”. ¿Podría tolerar la expresión clara de su deseo por una
madre que la muerte le niega de manera más absoluta aún que su padre?

72
La locomotora antigua y los jóvenes

La parte final de la sesión confirma las ambigüedades que tiñen la imagen que supongo
materna, y la identificación de Dominique con su madre. En efecto, Dominique se pone a dibujar
una locomotora, mientras me dice: “Es una especie de locomotora… Es antigua… por eso me
agrada”. ¡Como otros objetos antiguos, desgastados!

“Algo funciona mal en el pistón”, añade, y, como ocurre a menudo, empieza a desarrollar
espontáneamente un ensueño dirigido:
Lo menos que puedo imaginar es que ella vivía en otra época, y fue abandonada en un
depósito. Tres jóvenes han pedido dinero a sus padres para divertirse, alquilan una grúa y la
arreglan.
Es necesario calentar agua, pero hay problemas. La hacen marchar durante largo
tiempo. Todo lo que estaba torcido se ha desgastado. Termina por alcanzar una velocidad de 100
km por hora.
Los muchachos compraron a un anticuario gordo un pequeño vagón para el carbón. La
locomotora anda. La vendieron para una mina de oro y la llevan por todas partes, así.
Podría decirse que hay detrás dos pequeños vagones – solo dos – porque no es muy
potente, es vieja y pierde por todas partes.

De este modo, Dominique ofrece de nuevo una imagen antigua, dañada, desgastada, que,
debido a su antigüedad y su estado de desuso, evoca a la madre, abandonada en un depósito, en un
cementerio. Aquí, ella está claramente provista de atributos masculinos: los pistones. Y los
muchachos – imagen del propio Dominique – consiguen volver a ponerla en marcha, ayudados por
una “grúa” y con el consentimiento del padre. Este tema de reconciliación con el padre prolonga el
tema del traspaso de poder de Bambi a su hijo.

A la locomotora le agregan un vagón grande y dos vagoncitos: en total son tres. ¡Tres,
como la cantidad de niños que hay en la familia de Dominique!

Tenemos la impresión de que Dominique vive aquí en varios niveles. Es el muchacho


que, con el consentimiento del padre, vuelve a hacer funcionar la locomotora-madre. Pero también
es “el vagoncito que lleva carbón”, el carbón que sirve de combustible a la locomotora.

Y podemos preguntarnos si él no es, asimismo, esa locomotora poco potente cuyo pistón
funciona mal, que “se traba” cuando hacen calentar el agua y que pierde por todas partes…
Probablemente, vuelven a plantearse aquí los temas ya implícitos referentes a la masturbación.

Pese a todo, los muchachos han tenido éxito en su cometido, pues la locomotora puede
marchar a 100 km por hora y el padre de cada uno de ellos está de acuerdo.

TERCERA ETAPA: PROFUNDIZACIÓN Y REESTRUCTURACIÓN

A partir de este momento, pienso que Dominique necesita afirmarse en su identidad de


varón, identidad que empieza a percibir pues ha comenzado a desligarse de sus identificaciones

73
femeninas, pasivas y masoquistas. Comienza a surgir en él la capacidad de asumir la propia
virilidad.

Es el momento de proponerle el tema de la espada (y espero que esta espada no esté


mellada, como estaba desmochado el cetro del que habló en la 3ª sesión).

La espada

Le sugiero, pues, que dibuje una espada. Dibuja una espada de hoja delgada, larga,
terminada en punta, claramente definida. Dominique dice:

Pertenecía a un soldado del ejército de Luis XIII. Podría decir que… hay una derrota, lo
cual hace que permanezca mucho tiempo en el campo de batalla.
Muy cerca de ella había una duna.
Como el viento soplaba, la duna avanzaba, y pronto, 200 años después… la espada estaba
debajo de la duna.
Podría decir que en 1550… se veía el cabo, que sobresalía un poco porque la duna
avanzaba.
Había una playa. Un hombre pasó por encima y se cayó. Cavó y tironeó mucho hasta
que vio la espada.
Ni lerdo ni perezoso, la vendió a un museo, porque era un hombre avaro.
La pusieron en una vitrina del museo.
Uno de los visitantes, muy entendido en cuestión de metales, se dio cuenta de que la
guarda era de oro. Rompió la vitrina y robó la espada.
El huía… Tenía la espada dentro del baúl de su coche. Como estaba mal cerrado, se
abrió y la espada cayó al suelo, sin que el hombre se diera cuenta.
Pasó muchísimo tiempo.
Un hombre la vio y la llevó al museo, donde no la reconocieron porque ya no estaba el
mismo director.
Después, permaneció en el museo, esperando ser robada por algún otro.

Pienso que las peripecias que jalonan la conquista de esta espada, las diversas tomas de
posesión y pérdidas, representan claramente los avatares y los sentimientos de culpa de Dominique
en sus intentos fallidos por encontrar la virilidad. En consecuencia, para que se proyecte
explícitamente en uno de sus personajes, y para que pueda seguir adelante si fracasa, le propongo:
“Imagina que eres tú quien se apodera ahora de la espada”.

Dominque dice: “Hay una guerra… Una bomba cae sobre el museo. Como yo sé que es
un ardid, voy al museo y tomo la espada. Después puedo… llevarla conmigo… La pongo en la
pared de mi habitación. La pongo allí porque me parece demasiado hermosa como para que no se
vea su guarda”. Pienso que persiste aún el simbolismo del cetro inútil. En esta oportunidad, la
espada no está mellada; no obstante, es antigua, y había estado enterrada en la duna. Alguien ha
pasado por encima, un hombre en vez de una mujer. ¡De todas maneras, la espada sigue siendo un
objeto de museo!

Dominique y yo permanecemos en silencio. Luego, él continúa diciendo:

74
Sería un soldado ahora… Iría a la guerra, con fusiles… Pondría mi espada en una funda
de hierro hecha por mí. Se produce un combate cuerpo a cuerpo. Gracias a mi espada, yo mataría
a muchos más soldados que los otros… Hago grandes molinetes, y ¿hop, saltan varias cabezas!
Me servirá durante toda la guerra… Podría decir que es la guerra contra… los alemanes.
(Los mismos alemanes a quienes la tetera no quiso servir, en un ensueño anterior).
La llevaría un poco como símbolo, pero para que haga su trabajo. Me serviría allá,
contra los alemanes.
Podría decir que tendré una cruz, una condecoración –la Legión de Honor -, porque
gracias a mi espada logré matar a muchos. De vuelta a casa, la colgaría en la pared, junto a las
condecoraciones.

Por supuesto, cuando vuelve de la guerra Dominique cuelga otra vez la espada en la pared,
como adorno y junto a las condecoraciones.
Pero se trata de una espada intacta que ha sido utilizada muchas veces, mientras que al
comienzo del ensueño era un objeto antiguo – como el cetro, la tetera y la locomotora – que pasaba
de mano en mano.

¡Hasta había permanecido en el campo de batalla después de la derrota! Y, como la tetera,


fue sepultada por las dunas, y puesta después en un museo.
Pero Dominique puede sacarla de allí –con motivo de una guerra -, apoderarse de ella; y
comprobamos que puede utilizarla: la utilizó en una guerra reciente, la guerra librada por la
generación de su padre. Dominique libra la guerra de su padre.

En cuanto a esas dunas que intervienen por segunda vez en el ensueño dirigido,
Dominique se refiere a ellas ahora, y esto le suscita recuerdos. Cuando era chico jugaba con sus
primos; uno de ellos, algo mayor que él, realizaba exhibiciones sexuales que le desagradaban
muchísimo. “Eso no se hace”, dice Dominique.

Ese primo hasta pretendía obligarlo a exhibirse él mismo. Dominique no recuerda muy
bien cómo terminó el asunto; pero, de todos modos, “eso no se hace”, repite.

Las tres flechas

Cuando vuelve, quince días mas tarde (es la 15ª sesión), Dominique dice que, pese a una
angina que lo obligó a estar en cama, se siente mejor y no se atrasó en su actividad escolar. Por
suerte, pues su padre le exige que esté entre los tres primeros alumnos… aunque Dominique piensa
que ello no será posible.

“Por otra parte – se pregunta - ¿acaso todo el mundo puede estar entre los tres primeros? Y
todos los padres piden eso a sus hijos”.

Veo despuntar una dimensión crítica en él. Por cierto, es poco combativo en su trabajo.
Pero también está aprendiendo a distanciarse de las exigencias de su padre, sin claudicar ni tener
sentimientos de culpa.

¿Aceptará el padre de Dominique ese cambio en el hijo?

75
Me formulo esa pregunta porque estamos probablemente en una encrucijada donde, frente
a una modificación en el hijo, la familia corre el riesgo de sentirse confundida… Sería preciso que
el padre aceptara la agresividad y autonomía nacientes de Dominique, que las acepte como si fueran
una garantía de bienestar futuro y no le exija que ocupe ese famoso primer lugar… que el muchacho
no puede alcanzar por ahora –ni podrá hacerlo después, quizá - y que parece constituir el objeto
principal de la demanda paterna.

En realidad, el padre de Dominique vive en ese momento una situación poco gratificante:
su hijo se distancia de él, se le opone, sin ofrecerle a cambio el éxito esperado.
Puesto que Dominique dice que le gustaría tener un ensueño sobre un tema propuesto por
mí, “un buen tema, como el del otro día”, le sugiero: “Estás en un claro, y hay bosques, campos,
montañas; tienes un arco y flechas. Puedes arrojar tres flechas, sin apuntar”.
Dominique dibuja las flechas, y dice:

La primera dio en un árbol. Como se ha clavado en él, no hay agujero, no puedo volver
con ella… Pero vibra, vibra de tal manera que todos los habitantes del árbol bajan para ver qué
pasa. Hacen cola.
Cuando los pájaros pasaron, un búho, jefe del almacén de depósito, les hizo pagar.
Estaban asombrados, se preguntaban de dónde podían provenir las vibraciones.

El búho era muy gordo… tenía desgastadas la punta del pico y las garras, como los búhos
viejos. Después les tocó el turno a las ardillas. Como estaban muy alegres, el búho les cobró más
caro.
Cuando todos pagaron, volvieron a subir para dedicarse a sus tareas. Llegaron los
insectos, que eran tan pequeños que no pagaron un centavo.
La flecha permanecerá indefinidamente en el árbol, hasta que alguien la saque de allí…
En cuanto a la segunda flecha… como la arrojo al aire, atravesará las hojas de los
árboles y surcará el aire… Hará un recorrido circular y volverá a caer muy cerca de mí… en el
suelo, muy cerca… Se hundirá… Haciendo un ruido ¡stang!...
Cavo muchísimo tiempo, sin encontrar absolutamente nada…Cuando llego a los 200m
hallo una antigua ciudad ultramoderna, con casas suspendidas en el aire; es mucho más moderna
que las de ahora… Pienso que hubo allí un mundo mucho mas evolucionado que el nuestro…
Después se produjo la guerra del fin del mundo… Entonces empezaron a venir otros hombres, los
romanos y los galos.

Sigo cavando… Llego al centro de la Tierra, habría llamas por todas partes… Bestias de
gruesas patas, como los dinosaurios… Escupirán fuego por todas partes… El suelo sería de
fuego… También la bóveda.
Los únicos colores son el anaranjado, el amarillo y el rojo, y el negro para los animales…
Me gustaría echar un poquito de agua para ver qué pasa… Todos los animales están locos de
terror e irían a advertírselo al rey.

El rey está entre dos llamas muy altas que lo envuelven, ¿sabes? (Dominique se encuentra
tan entregado a su ensueño que me tutea). Tendría sirvientes… Cuando le dicen que llegó el agua,
piensa que es un gran enemigo… Estaría aterrorizado. Llama a sus superiores, que viven en mitad
en mitad del Sol. Entonces… lo matan, porque a los superiores no les importa. Los monstruos
mueren cuando son atacados por una gota de agua… Caen rígidos, se ennegrecen… y se

76
endurecen, se vuelven chiquititos, derritiéndose. Algo parecido le pasó al rey… Los únicos que
pudieron volver a escapar saldrían en tropel, pero morirían al llegar al aire libre.

En este punto del ensueño le pregunto:


-¿Y tú?
-Yo estaría contento…
-¿Te llevas alguna cosa de allí?
-Sí, el trono del rey, que sería de color negro, de metal forjado… Negro como el
teléfono… Tendrían dos llamas, y manchas de sangre, porque ellos se alimentan de seres humanos,
de muertos… Vuelvo a subir… Mi flecha está en el suelo… La tercera flecha… Habría una pared
cerca… de hormigón armado… muy larga… La flecha se aplasta contra ella, y cae hecha pedazos.

-Tú eres más fuerte que la flecha – le digo.


-Paso, entro –prosigue Dominique –. Habría gran cantidad de animales muertos, negros,
amenazantes… Es una casa antiquísima… donde habría sillones negros, sillas… una mesa, un viejo
péndulo hecho trizas.
-Busca a la persona que vive en esa casa.

-Subo hasta una habitación del primer piso… Cuando paso, un escalón cruje y se rompe.
Huelo un olor a fritura. Veo una mujer vieja, que está muerta, podrida… La entierro. Podría avisar
a la Prefectura que hay un terreno inhabitado, una casa en mal estado de conservación. Ellos
mandarían personas para demolerla y construirían una fábrica en ese lugar.

-¿Te apoderas de algún objeto antes de abandonar ese lugar?


-De una Biblia muy antigua, atravesada por dos agujeros muy netos hechos por las ratas…
Está escrita en griego… Ha vivido mucho.
Dominique parece muy emocionado. Calla y luego dice:
-Me he llevado el búho y la flecha que se clavó en el árbol… El trono del rey, la Biblia
antigua…
-¿Qué haces con eso? –pregunto a Dominique, y este me responde:

Tendría una habitación para poner allí todo. Coloco en primer lugar el trono… Después
habría estado en lo alto de una montaña. Hay una gruta allí, la misma en la que habían sido
encontrados el hueso y la caja con serpientes… Enterraría todo, como los hamsters.
Eso se conserva cuando está enterrado… porque es de hierro forjado… Me asombraría
de que la Biblia hiciera un largo camino…
El jefe de los monstruos, que vivía en el Sol, tenía un vasallo muy desobediente, el que yo
maté, que murió por el agua.
El rey estaría tan contento por que yo le hubiera desembarazado de ese vasallo que
quería arrebatarle su corona en el Sol… que habría dicho que yo merecía que todo se volviera
hermoso.

Envía a la Tierra una nave espacial con su segundo vasallo. La nave se convierte en un
cometa que aterriza en un lugar conveniente. Habría elegido un cometa porque retiene el calor.
Cuando el cometa aterriza, un volcán entra en erupción…
El soldado, que es un vasallo bueno, trabaja tranquilamente en el cráter en fusión, sin
correr el riesgo de morirse de frío… Sería muy hábil y un poco brujo. Todo quedaría como nuevo.

77
Vuelve a partir en su pequeña nave espacial, después de haber dejado en la gruta todo,
absolutamente todo, nuevo y desenterrado para mí.

El trono sería todavía de un negro intenso… un negro muy negro, mas negro aún que el
teléfono, y de tono mate, como un pizarrón.

En este punto del relato, pienso que el teléfono simboliza el discurso y la comunicación, y
el pizarrón, la clase escolar.

La Biblia estaría como nueva, con páginas blancas y tapas de cuero… El búho estaba
muerto… Yo tendría un huevo de búho en el lugar… El huevo estaría abierto.
Pero el volcán entraría en erupción, presionado por la corteza, como un verdadero
volcán… Y la corteza habría cedido. El proyectil habría sido lanzado como un rayo hacia el Sol…
Eso le pone un ojo negro.

Dominique está muy emocionado. Cuando termina este ensueño, habla largo rato de su
madre, a la que echa de menos. Le gustaría que ella estuviera viva aun para poder hacer cosas con
ella: dibujar o pintar, puesto que era pintora, o esquiar, porque era deportista… Pero no, eso nunca
será posible.

Esta sesión ha sido larga, duró una hora y cuarto. Pero he preferido que Dominque
agotara sus imágenes y expresara su deseo por la madre, la pena que le produce estar separado de
ella para siempre.

Análisis exhaustivo del ensueño de las tres flechas

Es obvio que no puedo dejar este ensueño sin buscar sus significados evidentes o posibles.
Si Dominique fuera un adulto, en la sesión siguiente – o en otras ulteriores – me dedicaría a
esclarecer con él su propio sistema de símbolos. Esto constituiría el aspecto analítico de la
psicoterapia, que aún no he tocado. Dominique habla sin trabas, y probablemente diga más de lo
que piensa. Pero sabe que está hablando de sí mismo, que mi tarea consiste en reunirme con él
después de haberle propuesto que se ponga en camino.

Esas tres flechas parecen, en efecto, hacernos penetrar de manera cada vez mas profunda
en la afectividad de Dominique. La primera, “clavada” en el árbol donde “no hay agujero”, sacude
a este con vibraciones tan intensas que “todos los habitantes del árbol bajan para ver qué pasa”. ¡Y
el viejo búho les hace pagar! Al parecer, este búho-padre hace pagar el derecho a una masturbación
evidente, puesto que las vibraciones que hacen salir a los habitantes del trono han sido provocadas
por una flecha que no agujerea ni cava un agujero para penetrar. Y la flecha permanece clavada en
el árbol hasta que alguien (¿quién?, ¿yo, quizá?) la saca de allí.

La segunda flecha, empero, se hunde en el suelo. No está hundida en la arena, como


muchos otros objetos que estaban cubiertos por las dunas, sino en la tierra –la tierra donde está
enterrada la madre de Dominique -. No podría dar una interpretación exacta de la secuencia en que
aparece la ciudad ultramoderna, pero cabe preguntarse si, cuando Dominique llega al centro de la
Tierra, alcanza –oponiéndose al mandato paterno – una toma de conciencia de la sexualidad, cierta
percepción sexual. El rey no muere realizando el acto sexual: “Los monstruos mueren cuando son

78
tocados por una gota de agua (¿de agua o de semen?)… Caen rígidos, se ennegrecen y endurecen,
se vuelven chiquitos, derritiéndose. Algo parecido le pasó al rey”.

Dramatizado, trasformado, ¿acaso no es esta la vivencia de una incomprensible erección-


eyaculación al mismo tiempo atribuida al padre, y que mata al rey-padre del cual Dominique
experimenta momentáneamente, de nuevo, la necesidad de desembarazarse? En cierto modo, el rey
es castigado por haber poseído a la madre en tiempos arcaicos. Pero también podemos suponer que
el adolescente Dominique, asustado por su sexualidad, recurre al superior, a quien “no le importa
eso”.

Muere un Dominique determinado, que al mismo tiempo mata al padre con su propia
potencia, puesto que “los monstruos mueren cuando son tocados por una gota de agua”, gota de
agua-semen que Dominique quizás emite en su angustia. Por lo demás, tan pronto como realiza ese
acto, Dominique se siente “contento” y se lleva al trono del rey, ese trono cuyo color evoca el
teléfono, símbolo de expresión verbal. Es la reconquista de la palabra después de la afirmación de
sí mismo como rival vencedor del padre.

Y esta victoria sobre el padre lleva a Dominique hasta el lugar en que lo espera su madre:
el reino de la muerte. La flecha simbólica se ha aplastado contra la pared de hormigón, símbolo de
la muerte violenta, del “accidente” sobrevenido durante una intervención quirúrgica, y símbolo
también de esa ruptura vivida por el propio Dominique: esta flecha no es como la primera, clavada
en el árbol. Tampoco está desmochada, como el cetro de la 3ª sesión, sino que se ha roto al
estrellarse contra el muro de la muerte. ¿No choca Dominique, desde hace un año, con la muerte de
su madre? Pero, ya que desde el período en que apareció el cetro Dominique ha podido poseer una
espada intacta, y puesto que la segunda flecha obtuvo una victoria, le recuerdo que él es mucho más
fuerte que esta flecha ambigua. Es el mundo fétido y “hecho trizas” de la muerte.

Estamos lejos de esas casas modernas de la ciudad descubierta hace poco tiempo, pero que
prefiguraban quizás “esta tierra desierta, esta casa en mal estado de conservación”. Cabe
preguntarse si Dominique pudo entrar en la casa en ruinas debido a que penetró durante algunos
instantes en la ciudad ultramoderna que existió en otra época, y si yo misma y el mundo de la
psicoterapia somos ese camino por donde él marchó hasta llegar a la madre, “vieja mujer muerta,
podrida”.

¿Es posible que, a través de la relación psicoterapéutica aquí vivida, Dominique haya
podido encontrar el camino de la imagen materna, ese camino en el que aquel no se detiene, pero
que le permite pensar en el pasado remoto? De tal modo, las imágenes a las que tuvo acceso
inmediatamente después de ese episodio que no comprendí muy bien al principio parecen haber
surgido gracias a que Dominique pasó por esta ciudad antigua y moderna a la vez, lugar actual en
que se trasfirió el pasado.

Merced a que fue posible regresar a las épocas más antiguas y enfrentar al rey a través de
una imagen angustiante intensamente sexualizada, Dominique pudo dirigirse por fin hacia el lugar
que realmente ocupa su madre ahora. Lleva consigo la vieja Biblia “atravesada por dos agujeros
muy netos hechos por las ratas”. ¿Por las ratas, o por el padre y su hijo, cada uno de los cuales la
penetra? ¿O por el cirujano? ¿O por todos ellos a la vez…? ¡Esa madre ha “vivido mucho”, y es tan
inaccesible como un texto “griego”!

79
Sin embargo, Dominique se ha llevado al búho-padre y la flecha que estaba clavada en el
árbol, “esperando que alguien la sacara de allí” (acto cumplido por el propio Dominique). También
se ha llevado el trono del rey-padre y la vieja Biblia recuperada. Vemos que retorna
espontáneamente a la gruta surgida al comienzo de la psicoterapia, la gruta donde “la mujer había
desmochado el cetro”, donde “lo viejo y lo nuevo” estaban ya enfrentados. Pero ahora llega
victorioso, llevando consigo sus trofeos, a los que entierra una vez mas, renovando las fantasías de
muerte y sepultamiento que ya conocemos.

Pero aquí todo parece enmarañarse. Aquel que nos pareció ser rey, y al que Dominique
arrebata el trono después de haber hecho venir el agua que la mató, no era el verdadero rey. En
otras palabras, si vemos allí una imagen de Dominique, quien ha sido castigado es en realidad el
usurpador de la potencia del padre. Pero, si detrás de esa imagen del usurpador también
reconocemos el rostro del padre, debemos considerar que este rostro pertenece al “padre malo”. De
todos modos, el rey auténtico –el padre bueno – está en el Sol.

Y ese padre recuperado, henchido de gratitud hacia Dominique, hace que todo se vuelva
hermoso. Para ello pide ayuda: “Lanza a la Tierra una nave espacial con su segundo vasallo”. Este
vasallo –detalle de interés – se convierte en “un cometa que aterriza en el lugar apropiado”; y el
rey-padre bueno ha elegido un cometa “para que permanezca cálido”. Ya no caben dudas: el padre
recurre a una mujer* para que en torno de su hijo todo se vuelva hermoso.

* “Cometa” es femenino en francés. (N. del T.)

¿Cómo no reconocerme yo misma en ese cometa? Por lo demás, el resto del ensueño
continúa en el mismo sentido: “Cuando el cometa aterriza, un volcán entra en erupción”; es la
agresividad volcánica de Dominique, la explosión de su sexualidad… Pero “el soldado, que es un
vasallo bueno, trabaja tranquilamente en el cráter en fusión, sin correr el riesgo de morirse de frío”.
Así es; pero, si admito que mi interpretación es correcta, la confusión de sexos persiste: el cometa
contiene a un soldado, un vasallo bueno, que trabaja en un cráter en fusión (como cuando descendió
la primera flecha, muy viril).

Pero en un cráter no obstante, el cráter en fusión de Dominique. Y –dice este – el vasallo


bueno “sería muy hábil y un poco brujo”, lo cual expresa otra vez la pasividad de Dominique, no
eliminada aún, y la percepción hasta cierto punto mágica del desarrollo de la psicoterapia. No
hemos llegado todavía al final del camino, y será preciso que Dominique logre hacerse cargo de ello
y entienda qué ocurre, que diga – o alguien le diga – explícitamente qué pasa, aunque sea
sucintamente.

Por lo demás, el vasallo-cometa-terapeuta “vuelve a partir en su nave espacial, después de


haber dejado en la gruta todo, absolutamente todo, nuevo y desenterrado para mí”. Se trata del
anuncio del posible fin de la psicoterapia… junto con la imagen del don, a la que yo querría ver
sustituida alguna vez por la de la conquista.

Y es también la transfiguración final y espontánea: “El trono sería mas negro aún”. Tal
como lo describe Dominique, ese trono alude a la curación de los síntomas: el discurso normal y el
éxito escolar están asegurados. “La Biblia sería nueva”: nueva y quizá distinta, puesto que sus

80
páginas son blancas y tiene tapas de cuero. “El búho estaba muerto”, dice Dominique; el búho-
padre malo fantaseado está muerto, pero ha dejado en su lugar un huevo que se abre… ¿para dar
nacimiento a un nuevo padre bueno? ¿O para dar a luz un nuevo Dominique? Pero Dominique no
tiene aún la certeza absoluta de que su padre sea nada más que un padre bueno. Persiste un resto de
agresividad que lanza contra el padre bueno-rey Sol un último proyectil, el cual “le pone un ojo
negro”. Qué poca cosa es eso frente al homicidio de la serpiente marina y a la muerte del vasallo
malvado.

No trasmito a Dominique esta interpretación. Sin embargo, estoy tentada de hacerlo; pero
renuncio a ello por ahora, pues de todas maneras él se expresa, sabe que lo escuchan, no pide que le
analicen. Ya llegará el momento de hacer explícitas las interpretaciones, el momento en que
Dominique podrá decir en un lenguaje no codificado lo que vive y lo que ha vivido. Hoy ha podido
hablar ya claramente de su madre.

El retorno de la madre

La 16ª sesión, realizada una semana después, es una continuación de la anterior. Cuando
llega, Dominique dice que tuvo un sueño la noche anterior, y que ese sueño le impresionó y
emocionó mucho.

Mi madre – declara - … Dios había decidido que ella pasara una semana en la Tierra. En
mi sueño, eso parecía absolutamente normal… no un milagro. Entre el sueño y el despertar tuve la
impresión de que continuaría viéndola en mi cabeza.
-Si eso fuera cierto… -le digo.
-Haría visitas a todo el mundo, no iría a la escuela.
-Es un poco amargo imaginar…
-¡Pues tanto peor! La filmaría muchas veces, saldríamos…

De los siete días, pasaría cuatro con la familia, y un día estaría dos horas con cada uno,
charlando en casa.
Dominique dice que Dios habría podido hacer un milagro: “Me parece bien que no lo haya
hecho… El ritmo de mi vida ha cambiado… Ahora, todo el mundo me reprende… Antes, me
abrazaban por la mañana… Ahora insultan, sobre todo a Carolina… Mi madre era la dulzura… Era
una madre”. Dominique dice que no comprende cómo hacen sus hermanas para aceptar mejor la
muerte de la madre. “Sin embargo –dice – ellas son mas jóvenes… Pero cuando vuelvo a casa me
doy cuenta de que eso no les afecta para nada… No lo comprendo.”

Explico entonces a Dominique que las relaciones entre una hija y su madre son diferentes
a las que esta establece con un varón. Todos los hijos necesitan de su madre cuando son pequeños.
Pero, además, el varoncito se enamora de su madre antes de aprender que ella no es para él, antes de
poder enamorarse realmente de una mujer que será suya, con la que podrá casarse.
Dominique permanece en silencio durante algunos minutos. Luego dice que, ahora que no
ve más a su madre, piensa que ella es perfecta. Pero recuerda que cuando estaba viva las cosas no
marchaban muy bien a veces, y eso le produce remordimientos. Pero, después de todo, ¿no es un
poco normal que ello ocurra? Además, si su padre muriera quizá le ocurriría algo semejante:
pensaría que él es perfecto… aunque ahora sufra por su culpa.

81
Dominique no ha señalado, comentado ni rechazado mi explicación sobre las relaciones
entre un hijo varón y su madre.

Pero, una vez más, se ha distanciado de su propio drama; lo ha hecho en dos niveles: el de
la relación con la imagen de la madre muerta y el de la relación con el padre vivo, presente.
Cuando se dispone a partir, Dominique dice que está contento por venir a verme, “porque aquí
puedo hablar”.

El castillo

Dominique vuelve después de tres semanas, período en que hubo vacaciones en la escuela.
Tiene aspecto tranquilo y manifiesta el deseo de hacer un ensueño dirigido. “Eso me hace bien –
dice – y después puedo hablar”.

Puesto que se ha referido a los castillos antiguos que vio mientras viajaba, le sugiero que
imagine un castillo y se dirija a él.

Había muchísimas zarzas y bosques de espesura muy densa. Estaría completamente


cubierto de viñas. Sería de mañana. Yo estaría paseando y lo habría visto; nadie sabría que allí
hay un castillo. Creo que es una artimaña. Voy allí para ver y me doy cuenta de que es un castillo-
fortaleza muy antiguo.

El castillo ha sido demolido, solo queda en pie el torreón.


Entro en él. Es muy alto, está cubierto de viñas y de vegetación. Entro por una puerta
que quedó abierta. El lugar está lleno de ratones y ratas.
En el vestíbulo hay escaleras en ruinas, pero utilizables, que suben en forma de caracol.
Subo hasta el primer piso. Allí solo hay barriles vacíos y muy viejos, y pululan las telas de araña;
eso da la impresión de que el lugar fue abandonado rápidamente en otra época.

“Imagina que tienes una máquina del tiempo”, le digo.


Llega un mensajero y dice que un ejército armado, numeroso, se dirige al castillo. Están
a 100 Km de distancia.
El rey se pregunta qué es más conveniente: irse o sufrir un asedio. Envía al explorador
para que le informe.
Esperó tres, cuatro días… una semana. Y el explorador no volvía.
Entonces el rey tuvo miedo, pensó que el explorador había sido capturado. Es un ejército
enorme… El rey vio humo muy lejos de allí. Eran los incendios provocados por ese ejército.
Reúne a todos sus cortesanos y les expone el problema, diciéndoles que es necesario
partir de inmediato. Todo el mundo pone manos a la obra, prepara paquetes.
Partirían en caravana, muy, muy lentamente.
Después llegaría el ejército, que saquea el castillo, derribando sus murallas pero dejando
el torreón en el aire.

“Ese castillo te pertenece ahora, puesto que lo has descubierto”, le digo.


Lo refacciono hasta donde es posible, reemplazando las viejas piedras, reforzando la
muralla, poniendo ventanas, limpiando las entradas; haré hacer de nuevo un techo, e instalaré los
muebles. Haré limpiar el bosque, porque es un bosque verdaderamente virgen. Quedaría bien.

82
Un día compro un piano muy pesado y lo llevo arriba. Los changadores lo subieron por
la escalera, que es amplia… Y entonces… suben hasta la mitad, uno de ellos pierde el equilibrio,
suelta el piano… que caería violentamente al suelo, haciéndose pedazos. Pero el suelo se ha
hundido, tiene fallas. ¡Bum! Junto con el piano, todo se viene abajo.

Quito las piedras. Cuando bajo a la cavidad, descubro enormes galerías abiertas en la
tierra, con puertas y enrejados.
Estuve allí con algunos amigos que invité. Con palas.
Hay un calabozo que tiene una gruesa puerta cerrada. No tengo la llave, y la hago saltar
con dinamita. Llego a una escalera de caracol que se achica hasta tener 50 cm., y a una sala
grande como la suya, ahí. Habría dos losas grandes, redondas, con un anillo.

Pondría una viga. Levanto una losa. He inclinado la cabeza. Bajo las lámparas-
antorchas, atadas a la punta de una cuerda delgada. Hay un agujero así de grande cerca de la
ventana. Abajo habría cuatro esqueletos intactos y… yo habría abierto el sarcófago del segundo.
No habría más que un esqueleto. Sería como el primero. He hecho refaccionar todo eso. Vuelvo
a subir y sigo visitando la galería. Hay una galería con calabozos, y del otro lado un
derrumbamiento enorme, que se produjo cuando los enemigos destrozaron la muralla.

Agarraría un cráneo que está entero, muy bien conservado. Lo colgaría arriba, en la
punta de una pica muy larga que subiría recta; tomaría dos fémures y los pondría más hacia atrás.
Todo eso está soldado… y es muy propio de un castillo.

“Si tocaras todo eso con una varita mágica…”, sugiero a Dominique.
Toco el torreón para que vuelva a ser lo que era cuando fue construido.
Es muy claro, está muy bien delineado. Solo queda la pica de hierro nuevo. Todo lo
demás ha desaparecido.
Han quedado el bosque y las zarzas. El piano, que se hundió en el subsuelo, es devuelto.
En la cueva que he arreglado hay vino.
Yo haría de eso una casa de familia.

El ensueño dirigido de esta sesión está en la línea del de las tres flechas. Persiste el tema
del objeto antiguo, y el ensueño entero está basado en el tema de la muerte. La cantidad de
esqueletos reproduce el número de miembros de la familia de Dominique, y uno de los cinco está
separado del resto, “como el primero”, como la madre, que fue la primera en entrar en la muerte.

Pero, en fin de cuentas, después de mi sugerencia de trasformación final queda una imagen
fálica triunfante. La pica, que estuvo alzada un momento, coronada por la cabeza de un muerto,
permanece solitaria en la punta del torreón.

Por último, todo termina con el triunfo de la vida, con la imagen de una casa de familia
restaurada en cuyo sótano la muerte ha sido reemplazada por barriles de vino.

Sueños de reanudación

En la 17ª sesión, Dominique dice que sueña mucho ahora. “Sueño casi todas las noches –
dice – es agradable. Pero he tenido uno desagradable; es este:

83
Mi hermana y yo estábamos a orillas del agua, en un lugar donde el suelo es muy
movedizo. Había allí un lago y un barco. Caminábamos sobre un tabique, y yo tenía miedo de que
se hundiera. Estábamos un poco acorralados.

Subimos al barco para estar seguros allí. Se levantó viento y zarpamos. Llegamos a un
andén de estación, y en el momento de llegar yo estaba subido a horcajadas en la proa. Trataba de
colgar el bastón de un gancho… en el andén. Había un hombrecillo ahí; le ayudo a alzar los
aparejos.

Cuando le interrogo acerca de este sueño, Dominique comenta: “Es desagradable porque
el suelo va a hundirse… El barco zarpa sin que sepamos adónde va”.
La proa es un domo en el que Dominique monta armado de un bastón-falo, sabiendo
claramente que ese barco al que creía un lugar seguro se dirige a un lugar desconocido… Sin
embargo, también noto que el “hombrecillo” que encuentra es una figura a la que desea ayudar: “Lo
ayudo a alzar los aparejos” ¿Será una imagen del cambio operado en la relación con el hombre, con
el padre?

“Lo molesto de tener miedo en un sueño –declara – es que no podemos razonar”.


Dominique alude entonces a las pesadillas que tenía cuando era niño: “Me acostaba en el
primer piso… Creo que mis padres lo hacían justo encima de mi dormitorio”.
En la 18ª sesión, Dominique dice que continúa mejorando en la escuela y en su relación
con el padre. Sus notas han mejorado, son buenas en general. Pero no está entre los tres primeros
alumnos.
Dominique sueña mucho: “Es agradable; los sueños son mas bien raros, pero sencillos:
deseos como el de ver a un compañero, o que lleguen las vacaciones…”.
Aborda así deseos concernientes a una inserción mas adecuada en la realidad, en la vida
social.

El águila y su cría

En la 19ª sesión. Dominique dice que se siente bien.


Toma la caja de cartón que contiene fotografías e imágenes inductoras (¡por fin una
iniciativa personal!), y elige una fotografía donde aparece un águila que está matando a una gallina.
Es una historia lógica. Bien se advierte que hubo lucha y que la gallina está muerta.
Cuando se dio cuenta de que su gallina había desaparecido y que el águila remontaba
vuelo llevándosela, el granjero reunió a todos los hombres que conocía para salir a la caza del
águila.
Todos ellos partieron, armados de fusiles, hacia el nido que se veía a lo lejos. Llegaron
allí –al pie de la montaña donde el águila tenía su nido -; la roca es muy alta.
Comenzaron a trepar por una soga que lanzaron a la cumbre.

El águila los oyó y, al inclinarse, los vio. Como había un gran lienzo cerca de él, grande
como la mitad de una sábana, tomó a sus crías y las puso adentro…Llamó a su mujer con un
grito… Ella y él han agarrado por ambos lados el lienzo con las crías. Remontaron vuelo con la
bolsa.

84
“Trata de ver qué ocurre”, le digo.
Uno de los hijos del águila es muy imprudente y valeroso. Cuando miró hacia abajo,
pasando la cabeza fuera del lienzo, vio los ríos, los arroyos, las casas, tuvo ganas de ir a ver qué
era eso y se lanzó al vacío.
Como no tenía ninguna pluma, se precipitó en caída libre. Sus padres se dieron cuenta…
El padre soltó uno de los lados de la bolsa, y la madre lo agarró. Pero eso pasó en un segundo: el
padre había soltado… confiado la bolsa a la madre.

Como era mucho mas pesado que su cría, también se dejó caer en caída libre… Lo hizo
así, extendiendo sus alas (Dominique abre los brazos imitando la caída libre).
Y el pajarillo cayó en la espalda de su padre. Afirmó sus pequeñas garras en las plumas
del papá para no caerse.
La madre había bajado. El padre volvió a poner a su hijo dentro del lienzo, y todos ellos
partieron nuevamente.

“¿Qué sentimientos experimentaban?”, le pregunto.


Un poquito de inseguridad… porque huían, pero estaban ya en Suiza, bien lejos de los
cazadores.
Dominique dice que prefiere “el episodio en que los padres salvan a sus hijos. Los
animales hacen todo lo que pueden por sus crías. Algunos se sacrifican: en el caso de los faisanes,
el padre se deja atrapar; el lobo y los ciervos se sacrifican. Con los seres humanos no ocurre lo
mismo…”.

Dominique admira la fuerza y belleza de las serpientes, la valentía y resistencia de los


lobos; en particular, admira a los caballos. Si pudiera convertirse en animal, elegiría ser un caballo,
“un caballo libre y salvaje”. La identificación con la teterita pasiva ha quedado muy atrás.
Dominique desea aun que su padre se sacrifique, pero no con un sacrificio impuesto por los hijos
sino libremente elegido.

El retorno del papagayo

Dominique toma una nueva iniciativa en la sesión siguiente: hurga en el armario donde
guardo los objetos hechos por los niños. Encuentra su papagayo, y piensa qué podría hacer con él.
La pasta de modelar se ha endurecido. Dominique deposita en el escritorio al papagayo, y habla:

Diría que es gris, un poco blanco en la cabeza; la cola y las alas son rojas.
La veo cerca de la ventana del salón, sobre un magnífico perchero cromado. Hace así.
(Dominique se balancea). Había roto su cadena y volado a la ciudad.
Vuela, y yo la busco con largavistas… Subo a la Torre Eiffel con el largavistas. Escribo a
la policía, pongo avisos en el diario. Todo el mundo lo busca.
Eso se convierte en un asunto importante. Un día, salgo en su búsqueda
preguntándome… pegando etiquetas en los semáforos… Siempre dejo abierta la ventana, por si
regresa.
Lo hago así: busco, pego etiquetas. Ya no dejo abierta la ventana… El perchero está en
el sótano, roto.

85
Y un día, cuando mis hermanas vuelven de la escuela… ven dos papagayos en el balcón;
uno es el nuestro, y el otro es de la misma raza. Los seguimos porque echan a volar, chillando
para decirnos que vayamos detrás de ellos. Los seguimos en auto, y nos conducen a la campiña.
En determinado momento suben a la copa de un álamo. El papagayo macho (el nuestro)
lleva una cosa verde en el pico. Notamos que es un bol enorme donde hay tres papagayos
pequeños y sin plumas. Vuelven a llevar todo eso a la casa. Los cobijamos, los pequeños crecen y,
de este modo, tenemos cinco papagayos.

Dominique dice entonces que ese bol que contiene a los tres pequeños le trae a la
memoria, por su color, un obsequio que su padre le hizo cuando él era pequeño: un teléfono de
material plástico. “Era verde… lo encontré oculto bajo mi cama”. Otra vez el teléfono, medio de
comunicación. Digo a Dominique: “Un teléfono… para hablarse”. Dominique retoma mi
insinuación: dice que su padre dicta conferencias en Francia y en otros países. “Es muy conocido…
y eso no le impide ser amable… Me gustaría ser como él, mas adelante… La próxima vez – me dice
– le mostraré a usted mi boletín de calificaciones.”

Luego, Dominique vuelve a hablar del ensueño dirigido. Dice que se siente a la vez el
papagayo que partió lejos y regresó con su mujer, él mismo empeñado en buscar a su papagayo, y
un poquito menos – pero muy poco – el hijo de ese papagayo3 . Cabe preguntarse si él es, en efecto,
ese muchacho que, buscando el verdadero rostro de su padre, lo descubre por fin vigilando a sus
tres hijos, y a partir de ese momento puede entrar en la adolescencia.

Puede entonces soñar que asume su virilidad a la manera de su padre, finalmente


reconocido, aceptado y admirado. No es casual que el papagayo y el teléfono sean reencontrados
en este ensueño. Su padre amado le daría el medio de expresarse, como lo hizo antes, cuando le
regaló un teléfono del mismo color que el bol nutricio y protector en que viven los tres pequeños
papagayos. O como cuando, en un ensueño anterior, le restituyó un trono negro, más negro aun que
el teléfono.

Interrogantes y elucidaciones

Dos semanas después (en la 21ª sesión), Dominique me trae el boletín de calificaciones,
bastante satisfactorio pese a las faltas de atención que continúan reprochándole un poco por todas
partes. Los exámenes de fin de año han comenzado y Dominique los enfrenta con calma. Trabaja,
y piensa en las vacaciones cercanas. Proyecta ir a un campamento de adolescentes.

Recaba información sobre las profesiones que podría ejercer. ¿Será veterinario, médico?
¿Arquitecto, quizá?

3. Aun cuando en la 4ª sesión se acordara del gatito que tuvo, se identificaba con este y con la madre a la
vez. Pero hoy se trata del padre y de las imágenes masculinas. Y Dominique se identifica muy poco con el “pequeño.

86
Se casará algún día. “Un día –dice – cortejaré a una muchacha y me casaré”. Sin
embargo, se pregunta: “¿Es posible elegir el sexo del hijo? ¿No es el sexo de la madre el que
determina el sexo del hijo?”.

Dominique se da cuenta de que, si las cosas fueran así, no habría más que niñas. ¿Habrá
pensado durante mucho tiempo que él mismo era una niña? Sí, es cierto, le ha costado aceptar que
es varón, esto no le agradaba. Y, sobre todo, “cuando una madre tiene el primer hijo varón, sólo
debería tener varones después”.

“Y tu madre – le digo – tuvo dos niñas después de ti”. Dominique responde


afirmativamente: “¡Sí, y no existían mas que las niñas en casa!”.
¿Se sentía Dominique condenado una vez más a ser una niña para que lo aceptaran en el
mismo nivel que sus hermanas, apreciadas por su gracia, su vivacidad, su garbo? La ambigüedad de
su propio nombre, ¿no facilitaba acaso las cosas? Su parecido con la hermana de su padre, ¿no
favorecía ese equívoco?

Es necesario admitir que el sexo de un hijo no está determinado por el sexo de la madre ni
el de los otros hijos. “Sin embargo – pregunta Dominique -, ¿ocurre así con la historia de los
espermatozoides?”

Le doy explicaciones acerca de la relación sexual y la fecundación. “Pero – acota


Dominique -, ¿no pueden ir los espermatozoides a otra parte que no sea el cuerpo de la mujer?”. Le
hablo de las poluciones nocturnas, de la masturbación. “Pero, ¿cómo es que salen justo en el
cuerpo de la mujer en el momento de tener relaciones?”. Le doy explicaciones acerca de la
excitación de los órganos sexuales.

Dominique me dice: “Tengo amigos que llaman a eso “la puntita que sobra”; es cierto que
sobra… Sería mucho mejor que fuera como en las mujeres… Dentro del cuerpo… Es molesto,
estorba… Es feo… Sobra”.

Abro el cuaderno en la página donde Dominique dibujó el cetro, y él, observando que el
cetro está roto, dice: “¡Ah! Hay una relación”. (La ambigüedad del vocablo “relación” está aquí
subrayada). Luego miramos el conejo, al que le falta algo: “¡Hay una relación!”; la tetera, con
respecto a la cual señalo que está ahuecada: “¡Hay una relación!”. Observamos los dientes que le
han crecido, y Dominique ríe y se regodea viéndola atacar a la serpiente. Cuando ve la espada recta
e intacta, dice: “Ahí, pues, hay una relación”.

“Convertirse en adolescente – le digo – es aceptar el sexo que uno tiene”.


Nos levantamos. Dominique mira la hora y me dice con brusquedad: “¿Qué ocurre para
que las estaciones se atrasen así? ¿Cómo es que desde hace algunos años siempre hace frío… y el
invierno se alarga? Creo que vamos a cambiar de era… Habrá una explosión violenta y pasaremos a
otra era. Pero, entonces, los hombres quizá ya no podrán vivir… los que estaban allí antes”.

El padre de Dominique me pide que aplace por dos semanas las próximas entrevistas,
“debido a los exámenes”. Dominique dice que lo lamenta, pero, al mismo tiempo, se siente mucho
más fuerte y puede dejar de venir durante quince días, sin que ello le resulte difícil.

87
Al regresar me dice que tuvo grandes problemas con su padre. Ha dicho a su padre que no
creía más en Dios desde la muerte de su madre y después de haber tomado conciencia de las
catástrofes mundiales.

Se ha negado a concurrir a misa, puesto que ya no creía en Dios. Su padre montó en


cólera. Dominique trató de explicarle que eso no lo hace desgraciado ni más malo, pero su padre no
lo escuchó. “Estaba tan furioso – dice - . Me dijo que no soy bueno en nada, que seré linyera o
basurero. Grita mucho, pero yo no lo permito más. Le dije que quería acampar con muchachos de
mi edad, y eso tampoco le agradó. El querría que yo esté todo el día con mis hermanas. Pero eso se
acabó ahora, no lo permitiré más. ¡Busco un arma contra él, un arma ofensiva!”.

Esta precisión es asombrosa en un muchacho que hace un año era tan pasivo y cuya única
arma estaba siempre mellada, desmochada.
También es asombroso que hoy no haya tartamudeado en ningún momento y que ese largo
discurso fuera dicho con firmeza, sin atascarse. “De todas maneras – concluye -, he comprendido:
mi padre quiere quitarme todo”.

Le digo: “Lo sientes así, y tanto, que durante largo tiempo creíste que él quería suprimir tu
sexo de varón… ¿Recuerdas la puntita que sobre y el cetro desmochado?”.

Dominique ríe suavemente y hace un gesto de asentamiento. Con el mismo dominio de sí


toma papel y lápiz y dibuja. Luego dice: “Los dos trenes llegan a toda velocidad. Van a toparse en
el túnel. El mas moderno se precipita con todas sus fuerzas, pero el más viejo es más sólido;
marcha a fuerza de pistones y vapor. Eso va a convertirse en un montón de chatarra”. “Te sientes
muy frágil aún – le digo -, y tu padre, más viejo, es mas fuerte”. Quisiera añadir: “Ustedes están
enfrentados porque quieren conquistar a tu madre”. No lo hago, pues el problema de la conquista
edifica de la madre se plantea en términos insolubles. Además, ya le he sugerido esta
interpretación, que él no ha retomado ni comentado.

Dos semanas más tarde, Dominique viene a la última sesión del año. Dice que las cosas
no mejoraron en su casa: “Mi padre está furioso conmigo, todo el tiempo… Dice que no he tenido
un año fructífero… y que eso es culpa mía. Yo le respondí que si hablara más conmigo, si me
quisiera un poco mas, las cosas quizá mejorarían… Que me puso en un internado para
desembarazarse de mí… Le he dicho que cuando era chico y cometía una torpeza, me ordenaba que
después de cenar volviera a mi dormitorio… ¡Yo sabía por qué! El pegaba, pegaba… Mi madre
golpeaba la puerta, gritaba “¡Basta, basta!”. Corría a defenderme, y eso provocaba horribles
disputas. Me reprochaba que yo nunca valdría algo. Le he dicho que jamás dejó de decirme que yo
jamás serviría para nada. Ahora, cuando mi padre me reprende, pienso en mamá… En todas las
maldades que le hice… Si lo hubiera sabido, jamás la habría hecho rabiar. Cuando se fue a la
clínica para operarse, no fui amable con ella… Preferí seguir jugando… Me lo reprocho; es culpa
mía que ella haya muerto durante la operación, porque solía decir que no le importaba vivir si yo
era malvado… No puedo dejar de pensar en eso”.

Lo piensa siempre, pero es la primera vez que ha expresado este aplastante sentimiento de
culpa.
Después de un momento de silencio, Dominique dice:

88
-No lo había dicho. Pero ahora, al reflexionar en eso, pienso que ella no murió por culpa
mía. Solo que es muy triste, porque ella me amaba. Y ahora es necesario que aprenda a vivir sin
ella, que me quería, y con mi padre, que no me ama a veces.

-Creo que ahora eres capaz de vivir y de hacer cosas – le digo -. Estás convirtiéndote en
hombre.
Esta fue la última sesión que tuvimos antes de las vacaciones. Pasó el verano; Dominique
hizo las paces con su padre, y si bien no logró concretar su deseo de acampar con adolescentes de
su edad, tuvo al menos la oportunidad de afirmarse en su familia, de tener éxito.

Cuando regresó del veraneo se sentía mas seguro de sí mismo. Sus actividades escolares
le interesaban mas, consideraba que los viajes le hacían perder tiempo. Su padre deseaba
interrumpir la cura, y Dominique ya estaba en condiciones de tolerarlo. Por supuesto, yo pensaba
que habría sido necesario aun ayudarlo a encontrar su identidad personal, acompañarlo algún
tiempo en su rechazo de culpas falsas, en la evaluación de las responsabilidades que podía asumir
ahora, en la afirmación de su identidad sexual.

No obstante, acordamos detenernos en ese punto y volver a vernos cuando él lo deseara:


muy pronto, o mucho mas adelante.

Hemos expuesto ya las curas de tres niños. En las páginas que siguen examinaremos los
diversos problemas que ellas han podido plantear y que pueden ser ilustrados por cada una de las
psicoterapias descritas.

Por supuesto, estos estudios no son exhaustivos. No pretenden ser un compendio de todos
los aspectos referentes a las psicoterapias de niños, ni siquiera de los que atañen al ensueño dirigido
aplicado a la cura de estos. Tampoco intentan abarcar el conjunto de problemas que pueden haber
planteado los casos descritos en la primera parte.

Pero estas reflexiones reúnen diversos temas frecuentemente mencionados en seminarios y


coloquios realizados por los miembros del Grupo Internacional de Ensueño Dirigido de Desoille
(GIREDD), en las conferencias que hemos pronunciado en hospitales y centros universitarios.
Expresan, sobre todo, las preocupaciones fundamentales que guían nuestros trabajos, y se sitúan en
el punto de intersección de la investigación y la práctica psicoterapéuticas.

En primer lugar, daré algunas indicaciones de carácter general y técnico para ilustrar al
lector poco versado en psicoterapias basadas en el ensueño dirigido. Luego examinaré dos temas
fundamentales, relacionándolos con las tres curas expuestas: la dinámica de la función significante
en una cura de ensueño dirigido, y la dinámica de la relación que se establece en esta clase de cura.

89
SEGUNDA PARTE
ENSUEÑO DIRIGIDO Y
PSICOTERAPIA DE NIÑOS

1. El ensueño dirigido: Un método


En su primer libro acerca del ensueño dirigido, publicado en 1938, Robert Desoille
afirmó: “La educación de la función imaginaria es, pues, una auténtica organización de esas
funciones reguladoras que son los sentimientos.” “El método que hemos descrito permitirá estudiar
todos esos procesos, definir ciertas leyes psicológicas que hasta ahora solo han sido entrevistas y
extraer de ellas aplicaciones útiles. Sean cuales fueren los errores de interpretación que podamos
haber cometido, y por mas imperfecto que sea aún este método, tenemos la esperanza de que al
ofrecer una nueva técnica de exploración, por un lado, y un método para sublimar por el otro,
hayamos contribuido al progreso de la psicología.1”

Aunque ya en esta época Desoille convirtió en ensueño dirigido el “ensueño” que aprendió
de Caslant, sólo en años posteriores estableció que su meta y objeto eran el tratamiento de las
neurosis. Los libros que siguieron versaron sobre el ensueño en psicoterapia (Le rêve éveillé en
psychothérapie, París, PUF, 1945), o sobre las relaciones entre psicoanálisis y ensueño dirigido
(Psychanalyse et rêve éveillé dirigé, París, Le Francois, 1950).

En efecto, el ensueño, que en primera instancia le había parecido una “técnica de


sublimación”, terminó por adquirir toda su amplitud. Se expandió en todas direcciones,
convirtiéndose en un medio para profundizar e investigar zonas de las cuales el paciente no tenía
conciencia, sus afectos reprimidos; al mismo tiempo, constituía un modo de catectizar en forma
diferente esos mismos efectos, de proceder a una nueva elaboración de la personalidad.

PSICOTERAPIA DEL ADULTO Y ENSUEÑO DIRIGIDO

En el último libro que publicó,2 Desoille describió de esta manera su método:


“En la primera entrevista, dejamos al paciente hablar de sus dificultades. Luego le
hacemos completar esa descripción formulándole algunas preguntas sobre las cuales volveremos
mas tarde. En primer lugar, averiguamos qué le han dicho los médicos que consultó –si el paciente
ha recurrido a estos -. Si declara que sufre de trastornos corporales, le aconsejamos que consulte a
un especialista, y aun solemos recurrir a los servicios de un psiquiatra cuando consideramos que se
trata de un caso fronterizo con respecto a las aplicaciones de la psicoterapia.

1. R. Desoille, Exploration de l’affectivité subconsciente par la méthode du réve éveillé, París, J. L.


d’Artrey, ed., 1938, pág. 286.
2. R. Desoille, Théorie et pratique du rêve éveilleé dirigé, Ginebra, Editions du Mont Blanc, 1961.

90
“Después de este primer contacto, informamos sucintamente al paciente qué es la técnica
del ensueño dirigido, y qué papel le toca desempeñar en su propia curación; además, le pedimos que
nos traiga en cada sesión la descripción escrita del ensueño desarrollado en la sesión precedente, y –
en la medida en que pueda recordarlos – el relato de los sueños que tuvo entre una sesión y otra.”

“Dedico dos horas aproximadamente a cada sesión. La primera parte está consagrada al
relato de los acontecimientos vividos por el paciente a partir de su última visita, al análisis de los
sueños y del ensueño desarrollado en la sesión precedente. Después de esto le hago hacer un nuevo
ensueño.”3

“Recordemos cuáles son los medios utilizados. Invitamos al paciente a desarrollar un


ensueño. Para que este le resulte mas fácil, lo liberamos de toda tensión muscular y de estímulos
luminosos y sonoros. En consecuencia, lo mejor será que se recueste en un diván en una habitación
en penumbras y lejos de los ruidos.”

“Las imágenes de esta ensoñación sustituyen espontáneamente al lenguaje corriente y


expresan los sentimientos vividos por el paciente. Constituyen un “lenguaje íntimo” –como lo ha
denominado Politzer -, un modo arcaico de expresión que requiere menos esfuerzo que el lenguaje
corriente. La descripción de esas imágenes permite –como las del sueño – penetrar en la intimidad
afectiva del paciente. Por lo tanto, podremos observar los comportamientos habituales de aquel
haciendo variar esas imágenes, sugiriendo situaciones nuevas. Para conseguir esto, el
psicoterapeuta debe intervenir, pero evitando cuidadosamente introducir en el escenario de su
paciente una imagen que pueda resultarle extraña. La idea mas eficaz parece ser aquella que
sugiere al paciente desplazarse en el espacio imaginario creado por él mismo. También podemos
sugerirle otras ideas, a condición de que ellas formen parte de su experiencia vivida; por ejemplo,
abrir una puerta, asirse a un objeto, etcétera.”

“Por regla general, las intervenciones del psicólogo deben consistir en simples
estimulaciones de la imaginación y estar destinadas únicamente a provocar la representación de
situaciones nuevas, para poder observar la reacción afectiva del paciente frente a ellas.”

“El movimiento es el signo distintivo de la vida y la libertad. En la medida en que al


paciente le resulte difícil aceptar la idea de movimiento en el ensueño, podemos decir que tiene
dificultad para vivir. Pero la dirección que sigue ese movimiento no carece de significación. La
idea de movimiento vertical, en sentido ascendente o descendente, produce los resultados mas
completos y, a la vez, mas inesperados”.

PSICOTERAPIA DE NIÑOS Y ENSUEÑO DIRIGIDO

Es indudable que el ensueño dirigido no puede ser aplicado de la misma manera a los
niños; estos no tolerarían permanecer tendidos en el diván debido a la movilidad y la naturaleza
activa inherentes a su edad, pero también porque significaría abandonarse frente al adulto y quedar
condicionados en el mismo sentido que su situación de niños promueve.

Por otra parte, aunque la verbalización del niño carece a menudo de riqueza, él dispone de
otros medios de expresión que sería lamentable ignorar: los gestos, las modulaciones de la voz, la
pintura, el dibujo, las construcciones con diversos materiales, el modelado, son otros tantos modos

91
de expresión que debemos tener en cuenta si no queremos mutilar al niño, si pretendemos llegar a él
y permitirle que venga a nuestro encuentro. Es necesario que volvamos a aprender este lenguaje,
olvidado a menudo por el adulto, para poder hablar en la lengua del niño. Es preciso, pues, que lo
conservemos o lo reintroduzcamos en las curas de ensueño dirigido.

Además, ese lenguaje concreto del niño asegura un mejor anclaje en la realidad. Cuando
tiene en sus manos el objeto con figurillas – objeto y construcción a los que puede volver para
transformarlos – cuando vierte en el papel la imagen que lleva en su interior, el niño permanece
ligado a una realidad de la que suele ser arrancado por la neurosis. Disminuyen los riesgos de
desrealización, esos riesgos que existen en el adulto pero que son mas grandes en el niño en virtud
de su débil inserción social, del escaso valor que tiene la realidad en una edad en que normalmente
predomina lo mágico, lo fabuloso.

Dadas estas condiciones, ¿era preciso buscar la manera de aplicar a los niños la técnica del
ensueño dirigido? ¿No habría sido mejor considerarla inaplicable al niño?
Responder afirmativamente a esa última pregunta hubiera significado quedarse en la
superficie del método – en su aspecto técnico – en vez de considerar su dinámica profunda. Ahora
bien, precisamente en esta dinámica profunda reside la originalidad y el valor terapéutico del
ensueño dirigido. Veamos qué sostienen al respecto J. Launay, J. Lévine y G. Maurey:

“Como ocurre con todas las psicoterapias que operan en el plano del inconsciente, el
objetivo fundamental del método es trasladar el inconsciente “a otro sitio”, distinto del que ocupó
hasta entonces.”

“Pero es probable que aparte del ensueño dirigido no exista otra psicoterapia donde “la
otra escena”, por afloramientos sucesivos, se vuelva “visible” y cobre vida de manera tan rápida y
fácil. El mérito de Robert Desoille es haber comprendido que existía otro “camino real” para
alcanzar el inconsciente, un modo de penetración diferente de los que utilizaron Freud y Jung, y que
podía ser empleado, como “hecho por encargo”, en el momento culminante de la sesión”4

De esta manera se define un método, y no solo una técnica. Este método descansa en un
modo de relación y de intervención terapéuticas aplicable a las curas de niños. Promueve una
dinámica a través de la cual surgen capas cada vez mas profundas y arcaicas de la personalidad.
Apelamos a esas capas de la personalidad para que se pongan de manifiesto y se organicen. En las
curas de niños, lo que tratamos de favorecer y suscitar es esa dinámica.

A partir de este punto, era necesario establecer los lineamientos técnicos.


Los primeros contactos con el niño son importantes, y es imprescindible evitar toda
ambigüedad. Sea cual fuere la edad del niño, es indispensable poner en claro el objeto de su visita.
En consecuencia, lo primero que hago es decirle “quien soy yo”. En otras palabras, defino mi
identidad de terapeuta para permitirle que se sitúe con respecto a mí y formule claramente su
demanda.

“Suele ocurrir –digo – que tenemos dificultades, o nos sentimos molestos o apenados, y no
comprendemos muy bien por qué, no sabemos con claridad qué pasa… También ocurre, a veces,
que no hacemos lo que sin embargo quisiéramos hacer: desearíamos trabajar, estamos decididos a
ello, y no podemos hacerlo… Nos proponemos no montar en cólera en lo sucesivo… y nos

92
ponemos a gritar, a romper cosas. Yo estoy para ayudar a comprender; juntos, tú y yo, trataremos
de que esas cosas cambien.”

Casi siempre el niño responde definiéndose a su vez: dice cuáles son sus dificultades.
Formula sobre sí mismo un diagnóstico mas o menos rudimentario y, a partir de este momento, los
roles de cada uno quedan deslindados: el niño sabe qué terrenos pisamos; sabe, sobre todo, que a
través de las vicisitudes de nuestra tarea en común hemos partido en busca de él mismo, es decir, de
lo que le daña y de lo que quisiera expresar, de lo que trata de manifestarse en él. Etienne no
respondió en lenguaje directo a la propuesta que le formulé en la 1ª sesión. Pero el dibujo de la
familia de perros en la que el papá ocupaba todo el lugar, ¿no era, acaso, una respuesta clara? En
cuanto a Guillaume y Dominique, desarrollaron sus problemas superficiales, aquellos de los que
tenían conciencia y que los llevaron a consultarme.

Es verdad que en las primeras entrevistas ninguno de esos niños pudo determinar
conscientemente la raíz de su problema. Pero así como Etienne expresó con sus dibujos mas de lo
que podía decir verbalmente, Dominique señaló en su construcción el problema que constituía el
núcleo de sus dificultades: el problema – aun ignorado por él – de la pareja, objeto de su deseo.
Solo los animales que están en pareja no devoran ni son devorados: “Todos los animales están al
acecho o son acechados. Es un mundo donde todos se devoran entre sí. Solo una pareja de leones
no hace nada, porque es una pareja”.

LA PROPUESTA DE UTILIZAR UN LENGUAJE SIMBÓLICO COMPARTIDO.

De este modo abordamos otro aspecto del planteo de una psicoterapia de ensueño dirigido:
la propue1sta de utilizar un lenguaje simbólico. Ya desde la 1ª y 2ª de las entrevistas propongo a
cada niño utilizar un lenguaje que es propio del ensueño dirigido, como ya lo he indicado a
propósito de Dominique: “Le digo qué podríamos hacer juntos: relatar historias inventadas, soñar
despierto para permitir que las cosas vengan a la mente en forma espontánea, construir con o sin
materiales, pintar o dibujar”.

Dominique ha comprendido, respondiendo de inmediato en el nivel en que le propuse


situarse. Y su inclusión en el ensueño dirigido se produjo sin dificultad alguna. En otros casos esto
no es tan fácil, y las curas de Guillaume y Etienne muestran ensueños mas tardíos y, con frecuencia,
mas breves.

Analizaremos mas adelante sus diversas características. Recordemos, sin embargo, que la
propuesta de sumergirse en el ensueño dirigido no debe revestir el carácter de una obligación sino
de una sugerencia, y tiene que ser definida como una forma de lenguaje, un modo de comunicación.

Se trata de una propuesta, y debe permanecer como tal. Debemos subrayar esto si
queremos evitar las ambigüedades inherentes a la expresión “ensueño dirigido”. Si bien el ensueño
es dirigido (ya veremos en qué sentido), nunca es algo impuesto en el nivel de la psicoterapia ni en
el de los contenidos. ¿Cómo podríamos pretender que el paciente tome conciencia de la libertad y
puede liberarse si nuestra actitud bloquea desde el principio sus posibilidades de elección? Esto es
demasiado evidente.

93
Esta propuesta debe ser definida como un modo de comunicación, como un lenguaje
comparativo. Y hay que hacerlo desde que la terapia comienza. En efecto, la propuesta de ensueño
dirigido nos sitúa en el plano de la fantasía. Pero al contrario de lo que ocurre con las fantasías
solitarias y las señales y objetos repetitivos de la angustia en este nivel las fantasías pueden ser
comunicadas, pueden movilizarse y evolucionar. Tanto el niño como el adulto deben saber esto
desde el principio. El ensueño dirigido no es un soliloquio; el terapeuta interviene desde el primer
momento (“le digo qué podríamos hacer juntos”), y cuando invitamos al niño a desarrollar su
fantasía, esos desarrollos tienen por objeto algo que está mas allá de ellos.

Aclaro a Guillaume que “las palabras que se dicen, los dibujos que se hacen y las historias
que se inventan son otros tantos medios de hablar de sí mismo y de comprenderse poco a poco”. En
el caso de Etienne –de corta edad aún, y, sobre todo, incapaz casi de escuchar – me limité a darle el
material y a hablarle en el lenguaje imaginario que él ya conocía; lo hice después de haberle
definido mi rol. Cuando decido permanecer en silencio, le doy a entender, por medio de mis
actitudes e intervenciones (coloco o cambio de lugar, junto con él, las figurillas, o preparo las
pinturas), que estoy a su lado, que no está solo en ese mundo que nace de él mismo.

A ese mundo interno proporcionamos un lenguaje cuando, desde las primeras sesiones, el
pequeño paciente encuentra figurillas, musgo, árboles y pedazos de corteza con los que podrá crear
el decorado imaginario que traducirá su universo subjetivo. Asimismo, la pasta de modelar, los
lápices, las pinturas, los muñecos y las marionetas son medios de expresión que siempre están a
disposición de los niños. La pintura que ellos encuentran en mi consultorio es pastosa y está
contenida en potes. Por lo general, yo misma me ocupo de prepararla, diluyendo los polvos de
colores que él me indica; de este modo le digo implícitamente que la pintura lo espera, pero también
que estoy dispuesta a colaborar con él para establecer ese lenguaje que ambos necesitamos: el suyo,
el nuestro.

Las propuestas de entrar en el ensueño dirigido se hacen de maneras diferentes, y ello


depende del contenido de la sesión, del estado o la situación del niño, del lenguaje que utiliza y de
su edad. Le invito, por ejemplo, a que se identifique con algo. Así, propongo al niño convertirse en
uno de los personajes que ha dibujado, modelado o puesto entre las figurillas. “si fueras el rey…”,
digo a Etienne en la 6ª sesión. Esta propuesta puede ser formulada en el modo condicional (“si
fueras el rey”) o en el indicativo (“tú eres el hombre que ha encontrado la espada”). La propuesta
hecha en el modo condicional implica cautela: no declaro que la identificación ya existe, sino que
supongo la posibilidad de que ello ocurra, y se la ofrezco en el lenguaje que tan a menudo utilizan
los niños en sus juegos: “Yo era…”. El niño acepta o se niega a entrar en el juego.

Por ejemplo, en la sesión en que propuse a Etienne la posibilidad de que fuera el rey, la
identificación fue rechazada. Y la sesión prosiguió con la historia del caballo salvaje, historia que
retomé después que el propio Etienne la mencionó. En efecto, recordemos que él refiere la historia
del caballo salvaje relatada en la escuela. Retomándola por mi propia cuenta, agregándole un
detalle, declaro implícitamente que ella puede estar en la raíz de la esfera imaginaria que va a
expresarse en esta sesión, la cual –ambos lo sabemos – es una sesión de psicoterapia, una sesión
privilegiada donde cada uno sabe que todo lo dicho se refiere a Etienne, a su historia, a su
problema.

94
Y ahora sabemos hasta qué punto ese caballo fue convirtiéndose en objeto de las
identificaciones y proyecciones afectivas que surgieron a través de toda la psicoterapia. Digamos
una palabra mas acerca del modo gramatical utilizado para proponer por primera vez el ensueño
dirigido. A Dominique le hablé, al comienzo de la psicoterapia, en el modo condicional. Veamos,
por ejemplo, qué le he dicho en la 2ª sesión: “Imaginemos un bosque profundo; tú estarías en la
entrada…”. Pero paso inmediatamente al modo indicativo, que mantendré la mayor cantidad de
veces posible durante esta cura: “Ese bosque está lleno de peligros, y tú vas a atravesarlo”.

Dominique emplea con más frecuencia el modo indicativo, pese a que fluctúa a menudo
entre el condicional y el indicativo, lo cual indica la identificación realizada. Además, desde el
comienzo Dominique se proyecta explícitamente, habla en primera persona ya en sus primeros
ensueños dirigidos. Etienne y Guillaume, en cambio, al principio no aceptan identificarse
explícitamente con los personajes que evocan. También, llegan al ensueño dirigido de manera más
lenta y moderada.

Otra manera de entrar en el ensueño dirigido consiste en proponer al niño que penetre en
lo que ha construido o dibujado: “Si estuvieras dentro de la gruta…”, digo a Guillaume en la 7ª
sesión.

EL ENSUEÑO DIRIGIDO: UNA ZAMBULLIDA EN LAS PROFUNDIDADES


DEL SISTEMA DE DESEO.

De alguna manera, el niño atraviesa el cuadro, cumple el movimiento de los héroes de


cuentos y películas que conoce, pasando así al otro lado del espejo, entrando en la escena que acaba
de dibujar o construir. A partir de este momento, todo puede convertirse en otra cosa.

Es, hasta cierto punto, el mismo movimiento que sugiero a Guillaume cuando le pregunto:
“¿Cómo sientes eso?”. De algún modo le invito a explicitar sentimientos que podría experimentar –
que experimenta – si aceptara trasformarse en uno de los personajes creados por él, es decir, si se
hiciese cargo de los afectos que permanecen latentes cuando dibuja o construye. A partir de las
propuestas a veces rudimentarias que formulamos al niño, lo hacemos marchar por la senda propia
del ensueño dirigido: lo invitamos a extraer de sí mismo el mundo y los personajes que constituyen
los objetos de proyección de sus afectos. Tan pronto como exterioriza este universo, volvemos a
enviarlo allí para que viva y se sumerja en él, acompañándolo en ese movimiento en el que reside
uno de los aspectos específicos del ensueño dirigido, una de sus originalidades.

El paciente crea el decorado de su escenario y coloca allí a los diferentes protagonistas del
drama. Aunque todo se redujera a esto, tendríamos ya datos valiosos sobre lo vivido por el
paciente, sobre su afectividad y su pasado. Trataríamos ese material como a cualquier otro de
naturaleza proyectiva.

Aun podríamos pedirle que empezara a asociar basándose en ese material, como puede
hacerse en el psicoanálisis freudiano con los ensueños, las ensoñaciones o los productos de lo
expresado durante una sesión.

Pero lo característico del ensueño dirigido es esa zambullida en el mundo que ha sido
exteriorizado de esa manera. En el paciente adulto, se trata de un mundo imaginario interno,

95
trasmitido verbalmente al terapeuta. En el niño, de la proyección espontánea (p. ej., los dibujos
libres hechos a menudo por Etienne y Guillaume) o provocada (como los temas de construcción que
muchas veces he dado a Dominique), que se convierte en el lugar donde se viven y explicitan los
movimientos del deseo.

En todos los casos, la propuesta que nos lleva al plano del ensueño dirigido es aquella
mediante la cual remito al niño a su propia creación, sugiriéndole que se sitúe allí explícitamente,
que la utilice y viva en ella. A veces, es necesario pasar por una etapa intermedia, que implica
proyectarse en un personaje catectizado por el niño (los animales en la psicoterapia de Etienne, el
conejo Pinous y la teterita en el caso de Dominique, el dueño del molino en la cura de Guillaume).

Se produce una profundización de ese movimiento y una reobjetivación cuando, en la


misma sesión o en una posterior, proponemos al niño que pinte o dibuje determinado episodio del
ensueño precedente, o bien que hable otra vez de él. Esto equivale a la propuesta que hacemos al
adulto cuando le pedimos que trascriba el ensueño dirigido que acaba de desarrollar y nos traiga esa
descripción escrita en la próxima sesión. Pero, en el caso del adulto, generalmente analizamos el
ensueño dirigido, volvemos a examinar su sistema de símbolos, su lenguaje latente, los recuerdos
que se asocian con él. Es posible proceder de igual manera con los niños, pero –como lo muestran
las tres curas que hemos descrito – las interpretaciones o comentarios son a menudo mucho menos
precisos, regulares y sistemáticos, lo cual permite al niño expresarse en su totalidad. Los diálogos
de carácter interpretativo, tendientes sobe todo a elucidar junto con el niño su situación, su
evolución y sus problemas, pueden realizarse hacia el final de la cura.

EL ENSUEÑO DIRIGIDO: UNA MOVILIZACIÓN

La sola lectura de los subtítulos de la primera parte, dedicada a las curas de Etienne,
Guillaume y Dominique, da una idea del movimiento de cada una de ellas, movimiento que
encontramos en todas las curas y que va del problema que motivó la demanda de psicoterapia a la
que subyace en ese problema, a sus raíces profundas.

De este modo, en la primera fase de la psicoterapia de Etienne se desarrolló un


llamamiento al padre, puesto que el problema actual, el factor precipitante vivido conscientemente
como dramático, era la ausencia del progenitor.

En los casos de Guillaume y Dominique, mayores que Etienne y a punto de entrar en la


adolescencia, es más bien el lamento por una identidad no encontrada aún: “Estoy mutilado”, dice
Dominique. Y Guillaume parece preguntar: “¿Quién soy? ¿Tengo derecho a existir?” La
experiencia cotidiana y dolorosa de ambos es el fracaso, y esta experiencia es tanto más dolorosa
cuanto que ya no son niños y soportan el peso de una exigencia familiar y social.

Pero el hecho de ahondar en sus problemas los lleva a raíces mas profundas. Etienne, que
ha partido de las imágenes parentales del triángulo destruido, de las fantasías y deseos ligados a
ellas, desciende en sí mismo a través de los sentimientos de culpa, hasta verse pobre y culpable, lo
cual le permite remontar la cadena y descubrirse como un “gran caballo gozoso”.

El punto de partida de Guillaume y Dominique fue un estado de malestar y angustia. Con


su identidad enquistada y en búsqueda de libertad el primero, con su identidad mutilada el segundo,

96
ambos necesitan definirse así para que Guillaume pueda algún día afirmarse frente al triángulo
arcaico, frente a sus recuerdos y las exigencias de la realidad, y para que Dominique termine por
aceptar sus pulsiones agresivas y su sexualidad.

En esas tres curas –como en todas las psicoterapias a las que podría referirme – vemos, en
cierto modo, descorrerse sucesivamente telones que dejan al descubierto escenas cada vez más
profundas. Al mismo tiempo, otra imagen parece dar cuenta de lo que ocurre entonces: la
personalidad se afirma, se estructura de acuerdo con una pauta nueva que integra lo experimentado
en el pasado, pero también el aquí y ahora de la cura, el hoy de la vida cotidiana.

La movilización de aquello que la neurosis había paralizado y petrificado, y que a menudo


se expresa en la rigidez de las fantasías repetitivas, es el indicio característico del posible retorno a
la vida y a la salud, del camino que se ha recorrido desde la primera sesión psicoterapéutica. Es el
movimiento a través del cual Dominique avanza por el bosque terrorífico, y Guillaume y Etienne
crean cercados para luego liberar a los héroes con que se han identificado.

Este movimiento no es por sí mismo más que la señal de una doble dinámica: la de los
significantes, reveladora de la dinámica de los significados, y la de la relación que caracteriza a una
cura de ensueño dirigido.

2. Dinámica de la función significante


en una cura por ensueño dirigido.
Si volvemos a leer las tres curas que hemos relatado nos asombrará el escaso número de
mis intervenciones interpretativas. Así como las demandas de interpretar los ensueños dirigidos o
juegos han sido formuladas en raras oportunidades, o nunca, por los niños, así también fueron muy
esporádicas las interpretaciones espontáneas, como la de Etienne en la 9ª sesión (“El caballo es
mamá”).

Sin embargo, parece evidente que el desarrollo de los diversos ensueños dirigidos no fue
fortuito, que – como acabamos de decirlo – cada una de las tres curas ha tenido una dinámica
propia, que los ensueños dirigidos tuvieron una significación auténtica cuyo sentido aparecía como
contrapunto del discurso paralelo del niño. Me he limitado a marchar junto al niño por esos
caminos que eran los suyos, a ofrecerle de vez en cuando la llave que le permitiera entrar en el
ámbito que ya estaba a su alcance, a reunir en una declaración explícita lo que él ya sabía y
expresaba en términos simbólicos. Pero, si no lo hubiera acompañado ni ofrecido esa llave, si no le
hubiera expresado objetivamente lo que hasta ese momento había vivido sin que nadie se lo
reformulara; en una palabra, sin la intervención catalizadora del psicoterapeuta, el niño no habría
podido transitar por ese camino liberador.

De este modo, en una cura de ensueño dirigido se articulan estrechamente la relación


específica establecida entre el paciente y el terapeuta, los contenidos de las sesiones de ensueño
dirigido y de los diálogos que las acompañan.

97
Ello implica que yo ocupe en lugar en la dinámica de la cura, y que reconozca en cada
sesión una significación parcial ligada al significado de la cura en su conjunto, que descubra bajo
sus disfraces todos los deseos del niño, y que identifique, detrás de sus diversos rostros, a los
mismos protagonistas, los cuales evolucionan durante la cura; p. ej., el potrillo convertido en
caballo al final de la cura de Etienne, la imagen de la gruta y el obelisco en la de Guillaume, o el
papagayo castrado de Dominique, que se convierte en padre en la 20ª sesión.

EVOLUCIÓN DE LA IMAGEN Y MOVIMIENTO DE LA CURA

En efecto, bajo la imagen de los diversos rostros existe una realidad mucho más profunda
constituida por la dinámica propia de determinado niño, por su historia íntima y por la historia de
sus deseos, conquistas, fracasos, inhibiciones y sentimientos de culpa, o la aceptación latente que el
niño presta a esta marcha ciega y segura.

A través de la evolución de la imagen, del movimiento que la anima, ocurre mucho más
que la modificación de un material simbólico cualquiera en el que solo podríamos descubrir una
proyección o un fundamento de la misma índole que la palabra. Asistimos a una verdadera
movilización del paciente, a la caída de las barreras que cercaban el lugar en que él mismo se había
encerrado, al despertar de sus raíces profundas y enterradas, a la erupción explosiva de sus volcanes
internos.

Para ser mas precisos, nos remitiremos al material ofrecido por las curas ya descritas, con
el fin de descubrir en ellas lo que ha ocurrido en y por el lenguaje que hemos adoptado al elegir el
método del ensueño dirigido y que es –como acabo de decir – mucho mas que un lenguaje, puesto
que también es emoción y movimiento, es decir, vida que se expresa aquí y ahora.

Podemos abordar de varias maneras el valor significante del ensueño dirigido.


Una consiste en analizar el lenguaje real encubierto por el lenguaje simbólico que el niño
utiliza cuando desarrolla un ensueño dirigido. En cierto modo, se trataría de una interpretación del
ensueño similar a la que solemos formular en las sesiones de análisis que siguen a cada ensueño de
un paciente adulto. Rarísimas veces esas sesiones se realizan en la psicoterapia de niños, si bien
algunos psicoterapeutas analizan junto con el niño – mas veces de lo que yo he hecho con Etienne,
Guillaume y Dominique – sus ensueños dirigidos.

Sea como fuere, cada sesión trasmite un mensaje, y lo que yo analizo sobre la marcha es
el vínculo existente entre ese mensaje y el lenguaje que lo expresa. En el caso de Dominique, el
análisis del ensueño de las tres flechas ilustra esa labor de comprensión profunda y exhaustiva. Por
supuesto, necesito confrontar con el niño esos resultados. Deliberadamente he decidido no analizar
con él, de manera detallada, los contenidos de sus ensueños dirigidos, pero, para esclarecerme,
puedo confrontar mi análisis con su historia vital, con los ensueños precedentes, con sus relatos.

En otras palabras, tengo derecho a interpretar un ensueño dirigido porque esto no es un


dato aislado; por el contrario, se inscribe en una totalidad que conozco y en el cual participo. A
partir de este momento puedo formularme preguntas precisas, pero también aventurarme a efectuar
una lectura de su lenguaje paralelo, a enraizarlo en la realidad, a traducirlo. Hacer esto implica
abocarme a una tarea infinitamente más viva que la que definí en primer lugar, y que consiste en
penetrar en el movimiento mismo de la cura, seguir la evolución del significado por debajo de la

98
evolución de la imagen significante y, en resumidas cuentas, seguir la evolución del propio
paciente.

Etienne: Del caballo inaccesible al gran caballo gozoso

Volvamos a la cura de Etienne y sigamos la evolución de la imagen del caballo,


recordando con precisión cada una de las sesiones en que surgió. El caballo – o, más bien, el deseo
de tener este animal – apareció por primera vez en la 5ª sesión, cuando Etienne tenía cinco años. El
niño había querido pintar un caballo, pero este se transformó en un pato. “¡Pero yo quería un
caballo!”, gimotea Etienne.

La imagen del caballo reaparece cuatro semanas mas tarde, suscitada por una historia leída
en clase; Etienne me relata esa historia cuyo tema gira en torno de un muchachito que tenía un
caballo salvaje. En respuesta a mi intento de provocar un ensueño dirigido (“su caballo lo condujo
un día a la montaña”), Etienne dice: “Después, aunque el caballo no estuviera allí, el muchachito
sabía ir solo a la montaña”. Lo pinta en un rincón de su dibujo, en la falda de la montaña. Y ese
mismo día, mientras yo pensaba que el caballo inaccesible o ausente debía ser su propio padre,
Etienne lo identificó en forma espontánea: “El caballo es mamá”.

En la 10ª sesión, el mago regala a Etienne “un caballo bebé y un caballo papá”. En la
siguiente, pinta espontáneamente el caballito, situándolo en la cima de la montaña, y aclara:
“Después, sabía completamente solo el camino”. (Como el muchachito de la 9ª sesión, que sabía ir
a la montaña aunque su caballo no estuviera con él.)

Un año después reaparece la imagen del caballo, cuando Etienne construye –en la 16ª
sesión – una caballeriza cercada por barreras, y declara: “Mi historia es triste… porque es triste
cuando matamos”. En realidad, el caballero no tuvo tiempo de matar al caballo, pues a Etienne le
faltó coraje para hacerlo, pero ya era vivido como si estuviera muerto: inaccesible en su encierro…
o muerto.
Y el deseo de alcanzar o de adquirir el caballo, de poseerlo, sigue desarrollándose y
concretándose, puesto que en las dos sesiones siguientes Etienne dibuja y pinta la historia del
muchachito, que recibe como regalo (o encuentra) cierta suma de dinero; con este dinero compra un
caballo.

Sin embargo, los medios mágicos de posesión revelan ser insuficientes. En la 19ª sesión,
el caballo permanece inaccesible, separado por una barrera infranqueable: “Había una barrera… que
impedía ir allí. Detrás de la barrera había caballos. Había que ir allí…”. Pese a que le sugiero
franquear esa barrera, el caballo continúa siendo inaccesible: “No ha visto el caballo… El quería
montar en las bestias, pero eso estaba prohibido… No ha podido montar”.

Después hubo una nueva interrupción de la psicoterapia, que se reanudó sin que
reapareciera la imagen del caballo; las vacaciones impusieron otra interrupción, y luego entramos –
como se recordará – en la última fase de la psicoterapia. El caballo volvió a aparecer en algunas
sesiones de este período, transformado en un pobre burrito que siempre era frustrado. En la 27ª
sesión surge el primer ensueño dirigido más o menos largo de Etienne: “Todos los animales corren
para llegar los primeros… El burrito también tiene hambre… Es un pobre burrito, que no corre con

99
rapidez… Yo me apuro, me apuro… Pobre burrito, llegó demasiado tarde. Todo el mundo se ríe de
mí… Me pongo a llorar mientras las focas y los leones comen”.

En la 30ª sesión, la frustración es mas intensa aun, puesto que el burrito es vendido por su
dueña a un amo que no lo quiere. El burrito vuelve a ella dos o tres veces: “Aquí estoy, he vuelto…
por el camino lleno de piedras, pero entro en la casa. He vuelto junto a mi dueña, que me ha
vendido.”

En la 35ª sesión, y gracias a la “familia de potrillos” se aclara la índole de la frustración


que sufren los potrillitos a causa de su madre. La madre mala es, explícitamente, la madre de los
potrillos, mientras que hasta ahora la frustración provenía de los demás animales, o de una dueña
mala. Por suerte, la vieja mamá potranca conducirá a los potrillitos perdidos y abandonados hasta
“su verdadera mamá”. Las múltiples identidades del caballo o del asno en el curso de estas pocas
sesiones comienzan, pues, a escindirse: por un lado, los roles maternos, y, por el otro, los
mecanismos de proyección-identificación del niño.

La imagen del caballo no volverá a aparecer en las construcciones ni en los ensueños


dirigidos. En cierto modo, las cosas pueden ahora continuar sin ella. Pero, en la 40ª sesión, Etienne
relata un ensueño que desarrolló por su propia cuenta: “Hice un ensueño en mi cama. Estaba
despierto. El burrito se había convertido en un gran caballo y marchaba al frente de todos los
animales”. Etienne dibuja entonces el caballo, que marcha con los animales por el bosque, y aclara
que la granjera estaba en su casa: “Solo había animales… El día era muy lindo…” Cuando le
pregunto cómo se llama ese gran caballo, Etienne dice: “Ese gran caballo era yo”.

En cierto modo, hubo dos fases fundamentales en este movimiento, que, teniendo como
punto de partida el deseo por el caballo inaccesible, culminó en la imagen del gran caballo que
marchaba alegremente a la cabeza de todos los animales. La primera fase es la de las identidades
múltiples, donde la imagen del caballo muestra estas características: es vivido como ausente o
inaccesible, pero también como guía; por último, prevalece la imagen de la prohibición.

En cierto modo, el guía deseado y necesario es inaccesible e incluso prohibido. Cuando


aparece, el niño puede identificarse transitoriamente con él. Su ocultamiento o desaparición es
vivido de manera cada vez mas intensa como producto de una prohibición. Las posibilidades de
identificación y de autonomía relativa son nulas. Así, se fluctúa en forma permanente de una
imagen parental a otra que está teñida por las características de ambas. Al mismo tiempo, y de
manera fugaz, bajo la imagen del caballo aparece la imagen del propio Etienne.

A la vez, el comportamiento de Etienne es tan inestable como la identidad del caballo.


Luego mejora, para volver a caer enseguida en cierto marasmo. Expresa la ausencia de su padre,
pero también manifiesta que él siente a su madre como padre y madre a la vez, es decir,
desempeñando ambos roles, lo cual la convierte en fuente de fantasías angustiantes de bisexualidad.

A partir de la 27ª sesión, es decir, de la última fase de la psicoterapia, el caballo no


representa ya la identidad de los progenitores De alguna manera, los rostros parentales son
proyectados afuera, en ensueños dirigidos o dibujos donde no aparece el caballo, o en los animales
que acompañan al burrito o al potrillito, pues aquel se ha convertido alternativamente en estos. En
este rejuvenecimiento evidente asistimos a una delimitación apropiada de las diversas imágenes

100
sustentadas por el caballo, que denuncia la existencia de una frustración; y Etienne sabe ahora qué
lo frustra: su hermana, con la que rivaliza por la conquista de su progenitora; también su madre,
vivida primero como madre nutricia, y luego como objeto de deseo que se erotiza, convirtiéndose
así en fuente de un sentimiento de culpa que se intensifica gradualmente.

En este momento se debilita la imagen del padre, que no está allí para impedir el acceso a
la madre; o, más exactamente, Etienne acepta archivarla. La imagen de su propia hermana pasa a
segundo plano, y el niño se encuentra solo frente a una madre prohibida, que a su vez prohíbe. En
las sesiones de ensueño dirigido en que aparecen el asno o los potrillos surgen muchísimos otros
animales, niños-Etienne y diversos diálogos referentes a la vida cotidiana junto a la madre y lejos
del padre.

En esas sesiones se expresa un sentimiento de culpa muy intenso, que alcanza su punto
culminante en la historia del cerdito Pata Negra. Y aquí está, probablemente, la clave que permite a
Etienne esclarecer, en el plano del discurso, su propia historia y la de sus progenitores.

No es casual que el ensueño solitario de Etienne se haya producido antes de la 40ª sesión;
en la sesión precedente pudo expresar sus sentimientos de culpa, recuperar los de su padre,
desembarazarse de ellos y desligarse de su madre. En la semana siguiente, Etienne se definió como
un ser diferente de la pareja parental. Su padre ya no está presente, como lo estuvo en años
anteriores. Pero han desaparecido las fantasías de muerte suscitadas por el padre, junto con las de la
madre que blandía un palo para dar caza al padre-fantasma. Persiste la idea de que puede
reaparecer el tercer vértice del triángulo; “pero –dice Etienne – si papá vuelve algún día, ese es un
problema que debe tratar con mamá”. Es lo que podría decir cualquier muchacho que está en vías
de resolver positivamente el conflicto edípico: “Si papá se acuesta, sale o se pelea con mamá, es
asunto de ellos”. En otras palabras, “mis padres tienen su vida, y yo, la mía”.

Al mismo tiempo, ha podido efectuar una nueva elaboración de la imagen materna


femenina, que ya no es bisexual. Y ello ha sido posible gracias a la actividad del propio Etienne,
identificado aquí con la imagen del hombre adulto: “Nunca mas tendrá necesidad de clavar los
tarugos, dice el niño refiriéndose a su madre, puesto que ahora él mismo puede hacerlo. Etienne
será un hombre que hará tareas de hombre; sabrá hacerse aceptar como hombre por una madre que
él había convertido de mujer que prohíbe en castradora, y que ahora es una mujer “casera”, como la
granjera de la 40ª sesión, como el modelo de la mujer que se ocupa del hogar. Esto permite a
Etienne marchar a la cabeza de la tropa de animales donde antes sólo era un pobre burrito perdido,
hambriento, frustrado… y, en ocasiones también un “rinoceronte que se venga”.

Etienne, al hacer eso, ¿no se ha convertido asimismo en ese rey que no podía llegar a ser
pese a que lo deseara, como ocurrió en la 9ª sesión? De este modo, no ha vuelto a introducir la
realidad del padre ausente aún, invisible y declarado culpable, puesto que se ha identificado con la
imagen del jefe, del rey, del guía buscado por él al comienzo de la psicoterapia.

A partir de ese momento, el triángulo roto no se reconstruye, por cierto; pero, puesto que
la identidad de cada uno de sus miembros y sus interrelaciones han sido reconstituidas, Etienne no
es mas el niño sin ojos que pintó a los cinco años. Su familia ya no se apretuja en una hoja de papel
demasiado pequeña para contener a todos sus integrantes. El caballo, en particular, marcha a la
conquista.

101
Así, la historia de los diferentes caballos de Etienne configura el lenguaje simbólico a
través del cual podemos volver a leer la historia de esta psicoterapia. Pero la dinámica que subyace
en ella se expresa en –y es permitida por – esa evolución. Aunque la imagen significante, que
nunca permanece estática, sustenta diversas identificaciones, nos revela su naturaleza real. Es
imposible tener una clave interpretativa de validez universal. Cada ser humano elabora su sistema
de símbolos en el curso de su historia, y ese sistema está repleto de identidades múltiples
entrecruzadas y deseos indefinidos, presentes todos ellos al comienzo de la cura.

Guillaume: De la pareja prehistórica arcaica al podio de los Juegos Olímpicos

Comprobamos lo mismo si examinamos la pareja gruta-obelisco surgida en la cura de


Guillaume, esa pareja primitivamente hallada en la cantera –o en las exploraciones de la
psicoterapia – y que no ha dejado de ascender a la superficie, de avanzar en el tiempo, en la
realidad. La pareja parental en guerra, enfrentada en la época prehistórica de Guillaume, cede el
lugar a un templo destruido y a un faro que podrá guiar al niño; finalmente, Guillaume sólo
guardará de este sistema de símbolos el simbolismo del edificio-torre, que se ajusta a la función que
le proponen.

Asimismo, al optar por ponerse en contra de su padre ha salido del cerco materno. Siente
que se ha convertido en un ser diferente de su padre, del pequeñito protegido por su madre. Por lo
demás, las imágenes paralelas del triángulo familiar son muy significativas. Del anónimo campo de
fútbol en que dos equipos se enfrentan, impermeables entre sí, pasamos a la imagen de los
personajes que se baten a duelo; aquí comienza a aparecer un tercer personaje: el caballo encerrado
dentro de un cercado, ajeno al combate, tan ajeno como quizás estuvo Guillaume hasta ahora con
respecto a sus progenitores.

No por tener sentido de la realidad (“son sus asuntos”, como decía Etienne al final de
psicoterapia) sino por falta de comprensión por miedo. ¿No ha dicho acaso en la 7ª sesión, después
de haber evocado las guerras antiguas y modernas: “De todas maneras, jamás tengo permiso para
entrar en esos refugios que datan de las épocas de la guerra”? ¿No se ha prohibido hasta ahora
intervenir en los asuntos de sus padres, pues “eso puede ser peligroso”?

En la 13ª sesión, las imágenes del enfrentamiento siguen evolucionando aun. Hay aquí tres
personajes: un árbitro pequeño y dos boxeadores grandes. En la sesión siguiente, el trío triunfa,
cada uno de ellos ha ganado medallas en los Juegos Olímpicos, Guillaume, por su parte, puede
ahora aceptar el pasado y el presente, está bien afirmado en su vida.

Dominique: De las imágenes mutiladas a los símbolos de virilidad

En la cura de Dominique también vemos la evolución de las imágenes simbólicas, y esta


evolución es paralela a las tomas de conciencia y las modificaciones en el comportamiento de
aquel.

Los héroes mutilados de la primera parte de la cura han dado paso a personajes activos y
viriles, al final del año. En particular, el papagayo castrado de la 7ª sesión se ha convertido, en la
20ª sesión, en un papagayo que tiene hijos. El cetro roto de la 3ª sesión deja lugar a una espada
intacta y activa (14ª sesión). La teterita pasiva y mutilada de la 11ª sesión adquiere dientes

102
agresivos en la 12ª sesión. Por lo demás, solo a partir de estas dos sesiones los ensueños dirigidos
de Dominique son particularmente ricos y complejos, y su dinámica, su manifestación misma,
recuerdan mucho a los ensueños del adulto.

Desde ese momento se desarrolla una problemática sexual cuyo tema no es la castración,
comienza a rehabilitarse la imagen del padre y a reestructurarse el triángulo familiar. El recuerdo
de la madre real predomina sobre la figura fantaseada de la madre castradora, sobre la imagen de la
madre buena perfecta, es decir, sobre otra fantasía materna tan infundada y falsa como la
precedente. Y, en ese triángulo en vías de reconstrucción, donde los deseos y las angustias se
ajustan a la realidad, Dominique comienza a ocupar su lugar de hombre.

MOVIMIENTO DE LA CURA Y SATISFACCIÓN DEL DESEO

Esta breve evocación nos lleva a afirmar que existe realmente una dinámica de los
significantes simbólicos del ensueño dirigido, los cuales aluden a la vida afectiva mas profunda del
paciente y, a la vez, a sus modificaciones íntimas. Pero también afirmamos que en esta dinámica
reside uno de los efectos terapéuticos primordiales del ensueño dirigido. El paciente es modificado
por lo que ha vivido en el ensueño. Entiéndase bien: por lo que el paciente ha vivido, es decir, por
aquello que él ha teñido con su afectividad, aceptando la emoción suscitada por sus propias
imágenes internas, tomando en cuenta los deseos y las luchas, que son los suyos aunque los
proyecte en un mundo de objetos y de animales aparentemente exteriores a él.

Así, ninguna imagen del ensueño dirigido permanece vacía o carente de significado. Cada
una se convierte en objeto de transferencia del mundo fantaseado, del mundo de deseos que el
paciente guarda en su interior. Por último, él mismo, sus deseos y fantasías luchan en el escenario
que ve y que nos permite ver, donde – en primer lugar – se permite vivir con el consentimiento del
psicoterapeuta.

Este es Etienne, con su deseo prohibido dondequiera y que no podría enfrentar, que le
sería intolerable nombrar. Este deseo es aceptado y reconocido aquí bajo sus disfraces. El carácter
no represivo de la relación que estableció conmigo le permite expresarse desde el principio. Pero la
expresión de sus deseos, que generaría temor si fuera vertida en un discurso no simbólico, es
posible gracias al apoyo de las imágenes y a sus disfraces. La represión cesa en lo más profundo
del niño porque este tiene, por fin, derecho a manifestar sus pulsiones y deseos a un tercero, que
contempla su acción y aun participa en ella, acción reconocida como legítima antes de que pueda
ser superada. Esta sola expresión es liberadora.

Por lo tanto, la función primordial del ensueño dirigido es permitir que los deseos
prohibidos se expresen sin culpa frente a un tercero. Merced a la presencia, la participación, el
consentimiento del terapeuta, la satisfacción simbólica de los deseos prohibidos abre el acceso a una
serie de escenas. Por último, la personalidad va madurando a través de este movimiento: del deseo
expresado al deseo satisfecho en el plano simbólico, del deseo así satisfecho a su superación, para
orientarse a deseos más adultos.

Así, Guillaume, ese muchacho al que siempre le pidieron que fuera razonable y
reemplazara al padre ausente aun en el lecho materno, necesita regresar al seno de la madre para
poder reconstruir la imagen del triángulo familiar.

103
Es así como Etienne y Guillaume deben seguir hasta satisfacer simbólicamente los deseos
de muerte centrados en el padre y el deseo de poseer a la madre, para poder restituir a cada uno su
lugar en la situación triangular. La necesidad primordial de ambos niños es su derecho a expresar
libremente, sin riesgo de ser llevados a autojuzgarse, la fuerza de sus pulsiones prohibidas hasta
ahora; su yo, en efecto, es débil todavía. Una vez satisfechos los deseos más arcaicos y reforzado el
yo por esta satisfacción, será posible comprender qué se vive, expresarse en lenguaje claro,
explicitar el punto al que se ha llegado y, a veces, el punto de donde se viene. Esto es lo que sale a
luz en ciertas explicaciones ofrecidas durante las curas, especialmente hacia el final.

SATISFACCIÓN Y SUPERACIÓN DEL DESEO

Debemos subrayar otro punto. La fuerza de los actos realizados en el ensueño dirigido
anuncia la posibilidad de actuar de igual manera en el plano de lo real, no en forma analógica sino
profunda. La misma dinámica permite resolver simbólicamente una situación paralizante, y
también ofrece la posibilidad de enfrentarla y resolverla realmente. Cuando Dominique empieza a
luchar contra la serpiente marina, lucha en el nivel de la realidad contra las imágenes negativas de
su padre, se opone a este para ser él mismo. Y cuando un ensueño dirigido lo lleva a matar al
“padre malo” para rehabilitar la imagen del “padre bueno”, empieza a producirse una reconciliación
real con su padre, con el que finalmente puede comenzar a identificarse.

Lo mismo ocurre con Guillaume cuando, subido en el podio de los Juegos Olímpicos,
afirma su decisión después de haber reflexionado, o con Etienne, cuando convertido en un gran
caballo ocupa su lugar en la vida.

En todos estos casos, ninguna interpretación ha desencadenado la modificación del


paciente. Sin embargo, comenzó a producirse en él un cambio profundo. ¿Debemos admitir que la
dinámica de la imagen era en realidad el reflejo de una dinámica recuperada? ¿Y que el movimiento
trazado en el ensueño podía proseguir en la vida real? Tal comprobación no debe asombrarnos en
absoluto si estamos dispuestos a aceptar que la imagen es signo, pero también dinámica. ¿No hemos
hablado, en el nivel de las imágenes más elementales, de esquemas dinámicos? ¿Qué decir,
entonces, cuando se trata de imágenes elaboradas, y aun de secuencias de imágenes?

Así quedan aclarados algunos de los aspectos relativos al valor dinámico de los
significantes en el ensueño dirigido. Pero es evidente que no podemos disociar la dinámica de los
significantes que intervienen en toda cura de la dinámica propia de la relación en cuyo seno se vive
la cura. Así, desembocamos una vez mas en la vertiente varias veces mencionadas del análisis de la
relación paciente-terapeuta.

104
3. Dinámica de la relación en una cura
por ensueño dirigido.
En las tres curas descritas, la relación establecida con cada uno de los niños tiene una
característica fundamental: se trata de una relación positiva. Yo acojo al niño, trato de llegar a él.
Tomo asiento junto a Etienne cuando él, echado en la alfombra, construye algo; esto significa
decirle: “Estoy contigo, vengo a tu mundo. Entro en el mundo de tus fantasías – que se objetivan
aquí, desplegadas en el piso -, en el mundo de las fantasías simbolizadas por este material”.

Cuando Dominique al entrar en mi consultorio, no se decide a sentarse en uno de los


sillones situados en un rincón o en la silla que se encuentra frente a la mía, le dejo elegir y me ubico
en el lugar que ha escogido. Esto significa que yo respondo a su invitación, que voy a esas zonas
inconscientes que Dominique – inconscientemente también – ha decidido abrirme hoy.

De alguna manera, les dejo la iniciativa de elegir el lugar y me uno a ellos allí; de este
modo les digo simbólicamente que estoy dispuesta a seguirlos adonde necesitan estar.

Preparar las pinturas que utilizan Etienne y Guillaume, respetando sus deseos, significa
decir: “Adopto el lenguaje que tú debes usar para dirigirte a mí. Te presto vocablos nuevos, te los
doy; haz de ellos lo que quieras. Trasfórmalos y vuelve a dármelos, puesto que a partir de ahora te
diriges a mí por medio de esta pintura. Te he dicho que puedes decirme todo, y que todo tiene
significado aquí. Esta es la materia de la significación en que participo”.

Al hacerlo, declaro simbólicamente que estoy dispuesta a colaborar en el lenguaje nuevo


que les ofrezco, a aceptar lo que ellos tienen que decir, puesto que para eso les doy la materia
informe aun. En cierto modo, me hago cómplice de lo que ellos vivirán aquí. Por otra parte, a la
vez que invito al niño a hablar de sí mismo, me presento a él con mi identidad, con mi rol de
psicoterapeuta.

En otras palabras, hago todo lo que puedo para establecer esa relación de equivalencia de
que habla Gilbert Maurey, sabiendo que el niño, objetivamente, no puede entablar una relación de
equivalencia conmigo; él, mas que yo, se encuentra en estado virtual, y mi identidad está mas
definida que la suya. Depende naturalmente del adulto que soy yo y al que sus padres han delegado
un poder transitorio. Con mayor razón, el niño paralizado o desgarrado por la neurosis se halla más
lejos aun de esta situación ideal. Sin embargo, desde el momento en que se instaura la relación
tendemos a esa situación ideal, sobre todo cuando me presento al niño y le aclaro en qué puedo
ayudarle.

EQUIVALENCIA E INTERDEPENDENCIA

Por lo demás, el hecho de decir al niño que puedo serle útil implica suponer que existe en
él una demanda – o suscitarla –. También significa advertirle que estoy al servicio de su demanda.
Heme aquí, pues, rozando los límites de una relación de interdependencia: “Dependo de ti, puesto

105
que espero la formulación de tu demanda y estoy dispuesta a responderla. Y tú dependes de mí
porque sabes que tu deseo encontrará eco en mí”. Podría decirse que, al adoptar esta actitud, tomo
el camino señalado por la neurosis. Y es cierto.

Podría añadirse que el discurso generado por esa actitud permitirá el despliegue de las
fantasías, y que las fantasías de dependencia tendrán particular importancia. También esto es cierto.

En las primeras sesiones, Etienne no deja de preguntarme “qué debe hacer”. Dominique,
absolutamente pasivo, me pide al comienzo de cada sesión que le dé material, le proponga un tema
o una idea. De este modo, ambos expresan, en el nivel vivido de la relación, las expectativas y el
sentimiento de dependencia que guardan con respecto a mí. En cuanto a Guillaume, que a través de
su comportamiento declara depender menos de mí, indudablemente vive la dependencia en el plano
de las fantasías; sus primeros dibujos lo prueban.

Cabe preguntarse si ello no es necesario para que el niño regrese a una situación previa al
despertar de la neurosis, al seno materno, a la época en que la protección que recibía –real o
fantaseada por efecto del deseo – era incondicional. Solo entonces podrá remontar en sentido
inverso la secuencia de los estadios evolutivos, y, al llegar a la relación dual preedípica, enfrentar –
para resolverlos – las fantasías y los deseos vinculados con el triángulo edípico. Esto ocurre de
manera muy clara en las tres curas descritas. En la de Guillaume, el material simbólico dice más
que lo manifestado por el comportamiento relacional. Cabe preguntarse si el hecho de haber estado
menos autorizado a actuar en el nivel relacional ha determinado que fantaseara mas en las primeras
sesiones, las cuales lo llevaran a utilizar, en forma sucesiva, el bolígrafo, los lápices de fibra, las
pinturas y la pasta de modelar, y a mostrar a sus héroes siempre encerrados, hasta que en el cercado
profundo de una cantera pudo recuperar simbólicamente a la pareja parental.

En las curas de Etienne y Dominique, ese material regresivo y preedípico es mucho menos
importante. Pero la relación vivida desde el comienzo como reaseguradora y gratificante les
permitió expresar, en el plano de la fantasía, su angustia actual.

En efecto, otro aspecto de la relación que el terapeuta establece con el niño concierne al
sentimiento de seguridad que este encuentra en ella. ¿No tiene él, acaso, necesidad de atreverse a
expresar todo lo que no pudo manifestar hasta ahora, de hablar, pese a los sentimientos de culpa
latentes que surgen con intensidad dramática después de algunas sesiones, como en los casos de
Etienne y Dominique, y, con menos frecuencia, en la breve cura de Guillaume?

Cuando el yo es demasiado frágil e inseguro para tolerar la potencia de las pulsiones


prohibidas, la posibilidad de vivirlas y satisfacerlas por medio de un lenguaje simbólico es fuente de
satisfacción y calma. Pero esto sólo ocurre si el psicoterapeuta es aceptado como testigo permisivo;
de otro modo, el paciente no puede más que repetir las fantasías que precisamente generan su
angustia.

LIBERTAD Y DIRECTIVIDAD

En otras palabras, debido a que la relación se establece en el plano que acabo de describir,
y gracias a la ausencia casi total de intervenciones de carácter interpretativo durante la mayor parte
de la cura, digo simbólicamente que la satisfacción del deseo prohibido –satisfacción que se cumple

106
de modo simbólico y que precede a la superación del deseo – tiene mas importancia que la génesis
del trastorno y la explicitación de este.

En suma, también yo dirijo un mensaje simbólico al niño. Me pongo a su lado cuando


participo del lenguaje que adopta su deseo, sin hacer uso de un lenguaje verbal explícito. Hablo su
propia lengua, utilizo su código personal, y de esta manera hago mas que autorizarle a expresar y
satisfacer deseos: cuando hablo su lengua y lo sigo adonde él me lleva; cuando respondo a su
demanda sin sugerirle que analice lo dicho y sin imponerle otra frustración que la que surge en una
relación donde todo puede ser dicho simbólicamente, pero no realizado; cuando le propongo
descifrar el lenguaje simbólico compartido, le estoy diciendo: “Estoy contigo, comprendo qué te
hace sufrir, tienes derecho a sentir así las cosas”.

Pero al proponerle que profundice y siga avanzando cada vez más, al sugerirle temas
nuevos, le sugiero vías de solución que difieren de la mera satisfacción de un deseo que fue
legítimo en épocas más arcaicas. En otras palabras, mi función consiste entonces en atraer su
atención hacia soluciones que no pudo ver hasta ahora, aprisionado como estaba por las fantasías
paralizantes que giraban en torno de sus deseos prohibidos o sus preguntas sin respuesta.

Esta contemplación solo es posible si el niño ha podido vivir suficientemente sus deseos y
sacarlos a la luz. Propuse a Dominique el tema de la espada porque suponía que estaba en
condiciones de estructurarse a sí mismo después de los ensueños concernientes a la teterita. Hubiera
sido prematuro, por ejemplo, proponerle este tema inmediatamente después de haberse referido al
cetro roto; en todo caso, es probable que también esa espada estuviera mellada. Y si yo hubiera
tratado de obligarlo con mis sugerencias a restaurar ese cetro, o a utilizar la espada, no habría
respetado el ritmo propio de Dominique. Este me hubiera vivido como si yo fuera alguien que
intentaba imponerle algo que no podía vivir aun, como un fardo agregado a los que ya soportaba,
como una coacción más. Habría cometido el error de emplear una directividad mal entendida. Es
posible que Dominique hubiera “inventado” una historia que me gratificara, pero, en este caso, el
desarrollo profundo de la psicoterapia habría fracasado.

Por lo demás, podríamos encontrar en la cura de Etienne un ejemplo de propuesta


prematura que no pudo ser respondida. En la 9ª sesión, le sugerí: “Si tú fueras el rey…”, porque me
pareció que después de haber hecho el relato de la fiesta de los Reyes Magos realizada en la
escuela, él deseaba vivir esta identificación. En realidad, no podía hacerlo aún. Y mi propuesta no
halló eco, aunque momentos más tarde reapareció, ajustada a las posibilidades reales de Etienne.
Pudo hacerlo porque mi comportamiento es en general permisivo. Asimismo, cuando le propuse
atravesar la barrera que lo separaba del caballo deseado, no pudo encontrar al caballo prohibido; no
estaba en condiciones todavía de concretar su deseo, que pese a todo era muy intenso. Pero la
imposibilidad de responder a mi propuesta en el sentido que yo le sugería no generó sentimientos de
culpa, por dos razones: porque la fuente de culpa era la satisfacción del deseo, y porque yo no era
vivida como figura coercitiva.

Así, podemos comprobar que mis intervenciones en las tres curas son generalmente breves
y poco coercitivas cuando consisten en proponer temas, profundizaciones y explicaciones nuevas.

Hay otra clase de intervenciones en estas curas. Algunas tienen por objeto hacer un
señalamiento respecto del ensueño dirigido que acaba de desarrollarse. Por ejemplo, en la 34ª

107
sesión de la cura de Etienne, digo a este: “Es una historia de animales que fueron separados de
alguien que ellos amaban mucho… También a ti te resultó doloroso ser separado”; y en la 39ª
sesión le indico: “Desde hace algún tiempo, muchas personas cometen faltas”.

Otros señalamientos pueden ser hechos en el curso de los diálogos referidos a la vida del
niño. Por ejemplo, cuando Guillaume, en la 8ª sesión, dice que olvidó por completo los sueños que
tuvo después del ensueño de la gruta y el obelisco, le dije: “Del mismo modo tienes la impresión de
haber olvidado por completo tu infancia, o lo que ha ocurrido entre tus padres”.

Asimismo, digo a Dominique, cuando en la 22ª sesión recuerda el teléfono que le regaló
en otra época su padre: “Un teléfono… para hablarse”. Esto remite a Dominique al tema
concerniente a las conferencias que dicta su padre.

ACEPTACIÓN DEL DISFRAZ Y ELUCIDACIÓN

Las intervenciones destinadas a explicar y explicitar tienen un carácter mucho mas


general, pero no son frecuentes. No necesariamente siguen a determinado ensueño. En realidad, la
demanda en ese sentido pudo aflorar en el curso de la dinámica total de la cura. Al final de la cura
de Dominique encontramos una demanda de esta índole, la mas importante de las citadas en este
libro. El propio Dominique la formuló en la 21ª sesión, y estaba apoyada en el conjunto de la cura,
puesto que surgió cuando miramos juntos los dibujos que la jalonaron.

Esta clase de intervención puede aparecer efectivamente cuando la cura está bien
encaminada, cuando ya han sido dichas muchas cosas, cuando el niño desea comprender qué le ha
ocurrido y qué pasó con sus padres, es decir, cuando el lenguaje socializado no está impregnado,
para él, de los riesgos existentes en la época en que el trastorno que lo trajo a nosotros era mas
agudo. El hecho de que un niño pueda formular preguntas concernientes a su propio sexo, que
pueda emitir juicios sobre sí mismo y sobre los otros, ¿no es acaso el signo de que se ha recorrido
un camino?

Etienne no podrá permitirse – aun al comienzo de la última parte de su cura, cuando tenía
ocho años – expresar qué aspectos de sus progenitores, y de él mismo, le provocaban dificultades.
Lo mismo ocurría con Guillaume, que no aceptaba saber qué pasaba entre sus padres, y con
Dominique, que no se permitía juzgar a su padre ni a su madre, sino que los reconstruía en fantasías
paralizantes.
Aquí se unen los símbolos ofrecidos al comienzo de la cura por estos tres niños: el
pequeño sin ojos de Etienne, el conejo tuerto de Dominique y el niño sin memoria que era
Guillaume. Estos símbolos son sustituidos por las interpretaciones que dan los propios niños acerca
de su historia y la de sus padres. En la 39ª sesión, Etienne dice: “Mamá se ha divorciado porque
papá no trabajaba”; en la 40ª sesión, declara: “Si papá regresa algún día, ese es un problema que
debe tratar con mamá. Lo principal es que él no esté muerto”. Hemos visto que esta sesión culmina
con la imagen del gran caballo gozoso que encabeza la tropilla de animales, después que Etienne
hubo hecho proyectos para el futuro. Guillaume, a partir de la 20ª sesión, reordena sus recuerdos, a
los cuales tiene por fin derecho, y desarrolla la imagen del magnetófono, que retiene lo que puede
borrar luego. En cuanto a Dominique, también vuelve a poner en orden el pasado y el presente en
esa última sesión del año, que ha marcado el final efectivo de la cura.

108
Los tres niños hicieron frente a mí, conmigo, una especie de síntesis del pasado y el
presente, y proyectaron cosas para el futuro. El mundo de las fantasías ha retrocedido, los disfraces
ya no son necesarios, y cuando Etienne utiliza alguno, lo decodifica al mismo tiempo.

Insensiblemente hemos vuelto a los contenidos del lenguaje simbólico, cuando nuestro
punto de partida fue la relación establecida en una cura por ensueño dirigido. Pero, ¿no es ello
normal? En efecto, los contenidos simbólicos son dirigidos, carecen de rigidez, evolucionan
siempre en el seno de la relación terapéutica. Esta relación les ha permitido expresarse, ha tomado
en cuenta las fantasías paralizantes y a menudo estereotipadas de una imaginación solitaria y
cerrada para ponerlas en movimiento a través de la comunicación; en una palabra, para crear un
lenguaje dirigido y compartido, signo y camino de la socialización que ahora es posible alcanzar.

“El triángulo roto”, psicoterapia de niños por ensueño dirigido. Fabre, Nicole. Amorrortu
editores, Buenos Aires, 1975.

109
110
111

También podría gustarte