Theoría: Filosofía y Crítica
Theoría: Filosofía y Crítica
El contenido de los artículos es responsabilidad de los autores y no refleja el punto de vista de la revis-
ta ni el de la unam. Se autoriza cualquier reproducción parcial o total de los contenidos de la revista,
siempre y cuando sea sin fines de lucro o para usos estrictamente académicos, citando la fuente sin
alteración del contenido y dando los créditos de autor correspondientes. Para otro tipo de reproduc-
ción, escribir a «[email protected]». Theoría. Revista del Colegio de Filosofía no cobra
a sus autores por publicar sus textos, ni a sus lectores por acceder a las publicaciones.
doi: 10.22201/ffyl.16656415p.2021.41
CONTENIDO
artículos
El proyecto arquitectónico de la filosofía crítica de Kant como reforma a la filosofía.......................... 6
Daniel Caballero López
dossier
ontologías intersticiales
Presentación................................................................................................................................................................................................ 121
El yo situado y relacional en Nishida y Watsuji: una aproximación desde el paradigma de la
intimidad de Kasulis................................................................................................................................................................ 123
Raquel Bouso
Abstract
This paper offers an interpretation of the totality of Kant’s philosophy as a reform to the concept of philosophy in
agreement with the metaphysical and moral nature of reason. To achieve this, the elements that serve the reform
are articulated— namely, the comprehension of philosophy under the scholastic and the cosmic concepts, the
latter being born out of the rational teleology expressed in the history of philosophy. Then, the interpretation
of the architectonic methodology that serves this reform is laid out, first demonstrating that the function of
the critical question concerning the synthetic a priori judgments is to determine the limits of the possibility
of knowledge; second, arguing that this question is subsumed under the rational interests of human beings
in order to create a connection between the possibility of knowledge and reason’s end, which corresponds to
the structuring of philosophy according to the Wisdom to which it tends. Finally, the place occupied by each
Critique in the reform project is demonstrated. Thus, the interpretation regains the eminently metaphysical and
moral intentions of Kant’s enterprise, allowing to approach it as a whole.
E
ntre los estudios sobre la filosofía crítica de Kant ocurre frecuentemente la
predisposición a interpretarla como un quehacer epistemológico, ético,
estético, etcétera, reduciendo así su filosofar. En oposición a ello, en el
presente artículo argumentamos que la filosofía crítica de Kant, al considerarse como
totalidad, debe comprenderse como un proyecto de reforma de la filosofía, como una
reflexión crítica y metafilosófica cuyo fin es articular los contenidos y la estructura
de la filosofía en concordancia con la teleología moral y metafísica de la razón o,
en palabras de Kant, como una arquitectónica. Para comenzar, determinamos las
comprensiones kantianas de la filosofía bajo el concepto escolástico [Schulbegriff] y el
cósmico [Weltbegriff]. Ambas se rastrean desde la historia del pensamiento kantiano,
cuya posibilidad radica en la teleología propia de la razón tendiente al Sumo Bien
[das Höschte Gut] en cuanto ideal metafísico y moral. Así, ambas comprensiones
se originan en esta historia, al tiempo que operan también como elementos para
la reforma: el concepto cósmico, se sostiene, es el medio para reformar la filosofía
comprendida según el escolástico, con el propósito de lograr la conformidad del
filosofar con la teleología racional. Posteriormente, argumentamos que la pregunta
crítica sobre la posibilidad de los juicios sintéticos a priori sirve para determinar los
conocimientos posibles, con el propósito de vincularlos con el fin de la razón a través
de las preguntas que agotan las preocupaciones filosóficas del ser humano: ¿qué puedo
conocer?, ¿qué debo hacer?, ¿qué me es permitido esperar?. Con la caracterización
de este doble proceso determinante y vinculante, se ofrece la interpretación de la
metodología arquitectónica. Por último, establecemos la función que cada Crítica
posee dentro de la arquitectónica según las preguntas ya mencionadas y sus respectivos
horizontes teorético, práctico y teorético-práctico. Con lo anterior, argumentamos
que las Críticas son abarcadas en la teleología racional, cuyo fin es la aprehensión del
Sumo Bien, y que, por tanto, la filosofía crítica posee un sentido global metafísico y
moral que guía al ser humano. Con esta interpretación, pretendemos comenzar un
diálogo acerca del criticismo kantiano en cuanto ejercicio metafilosófico y metafísico,
despojado de los prejuicios que acompañan a las lecturas reduccionistas.2
2 Asimismo, buscamos ofrecer elementos desde la filosofía de Kant para los nuevos estudios de metafilosofía.
Para una introducción al tema, véase Burwood et al. (2013).
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 8
Kant entiende el concepto escolástico de filosofía como “un sistema del conocimiento
que solo es buscado como ciencia, sin que se tenga otro fin que la unidad sistemática de
ese saber, por tanto, la perfección lógica del conocimiento” (KrV A838-9/B866-7).3 Esta
definición atiende al fin que la filosofía escolástica persigue, a saber, la estructuración
y consistencia del corpus filosófico bajo leyes lógicas que garantizan su racionalidad.
Otra definición versa así: “el sistema de todos los principios del conocimiento racional
por conceptos, teórico [teorische] y puro; o bien, dicho brevemente: es el sistema de la
filosofía pura teórica” (Progresos, xx: 261). Esta segunda da cuenta de la especificidad
del conocimiento buscado: puro, teorético y por conceptos.4 Desde esta especificidad se
advierte que en el sistema del concepto escolástico no se encuentra “ninguna doctrina
práctica de la razón pura” (Progresos, xx: 261).
Estas definiciones nos permiten articular el significado del concepto de filosofía
como la comprensión específica de su sistema, tanto formal —estructura y fin— como
material —clase de conocimiento—. Esta interpretación permite identificar la filosofía
bajo el concepto escolástico con el dogmatismo y el escepticismo, posturas con las que
discute Kant desde 1781.5 Sin embargo, aun con su desinterés por lo práctico, la filoso-
3 Las referencias a la obra de Kant se harán teniendo por fundamento la edición de la Academia de las ciencias
de Berlín: Kants Gesammelte Schriften. Así, después de referir al texto, indicamos con números romanos el
tomo dentro del cual se encuentra en esa edición, seguido de la página en números arábigos. Esto con ex-
cepción de la Crítica de la razón pura (KrV) que se cita siguiendo la primera y segunda edición (A y B), como
ya es costumbre. Abreviamos las demás obras de Kant como sigue: Crítica de la razón práctica (KpV), Crítica
del discernimiento/Juicio (KU), Fundamentación de la metafísica de las costumbres (Fundamentación), Los
progresos de la metafísica (Progresos), Proclamación de la inminente conclusión de un tratado de paz perpetua
en la filosofía (Proclamación) y Sobre un reciente y prominente tono de superioridad en la filosofía (Tono). Las
traducciones utilizadas de la Crítica de la razón pura y Los progresos de la metafísica son de Mario Caimi.
4 Como se observa, aun cuando Kant hable de conocimiento teórico (teorische), aquí se especifica más y ha-
blamos de teorético para referir al conocimiento establecido como posible en la Crítica de la razón pura, esto
es, al conocimiento del ser de las cosas, a diferencia del práctico que versa sobre el deber ser.
5 La identificación se sostiene al considerar que la filosofía, bajo el concepto escolástico, piensa que el con-
ocimiento es sólo teorético, pensamiento que el dogmatismo comparte, pues carece de la pregunta por la
posibilidad del conocimiento a priori. Por tanto, carece de la diferencia entre conceptos e ideas y de la difer-
encia entre conocimiento teorético y práctico. Por su parte, el escepticismo es la consecuencia del dogmatis-
mo cuando éste trata de transitar al conocimiento de lo suprasensible, en específico “de la totalidad absoluta
de la naturaleza” (Progresos, xx: 82), y falla, por ello se llama “escepticismo dogmático” (Progresos, xx: 327),
pues también carece de las distinciones críticas. Para un estudio sobre el dogmatismo y escepticismo bajo el
concepto escolástico y, por tanto, en contraste con la filosofía crítica, véase Caballero López (2020).
Caballero López, Daniel
“El proyecto arquitectónico de la filosofía crítica de Kant como reforma a la filosofía” 9
fía escolástica tiende hacia lo suprasensible —Dios, mundo y alma— como su fin, que
para ella significa principalmente Dios como fundamento ontológico (Grondin, 2012:
146), entendido teoréticamente. Así, este filosofar pretende “formarse un concepto del
origen de todas las cosas, del ser originario (ens originarium), y de su constitución
interna” (Progresos, xx: 301-2). Pero esta filosofía lleva consigo la “esterilidad de todos
los intentos de la metafísica, de ampliarse de modo teorético-dogmático en aquello que
concierne a su fin último, lo suprasensible” (Progresos, xx: 301). La esterilidad debe
entenderse con respecto a Dios6 porque la manera en que se piensa sólo se funda en la
lógica, sin cuestionarse por la posibilidad de ampliar el conocimiento —sólo produce
juicios analíticos—; con relación a la naturaleza, porque nunca se cuestiona la legitimi-
dad de sus conceptos ontológicos —no hay pregunta sobre su referencia efectiva—, y
en el ámbito del ser humano, porque se piensa como una entidad más, cuya constitu-
ción es sólo físico-material y por ello no-libre, determinada por la causalidad mecáni-
ca, debido a la homogeneización y totalización del ser cognitivo. Luego, cuando Kant
presenta este concepto dentro de la pregunta sobre los progresos de la metafísica, no
sólo niega algún logro, sino que afirma: “la metafísica no tiene ninguna esperanza de
alcanzar su fin último por el camino teorético-dogmático” (Progresos, xx:301). Esto es,
la filosofía bajo el concepto escolástico está esencialmente imposibilitada para aprehen-
der su fin (lo suprasensible).
El análisis histórico-filosófico,7 sobre el que se determina el concepto escolásti-
co, revela asimismo el interés radical de la filosofía por lo suprasensible, esto es, su
tendencia metafísica. Aún más, revela su fin moral, pues la historia se erige teniendo
por hipótesis la teleología racional (Caballero López, 2020) que posee como fin el
Sumo Bien, es decir, “[l]a felicidad, en la exacta medida de la moralidad de los seres
racionales, por la cual ellos son dignos de ella” (KrV A800-1/B828-9). Es el Sumo Bien
como fin lo que devela la faceta de la filosofía que “se llama moral” (KrV A840/B868),
inadvertida para el concepto escolástico, aunque reconocida tácitamente, puesto que
lo suprasensible se subsume y encuentra su realidad, a lo largo del filosofar crítico, en
el Sumo bien (KpV v: 122-32).8
6 Se habla aquí de Dios, naturaleza y ser humano como las traducciones kantianas de las ideas metafísicas de Dios,
mundo y alma —las metaphysica generalis— (Heidegger, 1996), traducciones mediadas por la labor crítica.
7 Desarrollado explícitamente en Los progresos de la metafísica desde los tiempos de Leibniz y Wolff, cuya com-
posición data del 1793 y 1795, e implícitamente en los Prólogos a la KrV (1781).
8 Desde esta interpretación, Los progresos (escritos entre 1792 y 1795) explicitan aquello que de manera germinal
se encontraba en los Prólogos a la KrV (1781) y asimismo usan todos los rendimientos que las Críticas ofrecen.
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 10
9 Con Razón, con mayúscula, referenciamos las facultades de conocimiento y del espíritu, mientras que con
razón aludimos a la facultad de los principios del ámbito teorético o la facultad superior de desear en el práctico.
10 Distinguimos el Bien Supremo del Sumo Bien al considerar que el primero es concordancia entre virtud y
felicidad en general; el segundo lo es también pero pensada en la naturaleza.
Caballero López, Daniel
“El proyecto arquitectónico de la filosofía crítica de Kant como reforma a la filosofía” 11
(Nachlass, xiv: 66).11 En la primera definición, Kant está enfatizando la pertenencia del
Sumo Bien al ámbito práctico, mientras que en la segunda está considerando la razón
y sus conocimientos. Reunamos las definiciones y definamos a la Sabiduría como el de-
ber de todo filosofar a comprometerse con la estructura teleológico-moral de la razón,
de tender hacia la aprehensión del Sumo Bien (Proclamación, viii: 418). La sabiduría
es, desde esta interpretación, la exigencia racional de realizar la filosofía ideal como el
sistema de conocimiento organizado teleológicamente según el Sumo Bien (KrV A838/
B866).
Luego, la razón, su Filosofía12 y su metafísica, determinadas teleológicamente,
se integran en la sabiduría, y, por tanto, al hablar Kant de ésta como fin de la filosofía,
comprende a la filosofía como el resultado del filosofar particular. Esto enfatiza aún
más el papel del Sumo Bien dentro de la totalidad de la Filosofía, pues debe recordar-
se que para Kant la Filosofía es la actividad racional que produce a la metafísica au-
téntica dirigida al Sumo Bien como fin final de la razón (Progresos, xx: 260), es decir,
a una metafísica conforme a la racionalidad humana estructurada teleológicamente.
Luego, el Sumo Bien como fin de la Filosofía es condición necesaria para estructurar
teleológicamente a la filosofía según la Sabiduría.
Esta importancia se refleja en el último estadio del dinamismo racional: la doctri-
na de la sabiduría surge una vez logrado el tránsito real hacia lo suprasensible (el Sumo
Bien), que implica la reestructuración de todo producto racional con referencia al fin
para promover su realización. Lo anterior permite comprender el siguiente pasaje:
La Filosofía es una mera idea de una ciencia posible, que no está dada en nin-
guna parte in concreto, a la cual, empero, uno procura aproximarse por varios
caminos, hasta que se descubra el sentido único [...] y se logre hacer igual al mo-
delo —tanto como ello sea concedido a los hombres— la copia, que hasta ahora
es fallida. Mientras [eso no se haya alcanzado], no se puede aprender filosofía;
pues ¿dónde está, quién la posee, y cómo se la puede reconocer? Sólo se puede
aprender a filosofar. (KrV A838/B866)
11 La cita fue recuperada, en un primer momento, de Ferrarin (2015: 163). Dice el original: “Weisenheit ist die
Beziehung (einer Erkentnis) zu den wesentlishen Zweken der Menschheit”.
12 Al hablar de Filosofía, con mayúscula, se hace referencia aquí a la filosofía ideal, en contraposición a las
filosofías particulares que se denotan con filosofía, usando minúsculas.
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 12
Cuando habla de la Filosofía como “mera idea”, Kant se refiere a ella comprendida des-
de la Sabiduría, como algo que es imposible de encontrar porque el filosofar siempre
se ha presentado bajo el concepto escolástico. El “sentido único” de la Filosofía, por su
parte, se refiere al sentido ideal de la Sabiduría en relación con la naturaleza finita hu-
mana, la cual guiará el filosofar consciente de la teleología racional o criticismo.
Asimismo, que la Filosofía sólo sea una idea responde a cuestiones formales
de su conocimiento: éste, bajo el concepto escolástico, no ha logrado adquirir una
estructuración científica (Caimi, 2011), lo que se evidencia al no haber un corpus
metafísico, debido a los fallos de transitar a lo suprasensible y a las objeciones es-
cépticas. Lo que sí sucede es que “todo el mundo tiene alguna metafísica para los
fines de la razón” (Progresos, xx: 329), calificada de metaphysica naturalis, en con-
traposición a la artificialis que sería la sistemática. La primera pertenece a todo el
mundo, a la razón humana, por lo que no es ni válida ni inválida, a diferencia de la
metafísica bajo el concepto escolástico que se invalida a sí misma por sus pretensio-
nes. El ímpetu de la razón hacia el Sumo Bien origina la metaphysica naturalis y tam-
bién le sirve a Kant para forjar el sentido de una filosofía cósmica [Weltphilosophie],
la cual sólo clarifica y evidencia la Sabiduría como estructura teleológico-racional
subyacente a todo filosofar sin intentar decir más de lo ya expresado naturalmente
por la razón (Kerszberg, 1997).
Ahora exponemos las condiciones formales del concepto cósmico. Escribe Kant: “En-
tiendo por sistema la unidad de los múltiples conocimientos bajo una idea” (KrV A831/
B860). Para la Filosofía, la estructura de su corpus no está dictada por la mera lógica, ni
garantizada por un fundamento como infraestructura,13 sino que se establece por una
idea dada de antemano a todo el corpus por ser su cúpula, hacia la cual se dirigen los
conocimientos. Esto se explica porque la estructura surge de la teleología racional, con
lo cual se entiende que en ambas “el todo está organizado (articulatio) y no amonto-
nado (coacervatio); puede crecer internamente (per intus susceptionem), tal como un
cuerpo animal, al cual el crecimiento no le añade ningún miembro” (KrV A833/B861).
13 “[É]l ofrece una descripción de lo que significa vindicar la razón bastante diferente de la intención fundacio-
nalista que los críticos del ‘proyecto Ilustrado’ atacan, y usualmente atribuyen a Kant” (O’Neil, 1992: 281).
Caballero López, Daniel
“El proyecto arquitectónico de la filosofía crítica de Kant como reforma a la filosofía” 13
14 “Es una lástima que solo después de haber recolectado durante largo tiempo, de manera rapsódica, según la
guía que reside escondida en nosotros [...] e incluso [sólo después] de haber pasado mucho tiempo combinán-
dolos técnicamente [como el concepto escolástico hacía], nos sea posible, por primera vez, ver la idea en una
luz más clara, y diseñar arquitectónicamente un todo según los fines de la razón” (KrV A834-5/B862-3).
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 14
Esta filosofía [...] incesantemente realiza la actividad de la razón, [y] ofrece el pros-
pecto de una paz eterna entre filósofos, a través de la impotencia, en primer lugar,
de la pruebas teoréticas hacia el contrario [las antinomias], y a través del fortaleci-
miento de los fundamentos prácticos para aceptar sus principios, en segundo; una
paz que posee la ventaja posterior de activar constantemente el poder del sujeto,
quien está visiblemente en peligro de ataque, y así también promover, por la filo-
sofía, la intención natural de continuamente revitalizarle, y prevenir el sueño fatal.
(Proclamación, viii: 416)
El proyecto arquitectónico
arquitectónica,15 entendida como “el arte de los sistemas [...] la doctrina de lo científico
en nuestro conocimiento en general” (KrV A832/B860). La arquitectónica partirá del
corpus heredado por el concepto escolástico y, guiada por la Sabiduría, tendrá como
resultado la reconstrucción del conocimiento moldeada según el concepto cósmico. La
realización del proyecto permitirá decir del corpus cósmico que es arquitectónico, sig-
nificando con ello el “sistema de acuerdo con ideas, en el cual las ciencias son conside-
radas con relación a su parentesco y conexión sistemática en un todo de conocimiento
que interesa a la humanidad” (Jaesche Logik, ix: 49). Así, la arquitectónica funciona
como “medicina” (Proclamación, viii: 414) para la filosofía bajo el concepto escolásti-
co, reformándola según el cósmico (Tono, viii: 398).
15 “[M]ás influyente aquí es A. G. Baumgarten (cuyo manual de Metafísica, utilizaba Kant en sus clases), para
quien ‘arquitectónica’ (como adjetivo) sería la idea misma de sistema, así como su despliegue y estructura”
(Duque, 2002: 249)
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 16
xx: 301).16 Luego, la crítica propia de la arquitectónica desembocará en límites que son
leyes, permitiendo la consideración de una autonomía en sentido amplio,17 es decir, de
la razón en cualquiera de sus usos y productos, no del ámbito práctico solamente. Con
la legislación, la crítica determinará condiciones de posibilidad, límites y extensiones
de los conocimientos posibles; ella debe comprenderse como un proceso de análisis
conceptual, de desdoblamiento de ámbitos válidos de discurso (conocimientos) para
su determinación según leyes.
Resta por explicar el modus operandi de la crítica que Kant expresa en la pregun-
ta: “¿Cómo son posibles los juicios sintéticos a priori?” (Progresos, xx: 322). Desde
esta interpretación, la pregunta se dirige a la razón en general y se cuestiona por todo
posible conocimiento a priori, no sólo por el teorético. La ausencia de esta pregunta
era la causa de la imposibilidad de transitar a lo suprasensible en el concepto es-
colástico. Así, la cuestión está implicada por el concepto cósmico según la Sabiduría,
pues lleva a la determinación de los límites del conocimiento, lo cual significa, para
Kant, el surgimiento mismo del criticismo dentro de la historia fenoménica de la
metafísica (Caballero López, 2020).
La cuestión de la posibilidad de los juicios sintéticos a priori sólo atiende a las condi-
ciones del conocimiento sin plantear la referencia a la Sabiduría, o sea, a su relación
con el Sumo Bien. Por ello, la arquitectónica debe subsumirla bajo otras preguntas que
permitan esta vinculación, las cuales unifican “todo interés de mi razón” (KrV A804-5/
B832-3), y delimitan “el campo de la filosofía en este sentido cosmopolita [weltbürger-
lichen Bedeutung]” (Jaesche Logik, ix: 25). La filosofía cosmopolita [welt-bürgerlichen]
es la filosofía bajo el concepto cósmico [Welt-begriff], es decir, la filosofía organizada
según el Sumo Bien. Así, la filosofía cósmica [Welt-philosophie] estructurada teleológi-
camente hacia el Sumo Bien responde a los intereses racionales determinados por las
siguientes preguntas:
16 Con esto se acentúa la consideración en conjunto del dogmatismo y el escepticismo dogmático bajo el con-
cepto escolástico, que carecen de pregunta crítica.
17 En el sentido amplio, autonomía refiere al “vivir según los principios de la razón” (O’Neil, 1992: 299).
Caballero López, Daniel
“El proyecto arquitectónico de la filosofía crítica de Kant como reforma a la filosofía” 17
18 Para O’Neil (1992), “Kant no presupone que respuestas integradas puedan ofrecerse a sus tres preguntas
fundamentales [...] él ni siquiera asume que el conocimiento humano deba o pueda formar una totalidad
completa y sistemática” (285). Si esto es cierto, entonces la exposición de la arquitectónica tal como aquí se
ofrece, y con ella del criticismo, carecería de toda validez; sin embargo, si es el caso lo que O’Neil refiere,
¿para qué formular preguntas que no se cree que puedan tener respuesta?
19 Dice Kant, en la KrV, que el filósofo debe llevar a cabo “la determinación de la metafísica, tanto de sus fuen-
tes, como del alcance y los límites de ella, pero todo a partir de conceptos” (KrV axvii).
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 18
De esta manera son posibles los juicios sintéticos a priori, si referimos a un po-
sible conocimiento de experiencia, en general, las condiciones formales de la
intuición a priori, la síntesis de la imaginación, y la unidad necesaria de ella en
una apercepción trascendental, y decimos: las condiciones de la posibilidad de la
experiencia en general son, a la vez, condiciones de la posibilidad de los objetos
de la experiencia, y por eso tienen validez objetiva en un juicio sintético a priori.
(KrV A158/B197)
Con ella se determina la possibilitas del conocimiento teorético (de una ontología crí-
tica), es decir, su extensión y límites. También, se reconoce que hay “ciertas leyes, que
son a priori, y que hacen, ante todo, posible a una naturaleza” (KrV A216/B263), las
cuales, fundadas en la razón, permiten un reconocimiento de ésta en la legalidad natu-
ral (Ferrarin, 2015); es decir, hay autoconciencia del ser humano desde su experiencia
teorética. Con la respuesta, Kant afirma: “[h]emos agotado (me afano de ello) todas las
respuestas posibles para [la primera pregunta], y finalmente hemos encontrado aquella
con la cual la razón se debe contentar” (KrV A805/B833); de este modo, muestra la vin-
culación de la cuestión crítica con la primera pregunta de sentido.
Caballero López, Daniel
“El proyecto arquitectónico de la filosofía crítica de Kant como reforma a la filosofía” 19
20 Por ontología totalitaria entendemos toda aquella doctrina del ser que, partiendo de una determinada com-
prensión de éste, la impone a la totalidad de la realidad, acallando dogmáticamente toda posible refutación
o inconformidad; ello sucede en el concepto escolástico donde el ser del discurso teorético autoritariamente
se opone a una comprensión práctica del ser humano.
21 “[La ley moral] determina lo que la filosofía especulativa tenía que dejar indeterminado, i.e., la ley para una
causalidad cuyo concepto era en la especulación solo negativo, y proporciona así, por primera vez, una real-
idad objetiva a ese concepto” (KpV v: 48).
22 Escribirá unos años más tarde Kant: “Mirar al sol (lo supra-sensible) sin ser cegado es imposible; pero verlo
adecuadamente en la reflexión (de la razón que moralmente ilumina al alma), e incluso desde un punto
de vista práctico, como el viejo Platón hizo, es perfectamente factible” (Tono, viii: 399). Esta referencia a
Platón señala la originalidad de la filosofía cósmica, lo ausente en el concepto escolástico y la vocación ar-
quitectónica del pensamiento de Kant que da cuenta de su distinción radical con relación a la filosofía mod-
erna precedente (Martínez Marzoa, 1989).
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 20
La tercera pregunta, a saber: si hago lo que debo, ¿qué puedo entonces esperar?
Es práctica y teórica a la vez, de manera que lo práctico solo conduce, como un
hilo conductor, a la respuesta de la pregunta teórica, y si ésta alcanza mayor ele-
vación, [a la respuesta] de la pregunta especulativa. Pues todo esperar se dirige
a la felicidad, y es, con respecto a lo práctico y a la ley moral, precisamente lo
mismo que el saber y la ley de la naturaleza son con respecto al conocimiento
teorético de las cosas. (KrV A805-6/B833-4)
Notemos que aunque aquí se presenta el objeto de la esperanza como la felicidad, ésta
debe ser considerada necesariamente vinculada al actuar virtuoso (KpV v: 110-119; KU
v: 453). Así, el objeto es el Sumo Bien como ideal, el que caracteriza esencialmente a la
Sabiduría y posibilita la arquitectónica. Que la pregunta suceda en un tercer momento
se debe al lugar de cúpula que posee el Sumo Bien por ser fin final, pero también se
explica al atender el paralelismo entre el proyecto y la historia filosofante desde la que
se erigieron los conceptos de filosofía (Caballero López, 2020): el proyecto arquitectó-
nico tiene que transitar de nueva cuenta por los caminos que la razón trazó a lo largo de
la historia y debe hacerlo según las doctrinas (la de la ciencia corresponde a la Analítica
de la KrV, mientras que la de la duda corresponde a las Antinomias).
Ahora, que se afirme que la tercera pregunta de sentido es práctica y teoréti-
ca implica que el Sumo Bien no debe comprenderse como objeto de esperanza en
Caballero López, Daniel
“El proyecto arquitectónico de la filosofía crítica de Kant como reforma a la filosofía” 21
23 En la KpV se presenta un argumento a favor de pensar posible el Sumo Bien, pero se lleva a cabo únicamente
desde el conocimiento práctico, manteniendo la rigidez inamovible de los límites críticos entre conocimien-
tos y por tanto no transitando (KpV v: 134-141).
24 Lo escrito entre corchete y cursivas es adición nuestra, mientras que el texto “[desemboca en la conclusión
de]” es añadido por Mario Caimi en su traducción para facilitar la comprensión.
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 22
25 Con esto no se afirma en absoluto que el resultado de todo el proyecto crítico sea la Filosofía, o una Doctrina
de la Sabiduría, pues ellas, por definición —tal como se han tratado aquí— son ideales que nunca podrían
darse fenoménicamente a través de un sistema filosófico —en este caso el kantiano—; solamente se asevera
que, consumada la arquitectónica, el corpus filosófico estaría bajo el concepto cósmico y, con ello, dirigido
asintóticamente al ideal. Con toda la anterior argumentación, y la presente aclaración, se puede responder
la pregunta que Ferrarin (2015) plantea: “¿Cómo puede [Kant] reconciliar el hecho de que la idea nunca
está dada in concreto con su descripción de la filosofía trascendental como ciencia definitiva? ¿No es el caso
que la filosofía trascendental realiza una idea?” (70). La filosofía trascendental puede ser una ciencia por la
reestructuración según el Sumo Bien y por lo tanto sólo en el pensamiento de éste se consuma como tal;
empero, el sistema trascendental no puede concordar plenamente con un ideal; ni siquiera es posible afirmar
que posea esa pretensión.
26 Sergio Sevilla (1989) se acercó a esta interpretación, pero se detuvo en la consideración del darse la raciona-
lidad humana en la historia, sin atender lo que esto implicaba. Asimismo, la consideración de la complejidad
de la tercera pregunta cuando considerada según su naturaleza, y no sólo desde el ámbito práctico, fue em-
prendida por Duque (2002).
27 Como anotamos, en la Dialéctica de la KpV se ofrece una determinación del Sumo Bien desde las ideas mo-
rales postuladas, por lo cual no se tematiza el fin final como práctico y teorético, sino sólo desde lo práctico.
Caballero López, Daniel
“El proyecto arquitectónico de la filosofía crítica de Kant como reforma a la filosofía” 23
las siguientes líneas: “[Existe] un insondable abismo entre el dominio del concepto
de la naturaleza, como lo sensible, y el dominio del concepto de la libertad, como lo
suprasensible, de tal modo que no [es] posible tránsito alguno del primer dominio al
segundo […] [pero] el concepto de libertad debe hacer efectivo en el mundo sensible
el fin dado mediante sus leyes” (KU v: 175-176). Desde la presente interpretación,
la tarea de la tercera Crítica es emprender la búsqueda de un modo particular de
responder a la pregunta sobre la esperanza humana y donde, por tanto, surge la exi-
gencia de la Sabiduría de hacer del deber-ser (práctico) un ser (teorético), el mandato
racional de pensar la posibilidad del Sumo Bien en la naturaleza. La cuestión sobre la
manera en que la KU formula su respuesta supera el presente trabajo; sin embargo, sí
es posible notar que, una vez respondida la pregunta sobre la esperanza, Kant podría
finalizar la reforma y dar una respuesta a la significación del ser humano, es decir,
otorgar una antropología filosófica.
Al finalizar la labor arquitectónica surgiría la demanda racional de deber-ser en la
naturaleza, no sólo de manera individual, sino también colectiva en forma de un reino
de fines (Fundamentación, iv: 433), impulsando su realización progresiva. Es decir,
desde esta interpretación, el proyecto arquitectónico impele al ser humano hacia una
actuación política destinada a modificar el horizonte de la facticidad natural para pro-
mover una configuración moral.28 Esta interpretación del proyecto crítico como una
reforma al concepto de filosofía, como ejercicio metafilosófico que depende ineludi-
blemente de la teleología dictada por la razón y su Sumo Bien, clarifica la naturaleza e
intereses radicalmente metafísicos y morales de toda la labor crítica de Kant, y permite,
al atender la metodología de las cuestiones filosóficas implicadas en la comprensión
cósmica de la filosofía, observar la unidad de la empresa kantiana desplegada en las tres
Críticas.29 Así, si se pretende comprender la filosofía crítica de Kant como totalidad, es
necesario hacerlo en tanto que arquitectónica, es decir, como reforma al concepto de
filosofía, lo cual implica comprometerse con una racionalidad metafísica y moral.
28 “Este interés [general de la razón] se quiebra en tres aspectos: práctico, especulativo, y popular (KRV 498),
los cuales corresponden respectivamente al dominio de la ética, de lo teorético (dialéctica), y al campo de la
política” (Lyotard, 2009: 46).
29 Frederick Beiser (2006) ya anotaba, al señalar la importancia del Sumo Bien en Kant, la imposibilidad de
dirigir la mirada hacia la filosofía kantiana sin ver en ella una metafísica.
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 24
Referencias bibliográficas
Allison, Henry Ellis. (2004). Kant’s Transcendental Idealism. An Interpretation and Defense.
Yale University.
Beiser, Frederick Charles. (2006). “Moral Faith and the Highest Good”. En Paul Guyer
(Ed.), The Cambridge Companion to Kant and Modern Philosophy (pp. 588-629).
Cambridge University Press.
Caballero López, Daniel. (2020). “Hacia una crítica de la razón histórica: la historia
filosofante de Kant”. Logos, XLVIII (134), 97-115. https://doi.org/10.26457/lrf.
v0i134.2531
Caimi, Mario. (2011). “La metafísica de Kant”. En Immanuel Kant, Los progresos de la
metafísica desde los tiempos de Leibniz y Wolff (Mario Caimi, Trad.), (pp. VII-
CLXXXI). FCE, UNAM, UAM.
Ferrarin, Alberto. (2015). The Powers of Reason. Kant and the Idea of Cosmic Philosophy.
University of Chicago Press.
Kant, Immanuel. (s.f.). Kants Gesammelte Schriften. Recuperado el 19 de octubre del 2021
de https://korpora.zim.uni-duisburg-essen.de/kant/verzeichnisse-gesamt.html
Kant, Immanuel. (1992). Lectures on Logic (J. Michael Young, Trad.). Cambridge
University Press.
Kant, Immanuel. (2005). Crítica del discernimiento (Roberto Rodríguez Aramayo y Salvador
Mas, Trads.). Machado Libros.
Kant, Immanuel. (2011[1781]). Crítica de la razón pura (Mario Caimi, Trad.). FCE,
UNAM, UAM.
Kant, Immanuel. (2011b [1787]). Crítica de la razón práctica (Dulce María Granja, Trad.).
FCE, UNAM, UAM.
Kant, Immanuel. (2011c). Los progresos de la metafísica (Mario Caimi, Trad.). FCE,
UNAM, UAM.
Kerszberg, Pierre. (1997). Critique and Totality. State University of New York Press.
Louden, Robert. (2000). Kant’s Impure Ethics. From Rational Beings to Human Beings.
Oxford University Press.
O’Neill, Onora. (1992). “Vindicating Reason”. En Paul Guyer (Ed.), The Cambridge
Companion to Kant (pp. 280-308). Cambridge University Press.
Sevilla, Sergio. (1989). “Kant: Razón histórica y razón trascendental”. En Javier Muguerza
y Roberto Rodríguez Aramayo (Eds.), Kant después de Kant (pp. 244-264). Tecnos.
Abstract
Epistemology has sought to account for the validity of scientific change by formulating methodological rules that would
make it possible to establish how and when to select —or reject— scientific theories without ambiguity. However, Duhem’s
(1906) thesis undermines this project: if no general law has observational consequences by itself, then it is illusory to
suppose that such general laws or hypotheses could be verified and/or refuted hic et nunc. This thesis is the main reason
why attempts to guarantee the impartiality of scientific progress by means of an algorithmic methodology (Kuhn dixit)
have been abandoned, and at the same time, it opens the possibility of explaining such validity by means of a practical
rationality, specifically, by resorting to an epistemology of virtue (e.g., Velasco, 1997). In this paper, I argue that the attempt
to account for the validity of theoretical-conceptual change by means of a practical rationality is as inadequate as the
attempt to do it by resorting to the methodological tradition. To support my thesis, I first reconstruct the debate among
Grünbaum (1976), Feyerabend (2016), Laudan (1976), and Ariew (1984) on the exegesis provided by Quine (1961)
of Duhem’s thesis. The result is that it is an exegetical misunderstanding to identify Duhem’s thesis with the so-called
Duhem-Quine thesis. Next, I address the question of whether Duhem’s good sense [bon sens] allows us to explain fairness
in the choice of scientific theories that are empirically equivalent but distinct and incompatible with each other. After
exposing, examining, and, as far as possible, enriching the argumentation carried out by Stump (2006), Ivanova (2010),
and Fairweather (2011), I conclude that such an attempt is unsatisfactory.
Introducción
C
on el fin de garantizar la justificación del cambio epistémico y, con ello,
explicar el progreso científico, durante los siglos xvii y xviii se consideró una
meta plausible estipular reglas metodológicas que permitieran determinar,
sin ambigüedad de por medio, cómo y cuándo elegir o rechazar las teorías: “una
lógica del descubrimiento funcionaría epistemológicamente como una lógica de la
justificación” (Laudan, 1980: 176). En el siglo pasado, Popper (1959: 27) también
ejemplificó esta forma de satisfacer dicha exigencia de imparcialidad bajo los términos
de una definición falibilista del conocimiento, pero su propuesta metodológica no
logró superar las objeciones que, en su contra, formularon Neurath (1983a, 1983b)
y, después, Kuhn (1977), quienes, de forma explícita o no, retomaron un argumento
que había desarrollado al respecto Duhem (1906). En términos generales, tales
críticas pueden sintetizarse en la siguiente afirmación: la complejidad inherente a
un contexto epistémico concreto rebasa, con mucho, la aplicación inequívoca de
cualquier conjunto de reglas metodológicas con las que se pretenda hacer abstracción
del plexo de factores pragmáticos (sociales e históricos), en los cuales se realizan los
procesos de selección entre propuestas teóricas que compitan entre sí.
Varios años antes de que Popper publicara su Logik der Forschung [Lógica de la
investigación] en 1935, Neurath (1983a: 2) defendió que existe una continuidad entre
el ámbito científico-epistémico y el terreno ético-práctico, y sostuvo que solamente hay
una separación de grado, mas no de tipo, entre las reglas metodológicas que deben usarse
durante la investigación teórica y las decisiones motivadas por factores extraepistémicos
que los científicos toman al enfocar su atención en problemas prácticos (verbigracia, de
carácter político). Unas y otras —reglas metodológicas y decisiones prácticas— habían
sido separadas por Descartes. Actualmente, muchos epistemólogos hispanoamericanos
abrevan de esta línea discursiva (Vega Encabo, 2011).
Doy por sentado que los argumentos en contra de la tradición metodológica,
basados en la tesis de Duhem, son convincentes, mas afirmo que la conclusión que
se extrae a partir de ellos, a saber, que pueda sustentarse la imparcialidad del cambio
epistémico en un tipo de racionalidad práctica, no es correcta. Tal conclusión se sigue
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 28
(1) [(h ˄ a) → o] ˄ o
y
(2) [(h ˄ a) → o] ˄ ∼o
teórica general, el sistema teórico del que dicha hipótesis forma parte? O más bien, en el
marco de su propia teoría y con el propósito de eludir la refutación, ¿debería modificar
las condiciones iniciales bajo las cuales realizó el experimento, ideando hipótesis auxi-
liares que permitan convertir el aparente contraejemplo en una confirmación?
Grünbaum atribuye a Duhem la afirmación de que una hipótesis aislada jamás
puede ser refutada de modo concluyente. Está de acuerdo con él en sostener que una
teoría no puede ser verificada, pero también suscribe, con Popper (y en contra de
Duhem), la idea de que un experimento crucial puede, en principio, refutar defini-
tivamente tal o cual propuesta teórica. De acuerdo con Grünbaum (1976), la tesis de
que la refutación de una parte del explanans nunca es concluyente resulta insostenible,
y además es taxativo al afirmar que la insistencia en la inmunidad de las hipótesis con
respecto a la posibilidad de falsación no está justificada en términos (i) lógicos ni (ii)
históricos. Lo primero porque, al afirmar tal cosa, Duhem habría cometido un non
sequitur al inferir una conclusión que rebasa el contenido de sus premisas y lo segun-
do porque, de acuerdo con Grünbaum (1976: 119), hay casos bien documentados de
experimentos cruciales que refutan una hipótesis, por ejemplo, en la geometría física.
En lo general, Laudan (1976: 155) objeta a Grünbaum el haber hecho una ca-
ricatura sobre la relevancia de dicha tesis con respecto a la falsabilidad y que, en lo
particular, el desliz lógico que le atribuye a Duhem debería ser adjudicado, más bien,
a quienes han hecho de sus ideas el hombre de paja que él ataca. Ariew (1984: 315)
atempera esta objeción y plantea que Grünbaum tiene éxito al socavar la llamada tesis
de Duhem-Quine; sin embargo, añade que esta última no puede identificarse con la
tesis de Duhem.
Laudan subraya que su objeción a Grünbaum es más exegética que lógica. Plan-
tea que para entender la tesis de Duhem es necesario situarla en su contexto histórico-
filosófico. En efecto, Duhem reacciona frente al realismo ingenuo que caracterizaba
en su época a una determinada epistemología, según la cual era posible refutar defi-
nitivamente una propuesta teórica y, a su vez, seleccionar como verdadera a su rival
(Laudan, 1976: 156). Los representantes de esta posición, a quienes Laudan (1980:
176) denomina generadores [generators], se proponían formular una lógica inductiva
del descubrimiento basada en la convicción de que, en la ciencia, las teorías y sus
leyes o hipótesis universales podían obtenerse a partir de la recopilación minucio-
sa de una serie lo suficientemente amplia de datos observacionales empíricamente
verificables. Se suponía que algunas teorías eran verdaderas y, en esa tesitura, un ex-
perimento crucial constituía la piedra de toque para encontrar la verdad. Pero, dado
Serna Ramírez, Edgar
“El bon sens de Duhem, objetividad y elección teórica” 31
I. (h ˄ a → o) ˄ ∼o
a
II. (∃a’) (h ˄ a’ → o’)
i’. (h ˄ a → o) ˄ ∼o
a
ii’. (∃a’) (h ˄ a’ → ∼o)
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 32
jamás podrá ser refutada hic et nunc hasta que no haya quedado fehacientemente de-
mostrado que, de ningún modo, puede ser salvada recurriendo a hipótesis auxiliares:
En apoyo a lo planteado por Laudan, Ariew (1984: 315) indica que la tesis de
Duhem-Quine se encuentra conformada por dos afirmaciones. De acuerdo con la pri-
mera, puesto que las hipótesis de la física están interconectadas, no pueden ser refutadas
de forma aislada y, con respecto a la segunda, ocurre que, si nos proponemos sostener
a toda costa la verdad de alguna de ellas, para conseguir tal fin siempre es posible hacer
los ajustes pertinentes en algunas otras. En otras palabras, siempre es posible conservar
cualquier hipótesis, no importa lo que suceda, si decidimos realizar ajustes y arreglos
lo suficientemente drásticos en cualquier otra parte del sistema teórico, ya que ningún
dato experimental específico está ligado directamente con hipótesis particulares dentro
de la ciencia entendida como un todo. “Cualquier enunciado puede ser aceptado como
verdadero, no importa lo que pase, si llevamos a cabo ajustes lo suficientemente drás-
ticos en alguna otra parte del sistema” (Quine, 1961: 43). Ariew indica claramente que
Duhem admite la primera, pero no la segunda, de tales afirmaciones: de ningún modo
suscribe que (h) (o) (∃a’) (h ˄ a’ → o’). No obstante, la tesis criticada por Grünbaum
afirma que, para cualquier hipótesis y con respecto a cualquier enunciado de observa-
ción, existe y está siempre disponible un conjunto no baladí de hipótesis auxiliares a’,
tales que h y a’ implican o’.
En cada prueba experimental están en juego suposiciones teóricas cuya rele-
vancia es crucial, aunque tácita; dicho de otro modo, existe un nexo semántico y
epistémico entre las hipótesis que impide la contrastación aislada de alguna de ellas
(Laudan, 1976: 158). De ahí que Duhem afirme claramente que, cuando la hipótesis
h dentro de un sistema teórico t es refutada, el científico tiene dos opciones: modi-
ficar alguna de las partes que lo componen, haciendo acopio de hipótesis auxiliares
para eludir el contraejemplo; o bien, descartar por completo t y optar por un sistema
teórico alternativo t’. Si Duhem hubiese afirmado que siempre resulta posible salvar
una hipótesis de la falsación, no importa lo que suceda (como lo sugiere Quine); si
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 34
El uso del método inductivo en la física es tan fecundo como lo sería tratar de
estudiar una molécula usando una lupa. En ella, el método inductivo es impracticable
(Duhem, 1906: 330). O mejor todavía: dicho método sería útil en la física si se adop-
tara la tesis filosófica de un realismo ingenuo, un tipo de realismo propio del sentido
común (Duhem, 1906: 433-434; Jaki, 1987: 321). Sin embargo, “un experimento físi-
co no consiste, sin más, en la observación de un grupo de hechos sino, también, en la
traducción de estos hechos en un lenguaje simbólico con el auxilio de reglas tomadas
de las teorías físicas” (Duhem, 1906: 253-254).
Ns se desprende, claramente, de los anteriores pasajes. Ninguna hipótesis teó-
rica tiene, a secas y por sí misma, consecuencias observacionales. Una consecuencia
de Ns es la siguiente: cuando hay un contraejemplo empírico dentro de un sistema
teórico, y debido a la interdependencia que hay entre las hipótesis que lo conforman,
los científicos entienden que al menos una de aquéllas es errónea, sin que les resulte
posible saber con certeza cuál es. En suma, Ariew deja claro no únicamente que Nf
es una consecuencia de Ns, sino que esta última es, además, una tesis empírica que se
refiere a las características históricas y al particular nivel de abstracción alcanzado por
la física, a diferencia de lo que sucede con otras áreas de la ciencia.
dez del cambio epistémico, lo anterior no significa que la selección de unas teorías en
detrimento de otras sea arbitraria o irracional. Duhem (1996a: 22-23) indica que, por
ejemplo, el alcance o la simplicidad son criterios que explican la racionalidad durante
la selección entre teorías empíricamente equivalentes, pero distintas e incompatibles
entre sí. La dificultad que acompaña a esta posición estriba en que tales valores epis-
témicos no permiten decidir, en una situación concreta, cuál teoría conviene elegir.
Ni el alcance ni la simplicidad de las teorías determinan tajantemente qué teoría es
mejor o peor que otra; al contrario, como lo plantea acertadamente Kuhn (1977), los
valores epistémicos, a diferencia de las reglas metodológicas, dejan el terreno bastan-
te despejado para que los miembros de distintas comunidades científicas elijan racio-
nalmente propuestas teóricas que sigan siendo incompatibles entre sí. Pero, entonces,
¿qué puede determinar la selección interteórica en la teoría de la ciencia de Duhem?
Tanto Ns como Nf implican que es vano suponer que haya procedimientos algorítmi-
cos de decisión (Kuhn, 1977: 326) que dieran cuenta de la racionalidad del cambio
científico. Es en el marco de esta problemática donde Duhem se refiere al papel del
bon sens. Como hemos visto, cuando el resultado de un experimento contradice una
hipótesis en el seno de una teoría, aquel plantea que los científicos tienen dos posibi-
lidades lógicamente válidas de proceder: o bien ser tímidos o audaces, conservadores
o revolucionarios. La lógica no puede constreñir al investigador para que actúe de un
modo y no de otro.
Dada esta situación, ¿puede afirmarse que, para Duhem, la justificación del
cambio epistémico radica en el bon sens? Velasco y Stump responden que sí. Para el
primero, es menester admitir que la validez del progreso científico descansa en el bon
sens o suponer, en cambio, que está sustentada en el uso de férreas reglas metodológi-
cas. Esta disyunción habría agotado todas las posibilidades (Velasco, 2000). Conside-
ra, además, que “la tesis de que la racionalidad de la ciencia reside ante todo en una
racionalidad práctica de carácter moral y no epistémico, había sido sostenida desde
principios de siglo por Pierre Duhem” (Velasco, 1997: 161). Stump (2006: 155-157)
desarrolla esta última línea discursiva y defiende la tesis de que Duhem puede ser
considerado como un precursor de la epistemología de la virtud, pues habría explica-
do la imparcialidad del cambio científico sin recurrir a una epistemología gobernada
por reglas [rule governed epistemology].
Hay tres razones que aduce para sustentar su tesis: en primer lugar, Stump
(2006: 150) afirma que Duhem, al igual que los actuales defensores de una epistemo-
logía de la virtud (por ejemplo, Fairweather, 2011: 140; Zagzebski, 1996: 15), le con-
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 38
[La] teoría física nunca nos brinda la explicación de leyes experimentales; nunca
nos revela realidades ocultas debajo de apariencias sensibles; pero tanto más
completa es, tanto mayor advertimos que el orden lógico en el que la teoría cla-
sifica las leyes experimentales constituye el reflejo de un orden ontológico, y tanto
más sospechamos que las relaciones que establece entre los datos observacio-
nales se corresponden con relaciones reales entre las cosas [y, a su vez,] más nos
parece que la teoría tiende a ser una clasificación natural. (Duhem, 1906: 38;
cursivas añadidas)
dera, empero, que una teoría física es un sistema abstracto cuyo objetivo consiste en
sintetizar, resumir y clasificar lógicamente hipótesis o leyes experimentales, sin que
sea necesario brindar una explicación de las mismas (Duhem, 1906: 5-8, 32-33). Así
como hay muchas formas de clasificar las nubes, las aves o las galaxias, también existe
una miríada de maneras de clasificar las leyes o hipótesis físicas. En todo caso, no hay
ningún constreñimiento lógico que lo impida (Duhem, 1906: 158). Además, Duhem
(1906: 26) insiste en que, al igual que las clasificaciones, las cuales, por sí mismas, no
tienen por qué explicar aquello que ordenan, tampoco las teorías físicas tienen forzo-
samente por qué explicar las leyes o hipótesis físicas. Precisamente debido a que con-
cibe las teorías de la física como clasificaciones de leyes o hipótesis experimentales
útiles y convenientes o, por el contrario, obsoletas e ineficaces, para Duhem, la infra-
determinación de las teorías por la experiencia no constituye una amenaza escéptica.
En cambio, aquella sí conduce directamente al escepticismo para quienes, además de
ser realistas, definen las teorías como explicaciones susceptibles de ser verdaderas o
falsas (à la Popper). Pese a lo anterior, para Duhem, la historia de la física muestra un
largo, firme y continuo proceso de aproximación hacia la mejor clasificación natural.
Todavía más, la clasificación natural que se obtendría al final de la investigación, y
que revelaría por fin la verdadera ontología de la naturaleza, equivale a la teoría física
ideal (Duhem, 1974a: 297-298).
La principal crítica que hace al método cartesiano o atomista y a las teorías mecá-
nicas de su época consiste en que atentan contra la autonomía de la física con respecto
a la metafísica (Duhem, 1906: 10), pues socavan la autoridad del científico sustentada
en su especialización, dan cabida al diletantismo y ponen en peligro el progreso de la
ciencia. Asimismo, plantea que tal método implica sustituir la física por la cosmología
(Duhem, 1996c: 31), condenando a la primera a un incesante vaivén dialéctico que no
conduce a ninguna parte y sí, en cambio, a iniciar todo nuevamente, una y otra vez, sin
progresar, sin conseguir logros firmes y sólidos. Ésta es la razón por la que suscribe una
forma mitigada de instrumentalismo sin renunciar a una posición realista (Duhem,
1974b: 326-335). Aunque Ivanova (2010: 59) plantea acertadamente que el concepto
de clasificación natural constituye un compromiso entre el realismo científico y un en-
foque instrumentalista en la epistemología de Duhem, no acierta, empero, al afirmar
que los partidarios de una epistemología de la virtud suscriben una teoría metafísica
de la verdad como la que Duhem rechaza (Ivanova, 2010: 62). A pesar de lo dicho por
Ivanova, Zagzebski (2009: 107) o Sosa (1992: 288-289) no defienden un concepto me-
tafísico afín de la verdad.
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 40
(b). Ivanova añade que Duhem no buscó explicar la justificación del cambio
científico a través del bon sens, pues al introducir tal concepto, únicamente se pro-
puso clarificar, en términos descriptivos, cómo es que históricamente ha ocurrido la
selección interteórica. De acuerdo con ella, el recurso al bon sens vuelve comprensi-
bles, en términos históricos, las decisiones que los científicos toman al rechazar sus
teorías, pero no legitima ni justifica cómo y cuándo seleccionar una teoría concreta.
Al igual que Laudan (1976: 159), también Ivanova (2010: 59-61) plantea que el bon
sens no permite explicar la imparcialidad del cambio científico, debido a que, para el
epistemólogo francés, ésta radica en el veredicto ulterior que brinda la experiencia. En
realidad, Duhem fue bastante claro al respecto: únicamente en retrospectiva es via-
ble averiguar si un científico que, al encontrarse con un contraejemplo empírico de
una ley, elige idear hipótesis auxiliares que logren transformar la aparente refutación
en un éxito de la teoría, fue obstinado o, por el contrario, tenaz (Duhem, 1906: 39,
1974a: 288). Sólo puede conocerse si dicha decisión fue estéril o, en cambio, fructífe-
ra post festum. En realidad, la pregunta que Duhem buscó responder apelando al bon
sens en el marco del problema sobre la validez del cambio epistémico no fue la que
Popper heredó de Kant, a saber, la quaestio iuris. Lo único que Duhem se propuso,
según Ivanova, fue describir cómo se realiza históricamente el cambio científico. Si
admitimos esto, entonces al exhortar sobre los beneficios del bon sens, Duhem no se
involucra en la problemática de la justificación. La relevancia del mismo es post hoc
(Ivanova, 2010: 62).
(c). Lo señalado hasta aquí indica que la selección imparcial de sistemas de teo-
rías (conformadas por leyes o hipótesis) que compitan entre sí no puede realizarse
hic et nunc. Pero esto significa que, si en un momento dado dos científicos eligen teo-
rías empíricamente equivalentes que sean distintas e incompatibles entre sí, ambos
pueden justificar su decisión afirmando que están ejerciendo el bon sens, y no se les
podría objetar nada en absoluto. En una situación concreta, no es posible establecer
quién practica el bon sens, y quién no (Ivanova, 2010: 61). Vale la pena reforzar el
alcance de este argumento.
Según Duhem, para permitir el progreso epistémico los científicos deben evitar
ser indulgentes con sus propias hipótesis y, al unísono, severos con las ajenas. Supon-
gamos con Velasco y Stump que esta advertencia constituye una manera de especifi-
car cuál conducta es virtuosa en la actividad científica, y cuál no lo es. El problema
es el siguiente: qué acción debemos considerar, o bien, virtuosa y exitosa (digna de
ser festejada), o bien, al contrario, viciosa y reprensible (merecedora de castigo), es
Serna Ramírez, Edgar
“El bon sens de Duhem, objetividad y elección teórica” 41
algo que depende de la manera como previamente hayamos definido la situación res-
pectiva. Lo anterior implica que una sola (y la misma) acción, realizada en una sola
(y la misma) circunstancia, puede ser interpretada y evaluada de maneras distintas,
aun opuestas, por científicos que pertenezcan a comunidades epistémicas diferentes
y que, además, difieran en sus respectivos modelos filosóficos sobre la racionalidad
del cambio científico.
El ejercicio de las virtudes, tanto en un ámbito ético y político como en uno de
índole intelectual, descansa en la suposición de que los agentes que las ejercen han
desarrollado ciertos rasgos de carácter gracias a la práctica. Empero, cabe argüir, con
base en estudios sociológicos (Harman, 1999), que los agentes en cuestión pueden
tener los mismos rasgos de carácter y, a su vez, comportarse de maneras diferentes; y
ello porque las situaciones son proteicas, pueden cambiar y la forma como se definen
también cambia constantemente:
Lo que hagan los agentes epistémicos no depende tanto de las virtudes que posean,
sino de la situación en la que se encuentren y de la forma como ésta sea definida. Esto
propicia situaciones de alquimia moral [moral alchemy] (Merton, 1996: 191), la cual
estriba en transmutar el vicio en virtud y viceversa, según lo demande la ocasión. Po-
demos imaginar situaciones en las cuales la búsqueda de ingeniosas hipótesis auxilia-
res que permitan eludir la refutación empírica de ciertos enunciados generales dentro
de una teoría constituya una conducta aceptada como virtuosa y digna de emular en la
comunidad epistémica a (el intragrupo), mientras que, en la comunidad epistémica b
(el extragrupo), la misma forma de proceder sea considerada, por el contrario, como
obstinada y perniciosa. Por mor del argumento, dicha evaluación versa sobre la misma
conducta. ¿Cuál es el motivo de que, en tal situación, cambie drásticamente la valora-
ción de un grupo a otro? La causa es que nada impide que, en ambas comunidades, se
definan las situaciones con base en modelos del cambio epistémico que sean distintos e
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 42
inclusive antagónicos, por lo que una y la misma práctica puede ser considerada como
un ejemplo, algunas veces de virtud y otras veces de vicio. La idea de que la racionali-
dad científica descansa en el bon sens nos sumerge en este tipo de tribulaciones, pues
lo que en cada comunidad epistémica, social e históricamente acotada se considere
comportarse conforme al bon sens, dependerá en muy buena medida del modo como
previamente sea definida la situación en la que se haya llevado a la práctica dicha virtud
epistémica. Por eso, La Rochefoucauld afirma que nadie hace mejor acopio del bon sens
que quien piensa como nosotros.
Para Ivanova, el vínculo que puede trazarse entre la teoría de la ciencia de Duhem
y la actual epistemología de la virtud es otro. Según ella, dicho nexo se basa en la
analogía que se pueda establecer entre una teoría definitiva o perfecta (Duhem,
1974a: 302), la cual, al menos en principio, pudiera clasificar en un orden natural
todos los fenómenos observables e inobservables, y un científico ideal [ideal scientist]
(Ivanova, 2010: 63). Aunque la primera no pueda ser alcanzada y, en cambio, incluso
cuando lo único que para Duhem resulta posible obtener en la física lo constituye
una clasificación natural, la noción misma de una “teoría perfecta” resulta ser una
idealización de gran ayuda que permite a los científicos trabajar en teorías que posean
las virtudes de una teoría ideal. Una “teoría perfecta” incorpora las propiedades y los
rasgos idealizados de las teorías ya elaboradas en la historia de la ciencia. Mutatis mu-
tandis, Ivanova defiende que podemos referirnos a un “científico ideal” en la medida
en que al mismo le atribuyamos virtudes como sobriedad intelectual, imparcialidad,
rectitud, probidad y coraje intelectual. En otras palabras, sería alguien que ejemplifi-
cara y llevara exitosamente a la práctica las virtudes epistémicas que han caracteriza-
do históricamente a los más grandes y prolíficos científicos. En la medida de que tal
concepto pueda caracterizarse como una idea reguladora, la orientación práctica que
brinda lo volvería heurísticamente fecundo y, en lo particular, permitiría mitigar la
fuerza y el alcance de los argumentos (b) y (c).
Pese a todo, la explicación de Ivanova sobre la relevancia estrictamente descrip-
tiva del bon sens no satisface a Fairweather (2011), quien al responder la pregunta
de si hay otra posibilidad de dar cuenta del papel que tiene aquel, brinda una lectura
híbrida (al proponerse conciliar las intuiciones de Stump e Ivanova) sobre la función
teorética y virtuosa que cumple dicho concepto. No es posible aquí desarrollar con
amplitud la posición de Fairweather, pero sí es necesario abordar una objeción que
formula frente a Ivanova al argüir lo siguiente: si fuera cierto que la imparcialidad
del cambio epistémico únicamente pudiera ser dilucidada en retrospectiva, gracias al
Serna Ramírez, Edgar
“El bon sens de Duhem, objetividad y elección teórica” 43
apoyo empírico que una teoría obtenga en el futuro, entonces el bon sens no tendría
ninguna función epistémica. Su rol sería descriptivo, tout court.
Mediante una reducción al absurdo, intenta mostrar que si la tesis (b) de
Ivanova fuera correcta, entonces nunca se podría elegir una teoría en vez de otra(s).
Supongamos el caso de un experimento crucial que permitiera decidir entre dos sis-
temas teóricos distintos y que compiten entre sí: t1 y t2. Imaginemos, además, que
ciertos resultados experimentales (e) favorecen indirectamente la estrategia de revi-
sión (r a) de cierta hipótesis h en t1 debido a que suscita un contraejemplo empírico
(∼e) que afecta a otra hipótesis, pero en t2, mientras que deja incólume a t1. Debido a
que siempre es posible evitar la refutación de una hipótesis que pertenezca a t2, no
importa lo que suceda, si llevamos a cabo modificaciones lo suficientemente drás-
ticas en otras áreas del cuerpo de la ciencia, resulta entonces que, al idear hipótesis
auxiliares a través de una ingeniosa estrategia de revisión alternativa (rb), es posible,
en cualquier momento, eludir con éxito el supuesto contraejemplo empírico (∼e)
que afecta a la hipótesis h en t2. Si estuviéramos de acuerdo con Ivanova, debido a la
subdeterminación empírica, se debería dejar pasar el tiempo hasta que fuese obtenida
nueva evidencia empírica que apoye y justifique a la teoría que, en el pasado y de for-
ma provisional, fue elegida mediante el bon sens (la cual, en este caso, es t1). Aquí es
donde Fairweather formula su principal objeción. Nada impide que también en el fu-
turo pudieran idearse ingeniosas estrategias de revisión parecidas a las que evitaron,
en el pasado, que la hipótesis h que pertenece a t2 fuera refutada. Esto es así porque
siempre permanece abierta la posibilidad de hacer los adecuados y pertinentes ajustes,
no importa lo drásticos que puedan ser, a los resultados futuros que no favorezcan las
hipótesis de t2, con el propósito de salvarla de cualquier refutación, manteniéndola
como una opción teórica actual y vigente. Los procesos de revisión se prolongarían in-
definidamente y, de esta forma, la ulterior evidencia empírica no podría justificar jamás
la elección de t1, ni dar cuenta de la racionalidad del cambio epistémico.
Aunque este argumento parece plausible, adolece empero de dos flancos vulne-
rables. En primer lugar, al formularlo, Fairweather desafortunadamente esgrime la
versión que expuso Quine (1961) de la tesis de Duhem, analizada aquí en el segundo
apartado. Entendida correctamente como la conjunción de Ns y Nf, dicha tesis no pre-
juzga la suposición, totalmente gratuita, de que en un sistema teórico siempre se puede
salvar de una refutación a cualquiera de sus hipótesis. En segundo lugar, Fairweather
no se percata de que su reductio sería procedente si el apoyo empírico ulterior que se
requiere para justificar la elección de una teoría en vez de otra(s) equivaliera, sin más,
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 44
Conclusiones
(política, bélica, económica, etcétera), pero eso no significa que tal elección esté jus-
tificada en términos epistemológicos.
Referencias Bibliográficas
Ariew, Roger. (1984). “The Duhem Thesis”. The British Journal for the Philosophy of Science,
35(4), 313-325. https://doi.org/10.1093/bjps/35.4.313
Duhem, Pierre. (1906). La Théorie Physique, son Objet et sa Structure. Chevalier & Rivière.
Duhem, Pierre. (1974a [1905]). “Physics of a Believer”. En Pierre Duhem, The Aim and
Structure of Physical Theory (pp. 273-311). Atheneum.
Duhem, Pierre. (1974b [1908]). “The Value of Physical Theory”. En Pierre Duhem, The Aim
and Structure of Physical Theory (pp. 312-335). Atheneum.
Duhem, Pierre. (1991 [1915]). German Science. German Science and German Virtues.
Open Court.
Duhem, Pierre. (1996a [1892]). “Some Reflections on the Subject of Physical Theories”.
En Roger Ariew & Peter Baker (Comps.), Essays in the History and Philosophy of
Science (pp. 1-28). Hackett.
Duhem, Pierre. (1996b [1904/1905]). “The English School and Physical Theories: On a
Recent Book by W. Thomson”. En Roger Ariew & Peter Baker (Comps.), Essays in
the History and Philosophy of Science (pp. 50-74). Hackett.
Duhem, Pierre. (1996c [1893]). “Physics and Metaphysics”. En Roger Ariew & Peter Baker
(Comps.), Essays in the History and Philosophy of Science (pp. 29-49). Hackett.
Fairweather, Abrol. (2011). “The Epistemic Value of Good Sense”. Studies in History and
Philosophy of Science, (43), 139-146.
Grünbaum, Adolf. (1976 [1960]). “The Duhemian Argument”. En Sandra Harding (Ed.),
Can Theories Be Refuted? –Essays on the Duhem-Quine Thesis (pp. 116-131). Reidel.
Harman, Gilbert. (1999). “Moral Philosophy Meets Social Psychology: Virtue Ethics and
the Fundamental Attribution Error”. Proceedings of the Aristotelian Society, (99),
315-331.
Ivanova, Milena. (2010). “Pierre Duhem´s Good Sense as a Guide to Theory Choice”.
Studies in History and Philosophy of Science, (41), 58-64.
Jaki, Stanley. (1987). Uneasy Genius: the Life and Work of Pierre Duhem. Martinus Nijhoff.
Kuhn, Thomas. (1977 [1973]). “Objectivity, Value Judgment and Theory Choice”. En
Thomas Kuhn, The Essential Tension (pp. 320-339). University of Chicago Press.
Lakatos, Imre. (1978 [1970]). “Falsification and the Methodology of Scientific Research
Programmes”. En Imre Lakatos, Philosophical Papers Volume 1 (pp. 8-101).
Cambridge University Press.
Laudan, Larry. (1980). “Why Was The Logic of Discovery Abandoned?”. En Thomas
Nickles (Ed.), Scientific Discovery, Logic and Rationality (pp. 173-183). Reidel.
Merton, Robert. (1996 [1948]). “The Self-Fulfilling Prophecy”. En Piotr Sztompka (Ed.),
On Social Structure and Science (pp. 183-201). University of Chicago Press.
Neurath, Otto. (1983a [1913]). “The Lost Wanderers of Descartes and the Auxiliary
Motive”. En Otto Neurath, Philosophical Papers, 1913-1946 (pp. 1-12). Reidel.
Popper, Karl. (1959 [1935]). The Logic of Scientific Discovery. Science Editions.
Quine, Willard van Orman. (1961 [1951]).Willard van Orman. “Two Dogmas of
Empiricism”, en Willard van Orman Quine, From a Logical Point of View (pp. 20-
246). Harper & Row.
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 48
Quinn, Phillip. (1969). “The status of the D-Thesis”. Philosophy of Science, 4(36), 381-399.
Stump, David. (2006). “Pierre Duhem’s Virtue Epistemology”. Studies in History and
Philosophy of Science, (38), 149-159.
Vega Encabo, Jesús. (2011). “¿Es la racionalidad de la ciencia una especie de racionalidad
práctica?”. Diánoia, (67), 13-41.
Velasco, Ambrosio. (2000). “La racionalidad científica en Duhem y Popper: buen sentido
o reglas metodológicas”. En Teresa Santiago (Comp.), Alcances y límites de la
racionalidad en el conocimiento y la Sociedad (pp. 39-45). Plaza y Valdés.
Resumen
En este artículo se esbozan tres aproximaciones filosóficas a la religión en la modernidad en el contexto de la cri-
sis provocada por el abandono de la metafísica aristotélica y la adopción de una visión científica del mundo, que
obligó a adaptar el modo de pensar la divinidad al nuevo paradigma. Estas aproximaciones (religión revelada,
religión natural y escepticismo) se definen a partir de ciertas consideraciones epistemológicas sobre el poder de
la razón y sus límites. En concreto, si es posible o no conocer a Dios, y si las facultades racionales bastan por sí
mismas o si son necesarias las Escrituras u otras fuentes para acceder a tal conocimiento. En la ética, la religión
también influyó sobre la manera de hacer y justificar los juicios morales, en tanto que se pensaba que las leyes de
la conducta, como las de la física, dependían de la naturaleza de Dios y su voluntad. En este sentido, y situados
en tal contexto histórico, se toma a tres autores representativos de estas aproximaciones a la religión (Locke,
Hume y Kant) y se busca aterrizar el trasfondo epistemológico y metafísico al problema concreto del suicidio en
relación con el modo de pensar a Dios de estos autores.
Abstract
This paper outlines three philosophical approaches to religion in modernity, which, at the time, was in a major
crisis due to the abandonment of Aristotelian metaphysics and the adoption of a scientific conception of the
world, which compelled to adapt the way of thinking divinity to the new paradigm. These approaches (revealed
religion, natural religion, and skepticism) are defined on an epistemological basis, regarding considerations
about the power of reason and its limits—concretely, if knowledge of God is possible or not, and if the rational
faculties are sufficient by themselves or if Holy Scriptures or other sources are necessary to access such knowle-
dge. In ethics, the vision of religion influenced the way of making and justifying moral judgments since the laws
of conduct were thought to depend, like the laws of physics, on the nature of God and His will. In this sense,
and situated in such a historical context, three representative authors of these approaches to religion are taken
(Locke, Hume and Kant), in order to sketch the epistemological and metaphysical background to the specific
problem of suicide and the relationship with the way of thinking God in these authors.
E
l dominio de la filosofía escolástica comenzó a derrumbarse entre los siglos xv
y xvii al ser cuestionada la autoridad de Aristóteles por la ciencia y la filosofía.
El centro de tal cambio generalmente se coloca en el trabajo de Galileo, quien
eliminó conceptos centrales para Aristóteles de su concepción de ciencia (particu-
larmente el de sustancia). Entre las consecuencias de la llamada revolución científica
se encuentra el abandono de tres de las cuatro causas identificadas por Aristóteles
—causa final, causa formal y causa material—, todas ellas ligadas de una u otra forma
a la sustancia y a los poderes ocultos internos de los objetos, por lo cual la causa efi-
ciente pasó a considerarse el único modo aceptado de causalidad. Esta ruptura trajo
consigo una crisis para el pensamiento religioso, profundamente fundamentado en
la escolástica, que se vio reflejada en las polémicas del propio Galileo, por ejemplo,
cuando debatió los límites entre ciencia y religión frente a aquellos que defendían
la metafísica aristotélica (y el sistema ptolemaico) sobre la base de interpretaciones
literales de pasajes bíblicos.1 Además, el movimiento protestante del siglo xvi había
causado la desestabilización de la Iglesia y desatado conflictos armados entre grupos
religiosos, cuyas interpretaciones de la divinidad eran incompatibles.
En este contexto se replanteó el papel de Dios en la naturaleza de acuerdo con
las pautas de la nueva ciencia, dando como resultado algunas de las discusiones más
fructíferas del momento. Destaca, por ejemplo, el problema de la naturaleza del
tiempo y el espacio protagonizado por Leibniz, Newton y Samuel Clarke, en el que
subyace la pregunta sobre la naturaleza de Dios y su relación con la creación. En la
ética, surgió el problema sobre el fundamento de las leyes de la moral, que de manera
paralela con las leyes de la física, se suponían dependientes de Dios. Leibniz (2016),
por ejemplo, asevera que “ciertas reglas de la justicia sólo podrían ser demostradas en
toda su extensión y perfección suponiendo la existencia de Dios y la inmortalidad del
alma” (134). La cuestión, por lo tanto, involucraba necesariamente alguna postura so-
bre la metafísica y sobre el conocimiento que los seres humanos pueden tener o no sobre
esta disciplina.
En la modernidad hubo tres aproximaciones principales a la religión desde la
filosofía, marcadas por distintas formas de relacionar a la primera con la razón:
El problema principal sobre la religión que enfrentó Locke fue lo que llamó entu-
siasmo. El entusiasmo es un asentimiento exagerado sobre alguna creencia. En esta
creencia desbordada no fundada sobre evidencia, se halla oculta alguna pretensión
indirecta más allá del puro amor a la verdad (Locke, 2005: 703). La pretensión que se
oculta en el entusiasmo no es otra cosa que el deseo por influir sobre otros, de atri-
buirse a uno mismo algún tipo de autoridad divina para imponer las propias creen-
cias a otros. El problema del entusiasmo, por lo tanto, radica tanto en el hecho de
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 52
El conocimiento racional
2 Locke considera al conocimiento de la matemática y la moral necesario, en tanto que puede ser demostrado
con pruebas racionales, mientras el resto del conocimiento depende de evidencia empírica limitada, por lo
cual sólo es probable (aunque con distintos grados de probabilidad).
3 Es decir, conocimiento auto-evidente y cuya verdad es reconocible de manera inmediata (Locke, 2005: 621).
Narváez López, Marcos Gabriel
“Tres visiones sobre la ética, la religión y el suicidio en la modernidad” 53
Y para impedir que los hombres atropellen los derechos de los demás, que se
dañen recíprocamente, y para que sea observada la ley de la naturaleza […] ha
sido puesta en manos de todos los hombres la ejecución de la ley natural […].
Sería vana la ley natural […] si en el estado natural no hubiese nadie con el po-
der para hacerla ejecutar, defendiendo de ese modo a los inocentes y poniendo
un obstáculo a los culpables. (Locke, 2013: 121)
La fe
Por otro lado, se encuentra la fe, que Locke (2005) describe como “el asentimiento
que otorgamos a cualquier proposición que no esté fundada en deducción racional,
4 Es decir, la razón.
5 En tanto que éstos, como individuos, renuncian a su capacidad de aplicar la ley para transferirla al gobierno
(Locke, 2005: 338).
Narváez López, Marcos Gabriel
“Tres visiones sobre la ética, la religión y el suicidio en la modernidad” 55
sino sobre el crédito del proponente” (695). Aquí, en contraste con la razón, el asenti-
miento sobre las proposiciones no depende de cadenas de razonamientos, sino sim-
plemente de la autoridad de quien las enuncia. En consecuencia, la revelación debe
tomarse como verdadera en cualquier caso, dado que el proponente es Dios mismo.
Locke considera este aspecto desde una visión sumamente cuidadosa debido al
ya mencionado problema del entusiasmo. ¿Cómo puede asegurarse la procedencia di-
vina de ciertas proposiciones? ¿Cómo identificar la auténtica autoridad de Dios frente
a aquellos falsos comunicadores de su palabra? Según Locke, estas preguntas se deben
resolver mediante la razón, pues debe aplicarse un ejercicio de valoración crítica con
respecto a la pretendida revelación. La meta es probar su procedencia legítimamente
divina: “la proposición que debe estar firmemente fundada y mostrada como verdadera
es ésta: que Dios es quien la ha revelado y que lo por mí aceptado como una revelación
ha sido ciertamente introducido en mi mente por Dios, y que no ha sido inspirada por
algún otro espíritu, o provocada por mi propia imaginación” (Locke, 2005: 708).
La certeza más grande que puede haber sobre el origen divino de una proposi-
ción es la que acompaña a las Sagradas Escrituras, pues no sólo se trata de un testimo-
nio escrito de la voluntad de Dios, sino que también da testimonio de pruebas reales
(por ejemplo, los milagros) en el sentido de que quienes la revelaron de hecho, co-
municaban la palabra de Dios (Locke, 2005: 712). Locke (2005) concluye que si bien
la revelación puede mostrar proposiciones también evidentes por la razón (como las
llamadas máximas, los axiomas de Euclídes o la existencia de Dios), el ámbito propio
de la fe está en aquello que las facultades racionales no pueden suministrar:
[C]omo hay muchas cosas acerca de las cuales tenemos nociones muy imper-
fectas, o ninguna, y como hay otras cosas de cuya existencia pasada, presente y
futura nada podemos saber por vía del uso natural de nuestras facultades, estas
cosas, puesto que están más allá del descubrimiento de nuestras facultades na-
turales y se sitúan por encima de la razón, estas cosas, digo, cuando han sido
reveladas, son el asunto propio de la fe. (700)
Estas ideas se llevan al terreno de la ética y la política en otras obras de Locke, como
en los Dos tratados sobre el gobierno civil y Ensayos sobre la ley natural, en las cuales
hay numerosas referencias a las Escrituras.
Según lo dicho, debe haber cooperación entre ambas facultades, de tal modo
que las Escrituras puedan ser compatibles con lo que nos enseña la razón. Para Locke,
el entusiasmo debe corregirse mediante un entendimiento correcto (o probable) de
la revelación guiado por la razón, pues sin esta cooperación se asoma la peligrosa
arrogancia del entusiasmo. De esta cooperación entre fe y razón es de donde surge la
diversidad de los grupos religiosos, que deben ser tolerados, siempre y cuando todos
ellos estén apegados a las Escrituras y dentro del ámbito de la razón. Locke no tolera
el ateísmo porque considera que sin la influencia de Dios no es posible construir una
sociedad, ni un estado de derecho.6
Aunque no existe un consenso claro sobre el tema del suicidio en Locke, en este
trabajo se ofrece una interpretación relativamente común, según la cual dicho autor
condena tal práctica en los Dos tratados sobre el gobierno civil. Estas obras se ocupan
de la relación entre Dios y el gobierno. En el primer tratado, Locke critica la pos-
tura de Robert Filmer en El patriarca, en la cual defendía el poder absoluto de los
gobernantes por ser heredado de Dios y acorde con la ley divina. Aquí se parte de
una larga discusión de interpretación bíblica sobre el tema de la autoridad paternal
y la propiedad mediante lo dicho sobre Adán en las Escrituras. Filmer aseguraba que
Adán poseía autoridad absoluta sobre toda la creación, la cual le era heredada a sus
hijos, los monarcas. Locke (2013) llega a una conclusión contraria: “Adán no tenía,
ni por derecho natural de paternidad, ni por atribución positiva hecha por Dios, una
autoridad sobre sus hijos, ni semejante dominio sobre el mundo” (117).
Una vez dicho esto, Locke ofrece su propia interpretación, que servirá de fun-
damento para el Segundo tratado. Según Locke, Dios ha creado a todos los hombres
iguales en especie y todos ellos tienen la misma autoridad sobre los seres no-raciona-
6 “no han de ser tolerados de ningún modo quienes niegan la divinidad, pues para el ateo los juramentos, pac-
tos y promesas, que son lazos de la sociedad humana, no pueden ser algo estable y santo. Al apartar a Dios,
aunque sólo sea en pensamiento, se disuelven todas las cosas. Y quien por su ateísmo destruye de raíz toda
religión no puede pedir para sí privilegios de tolerancia en nombre de otra religión” (Locke, 1970: 50).
Narváez López, Marcos Gabriel
“Tres visiones sobre la ética, la religión y el suicidio en la modernidad” 57
les, de los que pueden disponer para su propio beneficio. De esta disposición surge la
propiedad privada, y de la igualdad de los hombres, los deberes de unos con otros y
las leyes civiles (que coinciden con la ley divina). En el Segundo tratado, Locke asegu-
ra que el suicidio viola la ley natural u obligación de la “preservación de la vida” de los
individuos, y significa un peligro para la sociedad, pues permitirlo abriría la puerta al
homicidio. En un famoso pasaje, Locke (2013) dice:
Como ya se mencionó, para Locke sólo hay libertad humana en la medida que ésta se
subordina a las leyes que se desprenden de la voluntad de Dios. Para Locke, la moral
se refiere a la ley que proviene de la volición del Ser supremo, que los hombres deben
obedecer. La ley natural, una vez más, no está impresa en la naturaleza de los hom-
bres, sino que debe aprenderse por el uso de las facultades racionales (por demostra-
ción, con las ideas del hombre y Dios y con las de dolor y placer) y la comprensión de
la voluntad de Dios en las Escrituras. Si lo dicho hasta ahora es correcto, para Locke,
el suicidio es una afrenta a Dios, al ir en contra de su voluntad sobre la vida, y como
tal, puede suponerse, es castigado por la eternidad en la otra vida.
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 58
Hume y el escepticismo
Hume mostró una actitud crítica hacia la religión durante toda su vida. La originali-
dad de su pensamiento no proviene de su empirismo, sino de su escepticismo. Según
estos planteamientos, no es posible que la razón infiera la existencia de algún objeto
por sí sola (de manera a priori), menos aún, una existencia necesaria, como se preten-
de en el caso de Dios. Aunque la razón logre convencerse a sí misma, con argumentos
u observaciones que parezcan plausibles, no puede deducir a partir de éstos la exis-
tencia de cosas tales como un alma inmortal o Dios. Como se verá más adelante, el
objetivo principal de crítica para Hume fue el llamado “argumento del designio”, que
pretendía demostrar la existencia de Dios mediante una analogía entre la divinidad y
el hombre. Según Hume (1994), la razón excede los límites de sus capacidades cuando
procede de esta manera, lo cual la lleva a caminos abstractos, difíciles y alejados de la
vida cotidiana a la que la filosofía debe enfocar su actividad:
quedar fuera de las investigaciones humanas.7 Al respecto, Hume (1994) dice: “La
única manera de liberar inmediatamente el saber de estas abstrusas cuestiones es in-
vestigar seriamente la naturaleza del entendimiento humano, y mostrar por medio de
un análisis exacto de sus poderes y capacidad que de ninguna manera está preparado
para temas tan remotos y abstractos” (26).
Las críticas más agudas de Hume se enfocaron en los argumentos de la religión
natural, particularmente en su vertiente empirista.8 En la modernidad, en pleno auge
de la visión mecanicista del mundo, surgió la analogía del mundo como una máqui-
na, frecuentemente concebido como un reloj. Tal analogía fue usada para probar la
existencia de Dios con argumentos que Hume (2011) presenta en los Diálogos sobre
la religión natural de la siguiente manera:9
Para Hume, esto no es más que una especulación de la razón debido a que no hay, ni
puede haber experiencia de Dios, y por ello la justificación de este argumento debe
ser analizada (con el examen de las facultades humanas).
7 Al igual que Kant, Hume reconoce una “verdadera metafísica” y una “verdadera religión”, aunque no es clara
su postura al respecto.
8 Los argumentos en contra de la religión revelada se hallan principalmente en la obra Historia natural de la
religión (Hume, 1966). Otro escrito relevante sobre el tema es la sección x de la Investigación sobre el entendi-
miento humano, “Sobre los milagros”.
9 Este argumento es un ejemplo clásico del modo de explicación a posteriori, en tanto que se parte de los efec-
tos (es decir, la creación, el universo) para deducir la causa (Dios). También es un argumento empirista.
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 60
10 Con esto, Hume se refiere, en primer lugar, al fallido intento de revolución en contra de los príncipes lidera-
do por uno de los fundadores del anabaptismo, Thomas Münzer, en 1528. Münzer instigó a sus seguidores,
que consideraba como los auténticos “elegidos” de Dios, a instaurar un nuevo gobierno basado en sus ideas
religiosas y políticas, lo cual culminó en la masacre de sus tropas. Los camisardos fueron un grupo de calvi-
nistas hugonotes que, inspirados en los sueños del “profeta” Abraham Mazel, se levantaron en armas contra
los católicos tras la revocación del Edicto de Nandes (con lo cual se prohibía cualquier religión distinta a
la católica). Hume (1945) se refiere también a los niveladores (levellers), de quienes habla abiertamente en
su Investigación sobre la moral, y los condena precisamente por su entusiasmo “político”, que “surgió de los
religiosos”, y con el que pretendían una “repartición igual de la propiedad” (54).
Narváez López, Marcos Gabriel
“Tres visiones sobre la ética, la religión y el suicidio en la modernidad” 61
11 La idea de “primeros principios” de carácter metafísico es manifiesta en la mayoría de los autores de la mo-
dernidad. Un ejemplo muy claro es el de Descartes en sus Principios de la filosofía.
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 62
qué tomar esta pequeña fracción de la naturaleza sobre otras, especialmente cuando
existen otras dimensiones en la naturaleza (como la materia) mucho más amplias que
la inteligencia. Según Hume, las explicaciones basadas en este ente divino no son muy
distintas de las planteadas por la antigua filosofía de los aristotélicos, que, sustentada
por la noción de sustancia, establecía poderes causales ocultos, y que fueron abando-
nadas con la revolución científica. La voluntad de Dios es solamente una suerte de
sustituto de tales nociones, y al igual que aquellas, no hace más que ocultar la abso-
luta ignorancia de los hombres frente al funcionamiento “interno” de la causalidad.
Las críticas de Hume a la religión despertaron gran preocupación, pues se supo-
nía que ésta era necesaria para la moral. No obstante, las discusiones sobre el problema
de la libertad fueron de especial interés para Hume. Para solucionar las dificultades
sobre la moral, los filósofos desarrollaron complejas teorías sobre la compatibilidad de
la libertad y la necesidad de la providencia divina. Por ello, afirma Hume que los de-
bates sobre este tema habían llevado a un “laberinto de oscura sofistería”, aunque en
los hechos, gracias a la experiencia, ya había una respuesta unánime que mostraba la
compatibilidad entre ambos.
Hume comienza por definir dos conceptos claves: el de necesidad y el de li-
bertad. En primer lugar, la necesidad se refiere a la asociación por costumbre de dos
hechos que aparecen de manera conjunta en cada ocasión. En segundo lugar, la liber-
tad es actuar o no actuar de acuerdo con las determinaciones de la voluntad (Hume,
1994: 117-119). Según estas definiciones, es un hecho corroborado en la experiencia
que las acciones voluntarias conllevan necesidad, ya que existe una conexión nece-
saria entre los actos voluntarios y los motivos. Cada acción realizada de manera vo-
luntaria se relaciona invariablemente con algún motivo ligado a un gran conjunto de
circunstancias posibles, por ejemplo, el temperamento, la edad, la cultura, el sexo, el
estado de ánimo, etcétera. Esta conjunción constante (necesaria) permite a los hom-
bres realizar inferencias sobre las acciones de otros y, a su vez, permite la construc-
ción de la sociedad y el juicio sobre lo correcto o incorrecto (Hume, 1994: 123).
Para Hume, esto no significaba un ataque a los fundamentos de la sociedad. En
realidad, solucionaba algunas de las paradojas más graves de la filosofía religiosa en su
dimensión moral. ¿Cómo podía ser compatible un Dios supuestamente bondadoso
y todopoderoso con el mal siendo éste la causa de todo el universo? Para Hume, no
había una respuesta convincente a tal enigma que no convirtiera a Dios en culpable o
cómplice del mal o, en todo caso, que no minimizara sus capacidades (Hume, 1994:
127). Más aun, el intento por establecer leyes morales fundamentadas en la metafísica
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 64
Hume ataca los argumentos para afirmar la inmoralidad del suicidio en el ensayo
“Sobre el suicidio”. En él, concede que Dios sea el autor de facultades como los senti-
dos, las pasiones y el juicio, pero las leyes que considera no son morales, sino físicas,
sobre los cuerpos. Si el hecho de cambiar el curso natural que Dios ha puesto en el
mundo equivale a cometer un crimen, entonces, situaciones comunes y completa-
mente aceptadas también deberían serlo. Los seres vivos, al ser también creados por
Dios, no pueden juzgarse solamente sobre la base de su interacción con los cuerpos
externos en su curso natural. Esto supondría que hechos normalmente aceptados,
como la manipulación de materiales como árboles o metales para la satisfacción de
las necesidades humanas, también deberían considerarse inmorales por ir contra la
voluntad de Dios sobre los cuerpos. La prolongación de la vida, bajo la misma lógi-
ca, sería moralmente inaceptable: “Si la disposición de la vida humana estuviera tan
reservada, como dominio peculiar del Todopoderoso […] sería igualmente criminal
actuar a favor de la preservación de la vida como en aras de su destrucción” (Hume,
2005: 130).
Para Hume, el suicidio en realidad no es distinto de muchas otras situaciones
de la vida en las que los deseos y pasiones llevan a tomar acciones sobre los cuerpos,
en este caso, el propio. La posición que afirma que el suicidio va en contra de la pro-
videncia divina, y por lo tanto es inmoral, es una apelación a la naturaleza que ha
mostrado ser absurda a lo largo de la historia. Hume (2005) afirma:
Resulta impío, dice la antigua superstición romana, desviar de los ríos su curso,
o invadir las prerrogativas de la naturaleza [...]. Es impío, dice la moderna su-
perstición europea, poner término a nuestra propia vida y rebelarnos, así, contra
nuestro creador. ¿Por qué no es impío, digo yo, construir casas, cultivar la tierra
o navegar el océano? En todas estas acciones, empleamos los poderes de nuestra
mente y cuerpo para producir cierta innovación en el curso de la naturaleza y en
ninguna de ellas hacemos más que eso. Todas ellas son, por consiguiente, igual
de inocentes o igual de culpables. (131)
Narváez López, Marcos Gabriel
“Tres visiones sobre la ética, la religión y el suicidio en la modernidad” 65
En cuanto a la creencia de que el suicidio era también una amenaza para la sociedad,
Hume consideraba que esto no sólo era falso, sino que el suicidio podía ser algo digno
de admiración. Cuando una persona ya no es capaz, por el motivo que sea, de contri-
buir a la sociedad y se convierte en una carga, resulta más útil para el conjunto y para el
individuo removerlo de ella. La posición de Hume en torno a la moral es más cercana
a la de la filosofía antigua: se refiere a una ética de las virtudes, que se deriva de los
sentimientos de alabanza y rechazo de los actos. La ley se establece por convención, de
manera artificial, con respecto a la utilidad que estos actos conllevan para el bien de la
sociedad (Hume, 1945: 75). Con esto en mente, Hume afirma que el único mal para
la sociedad que puede provenir del suicidio es, en todo caso, no contribuir más al bien
común. Sin embargo, dice, tal mal “sería de la clase más ínfima” (Hume, 2005: 132).
Finalmente, sobre el supuesto deber con uno mismo de preservar la vida, Hume (2005:
133) argumenta que el interés propio y la muerte no son mutuamente excluyentes en
casos como la enfermedad. En ocasiones, el suicidio es una acción prudente.
Con su postura sobre el suicidio, queda claro que Hume rechaza los sistemas
morales y leyes de la conducta basadas en las especulaciones de la filosofía abstrusa
y la metafísica, a la cual considera un simple revestimiento racional de la religión.
La moral, como la ciencia, debe tener un fundamento en lo observable, en lo que
muestra la experiencia y los sentimientos. En este sentido, son una guía mucho más
confiable de lo que pueden ser las oscuras nociones de la religión, que sobrepasan el
entendimiento humano. Hume (1994) afirma así, en oposición a Locke, que “toda la
filosofía del mundo y toda la religión, que no es sino una clase de filosofía, jamás se-
rán capaces de llevarnos más allá del curso habitual de la experiencia o darnos pautas
de conducta o comportamiento distintas de las que nos suministra la reflexión sobre
la vida común” (173).
Al igual que Locke y en oposición a Hume, Kant consideraba necesarias las leyes de la
moral. A pesar de esta diferencia fundamental, aceptó las críticas de Hume a la religión
y a la metafísica y procuró encontrar un término medio que mostrara la existencia de
reglas universales que deben guiar la conducta humana, independientemente de los
motivos específicos, pero que evitara caer en las trampas epistemológicas de la filosofía
abstrusa sobre la cual no podía haber verdadero conocimiento. El modo de lograrlo fue
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 66
colocar a la razón como regente de la realidad. Kant rechazó los estrechos límites que
Hume había identificado para el poder de la razón y fue más allá de sus predecesores
al convertirla en una condición de la experiencia y el fundamento mismo del deber. En
cuanto a la epistemología, dice Kant, los seres racionales no sólo reciben datos del exte-
rior y con base en ellos establecen relaciones de ideas, sino que la facultad del entendi-
miento participa activamente en la experiencia y la unifica, justificando así la necesidad
del conocimiento dentro de la conciencia, y marcando los límites del mismo según la
forma de la sensibilidad.
Aunque los límites del conocimiento teórico dejan cualquier noción metafísica
fuera de la ciencia, Kant asegura que por naturaleza hay una tendencia hacia estos sa-
beres. Conceptos como el de Dios en realidad son forjados por la razón. Se trata de las
llamadas ideas de la razón o ideas regulativas, que tienen un papel fundamental para
la moral. Estas ideas, a grandes rasgos, son el resultado de un modo de pensar la to-
talidad, al absoluto que naturalmente se extiende más allá de la experiencia y para lo
cual es necesario asumir o presuponer lo suprasensible, como las cosas en sí y el todo
del universo. En la Crítica de la razón pura, Kant (2013: 308) explica extensamente
su postura entre el dogmatismo y el empirismo, y apunta hacia la utilidad práctica de
las ideas trascendentales.
La religión racional
Las ideas sobre la religión en Kant se ligan con su ética de manera muy estrecha. En los
Prolegómenos, explica su postura intermedia entre el deísmo (que acepta conocimiento
sobre la idea de Dios) y el teísmo (que busca describir a Dios y atribuirle existencia)
haciendo referencias explícitas a Hume y sus críticas al antropomorfismo. La idea de
Dios yace en el límite de la razón; es una forma de pensar lo indeterminado sin sobre-
pasar tal límite, lo cual obliga a pensar al mundo “como si” hubiera un entendimiento
y una voluntad supremas que no se atribuyen a algo real. Kant (2015) llama a esto un
“antropomorfismo simbólico” en contraste con el dogmático, y dice: “las ideas trascen-
dentales, si bien no sirven para instruirnos positivamente, sirven para anular las afir-
maciones del materialismo, del naturalismo, y del fatalismo, afirmaciones temerarias y
restrictivas del campo de la razón; y con ello sirven para procurarles a las ideas morales
un espacio fuera del campo de la especulación” (279).
Narváez López, Marcos Gabriel
“Tres visiones sobre la ética, la religión y el suicidio en la modernidad” 67
El concepto de una voluntad divina determinada según meras leyes morales pu-
ras nos permite pensar, así como sólo un Dios, también sólo una Religión, que
es puramente moral. Pero si aceptamos leyes estatutarias de Dios y hacemos
consistir la Religión en nuestro seguimiento de ellas, entonces el conocimien-
to de las mismas no es posible mediante nuestra propia Razón solamente, sino
sólo por revelación […]. —Aunque se admitan también leyes divinas estatuta-
rias […] sin embargo, la legislación moral pura, por la cual la voluntad de Dios
está originalmente escrita en nuestro corazón, no es sólo la condición ineludible
de toda Religión verdadera en general, sino que es también lo que constituye
propiamente ésta, y aquello en orden a lo cual la ley estatutaria puede contener
solamente el medio de promoción y extensión de ello. (105)
variantes religiosas: “Si ocurre así, se podrá decir que entre la Razón y la Escritura no
sólo se encuentra compatibilidad, sino también armonía, de modo que quien sigue
una (bajo la dirección de los conceptos morales) no dejará de coincidir con la otra”
(Kant, 1981: 27). Esta postura es similar a la llamada philosophia perennis investigada
por Leibniz y otros, que consideraba la existencia de un núcleo único en todas las re-
ligiones y mostraba la armonía entre la revelación y la razón. Para Kant, tal núcleo se
restringe al campo de la ética y, aún más, estas leyes no se descubren con la razón sino
que ella misma es su fundamento. De esta forma, la moral no es algo que proviene
de algo exterior a los hombres, ni depende de la experiencia personal o de algún ente
metafísico como Dios.
El concepto de razón pura práctica es el centro de la ética kantiana. Éste implica leyes
racionales y universales que constriñen a la libertad. Al igual que la razón especula-
tiva, estas leyes se aplican a elementos concretos, en este caso, los deseos y motiva-
ciones particulares (la materia de la acción). El libre arbitrio, dice Kant (1993), es “el
arbitrio que puede ser determinado por la razón pura”, lo cual “no es posible más que
sometiendo la máxima de cada acción a las condiciones de aptitud para convertirse
en ley universal” y “prescribir esta ley sólo como imperativo de prohibición o man-
dato, dado que las máximas del hombre que proceden de causas subjetivas no coinci-
den por sí mismas con las objetivas” (17). El libre arbitrio, entonces, es una facultad
única de los seres racionales: es la autonomía que los distingue de los animales al no
determinarse completamente por “impulsos” sensibles o materiales (y que requiere
de la idea de Dios, que confiere a las leyes de la libertad un dominio separado de la
materia y los sentimientos). En su Fundamentación de la metafísica de las costumbres,
Kant explica a detalle tales planteamientos, donde el suicidio figura como un ejemplo
para ilustrar esta teoría. El imperativo categórico es la expresión de un mandato de la
razón, que indica si alguna máxima puede ser ley para todo ser racional.
El suicidio, según Kant, es contrario a la razón y por ello no es permisible bajo
ninguna circunstancia. Según la primera fórmula del imperativo categórico, el sui-
cidio implica una contradicción si se supone que es una ley de la naturaleza. Esto
es así puesto que la máxima “hágome por egoísmo un principio de abreviar mi vida
cuando ésta, en su largo plazo, me ofrezca más males que agrado” (Kant, 2007: 36)
Narváez López, Marcos Gabriel
“Tres visiones sobre la ética, la religión y el suicidio en la modernidad” 69
implica que el egoísmo o amor propio, que tiende a la conservación de la vida, tam-
bién puede llevar a la autodestrucción. En palabras de Kant (2007), “Pronto se ve
que una naturaleza cuya ley fuese destruir la vida misma, por la misma sensación
cuya determinación es atizar el fomento de la vida, sería contradictoria y no podría
subsistir como naturaleza; por tanto, aquella máxima no puede realizarse como ley
natural universal y, por consiguiente, contradice por completo al principio supremo
de todo deber” (36).
Según la llamada fórmula de la humanidad, el suicidio tampoco puede ser una
ley. La humanidad debe ser tratada como un fin en sí misma, lo cual obliga a no tra-
tar a otros o a uno mismo como meros medios. Sobre esto, explica Kant (1993) en la
Metafísica de las costumbres:
material como la que condiciona a los hombres y que presupone a Dios. En lo que
respecta al ejemplo del suicidio, no es que una voluntad divina prohíba esta práctica
y que, por este motivo, los seres humanos debamos hacerlo también. Todo lo contra-
rio: es porque la razón puede probar que el suicidio es moralmente inaceptable, que
debemos pensar que Dios también lo condena.
Conclusión
Referencias bibliográficas
Galileo. (1994). Carta a Cristina de Lorena y otros textos sobre ciencia y religión. Altaya.
Hume, David. (1966). Historia natural de la religión. Editorial Universitaria de Buenos Aires.
Hume, David. (2005). Escritos impíos y antirreligiosos (José L. Tasset, Ed.). Akal.
Kant, Immanuel. (1981). La religión dentro de los límites de la mera razón. Alianza.
Kant, Immanuel. (2015). Prolegómenos a toda metafísica futura que haya de poder
presentarse como ciencia. Ediciones Istmo.
Locke, John. (1970). Carta sobre la tolerancia y otros escritos (Pedro Bravo Gala, Ed.).
Grijalbo.
Locke, John. (2005). Ensayo sobre el entendimiento humano. Fondo de cultura económica.
Mauricio Zepeda
Universidad Nacional Autónoma de México | México
Contacto: [email protected]
Resumen
El objetivo de este trabajo es comparar el concepto de cuerpo en Heidegger y Zubiri. Para ello, expondré la idea
de cuerpo en ambos autores. Heidegger no trató unitariamente al cuerpo; Zubiri, sí. Esto implica reconstruir el
concepto de cuerpo en el primero. Lo haré periodizando su doctrina según tres épocas: la correspondiente a Ser
y tiempo, a Los conceptos fundamentales de la metafísica y a Seminarios de Zollikon. Dichas épocas las relaciono
con tres conceptos: cuerpo (Leib), organismo (Organismus) y soma (Soma), respectivamente. Para Heidegger, el
cuerpo, en el marco de la espacialización existencial, es un corporar codeterminado fundado en el ser-en-el-
mundo del Dasein. En el caso de Zubiri, basta con exponer los conceptos más importantes sobre el cuerpo. Esto
es, la constructividad y lo psicorgánico. La constructividad implica desarrollar la idea de realidad y sustanti-
vidad. Por otra parte, lo psicorgánico es el punto de partida de Zubiri para pensar al cuerpo. Lo psicorgánico
posee un momento de corporeidad en el cual se despliega la función somática como actualidad presencial. Una
vez hecha la exposición de ambos autores, haré, a modo de conclusión, una comparación de sus propuestas,
donde destacaré las similitudes y diferencias. Además, haré una evaluación crítica, donde argumentaré el mayor
éxito de la propuesta zubiriana, así como elementos sobre el cuerpo que ambos autores omitieron.
Abstract
The goal of this work is to compare the concept of the body in Heidegger and Zubiri. To do this, I will present
the idea of the body in both authors. Heidegger did not treat the body unitarily while Zubiri did. This implies
reconstructing the concept of the body in Heidegger. I will be starting to periodize his doctrine in three epochs:
Being and Time, The Fundamental Concepts of Metaphysics, and Zollikon Seminars. I relate these epochs to three
concepts: body (Leib), organism (Organismus), and soma (Soma). For Heidegger, the body in the conceptual
framework of an existential spatialization is a codetermined body founded on the being-in-the-world of Dasein.
In the case of Zubiri, it is enough to expose the most important concepts about the body. That is, constructiveness
and the psycho-organic. Constructiveness implies developing the idea of reality and substantivity, but the
psycho-organic is Zubiri’s starting point to think about the body. The psycho-organic possesses a moment of
embodiment, in which the somatic function unfolds as present actuality. Once the presentation of both authors
is done, I will make a conclusion and a comparison between both proposals in which I will highlight their
similarities and differences. I will conclude with a critical evaluation, in which I will argue the greatest success of
Zubiri’s proposal, as well as the elements regarding the body that both authors omitted.
Introducción
A
unque marginalmente, Heidegger se preocupó por el problema del cuerpo en
Ser y tiempo. De hecho, lo sitúa como un aspecto fundamental en la estructura
y comprensión del Dasein.1 Es llamativo que Heidegger no detallase al cuer-
po, ya que, siendo un autor afecto a las etimologías, parece patente la relación entre
“cuerpo” (Leib), “persona” (Leibhaftig) y “vida” (Leben). De cualquier modo, el recono-
cimiento que Heidegger concedió al cuerpo puede comprobarse en dicha obra, porque
señala cómo debe investigarse a la corporalidad; prescribe las directrices para su abor-
daje radical. Heidegger no desarrolló el problema del cuerpo en Ser y tiempo, pero sí
ahondó en él en los seminarios recogidos en Seminarios de Zollikon. Y, de un modo u
otro, lo aludió en las lecciones que conforman el libro Los conceptos fundamentales de
la metafísica.2 Es insostenible decir que Heidegger no reflexionó al cuerpo.
Zubiri, por otra parte, estudió con Husserl y asistió a las lecciones de Los concep-
tos fundamentales. Familiarizado con la fenomenología y el análisis ontológico, tomó
distancia, sin embargo, para delinear su propuesta metafísica: el realismo constructo.
Zubiri asistió a aquellas lecciones, pero no a los seminarios de Zollikon, los cuales se
publicaron después de su muerte. Lo interesante es que, pese a que Zubiri no asistió
a los seminarios de Zollikon y de que Heidegger no leyó a Zubiri, las tesis y concep-
tos de ambos son muy similares. No obstante, sus tratamientos son distintos y hasta
opuestos, lo cual se hace evidente en el aspecto central del asunto: lo psicosomático.
Es decir, la conexión entre psique y soma de cara a la unidad humana, pues es desde
1 Es notable que casi no haya artículo —en francés o español, al menos— sobre Heidegger y el cuerpo que
no miente al célebre “reproche” que Sartre habría dirigido a Heidegger por sólo hablar “seis líneas” sobre el
cuerpo en Ser y tiempo. No obstante, es difícil ubicar este presunto reproche. No parece estar en la obra de
Sartre y, sin duda, no está en El ser y la nada, donde critica al Dasein heideggeriano por asexuado (Sartre,
1993: 407). Parece ser que quien difundió ese reproche fue Boss. Este, en su correspondencia con Heidegger,
dice: “Otros retomaron el reproche de Jean Paul Sartre, el cual se sorprendió de que usted haya escrito sola-
mente seis líneas acerca del cuerpo en todo Ser y tiempo”. Heidegger respondió: “El reproche de Sartre so-
lamente puedo confrontarlo con la afirmación de que lo corporal es lo más difícil y que en aquel entonces
no tenía más que decir al respecto” (Heidegger, 2007b: 311). Fuera de esta cita específica, no parece haber
otro registro; no parece que Sartre lo haya dicho. Es como si Boss, sin quererlo, hubiese popularizado hasta
el lugar común la crítica más recurrente a Heidegger. Y es más notable aún que esta crítica proceda del libro
donde Heidegger se pronuncia sobre el cuerpo. Es decir, el reproche es un tópico obsoleto, válido única-
mente en la época en que se escribió Ser y tiempo.
2 En adelante, Los conceptos fundamentales.
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 74
ella —la unidad— que conceptuaron al cuerpo.3 Toda similitud y diferencia está en-
marcada en sendos tratamientos: el análisis ontológico y el realismo constructo.
A todo esto, no debe perderse de vista que el concepto de cuerpo en Heidegger
está desperdigado a lo largo de su obra; Zubiri, en cambio, lo expone monográfica-
mente en El hombre y su cuerpo. Es preciso establecer en cada caso una metodología,
ya que se expondrá una doctrina reconstruida en Heidegger y se enfatizarán, a partir
de aquella reconstrucción, ciertos elementos de la doctrina zubiriana. Sin embargo,
la reconstrucción es ya una propuesta hermenéutica. Es un modo de leer a Heidegger
que implica explicitar sus límites. Hay que responder, en primera instancia, en qué
sentido puede hablarse de una doctrina del cuerpo heideggeriana. Una vez hecho
tal, revisaré cómo conceptuó Heidegger —a la luz de dicha propuesta hermenéuti-
ca— al cuerpo. Como se verá, no es lo mismo exponer las tesis heideggerianas a la
luz del contexto en el que están enunciadas que a luz de una doctrina hipotética.4
La reconstrucción otorga un sentido que rebasa toda interpretación ortodoxa, pero
que permite, sin perder rigor, exponer un sentido coherente y unitario. Finalmente,
expondré la conceptuación zubiriana destacando los elementos más pertinentes para
una comparación. Sólo entonces podrán compararse y evaluarse ambas doctrinas.
Por lo dicho, es artificial hablar de una doctrina del cuerpo en Heidegger; él no re-
flexionó de modo global al cuerpo. Es una intelección extrínseca al autor. Pese a ello,
analizar al cuerpo como si hubiese una doctrina dará solidez y claridad. Y es que
Heidegger no abordó sistemáticamente al cuerpo, pero sí consteló algunos concep-
tos que remiten a él: espacialidad, organismo, materia, etcétera.5 Atendiendo a este
3 Podría pensarse, de entrada, que se trata del problema mente-cuerpo; no es así o, mejor dicho, es así y no.
Ambos autores buscaron reformular ese problema. Ya sea retrotrayéndose a algo previo o reformulando
radicalmente lo que se entiende por cuerpo y por mente. Por principio, no pensaron al asunto en términos
de “mente”, sino de psique.
4 Excluyo el análisis comparativo de las acciones humanas, así como el de la determinación de la persona,
como hace José Villa (2019).
5 La sola elección de los conceptos relacionados es ya una lectura particular. Ha habido varias propuestas
para reconstruir al cuerpo en Heidegger. Destaco dos: la de Jaime Llorente (2015) y la de Ángel Xolocotzi
(2019). Cada interpretación enfatiza cosas distintas: Llorente subraya la dimensión práctica e instrumental;
Xolocotzi, la verdad y el desocultamiento. Cabe esperar resultados tan válidos como disímiles.
Zepeda, Mauricio
“El concepto de cuerpo en Heidegger y Zubiri” 75
“como si”, será posible formular una propuesta unitaria que incluya a aquellos con-
ceptos. ¿De qué modo?
Propongo que se divida al cuerpo en Heidegger en tres épocas. La primera esta-
ría expuesta en Ser y tiempo, de 1927, donde inscribió a la corporalidad en la espacia-
lización existencial; es la corporalidad ontológica. No la desarrolló, pero estableció el
programa para hacerlo. Sería la época programática, la cual estaría vertebrada por
el concepto de Leib. La segunda época se desarrollaría en el curso de Los conceptos
fundamentales, de 1929 a 1930, pero publicado hasta 1983. En él, Heidegger se ocupó
del organismo del animal. No lo estaría pensando existencial u ontológicamente, ni
siquiera ónticamente, sino que estaría afianzando su programa en discusión con la
ciencia. Se trataría de la época consolidativa con Organismus como concepto rector.6
Finalmente, la última época culminaría en el seminario que Heidegger impartió en
la casa de Boss en 1965, pero publicada bajo el título de Seminarios de Zollikon hasta
1987. Aquí se encuentra la respuesta explícita al programa que Heidegger inauguró
en Ser y tiempo —respuesta terminológica y conceptualmente rica—. Habló allí del “fe-
nómeno del cuerpo” (Leibphänomen), “problema del cuerpo” (Leibproblem), “límites
del cuerpo” Leibgrenze, “fenomenología del cuerpo” Leibesphänomenologie, etcétera.
Pese a la atención que da al cuerpo en tanto que físico (Körper) y en tanto que vivo
(Leib)7, considero que el concepto principal es el de Soma, ya que es su problematismo
el que lleva a Heidegger a pronunciarse sobre el cuerpo. Sería la época resolutoria.
Las épocas del cuerpo, entonces, serían tres: la programático-corporal, la con-
solidativo-orgánica y la resolutorio-somática. Con base en la época y su concepto
elegiré los pasajes más relevantes para delinear la reconstrucción. Se trata de una
periodización mínima que propongo sólo a partir de las obras señaladas. El análisis
no proviene de una revisión exhaustiva de la obra completa de Heidegger. Aun así,
basta con él para presentar las líneas fundamentales del tratamiento heideggeriano
del cuerpo. La investigación exhaustiva queda abierta.
6 Mi propuesta hermenéutica insistirá en lo orgánico, vínculo entre Ser y tiempo y los Seminarios de Zollikon
a causa de la psique. A diferencia de la propuesta de Rodrigo Lagos (2020), no enfatizaré la dimensión con-
ductual o impulsiva. Buscaré situar al organismo como un recurso con el cual Heidegger fue más allá de la
espacialidad existencial del programa. Claro está, esto no excluye la lectura de Lagos.
7 Véase la nota 10, pues la diferenciación entre Körper y Leib conlleva problemas fenomenológicos profundos.
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 76
Época programático-corporal
En Ser y tiempo Heidegger critica a la tradición a partir del presunto hecho de que
ésta sustancializó y parcializó al hombre. Lo habría conceptuado como un alma en
un cuerpo. Dice:
La persona no es ni cosa, ni sustancia, ni objeto. [...] Los actos son algo no-psí-
quico. [...] El ser psíquico no tiene, pues, nada que ver con el ser-persona. [...]
¿Cómo determinar ontológicamente de una manera positiva el modo de ser de la
persona? [...] Lo que está en cuestión es el ser del hombre entero, ser que se con-
cibe de ordinario como unidad de cuerpo, alma y espíritu. (Heidegger, 1997: 73)
8 Todo subrayado en las citas pertenecerá siempre al propio texto, salvo cuando esté la palabra Dasein, que
subrayo en todos los casos.
Zepeda, Mauricio
“El concepto de cuerpo en Heidegger y Zubiri” 77
ción esencial del estar-en-el-mundo” (1997: 81). El estar-en del Dasein es existencial;
es la segunda modalidad del estar-en.
El Dasein no es mero Körper, entonces, ¿no tiene espacialidad? Heidegger dice
que, si bien su espacialidad se funda en la del Körper, tiene un modo propio de dar-
se: acorde a su estar-en. El Dasein posee una “espacialidad existencial” (existenzia-
le Räumlichkeit). Esta espacialidad es decisiva, puesto que “solo la comprensión del
estar-en-el-mundo como estructura esencial del Dasein hace posible la intelección
de la espacialidad existencial del Dasein” (Heidegger, 1997: 82). Por negación del
consecuente, si no hay intelección de la espacialidad existencial, luego, no hay com-
prensión del estar-en-el-mundo del Dasein. Es en la tematización de la espacialidad
existencial que Heidegger plantea la problemática del cuerpo. Dice: “De la direc-
cionalidad provienen las direcciones fijas hacia la derecha y la izquierda. Al igual
que sus des-alejaciones, el Dasein lleva constantemente consigo estas direcciones. La
espacialización del Dasein en su ‘corporalidad’, que implica una problemática propia
que no ha de ser tratada aquí” (1997: 134). La problemática del cuerpo es justo y sólo
esa “espacialización del Dasein en su ‘corporalidad’ [Leiblichkeit]”. Este es el modo de
plantear el problema del cuerpo según Heidegger.9
Recapitulando, el Dasein en tanto es un ser-ahí es un estar-en-el-mundo que,
por cuanto es pensado como estar-en, es un estar-en existencial. El “en” del estar-en
es el habitar. Por esta razón, el Dasein posee una espacialidad existencial y su espacia-
lización es el problema de la corporalidad.
Época exploratorio-orgánica
9 La espacialización del Dasein abre, para Luis Flores (2003), la conexión entre el concepto de cuerpo en
Heidegger y el de Merleau-Ponty.
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 78
10 En este texto, Heidegger hablará apenas una docena de veces de Leib y Körper pero deseo llamar la aten-
ción sobre un par de cosas. Primero, estas dudas provienen de una lectura que rebasa al texto, aunque sea
pertinente su formulación. Segundo, la diferencia entre Leib y Körper es, para un germanoparlante, similar
a la que hay entre cuerpo vivo y cuerpo físico, aunque, de nueva cuenta, establecer sus límites representa un
desafío. Tercero, Husserl se encargó de hacerlo, dirimió la diferencia —al menos en Meditaciones cartesia-
nas— en la experiencia. El Körper es lo aprehensible; el Leib, lo aprehensible que aprehende (Husserl, 1996:
157, 171, 175, 180-182, 190). Heidegger, como se vio, problematiza desde un punto de vista distinto: el de la
espacialización y el de la mundanidad. Animal y Dasein poseen cuerpo y están vivos, pero no están del mis-
mo modo en el mundo. La diferencia del Leib animal y del Dasein no es inmediata ni sencilla y no la resuelve
la referencia a la sensación o a la vida. Y, cuarto, el propio Heidegger encuentra penoso que el francés, con
corps, no sea capaz de distinguir entre Leib y Körper. Señala que la palabra Körper proviene del corpus latino.
Lo escandaloso es que Heidegger sostiene que al francés le es “más difícil ver la verdadera problemática de
la fenomenología del cuerpo” (Heidegger, 2007b: 138). Por supuesto, ese señalamiento de Heidegger es ex-
tensivo al español, a la palabra cuerpo. El caso es que es falso. Es falso que, por su ascendencia latina, el corps
francés o el cuerpo español tengan sólo el contenido que Körper tiene en alemán. La palabra cuerpo recubre
a Leib y a Körper. Más importante aún, en español y francés hay un vocablo con enorme peso fenomeno-
lógico: carne o chair. ¿Habría que traducir Leib por ‘carne’? Creo que no: la palabra carne tiene en alemán
otro vocablo: Fleish. Quizá podría hablarse de Körper como cuerpo físico y de Leib como cuerpo vivo, sin
embargo, Heidegger lo problematiza, como se dijo. Con Heidegger sólo podemos decir que Körper es una
espacialización categorial, como la que tiene el vaso o el agua y Leib una espacialización existencial, propia
del Dasein. Ese es el problema que subrayo: ¿dónde queda el cuerpo del animal? Sólo podemos afirmar que
lo trató como Organismus.
11 Heidegger, al problematizar el modo en que la piedra o el animal está en el mundo, traspasa el estricto ámbi-
to fenomenológico de la consciencia. La transponibilidad la realiza adoptando contenidos teóricos, aunque
los critique. Por ejemplo, reflexiona a las moléculas. Excede dialógicamente al ámbito de la fenomenología.
Zepeda, Mauricio
“El concepto de cuerpo en Heidegger y Zubiri” 79
Dice Heidegger:
pluma para que otro escriba; un ojo, no. Éste está a nuestro alcance por sí mismo. “El ór-
gano es una herramienta incorporada [eingebautes] en el que la emplea” (2007a: 270).
Aquí Heidegger explora lo más relevante del órgano: la capacidad. La pluma, por ella
misma, no tiene la capacidad de escribir, pero “el órgano tampoco tiene por sí mismo
la capacidad de ver” (2007a: 272). Las capacidades les pertenecen a los órganos “pero
justamente como órganos, es decir, como pertenecientes al organismo” (2007a: 272).
Ahondando en la capacidad, Heidegger defiende una posición enigmática: los órganos
no tienen capacidades, “las capacidades tienen órganos” (2007a: 273). Y formula luego
otra tesis aún más enigmática: “El órgano queda comprendido en la capacidad de tocar
y moverse, y solo esta puede retomarlo y destruirlo” (2007a: 276).
La lectura obvia sería la de reparar en la preminencia de la posibilidad en la
propuesta heideggeriana. Lectura legítima, pero creo que hay otra que no entra en
conflicto con la anterior. Antes evoqué a lo psíquico, fue por lo siguiente: Heideg-
ger estaría reformulando el problema clásico de las facultades del alma.13 Dado que
la actividad no es psíquica, sino del organismo entero, ¿qué decir de la facultad?
Heidegger estaría problematizando —deliberadamente o no— la presunta índole psí-
quica de la actividad para situarla en la capacidad del ser vivo como organismo uni-
tario. Como dije, el problema del Körper, la psique y la facultad no derivan del texto,
pese a que interrogar por ellos sea legítimo. No obstante, en ellos está el enlace a la
respuesta definitiva.
Época resolutorio-somática
Después de treintaiocho años y del fructífero rodeo del organismo, Heidegger enri-
queció terminológica y conceptualmente su análisis del cuerpo. Ya está en condicio-
nes de responder a su programa ontológico. Lo hizo, como dije, en el seminario que
dictó en la casa de Boss. Es revelador que su respuesta provenga de las insistentes
preguntas de su auditorio, en el cual había psiquiatras. A ellos les preocupaba el tema
13 Llamo la atención sobre el hecho de que la δύναμις es ‘poder, potencia, fuerza, posibilidad’. Por cuanto
posibilidad, Heidegger está apelando a la δύναμις. No obstante, dado que el ver, oír, pensar, imaginar,
etcétera, son poderes, esto es, hay un poder ver o poder pensar, la tradición vertió δύναμις por facultas, ‘fa-
cultad’. En estos términos, Heidegger, en su negativa a admitir la dualidad cuerpo-alma —a la cual se le adju-
dicó tradicionalmente una segunda dualidad, la del sentir-inteligir— se vería en la necesidad de reformular
la δύναμις como poder y, por ello, como facultad. Insisto, se trata de una lectura que se colige de Heidegger,
no está presente en él.
Zepeda, Mauricio
“El concepto de cuerpo en Heidegger y Zubiri” 81
14 Dice Heidegger: “Nos movemos en un círculo. Sin embargo, este círculo no es un circulus vitiosus, un círculo
‘erróneo’”, puesto que depende del método. Dice inmediatamente: “La pregunta por lo psicosomático es, en
primera línea, una cuestión de método” (Heidegger, 2007b: 125).
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 82
los asistentes y para el propio Heidegger, quien la extiende enfatizando una diferencia
asaz problemática: la diferencia entre Körper y Leib. La piensa del siguiente modo:
El cuerpo [Leib] participa siempre de este respectivo estar-aquí, ¿pero cómo? ¿El
estar-aquí está determinado por el volumen de mi cuerpo [Körpers]? ¿Coinciden
los límites de mi cuerpo [Körpers] y de mi cuerpo? [Leib]. [...] Quizás uno podría
acercarse más al fenómeno del cuerpo [Leibphänomen] mediante un diferenciar
los diversos límites entre cuerpo [Körper] y cuerpo [Leib]. (2007b: 133)
Heidegger pone un ejemplo: al señalar un crucero, el “límite del cuerpo” como Kör-
per (Körpergrenze) estaría en la punta del dedo, sin embargo, el “límite del cuerpo”
como Leib (Leibgrenze), ¿hasta dónde estaría dado?15 Con razón de este problema,
Heidegger dice lo más esclarecedor sobre su idea de cuerpo:
¿Está el cuerpo [Leib] en el “yo” o está el “yo” en el cuerpo [Leib]? En todo caso,
el cuerpo [Leib] no es una cosa, un cuerpo [Körper], sino que todo cuerpo [Leib],
esto es, el cuerpo en cuanto cuerpo [Leib als Leib], es en cada caso mi cuerpo
[Leib]. El corporar del cuerpo [Leiben des Leibes] se determina a partir del modo
de mi ser. El corporar del cuerpo es así un modo del Dasein. (2007b: 134)
15 Ángel Xolocotzi (2019) ve en esta diferencia de límites al ocultamiento y desocultamiento del cuerpo. Ha-
bría un errar, si se toma al Körper, y un misterio, si al Leib.
Zepeda, Mauricio
“El concepto de cuerpo en Heidegger y Zubiri” 83
Conceptuación zubiriana
16 Son tesis apretadas debido a que en ellas culminan varias décadas de reflexión exclusiva al cuerpo, como
bien señalan Paula Ascorra et al. (2001).
17 Antes mencioné que Heidegger parte de la ontología; Zubiri, de la metafísica. Sin ahondar en la diferencia,
sólo señalaré cómo las entendió cada autor. Para Heidegger, resume Ricardo Guerra (1996): “es esta historia
de la metafísica [como historia del Ente Supremo], en tanto que determinación del Ser como Ser o fun-
damento de los entes, lo que hace posible el tránsito a la ontología fundamental [...] como la descripción y
comprensión del Ser del Dasein” (12). Por otro lado, para Zubiri, como resume José Villa (2019): “la filosofía
primera, como estudio de la realidad en tanto algo en propio, debe ser llamada metafísica; [...] Y dado que el
ser es el modo como lo real se hace presente en el mundo, la ontología es un derivado de la metafísica” (70).
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 84
La constructividad
Zubiri, como Heidegger, parte de la unidad del hombre; en este caso, de la unidad de
la realidad humana. Sin embargo, Zubiri se cuestiona por el modo en que esa unidad
está dada. Dice al comienzo de su artículo: “El hombre es una realidad una y única:
es unidad. No es unión de dos realidades, lo que suele llamarse ‘alma’ y ‘cuerpo’. Am-
bas expresiones son inadecuadas porque lo que con ellas pretende designarse depen-
de esencialmente de la manera como se entienda la unidad de la realidad humana”
(Zubiri, 1974: 479). Zubiri se inspira en las lenguas semíticas, donde existe el “estado
constructo”, el cual señala a un “de”.19 Este “de” está dado en una unidad. Es decir, el
“de” se da en un “en” o, mejor dicho: “el ‘de’ está construido según el ‘en’” (Zubiri,
2008: 356).
18 Pese a que no es una reconstrucción, lo cierto es que la elección de estos temas sigue siendo un enfoque.
Llamo la atención sobre el hecho de que, así como Xolocotzi (2019) insistió en la relación cuerpo-verdad
en el desocultamiento, así, en Zubiri existe un enfoque similar: el de la respectividad cuerpo-verdad en la
actualización. Valentina Bulo (2009) detalla esa respectividad.
19 El estado constructo señala al caso gramatical genitivo que, en español, se expresa con la preposición “de”.
Por ejemplo, en el “vaso de vidrio”. Es posible decir también “el vaso de Juan”, pero ese es un caso posesivo.
El estado constructo implica a ambos. En árabe, por ejemplo, la frase “( ”كوب الزجاجkub alzujaj) se traduce
como “el vaso es de vidrio”. Pero una traducción literal sería: “vaso el-vidrio”. Se ha omitido el rodeo de la
preposición y del ser. La conexión de las cosas es directa: no hay una relación entre sujeto y predicado, sino
entre dos sustantivos, donde uno funciona como absoluto y otro como relativo. El estado constructo “ex-
presa las cosas conexas mediante nombres morfológicamente construidos unos sobre otros” (Zubiri, 2008:
354). Así es como Zubiri evita el sustancialismo: su propuesta se basa en la conexión intrínseca de las cosas,
la cual no está dicha en términos de sustancialidad o subjetualidad, sino de sistematicidad. El realismo siste-
matista —como lo llama Fernando Ortiz (2019b)— “es la apuesta por dejar de considerar a la realidad como
un conjunto de cosas independientes, para considerarlas sistemáticamente, esto es, de tal modo que no se
pueda entender una sin entender a las demás” (77). Zubiri se ajusta a esta caracterización.
Zepeda, Mauricio
“El concepto de cuerpo en Heidegger y Zubiri” 85
Las cosas reales están constituidas por “notas”. Tomo el vocablo en su acepción
más lata [...]. Cada una de estas notas está con las demás en una forma muy pre-
cisa: es nota “de” las demás. [...] Cuando hic et nunc es nota de esta cosa real, está
integrada a ella. Y estar integrada significa que no es un algo meramente añadido
a las demás notas sino que la nueva nota cobra el carácter del “de” constitutivo
de la cosa real. Por tanto, no hay “nota + de” sino “nota-de”. (Zubiri, 1974: 479)
La constructividad intrínseca de lo real está dada en la unidad de las cosas como “no-
tas-de”, las cuales se construyen unas sobre otras. Por ejemplo, en el vaso de vidrio,
este es vaso-de vidrio y vidrio-de vaso. Hay una codeterminación mutua.20 En el caso
del hombre, hay más notas implicadas. Hay sustancias: glucosa, calcio, proteínas;
partes: venas, huesos, ojos; cualidades: albinismo, peso, talla. En suma, todo cuanto
pueda mentarse del cuerpo. En todos los casos, estas notas también son “notas-de”
y, por tanto, están construidas sobre las demás. Es el organismo como sistema. En el
albinismo, a nivel fenotípico y genotípico, están presentes todas las notas orgánicas.
Algunas tendrán mayor predominancia que otras, pero participan todas.
Sin embargo, cada nota es, por sí misma, insustantiva, dado que la sustantivi-
dad es sólo del sistema entero. Por esta razón puede haber sustancias insustantivas.
Dice Zubiri (2001): “Sustantividad no hay más que una: la de mi ser vivo” (58). Y dice
luego algo que recuerda a Heidegger: “El ser vivo no es una sustancia más, ya que
está caracterizado por algo constitutivamente funcional; por eso no es una sustancia
más como puede ser el ácido clorhídrico respecto de los componentes que posee”
(2001: 58-59). Zubiri detalla por qué no es sustancial, dice: “Estoy yo por encima de
mi naturaleza. No soy sub-stante sino supra-stante. [...] Hay que decir de toda sustan-
cia, de toda realidad, que su momento de sustantividad es anterior e intrínsecamente
fundante respecto de su momento de subjetualidad o de sustancialidad” (2001: 59).
Entonces, la sustantividad está construida por “notas-de”, no se identifica con la sus-
tancia y es más bien un sistema que dota de unidad a aquellas notas. ¿Cómo esa do-
tación? Se dijo antes: las notas se construyen según el “en”. Esto es, la constructividad
intrínseca de la cosa real “no se trata de la in-herencia de unas notas a un sujeto sino
de la co-herencia de las notas entre sí” (Zubiri, 2001: 64). Por esto, “la unidad de este
sistema [...] está presente en cada una de las notas” (2001: 64). De este modo, Zubiri
tematiza el modo en que está dada la unidad del hombre: como unidad sistemática y
sustantiva dada en constructividad coherencial.
Lo psicosomático
Las sustancias, partes y cualidades son las notas que constituyen al organismo como
sistema. Son notas orgánicas o, estrictamente, fisicoquímicas. No obstante, existen
otras notas que no se reducen al organismo: la volición, el logos, la inteligencia, etcé-
tera. Éstas son notas psíquicas.
El organismo es un sistema, pero no es el sistema sustantivo; éste es sólo la sus-
tantividad humana. Y así como la nota se mostró como insustantiva por el sistema or-
gánico, de igual modo, el organismo se muestra como insustantivo por la sustantividad
humana. El organismo no es una sustancia, pero tampoco es lo sustantivo, “es tan solo
un subsistema parcial dentro del sistema total de la sustantividad humana” (Zubiri,
1974: 481). Lo mismo sucede con la psique: es otro subsistema parcial. El siguiente
paso es fundamental. Estos subsistemas, como las notas, también son constructos: son
organismo-de y psique-de. Toda nota fisicoquímica o psíquica está construida sobre las
demás. Dice Zubiri (1974): “Cada una de las notas psíquicas son ‘de’ las notas orgáni-
cas, y cada una de las notas orgánicas es nota ‘de’ las notas psíquicas” (481). Es decir,
aquí y ahora, la glucosa, los músculos, el calcio, etcétera, están construidos en unidad
sistemática en, por ejemplo, el acto de recordar. Y, a la inversa, la memoria como nota
psíquica, como memoria-de, codetermina a la glucosa, al músculo, etcétera. Piénsese,
por ejemplo, en la memoria muscular: echa mano de todas las notas. Aunque, como
antes, a unas con mayor preponderancia que otras. Pues bien, lo mismo sucede en todo
acto humano.
Si se toma, no ya a las notas, sino a los subsistemas como tales, estos se codeter-
minan del siguiente modo. En tanto que el organismo es organismo-de la psique, el
“de” tiene “una precisa estructura: es corporización de la psique”. Y en tanto la psique
es psique-del organismo, el “de” es “animación del cuerpo” (Zubiri, 1986: 462). Esto
supone que “la psique es desde sí misma orgánica y el organismo es desde sí mismo
psíquico” (Zubiri, 1974: 481). Zubiri es más contundente en Sobre el hombre. Dice:
“Todo lo psíquico es corpóreo; y todo lo corpóreo es psíquico” (Zubiri, 1986: 456).
La sustantividad humana es, entonces, una psique orgánica o un organismo psíquico.
Zepeda, Mauricio
“El concepto de cuerpo en Heidegger y Zubiri” 87
El cuerpo
21 Como señala Marco García, “Zubiri ha desplazado el problema de la relación entre lo mental y lo corporal a
la concurrencia entre los diferentes estados psico-orgánicos en los que el hombre se encuentra en el mundo,
es decir a las actualizaciones corpóreas en el mundo” (2015: 603).
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 88
Soma y organismo no son lo mismo, hay una diferencia analítica. Y es debido a que la
materia somática es la presencialidad de la cual la función somática es fundante. Por
supuesto, es fundante, pero sólo en un sentido estructural, pues dicha función “de
hecho, presupone la función organizadora y la de configuración; sin estas funciones
no habría presencialidad física. Pero no se identifican formalmente con esta. [...] Es
[la función somática] sin embargo una función estrictamente material” (Zubiri, 1974:
485). Por todo lo dicho, la función somática es la fundamentación material, donde se
efectúa la actualidad presencial, física y viva.
22 Sobre ello dice, pensando a la dimensión social del hombre: “El carácter genético pertenece intrínseca y
formalmente, no solo causalmente, a la convivencia. Es formalmente una convivencia de generantes y gene-
rados en cuanto generantes y en cuanto generados. Esto es, es una convivencia de índole filética: es convi-
vencia de un mismo phylum, de una misma especie” (Zubiri, 2006: 39-40).
Zepeda, Mauricio
“El concepto de cuerpo en Heidegger y Zubiri” 89
Conclusiones
Hecha esta evaluación entre sendos autores, es posible señalar, además, algunos
aspectos que los dos obviaron. Los dos señalaron el tema de la vida como esencial
—Heidegger, en la determinación del organismo; Zubiri, en la corporeidad—, sin
embargo, ninguno incluyó a la vida como un elemento argumental central; sólo lo
declararon. Por otra parte, pese a que ambos partieron de una idea similar de respec-
tividad, no precisaron qué es la respectividad viva o el modo de ser vivo a diferen-
cia de cualquier otro. Partieron de una unidad sin haberla clarificado. Finalmente,
ninguno de los dos autores incluyó en su definición última de cuerpo a la carne. El
problema de la carne viva, de la mera carne o de la encarnación son elementos que
obviaron en su definición última (sin que ello implique que no la hayan abordado
en otros escritos). Los elementos señalados, junto con los enfoques que salieron al
paso, pero que no se abordaron —verdad, acción o persona—, además de ajenos a
la comparación Heidegger-Zubiri —el cuerpo vivido en Merleau-Ponty y el cuerpo
sexuado en Sartre—, son los materiales mínimos para la elaboración de un concepto
de cuerpo completa.
Referencias bibliográficas
Ascorra, Paula; Espinoza, Ricardo. (2001). “Un cuerpo y alma en Zubiri… Un problema
filosófico-teológico”. Pensamiento, 67(254), 1061-1075. https://revistas.comillas.
edu/index.php/pensamiento/article/view/1581
Bulo Vargas, Valentina. (2009). “Verdad del cuerpo en Xavier Zubiri”. Revista Portuguesa
de Filosofía, 65, 965-974. https://www.jstor.org/stable/41220910
Heidegger, Martin. (1997 [1927]). Ser y tiempo (Jorge Rivera, Ed.). Editorial Universitaria.
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 92
Heidegger, Martin. (2007b [1987]) . Seminarios de Zollikon (Ángel Xolocotzi. Ed.). Morelia
Editorial.
Husserl, Edmund. (1996 [1931]). Meditaciones cartesianas (José Gaos y Miguel García
Baró, Eds.). Fondo de Cultura Económica.
Guerra, Ricardo. (1996). “Ontología y Metafísica”. Theoría. Revista del Colegio de Filosofía,
(3), 11-24. https://doi.org/10.22201/ffyl.16656415p.1996.3.143
Lagos Berríos, Rodrigo. (2020). “Heidegger y la cuestión del cuerpo en Ser y tiempo:
Buscando el lugar del cuerpo en la analítica existencial del Dasein”. Límite. Revista
Interdisciplinaria de Filosofía y Psicología, 15(3), 1-16. http://dx.doi.org/10.4067/
s0718-50652020000100203
Llorente, Jaime. (2015). “Heidegger y el estatuto ontológico del cuerpo. Una confrontación
con la fenomenología de la carnalidad de Michel Henry”. Ideas y Valores, 65(162),
261-289. http://dx.doi.org/10.15446/ideasyvalores.v65n162.48418
Ortiz Santana, Fernando Esaú. (2019a). “El problema de las categorías en la filosofía
de Xavier Zubiri”. En Alfonso Villa (Coord.), El realismo de Xavier Zubiri en el
horizonte del siglo XXI. Itaca.
Villa Sánchez, José Alonso. (2019). “Estructura radical de la realidad humana en Xavier
Zubiri”. Mutatis Mutandis: Revista Internacional de Filosofía, 1(12), 67-89. https://
revistamutatismutandis.com/index.php/mutatismutandis/article/view/123
Xolocotzi, Ángel. (2019). “La verdad del cuerpo. Heidegger y la ambigüedad de lo corporal”.
Estudios de Filosofía, (61), 125-144. https://doi.org/10.17533/udea.ef.n61a09
Zepeda, Mauricio
“El concepto de cuerpo en Heidegger y Zubiri” 93
Zubiri, Xavier. (2006). Tres dimensiones del ser humano. Individual, social, histórica. Alianza.
Nicolás Lázaro
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas | Argentina
Contacto: [email protected]
Resumen
Este trabajo presenta el cambio de perspectiva ética que se advierte en los comentarios de Cayetano a S. Th.
II-II, qq. 57-62. Además de la distancia lógico-filosófica con Tomás (quien define la virtud de la justicia con ana-
logía de atribución intrínseca), Cayetano (que lo hace con concepto unívoco) realiza un viraje de una ética de la
virtud (o en primera persona) hacia una ética de la obligación (o en tercera persona), a través de la prescripción
y la obediencia (formalismo, voluntarismo). El saldo de aquella distancia con Tomás de Aquino no es sólo la
triespecificación de la justicia (que también presentamos, junto con sus implicancias teóricas y prácticas), sino
además el camino abierto que deja a posteriores corrientes filosófico-políticas que terminarán por generar re-
flexiones de corte liberal dentro de la misma Escuela. Si bien no nos ocuparemos de ellas aquí, sí ponemos uno
de los hitos que las ha favorecido: el cambio de perspectiva ética en la glosa cayetana.
Palabras clave: perspectiva ética, triespecificación de la justicia, univocidad, cardenal Cayetano, Tomás de Vio
Abstract
This paper presents the change of the ethical perspective present in Cajetan’s commentaries to S. Th. II-II,
qq. 57-62. In addition to the logical-philosophical distance with Aquinas, who defines the virtue of justice
with an analogy of intrinsic attribution, the Cardinal, who does so through univocity, shifts from an ethics of
virtue—a first person ethics—to an ethic of obligation—a third person ethics—through prescription and imposed
obedience (formalism, voluntarism). The result of the distance between both ethics is not only the trispecification
of justice—which is also presented in addition to its theoretical-practical implications—but also the open path
that it leaves for later philosophical-political ideas that will end up generating liberal reflections within the same
Thomism. Although we will not focus on them here, we do put one of the milestones that has favored them: the
change of ethical perspective.
Keywords: Ethical perspective, trispecification of the justice, univocity, Cardinal Cajetan, Thomas de Vio
Lázaro, Nicolás
“La perspectiva ética en los comentarios del cardenal Cayetano” 95
Introducción
C
on este trabajo profundizaremos en nuestro análisis sobre el cambio de
perspectiva en el discurso ético y en las posteriores implicancias teórico-
prácticas que se seguirán de la noción cayetana de justicia. La reconstrucción
de esta definición la hemos ofrecido en otros estudios (Lázaro, 2018, 2020a, 2020b).
Allí resultó necesario abordar la cuestión desde el orden lógico para demostrar cómo
Cayetano se apartaba de la forma de justicia que se proponía explicar con su glosa a Suma
Teológica (S. Th. de ahora en adelante) II-II, qq. 57-62.1 En ese estudio concluimos que,
mientras que Tomás de Aquino define la virtud con analogía de atribución intrínseca, el
Cardenal, desestimando la visión de Tomás de Aquino, define la virtud a partir de una
noción unívoca. La presente investigación se basa en la hipótesis de que en Cayetano
hay un “cambio de perspectiva ética” que también es posible evidenciar en estos mismos
comentarios presentes en su glosa al Tratado de la justicia (Summa Theologiae II-II, qq.
57-62). Así tendremos probado que, junto a la distancia en el uso de las herramientas
lógicas utilizadas para comprender la virtud (univocidad o analogía), hay una forma
radicalmente diferente entre ambos dominicos de concebir toda la ética y la vida
moral. El cambio de la definición de la virtud moral desde el Aquinate hasta Cayetano
—especialmente a través del beato franciscano Juan Duns Escoto— merecerá otro
estudio que nos prometemos abordar teniendo en cuenta las consecuencias que se
siguieron de la postura cayetana.
Con tal de lograr nuestro objetivo, es necesario recuperar las notas esenciales de la
noción cayetana unívoca de justicia. Antes, sin embargo, haremos un rápido repaso de los
debates previos en torno a la definición de la virtud moral y su primacía sobre la inteligen-
cia, deteniéndonos en la destacada y señera postura de Juan Duns Escoto. Una caracteri-
zación somera de los principios éticos modernos nos permitirá, luego, mostrar el viraje de
perspectiva en la doctrina cayetana, que ponemos en cuarto lugar. Finalmente, nuestras
conclusiones aportarán argumentos a la discusión en torno a la fidelidad del cardenal
con Tomás de Aquino, poniendo reparos en admitirla tal y como la historia lo ha hecho:
recordándolo como el Príncipe de los Comentadores, la puerta segura de ingreso a la doctrina
tomista (Elders, 2011; Muñoz, 2014, 2012, 2011).
1 En otros dos trabajos (Lázaro, 2021, 2015) nos hemos ocupado de la figura de Cayetano y su importancia
para la reflexión filosófica. Reenviamos a su lectura a quien se sienta interesado por conocer la vida y obra
del cardenal de Gaeta.
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 96
Por supuesto que resultará imposible e impertinente detenernos y referirnos a cada uno
de los innumerables autores que, ya a finales del siglo xiii y, sobre todo, entre los siglos
xiv y xv, escribieron sobre la definición de la virtud moral, su rol en el acto bueno y los
distintos tipos de relaciones de primacía entre inteligencia y voluntad. Decimos im-
pertinente puesto que, como hemos declarado al inicio, la intención de este trabajo es
someter a consideración las implicancias éticas en el comentario de Cayetano a la doc-
trina tomista, siendo el cardenal, a juicio de muchos, un alter Thomas, el Príncipe de los
Comentadores,2 y no un mero o supuesto comentador del Aquinate. Además, también lo
dijimos, este trabajo se inscribe en el esfuerzo mancomunado de muchos investigadores
por demostrar que los comentarios de Cayetano lejos están de ser una fiel y sistemática
exposición de los postulados de Tomás de Aquino.
Aun así, destacamos a continuación, si bien someramente y antes de entrar en
el tratamiento del tema que hemos propuesto, la situación de la reflexión ética y la
posición de Juan Duns Escoto como hitos que antecedieron a la postura de Cayetano.
Lo hacemos así para que a nadie llame la atención ni se sorprenda al no encontrar
referencia alguna a dichos debates en estas páginas. A tal efecto resulta obligado aten-
der a la investigación sobre el valor de la virtud y su relación con la perfección moral
en el Doctor Subtilis de Mary Elizabeth Ingham (1990). Allí, la autora sostiene que
dos cosas son necesarias para entender propiamente la doctrina de Duns Escoto: en
primer lugar, el contexto en el que escribió y, en segundo, una acabada comprensión
de la función de la libertad dentro de la voluntad y la forma en que la perspectiva de
la voluntad influye en el tratamiento de las virtudes (Ingham, 1990: 178). También
importa destacar que Escoto no lee a Aristóteles de la misma manera en que lo hace
el Aquinate (Ingham, 1990: 179). Estas apreciaciones son recogidas y trabajadas en
varios estudios de Emiliano Javier Cuccia (2012, 2013, 2018, 2020a, 2020b).
2 Para que conste su fama y renombre no hay que retrotraerse mucho en el tiempo, así también se refiere, por
ejemplo y entre otros, Hyacinthus Woroniecki a Tomás de Vio: “Praeterea auctoritas S. Thomae et Cajetani
non est aequo gradu aestimanda. Certe sententia quam proposui non concordat cum his, quae Princeps
commentatorum docet in hac materia in II-II, qu. 186, art. 9” (1947: 287, el énfasis nos pertenece). Traduc-
ción del autor: “Además, la autoridad de Santo Tomás y de Cayetano no ha de ser estimada del mismo modo.
Ciertamente, la sentencia que propuse no concuerda con estas que el Príncipe de los Comentadores enseña
con relación a S. Th. II-II, q. 186, a. 9”.
Lázaro, Nicolás
“La perspectiva ética en los comentarios del cardenal Cayetano” 97
Así pues, la intención del Maestro Escocés será la de otorgar a la voluntad un lugar de
primacía. Por lo tanto, su postura “no es más que una consecuencia lógica de la previa
postulación de la voluntad como suprema potencia del hombre” (Cuccia, 2012: 171).4
3 El autor también ofrece una acabada lista de los “trabajos más importantes publicados en los últimos 25
años” que dan cuenta de los estudios centrados en el pensamiento ético-moral de Juan Duns Escoto (2012:
154, §1).
4 “En síntesis, la doctrina que Duns Escoto desarrolla acerca del sujeto de las virtudes morales se muestra
deudora de su concepción acerca de la naturaleza de la voluntad, la cual puede ser resumida de la siguiente
forma. Primero, la voluntad es una facultad que nunca opera de un modo natural sino que es indeterminada
con respecto a su acción, es decir, puede obrar de un modo correcto o incorrecto y posee su acción propia
bajo su potestad. Segundo, la voluntad necesita que la inteligencia le muestre el bien, pero mediante este acto
la inteligencia no determina a la voluntad para elegir de tal o cual manera, sólo le proporciona el objeto de
posible elección. Tercero, la voluntad necesita que las virtudes morales residan en ella no tanto para moverla
con necesidad hacia el bien sino para que encuentre facilidad y delectación en el acto de elegir rectamente.
Así, la virtud es siempre una causa segunda que asiste a la causa primera, la cual se mantiene libre en todo
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 98
Cuccia (2013: 14) también señala en otro estudio que la misma apreciación puede ser
encontrada en otros especialistas, como por ejemplo Ingham, Kent y William.
Pues bien, en este contexto el cardenal comentará toda la Summa Theologiae.
Nosotros, como hemos anticipado, nos detendremos en la glosa cayetana al Tratado
sobre la justicia, específicamente en las cuestiones que hemos señalado.
El cardenal Cayetano concibe la justicia como un todo compuesto que consta de tres
partes subjetivas. En su noción tripartita, una especie es la justicia general y las otras
dos (conmutativa y distributiva) son llamadas “justicias particulares” o también “espe-
cies especialísimas”.5 En la justicia conmutativa encontramos, dice Cayetano, dos partes
que se diferencian entre sí debido al modo voluntario o involuntario en la que se da el
cambio. Las tres nociones de justicia se especifican según la forma en que se adecuan
a lo justo que ha de ser hallado.6 Por ello consideramos preciso hablar de una “triparti-
ción” o “triespecificación” en la virtud cayetana de justicia.
momento para elegir lo contrario. Cuarto, la voluntad, en tanto suprema facultad del hombre, es la única
capaz de moderar las pasiones y por ello es el único sujeto posible de las virtudes morales cardinales de for-
taleza y templanza” (Cuccia, 2012: 170-171).
5 Comm. en S. Th. II-II, q. 61, a. 3: “Est ergo iustititia commutativa una species specialissima. Et similiter dis-
tributiva una alia species specialissima”. [Nuestra traducción: “Es, por lo tanto, la justicia conmutativa una
especie especialísima. E igualmente la distributiva es otra especie especialísima”]. Todas las notas —tanto de
la Summa Theologiae (S. Th.) como de los comentarios del cardenal— las hemos tomado de la Editio Leoni-
na (Edición Leonina), la cual reúne las obras completas de Tomás de Aquino junto con los comentarios de
Cayetano a pie de página. Cada vez que citemos el texto de Tomás de Aquino lo haremos comenzando por
la abreviatura de su obra (S. Th.: Summa Theologiae), la parte (I: la primera parte, I-II: la primera sección
de la segunda parte, II-II: la segunda sección de la segunda parte, o la tercera: III), la cuestión (q.: quaes-
tio, cuestión) y, finalmente, los artículos (a.). Cuando hagamos referencia a los comentarios de Cayetano
lo haremos anteponiendo la abreviatura Comm. (commentaria: comentarios), pues ésta es la forma más
extendida y usada entre los estudiosos dedicados a estos temas y autores. En este caso, estamos tomando el
comentario que el cardenal hizo al artículo tercero de la cuestión sexagésima primera de la segunda sección
de la segunda parte de la Suma de Teología: Comm. en S. Th. II-II, q. 61, a. 3. Notemos, finalmente, que toda la
Edición Leonina presenta los textos en latín y que no hay traducciones hasta al día de hoy de los comentarios
de Cayetano, si bien son muchas y muy conocidas las versiones en otros idiomas de los escritos de Tomás de
Aquino. En la sección referencias bibliográficas encontrará el detalle de la edición que usamos (Aquino, 1897).
6 Comm. en S. Th. II-II, q.61, a.3, r.d.: “Si autem acciapiamus ut materiam utriusque iustitiae actiones ipsas
principales, quibus utimur personis, rebus et operibus, sic invenitur utribique alia materia”. Nuestra traduc-
ción: “Si hemos de recibir, en cambio, como materia de cada una de la justicia las mismas acciones principales,
que utilizamos con las personas, las cosas y las operaciones, así es encontrada en cada una de ellas otra materia”.
Lázaro, Nicolás
“La perspectiva ética en los comentarios del cardenal Cayetano” 99
Como quedó claro en nuestro estudio previo (Lázaro 2020a), el cardenal, tras deses-
timar la analogía de atribución intrínseca y afirmar que la única posible analogía es
la de atribución extrínseca, definió la justicia por el camino de la univocidad. Si bien
no compartimos todas sus proposiciones, quien se ha ocupado de reflexionar sobre
la analogía es Beuchot (2012). Más cercanos nos sentimos a los cuatro tomos sobre el
tema escritos por Ramírez (1972), además de la síntesis hecha por Del Cura (1983),
la cual nos parece imposible de ser obviada.
Aun así, y con fines argumentativos, se podría hacer el ejercicio de suponer que
Cayetano no ha predicado unívocamente tal noción, considerando como cierta la hipó-
tesis que lo ha admitido a partir de la única forma de atribución que concibe, la extrín-
seca. Pero esto no correspondería a sus mismas palabras, y tampoco al tipo de analogía
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 100
utilizada por Tomás de Aquino. La diferencia radicaría en que mientras para Cayetano
el analogado principal sería el único término que realizaría plenamente el concepto de
justicia, para Tomás de Aquino, por el contrario, son ambos analogados los que cum-
plen con el acto y la formalidad de la virtud precisamente por predicar con analogía de
atribución intrínseca.
Al margen de esta objeción y de la distancia entre Cayetano y el Aquinate, no
podemos conceder dicha suposición, puesto que el primero ha conceptualizado la
noción de justicia predicándola y definiéndola unívocamente:
Entonces sí, queda claro, que Cayetano ha definido unívocamente la justicia tras
haberla abstraído de un tipo de todo distinto al que Tomás de Aquino ha recurri-
do. Mientras que este último concibe la virtud desde un todo potestativo y análogo,
Cayetano lo hace partir de un todo subjetivo:
7 El orginal dice: “In articulo primo quaestionis sexagesimaeprimae nota quod iuxta triplicem ordinem inven-
tum in aliquo toto, triplex species iustitiae invenitur. Invenitur siquidem ordo partium inter se, et ordo totius ad
partes, et ordo partium ad totum. Et similiter iustitia triplex: legalis, distributiva et commutativa. Legalis enim
dirigit partes ad totum, distributiva vero totum ad partes, commutativa demum partes inter se. Sed hae duae
vocantur iustitiae particulares, illa generalis”. Llama la atención que estas palabras concuerdan esencialmente
con el desarrollo que hace Ismael Quiles cuando le toca explicar exactamente la misma cuestión en su rol de
traductor y comentador de la Summa Theologiae para la edición preparada por el Club de Lectores: “De lo
dicho aquí se desprende claramente que, según el triple orden de la justicia, hay tres especies de justicia; pues
hay orden de las partes entre sí, orden del todo a las partes y orden de las partes al todo; y por semejanza hay tres
clases de justicia, legal, distributiva y conmutativa; la legal dirige las partes al todo, la distributiva el todo a las
partes y la conmutativa las partes entre sí. Estos dos últimas llámanse justicias particulares y la primera general”
(Quiles, 1948: 159).
Lázaro, Nicolás
“La perspectiva ética en los comentarios del cardenal Cayetano” 101
Es decir, ésta sería la causa por la cual Cayetano, glosando a Tomás de Aquino, esgri-
me la comparación entre un “triplicem ordinem inventum in aliquo toto” [un triple
orden encontrado en algún tipo todo] y la triespecificación de la justicia (“triplex spe-
cies iustitiae invenitur”) [“son encontradas tres especies de justicia”], corroborando
estas relaciones con el siquidem y el similiter del comentario traído. Tenemos así una
asimilación de la virtud a un todo meramente de orden.
Profundicemos un poco acerca del tipo de todo del cual se abstrae y en el que se
fundamenta la definición de justicia. Para ello, resultará pertinente considerar algu-
nas notas con respecto al ‘todo’ y sus tipos, así como también sobre el tipo de partes
que le corresponde a un todo. Siendo dichas partes correlativas al todo, tendremos
tantas clases de partes como de todos. Recordemos que la conceptualización se rea-
lizará a partir de la abstracción de algún todo del que hay tres tipos. El primer todo
es llamado todo esencial o universal, y es el que se da en una definición como el
género respecto de sus especies. De aquí tenemos las partes esenciales, como las es-
pecies contenidas debajo de un género y, por eso mismo, llamadas subjetivas (según
la etimología de la palabra subjectum: arrojada, distribuidas, colocadas debajo de un
género, como efectivamente son sus especies), que abarcan cada cual una parte de
su extensión o universalidad. El todo cuantitativo o integral es el segundo todo, de-
finido como compuesto respecto a sus componentes o a la suma con los sumandos,
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 102
mientras que sus partes son llamadas integrales o integrantes, como las porciones de
un compuesto. Por ejemplo, los cimientos, las paredes y el techo son partes integrales
de una casa, en tanto que todas son necesarias para que ella esté completa. El tercer
todo es el todo virtual o potencial, o potestativo, o cualitativo, y se da como el poder
completo y principal con respecto a los poderes parciales y secundarios. Sus partes
son llamadas potenciales, pues participan, para cuestiones secundarias, del poder o
de la virtud del todo en cuestión. Como los ayudantes y ordenanzas de un jefe militar,
por ejemplo, o los oficiales y servidores de un obispo, y, en general, las autoridades
subalternas con respecto a la principal, e igualmente las funciones vegetativas y sen-
sitivas con respecto al alma racional.
Así como la definición de Tomás de Aquino se fundamenta en un todo potes-
tativo, su noción de justicia se da a partir de un todo análogo: el de la comunidad
política reunida en torno a un bien (bien común, fin de la sociedad política y fin de
la virtud de la justicia general, analogado principal). Por ello, el bien de la ciudad
se dice principalmente del bien común, y secundaria, derivada y análogamente del
bien de las partes (bien particular, fin de la justicia particular, analogado secundario).
Se cumple así una de las condiciones de la analogía de atribución: la causación de
los analogados secundarios por el principal, pues el bien particular es causado por el
bien común. Cuando hay ordenación de una forma virtual al bien común, las otras
formas de virtud ya no pueden ser llamadas estrictamente ‘especies’, sin agregárseles
un ‘quasi’. Así pues, el todo en el que se funda la definición de la justicia tomasiana
es análogo y potestativo. Sin embargo, nada de esto se refleja en la glosa cayetana,
porque sostiene que “quod iuxta triplicem ordinem inventum in aliquo toto, triplex
species iustitiae invenitur” [“según el triple orden encontrado en algún todo, tres es-
pecies de justicia son encontradas”] (Comm. en S. Th. II-II, q. 61, a. 1), reduciendo así
el todo potestativo a un todo subjetivo compuesto de partes específicas en las que lo
común se dice idénticamente. Del mismo modo en que ‘animal’ se dice idénticamen-
te de ‘perro’ y de ‘caballo’, ‘justicia’ se dice idénticamente de ‘legal’, de ‘distributiva’ y
de ‘conmutativa’. Tal definición suprime la superior dignidad ontológica, la primacía
axiológica de la forma análoga superior. En la doctrina tomista, la justicia general
era una forma superior y causalmente directiva de la otra forma, la particular. En la
doctrina cayetana ya no lo es, pues como especies de un género, ninguna de ambas
formas será más justicia plena que la otra: ha obrado lo que llamamos una capitis
deminutio. En palabras de Cárdenas (1970):
Lázaro, Nicolás
“La perspectiva ética en los comentarios del cardenal Cayetano” 103
Victoria Camps (2002) describe muy bien la perspectiva moderna resultante de, entre
otras causas, un proceso en que se deja ver un distanciamiento con los principios to-
mistas que hemos referido: “Cualquier visión muy panorámica de la filosofía moral se
refiere a la gran división, sobre todo de la modernidad, en los dos paradigmas que cons-
tituyen las éticas de los principios y las éticas de las consecuencias o, para decirlo con la
denominación más técnica: las éticas deontológicas y las éticas teleológicas, o también,
las éticas del deber y las éticas del bien” (63).8 En la Modernidad advertimos entonces
una ética principialista, “basada en el deber y en los principios formales [a priori]”
(Camps, 2002: 64), complementaria con una ética de las consecuencias, es decir, de
los resultados o de lo útil que viene a posteriori. Estas dos, además de complementarse
entre sí, reciben, para la autora, el fundamento de una ética de las virtudes, que también
la llama ‘aristotélica’.
Camps (2002) sostiene que “no hay una teoría ética mejor construida que la
kantiana, que las fórmulas del imperativo categórico son realmente los criterios úl-
timos de la moralidad y que, como tales, son inmejorables” (64). Agrega que “la exi-
gencia de universalidad y el valor absoluto de la persona son criterios incontestables
de moralidad y seguirán siéndolo a menos que queramos ver subvertida la idea mis-
ma de moral” (64). A la vez que reconoce la crítica que tal ética ha recibido por su
formalismo, la cual consiste en decir que sus principios abstractos poca incidencia
tienen en el orden de la práctica, Camps arguye que un sistema ético basado en “lo
empírico” también tiene su lado débil: “el de caer en la ingenuidad de pensar que las
preferencias humanas son sumables y equiparables, y que la suma de ellas coincide
con eso tan poco objetivable que es la felicidad” (2002: 64).
A juicio de Camps, Max Weber es quien vendría a subsanar esta aparente in-
compatibilidad entre la ética de los principios y la de las consecuencias, pues pide a
quien gobierne que “tenga en cuenta las exigencias tanto de los principios como de la
responsabilidad por las consecuencias” (Camps, 2002: 64). La autora agrega luego:
8 La autora, a nuestro juicio, señala una dicotomía que sólo tiene sentido en el horizonte moderno: kantismo
o utilitarismo, por ejemplo.
Lázaro, Nicolás
“La perspectiva ética en los comentarios del cardenal Cayetano” 105
sino que debe aceptar ‘todos los efectos del hombre medio’, darse cuenta de que
el mundo es el que es y de que si hay que actuar, es imposible hacerlo teniendo
sólo en cuenta la pureza de los principios. (Camps, 2002: 64-65)
De los tres paradigmas éticos que analiza (el de los principios, el de las conse-
cuencias y el de las virtudes) Camps (2002) avanza hacia una síntesis entre ellos y
una serie de nociones tales como ‘libertad’, ‘ley’ y ‘deberes’: “Entiendo que la ética de
las virtudes es un complemento imprescindible de una ética de derechos y deberes,
tengan éstos su base en una ética principialista o consecuencialista. Los derechos y
los deberes acaban materializándose en leyes, siendo éstas condición necesaria pero
no suficiente del buen funcionamiento” (66-67). Otra nota con que Camps caracte-
riza esta perspectiva ética es la identificación de los derechos, y sus correspondientes
deberes, con todo aquello que se encuentra promulgado por la ley, siguiendo la de-
finición de la misma de Philip Pettit, es decir, como “red de normas que imperen de
modo efectivo, y con independencia de la coerción estatal, en el reino de la sociedad
civil” (Camps, 2002: 67-68).
Se manifiesta, pues, otra diferencia con los principios de la moral tomista. La ley
positiva no es ya una emanación de la ley natural que se ajusta a la ley divina, o una
determinación de cuestiones que, no contenidas en la ley natural, tampoco la con-
trarían. La ley, ahora, es la materialización de los derechos y los deberes de carácter
instrumental para el buen funcionamiento de la democracia. Es decir: la ley no mira
ya la promoción de la virtud y del bien común político, sino a un particular modo de
gobernar la sociedad política. De todo ello podremos concluir, con toda razón, que el
fin de la sociedad consiste en alcanzar la democracia.
Se desprende, también claramente, la primacía de la forma de gobierno que co-
adyuva a los hombres en la consecución de su realización plena: la libertad. Ésta deja
de ser, como para Tomás de Aquino, una facultad para alcanzar la perfección, ahora
es el fin de la persona humana. En plena coherencia argumentativa con sus postu-
lados, no podría hacerse esperar mucho más esta reflexión: “Aristóteles, Tomás de
Aquino, Benjamin Franklin pudieron hablar de las virtudes porque conocían cuál era
el fin de la vida humana. Hoy no lo sabemos, el valor máximo que caracteriza a la per-
sona humana es la libertad, precisamente, para hacer con su vida lo que quiera, eso
sí, dentro de un orden, el prescrito por la democracia y los derechos fundamentales”
(Camps, 2002: 68-69). He aquí otra nueva nota de la ley: salvaguardar los derechos
fundamentales personales, para que la democracia no pierda su delicado y artificioso
equilibrio. Pues los hombres no viven en sociedad para alcanzar un bien común, sino
para que garantizados sus derechos de “hacer con su vida lo que quieran”, su bien
particular no sea afectado por otras personas... ¡que tienen igual derecho de hacer con
sus vidas lo que quieran!
Lázaro, Nicolás
“La perspectiva ética en los comentarios del cardenal Cayetano” 107
La noción de justicia Cayetana está afectada por estos principios, que estaban
en ciernes (cuanto menos) en la época que le tocó vivir, estudiar y escribir.9 Mas no
solamente, hay también una cuestión discursiva, no únicamente en el conocer sino
también en el decir las cosas.10 Veámoslo.
9 Para una lectura complementaria, cuyas proposiciones fundamentales no necesariamente han de ser acep-
tadas en conjunto, puede verse de MacIntyre (2007), especialmente todo el capítulo §4, “The Predecessor
Culture and the Enlightenment Project of Justifying Morality”.
10 “La tradizione occidentale moderna è abituata ormai a distinguere allegorismo da simbolismo, ma la distin-
zione è assai tarda: sino al Settecento i due termini rimangono per gran parte sinonimi, come lo erano stati
per la tradizione medievale. La distinzione incomincia coi celebri aforismi di Goethe” (Eco, 1987: 72). “La
tradición occidental moderna está habituada, tal vez, a distinguir alegorismo de simbolismo, aunque la dis-
tinción es más tardía: hasta el Settecento ambos términos continúan siendo, en gran parte, sinónimos, como
lo habían sido para la tradición medieval. La distinción comienza con los célebres aforismos de Goethe”
(Traducción propia).
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 108
Hay que tener en cuenta los caracteres generales y predominantes, que el propio
Huizinga reconoce para la Edad Media en oposición a la moderna, escribiendo
que ‘la Edad Media establece, para cuanto se relaciona con el espíritu, normas
autoritarias e imperativas: no sólo para las materias de la fe y sus secuelas, la
filosofía y la ciencia, sino también en lo tocante al derecho, al arte, a las formas
del trato social y a las diversiones’. Y este sometimiento del espíritu humano a un
principio de autoridad en cualquier campo supone una valoración esencialmen-
te negativa del mismo espíritu. (Mondolfo, 1980: 166)
11 Comm. in S. Th. II-II, q. 57, a. 2: “Et hoc ideo, vir speculative, specialiter notare debes, ut in occurrentibus
difficultatibus iustitiae decidendis discernas quando iustum ipsum mutatur, et quando exhibitio iusti im-
peditur”. Nuestra traducción: “Y esto, por lo tanto, hombre especulativo, debes notar especialmente si, con
respecto a las dificultades relacionadas con la justicia, debieras discernir cuándo lo justo mismo cambia y
cuándo la exhibición de lo justo sea impedido”.
12 Comm. in S. Th. II-II, q. 58, a. 2: “In articulo secundo, omisso primo, in quaestionis quinquiagesimaeoctavae,
in responsione ad ultimum, adverte quod actiones quae sunt ad alterum dupliciter egent speciali rectificatio-
ne in comparatione ad agentem”, y procede a ocuparse de cada una de ellas. Ofrecemos nuestra traducción:
“En el artículo segundo, omitido el primero, en la cuestión quincuagésima octava, en la respuesta al último,
advierte que las acciones que son referidas al otro carece de especial rectificación en comparación al agente”.
Lázaro, Nicolás
“La perspectiva ética en los comentarios del cardenal Cayetano” 109
13 Comm. in S. Th. II-II, q. 59, a. 4: “In articulo quarto, omissis primo et tertio, adverte, novitie, quod universale
dictum litterae scilicet quod facere iniustum est ex suo genere peccatum mortale, intelligendum est de facere
iniustum formaliter. Quando autem facere iniustum materialiter sit peccatum mortale et quando non, opor-
tet, ex parte facientis, causam pensare; et ex parte patientis, quantitatem nocumenti”. Traducimos: “En el
artículo cuarto, omitidos el primero y el tercero, advierte que lo universalmente dicho en el texto se entiende
que hacer lo injusto es, por su propio género, un pecado mortal, lo que debe entenderse sobre el hacer lo
injusto formalmente. Cuándo, en cambio, hacer lo injusto materialmente sea pecado mortal, y cuándo no, es
necesario, de parte de quien lo hace, pensar la causa; y de parte de quien padece, la cantidad de los daños”.
14 El comentario es realmente extenso (se divide en once incisos), por lo que traemos solamente algunos pasajes
seleccionados: “Et ex ista regula praelati debent subditos subditasque ex dubiis factis non malitiae arguere aut
punire, sed bonam de eis opinionem ut prius habere, et tamen cautelas, custodias remediaque adhibere ac si
male essent: provide tamen, ne aliquid fiat quod famae proximi deroget; hoc enim esset iniuriari illi, quod in
dubiis vitandum esse dictum est” (Comm. §XI in S. Th. II-II, q.60, a.4). Aquí nuestra traducción: “Y es por esta
regla que los prelados no deben ni acusar ni castigar a los súbditos y a las súbditas de hechos malos en base a
dudas, sino tener de ellos una buena opinión como antes solían tener y, por lo tanto, conducirse con cautela. Y
si fuesen malos, provee al menos que no se haga algo que derogue la fama del prójimo, pues esto sería injuriar,
lo cual debe ser evitado, como se ha dicho”.
15 Comm. §III en S. Th. II-II, q.62, a.8: “Mihi autem distinguendum videtur, et dicendum quod, citra extremam
necessitatem semper loquendo, tripliciter intellegi potest restitutionem non posse fieri statim sin magno
detrimento”. Traducimos: “A mí me parece que debe distinguirse y decirse que, siempre hablando de la ex-
trema necesidad, triplemente puede entenderse que la restitución no pueda realizarse en seguida sin gran
perjuicio (detrimento)”.
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 110
loca al final del capítulo dos de su obra. Allí, recurriendo a Rhonheimer (2006) y Abbà
(1995, 1996), sostiene que un moralista moderno se centra más en la virtud como “acto
de obediencia” que en cuanto entendida como “hábito”. Es decir, que mientras reservan
el nombre de perspectiva “ética en primera persona” para la “ética de la virtud”, desig-
nan a la del “deber” como una “ética de la tercera persona”.
Ahora bien, ¿cuáles son aquellos indicios a partir de los cuales podríamos decir
que un moralista es “moderno” y no “clásico”? Kluxen (2005) hablando de la ética como
una doctrina de la virtud nos recuerda que: “Por un determinado modo de pensar, la
doctrina de la virtud no describe el medio o el camino o un mero inicio de la felicidad,
sino el modo de cumplimiento de la felicidad misma” (313. Traducción propia).16 Fre-
cuentemente encontramos lo opuesto en los comentarios de Cayetano. Asiduamente
nos habla de la virtud no en cuanto a un modo de alcanzar completamente la vida feliz,
sino como un compendio de conductas a evitar, de las “dificultades” a las que hay que
atender y de los modos de resolver tal o cual caso, para cumplir con la virtud a través de
las “cosas que hay que hacer”. Esto sugiere que ha pensado la justicia meramente como
un acto externo al que hay que ajustarse por medio de la conducta. Lo cual parece in-
dicar una cierta correlación entre aquella noción de derechos y deberes puramente for-
malista y voluntarista: donde el individuo cumpla con lo prescrito (deber) allí hay una
garantía (derecho) de felicidad, de salvación, de justificación, etcétera. Algo así como
una automatización de la vida virtuosa.
Si bien es cierto que podemos cumplir objetivamente con tal o cual acto y así
realizar una parte de la virtud —es decir: que nuestro comportamiento exterior re-
sulte identificarse con el acto de alguna virtud— ¿qué pasa con la voluntad?, ¿con la
conciencia?, ¿con la razón, encargada de conocer la bondad de tal acto, y de condu-
cirlo? Surge, nos parece el problema de la libertad. Y vemos, con asombro, cómo el
proverbio voluntarista “quien obedece no se equivoca” comienza a cobrar sentido.
Recondúzcanse estas preguntas y reflexiones (también las que siguen) a los estudios
referidos en la parte de este trabajo donde repasamos los debates previos a la doctrina
cayetana y, especialmente, a la postura de Juan Duns Escoto.
Aún más: ¿qué pasa con el resto de las virtudes? Hemos dicho que Tomás de
Aquino postula la necesidad de que exista una virtud especial que ordene los actos
de un hombre hacia otro (S. Th. II-II, q. 58, a. 2). Insistamos en dos aspectos del
16 El original dice: “Per un siffatto modo di pensare, la dottrina delle virtù non descrive il mezzo o il percorso
o un mero ‘inizio’ della felicità, ma il modo del compimento della felicità stessa”.
Lázaro, Nicolás
“La perspectiva ética en los comentarios del cardenal Cayetano” 111
concepto de justicia y de virtud tomasiana: (1) es un habitus a través del cual nos
disponemos para alcanzar la vida feliz, (2) su forma general o legal es la que ordena
y dirige al resto de las virtudes morales (incluida, por supuesto, la particular) al bien
común. Lo último no será posible si las partes de una virtud son propuestas como
partes-especies contenidas en una misma definición unívoca, como hemos sostenido.
Precisamente en la noción cayetana de justicia, la general ha devenido en una mera
especie: una entre tres. Es necesario concluir, por evidente, que la doctrina de la vir-
tud cayetana es diversa de la virtud tomasiana. Y que en lo tocante a la virtud de la
justicia tal distancia conlleva implícita un alejamiento en el orden moral y ético, y a
través de su práctica, en el político.
Alejada de la moral tomista, la ética cayetana concibe a la virtud como una
doctrina del acto externo y de la obligación, que viene utilitariamente mensurada gra-
cias a la gran cantidad de precisiones e indicaciones por él mismo tipificadas en sus
comentarios.17 Y es precisamente aquí donde la ética de la tercera persona muestra
toda su fuerza normativa. En este sentido el juicio de Quaglioni: “Si en el curso del
siglo xvi el debate teológico-filosófico mermó un poco en las universidades —las más
de las veces por el monopolio de las escuelas de las órdenes mendicantes antes que
por la difusión del occamismo, a cuya corriente suele imputarse tal decadencia— el
desarrollo de las escuelas jurídicas y de la elaboración doctrinal, de derecho civil y
canónico, alcanzó desarrollos nunca antes vistos” (Quaglioni, 1993:70. Traducción
propia).18 Asumida una ética de esta índole, la felicidad —en cuanto fin último del
hombre— no radicará ya en un esfuerzo personal por conocer y obrar el bien y evitar
el mal moral (hábito operativo), sino en el cumplimiento de los mandatos prescritos
y ordenados (voluntarismo).
Por supuesto que no estamos relativizando el valor altamente pedagógico de la
ley, ni su fuerza eficaz para conducir las voluntades hacia el bien jurídicamente reque-
17 “La dottrina della virtù nella filosofia, ancor più che nella teologia, è allora la parte centrale della trattazione
morale; e lo è tanto da poter dire —forse con un poco di esagerazione— che, così come la intende Tommaso,
l’etica in general ‘è’ dottrina della virtù” (Kluxen, 2005: 314). Ofrecemos una traducción propia: “La doctrina
de la virtud en filosofía, todavía más que en teología es, entonces, la parte central de su tratamiento moral,
y tanto lo es que hasta es posible decir —tal vez un poco exageradamente— que así como lo entiende Santo
Tomás la ética en general es doctrina acerca de la virtud”.
18 El original dice: “Se nel corso del secolo xiv il dibattito teologico-filosofico languì alquanto nelle università
—più per il monopolio esercitato dalle scuole degli ordini mendicanti che per la diffusione dell’occamismo,
alle cui degenerazioni si suole imputare tal decadenza—, lo sviluppo delle scuole giuridiche e dell’elaborazio-
ne dottrinale, civilistica e canonistica, raggiunse vertici mai prima toccati”.
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 112
19 La cita original dice: “L’etica della terza persona intende limitarsi a fornire un quadro di regole utilitarie di
giustizia che sono presentate come “doveri”; ma con quale forza questi doveri vengono imposti? Con la coa-
zione giuridica? Con la minaccia dell’ostracismo?”.
20 “L’aspirare intenzionale delle singole virtù morali è principio affettivo per la prudenza e per il giudizio d’azio-
ne. La virtù morale però non è solo una struttura affettiva, ma anche la giustezza (Aristotele: orothes) de-
ll’aspirare. Questa affermazione presuppone che la virtù morale è formata da strutture della ragionevolezza”
(Rhonheimer, 2006: 225) Nuestra traducción: “El aspirar intencional de cada una de las virtudes morales es
un principio afectivo para la prudencia y para el juicio de acción. Pero la virtud moral no es solamente una
estructura afectiva, sino también la rectitud (Aristóteles: orothes) del aspirar. Esta afirmación presupone que
la virtud moral está formada por estructura de racionabilidad”.
Lázaro, Nicolás
“La perspectiva ética en los comentarios del cardenal Cayetano” 113
trabajos.21 De todo lo que se dijo, nos parece que debe agregarse todavía algo más
que advertimos en los comentarios de Cayetano: en él, esta natural aspiración de la
virtud moral se trocará en algo irracional y artificial, externo y extraño a la naturaleza
humana. Por ello la necesidad de indicar a cada paso y en todo momento qué ha de
hacerse, cómo ha de obrarse y en qué modo han de evitarse tales conductas. Es así
como podemos ver en su glosa una perspectiva moderna. Repasemos los motivos.
En primer lugar, porque sus comentarios son tipificaciones, normativizaciones,
indicaciones, señalizaciones y advertencias de los modos en que se deben cumplir y
obedecer los dictámenes contenidos en las exigencias objetivas de la virtud moral,
referidas a la justicia en nuestro caso: una ética de la tercera persona. En segundo
lugar, porque la impronta normativa o la coacción jurídica de los legisladores, junto
con sus juicios, son la fuerza suficiente, motora y agente para compeler a los sujetos
al cumplimiento de tal o cual mandato. Con ello se distinguen claramente dos funcio-
nes: una, de parte del superior religioso o prelado espiritual, que es la de comandar
e indicar cómo los súbditos deben comportarse y en qué modo han de ser trata-
dos; otra, por parte de los mismos subalternos, según la cual ellos deben obedecer
a pie juntillas las órdenes recibidas: “Quien obedece no se equivoca”. Pero sí puede
equivocarse quien manda, por ello los responsables son los destinatarios principales
de sus instrucciones: “si salvamos la cabeza, el cuerpo entero será sano”. Adviértase,
nuevamente, este “mecanicismo de la vida moral”. En tercer lugar, advertimos una
verticalidad obediencial en dicha concepción ética: los sujetos, postergando la propia
potencia intelectiva, han de ejercitarse solamente en la obediencia. No se les pide
que descubran la bondad de tal o cual acto, ni que escudriñen en el fuero interno la
maldad de esta o aquella obra; sino que, provistos de un extenso y detallado número
21 Por ejemplo, el análisis que Henri de Lubac realiza con respecto a los comentarios del cardenal a la Summa
Theologia y su comprensión del concepto “natura”: “We also see that it is not to Jesuit theology, to Suárez or
Molina that we should attribute—at is sometimes done—the authorship of the theory that sees human na-
ture ‘as a closed and self-sufficient whole’. Cajetan is, if not quite the first initiator of it, at least its patron and
leading authority. It was chiefly he who introduced it into Thomism and, more precisely, actually into the
exegesis of St. Thomas himself, thus conferring upon it a kind of usurped authority. Cajetan was followed
by Koellin and Javelli, who show signs of being in the same quandary as their master before them, yet they
face the same strange assurance. This is not primarily a value-judgment, but a statement of fact upon which
it would seem that everyone ought to agree, and which in fact is gradually coming to be accepted: the inter-
pretation by Cajetan and his emulators, which largely determined later Thomism, is far from being wholly
faithful to the text on which they are commenting. Without doubt it falsifies the sense”. (De Lubac, 1998:
145-146). Véase también Muñoz (2016: 627-650).
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 114
22 “El siglo xiv es un siglo de ruptura, en el sentido de que por primera vez asoman problemas gravísimos que
hieren profundamente el entramado de la civilización. Es el siglo del cautiverio de Avignon, de la peste ne-
gra, del nominalismo. Es como el levantarse el telón de una larga y penosa tragedia que va a trastornar todo
el orden cristiano. Si comenzamos por el aspecto cultural, hay que decir que cada uno de los cuatro siglos
de esta etapa está signado por un movimiento cultural transformador: el xiv, como acabamos de decir, por
el nominalismo; el xv por el Renacimiento y el Humanismo; el xvi por la Reforma y el xvii por el Raciona-
lismo” (D’Angelo Rodríguez, 1998: 57). Para profundizar este riquísimo período recomendamos el citado
Quaglioni (1994).
Lázaro, Nicolás
“La perspectiva ética en los comentarios del cardenal Cayetano” 115
clases de transiciones, las que llevan de una civilización a otra y las que llevan de
una edad a otra.
Cuando se pasa por una crisis de la primera clase se modifica una matriz.
Cuando se produce una crisis de la segunda lo que cambia es el contenido. Para el
lector no familiarizado con las abstracciones necesarias en historiografías, conven-
drá remitirse a una imagen familiar: con un mismo molde siempre saldrán mo-
delos iguales. Con un molde para hacer ladrillos produciré siempre ladrillos. Pero
su contenido puede variar: es posible hacer ladrillos de oro o de barro. (D’Angelo
Rodríguez, 1998: 25-26)
Estas categorías con las que D’Angelo Rodríguez busca aproximarse a la posmoderni-
dad enriquecen y aportan mucho a nuestro análisis lógico-filosófico, lo cual muestra
la íntima relación y necesidad de interactuar con metodologías propias de otras dis-
ciplinas, en este caso de la historia.
Atendiendo a esta práctica podemos percibir en Cayetano una mutación con-
junta de estas dos clases de transiciones. Por un lado, hay un cambio en el “molde”
utilizado, pues pasa de producir el concepto de la virtud de la justicia no con el de
la analogía sino utilizando el del unívoco. Por otro, la transición se da también con
respecto al contenido. En efecto, explica D’Angelo Rodríguez en El Comienzo de la
Modernidad que “nos enfrentamos al segundo tipo de transiciones, es decir al cambio
de contenido cultural” (1998: 56), lo cual implicaría “la conservación de la matriz,
puesto que lo que está implícito en todo lo dicho es que el cambio de contenido se da
sin perjuicio de la conservación del molde cultural” (D’Angelo Rodríguez, 1998: 56).
El problema, insistimos, es cómo concibe la virtud, el ordenamiento de la so-
ciedad y cómo ésta debe ser gobernada. Luego de sus comentarios, cuando el mun-
do haya avanzado en el abandono paulatino de los principios cristianos, el modo
formalista y voluntarista en que Cayetano ha entendido a Tomás de Aquino servirá
de cimiento para una modernización de la moral cristiana, y a través suyo, de todo
el cuerpo social: “Será cuestión de tiempo [...] para que Laplace le diga a Napoleón,
refiriéndose a Dios: ‘Sire, nous n’avons pas besoin de cette hypothese’ [Señor, no te-
nemos necesidad de esta hipótesis]. El Creador se ha convertido en una hipótesis, de
la que los sabios no tienen ya necesidad” (D’Angelo Rodríguez, 1998: 68). Y entonces,
sí, la ética también será algo nuevo y distinto.
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 116
Conclusiones
Queda probada suficientemente la hipótesis que condujo todo este trabajo que vemos
felizmente concluido: hay un cambio de perspectiva ética en los comentarios del car-
denal. También quedó evidenciado cómo a través de su glosa a S. Th. II-II, qq. 57-62,
este personaje central de la filosofía, de la teología y de la vida política de fines del
Quattrocento y principios del Cinquecento no sólo renueva la definición de la virtud,
sino el camino que propone para su cumplimiento.
El contenido de su glosa y el modo de comentar conforman lo que hemos de-
nominado como “tomismo cayetano”, que terminará por brindar a los siglos poste-
riores la base de nuevas corrientes filosóficas. Ellas, gracias a la capitis deminutio de
la justicia obrada por el cardenal —es decir, en virtud de igualar el bien común con
los bienes particulares— y al cambio de perspectiva ética en el modo de concebir y
enseñar toda la ética (voluntarismo y formalismo) constituirán la forma mentis de la
cual emergerá una nueva moral y, por ende, un nuevo orden sociopolítico.
Queremos decir, sin ambages, que este tomismo cayetano terminará poniendo
los fundamentos para un marco teórico funcional a una filosofía política liberal del
Estado, pese a no habérselo propuesto. Debido al constante llamamiento del carde-
nal a seguir su interpretación, junto con su indiscutida importancia en los muchos
planos de la vida social, política y religiosa del tiempo que le tocó vivir, dicho marco
teórico tuvo una enorme influencia en los siglos que le siguieron, así como la tuvo
en el tiempo suyo. En efecto, podríamos encontrar una referencia a Cayetano si rea-
lizáramos una lectura atenta de autores y filósofos que han marcado decisivamente
el devenir de las ideas pertenecientes a la filosofía política, al derecho, a la moral, a
la ética, a la lógica, a la metafísica y —sin ápice de duda— a la teología (incluida la
exégesis bíblica).
El cambio de perspectiva ética en los comentarios de Cayetano ha de señalarse,
además, como otro de los hitos fundacionales en la génesis de una reflexión de corte
liberal en el ámbito de la filosofía política, nada menos que en el seno mismo del to-
mismo. Sobre este decurso conceptual ocurrido dentro de la Escuela, que ha de arti-
cularse necesariamente con las tesis fundamentales de John Finnis en Aquinas (2004),
nos ocuparemos en otro estudio. Todo esto debe leerse, por su puesto, en sintonía con
los debates previos reseñados.
Lázaro, Nicolás
“La perspectiva ética en los comentarios del cardenal Cayetano” 117
Referencias bibliográficas
Abbà, Giuseppe (1996). Quale impostazione per la filosofia morale? Ricerche di filosofia
morale. L. A. S. Editrice.
Aquino, Tomás (1897). Summa Theologiae. Cum commentariis Thomae de Vio Caietani. t.
IX. Editio Leonina.
Beuchot, Mauricio (2012). Ordo Analogiae. Interpretación y construcción del mundo. UNAM.
Cuccia, Emiliano (2012). “Primacía de la voluntad y virtud moral en Juan Duns Escoto”.
Tópicos, 43, 153-172.
Cuccia, Emiliano (2020a). “La cuestión del sujeto de las virtudes morales en la Ordinatio
de Juan Duns Escoto”. Studia Gilsoniana, 9(1), 11-31.
De Lubac, Henry (1998). The Mystery of the Supernatural. The Crossroad Publishing
Company.
Del Cura, Alejandro (1983). “Sobre la analogía. Síntesis del pensamiento del padre
Ramírez”. Estudios filosóficos, 133(22), 79-119.
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 118
Finnis, John (2004). Aquinas. Moral, Political, and Legal Theory. Oxford University Press.
Ingham, Mary Elizabeth (1990): “‘Ea Quae Sunt Ad Finem’: Reflections on Virtue as Means
to Moral.Excellence in Scotist Thought”, Franciscan Studies 50, 177-195.
Kent, Bonnie (1995). Virtues of the Will. The Transformation of Ethics in the Late Thirteenth
Century. Washington, D. C.: The Catholic University of America Press.
Lázaro, Nicolás (2018). “Los comentarios del Cardenal Cayetano a la S. Th. II-II, qq. 57-
62”. En Leorza, María José; Olivera, Diego Alexander; Quintana, Pablo (Comp.),
Actas del II encuentro de jóvenes investigadores en Historia Antigua y Medieval, (pp.
162-172). Universidad Autónoma de Entre Ríos.
Lázaro, Nicolás (2021). “La ira y sus especies en el comentario de Cayetano a S. Th. I-II,q.
46, a. 8”. En Susana Beatriz Violante, Las emociones en la Edad Media (págs. 84-92).
Mar del Plata: EUDEM.
MacIntyre, Alasdair (2007). After Virtue. A Study in Moral Theory. University of Notre
Dame Press.
Muñoz, Ceferino (2012). “En torno a dos lecturas posibles sobre el conocimiento de las
esencias en Tomás de Aquino”. Tópicos, 43, 123-151.
Muñoz, Ceferino (2014). “Breve status quaestionis sobre el lugar de Cayetano en la historia
del Tomismo (siglos XX-XXI)”. Rivista di Filosofia Neo-Scolastica 106(4), 949-961.
Quaglioni, D. (1994). La crisi del Trecento e il papato avignonese (1274-1378). San Pablo.
PRESENTACIÓN
E
n un proyecto de pensamiento intersticial, incluso cuando ha sido siquiera plan-
teado, es necesario ya haber precursado a cada ente como perteneciente a todo
lo demás: a un ambiente, a una familia, a una comunidad, absolutamente de-
pendiente de aire, clima, alimentos, luz, agua, sin menoscabo alguno de vinculación y,
también, de mutua originación. Desde ahí, ya no sería pensable ni vivible al individuo
uno; sería solo la quimera más reconocible en este imperio de la ilusión que dice, a la
usanza de Nietzsche, que perezca el mundo y me haga yo. Este orden ilusorio olvida
que sin condición respectiva (o con respecto a otro) no es posible él mismo, que ser
en el mundo es condición respectiva (o ser para). Sin embargo, la quimera del uno y
su propiedad, de Stirner, ha permanecido y se ha endurecido en los últimos 500 años.
No hay quien se atreva a desmentir la objetualización sin medida de todas las cosas y
que avanza desde una subjetividad egoica y autocentrada, carente de otro y de relación;
no hay quien se atreva a desmentir que el dualismo naturaleza/cultura surge del suelo
de una modernidad y de un pensamiento aplastante de todo lo viviente, para quien lo
viviente está a disposición. En un mundo determinado por el poder sobre personas,
animales, cosas, territorios, y por la mostración de poder ante otros, cuya cúspide es el
genocidio, el feminicidio, el ecocidio, el abuso; en un mundo donde dominan modos
de ser atentatorios, violatorios, degradantes, humillantes, es ineludible seguir pensan-
do la violencia estructural que acompaña al sistema que comanda todo, pero también,
internarse en posibilidades que permitan la comunidad de lo viviente como entrelaza-
damente viva. He ahí la tarea propia de un pensamiento intersticial.
En la actualidad, no son pocos quienes se han enterado de esa comunidad,
co-originareidad de todas las cosas. Es un pensamiento que avanza desde la antropo-
logía y la filosofía; desde la ecología y la bioética; desde el pensamiento más antiguo
como el daoísmo, o el budismo y que promete ser un portazo definitivo a aquel uni-
lateral, monolítico y confinado modo de ser sustancial sin relación y sin interdepen-
dencia. Una ontología intersticial da cuenta de “el entre”, de la entredad misma. La
confabulación del pensamiento relacional es de lo que intentó dar cuenta el proyecto
piffyl “Ontologías Intersticiales”, el cual se llevó a cabo entre 2019-2021 en la Facul-
tad de Filosofía y Letras de la unam.
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 122
Palabras clave: Filosofía japonesa, Nishida, Watsuji, lugar, ambiente geocultural, basho, fūdo, intimidad
Abstract
In his work Intimacy or Integrity: Philosophy and Cultural Difference (originally 1988 Gilbert Ryle Lectures,
published in 2002), Thomas P. Kasulis identifies two types of orientations “intimacy” and “integrity” that
condition both interpersonal relationships and our relationship with the world. Although the two orientations
can be found in both Western and Asian philosophical traditions, it can be said that the former predominates
in much of Japanese philosophy. Starting from the paradigm of intimacy described by Kasulis, we will examine
two conceptual creations by Nishida Kitarō (1870-1945) and Watsuji Tetsurō (1889-1960) respectively, the “self
as place” and the “geocultural environment”. In this way, we will show how a way of understanding the self as
something situated and relational emerges that allows us to think of an ecological-communitarian way of being.
Keywords: Japanese philosophy, Nishida, Watsuji, place, milieu, basho, fūdo, intimacy
1 El presente escrito está basado en la ponencia presentada en el Seminario International de Filosofía japonesa
Towards the Ecological-Communitarian Self, organizado por el Colegio de Filosofía de la Universidad Nacio-
nal Autónoma de México y celebrado del 25 al 29 de noviembre de 2019, en el marco del proyecto piffyl
02_006_2019 “Ontologías intersticiales”, cuya participación fue apoyada por la Fundación Japón (México).
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 124
Introducción
S
upongamos que queremos ilustrar la imagen del ser humano y del lugar que
ocupa en el mundo, natural y social, que ha predominado en la filosofía occi-
dental. Podríamos partir de las célebres y enigmáticas palabras con las que Pro-
tágoras de Abdera habría iniciado su escrito ἀλήθεια Aletheia (Verdad):2 “De todas
las cosas el hombre es medida, de las que son, como son, y de las que no son, como
no son” (DK 80B1).3 O bien, podríamos partir de uno de los textos más representa-
tivos del Renacimiento, Oratio de hominis dignitate (Discurso sobre la dignidad del
hombre, ca. 1486), donde Giovanni Pico della Mirandola dice haber comprendido
por qué el ser humano es el más feliz y digno de admiración entre los seres vivientes
y, remitiéndose al Génesis bíblico y al Timeo, reproduce las palabras que Dios habría
dirigido a Adán después de situarlo en el centro del mundo creado: “La naturaleza
bien definida asignada a los demás seres está encerrada en las leyes que hemos fijado.
Tú, que no estás encerrado en ningún límite, establecerás tu naturaleza sobre la base
de tu arbitrio, que he depositado en tus manos” (Bausi, 2014: 11). Este pasaje sería
representativo, además, por constituir una síntesis de dos grandes fuentes de la filoso-
fía occidental, la tradición semítica y la griega, puesto que el filósofo italiano equipara
la noción platónica del ser humano como ser intermedio entre los mundos sensible e
inteligible con la noción bíblica del hombre creado a imagen de Dios. También podría-
mos recurrir a textos del idealismo alemán, cuya filosofía “progresa desde la base de
la ontología clásica hacia el descubrimiento de la personalidad humana como centro
de todo conocimiento y de toda actividad” (Benz, 2016: 35), y mostrar, por ejemplo,
cómo el Yo fichteano establece el mundo, quizás a partir del popular escrito de Fichte
(2000) Die Bestimmung des Menschen (La misión del hombre, 1800). Para dar cuenta
de una forma típica de pensar las relaciones entre el individuo y la sociedad, quizás
2 O titulado según Sexto Empírico, Kataballontes Logoi (Discursos demoledores), ver Adversus Mathematicos
7.60 (Untersteiner, 2008: 23-24, quien traduce la proposición transmitida por Sexto, y que no tendría como
fuente a Platón, así: “l’uomo è dominatore di tutte le esperienze, in relazione alla fenomenalità di quanto è
reale e alla nessuna fenomenalità di quanto è privo di realtà”, en una traducción aproximada, “el hombre es
dominador de todas las experiencias, en relación con el carácter fenoménico de lo real y el no fenoménico
de lo que carece de realidad”). En adelante, la traducción al español de los pasajes citados, si no se indica lo
contrario, es mía. .
3 Para el texto griego y la traducción al alemán de Diels-Kranz 1959-1960: 262-263, de ahora en adelante DK.
La traducción de Álvaro Vallejo Campos de la versión del Teeteto de Platón dice así: “el hombre es medida de
todas las cosas, tanto del ser de las que son, como del no ser de las que no son” (152a).
Bouso, Raquel
“El yo situado y relacional en Nishida y Watsuji” 125
mundo. Para ello, la filosofía japonesa nos ofrece recursos conceptuales valiosos, por lo
que partimos de la idea de que introducir en la reflexión filosófica fuentes procedentes
de las tradiciones de pensamiento extraeuropeas puede contribuir a enriquecer la dis-
cusión y a que seamos capaces de diagnosticar y comprender mejor los problemas que
nos afectan globalmente, así como proponer alternativas.
No obstante, queda la cuestión metodológica de cómo plantear dichas alter-
nativas sin incurrir en la contraposición fácil entre un pensamiento occidental mar-
cadamente antropocéntrico, que valora altamente el individualismo y gira en torno
al yo subjetivo frente a un pensamiento asiático que habría privilegiado el aspecto
comunal, relacional y cosmocéntrico (o quizás mejor, en otros términos “ecocén-
trico”) a la hora de pensar el lugar y las relaciones que el ser humano establece en
los ámbitos natural y social. Un marco teórico adecuado para nuestro propósito lo
ofrece Thomas P. Kasulis en su obra Intimacy or Integrity. Philosophy and Cultural
Difference, publicado en 2002 a partir de las Gilbert Ryle Lectures que impartió el
filósofo estadounidense en 1998. Fruto de su dilatada trayectoria como investigador y
docente de filosofía comparada y asiática, Kasulis plantea en esa obra un paradigma
interpretativo que permite identificar ciertas notas dominantes en el pensamiento de-
sarrollado en diversas culturas y reconocer, siguiendo un modelo heurístico, patrones
de relación sin caer en discursos esencialistas o etnocéntricos. En uno de sus últimos
trabajos, Engaging Japanese Philosophy: A Short History (2017),4 aplica dicho paradig-
ma al estudio de una serie de filósofos —esto es, Kūkai, Dōgen, Shinran, Norinaga,
Sorai, Nishida y Watsuji— que elige como representativos de varias corrientes de
pensamiento: budistas, confucianas, sintoístas y de la filosofía académica moderna,
a través de las cuales recorre la historia de la filosofía japonesa. La obra en cuestión
se propone además, como un intento de animar a los lectores a que interactúen con la
filosofía japonesa, que no se limiten a aprender de ella como si de un objeto de estudio
ajeno se tratara, sino que se atrevan a pensar junto a los filósofos los problemas que les
preocuparon y a unirse a ellos en su intento de arrojar luz sobre las preguntas que for-
mularon y las respuestas que ofrecieron. Con la implicación y complicidad del lector,
Kasulis logra en cierto modo devolver a la filosofía una dimensión práctica que a menu-
do se olvida en la academia y que está en sintonía con la orientación de la “intimidad”
que describe en su obra y define el filosofar de los autores japoneses que examina. De
nuevo, cabe resaltar que hallaríamos ejemplos de esta orientación del pensamiento
5 De este modo, Tazuko A. Van Berkel (2013) interpreta la posición de Protágoras más como un perspectivis-
mo que como un relativismo, es decir, como una metáfora que indicaría que no podemos evitar ver las cosas
desde una perspectiva de primera persona, como humanos no podemos ver el mundo sino en términos
de la medida humana. La autora sugiere que quizás tanto Jenófanes como Protágoras reflexionan sobre la
condición humana en sentido genérico como reacción a la tradición sapiencial arcaica y las cosmologías
presocráticas que tomaban como punto de partida para pensar la moral la realidad o el ser.
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 128
¿Intimidad o integridad?
Como si de un test se tratara, añade que si eres una persona que tiende a preferir la res-
puesta B, respondes como la mayoría de los filósofos japoneses, es decir, tu orientación
cultural es la del conocimiento por implicación, el cual corresponde al paradigma de la
intimidad. En cambio, si has contestado la mayoría de veces A, tu orientación cultural
tiene más que ver con la de la integridad, a saber, la que es propia de la búsqueda de un
conocimiento objetivo mediante el distanciamiento y que cobró relevancia en la filoso-
fía occidental particularmente a partir del siglo xvii.
Bouso, Raquel
“El yo situado y relacional en Nishida y Watsuji” 129
Todas las actividades que llevan a cabo las personas mencionadas en las pregun-
tas citadas nos resultan conocidas, aunque no las cultivemos ni dispongamos de los
conocimientos necesarios para hacerlo de manera profesional o experta, ya sea nuestro
lugar de origen occidental o asiático. Las profesiones que aparecen en la categoría A cla-
ramente requieren de una instrucción y titulación universitaria, de unos conocimientos
adquiridos sobre la base de la manera en que se ha entendido y practicado la ciencia
según el modelo occidental y que, por razones históricas, a menudo no debido al mero
intercambio del saber sino al dominio colonial, se ha generalizado ampliamente en el
resto del mundo. Las actividades que desempeñan las personas clasificadas como B, en
cambio, requieren un tipo de habilidad que quizás denominaríamos un saber hacer o
sabiduría práctica (algo que, cabría matizar, hasta cierto punto, no necesariamente de-
beríamos descartar en el ejercicio de las profesiones clasificadas como A; o incluso las
dos orientaciones podrían darse en una misma persona, quizás, en diferentes situacio-
nes). En todo caso, Kasulis pone el acento en el tipo de conocimiento que A o B obtienen
de algo en particular que es central en su actividad (arcilla, palabras, luz, respiración,
familias). Si nos detenemos en el primer ejemplo, la arcilla, es obvio que un alfarero,
aunque carezca de estudios de geología, tras años de oficio, conoce a la perfección el
material que moldea. Digamos que un conocimiento de ese tipo y el modo de adquirir-
lo ha interesado particularmente a los filósofos japoneses. Así, mediante esta estrategia
discursiva, que nos obliga a recurrir a nuestra experiencia para poder posicionarnos,
nos encontramos en disposición de abordar nuestro objeto de estudio y de superar la
extrañeza que, de entrada, pudieran causarnos los textos filosóficos japoneses.
Teniendo esto en mente se entenderá mejor la siguiente caracterización del pa-
radigma de la intimidad que propone Kasulis (2002: 24, 32):
Tras estas dos orientaciones reside un modo distinto de relacionarse. Si vamos a exa-
minar una forma de concebir el yo, o sí mismo, que hemos descrito como relacional,
conviene detenerse brevemente en esta idea que, aunque relativamente sencilla, re-
sulta sumamente reveladora cuando se aplica no sólo al campo epistemológico, sino
también al ético-político o al estético. Pensemos en dos cosas, A y B, relacionadas. Si
las pensamos como dos objetos independientes, A y B existen en su integridad an-
tes de entrar en relación y después de establecer la relación una tercera cosa (R) las
mantiene conectadas entre sí. Si desaparece R, A y B siguen manteniendo su indivi-
dualidad íntegramente. Kasulis se refiere a este tipo de conexión como una relación
“externa” porque el vínculo existe como algo ajeno al carácter intrínseco de las dos co-
sas relacionadas. Pensemos, por ejemplo, en un puente construido sobre el Danubio
para unir las dos poblaciones medievales de Buda y Pest, en una sola ciudad. Sin el
Bouso, Raquel
“El yo situado y relacional en Nishida y Watsuji” 131
vínculo añadido que constituye el puente y, por tanto, sin un modo de cruzar de una
orilla a otra, la distinción entre ambas poblaciones se habría mantenido.
Por el contrario, si entre A y B se mantiene una relación “interna”, no son inde-
pendientes sino interdependientes, una es inherente a la otra. Para estar completos, y
mantener su integridad, A necesita de B, y a la inversa. La imagen de la intersección de
dos conjuntos que se emplea en las matemáticas puede ser ilustrativa: los elementos
que quedan en el medio pertenecen a los dos conjuntos, los comparten; R en este caso
sería la relación que se da al superponerlos. Si la relación se disolviera, A y B dejarían
de ser lo que son, o perderían parte de lo que eran. Por ejemplo, si un pintor deja de
mezclar los pigmentos con aceite dejará de tener pintura al óleo, o si separamos el ama-
rillo del azul, dejamos de obtener el verde. Si aplicamos esto a la manera indisociable
de concebir el cuerpo y la mente, o la mente y los sentimientos, en la filosofía japonesa
tradicional, nos resultarán sorprendentes los intentos por determinar qué vincula a
ambos en buena parte de la filosofía occidental, la cual comienza con el supuesto de que
en cuanto entidades distintas son separables. Conviene insistir una vez más en que las
dos orientaciones descritas no son exclusivas de ninguna tradición cultural o filosófica,
pero sí que han tendido a privilegiar una u otra, de modo que han predominado de
manera más ostensible en unas que en otras.
El yo situado y relacional
6 Sobre el basho de Nishida y chōra, ver Tremblay (2007: 59-72) y Krummel (2015: 191-207). Sobre otras
interpretaciones de chōra a partir de Platón, ver Derrida, Chōra (1993) y Sallis (1999).
Bouso, Raquel
“El yo situado y relacional en Nishida y Watsuji” 133
minado, sin carácter, sin forma y sólo puede ser intuido o, como Platón lo expresa,
captado por medio del razonamiento espurio o “bastardo” (52b), no por un razona-
miento exacto y verdadero propio del conocimiento del ser.
Interesado en el aspecto lógico de basho, Nishida procedió a analizar desde esta
perspectiva la estructura lógica de la forma de juicio y llamó a su teoría una “lógica
de lugar” (basho no ronri 場所の論理). Es una lógica predicativa o topológica en la
que el plano del sujeto queda en cierto modo subsumido en el plano del predicado.
La idea básicamente sería que cualquier juicio surge necesariamente de un basho
particular, es decir, un lugar particular, pero dado que puede haber una pluralidad
de verdades y contextos, tuvo que explicar cómo se interrelacionan dichos contextos.
La “lógica del basho” de Nishida es un sistema complejo que siempre cambia
y está sujeto a revisión, pero podemos resumir brevemente su núcleo para sugerir
cómo se desarrolló su línea de pensamiento. Jacynthe Tremblay (2007: 48-49) se sir-
ve de la imagen muy gráfica, la de las matrioshka o muñecas rusas, para facilitar la
comprensión de la estructura englobante de esta lógica. Una forma en que Nishida
formuló este sistema fue en términos de tres basho: el del ser (u no basho 有の場所),
la nada relativa (sōtai mu no basho 相対無の場所) y la nada absoluta (zettai mu no
basho 絶対無の場所). Estos corresponden aproximadamente a los campos de juicio
del empirismo (que pretende expresar pura objetividad con una declaración sobre
algo que es y que omite o neutraliza el observador, por ejemplo, si digo “el sol brilla
afuera”), del idealismo (en cuyo juicio subjetivo el observador entra en juego, por
ejemplo, “yo veo a través de la ventana que el sol brilla afuera y me siento feliz”), y, fi-
nalmente, lo que Nishida llamó el campo de la “intuición activa”, o también traducida
como “intuición enactiva”,7 (kōiteki chokkan 行為的直観). Este último campo sería el
más comprehensivo. Como hemos visto, el campo del juicio objetivo del empirismo,
el cual normalmente adopta la ciencia, excluye el papel del sujeto sin cuya observa-
ción, advierte Nishida, no podríamos afirmar nada sobre algo, por lo que considera
que el primer campo está comprendido (incluido dentro, como una muñeca rusa) en
el de la autoconciencia, un campo de juicios sobre uno mismo y su relación con los
objetos de la experiencia, al que llama de la nada relativa, en referencia al yo anula-
do o reducido a nada en los juicios empíricos. Con todo, a diferencia del idealismo,
Nishida no concibe el yo como sustancia, sujeto o ego trascendental, sino como agen-
te. El basho último es el campo donde tiene lugar la acción, la “intuición activa” (en
nuestro ejemplo, el mero acto de ver, brillar, sentir calor o felicidad, etcétera). Así,
el basho del idealismo que ve al yo como sujeto y objeto está comprendido en un
tercer basho, el de la nada absoluta. La expresión “intuición activa” reúne el aspecto
pasivo asociado con la intuición, es decir, nuestra recepción de información sobre el
mundo, y el aspecto activo de nuestra participación en dicho mundo. En este campo,
la intuición y la acción son inseparables como dos polos de un solo proceso. Remite
a un proceso, no a una cosa, por lo que nunca puede ser el sujeto o el objeto en sí
mismo y por eso es denominado “nada absoluta”. Es tan imposible de definir o con-
ceptualizar, pues se convertiría en una cosa, un objeto de la conciencia; sería como
intentar pensar la muñeca rusa más grande posible, en la imagen de Tremblay, o un
círculo infinito en una de las imágenes que emplea Nishida. Sólo se puede decir que
es el lugar donde se sitúan todas las cosas y se relacionan entre sí, donde tiene lugar el
mundo de la naturaleza, de los individuos y del conocimiento, pues es donde el “yo
verdadero” (shin no jiko 真の自己) conoce las cosas en sí mismas.
En su trabajo posterior, Nishida ve el basho como el “lugar” de formación de
la historia. El mundo histórico está situado en el basho de la nada absoluta, por así
decir, como su contenido. El “lugar” da forma a un mundo histórico que no es el
mundo natural de las cosas, ni el mundo de la vida de la conciencia del sí mismo, sino
el mundo de la cultura. En basho, el mundo se determina a sí mismo como un mun-
do sociohistórico. Reflejando a todos los individuos y su forma de ser mutuamente
determinante dentro de sí mismo, basho es un lugar en el que todos los seres vivos y
no vivos llegan al ser. Es un “lugar” de existencia relacional: “Lo que se considera el
‘yo individual’ no es más que una cosa que se puede pensar como la determinación
individual del mundo que se determina a sí misma” (Nishida, 1965a: 203). El mundo,
por tanto, puede entenderse como el lugar de la intuición activa mencionado antes,
lo que se comprenderá mejor con la analogía que emplea el propio Nishida de una
representación teatral (Nishida, 1965b: 290). Mientras que el basho de ser equival-
dría al público, el observador distante que ve una obra de teatro con objetividad, los
actores, que interpretan un personaje y se involucran de manera activa y subjetiva en
la ejecución de la obra, corresponderían al basho de la nada relativa. Sin embargo,
en la medida en que los actores sólo se implican en la obra desde el punto de vista
del papel que representan, no experimentan el despliegue total de la obra. Análoga-
mente, los seres humanos participamos en el mundo e incluso podemos analizarlo de
manera distanciada, como sugiere la orientación de la integridad mencionada antes,
pero la obra de teatro que se representa no sería sino el basho de la nada absoluta o
Bouso, Raquel
“El yo situado y relacional en Nishida y Watsuji” 135
Watsuji distingue entre fūdo y el medio ambiente natural (shizen kankyō 自然環
境), pues este último equivaldría a una abstracción que convierte la naturaleza en
un objeto analizable, en la línea podríamos añadir de la orientación de la integridad,
mientras que el primero consiste en fenómenos que presuponen la existencia del suje-
to humano que los vive, percibe e interpreta, claramente en la línea de la orientación
de la intimidad. Watsuji descarta el determinismo ambiental y habla de la libertad del
sujeto humano en reciprocidad con el entorno natural.
Tras el pasaje citado arriba, en el Prólogo de Fūdo, Watsuji explica que Sein und
Zeit (El ser y el tiempo, 1927) de Heidegger inspiró su trabajo. Watsuji leyó en Berlín
8 Véanse las traducciones de Watsuji (1960, 1988, 2011, 2006, 2015), así como el estudio de David Johnson
(2019).
Bouso, Raquel
“El yo situado y relacional en Nishida y Watsuji” 137
el libro recién publicado de Heidegger con grandes expectativas sobre cómo utilizaría
la fenomenología de una nueva manera para abordar las cualidades de la existencia
humana. Sin embargo, decepcionado, critica a Heidegger por no haber dado sufi-
ciente importancia al espacio en su obra, lo cual se refiere principalmente a Sein und
Zeit, ya que la cuestión del espacio no está ausente de las obras de Heidegger, pero
parece ser de importancia secundaria antes la década de 1950. De hecho, Heidegger
escribe (§5):
mostraremos que aquello desde lo cual el “ser ahí” en general comprende e inter-
preta, aunque no expresamente, lo que se dice “ser”, es el tiempo. Éste tiene que
sacarse a la luz y concebirse como el genuino horizonte de toda comprensión
y de toda interpretación del ser. Para hacerlo evidente así, se ha de menester
de una explanación original del tiempo como horizonte de la comprensión del
ser, partiendo de la temporalidad como ser del “ser ahí” que comprende el ser.
(Heidegger, 1996: 27)
9 Resulta interesante, además, que el significado de este carácter en China remitía al tiempo, mientras que
en Japón adquirió el sentido espacial. Etimológicamente es una combinación del sinograma “puerta” 門 y
“luna” 月, evocando la imagen poética de la luz de la luna filtrada a través de un panel deslizante semiabierto
al exterior. Más tarde, el componente “luna” del carácter original 閒 fue reemplazado por el “sol” 日.
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 138
opinión, pasa por alto la influencia de la cultura y las vastas conexiones de red que
nos hacen lo que somos, individuos inmersos en el espacio/tiempo de un mundo,
junto a otros. Para Watsuji, no somos individuos solitarios que conviven junto a otros
individuos también solitarios, sino seres de lo que denomina “interidad” o “ser entre”
(aidagara 間柄), estar en medio. El énfasis dado a los aspectos espacial y social del
ser humano lo lleva a dedicar su ensayo a la conceptualización de la relación de una
sociedad con su entorno (fūdo), así como el sentido y orientación de esta relación, a
lo que denomina (fūdosei 風土性) y define como momento estructural de la existen-
cia humana.
Curiosamente, para traducir el verbo “ser” (sonzai suru 存在 する) y “existen-
cia” (sonzai 存在), la filosofía japonesa10 usa dos sinogramas y uno de ellos incorpora
originalmente la idea del lugar y, por tanto, la espacialidad: zai, que comprende el
radical “tierra” (土), significa “estar en un lugar”, o “el lugar del ser”. Teniendo en
cuenta estas particularidades de la lengua japonesa, Augustine Berque, quien ha es-
tudiado en profundidad tanto la obra de Watsuji como las concepciones del espacio
y la naturaleza en Japón, reconoce que para un japonés resulta difícil imaginar al ser
humano o la existencia humana (ningen sonzai 人間存在) sin hacerlo espacialmente,
y concluye que en japonés “el ser no trasciende el mundo” (Berque, 1998: 247).
Conclusión
10 La palabra más común en japonés con el sentido de “ser” o “existir” es u 有 (también leído yū o a(ru) 有る),
que originalmente significa “haber”, pero también puede significar “estar situado (en)” o “estar contenido
(dentro de)”.
Bouso, Raquel
“El yo situado y relacional en Nishida y Watsuji” 139
En una traducción aproximada y más bien literal al español, el poema reza “el sonido
mínimo de / las campanillas de viento: / estoy debajo”.11 La poesía haiku, general-
mente, incluye una palabra referida a una estación, aquí windbell o campanillas de
11 Nótese la alteración del orden de los dos primeros versos para el posesivo, es decir, que el sonido es de las
campanillas de viento: en inglés lo pueden mantener gracias al genitivo sajón (´s). También se han añadido los
artículos (en género y número, de los que carece el japonés), y se ha conjugado el verbo de manera personal,
mientras que el japonés original correspondería a un verbo en infinitivo (“estar debajo”), si bien, el hecho de
que el verbo sea iru y no aru sugiere que quien está situado debajo es un ser animado, humano o animal.
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 142
viento (el primer componente de fūrin es el viento), pues estas campanitas ligeras se
cuelgan en verano de una rama en el jardín y suenan con una ráfaga de viento, lo que
favorece que el lector u oyente sienta la brisa sinestésicamente. Lo sorprendente es
que no hay un sujeto en la oración, sólo una escena, un ambiente, un conjunto parti-
cular de circunstancias, un entorno, o para decirlo con Watsuji, un fūdo. Sin embar-
go, nótese que, en la traducción del haiku al inglés, para dar cuenta de la acción que
transcurre en el “lugar” (el estar debajo de la campana) se ha añadido (explicitado y
con ello, distinguido) un “yo” (I).
Referencias bibliográficas
Bausi, Francesco (Ed.). (2014). Discorso sulla dignità dell’uomo, Giovanni Pico della
Mirandola. Fondazione Pietro Bembo, Ugo Guanda Editore.
Benz, Ernst. (2016 [1968]). Mística y Romanticismo. Las fuentes místicas del Romanticismo
alemán (María Tabuyo y Agustín López, Trad.). Siruela.
Cestari, Matteo. (1998). “The Knowing Body: Nishida’s Philosophy of Active Intuition”,
The Eastern Buddhist, 31(2), 179-208.
Diels, Hermann; Kranz, Walther (Eds.). (1959-1960). Die Fragmente der Vorsokratiker.
Weidmannsche Verlagsbuchhandlung.
Fichte, Johann Gottlieb. (2000). Die Bestimmung des Menschen. Felix Meiner Verlag.
Heidegger, Martin. (1996). El ser y el tiempo (José Gaos, Trad.). FCE. (Obra original
publicada en 1927)
Johnson, David. (2019). Watsuji on Nature. Japanese Philosophy in the Wake of Heidegger.
Northwestern University Press.
Bouso, Raquel
“El yo situado y relacional en Nishida y Watsuji” 143
Krummel, John W. (2015). Nishida Kitaro’s chiasmatic chorology. Place of dialectic, dialectic
of place. Indiana University Press.
Maraldo, John C. (2017). “Enaction in Cognitive Science and Nishida’s Turn of Intuition
into Action”. En Japanase Philosophy in the Making I. Crossing Paths with Nishida
(pp. 199-225). Chisokudo.
Mill, John Stuart. (2003). On Liberty (David Bromwich y George Kateb, Eds.). Yale
University Press.
Nishida, Kitarō. (1995). Indagación del bien (Alberto Luis Bixio, Trad.). Gedisa.
Nishida, Kitarō. (2016). “La lógica del lugar” (Raquel Bouso, Trad.). En J.W. Heisig, Th.
P. Kasulis, J. C. Maraldo, R. Bouso (Eds.), La filosofía japonesa en sus textos (pp.
673-682). Herder.
Platón. (1992). “Teeteto” (Álvaro Vallejo Campos, Trad.). En Diálogos V (pp. 137-317).
Gredos.
Platón. (1997). “Timeo” (Francisco Lisi, Trad.). En Diálogos VI (pp. 125-261). Gredos.
Sallis, John. (1999). Chorology. On Beginning in Plato’s Timaeus. Indiana University Press.
Watsuji, Tetsurō. (1960). Climate: a philosophical Study (Geoffrey Bownas, Trad.). Japanese
National Commission for UNESCO.
Watsuji, Tetsurō. (1988). Climate and Culture. A Philosophical Study (Geoffrey Bownas,
Trad.). Greenwood Press.
Watsuji, Tetsurō. (2006). Antropología del paisaje (Juan Masiá y Anselmo Mataix, Trad.).
Sígueme.
Watsuji, Tetsurō. (2011). Fūdo, le milieu humain (Augustin Berque, Pauline Couteau y
Kuroda Akinobu, Trads.). CNRS.
Watsuji, Tetsurō. (2015). Uno studio dell’umano (Lorenzo Marinucci, Trad.). Mimesis.
número 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 | 145-168
doi: 10.22201/ffyl.16656415p.2021.41.1564
Recibido: 1-08-2021 | Aceptado: 1-10-2021
Abstract
In this paper, I will argue that the thought of the classical Japanese philosopher and Zen master Eihei Dōgen (1200-1253) can
make a very significant contribution to the efforts aimed at tackling the current worldwide social and environmental crisis. This
contribution consists of a perspective from which human subjectivity can reconnect with the environment and with the other.
Thus, it would be possible to overcome the tendency of the modern subject toward self-confinement which is at the root of
realities that have fueled the current socio-environmental crisis, such as individualism in a general sense and consumerism in
a particular one. In order to ground the paper’s main point, I will proceed in four steps. First, I will pinpoint the meaning of the
self-confinement to which modern subjectivity tends and how it has been an essential condition for the emergence of the socio-
environmental crisis. Next, I will examine Dōgen’s thought in order to formulate a way out of self-confinement and towards
a connected subjectivity: the subject configures itself not against the rest of reality, but in a radical connection attuned to the
environment. Then, I will demonstrate how the attunement at the core of this connected subjectivity can be evinced through
an aesthetic experience of the environment: concrete awareness of the environment is the occasion for subjects to discover who
they are. Finally, from this point of view, I will suggest eventual measures to put connected subjectivity into action in a way that
empowers us to face the socio-environmental crisis.
Keywords: subjectivity, attunement, self-confinement, socio-environmental crisis, Dōgen
1 El presente escrito está basado en la ponencia presentada en el Seminario International de Filosofía japonesa Hacia el sí mis-
mo ecológico-comunitario, organizado por el Colegio de Filosofía de la unam, celebrado del 25 al 29 de noviembre de 2019,
en el marco del proyecto piffyl 02_006_2019 “Ontologías intersticiales”, cuya participación fue apoyada por la Fundación
Japón (México).
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 146
M
ucho se ha insistido en que el individualismo (manifiesto en formas como
el consumismo) dificulta enormemente la solución de los desafíos am-
bientales, inclusive los desafíos sociales, que la humanidad enfrenta en el
siglo xxi. La pregunta es, entonces: ¿es posible superarlos? Puede afirmarse que en la
base de estos obstáculos se halla un factor intrínseco al paradigma moderno de subje-
tividad, a saber, la tendencia del sujeto moderno a cerrarse sobre sí mismo para poder
afirmarse (autoconfinamiento). Si esto es así, hará falta replantearse la constitución
de la subjetividad en la dirección contraria: la de la reconexión con el entorno y con
los otros. Como intentaré mostrar en este texto, encontramos una muy significativa
contribución a esa reorientación en el pensamiento de un filósofo y maestro zen ja-
ponés del siglo xiii, Eihei Dōgen (1200-1253). Pero ¿podemos hablar de subjetividad
antes de la modernidad? Y ¿tiene sentido buscar una salida a los presentes proble-
mas ambientales y sociales de la humanidad mirando hacia el pasado? En el caso de
Dōgen, estas preguntas admiten una respuesta afirmativa.
A fin de sustentar dicha respuesta afirmativa, el presente escrito procederá en
cuatro secciones. Inicialmente precisaremos con claridad en qué consiste el autocon-
finamiento como paradigma problemático y moderno de subjetividad, y por qué es
preciso superarlo. Seguidamente, examinaremos cómo se puede hallar una salida a
dicha problemática a partir de Dōgen, quien formula un sujeto que se constituye no
cerrándose sobre sí mismo, sino, al contrario, apoyándose en su conexión concreta
con el entorno. En el tercer apartado dilucidaremos la forma concreta que esta cone-
xión puede adoptar en tanto constitutiva de la subjetividad: la sintonía estética con
las cosas. Finalmente, plantearemos algunas contribuciones de esta aproximación a la
subjetividad para el abordaje de la problemática causada por el individualismo.
naturaleza, a la que puede tratar como mero insumo para la producción y el progreso
virtualmente ilimitados. Por otra parte, nos encontramos también con síntomas de
que la proclamación liberal de valores, como la autonomía individual o la libre em-
presa, estarían llegando demasiado lejos. Ejemplos de dichos síntomas pueden ser el
fenómeno de los hikikomori (un fenómeno que ya no se puede considerar exclusivo
de Japón), la soledad endémica en países como Suecia, el incremento mundial de la
depresión, o el excesivo poder que han venido acumulando las corporaciones con el
consecuente impacto en la degradación del Estado de bienestar.
Si la situación es tan crítica, es necesario diagnosticar de dónde derivan estos
peligros de la subjetividad moderna y cómo superarlos. En ese orden de ideas, re-
tomemos el diagnóstico que formula Nishitani Keiji en La religión y la nada (2017:
52-63). Dicho muy brevemente, Nishitani encuentra que el cogito cierra la puerta a
su autocomprensión en tanto se piensa a sí mismo desde sí mismo, es decir, desde la
pura autoconciencia. En el espejo de la autoconciencia, el sujeto se refleja a sí mis-
mo constantemente y de este modo se reafirma. Empero, esta constitución de sí no
es suficientemente originaria; no toca el fondo desde el cual el sujeto emerge y se
constituye en cuanto tal. Esto sucede porque el movimiento de constitución desde la
autoconciencia supone un cierre, un confinamiento del sujeto dentro de sí mismo o,
más específicamente, dentro de su propio reflejarse en el espejo de la autoconciencia.
Se puede entender esta dificultad, como lo hace Nishitani, al examinar el estadio
final de la duda cartesiana. Cuando uno llega al final de esta duda metódica, se en-
cuentra con que “yo pienso” es la primera y la mayor de nuestras certezas. Aun cuando
pueda dudar que exista el mundo allá fuera, o incluso mi cuerpo, no puedo dudar que
soy algo: el mismo acto de dudar da testimonio de que debo ser algo. En general, sé
con absoluta certeza que soy algo porque dudo, siento, pienso, deseo, razono. Una vez
establecida esta primera certeza, el método cartesiano nos exige edificar desde ella los
fundamentos de la certeza sobre nuestro conocimiento del mundo exterior.
El grave problema que se abre aquí es que no acabamos de encontrar esa cone-
xión con el mundo exterior. El procedimiento cartesiano le supone al sujeto confinar-
se dentro del ámbito de su interioridad, allí donde se erige la certeza del “yo pienso”.
El sujeto cartesiano levanta un muro entre el ámbito del sujeto y el del mundo exte-
rior; marca una frontera tajante entre ambos. Así, en la medida en que podamos con-
siderar el raciocinio cartesiano como representativo de la constitución moderna de
la subjetividad, el sujeto moderno encuentra un modo de afirmarse y constituirse a sí
mismo en tanto individuo (por ende, en tanto único e irrepetible), al precio de desco-
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 148
nectarse no sólo de la realidad que lo rodea, sino también de los otros sujetos. Incluso
allí donde pone el nosotros en el lugar del yo solitario para reconocer la relevancia
de las relaciones sociales, Descartes sigue concibiendo lo humano como enteramente
desligado de la “naturaleza”.
Sea como sea, las consecuencias del hasta aquí descrito autoconfinamiento son
aún más serias. Siguiendo a Nishitani (2017: 54), el sujeto paga el precio de cerrar la
vía al conocimiento de sí mismo porque en su modo de constitución autoconfinado no
puede entenderse a sí mismo sino reflejándose a sí mismo en la autoconciencia. En esa
medida, no sabe de sí mismo sino a través de conceptos y representaciones; por lo tan-
to, sólo de manera mediada. Sin embargo, un contacto íntimo y directo consigo mismo
resulta bloqueado.
De modo que el sujeto se ha autoconfinado, se ha puesto en una especie de jaula
de su propia creación al afirmarse en la certeza de su propia vida mental, y con ello
se ha aislado de la realidad. Es más, paradójicamente se ha aislado de sí mismo. Para
Nishitani, la salida del autoconfinamiento del sujeto supondrá pensar el sí mismo
desde una perspectiva más originaria o elemental. Para ello hará falta romper a tra-
vés del tejido de la conciencia: se trata de hallar un modo de pensar que nos permita
retomar contacto con la realidad y con nosotros mismos. En la filosofía de Nishitani,
encontramos un logrado intento por elucidar ese camino a una subjetividad que tras-
cienda el autoconfinamiento y se oriente hacia una conexión íntima con el entorno.
No obstante, no resulta tan claro cómo dicha elucidación se traduce en la relación
concreta del sujeto con el entorno. Para profundizar en dicha concreción, que podría-
mos llamar ambiental, resultará relevante dar un paso atrás históricamente y rescatar
así una influencia fundamental de la filosofía de Nishitani, a saber, el maestro Dōgen.
En todo caso, y dados los desafíos de abordar una filosofía en principio tan dis-
tante para nosotros en el espacio y en el tiempo, seguiré la línea de Nishitani, quien
es un puente privilegiado entre las dos orillas: su obra está profundamente permeada
por Dōgen y, a la vez, resulta de un diálogo entre el pensamiento asiático y occiden-
tal. Acaso, quizá, no sea de otra forma como pueda plantearse la aproximación a
una tradición filosófica muy distante a la que nos es familiar. Sólo podemos partir de
nuestro propio lugar en la historia. Sin embargo, es importante hacerlo con el ánimo
de desaprender parte de lo que damos fácilmente por sentado. En el caso del presente
texto, parte fundamental de ese “desaprendizaje” es romper el cascarón de una lectura
fundamentalmente epistemológica de la subjetividad, incluso una lectura de la sub-
jetividad plenamente centrada en el sujeto mismo. En ese orden de ideas, considero
Barbosa Cepeda, Carlos
“La constitución de la subjetividad desde la interdependencia y los desafíos socioecológicos del siglo xxi” 149
que Dōgen nos llama hoy a una lectura ontológica-relacional (no solamente episte-
mológica e individual) de la subjetividad.
Subjetividad conectada
¿Qué supone afirmar que en la obra de Dōgen se propone una forma de constitución
de la subjetividad, aunque muy diferente a la moderna? ¿Qué consecuencias tiene?
En primer lugar, la sola idea exige presuponer que hay formas de constitución de la
subjetividad más allá de la modernidad europea.
Me parece especialmente interesante señalar que la subjetividad moderna, al me-
nos tal como la hemos heredado, no es el único desarrollo posible de la subjetividad.
Me refiero con ello a que no es el único modo en que podemos ganar autoconciencia,
autoconocimiento y un claro sentido de nuestra propia identidad. Para decirlo más
detalladamente, la subjetividad tradicionalmente moderna no es la única forma en que
podemos adquirir conciencia de nosotros mismos, ganar conocimiento de nosotros
mismos y, a su vez, configurar nuestra propia identidad en cuanto individuos, es decir,
tener un sentido desarrollado de nuestra unicidad en y frente al mundo. En otras pala-
bras, la autoconciencia, el autoconocimiento y la configuración de la propia identidad
individual no son características exclusivas de la subjetividad moderna.
Cuando se piensa lo contrario, se suele contrastar la noción “occidental” —más
precisamente, moderna— de individuo con la preeminencia del colectivo en las so-
ciedades así llamadas “orientales”. Desde tal punto de vista, se dice que, como en
estas sociedades el colectivo prima sobre el individuo y con ello las particularidades
individuales no son relevantes, el individuo se disuelve y por tanto queda bloqueado
el desarrollo de su subjetividad. Este discurso puede reflejar la realidad de las socie-
dades de Asia Oriental en alguna medida. Sin embargo, es fácil que este discurso se
preste a la sobresimplificación. A fin de cuentas, en Occidente las sociedades de Asia
Oriental no suelen ser evaluadas en sus propios términos, sino en los términos de
la noción moderna de sujeto, la cual supone que el grado de desarrollo de la subje-
tividad es proporcional al grado en que se establezca una diferenciación categórica,
tajante, entre el sujeto y el mundo exterior (de suponer, más aún, que no hay subjeti-
vidad si no es moderna). Un ejemplo bastante claro e históricamente reciente de esta
manera de pensar se encuentra en la forma como Erich Fromm parte del paradigma
moderno de subjetividad para explicar la individuación: “[e]l proceso por el cual el
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 150
2 En el contexto indio donde nació, el budismo era denominado Buddhadharma, literalmente “enseñanza del
despierto”.
3 Convencionalmente escribiremos aquí la palabra Dharma con mayúscula inicial para referirnos particular-
mente a sus sentidos (i) y (ii), y en minúscula en cualquier otro caso.
Barbosa Cepeda, Carlos
“La constitución de la subjetividad desde la interdependencia y los desafíos socioecológicos del siglo xxi” 151
4 Para el original de Shōbōgenzō, nos referiremos al texto tal como aparece en el Taishō Shinshū Daizōkyō
(también conocido como Taishō Tripitaka), edición que compila el “canon” del budismo chino y sus comen-
tarios japoneses. La nomenclatura contiene los siguientes elementos numerados: volumen, texto, página, fila
(a, b o c) y línea(s).
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 152
Todo lo que se presenta ante nuestros ojos es un kōan [un enigma] que debe ser
resuelto mediante la realización interior, es decir, mediante el darse cuenta; pero
este “darse cuenta” no es una cualidad del sujeto que percibe, sino una cualidad
inherente a la manifestación en sí. La “manifestación” incluye al sujeto y al objeto
y los trasciende a ambos; de la misma forma, el “darse cuenta” incluye al sujeto y
al objeto y también los trasciende a ambos. (Villalba, 2016: 81, n. 152)
pues, el ser de una cosa particular descansa sobre todas las demás, en cuanto depende
de ellas para ser a cada momento lo que es. Podríamos decir, por ende, que la esencia de
la cosa se actualiza momento a momento según varíen sus relaciones presentes con
otras, por lo cual su esencia no es una forma predada, inmutable o fija.
La única manera de comprender realmente la cosa, de evitar la fantasía de iden-
tificarla con un concepto, es por medio de la atención a su actualidad presente. Ahora
bien, ésta no se halla aislada de nosotros, pues, recordemos, está conectada de base
con nosotros. Para que pueda haber una relación ya epistémica, ya volitiva con un
dharma dado, previamente debe haber una conexión intrínseca entre éste y nosotros.
Así, en virtud de la conexión con tal dharma dado, es posible conocerlo y actuar
sobre él. En virtud de que su esencia sólo puede manifestarse en el presente (pues
no tiene una única forma predada), la única forma como podemos conocer dicho
dharma es dejando que “avance” sobre nosotros. Ahora bien, ya que el dharma que
soy yo descansa sobre todas las demás cosas, esta misma conexión por la cual puedo
conocer alguna cosa dada es, a la vez, una conexión que contribuye a establecer lo
que soy aquí y ahora. Como consecuencia, es por dicha vía que no sólo la conocemos
por primera vez, sino que nos descubrimos a nosotros mismos.
Un poco más adelante en el mismo texto, encontramos un pasaje que desarrolla
en mayor detalle esta perspectiva:
Aprender la verdad del Buda es aprender el sí [i.e. aprender quiénes somos]. Apren-
der el sí es olvidar el sí [i.e. olvidarnos de nosotros mismos]. Olvidar el sí es ser
evidenciado por la multiplicidad de los dharmas. Ser evidenciado por la multipli-
cidad de los dharmas es soltar nuestro propio cuerpo-mente y el del mundo exte-
rior. (The SAT Daizōkyō Text Database Committee, 2018: T82.2582.0023C19-25;
traducción propia)
Podemos entender aquí “la verdad del Buda” como la enseñanza que él transmitió,
pero éste es apenas un primer nivel de interpretación posible. Como señalamos an-
tes, el Dharma (enseñanza) que el Buda predica, en últimas, encuentra su sentido
y su realidad en el Dharma (ley) causal que se concretiza, se manifiesta, en cada
dharma (cosa) individual. Por otra parte, el único punto de partida donde podemos
evidenciar esta concretización de la ley causal universal es nuestra propia existencia
individual. Es por ello que aprender la verdad del Buda es aprender quiénes somos.
Ahora bien, esto no significa de ningún modo volcarnos sobre nuestra interioridad,
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 154
Expresión poética
5 Para ser justos, él alude a los textos no budistas. Sin embargo, dada la condición cultural de su tiempo es muy
plausible que se refiriese a la poesía cultivada en las cortes. Por demás, los textos budistas no carecían de
talante poético.
Barbosa Cepeda, Carlos
“La constitución de la subjetividad desde la interdependencia y los desafíos socioecológicos del siglo xxi” 157
rece incompatible con el hecho de que Dōgen mismo era un destacado poeta. Steven
Heine (1997) resalta la considerable obra poética de este maestro: “como casi todos
los maestros zen medievales, Dōgen fue un logrado poeta que dejó dos importantes
colecciones de poesía: una en japonés y otra en chino” (3). Considerando que había
sido criado en el seno de la aristocracia, conocía las fórmulas clásicas de ambas len-
guas. Lo interesante no es tanto que las conociera, sino que en lugar de abandonarlas
por mor de su dedicación a la vía budista, las empleara para dar expresión a su com-
prensión del Dharma. Más aún, su obra revela bastante de quién es: sus ambivalentes
sentimientos hacia su natal Kioto, su indeclinable compromiso con la vía budista,
los móviles de sus angustias y las fuentes de su consuelo, así como sus sentimientos
respecto de su propia mortalidad. Al respecto, Heine cita a Hee-jin Kim: “con todo y
sus admoniciones contra los juegos de palabras, [Dōgen] era profundamente poético
y, como japonés medieval, no habría podido ser de otro modo. Para Dōgen, filosofar
no era solo pensar sino también sentir, no solo racionalizar sino también poetizar”
(Kim, 1985: 80, n. 8; como se citó en Heine, 1997: 11).
Desde una mirada más positiva al asunto, Heine (1997) arguye: “[p]ara Dōgen,
así como para muchos budistas de su tiempo, si el arte se entiende apropiadamente,
no interfiere con la experiencia del despertar sino que la complementa o mejora”
(viii). En virtud de la sintonía con las formas sensibles de la naturaleza —por ende,
sintonía estética—, la expresión poética y la vivencia estética pueden ser ocasiones
para el despertar de la sabiduría. Así, la contemplación estética puede ser una herra-
mienta para vehicular la experiencia de la auténtica comprensión de la sabiduría de
“soltar el cuerpo-mente” y encarnar el Dharma (ley).
Podemos suscribir la interpretación de Heine fundamentalmente porque en
Dōgen nos encontramos con una forma de poesía que no se limita a darle un ropaje
poético a la enseñanza doctrinal, sino que fundamentalmente expresa la enseñanza a
través de alusiones a fenómenos naturales concretos. No sin razón: si, como hemos
explicado antes, la enseñanza es reflejo tanto de la ley causal inherente a las cosas mis-
mas como de las cosas mismas (Dharma/dharma), entonces ha de poder expresarse
mediante un lenguaje que vuelque nuestra atención hacia la plena concreción de los
acontecimientos naturales.
Por ello, Dōgen sigue la tradición tanto del waka como de la poesía de estilo chi-
no: expresar la propia perspectiva y sentimientos por medio de la alusión a aconteci-
mientos naturales (e.g., las marcas del cambio de las estaciones, los movimientos de
los animales y el clima), pero Dōgen también usa estos recursos para dar expresión al
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 158
Dharma (valga la ambigüedad). Los dos motivos, por cierto, son indesligables en su
obra, lo cual se halla bien justificado si, como ya observamos que él declara, aprender
la vía del Buda es aprender quiénes somos, conocernos a nosotros mismos.
Así las cosas, la arriba mencionada doctrina de “soltar el cuerpo-mente” (para
que se manifieste la realidad de las cosas tal y como son) se encuentra concretamente
ejemplificada en la poesía. En ella se muestra cómo sería este avanzar las cosas sobre
el sí mediante el cual éste es confirmado por ellas. La poesía ilustra que la atención no
egocéntrica a la concreción de los acontecimientos con los que conectamos a través
de los sentidos es ocasión para el despertar a la realidad de las cosas y de uno mismo.
Sería equivocado pensar que las imágenes están ahí sólo para ilustrar. En el
espíritu del avance de las cosas sobre el sí (para confirmarlo) y de que “el significado
de ‘los sutras’ es el universo entero en las diez direcciones, montañas, ríos, y la tierra,
hierba y árboles, sí mismo y otros” (Dōgen, 2007b: 42), las imágenes hacen más que
eso: “convocan” a las cosas, que son encarnación misma del Dharma, reconectándo-
nos así, con la realidad concreta misma. Al decir que las imágenes “convocan” a las
cosas, nos referimos a que la directa y escueta expresión poética del waka de Dōgen
está pensada para que volquemos nuestra atención sobre las cosas mismas, en lugar
de dar rodeos por cualquier tipo de racionalización o noción previa. Es por ello que,
por ejemplo, en su primer sermón después de haber vuelto de China, cuando les
explica a sus discípulos que ha vuelto sin un ápice del Dharma (enseñanza) entre sus
manos, enseguida agrega un poema como si con ello intentase clarificar sus palabras:
Cada mañana el sol se levanta por el este, cada noche la luna desciende por el oeste.
Las nubes se disipan, la montaña desnuda sus huesos, la lluvia cesa, las colinas circun-
dantes son bajas.
¿Después de todo, cómo es esto?
[Hace una pausa y prosigue:]
Nos encontramos con un año bisiesto cada cuatro.
Los gallos cantan a las cuatro de la mañana. (Eihei kōroku I; citado en Nishitani, 2017:
276, itálicas en el original)
Cuando Dōgen afirma que regresa sin un ápice del Dharma en sus manos, se refie-
re, pues, a que no llega con ningún tipo de enseñanza nueva, ninguna colección de
doctrinas o conceptos que se puedan transportar o transmitir intelectualmente. Lo
importante es que él mismo encarna el Dharma. Para señalar esto introduce el poe-
Barbosa Cepeda, Carlos
“La constitución de la subjetividad desde la interdependencia y los desafíos socioecológicos del siglo xxi” 159
ma, y, con el poema, llama a los monjes a atender a la ley causal en sus manifestacio-
nes concretas: los movimientos de los astros en el cielo y de las nubes y las lluvias,
el paso de los años, el canto de los gallos. Es insuficiente quedarse con una noción
de la ley causal o con la enseñanza contenida en los textos. Es necesario encontrar la
enseñanza en la concreción misma de los acontecimientos, pero no solamente para
que los discípulos puedan contemplarlos tal cual son, sino para verse a sí mismos.
Recordemos que estudiar el Dharma es estudiarse a sí mismo. Otro poema expresa
magistralmente este vínculo entre conocimiento de las cosas y conocimiento de sí:
Esta composición ilustra el avance de las cosas sobre el sí que lo confirman. El poema
entero es un encadenamiento de imágenes que evoca el tránsito de las estaciones y
configura una imagen vívida de la impermanencia. Ahora bien, el título sugiere que
ese es el “rostro original”, es decir, uno descubre verdaderamente quien es uno cuan-
do está plenamente atento a cómo el Dharma se manifiesta ante uno mismo. Cuando
el Dharma se manifiesta frente a uno, también se encarna en uno. El título sugiere,
pues, que Dōgen quiere ilustrar el vínculo entre la ley causal universal que rige tanto
la impermanencia de los fenómenos como la propia identidad.
Por otra parte, dentro del texto el pivote que engarza los dos aspectos es el tér-
mino suzushi. Literalmente, esta palabra significa fresco en referencia al clima o al
aire, pero también es usada en la cultura cortesana para describir el carácter de una
persona: un carácter sereno, tranquilo (Heine, 1997: 33). Así pues, en este poema
dicha palabra apunta tanto al hecho objetivo (nieve) como a la condición subjetiva;
es la palabra que sugiere la íntima conexión entre ambos:
6 Cuando aparezcan citados los poemas estilo waka de Dōgen, aparece el texto en japonés tal como lo compila
Heine y a la derecha la traducción al español. La traducción es propia.
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 160
¿Cómo sé quién soy yo realmente? Ante esta pregunta, el poeta responde apuntando
directamente al curso de los acontecimientos naturales. Si bien no pareciera haber
nadie observando, la palabra suzushi muestra que sí, que hay alguien que observa se-
renamente el tránsito de los fenómenos naturales, alguien que se descubre a sí mismo
sereno y tranquilo. Esa persona bien pudo haber estado acongojada por las preocu-
paciones o distraída en los asuntos del día a día. Si se quedara solamente en ese nivel
de las preocupaciones cotidianas, podría pensar que ella es sus emociones, pero al
identificarse con sus emociones tendría una imagen muy superficial de sí misma; una
imagen, además, modelada por sus conceptos y juicios previos sobre las emociones
y su naturaleza. Por el contrario, al “poner entre paréntesis” esa carga de conceptos y
juicios previos, estando simple y llanamente presente ante el vaivén y el flujo de los
acontecimientos naturales, estos mismos le muestran quién es.
No es sin razón, pues, que Dōgen se permita recurrir a la sensibilidad poética
del waka para expresar sus circunstancias, angustias, deseos o aspiraciones. En ello
no se diferencia de su época; por el contrario, apela a los recursos de la expresividad
poética cortesana. Lo que le diferencia es la manera como sus experiencias personales
se convierten en ocasión propicia para dar expresión a la enseñanza. No puede ser de
otra manera si estudiar la enseñanza es estudiarse a sí mismo. Un claro ejemplo es la
siguiente pieza, que enlaza su historia individual con el ideal de la compasión universal:
Nuestro autor habría perdido a su padre a los dos años, y a su madre a los siete.
Como apunta Heine, las biografías afirman que a partir de la muerte de su madre
Dōgen empezó a inquietarse por la impermanencia y por la superación del sufrimien-
to, inquietud que le conduciría a hacerse monje y a buscar un maestro. Por ende, pro-
sigue Heine, este poema refleja que, después de muchos años de práctica, el monje
aún siente profundamente la pérdida, pero intenta “integrar una sintonía con la pena
en la búsqueda de liberación espiritual” (1997: 109). No obstante, bien podría estar
aludiendo a la mancomunidad de los seres sintientes. Cuando dice “los seis reinos”,
se refiere a los distintos dominios de la existencia en los que según la cosmología bu-
dista pueden renacer los seres en función de los frutos de sus acciones. Son los reinos
por los que transitan (vagan “aquí y allá”) los distintos seres sintientes. En un primer
sentido, esto simplemente apunta a que la cadena de sus propias acciones les conduce
a vagar por diversas condiciones de existencia sin hallar un punto fijo, una morada
definitiva. Sufren por ello, pero están a merced de sí mismos. En otro sentido, sin
embargo, la imagen apunta a que todos estamos conectados: las vidas de los diversos
seres sintientes están enlazadas en una red de mutua dependencia. De una manera
muy directa y emotiva, en los dos últimos versos el poeta apunta a ese segundo ma-
tiz: él puede considerar a cualquier ser que transite en cualquiera de los reinos de la
existencia como su propio padre o su propia madre.7 El pesar de haber perdido a sus
progenitores se transforma en ocasión para cultivar un sentimiento de confraterni-
dad con todos los seres que sufren.
Otro ejemplo de esta trabazón entre experiencia particular y enseñanza univer-
sal expresada gracias a la poesía se halla manifiesta en otro par de composiciones, las
cuales Dōgen escribe con ocasión del viaje que debe hacer a Kioto (entonces capital
de Japón) para hacerse tratar de una enfermedad que acabaría por causarle la muerte.
Diez años atrás, Dōgen había decidido huir de su ciudad natal por la persecución
de abades rivales, y se encontraba bastante aliviado de poder instalar su templo de-
finitivo (Eiheiji, Templo de la paz eterna) alejado del bullicio y las intrigas de la vida
capitalina. Los siguientes dos poemas muestran la ambivalencia de sus sentimientos
al respecto, y a la vez la fuente de su fortaleza frente a la adversidad:
7 La partícula “zo” refuerza el cariz emotivo de la expresión. No hay forma de traducirla directamente a una
lengua como el español. En su lugar, hemos optado por usar el signo de admiración.
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 162
Al tematizar el avance de las cosas sobre el sí, hemos enfatizado la cuestión del co-
nocimiento porque intentábamos elucidar el autoconocimiento en conexión con las
cosas, pero debemos rescatar que dicho avanzar se manifiesta en la práctica de soltar
la voluntad de control. Por ende, tiene que ver fundamentalmente con la acción. Des-
de esta óptica, la subjetividad no es meramente cuestión de quiénes somos. Más aún,
es cuestión de cómo hemos de actuar. Es en esa dirección que podremos entender su
relevancia socioecológica.
Anteriormente observamos que el lenguaje poético en Dōgen da testimonio de
la subjetividad conectada y que esto es posible en virtud del carácter estético de la
sintonía que la sostiene. La sintonía no es menos que intimar con las cosas: colocarse
en un plano en el que éstas pueden manifestarse tal cual son. En esta conexión, el sí se
descubre intrínsecamente conectado con ellas, y, del mismo modo, intrínsecamente
conectado con el entorno. En términos del conocimiento, esto no puede sino mani-
festarse como una sentida apercepción de la codependencia entre el sí y el entorno:
nuestro porvenir no puede ser desconectado del porvenir de los otros seres. En tér-
minos de la acción, se ha de manifestar como empatía y cuidado. En otras palabras,
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 164
En pocas palabras, el monje debe considerar el acto de comer como parte de su prác-
tica de realizar el Dharma (enseñanza/Ley), pues éste también es parte de la expre-
sión de la realidad. Por ello, “la comida debe consumirse con respeto y nunca con
arrogancia” (124), y que “[t]anto desde una perspectiva racional como práctica, uno
debería tratar de no desperdiciar nunca ni un solo grano durante la comida” (127-
128). El practicante entiende que la dependencia es de doble vía: no sólo depende del
Barbosa Cepeda, Carlos
“La constitución de la subjetividad desde la interdependencia y los desafíos socioecológicos del siglo xxi” 165
entorno para sostenerse, sino que su actividad incide sobre el entorno. La respuesta
ética a la codependencia no puede ser otra que el sumo cuidado y respeto al entorno.
En la alimentación, ello no puede sino manifestarse como sumo cuidado y respeto a
los alimentos, a las personas que preparan y sirven la comida, a los implementos e in-
cluso a la ropa que se lleva puesta. En general, en cada acto participamos del cuidado
del entorno, no sólo de los seres sintientes.
Esta sabiduría concretada en la práctica requiere no menos del jefe de cocina (de-
nominado tenzo). De hecho, Dōgen asegura en las “Instrucciones para el jefe de cocina”
que éste debe ser un monje de gran madurez y desarrollo espirituales. No de otra ma-
nera puede cumplir los estándares necesarios para desempeñar bien su labor, pues ésta
no consiste en la mera capacidad técnica para cocinar, sino en general en la profunda
disposición a tratar tanto a las personas como a las cosas con sumo cuidado, respeto
y no discriminación. El tenzo no ha de dejar que su gusto discrimine qué comida es
agradable y qué comida no. Antes bien, alejado de la mente discriminatoria, con una
mente sincera, ha de encontrar, con los ingredientes con los que cuenta, la manera de
preparar y ofrecer la mejor comida posible (Dōgen, 1999b: 149). Aquí evidentemente
se materializa el avance de las cosas sobre el sí para confirmarlo. La respuesta que esto
suscita es la no discriminación o no diferenciación:
[U]na vez un gran maestro dijo que los sacerdotes no diferencian entre diversas
comidas así como el fuego no diferencia entre distintos tipos de leña. Si somos
sinceros [genuinamente compasivos y amorosos] al cocinar, incluso la comida
más burda puede ayudarnos a exhibir la semilla de la budeidad. Nunca la deses-
times. (Dōgen, 1999b: 156)
cer sostenibles los modos de producción que nos permitan mantener nuestros están-
dares vigentes de vida y bienestar, sólo extenderemos la misma mentalidad que creó
el problema y nos mantiene hundiéndonos más y más en él. La pregunta ha de ser,
directamente, cómo reformar nuestros estándares de vida y modos de producción
de manera que sean compatibles con el equilibrio ecológico del planeta. Esto no se
logra sólo con discursos inspiradores o esfuerzos bienintencionados; requiere una re-
orientación radical de la subjetividad. El pensamiento de Dōgen, como he intentado
mostrar, puede contribuir a esa reorientación.
Referencias bibliográficas
Taishō Shinshū Daizōkyō 大正新脩大藏經 (Tripitaka Taishō). The SAT Daizōkyō Text
Database Committee, Universidad de Tokio. Web. https://21dzk.l.u-tokyo.ac.jp/
SAT/index_en.html
Dōgen, Eihei. (2016). Shōbōgenzō. La preciosa visión del Dharma verdadero (Dokushō
Villalba, Trad.). Kairós.
Dōgen, Eihei. (2007a). Shōbōgenzō. The True Dharma-Eye Treasury. Vol 1 (Gudo Wafu
Nishijima y Chodo Cross, Trads.). Numata Center for Buddhist Translation and
Research.
Dōgen, Eihei. (2007b). Shōbōgenzō. The True Dharma-Eye Treasury. Vol 4 (Gudo Wafu
Nishijima y Chodo Cross, Trads.). Numata Center for Buddhist Translation and
Research.
Dōgen, Eihei. (1997). “A Small Boat Drifting: The Japanese Poetry Collection”. En Steven
Heine (Comp./Trad.), The Zen Poetry of Dogen (pp. 89-119). Tuttle.
Kim, Hee-Jin. (1985). “‘The Reason of Words and Letters’: Dōgen and Kōan Language”. En
William LaFleur (Ed.), Dōgen Studies (pp. 54-82). University of Hawaii Press.
Nishitani, Keiji (2017). La religión y la nada (Raquel Bouso García, Trad.). Chisokudō.
número 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 | 169-183
doi: 10.22201/ffyl.16656415p.2021.41.1567
Recibido: 1-08-2021 | Aceptado: 18-10-2021
Abstract
In this article I intend to establish a link between Nishida and Husserl in regard to their ideas about
intersubjectivity. Although there are significant differences concerning these philosophers’ ideas, I think that
they agree on conceiving the world as intersubjectively expressed, that is, as apprehended by a multiplicity of
individuals. To demonstrate this, I will focus on those aspects that make any attempt to link these philosophers
close to impossible, namely, the fact that Nishida and Husserl seem to follow two different directions because of
the concepts ‘pure experience,’ ‘phenomenological reduction,’ and époché. However, I argue that these differences
should be examined under the observations of “The Logic of Topos”—Nishida—and Cartesian Meditations—
Husserl. In my opinion, it is in these two texts that any coincidence is to be found since they provide the idea of
a world that’s expressed through the individual’s apprehension of the world. My conclusions will try to expand
the scope of this article by suggesting some connections between Nishida and the phenomenological work of
Jacques Derrida, whose philosophy attempted to place the question of alterity at the core of phenomenology.
Keywords: alterity, intersubjectivity, phenomenological reduction, pure experience, logic of topos, consciousness
1 Este trabajo se hizo como parte del proyecto piffyl 02_006_2019 “Ontologías intersticiales” de la Facultad
de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (unam).
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 170
Introducción
L
a intersubjetividad es uno de los puntos obligados en toda filosofía que se
reivindique como intersticial. En efecto, su abordaje siempre responde al hecho
de que el mundo, en cuanto compartido por otros sujetos, es irreducible a mi
yo; que la alteridad siempre se asoma en lo que considero más propio e íntimo. Es
en este aspecto en el que creo encontrar una coincidencia entre Kitarō Nishida y
Edmund Husserl, pensadores que comparten ciertas inquietudes, como la fidelidad
a la experiencia, pero también muchas diferencias importantes. No debe sorprender,
entonces, que haya esfuerzos por aliar ambos pensamientos. Sobresale así Shigeru
Taguchi, filósofo que traza la coincidencia entre Nishida y Husserl a partir de una
concepción no contextual de la conciencia (Taguchi, 2019: 99). De acuerdo con
Taguchi, dado que Husserl y Nishida insistieron en la irreductibilidad entre la
conciencia y su objetivación, cualquier coincidencia entre estos dos autores tiene que
ser encontrada en la compenetración originaria y no espacial del Yo y el Otro.2
Aunque plausible y rica en fuentes, creo que la perspectiva de Taguchi deja de
lado un aspecto importante en el tratamiento que tanto Nishida como Husserl hacen
de la intersubjetividad, a saber, que la objetividad del mundo se compone a partir de las
distintas aprehensiones de los individuos. Además, las descripciones de Husserl en la
quinta meditación cartesiana complican lo anterior en un aspecto, a saber, la inclusión
del cuerpo y, por ende, de la espacialidad. Cierto, hay un Yo-originario anterior a la
aprehensión del yo personal y corporal (Taguchi, 2019: 103), pero, tal y como desarro-
llaré más adelante, la aparición del otro en mi campo visual implica una constitución
2 Con irreductibilidad me refiero al hecho de que la conciencia excede su determinación como conciencia
que pertenece a un yo en particular.
Alvarado Grecco, Daniel Salvador
“El mundo expresado intersubjetivamente” 171
En Invitación a la filosofía japonesa, Bernard Stevens (2008) ofrece una pista valiosa
para entender la divergencia entre los planteamientos de Nishida y Husserl. Con la
experiencia pura, Nishida buscaba realizar una descripción más exacta de la vida de
la conciencia, razón por la cual se sintió atraído por el imperativo fenomenológico
“hay que retornar a las cosas mismas” (Stevens, 2008: 151). Sin embargo, ¿la escisión
entre nóesis y nóema, acto de conciencia y sentido intencionado, satisfizo la inquietud
de Nishida? Todo lo contrario; al hacer de dicha distinción “el hilo conductor de la
fenomenología trascendental”, Husserl incurría, a los ojos de Nishida, en los mismos
problemas de filosofías precedentes, a saber, romper la inmediatez originaria de la ex-
periencia mediante categorías que le son totalmente ajenas (Nishida, 1995: 41).3 Si a
dicha objeción se suma el dejo idealista de Ideas I que Nishida encontró en Husserl,4
se puede preguntar con toda legitimidad si no existe un profundo desacuerdo entre
ambos pensadores. A continuación, me propongo mostrar uno de los puntos que me
parecen irreconciliables entre Husserl y Nishida: el modo en el que los dos se hicie-
ron de una vía para indagar sobre la conciencia.
3 Otro problema que surge de lo anterior está en la objetivación del proceder reflexivo: la fenomenología no
sólo rompe, retomando a Maraldo (2017), “la conciencia que es consciente ahora” [consciousness that is
now conscious]” (308); también hace de la conciencia un objeto a partir de su descripción.
4 El “dejo idealista” puede entenderse a partir de un elemento problemático de Ideas I: la distinción de la con-
ciencia como un absoluto frente a la relatividad y contingencia del mundo. A dicha idea subyace el modo de
dación de la cosa trascendente frente al de la vivencia. Mientras que los objetos físicos se dan por escorzos,
la vivencia se da de manera absoluta (Husserl, 2013: 165-16 [85]; en adelante Ideas I).
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 172
Una de las ideas que más se repiten en Indagación del bien, primera obra de
Nishida, es la insistencia en la simplicidad de la experiencia. Con ello no se afirma su
indiferenciación, como si a Nishida se le hubiera olvidado el entramado de estados y
actos que componen la experiencia; antes bien, se afirman como sus características
originales la unidad y la inmediatez, detalles que la psicología y la fenomenología
habían perdido de vista debido a la naturaleza reflexiva de sus acercamientos. La ex-
periencia pura, hilo conductor de Indagación, incluye toda vivencia mental, ya sean
sensaciones o percepciones, actos actuales o recuerdos. Lo que se acentúa aquí es el
hecho de que estas vivencias se dan en el momento presente; poco importa enton-
ces su índole o la manera en que se integran en el flujo total de la conciencia. Sobre
esta base pueden entenderse las observaciones de Nishida respecto al recuerdo: aun
cuando no aprehendamos directamente lo que la memoria nos presenta, el recuerdo
nos afecta en el momento presente (Nishida, 1995: 43). Aunado a lo anterior, la esci-
sión entre sujeto y objeto, tan característica de las filosofías de la representación, es
diluida por Nishida al precisar que la conciencia y sus objetos, sea cual sea su índole,
coexisten en un presente que no admite dicotomías. La unidad no implica, sin em-
bargo, la anulación del yo o, dicho en términos fenomenológicos, la perspectiva de
la experiencia desde la primera persona. Tal y como indica John C. Maraldo (2017b),
los desplazamientos conceptuales de Nishida en la Indagación tienen el propósito de
elaborar “una subjetividad sin sujeto”, una idea de experiencia en donde la conciencia
deja de ser el atributo psíquico de los sujetos para ser, más bien, el contexto de cada
yo (321-322). Así pues, es en este darse en el momento actual o presente sin fisuras
que se constituye el núcleo del desarrollo de la experiencia pura. Desde el punto de
vista de los componentes de la conciencia, puede hablarse de un entramado comple-
jo; no hay que olvidar, no obstante, que este punto de vista es reflexivo, derivado de la
inmediatez con la que las cosas se dan originariamente. Así pues, prevalece el presen-
te en el que corre el flujo de la conciencia. Poco importa aquí que dicho presente se
encuentre, por decirlo de algún modo, preso de una percepción particular; sus mar-
cos se extienden de actos particulares, como pueden ser observar una flor, a toda una
serie perceptiva, como captar una melodía. Es a esto lo que Nishida llama atención.5
5 “El foco de la conciencia es en todo momento el presente, y la esfera de la experiencia pura coincide con la
esfera de la atención. Pero la esfera de la experiencia pura no está necesariamente limitada a un solo foco de
atención” (Nishida, 1995: 44).
Alvarado Grecco, Daniel Salvador
“El mundo expresado intersubjetivamente” 173
6 Si bien el intercambio entre los conceptos de ‘conciencia’ y ‘experiencia pura’ puede parecer arbitrario, Nishi-
da lo autoriza (o al menos lo permite la traducción consultada): “Una experiencia verdaderamente pura no
tiene significación alguna; es simplemente conciencia presente de hechos tales como ellos son” (1995: 44).
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 174
7 No debe pensarse, sin embargo, que el único modo en que la fenomenología tematizó la conciencia fue reflexi-
vo. Consciente de la discrepancia entre la reflexión y el contenido de conciencia que tematiza (San Martín,
2015: 88-99), Husserl se refirió a otros modos de conciencia, como el corporal (Behnke, 2016: 41-42).
8 Que la actitud natural y la experiencia pura sean conceptos equiparables, es una afirmación que necesita de un
desarrollo más profundo que el ofrecido aquí. Por lo anterior, asumiré de manera hipotética su convergencia.
9 “Perceiving something means we are occupied with the perceived windmill; we are focused on it and only on it”.
10 Los corchetes en las citas de Husserl se refieren a la paginación de Husserliana.
Alvarado Grecco, Daniel Salvador
“El mundo expresado intersubjetivamente” 175
11 “[Tras practicar la epojé] no sólo la naturaleza corporal sino la totalidad del concreto mundo circundante de la
vida ya no es para mí, desde ahora, algo existente, sino sólo un fenómeno de ser” (Husserl, 1973: 56). En Am-
sterdam Lectures, el nuevo punto de partida se da a partir de un ‘salto eidético’ (Husserl, 1997: 240-241 [334]).
12 Retomo aquí una observación de Françoise Dastur, para quien la reducción es “un reconducir [reconduce-
re], llevar de vuelta a la conciencia a su verdad que es ser conciencia constituyente” (Dastur, 2004: 94).
13 Esta distinción complica el cargo de dualismo. Irreductible al objeto real –por ejemplo, al árbol percibido–,
el nóema es inmanente a la percepción sin por ello confundirse con los elementos ingredientes de la inten-
cionalidad (Husserl, 2013: 293-296[202-205]). La nóesis o acto intencional remite a una historia que enraíza
a la conciencia en el mundo. Para ver las implicaciones de lo anterior desde una perspectiva que enfatiza el
aspecto genético de la conciencia, véase Derrida (1990).
14 “Por la ‘èpokhé’ fenomenológica yo reduzco mi yo natural humano y mi vida psíquica […] a mi yo fenome-
nológico-trascendental […] El mundo objetivo […] extrae […] todo su sentido y su validez de ser […] de
mí mismo, de mí en cuanto yo trascendental” (Husserl, 1973: 66).
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 176
los que aparecen. Por su parte, Nishida va en una dirección contraria toda vez que
su propósito es el de capturar la unidad primigenia entre conciencia y mundo, entre
flujo de la experiencia y momentos particulares. Considerando lo anterior, puede
afirmarse que hay una diferencia insalvable entre ambos pensadores: los términos
empleados por los dos no sólo son distintos, sino que también están moldeados por
una metodología que los conduce por senderos opuestos. A continuación, intenta-
ré poner a prueba esta conclusión con base en las observaciones que tanto Nishida
como Husserl hacen sobre la intersubjetividad.
15 “The unity of consciousness in one individual and the connection of the consciousnesses of self and other
differ only in degree and should not be discriminated absolutely.”
16 “I have often compared the absolutely contradictorily self-identical topos, the world of the absolute present,
the historical space to an infinite sphere”. Quiero sugerir aquí que Nishida toma el término de “espacio histó-
rico” como una determinación del “absoluta y contradictoriamente topos idéntico a sí” (Nishida, 1986: 25).
Para más al respecto, véase Maraldo (2017: 92-93).
Alvarado Grecco, Daniel Salvador
“El mundo expresado intersubjetivamente” 177
17 “That two things maintain their uniqueness as they stand opposed to each other and negate each other
means that they are mutually conjoined and compose one form.” (Nishida, 1986: 3)
18 “[c]ontaining self-negation within itself and reflecting itself within itself, the world continues to form itself
endlessly through the negation of negation, i. e., self-affirmation.”
19 “Que actuemos conscientemente significa que cada uno de nosotros, un punto expresivo del mundo, forma
el mundo expresándolo en nuestro yo: el mundo es subjetivamente apropiado en nuestro yo.” (“That we act
consciously means that each of us –an expressive point of the world– forms the world by expressing it in our
self: the world is subjectively appropriated by our self.” ) (Nishida, 1986: 5; las cursivas son mías).
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 178
faces the other” (Nishida, 1986: 5-6). El desarrollo del mundo, incluyendo a los yoes
en él, se da entonces no sólo de manera interpersonal, sino también en sociedad; el
yo, su identidad, se refleja en el otro y se difracta en él, dando como resultado una
multiplicidad de ángulos desde los cuales el mundo es percibido:
La lógica de los contrarios echa luz sobre la coincidencia entre los puntos focales del
mundo. Si los individuos, además de reflejar al mundo, también se oponen entre sí,
sus experiencias, sus vivencias, todo lo que forma parte de ellos se difractará en el
otro, de tal manera que la coincidencia entre su aprehensión del mundo se vuelve
posible. Cuestión aparte es la posibilidad del desacuerdo o el consenso entre estas
perspectivas.
El reconocimiento de la alteridad radical del otro y la aprehensión múltiple del
mundo son las resonancias que encuentro con los planteamientos de Husserl sobre
la intersubjetividad, cuya elaboración es, al menos en Meditaciones cartesianas, in-
disociable de la respuesta de la fenomenología frente a las acusaciones de solipsismo.
El problema del solipsismo surge debido a que la epojé “encierra” al meditante en su
propia corriente de vivencias. Ello no significa, sin embargo, que la fenomenología
esté desprovista de herramientas que le permitan pensar la cuestión de la alteridad, y
es a este título que la exposición debe desarrollarse teniendo al otro como contenido
noemático. Por ende, es necesario que la descripción pase por los modos en los que
la otredad se configura, se aclara y se descubre dentro de la vida intencional de la
conciencia, sin por ello dejar de prestar atención a que el otro se presenta como un
alter-ego igualmente perceptor y constituyente del mundo (Husserl, 1973: 152-154).
20 Debido a que ésta es una cita larga, preferí retomar la traducción que Juan Masiá y Juan Haidar hicieron de
“The Logic of Topos”.
Alvarado Grecco, Daniel Salvador
“El mundo expresado intersubjetivamente” 179
Dándose a la tarea de describir estos procesos, Husserl practica una ‘epojé te-
mática’ que suspende momentáneamente toda referencia a los seres del género del yo
y, por ende, a toda comunidad (1973: 155). Tal movimiento pone al descubierto la
función del cuerpo como sustrato de todas las posibilidades de percepción (Husserl,
1973: 155). Es esto lo que permite hacer el tránsito a la experiencia de la alteridad,
la cual se desenvuelve, retomando los términos de Husserl, como una ‘filiación de
sentido’: cuando el otro se presenta ante mí, entra a mi campo perceptivo un cuerpo
análogo al mío. Se realiza entonces una transferencia de índole “aperceptiva”, pues el
cuerpo físico del otro me indica, por medio de la similitud que hay entre su cuerpo
y el mío, que hay otro yo (alter ego) frente a mí. A diferencia de la experiencia que
tengo de cualquier otro cuerpo físico, la percepción del otro como alter ego (de aquí
en adelante, la apresentación analógica) me implica a mí mismo en cuanto cuerpo
orgánico similar al de aquel que se me aparece.21
A pesar del abismo que se tiende entre el yo y el otro, la apresentación analó-
gica cuenta con sus propias modalidades de verificación, y es aquí donde aparece la
espacialidad relativa a los cuerpos. Tanto a mi cuerpo como al cuerpo del otro co-
rresponden dos modos de espacialidad: se trata de mi aquí central y del “allí” al que
me remite la aparición del otro. En lugar de entender ambas referencias como puntos
fijos en el espacio, hay que ver en el aquí y en el allí dos localidades que se desplazan
a la par que las conciencias encarnadas (Husserl, 1973: 184). Gracias a dicha posi-
bilidad puedo imaginarme como estando en el lugar del otro, lo que repercute en la
constitución del mundo objetivo toda vez que me puedo representar como percibien-
do el mismo objeto desde una perspectiva distinta. Por más infranqueable que sea el
21 Lo anterior necesita de varias precisiones. La idea de una aparición del otro es, tal y como Didier Franck
indica (2014), engañosa. Tomada literalmente, sólo puede aceptarse si nos restringimos al campo perceptivo
actual, lo cual es imposible toda vez que la percepción consta de horizontes que necesariamente implican
al otro (Franck, 2014: 105). En segundo lugar, la filiación de sentido aquí descrita implica una síntesis pa-
siva. Con lo anterior, Husserl se refiere al hecho de que toda percepción remite a una fundación originaria
[archi-foundation] en virtud de la cual los objetos nuevos son reconocidos como familiares o extraños por la
conciencia (Franck, 2014: 108). La apresentación analógica significa así que la conciencia confiere el sentido
egoico al cuerpo extraño a través de “una analogía sensible o una similitud que, pasivamente, afecta al ego” (“a
sensible analogy or similitude that passively affects the ego”) (Franck, 2014: 108). ¿Qué analogía sensible? La
similitud entre su cuerpo y el mío. A diferencia de Taguchi, las observaciones de Franck respetan el carácter
encarnado de la conciencia a partir de la percepción por escorzos (2014: 38-39). Creo posible aventurar que
llega a una conclusión similar a la de Taguchi —Husserl afirma que el otro se encuentra irreductiblemente
en la conciencia—, pero por otros medios conceptuales —la síntesis pasiva y el horizonte de percepciones.
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 180
abismo entre yo y el otro, hay cierta identidad que se establece a nivel corporal. El allí
del otro es, en tanto ego, un aquí que me remite inmediatamente a mí mismo como
ocupando su lugar:
Así pues, la alteridad permite comprender la constitución del mundo como un acto
realizado por distintos yoes cuyas perspectivas se complementan.
Considerando lo anterior, ¿no puede decirse que Nishida y Husserl coinciden
al menos en este punto? El privilegio de la descripción en primera persona dentro de
la fenomenología parece obstaculizar la convergencia entre los dos. Al describirnos la
dinámica de los contrarios, Nishida insiste en que la interacción de las cosas del mundo
es multidireccional: al negarse, los opuestos se reflejan y difractan entre sí, arrastran-
do en este proceso las vivencias que llevan consigo; no habría, por lo tanto, un pun-
to de vista privilegiado desde el cual trazar esta lógica. Sin embargo, el lugar desde
el cual habla Husserl responde a un hecho tan innegable como necesario, a saber, no
hay acceso al otro por cuanto es yo, fuente constitutiva de sentido. Por lo anterior, se
vuelve necesario reconocer el límite de la descripción de su dación sin por ello re-
nunciar a su realización. Es en esta tensión entre opacidad y visibilidad que se tiende
la convergencia. El otro expresa una parte del mundo, una parte que puede estar en
contradicción o en concordancia con la mía. Como sea, la posibilidad del mundo
—entendiéndolo no como un objeto previamente dado, sino como un horizonte en
devenir— depende de esta disimetría absoluta entre el yo y el otro, de la transponibi-
lidad de perspectivas y de su posible armonización.
Conclusiones
En las páginas precedentes intenté dar razón de dos cosas. Primero me interesé en
la divergencia entre los planteamientos de Nishida y Husserl, aspecto que encontra-
Alvarado Grecco, Daniel Salvador
“El mundo expresado intersubjetivamente” 181
ría su raíz en el método que anima las observaciones de los dos. La fenomenología
trascendental y la experiencia pura parecen ir en direcciones opuestas: la primera
busca romper la inmediatez de la experiencia, cosa que los esfuerzos de Nishida en
Indagación del bien parecen restituir. Si bien mencioné que la similitud entre la ex-
periencia pura y la actitud natural es asumida de manera hipotética, el hecho de que
Nishida se oponga al proceder reflexivo, propio de la fenomenología, habla a favor
de esta tesis. Ahora bien, la divergencia deja de ser tan radical al considerar las obser-
vaciones que Nishida y Husserl hacen de la intersubjetividad. Es cierto que ninguno
de los dos autores sigue la misma ruta para abordar esta cuestión; no obstante, tanto
Nishida como Husserl elaboran un concepto de alteridad en cuyo correlato se inscri-
be la intersubjetividad y, por ende, la objetividad del mundo. Con tal de proseguir la
discusión, aquí pueden plantearse dos rutas preliminares.
Hay un aspecto que no consideré directamente en este ensayo: la imbricación
entre autoconciencia y alteridad. Mientras que éste parece ser un aspecto decisivo en
“The Logic of Topos”, Husserl parece asentar algunas líneas que van hacia esa direc-
ción sin realmente posicionarse —o al menos no lo hace en el contexto de Meditacio-
nes (Taguchi, 2019: 102-104)—. Quien sí le dará un papel constitutivo a la alteridad
en la experiencia de sí es Derrida (2000), y el ejemplo más elocuente de ello está en Le
toucher: la experiencia del tocarse será interpretada como anunciando una alteridad,
afirmándose así su irreductibilidad a la mera aprehensión de sí mismo (200).22 Es
importante añadir que la otredad de la que habla Derrida no es sólo la del alter-ego,
sino también la de la cosa extensa cuya mostración se realiza parcialmente. En otras
palabras, su concepto es más general. La relación entre lo otro y el yo, así como el
peso constitutivo de la alteridad en la relación consigo mismo, exige la consideración
de una alteridad radical no encarnada en un yo.
La viabilidad de mi intuición depende aquí de otro elemento no menos impor-
tante, a saber, lo que los conceptos de estos pensadores mientan. Tal y como sugiere
David W. Johnson (2020), los conceptos filosóficos no pueden abstraerse del lenguaje
al que pertenecen, y cualquier trabajo de filosofía comparada exige tener en la mira
esta dificultad (386). Con ello no quiero implicar que los planteamientos de Nishida
22 Un movimiento similar se encontraría ya en La voix et le phénomène (1967), obra en la que Derrida muestra
como la experiencia del escuchar-se no ocurre en un presente pleno, sino en una temporalidad que precisa
de la retención y, por consiguiente, de la mediación (98-102). Lo anterior haría de esta experiencia una he-
tero-afección, una experiencia en donde la otredad se cuela en la intimidad de la conciencia.
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 182
o de Husserl (o incluso los de Derrida) sean tan diferentes que cualquier tentativa de
conciliación ha de fallar; la idea de Johnson debería conducir, más bien, al descubri-
miento de las singularidades propias de cada uno de estos planteamientos, aspecto
que parece ser olvidado cada vez que se intenta poner en diálogo a pensadores de
horizontes distintos. Sólo en lo que un pensador advierte de manera distinta puede
construirse una verdadera discusión; de otro modo, rumiamos en lo que puede ser
asimilable a nuestros conceptos.
Referencias bibliográficas
Behnke, Elizabeth. (2016). “La vida operativa: The transcendental disclosure of operatively
functioning life”. Acta Mexicana de Fenomenología, (1), 29-48.
Franck, Didier. (2014). Flesh and Body: On the Phenomenology of Husserl (Joseph Rivera y
Scott Davidson, Trads.). Bloomsbury.
Husserl, Edmund. (2013). Ideas relativas a una fenomenología pura y una filosofía
fenomenológica. Libro Primero: Introducción general a la fenomenología pura
(Antonio Zirión Quijano, Trad.,). Fondo de Cultura Económica.
Alvarado Grecco, Daniel Salvador
“El mundo expresado intersubjetivamente” 183
Johnson, David W. (2020). “The Limits of Language: Philosophical Hermeneutics and the
Task of Comparative Philosophy”. Journal of Speculative Philosophy, 34(4), 378-
389. https://doi.org/10.5325/jspecphil.34.3.0378
Maraldo, John C. (2017b). “What Phenomenologists Can Learn from Nishida about Self-
Awareness”. En John C. Maraldo, Japanese Philosophy in the Making I: Crossing
Paths with Nishida (pp. 299-349). Chisokudo.
Nishida, Kitarō. (1986). “The Logic of ‘Topos’ and the Religious Worldview, Part I” (Yusa
Michiko, Trad.). The Eastern Buddhist, 19(2), 1-29.
Nishida, Kitarō. (1995). Indagación del bien (Alberto Luis Bixio, Trad.). Gedisa.
Nishida, Kitarō. (2006). Pensar desde la nada: ensayos de filosofía oriental (Juan Masiá y
Juan Haidar, Trads.). Ediciones Sígueme.
San Martín, Javier. (2015). La nueva imagen de Husserl. Lecciones de Guanajuato. Editorial
Trotta.
Resumen
Las piedras pueden ser usadas para marcar recorridos y rutas para el pensamiento. Este itinerario está compues-
to por cuatro piedras que configuran un terreno de contrastes. La primera pone el contraste entre lo vivo y lo
no vivo como punto de partida en el cual la delicada interfaz entre esos dos mundos queda suspendida y puesta
en entredicho. Aquí emerge el concepto de agencia como aspecto confuso y problemático. La segunda piedra se
desplaza al contraste entre la construcción humana y la construcción geológica, las cuales se encuentran unidas
por diferentes acepciones de lo tectónico. El poder móvil de las piedras afinca la tercera piedra en la cual se
presentan concepciones ‘premodernas’ del ingenio del paisaje en la geografía y una de las manifestaciones de la
productividad de las piedras en los minerales. La extracción de estos últimos pone de manifiesto la íntima rela-
ción que hay entre las piedras y la discriminación sobre ciertos grupos humanos, de modo que la cuarta piedra
expone la paradoja que se cierne sobre el contraste entre lo interior y lo exterior. Esta última piedra regresa sobre
el concepto de agencia para enfatizar uno de sus rasgos turbios. Cada una de las piedras envuelve intersticios
entre los cuales fluye una forma de pensamiento que bien podría llamarse la de una ontología minúscula.
Abstract
Stones can be used to indicate paths and routes for thinking. The following itinerary is composed of four
stones that set a field of contrasts. The first stone highlights the contrast between the living and the nonliving,
establishing it as the starting point in which the delicate interface between those two worlds is left suspended
and questioned. The concept of agency emerges at this point in a confused and problematic way. The second
stone moves towards a contrast between human building and geological construction, both of which are
intertwined through the different meanings of the term ‘tectonic.’ The moving power of stones settles the third
stone, in which ‘premodern’ conceptions of landscape and geographical ingenium take the stage to reveal a
trait of the productivity of the earth that lies in minerals. The extraction of the latter underscores the intimate
relationship between stones and the discrimination of certain human groups. The fourth stone exposes the
paradox that lingers in the contrast between the outer and the inner. This last stone returns to the concept
of agency to emphasize one of its troublesome aspects. Each of these stones surrounds a series of interstices
through which a way of thinking flows, one that could be called a minor ontology.
S
on muchos los haces que emanan de una pregunta tan vasta como ‘¿qué es la
vida?’. ¿Se está preguntando acaso por una vida en particular: mi vida, tu vida,
la vida de otras? ¿Se inquiere acerca de la vida buena o la vida digna? ¿Se cues-
tiona lo que significa la vida en sociedad y sus avatares, la vida en un determinado
momento histórico? O, más bien, ¿se interroga por la vida de la especie y su paso por
esta tierra? ¿Se busca aquello que determina que ciertas entidades materiales estén
vivas y otras no?
Si se asume que la pregunta habrá de ser respondida desde una perspectiva
científica y naturalista, ella tomará la forma de las últimas dos preguntas planteadas
anteriormente. Ciertamente así lo hizo Erwin Schrödinger cuando en 1944 publicó
su libro ¿Qué es la vida? Para el vienés, este problema entraña un desafío crucial para
la física, pues sólo en la medida en que ella fuera capaz de esclarecer la pregunta le
sería posible limitar la aparente arremetida de la biología que amenazaba con rom-
per el tejido unitario de la ciencia a mediados del siglo xx. Sin embargo, el ingenio
de Schrödinger encontró en el estudio fisicoquímico y molecular de la célula y sus
procesos hereditarios un aliado convincente. A él se le debe la popular idea de que
los organismos vivos son neguentrópicos o consumidores de orden de su ambiente,
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 186
Que la primera piedra de este itinerario sea puesta sobre Schrödinger señala
dos aspectos relevantes: por un lado, su importancia para el desarrollo y concepción
de la biología molecular y la genética como disciplinas eminentemente mecanicistas,
alejadas de toda forma de teleología o vitalismo que hubiera acechado la compren-
sión de lo vivo en el pasado; por otro, la reivindicación de la idea de una materia
activa, principalmente a partir del estudio de la célula y sus componentes, en las dos
últimas décadas. Este último camino ha sido recorrido, entre otros, por Evelyn Fox
Keller, quien vincula la materia activa a lo que ella denomina una “física de materia
blanda”, la cual toma como referencia los motores moleculares que operan al interior
y al exterior de las células y de los cuales depende su supervivencia (Keller, 2016: 7).
Además, esta materia blanda no se limita únicamente a los organismos vivos sino que
abraza otro tipo de manifestaciones de la materia no viva como son los coloides, los
geles líquidos o los cristales (Keller, 2016: 9). En última instancia, lo que importa es
reconocer que la célula es una entidad material animada por sus procesos dinámicos
de intercambio y transporte. Ideas como las de Keller exaltan lo que otros antes de
ella han llamado “vitalismo molecular”, según el cual lo relevante en los procesos vi-
vos se encuentra en los procesos no deterministas a partir de los cuales se establecen
procesos fisiológicos y embriológicos estables: “Es esta robustez la que sugería [la
idea de] ‘fuerzas vitales’, y es esta robustez la que en últimas deseamos entender en
términos químicos” (Kirschner et al., 2000: 87).1
Este tipo de aproximaciones no son exclusivas de las ciencias naturales. En el
caso de las humanidades, la vitalidad de la materia se ha convertido en un tópico
recurrente y extendido en las últimas dos décadas. Quizás la propuesta más sonada
y referenciada en años recientes sea la de Jane Bennett, la cual esboza un proyecto
de carácter político que parte de la pregunta, “¿cómo cambiarían las respuestas po-
líticas a problemas públicos si tomáramos en serio la vitalidad de los cuerpos (no
humanos)?” (Bennett, 2010: viii). Para Bennett, el obstáculo principal se encuentra
en considerar la materia como algo inanimado, desprovisto de agencia, pasivo, razón
por la cual es necesario desprenderse de las usuales visiones mecanicistas. Para ello,
su propuesta opta por una materia vibrante que “en un momento se muestra como
algo muerto y al siguiente es una presencia viva” (Bennett, 2010: 5). Sus casos de es-
tudio abarcan desde las células que componen los organismos vivos hasta cables de
1 Las traducciones al español de citas provenientes de referencias que se encuentran en otros idiomas son
responsabilidad del autor, a menos que en las referencias aparezca la traducción consultada.
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 188
metal, todo ello dispuesto en una matriz en la que se reúnen la literatura, la ciencia,
la política y la filosofía.
Lo que tienen en común las aproximaciones anteriores es su interés por la agen-
cia, de modo que este concepto es el que estructura sus exploraciones y argumen-
taciones. La agencia como capacidad de hacer se presenta, en estos casos, sobre un
trasfondo particular articulado por la oposición entre la actividad y la pasividad, la
acción y la inercia, lo vivo y lo no vivo. Incluso cuando se trata de librar a la materia
no viva de esa carga de pasividad del mecanicismo, hay una necesidad inminente
de llevarla a una concepción de agencia moldeada a partir de lo vivo. Ello supone,
entonces, reconfigurar la noción de agencia para que quepan en ella las expresiones
de la materia no viva o encontrar la forma de hacer visible la actividad de lo inerte.
El centro de la investigación permanece incólume: pareciera que la única forma de
relacionarse de otra manera con la materia tiene que pasar necesariamente por una
comprensión vital y activa de la misma, como si tuviera que ser traída a un estatus
de acción similar o nivelado con el de la vida para poder entrar en la arena pública;
después de todo, algunos de los grandes problemas a los que diferentes comunidades
humanas se enfrentan constantemente, como el cambio climático, el extractivismo,
la pobreza o el hambre, tienen que ver en buena parte con esa materia no viva. Pese
a la importancia de esta tarea, pareciera que la pregunta por la agencia no es la mejor
que se le pudiera hacer a la materia no viva. Al preguntarle al río, al CO2 o al suelo de
cultivo, cuál es su agencia o modo de acción, se le imponen unas coordenadas en las
cuales habrá de manifestarse su respuesta dejando de lado aquello que en esas cosas
nos hace pensar, sentir, dudar y titubear (Stengers, 2010: 15).
La oposición entre lo vivo y lo no vivo, entre lo activo y lo pasivo tendría que
pensarse de otra manera, incluso si, como en la materia vibrante de Bennett, se trata
de cualidades que se pueden predicar de un mismo objeto aunque en momentos dife-
rentes. Frente a este problema, la respuesta no es ni novedosa ni reciente. En su répli-
ca a Locke, Leibniz propuso que la potencia como posibilidad de cambio se expresa
a través de un desdoblamiento en lo activo y lo pasivo, pues el cambio es “acción en
un sujeto y pasión en otro” (Leibniz, 2016: 240). En este sentido, lejos de constituir
una auténtica dicotomía, pasivo y activo ponen en juego expresiones distintas pero
relacionadas de un proceso. Esta perspectiva desplaza la agencia del centro y deja la
pregunta en una suerte de suspenso que habrá de resolverse cuando se reconozca
también lo pasivo que hay en ella, aquello que provocó una afección cuyo efecto se
cristaliza en una idea o pensamiento.
Guevara Aristizabal, Juan Felipe
“Piedras. Construir itinerarios, avizorar intersticios” 189
Para construir se requieren rocas y minerales, aunque sólo sea como polvo reconsti-
tuido en arcilla o ladrillos, o como parte del sostenimiento y nutrición de materiales
orgánicos, como lo son la madera y las hojas de ciertas plantas. Sin embargo, esa
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 190
dimensión material puede ser recubierta con un pensamiento filosófico cuyo camino
forjado a partir de verbos exalta de alguna manera la pregunta por la agencia. Es así
como Martin Heidegger, en su ensayo “Construir, habitar, pensar”, entreteje estas
acciones y conmina a replantearlas. El primer paso en dicha reelaboración consiste
en mostrar lo inadecuado que resulta el esquema medio-fin para dar cuenta de la re-
lación entre construir y habitar, pues dicho esquema representa estas acciones como
actividades separadas, como momentos independientes y sucesivos en una suerte de
relación causa-efecto en la cual el habitar se convierte en una meta y pierde todo
rastro de inmanencia. Deshacer el entuerto requiere partir de una identidad fun-
damental: “el construir es en sí mismo ya el habitar” (Heidegger, 1994: 128). Para
ello, Heidegger recurre, como en tantas otras ocasiones, al análisis etimológico de las
palabras involucradas encontrando una relación de derivación entre ellas, de modo
que tanto construir como habitar comparten la raíz del alto alemán antiguo bauen.
Esta íntima conexión tiene repercusiones profundas para la manera en que habrá
de entenderse el construir, desdoblándose tanto “en el construir que cuida, es decir,
que cuida el crecimiento… y en el construir que levanta edificios” (Heidegger, 1994:
130), con lo cual el habitar revela algunos visos de materialidad que se expresan en
su cercanía con las cosas, en su darse entre cosas. Sin embargo, tomar las cosas como
algo independiente del habitar implica convertirlo en un mero alojamiento en el cual
las cosas ya están dadas y la relación de cuidado es inexistente. Precisamente porque las
cosas no se toman como dadas y preexistentes al habitar mismo, Heidegger redirige
el cauce de su pensamiento hacia la técnica y descubre lo que en este itinerario habrá
de darle un rumbo distinto al recorrido: la técnica “para los griegos no significa ni
arte ni oficio manual sino: dejar que algo, como esto o aquello, de este modo o de este
otro, aparezca en lo presente. Los griegos piensan la techné, el pro-ducir, desde el dejar
aparecer. La techné que hay que pensar así se oculta desde hace mucho tiempo en lo
tectónico de la arquitectura. Últimamente se oculta aún, y de un modo más decisivo,
en lo tectónico de la técnica de los motores” (Heidegger, 1994: 140). La perplejidad
ocasionada por la súbita irrupción de lo tectónico en las últimas páginas del ensayo
requiere transitar con un poco más de calma y atención al paisaje.
Valiéndose de las mismas herramientas metodológicas de Heidegger, Jonas
Holst se ha dado a la tarea de comprender el sentido de lo tectónico en el ensayo. El
análisis etimológico de la palabra remite a la raíz griega tektones la cual hace referen-
cia a los constructores y artesanos, así como a quien en uno u otro momento pudiera
dirigirles y planear su obra (de ahí la palabra arquitecto), de forma tal que la labor
Guevara Aristizabal, Juan Felipe
“Piedras. Construir itinerarios, avizorar intersticios” 191
de los tektones tiene que ver con hacer la tierra habitable. En este sentido, en lugar de
circunscribirse a la construcción, la tectónica abarca también el aparecer y cobrar vida
de lo construido, es decir, su capacidad de construir “lugares, artefactos y obras que
forman sitios de encuentro, donde los mortales se dan cuenta de sus límites al estar en
contacto con lo que va más allá de su horizonte” (Holst, 2021: 249-250). El desfasa-
miento del horizonte humano es lo que, para Holst, convierte lo tectónico en “una
cura para la tecnología moderna que, en vez de desgastar recursos y desarraigar al ser
humano como ella, cuida los materiales a la hora de usarlos y construye poéticamente
lugares donde los seres humanos pueden habitar” (2021: 250). Lo tectónico, conclu-
ye Holst, habría de convertirse en la ocasión para actualizar toda una tradición de la
construcción que tenga en su centro el cuidado y la sostenibilidad, bases necesarias
para afrontar a distintas escalas la crisis medioambiental actual.
El análisis etimológico no es el único gesto heideggeriano que Holst reproduce
en su análisis; más importante aún resulta la reproducción de la búsqueda constante
de lo originario, gesto que reinstaura en cada uno de sus pasos la constante diferen-
cia entre el auténtico filosofar y otras formas de aproximarse a los fenómenos de la
realidad, reclamando con ello una suerte de soberanía que, más que imponerse sobre
las demás, defiende su autonomía de pensamiento con respecto de otros modos de
hacer preguntas. Es así como en la exploración de lo tectónico pasa desapercibido
uno de los usos más corrientes del término en nuestros días, el cual está anclado a la
teoría geológica de la tectónica de placas y la manera en que la superficie de la Tierra
ha tomado forma. Al respecto, sería posible aducir que la problemática relación de
Heidegger con la ciencia y su consideración de la misma como una forma de pensa-
miento derivado es suficiente para no atenderla. También podría afirmarse que como
el sentido de lo tectónico que recupera y acepta la geología para dar cuenta de los
procesos de formación de la Tierra apenas se consolidó entre las décadas de los se-
sentas y setentas del siglo xx, resultaría anacrónico involucrar dicho aspecto con las
disquisiciones de Heidegger. Pese a ello, la primera piedra de este itinerario ya sentó
una clara comunicación con la ciencia que habrá de continuarse y, como mostraré a
continuación, el uso de ‘tectónico’ y sus derivados en la geología es anterior al siglo xx.
La acepción geológica de tectónico/a denota la estructura o arquitectura de la
corteza terrestre (O’Hara, 2018: 91). El término se empezó a emplear en este sentido
durante la segunda mitad del siglo xix en Europa, donde predominó su uso en cuanto
adjetivo, tal y como lo muestra, por ejemplo, la obra de Eduard Suess, Die Nestehung
der Alpen [El origen de los Alpes] (ver Suess, 1875). De igual forma, Alexander Bittner,
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 192
quien cuestiona algunos de los conceptos geológicos de Suess, coincide con éste en
su uso de tectónico/a, aunque Bittner prefiere la variante geotectónico/a (ver Bittner,
1887). Esta coincidencia es clave para entender de qué manera el análisis tectónico de
la Tierra informaba las distintas hipótesis que se empezaban a plantear para explicar
cómo estructuras geológicas particulares se habían formado en los lugares en que
lo habían hecho. La tectónica se insertó así en un dominio de indagación temporal
acerca del pasado de la Tierra, de sus transformaciones y de los procesos que han
moldeado su rostro —para usar la metáfora de Suess—, el cual tomó gran relevancia
durante el siglo xix con la consolidación de la geología como disciplina científica.
Fue Suess, además, quien propuso una de las primeras teorías geológicas que trataba
de dar cuenta de dichas transformaciones aludiendo a una hipótesis según la cual la
formación de las montañas se debe a las contracciones paulatinas y heterogéneas de
la Tierra a lo largo y ancho de su superficie (Suess, 1901). La hipótesis de la contrac-
ción continua de la Tierra mantuvo un fuerte apoyo todavía a mediados del siglo xx,
aunque actualmente pueda resultar contraintuitiva.
El desafío más importante que recibió el planteamiento de Suess se encontró en
la propuesta de Alfred Wegener y su hipótesis de la deriva continental. Ella aparece
de manera extendida y detallada en su obra de 1915, El origen de los continentes y
océanos. En ella, Wegener ofrece una amplia gama de evidencias para sostener que los
continentes y océanos se forman debido al movimiento de las enormes placas rocosas
que constituyen la corteza terrestre, siendo estas placas de un orden tan grande que la
influencia de la erosión y la sedimentación queda minimizada (Wegener, 2012: 41).
La idea de que las placas continentales se mueven trata de dar cuenta de diferentes
fenómenos, entre los que se incluyen algunos de tipo geodésico, geofísico, geológico,
paleoclimático y paleontológico. Estos últimos resultan muy interesantes consideran-
do la primera piedra de este itinerario, pues aquí aparece de nuevo esa delicada inter-
faz entre lo vivo y lo no vivo. El grupo de evidencias más grande discutido por Wege-
ner se encuentra en el registro de organismos que viven en continentes sumamente
alejados los unos de los otros y que, sin embargo, presentan relaciones filogenéticas
cercanas, así como la presencia de fósiles similares en distintos continentes. Estos
hechos no eran novedosos y habían sido materia de diversas especulaciones teóricas
entre las cuales se contaban, por ejemplo, la hipótesis de que en diferentes momentos
de la historia de la Tierra existieron puentes intercontinentales que posteriormente
desaparecieron. Esta hipótesis permitía explicar los hallazgos de distribución de es-
pecies manteniendo los continentes fijos.
Guevara Aristizabal, Juan Felipe
“Piedras. Construir itinerarios, avizorar intersticios” 193
Por su parte, Wegener encontraba poco factible la idea de puentes que apare-
cen y desaparecen, de modo que su propia hipótesis del movimiento de las placas
continentales responde a esos patrones de distribución específicos. Uno de los casos
que más utiliza es el de las semejanzas y parentesco entre las especies de la costa este
de Suramérica y aquellas de la costa oeste de África, a lo cual se le suma la evidente
complementariedad de los bordes de dichas costas. En suma, Wegener (2018) no
duda en decir que “nos sentimos justificados para contar entre los hechos favorables
a la teoría de los desplazamientos todas aquellas observaciones biológicas que impli-
quen la existencia de antiguas conexiones terrestres libres de obstáculos a través de
las cuencas oceánicas: su número es legión” (208). Pese al gran cúmulo de evidencias
amasado por Wegener, sus criterios de cientificidad lo llevaron a reconocer que la
ausencia de leyes y relaciones causales legítimas, más allá de la mera correlación, era
un obstáculo que su hipótesis tendrá que superar: “Aún no ha aparecido el Newton
de la teoría de los desplazamientos. Pero no nos debemos preocupar por su ausencia,
ya que la teoría todavía es joven y actualmente es aún puesta en duda por muchos, y
en último término no se puede culpar al teórico que se resiste a dedicar tiempo y es-
fuerzo para explicar una ley sobre cuya validez aún no existe unanimidad” (Wegener,
2018: 294). Con una clara alusión a una expresión hecha famosa por Kant en su ter-
cera Crítica —el Newton de la brizna de hierba—, Wegener deja abierta la compuerta
a las controversias que habría de enfrentar su propuesta.
Pasó cerca de medio siglo para que las ideas de Wegener comenzaran a ser
aceptadas de manera extendida, particularmente en Norteamérica. A diferencia de
Europa, donde la hipótesis de Wegener fue recibida con simpatía, las comunidades
científicas al otro costado del Atlántico Norte la recibieron con sospecha, poniendo
de manifiesto algunas diferencias cruciales en cuanto a lo que cuenta como evidencia
y procedimientos científicos legítimos. Tal y como lo señala Naomi Oreskes (2018),
para los norteamericanos un buen método científico era empírico e inductivo, limita-
do a lo que los objetos de estudio mostraban de manera directa y debía de tener siem-
pre en su horizonte múltiples hipótesis entre las cuales escoger. Frente a este conjunto
de reglas, el modo de proceder de Wegener resultaba, cuando menos, inapropiado
pues ponía la teoría por delante de la evidencia, haciendo que ella se acomodara a
sus requerimientos, además de ser excesivamente abarcadora y ambiciosa. Estas dife-
rencias se dejaron ver en un simposio organizado en 1926 en Nueva York, en el cual
se dio un enfrentamiento entre una concepción de la ciencia planteada a partir del
método hipotético-deductivo y otra concebida desde el positivismo inductivista; en
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 194
otras palabras, a Wegener se le consideraba más como un abogado cuya causa tenía
que defender, que como un científico con una idea a demostrar (García Cruz, 1996).
La deriva continental se volvería más palatable con los avances teóricos de J.
Tuzo-Wilson, pese a que antes de 1960 él mismo se opusiera también a esta hipótesis
por preferir un modelo fijo en torno al cual se pudieran encontrar leyes uniformes
(Wilson et al., 2019: 4). No obstante, Tuzo-Wilson regresaría sobre parte de la evi-
dencia utilizada por Wegener, en particular sobre los patrones de distribución de
especies, vivas y fósiles (Tuzo-Wilson, 1966: 676), dándole a la deriva continental un
alcance mucho más amplio del que se creía inicialmente a partir de lo adelantado por
Wegener, de modo que esta hipótesis pasó de ser un proceso que sólo había afectado
la historia reciente de la Tierra para convertirse en la pieza clave que ha controlado
la formación de la estructura de prácticamente toda la corteza terrestre (Wilson et
al., 2019: 1). Los esfuerzos de Tuzo-Wilson terminarían por catapultar las ideas de
Wegener a lo que actualmente se conoce como la teoría de la tectónica de placas,
según la cual la corteza terrestre es un sistema complejo, activo y dinámico donde
la constante interacción de las placas tectónicas o continentales genera procesos de
extensión, subducción o colisiones que dan cuenta de la orogénesis, de la formación
de los múltiples aspectos que caracterizan la superficie terrestre tanto dentro como
fuera de los océanos.
Esta concepción dinámica de la Tierra visibiliza la capacidad constructiva de
las piedras, aquella que produce espacios como la cuenca del Valle de México, con
todo y su tendencia a acumular el agua y dirigirla hacia la parte central del mismo, lo
cual favorece las inundaciones que se vuelven tan comunes en la Ciudad de México
durante el verano; o también las rocas migrantes de Skiddaw: enormes formaciones
rocosas que hace 500 millones de años se encontraban en el océano y ahora forman
parte del paisaje terrestre del noroeste británico. Sin embargo, esto no quiere decir
que aquí haya una suerte de agencia natural aislada. Los distintos fenómenos obser-
vables actualmente en la Ciudad de México, tales como la escasez de agua y la tenden-
cia de ciertas zonas a inundarse más que otras, no son responsabilidad de la cuenca
como producto geológico-tectónico; la cuenca es sólo uno de los actores, al cual se le
suman las comunidades humanas, el Estado y las políticas públicas, así como la des-
igualdad social, de clase y racial que atraviesa esta a ciudad (Olvera-Molina, 2016).
Por su parte, las rocas migrantes de Skiddaw forman parte de lo que Doreen Massey
(2005: 138) llama el acontecimiento del lugar como aquello donde confluyen diver-
sas trayectorias, históricas y geográficas, que convierten, por ejemplo, a Skiddaw en
Guevara Aristizabal, Juan Felipe
“Piedras. Construir itinerarios, avizorar intersticios” 195
Que la pregunta por la agencia de las cosas no vivas, de los objetos materiales e iner-
tes haya tomado tanta fuerza en las últimas décadas, tiene que ver, por una parte, con
el cuestionamiento creciente a tradiciones de pensamiento derivadas de la moderni-
dad europea para las cuales la agencia es una cualidad exclusiva de la razón; por otra,
se relaciona también con la necesidad de producir nichos académicos reconocidos
institucionalmente gracias a los cuales se abren nuevos departamentos, programas de
pregrado y posgrado así como grupos de investigación en las universidades, al igual
que nuevas líneas editoriales, colecciones y revistas en las cuales se difundan este
tipo de investigaciones. Hay aquí un rasgo ingenioso que favorece la supervivencia
en el medio altamente competitivo de la institucionalidad académica. No obstante,
el ingenio y agencia que en estas condiciones se muestran como cualidades de unos
agentes racionales —los/as académicos/as— que a su vez pretenden mostrar que di-
cha agencia no se reduce a la racionalidad, también podía predicarse de cosas ni vivas
ni racionales en tiempos ‘premodernos’. Así, por ejemplo, la obra de Caroline Walker
Bynum (2004, 2013, 2016) rastrea muchas de estas instancias en lo que ella denomina
lo divino material en la Edad Media, principalmente en Alemania, como es el caso
de los milagros que debían dejar algún tipo de rastro físico que contara como eviden-
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 196
cia de que en efecto ocurrieron; de los objetos devocionales en los cuales lo sagrado
se hacía presente de manera inmediata en cuanto sitio de la agencia divina, no sólo
como índices, íconos o símbolos de la divinidad, o de objetos que al ser profanados
revelaban la presencia divina y la hacían duradera.
Lejos del dominio de lo religioso, aunque no por ello alejado de Dios, la forma
del ingenio y sus expresiones que me interesa atar a este itinerario se encuentra en
algunas concepciones geográficas del Renacimiento. Lo que llama la atención de esta
noción de ingenio es que ella se reconocía también en la actividad productiva de la
Tierra: “aquí yace un presupuesto filosófico que concibe la naturaleza como una en-
tidad creadora dotada de ingenio” (Vélez Posada, 2020a: 25). Siguiendo las ideas de
Marsilio Ficino, el sacerdote italiano protegido por los Médici, Andrés Vélez Posada
afirma que “el ingenium se entenderá como la capacidad de transformación geográfi-
ca, de la construcción de una Tierra humanizada. Dicho de otra manera, el ingenium
se entiende como la industria puesta en marcha con las artes y con toda forma de
organización de la fuerza humana (virtus) para enfrentar las fuerzas tempestuosas
(procellas) provenientes de la necesidad del mundo y de la resistencia de los cuerpos”
(Vélez Posada, 2015: 258). La construcción de una Tierra humanizada ciertamente
resuena con las nociones de construir-habitar en Heidegger. Sin embargo, el gesto
etimológico y originario de éste es rebasado por el estudio de un caso histórico como
el de la expedición de Magallanes. Dicha expedición dio lugar al reconocimiento del
estrecho que lleva el mismo nombre como un lugar geográfico importante; ella mues-
tra, además, esa faceta de la técnica que excede la mera intervención activa y la mo-
dificación por parte de agentes humanos, para darle cabida al “descubrimiento”, aun-
que éste sea válido únicamente desde una perspectiva eurocéntrica que desconoce su
ocupación previa a la llegada de los españoles y sus aliados u opositores. Además, el
caso del estrecho de Magallanes pone en circulación elementos que complican cons-
tantemente la pasividad de las piedras que lo forman.
En medio de un sinnúmero de enfrentamientos políticos y comerciales entre Es-
paña y Portugal para dominar el comercio de especias desde Oriente, la corona espa-
ñola decidió financiar en 1519 una expedición que intentara buscar un paso hacia el
océano Pacífico, a las islas Molucas que habían reclamado como propias, atravesando
el Atlántico y cruzando por el sur del Nuevo Mundo, territorio aún desconocido para
los conquistadores. Para el belga Maximiliano Transilvano, cortesano del emperador
Carlos V, esta expedición determinaría si el ingenio de la naturaleza y la providencia
habían dividido la Tierra en dos poniendo al Nuevo Mundo en medio, sin posibili-
Guevara Aristizabal, Juan Felipe
“Piedras. Construir itinerarios, avizorar intersticios” 197
dad alguna de navegar por esa ruta, o si en efecto existía un paso tal, “sutil y aún no
descifrado que le permitiera a los españoles navegar continuamente por los mares del
mundo” (Vélez Posada, 2020a: 19). El ingenio constructor de la naturaleza se presen-
ta, en consecuencia, como un elemento político indicador de la disposición divina
a favorecer las acciones del reino de España y su emperador. Aunque la expedición
de Magallanes-Elcano que desembocó en el descubrimiento del estrecho en cuestión,
puso en evidencia el paso del Atlántico hacia el Pacífico, expediciones posteriores no
corrieron con la misma suerte, pues mientras que la primera expedición circunnavegó
el globo, las que le siguieron trataron de trazar sin resultados una ruta de retorno por el
mismo estrecho de Magallanes. En menos de una década, lo que parecía ser la sonrisa
de Dios al imperio español se convirtió en un gran fracaso que culminó con la venta de
las Islas Molucas a Portugal. Esto no sólo significó el cierre de la posibilidad de un co-
mercio universal, sino que además le valió su seguridad a las colonias españolas sobre
la costa pacífica del Nuevo Mundo, debido a los ataques de piratas patrocinados por la
corona inglesa.
En estas concepciones renacentistas, el ingenio no sólo se manifestaba en las for-
maciones rocosas que esbozan la geografía terrestre. Para el cosmógrafo alemán Se-
bastian Münster, el ingenio de la tierra abarcaba también los productos que se gestan
en ella, aquellos que también requieren del ingenio humano para ser aprovechados,
pues “la fertilidad de la tierra va de la mano con el arte, el conocimiento y la industria
[humanas] que se producen en su interior” (Vélez Posada, 2020b: 5). Siguiendo
esta acepción ampliada, las especias producidas en las Islas Molucas, responsables
parciales de la expedición de Magallanes, eran productos del ingenio tanto como el
estrecho mismo. Además de la agricultura, otra de las actividades problemáticas en la
cual confluyen la productividad de la tierra y la intervención humana es la minería.
De manera interesante, la minería lleva el curso de este itinerario de la superficie al
subsuelo, al dominio de lo subterráneo que fuera tan importante para las empresas
expansionistas y coloniales europeas al tiempo que ofrece algunas pistas para dislocar
y cuestionar ese dominio (ver Scott, 2008).
En el caso de Potosí, Perú, durante los siglos xvi y xvii, la entrada de una forma
de minería extractiva intensiva por parte de los españoles transformó la relación entre
las comunidades andinas y el subsuelo. La explotación a la que fueron sometidos un
sinnúmero de indígenas como parte de la labor de extraer estos recursos para ser
comercializados en los mercados globales sostenidos por Europa, asoció el subsuelo
con la maldad en el imaginario Andino (Scott, 2008). Este tipo de efectos empezaron
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 198
“Clay on Stone (Performance, 2016), Rebeca Belmore, Nuit Blanche y Art Gallery of Ontario,
Toronto, Canada”. Fotografía del autor, licencia cc by sa
2 Aunque aquí se abre la posibilidad de introducir la hipótesis Gaia, aquella que propone al planeta en su
totalidad como un sistema vivo, este itinerario no tomará dicha senda.
Guevara Aristizabal, Juan Felipe
“Piedras. Construir itinerarios, avizorar intersticios” 201
3 Este brevísimo recuento de un episodio de la historia geológica de la Tierra se basa en Rafferty (2011: 156-160).
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 202
dada en la distinción entre lo vivo y lo no vivo, de modo que la diferencia marca los
límites de un terreno en el que la agencia, la vulnerabilidad y las implicaciones éticas
de los actos y decisiones son diferentes.
Quizás la mejor forma de ilustrar este concepto sea con una anécdota más en
este itinerario. Casi una semana después del asesinato de George Floyd, el cual quedó
grabado en un video donde se le escucha decir de manera repetida, “No puedo respi-
rar”, llegué al siguiente pasaje en el libro de Povinelli: “O acaso estamos escuchando
algo diferente al Logos en cuanto principio desorganizador de una política posclimá-
tica: algo más del tipo ‘No puedo respirar’ en lugar de ‘Escúchame’” (2016: 124). Al
igual que Floyd, en marzo de 2021 se vivió un caso similar en Tulúm, donde Victoria
Esperanza Salazar, salvadoreña y residente legal en México, murió a manos de la po-
licía debido a una maniobra que la asfixió. Las reflexiones de Povinelli surgen al otro
lado del Pacífico, de sus experiencias con una comunidad de aborígenes australianos
en Belyuen que defienden su territorio y un tipo particular de formaciones rocosas, los
Dreamings, que participan activamente de la vida e historias de la comunidad a pesar de
ser piedras. Cuando ella menciona el ‘No puedo respirar’ se refiere a algo que las piedras
dirían, de modo que la voz deja de ser el vehículo articulado del sentido, de lo que ten-
dría que ser escuchado y entendido, para convertirse en una expresión de sufrimiento,
algo que se queda al margen del sentido pero que puede afectar poderosamente, como
quedó demostrado con las innumerables y enormes movilizaciones posteriores a la
muerte de Floyd. En esta anécdota, el sujeto racializado y el objeto geológico dislocan
la división entre el interior y el exterior, entre lo vivo y lo no vivo, introduciendo al uno
en el otro.
Como en casi todos los itinerarios de viaje, al final se regresa al punto de par-
tida, de modo que la cuarta piedra se torna sobre la primera. Así, en la división que
separa lo interior de lo exterior se encuentra también aquella entre lo vivo y lo no
vivo. De hecho, la sentencia de Maturana y Varela con la que comenzó este último
tramo apunta también a distinguir lo que ellos llaman las máquinas vivientes de las
otras, las artificiales, las no autopoiéticas. Sin embargo, el regreso ya no conduce al
mismo punto de Schrödinger, a una pregunta por la vida que discurre únicamente en
el terreno de las ciencias físico-químicas o de la biología molecular, sino que arras-
tra consigo un ensamblaje de historias y problemas que exceden los límites de esas
disciplinas científicas, poniendo en cuestión, incluso, su propia manera de contar
historias, de construir los hechos y disponer los límites de una forma de conocer vá-
lida y legítima en sí misma. Algo similar ocurre con el problema de la agencia pues
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 204
a diferencia de tantas empresas que pretenden mostrar cómo es que lo inerte actúa,
aquí se ha mostrado que hay formas de vida que han sido clasificadas como carentes
de agencia al ser equiparadas con la materia no viva.
A lo largo de este itinerario, las piedras puestas sobre el camino, sobre la tierra, seña-
lan la presencia de intersticios a expensas de relegar su elaboración propiamente teó-
rica a un lugar secundario. Bajo las piedras se encuentra el suelo, y entre el suelo y las
piedras, los intersticios. El ritmo un tanto vertiginoso de este itinerario, así como las
constantes desviaciones en el camino, mantienen las profundidades en la distancia y
las superficies, cerca, ahí donde se entreabren los intersticios. Si levantáramos las pie-
dras para examinarlas o ver lo que hay debajo de ellas, los intersticios desaparecerían,
y con ellos la fricción que ha sido parte esencial de este itinerario.
Sin embargo, a través de esos intersticios fluye un concepto serpenteante del
cual sólo quisiera dejar una breve indicación. Se trata del concepto de ontología mi-
núscula, el cual se nutre de distintos y variados afluentes. Por un lado, se encuentra
una “filosofía del detalle epistemológico”, tal y como la propone Gaston Bachelard
(2003), donde cada noción, cada problema, cada experiencia reclama su propia for-
ma de ser pensada, en contraposición a una filosofía integral y unitaria que asume
el mundo y sus fenómenos como algo dado y homogéneo. Por otro lado, recibe ver-
tientes que emanan del adjetivo “menor” que Gilles Deleuze y Félix Guattari (1998),
retomando a Franz Kafka, elaboran bajo el nombre de una literatura menor, la cual
Guevara Aristizabal, Juan Felipe
“Piedras. Construir itinerarios, avizorar intersticios” 205
Agradecimientos
Agradezco la lectura amable y atenta que hicieron Rebeca Maldonado, Daniel Alva-
rado Grecco y Juan Pablo Narváez de una versión previa de este texto, así como a las
dos personas que de manera anónima lo evaluaron. Un agradecimiento especial al se-
minario Equilibrium de la uam-c, espacio en el que muchas de estas ideas surgieron y
encontraron sustento y acogida. También le doy mis más profundos agradecimientos
a David Horacio Rosales, gran amigo que no sólo ha leído este texto sino también
cedido sus palabras para el epígrafe con el que comienza. Este artículo ha sido el
resultado de una investigación en la cual se cruzaron dos proyectos: por un lado,
el proyecto piffyl 02_006_2019 “Ontologías intersticiales” y, por otro, el proyecto
conacyt A1-S-21700 “Exploración de creatividad relacional no antropocéntrica”.
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 206
Referencias bibliográficas
Aguilar Gil, Yásnaya Elena. (2020, 5 de abril). “Estructuras minúsculas” (en línea). El País,
Opinión. https://elpais.com/elpais/2020/04/05/opinion/1586098560_484155.html
Bachelard, Gaston. (2003 [1940]). La filosofía del no (Noemí Fiorito de Labrune, Trad.).
Amorrortu.
Bennett, Jane. (2010). Vibrant Matter. A Political Ecology of Things. Duke University Press.
Bittner, Alexander. (1887). “Ueber einige geotektonische Begriffe und deren Anwendung”.
Jahrbuch der Kaiserlich-Königlichen Geologischen Reichsanstalt, (37), 397-422.
Deleuze, Gilles; Guattari, Félix. (1998 [1975]). Kafka: por una literatura menor (Jorge
Aguilar Mora, Trad.). Era.
Heidegger, Martin. (1994 [1951]). “Construir, habitar, pensar” (Eustaquio Barjau, Trad.).
En Conferencias y artículos (pp. 127–142). Ediciones del Serbal.
Holst, Jonas. (2021). “La pregunta por lo tectónico como respuesta al desafío de la
tecnología”. Pensamiento al margen, Número especial, Heidegger revolucionario:
241-252.
Keller, Evelyn Fox. (2016). “Active Matter, Then and Now”. History and Philosophy of the
Life Sciences, 38(3), 1-11. https://doi.org/10.1007/s40656-016-0112-3
Kirschner, Marc; Gerhart, John; Mitchinson, Tim. (2000). “Molecular ‘Vitalism’”. Cell,
(100), 79-88.
Guevara Aristizabal, Juan Felipe
“Piedras. Construir itinerarios, avizorar intersticios” 207
Leibniz, Gottfried Wilhelm. (2016 [1705]). Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano
(Juan R. Goberna Falque, Trad.). Akal.
Oreskes, Naomi. (2018). “From Continental Drift to Plate Tectonics”. En Naomi Oreskes y
H. E. LeGrand (Eds.), Plate Tectonics: An Insider’s History of the Modern Theory of
the Earth (pp. 3–27). CRC Press.
Povinelli, Elizabeth A. (2012). “After the Last Man: Images and Ethics of Becoming
Otherwise”. E-Flux Journal, (35). http://worker01.e-flux.com/pdf/article_8953860.
pdf
Rafferty, John P. (Ed.). (2011). Geochronology, Dating, and Precambrian Time: The
Beginning of the World as We Know It. Britannica Digital Learning.
Raffles, Hugh. (2020). The Book of Unconformities: Speculations on Lost Time. Pantheon
Books.
Riskin, Jessica. (2016). The Restless Clock: A History of the Centuries-Long Argument over
What Makes Living Things Tick. The University of Chicago Press.
Schrödinger, Erwin. (2006 [1944]). ¿Qué es la vida? (Ricardo Guerrero, Trad.). Tusquets.
Stengers, Isabelle. (2017). En tiempos de catástrofes: cómo resistir a la barbarie que viene
(Víctor Goldstein, Trad.). NED.
Suess, Eduard. (1904 [1901]). The face of the Earth, vol. I (Hertha B. C. Sollas, Trad.).
Oxford at the Clarendon Press.
Tuzo-Wilson, John. (1966). “Did the Atlantic Close and Then Re-Open?” Nature,
211(5050), 676-681. https://doi.org/10.1038/211676a0
Vélez Posada, Andrés. (2020a). “El estrecho de Magallanes: Ingenio de la tierra”. Anales de
Literatura Chilena, 21(33), 19-49.
Waterschoot van der Gracht, Willem Van (Ed.). (1928). Theory of Continental Drift: A
Symposium. The American Association of Petroleum Geologists.
Wegener, Alfred. (2012 [1912]). “El origen de los continentes” (Cándido Manuel García
Cruz, Trad.). Enseñanza de las ciencias de la tierra, 20(1), 27-63.
Wegener, Alfred. (2018 [1929]). El origen de los continentes y océanos (Francisco Anguita y
Francisco Pelayo López, Trads.). Crítica.
Guevara Aristizabal, Juan Felipe
“Piedras. Construir itinerarios, avizorar intersticios” 209
Wilson, R. W.; Houseman, R. W.; Buiter, S. J. H.; McCaffrey, K. J. W.; Doré, A. G..
(2019). “Fifty Years of the Wilson Cycle Concept in Plate Tectonics: An Overview”.
En R. W. Wilson, G. A. Houseman, K. J. W. McCaffrey, A. G. Doré, y S. J. H. Buiter
(Eds.), Fifty Years of the Wilson Cycle Concept in Plate Tectonics (pp. 1–18). The
Geological Society.
[353] Entonces, el extranjero de Elea viene en su ayuda (241c). Y, con ello, empieza
la parte filosófica principal de todo el diálogo [Sofista], que está dedicada a analizar
y a superar la prohibición parmenídea del no-ser. Este pasaje principal es una parte
cerrada que, por el momento, aplaza para más tarde el intento de apresar al sofista.
Ciertamente, el joven Teeteto debe ser aproximado a las cosas correctas a través de
esta conversación, pero el curso de esta argumentación es sumamente difícil. Sería
temerario tratar, en pocas páginas, semejante obra maestra filosófica de un Diálogo
pedagógico. Se lee este texto platónico una y otra vez. Todo está lleno de giros sutiles y
reticencias. En el trasfondo se escucha a Parménides y uno no puede resistirse a pen-
sar en Aristóteles, quien está llegando a tener gran influencia y a sus comentaristas y,
por fin a Hegel, quien resuelve y concluye en gran medida. Y eso que me abstengo de
pensar por completo en la lógica moderna cuyas brillantes herramientas elaboraron
de la manera más sutil el problema de la predicación y se acercan a este Diálogo pla-
tónico como a un manual lógico. Yo percibo mi tarea de una manera muy distinta; se
trata, más bien, de desarrollar los argumentos usados en el Diálogo platónico en rela-
ción con la fuerza de convencimiento que tengan para alguien que apenas empieza a
aprender lo que es un concepto —y esa semejante persona no es, solamente, el joven
Teeteto—. No es una tarea fácil seguir la conducción de la conversación por el Eléata,
de tal manera que el Diálogo se entienda como un conducir al interlocutor rumbo a
la distinción correcta entre el sofista y el filósofo. Esto es la ἐπαγωγή.
Con todo, Teeteto debe ser conducido hacia la comprensión de lo que es un
auténtico filósofo. Ésta es la dificultad más grande con la que él se enfrenta. En efecto,
para él es claro que el sofista solamente puede ser un pseudosabio; sin embargo, lo
1 Traducción del artículo “Dialektik ist nicht Sophistik. Theätet lernt das im Sophistes” [1990] (Gesammelte
Werke 7: Griechische Philosophie III, Tübingen, J. C. B. Mohr (Paul Siebeck): 11991/21999, S. 338-3
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 212
que es un verdadero filósofo y lo que significa su saber, es poco claro para el renegado
discípulo del gran sofista Protágoras y para el joven investigador que es Teeteto. Para
él, todos los argumentos de esta índole le suenan como mero pseudosaber. Así, él
debe ser conducido por encima de sí mismo y llegar a la confesión de que él mismo
no sabe algo de lo que él [354] debiera saber necesariamente. Lo que debe ser la pura
ilusión no es comprensible con ello, pero saber esto es indispensable, si se quiere re-
chazar el pseudosaber del sofista.
Así, la composición del Diálogo está clara, grosso modo. La pregunta clave será:
¿qué significa aparentar? ¿Qué género de apariencia es aquel por el cual el sofista
sabe moverse con una similitud fatal a la del filósofo y a la del dialéctico? Será difícil
conducir al joven matemático, quien está enfocado, en exclusiva, al conocimiento de
relaciones inmutables e invariables de números y figuras, hacia un concepto adecua-
do del saber y hacia la conciencia de sus propias acciones. Por ello, el camino por el
cual el Eléata debe transitar no será fácil. Como lector, entender este camino y acom-
pañarlo, solicita una reducción cuidadosa de lo consabido por todos. Pero, en efecto,
esto debe convencer a Teeteto: el no-ser (τò μὴ ὄν) no se puede encontrar en sí mismo
(238b9-239a9). Haciendo caso omiso de la parte de la investigación que se ha tratado
con más frecuencia, quiero narrar la enseñanza que recibe Teeteto.
El Visitante logra hacerle ver a Teeteto que él mismo se ha metido en dificul-
tades (ἐν σοί 239b5). Teeteto debe reconocerlo. Si él quiere sostener el pseudosaber
del sofista, él debe asumir esta dificultad. No puede evitar que con esto faltará a la
prohibición eleática que tiene una validez rigurosa en su propio mundo matemático
donde, en realidad, no hay ningún movimiento. Por eso, sí le parece raro (ἄτοπον)
pero, no obstante, inevitable, enredar el no-ser con el ser (240c1). Con ello, Teeteto
mismo cae en la aporía y se siente sin recursos como para contestar a la objeción del
sofista, cuando éste le impugna que ni siquiera se podría pensar el no-ser y los “pseu-
dos”. El Visitante trata ahora de asistir al joven Teeteto, cuando el sofista se esconde
detrás de la imposibilidad del no-ser y, de esta manera, lleva a Teeteto a reflexionar
sobre lo que significa el “ser”.
La propia inconmensurabilidad del no-ser forma parte de la herencia esencial
de la filosofía eleática. No es, como tal, un nuevo tema. Aunque en el curso de la
conversación se reconoce como problemático, no tan sólo el pensamiento del no-
ser, sino también el del ser. De esto, uno ya se pudo percatar incluso en el Poema de
Parménides, cuando se sostiene a lo largo de tantos versos que los muchos no exis-
ten. Tanto al nombrar, como al opinar, como al decir el ser como lo uno, ya existen
Gadamer, Hans-Georg
“La dialéctica no es la sofística” 213
siempre los muchos. Decir el ser nos embrolla en una autocontradicción. Por eso el
ser uno se vuelve los muchos. Esto se erige, en lo sucesivo, como el tema. Es un efecto
irónico inesperado que el joven Teeteto mismo exigirá preguntar, antes que nada, lo
que τò ὄν, “el ser” quiere decir (243d3).
Nos encontramos ahora en el punto culminante, crítico, donde la necesidad de
preguntar por el ser se vuelve inevitable. Platón subraya [355] este punto culminante,
cuando le permite al Eléata externar tres peticiones (241c ss.) y, como tercera, tolerar
la paradójica (ἄνω – κάτω 242a-b) argumentación.
Aquí se piensa en el Parménides platónico. El Parménides representa un verda-
dero desafío, como es notorio tanto en la tradición antigua como en la mentalidad
científica moderna. Uno se pregunta, ¿qué es esto? ¿Una comedia? ¿Un disparate?
¿Misticismo?
¿Sofística? ¿O una pieza de ejercicio elemental de dialéctica? —¡Y a esto alabó
Hegel como la más grande obra de arte de la dialéctica antigua!—. Ahora, la crítica
a Parménides en el Sofista platónico, de la cual se trata aquí para nosotros, no es un
juego igualmente problemático como el Diálogo Parménides. No obstante, el estilo
de argumentación del Visitante de Elea es comparable, en especial, cuando se varían
más los grandes géneros (además del “ser”, conceptos como “movimiento” y “reposo”
y “conceptos de reflexión tan formales” como la identidad y la diferencia). Así es váli-
do escuchar la lógica latente del mensaje de Elea. Por lo tanto, parece bien motivado,
porque la conversación debe dirigirse hacia el concepto del ser de Parménides. En
la relación inconcebible entre el ser y el aparentar, entre la aparición, la ilusión y la
apariencia, se esconde un entrelazamiento entre el ser y el no-ser. Tal vez detrás exista
incluso la relación casi insoluble que ya permea al Poema de Parménides, a saber, la
relación entre el saber divino y el saber y opinar humanos. Parménides lo compuso
en versos homéricos. De manera similar, la crítica del Sofista por parte del Eléata,
parece casi como una obra puesta en versos a manera de diálogo. El propósito será se-
guir el curso de la conversación y ejecutar el paso del opinar convencido que se atiene
al noein eleático hasta el logos platónico. La conversación toma su curso cauteloso
para hacer conscientes las opiniones fijas y los prejuicios vigentes en el interlocutor,
y vencer sus resistencias paulatinamente.2 Quien trata de transformar en argumenta-
2 Una nueva contribución de C. D. C. Reeve (1985) da una buena vista panorámica en las investigaciones re-
cientes. El énfasis persistente de la oposición excluyente entre κίνησις y στάσις y la flexibilidad que ya em-
pezó en la comparación entre los Materialistas y los Amigos de las Ideas, aparece en el análisis cuidadoso, no
como el gran trabajo a través del cual en boca del Eléata conduce a alguien a la comprensión de la dialéctica,
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 214
sino como una trampa (trap), y el juego entre la identificación y la predicación de parte de Platón como su
propia confusión. Así se aparece a la filosofía cuando uno la contempla por sus resultados como una ciencia
que ella no es.
3 Entretanto, también se tomó en serio el acontecer dialógico para el Sofista, por ejemplo, en Seth Benardete
(1984), quien, en efecto, no tiene en mente a Teeteto, sino a Sócrates.
Gadamer, Hans-Georg
“La dialéctica no es la sofística” 215
4 Cf. las contribuciones reunidas bajo el título “El Poema de Parménides”, en el volumen 6 de las Obras reuni-
das, pp. 30-57, como también en “Parménides o el aquí del ser”, en este mismo volumen, pp. 3-31.
5 Cf. también para eso “Platón y los presocráticos” en el Volumen 6 de las Obras reunidas, pp. 68ss., así como
“El Parménides platónico y sus consecuencias”, en el Volumen 7, p. 319s.
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 216
6 238 b3 προσφέρειν; 250 b10 προσειπεĩν, 245 d5 προσαγορεύειν como también 238 c προστιθέναι,
προσαρμόττειν, 238 a7 προσγίγνεσθαι, en pocas palabras del πρὸς τι, Aristóteles más tarde lo llamará
así, se habla constantemente.
7 Igualmente se desarrolla en Aristóteles (Met. Z5) el análisis de la esencia-qué (τί ἦν εἶναι).
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 218
tal cautiverio (253c7) que no son capaces de levantar los ojos a lo divino (254b1). No
se comenta nada más a este respecto. En realidad, la tarea no consiste en buscar al
filósofo, sino al sofista quien se encuentra en la oscuridad del no-ser. Pero no se nece-
sitará ser un visionario para captar la ironía en esta separación entre el tema del sofista
y el tema del filósofo. Como si se pudiera decir lo que distingue al filósofo del sofista y
al ser de la ilusión, sin que se conozca a los dos, la ilusión y el ser. En el camino hacia
la profundización en los más grandes géneros del ser que a Teeteto le parecen obvios,
pero que a nosotros nos parecen extraños debido a su aparente disimilitud, se logrará
adjudicar al no-ser algo del ser para que hasta el interlocutor vacilante lo pueda consen-
tir (256b8). Con ello se abre, sin duda, un nuevo horizonte. La compatibilidad entre el
movimiento y el reposo, entre el llegar a ser [361] (esto es, la alterabilidad) con el ser
(esto es, la permanencia), será la nueva comprensión determinante. La verdad es que
no se sigue de cerca lo que esto significa, pero uno pensará en el acercamiento recí-
proco entre ambos adversarios en la batalla de gigantes. Debido a la intangibilidad de
la phronesis, unos entendieron el ser como “dynamis” y los otros exigen a los Amigos
de las Ideas el reconocimiento de la vida y del nous y, con ello, del movimiento. Si se
reconoce ahí el movimiento y la conciencia en la unidad de la vida y el alma, enton-
ces, se recuerda también que la misma construcción del alma del mundo en el Timeo
determina la estructura entera de la cosmogonía.8
En todo caso, la objeción del sofista se vuelve superable. Con ello, sin embargo,
todavía no se soluciona la tarea de distinguir al sofista del filósofo, aunque se pueda
justificar al final el entretejimiento del ser con el no-ser y la ilusión. Hasta el final de
toda la conversación se hará ver que con ello el abuso del sofista, pero también el
carácter verdadero del dialéctico, aún no se habrán entendido completamente. Para
ello, solamente se cumplió con una condición previa, que es la expulsión del mal uso
sofístico de la tesis eleática, a saber, que no se puede ni pensar ni decir el no-ser. Para
pescar al sofista, se tendrá que dar otro giro a esta conversación, como se mostrará
más tarde.
La elección de los más grandes géneros (ὄν, στάσις, κίνησις, ταὐτόν, θάτερον
255d ss.) parece, en cierto modo, arbitraria. Lo que ellos deberían ser se evidencia,
ciertamente, por la analogía. Deberían ser como las vocales del ser. Las vocales no
significan nada por sí mismas, sino que ellas posibilitan solamente sílabas, palabras
8 Para las relaciones entre el Timeo y el Sofista, ver mi estudio “Idea y realidad en el Timeo de Platón”, Obras
reunidas volumen 6, p. 249 ss.
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 220
9 El tema de la μέθεξις se encuentra, desde 1930, frecuentemente en mis estudios de Platón. De igual manera,
en especial, recientemente también en “Platón como retratista”, en este volumen 7 p. 245ss.
Gadamer, Hans-Georg
“La dialéctica no es la sofística” 221
estas tres aplicaciones de los conceptos en Platón10 —de todos modos, se trata aquí de
una relación estructural universal sui generis—. Uno no puede describir esto ni con
el hacer ni con el padecer, ni con el imitar o lo que sea, como si estos géneros fuesen
ámbitos propios del ser. Estos géneros no son así. Ellos son αἰτία. Así también se dice,
por ejemplo, de la movilidad que ella es “diferente de la diferencia” (y de igual índole
que la mismidad y que la stasis, 256c5). Por el otro lado, todo ente es algo diferente.
Cada ente participa de la diferencia, en cuanto que no sea otra cosa. La naturaleza de
la diferencia se muestra distribuida de diversas maneras como la ciencia (καθάπερ
ἐπιστήμη 257c8). Resulta así (258e) que la diferencia no es otra cosa que el ser de lo
diferente en su propia distribución. Sólo en este sentido está implicada la diferencia
con todo lo diferente. De nuevo, esto es más que una pura comparación cuando aquí
se compara la diferencia con las ciencias. De esta manera, la diferencia está aquí con
todo lo diferente y no en otra parte, del mismo modo como [363] la ciencia quiere decir
que uno puede diferenciar en cada caso o, como suele decirse en nuestra lengua, que
uno sabe de lo que se trata. Se debe atener a que esos “más grandes” géneros deben
ser pensados de una manera trascendental, o sea, no según el orden del género y de la
especie. Más que nada deben ser aquello que, después de todo, hace posible toda dife-
renciación, especificación, identificación y, con ello, todo el saber y el conocer, como las
vocales hacen posible el discurso articulado —e incluso la κίνησις y la στάσις son parte
de esto—. Estas constataciones se vuelven significativas para un siguiente paso.
A saber, el Visitante muestra que el logos como tal, en el cual se entremezclan
todos estos “más grandes” géneros es, por lo tanto, también un “género” omnímodo,
un gran género propiamente dicho. Sin él no habría, ni siquiera, filosofía (260 a).
De nuevo Teeteto apenas entiende qué es, en realidad, lo que se quiere decir con
esto (οὐκ ἔμαθον 260b4). Primero se le debe mostrar que en el logos y en la doxa,
literalmente, pululan el no-ser y el engaño y la apariencia falsa (260c8). Esto se le
aclara con la ayuda de la distinción de conceptos gramaticales entre el sustantivo
(ὄνομα) y el verbo (ῥῆμα).
Con este análisis gramático-estructural del logos se marca el paso decisivo con
el cual Platón supera a Parménides. Ciertamente, ya el Poema refleja la inseparabi-
lidad del “ser” y del “noein”. Ella corroboró ahí lo que Parménides nunca perdió de
vista, a saber, que el ser es “presencia”. Pero ahora se muestra: nombrar todavía no
es decir. Las palabras yuxtapuestas todavía no son ningún discurso que detalla algo
y lo hace manifiesto (δελοῦντα 261d-e). Una afirmación se da, tan sólo, cuando al
ὄνομα, al “sustantivo”, no le falta el ῥῆμα, el verbo. ¿El tiempo? Como en la traducción
al alemán de ῥῆμα como “palabra de tiempo”, se escuchaba, indudablemente, en los
vocablos griegos el fluir, de las palabras, por tanto, la kinesis y, con ello, también el
tiempo. A Teeteto, quien sólo está acostumbrado al trato con los números, le parece
todo esto, por lo visto, bastante ininteligible. Se repiten respuestas del tipo: “¿cómo?”,
“esto no lo entendí” (Sofista, 262ss.). El logos es aquí, precisamente, otra manera de
seriación distinta de la progresión aritmética. No se trata, tan sólo, del hecho de que
el logos incluye o excluye la concordancia de dos ideas; también existe en ello la ma-
duración de la declaración misma que en el ejemplo dado se refiere al mismo Teeteto,
a este hombre lanzado en el tiempo.
Cuando ahí se dice “Teeteto vuela”, uno no puede dudar de que esto es erró-
neo, porque Teeteto es un hombre y no un pájaro. La incompatibilidad de la idea de
hombre con la idea de volar aclara que aquí se expresa algo imposible, no precisa-
mente algo incorrecto aun cuando, indudablemente, también es incorrecto. Por ello
también se le agrega de manera explícita a este “Teeteto vuela” que “él está sentado
aquí” para, en cierto modo, distinguir lo imposible de lo incorrecto. También esto
podría ser falso, que Teeteto está sentado aquí. Naturalmente, podría también estar
de pie frente a su interlocutor. No en balde [364] me parece que esta oración “Teeteto
vuela” se especifica como ὁ σὸς λόγος, como “tu oración”. La imposibilidad de volar
corresponde a este uno de igual manera que lo correcto o lo incorrecto del estar sentado
o parado. Le corresponde a este uno como a todos los otros. Su ser hombre, con todas
sus posibilidades esenciales e imposibilidades, es lo suyo. Es éste, Teeteto, quien está
sentado ahí. Ésta es, por lo tanto, la función del ejemplo elegido para el verdadero acto
de pensar de la conversación, a saber, el conducir a Teeteto quien ya se cansó del arte de
las disputas vacías. Si él aquí cita el escrito de Protágoras acerca de la lucha en la plata-
forma, ciertamente no lo hace con entusiasmo Sofista, 232d). Con ello gana un valor
informativo especial el giro que la conversación sobre el logos tomó como un género.
La transición gramatical del conjunto de ideas hacia la relación constituida por
el conjunto de onoma y rhema, da un paso verdaderamente importante (261d). La
naturalidad de la participación del individuo en la idea, o, mejor dicho, en la presen-
cia de la idea en el individuo se ilustra con esto. Ella está incluida en todo discurso y,
ni siquiera, constituye, por lo tanto, un tema especial de la dialéctica. Está atada a la
experiencia vivencial, la cual nunca puede ser alcanzada por los “mathemata”, el saber
aprendible. Si es este Teeteto y si él está sentado o parado, habrá que verlo. Eso no se
Gadamer, Hans-Georg
“La dialéctica no es la sofística” 223
puede saber, de la manera en que se sabe que un hombre no puede volar, indepen-
dientemente si es este individuo u otro.11
Y, oh sorpresa, de repente, se ve que el pseudo, cuya prueba Teeteto no pudo
lograr en la conversación con Sócrates, (en el Teeteto) se demuestra en él mismo. Él
reconoce en el ejemplo consigo mismo que incluso la mezcla de percepción y opinión
puede ser falsa (264b2) y, de esta manera, el poder ser falso de una afirmación o de
un logos es, con mayor razón, incontrovertible. El subterfugio del sofista se frustra. El
último paso para apresar al sofista ya puede empezar.
Recordemos cómo, al principio de la conversación, la figura del sofista, ya clara-
mente visible, parece evadirse de nuevo hacia lo impalpable, porque la diferenciación
entre el discurso reproducido y el simulado llegó a estancarse completamente por los
acertijos sin solución de la imagen y el simulacro. Ahora, después de todo, ya dejamos
atrás la objeción del sofista de que ni siquiera puede existir un simulacro. Así se puede
ver con facilidad que en el caso del sofista se trata, exclusivamente, de una apariencia
falsa, por lo tanto, de una prestidigitación (φανταστική). Vimos que incluso, para el Vi-
sitante de Elea, [365] —y no tan sólo para el joven Teeteto— fue difícil distinguir entre
la imagen y el simulacro, la apariencia tan similar del filósofo y del sofista, ya que ambos
tienen que ver sólo con los logoi. También ahora, el Visitante de Elea prepara cuidado-
samente a Teeteto para que sea comprensible la asignación de la apariencia meramente
falsa a las reproducciones humanas en contraposición con las imágenes divinas. Así
introduce la acepción de la diferenciación fundamental entre la imagen y el simulacro,
la diferencia más próxima del arte, que despierta la apariencia de saber.
Con ello se consuma el último giro decisivo para apresurar al sofista, el cual deja
atrás la esfera del λόγος. De la serie de las demás diferenciaciones, el Eléata dice que
para esto nos hacen falta, generalmente, los nombres (267d). Ésta es una indicación
importante, de que nos movemos hacia una dirección, a la cual no le otorgamos, se-
guramente no por casualidad, la correcta atención. Por último, sólo este giro nos con-
ducirá a la real diferenciación entre el filósofo y el sofista. Que para esto ni siquiera
haya los nombres calificativos, hace comprensible de qué manera el desconocimiento
de la verdadera dialéctica y su confusión con el mero simulacro de la erística estuvie-
ron muy difundidos. Lo que llevó a la victoria del movimiento sofístico, en realidad,
no fue otra cosa sino una confusión generalizada. Su aclaración no se puede sustentar
11 Recuerdo numerosos estudios agudos en relación con el “Teeteto volador” (algunos ejemplos se mencionan
en el volumen 6 de las Obras reunidas, p. 147 s, inciso 24). Que se ponga a prueba mi solución “sencilla”.
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 224
en conceptos disponibles que se subordinan los unos a los otros, como κατὰ γένη. Las
distinciones aquí brillan por su ausencia (267d5). Es que aquí se trata, incluso, de una
diferenciación cuya datación es anterior a nuestros conceptos. Es la cuestión acerca
de que si se sabe o por ignorancia se simula la apariencia de saber. En todo caso aquí
ya no se trata de una imitación por el discurso, sino de una autopresentación. La di-
ferencia no reside en los argumentos, sino en la intención de quien argumenta de tal
manera. Sólo por ello se puede diferenciar al filósofo del sofista.
Aristóteles entendió perfectamente bien este punto cuando él en el libro Γ de la
Metafísica distingue entre el sofista y el dialéctico (lo que él así denomina) tan sólo
por la actitud fundamental de la vida (τοῦ βίου τ$ª προαιρέσει Met. Γ2, 1004b24). Es
precisamente ella la que destaca al dialéctico, quien busca la verdad, frente al sofista.
Esto confirma el final de la conversación platónica. No son los argumentos más fuertes
a través de los cuales, finalmente, se logra la diferenciación. Se logra por el caminar jun-
tos en el transcurso de la conversación que el Eléata condujo. Él acerca al matemático
escéptico tanto al asunto que, en el futuro, este último ya no sucumbirá a la apariencia
falsa. Por lo tanto, él también, en adelante, será capaz de dar cuenta de lo que quedó a
deber en la conversación con Sócrates. Ahora sabrá mejor lo que son el logos y el saber
verdadero, y cómo se distingue del simulacro sofístico.
Lo que la escritura acerca de la ciudad ideal elevó, a grandes rasgos, al tema
principal, a saber, el auge de la dialéctica, pasando por la matemática (República VI),
[366] aquí, no tan sólo fue anunciado, sino que se consumó en la persona de Teeteto
y a la vista del lector de este Diálogo. La conducción, a través del Eléata, fue de ayuda.
Tanto Teeteto como el lector dejan pasar de una manera inteligente los prejuicios
reinantes acerca del sofista cuando ahí ven caracterizado al sofista como el pescador
con caña y el cazador de los hombres, o como comerciante con saber o como puro
prestidigitador. Él ha aprendido a ya no incurrir más en la mera apariencia como si
no dependiera de otra cosa más que del arte de argumentar. Esto sería caer, una vez
más, en la confusión entre el sofista y un verdadero filósofo que busca la verdad en
el claroscuro de la pregunta y la respuesta. Está convenido de que ambos se parecen,
pero como el lobo y el perro (231a6). Al final, Teeteto lo sabe, y no tan sólo porque
acaba de aprender a definir al sofista, sino también porque lo aprendió a distinguir, a
través del caminar con el Eléata, en esta conversación.
Con ello se abre una dimensión completamente nueva a la de los logoi como
tales, aquella de dejar que aparezcan estados de cosas, verdaderos o falsos. A estos
artistas de la elocuencia no les importa, en lo absoluto, la verdad. Platón llama a esto
Gadamer, Hans-Georg
“La dialéctica no es la sofística” 225
el imitador que disimula y distingue, de nuevo, entre las dos formas de este imitador
quien disimula, a saber, de estos ignorantes que se presentan como sabios sin que
sean por eso impostores o mentirosos. Por un lado, a éstos pertenece el demagogo
quien vive del aplauso y está, por así decirlo, extasiado. Él queda a merced de aquello
que el arte de la elocuencia le adjudica. Es lo que el Gorgias caracteriza como adulación
(Gorgias 463b, 501c). Por el otro lado, es el sofista quien quiere aparecer victorioso en
la discusión y la argumentación y quien quiere tener siempre la última palabra. Ambos,
en realidad, no pertenecen a la dimensión de los logoi que dan cuenta pensante con tal
de que sus discursos sean una imitación del saber y un simulacro en la apariencia del
saber. Su discurso tiene, tan sólo, una apariencia ilusoria y queda, en verdad, reducido
a nada. Al final de este largo rodeo, a través de este reconocimiento del “no”, el Visitante
de Elea llama la atención sobre la apariencia y nulidad de la sofística, esta falsa aparien-
cia de la dialéctica verdadera.
En efecto, se debe mirar hacia antes de Parménides o, pasando por Hegel, has-
ta Nietzsche, si se quiere, de nueva cuenta con Platón, tomar realmente en serio la
pertinencia de la futilidad de la apariencia en relación con el ser. Esto es si ya no se
piensa alejarla de sí mismo con la ayuda de la “ciencia” como un mero desconcierto.
En una reasunción de la radicalidad de Nietzsche, Heidegger intentó, desde allí, dar
un paso hacia atrás y, precisamente con ello, dio un paso hacia delante. Él reconoció
los límites del pensamiento griego de la aletheia y, con ello, la fuerza creadora que
emanó de este origen griego del pensamiento para la civilización universal de los
nuevos tiempos.
[367] Mi propio interés por el Sofista y, en general, por la obra de los Diálogos
platónicos está motivado, sobre todo, por la discusión que Heidegger suscitó acerca
de la metafísica y, en particular, bajo la palabra clave “la superación de la metafísica”.
En sus trabajos tardíos, el paso largamente preparado de regresar hasta antes de la
ontología aristotélica tuvo como consecuencia que Heidegger tratara de escuchar y
se atreviera a pensar ciertos atisbos y huellas del pensamiento inicial de los griegos,
sacados de las ruinas de la tradición presocrática. Puesto que nuestras exposiciones
están influenciadas por Aristóteles, es éste un trabajo ímprobo que tal vez sólo con
vehemencia se pudo solucionar. En realidad, Heidegger se atrevió a hacer algo muy
inusual, a saber, evocar una tradición ágrafa, o sea, los tiempos prehistóricos que se
manifiestan, exclusivamente, en la repercusión del idioma griego, de sus palabras y sus
palabras primitivas; las midió, paso a paso, como un veedor de agua que busca venas
de agua ocultas. Esto provoca que sus estudios acerca de Anaximandro, Parménides
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 226
y Heráclito sean significativos para su propio camino, tan actual y orientado hacia el
futuro. Ellos, sin duda, nos dejan perplejos por la osadía de la interpretación de sus
textos fragmentarios. La primera tierra firme que nosotros podemos alcanzar con un
interés análogo me lo proporciona, a mi juicio, la obra de los Diálogos platónicos.
La concepción de la idea en Platón no me parece señalar el paso hacia la metafísi-
ca aristotélica, de la manera como Heidegger describe a Platón, y, como Heidegger
dice, haber introducido, por este giro, el abandono del pensamiento de la “aletheia”,
la verdad, hasta la mera rectitud, la ὀρθότης. Este “giro hacia la idea”, entendido por
Heidegger como la preparación de la metafísica aristotélica, de todos modos, no se en-
cuentra, justamente, en el Sofista, el cual, como es sabido, se entiende por muchos de
manera precisa como un apartamiento de la teoría de las ideas. El curso de Heidegger
en Marburgo, en 1924, acerca del Sofista, que sólo conozco por el vago recuerdo del
oyente inmaduro que era yo (en aquel entonces), no me parecía ser dirigido tanto
hacia esta única función como aquello que Heidegger más tarde presentó por pri-
mera vez en público en “La teoría de la verdad de Platón”. Mis estudios sobre Platón
me remitieron, por el contrario, cada vez más a los Diálogos dialécticos tardíos, y mi
profundización en el Sofista me pareció más y más como una apertura de horizontes,
en los cuales se presenta la cuestión del ser y el logos en sus diferentes facetas, pero
que no puede ser vista como una mera etapa previa hacia la física aristotélica y la
metafísica fundada en ella. En la dialéctica platónica hay, más bien, una perspectiva
propia hacia la activación de la pregunta por el ser, que no culmina en la ontoteología
de Aristóteles. No se debe ver, como Heidegger lo hiciera, el paso decisivo de Platón
en el ajuste hacia el eidos, sino en la apertura hacia los logoi, en los cuales salen a la
luz las relaciones entre las ideas.12
[368] Un Diálogo platónico siempre es polisémico y probablemente ninguno de
los Diálogos platónicos lo es tanto como el Sofista. Todo el arte de Platón, como pen-
sador, se encuentra ahí en su apogeo, en lo referente a la riqueza de las alusiones y en
la admisión de las diversas interpretaciones. Se puede medir el efecto de un Diálogo
platónico de esta índole, directamente, en la diversidad que generó la herencia plató-
nica en el círculo de la Academia al cual pertenece, aunque no en último lugar, en la
presencia avasalladora de la física y la metafísica aristotélicas. No me parece correcto
ni posible querer deducir teorías unívocas susceptibles de una sola interpretación por
12 A mi entender, Whitehead tuvo algo similar en mente, cuando comprendió la relación como percepción
—una “nota a pie de página de Platón”.
Gadamer, Hans-Georg
“La dialéctica no es la sofística” 227
el mero estudio del Sofista y de los otros escritos conservados de Platón o de aquéllos
de Aristóteles o hasta de la doxografía que agotan el impulso del Diálogo el Sofista. Lo
que sí se puede constatar es el hecho de que también en la herencia de la Academia
entra en juego la relación entre el logos y el ser que domina el Diálogo el Sofista.
Se puede reconocer el análisis del logos del Sofista y del concepto de la “me-
thexis” cercano a dicho Diálogo en todos los testimonios que poseemos y, entenderlos
a todos como los inicios de la prehistoria de la metafísica. Pero, a mi juicio, el lugar
platónico de esta pregunta por el sentido del ser, de todos modos, no se deberá bus-
car en el concepto de sustancia de Aristóteles quien piensa en el ser de lo existente, el
subiectum, al cual se refieren las predicaciones. Me parece llamar la atención sobre las
relaciones más profundas, cuando el Visitante de Elea se basa en la verdad gramati-
cal de que un enunciado no se consolida sino con el verbo. En esto reside un indicio
importante, a saber, que el sentido de una información y, con ello, también el sentido
del ser que ella presupone depende siempre del punto de vista desde el cual se obser-
va y se trata lo existente. Sólo en esta referencia, a saber, un πρός τι, emerge el ser y,
como sea, se perfecciona a través de su temporalidad. Cuando este Teeteto está senta-
do aquí, entonces, él es este hombre presente. Pero, simultáneamente, se entiende por
esto que un hombre es capaz de estar sentado. Para saber esto, uno ni siquiera necesi-
ta conocer a Teeteto. La total amplitud del pensamiento del ser que comprende desde
“éste-aquí” hasta su “ser-qué” entra ahí en juego, la cual ya determina la escritura de
las categorías y ya está penetrada por los conceptos aristotélicos de la “dynamis” y la
“energeia”. La contingencia de lo particular nunca es, en efecto, palpable en el logos,
pero el logos comprende también a ésta por el hecho de que dice “esto”.
Existe una buena razón por la cual Aristóteles, en su uso del lenguaje, distingue
el “ser” en el sentido de categorías y el “ser” en el sentido de energeia y dynamis; sin
embargo, no separa al uno del otro. El motor de lo existente que se manifiesta en el
logos, y el motor [369] de lo particular que se mantiene dentro del orden del movi-
miento de la naturaleza, están engarzados.
Esto se muestra, con claridad, en el análisis del libro Λ de la Metafísica aris-
totélica. Ahí primero se explica, al detalle, la relación análoga entre la causa y lo
causante y, después es superado por la constatación con tal de que haya, necesaria-
mente, un existente superior que mantenga como motor inmóvil el orden íntegro del
movimiento. El concepto aristotélico de la ontología termina, justamente, al reclamar
como consecuencia la crítica de Espeusipo, el sucesor de Platón, que solamente uno
puede ser el Señor. Incluso esto tiene en Platón una cierta correspondencia, bajo la
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 228
Referencias bibliográficas
Benardete, Seth. (1984). The Being of Beautiful. The University of Chicago Press.
Hoffmann, Ernst. (1918). “Methesis y Metaxy en Platón”. En Tres escritos sobre la filosofía
griega (pp. 29-51). Heidelberg.
Reeve, C. D. C. (1985). “Motion, Rest, and Dialectic in the Sophist”, Archiv für Geschichte
der Philosophie, 67(1), 47-64. https://doi.org/10.1515/agph.1985.67.1.47
13 Cf. también con La idea del Bien entre Platón y Aristóteles, en este mismo volumen, p. 216 s.
número 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 | 229-235
doi: 10.22201/ffyl.16656415p.2021.41.1698
Traducciones, reseñas y notas
L
os usos del término habitar en el habla brindan unas primeras pistas
interesantes. Los hablantes no decimos “habitar una tumba”, “habitar un
campo de concentración”, “habitar una prisión”, “habitar un manicomio”,
“habitar un hospital”, etcétera. En uno de los sentidos, el verbo habitar del cual
formamos el concepto implica una acción, una acción de vivir en un lugar, de estar
vivo. La primera condición sine qua non es estar vivo. Además, se trata de un lugar
permanente y no circunstancial. El habitar implica la Vida.
El lugar es otro tema para reflexionar. Ocupar un lugar, provenir de un lugar, abre
el tema del hábitat. Si retrocedemos un paso más, todo ello nos conduce a plantearnos
la problemática crucial del espacio, en rigor, del espacio-tiempo. Obviamente, la com-
plejidad y alcances de esta problemática quedan fuera de toda discusión viable.
Mi propósito es sembrar interrogantes a través de una trama de instantáneas;
proponer un abanico de sentidos e interrogantes del concepto de habitar en función
de mi noción de homo imaginans. Introduje esta noción en 1988 en mi primer libro:
Filosofía de la imaginación. Ella se ha convertido en el pivote, el nervio conductor
de mi pensamiento hasta la fecha, en cuyo lapso se ha ido afinando, ampliando, pro-
fundizando (Lapoujade, 1988: 193). Defino al ser humano como de la especie homo
imaginans, que significa la especie humana entendida como bio-psico-socio-cósmi-
ca- imaginante (Lapoujade, 2014). En lo que sigue, nos asomamos muy brevemente
a la noción de habitar en cada uno de estos campos.
pones en el norte, los habitantes de Tierra del Fuego al sur, y todas las geografías
incluidos los trópicos. Pero si nos aproximamos un paso más, surge la pregunta por
los orígenes de esta especie, cuál fue su hábitat originario. Entonces nos deslizamos
al fascinante campo de la genética (Porro, 2001).
¿De dónde viene la actual especie Homo sapiens? La paleogenética agudiza la mi-
rada hacia el interior de las células de los fósiles, se introduce en el núcleo, y allí se
encuentra con los cromosomas, sede del ácido desoxirribonucleico (ADN). Este uni-
verso en el seno de un micro-espacio, abre el tema de la procedencia geográfica de la
especie actual, algún punto de África, en su hábitat prehistórico, y el comienzo de sus
migraciones al Asia, a Europa y a América en consecuencia, sus mestizajes tales como
neandertales y denisovanos entre otros; y sus mutaciones resultantes (Seinandre, 2005;
Wells, 2007; Harari, 2018). Esta área de la genética con sus diversos campos introduce
una revolución en la noción del habitar (Cavalli-Sforza, 2010; Pääbo, 2018)
II
nación y sus imágenes. Espacios exteriores, como los lugares en que está cada lector,
y espacios vividos por cada uno, ¿cuántos hay en este instante aquí y ahora? (Lapou-
jade, 1999: 7-13, 15-18, 103-115). ¡Sí que es sorprendente la infinitud contenida en la
noción de habitar!
III
fuerza del amor y la belleza, es decir, el “disolvente universal de los problemas” según
el alquimista Émile-Jules Grillot de Givry (2001: 23).
Dejémonos contagiar por la certeza de Dostoievsky quien en El idiota afirma:
“La belleza salvará al mundo” (Dostoievsky, 2015: 7065).
IV
El homo imaginans vive en su hábitat cósmico. En estos días aciagos, el ser humano se
ha olvidado que es un ser cósmico. Se ha olvidado que es un ser ínfimo, que no llega
a ser ni siquiera un grano del polvo cósmico, se ha olvidado ni más ni menos que
de su hábitat que sostiene a nuestra especie. Estos habitantes del planeta tierra, los
Micromegas de Voltaire, han lastimado y extenuado el planeta, su hogar en el cosmos
(Lapoujade, 2017a: 272-280).
Michel Serres ha acuñado la expresión “acosmismo”, es decir el vivir como si
nada tuviéramos que ver con el cosmos. Por su parte, Augustin Berque señala el “cos-
mos enfermo” de la humanidad actual (Berque, 2011; Serres, 2011). Cada individuo
en el caos de sus sociedades gaseosas olvida que el ser humano es humus que vive
pegado a la tierra. Con ella gira las 24 horas y los 365 días en torno al sol. Su siste-
ma solar habita la galaxia, que a su vez gira a altas velocidades en torno a su centro,
en torno a otros sistemas y otras galaxias, a la antimateria, los agujeros negros y los
misterios que se abren más allá (Lapoujade, 2011: 106-108; Lapoujade, 2002: 19-40).
Referencias bibliográficas
Bachelard, Gaston. (1932). L’intuition de l’instant. Étude sur la Siloë de Gaston Roupnel.
Stock.
Bachelard, Gaston. (1943). L’air et les songes. Essai sur l’imagination du mouvement.
Librairie José Corti.
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 234
Berque, Augustin. (2011). “La place de l’homme dans le cosmos. Cosmos malade?”
Philosophie Magazine, 38-40.
De Givry, Émile-Jules Grillot. (2001). La gran obra. Doce meditaciones sobre la vía esotérica
al Absoluto. Editorial Yug, Matías Romero.
Lapoujade, Noel. (2009). Una estética de la salud. Revista Realidad, 119, 169-182.
Lapoujade, María Noel. (2011). Diálogo con Gaston Bachelard acerca de la poética.
Universidad Nacional Autónoma de México.
Lapoujade, María Noel. (2017a). Homo Imaginans II. Benemérita Universidad de Puebla.
Lapoujade, María Noel. (2017b). “Salud en las sociedades gaseosas. Health in gaseous
societies”. Revista Ciencias Psicológicas, 11(2), 247-251.
Lapoujade, María Noel. (2020). “El Zen como filosofía de vida”. Revista Relaciones, 435,
26-27.
Lapoujade, María Noel
“Instantáneas sobre el asombroso concepto de habitar” 235
Les penseurs grecs avant Socrate, de Thalès de Milet à Prodicos (Jean Voilquin, Trad.). (1993).
Garnier-Flammarion.
Seinandre, Erick. (2005). Los orígenes del hombre: ¿De dónde venimos? Larousse.
Wells, Spencer. (2007). El viaje del hombre. Una odisea genética. Editorial Océano.
número 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 | 236-241
doi: 10.22201/ffyl.16656415p.2021.41.1468
Traducciones, reseñas y notas
E
l proyecto Religiosidad y cultura inició hace más de veinte años. Que exista un
área de estudios sobre filosofía de la religión es fundamental en la Universidad
Nacional Autónoma de México, siendo un espacio dedicado a los estudios
religiosos, integrando a grupos multidisciplinarios provenientes de las Humanidades
y las Ciencias Sociales. Dar herramientas a estudiantes y al público en general para
acercarse al complejo fenómeno religioso y a las reflexiones de la filosofía, sin ánimos
confesionales, es el gran aporte de esta obra. El fruto de esas largas discusiones de
las Jornadas de Filosofía de la Religión y de los cursos hace de esta obra un producto
de la paciencia y constancia de Julieta Lizaola, sin quien dicho proyecto no tendría
la continuidad y vitalidad que actualmente tiene. Este libro reúne algunos conceptos
mínimos requeridos para explorar y comprender el fenómeno religioso en nuestra épo-
ca desde una perspectiva filosófica. Por tanto, es una estación para quienes busquen
introducirse a los estudios de la filosofía de la religión, así como para el público en ge-
neral interesado en las problemáticas de este tipo. Por ello, la coordinadora dividió en
tres partes el contenido del libro: 1) “Mística y religiosidad. Cinco aproximaciones para
pensar la noción de mística”; 2) “Religiosidad y ontología. Perspectivas hermenéuticas”;
3) “La experiencia de la religiosidad, subjetividad y vivencia de lo sagrado”.
La primera sección corresponde a la primera parte que podría dividirse a su
vez en otras dos secciones: 1) el misticismo cristiano y 2) los apartados filosóficos del
hinduismo sobre los siddhas y la imaginación. En la primera sección, el lector encon-
trará el artículo de Isabel Cabrera Villoro, “Tres momentos de la mística cristiana”,
donde la autora sistematiza las experiencias místicas de tres tradiciones cristianas se-
paradas por el tiempo: los padres del desierto, Maestro Eckhart y San Juan de la Cruz.
Cabrera se esfuerza por integrar las categorías filosóficas que hacen asequibles estas
experiencias, volviéndolas comprensibles para quienes se adentran a sus testimonios.
Su idea consiste en exponer puntos de contacto que nos ayuden a comprender las
descripciones hechas por estos pensadores. El modelo que ofrece Cabrera es general:
1) el inicio, 2) la fase negativa, 3) la fase positiva y 4) un después.
Reseña de Religiosidad y cultura 237
de ver más allá de lo sensible. Esta facultad se reproduce en otras fuentes tántricas
posteriores al Rig Veda, existiendo una apreciación positiva sobre el uso de la imagi-
nación y su poder liberador.
La segunda sección comienza con el artículo de Greta Rivara Kamaji, “Mito, her-
menéutica y fenomenología de la religión”, el cual explica la relevancia que la herme-
néutica ha tenido para los estudios religiosos. La autora afirma que el mito atestigua la
verdad simbólica del lenguaje, pues describe las manifestaciones de lo sagrado, además
de contener elementos fundamentales de la experiencia del mundo en los seres huma-
nos. El mito es para Ricœur y Gadamer el terreno ontológico que contiene al ser mismo
y, a partir de esa condición, acepta la creación del mundo y del hombre como referente
metafórico, analógico y lingüístico.
En el segundo artículo de María Rosa Palazón, “La evolución de los símbolos
religiosos”, se desarrolla la separación entre mythos y logos aplicada por Platón en los
Diálogos y concluida en nuestra modernidad con Marx. Después de que el mito se
secularizó, se le consideró, en contraste con el logos, una “mentira”, ya que su sentido
se encuentra atado al complemento alegórico e interpretativo, ocultando la verdad
a la que se remite. No obstante, la autora nos recuerda que teólogos y hermeneutas
como Bultmann han reconstituido la función simbólica del mito, considerándolo un
añadido epistemológico del lenguaje y, de manera particular, del lenguaje religioso.
Los símbolos sagrados contenidos en los textos no deben ser usados de modo literal,
sino de modo desmitologizado, abierto a un contexto histórico y a un encuentro con
el lector que recrea con las herramientas hermenéuticas su plenitud valorativa.
En el siguiente artículo, titulado “La ontología neoplatónica y su influencia en el
cristianismo”, Diana Alcalá Mendizabal hace una reconstrucción de los argumentos
de Filón de Alejandría, Plotino y Proclo sobre la posibilidad ontológica de la creación,
tomando en cuenta la unidad de Dios. Los tres autores parten de ese mismo principio
metafísico: Dios es lo Uno del que emana el mundo. En virtud de lo anterior, el ser
humano tiene la capacidad para rehacer el orden primordial del que viene, es decir,
de ascender de nuevo a Dios, que es la luz constitutiva que ilumina el universo.
Manuel Lavaniegos expone en “Hermenéutica, religión y arte según la ‘Filosofía
del límite’ de Eugenio Trías” la relevancia de la obra del filósofo catalán. La importan-
cia de cualquier filosofía crítica contemporánea trastoca tanto la religión como el arte
y la filosofía, siendo estos tres ámbitos inseparables y complementarios. La idea del
limes será el hilo de Ariadna capaz de conducir su reflexión hacia una transformación
de la razón que sustenta a la modernidad. A partir de tres giros decisivos (ontológico,
Reseña de Religiosidad y cultura 239
relación filológica entre exilio y revelación, entre el despojo de las tierras como recur-
so bélico y el “salir de sí mismo”. De esta relación, se desprende una reflexión sobre el
sionismo: el exilio como existencia y la secularización del judaísmo como una forma
política específica que busca borrar las diferencias en lo interno y lo externo de su
condición judía. La autora se pregunta, frente a las formas totalizantes de domina-
ción, por la posibilidad de que el exilio sea un lugar de reconocimiento, de redención.
Aunque en nuestros días las instituciones religiosas han sido eclipsadas en signi-
ficación social, el sentimiento religioso continúa floreciendo de diversas formas, muy a
pesar del proceso de secularización que ya mencionamos anteriormente. En este con-
texto, Blanca Solares sugiere una aproximación a partir de la categoría de lo sagrado
acerca de las formas de religiosidad en nuestro mundo contemporáneo. Siguiendo los
estudios de Roger Caillois y de David Lyon, la autora cuestiona la transformación de las
formas de lo sagrado en comparación con las culturas tradicionales.
Si bien las posturas, formaciones y objetos de estudio de los autores son variados,
sugieren al lector una postura conjunta sobre el estudio de lo religioso: que la religiosi-
dad está estrechamente vinculada con un sujeto y con un contexto. Es necesaria una ex-
periencia de una persona de carne y sangre para conocer un fenómeno como el religio-
so. Y así como la filosofía de la religión requiere de un sujeto que reflexione sobre dichas
manifestaciones, el apropiarse de los temas, reflexionar junto a los autores y proponer
nuevas opiniones también es una tarea pendiente, pues el fenómeno religioso continúa
tan vivo actualmente que requiere tanto de su esclarecimiento y reconocimiento como
de un compromiso reflexivo urgente en los tiempos actuales.
Referencias bibliográficas
Kant, Immanuel. (2005). Crítica de la razón pura (Pedro Ribas, Trad.). Taurus.
Yébenes Escardó, Zenia. (2019). “Mors Mystica: catástrofe y duelo”. En J. Lizaola (Coord.),
Religiosidad y cultura (51). ffyl.
número 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 | 242-244
doi: 10.22201/ffyl.16656415p.2021.41.1697
Traducciones, reseñas y notas
Z
iranda, se nos dice en la contraportada del libro, es el nombre del juego que en
México llamamos “volantín”, en el cual se busca resistir a la fuerza centrífuga
que se genera cuando los participantes, asidos a las cadenas que descienden de
un poste, se impulsan corriendo y volando. Un juego cercano a la danza totonaca del
volador que hace de la fuerza centrífuga una fuerza de ascensión y traslación entre los
cuatro puntos cardinales, el poste que conecta con la tierra y el descenso de la lluvia
y la fertilidad. Antes de que se poblaran de inflables, túneles, rampas y resbaladillas
de plástico, en los parques infantiles había un volantín más o menos oxidado, situado
en la zona más alejada como un objeto atmosférico peligroso: si se tomaba vuelo y
se te soltaban las manos al cabo de algunas vueltas, el sueño de volar terminaba con
raspones producidos al rodar por la grava. En el real mamotreto de la lengua espa-
ñola, ziranda aparece como un mexicanismo para “higuera”; las hojas de la higuera
son lobuladas y parecen abrirse en cruz como el volantín cuando se despliega. En los
diccionarios de modismos que consulté, no encontré ninguna referencia. ¿Cómo se
hizo con esa palabra Bolívar Echeverría?
El libro funciona como un mosaico de fragmentos o un ovillo de hilos de dis-
tintas dimensiones. Fragmentos, no aforismos, como se dice en el prólogo. El aforis-
mo tiene una velocidad única, y sus trayectos son unidireccionales aunque persigan
una desembocadura final radiada. De ahí su contundencia, su concentración iman-
tada y, a veces, su declive doctrinal (no es casual que en el tránsito de la velocidad
absoluta a la inercia polar florezca actualmente un modo de escritura que sustrae del
aforismo un tweet con pretensiones literarias). Los fragmentos, en cambio, tienen va-
rias velocidades y dimensiones; persiguen la intensidad, no la concentración; sus tra-
mos discontinuos e irregulares no buscan una totalidad, sino que admiten múltiples
ritmos, fuerzas (la fuerza aforística puede ser una) y formas: notas marginales, ob-
servaciones, esbozos, experimentaciones que descoyuntan la linealidad del discurso
canónico, como hace el volantín al despegar los cuerpos de la atracción terrestre. El
fragmento es una herramienta de la modernidad y, a la vez, un método crítico para
Reseña de Ziranda 243
escapar de ella. Bolívar Echeverría lo tenía muy claro y, en la página web donde se reco-
gieron sus trabajos, utilizó la palabra “fragmentos” en el título de Ziranda.
Como se sabe, los filósofos de la Escuela de Frankfurt, a los cuales Bolívar
Echeverría prestó una fructífera atención, se valieron del fragmento. El título comple-
to del libro mayor de Horkheimer y Adorno es Dialéctica del iluminismo. Fragmentos
filosóficos; los libros y textos más bellos de Benjamin (Dirección única, Libro de los pa-
sajes, Parque Central, las impresiones y protocolos de sus experimentaciones con el
haschisch, las Tesis de filosofía de la historia) están construidos por fragmentos. Es un
acierto de Raquel Serur, a quien está dedicado Ziranda, y de los editores, prolongar
el ritmo fragmentario de los textos con las obras de Alberto Castro Leñero: tintas, di-
bujos mezclados digitalmente con imágenes fotográficas, grabados, trazos que crean
incisiones veteadas, muescas ramificadas, ondulaciones entre los textos, creando un
plano de resonancias, zafándose de la mera ilustración. En 1993, Echeverría escri-
bió un texto decisivo para entender la potencia del fragmento: La fragmentación de
Alberto Castro Leñero, publicado en el catálogo de la exposición “La fragmentación”.
Ahí, muestra que las obras de Alberto Castro Leñero son una apertura sobre el hori-
zonte de lo representado, pero una apertura que lo mismo permite la mirada que la
obstruye. Así, esas obras no pueden sólo representar el mundo porque ellas mismas
son fragmentos del mundo.
El resultado es un híbrido potente y metamórfico con seis estancias: en “Desa-
rraigos”, Bolívar Echeverría enhebra algunas líneas de sus trabajos sobre el barroco y
el mestizaje como estrategias que dislocan la autoridad de lo heredado, como “toma de
distancia irónica” ante las identidades tradicionales, para situarlos en el presente de una
historia global en la que la diversificación ya no está entramada a un territorio, sino a
la inestabilidad posmoderna. En uno de los fragmentos de esta estancia surge una ob-
servación inquietante: la estrategia barroca tiene como horizonte el suicidio; afirmar
la vida conlleva suponer que la posibilidad de hacerlo es limitada. “Por eso”, escribe
Echeverría (2019) no sin un resabio irónico, “tal vez el arte que habría que ir perfec-
cionando para el futuro próximo sea el arte del suicidio” (37). En “Un mundo raro”
y “Desalojo” hay líneas que recorren el presente de México y de ese otro mosaico
fragmentado que llamamos “Latinoamérica”: la cualidad “dinámica” de los derechos
en la periferia que los convierte en privilegios, la forma en que los estados modernos
han potenciado a los poderosos, el vaciamiento de las leyes y del patrimonio territo-
rial de los estados nacionales latinoamericanos, los matices entre la cultura política
puritana y la católica; líneas desde las cuales Alberto Castro Leñero ha trabajado tam-
THEORÍA | no. 41 | diciembre 2021 – mayo 2022 244
bién insistentemente en varias de sus series pictóricas. Con una economía de medios
admirable, Bolívar Echeverría explica por qué, en nuestro país, “la corrupción no so-
mos todos”; cómo se configuró desde sus orígenes en el estado español imperial (una
genealogía de la corrupción que tiene paralelos muy significativos con la que elaboró
Octavio Paz), y muestra cómo opera nuestra adicción a esa droga llamada “PRIxina”.
Otro de los registros que alcanzan estos fragmentos es el del cine. En las tres últimas
estancias del libro, “Como en un espejo”, “Cavilaciones de Clío” y “De Corpus”, se anu-
dan visiones y reflexiones: desde El ciudadano Kane, por ejemplo, Bolívar Echeverría
hace una alegoría marxista del capital, el valor que se autovaloriza, y del valor de uso
de las cosas concretas. Desde Things to Come, una película de anticipación del futuro de
William Cameron Menzies, se capta una de las derivas más pronunciadas del cine esta-
dounidense: el anuncio de la catástrofe inminente esconde una catástrofe furtiva, más
acuciosa y terrible, una catástrofe que está ya en marcha. Otras películas a las que se
pasa revista son Shoah de Lanzmann, La pianista de Haneke y Casablanca, en donde
se muestra la profunda asimetría entre el ethos realista del héroe americano y el ethos
romántico del revolucionario. En un sentido fuerte, Ziranda es una exploración de los
cuatro ethos (realista, romántico, clásico y barroco) desde los cuales Bolívar Echeverría
trazó su teoría de la modernidad occidental. Una exploración que fragmenta y fracta-
liza esos modos de vida, esas condensaciones éticas, con la convicción, un tanto amar-
ga, de que la modernidad se ha disuelto en la nostalgia de su aplazamiento ilimitado.