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Rebelde

Manuel L. Alonso. Eduardo —protagonista de una novela anterior, El impostor— se ha convertido, tras la muerte de su padre, en un muchacho solitario y desconfiado, para quien el mundo sólo ofrece motivos para el pesimismo y la desesperanza. Sin embargo, en su deambular por distintos lugares, se encuentra con dos personas, Miguel y Ana, que le permitirán conocer la amistad y el amor. Su relación con ellos le ayudará a superar sus miedos y rencores.
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Manuel L. Alonso. Eduardo —protagonista de una novela anterior, El impostor— se ha convertido, tras la muerte de su padre, en un muchacho solitario y desconfiado, para quien el mundo sólo ofrece motivos para el pesimismo y la desesperanza. Sin embargo, en su deambular por distintos lugares, se encuentra con dos personas, Miguel y Ana, que le permitirán conocer la amistad y el amor. Su relación con ellos le ayudará a superar sus miedos y rencores.
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Spa FIC A

alonso » Manuel L.
e ;
Rebelde
2O9zZb2B
WITHDRAWN
t of
May be sold for the benefi
New Yor k Public Library
The Branch Libraries of The
service organizations.
or donated to other public
1.* edición, octubre 1996
2.? impr., septiembre 1997
3.” impr., septiembre 1998
4.* impr., septiembre 1999
5.* impr., mayo 2000
6.” impr., abril 2001
7.* impr., mayo 2002
8.” impr., diciembre 2003
9.? impr., septiembre 2005
10.* impr., junio 2006
11.? impr., diciembre 2006
12.* impr., octubre 2007

O Manuel L. Alonso, 1996


O Grupo Anaya, S.A., Madrid, 1996
Juan Ignacio Luca de Tena, 15. 28027 Madrid
www.anayainfantilyjuvenil.com
e-mail: anayainfantilyjuvenilQGanaya.es

ISBN: 978-84-207-7513-5
Depósito legal: M. 45309 /2007
Impreso en Anzos, S.L.
La Zarzuela, 6
Polígono Industrial Cordel de la Carrera
Fuenlabrada (Madrid)
Impreso en España - Printed in Spain

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o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada
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medio, sin la preceptiva autorización.
Diseño y cubierta de
Manuel Estrada
SE EE 5

Manuel L. Alonso

Rebelde

ANAYA
Este libro no es una segunda parte, aunque existe un
libro, El impostor, escrito hace siete años, diferente en
muchos aspectos, cuya acción termina unos meses antes
del comienzo de Rebelde.
La causa de que yo haya reanudado la historia de
Eduardo no es otra que la insistencia —que ahora agra-
dezco— de centenares de lectores que me hicieron saber
su opinión de que El impostor era un libro incompleto.
El propio Eduardo ha alzado su voz a menudo en estos
siete años para acusarme de haberlo dejado en manos del
infortunio y la incertidumbre en las últimas páginas de
aquel libro. :
Tengo una deuda de gratitud con las escasas personas
que conocieron esta historia antes de la redacción defini-
tiva y me brindaron valiosas reflexiones. Con Rosalía,
que me dio ideas que mejoraban el argumento. Y con An-
tonio Vivaldi, compañía constante.
alté la tapia por un lugar donde la alambrada que
la remataba estaba rota, y me dejé caer sobre el
césped del otro lado.
Era la primera vez en muchos meses que hacía
algo ilegal, desde aquella época que una y otra vez
volvía a mi memoria. Pero apenas podía decirse que
aquello fuese un delito. Era agosto, hacía mucho ca-
lor, allí había un club privado con una buena piscina,
y yo llevaba el bañador puesto bajo los vaqueros.
Agachado entre los árboles, robustos chopos y sau-
ces cuyas ramas me ocultaban, esperé por si alguien
me había visto. Los empleados llevaban pantalón y ca-
miseta de color blanco, con un escudo serigrafiado.
Los había estado observando desde fuera. A decir ver-
dad, también había estado observando a las chicas.
Las hijas de los ricos, de los verdaderamente ricos, casi
siempre son guapas. Tienen el color de piel y la facili-
dad de movimientos de quien ha crecido practicando
deportes, dientes muy cuidados, esa seguridad en ung
mismo que sólo se adquiere en la cuna.
Nadie se fijaba en mí. Rápidamente me quité la
ropa y la metí en la mochila. En bañador, caminé por
el césped hacia la piscina. Había una ligera brisa que
movía las hojas de los árboles con un susurro; podía
oír los golpes secos de raqueta de quienes jugaban al
tenis. Dejé la mochila donde no llamase la atención y
me zambullí de cabeza.
El agua estaba fría, limpia, perfecta. Nadar siem-
pre había sido mi deporte favorito. Nadar y leer son
cosas que se pueden hacer a solas y por poco o nin-
gún dinero; llevaba meses sin hacer prácticamente
otra cosa.
Hice un largo a crol, despacio, disfrutando de la sen-
sación de haberme librado del calor y de ser un intruso
sin un duro en el club de campo más selecto de la ciu-
dad. Los bolsillos de mis vaqueros estaban vacíos. Lle-
vaba más de veinticuatro horas sin probar bocado.
Tenía diecisiete años y odiaba a todo el mundo.
Empecé otro largo, a braza. Eso me permitía ver a
las chicas sentadas en el borde. Eran dos gemelas
muy morenas, con buen tipo. Observé cómo dos chi-
cos musculosos se acercaban a ellas. Comenzaron a
hablar de esas tonterías de las que hablan los ricos:
viajes a lugares de moda, bares de moda, personas de
moda a quienes se cita con familiaridad. No tenían
nada que ver conmigo, pertenecían a otro mundo.
Desde el principio del verano,.yo me había dedicado
a limpiar váteres en un cámping.
Llegué al extremo de la piscina, me icé a pulso y
me senté en el borde. Era una buena piscina. Tenía di-
mensiones olímpicas, no había rastros de suciedad
de los bronceadores, y en ese momento sólo disfruta-
ban del agua tres o cuatro personas. Me fijé en ellas.
Había una chica que nadaba muy bien, a mariposa.
La mariposa no suele ser el estilo favorito de las chi-
cas, y durante un buen rato la estuve contemplando
con interés.
Vi cómo se acercaba para descansar junto al grupi-
to sentado en el borde a pocos metros de mí. Sólo po-
día ver su cara de perfil. No estaba mal. Los otros le
dijeron algo, bromeando, y vi cómo se izaba también
a pulso hasta quedar sentada junto a ellos.
Entonces pude contemplarla detenidamente.
Dos o tres veces en toda mi vida he sentido algo
semejante a lo que sentí en aquel momento; no sé qué
nombre darle: un atisbo del futuro, una premonición,
una corazonada. Es algo puramente físico: uno siente
como si dos dedos invisibles le pellizcaran el pecho
hasta llegar al corazón, y durante unos segundos ni
siquiera es posible seguir respirando.
Ella me estaba mirando. Rectifiqué mi primera
impresión; pensar que no estaba mal era ser sencilla-
mente mezquino. La palabra más pálida que se me
ocurrió en aquel instante para calificarla fue «precio-
sa». No era muy alta ni tenía un físico espectacular,
pero sus ojos y sus labios eran los más bonitos que yo
había visto nunca.
Uno de sus amigos le ofreció un cigarrillo, y al lle-
várselo a los labios ella echó atrás el pelo con un mo-
vimiento lleno de gracia. Ya no me miraba, pero yo
tenía la impresión de que era tan consciente de mi
presencia como yo de la suya. Me levanté y me apro-
ximé despacio.
—Hola, ¿me dais un cigarro?
Las gemelas me sonrieron, o tal vez sonreían al
ver mi bañador pasado de moda y descolorido. Los
dos tíos se tomaron su tiempo antes de ofrecerme la
cajetilla de Marlboro. Yo sólo la miraba a ella. Ella te-
nía gotitas brillantes como perlas diminutas en las
pestañas, y eso daba un brillo especial a su mirada.
Se limitaba a observarme con curiosidad.
—¿Me dais fuego?
El más fuerte de los dos amigos me tendió un me-
chero. El bíceps vibró en su brazo bronceado. Me pre-
gunté si sería un truco para impresionar. Yo era alto y
no estaba mal proporcionado, pero estaba lejos de
parecerme a esos tipos de músculos relucientes que
se exhiben en algunas piscinas.
—¿Cómo te llamas?
En la voz de ella no pude rastrear ningún interés
especial. Pensé que su pregunta era simple cortesía
de chica bien educada.
—Eduardo.
—Eduardo, me parece que están a punto de echarte.
—¿Qué?
No comprendí lo que quería decir. Seguí la direc-
ción de su mirada y vi venir hacia mí dos de aquellos
empleados vestidos de blanco. Aquéllos sí que eran
tipos fuertes. Uno se enfrentó conmigo y el otro se si-
tuó casi a mi espalda. Supuse que me preguntarían:
«¿El señor es socio del club?», y que alguien me diría
algo así como: «Hay una ligera confusión», y todo se
arreglaría entre caballeros. Pero el que estaba frente a
mí me miró de arriba abajo y gruñó:
—Tienes cinco segundos para recoger tus cosas y
largarte, vagabundo, si no quieres que llame a la po-
licía.
Nunca he podido soportar que me ofendan sin nece-
sidad. Lo que algunos no entienden es que se puede vi-
vir como un perro y seguir teniendo dignidad. Yo inten-
taba conservarla y no me gustaba que atentasen contra
ella. El hombre estaba a punto de cogerme del brazo.
Di un paso atrás, pálido, humillado por el ridículo.
—Ni se te ocurra tocarme —advertÍ.
Fui hacia mi mochila seguido de cerca por aque-
llos dos imbéciles. Alguien se reía a mi espalda. Me
pareció oír una voz:

10
—Adiós, Eduardo.
Me giré con rabia, pensando que era ella quien ha-
bía hablado. Pero no hacía sino mirarme con una ex-
presión intensa que me hizo pensar que estaba de mi
parte.
Me puse el pantalón sobre el bañador mojado, y
pasé junto al grupo sin ninguna necesidad, sólo para
mirarla por última vez.
—Gracias por el cigarro —dije.
Nadie respondió. Ella cogió la cajetilla de Marlbo-
ro y la dejó caer en el interior de mi mochila sin dejar
de mirarme de aquella extraña manera que hacía im-
posible que yo me sintiese ofendido. Sus labios se
movieron sólo para mí, susurrando una palabra:
Suerte.
Más tarde, caminando a pleno sol por la carretera,
mientras hacía autostop, pensé en ese misterio de la
suerte. Toda para unos pocos, casi nada para los de-
más, nada absolutamente para mí.
Y recordé aquel día, nueve meses antes, en que mi
vida cambió en un instante.
El día en que asesinaron a mi padre.

11
i padre no fue un santo, pero ¿quién quiere tener
un padre que sea santo? A lo largo de su vida
perjudicó o defraudó a muchas personas, empe-
zando por mi madre, y engañó a unas cuantas. Sin
embargo, nunca infligió un daño físico o moral grave
deliberadamente.
Tenía su manera personal de ver la vida, un códi-
go propio y firme, que es más de lo que se puede de-
cir de muchos ciudadanos de finales del siglo xx. To-
maba lo que necesitaba sin el menor respeto hacia el
enfermizo sentido de la propiedad de otros, pero no
intentaba acaparar más de lo necesario como tantos
que presumen de honrados. Se veía a sí mismo como
un caballero en una época sin lugar para los caballe-
ros. Los demás le designaban con otros nombres,
principalmente con el de estafador.
Una tarde de lluvia, en un solitario paseo de Ma-
llorca, donde vivíamos, un hombre le acuchilló por
sorpresa. Murió pocos minutos más tarde. Su asesino
logró escapar; fue detenido al cabo de unos días,
cuando intentaba abandonar la isla. Le vi una sola
vez; parecía más estúpido que malvado, pero a me-

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nudo ésos son los seres más peligrosos. Había actua-
do por venganza, años después de sufrir un timo in-
significante que otro hubiese olvidado pronto.
Yo acababa de cumplir diecisiete años. Mi madre
había muerto también, dos años antes. Tenía en Ma-
drid unos parientes con los que había vivido un tiem-
po, y tuve que volver con ellos.
Buscando a su asesino, la policía investigó los últi-
mos pasos de mi padre y averiguó que había nueve
millones de pesetas, producto de su último golpe, es-
perando en los bancos mi mayoría de edad. Se incau-
taron del dinero. Mis tíos de Madrid supieron así que
mi padre había sido un delincuente (un vulgar delin-
cuente, dijo mi tío, y yo le respondí que mi padre ja-
más fue vulgar como él).
Los que ya eran mi única familia se comprometie-
ron ante un juez a hacerse cargo de mí hasta mi ma-
yoría de edad, más por sentido de la responsabilidad
que por cariño hacia mí. Pero pronto la convivencia
se hizo difícil. Acechaban en mí el estigma, la huella
de las enseñanzas de mi padre. Identificaban la bon-
dad y la rectitud con la carencia absoluta de pensa-
miento original, y el tener ideas propias con la mal-
dad y el peligro. Yo tenía ideas propias o, peor aún,
heredadas de aquel a quien nunca nombraban.
Empezó un nuevo año; yo cumpliría los dieciocho
a finales de octubre. Me sentía incapaz de resistir
diez meses en aquella atmósfera asfixiante. Consi-
guieron que me readmitiesen en el instituto, después
de haber perdido todo un trimestre, pero cuando lle-
gó el día de volver a clase, yo no me sentía capaz de
hacerlo. Ese día de enero, en Madrid, los termóme-
tros marcaban cuatro grados bajo cero y la contami-
nación podía masticarse; aun así, me fui a vagar por
la ciudad.

13
Al día siguiente hice lo mismo, y al otro. Recorría
la ciudad a pie, o llegaba en metro hasta barrios que
no había pisado en mi vida. Observaba, como el es-
critor o el pintor que toma notas mentales sin saber
cuándo le serán de utilidad, no hablaba con nadie,
distinguía entre la multitud al ladrón, al estafador, al
policía. |
Al final del día, mis tíos me preguntaban por las
clases. Les decía lo menos posible, porque en el fon-
do me repugnaba mentir.
Y volvía a vagar por las calles. No sabía lo que es-
peraba, no tenía ningún proyecto, paladeaba el sabor
ácido de la libertad y la soledad.
Como era inevitable, mis tíos descubrieron mis
faltas a clase y me acusaron de estar abusando de
ellos. Me profetizaron que acabaría siguiendo los pa-
sos de mi padre. Tuvimos una disputa y pronuncia-
mos palabras de las que después fue imposible olvi-
darse. Finalmente les convencí para que me dejaran
marchar.
Me dieron su consentimiento con alivio mal disi-
mulado. Mi tía lloraba con aplicación, mi tío me dio
consejos para conducirme en la vida; cada uno, por
separado, me entregó un poco de dinero. Me fui con
mi mochila por todo equipaje:.en ella había unos va-
queros de repuesto, dos o tres camisetas y un suéter,
y algunos libros. No necesitaba más.
Mi tío me había dado la dirección de un amigo
suyo, dueño de un bar para turistas en Marbella, y
viajé hasta allí haciendo autostop.
Me quedé un mes. Servía cervezas en una terraza
al lado de la playa, en un ambiente que me recordaba
demasiado el de Mallorca. Mi jefe se enfadaba con-
migo porque no pronunciaba más palabras que las
imprescindibles, porque no sonreía jamás a los clien-

14
tes. Lo que a mí me importaba era que podía ahorrar
íntegro el escaso salario, porque comía y dormía en el
mismo bar. Con aquel dinero corté amarras definiti-
vamente.
Durante algunas semanas viajé haciendo autostop
por Andalucía. Me quedé un tiempo en Cádiz y des-
pués en Granada, que fueron las ciudades que más
me gustaron. Dormía en las pensiones más baratas y
comía casi únicamente bocadillos.
Adelgacé tanto que los pantalones se me escurrían
hasta las caderas; de pura debilidad me sangraban
las encías, y hasta tenía la impresión de que se me
empezaba a caer el pelo. Procuraba evitar a la policía
y a los colgados más curtidos y veteranos que yo, que
con frecuencia se acercaban para ver qué podían con-
seguir de mí. Siempre estaba solo.
Sin embargo, en Granada conocí a un par de cole-
gas que estaban a punto de viajar hacia Barcelona,
donde tenían trabajo como ayudantes de cocina en
un gran restaurante. Me uní a ellos y repartimos los
gastos de la gasolina; tenían un coche prehistórico al
que le costó un día entero llegar a Barcelona.
El dueño del restaurante no quiso admitirme. Que-
ría alguien con experiencia, y yo no sabía una palabra
de cocina como quedó patente en la prueba que me
hizo. Pero conocía a alguien que estaba buscando un
chico para trabajar en un cámping, y me dijo que vol-
viera en un par de días. Pase esos dos días sin comer,
recorriendo Barcelona de la mañana a la noche y dur-
miendo a ratos en cualquier parte.
Tal vez otro, en mi lugar, hubiera pensado en lo
sencillo que podía ser el arrebatarle el bolso a una
vieja, o la cartera a un jubilado, pero yo me había
propuesto no delinquir. Mi padre había muerto en
mis brazos culminando una larga carrera de delin-

15
cuente, y yo no quería seguir sus pasos. Había un os-
curo enemigo al que me había propuesto conjurar: la
mala suerte, el destino.
Volví al restaurante y me confirmaron que podía
ir al cámping, en un pueblo de la Costa Brava del que
yo ni siquiera había oído hablar. Hubiese ido al fin
del mundo: en sólo cinco meses transcurridos desde
el día en que había salido de Madrid, había hecho un
largo camino del que no dejaba de advertir que me
conducía insensiblemente pendiente abajo.
El verano estaba a punto de comenzar, yo estaba
cansado de ir a la deriva, y no me vendría mal dete-
nerme por algún tiempo. El tipo de trabajo que tuvie-
ra que hacer me daba lo mismo.
Así fue como me encontré barriendo suelos, repa-
rando alambradas, limpiando váteres. Me levantaba
al amanecer y me acostaba de madrugada. Vivía al
sol, sin camisa, sin problemas. Incluso podía aumen-
tar mis conocimientos de alemán y de inglés con algu-
nas de las chicas que pasaban por el cámping. Había
unas cuantas pequeñas playas y calas que se presta-
ban a las veladas románticas.
Pero en lo más hondo de mí había un nudo de ren-
cor, duro como el diamante, que me hacía sentir ajeno
a cualquiera que tuviese pensamientos y deseos nor-
males. No deseaba el cariño ni la simpatía de nadie.
Las pocas veces que besé a alguna chica lo hice sin
poder librarme de un profundo sentimiento de me-
lancolía, de impostura, como un usurpador tomando
algo a lo que no tiene derecho.
Al cabo de un mes y medio tuve una discusión
con mi jefe y dejé el trabajo.
En agosto, una serie de trayectos en autostop, de-
jándome llevar por los flujos de los ciudadanos en
vacaciones, acabó devolviéndome a Madrid.

16
No llamé a mis parientes. Fui al albergue de la
Casa de Campo, donde había gente de mi edad de to-
dos los países, y permanecí tres días. El tercero gasté
mi último billete. Por la mañana, mientras recogía
mis cosas, un japonés que ocupaba la litera de al lado
me invitó a un par de galletas. Fue lo único que comí
en todo el día. Esa noche la pasé en un banco de Re-
coletos, después de intentar dormir en la estación de
Chamartín, de donde me echaron a medianoche.
Al día siguiente salí de Madrid andando por una
carretera cualquiera.
Supongo que anduve un par de horas. Los coches
pasaban a mi lado a toda velocidad azotándome con
ráfagas de aire caliente. En el asfalto se pudrían al sol
los restos de los animales atropellados. No tenía
hambre. Mis piernas se movían solas, un paso tras
otro.
Cerca del mediodía, me detuve a mirar a través de
los setos a aquellos privilegiados del club de campo,
sentí el impulso de saltar y...
...allí estaba, de nuevo en la carretera, regresando
a la ciudad porque lo mismo daba un lugar que otro
y era precisamente en la gran ciudad donde podía
desplegar más recursos para sobrevivir.
Oí que me pitaban desde un coche, pero no me
molesté en mirar. Cualquiera que haya recorrido bas-
tantes kilómetros en autostop sabe que hay imbéciles
a los que les gusta pitar porque sí, para llamar la
atención, porque se sienten importantes metidos en
su coche mientras otro lo pasa mal.
Tenía el sol sobre mi cabeza. Calculé que serían las
dos. A veces, recordando una de las manías de mi pa-
dre, me resistía a usar reloj. Mi padre tenía una verda-
dera obsesión con ser dueño de su tiempo, y solía de-
cir que prescindir del reloj es un lujo supremo.

17
Pitaron de nuevo. El coche venía tras de mí, muy
despacio, por el arcén. Era un Toyota blanco. Se apro-
ximó hasta quedar a mi altura. Sin dejar su puesto
ante el volante, ella se inclinó y me abrió la puerta de
la derecha.
La miré fijamente, sin decir una palabra. Aún tenía
el pelo húmedo, un pelo brillante entre rubio oscuro y
castaño rojizo, que no olía al cloro de la piscina. Había
tenido tiempo de ducharse y lavarse la cabeza. Lleva-
ba un vestido negro muy ligero, probablemente de al-
godón, escotado. Le sentaba muy bien. Pero cuando
realmente estaba guapa hasta cortar la respiración era
cuando sonreía. Sonrió en exclusiva para mí. Tenía los
labios gruesos, en eso no se parecía a la única chica de
la que yo había estado enamorado en mucho tiempo.
—Cumplí los dieciocho hace dos semanas, y sólo
llevo conduciendo este trasto desde el lunes. Te lo ad-
vierto lealmente por si te da miedo subir, Eduardo.
Gruñí una de esas tontas frases que las mujeres
consideran, con razón, infantiles:
—A mí no me da miedo nada.
Subí y me senté a su lado.

18
e llamo Ana.
—Gracias por recogerme —dije sin sonreír—.
¿Por qué lo has hecho?
—No sé. Estabas muy gracioso, andando por la
carretera como un flamenco.
—¿Un flamenco?
—Ya sabes, esas aves con las patas muy largas y
muy delgaditas. Tú también tienes las piernas muy
delgadas.
No me miraba. Como todos los conductores nova-
tos, iba en tensión y sujetaba el volante con innecesa-
ria fuerza. Hice un rápido cálculo y deduje que tenía
tres meses más que yo.
—¿Cómo sabes que tengo las piernas...? —empe-
cé, y me callé al reparar en que me había visto en ba-
ñador un rato antes—. ¿Se puede saber de qué te ríes?
—No suelo hablar con los chicos acerca de sus
piernas.
—Yo tampoco. .
Puso la radio. Reconocí el final de una canción de
Elton John. El coche era cómodo, la carretera estaba
prácticamente desierta y Ana adelantaba con facilidad

19
a conductores más lentos. Contemplé la línea del cielo
de Madrid, razonablemente nítida a pesar del calor.
En quince días regresarían uno o dos millones de ciu-
dadanos, y con ellos la contaminación y el absurdo
modo de vida de la gran ciudad.
En la radio, uno de esos locutores que trabajarían
gratis sólo para poder exhibir sus conocimientos de
inglés, anunció un tema de los Dire Straits. Me estre-
mecí. Si había algo que por encima de todas las cosas
me recordaba los últimos días con mi padre, eran las
canciones de Dire Straits.
—Sultans of Swing —dijo Ana—. Me gustaría sa-
ber tocar así.
—¿Tocas la guitarra?
—Un poco. Y también el piano y... Bueno, ya sa-
bes, lo típico.
¿Lo típico? Creía que lo típico era no saber una pa-
labra de música. Yo no sabía tocar ningún instrumen-
to, y en mi vida había conocido a una chica que toca-
se el piano. Pensé todo eso, pero no se lo dije. Ella ya
sabía que yo no era de su clase. La forma en que nos
habíamos conocido hacía innecesarias las explicacio-
nes.
—¿Cómo crees que podían saber que yo no era so-
cio del club? '
—Posiblemente te han visto saltar. Tienen cámaras
que cubren todo el perímetro. Y de todas formas
prácticamente nos conocen a todos. Es un club muy
selectivo.
Pronunció la palabra irónicamente, desmarcándo-
se en mi honor de aquel ambiente. Y por si no había
quedado suficientemente claro, añadió:
—En realidad, casi no tengo amigos ahí. Pero es
una buena piscina, y nadar es una de mis debilida-
des.

20
—Supongo que también montas, y esquías y... Ya
sabes, lo típico.
Me lanzó una rápida mirada. Sus ojos eran verdi-
grises. Supongo que ésa es la palabra, y pocas veces
una palabra ha resultado más insuficiente para defi-
nir una tonalidad cambiante, tan bella y llena de ma-
tices como su mirada. Se pasó la punta de la lengua
por los labios. Sólo era un gesto instintivo porque se
sentía atacada, pero me pareció tan sexy que si no hu-
biese estado al volante la habría besado.
—¿Qué te pasa? ¿Eres uno de esos resentidos que
odian a los ricos? ¿En qué época vives tú, en la Rusia
de los zares? ¿Tengo que pedirte disculpas porque
mis viejos tienen pasta?
—Vale.
—Vale, ¿qué? ¿Vale qué, tío?
—Cuando te enfadas estás preciosa —dije, al esti-
lo de los vaqueros de las viejas películas.
—Pues tú estás muy bueno —respondió ella con
la misma naturalidad que si me estuviese preguntan-
do la hora—. Pero creo que no funcionaría.
—¿De qué hablas?
—Tú y yo. No funcionaría. Me gusta la gente con
buen carácter, y tú pareces insoportable.
—Gracias —gruñí.
—De nada. ¿Dónde te dejo?
Me encogí de hombros. Tenía la impresión de ha-
ber librado una pequeña batalla y haberla perdido.
Pensé que no me gustaban las chicas de Madrid. De-
masiado..., ¿cuál podría ser la palabra?..., desenvuel-
tas, tal vez.
—Yo voy a Príncipe de Vergara, un poco más aba-
jo de la plaza Marqués de Salamanca. ¿Te va bien?
Ni siquiera estaba seguro de saber dónde quedaba
aquello, pero le dije que sí.

2
—-¿En serio no quieres que te lleve a alguna parte?
¿Tienes dónde ir, por lo menos?
Sus ojos —ya no eran verdigrises, sino de un ver-
de líquido y profundo— me miraban sin hostilidad.
Me dije que seguramente las chicas como ella apren-
dían pronto a no alterarse con los plebeyos.
—Claro —mentí.
—¿Dónde vives? ¿Vives con tus padres?
No me gusta la gente que hace preguntas persona-
les. Como el Huckleberry Finn, de Mark Twain, me
había acostumbrado a pensar que siempre que había
una persecución era a mí a quien buscaban, y que
toda pregunta de índole privada encerraba el propó-
sito oculto de atraparme. En espera de mi respuesta,
Ana había detenido el coche a un lado de la avenida
por la que entrábamos en Madrid, sin preocuparse
por los que pitaban indignados.
—Vente a comer conmigo —sugirió de pronto.
—Gracias, pero no tengo pasta y me gusta pagar
mi comida.
—No hablo de un restaurante. Me refiero a mi
casa.
Dije que de acuerdo, y condujo con asombrosa te-
meridad a través de las calles más céntricas de Ma-
drid. Yo estaba temiendo que me ofreciese el volante
y eso me obligara a confesar que no podía conducir
porque aún no había cumplido los dieciocho. Pero
estaba claro que se había empeñado en domar al To-
yota como a una bestia mecánica de mil kilos, y no
quería perderse nada de la diversión.
La observé mientras se concentraba en conducir,
preguntándome qué me gustaba tanto en ella. Pero
no era nada que se pudiera enumerar o enunciar,
sino algo como una reacción química o eléctrica de
mi cuerpo junto al suyo, un perfume que no se perci-

22
bía por el olfato, una inquietud desconocida que me
ponía un nudo en la garganta. Me pregunté si a ella
le pasaría algo parecido.
Llegamos ante una sólida casa burguesa con pare-
des tan gruesas como las de una prisión. Ana entregó
las llaves del coche al portero y me empujó escaleras
arriba sin esperar al ascensor.
Se detuvo en la primera planta, rotulada con la
palabra «Principal». Yo no había vuelto a encontrar
aquella palabra en una escalera desde que era un
niño pequeño. Y cuando ella abrió la puerta retrocedí
aún más en el tiempo, tal vez hasta la casa de mis
abuelos cuando yo era un bebé. La razón estaba pro-
bablemente en los olores: cuero y productos de lim-
pieza artesanos, y el casi imperceptible aroma de la
seda.
Ana me precedió por un salón absurdamente
grande con diversos ambientes. Divanes y butacas en
torno a mesitas en las que brillaban los ceniceros de
plata. Al fondo, en la penumbra, un pájaro tropical
me observaba desde una jaula tan grande como una
cabina telefónica; junto a una ventana, con el tronco
dividido en segmentos por las líneas de luz que se fil-
traban a través de la persiana, en una mecedora, una
mujer se había quedado dormida o muerta con un li-
bro en las manos.
—No hagas mucho caso de la abuela —susurró
Ana señalándola.
La abuela abrió los ojos y sonrió a su nieta.
—Abuela, éste es Eduardo, le he invitado a comer.
Ana me cogió de la mano y tiró de mí sacándome
del salón. Desde el pasillo oí la voz de la vieja: 4
—Encantada, Fernando.
Atravesamos un pequeño comedor y entramos en
la cocina, donde había una chica de uniforme. Creo

23
que me quedé con la boca abierta, porque hasta en-
tonces había supuesto que las empleadas domésticas
de uniforme sólo existían en las comedias.
Ana y ella no tardaron en ponerse de acuerdo
acerca del menú (mi estómago se puso a dar saltos al
oír la palabra «solomillo»), y un cuarto de hora más
tarde estábamos sentados a la mesa en el pequeño co-
medor, con unos entremeses más que aceptables, en
los que el jamón brillaba con luz propia, ante noso-
tros.
Ana me explicó que su abuela comía mucho más
temprano y que sus padres estaban de vacaciones.
Me mostró muy seria una botella de rioja tinto del
año no sé cuántos para ver si yo opinaba que iría bien
con la carne, y luego luchamos para abrirla durante
un buen rato contra un corcho que se deshacía.
Recuerdo ese momento preciso que destaca entre
los restantes minutos de aquel día no precisamente
inocuo: la veo inclinada hacia la botella rebelde, su
cabeza rozando la mía y su cabello acariciando mi
cuello, una de sus manos pequeñas y fuertes sobre
una mía oprimiendo el gollete de la botella, su risa
tonta y contagiosa, y de pronto sus ojos mirándome
fijamente y sus labios en mis labios.

24
o es fácil encontrar una rosa en-un jardín público
un día de agosto, ni vencer los escrúpulos para
cortarla cuando hay un montón de gente mirán-
dote, pero allí estaba yo con mi rosa, que no era roja
como hubiera deseado sino una rosa rosa.
Me fijé en que la casa tenía una entrada de servicio,
y por un momento temí que el portero me ordenase
entrar por ella, pero no fue así y llegué sin tropiezos al
piso principal. Me abrió la chica de uniforme con una
sonrisa y me hizo pasar al salón asegurándome que
Ana saldría enseguida.
La abuela ocupaba el que parecía ser su lugar de
costumbre, con un libro en las manos. Me di cuenta
de que el libro era nada menos que un ensayo antro-
pológico y me pregunté si la buena señora lo leía de
veras o sólo lo sostenía como elemento decorativo.
En realidad no era una anciana como me había pare-
cido el día anterior; a pesar de su pelo enteramente
blanco, no tendría más de sesenta años. .
—ALh, hola, Fernando —me saludó—. ¿Cómo van
los estudios?
—Me llamo Eduardo, señora.

25
—A Esperancita, este curso le han quedado dos.
Claro que lo que estudia Esperancita es muy difícil.
Inclinó la cabeza a un lado en espera de mi res-
puesta, con un gesto muy semejante al del pájaro que
tenía junto a ella. No me pareció oportuno preguntar
quién era esa Esperancita y me limité a sonreír con
cara de nada. |
—¿Hace mucho que salís Esperancita y tú?
—No salgo con Esperancita —confesé.
—Mi marido y yo no nos separábamos nunca —ex-
plicó—. Bueno, excepto por cuestiones de servicio y
cuando yo no podía acompañarle porque el niño era
muy pequeño. Cuando estuvimos destinados en Áfri-
ca vivíamos en una cabaña de adobes. Durante la se-
quía, el río se evaporaba por completo y una ni si-
quiera podía asegurar dónde estaba el cauce; después
llegaban las lluvias y todo se inundaba. Yo tenía que
abandonar mi casa y todas nuestras cosas con el chi-
quitín en brazos. Sólo me llevaba su biberón y el mo-
nedero.
—Abuela, ¿ya estás otra vez? —dijo Ana inespera-
damente desde la puerta—. Aburrirás a Eduardo.
—Se llama Fernando.
—NOo me aburre, todo lo contrario.
Ofrecí la rosa, que había perdido parte de su loza-
nía, a Ana. Ella lanzó un gritito de satisfacción y me
premió con un beso en la mejilla. Desde el único beso
del día anterior («No seguiremos adelante; no funcio-
naría», había dicho ella) nos habíamos comportado
como dos compañeros, sin miradas pícaras ni alusio-
nes. Pero no pude evitar el mirarla un poco impresio-
nado por lo guapa que se había puesto.
Hay chicas que pueden usar vestidos largos y es-
cotados o pantalones muy cortos, y todo les queda
bien. No sólo es cuestión de piernas. Cuenta también

26
el estilo, la clase. Ana tenía clase. Llevaba un vestido
con escote en uve, abotonado por delante de arriba
abajo, blanco y negro, y sandalias de cuero; se había
recogido el pelo muy tirante, en una cola de caballo
alta como las de las bailarinas, y así su cabello pare-
cía más claro, y su cuello más fino, y sus ojos todavía
más grandes.
—Estás guapísima.
—Tú también.
Yo me sentía cualquier cosa menos guapo. Desde
los entremeses y el solomillo del día anterior, estaba
sin probar otra cosa que agua de las fuentes.
—¿Nos vamos? Hasta luego, abuela.
—Adiós, bonita. Adiós, Fernando.
Ya en la calle, pregunté quién era Esperancita.
—¿La abuela te ha hablado de ella? Era mi tía, la
hija menor de mi abuela. Todos dicen que me parez-
co mucho a ella. Murió cuando yo era pequeña.
Era media tarde. El calor mantenía desiertas las
calles. Los escasos peatones caminaban a paso lento,
pegados a las fachadas para aprovechar la sombra de
los edificios. El asfalto absorbía el calor y lo devolvía
multiplicado. La mochila me pesaba como uno de
esos diablos que en ciertas leyendas se encaraman a
la espalda de sus víctimas.
—¿Por qué llevas siempre esa mochila? —pregun-
tó Ana—. ¿Quieres que volvamos para coger el coche?
¿No? Pues entonces déjame que te la lleve un rato.
—Ni hablar.
- No podía imaginármela con mi mugrienta mochi-
la sobre su espalda, que el vestido dejaba al descu-
bierto. f
Sin hacerme el menor caso cogió la mochila y tiró
de ella hasta conseguir su propósito. Se la puso de-
jándome conmovido y avergonzado.

217
—Y ahora, como estoy segura de que no has comi-
do, vamos a que comas algo.
—Ni hablar.
—Ni hablar, ni hablar... ¿Es que no sabes decir otra
cosa? A partir de ahora te llamaré Señor Ni Hablar.
¿Qué te parece?
—Y yo a ti te llamaré Anuska.
—Muy propio de la Rusia de los zares. Me gusta.
Acabamos en un bar donde devoré dos bocadillos y
consiguió hacerme confesar que, efectivamente, yo no
tenía dinero ni para cenar. Le conté algo acerca de mi
vida con mi padre, muy poco; de todas maneras era la
primera vez que hablaba de ello con alguien. También
le conté cómo había vivido desde la muerte de mi pa-
dre. Ella me escuchaba con los ojos muy abiertos,
unos ojos tan pronto grises como verdes, según su es-
tado de ánimo mientras iba escuchando mi relato.
Dijo que yo tenía mucho valor, y que me admira-
ba, y que ella hubiera sido incapaz de hacer la mitad
de las cosas que yo había hecho, sobre todo a solas.
—Yo necesito a la gente, tener a mi lado a alguien
—confesó.
Nos habíamos instalado en una mesa en el sótano
del bar, que probablemente por la noche estaría muy
concurrido pero a esa hora permanecía desierto. La
temperatura era fresca y se estaba bien. Ana dijo algo
que me hizo reír, y me felicitó porque era la primera
vez que me veía reír a carcajadas.
—Tenía miedo de que no supieras. Hay gente que
no sabe reírse, que no se ríe jamás. A mí me dan un
poco de miedo. La verdad es que tú también me das
un poco de miedo. Pero eso te hace más interesante.
Yo no sabía si ella hablaba en broma o en serio. De
repente abrió el bolso y sacó una libreta de ahorros y
un talonario de cheques.

28
—Vamos a ver... —dijo examinando la libreta—.
Nada, aquí no hay prácticamente nada. Pero en la
cuenta tengo algo más de doscientas mil pelas. Te
hago un cheque y las cobras mañana por la mañana.
No, no digas nada. Ya me las devolverás. Yo no las
necesito. Voy a reunirme con mis padres, y si me hace
falta algo me lo darán ellos.
—¡Ni hablar! —protesté.
—El Señor Ni Hablar ataca de nuevo —sonrió—.
¿Qué te pasa? ¿No sabes aceptar un préstamo entre
amigos?
—;¡Pero si apenas me conoces! ¡Yo podría irme de
Madrid mañana mismo con ese dinero!
—Estás muy guapo cuando te enfadas —respon-
dió plácidamente.
Discutimos un buen rato. Yo ni siquiera podía en-
tender cómo se le había ocurrido semejante idea. No
estaba acostumbrado a la generosidad ajena; creo, y
me siento mezquino al recordarlo ahora, que incluso
desconfiaba de Ana. Al final tuve que acabar acep-
tando que me prestase una tercera parte de lo que te-
nía: noventa mil pesetas. Extendió un cheque por ese
importe, lo firmó y me lo dio con la misma naturali-
dad con que me había dado en la piscina la cajetilla
de tabaco.
Nos quedamos sentados allí hasta que el salón
empezó a llenarse. Resultó que había leído casi todos
mis libros favoritos —eso era tan importante como
sus ojos— y que tenía ideas propias que yo podía
compartir. Sabía escuchar. Le hablé de cosas que nun-
ca le había contado a nadie.
Tenía ese sentido del humor que nace directamen-
te de la inteligencia y de una sensibilidad afinada; me
hizo confidencias para corresponder a las mías: le en-
cantaban los bebés y dudaba entre adoptarlos o ca-

29
sarse a la primera oportunidad para tener uno, y
como ambas posibilidades eran poco factibles, a ve-
ces trabajaba de canguro.
Naturalmente, le pregunté si no estaba saliendo
con nadie. Las chicas como ella nunca están mucho
tiempo sin novio. No quiso responderme. Tenía tam-
bién sus secretos, y uno en especial relacionado con
esa cuestión. Yo observaba, como me había enseñado
a hacer mi padre, su lenguaje corporal. Vi que oculta-
ba el dedo pulgar en su puño cerrado y lo interpreté
como el propósito de no revelar su secreto.
Conocía a todo el mundo. Los que entraban al bar
la saludaban y se acercaban a darle dos besos. Yo me
sentía incómodo, desplazado y ajeno al lado de aque-
lla chica tan popular. Pero luego ella se volvía hacia
mí con aquella sonrisa que no se parecía a nada en el
mundo, y todo lo demás perdía importancia y dejaba
de existir.

30
uando salimos a la calle, era casi de noche.
—Te acompaño —dijo Ana inesperadamente.
—¿Adónde?
—Pues a tu casa, es decir, a donde estés viviendo
ahora. Supongo que tienes una habitación en alguna
parte.
Hice un gesto afirmativo con la cabeza. Si tenía
que mentir, al menos que fuese sin palabras.
—¿Qué es, un piso compartido? ¿O una pensión?
—preguntó.
—Más bien una pensión.
—Bueno, ¿y por dónde está?
—Por allí —señalé una dirección cualquiera, pre-
guntándome qué se proponía.
—Te estás preguntando qué me propongo —sonrió.
—¿Yo? Lo que pasa es que no me gustaría que vie-
ras dónde vivo. Me da un poco de... Ya sabes.
“ —Sólo te acompañaré a la calle donde está —insis-
tió—. Después tomaré un taxi. .
Me encogí de hombros y empecé a conducirla ha-
cia Alcalá y la Gran Vía, confiando en que ya se me
ocurriría algo.

31
Creo que fue ella quien me dio la mano, lo cierto
es que cuando me di cuenta de que caminábamos
agarrados no supe quién había tomado la iniciativa.
Atravesamos el centro hablando de todo y de nada
en particular, como viejos amigos.
En Callao, un hombre la rozó al pasar, evidente-
mente con toda deliberación. Se paró y se la quedó
mirando con insolencia, igual que si Ana hubiese
sido una mercancía. Di un paso hacia él, pero Ana
tiró de mí y siguió caminando sin hacer el menor
caso.
—¿Por qué no me dejas que vaya y le rompa los
brazos? ¿Quieres que lo mate? No tardo ni un minuto.
Se echó a reír. Una chica capaz de apreciar mi sen-
tido del humor era, pensé, preferible a una pelea con
un tocón viscoso. Añadí un par de frases solidarias
acerca de lo incómodo que debía resultar ser una tía
buena. Me encantaba hacerla reír. Mi experiencia con
chicas no era muy grande, pero sí la suficiente para
haber aprendido ya que a menudo las risas son el ca-
mino más corto para llegar a los besos.
En la plaza de España había gente tirada por el
césped como si el calor los hubiera abatido de golpe.
Bajamos por la Cuesta de San Vicente en dirección a
la Casa de Campo. Me preguntaba si sería capaz de
encontrar un modo de despedirme sin despertar las
sospechas de Ana. Estuve a punto de pararme en un
portal donde vi la placa de una pensión, pero pudo
más la necesidad de apurar cada minuto que pudiese
pasar con ella.
Había estado solo durante demasiado tiempo. Me
sentía como un animal que encuentra una fuente al
final de un largo camino. Bebía cada palabra y cada
gesto de Ana sin poder evitar el pensamiento de que
todo aquello era una especie de error, como un regalo

32
con el destinatario equivocado. Estuve a punto de
preguntarle por qué razón, pudiendo salir con cual-
quiera de aquellos pijos guaperas que la habían salu-
dado en el bar, prefería estar conmigo.
Cuando llegamos cerca del río, me detuve y le dije
que era mejor que no siguiese acompañándome.
—Voy a dormir en el albergue de la Casa de Cam-
po. Si me acompañas hasta allá, no podrás encontrar
un taxi.
—Puedo volver andando hasta el metro de Lago.
—¿De noche? Eso está lleno de gente poco reco-
mendable.
—A veces utilizas expresiones muy finas —bro-
meó sin burlarse.
—¿No te da miedo nada?
Guardó silencio, como si estuviera meditando mi
pregunta, mientras entrábamos en la Casa de Cam-
po. Allí, entre los árboles, se podía respirar por fin, a
salvo casi de la contaminación y el calor.
—Me da miedo la enfermedad.
Me miró de un modo muy raro, tal vez preguntán-
dose si yo era digno de recibir una confidencia.
—¿Qué dirías si te contase que estoy enferma?
Nuestro camino estaba poco iluminado y yo no
podía ver bien su expresión. No dije nada, no sabía
qué decir. Había visto enfermar y morir a mi madre
no hacía tanto tiempo, y no me sentía capaz de ha-
blar de enfermedades con un tono ligero.
—Leucemia —susurró.
—¿Leucemia?
Creo que se me pusieron de punta hasta los pelos
de las piernas. Leucemia. Una enfermedad letal, in-
curable.
—Como Julia Roberts —añadió.
—¿Julia Roberts?

33
Tardé por lo menos un minuto entero en compren-
der que estaba hablando de la actriz. No quería saber
nada de ninguna actriz en aquel momento. Lo único
que podía pensar era: «Para una vez que encuentro a
una chica que me gusta, resulta que se va a morir».
Un pensamiento cruel, estúpido y egoísta, de acuer-
do, pero fue el primero que me vino a la mente a mi
pesar.
—¿Julia Roberts tiene leucemia? —pregunté, ya
inmerso en la imbecilidad total.
—Bueno, ella no, el chico que estaba con ella en
aquella película, ya sabes...
De pronto se interrumpió y me miró como si me
viese por primera vez. Yo sabía la razón: cuando me
asaltaba una emoción que me afectaba mucho, mis
ojos brillaban al borde de las lágrimas. Pestañeé furio-
samente y compuse una expresión feroz, como hacía
desde niño cuando quería ocultar mis sentimientos.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué te pones así? ¿No pensa-
rás que estoy hablando en serio?
—¿No tienes..., no tienes leu...? —grazné entre el
asombro y la indignación—. ¿No estás enferma?
Parecía a punto de echarse a reír, pero se contuvo
al ver mi expresión. Me puso una mano en el hom-
bro. Me retiré bruscamente y empecé a dar patadas a
las piedras. Tenía ganas de rugir.
—Eres idiota —le informé.
—Vale, no te cabrees, no era más que...
—¿Qué querías conseguir? ¿A qué venía eso?
—NO esperaba que te lo tomases en serio.
—¿Siempre te inventas cosas así? ¿Leucemia? ¿Cán-
cer, sida? Es lo más idiota que he oído en mi vida.
Me sentía tan dolido y ofendido que hubiese se-
guido protestando y abochornándola durante dos o
tres horas si ella no llega a hacer lo que hizo.

34
Sencillamente, me besó.
Se aproximó a mí y puso sus labios frescos y jugo-
sos sobre los míos, y luego los entreabrió y... En fin,
no intentaré describir aquel beso, ni mucho menos lo
que me hizo sentir. Era nuestro primer beso verdade-
ro, uno de esos besos interminables que, sin embar-
go, te dejan con ganas de más, que te cortan la respi-
ración y producen taquicardia y vértigo, y cuando
terminan te dejan durante unos segundos desorienta-
do e incapaz de coordinar los gestos y los movimien-
tos y de ser dueño de tu expresión.
Eran, como dato para la posteridad, las diez de la
noche, y estábamos en un solitario y polvoriento ca-
mino a mitad de la distancia entreel llamado Puente
del Rey y el lago.
—Tienes razón, ha sido una idiotez —dijo ella—.
No puedo evitarlo: a veces digo lo primero que me
pasa por la cabeza como si fuera cierto. Te sobra ra-
zón para enfadarte. ¿Me perdonas?
Entonces, el que la besó fui yo.
No sé quién de los dos fue el primero en besar y
abrazar de aquella manera. Yo nunca había besado
así. Nunca me habían besado ni abrazado así. Nos
abrazábamos como si fuese la última vez que podía-
mos abrazar a alguien, como si de veras uno de los
dos estuviese a punto de morir, como si el mundo
fuese a reventar en aquel instante. Con una especie
de desesperación o de rabia. Creo que fue en ese mo-
mento cuando supe que ella era la chica que, sin sa-
berlo, yo había esperado desde siempre.
= Ignoro cuánto tiempo estuvimos allí, abrazados,
de pie al lado de un seto que se estremecía con la inci-
piente brisa como si estuviera habitado por duendes.
Y luego salimos otra vez a la calle, desandando el
camino, y frente a la estación Ana se subió a un taxi.

35
Aunque fuese a verla al día siguiente, me resultaba
intolerable el tener que separarme de ella. Me besó
por última vez, un beso breve e intenso.
—Anuska...
Retuve, atesorándolos para días venideros (mi pe-
simismo me hacía temer que acaso no volvería a ver-
la), el reflejo de su sonrisa, su mirada de un verde
profundo, la curva que trazaba en el aire su cola de
caballo, la estela de su perfume.
El taxi arrancó y yo eché a andar sin rumbo.

36
uando se es pobre, verdaderamente pobre, cuan-
do se carece de dinero para una cena o una cama,
todas las cosas, hasta las más cotidianas, adquie-
ren un aire y un color distintos. Las calles y los desco-
nocidos parecen hostiles, el tiempo se dilata hasta el
punto de que los relojes parecen detenerse, y el tiem-
po atmosférico deja de ser un accidente para conver-
tirse en el elemento que decide la dirección a tomar y
hasta la cadencia de los pasos.
La noche era cálida, por lo que podía elegir cual-
quier lugar para descansar al aire libre. Pero era tem-
prano, me sentía demasiado excitado para pensar en
dormir, y además no sólo necesitaba unas horas de
sueño sino sobre todo una ducha. Durante una o dos
horas, anduve sin rumbo sólo para descubrir al cabo
de ese tiempo que había vuelto al punto de partida.
Finalmente, emprendí de nuevo el camino de la Casa
de Campo.
Tenía una idea para pasar la noche con relativa
tranquilidad, pues el problema de dormir a la intem-
perie era el riesgo de ser asaltado. Yo sabía ya que no
por no tener dinero se está libre del riesgo de ser ata-

37
cado por alguno de los seres que pueblan la noche en
la gran ciudad: conocía historias de vagabundos apa-
leados e incluso asesinados por un ridículo botín. Y lo
peor de todo era que, aquella noche, yo no era tan po-
bre: en el bolsillo llevaba un cheque por noventa mil
pesetas. Una cantidad insignificante para muchos
pero una pequeña fortuna para según quién.
Lo malo era que, mientras los bancos estuviesen
cerrados, el cheque no era más que un pedazo de pa-
pel sin valor de cambio. Mostrarlo para conseguir
una habitación sería inútil y tal vez imprudente. Re-
cordé un cuento leído cuando era niño, sobre un
hombre que tenía un cheque por un millón de libras
esterlinas, pero no pude recordar cómo acababa.
Mi idea consistía en pedir a la encargada de la re-
cepción en el albergue de la Casa de Campo que me
permitiese quedarme a pasar la noche dentro del re-
cinto, que era un lugar seguro, aunque sin ocupar
ninguna cama. Así que caminé casi media hora, bor-
deando el lago y luego las vías del metro que por allí
salían a la superficie, y sobre la una y media —a la
hora en que se animaban los bares de copas en Ma-
drid— llegué al albergue.
Estaba de suerte: la recepcionista de servicio era la
que yo conocía más y al mismo tiempo la más ama-
ble. Habíamos hablado una o dos veces, y confiaba
en que me recordase.
Dejó el libro que estaba leyendo y se puso en pie,
al otro lado del mostrador, disimulando un bostezo.
—Hola, estaba a punto de cerrar. Si llegas un mi-
nuto más tarde, no me encuentras. Imagino que tie-
nes sitio ya, porque esto está completo.
Le dediqué mi mejor sonrisa, aunque me sentía
muy cansado y un poco desalentado al comprender
que lo que iba a pedirle podía suponer el ponerla en

38
un compromiso. Le expliqué lo que se me había ocu-
rrido y ella me escuchó sin cambiar de expresión. Sus
ojos, bonitos ojos de color violeta, tenían la mirada
cansada de quien ha visto demasiadas cosas y ya no
cree en muchas.
—Tendrás que quedarte por aquí detrás, entre los
árboles, para que no te vean. Está prohibido, ¿sabes?
Y en cuanto se haga de día mandaré a alguien a des-
pertarte. Si no, me echarían a mí la bronca. ¿Tienes
saco de dormir, por lo menos?
Le dije que no. Buscó en el cuarto que servía de al-
macén para las sábanas y mantas, y volvió con un saco
grueso y mullido.
—Toma, anda —refunfuñó maternalmente.
—Eres un cielo.
—Anda, largo de aquí —me empujó y cerró la
puerta del despacho con llave.
Busqué un lugar a espaldas de los barracones. No
había demasiado césped, pero era un buen sitio, tran-
quilo, y con un millar de estrellas por techo. ¿Qué
más se podía pedir?
Cuando estuve instalado en el confortable saco, con
las deportivas a un palmo de mi cara (cuando se es un
colgado se aprende que lo primero que te roban es el
calzado), suspiré hondamente y creo que por primera
vez en mucho tiempo no estaba lejos de sentirme feliz.
—Anuska... —pronuncié a media voz.
Creo que me dormí con su nombre en los labios.
Alguien me despertó sacudiéndome sin miramien-
tos cuando apenas habían pasado, según me pareció
en un primer momento, unos pocos minutos.
Sin embargo, el sol había dejado el nadir hacía ya
un buen rato y mi reloj marcaba casi las siete.
—Cuca se acaba de ir —me informó el chico incli-
nado sobre mí, y deduje que Cuca era la recepcionis-

39
ta de los ojos violeta—. Pásate a dejar el saco. Aquí
no puedes seguir.
Hice lo que me pedía y después me colé en una
habitación donde todos dormían aún. Los durmien-
tes me proporcionaron, sin saberlo, gel y champú.
Después me afeité usando una maquinilla que en-
contré por allí. No vi jabón o espuma de afeitar, pero
tampoco necesitaba tantos lujos. Una rociada de un
frasco de after-shave con la etiqueta en alemán me sir-
vió para completar la toilette. Acababa de hacerlo
cuando un tipo enorme con el pelo hasta media es-
palda apareció en el baño, somnoliento, y miró con
cara de pocos amigos el frasco que yo aún tenía en la
mano.
—Morgen —saludé al estilo de los camareros de la
costa.
Gruñó algo que no entendí y me arrebató el frasco
de un manotazo. Me encogí de hombros y salí del al-
bergue de buen humor.
En una fuente al lado del lago bebí agua hasta que
no pude más, un truco para retrasar una o dos horas
el hambre de la mañana.
Hermosas perspectivas se abrían ante mí, la pri-
mera de las cuales consistía en presentarme en el
banco en cuanto abrieran y hacer efectivo el cheque,
y acto seguido desayunar dos cafés y una montaña
de churros.
Sin embargo, había algo que me impedía llevar a
cabo un plan tan sencillo; el mismo obstáculo que ha-
bía complicado mi vida desde que era un niño y me
había impedido muchas veces relacionarme de un
modo natural con los demás: el orgullo.
¿Cómo podría, esa misma mañana, besar a Ana,
habiendo ese dinero de por medio? ¿No sería mejor
seguir guardando el cheque, o devolvérselo, o rom-

40
perlo en pedazos? La verdad era que no, que ningu-
na de esas soluciones sería mejor que aceptar el prés-
tamo, pero yo no buscaba la mejor solución sino la
que me pareciese más digna.
Así, lleno de dignidad y de dudas, y con el estó-
mago vacío, fui a la estación de metro y a una hora
mucho más temprana de lo conveniente estaba ya
ante la casa de Ana.
Merodeé un buen rato paseando ante la casa arri-
ba y abajo hasta despertar la suspicacia de los porte-
ros, que me miraban como se mira a un perro calleje-
ro al que no conviene perder de vista. A pesar de que
no eran mucho más de las nueve, el calor empezaba a
dejarse sentir; iba a ser otro día de infierno.
Lo cierto era que Ana no me había dicho a qué hora
podía ir a su casa. Bien, correría el riesgo. Hasta era po-
sible que Ana me invitase a desayunar, sugirió una
voz interior que no parecía estar reñida con mi orgullo.
Fue la propia Ana quien me abrió la puerta. Lleva-
ba pantalones muy ceñidos y una camiseta, así como
unas gafas de sol que me hicieron temer que estaba a
punto de salir.
—Me iba ahora —explicó—. Tengo el tiempo jus-
to, lo siento.
Sonreí con bastante gallardía teniendo en cuenta
que esas sencillas palabras acababan de partirme el
corazón.
—¿Tienes que salir?
—Voy a reunirme con mis padres..., tengo que
irme, sí. A Canarias.
- —¿Adónde?
—A Canarias. ¿No te dije que mis padres están
allí? Ha surgido algo. Ahora no te lo puedo explicar.
Me pillas acabando de hacer el equipaje. Iba a llamar
a un taxi para que me lleve al aeropuerto.

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— Estarás... —la voz me falló lamentablemente—,
estarás fuera mucho tiempo?
—Sí. No. No lo sé.
—Vaya mierda.
De pronto me miró con una especie de ternura, y
sonrió con aquella sonrisa suya que me hacía sentir
como si se me acabase el oxígeno.
—¿Me haces compañía mientras llega el taxi?
No habían sido aquéllos mis propósitos para esa
mañana, pero estaba dispuesto a aceptar cualquier
migaja de afecto que viniera de ella.
Cerró las cremalleras de un par de bolsas de viaje
y se sentó en uno de los divanes floreados a llamar al
taxi mientras el pájaro tropical y yo nos examinába-
mos mutuamente.
—Ven, siéntate a mi lado. ¿Dónde has dormido?
Le expliqué, sin explicar, que había pasado la no-
Che en el albergue de la Casa de Campo. Y me sentía
tan apenado, y ella tal vez tan culpable, que nos pusi-
mos a hablar de cualquier cosa; me contó que la Casa
de Campo había sido durante cuatrocientos años pro-
piedad de los reyes de España, hasta que el gobierno
de la República, en 1931, la cedió a los ciudadanos de
Madrid. Y yo pensaba en abrazarla, en suplicar que
no se marchase; pensaba en que no podría vivir ya
sin ella. Y sonó el timbre de la puerta, y era el taxi, y
bajamos con las bolsas sin habernos tocado un pelo,
y en la calle, mientras el portero y el taxista nos ob-
servaban —y juro que les odié por ello—, nos besa-
mos una sola vez.
Llevo para siempre ese beso clavado en la memoria.
Y luego, como la noche anterior, ella se fue en el
taxi y yo me quedé mirando cómo se perdía de vista,
desorientado y solo. Más que nunca desorientado y
solo.

42
n perro callejero que ha pasado hambre durante
toda su vida, cuando encuentra comida se da un
festín; come todo lo que puede y sólo se detiene
cuando está a punto de reventar. Del mismo modo,
desde el instante en que la cajera del banco puso a mi
alcance nueve billetes de diez mil, sentí el impulso
casi irresistible de gastármelo todo inmediatamente,
en cualquier cosa. Así evitaría tener que pensar, to-
mar decisiones, elegir unas cosas y renunciar a otras.
Deseaba tantas cosas con tanta intensidad —ropa .
nueva, un banquete en un buen restaurante, un bille-
te de avión para Canarias, un lugar donde vivir—
que los distintos deseos se anulaban entre sí como
fuerzas magnéticas. No podía librarme de la sensa-
ción de incredulidad que me producía tener el dinero
en el bolsillo. Por la calle, siempre con mi mochila a
cuestas, mi pensamiento se iba una y otra vez hacia
Ana. Ella había confiado en mí, y no debía defrau-
darla. Tenía que invertir juiciosamente aquel dineró.
Cuando ella volviese, si volvíamos a vernos, yo tenía
que haber hecho fructificar aquellas monedas de pla-
ta (la alegría siempre excita mi vena lírica) como en

43
una parábola bíblica; yo tenía que ser, a su vuelta, el
caballero de reluciente armadura que ha ido a la gue-
rra, ha matado al dragón y, sobre todo, se ha hecho
rico.
Noventa mil pesetas. Pensé en los nueve millones
—dos ceros de más o de menos establecían una gran
diferencia— que la policía me había arrebatado para
devolverlos a la víctima del último golpe de mi padre.
Con eso habían empañado su último mutis, su canto
del cisne magistral. Noventa mil pesetas. Tenía la im-
presión de que si la cantidad hubiese sido mucho más
alta o mucho más baja le habría encontrado destino
enseguida.
A mediodía, cansado de andar, me senté en un
banco. Poco después, una chica dejó un periódico so-
bre una papelera que había a mi lado. Lo cogí. Era
uno de esos periódicos de anuncios gratuitos para
particulares. Me pareció que, por una vez, la suerte
me hacía un guiño.
Había bastantes anuncios solicitando camareros,
pero prefería buscar algo distinto. Leí los anuncios de
relaciones públicas para discotecas, los de vendedo-
res; los de mensajeros, donde exigían moto propia.
También pedían modelos en distintas agencias: una
de ellas exigía una estatura mínima de 1,80, para lo
que me faltaban un par de centímetros; en otra había
que ser culturista o doble de un famoso.
Por curiosidad, miré otra página, donde la chica
había hecho numerosas anotaciones con boli rojo. «Al-
quiler de pisos hasta 60.000 pesetas», leí. Y un poco
más abajo: «Estudio céntrico, electrodomésticos, luz,
precioso, 45.000».
Cuarenta y cinco mil por dos... Ahí estaba la res-
puesta. Cambié un billete y, provisto de un puñado
de monedas, me instalé en una cabina.

44
Una hora más tarde llegué al estudio, que resultó
un chasco: los electrodomésticos que mencionaba el
anuncio eran un frigorífico viejo que sonaba como un
avión, y una lámpara de pie. Llamé a otros dos anun-
cios. Me enseñaron un apartamento que ni siquiera
tenía ducha y donde las cucarachas parecían estar ce-
lebrando un congreso. Después vi otro, que el anun-
cio calificaba de semiamueblado, que sólo tenía una
cama recogida de un contenedor, y era tan pequeño
que apenas cabíamos el dueño, yo y la cama.
Pero yo tenía una corazonada, y seguí llamando a
todos los anuncios restantes. Invertí todo el resto de
la tarde en ver estudios, apartamentos y pisos, sin de-
tenerme más que para tomar un bocadillo. Las des-
cripciones que los propietarios de aquellas infames
covachas hacían de sus pisos, me indujeron a cami-
nar en vano durante horas: Embajadores, la Gran
Vía, Lavapiés, Latina... Finalmente, cuando ya estaba
a punto de desistir, me enseñaron una buhardilla que
me pareció aceptable.
—Te cobraré los días que faltan de este mes, y el
mes de depósito —dijo el dueño, un tipo grande, con
nariz de boxeador—. Es decir, cuarenta y cinco, más
trece días a mil quinientas diarias, que son diecinue-
ve mil quinientas..., sesenta y cuatro quinientas. Bue-
no, no importa, dame sesenta.
No parecía disfrutar con aquellos trámites como
otros propietarios con los que yo me había entrevistado.
Por un momento me pregunté si no me estaría hacien-
do víctima de un timo y me alquilaba un piso que no
era suyo. De repente me hizo una pregunta inesperada:
—-¿A ti te gustan los chicos o las chicas? ;
—Según para qué —respondí, molesto por seme-
jante impertinencia—. ¿Quiénes tienen que gustarme
para que me alquile la buhardilla?

45
—Verás, a mí me da igual —se disculpó—, pero a
los vecinos por lo visto no. El inquilino anterior era
gay, y alos vecinos no les gustaba que trajera aquí a
sus ligues. Decían que daba mal ejemplo a los niños.
—Estoy seguro de que los niños son más toleran-
tes que esos vecinos —respondí, suponiendo que con
eso me jugaba la buhardilla.
Me miró con interés. Era un hombretón de barba
negra, y con aquella nariz rota de viejo boxeador pa-
recía impresionante, pero sólo hasta que empezaba a
hablar. Entonces resultaba una persona culta y sensi-
ble.
—Buena respuesta —dijo—. La buhardilla es tuya.
Debo decirte que en realidad el dueño no soy yo sino
mi mujer, y por lo que a mí respecta, los vecinos...
Y añadió un par de expresiones que hubieran he-
cho sonrojar a un camionero. Luego se fue y me puse
a explorar mi casa, satisfecho y emocionado.
Era la primera vez que tenía un sitio al que pudie-
ra llamar mío (al menos, mientras pagase el alquiler),
y aunque no fuera gran cosa a mí me parecía magní-
fico. Había una habitación bastante grande, cocina
comedor y salón en una pieza, y otra más pequeña
en la que había un colchón en el suelo. En esta últi-
ma, a la que a falta de otra palabra más adecuada de-
cidí llamar dormitorio, el techo bajaba bastante, de
modo que no se podían dar dos pasos, pero al menos
tenía una ventana y no debía faltarle luz durante el
día. En la habitación grande había una mesa camilla,
una silla plegable y un bote grande de pintura con un
cojín encima que al parecer servía también como
asiento, y una segunda cama arrimada contra la pa-
red para que durante el día sirviese de diván. Había,
finalmente, un diminuto retrete, tan estrecho que si
me sentaba en el inodoro (nombre por demás poco

46
apropiado) no podía cerrar la puerta. En suma, una
verdadera vivienda de la gran ciudad.
Y además era una buhardilla. Las buhardillas
siempre han tenido un gran prestigio entre los ro-
mánticos y los bohemios, y yo me consideraba un
poco de lo uno y un poco de lo otro. Pensé que mu-
chos grandes artistas han vivido en una buhardilla, y
eso me confortó.
Bajé a tomar un bocadillo, y me hice el propósito
de empezar desde el día siguiente a comer de un
modo razonable, incluyendo alimentos frescos y sa-
nos en mi dieta. Subí de nuevo los cinco pisos, hecho
polvo. Había sido un día agotador y pensaba dormir
veinte horas seguidas. Mi último pensamiento, mien-
tras caía en el colchón, fue que me concedería un día
de tregua y al siguiente empezaría a buscar trabajo.
Calculo que dormí un par de horas antes de que
aquel ruido en la puerta me despertara.
Me incorporé, más que asustado indignado por
mi mala suerte. ¿Es que iban a visitarme los ladrones
en mi primera noche en la casa?
Me había echado vestido, y tanteé mis bolsillos en
busca de algo que me pudiera servir para defender-
me, pero no llevaba nada. En la oscuridad, y sin ha-
berme familiarizado aún con la buhardilla, no me
sentía capaz de encontrar un cuchillo de cocina o algo
semejante. Así que apreté los puños e hice acopio de
valor. |
La puerta del piso terminó de abrirse suavemente.
Entonces, el que entraba hizo lo último que yo hubie-
se esperado; encendió la luz.
Nos miramos cara a cara, paralizados ambos por
la sorpresa.

47
O primero que observé fue que no iba armado y
que parecía más asustado que yo. De hecho, por
un momento, pareció a punto de dar media vuel-
ta y bajar las escaleras a todo correr. Pero vio en mí,
en mis ojos cargados de sueño, algo que le tranquili-
zÓ, y ante mi asombro hasta se permitió sonreírme.
—Hola —saludó amablemente—. Soy Miguel.
Miguel era el nombre que utilizaba mi padre casi
siempre cuando quería ocultar su verdadera identi-
dad, y creo que fue esa coincidencia, por absurdo que
parezca, lo que me hizo mirar sin hostilidad al intru-
so. Por lo demás, parecía inofensivo. Podía tener cual-
quier edad entre veinte y veinticinco, su cara era in-
fantil, y su sonrisa la de alguien a quien la vida no ha
marcado todavía.
—Vivía aquí antes —explicó.
—Y sigues conservando la llave, por lo que veo.
Pero ahora el que vive aquí soy yo, así que si no te
importa devolvérmela...
—En realidad no es tuya —dijo sin abandonar su
sonrisa—, pero no vamos a discutir por eso. Y perdo-
na, no quería asustarte. No pensé que hubieran al-

48
quilado esto tan pronto. Me echaron hace una sema-
na, y desde entonces he venido una o dos veces a
dormir aquí. Espero que no me delatarás.
El uso de aquel verbo en lugar de un vulgarismo
acabó de inclinar la balanza en su favor. Le dije que
podía estar tranquilo. Y con la mayor tranquilidad se
sentó en mi modesto diván, encendió un cigarrillo y
empezó a charlar. Presentí que aquella noche ya no
dormiría mucho más.
—_Lo cierto es que Juan, el casero, es un pedazo de
pan. No puedo decir que se haya portado mal conmi-
go. Aunque yo con él tampoco: me fui sin esperar al
desahucio para no crearle problemas con su mujer.
¿Conoces a su mujer? No es más alta que esta mesa,
pero es de cuidado. Oye, y tú, ¿cómo te llamas?
Le dije mi nombre, acepté un cigarrillo, me senté a
su lado. Observé que iba bien vestido y que olía a co-
lonia cara, y me pregunté dónde guardaría sus cosas:
no lo imaginaba con una mochila a cuestas como yo.
Dijo que Eduardo era nombre de rey, y se puso a ha-
blar de no sé qué reyes de Inglaterra, y después me
explicó que estaba traduciendo algunas obras de Mar-
lowe (yo siempre había creído que era un detective) y
de Shakespeare.
—Ahora estoy con el Otelo. Es una traducción para
una editorial importante. Pagan bien. Si quedan con-
tentos me lloverán los encargos. ¿Y tú a qué te dedicas?
Escuchó lo poco que le conté, intercalando de vez
en cuando algún comentario que demostraba que no
carecía de experiencia en el arte de buscarse la vida.
Yo lo observaba disimuladamente, ciertas inflexiones
y pequeños gestos parecían confirmar que era homo-
sexual, pero eso no me preocupaba. Por otra parte,
estaba seguro de que cualquier chica lo hubiera en-
contrado muy atractivo.

49
Al cabo de más de una hora de charla dijo que creía
que aún quedaba un poco de café en la cocina, y pre-
guntó si podía prepararlo. Yo me daba perfecta cuen-
ta de lo que se proponía, pero le dije que me parecía
bien. Más tarde, mientras tomábamos el café, pre-
guntó:
—¿Tú dónde prefieres dormir, aquí o en la alcoba?
Daba por supuesto que yo ya le había admitido.
Yo recordé el dinero que había desembolsado unas
horas antes, y respondí con cierta dureza:
—No lo has entendido. Ahora, el que vive aquí
soy yo. Y me gusta vivir solo.
—En realidad —dijo sonriendo imperturbable como
si mis palabras hubiesen sido una invitación—, no me
gusta dormir de noche. Venía de noche porque era lo
más seguro, pero prefiero dormir de día y dedicar la
noche a vivir. Te aseguro que no te molestaré. Tú po-
drás hacer lo que quieras mientras duermo. Tengo el
sueño muy pesado y nada me despierta.
—¿Y los vecinos? Si te ven entrar o salir, el que va
a tener problemas seré yo.
—Sólo serán un par de días, mientras encuentro
algún sitio. Oye, Eduardo, ¿entiendes algo de ropa?
Veo que llevas unos Liberto, y desde aquí estoy vien-
do unas Reebok. A
Di una patada, descalzo como iba, a las deporti-
vas, apartándolas de la vista. No quise decirle que las
había robado, al igual que el pantalón, el año ante-
rior, en Palma, cuando vivía con mi padre. A veces,
mi padre y yo distraíamos cosas en las tiendas en los
tiempos muertos entre asuntos de importancia.
—Te lo digo porque podría conseguirte trabajo en
una tienda de ropa usada. Es una tiendecita pequeña,
de una amiga de un amigo. Está buscando alguien
que la ayude. No es un mal curro.

50
—¿Lo dices en serio?
—Claro. Mañana mismo iremos. Pero no me des-
piertes antes de las dos de la tarde, por favor.
Una parte de mí, el Eduardo solitario y taciturno
que desconfiaba de todos, me incitaba a librarme de
él; pero había otro yo que me recordaba la generosi-
dad de Ana, las escasas pero valiosas muestras de
bondad que había recibido de distintos extraños, y
me exigía un acto de justicia inmanente. Al final,
aunque no creía en su historia de la tienda de ropa, le
dije que podía quedarse.
—Espero no tener que arrepentirme —dije lúgu-
bremente.
—Eduardo, amigo mío, te preocupas demasiado.
Eso no es bueno para la mente ni para la salud. Hay
que saber respirar a fondo, comer poco y bien, y no
preocuparse por nada. Así alcanzarás los cien años.
Bien, son las dos de la mañana, y si no levantamos la
sesión ahora no podré dormir mis acostumbradas
doce horas. Como se dice en Otelo: «Debemos obede-
cer al tiempo». Buenas noches, colega.

91
urante toda la noche estuve oyendo ruidos mis-
teriosos, crujidos y chasquidos de los viejos ma-
teriales de la casa, que se contraían después del
intenso calor del día conforme la temperatura iba ba-
jando.
Di vueltas y más vueltas sobre el colchón y me le-
vanté varias veces; Miguel, en el diván, dormía a
pierna suelta. Supuse que el café me había desvela-
do, pero probablemente eran mis pensamientos los
que no me permitían conciliar el sueño.
Tenía la impresión de estar a punto de comenzar
una nueva etapa en mi vida, y eso, que en sí me gus-
taba, siempre conseguía ponerme nervioso. Cuando
iba al colegio, y después al instituto, tampoco podía
dormir en la noche anterior al primer día del curso.
Al amanecer, me resigné a no dormir y me entre-
tuve mirando cómo la creciente luz evidenciaba en
las vigas del techo misteriosas marcas, clavos, gan-
chos. Me pregunté si de alguno de aquellos ganchos
se habría colgado uno de los inquilinos anteriores,
vencido por el hambre o por la soledad. Llevaba mu-
cho tiempo teniendo pensamientos de ese tipo; ima-

52
gino que si un psiquiatra me hubiese examinado en
aquella época se habría frotado las manos al encon-
trar en mí un vasto campo de estudio. Aunque tal
vez yo no era tan distinto de otros adolescentes.
Luego mi pensamiento se detuvo en Ana, Anus-
ka, en su imagen y el sonido de su voz al despedir-
nos. Ni siquiera sabía por cuánto tiempo se había
ido, ni adónde exactamente, ni tenía por lo tanto una
dirección a la que escribirle. Pero si no podía escri-
birle una carta, podía en cambio hacer otra cosa que
me permitiría sentirla más cerca. Me levanté una vez
más y busqué en mi mochila el bloc y el bolígrafo
que siempre llevaba. Me senté junto a la ventana,
con el techo casi rozando mi cabeza, y me puse a di-
bujar a Ana.
Hice primero un boceto de su rostro, remarcando
la línea de sus labios y procurando dar una idea del
extraño color de sus ojos, y no me pareció mal del
todo. Después la dibujé sentada al borde de la pisci-
na. Llevaba mucho tiempo sin dibujar, aunque siem-
pre me ha gustado, y el bolígrafo no me obedecía
con la soltura que yo hubiera deseado. Por último,
hice un apunte de su figura en escorzo, en el mo-
mento de nuestra despedida, y conseguí reproducir
cierta impresión de movimiento y una expresión de
la cara que recordaba bastante a mi modelo. Al ter-
minar ese tercer dibujo, me asombré de lo alto que
estaba el sol, pues ya era mediodía.
Bajé a hacer algunas compras y a explorar mi ba-
rrio. Era una de las zonas castizas en el centro del vie-
jo Madrid, y todo quedaba a un paso, empezando por
la plaza Mayor y el Rastro. Junto a los madrileños de
toda la vida, gentes bienhumoradas que mantenían
entre sí una intensa relación social que uno esperaría
más en un pueblo que en la gran ciudad, había un nú-

53
mero creciente de extranjeros de todas las proceden-
cias y razas que, con más o menos dificultad, se iban
adaptando en la medida en que querían y podían ha-
cerlo. Era un Madrid ruidoso, no demasiado limpio,
esforzado, mal entendido por los visitantes curiosos
que se quedan en la superficie de las cosas.
Cuando volví a la buhardilla, encontré a Miguel
examinando mis dibujos. Nada más verme, empezó
a hacer elogios de todos y cada uno de los dibujos
con un entusiasmo que me sorprendió.
—¿Por qué no me dijiste que eras artista? Aunque
ya imaginé algo nada más verte. Este de cuerpo en-
tero me encanta. ¿Quién es la chica? ¿La has dibuja-
do de memoria o tienes fotos? La verdad es que es
preciosa. Fíjate en estos trazos; firmes y seguros, im-
pecables. Conozco pintores famosos que para una lí-
nea como ésta necesitan media docena de trazos.
Eduardo, colega, tienes la mano de un maestro. ¿Has
usado papel Guarro alguna vez? Por cierto, ¿has traí-
do algo para desayunar?
A todo este torrente sólo pude responder pregun-
tando si en serio los dibujos le parecían buenos.
—¿Buenos? —sus ojos relampagueaban; tenía do-
tes de actor—, ¿buenos, dices? Me parecen de puta
madre. Tienes que hacer unos cuantos, preparar un
book. Yo me encargaré de buscarte editor. Ahora que
lo pienso, seré tu agente. Me conformo con un diez
por ciento de tus ganancias. Calculo que seremos
millonarios antes de un año.
Hablaba en broma, naturalmente, pero resultaba
estimulante oírle. Yo siempre había sido pesimista, y
tal vez lo que estaba necesitando desde hacía tiempo
era un compañero alegre.
Esa misma tarde fuimos a la tienda de la que había
hablado (hubo que bajar las escaleras tomando pre-

54
cauciones para que los vecinos no viesen a Miguel) y
efectivamente me dieron el trabajo. La dueña de la
tienda era una mujer hiperactiva, de movimientos rá-
pidos; aparecía y desaparecía por los rincones de la
atestada tiendecita como una cucaracha. Acordamos
que yo iría sólo por las tardes, a partir del día si-
guiente. Rosario, la dueña, que había asimilado la jer-
ga de su clientela, me aseguró que el curro era guay,
pues sólo tenía que entrarles a las pibas sin ir de hortera
sino en plan colega enrollado. Lo más importante era
explicarles que toda la ropa había pasado por la tin-
torería y estaba desinfectada. Y lo cierto era que, por
encima del aroma del sándalo que Rosario quemaba
en el mostrador, se percibía un fuerte olor a tinte.
Al día siguiente empecé, con pocas esperanzas, en
mi nuevo trabajo. Rosario vio enseguida que podía
confiar en mí y me dejaba solo casi todo el tiempo, y
al cabo de pocos días comencé a encontrarme cómo-
do en aquel escenario, entre vestidos hippies y vaque-
ros rotos por la rodilla. Tenía música puesta todo el
tiempo, y me sobraban ratos libres para dibujar o leer.
A Miguel apenas lo veía. Llegaba de madrugada,
o al amanecer, y dormía hasta media tarde, excepto
alguna vez que se despertaba al olor de la comida
que yo me preparaba. Era capaz de comer cualquier
cosa en cualquier momento, y lo mismo le daba de-
sayunar pollo asado que hamburguesas.
La buhardilla se convirtió en un refugio amable y
cálido, aunque por las noches continuaban los sonidos
"misteriosos, sobre todo encima de mi cabeza, y yo me
preguntaba si eran de pájaros o de roedores. El proble-
ma era que a partir de mediodía, con el sol pegando de
firme sobre las tejas, se recalentaba como una fragua.
Cada día, Miguel o yo encontrábamos algún tras-
to en la calle para completar la decoración. Una vez,

00
mi compañero se presentó con un viejo arcón de he-
rrajes dorados, un auténtico cofre del tesoro de un
pirata. Nunca entendí cómo había logrado subirlo
cinco pisos sin despertar a todos los vecinos.
Por otra parte, Miguel no solía carecer de dinero, y
a menudo compraba provisiones y cosas necesarias.
Cuando le pregunté por qué, teniendo dinero, había
estado varios meses sin pagar el alquiler, me explicó
que si uno se gastaba su dinero en cosas tales como
pagar el alquiler, pronto dejaría de poder permitirse
necesidades más importantes, como salir por la no-
che. Para no ir en contra de sus principios, no quise
pedirle que me ayudase a pagar el alquiler a mí.
Transcurrió una semana. Solía despertarme tem-
prano, hacer alguna compra, acercarme a la bibliote-
ca pública para hojear los libros durante horas. Una
o dos veces llegué hasta aquel camino que atravesa-
ba la Casa de Campo donde Ana y yo nos habíamos
estado besando, y me senté a la orilla del lago para
pensar en ella.
Por las tardes, sobre las cinco y media, abría la
tienda. Solía disfrutar de más de una hora de tranqui-
lidad, que dedicaba a la lectura —Maupassant, a
quien acababa de descubrir, me fascinaba con su ca-
pacidad para describir sentimientos y emociones de
un modo nada retórico— o a dibujar. Después iban
llegando compradores y curiosos, sobre todo muchas
chicas a las que encantaba probarse la ropa. Solían lle-
gar de dos en dos o de tres en tres, se metían juntas en
el diminuto probador y allí invariablemente se reían
de ese modo en que sólo se ríen las chicas.
Entre las ocho y las ocho y media, cerca de la hora
del cierre, la tienda, por lo demás muy pequeña, solía
estar llena de gente: los grupitos de amigas, las que
acudían con su madre, no pocos chicos y alguna que

56
otra persona que me echaba miradas furtivas tratando
de aprovechar una distracción mía para llevarse unos
pantalones o un vestido sin pagar. Una vez vi a una
chica saliendo del probador con dos pantalones, uno
encima del otro, pero pensé que tal vez no tenía dine-
ro y dejé que se fuese sin decir nada.
A veces hablaba de cualquier cosa —de un próxi-
mo concierto, incluso de marcas de ropa— con la
gente que frecuentaba la tienda. Sin darme cuenta,
iba haciéndome, poco a poco, más sociable.
Pero seguía gustándome la soledad. Pasaba mu-
chas horas en casa a solas, dibujando.
Mis dibujos cubrían ya toda una pared, y el tema
era siempre el mismo: Ana. Apenas pasaba una hora
sin que pensase en ella.
Un día, con la esperanza de que hubiese regresa-
do ya, fui a merodear por delante de su casa. Tal vez
alcanzase a verla, o al menos buscaría su apellido en
el buzón para luego localizar su número de teléfono.
A pesar de mi deseo de pasar desapercibido, el
portero no tardó en fijarse en mí. Tuve un momento
de desconcierto cuando vi que me llamaba, y poco
faltó para que me fuese sin hacerle ningún caso. Mi
sorpresa aumentó todavía cuando me dijo que tenía
una carta para mí.
—No es posible. Tiene que ser una confusión.
—¿No eres Eduardo? Pues entonces es para ti.
Tomé el sobre y me alejé sin entender nada. El
matasellos tenía fecha de tres días antes. "Tuve que
leer el remite dos veces para comprender que no
procedía de Palma de Mallorca, donde yo había vivi-
do, sino de la isla de La Palma. .
Lo que hizo latir mi corazón más aprisa fue el
nombre que ella había escrito, con letra redonda y
un poco infantil, en el remite: Anuska.

97
10

aminé con la carta en las manos hasta Juan Bra-


vo, donde me senté en un banco y encendí un ci-
garrillo retrasando el momento de abrir el sobre
porque la intriga y la espera me producían un deleite
al que no quería poner fin demasiado pronto.
Observé que, como destinatario, Ana había escri-
to un nombre, y debajo la palabra «Portería», y más
abajo: «Para entregar a Eduardo». Lo abrí por fin y
encontré dos hojas de papel color violeta escritas por
un solo lado. Leí:

Mi querido Señor Ni Hablar:


Si tienes esta carta en tus manos es que has ido,
como espero, a mi casa. La mañana de mi partida (Ana
usaba esa palabra, en lugar de marcha o salida) se
me ocurrió advertir al portero de que le enviaría una
carta, y que debía entregártela si aparecías por casa.
Si por el contrario esta carta no llega a tus manos,
es que eres un ceporro y un cebollo y no te mereces
que te vuelva a mirar a la cara.
Ahora pasemos a la crónica de vacaciones. Estuve
un solo día en Tenerife, una isla que conozco bien

98
porque tengo familia en ella. Esa noche, en Santa
Cruz, tomé un barco que me dejó a la mañana si-
guiente en otra Santa Cruz, capital de la isla de La
Palma, que no conocía. Yo hubiese preferido ir a los
Mares del Sur, como Stevenson, de quien hablamos el
otro día, ¿recuerdas?, pero es aquí donde mis padres
han comprado una casa.
Mi habitación da al océano, y podría ver perfecta-
mente la salida del sol si no fuese por dos obstácu-
los: a) que aquí el sol siempre sale entre nubes, y b)
que nunca me levanto antes de las once.
En mis horas libres, que son todas, recorro la isla en
coche desde Barlovento, donde el viento sopla siempre
con fuerza, hasta Fuencaliente, que hace honor a su
nombre con un calor incesante que sube de las entrañas
de la tierra y entibia la atmósfera y el agua del grifo.
Subimos al cráter de un volcán (aquí había pasado sin
darse cuenta de usar el singular al plural), nos damos
un baño en el Atlántico, hacemos excursiones. Hemos
descubierto una playita a la que se llega a pie, dando
un paseo entre plataneras. Mi novio dice (leí esta frase
por segunda vez, sintiendo que el corazón me daba un
vuelco, y de nuevo una vez más, mi novio dice, mi novio
dice, mi novio dice) que el verano se acabará pronto por-
que estoy acaparando todo el sol para mí sola. La ver-
dad es que en pocos días me he puesto muy morena.
¿Y tú? ¿Cómo te va? No te doy la dirección porque
sería una tontería, ¿no crees? Supongo que volvere-
mos el día último de mes. Estoy segura de que para
entonces ya habrás conseguido mi teléfono, si sigues
en Madrid y te apetece que nos volvamos a ver. Me
acuerdo mucho de ti y te deseo lo mejor. Un beso. ,

Doblé la carta sin saber qué pensar, profundamen-


te decepcionado (mi novio dice), y me dije que una vez

59
más la suerte se burlaba de mí dándome una de cal y
otra de arena. Tenía la impresión de que, durante toda
mi vida, a cada momento de alegría había seguido
siempre otro de dolor o de pesar, y no había ninguna
razón para creer que esa maldición hubiese acabado.
De modo que era falso que estuviera con sus pa-
dres, o tal vez sí estaba, pero esos padres eran tan li-
berales que le permitían incluir al novio en las vaca-
ciones familiares. Pensé, puerilmente, que mis tíos no
me hubieran permitido invitar a una chica a su apar-
tamento de Cullera. Bueno, eso ponía punto final a la
historia. Procuraría devolverle el dinero cuanto an-
tes, para que lo disfrutase con su novio. Todo había
sido un espejismo.
Al meter la carta en el sobre advertí que había
otro sobre en el interior, más pequeño, de los que se
usan para las tarjetas de visita, en el que antes no me
había fijado. Lo saqué y lo rasgué nerviosamente.
Una nueva página, esta de color rosa, plegada en
muchos dobleces, y llena de su escritura redonda:

Post scríptum:
Nunca olvidaré el día que me regalaste una rosa.
La tengo conmigo, entre las páginas de un libro de
poemas. Por ella te confesaré algo que no le he dicho
a casi nadie: no debes creer al pie de la letra todo lo
que te diga. Las mujeres de mi familia siempre he-
mos tenido una gran fantasía, y no puedo romper la
tradición. Puede que el otro día, cuando salimos, te
contara algo no del todo exacto. Los chicos, a veces,
no entendéis estas cosas. Un chico me hizo sufrir
mucho, y me prometí que a todos los que conociese
les pagaría con la misma moneda, pero tú eres dis-
tinto. Mi novio no está aquí, ya no tengo novio... y
me había propuesto no tenerlo nunca más.

60
Ahora te pido que en el futuro no menciones esta
carta, si no quieres avergonzarme. Y si has llegado
hasta aquí creo que tal vez otro día querrás volver en
demanda de noticias mías a la portería de Celestino.
(¿No es un nombre maravillosamente adecuado?)
Ahora en serio: te echo de menos.

Creo que al acabar de leer esta segunda carta


poco me faltó para ponerme a dar saltos. No estaba
seguro de haberla entendido del todo, o de entender
a Ana. Mi madre me había educado en el respeto ri-
guroso y estricto de la verdad, y apenas podía com-
prender a esa clase de personas que prefieren una
verdad embellecida o un embuste conveniente. Me
pregunté en qué podía haberme mentido Ana. ¿Tal
vez era falso que hubiese leído todos aquellos libros?
Pero, por una vez, hasta los libros me parecían poco
importantes. Lo importante (te echo de menos), lo úni-
co que de verdad me importaba (te echo de menos) era
que ella había escrito estas palabras: te echo de menos.
Por supuesto que volvería otro día para ver si ha-
bía una nueva carta para mí.
Ahora tenía una razón para esperar la llegada del
día siguiente.

61
11

nos golpes en la puerta (el timbre no funciona-


ba) me despertaron temprano.
Desperté a mi vez a Miguel como pude, y pregun-
té a través de la puerta quién era el que llamaba. Era
nada menos que Juan, el casero, y entró sin dar tiempo
a que Miguel acabase de esconderse en el cofre.
—¡Sabía que estabas aquí! Esa colonia que usas
tiene un olor inconfundible. Tienes que irte ahora
mismo. Mi mujer me matará si se entera de que si-
gues aquí. Tú no conoces a mi mujer. Bueno, sí, pero
tienes la suerte de no conocerla como yo.
Miguel aseguró con su habitual tranquilidad que
se iría ese mismo día, y cuando el casero le advirtió
que en caso contrario tendría que irme yo también,
dio su palabra porque no quería perjudicarme. Tenía
todo el aire de ser él quien le estaba haciendo un fa-
vor al casero. Cuando éste se fue, dije:
—A veces me recuerdas a mi padre. Eres igual de
inconsciente y de irresponsable.
—¿Me vas a echar la charla? Creí que querías a tu
padre.
—Le quería, pero no me gustaba.

62
—Eso es más bien lo que les suele pasar a los pa-
dres con sus hijos. Por lo menos, al mío. Hubiera
querido tener un hijo supermacho como él, y en
cambio ya ves.
—Siento que tengas que irte. Desde el principio
me temí que acabaría alcanzándote mi mala suerte.
—¿Mala suerte? —exclamó con los ojos brillan-
tes—. ¿Te quejas? ¡Nos ha ido fantásticamente bien
durante todo este tiempo! Un techo, comida, buena
compañía... ¿Qué más quieres? Lo que tú llamas
mala suerte me parece a mí una bendición. Espera,
¿cómo dicen en Otelo? Ya lo recuerdo: «Lamentar
una desgracia que ha pasado y acabado, es el modo
mejor de atraer nueva desgracia». Juraría que Sha-
kespeare lo escribió pensando en ti. Siempre miras
hacia atrás y hacia abajo, Eduardo. No valoras las co-
sas cuando las tienes, pero luego lamentas su pérdi-
da. Eres un chico inteligente pero te falta por apren-
der lo más importante. En una escala de valores
saludable, un peldaño más arriba de la inteligencia
está la alegría.
Y luego, sin transición, como hacía siempre, pre-
guntó qué teníamos para desayunar. Mientras se aci-
calaba (se maqueaba, para usar su expresión) me dijo
de memoria varios números de teléfono, en alguno de
los cuales podría localizarle siempre que quisiera. De-
sayunamos juntos por última vez, y ya en la puerta se
puso serio para despedirse.
—Te daría un abrazo si no fuera por..., bueno, ya
sabes.
—Eres idiota —respondí abrazándole—. Cuídate
mucho, ¿vale? y
—Y tú no dejes de dibujar. Y procura que no se te
escape esa chica. Por lo que me has contado, vale la
pena. Aquí tienes la llave. Cuídate tú también, amigo.

63
Salió de mi casa y, según pensé entonces, proba-
blemente de mi vida para siempre, con la misma fa-
cilidad y despreocupación con que había entrado.
Pero aquel día yo no podía dedicar mucho tiempo
de mis pensamientos a nada que no fuese la posibili-
dad de recibir una nueva carta de Ana. De modo que
salí, fui caminando hacia el metro, y después de una
travesía por el fétido subsuelo de la ciudad emergí al
sol de nuevo y recorrí varias manzanas hasta la casa.
La expresión del portero no me permitió deducir
si tenía algo para mí o no, así que tuve que pregun-
tarle abiertamente.
—No sé nada —respondió de un modo ambi-
guo—, y no quiero saber nada.
De su amabilidad del día anterior no quedaba
ningún rastro. Me pregunté a qué podía deberse
aquel pequeño misterio. No sé si con la vanidosa in-
tención de ponerle en su sitio, o porque realmente
estaba dispuesto a subir, le pregunté si había alguien
en casa de Ana.
—Haga usted el favor —murmuró—, no insista.
Le he dicho que no sé nada. Yo no conozco a esos se-
ñores.
Cada vez entendía menos, pero no estaba dis-
puesto a renunciar y marcharme sin aclarar aquel
misterio.
—¿Quiere decir que ya no viven aquí?
—Eso es, ya no viven aquí. Y no sé dónde han ido
ni quiero saberlo. Por lo que a mi respecta, no los he
conocido nunca. No existen.
—Pero... Ana me dijo...
Sin prestarme más atención, el hombre me dio la
espalda y se refugió en su garita. En su rostro vulgar
vi la expresión obstinada de una persona a la que no
habría forma de arrancar una sola palabra más. En-

64
tonces, dejándome llevar por un impulso, pasé ante
él y subí al piso de Ana. No intentó detenerme.
Llamé inútilmente durante un buen rato. No se
oía el menor sonido en el interior. Desanimado, bajé
de nuevo a la calle y me detuve a fumar un cigarrillo
al lado del portal, preguntándome si el cartero ha-
bría pasado ya, o si aún podría convencerle para que
me entregase mi carta, porque en ese momento no
tenía la menor duda de que en alguna parte había
una carta para mí.
De pronto, se abrió a mis espaldas la puerta del
garaje de la finca para dar paso a un coche. Se me
ocurrió que a lo mejor sacaba alguna conclusión del
hecho de que el Toyota de Ana estuviera o no en el
garaje, y me colé antes de que nadie pudiera impe-
dírmelo.
Un rápido vistazo me permitió localizar el Toyota.
Estaba allí, en efecto, sólo que rodeado por una cinta
de color amarillo cuyo sentido no comprendí hasta
que me acerqué lo suficiente para leer las palabras
impresas en ella: «No romper este precinto. Policía».
¿Policía? ¿Qué significaba aquello? ¿Qué le había
pasado a Ana?
Un sinfín de posibilidades a cual más terrible —ase-
sinato, secuestro, violación— pasaron por mi imagi-
nación en un instante. Vi que el portero se acercaba
hacia mí, aunque sin atreverse a cogerme por un bra-
zo, y salí a la calle con él detrás.
—Se lo digo por su bien, váyase. Si la policía vuel-
vel
—Pero, ¿qué es lo que ha pasado?
En ese momento un coche se detuvo ante noso-
tros. Lo conducía la chica que trabajaba en casa de
Ana, a quien apenas reconocí sin el uniforme, y en el
asiento trasero vi a la abuela de Ana.

65
— ¡Señora! —me lancé hacia ella sin que nadie pu-
diese detenerme—. ¿Dónde está Ana?
Me miró como si no me hubiese visto en su vida,
y temí que no me reconociese. Pero al cabo de unos
segundos meneó la cabeza de arriba abajo y sonrió
tristemente. Vi que sus ojos estaban llenos de lágri-
mas.
—Déjele usted, Celestino —se dirigió al portero,
que permanecía indeciso detrás de mí—. Es Fernan-
do. Esperancita..., quiero decir Ana, me dijo que eras
un buen chico, Fernando. Dime, ¿lo eres?
No había forma de responder a semejante pregun-
ta. La chica se interpuso entre su señora y yo y me pi-
dió que la dejase porque después de lo ocurrido (no
supe a qué se refería) no se encontraba bien.
—Venga usted —me pidió el portero—. Si me pro-
mete marcharse y no rondar más por aquí le daré una
carta que he recibido hace sólo un rato.
Le hubiera prometido cualquier cosa. Le seguí a
su garita, donde me entregó un sobre semejante al
del día anterior.
Apenas pude esperar a alejarme unos pocos pa-
sos para abrirlo. Esta vez contenía una sola hoja, y
enseguida vi, para mi desesperación, que en lugar
de una explicación Ana se había limitado a escribir
una sola frase:

Eduardo:
Lo único que tengo derecho a decir es adiós, cuan-
do hubiese dado todo por poder decir: te amo.

En esta ocasión no había un segundo sobre, ni la


menor pista sobre la naturaleza de aquel enigma.
Como el día anterior, en el remite sólo figuraba su
nombre y el de la isla, La Palma, sin una dirección. El

66
matasellos era de dos días antes. Al menos eso me
permitía saber que hasta ese momento Ana había
continuado en La Palma. Y que algo o alguien le im-
pedía ponerse en contacto conmigo.
Sentí un hormigueo de ira, una furiosa impacien-
cia. Eché a andar calle arriba, hacia la plaza, en ese
estado de ánimo en que necesitaba romper algo o
patear las piedras. Pero no había piedras, y hasta los
perros se apartaban de mi camino.
Me detuve en la esquina sin saber qué dirección
tomar. ¿Qué decisión me hubiese aconsejado Miguel?
¿Que me olvidase de Ana? ¿Y mis tíos? ¿Mi tío Luis,
con quien yo había vivido, o mi tío Paco, hombres sin
imaginación? Seguramente me recomendarían: «No
pienses más en ella; se está burlando de ti».
¿Y mi padre? ¿Qué me diría en esa situación? Tra-
té de imaginarlo, de reproducir su imagen allí y en
ese instante, con sus ojos claros y su sonrisa. «Mi
querido muchacho», diría, porque él empleaba ex-
presiones como ésa, porque jamás me llamó hijo...
«Mi querido muchacho...» Y de pronto fue como si
oyese de veras su voz. «No te des por vencido.» Ése
era su consejo. Una parte de él seguía conmigo aún y
latía en mis venas y mis células, ocupaba para siem-
pre un lugar en mi memoria, y ni siquiera la muerte
podía nada contra eso.
Di media vuelta. Si era necesario cogería por el
cuello a aquel portero hasta hacerle explicar lo que
ocurría.
Pero entonces, como una ayuda del destino, prác-
tica y modesta, un taxi libre se detuvo a mi lado. Le
hice una seña y me metí en él. .
—No arranque todavía. Yo le indicaré —dije, vol-
viéndome para asegurarme de que el coche donde
iba la abuela de Ana estaba aún ante la casa.

67
—No podemos parar aquí mucho rato —me ad-
virtió el taxista.
No me tomé la molestia de responder. Transcu-
rrieron los minutos, con el contrapunto del taxímetro
que marcaba una cifra cada vez más absurda. Afor-
tunadamente, llevaba todo mi dinero encima. Por fin
vi que la empleada salía de nuevo cargando una ma-
leta y se ponía al volante de su coche.
Esperé a que pasase a nuestro lado, sin que ella ni
la señora reparasen en mí, y ordené al taxista:
—Siga a ese coche.
—¿En serio? ¿Como en las películas? ¿Y tengo
que saltarme los semáforos y todo eso?
Arrancó y se situó detrás del coche, un Corsa de
color morado.
—¿Para quién estoy trabajando —preguntó el ta-
xista—, para los buenos o para los malos?
Me encogí de hombros, sin apartar la vista del
Corsa. En esa última semana de agosto las calles
continuaban todavía despejadas. No fue difícil man-
tener la distancia con nuestro objetivo hasta una ca-
llecita en la zona alta de Arturo Soria, donde vi que
iban a detenerse y ordené al taxista pasar de largo.
Mientras le pagaba, observé la casa en la que en-
traban la mujer y la chica.
—¿Y ahora qué? —dijo el taxista.
—Buena pregunta —gruñí, y dándole la espalda
me encaminé hacia la casa.

68
12

ontinuaba de guardia todavía, en el mismo lugar,


cuando llegó la hora de ir a mi trabajo en la tien-
da. No se había producido ningún movimiento de
cualquiera de las dos mujeres que me permitiese adi-
vinar en qué piso vivían. No quería recurrir a llamar
en todos los timbres, o buscar los teléfonos de la casa,
pero estaba dispuesto a volver por la noche, y montar
guardia durante el día entero si era preciso. Antes o
después una de las dos tendría que salir.
Por el momento, no podía continuar allí. Sin con-
tar con que no había comido y que ya iba a llegar tar-
de a abrir la tienda, corría el riesgo de que algún ve-
cino llamase a la policía.
A disgusto, y sin dejar de volverme cada pocos
pasos, me fui hacia el metro. Media hora más tarde
abrí la tienda, que olía como siempre a tinte y a pol-
vo. Puse un disco de los Doors, porque a la gente
que iba por la tienda le gustaba todo lo que tuviera
que ver con los años sesenta, y como otras veces cogí
un libro y me senté a leer.
A última hora apareció Rosario, la dueña. Como
siempre, pues era el perfecto estereotipo de habitan-

69
te de la gran ciudad, tenía mucha prisa y varias co-
sas que contar a la vez.
—Tengo que hablar contigo, Rosario —dije, apar-
cando para mejor ocasión el libro de D. H. Lawren-
ce—. Creo que durante unos días no podré venir.
—¿No podemos hablar en otro momento? Me es-
tán esperando para ir a ver esa película para mujeres
de la que habla todo el mundo, y ya llego tarde.
¿Cuál es el problema? ¿Te parece que te pago poco?
Ya sabes que la tienda no va bien.
—No es cuestión de lo que me pagas. Tengo cosas
que resolver y necesitaré unos días libres.
—Pero ya tienes libre la mitad de cada día...
—Es posible que tenga que irme de viaje.
Algo que ni siquiera podía llamarse todavía una
idea empezaba a tomar forma en mi cabeza. Lo úni-
co que sabía, por el momento, era que necesitaba es-
tar libre y disponible para reunirme con Ana a la pri-
mera oportunidad.
Acordé con Rosario que iría a la tienda por última
vez al día siguiente, para cobrar los días que había
trabajado.
Después de cerrar, devoré un bocadillo tras otro
en la plaza Mayor y me fui a mi buhardilla.
En la pared continuaban los primeros dibujos que
había hecho de Ana. Miguel se había llevado algu-
nos posteriores, a carboncillo, para mostrárselos a un
editor. Saqué la carta, si podía llamar así a aquella
misteriosa nota, y la releí una vez más aunque ya me
la sabía de memoria: «Lo único que tengo derecho a
decir es adiós, cuando hubiese dado todo por poder
decir: te amo».
Ana, Ana. Contemplé largo rato su rostro, dibuja-
do en mi primera noche en la buhardilla, y dije en
voz alta:

70
—Te quiero.
No me sentí en absoluto ridículo. Más bien sentí
una extraña sensación parecida al alivio. Como si
durante todos aquellos días hubiese necesitado for-
mular con palabras lo más profundo de mi pensa-
miento, aquello que estaba negándome a admitir. Es-
taba enamorado de Ana. Aunque sólo la hubiese
visto tres veces. Aunque no supiera qué pensar de
ella. A pesar de que me hubiese mentido. Sencilla-
mente, la quería.
A la mañana siguiente, temprano, ya estaba de
nuevo ante la casa donde se refugiaba la abuela.
Era una calle tranquila, de chalés construidos mu-
chos años antes, con sólo unas pocas casas de pisos.
La que me interesaba tenía cuatro plantas. Al cabo
de una hora había comprendido —y me preguntaba
cómo no había sabido verlo el día anterior— que dos
de ellas estaban vacías, probablemente por las vaca-
ciones. No parecía probable, dado que la casa no era
grande, que hubiese más de una vivienda por plan-
ta. Una niña salió del portal llevando a un perro, un
husky, y una voz le recomendó desde una ventana
del bajo que fuese con cuidado. Eliminada por tanto
la planta baja, sólo quedaba el último piso. Allí esta-
ban quienes podían decirme algo sobre Ana.
Me preguntaba si llamar al timbre directamente,
cuando el portal se abrió de nuevo y salió la chica a
la que yo ya conocía, aunque sin su uniforme.
Yo me conocía lo suficiente a mí mismo y sabía
que si me tomaba tiempo para pensar era muy posi-
ble que dejase pasar aquella ocasión, así que sin re-
flexionar me acerqué a ella y la saludé con un «hola»
que procuré sonase natural.
—¿Qué haces aquí? —me preguntó, como era ine-
vitable.

71
Me encogí de hombros. Ella me miraba seriamen-
te, pero no parecía asustada. Iendría veintidós o
veintitrés años, y era más guapa de lo que hasta en-
tonces me había parecido.
—Pensé que a lo mejor me podías dar noticias de
Ana.
Negó con la cabeza, abriendo mucho los ojos como
si yo le hubiese propuesto algo disparatado.
—Tengo prisa. No me gusta dejar mucho rato sola
a doña Angelita. A veces, su cabeza no... En fin, sien-
to no poder ayudarte.
—Pero, ¿por qué? ¿Qué es lo que pasa? ¿Por qué
nadie me dice una palabra? ¿Es que ha ocurrido algo
malo?
—¿A ti qué te parece? —empezó, pero luego pare-
ció pensarlo mejor y suavizó su tono—. ¿De verdad
no sabes nada? Pues debes ser el único.
El husky, inoportuno, se acercó a olfatear mis Ree-
bok y pareció caer en éxtasis ante un aroma tan gra-
to. La niña le llamaba sin que el perro le hiciera el
menor caso. Una mujer se asomó por una ventana de
la planta baja y se acodó para observarnos tranquila-
mente.
—Aquí no podemos hablar —dije—. Por favor,
ven a tomar un café. Sólo cinco minutos.
La chica suspiró, dijo «bueno», y ella misma me
indicó un bar cercano. Era un sitio pequeño y tran-
quilo. En cuanto nos sirvió los cafés, el dueño volvió
a la lectura de su periódico.
Le pregunté su nombre a la muchacha. Se llama-
ba Raquel. Quise saber cuánto tiempo llevaba en la
casa. Para mi sorpresa, me explicó que sólo era un
trabajo de verano. Estudiaba («Hago filología ingle-
sa; el verano pasado estuve en Gales y el anterior en
Irlanda»), y con aquel trabajo pensaba terminar de

2
pagar el Corsa. Tuve que rectificar mi modo de di-
rigirme a ella, porque inconscientemente la había es-
tado tratando como a una persona de pocas luces
cuando en realidad tenía más cultura que yo. En po-
cas palabras me puso al corriente de lo que ocurría.
—Ya sabes que el padre de Ana es constructor
—yo0 asentí, aunque era la primera noticia—. Estaba
haciendo una urbanización, financiándose con el di-
nero de los clientes: cobraba a los compradores por
adelantado y con eso iba pagando materiales y suel-
dos, ya sabes cómo funcionan esas cosas —afirmé de
nuevo—. Bien, pues se ha largado con la pasta, al
parecer un montón de kilos. Una estafa de lo más
clásico.
—¿Y Ana?
—Espera, impaciente. Lo del padre se ha descu-
bierto justamente estos días, cuando Ana acababa de
reunirse con sus padres. Ayer a primera hora la poli-
cía fue a precintar los coches de la familia. No sé si a
partir de ese momento había ya una orden de bús-
queda y captura contra el padre, pero lo que es segu-
ro es que por aquí no vuelven. Imagino que el dinero
ya está fuera de España, y ellos estarán a punto de
irse o se habrán ido ya a uno de esos países con los
que no hay tratado de extradición.
Hizo una pausa, mirándome con simpatía mien-
tras yo asimilaba lo que iba contando. Supongo que
mi cara reflejaba absoluto desaliento al pensar que
quizá en ese instante Ana estaría ya a miles de kiló-
metros de España.
- —Yo me traje a esa pobre mujer, Angelita —prosi-
guió Raquel—, a casa de unos amigos que están fues
ra, para que no tenga que pasar vergienza. Por el ca-
mino pensé que sería mejor volver a recoger todas
sus cosas, y las mías, por si la policía llegaba a pre-

73
cintar también la casa. Entonces fue cuando nos en-
contramos contigo.
De pronto, detecté una nota falsa. Nunca he teni-
do demasiado oído para la música, pero sí para las
palabras: puedo adivinar cuándo alguien me está
mintiendo, y a menudo cuándo me ocultan algo. La
expresión demasiado natural de Raquel me indicaba
que había algo más, algo esencial, que no quería re-
velar. Tal vez era su forma de proteger a Ana.
Le pregunté si conocía la dirección de los padres
de Ana y me explicó que la policía ya le había estado
preguntando lo mismo, y que les había dicho todo lo
que sabía: que el padre de Ana tenía un hermano en
Tenerife, y que hasta unos días antes habían llamado
desde la isla de La Palma.
—Si supiera algo más, te lo diría. Ana me dijo
—sonrió amistosamente—... Dijo que le gustabas
mucho; supongo que ahora no hay inconveniente en
que te lo diga.
Guardé silencio, sin saber qué decir. Tampoco sa-
bía qué hacer. No podía ir a aquella isla, suponien-
do que Ana continuase allí, y recorrerla de punta a
punta.
¿O tal vez sí?
—Creo que voy a ir a ver si la encuentro —mur-
muré.
—¿A Canarias? Y lo dices como si hablaras de ir a
buscarla a la puerta del instituto. Estás loco, tío.
Me encogí de hombros, fastidiado. Me parecía
mejor estar loco que morirme de aburrimiento con
los brazos cruzados.
—Está bien, tú ganas —dijo Raquel inesperada-
mente—. Hay algo más. Ana... Ojalá no esté metien-
do la pata por decirte esto... Ana llama a diario a su
abuela.

74
Claro, imbécil, me reprendí mentalmente, la abue-
la. Ése era el cabo suelto que había estado a punto de
intuir: Ana quería a su abuela, y en una situación así
no dejaría de llamarla para asegurarse de que estaba
bien.
—¿Ha llamado ya hoy?
Raquel consultó su reloj.
—NOo tardará en hacerlo.

75
13

sa mujer ha sufrido ya más de lo que se le puede


exigir a un ser humano —me advirtió Raquel
mientras subíamos las escaleras—. Si no eres con-
siderado con ella, te juro que te echaré a la calle.
—Me cae bien —protesté—, y no voy a estorbar
su conversación con Ana. Todo lo que quiero es ha-
blar también un instante. Y ya he visto que la abuela
no está del todo...
—Está más cuerda y más lúcida que tú o yo la ma-
yor parte del tiempo. Pero a veces su mente viaja sin
permiso, por decirlo así. Hace quince años, su mari-
do murió de un ataque al corazón; poco tiempo des-
pués, su hija menor, Esperanza, que tenía la edad de
Ana, fue asaltada por unos desconocidos a poca dis-
tancia de su casa. La violaron y la asesinaron. Desde
entonces, Angelita tiene días y momentos en que,
como tú dices, no está del todo bien. Por eso mismo,
Ana no ha dejado de llamarla. Un nuevo disgusto
como éste podría matarla.
La encontramos en una salita en penumbra,
como a ella le gustaba permanecer. Tenía el teléfono
sobre el regazo, en espera del momento en que so-

76
nara, y apenas me concedió una mirada. Parecía ha-
ber envejecido varios años de golpe. Ya no era diver-
tido observarla; todo lo que me inspiraba era com-
pasión.
Raquel habló con ella susurrándole casi al oído.
Vi que la abuela miraba hacia mí —yo procuraba di-
luirme en las sombras en un ángulo de la salita— y
hacía un gesto afirmativo. Raquel me dirigió tam-
bién un gesto indicando que todo iba bien: podría
hablar con Ana. Sentí que el corazón se me ensan-
chaba de pura gratitud y de alegría.
Transcurrieron los minutos, lentos hasta la asfi-
xia, en aquella habitación donde la mujer no movía
un músculo, Raquel salía y volvía a entrar sin mirar-
me, y yo no me atrevía a fumar. Desde la calle llega-
ban gritos de la niña del piso bajo llamando a su pe-
rro, el sonido de un camión de butano, de alguna
moto.
Había un complicado reloj de pared, con baróme-
tro, higrómetro y unos cuantos añadidos más, del
que no podía apartar la mirada durante muchos se-
gundos. Vi cómo marcaba las diez y media, y las
once (por lo menos, no sonaba ninguna campanada)
y las once y media. Me había instalado en una buta-
ca y estaba tan nervioso que podía notar cada plie-
gue de la tapicería a través de la ropa.
De pronto sonó el teléfono, apenas una fracción
de segundo porque doña Angelita lo descolgó sin
dar tiempo a que sonase entero el primer timbrazo.
Salí discretamente de la habitación mientras la abue-
la hablaba con su nieta. Raquel se asomó para hacer-
me una seña de que podía estar tranquilo (pero no
podía en absoluto), y después se olvidaron de mí du-
rante tanto tiempo que empecé a preguntarme si ha-
brían colgado. Por fin, Raquel salió de nuevo y me

dl
hizo una nueva seña. La seguí. Se puso un instante al
teléfono y anunció: «Ana, hay alguien más que quie-
re hablar contigo. No, mujer, todo va bien. ¿Quién?
Que te lo diga él...» Me lo pasó.
—¿Ana? —ahora que podía hablar, las palabras
no me salían.
—¿Eres tú? ¿Eduardo? —su voz sonaba cautelosa,
como si estuviera reprimiendo una emoción muy in-
tensa.
—Ana... Anuska... ¿Estás bien? ¿Dónde..., cómo
puedo...? Dime qué puedo hacer para verte.
—No puede ser —respondió, y me parecía estar
viéndola, porque tenía su imagen grabada en mi me-
moria, y su voz la convocaba ante mí—. ¿Es que no
te han contado...? Es imposible, de veras. Lo siento,
Eduardo, voy a tener que colgar.
—¡Espera! Dime al menos si sigues en la isla de
La Palma.
—¿Para qué?
—Por favor, dímelo. Por favor, dímelo. No puedo
seguir así. Necesito verte. Te necesito. Ana, yo te
quiero.
Hubo un sonido breve y extraño, como un queji-
do, y después un largo silencio. Pero yo sabía que
ella no había colgado, y adiviné sus lágrimas aun an-
tes de que su voz la delatase.
Te quiero:dijo.
Creo que solté de golpe todo el aire de mis pul-
mones cuando oí aquello. Puede que fuera lo que yo
había estado buscando y deseando, pero sólo en ese
momento me di cuenta de lo poco que había creído
en la posibilidad de llegar a oírlo alguna vez.
«Ahora —me juré—, nada ni nadie me deten-
drá.»
—Siento tener que terminar así, Eduardo, casi an-

78
tes de haber empezado, pero no puedo hacer otra
cosa. He dado mi palabra a mi padre de que no diría
nada que nos pueda poner en peligro.
—¿Vas a irte con él? ¿Al extranjero? ¿Es eso lo que
quieres hacer?
—Son mis padres. Me necesitan. No puedo dejar-
les ahora.
Fue en ese instante, más que en ningún otro, cuan-
do supuse que había llegado al final, que el camino
ante mí quedaba cerrado por un muro de piedra.
Nada que hacer. Incluso por ella, por su bien, era
mejor no insistir.
Pero al mismo tiempo no podía desoír la consig-
na: «No te des por vencido», esa herencia misteriosa
que me impulsaba a seguir adelante, por encima de
mi pesimismo, aun en las circunstancias más adver-
sas, y que era tal vez lo mejor de mí, lo único bueno
que había en mí.
—Ana, voy a ir en tu busca. Si es cierto que me
quieres, me esperarás.
—NOo puedes pedirme eso. Ya es bastante difícil
para mí...
Sus palabras se hicieron confusas. Había alguien
pidiéndole que colgara; tal vez sus padres, si estaba
en su casa; o alguien que se impacientaba, si era un
teléfono público. Oí un sonido de fondo que había
escuchado a veces en Mallorca, la sirena de un barco,
y enseguida de nuevo su voz apresurada:
—Tengo que colgar. Te quiero.
Cuando colgué, los dedos me dolían de tanto apre-
tar el teléfono y tenía las palmas de las manos iS
padas de sudor.
Me despedí de Raquel y de la abuela y bajé a la
calle en un estado de aturdimiento que apenas me
permitía coordinar los movimientos.

TO
«Sigue en la isla —pensé—, y vive cerca del puer-
to... Ese barco lo prueba.»
En la calle, me detuve en seco y pensé algo más:
«Me quiere.»
Y sentí que la sangre corría más aprisa por mis
venas.

80
14

ecorrí varias agencias de viajes sin encontrar


ninguna opción mejor que tomar un vuelo regu-
lar a Tenerife y de allí otro a La Palma. La suma
del precio de ambos era mayor que la cantidad de
dinero que tenía.
Llamé a los teléfonos que Miguel me había deja-
do. Lo encontré a la tercera tentativa.
—Tengo que verte. ¿Tienes unos minutos?
—Claro. ¿Esta noche?
—Ahora, si puede ser. Mejor dicho, si puede ser
como si no. Ha de ser ahora.
Oí cómo se reía suavemente.
—Tienes una curiosa forma de pedir las cosas,
Eduardo. ¿Dónde estás?
—Cerca de Ópera.
—Podemos vernos en el bar de la calle Toledo al
que fuimos un par de veces cuando vivíamos juntos.
¿Te va bien? Tardaré menos de media hora.
—Gracias. .
Llegué al bar con casi un cuarto de hora de ade-
lanto. Era tal vez uno de los bares más viejos de Ma-
drid, estrecho y alargado, con un mostrador de cinc

81
a modo de barra, frecuentado por estudiantes y gen-
te de la zona. Al fondo había un ensanchamiento del
local al que hubiera sido exagerado llamar salón, con
dos o tres mesas cojas. Me instalé allí aprovechando
que a esa hora no había ningún otro cliente.
El viejo propietario me sirvió un vermut de la
casa, una bebida de otra época, como él, como todo
aquel barrio, y lo tomé a pequeños sorbos.
Miguel llegó, jadeante y risueño, envuelto en una
nube de colonia cara, y se sentó frente a mí.
—Me alegro de que me hayas llamado. Deja de
poner esa cara de estreñido. Entre los dos lo solucio-
naremos, sea lo que sea. ¿Estás tomando vermut?
¡Oiga, traiga otros dos vermuts! —y luego, bajando la
voz, añadió una palabra entre interrogantes—: ¿Ana?
Asentí.
—Te escucho.
—Necesito un consejo —empecé—. He perdido su
pista, aunque sospecho que continúa en La Palma, en
Canarias. Ella no puede darme su dirección. Es una
larga historia.
—Las largas son las mejores. Cuéntamela sin sal-
tarte un detalle.
— Ahora no, Miguel. No tengo tiempo, de veras.
—¿Y cómo estás de dinero? —preguntó mientras
el viejo dejaba dos vasos ante nosotros.
—Me las arreglaré.
Sacó un fajo de billetes y me lo puso en la mano.
—Guárdate esto. No, no digas una palabra. Guár-
dalo y no te hagas el estrecho. Si te vas a ir te vendrá
bien.
—¿Irme?
—3Í, irte. ¿No es eso lo que vas a hacer? Ir a bus-
carla.
— Aún no lo he decidido. Precisamente eso quería...

82
—Sí lo has decidido —me interrumpió—. Vas a ir
a buscarla.
—¿Crees que sería sensato?
—¿Rastrear la isla, pueblo por pueblo? Sensato
no, pero sería magnífico.
—Quizá preguntando a unos y a otros... No creo
que haya mucha gente en esa isla. He estado viendo
folletos en las agencias de viajes. Bastará preguntar
por una familia de Madrid...
—¿En serio? ¿Vas a ir por ahí preguntando si al-
guien ha visto a unos madrileños? Eduardo, colega,
los madrileños llegamos a todas partes, y somos mi-
llones; somos una verdadera plaga, ¿no lo sabías?
Esa isla estará infestada de madrileños, y en verano
más.
—Gracias, me ayudas mucho. Entonces, según tú,
lo mejor es que ni lo intente.
—¿Quién ha dicho eso? Debes intentarlo. Te orde-
no que lo intentes. ¿No irías al fin del mundo por esa
chica? Pues empieza por las Canarias.
—Eso es lo que quería oír. Gracias, amigo.
—Cuando la encuentres —dijo Miguel seriamen-
te— no te pongas a interrogarla. Acepta lo que ella te
diga, y créela. Si no estás dispuesto a creerla, no vale
la pena que vayas.
—NO sé si vale la pena o no, pero no puedo hacer
otra cosa. La quiero. No puedo dejar de pensar en
ella. Es... Bueno, no te rías... Es lo que siempre había
deseado: un gran amor.
- —No me río. Sé lo que es eso. Yo también quiero a
una persona... Aunque él no siente lo mismo por mi.
Se inclinó hacia mí y, cambiando de entonación,
añadió:
—Recuérdalo, no le hagas demasiadas preguntas.
«Es mejor ser engañado en mucho que saber sólo un

83
poco.» Otelo, naturalmente. Bien, ¿cuándo te vas?
¡Ah, me olvidaba! Tengo una noticia para ti: el editor
del que te hablé dice que le gustan tus dibujos y que
quiere conocerte. Me insinuó que podría encargarte
las ilustraciones para un libro. ¿Qué me dices?
Solté un pálido «guay». Mi mente había dejado ya
Madrid y sobrevolaba una isla de contornos impreci-
SOS.
—Bueno, tengo que volver —añadió Miguel—; en
el curro he dicho que iba al médico. Tendré que pa-
sar por una farmacia y comprarme algún potingue,
para disimular. Ya está: me compraré un preparado
que conozco, a base de ginseng. Es bueno para la
—hizo una mueca irónica— virilidad.
Nos despedimos en la puerta del bar, un poco
emocionados, como si adivinásemos que tardaría-
mos mucho tiempo en volver a vernos.
—Miguel, quiero que sepas... —empecé.
Una sonrisa afectuosa curvó sus labios.
—Lo sé —dijo:
—No0, en serio, quiero decirte que eres...
—Sencillamente maravilloso, lo sé. Anda, lárgate.
Echamos a andar en direcciones opuestas. Yo de-
cidí acercarme a la Telefónica,
en la Gran Vía. Raquel
había dicho que el padre de Ana tenía un hermano
en Tenerife. Pensé que sería sencillo buscar el apelli-
do de Ana, Alonso, en la guía de la isla.
Miré en las páginas de Santa Cruz: sólo en la ciu-
dad había cerca de setecientos abonados con aquel
apellido. A ésos habría que añadir todos los de los
pueblos. La pista quedaba truncada.
Más tarde, en la tienda, Rosario me dio el dinero
de los días trabajados, que no era mucho.
—¿Por qué tienes que irte? Eres el primer depen-
diente legal que he tenido en mucho tiempo. ¿Verdad

94
que no me has sisado ni una libra? En fin, pásate por
aquí cuando quieras.
—Creo que tardaré un tiempo en volver al Foro
—respondí, imitando sin darme cuenta su lengua-
je—. Me abro para La Palma.
—.¿Te vas a Palma de Mallorca?
—A La Palma, en Canarias.
—Ah, quieres decir a Las Palmas. Bueno, allá tú,
pero yo iría a Palma. Palma mola. O a Ibiza. ¿Por qué
no te vas a Ibiza? Te daré una nota para un amigo
que trabaja en Pachá.
—Rosario, escúchame, por favor. No son unas va-
caciones. Necesito ir por asuntos personales.
—Siento que te vayas.
Me dio dos besos de despedida. Yo también sentía
dejar aquel trabajo que, inesperadamente, me había
gustado. Pero toda mi vida había sido una sucesión
de despedidas, de pequeñas fugas, de adioses más o
menos voluntarios, y eso me había endurecido.
Tenía una extraña impresión mientras volvía a mi
buhardilla: me sentía ya ajeno a la ciudad. Tal vez
esa sensación había permanecido, latente e indefini-
ble, dentro de mí desde mi regreso de Mallorca a la
muerte de mi padre. Aunque Madrid fuera mi ciu-
dad, donde había nacido y pasado casi toda mi vida,
ya no me identificaba con su atmósfera seca y Sucia;
con sus habitantes que, vistos con ojos de forastero, a
veces parecían insolentes; con el ritmo frenético y ab-
surdo de la vida en sus calles, que me hacía pensar
en esos perros a los que les atan una lata al rabo y gi-
ran y giran en redondo tratando de arrancársela has;
ta morir extenuados.
Una mujer vieja, una vagabunda cargada de bol-
sas, hablaba sola sentada en el suelo; un jubilado re-
buscaba en las papeleras quién sabe qué; un chico de

89
mi edad que no pesaría más de cuarenta kilos se me
acercaba tambaleándose con la mano extendida; una
hilera de africanos y orientales recogían a toda velo-
cidad la mercancía que vendían en plena calle; se oía
una sirena de la policía; tres hombres jóvenes dor-
mían dentro de un coche que sin duda era su única
casa. Una ciudad dura, cuyo mayor atractivo era que
allí ocurrían cosas, toda clase de cosas. En cualquier
momento, a la vuelta de la esquina, un encuentro
inesperado podía cambiar tu vida para siempre. Ma-
drid. Había sido mi ciudad, pero ya no lo era. Acaso
lo único que me quedaba a partir de entonces era va-
gar sintiéndome forastero.
Mientras subía las escaleras de la buhardilla, que
en los últimos tramos eran de madera y crujían como
galletas María, me dije que quizás era la última vez.
En pocos minutos, mi mochila estuvo lista y me des-
pedí de aquel refugio.
Tomé el metro y después el autobús al aeropuer-
to, que salía de debajo de Colón. A partir del mo-
mento en que entraba en el vestíbulo de Barajas, dejé
de sentir ansiedad por el cuándo y el cómo encontra-
ría a Ana. Ya sólo era cuestión de dejarme llevar: las
distancias, los relojes, las compañías aéreas, la suer-
te, decidirían por mí.

86
5

on una especie de indiferencia se sucedieron los


trámites, la espera, un cigarrillo, otro, mensajes
por megafonía en distintos idiomas, viajeros ve-
teranos con aire de displicencia, viajeros novatos y
excitados, aviso para embarcar, nueva espera...
Despegamos. La acostumbrada demostración por
parte de las azafatas. La voz del comandante: «Dura-
ción estimada del vuelo... Esperamos tomar tierra en
el aeropuerto de Tenerife Sur aproximadamente a
las... Volaremos a una altura de... con una velocidad
de...» Mi mente había dado un salto y revivía una si-
tuación semejante, mi primer vuelo unos meses an-
tes cuando viajé para reunirme con mi padre en Ma-
llorca. Tampoco entonces sabía qué era lo que me
aguardaba en mi punto de destino.
Dejamos atrás la península por la desembocadura
del Guadalquivir. Volábamos a ratos por encima de
las nubes. El océano esplendía con la última luz del
atardecer, y como si estuviésemos librando una ca-
rrera contra el sol todavía conseguimos capturar su
último rayo al avistar Tenerife. Atrasé mi reloj una
hora. Aterrizamos. Salí al aire húmedo de las pistas

87
con ese ligero aturdimiento de los viajeros poco ave-
zados. Me pareció que olía a mar.
Recogí mi mochila y tomé un autobús (una gua-
gua, decían allí) a Santa Cruz. Me habían dicho que
los aviones a La Palma salían de otro aeropuerto, Los
Rodeos, al norte de la isla. Por el camino, atravesan-
do un paisaje árido y sin interés durante casi una
hora, pensé que en el mejor de los casos no llegaría a
La Palma hasta la madrugada. Tendría que dormir
en el aeropuerto en espera del primer autobús de la
mañana. En cualquier caso, hasta el día siguiente no
había nada que pudiera hacer para localizar a Ana.
Tuve una idea: tal vez habría un barco que pudiera
tomar esa misma noche. Al fin y al cabo, era en el
puerto de La Palma donde yo quería comenzar mis
pesquisas.
Me indicaron dónde estaba el puerto en Santa
Cruz. Efectivamente, había un barco a La Palma esa
noche, y estaba a punto de zarpar. Con el tiempo jus-
to compré el pasaje y embarqué.
Zarpamos sin que yo hubiese llegado a hacerme
una idea de aquella ciudad, de aquella isla. Había un
gran salón de butacas con unos televisores frente a
los cuales permanecían hipnotizados los pasajeros.
Al cabo de un rato pusieron un vídeo de Bruce Wi-
llis. Yo ya había visto la película y salí a fumar a cu-
bierta. Hacía mucho viento, el barco se balanceaba
de tal modo que no era posible dar dos pasos sin
agarrarse, el mar estaba negro. Empecé a sentir que
me mareaba, pero luché contra las náuseas, y el aire
frío acabó de despejarme. Más tarde me dormí en
una butaca, rodeado por los ronquidos y el olor de
los otros pasajeros.
Me desperté muy temprano. Aún no había salido
el sol. «Aquí el sol siempre sale entre nubes», había

88
escrito Ana. Y al recordarlo me vino a la memoria
otra frase: «Mi habitación da al océano». Podía elimi-
nar de mi búsqueda todo el interior de la isla y limi-
tarme a la costa.
Allí estaba, ante mí, una costa muy alta que pare-
cía surgir de entre las nubes. La isla de Ana.

89
l6

esde el mismo momento de desembarcar por la


tambaleante pasarela, tuve la impresión de que
había algo que no era como debía ser.
Tal vez fuese la silueta de los altos edificios. Lo úl-
timo que había esperado encontrar era una isla con
rascacielos, y eso a pesar de que conocía bien Mallor-
ca y sabía que las islas están lejos de merecer los ad-
jetivos de los libros de aventuras: misteriosa, encan-
tada, paradisíaca, desierta. La Palma no parecía ser
nada de eso y, descontando la sorprendente altura
de su costa, decepcionaba.
No había esperado nativas que me recibiesen con
collares de flores, pero tampoco aquel ajetreo indife-
rente de los estibadores, de las enormes grúas que
desplazaban algún contenedor en aquel puerto sin
poesía. Pero, en cualquier caso, yo no había ido a ha-
cer turismo. Me daba igual cómo fuese la isla, con tal
de encontrar a Ana.
A la salida del puerto, un hombre se me quedó
mirando con insistencia. Llevaba un traje azul que a
primera vista parecía de invierno, y una corbata ne-
gra. Tenía un aspecto entre triste y siniestro. Su mira-

90
da tenía una fijeza ofensiva, pero la retiró justo cuan-
do ya iba a decirle que se equivocaba conmigo y que
a mí me gustaban las chicas. Supuse que merodeaba
por el puerto a la caza (o, en este caso, a la pesca) de
algún jovencito solo y despistado.
Tomé una avenida, a mano derecha, que bordea-
ba el mar. Si había en la ciudad —que se llamaba
Santa Cruz, igual que la capital de Tenerife— unas
casas situadas en primera línea («Mi habitación da al
océano») eran aquéllas.
Al cabo de pocos minutos empecé a rectificar mi
primera impresión: muchas de aquellas casas tenían
hermosos miradores que les daban un aire colonial;
era un tipo de arquitectura que yo no había visto
hasta entonces, el primer signo de que realmente es-
taba a enorme distancia de la península. Contem-
plando aquellas casas que me gustaban mucho me
pregunté si todo sería tan sencillo como encontrar a
Ana en una de ellas.
Las olas alcanzaban el muro de contención y me
enviaban de vez en cuando una fina llovizna fría y sa-
lada, que no me disgustaba. No había ni una sola per-
sona a la vista en toda aquella parte de la avenida. Me
tracé un plan para aprovechar el tiempo al máximo,
porque tenía la impresión de que había comenzado
una cuenta atrás, que Ana podía irse de la isla en
cuestión de horas. Lo primero que haría, nada más to-
mar un café, sería investigar en las agencias de alqui-
ler de coches. Seguro que Ana había alquilado uno.
Eo difícil iba a ser que me dieran esa información.
Después, había muchos lugares a los que acudir: co»
rreos, por ejemplo, donde tal vez recibían correspon-
dencia y les conocían; y también hoteles, bares, etc.
De nuevo tuve la sensación, puramente física, de
que algo me incomodaba. Me volví. Había un coche

91
siguiéndome muy despacio, creo que un Laguna, si-
lencioso como una serpiente. Lo conducía el hombre
del traje azul.
Seguía sin haber nadie a la vista. Eran las ocho de
la mañana. ¿A qué hora se levantaban las personas
en aquella isla? De nada serviría gritar ni echar a co-
rrer. Me quité la mochila y rebusqué en mis bolsillos
algo que pudiera servirme de arma. Dinero, llaves,
nada, ni una simple navajita, porque el día anterior
había olvidado comprarme una para cuando me hi-
ciese algún bocadillo.
El coche se detuvo a dos metros de distancia. El
hombre me miraba fijamente. No era un bujarrón,
un aficionado a los jovencitos, sino algo peor. Empu-
ñé el llavero dejando que las dos únicas llaves, la de
la buhardilla y la del portal, sobresalieran entre mis
dedos corazón y anular. Apreté el puño con fuerza.
Si era más rápido que él y le alcanzaba en la cara con
la punta de las llaves, era posible que...
—Tranquilo.
Su voz no reflejaba amenaza ni susto, sino una es-
pecie de fastidio que me hizo sospechar que acaso,
después de todo, no era sino un policía de servicio.
Abrió la puerta y salió del coche.
Inspiré con fuerza. Yo sí estaba asustado, tan asus-
tado que no podía ni tragar saliva. Pero no podía per-
mitir que él se diera cuenta. Un perro callejero nunca
huye sin antes ladrar. Pronuncié un insulto, separé las
piernas, tensé el brazo llevando el codo hacia atrás.
:—Tranquilo, Eduardo.
Creo que la mandíbula inferior se me aflojó de
golpe. Mi pobre arma estuvo a punto de escurrirse
entre mis dedos y caer al suelo. ¿Cómo podía nadie
conocerme en esa isla que hasta pocos días antes yo
no sabía ni situar en un mapa?

92
—¿Quién es usted? —pregunté con la boca espan-
tosamente seca—. ¿Qué quiere?
—Tengo un mensaje de Ana.
—Dios santo. Ana. Claro. Mierda.
Apenas sabía lo que me decía. Y sin embargo,
bien mirado, aquello era lo más lógico, lo único que
podía explicar que el desconocido supiera quién era
yo. Seguramente, Ana le había dado mi descripción.
—Me ha dado un susto de muerte —resoplé, rela-
jándome—. ¿Ana está bien?
—Perfectamente. Le espera. Tengo instrucciones
de llevarle con ella.
Subí al coche sin creer todavía en mi buena suerte.
El valiente caballero que ha de matar al dragón para
rescatar a la princesa recibe inesperadamente la ayu-
da de un emisario en carroza real. Demasiado bueno
para mí. Algo me decía que las cosas no podían ser
tan sencillas. Pero subí al coche, ¿qué otra cosa podía
hacer?
Tomamos una carretera que dejaba la ciudad su-
biendo entre vueltas y revueltas hasta una altura
inesperada. Allá arriba el cielo estaba claro y lucía el
sol. Más y más curvas, hasta que empecé a sospechar
que aquel hombre estaba dando rodeos para que yo
no supiera adónde nos dirigíamos y no fuese capaz
de reproducir después el itinerario. Como confir-
mando esa idea, el hombre se giró hacia mí y dijo:
—No hemos querido recurrir a efectos melodra-
máticos. Ni golpes en la cabeza ni vendas en los ojos.
-Pero a cambio tienes que prometer que pase lo que
pase no contarás una palabra después a nadie. El lu-
gar donde están Ana y su familia tiene que seguir
siendo secreto por el bien de todos.
—Por supuesto —gruñí—. ¿Me toma por un chi-
vato?

93
A partir de ese momento, condujo siempre hacia
el sur, teniendo a nuestra izquierda un mar ahora tan
iluminado por el sol que podía verse a lo lejos la si-
lueta de alguna otra isla, aunque no sabía si podía
ser la Gomera o Hierro. De pronto, a la entrada de
un pueblo cuyo nombre no alcancé a ver por ningu-
na parte, el coche se metió en una especie de patio.
—Vamos.
La voz de mi guía se había hecho más perentoria.
Incluso se permitió empujarme para que no pudiera
ver ningún detalle de la casa. Atravesamos un vestí-
bulo desierto y polvoriento, un pasillo, subimos por
una estrecha escalera, empujó una puerta.
La habitación era grande y no contenía más mue-
bles que una mesita baja y varios sillones de caña.
Sólo uno de ellos estaba ocupado por un hombre que
se levantó al vernos entrar.
Tendría entre cuarenta y cuarenta y cinco años,
pelo rubio ceniciento un poco largo y peinado ente-
ramente hacia atrás, y ojos grises. Llevaba un panta-
lón de color crema y un polo blanco que le hacía pa-
recer aún más bronceado.
—Bienvenido, Eduardo —dijo tendiéndome la
mano. i
Se la estreché un poco confundido.
—Como ya has adivinado —dijo, y se equivoca-
ba—, soy Ángel, el padre de Ana. Me ha parecido
oportuno que, antes de nada, hablemos tú y yo. ¿Es-
tás de acuerdo?
Era una pregunta puramente retórica. Estuviese
de acuerdo o no, él tenía algo que decirme. Y mucho
me temía que no se trataba de darme su bendición.
—Muy bien, pero me gustaría ver un momento a
Ana.
—Eso no va a ser posible.

94
Estábamos todos de pie, y el hombre que me ha-
bía llevado hasta allí se mantenía detrás de mí como
uno de esos pistoleros de las películas.
—Entonces, me han traído aquí con engaños. Si
esto es un secuestro...
El padre de Ana se echó a reír.
—Por favor, Eduardo, qué cosas tienes. Anda, sién-
tate y charlemos como amigos.
Nos sentamos en los sillones de caña, que crujie-
ron con nuestro peso. El padre de Ana me preguntó
si quería tomar algo. Yo estaba aún sin desayunar
pero le dije que no. Quiso saber si yo había tenido
buen viaje. Que sí. Luego preguntó de una manera
ambigua qué se decía por Madrid. Supuse que se re-
fería al escándalo del que era protagonista.
—Se dice que seguramente ustedes ya están en el
extranjero con..., bueno, con el dinero.
—NOo, no hay ninguna razón para eso todavía.
Pero no tengo ninguna intención de volver. Y natu-
ralmente mi familia irá donde yo vaya. La familia
es lo más importante en la vida, Eduardo. En el fon-
do, todo se hace por ellos, para que no les falte de
nada.
Yo no estaba de humor para escuchar discursos
convencionales de un hombre que había abandona-
do a su madre, medio loca, con la mayor despreocu-
pación.
—¿Por qué no puedo ver a Ana? ¿Sabe ella que
estoy aquí?
- Los ojos grises se hicieron más grises y el mentón
bronceado se endureció.
—FEres muy impaciente. Eso no es bueno, Eduardo.
Estaba empezando a darme náuseas con tanto re-
petir mi nombre. No me tomaba en serio. Mal asun-
to. Yo había heredado de mi padre un sentido de la

35
dignidad que no soportaba la menor lesión. Com-
prendí que todo lo que había hecho hasta entonces,
la decisión del viaje, era fácil y sin mérito comparado
con la prueba que tenía que superar en aquel instan-
te, en aquella habitación semivacía donde las voces
resonaban como en un túnel, y frente a aquel hom-
bre realmente duro.
—¿Por qué no hablamos claro? Usted no quiere
que vea a Ana. ¿Puede decirme por qué?
—¿Por qué? —sonreía, con una sonrisa muy poco
alegre—. ¿Por qué? No tengo por qué darte explica-
ciones, pero lo haré sólo con el objeto de que entien-
das que no tienes ninguna posibilidad con Ana. Nin-
guna. Nunca.
Sus últimas palabras sonaron como disparos. La
verdadera batalla había empezado. El premio para el
que la ganase sería Ana. Hacía calor en aquella habi-
tación. Me costaba respirar, porque todavía no me
había acostumbrado al aire sofocante y húmedo de
la isla. El sudor empapaba mis manos y me goteaba
desde las axilas. Y aquel hombre sentado frente a mí
ni siquiera tenía la frente brillante, era un animal de
sangre fría.
—Eres un mangante, un mierda que no tiene dón-
de caerse muerto —lanzó su primera dentellada—,
¿y esperas que te deje llevarte a mi hija? Dentro de
unos días, cuando no se hable tanto de mí, nos mar-
charemos discretamente, por ejemplo a Venezuela.
Es un buen país para la gente joven. Ana hará ami-
gos allá enseguida. Irá a la universidad. Una nueva
vida. ¿Y en lugar de eso tú pretendes que la deje aquí,
contigo? Sé cómo os conocisteis. No dejaré a mi hija
con un mendigo que entra en propiedad ajena saltan-
do una alambrada, por más que ella me lo pida. Me
ocuparé de que...

96
Durante unos segundos dejé de atender a sus pa-
labras. Las más importantes habían sido ya, proba-
blemente a pesar suyo, pronunciadas: por más que
ella me lo pida. Ana estaba de mi parte. Si para lle-
gar hasta ella tenía que pasar por encima de aquel
hombre que estafaba a los demás y aún hablaba de
respeto a la propiedad ajena, lo haría.
—¿Qué tienes que decir? —oí que me pregun-
taba.
¿Qué? Mucho y nada. Cualquier cosa que dijera
podía volverse contra mí. Él era, al fin y al cabo, el
padre de Ana. No podía decirle lo que pensaba de él
y de su dinero. Pensé en mi propio padre, que siem-
pre tenía una frase oportuna para salir airoso de las
peores situaciones. ¿Qué hubiera dicho él si estuvie-
se allí conmigo?
Pero no estaba. Ya nunca estaría a mi lado. Yo te-
nía que salir adelante por mis medios. Un chico de
diecisiete años contra un hombre capaz de manejar
sin escrúpulos el poder y las palabras.
Me puse en pie. El sudor me corría por los costa-
dos. Mi estómago vacío era un animal vivo que se
movía dentro de mí buscando a ciegas.
—Yo quiero a Ana.
El tono de mi voz, mi mirada firme que no evita-
ba la suya, toda mi actitud tal vez un punto desespe-
rada como corresponde a quien no tiene nada que
perder, parecieron impresionarle. Se echó atrás en su
asiento como golpeado por mis palabras, sus ojos se
-achicaron. Incluso por un momento pareció haberse
quedado sin respuesta.
—F¿M qué?
En su voz, la agresividad había descendido uno o
dos tonos.
—Quiero a Ana.

97
Carraspeó y se removió inquieto. Cruzó una mi-
rada con el silencioso testigo de la entrevista. Parecía
menos seguro de sí mismo.
—Eso ya lo has dicho...
—Quiero a Ana —repetí.

98
1

e puso en pie y me miró duramente. Éramos


igual de altos. Un hombre en la plenitud de su
fuerza física. Hay situaciones en la vida que no se
deciden por una cuestión de inteligencia, de títulos
universitarios o éxitos profesionales, de dinero. Son,
en última instancia, las vísceras, las glándulas y
músculos, los que inclinan la balanza.
—NO vas a pasarte todo el tiempo repitiendo eso,
supongo.
Un punto para mí. Ya no me llamaba por mi nom-
bre como un viejo conocido que ocupa una posición
superior. Había perdido la iniciativa.
—Quiero a Ana. Pondré un anuncio en los perió-
dicos para que todo el mundo sepa que quiero a
Ana. Lo escribiré en las paredes de todos los pueblos
de esta isla. Conseguiré decirlo a través de la radio, y
si hay una emisora de televisión a través de las cá-
maras. Me instalaré en el lugar más concurrido con
una pancarta con letras enormes: QUIERO A ANA. Lo
gritaré por la calle de día y de noche. Llamaré tanto
la atención que se hablará de ella en todas partes.
Ana Alonso. Todo el mundo querrá saber el parade-

99
ro de Ana Alonso. Vendrán periodistas hasta de la
península.
Hice una pausa, jadeando, y me encomendé a
Clint Eastwood mientras plagiaba una frase de sus
viejas películas de Harry el Sucio:
—¿Eso le hace feliz?
No respondió. El disparo había dado en el blanco.
Mi padre, en algún lugar, meneaba la cabeza aproba-
doramente, de arriba abajo, con una gran sonrisa.
—He escuchado muchas veces todo eso de la fa-
milia —dije, golpeando en caliente—: que la familia
es lo más importante en la vida, etc. Pero mi padre y
mi madre están muertos. Y dudo que haya una per-
sona en el mundo, de mi familia o no, a quien yo le
importe lo más mínimo. Nadie. Yo formaré mi pro-
pia familia, cuando llegue el momento. Y eso no se
hace con dinero. También mi padre ganaba mucho
dinero a veces. Hubiera podido darle lecciones a us-
ted. Y sin embargo, vivió solo casi toda su vida. No
es el dinero: es el amor. Lo que impide que la gente
se vuelva loca, la razón por la que de vez en cuando
un desconocido me ha echado una mano, lo que me
ha hecho venir hasta aquí...
Me detuve porque la rabia llenaba mis ojos de lá-
grimas, y no quería que me viesen llorar como un
niño. Sólo había llorado una vez en toda mi vida, y
no lo haría allí cuando el llegar hasta Ana dependía
de mi valor para mantenerme firme. Por otra parte,
me figuraba que había estado hablando atropellada-
mente y sin sentido, y apenas podía comprender
que, en lugar de la sonrisa burlona que había espera-
do, el padre de Ana me mirase de aquella forma.
Respeto. En sus ojos había ahora una gran dosis de
puro y genuino respeto.
Me miró así durante un largo minuto, sin másca-

100
ra, y la sombra de una sospecha cruzó por mi mente:
¿no sería él, después de todo, al igual que mi padre y
que todos los estafadores, un comediante? ¿No ha-
bría estado representando su papel de hombre duro
con el único objeto de...?
—Acompáñale al baño —ordenó apartando la vis-
ta de mí, quizá porque a pesar de todos mis esfuer-
zos había lágrimas en mis ojos—. Lávate un poco,
Eduardo, te sentará bien. Luego podemos continuar.
Obedecí. Lo estaba necesitando. El hombre silen-
cioso del traje azul me condujo a un pequeño cuarto
de baño. No se oía ningún ruido en la casa. Estaba
claro que no era allí donde vivían. Tal vez estaban
usando esa casa sólo para entrevistarse conmigo.
Abrí el grifo del agua fría y me mojé la cara una y
otra vez. Mientras, le pregunté al del traje cómo ha-
bían sabido que yo llegaría por barco.
—No lo sabíamos. Ana le dijo a su padre que se-
guramente vendrías a La Palma. Se figuraba que él
iba a permitir que os vieseis, pero lo que hizo fue
contratar a un par de hombres para que montaran
guardia en el aeropuerto; yo soy su chófer, trabajo
para él desde hace mucho; a mí me encomendó vigi-
lar el puerto. Teníamos que impedir que vieses a
Ana, por lo menos hasta que él hablara contigo.
—¿Qué va a hacer ahora?
—NO te lo diría aunque lo supiera. Yo estoy de su
parte.
El agua no estaba fría. No estaba fría. En verano,
“en casi ningún lugar de España está tan fría como en
Madrid. Pero aquélla tenía una temperatura por en-
cima de lo normal. Templada, casi caliente. Un mo-
mento... ¿Qué me había escrito Ana acerca de un lu-
gar donde el agua salía caliente de los grifos? ¿No se
llamaba precisamente algo así como...?

101
Seguí al hombre de vuelta a la habitación donde
nos esperaba el padre de Ana. En mi ausencia, algo
había cambiado en la atmósfera. Una atmósfera, tam-
bién, demasiado cálida. El nombre me llegó a la me-
moria de golpe.
—Fuencaliente —dije—. Es un sitio extraño para
esconderse.
El padre de Ana me miró con ironía.
—Chico listo. Pero no me estoy escondiendo. Por
ahora sólo hay algunas denuncias contra mí. Ningún
juzgado me reclama todavía. Por lo demás, en una
isla lo difícil es salir —yo pensé en el asesino de mi
padre, capturado cuando intentaba abandonar Ma-
llorca—, pero se puede permanecer bastante tiempo
viviendo en paz sin que nadie te moleste. Y por cier-
to, como has visto, también se puede controlar fácil-
mente a los que llegan.
Me invitó a sentarme de nuevo, me ofreció un ci-
garrillo. Su sonrisa era distinta. Incluso, durante una
décima de segundo, me recordó la de Ana.
—SÍ, estamos en Fuencaliente. Cerca de esta casa,
tan cerca que puedes llegar andando en pocos minu-
tos, hay un volcán. Más allá hay otro que entró en
erupción en 1971, y finalmente un faro. Es el extremo
sur de la isla, la punta del triángulo. ¿Sabes cómo lla-
man algunos canarios a sus islas? El culo del mundo.
Estamos en el culo del mundo, y yo no puedo volver
atrás. Es cierto que aún no hay orden de detención
contra mí, pero supongo que no tardará mucho en
haberla. Es posible que sólo las vacaciones hayan im-
pedido que se firme. Este país es así.
Suspiró. Al aspirar de su cigarrillo se le marcaban
profundamente algunas arrugas en la cara. El padre
de Ana, el obstáculo que yo debía salvar. Yo le mira-
ba sin poder evitar un asomo de un sentimiento que

102
en buena lógica estaba totalmente fuera de lugar:
compasión.
—Bien, me iré mañana O pasado, con mi mujer.
No quería llevarme a mi hija y obligarla a renunciar
a todo lo que ha sido su vida hasta ahora. Pero, ¿con
quién podía dejarla? Creo que conoces a mi madre.
Si las dejaba a las dos solas, ¿quién cuidaría de
quién? Y entonces Ana me habló de ti. Anoche mis-
mo me dijo que quería quedarse para estar contigo.
Yo no te conocía. Lo que sabía de ti no era precisa-
mente un buen aval. Necesitaba ponerte a prueba,
darte una oportunidad de demostrar cómo eras. Ha-
bía una posibilidad de que a pesar de tu edad fueses
ya un hombre, alguien en quien se pudiera confiar.
Si no lo eras, pensaba darte algo de dinero y ocupar-
me de que te fueses sin hablar con nadie. Pero si re-
sultabas ser digno de Ana...
Me miró con una inesperada sonrisa que me colo-
caba a su altura. El dragón se rendía.
—Más allá de esos volcanes, al lado del faro, en-
contrarás una pequeña cala de piedras negras. El ca-
mino no es fácil, tardarás más de una hora en llegar.
Conviene que te pongas cuanto antes en marcha.
—¿Quiere decir que Ana...?
Asintió con un movimiento de cabeza.
—Te espera. Aguarda, tengo algo más que decir-
te. Quiero que conozcas mis planes. Voy a arreglarlo
para que vuelva con mi madre; ella tiene que seguir
aquí, continuar sus estudios. La abuela y ella podrán
ayudarse mutuamente. Pero mi madre no siempre
estará en condiciones de cuidar de Ana. Me gustaría
que fueses mayor de lo que eres para poder pedirte
esto, pero sé que puedo confiar en ti. Quiero pedirte
que tú también cuides de Ana. ¿Lo harás?
—Lo prometo.

103
Me tendió la mano, la estreché. Apretaba con
fuerza. Podía ser un estafador pero, al igual que mi
padre, miraba de frente.
—Siento haber sido brusco contigo. No tenía tiem-
po para probarte de otra manera. Ahora ve con Ana.

104
l6

] paisaje no se parecía a nada que yo hubiese visto.


El suelo era de lava, negro y caliente. Apenas ha-
bía vegetación. Los lagartos se cruzaban en mi ca-
mino. El aire era también caliente. Subí al volcán más
próximo para hacerme una idea de la distancia que
me separaba de la costa. En lo alto del cráter soplaba
un viento tan fuerte que hubiera podido derribarme.
El océano relucía centenares de metros más abajo.
No había una línea del horizonte: el mar se confun-
día con el cielo en una franja de bruma que me pro-
dujo la impresión de estar en el fin del mundo, en
esa zona donde acababan los mapas medievales con
la leyenda «Más allá hay monstruos».
En el fondo del volcán, entre la lava, había crecido
un bosquecillo absurdo y conmovedor que parecía
un espejismo. Contemplándolo pensé por primera
vez que el camino recorrido no era sino el primer
paso; lo cierto era que apenas nos conocíamos, que
nuestro amor era aún vulnerable y no había tenido
que soportar más pruebas que una separación pre-
matura. Tenía, cuando por fin estaba tan cerca de
Ana, un temor que no era capaz de definir.

105
Apresuré el paso bajo un sol cada vez más alto,
con el viento silbando en mis oídos.
El último trecho del camino hasta la cala era muy
empinado y me permitió ver a Ana antes que ella a
mí. Estaba sentada de cara al mar en la solitaria cala,
en una extraña postura como si se abrazase las rodi-
llas, y tenía un aire de fragilidad que nunca antes ha-
bía advertido en ella, y al mismo tiempo emanaba de
las líneas de su cuerpo una tranquila seguridad en sí
misma. Ella me había confesado que necesitaba te-
ner a su lado a alguien, y pensé que ésa era la necesi-
dad de los fuertes, de los que saben compartir.
Me detuve para admirarla. El mundo entero se
detuvo conteniendo la respiración, y los sonidos y el
viento quedaron en suspenso porque aquél era el se-
gundo decisivo del que dependía el resto de mi
vida.
No había nadie más en la cala, y eso en sí ya era
un pequeño milagro. El mar hacía rodar las piedras
de la orilla, que brillaban negras y pulidas como fru-
tos exóticos. Ana llevaba un vestido de algodón de
color arena que dejaba su espalda al descubierto. Di
un paso más. Me oyó, se volvió y nuestras miradas
se encontraron. ;
Recuperé el brillo de sus ojos infinitamente ver-
des, de su pelo aclarado por el sol y el mar, de su
sonrisa. Su sonrisa. Sin palabras, me dijo todo lo que
era preciso decir: que yo era bienvenido pero que de-
bía ser prudente y tomarme mi tiempo, que nada
nos ataba. Seguí avanzando, muy despacio, y me de-
tuve frente a Ana, sin abrazarla aunque me moría de
ganas de hacerlo.
—Tenía miedo de que te asustaras al saber lo de
mi padre y no quisieras saber nada más de mí.
—¿Por qué iba a asustarme?

106
—Eres demasiado joven —dijo.
—Quieres decir demasiado crío —respondí de mal
humor.
—Demasiado joven. Tengo tres meses más que tú
—acentuó su sonrisa—. Además, entre nosotros no
hay nada. Sólo nos hemos dado cuatro besos.
¿Así echaba por tierra lo que para mí había sido el
comienzo del gran amor de mi vida?
—Muy bien. Muy bien —gruñí, sin encontrar ab-
solutamente nada que estuviese muy bien.
Di media vuelta. Era la cosa más idiota que podía
hacer, pero era la única de que en ese momento me
sentía capaz. Para ella lo nuestro sólo había sido un
asunto sin importancia... Anduve varios pasos furio-
samente, con la cabeza baja. Ella no me llamó. Iba a
dejar que me fuese sin añadir una palabra, y eso me
resultaba intolerable. Me giré de nuevo hacia ella.
—Dijiste que me querías —recordé, como una acu-
sación.
La miré a los ojos. Estaba preciosa. Reparé en sus
pies descalzos y morenos, en los que no me había fi-
jado nunca, y me dieron ganas de tirarme al suelo y
besarlos. El pecho me dolía como si llevase mucho
tiempo sin dejar que entrara el aire en mis pulmones.
—Y te quiero.
—¿Qué?
No podía entender lo que se proponía.
—Te quiero —repitió.
—Anuska...
- En sus pestañas brillaban diminutas gotas como
aquel otro día, nuestro primer día. .

—No voy a pedirte que te quedes conmigo.


De modo que era eso. El orgullo. Éramos iguales,
y ella aún no lo sabía, y me hablaba como le hablaría
a alguien que no pudiera entenderla.

107
La brisa agitó sus cabellos e hizo ondear su vesti-
do. Di un paso desandando la distancia que había
interpuesto entre nosotros.
—No sé qué te habrá dicho mi padre. Yo tomo
mis propias decisiones. Decidí que nunca depende-
ría de nadie. No necesito tu compasión.
«Yo formaré mi propia familia», le había asegura-
do yo al padre de Ana, porque nunca, nunca había
tenido una verdadera familia y porque llegar a te-
nerla era precisamente lo que más deseaba.
—He venido a buscarte, y no me iré sin ti —de-
claré.
Peral
—Yo no me separaré de ti. Y tú sabes que no es
compasión. Es amor.
—No puedes tomar una decisión así, sin tiempo
para pensarlo.
—Ya lo he pensado.
—Tendríamos que enfrentarnos a muchas cosas, a
todo el mundo.
—¿Los dos juntos? Estupendo.
Cerró los ojos y me aproximé muy despacio y besé
su frente, y sus párpados, y nuestros labios se encon-
traron, y la abracé.
Y fue como si la costra dura y fría que había rodea-
do mi corazón desde la muerte de mi padre se rom-
piese por fin. Para nosotros, todo comenzaba de nue-
vo en aquel instante, más valioso que un final feliz,
porque era un principio, una vida entera por vivir.

108
Índice

TR RES E A 7
Ni Padie o ue UN Sagiho: aeccenciconcosoniocianiiosese 2
E A 19
No es fácil encontrar UNA TOSA cocccocccnccnnonnos» 25
Cuando salimos a la gallo; .sucocrrirpriocitcnenóso sl
Cuando se es pObDIGAEE o mooconoironorecaiesatasisos 5y/
Un peto caleierO o pea aia 43
A
ASLo primero que observé fue que no iba ar-
O 48
Durante toda la noche estuve oyendo ruidos 52
Caminé con la carta en las manoS ....cccoco..... 58
1É Unos colpes colo QUERÍA cogio naco cion rdrno cacaos 62
12, Continuaba de Guardia arte rnarerrosrijocenss 69
lo: ESA er Da SUBO ei elec 76
14. Recorrí varias agencias de viajes ................. 81
15. Con una especie de indiferencia .occcc..... 87
16. Desde el mismo momento de desembarcar 90
17. SE PUSO ERPÍO reparooi 9%
18. El paisaje no se parecía a nada que yo hu-
e A 105

109
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MANUEL L. ALONSO

Escritor y viajero desde siempre, comenzó a publicar


relatos de misterio y terror siendo todavía adolescente.
Desempeñó los trabajos más diversos dentro y fuera
de la literatura. Fue periodista, crítico de teatro y
de cine hasta 1979, año en que comenzó su dedicación
exclusiva a la literatura. Ha vivido en casi todas
las regiones españolas. Sus relatos cortos y sus libros
infantiles abarcan todos los géneros, del humor
al terror. En los últimos años le interesa especialmente
la literatura juvenil. Premio Altea, finalista del Premio
Internacional Europa, Lista de Honor de la CCEL,
Premio Jaén... Sus libros, muchos de ellos traducidos
a otros idiomas, son más de veinticinco.

CARTA AL AUTOR

Los lectores que deseen ponerse en contacto con el


autor para comentar con él cualquier aspecto de este
libro, pueden hacerlo escribiendo a la siguiente
dirección:

Colección ESPACIO ABIERTO


Grupo Anaya, S. A.
Juan Ignacio Luca de Tena, 15. 28027 MADRID
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PROBLEMAS PSICOLÓGICOS Y SOCIALES o

Eduardo se ha convertido en un
muchacho solitario y desconfiado, para
quien el mundo sólo ofrece motivos
para el pesimismo y la desesperanza.
Sin embargo, en su deambular por
distintos lugares, conoce a dos personas,
Miguel y Ana, que le permitirán descubrir
la amistad y el amor. Su relación con
ellos le ayudará a superar sus miedos
y rencores.

1514053

AN
ISBN 978-84-207-7513

9-292-
«82
884207 A
IC
The New York Public Library
125th STREET BRANCH
224 East 125th Street
New York, NY 10035
HD

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