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Perversión en Psicopatología

Este documento presenta un trabajo de grado sobre la perversión desde las perspectivas de la psiquiatría, psicología y psicoanálisis. Introduce el tema y objetivos del trabajo, y revisa los estudios iniciales sobre perversión sexual de Krafft-Ebing, quien la consideró una enfermedad. Luego resume los aportes de Freud sobre la perversión como rasgo estructural de la sexualidad humana, y de Lacan sobre la perversión como estructura subjetiva distinta de la neurosis y psicosis. Finalmente, analiza ejemp

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Perversión en Psicopatología

Este documento presenta un trabajo de grado sobre la perversión desde las perspectivas de la psiquiatría, psicología y psicoanálisis. Introduce el tema y objetivos del trabajo, y revisa los estudios iniciales sobre perversión sexual de Krafft-Ebing, quien la consideró una enfermedad. Luego resume los aportes de Freud sobre la perversión como rasgo estructural de la sexualidad humana, y de Lacan sobre la perversión como estructura subjetiva distinta de la neurosis y psicosis. Finalmente, analiza ejemp

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Universidad Nacional de La Plata

Facultad de Psicología

Trabajo Integrador Final


“La(s) perversión(es) en el campo de la psicopatología y
la clínica de orientación psicoanalítica. Estructura
subjetiva perversa vs. rasgos de perversión en las
estructuras”

Alumna: Sofía Zaccardi


Legajo: 95568/9
Directora: Nora Carbone
Evaluador: Gastón Piazze
1. Introducción…….……………………………………………………………………...3
2. La perversión en el campo de la Psiquiatría y la Psicología previas a Freud
2.1. Krafft-Ebing y la perversión como enfermedad……………………………….5
2.2. Alfred Binet y las variantes del fetichismo……………………………………..7
3. La perversión según Freud: entre la tradición y la novedad
3.1. El hito de los “Tres ensayos”……………………………………………………9
3.2. Lecturas freudianas sobre la homosexualidad: Leonardo y Sydonie……..14
3.3. La génesis del fetichismo. El problema del mecanismo…………………….16
3.4. El par masoquismo-sadismo. El lugar de las pulsiones…………………….18
4. La perversión en la obra de Lacan…………………………………………………21
4.1. El Seminario IV: el fetichismo como paradigma de la perversión……………22
4.2. Del Seminario X al XVI. El masoquismo y la perversión como categoría
clínica…………………………………………………………………………….26
4.3. Un ejemplo clínico………………………………………………………………32
5. Rasgos “perversos” en las estructuras……………………………………………34
5.1. Arreglos “perversos” en la psicosis
5.1.1. Suplencia masoquista en una psicosis no
desencadenada……………………………………………………............34
5.2. Estabilización trasvestista en una psicosis desencadenada……………….36
5.3. Soluciones “perversas” al problema de la angustia en la neurosis.
5.3.1 Reacciones “perversas” transitorias: el acting
out…………………………………………………………………………………38
5.4. El “sueño” perverso del neurótico: la pantomima……………………………41
6. Conclusión……………………………………………………………………………43
7. Bibliografía……………………………………………………………………………45

2
Lo sepamos o no, la perversión es
un tema que nos concierne a todos,
por menos en el plano del deseo, ya
que coexiste un “núcleo perverso”
en la dimensión misma de todo
deseo.

Joël Dor

1. Introducción

Enmarcado en el régimen de la nueva modalidad de egreso correspondiente al


Plan 2012 de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de La Plata, el
presente trabajo tiene como objetivo principal la exploración teórico-clínica de la
temática que concierne a la Estructura Subjetiva Perversa, con especial interés en
visibilizar sus rasgos formales característicos y sus resortes causales específicos,
como así también en cernir sus relaciones con las demás estructuras, desde la
perspectiva del Psicoanálisis freudiano y lacaniano.

El eje temático que desarrollaremos constituye un área de escasa profundización


en nuestra formación académica -probablemente por cuestiones teóricas y/o de
interés práctico-, pero que, sin embargo, no podemos desconocer como
profesionales de la salud. Es recurrente escuchar la idea acerca de que, en
nuestra práctica difícilmente trabajemos con sujetos perversos, en tanto que
presentan una posición muy diferente ante el tratamiento: por lo general no piden
ayuda terapéutica y cuando lo hacen la demanda se establece por razones ajenas
a los componentes relativos a su perversión.

Existe actualmente una gran heterogeneidad en relación con el concepto de


perversión, aún dentro del campo psicoanalítico, que da lugar a diferencias en el
uso y el significado de este término. La definición y delimitación del hecho
perverso ha estado, y en parte continúa estando, impregnada en mayor o menor
medida por criterios morales, sensible a los cambios de cada época y cultura en
particular.

Cabe entonces preguntarnos: ¿a qué nos referimos cuando hablamos de


perversión como estructura subjetiva? ¿De qué modo se distingue la perversión
como estructura subjetiva de los rasgos perversos que pueden encontrarse en la

3
neurosis o en la psicosis? ¿Qué supone la perversión hoy, cuando ya no
disponemos de una norma de sexualidad como ideal?

Será necesario, en este sentido, demarcar rigurosamente la especificidad de la


perversión en el contexto de la multiplicidad de acepciones que admite el término.
Sabemos que en el discurso cotidiano, la perversión implica necesariamente la
trasgresión de una norma culturalmente establecida. Históricamente, la perversión
estuvo ligada a la conducta sexual “desviada”, agrupando bajo esta terminología a
aquellos sujetos que obtenían placer sexual a través de otros objetos sexuales y/o
por medio de otras zonas corporales que diferían del acto sexual normal,
entendido como “coito dirigido a obtener el orgasmo por penetración genital”
(Laplanche y Pontalis, 1996). En esa línea, toda forma de obtención de placer
sexual “atípica” constituía una perversión. Por lo tanto, la lógica de esta
presentación estaba limitada exclusivamente al campo psicosexual, de manera
que no existían más perversiones que las perversiones sexuales, legitimando el
hecho de que la génesis de la perversión había de buscarse en el interior mismo
de la sexualidad considerada “normal”.

Tal como señala Roberto Mazzuca en su libro “Perversión. De la psychopathia


sexualis a la subjetividad perversa” del año 2001, el concepto de perversión remite
a tres consideraciones muy distintas:

En primer lugar, a las patologías de la sexualidad, concepción psiquiátrica del


término como desviación de la conducta sexual; en segundo lugar, a las
características estructurales de la sexualidad humana, lo que corresponde a la
elaboración freudiana, es decir, la perversión como rasgo universal de la relación
del sujeto con el sexo; por último, a una de las formas de la subjetividad,
perspectiva introducida por Jacques Lacan en donde la perversión, como
categoría clínica, adquiere el status de estructura en oposición a la neurosis y la
psicosis.

En efecto, retomaremos dichos ejes, profundizando en los argumentos teóricos-


clínicos fundamentales de esa tripartición a lo largo de la historia. Con ese objetivo
se revisarán primero los estudios de la Psiquiatría de fin del siglo XIX, para luego

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situar los aportes realizados por Freud, hasta llegar a la obra de Lacan, en donde
decanta el concepto de estructura subjetiva perversa. Finalmente, se pondrán en
tensión, con varios ejemplos de casos clínicos, los aspectos fenoménico-
estructurales relativos a esta estructura con aquellos que pueden aparecer, como
“rasgo”, en la neurosis y en la psicosis.

2. La perversión en el campo de la Psiquiatría y la Psicología previas a Freud


2.1. Krafft-Ebing y la perversión como enfermedad

El manual “PsychophatiaSexualis” de Richard Von Krafft-Ebing (1895) configura


uno de los antecedentes fundamentales en la nosología y clasificación de las
llamadas “desviaciones sexuales”. Con el objetivo de hacer entrar la consideración
de los problemas sexuales en el discurso médico y legal, este autor, junto con un
grupo de psiquiatras y médicos legistas, se propuso abordar, desde un punto de
vista científico, el estudio de la sexualidad humana y sus “perturbaciones”. Así, el
principal aporte de esta obra consistió en el pasaje de una perspectiva moralista
hacia una neutralidad científica, distanciada del discurso vulgar que enjuiciaba y
condenaba a quienes se desviaban del modelo ideal de sexualidad considerado
normal.

Anteriormente a la obra de este autor, el criterio para considerar “perverso” a un


sujeto estaba basado en lo moral y religioso, es decir, las perversiones eran
concebidas como pecados o delitos. En tal sentido, el movimiento impulsado por
Krafft-Ebing puede considerarse como un hito en la historia de las perversiones en
tanto revierte ese enfoque y ubica a la perversión como una categoría nosográfica,
es decir, como una modalidad patológica de la sexualidad.

Al aplicar el método descriptivo empirista de la psiquiatría a la que suscribía, este


autor pionero logró reemplazar la idea de delito por la idea de enfermedad. Para
ello se dedicó a dar a conocer los síntomas psicopatológicos de la vida sexual,
con el propósito de poder relacionarlos con su origen y deducir las leyes de su
desarrollo, como así también, sus causas.

5
A lo largo de esta obra se advierte que las perversiones (en plural, debido a la
designación de prácticas de diferente índole) eran concebidas como una patología
de la función sexual sólo en la medida en que constituían desviaciones de la
conducta sexual normal: “Con oportunidad para la satisfacción natural del instinto
sexual, cada expresión de eso que no corresponde con el propósito de la
naturaleza, es decir, la propagación, debe ser considerado como perverso” (Krafft-
Ebing, 1886: 79).

Como se desprende del párrafo citado, la norma supeditaba la unión sexual de


ambos sexos al fin de la reproducción de la especie. Sin embargo, aunque no
logró despegarse completamente de la moralidad de su época y de la influencia de
un modelo ideal que nunca es ajeno a los valores éticos y culturales, realizó un
esfuerzo de superación al considerar que el estudio de las perversiones -reunidas
bajo el término de Paraesthesias-, tenía un valor fundamental en la investigación
clínica. Con ese nombre, el autor agrupó lo que serían las categorías
fundamentales de la perversión, sadismo-masoquismo-fetichismo, que sentaron
una base firme para los ulteriores estudios y elaboraciones sobre las patologías de
la sexualidad. Como veremos más adelante, el material conceptual a partir del
cual Freud comenzó a teorizar sobre este tema en los “Tres ensayos para una
teoría sexual” (1905) corresponde a esta clasificación.

Desarrollaremos brevemente cada una de ellas:

En primer lugar, el sadismo, al que considera como una tendencia a obtener


placer a partir del sufrimiento del otro. Al respecto, resulta interesante destacar
que Krafft-Ebing pensaba que se trataba de una exageración patológica de ciertos
fenómenos accesorios de la vida sexual que podían producirse en circunstancias
totalmente normales. Tal aplicación simplificada del criterio gradualista, introduce
una cuestión teórico-clínica de importancia que retomaremos en nuestro trabajo, a
saber, la de la distinción entre la perversión propiamente dicha y los rasgos
perversos en otras constelaciones de la vida anímica.

En segundo lugar, el masoquismo, caracterizado por el hecho de que el individuo


esté, en sus sentimientos y en sus pensamientos sexuales, obsesionado por la

6
idea de ser absolutamente sometido y sin condiciones a una persona del otro
sexo, y de ser tratado por ella de una manera altanera, al punto de sufrir
humillaciones y torturas. Así, delimita como rasgo esencial de esta forma de la
perversión la inclinación sexual a la sumisión y la tendencia al fantaseo más que al
dolor físico.

Por último, el fetichismo, categoría en la que se recorta la preferencia


pronunciada por una cierta porción del cuerpo de personas del sexo opuesto (o
incluso por prendas de vestir), que puede alcanzar una gran importancia psico-
sexual, en obediencia a los impulsos sexuales. Dentro del capítulo de las
características generales de la vida sexual, Krafft-Ebing desarrolla extensamente
este término, considerando que sólo cuando el rasgo fetichista es llevado a un
grado de exaltación, en donde se pierde relación con el resto de la persona, puede
ser considerado como anormal o patológico.

2.2. Alfred Binet y las variantes del fetichismo

En la misma línea de Kraff-Ebing, aunque con la introducción de una perspectiva


psicodinámica, se ubica la concepción de Alfred Binet, quien profundizó en la
consolidación del sentido del término fetiche en su texto “El fetichismo en el amor”,
de 1887. En ese escrito el autor desarrolla la idea del carácter fetichista de la
sexualidad en general, hecho fisiológico que explica, por ejemplo, las simpatías
individuales entre un hombre y una mujer, o la preferencia que se da a una
persona determinada por sobre todas las otras del mismo sexo. De este modo, la
patología es introducida solamente con la finalidad metodológica de mostrar los
hechos a estudiar, y resulta de considerarla como una exageración de los hechos
comunes. Así, plantea la distinción entre un pequeño fetichismo y un gran
fetichismo, para delimitar fenómenos de la misma naturaleza pero que se
expresan con una magnitud diferente.

En esta obra Binet expone y analiza diversas formas de fetichismo: una se


caracteriza porque el objeto fetiche constituye una parte del cuerpo de la persona

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amada, lo que constituiría el estado normal; en la otra, el culto se dirige a un
objeto particular y está ligado al estado más patológico, en tanto que el apetito
sexual se orienta exclusivamente hacia objetos que son incapaces de satisfacer
normalmente las necesidades sexuales. Expone casos de un amante de los ojos,
de las manos, de los cabellos y del olor, entre otros, destacando, que además de
que el objeto es sobreestimado, existe una inclinación que el sujeto no puede
impedir.

Su estudio se detiene sobre todo en el límite que distingue y separa el estudio de


la perversión fetichista con el amor normal: el fetichismo no se distingue del amor
normal más que por el grado, en tal sentido, se puede decir que está en germen
en el amor normal; bastará que el germen crezca, para que la perversión
aparezca.

De este modo, considera que el comienzo de la patología se establece sólo a


partir del momento en que un detalle cualquiera se vuelve preponderante, al punto
de borrar todos los otros. Cabe preguntarse entonces cómo piensa el autor las
razones de ese pasaje.

En ese campo, si bien señala que las causas del fetichismo son difíciles de
deslindar, no deja de ubicar dos órdenes etiológicos diferentes: por un lado la
herencia como preparación, y por el otro, la asociación de ideas y de sentimientos
engendradas por las costumbres, ligada a un elemento de tipo vivencial, un
“accidente” acaecido en épocas precoces de la vida. Respecto de esta doble
causalidad, debe mencionarse que la crítica freudiana no tardará en llegar: por un
lado, en sus “Tres ensayos para una teoría sexual” (1905) Freud va a celebrar el
reconocimiento de la influencia persistente de una impresión sexual recibida casi
siempre en la primera infancia (aunque en una nota al pie, agregada en 1920,
indica el carácter tardío de las escenas infantiles recortadas por Binet, a las que
da estatuto de “recuerdos encubridores”). Por otro, si bien reconoce el valor causal
de la constitución, es decir, de un elemento innato, se tratará para él de la
sexualidad infantil como condición universal de la sexualidad, y no de una tara
como para su colega. Volveremos sobre ello más adelante.

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En suma, puede decirse que debemos a estos autores pioneros la primera
sedimentación del concepto de perversión en el campo psi. A partir de estos
desarrollos teóricos podemos enmarcar los cimientos sobre los cuales Freud
produjo su innovación sobre el tema.

3. La perversión según Freud: entre la tradición y la novedad


3.1. El hito de los “Tres ensayos”

Como es sabido, Los Tres ensayos sobre teoría sexual (1905) constituyen el
principal trabajo de la obra freudiana en relación al establecimiento del concepto
psicoanalítico de pulsión sexual y de la hipótesis de la sexualidad infantil. Este
texto tiene como punto de partida los estudios de su predecesor Krafft-Ebing; de
allí que su primer capítulo lleve el título de “Las aberraciones sexuales”, y
proponga una clasificación en dos grandes grupos, organizada en torno a la
“norma” de la sexualidad normal: por un lado las desviaciones en relación con el
objeto (homosexualidad, paidofilia, animalismo) y, por el otro, las desviaciones con
respecto al fin sexual (trasgresiones anatómicas o las fijaciones a fines sexuales
preliminares).

Sin embargo, la originalidad freudiana sobre este problemático campo se produce


gradualmente en el texto hasta forjar un concepto propio de perversión, ya no
como una forma patológica, sino como una característica esencial de la sexualidad
humana. ¿En qué consiste este giro?

El itinerario de este escrito parte de entender la perversión como desviación de la


conducta sexual, para luego efectuar una operación de generalización
convirtiéndola en un rasgo específico y universal de la sexualidad del ser humano.
Así, Freud demuestra que, a diferencia de la sexualidad animal o del instinto
sexual en los animales, la sexualidad humana es, en su inicio, perversa por
naturaleza. En otras palabras, formula, a través de un teoría genética de la
sexualidad, que el niño es un perverso polimorfo.

9
Desde esta perspectiva describe una sexualidad que originariamente se compone
de cierta cantidad de pulsiones parciales, cada una de las cuales busca la
satisfacción independientemente de las otras, y se organiza de acuerdo al
predominio de una zona del cuerpo -oral, anal, fálica-. En tal sentido, lo que Freud
desarrollará a partir de estas consideraciones, es un proceso que tiene como
punto de partida la perversión de la sexualidad infantil, y como punto de llegada la
sexualidad adulta, madura, que se expresaría fundamentalmente por las
relaciones genitales con el otro sexo: la supuesta normalidad del adulto
heterosexual.

Este planteo diacrónico invierte el enfoque elaborado por la psiquiatría, en tanto se


pasa de considerar la existencia de una sexualidad normal y de un conjunto de
perversiones concebidas como sus desviaciones, a pensar que lo natural y
estructural es la perversión misma, y en consecuencia, lo que se debe explicar es
cómo se obtiene y cómo se llega a la supuesta heterosexualidad. Como indica
Mazzuca en su libro, lo importante, en este punto, es entender que la posibilidad
de las relaciones genitales con el otro sexo se da a partir y con las condiciones de
una sexualidad perversa. Si lo “natural” -estructural diríamos con Lacan- es la
perversión, se impondrá para Freud la tarea de explicar cómo a partir de allí se
plantean las diferentes formas de asunción del sexo. Para dar cuenta de ello, va a
desarrollar su dispositivo simbólico, el Complejo de Edipo, en tanto, proceso de
simbolización cuyas vicisitudes van a dar lugar a las diferentes posiciones
sexuadas.

En el desarrollo de este ensayo Freud destaca en un primer paso, al igual que lo


hace Krafft-Ebing, que la sexualidad llamada normal tiene como elementos los
mismos componentes de la sexualidad perversa, en razón de que, ya en el acto
sexual más normal se enuncian los esbozos de aquello que, desarrollado
plenamente, lleva a las aberraciones que ha caracterizado como perversiones.

En un segundo paso aclara que no hay correlación alguna entre las llamadas
enfermedades mentales y las perversiones, en tanto que la experiencia ha

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demostrado que en los enfermos mentales no se observan aberraciones sexuales
diferentes a las que aparecen en individuos normales.

Subraya, en tercer lugar, el carácter cultural del término, en tanto que lo que se
considera como conducta perversa es muy variable en función del grupo cultural y
la época. Desde ese punto de vista, el límite de las perversiones queda
determinado según convenciones culturales que conforman la sensibilidad de
cada sujeto, y de este modo pautan el gusto o la repugnancia ante determinadas
conductas. Por último, señala la falta de una frontera bien definida entre las
llamadas perversiones y la sexualidad normal, en tanto que, muchas de las
“extralimitaciones”, forman parte integrante de la vida sexual del hombre común y
son juzgadas del mismo modo que otras de sus intimidades.

En síntesis, como bien lo muestra Roberto Mazzuca, este artículo nos pone ante
dos nuevos conceptos originales y permanentes a lo largo de la teoría de Freud:
por un lado, el concepto de pulsiones parciales, como componentes de una
pulsión sexual que no es homogénea; y por otro, el concepto de sexualidad infantil
que implica una noción ampliada de la sexualidad y conduce a la fórmula
freudiana del niño como un perverso polimorfo.

Ahora bien, esta generalización de la perversión no impide que Freud siga


utilizando el término en el viejo sentido psiquiátrico, esto es, como una patología
que implica un apartamiento de la norma. Al menos así se trasluce en el capítulo
de las desviaciones relacionadas con el fin sexual: “La unión de los genitales es
considerada la meta sexual normal en el acto que se designa como coito […]
Empero, ya en el acto sexual más normal se anuncian los esbozos de aquello que,
si se desarrolla plenamente, lleva a las aberraciones que han sido caracterizadas
como perversiones.” (Freud, 1905: 136)

El párrafo citado refleja cómo Freud utiliza un concepto de perversión que continúa
teniendo como referencia la vida sexual normal, tal como lo estableció la
Psiquiatría, y por lo tanto su aplicación queda restringida al campo de la
sexualidad. Se advierte aquí la convivencia de dos perspectivas teóricas: la lectura
psiquiátrica sobre la perversión como desviación -de la cual Freud no logra

11
desprenderse- y asimismo, lo que se destaca como novedad, el hecho de que
hace de la perversión la norma misma: “En ninguna persona sana faltará algún
complemento de la meta sexual normal que podría llamarse perverso, y esta
universalidad basta por sí sola para mostrar cuan inadecuado es usar
reprobatoriamente el nombre de perversión.” (Freud, 1905: 146)

Puede introducirse entonces el interrogante acerca de los criterios que permiten


delimitar lo normal y lo patológico. Al respecto Freud nos dice: “cuando [la
perversión] muestra los caracteres de exclusividad y fijación, es cuándo podremos
considerarla justificadamente como un síntoma patológico” (Freud, 1905: 147). En
este punto Freud parece ceder a las pautas psiquiátricas de la época. En efecto,
lo “patológico” es definido allí no en función del sufrimiento subjetivo, sino desde
una mirada externa, orientada por una supuesta normalidad.

Por otra parte, resulta interesante recortar, a partir de esta delimitación, los nexos
entre la perversión, así entendida, y la neurosis. En relación a eso, Freud plantea
una fórmula que define la relación estructural entre ambas entidades: “la neurosis
es, por decirlo así, el negativo de la perversión” (Freud, 1905: 150). ¿Qué implica
esta fórmula? Para el autor, esa relación de inversión se desprende de la
composición de los síntomas revelada en el análisis. Ciertamente, el abordaje en
el dispositivo “muestra que los síntomas en modo alguno nacen únicamente a
expensas de la pulsión sexual llamada normal (…), sino que constituyen la
expresión convertida [konvertiert] de pulsiones que se designarían perversas (…)
si pudieran exteriorizarse directamente, sin difracción por la conciencia, en
designios de la fantasía y en acciones. Por tanto, los síntomas se forman en parte
a expensas de una sexualidad anormal.” (Freud, 1905: 150).

El análisis del síntoma de la tos en Dora (1905), constituye un claro ejemplo sobre
dicha consideración. Como se recordará, en el desarrollo de este caso Freud
retoma una hipótesis principal que sostiene desde sus inicios acerca de la histeria
y su causa: el nexo entre las manifestaciones patológicas y la vida sexual del
enfermo. A través de la técnica psicoanalítica de la asociación libre, despliega bajo

12
transferencia la trama de los síntomas, considerando el supuesto de que éstos
están sobredeterminados y de que, en esa sobredeterminación, el elemento
perverso juega un rol preponderante. Es lo que aparece en el desciframiento de
los diversos sentidos de la tos, en donde la fantasía de fellatio -a la que Freud
llega por un lapsus de la paciente- se articula con una escena infantil que muestra
a la pequeña chupándose el pulgar y dándole tironcitos a la oreja de su hermano.
El acto chupeteador de la infancia pone de relieve que esta zona erógena, la
pulsión oral, tiene un singular valor para ella enmarcado por la fantasía, como
elemento causal que organiza la envoltura formal del síntoma.

A diferencia de lo que sucede en la neurosis -en donde el síntoma contiene y


expresa de manera deformada y sustitutiva a las pulsiones perversas-, la
perversión, como su negativo, se caracterizaría en cambio por una satisfacción
directa y consciente en fantasías y actos. Así lo planteaba Freud ya en su texto
“Psicopatología de la vida cotidiana” (1901), en donde considera que las fantasías
inconscientes, hechas conscientes mediante el análisis, pueden ser idénticas en
términos de los medios utilizados por los perversos para la satisfacción de sus
tendencias.

Mazzuca subraya que la fórmula fotográfica basada en la oposición negativo-


positivo esclarece la naturaleza de la neurosis pero no de la perversión, ya que
decir que todos los neuróticos son perversos de manera encubierta no permite
comprender el carácter de las perversiones manifiestas, ni tampoco distinguir una
categoría clínica de perversión diferenciada de la neurosis y la psicosis. De allí el
esfuerzo de Freud por situar, en los años venideros, sus resortes causales
específicos, es decir sus mecanismos y la génesis de su formación. Como se verá
a continuación, lejos de alcanzar una teoría general de la perversión, Freud
aborda sus presentaciones clásicas -fetichismo, masoquismo, homosexualidad- de
modo diferenciado, produciendo teorizaciones particulares para cada una de ellas.

13
3.2. Lecturas freudianas sobre la homosexualidad: Leonardo y Sydonie

Ya en los Tres ensayos Freud se había referido a la homosexualidad, ubicándola


dentro del capítulo destinado al estudio de las “desviaciones con respecto a la
meta sexual”. Allí, luego de un amplio desarrollo en el que discute el problema del
“carácter innato” y del lugar causal de las vivencias, concluye que no está
habilitado para “esclarecer satisfactoriamente la génesis de la inversión” (Freud,
1901: 134). No obstante, afirma que entre la pulsión sexual y el objeto hay una
“soldadura” y que hay que “aflojar” los lazos entre ambos. Esta temprana intuición
de que la pulsión sexual es independiente del objeto, es la que lo llevará, como se
desprende de lo que sigue, a sucesivos intentos de establecer los determinantes
psíquicos de la llamada “inversión”, pero también sus nexos con la neurosis, ya
que Freud declara que no son incompatibles. Muy por el contrario, afirma que la
frecuente asociación entre psiconeurosis y homosexualidad manifiesta ejerce una
influencia decisiva sobre todas las teorías de la homosexualidad.

Ejemplo de lo dicho es el texto “Un recuerdo infantil de Leonardo Da Vinci”,


publicado en 1910, en donde Freud lee la homosexualidad del artista -que tiene la
particularidad de no ser “practicante”- como efecto de un obstáculo en el
atravesamiento del Edipo, ya que presenta una dificultad para disolver el vínculo
incestuoso con la madre. Esta vicisitud del Edipo, que sólo se resuelve por un
mecanismo destinado a preservar dicho vínculo, constituye una fórmula diferente
de la del Edipo invertido, en el cual el niño ama al padre y siente hostilidad hacia la
madre.

El análisis de la posición sexuada del pintor se resume, para Freud en un


enunciado sencillo: “los muchachos a quienes ama ahora, ya crecido, no son sino
personas sustitutivas y nuevas versiones de su propia persona infantil, y los ama
como la madre lo amó a él de niño” (Freud, 1910: 93). El autor justifica
teóricamente tal posicionamiento con la hipótesis de una fijación edípica con la
madre que provoca, luego del sepultamiento del Edipo y el consiguiente abandono
de los objetos incestuosos, que él se identifique regresivamente con ella. El
resultado de esa operación edípica defectuosa es una combinación de

14
identificación y elección de objeto narcisista que se traduce en una posición
maternizada, según la cual, el sujeto se vincula con objetos sexuales semejantes a
su propia persona, en tanto lo sustituyen a él de niño. Así, Leonardo escogía
jóvenes discípulos a quienes cuidaba como una madre.
Debe señalarse que si bien Freud parte de un caso singular para llegar a una
explicación general de la homosexualidad masculina, en donde considera que, el
hombre convertido en homosexual, permanece fijado en lo inconsciente a la
imagen de su madre, lejos está de establecer una clínica diferencial con la
neurosis.

Años más tarde, vuelve sobre el tema, esta vez para esclarecer el caso de una
elección homosexual en una mujer. Nos referimos al texto “Sobre la psicogénesis
de un caso de homosexualidad femenina” (1920), en donde Freud analiza
diacrónicamente la inclinación hacia el mismo sexo de una muchacha de 18 años,
de nombre Sydonie, traída a la consulta por el disgusto que tal situación producía
a su padre.

La hipótesis principal en la construcción de este caso es la inferencia de Freud de


que cuando esta chica se encontraba en el período de “refrescamiento” del
complejo de Edipo infantil vertebrado, por el deseo inconsciente de tener un hijo
del padre, quien queda embarazada es su madre y no ella. Se produce entonces
una reacción de amargura e indignación por la traición por parte del padre que
conlleva el rechazo de su propia femineidad y la lleva entonces, a procurarse una
nueva colocación de la libido. Freud plantea que tras la desilusión resignó no solo
el deseo de tener un hijo y el amor por el varón, sino también todo papel femenino.
A partir de allí, responde identificándose con un hombre, lo que le permite a su vez
obtener el beneficio secundario de eliminar a su madre como competidora.

Tal como se ve, el abordaje de ambos casos freudianos permite explicar los
avatares de la elección homosexual a partir del dispositivo del Edipo y su
engranaje con las identificaciones, pero no arroja elementos teóricos que
posibiliten extraer consecuencias con respecto a la delimitación de la perversión
como categoría distintiva separada de la neurosis. Idéntica situación

15
encontraremos en relación a las demás formas inicialmente incluidas como
“aberraciones sexuales”.

3.3. La génesis del fetichismo. El problema del mecanismo

Más allá del texto iniciático de 1905, que ya hemos comentado, y de algunas
intervenciones al respecto en la Sociedad Psicoanalítica de Viena, Freud vuelve
sobre el tema del fetichismo en el año 1927, bajo el texto (titulado con ese mismo
nombre) que se destaca, fundamentalmente, por el desarrollo metapsicológico que
introduce. Allí se refiere al estudio psicoanalítico de cierto número de varones cuya
elección de objeto estaba regida por un fetiche. Aclara que ninguno de ellos
consultó a causa del fetiche, ya que si bien lo consideraban “anormal”, no lo
sentían como un síntoma que provocara padecimiento. Esto lo lleva a asegurar
que, en general, “el fetiche desempeñaba el papel de un diagnóstico subsidiario”
(Freud, 1927: 147), expresión que va en consonancia con lo expuesto en los Tres
ensayos, es decir, que el fetichismo puede ser compatible con otras
constelaciones clínicas.

El artículo nos brinda una explicación unívoca para el sentido y el propósito del
fetiche en todos los casos: el fetiche como sustituto del pene, pero no de un pene
cualquiera sino del pene de la mujer (madre), en cuya existencia el niño creyó y al
cual no quiere renunciar (ya que admitir la castración materna su propia posesión
de pene corre peligro). Justamente el fetiche está destinado a preservarlo.

Pasemos ahora a la metapsicología: el proceso transcurrido, dice Freud, consiste


en que el niño rehúsa tomar conocimiento del hecho percibido por él de que la
mujer no tiene pene. Para designar ese proceso, recurre a la operación de un
mecanismo, la “desmentida” (verleugnung), por el cual se registra la percepción de
la ausencia de pene en la mujer y, simultáneamente, se la rechaza. No se trata de
una mera “escotomización”, ya que eso supondría que la percepción hubiera sido
simplemente borrada, sino que se la conserva a la par que se la abandona.

16
Resulta indispensable remarcar que este proceso no excluye la represión. Por el
contrario, ésta actúa separando la representación del afecto y se hace cargo de
este último; la desmentida, en cambio, sería la designación correcta para el
destino de la representación. La intervención de ambos mecanismos deja su
saldo: como estigma indeleble de la represión permanece la aversión respecto de
los genitales femeninos que no falta en ningún fetichista; como resultado de la
desmentida, se erige un objeto que hereda el interés que originalmente se había
tenido por el pene materno. Y aún más, ese interés experimenta un extraordinario
aumento, porque al horror a la castración se ha levantado un monumento
recordatorio con la creación del sustituto. Así, el fetiche “perdura como el signo del
triunfo sobre la amenaza de castración y de la protección contra ella” (Freud,
1927: 149). Su función, entonces, resulta clara: en primer lugar, vuelve a la mujer
soportable como objeto sexual, ahorrándole al fetichista el devenir homosexual; en
segundo lugar, es accesible con facilidad, y resulta cómodo obtener la satisfacción
ligada con él.

Las razones por las cuales, ante el hecho universal de la castración materna
algunos se vuelven homosexuales, otros fetichistas y otros “la superan”, no
resultan fáciles de explicar para Freud. Pero, como lo afirma Mazzuca, es
importante indicar que la castración materna puede aceptarse o rechazarse, y que
esas son variantes subjetivas que dependen de una elección.

En cuanto a la elección del fetiche, Freud señala que, acaso como en las
situaciones traumáticas, opera la suspensión de un proceso, reteniéndose como
fetiche la última impresión anterior a la ominosa: el pie o el zapato, por ejemplo,
deben así su preferencia como objetos fetiche a la circunstancia de que el
varoncito fisgoneó los genitales femeninos desde abajo.

Por último, Freud hace un señalamiento interesante en cuanto a la diferenciación


estructural: refiriéndose al texto “La pérdida de la realidad en la neurosis y en la
psicosis” de 1924, admite que no puede pensarse en la desmentida como un
mecanismo que necesariamente conduce a la psicosis y que lo diferencia de la
neurosis, como lo había hecho en aquella oportunidad. No hay que olvidar que,

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en este texto, Freud había realizado una distinción entre neurosis y psicosis en
función de la relación con la realidad, situando la especificidad de la pérdida de la
misma en la psicosis y en el mecanismo de la desmentida. Pues bien, ahora se ve
obligado a “lamentar su osadía” de entonces, y a aceptar que ese mecanismo
participa también -aunque de modo parcial- en el fetichismo y en otros casos que
no desarrollan una psicosis.

Si como vimos, el fetichismo comparte con la neurosis la participación de la


represión y de las leyes de funcionamiento del inconsciente -sustitución-, y
comparte con la psicosis el mecanismo de la desmentida de una parte de la
realidad, debe reconocerse, que en Freud, el problema de la distinción entre
perversión, por una parte, y neurosis y psicosis, por otra, queda irresuelto.

3.4. El par masoquismo-sadismo. El lugar de las pulsiones

La elaboración freudiana respecto del masoquismo puede dividirse en dos partes:


por un lado, la que realiza en su texto metapsicológico “Pulsiones y sus destinos”
de 1915; por otra, la que lleva a cabo en el artículo “El problema económico del
masoquismo”, de 1924. La diferencia entre ambas radica, principalmente, en el
cambio en la teoría de las pulsiones que introduce el giro de los años ´20, cambio
qué, como veremos, resultará fundamental para echar luz sobre este tema.

En el primero de los textos examina el par antitético sadismo-masoquismo, en el


contexto de dos de los destinos de la pulsión: la transformación en lo contrario y la
vuelta hacia la propia persona. En el caso del masoquismo, se produce una
transformación de la actividad en pasividad, pero también una vuelta sobre la
propia persona, es decir, un sadismo dirigido a la propia persona. Lo esencial del
proceso es el cambio de objeto, pero la meta es mantenida, es decir el tipo de
goce o de satisfacción. En una primera fase, hay una acción violenta hacia otro;
luego, en una segunda, ese objeto es abandonado, y la acción sádica es vuelta
hacia la propia persona; en una tercera, se busca un nuevo objeto que tome el
papel del sujeto. Así, en la primera fase el sujeto es activo: el agente que hace

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recaer la pulsión sádica en un objeto; en la segunda, agente y objeto coinciden;
por último, en la tercera, se buscará otro agente que ejerza la acción sobre él.

Lo importante del caso es que siempre la satisfacción es sádica, ya que en la


última fase el sujeto se identifica con el agresor. La pulsión, entonces no se ha
transformado en su naturaleza, de modo que el masoquismo es secundario en
relación con el sadismo, sólo constituye así, un sadismo vuelto hacia el propio yo.
Cabe destacar que Freud aclara en este punto que no se trata sólo de una acción
violenta, sino que su desarrollo es aún más amplio, ya que, la acción puede tener
fines de humillación al otro -en el caso del sadismo-, o de ser humillado -en el
caso del masoquismo-, de dominio o ejercicio de un poder, y no se asocia,
necesariamente, con el propósito de provocar dolor, o sentirlo.

En el texto “Problema económico del masoquismo” de 1924, Freud vuelve sobre el


tema, esta vez a la luz de sus elaboraciones del Más allá del principio del placer.
El masoquismo plantea un problema económico, tal como lo indica el título, porque
encontrar placer en el dolor -lo que podría entenderse como contrario a los
intereses vitales- pone en cuestión seriamente la égida del principio del placer
como guardián de la vida.

A lo largo del desarrollo del artículo el autor sitúa tres tipos de masoquismo: el
masoquismo erógeno, el masoquismo femenino y el masoquismo moral. Con
respecto al primero, el erógeno, señala que es el fundamento de los otros dos, y
que corresponde a experimentar placer en el dolor, algo propio de la función
sexual. Esto decanta de lo planteado en los Tres ensayos, donde ya había
afirmado que la excitación sexual puede surgir a partir del dolor. Para dar cuenta
de ello, recurre al concepto de pulsión de muerte, en donde, una de cuyas partes
es dirigida hacia el exterior, y la otra queda en el organismo asociada con la libido.
Es esta última la que da nacimiento del masoquismo erógeno que, a diferencia de
lo expuesto en el texto anterior, ahora es originario y ya no secundario.

El segundo tipo de masoquismo, el femenino, corresponde a un conjunto de


fantasías que se observan en el varón, y que desembocan en el acto onanista o
figuran, por sí solas, la satisfacción sexual. Freud diferencia esta presentación de

19
la de los perversos masoquistas, quienes escenifican esas fantasías en la
realidad, como un fin en sí mismas, o para producir la potencia e iniciar el acto
sexual. En ambos casos, el contenido es el mismo: ser amordazado, atado,
golpeado, sometido. La interpretación psicoanalítica de dichas fantasías es que el
sujeto quiere ser tratado como un niño pequeño, pero, sobre todo, ponen a la
persona en una situación característica de la femineidad: significan ser castrado,
ser poseído sexualmente o parir. De allí su nombre de “femenino”. O sea que, son
fantasías que se presentan en hombres, pero cuyo significado inconsciente, al que
se accede por la interpretación, es femenino.

Un abordaje similar había propuesto Freud anteriormente, en su artículo “Pegan a


un niño” (1919), en donde verificaba un modo de satisfacción perversa a partir de
la experiencia de varios análisis con sujetos neuróticos. Como se recordará, la
fantasía en juego -que en una de sus fases se presentaba en la conciencia bajo la
forma gramatical pasiva “un niño es pegado”- se anudaba a sensaciones
placenteras y estaba puesta al servicio de la satisfacción sexual masturbatoria.
Ahora bien, no debe dejar de subrayarse que esa fantasía temprana era
confesada con gran frecuencia en sujetos en tratamiento a causa de una histeria o
una neurosis obsesiva, en quienes su confesión generaba vergüenza o
sentimientos de culpa contrarios a lo que despertaba en la fantasía: el hecho de
ver como otro niño era azotado, en la realidad, despertaba sensaciones de
repulsión. De todas maneras, lo dicho atestigua que, en las neurosis, las fantasías
perversas no solo pueden ser inconscientes y estar a la base de los síntomas, sino
que pueden estar en la conciencia y conducir a prácticas autoeróticas -es decir
perversas- manifiestas.

Volviendo al texto de 1924, Freud agrega a los dos tipos anteriores de


masoquismo un tercero, el moral, que hace referencia a la conciencia de culpa o,
mejor dicho al sentimiento inconsciente de culpa, y debe leerse en la lógica de la
segunda tópica, como la necesidad de castigo en la que converge el sadismo del
superyó con el masoquismo del yo. Es lo que se ha conceptualizado como la
“satisfacción en la renuncia” que caracteriza al funcionamiento del aparato

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psíquico como consecuencia de su división en instancias, hecho que da cuenta de
fenómenos tales como la reacción terapéutica negativa.

Lejos de tener un alcance distintivo desde el punto de vista estructural, estas


variaciones del masoquismo tienen un valor clínico general. En el caso del
segundo tipo de masoquismo, el femenino, la única diferenciación parece estar
dada por el hecho de que en los verdaderos perversos masoquistas se escenifican
las fantasías en la realidad. Y si bien esto puede darse también en la neurosis,
introduce un aspecto interesante a pensar en relación con las psicosis. En efecto,
Freud aclara que tales escenificaciones “excepcionalmente incluyen heridas
graves o mutilaciones” (Freud, 1924: 168), es decir, que se encuadran dentro del
principio de placer. Tal como se verá luego, lejos de ser meras teatralizaciones,
algunas prácticas de sesgo masoquista extremo -que ponen en acto mutilaciones
o experiencias corporales de dolor desmedido-, dan cuenta de una relación con un
goce sin medida que reposa sobre un funcionamiento psicótico. Pero en lo que
atañe al recorrido de Freud, todo lo desarrollado sobre el masoquismo, al igual
que lo constatado para el caso del fetichismo y de la homosexualidad es, podría
decirse, trans-estructural. Será necesaria entonces, la enseñanza de Lacan para
situar la especificidad de la estructura perversa.

4. La perversión en la obra de Lacan

Si como hemos visto Freud no llegó a circunscribir la particularidad de la


perversión como una entidad diferenciada de la neurosis y de la psicosis, fue
Jacques Lacan quien produjo una concepción distintiva de la misma. Gracias a su
obra, sedimenta una noción original de la perversión que adquiere carta de
ciudadanía como una “estructura freudiana” junto a las anteriores, y se convierte
en un modo de constitución de la subjetividad. Como lo indica Mazzuca, esta
concepción es diferente de la psiquiátrica que consideraba a la perversión como
una patología de la sexualidad (pues puede haber “desviaciones” perversas
también en la neurosis y en la psicosis), pero asimismo es diferente de la de

21
Freud, en tanto sexualidad perversa universal (porque ella vale para la neurosis, la
psicosis y la perversión).

La construcción por parte de Lacan de esta innovadora posición requirió de


muchos años de elaboración, en los que la modalidad subjetiva perversa fue
abordada con distintas redes conceptuales. Entre ellas pueden recortarse dos, que
resultan fundamentales: la que realiza en el Seminario IV, a la luz de la lógica del
falo y la castración, y la que suscita entre los Seminario X y XVI, con la
perspectiva de sus nociones de objeto a, fantasma y goce. A continuación
revisaremos los principales aspectos de cada una de ellas.

4.1 El Seminario IV: el fetichismo como paradigma de la perversión.

Entre los años 1956-1957 Lacan dedica un seminario al estudio de la “relación de


objeto”. Al respecto Jacques-Alain Miller señala que la originalidad de su planteo
reside en el hecho de afirmar que “el objeto no es el correlato del yo (sino que) su
conexión esencial es con el falo” y que, en consecuencia, “juega su partida (con)
la castración” (Miller, 1994: 104). En ese contexto, agrega el autor, Lacan pone en
primer plano dos objetos -el fetiche y el fóbico-, porque ambos “traen a la
castración al centro de la cuestión” y “porque ya en el psicoanálisis clásico se
pensaron los dos en relación a la angustia” (Miller, 1994: 105). Nos encontramos
allí, en el primer momento de su enseñanza, en donde desarrolla la teoría
estructuralista del significante del Nombre Del Padre y la metáfora paterna con sus
tres tiempos, a partir de las cuales, Lacan, presenta la posición perversa como
identificación del sujeto con el falo imaginario. Como se anticipó, es “un nuevo
concepto de perversión, que no se superpone exactamente con el concepto
psiquiátrico de desviación sexual ni con el concepto estructural freudiano, aunque
se articula con ellos” (Mazzuca, 2004: 143).

En el capítulo IX del Seminario IV, titulado “La función del velo”, Lacan retoma los
textos freudianos sobre el fetichismo para encuadrar a “esa perversión que ha
tenido un papel ejemplar en la teoría analítica” (Lacan, 1957: 153) desde el punto

22
de vista de la falta de objeto y del “más allá” del deseo. Vuelve entonces sobre la
noción freudiana del fetiche, como sustituto del pene materno, y nos brinda la
siguiente precisión: “el pene en cuestión no es el pene real, sino el pene -o el falo-
que la mujer no tiene y debería, o desearía, tener” (Lacan, 1957: 154). No se trata
en absoluto de un falo real que exista o no exista, sino de un falo simbólico que
por su naturaleza se presenta como ausencia, y que, a partir de la alternancia
fundamental presencia-ausencia, que regula todo intercambio simbólico, permite la
diferenciación simbólica de los sexos.

Situar al falo en el registro simbólico lo conduce a afirmar con Freud que el fetiche,
como su sustituto, también es un símbolo. En ese sentido, habría que ponerlo en
pie de igualdad con cualquier síntoma neurótico. ¿Cuál es, entonces, la diferencia
entre la neurosis y el fetichismo? Lacan la va a situar en lo que llama la “función
del velo”.

El autor explica primero cómo, el velo o cortina, funciona en el amor en general,


para situar luego su especificidad en el fetichismo. Dice que, en toda relación de
amor, lo que se ama es siempre algo que está más allá del objeto. Ese algo es en
realidad “nada”, y por eso tiene la propiedad de estar ahí simbólicamente. Ese
algo que no es nada, en realidad está velado por una imagen. Dicha imagen, que
se proyecta en la cortina es, de algún modo, el ídolo de la ausencia, en la medida
en que apunta, señala, que el objeto está más allá. Sobre el velo se imaginariza el
objeto, que ocupa el lugar de la falta en una relación metafórica y se vuelve
soporte del amor. En el fetichismo, esa relación es metonímica, pues convierte la
falta en una figura parcial. Ahora bien, ¿de qué manera lo hace?

Lacan indica que en el fetichismo, lo que constituye el fetiche, el elemento


simbólico (en tanto sustituto) que fija el fetiche y lo proyecta sobre el velo, se toma
prestado de la dimensión histórica. Es el momento de la historia en el cual la
imagen se detiene, como una película, precisamente, antes del momento en que
se busca en la madre eso que tiene y no tiene, el falo. Funciona así, como un
“recuerdo pantalla”: la historia se detiene y se fija allí, pero continúa su movimiento
más allá del velo. Por eso el objeto fetiche es metonímico, porque la historia, por

23
naturaleza, prosigue en su encadenamiento significante, aunque ahora velada.
Esa imagen que es el fetiche es el punto límite entre la historia, como algo que
tiene continuación, y el momento en que se interrumpe.

El fetiche es entonces, el signo, el indicador, del puño de la represión. Se ve cómo


aquí, al igual que para Freud, la represión vale tanto para la neurosis como para la
perversión, lo que permitiría establecer un par entre ambas, en oposición a la
psicosis.

A continuación, Lacan se pregunta por la génesis del fetichismo, y por las causas
de instauración de la estructura fetichista. Sitúa como momento crucial la relación
preedípica del niño con la madre, cuyo elemento central es el falo. Se refiere en
particular a esa etapa en la que “el niño se introduce en la dialéctica intersubjetiva
del señuelo (momento en el que) para satisfacer lo que no puede ser satisfecho, a
saber, el deseo de la madre, que en su fundamento es insaciable, el niño, por la
vía que sea, toma el camino de hacerse él mismo objeto falaz.” (Lacan, 1957: 135)

En torno a la madre fálica, entonces, va a desplegarse lo que Lacan llama “una


alternancia de identificaciones” (Lacan, 1957: 162): ocupar el lugar del falo
imaginario o identificarse con la mujer portadora del mismo. Estas identificaciones,
que aparecen también en el conocido caso Juanito, deberían caer con la
introducción del padre como centro de orden y posesión legítima de la madre. En
Juanito, sabemos que el niño ha salido de ese juego tramposo gracias a la fobia,
con la ayuda del significante caballo. En el caso del fetichismo, Lacan señala que
el niño ha quedado entregado a esa relación imaginaria “por una simbolización
insuficiente de la relación tercera” (Lacan, 1957: 163). Así, esta “patología” de la
sexualidad -en el viejo sentido del término- resulta de un déficit en el cumplimiento
del segundo tiempo del Edipo, en el cual la función paterna opera como privadora
de la madre. Es un tiempo transitorio pero crucial, nodal, que involucra la posición
del niño, quien debe asumir o no esa privación, aceptándola o rechazándola.

Tanto en la neurosis como en la perversión hay un insuficiente cumplimiento del


segundo tiempo del Edipo, pero en ambos, lo característico, es que no hay
rechazo. Lo que hay en cada una, es una solución diferente a una situación inicial

24
común. En la psicosis, en cambio, hay un rechazo, y el niño queda excluido del
dispositivo edípico, debiendo así, inventar otro modo de relación con el sexo -que
muchas veces fracasa-.

En síntesis, puede concluirse que, la identificación con el falo imaginario, es una


posición perversa inicial del desarrollo -lo que Mazzuca llama una “perversión
normalizadora”- que se prosigue de modo diferente en neurosis y perversión. Allí
donde el fetichista propone una solución imaginaria a la castración materna, el
neurótico -puede tomarse el modelo de la fobia de Juanito- construye una
respuesta simbólica.

Por otra parte, Lacan establece relaciones de “transición” entre el fetichismo y


otras formas de la perversión, como el exhibicionismo o el trasvestismo. En cuanto
a este último, señala que no es lo mismo un zapato, que un vestido que envuelve:
la envoltura, a diferencia del velo, es una forma de protección, que marca la
identificación con el personaje femenino. El trasvestismo se presenta de este
modo, como la contracara del fetichismo, en la medida en que el sujeto se
identifica con lo que está detrás del velo, con el objeto al que le falta algo, es
decir, con la madre. Con respecto al exhibicionismo, Lacan dice que comúnmente
se observa siempre que el sujeto se esfuerza por salir de su laberinto imaginario
poniendo en juego lo real de su pene.

En suma, en este momento de la enseñanza de Lacan, la perversión -cuyo


paradigma es el fetichismo- se concibe como un avatar del Edipo, ante el que se
responde imaginariamente a la fallida simbolización de la relación preedipica con
la madre. La valorización de la imagen, es decir el predominio de la dimensión
imaginaria, constituye el “molde” de la perversión y justifica la oposición que hace
Mazzuca entre la clínica de las preguntas, propia de la neurosis, la clínica de las
“respuestas” -anticipadas- de la psicosis y la clínica de la “demostración” de la
perversión. En la primera, se ve la preponderancia de lo simbólico; en la segunda,
de lo real; mientras que, en la tercera, lo que predomina es lo imaginario. En
efecto, lo que “demuestra” la perversión en esta lógica es que la castración puede
ser sustituida por recursos metonímicos, por complementariedades identificatorias,

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que toman el lugar de la falta de la relación sexual. Años más tarde, cuando se
oriente al estudio de lo real, el modelo de “paradigma” propuesto por Lacan, con
respecto a la perversión, ya no será el fetichismo, sino el masoquismo.

4.2. Del Seminario X al XVI. El masoquismo y la perversión como categoría


clínica

Como se sabe, en el Seminario X, dictado en los años 1962-1963, Lacan se


dedica de manera casi exclusiva al estudio del afecto-angustia en tanto constituye
una vía de acceso al objeto a, es decir a lo que no es significante; en otras
palabras, para aproximarse al registro de lo real. En ese contexto, la noción de
angustia trasciende la lógica de la castración, y va a cobrar una nueva dimensión
al ser puesta en relación con otros elementos teóricos de esta etapa intermedia de
su enseñanza articulados con el objeto a, como lo son el goce y el fantasma.
Con esta nueva red conceptual la perversión adquirirá otro estatuto y girará en
torno a un nuevo paradigma.

Recordemos, en primer lugar, que ese objeto -que “no es como los otros” porque
no tiene nombre ni imagen-, es pensado por Lacan como un producto de la
operación del significante. El sujeto dividido es efecto del significante (del paso del
viviente por el lugar del Otro) y el objeto a constituye el resto de esa operación. A
partir de allí, pasa a formar parte del conjunto que forma la estructura del lenguaje
pero como un elemento heterogéneo, es decir, no significante. Por otra parte,
sabemos que está ubicado detrás del deseo, como aquello que lo causa (por eso
se lo puede asimilar al objeto perdido freudiano) y tiene una conexión con el goce,
condensándolo. Adquiere entonces dos funciones: la primera, apunta a la pérdida
que lo instaura como objeto causa del deseo, producto de la acción misma del
significante que separa cuerpo y goce. La segunda, implica una recuperación de
goce -plus de gozar-, capturado por objetos pulsionales (oral, anal, escópico e
invocante) que configuran las “sustancias episódicas” del objeto a, y proveen una
satisfacción pulsional siempre parcial.

26
Así definido, el objeto a y sus nexos con el deseo y el goce, debe agregarse la
función del fantasma, que pone en relación al sujeto, en tanto dividido, con el
objeto que causa su deseo. Su papel es el de estabilizar la relación del sujeto con
el deseo y fijar el goce a determinados objetos. Esa “maquinaria”, que en la
neurosis hace de soporte al deseo y domestica el goce para articularlo con el
principio del placer, se expresa, en la perversión, con una fórmula particular:
asume, como dice Lacan, la forma de “voluntad de goce” (Lacan, 1963: 45).

En este marco, y particularmente en el capítulo XII, denominado “La angustia,


señal de lo real”, se establece la “especificidad de la posición perversa” (Lacan,
1963: 177), apelando para ello a la figura del masoquismo: “el masoquista (…)
¿cuál es su posición? ¿Qué le enmascara su fantasma de ser el objeto de un goce
del Otro? (…) ¿Qué enmascara esa posición sino equipararse él mismo, ponerse
en la función de la piltrafa humana (…)? (Lacan. 1963: 178)

El masoquista realiza en su fantasma esa identificación al objeto (a) de diversas


formas: como el desecho, el despojo, el resto, etc. Lacan dice que lo que no sabe
el masoquista es que su verdadero objetivo es "ser el objeto de un goce del Otro
que es su propia voluntad de goce" (Lacan, 1963: 178). El perverso masoquista
apunta, de esa manera, al goce del Otro, y lo que busca en él, como respuesta a
su caída del lugar del sujeto hacia la miseria, es la angustia. La producción de esa
angustia no es secundaria, es inherente a la perversión, es una señal de lo real,
haciéndose él un "objeto cosificado", anulándose como sujeto, para asegurar el
goce del Otro.

Distinta es la posición del sádico, que Lacan no considera como un mero reverso
de la anterior. Allí, la angustia está “menos escondida” (Lacan, 1963: 179) y lo está
tan poco que, en su fantasma, hace de ella una condición exigida. A la pregunta
¿qué busca el sádico en el Otro?, se responde: se esfuerza por realizar su goce.
Su función de agente es “instrumental”, como lo demuestra el texto del Marqués
de Sade (2002), cuyo acto siempre apunta a un Dios supremo en maldad.

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En ambas posiciones, aunque de modo diferente, lo que está en el centro de la
cuestión es la angustia y el objeto a, ya que denuncian el vínculo radical de ese
afecto con el sujeto que cae como un resto.

Lo anteriormente mencionado, se plasma en la fórmula diferencial del fantasma


para la neurosis y la perversión: en el caso de la primera, se mantiene la barradura
del sujeto, y el objeto a sirve para anclarlo ($<>a). En la perversión, el sujeto,
identificado con el a, anula su subjetividad y apunta a barrar al Otro, provocando
su división (a→S). En otros términos, mientras que la pregunta que estructura la
neurosis sobre el deseo del Otro se formula con el ¿Ché voi? (¿qué soy en el
deseo del Otro?), en la perversión tomará la figura de: ¿qué quiere él, que quiere
este Otro?, y la respuesta que encuentra es que el Otro quiere el goce, esa es su
ley. En tal sentido, el acto perverso constituye una respuesta al interrogante del
goce del Otro, que pugna por restituirle el objeto a, desconociendo la falta. Se
consagra así a un acto monótonamente repetitivo y fallido que intentará completar
al Otro en términos de goce.

El Seminario XVI, titulado “De un Otro al otro” (1968-1969), “sigue el dialogo de


Lacan consigo mismo sobre el sujeto del goce y la relación de este con la palabra
y el lenguaje” (Miller, 2006, contratapa). No es sorprendente entonces, que vuelva
sobre la posición perversa, brindando nuevas precisiones.

En el capítulo XVI, “Clínica de la perversión” estudia la relación del objeto a con el


campo del Otro, asignándole la función de “captura de goce” (Lacan, 1069: 227).
Toma como referencia la topología para indicar que la estructura del Otro está
signada por una falta -el objeto a- y que, por ello, se trata de un lugar limpio de
goce. En otras palabras, ese objeto -equivalente al objeto perdido freudiano- es a
la vez algo que falta en el sujeto y que denota un agujero radical en la estructura,
agujero que es suturado por objetos pulsionales parciales.

A partir de esa premisa estructural Lacan dirá que “el perverso se dedica a tapar el
agujero en el Otro”, se ocupa de que el Otro recupere su goce. Es por ello que
expresa que el perverso es “partidario de que el Otro existe. Como un cruzado,
(…) es un defensor de la fe (es decir) un singular auxiliar de Dios” (Lacan, 1963:

28
231). La figura del cruzado es más que elocuente; como se sabe, éste formaba
parte del ejército de Dios, destinado a hacer una causa con su creencia: la de
recuperar el Santo Sepulcro, que es un lugar vacío. Dirá al respecto, que como
buen hombre de fé, se encomienda a Dios velando por su goce.

Llamará entonces a la perversión “la restitución del a en el campo del A” (Lacan,


1963: 266), en tanto que el perverso interroga lo que le falta al Otro y lo arregla, en
la medida en que él, en calidad de objeto, le restaura el goce y lo deja en ese lugar
de Otro completo.

Se advierte así la particularidad de la posición perversa con respecto al goce y al


saber en relación con las demás estructuras subjetivas. Al igual que en la
neurosis, el goce ha quedado fuera del cuerpo y fuera del Otro, pero allí donde el
neurótico se extraña de su goce y no sabe nada de él, existe en la perversión una
voluntad, es decir, un saber sobre el goce y una orientación hacia su recuperación.
El perverso sabe de la castración del Otro, de sus carencias, y sabe también de
los objetos y recursos para colmarla. Es por esta razón que el perverso es, para
Lacan, un creyente: sabe que el goce está perdido pero cree, tiene fe, en que este
se puede recuperar y se entrega a ese propósito. Se establece en este punto una
diferencia con en la psicosis, en donde, el significante no ha tenido la capacidad
de mortificar el goce y por lo tanto, lo que se presenta es: o bien una invasión de
goce en el cuerpo, o bien la identificación del goce en el lugar del Otro, que es
quien sabe.

Lacan ejemplifica lo declarado con el caso del exhibicionismo, aquel que con la
exposición de su pene pone en juego la mirada, haciéndola aparecer en el campo
del Otro. Eso es algo que no debe perderse de vista: más allá del partenaire, (es
decir, el pequeño otro, que está incluido en la escena y que puede espantarse o
no), lo que cuenta es fundamentalmente el Otro, aquel por cuyo goce el perverso
vela, obturando su falta con la presencia del objeto escópico.

Veremos también que en el voyeurismo está implicado el objeto mirada, pero de


un modo diferente. “Lo que importa al voyeur (…) es justamente interrogar en el
Otro lo que no puede verse” (Lacan, 1963: 232) afirma Lacan, para suturarlo con

29
la versión “mirada” del objeto a. Por eso indica que en la pulsión escoptofílica hay
uno que logra lo que se propone, el goce del otro, y otro que solo está allí para
tapar el agujero con su propia mirada.

Similar es el caso del masoquista y del sádico, aunque en ellos lo que está en
juego será el objeto voz. Para el primero, lo esencial es hacer “de la voz del Otro,
por sí solo, eso que va a garantizar respondiendo como un perro” (Lacan, 1963:
234). Como lo muestra el contrato de Sacher Masoch con Wanda: el perverso
masoquista se ofrece como objeto a para ser gozado por el otro, renunciando a
sus derechos de sujeto. Para ello, no ubica a cualquier Otro, sino aquel que pueda
ser esa voz que el masoquista requiere. Este sujeto no es más que la voz del Otro;
él se inserta en el momento en el que el Otro se queda sin palabras y es ahí en
donde le restituye al Otro el goce; en otros términos, lo lleva a ser su propia voz.
Vemos entonces que el masoquista hace de esclavo, mientras que el otro podrá
disponer de él como amo absoluto, pero en definitiva, será quien cumpla el papel
de amo el que deberá hacer todo lo estipulado en el contrato prescripto y
redactado por el masoquista. Desde ese punto de vista, el masoquista, con su
apariencia de víctima, “es el verdadero amo del juego” (Lacan, 1963: 319). De allí
que el masoquismo se convierta, en este momento de la obra de Lacan, en el
paradigma de la perversión: el masoquista es el perverso genuino, en tanto no es
él el que goza, sino el Otro, aunque él mismo obtiene un goce -fantasmático- en
esta remisión al Otro de la función de la voz.

En el caso del sujeto sádico, la puesta en juego del objeto voz se plantea de modo
distinto: “Él también intenta, pero de manera inversa, completar al Otro quitándole
la palabra e imponiéndole su voz” (Lacan, 1963, 235), bajo la forma de la orden a
la que el Otro obedece. Así lo revela el fantasma sadeano, en donde el sujeto
toma la posición de agente aparente, pero tiende a coagularse como objeto al
encarnar la voz del Otro que dice “tengo derecho a gozar de tu cuerpo sin límites,
según mi capricho”. Por otra parte, al imponerle su propia voz, el sádico hace que
el Otro no disponga de la palabra. La máxima sadeana enmudece y deja al Otro
sin recursos frente a la angustia: esto es lo que se manifiesta en la organización

30
de la escena que el sádico ejecuta y dirige, y en la que se manifiesta,
repetidamente, una misma situación. Como se verá en la viñeta clínica que
abordaremos más adelante, el lugar que ocupa la víctima en esa escena es
siempre el mismo y ésta es representada a través de ciertos rasgos constantes.

Para terminar, lo expuesto en los párrafos anteriores permite captar las diferencias
en la relación con el otro y con el Otro, entre la neurosis y la perversión. El
neurótico se defiende del deseo y del goce del Otro. El perverso no opone
resistencia al Otro, por el contrario, se pone en contacto con ese deseo y ese
goce: lo registra, lo manipula, para conducirlo a su cumplimiento, se hace
“instrumento de”. Para ello se requiere de la presencia y de la intervención del
otro, el partenaire real, por medio del cual se cumple la relación con el Otro.

Hemos dicho que tanto en la neurosis como en la perversión el objeto a fue


extraído; el perverso tiene la vocación de devolvérselo al Otro como un plus de
gozar. Esto es lo que se nos revela en el voyeurismo y el exhibicionismo con el
objeto mirada, o en el sadismo y el masoquismo con el objeto voz. En todos los
casos, se debe alcanzar entonces, a la supuesta víctima en su goce -por ejemplo,
una mirada de horror, de deseo, cómplice- ya que el acto perverso sólo se
satisface si encuentra esa señal de que el otro ha sido implicado en su goce o en
su deseo. Aquí subyace su accionar, apunta a dividir al otro, a barrarlo como
sujeto. Pero debe aclararse que más allá del otro, el partenaire de carne y hueso,
el acto siempre estará dirigido al Otro (por tal motivo, el acto exhibicionista
siempre es en público, o el acto sádico apunta, como en Sade, a un Dios maligno
y supremo).

En tanto que, el neurótico se defiende del Otro, de su deseo y de su goce, y se


evade del cumplimiento del acto; el perverso, en cambio, se entrega al acto y
demuestra, a través de él, que sabe que la relación entre los sexos no es
complementaria ni armoniosa y que debe ser sustituida por otros recursos. En
suma, como concluye Lacan, “la perversión es la estructura del sujeto para quien
la referencia a la castración está tapada por la misteriosa operación el objeto a”
(Lacan, 1963: 266).

31
Para concluir, tal como lo señala Norma E. Alberro, en su columna “Deseo del
analista y perversión” (2007) para “El Sigma”, resulta pertinente en este punto,
establecer una breve analogía entre el saber-hacer del analista con el síntoma y el
saber-hacer con el goce que caracteriza al perverso. El perverso y el analista
tienen en común el hecho de ocupar una posición que es la de la causa, causa del
goce en un caso y causa del deseo en el otro. En los dos casos, para alcanzar
este fin, es necesario provocar la división del sujeto. En esa línea, podemos
considerar que el análisis se vuelve perverso cuando, para resolver los síntomas
del sujeto, para apaciguar la angustia que la situación analítica genera, el analista
se propone él mismo como gozante: él puede, por un lado, gozar de la división del
sujeto y hacer gozar el gran Otro del psicoanálisis mismo; o, por otro lado,
compartir ese goce con el paciente, el cual pensará que ha encontrado en su
analista un modelo, un maestro, un amigo que quiere su bien. En todo caso, se
vuelve un depositario de un saber certero sobre el goce.

4.3. Un ejemplo clínico

A continuación, ilustraremos lo expuesto sobre la posición perversa con una


pequeña viñeta, publicada por el analista Marcelo Barros en la revista Ancla Nº 4/5
bajo el título “El predicador”. El Sr. X, de treinta y nueve años, es un profesional
universitario, dueño de una pequeña empresa, que no ha formado una familia y
vive solo. El motivo de consulta manifiesto reside en la imposibilidad de compartir
su vida con otra persona, ya sea hombre o mujer; en el temor a un futuro en
soledad y desamparo, y en cierta angustia ante una posible censura social que no
alcanza a definir, habida cuenta de sus inclinaciones -aunque no exclusivas- por
vínculos de tipo homosexual.

Proveniente de un ambiente católico ortodoxo y conservador, cuida mucho su


privacidad respecto de sus abundantes prácticas sexuales con uno y otro sexo, en
las que siempre mantiene un rol dominante. Sus partenaires varones son, por
regla general, de una clase inferior a la suya, atléticos y viriles, ante quienes ejerce
el control y el poder. La presencia de la mujer, en cambio, lo angustia con

32
desesperación y lo conduce a una posición misógina: “ellas no tienen límites. No
se detienen, son voraces, insidiosas y lo enredan a uno como la araña a la presa.
Hablan y te queman la cabeza. Ellas quieren tu alma” (Barros, 2012: 258). Imagina
“el día en que los hombres se rebelen y aniquilen a todas esas lloronas
despóticas” (Barros, 2012: 259). La imagen de la mantis religiosa, que surge en un
momento de su análisis, muestra el fantasma de angustia frente a la castración
materna de este sujeto, que intentará “remediar” con su práctica perversa.

En el transcurso del tratamiento, cierto día lleva a cabo una “confesión”. Su “mayor
placer lo encuentra en la seducción de hombres casados homosexuales” (Barros,
2012: 260). Él llama a esto “quebrar al otro”, sin desconocer la remitencia de la
expresión a la tortura. No violenta ni coacciona a sus víctimas. El “quiebre”
significa para él a la vez una “conversión religiosa” y el logro de una “apostasía”,
ya que los hace renunciar a su creencia. La escena se repite siempre de la misma
manera: busca hombres monógamos y heterosexuales y les “muestra” que hay
otro camino -el de la felicidad sexual, sin la mujer que quiere “la muerte del varón”-
Se define así como “el predicador de una religión alternativa”, que les hace
“traicionar la fe que practican” y los guía hacia otra concepción de la vida. “En ese
quiebre de ellos, yo encuentro mi máxima satisfacción”, dice el Sr. X, frase que
indica su posicionamiento como instrumento del goce del otro y, por su intermedio,
del Otro de su religión.

Puede cerrarse este pequeño recorte retomando los argumentos que esgrime el
autor para pensar la hipótesis diagnóstica: la posición del sujeto “ante la
emergencia de la angustia en el “quiebre” del partenaire, el carácter paroxístico y
rígido de las escenas de goce, la ambigüedad ante una castración constantemente
renegada y a la vez amenazadora, y sobre todo el rol siempre asumido de
oficiante de una oscura religión del goce” (Barros, 2012: 261) constituyen, a
nuestro modo de ver, criterios suficientes para inferir que estamos frente a una
genuina estructura perversa.

33
5. Rasgos “perversos” en las estructuras

Lo expuesto hasta aquí ha posibilitado seguir el itinerario de Freud y Lacan


respecto del campo de la perversión, hasta llegar al punto en donde se plasma la
conceptualización de la misma como una categoría clínica diferenciada de la
neurosis y de la psicosis. Esto no quita que puedan aparecer conductas o actos
“perversos” -en el sentido descriptivo del término- en alguna de estas últimas, lo
que puede conducir a extravíos diagnósticos. De allí la importancia de examinar,
en el cruce entre la particularidad de la estructura y la singularidad del caso, los
determinantes psíquicos y la función que tales conductas tienen en la economía
subjetiva, a fin de extraer consecuencias para la dirección de la cura.

Seguidamente se trabajarán una serie de viñetas clínicas que ponen en juego las
dimensiones mencionadas, en las que se delimitarán distintas formas de
presentaciones “perversas” que no implican una perversión propiamente dicha.

5.1. Arreglos “perversos” en la psicosis

5.1.1 Suplencia masoquista en una psicosis no desencadenada

En el artículo “Suplencia perversa en un sujeto psicótico”, Jean-Claude Maleval


relee un caso del analista Michel de M’uzan, con el objetivo de demostrar la
frecuente asociación de la estructura psicótica con ciertas prácticas perversas que
cumplen una función estabilizadora de la posición del sujeto y le evitan caer en el
“marasmo de la psicosis declarada” (Maleval, 1995: 9).

El caso del Sr. M. constituye un claro ejemplo de conductas masoquistas en un


sujeto psicótico de ese tipo: llega al alcance del analista cuando tiene 65 años, a
instancias de un radiólogo, pero no parece estar motivado por una necesidad de
atención sino que lo hace para satisfacer la demanda del Otro y, en todo caso,
para brindar su testimonio. Presenta un cuerpo completamente cubierto de
tatuajes y de marcas (quemaduras, mutilaciones, ganchos en su espalda, agujas y
otros objetos dentro de su cuerpo) que demuestran su búsqueda constante de
degradación. Las múltiples inscripciones humillantes en su cuerpo lo ofrecen al

34
Otro como objeto feminizado: “soy una puta, sírvase de mi como de una yegua,
usted gozará”, “Soy una puerca, cójame”. Ha llegado a mutilarse partes del cuerpo
y sus órganos genitales no están de ninguna manera preservados: se había hecho
ampliar el meato urinario para introducir líquidos corrosivos en él y se agrandó el
recto para que pareciera una vagina.

No parece existir un límite físico ante sus prácticas; toda la superficie de su cuerpo
era excitable al dolor, incluso sus propios genitales, y quién que ponía fin a sus
sevicias no era el Sr. M. sino el partenaire del momento, producto de la angustia
que le generaba la situación.

Maleval señala que el carácter “extremo” y “atípico” de estas prácticas habla en


favor de una estructura psicótica y no de una perversión genuina. En efecto, el
más allá del principio del placer sin límite y la anestesia al dolor revelan una falta
de vaciado de goce, “lo que testimonia que la función paterna no ha intervenido
para localizarlo en un fuera del cuerpo fálico” (Maleval, 1994, 3). A diferencia de
los verdaderos masoquistas perversos, que imaginarizan la castración en una
escena, el Sr. M. ejecuta la castración poniendo en juego lo real de sus genitales.

Tampoco encontramos en este caso, la relación con el partenaire a la manera de


un contrato, como en el modelo de Sacher Masoch, en el que el sujeto teatraliza
su victimización con el complemento de un supuesto partenaire cruel. El Sr. M. no
busca una pareja que lo humille, sino “otro sí-mismo, masoquista como él”
(Maleval, 1994: 3). Asimismo, sorprende “la ausencia de todo sentimiento de
culpabilidad basal” y de “toda aspiración subsecuente a la punición” (Maleval,
1994: 5), rasgos que ya Freud había situado como característicos del masoquismo
femenino.

Por último, las inscripciones feminizantes en su cuerpo, y la posición


exclusivamente femenina que adoptaba en los juegos sexuales -“yo era
verdaderamente la mujer pública, y eso me satisfacía”- son más la expresión de
un empuje-a-la-mujer psicótico que la escenificación fantasmática de ser tratado
como tal de la que hablaba Freud en 1924. La manera particular del Sr. M. de
encarnar el sujeto del goce es entregándose como la puta del Otro: “se ofrece

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completamente al goce del Otro con la única protección del fantasma perverso”
(Maleval, 1994: 5). Por lo demás, las letras que lleva en su cuerpo dan cuenta de
un esfuerzo para producir una escritura real allí donde la función simbólica falla.

Cabe preguntarse entonces por el valor de tales conductas en esta “economía


libidinal a la cual el límite fálico no se ha impuesto” (Maleval, 1994, 4). El autor
señala que la activa búsqueda por parte de este sujeto de su reducción al estado
de desecho le sirve para evitar encarnar en “su sustancia el objeto caído de lo
simbólico” (Maleval, 1994: 1). Su posición difiere, entonces, de la del melancólico,
ya que lejos de imponérsele tal identificación, él la organiza. Al insertarla en un
pseudo-fantasma perverso, extrae una satisfacción y puede enfrentarse al deseo
del Otro. Para ello, se exhibe “como casi el único” capaz de soportar tanto dolor.
“Su profunda convicción de disponer de una potencia sin igual por no conocer
límites” (Maleval, 1994: 6) lo sitúa en un lugar de excepción que le permite
capitalizar el goce y “obtener la seguridad de encontrase fuera del alcance de
cualquier eventual maldad por parte del Otro” (Maleval, 1994: 6). Así, la imagen
narcisista de omnipotencia de la que hace gala con su práctica perversa, suplanta
la forclusión del Nombre-del -Padre y vela el lugar de desecho al que podría haber
caído por la no extracción del objeto a.

5.2. Estabilización trasvestista en una psicosis desencadenada

La puesta en marcha de prácticas perversas también puede servir de arreglo o


estabilización en una psicosis desencadenada, es decir en casos en donde, a
partir de cierta coyuntura, se produce una “catástrofe subjetiva” en la que se
ponen al día, de modo masivo, un conjunto de fenómenos que perturban la
relación del sujeto con la realidad y con su propio cuerpo. La aparición de un goce
ilimitado, sin capitón, resulta recurrente en esos casos. Ese goce deslocalizado
puede aparecer, por ejemplo, en forma de distintas experiencias en el cuerpo
(disolución, fragmentación, trozamiento, putrefacción de la carne o sensaciones
cenestésicas múltiples que son impuestas por el Otro). Dichas experiencias,
donde nada ordena las pulsiones parciales, se escapan de lo dialectizable y de la

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lógica del fantasma, y producen una proximidad entre la psicosis y el Otro goce
femenino.

El caso freudiano de Schreber (1911) da testimonio de ello. Como lo recuerda


Lacan en el escrito “Una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la
psicosis” de 1958, a partir del desencadenamiento se abre para él un tiempo en el
que, con “un sentimiento de extrañeza”, su cuerpo se convierte en “un agregado
de colonias de nervios extraños, una especie de muladar para fragmentos
desgajados de las identidades de sus perseguidores” (Lacan, 1958: 550). Es el
momento del llamado “estupor catatónico”, en el que la expresión de ser “un
cadáver leproso que conduce a otro cadáver leproso” (Lacan, 1958: 549) nombra
la experiencia de mortificación del sujeto correlativa del agujero en lo imaginario
producido por la elisión del falo.

Planteado de este modo el cuadro inicial, Lacan se propone estudiar “la forma en
que la estructura imaginaria viene a restaurarse” (Lacan, 1958: 550). Sitúa
entonces dos costados de la solución: la “práctica transexualista frente al espejo” y
el desarrollo delirante que une “la feminización del sujeto en la coordenada de la
copulación divina” (Lacan, 1958: 551). Aunque ambos aspectos están unidos por
un denominador común -la transformación en mujer- , es el primero el que nos
interesa particularmente, en la medida en que Lacan subraya que la mencionada
práctica “en modo alguno (es) indigna de ser comparada con la perversión”
(Lacan, 1958: 550). Se está refiriendo al hábito solitario que -al cabo del proceso
delirante- había tomado Schreber como manera de procurarse una voluptuosidad
“femenina”: ataviado de mujer, se miraba en el espejo y obtenía una satisfacción
erótica localizada en las zonas supuestamente erógenas del cuerpo de la mujer.

La comparación con el trasvestismo perverso no es sólo en el plano descriptivo. Si


en estos años se había ocupado de esta variante de la estructura perversa, como
una vicisitud del Edipo, relacionada con la identificación a la madre y determinada
por una “insuficiente simbolización de la relación tercera” (Lacan, 1957: 163), el
trasvestismo psicótico de Schreber se presenta como una parte de la solución a la
no inscripción de dicha relación. En otros términos, la frase “a falta de poder ser el

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falo que falta a la madre, le queda la solución de ser la mujer que falta a los
hombres” (Lacan, 2006: 547), quiere decir que la forclusión del Nombre del Padre
es el resorte causal que permite a Lacan explicar la posición feminizada del sujeto
psicótico. En esta idea, que años más tarde va a conceptualizar como el “empuje-
a-la mujer”, se resume su posición crítica frente a los nexos entre homosexualidad
y paranoia que provenían de Freud.

La no inscripción del Nombre del Padre tiene consecuencias, por un lado, en lo


imaginario del cuerpo, produciendo su disolución, y por otro, también, en lo real
del goce. Como ya hemos visto, a diferencia de lo que sucede en la neurosis y en
la perversión -en donde el significante ha separado el cuerpo del goce-, en la
psicosis, la falta de esa operación simbólica da lugar a la irrupción de un goce
desregulado. La práctica pseudo-perversa encuentra aquí su función: provee una
imagen de totalidad allí donde había un cuerpo fragmentado y redistribuye la
economía libidinal, localizando el goce en su interior.

5.3. Soluciones “perversas” al problema de la angustia en la neurosis

5.3.1 Reacciones “perversas” transitorias: el acting out

Al igual que en la psicosis, las consideraciones realizadas acerca de la estructura


perversa y la finalidad de su acto no excluyen la posibilidad de que se presenten
“conductas perversas” también en la neurosis. Es lo que Lacan formaliza con su
concepto de “reacciones perversas transitorias” o “reacciones perversas
paradójicas”. Cabe preguntarnos en tal sentido ¿qué estatuto tienen?

Lacan pone al ruedo, por primera vez, estas nociones en el marco de su primera
enseñanza, específicamente en el Seminario IV y en el escrito “La dirección de la
cura”. Como lo indica Mazzuca, se trata de conductas perversas que se dan en el
marco de una estructura clínica neurótica, como efecto de ciertas coyunturas, es
decir de situaciones muy precisas y que, al cabo de cierto tiempo, se disuelven
cuando desaparecen esas situaciones o cuando se resuelve el conflicto con el que
se articulan.

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Lacan da tres ejemplos de ello. El primero es el de un paciente de la analista Ruth
Lebovici, diagnosticado como una neurosis fóbica, que desarrolla un episodio de
perversión transitoria voyeurista como respuesta a una serie de intervenciones
fallidas de su terapeuta. Se trata de un sujeto que padece una fobia que lo ha
llevado a una vida muy restringida, casi en una completa inactividad. Su síntoma
más manifiesto es el temor a ser demasiado grande, y se presenta siempre en una
actitud física extremadamente encorvada. En cuanto a sus relaciones
profesionales todo se le ha vuelto casi imposible, vive limitado a su medio familiar,
y aunque tiene una amante 15 años mayor, esta fue provista por su madre. Se
destaca que, al comienzo no subsiste un objeto fóbico claramente delineado, pero
que, posteriormente empieza aparecer en un sueño de repetición, bajo la figura de
un hombre con armadura y provisto de tubo de fly tox para matar insectos. Se
revela entonces, que el sujeto, teme ser acorralado y asfixiado por ese hombre en
la oscuridad.

La analista interpreta dicho sueño señalándole al paciente que se trata de la


madre fálica. Ella misma se pregunta si su interpretación fue o no acertada, “lo que
indica que había captado el problema” (Lacan, 1957: 92). En efecto,
inmediatamente después apareció la reacción perversa, que duró tres años y tuvo
dos etapas: en la primera, una fantasía de imaginarse observado en actitud de
orinar por una mujer que, muy excitada, le solicitaba mantener relaciones
sexuales. Luego hubo una inversión de esa posición, y el sujeto, se masturbaba
mientras fantaseaba con una mujer orinando. Finalmente, en una tercera etapa, se
produjo la realización efectiva de la fantasía: encontró en un cine unas ventanitas
que le permitían observar mujeres en el baño mientras él se masturbaba.

La autora se preguntará por el valor de su interpretación en la precipitación de


estos fantasmas en los que se expresa la relación de una mujer con el falo, y
admite haberse puesto ella misma en el lugar de la madre fálica adoptando un
tono de interdicción.

Lacan concluye, en este sentido, que no se trata de una verdadera perversión sino
de un “artefacto”. Y si bien en el Seminario IV le da estatuto de pasaje al acto, en

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“La dirección de la cura” afirma que de lo que se trata es de un acting out. Y esto
es así, efectivamente, en tanto se monta una escena, en la que se llama al Otro -
el analista- para mostrarle algo. Así, la reacción perversa transitoria se
encuadraría dentro del acting out producto de una incorrecta maniobra del
analista, y apuntaría a mostrarle el objeto causa de su deseo, este caso el falo, o
la relación de la mujer con él.

El segundo ejemplo, se refiere a un “exhibicionismo” transitorio, al que


directamente Lacan designa como un acting out, y en donde se expresa “en el
plano imaginario lo que en la situación real se encontraba simbólicamente latente”
(Lacan, 1957: 165). Se trata de un hombre que intenta por primera vez una
relación real con una mujer, pero colocándose en posición de demostrar de lo que
es capaz. Empujado por su analista, lo consigue más o menos bien, gracias a la
ayuda de su partenaire, pero a costa de este, se entregará posteriormente, a una
exhibición muy particular: consistente en mostrar su sexo al paso de un tren
internacional, de modo que nadie pueda pescarlo. Como lo expresa Lacan, “su
exhibicionismo es la expresión en el plano imaginario de algo cuyas repercusiones
simbólicas él mismo no había comprendido del todo, a saber, que era capaz como
cualquier otro de mostrar que podía tener una relación normal” (Lacan, 1957: 165).

El tercer ejemplo es el de un hombre muy pequeño, casado con una mujer muy
gorda. El papel que le tocaba en la pareja era el de una grotesca víctima. Un día
se entera de que va a ser padre, y entonces, se lanza a un parque público y
empieza a mostrar su órgano a un grupo de jovencitas. Lacan lo explica así: “no
hay ninguna otra forma de explicar tal acto sino refiriéndose a ese mecanismo de
desencadenamiento por el cual, algo que está de más en lo real, inasimilable
simbólicamente, hace que se precipite lo que está en el fondo de la relación
simbólica, o sea la equivalencia falo-niño” (Lacan, 1957: 166). A falta de poder
asumir esa paternidad, a falta incluso de creer en ella, ese buen hombre se fue a
enseñar al lugar oportuno el equivalente del niño, es decir, lo que entonces le
quedaba del uso de su falo. Si bien en ese momento de su obra Lacan no cuenta

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con el concepto de objeto a, puede vérselo figurado en eso “inasimilable, lo que
está demás en lo real”, que es lo que se trae a la escena del Otro en el acting out.

En síntesis, no estamos aquí ante verdaderos actos perversos como expresión del
fantasma que apunta a devolver el goce al Otro, sino frente a “ciertas condiciones
de realización artificiales” propiciadas por coyunturas que conmocionan el
fantasma neurótico y traen episódicamente el objeto a a la escena del Otro como
solución al problema de la angustia.

5.4. El “sueño” perverso del neurótico: la pantomima

En el Seminario XVI Lacan destaca que “no por soñar con la perversión se es
perverso (y que) soñar con la perversión, sobre todo cuando se es neurótico,
puede servir para algo completamente distinto” (Lacan, 1969: 233). De esa
manera hace alusión a la función de ciertas fantasías perversas -enlazadas
conscientemente con algunas conductas- que se articulan en el fantasma del
neurótico como modalidad de sostener el deseo.

Introducimos aquí un cuento, formalizado por el analista Daniel Zimmerman con el


título de “Un sueño del neurótico, la perversión”, que ilumina los dichos de Lacan.
El relato en cuestión es el “El desperfecto” (1955) de Friedrich Dürrenmatt , y narra
la historia de Alfredo Traps, un empleado textil de cuarenta años que
circunstancialmente debe pasar la noche en un pueblo ubicado lejos de su casa
debido a una avería en su camioneta. Como no consigue hospedarse en un hotel,
es invitado por un anciano vecino, quien junto a sus amigos lo invitan a participar
de un juego que llamaban “los tribunales”. En este juego, en donde los
octogenarios acostumbraban a recrear sucesos históricos o casos vivenciados en
sus épocas de profesionales, al Sr. Traps le toca el papel del acusado, es decir,
que su participación será la de confesar un delito.

El querellado, que al comienzo se declara inocente de cualquier falta, es llevado


finalmente, a través del interrogatorio, a confesar un crimen. Comienza diciendo
primero que hubo de “vencer” a su jefe para lograr su puesto en la empresa, y que

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para eso “tuvo que ponerle la navaja al cuello” -en “sentido figurado”, aclara-. Y
aunque advierte que el juego de estos ancianos “es despertar sensaciones
siniestras y espeluznantes y que lo que es juego amenaza con volverse realidad”,
no puede sustraerse a la demanda del Otro. Se deja llevar por ella al punto de
admitir el homicidio y sentirse orgulloso de ello. Se pone entonces de inesperado
buen humor, y la idea de haber cometido semejante delito se le torna valiosa y
heroica. Del lado de los vecinos, la “táctica procesal” se revela como perversa en
la medida en que ellos gozan haciendo gozar al sujeto, es decir, tocándolo en su
fantaseado goce sádico y, a través de esa maniobra, se hacen instrumento del
goce del Otro -la justicia a la que defienden y devuelven su plenitud-. En otras
palabras, “sirven a la empresa de que el Otro existe, y colaboran para obturar,
para suplir su falla” (Zimmerman, 1995: 6). Por su parte, el señor Traps -que no es
perverso sino neurótico-, “se sirve del fantasma para evitar la confrontación con la
angustia (y) rebaja su deseo a la demanda, sacrificando su castración a la
garantía del Otro” (Zimmerman, 1995:5). Se muestra así cómo, el titán que ha
liquidado a su rival y -como diría Lacan en el Seminario V-, espera que “el Otro
cuente los tantos”.

Será en este sentido, que podría afirmarse que el Sr. Traps cumple con la premisa
que sitúa Lacan con respecto al uso diferencial del objeto a en la neurosis: “es a
nivel del narcisismo, en su forma caracterizada como captura imaginaria, donde se
presenta para el neurótico, de una manera completamente distinta de lo que
ocurre en el perverso, el problema del objeto a” (Lacan, 1959: 237). El esfuerzo
del protagonista por hacer encajar el componente sádico de su fantasía “en
conjunción con la imagen narcisista” (Lacan, 1969: 237) de su hazaña, contrasta
con la estrategia perversa de sus vecinos, que al hacerse porta-voz de la justicia,
restituyen el objeto al campo del Otro.

La lógica de su juego consiste, entonces, en gozar del cuerpo del Otro, pero no
solo en apariencia. El grupo de ancianos se posicionan de tal forma que
pretendiendo ser los amos, no advierten que en realidad funcionan como meros
instrumentos: se declaran defensores de la justicia, auxilian a la justicia con el solo

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hecho de restituirle aquello que se le escapa. Dicho de otro modo, lo que realizan
no escapa a la estructura perversa: sirven, como mencionamos anteriormente, a la
empresa de que el otro existe, y colaboran para obturar, para suplir, la falla en el
Otro. De este modo, aplicados a la tarea de devolver a la justicia su plenitud,
consagran su existencia a que el Otro goce.

6. Conclusión

Llegamos al final del recorrido. Abordar las diferentes aristas fenomenológicas y


metapsicológicas de la(s) perversión(es) ha sido un desafío por inscribir ese
término en una clínica estructural. En cuanto a su significado, si bien hemos visto
que varía en función de los diferentes contextos de aplicación, el presente escrito
permitió poner de relieve la particular relación de la perversión con el psicoanálisis,
especialmente con los aportes de Freud y de Lacan, para poder, de este modo,
arribar a la delimitación de una estructura subjetiva independiente de la neurosis y
de la psicosis. Para tal fin fue necesario emprender un largo camino histórico, en
el que nos encontramos, por un lado, con el obstáculo de Freud para alcanzar una
noción de perversión como categoría clínica diferenciada, y, por otro lado, con el
esfuerzo superador de Lacan en relación a esta estructura. De su enseñanza
precipitó, como una cristalización química, un concepto claro respecto de la
estructura perversa, resumido en el enunciado “la perversión es la restauración del
a en el campo del A” (Lacan, 1969: 266). Fórmula complementaria de otra que
indica el lugar del sujeto perverso como instrumento del goce del Otro.

A partir de la localización de esa peculiar modalidad de funcionamiento del sujeto -


y de la relación de discontinuidad que la misma establece con la de las otras
estructuras subjetivas-, se hizo posible pensar, en sus diferencias y analogías,
todo un abanico de conductas de apariencia perversa que no responden a la
lógica de la perversión genuina. Se abrió así el debate teórico-clínico sobre las
estabilizaciones pseudo-perversas en la psicosis, sobre las “reacciones perversas”
transitorias en la neurosis o, incluso, sobre ciertos usos de la pantomima. En todos
los casos, el recurso a la formalización de ejemplos clínicos, sirvió para poner en

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tensión la teoría con la práctica y para afianzar de este modo el ejercicio de la
función diagnóstica con miras a la dirección de la cura.

El carácter histórico del derrotero trazado -que más allá de Freud y Lacan se
remonta todavía a la psiquiatría clásica-, no impide que extraigamos
consecuencias que conciernen a la actualidad de esta temática. Como lo señala
Fabián Schejtman, es preciso preguntarnos “qué lugar queda para las
perversiones […] en una época en que el significante amo esta pulverizado”
(Schejtman, 2007: 229), es decir, en donde el discurso capitalista parece promover
un derecho absoluto a cualquier forma de goce. Si es verdad, como dice el autor
que “la fauna” de Krafft-Ebing está “extinta” -ciertamente, es difícil encontrar un
cortador de trenzas o un amante de los pañuelos- no por ello puede afirmarse que
se haya “liquidado” la perversión. Por el contrario, más allá de las características
externas que pueda adoptar de acuerdo a la época, la “perversión [en un sentido
estructural] resta, persevera” (Schejtman, 2007: 245). Sea cual fuere la apariencia
que adquiera, se tratará de saber captar el punto en que un sujeto se hace
instrumento del goce del Otro. Este trabajo ha intentado ir en esa dirección.

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