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Una aventura apasionante No importa lo que comas ni cuánto te ejercites; da igual que
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por el desconocido arte seas joven, fuerte e inteligente. Tu salud depende esencialmente
DISEÑO 23/11/2020 Germán
de la respiración de la manera en que respiras. Y lo estás haciendo mal.
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Cada 3,3 segundos, el tiempo que tardamos ¿Sabías que de las 5.400 especies de mamíferos somos la única que
en inhalar y exhalar, una transformación tiene los dientes torcidos? Hace 150 años el ser humano dejó de mas-
tiene lugar en nuestro cuerpo. Los millones ticar tanto, y con ello se inició un proceso de deformación de la mandí- PLANETA
de moléculas que aspiramos en cada boca- bula y empezamos a respirar por la boca en lugar de por la nariz. COLECCIÓN INTERNACIONAL
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nada son los que han construido nuestros ST
FORMATO 15 X 23 cm
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huesos, músculos, órganos y cerebro, y a su En este libro fascinante, que ya ha seducido a millones de lectores en RUSTICA SOLAPAS
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paso determinan nuestra salud y nuestra todo el mundo, descubriremos que los humanos llevamos cerca de E SERVICIO
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dos siglos involucionando, y las graves consecuencias que ello tiene ACI
JA M E S N E S TO R
felicidad.
en nuestra salud física y mental. Mediante sencillas técnicas de res-
No hay nada más esencial en nuestra vida piración, aprenderemos a revertir esta situación para acabar para CARACTERÍSTICAS
que respirar, y sin embargo el 90 por ciento siempre con los problemas de sueño, ronquidos y dolor de espalda,
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de las personas respiran de manera inco- reducir el estrés, disfrutar más del sexo y prevenir el envejecimiento. CMYK + PANTONE Yellow C
James Nestor es periodista y escribe para
rrecta, lo que está causando una lista de
medios como Outside, Scientific American,
enfermedades interminable.
The Atlantic, Dwell y The New York Times.
PAPEL -
A raíz de una bronquitis crónica, James «Si respiras, necesitas leer este libro.» Es autor de varios libros, entre ellos Deep,
Nestor viajó por todo el mundo en busca de Dr. Wallace Nichols libro de ciencia del año por Amazon y fi- PLASTIFÍCADO Mate
una respuesta más allá de la medicina con- nalista del premio PEN/ESPN. Es colabo-
«Un libro transformador que va a cambiar completamente la UVI Si
vencional. De la mano de cirujanos de gue- rador de distintos programas de televisión
manera en la que pensamos en nuestro cuerpo y nuestra mente.»
rra, peluqueros franceses, cantantes de y vive en San Francisco (California).
Joshua Foer, autor de Los desafíos de la memoria RELIEVE -
ópera anarquistas, místicos indios, cardiólo-
gos ucranianos y atletas olímpicos, Nestor «Imprescindible. Explica mejor que ningún médico especialista BAJORRELIEVE -
explora la historia de la medicina, la psico- por qué nos sentimos cansados y enfermos todo el tiempo.»
Dr. Steven Y. Park
LA NUEVA CIENCIA STAMPING -
logía, la bioquímica, la sexología y la medi-
tación para repensar todo lo que creíamos «Este libro me ha cambiado la vida. Nunca sospeché DE UN ARTE OLVIDADO FORRO TAPA -
saber sobre nuestra función biológica más que podría mejorar mi sueño y mi día a día solo alterando
JAM ES N ESTOR
básica. un poco mi respiración.»
Caroline Paul
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PVP 18,90 € 10270140
— NUNCA VOLVER ÁS A RESPIR AR IGUAL— INSTRUCCIONES ESPECIALES
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Diagonal, 662, 08034 Barcelona
www.editorial.planeta.es Diseño de la cubierta: adaptación de Grace Han y Lauren Peters-Collaer
Imagen de la cubierta: MilletStudio / Shutterstock
www.planetadelibros.com Fotografía del autor: © Julie Floersch
JAMES NESTOR
RESPIRA
LA NUEVA CIENCIA
DE UN ARTE OLVIDADO
Traducción de Arnau Figueras Deulofeu
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No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un
sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio,
sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el
permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados
puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (art. 270 y siguientes
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Diríjase a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o
escanear algún fragmento de esta obra. Puede contactar con Cedro a través de la
web www.conlicencia.com o por teléfono en el 91 702 19 70 / 93 272 04 47
Título original: Breath: The new science of a lost art
© James Nestor, 2020
Edición publicada de acuerdo con Riverhead Books, un sello de Penguin Publishing
Group, una división de Penguin Random House LLC.
© de la traducción, Arnau Figueras Deulofeu, 2021
© Editorial Planeta, S. A., 2021
Av. Diagonal, 662-664, 08034 Barcelona
www.editorial.planeta.es
www.planetadelibros.com
Primera edición: enero de 2021
Depósito legal: B. 21.720-2020
ISBN: 978-84-08-23722-8
Preimpresión: Realización Planeta
Impresión: Rodesa
Printed in Spain – Impreso en España
El papel utilizado para la impresión de este libro está calificado como papel ecológico
y procede de bosques gestionados de manera sostenible
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ÍNDICE
Introducción 13
Parte uno - El experimento
1. Los peores respiradores del reino animal 27
2. Respirar por la boca 43
Parte dos - El arte y la ciencia olvidados
de la respiración
3. La nariz 61
4. Exhalar 78
5. Lento 95
6. Menos 112
7. Masticar 134
Parte tres - Respiración+
8. Más, de vez en cuando 171
9. Aguantarla 199
10. Rápido, lento y todo lo contrario 219
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Epílogo. Un último suspiro 239
Agradecimientos 251
Técnicas de respiración 255
Notas 267
Índice onomástico 339
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Parte uno
E L E X P E R I M E N TO
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Uno
LOS PEORES RESPIRADORES
DEL REINO ANIMAL
El paciente llegó, pálido y aletargado, a las 9.32 de la mañana.
Hombre, de mediana edad, ochenta kilos. Parlanchín y simpáti-
co, pero visiblemente angustiado. Dolor: ninguno. Fatiga: un
poco. Nivel de ansiedad: moderado. Temor ante la progresión y
el desarrollo de futuros síntomas: alto.
El paciente informó de que había crecido en un entorno mo-
derno en un barrio residencial, le habían dado biberones a partir
de los seis meses y lo habían alimentado con potitos. La falta de
masticación asociada a esa dieta blanda dificultó el desarrollo óseo
de sus arcos dentales y de las cavidades sinusales,1 lo cual condujo
a una congestión nasal crónica.
A los quince años el paciente subsistía mediante comida al-
tamente procesada aún más blanda, consistente mayoritariamen-
te en pan blanco, zumos de frutas edulcorados, verduras en con-
serva, bistecs congelados de la marca Steak-umm, bocatas con
queso Velveeta, tacos de microondas, pastelitos Sno Ball de la
marca Hostess y barritas Reggie! Su boca estaba tan poco desa-
rrollada que no podía alojar sus treinta y dos dientes permanen-
tes; incisivos y caninos crecieron torcidos, lo cual requirió extrac-
ciones, ortodoncia, contenciones y un aparato extraoral de
refuerzo. Tres años de ortodoncia empequeñecieron aún más su
boca ya de por sí pequeña, de modo que la lengua ya no encajaba
bien entre los dientes. Cuando la sacaba, lo cual hacía a menudo,
en los lados se veían unas marcas, signo que anticipaba el roncar.
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A los diecisiete le arrancaron cuatro muelas del juicio impac-
tadas, lo cual redujo aún más el tamaño de su boca al tiempo que
aumentaba su probabilidad de desarrollar el atragantamiento
nocturno crónico conocido como apnea del sueño.2 Al llegar a la
veintena y a la treintena, su respiración se volvió más laboriosa y
disfuncional y las vías respiratorias se le obstruyeron más. Su cara
siguió un patrón de crecimiento vertical que le hizo desarrollar
ojos caídos, mejillas blandas, una frente inclinada y una nariz pro-
minente.
Esa boca, garganta y cráneo poco desarrollados y atrofiados,
desafortunadamente, son los míos.
Estoy tumbado en la silla de exploración del Centro de Ciru-
gía de Cabeza y Cuello del Departamento de Otorrinolaringolo-
gía de la Universidad de Stanford mirándome a mí mismo, mi-
rando dentro de mí. Durante los últimos minutos el doctor Jayakar
Nayak, experto en cirugía nasal y sinusal, me ha estado metiendo
con cuidado una cámara endoscópica por la nariz. Se ha adentra-
do tanto en mi cabeza que la cámara ha salido por el otro lado, en
mi garganta.
«Di iiiii», dice el doctor. Nayak tiene una corona de pelo
negro y lleva unas gafas cuadradas, unas deportivas con amorti-
guación y una bata blanca. Pero no estoy mirando su ropa o su
cara. Yo llevo unas gafas de vídeo en las que veo en tiempo real el
viaje a través de las dunas onduladas, las ciénagas pantanosas y las
estalactitas que hay dentro de mis senos nasales gravemente daña-
dos. Trato de no toser, atragantarme ni tener arcadas mientras el
endoscopio desciende retorciéndose.
«Di iiiii», repite Nayak. Yo lo hago y miro cómo el tejido
blando que hay alrededor de mi laringe, rosa y carnoso y cubierto
de baba, se abre y se cierra como una flor de Georgia O’Keeffe a
cámara lenta.
No es un crucero placentero. Veinticinco mil trillones de
moléculas (un doscientos cincuenta seguido de veinte ceros)3 ha-
cen esta misma travesía dieciocho veces por minuto, veinticinco
mil veces al día. He venido aquí para ver, sentir y aprender por
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Los peores respiradores del reino animal - 29
dónde se supone que ese aire va a entrar en nuestros cuerpos. Y he
venido para decir adiós a mi nariz para los próximos diez días.
Durante el siglo pasado, la creencia predominante en la me-
dicina occidental era que la nariz era, más o menos, un órgano
secundario. Se creía que debíamos respirar por la nariz dentro de
lo posible, pero que, si no se podía, no pasaba nada. Para eso es-
taba la boca.
Muchos médicos, investigadores y científicos todavía defien-
den esta posición. Hay veintisiete departamentos en los Institutos
Nacionales de Salud de los Estados Unidos (NIH, en inglés) dedica-
dos a los pulmones, los ojos, las enfermedades de la piel, los oídos,
etc. La nariz y los senos no están representados en ninguno de ellos.
Nayak cree que esto es absurdo. Él es el jefe de investigación
rinológica de Stanford. Dirige un laboratorio de renombre inter-
nacional centrado exclusivamente en comprender el poder oculto
de la nariz. Nayak ha descubierto que esas dunas, estalactitas y
ciénagas que hay dentro de la cabeza humana orquestan múltiples
funciones para el cuerpo. Funciones vitales. «¡Esas estructuras es-
tán ahí por alguna razón!», me dijo antes. Nayak tiene una espe-
cial reverencia para con la nariz, que cree que en buena medida es
una parte del cuerpo mal entendida y minusvalorada. Por eso le
interesa tanto ver qué le ocurre a un cuerpo que funciona sin una
nariz. Y esto es justo lo que me trajo aquí.
A partir de hoy, pasaré las próximas doscientas cincuenta mil
respiraciones con tapones de silicona bloqueándome los orificios
nasales y con cinta quirúrgica encima de los tapones para impedir
que entre o salga de mi nariz siquiera una mínima cantidad de
aire. Respiraré solamente por la boca, un experimento cruel que
será agotador y horrible, pero que tiene un objetivo claro.
Un 40 % de la población actual padece obstrucción nasal
crónica y cerca de la mitad de nosotros respiramos habitualmente
por la boca;4 mujeres y niños son quienes lo sufren más. Hay
muchas causas: del aire seco al estrés, de la inflamación a las aler-
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gias, de la contaminación a los fármacos.5 Pero gran parte de la
culpa, como pronto descubriré, puede atribuirse al edificio, en
decrecimiento constante, que hay en la parte delantera del cráneo
humano.
Cuando la boca no crece hasta ser lo suficientemente ancha,6
el paladar tiende a aumentar hacia arriba y no hacia fuera, y de
este modo forma lo que se llama paladar en forma de V o arquea-
do. El crecimiento hacia arriba impide el desarrollo de la cavidad
nasal, lo que la hace encoger y que afecta a las delicadas estructu-
ras que hay dentro de la nariz. Un espacio nasal reducido provoca
obstrucción y dificulta el paso del aire. En conjunto, los humanos
tienen la triste distinción de ser la especie más taponada de la
Tierra.
Yo debería saberlo. Antes de examinar mis cavidades nasales,
Nayak sacó una radiografía de mi cabeza que nos permitió obte-
ner una vista en sección de todas las grietas y recovecos de mi
boca, senos y vías respiratorias superiores.
«Tienes... algo», dijo. No tenía únicamente un paladar en for-
ma de V, sino también una obstrucción «grave» del orificio nasal
izquierdo causada por un tabique «gravemente» desviado. Mis senos
también estaban plagados de una gran cantidad de deformidades
llamadas concha bullosa. «Es muy poco común», dijo Nayak. Era
una de esas expresiones que nadie quiere oír en boca de un médico.
Mis vías respiratorias eran un desastre tal que a Nayak le
asombró que no hubiera sufrido aún más infecciones y problemas
respiratorios de los que sufrí de niño. Pero estaba bastante seguro
de que en el futuro podría tener cierto grado de problemas respi-
ratorios graves.
A lo largo de los siguientes diez días de respiración forzada
por la boca, me meteré dentro de una suerte de bola de cristal mu-
cosa que amplificará y acelerará los efectos perniciosos en mi respi-
ración y en mi salud, que no dejarán de empeorar a medida que
envejezca. Pondré mi cuerpo en un estado que ya conoce, que la
mitad de la población conoce, pero multiplicándolo muchas veces.
«Vale, ahora quédate quieto», dice Nayak. Agarra una aguja
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de acero con un cepillo metálico en el extremo, del tamaño apro-
ximado de un cepillo para el rímel. Pienso yo: «No irá a meterme
esa cosa en la nariz...». Pero unos segundos más tarde hace justa-
mente eso.
Por las gafas de vídeo observo cómo Nayak maniobra para
hacer entrar el cepillo a mayor profundidad. Sigue deslizándolo
hasta que ya no está en mi nariz, ya no juguetea con mis pelos de
la nariz, sino que está serpenteando por el interior de mi cabeza a
unos cuantos centímetros de profundidad. «Quieto, quieto», dice
el doctor.
Cuando se congestiona la cavidad nasal, disminuye la circu-
lación del aire y aparecen bacterias. Estas bacterias se reproducen
y pueden causar infecciones, catarros y más congestión. La con-
gestión engendra congestión, lo cual no nos da otra opción que
respirar habitualmente por la boca. Nadie sabe cuán temprana-
mente ocurre esta lesión. Nadie sabe con qué rapidez las bacterias
se acumulan en una cavidad nasal obstruida. Nayak tiene que re-
coger un cultivo de mi tejido nasal profundo para averiguarlo.
Hago una mueca de dolor al ver cómo retuerce el cepillo a
mayor profundidad, lo gira y se lleva una capa de mugre. A esta
altura de la nariz, los nervios están diseñados para sentir el sutil
flujo aéreo y leves modulaciones en la temperatura del aire, no
cepillos de acero. Aunque ha untado una sustancia anestésica en el
cepillo, lo noto igualmente. A mi cerebro le cuesta mucho saber
exactamente qué hacer, cómo reaccionar. Es difícil de explicar,
pero la sensación es como si alguien estuviera pinchando a un
gemelo siamés que existe en algún lugar fuera de mi propia cabeza.
«Es una de las cosas que nunca pensaste que ibas a hacer con
tu vida», dice Nayak riendo, y luego mete la punta sangrante del
cepillo en un tubo de ensayo. Comparará las doscientas mil células
de mis senos con otra muestra tomada dentro de diez días para ver
cómo la obstrucción nasal afecta al crecimiento bacteriano. Sacude
el tubo de ensayo, se lo da a su ayudante y me indica educadamen-
te que me quite las gafas y que haga sitio para el próximo paciente.
El paciente número dos está apoyado en la ventana y hace
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fotos con el móvil. Tiene cuarenta y nueve años, la piel muy
bronceada, el pelo cano y unos ojos azul Pitufo, y lleva unos va-
queros beis inmaculados y unos mocasines de piel sin calcetines.
Se llama Anders Olsson y ha viajado ocho mil kilómetros desde
Estocolmo, en Suecia. Como yo, ha apoquinado más de cinco mil
dólares para participar en el experimento.
Había entrevistado a Olsson varios meses antes tras encontrar
su sitio web. Tenía todas las señales de alerta de las estafas: fotos de
un banco de imágenes de mujeres rubias haciendo poses heroicas
en cimas de montañas, colores de neón, un uso desenfrenado de
los signos de exclamación y tipografías de fantasía. Pero Olsson no
era un personaje excéntrico. Había pasado diez años recopilando y
llevando a cabo investigaciones científicas serias. Había escrito de-
cenas de publicaciones y se había autopublicado un libro en el que
explicaba la respiración partiendo del nivel subatómico, todo ello
con referencias a cientos de estudios. También se había convertido
en uno de los terapeutas de la respiración más respetados y popu-
lares de Escandinavia y había ayudado a miles de pacientes a curar-
se mediante el sutil poder de una respiración saludable.
Cuando mencioné, durante una de nuestras conversaciones
por Skype, que iba a estar respirando por la boca a lo largo de diez
días para un experimento, a Olsson le dio un escalofrío. Cuando
le pregunté si quería participar, rechazó la oferta. «No quiero —de-
claró—. Pero tengo curiosidad.»
Ahora, meses después, Olsson deja caer su cuerpo afectado
por el jet lag encima de la silla de la consulta, se pone las gafas de
vídeo y toma una de sus últimas bocanadas nasales para las próxi-
mas doscientas cuarenta horas. A su lado, Nayak hace girar el
endoscopio de acero de la misma forma que un batería de heavy
metal trata su baqueta. «Vale, echa la cabeza hacia atrás», dice
Nayak. Un giro de muñeca, un estiramiento de cuello y Nayak se
adentra en las profundidades.
El experimento está programado en dos fases. La fase uno
consiste en taponarnos la nariz e intentar que vivamos nuestra
vida cotidiana. Comeremos, haremos ejercicio y dormiremos como
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siempre, pero lo haremos respirando solo por la boca. En la fase
dos, comeremos, beberemos, haremos ejercicio y dormiremos
como durante la fase uno, pero respiraremos por la nariz y practi-
caremos varias técnicas de respiración durante el día.
Entre ambas fases volveremos a Stanford y repetiremos los
test que nos acaban de hacer: gasometría arterial, indicadores in-
flamatorios, niveles hormonales, olfato, rinometría y funciona-
miento pulmonar, entre otras. Nayak comparará los datos y verá
qué cambios hubo —si los hubo— en nuestros cerebros y cuerpos
al modificar la forma de respirar.
Mis amigos me dedicaron una buena cantidad de soplidos de
desaprobación cuando les hablé del experimento. «¡No lo hagas!»,
me alertaron algunos aficionados al yoga. Pero la mayoría simple-
mente se encogieron de hombros. «Yo llevo diez años sin respirar
por la nariz», me dijo un amigo que había padecido alergias du-
rante la mayor parte de su vida. Todos los demás dijeron el equi-
valente de «¿Qué problema hay? Respirar es respirar».
¿Lo es? Olsson y yo pasaremos los próximos veinte días ave-
riguándolo.
. . .
Hace un tiempo, unos cuatro mil millones de años,7 nuestros
antepasados más remotos aparecieron sobre unas rocas. Entonces
éramos pequeños, una bola microscópica de lodo. Y teníamos
hambre. Necesitábamos energía para vivir y multiplicarnos. Así
que encontramos la manera de comer aire.
En ese momento, la atmósfera contenía mayoritariamente
dióxido de carbono, que no es el mejor combustible, pero funcio-
naba bastante bien. Aquellas primeras versiones de nosotros apren-
dieron a tomar este gas, a descomponerlo y a escupir lo que sobra-
ba: oxígeno. Durante los siguientes miles de millones de años,
aquellas babas primigenias siguieron haciendo esto, comiendo más
gas, creando más lodo y excretando más oxígeno.
Luego, hace unos dos mil millones y medio de años, había
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tanto oxígeno sobrante en la atmósfera que un antepasado carro-
ñero se puso a usarlo.8 Aprendió a engullir aquel oxígeno sobrante
y a excretar dióxido de carbono: el primer ciclo de la vida aeróbica.
Resultó que el oxígeno producía dieciséis veces más energía
que el dióxido de carbono.9 Las formas de vida aeróbica aprove-
charon este impulso para evolucionar, para dejar atrás las rocas
cubiertas de lodo y hacerse más grandes y más complejas. Se arras-
traron hasta la tierra, se sumergieron en las profundidades del mar
y echaron a volar por el aire. Se convirtieron en plantas, árboles,
pájaros, abejas y los primeros mamíferos.
Los mamíferos desarrollaron hocicos para calentar y purificar el
aire, gargantas para guiar el aire hasta los pulmones y una red de bol-
sitas que extraen el oxígeno de la atmósfera y lo transfieren a la sangre.
Las células aeróbicas que se agarraban a rocas pantanosas muchos
eones atrás ahora conformaban los tejidos de los cuerpos de los ma-
míferos. Esas células tomaban oxígeno de nuestra sangre y devolvían
dióxido de carbono, que viajaba de vuelta a las venas, atravesaba los
pulmones y terminaba en la atmósfera: el proceso de respirar.
La capacidad de respirar tan eficientemente de maneras muy
diversas —consciente e inconscientemente; rápido, lento y todo lo
contrario— permitió a nuestros antepasados mamíferos capturar
presas, escapar de depredadores y adaptarse a distintos entornos.
Todo iba de perlas hasta hace alrededor de un millón y me-
dio de años, cuando las vías por las que tomábamos y expulsába-
mos aire empezaron a cambiar y a agrietarse. Aquello supuso un
cambio que, más adelante en la historia, afectaría a la respiración
de todos los seres humanos del planeta.
Yo había notado estas grietas durante gran parte de mi vida,
y es probable que vosotros también las hayáis notado: narices con-
gestionadas, ronquidos, cierto grado de resoplidos, asma, alergias
y muchas cosas más. Siempre había pensado que eran una parte
normal del hecho de ser humano. Prácticamente todas las perso-
nas que conocía sufrían algún problema u otro.
Pero al final me di cuenta de que estos problemas no se desa-
rrollaban arbitrariamente. Había algo que los causaba. Y las res-
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puestas podían encontrarse en una característica humana común
y familiar.
Unos meses antes del experimento en Stanford, fui a Filadelfia
para visitar a la doctora Marianna Evans, una ortodoncista e inves-
tigadora en odontología que había dedicado los años anteriores a
analizar la boca de cráneos humanos, tanto antiguos como moder-
nos. Estábamos en el sótano del Museo de Arqueología y Antropo-
logía de la Universidad de Pensilvania, rodeados por varios cientos
de especímenes. Cada uno tenía grabada una inscripción con letras
y números y se le había estampado su «raza»: beduino, copto, árabe
de Egipto, negro nacido en África. Había prostitutas brasileñas,
esclavos árabes y prisioneros persas. El espécimen más famoso, se-
gún me contaron, era un prisionero irlandés que había sido ahorca-
do en 1824 por matar y comerse a compañeros presos.
Los cráneos tenían un rango de entre doscientos y miles de
años de antigüedad. Formaban parte de la Colección Morton,
que lleva el nombre de un científico racista llamado Samuel Mor-
ton, quien a partir de la década de 1830 recogió esqueletos en un
intento fracasado de demostrar la superioridad de la raza blanca.
El único resultado positivo del trabajo de Morton son los cráneos
que acumuló a lo largo de tantos años, que ahora ofrecen una
instantánea de qué aspecto tenía la gente y cómo respiraba.
Donde Morton afirmaba ver razas inferiores y «degradación»
genética, Evans descubrió algo cercano a la perfección. Para mos-
trar a lo que se refería, la dentista se dirigió a una vitrina y sacó un
cráneo etiquetado como parsee —persa— de detrás del cristal
protector. Se limpió un poco de polvo óseo de encima de la man-
ga del jersey de cachemira y pasó una uña perfectamente recorta-
da a lo largo de la mandíbula y la cara del cráneo.
«Estas partes son el doble de grandes que hoy en día», dijo
con un acento ucraniano entrecortado. Señalaba las aberturas na-
sales, los dos agujeros que conectan los senos con la parte poste-
rior de la garganta. Dio la vuelta al cráneo, de forma que nos es-
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taba mirando fijamente. «Son muy anchas y pronunciadas», dijo
en tono de aprobación.
Evans y su compañero de investigación, el doctor Kevin
Boyd, un dentista pediátrico que trabaja en Chicago, han dedica-
do los últimos cuatro años a radiografiar más de cien cráneos de
la Colección Morton y a calcular los ángulos desde la punta de la
oreja hasta la nariz y desde la frente hasta el mentón. Estas medi-
das —llamadas plano de Fráncfort y perpendicular N— muestran
la simetría de cada espécimen, lo bien proporcionada que era su
boca en relación con la cara, la nariz respecto al paladar y, en gran
parte, lo bien que los individuos a quienes pertenecían dichos
cráneos debieron de respirar.
Todos los cráneos antiguos eran idénticos al ejemplar persa.
Todos tenían unas enormes mandíbulas orientadas hacia delante.
Tenían cavidades sinusales amplias y bocas anchas. Y, extraña-
mente, aunque ninguno de aquellos individuos antiguos usara
nunca hilo dental, ni se cepillara los dientes, ni acudiera al dentis-
ta, todos tenían los dientes rectos.10
El crecimiento facial hacia delante y las grandes bocas tam-
bién creaban unas vías aéreas más anchas. Muy probablemente,
aquellas personas nunca roncaban ni padecían apnea del sueño,
sinusitis ni muchos otros problemas respiratorios crónicos que
afectan a las poblaciones modernas. No los padecían porque no
podían. Tenían la boca demasiado grande y las vías respiratorias
demasiado anchas para que algo las bloqueara. Respiraban con
facilidad. Casi todos los humanos antiguos compartían esta es-
tructura hacia adelante: no solo en la Colección Morton, sino en
todos los rincones del mundo. Esto se mantuvo vigente desde la
aparición del Homo sapiens, hace unos trescientos mil años, hasta
hace algunos cientos de años.
Posteriormente, Evans y Boyd compararon los cráneos anti-
guos con los cráneos modernos de sus propios pacientes y de otros
individuos. Todos los cráneos modernos tenían el patrón de cre-
cimiento opuesto, es decir, los ángulos del plano de Fráncfort y la
perpendicular N estaban invertidos: las barbillas habían retroce-
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dido por detrás de la frente, las mandíbulas se habían echado para
atrás y los senos se habían encogido. Todos los cráneos modernos
presentaban dientes torcidos en algún grado.
De las cinco mil cuatrocientas especies de mamíferos que hay
en el planeta, ahora los humanos son los únicos que tienen siste-
máticamente la mandíbula desalineada y sufren sobremordida,
submordida e irregularidad dental, una dolencia llamada formal-
mente maloclusión.
Para Evans, aquello planteaba una cuestión fundamental:
«¿Por qué evolucionamos para ponernos enfermos?», se preguntó
en voz alta. Volvió a meter el cráneo persa dentro de la vitrina y
sacó otro con la etiqueta Saccard. Su perfecta forma facial era una
imagen invertida de los demás. «Esto es lo que estamos intentan-
do averiguar», dijo Evans.
Evolución no siempre significa progreso, me dijo Evans. Sig-
nifica cambio. Y la vida puede cambiar a mejor o a peor. Actual-
mente, el cuerpo humano está cambiando de maneras que no tie-
nen nada que ver con la «supervivencia de los más aptos». En lugar
de eso, estamos adoptando y transmitiendo características que van
en detrimento de nuestra salud. Este concepto, llamado desevolu-
ción, popularizado por el biólogo de la Universidad de Harvard
Daniel Lieberman,11 explica por qué nos duelen la espalda o los
pies y por qué nuestros huesos son cada vez más frágiles. La dese-
volución también ayuda a explicar por qué respiramos tan mal.
Para entender cómo sucedió todo eso y por qué, Evans me
dijo que teníamos que remontarnos a hace tiempo. Mucho tiem-
po. A antes de que el Homo sapiens ni siquiera fuera sapiens.
. . .
Qué criaturas tan extrañas. En medio de la alta hierba de la
sabana, con los brazos larguiruchos y los codos puntiagudos, mi-
rando al mundo ancho y salvaje con unas frentes que parecían
viseras peludas. Mientras la brisa mecía la hierba, nuestros orifi-
cios nasales —del tamaño de una gominola— se abrían, por enci-
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ma de nuestras bocas con el mentón poco definido, y recogían los
aromas que traía el viento.
Eso ocurría hace 1,7 millones de años, cuando el primer an-
tepasado humano, el Homo habilis, deambulaba por las costas
orientales de África. Ya hacía tiempo que habíamos dejado los
árboles, habíamos aprendido a andar sobre nuestras piernas y nos
habíamos entrenado para usar el pequeño «dedo» del interior de
la mano, a voltearlo para lograr un pulgar oponible. Usábamos
ese pulgar y los dedos para agarrar cosas, para arrancar plantas,
raíces y hierbas de la tierra y para construir herramientas de caza
hechas de piedra que eran lo suficientemente afiladas como para
cortar lenguas de antílopes y separar la carne de los huesos.12
Comer esa dieta cruda requería mucho tiempo y esfuerzo.
Así que juntábamos piedras y despeñábamos presas contra las ro-
cas. Ablandar la comida —especialmente la carne— nos ahorraba
parte del esfuerzo de digerir y masticar, lo cual nos permitía aho-
rrar energía.13 Y esa energía extra la empleamos para desarrollar
un cerebro más grande.
Cocinar los alimentos fue algo aún mejor.14 Hace unos ocho-
cientos mil años,15 empezamos a procesar la comida con el fuego, lo
cual aportaba una cantidad enorme de calorías adicionales. Nues-
tros grandes intestinos, que ayudaban a descomponer frutas y hor-
talizas duras y fibrosas, se encogieron considerablemente con esa
nueva dieta, y solo este cambio nos permitió ahorrar aún más ener-
gía.16 Un ancestro más moderno, el Homo erectus, lo usó para desa-
rrollar un cerebro todavía más grande: un asombroso crecimiento
de un 50 % con respecto al cerebro de los antepasados habilis.17
Empezamos a parecernos menos a los simios y más a los hu-
manos. Si pudierais agarrar a un Homo erectus, ponerle un traje de
Brooks Brothers y colocarlo en el metro, probablemente nadie se
daría cuenta.18 Estos ancestros antiguos eran lo suficientemente
parecidos a nosotros en términos genéticos que podrían dar a luz
a nuestros hijos.
La innovación de machacar y cocinar la comida, sin embar-
go, tuvo consecuencias. El cerebro, en rápido crecimiento, nece-
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sitaba espacio para extenderse y lo tomó de la parte delantera de
nuestra cara, que albergaba los senos, la boca y las vías respirato-
rias. Con el tiempo, los músculos del centro de la cara se aflojaron
y los huesos de la mandíbula se debilitaron y se volvieron más fi-
nos. La cara se acortó y la boca se empequeñeció, lo cual dejó una
protuberancia ósea que sustituía el hocico aplastado de nuestros
ancestros. Esta nueva característica era únicamente nuestra y nos
distinguía de los demás primates: la nariz prominente.
El problema era que esta nariz más pequeña, en posición ver-
tical,19 era menos eficiente al filtrar el aire y nos exponía a más
patógenos y bacterias transportados por el aire. Unos senos y boca
más pequeños también redujeron el espacio que hay en nuestra
garganta. Cuanto más cocinábamos y más comida blanda y rica
en calorías consumíamos, más grandes eran nuestros cerebros y
más estrechas se volvían nuestras vías respiratorias.20
El Homo sapiens surgió en la sabana africana hace cerca de unos
trescientos mil años. Estábamos junto a una camarilla de otras especies
humanas: el Homo heidelbergensis, una criatura robusta que construía
refugios y perseguía caza mayor en lo que es actualmente Europa; el
Homo neandertalensis (los neandertales), con su nariz enorme y unas
extremidades achaparradas, que aprendió a confeccionar ropa y a pros-
perar en ambientes gélidos;21 y el Homo naledi,22 un retroceso a ante-
cesores anteriores, con un cerebro diminuto, caderas acampanadas y
unos brazos flacuchos que colgaban de un cuerpo rechoncho.
Qué espectáculo podría haber sido ver a todas esas especies
variopintas reunidas alrededor de un resplandeciente fuego de
campo por la noche, una cantina de La guerra de las galaxias con
humanos primitivos, sorbiendo agua de río de un coco partido,
quitándose larvas del pelo unos a otros, comparándose el arco
superciliar y escondiéndose detrás de unas rocas para mantener
relaciones sexuales entre especies bajo la luz de las estrellas.
Y luego, se acabó. Los neandertales, con su gran napia, los
escuálidos naledi o los heidelbergensis, de cuello grueso, todos mu-
rieron por enfermedades, por el clima, porque se mataron entre
ellos o fueron eliminados por animales, por la holgazanería o por
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otra cosa. Solo quedaron unos únicos humanos del largo árbol
genealógico: nosotros.
En los climas más fríos, nuestra nariz se estrechó y se alargó
para calentar de forma más eficiente el aire antes de que nos en-
trara en los pulmones; nuestra piel se volvió más clara para absor-
ber más luz solar y producir vitamina D. En ambientes soleados y
cálidos, desarrollamos una nariz más ancha y chata,23 que era más
eficiente inhalando aire caliente y húmedo;24 nuestra piel se oscu-
reció para protegernos del sol. Por el camino, la laringe descendió
dentro de la garganta para acomodar otra adaptación: la comuni-
cación oral.25
La laringe funciona como una válvula que transporta comida
al estómago e impide que inhalemos alimentos u otros objetos.
Todo animal —y cualquier otra especie Homo— había desarrolla-
do una laringe más larga, situada hacia el extremo superior de la
garganta. Eso tenía sentido, pues una laringe elevada funciona con
más eficiencia, lo cual, en caso de que algo se nos atasque en las vías
respiratorias, permite al cuerpo librarse de ello rápidamente.
A medida que los humanos desarrollaron el habla, la laringe
descendió, lo cual abrió un espacio en la parte posterior de la boca y
permitió realizar una mayor variedad de vocalizaciones y volúme-
nes.26 Los labios, ahora más pequeños, eran más fáciles de manipu-
lar, y siguieron evolucionando para ser más delgados y menos pro-
minentes. Una lengua más ágil y flexible facilita controlar el matiz y
la estructura de los sonidos, de modo que la lengua se deslizó hasta
más abajo de la garganta y empujó la mandíbula hacia delante.
Pero esa laringe más baja se volvió menos eficiente para su
propósito original. Dejaba demasiado espacio en la parte posterior
de la boca y hacía que los humanos primitivos tuvieran más posibi-
lidades de atragantarse.27 Podíamos asfixiarnos si tragábamos algo
demasiado grande y nos atragantábamos con objetos más pequeños
que engullíamos rápida y descuidadamente. Los sapiens se converti-
rían en los únicos animales —y en la única especie humana— que
podría morir fácilmente atragantándose con comida.
Extrañamente —y tristemente—, las mismas adaptaciones
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que permitirían a nuestros ancestros superar en inteligencia, capa-
cidad de maniobra y longevidad a otros animales —el dominio
del fuego y el procesado de los alimentos, un cerebro enorme y la
habilidad de comunicarse con un amplio rango de sonidos— nos
obstruirían la boca y garganta y nos dificultarían la respiración.
Este crecimiento hacia atrás, muchos años después, nos llevaría a
ser propensos a atragantarnos con nuestro propio cuerpo al dor-
mir: nos provocaría el roncar.*
Nada de eso importaba para los primeros humanos, obvia-
mente. Durante decenas de miles de años, nuestros ancestros usa-
ron sus cabezas extremadamente desarrolladas para respirar per-
fectamente bien. Armados con una nariz, una voz y un cerebro
desmesurado, los humanos conquistaron el mundo.
. . .
Llevaba pensando en nuestros pilosos antepasados desde que
había visitado a la doctora Evans meses antes. Allí estaban ellos,
agazapados a lo largo de la rocosa costa africana, articulando las
primeras vocales con sus labios flexibles, haciendo fáciles inhala-
ciones a través de sus enormes orificios nasales y saboreando co-
nejo cocido con sus dientes perfectos.
Y aquí estoy yo, con la boca entreabierta bajo una luz led,
mirando la página del Homo floresiensis en la Wikipedia en el mó-
vil, masticando pedacitos de una barrita nutritiva baja en carbo-
hidratos, con los dientes torcidos, tosiendo y resoplando y sin as-
pirar ni siquiera un sorbito de aire por mi nariz taponada.
Es la noche del segundo día del experimento de Stanford y
estoy en la cama con los tapones de silicona metidos en las cavi-
dades nasales, cubiertas con cinta. Durante las últimas noches, he
* Los perros pug, los mastines, los bóxers y otros perros braquicéfalos han sido
criados para tener caras planas y unas cavidades sinusales más pequeñas y, como tales,
sufren un abanico de problemas respiratorios crónicos similar a los humanos. En mu-
chos sentidos, los humanos modernos se han convertido en el equivalente Homo de
estos perros altamente endogámicos.
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estado despatarrado en una parte de mi casa normalmente reser-
vada a parientes y amigos. Tenía la sensación de que mi estilo de
vida respirando por la boca sería un desafío para mi mujer. Tum-
bado aquí, revolviéndome en la cama, pensando en los caverníco-
las y sin poder dormir, estoy contento de haberme trasladado.
Tengo un pulsioxímetro del tamaño de una cajetilla de ceri-
llas atado a la muñeca. De él sale un cable rojo brillante que me
envuelve el dedo medio. Cada pocos segundos, el aparato registra
mi frecuencia cardíaca y mis niveles de oxígeno en sangre, y usa
esa información para evaluar la frecuencia y la gravedad con que
mi lengua demasiado profunda podría quedar atascada en mi
boca, demasiado pequeña, y obligarme a aguantar la respiración,
una afección conocida popularmente como apnea del sueño.
Para medir la gravedad de mis ronquidos y de la apnea, me
he descargado una aplicación móvil que graba una pista constante
de audio durante toda la noche y luego presenta un gráfico minu-
to a minuto de la salud respiratoria cada mañana. Una cámara de
seguridad con visión nocturna situada justo encima de mi cama
monitoriza todos mis movimientos.
Tanto la inflamación de la garganta como los pólipos contri-
buyen a que se ronque y a que se hagan apneas. La obstrucción
nasal también provoca ese atragantamiento nocturno,28 pero na-
die sabe con qué velocidad ocurre el daño o lo grave que podría
llegar a ser. Hasta ahora, nadie lo había analizado.
La noche anterior, en mi primera vuelta de sueño con obs-
trucción nasal autoinfligida, mis ronquidos aumentaron un
1.300 %, hasta los setenta y cinco minutos a lo largo de toda la
noche. Las cifras de Olsson fueron aún peores. Él pasó de cero a
cuatro horas y diez minutos. Yo también sufrí un aumento por
cuatro de las apneas. Todo esto en tan solo veinticuatro horas.
Ahora, tumbado aquí de nuevo, da igual lo mucho que inten-
te relajarme y someterme al experimento, me supone un desafío.
Cada 3,3 segundos me entra por la boca aire sin filtrar, sin hume-
decer y sin calentar: me seca la lengua, me irrita la garganta y me
fastidia los pulmones. Y todavía me quedan 175.000 respiraciones.
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