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Leonardo Favio

El documento resume la infancia y adolescencia del autor. Describe cómo se escapó del Hogar El Alba a los 10 años y fue recibido por su madre, quien tenía un recién nacido, Horacito, que resultó ser su hermano menor. Más adelante, la familia se mudó brevemente a Mendoza antes de volver a Lujan de Cuyo, donde el autor comenzó a frecuentar a sus amigos y a descubrir la solidaridad y el compartir experiencias con ellos. También relata cómo se enteró de que su madre no era virgen, lo

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Leonardo Favio

El documento resume la infancia y adolescencia del autor. Describe cómo se escapó del Hogar El Alba a los 10 años y fue recibido por su madre, quien tenía un recién nacido, Horacito, que resultó ser su hermano menor. Más adelante, la familia se mudó brevemente a Mendoza antes de volver a Lujan de Cuyo, donde el autor comenzó a frecuentar a sus amigos y a descubrir la solidaridad y el compartir experiencias con ellos. También relata cómo se enteró de que su madre no era virgen, lo

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Apuntes para un retrato

Por Adriana Schettini

Adolescencia
¿Cómo fue que tu mamá decidió sacarte del Hogar El Alba?
Me escapé. Un día me fui. Tomé un tranvía y me fui. Me escapé con otro pibe al que le
decían "el pelado" y que era más chiquito que yo. No supe qué fue de él. Supongo que lo
deben haber llevado devuelta al Hogar El Alba. No sé cómo llegué a la pensión de la calle
Belgrano donde vivía mi madre. Ella ocupaba una pieza que daba a la calle, creo que era
un segundo piso. Era una pieza bien bonita, con balcón. Tenía una tortuga y una jaulita
con un canario. Cuando traspuse la puerta, cuando nos vimos con mí madre, hubo tres
sorpresas: una, la de mí madre al verme, que me preguntó, un poco turbada: "(¿Qué
hace acá, m'hijito?". "Nada, me fui. Me escapé. No quiero estar más allá", le contesté.
Las otras dos sorpresas fueron mías, porque desde el balcón, mirando hacia la puerta por
la que yo había entrado, estaba la abuela Pilar, la española. Había llegado desde
Mendoza para ayudar con mi tercera sorpresa: mi madre, sentada en la cama, ten ía un
niño en brazos, recién nacido. Yo algo noté, como una turbación que iba más allá de mi
presencia. "¿Y eso?", pregunté. Mi vieja medio se taró y tartamudeo: "Es un nene de la
Isabelita que yo le estoy cuidando", y le estaba dando la teta. Pero mi abuela me dijo:
"Venga, venga, mi amor. Este niño es su hermanito". Claro, primero no entendí nada.
Luego me explicaron que era el hijo de Horacio, que se llamaba Horacito y que era mi
hermano menor. Yo nunca había notado el embarazo en mí madre, además, no sabía que
existían los embarazos, a pesar de tener diez años. No había notado nada raro en mi
madre en sus visitas al Hogar El Alba. Me acerqué y comencé a mirarlo con curiosidad.
Era medio moradito, como todos los niños nuevos. Pero muy, muy blanco,
asombrosamente blanco. Así es como llegó Horacito a mi familia, quien pasó a ser mi
regalo de cumpleaños. Según me dijeron, porque yo había cumplido diez años hacía
exactamente tres días. Para ese entonces a mi hermano mayor, el Negro, ya lo habían
sacado hacía como un año del Hogar El Alba, y estaba viviendo con mis otras tías en
Mendoza. Al poco tiempo, también mi madre y yo nos fuimos a Mendoza y allá estuve un
tiempito con ella. Enseguida me metieron pupilo en el colegio Don Bosco. Era un colegio
pago y bastante caro. Creo que hicieron una vaquita entre todos mis tíos y mis tías para
ayudar a mi madre a pagar las mensualidades. Ese colegio me gustaba. Ahí estuve un
año. Me acuerdo que al ver revolotear tanto cura alrededor mío -nunca había visto
tantos- y de tantos rezos y escapularios, se despertó en mí una obsesión por las
cuestiones del cielo, del infierno y del purgatorio. Y, por supuesto, me puse a averiguar
por la suerte corrida por muchos queridos difuntos, entre ellos, mi papá. Ellos me dijeron
-de acuerdo a la información que yo les suministré- que estaba en el purgatorio. Yo tenía
locura por las estampitas (y aún la tengo). Tenía una colección completa y siempre leía
en la parte de atrás que tantas oraciones al Beato Fulano eran tantas indulgencias. Yo no
sabía bien qué quería decir indulgencias, pero sospechaba que a tantas oraciones iban
mermando los años de mi papá en el purgatorio, así que rezaba corno un descosido, y
hacía cálculos: cien años por esto, cien años por lo otro... y en esas cuestiones me
entretenía hasta que el sueño me vencía. Todas esas cosas me gustaban mucho y me
sentía muy bien pensando que con eso le rebajaba los años de purgatorio a mi padre.
Al año, me invitaron a ingresar al seminario porque me había ganado una medalla de
religión. Además, manejaba los latines del Avemaria, el Padrenuestro, el rosario y las
respuestas en la misa, como ninguno. En la misa, yo lo hacía en voz un poquito alta para
que lo notaran los curas. Así fue como me becaron para ir al seminario. Recuerdo que mi
mamá estaba feliz por esta cuestión. Yo pensaba: "Claro, está contenta porque con esto
tiene ganado el cielo", porque allá en Don Bosco se corría la bola de que las madres de
los curas, sin mayores trámites, iban derechito al cielo. Pero, al poco tiempo me enteré
del motivo de la alegría de mi mamá. No era el cielo lo que la alegraba, era que el
seminario era gratis. Eso lo supe a los pocos meses, cuando me echaron del seminario
porque me meaba mucho en la cama. Cuando volvíamos a casa en el colectivo, mi mamá
iba llorando y me reprochaba: "No vez que con vos es imposible...Una vez que
conseguimos un colegio como la gente y gratis... ¿Qué van a decir las tías?". Cuando
llegamos, rn¡ madre compungida les narró la historia, y m¡ tío Manolo, el gallego, que
como te dije era ateo, se cagaba de risa y decía: "Bravo, chiquito, al cono con la Iglesia:
por un par de meadas se perdieron un Papa". Lo adoraba a mi tío Manolo.

Estando en Mendoza, ¿cuándo volviste a Lujan de Cuyo?


Cuando salí del seminario. Un tiempo estuvimos viviendo en la ciudad de Mendoza, en la
calle Rioja, que corta la calle Buenos Aires. Nosotros, con mi madre, vivíamos frente a la
plaza que se llamaba Buenos Aires, en un a pieza muy bonita. La cocina quedaba al lado
de la pieza, y también nos correspondía una habitación que estaba arriba y en la que
dormía el Negrito. Yo dormía con mamá, y en la camita de al lado dormía Horacito.
Recuerdo que a cada rato mi madre me despertaba y me hacía orinar para que no
orinara la cama. El baño era compartido con otros inquilinos. En la plaza Buenos Aires, es
donde con otros amigos jugábamos a los cow-boys. Yo la quería mucho a esa calle, a la
calle Rioja, porque me enteré de que como a unas seis cuadras de nuestra pieza estaba
la casa donde lo habían velado y donde había vivido mi padre, y donde una vez, cuando
yo era muy, muy pequeñito, me llevaron a verlo y yo conocí a sus mujeres. No sé cuánto
tiempo vivimos en la ciudad, pero debe haber sido un lapso muy breve y de ahí nos
fuimos a Lujan. Creo que mi madre tuvo que entregar la habitación. Las mudanzas eran
muy lindas: por lo general en una camionetita, o en carro, como en esa oportunidad.
Subirnos la mesa, los colchones, dos o tres pavadas y arrancamos como los gitanos, con
mi madre, Horacito y el Negro, para Lujan.
Volvimos a Lujan, pero en ese caserón ya no estaban la abuelita Genoveva, ni la tía
Berta ni el tío Arturo, que hacía años se había casado y se había ido a vivir al barrio de
YPF -un hermoso barrio obrero- y se había llevado a su madre-m¡ tía Berta- y a la
abuelita Genoveva para que vivieran con él.
Yo casi había entrado en la adolescencia. A esa edad uno ya va comprendiendo mejor las
cosas. En esa época, yo tendría doce, trece años, y me internaron en un hogar llamado
la Casa del Niño, que dependía del Patronato de Menores. Pero en realidad vivía más en
la calle que allí porque me escapaba todos los días. Y ahí empiezan a rodearme los seres
que yo más amo, los que son mis amigos: Cacho Tamis, Raúl Di Marco, el Negro
Cacerola, el Flaco Fiaño, el Juan Bordón, que tenía una bicicleta hermosa y me la
prestaba, el Cachito Morales. Pero el Cacho Tamis y el Raúl Di Marco eran en realidad
amigos de mi hermano; eran mucho más grandes que yo. Eran muchachos casi hombres,
y a mí me soportaban y me querían, porque les divertía verme tan pendejo y tan hijo de
puta. Ahí comencé a tener amigos de verdad y tenía muchos celos de ellos, sobre todo
con mi hermano. En ese momento comienzo a compartir la vida, a entenderla. Descubro
la solidaridad, el amor al amigo, el ir juntos a bailar, el ir juntos a robar gallinas, el
compartir la piba, la putita, los sueños, los delirios. En ese momento comienzo a
entender al hombre como un ser con una gran necesidad de compartir. Yo antes no sabía
que existía la mediocridad. Recién ahí la empiezo a entender, a partir de la elección que
uno hace de un estilo de vida. Suelo decir que el tipo talentoso, inteligente, no me
provoca admiración, porque eso es un regalo de Dios, digamos que le vino de rebote. A
mí me gusta el hombre que elige un estilo de vida, como el de ser bueno y pícaro. El
hombre como el Negro Cacerola, que se roba los panes de la casa y me los trae porque
no hay para comer... Pero, por el momento quiero volver a la plaza Buenos Aires, a la de
la ciudad, antes de que me olvide de algo muy importante: allí también descubrí que mi
madre no era virgen.

¿Cómo es eso?
Resulta que a mi me gustaba una pibita que no me daba bola. "No te preocupes, son
todas iguales. Son todas putas", me dijo el Pelado, un pendejíto, un vago que siempre
andaba conmigo en la plaza. "No, las mujeres no son todas putas", le contesté. "¿Cómo
que no?", me preguntó. "Las madres no son putas", le aclaré. "¿Acaso vos te crees que
tu mamá no culeó con tu papá para que vos nacieras?", insistió él. "Tu vieja será una
puta, que se volvió a casar", le dije indignado al Pelado, porque su madre era viuda y se
había vuelto a casar pocos días antes. Me enojé y lo cagué a trompadas. Casi lo mato.
Pero me quedé pensando y me fui a ver a mi mamá. Yo ya había tenido algunas
experiencias... claro, más bien manuales, pero no sabía cómo se tenían los hijos. "¿Cómo
se tienen los hijos? ¿Cómo me tuviste a mí?", le pregunté. "Bueno... el médico me
aconsejó unos alimentos...", trató de zafar mi vieja. "¡No, mentira, mentira, vos sos una
puta, ya me dijeron cómo se tienen los hijos, vos culeaste con mi papá!", le grité en
medio de una crisis de nervios. Fue uno de los días que más lloré en mi vida. ¿Cómo no
iba a llorar si acababa de saber que mi madre era una "puta", que hab ía culeado con mi
papá y con Horacio. Si no, ¿de dónde el Horacito? Esas eran mis reflexiones y no podía
parar de llorar. Las madres no pueden hacer el amor. Para uno, a esa edad, la madre
debe ser virgen.

¿Ser puta era algo malo en tu pueblo?


¿A que te referís con la palabra puta?

A la que te cobra por acostarse con vos.


Eso no es ser puta. Eso es ser putita, que es lindo. La puta es otra cosa. Es la que te
hace sufrir o coge por placer, o por deseo, que eso no está bien en una madre. La puta
es la que coge con placer, con crueldad, con rencor, como denuncian los tangos. La puta
es la que te hace doler, la que se va con otro. La prostitución es otra cosa, no es ser
puta. Claro, la prostitución como elección, no como inducción. Yo las quiero a las putitas.
Yo he llorado por prostitutas y hasta me enamoré de alguna de ellas. La Magdalena, por
ejemplo, no era puta. Era una prostituta, que es un oficio que tiene su encanto, según
dónde se ejerza.

¿Por qué según dónde se ejerza?


Te voy a dar un ejemplo: una vez fui a cantar a Nueva York y viví una experiencia
horrorosa. Los músicos me invitaron a caminar por una gran avenida que era una
avenida de prostitución donde se vendían elementos espantosos como consoladores o
videos porno. Había unos locales donde se exhibían chicas haciendo el amor detrás de un
vidrio, y otros que eran como cabinitas en las que uno ponía una moneda, se abría una
cortina y tras un vidrio, ahí nomás, a la mano pero inalcanzable, aparecía una muchacha
desnuda que se masturbaba y te indicaba que vos también te masturbaras. Ahí también
estaban otros pobres seres que eran los encargados de limpiar el piso cuando salía esa
gente enferma que se excita y se masturba delante de esas mujeres, mientras va
poniendo monedas porque la cortina se cierra, tipo taxi, a cada rato. Cuando salí de ahí
me sentí tan acongojado que al subir al coche que nos había llevado, no pude
controlarme y me puse a llorar como un estúpido porque me pareció una cosa de
pesadilla. Me acuerdo que esa noche me costó mucho dormirme porque no podía dejar
de pensar en esa gente que eran como objetos. Me deban ganas de protegerlos a todos:
a los que limpiaban los pisos, a los que vivían de eso, a las chicas que estaban tras los
vidrios, y a los que pagaban para ver. Todo esto no tenía nada que ver con lo que
acontecía allí en Lujan, en mi pueblo, donde a la putita que venía desde la ciudad, la
esperábamos con unción, con amor. La suya era una profesión hermosa. Era la
Magdalena. Era muy bonito: a la prostituta se la respetaba, se hacía cola, teníamos sed
de ella. Era una más de la comunidad. Un tipo era sastre, otro era panadero y una mujer
era prostituta. Estaba todo bien, la amábamos. Cuando venía la Boliviana, venía Dios.
Cuando venía la piba del farol, tocábamos el cielo. A la piba del farol yo se la robé a los
vagos amigos. Una noche, el Raúl Di Marco me viene a buscar a la pieza y me dice que
entre todos habían agarrado a una pendeja. Se había escapado del Patronato de Menores
y andaba intentando hacer sus primeras armas en esa profesión. Era una muñeca. Tenía
el pelito corto porque hacía poco había salido del Patronato. "Es para enamorarse", pensé
cuando la vi. Se la querían voltear todos. "No, paren -les propuse-. Hagamos las cosas
bien. Yo la llevo a la pieza, y ustedes vengan dentro de un ratito para que nadie se avive
y no se arme quilombo". En el rancho de Lujan, para ese entonces sólo vivíamos mi
hermano, algunos vagos y yo. Mi madre, con Horacito, se había vuelto a Mendoza, y
vivía con mis tías. Yo caminé cien metros con la piba y, en cuanto las sombras lo
permitieron, le dije que corriéramos hasta la parada de ómnibus. Tomamos el colectivo y
nos escapamos. Ella era de El Calvario, un lugar que quedaba en el camino que va hacia
la ciudad. ¿Viste cuando sentís que en el corazón te ocurre una cosa distinta? Yo la
miraba y no podía creer lo hermosa que era. Le expliqué que se la iban a fifar todos sin
pagarle nada porque no tenían un mango. Bajamos del colectivo, nos sentamos en una
plaza y terminamos haciendo el amor. Ella estaba contenta porque yo la había salvado de
la volteada de garrón que le querían hacer los vagos amigos míos. ¿Te das cuenta? Si
hubieran tenido guita, habría sido distinto, pero no podían darle un peso. Yo tampoco. El
colectivo lo tuvo que pagar ella y encima tuvo que darme plata para que me tomara el
ómnibus de vuelta.

¿Cómo era la Boliviana, la piba a la que vos le conseguías los clientes?


Era tan linda... Tenía una piel suave, suave, un vestidito rojo, y el pelo renegrido como
los cuervos, como son los bolivianos, ¿viste? Ella se venía de Mendoza, desde la ciudad,
cuando los obreros de Siemens y de YPF cobraban la quincena. Yo me ocupaba de
organizar todo. Iba por los boliches a buscarle clientes. Por lo general, obreros de los
viñedos, o de YPF o de la Siemens. Eran hombres grandes, azules de vino, que me
miraban con asombro y con algo de respeto. ¿Te imaginas? Veían a un atorrante casi
niño en ese oficio. Yo le buscaba los clientes: "Mire que a tal hora viene la Boliviana", les
avisaba, Entonces, todos iban llegando a la pieza del ranchito. En ese momento ahí
vivíamos solo el Negro y yo. La casa de los vagos, la llamaban en el pueblo. Cuando
salíamos, las viejas se santiguaban. Es que ahí recalaban las putitas, los vagos, los
borrachos y había guitarreadas todas las noches. ¿Te imaginas lo que era ser vecino
nuestro? Era ser vecino del demonio. En esa casa llegue a tener doce perros. Los
alimentábamos con gallinas que íbamos a buscar al río. Mi orgullo era un perro que se
llamaba Cautivo. Con rni hermano siempre dijimos que ese perro seguramente era el
alma de un niño, porque era tan inteligente como un ser humano. Me acuerdo que
cuando estábamos en silencio, se ponía al lado nuestro, se quedaba quietito y nos
contemplaba con su mirada inteligente. Un día desapareció. Pero, volviendo al tema, la
cuestión es que yo le prestaba la pieza a la Boliviana y ella, a cambio, cuando el último
cliente se había ido, me dejaba que durmiera con ella... ¿Cómo mierda la habré conocido
yo a la Boliviana? Sabes que no me acuerdo... Bueno, como te decía, a la mañana
siguiente ella me daba unas monedas para comprar tortitas, preparábamos mate cocido
y desayunábamos juntos. Después, yo la acompañaba al colectivo y ella se volvía a
Mendoza. MÍ hermano escribió un cuento maravilloso sobre ella.

¿Tu hermano también le buscaba clientes?


No. El Negrito a la Boliviana ni la tocó, porque él tenía pibas del pueblo. Yo me las tenía
que rebuscar porque era más pibe. Lo mío era laburo. Sangre, sudor y lágrimas. El tenía
su noviecita, su rebusque.

¿Vos no tenías novia en el pueblo?


No, porque tenía fama de muy hijo de puta, de atorrante. Me tenían miedo las pibas.
Además, era famoso por las fugas del Patronato. Supongo que para esas pibas yo sería la
imagen de un delincuente en permanente fuga.

Pensarían que eras capaz de prenderte en cualquiera...


Es que no sabes cómo te agudiza la imaginación el hambre. Una noche estaban jugando
en la farmacia, por dinero, por supuesto, al pase inglés el Cacho Tamis, Raúl Di Marco, el
gallego Serrano que era el peluquero, y otros atorrantes, todos muchachos grandes, que
eran hombres ya. Como yo estaba de mirón, rne mandaron a comprar pizza, A mí me
usaban mucho para los mandados porque corría rápido y, por supuesto, porque era
pendejo. Cuando vengo de regreso, al cruzar por la plaza, me encuentro con un
borracho, un chileno que acababa de cobrar la cosecha. Me pongo a hablar mientras
pienso: ¿Cómo hago para currarle la guita a este? No sabía que inventar hasta que de
pronto se me ocurre una historia. "Vine a comprar esta pizza porque tengo una mina en
la pieza. Le tengo que buscar unos clientes, pero tenía hambre y vine a comprarle la
pizza. ¿Por qué no me acompañas y de paso si querés haces uso?" (así se decía). Así nos
encaminamos para el rancho, el borracho y yo. Mientras caminábamos, yo iba pensando:
"¿Cómo hago? ¿Cómo hago? ¿Cómo hago?". La cosa es que en el ranchito, la ventana de
atrás daba a la calle. Como el chileno estaba en pedo, lo paré a esperar al lado de la
ventana del cuarto, y desde adentro yo hacía la voz de la supuesta mujer y la mía
propia. "Mira, te traje un amigo chileno. ¿Por qué no lo atendés ahora?", decía yo. "No,
no puedo porque estoy muy cansada. Déjame comer. Hmm... qué rica está la pizza",
decía haciendo la voz de la mujer. A esa edad, en la adolescencia, podía hacer muy bien
una voz femenina. Salgo, le explico al chileno que ella quiere descansar, y él me dice que
ya escuchó. "Venimos más tarde", le propongo, y me lo llevo para el lado de la plaza.
Nos fuimos a comer una pizza al boliche La Gruta Azul, y ahí lo convenzo de que me dé
la guita y que en un rato nos vamos a la pieza para que la mina lo atienda. Cuando me
da la guita, le digo que voy al baño, pero me meto en el saloncito de jugar al billar que
tenía una ventana a la calle. Por esa ventana me escapé, pero ahí no termina la historia.
El chileno me anduvo buscando varios días, pero yo me hice perdiz, y me fui a la ciudad
a buscar otros vagos. Habrá pasado una semana, cuando en el Bar de los Billares le
apuntan al chileno a mi tío Bibiano y le dicen: "Ese es el tío del que te cagó la guita". Era
un hermano de mi padre, muy joven, que admiraba muchísimo a mi papá y que quiso ser
cafishio como él, pero no había podido. El chileno, con un puñalito, le metió un puntazo a
mi tío Bibiano que le interesó el bazo. MÍ tío, por supuesto, juró que apenas saliera del
hospital me mataba. Al chileno lo llevaron preso, pero a los pocos días lo largaron porque
sabían que yo era un terrible hijo de puta y que, por supuesto, tenía que ser cierto que le
había cagado la plata.

En la época de la Boliviana, ¿ya habías caído preso?


Por supuesto. Estaba en el Patronato, pero vivía más en la calle que en el Patronato,
porque me escapaba todos los días. Ni sé cómo me sacaron del Patronato... Les debo
haber ganado por cansancio. Era el tiempo en que afanábamos bicicletas, cosas así. En el
Patronato de Menores había un celador al que yo quería mucho, porque por la noche
venía a sacarnos de la cama a los más atorrantes para que le hiciéramos compañía
cuando a él le tocaba hacer de sereno. Nos llevaba a la cocina y nos ponía a cuidar la
leche que estaba hirviendo en unas ollas enormes. Nosotros le sacábamos la espuma, la
poníamos en una cacerolita más chica, la mezclábamos con azúcar, la dejábamos
reposar, y quedaba una cosa riquísima. En las noches comíamos eso, fumábamos, el
celador nos contaba cosas, y yo lo miraba y pensaba: "Este tipo es ¡gualito a Humphrey
Bogart. Qué pinta que tiene". Con los años, en una oportunidad lo fui a visitar y me di
cuenta de que era. un petiso retacón, pero en aquella época, en mis delirios, yo en todos
veía grandes socios, poetas y artistas. En ese lugar, en el Patronato de Menores fui feliz
porque toqué la corneta. Empecé con el tambor, y después me dejaron tocar la corneta
porque tenía buena embocadura. La banda lisa se le llama a eso. No llegué a la
trompeta, porque para eso había que saber música y yo siempre fui cuadrado para
entender ese mundo de corcheas, de fusas y semifusas. Tocábamos marchas: la más
linda era la de San Lorenzo, porque era: paaa-pa-pa, ta-ta-ta, ta-ta, taaaa. El "ta-ta-ta-
ta-ta" es la parte que le toca a la corneta. También nos hacían desfilar para las fiestas
patrias, y cuando eso sucedía, yo era feliz. A los de la banda nos ponían un uniforme:
chaqueta, pantalón azul y un birrete. Y yo pensaba para mis adentros: "Es bastante
parecido a los exploradores de Don Bosco". Sí, verdaderamente yo era feliz ahí,
desfilando, tocando la corneta...
De ese Hogar, que se llamaba la Casa del Niño y que estaba en Lujan, se me había hecho
un deporte fugarme todas las tardes. Mi casa, en la calle La Costa, quedaría a unas
treinta cuadras del Patronato, y la de Santiaguito está a cinco o seis cuadras de mi casa,
así que yo me escapaba cuando podía -que era casi todos los días-, me tomaba unos
mates, me fumaba unos cigarrillos y rne volvía, como si fuera una pensión, al Patronato.
Había un celador flaco y alto al que le decían Paraguas, que por supuesto se avivaba
siempre de que yo me escapaba y me amenazaba: "Lo vamos a pelar, Jury, lo vamos a
pelar", hasta que por fin me raparon. Lloré y amenacé con denunciarlos. Pero ya los
tenía podridos, así que me mandaron a un instituto más lejano para que no me siguiera
fugando, a la Colonia Agrelo. No recuerdo a cuántos kilómetros de Lujan quedaba, pero
creo que eran cien kilómetros, o a mí me parecían cien kilómetros. Con ese traslado se
me acabaron la corneta y el orgullo del uniforme.
Cuando llegué a Agrelo, los otros internos, al verme pelado, me gritaban: "Pelado
podrido. Uhh... te agarró la pronóspera", que es una enfermedad que les da a los
zapallos que se pudren y parecen cabezas leprosas. Esa frase la puse en un personaje en
Crónico de un niño so/o. En la minoridad, in a parar a Agrelo era como que te mandaran
a Alcatraz, porque era una colonia inmersa en un campo, donde íbamos a parar los
insalvables. En ese lugar me encontré con muchos amigos que ya conocía de otras
dependencias del Patronato de Menores. Por supuesto, todos delincuentes. Entre ellos,
había uno al que le decíamos Planchita, porque discutiendo con su madre, la mató con
una plancha. Y, para hacer creer que se había suicidado, la colgó con el cable. Al
Planchita yo lo conocía de la Alcaidía de Mendoza, donde iban a parar, por lo general, los
menores considerados de mayor peligrosidad. Al Planchita lo conocí cuando cayó por el
homicidio de su madre. Era tartamudo y, como yo, se meaba en la cama. Ese hábito
común nos había hecho íntimos, porque los dos teníamos olor a meada en los colchones.
Claro que él era muy muy feo y tenía mala suerte. Para todo tenía mala suerte. Es de
esos que yo te comenté, pertenecía al grupo de los sin gracia. A Agrelo llegué una tarde,
pasé la noche, y al otro día me escapé. Eran grandes pabellones con un campo inmenso,
como una gran estancia. Nos mandaron a limpiar. A mi me tocó limpiar los vidrios con el
Planchita, y tuve tan mala suerte que uno de ellos estaba roto, no me di cuenta, y me
corté. Me mandaron a la enfermería porque sangraba mucho. Yo pensaba cómo diablos
podía hacer para escaparme de la Colonia Agrelo, que quedaba tan lejos de todo. Al otro
día, nos mandan a cosechar duraznos. Había que penetrar muy hondo en el campo, por
eso si te fugabas salían a buscarte con caballos. Pero, el instinto pudo más: no
alcanzaron a pestañear, que yo salí corriendo. Entré a correr, y crucé todo el desierto, fui
a parar a una ruta que no sé ni de dónde venía. Hice dedo, me llevó un camión, y así
llegué hasta mi casa de Lujan.
Lo que no me gustaba nada era la Alcaidía de Menores, en la ciudad, en Mendoza, donde
más de una vez me llevaron castigado. Ahí había un taradito al que le decían Juan Calle,
porque lo habían encontrado en la calle y nunca se supo a quién pertenecía, en
consecuencia le pusieron Juan Calle por nombre y apellido. En la Alcaidía había tontos en
abundancia, pero éste tenía una particularidad: lo usaban como un castigo. A este Juan
Calle, pobrecito de mi vida, siempre se le caían los mocos y la baba, y siempre estaba
sonriente, pero sin sonido. Si te portabas mal, cuando llegaba la hora de la comida, te
ponían a comer delante de él. "A comer con Juan Calle", me decían cada dos por tres.
Imagínate que frente a ese pobre pibe no comía nada. Al pobrecito se le caían los mocos
y la baba como si fueran cataratas, y para colmo te clavaba la vista, te sonreía y no
dejaba de mirarte más. Si querías hacerte el boludo y mirar para otro lado, el celador
que estaba atrás tuyo te decía: "Jury, mirando al frente". Entonces, yo agarraba pan, me
lo guardaba y me lo comía después. En la Alcaidía habré estado dos o tres veces. Pero
me acuerdo con mucho cariño, no tengo rencor de todo eso.
En otra oportunidad, también estuve internado en un colegio muy bonito que se llamaba
Colegio Técnico Agrícola Miguel Pouget. El lugar donde estaba el colegio era una granja
gigantesca, inmensa, que ocupaba muchísimas hectáreas. Es que era un hogar-granja.
Ahí vi cómo se capaban a los chanchos, aprendí los nombres de las distintas razas de
gallinas, nos enseñaban a sembrar. Eso fue cuando yo recién llegué a Mendoza, después
del seminario y antes del Patronato, por supuesto. Ahí debo haber estado no más de tres
meses, pero para mí era mucho tiempo. Ese colegio era lindo porque los jueves y los
sábados nos llevaban al cine del pueblo, donde a todos los pupilos nos dejaban entrar
gratis. Caminábamos unos diez kilómetros por hermosas calles de tierra, y por supuesto,
esto sucedía en las tardes, casi anocheciendo, o sea que el camino, además de estar
fragante, se llenaba de cantos de grillos y de sapos. El celador era muy bueno, nos
dejaba fumar. Así que íbamos charlando y fumando. Yo ahí era feliz. El placer no era
solamente ver la película, sino también el regreso. Volvíamos fumando en esas noches de
verano, llenas de estrellas y de grillitos. Ahí fue donde un muchacho más grande que yo
me prestaba la radio a galena a la hora en que cantaba Gregorio Barros, el gran cantante
de boleros. A mí eso me parecía la locura. Pero yo tenía el puto problema de que orinaba
en la cama, entonces terminaron echándome. Ese día lloré mucho porque fue uno de los
lugares más hermosos en los que yo he estado en mi vida hasta el día de hoy.
El problema de orinarme en la cama me empezó en el Hogar El Alba y me duró hasta los
quince o dieciséis años. Me acuerdo que por este problema cuando era pibe me llevaban
a tomar rayos ultravioletas, pero nunca me hicieron nada. Dicen que a los niños les
ocurre eso por un problema de abandono. Cuando recién entré al Hogar El Alba no
entendía por qué algunos pibes se orinaban en la cama. Y un día, de improviso, me
empezó a suceder a mí. Me acuerdo que en Don Bosco no sabía cómo ocultar que me
orinaba. Era como una obsesión. De noche me envolvía en la sábana de goma, pero la
orina se escapaba y terminaba manchando el colchón. Para un niño es como una
pesadilla eso de orinarse en la cama. Sólo el que lo ha sufrido, sabe lo que es.
Prácticamente no dormís, estás toda la noche alerta, hasta que te vence el sueño, y
entonces, perdiste. Me acuerdo que tiempo después, cuando ya vivía en Buenos Aires, yo
andaba con una putita del Bajo que se había enamorado de mí. Era una chiquilina de
dieciséis o diecisiete años. Solíamos pasar la noche en la amueblada, como se decía en
aquel tiempo. La primera vez, como a la medianoche, me despierto con las sábanas
mojadas. Me llamó la atención porque yo ya no me orinaba en la cama. Había sido ella.
"No te calentes, que somos dos", le dije. Me cagué de risa: "Qué carajo me importa si te
meas o note meas. Que cambien la sábana y listo". Era hermosa la pendeja. Estuve con
ella un año y pico, hasta que fui a parar a Villa Devoto.
Pero volviendo a Lujan, me acuerdo de una de las veces que me escapé del Patronato de
Menores. Tenía la cabeza rapada y quería ir a ver a mi mamá que estaba trabajando en
Mendoza, pero me daba vergüenza que me vieran rapado. Entonces, no se me ocurre
mejor idea que ponerme un traje de mi abuelo, que me quedaba enorme, para poder
llevar el sombrero que él usaba. Así no se van a avivar que estoy pelado, pensé. Yo vi
que al subir al colectivo la gente me miraba, pero pensé que era por mi pinta. Te digo
que hay que bancarse viajar los dieciocho kilómetros que separan Lujan de Mendoza con
un loco al lado... La pobre gente no me sacó la mirada de encima en todo el viaje.
Cuando llegué a la radio y le golpeé el vidrio a mi mamá, ella me miró desesperada y
pensó "está definitivamente loco". Salió del estudio y me dijo: "M'hijito, ¿qué le pasó?
¿Qué es esa ropa de su abuelito?" "Y... yo para poder ponerme sombrero, mamá", le
contesté lo más serio.
En otra oportunidad, a los doce o trece años, empilchado de la misma manera, pero con
un poncho, me fui a ver al locutor Servando Juárez, que era amigo de mi mamá, a Radio
Mihuil, en Mendoza. Me fui sólito, porque para esas patinetas nunca necesité ayuda.
Llegué a la radio, y así como te estás riendo vos ahora, empezaron a reírse Juárez y los
otros locutores. "Vengo a ver si me toman una prueba", dije. "¿Prueba de qué?", me
preguntaron. "Porque yo canto lo mismo que Gardel!", contesté. Yo quería decir que
cantaba las canciones de Gardel, que en realidad tampoco eran las de Gardel porque lo
único que cantaba era "Tres esperanzas". "¿Así que vos cantas igual que Gardel?", me
dijeron muertos de risa. "No, yo canto sus canciones y quiero que me tomen una
prueba", expliqué. Me hicieron subir a una silla, me pusieron el micrófono y rne largué a
cantar. Llegué hasta la tercera estrofa y me puse a llorar, porque tuve un minuto de
lucidez y me di cuenta de que estaba haciendo el ridículo. Hablando de ridículo, una vez
yo estaba muy orgulloso porque me había hecho unos pesos, de manera non sánela,
como siempre. Fui a la calle Las Heras y me compré ropa. ¿Pero qué me compré? Un
traje verde, una camisa amarilla, corbata verde y zapatos blancos. Así vestido, yo iba
feliz por las calles del centro de la ciudad. Pensaba que mataba. Pero unos pendejos
vagos me vieron y empezaron a hacer: "crrrrrr, crrrrrr, crrrrrr...", imitando a los loros, y
entran a seguirlos todos los atorrantes de la calle San Martín. "Crrr, crrr, crrr", hacían los
lustradores y diarieros. La gente se reía como loca. A mí me dio una vergüenza terrible y
empecé a correr no sé hacia adonde.

¿No era difícil robar en un pueblo tan chico donde se conocen todos?
Siempre hay una oportunidad. De todos modos, para agarrar las bicicletas yo me iba a la
ciudad.

¿Y en eso te seguían tus amigos de Lujan?


No, no, ellos nunca se metían en ese tipo de cosas. Casi todos trabajaban. Hacían
changas o trabajaban en la Siemens. Para esto de andar robando bicicletas o andar
metiéndome en las casas, yo me iba a Mendoza. Ahítenla otro tipo de amigos, anormales
como yo. Me acuerdo de uno de esos anormales, Morales -que no es el Cachito Morales
de Lujan, sino uno de Villa Hipódromo-, con el que afanábamos de todo: cobijas,
bicicletas, tornillos viejos, cualquier cosa con tal de hacer daño. Pero a mí me gustaba
mucho ese delirio porque me daba el lujo de ir con ellos a la peluquería a que me
cortaran el pelo, como yo veía que hacía Dillingeren las películas norteamericanas. Así
que yo me afanaba una bicicleta, la vendía, tenía para cigarrillos, para cortarme el pelo,
y ya en la peluquería era Dillinger. Y cuando se me arreglaba la boina, me iba para
Lujan, con los otros amigos, a la otra vida. No sé por qué tengo esa inclinación a que me
guste tanto la marginalidad. Está corno más cerca de Cristo, ¿no?

Y... Cristo anduvo con esa gente.


Y por algo los eligió. Entre los marginales de Lujan de Cuyo estaba el alemán al que le
decíamos "el Manyagatos" porque mataba gatos y se los comía en guiso. Esa era la
época en que llegó la inmigración a la Argentina, y muchos venían con la gorra corrida
porque eran ex combatientes. El Manyagatos vivía en los basurales que estaban junto al
río. En una oportunidad, el Negro Cacerola me dice que a la orilla del r ío tiraban los
tarros de duraznos en almíbar que se habían pasado de fecha. Como los tiraban a la
orilla del río, se mantenían fresquitos por el agua. "Vale la pena ir a buscarlos porque no
están pasados más de un mes", me decía el Negrito Cacerola. Al final, me convenció y
los fuimos a buscar. Yo me agarré cinco tarros y el Negro Cacerola otros cinco. Pero a mí
después me dio miedo comerlos. Ahí rne presentaron al Manyagatos. Yo siempre lo había
visto rondar por el pueblo, pero nunca me había acercado a charlar con él. Ahí nació mi
amistad con el Manyagatos. A mí me gustaba que me contara de la guerra, yo se lo
pedía, le sacaba el tema. Me fascinaban las historias que me contaba, tal vez porque
tenía la gorra corrida, porque siempre narraba casi en forma poética. Cuando lo veía
pasar por el pueblo, me hacía la fantasía de que era un alemán poeta y borracho,
torturado por la guerra. Pero no, era borracho nomás. Por ejemplo, me quedó muy
grabada la primera vez, cuando yo le dije: "Fulera la guerra, ¿no?". "Noooo -me dijo-,
güera no mala, güera lümnda. 'Poi de güera aburido. En la güera, llegábamos a aldea,
comíamos pan, gaínas, bailábamos con muchacha. Cuera no mala, güera linda. 'Poi de
güera aburido. Ahora aburido. Bailábamos, charlábamos con muchacha, en la aldea". Yo
le preguntaba: "¿Y los muertos?", porque yo me había hecho toda una fantasía cuando lo
veía pasar por el pueblo, rubio y loco como era, pensando: "Claro, quedó loco en los
combates". Y yo lo soñaba siempre en las trincheras, tiroteándose. Pero él se empeñaba
en que nunca había visto un muerto, en que a él nunca lo mataron, y que el nunca mató
a nadie. Y bueno, a rní me quedó grabado ese personaje, y cuando hice Nazareno Cruz y
el lobo, recordando al Manyagatos hice un personaje así. Es el amigo de la enana Fidelia
de Nazareno, que siempre dice: "Güera no mala, güera linda". A la mujer de Manyagatos
le decían "la Canaria", porque como buena alemana era muy rubia. Vivían en un
ranchito, pegadito a la orilla del río, en el basural. Ella fabricaba pequeñas casitas con
cartón y vidrios de colores molidos. Esas casitas eran hermosas y diminutas. Cuando las
vi, le sugerí que con la misma técnica hiciera la Difunta Correa y la Degolladita, porque
con eso iba a vender mucho. La Degolladita tenía un santuario a la orilla del río, y la
gente del pueblo le ponía velas porque hacía milagros. Le propuse a la Canaria que ella
hiciera esas dos imágenes y que yo salía a venderlas. Me parecía que ahí había un gran
negocio. Pero reconozco que fracasé, porque lo que ella sabía hacer bien eran las casitas
tipo tirolesas, pero cuando intentó hacer la Difunta Correa y la Degolladita, fue
calamitosa.

A pesar de tu gusto por la marginalidad, vos no la elegías, la vida te colocó en


los márgenes...
Era la vida, pero de todos modos siempre me gustó porque yo intuía que era un mundo
diferente, más divertido. Los marginales no están agazapados. Nunca me gustó la gente
agazapada, esa que compra los muebles antes de casarse. Yo te amo, y listo, ven í,
vamos debajo de un puente. Después, Dios proveerá.

Ese modo de ver la vida, ¿te viene de tu familia?


Pienso que sí, que viene de nuestros ancestros. Mi familia nunca fue astuta. Será por eso
que yo fui tan feliz cuando iba por los pueblos con los gitanos. Viví casi un año con los
gitanos de la familia Traico. Mi más grande amor se llamaba Margarita. Era una píbíta
gitana, y yo me fui de Mendoza con ella y su familia. Qué época... mi hermano y yo
andábamos con dos gitanitas. Las conocimos porque nosotros los ayudábamos a Juan
Traico ya Miguelito Traico a buscar baterías. Ellos compraban baterías usadas, y no sé
qué le sacaban, o qué hacían con ellas. En esa época los gitanos iban tras las cosechas.
Cuando había cosecha en Mendoza iban ahí porque la guita estaba en Mendoza. Cuando
había cosecha en San Juan, se iban a San Juan. Yo iba con ellos y los ayudaba.

¿Tu hermano también iba?


No, él se quedó en Mendoza. No los siguió a los gitanos. Yo me fui a San Luís y a San
Juan con toda la familia Traico porque estaba muy metido con esta pendeja. Es un mito
que uno no puede convivir con los gitanos. A mí la familia de Margarita me adoraba. Los
gitanos son hermosos porque tienen un gran sentido de la libertad y se burlan de todos
nuestros absurdos, de cómo nos aferramos a cosas tontas. De alguna manera, yo
compartía esa forma de ver la vida. ¿Viste esa gente que construye mansiones para que
duren eternamente? Eso es un insulto a Dios, una falta de inteligencia. Como si fueran a
ser eternos ¿no? A esa gente no le da el seso. A mí siempre me gustó darme cuenta de
que la casa sólo servía para protegerme del sol, para cubrirme de la lluvia. La
Margarita... Muchas veces me encuentro con gitanas y les digo un par de palabras en su
idioma. No entienden dónde pude haberlas aprendido. En el año 76, yo salía a correr por
la plaza Las Meras, porque en ese momento tenía la oficina por ahí. Una tarde me para
un gitano y me dice: "Favio, ¿te acordes de Margarita?, ¿te acordás de los Traico? Yo soy
el primo de Miguelito Traico. Margarita se murió. Con ella siempre hablábamos de vos.
Murió acá, en el Hospital Fernández, hace dos años". Me apenó saber que se habría
muerto y al mismo tiempo me dio alegría saber que se acordaba de mí. Claro, a ellos mi
recuerdo les quedó para siempre porque sabían que mi madre había trabajado en
radioteatro y que se llamaba Laura Favio. Cuando me empezaron a ver en las revistas
había pasado muy poco tiempo de mi noviazgo con Margarita. Pensá que a los veinte
años yo ya actué en El secuestrador, de Torre Nilsson, y en esa época la gente se comía
la Rodiolandia. Margarita me estuvo viendo permanentemente en toda la trayectoria
artística. Yo a ella no la vi más. Pero, con los años, seguí la vida de los Traico a través de
los diarios, porque Miguel Traico tuvo unos traspiés con la policía, a raíz de unos autos
robados.

Cuando eras adolescente, también soñabas con entrar a la Marina...


Todo pibe que no tenía destino, como yo, soñaba con eso porque te ofrecía la posibilidad
de un futuro, de comer más a menudo, de usar ropa limpia. Teníamos la imagen de la
seguridad. Además tenía que ver con tantos mitos que se tejían sobre Buenos Aires. No
era para menos: cuando llegaba un pibito vestido de marinero siempre lo veías
acompañado de una piba.

¿Es decir que imaginabas la Marina como un paso necesario para poder
levantarte pibas?
Exactamente. Pero para poder entrar a la Marina necesitabas tener conocimientos de
tercer grado y yo sólo había llegado a segundo. En mi pueblo estaba Santiaguito, un
paralítico que andaba en una especie de carrito con cuatro ruedas. El me enseñó todo lo
de tercer grado y finalmente pude engancharme en la Marina. Yo he tomado muchos
mates en mi vida, pero nunca un mate más rico que los que tomaba en la pieza de
Santiaguito. Ahí preparábamos mate en el primus y solía venir una piba que se llamaba
Francisca. Era una muchacha hermosa, hermosa, hermosa. Tomábamos mate, comíamos
tortitas, y yo era feliz. Pero Francisca no me daba bola. Yo era muy pibe y ella andaba
con un boludo grandote, que no se podía creer. Todavía recuerdo el olor de los cigarrillos
que fumaba entonces El sabor de los Fontanares rubios fumados con nuestros pulmones
jóvenes era único. No te puedo transferir la emoción que era ir a comprar ese atado.
Sentías como un huequíto en el corazón. Cuando tenía un mango iba corriendo a
comprar los Fontanares rubios. Antes de abrir el atado lo olía, y después me iba
caminando y fumando. El cigarrillo de la adolescencia no es comparable a ningún otro.
Santiaguito era hijo de un tipo que había sido comisario. Para mí era todo un aristócrata.
Con los años, cuando yo regresé a Mendoza a filmar Éste es el romance del Aniceto y la
Francisca, lo puse a Santiaguito en la película. Es el que aparece en el comienzo, en la
parte de los títulos, cuando se ve a alguien que cruza la plaza en una silla de ruedas.
Pero cuando filmamos eso ya tenía una arteriosclerosis tan avanzada que no me
reconocía. Me miraba, pero ya ni contestaba. Santiaguito tenía una piecita y su orgullo
era que daba a la calle. La ventana estaba siempre abierta, Santiaguito se sentaba ahí,
tomábamos mate y nos contaba cosas del pueblo. En ese momento tendría treinta y
cinco o cuarenta años pero yo lo veía como un hombre muy mayor. Me acuerdo que
cuando yo estaba internado en la Casa del Niño, en Lujan de Cuyo, nos sacaban todos los
días para ir a las clases, al colegio que quedaba a unas pocas cuadras. Yo era feliz
cuando a la entrada se izaba la bandera y a la salida se la bajaba, porque nos hacían
cantar: "Alta en el cielo, un águila guerrera. Audaz se eleva, en vuelo triunfal- Azul un
ala..." Como me gustaba esa canción. Me escapaba casi siempre a tomar mate a lo de
Santiaguito, pero si por algún motivo yo faltaba de su pieza un par de días, él venía a la
salida de la escuela y me esperaba cuando nos llevaban de vuelta hacia la Casa del Niño.
Cuando íbamos a tomar la curva para entrar, Santiaguito me tiraba un atado de
cigarrillos. A veces lo ayudaba a empujar el carro un pendejo que yo odiaba, porque, en
realidad, yo sentía que ese carro lo tenía que empujar siempre yo. Para colmo, el pibito
usaba saco, y en el bolsillo del saco, una lapicera fuente. Y yo pensaba: "Y hasta tiene
lapicera fuente, el hijo de puta". Claro; ¡era una lapicera fuente! Yo quería empujar el
carro de Santiaguito, pero no podía porque estaba en el Patronato de Menores. Sin
embargo, ese pibe y yo terminamos siendo amigos. El papá era contratista de un viñedo
muy pequeño. Él decía que escribía "obras de hacer teatro", y una vez me llevó debajo
del parral para leerme una obra de teatro suya. Me acuerdo como si estuviera
sucediendo en este momento. Estábamos en sus parrales, corría el agua, la sombrita del
parral nos protegía del sol. Me empieza a leer una obra maravillosa que tenía escrita en
un cuaderno. Yo me emociono y lloro a moco tendido. Con los años me enteré de que lo
que me había leído era M'híjo el doctor. Pero para mí el sigue siendo el autor. Era como
con los poemas que yo les escribía a las pibas: ¿qué me importaba que fueran de
Bécquer?, yo me convencía de que eran míos. Los copiaba de Leoplán y rezaba: "Dios
mío, ayúdame para que no los haya leído". Las pibas estaban muertas. Si le habré
mandado poemas a la hermana de mi amigo Cachito Morales. El sí enganchó bien en la
Marina. Pero es lógico, él era un estudioso de verdad: había aprobado sexto grado. Con
los años, pudo llegar a suboficial principal. Él también le robaba pan a la mamá para
traérmelo a mí. Y yo estaba re-muerto con su hermana, y ella más re-muerta conmigo.
La pendeja se hacía la boluda y se venía todos los días a mi rancho. Eso era como entrar
al infierno. Para colmo, entraba con el guardapolvo del colegio, y a la vista de los
vecinos. Realmente lo que hacía era jugarse la vida. "Hola, ¿no está Cachito?",
preguntaba. Cachito estaba trabajando en la Siemens, en la loma de la mierda, y ella,
por supuesto, lo sabía perfectamente. Era aguatero en esa empresa que hacia canales de
riego. A la piba lo único que le faltó fue decirme "pero, pelotudo, ¿no te das cuenta de
que vengo por vos?". Lo que pasaba era que yo me moría de vergüenza y no me
animaba a nada. "Qué lindas flores. ¿Estas son las que cultivaba tu tía?", decía ella para
entrar en conversación. Qué iban a ser lindas las flores si yo vivía con mi hermano, los
jardines estaban hechos mierda, éramos todos delincuentes, y la casa olía a podrido... A
esa piba nunca le toqué un dedo. Al final, la pobre se habrá hartado de que yo no
reaccionara.

¿Por qué no te animaste, con lo acostumbrado que estabas a andar con


mujeres?
Porque me inhiben las cosas puras. Yo podía con una putita, pero me inhibía la legalidad.
Con las putitas no tenía problema porque yo les conseguía los clientes y era un negocio.
Entonces estaba todo bien. Me acuerdo que en una época, Raúl Di Marco, andaba con
una piba muy linda que a mí me tenía caliente. Era cuando mi hermano y yo estábamos
solos en el ranchito, entonces D¡ Marco, que era muy amigo del Negrito, se venía con la
piba a dormir ahí. A mí me mandaban al rincón. Él siempre me prometía que me iba a
prestar la piba. "Mañana te la paso", me decía, pero nunca llegaba el momento. Claro,
me gastaba porque yo era más pendejo. Pero yo me ilusionaba igual y hacía todo lo que
él me pedía: mandados, de todo, pero él a la pendeja no me la prestaba. Una tarde,
estábamos en la plaza, y pasó el Patera, que era un policía petisito, chiquitito y tarta-
mudo, al que le decíamos el Patera porque criaba patos, y como era tartamudo, decía
"yo tengo una pa-pa-pa-patera". Cuando le gritabas "Patera", se ponía como loco, se
daba vuelta y encaraba al que se lo hubiera dicho, porque se indignaba. Di Marco no tuvo
mejor idea que gritar con voz chillona: "¡Pa-pa-pa-tera!". Bastó que lo gritara para que
se le viniera encima el policía chiquitito, y el Di Marco le acomodó un bollo. Cuando se
arma el alboroto, a mí se me abrió el cielo, porque de ahí, seguro que el Raúl iba en
cana, y la guachita que él siempre rne prometía, por lógica, iba a quedar a la deriva en
mi pieza. En medio del griterío, yo lo oí al Patera que aullaba: "¡Que el Chi-chi-chiquito
Jury es testigo. Que el Chi-chi-chiquito Jury es testigo!". Pero en la confusión, me pegué
la gran borrada y me fui a la pieza a darle "la triste noticia a la pibita". Te podes
imaginar... el zorro cuidando el gallinero. La cosa es que no alcanzó a pestañear que,
como dice Gatíca, ya estaba culeada. Como para que se le fuera yendo la pena, ¿no? Ahí
estábamos lo más chochos con la pendeja cuando toc-toc, golpean la puerta. Era el
Carlos Di Marco, un hermano del Raúl que era cabo en la policía. Me dice que me venía a
buscar para que saliera de testigo para que así lo largaran pronto al Raúl. Imagínate...
ahí éramos todos como de la familia: el comisario, el Patera, el cabo, los ladrones y las
putas. En el camino, el Carlos, que tenía cierta fascinación conmigo, me iba indicando lo
que yo tenia que decirle al comisario para que lo largaran al Raúl. "Mira Chiquito, vos
decíle esto, decíle aquello", me iba asesorando. Yo a todo le decía que sí, haciéndome el
buenito, pero iba pensando: "¿Cómo mierda hago para dejarlo un poco más en cana?".
Cuando llegamos a la comisaría, me hacen entrar a hablar con el comisario. Yo vi que
cerraron la puerta, y pensé que estábamos solos el comisario y yo. De entrada nomás, el
comisario, que era un negro grandote, me dice: "Bueno, Pelado, ¿qué pasó con el
Patera?". "Y... yo a usted le tengo que decir la verdad: el Raúl le gritó ¡Pa-pa-pa-patera!,
el Patera le preguntó: '¿Qué le pasa a usted?', y el Raúl le pegó una pina", lo crucifiqué.
El comisario se entró a cagar de risa. "Lindo testigo se trajo, cabo", dijo. Ahí me di
cuenta de que el Carlos había estado todo el tiempo detrás mío. Y al lado, estaba el Raúl
con los ojos redondos de odio. Me puse colorado como un tomate y tartamudeé
justificándome: "Y... bueno, che, ¿qué quieren? A la justicia hay que decirle la verdad".
Yo sabía que con esa declaración mía a Raúl lo dejaban en cana por lo menos una
semana, y que en la casa tenía a la pendeja toda para mí. El Carlos Di Marco me llevó
hasta la puerta de la comisaría y me echó de una patada en el culo, por botón. Pero no
me importó. Con la piba pasamos quince días de gloria. Y cuando me enteré de que al
Raúl lo iban a largar, me pegué la gran borrada, me fui a Mendoza, y me perdí por dos
meses a esperar que se le fuera el rencor. Pero esto quedó, y todavía hoy, en Lujan,
cuando se acuerdan se cagan de la risa de esta historia. Es que hay que tener muchas
cualidades como hijo de puta para hacer semejante cosa. Y bueno... era la ley de la
selva. El Raúl me la prometía y no me la pasaba. Así que ahora que lo pienso bien, fue
un mal amigo. Me la venía prometiendo, prometiendo, prometiendo...

Pero pareciera que el mal amigo fuiste vos.


¿Por qué? Vos lo que querés es hacerme sentir culpable, pero si después de todo,
comerte un día o una semana en cana, en mi pueblo daba lo mismo. Ir en cana allá era
una joda. Hablando de ir en cana, me acuerdo que allá, cuando a algún vecino lo venían
a buscar para llevarlo en cana -siempre por boludeces, quilombos de familia,
borracheras- era como un golpe al honor, como quedar desnudo, expuesto a la lengua
del vecindario. Entonces, el detenido hacía el clásico pedido: "Como no, agente. Pero por
favor déjeme ir adelante". Por lo general el botón siempre aceptaba el ruego y así
enderezaban para la comisaría. El policía iba a unos diez pasos del detenido ayudándole
a cuidar el honor. Pero este simulacro era inútil porque cuando veías a un tipo caminando
con un botón atrás ya sabías que iba en cana, así que era más bien simbólico eso de
caminar atrás. Además, nunca faltaba el turro que gritara fuerte desde la puerta de algún
boliche, o desde cualquier lado: "Che, Fulano, ¿por qué te llevan?", o "Póngalo al
fresquito para que no se eche a perder". Muchas veces el mismo policía se prendía en la
joda y aclaraba: "No, che, no lo jodan, si va de testigo, va de testigo". Siempre era as í.
El que iba en cana se iba haciendo el distraído, como que la joda no era para él. Pero uno
notaba que iba caminando rígido, colorado de vergüenza. Yo en cambio nunca tuve ese
problema. Cuando me llevaban en cana siempre iba al lado del policía, charlando,
fumando, qué sé yo... contento. Claro, para mí era como ir paseando con un tío, con un
pariente, porque cuando no me llevaba el Patera, era el cabo Mauna que se reía como
loco de mis ocurrencias, o el hermano del Raúl Di Marco, el Carlos, que me quería
mucho. Recuerdo que más de una vez en el camino. Mientras me llevaban en cana, recibí
el mangazo de algún botón: "Che, pendejo, cuando venga la Boliviana, a ver si me haces
un pase". Claro, es que ellos sabían que lo mío era entrada por salida, porque a los dos o
tres días de que me llevaran en cana, yo me escapaba del Patronato y otra vez andaba
rompiendo las pelotas por el pueblo.

¿Y por qué era tan común que fueras en cana?


Y qué sé yo...sospechas de hurto... denuncias de vecinos... pedido de captura de algún
juez de menores... zonceras... tonterías... nada digno del bronce.
Escuchando todas estas historias da la sensación de que has tenido muchas
vidas distintas...
Es cierto, son como muchas vidas en una.

¿Cómo era la Navidad en Lujan de Cuyo?


Hoy estuve pensando en eso mientras hacía meditación. Era otro mundo. Supongo que
entre los pobres debe seguir siendo como en el tiempo en que yo vivía allí. Era la
felicidad, era la llegada de Dios, la alegría nos inundaba a todos. La Navidad era un
motivo de reunión, de regocijo. Entre los humildes la gente se alegra de estar junta, sea
por la Navidad o por el partido de fútbol. La gente salía a la vereda, el vecino se trataba
con el vecino. Hasta los cohetes eran menos agresivos... Eran cañitas voladoras. No
ocasionaban el tremendo estrépito de los fuegos de artificio actuales. Ahora hay como
una puja por ver quién provoca el mayor estruendo. Eso debe venir de la televisión.
Como uno por la tele está acostumbrado al estrépito de la guerra, la cañita voladora
parece no tener ninguna potencia. ¿Viste que acá los domingos son tristes? Bueno, eso
no acontecía en mi pueblo. El domingo comenzaba un ronroneo del que todavía me
acuerdo. Empezaban los ruidos de las chatitas -claajjj, clajj, clajj-, de los sulkys y de las
carretelas, porque se comenzaba a llenar la cancha de Lujan, que quedaba en el bajo,
justo frente a mi casa. Los domingos mis tíos que vivían en otros pueblos visitaban a mi
abuelo, que había vuelto a vivir en el rancho de Lujan de Cuyo. Mis tíos venían a ver la
cancha desde mi casa, porque el espectáculo, más que el partido en sí, era ver la cancha
con gente. En aquella época el domingo era una fiesta. El domingo no se acababa en una
melancolía, porque el trabajo que comenzaba el lunes también era una fiesta. Nadie
estaba triste de tener que volver al trabajo que les daba plata y tranquilidad. El domingo
por la noche se daba la vuelta al perro en la plaza. A la tarde había que empilcharse con
la mejor ropita que uno tuviera y salir a la puerta de calle. A la noche había que ir al
cine. Era una época en que los cines estaban repletos. Y después si tenías edad para
estar de novio, salías con tu novia a charlar con los vecinos, en la puerta de la casa de
los padres de tu novia. Era un círculo alegre.

Es asombrosa la precisión con que recordás los ruidos, los olores, los colores...
sobre todo teniendo en cuenta que ya hace muchos años que ya no vivís en
Lujan.
Y, pero ya ves que aquí, en mi oficina, mandé a hacer ese toldito para que golpee la
lluvia, y así poder recuperar el sonido de la lluvia de Lujan... Hay que saborear todas
esas cosas. La gente ya no las saborea. Esas son las cosas que se han instalado en mí,
son las cosas que me alimentan. Para mí eso es un ejercicio. Cuando hago meditación -a
veces durante más de dos horas me voy, me voy y me voy. Al ratito de empezar a
meditar, estoy en Lujan, en el río y en Las Catitas. Más de una vez evoco las noches de
verano en las que el Negrito, mi abuelita y yo dormíamos debajo del parral.
Contemplabas un cielo impresionante, unas estrellas de un tamaño infernal, y mi
ejercicio era ver la vía láctea y mirar las estrellas caer. Podía pasarme horas así. Todavía
tengo la imagen del Negro desnudo, en esas noches de verano, trepándose al parral,
sacando uva, yendo a lavarla a la canilla, y comiéndola ahí mismo, debajo de las
estrellas. Todavía escucho la voz de mi abuelito que cada tanto le decía: "Oye, tráeme un
racimo". Mi abuelito hablaba de tú, como los uruguayos. ¿Por qué sería, no? En Mendoza
era común dormir debajo de las estrellas. Incluso quienes vivían en la ciudad, en las
noches de verano se instalaban a dormir en la terraza para estar bajo ese cielo increíble
en el que vos sentías que tocabas la vía láctea con la mano. Yo siempre digo: dichoso de
aquel que cree que lo que él hace es lo más importante, sin darse cuenta de que lo más
importante es lo que le ocurre. Y digo "dichoso", porque pienso que cuanto mayor es el
grado de tu sensibilidad o la intensidad con que te interrogas, más posibilidades tenés de
joderte, porque ahí entra como un desapego a todo y una necesidad de encontrarle las
cinco patas al gato. Por ahí la cuestión es vivir, nada más.

Finalmente, ¿entraste en la Marina?


Sí, me vine a Buenos Aires, me dieron el uniforme, salíamos a bailar, era una maravilla.

¿Llegaste a levantarte chicas con el uniforme?


Por supuesto. Sirvientitas, acá en Retiro, Yo me veía con el uniforme y sentía que
caminaba por las nubes. Era ropa impecable, hermosa. Pero eso me habrá durado seis,
siete meses, porque después me echaron. De todos modos me quedé en Buenos Aires y
comencé a andar por Retiro. En realidad, me quedé en Retiro. Allí estaba todo mi
universo: el Paseo Colón, los bares de la zona: la Antigua Marina, la Nueva Marina, la
pensión, los nuevos amigos que aún están.
¿Y tus amigos de Mendoza: Raúl Di Marco, el Negro Cacerola, Cacho Tamis?
Se quedaron allá. Yo siempre voy a verlos. Aún viven en Mendoza. Todos, menos el
Negro Cacerola que murió. Pero ya nos estamos comprometiendo a descansar juntos
cuando nos vayamos. Yo me puse en contacto con la familia del Negrito Cacerola. S é
dónde está enterrado y hablé con la Municipalidad porque, cuando llegue el momento de
partir, estaremos enterrados juntos, como los emperadores chinos.

¿Se equivocan los que dicen que los amigos te cambian con la vida?
Depende de qué vida. Yo no cambio una reunión con el Raúl Di Marco o con el Negro
Cacerola por estar con nadie. Nunca lo cambié. Por eso es que nunca vas a encontrar
intelectuales o personalidades en mi casa, porque yo ya tengo mis amigos. No podes
cambiar de amigos como de camiseta. Mejor dicho, poder, podes, pero eso te explica un
poco. Yo siempre digo que uno es los amigos que ha merecido.

El Parque Japonés

Cuando te fuiste de Mendoza ¿qué esperabas de Buenos Aires?


Esperaba lo que encontré. A mi Buenos Aires no me descolocó. Empecé a comer más
seguido. Me comía un bife a caballo, y era un príncipe, porque en ese momento un bife a
caballo era importante. Me habían echado de la Marina por incapaz, pero yo me había
robado un uniforme porque sabía que con la ropa de marinero podía pedir plata en
Retiro. Paraba a la gente con el cuento de que estaba en la colimba y que tenía que
viajar para ver a mi familia, y todos me daban. Vivía bárbaro. Me alcanzaba para
pagarme la pensión, que se llamaba La Antigua Marina, y que también quedaba en
Retiro. Allí tenía todos los amigos, Todavía me acuerdo de gente como Cacho Rojas, un
muchacho del que me hice amigo porque él también mangaba, pero vestido de
conscripto, y vivía en la misma pensión que yo. Nos pasábamos todo el día adentro del
Parque Japonés, que estaba enfrente de la pensión. Era un mundo mágico. Era un
universo de enanitos, saltimbanquis, tragasables, lanzallamas. ¿Viste el travelling de
Soñar, Soñar donde el presentador dice: "Señores, pasen y vean"? El Parque Japonés era
como ese travelling, pero en una constante. Eran dos manzanas de eso. Empezaba a las
tres de la tarde y seguía hasta las dos de la mañana, continuamente. Era un territorio
donde nunca acababan los sueños. Había enanitos, muchos, muchos enanitos, y a la
mano, como uno sueña tenerlos en la niñez, cuando los ve de lejos caminando en los
circos. Entrando por la entrada principal -que daba al frente de la Plaza de los Ingleses-,
a la izquierda, estaba la carpa de los enanitos, el puesto de los enanitos. En el par que, el
ruido era ensordecedor, pero no feo, porque cada ruido correspondía a un sueño. Pasaba,
llevando niños, un trencito que recorría todo el parque con su ruido de locomotora y su
silbato. También estaban los motociclistas, que daban vueltas y vueltas en el círculo de la
muerte -que era una jaula, una enorme esfera de hierro, creo-, en el cual giraban dos
motociclistas, sin parar, y entrecruzándose. Todo era color. Todo era vértigo. Había unas
diez máquinas en las que ponías una moneda y mirabas a través de un vidrio de
aumento, mientras hacías girar una manivela, y pasaban fotos sucesivas que daban la
ilusión de movimiento. Entonces, veía brevísimas películas de cow-boys que duraban uno
o dos minutos cada una. Al cabo de ese tiempo, tenías que poner una moneda en la
máquina siguiente, porque cada una traía una película distinta. Había eróticas, de
crímenes... en fin, el programa era variado y hermoso, pero muy, muy cortito. Yo ten ía
amigos en casi todos los puestos, porque allí me pasaba las horas y las horas. Que yo me
acuerde, nunca el Parque Japonés agotó mi asombro. Allí alguien cantaba, más allá el
hombre sin brazos tiraba al blanco con un rifle de aire comprimido que manejaba con los
pies, y siempre había muchas, muchas gitanas deambulando por el Parque. También
solía ver actuar allí a un prestidigitador que hacía maravillas con las cartas, pero tenía -o
mostraba- una sola mano, un solo brazo. En su rutina, decía: "A pesar del accidente de
moto en que perdí el brazo, me superé y aprendí a manejar las cartas". En fin...
explicaba su mancura como si fuera un pecado, y encima, agregaba que el accidente fue
en una moto, cosa que, por supuesto, le daba visos de tragedia, más categoría. Pero la
verdad es que él tenía el otro brazo, pero lo ocultaba debajo del saco del smoking porque
era cortito, cortito, como de recién nacido, casi de un feto, y por supuesto, la mano
también era chiquita. Era el brazo de un bebé en el cuerpo de un hombre grande.
Pobrecito, tenía razón de estar acomplejado... Entonces, él intentaba que no se supiera
que vino mal de fábrica. Lo encontraba degradante... Yo siempre le aconsejaba: "Pero
boludo, córtatelo, si total... es como una cirugía estética". Claro, yo lo aconsejaba porque
eramos muy amigos. Pero te cuento algo que es mágico; ¿sabes dónde lo volví a ver?
Hace unos días, en la televisión española que viene por satélite, ahí estaba el manco
haciendo malabares y mintiendo con lo de la moto. Está en España y leva muy pero muy
bien con su número. Lo presentan como una de las grandes figuras de la noche española.
No cambió nada de su rutina, está ¡gualita. El está un poco más viejito, pero elegante,
como cuando yo lo conocí en el Parque Japonés. Lo que es la vida... A él le quedó chico
este país, como dice Mario, el Rulo de Soñar, soñar...

¿La gente se pasaba todo el día ahí?


No, la gente no, yo. La gente iba sobre todo los fines de semana. Yo vivía ahí porque era
un lumpen y todo ese lumpenaje eran mis amigos. Todavía me acuerdo de Sabú, que se
ponía vaselina en todo el cuerpo y movía los músculos, sobre todo los del abdomen.
Tenía control sobre todos sus músculos. Era un espectáculo maravilloso. El se exhibía con
ese show en uno de los puestos del Parque Japonés. Como vivíamos en la misma
pensión, quiso enseñarme a hacer gimnasia, porque decía que yo tenía muy buen físico.
Lo intenté, pero me cansaba porque fumaba mucho. Además, me daban mareos porque
se me bajaba la presión. Era un inútil, no servía para nada. Entonces, me tenían ahí para
los mandados. "Che, turco, anda, lleva esto", me decían. Esa era mi vida. Yo no podía
faltar. Esa era la vida de todos nosotros, de nuestros sueños, de nuestras frustraciones,
de nuestras cartas. Me acuerdo que como yo tenía muy mala letra y muchas faltas de
ortografía, iba al Parque Japonés para que cualquiera de los amigos me escribiera las
cartas para mi vieja. Éramos todos provincianos... Uno al que le decíamos el mexicano,
porque se disfrazaba y cantaba canciones mexicanas, me avivó de que se podía ir a
comer al puerto. En un galpón que tendría como trescientos metros habían armado un
comedor gigantesco. Pasabas con un platito y, por unos pocos pesos, te servían guiso, y
si no tenías para pagar, comías igual. Ese lugar se llenaba de obreros portuarios, de
mendigos y de desahuciados... Una cosa que me fascinó apenas llegué a Buenos Aires
fueron los maniquíes. Si me habré ratoneado saliendo a mirar vidrieras... Me pasaba
horas mirando maniquíes. Eran hermosos los maniquíes. Me excitaban. Para mí eran
mujeres quietitas, que no contestaban. Eran como mansas, como buenas. Yo sentía que
no podían agredirte ni joderte. En esa época que te estoy describiendo, sonaba
muchísimo la voz de Alberto Moran. Era el ídolo. Algo asi como el Julio Iglesias de
entonces, con su canción "Me da pena verte barriada de Flores...".

¿Vos ya soñabas con ser cantante?


No, mi amor... Yo estaba indeciso entre ser ladrón de autos, ladrón de bancos,
tragasables, saltimbanqui, o lo que fuera con tal de no trabajar.

¿Nunca pensaste seriamente en trabajar en el Parque Japonés?


Sí, pero era muy inútil. Cuando intenté trabajar de lanzallamas, me quemé todo. Ser
tragasables no podía, porque me daban arcadas. Quise practicar los ejercicios para
mover los músculos, que me enseñaba Sabú, pero también fracasé. Ni siquiera tenía
puntería para tirar al blanco. No me quedaba otra que estar a la pesca de la picardía:
fijarme a quién podía joder, a quién podía robarle algo.

¿Tuviste alguna novia en el Parque Japonés?


Sí, salí con una piba bonísima que era contorsionista, pero no vivimos juntos. Ella
laburaba ahí todo el día, y mi orgullo era que me pagaba el bife a caballo. Pensé que en
ese mundo esto es toda una cuestión de honor.

¿Cómo fueron tus Navidades en la época del Parque Japonés?


Recuerdo que viví uno sentado en la Plaza de los Ingleses, añorando Mendoza. Otra, la
pasé con un grupo de amigos en el Tigre. Pasamos Navidad, Año Nuevo y nos quedamos
quince días. Pero siempre fueron fiestas nostalgiosas.

¿Por qué pasaste aquella Navidad en la plaza?


Porque estaba solo. Como estaba solo, decidí quedarme ahí. Me gustó estar solo. Yo lo
vivía como la evidencia de una atomización familiar. Mi madre por allá, mi padre ya no
existía, rni hermano vaya a saber dónde... Pero como ya venía habituado a eso, no me
preocupé mayormente. Eso era así y no era de otra manera.
Me olvidé de contarte una cosa muy linda de la que me hizo acordar mi hermano, el
Negrito. En Lujan había un lugar maravilloso que se llamaba La Gruta Azul. Era una
pizzería donde se jugaba al billar y el metegol. Había muchas mesas, de vez en cuando
servían comida, y ahí solía presentarse algún guitarrero de Buenos Aires que cantaba
tangos. Los dueños eran un matrimonio italiano que había venido de Rosario. A nosotros
nos quedó muy grabada una pareja que solía venir de Buenos Aires. Se llamaban
Patoruzú y la Patoruza, y hacían su show en La Gruta Azul. El se ponía una nariz, una
peluca y un poncho como Patoruzú y tocaba una especie de violín armado con una lata
de aceite, un palo y una sola cuerda. La mujer -que para nosotros era una anciana pero
que debería tener cuarenta y pico de años- lo acompañaba tocando la guitarra. El
Patoruzú se emborrachaba mucho, y ella, que lo adoraba, muchas veces, cuando
terminaba la función, lo dejaba dormir sobre la mesa. Una noche, mientras él dormía,
ella se quedó charlando con mi hermano, conmigo y con Cacho Tamis. Advertí que ella
no era una mujer común, sino que tenía una gran cultura. Tomó la guitarra y empezó a
tocar cosas maravillosas. Resultó que era concertista. Mi hermano y yo quedamos
pasmados. Si analizas, ella debe haber estudiado guitarra en los años veinte, lo cual te
indica que vendría de una familia muy especial para que en esa época mandaran a una
chica a estudiar guitarra. De su boca, por primera vez escuché la palabra Tárrega. Ella
acompañaba al Patoruzú porque lo amaba. Los dos eran borrachitos, aunque ella más
suavemente que él. Pasan los años, yo vengo a Buenos Aires, me instalo en la pensión
de Retiro y, para mi sorpresa, rne encuentro con que en la pieza de al lado vivían el
Patoruzú y la Patoruza. Eso arremetía con toda mi nostalgia. Para ellos yo era una figura
difusa que no alcanzaban a recordar. Cada dos por tres les llevaba paquetitos de yerba.
Me preguntaron si no tenía algún amigo que pudiera hacerlos entrar a trabajar en el
Parque Japonés, dado que yo pasaba tantas horas ahí. Finalmente los hice entrar en ese
lugar que se llamaba Babilonia que estaba al lado del Parque Japonés y que yo recreo en
Gálica, en la secuencia en que Gatiquita denuncia a su amigo que se coló a ver el
espectáculo. El Patoruzú y la Patoruza durante un tiempo tocaron ahí, pero luego
empezaron a salir en gira por las distintas provincias, según donde hubiera cosecha,
como los gitanos. No los vi nunca más. En la Gruta Azul yo me pasaba las horas. Ahí y en
lo del Turco Nassif solía ira buscarle clientes a la Boliviana. Pienso que a las ciudades,
como a la vida, hay que mirarlas más con el corazón que con los ojos. A todos esos
personajes de mi pueblo los vi primero con el corazón, luego con los ojos y recién
después con el cerebro. En mi vida se confunde la realidad con la fantasía. ¿Cómo no se
va a confundir si, por ejemplo, el personaje del Aniceto, en mi película Éste es el
romance del Aniceto y la Francisca, está basado en Raúl Di Marco?

¿Quién era tu amigo de Buenos Aires que te enseñó a robar acá?


Carlos Smoris. Lo conocí acá. A mí me llamaba la atención que él andaba siempre bien
empilchado. Decía que hacía corretajes, que compraba y vendía radios. Un día me
confesó que en realidad robaba los relojes y las radios de los Chevrolet 51, y los vendía.
En esa pensión de Retiro conocí a un tipo al que le decían "el vampiro" porque compraba
sangre por litro. Vos ibas, te sacaban sangre y te daban la plata. El tipo no vivía en la
pensión sino que alquilaba una pieza por un día para sacarles la sangre a los que venían
a vender. El les daba unos mangos y después vendía la sangre. A la pensión también
venían los reducidores de radios de autos. Uno les daba las radios afanadas y ellos te
daban la plata. Y es por Carlos Smoris que me como la primera cana acá, por robo de
radios. Ir en cana para mí era nada. Ya la conocía. No sufría. Hay mucho teleteatro en
eso. No se sufre tanto. La primera vez que fui en cana en Buenos Aires fue en Devoto, en
el cuadro primero. Pero no era este Devoto actual. Ahora cuando veo la cárcel de Devoto
por televisión, me doy cuenta de que todo es catastrófico. Cuando yo estuve ahí todo era
más higiénico, había más espacio, era casi lindo. Existía la ranchada, que era un sector
de camas que delimitábamos con cobijas, El preso es un obsesivo de la limpieza. Me
acuerdo que nos duchábamos dos o tres veces por día porque si no eras un tipo muy
higiénico, no te aceptaban en la ranchada. Teníamos todo pulcro y ordenado. Lo que
pasa es que en la época que a mí me tocó estar en Devoto, no hacía mucho que había
caído el peronismo y entonces todavía había resabios de dignidad. En aquel momento en
Devoto no existía el guardia cárcel. Como era un lugar de tránsito -era una cárcel de
encausados-, el que se ocupaba de los presos era el policía de la calle, que es más
humano que el guardia cárcel porque está en contacto con el mundo. Me comí casi nueve
meses en Devoto, al cabo de los cuales logré salir. Pero al poco tiempo vuelvo a caer.
Entonces, doy el nombre de un primito mío, menor que yo, hijo de mi tía Andrea, un
gordito petiso al que yo usaba cuando era pibe para colarme al cine, pero eso te lo
cuento después. La cuestión es que cuando caí por segunda vez dije que me llamaba
Rodolfo Benard para poder ir como menor de edad. El tema era que sí daba el mismo
nombre con el que había caído la primera vez (que era el nombre de mí hermano) me
daban reincidencia, me cabían por lo menos tres años. Nunca caí con mi propio nombre
para que no me mandaran a Mendoza. Entonces, di el nombre de mi primo, y me vino a
sacar mi madre del mismo lugar donde había sido el Hogar El Alba y ahora era el
Instituto Agote, la cárcel de menores. Ella tuvo que venir con la cédula de mi tía Andrea,
la madre del gordito, y hacerse pasar por ella. Después de esas dos experiencias, ya no
quería más de eso. Me fui a Mendoza y comencé a hacer radioteatro con mi madre. El
radioteatro es una locura.
¿Cómo eran las compañías de radioteatro en las que trabajaste?
Cuando se emitía el capítulo se decía en que club o en que bodega iban a actuar. Viajaba
todo el equipo en micro y se hacían las presentaciones. Pero yo no llegué a actuar
demasiado tiempo. Hice un pequeño papel en una obra de mi madre, y luego protagonicé
"La fiera acorralada", otra obra de mi madre. Ella nunca tuvo una compañía como la de
Ubriaco Falcón, que era el héroe del radioteatro. Mi madre siempre quiso hacer un
radioteatro más parecido al de Buenos Aires. Era un radioteatro sin demasiada
convocatoria porque la gente que amaba el radioteatro quería escuchar como "Por las
calles de Pompeya llora el tango y la Mireya" o "El león de Francia" o la historia del
lobizón. Yo tuve mucha suerte porque enseguida me fui a San Juan con mi propia
compañía. Leonardo Favio-Liliana Dávila, se llamaba. Ella era una piba que andaba con
Rocha, un tipo encantador que era director de Radio San Juan. Yo vivía en la casa de
ella. Me acuerdo que la familia era pobre, muy pobre. Tenían heladería. En esa época no
existía tanta variedad de helados como ahora. Había limón, crema y chocolate. A mí me
gustaba, porque además de actuar en los radioteatros, repartíamos helados subidos en
una especie de sulky. Una vez me agarré un terrible empacho comiendo helado. Éramos
felices. Nos pasábamos el día cantando tonadas y soñando. Yo trabajé un par de meses
con esa compañía en San Juan, y ya me vine a Buenos Aires, donde comencé a hacer
bolos en Radio El Mundo.

¿Cómo fue que volviste a Buenos Aires?


Porque mi madre insiste para que yo venga a Buenos Aires, donde tenía la posibilidad de
hacer bolos den radio. Te voy a contar algo que te va a hacer morir de risa. Cuando vine
a Buenos Aires, era muy ingenuo y muy brutito. En una oportunidad estábamos frente a
Radio El Mundo con Horacio Torrado, un actor que era cabeza de compañía y que había
sido el último marido de mi mamá y el padre de mi hermano Horacito. Siempre me daba
trabajo en su compañía, y me pagaba el café con leche en el bar que estaba frente a la
radio. Yo vivía en la pensión de al lado con Yaco Lorca, el payaso que puse en mi
espectáculo teatral La vida es un sueño. Un día cae a la mesa un muchacho joven, recién
recibido de médico. Es típico que apenas aparece un médico todo el mundo empieza a
preguntarle cosas. Yo no tengo mejor idea que decirle: "Sabe doctor que tengo un dolor
en los ovarios?". Horacio me miró con cara de espanto y siguió charlando. Yo volví a
insistir. "¿Me estás cargando, pibe?", dijo el médico. Y todos se empezaron a reír. "No,
doctor, ¿por qué me dice eso? Es cierto que me duelen los ovarios", le contesté. El pobre
tipo no se daba cuenta de que yo quería decir "testículos" pero de bruto decía "ovarios".
Lo que pasa es que siempre he vivido con mis tías y era común escucharlas hablar del
dolor de los ovarios. Hasta ese momento, estaba convencido de que los nuestros también
eran ovarios, o a lo sumo, "huevos", pero no le iba a decir "huevos" al doctor, me parecía
muy ordinario. Para mí, testículos tenían los toros o los perros. Imagínate de dónde
vengo yo, Adriana. No sabía ni que teníamos testículos... A los doce años le armé un
escándalo a mi madre porque recién me enteré de que ella no era virgen. Yo era el
último atorrante de los atorrantes, pero a pesar de haber conseguido tipos para la
Boliviana, a pesar de haber vivido siempre con las putas, a las que amo, a pesar de
haber tenido un padre cafishio, en ese terreno era muy ingenuo y muy brutito. Cuando
empecé a trabajar en cine como actor en las películas de Torre Nilsson me decían "el
rebelde", porque a la hora de comer, en Sonó Film, me sentaba lejos de todos. Y lo que
no sabían era que eso no tenía nada que ver con la rebeldía. Me sentaba lejos porque
hacía ruido con la comida y yo sabía que no había que hacer ruido para tomar la sopa,
pero no lo podía controlar.

¿Pero vos creías seriamente que a un tipo que te quería como te quiso Babsy le
podía importar mucho que hicieras o no ruido con la sopa?
No, pero a mí me daba vergüenza. Una vez estábamos doblando una escena con Torre
Nilsson y yo tenía que decir "lealtad" y decía "lealdad". Veinte veces me tuvo que
explicar Babsy que estaba diciendo mal la palabra hasta que las escribió en un papel para
que viera la diferencia entre la palabra correcta y la que yo pronunciaba. Para m í era
"lealdad". Otra palabra con la que lo volví loco a Babsy fue con "intemperie". No me
podía hacer entender que no se decía "intemperie". Pero a pesar de todo eso, él sabía lo
que había en mí. Cuando filmábamos Gótica yo me sentía muy reflejado en el pibito que
hace el Catiquita adolescente. La de él es una personalidad muy parecida a la mía
cuando tenía su edad... ¿Nunca te conté de mi primer noviazgo en Buenos Aires?
No.
Yo tendría diecisiete o dieciocho años, y hacía bolos en Radio El Mundo. Mi vieja vivía en
Carapachay y, de vez en cuando, yo iba a pasar unos días con ella. Un día, en el tren veo
una pendejita que era la locura. Imaginate una onda Nazareno Cruz y el lobo. Yo, con mi
tremenda timidez, me levanto y comenzamos un romance de locos. Era un romance en el
que nos mirábamos enloquecidos y lo máximo que llegábamos a tocarnos era la puntita
del dedo. Esto habrá durado un mes. Era un tiempo que para mí, con semejante
metejón, era un siglo. Un día ella empieza a decirme que tengo que conocer a sus
padres. Le expliqué que no me animaba, pero finalmente me convenció. Un viernes rne
invita a su departamento, que quedaba a dos cuadras de la casa de mi vieja. Mi mamá
me plancha bien planchadito el único traje que tenía, mientras yo charlaba con ella y me
atosigaba con ciruelas. Llego a la casa. "Ah, llegó el pibe -decía el padre-. Che, qué pinta
que tenés. Así que vos sos sobrino de Elcira Olivera Carees... nosotros la escuchamos
todos los días en la radio". El departamentito era muy chiquito, requete chiquitito, en
planta baja. Los padres de la piba eran encantadores. Nos sentamos, el viejo se hablaba
todo y a mí no me salía palabra, me moría de vergüenza. Prepararon tallarines. La pibita
iba y venía de la cocina, feliz. Era una belleza y yo todavía, te juro por Dios, ni la había
tocado.

Todo un caballero...
Es que era muy pendejo y me daba no sé qué. Yo pensaba que ese noviazgo era para
siempre. Eran amores de aquella época. La cuestión es que esa noche nos sentamos a
comer en el living, que también era muy chico, casi un cuadradito. En lo mejor de la
cena, me empiezo a descomponer. Trataba de aguantar, pero llegó un momento en el
que no daba más. Me empecé a bañar en transpiración y las tripas me hacían ruido. Se
ve que el mundo de las ciruelas que me había comido en mi casa me estaba castigando.
Finalmente junté coraje y dije: "Señor, yo quisiera pasar al baño". "Sí, m’hijo", me dice
el padre de la piba y me señala la puerta del baño, que para mi horror estaba pegada a
la oreja de él. El baño estaba pegado a la mesa. Entro corriendo, me bajo los pantalones,
tiro la cadena para que no se escuche ruido, pero no sale ni una gota de agua, y me
viene un cólico incontrolable. Eran unos ruidos espantosos y cago por todos lados. Para
colmo, el bañito estaba pegado a la mesa, prácticamente pegado a la oreja del viejo,
porque todo era chiquito. Y yo que no puedo parar de cagar... La mierda volaba para
todos lados, como esas mangueras gruesas que se te escapan de las manos y salpican
todo. No podía parar. No teñí control. En medio de esa situación, abro la canilla del
lavatorio, y tampoco sale agua. Me entro a desesperar, no puedo controlar la situación y
pienso en tirarme al piso y hacerme el muerto. Me resbalaba en la mierda. Trataba de
escuchar, pero del otro lado no se oía ni palabra. Es que mi ruido había sido tan
estrepitoso que deben haber quedado mudos del horror. Eran ruidos espantosos, tipo
estallidos. Las paredes y el piso estaban llenos de mierda. En un momento pensé en
hacerme el desmayado para que me sacaran con una ambulancia. Prefiero que me lleven
así cagado a un hospital antes que tener que mirar a éstos a la cara, pensé. Pero, de
pronto, veo que el baño tiene una ventanita diminuta que da a un patio interior. Así
cagado como estaba, me trepé a la ventana, me tiré al patio interno, salté el muro que
daba a la calle y me fui. Nunca más supieron de mí. Nunca más supe nada de la piba.
Después, cuando iba a visitar a mi madre, al bajar del tren en Carapachay, daba veinte
vueltas a la manzana para asegurarme que no estuviera la piba. Con los años, cuando
empecé a ser conocido con la canción, me imaginaba a esa gente viéndome por la tele y
diciéndole a la hija: "Mira el novio que se te había transformado en mierda". Fíjate cómo
fue a terminar ese romance que era de mirarnos, de tomarnos de la mano, de sentirnos
etéreos. Cuando llegué así, cagado, a la casa de mi madre, ella no podía parar de reírse.
Y yo me reía con ella, porque a esa altura se me había ido hasta el amor por la piba.
Pensar que perdí mí novia por unas ciruelas, y tal vez también perdí la posibilidad de una
hermosa familia.

(Qué otros recuerdos tenés de la época de tus bolos en Radio El Mundo?


Recuerdo cómo eran las compra-ventas en Buenos Aires. Ahí solíamos ir con mi madre a
buscar la ropa que me vestiría. Era una especie de mercado persa. En ese lugar estaban
las cosas más dispares, más bellas y más misteriosas. En la vidriera te podías encontrar
con violines que en su interior rezaban: "Stradivarius". "Ese es un violín muy caro, Ese
hombre no sabe lo que tiene en las manos", me dijo mi madre. La que no sabía era
mamá. Eran violines que decían Stradivarius pero eran cualquier cosa, trampa para
ingenuos. Pero yo, al igual que mi madre-y me emociono al rememorarlo-, entraba a la
compraventa como a un lugar donde me llenaba de alegría. Por lo general, eran tiendas
de judíos en la calle Libertad. Largas hileras de trajes, grandes rincones de camisas,
todas muy bien planchadas y pulcras, trajes impecables y remendados, otros casi
nuevos, zapatos casi nuevos. Ahí íbamos con mi madre y ella me compraba un trajecito y
camisas que elegíamos juntos. Yo salía con un temblor, como si fuera ropa nueva. No
tenía mucha conciencia de lo que era la ropa nueva. Hasta los diecinueve a ños, no
recuerdo haber adquirido por mis propios medios ropa nueva. Sólo la había comprado
cuando era más pequeño y andaba rateando. En esa época compraba camisas que me
gustaban. Me acuerdo que una vez usé ropa nueva porque una noche nos habíamos
metido en una tienda y habíamos sacado unos cincuenta trajes, de los cuales muchos rne
quedaban bien y pude usarlos. Pero con los trajes de la compra-venta. me sentía muy
bien vestido. Casi siempre había que hacerles pequeños arreglos, a veces en la cintura, a
veces en la bocamanga, o en las mangas, en fin... arreglos. Entonces, me iba con mamá
a tomar café con leche a un bar cercano mientras ellos arreglaban la ropa y la dejaban
prácticamente a medida. Creo que nunca fui tan feliz al comprar una ropa, como cuando
me entregaban esa que me compraba mi madre con tanto cariño. Mi madre era feliz
cuando entrábamos ahí. Para ella eso era lo máximo porque era lo máximo que podíamos
aspirar. Las casas de compra-venta siempre tuvieron algo de misterioso y de bello para
mí. Y aunque parezca increíble, en esta especie de abracadabra que es mi vida, en la que
soy un sombrero del que permanentemente salen conejos, también en el ámbito de la
compra-venta de ropa me ocurrió algo mágico. Resulta que con los años, muy pocos por
cierto, me encuentro en un cineclub con un muchacho llamado Armando Bresky.
Habíamos proyectado Crónica de un niño solo en ese cineclub que él dirigía. Yo estaba
con Walter Achúgar1, y Armando Bresky nos convocó para que habláramos de mi sueño
de filmar Este es el romance del Aniceto y lo francisca. Nos citó en su negocio. ¿Y cuál
era el negocio? La compraventa de Libertad y Lavalle. Era la compraventa de su padre,
donde tantas veces yo había ido con mi madre a comprar ropa usada. En ese mismo
lugar, con el hijo del ropavejero, se armó la producción de Este es el romance del
Aniceto y la Francisca. Yo lo iba a ver a Armando Bresky para hablar de nuestros sueños
de El romance... al mismo sótano del negocio donde tantas veces había deambulado con
mi madre escudriñando los percheros, buscando la ropa que me quedara bien y eligiendo
el color que fuera adecuado para mí. Nunca voy a olvidar que una vez estaba
entusiasmado con un traje marrón y mi mamá me dijo: "No, la ropa marrón es para los
rubios. Vos tenés que usar azul, negro o gris". Todavía recuerdo un traje de ojito de
perdiz que me compró mi madre y que me quedaba hermoso, Ese día, además, me
compró cuatro camisas y corbatas, para que estuviera elegante cuando iba a Radio El
Mundo. Te cuento todo esto y me emociono. Me doy cuenta de que pasar é por esta vida
sin haberle pagado a mi madre el amor, la fe y todo lo que hizo por mí. Hoy tal vez sea
tarde para decírselo porque la emocionaría y le haría daño. Simplemente puedo
comérmela a besos, como suelo hacer cuando voy a verla. Si charláramos de esto, le
haría mal. Creo que nunca antes de estas charlas que estoy teniendo con vos, había
tomado conciencia de esos momentos maravillosos que viví junto a mi madre, y de esa
cosa misteriosa que me llevó a vestirme elegante con ese judio ropavejero, y que el hijo
de ese mismo ropavejero iba a terminar ayudándome a producir Éste es el romance del
Aniceto y lo Francisco.

Por lo visto, de tus primeros años en Buenos Aires tenés recuerdos tan precisos
como los de Lujan de Cuyo…
Sí, pero, ¿sabes qué perdí al llegar a Buenos Aires? Perdí el ruido de los coleópteros.
Recién ahora me estoy dando cuenta, a través de los documentales que me llegan por
televisión. En mi casa de Lujan de Cuyo había un jardín con rosas de colores increíbles,
obra de mi tía Berta que, como te conté, era una gran jardinera. Eso hacía que
permanentemente hubiera un ronroneo de abejas, de un mar de coleópteros trasladando
polen. Pzzzzz, pzzzzz, pzzzz era el sonido constante a la hora de la siesta. Y a eso súmale
el ruidito del agua, tanto de la acequia como del regadío. Nosotros teníamos derecho al
agua dos veces por semana. Entonces teníamos que ir al tapón, que quedaba a cinco
cuadras, y destapar para que te llegara el agua. El que percibió alguna vez ese sonido, al
instalarse en una gran ciudad lo pierde, y cuando lo recupera, lo que siente es un golpe
al alma. Es una pena que esos sonidos de a poco vayan desapareciendo. Cada vez te
tenés que hundir más en los desiertos para poder escucharlos.

¿En Lujan ya no están esos sonidos?


No sé si estarán porque a Lujan un poco la arruinaron. Hoy tiene mucho ruido a ciudad.

En el lugar donde vos querés construirte una casa, sobre la calle La Costa...
Pienso que ahí aún tiene que haber de esos ruidos. Donde hay muchos sonidos de ese
tipo es en los viñedos, sobre todo cuando pasa la cosecha y viene la melezca. La melezca
son los racimos que quedan en el viñedo después de la cosecha porque el cosechador no
los arrancó. Según la Biblia, está prohibido tocarlos porque son para las viudas y los
huérfanos o para los esclavos. Con la melezca aparece, indefectiblemente, el sonido de
las abejas. Estoy pensando que tengo que recuperar el viñedo que tuve en Las Catitas, o
comprar otro. Quiero volver a tenerlo, pero no para que me dé ganancias sino para
vivirlo, para respirarlo. La vida está allí. La gran ciudad es para usarla. Acá llego a
preguntarme si la verdadera vida no será el sueño, porque cada día me despierto para
pelear. No me despierto para ir a gozar el son de la mañana debajo de un parral, ni para
ver cómo corre el agua debajo de una acequia. Acá te asomas y ves un auto o una vieja,
y escuchas radios que dicen boludeces, y autos que pasan, pero en ningún caso te
despertás para estar en contacto con la vida.
Pero cuando vos te levantas y empezás a pensar en componer una canción o en escribir
un guión, te despertás para la vida, estés acá, en Lujan o en la China. ¿O no?
Yo primero tengo que recuperar lo otro, el contacto con esa otra vida. No rne gusta
tenerla instalada solamente en la memoria. Quiero ¡r y tocarla. Es algo que yo me lo he
replanteado, y me he dado cuenta de que mi falta de fervor tiene que ver con algo que
está faltando. Antes que nada, tengo que ir en busca de eso.
¿Crees que si te fueras a vivir a Mendoza durante seis meses, compondrías tus canciones
o escribirías tus guiones con mayor grado de placer?
Quizás no, porque eso ya es parte de un trabajo. Por ahí yéndome a Mendoza seis meses
no compongo nada, pero me compongo a mí mismo. Lo que yo no logro hacer entender
es que no sé si todo eso-las canciones, las películas-es importante. Puede que mis
canciones o mis películas sean importantes para los demás, pero no sé si son
importantes para mí. Muchas veces me planteo si no es un insulto a Dios no darle
importancia a la vida que El te dio. De golpe, por estar inmerso en el ruiderío de la
ciudad, te perdés el ruido de un coleóptero... Hace un rato estaba viendo un documental
sobre los colibríes. En mi vida he visto enjambres de colibríes. Picaflor, les decíamos,
picaflor se llaman. Estaban ahí y a la hora de la siesta los veíamos todos. Me acuerdo que
yo los miraba como en cámara lenta, porque eran tantos que podía estudiar sus
movimientos, sus costumbres, sus hábitos. Eso es lo que añoro yo hoy. Y lo que te aterra
es que todo eso vuelve a tu memoria a través de la televisión. Cuando vi el documental
de los colibríes, me di cuenta de que aquella imagen de los pájaros a la hora de la siesta
se me había olvidado. Es indispensable que lo sepa, y que las recupere. Dice un
proverbio chino que nunca hay que volver al lugar donde uno fue feliz. Creo que está
equivocado. Porque podes volver al lugar donde fuiste feliz, sin ir exactamente a ese
lugar, sino buscando aquello que te hizo feliz. Si yo vuelvo hoy a Lujan de Cuyo, ya no es
mi Lujan de Cuyo, y en eso tiene razón el proverbio chino. Pero si yo voy a buscar
aquello que me dio Lujan de Cuyo, y lo busco cien kilómetros adentro, ahí va a estar, a
pesar de que ya no está la tía Berta que me rondó.

1
Walter Achúgarfue uno de los productores de Éste es el romance del Aniceto y la
Francisca, realizada en 1965-1966 y estrenada en 1967.

La política

En 1971, durante tu gira por España conociste a Perón. ¿El había ¡do a escucharte
cantar?
No, yo lo esperaba, pero no fue. Eso fue el día del debut. Yo debutaba en el Florida Park
de Madrid, y esa noche se acercaron a mi camarín, antes del show, Isabel Perón y López
Rega. Con ellos venía Carlos Acuña, un entrañable amigo del General, cantante de
tangos, que prácticamente convivía con él. Carlitos Acuña era íntimo de la familia Franco,
además. Bueno, se acercaron al camarín para saludarme e Isabel me dijo: "Lo va a tener
que disculpar al General, porque él se acuesta temprano. De todos modos, está invitado
a venir mañana a la casa"

¿Cómo fue el encuentro?


Yo llegué como quince minutos tarde. El General estaba en la puerta, que daba junto al
portón de entrada. Estaba charlando con el policía de guardia en la cabinita que estaba
junto al portón. Cuando se acercó el auto que me llevaba (yo iba con Carlitos Acuña) él
se acercó como si me conociera de toda la vida. Y me dijo con picardía, señalando al
custodio: "Caramba, estábamos preocupados. Pensábamos que les había ocurrido algo".
El policía asintió sonriente. Se ve que ya le conocía el juego. Pero fue suficiente para que
me estallara la timidez, y tartamudeé no sé que disculpa. Era muy sutil para hacerte
notar faltas. Pero, en realidad, creo que lo que me turbó fue la emoción. Eso me hizo
enturbiar la voz, pero el que me sacó del apuro fue Carlitos Acuña, que me había ido a
buscar, y comenzó a hablar con el General sobre el tránsito, y que patatín y que patatán.
Se me vinieron en un segundo, remolinos de imágenes que no te podría describir con
claridad. Sólo sé que todo para mí se hizo en cámara lenta. No sé si fue porque me
pesaban las piernas por tantas sensaciones que me inundaron de pronto... No sé cómo
explicarte... Me sentí como llegando a la meta, como si en ese instante hubiera llegado a
la meta el pibe que fui. Ese pibe del que tengo la imagen de que siempre corre, corre en
busca de algo más que escaparse del Patronato. Como si hubiera llegado a la meta... Sí,
yo creo que fue eso. Pero en ese torbellino de imágenes también hubo sonidos, porque
todo era vértigo de sensaciones. Por ejemplo, la marcha del deporte que inundaba la
cancha con nuestras voces infantiles en los campeonatos Evita, esa marcha tan linda que
decía: "A Evita le debemos nuestro club, por eso le tenemos gratitud. Seremos
deportistas de todo corazón, para formar la nueva y gran generación".En fin... la
recuerdo y me emociono. En los campeonatos Evita, en una oportunidad jugué al fútbol.
De arquero, por supuesto. Más bien de acomodado, porque el sereno -el celador ese que
te cuenta era Humphrey Bogart- me quería mucho y me puso de arquero, a pesar de que
yo era muy mal con la pelota, porque a los que jugaban les regalaban el equipo
completo. En ese momento, también volvieron a mí las imágenes de los camiones de la
Municipalidad repartiendo juguetes por la calle de tierra, y el tropel de niños felices,
corriendo, junto a las madres que acaparan bicicletas, pelotas, muñecas...
Los hermosos barrios obreros donde mi tío Arturo tiene su chalecito. No sé cómo
transferirte todo lo que sentí, toda la emoción que tuve que contener. Y bueno, es que
ahí estaba y charlaba conmigo el General que esperaban millones de argentinos como al
Mesías. "Déjalos nomás, ya van a ver cuando venga el General", dice Gatica en mi
película. Pero eso no era teología. Ese era un sonido real que yo escuché durante
dieciocho largos años en que nos privaron de algo que, tal vez, hubiera podido construir
nuestra felicidad, o sea, prolongar y hacer crecer esos años felices, porque cuando lo
pudimos traer ya el General estaba cansado, muy cansado. Y a su lado no había mucha
gente que pensara, más bien maquinaban. Pero volviendo a la quinta, había sol, de esos
soles madrileños tan hermosos, tan idénticos a los de Mendoza.

Entonces, Perón era como vos lo imaginabas.


Sí, se parecía al mito. No había diferencia. Su cuerpo era armonioso y tenía un andar
elástico, a pesar de los años. Su voz era la misma que nos llegaba por los parlantes de la
plaza, allá en mi pueblo. La misma que escuchábamos en las fiestas patrias, en la Casa
del Niño mientras tomábamos chocolate con facturas. Ponían una radio grandota en el
comedor y ahí, entre chocolate y facturas, escuchábamos al General. Siempre que a
través de la radio hablaban Perón o Evita era día de fiesta. Nos ponían ropa deportiva, si
era verano, y entonces la radio la ponían bajo los largos aleros y nosotros nos
sentábamos en las baldosas que siempre brillaban, porque la limpieza era una obsesión.
En esas circunstancias nos daban Coca-Cola. Traían cajones de Coca-Cola y también
masitas. Y si era en invierno, nos hacían poner la ropa de salida. Ropa de gala, le
decíamos. Y, como te contaba, nos instalaban en el comedor. Era una fiesta. Siempre nos
regalaban figuritas, sorteaban pelotas, equipos de fútbol, alguna bicicleta... Pero
volviendo al General, ésa era la voz que yo escuchaba, la misma de mi niñez. El Genera!
no había perdido la coquetería. No la perdió nunca, como buen libriano. No se entregaba,
era muy elegante. Durante la charla, en el porche no perdió oportunidad para mostrar
que no se teñía el pelo. "¿Ve?, mire, un mar de canitas tengo. Si me tiñiera, ¿se tiñe
todo, no? Es que mi madre era india. Si usted mira los daguerrotipos de Calfucur á, va a
ver que no tienen canas, Los indios no tenemos canas". "Se le cayó el vasco, General", le
acotó Acuña. "No, no, hay vascos, pero tengo más sangre india, mire", y se inclinó para
que yo lo mirara. Era verdad, entre el pelo, renegrido muy abundante, ten ía, como el
decía, un mar de canas. Esto fue en respuesta a una cargada que le había hecho Carlitos
Acuña, que mirándole la cabeza tarareó: "Ay, Carmela, Ay, Carmela". A Carlos Acuña le
aguantaba cualquier cosa, tenía debilidad por él y lo divertía mucho. Es que Carlos Acuña
era muy agudo. Además, solía alegrarle las tardes de tristeza. Cuando no caía con un
guitarrista, caía con un bandoneón. Y ahí se ponía a cantar tangos hasta que quedaba
afónico. Al General le gustaba. Para él Acuña era un bálsamo. Bueno, como te decía, era
una tarde hermosa. Al trasponer el portón veías un parque enorme, con árboles, no
recuerdo que fueran muchos. Todo muy cuidado, muy prolijo, muy cortadito, como su
corte de pelo, muy milico, bah... Como por arte de magia se nos vinieron cuatro o cinco
perritos caniche que alborotaban todo. Se nos metían entre las piernas, a los ladridos y a
los saltos incomodando el andar. Y Ahí el General se mandó la primera de la tarde:
"Parecen la oligarquía, no nos dejan avanzar". Lo dijo y me guiñó el ojo. Era el guiño del
mito, y yo iba junto a él. Alzó a una perrita entre sus brazos y la perrita lo besuqueaba,
lo lamía, y él se dejaba hacer, como yo con mis perros cuando era pibe. "Esta raza es
muy inteligente", me zambullí porque hacía poco, gracias a Dios, había leído sobre esos
perros en no sé qué revista. Así que me aferré a ese tema como a un salvavidas porque
¿de qué le podía hablar? Y la cosa se ve que le gustó. Bah, no sé si le gustó... porque él
siempre te seguía la corriente. Con quien se tenía que elevar, se elevaba, y con quien se
tenía que achicar, se achicaba. "Sí, claro, ¿no ve que en los circos los usan mucho? -me
dijo-. Son muy cariñosos. Tienen inteligencia superior. Mire, el Gaucho, pobrecito, murió
acá. ¿Ve allí, ese montículo? (era un montículo de flores). Aquí está... El y ésta -me dijo
por la perrita que tenía en brazos- son los últimos que me quedaron de los que me llevé
de la Argentina. Los demás son hijitos de éstos". A todo esto, se habían agregado al
grupo Isabel y López Rega, Y así llegamos al porche. La quinta era de gran austeridad. La
casa quedaba casi en el centro del parque. Era muy muy austera. Una casa simple, muy
simple. Si no hubiera tenido el parque, yo diría que inmersa en el barrio de Bel-grano,
sería una casa más.; hubiera pasado desapercibida. Tenía un porche en el que nos
sentamos. En la planta baja estaba su escritorio: un living, más bien pequeño, con una
escalera que daba a las habitaciones superiores, que eran los dormitorios. Ahí abajo
también estaban la cocina y un par de habitaciones de personal.

¿Uno no se inhibe cuando tiene enfrente al mito?


Yo no podía ni caminar. A medida que me iba acercando al porche de la casa, sentía que
se me enredaban las piernas. Tomamos té con leche y matecito. Habremos estado como
cuatro horas. A él le gustaba estar con argentinos. Era muy cálido, muy paciente. Tenía
la paciencia de los sabios. Más que charlar, yo lo escuché hablar. Carlitos Acuña
improvisó algunos versos.

¿Qué imagen tuviste de Isabel y de López Rega esa tarde?


Nada en especial. Fueron muy cordiales. Pero hubo un detalle de López Rega que me
quedó grabado. En un momento el General le pidió un cigarrillo al guardia que le tenía el
atado, porque el atado siempre se lo tenía un guardia que le daba a horario los
cigarrillos. Creo que era uno a la mañana, después del desayuno, otro después del
almuerzo, otro a la tarde y el último después de la cena. López Rega se acercó, y le dijo:
"General, usted ya se fumó el de la tarde". Se ve que le marcaba de cerca los cigarrillos.
"No, Lopecito -dijo Perón-, si es para la gilada. ¿No ve que me están haciendo fotos? El
cigarrillo es para que no piensen que estoy chacabuco. ¿No vio que andan diciendo que
estoy chacabuco?". López Rega estuvo muy cordial con nosotros, pero casi no intervino
en la charla. Sólo hizo alguna acotación de vez en cuando. Isabel tampoco habló mucho.
Se acercaba, y a cada ratito nos servía té con leche, y después nos dio mates con
bizcochos. Era muy cariñosa con el General.

¿De qué charlaron?


De todo. Yo no sé porqué, intuí que en parte a él, con el tema de la política, le podía
ocurrir lo mismo que a mí cuando me hablan del cine en una reunión de amigos. A mí
eso no me cae nada bien. A mime gusta que me hablen de otras cosas, cosas de la
cotidianeidad: que si aumentó el tomate, que si bajó el colectivo... en fin... de la
cotidianeidad. Así que en lo posible, orienté la charla hacia ese lado. Hacia recuerdos que
nos involucraban, de alguna manera. Por ejemplo, le dije que yo había estado internado
en la Casa del Niño, en Mendoza. Me preguntó como si estuviera aconteciendo en ese
instante: "¿Y qué tal es el trato?". Le dije que si bien yo era un imposible, nunca ning ún
celador me levantó la mano. No recuerdo que a ningún niño le hubieran levantado la
mano. "No, no, claro, no se puede tocar a un niño", dijo el General. "Pero cuando
jodiamos mucho, de vez en cuando venía la rapada", le aclaré. "Pero eso es higiénico",
se reía. ¿Sabes qué ocurre, Adriana? Que si en esa época un celador te tocaba, ¡ba en
cana. Estaba prohibido tocar a un niño, hiciera lo que hiciera. De ahí que los castigos
fueran sutiles: sentarse frente a Juan Calle para que no pudieras comer por los mocos,
raparte, y si la cosa era muy, muy grave, dejarte sin visitas. Bueno, pero volviendo al
asunto, yo le charlé de ese colegio hermoso donde estuve, el Miguel Rouget. Esas
escuelas granja eran su orgullo, según me dijo, y a elle gustaba mucho hablar sobre
animales y sobre ese tipo de cosas. En esa charla yo me agrandé un poco porque le entré
a hablar de avicultura, que es un tema que conozco bastante. Le hablé de las distintas
razas, como la Plymouth, y charlamos de las Leghorn, que son las ponedoras. "Yo
siempre le digo a la gente que tenga un gallínerito", comentó el General. Después se
explayó sobre lo mal que capaban a los chanchos, que se podía hacer de una manera
menos traumática, y ahí dio toda una disertación sobre cómo capar a los chanchos. De
ahí saltamos a la devastación de las selvas del Brasil, pero todo en él sonaba a cátedra.
Conocía los nombres científicos de las plantas. Uno quedaba perplejo escuchándolo. "El
que sabe mucho de todo esto es Hugo Del Carril. El sabe mucho de plantas", me dijo, y
me preguntó cómo andaba. Le dije que en realidad no lo frecuentaba, pero que sabía que
andaba muy bien, muy bien. Me acuerdo que se quedó pensando y me dijo una frase que
yo acuñé y que uso siempre: "Hugo es un gran hombre. Es un señor, a cualquier hora
que se levante". De ahí volamos a Rucci, a quien quería muy mucho, entrañablemente. Y
un tema obligado -porque ese día era un día triste- vino a la charla casi como por
obligación, a pesar de que todos habíamos intentado evitarlo. Era la muerte del pibe
Frondizi, que había acontecido uno o dos días antes. Había caído en una celada, creo que
en el Tigre. Ellos asistieron a una cita a la que, oh casualidad. Faltó Firmenich. Yo noté
una gran tristeza en la mirada del General. Le brillaron los ojos un segundo. Pero ah í
nomás cambió de tema. "Usted es Jury, ¿no? Su apellido es Jury", me dijo de pronto. Y
yo sentí que me inflaba como un globo. Creí que iba a reventar de orgullo. "Sí, sí",
tartamudeé. Pero tenía los ojos redondeados de asombro: el General conocía rni apellido,
el apellido de los prontuarios. "Usted es de ascendencia árabe. Su papá, ¿de dónde era?"
"De Siria -le dije yo-. De Damasco". "Ah, de la Siria palestina. Allí nació Jesús".

¿En ese momento se suponía que podía volver pronto?


Eso no se charló. Pero yo lo sentía en mi corazón porque había una gran presión para
que volviera.

¿Qué pasaba por tu cabeza mientras Perón hablaba?

En ese momento, como en una oración, lo recreé al Negro Cacerola, Cacho Tamis y a
todos mis amigos de Lujan. Los puse dentro mío para que ellos también lo vieran. Como
s¡ el Negro Cacerola me pudiera estar viendo, en un momento tomé los anteojos que el
General había dejado sobre la mesa y los acaricié un poco. Y después, le agarré la mano.
El se dejaba toquetear porque sabía lo que era. El seguía charlando tranquilamente
mientras yo le acariciaba la mano como si fuera mi abuelo. Yo quería sentirlo piel a piel.

Para ese entonces hacía casi dieciséis años que no estaba en Buenos Aires. ¿Se
le notaba en algo ese tiempo de exilio?
Creo que él estaba muy triste de estar lejos de la Argentina. Como estuvo muy triste
cuando volvió. Ante todo por el clima de Buenos Aires, tan húmedo, tan pavoroso. El
clima de Madrid es muy parecido al de Mendoza: es seco, muy bello. Es bueno hasta
para los huesos. Además, cuando vino acá se encontró con la maraña de la mediocridad.

¿Cómo récordes la mirada de Perón en Madrid?


Era de una ternura increíble y por momentos también de una tristeza increíble. Te voy a
mostrar una foto en la que esa mirada se registra muy bien. Mira que triste está el
General. En el momento en que sacaron esa foto recordábamos la muerte del chico
Frondizi.

¿Cómo fue la despedida de Perón esa tarde?


Me dio una carta para que le trajera al doctor Taiana, y nos acompañó hasta la puerta.
Me acuerdo que le di un beso. El se quedó charlando otra vez con el guardia de su
custodia de la cabina, mientras nos hacía así con la mano, mientras
nos alejábamos. Yo sentí mucha angustia, porque tuve miedo de no verlo nunca más. El
daba esa sensación: a pesar de su estatura, daban ganas de protegerlo. El General me
tomó mucho cariño.

¿Volviste a verlo en la Argentina?


Sí. Acá el General estaba muy presionado. Pero como yo no le hablaba de política, los
encuentros también fueron muy lindos.

¿Qué imagen guardas de Evita?


Yo llegué a escuchar sus discursos en mí pueblo. Era una cosa muy rara. Evita era como
la Virgen. Para los humildes era un milagro el hecho de que vos le escribieras una carta y
que a la semana te cayera una máquina de coser. Pensá que esa máquina para esa gente
era un medio de subsistencia. La de Evita era una imagen muy rara, confusa, era un ser
especial, era como una santita. Estaba en los altares. Mi abuelita y mis tíos -corno todo
el mundo- tenían una foto de Evita junto a la de los santitos.

¿La imagen que vos tenes de Perón es parecida a la que tenía Gatica?
La única diferencia entre Gatica y yo son los oficios. Por lo demás, los miedos se reflejan,
y la insensatez también. No te olvides de que Gatica cuando vive toda la experiencia de
decirle a Perón "cómo ruge la leonera" era un muchachito. El muere en 1963, ocho años
después de la Revolución Libertadora. Ese día yo estaba con mi abuelito en Mendoza, en
una casa con una terraza hermosa. Me acordé de que a Gatica lo había visto con un traje
azul, tan hermoso... Era lindo Gatica. Era de ascendencia chilena, de allí sus ojos verdes.
¿Nunca dudaste sobre cuál era la corriente del peronismo en la que tenías que
enrolarte en las distintas etapas históricas?
Yo no he optado por ninguna corriente. Hay católicos, hay pentecostales, hay católicos
carismáticos, hay bautistas, existió la Inquisición, pero yo me aferró a los Evangelios.

¿Que en el caso del peronismo serían las veinte verdades?


Su doctrina.

¿Es cierto que fuiste afiliado al Partido Comunista?


Sí, pero fue por una pendeja que me gustaba. Era una comunista compulsiva. Me hizo los
ratones y yo dije "me afilio, qué me importa". Igual me hubiera afiliado al fascismo o al
radicalismo, o a cualquier cosa. La piba era divina... Cuando la piba me pateó, mandé al
carajo el comunismo y todo.

¿Discutías con ella de política?


No, ¿para qué iba a discutir? Yo lo único que quería era volteármela. Ella puteaba contra
Perón, decía que era fascista. Y yo le daba la razón en todo. Total, mientras me la
pudiera voltear no me importaba nada. ¿Ella qué sabía lo que yo pensaba
verdaderamente?

¿Acaso no sabía que eras peronista?


Sí, pero yo le decía que había sido peronista, que ya no lo era.

Ahora ya con ese verso no podes engañar a ninguna.


No, ahora, en esos casos lo que digo es que la política es poco importante. Esto me hace
acordar a lo que le dije una vez a López Rega. Me convocaron a una reunión donde se iba
a hablar de la unificación de todo el tema televisivo. López Rega insistía en que yo me
hiciera cargo de eso. "Porque Leonardito es un peronista leal" dijo en un momento.
"¿Sabe que ocurre? Yo de televisión no entiendo nada", le contesté. "Además, no se fíe
mucho de mi peronismo -le advertí-, porque mire que yo tengo muchas cualidades como
traidor. Si me llego a agarrar un metejón, se pudre todo. ¿No sabe que una vez me afilié
al Partido Comunista por una piba? Yo soy peronista de la cintura para arriba. De la
cintura para abajo, soy multipartidario", le dije. Ahí vino el cagadero de risa, y me liberé
de ser funcionario.

Contáme sobre tu participación en el charter de Perón


Un día recibí un llamado telefónico y me dijeron que estaba entre los elegidos para
acompañar al General. Había un mundo de gente. En la parte de adelante iban Isabel, el
doctor Cámpora y López Rega. Y atrás veníamos todos. Recuerdo al doctor Taiana, a
Hugo Del Carril y al padre Mugica, a quien conocí ahí. También venían muchos dirigentes
obreros, entre ellos el pobre Coria. El General vino y nos saludó a todos. Pobre General...
El quería ser enterrado. A veces pienso: pobrecito, en ese sótano... tan sólito ahí en la
Chacarita. A él lo deberían haber dejado en la tierra como era su deseo. A vos, ¿los
nichos, no te dan la impresión de que uno se asfixia? La tierra es hermosa, porque volvés
a la tierra, y tenes la chance de volver...

¿Cómo era el padre Mugica?


Un gran hombre. Muy arrebatado. Era ingenuo. Su ingenuidad le costó la vida. Una vez,
en casa, me vio el rosario y me dijo: "¿Para qué te pasas el día pasas el día Dios te salve
María? ¿Te crees que Dios es tarambana, que tenes que repetirle siempre lo mismo?" Le
expliqué que yo lo hacía porque antes lo habían hecho mis abuelos, que repetía sonidos
que habían estado en boca de mis abuelos y de los abuelos de mis abuelos, que ese
sonido, de tanto repetirse a través de cientos de año, alimentaba la fe. Digamos que es
una especie de mantra. Yo puedo dudar de muchas cosas que se hayan dicho antes, pero
de lo que no tengo dudas es de que cientos de miles se aferraron a ese sonido: "Dios te
salve María, llena eres de gracia", Eso le sirve a uno, porque además, Dios no escucha,
¿no? El padre Mugica venía siempre a verme a mi oficina de Paraná y Arenales.

(Con qué país soñaba el padre Mugica?


Obviamente que con el mejor. Estaba bastante confundido, como estábamos todo. No
obstante, para esa época había abandonado Montoneros. Nunca pensé que lo iban a
matar. Lo mató Montoneros, a la salida de la iglesia. Como también Montoneros mató a
Rucci para demostrar su fuerza y su ira contra Perón, porque era justo en un momento
en que Rucci apoyaba una propuesta del General desde las organizaciones obreras. Esa
muerte para Perón fue terrible. Fue como matarle el hijo más querido.
En el charter que traía a Perón también conociste a Menem. ¿Pensaste en aquel
momento que podía llegar a Presidente?
No, sinceramente no. El se acercó, se sentó al lado mío y se presentó: "Soy Carlos
Menem -dijo- voy a ser gobernador de La Rioja". Y en ese momento no hablamos mucho
más. Pensé que era un tipo simpático, con cara de niño y nada más. En ese momento
estaba Perón, con lo cual no había por qué pensar en quién sería el futuro presidente.
Además, en aquel momento, yo creía que el futuro era del sindicalismo. Estaba
convencido de que nuestro futuro iba a ser controlado por las organizaciones obreras, y
que de ahí iban a emerger nuestros mejores dirigentes.

Vos eras muy amigo de Rucci.


Sí, teníamos una relación muy linda. En los últimos tiempos fuimos muy amigos. Pero
ésa era una época en la que yo estaba muy confundido. Eran momentos difíciles. Todo te
confundía.

Lo que es impresionante en los peronistas es que en medio de cualquier


confusión nunca ponen en duda su pertenencia al peronismo.
Sí, es un karma, pero tiene que ser así.

¿Cómo fue el episodio de Ezeiza cuando el regreso de Perón?


En una oportunidad me llamaron a una reunión en la Casa de Gobierno. Me
encomendaron armar la escenografía y la parte artística. Entonces lo convoco al
escenógrafo Diego Pedreira para ver si él tenía alguna idea. En su opinión, hacía falta
una foto de Perón, una de Evita y otra de Cámpora, que era el presidente de los
argentinos. Y nada más que eso, enmarcando el puente, porque decidieron hacerlo en el
puente 12, que era un lugar abierto, sin riesgo de amontonamientos. Su propuesta me
pareció bien. A eso le agregamos la sinfónica más un coral que creo que eran como cien
o doscientas personas. Finalmente, creo que no quedó la foto de Cámpora, y en su lugar
fue la de Isabel Perón. Lo convoco a Jorge Millar, el fotógrafo de foto fija de Juan
Moreira, y le pregunto si es posible hacer unas fotos con semejantes dimensiones. "S í, si
me dan un teatro como el San Martín, o el Alvear, donde pueda revelar, es posible. De
ese modo se va haciendo por partes", me contesta. Cuando llega el día, arriba del palco
había dos cabinas de sonido, una pegada a otra. De una transmitía el locutor, que era el
Negro Suárez y que cada tanto tenía que leer consignas. En la otra, estaba el técnico de
sonido. Yo había tenido que contratar a los técnicos de sonido, porque el sonido tenía
que llegar desde el palco hasta Libertador, era algo realmente impresionante. En un
momento, yo estaba descansando en el hotel, y me avisan que en el palco, en la
concentración, había habido disparos y que había una gran confusión. Con el Negro
Anastasio? fuimos a ver que estaba pasando. Cuando llegué al puente los disparos venían
de todos lados, no se sabía de dónde, porque nos disparaban con armas largas. Ahí me
doy cuenta de que se habían borrado todos los responsables, y nadie tranquilizaba a la
gente. En las cabinas de las que te hablaba estaba el técnico de sonido. Subo a la cabina
y pido que se serenen. Le digo al Negro Suárez que estaba a mi lado, muerto de terror,
que se baje también. "No, porque abajo hay una granada", me contesta con el corazón a
punto de estallarle. "Quédate tranquilo que no es una granada", le dije hablando lo más
serenamente posible para convencerlo de que bajara. Finalmente se baja, y yo me quedo
tendido en el suelo de la cabina porque los disparos venían de todos lados. Por los
parlantes, le explico a la gente que yo estaba tendido por prevención, pero que no había
tanto peligro, que todo estaba bajo control, y que lo mejor era que se serenaran, que no
corrieran y que se pusieran a cuerpo a tierra. Mi temor era que se pusieran a correr sin
control, y que en la avalancha hubiera accidentes, porque había muchos niños y mujeres.
De pronto, lo veo al técnico de sonido que está de pie en la cabina. Le hago señas para
que se tienda en el suelo. Me indica que no hay peligro y señala el plástico de la cabina.
Se creía que era vidrio antibalas. "¿Sos loco, tarado? Esto es plástico", le grité. Cuando
escuchó eso, se puso blanco como un papel, pegó un salto, se fue, y nunca más lo vi.

¿Vos no tenías miedo?


Sí, terror, porque no sabes dónde va a penetrar la bala. Además, no es como cuando yo
en las siestas de Mendoza soñaba morir como Ciuliano, como mueren los soldados en las
películas americanas: Hablando un montón de tiempo, con frases heroicas, o
despidiéndose de un amor. La bala que yo esperaba era la que me iba a destrozar el culo
y me iba a dejar un boquete intapable en el estómago, o si tenía suerte, la que me
enviara a lo desconocido en un instante reventándome la cabeza. Yo sólo pensaba en el
dolor, y lo único que le pedía a Dios era que fuera rapidito, si tenía que ser. Pero
mientras tanto, seguía haciendo cosas, sobrellevándolo, porque hay algo que a mí no me
paraliza en este tipo de situaciones, y es precisamente eso: el miedo. Lo sobrellevo con
cierta dignidad. Debe ser tal vez por mi timidez que me da vergüenza demostrar el
miedo. En cambio hay gente que no tiene pudor, y me parece bien, a mí me gustaría ser
como ellos. Por ejemplo, en medio del quilombo padre, lo veo a Otero-un gremialista
gordito y retacón que era ministro de Trabajo-aterrado, y dando giros como un trompo,
en medio del puente al grito de: "¡Cuidado, cuidado: se vienen los comunistas, se vienen
los comunistas!". Yo sabía que él era muy enfermo del corazón y me di cuenta de que
había perdido el control. Se había puesto pálido y daba vueltas en un mismo lugar
repitiendo a los gritos: " ¡Se vienen los comunistas, se vienen los comunistas!". Giraba,
gritaba, nadie lo miraba, y las balas pasaban por todos lados. Corrí hasta donde estaba él
para tratar de calmarlo. "¡Se vienen los comunistas!", seguía gritando. "¿Dónde?, le
pregunto confundido por su terror. "Allá -señalaba, revoleando los brazos para todos
lados, mientras seguía girando-. Se vienen todos los comunistas", decía tembloroso. En
mi confusión, yo miré para todos lados y sólo atiné a decirle: "No tranquilo, tranquilo,
Oterito, que ésa es toda gente". Después me di cuenta de la boludez que había dicho,
pero en medio del quilombo pasó desapercibida. Lo calmamos como pudimos, y le dimos
una pastilla que él traía en el saco. Luego lo subieron a un auto y se lo llevaron. Me
quedé con miedo de que se muriera de un infarto.

¿En el hotel fue donde amenazaste con suicidarte si seguían torturando a unos
muchachos?
Aaaadrianita... te salió Página/12, te salió la periodista. Como te gusta hurguetear en mis
pesadillas...

La gente quiere saber...


Pobrecita la gente, no entiende nada. Pero como te quiero mucho, te voy a contestar,
aunque me había jurado no hablar nunca más al respecto. Yo me había retirado al hotel
junto con el Negrito Anastasio, ese que fue director del Instituto del Cine hasta antes de
morir. El andaba de aquí para allá, siempre conmigo. Cuando vimos que la cosa se había
más o menos normalizado en el palco, nos fuimos al hotel porque yo estaba agotado.
Estábamos en la habitación con el Negro Anastasio, cuando vino un chico periodista.
"Leonardo, ¿podrás hacer algo? En la habitación de al lado les están pegando a unos
muchachos", me dice. En la planta baja estaba toda la prensa. Voy a la habitación de la
que me habló el pibe, golpeo la puerta con insistencia, pero no responden. "Mira, soy
Leonardo Favio -grito-. Me abren o bajo y traigo a todo el periodismo". Cuando abren,
¡para qué te voy a contar todo ese espectáculo! Habían golpeado a unos pobres
muchachos. Se me aflojaron las piernas, no me podía tener en pie. "Ustedes les tocan un
pelo más a estos muchachos y yo me suicido -los amenacé-- A todos ustedes los tengo
vistos. Acá no se toca más a nadie". Me quedé ahí sentado y le pedí al periodista que me
había venido a avisar lo que sucedía que les tomara los nombres a los muchachos
heridos y que se los llevara a todos sus colegas. El pibe escribió los nombres pero,
lógicamente, me dijo: "Llévalos vos, Leonardo". Tenía miedo, y yo lo entendí. "¿Quién se
queda con los muchachos?", pregunté. Como los tipos que los golpeaban ya se habían
¡do, me animo a dejarlos un rato con una enfermera. Bajo, les doy los nombres a la
prensa y le advierto: "Cualquier cosa, suban y estén con ellos, porque ahora se quedaron
con una enfermera que es más verduga que los verdugos". Yo intento comunicarme con
Jorge Osinde, que estaba a cargo de la seguridad, pero en principio no pude ubicarlo
porque estaba en medio del despelote, hasta que lo localicé. "Acá tengo los nombres de
unos muchachos que han sido golpeados y que están en el hotel. Están heridos, haga
algo", le pedí. "Quédese tranquilo, Leonardo. Voy a mandar un helicóptero porque por
acá no pueden pasar las ambulancias", me dijo. "¿Me da su palabra?", pregunté. "Le doy
mi palabra", me contestó Osinde, Eso fue todo: una fiesta que se transformó en tragedia.
Hoy que el tiempo pasó, creo que le dieron en bandeja, con ese acto, a la gente mala, a
los enemigos de la gente, la posibilidad de hacer de esa fiesta un desastre. El avión del
general, por supuesto, no bajó en Ezeiza. No había garantías. Bajó en Morón. Pero allá
en Ezeiza quedó toda la tristeza, se instaló la desolación. Y es que es inútil, los pueblos
no pueden ser felices. Hasta que no se solucione el problema de los grandes intereses,
de esas doscientas o trescientas familias que manejan el hambre de la humanidad,
siempre habrá Ezeizas, Sarajevos, cubanos a los que inducen a que se tiren al mar... Es
muy duro luchar contra los capitales. Y peor aún, contra los cónsules de los capitales, las
aristocracias del Tercer Mundo. Esos pequeños seres que siempre están al servicio de lo
peor. Esa gente para la cual el pueblo es simplemente un paquete accionario. Yo creo
que, en realidad, lo de Ezeiza ocurrió porque le tienen miedo a la felicidad de la gente. Le
tienen miedo a la alegría de la gente. ¿Sabes que ocurre? Que yo creo -no creo, sé- que,
como suelo decir, la revolución peronista pasa por la alegría. Es que, como suelo decir, la
revolución peronista pasa por la alegría. Es hermosa y alegre, colmo era Evita. No es una
revolución de ceño fruncido. Es alegre, es vital, como era yo cuando era joven. Donde
veas gente triste, ancianos tristes, niñez desguarnecida, donde veas sangre, por ahí no
pasó el peronismo. Donde veas al trabajador -sea del músculo o del intelecto- aterrado
por su mañana, ahí no pasó el peronismo. Aunque enarbolen la bandera del peronismo,
ahí no hay peronismo, porque uno es lo que hace y hace lo que es. Siempre digo que el
peronismo es un acto de amor, donde la solidaridad y el amor hacia tu prójimo -milite
donde milite- debe ser un acto reflejo y ciego. Claro, que de acuerdo al paisaje que voy
viendo, yo muchas veces bromeo y digo que volveré y seré uno solo.

Vos siempre tuviste el hábito de comunicarte a través de solicitadas en los


diarios. Hubo dos que fueron particularmente comentadas: una dirigida a Viola,
durante la dictadura, y otra dirigida al Papa cuando vino de visita a la Argentina
en 1987. ¿Por qué elegís ese medio de expresión?
Porque es más cómodo. Es más práctico. Es un llamado claro a que te presten atención,
Total, en vez de comprar autos, pago solicitadas. ¿No ves que soy de taxi? En cuanto a la
solicitada para el Papa, es bueno recordar que en la misma época Firmenich pedía hacer
una misa para rezar junto a Videla corno símbolo de reconciliación. Reconciliación,
después que mandó a la muerte a lo más bello, ingenuo y heroico de nuestra juventud.
Reconciliación, después de masacrar a nuestros más lúcidos dirigentes obreros, después
de entristecer, para jolgorio de la oligarquía, las últimas horas del General.
Reconciliación... a paraguazos lo sacaron de la marcha que se hizo en memoria del padre
Mugica, hace unos meses. Esa gente ensucia nuestras cárceles. Yo no sé cómo puede
seguir viviendo. Y hasta sueñan con la política... Y bueno... todo puede ser. Hay muchos
casos que nos señalan que todo puede ser. ¿Sabes cómo lo llamo yo a Firmenich?
Comandante en retiro afectivo, porque nadie lo quiere. Y los primeros que se alejaron de
él fueron los poetas. Después también se le fueron otros pillos, que son ¡guales que él.
En fin... Por eso creo que el respeto que me tiene la gente que políticamente no piensa
como yo, tiene que ver con que siempre tuve una línea de coherencia en mi
pensamiento. Por eso me quiere Horacio Verbitsky, y me quiere Osvaldo Soriano. A pesar
de su postura "dónde hay un peronista que lo mato", Osvaldo tiene debilidad conmigo, es
más fuerte que él. Lo que ocurre es que -salvo que se trate de los Videla, de los
Firmeních- por su forma de pensar jamás le cerré mi corazón a nadie. Y si no, mira vos...
sos re-gorila, y sin embargo, aquí estás...

Y ¿Cómo sabes que soy re-gorila?


Se te nota en el orillo. ¿No viste que en toda la tarde nunca me preguntaste por "el
General"? Siempre dijiste Perón. Y eso es tomar distancia. Por eso se nota: sos re-gorila.
¿Cómo no voy a saber lo que piensa Soriano, o lo que pensaba Borges? Pero, sin
embargo, en mí equipaje nunca faltan los libros de Soriano, la obra de Borges, la Biblia,
las Confesiones de San Agustín, Botón Tolón, Isidorito y Patotyzú, por supuesto.
1
Hace referencia a una tintura para el cabello que usaban los hombres que se conocía como "la
Carmela".
'• José Antonio Anastasio fue designado director interino del Instituto Nacional de Cinematografía
(INC) en noviembre de 1990, en reemplazo de Octavio Cetino. Para ese entonces llevaba treinta y
ocho años de trabajo en ese organismo, del que se había alejado en algunas oportunidades en las
que trabajó en la parte administrativa o en la producción de algunos de los films de su amigo
Leonardo Favio Anastasio solía decir que el comienzo de su carrera se lo debía a Evita. El
trabajaba en la organización de los campeonatos infantiles, cuando ella le envió una nota al
entonces titular de la Subsecretaría de Informaciones, Raúl Apold, "Este morochito es joven, es
peronista y es limpio. Róñelo en el lugar que yo te recomiendo para controlar ios cines", decía el
texto firmado por Evita, que lo hizo ingresar en la Dirección de Espectáculos Públicos, allá por
1948. En 1957 se creó el INC, y Anastasio entró como empleado de ese organismo. Cuando
Favio-"un amigo que es como un hermano", lo definía- decidió filmar Juan Moreira, se tomó una
licencia de tres meses para participaren la película. La licencia se prolongó y cuando quiso
regresar al INC, en 1974, se enteró de que lo habían echado. La decisión duró quince días: Favio
intercedió por su amigo y volvieron a llamarlo. Pero él prefirió trabajaren Nazareno Cruz y el lobo,
y más tarde en Soñar, soñar. En 1982 volvió al INC, llegó a ser director interino al final de la
gestión de Manuel Antín al frente del organismo. Designado en el mismo puesto en noviembre de
1990, su gestión fue breve, ya que murió el 20 de septiembre de 1991, cuando Favio estaba en
pleno rodaje de Gótica, el mono. "No sé, es como que todo perdió sentido. Lo de Babsy todavía...
porque estaba enfermo y yo tuve un ario para hacerme a la idea. Pero lo del Negro no puedo
aceptarlo", dijo Favio en aquel momento.

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