El Mejor Infarto de Mi Vida
El Mejor Infarto de Mi Vida
INFARTO
DE MI VIDA
EL MEJOR
INFARTO
DE MI VIDA
HERNÁN
CASCIARI
orsai
«El mejor infarto de mi vida»
2017, Hernán Casciari
hernancasciari.com
[email protected]
Ilustración de portada: Sequeiros
Corrección: J. Ignacio Merlo
ISBN: 978-84-15525-13-4
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de internet sin cometer ningún delito. Si su lectura te hace sonreír o
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dirección que indiques, dedicado con fingido cariño.
A Julieta,
que los fue a buscar.
A Javier y Alejandra,
que vinieron.
Índice
Prólogo ..................................................................9
Endoscopía de una dedicatoria ..............................................11
Inmadurez............................................................19
¿Me agregás como amiga? ......................................................21
El interruptor de Marcelino...................................................27
Escenas de amor ....................................................................33
No lleves a tu hija a un concierto pop....................................39
Una canción de cuna ............................................................. 43
El abuelo nazi........................................................................49
Diez consejos para el niño poeta............................................54
Depresión ............................................................59
Diez razones para hacer silencio ............................................61
Antes los autos eran gente ..................................................... 67
Electrodomésticos ................................................................. 71
La foto de Wasmosy ............................................................83
La venganza del metegol........................................................87
Las dos promesas ...................................................................93
Mic .......................................................................................99
Preinfarto ...........................................................107
Nunca me importó el fútbol ................................................109
Pajaritos en jaula gigante .....................................................115
Una madre extrovertida ....................................................... 121
Petit alzheimer ....................................................................127
Prohibido cantar Messi subnormal ......................................133
Teníamos un juguete ........................................................... 137
La rana hervida en la olla .....................................................143
Infarto ...............................................................149
Triste, sin sal y libre de humo ..............................................151
Huéspedes y anfitriones....................................................... 157
El viejo que caminaba porque sí ..........................................163
Mientras todo el mundo dice uh .........................................169
Puedes estar matando un mundo .........................................175
El amor es una goma elástica ............................................... 180
Un error de cálculo..............................................................185
Post infarto ........................................................191
El poeta y la chica prodigio .................................................193
Perdón por el spoiler ........................................................... 199
Lo único que importa..........................................................205
De noche coleccionamos cosas ............................................211
Me no comprendo soccer ....................................................217
Lo que salvamos del incendio ..............................................223
A los jóvenes de ayer ............................................................229
Epílogo ..............................................................235
Impulso para una empresa uruguaya ................................... 237
Fe de erratas .......................................................243
Me hago cargo.....................................................................245
Nota del autor: Escribí los relatos que componen este libro antes,
durante y después de un infarto agudo de miocardio. Por esta
razón los textos son irregulares y no guardan más relación entre
ellos que haber sido escritos al borde de la muerte (H.C.)
Prólogo
Endoscopía de una dedicatoria
11
También aprovechamos para contarles algo que
solamente sabía nuestra familia: «Vamos a ser pa-
dres», les dije, ni bien el mate estuvo listo.
Javier y Alejandra primero me miraron a mí,
boquiabiertos y con los ojos desconfiados, como si
les estuviera mintiendo; después enfocaron la panza
de Julieta sin saber cómo reaccionar. Supongo que
ellos pensaron algo que es de algún modo cierto: un
año atrás no solamente me salvaron de la muerte
sino que también, de carambola, ayudaron a que
apareciera en el mundo una vida nueva.
Se pusieron bastante eufóricos los dos. Nos abra-
zaron, nos empezaron a preguntar detalles y en cada
gesto no parecían actuar con la alegría de los amigos
nuevos, sino con la felicidad corporativa de una fa-
milia que crece.
Después conversamos de otras cosas, pero ya con
una felicidad serena instalada en la mesa. Me pre-
guntaron cómo estaba de salud y les conté que muy
bien, que comía sano y ya no fumaba. Me felicita-
ron por ese esfuerzo y entonces les dije que, en con-
trapartida, hacía un año entero que no escribía
nada, porque dejar de fumar me había alterado las
rutinas, y que estaba preparando un libro que se iba
a llamar «El mejor infarto de mi vida». Primero fes-
tejaron el título y después me preguntaron cómo iba
publicar un libro si ya no podía escribir, y les dije
que pensaba recopilar los cuentos que había escrito
antes del episodio cardíaco y los pocos que pude es-
cribir, ya sin ganas, después.
12
Se alegraron porque, según ellos, iban a aparecer
en ese futuro libro —que es este libro— y yo creo
que por eso se animaron a contar algo que nunca
nos habían dicho. El ambiente familiar también
tuvo algo que ver, creo. Es diferente lo que pueden
contarse dos parejas casi desconocidas en un living
de techos altos, tomando café o alguna otra infusión
careta, a lo que son capaces de confesar mientras se
calienta el agua para el mate; hay una intimidad cá-
lida bajo la luz de la cocina.
Javier y Alejandra nos abrieron su corazón esa
noche y nos confiaron una historia triste que ahora
voy a intentar reproducir. Pido disculpas porque en
mi recuerdo hay lagunas.
Empezó a hablar Javier. Nos dijo que cuando
conoció a Alejandra los dos estaban casados con
otras personas y que debieron romper sus matrimo-
nios para estar juntos. Aquí él nos explicó unas
anécdotas sobre cómo logró enamorar a Alejandra
—ella es bastante más alta que él y eso hizo que la
conquista fuese compleja—, pero no recuerdo los
detalles. Sí puedo jurar que con Julieta nos reímos
mucho. Después Javier nos explicó que, con el
tiempo, consiguieron sus respectivos divorcios. En-
tonces empezó una época feliz en la que a Javier le
empezó a ir cada vez mejor en el trabajo. No me
acuerdo bien de qué trabajaba (tampoco sé si lo
dijo) pero iba y venía por todo el mundo; digamos
que era un alto directivo de una empresa a la que
llamaré Multinacional A.
13
Como pasa siempre cuando te va muy bien en
esos asuntos, un día lo contactaron de la competen-
cia (la Multinacional B) y lo tentaron para que se
pasara a sus filas. Le ofrecían el doble de plata y be-
neficios enormes. Seguramente Javier nos explicó
todo esto con más claridad, pero a mí me cuesta re-
tener la jerga de los trabajos bien pagos. Lo que en-
tendí es que se trataba de una decisión compleja,
porque hacía muchos años que Javier trabajaba en la
Multinacional A.
«Yo le dije que lo iba a apoyar en cualquier deci-
sión que tomara», dijo Alejandra.
A Javier le llevó muchas noches decidirse a ac-
tuar, pero finalmente un día se levantó de la cama
temprano, se vistió, fue a su oficina y antes de las
diez de la mañana renunció a su trabajo de toda la
vida. Sus jefes trataron de persuadirlo y le dijeron
que estaba loco, sus compañeros le recordaron que si
renunciaba perdería la indemnización y todos trata-
ron de hacerlo cambiar de idea, pero a Javier no le
importó. Firmó su renuncia en la Multinacional A y
volvió a casa antes del mediodía.
«Esto fue un viernes», detalló Alejandra.
El lunes por la tarde Javier tenía que firmar el
contrato con la Multinacional B para incorporarse al
trabajo, donde lo esperaba un mejor sueldo, partici-
pación en las ganancias, beneficios corporativos y
otro montón de palabras que estoy inventando. Pero
el domingo a las seis de la tarde sonó el teléfono. Y
entonces Javier se enteró de su enfermedad.
14
Acá abro un paréntesis. Nosotros sabíamos que
Javier tenía un problema renal crónico desde la pri-
mera vez que lo vimos, un año antes. Sabíamos que
debía filtrar su sangre tres veces por semana (la pala-
bra técnica es diálisis) hasta que alguna vez llegara la
utopía de un trasplante de riñón. Y también sabía-
mos que era muy complicado para él hacer una vida
normal. Quiero decir: conocíamos esa parte de la
historia, pero no sabíamos cuándo había empezado,
ni cómo.
Javier nos contó esa noche que, desde el mo-
mento en que su médico llamó ese domingo para
comunicarle la enfermedad, su vida cambió. «Pero
no fue paulatino», dijo. Ya el lunes el contrato con la
Multinacional B quedó sin efecto: no les interesaba
un directivo enfermo. De un día para el otro Javier
perdió el trabajo nuevo con un sueldo soñado y
tampoco pudo volver al empleo de siempre, porque
había decidido renunciar.
«De las tres cosas que hay en la vida: salud, dine-
ro y amor», dijo Javier, «a mí solamente me quedaba
Alejandra».
Ella le dio la mano y dijo: «Ahora hace chistes,
pero se quería matar».
Javier bajó la vista y se hizo un silencio incómo-
do. Nosotros entendimos que las palabras de Ale-
jandra no habían sido una metáfora.
Desde ese domingo, el futuro que habían soña-
do juntos se empezó a desmoronar. No solo el esta-
tus o el nivel de vida, sino también el contexto: los
15
amigos desaparecieron como por arte de magia, em-
pezaron a usar los ahorros para los estudios médicos
y la casona se convirtió de repente en un incordio.
Javier ya casi no tenía fuerzas, porque las sesio-
nes de diálisis le consumían la energía. Estaba acos-
tumbrado a un ritmo de vida espontáneo, lleno de
reuniones y de hoteles, y ahora se pasaba las tardes
encerrado en Montevideo. Aunque no perdía el afán
de trabajo: empezó a diseñar una aplicación móvil
para unir a los centros de hemodiálisis de todo el
mundo y sus pacientes. Bautizó al proyecto Connec-
tus, pero no encontraba financiamiento.
Alejandra también hacía malabares para no bajar
la cabeza. Se puso a trabajar en doble turno y, sin
consultarlo con nadie, empezó a vender cuadros y
algunos muebles de la casa. Pero a pesar de los es-
fuerzos no lograban remontar.
Se ajustaron el cinturón todo lo que fue posible.
Se quedaron con un solo coche: el Chery QQ. To-
dos los agentes inmobiliarios les recomendaban
vender la casona y alquilar algo más chico. Pero ellos
no se resignaban a perder, durante ese infierno tem-
poral, el paraíso donde habían vivido.
Una tarde, como último recurso, pusieron en
alquiler la casita de huéspedes en Airbnb, una web
que se dedica a la oferta de alojamiento entre parti-
culares. Lo pensaron mucho antes de hacerlo, por-
que es arriesgado meter a desconocidos en tu propia
casa, pero habían oído que, si aparecían turistas eu-
ropeos, se lograba hacer una diferencia en euros.
16
Entonces cruzaron los dedos y se registraron
como anfitriones en Airbnb. Sacaron fotos del frente
de la casa de huéspedes, del living, de la habitación
con cama doble del primer piso y de los muebles de
diseño. Subieron las fotos a Internet con bastante
desconfianza. Después pusieron un precio alto, en
moneda extranjera, por cada noche de alquiler y se
sentaron a esperar.
La primera semana ningún turista los contactó y
pensaron que tenían mala suerte. Pero en realidad la
mala suerte apareció más tarde, cuando de a poco sí
empezaron a aparecer los huéspedes.
Primero cayó un brasileño que se quedó una se-
mana y les taponó el baño al segundo día. Un mes
más tarde vino una pareja de Canadá con un nenito
hiperquinético que les destruyó, con marcador rojo,
una mesa vintage. Después llegaron unos ingleses
que, al irse, publicaron una queja en Airbnb por los
perros del jardín y eso les bajó puntaje en la plata-
forma. Cerca del verano aparecieron unos hippies
holandeses que estaban recorriendo el mundo y se
robaron los servilleteros. El quinto huésped fue un
escritor argentino que apareció una tarde de diciem-
bre con su novia nueva y al segundo día se infartó
en el living. Sí. El quinto fui yo.
Julieta y yo solamente conocíamos una parte de
la historia: la nuestra. Pero la de ellos, el reverso de
la trama, era mucho más interesante. Ellos venían en
caída libre desde hacía dos años: primero la ansiedad
del cambio laboral, después la enfermedad inespera-
17
da y el desempleo, las sesiones de diálisis tres veces
por semana, los ahorros cada vez más escasos, la idea
arriesgada de hospedar a desconocidos y, cuando ya
nada les podía salir peor, un gordo se les infarta den-
tro de la casa.
¡Pobre gente!
Javier y Alejandra venían meados por los perros
y yo fui, sin querer, la última gota. La salpicadura de
pis que colmó el vaso.
A ellos les dedico este libro, entonces. Porque la
tarde que Julieta los fue a buscar, ellos estaban tristes
y desanimados. Porque pudieron haber desoído el
pedido de ayuda y no lo hicieron.
Es fácil salvar a otro cuando estás a salvo. Pero
ellos no estaban a salvo. Ellos aparecieron, veloces y
generosos, en el peor momento de sus vidas.
Hernán Casciari
6 de diciembre de 2017
18
Inmadurez
Nota
Los siete relatos que componen el apartado
«Inmadurez» fueron escritos dos años antes de mi
infarto, cuando ya empezaba a sentir un desgano
creciente por mi literatura. Antes de deprimirme del
todo, intenté escribir cuentos infantiles (o quizás
juveniles) para que los leyera mi hija Nina.
¿Me agregás como amiga?
21
Respondió el mensaje con rabia:
«Seas quien seas, no tiene ninguna gracia. Sacá
ya mismo esas fotos mías de Internet. ¡Imbécil!».
La otra Candela respondió enseguida:
«No te enojes… Solamente quiero ser tu amiga y
que me cuentes cuándo empezaste a ser linda, nada
más que eso. ¿Ese chico que aparece con vos es tu
novio? Está buenísimo».
Candela Prieto, la arquitecta, sonrió.
«¿Sos vos, Esteban? Cortála, por favor. ¿Dónde
conseguiste esas fotos de cuando era chica?», escribió
la arquitecta.
La nena tardó en responder.
«No. Soy Cande, ya te dije. ¿Quién es Esteban?
¿Tu novio?».
La arquitecta estalló:
«¡Lo que estás haciendo es un delito contra la
privacidad! Si no me decís quién sos, llamo a la poli-
cía ahora mismo».
La nena dijo:
«¿Otra vez? Me llamo Candela, tengo diez años,
mis papás se llaman Laura y Eduardo y vivo en la
quinta, pasando las vías.»
La arquitecta escribió con bronca:
«¡Todo eso lo podés averiguar en cualquier parte,
idiota!».
La nena respondió: «Tengo un perro que se lla-
ma Caniche. Ayer papá me llevó al garage, a solas, y
me dijo que Caniche se va a tener que morir esta
semana, de viejo. ¿Te suena eso?».
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La arquitecta Candela Prieto se quedó muda en
su oficina, con los ojos en el monitor.
La nena siguió:
«Caniche es mi único amigo, porque en la escue-
la nadie me habla. Y si alguien me habla es para bur-
larse de mí. En cambio Caniche, cuando llego a la
tarde, me salta encima y mueve la cola. Lo conozco
desde que nací, pero ahora ya no tiene fuerza ni me
puede mirar porque se quedó ciego. Estuve llorando
toda la tarde, pero ahora veo que tenés 671 amigos
en Facebook, y que sos linda, y estoy mejor...», es-
cribió la nena en el chat.
El mensaje quedó titilando un rato largo en el
monitor. La arquitecta Candela Prieto no respondió
rápido porque lloraba y lloraba y no podía parar.
Hacía años que no lloraba por nada.
«Gracias por el piropo», dijo cuando se secó las
lágrimas, «pero en realidad no soy tan linda, sola-
mente subo fotos donde estoy maquillada. Y de to-
dos esos amigos nada más que tres son de verdad. Al
resto casi ni los conozco. Pero decime, ¿quién sos?».
«No te voy a decir más quién soy, ya te lo dije
tres veces y me tenés podrida con eso. ¿Te puedo ha-
cer una pregunta?», escribió la nena.
La arquitecta le respondió que sí, que podía ha-
cer una pregunta.
«¿Cuándo empezaste a adelgazar, cuándo dejaste
de usar anteojos, cuándo se te corrigieron los dien-
tes?», escribió muy rápido, con un montón de faltas
de ortografía.
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«Más o menos a los doce dejé de comer porque-
rías, porque me empezaron a gustar los chicos y
ninguno quería bailar conmigo. A los trece pegué un
buen estirón. Dejé de usar anteojos a los catorce,
cuando me pusieron lentes de contacto, y los dientes
no fueron mérito mío, sino del odontólogo.»
La nena dijo:
«¿Y cuándo me van a salir las tetas?».
La arquitecta se rió muy fuerte y escribió:
«En dos o tres años, no te preocupes por eso».
La nena le devolvió un emoticón feliz, y la ar-
quitecta se rió fuerte.
«Hay algo que no puedo entender», dijo la pe-
queña Candela. «Estuve viendo un montón de fotos
tuyas en tu casa... Ya sé que vivís sola, que comés
cosas raras y le sacás fotos al plato, que vas a fiestas,
que sos arquitecta y que viajás por muchos lugares...
Pero nunca vi una foto tuya con tu perro de ahora.
¿Por qué no tenés fotos con tu perro? ¿Es feo?».
Candela, la arquitecta, respondió:
«Es que no tengo perro».
La nena dijo:
«¡No! ¡Eso es imposible! Yo sé que siempre voy a
tener perro. Lo sé desde que nací… No puedo vivir
sin perro».
La arquitecta Prieto se quedó perpleja. Era ver-
dad: de chica ella le juraba a todo el mundo que
siempre tendría un perro. ¿Por qué se había olvidado
de algo tan importante?
El chat la sacó de esos pensamientos:
24
«Me tengo que ir, papá me llama a cenar», dijo
la nena. La arquitecta solo atinó a escribir: «Chau».
Y se quedó sola en la oficina, sin saber muy bien lo
que había pasado.
A las seis en punto de la tarde salió del trabajo y,
en lugar de ir directo a su casa como siempre, pasó
por la veterinaria del barrio y se quedó en la vidriera
mirando cachorritos. Había cuatro: un cocker, uno
blanco precioso del que no conocía la raza, un sal-
chicha con cara muy divertida y el más chiquito de
todos, que la miraba por la ventana. Entró y se que-
dó con el último, que ni siquiera era el más caro.
Volvió a su casa con el perrito en los brazos, le dio
leche y le puso de nombre Caniche II.
Después se sentó en la compu, abrió su perfil de
Facebook y aceptó la invitación de amistad de Can-
dela. Y también la buscó por el chat: «Cande,
¿estás?». Del otro lado nadie le respondió. «¿Estás,
Candela? Ya llegué a casa, y quiero contarte algo».
Del otro lado, silencio.
La arquitecta Prieto fue a la galería de imágenes
de la nena y se quedó mirando la segunda foto, en la
que ella tenía diez años y el pelo desprolijo y los
dientes torcidos. La miró un rato largo: era la foto
que más había odiado en toda su vida. Entonces
buscó el botón azul y lo apretó lo más fuerte que
pudo: «Me gusta». Se quedó un rato embobada, son-
riendo. Después cerró la compu y se fue a jugar con
su perro.
25
El interruptor de Marcelino
27
polvillo de las tizas flotaba sin moverse y sus amigos
parecían estatuas.
Tocó con la mano a Leandro, su compañero de
adelante, y le pareció que su espalda era de mármol.
Lo quiso empujar un poco y fue imposible: todos
parecían clavados al suelo. Marcelino se asustó.
—Señorita Inés, ¿qué está pasando? —preguntó,
y su propia voz rebotó por las paredes del colegio.
Miró para todas partes sin saber qué hacer y de
golpe se le empezaron a llenar los ojos de lágrimas.
Era una mezcla de miedo y culpa, porque pensaba
que había roto algo y que todos estaban muertos.
Con la mano temblorosa de sus nueve años se
levantó la camisa, metió otra vez el dedo en su om-
bligo, buscó el interruptor y lo apretó. ¡Clac! Fue
instantáneo: la maestra volvió a hablar y a moverse,
los ruidos de la calle entraron por la ventana, las ho-
jas de los árboles se pusieron a bailar y los chicos si-
guieron escribiendo en sus cuadernos como si no
hubiera pasado nada.
Marcelino respiró aliviado: por lo visto nadie se
había dado cuenta del desastre. Sin embargo el cora-
zón le latía muy fuerte y le dolía bastante la panza.
«¿Qué tengo en el ombligo?», se preguntó asustado.
«¿Qué me está pasando?».
A la salida de la escuela sus amigos lo invitaron a
jugar a la pelota, como todos los viernes, pero Mar-
celino no se sentía bien.
—No, hoy mejor no juego, estoy un poco des-
compuesto —les dijo.
28
—Entonces jugá de arquero —le propuso Lean-
dro—, así no tenés que correr.
Marcelino era espantoso en el arco, pero aceptó
porque no tenía ganas de volver temprano a su casa.
Se quedó quieto debajo de los tres palos, toqueteán-
dose el ombligo y sin prestarle atención a ninguna
jugada.
En el primer avance un rival astuto pateó desde
lejos, porque vio a Marcelino en la luna, y la pelota
voló por el aire. Se iba a meter en el ángulo y Mar-
celino no iba a llegar ni de casualidad, porque estaba
otra vez investigando su ombligo. Quería probar de
nuevo, a ver si pasaba lo mismo, así que pulsó otra
vez el interruptor... y ¡clic! Todo se detuvo.
La diferencia fue que ahora, al aire libre, Marce-
lino no tuvo miedo: sabía que la pausa se podía des-
hacer. Entonces empezó a caminar tranquilo alrede-
dor de los jugadores congelados. El delantero con-
trario tenía la pierna derecha levantada del patadón
que había dado, los otros miraban la trayectoria de
la pelota, había un avión clavado en una nube, una
nena se había quedado en la mitad de un tobogán
de la placita, y él era el único que podía moverse al-
rededor de las cosas quietas.
El silencio era de verdad impresionante, como si
el mundo estuviera adentro de un frasco y todos los
gorriones se hubieran quedado mudos.
Le volvía a doler un poco la panza, pero miró el
cielo y respiró feliz, porque ya no sentía miedo. Vio
que la pelota estaba en el aire, casi a punto de caer
29
bombeada al ángulo. Iba a ser un golazo, por culpa
de su distracción.
—¡Nada de golazo! —gritó de repente—. Ahora
me puedo poner donde quiera.
Y caminó tranquilamente hasta el arco.
Esa fue la primera vez que Marcelino haría
trampas con el interruptor de su ombligo. La prime-
ra de muchas trampas. Se acercó a la pelota con el
puño izquierdo en alto para poder despejarla, y con
la mano derecha apretó otra vez el interruptor.
Un solo ¡clac! y todo volvió a moverse: los juga-
dores, la nena del tobogán, el avión del cielo y tam-
bién la pelota, claro, que pegó contra su puño iz-
quierdo y salió al córner.
Leandro y los demás jugadores no lo podían
creer:
—¡Voló de palo a palo! —dijo uno.
—¡Qué atajada, Marcelino! —gritó otro.
—¡Llegaste tan rápido que ni te vi! —le dijo
Leandro.
Esa tarde el equipo de Marcelino ganó 9 a 0. Él
atajó seis penales en el primer tiempo y metió nueve
goles en el segundo, todos de cabeza. O todos de
ombligo, según de qué lado se mire.
Con el tiempo Marcelino dominó su nuevo ta-
lento y le encontró muchísimas ventajas. Cuando su
mamá lo llamaba muy temprano para levantarse,
por ejemplo, él se apretaba el ombligo y seguía
durmiendo horas y horas. Después quitaba la pausa
y salía de la cama despejado y con hambre.
30
—¡Me emociona que te despiertes tan rápido sin
quejarte! —le empezó a decir su madre, encantada
del cambio de actitud.
Jamás estudiaba para los exámenes de la escuela.
Solamente ponía pausa en su ombligo antes de em-
pezar, miraba las respuestas en la hoja de la maestra,
y se sacaba todos diez, uno atrás del otro.
—Marcelino —le dijo un día el director—, des-
de mañana serás el abanderado. ¡Nunca habíamos
tenido un alumno tan perfecto!
En pocos meses fue el mejor en cualquier depor-
te, el más admirado por las chicas del colegio, un
alumno intachable y un hijo ideal. En realidad, se
había convertido en un vago y en un tramposo ex-
perto. Por eso cuando se hizo mayor llegó a ser pri-
mero diputado, después senador y más tarde presi-
dente de la República. Un día, ya viejo y eternizado
en el poder, se tocó el ombligo y dejó a su país en
pausa durante varios años. Cuando los habitantes
despertaron, Marcelino había desaparecido para
siempre.
31
Escenas de amor
33
Gastón Cupi, mi compañero, le sacaba la silla a
la mamá para que se cayera de culo al suelo, el papá
se ponía sangre con ketchup en la cara y se tiraba
por las escaleras para hacerse el muerto, la mamá
abría la boca y mostraba la comida masticada en la
mesa para que los otros tuvieran arcadas, y termina-
ban siempre los tres muriéndose de la risa. Ellos
mismos les decían ‘escenas’ a esas actividades que
hacían. Y empezaban con cualquier idiotez.
Por ejemplo, una vez descubrieron que Gastón
no soportaba ver cosas de amor en la televisión, ni
oír cosas de amor: se tapaba los ojos, giraba la cara o
se iba del comedor haciendo «puaj» con muchas jo-
tas. Estaba justo en la edad donde el amor da un
poco de asco.
Cuando descubrieron esto, los padres de Gastón
Cupi empezaron a hacer escenas de amor a propósi-
to. Se decían cosas cursis en la mesa, como por
ejemplo «te amo tanto, mi pedacito de canelón con
salsa» y Gastón cerraba los puños, y apretaba los
dientes, y revoleaba los ojos para todos lados. Un
poco porque le daba repugnancia en serio, pero so-
bre todo para hacer reír a su mamá y a su papá.
Cuanto más romántica era la escena, más escán-
dalo hacía Gastón.
El juego era solamente eso: ver quién inventaba
la escena de amor más ridícula, y ver cómo Gastón
se hacía el incómodo al verla. Tenían muchas otras
escenas, pero «las de amor» eran las más divertidas
cuando Gastón tenía doce o trece años.
34
Con el tiempo Gastón se aburrió, o se quiso ha-
cer el superado, y empezó a mirar las escenas de
amor sin poner ninguna cara. Entonces los padres
redoblaron la apuesta: se daban besos en la boca con
lengua, o el papá le decía a la mamá «ay, qué lindas
tetitas que tenés», o ella se hacía la sexy, y Gastón
volvía a hacer caras y a decir «puaj» con muchas jo-
tas. Siempre fueron los tres muy graciosos.
Una vez estaban en una pizzería que queda en el
centro del pueblo donde vivíamos todos. La mejor
pizzería: siempre muy llena de gente en las mesas de
la calle. Los padres de Gastón empezaron un escena
de besuqueos, pero mi amigo se quedó con cara de
piedra, sin mostrar asco ni nada.
El papá ya tenía una idea para cuando pasara
eso. Se acercó a su hijo.
«Dame un beso en la boca, Gastón, te amo con
mucha locura», le dijo, y la mamá escupió la cocaco-
la por la nariz de la risa que le dio.
Gastón también quería reírse, pero se aguantó.
Fue tan bueno el chiste del padre que, como pre-
mio, Gastón puso una tremenda cara de asco, como
de chupar limón. Cuando la mamá fue al baño a
limpiarse la mancha de cocacola, no vio que en la
mesa de atrás comían pizza dos policías. Gastón y su
papá tampoco los vieron, porque seguían metidos
en sus personajes: «Dame un beso en la boca, quiero
tu lengua en mi esófago», decía el padre, y le agarra-
ba la cara al hijo con las dos manos, acercándole la
trompa. Para peor, el papá de Gastón era barbudo.
35
Y Gastón, concentrado en su papel, gritaba:
«¡Me da asco, señor, qué pretende usted de mí!».
El chiste hubiera sido genial, pero los dos poli-
cías no conocían las escenas de amor de la familia
Cupi, y como pensaron que Gastón estaba en peli-
gro de verdad, uno de los policías desenfundó su
arma y el otro se tiró encima del papá Gastón para
meterlo preso. Fue un desastre.
Cuando la mamá volvió del baño vio a su mari-
do con las manos contra la pared, un montón de
gente alrededor haciendo que no con la cabeza, y a
Gastón gritando: «¡No le hagan nada! ¡No es un ex-
traño, es mi papá!».
Esa explicación hizo enojar todavía más a los po-
licías. ¡Cómo un padre va a querer besar en la boca a
su propio hijo! Y esposaron al papá de Gastón. La
gente empezó a mover la cabeza más fuerte y decían
todos «qué barbaridad» como si fueran palomas.
La mamá llegó jadeando del baño:
«¡Estamos los tres de acuerdo!», dijo, «¡es una
cosa que hacemos siempre!».
Al oír eso, uno de los policías dio un paso al
frente y esposó también a la mamá. Gastón miraba
todo llorando:
«¡Mis papás se besan solamente entre ellos, a mí
no me besan nunca!», gritó el chico.
Y todas las palomas dijeron «ohhhh» con grandí-
sima compasión, y miraron con mucha más rabia a
los padres.
Gastón no sabía cómo explicarlo mejor:
36
«¡A veces papá le toca las tetitas a mamá adelante
mío, pero es para que me dé asco, es un juego que
tenemos!», sollozó.
Y eso fue la gota que colmó el vaso. De pronto
se levantó una señora que estaba en la pizzería y
dijo, mientras mostraba una credencial:
«Soy asistente social, hay que llevar a este niño a
un orfanato… ¡urgente!».
La señora se acercó a Gastón, lo envolvió entre
sus brazos para que no tuviera frío, y mientras los
policías metían a los papás en un patrullero, la seño-
ra le dijo a Gastón:
«Vos no te preocupes por nada, mi vida», y le
dio un beso en el cachete, lleno de ternura y de ma-
quillaje y de restos de pizza cuatro quesos.
Y ese beso a Gastón sí le dio muchísimo, pero
muchísimo, pero muchísimo asco.
37
No lleves a tu hija a un concierto pop
39
¡Quince mil nenas chillando como chanchas
preñadas! Gritan sin sentido, sin argumento, sin
piedad. Y cuando pienso que nada puede ser peor
que ese sonido agudo y horrible, salen al escenario
doce adolescentes excitados y se ponen a cantar una
canción espantosa. Veo, a la izquierda, a un papá
que se desmaya sin hacer ruido. Nadie se da cuenta.
Una docena de nenas le bailan encima y le pisan la
cara y los pulmones.
Más atrás, otro papá se está bajando una botella
de Criadores que trajo escondida; le tiembla el labio
de arriba. Mi dolor de tímpanos es cada vez más in-
tenso. Las canciones y las coreografías no se detie-
nen, son como un tren de carga: una porquería atrás
de la otra, todas llenas de un ritmo empalagoso y
poco serio.
Para peor, cuando en el escenario aparece deter-
minado muchachito, que se llama León y por lo vis-
to es muy lindo de cara, las quince mil nenas gritan
el triple de fuerte. ¡Qué ganas de meter a ese León
en una jaula y tranquilizarlo a latigazos!
Intento taparme los oídos con las manos y siento
los dedos húmedos. Entonces me miro las yemas y
tengo sangre.
—¡Me están sangrando las orejas! —grito—.
¡Por favor, paren de cantar, hijos de puta!
Pero nadie me escucha, ni arriba del escenario ni
abajo. A mi izquierda, el papá de unas mellizas está
tratando de suicidarse con el filo de una lata de Fan-
ta, pero no lo consigue. Y más allá otro padre inten-
40
ta escaparse solo del estadio. En el escenario empieza
a sonar un rocanrról espantoso. Parece que es una
canción muy esperada, porque las quince mil criatu-
ras saltan de las butacas numeradas y se apretujan
contra la baranda. Y bailan, y gritan y se funden en
una especie de budín de nenas recalentadas.
De repente ningún padre encuentra a su hija, y
entonces se suman al dolor de oído los propios gri-
tos paternos:
—¡Jenifer!
—¡Aldana!
—¡Señorita Marianela!
(Este último grito es de una niñera.) Qué suerte
que tienen los padres ricos, que mandan a sus hijas
al concierto con la empleada.
Yo tampoco encuentro a Nina, pero no puedo
gritar porque me empezaron a sangrar las encías. Si
grito salpico a todo el mundo. Por suerte el concier-
to empieza a terminar. Me doy cuenta porque el vo-
lumen está cada vez más fuerte y porque me acaba
de explotar el ojo derecho. Hizo ¡plop! y se oscureció
medio recital.
Las quince mil nenas se mueven por todas partes
con la misma soltura que las ratas en las calles de la
Francia antigua. Y de lejos veo a Nina, a mi hija.
Está arriba de un parlante de seis metros, bailando
con un desenfreno que nunca en la puta vida le
puso a la limpieza de su habitación.
Me guardo mi ojo derecho en el bolsillo, subo a
mi hija a mis espaldas y empiezo a correr. No oigo
41
nada, solamente siento un zumbido en el cerebro,
igual que los soldados cuando les cae una granada
cerca. Sigo las flechas del suelo entre el humo y la
barbarie y de repente salimos a la calle. ¡Ah, aire...!
Hay ambulancias y paramédicos en la vereda, mu-
chos padres heridos, otros deambulando sin rumbo;
muchísimas nenas peladas de tanto arrancarse las
mechas.
Yo empiezo a llorar de miedo, y entonces mi hija
me abraza fuerte y me dice:
—Fue el día más feliz de mi vida, papá —eso
me dice.
Y entonces me doy cuenta de que ir a un con-
cierto pop infantil no es como ir a la guerra. Es peor
que ir a la guerra. Pero ojalá todas las guerras termi-
nen así, con una hija feliz apretándote fuerte en el
medio del caos.
42
Una canción de cuna
44
Le contaba a mi mujer que, cuando somos cria-
turas, a los chicos argentinos nos meten en un sis-
tema escolar en el que nos enseñan a decir «yo, tú,
él, nosotros, vosotros, ellos» durante doce años, y
que después salimos a la calle y no decimos ni tú ni
vosotros nunca más. Le decía que no se preocupara
tanto, que se relajara. «¡Pero qué dices! ¡Lo vuestro
es una jerga, no puedes comparar!», me contestaba
ella. En esas discusiones descubrí que no hay ofensa
mejor para enojar a un nativo que llamar dialecto a
su idioma, folclore a su hábito y dulce de leche tonto a
su crema catalana. Y a mí me encanta meter cizaña y
levantar el dedito, incluso sin comprender el pro-
blema. (Un argentino que cierra la boca cuando no
entiende es un uruguayo). Y fue entonces que Espa-
ña entera, con Cataluña incluida, me empezó a dar
risa y muchas ganas hacerle burla. Hacer burla, en
Argentina, se dice sacar la lengua. ¿Cómo era posible
que una extensión geográfica del tamaño de Buenos
Aires se tomara en serio la esquizofrenia de tantos
idiomas y culturas? Era como si de repente los naci-
dos en Mar del Plata quisieran hablar en marplaten-
se, como si los nacidos en Chascomús dejaran de
creer en Papá Noel y empezaran a cagar a palos a un
tronco en Navidad, como si los de Bahía Blanca pre-
tendieran participar del próximo Mundial de Fútbol
con bandera propia. No tenía sentido.
En medio de todas las risas que me provocaba el
conflicto catalán, nació mi hija Nina y empecé a ha-
cer lo posible para que no fuera ni catalana ni espa-
45
ñola, sino argentina. Tenía en contra el contexto
(sus dos abuelos, su madre, el sistema educativo, la
programación de TV3) pero me creí fuerte. Puse to-
dos los relojes de mi casa con un retraso de cinco
horas, conecté parabólicas para que viera Canal 13 y
Telefé por la mañana, le inoculé Charly García y
dulce de leche por la tarde, le enseñé que los lunes se
podía faltar a la escuela si el domingo jugaba Racing
de madrugada. Y ella entendió todo. Mi hija sabe
decir «yo, vos, él, nosotros, ustedes, eyos», sabe decir
yuvia, sabe conversar en abstracto y la enloquecen
los alfajores triples y la pascualina. Pero cuando lle-
gan los once de septiembre se manifiesta en la calle y
sabe por qué se manifiesta, y en verano conversa en
voz baja con su madre sobre lo que le pasaba a su
abuela en los tiempos de Franco. Y sobre todo esto:
cuando habla dormida usa su lengua materna.
De repente pasó algo: me deje de reír. Ya no me
burlé. Me empezó a provocar orgullo que mi hija
tenga una patria que defender. Porque yo también
tengo una, sin importar donde viva. Lo repito ahora
y me parece un siglo: en diciembre cumplo quince
años en un país que no es el mío. Y no hay un mo-
mento del día en que no piense, al menos una vez,
qué hora es ahí.
Cuando me fui de casa pensé que esta otra casa
se llamaba España, pero ahora sé que tiene otro
nombre. No lo supe cuando me lo explicaron. No lo
supe cuando me señalaron mapas. Lo supe cuando
empecé a sentir amor por la palabra que la nombra.
46
Ahora me descubro fantaseando con que mi
hija, que nació en la Clínica del Pilar —donde nace
media Barcelona—, tenga un día el nombre comple-
to de esa patria en el documento de identidad,
como yo tengo el nombre completo de la mía. Y
aunque nací por casualidad a trescientos cuarenta
kilómetros de Uruguay (y me encantaría ser urugua-
yo, porque son como nosotros pero sin los errores)
soy irremediablemente argentino: mis defectos son
los míos y quiero vivir con ellos. Fue mi error creer
que la canción «Pare», de Serrat, era un casete traba-
do en el walkman, una cinta del reverso. Y me en-
canta ese error. Nunca hubiera sospechado, esa tarde
de mis doce años, que un día iba a tener una hija de
la misma edad y que ella, al nombrarme frente a sus
amigas, me llamaría el meu pare.
—El meu pare...
Cuando Nina me dice así (todavía no lo sabe,
pero ya lo sabrá) yo me convierto en una canción de
cuna que ella me canta al revés, y que me deja dor-
mir tranquilo.
47
El abuelo nazi
49
mi mamá los metió en el baúl del auto. Estaban en
dos bolsas de arpillera.
Pero entonces llegó mi abuelo Marcos, y sin que
se lo pidiera nadie, sacó los libros del baúl y los des-
parramó arriba de una mesa, como si fueran pome-
los, o cartas gigantes de chinchón. Miró los títulos
de los libros, las ilustraciones de las portadas, y em-
pezó a decidir cuáles eran para mi edad y cuáles no.
Mi abuelo Marcos era un tipo muy gordo y muy
nazi, y todos en la familia le tenían mucho miedo.
Para él, los demás siempre estaban equivocados y él
había llegado al mundo para encontrar los errores.
No se reía casi nunca, y cuando se reía era una risa
que daba miedo.
Para peor yo era su primer nieto y me quería
preservar de todo lo malo. Él estaba seguro de que,
en muchos de esos libros que me habían regalado,
podía haber malas palabras, o escenas de contenido
erótico, o cosas para las que yo, a mis once años, no
estaba preparado.
Así que se sentó a la mesa, con su cara de escuer-
zo dueño de la verdad, y empezó a hacer dos pilones
de libros.
En un pilón iba poniendo los que yo sí podía
leer, y en el otro pilón los que no. Se basaba en los
títulos, en las portadas, en el nombre de los autores,
en su propia intuición autodidacta, en las poquísi-
mas lecturas de su vida.
En el montón de los permitidos puso esos libros
seriales que se publicaban en los sesenta, del tipo
50
«Jules y Gilles en busca del diamante», «Hardy Boys
y el misterio de los seis cachorros de angora». Mier-
das gráficas. Libros mediocres de los llamados 'juve-
niles' que se imprimían como churros calientes y las
madres les compraban a sus hijitos.
Mientras que en la pila de los libros prohibidos
iba poniendo novelas que el hombre suponía dema-
siado complejas para mi edad, o que sospechaba que
podían tener tetas y culos y fornicación.
Puso cada uno de los pilones en las bolsas de ar-
pillera y le dijo a mi mamá que me diera los libros
permitidos, y que escondiera de mi vista la segunda
bolsa.
Mi madre, que le tenía miedo a su papá porque
cuando ella era chica el hombre le pegaba, le hizo
caso. Llegamos a nuestra casa y ella desparramó en
mi pieza la arpillera ética, la bolsa moral, y a la otra
bolsa la llevó al lavadero, detrás del patio. Yo me
hice el desentendido pero miré bien a dónde se iba
Chichita con la bolsa prohibida.
Después pasó el verano, empecé otra vez la es-
cuela y esperé, con paciencia, las primeras tardes en
que me dejaban solo en casa. Naturalmente, un día
fui al lavadero y empecé a buscar la bolsa prohibida.
La encontré rápido, detrás de los detergentes y del
anticongelante.
Ahí mismo, sentado entre ropa sucia y con olor
a jabón de lavar, empecé a leer los libros que me ha-
bían sido vedados: eran novelas de Arthur Conan
Doyle, de Oscar Wilde, de Mark Twain, de Chester-
51
ton. Libros impresos en hojas de biblia; en muchos
casos, obras completas.
Mi abuelo nazi no me había prohibido a Oscar
Wilde por «El príncipe feliz», sino por «El retrato de
Dorian Gray», que era para adultos y estaba en el
mismo tomo. No me prohibía las historias de Tom
Sawyer, quiero decir, sino que me prohibía «Un
yanqui en la corte del rey Arturo», del mismo autor.
Y los leí...
Y los leí...
Y los volví a leer.
Fíjense ustedes qué paradoja más interesante:
tuve un abuelo que me prohibió —justo en el inicio
de mi rebeldía— la buena literatura. No la televi-
sión, no las drogas, ni el alcohol, ni la ludopatía. Me
prohibió los libros que estaban bien, las historias
inmortales.
Tuve esa enorme suerte de principiante. Y se lo
tengo que agradecer a él, a pesar de su cara de es-
cuerzo mal dormido y de todo lo que le pegó a mi
madre cuando la pobre era chica.
Gracias a mi abuelo malo empecé a leer con ga-
nas; porque en la infancia, y en la preadolescencia,
la pasión por las cosas solamente te entra por las
puertas del no.
—¡No toques eso!
—¡No hagas aquello!
Es por eso que ahora, que tengo una hija de
once o doce años, no la vuelvo loca para que lea. Es
un error.
52
Lo que hago es esconder a Borges en estantes
inalcanzables, y meto a Edgar Allan Poe en cajones
con llave. Y a los cronopios de Cortázar les pongo
una cinta que dice «¡No tocar!».
Yo sé que ella, Nina, tarde o temprano se va a
sentar sola en casa, en la ansiedad de su infancia, y
va entrar como si nada en la clandestinidad.
53
Diez consejos para el niño poeta
II
III
IV
55
VI
VII
VIII
56
IX
57
Depresión
Nota
Los siete relatos que componen el apartado
«Depresión» fueron escritos un año antes de mi
infarto, cuando la vida entera ya me pesaba en los
hombros. El primero se llama Diez razones para hacer
silencio y, ahora que lo pienso, no tendría que haber
escrito los siguientes.
Diez razones para hacer silencio
61
Hoy sé lo mismo de España que de Bulgaria o
Persia. No sabría qué decir sobre España. No trabajo
acá, no me relaciono con nativos ni camino sus ca-
lles. Permanezco en la patria de mi hija porque quie-
ro vivir con ella.
62
Es verdad, Racing salió campeón no hace mucho
y Messi sigue persiguiendo la esponja en el camp
Nou, pero me cansaría volver sobre lo mismo, y los
aburriría a ustedes si les hablara por segunda vez so-
bre mi perro Totín.
63
cagaba. Y esa fue la gota. Al día siguiente, con ma-
durez y sin berrinches, me dijo: «No escribas más
sobre mí, ya soy grande».
No me dolió el pedido; me entristeció que ya
hubiéramos llegado a ese punto. Ella acaba de en-
trar a una época de privacidad y vergüenza de la
que saldrá, si hay suerte, a los dieciocho. Tengo
pensado anotar todas nuestras peleas y publicarlas
cuando ella me lo permita.
64
normal, pero entonces era un artefacto costoso. (Es
como si hoy alguien nos pidiera prestado el iPhone
durante unos días.) Le resultó muy incómodo a Ro-
berto negarse. Más tarde, fastidiada, mi mamá re-
sumió la personalidad del amigo en tres palabras:
«Es un insensato».
Siento esa misma insensatez cuando publico un
texto largo. Me da la impresión de que escribir más
de cien palabras es demasiado pedir. Es requerir del
otro una atención desbordada, es reclamarle tiempo
y, sobre todo, concentración. El solo intento de sos-
tener una idea prolongada, en mi cabeza, se convir-
tió en una pedantería.
65
Ya no es necesario ser el observador
66
Antes los autos eran gente
67
Yo también ando triste por la calle, por eso no
me gusta salir. Cuando era chico salía a la vereda
con más ganas, porque cuando pasaba un auto yo lo
podía reconocer. Por mil detalles: por el ruido del
motor, por los alerones, por la forma de las llantas,
por el baúl (que a veces estaba adelante y a veces
atrás), por el ruido de la bocina.
Para mí los autos tenían profesiones, tenían mo-
dales. El Renault 12 blanco, por ejemplo, era un
oficinista cornudo. El Peugeot 404 era un ferretero,
y el 504 era el hijo, que trabajaba en la ferretería del
padre pero solamente los sábados. El DKW y el 4L
eran dos autos de secundaria que se rateaban de la
escuela y se iban a pescar al río.
El Torino era un playboy que venía de la Capi-
tal, un gigoló que siempre estaba de paso por el
pueblo; el Torino no vivía en Mercedes. Venía a visi-
tar a su amante, que era una Citroneta beige que es-
taba muy bien de tracción.
El auto más careta del pueblo era el Dodge fami-
liar. Por la avenida se hacía el serio, pero en calle de
tierra fumaba porro y buscaba travestis.
El Valiant 3 y el Fairlane eran dos médicos, muy
conocidos, que se pelearon para siempre por una
Rural bordó, retapizada en cuero.
El Citroen 2CV amarillo era el loco del pueblo,
pero el blanco no, el Citroen blanco era una especie
de mendigo con olor a hinojo.
Hasta mis diez años mi papá tuvo un Auto-
Unión rojo, un Fiat 1500 verdecito, un Dodge ama-
68
rillo, y un Taunus azul. Mi hija, hasta sus diez años,
solamente tuvo variaciones de autos negros o grises,
todos parecidos, todos aburridos.
Yo podía subirme a un auto con los ojos venda-
dos y reconocer cuál era por el olor de la cuerina,
por la forma del volante, por la disposición de la pa-
lanca de cambio, por el pituto de la ventanilla.
Los Peugeot tenían olor a mandarinas y los Fal-
con a desgracia. Los escarabajos de Volkswagen eran
unas chicas a las que les empezaban a gustar las fies-
tas nocturnas, y las camionetas F100 eran lesbianas
de pelo corto. El Fiat 128 era un inspector de la
DGI con bigote anchoa y el Opel blanco un cura
que manoseaba a los fititos, que eran monaguillos
domingueros.
Antes los autos eran gente, eran razas puras: ha-
bía chinos, rusos, italianos, franceses, nacionales,
indocumentados. Ahora salgo a la calle y todos los
autos son un alemán que no hace gestos. Que te lle-
va rápido de un lugar a otro.
Antes los autos paseaban con nosotros, ahora
nos llevan. Nos llevan de un lugar hermoso al que
nunca vamos a volver, hasta otro lugar, horrible,
donde se acaba el camino.
69
Electrodomésticos
71
Era complicado mantener una relación amorosa
con los horarios al revés: había que conseguir muje-
res dispuestas al sexo antes del mediodía, porque a la
tres de la tarde necesitábamos dormir para levantar-
nos a la noche, bañarnos y volver al clipping.
Teníamos dos temas únicos de conversación
mientras escaneábamos la prensa: con quién nos es-
tábamos acostando, y qué nuevo truco habíamos
encontrado para dormir mejor. Incluso si el tema era
otro (política o libros) en el fondo hablábamos úni-
camente sobre coger sin quedarnos dormidos.
Una madrugada le expuse a Costoya la situación
con la hija de Hans: «Ventajas: es alemana, es teto-
na, parece callada y, sobre todo, la tengo a mano an-
tes del mediodía. Contras: de cara se parece un poco
a Beckenbauer», le dije, y lo miré para que diera su
veredicto.
Pero Costoya no me escuchaba, porque tenía sus
propios problemas. Había salido de una relación
complicada y a su ex, una guionista en ciernes, le
empezaba a ir bien. Costoya había perdido su casa y
sus dos gatos (a las tres cosas se las quedó ella) y vi-
vía de prestado en un departamento amigo. Extra-
ñaba muchísimo a sus gatos; estaba triste y lleno de
bronca. Razones de la tristeza de Costoya: había en-
contrado a su mujer con otro; el otro era su co-
guionista; la serie que escribían juntos arrasaba en el
rating. Razones de su bronca: la foto de su ex apare-
cía en los diarios, Costoya se levantaba a mediano-
che para recortar la prensa; Telefé era cliente.
72
En la empresa de clipping éramos quince trasno-
chados de edades diversas. Fue mi único trabajo de
oficina en el que no hubo idiotas. Con mis catorce
compañeros compartíamos un sarcasmo construido
entre todos. Ellos eran graciosos y se drogaban bien.
Nos aburría mucho lo que hacíamos (escanear y re-
cortar) y nos burlábamos con gracia de nuestras vi-
das. Cuando alguien encontraba una noticia sobre la
ex de Costoya, cacareaba. Esos cacareos, a las cinco
de la madrugada, nos hacían sentir bien.
Mis problemas diurnos eran más simples. ¿Debía
seducir o no a la hija de Hans? Yo no era un gana-
dor; nunca supe conquistar mujeres en bailes ni en
reuniones ruidosas; mi fuerte no era la primera im-
presión. Pero si me ponían cerca a una vecina o a
una panadera del mismo barrio, yo tenía un método
eficaz en cuatro tiempos: Día 1: Hacerla sonreír e
irme. Día 2: Hacerla reír fuerte e irme. Día 3: Ha-
cerla lagrimear con una historia e irme. Día 4: Decir
algo cursi y quedarme. En general, algo bueno pasa-
ba al quinto día.
Empecé a poner en práctica el método con la
hija de Hans, pero cuando iba por el Día 2, por
suerte, me salvó la campana. Fue un miércoles. De
repente desperté de la siesta con un grito raro, pode-
roso, que retumbaba en mi casa. Era la voz de San-
dra, que sonaba muy cerca. Salí al patio y miré arri-
ba. La vi en camisón: las tetas alborotadas, el pelo
sobre la frente. Se quería tirar desde su ventana a mi
patio. Hans la abrazaba para que no cayera.
73
Volví adentro como un cobarde; sentí que no me
debía meter en la intimidad de la familia. Al rato no
escuché más ningún grito y retomé el sueño.
Dos horas después Hans me golpeó la puerta
para pedir disculpas. Odiaba las interrupciones de la
siesta, porque era todo el descanso que me podía
permitir. Dormir, en esos años, era lo único impor-
tante. Lo hice pasar, pero Hans no quiso. Desde el
marco me informó, por primera vez, que su hija era
esquizofrénica. Matizó: «Está en tratamiento cons-
tante, a veces tiene estas recaídas, pero no es habi-
tual». Y agregó: «En casa no hay tijeras ni nada filo-
so, no tenés por qué preocuparte».
A la madrugada siguiente, en el trabajo, Costoya
escuchó mis novedades de inquilino seductor y fue
tajante: «No te la podés coger, el padre te advirtió
que está enferma», me dijo, «pero tenés que ponerla
en circulación en los trueques del viernes». Me pare-
ció arriesgado; le dije que lo iba a pensar. Le decía-
mos «los trueques del viernes» a unas fiestas noctur-
nas en mi casa. Era el único día de la semana en que
podíamos interactuar de noche, y teníamos un sis-
tema para ganar tiempo. Los quince del clipping lle-
vaban a mi casa alcohol y una invitada cada uno.
Esta invitada podía ser una exnovia, una conoci-
da, una prima del campo, a nadie le importaba mu-
cho con tal de que tuviera formas reconocibles de
mujer. No teníamos tiempo de salir a conquistar
chicas, ni conocer lugares nuevos. Teníamos que ser,
a la fuerza, nuestros propios proveedores. Entonces
74
llevábamos nuestras antiguas migas y las esparcía-
mos, para que se convirtieran en el sánguche de
otro. Las invitadas podían ser feas hasta límites ra-
zonables, y no nos importaba la edad. Hubo gente
que llevó a su propia tía. Teníamos un único requisi-
to: el que traía una invitada era porque no se la po-
día coger, o porque ya se la había cogido lo suficien-
te, o porque le resultaba incogible por razones lega-
les o religiosas.
Costoya tenía razón: la hija de Hans cumplía
con uno de los requisitos. Yo no me podía coger a
Sandra; entonces debía ponerla en circulación en el
próximo trueque. Sin embargo no lo hice, y me ali-
via mucho decirlo. No pude hacerlo.
Desde que supe que era esquizofrénica me costó
mirarla y darle conversación cuando nos cruzába-
mos. ¿Con qué excusa, además, iba a invitarla a una
de mis fiestas nocturnas? ¿No era casi lo mismo que
intentar seducirla? Dejé pasar las semanas y Costoya
se olvidó del tema.
Lo que hice (y esto sí me avergüenza) fue hablar
mucho sobre ella en el trabajo. Les contaba a todos
sobre los gritos guturales de Sandra, sobre los platos
rotos que sonaban a veces en el piso de arriba, y so-
bre su llanto lobezno a deshoras que a veces me in-
terrumpía el sueño. Mis amigos la llamaban, con
cariño, la loca de arriba. «¿Ya te cogiste a la loca de
arriba?». «¿Te dejó dormir ayer la loca de arriba?».
No tendría que haberme burlado así de la hija de
Hans.
75
Pasó el tiempo. En casa adquirimos rutinas y me
encariñé con mis caseros. Quien haya vivido un
tiempo en un hogar ajeno lo sabe: de repente nos
convertimos en una mascota silenciosa. Nos empie-
za a preocupar la vida de los amos. Levantamos la
oreja cuando se abre el garage y suena el ruido co-
nocido del motor. Nos sentimos menos solos.
Cuando llevaba más de un año de inquilino,
Hans me avisó que se iría de viaje unos días; era es-
cenógrafo y le había salido un trabajo afuera. Como
al pasar, me comentó que Sandra se quedaría sola
por primera vez; me dijo que estaba medicada y que
no habría problemas.
Era la primera época de los teléfonos móviles y
Hans tenía un ladrillo enorme; yo también me ha-
bía comprado uno. Me dio su número por si pasaba
algo inesperado; confiaba en mí. Me alegré de no
haber hecho circular nunca a su hija en los trueques:
Hans era un buen tipo.
La fiesta de ese viernes fue bulliciosa, igual a to-
das, pero los quince del clipping y sus invitadas re-
cuerdan bien esa noche. Yo estaba en el patio, muy
drogado, tratando de hacer llorar a la invitada de un
amigo con una historia triste, cuando otra invitada
me avisó que alguien había entrado a casa y me bus-
caba. «¿Quién?», pregunté. «Una rubia, muy cara de
loca». Entré al living y la vi.
La hija de Hans estaba parada en el medio de la
alfombra, en camisón: las tetas alborotadas, el pelo
en la frente. Los demás habían hecho una especie de
76
ronda espontánea alrededor de ella, como en las pe-
lículas malas cuando alguien baila bien o tiene lepra.
— Hola Sandra, ¿todo bien?
— ¿Me puedo quedar?
Estaba asustada. Seguramente se vio sola en casa,
quiso acostarse, nosotros la enloquecimos con la
música y bajó.
— No te querés quedar. Querés dormir, ¿es eso?
— Sí.
— Ahora entro los parlantes que dan a tu pieza.
Cierro la puerta del patio y tratamos de hablar más
bajo.
— Bueno.
— ¿Querés que te acompañe arriba?
— No.
Dio media vuelta y se fue. Debajo del camisón
estaba desnuda.
Cuando cerró la puerta, los quince del clipping
festejaron la aparición con abrazos y brindis. Sandra
era un personaje al que conocían mucho, pero nin-
guno la había visto en persona hasta esa noche. En
un punto sentí pena por ella, por su enfermedad y
su confusión; pero también sentí un orgullo egoísta.
Me gustó que hubiera aparecido, porque las fiestas
en casa siempre tenían un toque de color: una gorda
albina, una esquizofrénica en camisón, una joven
actriz en ascenso.
Busqué a Costoya con la mirada, para ver si él
también había podido conocer en persona a la hija
de Hans, pero esa noche Costoya se había topado
77
con una chica (mucho más tarde sería su esposa) y
se estaba besando con ella en mi sommier con resor-
tes bicónicos. No llegó a conocer a la loca de arriba.
La siguiente semana Costoya ya no estuvo triste
ni tuvo bronca por el éxito de su ex. Se había
enamorado. Su chica nueva era perfecta: trabajaba
solo de tarde, en Garbarino, y podían coger de diez
a doce de la mañana sin problemas. Aunque, eso sí,
solo en hoteles alojamiento. Ni Costoya ni ella vi-
vían solos y no podían alcanzar la intimidad hoga-
reña. El amor les estaba saliendo muy caro.
Yo nunca pasaba los fines de semana en Buenos
Aires. Cada sábado por la mañana, después de la
fiesta del trueque, me tomaba un micro para visitar
a Chiri en Luján, o a mis padres en Mercedes, o a
mi hermana en La Plata. Volvía los domingos a la
noche, directo al trabajo triste de recortar noticias.
Así que le dejé la llave de mi casa a Costoya para
que pasara el fin de semana con su chica.
Cuando volví a casa, el lunes siguiente, Costoya
y su novia me habían dejado la llave debajo de la al-
fombrita del garage y un regalo sobre la mesada: una
batidora eléctrica. Junto a la batidora —blanca,
nuevita— había una nota de agradecimiento: «No
tenés artefactos de cocina, sos un desastre. Si nos de-
jás volver algún otro fin de semana, te podemos
traer más».
Ese martes le dije a Costoya que no hacían falta
regalos, que podía usar mi casa cuando quisiera sin
nada a cambio. El me rebatió con argumentos: «Me
78
gusta cocinarle a las mujeres porque se ponen mi-
mosas. Pero no tenés un carajo para cocinar, y ella
puede sacar aparatos al costo de su trabajo. Yo juego
a ser chef y a vos te queda la cocina de Arguiñano».
Me pareció bien.
Costoya y la novia empezaron a usar mi casa to-
dos los sábados y domingos que yo me iba a la pro-
vincia. No solo me dejaban siempre un regalo arriba
de la mesada (una juguera, una moulinex, un hervi-
dor de mate) sino que antes de irse ponían la casa de
punta en blanco, con olor a limpio, y nunca olvida-
ban dejarme la llave bajo la alfombrita de garage.
Se hizo tan rutinario el intercambio que algunos
martes, al llegar al clipping, me olvidaba de agrade-
cerle a Costoya el nuevo regalo del lunes. Por eso el
día que llegué y no hubo ningún obsequio sobre la
mesada me pareció de lo más normal y tampoco le
dije nada. ¿Qué iba a decirle? «¿Por qué esta vez no
tengo nada nuevo de Garbarino?». Hasta me alivió
un poco la ausencia de electrodoméstico. Yo ya tenía
batidora, procesadora, cafetera, tostador,
amasadora... Ya no había enchufes en casa para tan-
tos artefactos.
Ese martes a la noche resultó muy divertido el
trabajo del clipping porque, en el suplemento espec-
táculos de Clarín, salió una entrevista larga a la ex-
mujer de mi amigo. En la foto principal, enorme y a
color, ella acariciaba a dos gatos. Eran los gatos de
Costoya, sus amores perdidos en el divorcio. Ca-
careamos mucho toda esa madrugada.
79
Volví a casa a media mañana, harto de reírme y
con tremendas ganas de dormir. Me bajé del 59 en
Cabildo y cuando llegué a Olazábal oí dos ambulan-
cias y mucho ruido de vecinos alterados. Me quedé
quieto en la esquina de mi casa. Hans, mi casero, se
agarraba de los pelos e intentaba abrazar el cuerpo
de su hija, que salía en una camilla mortuoria, tapa-
do con una sábana celeste.
Me dio un cosquilleo de ansiedad. No supe qué
hacer. De nuevo me sentí una mascota de ellos.
Caminé en redondo, con la misma confusión de un
perro que ve a uno de sus dueños sin vida; percibí
en el aire el olor de la muerte. Quería olfatear el
cuerpo, quería salir corriendo. Quería rascarme las
pulgas, acurrucarme y dormir.
Supe que no podría pasar a mi casa y tirarme en
el sommier, porque aquello era un polvorín de en-
fermeros y policías que entraban y salían. Tampoco
podía acercarme a indagar, porque me caía de sueño.
No es que no sintiera pena por Hans, o por lo que
pudiera haberle pasado a Sandra. Lo sentía mucho.
Pero dormir, en esos años de mi vida, fue casi lo
único que me importó de verdad.
Lo llamé a Costoya con mi móvil de kilo y me-
dio. Le pregunté si podía ir a acostarme a su casa.
Habitualmente su compañero de piso trabajaba de
día y solía haber una cama libre. Crucé los dedos.
Me dijo que sí, que me tomara un taxi, que no ha-
bía problemas.
Y agregó, antes de cortar:
80
«Si ahora vamos a prestarnos las casas mutua-
mente, querido, devolvé el regalo del domingo».
Estuve a punto de preguntarle de qué me habla-
ba, porque el lunes yo no había encontrado ningún
obsequio en la mesada, pero no hizo falta. Uno de
los policías salió de la casa: llevaba en alto una cu-
chilla eléctrica, blanca, nuevita. Llena de sangre.
81
La foto de Wasmosy
83
desesperar por esa foto. Chiri entendió, en su pri-
mer día de trabajo, que si cumplía ese recado menor,
pero urgente, podría obtener una buena impresión
inicial. Entonces dijo:
—¡No se preocupen, ya está hecho! —y se fue.
Pero no tuvo suerte. En la Embajada no le qui-
sieron dar ninguna foto del presidente del país her-
mano. Chiri supo que se estaba jugando el puesto,
así que insistió. Le dijeron que regresara el lunes.
Entonces insistió más, porque no podía volver el lu-
nes. Y le dijeron que se fuera.
Cuando volvió a la redacción, sin embargo, Chi-
ri traía bajo el brazo un retrato inmenso del presi-
dente Wasmosy. El primer mandatario del Paraguay
estaba mirando al horizonte, impoluto, con la banda
tricolor al pecho. Nos sorprendimos un montón,
porque era un retrato enmarcado en roble, de treinta
por cuarenta y cinco. Le preguntamos a Chiri quién
le había cedido la imagen.
—La descolgué de la pared de la Embajada antes
de irme, porque no me querían dar ninguna —dijo
mi amigo.
Éramos siete en la mesa de trabajo de la redac-
ción. Es decir, fuimos catorce ojos que se quedaron
mirando a Chiri con estupor.
El robo de símbolos patrios en territorio extran-
jero era entonces, y es ahora también, delito inter-
nacional. No te viene a buscar un policía argentino
en un patrullero cuando te robás la foto de un pre-
sidente del Paraguay. Viene a buscarte el FBI. Vie-
84
nen a buscarte tres tipos de traje negro con anteojos
oscuros, uno de ellos rubio y el otro con audífono
blanco en la oreja. El juicio por lo general es corto,
porque el Gobierno del agresor prefiere no tener
conflictos diplomáticos y nadie te ofrece una defensa
digna.
Lo miramos a Chiri y entonces hicimos las
cuentas con el Código Penal en la mano: a mi amigo
le correspondían tres años y ocho meses de prisión
efectiva, no excarcelable, y sin fianza. Pero ojo: cua-
tro años en cárceles del Paraguay, que no es lo mis-
mo que cuatro años humanos. Pasa igual que con la
edad de los perros: a las penas de cárcel paraguayas
hay que multiplicarlas por siete. Porque te culean,
día y noche.
Mi amigo Chiri, sin embargo, no era consciente
de su gesta cuando entró a la redacción con el presi-
dente Wasmosy en el sobaco. Entregó la foto sin
mucho espamento y se sentó en su escritorio a espe-
rar que la escanearan para devolverla. Así dijo. Para
ir a devolverla.
En esa época fumábamos mucho porro, y yo
creo que Chiri pensó esa tarde que la vida era senci-
lla. No entendió nunca por qué todos lo mirábamos
con la boca abierta. Tampoco entendió cuando el
señor Weigandt, nuestro jefe, se acercó a él, le puso
una mano en el hombro, y le dijo:
—Si mañana estás en el país, querido, el puesto
es tuyo.
El resto de nosotros hicimos silencio.
85
Los siguientes cuatro días nadie vino a llevarse
preso a Chiri, y entonces Weigandt cumplió su
promesa y lo contrató. La foto de Wasmosy está
ahora, enmarcada, en el comedor de la casa de Chi-
ri. Cada vez que voy a visitarlo y la veo, a la foto,
siento que mi amigo es un héroe.
86
La venganza del metegol
87
ñero haya sido el mismo filósofo al que admirába-
mos en la juventud. «Vos, jugando al metegol con
Tomás Abraham; solamente puede pasar en un sue-
ño», me decía. Y era verdad. En un momento, du-
rante el partido, me imaginé con diecisiete años mi-
rando por la ventana de la librería Gandhi esa esce-
na del futuro, y sonreí.
Ese recuerdo momentáneo me desconcentró del
juego y justo en ese momento me hicieron un gol
(el único que recibí esa noche; yo defendía la zaga).
Fue un gol con molinete de Gonzalo Garcés, el di-
rector de la editorial Galerna, y él, con injusticia, me
lo festejó en la cara de un modo muy antideportivo,
como si se tratara de la final del mundo.
Entonces me vino a la cabeza algo que ya conté
muchas veces en sobremesas con amigos, y que ocu-
rrió la noche en que lo conocí a Gonzalo, cuando
los dos éramos adolescentes.
En ese entonces (sería el año noventa y uno) me
gustaba mucho pasar los veranos en Mercedes, mi
pueblo, porque mis padres se iban de vacaciones y
me dejaban la casa sola. Mi amigo Chiri llegaba los
viernes muy de madrugada, y pasaba por casa para
ver si yo estaba despierto. Si veía luz en la habitación
me tocaba timbre y nos emborrachábamos por ahí.
Si no veía luz, entraba por la ventana de mi cuarto a
oscuras y me despertaba de maneras horribles: a ve-
ces me tiraba agua en la cara, o me pegaba una pa-
tada en la panza. O me metía un gato entre las cobi-
jas. O se subía arriba de las mantas y empezaba a
88
bombearme desde atrás como un amante desenfre-
nado. El objetivo era despertarme siempre de una
manera creativa.
Pero cierto fin de semana pasó que, por la tarde,
conocí a Gonzalo Garcés (que entonces era una
promesa de escritor de diecisiete años) y lo invité a
pasar un fin de semana a Mercedes. Gonzalo ya era
entonces el cachorro de lo que es hoy: una persona
fina, siempre muy bien bañado, de clase acomodada
y sereno. De hecho, se había convertido un año an-
tes, a los dieciséis, en el crítico literario más joven en
la historia del diario porteño La Nación. Un prodi-
gio, Garcés. Siempre lo fue.
Nos conocimos por casualidad porque aquel año
integramos una antología de «jóvenes promesas lite-
rarias» de entonces, y se había publicado un libro
con veinte autores adolescentes. Yo leí su cuento y
fue el único que me gustó, entonces lo llamé por te-
léfono y lo invité a casa para charlar. Estuvo en
Mercedes ese fin de semana. Lo llevé al carnaval del
pueblo, que es uno de los carnavales menos lumino-
sos y más tristes de la provincia de Buenos Aires.
La pasamos muy bien todo ese día, hasta el acci-
dente nocturno. Gonzalo Garcés se quedó a dormir
en casa y le ofrecí mi habitación. Yo me fui a dormir
la borrachera a la cama de mis padres, sin recordar la
rutina de Chiri por las madrugadas. Esa noche
Gonzalo, un chico buen mozo y frágil, se acostó y
apagó la luz en una ciudad desconocida de la llanura
pampeana, y se quedó dormido, sin saber que en
89
medio de la noche un borracho joven entraría a os-
curas por la ventana y se subiría encima suyo para
sodomizarlo.
Yo no escuché el grito, porque la habitación de
mis padres quedaba lejos. No me enteré de nada.
Pero a la mañana siguiente encontré a Gonzalo en la
cocina. Desayunaba con los pelos alborotados. Me
dijo:
— Ayer entró un tipo por la ventana y me quiso
fornicar. Yo estaba adentro de las sábanas y cuando
saqué la cabeza, asustado, el tipo me mira y me dice
«Vos no sos el gordo», y me deja de fornicar. Se le-
vanta de la cama, me pide disculpas y se escapa por
la ventana. Iba en un ciclomotor de la marca Zane-
lla. No apareció nunca más.
Yo miré la taza de café que tenía Gonzalo en la
mano: le temblaba. Antes de que se pusiera a llorar
lo tranquilicé:
—Estamos en carnaval — le dije — . En estas
épocas vale todo, Gonzalo.
El susto de Garcés fue enorme, y yo creí siempre
que se había olvidado de aquello. En esa época me
preocupé más por el susto de mi amigo Chiri, que
duró muchos años y fue traumático. Creer que estás
violando en chiste a un amigo gordo, de toda la
vida, y ver de repente que estás violando en chiste a
una promesa literaria menor de edad, es horrible.
Esa imagen no se va muy fácil del subconsciente.
Pobre Chiri.
Con el paso de los años fue peor, porque Gonza-
90
lo Garcés empezó a crecer en el mundo hispanoa-
mericano de las letras, se convirtió en un gran escri-
tor, en un crítico implacable, en el director de una
editorial prestigiosa, y el trauma de Chiri creció
siempre a la par de la consagración de Garcés.
Hace unos años, cuando Gonzalo ganó el Pre-
mio Seix Barral, Chiri sintió mucha vergüenza por
haber violado en la oscuridad a alguien que había
conseguido el mismo galardón que Vargas Llosa.
Pero ahora creo que el gol que me gritó Gonzalo
Garcés a la cara durante el metegol, con una mirada
maradoniana y vengativa que jamás le había visto
antes, casi mirando a cámara, fue una manera de de-
cirme que todavía se acuerda, que algo sigue roto en
su alma, que no le gustaron mucho los carnavales de
mi pueblo.
91
Las dos promesas
93
jeres, ni el ruido espantoso que hace la barriga
cuando la clausura el hambre.
El jovencito llegó solo, desde Milán, obnubilado
y con el pelo hasta los hombros. Al pisar tierra se
encontró con el primer gran problema en suelo ex-
tranjero: para trabajar (le dijeron) había que cortarse
el pelo. Y después llegó el segundo problema: para ir
a la peluquería había que tener monedas en los bol-
sillos. Y al caer la tarde descubrió el tercer problema:
para tener monedas había que trabajar. Era el círculo
vicioso de los obstáculos.
Descubrió que Argentina era un pueblo de peli-
cortos; las modas europeas no habían llegado al sur
del mundo. Los inmigrantes europeos se reconocían
por las calles por el calzado pobrísimo y por las me-
chas sucias y largas. Muchos tenían el mismo con-
flicto que él, y entonces en el puerto escuchó un
rumor: había una barbería en el barrio de La Boca
que le cortaba gratis el cabello a los inmigrantes, con
una condición. Pero nadie le explicaba cuál era esa
condición. Y para allá se fue el pequeño Américo.
El barbero, que era un criollo de espaldas enor-
mes, lo recibió con una sonrisa y le dijo que lo rapa-
ba gratis si prometía que desde esa tarde, y para
siempre, sería incondicional de un club de fútbol
que se llamaba Boca Juniors. El joven Américo, sor-
prendido por tan buen negocio, juró con solemni-
dad que siempre sería hincha de Boca. Lo juró como
solamente puede jurar un chico hambriento: de ver-
dad, y para toda la vida.
94
Esa tarde Américo salió de la peluquería sin un
pelo en la cabeza y con dos colores nuevos en el co-
razón: el azul y el amarillo. Después pasaron los
años, llegó el peronismo, luego se prohibió el pero-
nismo y aparecieron nuevos gobiernos. Algunos
muy malos, otros bastante peores. Américo se casó
con una buena mujer, tuvo hijos y siempre vivió en
mi pueblo, Mercedes. Exactamente a dos casas de la
mía. (Por eso conozco esta historia.)
Prosperó mucho desde que llegó de Milán con
una mano atrás y otra adelante, y siempre pensó que
su buena suerte en la vida había tenido que ver con
esos dos juramentos nunca rotos: el de su madre, de
no traicionar jamás su origen milanés; y el del viejo
barbero del puerto: ser hincha fanático de Boca Ju-
niors para toda la vida.
Pero Dios a veces es irónico, o hijo de puta, o
quizás solamente le gusta demasiado el fútbol y sus
variantes. Porque a don Américo lo esperaba, en la
vejez, una broma divina que iba a ocurrir exacta-
mente el domingo 14 de diciembre del año 2003, a
las siete y cuarto de la mañana.
Para el resto de nosotros, que también estábamos
en el bar del pueblo mirando el televisor, aquel fue
solamente un partido de fútbol entre Boca Juniors y
el Milan, que jugaban la Copa Intercontinental en
Japón. Un partido importantísimo (el mejor equipo
de América contra el mejor equipo de Europa) pero
en el fondo únicamente un pasatiempo. Para don
Américo, sin embargo, era algo más. Para él, pobre
95
viejo, aquello no fue un deporte sino una tortura.
Hinchara para quien hinchara, estaría rompiendo
uno de sus dos juramentos.
Ya hacía el calor insoportable de diciembre, a
pesar del madrugón. Don Américo estuvo acodado
en la barra del bar, frente a la tele, desde antes de
que la televisión conectaran con Tokio. El viejo llo-
raba de antemano porque todavía no había decidido
qué traicionar: si al pueblo donde había nacido, o al
pueblo que lo había adoptado.
Cuando empezó el partido él seguía llorando.
Nosotros lo mirábamos más a él que a la pelota. Nos
gustaba el morbo: siempre es más interesante ver su-
frir a un hombre que ver transpirar a veintidós.
El primer gol fue del Milan. Américo se levantó
de la silla y gritó: «¡Vamo caraco, forza Milano mer-
da puta!». Después se sentó y siguió llorando a
moco tendido. Seis minutos después fue el gol de
Boca. Don Américo se levantó y gritó: «¡Vamo cara-
co, aguante boquita merda puta!». Y se hundió en la
barra para otra vez llorar amargamente.
Terminó el partido empatado uno a uno, como
si el destino hubiese querido profundizar la herida
de muerte desde el mismísimo punto de los penales.
Durante lo que duró el receso antes de la definición,
don Américo no dijo una sola palabra. Caminaba
alrededor de la mesa y bebía despacio su vino bara-
to. Ninguno de nosotros le quiso interrumpir el si-
lencio mortal. Gritó triunfal los penales convertidos
y gritó triunfal los penales errados; gritó los goles de
96
Boca y el gol del Milan, gritó a favor y en contra de
sus dos corazones hasta que llegó el último tiro, que
le dio el triunfo al equipo del barbero, aquel criollo
de ley que rapó gratis a un ‘sin papeles’ sesenta años
antes, en un país que todavía era próspero.
Y entonces don Américo dejó de festejar, y tam-
bién dejó de llorar. Se quedó quieto. Nos miró a to-
dos en el bar. Y nosotros hicimos de cuenta que es-
tábamos interesados en otra cosa.
Don Américo tenía los ojos vidriosos, secos de
lágrimas. Miraba el aparato empotrado en la pared,
y después nos miraba a nosotros incrédulo, y des-
pués otra vez el aparato, como si estuviera viendo
por la tele su propio entierro.
97
Mic
99
para mirarme en el espejo del camarín y comprobar
que el esfuerzo del sirope no había sido vano: si esti-
raba el cogote lo suficiente, como quien huele el
perfume de una mujer que ya pasó, el óvalo de mi
cara dejaba ver algo de hueso.
Mientras me ponían el micrófono —otro supli-
cio de la televisión, porque te meten la mano por
abajo de la camisa— me sentí liviano y seguro. Para
mayor suerte, el periodista que me haría la entrevista
también era gordo; esa ilusión óptica también ayu-
da. Podía haber espectadores que, al vernos, dijeran:
ah, estos dos señores no son gordos, es mi televisor
que ensancha. Durante un rato pensé que todo sal-
dría bien, que por una vez mi paso por la pantalla
no me daría vergüenza al día siguiente.
Entonces dijeron «aire« y todo se fue al carajo.
Yo no lo noté enseguida, porque la pantalla gi-
gante estaba a mis espaldas. Tardé un par de minu-
tos en ver la imagen. La producción había elegido
poner una foto mía de fondo. Una foto horrible de
un yo anterior, un yo sin sirope, un yo pálido y afei-
tado, con una papada descomunal que aparecía en
primer plano cada vez que me enfocaban.
Era como si la papada gigantesca me susurrara al
oído: este eres tú, el verdadero, esta es tu imagen de
cada mañana, la que ven tu esposa y tu hija al des-
pertar, no importa cuántos sacrificios hagas ni cuán-
to líquido absorbas, recuerda, Hernán Casciari: to-
dos tus esfuerzos por caretear mentón han sido y se-
rán inútiles.
100
Estuve toda la charla mirando de reojo mi gigan-
tografía fofa. Por suerte la conversación empezó a
tomar un camino interesante de libros queridos, de
infancia y de educación literaria; entonces, cuando
promediaba la entrevista, dejé de pensar en la ima-
gen que me apuñalaba por la espalda. En cierto
modo fue peor. Porque mi cerebro, ya liberado del
problema estético, de repente se acordó otra vez del
hambre acumulado.
Hablábamos de Twain con admiración y yo pen-
saba en el huevo batido y crocante de un pastel de
papas. Nombrábamos con cariño a Chesterton y yo
fantaseaba con una porción de pascualina. Destacá-
bamos la intensidad de Edgar Allan Poe y en mi ca-
beza solo había lugar para el arroz con pollo.
Tuve sin embargo un momento de enorme feli-
cidad al final de la charla. Fue cuando el periodista,
en forma de agasajo inesperado, me entregó una tar-
jeta. Un auspiciante del programa, un restaurante
muy exclusivo de la Recoleta, me invitaba a almor-
zar o a cenar gratis.
«Me imagino que te gusta comer rico», me dijo
el entrevistador sin conocer mi drama interno, y yo
pensé, mirándolo a los ojos, que solamente un gor-
do conoce las necesidades de otro gordo. Y me sentí
hermanado y en deuda con él, como el león doliente
cuando la pantera rosa le extirpa la tachuela del pie.
Ni bien se apagaron las cámaras no saludé a na-
die y me fui. Ni siquiera me dejé desmaquillar en el
camarín. Me calcé el morral y salí a la calle con paso
101
firme. Llamé a un taxi. Me subí con la garganta
seca, le mostré al conductor la tarjeta y le señalé la
dirección del restaurante como lo hubiera hecho un
sordomudo apurado.
Durante los veinte minutos en taxi, desde la ca-
lle Fitz Roy hasta Libertador al 1100, mi estómago
se preparó para un combate desigual contra todo lo
masticable de este mundo. Un gordo alimentado a
líquidos durante días, con una tarjeta de comida
gratis en la mano y toda la tarde por delante, se
convierte en una máquina perfecta de segregar bilis
y jugos gástricos.
Al llegar al restaurante, ya desde la vereda, supe
que las cosas no estaban bien. Las sillas estaban pa-
tas arriba sobre las mesas, y dos camareros me mira-
ron entrar negando con la cabeza. «Cerramos a las
cuatro y media», me dijo uno. Pregunté cuándo
abrían de nuevo. «A las ocho». Yo estaba en ese in-
termedio ridículo del mundo occidental, las cinco
en punto de la tarde. Ese tiempo en donde la gente
toma té o café o coge o trabaja o duerme la siesta o
muere; pero nadie mastica.
Caminé por Ayacucho, buscando con los ojos
un bar abierto, o un almacén, o una rotisería. Vi un
local extraño sobre la esquina de Posadas y entré. En
este punto tengo que hacer un paréntesis, porque lo
que vi al meterme en ese sitio puso a mi hambre
monumental en un segundo plano.
Había una barra al fondo, sí, y eso le daba cate-
goría de bar. Pero al frente tenía una tabaquería,
102
muy del estilo de lo que acá, en España, se llama un
estanco. En el medio de la escena había silloncitos,
un par de sofás, y mesas ratonas. Lo que me sor-
prendió no fue eso, sino un señor canoso, opulento,
sentado en un sillón y fumando un puro.
Hace cuatro años ya que no se puede fumar en
España bajo el techo de los bares. Dos años en Ar-
gentina. Yo ya empezaba a olvidarme de esa sensa-
ción maravillosa de los cafés antiguos, llenos de
humo, donde se podía conversar, beber y fumar al
mismo tiempo.
Me olvidé del hambre. Ahora solamente quería
fumar sentado en uno de esos sillones, abrir mi por-
tátil, leer mails, pedir algo con burbujas y volver a
fumar. Elegí un silloncito de pana, no lejos del úni-
co parroquiano que me acompañaba con su puro
inmenso. La camarera me trajo una tónica con hielo
y limón. Saqué mi tabaco mirando para todos lados,
con miedo a una represalia, y armé despacio. En-
cendí el cigarrillo. Nadie me dijo nada.
Durante media hora me sentí feliz. Leí mails,
respondí consultas, bebí, fumé como un escuerzo, y
entonces el hombre canoso, que estaba a mi dere-
cha, empezó a hablar por su celular. No lo hacía en
voz muy alta. Pero enseguida dijo una frase que me
hizo parar la oreja. Dijo: «Duhalde ya está adentro».
Para que el lector extranjero entienda, en Argen-
tina hay dos Duhaldes. Uno es bueno, el otro es
malo. Como el bueno se murió hace poco, el hom-
bre del puro hablaba del otro, del expresidente del
103
país. Y cuando un cincuentón de traje, con un puro
en la boca, sentado en el sofá de un Cuban Club de
Recoleta dice por teléfono la frase «Duhalde ya está
adentro», uno empieza a extrañar España.
Todo pudo haber terminado ahí, pero no termi-
nó. Diez minutos más tarde se abrió la puerta y des-
de la calle Posadas entró el Adolfo. Bronceado, de
impecable traje sport. Saludó al del puro, que se le-
vantó de su silla y lo palmeó. El Adolfo dijo: «¿Segu-
ro está adentro?». El del puro asintió en silencio.
Para que el lector extranjero entienda, en Argen-
tina solo a dos personajes se los reconoce con el
nombre de Adolfo, a secas. Uno es bueno, el otro es
malo. Como el bueno se murió hace un tiempo, el
hombre que acababa de llegar era Rodríguez Saá,
expresidente del país durante los siete días más lar-
gos del año 2001.
El Adolfo se sentó tan cerca de mí que tuve que
mover la mesita ratona y reacomodar la portátil.
Mantuvimos un brevísimo diálogo, muy amable. Yo
le dije: «¿Te molesta la mesa?». Él me dijo: «Si a vos
no te molesta, a mí tampoco». Y desde ese momento
nuestros codos se tocaron durante una hora. Y mi
oreja estuvo a treinta centímetros de su boca todo el
tiempo.
Escuché, haciéndome el boludo, una conversa-
ción en clave de la que no entendí nada. «El que te
dije», «ahora no que hay sudestada», «hay que man-
tenerlo aparte», ese tipo de frases que solamente se
entienden dentro de un contexto, y que únicamente
104
dejan claro que son turbias. Esas frases que, dichas
por ciertas bocas, hacen que el perro de pavlov que
todos llevamos dentro empiece a temblar de nuevo.
Y allí fue, en ese momento, mientras el puzzle
más rancio de la política argentina intentaba rear-
mar su estrategia, que descubrí el micrófono.
Primero me palpé el bolsillo y creí que era mi
celular. Pero cuando lo saqué de su sitio noté que
era más cuadrado y pesado, y que tenía una luz roja
palpitante, y que tenía un visor con una frecuencia
encendida, y que tenía un cable interno que seguía
por debajo de mi camisa, un cable que terminaba en
un corbatero abrochado en mi segundo ojal desde
hacía horas. Justo un poco más abajo de mi papada.
De repente todo me pareció irreal. ¿Qué hacía
yo, en un salón de puros de la Recoleta, codo a codo
con un expresidente bronceado, tomando tónica y
habilitando por mail a distribuidores holandeses de
una revista, con un micrófono de C5N encendido a
treinta centímetros de una conversación que había
empezado con la frase «Duhalde está adentro» y que
sabe Dios cómo terminaría? ¿Qué hacía yo ahí, y no
en mi casa fumando un porro? ¿Por qué bebí sirope
de arce con limón durante diez días? ¿Por qué, a los
cuarenta y pico de años, me sigue importando tener
papada?
Pagué lo más rápido que pude mi tónica con li-
món y me subí a un taxi. Tenía que devolver ese mi-
crófono urgente. Horas más tarde mi mujer me diría
que había sonado mi teléfono mil veces en Luján,
105
que la gente del canal estaba desesperada y que me
odiaron mucho, porque después de mi entrevista
venía otra y tuvieron que salir a buscar corbateros a
otro piso.
Pero yo entonces no sabía todo eso. Yo viajaba
en taxi por Buenos Aires, de camino otra vez a la
calle Fitz Roy, y pensaba, con sorpresa, que no me
había sorprendido en absoluto la conversación en-
gañosa entre esos dos hombres en el salón del Cu-
ban Club. Me habría sorprendido, pensé, si uno de
los dos hubiera dicho «tenemos que hacer algo por
este país de una vez por todas» o alguna frase por el
estilo. Me hubiera sorprendido eso.
Dejé el micrófono en la recepción del canal,
avergonzado y sin pedir disculpas. Y con el mismo
taxi me hice llevar al bar Orsai de San Telmo, que ya
estaba empezando a abrir las puertas. En el bar me
esperaba Comequechu con sus pizzas. Pero, no sé
por qué, se me había cerrado el estómago.
106
Preinfarto
Nota
Los siete relatos que componen el apartado
«Preinfarto» fueron escritos meses antes de mi episodio
cardíaco. Los publiqué en el suplemento dominical del
diario El Mundo, de Madrid, donde acepté colaborar
por miedo a no tener otro resorte para escribir más que
las temibles fechas de entrega.
Nunca me importó el fútbol
109
mido; ni de libros o de música, porque no lo emo-
cionaba la cultura. Nos sentábamos en los sillones
del comedor y buscábamos alguna señal perdida en
la televisión por cable. Cuando la pantalla se ponía
verde, sin que importara la trascendencia del parti-
do, nos quedábamos noventa minutos quietos; y
hablábamos.
Podía ser un partido de segunda o de tercera di-
visión, o la repetición de un clásico de otras épocas,
o un torneo africano. Nos daba igual. Hablábamos.
Cuando me fui de casa seguí con la costumbre, por
si llamaba por teléfono para preguntarme qué hacía.
Más tarde cambié de país (hace quince años me vine
a vivir a España), pero mantuve la tradición de ver
cualquier partido, a cualquier hora, porque quizá él
me hablara por Skype. Cuando murió seguí con el
hábito porque quizá muerto él pueda verme desde
cualquier ángulo. Pero tengo que confesar que sigo
sin saber qué es un enganche. No reconozco a un fal-
so nueve. No tengo la menor idea sobre cuál es el
carril del ocho. No me importa el juego; me impor-
ta haber estado cerca de su sillón.
Roberto Casciari nunca me dio grandes conse-
jos. Nunca me dijo «tenés que seguir tu vocación» ni
tampoco «siempre que llovió, paró» ni mucho me-
nos «la soledad, hijo mío, es el placer de la propia
perspectiva». ¡Ni de casualidad! Pero me enseñó que
los equipos sin apellido italiano son de segunda divi-
sión o de países limítrofes. Me enseñó que si hay un
Sosa, el equipo es uruguayo. Que si hay un Rincón,
110
el equipo es colombiano. Que si hay un Cuevas, el
equipo es paraguayo. Mi padre me dijo que si hay
más de seis colores entre camiseta y pantalón, es un
partido de la Concacaf; y más de ocho, Copa de
África. Que si durante la transmisión aparece un
edificio, o una montaña, o una autopista detrás de la
tribuna, no es un partido serio. Que si los tres árbi-
tros son asiáticos, es un amistoso de élite pagado por
un jeque. Que si hay más de dos jugadores gordos,
es un partido homenaje o un partido contra el cán-
cer. Que si el balón es de color naranja, en la tribuna
no hay nadie con el torso desnudo. Que si uno de
los arqueros se está quedando calvo, es un partido
de segunda división o es liga italiana. Que si entra a
la cancha un espontáneo desnudo, en el partido hay
más de seis jugadores que valen diez millones. Y que
si entra a la cancha un gato, o un perro, o una lie-
bre, en el partido no hay ningún jugador que valga
más de medio millón. Y que si las hinchadas no sil-
ban el himno contrario, el partido es intrascendente.
Otros hijos tenían padres que decían grandes
verdades y que dejaban frases para el resto de la vida.
No fue mi caso. Pero aprendí a usar las que el mío
me decía como si fueran refranes o aforismos. «Hijo
mío», me dijo una tarde, «en los partidos a puertas
cerradas nunca hay golazos».
Ahora, que soy adulto, entiendo que mi padre y
yo no conversábamos sobre fútbol. El deporte nos
sirvió para conectar otros asuntos. Por eso no me
cuesta descubrir ahora (a un golpe de vista) que si
111
un entrenador prestigioso se va a dirigir a un país
asiático, es porque lo convenció la esposa. Y que si
ya dirigió a más de siete países extranjeros, es holan-
dés. Que si hay tres hermanos en un mismo equipo,
es liga caribeña. Que si hay gemelos, es liga holande-
sa. Que si juegan juntos un padre y un hijo en el
mismo equipo, es liga turca. Que si hay más de seis
llamados Ki, es liga coreana.
Hoy podría darle datos nuevos a Roberto Cas-
ciari, si él viviera. Ahora soy grande y ya aprendí co-
sas solo. Le diría que si hay muchos tatuajes, la liga
es inglesa. Que si hay mucho piercing, es liga ale-
mana. Mucho gel, liga española. Mucha melena, liga
italiana. Podría decirle a mi padre, por ejemplo, que
cuanto más larga y estúpida es la coreografía de un
gol, más escandinavo es el equipo. Que si la novia
del arquero es más famosa que la novia del delante-
ro, el penal va afuera o es atajado. Que gana siempre
el equipo en el que los defensores tienen mayor can-
tidad de hijos varones. Que el juez de línea cornudo
ve mucho mejor el fuera de juego. Que el juez de
línea viudo siempre manda a echar a un técnico.
Que si el arquero patea tiros libres, en la conferencia
de prensa dice gansadas. Que si el hincha sabe cuán-
to gana cada jugador, es liga española. Y que si el
hincha sabe con quién se acuesta cada jugador, es
liga argentina.
¿Pero a quién le puedo contar todo esto ahora? Y
sobre todo, ¿qué sentido tiene? Desde que estoy sin
padre ando como bola sin manija, porque el fútbol
112
nunca fue un monólogo en mi vida, ni siquiera un
fanatismo ni un placer, sino la interminable conver-
sación entre dos hombres.
La primera vez que vi un balón fue en el cielo de
mi pueblo; yo tenía un año. Alguien lo hacía volar al
medio de una cancha de tierra y yo pensé que ese
balón era la luna. Él, Roberto, me llevaba en brazos
y me dijo: «No es la luna, es una pelota». Después la
charla siguió en las tribunas y en los televisores, en
las plateas del Cilindro de Avellaneda, donde una
noche se cortó la luz mientras Rosario Central nos
goleaba, y sentí su mano que me protegía de la os-
curidad.
La conversación siguió en los sillones de casa; un
parloteo incesante que duró seis mundiales enteros
(en dos de ellos fuimos campeones). Más tarde en
los teléfonos, en los mails a deshoras, en los chats
veloces que cruzaban el océano. Fue una conversa-
ción feliz que duró más de treinta años. No. No me
importa el fútbol; únicamente me importaba él.
Porque ahora, a los cuarenta y cuatro minutos del
segundo tiempo de cualquier partido, entiendo que
no va a sonar el teléfono.
113
Pajaritos en jaula gigante
115
sino que se trata siempre gente mayor. De lo contra-
rio se llamarían chicos violentos, estudiantes sin vo-
cación o adolescentes con sexualidad reprimida.
En mi juventud Mercedes fue una olla a presión
en la que se cocinaron mentes conservadoras. Pien-
se, el lector europeo, en el personaje más nefasto de
la Argentina. No. Ese no, otro. Piense en uno de bi-
gotes que haya mandado a matar a treinta mil per-
sonas en los años setenta. Sí, ese mismo. Correcto.
Ese señor nació a diez minutos de la casa de mi in-
fancia; lo vi varias veces entrar a la Catedral a rezar y
a recibir la hostia y a arrodillarse.
Cuando empecé segundo grado de primaria, a
los siete años, este hombre de bigotes ya era el Presi-
dente del país y vino a mi escuela con su disfraz mi-
litar y su gorro y sus botas, nos saludó a todos con
un gesto marcial y nos regaló una jaula gigante, lle-
na de canarios y de zorzales, que unos soldados em-
potraron en medio del patio. Éramos chicos y,
cuando salíamos al recreo a jugar, veíamos antes que
nada un montón de pajaritos enjaulados.
En los ochenta, cuando llegó la democracia,
Mercedes se acomodó a un microclima ajeno a las
decisiones políticas del país, que empezaban a ser
progresistas. Mi pueblo no. Siempre lo gobernó una
camada de conservadores rancios, dirigida desde las
sombras por los tres oficios más espurios: militares,
jueces y obispos… En los noventa nada cambió, por
supuesto. En los dos mil, extrañamente, tampoco.
Yo hubiera vuelto cada tanto al pueblo en estos
116
últimos diez años (por lo menos a visitar a mis viejos
amigos los panaderos, los payasos y los cantantes)
pero desde la muerte de mi padre sentí miedo. Y te-
nía previsto seguir así, cobarde y ajeno, hasta un
llamado de teléfono que ocurrió una semana antes
de las elecciones de Argentina.
«Tenés que venir», me decía uno de mis mejores
amigos del pueblo, «te voy a buscar a donde digas,
pero tenés que venir a dar una charla, a contar cuen-
tos, lo que quieras, porque estamos peleando cabeza
a cabeza y esta vez puede ser que no ganen los de
siempre; esta vez podríamos ganar nosotros».
Me hablaba de las elecciones municipales; me
hablaba de política. Me explicaba, este amigo, que
había un montón de gente joven trabajando, y que
esta vez, con suerte, el pueblo podía empezar a ser
otro: el que habíamos soñado siempre. Me contaba
que habían inaugurado un complejo cultural en el
barrio La Trocha, donde transcurre una de mis no-
velas más mercedinas, y que tenía que ir a ver lo
bien que había quedado.
Le dije la verdad: que era imposible, que tenía la
agenda apretadísima, que podíamos hacerlo en di-
ciembre. Y me respondió con un cachetazo que me
llegó desde la infancia, desde el patio de su casa
donde tomábamos el Nesquik, desde él y yo riéndo-
nos en el recreo, cerca de la jaula de los pajaritos
tristes: «Gordo», me dijo, «soy el Chino, y esto es un
pedido personal». Entonces me metí el miedo en el
culo y volví a Mercedes.
117
Ocho años después de la muerte de mi padre en-
tré por la calle Cuarenta y me reencontré con todos
mis fantasmas. Me senté en una mesa, con mucha
gente alrededor y leí una docena de cuentos en don-
de el pueblo, mi pueblo, era el paisaje principal de la
trama. Fue extraño, porque en algunos párrafos
nombraba a los personajes de los cuentos y esos per-
sonajes estaban ahí, sentados en la fila dos o en la
fila siete, y yo los podía señalar mientras narraba.
Ya pasó más de un mes de esa reunión pero to-
davía me conmueve el recuerdo de aquella tarde,
que se prolongó hasta la noche. Estaban las personas
que me leyeron por primera vez, cuando yo era un
chico y escribía en los diarios del pueblo: mis prime-
ros jefes, mis primeros socios de redacción y muchos
amigos que no veía desde hacía años, a los que les
contaba historias en los bancos de la plaza.
Es verdad: no pasé un minuto entero sin pensar,
con tristeza, en mi padre, la persona más mercedina
que conocí en la vida, pero sin embargo no tuve
nostalgia de mi adolescencia, ni tampoco de mis
sueños viejos, porque vi a un montón de chicos con
las mismas ganas que tenía yo, a esa edad, de que el
pueblo no estuviera dirigido por los tres oficios es-
purios, ni por sus empleados en las sombras.
Una semana después de mi viaje de retorno ocu-
rrieron las elecciones de Argentina y, como pasa
siempre, Mercedes votó al revés que el resto del país.
Pero esta vez fue una buena noticia. El flamante in-
tendente de mi pueblo es un muchacho de treinta y
118
siete años que padeció la dictadura de cerca y que se
convertirá, en unos días, en el alcalde más joven de
la ciudad.
Me hace feliz saber que los los payasos, los pa-
naderos y los cantantes fuimos por fin mayoría, des-
pués de tantos años de aburrimiento. Me hace feliz
saber que voy a volver pronto, sin miedo a que mi
padre, ni mi adolescencia, ni la jaula de pajaritos
tristes me acechen en las esquinas.
Yo no sé si todavía está la jaula horrible en el pa-
tio de mi escuela. Pero si sigue ahí, si permanece, sé
que le quedan pocos días. Esta vez no va a hacer fal-
ta pedírselo a nadie: los canarios y los zorzales van a
levantar el vuelo.
119
Una madre extrovertida
121
guísimo comentario — . Extasiada por todo lo que
pasé, solo quería dormir. Pero el doctor me dijo:
‘No, el hijo debe estar con la mamá’. Y entonces me
pusieron al lechón arriba del pecho».
—¡Al lechón, dijo! —se reía mi amigo Chiri, con
la misma risa que usó siempre para burlarse de mí.
—¿Vos conocés a otro escritor que tenga una
madre que lo avergüence frente a sus lectores? — le
pregunté — ¡Tengo cuarenta y cinco años!
—Es una genia, Chichita — me decía Chiri,
que siempre la defendió.
—No señor. Una genia es tu madre, que sola-
mente nos traía el termo con el mate y se volvía a la
cocina sin hacerte pasar vergüenza.
Muy pronto, en la infancia, todos nos damos
cuenta si nuestra madre es de las que se mantienen
al margen o de las que llaman la atención. Yo siem-
pre envidié a Chiri por la madre que le tocó. Cuan-
do yo invitaba amiguitos a mi casa, Chichita no se
limitaba a traer los vasos de Nesquik y desaparecer.
—Hernán — decía, por ejemplo —, ¿ya le leíste
a tus amigos la poesía de amor que escribiste el otro
día y que escondiste en un cajón?
El problema principal es que Chichita creyó,
desde mi más tierna infancia, que yo era una especie
de niño prodigio. Siempre tuvo ganas de tener un
hijo despierto, y se lo fue creyendo a base de fanta-
sías, de robarme anotaciones de mis cuadernos y de
magnificar mis intentos de ser poeta.
Sufrió mucho cuando, en primer grado, no entré
122
a un buen colegio por falta de cupo. Y al año si-
guiente hizo lo imposible para hacerme entrar.
Hubo un examen en febrero, entre muchos chicos
del pueblo, y solamente ingresaban al buen colegio
los diez mejores promedios. Yo entré de casualidad,
en el puesto número nueve y rasguñando el descen-
so, pero ella no decía jamás que había quedado en el
puesto noveno:
—Hernán hizo el examen y fue el segundo me-
jor varón de toda la escuela — le contaba a sus ami-
gas.
A Roberto, mi padre, también le chirriaban estos
excesos de Chichita, pero los equilibraba con bas-
tante humor:
—Y no solo fue el segundo mejor varón — decía
Roberto, picando una aceituna — , también fue el
primer mejor gordo.
Cuando dejé de ser un infante mediocre y me
convertí en un adolescente drogadicto, Chichita
tuvo que cambiar su estructura de pensamiento. En
su cabeza dejé de ser un niño prodigio y me convertí
en un genio incomprendido.
Chichita se aferraba a mis poquísimos triunfos
para no caerse de culo en mis variadas miserias. Las
cuatro o cinco veces que me expulsaron del colegio
fue ella, en persona, a hacer escándalo frente al di-
rector para que me reincorporasen:
—¡Es un genio! — gritaba por los pasillos — ¡Es
un genio que no se adapta a un sistema educativo
corrupto!
123
Yo temblaba en el pupitre cada vez que un com-
pañero de clase me tocaba el hombro y me decía, al
oído: «Che, me parece que entró tu mamá a la sala
de profesores».
Más tarde crecí y me fui de Mercedes, pero las
fantasías de Chichita me seguían llegando por terce-
ras personas, aunque la lejanía ayudó mucho a
amortiguar la vergüenza.
Muchos años después, sin embargo, la fuerza
arrolladora de mi madre regresó imparable. Fue
cuando escribí una novela que empezó a hacerse fa-
mosa. Yo le decía a la prensa (sin saber que estaba
alimentando a un monstruo) que Mirta, el persona-
je principal, estaba parcialmente basado en mi
mamá. ¡Para qué! Ese fue un error gravísimo, porque
sin querer oficialicé su locura.
El día del estreno de Más respeto que soy tu madre
(mi novela llevada al teatro), Chichita estuvo senta-
da en la fila doce. Al acabar la función, el actor An-
tonio Gasalla me invitó a subir al escenario y yo lo
hice con muchísima vergüenza, porque esas situa-
ciones me ponen los pelos de punta.
Una vez arriba de las tablas, Gasalla me palmeó:
—Espero — me dijo, frente a unos mil especta-
dores — que la Mirta de mi adaptación sea parecida
a la que creaste.
Yo estaba a punto de decir que sí, pero entonces
se levantó Chichita desde la platea y, a los gritos,
dijo:
—¡Yo soy Mirta!
124
Gasalla intentó ver quién le hablaba; hizo visera
con la mano.
—¡Acá, Antonio! — siguió Chichita — ¡Yo soy
Mirta, y lo hacés muy bien, te felicito!
Allí, en ese momento, supe que Chichita había
vuelto desde mi infancia con armas nuevas, y que
ahora sería imposible detenerla. Dos o tres veces,
después de aquello, la escuché en las radios de Bue-
nos Aires, o en la televisión de Mercedes, respon-
diendo a reportajes en donde se proclama la verda-
dera Mirta. Cada vez que aparece una nueva edición
del libro, o que se entera que la obra de teatro sigue
llenando salas, me llama por teléfono y me dice:
«¡Cómo te sigo dando de comer, gordito!». Hace lo
imposible por avergonzarme, con mucha más fuerza
que en la juventud.
Sin embargo hay algo en toda su locura, antigua
y moderna, que nunca me permitió enojarme de
verdad con ella. No sé muy bien qué es. Imagino
que, tras la rabia tremenda que me provocaba — en
la infancia — que me espiara los cuadernos con
poemas y cuentos, yo sabía también, en el fondo,
que en casa alguien me leía. Que en casa alguien
confiaba en mí, a pesar de todo.
125
Petit alzheimer
127
contrar el ancla. Me gustó tanto ese rato de angus-
tia, que en la adolescencia, empecé a buscarlo como
quien busca, no a la novia, sino a la sensación del
primer beso. Quise provocar que me pasara más se-
guido esa tercera cosa entre el vivir y el soñar. Adiví-
nala, me decía Machado al oído: ¡Adivínala!
En general todo el mundo prefiere las respuestas
a las preguntas, por eso se venden mejor los libros
de autoayuda que las novelas de misterio. A las per-
sonas les da tanto miedo el petit alzheimer que nece-
sitan salir enseguida de la duda: abren los ojos, enfo-
can, se incorporan... Yo debo tener algún trauma no
resuelto, porque —al revés de lo esperable— disfru-
to de la sensación de no saber. O mejor dicho: de no
querer saber. Con los años aprendí a estirar la duda,
a permanecer quieto en las sábanas con los ojos dó-
ciles, a no moverme ni tragar saliva, a no indagar el
contexto, a no enfocar el techo para que la incerti-
dumbre no se escape.
Descubrí que solamente puedo engañar al cere-
bro cuando me despierto en un lugar imprevisto. A
veces me pasa en vacaciones, otras veces cuando me
acuesto en la cama ajena de un hotel, e incluso en
mi propia cama cuando abro los ojos en una posi-
ción extraña. Pero sobre todo me pasa cuando vuel-
vo de una siesta esponjosa.
Hay mecanismos simples para convocar a esta
perplejidad. Por ejemplo, hacer la siesta en un lugar
poco frecuente de la casa: el sofá de los invitados, un
rincón con sombra del patio... Mi mujer a veces se
128
inquieta cuando va a buscar su cartera y me encuen-
tra durmiendo en el armario, acuclillado junto a los
abrigos. «¿Qué haces ahí?», me dice, «¡Me vas a ma-
tar de un susto! ¿Por qué coño no duermes por la
noche y en la cama, como todo Cristo?».
Yo le explico que estoy buscando la tercera cosa
de Machado y que no es lo mismo dormir de noche
que hacer la siesta, porque al sueño nocturno lo te-
nemos domesticado. Sabemos para qué sirve, a dón-
de está; nosotros lo buscamos y él aparece, leal y pe-
sado como un San Bernardo. En cambio la siesta es
una gata de angora: llega lánguida cuando se le an-
toja, prefiere los sofás más que las camas y actúa
como si nos hiciera un favor. La siesta, sigilosa, es
una gran compañera para alcanzar el petit alzheimer.
A mi hija también la incomodo a veces; sobre
todo cuando vuelve de la escuela con amigas, para
merendar, y me encuentra durmiendo la siesta en
una colchoneta, debajo de la mesa de la cocina. Una
tarde la escuché disculparse con sus compañeras de
una manera que me tranquilizó:
«No os preocupéis», les dijo, «mi padre es un
poco latinoamericano».
Más allá de eso, mi petit alzheimer no le hace
mal a nadie. En la infancia, cuando este ruido blan-
co alcanzaba cinco segundos de duración, mis pa-
dres no se enteraban de nada. Después perfeccioné
la técnica: en la adolescencia llegué a los quince se-
gundos. Una mañana de la juventud estuve medio
minuto —¡medio minuto!— sin saber quién era. Y a
129
los treinta años, con mucha práctica, pude traspasar
la frontera del minuto.
Ahora tengo más de cuarenta y puedo conseguir
el petit alzheimer cuando quiero y a la hora que se
me antoja. Como en el resto de las actividades del
ser humano (la guitarra, el sexo, hacer dinero o pilo-
tar aviones) después de mucha práctica se consigue
alguna pericia, o por lo menos un estilo propio. Sue-
le decirse, con razón, que tras diez mil horas de ha-
cer algo —lo que sea— nos convertimos en exper-
tos. Y yo lo que más hice en la vida fueron dos co-
sas: dormir y darle vergüenza a mis seres queridos.
Ahora, en mis largos momentos de petit alzhei-
mer me despierto de la siesta y consigo una especie
de perfección. No recuerdo nada, no tengo pasado
ni futuro. Nunca sé exactamente en qué año estoy,
ni si acabo de despertar en mi casa de Buenos Aires
o en la de Barcelona, ni si estoy en la época en que
era flaco o en la época en que era gordo, ni si tengo
dinero en el pantalón que hay a los pies de la cama,
ni si ya nació mi hija o ya empecé a enojarme con
sus novios, ni si conseguí publicar mi primer libro o
me dedico a otra cosa, ni si la mujer que amo ya
apareció en mi vida, ni si hay examen de historia y
anoche no estudié, ni si tengo deudas peligrosas o si
estoy llegando tarde a un viaje, ni si me queda la úl-
tima raya en el papel o si eso ya no me importa, ni si
hay una excursión escolar y debo saltar de la cama
feliz, ni si mi padre ya se murió o sigue jugando al
tenis, ni si me acordé de ponerle pasto y agua a los
130
camellos, ni si el doctor ya me avisó que tengo cán-
cer terminal o todavía puedo fumarme el último ci-
garro tranquilo.
Cuando me despierto de la siesta no sé si ya es-
toy muerto y puedo seguir durmiendo, o si acabo de
nacer y debo recitar sin culpa los versos de Pessoa.
Porque esto empieza y termina con unos versos;
no hablo de este relato en particular, sino de la vida
entera. Siempre que salgo victorioso del petit alz-
heimer murmuro un mantra portugués para despe-
dir la siesta:
—No soy nada —me repito cada vez que abro
los ojos—. Nunca seré nada. No puedo querer ser
nada. Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños
del mundo.
131
Prohibido cantar Messi subnormal
Messi, Messi,
Messi subnormal,
subnormal,
subnormal. (Bis.)
133
por intentar ofender y conseguirlo. Es casi un pre-
mio injusto para una canción tan mala, pero fue así.
Y a la opinión pública, que está cada vez más sus-
ceptible, le encantó la medida.
Así que desde el próximo fin de semana la Fede-
ración Española de Fútbol se propone evaluar todos
los cantitos de tribuna, todos, para denunciar a los
que son incorrectos.
A mí esto me parece una idiotez tan hermosa,
que miro el reloj a cada rato para que llegue el sába-
do y ver entrar a la cancha a este grupo de taquígra-
fos, o de escribanos con cuadernito, de saco y corba-
ta, y verlos tomar nota de lo que canta la gente dro-
gada y borracha en la tribuna:
—A ver, ¿con qué dicen que se laven el culo,
Gutiérrez?
—Creo que dicen que con aguarrás, señor.
Me los imagino, atentos y vigilantes, y me mue-
ro de amor.
Este grupo de escribanos, si dios quiere, se va a
encerrar después a escuchar todos los cantitos y si
encuentran alguna ofensa en las letras (Messi sub-
normal, Iniesta pelado, Pepe psicótico) denunciará a
los aficionados ante el Comité Antiviolencia.
Todavía no queda claro si el objetivo es encerrar
en la cárcel a los cantautores, cosa que no pasaba
desde el franquismo, o si la idea es rehabilitarlos en
centros especializados, para que cuando salgan can-
ten versos más convenientes.
Sea una cosa o la otra, a mí me asalta una duda.
134
¿Qué pasa si desde la semana que viene, por precau-
ción, los hinchas desarrollan versos irónicos desde la
tribuna?
Dani Alves
posee melanina
en la piel. (Bis.)
135
un morocho) no es ofensivo, es inocuo. Ahí no hay
ni incorrección ni hay xenofobia, lo que hay son po-
cas ganas de pensar algo divertido para herir mejor
al delantero contrario y provocar que no nos cague a
goles. Ese es el objetivo.
Y no es un problema del fútbol. Pasa lo mismo
en la política, en el arte. Pasa en todas la sociedades
que se aburguesan: se multa siempre al desubicado,
pero jamás se castiga al mediocre.
136
Teníamos un juguete
137
una variante al juego: mientras durase el partido, los
que mirábamos teníamos que cantar a coro y a los
gritos. Y así lo hicimos.
¡Qué bien nos salía cantar! Pronto averiguamos
que no solo éramos buenos con el juguete, sino
también mirando el juego. No habíamos resultado
espectadores tristes, como en otros continentes. No-
sotros nos involucrábamos, tirábamos kilos de papel
picado para recibir a los nuestros y componíamos
canciones de aliento.
«Sí sí señores
yo soy de Racing.
Sí sí señores
de corazón».
138
nuestra fiesta popular, llena de papel picado y de
cantitos. Empezamos a decirle «hinchar» a la acción
de fastidiar al rival con canciones picarescas. Y nos
bautizamos a nosotros mismos «hinchas», y al grupo
enfervorizado de la tribuna le pusimos de nombre
«hinchada». Habíamos aprendido a vestir al juguete
con accesorios.
Un día se hicieron tan numerosas las hinchadas,
y tan efusivas, que tuvimos que poner barras de fie-
rro en las tribunas, a la altura de la cadera, para no
caernos en avalancha por culpa de la emoción. Más
tarde esa barra de metal sirvió para que el hincha
con mejor garganta, subido a ella, dirigiera el coro
improvisado. Bautizamos a este hincha con el nom-
bre de «barrabrava», porque sus malabares eran de
vértigo.
Nuestros mejores jugadores, que ya empezaban a
jugar en otros países, al debutar en el extranjero sen-
tían un vacío: la emoción de las tribunas no era
igual. Todos sentados, nadie cantando. Muchos ele-
gían volver al club de su origen, incluso perdiendo
fortunas, con tal de escuchar otra vez el rumor de las
hinchadas dirigidas por los barras. Fue entonces
cuando nos empezó a interesar más el accesorio que
el juguete.
En esa época empezamos a exagerar la emoción
que sentíamos. Los hinchas, que hasta entonces ca-
ricaturizábamos pequeñas guerras ficticias, olvida-
mos que actuábamos en chiste. Empezamos a lla-
marle «pasión» a nuestra simpatía por un club.
139
Y los cantos se volvieron literales.
140
en la portada, a un conflicto entre hinchas que a la
guerra de Medio Oriente. Y los barrabravas empeza-
ron a tener nombre y apellido en la prensa. Les sa-
caban fotografías, se hablaba de ellos en las tertulias.
Cuanto mayor era su salvajismo, más grande su
fama y su titular.
Los relatores del juego, que al inicio solo decían
los nombres de los jugadores por la radio, también
empezaron a fingir emoción exagerada en el relato.
Durante los partidos gritaban los goles durante cin-
cuenta segundos en el micrófono, como poseídos,
como si no hubiera nada más importante en el uni-
verso, y después le pedían calma a las tribunas.
Nadie sabe cuándo fue, exactamente, que todo
se fue al carajo.
Nadie recuerda cuándo murió el primero de los
nuestros, ni a manos de quién.
Nadie sabe cómo algunos se hicieron dueños del
juguete.
Pero un día las tribunas se convirtieron en cam-
pos de batalla. Y la prensa no hablaba de la muerte
de seres humanos, sino de la muerte de «hinchas
de». Para alimentar la pasión. Los jugadores que
triunfaban en el extranjero ya no quisieron volver, y
los dueños del juguete se llenaron los bolsillos sin
mejorarle el mecanismo. Hoy, cuando vamos a ver
jugar a los nuestros, ya no hay sombreros, ni rabo-
nas, ni paredes. El pasto está alto y descuidado. Y
pusieron una manga de plástico para que los jugado-
res puedan entrar a la cancha sin morir.
141
Teníamos un juguete.
Era el más divertido del mundo.
Todavía no sabemos si fue un accidente, pero
rompimos el juguete en mil pedazos. Lo hicimos
mierda. Y lo más triste es que no sabemos jugar a
otra cosa.
142
La rana hervida en la olla
143
Ahora van quince minutos de conferencia. Miro
los papeles que le quedan por leer al señor y trato de
sacar la cuenta de cuántos son, respecto a los que ya
leyó. «¿Serán doce, serán quince? Parecen veinte. ¿Lo
habrá impreso por lo menos en Helvética 16? Dios
quiera que haya usado interlineado doble». A los
veinte minutos pasa algo singular: todos los oyentes
sacamos el teléfono del bolsillo y lo activamos con
cualquier excusa. En general fingimos que vamos a
tuitear algo que está diciendo el conferencista, pero
lo que queremos en realidad es tener la pantalla
prendida. Nos relaja saber que estamos conectados a
otra cosa: a mirar el mail de reojo, a saber qué hora
es en nuestro país de origen, a ver qué están dicien-
do en las redes los que tienen la suerte de no estar en
un simposio en México.
Mientras tanto la conferencia sigue su curso y,
para mayor desgracia, es bastante inteligente lo que
dice el señor. Estoy a punto de reincorporarme a la
trama pero me palpita el teléfono en la mano con
nuevos datos vacíos (la formación del Barça contra
el Rayo Vallecano, datos urgentes), y entonces en-
tiendo que la charla completa va a estar colgada en
Internet dentro de unos días, que la podré disfrutar
mejor la semana que viene, y me pongo a pensar en
otra cosa, sin culpa.
Me pongo a pensar que al día siguiente yo voy a
tener que estar sentado en la misma silla que el po-
bre conferencista, y que tendré que dar mis impre-
siones sobre el futuro del libro durante una hora, y
144
escuchar las toses y los carraspeos de los oyentes du-
rante el minuto quince, y la aparición de los teléfo-
nos desde el minuto veinte. O tal vez (pienso) ma-
ñana pueda dejar de hacerme el distraído y confesar
por fin, frente a la audiencia, que no me importa en
absoluto el futuro del libro. Ni el de papel, ni el
electrónico, ni la convivencia entre ambos, ni la
muerte de uno de los dos, ni si la gente lee más o lee
menos que hace treinta años, ni cómo harán los au-
tores y los periodistas y los editores para mantener
su nivel de vida, su casa y su coche, cuando todo el
mundo consiga sus contenidos gratis en Internet y la
industria se vaya a la mierda. No me importa.
En este me momento lo que me preocupa, terri-
blemente, es que no nos podemos concentrar. Me
preocupa lo que nos cuesta leer. Lo que nos cuesta
escribir. Lo que nos cuesta escuchar al otro.
En esta sala, en este Simposio, somos todos muy
inteligentes y muy despiertos. No somos gente que
no lee. Somos una élite de señores y de señoras
preocupadísimos por el futuro de la letra impresa.
En la sala hay editores, bibliotecarios, escritores,
humanistas, libreros, periodistas, es decir: estamos
los que vinimos al mundo para reflexionar sobre qué
tenemos que hacer para que «los otros» lean. Los
otros. Nosotros supuestamente estamos muy bien.
Los que participamos de seminarios y de simposios
no tenemos problemas con ese asunto… ¿O sí?
¿Leemos igual que antes, con la misma concentra-
ción?
145
Y ahí está el tema: yo creo que no.
Cuando nos quedamos solos en los hoteles, en
este simposio o en cualquier otro, la mayoría de no-
sotros, los ilustrados, no nos podemos concentrar en
nada que no nos estimule con velocidad. Y no son
libros, ni de papel ni digitales. ¿Qué hacemos en-
tonces en los ratos libres? No sé ellos, pero a mí me
daría vergüenza si se hiciera público mi historial de
navegación de ayer por la noche en el hotel.
El señor sigue leyendo. Le faltan casi diez pági-
nas y estamos todos aburridos y tristes en nuestras
butacas de pana. Entonces, de repente, pienso algo
horrible. Pienso en un mundo paralelo en donde
todos nos fuimos convirtiendo en bulímicos y en
anoréxicos, pero no somos capaces de confesarlo.
Para disimular, nos reunimos en simposios a debatir
sobre si es mejor cocinar en horno tradicional o en
modernísimos microondas. Y estamos todos piel y
huesos, ojerosos, con trastornos alimentarios, pero
decimos en voz alta que «si bien el microondas es el
futuro, el horno a leña nunca va a morir del todo».
Y nadie es ese mundo paralelo, nadie, se pregunta
nunca cómo hacer para volver a disfrutar un bocado
por placer, cómo hacer para que nuestros hijos no
vomiten a escondidas en los baños, cómo hacer para
que otra vez nos guste masticar con la boca abierta
sin que nos importe dónde se cocina ese manjar.
Tengo una hija que es nativa digital absoluta.
Ella no tiene la menor nostalgia por los libros de
papel. A veces le digo: «Mirá, hija, olfateá este libro
146
de mi infancia, sentí la mezcla de tinta, de papel y
de tiempo». Y ella huele el libro y me dice: «¡Qué
asco!». Y tiene razón. Yo le envidio a mi hija esa au-
sencia de melancolía por el papel. Ella pasa muchas
más horas mirando videos de Youtube o aplicaciones
del Ipad que leyendo libros o revistas. Hasta hace un
tiempo esto me preocupaba, pero ahora descubro el
error y ya no me importa. No creo que el mundo,
dentro de treinta años, mantenga como virtud la
concentración.
Ya somos la rana hervida. Ya se nos pasó el tiem-
po de saltar de la olla y de salvarnos.
Cuando ella tenga mi edad, en el año 2040, qui-
zás concurra como invitada al 3º Simposio del Pen-
drive Telepático. En esa época los contenidos cultu-
rales se van a traspasar al cerebro por una ranura,
mediante un dispositivo, en menos de medio minu-
to: bzzzzzk. La experiencia de leer el Quijote durará
lo mismo que una descarga de archivos actual. En
veinte segundos el usuario tendrá las peripecias de
Alonso Quijano en su cerebro, sin transitar el es-
fuerzo de haberlas leído. Entonces mi hija irá a ese
Simposio y tendrá melancolía del Ipad, tendrá nos-
talgia de las épocas en que todavía los humanos lo-
grábamos mirar videos de Youtube durante nueve
minutos sin pestañear.
147
Infarto
Nota
Los siete relatos que componen el apartado «Infarto»
tienen como protagonista el episodio cardíaco que casi
me mata en Montevideo en diciembre de 2015. De
aquí en adelante, todos los textos que aparecen en el
libro fueron escritos sin fumar (ni tabaco ni
marihuana) por primera vez en mi vida.
Triste, sin sal y libre de humo
151
tiempo, como si las dos actividades fueran una sola.
Yo no sé qué me podrá salir ahora de los dedos; se-
guramente me saldrá una mierda horrible de auto-
ayuda. Por lo que sé, los escritores que dejan de fu-
mar, o los que viajan de repente a la India, o los que
empiezan a creer que su vida se está enderezando, se
convierten en imbéciles sin remedio. Por eso apro-
vecho este párrafo para pedirle disculpas a mi editor
y a los lectores. Al primero le digo que si no me
paga las próximas colaboraciones lo voy a entender
perfectamente. A los segundos, que si escapan de
esta página y no vuelven nunca más en la vida me
parece muy bien. Yo haría lo mismo, porque no me
gusta leer a escritores como el que voy a empezar a
ser de ahora en más.
Para mí, que soy hijo de los malos hábitos, escri-
bir sin fumar es como andar en bicicleta sin manos.
No es imposible hacerlo (de hecho tarde o temprano
se logra) pero te das cuenta enseguida de que no vas
nunca a donde se te antoja sino a donde te llevan las
ruedas. La bicicleta va sola, no la podés manejar. Y
además, ¿para qué intentarlo? Ir en bicicleta debería
ser una aventura, no una acrobacia. Del mismo
modo que escribir debería ser un destino y no un
malabar de circo.
Esto que estoy escribiendo, sin fumar, es mala-
barismo.
Hasta ayer, cuando escribía y fumaba, yo era fe-
liz. El cerebro me dibujaba una parábola de nicotina
que se esparcía en la mesa con placer. Yo me acomo-
152
daba en ese colchón de humo y después, con alegría,
soltaba mis ideas y mis argumentos. Antes de pren-
der el cigarro todo es precalentamiento. Antes de
fumar se puede decidir el tema de la historia, se
pueden acomodar los lápices del escritorio, se puede
elegir el tipo de letra, se puede ver porno diciendo
que es un modo de relajarse, se puede anotar algo en
una libreta para que dé la sensación de que uno es
todavía analógico. Se pueden hacer muchas cosas
antes de fumar. Pero el cerebro sabe que son preli-
minares. La historia empieza, siempre, cuando el
fuego te explota en la garganta.
Antes no.
Y aunque sé todo esto, hoy tengo que escribir
esta columna sin una sola pitada, porque el doctor
que me salvó la vida me dijo que si vuelvo a ponerle
sal a los almuerzos, o que si fumo un cigarro más,
me caigo redondo en la calle y me muero como un
miserable y ya no habrá nadie que me pueda salvar.
Yo no sé si los médicos dicen esto para asustarte (es
muy probable) pero el infarto que tuve fue bastante
real y la malla de metal que me pusieron en el cora-
zón no es de mentira, porque me salió carísima.
También todos los chequeos.
De hecho, lo que más odio de lo que me pasó
fue perder ese invicto. Llevaba cuarenta años sin en-
trar a una consulta médica (la última vez fue para
que me quitaran las amígdalas, yo tenía cuatro
años). Mi cuerpo no conocía los diagnósticos ni los
chequeos. Después del infarto, cuando lograron re-
153
animarme, me preguntaron si yo era hipertenso,
quisieron saber si era diabético, me consultaron so-
bre mi colesterol. Y a todo yo respondí lo mismo:
“No tengo la menor idea porque nunca fui al doc-
tor”. Y se los decía con orgullo, en sus propias batas
blancas.
Hasta la semana pasada, ir al médico era para mí
una superstición. ¿Para qué sacar turno, si era obvio
que me iban a encontrar todos los males del mun-
do? Ir al médico era lo mismo que comprar todos
los números de la lotería del cáncer. Iba a entrar in-
mortal a la salita de espera, y después iba a salir con
la certeza de la muerte en la espalda. ¿Para qué ha-
cerse mala sangre? Preferí siempre que la muerte me
llegara de imprevisto. Lo único que hacen los médi-
cos es ponerte la segunda fecha en la Wikipedia.
Pero entonces pasó lo del mes pasado, en Montevi-
deo. Primero me comí un chivito con mucha grasa
en las ramblas, regado con cerveza Pilsen, y de so-
bremesa me pedí un café con crema y me fumé un
porro, porque en Uruguay está permitido el porro.
Fue mi último almuerzo feliz, aunque yo no lo sa-
bía. Comí, fumé y bebí con alegría y una hora más
tarde me empecé a morir.
Pero hoy no voy a contar esa anécdota (la dejo
para la semana que viene, porque es muy divertida:
hay patrulleros, hay sirenas…). Hoy solamente diré
que cuando los doctores uruguayos me salvaron,
cuando nací de nuevo en Montevideo, lo primero
que supe es que no podría volver a comer chivito, ni
154
a meterme a la boca cosas con sal, ni podría volver a
aspirar las virtudes del tabaco mientras escribo.
Desde hoy soy como esos pintores que pierden
los brazos y empiezan a dibujar con los pies. Nunca
serán los mismo cuadros, pero la gente los comprará
para Navidad, y todos dirán: «Pobre muchacho, qué
mal dibuja con los pies, pero cuánta voluntad que le
está poniendo a su vida de mierda». Eso dirá la gen-
te de mis cuentos. En el momento en que me infarté
supe que, si no me moría, lo próximo que iba a es-
cribir sería un texto triste y sin gracia, un texto libre
de humo como los bares de este siglo. Y acá estoy: se
los dejo caliente a este texto, sin corregir, para sa-
cármelo de encima y poder seguir con mi vida, sin
una pizca de sal.
155
Huéspedes y anfitriones
157
durante un rato elegí pensar que tenía acidez. En el
fondo yo sabía que esos pinchazos estaban en el co-
razón y no en la barriga, pero es tan necesario negar
la muerte cuando le ves el plumero, sospechar que
las cosas extraordinarias de la vida nunca nos pasan
a nosotros, que siempre al principio el infarto parece
un poco ardor de estómago.
«¿Querés que llame a alguien?», me preguntaba
Julieta, y yo le decía que no, que ya se me iba a pa-
sar, mientras cruzaba los dedos para que no fuera lo
peor. Es horrible que te dé un infarto y te mueras al
principio de una relación con una mujer más joven,
porque en el velorio todo el mundo piensa que te
moriste de esfuerzo sexual. Es vano explicar que no,
que en realidad estabas a punto de ver a Racing en el
televisor, que habías comprado facturas y estabas
vestido: siempre tu muerte será morbosa y tendrás,
en el imaginario de tus deudos, el culo al aire.
Me bajó la presión de solo pensar en mi velorio.
«¿Llamo a alguien? Ahora estás pálido».
Ella también cruzaba los dedos para que no fue-
ra un infarto. Nos habíamos conocido pocos meses
antes: posiblemente yo era una excentricidad en su
vida, una especie de novio viejo pero simpático,
pero no un novio muerto. Es muy feo ser una chica
y que de repente una aventura sentimental se te
convierta en un cuerpo gordo y rígido al que tenés
que repatriar para que no se pudra.
Capaz que ella quería una relación de verano, un
toco y me voy, una anécdota para contarle a sus
158
amigos, y yo le estaba regalando la burocracia de
meter un cadáver en el congelador del buquebús.
¿Y a quién iba a llamar, ella, para avisar de mi
muerte, si solamente Cristina sabía todo el asunto?
Yo todavía no le había contado a nadie que me ha-
bía separado. No lo sabían ni Chichita, ni mi her-
mana, ni Chiri. De hecho, pensaba esperar a fin de
año para explicárselos. La única persona del mundo
que sabía que yo estaba con Julieta era Cristina, pero
no es recomendable llamar tan pronto a la exmujer
de alguien para decir «mirá, te lo devuelvo porque se
murió».
Entonces, de repente, el brazo izquierdo se me
empezó a dormir y se acabaron todos los chistes.
«Che, es un infarto», dije, y la respiración se me vol-
vió muy fría. Julieta salió corriendo a buscar gente.
Y entonces, justo ahí, en ese momento del domingo,
me quedé solo con mi infarto.
Y lo dije dos veces más, en voz alta. «Infarto. In-
farto». Y eso lo cambió todo, fue una especie de
frontera. Porque mientras yo decía a los cuarenta
años que me iba a morir a los cuarenta y cinco, era
todo gracioso. Mientras fumaba como un escuerzo y
sentía, por la noche, el silbido de la muerte en la
garganta, la sensación de inmortalidad persistía en el
fondo de mi juventud. Mientras yo comía grasas sa-
turadas sin parar, los cuentos y las ideas seguían apa-
reciendo en la cabeza. Incluso diez minutos antes,
cuando mi boca decía «no es nada» o «ya va a
pasar», mientras mi cabeza pensaba que podía ser
159
una gastritis, yo todavía era el personaje de mis
cuentos, un gordo gracioso que, sin haber hecho
ningún esfuerzo, solía tener la suerte de su lado.
Pero desde que dije en voz alta «es un infarto» y
Julieta se fue, desde que me quedé solo en la casa de
huéspedes, me convertí en un hombre cualquiera
que se muere sin nadie, me convertí en mi padre en
su sillón después del tenis, en mi abuelo en su noche
final de la clínica, en el mendigo que eterniza su ap-
nea abajo de un puente; fui todos los hombres
muertos que no tuvieron gente al lado.
Y si cuento la historia —si sigo siendo el perso-
naje— es porque Julieta volvió con Javier y Alejan-
dra, los anfitriones de la casa, y como pudieron me
subieron a un auto. Salimos por una avenida llena
de hinchas de Peñarol, y tuvimos la suerte de cru-
zarnos con un patrullero. Alejandra, que manejaba,
sacó la cabeza por la ventanilla y le dijo al policía:
«Llevamos a un infartado, prendé la sirena y guiános
al hospital». Al patrullero le giraron luces azules y
rojas, como en una serie yanqui, y le brotó un aulli-
do de urgencia que obligó al tráfico a abrirse como
el mar Rojo. Yo miraba el camino con la presión en
la mínima. Me di cuenta de que respirar me reque-
ría un esfuerzo enorme, y que si perdía el conoci-
miento mi cuerpo no podría hacerlo. Supe que no
tenía que hacer literatura mental: nada de pensar
tiernamente en mi hija, ni en mi vida anterior con
nostalgia, porque si me emocionaba la energía de la
respiración se disipaba.
160
Solamente había que respirar y llegar. Y no mo-
rir. Respirar y llegar. Y no morir. Si aparecía a una
camilla todo iba a estar bien, porque lo único que
hay que evitar en la vida es la frase «murió de ca-
mino al hospital». Es una frase muy fea.
Lo que pasó después fue una magia que yo des-
conocía. Seguramente los cardiólogos van a congre-
sos y conversan sobre estas cosas como quien habla
de la lluvia, pero para el resto de la gente no es nor-
mal que te hagan un agujero en la muñeca para me-
terte un alambre. Yo no sabía lo que me estaban ha-
ciendo. Solamente entendía que un infarto era un
dolor y después la muerte.
Pero apareció un médico, el doctor Vignolo, y
me puso un alambre en la muñeca. Ese alambre via-
jó por debajo de la piel del antebrazo y yo lo noté
subir; después siguió viajando hasta el hombro. El
médico miraba un monitor y mi sensación era ex-
traña. Noté que él jugaba a un videojuego en el que
había una sola pantalla y una sola vida, que era mía,
y el médico llevaba el alambre a la zona del pecho.
Tardé un rato en darme cuenta de que lo que
pasaba en la pantalla estaba pasando a la vez en mi
cuerpo. Pero cuando el alambre llegó al corazón apa-
reció un resorte minúsculo, como de encendedor,
que se metió en la arteria y la agrandó.
Y entonces, exactamente en ese instante, mi pe-
cho respiró un aire urgente, un aire distinto, una
bocanada que yo no respiraba desde la infancia, y
sentí que la muerte se escapaba de mi pecho.
161
El doctor Vignolo me dijo, después de la opera-
ción, que la velocidad con que me trajeron en el
auto fue vital. Gracias al patrullero y a Julieta y a
mis anfitriones, hicimos en diecinueve minutos un
camino que se suele hacer en cuarenta. «Tu corazón
no hubiera aguantado cuarenta», me dijo el doctor.
Un par de días después, en la habitación de cui-
dados intensivos del Hospital de Clínicas, me llegó
un correo de Airbnb, la página de alquiler de casas.
Me pedían una evaluación pública de mis anfitrio-
nes en Montevideo. Como todavía no podía escri-
bir, le dicté a Julieta mi evaluación de la casa:
«Excelente vivienda para huéspedes con propen-
sión al infarto de miocardio. La zona posee comuni-
cación directa con los mejores hospitales de Monte-
video. Los anfitriones, Javier y Alejandra, se convier-
ten al instante en ángeles de la guarda y te salvan la
vida sin conocerte. Te llevan muy rápido al hospital,
en su propio coche, mientras te estás muriendo y
después se quedan en la sala de espera hasta que los
médicos te ponen un bypass. No permiten que cai-
gas en depresión ni que te sientas solo, te traen li-
bros para que leas y además no te quieren cobrar los
días que te quedás de más en su casa. ¡Muy reco-
mendable!».
162
El viejo que caminaba porque sí
163
por la voluntad, pero un gordo que camina está
obligado por un doctor. Siempre. Entonces, cuando
veía pasar a un gordo con gotas en la frente yo lo
saludaba con una inclinación de cabeza, como a un
compañero de angustia. Pasa lo mismo con las em-
barazadas y los enanos: cuando se cruzan por la calle
se saludan, aunque no se conozcan. A esa cortesía se
la llama saludo corporativo. A nosotros, los gordos
cardíacos, nos pasa lo mismo.
El problema de caminar por un parque tan
grande es que también hay personas que, inexplica-
blemente, van a hacer ejercicio porque se les antoja.
Eso nos da mucha bronca a los gordos. Hay mujeres
que caminan para tener el culo levantado, hay mu-
chachos que corren para tonificarse, hay vegetaria-
nos que trotan para desaparecer, hay toda clase de
masoquista.
A mí el que más me llamaba la atención era un
viejo, muy arrugado y fibroso, que llegaba al parque
a la misma hora que yo.
No quiero exagerar: el viejo tenía entre ciento
cincuenta y doscientos años. Llegaba siempre al
parque bien perfumado y se ponía a hacer estira-
mientos al lado mío. Desde el primer día nos mira-
mos sin saludarnos, distantes, antes de empezar la
caminata. Nos medimos. Fuimos como un Ford y
un Chevrolet que aceleran en falso y saben que,
cuando el semáforo se ponga en verde, van a salir
disparando con imprudencia ilegal. El viejo y yo su-
pimos, al vernos, que íbamos a ser enemigos.
164
Yo no sé por qué él me odiaba a mí. Yo lo odié
enseguida porque había llegado sano a una edad
imposible y, en vez de disfrutar y comer jamón cru-
do y fumar porro y dormir hasta las once, venía al
parque temprano a molestar a los que queríamos
llegar vivos a fin de año.
El viejo tenía la mandíbula salida y daba la im-
presión de que, de joven, había sido guardaespaldas
o playboy. O aviador. Era de esos tipos que se cuida-
ron mucho en la juventud, que no fumaron, que
comieron correcto. De todos los varones mayores de
cuarenta años que hacíamos ejercicio alrededor del
parque, este viejo de ciento cincuenta años era el
único que a veces sonreía. Era el único flaco y fibro-
so. El único que caminaba abajo del sol porque que-
ría. Era muy probable que, durante todo el año
2015, se le haya parado el pito más veces que a mí.
La primera vez que nos cruzamos, el viejo y yo
empezamos a caminar para el lado de la remisería de
la calle Conde, los dos al mismo tiempo. Al princi-
pio nos hicimos los boludos, como si no estuviéra-
mos iniciando una competencia feroz. Él tenía los
huesos largos y la cadera un poco salida; yo soy gor-
do y tengo los pies planos. Él llevaba un pantalonci-
to de mil nueve cuarenta y dos; yo tengo el mismo
modelo.
Es decir, estábamos en igualdad de condiciones.
Esa mañana me ganó por medio minuto: yo lle-
gué exhausto. El segundo día me preparé mejor y
me ganó solamente por diez segundos. El tercer día
165
los dos nos dimos cuenta de que algunas personas se
quedaban a un costado y nos miraban: los gordos y
los infartados querían que ganara yo; los vegetaria-
nos y los flacos alentaban al viejo. A veces yo lo pri-
mereaba pero siempre, al final de la vuelta, el viejo
tenía más aire y llegaba primero a la meta.
Con el tiempo supe que los días de sol le costaba
más ganarme; en cambio los días nublados me saca-
ba un minuto de ventaja, el hijo de puta. Un viernes
de la tercera semana casi lo alcanzo —para algunos
fue un empate virtual— y se escucharon aplausos
desde el bar de la calle Freire.
Entonces una mañana, por miedo, el viejo em-
pezó a llegar al parque acompañado por una nieta
que lo ayudaba a precalentar. La chica no solamente
me distrajo a mí; distrajo a todos los gordos que
caminábamos moviendo los bracitos por el parque.
Era la nieta más linda y más semidesnuda que ha-
bíamos visto en la vida. Durante toda esa semana el
viejo me ganó por más de minuto y medio; yo no
podía ni pensar estrategias ni concentrarme.
A la mañana siguiente fue cuando le dije a Chi-
chita que me acompañara al parque. Desde que en-
viudó, mi mamá se puso muy coqueta y los viejos se
deslumbran mucho con ella. Funcionó. Cuando el
viejo me vio llegar con Chichita al lado infló el pe-
cho como una paloma, y por primera vez pareció
desconcentrarse. Yo supe que por fin podría ganarle
y empecé a caminar para el lado de la remisería.
Chichita se quedó sentada en un banco, mirándo-
166
me. Caminé mejor que nunca, rítmico, flexible, sin
mirar atrás. Yo era un gordo al viento, y el viejo en
ninguna esquina me pudo alcanzar.
Cuando di la vuelta completa al parque me de-
tuve feliz. Apoyé las palmas en las rodillas y busqué
al viejo detrás de mi hombro, pero no lo vi. «¿Gané?
¿Le gané?», le pregunté jadeando a la nieta. Ella me
señaló la otra esquina, y tuve que achicar los ojos
para ver: el viejo y mi mamá estaban entrando al ho-
tel de la calle Pinto. Chichita iba moviendo el culo
con gracia. «Ganaste vos, pero ahora mi abuelo se va
a culiar a tu vieja», me dijo la nieta.
A la mañana siguiente me anoté en un gimnasio
y no pisé más el parque.
167
Mientras todo el mundo dice uh
169
dad. Y descubrí que Roberto no estaba cómodo. En
absoluto. Estaba inquieto.
Mi padre miraba las bocas de ingreso del estadio
y no podía entender la parsimonia de la gente que
hacía fila para entrar. «¿Por qué nadie le pega a na-
die?», me preguntaba con estupor. «¿Por qué no nos
empujan, Hernán?», me decía. «¿Por qué ninguno
me está robando la billetera, Hernán?». Roberto no
me preguntaba esto con admiración primermundis-
ta, sino con disgusto, con extrañeza y con bronca.
«¿Por qué nadie trae del brazo a una novia con el
culo desproporcionado, Hernán?». Mi padre estaba
descubriendo, de repente, que a su porción de cho-
cotorta le faltaba todo el colesterol.
Me acordé enseguida de los esfuerzos tremendos
que él había hecho, cuando yo era chico, para lle-
varme a las canchas de fútbol argentinas. Cómo de-
bió resguardarme de las avalanchas, cómo me aisló
de las puteadas más groseras. Recordé los viajes en el
93 hasta la avenida Pavón, el silencio que se hacía
cuando pasábamos por La Boca y temíamos que los
bosteros (que son nativos porteños en estado salvaje)
entraran por la ventanilla para acribillarnos en una
emboscada. Recordé las lágrimas de Chichita cuan-
do nos íbamos a ver un Racing-Independiente: eran
lágrimas parecidas a las de las madres cuando sus
hombres parten a la guerra.
Por eso mi padre buscaba, en vano, la adrenalina
en las tribunas del Camp Nou. Miraba el civismo
reinante con sospecha, como si el deporte que estaba
170
a punto de ver no fuera fútbol, sino otro más patéti-
co: natación sincronizada o danza rítmica. «¿Y los
papelitos, Hernán?», preguntó cuando salieron los
equipos a la cancha. Yo le dije que no había papeli-
tos en los estadios españoles, porque estaba prohibi-
do hacer basura. Y él miraba al cielo. «¿Y los cantitos
chanchos, Hernán?». Le dije que tampoco había ri-
mas ni palabrotas. Y él volvía a mirar el cielo.
A la mitad del primer tiempo le pregunté por
qué miraba tanto al cielo, y me dijo: «Es todo muy
aburrido, Hernán: los de la platea alta ni siquiera te
mean».
En ese momento yo era bastante nuevo en Espa-
ña, y todavía no entendía la incomodidad de lo per-
fecto. Me dio la impresión de que mi padre exagera-
ba su fastidio, pero con el tiempo me empezó a pa-
sar algo parecido por la calle.
Durante los siguientes diez años, al caminar por
las ramblas, o por el paseo Sant Joan, no pude sen-
tirme cómodo. En Barcelona no hay baches que sal-
tar, ni bocinazos en las esquinas, ni manifestaciones
espontáneas, ni colectiveros que te mandan a la re-
calcada concha de tu madre. Es un mundo paralelo
bastante mejor que mi mundo de origen, pero muy
poco mío. Y para peor tengo una corazonada narci-
sista cuando voy por la calle: creo que mi sola pre-
sencia de gordo zaparrastroso, afea un poco esa per-
fección.
Cuando vuelvo de visita a Buenos Aires me en-
cuentro con todo los baches del mundo, y me topo
171
con los piquetes y recibo con alivio los bocinazos y
las recalcadas conchas, pero tampoco logro sentirme
en casa. Son mis calles, están mis amigos y mi fami-
lia, mis insultos más queridos, pero en el bolsillo
siempre tengo un pasaje de avión que me dice:
«Volverás en unos días a España; soy yo, tu billete de
regreso, te estoy hablando a ti, gordo sudaca».
Sin embargo, esta vez pasó algo con mi pasaje de
Iberia. La fecha de regreso era para mediados de di-
ciembre y un poco antes tuve un infarto; entonces el
médico no me dejó viajar. Tuve que quedarme en
Buenos Aires y perdí el vuelo. Todavía sigo acá, en
mi ciudad de origen.
Y ahora, que no tengo el contrarreloj de Iberia,
los baches y los bocinazos y las puteadas me envuel-
ven como si otra vez fueran míos.
El día siguiente que perdí mi billete de regreso a
Barcelona era un miércoles. Me desperté a las siete y
media de la mañana. Era un día laborable como
cualquier otro en Buenos Aires. En la tele había un
partido entre un equipo argentino y otro japonés, en
directo desde Oriente.
A los diez minutos del inicio un japonesito pa-
teó muy fuerte, esquinado, y la pelota casi se mete
en el ángulo, pero el arquero de River la sacó al cór-
ner. Yo dije ¡uh! y me agarré la cabeza. Al mismo
tiempo, por la ventana abierta, muchas otras voces
en otras casas, gritaron uuuuhhh.
Al mismo tiempo que yo.
Fue un murmullo de vecinos invisibles, como un
172
coro de palomas mensajeras, que se agarraron las ca-
bezas. Yo no los vi, pero intuí sus presencias.
Entonces descubrí que había llegado a mi país,
por primera vez en quince años. Supe que ya no es-
taba en un lugar donde la gente duerme o hace otra
cosa cuando yo miro lo que me importa por la tele.
Supe que ya no tenía que pensar qué hora será en el
sitio del mundo que me importa, ni qué temperatu-
ra hará, porque lo podía ver por la ventana. Descu-
brí que estaba, otra vez, en el lugar donde todos de-
cimos ¡uh! al unísono, a las ocho de la mañana, por
las razones más ridículas. Y me puse a llorar; como
un chico, mientras todo el mundo decía uuuuhhh.
173
Puedes estar matando un mundo
175
y decirnos insultos graves en voz alta, para que la
criatura se despertara con sobresalto y empezara, de
a poco, a sospechar que la cosa andaba mal. Cristina
me miró muy seria y me dijo:
—Hernán, no puedes ser tan gilipollas.
Yo le respondí pelotuda y arrastrada, creyendo
que ya habíamos empezado el juego, pero lo que ella
me quería decir era otra cosa.
Al no encontrar cómo decírselo, empezamos a
evaluar el cuándo. Yo quería que fuese rápido, no
por ansiedad sino por miedo. Hay escenas de la vida
que me dan pánico, y entonces tengo la necesidad
de que ocurran pronto, de que no se eternicen.
Cuando un desconocido camina a mis espaldas
por la noche, por ejemplo, yo pienso que es un de-
lincuente peligroso. Siempre. Entonces me doy vuel-
ta y ofrezco mi billetera antes de mediar palabra. En
general es un turista que me mira con sorpresa, pero
por lo menos se me pasa el susto. Decirle a tu hija
que ya no vivirás con ella tiene la misma tensión que
un robo callejero, pero en este caso uno se siente
mucho más el ladrón que la víctima.
Nos habíamos separado en octubre y pasamos
noviembre buscando el momento en vano. Yo que-
ría darle a mi hija la noticia a mediados de diciem-
bre, porque con nieve las escenas dramáticas son
mejores.
—No, esperemos un poco, el quince de diciem-
bre es su santo —me decía la madre.
Negocié decírselo una semana más tarde.
176
—¿En Nochebuena? —me decía Cristina— Va a
relacionar siempre la Navidad con algo triste.
—¿Y una semana después?
—¡Eso sería Año Nuevo, no puede empezar el
2016 con semejante noticia!
—¿Y después de eso, Cris?
—¡Después llegan los Reyes Magos!
—Aprovechemos —le decía yo— y digámosle
que los Reyes son los padres y que los padres están
separados. Así matamos dos pájaros de un tiro.
Cristina me miraba otra vez muy seria.
Me acuerdo de todas las noches en que habla-
mos del asunto. Esperábamos a que Nina se durmie-
ra y conversábamos en voz baja sobre cómo darle la
noticia. La veíamos dormir, respirar fuerte, y era lo
que más pena nos daba de la ruptura. Posiblemente
fue lo único que hicimos bien del todo: una hija
sana y feliz. Todo lo demás lo habíamos empezado
tarde o lo habíamos dejado por la mitad.
Yo tenía programado un viaje a Uruguay para
dar unos recitales de cuentos. Decidimos con Cris-
tina que después del viaje hablaríamos los tres del
asunto, nos dimos ánimos y nos prometimos que las
palabras aparecerían solas, que encontraríamos la
tranquilidad y el momento. Nos pareció una buena
decisión y las dos me acompañaron al aeropuerto.
Pero entonces pasó que, en medio de mi viaje,
me dio un infarto agudo de miocardio y los doctores
no me dejaron volver a Barcelona. Fueron unas se-
manas muy extrañas porque, de repente, mis amigos
177
y mi familia supieron de nuestra separación. La úni-
ca que no lo sabía era Nina. Entonces empecé a fan-
tasear con contarle todo a Nina por Skype, o por
Whatsapp, porque no soportaba que ella fuera la úl-
tima en enterarse, o que pudiera saberlo por Inter-
net. Pero Cristina me dijo que hay cosas a la que es
mejor ponerles el cuerpo, que no se pueden dar cier-
tas noticias por webcam. Y fue así que las dos vola-
ron para Buenos Aires.
Dejamos pasar los Reyes Magos y todas las fies-
tas importantes. Un día cualquiera de enero, hace
un par de semanas, estábamos cenando con un
montón de amigos en la casa de Chiri. En un mo-
mento nos llevamos a Nina aparte. Nos pareció que
la noche era perfecta: afuera había un cielo con es-
trellas y era el verano cálido del hemisferio sur.
Cristina y yo estábamos nerviosos, sin saber
cómo empezar. Yo fui a buscar un jugo y me senté
en el sofá. Nina en el medio, Cristina del otro lado.
Nos hacíamos los boludos, como si quisiéramos
confiar en una espontaneidad que no aparecía.
—Nina, queríamos decirte que mamá y yo es-
tamos separados —le informé.
La frase retumbó en la habitación y me dio una
tristeza enorme decirla en voz alta. Nunca la había
practicado en el espejo, y me di cuenta de que ten-
dría que haberla ensayado, porque se me llenaron
los ojos de lágrimas. Me acordé de una frase que ha-
bía leído en un libro de Rafael Sánchez: «Los niños
hacen mundos: no hay que pasar al lado de ellos.
178
Quien distrae a un niño mata a un mundo. Tal vez
en este momento alguien está pasando al lado del
niño que nos inventa».
¿Quién era yo, entonces, para decirle a mi hija
esas palabras, para dar semejante noticia? Sin em-
bargo Nina no tardó ni dos segundos en hablar. Lo
hizo automáticamente, pisando mi última sílaba.
—Sí, ya lo sabía —dijo.
Cristina y yo nos quedamos inmóviles. Cuando
pudimos reaccionar le preguntamos si estaba triste y
nos dijo que sí, pero que prefería que fuéramos ami-
gos. A mí me dio un poco de bronca que una chica
de once años no hiciera escándalos ni pataleara; me
había preparado durante dos meses para enfrentar-
me a sus lágrimas.
—¿No querés llorar un ratito? —le propuse—.
Es un momento importante de nuestras vidas, Nina,
alguien tendría que llorar.
Me miró, primero seria y después suspicaz. Le
dio risa el pedido. Entonces nos reímos los tres un
poco. Después Nina tomó un poco de jugo y Cristi-
na le preguntó desde cuándo sabía que estábamos
separados.
—Desde mayo —nos dijo—. Se notaba mucho.
Nosotros habíamos empezado a hablar de la se-
paración a principios de octubre.
Casi cinco meses después.
179
El amor es una goma elástica
181
educadas en la perdurabilidad del amor, o es un pre-
juicio extendido?
Lo que hice unas semanas más tarde, cuando los
médicos me permitieron volver a escribir, fue testear
esta pregunta entre un grupo más variopinto. Escri-
bí un relato sobre los detalles de mi infarto en don-
de, de un modo lateral, sin explicar mucho y ha-
ciéndome el desentendido, dejaba entrever también
que me había divorciado. Y un martes cualquiera
publiqué el texto en mi blog, donde suelen ir a en-
tretenerse lectores de edades y geografías diversas
que conocen bastante bien mi vida privada. Les qui-
se contar a ellos el asunto del mismo modo que se
enteró Chichita, es decir de sopetón, para espiar sus
reacciones en los comentarios.
Lo que hice fue simple: envolví la noticia de la
separación entre otras novedades de la trama, como
si fuese un elemento sin importancia de la banda
sonora:
«Si hubiera tenido que elegir el peor momento
para morirme habría sido ese», escribí. «No sola-
mente estaba en un país que no era el mío; también
me había separado de Cristina después de quince
años y la única persona que sabía que yo estaba en
Uruguay con Julieta era la propia Cristina; y para
peor, el equipo de fútbol más bullicioso de Monte-
video acababa de salir campeón y el tráfico a los
hospitales era imposible.» Después de ese párrafo
seguí con la narración cardíaca hasta el final, ha-
ciéndome bastante el boludo sobre el otro asunto.
182
El resultado fue alucinante. A la mayoría de los
lectores les importó poco o nada que yo haya estado
al borde de la muerte. Minimizaron mi tragedia, les
chupó un huevo que ya no pudiera fumar ni almor-
zar fritangas ni cosechar porro en mis macetas. El
gran debate de los comentarios del blog fue la gran-
dísima tragedia de la separación. En el fragor de la
charla grupal, muchos dieron por sentado que mi
exmujer había sido abandonada, o por lo menos que
estaba sufriendo, sintieron tristeza o decepción por
la noticia del divorcio y casi ni les llamó la atención
la trama principal, ni los detalles sobre el infarto de
miocardio.
Una lectora mexicana grabó un video en You-
tube diciendo que yo era un miserable. Otro lector
aportó una frase de Enrique Jardiel Poncela: «El
amor es como una goma elástica que dos seres man-
tienen tirantes, sujetándola con los dientes; un día,
uno se cansa, suelta, y la goma le da al otro en las
narices». Otro grupo muy divertido, que entiende
bien la fusión entre vida y literatura, confesaba que
iba a echar de menos a Cristina como personaje de
mis historias, y que rechazaría con prejuicio cual-
quier aparición futura de Julieta, mi nueva pareja, a
la que bautizaron con seudónimos horribles.
Se habían convertido todos en Chichita.
Ese relato, que tiene más de doscientos comen-
tarios muy singulares en los que yo no participo ni
respondo (por primera vez en los doce años de mi
blog), apareció unos días después en un periódico
183
muy popular de la Argentina y mi abuela Beatriz, la
anciana que no debía enterarse de lo que me había
pasado, se enteró.
Mi madre fue a visitarla la tarde siguiente y mi
abuela estaba más silenciosa de lo habitual. Después
del té, madre e hija se sentaron a ver la televisión.
Mi abuela entonces preguntó sin vueltas:
«¿Así que Hernán tuvo un infarto?».
Mi madre, sorprendida, le dijo que sí.
«Decile que se cuide, que no sea pavo».
Mi madre asintió otra vez y las dos volvieron a
quedarse en silencio. Al rato mi abuela arremetió de
nuevo:
«¿Y es verdad que se separó, como dice el
diario?», preguntó con los ojos suspicaces.
Chichita suspiró profundo, previendo el melo-
drama, y le dijo que sí, que ya no vivíamos juntos.
Entonces mi abuela Beatriz bajó la vista:
«Ay, nena, qué suerte», dijo, «si yo hubiera po-
dido hacerlo, en mis tiempos».
184
Un error de cálculo
185
Porque no solamente se sube Chichita al escena-
rio, sino la mayoría de los primos y tíos de Nina;
por eso me pareció que le iba a gustar verlo, aunque
sea en el televisor. A pesar de las caras familiares co-
nocidas, mi hija se fascina más cuando ve a Diego
Peretti, o a Kevin Johansen, o a Mercedes Morán
«actuando» conmigo. Le gusta mucho la farándula
argentina, y eso me pone orgulloso. Me hace sentir
que la eduqué bien, los años que estuvimos juntos.
El domingo preparé un asado en el jardín de la
casa, para los amigos. Hacía cuatro meses que no los
veía. Como es lógico, se sorprendieron de verme
más flaco y menos sedentario. Les conté que ya no
fumaba, que comía sin sal, que había empezado a
hacer ejercicio, que estaba enamorado y que vivir en
Buenos Aires me hacía feliz. Horacio Altuna me
preguntó si semejante cambio se debió al miedo del
infarto.
Y yo le respondí que no. Le dije que el infarto
no me había dado miedo, sino que me había con-
firmado un grandísimo error de cálculo. Y entonces
le confesé algo espantoso que nunca me había ani-
mado a decir en voz alta. Le dije que hasta diciem-
bre del año pasado (es decir, hasta hace cinco meses)
yo estaba seguro de que me iba a morir este año
2016. Lo había asumido con cierta resignación y no
creía que se pudiera hacer nada. De hecho, no me
hacía chequeos médicos porque la única novedad de
los resultados era saber dónde estaba mi cáncer, en
qué parte del cuerpo.
186
Yo estaba seguro de tener un cáncer que me cre-
cía, agazapado, en el cuerpo. Y no quería saber dón-
de. No quería saber nada, para no pasar mis últimos
meses sintiendo la compasión de todos en la nuca.
Entonces me inventé un sistema buenísimo:
comer huevos con panceta todos los días y fumar el
doble que de costumbre. Lo que quería era morirme
de un infarto sin padecer agonías, como le corres-
ponde a un gordo sedentario y fumador de cuarenta
y cinco años.
Se podría pensar que esto lo estoy diciendo aho-
ra con mi típica exageración literaria, y con el diario
del lunes en la mano, pero por suerte tengo un blog
donde suelo escribir las boludeces que pienso. Y en
un cuento del 1 de julio de 2014 (un año y medio
antes de mi infarto) lo contaba así:
«(…) lo estoy pensando en serio: soy gordo,
fumo como un chancho, me angustia el fútbol y,
para peor, estoy justo en los «cuarenta y pico», la
edad en que suelen morirse todos los gordos que
fuman y se angustian».
Yo estaba seguro, muy seguro, de que no iba a
pasar de los cuarenta y cinco años. Y ojo, no lo pen-
saba desde el año pasado. Empecé a saberlo cuando
cumplí cuarenta. Fueron cinco años enteros de re-
signación silenciosa. De comer y de fumar como si
fuera la última cena de mi vida.
En el asado de este domingo, mientras comía
ensaladas y carne magra sin sal, le explicaba a Hora-
cio justamente esto. Que el infarto que tuve en di-
187
ciembre en Uruguay no me dio miedo, ¡porque lo
esperaba! De hecho lo esperaba ansioso. Lo prefería
al cáncer que sospechaba que ya tenía adentro.
Siempre es mejor morirse de repente y sin ente-
rarte de nada (como le pasó a mi papá), que morirte
de a poquito, mirándole la cara de tristeza a todos
los que te quieren, tosiendo sangre en una escupide-
ra o leyendo novelas largas durante las sesiones de
quimio. Pero entonces, justo cuando me tenía que
morir como decía el guión, pasaron dos cosas raras
que no estaban en mis planes.
Cosa rara número uno: aparecieron unos patru-
lleros en Montevideo que no me permitieron morir
infartado, porque me llevaron demasiado rápido a
que me salvaran la vida. (La escena fue tan rara que
hace unos días, en Vancouver, el fundador de Airbnb
le contó la peripecia a miles de canadienses.)
Y cosa rara número dos: en el Hospital de Clíni-
cas uruguayo, después de que me abrieron el cora-
zón, me pusieron el stent y me estabilizaron, el doc-
tor me hizo un chequeo completo, ¡sin mi autoriza-
ción!, y me informó que no tenía ningún cáncer.
«¿Está seguro?», le dije. «¿Usted se fijó bien en
todos los rincones?».
«Tiene un poco de colesterol, Casciari. Pero cán-
cer no».
«Entonces… ¿no me voy a morir?».
«Depende», me dijo el doctor. «Si usted sigue
con su vida como hasta ahora, va a reventar en dos
semanas como un sapo».
188
«Muchas gracias por el tecnicismo», le dije.
«Pero si deja de fumar, si camina todos los días
seis kilómetros y se olvida de la sal y de las grasas,
puede vivir otros cuarenta años».
Esa fue la conversación más rara que tuve con
alguien vestido de blanco. Yo no tenía cáncer. Y no
me estaba muriendo. Y podía vivir una nueva serie
de años… Solamente había tenido un error de
cálculo, nada más que eso. Y descubrí algo todavía
más increíble, en aquella conversación montevidea-
na. Descubrí que si hacía tres pelotudeces muy fáci-
les de hacer (caminar, no fumar, comer sano) quizás
podría ver el Mundial de Argentina/Uruguay 2030.
Quizás podría escribir alguna otra novela. Y sobre
todo algo que de verdad no estaba en mis planes:
quizás podría conocer la cara de mi primer nieto. O
incluso tener otro hijo.
«¿Entendés? No tuve miedo», le dije a Horacio el
domingo. «El infarto fue lo más sano que me pasó
en la vida».
Ayer lunes Nina me acompañó a caminar. Inclu-
so de vacaciones en Barcelona tengo que hacer algu-
nos kilómetros por día, por recomendación del car-
diólogo. Durante la caminata mi hija y yo hablamos
un poco de la separación, del cronograma anual que
nos permitirá vernos cada dos meses y también de la
pérdida de algunas rutinas que teníamos y que ya no
vamos a tener. En un momento nos pusimos los dos
un poco nostálgicos por las pequeñas cosas que ya
no vamos a poder hacer juntos.
189
La aplicación del teléfono indicaba que había-
mos hecho 4.513 pasos (es decir, 3,3 kilómetros). Ya
es abril en Sant Celoni; hay bastante sol en la mon-
taña. Nina me miró, sin dejar de caminar:
«Es verdad que vamos a vernos menos», me dijo.
«Pero mirá: hoy caminamos juntos más tiempo que
todos los años que pasaron».
190
Post infarto
Nota
Los siete relatos que componen el apartado «Post
infarto» fueron redactados durante los primeros meses
de 2016 y se convirtieron en mis últimos intentos de
escribir sin fumar. Son textos poco eficaces que, para
peor, no disfruté escribir. Están compilados aquí solo
por su valor testimonial.
El poeta y la chica prodigio
193
ligente y justa que conocí en la vida, la tuve que
aprobar con un diez». Cuando me contó aquello,
Salas tenía sesenta y cinco años.
Después me mudé a España y perdí de vista a
Salas durante meses. Volví a verlo un año más tarde,
en uno de mis viajes a Buenos Aires, y lo encontré
rejuvenecido. Me dio a leer una carta manuscrita. La
letra era redonda, no del todo adolescente:
«Querido maestro Salas, nos vimos durante un
cuatrimestre y nunca me animé a decirle cuánto lo
admiro, por temor a que usted lo creyera una adula-
ción. Entre los diez y los doce años leí toda su obra.
Más que los poemas, me fascinan sus ensayos sobre
teoría literaria y su novela Casuarinas. Ahora acabo
de cumplir catorce años y me gustaría proponerle el
mismo intercambio que ocurre en Casuarinas con
sus personajes. Usted lo sabe, porque lo escribió: su
mente y mi cuerpo están en la edad de la plenitud.
Lo que que yo podría recibir si me dejara entrar a su
mente nadie más podría dármelo nunca, y viceversa.
Su mente por mi cuerpo... ¿Debo seguir? No me
responda si no acepta. Déjeme pensar que esta idea
nunca llegó a sus manos y evíteme la vergüenza.
Firmado: Andrea Lima.»
Salas se quedó callado y me miró; soltó un suspi-
ro de animal grande y dobló el papel en cuatro.
—Maestro —le dije— ni se le ocurra aceptar.
Llegó la camarera y nos dejó los platos. No ha-
blamos durante unos segundos. Cuando volvimos a
estar solos me contestó en voz baja:
194
—No te estaba pidiendo consejo, la carta es de
hace unos meses… Andrea y yo estamos juntos.
Después comimos. Me costó un poco disimular
el asco, pero cuando tomé impulso le hice a Salas un
montón de preguntas. No fueron preguntas morbo-
sas, al contrario; casi todas tenían que ver con la in-
certidumbre: ¿Se había vuelto loco? ¿No sabía que
podía ir preso? ¿Sabía algo Estela de todo esto? ¿Y
los padres de la chica?
Me respondió cada pregunta con la serenidad de
sus poemas. Me habló del mandato social arraigado,
de la piel tersa de la juventud, de los tabúes de occi-
dente, de la sensación que produce besar con chicle.
Un delirio... ¡Un delirio! Mezclaba argumentos teó-
ricos con la excitación cursi de los novios flamantes.
Le brillaban los ojos de la misma manera cuando
decía albedrío que cuando decía orgasmo. Era él, el
mismo de siempre, pero novedoso y enérgico. En un
momento hizo un gesto con la mano extendida y vi
un tatuaje escondido en su muñeca: una luna mi-
núscula en cuarto menguante. ¿Salas, con un tatua-
je? Yo no lo podía creer.
Seis meses después conocí a Andrea en Bilbao.
Salas me invitó a un restorán pero ellos no llegaron
juntos. Primero apareció él, y al rato ella. Se cuida-
ban de la exposición pública y habían armado un
sistema de códigos para encontrarse en cines, en res-
taurantes, en hoteles. Cuando los tuve cerca a los
dos no me pareció necesario tanto sigilo: parecían
un abuelo y la nieta; nadie podía sospechar.
195
Ella había cumplido quince años y, la verdad, no
me sentí deslumbrado. Era hermosa y serena, sí,
pero a la vez tenía la edad que tendría mi hija en
poco tiempo. Pero cuando empezó a hablar me in-
quieté: se convirtió de repente en una mujer sagaz,
fluida, demoledora. En reposo parecía una nena de
mirada lánguida, pero en acción no. La sensualidad
le brotaba cada vez que conectaba ideas, cada vez
que refutaba las teorías de Salas o las mías con des-
parpajo y, sobre todo, cuando mostraba argumentos
mejores que los nuestros. Su seguridad intelectual le
confería una madurez peligrosa, porque contagiaba
de madurez a su cuerpo. Y yo terminaba, por cos-
tumbre ancestral, enfocando el escote de una menor
de edad.
Salas me miraba de reojo y disfrutaba mi turba-
ción. Me hizo un par de veces un gesto muy argen-
tino (o muy italiano): el de levantar las cejas y entre-
cerrar los ojos. Como si me dijera «¿Viste, salame?».
Claro: él me había dicho mil veces que Andrea ge-
neraba esa perplejidad. Pero verla en acción me re-
sultó doloroso. Me resultó denigrante. Confuso. En-
tonces me fui del restorán antes del postre.
Ellos siguieron viaje a Grecia y después volvieron
a la Argentina en dos vuelos diferentes. Yo ya estaba
en mi casa de Barcelona, preparando el siguiente
viaje, cuando leí en la prensa que habían detenido a
Salas por estupro agravado y abuso sexual. La opi-
nión pública de Buenos Aires convirtió enseguida al
poeta en un engendro del diablo y a Andrea Lima
196
en una víctima, pero solamente hasta que la chica
dio su primera conferencia de prensa.
Fue una semana después de la detención. Ella se
recogió el pelo y se puso anteojos. Él estaba a su de-
recha (parecía muy cansado). Ella miró el micrófono
y leyó dos hojas de papel. El párrafo final fue el más
enérgico.
Dijo:
«La misma institución que me otorgó hace dos
años la potestad de impartir Justicia, hoy me cree
incapaz de tomar decisiones con mi cuerpo».
Los fotógrafos la acribillaban.
«Repito: o me quitan la matrícula, o me permi-
ten defender el honor de un hombre inocente».
En ese momento puso su mano sobre la mano
del poeta.
«Mientras tanto», dijo Andrea Lima, «pido al
Juez la excarcelación sin fianza de mi cliente hasta el
juicio».
Eso dijo.
Y se levantó.
El poeta salas y Andrea Lima habían entrado a la
vida pública como verdugo y víctima, pero cuando
salieron de la rueda de prensa se habían convertido
en dos monstruos idénticos: la sociedad los vapuleó.
A mí mismo, que fui amigo de Salas, toda la situa-
ción me dio muchísimo asco. Hay un video en You-
tube en donde un grupo de vecinos, a la salida de
un canal de televisión, les tira huevos y les grita obs-
cenidades. No solamente a él: a los dos.
197
Salas oculta la cabeza entre las manos y ella, que
dentro de un año será mayor de edad y Jueza de Ins-
trucción, lo escuda con el cuerpo. Recibe el repudio
con la indiferencia de los abogados, y él con la re-
signación de los poetas. Si se pone en pausa este vi-
deo de Youtube en el minuto 6:21, justo cuando ella
lo cubre para protegerlo, se ve con nitidez que An-
drea Lima tiene, en la muñeca, el tatuaje de una
luna en cuarto creciente.
198
Perdón por el spoiler
199
sentir empatía por los pobres mamíferos que mori-
rán aplastados en la próxima desgracia de piedra,
aunque se llamen González y les guste el Nesquik.
A mí me provoca curiosidad la suerte del mundo
en el que viviré hasta que me muera: me importan
las guerras, los tornados, los mundiales de fútbol, las
epidemias, los nuevos modelos de teléfonos y la
eventual aparición de los extraterrestres. Pero todo
esto me importa si pasa en un lapso de tiempo más
o menos corto.
También me intriga (pero algo menos) si algo de
todo esto ocurre y lo puede ver mi hija, aunque yo
no esté. Pero más allá de esa fecha, que supongo que
es la primavera del año 2100, el destino completo
de la Humanidad me chupa bastante un huevo.
Hubo una vieja, búlgara y ciega, que vaticinó un
montón de hechos increíbles, incluida su propia
muerte en 1996. Sus vaticinios empezaron a ocurrir
hace años, y gracias a eso mucho de lo que dijo ya se
cumplió: la desaparición física de Stalin en 1953, la
caída de las torres gemelas en 2001 y el actual con-
flicto islámico en Europa, por ejemplo. Pero ella fue
más lejos en el tiempo y también predijo una extra-
ña epidemia de envejecimiento para 2088, el descu-
brimiento de los viajes temporales en 2280, la llega-
da de un nuevo profeta en 3871, la inmortalidad
humana (como avance científico) en 4599, y el
mismísimo fin del mundo, que según ella ocurrirá
en una fatídica tarde del año 5079. Perdón por el
spoiler.
200
El año 5079 está tan lejos que me da todo lo
mismo. Sin embargo, más que sus predicciones, me
interesa la historia de esta mujer.
Si el lector pone ahora mismo el nombre de la
vieja búlgara en el buscador (se llama Vangelia Pan-
deva Dimitrova, alias Baba Vanga) verá antes que
nada la foto de una mujer con los ojos sellados de
ceguera y pocos dientes en la boca. Eso ya es bueno,
porque nos da la sensación de que podría ser verdad
todo lo que se dice que dijo.
Enseguida vemos que la vieja tiene una entrada
en Wikipedia, y eso nos alegra un montón, porque
jerarquiza la posibilidad de la certeza, pero ya el se-
gundo párrafo nos deja de interesar, porque Wiki-
pedia duda sobre todo el asunto. Así que mejor ce-
rramos la pestaña científica y miramos otra foto, en
donde la mujer tiene la cabeza cubierta con una
manta oscura (esto nos parece prometedor) y señala
con un dedo hacia adelante, como si estuviera a
punto de venir el tren y únicamente ella escuchara el
sonido de las ruedas.
Nos da mucho miedo y mucha esperanza la foto
de la vieja. Si hiciéramos turismo por Bulgaria y ella
apareciera por la esquina, cruzaríamos rapidito de
cordón. Y eso solo, esa mínima certeza, nos asegura
que todo lo que salió de su boca sin dientes merece
ser la pura verdad.
Por lo que se sabe, esta señora pronosticaba su-
cesos y fatalidades con ritmo de ametralladora: de
día, de tarde y de noche. Sus vecinos aseguran que
201
lo único que hacía la mujer era comer, cagar y escu-
pir augurios con la voz finita. Tres de sus nietos (que
habían sido expulsados de la escuela por mal com-
portamiento) se turnaban para anotarlo todo en
once libretas de tapas verdes.
Los pronósticos de la mujer tenían una cierta
cronología y avanzaban en el tiempo como las zan-
cadas de un gigante. «En el año 2183», dijo la vieja
una mañana de 1970, «una de nuestras colonias en
Marte se convertirá en una nación nuclear y pedirá
la independencia de la Tierra». No es difícil imagi-
nar a su nieto más chico, Iván, escribir esta predic-
ción en la libreta mientras se le caen los mocos.
Una tarde en que sus nietos no estaban (fue
cuando le dieron a Stoichkov el balón de oro de
1994), la vieja debió dictarle un vaticinio al señor
del carro de las verduras. «En el año 4308, Gregor»,
le dijo, «debido a una mutación genética, el hombre
utilizará más del treinta y cuatro por ciento del ce-
rebro, y se perderá por completo cualquier noción
de malicia; mientras tanto, tú sigue cobrándome tres
cuartos de calabaza como si fuesen un kilo». Esta
frase, humorística, sigue siendo muy usual en Ma-
cedonia.
Hoy circulan por Internet miles de sus presagios
sobre próximas guerras, avances tecnológicos, apari-
ción de extraterrestres, resultados de copas del mun-
do y enfermedades intempestivas. Por supuesto, ya
es imposible saber cuáles vaticinios son realmente de
la vieja y cuáles son textos falsos de frikis chistosos.
202
Pero no importa. Ya hace quince años que es más
divertido lo que dice Internet que lo que ocurre
realmente. En una sobremesa, cuando te cuentan
algo, nadie quiere saber si es verdad: solamente que-
remos que sea divertido.
El fin del mundo, o el meteorito que acabará
con todo, o el sol apagándose, ocurrirán en un
tiempo tan lejano que da lo mismo. Yo cruzo los
dedos para llegar vivo al Mundial de Fútbol del año
2030, que quizás se juegue en Argentina y en Uru-
guay. Quisiera estar allí, con sesenta años, y no mo-
rirme sino hasta después de la final. Ojalá la vieja
búlgara se despierte de su muerte y me vaticine ese
futuro. Después de eso, sí, que el mundo se venga
abajo.
203
Lo único que importa
205
Cuando Argentina hace un gol durante una
Copa del Mundo, las veinticuatro provincias grita-
mos todas al mismo tiempo, y saltamos tanto que
Chile se cae un poco más al mar. (Nota al pie: Chile
no es angosto por propia voluntad, sino porque no-
sotros lo vamos empujando a fuerza de avalanchas.)
Me sorprendió el silencio tras aquel gol de Raúl.
¿Cómo era posible que nadie haya gritado en un ba-
rrio tan populoso? En el complemento hubo un se-
gundo gol de España: esta vez fue Valerón, desde el
borde del área chica. Entonces afiné más el oído… y
nada. Las calles seguían igual de silenciosas. Esta vez
le adjudiqué el despropósito al horario: el Mundial
asiático se jugaba a horas extrañas, bien podía ser
que la gente se hubiera quedado dormida por falta
de costumbre.
Pero entonces, casi al final del partido, pasó algo
que no me voy a olvidar nunca. En el minuto
ochenta y dos hubo una pared entre dos jugadores
eslovenos. Carles Puyol quedó a contrapié y Cimiro-
tič sacó un tiro seco, rastrero, al palo de Casillas.
Antes de que la pelota tocara la red, antes de que los
rivales supieran que habían achicado diferencia, la
ciudad de Barcelona estalló de felicidad. No solo
hubo gritos de gol desaforados. También hubo pe-
tardos, suelta de palomas, banderas flameantes y
gente en pijamas que abrió las celosías de los balco-
nes para desahogarse. Los eslovenos le habían hecho
un gol a España, y para los catalanes eso era el prin-
cipio de una fiesta que ocurría cada cuatro años. Ca-
206
taluña no estaba dormida, no señor: estaba esperan-
do para festejar el inicio de la clásica derrota españo-
la en cuartos.
Cuando les cuento esto a mis amigos argentinos,
o peruanos, o mexicanos, creen que exagero. «¿De
verdad hubo suelta de palomas?», me preguntan con
el gesto desencajado. Yo bajo la vista, como los
abuelos que le narran a los nietos historias de terror,
y les digo que incluso en el Mundial 2010, cuando
España se coronó en Sudáfrica con seis catalanes de
nacimiento en el once inicial, hubo hordas de barce-
loneses que deseaban el triunfo holandés en la final.
Y mis amigos uruguayos, costarricenses o ecuatoria-
nos se asustan y dicen «ohhh», y a mí me dan ganas
de ponerme una linterna en la barbilla para que di-
rectamente se mueran del susto.
Es muy difícil para nosotros, que somos hijos de
países muy jóvenes, entender que el amor que cada
sábado se le tiene a Xavi, o a Puyol, o a Busquets, no
sea suficiente para querer que esos muchachos levan-
ten una Copa del Mundo, solo porque la camiseta
que llevan no es la ideológicamente correcta.
Entonces mis amigos me preguntan por qué
ocurre esto. «¿Es económico el conflicto catalán?»,
quieren saber. «¿Es porque quieren pagar menos im-
puestos?», me preguntan. «¿Es verdad que el idioma
catalán es igual que el castellano pero con una man-
zana en la boca?», me consultan.
Yo les cuento que hay muchas razones y que na-
die sabe muy bien cuál de todas elegir.
207
Los pongo en contexto histórico y les hablo de la
unión dinástica del siglo XII, del Reino de Aragón y
de lo que pasó en 1714, les digo que en la época de
Franco a los catalanes los perseguían para que no
hablaran su lengua, etcétera.
Pero mis amigos se aburren con todo eso, y en-
tonces les digo lo que pienso en serio. Que no es la
verdad, pero no importa. Les digo que los catalanes
tienen vergüenza.
«¿Vergüenza de qué?», quieren saber.
Les digo que los catalanes no soportan que, en el
extranjero, se piense que ellos bailan flamenco y le
cortan orejas a los toros y después los matan y escu-
chan a Enrique Iglesias y dicen olé y zapatean.
Les digo que cuando en los estadios aparece ese
cartel que dice «Catalonia is not Spain» es para ex-
plicarle al mundo que por favor no tengan vergüen-
za, es como si dijeran «oigan, somos vecinos, no
somos hermanos de esta gente; vivimos al lado pero
vean: nuestras cejas no están tan pobladas ni vota-
mos con tanto candor a la derecha ni nos causa gra-
cia Chiquito de la Calzada».
Y mis amigos me preguntan, entonces:
«¿Y por eso se quieren independizar?».
Y yo, sin saber si es verdad o si estoy exagerando,
les digo que sí, que a los catalanes lo español les
provoca una especie de embarazo o bochorno, como
nos avergonzaría un hermano borracho que tiene
nuestro mismo apellido y es más conocido en el ba-
rrio que nosotros mismos.
208
Y entonces mis amigos se miran, asienten como
si hubieran entendido y me preguntan otra vez:
«¿Pero el Barça-Madrid está a salvo, verdad?».
Yo les digo que sí, que el clásico no se toca.
Y ellos sonríen, y se tranquilizan, y sienten que
el mundo seguirá siendo un buen lugar.
209
De noche coleccionamos cosas
211
Antes de ir a dormir sacamos de los bolsillos es-
tas piezas (estas cosas) y las acomodamos en unas es-
tanterías que están al costado de la cama.
—Al costado de la cama no tengo estanterías,
tengo un póster del Real Madrid.
Esas estanterías también son metafóricas. Es ne-
cesario que el lector deje de pensar ahora mismo de
forma lineal. De lo contrario va a ser muy compli-
cado avanzar con esta idea.
—Ah, vale, vale. Perdón.
Las ponemos (a estas cosas) en nuestras estante-
rías metafóricas y las miramos: las equiparamos con
otras muy parecidas que trajimos la noche anterior.
Las sopesamos. A veces les comparamos el peso y la
estatura. Y después suspiramos con alivio, porque
nos encanta sacar de los bolsillos una o dos más cada
noche.
—¿Son algo así como pelusa, o arena, que trae-
mos de la calle?
No. No son pelusa ni arena, ni nada que haya
realmente en los bolsillos. El hecho de sacar estas co-
sas de los bolsillos también es una idea simbólica.
—Pues entonces, tío, ponme un ejemplo porque
no estoy entendiendo nada.
No importa qué son, pero daré una pista. Inten-
te recordar el lector en qué piensa por la noche, qué
lo desvela antes de dormir, y entonces tendrá una
respuesta personal e intransferible a esa pregunta.
—Ajá —silencio duradero del lector—. Venga
otra pista. Esa no ha funcionado.
212
Nos gusta tener muchas de estas cosas, y que
cada noche sean más, y que al final del mes, o del
año, compongan una serie. El acopio de estas cosas
es nuestro combustible para poder dormir en paz; y,
sobre todo, para levantarnos con alguna razón al día
siguiente. Porque en realidad somos coleccionistas.
Es lo único que somos, además de mamíferos y
mezquinos.
—Si no pones un ejemplo esto se vuelve poético.
Algunos coleccionamos billetes, por ejemplo. No
somos la mayoría, pero los que elegimos esta varian-
te lo hacemos con gran dedicación. Quienes colec-
cionamos billetes somos un poco obsesivos: ya desde
muy jóvenes queríamos ser ricos y, como bien dice
el ciudadano Kane, no es difícil acabar millonarios si
lo único que nos importa en la vida es acumular
monedas, una atrás de la otra.
—Ahora nos vamos entendiendo. ¡Ponme otro
ejemplo!
Otros coleccionamos fobias: todas las noches
traemos a la cama un miedo nuevo, un sobresalto
flamante, que nos llega desde el borde de la infancia
o desde el fondo de un romance que no funcionó.
Pero no es una colección triste, porque el acopio nos
hace más previsores. Los que coleccionamos miedos
en general nos vamos a dormir un poco más tem-
prano y nunca dejamos la habitación en la completa
penumbra.
—Pues yo, tío, qué quieres que te diga… Yo no
colecciono nada de esto.
213
Y la mayoría de nosotros (la clase media del co-
leccionismo) acopiamos pedacitos diurnos de nues-
tro ego: si somos superficiales o frívolos, recopila-
mos los piropos que nos dijeron por la calle, o las
miradas furtivas que nos hicieron con envidia o con
deseo; si somos alumnos vanidosos, coleccionamos
los sigue así de las maestras más exigentes; si somos
buenos amantes, evocamos nuestras acrobacias de
cama, o hacemos crecer el número de nuestras pare-
jas hasta traspasar la centena; si estamos viejos o nos
hemos quedado solos, coleccionamos el nombre de
todos nuestros nietos y sus gestos, o de todos nues-
tros gatos y sus ronroneos, o de todos los arrepenti-
mientos de nuestra vida; si somos santos o estamos
en una granja de rehabilitación, le enumeramos en
voz baja a Dios las buenas acciones que hicimos du-
rante el día y esperamos la tristísima recompensa; si
somos asesinos le hacemos nuevas muescas a la cula-
ta de la sociopatía; si somos gerentes de banco, api-
lamos los rostros de los ancianos a los que engaña-
mos congelándoles la pensión para ganar comisio-
nes; si somos futbolistas acopiamos el rugido de la
tribuna después de nuestros goles; y si estamos a
punto de morir, coleccionamos incluso los parpa-
deos que indican que todavía estamos vivos.
—¡Joder, tío! Todo eso haréis vosotros los argen-
tinos. Aquí nos quedamos dormidos sin tanto jaleo.
No. La colección nocturna es nuestra única gran
coincidencia, sin que importe el tiempo ni la geo-
grafía. Somos diferentes en todo menos en eso. Por
214
ejemplo, no se parecen en casi nada un musulmán y
un boliviano. Ni tampoco un herrero medieval se
parece en nada a un hipster holandés. Ni el propie-
tario del último piso del edificio más alto de Dubai
se parece en nada al adolescente que agoniza en un
hospital público de Managua, por culpa de una en-
fermedad que tiene cura. Nos parecemos únicamen-
te en algo.
—Según mi abuela, en que los mismos gusanos
nos comerán a todos.
Es verdad. Y en algo más. En que cada noche,
antes de quedarnos dormidos, coleccionamos nues-
tras minucias con ambición y ansiedad (billetes,
miedos, vanidades; es lo mismo). Y creemos que to-
davía no pudimos completar la colección. Y confia-
mos en que al otro día, con suerte, quizá podamos
conseguir un poco más, y después otro poco, para
estar más cerca de la felicidad ilusoria que supone
coleccionar ridiculeces que no valen nada, pero que
sin embargo deseamos tanto conseguir.
—Y tú, argentino, dime: ¿Qué coleccionas por
las noches?
Antes de irme a acostar, y a veces incluso ya
dormido, colecciono diálogos: conversaciones falsas
con un lector que casi nunca me entiende.
—¿Y te alcanza con eso para ser feliz?
A veces sí; a veces no.
215
Me no comprendo soccer
217
Mike y ella Honey, que quiere decir cariño o miel,
una de las dos. (En realidad nunca supimos el ver-
dadero el nombre de la chica.) Una noche Mike y
Honey miraban un partido de la NBA desde el pa-
lier, disfrutando del cielo austral. Julieta y yo los es-
piábamos un poco desde nuestra cabaña, a pocos
metros, mientras hacíamos un asado de tira.
Mike había armado (sin querer) la imagen habi-
tual que los norteamericanos tienen de sí mismos: se
mostraba como un hombrón extrovertido, de cogote
colorado, que bebía cervezas en packs de a seis, con
el televisor cerca de la cara a un volumen altísimo.
Su mujer había prendido una barbacoa pequeña,
circular, que parecía un ovni. Los dos miraban bás-
quet. Cuando el partido terminó, el equipo del Oes-
te le había ganado 196 a 173 al equipo del Este. Los
jugadores, en su mayoría negros, habían hecho pi-
ruetas increíbles para alcanzar ese tanteador. Nuestro
vecino Mike había saltado veinte veces de la silla,
casi en éxtasis, y nuestra vecina Honey había pegado
unos cuantos respingos. Entre el inicio y el final del
partido, Mike y Honey habían calibrado el fuego de
la barbacoa, habían echado al grill unas hamburgue-
sas, habían cenado con mucho picante y habían be-
bido dos tazas de café negro.
Cuando terminó el partido de básquet los dos se
acercaron a nuestra cabaña, y nos encontraron asan-
do tres kilos de vaca muerta en la parrilla. Hacía dos
horas que habíamos puesto la carne sobre unas bra-
sas mínimas, y todavía faltaba una hora más para
218
que estuviera crocante. Mientras tanto, mirábamos
en Youtube las mejores jugadas del Barça contra el
Celta. Julieta y yo estábamos maravillados por el
cuarto gol, en donde Messi malogra un penal a pro-
pósito para cederle el gol a Luis Suárez.
Yo miraba la secuencia una y otra vez, desde los
distintos ángulos de las seis cámaras, y no podía
creer el virtuosismo de la idea. «Qué genio es el hijo
de puta», decía yo, balanceando la cabeza desde
Chile a Puerto Madryn. «Iba a ser su gol número
trescientos en liga, y mirá lo que hace el hijo de
puta». Entonces enfoqué el gesto de Mike a mis es-
paldas, para comprobar su asombro, o quizás para
decirle con los ojos que en nuestro deporte también
ocurren ciertas maravillas, y él sin embargo veía la
escena del penal con desconcierto. En realidad no
entendía lo que había pasado entre Messi y Suárez.
Sus ojos norteamericanos solo veían a un jugador
patear despacio hacia adelante, y a otro llegar sin
marcas, sin impedimentos, y pegarle fuerte sin opo-
sición de nadie. No había grandes acrobacias en la
jugada, ni riesgos comprobables para el físico de los
delanteros, ni malabarismo alguno en aquella ac-
ción. Mike contemplaba mi asombro como los yan-
quis suelen mirar El Chavo del Ocho: con un poco
de lástima y otro poco de vergüenza ajena.
«My no comprendo soccer», me dijo después,
poniendo los labios en posición de banana invertida.
«¿Por qué genio el gol del hijo de puta?» Y yo no supe
con qué palabras contestar esa pregunta.
219
Porque si lo miramos con ojos de yanqui (o de
extraterrestre, o de ameba) el gol de Luis Suárez
después del penal de Messi no tiene mucha gracia.
No es un gol estético ni resulta espectacular. Esa ju-
gada solo maravilla al que ha visto miles de partidos
de fútbol y conoce la extravagancia de la sutileza.
Ese gol asombra al que ya sabe ciertas cosas: ese gol
es una lección para el pedante Cristiano, que no fes-
teja los goles de sus compañeros; ese gol es un guiño
entre dos personas que toman mate. Hay que tener
cierta información genética para disfrutar esa juga-
da. En cambio hay ciertas acciones del básquet, o
del tenis, o incluso del béisbol, que sorprenden a
cualquier idiota, incluso al que no está habituado a
las reglas de esos deportes. ¿Pero cómo le podía ex-
plicar todo esto a un norteamericano, si ni siquiera
hablábamos la misma lengua y mi nivel de inglés es
pésimo? Lo que tiene de alucinante el segundo gol
de Maradona a los ingleses, lo que lo hace realmente
universal, es que hasta un texano puede entender
que ahí pasó algo único.
Los invitamos a sentarse a la mesa mientras cor-
tábamos verduras para la ensalada. A ellos les resultó
extraño que cenáramos tan tarde, o más bien, que
tardásemos tanto en cocinar.
Después de un silencio que no resultó incómodo
(porque en la Patagonia los silencios son necesarios)
Honey le preguntó a Julieta, en una media lengua
graciosa, por qué no cortábamos la carne más fina,
como en lonchas, y por qué no la poníamos direc-
220
tamente al fuego en lugar de asarla en las brasas, de
tal modo que su cocción tardase diez minutos en
lugar de tres horas.
Julieta y yo nos miramos y supimos que la res-
puesta era idéntica en los casos. La pregunta de
Mike («¿Por qué genio el gol del hijo de puta?») y la
pregunta de Honey («¿Por qué no cortas pequeño
roastbeef y lo pones en fuego?») eran en realidad la
misma pregunta. Casi todas las preguntas del mun-
do son la misma.
«¿Les decimos por qué?», me preguntó Julieta.
Yo levanté la cabeza para ver las estrellas infinitas
del cielo austral y me acordé de un chiste viejo.
«No, dejá», le contesté. «Que se jodan».
221
Lo que salvamos del incendio
223
tar cualquier cosa para terminar. ¿Qué tema es dema-
siado serio para hacer chistes? Racing Club de Avella-
neda. ¿Tiene alguna idea de cómo se va a morir? De
aburrimiento. ¿Cuál es su recuerdo más terrible? Esto
que estoy haciendo ahora.
Casi en la recta final, ya cuando todo me impor-
taba un carajo, la pregunta treinta y cuatro me sacó
de las casillas: Su casa se está quemando y tiene tiempo
de salvar un objeto. ¿Cuál salvaría? Abandoné el test,
muy enojado con Arthur Aron y con la psicología
moderna en general: no me estaban ayudando ni a
enamorarme de mí mismo ni a salir de la crisis. «¡No
me importan los objetos, yo soy muy despreocupa-
do!», grité, y salí del baño dando un portazo.
Sin embargo durante toda la tarde no me pude
sacar de la cabeza la pregunta treinta y cuatro. Lo
del incendio me parecía extremo, así que por la ma-
drugada maticé la consigna: ¿Hay algo (me dije) que
se haya salvado de todas las mudanzas? Viví en mu-
chas ciudades, cambié de casa un montón de veces,
y en todas perdí cosas importantes: discos, libros,
ropa, cuadernos… No se me ocurrió una respuesta
clara. Antes de rendirme maquillé la pregunta una
poco más: ¿Qué es lo más antiguo que tengo?, me pre-
gunté. Y entonces sí algo se me iluminó en el sótano
de la cabeza.
Yo tenía catorce años y, de todas las profesoras
de mi colegio, solamente una sospechaba que yo no
era un estúpido irrecuperable. Se llamaba Cristina
Roggero y todavía no sé cómo lo descubrió. En esa
224
época mi rebeldía era exagerada: reprobaba las mate-
rias por gusto, no prestaba atención nunca y deam-
bulaba por los pasillos como un zombie. Pero ella,
supongo que por observación, sabía que por lo me-
nos yo era un buen lector de novelas de misterio. Así
que la mañana de un viernes se acercó y me dijo:
«Hernán, vos tendrías que leer a Cortázar».
Yo no estaba acostumbrado a que una profesora
me hablara con amabilidad. Todas me tenían un
poco de miedo o un poco de asco o un poco de
pena. Así que esa tarde fui a la librería de mi pueblo
y pedí un libro de Cortázar, sin saber quién era Cor-
tázar. Por lo que deduzco ahora el librero tampoco
sabía mucho, porque me dijo: «Tengo el último que
sacó este año», y me dio un libro de tapas azules.
Más tarde supe que Cortázar no había escrito nada
aquel año, porque se había muerto un poco antes, y
que el libro que me vendió el librero no era el últi-
mo sino el primero. Se llamaba «El examen» y era
una novela experimental, dificilísima de leer, que
Cortázar nunca había querido publicar y editaron
después de su muerte.
Me llevé el libro a casa y le puse mi nombre y la
fecha en la página tres, como había aprendido a ha-
cer con mis novelitas de misterio: Hernán Casciari, 1
de agosto de 1986. Después me senté en un rincón
tranquilo del patio y quise leer aquello que me había
recomendado la única profesora que no me quería
expulsar del sistema educativo. Y no entendí nada.
Ni medio párrafo. Ni una sola palabra.
225
Las letras se sucedían en castellano pero parecían
escritas en otro idioma. Todo era confuso y desalen-
tador. Cortázar rebanaba las frases sin poner comas
ni puntos, a veces pasaba de la prosa al poema, de la
acción al ensayo, del tú al vos, del chiste interno al
surrealismo. Pero esto lo sé ahora. En aquel momen-
to solamente pensé dos cosas: o que mi profesora no
me conocía en absoluto; o que yo era de verdad un
imbécil, como aseguraba el resto del profesorado.
Pasó el fin de semana y el lunes —en medio de
su clase de historia— Cristina Roggero me llamó
aparte para preguntarme si había seguido su reco-
mendación. Fui sincero y le dije que Cortázar me
parecía una mierda. Cuando supo qué libro me ha-
bía comprado se empezó a reír y me dijo que claro,
que por supuesto, que era un error empezar por se-
mejante ladrillo. Y me prestó «Bestiario», el libro de
cuentos más alucinante de mis catorce años.
Desde esa edad y hasta los diecinueve leí la obra
completa de Cortázar (cuento, ensayo, poemario,
novela, miscelánea) con la misma voracidad que un
chico de hoy mira «Breaking bad» o se masturba.
No podía parar. En un momento dejó de ser un es-
critor para mí, Cortázar, y se convirtió en un amigo
viejo que me daba consejos al oído: no te preocupes
por nada —me decía—, la vida va a seguir siendo un
juego cuando tengas treinta, y cincuenta, y setenta.
Cristina Roggero también fue mi amiga en esos años
y después, cuando terminé el colegio y me fui del
pueblo con ganas de ser escritor.
226
Una de las pocas cosas que me llevé en el bolso
de mi primera mudanza fue ese libro: «El examen».
Ya estaba ajado y tenía el lomo desteñido. Su azul ya
no era azul. Desde los años noventa y hasta ahora
escribí como un loco, sin parar, y tuve docenas de
mudanzas, incluso una intercontinental. Lo más an-
tiguo que tengo acá, en mi casa de Barcelona, es ese
libro. Es un objeto, cierto, y los objetos no me im-
portan porque soy muy despreocupado. Pero por
alguna razón elegí salvarlo, siempre, de todos los in-
cendios que me quemaron vivo.
227
A los jóvenes de ayer
229
Mis primas le decían Carlitos. Y hablaban de él
como cualquier persona normal habla de un jefe in-
domable y ácrata. Me contaban que era insoporta-
ble, que se olvidaba de todo, que ellas a veces tenían
que pagar sueldos, o limpiar habitaciones, o desper-
tarlo para un concierto. Pero al mismo tiempo eran
fanáticas de esa música y de ese tiempo histórico del
que a mí me contaban algunos pedacitos. Mis pri-
mas padecían al jefe, se agobiaban con el hombre,
pero adoraban al músico.
Ese cassette TDK lleno de canciones de Charly
García, como es lógico, me dinamitó la cabeza a los
doce años. Fui devorador de su música, como casi
cualquier adolescente argentino en esos tiempos. Lo
único diferente fue la existencia de mis primas, que
una vez al mes me ponían al corriente de datos se-
cretos que solamente conocía el entorno: que Charly
se burlaba de Pedro Aznar porque tomaba leche, que
con Spinetta había una guerra de egos, que casi
siempre estaba peleado con su madre y con su her-
mana, esas cosas.
En 1983 monopolicé la música de mi casa y so-
lamente se escucharon discos de García, para espan-
to de mi padre y sobre todo de mi abuela Chola,
que llamaba por teléfono desde la otra cuadra para
que me hicieran bajar el volumen.
Cuando ya fui un poco más grandecito y mis
padres me empezaron a dejar ir solo a Buenos Aires,
mis primas me conseguían entradas para algunos
conciertos. Ahí las pude ver en acción. Ellas estaban
230
siempre del otro lado de las vallas, con los músicos,
con carpetas, con cables y auriculares. Nunca supe
exactamente qué eran, ni qué hacían. Pero en el
círculo musical de entonces todo el mundo las lla-
maba «las López». Y las querían mucho.
Gracias a ellas tuve entradas gratis y maquetas
con canciones antes de que salieran a la venta, y ca-
misetas de giras oficiales, y sobre todo charlas inten-
sas que le echaban leña crujiente al fuego de mi fa-
natismo por García. Una tarde llegué a casa de mis
primas y había una señora tomando mate con ellas.
— Es Carmen — me dijo Maricel — , la mamá
de Carlitos.
Y ahí estaba la madre de Charly García, hablan-
do pestes de su hijo, mientras mis primas la conso-
laban y le daban facturitas y tortas negras. No re-
cuerdo en qué año ocurrió esto, pero no fue mucho
antes de que Maricel, una de mis primas, enfermara.
Seguían siendo los ochenta, pero ya muy avan-
zados; la sombra de Menem ya flotaba en el aire.
Una tarde Laura me llamó por teléfono y me dijo
que su hermana Maricel tenía una enfermedad muy
grave y que solamente podía salvarla una operación
en Norteamérica. Estaban empezando a juntar el
dinero y necesitaban manos amigas. Fui a su casa,
que estaba llena de gente.
Charly, y muchos otros músicos, habían organi-
zado un recital en Palladium: toda la recaudación
iría a la operación de Maricel. No cobraba nadie, ni
los músicos, ni los sonidistas, ni el alquiler de la sala.
231
Nadie. Nosotros estábamos ahí para llevar las gaceti-
llas a las radios y a todas partes. Fue una semana in-
tensa de hacer fotocopias y llamar por teléfono a
Dios y a María santísima.
Por supuesto, también estuvimos ahí el 7 de ju-
lio de 1989 para disfrutar de uno de los conciertos
más íntimos de finales de la década, y el primero en
el que Charly García y Luis Alberto Spinetta se
subieron juntos a un escenario. (Hay un disco, muy
poco conocido, que documenta ese encuentro.) La
recaudación alcanzó para el viaje y la operación y
Maricel voló a Houston dos meses más tarde, ya
cuando se le acababa el tiempo. Esa operación le dio
algunos años de sobrevida.
No sé qué música hubiera escuchado si, a los
diez años, mis primas grandes no me hubiesen pre-
sentado la música que me acompañó toda la vida.
Desde entonces y hasta que me fui de Mercedes, al-
gunos años después, Charly sonó en todos los toca-
discos y los pasacassettes de mi juventud.
Después, durante quince años de mi adultez, viví
en España. En general es complicadísimo hacerle en-
tender nuestra música a personas que nacieron tan
lejos, o tan a destiempo de la adolescencia propia.
Mientras viví en Barcelona seguí escuchando
discos de Serú Girán, de La Máquina, o de Charly
solista y todas esas canciones me hicieron sentir la
misma fascinación del primer día; lo que cambiaba
era el gesto de los que me acompañaban.
En general los nativos no le encontraban la di-
232
mensión a los acordes ni a las letras. Pero ¿existía esa
dimensión —llegué a preguntarme con miedo— o
todo el amor que yo sentía por esa música era nada
más que nostalgia por la juventud perdida, o por la
patria lejana?
Desde hace unos meses vivo otra vez en Buenos
Aires. Ayer salí a caminar por el parque Saavedra y
escuché un disco viejo de Charly. Respiré el aire con
todos los pulmones y decidí que no, que no era nos-
talgia: esa es realmente la mejor música que existe.
Toda la música que te hizo creer en algo cuando
fuiste joven es la mejor música que existe.
En este regreso a Buenos Aires me reencontré
con mi prima Laura. Como ya somos casi viejos, pa-
recemos de la misma edad, o incluso yo más grande
que ella. Casi siempre vamos a merendar al mismo
bar y charlamos mucho de música, que sigue siendo
su pasión.
Ayer me dijo que toda su vida se puede explicar
en diez o doce canciones de Charly García. Me ale-
gró saber que seguimos siendo los mismos.
233
Epílogo
Nota al epílogo
La información periodística que transcribo a
continuación es real y está disponible en Internet.
Puede leerse como epílogo a este libro y apareció el 11
de mayo de 2016 en el periódico El Observador de
Montevideo, sección Economía & Empresas, firmada
por la periodista Victoria Mujica.
Impulso para una empresa uruguaya
237
Con esta alianza, los pacientes renales pueden
hacer turismo eligiendo locaciones cercanas a los
centros de diálisis y hospedándose en la casa de al-
gún paciente con esta misma enfermedad, o de al-
gún enfermero que pueda auxiliarlo en caso de nece-
sitarlo. Toda esta historia bien podría ser el libreto
de una película.
En diciembre pasado el escritor argentino Her-
nán Casciari se estaba hospedando en la casa de Ja-
vier Artigas y su esposa Alejandra cuando infartó.
Gracias a la rapidez del matrimonio, que inmedia-
tamente llevó a Casciari en su coche al Hospital de
Clínicas, escoltados por dos patrulleros, el escritor
argentino salvó su vida. «Si demoraban cinco minu-
tos más en traerlo, se moría», les dijo el médico que
atendió a Casciari luego de la operación en la que le
colocaron un stent cardíaco.
El escritor se recuperó, se quedó en Montevideo
unos días más y cuando regresó a Buenos Aires es-
cribió una evaluación positiva en la página web de
Airbnb, mencionando a los uruguayos como sus
«ángeles de la guarda».
El 31 de diciembre Javier y Alejandra viajaban
rumbo a Playa Verde a pasar los primeros días del
año. En la ruta, reciben un email que Alejandra lee
en voz alta.
El remitente: Joe Gebbia, cofundador de Airbnb.
El mensaje: «Hola, me contaron la historia de
cómo le salvaron la vida a un huésped y me gustaría
conocerlos».
238
Javier Artigas no sabía si se trataba del verdadero
Gebbia, pero respondió: «Sí claro, te esperamos
cuando quieras».
A los veinte minutos llega otro mensaje: «Con-
seguí un vuelo y llego mañana a las once». Las vaca-
ciones en familia se cancelaron en forma inmediata
y a la mañana siguiente, una hora antes de lo previs-
to, un hombre de bermudas y remera negra, cham-
piones y un sombrero de paja se bajó de un taxi en
la puerta de la casa de los Artigas en Montevideo.
La familia no salía de su asombro. Más sorpren-
didos quedaron cuando el millonario (Gebbia tiene
un patrimonio de cuatro mil millones de dólares)
dijo que quería dormir en el sillón. Insistieron en
que descansara en un cuarto.
«Si tuviera que definir a Joe Gebbia, podría decir
que es una persona muy humilde y sencilla. Fue a
bailar tango con mi hija, otro día fue hasta Zonamé-
rica solo en auto a buscar a uno de nosotros», contó
Artigas a este periódico. Gebbia se hospedó en su
casa hasta el nueve de enero. En esos días, además
de compartir momentos como uno más de la familia
(cocinaban, salían a hacer compras, tomaban mate),
los negocios se hicieron un lugar. En una de las
charlas de sillón, Gebbia le pidió a Javier Artigas que
le contara sobre su proyecto Connectus.
«Le dije que nuestra plataforma iba dirigida a
muchos enfermos en todo el mundo y él pensó que
había que hacer algo para ayudar a toda esa gente»,
recordó el emprendedor uruguayo.
239
Gebbia se contactó con una de las ejecutivas de
su empresa, que trabaja en la generación de comu-
nidades. La mujer respondió con una propuesta de
negocios con copia a Javier Artigas: crear un espacio
en Airbnb para que los pacientes renales reciban a
otros pacientes y se genere una comunidad.
Ese acuerdo se concretó un mes después. «Hace
dos semanas comenzamos nuestras operaciones en
Estados Unidos. Además estamos por recibir nuestra
primera financiación con un fondo de inversión de
Atlanta», contó entusiasmado el emprendedor uru-
guayo Javier Artigas.
Inmediatamente el valor de la compañía uru-
guaya Connectus se disparó y también la confianza
de los inversores. La primera ronda de inversión,
que había comenzado por ofrecer quinientos mil
dólares, se triplicó. Artigas definió que estos fondos
serán destinados a sus operaciones en Estados Uni-
dos y también a los mercados de Brasil, Italia, Japón
y Alemania, los cinco países que realizan el sesenta y
siete por ciento de las diálisis del mundo.
Según Artigas, Gebbia resultó ser una persona
muy cálida, y no dudó en señalar que se generó un
vínculo muy afectivo. «Cuando se fue de casa creó
un grupo de WhatsApp con el asunto Familia en el
que estamos Alejandra, nuestra hija Valentina, Joe y
yo. Es muy fuerte», expresó.
En una charla TED en Vancouver, Canadá, a
mediados de febrero, Gebbia habló sobre la impor-
tancia de la confianza para los emprendimientos
240
enmarcados en la economía colaborativa y utilizó el
ejemplo de lo ocurrido en Uruguay para explicarlo.
Steven Spielberg, Bill Clinton y George Lucas (entre
otros) estaban en el público cuando Gebbia mostró
la foto del escritor Casciari y Javier Artigas abraza-
dos después del infarto.
El CEO de Airbnb contó en detalle esta historia
e incluso comentó que Javier y Alejandra donaron
sangre para la operación de Casciari. Además utilizó
el caso para burlarse de su competencia, Home
Away, una plataforma que alquila casas vacías.
Según Gebbia, si Casciari se hubiera hospedado
en algunas de esas residencias, o en un hotel tradi-
cional, hoy no estaría vivo.
241
Fe de erratas
244
Me hago cargo
245
Por eso quiero usar estas páginas finales del libro
para informar que tomé la decisión de mantener sin
cambios los párrafos que me avergüenzan en los seis
volúmenes anteriores. No voy a corregir las próxi-
mas ediciones, pero me hago cargo del que fui.
Como estoy en pleno proceso regenerativo (to-
dos los varones de mi generación lo estamos, o de-
beríamos) es posible que incluso en este libro pueda
haber frases o palabras de las que me voy a arrepen-
tir pasado mañana. ¡Es muy probable que las haya!
Es complicado sacudir toda la educación patriarcal
que llevo sobre los hombros. Por ejemplo, me cuesta
mucho, cada vez que lloro, no decir «parezco mina»
o «me puse putito». Son muchos años de ser un im-
bécil que se creía gracioso.
Durante la infancia mi mamá mandaba a mi
hermana a hacer los mandados al almacén, nunca
me mandaba a mí. Yo empecé a ir al almacén a los
trece años por propia voluntad. Una vez mi papá se
tuvo que cocinar él mismo porque mi mamá no es-
taba. Mi abuela se enteró y le hizo un escándalo a su
nuera: «¿Cómo es posible, nena? ¡Él es el hombre de
la casa!». Entre los nueve y los catorce años escondí
de Roberto Casciari las poesías que escribía para que
él no me creyera demasiado femenino. Entre los seis
y los quince años jugué a deportes de fuerza para
demostrarle masculinidad. Mi papá nunca pisó el
almacén de enfrente. Tampoco nunca nos hizo el
almuerzo o la cena. Nunca barrió el piso ni cosió un
guardapolvos. Ninguna mujer de la casa se lo habría
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permitido. En la adolescencia algunas amigas señala-
ron en mí actitudes machistas que yo no podía re-
conocer o me negaba a aceptar. Pasaba mucho en las
sobremesas de los asados, mientras ellas levantaban
los platos y nosotros fumábamos. Hasta el final del
siglo veinte (es decir, hasta mis treinta años), creí
que machismo y feminismo eran dos extremos y me
burlé de ambos.
Al inicio de este siglo fui padre. En la crianza de
mi hija Nina no puse mucha atención y solía decir
(frente a ella) puto, trola, negro y otro montón de
tópicos porque los creía inofensivos. También debatí
sin argumento en sobremesas acaloradas y salieron
de mi boca algunas frases infames. «No todos los va-
rones somos así», por ejemplo, o «Estoy en contra
de todo tipo de violencia».
Todavía tengo en la cabeza ideas en reparación.
Lo descubro cuando personas más jóvenes me aler-
tan: «¿Te parece que dos mochileras que van juntas
viajan solas?».
No es fácil soltar los lastres.
Pero también empiezo a percibir yo mismo las
alarmas. Ya descubro solito símbolos mal puestos y
barbaridades en los medios. Empiezo a sentir el pla-
cer de mis propias cáscaras cayendo. Trato todos los
días de estar atento a los tópicos. Ya no hago chistes
de falso progresismo y me ejercito para dar pelea in-
cluso en lo dialéctico, que es donde más me cuesta.
La lucha del feminismo es, sin dudas, lo más re-
volucionario que pasó en la Argentina en décadas.
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Un día vamos a mirar atrás y nos parecerá increíble
que nosotros —los varones— hayamos tardado tan-
to en reaccionar. Nunca en mi vida había visto a un
grupo humano acorralar un problema grave con
tanta fuerza, pasión y creatividad. Nuestros nietos,
estoy seguro, van a estar muy orgullosos de sus
abuelas.
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