Sacramentos I (2019)
Sacramentos I (2019)
ÍNDICE GENERAL
INTRODUCCIÓN
Para abordar el tema acerca del cuerpo sacramental de la Iglesia, lo primero que debemos
abarcar el concilio Vaticano II. En la Lumen Gentium 7 leemos que “El Hijo de Dios, encarnado
en la naturaleza humana, redimió al hombre y lo transformó en una nueva criatura (cf. Gal 6,15;
2 Co 5,17), superando la muerte con su muerte y resurrección. A sus hermanos, convocados de
entre todas las gentes, los constituyó místicamente como su cuerpo, comunicándoles su Espíritu.
La vida de Cristo en este cuerpo se comunica a los creyentes, que se unen misteriosa y realmente
a Cristo, paciente y glorificado, por medio de los sacramentos”. Así, los sacramentos “y sobre
todo el Bautismo que es como la puerta por la que los hombres entran en la Iglesia” (CEC 950).
“Por el bautismo nos configuramos con Cristo: "Porque también todos nosotros hemos sido
bautizados en un solo Espíritu" (1 Co 12,13) (…) En la fracción del pan eucarístico, participando
realmente del cuerpo del Señor, nos elevamos a una comunión con El y entre nosotros mismos.
"Porque el pan es uno, somos muchos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan"
(1 Co 10,17). Así todos nosotros quedamos hechos miembros de su cuerpo (cf. 1 Co 12,27),
"pero cada uno es miembro del otro" (Rm 12,5)” (LG 7).
Los sacramentos son parte de la Historia de la salvación en cuanto a que “el pueblo elegido
recibe de Dios signos y símbolos distintivos que marcan su vida litúrgica: no son ya solamente
celebraciones de ciclos cósmicos y de acontecimientos sociales, sino signos de la Alianza,
símbolos de las grandes acciones de Dios en favor de su pueblo. Entre estos signos litúrgicos de
la Antigua Alianza se puede nombrar la circuncisión, la unción y la consagración de reyes y
sacerdotes, la imposición de manos, los sacrificios, y sobre todo la pascua. La Iglesia ve en estos
signos una prefiguración de los sacramentos de la Nueva Alianza” (CEC 1150).
Toda la economía de la salvación lleva la impronta trinitaria, pues todo don proviene del
Padre por Cristo en el Espíritu y retorna como alabanza, después de haber vivificado la Iglesia y
al mundo, en el Espíritu, por Cristo al Padre. Así, en el estudio de los sacramentos vemos la
dimensión Cristológica en cuanto a que los sacramentos han sido instituidos por Cristo y
1
Cfr. MIGUEL PONCE CUELLAR, Tratado sobre los sacramentos, EDICEP, Navarra 2014, 52.
2
Cfr. MIGUEL PONCE CUELLAR, o.c., 53.
celebran – actualizándolo – su misterio pascual. También debemos subrayar el dinamismo del
Espíritu en los sacramentos puesto que, solo a partir de la venida del Espíritu, la Iglesia puede
hacer operante lo que recibió de Cristo, dado que solo por la donación del Espíritu Santo y por
su acción en la Iglesia, esta puede comunicar la vida de Cristo resucitado mediante los
sacramentos. Por último, la economía sacramental remite a la fuente primera de toda gracia, al
origen y fuente de toda salvación, a Dios padre.3
Cristo como Dios hombre se manifiesta a lo largo de su vida por sus palabras y acciones y, en
especial, por aquellas en las que se revela de forma singular el poder salvador de Dios: los
milagros, el perdón de los pecados, su bautismo, la transfiguración, su muerte y resurrección. Por
otra parte, las acciones de la vida de Cristo manifiestan, al mismo tiempo, su valor santificador
de los hombres, y el sentido de culto, en cuanto que expresan el amor de Jesús a su padre, siendo
para todos nosotros fuente y norma de todo encuentro con Dios.
De los siete sacramentos dice el Catecismo de la Iglesia Católica que “existen ‘por la Iglesia’
porque ella es el sacramento de la acción de Cristo que actúa en ella gracias a la misión del
Espíritu Santo” (CEC 1118). La Iglesia es sacramento sólo en cuanto Cuerpo del que Cristo es la
Cabeza y, por eso, únicamente podemos denominarla sacramento en función de Cristo, en
comunión estrecha con Él y en dependencia de Él. La Iglesia será sacramento derivado, porque
participa en el ser y en la funcionalidad de su Cabeza y Señor, en cuanto su cuerpo, que realza
ahora la misión de Cristo y mediante la acción del Espíritu Santo. Cristo es el único sacramento
fontal de salvación quien, glorificado para siempre, está presente continuamente en su Iglesia.6
La Iglesia es sacramento de Cristo y, por ello, es toda relativa a Él, como aparece en la
Lumen Gentium No.1, al describir a Cristo como «luz de las gentes» y la Iglesia como recibiendo
esa luz de Él. La sacramentalidad de la Iglesia, por una parte, subraya su dependencia total de
Cristo, del que recibe toda su vitalidad, y, por otra, reafirma que no es un espacio vacío sino
3
Cfr. MIGUEL PONCE CUELLAR, o.c., 54.
4
Cfr. MIGUEL PONCE CUELLAR, o.c., 54-55.
5
Cfr. MIGUEL PONCE CUELLAR, o.c., 54-60.
6
Cfr. MIGUEL PONCE CUELLAR, o.c., 58.
lleno de la presencia de Cristo resucitado por la acción interior santificadora del Espíritu. La
Iglesia que es cuerpo de Cristo, manifestación visible de Cristo resucitado, lo hace presente en la
historia. Este cuerpo de Cristo es ahora el espacio en el que el Espíritu continúa haciendo
presente y operante a Cristo resucitado, haciendo operante el valor universal de la obra de Cristo.
En su visibilidad peregrina la Iglesia tiene una estructura esencial – unidad de fe, de sacramentos
y de comunión jerárquica – que está siempre en función de esta presencia de Cristo glorioso y de
su salvación por medio del Espíritu Santo.7
El estudio de la eficacia de los sacramentos debe tener en cuenta tres factores que
mutuamente se implican: el ofrecimiento gratuito que Dios hace de su don al hombre, la libertad
de éste para cooperar aceptándolo y la acción eclesial en la que el don de Dios y la respuesta
del hombre se hacen expresión litúrgica. De acuerdo con una terminología establecida, este
planteamiento se reduce a determinar la relación en el ex opere operato, lo objetivamente obrado
por el sacramento, y el ex opere operantis, lo que, en cuanto al efecto, depende del
comportamiento del hombre. Entre el uno y el otro debe haber una perfecta adecuación para que
no haya desequilibrio, pues si todo dependiera del ex opere operato sin tener en cuenta el
comportamiento responsable del hombre, nos hallaríamos ante un mero automatismo impropio
del actuar de Dios, y si todo proviniera del ex opere operantis, el sacramento se reduciría a un
puro subjetivismo sin intervención divina. Ciertamente la eficacia sacramental no se identifica
con lo mágico y, de aquí, la importancia del tema de la fe de la Iglesia en la celebración del
sacramento.9
7
Cfr. MIGUEL PONCE CUELLAR, o.c., 59.
8
Cfr. MIGUEL PONCE CUELLAR, o.c., 60.
9
Cfr. MIGUEL PONCE CUELLAR, o.c. 76-77.
Iglesia de su Hijo que, en la epíclesis de cada sacramento, expresa su fe en el poder del Espíritu
Santo. Como el fuego transforma en vida divina lo que se somete a su poder” (Cfr. CEC 1127).
Según el Catecismo, por tanto, los sacramentos son eficaces porque en ellos es Cristo quien actúa
por el Espíritu y a través de la fidelidad instrumental de la Iglesia. Los sacramentos son signos de
la fe de la Iglesia entera y el fundamento de esta fe es la certeza de que el Señor Jesús ha
resucitado y vive a la diestra de Dios Padre. Solo dentro de esta fe el sacramento adquiere su
inteligibilidad y eficacia. Y no hay que olvidar que “la fe de la Iglesia es anterior a la del fiel, el
cual es invitado a adherirse a ella. Cuando la Iglesia celebra los sacramentos confiesa la fe
recibida de los Apóstoles” (CEC 1124).10
Por medio de los siete grandes signos de la obra salvífica de Cristo – los sacramentos – la
Iglesia expresa su naturaleza básicamente sacramental, esto es, lleva a cabo su tarea esencial de
conducir a los hombres a su unidad con Cristo e incorporarlos a su Cuerpo que es ella misma,
impartiéndoles la vitalidad de la vida divina. Por consiguiente, puede decirse que los sacramentos
tienen dos efectos: la incorporación a la Iglesia – el efecto eclesial –; la unión del sujeto con
Cristo y con Dios al comunicarle una participación de la vida divina de Cristo – el efecto de
gracia –.
Como consecuencia de este aspecto eclesial de los sacramentos podemos deducir: a) que todo
el que recibe un sacramento dignamente entra o queda incorporado más profundamente a la
unión vital de la Iglesia; b) que la Iglesia se actualiza más íntimamente en las celebraciones
sacramentales y mediante esa actividad; c) que la celebración (administración) de un sacramento
no es asunto individual (aunque personal) sino eclesial. Por eso se explica que la Iglesia entera
ore en la recepción de un sacramento, y que se requiera en el ministro celebrante la intención de
realizar lo que celebra la Iglesia; al mismo tiempo que la necesidad de ajustarse al rito de la
celebración.11
10
Cfr. MIGUEL PONCE CUELLAR, o.c., 78-83.
11
Cfr. MIGUEL PONCE CUELLAR, o.c., 83-85.
segunda característica del don de la gracia consiste en ser cristológica y redentora, en cuanto que
proviene de Cristo y nos identifica con Él. Si la gracia sacramental nos introduce en una unión
personal con Cristo, asimilándonos a Él, necesariamente, se sigue que la gracia del sacramento
debe introducirnos en la vida de la Trinidad en una relación con Padre, el Hijo y el Espíritu
Santo.12
Los sacramentos no están desconectados de la vida ordinaria, sino que son momentos
privilegiados de ella, dado que la gracia sacramental supone una intensificación del conocimiento
de Cristo, para tratarle más íntimamente (fe), para confiar más decididamente en Él (esperanza) y
para amarle a Él y a todos los demás hombres como Dios nos ama (caridad).
San Agustín fue quien desarrolló la doctrina sobre el carácter sacramental al llevar a término la
formulación de sus notas fundamentales. El motivo eclesial que le indujo a reflexionar sobre el
carácter sacramental fue el comportamiento bautismal seguido por los donatistas. Como es sabido,
los donatistas identificaron la santidad de la Iglesia con la de cada uno de sus miembros, y partiendo
de que nadie da lo que no tiene, negaban que quien no era moralmente santo pudiese administrar
válidamente el sacramento. Según el planteamiento donatista, el efecto del bautismo dependía de la
disposición moral del ministro que lo administraba. Contra esta actitud reacciono San Agustín
proponiendo como idea básica que el bautismo es solo y exclusivamente de Jesucristo; por ello, al
margen de la disposición del ministro, confiere siempre la gracia.
Es cierto que el Santo no formuló su doctrina con el rigor sistemático de quien escribe un tratado.
San Agustín hizo frente a una cuestión eclesial y salió en defensa de la objetividad del sacramento,
consiguiendo la formulación válida y firme que sustenta la objetividad de su efecto permanente.14
Santo Tomás abordó el tema del carácter tanto en el Comentario a las sentencias como en la
Suma Teológica. Si deseamos proponer en forma sintética el pensamiento de Santo Tomás, habremos
de decir que por el carácter el hombre participa del sacerdocio de Cristo, que queda configurado con
Cristo sacerdote y, como consecuencia, que se convierte en signo distintivo de cristiano.
Para Santo Tomás, el carácter es una potencia espiritual, entendiendo el término potencia en el
sentido estricto a partir de la estructura del alma descrita por Aristóteles. Con ello, entiende que el
hombre, al recibir una potencia, queda capacitado, potenciado si se quiere, para realizar una
determinada acción. También, Santo Tomás recuerda que el carácter es un signo o una señal impresa
en el alma para denotar que ha quedado designada para algún fin. Este signo en el hombre cristiano
denota una doble finalidad: la primera es el estar con Dios en la gloria, y esta finalidad escatológica
le corresponde a la gracia santificante, y la segunda consiste en recibir o entregar lo propio del culto
de Dios, y esta finalidad funcional en la Iglesia es pertenencia del carácter.
12
Cfr. MIGUEL PONCE CUELLAR, o.c., 87.
13
Cfr. MIGUEL PONCE CUELLAR, o.c., 88.
14
Cfr. RAMÓN ARNAU - GARCÍA, Tratado general de los sacramentos, BAC, Madrid 2007, 318-320.
Para concluir, Santo Tomás plantea que el carácter es indeleble. Para ello vuelve sobre el
sacerdocio de Cristo, del que afirma que es eterno, y que toda consagración, dedicada y aceptada por
Jesucristo, goza también de la nota de la eternidad, mientras permanezca la cosa consagrada. En
consecuencia, si el hombre ha sido consagrado a Jesucristo por el carácter sacramental, esta
dedicación es eterna desde el momento en que participa del sacerdocio de Jesucristo, que es eterno.
Una última consecuencia saca Santo Tomás al plantear que el carácter es indeleble. Se pregunta si
en la vida eterna el carácter perderá o mantendrá su nota de ser indeleble. Él afirma que existiría la
finalidad del culto, es decir, la gloria de Dios, y por ello mantiene el carácter subsistirá. Santo Tomás
sostiene que el carácter es indeleble incluso en la vida eterna.15
El Vaticano II ofrece una perfecta síntesis entre San Agustín y Santo Tomás. De San Agustín
toma la dimensión eclesiológica del carácter, al proponer que por los sacramentos el hombre se
consagra a Dios al integrarse en la Iglesia, y de Santo Tomás ha tomado la dimensión cultual que
considera al cristiano capacitado para ofrecer a Dios el culto de la Iglesia cristiana. El principio del
Vaticano II está en que la Iglesia se realiza por los sacramentos. Por el bautismo se ingresa a la
Iglesia, por la confirmación se incorpora más profundamente en su seno, por la Eucaristía se alcanza
la pertenencia plena a la Iglesia, por el orden se sirve ministerialmente a la Iglesia actuando en
representación de Cristo , por el matrimonio se le dan nuevos hijos a la Iglesia, por la unción de los
enfermos se le ofrece a la Iglesia el don de la mediación de sus propios miembros sumidos en el
dolor y en la enfermedad y, por último, que mediante la penitencia el cristiano pecador, además de
reconciliarse con Dios, se reconcilia con la Iglesia a la que pecando había ofendido (Cf. LG 11).
Entonces, “El bautismo incorpora a los creyentes a la Iglesia y, mediante el carácter sacramental,
al culto cristiano” (LG 11). El carácter, después del Vaticano II, cabe ser descrito como el sello de la
consagración que el Espíritu Santo imprime sacramentalmente en el hombre, y por medio del cual
queda consagrado a Dios mediante la incorporación a la Iglesia y unido de modo indeleble a Cristo
sacerdote por medio del bautismo, para, en unión con él y con dimensión eclesial, ofrecer a Dios
Padre el sacrificio espiritual de la alabanza. Desde esta perspectiva, el carácter cobra una dimensión
intrínsecamente trinitaria y a la vez eclesiológica, por lo que es el signo, espiritual e interno, y
eclesial y externo, que distingue a los cristianos de los que no lo son.16
Pio XII en su encíclica Mistici Corporis, ha dejado sentada una doctrina que, en lo conciso de su
formulación, refleja con toda nitidez lo que, a partir de la tradición eclesial, ha de ser considerada
enseñanza fundamental, para enjuiciar el lugar del ministro en la administración de los sacramentos.
Con toda claridad propone que, desde el momento en que el divino Salvador envió por el mundo a
los Apóstoles con su misión jurídica, al igual que Él había sido enviado por el Padre, es Cristo quien
bautiza, enseña, gobierna, ata, ofrece y santifica a través de la Iglesia (DS 3806). Tres puntos son
nítidamente distinguibles en estas palabras del Papa: que Cristo es el ministro de todas las acciones
eclesiales y, por tanto, también de los sacramentos; que la Iglesia ocupa un lugar vicario en estas
acciones eclesiales, y por lo tanto también en la administración de los sacramentos; y que, en la
misión de los Apóstoles, y que por ello también en la de sus sucesores, se fundamenta de modo
vicario el ministerio eclesial y sacramental.
15
Cfr. RAMÓN ARNAU - GARCÍA, o.c., 324-327.
16
Cfr. RAMÓN ARNAU - GARCÍA, o.c., 338-340.
Que Jesucristo es el ministro principal de los sacramentos es una verdad que ha sido enseñada
por la Iglesia de modo ininterrumpido. Basta recordar las expresivas palabras de san Agustín:
“Aunque sean muchos los ministros santos o pecadores que bautizan, la santidad del bautismo no es
atribuible sino a Aquel sobre el que la paloma descendió, y quien se dijo: Este es el bautiza en el
Espíritu Santo, Que bautice Pedro, o Pablo, o Judas siempre es Cristo quien bautiza” (In Ioannis
Evangelium 6,7). Administrar un sacramento equivale a que Jesucristo actualice en un presente
inmediato, concreto y en una persona, la obra santificadora que ha llevado a cabo desde la misión del
Padre en el Espíritu santo.17
La Iglesia toda está presente en cualquier administración sacramental, porque con los
sacramentos nunca se está ante actos privados, sino públicos y eclesiales, por más solitaria que sea la
circunstancia de su administración. De ahí que toda administración es un acto de la Iglesia. Pero la
Iglesia, que, desde su institución divina, como también ha enseñado el Vaticano II, es una realidad
jerárquicamente estructurada, está toda presente en cualquier administración sacramental, aunque
concreta su representación en el ministro ordenado, el cual, desde la misión que le ha sido otorgada,
actúa en nombre de Jesucristo.
17
Cfr. RAMÓN ARNAU - GARCÍA, o.c., 347-348.
18
Cf. RAMÓN ARNAU - GARCÍA, o.c., 350-352.
19
Cf. DIONISIO BORROBIO, La Iniciación Cristiana, Sígueme, Salamanca 32009, 17-18.
20
Cf. DIONISIO BORROBIO, o.c., 33.
Esta iniciación tiene unos presupuestos. El primero es la convicción de que la fe no es un dato de la
naturaleza que se adquiere automáticamente. Dice Tertuliano que “uno no nace cristiano, sino que
(tiene que) hacerse cristiano”.21 Benedicto XVI lo explica también en Deus Caritas Est cuando dice
que “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con
un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación
decisiva”. 22Creer es un acto positivo de la voluntad, un acontecimiento que sucede en la propia
existencia y tiene su historia. El segundo presupuesto es la aceptación de que este proceso iniciatorio
de la fe se manifiesta de formas objetivas, y sucede siempre dentro de una comunidad.23
“El bautismo, puerta de la vida y del Reino, es el primer sacramento de la nueva ley”,24 y el
momento sacramental primario de la iniciación cristiana. El bautismo es punto de partida y a la vez
referencia con toda la vida cristiana. Guarda una estrecha relación con los sacramentos de la Iglesia,
en cuanto a que estos son un despliegue de la vida bautismal.
El bautismo durante los tres primeros siglos se ven estimulada por los siguientes hechos:
21
Tertuliano, De testimonio anime 1,7.
22
BENEDICTO XVI, Deus Caritas Est, no. 1.
23
Cf. DIONISIO BORROBIO, o.c., 33-34.
24
Ritual del bautismo de niños, Prenotandas, n. 3.
25
Cf. DIONISIO BORROBIO, o.c., 12.
26
Cf. DIONISIO BORROBIO, o.c., 49-58.
1. La dependencia del judaísmo, así como la aplicación al mundo y cultura paganos, en la
búsqueda de la propia especificidad.
2. La necesidad de una preparación y una catequesis, que posibilitará una opción personal
consistente, capaz de resistir a las dificultades y persecuciones del momento.
4. Junto con la iniciación cristiana, no tuvo un desarrollo homogéneo y uniforme, sino más bien
diverso y pluriforme.27
Durante el siglo IV y V la preparación catecumenal alcanza su punto culmen y a la vez sus más
serias dificultades. En primer lugar, se da una progresiva devaluación del catecumenado debido a la
entrada en masa o masificación después de la conversión de Constantino y el miedo a las exigencias
bautismales, que conduce a la indiferencia y el retraso desconsiderado del rito, o resistencia a dar el
paso al bautismo, que algunos pedían en peligro de muerte, lo que parece llegó a ser una praxis
generalizada en la Iglesia. Segundo, el tiempo del catecumenado queda reducido al tiempo de
cuaresma de un promedio de ocho semanas en donde las etapas clásicas del proceso converso-
catecúmeno-iluminado-neófito siguen conservándose más de forma teórica que práctica. La
preparación a la largo de estas semanas que preceden al bautismo incluye el aspecto catequético, el
litúrgico y el moral ascético. Así, se ve a partir del siglo V una “descomposición” del sistema
originario unitario del principio.29
En la edad media con el pensamiento escolástico se da una cierta desconexión con la tradición
patrística, cuyos testimonios no son interpretados con fidelidad y un deseo de encuadrar la
explicación de los sacramentos dentro de un esquema teológico-filosófico determinado, que
predominante será el aristotélico-tomista. La escolástica supone un avance teológico, pero también
un cierto retroceso litúrgico y pastoral, comparado con la praxis de iniciación de la época patrística.
El bautismo pasa a ser el rito de integración en una sociedad y un mundo que generalmente
compartía una visión sacral de realidad. También, las prácticas y devociones extra sacramentales,
como peregrinaciones, reliquias, devoción a los santos e indulgencias llevaron a una cierta
desfiguración de la imagen sacramental de la Iglesia.30
Con el concilio de Trento se pretende responder a la situación por la que pasa la Iglesia debido a
las acusaciones de Lutero. Con Trento, la Iglesia manifiesta la insistencia en la eficacia del bautismo,
para clarificar el tema de la justificación y el perdón de los pecados; la defensa de la validez y el
27
Cf. DIONISIO BORROBIO, o.c., 72.
28
Cf. DIONISIO BORROBIO, o.c., 79.
29
Cf. DIONISIO BORROBIO, o.c., 85-88.111-112.
30
Cf. DIONISIO BORROBIO, o.c., 173-175.
valor del bautismo de niños, sin hacerlo depender del acto de fe o de la ratificación posterior del
sujeto; y la pertenencia y sometimiento de los bautizados a la disciplina de la Iglesia, por razón del
carácter bautismal.31
En cuanto al ritual de la iniciación cristiana de adultos, tiene como objetivo presentar cómo la
Iglesia acoge e inicia a los que piden ser cristianos. El RICA ofrece una estructura de iniciación para
aquellos que, tras oír el anuncio del misterio de Cristo, asistidos por el Espíritu Santo, toman la
decisión libre y responsable de caminar por el sendero de la fe y de la conversión, a fin de prepararse
para el bautismo en el agua y en el Espíritu y poder participar de la Eucaristía de la comunidad
(no.1).33
31
Cf. DIONISIO BORROBIO, o.c., 185.
32
Cf. DIONISIO BORROBIO, o.c., 214-220.
33
Cf. DIONISIO BORROBIO, o.c., 221-222.
34
Cf. DIONISIO BORROBIO, o.c., 12-13.
35
Cf. DIONISIO BORROBIO, o.c., 389.
en Cristo. El Espíritu es la fuerza divina que actúa en la creación y en la historia. Actúa en los jueces:
Sansón (Jue 13, 24) Gedeón (Jue 6,34); actúa en los reyes: la unción de David (1 Sam 6, 13); y actúa
en los profetas: elegidos y llamados a hablar en nombre de Dios (Am 3, 8; Jr 20,7). La promesa del
Mesías, del rey mesiánico, estará marcada por la promesa de tener la plenitud del Espíritu con sus
dones (Is 11, 1s). También, se promete el don y la efusión del Espíritu a todo el pueblo de Israel (Is
44, 3). En resumen, el Espíritu se manifiesta como una fuerza transformadora y renovadora, en orden
a cumplir una misión. No es solo un don para el presente, es la presencia del siervo de Yahvé para
Israel y todas las gentes.36
Esta efusión del Espíritu se cumple en la persona de Jesucristo: «El Espíritu del Señor sobre mí,
porque me ha ungido…» (Lc 4, 18; Mt 12,18). Movido por el Espíritu Jesús va al desierto (Lc 4, 11),
lucha contra las tentaciones del demonio (Mt 4, 1), comienza a predicar (Lc 4, 14), libera a los
oprimidos del mal (Mt 12, 28), realiza milagros (Lc 4, 18). El Espíritu aparece en él no como algo
excepcional o temporal, sino como algo normal y permanente.37
La confirmación desde el siglo II al siglo IV no puede ser entendida desde el punto de vista que
hoy vemos al sacramento. Los Padres y la liturgia no habían fijado todavía un rito propio para la
confirmación. Su atención se centra en el rito de la iniciación cristiana, que forma un todo continuo
en los momentos rituales.39 La distinción en los ritos bautismales y posbautismales, llevarían poco a
poco a una separación temporal de los mismos. Al principio el obispo era el único ministro de la
iniciación cristiana. A partir del siglo III, debido a la multiplicación de conversiones, el aumento del
bautismo de niños y la mortalidad infantil, se decidió que los sacerdotes podían bautizar, pero no
confirmar. Era necesario que el obispo viniera más tarde a visitar las parroquias rurales y cumpliera
el rito que le estaba reservado. De este modo nacía una celebración distinta y separada de la
celebración del bautismo, que vendrá a llamarse confirmación.40 El papa san Inocencio en 416
describe que la confirmación no puede hacerse otro que, por el obispo, haciendo la distinción de que
los presbíteros podían bautizar. (Cf. DS 98).
Con la edad media y la teología escolástica llega a su punto álgido la configuración ritual del
sacramento (Guillermo Durando) y la explicación teológica del mismo (Tomás de Aquino). Los
siglos posteriores hasta nuestros días no harán más que introducir algunos detalles rituales y
enriquecer algunos aspectos teológicos.41
36
Cf. DIONISIO BORROBIO, o.c., 391-392.
37
Cf. DIONISIO BORROBIO, o.c., 393.
38
Cf. DIONISIO BORROBIO, o.c., 406.
39
Cf. DIONISIO BORROBIO, o.c., 420.
40
Cf. DIONISIO BORROBIO, o.c., 432.
41
Cf. DIONISIO BORROBIO, o.c., 437.
6.2.3. La confirmación en el concilio Vaticano II
El concilio supone un cierto progreso en la comprensión del sacramento como signo salvífico, hay
un gran impulso para la teología, la pastoral, y la liturgia del sacramento. Podemos sintetizar la
confirmación en cuatro puntos:
2. La confirmación es entendida como parte integrante del proceso de iniciación, que tiene su
punto culminante en la eucaristía.
3. La confirmación es un signo salvífico eclesial, que une más perfectamente a la Iglesia, y nos
hace partícipes de su misión, como testigos de Cristo.
4. La confirmación es el sacramento del Espíritu Santo, que fortalece a los creyentes con sus
dones y en orden al cumplimiento de su misión, como partícipes de la misión apostólica de la
Iglesia entera.
42
Cf. DIONISIO BORROBIO, o.c., 444-445; SC 71; AG 14; PO 5; LG 11; LG 33; AA 3; AG 36.
43
Cf. DIONISIO BORROBIO, o.c., 495-496.
44
Cf. GERHARD LUDWIG MÜLLER, Dogmática, Teoría y práctica de la Teología, HERDER, Barcelona 22009, 695.
1. La fundamentación cristológica. Cristo Jesús, el Hijo del Padre, instituyo, en la última
cena, la Eucaristía como memorial real (anamnesis/memoria) de toda su actividad
salvífica, del sacrificio de la cruz y de su resurrección de entre los muertos. Él es el
sujeto del sacrificio de la cruz y de la actualización sacramental de este sacrificio bajo
la modalidad de las acciones litúrgicas de la Iglesia.
Sólo los “sacerdotes con sagrados por el poder de las llaves de la Iglesia” poseen la
potestad de presidir la Eucaristía. Sólo pueden recibir el sacramento los bautizados que
se hallan en comunión plena con la Iglesia. Quedan excluidos quienes han perdido la
gracia santificante a consecuencia de pecados graves. 45
La Eucaristía tiene su fuente misma en la Trinidad como manifestada en el Padre que envía
al Hijo (Rm 8,29), el Hijo que manifiesta su amor en la cruz de donde mana sangre y agua (Jn
19, 34), y el Espíritu Santo por el cual accedemos al Padre en un mismo Espíritu (Ef 2, 18).
La comida milagrosa de varios miles de personas debe entenderse como paralelismo que
supera la comida del pueblo de Dios en el desierto con el maná que Dios hizo descender del
45
Cf. GERHARD LUDWIG MÜLLER, o.c., 695-697.
cielo (Mc 6, 31-44; Mt 14, 14-21; Lc 9, 10-17). Mediante esta acción, Jesús demuestra ser el
nuevo Moisés. Es el mediador de la alianza nueva, “el profeta que vendrá al mundo” (Cf. Jn 6,
14.32; Dt 18, 15.18).
Durante los cinco primeros siglos la “primera Eucaristía” era el momento culminante del
proceso catecumenal y de los “ritos bautismales” que se celebran en la vigilia pascual,
participando en ella los neófitos o nuevos cristianos bautizados. Normalmente, los bautizados
eran adultos, si bien poco a poco fue extendiéndose el bautismo de niños. En ambos casos,
durante esta época, se recibe la comunión inmediatamente después del bautismo. En el siglo V
se produce el fenómeno de la separación de ritos, y de la práctica descomposición del sistema
de iniciación originario al multiplicarse el bautismo de niños y reservar al obispo (en
occidente) el rito de la “confirmación”. La práctica de dar la comunión inmediatamente
después del bautismo predomina hasta el siglo XII. Si era niño se le daba la comunión bajo la
especie de vino consagrado con una cucharilla o chupando el dedo del diácono mojado en el
cáliz (Cf. Pontifical Romano del siglo XII).
A partir del siglo XIII se prohíbe que se les dé a los niños hostias, incluso sin consagrar. El
mandato oficial se da en concilio Lateranense IV (1215) que obliga a los niños que llegan al
uso de razón a confesar y comulgar (Cf. DS 437). El concilio de Trento acepta la praxis vigente
desde el Lateranense IV y niega la necesidad de comunión eucarística de los niños antes de la
edad de discreción. A partir de Trento y su renovación catequética-pastoral, comienza a
insistirse en la necesidad de preparación catequética para la primera comunión exigiéndose un
examen especial a los niños que se acercan a la eucaristía y dando cada vez más solemnidad a
la misma celebración. Así, la primera eucaristía comienza a tener gran relevancia social y
eclesial.
Debido a la “corriente jansenista” que pide una mayor perfección del sujeto para comulgar y
que llevo a retrasar la primera comunión hasta los veinte años, El Pío X reacciona contra esta
corriente diciendo que la edad de discreción para que el niño reciba la comunión como para
que se confiese, es la que el niño comienza a razonar, es decir, hacia los siete años (Cf. Decreto
Quam singulari del 8 de agosto de 1910).47
46
Cf. GERHARD LUDWIG MÜLLER, o.c., 699-700.
47
Cf. DIONISIO BORROBIO, o.c., 579-583.
BIBLIOGRAFÍA
MIGUEL PONCE CUELLAR, Tratado sobre los sacramentos, EDICEP, Navarra 2014.
RAMÓN ARNAU - GARCÍA, Tratado general de los sacramentos, BAC, Madrid 2007.