Reflexiones sobre la Naturaleza y el Ser
Reflexiones sobre la Naturaleza y el Ser
RALPH W. EMERSON
I
Naturaleza
La ciencia toda tiene como único objetivo encontrar una teoría de la naturaleza.
Poseemos teorías acerca de las razas y de las funciones, pero apenas una remota idea
de lo que es la creación. Estamos hoy tan lejos del camino de la verdad, que los
maestros de distintas religiones se traban en disputa y se odian unos a otros, y a los
pensadores se los tilda de insensatos y frívolos. Pero para el buen discernimiento, la
más abstracta de las verdades es la más práctica. Cada vez que aparece una teoría
auténtica, ella es su propia evidencia, y lo que la pone a prueba es que explica todos
los fenómenos. En la actualidad, muchos de ellos se estiman no sólo inexplicados sino
inexplicables; tal lo que ocurre con el lenguaje, el reposo nocturno, la locura, los
sueños, los animales, el sexo.
Los astros despiertan cierta reverencia, pues aunque siempre están presentes, son
inaccesibles; mas todos los objetos naturales ejercen análoga impresión cuando la
mente está abierta a su influjo. La naturaleza nunca muestra una apariencia vulgar. Ni
el más sabio de los hombres puede arrancarle su secreto ni es capaz de calmar su
curiosidad descubriendo toda su perfección. Para los espíritus sabios, la naturaleza
jamás fue un juguete; las flores, los animales, las montañas reflejaron la sabiduría de
sus mejores años, tal como habían deleitado la simplicidad de su niñez.
Para ser francos, pocos adultos son capaces de ver la naturaleza. La mayoría de las
personas no ve el sol. Al menos, tiene una visión muy superficial de él. El sol ilumina
únicamente el ojo del hombre, pero resplandece en cambio en el ojo y en el corazón
del niño. El amante de la naturaleza es aquel cuyos sentidos interiores y exteriores aún
siguen amoldados verdaderamente el uno al otro; aquel que ha conservado en su
madurez el espíritu de la infancia. Su comercio con el cielo y con la tierra se vuelve
parte de su diario sustento. Pese a sus reales tribulaciones, en presencia de la
naturaleza, lo recorre un salvaje deleite. La naturaleza dice: He aquí mi criatura, y a
pesar de sus impertinentes aflicciones, conmigo estará contenta. No sólo el sol y el
verano, sino cada hora y cada estación del año rinden su tributo de goce; pues cada
hora y cada cambio, desde el sofocante mediodía hasta la noche tenebrosa,
corresponden a un distinto estado mental y lo avalan. La naturaleza es un escenario
que se adapta igualmente bien para una pieza cómica o trágica. Cuando uno está
sano, el aire es un licor de increíbles virtudes. Cruzando sobre la nieve fresca un
campo despoblado, bajo un cielo nuboso y crepuscular, y sin que me viniera a la mente
ningún augurio particularmente bueno, sentí una exaltación perfecta, un contento
lindante con el temor.
El mayor deleite que los campos y los bosques comunican es la sugerencia de una
oculta relación entre el hombre y los vegetales. No estoy solo ni ignorado. Me hacen
señales y yo les contesto. El balanceo de las ramas en medio de la tormenta es para
mí nuevo y antiguo. Me toma por sorpresa y, sin embargo, no me es desconocido. Su
efecto es semejante al del alto pensamiento o la emoción sublime que me invaden
cuando juzgo que estoy razonando con acierto o que estoy obrando rectamente.
Pero el poder de producir este encanto no reside en la naturaleza, sin duda, sino en el
Nombre o en la armonía de ambos. Es menester hacer uso de estos placeres con gran
moderación; pues la naturaleza no siempre se disfraza con atuendo de fiesta, y la
misma escena que ayer perfumaba y relucía como para que danzaran las ninfas, hoy
está sumida en la melancolía. La naturaleza tiene siempre los colores del espíritu. Para
un hombre agobiado por la calamidad, el calor de su propia fogata es en sí mismo
triste. Hay también una especie de desprecio del paisaje, que siente aquel que acaba
de perder a un amigo querido. El cielo no es entonces tan vasto ni tan valiosa la
población sobre la cual se extiende.
II
Bienes materiales
Quienquiera que examine la causa final del mundo discernirá una multitud de usos que
entran a formar parte de ese resultado. Todos ellos admiten ser incorporados a algunas
de las siguientes clases: bienes materiales, belleza, lenguaje y disciplina.
Bajo el nombre general de bienes materiales, incluyo todas esas ventajas que
condensa en lluvia; la lluvia nutre a la planta; la planta nutre al animal; y así la
circulación interminable de la caridad divina alimenta al hombre.
Las artes prácticas son reproducciones o nuevas combinaciones creadas por el ingenio
del hombre, de los mismos benefactores naturales. Este ya no precisa esperar las
brisas favorables: merced a la máquina de vapor, hace realidad la fábula del saco de
Eolo y transporta a los doscientos treinta vientos en la caldera de su barco. Para
reducir la fricción, pavimenta el camino con barras de hierro, y subiendo a un vagón
cargado cíe hombres, animales y mercaderías se lanza a recorrer el país de pueblo en
pueblo, como un águila o una golondrina por el aire. La suma de estos aportes ¡cómo
ha cambiado la faz de la Tierra desde la era de Noé hasta la de Napoleón! Al hombre
pobre le son construidos ciudades, buques, canales, puentes. Va al correo, y la raza
humana lleva sus recados; a la librería, y la raza humana lee y escribe para él acerca
de todo lo que sucede; a los tribunales, y las naciones reparan sus agravios
personales. Levanta su casa en el camino, y la raza humana va todas las mañanas,
pala en mano, a sacar la nieve para abrirle paso.
III
Belleza
La naturaleza sirve a otra necesidad del hombre aun más noble: el amor a la belleza.
Los antiguos griegos llamaban al mundo kosmos, belleza. La constitución de todas las
cosas, o el poder plástico del ojo humano son tales, que las formas primordiales como
el cielo, la montaña, el árbol, el animal nos provocan deleite en y por sí mismas, un
goce que surge de su perfil, color, movimiento y manera de agruparlas. Esto parece
deberse en parte al ojo mismo, que es el mejor de los artistas. Mediante la acción
recíproca de su estructura y de las leyes de la luz, se produce la perspectiva, que
integra cada masa de objetos -cualquiera que sea su carácter en un colorido y bien
sombreado globo, de tal modo que allí donde los objetos individuales son vulgares y
anodinos, el paisaje que ellos componen es acabado y simétrico. Y así como el ojo es
el mejor de los compositores, la luz es la primera entre los pintores. No hay objeto tan
execrable que no se vuelva hermoso bajo la luz intensa. Y el estímulo que esta ofrece a
los sentidos, y una suerte de infinitud que posee, como el espacio y el tiempo, hace que
toda la materia se alboroce. Hasta un cadáver tiene su peculiar belleza. Pero aparte de
esta gracia general difundida por la naturaleza, casi todas y cada una de las formas
son agradables a los ojos, como lo prueban nuestras interminables imitaciones de
algunas de ellas: la bellota, la uva, la piña, la espiga de trigo, el huevo, las alas y el
cuerpo de la mayoría de los pájaros, la garra de león, la serpiente, la mariposa, las
conchas marinas, las llamas, las nubes, los capullos, las hojas y las formas de
numerosos árboles, como la palmera.
Para un mejor examen, podemos distribuir en tres partes los aspectos de la belleza:
Pero en otras horas, la naturaleza satisface con su solo encanto, sin mezcla alguna de
beneficio corpóreo. Contemplo desde la cumbre de la colina que se halla por detrás de
mi casa, el espectáculo del amanecer, desde el alba hasta la salida del sol, y siento lo
que un ángel sentiría. Las largas, esbeltas franjas de nubes flotan como peces en el
mar de luz purpúrea. Desde la tierra, como desde una playa, miro ese mar silente. Me
imagino participando de sus rápidas transformaciones; el activo encantamiento toca mi
polvo, y yo me dilato e inspiro, al unísono con la brisa matinal. ¡Cómo nos diviniza la
naturaleza, con unos pocos y baratos elementos! Dadme la salud y el día, y toda la
pompa de los emperadores se me tornará ridícula. La aurora es mi Asiria, el crepúsculo
y el claro de luna son mi Pafos e inimaginables reinos de fantasía; el ancho mediodía
será mi Inglaterra de los sentidos y del entendimiento; la noche, mi Alemania de la
filosofía mística y los sueños.
Los habitantes de las ciudades suponen que el paisaje de la campiña sólo es amable la
mitad del año. Yo me complazco con la gracia de la escena invernal y creo que nos
llega tanto como las influencias cordiales del verano. Para el ojo atento, cada momento
del año tiene su propia belleza, y en un mismo lugar de la campiña contempla hora tras
hora un cuadro que no se vio jamás y que jamás se volverá a ver. Los cielos cambian a
cada instante y reflejan su gloria o su desdicha en las planicies de abajo. De una
semana a otra, el estado de los cultivos en las granjas vecinas altera la expresión de la
tierra. La sucesión de las plantas autóctonas en los pastizales y caminos, silencioso
reloj mediante el cual el tiempo marca las horas estivales, haría perceptible hasta las
divisiones del día, a un fino observador. Bandadas de pájaros e insectos, puntuales
como las plantas, se siguen unas a otras, y el año da cabida a todos. En las corrientes
de agua, la variedad es mayor aún. En julio, en los bajíos de nuestro amable río,
florecen en grandes lechos las pontederias azules, y bullen con enjambres de
mariposas amarillas en continuo movimiento. El arte no puede rivalizar con esta pompa
de carmín y de oro. El río está, en verdad, perpetuamente engalanado, y alardea cada
mes con un nuevo adorno.
Pero esta belleza cíe la naturaleza que se ve y siente como tal es su mínima parte. Los
espectáculos del día, el rocío matinal, el arco iris, las montañas, huertos floridos,
estrellas, el claro de luna, las sombras en el agua quieta y así sucesivamente, si se los
persigue con demasiado ahínco, se vuelven meros espectáculos y se mofan de
nosotros con su irrealidad. Salid de vuestra casa para ver la luna, y no es más que
oropel; no os resultará tan grata como cuando su luz alumbra vuestro viaje
indispensable. ¿Quién puede atrapar la temblorosa belleza de las tardes gualdas de
octubre? Id a buscarla, y se ha ido; es sólo un espejismo que miráis desde las
ventanillas de la diligencia.
3. Queda aún otro aspecto bajo el cual puede visualizarse la belleza del mundo:
cuando se transforma en un objeto del intelecto. Además de la relación que mantienen
con la virtud, las cosas se relacionan también con el pensamiento. El intelecto persigue
el orden absoluto de las cosas tal como estas residen en el espíritu de Dios,
desprovistas de coloraciones afectivas. Las facultades intelectual y activa parecen
sucederse una a la otra, y la acción exclusiva de una genera la acción exclusiva de la
otra. Hay en ambas, algo mutuamente hostil, pero son como los períodos alternados de
alimentación y trabajo en los animales; cada cual es una preparación para el otro y
será seguido por este. Así pues, la belleza que, con respecto a las acciones viene,
como hemos visto, sin que se la busque -y viene porque no se la busca-, queda a
merced de la aprehensión del intelecto, y luego, a su turno, del poder activo. Nada
divino muere. Todo lo bueno se reproduce eternamente. La belleza de la naturaleza
vuelve a plasmarse en la mente y no para la contemplación estéril, sino para una nueva
creación.
La faz del mundo impresiona en alguna medida a todos los hombres; a algunos, hasta
el deleite. Este amor por la belleza es el buen gusto. Hay quienes sienten ese mismo
amor con tanto exceso que, no satisfechos con admirar, procuran encarnarlo en
nuevas formas. La creación de belleza es el arte.
La producción de una obra de arte echa alguna luz sobre el misterio de la humanidad.
Una obra de arte es una síntesis o epítome del mundo. Es, en miniatura, el resultado o
expresión de la naturaleza; pues aunque las obras de la naturaleza son innumerables y
todas distintas entre sí, el resultado o expresión de todas ellas es similar y único. La
naturaleza es un mar de formas fundamentalmente semejantes y hasta unitarias. Una
hoja, un rayo de sol, un paisaje, el océano ejercen un efecto análogo sobre el espíritu.
Lo común a todos ellos, esa perfección y armonía, es la belleza. El patrón de la belleza
esta dado por el circuito entero de formas naturales, por la totalidad de la naturaleza;
los italianos expresaron esto al definir a la belleza como "il piú nell'uno" [lo múltiple en
lo uno]. Nada es, por sí solo, cabalmente hermoso; lo hermoso sólo lo es dentro del
conjunto. Un objeto cualquiera es hermoso únicamente en la medida en que sugiere
esta gracia universal. El poeta, el pintor, el escultor, el músico, el arquitecto procuran
concentrar esta radiación del mundo en un solo punto, y en sus diversos trabajos cada
cual trata de satisfacer el amor a la belleza que lo estimula a crear. El arte es, así, una
naturaleza pasada a través del alambique del hombre; en el arte, la naturaleza opera a
través de la voluntad de un hombre colmado de la belleza de las obras primeras de
aquella.
El mundo existe, por lo tanto, para el alma, con el fin de satisfacer el anhelo de belleza.
A este elemento lo llamo un fin último. Con respecto al motivo por el cual el alma busca
la belleza, nada se puede indagar ni responder. En su sentido más amplio y profundo,
la belleza es una de las expresiones del universo. Dios es la suma justicia; la verdad, la
bondad y la belleza son diferentes rostros de esa misma totalidad. Pero la belleza de la
naturaleza no es un fin último. Es el heraldo de una belleza interior y eterna, y en sí
misma no constituye un bien sólido y saciante. Debe entendérsela como una parte de
la naturaleza, pero no como la expresión última o suprema de su causa final.
IV
Lenguaje
2. Pero este origen de todas las voces que transmiten un significado espiritual, hecho
tan conspicuo cíe la historia de las lenguas, es la menor de las deudas que tenemos
con la naturaleza. No sólo las palabras son emblemáticas: las cosas mismas lo son.
Cada fenómeno natural es un símbolo de un fenómeno espiritual. Cada manifestación
de la naturaleza corresponde a un estado de la mente, y a este último sólo es posible
describirlo presentando como su imagen esa manifestación natural. Un hombre estará
furioso como un león o será astuto como un zorro o firme como una roca; un hombre
sabio es una antorcha encendida. El cordero es la inocencia; la víbora, la insidiosa
inquina; las flores expresan para nosotros, la delicadeza. Luz y tinieblas son nuestra
forma habitual cae referirnos al saber y a la ignorancia; el ardor, nuestra expresión
usual de la pasión amorosa. La distancia que divisamos detrás de nosotros y la que
divisamos delante son, respectivamente, las imágenes de nuestro recuerdo y de
nuestra esperanza.
Se echa de ver fácilmente que estas analogías nada tienen de feliz o caprichoso, sino
que son constantes e impregnan a la naturaleza. No son sueños de unos pocos poetas,
dispersos aquí y allí, sino que el hombre es un analogista y estudia las relaciones en
todos los objetos. Ubicado en el centro de los seres, un rayo de relación lo une con
todos ellos. Y no es posible comprender al hombre sin estos objetos ni a estos objetos
sin el hombre. Tomado en sí mis- mo, ningún fenómeno de la historia natural tiene
valor, es estéril como un solo sexo; pero casadlo con la historia humana, y se llenará
de vida. Floras enteras, todos los volúmenes de Linneo y de Buffon, son áridos
catálogos de hechos naturales; pero el más trivial de estos hechos, las costumbres de
una planta, los órganos de un insecto o el trabajo que realiza o el ruido que emite,
empleados para ilustrar un hecho de la filosofía intelectual o de algún modo asociados
con la naturaleza humana, nos afectan de una manera intensa y gratificante. La semilla
de una planta... ¡a qué conmovedoras analogías con la naturaleza del hombre ha dado
lugar ese pequeño fruto en todo tipo de discursos, hasta llegar a la voz de Pablo, quien
compara el cadáver del hombre con una semilla: "Se siembra un cuerpo natural,
resucita un cuerpo espiritual"!' El movimiento de la Tierra sobre su eje y alrededor del
sol da origen al día y al año; estas son cantidades ciertas de luz y calor elementales;
pero, ¿no hay acaso la intención de una analogía entre la vida del hombre y las
estaciones? ¿Y no extraen las estaciones grandeza o pathos de esa analogía? Los
instintos de la hormiga tienen bastante poca importancia considerados como cosa de la
hormiga; pero en cuanto un rayo de relación parte de ella y alcanza al hombre, la
pequeña esclava es vista como una instructora de cuerpo pequeño y gran corazón, y
todos sus Hábitos (incluso aquel que, según se dice, fue descubierto recientemente: el
de que nunca duerme) se vuelven sublimes.
A causa de esta radical correspondencia entre las cosas visibles y los pensamientos
humanos, los salvajes, que sólo tienen lo que es necesario tener, conversan mediante
figuras. A medida que nos remontamos en la edades de la historia, el lenguaje se torna
más pictórico, hasta que al llegar a su infancia es poesía total, o sea que todos los
hechos espirituales son representados por símbolos naturales. Se comprueba que los
mismos símbolos componen los elementos primitivos de todas las lenguas. Se ha
observado, además, que las expresiones idiomáticas de todas las lenguas se
aproximan unas a otras en los pasajes (le mayor fuerza y elocuencia. Y así como es la
primera lengua, es también la última. Esta dependencia directa entre el lenguaje y la
naturaleza, esta conversión de un fenómeno externo en un modelo de algo vinculado
con la vida humana, nunca pierde la capacidad de conmovernos. Es esto lo que da a la
platica de un vigoroso granjero o leñador ese cautivante atractivo que todos saborean.
El poder de un hombre para ligar cada uno de sus pensamientos con su símbolo
apropiado y entonces proferirlo, depende de la simplicidad de su carácter, vale decir,
de su amor a la verdad y de su anhelo de comunicarla sin menoscabo. A la corrupción
del hombre le sigue la corrupción del lenguaje. Cuando la simplicidad del carácter y la
soberanía de las ideas son quebradas por el predominio de deseos secundarios -el
deseo de riquezas, de placeres, de poderío, de fama-, y la duplicidad y la falsedad
toman el lugar de la simplicidad y la verdad, el poder adquirido sobre la naturaleza
como intérprete de la voluntad se pierde en cierto grado; dejan de crearse nuevas
imágenes, y las antiguas palabras son pervertidas para representar cosas que no lo
han sido; se recurre a un papel moneda, aunque no hay lingotes que lo respalden en
las arcas públicas. A su debido tiempo, el fraude se torna manifiesto, y las palabras
pierden toda su facultad de estimular el entendimiento o las emociones. En toda nación
civilizada mucho tiempo atrás, pueden encontrarse centenares de escritores que
durante un breve lapso crean y hacen creer a otros que contemplan y enuncian
verdades, cuando en realidad, no visten por sí mismos a un solo pensamiento con sus
ropajes naturales, sino que se alimentan inconscientemente del lenguaje creado por los
escritores primordiales del país, a saber, aquellos que se atienen fundamentalmente a
la naturaleza.
Pero los hombres sabios se abren paso a través de esta dicción putrefacta y vuelven a
enlazar las palabras con las cosas visibles; de modo tal que un lenguaje figurativo es
de inmediato una convincente garantía de que quien lo emplea ha establecido una
alianza con la verdad y con Dios. Cuando nuestro discurso se eleva por encuna de lo
conocido y se inflama con la pasión o se exalta con el pensamiento, se inviste en
imágenes. Si el hombre que dialoga seriamente presta atención a sus procesos
intelectuales, descubrirá que una imagen material más o menos luminosa surge en su
mente junto con cada pensamiento, y le pro- porciona su vestidura. Por eso, la buena
literatura y la oratoria brillante son perpetuas alegorías. Y estas imágenes son
espontáneas: son la fusión ele la experiencia con la acción actual de la mente. Es,
hablando con propiedad, una creación, la actividad de la Causa Original a través de los
instrumentos que el hombre ya ha forjado.
Estos hechos pueden sugerir las ventajas que para una mente poderosa posee la vida
de campo respecto de la vida artificial y opresiva de las ciudades. La naturaleza nos
enseña más cosas de las que podemos transmitir a voluntad. Su luz penetra para
siempre en el espíritu, y olvidarnos su presencia. El poeta o el orador criado en los
bosques, cuyos sentidos se nutrieron año tras año, de sus ecuánimes y apaciguadores
cambios, sin que él se lo propusiera ni les prestara atención, no echará en saco roto
esas enseñanzas cuando esté en medio del estrépito de las ciudades o de los pleitos
políticos. Mucho tiempo después, sacudido entre la agitación y el terror en las asambleas
nacionales -en la hora de la revolución-, reaparecerán ante él esas imágenes solemnes
en su brillo matinal, como símbolos y palabras adecuados para las ideas que los
acontecimientos del momento han despertado. Al llamado de un noble sentimiento,
vuelven a ondear las ramas, a murmurar los pinos, a correr las aguas centelleantes del
río, a mugir el ganado en los montes, tal como lo vio y oyó en su infancia. Y junto con
esas formas, son puestos en sus manos los hechizos de la persuasión, las llaves del
poder.
V
Disciplina
¡Qué tedioso adiestramiento, día tras día, año tras año, interminablemente, para crear
el sentido común; qué reproducción continua de molestias, inconvenientes, dilemas;
qué algarabía de hombrecillos sobre nosotros, qué regateos de precios, qué cálculos
de
beneficios... todo para formar la mano de la mente, para enseñarnos que las bellas
ideas no son mejores que los bellos sueños si no las ponemos en práctica! [...]
Los primeros pasos dados en agricultura, astronomía, zoología (esos que da el
granjero, él cazador, el marino) nos enseñan que los dados de la naturaleza siempre
están cargados, que entre sus montones de escombros y hojarasca se ocultan
resultados ciertos y provechosos.
¡En qué forma apacible y afable capta la mente, una tras otra, las leyes de la física!
¡Qué nobles emociones dilatan al mortal que entra en los concilios de la creación y
siente, gracias a su saber, en qué consiste el privilegio de SER! Su visión lo purifica; la
belleza de la natu- raleza resplandece en su propio pecho. Cuando el hombre ve esto
se torna más grande, y más pequeño el universo, porque las relaciones del espacio y el
tiempo se desvanecen a medida que las leyes son conocidas.
También en este caso nos sentimos impresionados y hasta amilanados por el inmenso
Universo que hay para explorar. "Lo que conocemos es apenas un punto de lo que no
conocemos". Abrase cualquier revista científica reciente, sopésense los problemas
concernientes a la luz, el calor, la electricidad, el magnetismo, la fisiología, la geología,
y júz- guese si es probable que se agote pronto el interés de la ciencia natural.
Cada suceso es una lección en el ejercicio de la voluntad, la lección del poder. Desde
que el niño entra sucesivamente en posesión de sus sentidos hasta el momento en que
exclama: "¡Yo te haré!", aprende el secreto de que puede someter a su voluntad no
sólo fenómenos particulares sino grandes clases de fenómenos, mas aún, la serie
entera de los sucesos, y así acomodarlos todos a su propio carácter. La naturaleza es
una mediadora cabal: está hecha para servir. Acoge el dominio que el hombre le
impone, tan mansamente como el asno sobre el cual montó el Salvador. Le ofrece a él
todos sus reinos, a modo de materia prima para que modele lo que pueda serle útil. El
hombre nunca se cansa de trabajar ese material. Con el aire delicado y sutil, forja
sabias y melodiosas palabras y les da alas, convirtiéndolas en ángeles de la persuasión
y del mandato. Su pensamiento victorioso se enfrenta a todas las cosas y las reduce
una tras otra, hasta que el mundo sólo se torna al fin una voluntad realizada: el doble
del hombre.
Nada en la naturaleza se agota después del primer uso. Cuando alguna cosa ha
cumplido al máximo su cometido, vuelve a estar enteramente nueva para un servicio
ulterior. En Dios, todo fin es convertido en un nuevo medio. Así, el uso de los bienes
materiales -en sí mismo considerado- es vulgar y sórdido, pero para la mente
representa una instrucción en la doctrina del Uso, a saber, que una cosa sólo es buena
en la medida en que sirve para algo; que es esencial a todo ser, la confluencia de
partes y de esfuerzos para la producción de un fin. La manifestación primera y grosera
de esta verdad es nuestro inevitable y aborrecido adiestramiento en los valores
materiales y las necesidades, en la carne y el cereal.
Ya hemos ejemplificado de qué manera todo proceso natural es una traducción cíe una
sentencia moral. La ley moral está en el centro de la naturaleza y desde allí, irradia
hacia la circunferencia. Es el tuétano y meollo de toda sustancia, de toda relación, de
todo proceso. Cada una de las cosas con las que tenemos trato nos predica. ¿Qué es
una granja sino un mudo evangelio? La paja y el trigo, los yuyos y las plantas, las
plagas, la lluvia, los insectos, el sol... he ahí un emblema sagrado desde el primer surco
abierto en primavera hasta la última pila de leña alcanzada por la nieve invernal. Pero
el marino, el pastor, el minero, el mercader, en sus diversos ámbitos, tienen todos una
experiencia exactamente paralela y que lleva a la misma conclusión, pues todas las
organizaciones son radicalmente iguales. Y es indudable que este sentimiento moral
que así perfuma el aire, crece en el grano e impregna las aguas del mundo es captado
por el hombre y penetra en su alma. La influencia moral de la naturaleza sobre un
individuo es la cantidad de verdad que ella ilustra para él. ¿Quién puede evaluarla?
¿Quién puede conjeturar cuánta firmeza le ha sido enseñada al pescador, por la roca
que las olas fustigan?, ¿cuánta tranquilidad ha visto reflejada el hombre en el cielo azul
celeste, sobre cuya tersa hondura los vientos arrastran y arrastran bandadas de nubes
tormentosas sin dejar arruga ni mancha?, ¿cuánta laboriosidad y providencias y afecto
hemos tomado de los gestos de las bestias? ¡Qué sagaz predicador de autodominio es
el mudable fenómeno de la salud.
En esto se percibe particularmente la unidad de la naturaleza -la unidad en la variedad-
con la que nos encontramos por doquier. La infinita variedad de las cosas produce una
impresión siempre idéntica.
VI
Perspectivas
Concluiré, pues, este ensayo con algunas tradiciones sobre el hombre y la naturaleza,
que cierto poeta me contó; y que como siempre han existido en el mundo y vuelven a
aparecérsele quizás a todo bardo, pueden ser históricas o proféticas.
"Un hombre es un dios en ruinas. Cuando los hombres sean inocentes, la vida será
más larga y pasará a la inmortalidad tan livianamente como nos despertamos de los
sueños. Ahora bien, el mundo sería una rabiosa furia, si estas desorganizaciones
perduraran durante centu- rias. La muerte y la infancia lo mantienen bajo control. La
infancia es el Mesías perpetuo que los hombres en falta acogen entre sus brazos y
que- ruega con ellos por el retorno al paraíso."
Cuando la mente se halle preparada para ese estudio, no necesitará buscar objetos. La
invariable señal de la sabiduría es ver lo milagroso en lo corriente. ¿Qué es un día?
¿Qué es un año? ¿Qué, el verano? ¿Qué, una mujer? ¿Qué, un niño? ¿Qué, el
dormir? Estas cosas le parecen intrascendentes a nuestra ceguera. Construimos
fábulas para ocultar la desnudez del hecho y adecuarlo, como solemos decir, a las
leyes superiores de la mente; pero cuando el hecho es visto a la luz de una idea, la
ornamentada fábula se desmorona y reseca, y contem- plamos la verdadera ley
superior. Por ello, para el sabio, un hecho es auténtica poesía y la más hermosa de las
fábulas. Y estas maravillas os son traídas hasta las puertas mismas de vuestra casa.
Llegaremos así, a ver con nuevos ojos el mundo. Y el mundo responderá al perenne
interrogante del intelecto ¿Qué es la verdad? y de los sentimientos -¿Qué es el bien?-
sometiéndose pasivamente a la educada Voluntad. Sucederá entonces lo que anunció
mi poeta: "La naturaleza no es estática sino fluida. El espíritu la altera, la modela, la
plasma. La inmovilidad o brutalidad de la naturaleza es ausencia de espíritu; para el
espíritu puro, ella es fluida, volátil, obediente. Cada espíritu se construye una morada, y
más allá de esa morada un mundo, y más allá de ese mundo un cielo. Sabed, pues,
que el mundo existe para vos. Y para vos es el fenómeno perfecto. Sólo podemos ver
lo que somos. Todo cuanto tuvo Adán, todo cuanto pudo César, vos lo tenéis y podéis.
Adán llamó cielo y tierra a su morada; César, la llamó Roma; tal vez vos la llaméis un
taller de zapatero, cincuenta hectáreas de tierras la- brantías o la buhardilla de un
estudioso; pero línea a línea y punto a punto vuestro dominio es tan vasto como el de
aquellos, aunque no ostente finos nombres.
Construid, pues, vuestro propio mundo. A medida que ajustéis vuestra vida a la idea
pura que tenéis en la mente, esta desplegará sus grandes proporciones. Una
correspondiente revolución en las cosas acompañará al influjo del espíritu. Pronto se
diluirán las desagra- dables apariencias, la canalla, los insectos, las víboras, las pestes,
los manicomios, las prisiones, los enemigos: todo ello es pasajero y no será visto más.
La sordidez y las inmundicias de la naturaleza serán secadas por el sol y barridas por
los vientos. Como cuando el verano que sube desde el sur funde la nieve y entonces la
tierra muestra su verde rostro, así el espíritu, en su avance, irá creando sus adornos y
trayendo consigo la belleza que él envía y el canto que la hechiza; trazara en torno de
sí caras hermosas, cálidos corazones, sabios argumentos y actos heroicos, hasta que
el mal no se vea ya. Entrará al reinado del hombre sobre la naturaleza, que no proviene
de la observación -un dominio que ahora trasciende su sueño de Dios-, sin maravillarse
menos que el ciego al que poco a poco se le ha restituido la visión perfecta.