17/07/13 Clara Campoamor
Discurso de Clara Campoamor
ante las Cortes el 1 de octubre de 1931, donde quedaría
aprobado el voto femenino en España
Señores diputados: lejos yo de censurar ni de atacar las manifestaciones de mi colega,
señorita Kent, comprendo, por el contrario, la tortura de su espíritu al haberse visto hoy en
trance de negar la capacidad inicial de la mujer. Creo que por su pensamiento ha debido de
pasar, en alguna forma, la amarga frase de Anatole France cuando nos habla de aquellos
socialistas que, forzados por la necesidad, iban al Parlamento a legislar contra los suyos.
Respecto a la serie de afirmaciones que se han hecho esta tarde contra el voto de la mujer, he
de decir, con toda la consideración necesaria, que no están apoyadas en la realidad.
Tomemos al azar algunas de ellas. ¿Que cuándo las mujeres se han levantado para protestar
de la guerra de Marruecos? Primero: ¿y por qué no los hombres? Segundo: ¿quién protestó y
se levantó en Zaragoza cuando la guerra de Cuba más que las mujeres? ¿Quién nutrió la
manifestación pro responsabilidades del Ateneo, con motivo del desastre de Annual, más que
las mujeres, que iban en mayor número que los hombres?
¡Las mujeres! ¿Cómo puede decirse que cuando las mujeres den señales de vida por la
República se les concederá como premio el derecho a votar? ¿Es que no han luchado las
mujeres por la República? ¿Es que al hablar con elogio de las mujeres obreras y de las
mujeres universitarias no está cantando su capacidad? Además, al hablar de las mujeres
obreras y universitarias, ¿se va a ignorar a todas las que no pertenecen a una clase ni a la
otra? ¿No sufren éstas las consecuencias de la legislación? ¿No pagan los impuestos para
sostener al Estado en la misma forma que las otras y que los varones? ¿No refluye sobre ellas
toda la consecuencia de la legislación que se elabora aquí para los dos sexos, pero solamente
dirigida y matizada por uno? ¿Cómo puede decirse que la mujer no ha luchado y que necesita
una época, largos años de República, para demostrar su capacidad? Y ¿por qué no los
hombres? ¿Por qué el hombre, al advenimiento de la República, ha de tener sus derechos y
han de ponerse en un lazareto los de la mujer?
Pero, además, señores diputados, los que votasteis por la República, y a quienes os votaron
los republicanos, meditad un momento y decid si habéis votado solos, si os votaron sólo los
hombres. ¿Ha estado ausente del voto la mujer? Pues entonces, si afirmáis que la mujer no
influye para nada en la vida política del hombre, estáis –fijaos bien– afirmando su
personalidad, afirmando la resistencia a acatarlos. ¿Y es en nombre de esa personalidad, que
con vuestra repulsa reconocéis y declaráis, por lo que cerráis las puertas a la mujer en materia
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electoral? ¿Es que tenéis derecho a hacer eso? No; tenéis el derecho que os ha dado la ley, la
ley que hicisteis vosotros, pero no tenéis el derecho natural fundamental, que se basa en el
respeto a todo ser humano, y lo que hacéis es detentar un poder; dejad que la mujer se
manifieste y veréis como ese poder no podéis seguir detentándolo.
No se trata aquí esta cuestión desde el punto de vista del principio, que harto claro está, y en
vuestras conciencias repercute, que es un problema de ética, de pura ética reconocer a la
mujer, ser humano, todos sus derechos, porque ya desde Fitche, en 1796, se ha aceptado, en
principio también, el postulado de que sólo aquel que no considere a la mujer un ser humano
es capaz de afirmar que todos los derechos del hombre y del ciudadano no deben ser los
mismos para la mujer que para el hombre. Y en el Parlamento francés, en 1848, Victor
Considerant se levantó para decir que una Constitución que concede el voto al mendigo, al
doméstico y al analfabeto –que en España existe– no puede negárselo a la mujer. No es
desde el punto de vista del principio, es desde el temor que aquí se ha expuesto, fuera del
ámbito del principio –cosa dolorosa para un abogado–, como se puede venir a discutir el
derecho de la mujer a que sea reconocido en la Constitución el de sufragio. Y desde el punto
de vista práctico, utilitario, ¿de qué acusáis a la mujer? ¿Es de ignorancia? Pues yo no puedo,
por enojosas que sean las estadísticas, dejar de referirme a un estudio del señor Luzuriaga
acerca del analfabetismo en España.
Hace él un estudio cíclico desde 1868 hasta el año 1910, nada más, porque las estadísticas
van muy lentamente y no hay en España otras. ¿Y sabéis lo que dice esa estadística? Pues
dice que, tomando los números globales en el ciclo de 1860 a 1910, se observa que mientras
el número total de analfabetos varones, lejos de disminuir, ha aumentado en 73.082, el de la
mujer analfabeta ha disminuido en 48.098; y refiriéndose a la proporcionalidad del
analfabetismo en la población global, la disminución en los varones es sólo de 12,7 por cien,
en tanto que en las hembras es del 20,2 por cien. Esto quiere decir simplemente que la
disminución del analfabetismo es más rápida en las mujeres que en los hombres y que de
continuar ese proceso de disminución en los dos sexos, no sólo llegarán a alcanzar las
mujeres el grado de cultura elemental de los hombres, sino que lo sobrepasarán. Eso en 1910.
Y desde 1910 ha seguido la curva ascendente, y la mujer, hoy día, es menos analfabeta que el
varón. No es, pues, desde el punto de vista de la ignorancia desde el que se puede negar a la
mujer la entrada en la obtención de este derecho.
Otra cosa, además, al varón que ha de votar. No olvidéis que no sois hijos de varón tan sólo,
sino que se reúne en vosotros el producto de los dos sexos. En ausencia mía y leyendo el
diario de sesiones, pude ver en él que un doctor hablaba aquí de que no había ecuación
posible y, con espíritu heredado de Moebius y Aristóteles, declaraba la incapacidad de la
mujer.
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A eso, un solo argumento: aunque no queráis y si por acaso admitís la incapacidad femenina,
votáis con la mitad de vuestro ser incapaz. Yo y todas las mujeres a quienes represento
queremos votar con nuestra mitad masculina, porque no hay degeneración de sexos, porque
todos somos hijos de hombre y mujer y recibimos por igual las dos partes de nuestro ser,
argumento que han desarrollado los biólogos. Somos producto de dos seres; no hay
incapacidad posible de vosotros a mí, ni de mí a vosotros.
Desconocer esto es negar la realidad evidente. Negadlo si queréis; sois libres de ello, pero
sólo en virtud de un derecho que habéis (perdonadme la palabra, que digo sólo por su claridad
y no con espíritu agresivo) detentado, porque os disteis a vosotros mismos las leyes; pero no
porque tengáis un derecho natural para poner al margen a la mujer.
Yo, señores diputados, me siento ciudadano antes que mujer, y considero que sería un
profundo error político dejar a la mujer al margen de ese derecho, a la mujer que espera y
confía en vosotros; a la mujer que, como ocurrió con otras fuerzas nuevas en la revolución
francesa, será indiscutiblemente una nueva fuerza que se incorpora al derecho y no hay sino
que empujarla a que siga su camino.
No dejéis a la mujer que, si es regresiva, piense que su esperanza estuvo en la dictadura; no
dejéis a la mujer que piense, si es avanzada, que su esperanza de igualdad está en el
comunismo. No cometáis, señores diputados, ese error político de gravísimas consecuencias.
Salváis a la República, ayudáis a la República atrayéndoos y sumándoos esa fuerza que
espera ansiosa el momento de su redención.
Cada uno habla en virtud de una experiencia y yo os hablo en nombre de la mía propia. Yo soy
diputado por la provincia de Madrid; la he recorrido, no sólo en cumplimiento de mi deber, sino
por cariño, y muchas veces, siempre, he visto que a los actos públicos acudía una concurrencia
femenina muy superior a la masculina, y he visto en los ojos de esas mujeres la esperanza de
redención, he visto el deseo de ayudar a la República, he visto la pasión y la emoción que
ponen en sus ideales. La mujer española espera hoy de la República la redención suya y la
redención del hijo. No cometáis un error histórico que no tendréis nunca bastante tiempo para
llorar; que no tendréis nunca bastante tiempo para llorar al dejar al margen de la República a la
mujer, que representa una fuerza nueva, una fuerza joven; que ha sido simpatía y apoyo para
los hombres que estaban en las cárceles; que ha sufrido en muchos casos como vosotros
mismos, y que está anhelante, aplicándose a sí misma la frase de Humboldt de que la única
manera de madurarse para el ejercicio de la libertad y de hacerla accesible a todos es
caminar dentro de ella.
Señores diputados, he pronunciado mis últimas palabras en este debate. Perdonadme si os
molesté, considero que es mi convicción la que habla; que ante un ideal lo defendería hasta la
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muerte; que pondría, como dije ayer, la cabeza y el corazón en el platillo de la balanza, de igual
modo Breno colocó su espada, para que se inclinara en favor del voto de la mujer, y que
además sigo pensando, y no por vanidad, sino por íntima convicción, que nadie como yo sirve
en estos momentos a la República española.
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