CARTA A LOS DESEOSO DE FUNDAR
UNA ESCUELA WALDORF
Hans Rudolf Niederhäuser
Enero de 1983
Queridos Amigos:
En respuesta a su pregunta si, con base en la experiencia, es posible describir ciertas
condiciones previas a tenerse en cuenta para fundar una Escuela Rudolf Steiner (Escuela Waldorf),
quisiera bosquejar las siguientes ideas que son, en lo esencial, de pensamientos, experiencias y
deliberaciones, relativas a fundaciones de nuevas escuelas, que, a través de los años, se han
discutido en las Juntas de Trabajo de la Federación Suiza de Escuelas Rudolf Steiner.
En manera alguna, se trata de problemas que interesen tan sólo a los amigos deseosos de
fundar una escuela; algunos de ellos son motivos vitales, siempre renovado reto, que acompaña a
toda Escuela Rudolf Steiner. Por ser esto así, por no existir ninguna meta definida, estas escuelas
permanecen siempre jóvenes y mudables.
Si bien cada escuela Rudolf Steiner constituye un organismo único inimitable, con su
especifico historial de origen, y paulatinamente va configurándose en virtud de las cualidades
anímico-espirituales, así como de los nexos del destino de quienes intervienen en ella, existen, sin
embargo, como ustedes acertadamente suponen, ciertos puntos de validez general, cuyo
conocimiento y análisis puede propiciar el que prospere una iniciativa escolar.
El natural móvil para fundar una escuela, reside en los niños y sus padres que anhelan una
escuela autónoma forjadora de facultades humanas. Mas este deseo, por justificado que sea, y el
resultante interés de los padres, no bastan por sí solos para fincar sobre ellos una escuela Rudolf
Steiner, aunque sí bastaría para crear una escuela particular costeada totalmente por los padres.
En el futuro Patronato mantenedor ha de prevalecer la intuición y la voluntad de que, al
crear la escuela, se realice un impulso cultural humano general que trascienda todo interés
personal-egoísta, a saber, la intención de que, en sentido de la estructura ternaria del organismo
social, se organice un sistema escolar al margen de los intereses estatales y económicos, y arraigado
en la autonomía de la vida espiritual.
La idea de la estructura ternaria del organismo social fue la fuente de la que fluyó el impulso
primordial de fundar la primera Escuela Libre Waldorf en Stuttgart, en 1919, por Emil Molt. Quienes
pretendan crear una escuela, harán bien en vitalizar en sí mismos, las ideas fundamentales de esa
estructura ternaria, sugerencias que permitan configurar la constitución de la escuela, con enfoque
nuevo hasta en el manejo y la administración de los recursos económicos que, como donación
incondicional de los amigos, posibiliten su existencia.
Pasando revista a los distintos de fundación de escuelas, cada uno con su peculiar carácter
y matiz, puede uno tener la impresión de que, observándolo seriamente, prevalece un elemento
kármico que propicia el encuentro entre fundadores y maestros. Esta particular obra del destino
puede desprenderse del hecho de que el individuo, si tuviera oportunidad de escoger libremente,
quizá nunca se asociaría precisamente con esas personas para realizar una empresa común. Con ello
se patentiza que la tarea consiste en vincular el pasado con el porvenir. Con todo, por mucho que
se tenga en cuenta y se valore el pasado que propició la confluencia de los participantes, lo
importante del aspecto kármico es, ante todo, el ahora y el aquí, lo nuevo, lo que nunca antes había
sido, la obra que ellos desarrollen en libertad.
Toda fundación de una escuela Rudolf Steiner corresponde a una creación original, no
deducible ni desarrollable de algo ya existente, ya sea de carácter individual, social o cultural;: el
elemento y la fuerza vital de la escuela han de conquistarse y generarse cada vez de nuevo, gracias
al íntimo empeño de sus participantes.
Al mismo tiempo, se impone otear el paisaje espiritual-cultural en el que haya de nacer la
nueva escuela, para detectar los esfuerzos de personajes que, en el pasado cercano o distante,
trataron de llevar a cabo proezas culturales que, a la sazón, surgieron de impulsos humanos libres,
similares, y que se destacan sobre su época, preñados de aurora. Hay que intentar, pues, vincular el
nuevo impulso Waldorf con las más nobles energías del pasado, así como son el genius locci que
preside en el lugar. Mediante semejante empeño de recoger y perpetuar los impulsos vitales del
pasado, la nueva escuela va a quedar saludablemente arraigada en la vida cultural y en la
espiritualidad de la ciudad o de la región respectiva.
Si bien el impulso escolar es un impulso humano general que puede ser comprendido y
entusiastamente apoyado por todo aquel que considere legítimo impartir una educación humana
independiente del Estado y basado en el conocimiento del hombre, es imprescindible que exista el
núcleo de individuos que sustenten la iniciativa, y que tengan conciencia, hasta en los más
profundos fundamentos y conexiones, del verdadero y auténtico objetivo de la fundación de la
escuela, y de cómo se hallan repartidas las responsabilidades. Estas conexiones históricas y
espirituales fueron expuestas por Rudolf Steiner, con palabras categóricas en las conferencias
pronunciadas en Dornach antes de desplazarse a Stuttgart para fundar la primera Escuela Waldorf1.
Se requiere un prolongado y meticuloso trabajo previo, para que el impulso escolar arraigue en la
Antroposofía. Con esto, no pretendo a nada institucional, sino el puro afán de que los mantenedores
de la escuela la deriven de la propia fuente espiritual. Porque entonces, esa fundación no
corresponderá a un cliché “Escuela Waldorf” estandarizada y consagrada, sino a un acto creador de
los participantes. Este abrevar, recurriendo a las fuentes vigorizadoras de la Antroposofía, aunque
sea con fuerza deficiente, será asimismo el elemento desde el cual, en la posterior cotidianeidad
escolar, la pedagogía Waldorf renacerá, cada vez de nuevo, en cada maestro.
Para que la posterior expansión de la escuela se mueva dentro de causes saludables, es
importante que los fundadores no se limiten a proyectar solamente para el primero y segundo
grados y busquen a os requeridos maestros para ellos, sino que, ya desde la etapa preparatoria,
elaboren y enfoquen una prospección de la escuela como un todo, hasta el 12º año, no como
programa abstracto que haya de realizarse, sino como luminosa imagen directriz, para que, ya en el
impulso fundador, palpite el rendimiento del ideal de siembra y cultivo en los educandos, de los
gérmenes vitales que, posteriormente, puedan conducir a la vitalización del pensar científico, a la
renovación vigorizante de lo artísticos, así como a la fundamentación y ahondamiento de un nuevo
elemento religioso, tal como Rudolf Steiner, con motivo de la inauguración de la Escuela Waldorf,
en 1919, señaló los objetivos de la pedagogía del futuro. El imaginarse plásticamente semejante
abarcante organización escolar, es decir, en toda su magnitud y en toda su trascendencia cultural,
confiere amplitud y peso a los diversos aspectos de la etapa preparatoria.
Asimismo, será provechoso para la prosperidad de la escuela, así como de todo el
movimiento escolar, el que, ya desde los pasos iniciales con miras a la posterior fundación de la
escuela, se establezca contacto con el magisterio y con los dirigentes de las asociaciones
mantenedoras de las escuelas Rudolf Steiner vecinas, de modo que, desde el principio y sin perjuicio
1
R. Steiner, La Educación como Problema Social.
de la libertad de cada una, se forme una colaboración fraternal. Dentro de este contexto
interescolar, la libertad no puede consistir en que, pasando por alto todo lo existente, se haga por
propia iniciativa lo que se quiera; la verdadera libertad exige como su polo opuesto, el sentimiento
de responsabilidad. En otras palabras: hay que desarrollar la consciencia de que, al proyectar una
escuela, uno se vincula con un círculo de individuos que ya han logrado ciertos resultados en ese
campo. Una nueva escuela por fundar, no se halla solitaria en el espacio, al margen de las demás; lo
que existe en alguna de ellas, lo que son sus necesidades y dificultades, repercute en todas las
demás. Piénsese, al propósito, tan sólo en el problema de la formación y reclutamiento de nuevos
maestros, y se apreciará en seguido que no es posible seguir abriendo nuevas escuelas ad libitum,
si ni siquiera existen suficientes maestros para las ya existentes. Esta responsabilidad compartida
de los iniciadores podría hallar su expresión en que la intensidad por fundar una escuela, incluyera
asimismo la preocupación compartida por la formación de nuevas generaciones de maestros.
Integrar nuestro movimiento escolar, implica participar efectivamente en un organismo
social viviente, que los miembros soberanos individuales han de percibir y tener en cuenta. Este
espíritu comunitario se impone ya desde la etapa preparatoria. No sólo en lo pedagógico, sino
también en la planeación, se pueden aprovechar las experiencias de las demás escuelas. “Aprender
de las experiencias” no significa hacerlo igual sino adquirir una agudizada vigilancia por el alcance
de los problemas, la que tendrá benéficos efectos para el propio proyecto.
Fundar una escuela y timonearla, salvando todos los impedimentos humanos y externos,
requiere de la profunda iniciativa personal de todos los participantes. Sin embargo, este empeño
pronto se dispersaría y se endurecería en unilateralidades voluntariosas y pedanterías egoístas, si
los mantenedores de la escuela no erigen en fuerza rectora una idea sobresaliente, la imagen
antroposófica del Hombre. Por el estudio común de esta antropología, los propios participantes
producen esa imagen rectora; los pareceres, deseos y opiniones personales decrecen, y un
elemento suprapersonal empieza a hacer valer su influencia en la realización de la escuela.
Este nuevo elemento que cobra efectividad si la idea Waldorf es erigida en imagen directriz,
no depende de las capacidades congénitas, de la categoría profesional o de la posición social; es una
nueva potencia que los propios participantes van desarrollando durante el proceso, y es reúne de
manera nueva.
El cultivo del elemento social-moral es de tanta importancia como la propia misión
educativa; es característico de la vida de la escuela Waldorf, pero no se halla dado desde el principio;
es algo por alcanzar, no algo alcanzado. De ahí puede suceder que, en la vida de la escuela, surjan
también crisis y confrontaciones, que son necesarias e inevitables como natural fenómeno de
desarrollo. No es de esperar que todo marche sobre ruedas, sino que se desarrolle la valentía de
concientizar las discrepancias, así como que se busque el tino, en verdad, la técnica moral, de
dilucidar y zanjar las dificultades mediante el diálogo; pues precisamente las crisis conducen al
despertar al contacto con el prójimo.
Cabe mencionar aquí un punto cuyo descuido e imprudente enfoque suele conducir a una
severa crisis. Me refiero al momento en que la Asociación Fundadora ha eliminado, con infatigable
empeño, todos los obstáculos, y conseguido a los maestros necesarios, y puede inaugurar la escuela.
Es entonces cuando esa comisión organizadora tiene que saber retroceder y renunciar, dejando la
ulterior guía y modelación de la escuela encomendadas al joven claustro de maestros.
¡Feliz la escuela cuyos fundadores, ya durante la etapa preparatoria, hayan previsto esa
renuncia, con clara diferenciación de las funciones que corresponden a la Asociación Mantenedora
y las que incumben al claustro de maestro!
Desde el punto de vista de la organización de la vida espiritual libre, cada grupo integrante
de la comunidad escolar tiene funciones y responsabilidades especificas que requieren de un
manejo competente. Los miembros del claustro de maestros han de mostrar un intenso interés
humano por la actuación de la mesa directiva de la Asociación, con pleno respeto a lo que
corresponda a su competencia, a la vez que ella participa activamente en la vida y actividades
escolares. De este modo, se establece la necesaria conexión entre los dos grupos, así no imperará
una coexistencia burocrática-institucional, y la mancomunidad humana se convertirá en
estimulante fuerza sustentadora de la escuela.
Sin duda, todos esos preparativos requieren tiempo para su maduración, desenvolvimiento
y vigorización. Es indispensable la perseverancia para enfocar la meta y emprender, con calma,
circunspección y constancia, los pasos necesarios hasta llegar a la consumación del proceso
preparatorio, y proceder a la inauguración de la escuela. Las dificultades e impedimentos que surjan
en este camino, no han de lamentarse como si fueran factores negativos, sino aceptarlos como
pruebas que acrisolan y robustecen el impuso.
Es de sobra comprensible que los padres se impacienten durante tan largo cambio: ansían
a que sus hijos en rápido crecimiento, reciban la bendición de asistir a una escuela Rudolf Steiner.
Los iniciadores debieran tener en cuenta esos deseos como acicate, pero sin dejarse
arrastrar a pasos prematuros y acometer así tareas demasiado ambiciosas, es decir, pretender
hacerlas efectivas antes de que el proyecto haya cuajado a cabal madurez. Los signos del destino
claramente señalarán el momento oportuno, si uno ha aprendido a prestarles atención.
Lo crucial para decidir si ha llegado el momento de empezar es, básicamente, cuestión de
maestros. La experiencia ha mostrado que sólo es recomendable abrir la escuela cuando se cuenta
con un maestro que ya haya acumulado cierta experiencia en el organismo de otra escuela Rudolf
Steiner o, por lo menos, que ese maestro aunque no se afilie a la nueva escuela, le dé asesoramiento
por una larga temporada. A ese maestro, pueden asociársele colaboradores más jóvenes.
Las dificultades de tipo interno y externo que no dejan de presentarse tan pronto como al
primer entusiasmo del periodo de fundación le siga la sobriedad de la cotidianeidad escolar, así
como las exigencias, expectaciones y resoluciones que, hoy en día, se platean a cualquier dirección
de escuela, son tales que el simple entusiasmo ya no puede de por sí compensar la falta de
experiencia, como se hizo posible en la primera etapa pionera del movimiento Waldorf. Hoy día, se
requiere mucha pericia y experiencia (por ejemplo en lo que se refiere al trato con dependencias
del gobierno y con leyes), así como una abarcante visión de conjunto, para poder dirigir una escuela,
a fin de que sus decisiones y procedimientos o dejen de concordar con las legítimas circunstancias
orgánicamente establecidas dentro de nuestro Movimiento escolar. Hay que evitar que las mejores
energías queden desmoronadas y sobrecargadas hasta el punto de quebrar, debido a las
discrepancias que surjan entre las exigencias y la posibilidad de satisfacerlas.
Para algunos padres y sus hijos, el aguardar el momento oportuno de la apertura, implica
quizá una renuncia de varios años. Sin embargo, para el intervalo en que todavía no exista una
escuela, pueden organizarse cursillos para grupos de niños, de actividades artísticas: pintura,
música, euritmia; asimismo, organizar clases dedicadas a la narración, de modo que los niños, al
contacto con selectos eventos y figuras de la historia, puedan participar del gran avance de la
humanidad, de lo mítico-pictórico de los cuentos de hadas y sagas, a la experiencia intelectual del
mundo.
Semejantes “cursos preparatorios” que debieran ponerse al alcance de todos los niños
como actividades extraescolares, ofrecen un legítimo substituto que les permita asimilar valiosos
estímulos y gérmenes vitales. Con ello se condiciona, a la vez, de bellísima manera, el suelo para la
futura escuela, porque esos cursos suscitan profundo interés por lo que late tras ellos, y
abnegadamente ejercen una actividad social plástica que podrá ser el elemento vital de la escuela,
por fundar.
Con el deseo de que nunca mengue el valor, el entusiasmo que ustedes movilizan durante
esta etapa primera de la escuela, así como tampoco una vez que la escuela se haya fundado y se
despliegue, les saludo cordialmente…
H.R.N