LITERATURA DEL SIGLO XIX
“Dinero y literatura en el Siglo XIX”
Trabajo final
Docente: Sverdloff, Mariano
Alumno: Podhorcer, Sacha
DNI/LU: 35.268.791
Consigna
2. “Nana, en el espacio de algunos meses, los devoró glotonamente a unos después de otros.”
Explique de qué modo la figura de la femme fatale se conecta en Naná con el tópico de la
ruina económica. Incluya en su argumentación el análisis de, al menos, dos escenas.
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En Las hijas de Lilith, Erika Bornay elabora una caracterización de la figura de la femme
fatale mediante la recopilación de los principales rasgos a los que fue asociada desde su
aparición en las esferas literarias y pictóricas auropeas a partir de la segunda mitad del siglo
XIX. Entre los rostros que recibió esa figura, Bornay rastrea las siguientes nominaciones: "La
deidad simbólica de la indestructible Lujuria, la diosa de la inmortal Histeria (...), la Belleza
maldita (...); la Bestia monstruosa, indiferente, irresponsable, insensible, que envenena, lo
mismo que la Helena antigua, a cuanto se aproxima a ella, cuanto la ve, cuanto ella toca".
Además, la femme fatale "rompe la energía y disuelve la voluntad de un rey con meneos de
senos, sacudidas de vientre y estremecimientos de muslos" (1995: 113). Y entre sus atributos
físicos, presenta una "cabellera larga y abundante, y, en muchas ocasiones, rojiza", su piel es
blanca y posee un aspecto “en el que han en encarnarse todos los vicios, todas las
voluptuosidades y todas las seducciones" y exhala un vaho, que "como el de una bestia con
celo”1, lo contamina todo. En suma, la femme fatale es dueña de una sexualidad "lujuriosa y
felina, es decir, animal" (1995: 115) que hace de ella "un ídolo” más “que un ser humano
real" (1995: 116).
La Naná de Émile Zola parece encarnar, punto por punto, cada una de estos atributos de la
femme fataIe. Basta imaginarla en la lujosa cama que se hace elaborar personalmente para
recibir allí a sus múltiples amantes: “Una cama como jamás existiera: un trono, un ara donde
París entero vendría a adorar su desnudez soberana” (2019: 449)2. Allí, en ese altar en la que
aparece ella misma transmutada en la diosa Noche -“una estatuilla de plata, símbolo de las
tibias voluptuosidades de plata” (2019: 457)-, en ese “trono lo suficientemente amplio para
que pudiese extender sobre él la majestad de sus miembros desnudos (...), digna de la
omnipotencia de su sexo (...), en una religiosa impudicia de ídolo temido” (2019: 485). Basta
recordar, también, el modo en qué posee al conde Muffat “con el despotismo celoso de un
Dios colérico, aterrorizándole, dándole segundos de goce agudos como espasmos, a cambio
de horas de atroces tormentos, de visiones de infierno y de eternos suplicios” (2019: 481).
Sólo un elemento queda pendiente para completar al conjunto de atributos que constituyen a
esta poderosa figura, y es su asociación con ese otro poder, también soberano, también
terrible, que es el dinero.
1
Para esta caracterización, Bornay remite, justamente, a un pasaje de Naná.
2
“El lecho costaría cincuenta mil francos y Muffat le haría este regalo de aguinaldo” (2019: 449).
1
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En la medida en que podemos afirmar que el principal objeto de Naná es la tematización del
vínculo entre sexualidad y dinero, vínculo sobre el cual se sostiene, en parte, la narrativa de la
decadencia moral francesa, es posible realizar un análisis de la figura de Naná que, en tanto
femme fatale prostituta, signifique alegóricamente los procesos de feminización de la
sociedad, la política y la economía francesas que desencadenarían, bajo el imaginario
decadentista, la caída del Segundo Imperio. En efecto, a lo largo de cada uno de los capítulos
de la novela veremos desplegarse distintos modos en los que la articulación entre sexualidad
y dinero propician instancias de ruina económica para la propia protagonista de la historia,
para sus amantes y familias, y para París y la nación francesa en su conjunto. La terrible
figura de la femme fatale, entonces, se resignifica en el personaje de Naná quien, a partir de
su avidez de consumo y dinero, arruina a los hombres atacando sus bolsillos.
Ahora bien, para dar cuenta del modo en qué la figura de la femme fatale se conecta en Naná
con el tópico de la ruina económica, es necesario comprender el carácter ambivalente que
presenta el dinero en la novela. Ambivalencia que encuentra su origen en el imaginario
misógino francés de la segunda mitad del siglo XIX y que puede ser rastreada a través de las
distintas narrativas de la decadencia que imperaban en el pensamiento de la época. Dos
conceptualizaciones del dinero se desprenden de este imaginario: por un lado tenemos un
dinero asociado al trabajo y el raciocinio, un dinero viril, masculino, productivo. En las
antípodas de esta concepción se encuentra el dinero asociado al goce, al despilfarro y a la
sexualidad. Es el dinero de la aristocracia, el de la acumulación y la herencia; un dinero
improductivo que no procede del trabajo, o bien, un dinero que proviene de la especulación
financiera y del juego. Esta segunda concepción del dinero aparece connotado como
femenino, supone una pérdida de la virilidad en los términos de su adquisición y
administración.
La figura de la femme fatale que encarna Naná, entonces, debe comprenderse en relación a
estas narrativas que explican la decadencia francesa como un efecto de la feminización de la
economía. Lo que constituye la letalidad de Naná, en otras palabras, es su carácter de
‘devoradora de fortunas’. A un dinero que ya se encuentra feminizado desde su origen por la
especulación, la improductividad y la acumulación3, el contacto con la prostituta le ofrece el
golpe de gracia que termina por arrastrar a sus propietarios -y, expansivamente, a la sociedad
3
Tanto Steiner como Vaundeuvre personifican este tipo de relación especulativa e improductiva con el
dinero; el primero como financista, el segundo como ludópata. En ambos casos, el dinero no tiene
fundamento sobre el trabajo por lo que conduce necesariamente a la quiebra, a la ruina económica.
2
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en general- a la ruina económica. La novela, en este sentido, no hace más que literalizar el
prejuicio del dinero feminizando presentando a la mujer como la destrucción de la herencia,
del capital acumulado o conseguido por medios especulativos. La mujer representa la
imposibilidad de la capitalización, de la conservación de la riqueza; es el goce del despilfarro
irracional y de la destrucción. Un ejemplo de ello podemos encontrar en el Capítulo XIII, la
de la glotonería insaciable de Naná encuentra uno de sus puntos más altos luego de haber
propiciado el derrumbe de la herencia del conde Muffat:.
Este fue el periodo de su existencia en el que la muchacha iluminó a todo París
con un redoble de esplendor. Fue el más prepotente en el horizonte del vicio,
dominando la villa con la insolente ostentación de su lujo, de su desprecio por el
dinero, que la llevaba a derretir públicamente las fortunas. En su palacete parecía
haber un resplandor de fragua. Sus incesantes caprichos ardían allí, el más leve
soplo de sus labios trocaba el oro en finísima ceniza, que el viento barría a todas
horas. Nunca se había visto un frenesí de derroche semejante. El hotelito parecía
edificado sobre una sima donde se hundían, sin dejar la huella del menor polvo,
los hombres con su hacienda, sus cuerpos y hasta sus nombres. (2019: 447)
A su vez, al mismo tiempo en que la novela exige pensar la virilidad/feminidad del dinero en
consonancia con su productividad e improductividad, la propia sexualidad se hace eco de esta
misma polaridad en tanto adquiere valor en función a su rendimiento en términos de
parentesco. Tal como indica Niklas Bender, “Nana representa, pues, el costado infértil y -lo
veremos- destructor de la sexualidad, el reverso de la creación”, ya que “A pesar de sus
actividades sexuales, la cortesana rara vez queda encinta” (2010: 8). Este carácter destructor
de la su sexualidad se manifiesta claramente cuando Naná vuelve a quedar embarazada,
Y no salía de su sorpresa, como si sintiese que tenía trastornado el sexo: ¿o sea,
que eso seguía fabricando niños, aun cuando ella ya no lo deseaba, y lo empleaba
para otros menesteres? La exasperaba la naturaleza, esa maternidad grave que se
elevaba en medio de su placer, esa vida dada en medio de todas las muertes que
sembraba a su alrededor. (2019: 419)
Más aún, la improductividad de su sexo se revela también en la debilidad estructural de “su
único hijo, «enfermo», con «sangre pobre» y destinado a morir joven” (Bender, 8); cuya
cercanía, por cierto, termina provocando la muerte de la progenitora. De este modo, en
oposición a la sexualidad institucionalizada mediante el matirmonio, productiva por
heterosexual y monógama, tanto la promiscuidad como las instancias de homosexualidad de
Naná se manifiestan también como escenas de despilfarro sensual sin fin reproductivo,
cuando no directamente destructivo. En esta línea puede leerse la hospitalización de Satin, de
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quien se insinúa que podría haber terminado ahí como consecuencia de sus relaciones
lésbicas: “Se incomodó muchísimo al enterarse de la enfermedad de Satin, que había
desaparecido quince días antes, y se estaba muriendo en el Lariboisière, debido al estado en
que la había dejado la señora Robert” (2019: 491 y 492)4.
El carácter feminizado del dinero y de los objetos que con él se obtienen se materializa en
Naná a través de su asociación a distintas imágenes sensoriales. Basta remitirnos al Capítulo
II de la novela, cuando el tema del dinero manifiesta su centralidad en relación a los
compromisos económicos que urgen a nuestra protagonista. En las primeras páginas del
capítulo se habla de un cliente regular de Naná, un “supuesto conde” asiduo de prostitutas y
de profesión dudosa, cuyo dinero tenía “un extraño olor” (2019: 36). Si la mayor parte de los
espacios que habita Naná adquieren un olor orgánico ligado tanto a la podredumbre y al calor,
como al aroma de los animales en celo -imágenes que enfatizan la sexualización de los
espacios5-, debemos considerar, análogamente, al ‘extraño olor’ del dinero como una forma
de feminización del mismo. Este dinero es, desde su origen, improductivo y, por lo mismo,
está destinado al derroche. A su vez, si retomamos la caracterización realizada por Bornay, la
pestilencia de la femme fatale es una de armas de atracción fatal que estas figuras utilizan
contra sus víctimas:
(...) en medio de aquel olor tan fuerte y agradable todo su ser se revelaba; la lenta
posesión que Naná le invadía desde hacía algún tiempo le aterraba, recordándole
sus lecturas piadosas, las obsesiones diabólicas que habían mecido su infancia. Él
creía en el demonio. Naná, confusamente, era para él el diablo, con sus risas, con
su pecho y su grupa, henchidos de vicios. (...) Cuando cerró el ojo derecho y se
pasó el pincel, comprendió Muffat que era su esclavo. (2019: 161,162. Las
cursivas son propias).
Sexualidad improductiva y dinero feminizado se encuentran sujetos a una lógica de la pulsión
sexual que, al igual que la fragancia que nuestra protagonista, arrastra a los hombres al
derroche, la autodestrucción y el derrumbe económico, y a ella misma a la avidez insaciable,
al deseo irrefrenable de devorarlo todo. En este sentido, la necesidad de consumo de Naná se
configura como una pulsión que va de objeto a objeto en la búsqueda de una satisfacción tan
instantánea como irrefrenable:
4
Aunque el texto no lo explicita, cabe tener en cuenta la preocupante expansión de la sífilis y otras
enfermedades de transmisión sexual en la época, en parte debido a una mayor expansión del mercado
sexual.
5
“Fijos los ojos en el vacío, pensando en un ramillete de nardos que en otro tiempo se marchitó en su
alcoba, y cuyas emanaciones le tuvieron al borde de la muerte. Cuando los nardos se descomponen,
exhalan un olor humano” (2019: 153).
4
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(...) vestidos de diez mil francos, puestos un par de veces y vendidos por Zoé,
alhajas que desaparecían como desmigadas en el fondo de los cajones; compras
estúpidas, las novedades de hoy olvidadas mañana por los rincones y barridas a la
calle. La joven no podía ver un objeto de elevado precio sin desearlo enseguida, y
así formaba a su alrededor un continuo desastre de flores, chucherías costosas,
sintiéndose tanto más dichosa cuanto más caro valiese su capricho de una hora.
Nada duraba en sus manos: todo lo rompía, todo se marchitaba, todo se manchaba
entre sus blancos deditos (...) (2019: 448. Las cursivas son propia)
En paralelo, la pulsión sexual de estos personajes masculinos los vuelve unos autómatas sin
capacidad de control, como si ella fuera una influencia tanática capaz de arrastrarlos a todos a
la autodestrucción. En palabras de Bender, aunque las víctimas de Naná son “parcialmente
conscientes de la ruina que padecen y del efecto nefasto de su pasión para la sociedad; esto
no impide que se precipiten sobre Naná, atraídos irresistiblemente, obedeciendo a la «locura
de la carne»(...). El hombre es aquí la marioneta de sus instintos, no puede más que obedecer”
(2010: 20). Estos personajes quedan sometidos a la influencia de Naná, se transforman en
sujetos de deseo que, incapaces de rebelarse, quedan reducidos al rol del espectador
impotente de su propia ruina económica y moral e, incluso, comienzan a encontrar placer
sexual en él:
Otras veces, le obligaba a hacer de perrito. Le tiraba su pañuelo perfumado al
extremo de la habitación, y él tenía que correr a recogerlo con los dientes,
arrastrándose sobre las manos y las rodillas. (...) Y a él le gustaba la bajeza, y
gozaba sintiéndose animal. Quería rebajarse más, y decía:
—¡Dame más fuerte!... ¡Guau, Guau! ¡Estoy rabioso, pégame! (2019: 483)6
Para finalizar, cabe enfatizar el modo en qué Naná, en su carácter de femme fatale devoradora
de fortunas, trasciende la aniquilación de los hombres para transformarse en una alegoría de
la aniquilación nacional. Sobre ello, Bender indica que, en nuestra protagonista, “la necesidad
de goce [se presenta] como motor del ascenso social, un apetito que se parece a una
necesidad nutricional” (2010: 7). Esta afirmación nos ofrece un nexo para interpretar el
carácter desclasado de Naná, su capacidad para atravesar y arruinar todas las clases sociales7,
6
Caben destacar las similitudes entre este tipo de escenas y ciertas prácticas comprendidas bajo las
siglas BDSM (bondage, disciplina, dominación, sumisión, sadismo y masoquismo) en las que las
dinámicas amo/esclavo, bajo sus múltiples interpretaciones, son una de las más comunes. Aunque en
el mundo BDSM tienden a establecerse ciertos consensos y contratos para la regulación del juego
erótico, no deja de ser productivo un análisis de la novela en estos términos.
7
Si bien, al principio de la novela, es Naná quien quiere parecerse a la burguesía, estos se invierte por
completo en los últimos capítulos: “Las duquesas se la mostraban en una mirada, y las burguesas
enriquecidas le copiaban los sombreros (...) a veces, su landó, para pasar, detenía a una fila de
soberbios carruajes: financieros que podían disponer de Europa a su antojo, ministros cuyas poderosas
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en relación a la narrativa de la decadencia del Segundo Imperio8. La crónica por Fauchery,
“La mosca de oro”, resulta significativa en este sentido:
Con ella, la podredumbre que se dejaba fermentar en el pueblo subía y corrompía
la aristocracia. Venía a ser como una fuerza de la naturaleza, una levadura de
destrucción, sin quererlo ella misma, corrompiendo y desorganizando a París entre
sus muslos de nieve (...) (2019: 235)
Más aún, debemos considerar en esta línea las distintas figuraciones e imágenes de la grieta,
verdadero leitmotiv recurrente en toda la novela, que se presentan desde su inicio para
ampliarse, capítulo a capítulo, hasta el momento en que arrasa con la propia ciudad:
(...) la imagen parte de la grieta originaria, que lleva a los derrumbes, provoca la
caída de las parejas, luego la de las casas e implica finalmente la destrucción
urbana. (...) En el plano simbólico, la novela desarrolla los pasos intermedios
entre la grieta hereditaria de Naná y la catástrofe nacional. (2010: 22)
Es decir, el personaje de Naná se termina configurando como el resultado de la decadencia
moral y social del Segundo Imperio, cuya mala administración económico-política arrastra al
pueblo hacia el hambre, la miseria y el vicio. De la ‘grieta originaria’ surge la mosca de oro,
“retoño de cuatro o cinco generaciones de borrachos, de sangre viciada por una larga herencia
de miseria y de embriaguez” (2019: 234), y a su paso va ampliando más y más la grieta hasta
transformarla en un abismo capaz de devorar la nación entera9.
Bibliografía
Bender, Niklas. “Nana”, traducción de Emilio Bernini y Alfonso Capisciolto. [“Nana”, en La
lutte des paradigmes. La littérature entre histoire, biologie et médecine (Flaubert, Zola,
Fontane), 237-300. Amsterdam-New York: Rodopi, 2010].
Bornay, Erika. “Definición del concepto de «femme fatale». Principales rasgos que la
distinguen” y “Cortesanas y prostitutas o la ausencia de disfraz”, en Las hijas de Lilith.
Madrid: Ediciones Cátedra, 1995.
Zola, Èmile. Naná. Madrid: Alianza Editorial, 2090.
manos tenían sujeta a Francia (...) ella añadía la pincelada demente de su desenfreno, como si fuera la
mera gloria y el goce supremo de una nación” (2019: 470).
8
Cabe mencionar que Naná apoya al Segundo Imperio y su afinidad al derroche y el despilfarro debe
ser comprendida en relación a la decadencia que representa el mismo.
9
“La falta se vuelve contra las élites, Nana daña el reino del Segundo Imperio de manera dialéctica,
llevando al extremo la lógica del goce egoísta propia de sus representantes” (2010: 22).