y Madrid:
«Al través de ellos [los vidrios de los balcones] se divisaba casi todo Madrid. Madrid,
envuelto en una ligera neblina, por entre cuyos rotos jirones levantaban sus crestas oscuras las
chimeneas, las buhardillas, los campanarios y las desnudas ramas de los árboles. Madrid,
sucio, negro, feo como un esqueleto descarnado, tiritando bajo su inmenso sudario de nieve.»
(«La Soledad. Colección de Cantares por Augusto Ferrán y Forniés», El Contemporáneo,
21-enero-1861).
Ambos lugares representan una serie de valores encontrados
(idealismo frente a materialismo, infancia frente a madurez, luces frente a sombras...).
Junto con Nombela y Luis García Luna, y tras haber gastado todos sus ahorros, Bécquer se
dedica a escribir biografías de diputados para Gabriel Hugelman, mientras, llevados de su
iniciativa, se embarcan en distintos intentos fallidos de creación de un periódico en Madrid. Pero
como muy bien dijo Larra, «escribir en Madrid es llorar», y durante el siglo XIX, si algo se
imprime de forma abundante, son las publicaciones periódicas que muchas veces nacen para
fallecer tras su primer número. Así pues, el nombre de Bécquer aparecerá vinculado a revistas
como La España Musical y Literaria, El Mundo, El Porvenir o el Álbum de Señoritas y Correo de
la Moda. De esta manera, el poeta se va haciendo un hueco en el panorama artístico madrileño.
Este será un período de estrecheces económicas, y de escasas publicaciones por parte del
sevillano. El autor se impregna del ambiente literario madrileño, según se deduce de la lectura
del relato «Mi conciencia y yo»:
«yo estaba en el café con varios jóvenes de mi edad; se reía, se bromeaba, éste cuenta un
embuste, aquél otro, todos sabemos que son mentiras y los escuchamos como si fueran
verdades. Me hallaba apunto de divertirme, cuando entre el murmullo y las risas de los
concurrentes percibí una carcajada.»
(«Mi conciencia y yo», Álbum de Señoritas y Correo de la Moda, 1855, vol. II, pp. 310-312).
La llegada de su hermano Valeriano en noviembre de 1855
supone un pequeño respiro para Gustavo Adolfo, pero esta situación no durará mucho, ya que
Valeriano regresa a Sevilla al año siguiente. No obstante, gracias a una serie de obras teatrales
que da a la luz bajo pseudónimo, consigue ir tirando. Realiza una adaptación de Nuestra Señora
de París de Víctor Hugo, que titula Esmeralda, y en colaboración con Luis García Luna,
estrena La novia y el pantalón.
Su círculo de amistades aumenta cuando conoce al que será uno de sus mejores amigos y
uno de los que mejor entendió la relevancia de la poesía becqueriana en el conjunto de las
letras hispánicas: el cubano Ramón Rodríguez Correa. Bécquer entró junto a él como
escribiente en la Dirección de Bienes Nacionales, trabajo que le permitió respirar
económicamente. Pero poco le dura la dicha a Gustavo Adolfo, pues es despedido por
desperdiciar el tiempo de sus compañeros con dibujos de los personajes de Hamlet.
De nuevo con mucho tiempo de ocio y la mente libre de ataduras prosaicas, Bécquer
emprende su gran proyecto fallido: la Historia de los templos de España. Todo comienza en
junio de 1857, cuando junto a Juan de la Puerta Vizcaíno, el sevillano inicia los trámites para la
preparación de esta monumental obra, lo cual requiere el reclutamiento de notables eruditos en
el campo de la historia, las artes y la literatura. Fundado en su conocida afición por la
arquitectura, en la corriente de evocación y recuperación románticas de las ruinas del pasado,
muy en la línea de Chateaubriand, así como en la importancia de la religión en la concepción
vital y poética becquerianas, nuestro autor depositó todas sus ilusiones en el rescate de edificios
que tornaban a ser mucho más que un conjunto de piedras, eran la representación fidedigna de
la tradición española:
«La tradición religiosa es el eje de diamante sobre el que gira nuestro pasado. Estudiar el
templo, manifestación visible de la primera, para hacer en un solo libro la síntesis del segundo:
he aquí nuestro propósito. Para conseguirlo, evocaremos de las olvidadas tumbas en que
duermen al pie del santuario a esos Titanes del arte que lo erigieron.»
(«Introducción», Historia de los templos de España, 1857).