CARTA PASTORAL DE LOS OBISPOS DEL PARAGUAY
AÑO DEL LAICADO
“Al instante se pusieron en camino para anunciar a Cristo” (Cf. Lc 24, 33-35)
A los sacerdotes y demás ministros de la Iglesia
A los agentes de Pastoral
A los miembros de movimientos, Institutos de Vida Consagrada
y todas las asociaciones de vida cristiana
A los fieles de todas las Diócesis
A quienes se interesan por el caminar de la Iglesia Católica en el Paraguay
Queridos hermanos y hermanas:
Saludo y Paz en Jesucristo, el Señor, que nos alcanza, nos habla y se hace reconocer en el camino de
Emaús (Lc 24,13-35). Iniciamos la tercera parte de este trienio “de los discípulos de Emaús”,
dedicándola al laicado, agradecidos por haber celebrado el Año de la Palabra (2020) y el Año de la
Eucaristía (2021).
1. Introducción
En esta carta nos dirigimos a la Iglesia entera “como pueblo”, recordando las felices palabras del Papa
Francisco en la Evangelii Gaudium, sobre “el gusto espiritual de ser pueblo”. “Laicos” viene en su
origen de una palabra griega que significa “del pueblo”, lo que nos recuerda la definición de la Iglesia
del Vaticano II como Pueblo de Dios, llamado a ser siempre uno en la Comunión.
En efecto, la Constitución Dogmática sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, ha
recordado y madurado nuestra comprensión como Iglesia en la figura del Pueblo de Dios. Este pueblo
de la Nueva Alianza tiene a Cristo como Pastor que reúne a su rebaño, en una vocación universal y
misionera compartida por todos, más allá de las responsabilidades, ministerios y carismas diferentes
que deben velar por la unidad y la plenitud de la vida recibida de Dios. Al referirse a los laicos, el
capítulo cuarto de Lumen Gentium insiste en el compromiso de los laicos, que en su plenitud cristiana
deben buscar e impulsar el Reino de Dios, ocupándose en las realidades temporales según la ley
divina.
La santificación del mundo es misión de todo el pueblo de Dios, conformado por todos, clero,
consagrados y laicos. Cada uno debe contribuir a hacer presente a Cristo según su dignidad y carisma,
expresando juntos la unidad en el Bautismo y viviendo cada uno su vocación de ser, en Cristo,
sacerdote, profeta y rey.
Ser pueblo es vivir “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias” de la humanidad (Cf.
Gaudium et Spes,1). En oposición al individualismo que aísla y anestesia, ser pueblo nos hace más
sensibles y compasivos, con una sana apertura a todos.
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El Año del Laicado se da en coincidencia con un gran tiempo de gracia (Kairós) “un tiempo
favorable” (Cf. 2 Corintios 6,2) para toda la Iglesia. Se trata del acontecimiento de la Asamblea
Eclesial de América Latina y del Caribe y del inicio del Sínodo sobre la Sinodalidad (2021-2023) en
su etapa de escucha y consulta al Pueblo de Dios. Sinodalidad significa “caminar juntos” como Pueblo
de Dios, laicos, pastores, comunidades religiosas, y abierto a todos.
Los bautizados, hijos e hijas de Dios, que van “caminando juntos” en la escucha de la Palabra, el
discernimiento y la misión, expresan la vocación cristiana que nos identifica. La sinodalidad es una
actitud de todo el pueblo que busca la conversión y la renovación mediante una apertura radical en la
escucha y la inclusión de todos. A esto nos llama el Espíritu en este tiempo de gracia.
2. Identidad de los laicos
San Pedro exclama: “Ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece
a Dios, para que proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz
admirable.” (1 Pedro 2,9) Esta mirada contemplativa sobre el Pueblo de Dios es más que una visión
idealizada. Vemos lo que ya está transformando la gracia, lo que proclamamos en cada Bautismo: los
creyentes, sumergidos en las aguas de la vida en Cristo, son sacerdotes, profetas y reyes.
2.1. Los bautizados son sacerdotes
Los fieles ejercen el sacerdocio bautismal a través de su participación, cada uno según su vocación
propia, en la misión de Cristo, “Sumo Sacerdote” (Cf. Hebreos 4,14-16). Unimos en Cristo nuestras
ofrendas, Él las asume en la única ofrenda que salva y santifica, agradable al Padre. El sacerdocio de
los fieles laicos, por el que todos están llamados a dar testimonio de Cristo, se nutre y se expresa en
la participación de los sacramentos. También ejercen su sacerdocio al santificarse en todo lo que hacen
y al ayudar a otros cristianos a ser santos.
2.2. Los bautizados son profetas
En el Bautismo, todos somos consagrados profetas llamados a proclamar la Palabra de Dios, a dar
testimonio público de Jesucristo, a ser promotores de la verdad, de la justicia y del amor, a denunciar
la injusticia y la mentira, a rechazar todo lo que daña a la persona y a la sociedad. Somos profetas
cuando anunciamos con nuestra vida la persona de Jesucristo, cuando somos consecuentes con nuestra
condición de creyentes y vivimos en la verdad, sin temor de dar testimonio desde la fe. Los profetas
encarnan y simbolizan lo que debe cambiar y lo que debe crecer para manifestarse plenamente.
2.3. Los bautizados son reyes
Cristo es Rey y primero en todo, pero como Él mismo lo dijo: “no he venido a ser servido, sino a
servir” (Mt 20, 28). Los cristianos ejercen su realeza sirviendo a Cristo en los hermanos, con la
dignidad que merecen todos. Para el cristiano, reinar es servir como Cristo sirve (Cf. CIC 786). Somos
reyes cuando sabemos dominar y acallar todo aquello que nos aparta de Dios, cuando somos dueños
de nosotros mismos y de las circunstancias que nos rodean. Estamos llamados a encarnar esta
autoridad en el mundo que necesitamos transformar.
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2.4. Los bautizados son fermento en la masa; son sal y luz de los ambientes y estructuras
para la transformación eclesial y social
Los laicos son hombres y mujeres de iglesia en el corazón del mundo y hombres y mujeres del mundo
en el corazón de la Iglesia (Cf. DP, 786 y LG, cap. IV). Los laicos pertenecen al mismo tiempo a la
Iglesia y a la sociedad civil; mediante su presencia en la vida pública, la Iglesia se hace presente en
el mundo.
Esta es la vocación primera del laico: hombres y mujeres que, como Iglesia, viven en el corazón del
mundo, en las familias, las fábricas, el mercado, las chacras, las oficinas, la política, las escuelas, la
economía, el deporte, las comunicaciones. La vocación del laico es santificar el ambiente,
impregnarlo del Evangelio. Por ello es central el no separarse del mundo, sino vivir inserto en él y,
desde él, evangelizar.
Las realidades humanas de todos los tiempos encuentran eco en el corazón de la Iglesia, en su
peregrinación hacia el Reino del Padre (Cf. Gaudium et Spes, 1). La pandemia, la economía mundial,
la educación, la vida de los no nacidos, los abuelos, las nuevas tecnologías, la situación de las
comunidades indígenas, la política nacional, las corrientes de pensamiento, todo hace parte de la vida
en este caminar, todo nos compromete a la edificación del bien, desde la verdad y la caridad.
Por lo tanto, no tengan miedo de patear las calles, de entrar en cada rincón de la sociedad, de llegar
hasta los límites de la ciudad, de tocar las heridas de nuestra gente… esta es la Iglesia de Dios, que se
arremanga para salir al encuentro del otro, sin juzgarlo, sin condenarlo, sino tendiéndole la mano,
para sostenerlo, animarlo o, simplemente, para acompañarlo en su vida. Que el mandato del Señor
resuene siempre en ustedes: “Vayan y prediquen el Evangelio” (Cf. Mt 28,19, Papa Francisco
Congreso de Laicos, Madrid, 2020).
El laico debe aportar al conjunto de la Iglesia su experiencia de participación en los problemas,
desafíos y urgencias de su mundo secular (…) para que la evangelización eclesial arraigue con vigor.
En ese sentido será aporte precioso del laico, por su experiencia de vida, su competencia profesional,
científica y laboral, su inteligencia cristiana, cuanto pueda contribuir para el desarrollo, estudio e
investigación de la enseñanza social de la Iglesia (Cf. Puebla, 795).
3. El compromiso de evangelizar el mundo
La Iglesia en conjunto, como Pueblo de Dios, está comprometida con el Reino, pero especialmente a
los laicos la Iglesia los necesita comprometidos en la santificación del mundo, santificándose en el
mundo. En las cartas pastorales “Saneamiento Moral de la Nación” e “Itaipú, una oportunidad de
diálogo y concertación para el bien común”, como en muchos otros documentos de la CEP hemos
reflexionado a la luz de la fe sobre los desafíos de los bautizados en nuestra realidad nacional. Esa fe
nos anima a seguir anunciando el Evangelio sin desanimarnos y mantener el compromiso de construir
el Reino de Dios.
No debe extrañarnos que estemos signados por la cruz. Si pensamos con criterios puramente humanos,
Cristo, Cabeza de nuestro Pueblo, fracasó, fue abandonado por muchos de los suyos, que prefirieron
a un ladrón y vociferaron que lo crucifiquen. Pero donde todos esperaban ver un final y un derrotado,
reconocieron un victorioso y un nuevo comienzo, por el poder de Dios y no por el poder humano.
Predicamos a un Cristo crucificado por lo que el compromiso del cristiano es vivir crucificado por el
mundo para salvar el mundo (Cf. 1 Corintios 1, 18-26).
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El trigo y la cizaña siguen hasta el final de los tiempos (Mt 13,24-30). Corresponde que cada uno haga
un examen en conciencia, si está comprometido en ser tierra buena (Parábola del Sembrador, Mc 4,1-
9), sostenido en la convicción que solo Cristo tiene palabras de vida eterna (Jn 6,68). Solo siendo
fieles a nuestra fe en Cristo y su Reino, aunque el mundo nos rechace, no fallamos, permaneciendo
en su amor (Cf. Jn 15, 9-11).
La santificación del mundo no se realiza únicamente desde el púlpito, recordando lo que se debe hacer,
sino en el ejercicio de lo que es debido. Cada bautizado debe recordar su compromiso y ser sacerdote,
profeta y rey unido a Cristo en la realidad que le corresponde a su estado de vida.
4. Comunión, participación y misión
Como Pueblo de Dios debemos cuidar la unidad en la fe, en la esperanza y en la caridad y trabajar
juntos, cada uno en su espacio. Clero, consagrados y laicos, caminamos juntos y debemos vivir en ese
espíritu sinodal, dialogando, buscando juntos lo que Dios quiere y haciendo cada uno realidad su
compromiso.
El Espíritu Santo que ha animado el Concilio Vaticano II ha inspirado a la Iglesia en su comprensión
de Pueblo de Dios, “toda la Iglesia aparece como «un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre
y del Hijo y del Espíritu Santo»” (LG 4). Para santificar el mundo la Iglesia debe también santificarse,
viviendo en la verdadera comunión que impulsa la participación de todos en la misión.
El clericalismo y el capillismo nos alejan del sentido pleno de la comunión de la Iglesia, rica en
ministerios y carismas, pero todos al servicio de la única misión. La falta de coherencia, el vivir de
apariencias, la moralina superficial y oportunista, la actitud de infundir miedo y avinagrar la vida, la
reducción de la religión a lo sobrenatural o el uso de medios puramente terrenales, debilitan a la Iglesia
que debe ser fermento, sal de la tierra y luz del mundo. La pereza de hacer bien las cosas, la seducción
de la riqueza, del poder y del placer, la negligencia y la corrupción, son enfermedades que necesitamos
seguir superando a la luz del Evangelio.
La primera Asamblea Eclesial de la Iglesia en América Latina y el Caribe así como el Sínodo de los
Obispos convocado para 2023, son oportunidades que como Iglesia asumimos para una renovación y
un crecimiento, al impulso del Espíritu de Dios.
5. Algunos desafíos pastorales
5.1. Del conocimiento a la experiencia (Discipulado y misión)
Es fundamental que el bautizado tenga conocimiento y experimente en el corazón que Dios ama a
todos con un amor inconmensurable e inefable y que no le basta que seamos sus criaturas, sino que,
por el Bautismo, nos regala y nos comparte su propia vida a través de Jesús por la acción del Espíritu
Santo.
Para que todos los bautizados podamos constituirnos en hijos e hijas de Dios, hermanos y hermanas
de Jesús, debemos ser como Él, imitar su forma de ser y su estilo de vida, configurarnos a Él, ya que
es nuestro modelo y nuestro Maestro. Esa condición de discípulo se verá en la medida en que nuestras
actitudes y comportamientos en los ambientes cotidianos reproduzcan las enseñanzas de Jesús en el
Sermón del Monte.
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Esa experiencia se da a partir del encuentro personal y, a la vez, comunitario con Jesús, pues “no se
comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un
acontecimiento, con una persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación
decisiva”. (DA, 12). En consecuencia, a partir de esa experiencia fundante, configurados como
discípulos-misioneros, salir a comunicar por doquier, por desborde de gratitud y alegría, el don del
encuentro con el resucitado”. No tenemos otro tesoro que este. No tenemos otra dicha ni otra prioridad
que ser instrumentos del Espíritu de Dios, en Iglesia, para que Jesucristo sea encontrado, seguido,
amado, adorado, anunciado y comunicado a todos, no obstante, todas las dificultades y resistencias.
Este es el mejor servicio - ¡su servicio! - que la Iglesia tiene que ofrecer a las personas y naciones”
(Cf. DA, 14)
5.2. Dimensión socio-política
Un nuevo Paraguay necesita de laicos comprometidos con Cristo y su Iglesia, que, desde su
conversión personal a Dios, busca y trabaja por instaurar los valores del Reino de Dios en nuestra
sociedad. Es necesaria esa conversión para que la sociedad paraguaya – con mayoría católica por
sustrato cultural, profundamente devoto de la Virgen María – supere la inequidad social estructural,
los vicios de la corrupción, de la impunidad, del individualismo egoísta, de la codicia que margina,
excluye y mata al prójimo por falta de salud, educación, tierra, techo y trabajo.
Es necesario y urgente el protagonismo de los laicos para que nuestra evangelización sea eficaz, desde
un modelo de Iglesia en salida, misionera, que no teme mezclarse con el mundo para que, desde los
valores del Reino, contribuya a transformar las situaciones de pecado que oprimen a nuestro pueblo:
la corrupción, la inequidad, la violencia silenciosa de la pobreza que excluye y descarta a los más
débiles, niños y ancianos, indígenas y campesinos, jóvenes sin oportunidades ni horizonte para sus
vidas, familias desestructuradas, agresión al medio ambiente, entre otros males que padecemos en el
Paraguay. En estas y otras penosas realidades son partícipes los laicos, sea por acción u omisión. Los
signos de los tiempos actuales nos presentan situaciones preocupantes, donde se señala a nuestro
Pueblo, a los laicos, como afectados y responsables.
Los laicos son la gran mayoría de la Iglesia y es el momento de asumir protagonismo, sentido de
pertenencia y profundizar su formación, comprometidos desde su fe a ser fermento en la masa, sal de
la tierra y luz para la transformación de la sociedad.
Al laicado le toca el compromiso en la administración pública y en la política, así como en todos los
sectores de la vida social, cultural y científica. Como comunidades de base, parroquiales y diocesanas,
nos toca apoyar y acompañar a quienes se comprometen en estos campos, no por el “provecho” que
traigan sino por la vocación que se atreven a asumir.
Invitamos a no esquivar la directa responsabilidad de “transformar las realidades y la creación de
estructuras justas según los criterios del Evangelio” (DA 210). El gran desafío es afrontar la realidad
difícil de la sociedad, cada vez más violenta, desde la fe cristiana de los bautizados en el mundo. La
Doctrina Social de la Iglesia es un instrumento precioso para transformar la política, la economía, la
cultura y la educación, para ser constructores de la justicia y de la paz.
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Nuestra carta pastoral “Itaipú, una oportunidad de diálogo y concertación social para el bien común”,
publicada en marzo de 2021, ofrece líneas de acción, expresadas en forma de “virtudes”. Se trata de
actitudes profundas que deben empapar nuestro compromiso social en todos los campos:
reconciliación, discernimiento, audacia, fraternidad, fidelidad social, perseverancia, servicio,
solidaridad. Llamamos a asumir estos valores dentro de una opción fundamental por el diálogo en el
marco de la búsqueda del bien común.
5.3. Formación permanente:
El laicado reclama formación. Muchas veces, los laicos no se atreven a hacer apostolado por falta
de conocimiento y de formación. La vida comunitaria es el primer espacio de formación; es el ámbito
donde se actualiza la escucha de la Palabra de Dios, se celebran los sacramentos, se producen las
interacciones con los hermanos y se ejercita el servicio de la caridad.
La responsabilidad de formarse continuamente hay que asumirla y realizarla. La Iglesia ofrece ayuda
de formación en varios campos, pero también entra en juego la disponibilidad y el deseo de ser
servidores a la altura de las exigencias que nos plantean los problemas que enfrentan las personas en
la actualidad.
Resulta imperioso aceptar el gran desafío de la formación continua y vigorosa ya que, mediante ella,
se tratará de responder a la vocación del laico, a través de un proceso de avance formativo permanente
como respuesta concreta al llamado que el Señor nos ha regalado. Sin una formación permanente, el
laico corre el riesgo de paralizarse en su caminar eclesial; la formación debe ser integral; es preciso
considerar las dimensiones humana y espiritual, teológica y pastoral, teórica y práctica (Cf. DA, cap.
6).
Se trata de una formación integral que ayude a ser una persona madura en todas sus dimensiones
(intelectual, afectiva, espiritual, social, pastoral). Esta formación no debe ser ocasional sino
programada y sistemática. Debe asumir todos los desafíos del mundo actual, de nuestra sociedad
paraguaya y ofrecer respuestas adecuadas, para poder “dar razón de su fe” (1 Pedro 3,15). Esa
formación debe:
• Dar bases humanas fundamentales que permitan la integración personal y social: salud,
afectividad, sexualidad, ética, comunicaciones, vida política, entre otros.
• Alimentar la vida interior, la oración, la escucha de la Palabra, la espiritualidad.
• Tener una fuerte dimensión ética orientadora en los ámbitos donde los bautizados viven y
trabajan.
• Capacitar para generar un nuevo estilo de vida en la economía, en la política, en las relaciones
humanas, en las artes, en las ciencias, en los medios de comunicación.
• Capacitar para participar de los procesos de planeación, decisión, ejecución y evaluación de la
práctica pastoral y de las directrices de la acción evangelizadora en las instancias eclesiales en
las que participa.
• Instruir en la fe y en la teología. La teología no es solo para el clero y algunos especialistas;
mediante ella se profundiza la contemplación del misterio de Dios y su creación.
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5.4. La familia
La transformación social según los valores del Evangelio comienza con la conversión personal y con
una vida ejemplar en el seno de la propia familia, Iglesia doméstica y núcleo fundamental de la
sociedad.
El primer lugar para la misión es la familia, tan golpeada, tan amenazada por tantos factores internos
y externos que requieren un compromiso y una fe sólida.
En esta cultura global materialista y consumista, los laicos están llamados al discernimiento en la
verdad sobre la vida, la familia y la sexualidad humana. Las familias convocadas en la promoción de
la vida y de la dignidad humana ayudan a fortalecer la unidad, la educación en los valores, la fidelidad
matrimonial y el respeto irrestricto de la persona. Las familias son la escuela de la solidaridad y del
amor que celebra la vida.
El pueblo fiel recuerda que “el bienestar de la persona y de la sociedad humana y cristiana está
estrechamente ligado a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar” (Gaudium et Spes, 47).
Sufrimos ataques y rechazo a la voz de la Iglesia sobre la naturaleza misma de la familia y el
matrimonio como unión entre un hombre y una mujer, sobre su indisolubilidad, el amor conyugal fiel
y fecundo y la apertura a la vida. Estas verdades que profesamos nos recuerdan a una voz que “grita
en el desierto” que, aunque no sea escuchada por algunos sectores, es necesario seguir proclamando
y encarnando.
Asimismo, debemos considerar e impulsar las maneras o formas de acoger, acompañar, e integrar a
las familias actuales en sus propias realidades, como expresión de misericordia, cercanía y ternura, al
modo de Dios. (Francisco, Amoris Laetitia).
5.5. Abrazar el Sínodo
El Año del Laicado debe asumir, acompañar y participar activamente en las fases diocesana y nacional
del Sínodo 2021-2023 “Por una Iglesia Sinodal: Comunión – Participación – Misión. En este proceso
se nos invita a “caminar juntos” en escucha mutua, discernimiento y participación.
La finalidad del Sínodo es “hacer germinar sueños, suscitar profecías y visiones, hacer florecer la
esperanza, estimular la confianza, vendar heridas, tejer relaciones nuevas, aprender unos de otros,
construir puentes, iluminar mentes, calentar corazones. Devolver fuerza a las manos” (Cf. Doc.
Preparatorio, 32). Es una oportunidad única para iniciar nuevos procesos y fortalecer antiguos para
una mejor participación, comunión y misión; con una mejor comunicación entre todos: clero,
consagrados y laicos; con un mayor sentido de Pueblo de Dios.
Esta participación plena nos permitirá ahondar objetivos específicos del Año del Laicado. Los ejes
temáticos propuestos por el Documento Preparatorio del Sínodo nos invitan a una conversación y una
formación sobre aspectos fundamentales del vivir y caminar juntos como pueblo: reconocer nuestros
“compañeros y compañeras de camino”; escuchar, dialogar en la Iglesia, en la sociedad, con otras
confesiones y religiones; dejar que la Palabra nos inspire en nuestras acciones; soñar y realizar juntos
proyectos misioneros, entre otros. La Iglesia auténticamente sinodal es siempre fiel a Cristo,
buscando el bien de la evangelización, del anuncio renovado y permanente de la Buena Nueva.
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6. Conclusión
Los cristianos que Cristo necesita para nuestra realidad hoy deben encarnar valores y destacar virtudes
que contribuyen a la comunión, al diálogo, a la fraternidad, al bien y a la casa común (Cf. Carta
pastoral sobre Itaipú, p. 30). En este sentido, los obispos tenemos la tarea de seguir acompañando al
interior de la Iglesia y en la sociedad paraguaya la formación de cristianos comprometidos y
ciudadanos de bien, que asumen con alegría el desafío de ser discípulos misioneros del Señor para
que nuestro pueblo tenga vida en Él y la tenga en abundancia (Jn 10,10).
Hermanas y hermanos laicos, junto con el Papa Francisco, les invitamos a que no queden indiferentes
a las cosas públicas, ni replegados dentro de los templos, ni que esperen las directivas y consignas
eclesiásticas para luchar por la justicia, por formas de vida más humanas para todos.
Laicos católicos, sean discípulos misioneros del Señor. Vayan y anuncien la Buena Nueva a nuestro
pueblo; transformen su familia, su lugar de trabajo; participen en la vida pública, en las organizaciones
vecinales, en su partido político, en las cooperativas… sean fermento en la masa; iluminen con el
testimonio de su vida las sombras del pecado que amenazan la dignidad de los más pequeños, de los
pobres, de los vulnerables de nuestra sociedad.
Les alentamos a que asuman su compromiso bautismal siendo fermento del Evangelio, y que en sus
decisiones y en sus actos en el ámbito de su competencia reflejen los valores del Reino de Dios. Les
invitamos a conocer y dejarse guiar por la Doctrina Social de la Iglesia, que les ayudará a construir
su fe sobre roca firme.
Recordemos el compromiso que hicimos en nuestro Bautismo: Decir no al pecado y vivir como
auténticos hijos de Dios. El Catecismo de la Iglesia Católica, citando a San León Magno, expresa:
“cristiano, reconoce tu dignidad. Puesto que ahora participas de la naturaleza divina, no degeneres
volviendo a la bajeza de tu vida pasada. Recuerda a qué Cabeza perteneces y de qué Cuerpo eres
miembro. Acuérdate de que has sido arrancado del poder de las tinieblas para ser trasladado a la luz
del Reino de Dios”. (CIC 1691).
Ponemos el Año del Laicado bajo la protección de nuestra Madre Santísima, la Virgen de los Milagros
de Caacupé. Pedimos la intercesión de San Roque González de Santa Cruz y de la Beata María Felicia
de Jesús Sacramentado, Chiquitunga.
Que Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, en su infinita Misericordia, nos bendigan y acompañen.
26 de diciembre de 2021, Fiesta de la Sagrada Familia.
Los Obispos del Paraguay