Catacúmbico
Nos juntamos a las 9 de la noche afuera de la estación Alésia de la línea 4 del
métropolitain, en el XIVème arrondissement, esto es, en un barrio del sur de París. Era
viernes 1 de noviembre y llovía a cántaros, pero eso es un detalle. Todos estábamos
preparados: nos presentábamos con nuestras peores ropas, cada uno llevaba la imperativa
linterna, y guardaba comestibles y/o bebestibles alcohólicos y no-alcohólicos en sus
mochilas; algunos se ponían bolsas de basura en los pies y, para darle mayor firmeza a
dicho invento precautorio, las sujetaban rodeando sus piernas con cinta adhesiva. Nos
refugiamos de la lluvia, esperando a los retrasados, en un conocido local de comida rápida.
Allí noté que éramos bastantes, al menos treinta. Claro, pues no bien el-novio-de-mi-amiga
me avisó que para ese viernes estaba confirmada la expedición, corrí la voz y les informé a
varios amigos, que más bien eran conocidos —en realidad, jóvenes estudiantes extranjeros
que, como yo, iniciaban una temporada de estudios en París y con quienes, por diversos
azares, me había cruzado—; seguramente otros habían hecho lo mismo. Era un evento que
prometía ventura: íbamos a las catacumbas de París, a conocer ese mundo subterráneo
mucho más obscuro y desconocido que aquel tradicional subsuelo parisino, el metro y sus
redes de líneas, trenes y estaciones interconectadas. No íbamos al museo pagado —en parte
de las catacumbas parisinas hubo un cementerio por lo que allí se ha montado una sala en
que se exhiben cráneos y huesos humanos, lo que ha devenido en atracción turística—,
claro está; íbamos a otras sendas de ese inframundo de acceso secreto y prohibido.
De pronto, el amigo-del-novio-de-mi-amiga, quien lideraba la operación, lanzó un fuerte on
y va y todos, raudos, emprendimos rumbo. Como contaba, llovía fortísimo, pero eso es un
detalle. Caminamos hacia el sur por la avenida Jean Moulin y tras andar unos diez minutos,
doblamos en alguna calle cuyo nombre no recuerdo, para luego entrar en un descampado
que descendía a unas líneas de tren que —me dijeron— estaban en desuso hace años. Allí
continuamos el curso. Durante esta etapa, en la que era posible apreciar sórdidos vestigios
de presencia humana reciente, manifestada en botellas, jeringas, preservativos y otras
barreduras, mi amiga, que caminaba siempre delante mío, reprodujo una típica ocurrencia
francesa, en realidad una niñería que, sin embargo, siempre recordaré: tras atender una
llamada de número desconocido a la que respondí varias veces aló para luego colgar, ella
replicó à l’huile… (como sabemos la pronunciación de aló es idéntica a à l’eau: “al agua”,
mientras que à l’huile significa “al aceite”).
En fin, tras un buen rato de andar por las líneas de tren, arribamos a la entrada: un orificio
cuasi imperceptible que se abría para descender al -1. Fui de los últimos en bajar y una vez
ahí, seguimos la fila, con linternas encendidas y cabezas gachas para evitar golpeárnoslas.
De pronto, caminábamos sobre un pasaje inundado; el agua sobrepasaba mis rodillas y las
improvisadas botas de mis compañeros, hechas de bolsas plásticas, comenzaban a mostrar
su falta de eficacia. Desde adelante se oía a unos cuantos que entonaban parte de una
conocida canción scout francesa: Maintenant qu'il ne pleut plus / les scouts vont se sauver /
le temps est au beau fixe / plus besoin qu'on les aide (“Ahora ya no llueve / los
exploradores van a marcharse / el tiempo se mantiene / no necesitan ayuda”). Seguíamos
andando, cada tanto doblábamos, y cada otro nos metíamos por pasadizos de difícil ingreso,
disponiendo nuestros cuerpos para avanzar. Hasta que por fin llegamos al “refugio”, donde
habían unos tres cuartos o estancias, cada uno con rocas acomodadas como asientos y todos
muy graffés (recuerdo patentemente el graffiti de un cráneo humano con expresión burlona
sobre dos huesos cruzados al que se añadía la leyenda “pirates-club”), y entonces
comprendí por qué no vi vagabundos o personas que pudieran permanecer ahí. La
obscuridad, la absoulta carencia de recursos básicos en el lugar y la facilidad para perder la
orientación y el punto de entrada/salida en las catacumbas es tan alta que se prestaba
únicamente —me decían después—, para que personas como nosotros (los cataphiles),
exploraran con afán lúdico esta red laberíntica de túneles que también fuera usada como
bastión estratégico de la resistencia militar parisina en la Segunda Guerra Mundial.
Una vez instalados en los cuartos, comenzaron a destaparse los vinos de 2 o 3 euros y se
abrieron bocados para compartir; alguien maniobró un sistema de sonido y una música
electrónica empezaba a sonar. Por mi parte, antes de relajarme, me saqué los zapatos y
sequé mis pies; me puse otros calcetines y zapatos que guardaba en la mochila. Fue buena
previsión. Es muy desagradable andar con pies absolutamente mojados. Luego alguien
enseñaba un mapa de las catacumbas: advertí que la red se distribuye prácticamente por
todo París, colindando con el metro. Algunos se fueron de excursión a conocer otro cuarto
más alejado, donde había un “chateau”. Y así, me quedé disfrutando de la compañía de mis
conocidos y no-tan-conocidos, de los bordeaux baratos y alimentos varios… en fin,
viviendo una jornada nocturna subterránea memorable… Cuando ya eran horas prudentes
de la alta noche decidimos salir. Esta vez subimos a tierra por otro hueco. El métropolitain
estaba cerrado y faltaba una hora para su reapertura. Algunos de mis amigos y yo tomamos
el bus nocturno hacia el nororiente de París. Volvíamos cansados, mojados y felices. Esta
vez ya no llovía.